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IX Feria de la Gallina Utrerana Catรกlogo nยบIX

Concurso-Exposiciรณn de Aves de Raza 22 al 25 de diciembre de 2012 Plaza de Toros de la Mulata

Excmo. Ayuntamiento

CONSEJERรA DE AGRICULTURA, PESCA Y MEDIO AMBIENTE UTRERA IX FERIA DE LA GALLINA UTRERANA - Diciembre 2012 AGRICULTURA

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Índice Saluda del Alcalde............................................................................3 Un caballero utrerano: Alonso de Arcos........................................5 Un criador de Los Molares..............................................................9 San Andrés, Patrón de los Galleros..............................................12 Imágenes del nuevo libro (1952) de D. Joaquín del Castillo, encontrado por D. Enrique Rueda López.....................................14 San Pedro in gallicantu..................................................................17 Gestión genética de las poblaciones avícolas............................21 Camisón..........................................................................................25 Sobre palomos ladrones (ayer y hoy)...........................................29 La avicultura en una familia utrerana...........................................37 VIII Feria de la Gallina Utrerana....................................................42 Entrega de Premios VIII Feria de la Gallina Utrerana..................43 Concursos Morfológicos...............................................................50 Cartel IX Feria de la Gallina Utrerana...........................................51 Edita: Delegación de Agricultura y Ganadería del Excmo. Ayuntamiento de Utrera. Colabora: Pedro Sánchez Nuñez, Antonio Calvo Romero, Enrique Rueda López, Antonio Cabrera Rodríguez, José Manuel León, Alejandro Cabello, Joaquín Doctor (Centro Agropecuario Provincial Diputación de Córdoba), M. Carmen Gómez Valera, José Morales, Eduardo González De la Peña y De la Peña. Fotografías: José Eduardo Trelles Gómez. Portada: Pintura situada en el techo del costurero del salón renacentista alemán del siglo XIX del Exmo. Ayuntamiento de Utrera Depósito Legal: SE-6548-06 Impresión: Utrera Gráfica - utreragrafica@gmail.com 95 586 49 17 Pintura situada en el techo del costurero del salón renacentista alemán del siglo XIX del Exmo. Ayuntamiento de Utrera.

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Diciembre, 2012

IX FERIA DE LA GALLINA UTRERANA - Diciembre 2012


Saluda del Alcalde Francisco Jiménez Morales

Con la llegada del mes de diciembre, Utrera vuelve a convertirse en lugar de encuentro para los criadores del sector avícola, gracias a la celebración de la Feria de la Gallina Utrerana. Con esta edición son ya nueve las que nuestra ciudad se ha convertido en referencia para criadores y aficionados a la cría y difusión de unas especies que, en muchos casos, si no fuera por el empeño y esfuerzo que demuestran estas personas habrían desaparecido. Como alcalde de Utrera, quiero un año más demostrar el compromiso de nuestro Ayuntamiento con la perpetuidad y mejora de esta Feria año tras año, como punto de encuentro e intercambio de experiencias y conocimientos entre los avicultores y, lo que es más importante, en el intercambio genético y en la propia supervivencia de la raza.

La consolidación de la Feria de la Gallina como cita obligada para el sector avícola, lo demuestra el interés que este evento ha suscitado entre los profesionales de toda nuestra Comunidad Autónoma y de otros puntos del país. Un interés que toma aún mayor importancia en tiempos de crisis, ya que permitirá el intercambio de iniciativas y proyectos y el fomento de futuras relaciones comerciales, motivo por el cual debe contar con el apoyo de las Administraciones para conseguir sus objetivos. Finalmente, quiero agradecer a los expositores, asociaciones, patrocinadores y a las Administraciones participantes su colaboración con la IX Feria de la Gallina Utrerana. Al público en general, recomendarle que nos visite del 22 al 25 de diciembre y que tenga ocasión de conocer una ciudad con un importante patrimonio artístico y cultura y en la que, además, podrán disfrutar de su gastronomía, sus dulces y especialmente de su gente.

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Feliz Navidad y Venturoso año 2013

Belén Hermanas de la Cruz.

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Un caballero utrerano: Alonso de Arcos Pedro Sánchez Nuñez

Uno de los caballeros destacados en los tiempos turbulentos del reinado de Enrique IV, tan de moda en estos días con motivo de la interesante serie televisiva dedicada a la reina Isabel la Católica, fue el utrerano Alonso de Arcos. En efecto, según los cronistas, el reinado de Enrique IV (1454 – 1474) se inició en Andalucía con nuevas operaciones contra el reino de Granada, que para algún cronista respondía a una táctica del rey considerando que “las maquinaciones de los levantiscos magnates quedarían acalladas al solo apellido de la guerra contra los granadinos”. Y añaden que durante varios años Enrique IV visitará con frecuencia nuestra región para marchar al frente de un ejército que recorrió la frontera e incluso se adentró en el interior del reino nazarí sin conseguir logros verdaderamente notoEnrique IV de Castilla. rios.

El Cronista Alonso de Palencia, reseñando estas campañas granadinas, comenta con ironía que “fue el rey más a contemplar la ciudad que a combatirla”. Y es que los nobles no consideraban suficiente la táctica que les imponía el rey, que no era otra que destruir las cosechas del enemigo y realizar escaramuzas de poca intensidad, más de desgaste que de verdadera conquista. De hecho ya en las Cortes de Cuéllar el rey anunció su intención de someter el territorio granadino pero sin empeñarse en grandes batallas campales, estrategia inteligente pero poco efectiva en términos de éxitos clamorosos, aunque el principal y más inteligente de ellos fue tener el Rey a la nobleza entretenida en las guerras contra el enemigo común declarado, con lo que podían dedicar menos atención a las guerras intestinas, a las que eran tan proclives aquellos nobles, muchos de ellos dueños de extensos territorios y de las fuerzas militares que ponían a disposición en las campañas que organizaba el Rey. Tampoco había una gran prisa en terminar con el reino de Granada, con el que al fin y al cabo se estaban manteniendo alianzas estratégicas y económicas desde hacía muchos años. A los Reyes Católicos, en cambio, en un momento dado sí les convino terminar con ese pequeño reducto no cristiano y emprendieron la conquista definitiva del reino de Granada, que les supuso un largo y costoso asedio.

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Pero en la época de Enrique IV hubo algunos hechos no poco importantes, como fueron la toma de Estepona, Gibraltar, Archidona y Jimena. En dos de estos hechos tuvo mucho que ver un caballero utrerano: Alonso de Arcos. En la toma de Jimena de la Frontera en 1455 tuvo una intervención decisiva, primeramente informando al Duque de Medinasidonia y al Conde de Arcos que los moros que la ocupaban la tenían muy descuidada, e incorporándose en lugar destacado en el ejército que puso sitio y logró recuperar tan importante plaza.

saliendo de Tarifa de noche y situándose discretamente en las cercanías de Gibraltar, a donde mandó un grupo selecto de sus hombres, que entraron disimuladamente sin ser vistos y se emplazaron en los puntos débiles que le indicó su informador. A la mañana siguiente salieron de la ciudad tres moros de vigilancia de los campos inmediatos, que fueron apresados y tras ser “adecuadamente” interrogados, declararon “que la Ciudad estaba sin gentes que la pudiese defender”. Con tan valiosa información, Alonso mandó emisarios a los pueblos de la comarca, Jerez, Medina y otros cercanos así como al Conde de Arcos, don Juan Ponce de León, que estaba en sus dominios de Marchena y a don Juan de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, que estaba en los suyos de Sanlúcar. Pero Alonso de Arcos, pensando que la sorpresa era un factor importante, antes de que llegaran los refuerzos que pidió por medio de estos mensajeros, decidió asaltar Gibraltar y consiguió apoderarse de ella.

Jimena de la Fra. El Castillo del Horizonte.

Más adelanta participó en la toma de Tarifa, plaza de la que fue nombrado Alcaide. Y desempeñando esta tarea tuvo también una decisiva participación en la recuperación de Gibraltar. En efecto, según relata la crónica un moro vecino de Gibraltar, llamado Alí el Curro, se pasó al bando cristiano e informó detalladamente a Alonso de Arcos sobre el estado de la plaza, sus efectivos militares y los puntos débiles de su recinto amurallado. Dice la Crónica que “sabía bien el buen Alonso de Arcos que el glorioso y honrado fin que se alcanza con los actos militares esta en tomar prestos resolución con ellos y con gran diligencia executarlos [...]…”. En efecto, confiando en la información que le facilitaba el moro, que la crónica llama Alí el Curro, decidió dirigirse a Gibraltar con la gente de guerra que estaban a su cargo formando un pequeño ejército de ochenta lanzas a caballo y ciento ochenta peones,

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Ignacio López de Ayala1 reconoce que “... la gloria de la jornada se debió casi toda a Alonso de Arcos que armó la gente a su costa, animó, dirigió y mantuvo, así como a otros caballeros de la Ciudad de Tarifa, que fueron los que se resolvieron por si solos a la conquista, sorprendieron a los moros, los cercaron, los combatieron y pusieron en términos de entregar la plaza en partidos tan ventajosos …”. El mismo López de Ayala continúa informando que en su época, existían todavía en Tarifa descendientes de Alonso de Arcos, algunos de ellos con notoria importancia en los ejército reales como el teniente general Alonso de Arcos, Francisco de Orta y Arcos, teniente coronel de Ingenieros, Sebastián de Arcos, Juan de Arcos y Escalante y un largo etc.

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Cuando Alonso de Arcos murió fue sepultado en la capilla “De Profundis” de la iglesia del Monasterio de la Cartuja de Sevilla, al que legó sus bienes. Su sepultura tenía un epitafio que decía: “Aquí yace sepultado el honrado caballero Alonso de Arcos, Alcaide de Tarifa, que ganó Gibraltar de los enemigos de Nuestra Santa Fe. Falleció en el año de 1477. Fue bienhechor de esta casa. Rueguen a Dios por él”.2

En definitiva, los restos de nuestro paisano siguen en la citada capilla “De Profundis” del monasterio de la Cartuja, donde fueron inhumados.

González de León3 al describir el Convento – Casa Profesa de la Compañía de Jesús de Sevilla, actualmente denominado Iglesia de la Anunciación, da cuenta y razón de los enterramientos de la ilustre familia Ribera (linaje de la Casa Ducal de Medinaceli), trasladados de la Cartuja a la referida Iglesia y actualmente de nuevo en la Cartuja, y nos informa del paradero de la tumba de nuestro paisano con estas palabras:

Ahora que se sigue hablando tanto de Gibraltar, donde tenemos de nuevo otros usurpadores desde hace algo más de tres siglos, bien está que tengamos un recuerdo para este paisano nuestro, que logró que Gibraltar fuera español…

“Por manera que todas las cenizas, sepulcros y lápidas de esta ilustrísima familia han sido trasladadas a este templo (se refiere al de la Casa Profesa citada), y solo ha quedado abandonado en la Cartuja el cadáver y memoria de Alonso de Arcos, que ganó a Gibraltar. Pero como no tenía sepulcro de mérito, los suyos no importaron nada, y se dejó allí para eterno descanso. ¡Hasta los cadáveres tienen fortuna y desgracia!”.

El Escudo de armas de Alonso de Arcos, rama de Tarifa, es el siguiente: “En campo de oro un puente de piedra de tres arcos y en él un castillo también de piedra aclarado de gules”.

Sevilla, 2 de diciembre de 2012.

1 Citado en “Tarifa la guerrera (II): Una visión de su Geografía y su Historia por Alonso Fernández de Portillo”, de Francisco Javier Criado Atalaya y Juan Ignacio de Nicolás Lara, en “ALJARANDA, Revista de Estudios Tarifeños”, Año V núm. 17, junio de 1995. 2 PEDRO ROMÁN MELÉNDEZ: “Epílogo de Utrera”, Sevilla 1730, pp. 203 y ss.: MORALES: “Notas…”, Vol. III, pp. 187 ss. 3 F. González de León, Noticia Artística de Sevilla, reed Sevilla 1973, p. 213.

Castillo Árabe de Gibraltar. Fortaleza que conquistó por primera vez para la corona de Castilla y León nuestro paisano Alonso de Arcos.

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Raza Utrerana Negra.

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Un Criador de Los Molares J. Manuel Sánchez Ocaña

En la Banda Morisca se suceden los pueblos planos y blancos, que se recortan en la llanura, como un guante a esa mano de leves colinas y castillos de piedra dorada, esa es la visión que tendrá el viajero que se acerque a este pueblo noble y sencillo,

Aquí en Los Molares vive y ejerce su sabio magisterio nuestro avicultor, Don Antonio Vélez Marchena, autentico personaje local, fino y esmerado criador de excelentes Negras Utreranas, maestro en el difícil arte de la genética Aviar, socio fundador de la Asociación Nacional de Criadores de Gallinas Utreranas, conserva y cuida un grupo reproductor de Negras Utreranas, sin apartarse un ápice del difícil camino que nos lego a finales del siglo XIX y principios del XX D. Joaquín del Castillo. El grupo reproductor de Utreranas Negras lo conserva de muy antiguo, son aves recias y fuertes, con un plumaje negro lustroso abundante en aguas, de gran movilidad y vivacidad, viven en libertad y manifiestan un marcado carácter salvaje; hacemos votos para que este grupo de aves se conserve en su pureza, manteniendo esta línea independiente y única. Aunque Don Antonio participa en la vida avícola

En la puerta de su casa con la perra MIravela.

desde la lejanía sobresale de su encalado y bello caserío la torre del homenaje de la fortaleza, casi un d´jon que perdió su fiereza rodeada por un enjambre de casa blancas. Gallina Utrerana Negra.

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española en todas sus manifestaciones, por su expreso deseo, sus ejemplares no concurren ni participan en ningún concurso-exposición o feria. En la visita que realizamos a Los Molares, Don Antonio nos atendió en el bar El Rinconcillo mas conocido por “Los Lirios”, en el cual saludamos a Dª Grabiela Gómez Vélez, que emplea huevos de utrerana en la preparación artesana de deliciosos dulces tradicionales de Pascua.

Gallina Utrerana Negra.

Antonio, Maribel, Natalia y Jaime.

Antonio, Ángela y Doña María Grabiela.

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Gallinas

Gallina Arancana.

Gansos Nené.

Tórtolas.

Gansos Nené.

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San Andrés, Patrón de los Galleros. 30 de noviembre. Antonio Calvo Romero Criador de Gallos Jerezanos

En la cultura cristiana, el gallo tiene una gran importancia al situarlo entre Jesucristo y San Pedro. Nos cuentan las Sagradas Escrituras, que estando en la Ultima Cena, Jesús se dirigió a su discípulo Pedro y le dijo “Tu me negarás tres veces antes de que cante el gallo”, y así ocurrió. Este gallo que canta en la madrugada, era un gallo de pelea, para mostrarle a Pedro lo que debía de ser el valor. Sin embargo San Pedro careció del valor suficiente y hablando en términos gallísticos, cantó la gallina, fue un mal gallo. Su hermano Andrés, si se considera que fue un gallo fino, de clase, ya que por no renegar de su fe, fue condenado a

San Ándres, Patrón de los Galleros.

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muerte, crucificado en la cruz, aceptando su destino con gran estoicismo. Es por ello que en todo el Mar Caribe y especialmente en República Dominicana y Puerto Rico, los galleros lo consideran su patón y la temporada se inicia el 30 de Noviembre , día del Santo, fecha que era esperada con gran regocijo y amor y el personal se ponía ropa y zapatos nuevos. Al tiempo que se recogían los gallos para la inauguración de la temporada, comenzaban los rezos: “Ay San Andrés, bendice mis gallitos, no permitas que mis ahorrillos se vayan a perder, te pondré muchas velas, si ganan en el día de hoy”

Pintura antigua de Gallus gallus.

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Pato Mandarín.

Ganso Común.

Cisne Mudo.

Gallo Rizado.

Gallina Sedosa Negra.

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Imágenes del nuevo libro (1952) de D. Joaquín del Castillo encontrado por D. Enrique Rueda López Enrique Rueda López

Es un placer el poder dar a conocer algunas imágenes que he podido recuperar de nuestra “Utrerana” , he querido reservarlas para presentarlas en esta Feria dedicada a esta raza en su cuna natal y espero que sean de vuestro agrado.

Lámina publicada en 1952 por Joaquín del Castillo en la que nos muestra como deben ser morfológicamente nuestras utreranas en una edad temprana.

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A continuación unas fotografías, que ilustran apartados que en el libro “Las Gallinas Utreranas” se describen.

Escudo de Utrera que incorpora D. Joaquín del Castillo al libro de 1952

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Gallo Combatiente.

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San Pedro in gallicantu Antonio Cabrera Rodríguez

En el artículo El gallo en la Pasión de la revista del año pasado de la VIII Feria de la Gallina Utrerana, tratábamos de la relación de nuestra ave con la Pasión de Cristo, a través del apóstol San Pedro que fue el primer Papa.

nos indicó que estábamos en la “Ecclesia catholica Sancti Petri in Gallicantu”, más o menos en castellano interpreté “Iglesia católica de San Pedro donde canta el gallo”.

Para ello, nos centrábamos en aquellas representaciones del gallo que existían en nuestras cofradías de Semana Santa, concretamente, en la hermandad utrerana de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Este verano, con un grupo de la Parroquia de San José de Utrera, tuvimos la suerte de ir a Tierra Santa, donde comprobamos que, para los creyentes, no es un viaje más, ya que se proyecta probablemente más al interior que al exterior, al vivir en primera persona lo que tantas veces hemos imaginado desde pequeño. Por la mañana temprano del martes siete de agosto, habíamos estado en el Monte de los Olivos de Jerusalén. Después, cruzamos el Torrente del Cedrón y subimos a una de las laderas del Monte Sión. Ese fue el camino que recorrió Jesús aquella noche fatídica y salvadora que conmemoramos en nuestra “madrugá”. Era mediodía y hacía un sol de justicia. Entramos en un santuario hecho con la típica piedra blanca jerosomilitana, que inunda toda la ciudad. Una cristalera de la puerta

Cristalera de entrada al templo. Fotografía Antonio Cabrera.

Mira que bien, pensé, el año pasado escribí en la distancia de este episodio y ahora, podré hacerlo con mayor conocimiento de causa. La casa del sumo sacerdote Caifás, donde Cristo fue juzgado, ultrajado, abofeteado, y encarcelado por el Sanedrín y negado por San Pedro, estuvo en el citado Monte Sión, aunque más que un monte, nosotros diríamos que es una suave colina o una loma. En tiempos de Jesús, se encontraba dentro de las murallas antiguas de la ciudad. Hoy, dos mil años después, está fuera de las murallas levantadas en el siglo XVI por los turcos.

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Pero volvamos, a nuestro santuario pétreo, ya que los padres asuncionistas franceses, desde 1887, se encuentran asentados en las ruinas del que debió ser suntuoso palacio hebreo y en 1931, construyeron el templo que hoy se contempla. De lo antiguo, se conservan ruinas y grutas excavadas en la tierra. En una de ellas, se cree que estuvo prisionero el Señor. Al igual, que una vía de escalones de hace dos milenios que se venera, porque por allí debió de pasar Jesús Preso.

Monumento de San Pedro in Gallicantu, las murallas de Jerusalén. Fotografía Antonio Cabrera.

De lo nuevo, principalmente, se puede admirar el suntuoso templo con sus dependencias, entre las que sobresale una torre y la cúpula con un gallo dorado, más un patio exterior (donde pudo estar el atrio que menciona el Evangelio) con algunas cartelas pasionistas y un monumento de bronce y piedra en recuerdo de las negaciones de San Pedro y su llanto posterior de remordimiento.

Cerca de allí, también, se visita un edificio donde está el cenáculo, en la parte alta y la tumba de David dentro de una sinagoga, en la parte baja; la abadía de la Dormición de la Virgen y el cementerio católico en el que enterraron a Oscar Schindler, el liberador de judíos de la famosa película.

El templo y el gallo sobre la cúpula.

Allí, aparece el príncipe de los apóstoles sentado, al lado de la lumbre de una hoguera, con las manos abiertas -como haciendo ademán de negar- junto a dos mujeres y un soldado romano. Domina la escena una alta columna y encima nuestro protagonista, el gallo, esperando que termine de negar San Pedro para lanzar a los vientos su canto denunciador de tanta cobardía.

Coronando el monumento. Fotografía Antonio Cabrera.

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Ya sabemos que la simbología de nuestro animal representa muchas cosas, como la de ser un belicoso guerrero y vigilante

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mañanero que anuncia la llegada del día que deja atrás la noche y los malos espíritus. También, representa a la Resurrección de Cristo y al mismo san Pedro, por este pasaje pasionista. Tal vez por eso, el Papa Nicolás I, en la Edad Media, ordenó que se pusiera un Gallo en las veletas de los templos. Quizás ese sea el motivo de que aparezca –sobre ellas- dominando tantos paisajes de nuestra geografía. Los evangelistas señalan que por tres veces negó san Pedro a Cristo antes de que el gallo cantara. Marcos incluso fue más meticuloso y precisó que fueron dos veces, las que nuestro bello animal intervino con su canto. Fueran las que fuese, lo cierto que aquel pollo israelita o romano, quién sabe, pasó a la inmortalidad, del mismo modo que su congénere de la noche de Navidad, que hizo lo propio, según algunas piadosas leyendas, cuando vio al Niño nacer a las doce del veinticuatro de diciembre, lo que ha dado lugar a que se denomine Misa del

Gallo, a la Eucaristía que se celebra en recuerdo de dicho momento divino. Termino indicando que Tierra Santa (la mayor parte está ocupada por Israel) es un país maravilloso, aunque de un alto nivel de vida, o sea caro. Por ello, como tanto los judíos como los musulmanes no comen cerdo, la carne que se consume sobre todo es la ternera, el cordero y el pollo. De las dos primeras, en los restaurantes concertados, tal vez por el precio, vimos poca, así que ante tantas hortalizas y verduras con unos aliños y salsas a las que no estamos acostumbrados, optamos por el pollo preparado de diversas maneras. Vamos que junto con el socorrido pan con aceite de oliva, habitual en estos casos, nos salvó del hambre en aquellas agotadoras jornadas. Bendita sea tan generosa ave. La cual, también nos proporciona, últimamente en Utrera, la Feria de la Gallina Utrerana, que nos sirve para reunirnos y compartir unos días de amistad y convivencia durante las fiestas navideñas.

Escalera por donde debió pasar Jesús. Fotografía Antonio Cabrera.

Manual con el pasaje evangélico. Fotografía Antonio Cabrera.

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Gallina Mo単uda Andaluza Perdiz.

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Gestión genética de las poblaciones avícolas José Manuel León, Alejandro Cabello y Joaquín Doctor Centro Agropecuario Provincial Diputación de Córdoba

1. INTRODUCCIÓN

Al igual que ocurre en las poblaciones salvajes, los animales domésticos de las distintas especies se estructuran en poblaciones de mayor o menor categoría que suponen un fenómeno dinámico y no estático como a veces se pretende observar desde la oficialidad. Con esto se quiere decir, que la situación de una población doméstica es algo cambiante y que pasa por distintas fases a lo largo de su existencia, desde su formación hasta su extinción, cuando esta desgraciadamente se produce. Afortunadamente las ideas conservacionistas se van imponiendo cada vez más y sobre todo cuando al concepto aislado de conservación se les ha unido otros puntos de vista importantes como es su utilización en el de desarrollo rural sostenible. En este artículo se describe la metodología a aplicar para conseguir como resultado la garantía de supervivencia de las poblaciones avícolas.

2. ORGANIZACIÓN DEL SUSTRATO

La organización del sustrato es el paso previo del desarrollo de los programas de conservación, ya debemos recordar que las razas a conservar presentan escasos censos, nula estructura y son prácticamente desconocidas, por tanto las fases de la organización del substrato son las siguientes:

1.- Conocimiento de la situación zootécnica de las razas a través de encuestas: -- Sobre la estructura de la población: Censos, ratio sexual, pirámide de edades, número de criadores, tamaño medio de los núcleos de animales, categoría de la población (raza, estirpe etc), existencia de subpoblaciones, distribución geográfica, ect -- Sobre las características zootécnicas: Sistema de explotación, alimentación agua, ciclo reproductivo, etc. -- Sobre las circunstancias sociales: Régimen de propiedad, edad media de los ganaderos, base de empleo, preparación de los ganaderos, remplazo generacional, etc. -- Sobre las circunstancias ecológicas: Tratamiento de efluentes, coexistencia con otras especies, interacción con otras especies, recursos naturales a su disposición (cualitativo y cuantitativo), etc. -- Sobre las circunstancias comerciales: Tipo de productos, régimen de comercialización, ingresos, tipo de demanda (estacional, dispersa), etc. 2.- Definir la situación genética de las razas (tamaño efectivo de la población, endogamia, grado de cruzamiento, etc), en función de la información de las encuestas. 3.- Evaluar la prioridad de conservación de las poblaciones de acuerdo con las circunstancias anteriormente definidas en las encuestas.

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4.- Caracterizar morfológica, productiva y genéticamente las poblaciones prioritarias, definiendo el patrón de la población. 5.- Crear asociaciones específicas de criadores de razas minoritarias.

3. Recogida de la información

Una vez organizado el substrato se procede a crear las estructuras necesarias para la recogida, clasificación y almacenamiento de información referente a las relaciones de parentesco entre los animales de la población, así como la información productiva y morfológica a través de los siguientes pasos: 1.- Organizar las declaraciones de cubrición y de nacimientos por parte de los ganaderos. 2.- Aportar métodos de contraste de las genealogías declaradas (ADN, polimorfismos, grupos sanguíneos y sistema mayor de histocompatibilidad) a través de muestreo. 3.- Organizar los núcleos de control de rendimientos (leche, carne, lana, etc) 4.- Formar jueces morfológicos y aplicar la metodología para la evaluación de la conformación de los animales.

4. Selección de reproductores

En el caso de los programas de conservación también se desarrolla selección, aunque los criterios selectivos son muy diferentes de los empleados en los programas de mejora genética, ya que en este caso lo que nos interesa es mantener la variabilidad genética de las poblaciones y por tanto los reproductores que nos interesan son aquellos que presentan una mayor genuinidad o representatividad genética de la población, y aquellos que aportan una menor repercusión sobre la endogamia media de la siguiente generación.

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Para realizar esta selección se siguen los siguientes pasos: 1.- Calcular el coeficiente de consanguinidad de todos los individuos que componen la pequeña población cuando esta ya sea genealógica. 2.- Calcular el Índice de conservación genética (efecto fundador) de todos los animales que componen la población. 3.- Seleccionar los reproductores en función del máximo índice de conservación y el mínimo coeficiente de endogamia.

5. Planificación de los apareamientos

Finalmente, cuando ya disponemos de animales seleccionados como reproductores tenemos que planificar adecuadamente los apareamientos con el fin de que las generaciones siguientes se produzcan a un mínimo coste en consanguinidad y en pérdida de variabilidad genética. Esto se consigue a dos niveles: a) Organizando el manejo reproductivo de la población para forzar la aparición de diversidad genética, para ello disponemos de tres posibles fuentes fundamentales: 1.- Realizar un manejo familiar en el cual los nuevos reproductores se elijan de una manera proporcional desde cada familia en ambos sexos. 2.- Recurrir a la recuperación de censos utilizando como base el retrocruzamiento. Para ello se utilizan hembras cruzadas o hebras procedentes de una población filogenéticamente próxima, las cuales se aparean con machos puros, de la descendencia se mantienen las hembras y se eliminan los machos, siguiendo este proceso hasta la quinta generación de adsorción, en la que también se admiten los descendientes machos. Este método ayudado por cierta selección morfológica es muy efectivo, y

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admite la utilización en el proceso de recuperación de semen procedente del banco de germoplasma. Esta es una forma de reconstruir una raza. b) Realizando una correcta elección de los apareamientos y comprobando la respuesta obtenida con el programa. Para ello se siguen los pasos que se enumeran a continuación: 1.- Calcular los coeficientes de coascendencia de todas las parejas posibles dentro de la población. 2.- Seleccionar los apareamientos en función del mínimo coeficiente de coascendencia de las parejas. 3.- Calcular los coeficientes de consanguinidad e índices de conservación promedios en cada generación para controlar la respuesta del plan. La eficacia del plan siempre debe estar avalada por una cuantificación de los costes económicos del plan.

6. pLANIFICACIÓN DE LA ESTRUCTURACIÓN

Cuando conseguimos el éxito en un programa de conservación logramos que la población en cuestión pase desde necesitar medidas urgentes de conservación, a demandar su estructuración, entendiendo como tal todas aquellas acciones encaminadas a su reinserción en el mundo agrario en condiciones de competitividad. A veces nos encontramos con poblaciones que presentan una situación de desestructuración sin proceder de un estado más lastimoso.

Las poblaciones que se encuentran en esta situación provengan de la situación que provengan, no demandan de estudios profundos técnico-científicos, ya que parten de suficiente información. Si precisan de la aplicación de medidas coadyuvantes como son las políticas de sesiones apoyadas desde la administración en orden a

incrementar los censos, y aportar animales de calidad al mercado que ayuden a controlar cualquier repunte de la endogamia en ciertas subpoblaciones con tendencia al aislamiento, perteneciente a la población en cuestión. Las poblaciones a preservar suelen tener escasa estructura, por tanto en los programas de estructuración se incluyen medidas de apoyo a la creación o desarrollo de las asociaciones de criadores y a otras estructuras necesarias, cuando estas no se han concluido en la fase de conservación. Una medida muy importante que se tratará en capítulos posteriores es el desarrollo de programas de apoyo a los productos derivados de estas poblaciones, las cuales necesitan de este empujón a veces para reintegrarse en la economía agraria en igualdad de oportunidades con otras poblaciones.

7. CONCLUSIONES

-- Podemos decir que una vez que una población cuenta con un programa activo de mejora genética, podemos decir que se encuentra fuera de peligro. -- Los programas de mejora genética pueden desarrollarse en el ambiente propio de la población, buscando los animales mejor dotados genéticamente para esos sistemas. -- Las razas locales son susceptibles de mejorar genéticamente. -- Existe una dinámica permanente de poblaciones entre las tres situaciones descritas (conservación, estructuración y mejora), nuestra actuación debe ser siempre ascendente.

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Palomo.

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Camisón M. Carmen Gómez Valera

“Todo va quedando. Lo mismo que la hoja caduca sobre el sembrado añadirá lozanía al tallo, lustre a la hoja, cargazón a la espiga. El sol de esta tarde está creando dentro y fuera, en calma y tierra, calor, sin que nunca acabe enteramente de morir. ¿Qué muere? Todo esto sigue.” “Las cosas del campo”/José Antonio Muñoz Rojas Se llamaba Camisón, aquel toro suizo que compró mi abuelo, porque apenas llegó a la finca se comió un camisón que se encontraba tendido al sol tras la colada. Digo yo que tendría que ser un martes, porque era este el día que se encendía el fogón que calentaba el gran caldero en donde hervía la ropa con polvos de añil en una especie de sopa azulanca que se removía con un palo. Pero vayamos por partes, antes que nada, deciros que vengo de familia de campo, mis padres eran agricultores, también mis abuelos y algunos de mis bisabuelos dedicaron su vida, o al menos parte de ella, a estos menesteres. Dicen que es en el campo en donde los hombres encuentran lo mejor de ellos mismos, debe haber algo de verdad en ello ya que la mayoría de la historias y anécdotas familiares se refieren a las etapas que la familia pasó en el campo,

la más recordada, cual poema épico, la dura etapa de posguerra en la que mi abuelo recién enviudado y al borde de la ruina marchó al campo con sus cinco hijos a intentar capear los malos vientos y a rehacer su maltrecha hacienda. Allí pasaron un tiempo de luto y de hambruna y allí se fraguó el carácter de mis tías mayores, que con apenas 16 años se hicieron cargo de la recién nacida, de la casa, de la familia y de mantener alimentados a los jornaleros temporeros que cada día acudían a las faenas del campo. Mi madre era la tercera hija, entonces contaba con trece años, amaba los animales, las plantas y las historias. A los animales los llamaba por sus nombres y hablaba de ellos nombrándoles como se nombra a la gente de la familia “Minuta”, su perra bodeguera, “Monchi”uno de sus gatos, “Señorita”, la vaca que le comió la falda, que por cierto era hija de “Camisón”-le vendría de familia la afición a comer ropa, “Rita”, la cabra que se subía a los tejados y “Perico”, el caballo semental. De las plantas también conocía los nombres y de algunas yerbas, sus hijos también los aprendidos de tanto oírselos nombrar.

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Un primo de Camisón.

En cuanto a las historias, deciros que fue bendecida con ese don, que cuando describía un cielo estrellado de verano en el silencio del campo era como estar allí y hasta nos parecía estar escuchando a las lechuzas. Conozco muchas historias del campo y de sus gentes, pero esta que traigo es la última que le escuché a mi madre, la del toro “Camisón”. Estaba terminando el verano, dormían los trillos, en la era las briznas de paja brillaban al sol, cuando mi abuelo hizo su entrada a caballo en el rancho de su propiedad y tras él, amarrado al carro, el toro semental pisando el polvo seco de la vereda. Había sido adquirido en la Feria del ganado de Utrera, costó sus buenos cuartos, pero el campo había sido generoso y como en tantas cosas de la vida, mi abuelo aplicaba esa ley eterna de “dar para recibir y recibir para dar”.

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A los dos días de su llegada sucedió lo del episodio del camisón recién lavado que se zampó y se le quedó el nombre que, a decir verdad, le venía bien. “Camisón” era el orgullo de mi abuelo, un toro semental suizo que pesaba más de 800 kilos al que acudían a visitar vecinos del rancho y curiosos del lugar que quedaban ensimismados ante aquella estampa de fuerza y fertilidad. Algunos quedaban impresionados por la imagen de aquella niña, amiga del gigante, que enredaba sus dedos en el acaracolado testuz del semental mientras éste tomaba los dorados granos de maíz de su mano. Durante los dos años siguientes “Camisón” perpetuó su estirpe engendrando hermosos ejemplares. A veces era solicitado por los vecinos para que cubriera a otras vacas, mi abuelo pactaba el precio de la monta, pero sólo accedía en esca-

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sas ocasiones y siempre que trajesen la vaca, ya que el semental no salía de la propiedad, era el rey de los animales, la piedra más preciada de la corona. Pero un día, el vaquero alertó de un cambio. -No es el mismo, anda nervioso, me pareció que me miraba torcido y amagó como para embestir, no sé, no sé…. No pasaron ni dos días cuando mi abuelo pudo comprobarlo, “Camisón” se encontraba en el cerrado, pastaba suelto entre plantas humedecidas, mi abuelo se adentró con mi madre que llevaba una gruesa soga de esparto para llevarlo al pilón. Hombre y animal se miraron a los ojos y en un relámpago de lucidez mi abuelo se percató de lo que iba a pasar y cogiendo a mi madre de la mano aulló más que gritó:

-¡Corre! En unos segundos no hubo cielo, ni pasto, ni campo, todo lo ocupó la embestida, tal vez mi abuelo que había sobrevivido a una guerra nunca sintió más miedo. No llegó a alcanzarlos, afortunadamente se encontraban a corta distancia de los palos del cerrado que milagrosamente aguantaron la descomunal carga. Lo que sigue fue una decisión dolorosa, desde la muerte de mi abuela no se le volvió a ver una lágrima a mi abuelo, pero el día que se llevaron a “Camisón” atado al carro que lo llevaba al matadero, volvió a sentir que alguien pisoteaba su corazón. Esta es la historia del toro “Camisón”, mi madre la hubiera contado mejor, estoy segura de ello.

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Palomo.

Palomo.

Palomo.

Palomo.

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Sobre palomos ladrones (ayer y hoy) José Morales

UNO

En la vieja casa de vecinos hay un patio con un jazmín en su arriate y unos latones de claveles. Una gata negra dormita al sol sobre los ladrillos de barro. Desvencijada y chueca, una jaula vacía cuelga de la pared. Al fondo, un lavadero cubierto, con dos pilas de piedra y un fogón rinconero que ya no se utiliza, alberga dos lavadoras algo desconchadas y unas líneas de alambre de las que cuelga una camisa gris. Más allá, tras un vano sin puerta coronado por un arco de medio punto, se abre un corral grande, parcialmente empedrado. Entre las piedras, las lluvias recientes han hecho reverdecer el musgo. Sujeto a la tapia más alejada, un postigo de grandes aldabas da la impresión de ser el señor de este entorno. Si miras a la derecha del postigo, verás un gallinero construido con unas pocas tablas, tela metálica y varias láminas de uralita. En él, una docena de gallinas negras se alborotan un poco con tu entrada. Tal vez esperan que las alimentes. Un gallo pechugón y vanidoso, el dueño de este particular feudo, te estudia fijamente, con escogida arrogancia. La intermitente sacudida de su cabeza hace temblar su enorme cresta y sus descolgadas barbas de terciopelo rojo. Dicen que estas gallinas, que proceden de la granja de Castillo, son muy buenas ponedoras. Pero hay otros elementos que aportan un cierto interés a este sitio. A la izquierda del postigo, altos jaramagos

y malvas lujuriantes casi cubren la visión de una porqueriza vacía. Delante de ella, aquellas yerbas y otras (ortigas, sobre todo) reclaman la posesión de un montón de cachivaches que incluye lo que parece el esqueleto herrumbroso de un trillo, un bidón renegrido y una rueda de bicicleta destrozada. Doblados y en desorden, los radios parecen gritos desacordes de esclavizadas almas en pena. Por supuesto, también están los palomos. Los palomos viven en tres cajones de madera con cubierta de hojalata, pintados de color verde oscuro y estratégicamente adosados a las diferentes tapias. Ya van necesitando estos nidales una nueva capa de pintura, y una de las tablillas de acceso está medio podrida. Estos tres palomos, dos azules con bandas y uno negro, duermen en sus cajones y anidan en ellos a las palomas zuritas y perdidas que traen, pero en realidad viven en sus paraderos favoritos, en los picos de los tejados altos, en el pretil de la azotea, en la torre de molino unas casas más abajo, en la semiderruida torre de homenaje del viejo castillo, en los campanarios de las iglesias, en el aire de Utrera y en la incontestable libertad de sus propios vuelos. Cuando oyen a Curro, su dueño, silbar de una manera determinada, arrancan a volar batiendo las alas como quien toca las palmas, y cuando Curro llega del trabajo a mediodía, entra al corral y hace sonar

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la lata con el grano, los tres bajan hasta sus pies, dispuestos a almorzar también. A veces, se pelean entre ellos disputando un sitio mejor, o un grano de maíz o arveja más apetitoso. A veces, al entrar, Curro ha espantado una zurita que los machos habían traído. Sólo ha visto de ella una sombra o, en el mejor de los casos, el reflejo de un ojo de rubí o la iridiscencia de un cuello terso como una joya labrada. No le importa. Sabe que sus palomos la traerán de nuevo, que posiblemente se llevarán bregando con ella toda la tarde y que, a la noche, posiblemente se recoja con alguno de ellos, probablemente el negro, el más viejo de los tres y el que siempre ha sido el más meloso. “Estos son palomos rateros”, te dice Curro cuando entras con él. Y lo dice como quien entona una canción o recita una fórmula mágica.

civia. Mientras que a Kamadeva, el dios hindú del amor se le representa cabalgando una paloma, de la importancia de este animal en civilizaciones más occidentales dan fe múltiples bajorrelieves y esculturas de palomas encontrados en las ruinas de los templos de antiguas diosas de la fertilidad, como el de la sumeria Ishtar, que más tarde se convirtió en Afrodita entre los griegos y en Venus, “la diosa siria”, entre los romanos. En el Metropolitan Museum of Art de Nueva York se exhibe una deliciosa figurilla de terracota que representa una paloma posada sobre una granada y que fue desenterrada durante unas excavaciones en la antigua ciudad de Sardis, a unos 320 kilómetros al sur de Estambul. Aparentemente, este objeto y otros similares eran exvotos ofrecidos a Afrodita hace unos 2.500 años.

DOS

A la presencia simbólica de la paloma en esos y otros elementos monumentales, tales como mosaicos romanos y gran cantidad de joyas, se une la profusión de referencias literarias desde los más oscuros comienzos de la escritura. La adoración que las antiguas culturas sentían por la paloma aparece, por ejemplo, en los escritos de diversos escritores griegos. En el Libro I, Capítulo VI, de su Anábasis, Jenofonte (455-355 BC) manifiesta que en Siria se la consideraba un animal sagrado, y, siglos más tarde, el escritor latino Tibulo insiste en dicha idea: “¿Por qué tengo yo que mencionar el modo en que las sagradas palomas blancas revolotean sin que nadie las moleste por todas las ciudades de la Palestina siria?” (Octava elegía) Tal vez, los primeros textos en que se menciona la actividad de atrapar las palomas de otra persona usando las de uno estén en el Talmud, el conjunto de leyes civiles y leyendas judías escrito en hebreo y arameo, del cual hay dos versiones, una del siglo V (Babilonia) y otra muy anterior (Jerusalén). En el Mishnah (Sanhedrin III,3) se estipula que aquellos

Desde tiempos inmemoriales, la relación de los seres humanos con las palomas se ha visto aderezada con una cierta dosis de magia que se refleja en la simbología con que se la reviste. En el relato bíblico del Diluvio Universal, la paloma que Noé deja volar desde el Arca es la que comunica al patriarca que la ira de su dios se ha apaciguado finalmente y que la terrible prueba ha concluido. Paloma y rama de olivo se transforman seguidamente en símbolos de paz para un gran número de culturas, incluso convirtiéndose la paloma en el paráclito del Cristianismo, el espíritu consolador de los fieles. En algunas civilizaciones, por el hecho de que, en circunstancias normales, un macho y una hembra (y ocasionalmente dos machos o dos hembras) se aparean de por vida, la paloma representa la fidelidad y la constancia en una relación de pareja aunque, curiosamente, sin duda por el carácter ardiente de la paloma, que, al contrario que otras aves, se reproduce durante todo el año, también se la ha convertido en un icono tanto de la fertilidad como de la las-

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que vuelan palomas (a los que se considera como “mentirosos”) no pueden testificar en los juicios. Hay dos razones para justificar esta norma: que apuestan en las carreras de palomas, lo cual no está bien visto, y que ponen lazos y trampas para atrapar los ejemplares de otros, lo cual es igualmente criticable. Es interesante constatar que, probablemente, la primera referencia escrita andaluza al “deporte” de capturar las palomas del vecino consiste también en una norma civil que se incluye en el Tratado de Ibn-Abdún. Este texto (publicado en Journal Asiatique CCXXIV, Abril-Junio 1934, p. 237) enumeraba las leyes reguladoras de las transacciones en el zoco de Sevilla a comienzos del siglo XII, entre las cuales se hallaba una que prohibía expresamente el comercio con palomos ladrones, por ser esta actividad impropia de personas honradas. Siempre han defendido los verdaderos aficionados al palomo ladrón (al-hamán al-jallaq, en árabe) que el animal en sí no es el ratero, ya que se limita a seguir sus instintos con el objetivo de conseguir una pareja con que reproducirse. Paralelamente, siempre se ha visto al palomero con ojos no demasiado benignos. Cuando Sir John Chardin, viajero inglés, publica Travels in Persia (1724) reseña que la afición es tremendamente popular en Persia (¡3.000 palomares en Ispahan solamente!), que cualquier dueño pierde sus derechos sobre una paloma que es atrapada en palomar ajeno, que, a pesar de su popularidad, la actividad está prohibida por ley y que a los acérrimos aficionados se les llama “kester baze” y “kester perron” (impostores, y ladrones de palomas). También, por otra parte, hay quien recurre un tanto al humor para reflejar el modo en que los aficionados se enfrentan unos a otros, a veces acaloradamente, por el toma y daca (“el pique”, se diría hoy en día) de capturar las palomas ajenas. Es lo que, en su Historia geográ-

fica de África parece hacer el moro granadino Johannes Leo Africanus. Desde su exilio en Fez, después de dejar constancia de que en múltiples azoteas de la antigua capital marroquí hay voladeros de palomas, las cuales se sueltan dos veces al día, y de que siete u ocho tiendas se dedican exclusivamente a comerciar con estas aves, describe el modo en que, en muchas ocasiones, aficionados rivales se dedican a darse collejas y tirones de orejas al objeto de dirimir sus querellas. Así, desde el lejano oriente (pues hay testimonios de que la afición se practicaba en China e India) hasta Iberia, siempre se ha practicado la caza de palomas silvestres, perdidas y domésticas por medio de las palomas propias. Frecuentemente, por parte de estamentos oficiales y gobiernos se ha intentado regular la actividad, e incluso prohibirla. Además de en Sevilla, posteriormente (en el siglo XVIII) en otras ciudades andaluzas, como Cádiz y Granada, y casi con simultaneidad en la ciudad de Murcia, se publicaron normas puntuales sobre la forma de volar los palomos ladrones, llamados laudinos. Pero quizá fuera en la ciudad italiana de Módena, a partir de al menos el siglo XVI, donde la afición alcanzó el mayor nivel de ritualidad y formalismo. Allí, a la práctica de mezclar bandos de palomas antagonistas en el aire y hacer que entablaran auténticos “combates” al objeto de determinar qué “ejercito” era mejor y, consiguientemente, qué aficionado, disponía de los ejemplares con mejores cualidades, se la denominó, precisamente, “la guerra”. Los triganieri, o aficionados modeneses, se tomaban su arte muy en serio. Los animales se volaban en ayunas, y con una larga pértiga que llevaba un paño negro atado en la punta se guiaba al bando en círculos en una u otra dirección. Una vez que dos bandos se hallaban mezclados y en confusión (mischiati e confusi), cada aficionado, mediante el sonido de una pequeña corneta, intentaba hacer volver al

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suyo propio, con los ejemplares del otro que pudieran haberse dejado capturar. La cosa no acababa ahí, sino que había tratados que cumplir, dándose cuatro categorías de pactos posibles: di buona amicizia; di buona guerra; a guerra dichiarata y a guerra ad ultimo sanguine. En el primer caso se daban condiciones de amistad entre los aficionados y las palomas se devolvían a su dueño sin penalización. En el segundo caso se trataba de una guerra leal, una especie de “hoy por ti, mañana por mí” que conllevaba el pago de un simbólico rescate por los prisioneros (y después, todos tan amigos, o enemigos). El tercer supuesto era uno de guerra declarada y abierta: no había rescate posible y las palomas pasaban a tener un nuevo dueño. La “guerra hasta la última gota de sangre”, el cuarto caso, era cruel. Las palomas atrapadas se sacrificaban fríamente en una terraza o balcón. Era una ejecución pública, llevada a cabo ante grupos de otros aficionados, que muy probablemente incluían al perdedor.

TRES

Según testimonios fiables (hasta hace relativamente poco tiempo, la tradición oral ha sido el vehículo más usual para la transmisión de conocimientos entre los palomeros de España), conductas muy parecidas a las de los practicantes de esa particular “guerra” en la ciudad del norte de Italia eran observadas también entre los antiguos aficionados andaluces. De hecho, siempre se preciaban de que sus ejemplares fuesen “duros”, esto es, de que no se dejaban atrapar fácilmente. A dicha cualidad se la denominaba (y aún hoy en día se la denomina) “instinto de conservación”. Buscando pareja, el ejemplar tenía que alejarse de su palomar, “trastear” torres, casonas abandonadas, cortijadas y huertas, tejados altos, silos, y, en definitiva, cualquier lugar en que pudiera darse la posibilidad de iniciar un cortejo. Ello significaba correr el riesgo de

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convertirse en un “cazador cazado”, de modo que era básico que el palomo no se dejase atrapar y fuese capaz de volver a casa tras sus exploraciones. Para que un espécimen fuera considerado valioso y completo, esa condición esencial se debía acompañar con otras dos, conocidas como los instintos “de persecución” y “de seducción”. En teoría, aunque un buchón español (por su inteligencia, tal vez, pero también porque la paloma es un animal gregario) puede contar con ventaja a la hora de perseguir a una paloma perdida o desorientada o a un pichón que efectúa sus primeros vuelos, no debe resultarle fácil, sin embargo, debido a su buche y tamaño, alcanzar a una bravía o mensajera que vuela en altura a su velocidad normal. Pero ese es su trabajo y, si es un animal cualificado, lo cumple a la perfección. El secreto puede ser que compensa su aparente exceso de tamaño con una escasez de peso que a veces parece sorprendente, que controla su buche como encogiéndolo (“lo pierde”, en el argot propio) y que dispone de unos “brazos” (alas, en realidad) poderosos, con remeras anchas y fuertes, que a veces se cuentan en el número de once, cuando lo normal es que una paloma tenga diez. En cuanto al trabajo de seducción, se puede decir que comienza durante la vuelta al palomar, cuando el palomo vuela delante de su presa, desplegando diferentes posturas y figuras que, instintivamente, considera atractivas. Al acercarse a casa, el vuelo del buchón va bajando en altura y, prácticamente, se convierte en rasante en relación a tejados, árboles y otros obstáculos. La finalidad puede ser la intención de domeñar el vuelo del ejemplar que le sigue, de atemperarlo y hacer que termine por posarse allá donde sea conveniente. Seguidamente, se completa “la faena” en el propio palomar mediante una serie de llamadas desde el nido, entradas y salidas que parecen destinadas a mostrar el camino del mismo al invitado, aproxi-

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maciones, leves toques con el pecho y otras muestras de interés y cariño. Es vital que el ave atraída no se sienta amenazada, atosigada o rechazada, por lo que se aprecia en grado sumo que el palomo buchón sea meloso y que en ningún momento pique o ataque de algún modo a su conquista (o sea, que no la “castigue”). Ah, pero, según se acaba de leer, es evidente que hubo cambios en la vieja Iberia y que, en España, “la guerra”, el combate de bandos de palomas con el objetivo de hacer que los ejemplares se mezclaran y acabaran en lar ajeno, aquel entretenimiento típico de los palomeros de toda la vida en la cuenca del Mediterráneo y en el Oriente se transformó en un juego de seducción individual protagonizado por animales altamente especializados. Es debatible (por no decir imposible) determinar cómo tuvieron lugar esos cambios, que, por otra parte, son tremendamente significativos. En este punto, como en otros tantos aspectos de la relación entre humanos y palomas, se enfrenta uno a una considerable dosis de misterio. En su estudio La joya colombófila (Barcelona, 1924), C. de Altamira Raventós menciona que un gran aficionado de la ciudad de Játiva, Miguel Albalat y Gozalbo poseía el manuscrito de un fraile franciscano del siglo XVIII, llamado Antonio Llaudís, quien durante más de cuarenta años había cultivado una variedad de buchona que pasó a ser conocida como Buchona franciscana y que se caracterizaba por su pluma de color ahumado y su pico y uñas amarillentos. Además, Llaudís reflejó en su escrito sus experiencias con mensajeras de la raza Magaña y Azul de la estrella. Según Altamira, la Buchona franciscana era perfectamente diferenciable de las otras buchonas, a las que en general “se las llama laudinos”. Otros autores, anteriores a Altamira, como A.J. Cavanilles (1799) y S. Rojas Clemente y Rubio (1826) hacen también mención de

la paloma Laudina, la raza de paloma ladrona que supuestamente mejoró Llaudís mediante los cruces que efectuó entre las palomas que criaba. No obstante, el propio Cavanilles y Rojas Clemente (así como G.L.L. de Buffon en 1774) reflejan la existencia de otra raza de buchona española, conocida como la Paloma de Casta, la Paloma de Raza o, simplemente, la Ladrona. En busca de ese buchón primigenio que hizo que el modo de enfocar la afición en España cambiara radicalmente, se pueden introducir asimismo disquisiciones sobre otras razas antiquísimas, como el Gorguero (o Colguero u Olguero, pues existe cierta confusión respecto al nombre), el Rafeño (o Rifeño) y el Marchenero, mereciendo también un lugar muy especial el llamado Palomo valenciano. Descrito por diversos autores, entre los que se cuentan Cabanilles, Rojas Clemente, y A. Pascual (1818) el Valenciano gozó de una gran popularidad como palomo ladrón hasta bien entrados los años cincuenta del pasado siglo, e incluso más tarde (dependiendo de la región), y dejó su herencia (e incluso su nombre a veces) en varias de las razas que hoy día se conocen como razas puras, así como en los llamados Palomos deportivos. Parece ser que a Andalucía llegaron estos palomos, junto a Laudinos de diferentes tipos, tras compras efectuadas en Valencia donde, en la Plaza Redonda por ejemplo, había mercados de compra y venta de palomas. Es posible que fuesen Valencianos los palomos ladrones que menciona el autor y diplomático norteamericano Washington Irwin en la historia “El truhán”, incluida en The Alhambra (1865). En dicho relato, una muchacha, Dolores, que vive en La Alhambra, ve como su palomar va quedando vacío debido a la labor de dos palomos ladrones que pertenecen al administrador del Generalife y que, en realidad, se han erigido en “el terror de todos los palomeros del vecindario”.

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CUATRO

Hoy en día, todavía hay quien mantiene la afición en toda su salsa y se dedica a las palomas ladronas (“de acarreo”, las llaman a menudo los actuales aficionados de Utrera y otros sitios, que parecen haber descartado los menos eufemísticos términos de “ratero” y “ladrón”). Frecuentemente, se utilizan para el menester palomos cruzados, cuarterones y quinterones de buchón y mensajero, como los que recomendaba Altamira. También había sugerido este cruce, allá por 1765, el anónimo autor de Treatise on Domestic Pigeons (Tratado de las palomas domésticas), un trabajo en que se definía al Powting Horseman (referida a las palomas, la palabra inglesa pouter significa buchón, mientras que horseman quiere decir caballero, o jinete) como un híbrido de buchona y horseman (raza parecida al Carrier aunque de menor tamaño, con el cuello proporcionalmente más corto y las carúnculas oculares y nasales más ligeras) que se caracterizaba por su vivo genio, sus constantes salidas en busca de palomas perdidas y una gran capacidad de vuelo que le permitía volar hasta casa desde distancias de hasta veinte millas. Sin embargo, a pesar de que aún se vuelan palomas ladronas, muy lejano queda ya el atardecer en que la desdichada Dolores de La Alhambra escudriñaba el cielo para ver si sus ingenuas palomas habían conseguido zafarse de las malas compañías e intentaban regresar a casa. De hecho, las circunstancias de la vida han cambiado tanto que muchos palomeros, incluso contando con licencias de federaciones y estando afiliados a clubes y sociedades, tienen verdaderas dificultades para volar sus palomas. En unas cuantas décadas, se ha pasado de un mundo y una sociedad básicamente rurales y artesanales a un entorno urbano en que, por razones obvias, a las palomas se las llama a menudo “ratas del cielo” y apelativos similares. Pocos vecindarios son ahora

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apropiados para volar palomas. Incluso los conceptos de tiempo, diversión y solidaridad son diferentes. Como consecuencia, la afición a las palomas de raza españolas ha dado un giro radical que se concreta en la celebración de concursos y exposiciones en recintos cerrados en los cuales se enjuicia a los especímenes según el estándar o patrón propio de su raza. Se han cambiado el vuelo por el escaparate de una jaula, la excitación de la caza por viajes a los lugares donde se celebran los eventos, las tertulias en que se comentaban las faenas notables de algún ejemplar por reuniones en que se habla, por ejemplo, de si el ojo de un palomo tiene el color apropiado, de si la pata es suficientemente larga o de si la cola es apropiadamente corta. En esto, como en tantas otras cosas, buenas y malas, los españoles somos ya europeos y puede que alguien recuerde ahora unos versos de W.H. Auden, que, escribiendo sobre la Guerra Civil española en 1937, comentaba que en el crudo presente sólo existía el conflicto como única cotidianeidad aunque quién sabe si en un día futuro la gente podría intercambiar ideas y sugerencias sobre la cría de animales. Hay varios momentos-clave en el desarrollo más reciente de la afición a las palomas de raza en España. En primer lugar, no se debe dejar en el olvido el ataque que, por parte de las fuerzas gubernamentales, sufrieron los aficionados a estas palomas durante muchos años de la Dictadura de Francisco Franco. Por razones políticas y partidistas, el régimen decidió posicionarse a favor de los palomos deportivos (o “de pica”) y discriminar a los aficionados a las razas, a los que se calificaba como “clandestinos” y consideraba llanamente como criminales. Tanto fue así que, en un momento determinado, un capitoste colombicultor clamó tajantemente que, dado el éxito de la labor policial de persecución y exterminio, ya no

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quedaban palomas de raza en España. Afortunadamente, dicha afirmación no fue sino un ejemplo más de vanagloria autocomplaciente. Los palomeros-maquis españoles acabaron por apuntarse la victoria al ser capaces de preservar multitud de ejemplares y de criar con ellos en cuanto las circunstancias fueron favorables. En segundo lugar, la creación de la sociedad columbicultora “La Giralda” en Sevilla durante 1977 significó un punto de inflexión más que significativo. Aquellos geniales aficionados sevillanos fueron capaces de aglutinar alrededor suyo a todo el mundillo palomero de la provincia, de toda Andalucía y de España entera. En gran parte, gracias a la gestión de algunos de ellos, la afición a las palomas de raza fue finalmente reconocida por la Federación Española de Columbicultura, que decidió celebrar en Sevilla el primer campeonato nacional de palomas de raza (1985), que fue un rotundo éxito de organización y participación. Además de sentar cátedra, “La Giralda” abrió el camino para que se constituyeran otras muchas sociedades. Creada en Utrera a caballo entre 1979 y 1980, la Sociedad de Columbicultura Hnos. Alvarez Quintero-Pura Raza fue una de las pioneras, y sus socios, entre los que se contaban jueces nacionales cualificados de razas como el Buchón gaditano y el Buchón granadino, dejaron el pabellón utrerano muy alto desde el principio y a través de muchos años, ganando primeros premios en multitud de concursos y exposiciones de ámbito provincial, regional y nacional con todas las razas que cultivaban. Justamente diez años después de la aparición de “La Giralda” se produjo otro pequeño milagro con la publicación del libro Palomas de raza/ Buchonas españolas, en el que el trío de autores Manuel Tolosa, Pedro Asuar y Joaquín Jiménez reúne los estándares homologados de nueve razas de buchonas (en la actualidad se reconocen unas cuantas más) así como una colección de

fotografías, referencias históricas, bibliografía e información sobre concursos relevantes. Y dos años más tarde (marzo de 2001) nació Columba: Temas de Columbicultura, revista que, durante su no muy prolongada existencia, ofreció estudios monográficos de las razas que, en opinión de muchos lectores, eran profundos y útiles, y que iban acompañados de fotografías de buena calidad. Columba fue un trabajo seminal sin cuya “filosofía”, dinamismo y enfoque democrático la existencia de los actuales foros palomeros en Internet y, consecuentemente, la aplicación de las nuevas tecnologías a la difusión y mejora de las razas de buchonas pudieran haber resultado más difíciles. A la sombra de Columba se creó una asociación nacional de criadores de palomas buchonas. En estos días, la existencia de este tipo de club y de otros dedicados exclusivamente a una raza concreta garantiza el futuro de las palomas buchonas españolas incluso si es en un ámbito muy distinto al que se daba en su origen. La pena sería que la adaptación a los nuevos tiempos terminara por aniquilar un modo de vida y una cultura ancestrales.

CODA

Cuando pasa una zurita, alta en el cielo, como la flecha lanzada por un arquero invisible tras el horizonte, tres de los machos se van con ella, y ella, en principio, hace por volverse, aunque tozuda, terca, de ideas fijas, sigue su camino, perdiéndose a poniente. Al final sólo queda un macho en el cielo, el ahumado, solo, solo, volando alto, alto, distante e irremediable como un deseo perdido. Lo miro hasta que gotas de lluvia me caen en la cara.

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Diciembre de 2012

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Pavo.

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La avicultura en una familia utrerana Eduardo González De la Peña y De la Peña

Me piden una colaboración para la revista que se edita con motivo de la Feria de la Gallina, evento anual organizado por ese heroico grupo que, desde hace años, ha puesto nuevamente en valor a la Gallina Utrerana, una joya de nuestro agro que tantas horas de gloria ha dado a la cría avícola en España. Por ello me ha parecido interesante escribir una pequeña crónica de la relación que la avicultura tuvo, a lo largo del tiempo, con una familia utrerana de labradores y ganaderos: la mía. Mi abuela materna Mª Luisa Gutiérrez de Piñeres Delgado, por su línea materna, pertenecía a una familia Navarra que llegó a Utrera, en el siglo XIV, apenas cien años después de su reconquista a los árabes: los JiménezPajarero. Estos Jiménez Pajarero fueron, desde entonces, labradores y ganaderos en las fértiles tierras de la campiña utrerana y como se da la feliz circunstancia que una gran parte del archivo familiar que ha llegado hasta mí hace referencia a estas actividades camperas, me propongo en este artículo exponer la relación que mi familia tuvo con ella, especialmente la raza de Gallinas Utreranas. El dato más antiguo que conservo de la familia con relación a la avicultura es de 1573. En la partición de bienes de Dª Juana y Dª Isabel Herrera, propietarias de los donadíos de Las Peñuelas y Pero Pérez se especifica que ambas fincas, cuando estuvieron arrendadas a colonos, pagaban

como renta anual ciento ocho caíces de pan terciado y seis pares de gallinas. Siguiendo en orden cronológico hay que mencionar que en 1690, al fallecer D. Francisco Jiménez-Pajarero -propietario de la hacienda Pajarero y otras fincas, que también tenía el cortijo El Algarabejo arrendado a la Compañía de Jesús- su mujer, Dª María de Morales Verdugo al hacer el inventario del ganado, aperos, efectos de la labor y granos existentes entonces en El Algarabejo incluyó en él sesenta gallinas y 80 pollos, valorados todos en cuarenta maravedís. Hay que situarse en el contexto de la época para entender la importancia que tenía entonces la cría de gallinas y pollos en los cortijos utreranos que, con muy poco gasto –pues las gallinas de la tierra eran de una gran rusticidad, buscándose ellas mismas su sustento por el campo la mayoría de las veces- y, sin embargo, su excelente carne y sus huevos constituían una importante reserva alimenticia. Buena prueba de ello la tenemos en nuestros dichos y refranes que hacen referencia a esta crianza. El pollo y la gallina se convirtieron en los grandes lujos gastronómicos del campo utrerano, donde el “caldo de gallina” se reservaba para devolverle las fuerzas a las parturientas y a los enfermos. Del mismo modo la expresión “matar un pollo” se convirtió, desde esos lejanos tiempos y hasta épocas muy recientes, en sinónimo de fiesta grande, algo reservado para las celebraciones familiares.

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Stand de la granja “El Campillo” en una Asamblea Avícola.

Tengo por delante un antiguo recetario de cocina escrito por mi bisabuela Dª Consolación Delgado de los Ríos –propietaria del cortijo Las Peñuelas e hija de Dª Luisa de los Ríos y Jiménez-Pajareroque es una prueba de cuanto digo. De entre doscientas recetas, más de la mitad son diferentes maneras de cocinar la carne de pollo. Ya en el siglo XVIII la cría de gallinas se había extendido y no eran sólo los grandes labradores los que se ocupaban de ello. Eran también muy frecuentes en los ranchos y pegujales y, hasta en las casas de Utrera, pocas eran las que no contaban en su corral con algunas gallinas y pollos que, desde la conquista de América, hubieron de dejarle parte de su espacio a otra ave doméstica que se hizo muy popular, y cuya presencia en la mesa, en navidad, comenzó a ser casi imprescindible: el pavo. Entre los datos que conservo de este siglo está

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el inventario practicado al fallecimiento de D. José Jiménez-Pajarero y Arias de Saavedra en 1781. D. José habitaba en la casa solariega de los Jiménez-Pajarero – actual convento de Hermanas de la Cruz, en la calle de Don Pedro- donde contaba con un extenso corral en la casa de campo, donde se criaban gallinas y pollos que, a su muerte, fueron clasificados como “finos” y “bastos” sin especificar las razas, castas o características de cada grupo. Posteriormente, ya a mediados del siglo XIX fue D. Juan de los Ríos y Mateos –marido de Dª Consolación Jiménez-Pajarero y Ferreras-Villamisar y ambos padres de dos de mis tatarabuelas- uno de los más destacados labradores y ganaderos de la Utrera de la época. D. Juan sumó al patrimonio heredado por él y por su mujer un buen número de cortijos desamortizados hasta tal punto que se convirtió en uno de los mayores propietarios de Andalucía. En Utrera

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El profesor Ghigi, catedrático de la Universidad de Bolonia visita la granja “El Campillo”, de Isidoro de la Peña, que lo acompaña así como Joaquín del Castillo y el sacerdote Manuel Sánchez Pascual. Utrera, 1949.

era dueño –entre otras fincas más pequeñas- de los cortijos de Pinganillo, Los Carrascales, La Higuera Cerca, Las Peñuelas, El Toruño, Valcargado, Malavista y El Algarabejo. En ellos D. Juan se dedicó no solo a las labores agrícolas, también fue ganadero de toros bravos y dueño de una de las yeguadas más numerosas y acreditadas de la época. Y en su labor ganadera también estuvo presente la avicultura. D. Juan era un enamorado del campo y del ganado y entre sus descendientes se recuerdan varias anécdotas suyas que nos dan idea de su afición. Una de ellas es que D. Juan era muy exigente con los animales que criaba y, al mismo tiempo, muy caprichoso. Todo su ganado, además de ser morfológicamente irreprochable en base a unos cánones muy estrictos establecidos por él, tenía que ser uniforme en su aspecto: los bueyes de arar, de pelo berrendo; los mulos castaños o alazanos: las cabras, todas negras y las gallinas totalmente blancas, matándose inmediatamente toda la que tuviera una sola pluma de otro color.

Igualmente es significativa la repercusión de la avicultura en la economía. En 1903 en la partición a bienes de mi tatarabuelo D. Francisco Delgado y Zuleta –marido de Dª Luisa de los Ríos y Jiménez-Pajarero, hija de D. Juan- se puntualiza que su hija “Doña Josefa Delgado de los Ríos, mientras estuvo soltera, vino percibiendo y administrando para su propia utilidad el producto de los huevos y de las gallinas y aves de corral de los cortijos. Y ha surgido la duda entre los herederos acerca de si debería traer o no a colación la cantidad que representan estos productos y en evitación de vacilaciones, teniendo en cuenta que el valor de dichos productos asciende aproximadamente a seis mil pesetas, se decide que traiga a estas operaciones la mitad, o sea, tres mil pesetas, que deberá colacionar como anticipo de legítima recibido por sus padres.” Del mismo modo fue notable el gallinero instalado por mi bisabuelo D. José Gutiérrez de los Ríos en el cortijo Las Peñuelas, que pertenecía a su mujer e incluso otro

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más pequeño que montó en su residencia habitual, hoy Casa de la Cultura de Utrera. Al igual que su abuelo D. Juan de los Ríos, sus gallinas eran totalmente blancas, desechándose la que presentara una sola pluma de otro color. A mayor abundamiento, se contaba en la familia que su buen amigo D. Joaquín del Castillo Sánchez cuando creó la raza Utrerana Instalaciones de la granja “El Campillo” en los años veinte del siglo XX, adquirió a polluelos de reproducción cruzada negra y D. José Gutiérrez un lote de gallinas total- franciscana (para poder diferenciar los semente blancas, aunque posteriormente he xos), huevos para incubar, aves de recría, tenido oportunidad de ver que D. Joaquín, reproductores y reproductores selectos de en su interesante libro de los orígenes de alta genealogía, que se enviaban a todos los la raza, no hace la menor referencia a di- puntos de España. cha compra. Imagino que eso sería la causa de que Una vez fijadas por D. Joaquín del Cas- dicha granja fuera escogida para su visita tillo las características de la raza, en sus va- por los participantes de la V Asamblea Nariedades blanca, negra, franciscana y perdiz cional de Avicultores, que contó entre sus se produjo una auténtica eclosión de la avi- participantes más ilustres a D. Alexandro cultura en Utrera, en la que mi familia parti- Ghigi, Director del Instituto de Zoología de cipó con gran entusiasmo, siendo mi abuelo la Universidad de Bolonia y los doctores materno, D. Isidoro de la Peña Hernández, el Enmanuele Cortis y Caetano Montesfusque más destacó en este campo. Mi abuelo co, de la Dirección de producción agrícoIsidoro compró en 1948 la granja avícola “El la y Forestal de la República Italiana. Una Campillo” a D. Antonio Rodríguez Rivas, D. Asamblea que tendría mucha importancia Juan Navarro Plata y al sacerdote salesiano para la Gallina Utrerana, puesto que en ella D. Manuel Sánchez Pascual. La granja se se reconocieron los “standards” de las vaubicaba a las afueras de Utrera, en los terre- riedades Negra y Perdiz, presentados por nos donde hoy se alza la Barriada de la Paz y su creador, el prestigioso avicultor ya varias contaba con unas magníficas instalaciones veces citado, D. Joaquín del Castillo. provistas de la tecnología más avanzada del momento, sirviendo a sus clientes gallinas La visita al El Campillo tuvo lugar el 9 de de raza Utrerana Blanca, Negra y Francis- Noviembre de 1949. Los asistentes, como cana, además de otras como Castellana recoge la memoria del evento, recorrieron Negra y Leghorn Blanca que se vendían las instalaciones de la granja, acompañaen diferentes apartados como son: pollue- das de las autoridades locales y de otros los recién nacidos de reproducción normal, avicultores utreranos, como D. Pedro Ca-

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macho Damiá y D. Joaquín Piñar Miura: “Por la mañana del miércoles día 9, salieron los señores asambleístas con dirección a Utrera, visitando allí las Granjas Modelos pertenecientes a los competentísimos avicultores D. Isidoro de la Peña Hernández (“El Campillo”), D. Emilio Diaz Saínz (“La Mulata”) y D. Joaquín del Castillo Sánchez (“Santa Matilde”) miembros todos de la “Cooperativa de Gallineros Andaluces”. Los señores Asambleístas fueron cumplidamente atendidos por estas destacadas personalidades de la avicultura utrerana, en el estudio detenidísimo que hicieran de las instalaciones, admirando sus características locales, ganados y organizaciones estadísticas. En ellas, las señoras asambleístas fueron obsequiadas con flores. Antes de abandonar el naranjal de D. Joaquín del Castillo Sánchez, del cual el profesor Ghigi hizo encendidos elogios, los excursionistas se postraron ante Nuestra Señora de Consolación.”

sumar. Desde entonces y hasta ahora han luchado mucho por algo que es un orgullo para Utrera. Después de bastantes años, actualmente es mi hermano Ricardo el que en la finca familiar El Garrotal de las Peñuelas perpetúa la tradición y cría gallinas utreranas, partiendo de las que tenían y tienen unos muy queridos amigos de la familia: D. Manuel Caro Hidalgo y sus hijos Cristóbal y José Manuel. Cada vez que voy al campo y veo a las gallinas utreranas correteando por allí, me siento orgulloso de una raza que nació en Utrera, que fue creada por un utrerano, constituyó un puntal importante de la economía ganadera de mitad del siglo XX y con la que mi familia, a través del tiempo, tuvo una intensa relación. A ello habría que añadir, para más orgullo, que lleva el nombre de nuestra ciudad. Utrera, la cuna del toro –que, junto al caballo, aparece en nuestro escudo- también fue la cuna de estas aves singulares.

Paralelamente a esta visita se había celebrado en Sevilla una muestra, en la cual la granja El Campillo había expuesto varios lotes de aves, entre ellos un gallo y una gallina de raza Utrerana Blanca que fueron premiados. Como lo fue también dicha granja en el IX Concurso Avícola de Puesta, organizado en 1950 por la Junta Provincial de Fomento Pecuario, en el que un lote de siete gallinas utreranas blancas consiguió el primer premio, mientras que otro lote igual, de gallinas con la misma pluma, también se hizo con el segundo puesto. Desgraciadamente, en los años sesenta todo este floreciente mercado se derrumbó y la Gallina Utrerana estuvo casi a punto de desaparecer. Si ello no ocurrió fue gracias a un esforzado grupo de personas que, en los años setenta y ochenta del pasado siglo XX supieron valorar a tiempo esta singular raza avícola y el desastre no se llegó a con-

Portada Estirpes Selectas Granja “El Campillo”

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VIII Feria de la Gallina Utrerana

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Entrega de Premios VIII Feria de la Gallina Utrerana

Basilio Angulo, Juan M. Sánchez Ocaña, María Dolores Pascual y Francisco Serrano

Francisco Bocanegra Mena. 1er Premio de Sureña.

Curro Muñoz Picón. 1er Premio Cresta fina.

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Antonio Jiménez Reyes. 1er Premio Gallino Crestellado.

Manuel Bascón. 1er Cresta fina.

Iván Ramos Peña (Torrijo) con su sobrino Francisco Ramos. 1er Premio Crestellado.

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Consolación León López. 2º Premio Crestellado.

José Manuel Guerrero Martínez. 2º Premio Cresta fina.

José Zarapico Ostos.

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Miguel Izquierdo. 1er Premio Utreranas

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Manolo Romero Morales. 2º Premio Gallina Sureña.

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Jesús Tardío Pico.

Francisco José García Rubio.

Varios de los premiados.

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Concursos Morfológicos IX FERIA DE LA GALLINA UTRERANA - DICIEMBRE 2012 1. Raza Andaluza Azul 2. Raza Utrerana Perdiz 3. Raza Utrerana Negra 4. Raza Utrerana Franciscana 5. Raza Moñuda Andaluza 6. Raza Sureña El Concurso Morfológico de las Razas de Gallinas: Utrerana, Andaluza Azul y Combatiente Español, se desarrolla con inscripción previa, pesaje, inspección veterinaria, y las aves concursantes deberán portar la anilla oficial de la Entente Europea de Avicultura.

RELACIÓN DE AVES CONCURSANTES Don Rafael González Rivas. Razas que presenta: Utrerana Perdiz 1773 h. Utrerana Negra 353 m. 1774 h., 1788 h.

Doña Rosario Rodríguez de la Torre Cárdenas. Razas que presenta: Utrerana Perdiz 1301 h., 1309 h. Don Juan Manuel Sánchez Ocaña. Razas que presenta: Utrerana Perdiz 1302 m., 1303 m. 1312 h.,1311 h. Moñuda Andaluza 904 m. 801 h., 803 h., 804 h.

Don Juan Carlos Parejo. Razas que presenta: Moñuda Andaluza 1887 m. Don Francisco José García Rubio. Razas que presenta: Utrerana Perdiz 8520 m. 1711 m. 1059 h. 6096 h. Utrerana Negra 833 m. 7999 m. 3750 h. 3752 h. Utrerana Franciscana 2228 m., 2201 m., 2206 m., 2209 m. Don Miguel Izquierdo Lozano. Razas que presenta: Andaluza Azul 6182 h., 6183 h., 6971 h, 3876 h. Utrerana Perdiz 6922 h., 3841 h., 3857 h., 3860 h. Utrerana Negra 6979 h., 6 h., 6920 h. Utrerana Franciscana 8368 m., 6968 m., 3849 m., 6924 h. Don Jesús Tardío Pico. Razas que presenta: Utrerana Negra 1348 h., 1340 h. Utrerana Franciscana 1480 m., 1323 h. Moñuda Andaluza 1342 h., 1361 h.

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Don Antonio Carmona Alonso. Razas que presenta: Utrerana Perdiz 1715 m., 1895 h., 1889 h., 1890 h. Utrerana Negra 1714 m., 1879 h., 1876 h., 1898 h. Doña María José Rivero Ocaña. Razas que presenta: Utrerana Franciscana 1780 h., 1789 h., 1785 h. Doña María Jesús Rivero Ocaña. Razas que presenta: Utrerana Negra 605 h., 1779 h. Don José González Blanco. Razas que presenta: Utrerana Perdiz 507 m.

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Concurso-Exposición de Aves de Raza 22 al 25 de diciembre de 2012 Plaza de Toros de la Mulata Utrera (SEVILLA) España