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Cuando llegó a Pedro, éste asimismo humilde, quiso detenerlo, y le dijo: «Señor, ¿cómo vas tú a lavarme los pies?» Jesús le contestó: «Ahora no entiendes lo que hago, pero lo entenderás más tarde.» Me pareció que en un aparte le decía: «Simón, has merecido que mi Padre te revelara quién soy yo, de dónde vengo y adónde voy; tú sólo lo has reconocido abiertamente. Y por eso sobre ti construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Mi poder permanecerá en ti y en tus sucesores hasta el final de los tiempos.» Jesús señaló a Pedro ante los apóstoles, y les dijo que cuando él ya no estuviera presente, Pedro ocuparía su lugar. Pedro exclamó: «Tú nunca me lavarás los pies.» A lo que el Señor respondió: «Si no lo hago no tendrás nada que ver conmigo.» Entonces Pedro añadió: «Señor, lavadme no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús dijo: «Quien ha sido purificado no precisa lavarse más que los pies: todo el resto es puro; vosotros estáis, pues, limpios, aunque no todos». Con estas palabras se refería a Judas. Jesús había hablado del lavatorio de los pies como de un símbolo del perdón de las culpas cotidianas, porque los pies están sin cesar en contacto con la tierra, y si no se los limpia constantemente siempre están sucios. Al lavarles Jesús los pies fue como si les hubiera concedido una especie de absolución espiritual. Pedro, en medio de su celo, lo que vio fue aquel gesto era una humillación demasiado grande para su Maestro. Él no sabía que al día siguiente, para salvarlo, Jesús se sometería a la ignominiosa muerte en la cruz. Cuando Jesús lavó los pies de Judas, lo hizo del modo más afectuoso. Acercó su sagrada faz a los pies de Judas y le dijo en voz baja que desde hacía un año sabía de su traición. Judas fingía no oírlo y hablaba con Juan, lo que hizo que Pedro se irritara y no pudiera evitar decirle: «Judas, el Maestro te está hablando». Entonces Judas dio a Jesús una réplica vaga y evasiva, dijo algo así como: «Dios me libre, Señor.» Los demás no se habían dado cuenta de que Jesús le había hablado a Judas, pues lo hizo en voz baja para que los otros no lo oyeran y, además, estaban ocupados en calzarse de nuevo las sandalias. Nada en todo el transcurso de su Pasión afligió tanto a Jesús como la traición de Judas. Jesús finalmente lavó también los pies de Juan y Santiago. Luego les habló sobre la humildad, y les dijo que el más grande entre todos era aquel que servía a los demás, y que a partir de entonces debían lavarse los pies unos a otros. A continuación, se puso sus vestidos. Los apóstoles se desciñeron los suyos, que habían sujetado para comer el cordero pascual.

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La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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