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Vagón de

OSTRAS

REVISTA DE CUENTO Y POESÍA DICIEMBRE DE 2014

- NÚMERO IV -


tapa. Albita (escultura/objeto, 2010). Técnica: modelado y ensamble textil Serie: Eclipses y equipajes Foto: Rodrigo Fierro Alejandro Bovo Theiler (1971) nació en Bahía Blanca. Es artista plástico y Licenciado en Escultura por la Universidad Nacional de Córdoba. Desde 1990 desarrolla y exponge en muestras individuales, colectivas y proyectos interdisciplinarios. Trabaja en producción, investigación, capacitación y gestión en arte. Su obra forma parte de colecciones de Argentina y el exterior, además de la Colección del CFI ( Consejo Federal de Inversiones) y la Colección Oficial de la Provincia de Córdoba. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el 2do y 3er Premio Arte Textil, Salón Nacional (2009 y 2012), el 2do Premio Federal, CFI (2000) y la 1era Mención Escultura, Salón Nacional ( 2013). Participó con un libro de artista en 2013 y también en la edición 2014 de “The NY Art Book Fair” MOMA, New York. En 2014 expuso, convocado por Fiber Art Fever, en “Inspirations Latines”, Galerie Ko21, Paris, Francia. Forma parte del Colectivo Arqueológico “Amigos el Museo Ambato de La Falda” e integra el equipo de Guión Museológico del Museo Arqueológico Argentino Ambato. Participa de la compañía “La Comisura” (teatro en performance) dirigida por Marcelo Comandú. _alejandrobovotheiler.blogspot.com


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ÍNDICE p1. Nota preliminar. p2. Siete días/ Pablo Natale. p5. La laguna / Germán Arens. p7. Voy a morir antes que vos / Ariel Bermani. p10. Un consejo / Germán Parmetler. p12. Escucho / Jeanne Callegari. p16. El verano de la niña muerta/ Sofía Vilá. p18. El único recuerdo que tengo de mi madre / Freddy Yezzed. p19. Canción para descender del poni/ Nicolás Manzi. p23. Cayó un relámpago sobre el naranjo... / Rogelio Perusquía. p24. A buscar naranjas / Matías Aldaz.

Número IV, diciembre de 2014.


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NOTA PRELIMINAR

¡Hola! Fin de año siempre es complicado, pero acá estamos. Y estamos felices. Vamos por el número 4 y ya podemos decirlo: Vagón de Ostras pretende la osadía de ser un muestrario de lo que se está escribiendo actualmente. Ojo, nada de absolutos. Más vale, riqueza y diversidad. Un muestrario que reúne voces muy distintas y de muchos lados y que los únicos criterios que respeta son la difusa dicotomía poesía/relato y la práctica brevedad. Las demás divisiones no nos importan: realismo vs. fantástico, literatura infantil vs. la literatura, interior vs. Bs. As., locales vs. extranjeros, jóvenes vs. adultos, compromiso vs. vanguardia, nacionalismo vs. cosmopolitismo, etc. Como caben todas, no cabe ninguna.

Escuchen: molestamos a la gente que admiramos por chat o en la misma calle y pedimos textos. Escuchen: este número 4 tiene su primer texto traducido del portugués por un grupo de personas muy amables en exclusiva para la Vagón. Como el año está terminando de devorarse a sí mismo, queremos aprovechar para agradecer a todos los que participan y participaron, a todos los que compartieron y recomendaron y, por supuesto, a todos los lectores que nos acompañan. En fin, este número 4 es especial: porque estamos en movimiento junto a muchxs otrxs, porque los textos reunidos nos encantan, porque las descargas aumentan, porque se viene mucho más, porque amamos la Vagón. Sean parte de este amor. Lean. Feliz año. Vagón de Ostras

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Siete días _ Pablo Natale

Quedan seis días, cinco días, cuatro días para que vuelvas hice una playlist con nombres de canciones por donde pudiste viajar Finlandia, Beirut, los soldados de hielo, Copenhague una noche me escribiste desde un bar en Irlanda lleno de adolescentes irlandeses bailando rock mandaste una foto estabas sola, no había nadie una barra, dos tragos, una inscripción y tus manos apretadas en los bolsillos quedan seis días, cinco días, cuatro, tres días para que vuelvas ayer en la clase de literatura alguien dijo “la vida es mejor que la literatura” y otro le respondió “pero la literatura la hace mejor” y hubo uno que se quedó callado y escribió sobre personas dormidas decenas de personas dormidas o durmiéndose animales y ciudades y la oscuridad encendida falta sólo una de esas clases de literatura para que vengas me tengo que bañar tres veces comer seis quedan cuatro noches de sueño profundo cavidades horarias de las que salgo confundido

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y me pregunto si así de simples y livianas son las cosas la pieza limpia y solitaria al despertar la puerta abierta, los edificios en el horizonte las nubes y el cielo cambiando de color quedan cuatro, tres, dos días para que vuelvas tu llegada me va a agarrar escribiendo este poema queda medio poema para que llegues la mitad del poema se hará eterna como si estuviese cruzando el río hacia vos como si estuvieses dormida en la otra orilla dormida sacándote fotos, desnuda sacándote fotos despierta y viva sacándote fotos hablándome de las cosas que existen pero que no veo el agua no me dejará mover agua caliente, agua congelada tendré que bucear entre las palabras para dar con la frase perfecta la enumeración adecuada para poder cruzar quedan 500 canciones queda un noche de fiesta y soledad quedan tres mudas de ropa seis o siete comidas me gustaría encontrarme mañana con gente por la calle y decirles, uno a uno, faltan dos, tres, cuatro días faltan cinco, seis, medio día cuando los miro pienso Beirut, Copenhague, las orillas de Rusia, los soldados heridos del hielo

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cuando los veo pienso “es como si todos estuviésemos esperando algo” y uno de ellos, el más tímido y violento ladea la cabeza y susurra “y nos movemos y estamos quietos y el poema jamás se va a terminar”.

Nacido en la ruta interestatal Córdoba-Rosario en la década de los ochenta, Pablo Natale es autor del libro de cuentos Un oso polar (Recovecos, 2008); de los libros de poemas Vida en Común (Editorial Nudista, 2011) y Viaje al comienzo de la noche (Vox, 2014), y de la nouvelle Los Centeno (Editorial Nudista, 2013). También ha publicado dos libros de cuentos para chicos: Cuatro Cosmo Cuentos (Sofía Cartonera, 2012) y Berenice y las ocho historias del pálido fantasma (Cuenta Conmigo, 2012). Coordina talleres de escritura, colabora en suplementos culturales y es integrante de la banda argentina Bosques de Groenlandia.

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La laguna _ Germán Arens

La tranquera está cerrada con un candado de bronce. Francisco es el primero en saltar. Una lechuza de ojos amarillos nos mira desde un poste. La laguna no está lejos, podemos verla. El cielo vuelve a despejarse. A la distancia se asoma un molino. Francisco saca una foto del bolsillo interno de su campera. Extiende su brazo hacia mí y me pide que la mire, dice que es igual. ¿Igual a qué?... pregunto, mientras vuelvo mis ojos hacía una toma nocturna del centro comercial de alguna ciudad desconocida. Caminamos. A nuestro paso se levanta una bandada de mixtos. Desde atrás de un piquillín sale un hombre con el pecho lleno de sangre, diciendo, casi gritando, que ningún trabajador rural merece la muerte por exigir trabajar de manera digna. Francisco no se detiene, camina moviendo el cuello hacia delante y atrás, ininterrumpidamente, como hacen las gallinas felices. El suelo cambia de marrón a blanco. Francisco le apoya la oreja y dice que son muchas; cuando por el camino, hacia nosotros, se aproximan vacas de todos los colores. Las miro incrédulo, mucho más cuando una de ellas, con voz humana y en nuestro idioma, se dirige a mí para decirme que buscarán un lugar donde vivir mejor, que alguien les habló maravillas del campo bonaerense.“ ¿Escuchaste eso?...”.” Busco una explicación en el silencio.”, dice Francisco. Mugidos de dolor se hacen eco en las bardas. En una loma cercana, cinco toros negros, levantan sus cabezas hacia el sol, y lloran como lloran los hombres. Después, pensativos, llegamos a la laguna. Nos quitamos las remeras y los vaqueros. El agua está cálida. Vamos hacia adentro, cuando desde la profundidad emergen borbotones que por el tamaño, me hacen pensar que si algo respira ahí abajo debe ser muy grande.

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Germán Arens nació en Bahía Blanca, Argentina. Publicó: En una nave comandada por Enrique unos pocos hombres abandonamos la Tierra (Vox - 2011 / Cinosargo – Chile 2013), Cinco pájaros de un tiro (Neutrinos – 2013), Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B (Vox - 2013) y Sin más compañía que una linterna (Borde Perdido - 2014).

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Voy a morir antes que vos _ Ariel Bermani

Voy a morir antes que vos es natural mi papá se murió antes y no paso un día sin pensar en él cuando yo muera vos es natural seguramente vas a pensar en mí en las cosas que hicimos juntos muchas veces cuando estamos haciendo algo jugando a la pelota escuchando música pienso que eso va a quedar en vos en mí y que tal vez lo que recuerdes de nosotros sea una tarde en un cine

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o algunos de los goles que me hiciste en la canchita del Parque Lezama o nuestras conversaciones que se ramifican empezamos hablando de fútbol y terminando hablando de los planetas o de mi papá él se fue antes yo también me voy a ir antes pero no me asusta morir no me asusta porque quedás vos quedan los libros que escribí los que leí quedan las tardes y las noches y las mañanas en que subimos a subtes a trenes a colectivos y nos embarramos en los parques y nos quedamos escuchando la música del mar la música del río la música de nuestras conversaciones la música que produce la sangre cuando bombea el corazón y sube y baja por las venas.

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Ariel Bermani, narrador y poeta. Nació en el Gran Buenos Aires, en 1967. Desde hace varios años coordina talleres de lectura y escritura en diferentes instituciones. Publicó cuentos, artículos y poemas en numerosas revistas y participó de las antologías de cuentos “Buenos Aires no Duerme”, en 1997, “La Selección Argentina”, en 2000, la “Antología de Narrativa Argentina Siglo XXI”, en 2006 y 2110, y “La Argentina del tercer Centenario”, en 2010. Por su novela inédita Mercado recibió la Segunda Mención en el Concurso de novela corta Julio Cortázar, organizado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en 2004. Publicó las novelas: Leer y Escribir, Buenos Aires, Interzona, 2006 (Segunda Mención en el Premio Clarín de novela 2003; traducida al hebreo y publicada en Israel en 2009 por la editorial Carmel) ; Veneno, Buenos Aires, Emecé, 2006 (Premio Emecé de ese año), El Amor es la más Barata de las Religiones, hum, Montevideo, 2009, y Furgón, Paisanita Editora, 2014. También el libro de crónicas Inochi Wa Takara (”La vida es un Tesoro”); Quinteros japoneses en Florencio Varela, Córdoba, Postales Japonesas, 2010; y el libro de relatos Ciertas chicas, Buenos Aires, Conejos, 2011. Forma parte del grupo editor del sello “Conejos”

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Un consejo _ Germán Parmetler

Después de clase, una alumna me pregunta si puedo darle un consejo. La miro y le digo que sí. Dice que comenzó a ir a reuniones de una agrupación política y que el marido de su madre le dijo que era muy joven para meterse en eso, que le quieren “lavar el cerebro”. ¿Qué tiene que ver lo que me cuenta, pienso, con el hecho de creer que los molinos de viento son gigantes? Algo tendrá que ver, me digo. Entonces la chica me pregunta qué opino. ¿Debe meterse o no?, ¿debe seguir yendo a las reuniones o no? De pronto quiero saber de qué agrupación se trata. Pero me contengo y no pregunto. Le digo que haga lo que quiera. Que siempre es saludable ver otras cosas más allá de la casa, los padres, la familia, la escuela y los profesores. Y bueno, le hablo del Quijote, los poetas y las maneras de irse un poco más lejos. Ella dice sí con la cabeza, como si dijera “lo entiendo”. La escena me provoca una alegría diferente, una alegría de educador, o algo así. Nos despedimos con una sonrisa. Vuelvo a casa y saludo a mi mujer. Está leyendo en la cama bajo la luz de una lámpara. Me pone contento verla. Se desgarró la ingle y no puede bailar por un tiempo. Está triste. Le preparo un té y se lo llevo a la cama. También le llevo pan, queso y mermelada en la bandeja. Me siento muy feliz. Suena el teléfono. Atiendo y preguntan por mí. Es el padrastro de Camila (se presenta así, “el padrastro de Camila”), la chica a quien le di el consejo después de clase. El hombre quiere hablar conmigo. En privado. “Podemos ir a un café, si usted quiere,” dice.

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Hay silencio en la línea. Mi mujer me mira como preguntándome qué pasa. No hablo. Todo queda en silencio. Podría pasar toda la tarde, ver cómo llega la noche por la ventana y aún seguir así, con la presión del tubo en el oído.

Germán Parmetler nació en Resistencia en 1981. Publicó el cuento largo "Los Paraísos" en la antología Cuatro perras noches, junto a Pablo Black y Mariano Quirós, con dibujos de Luciano Acosta. Profesor en Letras por la Universidad Nacional del Nordeste, estudió inglés en la Universidad Nacional de La Plata. Alumno regular de los talleres literarios de Leopoldo Brizuela (narrativa) y Alejandro Tantanian-Ariel Farace (dramaturgis). Cantor y letrista de Cortina de humo, banda de rock argentino. Trabaja como docente en escuelas públicas de Buenos Aires, La Plata y Villa Elisa. Lagunas, su primer libro de cuentos, fue publicado por Colección Viceversa (2014).

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Escucho _ Jeanne Callegari

nada se oye el teléfono no suena las llaves no tintinean en la puerta que no se abre. nadie pisa fuerte el piso para disgusto de la señora que vive abajo. ella debe estar contenta, ahora. de los parlantes no sale ruido o balada hip hop o lamento tantos discos rastreados compositores raros ninguno suena, ahora. en aquella mañana, el teléfono sonó por primera vez – el alt-country que siempre me despertaba pero era de mañana, y yo somnolienta, rezongué dejé que sonara cuando el teléfono sonó por segunda vez,

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estaba en la ducha. no quise mojar el felpudo, el piso ¿y si me resbalara? el teléfono sonó por tercera vez. me abalancé por las escaleras retrasada, como siempre. ¿adónde iba, tan apurada? no volví para atender. el teléfono vibró en la cartera. esa vez respondí. es como dicen: ciertas noticias corren rápido. por la ventana, dijeron. vigésimo piso. desde entonces las personas me miran, enternecidas recibo muchos abrazos. dicen que vos lo harías de cualquier manera si no en aquel día, en otro, en breve. dicen que ya estaba decidido. y yo me pregunto: qué lo habría motivado en aquellos últimos instantes una despedida? odiaba las notas. no dejó ninguna dramáticas, vos decías – de las personas que dejaban notas. siempre decías que te gustaría ir en silencio

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sin alborotos que no hubiese llantos ni censuras que la muerte era de cada uno para elegir el momento. yo me tapaba los oídos. sólo después – ahora – quietud. como vos querías. escucho: nada suena vos no entrás con estrépito por la puerta no silbás desafinando o bailás catira para incomodar a la vecina silencio. como ruido sólo el sonido de las llamadas de aquellas tres llamadas que sonaron resonaron y yo no atendí.

Traducción al español a cargo de Luisa Domínguez, Tatiana Faria, Ignacio Montoya y Juan Revol.

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Jeanne Callegari es una escritora y periodista brasilera, nacida en Uberaba, Minas Gerais, en 1981. Cursó Periodismo en la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), en Florianópolis. En el 2006 se mudó a São Paulo para hacer el “Curso Abril” de Periodismo y desde entonces vive y trabaja en la capital paulista. Escribió Caio Fernando Abreu: Inventário de um Escritor Irremediável (Seoman, 2008), una biografía sobre el autor gaúcho. Sus textos pueden ser leídos en su sitio personal (_jeannecallegari.com.br) y en el blog Canção de Mim (_cancaodemim.org).

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El verano de la niña muerta _ Sofía Vilá

Según el doctor, mi mamá estaba muy embarazada, así que ese verano no podríamos ir a visitar a mi abuela a Córdoba. Desorientados por el cambio de planes, mi hermano y yo estábamos todo el día viendo por la verja de adelante a los vecinos o al chico grande que me gustaba y sabía andar sin manos en la bicicleta y yo pensaba que todavía tenía una ruedita y cada vez que salía crujía por toda la vereda. El aburrimiento era una barbi pelada sin brazos ni piernas, toda garabateada, a la que ya no se la podía transformar más. Mi mamá miraba todo el día la tele y tejía porque tenía dos bebés en la panza y si no estaba todo el día en la cama capaz uno se iba por el inodoro. La otra vez en medio de la noche yo vi desde mi pieza como algo negro, espeso se deslizaba por el suelo del baño al pasillo y mi mamá gritando que llamara a mi papá que estaba de guardia, pero yo no tenía teléfono ¡bah! No teníamos teléfono, así que salté la pirca, toqué la puerta de la tía Yola que vive al lado y mis hermanos no se fueron por el inodoro ¡Gracias a Dios!, dijo mi mamá. Así que ahora ella está todo el día en la casa y yo también porque no hay que ir al jardín por vacaciones. Todo es muy lindo, dormimos la siesta juntas, vemos la novela hasta que yo me aburro entonces me voy a hablar con Dios y a juntar piñas de los pinos para hacer adornos de navidad. Cómo hace varios días que hace mucho calor, mi hermano se desnuda y jugamos con la manguera a tirarnos agua. Él se sube a la verja y saluda a los testigos de Jehová que justo vienen pasando. Éstos ponen la misma cara de las viejas o señoras mayores cuándo preguntan el precio por algo en la verdulería y les parece muy caro. Llaman a los gritos a mi mamá y le dicen que vista al

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negrito ese, entonces mi mamá se enoja y nos manda que entremos a la casa. Yo me enojo, agarro un palo y le doy a mi hermano, y el muy nenita se pone a llorar como un bebé. Mi mamá sale con cara de diablo, me reta un montón y yo empiezo a llorar porque no quiero que se mueran mis hermanitos y ella me dice que la hago renegar y se van a morir por mi culpa. Yo lloro muchísimo, un mar, igual que mi papá cuándo le rayaron put… en el auto nuevo. Me empiezo a sentir ardida, seca con un dolor muy feo de panza y no me puedo levantar del suelo, le grito a mi mamá ¡me duele mucho, quiero aspirinetas! Ella me dice bueno tomá, pero una sola ¡eh! Y entonces yo con una sonrisa moquienta y reluciente voy hasta el espejo del baño, lo abro y allí están: dulces, rosas como una princesa, chiquitas, que se desarman en la boca y me mando por enojada, por la bronca, por el dolor, la tableta entera y en eso entra mi mamá al baño y me ve haciendo mi placer mas delicioso y oscuro. Me comienza a zamarrear y me dice: ¡ay, sos terrible, cómo vas a hacer eso, ahora te vas a morir! Y a mí se me comienza a estrujar el pecho y el corazón, el sabor dulzón de la aspirineta tan rico empieza a asquearme y me voy llorando al patio donde está enterrado Sócrates, mi perro y le digo, yo también me voy a morir. Busco una flor blanca, como la de los muertos, me encierro en la pieza y no me importa si es la de mi hermano también porque es un llorón y ojalá se muriera él… Acomodo mis osos al costado de la cama, me acuesto, pongo la flor en mi pecho y espero la muerte, que va llegando de a poco.

Sofía Vilá. Una chica de finales de los 80, nacida en Salta, amante de Patti Smith.

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El único recuerdo que tengo de mi madre _ Freddy Yezzed EL ÚNICO RECUERDO QUE TENGO DE MI MADRE es el de aquellas mañanas de otoño cuando me llevaba de la mano a la escuela. Miraba la calle tapizada de hojas secas. Me abstraía pisándolas, quebrándoles los huesos de color pardo. Arrastrándose de un lado para otro como un vagabundo con los ojos en un sueño. Haciendo su ruido de semillas que se quiebran. Yo sólo veo las hojas secas gritando bajo mis pies y las pantorrillas de ella un paso más adelante. El tacón negro de sus zapatos como clavando una espina en la pared. Unas medias veladas. Unos huesos tan extraños como el sabor del agua. Hay un instante oscuro. Algo que se ha perdido como un mordisco en la mente. Ahora la veo alejarse desde el quicio de la escuela. La merienda en la lonchera. Esa sensación de ser vidrio y sentir que te abandonan. Sólo veo su espalda alejarse. Una mujer más bajo la lluvia de las hojas.

Fredy Yezzed nació en Bogotá, Colombia, en 1979. Como investigador literario escribió el estudio Párrafos de aire: Primera antología del poema en prosa colombiano, que publicó la Editorial de la Universidad de Antioquia (Medellín, 2010). Tiene publicado los libros de poesía La sal de la locura, (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010) y El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2012). Actualmente está radicado en Buenos Aires, donde estudia el género del poema en prosa argentino.

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Canción para descender del poni _ Nicolás Manzi Viniendo por calle Santa Fe, sentado en el bondi en uno de esos asientos que miran hacia atrás contra la ventanilla izquierda, cruzando Corrientes, es posible divisar, si uno está atento, el viejo cartel con focos del antiguo Hotel Roma, con su loba. El hotel no existe más. La arquitectura del edificio, la imagen de su fachada completa, conserva la idea de cierto esplendor. A contraluz, la imagen de la loba y los foquitos formando la palabra Hotel Roma es perfecta. Se parece, en vivo, a una de esas fotos que proliferan hoy por hoy, en las redes. La gente mira fotos. Es el imperio de la imagen. A la gente le gusta mirar fotos, no saben si les gustan las fotos o simplemente mirarlas. ¿Qué esconden esas fotos? Lo que no revelan. Todas hablan de un pasado, reciente o no. Pensar en cierto pasado siempre nos hace sospechar en ese esplendor de las luces. El pasado es derrotado constantemente. Hotel Roma dice el cartel, y es un vestigio de un pasado y un testimonio pero a la vez una denuncia a la modernidad. El hotel no está más, los carteles cambiaron sus caras, las modas hicieron lo suyo, pero en ese edificio pasaron muchas cosas. Quién saca la foto está en la foto. Es que la foto viene a ser una extensión de una mirada, y es lo que mira el que mira, y lo que sale en la foto es lo que es mirado. Nosotros en esa foto quizás sea una mirada de alguien que pasaba, y el gatillo es la evidencia del pedido: nos sacás una foto. Y esta otra foto, que está sacada con el automático, ¿acaso no es la manera en que el mundo nos está mirando? Entonces el mundo nos ve. Nos mira, y nos fotografía constantemente. Algo hay que decir, entonces, de la pornografía, porque a mí

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que me encanta andar en bolas dentro de mi casa, todo eso debe quedar en un registro del inconsciente del mundo. Pero ya se sabe, ni al mundo ni a nadie le puede importar lo que haga con mis fotos de desnudos. No es que tenga fotos de desnudos, no es que me den vergüenza ciertos actos que realizo en la intimidad, como recitar poemas de Boris Bequer o jugar a embocar las cenizas de los cigarrillos en el marco de las ventanas. Es que de verdad no importan muchos de los actos que realizo. Y no se cotizan más los de otros, es para todos por igual. Maradona va al baño 2 veces por día, estoy seguro, y nadie lo sigue cuando se sienta en el inodoro. Y de ahí en adelante, para todos lados, no puede interesarle a nadie lo que pueda opinar una persona cualquiera sobre un montón de asuntos que sí en verdad pueden importar. Y hoy las cosas están así, viste, éramos cinco viviendo en esa casa. No te la ves venir. En un momento éramos todos como una sola familia, después de a poco se fueron yendo, las historias de cada uno empezaron a tomar su rumbo y te vas distanciando. Cuando convivís no te podés imaginar que el otro va a llegar a ser en algún momento, qué sé yo, no te digo premio nobel, pero bueno, no te imaginás. Viste, cuando compartís cosas. Y así estamos, o sea, cada uno por su camino, cada cual con sus cosas, y un día te despertás y ves en la tele que aparece una cara conocida, familiar. Hace rato que no tenés noticias de esa persona y resulta que es una celebridad. ¿En qué cabeza cabe?, ¿en qué momento?, ¿me querés decir? Y bueno, ahora maneja un auto caro, no sé, debe andar con mujeres más jóvenes, y encima varias a la vez, y uno sigue en la misma, viste, sigue vendiendo las mismas pavadas que hace 15 años, cuando éramos unos pajueranos y para ir al supermercado teníamos que ponernos de acuerdo. ¿Sabés qué comí yo anoche? Panchos, sí, aunque no lo creas. Y qué querés que le haga, no tengo como vos una mujer que me soluciona todo. Y no tenía nada para cocinarme más que panchos así que agarré y me mandé seis de una, así, como te digo, mientras tanto me miraba una peli en TNT y después estaba el partido de la final de la copa sorondanga. Y otros fueron a comer al restaurán caro, y bueno, y uno come panchos.

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Una persona pasa mirando y mil pasan sin mirar. Adentro de un contenedor en donde los vecinos arrojan sus residuos (que es una manera más cuidada de decir “tiran la basura”, por no decir “descartan sus desechos” pero más claramente la idea debería ser “arrojan su mierda”) hay libros. Detrás de cualquier papel descartado siempre hay un muerto. Un tipo tira un papel que envolvía un caramelo, y el caramelo ya no existe más. Una señora rompe y arroja a la calle la factura de su teléfono, la deuda ya no existe. Un actor porno abandona el diario del domingo, un día lunes, las noticias están todas muertas. Una biblioteca en un contenedor dice mucho más de lo que uno cree sobre un muerto. Y dice: fue un buen tipo, fue un gran lector, un intelectual. ¿Opinaba sobre política? No, actuaba, militaba, seguramente en la izquierda, por el tipo de libros: hay Marx, hay Hegel. ¿Anarco? No, PC. ¿Padre abandónico? Quizás, no hay apego de los hijos o los nietos hacia las cosas que supo conservar. Hijos capitalistas, quizás se avergüencen del padre. O no, quizás sean los nietos los que se avergüencen de esa literatura, o de su abuelo. O no, quizás los libros estén repetidos, pero no se les ocurrió a qué biblioteca llevarlos. O no, quizás no valoren los libros y ya, como hay gente que no podría valorar una colección de camisetas del fútbol argentino. O no, quizás no haya ni hijos ni nietos, quizás no haya descendientes, no haya herederos. En ese caso, ¿quién se queda con todo? Probablemente al mundo tampoco le importe. ¿Quién se quedaría con mi todo? No es que tenga mucho, a veces uno tiene de más. Ni siquiera me preocupa. Pero de repente somos máquinas de acumular sin sentido. Es todo lo que estoy pensando. No necesitamos nada de todo eso, y sin embargo, está ahí, como la propia historia, como el dolor de los ancestros. La juntamos, apilamos, ordenamos, reordenamos. Difícil de tirar, difícil desprenderse de las cosas. Me pido dos gustos de helado, ambos de agua. Es que he comido tanto que no puedo más. Gustos frutales. Mientras lo voy chupando, mi pensamiento se deshace, como en un prisma se deshace la luz, y vienen en simultáneo las voces, los pensamientos, las explicaciones, los ruidos de la calle, la opinión de

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los padres, el lento marchar hasta la esquina en la que está la parada del colectivo, cada mañana, la mañana y su trajín. De repente irrumpe una idea que empieza a ocupar todo el espacio, que va tiñendo todo con sus colores. Y empieza a deshacerse de otras ideas, de otras visiones, que pasan a mejor vida: los carteles viejos, las fotos que son la memoria de la nada, los viejos amigos que hoy ni recuerdo qué se habrán hecho dónde estarán, los libros que están ordenados en una hermosa estantería que, de algún modo, ya es un basurero. Entonces, cuando pienso en la muerte con un helado en la mano, me divierto pensando en lo ridículo que debo verme todo el tiempo.

Niolás Manzi nació en Venado Tuerto en 1978. Vive en Rosario desde 1997. Junto a Rodrigo Castillo y Rafael Carlucci integra el proyecto editorial “El ombú bonsai”. Graduado en Letras, se dedica al estudio de la literatura italiana y reparte el resto de sus tardes entre el fútbol y el ombú cuando no se transforma en Manzinatra, un cantautor despechado. Ha publicado los libros limerick Minga! (2007) y Centrorojás (2013).

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Cayó un relámpago sobre el naranjo... _ Rogelio Perusquía Cayó un relámpago sobre el naranjo Se ha roto al unísono el muro enladrillado Vibra el cítrico aroma del relámpago en el patio Se abrieron las cortinas de la sala como las alas de un buitre adormilado y, una vieja judía iluminó sus ojos mínimos.

Rogelio Perusquía (Ixmiquilpan, Hidalgo, 7 de junio de 1981) cursó la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de Universidad Nacional Autónoma de México. Fue incluido en la primer Antología de Cuento y Poesía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM Tentación de decir (2004) y ha publicado en diversas revistas de circulación nacional e internacional. Con su primer libro La víspera de las visitaciones fue ganador del Premio Estatal de Poesía Efrén Rebolledo 2013 (Hidalgo).

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A buscar naranjas _ Matías Aldaz

A Nina.

El termo está parado encima de la hornalla, derritiéndose. Esther lo saca del fuego, moja la parte quemada y lo tira a la basura. ¿Qué quiere comer esta noche, Emita? ¿Arroz o fideos? Lo que quiera Carlos... ¿Ya nos vamos? Sí, pero antes abríguese, porque sino se me va a enfermar de nuevo. Pero si vamos hasta acá nomás. No, tenemos que caminar cuatro cuadras. ¿Y qué me pongo? Lo que le dejé en el respaldo del sillón. Se pone un saco negro. Luego se acerca a la mesa del living y comienza a escribir en un cuaderno que está encima del aparador. ¿Qué hace? Es para Carlos. Corta el pedazo de la hoja donde escribió y lo deja arriba de la mesa. “Carlos: Te estuve esperando para ir a misa. Me fui con

e . Ema”.

Dele, Emita. Vamos. Salen de la casa. El sol ilumina sólo de manera indirecta. Caminan unos metros.

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Espéreme un segundo que ya vengo. Esther vuelve a entrar. Va hasta la mesa, agarra el pedazo de hoja que dejó Emita y lo guarda en el bolsillo de la campera. Antes de salir prende la luz del living. ¿Para qué volviste? Pensé que había quedado el televisor prendido. No, si Carlos no miró televisión en todo el santo día. Y yo tampoco la prendí. Esther cierra la puerta con llave y salen. Caminan derecho por una calle de casas idénticas, repetidas, en formas y colores. Estoy un poco cansada. Bueno, descansemos un rato acá. Las dos se quedan paradas en la vereda durante unos segundos, sin hablar, como si fueran dos maniquíes. Esperan que pase un auto y cruzan la calle. En la vereda de la iglesia un remolino de viento y hojas las envuelve. Esther la abraza a Emita. Entran a la iglesia. Vamos a quedarnos en este lugar así nos encuentra Carlos. No se preocupe, Carlos nos va a encontrar igual allá adelante; acá corre mucho viento y... Adelante no nos va a ver, y menos en esta iglesia. Acá nunca vinimos con Carlos. Está bien, Emita, nos quedamos acá. Se sientan en la última fila. Me duelen las piernas. Ya se le va a pasar con la pastilla que tomó. Entra el cura. Esther se para y le dice a Emita que se quede sentada, que el cura la va a entender. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Se vuelve a sentar. ¿Quién es ese cura?

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El padre Charly, Emita. ¿Qué, no está más Viola? No, Emita, el padre Gilberto murió. El padre Charly es un cura carismático que vino de Chajarí, hace unos años. …Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén. Emita reza rápido y en un murmullo continuo, monótono. Dice amén antes que todos, y a los segundos que le sobran, los aprovecha para mirar hacia atrás. Señor, no soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Esther cierra los ojos con fuerza para rezar el Padrenuestro. Emita mira hacia abajo. El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia. Emita se da vuelta también cada vez que abren la puerta. La paz esté contigo. Esther le da un beso en la mejilla, y Emita le susurra algo al oído. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz. Emita agarra con fuerza el rosario de plástico lila que se descolgó del cuello. Lo enrosca en las dos manos: la cruz cuelga y se tambalea violentamente. Luego lo guarda en el bolsillo. Demos gracias a Dios. Es raro que Carlos no haya venido. ¿Le habrá pasado algo? No… seguro se fue al campo, Emita. ¿Será? Seguro. ¿Y a qué habrá ido?

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Espero que papi y mami les den las mejores... Tengo que visitarlos algún día de estos, hace como dos semanas que no voy. Cuando están saliendo de la iglesia una mujer se les para adelante: abre los brazos como si estuviese por ser crucificada. Se acerca y abraza a Emita. Comienza a apretujarla. Emita se queda firme, con los brazos caídos, pegados al cuerpo. Ema querida… Disculpame que no pude ir ayer a acompañarte, estaba en Concordia, en la casa de mi hija. Vine recién hoy a la mañana de allá. Estuve por pasar por tu casa, pero no quise molestarte. Además sabía que te iba a encontrar acá. La mujer no la suelta. Le habla al oído en voz alta. Emita la mira a Esther. Sus ojos parecen dos espejitos. Debe estar con el Isidro ahora, conversando, tomándose unas cañas… Se querían tanto ellos. Esther la agarra del brazo a Emita. Vamos que hace frío. En la semana te paso a visitar y nos tomamos unos ricos mates. Te llevo la virgencita de Itatí para que la tengas un tiempo en tu casa y te ayude. Ella y dios te van a proteger. La mujer le da un beso en la frente arrugada de Emita, que sigue inmóvil, en silencio. Caminan unos pasos y salen de la iglesia. Ya es de noche. ¿Qué le pasa a esa mujer? ¿A quién, Emita? ¿A la señora Iris? ¿Está loca? Sí, está un poco loca. Emita la mira entrecerrando los ojos y después se ríe. Pobre. Vuelven por la misma calle. Pero esta vez tienen que parar dos veces para que Emita descanse. Esther se detiene frente a la casa. Parece que vino Carlos; está la luz prendida.

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Vagón de OSTRAS

Emita sonríe y camina hacia la puerta. Quiero verlo antes de que se vaya de nuevo. Esther se le adelanta y abre. ¡Don Carlos, llegamos! El grito retumba en la casa como si estuviera desamoblada. Emita va directo hacia la mesa donde había dejado la nota. Sí, vino pero parece que ya se fue. Anda muy vago. Camina despacio hacia el sillón y se sienta. Estoy muy cansada. Esther entra en la cocina, saca la olla del horno, pone agua hasta la mitad, y prende la hornalla. Sale al patio. Al lado del portón que da a una calle lateral hay una bolsa de supermercado repleta de naranjas. Se apoya en el murito para mirar hacia la calle. Después va con la bolsa hasta el taller de carpintería de Carlos y mete las naranjas adentro de un viejo cajón de madera. Lleva el cajón a la cocina. Sin hacer ruido lo deja al costado de la heladera. Va hacia el living. Vio, Emita, Carlos dejó el cajón de naranjas en la cocina antes de… Emita está sentada en el sillón con los ojos cerrados y la cabeza levemente inclinada hacia adelante. Respira con esfuerzo. Esther se queda mirándola durante un rato. Se acerca y le apoya la palma de la mano en la frente. Luego va hasta la habitación, trae una manta y la tapa. Vuelve a la cocina. El agua empieza a hervir.

Matías Aldaz nació en Federación, Entre Ríos, en 1976. A los cuatro años se trasladó con sus padres a la ciudad de Paso de los Libres, Corrientes. Actualmente vive en Buenos Aires. Es abogado y músico. Escribe y administra el blog Pisapapeles: (_www.matiasaldaz.blogspot.com). Publicó los libros de cuentos Esas nubes (Simurg, 2009) y D’accord (DifusiónAlterna Ediciones - Escrituras indie, 2013) y La lluvia cae en todas partes (Colección Mulita, 2014). También publicó relatos en antologías y revistas.

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Vagón de OSTRAS Número IV, diciembre de 2014. Archivo y contacto / vagondeostras.tumblr.com En Facebook / facebook.com/vagondeostras Todos los textos e imágenes aquí reunidos fueron expresamente cedidos por sus autores para esta publicación. No hecho ningún depósito ni registro que exija la ley.

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Vagón de Ostras (#4)  

Revista de cuento y poesía.

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