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falsos testigos, los acusadores sin fe, y el pueblo con sus clamores. Al final de todos llegó Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, su Hijo, desfigurado, maltratado, atado, empujado, arrastrado, cubierto de una lluvia de injurias y de maldiciones. Él hubiera sido perfectamente irreconocible incluso para su Madre, sí ella no hubiera visto al instante el contraste entre su comportamiento y el de aquellos viles atormentadores Él solo en medio de la persecución sufriendo con resignación. Alzando sus manos sólo para suplicar al Padre Eterno el perdón de sus enemigos. Cuando Él se acercaba, ella no pudo contenerse y exclamó: «¡Ay! ¿Es éste mi Hijo? Sí, lo es. Es mi amado Hijo. ¡Oh, Jesús, mi Jesús!» Al pasar delante de ellos, Jesús la miró con una expresión de gran amor y ternura y ella cayó totalmente inconsciente. Juan y Magdalena se la llevaron. Pero apenas volvió en sí, se hizo acompañar por Juan al palacio de Pilatos. Jesús debió de experimentar en este camino la aguda pena de ver cómo hay amigos que nos abandonan en la desgracia. Los habitantes de Ofel, que tanto querían y debían a Jesús, estaban a la orilla del camino y cuando le vieron en aquel estado de abatimiento, su fe se tambaleó, y ya no pudieron seguir creyendo que era un rey, un profeta, el Mesías, el Hijo de Dios. Y los fariseos utilizaban contra ellos el amor que habían sentido por Jesús. Así se enfriaron sus corazones, debido al terrible ejemplo que les daban las personas más respetadas del país, el Sumo Sacerdote y el Sanedrín o Gran Consejo. Los mejores se retiraron dudando, los peores se unieron a la turba en cuanto les fue posible, pues los fariseos habían puesto guardias para mantener el orden.

EL PALACIO DE PILATOS Y SUS ALREDEDORES Al pie del ángulo nordeste de la montaña del Templo está situado el palacio del gobernador romano Pilatos. Queda bastante elevado, pues se accede a él por una gran escalera de mármol, y domina una plaza espaciosa rodeada de columnas bajo cuyos porches se colocan los mercaderes. Un puesto de guardia y cuatro entradas interrumpen esta plaza que los romanos llaman foro. Éste queda más elevado que las calles que salen de ella, y está separada del palacio de Pilatos por un patio espacioso. A este patio se entra por un claustro que hay en su parte oriental, y que da sobre una calle que conduce a la puerta de las Ovejas y al monte de los Olivos; hacia poniente hay otro claustro por donde se va a Sión por el barrio de Acra. Desde la escalera del palacio se ve, hacia el norte, el foro, a cuya entrada hay columnas y bancos, encarados hacia palacio. Los sacerdotes judíos no iban más allá de estos bancos, para no contaminarse. Cerca de la puerta occidental del patio, hay un puesto de guardia que linda al norte con la 64

La amarga pasion de cristo (ana catalina)  
La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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