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alterada y casi inaudible, no supieron qué pensar; y si no hubiera llegado a ellos rodeado por un halo de luz radiante, no lo hubiesen reconocido. Juan le dijo: «Maestro, ¿qué te pasa? ¿Debo llamar a los otros discípulos? ¿Debemos huir?» Jesús respondió: «Si pudiese vivir, predicar y curar todavía durante treinta y tres años más, no me bastaría para cumplir con lo que tengo que hacer de hoy a mañana. No llames a los otros ocho: los he dejado allí, porque no podrían verme en esta miseria sin escandalizarse, caerían en tentación, olvidarían lo que ha pasado y dudarían de mí. Vosotros habéis visto al Hijo del Hombre transfigurado, así que también podréis verlo en la oscuridad y el naufragio de su espíritu; pero velad y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está presto pero la carne es débil.» Con estas palabras se refería tanto a él como a ellos. Quería así exhortarlos a la perseverancia y advertirles del combate que su naturaleza humana iba a librar contra la muerte, y también de la causa de su debilidad. En su tristeza les habló de muchas cosas, y pasó casi un cuarto de hora con ellos. Después volvióse Jesús a la gruta, con su angustia siempre en aumento, mientras sus discípulos tendían las manos hacia Él, lloraban, se abrazaban unos a otros y se preguntaban: «¿Qué tiene?, ¿qué le ha sucedido? Parece hallarse en la más completa desolación.» Se cubrieron la cabeza y empezaron a orar, llenos de ansiedad y de tristeza. Desde que Jesús entró en el huerto de los Olivos había transcurrido cerca de una hora y media. En efecto, como dicen las Escrituras: «Ni siquiera habéis podido velar conmigo una hora», aunque estas palabras no deberían tomarse literalmente, ni aplicar nuestra manera de contar el tiempo. Los tres apóstoles que estaban con Jesús, habían orado primero y luego se habían quedado dormidos, tras caer en la tentación de la falta de confianza en Dios. Los otros ocho que habían permanecido fuera del huerto no dormían. La tristeza y el sufrimiento que encerraban las últimas palabras de Jesús, habían llenado sus corazones de funestos presagios, y erraban por el monte de los Olivos buscando algún lugar donde esconderse en caso de peligro. En la ciudad de Jerusalén se veía poca actividad. Los judíos estaban en sus casas, ocupados en los preparativos de la fiesta; pero pude ver aquí y allí a amigos y discípulos de Jesús que caminaban juntos, ansiosos, conversando en susurros, inquietos, como si estuviesen esperando algún gran acontecimiento. La Madre del Señor, Magdalena, Marta, María, hija de Cleofás y María Salomé, habían ido desde el cenáculo hasta la casa de María, la madre de Marcos. María, que había oído lo que decían sobre Jesús, quiso ir a la ciudad con sus amigas para saber noticias suyas. Lázaro, Nicodemo, José de Arimatea y algunos parientes de Hebrón fueron a verla para intentar tranquilizarla. Pues habiendo tenido conocimiento de las 27

La amarga pasion de cristo (ana catalina)  
La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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