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EL REGRESO DESDE EL SEPULCRO. EL SÁBADO El sábado iba a comenzar; Nicodemo y José entraron en Jerusalén por una pequeña puerta lateral próxima al jardín. Dijeron a la Santísima Virgen, a Magdalena, Juan y a algunas mujeres que volvían al Calvario para rezar, que hallarían esta puerta siempre abierta cuando llamaran, así como la del cenáculo. La hermana mayor de la Virgen, María de Helí, volvió a la ciudad con María, madre de Marcos y algunas otras mujeres. Los criados de José y de Nicodemo fueron también al Calvario para recoger los objetos que habían dejado allí en el momento del descendimiento. Los soldados se reunieron con los que guardaban la puerta más cercana al Calvario, y Casio se fue a casa de Pilatos con la lanza. Le contó lo que había visto y le prometió una relación exacta si le confiaba el mando de la guardia que los judíos no cesaban de pedir para el sepulcro. Pilatos escuchó sus palabras con terror secreto, pero sólo le dijo que las supersticiones alimentan la locura. José y Nicodemo encontraron en la ciudad a Pedro, a Santiago el Mayor y a Santiago el Menor; estaban todos deshechos en llanto. Pedro, sobre todo, sentía un dolor inconsolable; los abrazó, se acusó de no haber estado presente en la muerte de Nuestro Señor y les dio las gracias por haberle dado sepultura. Acordaron con ellos que les abrirían las puertas del cenáculo cuando llamasen y se fueron en busca de otros discípulos dispersos por varios sitios. Vi después a la Santísima Virgen y a sus compañeras entrar en el cenáculo. Abenadar llegó y, poco a poco, la mayor parte de los apóstoles y de los discípulos fueron reuniéndose allí. Las santas mujeres se dirigieron a la parte donde habitaba la Virgen. Tomaron algún alimento y pasaron algún rato reunidos, llorando y contándose unos a otros lo que habían visto. Los hombres se mudaron de vestido, y los vi observar el sábado a la luz de una lámpara. Comieron cordero en el cenáculo, pero sin ninguna ceremonia, pues habían comido la víspera el cordero pascual. Tenían el espíritu perturbado y estaban llenos de pena. Las santas mujeres rezaron también con María junto a una lámpara. Cuando fue noche cerrada, Lázaro, Marta, la viuda de Naim, Dina la Samaritana y María la Sufanita, llegaron de Betania. Les contaron de nuevo lo sucedido y todos derramaron lágrimas.

EL APRESAMIENTO DE JOSÉ DE ARIMATEA José de Arimatea volvió ya muy tarde del cenáculo a su casa; caminaba tristemente por las calles de Sión, acompañado de algunos discípulos y de algunas mujeres, cuando de pronto una tropa de hombres armados, emboscados en las inmediaciones del tribunal de Caifás, se abalanzó sobre ellos apoderándose de José, mientras sus compañeros huían 122

La amarga pasion de cristo (ana catalina)  
La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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