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palabras severas contra los que habían tomado parte en su muerte. En los lugares donde la sentencia de Jesús se había proclamado antes de ponerse en marcha la procesión para el Calvario, se detuvieron un momento y gritaron: «¡Gloria a Jesús por los siglos de los siglos y condenación eterna para sus verdugos!» Delante del palacio de Pilatos exclamaron: «¡Juez inicuo!» Todo el mundo temblaba y huía; el terror era inmenso en toda la ciudad y cada cual se escondía donde podía. A las cuatro en punto los muertos volvieron a sus tumbas. Los sacrificios en el Templo habían sido así interrumpidos, la confusión reinaba por todas partes y pocas personas comieron esa noche el cordero pascual.

JOSÉ DE ARIMATEA PIDE A PILATOS EL CUERPO DE JESÚS En cuanto se restableció un poco la tranquilidad en la ciudad, Pilatos, aún aterrorizado, fue asaltado con peticiones por todos lados. El Gran Consejo de los judíos, le pidió que mandara romper las piernas de los crucificados para que no murieran antes del sábado. Pilatos mandó inmediatamente esbirros al Calvario a cumplir sus deseos. Poco después vi a José de Arimatea ir a casa de Pilatos. Había sabido la muerte de Jesús y había acordado con Nicodemo el proyecto de enterrarlo en una sepultura nueva que había hecho construir a poca distancia del Calvario. Pilatos lo recibió, inquieto y agitado, y él le pidió que le diese el cuerpo de Jesús para enterrarlo. A Pilatos le extrañó que un hombre tan notable pidiese con tanta insistencia permiso para rendir los últimos honores a quien él había hecho morir tan ignominiosamente. Ésa era para él otra señal de la inocencia de Jesús; pero supo esconder sus pensamientos. Mandó llamar después al centurión Abenadar, que había vuelto a Jerusalén después de haber ido a encontrarse con los discípulos escondidos, y le preguntó si el rey de los judíos ya había muerto. Abenadar le contó la muerte de Nuestro Señor, sus últimas palabras y el temblor de la tierra y la roca abierta por el terremoto. Pilatos fingió extrañarse únicamente de que Jesús hubiera muerto tan de prisa, porque en general los crucificados agonizaban durante más tiempo; pero la verdad es que estaba lleno de angustia y de terror por la coincidencia de estas señales con la muerte de Jesús. Quizá, para hacerse perdonar su crueldad, dio a José de Arimatea por escrito una orden suya para que le fuera entregado el cuerpo de Jesús. Sintió gran satisfacción al contrariar así a los miembros del Sanedrín, que hubiesen deseado que Jesús fuera enterrado como malhechor entre los ladrones. Envió un agente al Calvario para ejecutar sus órdenes. Me parece que fue Abenadar mismo, pues lo vi asistir al descendimiento de la cruz. José de Arimatea, al salir de casa de Pilatos, fue a hablar con Nicodemo, que le esperaba en casa de una mujer de buena voluntad. La 112

La amarga pasion de cristo (ana catalina)  

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