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en el alma de Judas. Echó a correr, pero el peso de las treinta monedas colgadas de su cintura, era para él como una espuela del infierno; sujetó la bolsa con la mano a fin de que al correr no le molestasen. Corría tan rápido como podía. No para ir a echarse a los pies de Jesús y pedirle perdón; no para morir con Él; no para confesar su crimen, sino para expiar lejos de Él y de los hombres su crimen y el precio de su traición. Corrió como un insensato hasta el Templo, donde muchos miembros del Consejo se habían reunido después del juicio de Jesús. Se miraron atónitos, y con una risa burlona lanzaron una mirada altiva sobre Judas, quien fuera de sí arrancó de su cintura la bolsa con las treinta monedas y, entregándosela con la mano derecha, dijo desesperado: «Tomad vuestro dinero, con el cual me habéis hecho entregaros a un hombre justo; tomad vuestro dinero y soltad a Jesús. Rompo nuestro pacto; he pecado gravemente vendiendo sangre inocente.» Los sacerdotes lo miraron con desprecio, apartaron sus manos del dinero que les entregaba para no manchárselas tocando la recompensa del traidor y le dijeron: «¿Qué nos importa a nosotros que hayas pecado? Si crees haber vendido sangre inocente, no es asunto nuestro. Nosotros sabemos lo que hemos comprado y lo hallamos digno de la muerte. El dinero es tuyo, no queremos saber más de ti.» Estas palabras dichas en tan duro tono, provocaron en Judas tal rabia y desesperación que se puso frenético; los cabellos se le erizaron sobre la cabeza, rasgó la bolsa que contenía las monedas, las arrojó al suelo del Templo y corrió fuera de la ciudad. De nuevo lo vi correr como un insensato por el valle de Hinón. Satanás estaba a su lado y, para llevarlo a la desesperación, iba recitándole al oído todas las maldiciones de los profetas sobre esta tierra, donde los judíos habían sacrificado sus hijos a los ídolos. Cuando estaban llegando al torrente de Cedrón y tenían a la vista el monte de los Olivos, el diablo le dijo: «Caín, ¿qué has hecho con tu hermano?» Judas empezó a temblar, volvió los ojos y oyó entonces estas otras palabras: «Amigo, ¿a qué vienes? Judas, ¿vas a entregar al Hijo del Hombre con un beso?» Penetrado de horror hasta el fondo de su alma, comenzó a perder la razón y, entregado a horribles pensamientos, llegó al pie de la montaña. Un lugar desolado, lleno de escombros e inmundicias; el discordante sonido de la ciudad resonaba en sus oídos y Satanás le decía: «Quien vende a alguien y recibe el precio de su traición, merece la muerte. Pon fin a tu desgracia, acaba de una vez, miserable, acaba con la desgracia!» Entonces, Judas, desesperado, cogió su cinturón y se colgó de un árbol que crecía en un hoyo y que tenía muchas ramas. Cuando se hubo ahorcado, su cuerpo reventó y sus entrañas se esparcieron por el suelo.

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La amarga pasion de cristo (ana catalina)  
La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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