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Eran los mismos que los fariseos habían solicitado a las dos, cuando temían una insurrección, y hasta entonces no habían recibido orden ninguna de regresar. José presentó la orden firmada por Pilatos para dejarlo pasar libremente. Los soldados la encontraron conforme, mas le dijeron que habían intentado abrir ya la puerta antes sin poderlo conseguir y que, sin duda, el terremoto debía de haberse desencajado por alguna parte, y que por esa razón, los esbirros encargados de romper las piernas a los crucificados habían tenido que pasar por otra puerta. Pero cuando José y Nicodemo probaron, la puerta se abrió sola, dejando a todos atónitos. El cielo estaba todavía oscuro y nebuloso; cuando llegaron al Calvario, se encontraron con sus criados y las santas mujeres que lloraban sentadas enfrente de la cruz. Casio y muchos soldados que se habían convertido permanecían a cierta distancia, cohibidos y respetuosos. José y Nicodemo contaron a la Santísima Virgen y a Juan todo lo que habían hecho para librar a Jesús de una muerte ignominiosa; y cómo habían conseguido que no rompiesen los huesos de Nuestro Señor, y la profecía se había cumplido. Hablaron también del lanzazo de Casio. En cuanto llegó el centurión Abenadar, comenzaron en medio de la tristeza y de un profundo recogimiento, su dolorosa y sagrada labor del descendimiento de Jesús y el embalsamamiento del adorable cuerpo de Nuestro Señor. La Santísima Virgen y Magdalena esperaban sentadas al pie de la cruz, a la derecha, entre la cruz de Dimas y la de Jesús; las otras mujeres estaban ocupadas en preparar los paños, los aromas, el agua, las esponjas y las vasijas. Casio se acercó también y le contó a Abenadar el milagro de la cura de sus ojos. Todos estaban conmovidos, llenos de pena y de amor y al mismo tiempo silenciosos y solemnes; sólo cuando la prontitud y la atención que exigían esos cuidados piadosos, lo permitían, se oían lamentos y gemidos ahogados. Sobre todo Magdalena, se hallaba entregada enteramente a su dolor, y nada podía consolarla ni distraerla, ni la presencia de los demás ni alguna otra consideración. Nicodemo y José apoyaron las escaleras en la parte de atrás de la cruz, y subieron con unos lienzos; ataron el cuerpo de Jesús por debajo de los brazos y de las rodillas al tronco de la cruz con las piezas de lino y fijaron asimismo los brazos por las muñecas. Entonces, fueron sacando los clavos, martilleándolos por detrás. Las manos de Jesús no se movieron mucho a pesar de los golpes, y los clavos salieron fácilmente de las llagas, que se habían abierto enormemente debido al peso del cuerpo. La parte inferior del cuerpo, que, al expirar Nuestro Señor, había quedado cargado sobre las rodillas, reposaba en su posición natural, sostenida por una sábana atada a los brazos de la cruz. Mientras José sacaba el clavo izquierdo y dejaba ese brazo, sujeto por el lienzo, caer sobre el cuerpo, Nicodemo iniciaba la misma operación con el brazo derecho, y levantaba con cuidado su cabeza, coronada de espinas, que había caído sobre el hombro de ese lado. Entonces arrancó el clavo derecho, y dejó caer 116

La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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