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EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ En el momento en que la cruz se quedó sola, y rodeada sólo de algunos guardias, vi a cinco personas que habían venido de Betania por el valle acercarse al Calvario, elevar los ojos hacia la cruz y alejarse furtivamente. Creo que eran discípulos. Tres veces me encontré en las inmediaciones a dos hombres deliberando y consultándose. Eran José de Arimatea y Nicodemo. La primera vez los vi en las inmediaciones durante la crucifixión, quizá cuando mandaron a comprar las vestiduras de Jesús que iban a repartirse los esbirros; otra vez, cuando, después de ver que la muchedumbre se dispersaba, fueron al sepulcro para preparar alguna cosa. La tercera fue cuando volvían a la cruz mirando a todas partes, como si esperasen una ocasión favorable. Entonces quedaron de acuerdo en cómo bajarían el cuerpo del Salvador de la cruz y se volvieron a la ciudad. Su siguiente paso fue ocuparse de transportar los objetos necesarios para embalsamar el cuerpo de Nuestro Señor; sus criados cogieron algunos instrumentos para desclavarlo de la cruz. Nicodemo había comprado cien libras de raíces, que equivalían a treinta y siete libras de nuestro peso, como me han explicado. Sus servidores llevaban una parte de esos aromas en pequeños recipientes hechos de corcho colgados del cuello sobre el pecho. En uno de esos corchos había unos polvos y llevaban también algunos paquetes de hierbas en sacos de pergamino o de piel. José tomó consigo además una caja de ungüento; en fin, todo lo necesario. Los criados prepararon fuego en una linterna cerrada y salieron de la ciudad antes que sus señores, por otra puerta, encaminándose después hacia el Calvario. Pasaron por delante de la casa donde la Virgen, Juan y las santas mujeres habían ido a coger diversas cosas para embalsamar el cuerpo de Jesús. Juan y las santas mujeres siguieron a los criados a poca distancia. Había cinco mujeres; algunas llevaban debajo de los mantos largos lienzos de tela. Las mujeres tenían la costumbre, cuando salían por la noche o para hacer secretamente alguna acción piadosa, de envolverse con una sábana larga. Comenzaban por un brazo, y se iban rodeando el resto del cuerpo con la tela tan estrechamente que apenas podían caminar. Yo las he visto así ataviadas. En esa ocasión presentaba un aspecto mucho más extraño a mis ojos: iban vestidas de luto. José y Nicodemo llevaban también vestidos de luto, de mangas negras y cintura ancha. Sus mantos, que se habían echado sobre la cabeza, eran anchos, largos y de color pardo. Les servían para esconder lo que llevaban. Se encaminaron hacia la puerta que conduce al Calvario. Las calles estaban desiertas, el terror general hacía que todo el mundo permaneciese encerrado en su casa. La mayoría de ellos empezaba a arrepentirse, y muy pocos celebraban la fiesta. Cuando José y Nicodemo llegaron a la puerta, la hallaron cerrada y todo alrededor, el camino y las calles, lleno de soldados. 115

La amarga pasion de cristo (ana catalina)  
La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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