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Fin de semana en Arévalo Boletín mensual de cultura y patrimonio de Arévalo A Ñ O

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http://fdarevalo.blogspot.com D I C I E M B R E

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El semanario “La Llanura”, publicado en Arévalo entre diciembre de 1926 y marzo de 1929 está en Internet.

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l semanario “La Llanura” que se publicó en Arévalo, entre diciembre de 1926 y marzo de 1929, ya tiene su espacio virtual en Internet. La Alhóndiga de Arévalo, asociación de cultura y patrimonio, en su continua labor en favor de lo que suponga promoción y difusión histórica de nuestra ciudad, ha conseguido localizar casi todos los ejemplares de este semanario, unos en la biblioteca de Ávila y otros facilitados por particulares de Arévalo, que los han prestado desinteresadamente para que pudieran ser digitalizados y puestos a disposición de todos. El trabajo efectuado por la asociación viene a culminar uno de los proyectos mas interesantes que se habían planteado para este año 2008, que era el localizar el mayor número posible de ejemplares de “La Llanura”, a fin de poder digitalizarlos y además de evitar que pudieran llegar a perderse, se pone a disposición de los interesados un importante documento que no solo va a aportar información histórica de primera mano acaecida en nuestra ciudad en los últimos años 20 del pasado siglo, sino que nos muestra simpáticas anécdotas, opiniones y noticias que ocurrían en tiempo de nuestros abuelos. Desde la asociación nos indican que ya tienen localizados numerosos ejemplares de otro importante periódico local, el mensual “Arévalo”, que promovido por el maestro de periodistas Emilio Romero, se publicaba en el Hogar de Arévalo en Madrid, entre los años 1950 y hasta bien entrados los 60 del siglo pasado. Su intención, nos dicen, es proceder, de igual forma, a su digitalización, para que puedan ser volcados y consultados en Internet. También nos apuntan, que desde la asociación se está trabajando en la búsqueda y recopilación de diversos libros de autores arevalenses que estaban prácticamente perdidos, para que puedan esta próximamente a disposición de todos los lectores.


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La prensa en Arévalo.

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o puede prescindirse, si se quiere dirigir una ojeada circundante al panorama intelectual de Arévalo de la evocación, siquiera sea somera y rápida, de algunos de los periódicos que han visto la luz en él en la última década del pasado siglo a nuestros días.

Don Florencio Zarza y Roldan, que de antiguo dedicó sus afanes a empresas literarias de vario linaje, volvió a la liza del periodismo con un bello semanario titulado «La Voz de Arévalo», que apareció el 1º de Septiembre de 1898. La parte gráfica, que era admirable, se componía y tiraba en Madrid, y en el cuadro de colaboradores figuraron José Zahonero, Carlos Fernández, Luís Tabeada, Sánchez Carrere y el insigne tribuno don Emilio Castellar. Más tardé, en 1906, Ángel Macías Rodríguez, Nicasio Hernández Luquero, Félix Pérez Serrano y Manuel Jiménez Muñío, constituidos en un Comité, sin otra dirección orgánica que la inevitable para efectos de la Ley de Imprenta, asumida por el primero de ellos, fundaron «El Despertar», que vibró siempre a impulsos de su exaltado sentimiento liberal, y donde se cobijaron siempre trabajos de tendencia republicana. En sus columnas se realizaron dos campañas plausibles: una en pro del hospital de San Miguel, firmada por Pérez Serrano, y otra, popularísima, contra la Unión Resinera Española, que llevó hábilmente Manolo Jiménez Muñío Con intención satírica, cierto elemento joven, disconforme o quejoso de los redactores de «El Despertar», publicó dos números de un periódico titulado «El Letargo», donde puso su pluma el excelente poeta y hoy diplomático Antonio Gullón. Años más tarde, en 1909, Pérez Serrano fundó «El Despertar Castellano», más literario que el anterior, sin perder su carácter radical, que le

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distinguió siempre. Jiménez Muñío y Hernández Luquero llevaron a él extremismos localistas e ideológicos, respectivamente, que les acarrearon sendos procesos. En estos dos semanarios, llenos de una viva juvenilidad, que ha dado la norma a publicaciones locales sucesivas, Félix Pérez Serrano, el prematuramente desaparecido, espíritu de una fina sensibilidad, modernamente orientado, dejó muestras gallardas de su temperamento lírico y de su equilibrado valer; y el tono literario en su más estricta pureza le mantuvo siempre Nicasio Hernández Luquero. Simultáneamente, dirige Macías Rodríguez un modesto decenario exclusivamente dedicado a la literatura —«Juvenilia»—, en el que colaboran, con los periodistas locales ya citados, Fernando G. Ruiz, Moisés Egido y Dionisio Bermejo, entre otros. En 1911 apareció «Heraldo de Arévalo», bajo la dirección del repetidamente nombrado Macías Rodríguez. Este semanario reunió en sus liberales columnas firmas destacadas de la intelectualidad actual, que ya en aquella sazón eran un positivo prestigio: José Francés, Ramón Gómez de la Serna, Federico González Rigabert, Gómez de la Mata, Carlos Calamita, sin contar la asidua asistencia que a ninguna empresa de arte realizada en Arévalo por aquella época negaron Félix Tartas Guerra, Federico Forcada, escritor y pedagogo avanzadísimo, Ambrosio Sanz Sánchez, profesor de Primera enseñanza, y Cesáreo Díaz Díaz. Merece una mención aislada, en lo que al cultivo del periodismo exclusivamente localista se refiere, Cipriano Sáez Calle, director, en una interesante época, del «Heraldo de Arévalo», y popularizador del pseudónimo «El Chico del Cafetín». El 21 de Enero de 1917 se publicó el primer número de «Tierra Castellana», bajo la inteligente dirección del sacerdote don Mariano Guerras y un cuerpo de redacción formado por

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don José Areva, ingeniero, y los licenciados don José Soto, don Ramón Escalada y don Bernardino Sánchez. Era una cuidada revista de carácter conservador, donde se rendía un culto de cordial veneración a las altas glorias de la Castilla del pasado. «La Moraña», nacida al calor de cierto movimiento de reacción contra el imperio de viejos caciquismos y normas gastadas, apareció en Febrero de 1918, y fue dirigida por don Ángel Díaz. Colaboraron en ella, entre otros, José Sáez Calle, Emilio Vellando, Manuel Zancajo y Hernández Luquero. José Sáez Calle, uno de los hombres más alertas al desarrollo vital del pueblo que le vio nacer, dirigió en 1919 un semanario titulado «Tierra de Arévalo», defensor apasionado de los intereses locales, y donde brilló siempre, como reflejo del espíritu de su fundador, un honrado respeto a la verdad. En diversas épocas salieron al aire libre de la publicidad «El Adaja», que fue dirigido sucesivamente por don Ignacio Martín Laplaza y don Florencio Zarza Roldan; y «El Faro del Distrito», periódico de propaganda electoral, fundado por Ángel Martín Niño. Cuando se escribe el presente libro, ve la luz el semanario «La Llanura». Fue fundado en 14 de Octubre de 1922. Celebrada la primera reunión, quedó formada la redacción en la forma siguiente: Director, Cipriano Sáez Calle; redactor-jefe, N. Hernández Luquero; secretario, Julio Escobar; administrador, Lope Martín Mera; redactores: Antonio Devesa, Manolo Perotas, Bernabé González, Jenaro Macías, Ángel G. Guerras, Vicente Albella, Joaquín Hebrero, Elidió Fernández, José Sáez y Francisco Lumbreras. Con motivo de defender «La Llanura» la candidatura liberal-albista para (sigue en pag. 3)


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diputado a Cortes en la elección del año 1923, en cuya legislatura triunfaron por Arévalo y Ávila, respectivamente, los candidatos liberalesalbistas don Alejandro Fernández Araoz y don Nicasio Velayos, se disgregaron de la redacción casi todos los elementos, quedando únicamente en su cuadro los señores Sáez, Luquero, Escobar, Devesa y Perotas, hasta que finalizó la primer época en el mismo año de 1923, después de celebrar estos elementos, en unión de otros, unos magníficos Juegos Florales y una fiesta caritativa en beneficio del fallecido maestro don Justo Lázaro. En el año de 1926 diversos elementos juveniles arevalenses, celebraron una reunión en el café del Recreo, donde se trató de la reaparición de «La Llanura», formándose el siguiente cuadro de redacción: Director, Julio Escobar; redactor-jefe, Manolo Perotas; secretario, Eduardo Ruiz Ayúcar; administrador, Jenaro Macías, y redactores: Emilio García; Vara, Mariano Sanz Guerra, Jaime Martín, Miguel González, Clementino Camblone, Vicente Albella, Orestes Perotas, Felipe Sanz, Rafael M.

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Bárcena, Aurelio Juárez, Julio Ferrero y Joaquín Maroto. Salió el primer número de esta segunda etapa el día 12 de Diciembre de 1926, siendo suspendido el semanario por el gobernador de Ávila, don Enrique Roma, el día 3 de Julio de 1927, después de haber sufrido importantes multas, por su ataque, a las gestiones de Municipio, con las que no podían estar conformes. Una vez suspendido, se trabajó sin cesar por su nueva reaparición, siendo el principal obstáculo para ello el que figurase con el mismo nombre. Por la intervención del señor marqués de Benavites con el gobernador civil señor conde de Castillo Fiel, se pudo conseguir la nueva salida de «La Llanura» el día 26 de Febrero de 1928, cuya redacción es la siguiente: Director, Aurelio Juárez; redactor jefe, Julio Escobar; secretario, Eduardo Ruiz Ayúcar; administrador, Jenaro Matías, y redactores: Lope Martín, Manolo Perotas, Mariano Sanz y Gerardo Lumbreras. Asiduamente colaboran en este semanario N. Hernández Luquero,

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Miguel González, Gregorio Martín Vara, Ambrosio Casado «El Ilustre Paleto», Casimiro G. Marinas, Eduardo P. Balaguer, Manuel Zancajo, Eduardo Ruiz Marín, María Enriqueta, E. Ramírez Ángel, Ángel Dotor, Muñoz Grejo, Guillen Saloya y otras firmas muy apreciadas. En el ideario de «La Llanura» hay un amplio espíritu de la ciudad, haciéndola más comprensiva y más culta por la valentía de las campañas del periódico, que lo mismo alaban que fustigan, cuando está por encima de ello el interés público. A tal ha llegado su popularidad, que en una población de 1.000 vecinos se venden 500 números, llegando su tirada a 1.300 ejemplares. «La Llanura» ha celebrado diversas fiestas benéficas y culturales; fundó el cuadro artístico «Voluntad» y celebró siempre los festejos más atrayentes de Arévalo. NOTA.— Al culto escritor señor Hernández Luquero y a los jóvenes redactores de «La Llanura», tengo que agradecer la mayor parte de las noticias del presente artículo sobre la Prensa.—El autor. De la Historia de Arévalo-1928

La Alhóndiga de Arévalo asociación de cultura y patrimonio. ACTIVIDADES: • • • • • • • • •

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Búsqueda y compilación de prensa antigua arevalense. Recuperación de la Memoria Fotográfica de Arévalo. Búsqueda de libros y escritos de autores arevalenses. Elaboración de un catalogo de escudos y otras piezas pétreas. Confección de un estudio heráldico referido a los escudos y linajes arevalenses. Propuesta y preparación de un callejero arevalense historiado. Estudio y desarrollo de un mapa toponímico del término municipal de Arévalo. Jornadas poéticas de y por autores y temática arevalense. Museo virtual.


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Dignificar los restos.

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nadie se le oculta que los que mostramos son los restos que quedan del memorable convento de la Santísima Trinidad, fundado, según la tradición, en 1215. Entre los religiosos que destacaron en él, está Fray Juan Gil que, pagando el rescate de Miguel de Cervantes, posibilitó la existencia de ese libro que se titula El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. A la fecha, lo que queda del antiguo convento, está en condiciones lamentables. Proponemos que se haga un trabajo de dignificación de los restos que quedan y de su entorno para que puedan llegar a estar a la altura de la importancia que realmente tuvo este convento para Arévalo y por su proyección a la historia de la cultura universal. duenderojo

Arévalo, castillo de Amores.

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os amores de Isabel Católica, la reina que con su magnanimidad y varonil entereza ha merecido los elogios de lodos los historiadores del mundo, recibe en este Castillo, públicamente y por vez primera, homenaje de complacencia a sus contrariados amores, en unas poesías que la dedica Gómez Manrique con motivo de la fiesta del año nuevo, 1468. Por amor de hija, Isabel la Católica, visitaba con mucha frecuencia a su madre enferma, en el Castillo residencia habitual, hasta su muerte.

Agosto 1496.

Gudiel, encargado de custodiarla.

Por amor de juventud, San Ignacio de Loyola, en sus tiempos de mozo, rondó por los encantos de alguna princesita, ante las ventanas de este Castillo evocador; que en el año 1517 defendió con las armas, cuando el alzamiento de Arévalo justificado ante la Historia, y fundado en un privilegio de la Reina Isabel.

Por amor al prójimo, la hidalguía de los de Arévalo que se opusieron a su traslado a Toledo, invitando al maestro de Santiago a que acudiese en su ayuda, como lo verificó con setecientos de a caballo.

Por amor, la reina Doña Blanca de Borbón, a los pocos meses de desposada (1353) con D. Pedro El Cruel, sufrió prisión en el Castillo. Por amor a Dios, los rigores de la reclusión fueron atenuados por el Obispo de Segovia, Don Gonzalo

En programa de ferias y fiestas de Arévalo del año 1949


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Las inacabables obras del castillo.

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eemos en los últimos días diversas noticias sobre las obras que se han venido realizando en el castillo de Arévalo y su entorno y nos preocupa. Después de tanto tiempo de tener la zona como un queso de gruyere, nos quedamos un poco atónitos ante las declaraciones lanzadas desde el FEGA, organismo dependiente del antiguo Ministerio de Agricultura (actual Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino). Vienen a decir que se les ha acabado el dinero y que ahí dejan lo que dejan y, sobretodo, como nos lo dejan y que otros asuman sus competencias y se encarguen de reparar el desaguisado. Pues bien, efectivamente el Consistorio de Arévalo es el propietario de los terrenos, pero la excavación se ha hecho desde el FEGA, luego tendrá que ser el FEGA el que dé término razonable y sobre todo digno a los restos excavados. Presumimos que los señores encargados de presupuestar las obras eran conscientes de que se iban a acometer en una zona de alta probabilidad arqueológica y en estos casos deben saber que la casi segura aparición de restos va a retrasar el calendario de ejecución, además de incrementar, de una u otra forma, el coste total. En fin, pensamos que al menos tendrán la decencia de acometer un buen acceso hasta la puerta del Castillo, reparar los desperfectos causados en los pavimentos y las zonas ajardinadas que existían antes del inicio de sus obras, instalar una valla de protección y seguridad de la zona de la excavación arqueológica y limpiar de maleza, escombros y detritus el resto. Es lo menos que esperamos y no se nos pasa por la imaginación que puedan pretender marcharse dejando el entorno del Castillo en el estado en que nos lo han puesto. Pero lo mismo ni eso hacen. fotografodemente

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Fundación del hospital y convento de Santa Catalina de la villa de Arévalo.

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undaron los arévacos esta villa por los años 3041 de la creación del mundo y la llamaron Arévaco y nosotros Arévalo. La reedificaron después los griegos y celtas, y la poseyeron los romanos en tiempo de Diocleciano y Maximiano, porque dieron en ella martirio a los santos Cuatro Coronados, y tiene por patrón la villa al último de ellos, Victoriano, cuyo sacro cadáver se venera en el colegio de la Compañía de Jesús. En la lamentable perdida de España la poseyeron los moros, hasta que la ganó el católico rey don Alonso, y volviéndose a perder, la volvió a ganar el rey don Alonso VI por los años 1082.

Tiene ocho parroquias y sustenta cinco conventos de frailes y cuatro de monjas, con un hospital. Fue título del ducado de don Alonso de Zúñiga, y después los Reyes católicos la incorporaron en el patrimonio real.

En esta villa entró la Religión por los años de 1599, y la entregaron el antiguo hospital de Santa Catalina, de quien la misma villa era patrona, y tenía por su cuenta la administración. Tomó la posesión en nombre de la Religión fray Ignacio García, acompañado de fray Juan de Fuentes. Dieron tan buen ejemplo con la asistencia y servicio de los pobres y con su modestia, que otro hospital que tenía a su cuenta el cabildo ecleFue siempre población muy gran- siástico se les entregó, y le incorde, pero la injuria de los tiempos poraron con el de Santa Catalina. la ha reducido a solo 500 vecinos. Tiene tres salas de enfermería; MEMORIA FOTOGRÁFICA DE ARÉVALO.

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instancias de nuestro buen amigo José María Manzano, que ha aportado la idea y parte del material, se está realizando por la asociación de cultura y patrimonio La Alhóndiga, un álbum de fotografías en la que se recogen sitios y momentos muy interesantes de nuestro viejo Arévalo. Lo podéis visitar en el sitio: la-alhondiga.blogspot.com

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una nueva, grande y muy espaciosa, con ocho camas para hombres y otra para mujeres, con seis; y otra para recibir pobres sacerdotes, peregrinos y estudiantes. Cúranse de todo linaje de enfermedades, con asistencia y cuidado de seis religiosos, que curan de ordinario más de 200 enfermos cada año. La iglesia, aunque no grande, es los bastante y acomodada; tiene altar mayor y dos colaterales muy adornados y con imágenes muy devotas. Fueron bienhechores de este hospital doña María de Pía, mujer que fue de don Manuel de Hungría y el licenciado Juan del Fresno; y de presente lo son los dos cabildos y todos los moradores de aquella villa, por ser mucha su devoción con nuestro glorioso padre San Juan de Dios. Cronología Hospitalaria (Tomo II) De fray Juan Santo de la Orden Hospitalaria


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Recordatorio.

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aximiliano Clavo Santos “Corinto y Oro”, nació en Arévalo el día 13 de junio de 1879. Fue un periodista culto, activo y fecundo. Su especialidad, la critica taurina, le hizo descollar pronto entre los revisteros de su tiempo, por la amenidad de su pluma, facil para guiar a los lectores con sus exactos juicios sobre el arte del toreo. “Corinto y Oro” era conocidísimo, no solo entre los aficionados a nuestra fiesta nacional, sino entre los escritores y artistas de su época. Colaboró en “El Globo”, “La Voz”, “España Nueva”, “El Alcázar” y “Pueblo”. En este diario de la tarde se publicaron las últimas crónicas del inteligente revistero. Deja escritos varios libros sobre asuntos taurinos que alcanzaron a su publicación un verdadero éxito de librería. Los títulos

Intima evocación de “corinto y oro”.

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a noticia del fallecimiento en Madrid, de Maximiliano Clavo, aireada por prensa y emisiones de "radio", levanta en el mínimo cronista un mundo de viejos recuerdos y le pone frente, a un pasado ya muy lueñe y sin embargo de recuerdo melancólico y gozoso, por mitad. El hombre que popularizó el seudónimo arriba escrito en sus leidísimas crónicas taurinas fue niño en Arévalo, donde naciera, y a mí me cupo la fortuna de ser su amigo y condiscípulo riguroso desde mi infancia más tierna. En la escuela pública que regía don Manuel Perreras, hizo Maximiliano sus primeras letras y despuntó su inteligencia vivaz y su disposición para el dibujo, pues puede asegurarse que de no ser lo excelente periodista que luego fue, mi condiscípulo de 1891 hubiese tenido plaza preeminente en el mundo de la pintura. Ornaba de viñetas gráciles márgenes de libros, papeles sueltos y las paredes del ropero, y no puedo olvidar que cierto asno en postura inacadémica y de descansado desahogo fisiológico, dibujado con malicioso ingenio por el futuro "Corinto", llamó tan poderosamente la atención de don Manuel que sirvió de adorno decorativo durante más de un año en los muros escolares, entre tal cual cartel alfabético y el cuadro evocador de algún episodio de la Historia Sagrada.

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de estas obras fueron: “El arte en decadencia” (1910), “Se fueron Bomba y Machaco” (1914), “Su eminencia el mataor” (1918), “Charlas taurinas” (1914), “Al irse Belmonte” (1935) y “El toreo en la época actual” (1948). Dio también algunas charlas con extraordinario éxito. Su muerte acaeció el día 12 de noviembre cuado contaba setenta y seis años de edad. Recibió cristiana sepultura el día 13, a las cuatro de la tarde, en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena. Asistieron al piadoso acto, el presidente de la Asociación de la Prensa, a la que pertenecía el finado, don Manuel Aznar, el secretario de la misma don Francisco Casares, el vocal Don Emilio Romero, nuestro redactor en Arévalo, Marolo Perotas, escritores, periodistas, revisteros, el presidente del Montepío de Toreros, Antonio Bienvenida y otros muchos amigos de “Corinto y Oro”.

De allí pasamos a la segunda enseñanza bajo la inolvidable y grata férula de don Alejandro Paradinas, en el colegio que en principio llevó el título de Santo Tomás de Aquino. Maximiliano Clavo y Antonio Gay Villa, que, venturosamente, vive, obtuvieron una plaza gratuita, a la vez, otorgada por el Ayuntamiento, y allí los alcanzamos, un curso inmediatamente posterior, Lorenzo Partearroyo, Ángel Vara, Francisco González y el autor de este recuerdo. Nuestro fraternal amigo de siempre, Saturnino Hernández Casado, era estudiante del curso de Maxi, y ha tenido la triste satisfacción de haberle, acompañado a la postrera morada. "Corinto y Oro" tenía una excelente letra española que le valió el ingreso en las oficinas de determinado organismo municipal de Madrid cuando ejercía funciones policíacas su primer protector: don Fernando Cadiñanos. Y muy pronto ingresó en "El Globo". Pero quien le dio el espaldarazo periodístico definitivo —él lo recordaba siempre con gratitud— fue el escritor y parlamentario descollante don Rodrigo Soriano, llevándole a su diario nocturno "España Nueva". De su competencia profesional como revistero de toros han dicho lo justo a la hora de su muerte los periódicos de toda España, relevando de modo unánime que la popularidad envidiable de "Corinto" se la dio el prestigio y la difusión extraordinaria de "La Voz", hijuela afortunada de "El Sol" que fundara don Nicolás Urgoiti. Esta es, en síntesis, la ficha de pe-

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El duelo fue presidio por los sobrinos del finado, don Manuel Troncoso y don Félix y don Aurelio Arias. Descanse en paz el querido y buen amigo Maximiliano. Mensual “Arévalo” de Diciembre de 1955

riodista idóneo y laborioso de "Corinto", porque "Corinto" fue un gran trabajador que mantuvo la pluma en la mano hasta sus últimos momentos. La otra, la sentimental, que tiene más arraigo en el corazón y en la profunda amistad de los que le tratamos desde niño, es la que empujó mi pluma al escribir de él esta semblanza que hasta ahora sólo él ha leído. Esta, silueta enjuta y escurrida —ojos vivaces y expresión aguda— que en aptitud atenta se trasmuda a flor de la emoción, es una vida consagrada al servicio de la airosa fiesta de sangre y sol y oro de España. Su prosa donairosa estilo entraña, que es alegre y castiza su amplia prosa. Con un hondo respeto al castellano, gana sus cobres, de entusiasmo lleno; y tras lustros y lustros de labor, no deja las cuartillas de la mano... En su seudónimo hay sabor heleno y es su nombre de antiguo emperador. Cayó, en plena actividad, la pluma fácil, amena y autorizada de "Corinto"; pero su recuerdo de amigo de siempre y de arevalense cabal seguirá al lado de los que le quisimos, y ya somos casi tan viejos como él lo era al soltarla, como una amada secuencia espiritual, como una sombra disimuladamente indicadora de un camino que, inexorablemente, habrá que seguir. Querido Maxi: ¡Hasta luego! Nicasio Hernández Luquero Mensual “Arévalo” Diciembre , 1955


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La calle Entrecastillos.

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s de sobra sabido que Arévalo, igual que la mayoría de las plazas guerreras anteriores al uso de las armas de fuego, tenia su muralla, dominando sus ciclópeos muros las rápidas pendientes del Adaja, las escarpadas cumbres del Arevalillo y la parte llana, y accesible del Arrabal, defendida por ancho foso y tres puertas que se abrían por este frente atacable. De las tres, desafiando el trabajo de los siglos y la destructora mano de los hombres, sólo queda una, la principal, que ha llegado hasta nosotros con el nombre de Arco de la Cárcel Real, llamada antiguamente del Alcocer, porque encima de ella tenía la residencia Atar-Ben-Kadet cuando Arévalo estaba sometido al poder musulmán. Otra puerta existió a orillas del Adaja, titulada primero de San Martín, porque por ella entraban los pobres cristianos a orar al antiquísimo templo, y después de San José, por levantarse enfrente la desaparecida ermita dedicada al laborioso Patriarca, mismamente en el sitio que ocupa la cochera de la señora Florentina la Pinilla, más conocida por las Almenillas. Derrotado el reyezuelo moro en singular y valeroso desafío, los arevacos, dueños de la plaza, llamaban castillos a estas puertas fortificadas, sostenidas por cuadrados torreones almenados, plataformas y barbacanas, protegidas además por puentes levadizos y curiosos matacanes, por donde los sitiados vertían dardos, piedras, líquidos hirviendo y cuantos objetos pudieran herir o matar al enemigo. Las puertas, que como vemos no eran otra cosa que pequeños castillos, abrochaban un lienzo de la elevada muralla, y como en el transcurso del tiempo, la villa crecía, y el recinto amurallado resultaba pequeño para albergar al vecindario, algunos particulares, aprovechando, los cimientos del foso, construyeron sus viviendas, mientras otros pegaban sus casas a la robustez de la muralla, lo que dio lugar a que la gente rotulara de Entre-Castillos la calle, que todavía ostenta este nombre.

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Detrás de la carcomida y desmoronada cortina, corría la empinada ronda de Sedeño, denominada más tarde callejón de los Novillos, por encerrarse en él las reses que por Santiago y la Virgen de Agosto se toreaban en la hermosa e imperial plaza del Real. Trasladadas las capeas a la plaza de la Villa, el Ayuntamiento de principio de siglo, abrió un boquete en la muralla, de siete metros de ancho, fabricando una escalinata de quince peldaños, que sirve para comunicar el olvidado Teso Viejo con la antañona e irregular plaza del Arrabal. Aún está en pie la acreditada tienda de tejidos de don Bonifacio Colino, fundada por su señor padre el año 1870. En el número 2, falleció el 20 de abril de 1926 don Baldomero Díaz Castro, arevalense de vasta cultura y bondadoso trato. Su talento y sus virtudes le llevaron a ocupar el puesto de subdelegado de Farmacia del partido. Por sus trabajos profesionales recibió plácemes y alabanzas de las autoridades médicas de primer orden. Cooperó en todo aquello que significara progreso de su pueblo y deleitó a sus amistades en la clásica rebotica con sus charlas amenas e interesantes. En el número 4, curó a infinidad de heridos el famoso doctor Tejera. Don José Tejera Francia, de humilde pero honrada familia, nació en La Pedraja de Portillo el 1846. De mozalbete abandonó el hogar e ingresó de mancebo en una modestísima botica vallisoletana, y en sus ratos de ocio, que eran muchos, estudió Aritmética y Geometría hasta conseguir el título de maestro de obras. En la capital del Pisuerga, siendo sargento del Ejercito, cursó Medicina y Cirugía, debutando como medico con extraordinario éxito en el vecino pueblo de Muriel, pero Muriel no le gustó y Tejera, deseoso de escalar otros horizontes más amplios y culturales, se vino a Arévalo hacia el 1878, donde fue acogido con verdadero cariño por todas las clases sociales. Hombre enérgico, simpático y activo Aquí se especializó en Oftalmología, y por su coquetona y moderna clínica desfilaron innumerables ciegos castellanos en demanda de luz. El trabajo fue su preocupación constante, y el cumplimiento de su deber la norma de todos sus actos.

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Podíamos recordar minuciosamente las muchísimas gestiones que, a pesar de ser apolítico, hizo el voluntarioso Tejera en beneficio de Arévalo, pero nos concretaremos a manifestar que fue nuestro galeno durante sesenta y tantos años, y que después de figurar con el número 1 en la lista de los médicos forenses, murió el 25 de octubre de 1941, a los noventa y cinco años de edad. En el número 6 tiene su ejemplar bufete nuestro querido compañero de redacción Emilio García Vara, competente procurador y arevalense de pura cepa. Un poco más arriba casas desvencijadas y adormecidas por el cansancio de la historia. Casas de grandes aleros y míseros entramados, de ventanas desiguales, e indigentes que recuerdan los vestigios característicos de épocas y costumbres que pasarán. La calle mide ciento sesenta y siete metros de longitud. Empieza en el Arco, de la Cárcel y fenece en las Almenillas, en la casa que mandara edificar Laureano Herrero Caballero, príncipe de la tacañería, para que su esposa, la Catorza, contemplara el bellísimo paisaje segoviano bajo el cielo cóncavo y grande de esta Castilla, que sabe dar el sudor de su rostro a la tierra y el esfuerzo de su brazo a la religión y a la patria. Marolo Perotas Cosas de mi pueblo


Boletín nº 13