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¿Y por qué elegir un pez fósil como icono de este trabajo? Pues porque existen fotografías y grabados del siglo XIX, donde aparecen personas pescando con cañas en la orilla del Mapocho, testimonios de la existencia de una variedad perdida y hoy desconocida de peces, que señalan el más curioso pero desdeñado caso de especies extintas del Barrio Mapocho, que dan contenido al presente estudio…

A la memoria del periodista y escritor Renán Valdés von B., mapochino y chimbero de toda una vida, a quien regalaré el último capítulo de este libro.


AGRADECIMIENTOS ESPECIALES corresponden para todos los que me ayudaron o facilitaron desinteresadamente, de un modo u otro, el desarrollo de este trabajo y creyeron en el proyecto de este debutante: César Parra, Rodrigo Arias, Lila Calderón, Hermann Mondaca, Hans Fiebig, Marcelo Villalba, Gonzalito Orellana, Mario Rojas T., Fabiola Vallesteros, Mauricio Valenzuela y muchos, muchos otros que por espacio sólo saludaré en general… También los miembros y lectores de la Red Chilena de Amigos del Patrimonio Cultural y a los del Centro Cultural del Patrimonio Histórico de Chile… A todos los personajes de Barrio Mapocho que me sirvieron de informantes y testigos: don Nano por sus valiosos recuerdos, a Juanito, verdadero guía turístico del sector de la ex Cárcel, a doña Gloria y sus años en las distribuidoras de ropa americana, a doña Adia la dama de las flores, a Adrián por mostrarme sus fotografías con la demolición de las pérgolas, a doña Margarita con sus revistas de calle Esmeralda, a don Enrique, don Kike, por sus recuerdos de la época dorada de los hoteles del barrio; A don Arturo y los demás prohombres de La Vega Central; a los comerciantes, estacionadores de vehículos, trabajadores, barmen, camareras, cocineras, “chiquillas felices” y policías que sabían justo dónde confirmar el dato que faltaba. A todos los coleccionistas particulares y colaboradores que en forma anónima y sin ostentaciones ni exigencias me facilitaron documentos, fotografías, postales y pequeños tesoros de su propiedad para ser mostrados en aquí… Y a todos aquellos que alguna vez conocí y que ya no se hallan entre nosotros, pero que estuvieron vinculados de una u otra manera a estos barrios de las riberas del Mapocho: Oreste Plath, Alfonso Calderón, Miguel Serrano, Dr. Juan Grau, Renán Valdés, Luis Cornejo, Ricardo Liaño, Ernesto López, Juan Nahum, Leandro Espinoza, René “Huesillo”, María “Chirigua”, la “Madre” Teresa, Elías Maturana y mi abuelo René Naudón, entre otros… Cada parte de la historia de ellos mismos me ha servido para completar la de Mapocho.


LA VIDA EN LAS RIBERAS Crónica de las especies especies extintas del Barrio Mapocho TOMO I

Cristian Cristian Salazar Naudón EDICIONES URBATORIVM Publicación digital independiente sin fines de lucro Santiago de Chile – 2011 (Versión ampliada y corregida en diciembre de 2012)

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LA VIDA EN LAS RIBERAS Crónica de las especies extintas del Barrio Mapocho Cristian Salazar Naudón Ediciones URBATORIVM urbatorium.blogspot.com urbatorium@gmail.com Santiago de Chile – 2011 Obra licenciada por:

CHILE: Creative Commons Attribution 2.0 Chile License (formato: textos e imágenes que sean originales del autor / Lic. Chile, noviembre de 2010). INTERNACIONAL: Creative Commons Attribution 3.0 Unported License (formato: textos e imágenes que sean originales del autor / Lic. Internacional, noviembre de 2010). Usted es libre de: Compartir - copiar, distribuir, ejecutar y comunicar públicamente la obra - hacer obras derivadas. Bajo las condiciones siguientes: Atribución — Debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciante (pero no de una manera que sugiera que tiene su apoyo o que apoyan el uso que hace de su obra). Trabajo editado y producido para exclusiva publicación digital sin fines de lucro. Edición, diagramación, diseño portada, ilustraciones y fotografías adicionales realizadas por el propio autor. Las imágenes y textos-citas tomadas de otras fuentes bajo filosofía del fair use están debidamente señaladas y siguen sujetas a sus restricciones de reproducción, uso y publicación que sean propias a su copyright. Se autoriza, por lo tanto, la reproducción de las imágenes y textos que sean originales de este trabajo, con el debido reconocimiento de la fuente y de su autor según los términos de la licencia Creative Commons descrita.

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COMENTARIOS PRELIMINARES

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Improvisando una presentación para 155 155 crónicas De alguna manera, todos los santiaguinos estamos ligados al Barrio Mapocho: vinculados a través de sus mercados, sus actividades y espectáculos en el centro cultural de la estación, o en sus restaurantes económicos con las populares cantinas de vino pipeño y tintolio navegado o en borgoña. El nexo es ineludible. Nunca faltará, así, al menos un lugar de este barrio que haya influido en alguna parte de la vida del santiaguino promedio: quien no haya alcanzado a conocer los trenes de la terminal y los tugurios paleolíticos de calles como Bandera, de seguro sí estará familiarizado con las cañas de “terremoto” de “La Piojera” y el “Wonder Bar” o las fritangas de oscuros aceites centenarios en veredas trepadas por el intenso comercio callejero, como Puente, 21 de Mayo o Independencia. Ayer, eran pescados con batido, picarones y “pequenes” los que burbujeaban chispeando en su quemante ardor al aire libre; ahora son empanaditas y sopaipillas, a veces rellenas de cáscaras de queso las primeras y sin un gramo de zapallo las segundas. Cada generación encuentra y recibe así, lo propio… Lo bueno y lo malo del barrio mapochino. Dominan la existencia de esta identidad grandes unidades urbanas y de actividad social (real o simbólica), que han ido acumulándose en la historia del barrio como las mejores piezas de exhibición en la repisa de un coleccionista acaudalado. Jerárquicamente, osaríamos proponerlas en el siguiente orden de relevancia: 1.

La Estación Mapocho, hoy centro cultural y principal referente arquitectónico del sector.

2.

El Mercado Central, con su histórico edificio eje de la actividad comercial de Mapocho y segundo referente arquitectónico en la percepción del barrio.

3.

El Mercado de La Vega y su reflejo en La Vega Chica, mercado esencialmente popular al que se suman las pérgolas y la feria Tirso de Molina, recientemente remodeladas en un nuevo conjunto propio.

4.

La línea de río Mapocho, estableciendo una divisoria o “corte” en la ciudad que, sin embargo, no logra romper la identidad común del barrio que ocupa ambas riberas y que, además, ha tenido sus propios habitantes interiores.

5.

Los puentes del Mapocho, cada uno con una actividad intensa y propia sobre sus plataformas, y a veces también bajo las mismas. Desde el desaparecido

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Cal y Canto en adelante, son estos puentes los que hacen de los barrios a cada lado del río un sólido vecindario único. Empero, por instantes se hace un tanto difícil precisar cuál es el área que merece ser considerada como el Barrio Mapocho, propiamente tal. La concentración del comercio nos da alguna pista, pero hay elementos que confunden, haciendo difusos los deslindes imaginarios o concretos que otros hayan pretendido establecerle, con más dogmatismo y desde criterios factuales. Algunos tienden a marginar de Mapocho, además, al espacio ribereño de La Chimba, el tradicional barrio al Norte del río que naciera casi con Santiago mismo. No aporta mucho el que también lleve el nombre de Mapocho la avenida que sale justamente desde lo que podríamos considerar el límite poniente del barrio, ya casi fuera de su espacio vital o de su lebensraum urbano, parafraseando a Ratzel, calle que surge a metros de avenida Presidente Balmaceda en un tramo que antes fuera llamada Mapocho, como para agravar más las confusiones a las que intentaremos hacer frente en este trabajo. Por impropia costumbre, otros relacionan con el título de Mapocho a avenidas como Cardenal Caro o General Mackenna. Es como si la tendencia nominal de Mapocho fuese tan fuerte y determinante en el barrio homónimo, que alcanza incluso para toda la toponimia local: para todas sus calles grandes o avenidas y la comprensión misma del vecindario en que se hallan. Todo aquí, es Mapocho. Quizás, estamos demasiado acostumbrados a una ciudad sin transiciones en el paisaje urbano, donde resulta más bien sencillo fijar de manera matemática y taxativa los límites geográficos de barrios, comunas, provincias o regiones completas; y también sus límites sociales y culturales, como sucede con el injusto estigma que se le ha hecho padecer tanto tiempo ya a la Plaza Italia (Baquedano). En una primera lectura, Barrio Mapocho cumpliría con este patrón extraño de ordenamiento, casi ajustado al mecanismo del tablero. Por consiguiente, todo lo que queda dentro de él es Mapocho, y se vuelve así mapochino, mismo gentilicio que algunos países vecinos nos lo proponen como sinónimo de “chileno”, equivalente al amazónico del brasileño o al platense del argentino, no obstante la humildad casi penosa de nuestro río respectivo y referente para semejante sinécdoque, comparativamente hablando. Pero en el mismo barrio mapochino también sucede un fenómeno paralelo difícil de precisar con trazas exactas sobre sus calles y siendo, quizás, el más importante en su identificación como unidad general dentro de la ciudad: desde nuestro punto de vista, es un espacio en la cultura popular en el colectivo-cognitivo urbano, más que en lo meramente toponímico o geográfico; algo ligado tanto a la bondad de la naturaleza del tramo de río que allí nos dispuso la Creación, como a la posterior

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presencia de los núcleos de irradiación de vida hacia todo el entorno, que permitió definir con más propiedad la característica del barrio… Divinidad, naturaleza y humanidad se juntan en estos rincones de Mapocho, entonces. El barrio es, en consecuencia, un cuño ciudadano que ha crecido en el sector de puentes, estaciones de trenes y tranvías, hoteles, iglesias, cantinas y bares a las orillas del río del mismo nombre. Si acaso debiésemos ajustarlo necesariamente a la geografía urbana del sector y a lo que nos parece corresponde a la percepción popular del barrio, no sin algún titubeo apostaríamos a colocar sus límites al oriente por ahí por Recoleta y San Antonio; y aproximadamente por las cuadras previas a Vivaceta y por Amunátegui, al poniente; de Norte a Sur, en cambio, el circuito cultural y costumbrista de Barrio Mapocho parece estar definido por ahí cerca de las primeras cuadras de las avenidas Independencia y Recoleta hasta más o menos Antonia López de Bello, de un lado; y hasta la calle Rosas y Esmeralda, del otro y quizás más importante lado de todo el vecindario. Curiosidad enorme es, entonces, que mientras se han realizado estupendos trabajos y gruesas recopilaciones de crónicas relativas a otros barrios tradicionales de Santiago, como es el caso de La Chimba (Justo Abel Rosales, Carlos Lavín) o Yungay (José Rafael Carranza, Fidel Araneda Bravo), la historia de Mapocho permanece más bien marginada de este interés; o, cuanto menos, fragmentada en distintas fuentes sin grandes pretensiones de conectarse entre sí, repartida como el rompecabezas del mapa de un tesoro. Reunir todas estas piezas de la historia del barrio se convierte en un desafío fatigante, con algo de ilusión frustrada en más de un momento. Tarea dificultosa es ésta, entonces, al involucrar una partida casi desde el punto cero. Sabemos de sobra que la mayoría de las búsquedas de riquezas se quedan en sólo eso: búsquedas interminables. No llegar a nada aumenta la ambición de nuevos excavadores y consagra las empresas en la categoría de mitos irrenunciables, proyectos como aquél que el poeta Santos Chocano se esmeró en consumar a orillas de nuestro río, buscando un inexistente tesoro precisamente junto al Barrio Mapocho, por allí por Miraflores, obteniendo como recompensa sólo una multa municipal, la burla de los escépticos y una maldición de subterráneos perdidos que lo llevaría a la tumba. En nuestro caso, sin embargo, creemos haber tenido mejor suerte que Chocano buscando sus tesoros: hemos logrado armar el mapa para dar con la fortuna extraviada en las hebras históricas del barrio. Y, con él, hemos recolectado también parte de esa estela de monedas de oro que ha ido dejando la biología urbana y su evolución antropológica local, regadas a lo largo de cinco siglos de tránsito. Empresa imposible sería desempolvar y reunir todos los fragmentos que pertenecieron, alguna vez, a este lugar de la ciudad; todos aquellos que ya no se

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encuentran en él, ingresando a la dimensión de las especies extintas de Mapocho, que motivan nuestra investigación. Pero buscaremos, al menos, la forma óptima de extraer desde el recuerdo ajeno y propio aquellas que han sido parte interesante en la formación del carácter y la identidad del barrio, allí en el secreto de su íntimo baúl de gemas y doblones. Veremos, entonces, qué resulta de este intento. CRISTIAN SALAZAR NAUDÓN En Santiago de Chile, invierno de 2010

Algunas advertencias sobre este trabajo Mi abuela materna, Julia, tenía un rito anual: sacar de los cachureos de su autobiografía jamás escrita, una caja con innumerables fotografías antiguas de la familia y los amigos, y comenzar a mirarlas una por una explicándole a alguno de los nietos presentes todas las historias que se encontraban detrás de cada postal de esas imágenes sepias, de esos congelados del tiempo conectados a lo más profundo de sus recuerdos de toda una vida. Sólo ella podía descifrarlas; revelar sus misterios y sacarlas de la codificación arcana, pues contaba con los conocimientos, las pistas y las memorias para tal desafío. Tenía las claves. Cómo lamento no haber tomado apuntes de sus charlas para cada imagen. Los recuerdos prestados se pierden más rápido que los propios y hoy, cuando ella no está, sólo veo escenas pintorescas en esas mismas fotografías, por las que paseo la mirada intentando adivinar el misterio de cada una, ya que las descripciones de mi abuela se marcharon con ella. Sólo veo imágenes en blanco y negro de lo que, en realidad, fueron coloridos bailes en festivales florales; o gente posando en vehículos deportivos cuya existencia nunca imaginé en el Chile de esos años; o grandes reuniones de hombres sin edad, uniformados en bigotitos cortos y peinados de reflejos húmedos. Sólo puedo ver, suponer e interpretar; mas no saber la verdad, su misterio. Las fotografías ya no volverán a hablarme. Sin la guía necesaria y careciendo de la fuente apropiada, la investigación de la historia urbana y la crónica tropiezan con los mismos problemas de una foto vieja guardando un secreto que ya se fue a la cripta. Cada fecha, cada detalle abre las puertas a una progresión de trabajo indagatorio, generando un estallido de nuevas preguntas y nuevas necesidades consecutivas de completar información, como la famosa mariposa prehistórica del cuento de Bradbury.

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Me atrevería a decir que, salvo por casos especiales como el de Eugenio Pereira Salas, la historia urbana, patrimonial y cultural chilena ha sido oficio y entretención más bien de comunicadores e investigadores innatos que de historiadores propiamente dichos. Hubo algunos que, de hecho, deben a sus trabajos de esta temática el pasaporte para entrar en los estrechos círculos y academias de la historia o grupos relacionados. Allí están los ejemplos de Oreste Plath, Alfonso Calderón, Sady Zañartu, Antonio Acevedo Hernández o René León Echaíz, entre otros a quienes hemos recurrido ampliamente para este trabajo. Y es que el criollismo, el folclore o el anecdotario de las ciudades y las memorias de sus barrios antiguos, no parecía estar siempre en el lado del interés de la alta intelectualidad con pergaminos de academicismo historiográfico. Juan Luis Espejo, por ejemplo, era ingeniero; y Carlos Peña Otaegui inició sus voluminosas investigaciones motivado por el interés personal en las antigüedades y en las semblanzas históricas, mucho antes de vincularse a la Academia Chilena de la Historia. Incluso nuestro Premio Nacional de Historia 1984 y uno de los más reputados eruditos de la historia urbana nacional, Gabriel Guarda, es sacerdote y arquitecto de formación, devenido en historiador por su ardiente pasión manifiesta hacia la vida secular de las ciudades. Por lo descrito es que, salvo en algunos cuantos casos, hubo momentos en que pareciéramos encontrar esa actitud de postergación o desinterés en la historia y la crónica que se escriben en la urbe: en los bares, las calles empedradas, las barriadas antiguas. Generalmente, la atención se concentra sólo sobre los mercados, el comercio grande y pequeño, la revisión de la educación y los movimientos sociales, tema este último muy cotizado en la actual generación de historiadores. Así pues, si esta investigación sobre Barrio Mapocho llega a tener algún grado de novedad para la crónica urbana santiaguina, acaso habrá de tratarse -en gran medida- de una consecuencia de este mismo escenario más que al mérito de quien escribe. Son temas que, de alguna manera, han quedado confiados a las manos de quienes decidan redactar desde la grafomanía y la nostalgia, más que desde el academicismo, distraído en sus propios y legítimos caudales. Muy, muy por debajo de los nombres aquí mencionados, el individuo mapochino por adopción que soy ha decidido avanzar en la aventura de ser cronista retrospectivo, para un tema sólo abordado en forma parcial pero que sigue representado en ausencia por ese gran vacío de información sobre una parte integral de la ciudad de Santiago, que es Barrio Mapocho. Éste no es un libro de historia, por lo tanto. No lo es, ni pretende serlo. Tampoco podría ser una guía técnica, ni una colección de curiosidades para hacer vibrar al turista o al visitante esporádico de la ciudad. Y, por no responder a esos parámetros sino a la búsqueda personal, sincera y honesta de hechos que completan el

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panegírico de un barrio, también me tomo mis libertades. Las empiezo con mis licencias para conceptualizar este trabajo en la temática de una investigación de especies extintas; y las continúo en todo el resto, hasta para presentar las anotaciones de pie de página señalando la fuente de informaciones comentadas o de las citas directas, en un estilo que creo más cómodo al lector corriente: títuloautor-editorial-lugar-año-página, y no con esas enfermizas abreviaturas de libros más técnicos, donde los editores apuntan lo que parece ser más bien una pasada de lista, empezando con el apellido antes del nombre y ahorrándose obsesivamente todo el espacio posible, inutilizando así las referencias de las fuentes y obligando al lector a volver atrás para poder descubrir cuál es el libro con la nota op. cit. o Ibíd., que ya son las muletillas favoritas de los investigadores de profesión y sus libros respectivos. Si acaso debo describir el contenido y el formato de este trabajo, entonces, no tengo más alternativa que proponerlo como una investigación-narración casi familiar o amistosa, basada en recuerdos de distintas fuentes; en esculcar testimonios, memorias, evidencias, suposiciones, teorías, mitos. Equivale este esfuerzo, más exactamente, a lo que habría sido el ejercicio de tomar apuntes de mi abuela cuando revisaba una por una sus comentadas fotografías de bordes gastados y resecos, e intentaba trasladarnos detalladamente al momento del mundo en que sus imágenes fueron captadas, con las claves de descifrado que estaban sólo en su memoria. Cada parte del puzle que completa la historia de Mapocho es como una abuela con su propia caja de fotografías roñosas intentando hacerlas hablar; como cada fragmento de un todo, disperso cual porcelana estrellada en el suelo. Incluso a riesgo de intrusismo, me había propuesto, originalmente, la tarea de completar toda la semblanza del Barrio Mapocho desde sus orígenes hasta nuestros días, en este formato también personal escogido desde esa misma pasión encaprichada… ¡Qué ingenuidad!, porque en el camino he advertido que intentaba materializar una quimera imposible, al pretender resumir toda esta epopeya mapochina en un solo trabajo... Hoy completamos todo este volumen apenas con lo que fueron sus especies extintas: aquellas unidades, edificios, instituciones y personajes que pertenecieron al Barrio Mapocho (y viceversa), que formaron parte de la identidad que se conserva en él hasta nuestros días. Especies que, por alguna razón, ya no están entre nosotros, pasando a existir sólo en la memoria etérea: esa que flota precariamente sobre el abismo del olvido, como las imágenes congeladas en las fotografías viejas. El tiempo dirá, entonces, si acaso es éste el primero de una serie de trabajos relativos al barrio de las riberas del Mapocho, y si merece alguna secuela que siga por la senda de completar la rotativa del archivo general de sus recuerdos, como histórico sitio que es dentro de nuestra ciudad de Santiago.

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Conjunción de los cuatro espaciosespacios-tiempos del barrio Antes de entrar en materia llana y llena, nos parece necesario hacer un alcance sobre el criterio del que nos hemos valido para definir el espacio temporal, físico y cultural del Barrio Mapocho y que hemos presentado de mantera general al señalar sus deslindes de acuerdo a la percepción popular que existe del mismo. Muchos siguen creyendo que Mapocho es un lugar relativamente nuevo para la historia de la urbe: un escenario reciente dentro de la ciudad, que nace en gran medida por las cuadras que Santiago le arrebató con citadina soberbia al río, durante las canalizaciones ejecutadas hacia los albores de la Guerra Civil de 1891. Y es un hecho que gran parte del barrio como tal, aquél que hoy identificamos como Mapocho, está sentado principalmente de esas cuadras que no existían hasta que el río fuera estrechado y atrapado en el canal de poderosos muros de piedra que aún lo contienen, obligándole al eterno cautiverio. Otros son más severos: considerarían que Mapocho consolida su identidad como barrio recién con la construcción de la estación de trenes, pasado el Primer Centenario en 1910, formidable estructura que también está erigida sobre aquellos espacios arrebatados al río durante su canalización. Sin embargo, la existencia cultural del barrio, su identidad propia como vecindario riberano y su orientación como enclave de tradiciones históricas y populares de Santiago, son características muy anteriores, como demostraremos. Y a quienes se resistan a aceptar estas hojas más viejas de su currículo como barrio, se los puede arrastrar de una oreja por la tabla cronológica, hasta mostrarles el vínculo de Mapocho con el nacimiento mismo de la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, en los orígenes de esa pobre Capitanía General fundada por don Pedro de Valdivia con una mano en el sable y otra en cruz. Barrio Mapocho es, desde nuestro enfoque de su trascendencia hacia ambos sentidos en la línea del tiempo, el resultado de la conjunción histórica de otros cuatro barrios, surgidos -a su vez- en cuatro etapas distintas de la vida de Santiago. Cuatro espacios-tiempos, en otras palabras. Ordenados con arreglo al calendario, tales fracciones históricas y geográficas del Barrio Mapocho actual han sido las siguientes: 1. La Chimba Ribereña o Ribera Norte: corresponde a todo el sector de este antiguo barrio que se extiende más o menos entre Recoleta e Independencia a orillas del río, en lo que fuera la vieja vega del Mapocho y que se remonta a los

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tiempos de la Colonia. En la percepción de la gente del sector, es el área de la orilla Norte “visible” desde la ribera opuesta, y que tiene vínculos tan estrechos con el resto del barrio que es advertida como parte efectiva del mismo. Allí se encuentran hoy La Vega Central, el ex Teatro Balmaceda, la calle Artesanos, las Pérgolas de las Flores, la Piscina Escolar y los templos de la Recoleta, del Carmen de San Rafael y del Santo Niño de Praga. Esta parte, con frecuencia, es excluida de las descripciones formales de lo que hoy conocemos como el Barrio Mapocho, por parte de quienes consideran que su perímetro sólo se halla en la ribera Sur. Sin embargo, son tan fuertes e importantes las interacciones entre ambos lados del río, que nos parece imposible excluir al borde chimbero de la identidad del barrio en general. 2. El Mercado Central y su vecindario comercial: es el barrio y las cuadras que crecen, primero, en torno a la Plaza de Abasto durante la post Independencia, y luego alrededor del nuevo Mercado Central que se funda sobre este mismo sitio ya en los tiempos de la Intendencia de don Benjamín Vicuña Mackenna, en la segunda mitad del siglo XIX, allí en la ribera Sur del río. Además del imponente edificio del mercado, se encuentran en este sector los restaurantes, marisquerías, tiendas tradicionales del comercio del barrio y las antiguas casas o pasajes de baratillos que todavía sobreviven por algunas de las cuadras que rodean al recinto principal, además de la Plaza del Mercado, la Plazuela Prat con su faro monumental recordando a los héroes de Iquique; la Posada del Corregidor y la estación del Metro Cal y Canto, entre otros referentes. Es un sector marcado por la fortaleza del comercio popular y por la intensa oferta gastronómica, entonces. 3. La Estación Mapocho y su entorno inmediato: corresponde a las cuadras del sector de la estación, muchas de ellas ganadas al río Mapocho por la canalización. Aquí, calles y cuadras adyacentes a la terminal ferroviaria se unifican en lo que se asocia al barrio de la Estación, alcanzando a cubrir otros referentes inmediatos como la ex Cárcel Pública, el Parque Los Reyes (ex Parque Centenario), el Edificio Bristol y la Plaza Venezuela, entre otros hitos. La avenida Presidente Balmaceda, al ser aún conocida por algunos imprecisamente como Mapocho, parece haber sido de primaria importancia para la toponimia de lo que popularmente identificamos ahora como el Barrio Mapocho o Barrio de la Estación Mapocho, en un efecto nominal parecido al de calle Bellavista sobre el barrio del mismo nombre y cuya arteria matriz principal es, en realidad, calle Pio Nono en casi toda su longitud. 4. El ex Barrio Chino de Bandera: fue un bravo y oscuro sector de boliches, tabernas, night clubs, prostitución callejera, cafés económicos, restaurantes y boîtes cuyo eje principal estaba en la calle Bandera, por una o dos cuadras

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desde la ribera hacia el Sur, abarcando también parte de la vida transversal de calle San Pablo. Aunque tiene algunos antecedentes tempranos que habrían permitido prever su aspecto bohemio, comienza a ser reconocible tras el cambio que experimenta el vecindario con la fundación de la Estación Mapocho, del que viene a ser una suerte de extensión o consecuencia. Allí están los antiguos bares y algunos de los restaurantes más tradicionales de la historia de la ciudad, además de esos cabarets funerarios de los que todavía quedan algunos resabios, las populares tiendas de ropa usada que dominan el comercio de calle Bandera y uno que otro hotel de amores veloces a bajo precio. De esta manera, las cuatro fracciones en las riberas del Mapocho convergerán ya no sólo en una comunidad meramente geográfica determinada por la proximidad o vecindad entre sí, con superposiciones y condominios, sino también en la fusión de una identidad propia… Es decir, en Barrio Mapocho. Creemos que esta unidad de espacio cultural es la que le proporcionó en gran medida, la implementación de los mercados riberanos. Principalmente, sin embargo, tendemos a pensar que habría sido la estación de ferrocarriles la que marcó el rasgo más definitivo de Barrio Mapocho como aglutinador en el centro de esta cuádruple conjunción urbana, identificación consumada como tal en los años inmediatamente posteriores al Primer Centenario de la Independencia de la República. Y es por ello, quizás, que la identidad del Barrio Mapocho fue reconocida y divulgada por la sociedad santiaguina como una característica tardía, ligada a los tiempos en que funcionó su famosa estación, hoy convertida en uno de los más importantes y activos centros culturales de Chile. Por la descrita razón, entonces, nos esforzaremos por dejar demostrada la parcialidad de los juicios reductores de la relevancia en el tiempo de la vida en las riberas de este barrio, a lo largo del presente trabajo.

“Especies extintas” extintas” de Mapocho Aun siguiendo en la traza de los cuatro espacios-tiempos que verifican la conjunción del barrio y la cohesión que se visualiza como su personalidad, el sector de la ciudad que hoy reconocemos como Mapocho era, desde temprano, un lugar con distinción propia: lo primero que el visitante presenciaba y penetraba al atravesar la barrera del río, cuando la capital chilena era apenas algo más que una aldea. De ahí que podamos retrotraer su historia hasta los orígenes mismos del propio Santiago del Nuevo Extremo. En otros términos, diríamos que Mapocho ya existía con aspecto de barrio desde mucho antes de ser reconocido como tal, y constituyó el lugar de la sociedad

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chilena reservado a la vida en las riberas, justamente. De ahí que podamos identificarle una larga nómina de especies extintas que dan razón a esta obra. Este calor identificador del barrio ribereño y de sus extinciones, brota hacia los contornos, superando todas las márgenes que, hasta este punto, hemos intentado establecerle. Por ello es imposible remarcar la localización exacta del carácter del Barrio Mapocho sin terminar tocando la Plaza de Armas, el Parque Forestal o avanzado hacia el interior de La Chimba y sus cementerios. También sería inoficioso hablar de él proponiéndose no hacer, de paso, parte de la biografía del propio río Mapocho, vertiente de vida e identidad sobre el barrio mismo. Esos límites abruptos de la ciudad de Santiago no nos funcionarían, en este caso. Preferiríamos creer, por consiguiente, que el núcleo luminoso del cuadrante mapochino parece hallarse encendido sobre la zona comprendida entre la Estación Mapocho y el Mercado Central, quitándole el eje de poder al río propiamente tal o bien extendiéndolo generosamente sobre sus riberas. Es desde allí y hacia el entorno que fluye el resplandor del Barrio Mapocho dentro de la ciudad, haciéndolo reconocible. Su actividad es constante y perdurable: como hemos dicho, vierte en ambos sentidos del tiempo, pasado y futuro, y es capaz de seguir generando referentes e iconos para la ciudad de Santiago, algunos de ellos desaparecidos y otros mutados; transformados o incluso reencarnados. En fin: esas son las especies extintas, como aquí las hemos motejado. Un ejemplo para ahorrar explicaciones: en el barrio viejo dominó el paisaje esa majestuosa figura del Puente de Cal y Canto, quizás la más grandiosa obra arquitectónica que haya tenido alguna vez la capital de Chile. Hoy es un fantasma, consagrado a la vergüenza de lo perdido por desdén, pero que se resiste a abandonar su impronta en el sector, repitiendo su nombre en varias tiendas y lugares importantes del barrio, incluida la Estación Metro principal. De alguna mantera, entonces, el Puente de Cal y Canto sigue existiendo como símbolo, como alegoría y como emblema, muy presente en el Barrio Mapocho. Muchos iconos mapochinos han pasado por el mismo proceso. Cada uno de ellos provino de alguno de los cuatro espacios-tiempos que confluyen en Mapocho. En tiempos menos distantes estaba el parpadeante cartel de neones de los “Aluminio El Mono”, que desde los altos chimberos tiñó de colores rojizos y zumbantes el recuerdo y la complicidad de tantos santiaguinos con la noche en el barrio, pintando las aguas turbias e insalubres del río. Y por allí cerca, tan próximo al pecado y la lujuria, el sacerdote Alberto Hurtado trasnochaba buscando entre los puentes a niños abandonados, para llevarlos a su albergue en el Hogar de Cristo. Niños que, por desgracia, aún existen en esta postal de la ciudad, mientras que su gran benefactor de ayer despliega hoy una aureola oficial de Santo.

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El poder de la conjunción del barrio como generador de vida, folclore y costumbres ha sido, de esta manera, algo constante e imperecedero. La extinción no señala, necesariamente, el fin. Sobreviven a las demás extinciones de Mapocho sus picadas de precios populares, los últimos canillitas vendiendo periódicos, cantantes de música callejera; las cocinerías de pescado frito, los vendedores de mote con huesillos, las sopaipilleras, empanadas y sánguches de grosor obsceno, desbordados de pebre y mayonesa; y las centollas amarradas cual pobre cangrejo secuestrado, en vano esperando rescate desde las vitrinas de los restaurantes del Mercado Central. Perduran también los comerciantes informales del Puente Los Carros, los guitarrones que pasean por los puestos de los locatarios y sus clásicos mozos de perfecto uniforme negro, invitando a los turistas a probar “los mejores” platos marinos de todo el sector. Y es así, tal como las horrorosas bestias de los pantanos jurásicos siguen viviendo seminalmente en la ternura emplumada de las aves modernas, que las especies extintas del Mapocho nunca podrán desaparecer por completo en la sofisticación o la depuración evolutiva del barrio, como tampoco lo han hecho en sus rasgos de decadencia involutiva. Revivieron en cada una de esas raras pero inolvidables noches en las que velitas encendidas sobre el río recordaron algún alma atormentada que puso fin a su vida desde alguno de los puentes, iluminado como lo haría un triste pino navideño sin regalos ni abrazos. Más sobrecogedor aún es el paso de procesiones hacia o desde algunas de las varias iglesias que santifican el pecaminoso suelo chimbero. Y cuando no, son los cortejos de camino a los cementerios, que casi invariablemente escogen alguna calle de Mapocho para enfilar hacia la morada última del despedido. Sin embargo, hay mucho de esta intensa vida que ya no está ni volverá a estar con nosotros, por suficiente sea que su huella haya superado la extinción en los más crueles términos concebidos por Darwin. Rasgos de vida riberana que han quedado acogidos ya en el legendario del barrio, como una paleontología que continuará arrojando sus hallazgos sorprendentes de fósiles hasta la superficie, como esos enormes trozos de tajamares o los restos del Cal y Canto que aún asombran a los usuarios de la estación del Metro y del nuevo Mercado Tirso de Molina. Muchas son, así, las especies extintas que están al fondo de la evidencia de la vida en las riberas del Mapocho, y de las que quedan más recuerdos subjetivos y rastros culturales abstractos que restos reales, concretos y reconocibles, como para arrodillarse a venerarlos cuales huesos sacros del barrio antiguo. Entre escenarios efímeros de vida en las riberas, entre fondas chinganeras, intentos de plazas de toros ya desaparecidas o basurales infernales que se extendían como la

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peste más inmunda por cuadras y cuadras, más verdaderos personajes de antología acompañaron también al barrio en estas historias de luces y de sombras, desde sus orígenes hasta nuestros días. Desde las correrías delincuenciales del “Brujo” Liberona en el siglo XVIII, hasta la generosidad indescriptible de Polidoro Yáñez tratando de salvar a los pelusas del río, ya más cerca de nuestra época. O desde los legendarios demonios, fantasmas y duendes que habitaron en los temores nocturnos del Cal y Canto, hasta la leyenda del Detective Heredia paseando por los bares y restaurantes del ex Barrio Chino, personaje creado para las páginas novelescas del nuevo relato policial chileno. También rondan misterios curiosos en este barrio. Misterios explicados con más misterios. La colección de fragmentos del tajamar que por largo tiempo decoró la entrada al Parque Los Reyes, allí por donde antes salía la línea férrea de la Estación Mapocho, ha desaparecido desde este sitio y viajado más al poniente. Como desaparecieron por algún tiempo, también, los dos obeliscos del puente que da a la avenida La Paz, ahora reubicados entre este paso y el Puente Los Carros. Además, se desconoce el destino de los medallones de metal con los perfiles realizados por Nicanor Plaza y que originalmente estaban en el Monumento de los Historiadores de la Independencia, en la Plaza Tirso de Molina de Recoleta, hoy reemplazados por toscos intentos de retratos de los mismos personajes. Probablemente, fuera una precaución la poca estética: quizás nadie querrá robarse éstas… Y por algún tiempo estuvo secuestrada también la piedra inaugural del Puente de Cal y Canto, con la inscripción oficial del Corregidor Zañartu, y que ahora se halla en el paseo del Cerro Santa Lucía. No se puede contener, así, la transformación del barrio, ni la extinción. Es el paso de etapas, de eras en la existencia del mismo, que cobran su cuota ante la historia y dejan atrás, en la memoria o incluso en el olvido, muchos elementos que ayer fueron activos en su ecosistema de vida en las riberas. Son éstas las especies extintas del Barrio Mapocho.

¿Y qué es lo que ya han dicho otros sobre el barrio? “Miré a todos lados y vi que estaba desembocando en el barrio de la Estación Mapocho. Las cimas dentelladas de los Andes se divisaban en una pureza indescriptible; todo el barrio vibraba de vigor; mozos y mozas fuertes de la Vega llevaban hortalizas en las cabezas torunas; cocineras matutinas comenzaban a

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regatear y a sisar, murmurando de sus patronas; carretelas de mano, voceros, cachureros; hampa de alborada sacudía al barrio. Tanta actividad fue mi poderoso tónico, llenándome de ese dulce engaño que se llama esperanza; tuve deseos de campo, de mercados, de meriendas, y mis heridas cicatrizaban haciéndome amar otra vez el misterio de vivir”. (Joaquín Edwards Bello, “La Chica del Crillón”, 1934) “Mapocho es también un barrio ferroviario, por su estación. No obstante, este carácter no prima aquí como en la Estación Central o Alameda, que es La Estación por excelencia: bares casi metidos en la vía férrea y palanqueros de gorras sebosas, ocultando a medias la cara maquillada por el carbón. Mapocho está más influenciado por su Mercado, la Vega, y esa primera cuadra de la calle Bandera atestada de gente en parranda que se pasea entre cabarets, bares y hoteles ambiguos”. (Benjamín Subercaseaux, “Chile o una loca geografía”, 1940) "El barrio Mapocho va descubriéndose con todo su ajetreo proletario. Algunos conventillos abren sus puertas, y la noche nos espanta. Pobreza, brutalidad, estridencia de los sentidos, repulsión, dramática atmósfera que hunde, fría sombra que amarga. Un muchacho destrozado. Un hombre convertido en bestia por el alcohol. Una muchacha muerta. Alguien envolvió en hojas de diario el cadáver de la chica mientras venía el carro de la Morgue. La guagua berreaba sin descanso. Los peldaños chillan bajo el paso de las mujeres que se encaminaban a sus cuartos. Y los chiquillos nos quedamos abajo para espantar los perros que se obstinan en lamer los coágulos de sangre esparcidos por el suelo”. (Nicomedes Guzmán, “La sangre y la esperanza”, 1943) “Río Mapocho cuando la noche llega / y como negra estatua echada / duerme bajo tus puentes como un racimo negro / de cabezas golpeadas por el frío y el hambre como por dos inmensas águilas, oh río, / oh duro río parido por la nieve, / por qué no te levantas como inmenso fantasma / o como nueva cruz de estrellas para los olvidados?” (Pablo Neruda, “Oda de invierno al río Mapocho”, 1950) “…fue el Presidente D. José Manuel Balmaceda, constructor de innumerables edificios y obras públicas, a quien se debe una de las que más han transformado el aspecto de Santiago: la canalización del Mapocho, que hizo desaparecer el basural y dio lugar a un hermoso parque”. (Elías Almeyda Arroyo, “Geografía de Chile”, 1955) “Los que no sucumbían al contagio se encerraban ahora a rascarse y cerraban sus puertas y ventanas a remache. Se los veía salir en la madrugada y deslizarse solapadamente por las calles vecinas al Mapocho por la dirección a la Vega o al

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Mercado Central; allí compraban sin pausa, sin regatear; llenaban sus sacos y volvían a esconderse”. (Fernando Alegría, “Mañana los guerreros”, 1964) “…hasta que llegaron los vecinos a decirnos que nos estábamos inundando, que el Mapocho se había salido, y vengan más brindis, guitarras, los braseros gratos, el Lucho y don Arturo abrazados a este viejo aristócrata cantando hasta que el agua comenzó a entrar bajo la puerta y siguió entrando y las perdices no llegaron nunca, y el agua seguía entrando”. (Enrique Lafourcade, “La cocina erótica del conde Lafourchette”, 1967) “El río es un ser vivo, es un pensamiento. Con él se establece un diálogo para que nos ayude y nos proteja, junto con la tierra que habitamos. Profanar el río, desviar su curso, herirlo en sus entrañas, es atentar contra los dioses; en nuestro caso, contra un gigante que habita la roca mágica de los Andes y proyectó su sueño de libertad en esa corriente de agua que quiso bañar la "tierra de los hombres", de los mapuches: el Mapocho”. (Miguel Serrano, carta a la prensa en junio de 2002) “…un viejo barrio de Santiago, el de las proximidades del Mapocho, río que cruza la ciudad y que está rodeado de mercados, tiendas, bares, cabarets de mala muerte y oficinas públicas. Un barrio que tradicionalmente ha sido llamado “barrio bravo” de Santiago, que obviamente no figura en los folletos de información turística, pero que en otra época -años 20 y 30 del siglo pasado- fue el alero bajo el cual se cobijó la bohemia literaria santiaguina, en bares y tabernas a las que concurrían Pablo Neruda, Juvencio Valle, Diego Muñoz, entre muchos escritores que más tarde fueron referencias obligadas dentro de la literatura chilena”. (Ramón Díaz Eterovic, en entrevista de “La ville et le détective en Amérique Latine”, 2006) “Casas de recreo público, carreras de caballo, indígenas, todo lo que no se sabía dónde instalar, terminaba en el ultra Mapocho. Cuando se aflojaba la disciplina en la Iglesia Católica y se ideaba la solución de crear lugares de recogimiento, de retiro, recoletos, donde el ambiente permitiese recuperar la mística perdida, también se ubicaban allá afuera. Así se fue gestando esta corte de los milagros, abigarrada, de calles tortuosas, como una ciudad medieval”. (Miguel Laborde, “Guía de patrimonio y cultura de La Chimba”, 2007).

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Niños “pelusas” jugando en los puentes del Barrio Mapocho, en fotografía de José Muga hacia 1970. Los niños vagos del río han sido un problema social de larga data en el barrio de nuestro interés, tragedia descrita por trabajos como “El Río” de Alfredo Gómez Morel y que intentaron combatir benefactores como Polidoro Yáñez y el Padre Alberto Hurtado.

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PARTE I:

EN LOS ORIGENES ORIGENES DEL ESTRATO MAPOCHINO

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Bosquejo primitivo y vestigios ancestrales Antes del nacimiento del barrio (o mejor dicho, de lo que iba a ser tal), este sector de la capital chilena estaba dominado por un paisaje profundamente influido por la convivencia milenaria con el río Mapocho y dosificado con registros de la presencia humana. Convivencia a veces pacífica y provechosa, pero en otras ocasiones amenazante y brutal. Existen varias teorías sobre el nombre del río que presta su título al del barrio, pero una de las más interesantes es ofrecida por René León Echaíz, respecto de que Mapocho provendría de la expresión indígena Mapu-cho, que significa “río que se pierde en la tierra”, por su característica de que aparenta desaparecer en su avance hacia el poniente. Y aunque la mayoría de las demás explicaciones dicen lo contrario, que Mapocho significaría originalmente “Río que NACE de la tierra”, el autor respalda su posición de que la traslación apropiada es que se PIERDE, advirtiendo que la zona donde sucede precisamente este fenómeno fluvial, hacia la altura de los actuales barrios de Quinta Normal y Estación Central, era llamada en el pasado como Chuchunco (sí: el mismo lugar que el dicho popular supone tan lejos y perdido), lo que significaría algo como “¿Qué sucedió con el agua?”1. Esta teoría también es sostenida por Sady Zañartu2, entre otros autores que no acogen la versión de don Diego de Rosales, el cronista para el cual Mapocho era, simplemente, una corrupción hispana de Mapuche o de Valle de Gente en la lengua indígena3. Los terrenos de Chuchunco, donde el río engañaba al observador aparentando desaparecer bebido por la tierra, fueron por largo tiempo un territorio marginal y rural de Santiago, dominado por las chacras y caminos agrestes. De ahí que sean recordados en la memoria colectiva de la sociedad chilena como un lugar retirado y apartado, inexistente en los mapas, afrentado con dichos y sornas como: “Vive para Chuchunco” o “Más lejos que Chuchunco”. En contraparte a la situación de estos terrenos más afuerinos donde las aguas se escondían, a los antiguos habitantes del valle de Santiago el sector donde ahora se levanta nuestro Barrio Mapocho debió parecerles, por entonces, el de mayor 1 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 30 y 60). 2 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 151). 3 “Historia General del Reino de Chile, Flandes indiano” Tomo I, Diego de Rosales. Ed. por Benjamín Vicuña Mackenna, Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1878 (pág. 384).

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presencia del río, tanto por los asentamientos que allí existieron y la vida en relación estrecha con el mismo, como por su ubicación entre los tres principales cerros que custodian la ciudad (San Cristóbal, Blanco y Santa Lucía), además de la desembocadura sobre su ribera de una suerte de prolongación del Camino del Inca sobre el valle, como veremos oportunamente. La llegada de los españoles confirmó este fenómeno de crecimiento poblacional casi desde la orilla misma del Mapocho, ubicada a sólo unas pocas cuadras del sitio escogido como plaza principal de la ciudad. Pero aquello que será después el radio urbano de nuestras atenciones, por entonces lucía como una ribera abierta, despejada, aunque más verde que el resto del valle, en donde el bagaje de aguas del río parecía ensancharse en un amplio humedal y en vegas de orillas pedregosas. Al llegar los hispanos, un segundo y más tenue brazo del río Mapocho habría corrido por lo que será después la Alameda de las Delicias, que en aquel tiempo fue llamada La Cañada, nuestra actual avenida Bernardo O’Higgins. Habría fluido por allí, para luego reunirse otra vez con el río principal por la altura del actual Barrio Yungay, a las puertas del mencionado territorio de Chuchunco. Uno de los varios investigadores que sostienen esta idea es el propio León Echaíz, quien comenta incluso que este hilo de agua de La Cañada se extinguió entre 1560 y 15804. Y, efectivamente, el aspecto que ofrecía la antigua Cañada de Santiago era el de un lecho casi seco o en vías de secarse, restos de lo que alguna vez fuera un curso de agua ya extinto. Ahora bien, el tamaño de dicho brazo ha sido objeto de discusiones y cuestionamientos. Mientras algunos hablan derechamente de un segundo cauce del Mapocho, otros creen que a lo sumo se trató de un muy pequeño curso de aguas que de ninguna manera merecería el calificativo de “brazo” y menos que convertía a la parte poblada del Santiago colonial en una isla cercada por estos dos meandros hídricos del mismo río. Autores como Gonzalo Piwonka, por ejemplo, rechazan categóricamente la afirmación de que La Cañada haya sido un segundo brazo, describiéndola como un mito histórico surgido de las observaciones de Claudio Gay en 1844 sobre los dos ríos que corrían por los costados de Santiago, pero para referirse al Maipo y al Mapocho, no al supuesto segundo brazo de este último, como lo interpretaron erróneamente Diego Barros Arana, Benjamín Vicuña Mackenna, Tomás Thayer Ojeda y Francisco Antonio Encina, entre otros5.

4 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 90). 5 “Mapocho. Torrente urbano”, Gonzalo Piwonka F., Luis Cornejo B., Miguel Laborde D., Cristina Felsenhardt R. y Mario Pérez de Arce I. Matte Editores, Santiago, Chile – 2008 (pág. 80-83). No

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Como prueba de la inexistencia de tal brazo en La Cañada, Piwonka recuerda que no aparece mencionado en las cartas al Rey de don Pedro de Valdivia, ni en las crónicas de Góngora Marmolejo, Mariño de Lobera, González de Nájera, Alonso de Ovalle, Carvallo y Goyeneche o Diego de Rosales6. Sí es sabido, en cambio, que otro de estos brazos secundarios del Mapocho, había corrido antes de la Conquista por aquello que hoy es la avenida Independencia. Esto es importante, pues atañe directamente a la historia del barrio que nos interesa. En los años coloniales y por varios siglos más, esta calle fue llamada -por lo mismo- como La Cañadilla, correspondiendo a una hondonada que, a diferencia de La Cañada principal, ya habría estado totalmente seca al momento del arribo hispánico a Santiago7. Esa primitiva derivación del río Mapocho salió alguna vez desde donde está el actual Barrio Mapocho, para avanzar hacia el Norte en el antiguo acceso santiaguino8. Fue aprovechada por los indígenas para la conexión con el histórico camino incásico, por lo que tenía cierto grado de mantención para cuando llegaron precisamente a través de él, los conquistadores peninsulares desde el Perú. Y allí, en este empalme del río con el Camino de La Cañadilla o Camino de Chile, se formó por mucho tiempo un terreno húmedo y casi pantanoso donde se levantaron rústicas chozas, pastaron las ovejas y bebieron los caballos, como tendremos ocasión de ver. Incluso considerando que el cauce principal del Mapocho fue siempre uno y que sus comentados “brazos” sólo fueron derramamientos muy secundarios sobre el valle, tan peculiar falta de límites precisos entre el terreno habitable y el ocupado por el río tuvo algunos beneficios, en principio, al proveer de agua para determinadas necesidades a la naciente ciudad, al menos en sus primeros años. Pero también tuvo consecuencias nefastas, cuando el caudal crecía más de lo que se quisiera y corría embravecido, tratando de arrasarlo todo y buscando apoderarse nuevamente del valle, tema sobre el que abundaremos después.

estamos seguros, sin embargo, de que tales autores se hayan referido por “brazo” necesariamente a un curso voluminoso y constante del Mapocho por La Cañada, como sugiere Piwonka que lo hicieron, sino que podían señalar un hilo de agua muy menor, incluso más pequeño que un estero pero que en lenguaje menos técnico de los criollos de todos modos pudo parecerles un “brazo” del río. 6 “Mapocho. Torrente urbano”, Gonzalo Piwonka F., Luis Cornejo B., Miguel Laborde D., Cristina Felsenhardt R. y Mario Pérez de Arce I. Matte Editores, Santiago, Chile – 2008 (pág. 84-86). 7 “La Chimba antigua. Historia de la Cañadilla”, J. Abel Rosales. Ed. Difusión Chilena, Santiago, Chile – 1887 (pág. 52). 8 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 30).

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El nacimiento de Santiago del Nuevo Extremo con la estructura de un campamento militar más que de una ciudad, sucedió a poca distancia de este futuro barrio, empezando con el trazado urbanístico rudimentario en torno a la Plaza de Armas, además de las instalaciones de las ermitas de los cerros. Cabe indicar que, por entonces, los españoles encontraron un vestigio de pasado remoto y misterioso en la ribera Sur-poniente del río, casi paralela a la actual calle de San Pablo y desde la altura aproximada a lo que ahora sería la calle Bandera o Morandé hacia el Oeste. Efectivamente, cerca de donde se encuentran en nuestros días la Estación Mapocho y el ex Parque Centenario, había una serie de pequeños tramos de muros de piedra que fueron llamados Paredones o Tambillos del Inca, enfilados a la sombra de los arbustos o junto a los pedregales del río9. Por algún tiempo, los tambillos se extendían como parte de una linde implícita al poniente de la Calle de los Tres Montes, ahora José Miguel de la Barra, sirviendo ambos referentes (la calle y los tambos) como puntos de mensura para la joven ciudad de Santiago10. Se prolongaban hasta la llamada Cañada de Diego García de Cáceres, por donde ahora está el Barrio Brasil, y parecen haber correspondido a posadas o descansos de viajeros primitivos. Desparecieron en épocas posteriores, por supuesto, a causa de las muchas modificaciones sufridas por las orillas del río. Cabe comentar que este tipo de ruinas incásicas han sido encontradas en sitios de especial importancia para las rutas primitivas y tambos del desaparecido imperio, habiéndose hallado otros en las orillas del Choapa, en San Felipe, uno en Quillota (mencionado por Ginés de Lillo), en la localidad de Tango en Colina, en Malloa, en Cucaltegüe (a orillas del Tinguiririca), en un sector de Teno (que existía aún en el siglo XVII) y en Camarico cerca de Talca11. Los tambillos no son las únicas huellas que la arqueología haya revelado sobre el pasado ancestral del Mapocho, por cierto. Excavaciones realizadas en zonas más altas del río y otras cercanas a su conjunción con el Maipo, demuestran la presencia humana allí asentada perfectamente mucho antes de la llegada de los conquistadores.

9 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 12). 10 “Santiago de siglo en siglo”, Carlos Peña Otaegui. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1944 (pág. 20) 11 “Prehistoria del Chile continental”, René León Echaíz. Ed. Francisco de Aguirre, Santiago, Chile – 1976 (pág. 81-82). Otro descubrimiento ocurrido en nuestro actual siglo XXI reafirma el valor que tuvo para el inca todo este sector aledaño al Mapocho y su valle, cuando se encontraron los restos y osamentas de un importante cementerio de influencia incásica durante las excavaciones de la prolongación del Metro subterráneo en la Quinta Normal, a poca distancia del Museo de Historia Natural donde actualmente se encuentran reunidos estos hallazgos.

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Existía a la sazón, además, una parte más ancha en la orilla Norte del Mapocho y que pareciera ser recordada accidental o intencionalmente (no lo sabemos con certeza) en el nombre del mercado que actualmente existe ahí: la vega de río. Antes, era un paisaje pedregoso y un tanto pantanoso sobre el cual fueron levantándose modestísimas chozas y rucas de indígenas sin casa y de los habitantes más pobres de la colonia. Volveremos a hablar de estos ranchos y campamentos. Finalmente, no deja de ser un hecho de tremenda importancia el hallazgo de una piedra de posible carácter ceremonial, que hoy se encuentra incrustada en el muro de la ex residencia de don Benjamín Vicuña Mackenna, allí en las primeras cuadras de la avenida que lleva su nombre, en su museo histórico. Aparentemente, esta valiosa pieza fue encontrada en el Cerro Santa Lucía, pues fue con rocas de este peñón que se construyó dicha residencia durante los trabajos de implementación del parque, hacia 1872. La piedra sería una suerte de maqueta lítica, y muestra lo que pueden ser campos de cultivos y canales de regadío remontados a los tiempos de esta influencia inca sobre el valle del Mapocho, desde cuyo río habrían sido trazados tales cursos hídricos allí representados. Esto demuestra el valor estratégico que tuvo el agua del río y la fertilidad del valle en el Tawantinsuyu del remoto imperio, considerando que tan escasas piedras ceremoniales sólo se han encontrado en las huakas más importantes del mismo, como el Cuzco, Apurimac, Ingapirca y Samaipaca12.

Piedra ceremonial incásica incrustada en las paredes de la antigua residencia ocupada ahora por el Museo Histórico Vicuña Mackenna. 12 “Mapocho. Torrente urbano”, Gonzalo Piwonka F., Luis Cornejo B., Miguel Laborde D., Cristina Felsenhardt R. y Mario Pérez de Arce I. Matte Editores, Santiago, Chile – 2008 (pág. 36-37).

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Ubicación de los “Paredones o Tambillo del Inca” en base al plano de la ciudad colonial de Santiago publicado por Thayer Ojeda. La Plaza Mayor corresponde a nuestra Plaza de Armas y el “Camino a Valparaíso” es calle San Pablo.

Mapocho antes de ser Mapocho Tuvo que pasar un período considerable de tiempo para que este sector ribereño del Mapocho fuera totalmente asimilado por la ciudad (casi fagocitado), permaneciendo más bien como un terreno marginal o periférico a pesar de su escasa distancia del centro histórico. Sin embargo, su ocupación poblacional comenzó casi de inmediato por parte de los españoles. Don Pedro de Valdivia se procuró un extenso pedazo de tierra ubicado en el lado chimbero y que, según un escrito de Rodrigo de Quiroga a doña Inés de Suárez en 1558, se extendía desde la margen Norte del río Mapocho hasta el Cerro Blanco, y más o menos desde la actual Recoleta hasta Independencia13. Como dato curioso, cabe indicar que el límite de este terreno llegó hasta el de los indios huechura, heredándose allá el nombre de Huechuraba en la toponimia, por lo mismo. Valdivia cedió sus terrenos a doña Inés en 1550, y ella los traspasó a los curas dominicanos en 1558, en un sector que pasó a llamarse Llano de Santo Domingo. 13 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 56). Nos complace verificar, sin embargo, que el único estudio realmente importante que hemos hallado dedicado de forma especial al Barrio Mapocho, considera también este borde ribereño chimbero como parte del mismo barrio. Nos referimos al trabajo “El Barrio Mapocho y el Parque Forestal: espacio público y representaciones de ciudad en Santiago de Chile (1885-1900)”, tesis presentada para optar al grado de Magister en Historia por Simón Castillo Fernández (Profesora guía: Alejandra Araya Espinoza), Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 2008.

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El surgimiento del barrio de La Chimba en la ribera Norte tuvo lugar precisamente en los mencionados primeros terrenos, hacia 1560, sobre parte de la antigua chacra14. Su nombre, Chimba, derivaría de la palabra indígena que significa “al otro lado”, y marca un acontecimiento importante en la formación de lo que hemos definido como el espacio cultural del futuro barrio ribereño. Este nombre parece tomarlo en forma más general desde principios del siglo XVIII15. Sus caseríos brotan como un poblamiento de precario orden, que va extendiéndose desde La Cañadilla hasta las faldas y arrabales del Cerro San Cristóbal. Hasta el año 1600, aproximadamente, los terrenos de la incipiente ciudad eran concedidos a los solicitantes de manera gratuita, con la condición de que se convirtieran en vecinos residentes y cercaran su perímetro dentro de cierto plazo16. En aquel entonces, la modesta colonia fundada por Valdivia apenas tenía unas 200 casas, según la documentación estudiada por Vicuña Mackenna. La mayoría de ellas eran de apenada apariencia: “…pobres, bajas, del aspecto que hoy tienen las mansiones antiguas de nuestras villas de provincia, fuera de que a la tristeza de sus muros se añadía su soledad”17. Esto cambió con la destrucción de muchos poblados y la guerra con los indígenas del Sur, hacia la mitad de la misma centuria, lo que motivó la inmigración a Santiago de varias familias, aumentando no sólo la población y las casas, sino también los problemas sociales y las miserias18. Para peor, cuando ya se contaban unas 300 residencias en 1647, prácticamente todas ellas terminaron tiradas por el suelo con el fatídico terremoto de la noche del 13 de mayo de ese año19.

14 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 56-57). 15 “La Chimba antigua. Historia de la Cañadilla”, J. Abel Rosales. Ed. Difusión Chilena, Santiago, Chile – 1887 (pág. 65). 16 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 97). 17 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 147). 18 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 192). 19 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 224). Sin embargo, Vicuña Mackenna cita también un libro de 1662 publicado en latín, “Jeografía

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Con la construcción del Puente de Cal y Canto en el siglo XVIII, sin embargo, el carácter plebeyo y desordenado de esta ribera fue desplazado por la aparición de hermosas quintas adquiridas por los propietarios más adinerados de la ciudad, para ser usadas como residencias de verano20. Hasta entonces, el famoso Corregidor Zañartu había sido uno de los pocos aristócratas que habían adquirido terrenos en esos partidos. En la otra ribera, al Sur, el panorama era francamente desolador: enormes potreros convertidos en basureros se extendían justo por donde hoy está el Mercado Central hasta la orilla misma del río, provocando un grave problema sanitario que varias veces intentó ser resuelto por las autoridades, desde los tiempos coloniales hasta inicio de los republicanos. También se quiso trasladar este botadero hasta la ribera Norte, en la proximidad del llamado Puente de Palo frente a la Recoleta, no obstante que permaneció por largo tiempo más inmundamente incólume, en el mismo sitio que le viera nacer. Pero no todo fue decadencia y postales horribles a la sensibilidad del mundo civilizado, por supuesto. El Presidente Agustín de Jáuregui en 1773, por ejemplo, ordenó colocar sauces y otros arbustos en una explanada que existía entre el antiguo Templo de San Pablo y el Puente de Cal y Canto, dando origen a un bello paseo que fue conocido como la Nueva Alameda, así llamada para distinguirla de la Alameda de los Tajamares que existía desde antes, más al oriente21. Sus características tres cuadras eran de gran atractivo y siempre estaban verdes, sin importar la época del año, pero sólo existieron con tal esplendor hasta poco después, cuando fueron destruidas por un turbión y nuevas inundaciones22. Por el lado de la futura avenida Independencia, existía hasta aquel siglo una enorme huerta que marcaba casi el límite poniente del barrio colonial de La Chimba. Este terreno semi-agrícola, llamado después Campamento del Pantano, había sido dividido en lotes menores en 1787, pero conservó su carácter campestre a diferencia del lado de la Recoleta, más arrabalero y conservador. Ello no impidió, Flaviana”, donde sólo se mencionan 80 casas particulares en todo Santiago, según anota el autor al pie de la página 260. Sin ser expertos, diríamos que esta cifra nos parece exageradamente baja. 20 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 7). 21 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 76). 22 “Colección de Historiadores de Chile y documentos relativos a la Historia nacional”, “Descripción Histórico-Geográfica del Reino de Chile” Vicente Carvallo y Goyeneche. Imp. El Ferrocarril, Santiago, Chile - 1875 (pág. 378). Añadiríamos que Vicuña Mackenna dice que la destrucción de esta alameda tuvo lugar en la avenida grande o Gran Avenida de 1783 (“Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago”, Ed. Guillermo E. Miranda., Santiago, Chile – 1902, pág. 19).

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sin embargo, que acabara convertido “por media centuria, en una concentración de tugurios y chiribitiles de afrentosa reputación”, según Carlos Lavín23. En cambio, La Cañadilla era por excelencia la entrada a la ciudad de Santiago, precisamente hacia donde ahora identificamos la ubicación del Barrio Mapocho. Santiago nacía como ciudad en Mapocho, dicho de otra manera, y Gabriel Guarda nos describe cómo fue esta pintoresca imagen del siglo XVIII: “El viajero que viniendo desde el norte ingresara a La Cañadilla, se acercaría al río entre el marco generado por la quinta del Corregidor Luis Manuel de Zañartu –a la derecha- y el hermoso Monasterio del Carmen de San Rafael –a la izquierda-; vería desplegarse horizontalmente ante sí la silueta baja de la ciudad, sólo interrumpida por las torres de las numerosas iglesias y los árboles de huertos y jardines, recortados contra la imponente cordillera”24. El futuro barrio Mapocho era, por consiguiente, el puerto de arribo y de salida del Santiago colonial: hacia el Norte por La Cañadilla y hacia Valparaíso por el Camino de San Pablo, según veremos, lógicas que se conservaron después con la construcción de las carreteras, la instalación de las líneas férreas y la estación de trenes. Además del Corregidor Zañartu, de quien haremos caudal más adelante, hasta la construcción del Cal y Canto existía sólo un puñado de aristócratas (o aspirantes) residiendo en el barrio bravo del ultra-Mapocho, en La Chimba. Entre estos se encontraba el llamado Conde de San Pablo, el abogado Juan Alberto Díaz, “cuya nobleza chimbera quedó en proyecto”, según las burlas de Vicuña Mackenna. Este personaje, “cuyo condado no llegó a otorgarse por algún defecto de pergaminos o de doblones”, tampoco pudo consumar allí la construcción de una quinta de ladrillos, cuyos portales todavía existían en los años en que escribía esto el futuro Intendente de Santiago25. Otro caso particular lo representaba un tenebroso callejón llamado Las Hornillas, que enfilaba hacia Renca en donde hoy se encuentra la avenida Fermín Vivaceta. Esta calle, dominada por la bravura de choros y gañanes de entonces, fue abierta hacia 1779 con un poblado que llegó a tener fama de temible e inexpugnable, 23 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 49). 24 “Historia urbana del Reino de Chile”, Gabriel Guarda O.S.B. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1978 (pág. 256). 25 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 89).

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gracias a personajes que allí gobernaron y de quienes tendremos pronto algunas cosas más que decir. En lo que respecta a la antropología propia del barrio, sin embargo, hay mucho que no ha cambiado o que ha resistido tanto como pudo la tentación de adaptarse, manteniéndose tal como en esos años en que recién comenzaban a aparecer los poblados de las riberas. “En un cuarto de hora de marcha –escribía Edwards Bello en 1960-, desde el Hotel Carrera hasta el Mapocho y la Chimba, se verá que el paisaje cambia; se vuelve progresivamente más áspero y desierto; las caras son más oscuras y preocupadas, y el total se muestra más agresivo, como solapado”26. Qué duda cabe entonces, de que encontrándonos ya en la última de las expresiones de identidad del Barrio Mapocho, éste sigue y seguirá siendo -en esencia- el mismo lugar de bravura humana y de límites entre la urbanización popular y los territorios que aspiraron a permanecer como ilusiones casi bucólicas de paisajismo, aunque de todos modos cayeron tragados por el crecimiento de una ciudad inquieta e hiperactiva.

Tour por las calles de la ribera Sur Buena parte de la historia germinal del barrio ha ido quedando registrada en la toponimia de sus calles, tanto en los nombres que actualmente ofrecen como en los que exhibieron en otros períodos de su existencia. Una de las primeras calles de Barrio Mapocho y del entorno ribereño que comienza a configurarse y a distinguirse con un carácter independiente y casi autónomo, es la Calle de las Ramadas, que corresponde a la actual Esmeralda. Fue llamada así por la cantidad de chinganas y ramadas que se instalaban en ella, como podremos ver después con mayor detención. Como ocurrió también con la Calle de las Rosas y la Calle de San Pablo, ambas paralelas y más al poniente, la Calle de las Ramadas fue por largos años parte del límite más septentrional de la ciudad de Santiago antes de tocar el río, flanqueada por el terreno del Convento de Santo Domingo27 y, todavía en los tiempos de la Independencia, por el enorme basural que estaba a espaldas de este convento hasta el borde mismo del Mapocho28. Terrenos ideales 26 “Mitópolis”, Joaquín Edwards Bello. Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1973 (pág. 270). 27 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 53). 28 “Recuerdos del Pasado (1814-1860)”, Vicente Pérez Rosales. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – Edición de 1980 (pág. 7).

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para servir de cómplices para la plebe, por lo tanto. Su nombre actual se relaciona con la corbeta “Esmeralda”, de los héroes de Iquique. Empero, más adelante podremos estudiar que esta connotación gloriosa de Esmeralda para la ex Calle de las Ramadas, no limpió su pasado de fiestas chinganeras, ni la privó después de ser una de las más famosas concentraciones de burdeles de la capital hasta épocas relativamente recientes. 21 de Mayo, en cambio, era conocida antes como Calle de la Nevería cuando había en ella una tienda colonial de helados y nieve traída desde la cordillera, cerca de la Plaza de Armas. Y antes había sido llamada también Calle de la Pescadería, pues allí se vendía pescado y marisco fresco (o lo más parecido a tal), oferta que más tarde se trasladó a la Plaza de Abastos, actual Mercado Central. “Así es que –cuenta Vicuña Mackenna-, apenas se oía en las casas el santo toque, comenzaban los estómagos a alborotarse, exclamando todos: A pescado! a pescado! y salían aun los más encopetados caballeros para regresar arrastrando por la vereda (pues esto era de gala) las suculentas corvinas y los enormes congrios de Cartagena y del Papudo, que entonces, por las distancias, eran más caras que hoy día”29. Curiosamente, en esta calle había existido un pequeño cementerio para indigentes y ajusticiados, creado por el benefactor español Manuel Jerónimo de Salas y Puerta, período en el que fue llamada Calle de la Caridad30, antes de ser la Calle de la Nevería. Menos elegante fue el nombre de Calle que va al Basurero31, mote que recibió también en los tiempos en que existían los horrendos vertederos. Y más intriga provoca el que, donde existió el enterradero de muertos, se levantó después una capilla gótica que todavía era usada para felices y ostentosos matrimonios entre 1920 y 1925, detrás del templo dominicano, por lo que según Sady Zañartu: “…los felices desposados que ayer salieron del templo, bajo el arco de rosas de la marcha nupcial de Mendelsohn, para comenzar la vida, ignoraron que allí era donde antes ésta terminaba”32. 29 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 430). 30 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 32) / “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 81). 31 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 32). 32 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 145).

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El nombre de 21 de Mayo que lleva hoy en día en homenaje a la gesta de Iquique, tiene mucha relación con su entorno: desemboca casi frente al posteriormente instalado faro del Monumento a los Héroes de Iquique, junto al Mercado Central, y empalma también la recién vista calle Esmeralda que, como dijimos, así se llama en recuerdo de la gloriosa mancarrona del Capitán Prat. La relación entre los nombres de ambas calles fue deliberada, entonces, sumándose después el refuerzo representado por el monumento. La Calle del Presidente, que corría paralela a la Calle de la Nevería, era llamada así porque se trazó junto a la primera casa presidencial a un lado de la Plaza de Armas (donde ahora está el Correo Central), y aunque siempre funcionó como prolongación de la calle Ahumada más allá de la plaza, se la consideraba una distinta, vinculada más a lo que ahora reconocemos como el Barrio Mapocho después de la construcción del Puente Cal y Canto, en 1779. Para entonces, comenzó a ser llamada sencillamente como la Calle del Puente33, por conectar con esta formidable estructura. Llamada paseo Puente, en nuestros días, ésta parece ser también la más antiguamente llamada Calle del Bachiller, que figuraba mencionada en ciertos documentos del Cabildo34. A pesar de la relevancia nominal del Cal y Canto sobre ella, la calle tuvo importancia propia antes de construido el puente pues, hacia fines de septiembre de 1702, se le habían destinado 2.000 pesos para su empedrado, que fue ejecutado por presidiarios desde el tramo de la calle Compañía hasta el borde del río35. Era la época en la que, según datos de Córdova y Figueroa, el río corría a sólo tres cuadras de la Plaza de Armas36, detalle que se verifica en los planos de Santiago de los siglos XVII y XVIII, como el de Ovalle, Frezier o el Abate Molina. Incluso antes de estas fechas, la futura Calle del Puente había estado considerada entre las obras de empedrado de caminos, según se desprende de un acuerdo tomado el 7 de 33 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 80). 34 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 34). El autor no logra precisar, sin embargo, a qué bachiller hace referencia tal nombre, por lo que se cree que podría corresponder al apodo que recibía algún vecino particularmente conocido en este lugar. 35 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 18). 36 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 22).

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abril de 1659 y en el que se dispone crear calzadas para las calles que aún estaban resentidas por el terremoto de 1647 incluyendo la mencionada, desde la plaza hasta el río37. Puente ha sido, de esta manera, una de las calles más importantes de Santiago desde la temprana Colonia y ya antes de construido el Cal y Canto. Vecina y paralela, más al poniente, corría la Calle Atravesada de la Compañía, que desembocaba casi al frente a La Cañadilla y, más tarde, sobre la entrada de la Estación Mapocho, cuando ya recibía su nombre de Calle de la Bandera. Esta denominación tan específica proviene de la costumbre de un connotado vecino y ex cabildante allí residente, don Pedro Chacón y Morales, quien solía enarbolar una enorme bandera patriota en su casa-tienda comercial, en los tiempos de la Independencia38. Su puesto estaba en la esquina con calle Huérfanos, y su simpatía con la causa libertaria se debía en gran medida a las persecuciones de las que había sido objeto con abusos y gravámenes por parte de las autoridades realistas39. La famosa bandera de don Pedro era toda una novedad entonces, pues en Santiago probablemente no había más de cinco o seis piezas similares, que se utilizaban hacia 1819 para todos los actos oficiales, a veces turnándose en distintos estamentos o instituciones. Con algo de soberbia, el comerciante podía jactarse de poseer la mejor y más bella, colgándola del asta de su residencia y llamando así la atención ciudadana40. Una leyenda decía que fue este gesto lo que atrajo el comercio popular a esta calle, característica que aún posee, especialmente como oferta de prendas de vestir y telas. Curiosamente, la tienda de don Pedro habría sido una pulpería donde se vendían ropas, camisas, pantalones, gorras y partidas de tela de lanilla traídas desde España41. Calle Bandera fue sede de una fuerte actividad bohemia y cultural, acogida en innumerables locales de diversión, cafés y restaurantes, como podremos ver después. Dedicaremos capítulos especiales a la enérgica actividad que alguna vez 37 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 77). En 1682, se incluyó también al que sería después el Camino Real de San Pablo y a la Calle de las Rosas en el nuevo plan de empedrado de calzadas, demostrando la importancia que tenía ya entonces el tránsito por el primitivo barrio que hoy identificamos con Mapocho. 38 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 34) 39 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 23). Cabe añadir que don Pedro Chacón fue el abuelo materno del Capitán Arturo Prat Chacón. Por eso en la Plaza Juan XXIII de Providencia, donde estaba su antigua estancia antes de la urbanización de esa comuna, hay una estatua del héroe de Iquique recordando esa parte de la infancia que él pasó allí. 40 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 26). 41 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 24-25).

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le caracterizó. También fue lugar de muchos residentes ilustres, casas de periodismo y sedes de históricas agrupaciones sociales como la Juventud Vasca o Euzko Gaztedija que, hacia 1933, se retiró del Centro Vasco por diferencias de criterios y se instaló en el número 642 de esta calle42, espacio años más tarde tomado por un pecaminoso y pervertido caracol comercial del que también tendremos ocasión de hablar. Y es que de todo hubo en Bandera… De todo. Retornando hacia las arterias de orientación Este-Oeste, la Calle de las Rosas debe su nombre a que en su esquina con la Calle del Peumo se instaló un convento de Hermanas de Santa Rosa, que popularmente eran conocidas como monjas rosas43. Dicho beaterío nació allí en 1681, siendo reemplazado después por el Monasterio de las Domínicas de Santa Rosa44. Calle Rosas, que hoy parece señalarnos algo así como el límite Sur de la influencia o irradiación de identidad del Barrio Mapocho, corría en aquellos años desde la Calle del Puente hasta la Chacra de Portales (en donde hoy está el Barrio Yungay). Sin embargo, había sido llamada también Calle de las Capuchinas, por existir en ella otra orden de monjas de esta filiación que se habían establecido en 1726. El nombre De las Rosas le era dado más bien al tramo que había desde Amunátegui hacia el poniente, pero después se hizo general a toda la extensión de la calle, desde su origen perpendicular en 21 de Mayo45. Los antiguos pasajes comerciales ubicados detrás del Mercado Central y que conectan por el interior de la cuadra las calles San Pablo y Rosas, se llaman todavía Galería las Rosas, título que se conserva con varias letras perdidas sobre el acceso principal. El Camino de San Pablo, por su parte, nace originalmente como un cascajal del río en el que eran amarrados animales, siempre y cuando el ancho del caudal del día lo permitiera. Con la construcción los tajamares, el Mapocho redujo mucho la cobertura de sus aguas y el volumen de su cauce, y así dejó al descubierto el sendero pedregoso y rústico en la orilla, sobre el cual nació la calle recibiendo el nombre del santo en alusión a la Iglesia Jesuita de San Pablo, orden allí establecida desde 1678 y que en principio no era más que un pequeño templito, con una nave y un altar junto a la Plaza de San Pablo46. Tras la expulsión de los jesuitas, la 42 “Basque Cultural Studies”, William A. Douglas. Basque Studies Program, University of Nevada, USA - 1999 (pág. 157). 43 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 79). 44 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 75). 45 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 22). 46 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 80).

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propiedad del convento fue convertida en Colegio de Naturales y luego en el Presidio para vagos usados para las obras públicas47. También fue el Cuartel de Dragones. La Calle de San Pablo cobró gran importancia cuando Ambrosio O’Higgins ordenó la construcción de un nuevo camino a Valparaíso prolongado desde esta arteria48, tarea encargada al Ingeniero Pedro Rico en 1792. Hacia fines de año, la obra estaba avanzada y el Cabildo había ordenado también el empedrado del camino. Ya estaba operativo en 1794, de acuerdo al trayecto que hace por él George Vancouver, el viajero inglés; y para 1797, se hallaba totalmente habilitado al tránsito de carruajes49, razón por la que el camino a Valparaíso solía ser llamado también Camino de las Carretas o, simplemente, Camino de San Pablo en su proximidad a Santiago. A partir de entonces, la calle San Pablo se convirtió en una activa avenida que desembocaba primero en el terrible basural del Mapocho y después en el mercado. Una histórica “pirámide” (obelisco) fue instalada cerca de donde hoy está la conjunción de San Pablo con Brasil, señalando la llegada a la ciudad por el dificultoso camino de cuestas y bajíos. Ya encima del río Mapocho y paralela a San Pablo casi delineando su costado Sur en lo que hoy es General Mackenna, estaba la llamada Calle del Ojo Seco, antes Calle Tapada de San Pablo, pues apareció por allí detrás de la Iglesia de San Pablo y en donde los religiosos instalaron una molienda de dos ruedas llamada Molinos de los Contreras50, razón por la que también fue apodada alguna vez como Callejón de las Contreras. El extraño nombre del Ojo Seco, que suena como al mal del ojeo combatido por las santiguadoras, se debía en realidad a que tras ser construido el Puente de Cal y Canto, la calle apareció tocando justo por un arco u ojo en el que normalmente nunca pasaba el agua del río, donde se formó un caminito con varias casas modestas al costado. El ojo seco del puente era, así, el acceso a la misma calle, brotada como un senderillo tras la construcción de este paso y de los tajamares. Tal ojo se halló al extremo Sur del puente pero no fue el único, ya que había otros dos al extremo Norte del Cal y Canto51. Fue así que se habilitó este callejón por 47 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 132). 48 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 80). 49 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 120-121). 50 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 80). 51 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 32).

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iniciativa de los vecinos que, sin esperar ayuda ni autorización del alarife, lo convirtieron en un paso útil al tránsito de personas y bestias. Después de los tiempos de la Independencia, comenzó a adquirir un valor importante como lugar del comercio que caracteriza a esta parte de barrio52. Conectaba hacia el oriente con la Calle de los Tres Montes, rebautizada en nuestros días como José Miguel de la Barra, a la actual altura del Parque Forestal. La Calle del Ojo Seco tuvo muchos otros nombres: también fue llamada, ya hacia el final de la Colonia, como Calle de Petorca y Hierro Viejo, nombres que son bastante frecuentes en otros casos de la toponimia nacional. Y en tiempos republicanos, fue denominada Calle Sama53 en alusión a la Batalla de Sama de la Guerra del Pacífico54. Avenida General Mackenna ha sido su nombre último y, al parecer, definitivo. Entre la Calle del Ojo Seco y la Calle de San Pablo había un pequeño callejón de paisaje semi-rural, en donde el pertinaz Corregidor Zañartu hizo levantar una casa para vigilar atentamente la construcción del Puente de Cal y Canto y defenestrar desde allí sus peores iras de capataz plenipotenciario, según tendremos tiempo de ver después y con mayor detención. Este sitio, llamado por lo mismo Calle de Zañartu, es la actual Aillavilú, y ha sufrido innumerables cambios a lo largo de su historia, conservando casi nada de lo que era entonces. Mención especial merece la avenida Presidente Balmaceda, que sale casi desde el borde del río y corre casi paralela a éste hacia el poniente, en un largo trecho hasta derramarse sobre Matucana. Como en el caso de la actual Cardenal Caro (la avenida Costanera), que corre hacia el oriente, Balmaceda nació con las ganancias de terrenos que se realizaron sobre el lecho del río con la canalización iniciada en 1888, precisamente durante el Gobierno del Presidente que homenajea con su nombre, pero fue abierta recién en 1928 luego de la reducción del edificio del Mercado Central, que antes llegaba mucho más cerca de la orilla del río que ahora. Así se separó Balmaceda definitivamente de la anterior Avenida del Mapocho, que era como se llamó a toda la faja que corría entonces por el borde ribereño pero que hoy comienza unas cuadras más al poniente, separadamente de Balmaceda aunque a esta última muchos insistan en seguir llamándole Mapocho hasta nuestros días, pues Balmaceda se superpuso en un gran tramo del camino originalmente riberano, 52 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 58). 53 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 23) / “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 80). 54 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 60).

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hasta la altura de Matucana. Más aún, este uso impropio pudo influir en el mismísimo nombre del Barrio Mapocho, y veremos que la situación generó también ciertas imprecisiones y confusiones nominales sobre cuál es el barrio que merece ser llamado así, grado de indefinición que aún se conserva en algunos santiaguinos al hablar del mismo. Regresemos a las vías de eje Norte-Sur: hablar de la Calle de Morandé, que desemboca justo frente a uno de los muros de la Estación Mapocho, requiere algo de vocación heráldica. Su nombre proviene del apellido del ciudadano francés al servicio de España, Monsieur Francisco Briand de Morandais, quien llegó a Chile a principios del siglo XVIII con su joven esposa Juana Caxijal, estableciéndose primero en una casa del lado oriente de la Plaza de Armas. Desgraciadamente, doña Juana entró en pánico al ver cada mañana colgando al Sol y como ropas de lavandera, a los cuerpos de los infelices que habían sido ejecutados o, en el menos sangriento de los casos, a los castigados por azotes frente a su residencia. Ante tamaño problema, Morandais levantó otra casa en la Calle Real, hoy Moneda, exactamente donde ahora está la Intendencia de Santiago. Los santiaguinos comenzaron a hablar así de la calle que formaba la esquina como La de Morandé (Morandais)55, siguiendo con tal título hasta nuestros días: la calle Morandé. Paralela a Morandé está la Calle de los Teatinos, que también llega sobre el complejo de la estación y el parque. Es otra vía que merece una atención especial: nace de una propiedad adquirida junto a La Cañada (Alameda) por los jesuitas, desde esta misma avenida hasta la Calle Real, donde hoy está el Palacio de la Moneda. En su costado poniente se instaló un beaterío de los hermanos teatinos, adquiriendo así su nombre tan característico56. La Calle de los Teatinos fue prolongada hacia el Norte en distintos períodos, y llega a enfrentar el costado lateral de los terrenos ocupados por la Estación Mapocho. Muestra hasta hoy algunas arquitecturas históricas de importancia que fueron quedando como registros reunidos a lo largo de su crecimiento. Una de las más interesantes es la hermosa y enigmática Capilla de Ánimas, en Teatinos 765, pintoresco edificio religioso de inclinación neorromática consagrado a las misas de días lunes por las almas en el purgatorio y del que se conoce muy poco57. Otro de 55 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 22) / “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 82). 56 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 80). 57 Diario “El Mercurio” del sábado 6 de marzo de 2010, Santiago, Chile, especial de la “Revista de Vivienda y Decoración” Nº 713. Allí se señala que su servicio como capilla castrense fue entre 1920 y 1950, pero tenemos a la vista pruebas de que seguía en tal rol todavía hacia 1962. Corresponde agregar, también, que los administradores del recinto conocen documentos municipales que mencionarían la

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sus edificios más bellos estaba también el 805, en la esquina de San Pablo, tristemente destruido por un incendio en marzo de 2005. En la esquina vecina estaban los cuarteles y el viejo presidio, ocupando el ex terreno de los jesuitas. Al lado de Teatinos, por el Oeste, corría la mencionada Calle del Peumo, llamada así por un vistoso y lucido árbol de esta especie que fuera plantado en una de sus esquinas en tiempos de la Colonia, específicamente en el cruce con Agustinas. Actualmente, esta arteria corresponde a la calle que llamamos Amunátegui58.

Detalle del plano de Santiago publicado por Alonso de Ovalle en 1646, en su “Histórica Relación del Reino de Chile”. Es el sector que corresponde al Barrio Mapocho en su parte central. Se indica la Plaza de Armas, el Convento de Santo Domingo (donde hoy están la calle y el templo del mismo nombre) y el barrio La Chimba. Se observan los antiguos murallones y tajamares del Mapocho, la gran vega cenagosa del lado chimbero y cómo la ribera del río estaba mucho más al Sur que en la actualidad. Capilla hacia 1915, pero suponen que su construcción podría remontarse al 1900 o antes. En su interior se hallan altares con muchas placas de agradecimientos para San Judas Tadeo, San Rafael, Santa Teresa y el Sagrado Corazón. Por desgracia, resultó severamente dañada con el terremoto del 27 de febrero de 2010, perdiendo gran parte de sus características cornisas y molduras decorativas de la fachada. Actualmente, está en el plan de reconstrucción de las dependencias vecinas de las Hermanas del Cordero Domínicas, encargadas al arquitecto Juan Manuel Inostroza. 58 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 16-18).

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Fragmento del famoso mapa de Santiago de Amadeo Frezier, de 1712. Identificando la Plaza de Armas con la letra A, podemos reconocer dentro del dibujo la ubicación de las primitivas alamedas junto al río, los terrenos del Convento de Santo Domingo, el área en blanco donde se hallaba el basural y los restos del antiguo Puente de Ladrillo que estaba a la altura de la actual Recoleta, cortado en la mitad del río. Observamos también cómo la vega del Mapocho llegaba a sólo tres cuadras de la plaza principal.

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El curioso y poco conocido mapa del Abate Juan Ignacio Molina, donde se observa una ilustración de la planta de Santiago (1776). Republicado en “Historia urbana del Reino de Chile”, de Gabriel Guarda O.S.B. (pág. 304). Llama la atención la imagen del Barrio Mapocho, donde se observa el Puente de Cal y Canto (por entonces recién en construcción), sus tajamares y malecones a ambos lados, más las indicaciones del Paseo Público que corría junto a ellos (Nº 38) y la Plaza de Toros que se habilitó por algún tiempo en el terreno del Basural de Santo Domingo (Nº 39).

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El proto-Barrio Mapocho en tiempos coloniales, en el mapa de Chile de Emanuel Bowen, publicado en Londres en 1747 y evidentemente basado en el mapa de Frezier.

Detalle del Mapa de Santiago de De Guzmán mostrando el río Mapocho y su entorno en 1834. La A señala a la Plaza de Armas. El área que corresponde al actual Barrio Mapocho muestra el Puente de Cal y Canto y el Puente de Palo frente a la Recoleta, cuya iglesia se indica con el Nº 22. El Cal y Canto no desembocaba directamente sobre La Cañadilla, sino en un sendero casi transversal. La letra B señala la ubicación de los terrenos del convento de Santo Domingo. Al otro lado del río, el Nº 20 señala el monasterio de San Rafael.

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Actual monolito conmemorativo de la construcción del Camino Real de Santiago a Valparaíso o de San Pablo, en la plaza de la esquina de esta misma calle con Almirante Barroso, al poniente del Barrio Mapocho y más cerca del vecindario que aquí llamaremos Mapocho Abajo, para distinguirlo del que ocupa nuestra atención.

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Capilla de Ánimas, poco antes de la destrucción de toda su parte superior, en Teatinos cerca de la esquina con San Pablo. Después del terremoto de fines de febrero de 2010, este curioso edificio de Mapocho perdió todo lo que se observa desde el óculo hacia arriba.

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Tour por las calles de la ribera Norte Por el otro lado del río, allí en los territorios chimberos, la vida mana especialmente por el Camino Real de la Cañadilla después llamado Camino de la Independencia (hoy avenida Independencia) y que, como hemos dicho, constituía los restos de antiguos senderos indígenas por los que llegaron primero los incas y luego los españoles. Por esta razón, también fue titulado como Camino hacia el Norte y Camino de Chile. Los primeros habitantes de la Zona Central lo mantenían en relativo buen estado al arribo europeo en el valle, de modo que puede tratarse del más antiguo camino en Santiago, anterior a la fundación de la ciudad, de hecho. Como hemos visto, en aquellos días los hispanos le llamaron La Cañadilla en contraparte a La Cañada de la futura Alameda59 pues, al igual que ésta, habría sido vestigio de un desaparecido curso menor de aguas del río Mapocho. Después, los mismos criollos hablaron de él como Camino Real que va a Huechuraba60, constituyendo también una ruta para los peregrinos que marchaban hasta la Ermita de Monserrat en el Cerro Blanco durante el siglo XVII61, quizás como alternativa al camino de Recoleta. Hacia 1787, se le trazó como calle propiamente tal sobre este sendero del lecho ya seco, por el entonces Intendente de Obras Públicas don Melchor de Jaraquemada y Cisternas, pues el viejo camino encontrado por los hispanos había sido destruido con todos sus mejoramientos, por una gran inundación del Mapocho derramada hacia esos lados del valle. La reconstrucción, además, permitió satisfacer las necesidades generadas por el nuevo nivel de conectividad surgido entre la ciudad y esos territorios chimberos, con la puesta en uso del Puente de Cal y Canto62. La Cañadilla también fue el camino necesario para el comercio colonial que venía desde Buenos Aires o Cádiz por la vía de la cordillera, y el que iba a Lima o Charcas por Valparaíso63, conectado a Santiago vía Camino de San Pablo precisamente en el barrio de marras. 59 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 48) 60 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 62). 61 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 65). Agrega allí el autor que el camino también recibía el título de Cañada de la Chimba antes de ser llamada definitivamente como La Cañadilla. Este último nombre lo recibió tempranamente, cuando comenzaron a formarse los poblados chimberos sobre la misma. 62 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 44). 63 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 66).

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Parecería que la futura avenida Independencia era, por entonces, más ancha de lo que es hoy, pero incluso así el Puente de Cal y Canto desembocaba sobre ella no directamente, sino un poco más al oriente. Por eso la actual continuación de la calle Puente (Calle del Puente, del Cal y Canto) no es exactamente Independencia, sino avenida La Paz, cruzando el ex Puente de los Obeliscos que conservó por muchos años las estructuras de su nombre, colocadas al final del proceso de canalización del Mapocho pero retiradas hacia 2001 para la inauguración del nuevo y muy estéril Puente La Paz. Este puente coincide con la posición aproximada que tenía el de Cal y Canto, lo que permite imaginar cómo se daba la continuidad de estas calles primitivas a ambos lados del río. Y en efecto, los mapas y planos de entre los siglos XVIII a XIX lo verifican: la conexión entre el Puente de Cal y Canto y La Cañadilla era indirecta, a través de un callejón menor desprendido diagonalmente desde esta última. Tras pasar por La Cañadilla el Ejército Libertador, se le llamó efímeramente Camino Buenos Aires y luego Camino de la Independencia. Empero, todavía a principios del siglo XX seguía conservando en el lenguaje informal su antigua denominación de La Cañadilla64. En los años posteriores a la liberación del yugo hispánico, por ahí por los días de Portales, nuestro primer historiador independiente don José J. Guzmán, describe así el aspecto de La Cañadilla y su barrio interior: “Esta calle cuyo ancho es de veinte y cinco varas una tercia, medida desde el remate de la rampa occidental del puente hasta la esquina del callejón del Guanaco, tiene de largo dos mil ochocientos cincuenta varas, que hacen completamente diez y nueve cuadras, las que hasta este punto se hallan bastantemente pobladas a la parte del oriente; pero por la parte del poniente solamente sigue su población continuada hasta llegar a la quinta de Bezanilla, desde donde ya principian las chácaras o fincas de los vecinos de Santiago”65. Cabe indicar que las calles Guanaco y Bezanilla (donde estaba la quinta del mismo nombre) aún existen, aunque se encuentran al interior del antiguo barrio de La Chimba, fuera del sector que actualmente indicamos formando parte del Barrio Mapocho y que nos interesa como área geográfica de estudio. Hacia el poniente estaba, además, la ya mencionada Calle de las Hornillas, lugar bravo y peligroso después bautizado con el nombre de don Fermín Vivaceta, el arquitecto del 64 “Santiago de Chile. El origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Santiago. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 7). 65 “El chileno instruido en la historia topográfica, civil y política de su país” Tomo II, José J. Guzmán. Imprenta Araucana, Santiago, Chile – 1836 (pág. 790).

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Mercado Central, no obstante que su avenida se hizo famosa más por sus consagradas casas de huifa del siglo XX que por alguna insinuación honrosa al famoso constructor. La miseria y degradación de este barrio perduró por siglos, de hecho, apareciendo retratadas con crudeza en los relatos del escritor Luis Cornejo, quien alcanzó a vivirla en carne propia durante su infancia. La explicación para los nombres de las otras calles que salen de la ex Cañadilla hacia el poniente y nacidas sobre el antiguo terreno chimbero del Corregidor Zañartu, alusivos a personajes de la historia militar, la proporciona Sady Zañartu: “…lo curioso de estas innumerables calles fronterizas era que se denominaban por las letras del abecedario hasta que el Intendente Vicuña Mackenna las rebautizara por un decreto del 6 de julio de 1872 apelando por el nombre entero del personaje o simplemente por su apellido. Así las calles de oriente a poniente llevan los nombres completos de los generales de la independencia. Estas calles fueron “José Ignacio Zenteno”, “José Manuel Borgoño”, “Joaquín Prieto”, “Francisco de Lastra”, “Francisco Antonio Pinto”, “Juan de Dios Rivera”, “José María de la Cruz”. Las calles de norte a sur, de coroneles, se llamaron: “de Picarte”, “Maruri”, “Ibáñez”, “López”, “Escanilla”, “Quintana”, “Victoriano”, “Barrenechea”. Sólo así el barrio tomaba importancia y cuadratura política”66. Al otro extremo de lo que podríamos llamar Barrio Mapocho Norte, también en las puertas de La Chimba y paralelo al Camino de Chile o Cañadilla, salía desde el borde del río el llamado Camino del Salto, que conectaba la ribera con los terrenos de El Salto y que luego fue prolongado más hacia el septentrión, pasando a llamarse Camino de Conchalí. Es la actual Recoleta, que en el siglo XVII era llamada ampulosamente como Camino Real de las carretas que de la ciudad va a Conchalí67. Fue sólo cuando se estableció en su vera la Recoleta Franciscana y su altar consagrado a Nuestra Señora de la Cabeza, que comenzó a ser llamado como el Camino de la Recoleta. Estos monjes se instalaron en el terreno que poseía en la orilla del Mapocho el Maestre de Campo Nicolás García Henríquez, desde mediados del siglo68, como ya tendremos ocasión de ver.

66 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 357, julio de 1963, Santiago, Chile, artículo “La Cañadilla y el barrio del Arenal”. 67 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 62-63). 68 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 48). Nos gustaría aprovechar de

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Entre ambas futuras avenidas, Independencia y Recoleta, apareció con el tiempo una prolongación transversal desde la entrada del Cementerio General en la Calle del Panteón (actuales calles Profesor Zañartu y La Unión) y que conducía hacia las puertas del camposanto. Después, se le abrió una entrada al Puente del Obelisco, inaugurándosela hacia el año de 1907 en base a una idea original de 1874 que permanecía inconclusa, y con un diseño de 1895 realizado por Pedro E. Wieland, Jefe de la Oficina Municipal del Plano de Santiago69. Ésta es la actual avenida La Paz, probablemente una de las más pintorescas y características del barrio, con sus coloridas fachadas y sus varias palmas decorativas, que conducen directamente a las puertas del Cementerio General, por lo que ha sido camino de despedida a innumerables procesiones de ilustres figuras de nuestra historia. Cabe señalar también que un llamado Camino de La Chimba salía en dirección transversal a las avenidas que hemos visto, desde un costado de Recoleta y tuvo importancia en la conexión de estos barrios con los situados en la falda del San Cristóbal. Es la actual Dardignac. Su paralela era la Calle del Cequión, luego llamada Andrés Bello y hoy con el nombre de la madre del conspicuo intelectual venezolano, doña Antonia López de Bello70. La avenida Santa María, en cambio, surgió de los trabajos de canalización y amurallado de los bordes del Mapocho hacia 1890, que crearon una avenida ribereña tal como sucedió con Cardenal Caro del otro lado del río, y también la mencionada Presidente Balmaceda, más al Sur. Escondida tras la primera cuadra de Santa María, la Calle de los Artesanos recibió este nombre por la relevancia que allí tuvieron en el barrio estos trabajadores, especialmente cuando se instalaron los persas, ferias y comerciantes de este rubro en el llamado Jardín o Plaza de los Artesanos, frente a la Vega Chica. La calle funciona ahora como una continuación de Bellavista entre Recoleta, La Paz e Independencia. hacer notar aquí el curioso paralelismo que existe entre el barrio de la Recoleta de Santiago de Chile, la mucho más famosa Recoleta de Buenos Aires en Argentina y la de Asunción en Paraguay: además de ostentar el mismo nombre, son vecindarios antiguos y conservadores que lucen magníficas iglesias y grandes cementerios inaugurados hacia la misma época, con bibliotecas, colegios, museos y otros sitios de valor cultural. La similitud general de las “recoletas” puede estar determinada por el origen de estos barrios bajo la influencia de las mismas órdenes de sacerdotes recoletos y todo el estilo de vida que creció alrededor de ellos. 69 “Revista de Urbanismo” Nº 7 de enero 2003. Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile. Artículo “La solitaria estrella: en torno a la realización del Barrio Cívico de Santiago de Chile, 1846-1946”. 70 Diario “El Mercurio” del domingo 8 de abril de 2001, Santiago, Chile, sección Artes y Letras, artículo “Del Corazón de La Chimba”.

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Elegante y solariego peristilo de una casona antigua en la calle Dávila, típica del siglo XIX, ubicada más hacia el interior de La Chimba, en fotografía publicada por Carlos Lavín en su libro sobre este barrio, en 1947.

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Desaparecida casona en la esquina de las calles Puente y San Pablo, hacia inicios del siglo XX, en imagen disponible entre las colecciones del Museo Histórico Nacional. Nótese la presencia de un típico pilar de vértice, como otros casos de la arquitectura colonial en el barrio (la casa-pilar de Recoleta y la Posada del Corregidor en calle Esmeralda).

La misma esquina dibujada por el artista ilustrador José Anfruns Roca, con el aspecto que tenía hacia 1914. Se observa el gran portal de la entrada, muy característico de la época colonial.

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Postales de una colección particular, publicadas hacia 1920, con vistas del río Mapocho desde la altura de la Estación Mapocho, sus antiguos puentes mecano y el entonces algo inhóspito y estéril borde riberano de La Chimba. Se distinguen los obeliscos del antiguo puente a la avenida La Paz, el lugar del edificio posteriormente ocupado por la Pérgola Santa María en la Plaza de los Artesanos, los cobertizos en el área donde está el actual Mercado Tirso de Molina y, tras él, los galpones dobles donde se guardaban los tranvías de la Compañía del Ferrocarril Urbano, convertidos luego en La Vega Chica. Del otro lado se ven los tranvías, el edificio del Mercado Central y las construcciones que existían hasta encima de la Plaza Venezuela y la antigua Estación Mercado.

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Atractiva arquitectura del ábside de la Iglesia de Santo Domingo que, en la esquina de 21 de Mayo con Rosas, desapareció tras del bello y suntuoso edificio Art Decó que se levantó en 1930 (de los arquitectos Larraín Bravo y Jiménez Cruz). Imagen de revista “En Viaje”.

Ruinas del antiguo edificio ubicado detrás del ex Bristol Hotel y a un costado de la Estación Mapocho, en General Mackenna. En él se encontraban dos históricos bares del barrio: “La Clínica” y el “Wonder Bar”, este último emigrado al frente. Muchas cuadras de Barrio Mapocho se hallan en el mismo estado de parcial demolición (Hurtado de Mendoza, Vicuña Subercaseaux, San Pablo con Teatinos, etc.), por lo que se hace evidente que gran parte del aspecto histórico que dio forma a este sector de la ciudad está en pleno proceso de desaparición irremediable, pasando a ser más de sus “especies extintas”.

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Todavía quedan en el sector algunas de las huellas del antiguo Barrio Mapocho… Aunque en pleno proceso de extinción, como se observa.

Barrio Mapocho vs. vs. Mapocho Abajo Aunque cronológicamente corresponda a un tema más bien ubicado cerca de nuestros tiempos, creemos conveniente establecer desde ya la naturaleza de las diferencias entre los dos barrios de Santiago que han disputado el nombre de Mapocho en la literatura, el lenguaje corriente y la cultura popular capitalina, para proceder a abordar con nuestra retrospectiva aquel que consideramos el auténtico y definitivo Barrio Mapocho de Santiago de Chile. Mientras se le llamó a la versión primitiva de la mencionada avenida Presidente Balmaceda también como avenida Mapocho, allí contorneando el río, este uso tuvo gran influencia en la toponimia y en la identificación del barrio con el mismo nombre, a pesar que la avenida que realmente luce ese título más al poniente, ya se encuentra totalmente desprendida del sistema vial de Balmaceda, por ahí entre Amunátegui y San Martín donde nace separadamente, apartadas por el ancho de la pequeña Plaza Jerusalén. Pese a esto, hay quienes insisten en llamarle Mapocho a Balmaceda, costumbre que nos parece heredada de la época de los tranvías, pero preservada también en la tendencia de algunos a identificar al Barrio Mapocho con ese otro tramo de la ciudad vecino al que nos distrae y que se extiende desde el Parque de los Reyes hacia Barrio Yungay y la Quinta Normal. No obstante su valor en la identidad del barrio, es esta confusión persistente de Balmaceda-Mapocho la que también ha creado ciertas imprecisiones en la

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definición del barrio mismo que ha de llamarse así, Mapocho, pues la avenida que conserva ese nombre está paralela a General Mackenna y luego Martínez de Rozas, hacia el poniente, prolongándose desde Amunátegui hasta Neptuno en un extenso trazado que se va alejando cada vez más del río a medida que avanza. Por este motivo, es frecuente encontrar antiguas referencias donde aparecen formando parte del Barrio Mapocho calles tan distantes como son Cueto, Bulnes o Mapocho Sur, más cercanas ya a la Quinta Normal y al primitivo barrio de Chuchunco, por ahí por Yungay y en las proximidades de Estación Central. También se ha descrito como parte del Barrio Mapocho al área más occidental del entonces llamado Parque Centenario (Los Reyes, desde los años noventas), por esos caseríos casi desprendidos desde la línea ferroviaria, y que el escritor nacional Nicomedes Guzmán denomina como el “trágico” Mapocho, asociando su nombre e influencia más al río que a la estación. Es lo que a veces se llama, más propiamente, como el sector de Mapocho Abajo o San Pablo Abajo, fuera del rango de nuestro Barrio Mapocho como tal. Guzmán es, como se observa, uno de quienes hablan de las calles Cueto, García Reyes, Martínez de Rozas y la propia avenida Mapocho como parte del Barrio Mapocho o, cuanto menos, en influencia de éste, particularmente en su trabajo “La Sangre y la Esperanza”71. A pesar de nuestra discrepancia con el escritor, no deja de ser interesante la descripción que hace de su propio vecindario mapochino, por ejemplo, en las notas al lector de otra obra suya intitulada “Una moneda al río y otros cuentos”. Dice allí: “Nací el 25 de junio de 1914 en un barrio llamado del Club Hípico, en Santiago de Nueva Extremadura, al sur de la ciudad. Mas, mis primeros años me enseñaron el sabor de la libertad en un lugar muy distinto, el que yo llamo Barrio Mapocho, inmediato al escuálido río del mismo nombre, refugio de vagabundos, trabajadores del ripio y recolectores de desperdicios posibles de industrializar. Un barrio trágico, pero de una arisca y avasallante belleza que intenté desentrañar ambientalmente en mis novelas “Los Hombres Obscuros” y “La Sangre y la Esperanza”.”72 Creemos, sin embargo, que esta antigua definición del barrio asociado a los vecindarios que crecían desde toda la extensión del Parque Centenario o actual Parque de los Reyes hacia el Sur e incluso más al poniente, tenía relación con la 71 Nos referimos particularmente al libro “La Sangre y la Esperanza” de Nicomedes Guzmán (Orbe, Santiago, Chile – 1943). 72 “Una moneda al río y otros cuentos”, Nicomedes Guzmán. Monticello College Edition, Santiago, Chile – 1955 (pág. 5). Que Guzmán recalque a éste como el barrio “que yo llamo Mapocho”, nos parece confirmación de que responde a un criterio más bien personal y no al uso más general.

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importancia del paso permanente de los ferrocarriles de la Estación Mapocho por dicho sector ribereño, además del tránsito de tranvías desde y hacia la estación precisamente por la calle Mapocho y otras, aunque en el caso de Guzmán se adjudica la identidad a la influencia del río. Esta característica en la identidad del barrio se ha perdido por los cambios funcionales del mismo, y definitivamente el santiaguino de hoy reconoce por tal al que hemos descrito, en el eje marcado por la Estación Mapocho y el Mercado Central, principalmente, ramificado en calles como General Mackenna, Puente y Bandera. El suelo llano junto al río por el que pasaban antaño los trenes del ex Parque Centenario, viene a ser sólo un patio en la percepción del barrio principal, por lo que la conceptualización geográfica de Guzmán sólo responde a una interpretación de la época que retrata y a su impresión casi personal como antiguo residente, hacia los años veintes, cuando quizás era válido considerar como Mapocho también a lo que existiera desde la estación hacia el Oeste, hasta los deslindes con barrios como Brasil, Yungay o Quinta Normal, más o menos. Si bien es innegable la influencia que la antigua avenida Mapocho tuvo sobre la vida y la actividad del actual Barrio Mapocho, nos parece que ese criterio de extender la identidad del mismo barrio mucho más al poniente de lo que se le reconocería geográficamente hoy en día (especialmente al desconocerse el violento corte representado después por la Autopista Central), responde a una breve tendencia que existió hacia la primera mitad del siglo XX pero que dejó huellas en el uso, por lo que evitaremos hacer cualquier reflejo de ella a menos que atañese directamente a nuestro vecindario de estudio.

Los orígenes del antiguo templo de la Recoleta Definido entonces cuál es nuestro Barrio Mapocho y tras haber paseado por la historia de sus calles, procedemos a escarbar con más precisión espacial en la historia del proto-barrio y su formación colonial. La fe fue un trascendente elemento mapochino, y la casa de Dios pudo encontrar lugar en la planta del futuro vecindario en sitios como la Iglesia de San Pablo, el convento de las monjas rosas o el convento de los domínicos. Sin embargo, la más importante presencia de este tipo se halló en la ribera Norte del río, allí junto a la vega cenagosa y los pedregales donde desembocaban las primitivas calles de La Chimba, de la mano de los sacerdotes franciscanos descalzos. La aparición de esta Recoleta marcará vigorosamente, además, la fuerza nominal del sector dándole su nombre a la plaza, a la avenida y a la comuna completa a la que pertenece hoy.

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Sucedió que el Maestre de Campo y Corregidor de Coquimbo don Nicolás García Henríquez y su mujer, doña María Ferreira, habían propuesto al superior franciscano Fray Manuel Pérez la instalación de la orden en este predio donde el dueño anterior, Ramón Aguayo y Pereira, había levantado ya una rústica ermita, estructura que se hallaba justo en donde después se establecería el convento. Este terreno era una chacra edificada y cerrada con más de media cuadra entre el Camino Real del Salto (hoy Recoleta, como hemos dicho) y la hacienda de don Bartolomé Márquez73. Aguayo le había hecho erigir esta ermita hacia comienzos del siglo XVII, cumpliendo con la voluntad de su tío Pedro. Por ello, fue conocida como Iglesia de Aguayo en sus días, y parece que todavía en los tiempos del siguiente edificio entregado a los franciscanos. Sin embargo, este oratorio casi fue arrasado por la violencia del fatídico terremoto de 1647, permaneciendo en triste estado y ruinoso desde entonces. Con las obras adjuntas de construcción del convento de la Recolección Franciscana ya iniciadas en el territorio chimbero y luego de legalizada la donación del matrimonio García-Ferreira hacia 1663 (tras la concesión real que autorizaba la fundación)74, fue levantado el primer templo recoleto propiamente dicho. Aunque superaba a la vieja capilla, la iglesia que quedó levantada en el terreno ahora franciscano tampoco fue ostentosa ni holgada en espacio. “Según una interesante carta del digno padre recoleto fray Francisco Pacheco –anotó Vicuña Mackenna a pie de página- de fecha enero 18 de 1865, la primera iglesia tuvo sólo una nave de 60 varas de largo y 13 de ancho, al pie de cuyo altar mayor fueron enterrados sus fundadores. El claustro comprendía dos manzanas, y fue su primer provincial fray Buenaventura Oten en 1663, cuyo prelado renunció ser provincial del convento grande por la guardianía de los recoletos”75. La presencia del templo y de los sacerdotes fue importante no sólo para el crecimiento del barrio de La Chimba, sino también para motivar la instalación de los puentes que facilitaran la comunicación entre las riberas, viviendo los recoletos 73 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 28-29). 74 “La Chimba antigua. Historia de la Cañadilla”, J. Abel Rosales. Ed. Difusión Chilena, Santiago, Chile – 1887 (pág. 71). 75 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 259).

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en relativa paz por estos lados hasta los tiempos de la Independencia, mismos que casi le significan su expulsión definitiva desde estos barrios, según veremos oportunamente en este mismo trabajo. “Hay que trasladarse a las inmediaciones del convento de la recolección franciscana –escribe Lavín- para seguir el rastro de los escombros y los restos del pasado. Desde 1663 era éste un noviciado de aquellos monjes y vigilaba la entrada del Camino del Salto, senda polvorienta y guarnecida de álamos que atravesaba pintorescas estanzuelas. Mucho antes de llegarse a distinguir con el nombre de la Avenida de la Recoleta había generado un caserío donde comenzaron a esbozarse algunas callejuelas cuya modesta condición salta a la vista en las viviendas desperdigadas en las calles Manzano, Vásquez y Lillo…”76. Según Carvallo y Goyeneche, los franciscanos tenían también el “Convento chico de San Ildefonso” o “La Granjilla", que ya estaba en ruinas a fines del siglo XVIII. Sin embargo, sería el convento recoleto de La Chimba el que Amadeo Frezier registra en su famoso mapa de Santiago de 1712, con el nombre de “Noviciados de los Franciscanos” y que se hallaba vecino a la Capilla de la Purísima77. Lamentablemente, el edificio recoleto fue destruido por otro terremoto, en 1730, reconstruyéndoselo después y en distintos períodos de avance que veremos en su momento. Por demás estaría entrar a detallar aquí cómo fue que el terrible sismo y sus innumerables réplicas afectaron tanto y de tal forma al lugar de vida de los monjes recoletos, sumados a otros episodios del destino que también tocaremos, que recién hacia los tiempos de la Independencia quedó concluida la parte más importante de la nueva edificación religiosa, con medidas de 50 metros de largo, 10 de ancho y 8 de alto78. No obstante, tendremos ocasión de ver también que, todavía mucho después de aquellas fechas, nuevas y distintas circunstancias hicieron que los trabajos se prolongaran varios años más a lo largo de aquel siglo, quedando terminados recién hacia los tiempos del Fray Andresito.

76 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 75). 77 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 259). 78 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 48).

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Vista general del terreno donde crecería el actual Barrio Mapocho, observado desde el antiguo fuerte del Cerro Santa Lucía hacia el poniente. Ilustración hecha hacia 1830. De izquierda a derecha del paisaje, se observa el Templo de Santo Domingo, el terreno del ex basural a su espalda, el Puente de Cal y Canto, y lo que creemos parece ser el primitivo edificio del Templo del Carmen Bajo de San Rafael, cerca de la entrada de La Cañadilla.

El Negro Andrés y sus milagros Entre los sacerdotes de la flamante Recoleta Franciscana, hubo tremendos personajes que han ayudado a configurar el legendario y el contenido cultural de las márgenes del Mapocho, como lo iremos demostrando en estas páginas. En este contexto hay uno que, además de participar en las generaciones pioneras de la recolección franciscana allí junto al río, despliega particularidades tales como haber sido un religioso de raza netamente africana, negro originario directamente venido desde allá hasta América en el siglo XVII. Pero, sobre todas las cosas, destaca por ser en Chile acaso el primer milagroso y con rasgos de santidad populares vigentes antes de morir. Otros “prodigiosos” anteriores, como los sacerdotes Martín de Aranda, Horacio Vecchi y el hermano Diego de Montalbán, a diferencia del lego franciscano al que nos referimos, eran jesuitas y sí han tenido sus respectivos procesos de canonización, aunque sin resultados hasta ahora.

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Casi olvidado por la historia nacional, el origen y la cristianización de Fray Andrés de Guinea, o más informalmente conocido en su tiempo como el Negro Andrés, es descrito en los siguientes términos por José J. Guzmán: “El V. hermano Andrés, a quien la Divina Providencia por efecto de su bondad extrajo de la barbarie de la gentilidad de los negros de Guinea para conducirlo a gremio de la iglesia, fue hecho cautivo por los suyos y vendido a los portugueses para traerlo a vender a América. Luego que vino a esta ciudad de Santiago lo compró un caballero, e instruido en los rudimentos de nuestra Santa Fe, recibió el agua del bautismo y se puso por nombre Andrés”79. Según anota el mismo autor, sería precisamente a raíz de uno de los milagros que lo hicieron célebre en su entorno, que este africano pudo alcanzar su sueño de libertad para, a continuación, renunciarla devotamente entregándosela a los rigores y disciplinas del aspirante al humilde hábito franciscano: “Abrazó con tanto empeño la religión católica que era un ejemplo de virtud a todos los que le trataban; pero en lo que más particularmente se distinguió en su firme fe y ardiente caridad a Jesús Sacramentado y para desahogar los ardores de su amor, obtuvo licencia de su piadoso amo, que debía ser buen cristiano, para ir todos los días a oír a misa. Quiso Dios manifestar la virtud de su siervo con el siguiente milagro: tenía Andrés en su casa el oficio de panadero y habiendo amasado un día y echado el pan al horno se fue a oír misa como lo tenía de costumbre. En estas circunstancias lo llamó su amo y no encontrándolo en casa se fue al horno a ver si había echado el pan. Efectivamente lo halló; pero todo quemado y hecho un carbón. Luego que Andrés vino de misa le mandó su amo a sacar el pan del horno y se lo presentó tan hermoso como una flor. A vista de este prodigio quedó el amo como pasmado y reconociendo que no era digno de servirse de un negro tan santo y virtuoso, le dio la libertad para que soltase los diques de su fervor consagrándose todo a Dios. Obtenida la libertad de su amo, tomó el hábito de donado en el convento de la recolección donde confesaba y comulgaba todos los días, arrasados sus ojos en copiosas lágrimas de amor a Jesucristo. Por premio de su ardiente caridad mereció tener afectísimos coloquios con su Divina Majestad apareciéndosele y visiblemente después de comulgar”80. 79 “El chileno instruido en la historia topográfica, civil y política de su país” Tomo II, José J. Guzmán. Imprenta Araucana, Santiago, Chile – 1836 (pág. 843). 80 “El chileno instruido en la historia topográfica, civil y política de su país” Tomo II, José J. Guzmán. Imprenta Nacional, Santiago, Chile – 1836 (pág. 843-844).

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Pero su vida devota y santa no lo eximió de una muerte prematura, como también ha sucedido con tantos otros hombres con prestigio de milagrosos en la historia teológica. Fue así como la sociedad chilena debió despedir al Negro Andrés, presenciando su potencial santidad hasta sus últimos momentos antes de encontrar al fin la definitiva libertad del alma, por allí al borde del río Mapocho. Esto ocurría a fines de abril de 1665, según quedó registrado en la inscripción que se hizo al pie de un cuadro con su retrato81. Curiosamente, fue el mismo año hacia el que se inició el proceso de canonización para los tres jesuitas antes mencionados, sin que este favor alcanzara para el negro franciscano. Así, incluso al final de sus días, en Fray Andrés de Guinea se habrían manifestado otros sorprendentes sucesos, según continúa relatándolos Guzmán, con un supuesto hecho que los fanáticos de lo paranormal se apresurarían a definir en nuestros días como un fenómeno de psicofonía: “Nunca salió del convento: su oración era cotidiana y fervorosa; vivió el resto de su vida como perfecto religioso y el día de su muerte, estando su cuerpo en el féretro, se oyó en la capilla donde se hallaba depositado su cadáver una armoniosa y deliciosa música como de jilgueros, ruiseñores y calandrias que parecía a los que la oían, y no lo dudaban, ser música del cielo con que los ángeles festejaban el glorioso tránsito del alma de Andrés a la gloria”82. En el comedor de la Recoleta, se colocó alguna vez el señalado cuadro de autor anónimo con el retrato del Negro Andrés. La obra había estado inicialmente en el templo de San Francisco en la Alameda, pero Fray Luis Olivares la hizo reparar dándole este nuevo y mejor destino del edificio recoleto83, aunque no pudimos verlo ni fotografiarlo a tiempo tras consultar directamente en el templo de la Recoleta Franciscana y el Museo del Convento de San Francisco. Sabemos, sin embargo, que todavía se encuentra en el comedor de los sacerdotes de la Recoleta. Dos siglos después del Negro Andrés, fue otro afamado Andresito quien terminaría de disipar toda duda de la tradición milagrosa entre los hombres formados en la Recoleta Franciscana y a la luz de Nuestra Señora de la Cabeza. 81 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 36). 82 “El chileno instruido en la historia topográfica, civil y política de su país” Tomo II, José J. Guzmán. Imprenta Araucana, Santiago, Chile – 1836 (pág. 844). 83 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 30).

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Se inicia lala lucha primigenia entre la ciudad y el río Hubo un milagro, sin embargo, que ni todos los eventuales postulantes a santos del cuadro general de la Recoleta Franciscana, habrían podido cumplir para una ciudad continuamente azotada por la voluntad divina, a través del mismo río que le daba vida: “…y para que haga saber a los mercaderes y gentes que se quisieren venir a avecindar, que vengan, porque esta tierra es tal, que para poder vivir en ella y perpetuarse no la hay mejor en el mundo; dígolo porque es muy llana, sanísima, de mucho contento; tiene cuatro meses de invierno, no más, que en ellos, si no es cuando hace cuarto la luna, que llueve un día o dos, todos los demás hacen tan lindos soles, que no hay para qué llegarse al fuego”. Esto se leía hacia el final de la carta que Pedro de Valdivia dirige al soberano Carlos V con relación a sus aventuras en el territorio chileno, el 4 de septiembre de 1545, misma que ahora decora con su texto el monolito del Cerro Santa Lucía de cara a la Alameda, allí donde los niños irreverentes se han entretenido por décadas completando un dibujo fálico a partir de las tres figuras del escudo familiar del conquistador. Pero la verdad es que Chile era frío y llovía… Y mucho. El Conquistador lo sabía perfectamente y lo dijo en párrafos anteriores de la misma misiva, en esa parte que queda fuera de la descripción paradisiaca de estas tierras y, por lo tanto, marginada de la mayoría de las citas elocuentes que hacen de ella los historiadores: “El junio adelante, que es el riñón del invierno, y le hizo tan grande y desaforado de lluvias, tempestades, que fue cosa monstruosa, que como es toda esta tierra llana, pensamos de nos anegar, y dicen los indios que nunca tal han visto, pero que oyeron a sus padres que en tiempo de sus abuelos hizo así otro año”. Hubo varias ocasiones en que el río se salió de sus cauces provocado por las tempestades o los deshielos, intentando arrasar a la pobre ciudad de Santiago a través de todas esas calles del entorno del barrio que hemos revisado, convertidas en verdaderos canales de ira líquida. De hecho, en toda la fisonomía del lugar y en su origen mismo, el Mapocho tuvo una profunda y fundamental injerencia, a la que no renunció ni siguiera con la presencia de los nuevos trazados y cuadras que los enanos invasores de su valle le habían hecho imprudentemente, en ambas riberas.

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Las crecidas fueron, por lo tanto, un problema permanente con el que los habitantes debieron aprender a convivir desde temprano, mezclando períodos de resignación con desesperados esfuerzos por contener la ira vesánica del Mapocho. Fue toda una sorpresa para los españoles cuando, en 1544, el mismo río que les había parecido tan pequeño y manso atacó a la ciudad con una enorme crecida, la primera de varias que le conocieron84. Tres de las arremetidas más destructivas de las aguas del río en contra de la ciudad tuvieron lugar en los años 1574, 1578, 1597 y 1609, a las que se suman varias otras menores. Carvallo y Goyeneche, por ejemplo, cuenta que durante el Gobierno de Rodrigo de Quiroga el Mapocho llegó a salirse en cinco ocasiones85. Y en julio de 1574, el escribano público y del Cabildo don Nicolás de Gárnica registraba los estragos provocados por la reciente salida de aguas, tan agresiva que no se podía pasar sino a caballo y aun corriendo riesgos por la Calle de Azócar y la Calle de Pero Gómez, que hoy corresponden a Santo Domingo y Monjitas, respectivamente, “y este brazo se llevó algunos indios gran trecho que, si no fueran socorridos, fueran ahogados”86. Serían verdaderos ríos adicionales los que fluyeron en aquella ocasión por el centro, con dos embestidas principales: una por la mencionada Calle de Pero Gómez y otra por la Calle de la Merced, convirtiendo la Plaza de Armas en una isla. Vicuña Mackenna agrega que el Presidente Interino don Cristóbal de la Cerda, recordaba en sus cartas que en otra de las riadas del Mapocho quedó La Cañada, la Plaza de Armas y todas las calles adyacentes con enormes piedras desparramadas “del tamaño del cuerpo de un hombre”87. Con las crecidas de 1578, el Cabildo decidió que se necesitaba construir en el Mapocho un sistema de malecones y estructuras de túmulos o pretiles sólidos que, dispuestos sobre el lecho del río y a sus costados, ayudarían a distribuir sus aguas, moderar el flujo y evitar escurrimientos violentos hacia los lados. Para este objetivo, el organismo comisionó al entonces Corregidor de Santiago don Juan de Cuevas y al Capitán Marcos Veas, con objeto de que tomaran la dirección del proyecto. 84 “Historia General de Chile” Tomo I, Diego Barros Arana. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1999 (pág. 207). 85 “Colección de Historiadores de Chile y documentos relativos a la Historia nacional: Descripción Histórico-Geográfica del Reino de Chile” Vicente Carvallo y Goyeneche. Imp. El Ferrocarril, Santiago, Chile - 1875 (pág. 181). 86 “Santiago de siglo en siglo”, Carlos Peña Otaegui. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1944 (pág. 51-52). / “Memorial del viejo Santiago”, Alfonso Calderón. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1984 (pág. 32). 87 “Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago”, Benjamín Vicuña Mackenna. Ed. Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1902 (pág. 19).

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Pero el plan no llegó a puerto y así fue sorprendida la ciudad en el lluvioso inverno de 1597, cuando fue atacada por una nueva crecida que provocó más daños y muertes88. Entonces se hizo claro que resultaba urgente, urgentísimo, hacer algo al respecto.

Construcción Construcción del primer tajamar Ante semejantes agresiones contra la urbe, las autoridades no tuvieron más opción que comenzar a enfrentar al Mapocho con el que sería uno de sus más antiguos iconos en la lucha por la dominación de la naturaleza entre los santiaguinos: los tajamares. Pero, como buenos ancestros de los actuales chilenos, los habitantes de Santiago habían postergado el levantamiento de los malecones del río tanto como les fue posible, hasta que los desastres obligaron a dar frente al problema vernáculo de la ciudad, pues se estaba en este período de incertidumbre cuando un nefasto turbión con riada ocurrió en junio de 1609, al que Carvallo y Goyeneche describe en términos casi apocalípticos: “Salió de su caja el río Mapocho en el último día de Pentecostés y entrando por la ciudad, maltrató los edificios y causó grandes daños en las chacras. Se inundaron las trojes; se ahogaron 120 personas y 20 mil cabezas de ganado. A esta inundación se siguió una general carestía de todo grano, hasta llegar el caso de faltar simiente para sembrar”89. De este modo, sería sólo con la catastrófica inundación de 1609 que se decidió proceder a la construcción inmediata de las primeras y rústicas contenciones, encargándosele su obra gruesa al agrimensor Ginés de Lillo, quien tenía ya en su currículo la instalación de algunas defensas menores90. Estos primeros murallones estaban distribuidos desde la proximidad al inicio de La Cañada (en la actual Plaza Baquedano), hasta la cercanía del Camino de La Cañadilla que, como hemos dicho, coincide hoy con la avenida Independencia. Vicuña Mackenna es más específico y sugiere que iban en realidad desde el 88 “Historia General de Chile” Tomo III, Diego Barros Arana. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1999 (pág. 171). 89 “Colección de Historiadores de Chile y documentos relativos a la Historia nacional: Descripción Histórico-Geográfica del Reino de Chile” Vicente Carvallo y Goyeneche. Imp. El Ferrocarril, Santiago, Chile - 1875 (pág. 258). 90 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 91).

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Reñidero de Gallos hasta donde estaría después el Puente Cal y Canto91, dato que es confirmado casi textualmente por su contemporáneo Recaredo Santos Tornero92. El Reñidero se hallaba donde ahora está la Plaza Bello, más o menos, también llamada en algún tiempo también como la Plaza de los Tajamares. La buena calidad de tales estructuras sirvió para proteger medianamente a la ciudad de las crecidas, al menos por el tiempo que duraron, hasta ser arrasadas por cinco riadas más, especialmente la de 1768 y de la que haremos debido caudal en su momento. El por qué fueron llamados desde un principio estos trabajos con la rimbombante y aparatosa denominación de tajamares (que en la práctica sólo eran taja-ríos) es algo pocas veces tratado, aunque Zorobabel Rodríguez nos da la pista clave al definir el término que perduró sobre estas estructuras por todo el tiempo que existieron, e incluso cuando fueron reconstruidas: “Es como se llama en Santiago desde la época colonial, la muralla de ladrillos que defiende la ciudad de las inundaciones que las amenazaban en las crecidas del Mapocho. ¿Por qué? Tal vez porque el alarife que dirigió la obra y la bautizó ignoraba que el nombre que le correspondía era el de malecón”93. Bien sean tajamares o malecones los que en realidad cercaron al río, no siempre fueron suficientes: se dice que una posterior avenida de 1619, tuvo la nefasta característica de haber incitando al Mapocho a buscar sus antiguos y prehistóricos brazos que dividían su cauce, devolviéndose al entonces seco tramo que aparentemente había tenido en La Cañada94, arrasándola con la ferocidad de un caudal mucho más violento que aquél que habían alcanzado a conocerle los españoles de antaño al llegar al valle, como una bestia colosal reclamado de vuelta sus reinos usurpados. Las monjas claras de la calle homónima, hoy Mac Iver,

91 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 194). 92 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 12). El autor agrega que todavía quedaban en su época algunos restos de los cimientos de este antiguo tajamar. 93 "Diccionario de Chilenismos”, Zorobabel Rodríguez. Imprenta de El Independiente, Santiago, Chile - 1875 (pág. 448). También es posible que el nombre apropiado para la estructura sea “atajamares”, aun cuando se trate de aguas de río y no marinas. 94 “Las Aguas de Santiago de Chile. 1541-1999”, Tomo I, Gonzalo Piwonka Figueroa. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1999 (pág. 191).

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debieron ser rescatadas de su convento en aquella ocasión, y albergadas en la Catedral hasta que pasara la catástrofe95. No obstante la reiteración de este último relato, Piwonka tampoco cree en tal característica del río intentando derramarse por algún brazo antiguo de La Cañada en cada gran crecida, a la altura de la actual Plaza Baquedano, pues hemos visto que su impresión en base a los documentos coloniales es que nunca se trató de un curso importante de agua derivada del río principal. Junto con definirlo como un “atroz mito”, aclara que las inundaciones de la ciudad se producían no en el inicio La Cañada, sino a la altura del actual Parque Forestal, entre los puentes Purísima y Loreto, pues era el mismo lugar desde el cual salían las acequias que corrían hacia La Cañada por los costados del Cerro Santa Lucía, exactamente el camino que tomaban las crecidas, con lo que quedaría desestimada la creencia de que entraban a la ciudad por el sector que hoy es Puente Pío Nono y Plaza Baquedano96. En 1621, se produjo otro ataque del Mapocho en contra de la castigada ciudad, afortunadamente recogida para nuestro conocimiento por Diego de Rosales: “…el río de Mapuchu solía salir los inviernos de madre e inundar la ciudad y todo aquel año vino tan crecido que derribó muchos edificios y ahogó muchos ganados por todo el valle”97. Usando casi los mismos términos, Alonso de Ovalle escribió también y relativamente cerca de esta época, sobre el río: “…comunica a la tierra, baña y riega todos los campos de su jurisdicción, y algunas veces más de lo que quisiéramos cuando se enoja y sale de madre…”98. 95 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 90). 96 “Mapocho. Torrente urbano”, Gonzalo Piwonka F., Luis Cornejo B., Miguel Laborde D., Cristina Felsenhardt R. y Mario Pérez de Arce I. Matte Editores, Santiago, Chile – 2008 (pág. 89-91). El autor comenta que la falsa creencia de que el río busca recuperar un supuesto antiguo cauce en el sector de la Plaza Baquedano, se ve reforzada por el aspecto que ofrece el curso del Mapocho en este mismo punto, con su pronunciada curva que es, en realidad, resultado de la canalización realizada a partir de 1888 por el Ingeniero Valentín Martínez, de la que hablaremos más adelante aquí mismo. Piwonka explica que la hondonada que existe frente al Palacio de Bellas Artes y que dificultó por largo tiempo la terminación de las obras del Parque Forestal (se creó allí provisoriamente una laguna artificial, por lo mismo), se debía a la precisa razón de que era este sitio por donde el Mapocho golpeaba a la ciudad, produciendo ese notorio desnivel del suelo que originalmente tenía cerca de seis metros de profundidad. 97 “Historia General del Reino de Chile, Flandes indiano” Tomo II, Diego de Rosales. Ed. por Benjamín Vicuña Mackenna, Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1878 (pág. 658). 98 “Histórica relación del Reino de Chile”, Alonso de Ovalle. Roma, Italia – 1646 (pág. 21) …Y a propósito de estas citas: nótese cuál podría ser el origen de la expresión popular “salirse de madre”.

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La crecida de 1664 amenazó otra vez a Santiago y puso en jaque a los tajamares, obligando a Francisco de Meneses a improvisar un contenedor con ramas, según el memorial del oidor De la Peña Salazar99. De esta manera, los maltratados tajamares primitivos fueron viéndose sobrepasados y terminaron destruidos por el material que arrastraba el feroz torrente en cada avenida del río, con sus troncos, piedras y cantos. En una medida desesperada, don Cristóbal de la Cerda planteó la necesidad urgente de construir mejores tajamares, según relata Rosales100. Para peor, otras varias crecidas continuaron provocándose durante los siglos XVII y XVIII, lo que hizo inútiles los residuos de esta antigua ingeniería funcional de la Colonia. Santiago no tenía otra salida que no fuese la de reasumir el problema y proponerse una solución definitiva con respecto a las desastrosas crecidas, verdadero calvario para vida de la ciudad.

El primer Venerable llega a la Recoleta En medio de los vaivenes impetuosos del Mapocho y la lucha de las fuerzas de orden de los tajamares contra las entropías destructivas de sus aguas, el barrio recibe una extraña visita: alguien que atraviesa el lecho para ir hasta la Recoleta Franciscana. Es un hombre alto, blanco, de corpulencia vasca y viene agitado. Acaba de cumplir la estricta regla de pobreza de San Francisco de Asís, regalando a los pobres todas sus posesiones101, y ahora marcha ansioso hacia el convento. Aunque no lo sabe, la nómina milagrosa de los recoletos iniciada por el fallecido Andrés de Guinea, sumaría con él otro tremendo referente: Fray Bardeci (o Bardesi), el Primer Venerable en Chile, que tuvo en algún momento las más serias posibilidades y razones para aspirar a la canonización, aunque su proceso hoy esté detenido. Al lograr audiencia con el Guardián de la Casa, Fray José de Valenzuela, el visitante no reserva respiro en manifestarle entusiastamente su ánimo: 99 “Historia General de Chile” Tomo V, Diego Barros Arana. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1999 (pág. 58). 100 “Historia General del Reino de Chile, Flandes indiano”, Diego de Rosales. Ed. por Benjamín Vicuña Mackenna, Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1878 (pág. 658). 101 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 36). Dice allí también que la formalización de su renuncia a todas sus posesiones materiales la hizo ante notario el día 23 de abril de 1675.

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Soy Pedro de Bardeci y Aguinaco, natural de Orduña. Vengo desde Potosí para cumplir con la voluntad de ponerme a vuestra santa disposición y la de esta la sagrada Casa de Nuestra Señora de la Cabeza.

Seguramente, el muchacho de unos 25 años, ocultaría por prudencia mientras tanto, el que la decisión de ingresar a los recoletos no era exactamente suya, sino voluntad de la mismísima Virgen María, según confesó después. Bardeci había nacido en Vizcaya, España, el día 6 de abril de 1641. Por voluntad de su padre viajó a México con sus dos hermanos para dedicarse al comercio. Allá hizo sociedad con un rico vecino, pero no tardó en revelarse al sucio negocio especulativo de lucrar con productos de vital importancia para la gente más pobre y menesterosa, abandonándolo y dedicándose, a continuación, a la venta de tabaco. Fue entonces cuando tuvo la primera revelación de varias que lo llevarían a entregar su vida a los votos sacerdotales: una noche en que se hallaba rodeado de muchos clientes, pasó a su tienda un mendigo y le pidió una limosna por amor de Dios. Aunque sensible al dolor como todo mal comerciante, Bardeci le pidió al mendigo que esperara para que atendiera a sus compradores y podría dedicarle un momento a él. Pero el extraño personaje le respondió diciendo que su urgencia era mayor y que, a los ojos de Dios, no sería bien visto postergarla por seguir con las ventas, tras lo cual desapareció retirándose entre la multitud, dejando a Bardeci confundido y meditabundo. Tras un tiempo reflexionando la curiosa situación, decidió abandonar definitivamente el rubro del comercio102. Su siguiente ocupación fue como escribano de un prestigioso navío. Pero la conciencia social volvió a traicionarlo cuando las autoridades le encargaron inspeccionar los artículos que llevaba de contrabando en el barco un mercader, el que hizo lo posible por convencerle de no certificar dicha carga pues, si era denunciado, su familia y especialmente sus hijos caerían en la miseria. Incapaz de ignorar las súplicas del pobre desgraciado, Bardeci decidió no denunciarlo pero, colocado en tal predicamento producto de su falta profesional, también huyó del navío comunicándoselo a su confesor el Padre Juan de Toro. Escapó hasta el Perú y desde allí a Potosí, donde se dedicó a la minería en calidad de científico, llegando a publicar un trabajo al respecto103. 102 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 46-47). 103 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 48).

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Allá en el Alto Perú, desarrolló actividades a las que fue invitado por don Francisco de Esquivel, su amigo, a quien le ayudó en la educación y mantención de sus hijos. Mientras no estaba en las faenas de las minas, visitaba las iglesias del territorio como pasatiempo. Un día, en estos paseos y quizás ya cansado de las aventuras, entró a una pobre capilla en la que había una efigie de la Virgen María, a la que suplicó revelarle la voluntad de Dios con respecto a él. Inesperadamente, escuchó que esta imagen le susurraba pidiéndole una lámpara y unos candeleros de la plata de su mina, “y que después de esto ella le manifestará la voluntad de su Divino Hijo”, según recordaba el Padre Nicolás Freites, quien escuchó esta historia contada por el propio Bardeci. Sorprendido, partió a su mina donde encontró los trozos de plata necesarios para los objetos que le habría solicitado la Santa Madre y el pago de sus forjas. Volviendo al santuario y colocándolo sobre el altar, escuchó otra vez la voz celestial: -

Ve a Santiago de Chile y toma el hábito de religioso en el convento de descalzos, llamado de Nuestra Señora de la Cabeza y allí me servirás, por ser ésta la voluntad de mi Santísimo Hijo104.

Zarpó entonces a Valparaíso. Llegó a Santiago para hospedarse a la casa de su hermano Francisco, el mismo que según tenemos entendido, hizo donaciones de terrenos para asentar el monasterio del Carmen Alto en la Alameda, frente al Cerro Santa Lucía. Él ya llevaba un tiempo establecido en Chile. Fue desde allí donde, desprendiéndose de todos sus bienes, partiría hasta la Santa Recolección a complacer la petición. Fray Cazanova nos da una imagen de cómo lucía el barrio en esos años y de cómo fue el arribo de Bardeci al ultra Mapocho, pronto acompañado de un insólito y sorprendente nuevo suceso sobrenatural: “Existía por aquel entonces en la antigua Recoleta un compás que cerraba la avenida de la iglesia y en el ángulo que daba a la calle existía una Cruz llamada de Vera, colocada sobre un pilar de cinco varas de alto y delante de la cual ardía constantemente una lámpara desde que oscurecía; sucedió que pasaba por allí una noche el Siervo de Dios, llevando sobre sus hombros, hecho un rollo el sayal que para el hábito le habían tejido. Lleno de su corazón de santa alegría, al considerar su próxima entrada en la religión y encendiendo su fervor a la vista de la cruz, se levantó súbitamente en el aire como una vara sobre la cabeza de 104 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 49).

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ella; y después aseguró que desde esta altura veía la lámpara bajo sus pies con gran asombro y arrobamiento de su alma”105. No sería la última experiencia de levitación por parte del extraordinario personaje, según su leyenda. Al llegar a la recolección, había sido recibido por el Guardián Valenzuela, quien se llevó una buena impresión del postulante y le permitió el ingreso, entregándole después los hábitos106, ocasión en donde adoptaría el nombre de Fray Pedro de la Natividad. Tras un año de noviciado, en que no estuvo lejos de la tentación de abandonar la empresa (mediando nuevamente la Virgen María para evitar su deserción), al fin comenzó a profesar el 8 de diciembre del año siguiente. Un presagio curioso sucedió aquel día, en el momento de la profesión: todo el recinto de la Recoleta comenzó a temblar, extraño fenómeno que fue reportado por testigos como el propio Guardián Valenzuela, quien se lo explicó como iras furiosas del Diablo, molesto con este triunfo de la fe107. Rápidamente, y oficiando como portero del convento, Fray Pedro se convirtió en uno de los monjes más queridos y conocidos de la orden, atrayendo con su carisma y su generosidad a muchos fieles, precisamente en momentos que la Recoleta iba cobrando mucha fuerza y popularidad en la sociedad santiaguina. Le llamaban el Padrecito de los Pobres, pues diariamente daba ayuda a los desvalidos en aquellos difíciles años de crisis 105 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 50). 106 En la misma “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago” de 1875 (Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998), Fray Francisco Cazanova dice que Bardeci tomó el hábito el 8 de diciembre de 1664 (pág. 50). Benjamín Vicuña Mackenna, en el Tomo I de su “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868” (Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869), apuesta a que el año en que se graduó fue 1667 (pág. 311). Sin embargo, 1664 aparece en otras referencias que hemos consultado, como el año de su formal investidura franciscana. Quizás el error se deba a la lectura de los registros manuscritos del archivo franciscano (a veces es fácil confundir un 7 con un 4), aunque es curioso que mientras Vicuña Mackenna declara que Bardeci tenía 25 años en este momento, Cazanova dice que eran 26 años y 5 meses. Sin embargo, éste último agrega el revelador detalle de que “concluido SU AÑO de noviciado, profesó solemnemente el 8 de diciembre de 1668”. También nos resulta un poco confuso que aparezca en la citada obra de Fray Juan Rovegno renunciando a sus posesiones recién en 1675, como hemos visto. Para peor, en el cuadro de su cripta en la Iglesia de la Recoleta dice textualmente: “Fue portero de esta Santa Recolección, donde tomó el hábito de lego EL DÍA 8 DE DICIEMBRE DE 1675” (los destacados son nuestros). 107 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 50-51).

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económicas en Chile108. Y así fue pavimentándose el camino a su condición de Siervo de Dios y Venerable. En momentos de exiguos aportes a la Santa Recolección, que afligían al Guardián Valenzuela, el sacerdote fue capaz de pronosticar que venían días mejores para el alimento del pueblo y las limosnas para los pobres, tal cual se cumplió después. También se impuso con predicciones e intervenciones mediadoras sobre disputas internas en la orden109. Sus virtudes como interventor de paz quedaron demostradas en innumerables ocasiones, y su caridad ilimitada para con los pobres y los desposeídos alcanzaba incluso para animales del convento y otros de los alrededores, a los que alimentaba con su propia mano en las puertas de la orden. Dormía apenas dos horas al día y teniendo un tronco por almohada110. También usaba su cabeza descubierta todo el tiempo, con la capucha abajo y su calva expuesta a lluvias y a soles, extraña costumbre que mantuvo toda la vida y que llamó siempre la atención de quienes le conocían. Aunque no era común que paseara por las calles, un día de aquellos en que lo hizo, un vecino del barrio intentó persuadirlo de capear el intenso Sol veraniego que caía sobre la cabeza del sacerdote: -

Padre, ¿por qué no se cubre? –le dijo.

-

Porque delante del Rey no se cubren los vasallos –respondió él111.

Currículo paranormal del sacerdote Lo que más sorprende en la vida de Fray Pedro Bardeci quizás sean testimonios como los de sus señalados actos de levitación, que era capaz de realizar mientras se sumía en el profundo trance de la oración. Caía en una especie de estado catatónico, quedando estático y en su misma posición de rezo se levantaba del suelo ante el asombro de todos los presentes. Una confirmación testimonial la da Fray Juan de Toro, quien era a la sazón maestro de los teólogos del Convento de 108 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 37). 109 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 53). 110 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 66). 111 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 56).

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San Francisco en la Alameda, pasando al de la Recoleta en 1693. Dice su testimonio, reproducido por Cazanova: “…en más de tres o cuatro ocasiones vio que el dicho Siervo de Dios tuvo raptos extraordinarios y éxtasis, levantándose su cuerpo de la tierra como dos varas. Solían durarle un cuarto de hora. Y que fuera del coro, en los huertos donde se ocupaba en cultivar algunas flores para adorno de Nª Señora, también lo vio elevado de la tierra”112. A esta supuesta habilidad se sumaban otras no menos impresionantes, descritas por Vicuña Mackenna con un entusiasmo que se sabe no es frecuente en su pluma cuando la dirige hacia asuntos de la iglesia: “…se cuenta el haber adivinado que un caballero llevaba en su caja cierto rapé envenenado para matar a un enemigo; y de aquella que presintiendo el peligro en que se hallaba una pobre mujer llamada Candelaria Isboran de caer en pecado por una deuda de cuatro pesos, se los llevó tan en tiempo, que estorbó su consumación”113. Este último caso es detallado y ampliado por Cazanova de la siguiente manera: sucedió que una niña muy decente pero pobre llamada María Candelaria Isbán (difiere del apellido anotado por Vicuña Mackenna), estaba con la urgencia de conseguir cuatro pesos para pagar el alquiler de la casa bajo la presión del propietario. Desesperada y sin la protección de su marido que andaba de viaje, la afectada optó por el camino menos honesto y más vergonzoso, recurriendo a un caballero francés que la había pretendido cuando era joven con regalitos y presentes. Inesperadamente, durante la noche pasó a su casa Fray Pedro acompañado del donado José y, entregándole los cuatro pesos envueltos en un papel blanco, le dijo: -

Supla, hija, su necesidad, ahí le envían esa limosnita, recíbala del donado y por tan poco interés no se resuelva a ofender a Dios114.

112 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 54-55). 113 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868”, Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 311). 114 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 76-77).

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Sorprendida, ella preguntó al generoso sacerdote quién le había enviado el necesario dinero. Pero él sólo respondió repitiendo el mismo dulce mensaje que acababa de declamarle. Fue tan fuerte la experiencia que la propia María Candelaria se encargó de darla a conocer, venciendo los pudores y confirmándola real115. Prodigios adicionales son reportados en torno a su recuerdo en la Recoleta. Además de su amor a los animales, parece haber existido una auténtica comunicación con ellos, tal como la que tenía San Francisco de Asís, pues en una ocasión Bardeci casi fue atacado por un toro bravo suelto que, al llegar a su lado en la calle, cayó súbitamente de rodillas y lamió la manga de su hábito como si lo besara, ante el asombro de todos. También habría tenido el don de la bilocación, ya que cuando estaba en Santiago de Chile visitó al mismo tiempo a su anciana madre y la estuvo atendiendo durante los últimos días de vida. Adicionalmente, poseía dotes de resurrección, según otro episodio descrito por el mismo Fray Toro: “Que en otra ocasión encontrase el Siervo de Dios tan gravemente enfermo que a él mismo le parecía que ya iba a espirar; y aun le fue dado parte como superior de la casa que ya había muerto el Siervo de Dios, por lo cual, yendo a su celda y poniéndose al lado de su lecho, lo tocó con sus manos y vio que estaba como un tronco sin movimiento alguno sin señal de vida: que después de mucho tiempo volvió en sí sin medicamento alguno y dijo: Gracias a Dios ya esto ha pasado y dando a entender que había tenido alguna sobrenatural ilustración de su mejoría y de facto se experimentó que quedó sano y libre de aquella enfermedad y causada sólo por el amor de Dios”116. Como el mítico sabio Honi ha-Meaggel de la tradición hebrea, la leyenda del sacerdote recoleto dice que podía hacer llover con rogativas al cielo. Así lo hizo para asombro de todos hacia sus últimos años de vida: estando cautivo y sin agua junto a otros franciscanos por nuevas disputas internas de la Iglesia, logró provocar chubascos sólo en el lugar de la ciudad donde se encontraba retenido117. 115 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 76-77). 116 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 55). 117 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 60).

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En una de sus ocasionales salidas por las calles, se puso frente a un oficial militar que estaba sentado delante de su casa muy temprano, con aspecto atormentado y confundido. En el mismo momento en que el oficial lo saludó besando la manga del sacerdote, éste le dijo con severidad: -

Mira, hijo, si fuera cierto lo que te imaginas, el demonio te cegaría a fin de que continuase la ofensa de Dios; más aquella mala bestia te ha metido en la cabeza esa tal cosa para inquietud y alteración de tu alma; deja esos pensamientos y vive en paz con tu mujer118.

Asombrado, el tipo se arrojó a los pies del milagroso cura, pidiéndole perdón al Cielo: entre sus ropas traía un puñal con el que planeaba darle muerte a su propia esposa, acosado por los celos. Desde allí, habría ido a pedirle disculpas directamente a ella119. Un caso muy parecido es el de cierto sujeto que también planificaba apuñalar a su mujer hasta que su casa fue visitada por el sacerdote, quien le enrostró saber sus intenciones, exigiéndole entregar el arma120. En otra ocasión, cuando un señor llamado Juan de Sartiga, tras ir al pedregal del río decidió devolverse a dar muerte a su mujer Rosa García por una grave discusión doméstica, Fray Pedro de Bardeci se le apareció exactamente en el mismo momento a ambos cónyuges pero en lados distintos: al primero en la misma vega del río, pidiéndole recapacitar, y a la segunda en su casa, sugiriéndole pedir perdón a su marido por las razones de la pelea. En cierta ocasión también jugó con lo que hoy algunos llamarían telepatía o clarividencia, al advertir a una mujer de las verdaderas y oscuras intenciones de un señor que solía visitarla pidiendo limosnas; y frustró el intento de fuga de un novicio del convento, el futuro sacerdote Fray Nicolás de Vera, al comentarle que conocía de alguna misteriosa manera de sus planes secretos. Y en alguna otra oportunidad, el sacerdote confrontó a otro novicio, posterior Fray José de Santander, por fingirse loco para no ir a las reuniones, adivinando con esa inexplicable virtud que sus actos de perturbación mental eran actuados. También,

118 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 59-60). 119 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 59-60). 120 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 79).

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en otro de los varios casos parecidos, reveló al mismo novicio saber que pretendía dejar el convento y lo persuadió de lo contrario121. Y parece ser que Bardeci se reservaba un milagro por cada asomada a la calle, porque refiere Cazanova que en otra ocasión, un joven que tenía amoríos impropios con una muchacha de La Chimba, tarde en la noche se encontró en el camino hacia esta querida con Fray Pedro quien, usando su poder (o lo que fuera), le advirtió que se retirase y abandonara esa relación por el bien del cuerpo y de su alma. El muchacho se devolvió confundido pero, tras atravesar el río, regresó sobre sus pasos convencido de que la aparición del cura había sido su imaginación o casualidad. Tuvo la precaución, sin embargo, de tomar ahora otra calle. Cuál sería su sorpresa al descubrir también en ella a Fray Pedro, otra vez. Probó con distintas rutas y siempre fue lo mismo. Perturbado y sorprendido, finalmente, se rindió y se retiró, al fin. Al día siguiente, la propia niña de sus aventuras le contó que acababa de salvarse de la muerte por no haber ido, pues los hermanos de la misma ya se habían enterado de esta relación y le prepararon una mortal emboscada en la casa, como castigo y venganza a las vergüenzas122. En otra experiencia sorprendente, el síndico del convento don José López Villamil, tuvo un altercado con don Juan Zerán, en el que ambos llegaron a sacar espadas. El Guardián Toro intervino tomando a López y escondiéndolo en la celda de Bardeci, quien al verlo le advirtió que esa misma “naturaleza” que acababa de poner de manifiesto le iba a quitar la vida. Poco después, el Síndico falleció de… ¡cólera!123 Y está también el fenomenal caso de doña Josefa Alfaro quien, tras negársele una confesión porque el sacerdote jesuita Domingo Marini le exigió necesario comulgar, se retiró de la Iglesia de la Compañía siendo alcanzada en la calle por Fray Pedro, quien conocía misteriosa y perfectamente lo sucedido, aconsejándole seguir el consejo del cura124.

121 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 80-82). 122 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 60-61). 123 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 78). 124 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 84).

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Hubo también una vez en que, para atravesar el río más caudaloso que de costumbre, Bardeci y su compañero el donado José pidieron ayuda a un caballero joven llamado Juan Contreras, que iba hasta la otra orilla en lomo de mula. Sin embargo, él se excusó advirtiendo que el animal era un poco intranquilo y que fácilmente podría derribarlo sobre el agua en una sacudida. Fray Pedro insistió y, lleno de temor, Juan accedió a llevarlos. Estaban en esto cuando el cura le dijo dulcemente al muchacho que abandonara la relación ilícita que tenía con una joven a cuya casa se dirigía, y que usara los doce pesos que llevaba en el bolsillo con la intención de complacer su lujuria, en las necesidades de su numerosa familia. Tras quedar pasmado por el comentario, Juan se dispuso a volver para traer a la otra orilla al donado José. La mula, en ningún momento se puso violenta; pero sí el corazón del muchacho al verificar que llevaba, efectivamente, doce pesos en sus bolsillos, esos que pensaba gastar en sus secretillos125. Otras maravillas de su vida como sacerdote milagroso (o de paragnosta, quién sabe) nos siguen siendo reportadas por Fray Cazanova. En una de ellas, Bardeci salvó la vida a don Juan de Hermua, natural de Lima que había llegado a la Recoleta a pasar sus últimos días gravemente enfermo y ya agónico. Su último consuelo era ver frente a su lecho de muerte a la imagen de Nuestra Señora de la Cabeza. Cuando se la llevaron, Fray Pedro se arrodilló y le rogó por la vida del moribundo. Permaneció largo tiempo así, mientras todos los demás presentes se durmieron al avanzar la noche. Pero en un instante, el enfermo despertó animoso y consciente: Bardeci le había conseguido una valiosa prórroga de vida de seis meses más, a cuyo fin de plazo volvió hasta la Recoleta pidiendo estar presente en lo que fueron sus últimos momentos de feliz vida126. Hay otros fenómenos que algunos se apresurarían a definir como precogniciones y más clarividencias en la vida del Fray Pedro Bardeci. A la angustiada Doña Catalina de Arteaga, por ejemplo, le reveló que su marido Juan Diez Gutiérrez estaba sano y vivo en momentos en que ella lo creía atrapado por corsarios tras salir de Valparaíso al Callao y no recibir nuevas noticias de él. Le informó de detalles del viaje que no podría haber conocido. Y en otra ocasión, a esta misma señora le advirtió que su hijo sano y alegre de dos años iría “¡Al cielo, al cielo!”, levantándolo el brazos y haciendo esta exclamación. Sin que nada lo hubiese hecho prever, el niño murió pocos días después; se fue al cielo. 125 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 77-78). 126 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 74-75).

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“Entró una vez el Siervo de Dios –cuenta Cazanova- en casa de un caballero apellidado Inza, vizcaíno de nación y paisano suyo, en circunstancias de que estaba muy afligida la señora, su esposa, de los dolores del parto, a que se hallaba próxima. Pidióle la paciente rogase a Dios por ella, para que saliese con felicidad de tal aprieto, y el Siervo de Dios la consoló diciéndole que luego que él se fuese daría a luz un niño sin novedad alguna. Despidióse a poco rato, e iba saliendo todavía por el zaguán de la casa, cuando le detuvieron para que viese al recién nacido, y le diese su bendición. Vuelve gustoso el Siervo de Dios, y tomando en sus brazos al infante, le besó los pies diciendo que ese paisano sería un gran religioso sacerdote; que se lo cuidasen mucho. El suceso verificó esta predicción. El niño fue un ejemplar religioso llamado Fr. Manuel Inza en el mismo convento que vivió el S. de Dios”127. A pesar de sus increíbles capacidades, estaba escrito en alguna parte del libro del destino que allí, en la misma Recoleta, Bardeci encontraría la muerte sólo siete meses después de completado el traslado de los franciscanos hasta el convento.

Milagroso, todavía después de muerto Las historias sobrenaturales no concluirían con la partida de Fray Pedro Bardeci, pues hubo una enormidad de otros milagros que se le atribuyeron en este período. Por espacio y para no terminar en una semblanza completa suya (que de milagros parece construida, precisamente), sólo mencionaremos en términos generales sus últimos prodigios en vida; y algunos incluso después de ella. Uno de estos fenomenales acontecimientos ligados a la leyenda de Bardeci fue el dado a doña Cecilia Henríquez, que estaba afectada por un grave y persistente dolor de cabeza. Fray Pedro pronosticó que cuando él muriera, esta terrible jaqueca pasaría. Y a Francisca Calderón, niña ciega de nacimiento, también le predijo que vería después de morir él128. Y así fue en ambos casos: tanto el dolor de la señora Cecilia como la ceguera de Francisca se fueron con la vida de Bardeci, extinta el 12 de septiembre de 1700, a las cuatro de la mañana. 127 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 76). 128 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 76).

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Tenía 59 años al expirar liberando su último aliento129. Ese mismo domingo se había celebrado la fiesta del Dulce Nombre de María. Su última voluntad en la agonía de fiebre y dolores, expresada al mencionado sacerdote Domingo Flores, fue que cuando éste fuera prelado, exhumaran su cuerpo para sepultarlo a los pies de Nuestra Señora de la Cabeza en la Recoleta130. Sin embargo, es aquí donde quedará demostrado que su registro de milagros no cesaría con la muerte. Reaparecen, de hecho, al momento mismo de fallecer, pues se habría presentado ante su amigo el leal hermano José, vestido de blanco y resplandeciente para despedirse de él. Por ello, cuando fueron sus compañeros a avisarle de la muerte del estimado Pedro, él ya estaba perfectamente enterado de lo sucedido, según lo testimonió el padre Freites. En esta aparición, Bardeci le pronosticó a José que volvería a buscarlo en un año más, falleciendo éste, efectivamente, en septiembre del año siguiente131. Incluso en sus exequias seguían ocurriendo cosas increíbles, como curaciones de enfermedades y visiones que son detalladas por Fray Cazanova, todas ellas documentadas por innumerables testigos y reportes. Durante los tres días que siguieron a su deceso, además, el cuerpo del sacerdote se mantuvo flexible y sin la rigidez cadavérica, con aspecto de persona viva y con una extraordinaria blancura, permitiendo que se postergaran en un día sus funerales, para que los miles de fieles pudieran visitarlo y ser testigos de los sensacionales acontecimientos que seguían produciéndose: “Quedó el cadáver del Siervo de Dios muy blanco, su semblante sereno, con aspecto de persona viva y con toda su flexibilidad natural; así lo aseguran cuantos le vieron. Todos los habitantes de esta ciudad, a la noticia de su fallecimiento, recurrían en tropel para tener el consuelo de ver por última vez al varón admirable, al bienhechor generoso de los pobres y de cuantos a él habían recurrido. Llenóse de pueblo el interior de los claustros, la iglesia y la plazuela; ya no quedaba lugar para la gente que de hora en hora se aumentaba, viniendo hasta de los campos al 129 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868”, Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 311). 130 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 96). 131 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 96-97).

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ruido de tan extraordinaria novedad. Unos, postrados ante el féretro, buscaban los pies y las manos del venerable difunto, reconocidos por sus beneficios, otros cortaban pedazos del hábito para llevarlo por reliquia; cual lloraba su irreparable pérdida, cual se encomendaba al Siervo de Dios como a un verdadero santo; y todos le invocaban a grandes voces, diciendo no se les impidiese ver su cadáver por la última vez, que era el único consuelo que podían esperar”132. Sólo el día 15 pudo ser despedido de este mundo en la iglesia del Convento Grande y llevado al Presbiterio de San Francisco. Cabe añadir que, por la presión popular, el cuerpo de Fray Pedro Bardeci fue sepultado en un cajón en esta cripta de la Iglesia de San Francisco en la Alameda, y no desnudo en la tierra como era la voluntad franciscana, por lo que debió autorizarse por dispenso este descanso en un ataúd especial. Sin embargo, durante la ceremonia tendría lugar otro asombroso hecho: cuando Fray Antonio Navarro intentó recitar la clásica oración de los difuntos “Absolve quesumus, Domine, animan famili Petri”, sólo conseguía vocalizar el rezo “Confesoris tui solemmitate letificas”, que es el de los santos confesores. Por más que lo intentó, no pudo corregir y repitió la oración con estas mismas palabras. Al terminar la ceremonia, cayó de rodillas ante el cuerpo y llorando, pues había comprendido como una intervención divina lo que había provocado tan simbólico suceso133. Todavía hay reportes de una serie de casos de curaciones milagrosas y sanaciones de agónicos que fueron llevados hasta el lugar de su sepultura cuando aún estaba fresca, y que se suman al interminable historial de milagros atribuidos a este hombre santo. Cuando se intentó una posterior exhumación de su cuerpo para sepultarlo según su petición, se enfrentaron con otra sorpresa en esta cripta, que estaba junto a la tarima del Altar Mayor de San Francisco Solano que existía al momento de ser sepultado134. Los sacerdotes Domingo Flores, Pascual Garay, Nicolás Freites y 132 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 97). 133 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 103-104). 134 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 104).

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otros religiosos abrieron este sepulcro con ayuda de unos trabajadores, pero sólo encontraron dentro del cajón un agua perfumada que llegaba hasta el borde y que, también milagrosamente, no se filtraba por entre las tablas. Tras buscar en torno a la cripta, pensaron que se trataba de alguna veta de agua o filtración que se habría escurrido al sepulcro, pero nada encontraron confirmando esta idea. Dentro de esa misteriosa sopa había sólo un hueso, muy blanco y pulido, que fue retirado por Garay para ser observado. Flores, que a la sazón era padre provincial, ordenó colocar la osamenta otra vez dentro de la cripta, pero con los huesos de otros tres cadáveres vecinos, para evitar que los restos se convirtieran en lugar de un culto popular que no estaba autorizado aún por la Iglesia, decisión que le ha sido reprochada duramente en épocas posteriores. El prelado también ordenó cerrar el sepulcro y suspendió el traslado a la Recoleta135. Años después, el 23 de diciembre de 1733 y cuando estaba iniciado ya el proceso para su reconocimiento, la cripta volvió a ser abierta, inspeccionada y cerrada otra vez, permaneciendo en el mismo lugar de la Iglesia de San Francisco136. En tanto, en la pared de este claustro franciscano de la Alameda se instaló un retrato suyo con la siguiente inscripción: “El venerable padre fray Pedro Bardesi, hijo de esta provincia y natural de Orduña, hijo de don Francisco Bardesi y doña Catalina de Aguinacio y Vidaurre, oriundos de Vizcaya”. Con respecto al hasta ahora fallido intento de canonización, el camino comenzó el 14 de febrero de 1724, cuando los religiosos de San Francisco presentaron al Obispo Alejo Fernando de Rojas y Acevedo una carta solicitando iniciar un proceso de “Non Cultu” con la intención de que su culto, hasta ese momento irregular, fuera aceptado y aprobado para el avanzar hacia la beatificación. Se creó una comisión para atender el caso y así fueron reuniéndose testimonios que acreditaban la condición especial del fallecido. Sólo en 1730 pudo despacharse este proceso a la Santa Sede, pero la inexperiencia en los procedimientos comenzó a pasarle la cuenta a los chilenos. La Sagrada Congregación de Ritos encontró que faltaban antecedentes y mandó una guía informativa para que pudiera cumplirse correctamente con el procedimiento, 135 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 112-113). 136 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 117).

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retomándoselo en 1732 con el estudio de otra colección de casos documentados de milagros suyos, entre los que estaban los testimonios de importantes ciudadanos y religiosos de Santiago. El informe de los jueces quedó listo para ser presentado al Vaticano en septiembre de 1734. También se inició el segundo proceso, titulado “De la Fama de Santidad, Virtudes, Dones Sobrenaturales y Milagros del V. S. de Dios”, concluido recién en 1751 y enviado a Roma al año siguiente137. El proceso de “Non Cultu” fue aprobado por la Santa Sede en 1755; pero el “De Santidad, Virtudes, Dones” quedó pendiente mientras se verificaba la constancia de la fama del Siervo de Dios. También se inició un nuevo proceso de “Non Cultu” a principios de ese año y remitido al siguiente. Se empezaron otros dos titulados “De Virtutibus et Miraculis in Specie”, terminado en 1775, al que siguió “De Virtutibus in Genere”, que se prolongó por varios años más y sufrió una suspensión en 1793138. Hubo varios intentos e insistencias posteriores para reponer el proceso, pero la mencionada falta de experiencia en estos trámites y las intrigas rondaron durante todo el noble trabajo. En 1853 se emitió un decreto a tales efectos, pero todavía en los tiempos de Vicuña Mackenna este proceso seguía en suspenso. Según este autor, en 1863 se había realizado una nueva apertura de su lugar de reposo, en donde se verificó que el cuerpo del sacerdote no estaba en el sarcófago, para el asombro de los trabajadores e inspectores139, pero para confirmación también de las historias registradas en las anteriores inspecciones de la cripta. Aunque el título de venerable Siervo de Dios acompaña su nombre casi como parte del mismo mientras está pendiente el avance hacia el reconocimiento de sus condiciones atribuidas, su beatificación y posterior canonización nunca avanzaron pese a la rauda celeridad que el Vaticano (a veces ensombrecido por las cuestiones políticas y otras todavía menos decorosas) ha expresado en otros casos mucho menos interesantes o menos documentados que el de Fray Pedro Bardeci, el posible Santo que vivió en las orillas del Mapocho.

137 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 113-122). 138 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 123-125). 139 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868”, Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 311).

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Pero no menos ingratos han sido los propios santiaguinos, que jamás cumplieron con su deseo final de ser sepultado en tierra, ni la voluntad popular de que sus restos (o lo que haya dentro de su ataúd) se trasladaran a tiempo desde la Iglesia de San Francisco a la de Recoleta, ante su Santa Madre.

Cripta de Fray Pedro Bardeci en el templo de San Francisco de la Alameda. Guarda en su interior uno de los misterios más sorprendentes de la historia de la fe católica en Chile, además de los restos del milagroso venerable de la Recoleta Franciscana a orillas del Mapocho.

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Fray Pedro Bardeci en cuadro sobre su cripta en la Iglesia de San Francisco de la Alameda.

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Síntesis biográfica de Fray Pedro de Bardeci en el cuadro con su retrato en la cripta de la Iglesia de San Francisco. Se confirma de paso, que su muerte fue en 1701 y no el año anterior, como aparece consignado erróneamente en varias fuentes.

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Templo de la Recoleta Franciscana hacia 1927, en fotograf铆a perteneciente hoy a los archivos del Museo Hist贸rico Nacional.

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PARTE II:

FORMACION FORMACION PROGRESIVA DEL HABITAT HABITAT COLONIAL

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De vuelta a los tajamares: sigue la batalla contra el río En tanto los milagrosos curas de la Recoleta se empeñaban en salvar las almas de la ciudad postulando con ello a la santidad y la veneración, los alarifes y los ingenieros autodidactas de la Colonia se rascaban y partían la cabeza buscando una forma de rescatar a la misma urbe de las iras del río, sin recibir más que exigencias, gritos de ajustes al escaso presupuesto y, a veces, agravios e incomprensión. No pudiendo eludir más tiempo la necesidad de la reconstrucción de los arrasados tajamares del Mapocho, en 1678 el Presidente Juan Henríquez, secundado por el Corregidor de Santiago don Pedro de Amasa, había ordenado hacer los nuevos malecones140 que -parecía ser- protegerían a Santiago por todo el resto de su existencia, y así aparentaron serlo por mucho tiempo. Las obras habrían sido entregadas al uso hacia el año siguiente. Estos nuevos tajamares estaban dispuestos en la línea desde el mismo punto oriental en que se ubicaban los anteriores, por ahí cerca de los inicios de La Cañada donde hoy nace la Alameda en nuestro planos de Santiago, siguiendo hacia el sector del actual Parque Forestal, terreno que siempre fue crítico en la relación de la ciudad con el río, por ser la parte donde se derramaba el agua del Mapocho con su confirmada tendencia a buscar el desborde durante las avenidas más grandes. Sin embargo, por entonces las estructuras llegaban por el poniente sólo hasta las inmediaciones del Basural de Santo Domingo en donde se halla actualmente el Mercado Central y no hasta La Cañadilla como los anteriores. A pesar de este detalle, funcionaron perfectamente para contener las embestidas del río, al menos por un tiempo que resultó importante para la seguridad de la urbe, pues veremos que tampoco fueron definitivos. Otra característica que determinó la influencia de los tajamares sobre la ciudad, pero que a la mayoría de los autores se les ha perdido de vista, curiosamente, es que la entrada en funcionamiento de este sistema permitió ganarle al río muchos terrenos que fueron ocupados por la urbanidad en crecimiento de Santiago, según lo hace notar Armando de Ramón a partir de información proporcionada por los padres de la Compañía de Jesús en 1682, “viéndose ya en sus cascajales calles formadas de casas, huertas y aun viñas”141. 140 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 91). 141 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 77).

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En 1683, el Gobernador Marcos José de Garro intentó prolongar estos tajamares desde el sector que ahora conocemos como el Barrio Mapocho hacia el Oeste, empezando desde el llamado Puente de Ladrillo hasta la aproximación con calle San Pablo y el establecimiento religioso del mismo nombre142. “A los desbordes de las avenidas –decía Vicuña Mackenna- opuso nuevos tajamares, y su paciencia, que era más dura que el cal y canto. Como la inundación de 1663 rompiera hacia los barrios bajos de la ciudad, que se llaman hoy de las Capuchinas y San Pablo, hizo construir por espacio de ochocientas varas, esto es, de cinco cuadras, el pretil que corre todavía, bien que reconstruido, desde los arcos del puente hasta más abajo de San Pablo. En los libros del cabildo encuéntrase además un acuerdo que tiene fecha de setiembre 9 de 1690, llamando a licitación para reparar los destrozos del río durante los años corridos de 1680 a 1687”143. Pero como las fuertes avenidas del Mapocho se resistían a cesar, amenazando permanentemente a una ciudad que aún no conseguía llegar a una convivencia de paz con su único gran río central, hacia el año 1700 don Francisco Ibáñez de Peralta intentó despejar y abrir el cauce del mismo para evitar estas catastróficas inundaciones144. Es necesario precisar que estos tajamares no corresponden ni se conectaban originalmente a los que fueron construidos después por don Ambrosio O’Higgins, allí a la altura de la actual Providencia, al contrario de lo que a veces se ha creído.

El primer puente del Mapocho Ante la ausencia de cualquier paso seguro en el Mapocho, se debía cruzar el río en aquellos años a lomo de mula o tiros de cuerda y, cuando estuviera más bajo su caudal, por precarias rampas de ramas y piedras acumuladas por los propios vecinos con material de los pedregales de la vega del río, ubicados hacia el lado de la Recoleta.

142 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 91). Veremos después, que los tramos de tajamar hacia San Pablo fueron “redescubiertos” en nuestra época. 143 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868”, Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 274). 144 “Colección de Historiadores de Chile y documentos relativos a la Historia nacional: Descripción Histórico-Geográfica del Reino de Chile” Vicente Carvallo y Goyeneche. Imp. El Ferrocarril, Santiago - 1875 (pág. 210).

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Fue entonces y como complemento del tajamar, que se habilitó también el mencionado primer puente. Hecho de arcos con cal, ladrillo y piedra145, constituyó el primer puente estable que se haya construido sobre el río Mapocho, exactamente en las lindes del barrio al que hoy damos el mismo nombre. La fecha reportada por Barros Arana sobre la supuesta construcción del puente es 1672, coincidente -según él- con la instalación de la fuente de bronce que hizo colocar Henríquez para abastecer de agua fresca a la ciudad146. Se refiere con ello a la misma pileta que estuvo en la Plaza de Armas entre 1771 y 1836, y que ha peregrinado desde entonces por varias otras partes, pasando por la Plaza de la Recoleta y, actualmente, en el Palacio de la Moneda, donde al fin encontró casa estable. Más hacia nuestra época, sin embargo, León Echaíz aclara con mejor documentación y mayor precisión que la fecha correcta en que fuera inaugurado el puente es 1681147, lo que parece más verosímil, pues su construcción correspondió a una parte de las obras de los mismos tajamares que hemos visto recién. El vulgo lo conoció como el Puente de Ladrillo por el material dominante de su fábrica, y se encontraba a la altura de la Recoleta, frente a la avenida del mismo nombre que hoy existe allí, donde hemos visto también que los sacerdotes instalaron su claustro incrementando la demanda de un paso sobre el río. Si bien Justo Abel Rosales da un dato un tanto intrigante que podría guardar alguna relación con los de Barros Arana, respecto de que un puente anterior habría sido hecho primero de madera y, más tarde, “de piedra, a lo menos en su base” en este mismo sitio148, es claro que de haber existido este intento de puente previo con material más ligero (cosa bastante discutible, nos parece) su carácter tan provisorio o precario inspira el no contabilizarlo como primer puente estable levantado en el Mapocho, sino hasta la aparición del Puente de Ladrillo. El flamante paso sólido absorbió de inmediato el tráfico desde el Camino del Salto y el Camino de La Cañadilla hacia el lado Sur de la ciudad de Santiago. Pero no hay claridad total sobre su aspecto, pues las distintas crónicas estudiadas por Vicuña Mackenna ofrecen números diferentes en la cuenta de sus arcos y ojos. Según algunos cronistas posteriores como el mismo Rosales, era de seis ojos; y los oidores Portales y De la Peña, que fueron contemporáneos al puente, decían que 145 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 93) 146 “Historia de Chile” Tomo V, Diego Barros Arana. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – Ed. de 1999 (pág. 138). 147 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 93). 148 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 9).

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tenía ocho arcos. Pero Carvallo y Goyeneche declara trece, lo que puede tratarse quizás de un ensanche. Para peor, Córdova Figueroa vio diecisiete arcos149, acentuando la confusión. Lo que sí se sabe con seguridad es que recibió ampliaciones y mejoramientos, especialmente en sus accesos, pasando incluso por un período en ruinas antes de su recuperación. Lo más probable es que provengan desde allí las diferencias en la cuenta de sus arcos, de acuerdo a cada etapa de ampliaciones. En 1721, se ordenó desocupar un terreno con el que este puente empalmaba en la bajada para permitir el tránsito de caballos, carros, carretas, coches y demás bagaje, haciéndose para ello, después, una placilla especial de descanso sobre la Calle de las Ramadas, coincidente en la actualidad con la plazoleta de la Posada del Corregidor, como veremos después. Pero el caso es que ninguna de estas medidas y mejoramientos impidió que el puente cayera en decrepitud tras ser golpeado por las continuas crecidas, así que no resistió mucho ofreciendo sus servicios. Permaneció largo tiempo de este modo, destruido y desnudado, acaso convertido en su propio fantasma. León Echaíz dice que fue la gran inundación del 30 de abril de 1748 la que lo destruiría definitivamente150. Cabe indicar, sin embargo, que el viajero francés Amadeo Frezier observó y dibujó al Puente de Ladrillo en su famoso primer mapa “científico” de la ciudad de Santiago de Chile en 1712, registrando en el mismo plano el detalle de la parcial existencia de su estructura sobre el río Mapocho, conectada a La Chimba, y con la única anotación de que ya era entonces un puente en ruinas151, que se observa cortado poco más allá de la mitad de su longitud. Esta información de Frezier nos indica que el puente se habría destruido y luego reparado, antes de volver a decaer, pues aparece activo y útil otra vez en testimonios de períodos posteriores a la confección de su mapa y antes de la señalada destrucción final de 1748152.

149 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868”, Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 262). 150 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 9) / “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 93). 151 “Las Aguas de Santiago de Chile. 1541-1999”, Tomo I, Gonzalo Piwonka Figueroa. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1999 (pág. 261-265). Allí el autor trata ampliamente sobre el tema de este mapa. 152 Por alguna razón, este interesante detalle fue omitido de la reproducción que se hace de este plano en las placas-relieves de bronce que se instalaron hacia el último cambio de milenio en la Plaza de

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Es de estimar como hecho, entonces, que el Puente de Ladrillo debió haber sido reconstruido en un plazo que Vicuña Mackenna calcula entre 1712, cuando lo observa destruido Frezier, y 1717, cuando el cronista Córdova Figueroa lo ve otra vez funcional y con todos sus arcos en pie, o más precisamente como “un puente de diez y siete arcos, obra costosa”, según lo describe153.

Los tajamares del Mapocho en casi toda su extensión y esplendor, a fines del siglo XVIII. Dibujo perteneciente al artista italiano Fernando Brambila, publicado en “Los artistas pintores de la expedición Malaspina”, de José Torre Revello (1944). Se observan los muros y malecones desde el actual sector de Providencia hacia el poniente, con la imagen del Puente de Cal y Canto al fondo y el antiguo aspecto del que será después Barrio Mapocho.

Desde el tajamar a los paseos de alamedas Los tajamares de Juan Henríquez fueron suficientes para contener la mayor parte de la violencia del Mapocho, devolviéndole algo de la añorada paz a Santiago154 a Armas de Santiago, frente al edificio del Museo Histórico. Es una lástima, pues los guías turísticos tendrían un dato muy interesante que agregar sobre esta pieza a los muchos visitantes que asoman por allí diariamente. 153 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 22). 154 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 91).

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pesar de repetirse el fenómeno de los turbiones y las crecidas, como en octubre de 1734, lo que obligó a Manuel de Salamanca a reforzar las defensas del río con espaldones de madera155. Sin embargo, en 1748, la nueva avenida destruyó lo que quedaba de estos tajamares junto al reconstruido Puente de Ladrillo, inundando otra vez la ciudad de Santiago y dejando a toda la población chapoteando en los patios y jardines de sus propios solares. Parecía ser que el temperamental y vengativo Mapocho volvería a triunfar sobre la ingeniería humana, tantas veces como la paciencia y la reiteración de sus inagotables fuerzas se lo permitieran. Decidido a doblarle la mano al destino, fue el Gobernador Domingo Ortiz de Rosas, el Marqués de Poblaciones, quien tuvo la iniciativa de volver a reconstruir los recién arrasados tajamares, esta vez disponiéndoles más recursos y mejores materiales, por lo que la tercera generación de malecones fue de mejor calidad y la más resistente, según escribió Vicuña Mackenna: “Ocurrió a esta desgracia al celo del presidente y el ramo de balanza, verdadero paño de lágrimas de la ciudad. Con una celeridad desacostumbrada en la tramitación colonial, rematóse la construcción de nuevos tajamares en pública subasta y se adjudicó la obra al tesorero real (que entonces los tesoreros disponían las subastas y las remataban por sí y ante sí) don José de Campino, a razón de 80 pesos la toesa y poco menos de 40 pesos vara. Son estos los tajamares cuyos escombros y murallas derribadas existen todavía en grandes trechos, coronados de una maciza pirámide en cuya losa claramente todavía se leen los nombres de Fernando VI, que era el monarca reinante, el de Ortiz de Rosas y el del constructor Campino, con más la fecha en que se comenzó la obra, que fue el 1º de enero de 1749, y la circunstancia de hallarse terminadas 773 varas, esto es, algo más de cinco cuadras el 10 de junio de 1751. Un mes después de esta última fecha, el 17 de julio, según consta de los libros de cabildo, remató otras dos cuadras del tosco malecón el teniente don José Hurtado por la suma de 12.600 pesos, comprometiéndose a darlas concluidas en el término de diez y ocho meses”156. Unas dos décadas más tarde, el Corregidor Luis Manuel de Zañartu (el mismo constructor del Puente de Cal y Canto, de quien volveremos a hablar) reparó las 155 “Diccionario biográfico colonial de Chile”, José Toribio Medina. Imprenta Elzeviriana, Santiago, Chile – 1906 (pág. 790). 156 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 115).

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filas de tajamares que estaban desde las ruinas desde el Puente de Ladrillo hacia el poniente, en una obra que tuvo por contratista al Conde de la Conquista don Mateo de Toro y Zambrano157. Esto sucedió en cumplimiento de una anterior orden de reconstrucción hecha por el Gobernador Guill y Gonzaga en 1764, y el contrato se hizo a 3.750 pesos por cuadra, bastante menos que otros anteriores hechos a 6.300 y hasta 9.400 pesos cuadra158. “Y como el invierno de 1769 fue particularmente crudo –dice Jaime Eyzaguirre- y la ciudad se halló expuesta a inundaciones, Toro tuvo que procurarse a tiempo los brazos necesarios para que, en lucha con la lluvia y el barro, atajaran las aguas crecidas del rio”159. El Presidente Agustín de Jáuregui también se interesó en consumar la instalación de tajamares al poniente, desde donde estaría el Puente de Cal y Canto (entonces en construcción) hasta más o menos el molino del antiguo Colegio de San Pablo160, pero acompañados de la vistosa alameda de tres calles de sauces que la autoridad cuidaba con tanto esmero que hasta emitió un bando con fecha 13 de agosto de 1773, donde establecía que cualquier dueño de animales que destruyeran estas nuevas arboledas perdería las bestias161. El paseo fue el llamado Alameda Nueva o Alameda de San Pablo. 157 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 92). 158 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 176). 159 “El Conde de la Conquista”, Jaime Eyzaguirre. Ed. Jurídica de Chile, Santiago, Chile – 1951 (pág. 86). 160 Un curioso y mal fundado mito que existió por muchos años entre algunos santiaguinos, era que todos los tajamares habían existido en el Mapocho sólo llegaron hasta el Puente de Cal y Canto o el terreno del basural y no más al Oeste, cuando, como vemos, sí hubo construcción de malecones hasta la zona de aproximación de la calle San Pablo a la orilla del río antes de su canalización. Aunque ya hemos visto por información que aporta Vicuña Mackenna, que esto necesariamente sería un error, la leyenda quedó demostrada como falsa el año 2002 durante los trabajos de construcción de la Costanera Norte, cuando un equipo de monitoreo arqueológico bajo dirección de Iván Cáceres, confirmó la existencia de varios restos del último sistema de tajamares al poniente del punto señalado, que fueron depositados por algún tiempo en el parque. El equipo también encontró un tramo casi completo del tajamar en la otra ribera, en la calle Artesanos cerca de Recoleta, justo en el límite de la Plaza Tirso de Molina con la calzada. Esta estructura de ladrillos fue preservada y ahora se encuentra detrás de una caja de rejas junto a la salida de la Costanera a calle Artesanos, aunque se ha convertido en inmundo refugio y letrina para algunos mendigos del sector. Los que estaban en la orilla Sur, ahora se pueden contemplar del lado poniente del Parque de Los Reyes, aunque están muy maltratados y vandalizados. 161 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 217).

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Al respecto, corresponde aquí añadir que, ya en sesión del 29 de octubre de 1771, los miembros del Cabildo tomaron nota sobre los ranchos y viviendas que representaban un obstáculo para la construcción del mencionado paseo, solicitándose pedir explicaciones a sus moradores sobre cómo y por qué se instalaron allí, aunque no es bien sabido si fueron expulsados o si se retiraron voluntariamente de estos arrabales, en tal ocasión162. Veremos que estos ranchos o chozas fueron una presencia importante en la vega del río, todavía hasta bastante avanzado el siglo XIX. A la sazón, los rastros del pasado rural y agrícola de Santiago perduraban notoriamente y se evidenciaban en la presencia de chacras, desvíos de acequias y huertos dentro de la propia ciudad. De ahí tanto problema con los animales de ganadería y los ranchos. Este asunto particular de las bestias de corral fue incómodo y motivó decisiones drásticas como los bandos de buen gobierno dictados por el Capitán General de la Gobernación don Ambrosio O’Higgins, el 19 de agosto de 1780, en donde se establecía que los chanchos (puercos) que vagaran por las calles serían recogidos, faenados y usados como alimento para los comedores de los pobres en la cárcel163. Pese a los cuidados y las precauciones, sin embargo, la alameda fue destruida por nuevas crecidas como la de 1779 y la más dañina de 1783, según tendremos ocasión de comentar más adelante. Vicuña Mackenna también nos dice algo más de este paseo, sobre cómo lucía antes de su reconstrucción en 1791: “Tenía este agradable sitio un solo inconveniente, o mis bien dos, uno por la banda del río, que no queremos nombrar por ofensivo al olfato, y el otro el elevado pretil de la acequia del molino de los Jesuitas, que iba interceptando las calles de la Bandera, Morandé y Teatinos y no permitía el libre acceso de las damas ni de los furlones o calesines por esa dirección. En cuanto al vecindario, decía el alférez real don Diego Portales, que era dueño de esa acequia, en una presentación ya citada en 1777, que se componía de lo más noble de la ciudad. Si es así, no puede negarse que la nobleza le ha vuelto en este siglo la espalda al Mapocho”164. 162 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 95). 163 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 295). 164 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 217).

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La parte oriental del paseo, en cambio, había sido construida hacia 1745 por el Marqués Francisco José de Obando165, quien hizo plantar también los sauces en esta Alameda Vieja o De los Tajamares, que era la parte del paseo que corría entre el Reñidero de Gallos (actual sector de la Plaza Bello) y la Quinta del Alcalde (a la altura de la actual Plaza Baquedano). Para seguir en palabras de Vicuña Mackenna: “…todavía, en el primer tercio del presente siglo, encantaba a los viajeros europeos que visitaban a Santiago por la frescura de su sombra, su vistoso malecón, sus acequias cristalinas, sus alegres paseantes, y más que esto, sus grandiosos panoramas de monte y cordillera. Extendíase este paseo público, el primero que entre nosotros mereciera el nombre de tal, desde la que es hoy plazuela de la Cancha de gallos basta la Quinta de Alcalde, que por su pintoresca situación, llamábase Quinta alegre, de donde vino sin duda el blasón de esta familia. En esa forma existió hasta que, no hace todavía medio siglo, el menesteroso municipio, que más que esto hospicio debió llamarse en ciertos años de irremediable miseria y tristes granjerías, vendió la mejor parte de su terreno para construir un coliseo sangriento e inmundo”166. Después veremos que, si bien este paseo fue reconstruido, no tardó en entrar al período de decadencia definitiva tras ser inaugurada la Alameda de las Delicias, durante la Patria Nueva. No obstante, lo peor que era capaz de hacerle el río a la capital chilena aún no ocurría, pese a que la sociedad citadina ya creía haber derrotado al inclemente Mapocho con sus orgullosos nuevos tajamares, coronados por paseos señoriales.

Los antiguos reinos de las ratas Como si no fuera suficiente la calamidad de las aguas que amenazaban y embestían agresivamente a la urbe desde el caudal del río, las ratas también contribuyeron con su cuota de desastre, a veces emergiendo desde sus riberas y por las acequias hasta la ciudad con la misma o peor violencia, negándose a abandonar el vecindario y reclamando posesión de sus vegas y contornos incluso hasta nuestros días, en que

165 “Historia urbana del Reino de Chile”, Gabriel Guarda O.S.B. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1978 (pág. 127). 166 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 107). Como dijimos, el Reñidero de Gallos -al que se refiere con tanto desprecio- se encontraba a la altura de la actual Plaza Andrés Bello, por la calle José Miguel de la Barra.

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hemos intervenido totalmente su sucio hábitat y nada hace sospechar que no pretendamos seguir haciéndolo. Las ratas han sido un tema complejo para Santiago desde su fundación. Su presencia e incluso su solo nombre suenan a algo despreciable, sinónimo de asquerosidad insalubre: salmonelosis, hanta, cólera, tifus, rabia, tripanosomiasis, triquinosis y la pandemia de peste bubónica que mató a casi dos tercios de la población europea del siglo XVI. Pero en plena guerra contra la civilización, siempre quedará algo de ellas… Nos vencen incluso en su derrota. Es como si la ciudad prefiriera naturalmente a las ratas antes que a nosotros. Un estudio de Higiene Ambiental realizado en 1983, por ejemplo, indicaba que en Santiago había 7,8 ratones por cada persona, pese a todos los esfuerzos por controlar su población167. Afortunadamente, la inmensa mayoría sigue siendo invisible. Resulta escalofriante imaginar la situación de vulnerabilidad en que se encontraba la capital chilena tres o cuatro siglos antes, entonces sumida en la indefensión sanitaria, en la ignorancia sobre tratamiento de plagas y en fe ciega a la rusticidad de la medicina de base galénica, a veces muy parecida en su eficacia a los rezos. Es preciso remontarse un poco. La que probablemente fue la primera plaga conocida de ratones en Santiago, data más o menos de 1590-1591, cuando la colonia fue sorprendida por una tempestad de roedores tan agresivos que, según señala Vicuña Mackenna, atacaban incluso a los niños en sus cunas, devorándolos168. Hasta poco antes sin embargo, habían sido los propios españoles los que les daban caza a las ratas en momentos de desesperación y hambre, que no fueron escasos en la joven pero sufrida colonia chilena. Otro de los ataques ratoniles más temibles tuvo lugar durante el invierno de 1609, el mismo de la crecida e inundaciones del Mapocho, por lo que quizás ambos azotes tengan alguna clase de vínculo, cuales plagas bíblicas. En efecto, en medio de ese terrible invierno donde llovió como en el diluvio del Antiguo Testamento y las calles no eran más que barriales y pozas, la ciudad fue golpeada a continuación por la descomunal horda saqueadora de ratones, tan abundante y feroz que, según

167 Nota del especial del sitio web del diario “La Tercera” sobre el virus Hanta, articulo “Fiebre por eliminar ratas en Santiago” (martes 23 de septiembre de 1997). Cabe añadir, como complemento, que el 3 de agosto de 2002, el diario “La Cuarta” informó que la cantidad de ratas habitando la ciudad de Santiago quintuplica a la cantidad de seres humanos en la misma ciudad: 80 millones de estos roedores conviviendo con la civilización y el progreso. 168 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 117).

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el cronista Diego de Rosales, "parecía plaga de Egipto”, aunque logró ser controlada “con rogativas y una procesión"169. No era raro que los ratones trataran de ser combatidos con estos recursos de aspiraciones milagrosas más que con políticas de salud pública que en la Colonia, simplemente, no existían. Y la deidad recurrida para contrarrestar estas plagas de ratones solía ser Santa Rita de Casia, “o más bien de casi –dice Vicuña Mackennaporque en eso se quedan casi todos los milagros, en los imposibles…”170. Como se sabe, esta santa era la patrona de la lucha contra las enfermedades y esas “causas imposibles”, como dice su propia oración: “Santa Rita de Casia / abogada de lo imposible / ruega por tu devoto”. Y expulsar a las ratas de Santiago, especialmente de su río, ha sido una histórica empresa de esta última categoría, ciertamente. Agrega el cronista Rosales que la culpa del arribo de los roedores más dañinos en Chile se anota entre las responsabilidades del Capitán Juan de Riveros quien, según él, arrastró hasta el territorio “los ratones caseros que vulgarmente en la lengua de los indios se llaman Deu y los Pericotes perniciosísimos en las casas y en los campos”171. La misma idea comparte dos siglos después Vicuña Mackenna, sobre tan terrible introducción: “Dándosenos el adecuado permiso para continuar la enumeración de estos artículos especiales de una importación maldita, agregaremos que los pericotes, o ratones domésticos, llegaron coetáneamente con Pedro de Valdivia en el barco de Juan de Rivera, trescientos años cabales antes que las baratas, estos ratones en miniatura (1540); y se propagaron con tal profusión en todo el reino, que fue preciso hacer rogativas contra sus estragos”172. Sean culpables o inocentes los conquistadores, el problema de las ratas entre los habitantes de la Capitanía persistió durante toda la Colonia y todavía después de ella. El padre Alonso de Ovalle también describió la calamidad que constituían los roedores “advenedizos en América” y lo temibles que podían llegar a ser en el siglo XVII: 169 “Historia General del Reino de Chile, Flandes indiano” Tomo II, Diego de Rosales. Ed. por Benjamín Vicuña Mackenna, Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1878 (pág. 482). 170 “Los médicos de antaño en el Reino de Chile”, Benjamín Vicuña Mackenna. Ed. Difusión, Santiago, Chile – 1947 (pág. 146). 171 “Historia General del Reino de Chile, Flandes indiano” Tomo I, Diego de Rosales. Ed. por Benjamín Vicuña Mackenna, Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1878 (pág. 32). 172 “Los médicos de antaño en el Reino de Chile”, Benjamín Vicuña Mackenna. Ed. Difusión, Santiago, Chile – 1947 (pág. 230-231).

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“Y no debe de hablar de los ratones ordinarios y caseros –dice-, porque ellos los hay en todas partes, sino de los que llaman pericotes, que son del tamaño de un palmo, y de una cola muy larga y muy dañinos, y debió de tocar esta nave algunos puertos de Chile, donde nos dejó estos animales que son muy perjudiciales y malos de cazar, porque como son tan grandes se resisten a los gatos, de manera que es menester que sea muy valiente el que los hubiere de matar…”173. Ovalle declara no haber visto de esta clase de ratones enormes en Santiago, sin embargo. Si nos fiamos de su impresión, publicada en 1646, deberíamos suponer que la llegada de la gran plaga de grandes ratones o “pericotes” arribó a la capital en años posteriores y desde el puerto de Valparaíso. Quizás desde entonces tendemos a llamar popularmente y de manera indistinta a ratas, ratones y lauchas como si fuera lo mismo toda esa fauna roedora que vemos paseando por el cajón del Mapocho, aunque la clasificación se hace, preferentemente, por el tamaño. Los señalados pericotes, así, están en contraposición a la pequeña y a veces hasta tierna lauchita. Pero el Abate Molina hizo notar algunas diferencias entre las especies, ya en 1788: “…aunque los bajeles de Europa han llevado a aquellos países los topos grandes o ratas caseras, ya había en Chile el topo pequeño o ratón casero, Mus musculus, y el montaraz, Mus terrestris, además de otras varias especies…”174. Los aquí en Chile llamados -desde antaño- como guarenes o pericotes, son en realidad la mal bautizada rata noruega175, también denominada “parda”, “gris” o “de alcantarilla”; el Rattus norvegicus de los científicos. Promedia un peso de unos 500 gramos y alcanza unos 30 centímetros de longitud desde la nariz hasta su gruesa cola. No es corriente que aparezca en ámbitos domésticos de la ciudad, pero de cuando en cuando lo hace, causando pavor. Nos parece que es el principal roedor que habita las orillas del río Mapocho hasta nuestros días, además del Zanjón de la Aguada, el Canal San Ramón y cuanta acequia también existió en Santiago, pues tiene cierta preferencia por los bordes más insalubres de los cursos de agua. Por lo general, son cobardes pero, como dice Ovalle, cuando alguien trata de hacer frente a un pericote, éste puede tornarse sorprendentemente agresivo. 173 “Histórica relación del Reino de Chile”, Alonso de Ovalle. Roma, Italia – 1646 (pág. 52). 174 “Compendio de la Historia Geográfica, Natural y Civil del Reino de Chile”, Abate Juan Ignacio Molina. Ed. Antonio de Sancha, Madrid, España – 1788 (pág. 306). 175 Su origen real no es nórdico, sino los barcos que aparentemente las dispersaron. La rata “noruega” sería de procedencia asiática, según los historiadores naturales.

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“Mientras los gatos duermen los pericotes pasean", decía un antiguo adagio popular. La rata negra o ratón corriente de nuestra ciudad, en cambio, es la que en otros países se llama también “ratón de barco” o “rata de puerto”, por la estrecha relación de su distribución por el mundo con la navegación. Es la Rattus rattus de los científicos, responsable de la nefasta peste negra o bubónica que casi extingue a los europeos. Aunque hay quienes le llaman también pericote y guarén, esta especie es un poco más pequeña, escaladora y prefiere las alturas habitando entretechos, sótanos, tejados, etc. Suele salir de noche y deja una estela de excrementos con aspecto de pimienta o arroz negro, que antes servían para delatar por las mañanas a los restaurantes y boliches escasos de higiene en la ciudad. La laucha es un ratón pequeño y orejón que también suele aparecer en las casas y lugares habitados, a veces conviviendo sin ser percibida por sus habitantes, dada su extraordinaria discreción. Científicamente llamada Mus musculus como vimos que lo advierte Molina, rara vez supera los 30 gramos y los 9 centímetros de longitud. Suele ser esbelta, por lo que la gente delgada, tal vez desde hace siglos, es objeto de una burlona comparación en Chile: "estar más flaco que una laucha". Zorobabel Rodríguez explica de la siguiente manera el origen de su particular nombre: "Llaman los araucanos llaucha, y nosotros laucha, a los pequeños mamíferos, originarios del Oriente y trasportados de Europa a América, que los zoólogos denominan mus musculus"176. Salvo para las damas acosadas por la pesadilla de que un roedor les escale las bombachas, la laucha no causa tanto alboroto como sus demás parientes, y en algunos casos hasta cae simpática. Suele encontrársela donde haya comida cerca, como despensas, almacenes, graneros y bodegas. En nuestros tiempos, sin embargo, el más temido de los ratones ha pasado a ser un ejemplar mejor relacionado con la vida rural pero que, excepcionalmente, podría aparecer también por el río y por la ciudad: el colilarga u oligoryzomis longicaudatus, principal asociado a la transmisión del infame virus Hanta. Su cola es característica: muy larga y terminada en una mecha de pelos. De ahí su nombre. El primitivo Barrio Mapocho fue un ambiente cómodo para la presencia de estos animales dientudos y de ojos saltones. Tanto por la proximidad del agua del río, como por la acumulación de desperdicios de la población en tremendos basurales 176 "Diccionario de Chilenismos”, Zorobabel Rodríguez. Imprenta de El Independiente, Santiago 1875 (pág. 275).

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de los que hablaremos luego de este acápite ratonil, las condiciones resultaron favorables para su presencia allí. La ribera constituía un insalubre botadero de todos los restos de la vida citadina y después, con sus grandes mercados aparecidos en el siglo XIX, ratas y ratones consiguieron refinar sus dietas. Se comenta en el barrio que hubo alguna época en que abundaban las lauchas y ratas en el Mercado Central y La Vega, aunque ya parece que han perdido parte de su conquista en estos lares, gracias a medidas sanitarias. Quizás cuántas damiselas y señoras debieron saltar histéricas sobre esas viejas silla de madera tosca con amarras de mimbre, levantándose sus gruesas faldas mientras pasaba alguna de estas enanas por entre sus calzas. Es probable que el río Mapocho deba seguir cargando con el estigma de ser frecuentemente, desde la Colonia, un hervidero de ratas y ratones de todo tipo, a veces con reacciones exageradas y sobredimensionadas de nuestra parte177. Esta presencia se hace particularmente notoria en el barrio de los mercados no sólo porque los refuerzos positivos del ambiente hayan fomentado su presencia en este sector, sino también porque en el primitivo barrio, en los tiempos que estamos revisando, hubo la misma forma de existencia humana tan estrecha con el río que se conserva hasta hoy: una vida activa casi encima del cauce y, por lo tanto, más predispuesta o atenta a advertir y hacer notar la presencia de esta clase de criaturas arrojadas en lo más bajo e intolerable de la Creación. Pese a todo, los roedores domésticos tienen sus virtudes. La capacidad de presagiar desastres se les reconoció desde temprano, cuando se interpretó otra enorme plaga de ratas ocurrida en Santiago en 1652 (año en que, además, asomó por nuestros cielos un cometa) como una advertencia celestial sobre la sublevación indígena que estaba por cruzarse en la historia de Chile y que sería la forma de castigo divino contra los pecados de sus gentes178. Así, el bien y el mal pasan a ser sólo ilusiones espectrales y subjetivas en la moral de nuestra relación con las ratas de la urbe y su predominio entre la vida en las riberas. 177 En septiembre de 1997, por ejemplo, el Ministerio de Salud ordenó desratizar el río Mapocho y el Zanjón de la Aguada, en medio del frenesí de miedo provocado por los casos fatales de hanta que ese año afectaron a varios pacientes, especialmente hacia el Sur de Chile. 178 “Historia general de Chile”. Tomo IV, Diego Barros Arana. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1999 (pág. 348). Agregaríamos un hecho curioso que repitió esta percepción sobre las ratas en nuestros días: se sabe que los ratones le salvaron indirectamente la vida a muchos habitantes de las zonas Centro Sur y Sur, la mañana del terremoto del 27 de febrero de 2010, cuando los ciudadanos bajaban desde partes más altas del sector tras del polémico retiro de la alerta de tsunami y observaron, a continuación, estampidas de roedores escapando desde de la orilla costera hacia tierra interior, advirtiéndoles del maremoto cuando ni siquiera nuestros mejores instrumentos científicos fueron capaces de preverlo (existe un testimonio particular de Talcahuano dando fe de que esto no es un mito, descrito en la carta de un lector del diario “Las Últimas Noticias” del martes 12 de mayo de 2010, en página editorial).

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En conclusión, nos enfrentamos desde la Colonia a una guerra perdida, quizás... Perdida, además de puritana, ya sin opciones para los manuales de Tsung Tzu. Desde esos tiempos, a cada generación le ha resultado entretenido pararse al borde del río o de algún puente, viéndolas correr por la orilla de las aguas, arrancando de algún gato famélico o haciendo acrobacias náuticas. La construcción de la invasiva Costanera Norte no logró espantar a las ratas más que por el tiempo que sonaron las pesadas máquinas de las obras, y el actual proyecto por hacer al río navegable y cristalino quizás tampoco consiga mandar su presencia al museo de las especies extintas del barrio. Roberto Merino escribió una vez: “…dominado en la parte baja por sórdidos guarenes, ahí está el Mapocho, en su diario e indiferente escurrimiento”179. Aunque ya no son el problema radical de aquellos años coloniales, las ratas del Mapocho nos seguirán desplegando su triunfo hasta que aceptemos que es mejor tenerlas de amigas y allanarnos a fumar con ellas la pipa de la paz.

Algunos restos de los tajamares en el actual sector de Barrio Mapocho. El de la izquierda está en la Plazoleta Oscar Castro, y el de la derecha se halla cerca, en la entrada del Parque Forestal, donde existen también otros restos del tajamar más hacia el oriente.

El infierno de los basurales Ratones y ratas del antiguo barrio crecido a orillas del Mapocho, encontraron la forma de valerse de otro desagradable problema que, a diferencia de las crecidas promediadas una vez por año, resultaba permanente y constante, manifiesto a 179 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 106).

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diario y sin posibilidad de evasión: el hedor y la pestilencia inmunda de los inmensos basurales que existían en la ribera Sur y que servían de vertedero para toda la ciudad, además de casa para roedores y los perros abandonados que los cazaban intentando derrotar al hambre. En el siglo XVII, se había hecho costumbre que los santiaguinos fueran a tirar los desperdicios en sectores no urbanizados de la ciudad, destacando un llano que se extendía en la ribera del río Mapocho donde hoy está el edificio del Mercado Central, pero que hasta entonces había sido ocupado por los corrales donde la autoridad reunía los animales sueltos, convirtiéndose paulatinamente en el tremendo botadero que fue por dos siglos más. Este espantoso sitio, postal impensable de un infierno de basura, permaneció largo tiempo con tales características a tan poca distancia de la concentración principal de la población santiaguina, siendo llamado Plaza del Basural o Basural de Santo Domingo por estar concentrado detrás del convento del mismo nombre. Su límite Sur, sin embargo, tocaba hasta la actual calle Santo Domingo y por el costado del convento dominicano, cuyo terreno se extendía por el oriente hasta las faldas del Cerro Santa Lucía180 abarcando parte de la proximidad a la vega del río que más o menos ocupa ahora una parte del Parque Forestal y sus edificios adyacentes. Al ser destruida la mayoría de las iglesias de Santiago en la funesta noche del terremoto de 1647, muchos vecinos se organizaron para que se levantara una ermita consagrada a la Virgen María y a la expiación de la azotada ciudad, precisamente en el lugar donde estaba el basural, justo atrás del Convento de Santo Domingo, del que no había quedado una sola celda en pie. Aunque había otros que preferían colocarla en calle Merced cerca del Santa Lucía, primó la opinión de instalarla en el basural por la influencia y cooperación monetaria (cien pesos, mitad en dinero y mitad en madera) de un rico vecino partidario de dicha opción: don Valeriano de Ahumada, a quien se debe el nombre de la céntrica calle peatonal que hoy lleva su apellido en Santiago181. Sin embargo, esta construcción jamás se completó y el basural siguió siendo tan impío como siempre, custodiado sólo por ratas, gatos y perros venerando sus toneladas de desperdicios.

180 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 32). 181 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 238).

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La presencia de este enclave del No-Mundo en la ciudad y atestado de alimañas llegó a ser tan fuerte que, como hemos dicho, a la actual 21 de Mayo se le llamó Calle que va al Basural o Calle del Basural, siendo el terreno donde también el filántropo español Manuel Jerónimo de Salas y Puerta habilitó generosamente el cementerio para pobres, desposeídos y ajusticiados (¿quedarán algunas osamentas por allí abajo, aún, esperando ser descubiertas?), que le significó el nuevo y mejor nombre de Calle de la Caridad182. Por el otro lado, hacia el Norte, el botadero se extendía casi hasta el frente de donde estaría el Puente de Cal y Canto. Cuando se halló en funciones este paso, la basura acumulada era quizás lo primero que el viajero o visitante veía de la ciudad tras atravesar La Chimba y cruzar el río, dada la posición que tenía el Cal y Canto con relación al eje de la urbe183. El basurero fue, además, un nido negro al que se atribuía la cepa de apestosas enfermedades, infecciones y las fiebres pútridas que el pueblo llamaba chavalongos, algo dramático para una ciudad en cuyo otro extremo, en La Cañada, las basuras también llegaban a tal altura que “emparejaban el techo de las casas”, según el texto de las prohibiciones dictadas contra el propio mal hábito de botar desperdicios en este sitio, el 30 de agosto de 1774184. Y como buena parte de la misma calle de Santo Domingo fue terraplenada con los restos del basural, la gente y especialmente las damas, se explicaron por esta razón la extraña presencia de abundantes hormigas en ella, que todavía persistía en los tiempos de Vicuña Mackenna, según lo reporta el autor185. En 1801, parte del botadero fue despejado y comenzó a utilizarse como plaza para las corridas de toros, mismas que antes se realizaban en forma más aficionada en la Plaza de Armas pero que, tras el breve despegue de la tradición en el siglo XVIII, había producido una generación de toreros profesionales y multiplicado su público, obligando a la creación de ruedas especiales para el ejercicio del juego186. La 182 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles “, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 32). 183 “Historia urbana del Reino de Chile”, Gabriel Guarda O.S.B. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1978 (pág. 256). 184 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 215). 185 “Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago”, Benjamín Vicuña Mackenna. Ed. Guillermo E. Miranda., Santiago, Chile – 1902 (pág. 38). 186 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 133).

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última de estas actividades taurinas realizada en esos terrenos fue en 1818, y José Zapiola recordaba que había tomado bastante trabajo poder despejar el lugar para habilitarlo a estos encuentros, en la época hacia la cual los primeros comerciantes de la futura Plaza de Abastos empezarían a instalarse en él, además187. Para 1814, sin embargo, éste seguía siendo sólo uno de los varios botaderos que rodeaban a toda la población de Santiago, según recuerda Pérez Rosales. La ciudad estaba cercada por los basurales del río al Norte, de La Cañada al Sur, el de junto al Cerro Santa Lucía al oriente, y los de San Miguel y San Pablo al poniente188. Es Zapiola quien nos da una descripción más detallada del basural de Mapocho, escenario de delincuencia y de peleas violentas, cuyas lindes comenzaban en “la cuadra que está entre la calle de las Monjitas y la de Santo Domingo, y a una de esa plaza”, y que se componía de “basuras y por otras cosas peores” que realmente obstruían el paso hacia el río por este costado de la Plaza de Armas. “Un día que pasábamos por allí –recuerda- advertimos, medio enterrados, dos trozos de madera labrada. Tomamos sus extremos, y, al levantarlos, nos encontramos con una escalera de cuatro o cinco metros de largo, cubierta apenas con basuras. Esta escalera, según los comentarios de los transeúntes, debía pertenecer a ladrones que, para servirse de ella, no necesitaban llevarla a su casa, siendo aquel lugar seguro y más próximo para sus expediciones nocturnas”189. E inmediatamente, anota al seguir con su terrorífica descripción del basural y de su decadente entorno: “Decir que en esta calle, aunque en menor escala que en otras, abundaban los perros, gatos y otros animales muertos, que nadie se encargaba de recoger, nos parece inoficioso. Una mañana apareció un burro con una pata quebrada, tendido en el crucero que formaban las calles San Antonio y Santo Domingo, en la casa que es ahora del señor Santa María. Como entonces no eran las calles de lomo de toro, en esos lugares había cieno permanente. El burro se tendió allí, quizás acosado por la fiebre. Los muchachos de las inmediaciones le dábamos de comer y beber; pero al cabo de algunos días nuestro enfermo murió. Allí se extinguieron sus restos, sin que ningún buen vecino, ni la policía, de que 187 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 20). 188 “Recuerdos del Pasado (1814-1860)”, Vicente Pérez Rosales – Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1980 (pág. 7). 189 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 19).

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no se conocía ni el nombre, se tomara el trabajo de hacerlo arrastrar al río, última morada de sus iguales o parecidos”190. Más tarde, pasada definitivamente la época de la tauromaquia en Chile, se habilitó en ese recinto del basural una cancha para la práctica de la pelota vasca, deporte que a la sazón contaba con muchos seguidores en la capital. Esta pista de juego duró hasta 1829, cuando fue convertida en otro reñidero de gallos191, aunque esta entretención no permaneció demasiado tiempo más antes de caer en el balde de las restricciones, para fortuna de la evolución cívica. En su época al servicio del deporte vasco, sin embargo, la cancha también atrajo a avezados jugadores jóvenes como un muchacho negro apodado Falucho, venido desde Lima en calidad de asistente del Brigadier Mariano Osorio durante la Reconquista Española, y que destacó por su esbeltez, agilidad y destreza con la pelota192. Veremos que no fue sino hasta la constitución definitiva del recinto de la Plaza de Abastos que la pesadilla de los basurales, de sus hedores y de sus miasmas casi demoniacos, por fin pudo ser superada por el desarrollo urbano de Santiago. Desgraciadamente, la chusma eligió desde ese momento, como alternativa para arrojar los desperdicios, otros sitios del barrio como la base del mismísimo Puente de Cal y Canto que ya debía soportar con la ofensa de servir de masivo baño público… Bueno, en realidad igual que ahora, en que muchos rincones de Barrio Mapocho siguen siendo infelizmente utilizados como basureros regados con fermentos de orines, cual peor época de la Colonia.

Como salones salones y catedrales para rotos A pesar de la terrible situación de los vertederos de basura, donde nadie podría esperar que creciera vivo y esplendoroso más que algún raquítico cardo de raíces sin escrúpulos, las riberas del Mapocho fueron terreno fértil para el florecimiento de coloridos rosales de patriotismo y de diversión entre la plebe, que han dejado su marca en tradiciones folclóricas nacionales casi desafiando las leyes del evolucionismo, pues vuelven a brotar desde la aridez social, en los períodos de Fiestas Patrias y hasta han encontrado algunos círculos propios de culto y devoción permanente.

190 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 19-20). 191 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 134). 192 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 384).

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Barrio Mapocho fue uno de los centros de fiestas populares más importantes del Santiago colonial, y lo seguía siendo hasta bien avanzados los años de la República. Esas mismas viejas gordas enormes y “deformes” que Von Keyserling testimonia casi con antipatía en las fondas dieciocheras del Parque Cousiño, también estaban en estos lados del río, con los respectivos rotos bailando en escaso equilibrio y aún menos sobriedad aquella cueca que el conde, filósofo y explorador alemán ni siquiera pudo pasar por sus refinamientos estéticos193. La diferencia es que las fondas de Mapocho estaban abiertas casi todo el año, y no sólo en la época de Fiestas Patrias como sucedía ya en los tiempos de esta ilustre visita arrugando la nariz por nuestro suelo. Es una curiosidad el que, hasta hoy, los chilenos sigamos haciendo sinónimos a los conceptos ramada, chingana y fonda, esparciendo con ello una confusión que ha perdurado largo tiempo en nuestra sociedad y que vuelve a quedar de manifiesto durante las fiestas. Es como si hubiésemos olvidado lo cerca que estuvieron de la vida cotidiana, alguna vez. Pero no son lo mismo; nunca lo han sido, de hecho, y una antigua cueca de rotos chimberos titulada “Las chinganas son salones”, sugiere desde hace tiempo en el circuito folclórico urbano, la diferencia entre estos locales de fiesta y de bailes nacionales: Las chinganas son salones y las fondas catedrales fue la obra de Carrera que siguió Diego Portales194 En algunas obras de autores como René León Echaíz195 y Guillermo Feliú Cruz196, se han hecho importantes observaciones que permiten distinguir las ramadas de las 193 “Meditaciones Suramericanas”, Hermann von Keyserling. Ed. Espasa-Calpe, Madrid, España – 1933 (pág. 227). La cita completa dice: “Y la cueca, frenéticamente bailada entretanto, es el más feo de los bailes nacionales. Cuanto más grotescamente es bailada, cuanto más feos son los bailarines y, sobre todo, más viejas y avellanadas y deformes las mujeres, mejor y más castizo estilo se le encuentra. El final de la fiesta es de un tal salvajismo, que la fuerza armada tiene que intervenir para despejar un verdadero campo de batalla”. 194 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 233). Cabe añadir que los hermanos Carrera y el Ministro Diego Portales, de reconocida presencia en chinganas o fondas de La Chimba, son frecuentemente mencionados en la lírica de las cuecas tradicionales urbanas. Otro ejemplo reproducido en la misma fuente es la siguiente letra: “Defiende la cueca patria / que es la joya que más vale / fue himno de los Carrera / y el corazón de Portales” (pág. 199); o bien “Se vio a Portales, sí / digo con ganas / viva la carrerina / y la portaliana” (pág. 225). Y también: “Decía Diego Portales / bajo un cielo de banderas / lo más noble de la patria / son las fondas de Carrera” (pág. 233). 195 Nos referimos al trabajo “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago 1975.

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chinganas y de las fondas. Aún así, perdura el empleo indistinto de estas denominaciones, especialmente en los medios de prensa, extendiendo más aún el error. Para rectificar en parte este vicio nacional, conviene tener en cuenta que las ramadas o enramadas correspondían más bien a precarios establecimientos de música, comida y licor que aparecían levantados en los sectores rurales y en los contornos de los poblados. Este uso de materiales ligeros se explica por el carácter provisorio que generalmente tenían, al menos cuando estaban ligados al tránsito de los períodos de fiestas. De ahí su nombre, pues no eran más que un toldo de unos cuantos palos y cubierto por las ramas frescas o bien hojas de palmas. Las ramadas crecían como cobertizos de matorrales al lado del camino o en los pueblitos campesinos. Por lo tanto, sus comensales con garantía y crédito solían ser huasos, peones, inquilinos, arrieros y viajeros. Veremos con más detalle, después, la importancia que alcanzaron a tener dichos locales y sus sucesores en la Calle de las Ramadas, correspondiente a la actual Esmeralda, cuando ésta era parte de los arrabales del contorno de Santiago. Además de ramadas, había también chicherías, ranchos y canchas de bolas por la calle San Pablo197, hacia el poniente del barrio, que desde los tiempos de la Gobernación de don Ambrosio O’Higgins constituía el antiguo camino para unir Santiago con Valparaíso, como hemos dicho. Las ramadas también fueron testimonio de desgracias, no sólo de la diversión plebeya, pues al quedar toda la ciudad desparramada por el suelo tras el terremoto de 1647, la población chilena debió improvisar en las calles esta clase de estructuras, usadas ahora como albergues para eludir las inclemencias de ese invierno que llegó a registrar nevazones, mientras Santiago volvía a ser reconstruido partiendo prácticamente desde cero. Al ser absorbidos por la ciudad los suelos de las viejas ramadas, fueron surgiendo las chinganas, locales un poco más elaborados y coloridos que, si bien seguían colocándose en el entorno de las ciudades y sobre todo por el lado de La Chimba, no eran de carácter rural ni se situaban demasiado afuera de ellas, sino más bien en lo que hoy llamaríamos el borde de los barrios bajos, sitios eriazos o la periferia, especialmente en los vecindarios primitivos de Independencia, otro tradicional territorio de acogida para ellas. 196 Nos referimos al trabajo "Santiago a comienzos del siglo XIX. Crónicas de los Viajeros", Guillermo Feliú Cruz. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1970. 197 “Recuerdos del Pasado”, Vicente Pérez Rosales. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1980 (pág. 144).

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El nombre de las chinganas provendría del quechua chinkana198, término usado en los tiempos del Virreinato del Perú para señalar las tabernas y restaurantes de baja calidad, que frecuentaban los indios y los mestizos para cantar y bailar. Según Zorobabel Rodríguez, el distintivo de las chinganas chilenas es que en el local, además de comer y beber, los parroquianos oyen y cantan tonadas en arpa o vihuela, y bailan cuecas, resbalosas o sanjuaninas199. Ahora bien, si nos ceñimos a los inquisitivos comentarios de Vicuña Mackenna, debemos dar por hecho que las chinganas son antiquísimas y prácticamente contemporáneas a las primeras ramadas, remontándose al siglo XVI: “Las chinganas eran tan numerosas como hoy día, pues refiere el padre Lozano que a su llegada a Santiago a fines del siglo XVI encontró no menos de diez organizadas fray Luis de Valdivia, quien, saliendo por las calles con su cruz, iba de cuando en cuando a disolverlas”200. Muchas chinganas conservaron el clásico techado de ramas verdes o secas de los establecimientos más rústicos, y eran tan simples como las ramadas o los ranchos, según lo sugiere un famoso dibujo del naturalista francés Claudio Gay hacia 1840, tras su visita a Chile. Las que se hacían al aire libre, además, posiblemente sólo funcionaban durante primavera y verano. Empero, estas chinganas fueron adquiriendo un aspecto más sofisticado y ampliado durante ese mismo siglo, pues se hizo regla que contaran con el espacio suficiente para músicos y muchos bailarines, además de los clientes de la cocinería propia del establecimiento. Se les incorporaron así los techos “chascones” de paja, y se las comenzó a levantar con más apariencia de galpones, parecidos a las chozas de trabajadores agrícolas de los ranchos de campo, con horno de barro, parrilla y barricas -de chicha y luego de vino- incluidas en el set.

198 “Diccionario de la Lengua Española”, Real Academia Española, 22ª Edición (Diccionario de consulta online 2009-2010). 199 “Diccionario de chilenismos”, Zorobabel Rodríguez. Imprenta de El Independiente, Santiago, Chile – 1875 (pág. 161). 200 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 464). Completa el párrafo con el siguiente texto que nos gustaría citar para comparaciones con el panorama de las chinganas en el siglo XIX: “Las chinganas de los bárbaros ofrecen, empero, un contraste enorme con las chinganas de nuestra edad civilizada. Aquellas se perseguían como un crimen, puesto que son el cúmulo de todos los horrores y de todas las inmundicias de la humana depravación. Las del día se establecen con licencia, y el ebrio y el asesino encuentran un teatro y un albergue mediante un papel llamado patente que paga cualquiera de sus cómplices a la municipalidad departamental”.

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Carlos Lavín explica que las chinganas situadas del lado Sur del río, como “El Parral” o su vecina “El Nogal” por ahí por el actual Parque Forestal, comenzaron a decaer con el auge del Barrio Marul, como llamaba el pueblo al sector de Maruri en la ribera opuesta, donde se fueron concentrando nuevos núcleos de recreación y celebración popular201. Si bien su público regular se componía fundamentalmente de rotos chilenos, gente pobre, trabajadores y artesanos, también habrían sido asiduos visitantes de ellas personajes como los hermanos Carrera, Manuel Rodríguez, el Ministro Diego Portales y uno que otro prodigioso desadaptado proveniente de los sectores más opulentos de la sociedad. En otra diferencia con las ramadas, las chinganas incluían muchas mesas y sillas para los comensales, siempre hambrientos y sedientos de chicha, vino, mistela o aguardiente. Cantaban cuecas hombres y mujeres, especialmente los días domingos, a consecuencia de lo cual surgió también en Chile el ocioso y muy latinoamericano concepto del San Lunes, extremadamente popular en el primitivo barrio ribereño y que significaba faltar a los deberes del primer día laboral de la semana con nimiedades por excusa, mientras se pasa la caña mala y la resaca de la fiesta desmedida o, en la gran cantidad de los casos, para seguir con la parranda a veces iniciada el viernes o el sábado. La tomatera hizo ya entonces que el ausentismo del día lunes fuera casi una institución y tan arraigada que, según escribió Plath, los rotos hasta tenían versos de homenaje al San Lunes: Yo trabajo la semana y el día domingo me la tomo, el lunes tomo a mi gusto, y el martes le pongo el hombro202. Las fondas, a diferencia de las ramadas y las chinganas, tenían un comportamiento y un servicio de posadas modestas más o menos como los restaurantes que pueden encontrarse hasta nuestros días en el campo chileno, pues contaban con más espacio que otros establecimientos y podían hospedar a los visitantes venidos desde más lejos para las grandes fiestas, por lo que fueron antecesoras de la actividad hotelera en el Nuevo Mundo. Su nombre proviene de fondac203, 201 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 68). No obstante, se nos hace necesario recordar que hay noticias de otra famosa quinta llamada “El Parral” de Ño Gómez en la calle Duarte, hoy Lord Cochrane, donde también se habrían presentado artistas como las hermanas “Petorquinas”. 202 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 366, abril de 1964, Santiago, Chile, artículo “El ‘San Lunes’”. Los versos pertenecían al poeta popular Bernardino Guajardo. 203 “Diccionario de la Lengua Española”, Real Academia Española, 22ª Edición (Diccionario de consulta online 2009-2010). La RAE no lo declara, pero la palabra fondac sería de origen arábigo.

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correspondiente a las tiendas y campamentos beduinos donde los viajeros de las caravanas se establecían temporalmente con sus comercios, sirviendo así de posadas. Y aunque también respondían a las celebraciones de temporadas, las fondas tenían por acá una presencia permanente como quintas, cantinas, hostales y expendio de comidas. Solían ser construcciones estables, con materiales más sólidos que chinganas y ramadas, como madera o adobe. Aparecían a veces a modo de extensión junto a una casa (de los dueños) o adaptación de una residencia a estos servicios; también en el primer piso de edificaciones en las que los altos se reservaba a residencia u hospedaje. Como era esperable, hubo célebres fondas del sector que ahora identificamos como el Barrio Mapocho. Su auge parece estar en el siglo XIX, pese a las restricciones de las autoridades que seguían mirándolas con desconfianza. Un famoso rincón de estos, aunque más cerca de la Plaza de Armas que de Mapocho, era Posada de Santo Domingo. Si bien muchos no la consideren una fonda propiamente, tuvo por largo tiempo las características generales de un local de este tipo, ubicándose en una hermosa casona colonial frente al templo dominicano de calle 21 de Mayo con Santo Domingo. Sin embargo, en 1869 Vicuña Mackenna la describe sin elogios como “una inmunda posada llamada de Aconcagua”204. El inmueble fue demolido en los años treintas205, construyéndose la plazoleta con fuente francesa que actualmente existe allí. Más cerca de las fondas tradicionales estaban la casa chimbera de “El Arenal”, de la que hablaremos más adelante; y la pintoresca fonda “El Tropezón” que, según Zapiola, era “llamada así, sin duda, por estar a la subida sur del puente grande” o Cal y Canto206. La desaparición de muchos locales estables de fiestas en Santiago, especialmente esas de las riberas del río, devolvió a las fondas hasta el carácter provisorio primitivo que tenían ramadas y chinganas más antiguas, convertidas en “cantones” montados sólo para los festejos, característica que aún perdura y que reaparece en

204 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 18). 205 "La arquitectura en el Virreinato del Perú y en la Capitanía General de Chile", Alfredo Benavides Rodríguez. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1988 (pág. 415). Corresponde a la tercera edición del libro, pero el comentario original donde se habla de la demolición “hace poco” de este edificio, proviene de la primera edición, de 1941. Estamos informados de que la casona habría sido demolida el año 1931, para ser más exactos. 206 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 31).

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cada período de Fiestas Patrias, más como imitación nostálgica o recreativa que como verdadero retoño en la línea cronológica de la tradición del folclore social. No obstante la decadencia, varias fondas siguieron existiendo estoicamente hasta los albores del siglo XX y aun después, incluyendo otros casos notables en el barrio de nuestra atención, como tendremos ocasión de ver.

Los dominios de la fiesta y la bebida Los chilenos no hemos cambiado mucho desde los tiempos coloniales. A decir verdad, no hemos cambiado nada en algunos aspectos... El lado menos atractivo de las chinganas y las fondas clásicas de Santiago es que constituyeron (¡y era que no!) focos habituales de desórdenes y riñas, pues la borrachera y la pendencia llegaron a volverse característicos en los barrios donde existieron y de las jornadas de celebraciones en torno a las mismas. Y así, en mayor o menor medida, esta tendencia al crimen y al imperio de las leyes de hierro de la vida callejera, nunca han vuelto a abandonar al Barrio Mapocho desde entonces, transformándose sólo sus formas pero permaneciendo sus fondos. En los tiempos del Corregidor Zañartu, un proveedor destacado de chichas (o “sangre de las parras”, como le decían) para esta clase de fiestas de la plebe era don Pedro del Villar, vecino del sector del Puente de Cal y Canto que amasó fortuna vendiendo chicha baya producida en sus propios viñedos. La fama y la gratitud de los borrachines del pueblo para con el servicio que hacía Del Villar en la satisfacción de los vicios, le valió ser condecorado con un homenaje en la letra de una canción tradicional: En el tiempo venidero habrá fama popular, para Pedro del Villar de Chile primer chichero207. Pero con canciones alegres y todo, el hecho es que la sociedad chilena había comenzado a volverse particularmente violenta en el siglo XVIII, a razón del alcoholismo y la criminalidad dominantes, además del fin de la buena convivencia entre españoles y criollos y del alejamiento del régimen disciplinario que imperaba en la Capitanía durante la época de la Guerra del Arauco208. La grave situación se 207 “Apuntes para la Historia de la Cocina Chilena”, Eugenio Pereira Salas. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1977 (pág. 66). 208 “Historia de Chile. Tomo I: Los Orígenes”, Francisco Frías. Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1959 (pág. 182-183)

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hizo notoria también en el período de la emancipación nacional: primero, por la violencia apasionada que explotaba entre patriotas y realistas en el peor ring posible de concebir (junto a las barras de las cantinas, obvio); y luego, por las peleas a puñete, palo o cuchilla entre los negros traídos por el Ejército Libertador desde Mendoza, según constata el musicólogo Pablo Garrido209, alentados por el alcohol y por las rencillas internas. Tendremos tiempo de ver, además, que muchos de los centros de fiesta y farra de toda la ciudad emigraron al entorno del mercado del Mapocho, cuando éste fue habilitado por O’Higgins. Cabe hacer notar que la preferencia popular por los días domingos en las fiestas con su consecuente San Lunes que hemos descrito, ya había sido detectada tempranamente por las autoridades, a juzgar por un bando del 24 de julio de 1568, que facultaba a los alguaciles para disolver las reuniones y fiestas de los indígenas, precisamente los domingos y festivos “que es cuando dichos indios hacen sus borracheras” en sectores periféricos de la ciudad de entonces, como La Chimba, El Salto, Ñuñoa, los linderos del Convento de San Francisco, los terrenos al Sur de La Cañada y en la Quebrada de García Cáceres (actual avenida Brasil)210. Buena parte de la actividad chinganera y de sus parrandas semejantes estuvo restringida desde la promulgación de los bandos de buen gobierno del Presidente Amat y Junyent, hacia 1760, y hasta los tiempos de la república con Mariano Egaña y sus edictos de policía y buen orden de 1823 que, al decir de Vicuña Mackenna, “enseñaban a los santiaguinos hasta el modo de persignarse”211. Curiosamente, fue esta última la misma época en que La Chimba se halló visitada por el sacerdote italiano Giovanni Mastai Ferretti, antes de asumir como el Papa Pío IX, residiendo por algún tiempo en una de las celdas del Convento Viejo en Dominica con Recoleta, donde quizás alguna vez haya podido conciliar el sueño entre algún bullicio de la rotada alrededor del barrio, aunque ostensiblemente menor que por el lado de la Cañadilla. Hacia principios del siglo XIX, había una fila de chinganas y tiendas de confiteros colocadas paralelas al paseo de los tajamares del que ya hemos dicho algo, pero del lado opuesto, en la orilla Norte. Cuenta De Ramón que allí se reunía el pueblo a escuchar cantantes populares, generalmente acompañados por arpas u otros instrumentos, mientras los bailarines zapateaban danzas que no fueron del gusto de las elites, pues el 27 de noviembre de 1805 el Cabildo de Santiago formuló fuertes 209 "Biografía de la cueca", Pablo Garrido - Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1976 (pág. 49-50). 210 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 32). 211 211 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 295).

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sanciones contra esas “coplas deshonestas, satíricas y malsonantes” como las que allí se coreaban212. Zapiola sugiere que la etapa de decadencia de las chinganas se mantuvo hasta 1831, cuando llegó a la ciudad un grupo de morenas llamadas "Las Petorquinas", por provenir de Petorca, que le subieron un tanto el pelo a la diversión de los barrios populares con sus ritmos y bailes novedosos, desplazando las presentaciones que habían sido más conocidas y antiguas213. Fue tal el éxito desatado por sus primeras presentaciones en el sector de Monjitas, que las chinganas comenzaron a reaparecer por la Alameda y otros barrios, adoptando nuevos bríos214 y acompañadas también de la ingesta de alcohol, se entiende. El mismo autor recuerda a la famosa chingana de Ña Teresa Plaza como una de las más antiguas de Santiago, ubicada en un sector entre los tajamares y La Cañada, y que se llamaba “El Parral”, cerca del actual Puente Purísima, nombre que adoptó el local por la presencia de una pequeña parra en el lugar de bailes. “No tengo ganas de ir a Chile sino a bailar una samba en el Parral”, decía hacia 1825 en Buenos Aires el cantante argentino Viera, pues esta chingana era ya la más famosa e internacional de nuestro país215.

Semblanza de la Calle de las Ramadas La calle Esmeralda de nuestros días, allí casi al lado del río (y antes más cerca de él que ahora), por poco no es un engaño folclórico; un montaje de la historia… Lo decimos responsablemente. Por un lado, la calle se embelesa con una elegancia patronal que sólo se reconocería en el casco antiguo de la ciudad de Santiago, diametralmente distinta de la estética que podía ofrecer en sus años coloniales y aún hasta los albores del siglo XX, cuando todavía era llamada Calle de las Ramadas. Pero, por otro lado, guarda tras muchas de sus puertas de maderas nobles en edificios de teatrales estilos neocoloniales, gótico criollo, medieval o Tudor agermanado, los secretos y pasajes de la historia de Santiago que aún la vinculan en un cordón directo hacia el menos granado ambiente de fiestas y diversiones populares, que la hicieron famosa

212 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 101). 213 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 32). 214 “Biografía de la cueca”, Pablo Garrido. Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1976 (pág. 72). 215 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 32). Como ya dijimos, sabemos de la existencia de otra chingana llamada “El Parral”, sin embargo.

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en aquellos años de la iluminación con lámparas de gas o faroles de aceite, como tendremos tiempo de abundar. En esos momentos en que el Mapocho y sus ramadas “costaneras” eran el límite de la ciudad de Santiago, comenzando más allá el área de chacras o simplemente de terrenos agrestes (pues La Chimba no era considerada parte de la ciudad principal), el barrio en general fue abundante en esta clase de establecimientos frecuentados por los criollos para desatar sus ruidosas fiestas de cueca bailada con ojotas y donde los pañuelos se intercambiaban con las cañas de chicha. Aunque existen otras teorías sobre su extraño nombre, al parecer habría sido así como surgió éste: varias de las más viejas ramadas se habían ido establecido en este callejón bravo del borde Sur del río Mapocho, acabando apodado por ello como la Calle de las Ramadas216. “La callejuela –escribe Sady Zañartu-, con sus barrizales en el invierno y sus nubes de polvo en el verano, parecía la prolongación del cascajal del río por su aspecto sucio y desamparado. A la vera del camino, hombres del pueblo dormían su borrachera, con los velludos pechos al sol, y otros, en pequeños grupos, jugaban a los naipes y tabas, mientras los chiquillos disputaban las clavadas de los trompos, riñendo porque estaba “cebito” o porque estaba “cucarro”.”217. Evidentemente, no era una calle al estilo del alegre Pueblito del Parque O’Higgins ni cercada por lindas ramadas de techo pajizo, como podría sugerir la imaginación mezclada con el engañoso costumbrismo en nuestros días, sino un terreno más bien pobre, dominado por chacras, suelos eriazos y grandes basurales según concluye Thayer Ojeda al advertir que ni siquiera aparece mencionada en el plano de Frezier en 1712218. A Vicuña Mackenna, en cambio, le parece más bien que no figura en dicho mapa “por su tortuosidad y su propio nombre”219. Era un lugar bastante poco saludable, como podrá adivinarse, algo que se confirma en la descripción que hace de ella Zapiola, con su crudo retrato sobre los rincones del antiguo barrio riberano: 216 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 7980). 217 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 52). 218 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 21). 219 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 26).

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“Allí, por un derrame de una acequia inmediata, se formaba, decimos mal, había en permanencia una laguna pestilencial cubierta con las yerbas que produce toda agua detenida. Su hondura no permitía el paso de ningún carruaje y sólo la atravesaba gente de a caballo. Estaba justamente frente a la casa de esquina, que era entonces de un señor Carrera”220. El mismo autor apunta que el feo callejón se hallaba tapado todavía hasta su época (hacia 1874), en el costado poniente, por un muro del Convento de Santo Domingo. Pero a pesar de este muy poco alentador paisaje, según Sady Zañartu la avalancha de gente fiestera sobre la calle comienza cuando doña Juana Carrión, interesada en atraer más clientes a su chingana, puso a su hija a cantar contagiosas tonadas con esas mismas letras pícaras que horrorizaban al pijerío citadino, y su idea comenzó a ser copiada por las vecinas tras advertir el éxito de la carnada para los parroquianos. Éstos, a su vez, al confabularse en sus hogares para asistir a los establecimientos de festejos de la calle, hablaban de ir “a las ramadas” en lugar del más explícito referente de “las chinganas”, según la teoría de Zañartu, motejándose el lugar entonces, como la Calle de las Ramadas221, lo que explicaría en parte por qué duró tanto tal denominación sobre la misma. Como hemos dicho, este callejón y todo el sector de la periferia santiaguina donde proliferaron tales establecimientos, se halló por mucho tiempo en medio de un cuadrante conformado por campos semiagrícolas y plazas eriales. El crecimiento urbano fue absorbiendo estos terrenos y les hizo perder el carácter periférico que tenían en un principio, por lo que muchas de las más antiguas ramadas y casas de parranda mapochinas terminaron convertidas en centros de jarana estables, mientras que otras fueron emigrando con su público hacia el lado Norte del río, al bravo barrio La Chimba, dándole esa característica que perduró en él por varios años, o quizás siglos. Aunque las ramadas de la primitiva calle Esmeralda acabaron desplazadas en ese proceso, no lo fue su fama como centro de reuniones y festejos populares. De ahí el engaño histórico que se presenta ante los ojos del actual observador, pues el carácter que le imprimieron tales boliches lo convirtió en un lugar de permanente entretención popular concentrándose, a partir del siglo XIX, en la famosa Posada del Corregidor, apodada entonces como “La Filarmónica” y continuadora -con algo más de elegancia- de esa misma tradición iniciada por las rústicas ramadas del coloniaje más temprano222. El nombre de filarmónicas se extendió como una chapa 220 “Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 20). 221 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 52-53). 222 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53-55).

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piadosa y ornamental sobre todos estos locales “donde se rendía culto a Terpsícore y a Baco”, según los define Plath223. Veremos con detalles, más adelante, la historia que escribió allí el club de don Diego Portales, quizás la más famosa de todas las fondas hubo en la capital chilena. Algunos autores dicen que otro cercano punto de reunión de la misma Calle de las Ramadas fue también el “Casino”, una especie de quinta famosa por sus cocinerías, que se constituyó en un importante centro de atracción para los vecinos y las visitas224. Pero no sólo los centros de fiestas y celebraciones fueron los que dieron el don de la historicidad a la Calle de las Ramadas. Otra casa connotada de esta calle fue la del edil Antonio Vidal225, que se levantaba cerca de donde había funcionado uno de los primeros teatros chilenos, recinto del que también hablaremos algo más. Había sido un residente ilustre, además, el secretario de Marcó de Pont, Doctor en leyes don Juan Francisco Meneses, quien había vivido en el número 29, llegando a ser Ministro en 1830 y después deán de la Catedral de Santiago; mientras que en el número 8, vivió sus últimos años el oficial del Primer Imperio don Benjamín Viel, primer europeo que llegó a General de Brigada en Chile, durante la guerra de la Independencia226. La ex Calle de las Ramadas también ha dado residencia a otras connotadas figuras de la historia nacional menos relacionadas con la fiesta y el jolgorio a que llamaba su nombre. En la esquina con la Calle de las Claras (hoy Mac Iver) a un lado de la Iglesia de San Pedro, está la casona que fuera la cuna de la Sierva de Dios María Fernández Concha, caso en estudio para una beatificación. Su aristocrática familia fue propietaria de un terreno, precisamente en este lugar227. Mientras, en la esquina 223 “Folklore Chileno”, Oreste Plath. Ediciones PlaTur, Santiago, Chile – 1946 (pág. 173). 224 “Mapocho. Torrente urbano”, Gonzalo Piwonka F., Luis Cornejo B., Miguel Laborde D., Cristina Felsenhardt R. y Mario Pérez de Arce I. Matte Editores, Santiago, Chile – 2008 (pág. 49). Sin embargo, autores como Ismael Espinosa y David Ojeda Leveque señalaron o sugirieron alguna vez que el nombre del “Casino” estaba más relacionado con el restaurante al otro lado del Puente de Palo, por Recoleta. 225 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 54). 226 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 155). 227 La dirección exacta es Mac Iver 702, y una pequeña placa de madera labrada conmemora este acontecimiento: “Casa natal de María San Agustín Fernández Concha, Religiosa del Buen Pastor, 1835-1928”. La dirección del templo, en tanto, es Mac Iver 670, al lado, pues se la edificó hacia 1890 en los terrenos donados a las monjas del Buen Pastor por los Fernández Concha (don Pedro Fernández Recio y doña Rosa de Santiago Concha y Cerda), trabajo encargado al arquitecto Emilio Doyére y realizado con un particular estilo neogótico, bajo mecenazgo de la misma familia. El concurrido funeral del escritor Miguel Serrano Fernández, descendiente de este clan familiar, fue realizado en esta iglesia a principios de marzo de 2009 antes de marchar a su despedida final en el Cementerio General. Se escogió este templo por petición del propio poeta, poco tiempo antes de su deceso. El terremoto sucedido casi exactamente un año después, dejó con grandes daños a la hermosa iglesia, inclinando su

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con San Antonio, vivió don Eliodoro Yáñez junto a sus hijos escritores Juan Emar (Pilo) y María Flora Yáñez228. Y hacia el oriente de Esmeralda, relativamente más cerca de nuestros días, tuvo su residencia don Pedro Aguirre Cerda. El actual nombre calle de la Esmeralda, le fue colocado en tiempos posteriores, nos parece que sugerido hacia los años del Presidente Balmaceda229, en homenaje a la Corbeta de la Epopeya de Iquique. Además, hemos dicho ya que desemboca en la calle 21 de Mayo, la que a su vez enfila por el costado oriente del Mercado Central hacia donde se colocó, años más tarde, el faro verde que rinde homenaje a Prat y a los Héroes de Iquique. En tanto, una pequeña callejuela justo frente a la Posada del Corregidor mantiene el viejo nombre: pasaje Las Ramadas.

Zañartu, el terrible Muy, pero muy lejos de estas fondas y chinganas con las que estaba obligado a convivir en la misma planta donde ahora está el barrio de nuestra atención, se encontraba el más famoso y recordado (por virtud o por condena) de los Corregidores que haya tenido la ciudad de Santiago, y cuya memoria aún sigue despertando pasiones y juicios éticos tan fervorosos como los que motivaron cada segundo del actuar de su controvertida existencia. Qué falta sentirían algunos, hoy, de semejante personaje: cascarrabias, de carácter agresivo, moralista y enemigo acérrimo de la delincuencia, Némesis de la criminalidad callejera... Mas, qué desgracia para su alma habrá de ser el que hoy tengamos su nombre asociado a un referente de esa misma Calle de las Ramadas que seguramente lo afiebró de repudio. Esta historia suya tiene un contexto especial. En 1770, Carlos III se veía afligido por las tensiones con Inglaterra y el creciente descontento con las colonias, especialmente desde la expulsión de los jesuitas. Desconfiado de las gentes

alta cruz de la torre chapitel principal y agrietando sus torres y muros. El vecino terreno que da hacia Santo Domingo y que perteneció al colegio Rosa de Santiago Concha hasta 1990, tras una controvertida situación en la que casi acaba demolido su edificio, hoy pertenece a la Universidad Mayor. Agradecemos infinitamente a la historiadora Sabela P. Quintela, viuda de don Miguel Serrano, el habernos permitido acceder generosamente a un trabajo inédito de su autoría sobre la línea genealógica de los Fernández Concha y su presencia benefactora en esos barrios de los límites mapochinos, que nos facilitó confirmar buena parte de la información que aquí se expone. 228 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 55). 229 Corresponde comentar, sin embargo, que en el “Plano de situación y proyecto de canalización del río Mapocho” del ingeniero Valentín Martínez, en 1888, aparece registrada aún como Calle de las Ramadas.

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indianas, para sustituir al Gobernador Interino don Juan de Balmaseda y Censano Beltrán, el soberano escogió en 1770 a un hombre de formación eminentemente militar y jerárquica como don Francisco Javier de Morales y Castejón de Arroyo, para conducir el destino de Chile. Coincidentemente, había surgido por entonces en Santiago esa figura formada con el mismo temperamento de rigor disciplinario y fe en la obediencia, pero forjado desde el mundo civil: don Luis Manuel de Zañartu e Iriarte, el Corregidor… Era una etapa de sumisión a las jerarquías la que le tocó vivir a la pecaminosa e incorregible colonia santiaguina, por lo tanto. Oriundo de la ciudad de Oñate, Zañartu había nacido un 10 de septiembre de 1720, en una familia vizcaína sin títulos ni ostentaciones nobiliarias directas, que se había venido a Chile cuando él tenía sólo 10 años, recibiendo de sus padres una moderada fortuna que se concentraba en Santiago, Lima y España. Devenido en comerciante, viajó de regreso a su patria en 1757 para conseguir mercaderías para sus negocios y también, de alguna manera, acreditaciones de nobleza en base a la antigüedad de su apellido, quedando registro en el Libro de Blasones del Rey de Armas de Fernando VI, con un trámite que le costó 12.000 pesos230. Irónicamente, su afán de buscar el título nobiliario surgió del interés por impedir que el Cabildo de Oñate aplicara un impuesto sobre todos los terrenos de propietarios que no fueran caballeros ni copetudos ciudadanos investidos de estos pergaminos231. Al volver al año siguiente a Santiago de Chile tenía, en consecuencia, razones redobladas para hacerse fama con su carácter extremadamente imperativo y arrogante, ahora que era rico y además podía lucir papeles de sus abolengos. Se hizo construir una casa en el ángulo Noroeste de la Plazuela de la Merced, que conservó toda su vida y que todavía existía en la segunda mitad de la siguiente centuria, instalándole una pileta propia en el jardín, artículo que en aquellos años era toda una extravagancia232. Zañartu tuvo cierta atracción y desde temprano por los terrenos de Mapocho y de La Chimba, a pesar del abismo social que podría haberlo separado de esos vecindarios. Además de su casa en calle Merced, adquirió una fastuosa quinta en 230 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 169-170). 231 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 6). 232 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 171-173).

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La Cañadilla, desde el borde del río hasta la calle Cruz, de modo que, como comentara Justo Abel Rosales, fue con ello "el más rico propietario al norte del Mapocho"233. Así, la vida de Zañartu tenía vinculación con los barrios que crecieron en las riberas del río al momento de asumir el cargo de Corregidor y Justicia Mayor de Santiago, el 11 de diciembre de 1762234, que le concedió Antonio de Guill y Gonzaga (de quien se había convertido en su hombre de confianza) a sólo dos meses de haber asumido éste la dirección de la Gobernación. “Aún en aquellos años –dice Vicuña Mackenna sobre la Quinta de Zañartu-, esa propiedad estaba valorizada en 40.000 pesos, y hoy se ha edificado una ciudad entera sobre ella. Su casa de la Merced valía 39.000 pesos. Su negocio de comercio tenía un capital de 40.000 pesos y un giro tres veces mayor con una gran bodega en Valparaíso. Por último, su vajilla, esclavos y guarda-ropa equivalían a una fortuna para ese tiempo. Era este valor de 12.000 pesos, y aunque todo el caudal padeció un quebranto de 21.000 pesos por la fuga de un cajero, no fue este golpe suficiente a quitar una sola noche el sueño del altivo hidalgo...”235. También fue iniciativa de Zañartu levantar el Convento del Carmen de San Rafael, precisamente frente a su quinta, en terrenos que remató a la familia Hinestroza en 1764236. Allí internó (en circunstancias que han generado mucho chisme calumnioso y leyendas siniestras) a sus hijas Teresa de Jesús y María Dolores, nacidas en 1761 y 1762, respectivamente237. En el mismo año en que adquiría el sitio para el convento, había enviado a España y de manera reservada un informe donde hablaba de la conveniencia de fundar un séptimo monasterio para monjas de la vida contemplativa, aun cuando en la ciudad 233 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 6). 234 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 7). 235 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 174). 236 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 8). 237 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 8). Agrega allí el autor que “Doña Teresa profesó de 16 años, en 23 de octubre de 1777, bajo el nombre de Sor Teresa de San Rafael, y doña María lo hizo de la misma edad, en 13 de junio de 1779, con el nombre de Sor Dolores de San Rafael. Ésta murió en 1801 y aquella en 1848”.

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rondaban sólo unos 20 mil habitantes, según él mismo lo señalaba. Sin embargo, no bien llegó el rumor de este interés a oídos del Ayuntamiento, dos de sus miembros saltaron como heridos por el rayo e hicieron llegar hasta España su total desacuerdo con este propósito, desvirtuando los argumentos del Corregidor. A pesar de ello, Zañartu logró imponer su voluntad y Carlos III extendió una real licencia en el Claustro de San Lorenzo, el 23 de julio de 1766, para construir otro monasterio en Santiago de Chile238. Así, merced de su insistencia, influencias y poder económico, el Corregidor instalaba la primera piedra del convento, por singular paradoja, el mismo día de la expulsión de los jesuitas: el 27 de agosto de 1767. Acto seguido, destinó a sus hijas como fundadoras y residentes. Un detalle importante de este trámite es que, al ingresar ellas al claustro en octubre de 1770, ambas niñas manifestaban vocación voluntaria “no obstante su tierna edad” y “desde mucho tiempo antes que se trasladasen a él las madres fundadoras”, según se constata en un certificado del Notario Mayor de la Curia, don Nicolás de Herrera, fechado el 29 de enero de 1777 (revelado más de 90 años después por Vicuña Mackenna), respaldado también en un informe del Defensor de Menores Doctor Martín de Ortúzar239. La expuesta información, si para algunos testarudos quizás no constituya un desmentido al tozudo mito histórico de que Zañartu forzó el ingreso de sus hijas al convento -por estar en juego quizás la voluntad de niñas contra la de un hombre poderoso e imperativo-, será al menos una legítima sombra de duda sobre la terca leyenda negra que los adversarios del Corregidor han hecho correr hasta nuestros días, insistiendo en el enclaustramiento forzado de las infantes y que el convento prácticamente fue creado para sostener esta reclusión. Pero no por alguna clase de entusiasmo en esta revisión del mito de Zañartu, podemos ponerle las alas y fulguras de ángeles a su estatuilla. El esfuerzo y el tesón demostrado en la hazaña de haber logrado instalar un nuevo claustro en una ciudad pequeña y baladí, de escasos habitantes y donde había más iglesias que en muchos poblados infinitamente más grandes y saturados de las tierras indianas, fueron un anticipo de la capacidad que iba a demostrar poco después para sacar adelante una de las obras más difíciles que se hayan levantado en la ciudad a lo 238 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 200-201). 239 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 204).

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largo y ancho de su historia, llegando a recurrir para ello al golpe del garrote y, cuando no, al tiro de fuego, los lenguajes que el Corregidor siempre dispuso para los elementos más bajos y decadentes de la sociedad a su cargo. Pese a su holgada situación, Zañartu había hipotecado casi toda su fortuna en el monasterio, incluyendo su quinta ubicada en todo el terreno que después sería de la Población el Arenal y Ovalle240, de la que haremos caudal en su debido momento. “La quinta del Corregidor hacia el poniente de la vereda –escribió Sady Zañartu- estuvo siempre acorralada por sujetos que intentaban asesinarlo a una vuelta de la esquina y todo era visión de espanto de que nunca lo hallaban sino en el momento preciso que estaban haciendo un daño mortal. Por eso quedó su nombre acechando los bastiones del puente hasta después de sus días, que no fueron largos por el exceso de trabajo que se diera para levantar el gran barrio actual, mucho antes de que aparecieran los demoledores de casas y quintas”241. Tras fallecer su hermosa y joven esposa María de Carmen Errázuriz, y ya enclaustradas sus hijas, Zañartu se quedó viviendo solo, lo que parece haberlo vuelto más huraño y adusto, haciéndose casi un ermitaño peligrosamente armado de una alianza aterradora en la personalidad del ser humano: carácter irascible y poder. Su visión sobre los delincuentes y los prisioneros fue particularmente feroz, algo temible para la comunidad presidiaria de entonces. En abril de 1780, por ejemplo, a propósito de la refacción de la Cárcel Pública que él presidía, llegó a declarar sin sutileza alguna que, en lugar de levantar murallas, era mejor gastar recursos en grilletes “porque estos hacen invencibles las cárceles”242. Así pues, con el estricto Morales ya al mando de la Gobernación, Zañartu no tendría oposición significativa por sobre su cabeza para aplicar la política del grillo, extendiendo su fama por toda la capital. Su leyenda quedó, en este período, marcada a hierro candente sobre la sociedad santiaguina. En una colonia dominada por la inmoralidad, el robo y la borrachera, irrumpió desde su quinta chimbera precisamente en el seno de este refugio para el decaimiento de la plebe. Brotó 240 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 8). 241 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 357, julio de 1963, Santiago, Chile, artículo “La Cañadilla y el barrio del Arenal”. 242 Actas del Cabildo de 1780, citadas en “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 178).

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como la ira divina que antes había caído sobre las corruptas ciudades del Viejo Testamento, o quizás como la revelación apocalíptica al final del Nuevo. La política radical de su régimen de progreso fue una sola: castigo implacable. La persuasión la hace el chicote y el escarmiento lo garantiza el látigo. Gastarse en buenas palabras no era lo suyo, sino los hechos consumados del azote. Al asumir después y con más dureza aún la Gobernación don Agustín de Jáuregui y Aldecoa, éste decidió mantenerse también inflexible frente al combate de la delincuencia y la corrosión del pueblo golpeado por los continuos homicidios y los vicios que se propuso extinguir de raíz, para lo cual hizo colocar un patíbulo para azotes precisamente al centro de la plaza mayor, hacia 1773, donde iban a parar por ejemplo, todos los que fueran sorprendidos portando cuchillos con un humillante paseo a lomo de burro y trabajos forzados incluidos en el boleto de vacaciones penales. Además, hizo construir un extraño instrumento que se mantuvo incluso hasta tiempos republicanos, conocido como el “carretón de los borrachos” en el que, tirado por bueyes, funcionarios del cabildo iban echando arriba a los ebrios que quedaban tirados como muertos en las calles de Santiago para presentarlos ante la autoridad castigadora, una vez que volvieran en sí243… Confesamos que, a ratos, se echa de menos un instrumento de este tipo para la actual ciudad. En este amplio período y campo de acción despótico pero de gran eficacia, Zañartu dio cómoda rienda libre a su aspiración de que todo aquello que no esté prohibido debe ser obligatorio, y puso restricciones incluso en la venta de pescados, limitándola sólo a las pescaderías establecidas e impidiéndose esta clase de ofertas en el comercio puerta a puerta, el 7 de marzo de 1775244. Se sabe que cuando alguien no complacía de inmediato sus órdenes o bien cuando alguna de sus exigencias se viera bloqueada por problemas inesperados, el Corregidor saltaba poseído de una furia incontrolable, armando berrinches increíbles, en los que pateaba, golpeaba muros, se jalaba los cabellos y alborotaba todo y a todos los que estuvieran hasta varios metros a la redonda, en el radio de peligro de sus incontenibles iras, atropellando lo que encontrara a su paso, vivo o inerte. Tan conocidos eran estos arrebatos de su carácter que el pueblo, siempre ingenioso, comenzó a exclamar “¡Es un Zañartu!” para referirse a niños o adultos que montan fácilmente el cólera, pataletas o en ataques de rabia, costumbre popular 243 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 209-211). 244 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 214).

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que perduró más de un siglo245. Invocarlo sirvió también como amenaza para los porfiados, desobedientes o adictos a la vagancia, pues si no rectificaban conductas a tiempo, se les podría aparecer el Corregidor precisamente a eso: a “corregirlos”. Zañartu fue, de esta manera, uno de los hombres más temidos del país. A pesar de su maravillosa contribución al desarrollo de Santiago, veremos que gran parte de la comunidad santiaguina, más una fracción de las masas instigadas por sus enemigos entre la aristocracia y hasta sus propios vecinos en La Chimba (el barrio más beneficiado por el puente que habría de levantar), no perdieron un día sin gastarlo difamando los escasos años que le quedaban al cascarrabias Corregidor y, después de eso, en demonizar su memoria, obsesión que todavía se repite en algunas páginas y publicaciones.

El Corregidor Zañartu, en dibujo a base al grabado de J. M. Blanco publicado en el libro “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto” de Justo Abel Rosales (1888). 245 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 7).

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Diorama de la construcción del puente en las vitrinas informativas de la Estación Metro Puente Cal y Canto, hecho por el artista Zerreitug.

¡Se necesita un puente sólido! Sucedía por entonces que la constante destrucción de los puentes y pasos del Mapocho por las crecidas del río, estaba fastidiando a las autoridades de la época que no veían otra salida fuera ya de la construcción de un paso sólido que permitiera no sólo mantener la comunicación constante entre los dos lados de la ciudad cortada por el caudal, sino también para proteger a la capital chilena de las avenidas del mismo. El Corregidor Zañartu estaba especialmente complicado por esta situación, casi hasta arrebatarle el sueño, por lo que no trepidó en buscar una solución eficaz y definitiva sin escatimar costos. Sólo un plan colosal podía implementarse como salida al problema. Se creía en la Colonia que nada podría ser peor que la inundación de 1748, que había destruido todos los tajamares y el Puente de Ladrillo, como hemos visto, además de arrancar de cuajo los frondosos árboles que hacía poco había instalado el Marqués de Obando en la Alameda Vieja, avanzando las aguas hasta La Cañada de la futura Alameda246. Fue en este escenario que Ortiz de Rosas decidió reconstruir los sistemas de tajamares que iban desde la separación del Mapocho con La Cañada, por allá donde estaba la Quinta Alegre, hasta enfrente del terreno del Basural de Santo Domingo.

246 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 114-115).

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Sin embargo, los empeñosos trabajos y la dedicación puesta en los nuevos tajamares no pudieron evitar que quedara la ciudad con un peligroso talón de Aquiles que comprometía la seguridad de toda la población, según Vicuña Mackenna: “…no obstante las lecciones de ruinas anteriores, el error capital de dar a las murallas cimientos muy someros en el lecho inseguro del río, y de aquí vino que la avenida subsiguiente de 1783 derribó paños enteros de la sólida muralla sin dislocar siquiera sus bien trabadas piedras, solevantándolas desde su base”247. Aun antes de la peor catástrofe del Mapocho (que ya veremos), el albur de desgracia que debió soportar la administración de Ortiz de Rosas enfrentó al fatídico terremoto de 1751, que destruyó Concepción y, no contento con sacudir las casas hasta sus cimientos, le arrojó encima un maremoto de proporciones. El temblor alcanzó a sentirse en la capital, pero sin grandes consecuencias. El 7 de noviembre de 1764, el Mapocho volvió a advertir de su ánimo e intenciones a la ciudad de Santiago, regalándole una nueva riada248, aunque mucho menos terrible que la anterior y que parecería apenas una salida de protocolo comparada con otra que se venía acercando en las malévolas hojas de la historia. Para peor, la colonia se vio afectada un par de años después por los pesados impuestos y estancos al tabaco que Fernando VI había cargado a favor de Lima, cuando ésta había entrado en decaimiento económico después de perder el monopolio de las flotas. Por entonces, el consumo de este producto era uno de los hábitos más tradicionales y frecuentes de la modesta población chilena, por lo que la medida resultó un grave perjuicio para su sociedad249. Pocos años después, en 1767, eran expulsados los jesuitas; y al año siguiente, un 24 de agosto, fallece el Presidente Antonio de Guill y Gonzaga. En definitiva, así estaban de complicadas las cosas en esos mismos momentos de gran vulnerabilidad de la ciudad de Santiago, frente al comportamiento impredecible del río Mapocho. 247 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 115). 248 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 168). 249 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 116).

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En realidad, el Corregidor Zañartu no estaba lejos del sentir popular con su desagrado sobre los puentes y pasos menores que se iban arrastrados como patos muertos en cada una de las riadas del Mapocho y que, sumando construcciones y reconstrucciones, ya le habían costado bastante a la administración colonial como para continuar en semejante problema sin pretender materializar soluciones definitivas. -

¡Se necesita un puente sólido, uno de verdad! –estaba en condición de reclamar entonces el voluntarioso vizcaíno, en su prodigiosa condición de casi reyezuelo y tiranillo de la ciudad.

Fue así como nació el proyecto del Puente de Cal y Canto, cuyos preparativos de construcción comenzaron ya en 1764, precisamente el año en que se produjo otra desastrosa inundación del Mapocho, ¡y en pleno verano! De esta manera, el 20 de marzo el Cabildo había llegado a la siguiente decisión dando pie al proyecto: “…que respecto a estarse dando principio a juntar los materiales para la fábrica de la obra del puente del río, y que siendo preciso, como se tiene proyectado, formar dos tajamares que, en forma de canal, recogida la agua la entre a los ojos del puente y que por este motivo quedarán a la ribera del río más varas de sitio que las que al presente hay, las cuales se tienen tomadas los vecinos a dicha ribera de uno y otro lado; que para precaver este inconveniente se les notifique a todos los dichos vecinos desde el basural de Santo Domingo para arriba que exhiban los títulos y escrituras que tengan de sus solares, con apercibimiento que se declararán por de propios conforme a la Real Cédula de concesión que tiene esta ciudad para sobrantes de tierras”250. Ésta parece ser la primera acta del Cabildo de Santiago que evidencia los preparativos para la construcción del futuro Puente de Cal y Canto, y aparece firmada por el Corregidor Zañartu y los cabildantes Pedro Gregorio de Echeñique, Diego de Armida y Miguel Pérez Cotapos. Con este documento se advierte que, al contrario de lo que algunos de sus muchos enemigos quisieron imputarle años después, la decisión que al fin puso en marcha la construcción del puente fue tomada no por Zañartu, sino por todo el Cabildo de Santiago que presidía. Y, a partir del 20 de julio de 1765, se puso a pregón el llamado a la dirección de la obra, durante nueve días; pero al no haber respuesta ni presentarse interesados, ésta fue

250 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 10).

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colocada en las manos del propio Corregidor, que la asumió sin alguna remuneración extra251. Zañartu comenzó a demostrar, entonces, el compromiso que tenía directamente con el desarrollo de esta monumental obra arquitectónica, sobre la cual quería estar observando el avance de manera permanente, cual demonio atento a los tormentos infernales de almas condenadas al calvario de materializar frente al terreno del basural del Mapocho esa tremenda estructura que hasta entonces sólo existía en los planos del ingeniero catalán José Antonio Birt. Zañartu había presentado con elogiosos comentarios el proyecto, el día 7 de junio de 1767, siendo aprobado sin observaciones por el exigente Cabildo252. Lo anterior confirmaría que los trabajos del puente no habían comenzado aún en ese momento, según comenta Justo Abel Rosales refutando a otros autores como Barros Arana, quien aseguraba que las faenas se iniciaron el día 5 de junio; o como Vicuña Mackenna, que da la fecha del 6 de septiembre, también equivocadamente según anota Rosales “pues ese día sólo se comisionó a Zañartu para entender en la construcción, porque hasta entonces sólo se había encargado de la preparación de los materiales”253. Estos datos también corregirían las afirmaciones de otros autores más contemporáneos, como Alfredo Benavides, que señala la fecha del 22 de septiembre de 1772 como partida de las faenas254. Según consta en documentos del Cabildo fechados entre 1764 y 1767, las primeras obras de preparación de materiales se iniciaron con 80 reos acollarados de a dos por los pies, obligados a trabajar en las labores de canteo rocas para la venidera construcción del puente, en el Cerro de Monserrat, hoy Cerro Blanco de Recoleta255, suponemos que con muchos canteros profesionales allí presentes256. 251 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 178-179). 252 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 10). 253 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 11). 254 "La arquitectura en el Virreinato del Perú y en la Capitanía General de Chile", Alfredo Benavides Rodríguez. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1988 (pág. 206). 255 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 9-13). 256 Una exposición y charla del historiador cantero Rolando Abarca Plaza, del pueblo de Las Canteras de Colina, nos ha dejado convencidos que el trabajo del Cal y Canto requirió necesariamente de expertos canteros durante todas faenas, pues hubo obras en toda la construcción del puente que,

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Aunque estas labores estaban a cargo de Tomás de la Roca, el Corregidor Zañartu ya se presentaba personalmente en cada jornada para vigilar obstinadamente todo. Está demostrado que todavía estaban en estas actividades preliminares el día 9 de octubre. Este dato es otro de los expuestos por Rosales para revelar lo impreciso de la anotación de Vicuña Mackenna257 cuya fecha ha sido, aparentemente, la más consultada y repetida entre los escritos relativos a la historia del Puente de Cal y Canto. Como el mismo documento con esta fecha apuraba las faenas para que empezara a construirse el puente, se puede suponer entonces, que los trabajos habrán comenzado recién hacia mediados de ese mes y no antes. Doscientos reos y vagabundos encadenados eran obligados al trabajo, armando el puente bajo la atenta e ineludible mirada de fuego del Corregidor, además de amedrentados por los látigos o los garrotes. Esta situación llegó a tener ribetes controversiales, pero la voluntad implacable de Zañartu, enemigo incandescente de la delincuencia callejera, no echó pie atrás ni ante denuncias, ni ante amenazas258. “Don Luis de Zañartu –informa León Echaíz repitiendo la errata sobre la fecha de inicio de faenas-, Corregidor de Santiago, inició su construcción en septiembre de 1767, con el ímpetu, la frialdad y la decisión inquebrantable que le eran características. Sin inhibiciones de ninguna clase utilizó los “propios”259 de la ciudad y gran parte de la “Ramo de Balanza”, que pertenecía a la Corona, para financiar la obra. Con los planos del Ingeniero José Antonio Birt se fueron realizando los trabajos en un ambiente de rígida disciplina y de terror”260. Para mantener a los trabajadores forzados en disciplina y a falta de un campamento, Zañartu ordenó construir una cárcel provisoria junto a la vega del río simplemente, no podrían haber sido ejecutadas por meros reos o prisioneros sin la experiencia de trabajar en las rocas. Abarca se encuentra trabajando en un libro propio que rescatará el valor de los canteros chilenos en ésta y en todas las grandes obras arquitectónicas o ingenieriles de la historia de Chile, brindándole la merecida justicia en la memoria histórica a estos trabajadores tan poco cotizados por la historiografía oficial. 257 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 176). 258 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 177). 259 Los “propios” correspondían a impuestos cobrados directamente por el Cabildo. 260 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 94).

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Mapocho, aproximadamente en el sector que después ocuparán los corrales de la Compañía del Ferrocarril Urbano para guardar sus carros de tranvías y que ahora es parte del complejo del mercado de La Vega Chica. Ése sería el hotel de los rufianes y patanes que Zañartu condenaría a la desgracia de trabajar en el puente. Las obras se planificaron divididas en secciones, cada una con un maestromayordomo, sus presidiarios y sus guardias respectivos. Como hemos dicho, De la Roca se encargaba de los trabajos de cantería, haciendo loas a su propio apellido. La obra de herrería quedó en manos de Francisco Cortés, que era un negro esclavo. La albañilería, inicialmente, quedó pendiente de contar con un director propio261. Había comenzado –así y sólo entonces- la construcción del Puente de Cal y Canto.

El temido observatorio del Corregidor Para poder permanecer cerca de las faenas de construcción de la que sería su magna obra ante el juicio de la historia, el Corregidor Zañartu hizo levantar una casa al final del sendero que iba a ser llamado Calle del Puente (denominada así precisamente por el Puente Cal y Canto, como hemos dicho), procurándole a esta residencia un altillo desde el cual vigilaba diariamente la construcción de su grandioso proyecto, si es que no se encontraba en el sitio mismo de trabajos. A veces, Zañartu se hacía acompañar allí del ingeniero del proyecto, casi sin quitarle la vista a la obra que terminaría consagrándolo en el alto recuerdo de la ciudad, pero que también consumiría sus últimos años de existencia. Esta casucha que tenía por mirador, era de aspecto rústico: una típica morada sencilla de tiempos coloniales tardíos, de adobe y altos techos de tejadillo con dos aguas. Destacaba esa ventana con balconete del segundo piso y el portalón en la fachada. Por ahí asomaba insistentemente el Corregidor, incapaz de distraerse un minuto siquiera del proyecto de levantamiento del puente. "Allí se encaramaba en las tardes a contemplar con sus catalejos los diferentes trabajos, siguiendo con apasionamiento las incidencias de los picadores, herreros y albañiles" -escribe Sady Zañartu262. Constituyó, además, el trono enmarcado desde donde el Corregidor puso en práctica la famosa sentencia de Ovidio, respecto de cómo la grandeza excesiva

261 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 12) 262 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile - 1975 (pág. 98)

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exige infundir terror. Con frecuencia, gritaba instrucciones desde esta ventana, especialmente cuando se trataba de castigar a palos o palmetas a los infelices que desobedecían el trabajo forzado o que pretendían rebelarse. Si los reos más audaces no terminaban en el hospital, iban a parar directo a alguna fosa de los precarios cementerios. Así, Zañartu era tan temido que hubo ocasiones en que bastó solamente con que se asomara por allí con el rictus de su rostro enfurecido, para que trabajadores amotinados desistieran inmediatamente del levantamiento y volvieran asustados y mansos a sus labores en el puente. Otras veces en que escuchó desde su habitación las revueltas o intentos de fuga de los prisioneros, bajó corriendo a sofocarlas arma en mano y sin atisbo de temor o vacilación263. Fue así que una heterogénea masa de trabajadores terminaron participando en la construcción del puente bajo su despiadada vigilancia: negros, blancos, mulatos, zambos, indígenas y criollos. Fue bastante democrático, después de todo: no hubo distinción para ellos en las puntas de los látigos. Hacia 1770, por ejemplo, fueron traídos 28 indios de Arauco para ser forzados al trabajo como castigo a sus actos de alzamientos y agresiones. Incluso figuraban caciques en esta nómina, como Tomás Cuevas de La Imperial, Nicolás Riquelme de Boroa y su sobrino Francisco Allaipán. Cómo habrá sido la humillación que sintieron en tal situación estos innatos guerreros indómitos, que Riquelme no perdió segundo de distracción todos los días sino en intentar zafarse de quienes le mantenían en tan indignante cautiverio, levantándose cada ocasión que pudo y soportando cuanto hachazo, latigazo y garrotazo recibió en el intento. Sólo cuando él y los otros indígenas recuperaron la libertad, el año siguiente, pararon sus desesperados e infructuosos intentos por recuperarla a la fuerza264. Un día de aquellos, se le escapó a Zañartu un negro desde las faenas, corriendo a refugiarse hasta la Iglesia del Carmen de la Alameda, la ubicada al frente del Cerro Santa Lucía265. El asustado prófugo había logrado arrebatarle un pistola uno de sus celadores y corrió desesperado. El Corregidor partió colérico a cazarlo y no se amedrentó al ver que el fugado estaba dentro del templo apuntando el arma con su mano tiritona hacia la entrada del mismo, dispuesto a disparar a sus captores. Por el contrario, pateó las puertas, entró con estrépito y gritó enfurecido: -

¡Apunta bien, negro!

263 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 15). 264 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 15). 265 Conviene advertir que este templo fue la llamada Iglesia del Carmen Alto, en contraparte a la Iglesia del Carmen Bajo o de San Rafael que fue la misma construida en La Cañadilla por Zañartu.

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El pobre desgraciado, aterrado con la temeridad de su captor, no tuvo agallas para disparar y se entregó en el acto. Zañartu se le arrojó encima y lo sacó de una oreja a la calle; le arrastró hasta entregarlo a los soldados y el sujeto terminó siendo ahorcado en la Plaza Mayor, a los pocos días266. Quizás la suerte del infeliz negro fue mejor que la de muchos que aceptaron el sometimiento a los trabajos del puente: cada mañana, muy temprano, los prisioneros eran despertados y bajados hasta el lugar de las faenas. Su única recompensa era un plato de comida, aunque quedaban al debe con la cantidad de apaleos y chicotazos que, seguramente, recibían cada día como parte del menú, unos más merecidamente que otros. Al notar Zañartu que la cantidad de reos forzados al trabajo no le bastaba, tuvo la brillante idea de subir los criterios de penalización (o bajarlos, según el punto de vista) y comenzar a castigar en sus labores a cuanto haragán e infractor encontró en las calles. Empezó por los vagos y callejeros; siguió con los borrachos, pendencieros y jugadores. Al final, los propios patrones castigaban las conductas de sus malos esclavos mandándolos un tiempo de estadías forzadas a la cadena del puente, una de las más temidas condenas de la época, provocando la fuga masiva de los clientes de los garitos, chinganas y tugurios de juergas constantemente allanados por el Corregidor, el que con frecuencia iba de forma personal a la cabeza de sus soldados, para agarrar de las mechas a algún ebrio como olor a combos o algún granuja asechando entre las sombras de los callejones, y jalarlos hasta los trabajos del Cal y Canto, especialmente los días domingos y los San Lunes favoritos de la muchedumbre enfiestada267. Vigilando siempre cada jornada desde su balcón, Zañartu era, a esas alturas, la imagen del cuco, y no sólo entre los niños. Nunca antes y nunca después le ha quedado tan bien puesto a alguien el título literal de corregidor. Es un dato conocido que la arquería del enorme puente quedó terminada en 1778, según nota presentada por Zañartu el 24 de marzo para el Capitán General, y justo cuando el Cabildo comenzaba a tener problemas de financiamiento para poder concluir la instalación de ladrillos y cal. Allí pedía que fueran recogidas las cimbras o arcos de madera sobre los cuales se había construido el puente. A pesar de todo, la obra pudo entregarse bien al uso del público al año siguiente, para

266 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 7-8). 267 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 13-14).

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tránsito a pie y a caballo. La inauguración tuvo lugar el 20 de junio de 1779268. El Puente de Cal y Canto al fin estaba en uso. Una extendida tradición oral traspasada desde hace tiempo a algunos libros de historia, dice que el puente fue construido hasta con 500 mil huevos de gallina o de pavo269 usados para la mezcla que uniría los ladrillos. Incluso han existido recreaciones históricas para la televisión educativa, donde aparecen criollos persiguiendo gallinas callejeras para proveer la permanente demanda de claras de huevos usadas en la argamasa de la obra. Aunque Justo Abel Rosales aseguró que los investigadores de la Biblioteca Nacional don Manuel Antonio Vallejo y don José Manuel Frontona le declararon poseer documentos acreditando esta afirmación270, Gonzalo Piwonka lo considera otro de los mitos que circulan en la historia del Mapocho, argumentando que la mezcla de la argamasa, llamada “zulaque”, en realidad no llevaba claras de huevos sino de aceite de comer, que se usaba para obras hidráulicas en general, además de tapar tubos de cerámica o arcaduces. “Habría sido preciso tener la producción de todos los gallineros de China” para que sea real esta historia, dice el autor con propiedad271. Sin embargo, es preciso recordar que, a la sazón, en Santiago y en otras colonias los huevos abundaban, proviniendo de allí, quizás, el dicho popular del “a precio de huevos” o “andar de huevo” para referirse a valores muy bajos. Tan fácil era disponer de ellos que por acá se los utilizaba hasta lo inverosímil, en toda clase de tareas como lo advierte Rosales, de modo que no es de extrañar que también hayan terminado en la mezcla para pegar los ladrillos del puente, aunque no sabemos sobre su número real. En tanto, ese mismo año de 1779 la autoridad quiso establecer un impuesto especial a la hierba mate de un peso por zurrón, para financiar los servicios del puente y su mantención. Sin embargo, los santiaguinos se levantaron contra la medida e incluso contrataron al abogado Miguel de la Huerta para dejar sin efecto la exigencia de contribución, ya que el producto era otro de aquellos de mayor

268 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 17). 269 Reprodujimos aquí la cantidad máxima que se ha dicho, en este caso por Rosales, porque otras versiones parten de una más “pequeña” de 200 mil huevos que, de todos modos, sigue siendo una cantidad exorbitante. 270 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 20). 271 “Mapocho. Torrente urbano”, Gonzalo Piwonka F., Luis Cornejo B., Miguel Laborde D., Cristina Felsenhardt R. y Mario Pérez de Arce I. Matte Editores, Santiago, Chile – 2008 (pág. 75-76).

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consumo en la sociedad de entonces. Tras un largo pleito, recién en 1790 el Rey desaprobó dicho impuesto ante las insistencias de Huerta272. Después de la inauguración, dos años más demoraría en concluirse el Puente de Cal y Canto. Y sería sólo entonces, más de diez años después de iniciada la construcción, que Zañartu pudo soltar los hombros tras abandonar la casa-altillo que le sirviera de mirador por tantos años de tensiones, angustias e incertidumbres, sazonadas con la pimienta de la ira y el ají de la furia. La última revuelta con los presidiarios condenados al trabajo forzado parece haber sucedido en 1780, según archivos estudiados por Rosales, cuando un temido criminal de la época, Lorenzo Moncada, intentó escaparse con otros cinco reos en una de las varias veces que fue apresado por robos y obligado a trabajar en las obras. En dicha ocasión, se arrojó con sus cómplices contra los guardianes, usando las palas y las piedras de la orilla como armas. Moncada hirió gravemente con uno de estos peñascos al sobrestante Pedro Bravo, aunque éste logró sobrevivir a las lesiones. El criminal fue capturado después de la fuga, condenándosele a ser recluido en Valdivia con trabajos forzados sin sueldo y sólo a ración alimenticia273, suponemos que con su correspondiente cuota diaria de apaleos. Ese mismo año, el maestro-mayor de carpintería Diego de Urbina, fue encargado de retirar al fin las estructuras de madera que él mismo había instalado para la construcción de la arquería. El Cabildo pidió que este material fuera vendido para pagar algunas de las deudas que se mantenían. La tasación realizada por Urbina ascendía a 402 pesos, entrando a remate el 6 de abril de 1780. Las tablas se las adjudicó Juan José Guzmán, y la clavazón Diego Toribio de la Cueva, el Procurador de los Pobres 274. Curiosamente, De la Cueva se volvió, a continuación, uno de los peores enemigos de Zañartu. El 5 de febrero de 1782 presentó una petición para que los reos fueran hospedados en la cárcel pública y no en el puente. Como el Corregidor no atendió su pedido, partió raudo a reclamar a la Real Audiencia, el día 16, donde hizo una acalorada defensa de los presos denunciando su estado lastimero:

272 “Apuntes para la Historia de la Cocina Chilena”, Eugenio Pereira Salas. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1977 (pág. 61). 273 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 15). 274 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 17). La madera fue reutilizada, finalmente, para la construcción de 100 catres en el Hospital de San Borja.

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“Digo, que los implacables gemidos del continuado padecer de estos miserables, que se hallan trabajando a rigor del sol, con una vergonzosa desnudez, mal comidos, enfermos y ultrajados de los sobrestantes; que no pudiendo ya soportar el trabajo por faltarles las fuerzas, les obliga sólo el rigor de la continuación, o a perecer en aquella condena en que se hallan por espacio de más de ocho meses”275. Zañartu respondió ese mismo día con la única defensa escrita que Rosales le reconoce “respecto a su conducta en la obra del puente”, al decir del autor, y donde el despótico Corregidor declara: “…que hace manifestación de dichos autos, por los cuales vendrá V. A. en conocimiento que el Corregidor está sujeto al dictamen de su asesor, quien no ha tenido por conveniente darles soltura como intenta el Procurador de los Pobres, hasta que se haga publicación de probanza, a cuyo fin, y para que corra este expediente a la brevedad posible, ha puesto el Corregidor particular atención, como también a que los delincuentes sean tratados a la benignidad con que se acostumbra en la cadena, dándoles de comer lo que está mandado por el Superior Gobierno con suplemento de su propio dinero, que son tres panes y una libra de charqui al día, con que viven fornidos y lozanos, y no como pinta por idea dicho Procurador de los Pobres. Finalmente, si éste no conociera la realidad de los hechos, se le debería culpar de omiso en no pedir la traslación de estos reos a la cárcel pública, pues en ella se libraría de todos los ultrajes con que se tratan, como si fueran sujetos de particular distinción y mérito y no ladrones públicos dignos del más severo castigo, y se extraña su omisión en disimular que los encarcelados sólo se mantengan con un pan y un pedazo de carne al día, sobre cuyo asunto está el Corregidor persuadido que todos estos delincuentes gustan más de la cadena que de la dura prisión que padecen. Por lo mismo, no hay quien quiera trasladarse de esta obra a los calabozos de la cárcel; pero ya llegó el tiempo en que se verifique con los reos de esta sumaria, aunque sea contra el gusto de ellos, por no haber destino en qué ocuparlos. Que es cuanto tiene que informar a V.A. el Corregidor de esta ciudad”276.

275 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 18). 276 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 18-19). Cuenta Rosales que, según una leyenda, Zañartu participó en una fastuosa cena a la que asistieron importantes invitados e incluso el propio Presidente Benavides. Allí, alguien osó enrostrarle la diferencia entre los manjares que se comían y la alimentación miserable que él

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Esta situación sirve no sólo para que algunos estimen cuán antigua y oportunista es la extraña devoción que tienen ciertos hombres de leyes en Chile por proteger la integridad del delincuente y alejarlo cuanto sea posible del escarmiento, sino también para verificar que el final de los trabajos del Cal y Canto tuvo lugar entre el día 5 de febrero de 1782, cuando De la Cueva hace la primera denuncia por abusos entre la cuadrilla de trabajadores, y el día 16 del mismo mes, cuando Zañartu responde anotando que los trabajos ya culminaron. Según Rosales, el día aquel debió ser el 11 de febrero de 1782, pues era costumbre de época hacer inauguraciones y fiestas el día sábado dado que, en los domingos, seguiría la celebración hasta los ya vistos San Lunes277. Al ver inaugurada la obra de tantos años, el controvertido Corregidor se había retirado a su quinta de La Cañadilla a pasar los pocos años que le quedaban, los que vivió eternamente enfrentado con sus vecinos, con quienes parece haber tenido siempre una mala relación278. Por extraña coincidencia, Zañartu falleció sólo dos meses después de formalmente concluidas estas faenas, siendo sepultado junto a los restos de su mujer en la Iglesia del Carmen de San Rafael. Un extraño mito dice que habría fallecido con la inundación de 1783 que destruyó su antigua quinta, pero vemos aquí que el ex Corregidor murió el año anterior, a pesar de que la leyenda ha sido acogida incluso por algunos libros de historia279. Para entonces, la casita de sencillo balcón junto al río ya no figuraba entre sus posesiones, pues no aparece mencionada en la tasación de sus bienes que se hizo en 1784280. La histórica construcción que fuera su observatorio, no sobrevivió hasta nuestros días, pese a haber sido una reliquia y testimonio histórico de uno de los episodios daba a los presos en la cadena del puente. Zañartu ya esperaba ser enfrentado a este argumento así que, tras responder sobre lo bien que comían los reos, habría hecho llamar a sus sirvientes para que cambiaran los platos de todos los presentes por el mismo que daba a los infelices: charqui en un caldo oscuro con papas rancias y hasta con gusanos. Obviamente, la fiesta habría culminado en un escándalo en ese mismo momento (pág. 25-26). 277 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 15). 278 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 23) 279 Como evidencia de este vicio y en prenda de demostración, advertimos que aparece erróneamente validado también en la página 443 del Tomo I del trabajo “Historia General de Chile” compilado y recopilado por Carlos Fortín Gajardo (Ed. Pedro Medeiro y Cía., Santiago, Chile – 1967). 280 La lista aparece también en “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 19-20).

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más importantes de la ciudad de Santiago. A pesar de la existencia de fotografías de la fachada de la casa y que ésta aún estaba en pie a principios del siglo XX281, la ubicación exacta ha sido información un tanto imprecisa en algunas fuentes, aunque está bien indicada y documentada en otras. No ha faltado, inclusive, quien la ha confundido con la Posada del Corregidor Zañartu, en la ya mencionada Esmeralda, la colorida ex Calle de las Ramadas282, producto de una asociación artificial y deliberada con el personaje que tendremos tiempo de explicar con mayor detalle más adelante, en este mismo trabajo. El dato más preciso de su ubicación se nos aparece reportado por el mismo Rosales, nuestro gran informador en estos asuntos: la dirección era Calle de Zañartu Nº 6, por el lado que toca hoy con paseo Puente y avenida General Mackenna283. Por cierto que Zañartu es un nombre que heredaría este callejón ahora llamado Aillavilú, precisamente por la marca histórica e imborrable que dejó en él la presencia del altillo del Corregidor. Claro que en aquel entonces, esta calle era sólo un sendero salido desde el actual sector del mercado, y se encontraba más bien en el límite de lo que sería un paisaje urbano de la ciudad de Santiago, a pesar de que ésta ya habría crecido notoriamente hacia los barrios de La Chimba284. Existe una placa negra de diseño con evocación colonial que recuerda sobre el muro oriente del actual edificio allí levantado, perteneciente a los arquitectos Cruz Montt y Dávila285, la pasada presencia del Corregidor Zañartu en el lugar, con su respectivo escudo de armas familiar: 281 “Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles”, Luis Thayer Ojeda. Librería, Imprenta i Encuadernación de Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1904 (pág. 24). 282 Por alguna extraña e inexplicable razón, por ejemplo, el investigador Manuel Peña Muñoz parece caer en este engaño en su excelente trabajo “Los cafés literarios en Chile”, Ril Ed., Santiago, Chile – 2002 (pág. 120), al creer que la casona de Esmeralda fue, efectivamente, la casa del Corregidor. 283 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 12) 284 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág 97-98). Dice Zañartu allí también, que esta calle hacía "esquina con el rancherío riberano, antes de llegar a San Pablo”. Agrega que la vieja casa lucía aislada en el entorno semi-rural de este sector de la ciudad. Cabe añadir que Aillavilú conserva hasta hoy un carácter popular de entretenimientos y jolgorio, como el local solariego de "La Piojera", frente a cuyo antiguo terreno se habría encontrado la casa del Corregidor. 285 Nos referimos al edificio de los arquitectos Alberto Cruz Montt y Roberto Dávila, levantado en 1928 en la cuadra comprendida entre las actuales calles General Mackenna y Aillavilú, dando la forma a la característica esquina de esta conjunción de calles con Gabriel de Avilés, con una planta baja destinada al comercio y las superiores de carácter residencial. Está justo encima de donde estaba la casa. Ambos arquitectos también tuvieron participación fundamental en las remodelaciones realizadas por esos mismos años en la Posada del Corregidor, de calle Esmeralda.

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EN ESTE MISMO SITIO EXISTIERON HASTA 1926 LOS ALTILLOS DEL CORREJIDOR ZAÑARTU Se sitúa esta placa por el lado de la cortísima callejuela llamada Gabriel de Avilés, junto a calle Puente y que une General Mackenna con Aillavilú en muy pocos metros, por lo que puede tratarse, quizás, de la calle más corta de toda la parte central de Santiago y quién sabe de cuántas otras categorías. Como tantos otros detalles interesantes de la ciudad, sin embargo, esto pasa prácticamente inadvertido y pocos conocen de su existencia como calle independiente de las mencionadas. Incluso hay quienes la llaman callejón de los colectivos, por existir desde hace tiempo un grupo de vehículos taxis y colectivos que allí hacen parada. Hoy, sólo la imaginación y la creatividad de uno que otro dibujante, servirán para suponer la vista que el nervioso y arrebatado Corregidor Zañartu habría tenido desde su ventana en la casita de Aillavilú, mirando sin parpadear la construcción del Puente de Cal y Canto desde ese desaparecido altillo.

El Corregidor Zañartu vigilando la construcción del Cal y Canto desde la ventana de su balcón en la casa-altillo. Basada en la imagen de portada de “La sombra del Corregidor: novela de los tiempos coloniales”, de Sady Zañartu, dibujada por el artista A. Bustos.

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La desaparecida casona con altillo de la actual calle Aillavilú, desde cuyo balcón el Corregidor Zañartu vigilaba atentamente la construcción del Puente de Cal y Canto. Imagen hoy disponible en las colecciones del Museo Histórico Nacional y publicada también en el portal internet Memoria Chilena.

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Placa histórica colocada en el edificio de Alberto Cruz Montt y Roberto Dávila que hasta ahora ocupa la ubicación de la antigua casa del Corregidor Zañartu, en Aillavilú (ex Calle de Zañartu) con Gabriel de Avilés, junto a General Mackenna.

Un bandolero apodado “El Brujo” Mientras se construía el Puente de Cal y Canto, una figura tanto o más temida que la del propio Zañartu se erigió proyectando su sombra sobre una ciudad que, sin embargo, no tardó en convertirle en un rufián-héroe, de la misma manera que una generación posterior de bandoleros como Benavides o Los Pincheiras experimentaron también casos de esta extraña mistificación idealizada sobre su recuerdo.

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La historia de Pascual Liberona comienza con la formación de los poblados suburbanos de Las Hornillas que, como hemos visto, corresponden a la actual avenida Fermín Vivaceta. Estos territorios allá al otro lado del río, donde la quinta de Zañartu era un verdadero oasis, tenían fama de bastión impenetrable para la autoridad, sirviendo de refugio y dominio para algunos de los más temidos rufianes que se conocieron en la Colonia y entre los que, sin duda, destacó de manera especial Liberona, más conocido como “El Brujo” por lo escurridizo y por su velocidad para cometer sus fechorías y echarse al vuelo. Según su propia leyenda, Liberona vivía con ciertas comodidades en su hermética barriada, poseyendo un buen fundo en Colina y una residencia en Las Hornillas, de estilo casa señorial286. También hay noticias de que tenía otra casa refugio junto al Cerro Santa Lucía, donde nunca fue molestado por las autoridades287. Sus aventuras delictuales comenzaron hacia 1780, o al menos a partir de ese año se hicieron famosas288. Con el pretexto de salir a comprar animales al campo, se aventuraba en el barrio Norte del río y más allá, hasta las proximidades de la cuesta Chacabuco. De día, ante la luz pública y bajo los rayos del Sol, era conocido como don Pascual: hombre galante, refinado y dotado de cierta elegancia ante sus pobres vecinos. En cambio, en las noches o cuando iniciaba sus correrías, se volvía un cuatrero, asaltante y abigeo sin escrúpulos, capaz de cometer violencia y derramar sangre si fuera necesario. Liberona asaltó a comerciantes, caravanas y ganaderos que se movilizaran por el sector cordillerano, especialmente entre los pasos del Aconcagua y Mendoza para el comercio entre ambos países, por la vía de la secular Cañadilla. Hacia 1793, comenzó a atacar también a grandes comerciantes de la capital, lo que definitivamente le dio una fama popular que serviría de simiente para su idealización, aunque no tuviese mucho de Robin Hood en realidad. En una ocasión, “El Brujo” habría interceptado un envío de doblones de oro desde Mendoza para pagos comerciales, apoderándose de toda la carga. En otra, rescató en caballo a un socio de tropelías desde la prisión, disfrazándose de mujer y 286 “Responso para un bandolero”, Enrique Volpe Mossotti. Lom Ed., Santiago, Chile – 1996 (pág. 62). 287 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 149). Dice también que la casa que se presume suya allí, sería la que muchos creyeron erróneamente la primera residencia de don Pedro de Valdivia, en la ex Calle de los Patos, haciendo esquina con la actual Lastarria donde están la Iglesia de la Vera Cruz y el solar vecino. Se especula que Liberona habría sido su constructor, pero mucha de esta información es un tanto incierta y poco demostrable. 288 Revista “Araucaria de Chile”, N° 36 cuarto trimestre 1986. Madrid, España. Artículo “El bandolero chileno del siglo XIX. Su imagen en la sabiduría popular” de Maximiliano A. Salinas.

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llegando a buscarlo a la cancha del río Mapocho donde habían sido enviados a trabajar los reos. Horas antes, él mismo había llegado vestido de fraile al presidio para acordar el plan de escape con el rescatado, por lo que su formidable y exitoso engaño fue doble. Y es que Liberona fue maestro en los disfraces y el camuflaje: se ocultaba un día entre los que cargan en andas una procesión; y en otro entre los guardias escoltas del Presidente289. A diferencia de otros delincuentes más toscos y menos sutiles, sin embargo, Liberona sabía de sofisticaciones: además de su pandilla, contaba con informantes y encubridores, con lo que se procuró impunidad por tantos años y a tan escasa distancia de los edificios sedes del poder. “Era un tipo de romance –sentencia Sady Zañartu- que, en medio de sus temeridades sanguinarias, sabia usar maneras finas y corteses como las de un caballero de raza”290. Empero, esta confianza y temeridad fue lo que, a la larga, le jugaría en contra. En una ocasión, desafió a su enemigo público el Oidor de la Real Audiencia, don Juan Rodríguez Ballesteros, haciendo colocar en el edificio de la cárcel un cartel con el siguiente mensaje, que habrá sido más que una bofetada a la autoridad: Ballesteros a ahorcar y nosotros a saltear291 Diríamos que su suerte quedó echada con tamaña audacia… Y así fue capturado y ejecutado en la horca de la Plaza de Armas, en 1796292; mismo año por el cual, coincidentemente, se producía la habilitación del sendero desde la margen Norte del río hacia la periferia de La Chimba en el ex callejón Las Hornillas, llevando al fin el evangelio hasta esas comarcas del actual sector Vivaceta. La leyenda del “Brujo” lo ha convertido en un “caballero bandido”, y las historias sobre sus aventuras parecen haber influido en personajes posteriores como José Miguel Neira, el rufián maucho convertido a la causa independentista y aliado de Manuel Rodríguez. Pronto veremos, sin embargo, que la muerte de Liberona estuvo lejos de reducir la presencia de los bandidos en los territorios de la ribera mapochina, particularmente sobre la vida del gran puente. 289 “Geografía del mito y la leyenda chilenos”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 2000, sexta edición (pág. 116). 290 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 149). 291 Revista “Araucaria de Chile”, N° 36 cuarto trimestre 1986. Madrid, España. Artículo “El bandolero chileno del siglo XIX. Su imagen en la sabiduría popular” de Maximiliano A. Salinas. 292 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 49).

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Plano del río Mapocho y del proyecto de tajamares, trazado por el ingeniero Leandro Badarán (siglo XVIII). Imagen publicada en el portal Memoria Chilena (DIBAM).

Vida en el Puente de Cal y Canto, según óleo de Ramón Subercaseaux, con vista desde La Chimba hacia el Sur. Se observan los campanarios de Santo Domingo, la torre del cuartel y la Catedral. La imagen se encuentra en la Colección del Museo Histórico Nacional.

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Postal fotogrรกfica del Templo del Carmen Bajo, hacia 1908.

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PARTE III:

PALEONTOLOGIA FINAL DE LA ERA COLONIAL TARDIA

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Puente de Cal y Canto y el río Mapocho, fotografiados desde La Chimba hacia 1880. Postal de Emile Garreaud correspondiente a una colección particular. Al fondo, la cúpula del Mercado Central.

La larga epopeya del Cal y Canto El puente entregado al servicio público por el Corregidor Zañartu, fue una obra majestuosa que conquistó de inmediato el cariño y la admiración de la sociedad santiaguina. Confeccionado con la influencia del estilo barroco-colonial (del que sería su último gran exponente en Chile) pero con inspiración en la arquitectura funcional romana que no siempre es advertida por quienes han hablado de él, tenía 222 varas de longitud y once ojos-arcos de 11 varas de altura y 9 de ancho cada uno. Su explanada permitía el cómodo tráfico de carros, peatones y caballos293. Inicialmente, las aguas del río pasaron por un claro de 99 varas de ancho; después, liberado el curso del Mapocho, pasaron por 9 de sus arcos, reduciéndose más tarde a sólo 8 al centro, quedando arcos de los extremos totalmente secos294. Los 293 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 19) / “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 94). 294 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 19-20).

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cimientos del puente tenían de 6 a 7 varas de profundidad295. Además, el orgulloso Corregidor había hecho instalar entre un muro que servía de baranda entre el segundo y tercer arco desde el Sur, una piedra cincelada de 90 centímetros alto por 80 de ancho y 29 de grosor296, que actualmente se encuentra en el Cerro Santa Lucía y donde estaba la siguiente inscripción, que el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna hizo dorar en 1872: D.O.M. DON LUIS MANUEL DE ZAÑARTU ENTRE MUCHOS SERVICIOS HIZO ESTE PUENTE AÑO DE MDCCLXXXII Sin embargo, la gratitud de la población no fue proporcional a la soberbia de la inscripción. Azuzadas por los adversarios del Corregidor, las masas de la plebe se cobraron revancha por tantos años de restricciones y amenazas a las licencias de parranda, ratería y libertinaje, haciendo correr el cuento de que Zañartu había despilfarrado el dinero de la ciudad sólo para conectar su quinta chimbera con el resto de Santiago a través del pueblo… Eran los mismos, sin embargo, que cada tarde iban a pasear al puente, o lo pasaban para reventarse en jornadas de fiestas de las chinganas al otro lado, o bien para retirarse a sus propias y flamantes estancias chimberas. Incluso hubo viles acusaciones de parte de oidores que intentaron sentar a Zañartu en la pica de los corruptos, por supuestas apropiaciones de caudales o por haber tratado de cargar la seguridad contra las aguas hacia el lado de La Cañadilla, en beneficio del suelo donde estaban sus terrenos297. Se decía que, por esto último, la parte más expuesta de la ciudad era desde entonces toda la situada en la ribera Sur, afirmación ridícula que no demoró en quedar desmentida con la espantosa riada de 1783, de la que hablaremos luego, y que tuvo la característica de prácticamente destruir La Cañadilla. Ya agotadas las infamias terrenales contra Zañartu, no podían faltar los anatemas sacados de la fértil imaginación criolla, tan hábil para destruir pero a veces tan 295 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 13). 296 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 20). 297 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 178).

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infecunda para crear en positivo. Vinieron así los cuentos de demonios, de aparecidos y de pactos con el diablo. Incluso existe la leyenda de que el Corregidor logró vencer al propio Satanás, desafiándolo a asumir los trabajos de construcción del puente y terminarlos antes de que cantaran tres gallos en la mañana, empresa que el Príncipe de las Tinieblas no logró concretar298. Veremos que el Diablo y sus huestes infernales siguieron penando por largo tiempo más en el Cal y Canto. Luego de ser entregado al público en 1779, estaba pendiente y como gran trabajo en espera, la rampa al extremo Norte del puente, que se terminó en el año siguiente. Pero todavía quedaban algunos detalles inconclusos en la obra tras morir Zañartu, para los cuales el Presidente Benavides nombró a Francisco Palacios como encargado. Inicialmente, la plataforma del puente era limpia y llana, y al contrario de lo que a veces se cree, las garitas cupulares que eran usadas como casetas o kioscos por el comercio fueron agregadas después, pues no pertenecían al conjunto inaugurado en los tiempos de Zañartu299. 200 mil pesos y 15 años de fatigas, angustias y esperas había costado a la ciudad esta majestuosa obra de la ingeniería colonial. Tiene el mérito, además, de haber sido una de las pocas obras de carácter y financiamiento municipal con semejante envergadura, pues, a diferencia de este puente y como lo hace notar Vicuña Mackenna, otras construcciones contaron con asistencia de fondos reales: “La Moneda, la Catedral, las Casas reales, el Consulado, la Aduana, los Tajamares, la Universidad, todos los grandes edificios de la colonia se costearon con fondos extraordinarios o con los diversos del rey”300. Ese mismo año de la inauguración, tuvo lugar otra poderosa riada del Mapocho, pero que sólo fue anticipo de la mayor de 1783. El ritmo de los castigos contra la colonia santiaguina no cesaba: tras la terrible sequía de 1771, en la que se había sacado en procesión a la Virgen del Socorro implorándole lluvia, el 22 de agosto se produce otra inundación, pues parece que la patrona no entendió bien el pedido de agua o bien los fieles no fueron tan claros en el volumen del objeto de sus rogativas. Luego, viene un azote similar en 1774, con nuevo paseo respectivo de la Santa Madre. La burla descarada del clima llega en forma de nueva crecida de 298 “Mitos y supersticiones. Recogidos de la tradición oral chilena”, Julio Vicuña Cifuentes. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1915 (pág. 51-52) / “Leyendas Chilenas”, Jaime Quezada. Ed. Quimantú, Santiago, Chile – 1973 (pág. 11-13). Cabe comentar que una imputación parecida le habría hecho cierta leyenda al Intendente Benjamín Vicuña Mackenna, cuando hermoseó el Cerro Santa Lucía. 299 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 94). 300 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 176).

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aguas en 1779, un 13 de mayo, mismo día conmemorativo del fatal terremoto del siglo anterior. En esa ocasión, el río se salió otra vez de madres atacando la ciudad y destruyendo parte de las alamedas junto al río. La energía de esta última riada había sido suficiente para que el agua superara los arranques de los arcos del puente y casi derribara sus rampas aún no terminadas. Al aproximarse el invierno del año siguiente, el Cabildo de Santiago acordó invertir hasta 6.000 pesos del tan recurrido ramo de la balanza, para construir las palizadas que dirigieron el paso del torrente hacia los ojos del Cal y Canto, evitando así que las aguas golpearan directamente sus bases, según el Acta del Cabildo del 7 de marzo de 1780301. A todo esto, la breve administración del Regente de la Audiencia don Tomás Álvarez de Acevedo (quien había sucedido interinamente a Jáuregui, entregando el mando a Ambrosio de Benavides a los pocos meses), dio otro respiro de crecimiento y bienestar a la ciudad que disfrutaba de su bello puente, al modificar el sistema de cuarteles dentro de Santiago dividiéndolo en cuatro secciones y creando, el 5 de septiembre, una pequeña policía de serenos, además de hacer desaparecer los incómodos pretiles de la fea acequia de San Pablo y ordenar obras en el Puente de Palo, que veremos más adelante, y que se sentó sobre las bases del destruido Puente de Ladrillo que le sirvieron de pábulo302. Durante los tiempos de Gobierno de Ambrosio O’Higgins, el Cal y Canto fue objeto de otras importantes modificaciones, colocándose ripio para mejorar sus rampas y los primeros puestos del costado poniente que servían para el comercio303, aunque veremos luego que contamos con otra fecha a la vista señalando lo que parece ser la instalación de los puestos de albañilería que permanecieron en el puente hasta el final de sus días. Se agregaron también escaños de piedra para el reposo de los visitantes, quienes lo habían convertido ya en un paseo importante para la ciudad, por lo que se ordenó además, subir los muros que servían de pretiles para evitar caídas. También se contrató a don Nicolás Matorras para que despejara el destruido camino de La 301 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 217-218). 302 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 248). 303 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 32). Agrega que las primeras casuchas podrían haber sido instaladas por don Pedro Chacón Morales y a costa suya, según se lo comentó un descendiente.

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Cañadilla. Éste retiró todos los arbustos que allí crecían, construyendo un pretil y una laguna artificial para lavar coches en la salida Norte, al poniente304. Cabe recordar que, para el siglo siguiente, ya eran cuatro los puentes sobre el río Mapocho. Además del Cal y Canto, estaban el Puente de Palo, ubicado frente a la Recoleta, el Puente de los Carros frente a lo que hoy es el Mercado Central, y un cuarto paso pocas cuadras al poniente del Cal y Canto, que fue llamado Puente de Ovalle, frente a la calle de los Teatinos305 y que daba a la altura de la Plaza de San Pablo. Sin embargo, no cabe duda que, de todos ellos, seguía siendo por lejos el más importante de todos, el puente creado por Zañartu. Ya tendremos tiempo de abundar en algunos de estos otros pasos. A pesar de todo, los trabajos de mejoramiento del Cal y Canto tampoco cesaron en aquella centuria. Según Recaredo S. Tornero, por ejemplo, fue en 1803 que sobre los huecos de los estribos de cada arco del borde poniente del Cal y Canto, se construyeron de forma definitiva las famosas “casuchas” o garitas sólidas para establecimientos comerciales. La intención de las autoridades era darle más vida y actividad permanente al puente, ya que en soledad y oscuridad solía volverse un lugar peligroso, ideal para la comisión de delitos violentos306. Todavía en 1869 seguía perfeccionándose al puente, y le fue rebajada su elevación en 90 centímetros, para disminuir la pendiente de sus rampas que, sumadas al largo total, hacían unas 242 varas. En las mismas faenas su pavimento fue arreglado con el sistema Mc Adams307, en base a piedras trituradas o macadamización. La obra del puente fue tan grandiosa que, con el tiempo, borró las sombras y máculas sobre el recuerdo del Corregidor Zañartu. Tras hacer las paces con su memoria, el pueblo comenzó a cantarle al son de sus guitarras la siguiente canción, orgullosa de su extraordinario puente: En el río Rímac un puente tendió Cupido con barandillas de celo y travesaños de olvido 304 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 31-32). 305 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 14). 306 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 119). 307 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 13).

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En el río Mapocho un puente tendió Zañartu con algarrobillo dulce un montón… así de alto308 La alegría del cantor era porque mientras el puente del esplendoroso Rímac sólo tenía cinco ojos y arcos, el del humilde Mapocho ostentaba vanidosamente los once suyos.

La “Gran Avenida” que arrasó al barrio Pero sucedió que ni el Cal y Canto, ni todas las previsiones que habían intentado tomar las autoridades construyendo reiteradamente más tajamares y puentes sobre las ruinas de los anteriores, habrían sido capaces de reunir los esfuerzos necesarios para contener la violencia del castigo que venía en camino ese año de 1783. Fue la prueba más feroz que le correspondió sortear al recién construido puente del Corregidor Zañartu además, cuando cumplía su primer año con los últimos detalles concluidos. Nada logró impedir que fuera en desventaja como llegó la ciudad de Santiago a enfrentar uno de sus máximos exámenes, en su conflictiva relación con la Madre Natura después de los terremotos de 1647 y 1730, con los presagios y anticipos de su desgracia a la vista. Ambrosio de Benavides ya había tomado el cargo del gobierno. Al llegar a la ciudad y ver el dantesco espectáculo de miseria humana, acequias fétidas, los basurales y la ruina general imperante, misma que impresionaba desde hacía dos siglos a todos los gobernadores que venían desde afuera a tomar los destinos de la capital chilena, anotó entre sus tristes primeras impresiones en carta-informe al propio Cabildo, en 1780, una acotación que resultó profética: “Los tajamares de cal y piedra que defienden este pueblo contra las invasiones y avenidas de este río, consta a US. están rotos y quebrantados en varias partes por los daños ocasionados de las soberbias crecientes sobrevenidas de pocos años a esta parte, y que la mayor que ocupa la cama o lecho del rio está superior en altura a toda la extensión del tajamar que defiende y cubre esta población en tal grado que excede de dos varas de altura la que se reconoce en los lomos y bancos que forma el río en lo más de la anchura de su caja, por lo cual hallándose 308 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 356 de junio de 1963, Santiago, Chile, artículo “La barriada del puente”.

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descubiertos los tajamares de esta costa, es manifiesto el peligro de que en una creciente grande se inunde la mitad del pueblo”309. Una avenida más había tenido lugar ese año, el 10 de abril, cuando el Puente de Cal y Canto se encontraba en uso pero no del todo terminado, demostrando ya entonces su capacidad de resistir esta clase de embates. Las aguas provocaron alguna inquietud sobre la seguridad de las rampas y también irrumpieron en parte de la ciudad310, pero ésta todavía no recibía lo peor que podría esperar de su río. Fue así como le tocó otra vez castigo a la capital chilena el año de 1783, cual amenaza autocumplida sobre sus debilidades y vulnerabilidades evidentes, después de engañosos períodos de prolongadas sequías. ¡Hasta un fuerte temblor vino a anunciar la catástrofe que se aproximaba, el 13 de marzo anterior! Las precipitaciones comienzan a llegar copiosamente en el mes de mayo, desatando la furia del Mapocho a partir de una lluvia torrencial que se apoderó del sistema de chubascos el 3 de junio siguiente311. Los temores de Benavides estaban volviéndose reales. Como si ya fuera poco con los presagios, en la víspera del terremoto líquido que encharcó toda la ciudad, las fuerzas del más allá intervinieron proporcionándonos su propia y última advertencia aterradora, en vista de que las señales naturales no conseguían alertar a los santiaguinos. Cuenta así la leyenda que, aquella noche antes del desastre, los ciudadanos vieron con horror cómo pasaba por las calles de Santiago la calesa del fallecido Corregidor Zañartu, con sus caballos y la respectiva guardia de soldados. Fue una imagen espeluznante bajo la lluvia, pues todos los testigos reconocieron el lujoso coche que no había vuelto a ser usado por ninguna otra autoridad desde la muerte del Corregidor. Una vecina que se asomó por la puerta al oír el alboroto del galope, cayó desmayada al distinguir al fantasma de Zañartu en la calesa de caballos infernales, que avanzó hacia el puente y pasó encima de él como si escapara en dirección a su ex quinta de La Cañadilla. Ante la vista horrorizada de otro testigo vecino al monasterio, el carro entró a sus patios para salir tras una rápida visita, causando pavor y el griterío de las monjas al

309 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 250). 310 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 36). 311 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 253).

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interior del mismo312. No obstante, les esperaba a las religiosas un susto aún más terrible, pocas horas después. El ataque del río iba a tener lugar tal cual lo previó don Ambrosio, revelando las falencias del tajamar y de toda la ciudad, siendo conocida como la Avenida Grande o la Gran Avenida, recordada hasta hoy como la más desalmada de todas las riadas que arrojó el brío incontrolable del Mapocho sobre la ciudad que intentaba crecer a sus costados. El día 16 de junio se completaron 226 horas de precipitaciones ininterrumpidas, mientras el Mapocho ofrecía un aspecto oscuro y siniestro desde horas de la madrugada, corriendo con un caudal que llenaba todo su lecho y orillas313. Comenzó el río, de esta manera, a socavar su propia grieta y a arrasar ranchos completos, arrastrando animales, escombros, troncos y los primeros cadáveres que se vieron, hasta hacer estrechos los ojos del Puente Cal y Canto para pasar por él su incontenible furia, llegando hasta el arco de los estribos en lo que debió ser una imagen temible, por la altura que habían adquirido las torrentosas aguas y lo cerca que se encontraban éstas de la aparente seguridad de los curiosos arriba del puente. Y desde el mismo, los más valientes rescataron algunas vidas que venían ahogándose en su caudal. Desbordado y ya derramándose sobre Santiago, arremetió contra los tajamares que habían sido construidos en 1750, volcándolos, partiéndolos o socavándolos en distintas direcciones. 312 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 60). Ésta fue sólo una de las muchas apariciones de Zañartu que continuaron erizando los pelos a los santiaguinos, en los tiempos del Obispo Alday. Corrió también el cuento de que todas las noches un extraño y espectral jinete llegaba al puente desde La Cañadilla y seguía por la calle Puente a trote largo, perdiéndose misteriosamente por la ciudad. Unos decían que era un alma en pena, otros que era diablo mismo, pero la versión más popular especuló que se trataba del propio fantasma del Corregidor Zañartu, a veces acompañado de monstruos y demonios indescriptibles. Se organizaron incluso ceremonias y rezos de un religioso acompañado de su cofradía para espantar del puente a estos seres venidos del Más Allá. Sin embargo, cuando en una ocasión el presbítero rezaba el Magníficat anima mea, un ruido espantoso sonó sobre el puente, como un trueno, haciendo escapar a todos los presentes. Cuatro rotos que bebían por la calle Puente y vieron la escena, partieron envalentonados por el alcohol y sus puñales a dar frente a lo que fuera que había en el Cal y Canto. Uno de ellos tropezó con una caldereta de cobre que habían dejado abandonada los religiosos y entonces, un bulto que se hallaba del otro lado del puente, pareció espantarse con el ruido y huyó en cuatro patas y dando bufidos, perdiéndose en la noche inmensa de La Chimba: el mentado engendro aterrador no era otro que el astuto caballo de don Pedro del Villar, que ya conocía la ruta entre la chacra de su amo en La Cañadilla y la pesebrera de la casa de su dueño en calle Agustinas (pág. 61-63). Así pues, queda claro por qué los terrores sobrenaturales siempre convivieron con el puente, hasta sus últimos días. 313 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 254).

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“Catorce cuadras de malecones –se lamenta Vicuña Mackenna-, que habían costado más de cien mil pesos hacia sólo 25 años, fueron arrasados de esa suerte aquel aciago día”314. El agua golpeó por la parte más oriental de los tajamares, por el sector entre la Chacra de Balmaseda y la Quinta Alegre hasta la altura del Cerro Santa Lucía. Metiéndose por la proximidad del mismo, el Mapocho partió a reclamar otra vez sus primitivos terrenos alcanzando La Cañada315, con lo que Santiago quedó sitiado por ambos costados. La riada destruyó también las llamadas Cajitas de Agua que habían surgido de las innovaciones ejecutadas por el Presidente Henríquez para abastecer a la ciudad, desviándola hacia la Plaza de Armas. A la sazón, las antiguas cajitas se habían convertido en otro lugar de esparcimiento y recreo que formaba parte del paseo de los tajamares, pero que desapareció bajo la brutalidad de la arremetida del río316. Sin embargo, su agresión más violenta fue en el lado del actual Barrio Mapocho y sobre todo en La Chimba, tras desbordarse por ambos lados del Puente de Cal y Canto. El paisaje urbano de la vega mapochina resultó casi totalmente destruido por la energía del torrente, una vez que éste se metió insolente por su prehistórico brazo de La Cañadilla, por la ribera Norte, arrasándola de forma tan profunda que alteró totalmente el aspecto antiguo de este barrio, forjado sobre la huella seca que alguna vez perteneció al río. Casi no quedó a la vista vestigio de estos antiguos rasgos. Incluso la bella quinta del Corregidor Zañartu acabó convertida en un erial de barro. La parte del Llano de Santo Domingo y hacia la Recoleta, fue arrasada también sin misericordia317. La naturaleza no tuvo piedad por sus conventos, ni sus chacras, ni sus humildes moradas de sacrificados rotos y comerciantes pobres.

314 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 254). 315 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 12). 316 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 263). Cabe añadir que las cajitas fueron repuestas muchos años después, en el siglo XIX, e incluso sirvieron de escenario a un macabro descubrimiento en 1923, cuando apareció el torso de un suplementero que había sido asesinado y destrozado por su propia mujer, en lo que se conoció como el Crimen de las Cajitas de Agua, uno de los más famosos de la historia policial chilena. Sin embargo, las cajitas volvieron a desaparecer después, víctimas de los cambios urbanos. 317 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 254-255).

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Mientras, por el Sur, el frenesí destructivo del río penetró por la actual calle Bandera y convirtió en canales torrentosos sus transversales de San Pablo, Rosas y Santo Domingo, para avanzar con toda maledicencia hacia el Llano de Portales que hoy es Barrio Yungay, y desde allí hasta Chuchunco318. En consecuencia, el antiguo barrio de la margen meridional casi pereció ahogado en el encierro de su propio establo, como un potro viejo olvidado en la carga de un naufragio. El saldo fue catastrófico desde ahí: además de destruir una innumerable cantidad de calles y edificios convirtiendo en un lago la ciudad, al arrasar el sistema de abastecimiento de aguas y canalizaciones la población quedó sin acceso al vital elemento. Constituyó, desde muchos puntos de vista, la venganza de todas las venganzas que fue capaz de cumplir el río contra sus cándidos domadores. En La Cañadilla, en tanto, las religiosas del convento de las Carmelitas de San Rafael quedaron casi sin posibilidad de auxilio que no fuera el de orden divino, rodeadas por un angustiante y aterrador mar que arrastraba escombros, rocas y muerte. Una de las monjas del convento escribió en forma anónima319 una dramática relación redactada en verso sobre el desastre, usando las siguientes rimas: La mañana así pasamos, sin saber el detrimento que ya causaban las aguas en la muralla y cimiento, porque nada nos decían, atendiendo el sentimiento, que era regular tener en riesgo tan manifiesto. A la una y media del día, con más que casual intento, subieron dos a la torre, y al correr la vista, es cierto, que cubrió sus corazones 318 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 254-255). 319 En realidad, era Sor Tadea de San Joaquín García de la Huerta, según lo reveló en 1850 don José Ignacio Víctor Eyzaguirre en el Tomo II de su libro “Historia eclesiástica, política y literaria de Chile”. Para más información, ver el completo trabajo de Juan Uribe Echevarría titulado “El romance de Sor Tadea de San Joaquín sobre la inundación que hizo el río Mapocho en 1783”, publicado en el apartado del boletín “Mapocho” N° 3 (Biblioteca Nacional, Imp. Universitaria, Santiago de Chile - octubre de 1963).

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mortal desfallecimiento, viendo que el río arrancaba, los Tajamares de asiento, y con ímpetu batía sin defensa en el Convento320. Tras correr a refugiarse en la iglesia y descubrirla también inundada, las espantadas monjas buscaron protección en el coro, mientras sus sirvientas lograron salvarse momentáneamente de morir ahogadas en tanto seguía subiendo el agua. Como no podían abandonar el claustro sin orden superior, el Obispo Alday se apresuró a enviarles una autorización a través de tres valerosos que se atrevieron a cruzar el puente en estas monstruosas circunstancias. Ayudados del vecino Pedro García Rosales y valiéndose de barretas o chuzos, estos rescatistas lograron abrir forados en las paredes del convento para que tuviera un escape la enorme cantidad de agua acumulada dentro de los muros del recinto y así pudieron entrar jinetes a la iglesia, los que salvaron a las 28 horrorizadas mujeres incluyendo las hijas del fallecido Corregidor, siendo hospedadas por tres meses entre los recoletos domínicos. Aunque el Capellán Manuel de la Puente había logrado rescatar la eucaristía y la custodia, los daños y pérdidas en el templo fueron de gran consideración321. Él es aquel recoleto mencionado en la continuación de los mismos versos revisados: Fue un hijo de San Francisco. Religioso Recoleto: que con agua a la cintura y por las rejas rompiendo sacó Custodia y Viril y las llevó a su convento322. Hacia las 10 de la mañana del día siguiente, 17 de junio, y tras una de las noches más abominables que haya conocido Santiago de Chile, la tormenta cesó al fin y el Sol comenzó a asomar entre las nubes ya saciadas de su fiebre de sudoración destructora. Iluminó a una ciudad sumergida en aguas y horrores, cual Atlántida de 320 “Relación de la inundación que hizo el Río Mapocho de la ciudad de Santiago de Chile en el Monasterio de las Carmelitas, Titular de San Rafael, el día 16 de julio de 1783”. Imprenta del Ferrocarril, Santiago, Chile – 1862 (pág. 6). 321 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 255-256). 322 “Relación de la inundación que hizo el Río Mapocho de la ciudad de Santiago de Chile en el Monasterio de las Carmelitas, Titular de San Rafael, el día 16 de julio de 1783”. Imprenta del Ferrocarril, Santiago, Chile – 1862 (pág. 14).

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Platón pero para cuyo trágico destino bastó no un océano, sino apenas un río. Muchos habían salvado sus vida corriendo a las rocas altas en el peñón del Santa Lucía, desde el cual miraban resignados la destrucción del poblado. Terminaba, así, esta arremetida del Mapocho contra la ciudad, que no tuvo parangón en la historia dificultosa de la relación entre el hombre y los caprichos del río, que es mucho más que un mero accidente hídrico en la geografía. Un millón de pesos en daños fue el desolador estimado de pérdidas. Salvo por el Cal y Canto, el proto-Barrio Mapocho quedó reducido a escombros y lodo. Por largo tiempo, más de un siglo, el nombre de esta Gran Avenida que hoy se nos asocia a una de las arterias más importantes de nuestra capital, fue para los santiaguinos la memoria de un hecho terrorífico y causa de temblor en las piernas. Desde entonces, el legendario urbano rumorea con seriedad que el río Mapocho es un ser vivo, orgánico, dotado de una voluntad capaz de clamar revancha contra seres extraños en su paisaje, por tantos años intentando torcer artificiosamente sus caudales, contener sus torrentes y contaminar sus aguas. El poeta Miguel Serrano, otro amante del río Mapocho y del barrio homónimo, escribió una vez, intentando explicarse esta sacralidad intocable de su vínculo con el valle santiaguino, además de su voluntad propia en el paisaje: “El Mapocho bañó la "tierra de los hombres", de los mapuches. Y en este sitio, donde se instalaría un día la capital de Chile, rodearía con sus brazos al cerro "Huelén". Allí, gente extranjera, desconocedora del sentido profundo y misterioso que guarda la corriente mágica de un río, desvió por primera vez su curso. Jamás el río lo aceptaría, al extremo de poder pensarse que mucho del carácter catastrófico de este país débese a esa profanación, nunca perdonada. Siglos después, el Mapocho se desbordó, volviendo a recuperar su cauce primigenio, la "dirección de su pensamiento original". Sí, porque los ríos son mucho más que una simple corriente de agua, que la ignorancia de algunos hombres contamina y corrompe. Los viejos pueblos lo saben”323. Quizás sea lo más cercano al entendimiento de un ánimo propio de parte del Mapocho, y una explicación a su esquiva paz con la vida en las riberas, como resultado de nuestras propias imprudencias históricas más que del carácter indómito y arisco que adjudicamos al río, que llegó al clímax de sí ese trágico año, cuando se aproximaba el fin de la Colonia. 323 Carta de Miguel Serrano Fernández publicada en el diario “El Mercurio” del viernes 7 de junio de 2002 (Santiago, Chile), titulada “Profanación del Mapocho”. El escritor y poeta siempre fue creyente de una vida propia del río Mapocho, desafiada y hostigada por el constante intervencionismo humano.

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Calle del Ojo Seco bajo el Puente de Cal y Canto, en dibujo de José Anfruns Roca. La calle coincide hoy con la posición que ocupa la avenida General Mackenna. La fábrica de este puente significó el uso de unos 600 mil ladrillos y unas 10.000 fanegas de cal de Polpaico.

Puente de Cal y Canto visto desde su bajada, en fotografía publicada por Juan Uribe Echevarría en “El romance de Sor Tadea de San Joaquín sobre la inundación que hizo el río Mapocho en 1783”, del apartado de la revista “Mapocho” N° 3, octubre de 1963.

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Planes de embestida final contra la ira del río Aún sin estar secas las calles de la venganza inmisericorde del Mapocho, los santiaguinos se vieron enfrentados a la misma necesidad de proporcionar una solución urgente al problema de las inundaciones, que le estaban costando enormidad de recursos a la ciudad. La noche del 18 de junio de 1783, con el agua del desastre del río aún apozada en torno a las ruinas del poblado, el Cabildo se reunió para tratar una salida definitiva a la catástrofe. Pero la conclusión fue tan dramática como la riada misma: no quedaba dinero efectivo alguno y, por consiguiente, nada había que hacer en lo inmediato por la pobre ciudad. Desesperados, aceptaron pedir uno o dos mil pesos al Presidente y, si no fuese posible, a algún prestamista, destinándose para tal tarea a don Juan Ignacio Goycolea, pues la urbe había quedado totalmente desprovista de la protección de los tajamares. Apenas pudo, el encargado dispuso de todos los reos de Santiago como peones para las faenas aunque sumaran apenas 24 pares de manos, además de ordenar la tala de los árboles de las alamedas y de huertos particulares para instalar estancos provisorios mientras se reconstruyera el tajamar, fijándose una derrama de seis mil pesos sobre el vecindario324. Aunque el lenguaje popular tiende a confundir hoy al Puente Cal y Canto con los tajamares del Mapocho, o mejor dicho las ruinas de uno con las del otro y viceversa, hemos visto que su historia corría por cuerdas separadas aun cuando se hallaran conviviendo en el mismo espacio físico y cronológico de la historia del barrio. Sin embargo, todavía después de inaugurado el puente, la autoridad colonial trataba de proporcionarle a Santiago un tajamar definitivo, en el último intento que se hizo por resolver la permanente amenaza del Mapocho en base a estas estructuras. Los trozos de piedras y ladrillos desparramados hoy por el Barrio Mapocho e incluso fuera de él, como recuerdos de lo que a algún turista le podría parecer un antiguo castillo medieval demolido a fuerza de terremotos e invasiones, son vestigios de la importancia que tuvieron estos tajamares del río en los tiempos en que aún no éramos capaces de contener sus fuerzas vernáculas, hasta hoy sólo parcialmente domadas. Hay una gran cantidad de estas ruinas de tajamares al 324 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 256-257).

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poniente del Parque de los Reyes325, aunque muy expuestos y vandalizados, y todavía sobreviven otras muestras en la Plazoleta Oscar Castro y en el Parque Forestal, por la extensión de la plaza entre las avenidas paralelas Ismael Valdés Vergara y Cardenal José María Caro, además de un tramo junto a calle Merced. Coincidió que se encontraba en Chile el ilustre arquitecto italiano Joaquín Toesca, a quien tanto debemos en Santiago por el aspecto de la ciudad al recibir el siglo XIX, empezando por nuestro propio Palacio de la Moneda que en aquellos momentos se encontraba construyendo contratado por el gobierno español, por lo que no tardó en quedar a cargo del desafío en el Mapocho. Toesca, que también había sido el arquitecto de la Catedral, se asoció para estas nuevas funciones con el alarife Argüelles. Sin embargo, a poco de comenzar se encontró con los primeros problemas y presentó una protesta con fecha 10 de julio, pues los vecinos se resistían a las talas de sus árboles y boicoteaban la disponibilidad de peones para los trabajos que debía llevar adelante en el río. La autoridad reaccionó y emitió la orden de que se sacaran de todas las chacras del valle la cantidad prorrateada de cinco mil estacones de cinco varas de largo para taponar con palizadas las aberturas y los peligrosos boquerones que la riada había dejado abiertos entre los malecones. Pero el Cabildo no estuvo del todo de acuerdo con el Capitán General y sus miembros presentaron un reclamo el día 19, alegando que “ni siquiera quinientas estacas podían sacarse”. En consecuencia, el Cabildo terminaría solicitando que los recursos se pidieran a la hacienda del Rey326. Benavides, en la búsqueda de luz para salir de la nefasta situación dejada por la Avenida Grande y el problema con los vecinos, solicitó en septiembre al Ingeniero Militar don Leandro Badarán la confección de planos con un nuevo y último sistema de tajamares327, que pudiera garantizarle a Santiago la seguridad que los anteriores habían prometido sólo de forma temporal o incluso quimérica, pese a toda la fe en ellos depositada.

325 Diario “La Tercera” del lunes 20 de febrero de 2006, Santiago, Chile, artículo “El desconocido paradero de los monumentos sacados de su lugar”. Allí dice textualmente: “El 2002 fueron retirados y reubicados en el Parque de los Reyes en la comuna de Santiago, por la sociedad concesionaria a cargo de la construcción de la Costanera Norte. Han pasado cuatro años y la comisión a cargo aún no realiza el proyecto de reconstrucción, ya que aún no habría financiamiento”. 326 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 257). 327 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 258) / “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 92)

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Badarán inició estudios del proyecto produciendo un plano donde demostró comprender perfectamente el problema del río y su relación con los tajamares328. También colaboró en este plan el Ingeniero Juan Garland, quien elaboró después un bosquejo adicional donde se observa el trazado de sucesivos malecones discontinuos e inclinados, incluyendo el tramo por el actual Barrio Mapocho al poniente, en la orilla Sur, para contener las aguas en descenso329. El 9 de enero de 1784, Benavides mostró los planos al Comandante de Ingenieros don Antonio de Estrimiana, quien iba de viaje desde Lima a España, para pedirle su observación y consejos. Éste respondió cuatro días después, dando su aprobación al proyecto pero adicionando una notable sugerencia: que el Mapocho fuese encharcado como algunos ríos de la Península, construyéndole una zanja o tajo abierto propio que corriera por el lecho desde la Quinta Alegre hasta el Puente de Cal y Canto330. Los trabajos comenzaron, entonces. Y cuenta Vicuña Mackenna que, todavía estando Benavides vivo y en su cargo, durante los preparativos se expropió la casa de una mujer llamada Candelaria Suárez, que vivía en el tramo de los tajamares. Como hemos dicho antes, medidas de este tipo ya habían tenido lugar para facilitar la unidad del paseo entre la antigua alameda de Obando o Alameda Vieja con la alameda de Jáuregui o Alameda Nueva de San Pablo, ambas en necesidad de ser reparadas331. Como el terreno que separaba a ambas alamedas se encontraba más o menos cerca de donde estaba el basural, podemos deducir que esta vecina vivía en el primitivo barrio que hoy reconocemos como Mapocho o en los contiguos del mismo. Sin embargo, tal como había sucedido en proyectos anteriores, éste plan no fue iniciado en el plazo inmediato. Si bien el Cabildo se allanó a aceptar al instante la reconstrucción del tajamar, esta aprobación quedó archivada hasta 1787, cuando se pidió un nuevo consejo, esta vez del Ingeniero Pedro Rico. 328 "La arquitectura en el Virreinato del Perú y en la Capitanía General de Chile", Alfredo Benavides Rodríguez. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1988 (pág. 259). 329 “Las Aguas de Santiago de Chile. 1541-1999”, Tomo I, Gonzalo Piwonka Figueroa. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1999 (pág. 267). 330 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 280). 331 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 258) / “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 260)

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Para peor, Benavides moriría poco después, aparentemente por algún mal gástrico que había comenzado a manifestarse precisamente en los días de la riada, asumiendo interinamente -otra vez- Álvarez de Acevedo, quien el 21 de abril del año siguiente, mandó traer los autos de vista, siguiendo así la cuestión de los tajamares en suspenso332.

A la izquierda, la desaparecida “pirámide” construida por don Ambrosio O’Higgins para el camino a Valparaíso, señalando la llegada a la ciudad en la calle San Pablo a través de la penosa carretera, hacia donde hoy está la avenida Brasil. A la derecha, otra pirámide: la de don Ambrosio O’Higgins, del antiguo obelisco construido para la apertura de los últimos tajamares, en lo que hoy es Providencia. Esta estructura fue demolida y sólo queda una réplica en el Parque Balmaceda. Ambas fotografías fueron publicadas por Jorge Walton en el “Álbum de Santiago y vistas de Chile”, en 1915.

El último tajamar colonial del Mapocho En 1788, asumió el gobierno de la colonia el Marqués don Ambrosio O’Higgins, progenitor del Libertador de Chile, después de expirar el año anterior su tocayo Benavides. Había comenzado con ello una nueva época para la colonia. 332 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 280).

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Tomando rápidas providencias, el 3 de septiembre O’Higgins (o Higgins, como solía firmar también) hizo una serie de gestiones para poder reunir los 150 mil pesos necesarios para el proyecto de construcción del tajamar pendiente, a partir de modificaciones al sistema de impuestos para yerbas, azúcar y “derecho de balanza”, además de cobrar 121 mil pesos vacantes del tesoro del Rey originalmente orientados a la Casa de las Recogidas. Sin embargo, hemos visto ya que los impuestos de yerba mate y azúcar fueron muy impopulares en la joven colonia, acabando en este caso revocados por una real cédula de Carlos IV del 7 de diciembre de 1790, luego de una larga disputa de parte de los vecinos. A pesar de este inconveniente, la fortuna saludó a don Ambrosio: para cuando llegó a Chile la noticia de la abolición del impuesto, el 12 de abril del año que siguió, las arcas habían acumulado durante su vigencia 50 mil pesos, a los que se sumaban otros 12 mil por el ramo de la balanza333, suficiente para poner en marcha los trabajos necesarios, encargándolos a Joaquín Toesca como arquitecto principal y a don Manuel de Salas como superintendente de obras, aceptando este último trabajar de manera ad-honorem, uniendo así “el amor a la erudición con la práctica del servicio público”, en atinadas palabras de Amanda Abarca334. Nuevamente, invocamos a Vicuña Mackenna para armarnos un bosquejo mental de este enorme trabajo: “Entre tanto, inmediatamente que el superintendente recibió su nombramiento y la orden de girar contra el tesoro, ajustó sus contratas de piedra, de cal y de ladrillo, y sus enganches de cuadrillas de albañiles. Sólo del último material pidió 683.000 piezas con las dimensiones de media vara de largo, de una cuarta de ancho y tres pulgadas de espesor, a razón de 12 pesos 50 centavos el mil, y ocurrió la singularidad de que se presentaron 23, algunos por sumas verdaderamente ínfimas, de dos o tres mi ladrillos. El más considerable de todos aquellos industriales al menudeo fue un José María Jáuregui por 80.000 ladrillos. A todos, como por vía de óleo, repartíase con fianzas 3.710 pesos. Porque así como en la primera quincena de septiembre no hay en Santiago que no sea blanqueador y por abril albañil de tejado, así parece que no quedó gente 333 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 280-281). El autor comenta que la revocación de estos impuestos fue muy celebrada por el pueblo pues “Los santiaguinos consentían en ahogarse con tal de tomar mate a poco precio”. 334 “Historia de la enseñanza en Chile”, Amanda Abarca. Imprenta Universitaria, Santiago, Chile – 1939 (pág. 54).

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en el reino que no ocurrió a la recogida del dinero destinado a los tajamares. En cuanto a la cal, empleose de preferencia la de Polpaico, que era la que se usaba en la Moneda, y cuyo propietario, don José Antonio Rojas, la suministraba a razón de 8 ó 9 reales la fanega”335. Cosas curiosas sucedieron durante los períodos de faenas, además: en los meses de estos trabajos, muchos juraron haber escuchado la fantasmal sonajera que producían inexistentes obreros en la oscuridad nocturna por la vega del río y cerca del puente, provocando también terroríficas confusiones al estimular la sobreexcitada imaginación de un pueblo, que no resolvía sus temores supersticiosos y sobrenaturales arrastrados desde las obras del Cal y Canto. Se denunciaban ruidos de piedras cayendo, de martillos, de gentío de trabajadores, de cadenas arrastrándose, gritos, golpes, latigazos, etc. Llegó a ser un desafío hasta para el más valiente el acto de cruzar por el puente en la noche. Algunos oían incluso el eco de las duras faenas y castigos de los años de Zañartu336. Al fin, la formidable obra se concluyó en todo el trayecto del río que iba desde la desaparecida chacra de Quinta Alegre, por allí en los inicios de la actual avenida Providencia hacia la altura de Condell, hasta el barrio del Puente de Cal y Canto, pleno vecindario del actual Barrio Mapocho. Fue tal la demanda de trabajo que el propio Toesca debió meterse varias veces en las faenas y echar mano a la colocación de ladrillos y otras obras de albañilería337. De hecho, en sus solicitudes elevadas a las autoridades, expresaba el arquitecto: “Me contraté como director de la obra y añadiendo la obligación de examinar los materiales e intervenir en su compra, distribución y 335 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 283). 336 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 60-61). Rosales reporta muchos otros hechos sobrenaturales sucedidos en el puente o el río, como los que ya hemos visto. Casi siempre se manifestaban en la complicidad de la baja percepción que permite la noche. Al de la aparición del espectro del Corregidor Zañartu en la víspera de la avenida de 1783 y que ya se ha comentado con anterioridad, se suman testimonios de avistamientos de blancos fantasmas en la cima del Cal y Canto, haciendo rondas y danzas para luego unirse en una entidad única y gigante con forma de remolino, que causó pánico entre quienes creyeron verla. También se observaron los míticos chonchones (tue-tués) y siniestros pájaros negros gigantes batiendo sus alas y dando terroríficos gritos sobre las cabezas de los paseantes. Otros reportaron extrañas bestias de varias patas y que se estiraban mientras avanzaban; y los duendes fueron activos visitantes del mismo puente, además. En fin: toda una colección de rarezas para los aficionados a la criptozoología. 337 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 92).

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consumo, y a más de emplantillar por mi mano y hacer las veces de aparejador”338. El material que prefirió Toesca para estos nuevos tajamares -aconsejado por su experiencia y su certera intuición profesional- fue el ladillo y la piedra canteada, a diferencia de los anteriores que eran de piedra más bien bruta. Suponemos, por lo tanto, que varios de los restos de tajamares que decoran distintas partes de Santiago (los hay en Plaza Oscar Castro, Parque Forestal, Parque Balmaceda, jardines del ex claustro de la calle Portugal, Municipalidad de Providencia, etc.) podrían pertenecer principalmente a esta última generación de tales estructuras. Además de la adición de los soportes de piedra, el arquitecto hizo muros curvos en algunos tramos, facilitando con ello la resistencia del tajamar a las aguas339. Aunque así fueron inaugurados en 1792, Vicuña Mackenna comenta la no menor información de que se introdujeron tres modificaciones esenciales al plan original, consistentes en: 1) El cambio comentado en la línea recta paralela al río, sustituida por una gran curvatura en el sector de la Quinta Alegre o del Alcalde en la actual Plaza Baquedano, para amortiguar el golpe de las aguas con otras curvas sucesivas y luego ser enderezado en la recta que correría al Puente de Cal y Canto; 2) Aumento de la profundidad de los cimientos a cuatro o cinco varas; y 3) El reemplazo del ladrillo por la piedra en parte de la estructura, para revestir la muralla sólida de tres varas de espesor. Agregaríamos, por nuestro lado, que tampoco se consideraron del plan de Badarán su idea de ensanchar el Cal y Canto con seis arcos más para aumentar las posibilidades del paso del caudal, ni la reconstrucción del Paseo de Jáuregui en la explanada de San Pablo340, que sólo fue posterior y efímera. Comenta el mismo Vicuña Mackenna que, a pesar de todo lo logrado, extrañas dificultades y controversias llevaron al relevo de Toesca casi al final de los trabajos

338 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 284). 339 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 92). 340 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 282).

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de terminación de los murallones, en abril de 1794, cuando ya estaban inauguradas las obras, siendo sustituido por un albañil. El día 30 de ese mes, Toesca elevó una protesta a O’Higgins donde llegaba a ofrecer su servicio gratis con tal de que fuera concluida y correctamente dirigida por él esta etapa final, pidiendo apenas un salario miserable de “sólo treinta pesos mensuales para mantener mi calesa o caballo” con el que asistiría periódicamente a las faenas. O’Higgins lo repuso el 2 de junio de ese año, pero a sólo 25 pesos mensuales. Esto sucedía casi en el mismo tiempo en que don Ambrosio concluía la construcción de la ruta a Valparaíso o Camino de las Carretas, carretera que conectaba con calle San Pablo y su famosa “pirámide” de ladrillos ubicada por ahí por la encrucijada con la actual avenida Brasil, y en cuya inscripción central se leía celebrando su presencia al servicio del reino: EL EXCELENTISIMO SEÑOR D. AMBROSIO O’HIGGINS BARON DE VALLENAR MANDO HACER ESTE CAMINO AÑO DE 1795341 En este escenario, la gobernación logró resolver la difícil tarea de consumar dos enormes proyectos simultáneamente, tarea titánica para la época y su contexto histórico, además del permanente problema del financiamiento342. Al ser inaugurado el grueso de los trabajos de los tajamares en 1792, se instaló en su punto inicial un obelisco de ladrillo que los viajeros llamaron también “pirámide”, en lo que ahora es avenida Providencia. Ha sido retratada en el Paseo de los Tajamares por pintores como Carlos Wood y Giovatto Molinelli, pero como la original de Providencia (comuna que incorporó el obelisco a su escudo de armas) fue destruida en 1927, se levantó una réplica por el año 1950, cerca de donde estaba el original, con una placa cuyo texto es el mismo que tenía aquélla: D.O.M. REINANDO CARLOS IV Y GOBERNANDO ESTE REINO 341 “Álbum de Santiago y vistas de Chile”, Jorge Walton S. Sociedad Imprenta y Litografía Barcelona, Santiago, Chile – 1915 (pág. 16). Una plazoleta conmemora actualmente la construcción del camino de San Pablo en la esquina de esta misma calle con Almirante Barroso, en el histórico Barrio Brasil. 342 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 284-285).

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DON AMBROSIO ’HIGGINS DE VALLENAR MANDÓ HACER ESTOS TAJAMARES AÑO DE MDCCXCII Zapiola aclara que había, hasta su tiempo, otra de estas “pirámides”, más pequeña, junto al lugar donde hoy está el Puente Purísima, también al oriente del actual Barrio Mapocho343, pero creemos que podría corresponder a los tajamares anteriores, de Ortiz de Rozas. Así pues, se logró la tarea titánica de construir los tajamares más sólidos que habría de tener Santiago, basándose en los planos que había trazado Badarán344. Con estos malecones resguardando a la ciudad de la bravura del Mapocho, Santiago por fin pudo respirar tranquilo por cerca de un siglo más, sin nuevos grandes sobresaltos causados por el río.

El Palacio Palacio de la Moneda casi queda en Mapocho El nombre del arquitecto Joaquín Toesca se repetirá en otra enorme empresa que, hasta poco antes, había sido trazada en las riberas del río. Proyecto que, si bien terminó erigido en otro lugar de la ciudad, fue consagrado al valor del más importante de nuestros actuales edificios cívicos. Después del desastre de 1783 provocado por la peor riada, se utilizó mucho del material y los escombros del basural del barrio ribereño como relleno para los solares y para la construcción o ampliación de varios edificios históricos del sector, como la mencionada Posada de Santo Domingo, que estaba ubicada en el lugar de la plaza que ahora se halla frente a la Iglesia Dominicana; o la casa-pilar de “La Bastilla”, por ahí cerca más al poniente, así llamada al haber sido concluida el mismo año de la Revolución Francesa; y por supuesto, la Casa de Velasco, que aún

343 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 31). 344 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 92). Sin embargo, en su citado trabajo “Las Aguas de Santiago de Chile. 1541-1999” (Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1999, pág. 266), Gonzalo Piwonka anota que, en estricto rigor histórico, los tajamares hoy citados como de Toesca y O’Higgins, deberían llamarse en realidad “de Badarán y Garland”… Buen punto de vista.

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existe hacia el oriente de la misma calle y con categoría de Monumento Histórico Nacional345. Sumado al renovado paseo por los tajamares, el barrio adquirió una característica que le quitó su cariz arrabalero y comenzó a tentar la atención de autoridades y nobles, recuperando las miradas aristocráticas. Como hemos visto, hubo muchos intentos por dignificar este espacio del Basural de Santo Domingo, apoderado por la inmundicia y el desperdicio en todas sus formas imaginables. Al frustrado proyecto de construir una ermita, se suma el hecho de que, en el siglo siguiente, el Cabildo donó el terreno encargándolo primero al Presidente Morales y más tarde a Benavides, para que se construyera allí la primera Casa de Moneda para Chile. Los trabajos preparativos alcanzaron a ejecutarse y se gastaron por lo menos 9.544 pesos y 2 centavos en el desmonte de cerros y lomas del terreno mapochino, formados por la geografía y por la acumulación de tantos años de basuras y desperdicios. Además, se efectuó la construcción de un galpón o barraca para guardar las herramientas. La primera piedra de la supuesta obra que iba a tener lugar allí, fue colocada solemnemente por el Presidente Jáuregui el 28 de enero de 1777346. Sin embargo, cuando los trabajos de nivelación y limpieza del terreno habían comenzado, hacia el mes de enero de 1780 se confirmaron las peores advertencias hechas por los arquitectos Toesca y Badarán, respecto a que el suelo era inadecuado para un edificio de la envergadura que se pretendía347. Las filtraciones detectadas en el terreno corroboraron los temores. Todo quedó en meras ceremonias, entonces. 345 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 79). 346 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 87). Hay una curiosidad que no es mencionada por Zañartu, pero sí por Vicuña Mackenna en su “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868” (Tomo II, Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869). Dice allí el futuro Intendente de Santiago que el 5 de junio de 1772, el Presidente Morales obtuvo del Cabildo de Santiago, presidido por el Corregidor Zañartu, que se cediese el terreno del Basural de Santo Domingo a la construcción del edificio de la Casa de la Moneda. Sin embargo, ese terreno no pertenecía al Cabildo ni al Corregidor, sino a los sacerdotes de la Orden Dominicana, a quienes acordó pagarse por él la suma de 21.996 pesos, según la real orden del 14 de agosto de 1783. “La antigua fábrica –continúa el escritor- fue, en consecuencia, trasladada provisoriamente a la espaciosa casa que el Colegio carolino había dejado desocupada en la calle de la Catedral (ángulo de la del Peumo) al mudarse a la Universidad y después al claustro de los jesuitas…” (pág. 288). 347 "La arquitectura en el Virreinato del Perú y en la Capitanía General de Chile", Alfredo Benavides Rodríguez. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1988 (pág. 255).

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Como si fuera poca para frustrarse la opinión de estos expertos, cuando el proyecto fue enviado a Lima para evaluación al Comandante de Ingenieros don Antonio de Estrimiana, de quien ya hemos dicho algo con relación a los tajamares, éste emitió un categórico informe el 2 de marzo de 1780, donde sentenciaba: “…nada encuentra en él que corresponda a uno de los cinco órdenes de esta facultad y sí muchos de los órdenes impropios que más ridiculizan que hermosean”348. La pobreza de la colonia combinada con la inundación del año siguiente, de todos modos habría hecho abortar estos planes trazados sobre ilusiones y faltas completas de preparación ingenieril. La opinión del experto fue el golpe de gracia. En 1790, abandonadas ya todas las ilusas ideas de colocar el Palacio de la Casa de Moneda en este sitio, se intentó establecer allí en el basural un primer teatro permanente349, pero su duración fue tan efímera que casi no alcanzó a tener vida real. Y aunque hay otros casos hacia tiempos de la Reconquista, ha sido contado como posible primer recinto del teatro chileno uno de tiempos posteriores en la República, que existió en el mismo Barrio Mapocho como veremos más adelante. En 1792, el Presidente Jáuregui dispuso además, de tres botaderos oficiales para frenar la acumulación de basura en éste y en otros sitios, destinando a tales efectos el sector del antiguo Tajamar de Gatica, el lado Norte de las rampas laterales del Puente de Palo que había frente a la Recoleta, y también en el ya abandonado círculo de la plaza de toros, que para entonces estaba en ruinas350. En definitiva, es por eso que hoy tenemos este edificio del Palacio de la Moneda altivo y orgulloso frente a la Alameda, entre Teatinos y Morandé, erigido de la mano de Toesca y no de algún arquitectillo inexperto o aspirante a ingeniero. Así pues, de no mediar el pauperismo del caudal colonial y la poca calidad de sus constructores locales que ni siquiera detectaban a tiempo las falencias del terreno, hoy tendríamos el palacio de los presidentes de Chile agrietado y desnivelado, con sus balaustras y balcones en ruinas, sobre un basural en medio del Barrio Mapocho y con vista a las turbias aguas del río, haciéndole digna y merecida reverencia a las artes de la intriga política nacional.

348 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 288). 349 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 134). 350 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 76).

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Empero, si bien no llegaron a servir para el proyecto original de construcción del edificio, los trabajos preparativos de nivelación del terreno dejaron una explanada llana en el barrio ribereño, que sería utilizada tiempo después para levantar la Plaza de Abastos y, más tarde, el edificio del Mercado Central, según veremos.

Lámina con la antigua Plaza de la Recoleta, en la entrada de la calle del mismo nombre. Casas coloniales bajas son el paisaje dominante junto a la Iglesia de la Recoleta. En primer plano, se observa la fuente de bronce fundida por Meléndez en los tiempos del Gobernador Henríquez, que fue retirada desde la Plaza de Armas ya en la República y, tras permanecer varios años aquí en la Recoleta, terminó siendo ubicada en el patio del Palacio de la Moneda, donde actualmente está.

Ranchos y campamentos rústicos Sin embargo, el pobre Mapocho no se libró de la presencia de los botaderos inmundos después de la intervención en el terreno del basural. Un vertedero de carácter oficial, por ejemplo, surgió después en sus riberas y por largo tiempo más entre las calles Manuel Rodríguez y Cueto, el que se rodeó de poblaciones y caseríos penosos, de gente que vivía de la recolección de los materiales allí arrojados351. Y es que donde había menos glamur señorial, sucedían algunas de las cosas más ingratas en las márgenes del río.

351 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 171).

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Muy lejos de los proyectos para construir frustrados palacios mapochinos, estaban estos campamentos de chozas miserables que poblaban gran parte del sector desde antaño, por lados como La Cañadilla, calle Dávila, San Pablo y la propia orilla en la vega. Crecían en terrenos eriazos, levantados por personas en la miseria más denigrante y deprimente imaginable, que sobrevivían extrayendo áridos, escombros, huesos y materiales de distinta naturaleza en los basurales, los bordes del río o sus pedregales. Probablemente, los ranchos y toldos pajizos de estos campamentos existían en Mapocho desde los tiempos de la Conquista, cuando fueron precario albergue y seguridad para los indígenas más pobres que pululaban por la flamante colonia. Hay un momento, sin embargo, en que parecen volverse un problema social grave, coincidiendo con el fin del período colonial y el advenimiento de la República, según nuestra impresión surgida de la revisión de las decisiones de autoridades de la época. Ya hemos dicho, por ejemplo, que en la sesión del Cabildo de Santiago del 29 de octubre de 1771, los integrantes del organismo discutieron sobre el destino de los ranchos y viviendas que representaban un obstáculo para la construcción del antiguo paseo junto a los tajamares352. El problema de las rancherías y campamentos pobres estaba lejos de terminar con este desalojo, pues la proliferación de ranchos y chozas fue una tendencia importante en las vegas del río todavía hasta avanzado el siglo XIX, albergando a artesanos, trabajadores y, en general, a personas que sobrevivían de empleos esporádicos e independientes, cuando los tenían. De alguna manera, las rancherías nunca han desaparecido del todo: fueron simplemente reemplazadas por el esquema de la vida en los conventillos y los llamados cuartos redondos (habitaciones sin más entradas de luz que la puerta de acceso), continuadores de este problema social de hacinamiento y pobreza. Tan tristes casas de material ligero, además, equivalían a algo así como los indigentes que residirán hasta ahora bajo los puentes del río en improvisadas casuchas o tiendas, desde después de la canalización de su cajón. De hecho, muchos de los ranchos se hallaban en la orilla misma del río, siendo blanco de ataques de niños traviesos durante las memorables peleas a pedradas que allí sucedían y que pronto tendremos tiempo de describir. También figuraban entre los primeros damnificados por cada crecida del Mapocho. Cuando el servicio religioso no estaba plenamente disponible en la Recoleta, del lado de La Chimba muchos de los habitantes de estos ranchos enfrentaban también el problema permanente de resolver cómo asistir a las misas y ceremonias en los 352 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 95).

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días de crecidas del río, según relata Lavín353, aumentando la condición de marginalidad con respecto al resto del poblado santiaguino. Otra cantidad importante de ranchos mapochinos se acumulaban por el lado del Camino de San Pablo, junto a las ramadas, tiendas y chicherías de esta ruta. Lejos de perturbar la paz de la ciudad o afearla, sin embargo, probablemente hacían más grato el duro tramo final del camino desde Valparaíso a Santiago o bien amenizaban la partida de quienes salían al tortuoso viaje. Con el tiempo, las rancherías de los arrabales comenzaron a fundirse con la actividad de las ramadas y los encuentros de fiestas que la siutiquez aristocrática solía despreciar y hasta perseguir con castigos, por considerarla fomento a los bailes lascivos o de las canciones cuyo contenido promovía la vulgaridad. A pesar de ello, fueron famosos sus establecimientos por esas márgenes “con sus cáscaras de sandía, sus naranjas, sus banderas chilenas flameando sobre los ranchos y las ramadas, sus “rotos” y mulatos de sobrerillo calado”, al decir de Benjamín Subercaseaux354. Así, el carácter pintoresco de los ranchos no impediría que también hicieran historia los esfuerzos de las autoridades por controlarlos o acosarlos, en la desesperación por bajar las tasas de criminalidad, la religión del estado etílico y los incidentes callejeros que, ya entonces, postulaban a la categoría de deportes nacionales. Se sabe que en 1802, por ejemplo, el Gobernador Luis Muñoz de Guzmán y Montero quiso destruir 743 ranchos de la ciudad de Santiago en cumplimiento de un bando que buscaba regular el buen comportamiento público, pues se consideraba “que son unas feas chozas que desgracian el prospecto público y que desacreditan la decencia con que debe ser vista la Capital del Reino”355. Hemos observado que la quinta del Corregidor Zañartu se encontraba también en La Chimba, del otro lado del Puente de Cal y Canto. Tras morir éste, dicho terreno comenzó a ser ocupado por campamentos de gente muy pobre, que levantó paulatinamente su propio caserío de ranchos y chozas en un sector donde se fundó después la Población del Arenal o Población Ovalle, frente al puente del mismo nombre y de la que hablaremos más adelante, pues derivó en curiosas situaciones urbanísticas y políticas durante el siglo siguiente.

353 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 70). 354 “Chile o una loca geografía”, Benjamín Subercaseaux. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1973, 15ª edición (pág. 91). 355 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 109).

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Así las cosas, los ranchos siguieron existiendo en otros lados del paisaje riberano todavía en tiempos de la República. En sesión del Cabildo del 22 de marzo de 1814, por ejemplo, se observa cómo estos dolorosos y precarios poblados del Mapocho continuaban siendo un problema urbanístico tan incómodo como en los recién pasados años coloniales. Verbigracia: con relación a la venta de un sitio de la calle San Pablo hacia el río, en la ribera Sur, también se pidió por entonces un informe sobre las providencias tomadas “para la destrucción que forman parte de aquella población”356. No obstante, los ranchos, molinos y chozas que se construían en la orilla del río no siempre eran campamentos al estilo de las tomas de terreno ilegales que podrían imaginarse. De hecho, hasta los años de la Independencia, el Cabildo cobraba a muchos dueños por el derecho a emplazar allí dichos levantamientos, concepto por el cual recibía más de 500 pesos anuales para el erario municipal357. Por otro lado, los ranchos de la Población Ovalle tampoco diferirían mucho de sus anteriores caseríos tristes y grises del mismo sector, como tendremos ocasión de ver, salvo porque pertenecían a un ordenamiento específico aunque bastante controversial. De esta manera, pese a todos los cambios, estos ranchos coloniales del Mapocho antecesores de los cités y conventillos, persistieron y siguieron siendo un grave problema todavía en los tiempos avanzados de la República, llegando hasta la época de la Intendencia de Vicuña Mackenna y todavía un poco más allá.

Los palos del puente Un lugar donde tanto el pueblo residente del barrio como los caprichos del río Mapocho encontraron espacio para picardías y malicias, haciendo necesario instalar también un vigilante de punto fijo sobre él (en beneficio de la buena conducta), fue la pasadera que existió allí sobre las ruinas del Puente de Ladrillo, instalado precisamente encima del primer sistema de tajamares que tan atrás había quedado ya en la historia de la ciudad. Mencionamos algo ya del Puente de Palo. Como su nombre lo señala, era de material más ligero y económico que su antecesor. 356 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 95). Cabe añadir que esta ranchería no fue destruida entonces, sin embargo, no sabemos si por dejación de la autoridad distraída en otras urgencias o por la interrupción de la Patria Vieja con la Reconquista. El caso es que, según anota De Ramón, estas chozas y casuchas terminaron arrasadas por la furia del Mapocho recién con la avenida de 1827. 357 “Historia general de Chile”. Tomo XV, Diego Barros Arana. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1999 (pág. 121).

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Un dicho popular declara con mofa que a alguien “le faltan palos para el puente” cuando se alude a su limitación de talento, razón o intelecto; cuando se queda en el camino o manifiesta incapacidades para concretar alguna tarea o algún desafío. Refleja una de las carencias más frustrantes de la ingeniería primitiva, por lo demás, al no poder consumarse un objetivo por falta de material, como la sociedad santiaguina quizás tuvo tiempo de aprender en el Mapocho con este singular puente de madera y sus varios mejoramientos por más de un siglo. Por algún tiempo, el Puente de Palo fue el único entre las dos orillas del Mapocho por el lado de la Recoleta y cruzando todo su ancho. Según Vicuña Mackenna la versión “de palo” de este paso había sido levantada cerca de 1780, durante el Gobierno interino de Tomás Álvarez de Acevedo358, cuando ya había entrado en funciones el de Cal y Canto. Empero, hay señales de que estaba habilitado desde varios años antes. El Puente de Palo surge sobre los cimientos del otro muy anterior y de varios arcos que se hizo construir en 1681 por orden del Presidente Henríquez359. También vimos que este antiguo primer puente había sido reconstruido hacia 1717, quedando otra vez en ruinas en los tiempos que siguieron, con una avenida del río en abril de 1748360. De tal desastre, que también se llevó los pilares primitivos, sobrevivieron sólo los cimientos y una parte del tramo Norte del puente, que serían aprovechados para elevar el Puente de Palo. Pasó un tiempo después de la destrucción del Puente de Ladrillo para que esto sucediera, sin embargo. Con la ciudad partida por la mitad ante la falta de puentes, los sacerdotes recoletos, a través del Padre Guardián de la Recoleta Franciscana, solicitaron una solución al Cabildo desde 1762, según lo que observa León Echaíz en el volumen 974 del Archivo de la Capitanía General361. Sugiere el mismo autor que, luego de algunas gestiones y deliberaciones, la construcción real del Puente de Palo comenzó en este mismo período, por lo que la fecha de 1780 mencionada por Vicuña Mackenna correspondería quizás a una mejora posterior o al completado de obras de ampliación, pero no a su primera puesta en servicio. De hecho, observaremos que se le llamó por largo tiempo como el Puente Viejo. 358 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868” Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 248). 359 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 93). 360 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 5). 361 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 93).

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De este señalado interés de mantener la conectividad entre ambas riberas parece haber surgido, además, el posterior plan de construcción del Cal y Canto, precisamente. Pero el puente levantado frente a la Recoleta no era de material tan sólido como el gigante hecho por Zañartu, sino una muy modesta estructura de madera para transeúntes, principalmente a pie. El nombre tan curioso del puente nace de la misma situación: la estructura que pasó de ser el Puente de Ladrillo al de Palo, derivaba su apodo del aspecto que ofrecía y de los materiales usados, reconstruido enteramente de madera sobre los cimientos sólidos, y luego con techumbre y pilares también hechos “de palo”, aunque su nombre oficial era Puente de la Recoleta362. Si hubiese tenido rejillas, semejante construcción seguramente habría parecido un gran gallinero flotante. El puente resultó así, de la mezcla de improvisación, la urgencia por reconectar La Chimba al resto de Santiago y, por supuesto, la dramática falta de recursos. Era, por consiguiente, un típico resultado de la ingeniería creativa chilena: de esa misma que consigue soluciones con pocos más recursos que un vuelto del pan, pero que, a veces, también saborea la amargura de la imprevisión y de los desastres evitables; cuando “le faltan palos para el puente”, exactamente. Para su construcción se reutilizaron los mencionados soportes pero colocándoles encima tablones de madera. Su superficie era toda “bruta”, de horconería y maderas de viga, según registros realizados por entonces en el croquis del proyecto. La mayor parte de los materiales fueron vigas de madera de 8 y de 12 varas (57 y 12 unidades, respectivamente) y casi 90 horcones. Y a pesar del nombre, intervinieron también otros materiales en la obra: 500 carretadas de piedras de cerro y 20 cueros de vaca. Se concluyó con 22 postes y varias ramas en ambos accesos, para completar con ello la conexión directa sobre el río363. Su entrada a la vida del barrio debe haber sido instantánea, tras ser dispuesto al uso. Al igual que los arcos del Cal y Canto, el Puente de Palo fue escenario de encarnizadas peleas a pedradas protagonizadas por los niños del lado Sur del río contra los de La Chimba, y de las que tendremos un capítulo entero que ofrecer. Peña Otaegui agrega que la posterior colocación del techado que lo recorría en toda su longitud lo convirtió en un lugar pintoresco y protegido para los paseantes364, aunque no del todo seguro. Su caseta de vigilancia (también de madera), estaba allí para evitar los actos delictuales o reñidos con la estricta moral de la época. 362 “Historia urbana del Reino de Chile”, Gabriel Guarda OSB. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1978 (pág. 152). 363 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 93) 364 “Santiago de siglo en siglo”, Carlos Peña Otaegui. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1944 (pág. 298).

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Aunque el barrio era popular desde su origen, por estar conectado a La Chimba antigua y luego a las plazas de comercio, el Puente de Palo fue -en su mejor momento- uno de los paseos más recurridos de la alta sociedad santiaguina, con una interesante vida propia que podremos reconocerle en tiempos republicanos, más o menos en los años de Portales. Se recuerda especialmente su bar y restaurante ubicado en la entrada del puente por el lado de la Recoleta, que era parte del atractivo que lo había convertido en paseo, hacia 1840. Este establecimiento era propiedad de un estimado ciudadano español, en cuya puerta de entrada había colocado un cartel con el siguiente mensaje: Vamos llegando Vamos comiendo Vamos bebiendo Vamos comiendo Vamos pagando Vamos saliendo365 Fue para poder distinguirlo del Puente Nuevo, como se llamó también al de Cal y Canto, que algunos santiaguinos prefirieron hablar del Puente de Palo como el Puente Viejo366.

Casa, pilar y esquina en Recoleta La boca Norte del Puente de Palo daba también hacia la Plaza y la Iglesia de la Recoleta, encontrándose después su trazado, casi de frente, con la cuadra de una encantadora casona que si bien constituye una curiosidad en nuestros días, representaba por entonces una línea de estilo arquitectónico barroco de fines del período colonial muy característico de Santiago y de varias otras zonas de Chile, reconocible fundamentalmente por esa columna de piedra de granito que se clava como estaca en la esquina del trazado de las calles, y sobre la cual parecía florecer

365 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 333 de julio de 1961, Santiago, Chile, artículo “Av. Recoleta” de David Ojeda Leveque. 366 “Santiago de siglo en siglo”, Carlos Peña Otaegui. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1944 (pág. 299). Si nos desprendemos de la fecha entregada por Vicuña Mackenna y suponemos que la construcción del Puente de Palo fue poco después de la solicitud hecha por los religiosos en 1762, pidiendo su habilitación, aun así no parece haber una diferencia de tiempo realmente considerable con respecto al Puente de Cal y Canto, pues seguirían siendo de orígenes casi contemporáneos. Puede, sin embargo, que el Puente de Palo haya estado asociado en la percepción popular, en realidad, a la reconstrucción del antiguo y destruido Puente de Ladrillo, y de ahí que fuera llamado tan categóricamente como el Puente Viejo, por haber sido éste el primero que tuvo el río.

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esta residencia lucida y amigable con el peatón, dotada de la elegancia propia en su época. La hermosa casa colonial está ubicada hasta hoy en avenida Recoleta 181, esquina de la ex Calle del Cequión (ahora Antonia López de Bello) frente de la plazuela de la Recoleta de la que queda muy poco ya. Es ocupada desde antaño en su primer piso por locales comerciales y el segundo es de residencia (parece haber sido diseñada así, con estos usos distintos para sus dos plantas), pero destaca especialmente esa maravillosa columna de piedra de unos dos metros y medio de altura, de sencillez dórica, lisa y montada en una gran base o plinto cuadrado. Es una típica casa del estilo colonial que antes gobernaba la arquitectura del sector de Mapocho y La Chimba, entre los siglos XVIII y principios del XIX. Para Carlos Lavín, "fue en su tiempo una suntuosa mansión chimbera", aun cuando su espacio interior no era holgado367. Es una construcción de adobe con muros de 90 centímetros de grosor en la planta baja y 60 centímetros la alta. El envigado del entrepiso, la armadura de la techumbre y el adintelado curvo de los arcos rebajados de los vanos esquineros son de madera. Lamentablemente, los enrejados metálicos de sus balconcillos no son originales, sino muy posteriores368. Las columnas de vértice eran un elemento más o menos popular en las construcciones de aquellos años, que se han visto también en otras partes de los barrios a las riberas del Mapocho o relativamente cerca, como la Posada del Corregidor y la Posada de la Cañadilla, y las mencionadas casas desaparecidas de la Posada de Santo Domingo y “La Bastilla”, relacionadas principalmente con el comercio que existía en el primer piso de las casonas donde se encontraban tales pilares esquineros. La casona de La Chimba está enclavada en el barrio histórico de Recoleta. El que no cuente con un terreno aledaño para jardines o patios, además de que dos de sus cuatro costados empalman con casas vecinas, hace presumir que cuando fue levantada, la estrecha continuidad de las edificaciones por cuadras ya estaba definida en el barrio chimbero. De alguna manera, respondía a una lógica urbanística moderna, por lo que en su entorno hay otras decimonónicas fachadas de residencias que también sospechamos de tiempos muy cercanos entre sí. La que nos motiva, sin embargo, tiene un dato cronológico específico grabado sobre la cuña de piedra de la columna:

367 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 40). 368 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 169).

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ANO de 1806 RAFÆL CICERON369 El nombre corresponde a don Rafael Cicerón, su primer morador370 y está a la vuelta del capitel, aunque otros concluyen en que sería también la rúbrica del constructor y mismo primer residente371. Existen datos concretos de la Corporación Cultural de Recoleta donde se señala que la casa perteneció desde 1850, año de la muerte de Cicerón, al General Manuel Francisco García Jara372, quien la puso en arriendo hasta su muerte hacia 1872. Desde ahí en adelante, la casona chimbera ha pasado por distintas manos a lo largo de los siglos de grandes cambios en el barrio al que pertenece, sumando otros seis propietarios consecutivos. Para fortuna de la ciudad, sólo la historia y sus viejos residentes han pasado a la nómina de especies extintas del Barrio Mapocho, porque la hermosa casona sigue completando su biografía hasta nuestra actual centuria. En 1927, fue adquirida por don Manuel Santiago, pasando a manos de sus herederos tras su muerte en 1957. Aunque Lavín comentaba que el caserón se mantenía "casi intacto" aún a mediados del siglo XX, también escribe de él: "El rotundo estilo hispánico ha sido levemente alterado con las sacrílegas "manitos de gato" que han desvirtuado casi todas las antigüedades santiaguinas. Sin embargo, hoy en día, el arcaico aspecto parece aún realzarse con los inevitables aditamentos de un siglo de progreso"373. Y a renglón seguido, comenta recordando la tradición de venta de empanadas que tuvo lugar desde tiempos coloniales en esta esquina histórica: "Como detalle más sensacional que pueda presenciarse en Santiago, persiste, en absolutamente toda su integridad, el cuadro colonial de la empanadera -siempre renovado- que por siglos y todas las noches, ha escogido el frente y la acera del típico caserón para instalar su banquillo portátil y el cajón plano en el que expende sus "pequenes", tortillas y empanadas. Teniendo por telón de fondo el pilar de esquina obsérvase 369 En las inscripciones del capitel, el año da hacia Antonia López de Bello, y el nombre del primer propietario hacia Recoleta. 370 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 40). 371 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 169). 372 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 169). 373 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 40).

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allí, desde la hora del crepúsculo hasta el amanecer, una anciana que luce como tocado un obscuro mantón semejando el histórico manto negro de sus antepasadas. La reconstitución colonial es absoluta y el cuadro realiza una situación de "suspenso" dedicada a los amantes de la tradición"374. Por Decreto Supremo Nº 646 del 26 de octubre de 1984, la Casa del Pilar de Recoleta fue declarada Monumento Histórico Nacional. Lamentablemente, sin embargo, hoy está en mal estado y su reconocimiento en tan valiosa categoría no ha resultado más que una especie de bendición inocente que no ha tenido grandes efectos en la dignidad que merece este sitio, ya de aspecto un tanto mustio y atacado por la salvajada constante de los grafiteros. El choque de un vehículo en la esquina se llevó un trozo de la base del pilar hace un tiempo, pero sin otros daños. También pondríamos atención en toda aquella cuadra de arquitectura vetusta. Es loable, por lo tanto, el hecho de que hubo cierto grado de restauración para la casona contemplado en el plan "Recoleta Ponte Bella", llevado adelante durante la primera década del actual milenio. Quizás se trate de una de las últimas aproximaciones que quedan en el barrio de las riberas del Mapocho sobre el aspecto extinto que alguna vez tuvieron estos populares vecindarios santiaguinos, crecidos en la orilla de senderos junto al río, mercados y callejones polvorientos. Por eso hemos querido incluirla aquí.

Últimos días coloniales del barrio Poco después de haber sido levantada la casona-pilar de Recoleta y ya entrada en servicios, asumía la Presidencia de la Gobernación de Chile don Francisco Antonio García Carrasco Díaz, el mismo que estaba condenado por el destino a tener que entregar el mando a la junta presidida por el ya mencionado ex contratista de los tajamares del Mapocho, don Mateo de Toro y Zambrano. Un hecho singular precedió a la liberación de Chile y de toda América del Sur, en 1804: un eclipse solar completo, acontecimiento desconocido en la sociedad de entonces y que algunos tomaban por presagio de calamidades o desgracias, ¡como si Santiago hubiese necesitado de advertencias estelares para saber que siempre ocurrían! 374 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 40-41). Las empanadas siguen siendo uno de los productos más tradicionales y propios del barrio riberano, aunque hoy, además del comercio del Mercado Tirso de Molina, La Vega Chica o el más ambulante del Puente Los Carros, se albergan especialmente en el Mercado Central, como las que se ofertan en “Pequenes Nilo” desde el 1900 aproximadamente, y las famosas “Empanadas Zunino” de Puente con San Pablo, desde 1930.

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Cuando se advirtió la proximidad de este espectacular fenómeno astronómico, muchos santiaguinos corrieron hasta el otro lado del río atravesando el Puente de Cal y Canto y el Puente de Palo, para refugiarse en las quintas y chacras que, según creían en su candidez e ignorancia, podrían resultar más seguras ante una catástrofe planetaria. El que ese año fuera bisiesto, además, aumentó el terror supersticioso e insensato. Así, cuando el día comenzó a volverse noche y el astro de vida parecía apagarse y morir ante los ojos de la masa acobardada, cundió la histeria y una turba de gente empezó a correr atropelladamente por el puente, hacia La Chimba o aún más allá. Eran años en que se creía también en la relación solar con la manifestación de temblores, así que la mayoría escapaba pensando que, como mínimo, un terremoto devastador seguiría al prodigioso y aterrador suceso en la bóveda celeste. La dignidad de las mujeres sacó la peor parte en esta demencial estampida; otras personas incluso murieron de pánico en pleno escape y contemplación del eclipse. Sólo cuando hubo de volver a alumbrar el Sol a un mundo que seguía existiendo tal cual y que no se acababa entre lluvias de azufre ardiente -por mucho que lo mereciera-, el gentío accedió a aceptar su buena suerte y retornó a sus casas sonrojada, otra vez llenando el paso por el puente375. Por entonces, el lado de La Chimba seguía siendo un barrio más bien agrícola, y de ahí que haya sido considerado un sitio más seguro para esperar el cataclismo que nunca sucedió. Era un sector disfrazado de urbanidad sólo por las modestas casas que se aglomeraban entre los habitantes siguiendo el borde del río y parte de La Cañadilla o el Camino del Salto, y tras los cuales se encontraban las parcelas y las chacras dominadas por la vista de los cerros y los campanarios del Carmen Bajo y la Recoleta, respectivamente. Fray Juan Revegno nos da una pulcra descripción de cómo lucía esta última iglesia en esos momentos finales del coloniaje, pero con las reparaciones y remodelaciones que ya se habían hecho desde mucho antes, tras el terremoto de 1730 y desde allí en adelante: “El altar mayor era todo de madera de cedro tallado; siguiendo el costado que daba a la calle, estaba primero el altar del Señor Crucificado, después el de San Antonio y el de Santa Margarita de Cortona; del otro costado, y siguiendo el mismo orden, estaban los altares de Jesús, María y José; de Ntra. Sra. del Carmen y San Francisco de Paula. La Iglesia no tenía coro alto; el órgano era chico y estaba en el coro bajo que lo separaba del altar mayor una reja de palo torneado. El 375 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 38).

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coro tenía unas sillas pobres y humildes para los sacerdotes, escaños para los legos y donados y facistol en el medio para colocar los libros. Algunas imágenes colgaban de las paredes. La sacristía estaba detrás del altar mayor y se comunicaba con ella por una puerta pequeña, quedando entre el altar y la sacristía un pasadizo al lado de la calle donde estaba edificada la torre que era baja y de pobre apariencia. Cerca del altar mayor se conservaban las cenizas de los fundadores, de un presidente y otras personalidades”376. Del otro lado, en la ribera Sur, todavía la ciudad terminaba prácticamente en el templo de Santo Domingo, a cuya espalda se extendían chacras y peladeros, además del formidable basural del que ya hemos hablado y que seguía siendo un lugar de acopios inmundos a pesar de la intervención que se había realizado en él con el frustrado objetivo de levantar la fastuosa Casa de Moneda encargada a Toesca. Fue en este estado que Mapocho recibiría la ola de la revolución independentista que se venía encima, y que agitaría el destino de la población santiaguina más que todas las riadas, turbiones y terremotos juntos. Un episodio singular y pintoresco tuvo su ocasión en esta parte del barrio, precisamente en esos días. Cuenta Zapiola que una tarde, cuando Carrasco pasaba por la calle Santo Domingo en dirección a los tajamares, se detuvo frente a un grupo de ocho o diez niños que jugaban a los soldados377. Con aires marciales y rectitud de jefe militar, paseó entre ellos e hizo llamar a uno que estaba oficiando de comandante en el grupo. -

¿Cómo te llamas? –pregunta el Presidente

-

Rafael Márquez de la Plata –responde el chico intentando mantener la rigidez militar del jefe que interpreta.

Carrasco sonrió, le tiró una oreja y siguió su camino rumbo al tajamar. Irónicamente, el día aquel estaba en las vísperas del 18 de septiembre de 1810378, cuando su poder y el de la monarquía a la que representaba comenzaron a derrumbarse estrepitosamente y bajo su propio peso con la Primera Junta que, sacando partido a las desgracias de España con las huestes napoleónicas, metía

376 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 38). 377 “Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 16). 378 “Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 16-17).

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cuña para iniciar con la Proclamación de Independencia, la ruta hacia la emancipación y el republicanismo, en una lucha que duró por ocho años más de penurias y sacrificios. “De este batallón –anota Zapiola completando su memoria- sólo viven el jefe y quien traza estas líneas”379. El relato tradicional propone que otra curiosidad habría sucedido en las márgenes del río Mapocho ese mismo año de 1810, y que ha marcado para siempre nuestra historia culinaria, en este caso. Tuvo lugar cuando el comerciante español Ambrosio Gómez comenzó a fabricar y vender en su panadería, a la bajada del Puente de Cal y Canto en La Chimba, los primeros panes franceses que dieron origen a nuestro actual pan batido o marraqueta380. Hasta entonces, los panes que se conocían en el comercio chileno no eran de buena calidad y seguían complicados con las recetas de los tiempos de baja ley de las harinas, siendo llamados pan español (grueso, grasiento y de mucha miga) y pan chileno (aplanado y muy cascarudo). De ser real esta historia sobre la panificación en Santiago, se explicaría por sí sola la popularización del pan francés con la velocidad que experimentó en el siglo XIX dentro de la sociedad chilena y hasta nuestros días, aparentemente desde esta antigua panadería de Mapocho. En tanto, la historia le reservaba a Santiago y a sus habitantes, sus propios panes dulces y amargos, en un banquete incierto de lucha por la libertad durante los días

379 “Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 17). 380 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 15411868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 417). Si el reporte del escritor es cierto, entonces podrían quedar en dudas las teorías que adjudican el origen de nuestra popular marraqueta a dos panaderos franceses de Marraquette, que tenían su panadería en el puerto de Valparaíso a principios del siglo XX desde donde llegó a Santiago, teoría que tropieza, entre otras cosas, con el problema de que hasta nuestros días se le llama en el puerto “pan batido” y no marraqueta. Otra leyenda pone a un francés de apellido Marraquet adaptando el pan de su patria y vendiéndolo en su local junto a la Plaza de Armas, donde quedó con el nombre de marraqueta. Sin embargo, el “pan francés” propiamente tal, aparece mencionado por Claudio Gay en el Tomo II de su “Historia física y política de Chile: Agricultura” (Museo de Historia Natural de Santiago, Chile – 1865), quien escribió confirmando que este producto ya estaba en nuestro país desde mucho antes del siglo XX: “En Chile hay varias clases cuyas principales son el pan francés que es el común de la Europa, el pan inglés de forma redonda y un poco menos cocido que el anterior, el chileno sazonado con grasa y generalmente usado en las provincias, la talera que se da a los peones y a los mineros y amasada con la harina en hoja, y en fin la tortilla preparada como si tiempo de Abraham y como la preparan todavía los Árabes y otros pueblos de la África, es decir sin levadura y cocido bajo las cenizas poco antes de la comida. Hasta el último siglo su uso ha sido muy general y lo mismo entre las personas ricas de las provincias, pero hoy día se encuentra sólo en la mesa de la plebe y en los ranchos de los campesinos” (pág. 57).

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de nubarrones negros en un cielo rojo, que se aproximaban por encima de la vida nacional.

Inscripciones en el capitel del pilar esquinero en la casa de Rafael Cicerón en Recoleta, en fotografía de los años cuarentas publicada por Carlos Lavín en “La Chimba”.

Vista actual de la casa-pilar de Recoleta. Los infames malos grafiteros o “tomadores de espacios” de pacotillas, se han encargado de hacerla verse en el estado que se observa.

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Ranchos en la vera de un camino, según ilustración de Melton Prior para “The Illustrated London News” de marzo de 1891. Chozas y casitas miserables como éstas eran las que cercaban las orillas del río Mapocho y también las había en los alrededores del barrio.

Puente de Palo, en el siglo XIX (c.1870). Se ubicaba donde hoy está el Puente de la Recoleta y constituyó por sí mismo un paseo, especialmente por un concurrido restaurante en uno de sus extremos.

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Esquina de 21 de Mayo con la entonces llamada calle Mapocho, al costado del Mercado Central. Fotografía de 1915, actualmente en los archivos del Museo Histórico Nacional.

La casona colonial que existía en calle Puente con San Pablo, en fotografía de 1928 archivada también en las colecciones del Museo Histórico Nacional.

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Esto es lo que queda de la piedra instalada en el Puente de Cal y Canto por el Corregidor Zañartu, celebrando su obra. Hoy está en el acceso poniente del cerro Santa Lucía.

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PARTE IV:

RASTROS FOSILES DE TRANSICION A LA REPUBLICA

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El temporal libertario libertario llega a Mapocho 1810 y 1811… ¡Qué tremendos años de nuestra historia! Primero, la Junta Nacional de Gobierno se constituye con el veterano Mateo de Toro y Zambrano al mando; el mismo ex constructor de tajamares. Al coro unísono y repetitivo de “¡Junta queremos, junta queremos!", Chile salta a la aventura de la libertad nacional bajo una pancarta de “apoyo” a la misma corona de cuyo yugo en realidad pretendíamos zafarnos. Y después, ayudado de sus leales hermanos, el General José Miguel Carrera (cuyo padre había sido parte de esta Junta) regresa desde España a su verdadera patria, toma la presidencia en la Junta Provisional y se apodera así del gobierno conducido hasta entonces inestablemente. Procederá a constituirse, después, en el primer Presidente de Chile, título que el orgullo tozudo de algunos historiadores sigue adjudicando a Manuel Blanco Encalada por un mero tecnicismo semántico y casi presuntuoso. Con la publicación del Reglamento Constitucional Provisorio del año 1812, la instauración del 18 de septiembre como fecha de celebración de la Independencia y la creación de los primeros símbolos nacionales, entre muchos otros méritos, Carrera dio el impulso y soplo de vida al republicanismo chileno. Dícese que él y sus hermanos Juan José y Luis siguieron asistiendo a algunas de las chinganas y quintas de los contornos del río, allí donde eran queridos y admirados. Quizás de esto provenga también la tradición que retrata a doña Javiera Carrera, la mayor de los hermanos, bailando la refalosa en una conocida canción popular. En tanto, una cueca del folclore recuerda con estas líneas tan legendarias presencias, aludiendo de paso a la creación de las Fiestas Patrias de septiembre durante el segundo año del Gobierno del General Carrera: Y en mil ochocientos doce fue el año de los Carrera nacieron las fiestas patrias con sus fondas y bandera381 Los tres varones se habrán encontrado también por allá por las chinganas chimberas con su fiel compañero de armas y vivencias Manuel Rodríguez, conocido visitante de las fondas y quintas más “alegres”, pues se sabe que el guerrillero cuya energía permitiría después la entrada de las fuerzas del Ejército Libertador a Chile, era otro activo asistente a estos establecimientos populares, 381 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 231).

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siguiendo allí a los Carrera de la misma manera que lo hizo en las aventuras, heroísmos y, lamentablemente además, en las desgracias. Rodríguez vivió en el barrio, de hecho, en una casa de la calle Carrión de La Cañadilla, y es conocido que intercambió intensamente información sobre los movimientos de las fuerzas realistas gracias a sus contactos entre comerciantes y bodegueros que existían en la ribera de Mapocho, entre el sector del actual Parque Forestal y el Mercado Central. Pero la Patria Vieja, ese romántico y hermoso primer intento de construir una República autónoma saltándose incluso los pasos más difíciles y engorrosos del duro camino a la liberación completa y definitiva, cayó herida de muerte en el Desastre de Rancagua en octubre de 1814, a razón de intrigas, divisiones, errores y orgullos incompatibles en el seno de las fuerzas patriotas más que del poderío enemigo propiamente tal. Y desde allí la historia se vuelve sucia: más páginas de traiciones, de muerte y de exilio. El General Bernardo O’Higgins, aún teñido con el tizne de la pólvora que casi le arrebata la vida en la plaza de su derrota junto al Cachapoal, irrumpe ahora por entre los caseríos del barrio ribereño santiaguino, seguido de sus aliados. Atraviesa el Puente de Cal y Canto hacia La Cañadilla con la peor de las noticias, clamada a viva voz y, si no, a grito desgarrador: -

¡A Mendoza… A Mendoza…!

Los patriotas habían sido vencidos el día anterior. Sólo podía esperarles la amargura de la expatriación en las tierras cuyanas, desterrados por una apuesta de libertad que parecía perderse irreparablemente, ya diluida en la ilusión mareadora de las falsas esperanzas. Miles de vecinos salen de sus casas de adobe y sus ranchos, y se integran a la caravana que purga por sus sueños de libertad y autonomía, ese triste día 3 de octubre382. Saben que la venganza de los realistas será devastadora, brutal, implacable; todavía peor que las penurias del éxodo al que ahora se enfrentan. El exilio y la fatiga siguen sonando menos terribles que la vida bajo el yugo hispánico, sediento de cobrarse el desquite y de encontrar responsables por la insultante osadía independentista que ahora se ha frustrado. Se bajan las banderas que sólo ayer lucían soberbias sus bandas blancas, azules y amarillas, y la mirada de esperanza para días mejores -o menos malos- se deposita ahora en el cruce de la cordillera. El Cal y Canto y La Cañadilla están llenos hasta sus colmos por la cantidad de gente que huye a pie, a lomo de bestia, cargando niños, ancianos, enseres, animales, trastos y todo cuanto les fue posible sacar de sus casas en breves 382 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 38).

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minutos383. Entre la angustia suenan los pasos, las ollas y los ejes sin grasa de las carretas. Sólo cuando hubo de caer destruido, décadas después, el puente pudo ser objeto y testigo de tantas miradas de dolor y de amargura como las de ese día, en la duda de un futuro difuso frente al cual sólo había un inmenso camino por encima de la majestuosidad de los Andes, a inicios de la primavera. Aunque ha llegado a Santiago antes que O’Higgins, el General Carrera se quedará al final de la terrible procesión en pena por la cordillera andina. Había cruzado por última ocasión en su vida el Puente de Cal y Canto, y esta vez no para festejar con sus queridos rotos en las chinganas mapochinas, sino para arrogarse el desafío de cuidarles las espaldas en la dolorosa ruta hacia la sombra del Aconcagua, al camino del exilio a Cuyo… Carrera jamás volverá a ver las aguas del río Mapocho lavando las angustias de una ciudad gris; y nunca más podrá regresar vivo a su patria, aquella por la que dio todo, finiquitando su propio destino. Su pasada final por el río fue, acaso, la despedida simbólica de ésta, su tierra natal, para el artífice de la Independencia de Chile, el Príncipe de los Caminos. Mientras sigue viendo en la porfía de O’Higgins la razón de este desastre y mascullando en el paladar la amargura de la derrota y la indignación, Carrera protegerá así la retaguardia de los infelices patriotas, con celo, librando en el camino la última de las justas contra los realistas en esa Patria Vieja que él mismo había ayudado a concebir: la Batalla de los Papeles, del 11 de octubre. Pero, al llegar a Mendoza, José de San Martín le vuelve la espalda y luego es traicionado y apartado del nuevo ejército que se formará. La fortuna del gran caudillo y la de sus hermanos, comenzaba a escribirse hacia su trágica etapa final. A pesar de todo, y para alegría de los patriotas, el Puente de Cal y Canto volverá a ver la sonrisa triunfal de los chilenos, pocos años después.

La Cañadilla o el sendero de la Independencia Tras el fracaso militar de Rancagua, la guerra por la Independencia se redujo en este momento de exilio y de la Reconquista Española sólo a algunas escaramuzas y riñas entre realistas y patriotas, ya sea en las calles mal iluminadas o bien en las fondas ribereñas de los curagüillas. Los hispanos pusieron la bota con tal severidad 383 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 38).

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sobre los santiaguinos, que quizás sólo los envalentonados por el aguardiente o la chicha se atreverían a retarlos públicamente con los discursos y las arengas patriotas, a riesgo de recibir los terribles castigos de la autoridad de facto. Pero, tras una serie de movimientos hábilmente conducidos por Manuel Rodríguez, la expedición patriota consigue cruzar la cordillera para retomar acá el proyecto pendiente de la libertad americana. La luz salió para Chile otra vez el 12 de febrero de 1817, con la victoria de Chacabuco, cuando el Ejército de los Andes da tremenda paliza a los realistas y recupera las riendas de un proyecto que parecía casi perdido. El pueblo capitalino se volcó en masa al Puente de Cal y Canto y a La Cañadilla, haciendo vigilia los días 13 y 14 para recibir a sus héroes, luego de haber visto al enemigo humillado. Ya habían observado a las fuerzas realistas atravesando el río con la marca de la derrota en el rostro, en tanto que Casimiro Marcó del Pont, último jefe español en Chile y que al parecer no era ni cobarde ni afeminado como han pretendido sus difamadores, de todos modos huyó esa misma tarde como alma que se la lleva el Diablo384, siendo apresado poco tiempo después en la Hacienda de las Tablas. Los patriotas fueron recibidos, de esta manera, con una fiesta extraordinaria en las riberas del Mapocho, cuando aparecieron al fin por La Cañadilla con sus estandartes de victoria al viento. Poco después, sobre el mismo puente, pasó ahora el cuerpo lacerado y sufriente de Vicente San Bruno, derrotado Capitán de los odiados y temidos Talaveras, arrastrado hacia la ciudad tras ser detenido al momento de devolverse al campo de batalla y disparar un cañón estando ya prácticamente solo, mientras los demás escapaban de la embestida patriota. Allí en el Cal y Canto, recibió una lluvia de basura, sandías y materias todavía más repugnantes, que las gentuallas le arrojaron en la explosión de odio y sed de venganza que inspiraba la escena de su abatimiento y deslustre385. Fue tal el frenesí que la muchedumbre intentó lincharlo o destrozarlo, pero los soldados lograron contener la ira de la masa. Arrojado frente a O’Higgins, éste preguntó intrigado a San Bruno por su comportamiento tan ciegamente valeroso e irracional en el campo de batalla: -

¿Cómo Ud., tan odiado, se expuso a caer prisionero?

384 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 38-39). 385 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 39).

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Por cumplir con mi deber, señor general –contestó él-, he podido escapar mejor que los demás porque montaba el mejor caballo. No pudiendo contener mi tropa, he vuelto a disparar el último tiro386.

No habría hecho gran diferencia si lo hubiesen dejado morir en manos de la plebe allí en las orillas del río, sin embargo, porque en marzo fue condenado a una “muerte infame”, al decir de Edwards Bello, siendo ahorcado en la Plaza de Armas complaciendo el aborrecimiento contra su figura. Se podrá escribir cualquier cosa de él, por lo tanto, menos que puso alguna vez en duda su sólido y gallardo coraje. En tanto, tras la apoteósica pasada del Ejército de chilenos y mendocinos por La Cañadilla, seguida de las fiestas y los carnavales de la ciudad, se bautizó casi espontáneamente a este sendero como Camino Buenos Aires387 en homenaje a San Martín y a otros argentinos comprometidos con la causa libertaria388. Sin embargo, además de imprecisa (la homenajeada debía ser, en realidad, Mendoza o la Provincia de Cuyo) fue una denominación muy efímera, como veremos. Pero cuando todo parecía ir viento en popa para Chile, vino el Desastre de Cancha Rayada del 19 de marzo de 1818, y otra vez todo el dolorido pueblo se volcó con inmensa frustración hacia La Cañadilla, con la locución aterradora de “¡A Mendoza, a Mendoza!”, atravesando en masa el puente, nuevamente, los días y las noches del 21 y 22. Fue entonces, el 23, que Manuel Rodríguez irrumpe una vez más deteniendo la fuga civil con un gran Cabildo y la arenga inmortal “¡Aún tenemos patria, ciudadanos!”, misma que recuperó las esperanzas de todo un país y repuso a las fuerzas patriotas en la senda de la lucha que le daría su definitiva libertad, el 5 de abril de 1818, en el cañón del río Maipo. En el colectivo mental santiaguino, La Cañadilla quedó comprometida (o acaso salvada) como el sendero desde el cual vino la Independencia, más que la ruta al escape humillante del exilio. El peso de ver regresado victorioso por su senda al mismo Ejército desde los campos de Chacabuco, no se disipó. Sembró para la posteridad, inevitablemente, el título del Camino de la Independencia, y una placa conmemorativa colocada hoy en una de las paredes de la Parroquia Carmelita recuerda este magno acontecimiento389. Este elogioso nombre le fue oficializado en 386 “Chile a Color: Biografías” Tomo I. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1982 (pág. 237). 387 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 44). 388 Más apropiadamente, debió llamarse Camino Mendoza o Camino Cuyo ya que, independientemente de lo que repitan algunos poetas de la historia heroica, en los hechos el gobierno central de Buenos Aires poco y nada hizo realmente por la liberación de Chile e incluso se empeñó, en algún momento, en obstaculizarla y perturbarla. San Martín llegó a desobedecer a su gobierno para seguir adelante. 389 Está en la Parroquia Carmelita del Santo Niño Jesús de Praga, edificio de líneas neogóticas levantado en General Borgoño con Independencia, hacia 1920, en su muro hacia el lado de la avenida

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épocas posteriores. No es casual, así, que una de las principales arterias mapochinas que nació junto al río para perderse por conventos y casas viejas de La Chimba, se llame como esa Independencia que tantos sacrificios de vidas, esfuerzos y desgarros de almas provocó en los patriotas, muchos de ellos rotos y huasos ligados al mismo barrio ribereño. Hoy, la carretera que une el extremo Norte de Independencia con la ruta a Los Andes y desde allí a Mendoza, se llama Camino de San Martín, en homenaje al general argentino de lideró la expedición. Mas, la tragedia alcanza en mayo al insigne Rodríguez: apresado tras su protesta ante O’Higgins por la ejecución de Juan José y Luis Carrera, había sido llevado al Regimiento Cazadores de los Andes en Teatinos con San Pablo (a espaldas del actual cuartel policial), desde donde fue conducido a su alevoso asesinato en Tiltil. En tanto, don Pedro Chacón y Morales enarbolaría orgullosamente la enorme bandera que colocó en su negocio a partir de 1819, celebrando la Independencia y que, como hemos visto ya, dio origen al nombre de la Calle de la Bandera, una de las principales del barrio de nuestra atención y que equivale a la continuación de La Cañadilla de la Independencia al otro lado del río390. Más tarde, cuando se habilitó el Cementerio General por orden del propio Bernardo O’Higgins, el Puente de Cal y Canto se convirtió también en una vía obligada para las caravanas mortuorias, que se hicieron cada vez más comunes y características en el paso. Esto reforzó su percepción solemne en aquel contexto histórico, con muertos que ahora podrían ser sepultados en su propio y legítimo suelo patrio. Aunque hubo sepultaciones en fosas casi desde el mismo día inaugural, el primer cortejo con una persona fallecida que había pasado por el Cal y Canto hacia la flamante necrópolis, fue el de una monja de Santa Clara llamada Sor Ventura Fariña, el 11 de diciembre de 1821, sólo dos días después de la bendición del camposanto. Y el 14, le toco al primer varón: un español llamado principal. Fue instalada por el Instituto de Conmemoración Histórica de Chile el 26 de agosto de 1963. Dice: “Por aquí entraron chilenos y argentinos victoriosos de Chacabuco en el Ejército Libertador de los Andes, el 13 de febrero de 1817. Éste fue el Camino de Chile que comunicaba con el Imperio de los Incas – Siglo XVI. En la siguiente centuria, llamose Camino Real de la Cañadilla y en el Gobierno del Exmo. Sr. D. Bernardo O’Higgins, Calle Buenos Aires". Sin embargo, esta placa habría estado originalmente en uno de los obeliscos cerca del Puente de la Paz y en la ribera Sur del río. 390 Es una extraña curiosidad o coincidencia que el Museo de Arte Preocolombino, principal centro arqueológico de su tipo en Santiago, se halle también hacia el punto central de Bandera (ex Palacio de la Real Casa de Aduanas) y de esta prolongación desde el Mapocho de la ruta directa señalada por la Cañadilla que, como hemos visto, es también el más antiguo camino de Chile y una suerte de extensión del histórico Camino del Inca en el territorio. Casos parecidos han sido el hallazgo de los valiosos enterramientos ancestrales próximos al Museo Nacional de Historia Natural (Metro Quinta Normal) y sepulturas posiblemente coloniales del Cerro Blanco próximas a la Iglesia de la Viñita, tan cerca del Cementerio General, entre otros ejemplos intrigantes… Simbólicas coincidencias culturales e históricas.

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Esteban Cea391. La característica de despedida mortuoria en el puente llegó a serle muy propia: en 1880, por ejemplo, la comitiva que llevó los restos del Almirante Thompson a su última morada, pasó por él totalmente decorado y engalanado con colgaduras negras, lágrimas de plata, crespones de luto y un arco de despedida392. Las visitas del Más Allá volvieron al Cal y Canto en los primeros años de la Patria Nueva, sin embargo: en el mes de noviembre de 1822, luego del “temblor grande” que sacudió Santiago, se reportaron apariciones espectrales y otros sucesos allí junto a La Cañadilla. Desde entonces, no pararían hasta que el puente cayó herido de muerte. Se denunciaba la presencia de fantasmas que paseaban como velas de barcos por la cima, pájaros gigantes de alas blancas, voces misteriosas en el viento, gritos de mujeres y extraños fenómenos en las aguas del río, que Rosales metaforiza con la imagen alegórica de “sirenas del Mapocho”393.

Casa colonial tardía de San Pablo, entre Puente y Bandera. Imagen publicada por Sady Zañartu en “Santiago, calles viejas”. Fachadas suntuosas en un barrio popular. 391 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 46). El autor hace notar, sin embargo, que al no saberse con certeza si el Corregidor Zañartu falleció en su casa de la Plazoleta de la Merced o bien en su quinta de La Cañadilla, hallándose enterrado en el templo de San Rafael, bien pudo haber sido suyo el primer cortejo funerario que atravesó el río por el Puente de Cal y Canto. 392 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 49). Lo mismo ocurrió 80 años después en el funeral del ex Presidente Carlos Ibáñez del Campo, fallecido a fines de abril de 1960: fue ovacionado por sus seguidores esta vez en el Puente de los Obeliscos, hermosamente decorado con ayuda de las vendedoras de las Pérgolas. 393 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 63).

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Rotos, un vendedor de mote y niños del barrio del Cal y Canto frente al mercado, en grabado de base fotográfica publicado en “Briefe von Kolonisten ous Chile”, de 1885.

Un “deporte” a los pies del puente En tanto, otras batallas muy distintas a las de patriotas y realistas se desarrollaban por esos mismos años entre los puentes del río, cual reflejo de la gran

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conflagración que tenía lugar entre las fuerzas del mundo real, fuera de la vega mapochina. La gente descendía a esta suerte de parque natural que crecía por los bordes del Mapocho, y los niños se entretenían jugando entre los murallones del tajamar y los arcos más secos del Cal y Canto, quizás imaginándolo como los muros de un castillo de cuentos. Fue inevitable que terminaran imitando las batallas en una época de guerras. Nadie ha declarado con exactitud cómo empezaron, por entonces, las disputas a piedrazos entre los representantes de ambos lados del río, peligrosa tradición que llegó a ser todo un campeonato local del Mapocho, pese a que no faltaban los descalabrados y los contusos al final de cada justa. Sady Zañartu sugiere que puede haber comenzado con los niños que se situaban en los ojos o arcos menos expuestos al agua del río Mapocho, a los pies del Puente de Cal y Canto, y desde allí comenzaban a arrojar guijarros a los chiquillos del lado de La Chimba, provocando la pelea que, a veces, llegaba a las aguas mismas del río pasando a palos y piedras más grandes394. Había un elemento de connotación sociológica en estas peleas, según Lavín: “…la hoya del Mapocho forjaba con su caprichosa topografía una mayor separación entre las travesías de una y otra banda y esta circunstancia facilitó cierta rivalidad social que llegó a traducirse, desde 1813, en periódicas batallas campales”395. Lo mismo informa Pablo Garrido, sobre los actos que también podrían ser el origen de las peleas a pedradas: “Los mozalbetes de la Chimba -barriada de la ribera Norte-, resentidos por su condición geográfica de extramuro, no tenían contemplación alguna con los transeúntes de la ribera Sur, y de continuo hubo pedradas certeras que troncharon vidas inocentes”396. Dice el mismo autor que las peleas y atentados a pedradas tenían como principal escenario riberano a todo el tramo que existe en el río Mapocho desde Purísima hasta unas tres cuadras más abajo del Puente de Cal y Canto397. Y es por datos como estos que tendemos a creer que la tradición debe ser anterior, quizás desde tiempos coloniales, pues tirarse cosas por la cabeza es una costumbre bastante 394 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 59). 395 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 66). 396 "Biografía de la cueca", Pablo Garrido - Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1976 (pág. 48-49). 397 "Biografía de la cueca", Pablo Garrido - Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1976 (pág. 48).

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nuestra y muy arraigada en la sociedad chilena: desde cohetes de papel y las almohadillas cargadas de polvo de tiza, hasta los típicos globos bombitas de agua, huevos o bolsas de tinta al final de las clases. Difícilmente habrían resistido, durante el siglo XVIII, la tentación de arrojarse algunos de los proyectiles naturales que abundaban en los pedregales del Mapocho, pero cobrando mayor energía en los años de la Patria Vieja y los siguientes. Zapiola, por su parte, recuerda con entusiasmo cómo junto a una de las dos acequias que fluían por la Plaza de Armas durante los años de la Independencia, la que corría hacia el costado Norte del recinto y de oriente a poniente, se reunían los vendedores de ojotas que ofrecían el par a muy bajo precio (un real), acumulándose cantidades de estos calzados viejos de los clientes, que los muchachos usaban como proyectiles para desatar verdaderas guerras de ojotas gastadas y seguramente pasadas a pata, también durante los días festivos y “a las que jamás faltábamos, por la inmediación de nuestra casa al campo de batalla”, según escribió398. Entonces, las pugnas a roca y piedra quizás sean igualmente antiguas en la capital. “Desde principios de siglo –escribe Abel Rosales confirmando nuestra sospecha- los niños de Santiago vivieron en eterna gresca. En el año ocho y nueve las batallas se daban en las calles más centrales de la ciudad”399. Pero parece que las luchas comienzan a encarnizarse el año 1813 señalado por Lavín, casi como reflejo de las que sucedían por conseguir la Independencia, pues también empezaron a desaparecer o, cuanto menos, a disminuir hacia 1817, justo con el advenimiento de la Patria Nueva, prolongándose con menos intensidad por algunos años más. Ya existían, durante aquellos días, las lidias a piedrazos entre otros barrios o calles, costumbre poblacional que, por desgracia, aún sigue muy arraigada o acaso ha despertado una vez más en los estratos culturales más bajos de la sociedad chilena, cuando se cae en el frenesí de destrucción pública con excusas políticas o bien para repeler fuerzas policiales en operativos y redadas. Sin embargo, nada se comparaba con las que tenían lugar a orillas del río, con su concurrido público y un carácter lúdico que amortiguaba parte de la gravedad de tan temeraria costumbre. “Pero el verdadero campo de batalla –dice Zapiola-, o más bien, la Italia de los siglos XV y XVI, era la caja del Mapocho, adonde acudían combatientes de todos los barrios…”400.

398 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 19). 399 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 55).

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Para el caso de los mataperros, como se les llamaba antaño a los pelusas y a estos tiradores de piedras, ellos se reunían sagradamente los días festivos en la tarde para protagonizar sus batallas. Y jamás les faltó el público, que se acumulaba masivamente a presenciar el espectáculo en el que, a pesar de su inferioridad numérica, los chimberos tenían fama de mejores tiradores401. También enemigos de los demás niños chimberos vecinos suyos, los del lado de La Cañadilla tenían su propio batallón y, por general, a un audaz pelusa apellidado Núñez Villalón, quien llegaba cada jornada con el sable de su padre al cinto, probablemente sacado a hurtadillas desde el muro de recuerdos familiares. El cuartel de estos niños estaba en el pedregal de un ojo seco al Norte del puente402. Grave problema estratégicomilitar, sin duda, porque era el mismo territorio de los otros niños chimberos. Los naturales de la Chimba, como se les registró por largo tiempo en sus partes de nacimiento (como si fueran acaso de otra ciudad, e incentivando el separatismo con respecto a Santiago), tenían la responsabilidad adicional de proteger los ya mencionados ranchos situados en la orilla del río, del lado suyo, pues los ejércitos de mocosos santiaguinos celebraban sus victorias saqueándolos o destruyéndolos como vikingos llegados a Roma, sólo por el placer de causar daño, ya que pertenecían a humildes moradores o comerciantes sin ningún botín. Los abusones del lado del Atila criollo no tenían este problema con su ribera, pues los edificios del borde Sur eran más sólidos y como la mayor parte de los curiosos se conglomeraban de ese lado, cualquier incursión saqueadora de los vándalos chimberos acabaría reprimida por la masa de mirones que rompían la neutralidad del observador403. Se sabe que uno de los niños pendencieros de estas batallas era nada menos que el futuro Arzobispo Rafael Valentín Valdivieso, quien destacaba por su puntería y acierto en cada tiro404. Otro ilustre fue don Vicente Pérez Rosales, quien participaba del grupo de chiquillos cimarreros que iban a provocar a los chimberos para definir “quién quedaría dueño aquel día del puente de palo”, hacia 1814. “En él y debajo de él –escribe en sus recuerdos-, porque el río iba casi siempre en seco, nos zamarreábamos a punta de pedradas y de puñetes 400 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 74). 401 “Folklore Chileno”, Oreste Plath. Ediciones PlaTur, Santiago, Chile – 1946 (pág. 172). 402 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 54). 403 “Recuerdos de Treinta Años”, José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 74-75). 404 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 55).

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hasta la hora de regresar a nuestras casas, lleno el cuerpo de moretones y la cabeza de disculpas, para evitar las consecuencias del enojo paterno, aunque siempre en vano, porque el palo del plumero nunca dejaba de quitarnos de las costillas el poco polvo que nos habían dejado en ellas los mojicones”405. La costumbre de ir a mirar a estos salvajillos desde la seguridad del tajamar y los paseos de los malecones fue decayendo, pero se mantuvo con parcialidad mientras duraron estas estructuras en pie, hasta 1830 según Zapiola. Si sumamos que fue por algún tiempo el único paseo de este tipo en Santiago, podemos entender que era parte de una salida dominical y familiar ir a la pelea de los mataperros. Nunca faltaron guerreros por toda la extensión de las riberas escogidas como lugar de enfrentamientos. Los chimberos se esforzaban por vencer a los santiaguinos, más numerosos, y a veces se acercaban a sólo unos metros entre sí por las partes más estrechas del río, con la única intención de provocarse heridas y tener a mano los proyectiles que lanzaban repetidamente, a riesgo de incrementar las probabilidades de la embestida de saqueo y vandalismo que daba el castigo final a cada derrota de los naturales de La Chimba: “Esta última circunstancia –continúa Zapiola- era sólo favorable a los santiaguinos, que, llegando casi siempre hasta los ranchos situados en el río, y encontrándolos abandonados, saqueaban como vencedores esos ranchos, escapando sólo aquellos cuyos dueños eran mujeres indefensas”406. Reafirmándonos el contexto social del gusto por las batallas y las escaramuzas en que se hallaban los asaltos del río Mapocho, cabe recordar que por la misma época hubo otros escenarios observados por Zapiola para similar clase de conflictos, facilitados por la ausencia de una auténtica policía pública. En los últimos meses de 1816, por ejemplo, estallaban tremendas refriegas entre miembros de los batallones Talaveras y Valdivia, compuestos de españoles y de chilenos del Sur, respectivamente. Como los realistas portaban bayoneta y los chilenos estaban restringidos de usar armas, estos se valieron de las piedras y parece ser que las utilizaron con suficiente destreza para equiparar tal diferencia de fuerza en las luchas callejeras o, lo que es peor, en centros de entretención y chinganas, como la de Ño Plaza en las faldas del San Cristóbal407. 405 “Recuerdos del pasado”, Vicente Pérez Rosales. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1980 (pág. 18). 406 “Recuerdos de Treinta Años”, José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 74). 407 “Recuerdos de Treinta Años”, José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 75-76).

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Otro lugar que había sido escogido por los niños para jugar “a las piedras” era el Cerro Blanco de Recoleta, que los cabros cimarreros ocupaban siempre aprovechando de provocar a los chimberos en su propio suelo408. Por lo desolada e inhóspita, también se producían frecuentes riñas y justas en el sector de la cuadra de calle San Antonio ubicada entre Monjitas y Santo Domingo, prolongándose hasta 1818, aunque quizás con tontos más grandotes como gladiadores. Los transeúntes tenían que pasar corriendo en momentos en que eran menos las piedras volando, y el propio Zapiola conservó para siempre una cicatriz de recuerdo en la frente, producto de una de ellas409. El mismo autor comenta que el escenario del basural también fue campo fértil para las batallas y encontrones entre fuerzas adversarias -reales o inventadas-, todavía después de las luchas por la emancipación: “Tales proporciones llegaron a tomar estos combates que tenían lugar siempre en el Basural, ahora Plaza de Abastos, que fue preciso, los días de fiesta sobre todo, mantener sobre las armas al Batallón Nº 2 de guardias nacionales, cuyo cuartel estaba allí mismo, para dispersar a los combatientes”410. Por extraño que suene, estas curiosas escenas siguen teniendo un equivalente en nuestros días, tan distantes de aquellos: precisamente en el sector del Barrio Mapocho, suelen formarse dos jaurías de perros abandonados, de todas las razas, mezclas y tamaños, que gobiernan abajo cada cual a un lado del río, viviendo entre los islotes, bajo los puentes y demás zonas secas. No son hostiles con los seres humanos pero, de cuando en cuando, comienzan las peleas caninas entre ambos bandos, que se van resolviendo en extraños y arriesgados ritos de lucha donde algunos de estos guerreros de cuatro patas atraviesan el caudal del río dificultosa y arriesgadamente para conquistar el lado opuesto del enemigo. Las escenas no son frecuentes, pero cuando las hay, atraen una gran cantidad de curiosos que se apilan en las barandas y los pretiles para observar al detalle y desde estas cómodas gradas las peleas de perros del Mapocho, a veces por largo rato. Nada parecido, sin embargo, por lo pintoresco y por la atención que concitaron, a la epopeya de piedras y cabezas rotas de las batallas en la ribera del Mapocho, a los pies de sus viejos puentes. 408 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago de Chile desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869. (pág. 320). 409 “Recuerdos de Treinta Años”, José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 75). 410 “Recuerdos de Treinta Años”, José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 76-77).

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Nacimiento del mercado principal Hubo otro lugar del barrio que estaba destinado a tener gran importancia comercial para todo Santiago, pero que también había sido escogido desde los tiempos en que era el basural de Mapocho para ser escenario de pendencias, picardías infantiles y otras procacidades, de la misma manera que sucedía en el lecho del río como hemos visto recién. Muchas veces se ha pretendido que el antiguo mercado de Mapocho o su “reflejo” de La Vega, al otro lado del río, habrían sido las primeras plazas de abastos que tuvo Santiago con ese nombre. Técnicamente, sin embargo, la primera feria o recova semanal existía entre los canastos y mesones instalados en nuestra Plaza Mayor o de Armas y que ha sido llamada el “tianguez”, “trianguez” o “triangues”, en el siglo XVI411. Se la ordenó, más tarde, dentro de un alero por el lado de la plaza, naciendo también una especie de callejuela corta de negocios que la gente denominaba Calle de los Baratillos, con la creación de un nuevo mercado ya en los tiempos de Amat. Cronológicamente, éste fue el mercado de la ciudad de Santiago hasta los años de la Independencia, y Zapiola lo describe con realismo y sin decoraciones, como un “galpón inmundo, sobre todo en el invierno, estaba en el costado oriente”412. Por lo tanto, resulta claro que cuando la oferta de abastecimientos y víveres comenzó aparecer en las riberas del Mapocho413, esta clase de comercio feriano ya era bastante bien conocido por los santiaguinos. Fue entonces que don Bernardo O’Higgins creó un mercado de abastos permanente en el ex Basural de Santo Domingo, en 1817, para desocupar al fin la antigua feria de la Plaza de Armas. Sentó, con ello, la piedra angular del que sería nuestro actual Mercado Central de Santiago414. 411 Dicen Vicuña Mackenna y otros autores que ésta es una palabra de origen azteca con la que se designaba a las ferias semanales que funcionaban en las ciudades de México. La versión de esta clase de feria en Santiago de Chile fue creada sólo unos 12 años después de la fundación de la colonia, pero con el nombre de Feria o Mercado de Abasto, en la plaza. Hoy, la comunidad de vendedores de La Vega Central insinúa corporativamente, ser heredera en línea directa de ese antiguo Mercado de Abasto. 412 “Recuerdos de Treinta Años”, José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 18). 413 “Las tres colonias”, Eduardo Solar Correa. Ed. Francisco de Aguirre, Santiago, Chile – Segunda Edición, 1970 (pág. 24). 414 “La ciudad, un espacio educativo. Guía Metodológica “50 obras arquitectónicas del patrimonio de Santiago”, Ficha 11 “Mercado Central”, Fundación Futuro – Colegio de Arquitectos de Chile, Santiago, Chile – 2006.

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Esta nueva Plaza de Abasto, como era llamada, se instaló en el llano que había quedado de los trabajos de Toesca sobre el terreno del basurero, cuando se creía posible construir allí lo que ahora es nuestro Palacio de la Moneda, como hemos visto. Antes, sin embargo, habían comenzado a acumularse bodegones y puestos de venta de alcohol o frutas bastante cerca, por en el sector que hoy llamamos calles José Miguel de la Barra e Ismael Valdés Vergara, más o menos, lugares conocidos también por sus pistas de rayuela y fondas. Los locatarios de tendales y almacenes se habían ido instalando y aproximando de esta forma al descrito ex vertedero, convirtiéndose después en una floreciente y próspera feria. Además de la explanada disponible que existía en el ex basural, parece haber tenido fundamental influencia en la ubicación de este mercado la convergencia de todas las rutas y fuentes de comercio de esos años en dicho sector del barrio: así del comercio marítimo y portuario de Valparaíso a través del camino de San Pablo, como el de Argentina a través del camino de La Cañadilla; y también el de más al Norte en los terrenos chacareros de la zona central que también conectaban con la ciudad a través del Puente de Cal y Canto415. En efecto, este puente permitía que llegaran por el Camino de la Cañadilla hasta el barrio riberano los muchos productos y mercaderías provenientes de los fértiles campos de Renca, Colina, Conchalí y Chacabuco416. Quizás porque existían otros mercados de abastos así identificados en la ciudad de Santiago, éste junto al Mapocho era llamado también como la Plaza del Mercado de San Pablo, pues estaba ubicado precisamente en la cuadra completa al final de esta calle que, como hemos dicho, fue también la desembocadura del antiguo camino Valparaíso-Santiago. Asimismo, existieron mercados parecidos en La Chimba, o el de Recoleta, el del Correo Viejo, el del Pilón de Concha y el de Moneda, por nombrar los principales417. Equivalían, ciertamente, a las ferias libres de nuestros días. Cabe recordar, además, que apareció con el tiempo otro mercado menor pero muy parecido al mapochino, llamado Plaza Nueva de San Pablo, situado a unas ocho cuadras de la época hacia el poniente del centro principal y por la misma calle San Pablo. Para distinguirlas, la gran Plaza de Abasto del Mapocho pasó a ser

415 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 144). 416 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 122). 417 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago de Chile desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869. (pág. 433-434).

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conocida, desde entonces, como la Plaza Antigua de San Pablo418, a sólo tres cuadras del kilómetro cero de la ciudad de Santiago. En tanto, en 1821 y luego de 64 años funcionando en medio de la inmundicia y la suciedad, el andamio en ruinas que había levantado Amat para el antiguo mercado o recova de la Plaza Mayor, fue definitivamente demolido por no volver a funcionar más allí la vieja feria comercial419, por lo que la Plaza de Abasto de Mapocho pasó a ser el principal y más importante mercado interior de todo Santiago. Y para ampliar la capacidad de su recinto, después se vendió a censo todo el contorno de este mercado por 10.039 pesos, para que fueran ocupados por tiendas y locales. Barros Arana declara que esto le producía al erario del Cabildo 401 pesos al año420. Se sobrentiende que esta ubicación del mercado frente al populoso barrio de La Chimba y en el punto de arribo masivo de carretas y carretones de los comerciantes agrícolas o ganaderos, favoreció con entusiasmo el próspero crecimiento de la Plaza de Abasto que, originalmente, acumulaba de preferencia a comerciantes al por mayor. Así describe Pereira Salas este escenario de masivo y diverso comercio en la orilla del Mapocho: “Los golosos no tenían sino que recorrer algunas cuadras hacia el río para llegar al nuevo Mercado, al pie del Puente Grande “superabundantemente surtido”. En los mesones se exhibía la carne de los 300 animales que diariamente se sacrificaban para el abasto. En los puestos de toldo de brin había plétora de frutas: las célebres manzanas quillotanas, camuesas, jacobinas, lucas, mosquitas, bobas y chatas; los peros joaquinos, las peras cerezas, las redondas, chinas, armenias, acalabazadas, las del buen cristiano, mendocinas, portuguesas, de guardar, bergamotas y cambrayes; los duraznos cotonudos sin pelusa, los abollados, los blancos pelados, los blanquillos; las ciruelas adamascadas, endrinas, moradas, calabacinas, bocado de damas, efímeras; la palta, la lúcuma y la chirimoya”.

418 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 14 y 31). 419 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago de Chile desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869. (pág. 127). 420 “Historia general de Chile. Tomo XV”, Diego Barros Arana. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1999 (pág. 121). Anota también que estos terrenos fueron adquiridos después por la municipalidad, pero a un precio muchísimo mayor.

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“En los canastos de verde mimbre se acondicionaban las corvinas de Concón, los congrios de Valparaíso, las lisas de Santo Domingo, los roncadores de Vichuquén, los rollizos y las viejas de Puchuncaví, los pichigüenes de Coquimbo, los pejerreyes de Aculeo, los choros de la Quiriquina, los locos y picos de Coquimbo, los ostiones y camarones de La Herradura, las tacas del Huasco”421. Empero, la ubicación decidida por O’Higgins para el nuevo mercado no estuvo exenta de varias y justificadas críticas, según nos lo recuerda De Ramón: “Este sitio, sin embargo, ofrecía mayores peligros y tentaciones para la multitud de criados y compradores que hasta allí llegaban, pues estaba rodeado de “covachas a medio tejar, de bodegones de arpa y guitarra, y de chiribitiles de poncho y cuchillo”, estando cerrado hacia el norte por “una hilera de ramadas, que cuando no estaban convertidas en bulliciosas chinganas”, eran barberías para las gentes del pueblo”422. En tan popular ambiente, el comercio en la plaza y de las calles del barrio tenía la visita diaria de innumerables pregones que mantuvieron el carácter pintoresco del mismo, como moteros, aguateros y tortilleros. Entre todos ellos, destacó una mujer casi legendaria, que en Perú había hecho populares entre los soldados patriotas sus dulces bocadillos de masa de zapallo frito: los “picarones”, deleite de los chilenos que llegaron a Lima para la liberación del vecino país. Era Rosalía Hermosilla, la Negra Rosalía como le llamaban. Así habla de ella Pereira Salas: “La negra Rosalía casó luego con un chileno, Pedro Olivos, y en 1825 se establecía en Santiago. Regentó en la calle de San Pablo, en la esquina del Correo Viejo, un negocio de su especialidad, picaronería, que fue el centro de atracción de todo el barrio. Para apagar el dulce de los picarones, la voluminosa ventera ofrecía un granadero o un cazador, vasos de pisco de capacidad diferente o bien una mistela especial, dedicada al bello sexo, llamada la Señorita"423.

421 “Apuntes para la Historia de la Cocina Chilena”, Eugenio Pereira Salas. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1977 (pág. 78-79). 422 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 99). 423 “Apuntes para la Historia de la Cocina Chilena”, Eugenio Pereira Salas. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1977 (pág. 83-84). Agrega que el nombre de “picarones” surge “porque los muy bellacos, cuando están enojados o calientes, pican fuerte hasta quemar traidoramente, como grandísimos pícaros”. Cabe señalar que la llegada del “picarón” también ha estado sujeta a cierto nivel de discusión. Don José Zapiola, por ejemplo, rememora en sus “Recuerdos de 30 Años” (Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974) que el bocadillo era vendido en la Plaza de Armas de Santiago hacia los albores de la Independencia, antes de que fuera supuestamente conocido por los chilenos en la expedición al

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Al irse constituyendo el activo mercado en la ribera Sur del río y creciendo el entorno del barrio, la atención de muchos niños comenzó a concentrarse ahora en las carretas y góndolas llenas de hortalizas y frutas, de modo que no se hizo raro verlos vagando o peluseando entre los puestos y las cargas, intentando robarse manzanas u hostigando a los más seniles puesteros. Más aún, cuando se presentó un presupuesto para el plan del sistema de iluminación por faroles de gas, en 1848, se contempló la instalación de 5 postes en la Plaza de Abasto, uno más que los destinados al centro de la propia Plaza de Armas, lo que nos da una proporción de su importancia y del trajín de personas, no obstante que el proyecto pudo ser materializado recién en 1857, gracias a una sociedad formada por los acaudalados empresarios José Tomás Urmeneta y su yerno Maximiano Errázuriz Valdivieso424. Se veía entonces el mercado mapochino como un grupo de cuartos de un piso dividido en varios patios, rodeados por galpones de madera en los que se colocaban los vendedores y los locatarios425. Pero, al poco tiempo, ya era un gallardo centro comercial sólidamente constituido a orillas del río Mapocho y al que Zapiola se refiere en los siguientes términos: “…sin rival en el mundo, según los viajeros: lo que no es un elogio para nuestra Municipalidad, pero que pesará por muchos años en su caja, o más bien, en la de los contribuyentes”426. Concluimos reafirmando que el Puente de Cal y Canto también tuvo influencia sobre el desarrollo del característico comercio de productos agrícolas en el barrio comercial de Mapocho, más allá de ser una de las descritas vías de alimentación de la Plaza de Abasto. Se sabe que en las casuchas del puente se vendían cebollas y otras hortalizas, por ejemplo, pero el comercio que más llamaba la atención en su pasarela habría sido el de frutillas de Renca. Y además de las boticas, la venta en el puente tenía a la vista relojerías, talabarterías, vinos, sombreros y pasteles427. Perú (pág. 18). Hernán Eyzaguirre Lyon, por su parte, dice en "Sabor y saber de la cocina chilena" (Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1987) que la Negra Rosalía era en realidad una mujer de origen chileno, nacida en la zona del Aconcagua y llevada a Lima cuando tenía cuatro años, donde contrajo un primer matrimonio con el ciudadano peruano Pedro Olivos, volviendo a Chile con las fuerzas libertadoras (pág. 57). La historia de Rosalía Hermosilla inspiró el relato de J. Abel Rosales titulado “La Negra Rosalía o el club de los picarones”, de 1896. Ya es una figura casi legendaria en la historia santiaguina. 424 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 152). 425 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 31). Se lo puede observar en la maqueta del viejo Santiago del Museo Histórico Nacional. 426 “Recuerdos de Treinta Años”, José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 20). 427 En “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto” (Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888), Justo Abel Rosales nos describe cómo se mantenía este carácter comercial del paseo por el

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El mercado creado por O’Higgins perduró como tal hasta 1864, cuando un voraz incendio destruyó prácticamente por completo sus instalaciones. El recinto principal quedó inutilizado, a partir de entonces. No será sino hasta coincidir con el arribo de don Benjamín Vicuña Mackenna en la Intendencia de Santiago, en 1872, que la Plaza de Abasto sufrió la radical modificación que la dejó convertida en el gran Mercado Central de nuestros días, como tendemos ocasión de conocer con mayores detalles y abundamientos, oportunamente.

Reapertura Reapertura y decadencia del paseo junto al río Como hemos visto, había otro atractivo en el barrio que seducía a los visitantes y que pasaba justo por el costado del mercado siguiendo la línea de los tajamares, con lo que se completaba el concepto integral de Mapocho como paseo para una jornada completa de distracción dentro de la capital, favorita de los sectores más encopetados y distinguidos. Los trabajos del último sistema de tajamares no estaban del todo concluidos con su inauguración en 1792, pues se extendieron todavía por varios años más, hasta 1808 más precisamente, hacia el final de la presidencia de Luis Muñoz de Guzmán428. Una de sus tareas pendientes era la reconstrucción del paseo que corría junto a los murallones. Así pues, el proyecto total de reposición de los malecones también involucró la restauración del grato camino del tajamar del Mapocho, con el aspecto que hemos descrito anteriormente y algunas adiciones: una doble alameda y piletas en los extremos, partiendo desde San Pablo y las inmediaciones del Cal y Canto puente hasta el final de sus días: la relojería del alemán Adolfo Martin, el talabartero y herrero Anselmo Rojas, la casa de cambio de oro y plata del señor Rojas (uno de los más antiguos en su oficio), el letrero azul con letras blancas de la Antigua Hojalatería del Puente de Juan Salvatierra, la esbelta mujer vestida con colores patrios en la Botica y Droguería de la República del señor Herrera, la sombrerería de Feliciano Morales y la Imprenta Estrella de Chile allí instalada desde 1887 por don Manuel A. Mujica (pág. 56-57). Ismael Espinosa, por su parte, nos dice en su álbum “Historia secreta de Santiago de Chile” (Santiago, Chile – 1985, ilustrado por Themo Lobos): “También hubo sucesivamente hasta cinco boticas, dos panaderías, varias bodegas de vinos, relojerías, sombrererías, talabarterías y hasta una imprenta: “La Estrella de Chile”. Los dueños de esta última, confiando en su buena estrella, llegaron allí en julio de 1887. Pero no contaban con el innovador espíritu capitalino, que catorce meses más tarde, echaba abajo, a dinamitazos, el más espléndido puente que tuvo y que ha de tener Santiago” (pág. sin núm.). 428 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 32).

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hacia el oriente. Como vimos, había surgido de la unión de la Alameda Nueva de San Pablo y la Alameda Vieja de los Tajamares, quedando convertida en un paseo por prácticamente toda la ribera Sur desde el actual Barrio Mapocho hacia la Quinta Alegre. Carvallo y Goyeneche ve el paseo en plena reconstrucción en 1791, pues estaba destruido desde pocos antes producto de las crecidas violentas del Mapocho429. Esto significa que, con toda seguridad, debe haberse encontrado en esplendor operativo durante la Independencia y los primeros años de la República. Efectivamente, hacia el 1800, el Paseo de los Tajamares se extendía por cerca de una colorida milla o un tercio de legua al oriente, con esas dos características fontanas, al principio y al final. Seguía todo el largo de la baranda del río, a la sombra de dos filas paralelas de álamos de Italia y con vista a los enormes picachos andinos. En los días de fiesta, las mujeres jóvenes pasaban por allí vestidas con mucha elegancia, en calesas tiradas por mulas y generalmente con un postillón mulato o negro. La gente de las clases más populares se subía al Puente de Cal y Canto a mirar cómo paseaban estas damas o los caballeros que muchas veces las pretendían430. En su extremo oriental, existió una explanada donde los vecinos se reunían a ver carreras populares de caballos431. Sin embargo, unos treinta años después este paseo ya se encontraba prácticamente abandonado y otra vez decadente. La explicación a tan veloz caída de su importancia resulta muy sencilla y obvia: la construcción del nuevo paseo en la Alameda de las Delicias en la ex Cañada de Santiago, a partir de 1817, que había atraído la atención casi total de los ciudadanos432. También se mudaron hasta este nuevo centro de actividad social muchos puesteros de frutas, mercaderes, los cocheros, las calesas, las ramadas y los paseantes de la aristocracia, por lo que el Mapocho se marginó de los atractivos para las elites, quedando ya entonces sólo en manos de los estratos populares. 429 Aunque hemos leído que la destrucción de este paseo se provoca con la riada de 1779, tendemos a creer que la desaparición del mismo se produce en 1783, con la gran inundación del Mapocho de la que ya hablamos, y tras la cual se planeó de reconstruido o repararlo. Prueba de ello es el mapa de Santiago hecho un año después del desastre por el ingeniero español Leandro Badarán, y en donde aparece el paseo mencionado como la Alameda Nueva en oposición a la Alameda Vieja de los Tajamares. Dicho documento aclara también que se trataba de una avenida pública. 430 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 100101). 431 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 103). Mientras realizábamos este trabajo, supimos que la investigadora Pilar Ducci publicará un voluminoso libro con la historia del circo chileno, donde se incluirían antecedentes de estos y otros teatros ecuestres. 432 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 101102).

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Por muchos años, entonces, el Paseo de los Tajamares y el Puente Cal y Canto habían sido los únicos de su tipo en Santiago, hasta que el tiempo y los cambios de la ciudad acabaron con su alameda hacia el año 1830, según recuerda también Zapiola433. Las arboledas del tajamar se fueron destruyendo o muriendo, las fuentes quedaron tapadas con arena y sus arbustos terminaron talados. El paseo acabó tristemente vacío y descuidado, ausente de la antigua actividad que había tenido en sus distintas etapas de existencia. Así concluía la época del notable recorrido heredado desde la Colonia junto al río Mapocho. Había llegado su fin. En tanto, y aunque hubo otras grandes riadas como la de 1850, con el Mapocho casi domado o parcialmente cautivo al fin el río comenzaba a ser incorporado pacíficamente al pacto de amistad y convivencia con la sociedad establecida en su valle. La vida pudo fluir con más tranquilidad en la ribera, a pesar de toda esta emigración de buena parte de la fauna humana que antes usaba sus paseos. Curiosamente, la decadencia del Paseo de los Tajamares no ha sido la única vez en que la popularidad y la importancia de la vida social de lo que hoy reconocemos como el Barrio Mapocho, haya caído bajo. La verdad es que este sector de la capital ha experimentado más de un caso de repuntes y de descensos profundos de su relevancia urbana. A la destrucción del Puente del Cal y Canto se sumará un siglo más tarde el cierre de la Estación Mapocho. Lo mismo sucedió con su vieja bohemia de calle Bandera, su época de esplendor hotelero y otras instancias que también revisaremos. Sin embargo, en todos los casos el barrio se ha recuperado de alguna manera, pues el Mapocho es un verdadero sobreviviente, donde cada etapa deja una huella que, de un modo u otro, siempre regresa al barrio con nuevos bríos y carices. Y así como la Estación Mapocho, en una feliz voltereta hoy revitaliza al sector del barrio al haber sido salvada de la picota y convertida en centro cultural, del desaparecido Paseo de los Tajamares tenemos un émulo o eco desde los tiempos del Primer Centenario de la República: el Parque Forestal, el más importante de los paseos turísticos de la capital chilena que, además, desemboca directamente desde la Plaza Italia sobre las márgenes del Barrio Mapocho, hasta donde llegan los turistas siguiendo esa ruta de plátanos orientales y faroles románticos. De alguna manera, entonces, el paseo del desaparecido tajamar aún sigue vivo y muy activo en la ciudad, reencarnado en el Parque Forestal.

433 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 74).

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Alameda y Paseo de los Tajamares, en dibujo del viajero inglés Peter Schmidtmeyer hacia 1824, de la Colección de la Sala Medina de la Biblioteca Nacional. Se observa su actividad antes de entrar en su definitiva decadencia, en la década siguiente.

La “liberación” liberación” se vuelca en contra de los recoletos Mientras todo esto sucedía en la ribera Sur, con las primeras grandes reformas urbanas de Santiago y el advenimiento de la Patria Nueva, la Recoleta Franciscana que había debido cerrar su noviciado antes de la gran crecida del Mapocho, seguía siendo escenario de intrigas y polémicas, pues las mezclas de sangres de los sacerdotes se manifestaban en las fricciones internas legadas de realistas y patriotas. El barrio mapochino completo había sido lugar de actividades ligadas al proceso de la Independencia de Chile, pero principalmente en torno a este edificio de la iglesia, habilitado en 1811. Irónicamente, tras la buena suerte echada en Chacabuco y cuando el alhajamiento de este recinto había sido recientemente concluido, comenzaron los problemas para los recoletos franciscanos, pues gran parte del convento fue dispuesto para servir provisoriamente de alojamiento militar, por orden del Director Supremo Delegado el Coronel Hilarión de la Quintana, ya que

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según él “este lugar era amplio y se podía ocupar una parte de él sin molestar a los religiosos”434. Pero la verdad es que sí molestaban, mucho, pues el alojo de soldados redujo a los monjes la mitad del espacio con el que contaban en sus claustros435, en la primera de muchas arbitrariedades que debieron soportar. El área del mismo que se ordenó desocupar correspondía a la casa de penitencias del convento, mientras que los religiosos fueron relegados a incómodas habitaciones al interior436. Así fue que el recinto pasó a ser ocupado, hacia junio de 1817, como cuartel para las fuerzas de Artillería del Ejército y bajo las órdenes de Manuel Blanco Encalada, ya que estas unidades estaban en franca precariedad de espacio, según se lo había denunciado el propio General San Martín a Quintana. Aunque la presencia de los militares no se prolongó exageradamente en aquella oportunidad, sino sólo hasta 1820, esta decisión revelaba la falta de edificios apropiados por entonces para poder servir de cuarteles en Santiago437. Sin embargo, el convento se vio en la necesidad de alojar, a continuación, a las monjas clarisas luego que la casa de éstas fuera vendida por orden de Bernardo O’Higgins para reunir los fondos que se necesitaban para el establecimiento de un cuartel militar ubicado en el Sur de Chile y que hiciera frente a los realistas y a las tropelías de sus aliados como Benavides y otros bandidos. La polémica decisión del Director Supremo, en septiembre de 1821, ordenaba desalojar con violencia a los más de 40 sacerdotes recoletos desde su propio y legítimo convento, para dar recepción a las monjas. Una desgarradora descripción de lo sucedido, salida de la boca de Fray Domingo Aracena, es reproducida por Fray Cazanova: “Era un niño entonces, y en esta tarde supe que los PP iban a salir de la Recoleta, donde en virtud de un decreto supremo, según se decía, se les 434 “Historia del Convento y la Iglesia de la Recoleta Franciscana”, Sandra Carolina González Venegas (Tesis para optar al grado de Licenciado en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte). Facultad de Artes de la Universidad de Chile, Departamento de Teoría e Historia del Arte, Santiago, Chile – 2004 (pág. 50). 435 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 144). 436 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 40). 437 “Historia del Convento y la Iglesia de la Recoleta Franciscana”, Sandra Carolina González Venegas (Tesis para optar al grado de Licenciado en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte). Facultad de Artes de la Universidad de Chile, Departamento de Teoría e Historia del Arte, Santiago, Chile – 2004 (pág. 50).

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habían dado sólo tres horas de término para evacuar la casa. Así era que todo era una confusión, pues los santos libros y demás se sacaban sin orden para ponerlos en la calle mientras se buscaban carretones para mandarlos a la Casa Grande o algunos vecinos trasladaban a sus casas provisoriamente lo que podían. En esa tarde, el P. Fray Antonio Chaparro llegaba de fuera sin saber nada de lo acaecido y al notar el oprobio que se hacía tan violento reclamó sobre semejante fuerza, concluyendo por decir que más parecía un malón araucano que un acto de justicia. El oficial encargado de tan imprudente orden quiso ostentar su poder lanzándose sobre él con espada en mano, pero el Padre con la manera más imponente le hizo comprender su deber y que su misión no era la del asesino, pero que si quería mancharse en sangre obrase sobre él"438. Material de incalculable valor se perdió en esta prepotente expulsión, como libros y objetos de culto, ante la desazón de los habitantes de La Chimba que acompañaron en sentida procesión a los sacerdotes hasta la Recoleta Dominicana, donde sus compañeros de fe les dieron alojo439. Así pagaron los lautarinos, irónicamente, la generosidad con que los curas habían recibido a la Artillería en sus propios aposentos. “Tres horas para la desocupación de una casa religiosa –dice Cazanova-, donde existían más de cuarenta individuos bien alojados; objetos varios y numerosos del culto; una variada biblioteca de más de 5.000 volúmenes y todos los enseres de un convento establecido: son insuficientes e imposibles. Un incendio en que todo se arroja como perdido para tener gusto de salvar las cosas del fuego y nada más, es la expresión de lo que en esta casa aconteció; porque más tarde cuando quiso tomarse razón de las existencias fue imposible y la carencia de un sinnúmero de volúmenes, por ejemplo, vino a reconocerse por lo trunca de las obras que pertenecía, y así en lo demás; pues hasta los manuscritos y papeles del archivo, una que otra desprendida de los legajos en que debieron estar,

438 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 151). 439 “Historia del Convento y la Iglesia de la Recoleta Franciscana”, Sandra Carolina González Venegas (Tesis para optar al grado de Licenciado en Artes con mención en Teoría e Historia del Arte). Facultad de Artes de la Universidad de Chile, Departamento de Teoría e Historia del Arte, Santiago, Chile – 2004 (pág. 51).

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son la justificación de mi dicho y el motivo para que con mayores datos pueda escribirse la historia de esta casa”440. Como si la tropelía de los propios libertadores fuera poca, vino a continuación el acto de pillaje amigo, y el Director de Obras Públicas don Vicente Cavallero procedió a medir y tasar el terreno del antiguo monasterio, vendiendo el primer lote a don José Manuel Borgoño. Los 80 mil pesos que se obtuvieron del total de las ventas, se usaron para cumplir con la creación de la flota que saldría a Lima y para pagar el sueldo de los soldados441. Como es sabido, esta etapa de la liberación del Perú estuvo enteramente financiada por la decaída y menesterosa hacienda pública de Chile, ya que San Martín y los demás mendocinos prácticamente fueron abandonados por el Gobierno de Buenos Aires, debiendo correr Santiago con todos los gastos de tan enorme empresa y los préstamos de dinero a Lima que, para peor de males, nunca fueron reembolsados en su totalidad por parte del mismo país favorecido. Estos dispendios y la crisis resultante serían, en gran medida, la razón de la posterior caída política que arrastró a la abdicación de O’Higgins. El estado en que había quedado el convento recoleto al momento de acoger a las clarisas, fue simplemente digno de un saqueo vandálico, según consta en informe del Síndico de las monjas, Francisco Ruiz Tagle. De todos modos, no aguantaron demasiados años allí: en diciembre de 1831, el Obispo Manuel Vicuña comunicó que serían trasladadas a un nuevo convento, colocándose la primera piedra de éste casi un año exacto después, en el que sería el monasterio de calle Agustinas442. Pero como el matrimonio García-Ferreira había donado estos terrenos chimberos con la estricta carga modal de que fueran utilizados para mantener en ellos a los recoletos franciscanos, según hemos visto, el haber cambiado el destino del convento enfureció a los herederos quienes, probablemente más por ambiciones para apropiarse de esas propiedades que por deseo de justicia, intentaron levantar un pleito judicial para recuperarlos como sucesión familiar. El 20 de diciembre de 1837, cuando se retiraban las monjas, aparecieron estos descendientes con la intención de tomarse las dependencias, pero sus planes se frustraron cuando un 440 “Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago”, Fray Francisco Cazanova – 1875. Reedición “Historia de la Recoleta Franciscana I”, Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 152). 441 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 41). 442 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 42-43).

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monje entró en forma secreta antes de que ellas salieran, recibiendo las llaves discretamente entregadas por la abadesa443. Pasaron así, poco más de 15 años para que los sacerdotes pudieran regresar a su histórico convento y recuperaran su querida iglesia, en 1837. Ocho años después, en 1845, el Padre Vicente Crespo inició la etapa de construcción definitiva de la iglesia de la Recoleta Franciscana que existe hasta hoy, encargando la obra a don Antonio Vidal y luego a don Fermín Vivaceta444.

Vista del Mapocho desde el Cal y Canto (c. 1875), en imagen que puede encontrarse en las colecciones del Museo Histórico Nacional. Se observa el Puente de los Carros y, más atrás, el Puente de Palo con su característico techo. Se puede advertir la actividad que tenía lugar en la vega del río, cuando los carruajes descendían y daban de beber a los caballos.

¿Otro milagrero en el barrio? barrio? Han comentado autores como Justo Abel Rosales, Aurelio Díaz Meza y Sady Zañartu que, en este dramático mismo período en la vida de los franciscanos de la Recoleta y poco después de la Batalla del Lircay, vivió otro legendario posible 443 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 45-46). 444 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 49).

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aspirante a santo en el barrio de las márgenes del río, con un singular episodio en su hoja de vida del que haremos aquí narración breve y no lacónica. Se trata del presbítero Juan Francisco Ruiz y Balmaceda, franciscano según se ha dicho y conocido por sus aparentes prodigios que le habrían valido el apodo de Santo Balmaceda, además de ser personaje “popularísimo en las inmediaciones de la Independencia” según escribió Roberto Merino. A pesar de heredar grandes riquezas familiares, sólo habría conservado una modesta vivienda en la calle Rosas, pues algunos autores aseguran que repartió todos sus demás haberes, especialmente para el hospital de mujeres San Francisco de Borja445. Cuenta Rosales que el extraño suceso que relataremos, habría tenido lugar hacia noviembre de 1830446, cuando la vida del sacerdote rondaba cerca de los sesenta años. Ocurrió que tres rufianes del derrotado ejército de Freire, hambrientos y menesterosos, se habían complotado para engañar al cura pidiéndole confesar a uno de ellos, que simularía estar enfermo. Así, en la distracción, saltarían sobre el religioso para quitarle todo el dinero que trajera. “Aprobado el plan –sigue Rosales-, arrendaron un cuarto en la calle de la Recoleta, cerca de la casa en que vivió don Miguel Dávila, hacia la esquina de la calle de este nombre, y allí pusieron en planta la obra, que sería como sigue: fingirse enfermo uno de los tres, mientras que los dos restantes irían a llamar al santo varón para que lo confesara, y en llegando éste, encerrarlo o hacerlo arrancar violentamente o el dinero que llevara o un vale a la vista para cobrarlo donde se conviniera”447. Siguiendo el plan, los otros dos fueron por el cura que se hallaba del lado Sur del río, por lo que necesitaron cruzar el Puente de Cal y Canto. Dieron con el sacerdote y lo convencieron de ir a ver al pretendido enfermo. Sin embargo, allí en medio del puente cuando venían de vuelta, el Santo Balmaceda se detuvo y les pidió rezar, porque sentía que el amigo “estaba agonizando”. Intrigados, los truhanes accedieron. Luego de unos minutos, les dijo que el pobre ya había fallecido, y siguió con ellos para despedir al muerto ante la incredulidad de los dos ladrones. Al llegar al cuarto de la emboscada en la calle Recoleta con Dávila, encontraron al cómplice efectivamente muerto, y se arrojaron al instante a las piernas de 445 “Diccionario biográfico de Chile”, tomo I, Pedro Pablo Figueroa. Impr., Litogr. y Encuadernación Barcelona, Santiago, Chile – 1901 (pág. 354). 446 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 44-45). 447 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 45).

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Balmaceda pidiéndole perdón, confesando la trampa tendida en su contra. Ambos murieron años después, pero habiendo tomado los hábitos por la energía de esta experiencia en sus vidas: uno como recoleto franciscano y otro como recoleto dominicano448. Rosales da crédito a la historia por habérsela reportado reputadas personas de su época, como don José Antonio Fernández de Astorga, y por haber sido muy comentada en su momento. Por real o no que fuere, sin embargo, ha de constituir sin duda alguna otra de las innumerables leyendas que rondaron al primitivo Barrio Mapocho y que ahora llenan esas páginas suyas, escritas o no.

Shakespeare en la ribera La pasada del Puente de Palo desembocaba por su boca Sur sobre una pequeña plazoleta rodeada de casas coloniales, que servía de parada a los caballos y de descanso para los transeúntes, como estación de reposo449. Esta plaza había nacido de unas obras de ensanchamiento del terreno junto a los malecones, en el siglo XVIII y caía sobre la Calle de las Ramadas, actual Esmeralda. Fue en este lugar del barrio que, casi cuando aún no se disipaban los humos del último combate por la Independencia de Chile, tendría su cuna el teatro escénico netamente nacional. Y aunque existen opiniones no siempre en acuerdo sobre cuál debe ser considerado como el primer teatro chileno, dijimos ya que los intentos por establecer un teatro en tiempos coloniales habían sido de corta duración y no tuvieron grandes réplicas en los años republicanos, hasta la experiencia que ahora veremos. No era una novedad la presencia de las artes escénicas en el sector de la Calle de las Ramadas ni en el proto-Barrio Mapocho, sin embargo. Al caso ya visto del intento de fundar un teatro en el Basural de Santo Domingo, en 1790, se suma una disposición del Cabildo de Santiago en sus actas de enero de 1793, para construir cerca “una casa pública de comedias, a semejanza de la que se había formado en las últimas fiestas reales del señor Carlos IV”450. Pero tuvo que venir la emancipación y el alejamiento de los españoles monarquistas que veían con desconfianza los teatros, para que el rubro pudiera consolidarse. 448 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 45-46) / “Chilecito”, Sady Zañartu. Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1939 (pág. 170-171). 449 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53). 450 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 134).

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Varios autores traen a colación el que Mariano Osorio, en los tiempos de la Reconquista, hizo reconstruir otro antiguo teatro en la esquina de Merced con Mosqueto, que se remontaba a los tiempos de la Gobernación del Presidente Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808) y que fuera reinaugurado con grandes comodidades para el público por la Compañía de Comedias Morales Brito451. Efectivamente, éste podría postularse como candidato a ser el primer recinto chileno con características concretas de teatro, propiamente dichas. Sin embargo, aquel establecimiento no es el primero que verá la luz en tiempos de plena República y de manera estable, categoría que corresponde a otro teatro fundado a poca distancia de este sitio y en la cautividad cultural de la Calle de las Ramadas; el primer teatro nacional independiente y no temporal, por lo tanto. Fue así como, al frente de la plazuela de la calle y de junto a la magnífica casaposada aún existente allí, en 1818 don Domingo Arteaga colocó un barracón donde se realizaron las primeras obras de comedia en los tiempos libres de Santiago de Chile. Se componía de un modesto corral con un tablado de fondo recubierto de telas de sacos, que el público llamaba mordazmente “Espejo de la vida”452. Este conjunto fue conocido en su momento como el Teatro Arteaga, fundado allí en la Plaza de las Ramadas y no en Compañía, como a veces se cree453. Eduardo Solar Correa propone incluso que este teatro es anterior al de Merced con Mosqueto, que era mucho más espacioso y cómodo. Según él, se remontaría a otro teatro de los tiempos de Muñoz de Guzmán y al igual que el de Merced habría sido creado por la influencia de su mujer, doña María Luisa Esterripa454. Como sea que un escenario surgiera allí en la plazuela, sus presentaciones provocaron no sólo la llegada de muchos asistentes al novedoso espectáculo, sino también la actividad comercial en la Calle de las Ramadas y el entorno, instalándose asientos y mesas para el consumo de los asistentes a las funciones, por allí cerca del terreno que tendrían los ilustres Fernández Concha. 451 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 134). 452 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53). 453 Para sintetizar la historia completa, el Teatro Arteaga nació modestamente en la Plaza de la Calle de las Ramadas, frente a la Posada del Corregidor. Poco tiempo después, fue trasladado hasta la Calle de la Catedral y, finalmente, encontró casa definitiva en la Plaza O’Higgins frente a la Iglesia de la Compañía, en la calle del mismo nombre, donde está hoy la plaza y las estatuas de Montt y Varas. Esto es aclarado, por ejemplo, por la obra “Episodios Nacionales” de la Biblioteca de los Anales de Chile, Ediciones O’Higgins, Santiago - sin fecha (pág. 226) y “Recuerdos del pasado” de Vicente Pérez Rosales, Ediciones Andrés Bello, Santiago, Chile – 1980 (pág. 20-21). 454 “Las tres colonias”, Eduardo Solar Correa. Ed. Francisco de Aguirre, Santiago, Chile – Segunda Edición, 1970 (pág. 95).

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“Los vecinos copetudos –escribe Sady Zañartu- llegaban al teatro precedidos de sus criados negros que cargaban en hombros las silletas y cojines, para colocarlos en “los cuartos”, o sea, en los espacios desde donde seguirían el curso de la comedia. El pueblo quedaba atrás, en la cazuela, y se disponía a recoger, con supersticiosa gravedad, en cada palabra del actor la sentencia que haría luz en su entendimiento al señalar el castigo que habría de caer sobre el criado mentiroso, el amigo fingido y el despensero ladrón. Tampoco faltaba entre los protagonistas un gobernador que se descuidaba del buen gobierno de su república, ni un padre sin carácter para refrenar la libertad de sus hijos. A pesar de ser estas representaciones ejemplares, un libro que enseñaba a bien vivir, apenas la función terminaba la gente se iba a las ramadas a empezar la noche de los danzantes, en la que caballeros y campesinos sacaban chispas al zapateo de punta y taco”455. Luego del traslado del teatro a otro sitio del centro histórico de Santiago, el carácter festivo y la atracción que ejercía la plazoleta sobre los comensales no se extinguió, especialmente por la fama de la imponente casona adyacente que hoy conocemos impropiamente como la Posada del Corregidor. Perduró un tiempo más la popularidad y el atractivo del teatro y coliseo de Arteaga en sus nuevos cuarteles, ocupando un lugar hacia donde está hoy el palacio de los Tribunales de Justicia. En su escenario debutaron por primera vez en Chile varias obras consagradas de la dramaturgia internacional: hacia 1822, por ejemplo, se ofrece en sus tablas la primera obra de William Shakespeare dada en Chile, “Otelo”; y dos años después fue el turno de “Hamlet”456. Sin embargo, la primera había sido representada por prisioneros españoles en honor a Lord Cochrane y cuando aún el teatro estaba en la Calle de las Ramadas, según sugiere Enrique Bunster457, aunque nos parece más bien que, a la sazón, ya debía hallarse en calle Compañía. El evento que más resuena del Coliseo Arteaga, sin embargo, es la aparente presentación debut del Primer Himno Nacional de Chile, compuesto por el músico Manuel Robles y el poeta Bernardo de Vera y Pintado, que habría sido estrenado con la inauguración de la casa definitiva del teatro, la noche del 20 de agosto de

455 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53). 456 Diario “El Mercurio” del jueves 3 de febrero de 2000, Santiago, Chile, artículo-reportaje “Shakespeare muestra Chile al mundo”. 457 “Crónicas portalianas”, Enrique Bunster. Ed. del Pacífico, Santiago, Chile – 1977 (pág. 84).

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1820, según aseguran algunos autores458, sentando un precedente solemne que persistió como rito durante toda la vida del teatro y en algunos actos públicos. La nueva versión de este himno, con la música del español Ramón Carnicer, también fue estrenada en el Arteaga, el 23 de diciembre de 1828459.

La “Filarmónica” de Portales La mencionada casa ubicada junto al cuadrante de la Plaza de las Ramadas y al primer Teatro Arteaga, con un gran balcón volado y un enorme pilar de roca en su vértice Sur, estaba predestinada a ser uno de los símbolos históricos más importantes de la ciudad de Santiago, aún ahora. Su fachada daba justo a la esquina compartida entre la Calle de las Ramadas y una calle de la plazoleta ya desaparecida. Es la misma y famosa Posada del Corregidor de nuestros días. Así coincide que si la salida chimbera del Puente de Palo daba casi a la revisada casa-pilar de esquina de Cicerón, por el lado Sur también aguardaba esta otra construcción con columna esquinera típicamente colonial, que conocemos asociada a una supuesta residencia del Corregidor Zañartu, pese a no tener relación con el huraño y cascarrabias constructor del Puente de Cal y Canto. De hecho, dada su conocida aversión a las chinganas y a los excesos de la plebe, es muy probable que un local con las características que tuvo esta posada, hubiese conseguido sólo una corta duración bajo la férrea mano de Zañartu, si acaso se interesara en ella de alguna forma y si su popularidad hubiese coincidido con su tiempo, además. Esta casa por entonces era más grande que ahora (volveremos a hablar de esta característica, en otra parte de este trabajo). Es del siglo XVIII, presumiéndose que su construcción dataría entre 1750 y 1770460. Se impregnó de fiesta y celebración nocturna por un largo tiempo que se inicia en la época del teatro en el lugar o quizás desde antes. Con sus dos pisos disponibles para la jarana (y se cuenta también que un sótano ya condenado), fue casi natural que se inaugurara en ella una popular posada o fonda permanente apodada como la “Filarmónica”, parodiando al Salón de la Filarmónica que se ubicaba en la calle Santo Domingo y hasta donde asistían regularmente los representantes de la aristocracia capitalina. 458 “Historia de la Canción Nacional de Chile”, Carlos Cubretovich A., Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1991 (pág. 34). Cabe indicar, sin embargo, que otros creen que el himno ya había sido tocado en las Fiestas Patrias del año anterior. 459 “Historia de la Canción Nacional de Chile”, Carlos Cubretovich A., Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1991 (pág. 36). 460 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 50).

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Son, pues, los primeros días de septiembre de 1830, cuando llega hasta ella, en la noche de apertura, el ministro Diego Portales Palazuelos y su alma íntima e incorregible a cuestas, haciendo debutar a la nueva “Filarmónica” ante la mirada de una sociedad menos granada461. Hasta ese año, mismo del triunfo de Lircay, la casa había sido propietada por doña Mercedes Coo462. Convertida ahora en fonda, se volvió una especie de cabaret particular de Portales y sus amigos ,al decir de Bunster463, y mantenido a sus expensas. La cuota de Portales en el club era de tres onzas mensuales464. El ministro concurría por lo menos una vez a la semana, incluso en el complicadísimo período del Gobierno de Ovalle, cuando asumió la monumental tarea de conducir todo el gabinete ministerial. Las “niñas felices” que asistían a la posada solían departir con Portales y sus amigos, además de los jóvenes oficiales del Cuerpo de Vigilantes465, aunque era difícil quitarle a don Diego el poder de ser el alma de cada fiesta, pese a que nunca bailaba y que se mantenía como un observador abstemio, comportamiento bastante extraño y extravagante para lo que ha sido la tradición del Barrio Mapocho. “La concurrencia femenina era a base de señoritas de vida decente – complementa Bunster-, aunque no excesivamente recatadas, que gustaban bailar al son de arpas y guitarras. Entre ellas destacó Rosita Mueno, rutilante belleza que dio tema a la chismografía local, y cuyo nombre anduvo mezclado con el del Ministro. Es fama que éste no bebía, pero podía estarse hasta las 12 de la noche –límite de las trasnochadas de entonces- rasgueando la guitarra o “haciendo raya” en el tablado. Por algo declaró a sus partidarios políticos que no cambiaría la Presidencia de la República por una zamacueca”466. Ocasionalmente, o más bien raras veces, Portales se animaba a tocar alguna de estas zamacuecas chilenas en el arpa. Prefería los domingos para sus correrías en esta verdadera catedral de la entretención junto al Mapocho, siendo el mismo día

461 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53). 462 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 50). 463 “Crónicas portalianas”, Enrique Bunster. Ed. del Pacífico, Santiago, Chile – 1977 (pág. 84). 464 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 54). 465 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53-54). 466 “Crónicas portalianas”, Enrique Bunster. Ed. del Pacífico, Santiago, Chile – 1977 (pág. 84).

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en que la fachada de la casona se llenaba de luminarias de fiesta y música chilena saliendo por sus ventanas, puertas y rendijas467. Según dice la leyenda mezclada con historia, el ministro hizo traer a una famosa figura popular de esos años, Ña Cata, hasta su “Filarmónica”. Ella asistía luego de cerrar cada tarde la ya mencionada chingana “El Parral”, que regentaba en ese entonces468. La gorda y versátil fondera acudía lealmente a la casita de los estanqueros acompañada de sus hijas, con las que tocaba guitarra y cantaba alegremente cuecas de su autoría. Tras el vil asesinato del ministro en manos de la jauría rabiosa de Vidaurre, en el Cerro Barón, las guitarras se apagaron y la época de leche y miel de las luciérnagas de la “Filarmónica” se precipitó hacia su veloz apagón. Pero, veremos más adelante que una nueva etapa de historia le quedaría reservada para después y hasta nuestros días, en ese eterno retorno del barrio, aunque ya no más como “Filarmónica”, sino con el aún más ampuloso e impostor título de la Posada del Corregidor Zañartu.

La Posada del Corregidor, ex “Filarmónica”, hacia 1910 en fotografía exhibida dentro de la propia casa. Ya no existe la calle que contorneaba el oriente del edificio.

467 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53). 468 “Don Diego Portales”, Magdalena Petit. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1948 (pág. 157).

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Grabado de don Diego Portales Palazuelos, asiduo asistente a las fiestas de las riberas mapochinas en la famosa “Filarmónica” de la calle de las Ramadas.

Casa de la “Filarmónica” de Portales de la Calle de las Ramadas, hoy conocida como la Posada del Corregidor. Dibujo de José Anfruns Roca.

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El escudo de piedra tallada del Corregidor Zañartu, instalada en la casona e incrustada en el muro exterior de la ahora llamada Posada del Corregidor.

Rufianes y ladrones en el Cal y Canto Sin duda que hasta don Diego Portales corrió sus peligros en cada atravesada del río por el Puente de Cal y Canto, pues la mano aborrecible de la delincuencia se posó intimidante sobre el Mapocho, aunque no tanto como para asustar el férreo y temerario carácter del chinganero ministro, como procederemos a ver. La imponente estructura del puente de Zañartu soportó recia los embates del río entre 1873 y 1877, y también había resistido casi impecable los terremotos de 1822 y 1835. Sin embargo, la entrada del puente al siglo XIX estuvo contaminada por un problema de seguridad que no tenía que ver con sus garantías de resistencia estructural, sino con la de sus usuarios, volviéndose un lugar peligroso y sombrío que no podía ser evitado en el trajín diario entre La Chimba y la ribera Sur. Aproximadamente desde tiempos de la Independencia, el Cal y Canto se había vuelto ese lugar siniestro y temible de cruzar durante la noche, especialmente por la falta de edificios, de presencia humana y de iluminación frente a sus dos rampas.

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Más aún, si el lado chimbero seguía siendo refugio de temidos rufianes y asaltantes de la ciudad. Hemos visto que los delincuentes habían rondado la vida del puente desde su construcción, pero sometidos bajo el látigo implacable del Corregidor Zañartu. Volvieron a él en los tiempos de la emancipación, cuando se instaló un presidio correccional en el sector Norte, hacia donde estaría después el terreno de los corrales de la Compañía del Ferrocarril Urbano (llamado Estación Central de Tranvías, primero para los “carros de sangre” y después para los tranvías eléctricos). Allí fueron a parar los principales asaltantes y ladrones del mismo barrio, del que fuera comisario por muchos años hasta 1847 aproximadamente, don Miguel Álvarez, retirándose después a la misma quinta que había poseído Zañartu en La Cañadilla antes que los terrenos terminaran siendo vendidos a la sociedad de los hermanos Ovalle, que construyó una población que llevaría el mismo apellido. El presidio de Mapocho se cambió después en el mismo sector, en un edificio habilitado para tales efectos. En tanto, el ojo seco del extremo Norte del puente, donde antes habían alojado un pequeño rancho de la hilandería de don Francisco Iturrieta, fue habilitado como calabozo con puerta y guardia respectiva. En los primeros años del gobierno de don Manuel Montt, este mismo compartimento pasó a servir como depósito de carretones de la policía del aseo469. Pero ninguna de estas presencias de cárceles o centros de presidios en el barrio, sirvió de advertencia para los muchos pillos que hicieron del Cal y Canto su lugar predilecto de mal trabajo. Uno de los que no tenía más remedio que asumir estos riesgos de transitar a diario por el peligroso puente, era don Pedro José González Álamos, distinguido abogado que había sido magistrado judicial entre otros cargos públicos de prestigio (además de ser abuelo materno del Presidente Domingo Santa María), y que tenía una casa en la calle Puente, en la esquina Suroeste de la calle Rosas. Debía cruzar a caballo continuamente hasta otras propiedades del lado Norte del río: una en La Cañadilla frente a La Estampa, y otra en La Palmilla. En una de aquellas tardes, se le acercó en el puente, a él y a su caballo, un tipo mal agestado que le exigió entregarle el dinero que llevara. Don Pedro se negó y tomó prisa en sacar de su bolsillo una pistola que siempre le acompañaba; pero en los nervios y la urgencia, se le cayó al suelo saltando a los pies del rufián. Con horror vio cómo el malandrín la recogía pero, en lugar de volverla hacia él, éste se la entregó otra vez en sus manos diciéndole:

469 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 56).

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Tome su pistola, patrón, apúnteme bien, pero deme lo que le he pedido470.

No siempre fueron cacos tan simpáticos como el que tuvo fortuna de cruzar el señor González Álamos, los que salían al paso de los peatones o jinetes. En los tiempos de Portales y de sus fiestas “filarmónicas”, el problema de la delincuencia seguía afectando la vida en el puente y sus alrededores. Sucedió otra curiosidad un día de aquellos, en que el ministro venía con su hermano Miguel de vuelta tras visitar a la familia Fúcar, que tenía su residencia en La Cañadilla afuera. Por el lado Norte del puente, cuatro tipos parecieron abalanzarse encima suyo pero se detuvieron de súbito; ambas víctimas potenciales pensaron que, al reconocer a Portales en el último segundo, se sintieron intimidados y siguieron caminando tras él como si fueran su escolta. Don Diego se volteó desafiante preguntando qué querían, pero estos se excusaron diciendo que eran soldados enviados por el Comandante Domingo Frutos para darle cuidado personal al ministro, dado el peligro que representaba este tránsito por el lugar. Portales reclamó como innecesaria tal guardia, alegó no sentir miedo a nada y ordenó esa misma noche terminar con tal servicio para él o cualquiera de su familia471. Así transcurría la vida de los santiaguinos, cruzando por el puente lo bueno y lo malo de sí, como un reflejo de la sociedad de aquellos años donde todo capital material se heredaba del coloniaje, pero donde todo el activo espiritual se pretendía construido desde los gritos de la libertad ganada en Chacabuco y Maipú. Como hemos visto, sucedió a menudo en el populacho, desde el temor terrenal provocado en este caso por los criminales, se había pasado rápidamente ya al sobrenatural y a los cuentos terroríficos. Hacia 1835, cundieron nuevamente las historias de aparecidos y monstruos blancos, unos duendes y otros gigantes, que atacaban de súbito a los paseantes y podían aplastarlos dejándolos desnudos sobre un charco de sangre por el barrio, especialmente en el Cal y Canto. Sin embargo, una guardia instalada especialmente para la vigilancia del puente y de la que hablaremos a continuación, pudo precisar que estas presencias se debían a una pandilla de rufianes que asaltaban a la gente asustándolos vestidos con trapos y bultos blancos, despojándolos de todo en medio del ataque de histeria o pánico. Los “duendes” eran los criollos patas cortas y cabezones de la banda, y el “gigante” era el líder de la pandilla, un negro de enormes proporciones físicas llamado Alejo Candelilla, que ese mismo año de 1835 trabajaba como panadero en 470 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 50-51). 471 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 52).

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la amasandería de don Pedro Arias, ubicada en La Cañadilla472. Así, acabaron todos estos espantajos (el ogro y los gnomos) detenidos en jaulas corrientes, adaptadas no para sus tamaños, sino para sus fechorías. Parecen lejanas estas historias, sin duda, pero el hecho es que pasar por los puentes del Mapocho sigue siendo, en nuestros días, una experiencia nocturna a veces tan temeraria y osada como en esos años con el majestuoso Cal y Canto aún en pie.

Imagen del Puente Cal y Canto en un día de bajo caudal en el Mapocho, visto desde la ribera Sur, en dirección hacia el Nororiente, a La Chimba.

Luego, policías y vigilantes para el puente Renunciando a la ilusión de que la delincuencia disminuye por sí sola a través de la decantación natural, una vieja filosofía que abunda especialmente hoy en el (des)criterio de nuestras autoridades, los hechos criminales del puente y la inseguridad obligaron por esos años a colocar una guardia permanente en el Cal y Canto, como la que existió también en el Puente de Palo, pero con mejor equipamiento y hasta cuartel propio. 472 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 64). Sin embargo, este desengaño no fue suficiente para calmar la imaginación aliada del temor de los santiaguinos. Duendes y fantasmas siguieron tomándose el puente, como hemos visto con otros varios casos. También los hechiceros: aparecerá desde ahora, incluso, un brujo haciendo ritos extraños en la cima. Algunos avistamientos hasta fueron reportados por diarios serios como “El Ferrocarril”. Pocos sitios de Santiago han concentrado tantas denuncias de esta clase.

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Por el señalado motivo, se instaló en el ángulo de las rampas que bajaban hacia La Chimba por el lado Norte del puente, un edificio que sirvió de cuartel para un destacamento de soldados encargados de la vigilancia constante del sector, especialmente la cima y sus bajadas. Ya en los tiempos en que Chile había perdido al ministro Portales en manos de sus verdugos, el Presidente Prieto ordenó que dicha guardia del puente colocara un centinela que, como había sucedido brevemente también en los años de la Independencia, gritara a toda voz “¡quién vive!”, obligando a todo sospechoso que apareciera por el camino a reportarse inmediatamente, informando si venía en son de paz o en malos pasos a la ciudad. Si alguien desobedecía o mostraba algún comportamiento intrigante, el centinela llamaba al cabo y salían de inmediato los soldados a normalizar la situación473. Este edificio de la guardia, ubicado casi de frente al puente y llamado vivac, fue cómodamente refaccionado durante el gobierno siguiente, del General Bulnes, convirtiéndoselo en casa con corredores. A su espalda se habilitó un área que sirvió de campamento para los oficiales de las tropas de infantería que entraban o salían de Santiago. Perduró por largo tiempo, al igual que el cuartel, razón quizás por la que dicho vecindario mantuvo el nombre de El Campamento474, designación adoptada después por una población que creció en este sector. Pese a la vigilancia, en aquellos años de Bulnes hubo un hecho de trágico dramatismo, cuando un carruaje cayó al río por el lado oriente de la rampa Sur, muriendo un ocupante del que no se sabe si era su conductor o pasajero. Espontáneamente, entonces, y siguiendo la tradición de las animitas tan arraigada en nuestro pueblo, los vecinos instalaron una cruz negra en memoria del fallecido que, por mucho tiempo, causo pavor a los transeúntes, pues se veía siniestra y lúgubre allí erigida, más parecida a una amenaza que a algún memorial. No fue el único accidente, sin embargo: también cayeron al agua, por el lado opuesto, los caballos del carruaje del vecino don Miguel Dávila, aunque sin mayores desgracias que lamentar. A ello se agregan varias caídas accidentales, por intrepidez o por ebriedad, y también por los delincuentes que se arrojaban al río escapando de la fuerza policial (tradición que aún se mantiene, por desgracia), además de los suicidios de corazones destrozados (y que también continúan)475. 473 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 52). 474 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 52). 475 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 55). La señalada cruz pudo estar entre las primeras animitas de Santiago.

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Con frecuencia, caían en manos de los vigilantes personajes de vida poco decorosa o algunos distraídos, generándose incluso situaciones un tanto hilarantes durante estos controles. Sucedió una vez, por ejemplo, que los centinelas escucharon el galope de un caballo que venía con su jinete bajando por La Cañadilla hacia Santiago. Cuando aún le faltaba un trecho para llegar al puente, le lanzaron el protocolar “¡quién vive!”; pero el tipo, en lugar de responder, siguió al galope. Alertado y temiendo un incidente, el centinela principal repitió con energía el “¡quién vive!”. -

¡La Patria! –respondió al fin el sujeto pero sin detenerse.

-

¿Qué gente? –preguntó ahora el centinela.

-

¡Yo no soy gente, soy cuyano! –respondió el extraño, pasando con su caballo entre el cabo y los soldados tentados de risa476.

En otra oportunidad, el vigilante creyó ver una persona caminando por el puente desde el lado Sur, con lo que parecía ser la capa de un caballero y un sombrero de pelo, quizás en medio de una noche con niebla. No respondió a ninguna de las tres advertencias, poniendo en alerta a los soldados que apuntaron fusiles hacia el extraño. Cuando el guardia fue a tomarlo detenido, descubrió que el supuesto sujeto era un viejo burro solitario y peludo que caminaba hacia La Cañadilla477. Esta guardia y sus anécdotas interminables se mantuvieron hasta fines del Gobierno de Bulnes, pero durante el mandato siguiente de don Manuel Montt, se cambió su constitución de miembros de los cuerpos cívicos (seis soldados y un cabo) por el de bomberos armados con sables que, además de la vigilancia, servían también para escrutar la ciudad y dar alarma de cualquier incendio o emergencia que observaran, valiéndose de la campana en una torre del edificio en el vivac. A pesar de todas las precauciones, sin embargo, los asaltos y los desórdenes no pudieron ser erradicados y continuaron en el puente y sus rampas, aunque en menor cantidad, pero hasta el final de sus días y especialmente en las noches478. El lado de Recoleta también era cubierto por la seguridad de un cuartel de tropas en el barrio, con edificio propio. Levantado en 1849 en un sitio comprado por el 476 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 52). 477 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 52-53). 478 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 53).

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Estado y que tocaba la acera poniente del Camino de la Recoleta, en 1867 comenzó a ser refaccionado con la construcción de una nueva fachada y convertido en un bello referente arquitectónico, además de ensanchado al adquirirse un fundo colindante, según lo que describe Tornero, pues el inmueble tenía en su época 58 metros de frente por 90 de fondo y un patio principal de 1.344 metros cuadrados. Esta nueva y elegante fachada estaba compuesta por “diez pequeños torreones que la adornan y que se levantan algunos metros por sobre su segundo piso”. Tenía también tres órdenes de ventanas “y tres portadas que comunican con otros tantos cuerpos de edificios que van hacia el interior, uno central y dos laterales”479. Cuando se acabó la vigilancia del sector del puente y se marcharon los guardias de la ya desaparecida casa de altos del Cal y Canto (la única de su tipo que existió en el puente), ésta fue convertida en local comercial alojando una famosa botica que perteneció a un señor de apellido Aris480. Fue, sin embargo, sólo uno más de los negocios de este mismo giro que existieron en el puente, y entre los que se cuentan también las boticas de Matorras, de don Ramón Oviedo (después adquirida por Francisco Javier Herrera) y la “Botica y Droguería de la República” de un señor Herrera que, en el sector Sur-poniente, fue la última que le quedaba al puente al momento de su destrucción481. Otro establecimiento del Cal y Canto, la casa de cambio de monedas, oro y plata del señor Rojas, que ostentaba uno de los primeros carteles de “Se compra oro y plata” en nuestra ciudad, parece haber sido también el primer y único establecimiento comercial que sufrió un robo en el puente, en septiembre de 1888 y cuando el Cal y Canto ya estaba con sus arcos derrumbados a la espera de ser demolido482. Hasta entonces, los asaltos habían sido siempre contra los transeúntes y no contra locatarios. Obviamente, hablamos de aquellos días en que a las joyerías de Santiago las podían asaltar a lo sumo una vez cada treinta años; y no como ahora, que las asaltan treinta veces cada año.

479 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 29-30). 480 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 53). 481 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 56). 482 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 56).

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¡Guarda con los pacos! La plaza del mercado y los puentes fueron escenario de muchos otros acontecimientos que también constituyeron jaquecas para los encargados del orden público. Un caso en particular, ha trascendido a la mera historia del barrio para convertirse en un patrimonio de la memoria-olvido popular, creando un personaje nacional que, a diferencia de los que hemos revisado, tiene un carácter genérico institucionalizado y con plena vigencia en nuestro lenguaje diario, curiosamente. Además de las peleas a piedrazos a las que nos referimos ya, el barrio era escenario de otras peligrosas jugarretas de los niños. Por ejemplo, algunos chiquillos temerarios pasaban por detrás de las garitas del comercio arriba del Puente de Cal y Canto, con sus espaldas hacia el río, cruzando de un lado a otro por una minúscula cornisa de no más de media vara de ancho y sólo para ganar apuestas483. Otros, menos arrojados, se iban a bañar en un arrabal que alimentaba la fuente del Convento de Santo Domingo, por lo que periódicamente debía salir a corretearlos Fray N. Roco, acompañado de un tipo armado con una varilla484. A estas situaciones, se sumaba la delincuencia de los varios muchachos callejeros que rondaban la Plaza de Abasto, como lo hemos comentado antes. Allí los comerciantes, indios y carreteros continuaban siendo objeto de continuos robos de sandías, melones, choclos, papas y cuanto pudieran hurtarle los chiquillos maldadosos que paseaban por el barrio, reacios a renunciar a la arraigadísima costumbre nacional de salir a matar el tiempo peluseando, misma tendencia que tantos sociólogos nacionales han denunciado como el germen de la vagancia y la delincuencia juvenil (y que en nuestros días incluso alcanza instancias “virtuales” de ocio y haraganería, gracias a la internet). Fue en este contexto que se habría gestado e institucionalizado un mote que ha pesado por siglos sobre la fuerza pública del orden y la seguridad social: la figura del “paco”. Estamos tan acostumbrados a llamar a los oficiales de Carabineros de Chile como “los pacos” que ya casi es un sinónimo en el lenguaje informal y no pareciera merecer un estudio, ni siquiera para la curiosidad de algunos que incluso en el consenso general de que se trata de un término del siglo XIX, no reparan en que la institución actualmente más confiable para la sociedad chilena según las encuestas, fue fundada recién en 1927, de modo que el apodo debe haber provenido desde alguna entidad anterior. Antes de esa fecha, además, existían otros motetes para la fuerza policial: en la Colonia se llamaba “ayucos” al equipo de vigilantes-serenos 483 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 59). 484 “Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 20).

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contratados para hacer guardia pública; y después, los miembros del cuerpo de vigilantes voluntarios de Santiago fundado en 1850, habían sido llamados “cataneros”, por usar un sable o catana como instrumento persuasivo485. Vicuña Mackenna dice que los primeros “pacos” santiaguinos aparecen por 1760, con la decisión del Presidente Manuel de Amat y Junyent de crear un cuerpo de seguridad pública pionero de lo que podríamos llamar un modelo “moderno”, aunque no llega a ser una policía propiamente. Estos “pacos” fueron dos: el Conde de la Marquina don Ignacio Alcázar, elegido como Capitán por Amat, y el hijo del Marqués de la Casa de Madrid, llamado Fernando Sánchez y nombrado Teniente. Aun cuando ambos tenían la misma tarea de tomar detenciones, Vicuña Mackenna supone que el denuesto “paco” ya les era merecido por pertenecer a una expresión de origen peruano que significaría algo así como sirviente486. Pero hay quienes tienen otra explicación, y tampoco tiene algo que ver con algún tal Francisco, coloquialmente llamado Paco, como alguien ha sugerido alguna vez. Menos con la idea de que provendría del coa carcelario sólo por el hecho cierto de que los reos suelen llamar desde antaño como pacos, también, a los funcionaros de gendarmería y de la policía indistintamente487. Zorobabel Rodríguez le resta validez a la propuesta de don Amador de los Ríos en su “Historia de las Indias de Oviedo”, según la cual es un término de origen quechua que significaría siervo o esclavo488 y que, como hemos dicho, también es 485 “Origen y desarrollo de la policía en Chile”, Juan Antonio Ríos. Litografía e Imprenta José V. Sculodre, Concepción – 1914 (pág. 24-25). Esta obra fue presentada por el futuro Presidente de la República como su Memoria para optar a la licenciatura en la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas de la Universidad de Chile. 486 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago de Chile desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869. (pág. 126-127). En la nota al pie de la página 477 de la misma obra, Vicuña Mackenna introduce comentarios adicionales un poco especulativos a su teoría del origen de la palabra y concepto de “paco”: “Que el origen de la palabra paco es americano y no español (por el nombre familiar de los Franciscos) no puede caber duda. No muchos días ha muerto en el hospital de San Juan de Dios (el 11 de marzo de 1869) un individuo llamado Pedro José Paco, natural de Talagante, villorrio donde los apellidos indígenas prevalecen todavía como en los tiempos de Pedro de Valdivia, en que Talagante era una colonia de mitimaes del Inca”. 487 “Jerga usada por los delincuentes nortinos”, Aníbal Echeverría y Reyes. Imprenta El Águila, Concepción, Chile – 1934 (pág. 10). 488 “Diccionario de chilenismos”, Zorobabel Rodríguez. Imprenta de “El Independiente”, Santiago, Chile – 1875 (pág. 340). Sin embargo, Rodríguez comulga con la no menos dudosa y ambigua idea de que “paco” podría provenir de otra expresión quechua, “ppáccu”, que significa rubio, castaño o bayo, y que haría alusión al color de los ponchos que utilizaban hasta poco antes de dicha publicación los agentes policiales de Chile. Su idea es acogida también por la mencionada obra de Juan Antonio Ríos.

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compartida por Vicuña Mackenna. Sí hay acuerdo, en cambio, en que corresponde a la versión chilena del concepto de polizón489. Pues bien: como muchas de las cosas que atañen a la historia de la ciudad, la explicación de este extraño apodo a las fuerzas de orden y seguridad también estaría ligada a la memoria del Barrio Mapocho. “Paco” sería, por consiguiente, un término netamente mapochino, desde su origen. Hemos hablado latamente de la existencia de la guardia para el Cal y Canto y la orilla chimbera en los tiempos que siguieron a la victoria de Yungay. Sin embargo, la vigilancia allí establecida no cubrió las necesidades de los comerciantes del mercado en la Plaza de Abasto, por lo que sus locatarios se organizaron para contratar los servicios particulares de don Pascual Mendoza, veterano de la Batalla de Chacabuco a quien se le encargó la custodia de los carretones, de las mercaderías y la tarea de ahuyentar a los cabros chicos maldadosos, pagándosele para tales efectos un cuartillo por carreta490. Don Pascual era llamado don Paco y don Paquito, y así lo conocían todos por este sector. Mientras oficiaba de guardia con el chicote en la mano, hacia 1840, los niños se cuidaban las espaldas intentando burlar su atenta mirada protegiendo las cargas de las carretas y canastas491. Se puede suponer, entonces, lo que sucedió a continuación, cuando el temido personaje se aproximaba y la gritadera de los chiquillos era instantánea: -

“¡El Paco, el Paco!”.

Y este Paco, a su vez, llegó a ser todo un personaje en la cultura nacional, dejando cesante al tradicional cuco en la fatigante tarea de asustar a niños mañosos que no se querían comer el guiso de acelga o de zapallo, pues las madres invocaban su nombre para amenazar al infante con la posibilidad de que el Paco se lo llevara en caso de no terminarse la cena492. Pero a don Pascual se le hizo poca su individualidad para sostener toda la vigilancia del mercado hasta los refugios de los mocosos en los ojos del Cal y Canto, por lo que debió hacerse de dos colaboradores que lo ayudaban en sus

489 “Chilenismos. Apuntes lexicográficos”, de José Toribio Medina. Soc. Lit. e Imp. Universo, Santiago, Chile – 1928 (pág, 260) 490 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 59). 491 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 59). 492 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 59-60).

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tareas de seguridad y de espantar cabros pesados493. Con ello se acabarían también las jugarretas audaces de los niños sobre el puente, pasando por detrás de las garitas y desafiando el vacío. Así, cuando llegaban los guardias a castigarlos, el grito era ahora un ruidoso plural resonando por todo el puente o la vega del río: -

¡Arranquen que vienen los pacos! ¡Vienen los pacos!

Había nacido, según esta versión, el apodo secularmente conservado para nuestros oficiales de la seguridad pública, aunque haya pocos civiles con las agallas y la patudez de enrostrárselo a alguno de ellos en su presencia, dada su connotación peyorativa que ha adquirido. “¡Guarda con los pacos!” pasó a ser un grito de alerta para los maldadosos, que hemos repetido hasta mucho más de un siglo y medio después, al tiempo de esconder nuestra lata de cerveza abierta en la vía pública o sacar súbitamente de la oreja el teléfono celular mientras conducimos. Los pacos ocupados de corretear a los pelusas siguieron en actividad en el barrio por varios, varios años más. Alfredo Gómez Morel, delincuente juvenil devenido en escritor, recordaba en 1962 al que, probablemente, fuera uno de los últimos exponentes de un servicio como el iniciado por don Paquito en Mapocho, en las memorias de sus años de “cabro del río”: “De vez en cuando también debíamos compartir las carreras que dábamos para huir de Mostachín, el paco del puente: bajo, regordete, bizco, colorado. Calmoso de hablar, caminante pausado y circunspecto. Todos los días realizaba su turno, paseándose por el puente de punta a punta. Cuando no lograba vernos bajo el puente se sentía intranquilo y molesto. Bajaba y empezaba a buscarnos matorral por matorral, adoquín por adoquín y sauce tras sauce hasta que nos encontraba. Se las ingeniaba para que tuviéramos oportunidad de huirle: ¡Gozaba tanto persiguiéndonos! Y escapando, ¡nos reíamos tanto! Su paquidérmica y glotona humanidad, los discretos dos quintales que pesaba su uniforme, sus botas majestuosas e imponentes y el correaje que lo maniataba eran una gran ventaja para nosotros. No era precisamente arrancar lo que hacíamos: simplemente nos alejábamos, como quien se hace a un lado para que pasen un elefante o una grúa. Le concedíamos la oportunidad de cumplir su misión de vigilancia y él hacía como que nos cazaba: las partes guardaban las apariencias: La ciudad gozaba con la caza. Tomaba tribuna en las 493 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 60).

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barandillas del puente y se divertía viendo huir a la miseria. Algunos querían saber cómo corre el hambre”494. En el presente, el Mercado Central sigue siendo vigilado por los pacos, en favor de la fortuna y tranquilidad de sus miles de visitantes diarios, y para que los turistas puedan salir del barrio con las mismas cámaras y bolsos que entraron. Pero, para nuestra desgracia y desprestigio internacional, la mayoría de sus distracciones profesionales ya no son esos chiquillos traviesos de ayer, robándose sólo inocentes manzanas o damascos.

Desaparecida casona colonial de calle Esmeralda, en imagen actualmente en el Archivo Fotográfico del Museo Histórico Nacional. La fotografía está fechada en el año 1920. 494 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 129-130).

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Pasarela y techumbre del Puente de Palo hacia sus últimos años en pie. Imagen publicada por Juan Uribe Echevarría en “El romance de Sor Tadea de San Joaquín sobre la inundación que hizo el río Mapocho en 1783”, octubre de 1963.

Huella de otra presencia milagrosa: placa de madera labrada en el lugar del nacimiento de la Sierva de Dios, María San Agustín Fernández Concha (1835-1928), en proceso de beatificación iniciado en Buenos Aires, aunque por ahora se halla detenido. La familia Fernández fue propietaria de terrenos y casonas en el sector.

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PARTE V:

VESTIGIOS DE LA EPOCA VICTORIANA DE MAPOCHO

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Población El Arenal u Ovalle: otro hito chimbero La miseria en el barrio riberano, heredada desde la Colonia, era otra simiente de las revisadas dificultades que encontraban allí los comerciantes y los vigilantes policiales, no sólo lidiando con el instinto malévolo de los niños: la gran cantidad de ranchos y campamentos con moradores en deplorable situación de vida que se habían ido estableciendo desde temprano en las riberas del río, estaban concentrándose especialmente en un sector de la margen Norte, poco más allá de la salida del Puente de Cal y Canto, conocido como El Arenal, en el lado chimbero y por donde había tenido su famosa quinta el Corregidor Zañartu. Sady Zañartu nos proporciona una descripción del ambiente de este sitio y de cómo sucedió su transformación en áreas urbanizadas: “Las calles de la que fuera más tarde la población Ovalle, el año 1861, se formaron casi en parte con la chacra de Zañartu que se extendía hasta el callejón de las Hornillas, como fondo aparecía con un frente hacia el camino real de la Cañadilla con más de seiscientas varas, desde el pedregal del río, y su plantación de viña era costosa desde los tiempos que fuera “chacra del Pino”. Algunos árboles famosos quedaron para la urbanización posterior, que diera lugar a beateríos, por sus naranjales, o árboles típicos y frutales. Había un pino, en la actual calle Pinto, bajo cuyas frondas se celebraban comidas y fiestas domingueras”495. El terreno de El Arenal se encontraba en esta área comprendida entre La Cañadilla (Independencia) y Las Hornillas (Fermín Vivaceta), recibiendo su extraño nombre por el acopio de bancos de arena, ripio y piedras en el sector, que se usaban para las construcciones de inmuebles Santiago y que habían atraído a los pobladores de los caseríos precisamente para la explotación de estos materiales496, tal como sucedió con las primeras villas surgidas en torno a las canteras de Colina o los arenales de Renca497. Muchos de esos trabajadores, sin embargo, vivían por 495 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 357, julio de 1963, Santiago, Chile, artículo “La Cañadilla y el barrio del Arenal”. 496 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 144). 497 Los areneros también son una especie en extinción en el río Mapocho. Alguna vez fueron muy numerosos, en varias partes de su curso, no sólo en las orillas este sector de El Arenal. Al momento de escribir estas líneas, quedan areneros en los sectores de Cerro Navia y Lo Barnechea, seriamente amenazados por nuevos proyectos del progreso.

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entonces en ranchos o chozas miserables, como los que había en la Colonia según hemos visto, en condiciones realmente infrahumanas. Su situación casi aislada en el paisaje le daba al campamento un aspecto más temible aún, como de ciudadela dominada por la ley de la tierra de nadie. Tanta era la actividad allí en los arenales y pedregales del Mapocho que incluso hubo malestar en la Municipalidad por el debilitamiento del que era objeto la orilla Norte del río frente a sus crecidas, a causa de la extracción de materiales antes de la canalización498. Tales acumulaciones de pobres residencias existían ya en los tiempos de la Independencia, pero desaparecieron o se transformaron al ser urbanizado el sector. El último propietario de los terrenos de la ex quinta de Zañartu (tras cuya muerte habían quedado en manos de las monjas del Carmen de San Rafael) fue el acaudalado empresario Matías Cousiño, quien la dividió y la puso en venta hacia el año 1840499. De los varios cambios urbanísticos surgió además, la población llamada El Campamento, nombre que tomó del albergue que allí existió en el vivac o cuartel de vigilancia en la bajada Norte del Cal y Canto, que hemos visto. La Sociedad Ovalle Hermanos se constituyó para iniciar el proyecto de construcción de un vecindario sobre estos terrenos de El Arenal, hacia 1847. “El negocio mayor consistía en conservar la propiedad de la tierra y alquilar pequeños lotes para que cada inquilino levantara su vivienda según sus posibilidades”, dice Luis Alberto Romero. Fueron 14 manzanas para un estimado de 13 mil residentes, aunque periódicos de 1886 reclamaban que el negocio había tenido ciertos ribetes de oscuridad y que se habían realizado “muy fuera de las ordenanzas de la policía”500. No resulta difícil explicarse estos posibles abusos: la sociedad estaba formada por los hermanos Matías y Pastor Ovalle Errázuriz, dos influyentes personajes de su época con participación estrecha sobre la actividad política. Don Matías Ovalle, de hecho, había sido Intendente de Santiago, Ministro de Hacienda en 1858 y Diputado por una década hasta 1861501.

498 “El Barrio Mapocho y el Parque Forestal: espacio público y representaciones de ciudad en Santiago de Chile (1885-1900)” - Tesis Presentada para optar al Grado de Magister en Historia, Simón Castillo Fernández (Profesora guía: Alejandra Araya Espinoza). Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 2008 (pág. 58). 499 “Crónicas del Barrio Yungay”, Fidel Araneda Bravo. Santiago, Chile – 1972 (pág. 30) 500 “¿Qué hacer con los pobres”, Luis Alberto Romero. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, Argentina 1997 (pág. 123-124). 501 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 144145).

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Sólo hacia 1870, la población de El Arenal o del Carmen, como era llamada, terminó de ser establecida sobre estos terrenos que habían sido ocupados antes por la quinta y después por los ranchos viejos. Vicuña Mackenna calculaba que, dos años más tarde, ya tenía unas 80 viviendas por cuadra, aunque aún no llegaba a ser de una densidad tan grande como la de otros campamentos, como la Población Portales, también situada a orillas del Mapocho y que siendo más reciente ya acumulaba a la misma fecha unas 200 residencias por cuadra502. Como era esperable, sin embargo, muchas alegres fondas, quintas de recreo y chinganas habían encontrado sitio en estos mismos callejones, inspirando letras de canciones populares como ésta: Las fondas del Arenal mostraron la Independencia como una gloria del arte y lumbrera de la ciencia503 O esta otra, no menos expresiva: Viva Santiago de Chile la bandera nacional y en el barrio de la Chimba las fondas del Arenal504 La población se convirtió, así, en barrio residencial aunque siempre ligado a las clases más modestas de la sociedad de aquellos años y a sus centros de recreación. Las primitivas calles chimberas después correspondientes a Maruri, Escanilla, Zenteno, Borgoño, Prieto o Picarte, surgieron de estas urbanizaciones en el barrio. Pero la influencia de los hermanos Ovalle era tan grande encima de este vecindario que, por ello, el caserío fue conocido también como la Población Ovalle, al igual que el puente que la conectaba con la orilla Sur un poco más al poniente del Cal y Canto. Para algunos autores, no era más que una especie de feudo político, pues la omnipotencia que allí ejercían ambos socios sobre los pobladores incluso les permitía exigirles sus calificaciones electorales y hasta se opusieron en alguna ocasión a que fueran pavimentadas las calles, en su afán por impedir la penetración 502 “Un año en la Intendencia de Santiago”, Volumen I, Benjamín Vicuña Mackenna. Imp. del Mercurio, Santiago, Chile – 1973 (pág. 164). 503 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 234). 504 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 239).

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del poder de las autoridades legítimas dentro de este bastión505. Al parecer, ésa fue otra de las razones que tuvo Vicuña Mackenna para declarar la guerra a estos campamentos miserables de las riberas, no por desprecio a sus pobladores como se ha creído, sino al abuso de los propietarios de los terrenos. Durante su período de Intendencia, entonces, hizo quemar y destruir muchas de estas aglomeraciones de ranchos del Mapocho, como tendremos ocasión de ver. A pesar de la desaparición de las generaciones de rancherías antiguas de El Arenal, bajo el proyecto de la Población Ovalle, esa clase de residencias precarias y lastimeras siguieron existiendo por casi todo el resto del siglo y permanecieron muy presentes en la barriada del Mapocho. Vicuña Mackenna, además, hablaba del “Potrero de la Muerte” para referirse a otro enorme campamento que existía hacia 1840 en los terrenos de la desaparecida chacra de El Conventillo, en un área comprendida entre la actual avenida Matta, el Zanjón de la Aguada, Santa Rosa y San Ignacio506, más o menos por lo que se llamaría después Barrio Matadero. La población de la ex quinta de Zañartu y sus villas aledañas se perdieron en la continua remodelación y desarrollo del barrio, hacia el siguiente cambio de siglo… Y para el bien de toda la ciudad, según cavilaciones de muchos.

Detalle del “Plano del río Mapocho con indicación del canal y las manzanas conquistadas”, del ingeniero Ernesto Ansart, en 1873. Se observan la posición del antiguo cauce del río contrastada con la línea de la canalización y las cuadras nuevas en oscuro. Publicado por Simón Castillo en “El Mapocho urbano del s. XIX”. 505 “¿Qué hacer con los pobres”, Luis Alberto Romero. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, Argentina 1997 (pág. 126). 506 Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 143-144).

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Imagen central de una tarjeta religiosa con el retrato de Fray Andresito, el “santo” popular chileno, cargando la imagen de su amada Santa Filomena y el mismo tarrito limosnero que usó de alcancía para reunir ayuda para la recolección.

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El símbolo místico de Fray Andresito No había sólo miseria y peligros en el vecindario, sin embargo. Hubo un personaje que, no obstante haber sido acogido también en la iconografía más querida y venerada por los herederos de la rotada chilena, simboliza un lado de profunda espiritualidad y ascetismo, erigiéndose como todo un santo popular que aún hoy seguiría arrojando milagros y misterios inexplicados alrededor suyo. Andrés Antonio María de los Dolores García Acosta nació el 10 de enero de 1800 en Ampuyenta, en la Isla Fuerteventura del archipiélago de las Canarias, la misma isla donde vivió San Diego de Alcalá impregnando de cultura franciscana a todos sus habitantes. En una modesta familia formada por el matrimonio de agricultores Gabriel García y Antonia Acosta507, el pequeño trabajó como pastor de ovejas emigrando después al Uruguay, en 1833, donde se desempeñó como comerciante ambulante, obrero de construcción, vendedor de libros y enfermero. Allí conoció al misionero franciscano Felipe Echenagusia, encontrando empleo como portero y limosnero del convento hasta 1838, cuando se decretó la desocupación del recinto para pasar a manos de la Universidad, debiendo partir con el Padre Felipe rumbo a Chile para integrarse a la Recoleta Franciscana, donde serían recibidos por Fray José Infante el 10 de julio del año siguiente508. Se sabe que sus padres ya estaban muertos para aquel entonces, probablemente desde 1832, y que sus hermanos estaban casados, por lo que no tenía muchas opciones de encontrar acogida entre su familia509. Una situación milagrosa en torno a la vida de Andrés ya había ocurrido en este período, reportada después por el Previsor Fernández, de Montevideo, cuando le cayó en la cabeza y desde gran altura, un balde con cal producto de un descuido de un trabajador durante la construcción de un templo que se hallaba donde después estaría la Casa de Ejercicios de la capital uruguaya. Aunque un accidente así debió ser mortal, sólo le causó una leve contusión y, al volver en sí tras el golpe, se 507 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 26). 508 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 50). Algunas fuentes, como “Chile a Color: Biografías” (Tomo II. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1982) señalan, sin embargo, que Andresito había sido injustamente perseguido y humillado por un superior en el convento de Montevideo, y que éste incidente le habría obligado a abandonar la vida allí, poco antes de la ocupación del mismo convento por la Universidad (pág. 502). 509 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 31).

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levantó exclamando: “¡Alabado sea Dios!”, ante los atónitos y asustados testigos510. Esta anécdota palidece, sin embargo, ante la espectacularidad de otros acontecimientos sobrenaturales que se le adjudican a sus santos talentos. Cuando llegó a Chile, lo hizo tras un viaje en barco que fue un verdadero calvario de abusos y agresiones de parte de los marinos del navío, al parecer por el choque que se produjo entre el duro carácter moralista de Andrés y la vida escasamente cristiana de la tripulación511. En alguna oportunidad terminó, de hecho, aturdido tras los golpes de sus molestos atacantes. Luego, en el Cabo de Hornos, las tormentas le hicieron creer seriamente que su viaje llegaba a inesperado fin. Tras arribar a Santiago, tampoco debe haber sido muy entretenida la vida de Andrés en estos primeros días junto al río Mapocho, pues fue destinado a labores de asistente de cocinero, lavador de platos y barrendero. A pesar de ello, trabajaba con gran alegría y entusiasmo, animado por su luz interior. Siguiendo un consejo de Fray Felipe, el cargo de limosnero le fue entregado a Andrés por Fray José, el día 2 de agosto de 1839512. Comenzó a ejercerlo de inmediato, paseando su humilde alcancía y una estampa de Santa Filomena, de la que era ferviente devoto, por las calles de una ciudad que apenas conocía, siempre con el mismo esmero y vocación por el servicio. El dinero que solicitaba era para mantener el convento, completar la construcción de la iglesia y otros fines piadosos. A pesar de su experiencia como limosnero en Montevideo, muy difícil fue esta tarea para el donado Andrés, extranjero en una sociedad que recién comenzaba a conocer y en la que aún no tenía amigos locales. Pese a todo, conseguía a diario reunir las limosnas para el convento, haciéndose cada vez más reconocible y estimado entre los habitantes de Santiago. Siempre sonriente, alegre a pesar de haber sido víctima frecuente de insultos, de agresiones y de la mezquindad de quienes se negaban a cooperarle. Salía todas las mañanas temprano y volvía a la Recoleta a almorzar; y en la hora de la siesta, aprovechaba para orar y repartir enseñanzas a los pobres en las puertas del convento513.

510 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 41-42). 511 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 44-45). 512 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 50-51). 513 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 53).

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Apodado El Canario entre sus hermanos, comenzó a ser solicitado por familias que querían ayudar con limosnas para la orden, y así empezaron a abrírsele todas las puertas de la ciudad entera, desde las casas más humildes hasta los palacios más suntuosos de la aristocracia criolla. Incluso fue recibido en La Moneda514, pues se hizo de amistades tales como el Senador Francisco Ignacio Ossa y la esposa del General Manuel Bulnes, doña Enriqueta Pinto515. “Su nueva ocupación parece que no le desagradaba –escribe Fray Cruz Villarroel en 1856-, desempeñándola con gusto; aunque la vida del limosnero es muy labiosa, muy pesada y muy peligrosa. En efecto, él tiene que andar casi todo el día, tiene que avergonzarse de pedir para otros, tiene que ir siempre muy prevenido de las injurias, burlas, amenazas, insultos y desprecios, que no son nada raros en este penoso ejercicio; él tiene, por último, que ir muy sobre sí para no caer en peligros mil que por donde quiera le rodean. Y si así lo hace ¡Ay, infeliz del limosnero que se descuide por un solo momento! ¡Indudablemente perderá del grandioso mérito que adquiere para con Dios y con los hombres! ¡Caerá en faltas gravísimas y abominables!”516. Así, empezaron a correr los rumores sobre su capacidad de ofrecer milagros y prodigios de los que haremos caudal luego, cuando más y más personas le reconocían un talento de curar enfermedades y rumoreaban también que era capaz de casi cualquier cosa, con el sólo ejercicio de la oración. El humilde limosnero curaba heridas, sanaba dolencias y mejoraba a los convalecientes. Fray Andresito, como le llamaban cariñosamente ya entonces, también solía escribir poemas religiosos y descansar en un viejo y tosco escaño de piedra que aún se conserva en la Recoleta. Allí se sentaba a meditar, incluso hasta sus últimos días. También buscó expandir el culto a su querida Santa Filomena, por cuya devoción se cambió el nombre al de Andrés Filomeno. Bien puede tratarse del primero en introducir de modo estable y reconocible en Chile la devoción a esta Santa mártir517, que da su nombre a otra de las principales calles chimberas a espaldas de la iglesia y también a su templo en Barrio Patronato. Por ella escribió 514 “Chile a Color: Biografías” Tomo II. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1982 (pág. 502). 515 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 52). 516 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 36). 517 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 79).

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algunas rimas en tono de oración, pues Andresito solía amenizar el ambiente de los comedores con sus sencillos versos pronunciados en el acento hispánico que nunca perdió, a veces acompañado de un pandero: Buen ejemplo nos ha dado El que no cabe en el cielo, Que se ha humillado hasta el suelo De pastores celebrado; Tengamos mayor cuidado De vivir en adelante, En abstinencia constante Y no tengamos temor De vivir con más rigor Y con risueño semblante.518 El 25 de marzo de 1842 y habiendo venido a Santiago desde la Banda Oriental el Presbítero argentino Pedro Ignacio de Castro Barros, éste llegó a alojarse en la Recoleta Franciscana donde fue recibido como huésped. Allí causó profunda influencia sobre Andrés. El prestigioso sacerdote ofició como profesor de filosofía y teología en el convento y en el Seminario de Santiago, donde se mostró con ideas políticas muy desafiantes para la época, que tocaron notoriamente en los demás religiosos chilenos. Fue un crítico del patronato regio y del regalismo, primero en sentar en Chile este discurso519. Al año siguiente, se inició la reconstrucción del nuevo templo de la orden, promovido por Fray Vicente Crespo. Andrés había participado fervorosamente en la obtención de las limosnas que sirvieron para financiar gran parte del proyecto, echando manos también en los trabajos con la experiencia como obrero que había reunido en sus días de residencia en el Uruguay. Pero ese año toda la comunidad recoleta tendría un duro golpe, al fallecer Fray José Infante debiendo asumir su cargo Fray Felipe Echenagusia. “Entre 1848 y 1849 –relata Revegno-, reunía en la Recoleta, todas las noches, a las 21 hrs., a unos 50 obreros. Rezaban el Vía Crucis, tomaban una disciplina, decían algunas breves oraciones y finalizaban con algunas reflexiones del hermano. Visitaba frecuentemente la cárcel y el hospital. Además de confortar a muchos en la portería del Convento, llevaba 518 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 61-62). 519 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 51).

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medicinas, preparadas por él mismo, a los enfermos en sus casas y visitaba los moribundos”520. Fray Andresito repartía pan y frutas todos los domingos, organizando también procesiones o visitas al cementerio para rezar el Vía Crucis o el rosario por las ánimas. No tardan en aparecer sus talentos especiales: en sus visitas por las casas pidiendo limosna, tuvo el ojo para advertir a dos madres que sus hijos iban a ser sacerdotes. Y, efectivamente, lo fueron: Crescente Errázuriz Valdivieso y Manuel Marchant Pereira521. Su labor de limosnero permitió la construcción definitiva de la Iglesia de la Recoleta a partir de 1845, encargándose la obra primero a Antonio Vidal y luego, desde 1848, a don Fermín Vivaceta522, el otro gran configurador del aspecto del Barrio Mapocho. Poco tiempo después, también fueron las limosnas por él reunidas las que sirvieron para consagrar un altar dedicado a su amada Santa Filomena, según se desprende del siguiente recibo dado por Vivaceta, el 9 de diciembre de 1850: “Recibí del hermano Fray Andrés la cantidad de cuatrocientos cuarenta y ocho pesos, cuatro reales que me ha pagado por hacer el altar de Santa Filomena en la Iglesia de la Recoleta Franciscana de Chile”523. Pero parece ser que la comunicación entre Fray Andresito y su Santa Filomena era mucho más que sólo devocional o simbólica, según podremos observar.

Un Santo Santo Patrono “guachaca” La fe popular ha convertido a Andresito en la figura más trascedente de la Recoleta Franciscana y quizás de todo el vecindario en las márgenes del Mapocho,

520 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 51-52). 521 “Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)”, Fray Juan Rovegno S. Publicaciones Recoleta, Santiago, Chile – 2001 (pág. 52). 522 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 49). En la actualidad, existe una placa conmemorativa en la Recoleta Franciscana, en el acceso, donde dice en letras mayúsculas: “Iglesia de la Recoleta Franciscana Nuestra Señora de la Cabeza. Este templo fue construido para gloria de Dios y servicio de su pueblo, entre los años 1845 y 1864, por Fray Vicente Crespo, con las limosnas recogidas por el Siervo de Dios Fray Andresito O.F.M. 14 de enero de 1999. Instituto de Conmemoración Histórica de Chile”. 523 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 82-83).

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cotizándose su imagen en muchos ámbitos: religioso, social, político, cultural, folclórico, etc. Un siglo y medio después de su muerte, los guachacas chilenos agrupados en su propio club cultural sumamente ligado a la vida del Barrio Mapocho y sus boliches, han proclamado urbi et orbi a Fray Andresito como su Santo Patrono, además de prócer y casi superhéroe del gremio524. Y es que, como sucedió también con Fray Bardeci, el currículo de prodigios de Fray Andresito se vuelve por momentos realmente interminable, obligando al recopilador a hacer una síntesis de los registros y noticias reportadas para no terminar produciendo un tratado completo sobre las materias relativas a las luces más extraordinarias y sobrenaturales que lo orbitaron en su paso por el mundo. Cuenta Fray Cruz Villarroel, por ejemplo, del caso de un señor colaborador de la Recoleta, cuya casa fue visitada por Fray Andresito en momentos en que dicha persona estaba fuera de Santiago, por lo que fue atendido por su esposa. El limosnero venía a recoger un dinero que el dueño de casa le adeudaba a Santa Filomena, según sus palabras, pero al enterarse de que él no estaba, le dejó la siguiente instrucción encargada a su señora: -

Dígale que cumpla su promesa, puesto que la santa le ha cumplido sus deseos.

En efecto, el señor en cuestión confesó después que sí había pedido un favor a Santa Filomena y que le había sido concedido. Más aún: él no había visto a Fray Andresito en persona, por lo que la forma en que éste se enteró del secreto acuerdo entre la Santa y el beneficiario no podía tener una explicación racional. Al conocer el señor de la visita de Andresito, una vez de vuelta en Santiago fue a ubicarlo a la Plazuela de la Recoleta Franciscana donde lo encontró, entregándole una moneda que superaba la deuda contraída, por lo que le pidió vuelto al religioso pero sin informarle de la cifra. Andrés se lo entregó correctamente y en total silencio, como si también supiera el monto exacto de tal deuda525. Muchos otros episodios de este tipo se repitieron alrededor de la presencia del nuevo milagroso del barrio. Un caso lo representa el de un señor que, tras viajar al Sur y volver a Santiago, comenzó a ser insistentemente exhortado por su mujer a que se confesase, pues tenía sospechas de que su marido se había alejado un poco de la vida cristiana durante esta ausencia. Tras majaderas insistencias, el señor declaró haber accedido a hacerlo. Sin embargo, durante un encuentro del 524 Diario “La Nación” del jueves 24 de septiembre de 2009, Santiago, Chile, artículo “Fray Andresito: El súper héroe de los guachacas” de Dióscoro Rojas (Gran Guaripola Guachaca). 525 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 136-137).

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matrimonio con Fray Andresito, éste le reveló a la dama que su marido la había engañado pues aún no se había confesado, pero que no volvería a mentirle. Posteriormente, el propio donado informó a la señora cuándo su marido se había confesado, ya de verdad526. Otra dama se acercó a Andrés para preguntarle si el hijo que esperaba era hombre o mujer. Él le respondió que era niña y le recomendó, de paso, ponerle Filomena. Pero la mujer se negó, aludiendo a que dos hijas anteriores suyas que habían sido llamadas así, murieron. Fray Andresito respondió, entonces, que no se preocupara pues esta hija no moriría, insistiendo en que llevara el nombre de la santa. Quizás no haya sido un acierto sensacional, pero exactamente así ocurrió527. Por otra parte, y convencido de que el sacrificio llamaba a la misericordia de Dios, durante las graves revueltas políticas que ensangrentaron al país a mediados del siglo, Fray Andresito se impuso la penitencia de caminar por Santiago con los pies totalmente desnudos y desprotegidos, dolorosa acción que ya había cometido en 1843 al fallecer el sacerdote Infante, y después al enfermar gravemente el Senador Ossa, que era uno de los más importantes amigos y colaboradores de la recolección. El 8 de diciembre y por razones que sólo serían explicables en capacidades fuera de todo orden natural, Andresito supo e informó de la violenta e infausta batalla que tenía lugar en esos mismos momentos en Loncomilla, en el marco de las mismas revueltas políticas de 1851, como si las distancias geográficas no fueran obstáculo para el testimonio ante sus ojos528. También realizaba ayunos, rezos, extensiones de indulgencias y largas sesiones de letanías por los difuntos de los que tenía noticia, la mayoría de los cuales ni siquiera conocía pero que iba anotando en papelitos, a veces con referencias tan ambiguas o generales como: “Otro hombre cigarrero, calle de la Merced, de postrema”; “Tres por el Arenal”; “Otro vendedor de un baratillo”; “Otro murió de repente por La Cañadilla”; “Y otro hombre se botó al río”529. Sus episodios sobrenaturales continúan con otros casos en donde se mezclaron los talentos extraordinarios que ahora lo tienen como candidato a Santo, con esas 526 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 136). 527 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 137). 528 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 139). 529 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 120 a 122).

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bondades sin límites hacia los desposeídos y los menesterosos. Uno de ellos se relaciona con una mujer que estaba profundamente afligida, por la miseria y la falta de unos documentos que le permitirían cobrar una deuda monetaria que podría sacarla de su desesperante situación. Como conocía a Fray Andresito, se propuso pedirle su ayuda ya que se había encomendado a Santa Filomena solicitando auxilio divino. Un día lo vio cruzando la calle a una cuadra de distancia. Ella se propuso alcanzarlo por detrás de la cuadra, avanzando a toda marcha. Pero apenas enfiló hasta la otra esquina se encontró extrañamente de bruces con Andrés, desafiando la lógica del tiempo y del espacio. Y como si eso fuera poco, cuando se dispuso decirle qué le animaba a dirigirse a él, Fray Andresito le interrumpió adelantándose a toda información al respecto: -

Hoy mismo, y antes que llegue a su casa, se le pagará todo su dinero.

Y fue así que sucedió, precisamente, para redoblar la sorpresa de la modesta mujer530. En otra oportunidad, sin ser testigo ni habérsele informado, Andresito supo que los dineros del convento habían sido retirados por el Síndico a órdenes del R. P. Guardián, a quien le demostró tener conocimiento de esto y de que sólo faltaba retirar la plata de la caja de la Santa. Positivamente, así era: los encargados habían olvidado el dinero de esta caja531. En fin, sería un exceso seguir relatando sus hazañas de hombre milagroso que no llegó a ser sacerdote, bastándonos éstas para retratarlo por sus prodigios en vida. Para el mes de enero de 1853, Fray Andresito recorría aún las calles solitarias del verano en Santiago, pues las familias más pudientes ya tenían la costumbre de vacacionar en la tranquilidad de las afueras, principalmente en los campos. Lo que quedaba en la ciudad eran bajas pasiones, embriaguez, riñas y peligros. Pero el donado no echaba pie atrás y aun en esos ambientes perniciosos predicaba logrando -de cuando en cuando- la salvación del algún alma descarriada. Sin embargo, hasta la vida de los prodigiosos y afortunados se extingue. “Nosotros nada habíamos notado en él que nos pudiese indicar su cercano fin –escribió Cruz Villarroel, tiempo después-, y en igual caso se hallaban las demás personas que lo trataron en los días inmediatos a su

530 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 138). 531 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 138-139).

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enfermedad y a su muerte; pero él sabía, no como los demás hombres, sino con certeza, con precisión”532. En efecto, Andresito tenía pleno conocimiento de que su muerte se aproximaba allí en entre sus hermanos recoletos del Mapocho. Poco antes fue a visitar a un prestigioso médico, mismo que le había suplicado al donado le legara algo al fallecer: su bastón. Andrés se lo entregó diciéndole que “ya no lo necesitaba”533. El 9 de enero, se encendieron las alertas. Eran las cinco y media de la mañana y Andresito no salía de su habitación. Cosa inusual, pues a esa hora solía estar en pie y escuchando misas. Cuando uno de los hermanos donados tocó su puerta pidiendo un agua que él componía para curar afecciones a la vista, lo descubrió visiblemente enfermo en su lecho. Andrés intentó incorporarse y hacer un día como todos, pero no pudo, debiendo regresar a su celda. Su suerte estaba echada, y lo sabía: en esos mismos días anticipó que moriría el día viernes a las ocho, según se lo confiesa al R. P. Guardián, con la estricta petición de guardar el secreto hasta su deceso534. Se dice que fue tras haber estado descansando débilmente en su escaño de roca dentro de la Recoleta, que Fray Andresito abandonó este mundo el viernes 14 de enero de 1853, a las ocho tal como lo predijo. Su fama de prodigioso era conocida ya y el amor de la gente por su persona era compartido por toda la sociedad de ricos y pobres. Su vida terrenal se apagaba, pero venía ahora una serie de sucesos que han de postularlo casi naturalmente a la condición de santidad, además de ser una leyenda en la iconografía histórica de Mapocho, como Santo Guachaca. Las campanas de la Recoleta sonaron anunciando la desgracia. Toda la población capitalina cayó herida en el alma y marchó a despedir a su querido limosnero, especialmente los pobres por quienes nunca reservó fatigas ni sacrificios. Su velorio y funeral fueron, de esta manera, un evento extraordinario. El cuerpo, con un rostro sereno y angelical, fue colocado bajo el coro tras una firme verja de hierro, hasta donde gente pasó haciendo fila para despedirlo. Los testimonios de lo sucedido allí son sorprendentes, pues asistieron muchos de los fieles que habían sido beneficiados por los prodigiosos talentos del donado, quedando revelados varios casos que habrían pasado al olvido en otras circunstancias. Una madre con

532 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 140). 533 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 141). 534 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 141 a 145).

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su niño pequeño, por ejemplo, llegó hasta allí diciéndole con llanto al hijo, según lo que reporta Fray Manuel de la Cruz Villarroel: -

Ved ahí, hijito mío, al que después de Dios, te dio salud cuando estabas para morir: ¡él ya murió!535

La cantidad de gente que acudió a la Recoleta y el peligro provocado por la concentración de visitantes, obligó al Prelado a ordenar el cierre del templo, tarea que pudo cumplirse con gran dificultad. El día 15, cuando se realizaría su sepultura tras sentidos discursos y coros, la invasión de gente volvió a colmar las capacidades del recinto. El cortejo avanzó con el cuerpo hasta el pequeño cementerio que se ubicaba hacia el fondo de los claustros, colocándolo en un cajón de madera. Fue entonces cuando Fray Ambrosio Ramírez, por entonces corista, clamó junto al cadáver del donado antes de irse a las entrañas de la tierra: -

¡Ya está Filomeno al borde de la tumba! La fría tierra va a ocultarlo a nuestros ojos… Pero, ¿qué importa? Nuestro corazón le verá siempre. El olvido no extenderá sus negras alas sobre nosotros, porque a su dulce nombre están vinculados mil gratos recuerdos536.

Los franciscanos tomaron casi de inmediato la iniciativa de reconocer su ascetismo, dando curso al trámite de “Non Cultu”. El largo proceso aún está en tránsito, pero habiéndole conseguido al menos, el paso a Venerable.

Enigma postpost-mortem de Andresito Fue el Guardián Fray Francisco Pacheco quien decidió cumplir con la necesidad de dar solemnidad a la sepultura de tan prominente figura de la Recoleta como era Andrés García, en un catafalco propio que sería financiado con una campaña de donativos anunciada en diciembre de 1854. La exhumación tendría lugar, también, a causa de que los claustros iban a ser reconstruidos, obligando de todos modos a cambiar el lugar del panteón del convento537. Los trabajos de armado del catafalco comenzaron al año siguiente, quedando encargados al artista napolitano Alejandro Cicarelli y sus alumnos de la Academia de Pintura y Escultura de Santiago, escuela que estaba a su dirección. Tanto 535 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 153). 536 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 158). 537 “Páginas Escogidas”, Carlos Silva Vildósola. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1969 (pág. 275).

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Cicarelli como los carpinteros fueron asistidos también por el prestigioso doctor farmacólogo y científico José Vicente Bustillos, quien era un gran admirador de Fray Andresito538. Se diseñó el conjunto como una representación de las cuatro épocas del Cristianismo, de acuerdo a las visiones de San Juan en el Libro del Apocalipsis539. El catafalco quedó listo el 2 de julio de 1855. El día 10 siguiente, un grupo de altas personalidades y sacerdotes recoletos procedió a la exhumación de Andresito. A la sazón, los mencionados trabajos habían hecho trasladar varios cuerpos, quedando en este lugar sólo el de Andrés y el de su confesor Felipe de Echenagusia. Una acequia con filtraciones subterráneas había dañado seriamente el cajón de Andrés García, provocando la pudrición de las maderas, tanto así que, cuando fue llevado al comedor para ser abierto, pudo ser destapado fácilmente de un tirón de las tablas por uno de los presentes, sin necesidad de ser destornillada. Pero cómo sería el asombro de los allí reunidos, cuando vieron el rostro de Fray Andrés incorrupto, casi tal como lo habían dejado hacía más de dos años540. La humedad había llegado al interior del cajón, pues la cara y el pecho de Andresito estaban cubiertos de algo como moho. Sin embargo, salvo por estar levemente torcida hacia la izquierda su boca, nada había ocurrido en ese rostro, ni por efectos de la putrefacción natural ni por la filtración de las aguas que, supuestamente, deberían haber acelerado la degradación del finado. Ni siquiera había algún olor desagradable en ese cuerpo, sólo el producido por la humedad y las tablas. Trozos de su hábito, la cuerda de su cinturón e incluso la mayor parte de sus cabellos se habían desintegrado; pero la piel y los músculos seguían intactos. Incrédulos, los testigos examinaron ese increíble cadáver, verificando la inmunidad del mismo a la corrosión orgánica541. Importantes personajes de alto valor cultural y científico tuvieron ocasión de observar la quizás inexplicable situación del cuerpo del donado Andrés. El Dr. Bustillos, presente también en el grupo de la exhumación, propuso lavarle el rostro para dignificar su aspecto. Sin embargo, el Arcediano de la Iglesia Metropolitana 538 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 166-167). 539 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 167-168) / “Páginas Escogidas”, Carlos Silva Vildósola. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1969 (pág. 275). 540 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 169-170). 541 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 170).

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de Santiago, Dr. Juan Francisco Meneses, estimó prudente dejar el cuerpo tal como lo habían encontrado hasta que fuera examinado por el Arzobispo, idea con la que estuvieron de acuerdo Bustillo, el R. P. Guardián y los demás presentes542. Al día siguiente, el mismo Guardián Pacheco envió el siguiente oficio a la autoridad eclesiástica: “Se procedió ayer en la exhumación de los restos del religioso lego de esta Recolección franciscana Fray Andrés García, fallecido el 14 de enero de 1853: esta operación se concluyó como a las cinco de la tarde a presencia de toda la comunidad y de algunas personas seglares entre las cuales se encontraban el Senador don Francisco Ignacio Ossa, el señor Arcediano Dr. don Juan Francisco Meneses, el señor Canónigo don Félix Ulloa, los Presbíteros don Juan Ugarte, don Benjamín Sotomayor, el señor juez del crimen don Juan Francisco Fuenzalida, el señor Dr. don Vicente Bustillos y otros que sería largo enumerar. El cuerpo se ha encontrado sin corrupción y entero, como si de intento se lo hubiese disecado, y en atención a esto le hice inmediatamente poner en una celda, cuya llave tengo en mi poder, sin permitir que se abra hasta que, por una comisión que se pida a U.S.I. se sirva nombrar, así de eclesiásticos, como de facultativos de ciencias físicas y médicas, se practique un reconocimiento, así del cadáver como del lugar en el que ha estado sepultado por más de dos años y medio; y se ponga de toda la correspondiente diligencia, que son los informes de U.S.I. tenga a bien pedir, se pase a sus manos para efectos que puedan ser necesarios”543. Ante esta solicitud, ese mismo día se comisionó para tales efectos a figuras de altísima talla y credibilidad: el Presbítero Juan Bautista Lambert, al Delegado Universitario don Juan Ignacio Domeyko, el Protomédico Lorenzo Sazié, además de Juan Miquel, Carlos Zegeth y al propio Dr. Bustillos. El Arzobispo de Santiago les asignó la tarea de que “informen en común o separadamente sobre las circunstancias y estado en que se haya encontrado dicho cadáver, y las causas físicas que pueden influir en los fenómenos que se observen”, cumpliendo con ir a la Recoleta a realizar los exámenes el día 15, los señores Domeyko, Bustillos y Sazié, acompañados de Eulogio Fontecilla y Pedro Henfiro. Pero Lambert se 542 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 171). 543 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 171-172). Es destacable la calidad, seriedad y confiabilidad de las figuras que Fray Francisco Pacheco menciona en esta petición, como testigos presenciales de la exhumación y de la conservación del cuerpo de Fray Andrés.

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ausentó por no haber alcanzado a ser notificado; Zegeth sufrió un retraso, llegando al final del encuentro, y Miquel debió ser reemplazado por el facultativo Pedro Eliodoro Fontecilla, por razones de salud544. El informe que entregaron, extendido el día 18 por Bustillos, Domeyko y Sazié, declaraba enfático tras el examen: “Los infrascritos comisionados para la inspección del cadáver del lego Fray Andrés García, de la Recolección franciscana, se reunieron el día 15 del presente mes y año a las cuatro de la tarde y procedieron al cumplimiento de su comisión del modo siguiente: – En primer lugar: se procedió al examen del terreno donde permaneció enterrado el cadáver por espacio de dos años, seis meses, menos seis días, éste se encuentra inmediato a una acequia de agua corriente, de la cual probablemente ha habido infiltraciones; el suelo es de naturaleza arcillosa; nada se ha podido observar en la calidad del terreno que haya influido en la conservación del cadáver. – Acto continuo se pasó a observar el cadáver: no exhalaba mal olor a excepción del producido débilmente por la presencia del moho que lo cubría. El color algo oscurecido de la cara y casi conservando su aspecto natural en el resto del cuerpo; el cutis conservado en todas las partes del cuerpo; el cuello y los brazos permanecían flexibles; la percusión del tórax así como de la cavidad abdominal han producido un sonido claro, como el de un viviente. Hecho una incisión en la pierna derecha, se notó que la masa muscular se había disecado conservando sin embargo algún tanto su color natural. – En el mismo panteón de donde se exhumó el cadáver de Fray Andrés García, se ha exhumado el de Fray Felipe Echenagusia a los tres años, nueve meses, estando a pocas varas de distancia del anterior (esta exhumación se hizo en el mismo día) y siete años antes se exhumó el de Fray Cruz Infante, que había estado sepultado por espacio de tres años ocho meses; el primero se encontró en un estado de deterioración bastante avanzada, y el segundo, según la relación de los comisionados, Dr. don Lorenzo Sazié y don Vicente Bustillos, en un estado de conservación notable, aunque no en el grado en que hallamos el cadáver de Fray Andrés”545. 544 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 172). 545 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 173).

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Sólo entonces, Bustillo pudo lavar el cuerpo que había adquirido un curioso color oscuro. Por más de una semana alcanzó a ser visto por algunos fieles, antes de ser trasladado a la cripta propia dentro del templo y junto al altar de su querida Santa Filomena, en ceremonia del lunes 23 de julio. Sobre su lugar de reposo se instaló una inscripción que decía en esos años: “Aquí descansan los restos del hermano Fray Andrés Filomeno García, que falleció el 14 de enero de 1853 y se trasladó el 23 de julio de 1855”546. En 1893, el Padre Guardián Julio Uteau solicitó en nombre de la comunidad franciscana al Padre General, autorización para iniciar la causa con miras a la beatificación. El 29 de noviembre pidió directamente al Arzobispo Mariano Casanova el permiso para instruir el proceso "Super Fama Sanctitatis", y éste nombró a su Obispo auxiliar Juan Guillermo Carter como juez delegado para la formación de este proceso y del anterior de “Non Cultu” que ya hemos mencionado. En 1904, Fray Bernardo Calixto Montiel hizo envío de los informes a la Sagrada Congregación de Ritos, aprobándoselos en 1916. Entonces, el Arzobispo de Santiago, Crescente Errázuriz (como vimos, sacerdote tal como se lo pronosticó Andrés a su madre), inició el proceso de verificación de sus milagros y virtudes, pero se vio interrumpido por muchos problemas que se presentaron en el camino, además del cambio de normas de la Sagrada Congregación de Ritos y su transformación en la Congregación para las Causas de los Santos de la Curia Romana, en 1983. A pesar de todos los esfuerzos, pudo retomarse el proceso recién en los años noventas547. En tanto, la sangre que se le habría extraído a Andresito durante su agonía y que actualmente está en un relicario de la Recoleta Franciscana, jamás se secó ni se degradó, siguiendo milagrosamente líquida en otra de las pruebas que se han esgrimido para afirmar la categoría de santidad y aspirar a la beatificación, seguida de la canonización. Sin embargo, ésta debió ser sacada de la exhibición a los fieles en 1999, con objeto de resguardarla y comprobar científicamente su autenticidad548.

546 “Vida de Fray Andresito (Reedición)”, Fray Manuel de la Cruz Villarroel. Publicaciones del Archivo Franciscano, Santiago, Chile – 1998 (pág. 179). 547 Ficha digital “La beatificación de Fray Andresito. Síntesis histórica del proceso de beatificación”, Iglesia de la Recoleta Franciscana – 2005 (publicada en el sitio web oficial de Fray Andresito). 548 Esta sangre tiene una historia propia y muy particular: el 15 de julio de 1892, el P. Francisco Pacheco, en presencia del Dr. Eleodoro Fontecilla, declaró ante el notario Mariano Melo que poseía un

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En 1929, cuando se abrió su tumba por segunda vez y ante unos 50 testigos para inspección ordenada por el Presidente del Tribunal del Proceso Apostólico, el Presbítero Francisco Javier de la Fuente, los restos del Fray Andresito aún estaban en ese extraño buen estado de conservación, dejando boquiabiertos a los encargados de la exhumación, antecedente que también se ha adicionado al largo expediente con el que se espera conseguir su reconocimiento como Santo549. La inscripción que se encuentra actualmente en el muy visitado catafalco de Fray Andresito (al que llegan fieles y turistas por igual), dice en su parte de encabezado: “Aquí descansan los restos del Siervo de Dios Fray Andrés Filomeno García Acosa. Fallecido el 14 de enero de 1853”. La leyenda recoletana cuenta que Fray Andresito aún sigue apareciéndose en las calles, las casas y la iglesia del barrio, repartiendo sus buenos deseos y bondades.

Los versos de Rosa Lejos de la vida espiritual de los recoletos y de sus Venerables, la población mapochina y sus tendencias a las fiestas ruidosas fueron una incomodidad permanente para con el orden público en el barrio, desde los tiempos de la Colonia como hemos visto. Acostumbrados a la parranda, a la bebida y a los bullicios desatados, todos estos rotos, los viejos veteranos de la Guerra del ’36 y los trabajadores de los barrios riberanos continuaron entonando canciones abrazados caña en mano, en las fondas y quintas que todavía quedaban por las vegas del Mapocho hacia la segunda mitad del siglo XIX, con una nueva generación de centros de eventos que se hicieron, rápidamente, los favoritos del pueblo chileno. Se podría creer que la intelectualidad permaneció distante de todos estos borrachines con almas sin miedo a los excesos y, con frecuencia, diestras en el uso

frasco de sangre tomada a Andrés García en una sangría realizada 40 años antes, durante su convalecencia, y de la que fue testigo el mismo Dr. Fontecilla. La sangre, según expresaron, se conservaba misteriosamente líquida. El frasco fue llevado a la Santa Sede en marzo de 1927 por Fray Luis Orellana, para que pudiera ser estudiada en el Laboratorio Camilli de Roma, que entregó un informe de análisis el 2 de mayo de 1933 al Postulador General Fray Antonio María Santarelli, donde se confirmaba que era sangre humana. En julio de 1939, parte de esta sangre fue entregada por el Postulador General Fray Fortunato Scipioni al Custodio de la Provincia, Fray Sebastián Ramírez, quien la llevó hasta el Convento de la Recoleta Franciscana, donde ha permanecido desde entonces. 549 “Chile a Color: Biografías” Tomo II. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1982 (pág. 504). Cabe añadir que, de este suceso, el Presbítero tomó juramento al Guardián Fray Jerónimo Muñoz, al Párroco Fray Bernardino González, a los doctores Jorge Cáceres, Víctor Barros y Arturo Atria, al Notario Javier Echeverría y también a los cuatro obreros que realizaron el trabajo de exhumación.

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de daga o de corvo, pero la verdad es que hubo notables puntos de contacto entre ambos mundos, en los últimos “salones” populares que sobrevivieron a la época de la “Filarmónica” Portales y sus símiles. Incluso hubo poetas que tuvieron su casa en sectores riberanos del Mapocho, como Pedro Lira, que desde 1886 habitaba en la casona familiar de su chacra ubicada cerca del río550. Después veremos que el Barrio Mapocho propiamente, fue una isla de verdadero cobijo y vida nocturna para muchos otros artistas de proles posteriores, tras el Primer Centenario. Sin embargo, por la época en la que estamos paseando en estas líneas, ya existe el antecedente de una intensa actividad cultural ligada a la vida en las riberas y a sus “puetas”. Tal fue el caso de la poetisa popular Rosa Araneda, mítica mujer joven y bella, cultora del folclore y del periodismo sarcástico, oriunda de San Vicente de Tagua Tagua y que durante la segunda mitad del siglo XIX hizo su vida por distintos rincones de este barrio, impregnándose del ambiente de las calles San Pablo, Zañartu (Aillavilú) y del barrio del mercado. No existe un sitio exacto a considerar como la residencia de Rosa en la ribera mapochina, pues la investigadora Micaela Navarrete (principal biógrafa y, junto a Tomás Cornejo, gran recuperadora de su obra) ha declarado encontrar varias direcciones, correspondientes a “calle Andes 11-A, San Pablo 132-A, Sama 16-G y 73-A, o en la calle Zañartu entre San Pablo y Sama en los números 23, 18 y 9”551. En versos producidos por la propia poetisa mapochina, en la obra titulada “El canto de los cantores”, definía así la orientación de su oficio: A lectoras y lectores, les advierto con placer, que vuelve aquí a aparecer el cantor de los cantores. El cantor de los cantores, al pulsar el instrumento Les da la paz y el contento del gozo de los amores El cantor de los cantores al escribir sus estrofas 550 “Un juez rural”, Pedro Prado (presentación editorial). Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1997 (pág. 5). 551 “Aunque no soy literaria: Rosa Araneda en la poesía popular del siglo XIX”, Micaela Navarrete A. Impr. Biblioteca Nacional, Santiago, Chile – 1998 (Ed. digital Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Biblioteca virtual Joan Lluís Vives, pág. sin núm).

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no hace de nadie mofa, ni aun critica los errores. El cantor de los cantores, con su ciencia, aunque no buena, le quita al triste la pena y ratos de sinsabores El cantor de los cantores, con sus voces de dulzuras, cantará las aventuras y los lances de amadores. El cantor de los cantores, con arrogancia y esfuerzos, sale elogiando versos a poetas y rimadores552. La “pueta” era también una vibrante patriota, que no se reservó loas para rendirlas a la figura del Capitán Arturo Prat. Entre varios poemas que Rosa le dedica al héroe y a la gesta de Iquique, se leen los siguientes versos: ¡Viva Prat, el muy valiente! Aquél heroico campeón, rindió la vida peleando por defender la Nación. ¡Viva el Veintiuno de Mayo! A la Esmeralda en Iquique, el Huáscar la plantó a pique en aquel primer ensayo. Embistieron como el rayo, aunque no eran competente criose por todo el oriente son de renombre en la historia, y yo digo de memoria; ¡viva Prat, el muy valiente!553 552 “El cantor de los cantores”, Libro II, Rosa Araneda. Imprenta Cervantes, Santiago, Chile – 1893 (pág. 3-4). 553 “Aunque no soy literaria: Rosa Araneda en la poesía popular del siglo XIX”, Micaela Navarrete A. Impr. Biblioteca Nacional, Santiago, Chile – 1998 (Ed. digital Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Biblioteca virtual Joan Lluís Vives, pág. sin núm).

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Se sabe que la poetisa también trabajó en algunos periódicos satíricos como “La Lira Popular” y que tendría unos 40 años ya cuando tuvo lugar la aciaga Guerra Civil de 1891, asumiendo durante el conflicto una posición radicalmente crítica al gobierno revolucionario de Montt554. Además de constituir un estudio ideal para componer y recitar sus rimas populares, el barrio a orillas del río sería donde formó pareja con otro poeta, Daniel Meneses, que fuera el amor de toda su vida y con quien compartió sus últimas residencias en el sector. Esta clase de sentimientos románticos también se reflejan en algunos versos de Rosa, recopilados por la mencionada investigadora de su obra: El mirarte es mi recreo, te lo confieso en verdad, que siento felicidad cada ocasión que te veo. Abrazarte es mi deseo cuando estás bien elegante, pero al hallarme distante se aumenta mi desventura; las glorias de tu hermosura me han privado de que cante555. Después que Rosa muriera, hacia el año 1894 según calculan algunos autores, su dolido compañero escribió estos dolorosos versos de despedida (o de recuerdo en caso de haber fallecido antes, no lo sabemos): Al fin, el cuatro señor de junio ella expiró y su alma al cielo voló con sacrificios mayores. Fíjense bien mis lectores en los versos que hago yo. Ya la Rosita murió, sólo su nombre ha quedado

554 “Aunque no soy literaria: Rosa Araneda en la poesía popular del siglo XIX”, Micaela Navarrete A. Impr. Biblioteca Nacional, Santiago, Chile – 1998 (Ed. digital Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Biblioteca virtual Joan Lluís Vives, pág. sin núm). 555 “Aunque no soy literaria: Rosa Araneda en la poesía popular del siglo XIX”, Micaela Navarrete A. Impr. Biblioteca Nacional, Santiago, Chile – 1998 (Ed. digital Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Biblioteca virtual Joan Lluís Vives, pág. sin núm).

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en muchas mentes grabado por la fama que tomó556.

“El Arenal” Arenal” de músicos y poetas Varios de los poetas populares de entonces tenían no sólo residencias en el sector del río, sino también un espacio apropiado para declamar sus obras ante un público atento, heredero de las viejas chinganas. Y uno de esos mesones mapochinos más recodados se hallaba en una vieja casona de tejuelas y tinajas llamada “El Arenal” de doña Peta Basaure, por ahí hacia la esquina de Maruri con Lastra557, vecindario muy cotizado por líricos y versistas, que el pueblo denominaba barrio Marul. Desde entonces, nunca más faltaron poetas profanos en estos lares. El río los atraía como otros lo hacen con los pescadores. Así nos podríamos explicar la existencia de otra antigua cueca que inicia pintando sus compases con las siguientes líneas: Y el Arenal de La Chimba con su jaula de canario muestra la vida celeste del sistema planetario558 Aunque la famosa quinta de recreo no estaba exactamente en territorio del emergente Barrio Mapocho, era una de sus seducciones más importantes, generador de actividad en el mismo. El nombre de la fonda también procedería del barrio primitivo del Arenal que, como hemos dicho, nació de antiguos terrenos adyacentes a los del Corregidor Zañartu, antes de ser urbanizados. Según vimos también, la sociedad de los hermanos Ovalle dio origen allí a la Población del Arenal, que se llamó después como Población Ovalle. Carlos Lavín nos proporciona una descripción más completa sobre su mítica dueña y el ambiente dentro de las famosas casas de entretención de este círculo: “Era la Peta Basaure, además de una gran belleza, una hembra brava y garrida, invencible en la resbalosa y la zamacueca y que hizo escuela en 556 “Aunque no soy literaria: Rosa Araneda en la poesía popular del siglo XIX”, Micaela Navarrete A. Impr. Biblioteca Nacional, Santiago, Chile – 1998 (Ed. digital Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Biblioteca virtual Joan Lluís Vives, pág. sin núm). 557 “El libro de la tierra chilena”, Antonio Acevedo Hernández. Ed. Ercilla, Santiago, Chile – 1935 (Pág. 38-40). 558 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 206).

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los tablados santiaguinos. Actriz regente y propietaria de la chingana asoció a sus espectáculos ingenios de otro orden. Los “puetas” Manuel Clavero, atildado cantor de las glorias militares de 1879 y Nicasio García rey del “contrapunte” y la improvisación convocaban en el corral de Maruri la flor y nata de la “afición”. Las décimas glosadas de García, especialmente aquella que decía: “de la cordillera vengo”, las estrofas dedicadas a los mineros, las riñas de gallos y la extraña composición “El rodante” han sido la substancia y parte congruente de un centenar de versainas chilenas. El excéntrico “Pecho de Palo” de apellido Robles y José Hernández competían con aquellos; mientras la dueña, la célebre “cantora” La Trinidad, la mentada Gregoria de los Cachirulos y la tímida Mica sostenían la trilogía de “niña, galán y ponche”, los tres simples que formaban en esa época el “saturnal compuesto”.”559. Es un poco confuso el resto de la historia de Peta y sus devotos cómplices. Una de las versiones difundidas es la que recoge Víctor Rojas Farías, respecto de que habría terminado sus días como cantinera del Ejército de Chile durante la Guerra del Pacífico, asistiendo valerosamente a los soldados entre los que estuvo su propio compañero fallecido en Tacna560. Empero, parece que mucha de la fama de “El Arenal” y su regenta, además de otras fondas vecinas, fue precisamente entre veteranos de esa guerra, período en el cual el barrio adquirió un nuevo y redoblado interés de parte del pueblo, convirtiendo el nombre de la calle Maruri en “una palabra mágica que sugería todas las satisfacciones del humano regalo”, según insiste Lavín561, y hasta cuyo local emblema llegaban músicos como Manuel Antonio Orrego, “puetas” como Juan Rafael Allende, alias “El Pequén”, además de aspirantes a políticos y los mismos arengadores que habían inyectado de patriotismo a los asistentes en los días de lucha con los países vecinos del Norte. Pero no todo fue tan lírico en “El Arenal” ni en su entorno, dentro de ese ecosistema chimbero de fiesta y de celebración continuada: “Al propio tiempo –agregará Lavín- la farándula dominaba ahí el ambiente: malsines y malandrines concitados con follones y pichiruches y asesorados por alcahuetas, celestinas y magdalenas encontraron un cómodo y despejado burladero en esos figones, cubiles y madrigueras, 559 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 50-51). 560 “Escenas de la vida bohemia. Crónicas inéditas”, Víctor Rojas Frías. Edición del Gobierno Regional de Valparaíso, Valparaíso, Chile – 2002 (pág. 23). Otros autores, como Juan Uribe Echevarría, sugieren que la fonda de Peta Basaure no era la misma que “El Arenal” y que ésta quedaba más bien en Vivaceta (“Flor de Canto a lo Humano”, Ed. Nac. Gabriela Mistral, Santiago, Chile, 1974 – pág. 27). 561 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 51).

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para ejercer sus tráficos destinados a embaucar a los distraídos y atolondrados o timar los curiosos y forasteros. Incitando al pasatiempo y al buen pasar se concertaban –bien prevenidos de antemano por valentones y guapetones- en las mesas de timbas y garitos, en los mesones de la freidurías y vinerías, alrededor de las “canchas” de rayuela, de palitroques, de bolas o bien aproximándose a los “jugadores de tres cartas” y otros vagantes de feria para atraer a los timoratos y despejar a los incautos”562. Calculamos que esta quinta y el estilo de vida en general que se había generado en torno a la misma, habrán desaparecido hacia los años que siguieron a la Guerra Civil, engrosando así nuestra lista de especies extintas de Mapocho. Esta extinción fue masiva y a ambos lados del río, sin embargo, pues nuevas generaciones de boliches nocturnos se aproximaban en la historia de la ciudad. Para el erudito Lavín, por entonces los últimos establecimientos chinganeros del barrio “torcieron rumbos muy diferentes para llegar, a la postre, a recobrar fama en el público santiaguino; pero esta vez, como emporio de confecciones de segunda mano”563. De “El Arenal” y todas esas viejas posadas o locales de fiestas levantados sobre los restos de las antiguas ramadas de calle Maruri, quedó sólo una memoria frágil y a veces vaga, ya más cercana a la sombra del olvido que a la luz del recuerdo.

Muchos conventillos de tiempos republicanos, eran una suerte de herederos de los antiguos ranchos y campamentos que crecían en las orillas del Mapocho. Imagen del Archivo de Chilectra con un antiguo conventillo de Baquedano, entre Brasil y Mapocho, en 1920. 562 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 51-52). 563 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 52).

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Don Benjamín Vicuña Mackenna, el gran hacedor de Santiago, algo que se hace notorio en nuestro Barrio Mapocho, donde dejara igualmente sus huellas.

Los efectos del huracán Benjamín Obviamente, con la decadencia y después retirada de los antiguos locales más románticos y poéticos de la diversión del pueblo, cambió radicalmente el aspecto de Mapocho. Tanto así que, con el advenimiento del siglo XX, cundieron en mejores condiciones las cantinas, los hoteles y también la remolienda que podríamos llamar en su forma “contemporánea”, funcionando como una suerte de relevo de los boliches primitivos de fiesta y desenfado. Sin embargo, la transformación del barrio contó con la ayuda adicional de un hombre prodigioso que, además, reformuló todo el aspecto de la ciudad de Santiago, dándole una característica urbana y ornamental que ha perdurado hasta nuestros días y que aún se mantiene como su línea característica, a pesar de la porfía obsesiva de algunos arquitectos modernos por desmantelar la ciudad con novedades y caprichos estilísticos casi personales, reacios a acatar los contextos. De alguna manera, Benjamín Vicuña Mackenna fue un preparativo de la ciudad de Santiago para el Primer Centenario arribado en los calendarios casi 40 años después. Mucho de lo que la capital pudo exhibir como patrimonio urbanístico y

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cultural para su primer siglo de Independencia fue, precisamente, obra o consecuencia de este gran hacedor, y el Barrio Mapocho no constituyó excepción a su gran influencia y pujanza que jamás supo de obstáculos en el mundo de los vivos, ni para la consumación de sus virtudes ni para la tozudez sus errores. Por lo menos desde 1870, don Benjamín venía imaginando una transformación radical de la ciudad de Santiago, bien sea en la habilitación de paseos como el Santa Lucía, o en la construcción de avenidas interiores nuevas y cómodas como el llamado Camino de Cintura, correspondientes hoy al sistema de las avenidas Vicuña Mackenna y Matta. La posibilidad de tomar la Intendencia de Santiago era su oportunidad de concretar estos sueños… “Ven a ser intendente de Santiago y, aunque no lo quieras, lo serás”, le diría por carta el Presidente Federico Errázuriz Zañartu, el 10 de abril de 1872564. Así pues, no bien asumió la Intendencia de Santiago, el huracán de renovación con su nombre apuntó sus vientos hacia los caseríos miserables que se habían acumulado en el ex sector de El Arenal y el denominado Campamento del Pantano, decidido a despejar la ribera Norte del proto-Barrio Mapocho, para el cual tenía grandes planes. Hemos visto que también dio los nombres definitivos a estas calles chimberas por un decreto edilicio de 1872, evocando a generales y coroneles de la Independencia; y que ordenó sanear muchos de los conventillos que existían en el sector mapochino, y quemar o destruir las grandes rancherías que estaban por la margen del río. Declaró con asco, de hecho, haber alcanzado las “mil carretadas de inmundicias” que retiró desde los caseríos de los arrabales de Santiago, en la limpieza general que dispuso para combatir la epidemia de viruela565. Vicuña Mackenna también arremetió con estas mismas medidas extremas, contra los varios explotadores de la miseria que habían permitido en terrenos suyos el surgimiento de campamentos o conventillos penosos, generalmente bajo régimen de arriendos para sus residentes y en permanente controversia con los poderes de la legítima autoridad, como hemos señalado566. Así fue como pasó por el fuego a todos esos reductos miserables que servían, de paso, como refugio para la peor delincuencia de la ciudad: a las rancherías de los patios o alrededores del desaparecido vivac que había albergado antes a la soldadesca que iba o venía por Santiago, y los antiguos terrenos en la población Ovalle, uno de sus primeros blancos ese mismo año de 1872. 564 “Chile a Color: Biografías” Tomo III. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1982 (pág. 1.015). 565 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 171). 566 “¿Qué hacer con los pobres”, Luis Alberto Romero. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, Argentina 1997 (pág. 126).

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En donde más o menos se halla ahora el mercado de La Vega Central y sus inmediatos, el tiempo y la marginación había terminado convirtiendo el terreno en un poblado irregular muy peligroso, donde las expresiones más decadentes de la sociedad citadina que tanto irritaban a Vicuña Mackenna, motivaron aplicarle así el plan de saneamiento de los caseríos y conventillos del sector567, muchos de ellos albergando formas impensables de degradación social. Éstas y otras reformas impulsadas por el Intendente facilitaron, por ejemplo, las comunicaciones con La Cañadilla y el acceso al Camino de la Recoleta, desapareciendo con tal renovación vial algunas calles menores como Borraz, El Sauce y la Calle del Milagro. También se abrió terreno a posteriores establecimientos como las ferias de los artesanos, los corrales del ferrocarril urbano y después los mercados populares de La Vega, entre otros que veremos oportunamente. En paralelo, con la fundamental ayuda técnica del profesor Ernesto Ansart, docente de la Escuela de Ingeniería y miembro importante del equipo que panificó la remodelación del Cerro Santa Lucía, don Benjamín ordenó iniciar tareas de canalización del río Mapocho568 incluido el actual barrio del mismo nombre, aunque por presupuesto y por el grado de demanda de energías que exigía la obra, ésta sólo pudo ser iniciada materialmente tiempo más tarde, ya en los días del Presidente Balmaceda569. Y cabe añadir, por cierto, que tan ambicioso plan de canalización del río había surgido de una comisión integrada, en 1873, por el propio Intendente y por el empresario minero Luis Cousiño, proyectada entre las calles Manuel Rodríguez por el poniente y Condell por el oriente570, la misma prolongación de los tajamares coloniales y de los ya marchitos paseos junto al río. Por coincidencia, al mejoramiento del barrio se sumó por entonces la fundación del primer hipódromo, en el mes de septiembre de ese mismo año. Se ubicaba en la entrada de La Cañadilla y fue diseñado por el francés Peires de Lajournade, suceso que aumentó notoriamente la circulación de personas hacia La Chimba y por la actual avenida Independencia571 pues el recinto, además de ofrecer las carreras de caballos, servía de planta para la presentación de compañías de variedades y la instalación de circos, incluyendo los primeros que expusieron bestias exóticas en el 567 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 50). 568 “Estudios sobre la Historia del Arte en el Chile Republicano”, Eugenio Pereira Salas. Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 1992 (pág. 134). 569 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 147148) 570 Revista “Arquine” Nº 70 de septiembre 2008, Ciudad de México, México, artículo “El Mapocho urbano del s. XIX” de Simón Castillo (Publicado en versión digital por SciELO Chile). 571 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 50).

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país572. Todavía en pleno siglo XX el sector donde se hallaban los centros de eventos de la Chimba seguía llamándose “Hipódromo Circo” como veremos, allí por donde estarán el Teatro Balmaceda y el complejo conocido como “Luna Park”. Aunque 1875 sería el año en que don Benjamín se retiró de la Intendencia para dar avance a sus ambiciones políticas (más bien dicho, directamente presidenciales), cabe recordar que en septiembre se realizó la Exposición Internacional de la Quinta Normal Santiago, donde tuvo gran importancia la presentación de maquinarias industriales y los materiales del acero y el hierro573, llamando la atención de los ingenieros chilenos e influyéndolos en proyectos de gran envergadura posteriormente realizados en forma directa sobre el Barrio Mapocho, como la construcción de los puentes metálicos y de la estación de ferrocarriles. El drástico cambio del floreciente Barrio Mapocho, lo convirtió otra vez en un sector de atractivos para el público más que de vergüenzas o terrores, como quizás no se veía desde los tiempos del paseo junto a los tajamares. Fue así como, después de la Era Vicuña Mackenna y de su huracán de renovación y progreso, grandes visitas tendrán ocasión de admirar y empaparse del desarrollo o del atractivo del barrio, mucho más amable y pacífico que hasta hacía poco. Uno de ellos, llegado a Chile en 1886, fue el gran poeta Rubén Darío, quien quedó prendido de la vida popular nocturna en esas mesas y salas lujuriosas de La Chimba, pese a establecer su residencia en la calle Nataniel Cox casi con la Alameda, cerca de donde estará después el Teatro Continental574. Allá en la ribera Norte, en alguno de esos centros de pasión mercenaria, Darío conocerá a una mariposa nocturna que inspirará muchos de sus versos escritos acá en Santiago575. Poesía a un lado, sin embargo, la vida de vicios y excesos no pudo ser totalmente erradicada de tierras mapochinas, ni siquiera con la furia del huracán Benjamín; y así fue que el entusiasmado nicaragüense de seguro también habrá encontrado en La Chimba alguna excusa más para llevar la vida en la botella; misma que lo condujo, años después, a la tumba.

572 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 19). 573 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 21). 574 Una placa instalada actualmente en la ubicación de este edificio dice: “El poeta nicaragüense Rubén Darío, autor del “Canto épico a las glorias de Chile”, vivió en el Nº 51 de la calle Nataniel en 1887. Homenaje de la I. Municipalidad de Santiago. Agosto del 2001”. El edificio, ubicado en la esquina de Nataniel Cox con Alameda, fue hecho para la Caja del Seguro Obligatorio por los arquitectos Ramón Lecaros Matte y Samuel Aránguiz Latorre, en 1943. 575 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 16).

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Personajes y comerciantes callejeros de Santiago, según reportero francés Melton Prior en junio de 1890, coincidentes con los que era de corriente ver en el sector del Mercado y el Cal y Canto: A) Vendedores de tortilla, chicha y fruta. B) Hermanas de la Misericordia. C) En el Mercado, jinete con pasto y caballo con melones y sandías. D) Un lechero frente a un puesto del Cal y Canto. E) Carretero indígena con poncho. F) Carretón cervecero.

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Personajes callejeros que también eran típicos del sector del Mercado, en el “Chile Ilustrado” de Recaredo S. Tornero en 1872: el plumerero, un falte en un puesto de licor (basado en cuadro de Caro), el uvero, dos fruteros, el heladero, un lechero a caballo, el motero y un aguatero con mula.

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Vista en perspectiva del Santiago del siglo XIX antes de la canalización del Mapocho, en base a una ilustración de 1880, aproximadamente, con el proto-Barrio Mapocho en el encuadre central. Se observan, de izquierda a derecha, el Puente de Palo, el Puente de los Carros, el Puente de Cal y Canto y el Puente de Ovalle. En el mismo sentido de izquierda a derecha, desembocan sobre el río las calles que hoy llamamos Miraflores, Mac Iver, San Antonio, 21 de Mayo, Puente, Bandera, Morandé, Teatinos y Amunátegui. El Puente de Palo echa su rampa Sur hacia el sector de la Plaza de las Ramadas, en la actual calle Esmeralda. El Puente de los Carros y el Cal y Canto caen sobre el edificio del Mercado Central. El de Ovalle hace lo mismo sobre calle Teatinos y la plaza menor de San Pablo, un poco más al Sur. Siguiendo la línea de las calles 21 de Mayo y Puente, se puede encontrar la Plaza de Armas, en la parte superior del encuadre. Del lado opuesto, en la parte inferior derecha del lado chimbero, podemos observar los terrenos que habían pertenecido a las poblaciones El Arenal (a la altura del Puente Ovalle) y El Campamento (al oriente de la bajada del Cal y Canto), además de los sitios que ocuparán después las ferias veguinas.

El mercado 2.0 de Mapocho Hubo otra feliz coincidencia para Santiago y para el currículo de don Benjamín Vicuña Mackenna, aunque no fuera suficiente para complacer su aspiración presidencial, ni garantizar el apoyo que le juraron los mismos que después le dieron la espalda en estas expediciones políticas. Sucedía que justo ese año de 1872, mismo en que asumió la Intendencia de Santiago, se consumaba una de las obras más importantes del sector urbanístico de Mapocho, con la construcción del que sería, por cuatro décadas, el edificio más importante de todo el barrio, antes de ser habilitada su hermosa estación: el Mercado Central, sentado sobre las bases de la antigua Plaza de Abasto, cuyas sencillas instalaciones habían quedado seriamente dañadas con el ya mencionado incendio de 1864, funcionando a medias y en esta incómoda precariedad desde entonces.

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Tras el siniestro del mercado viejo, se encargó la construcción de una nueva estructura a los arquitectos Manuel Aldunate y Fermín Vivaceta, comenzando las obras en 1869 y quedando terminado justo para ser inaugurado en los días de Vicuña Mackenna, con la Exposición Nacional de Artes e Industrias de 1872 organizada por la propia Intendencia de Santiago. Hubo grandes festejos que incluyeron bailes y exposiciones de artistas y novedades576. Una buena parte de los dineros que se emplearon para este proyecto, había sido proporcionada durante el año anterior por el filántropo y empresario minero José Díaz Gana577. El resultado sería un magnífico edificio de cal y ladrillo, tapado con grandes techumbres de ferretería578, perfectamente visible desde todos lados de una ciudad que seguía siendo más bien baja y donde la línea horizontal se rompía sólo por las torres y chapiteles de las iglesias. A la sazón, entonces, la belleza de este espacio había generado de inmediato ambiciones de algunos grupos influyentes que, en su motivación de querer apropiárselo, presentaron a la Municipalidad toda clase de mociones y propuestas con la intención de cambiar su destino por el de Biblioteca, Palacio de Bellas Artes, etc.579. De hecho, todavía en los años cincuentas de la siguiente centuria, existían proyectos para apoderar otros estamentos u organismos en ese lugar, como un plan de construcción del nuevo Correo Central allí, trasladando a todos los comerciantes a la ribera Norte junto a la Vega Central580; intención que, para suerte de todos, jamás se concretó. Así, el objetivo de la construcción como alero para el más importante de los mercados del país, no fue alterado, y la propuesta de Aldunate adelantó por varios años a las arquitectura en hierro que hoy determinan gran parte del barrio y que son posteriores, como los puentes del Mapocho, los interiores de la estación del ferrocarril, el galpón de la Piscina Escolar y la desaparecida garita de los tranvías. 576 “La ciudad, un espacio educativo. Guía Metodológica 50 obras arquitectónicas del patrimonio de Santiago”, Ficha 11 “Mercado Central”, Fundación Futuro – Colegio de Arquitectos de Chile, Santiago, Chile – 2006. En la exposición también se mostró al público el recuperado gran escudo español colonial de piedra que Vicuña Mackenna hizo colocar en el portal de la terraza Sur del Cerro Santa Lucía. 577 “Diccionario biográfico de Chile”, tomo I, Pedro Pablo Figueroa. Impr., Litogr. y Encuadernación Barcelona, Santiago, Chile – 1901 (pág. 375). 578 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 14). 579 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 145). 580 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 70 de abril de 1951, Santiago, Chile, artículo “Ribera norte del Mapocho posible ubicación del nuevo Mercado Central: hacen estudios”.

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El diseño constaba de un núcleo central de 46 metros por lado581 que se solicitó fundir en Glasgow, llegando a Chile en dos partidas. Encargados de la construcción en base a los planos de Aldunate, don Fermín Vivaceta y el contratista Juan Stefani hicieron montar las enormes y novedosas estructuras que hasta hoy se mantienen. Hernán Eyzaguirre Lyon asegura que el rubro de las características cocinerías del mercado se encontraba presente allí desde la instalación misma del edificio, y no que fue apareciendo en épocas posteriores, como se ha creído a veces: “Desde un comienzo, en los locales que rodean el hall central, se establecieron cocinerías con una abigarrada clientela, por muchos años el lugar preferido de los noctámbulos que pasan allí a componer el cuerpo antes de recogerse a dormir. Con el omnipotente caldo de cabeza, el más solicitado para este efecto, le hicieron competencia a Antuco Peñafiel, quien en aquella época reinaba en el Barrio Matadero y se hizo además famoso con sus malotillas y chunchules, pues se cuenta que nadie las preparaba mejor”582. Pereira Salas nos completa la carta culinaria que tenía ya en oferta este mercado, bastante parecida a la que podríamos encontrar en nuestra época: “…se consumían los criatureros erizos; la fritanga de congrio, el arrollado de malaya, en una decoración de espejos pintados “no me olvides” y azucenas. Al romper el alba era frecuentado por la juventud trasnochadora, que esperaba la llegada del tren rojo de la carne que venía con los carros repletos de reces desde el Matadero”583. Cabe comentar, sin embargo, que desde su inauguración, el mercado y el entorno de su barrio sufren varias modificaciones posteriores, de las cuales parecen ser las siguientes las que destacan como las más importantes para el edificio: • La construcción de los pasillos de locales que rodean su salón principal, durante el año 1884 (cuyo número aún está señalado en la inscripción sobre sus accesos).

581 “La ciudad, un espacio educativo. Guía Metodológica 50 obras arquitectónicas del patrimonio de Santiago”, Ficha 11 “Mercado Central”, Fundación Futuro – Colegio de Arquitectos de Chile, Santiago, Chile – 2006. 582 "Sabor y saber de la cocina chilena”, Hernán Eyzaguirre Lyon. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1987 (pág. 71). 583 “Apuntes para la Historia de la Cocina Chilena”, Eugenio Pereira Salas. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1977 (pág. 102).

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• Las torres con relojes le fueron instaladas en 1886, y que dieron por concluida la construcción del edificio584, pero que lamentablemente ya no existen. • La incorporación de luz eléctrica, ampliaciones y servicios higiénicos en 1900585. Coincide con la aparición de ferias dentro y alrededor del recinto. • En 1927-1930, se retiró la antigua fachada y se redujo el edificio para cumplir con las ordenanzas que exigían despejar el área ribereña para las calles surgidas de la canalización del río y para conectar las avenidas frente al mercado. • Una remodelación con restauraciones y ampliaciones de dependencias por el lado de San Pablo, en 1983. Con la explosión de locales de gastronomía, con un abastecimiento permanente de productos por las vías ferroviarias de la pequeña Estación Mercado (ubicada desde 1888, al frente) y ampliada la oferta de recreación por este barrio, el Mercado Central pasó a convertirse en el principal abastecedor de las cocinas comerciales. Hacia los años treintas y cuarentas, aparecen varios de los históricos negocios en su interior, como la avícola “La Condal” (de la Tatche y Cía.)586, la “Carnicería Francesa” (de Laihacar Hnos., puestos 46 y 51)587, su competencia la carnicería “La Chilena” (puestos 18, 19 y 20)588 y la pesquera “Pacífico” (puestos 38-40 por San Pablo y 61 por Puente)589, sólo por nombrar algunos de los cientos de nombres ficticios que han pasado por su recinto. No cuesta imaginar cómo habrá impresionado a la sociedad chilena este edificio de Barrio Mapocho en aquellos años, considerando que todavía, ahora en pleno siglo XXI, sigue haciéndolo a los muchos turistas y viajeros que llegan por allí diariamente, conociéndolo ya en su categoría de Monumento Histórico Nacional tras el Decreto Supremo Nº 341 del 15 de junio de 1984. 584 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 184). 585 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 145). 586 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, marzo de 1945, Santiago, Chile. 587 Revista “Chile Hotelero”, Órgano Oficial de la Asociación de Propietarios y de Hoteles y Similares de Chile”, agosto-noviembre de 1937, Santiago, Chile. 588 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, marzo de 1945, Santiago, Chile. 589 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, abril de 1945, Santiago, Chile.

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Mercado Central de Santiago hacia 1885, en otra conocida postal de época. Esquina de Mapocho con Puente. Se observan sus antiguas cúpulas y la prolongación del perímetro del edificio hacia el frente, más aproximada que en nuestros días al río Mapocho.

El antiguo Puente de los Carros, en postal fotográfica, hacia la década del 1880. Aparece de fondo el Puente de Cal y Canto ya en los últimos años que le quedaban en pie. Poco después, tras la canalización, este puente de madera fue reemplazado por el actual, de metal y estructuras mecano.

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Nace otro puente: el de los Carros En medio de la vorágine santiaguina que vivía día a día el sector comercial y popular de Mapocho, con el levantamiento del Mercado Central y luego con el arribo de los tranvías y los trenes, que detallaremos más adelante, el progreso atrajo una ola de nuevas mutaciones en el movedizo barrio, sumándole más elementos y unidades que representaron el paso introductorio de este lado de la urbe a la modernidad de la época de innovaciones, desatada a nivel planetario por la Segunda Revolución Industrial. La destrucción del Cal y Canto y la canalización del río, en medio de esta transición, serán casi un símbolo del desprendimiento de los elementos coloniales que aún le quedaban al barrio, allanándose así a la novedad tecnológica y urbanística. La ex Plaza de Abasto y ahora imponente Mercado Central, tuvo desde temprano un punto de intercambio en conexión con el barrio de La Chimba y luego con el Mercado de La Vega Chica y la feria Tirso de Molina. Ambos complejos están ubicados cada uno en una ribera del río Mapocho y casi enfrentados. Este enlace es el Puente Los Carros, antes llamado De los Carros, y que vino a ser una de alternativa al majestuoso Cal y Canto o al Puente de Palo, además de una consecuencia directa de la incorporación del barrio al desarrollo que hemos descrito. Su historia allí frente al Mercado Central, no obstante, antecede a la fundación del mercado de La Vega (del que hablaremos pronto), cuando esos terrenos junto al río formaban parte de un servicio muy distinto al que ahora ofrecen. El aspecto actual del Puente Los Carros tampoco guarda relación con el antiguo, que era menos sólido aunque mucho más largo. Siempre conservó, sin embargo, un carácter popular por su nexo con La Chimba y su posición casi de cara al ex Mercado de Abasto. Se situaba, como el actual, en el espacio que habrá entre los después instalados puentes de los Obeliscos (La Paz) y de Recoleta-San Antonio, aunque originalmente arrojaba sus rampas al Norte en donde estaría luego la Plaza de los Artesanos, cuando el borde ribereño llegaba a tocar la calle del mismo nombre, en la vega del río antes de la canalización. Hay que remontarse un poco, entonces, para conocer sus orígenes. Como hemos dicho, por mucho tiempo el paso más importante que existió entre las riberas del Mapocho fue el Cal y Canto o Puente Nuevo, ya que los otros de este tipo eran muy menores, como el Puente de Palo o Puente Viejo, que se encontraba más arriba del río, en Recoleta. Como podrá adivinarse, además, en aquel entonces Mapocho seguía siendo un barrio muy sucio, lleno de basurales improvisados junto

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a estos pasos, con olores putrefactos que se mezclaban con la oferta de mercaderías y productos agrícolas. Cuando el caudal del río estaba en período bajo, las bases del Cal y Canto eran convertidas en fétidos baños públicos y en refugio de la vagancia. Entre otros, don José Zapiola hace una descripción realmente ingrata del aspecto del barrio a principios de la República590. A pesar del triste escenario, tras ser introducido el transporte en los primeros tranvías tirados a caballo o "carros de sangre", se habilitó un área de guardería, caballerizas y reparaciones para los carros en la llamada Quinta de Díaz591, situada cruzando el río Mapocho por el sector que actualmente es ocupado por La Vega Chica. La llegada del tranvía a La Chimba coincide con el año en que también empieza a ser empedrada su Cañadilla, hacia 1874592. Para estas necesidades, los ingenieros construyeron por el año 1882, un puente adicional de madera y tensores de acero que utilizaban para atravesar los tranvías hasta esos talleres y corrales, sirviendo también como pasada peatonal sobre el río. De ahí entonces su nombre: Puente de los Carros, aunque su denominación oficial habría sido Puente del Ferrocarril Urbano. Unos años después, además, se cambió el sistema de los “carros de sangre” por el tranvía eléctrico593, impactando fuertemente en el carácter particular del Barrio Mapocho, como tendremos oportunidad de detallar. Aunque su función era estrictamente utilitaria, orientada a los señalados servicios de transporte, la sociedad convirtió rápidamente al Puente de los Carros en otra instancia de paseo diario, especialmente para los chimberos que querían abastecerse del mercado en la orilla Sur, antes que aparecieran las grandes ferias veguinas. Algunas fotografías de época muestran a damas y caballeros elegantes pasando también por el mismo puente, sin embargo. Veremos, después, cómo fue que este paso terminó reemplazado por otro puente más sólido, durante la canalización del río, correspondiente al mismo que lleva actualmente su nombre pero que tiene una importante historia individual que le hace merecedor de otro capítulo. 590 "Recuerdos de treinta años", José Zapiola. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1974 (pág. 20). 591 “La Chimba antigua. Historia de la Cañadilla”, J. Abel Rosales. Ed. Difusión Chilena, Santiago, Chile – sin fecha (pág. 16) / “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 45). 592 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 45). 593 “Para una comprensión del espacio público urbano en Santiago de Chile: la segunda mitad del siglo XIX y la época del Centenario”, Beatriz Aguirre – Simón Castillo. Universidad Central, Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Paisaje, Centro de Estudios Arquitectónicos, Urbanísticos y del Paisaje (documento interno para discusión). Santiago, Chile – diciembre de 2002 (pág. 34).

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Retrato fotográfico del General Baquedano en su caballo “Diamante”, hacia 1881.

Visitas de un General General invicto Los asistentes del Mercado Central y todos esos rotos de La Chimba, que llegaban por el Puente de los Carros a hasta las cocinerías mapochinas devotamente en las mañanas, cuentan con un ilustre personaje entre sus filas, que vivió el retiro de su vertiginosa vida precisamente entre mariscales, pescados fritos y puestos de hortalizas de la ribera. Y así como Portales representó a la política o Fray Andresito a la Iglesia presentes en la vida popular de Mapocho, qué duda cabe de que el General Manuel Baquedano González fue el símbolo de la convivencia civil con el mundo militar, ese mismo estamento que siempre estuvo tan cerca y con límites tan difusos respecto de la institución del roto chileno. Probablemente, su juramentado sentido castrense de la rectitud lo mantuvo alejado de las fiestas en esas últimas fondas ruidosas que quedaron por el barrio, al menos de las con más escaso refinamiento y crédito a la comodidad. Pero algún extraño y encantador hilo íntimo le exigía al General mantenerse siempre cerca de sus rotos, los mismos que había tenido bajo sus órdenes en el teatro de la guerra, y qué mejor

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lugar para departir con ellos que en las esas ferias y mercados donde ellos trabajaban. Baquedano tenía 58 años cuando debió retirarse del mando militar, en marzo de 1881, regresando desde Perú en medio de la Guerra del Pacífico, aunque en aquel momento nadie sabía entre los chilenos que se estaba aún en la mitad de la conflagración y no en el final, cómo pensaban los políticos y cucalones más cándidamente optimistas. Los conflictos con el mando civil y en especial con el ministro Vergara, le obligaron a tomar la drástica decisión de regresar a Santiago dejando atrás un brillante currículo de victorias y éxitos militares que inflarán de orgullo hasta el estremecimiento al Ejército de Chile, aún en nuestros días. No bien tocó puerto en Valparaíso, el convoy de Baquedano fue recibido por una de las más apoteósicas celebraciones y homenajes que hayan tenido lugar en el país, con las avenidas repletas de gente hasta los techos de las casas mirando la pasada por cada arco triunfal, el principal de ellos colocado por la Compañía Sudamericana de Vapores al paso del general invicto de la Guerra del Pacífico y a sus valientes, mientras la muchedumbre se abalanzaba contra los héroes para arrancarle un abrazo, un saludo y quién sabe si más de algún botón. La magnánima recepción continuó en Santiago, donde le prepararon también un homenaje no menos espectacular, como tal vez nunca se ha vuelto a ver, pues la ciudad estaba engalanada hasta en sus rincones y con el fervor de una masa humana compuesta de ricos y pobres, hombres y mujeres, obreros e intelectuales594. Concluidos los festejos, sin embargo, Baquedano presentó su expediente de renuncia. El Congreso Nacional le concedió el título de Generalísimo del Ejército en mérito de sus obras, ofreciéndole el cargo de Consejero de Estado. Modesto de carácter, el General se sintió tentado a aceptar la oferta de ser candidato presidencial, pero tras meditarlo y quizás por advertirse ajeno al ardoroso conflicto entre las fuerzas vinculadas a Benjamín Vicuña Mackenna y Domingo Santa María (este último finalmente electo), decidió renunciar a tal proclamación en junio de 1881, recordando que la suya era una condición de soldado distinta a las cuestiones de la política y los partidos595. Y es que algo había hecho “clic” en la mentalidad del General, sobre todo durante sus años de guerra, antes de intentar retirarse a la tranquilidad de los campos. A diferencia de otros uniformados como el Almirante Latorre, que no tuvieron problemas en relacionarse con las demandas de la política 594 “Chile a Color: Biografías” Tomo II. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1982 (pág. 852). 595 “Galería de hombres de armas de Chile, Tomo II: Período de influencia francesa 1826-1885”, Estado Mayor General del Ejército. Impresores Barcelona, Santiago, Chile – sin fecha (pág. 37).

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una vez concluido el conflicto del Norte, Baquedano quedó atrás en el interés por la deliberación y las luchas entre estadistas. Una relación profunda había logrado allá, en las adversas condiciones del frente, con sus queridos rotos. Comenzó a visitarlos muy temprano cada mañana con la sagrada asistencia al Mercado Central de Mapocho, donde era recibido diariamente por ellos -varios veteranos incluidos- como un verdadero monarca, cuando venía en su caballo hasta las puertas de las marisquerías y cocinerías del barrio. Así describe Hermelo Arabena la pintoresca escena: “Uno de sus paseos favoritos en Santiago era el de tomar desayuno, muy de mañana, en el Mercado Central, confundido con la turbamulta de artesanos, vendedores y comadritas, quienes se quedaban extasiados ante esa noble y popular figura, más bien alta que baja, de levita entre azul y negra, con amplios faldones y solapas vueltas, que ostentaba patriarcalmente en sus pantalones las características franjas verdes de los "Cazadores a Caballo" y tocaba sus sienes bondadosas con la gorra, orlada de los clásicos laureles del generalato”596. Según Juan Stack, esta costumbre del General de visitar el mercado provenía de su época de previa residencia por diez años en Santiago, cuando aún estaba en servicio activo dentro del Ejército y antes de la guerra en el Norte, y derivaba del haber conservado siempre “sus hábitos de campesino madrugador”, hallándose cómodo entre esta comunidad de personas “que se sentía orgullosa de la visita de quien mandaba tan lúcida y gallarda gente como la suya”597. Quizás había que tener algo de audacia y sentido rupturista en aquellos años para optar por la entretención del Mercado Central, como lo hacía Baquedano, pues seguía siendo asociado a un núcleo del bajo pueblo, más bien inapropiado para la gente de bien. Esto se deduce, por ejemplo, de la edición del pasquín “El Padre Padilla” del 29 de septiembre de 1885, donde el periodista Juan Rafael Allende, el ya mencionado “Pequén”, satiriza con desmedida sorna y en tono de escándalo la presencia de muchachos aristócratas que habían ido en masa de madrugada, tres 596 “Memorial del Ejército de Chile” (Órgano Oficial del Estado Mayor General del Ejército) Nº 333, septiembre de 1966, Santiago, Chile, artículo “Baquedano, exponente de la raza”, Hermelo Arabena Williams (pág. 56). 597 “Memorial del Ejército de Chile” (Órgano Oficial del Estado Mayor General del Ejército) Nº 394, abril-mayo de 1977, Santiago, Chile, artículo “General Manuel Baquedano, Juan Stack S., (pág. 89). El mismo autor informa allí que Baquedano también “era un asiduo visitante del solitario Santa Lucía, en cuya vecindad tenía su hogar un civil amigo; y en su casi diario paseo, ascendía precisamente hasta el quiosco o más propiamente hasta el cañón de las 12, que era una especie de súbdito suyo, en su calidad de Comandante General de Armas de la Plaza”.

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días antes, al mismo mercado para seguir tomando “un vaso de chicha o una copita de huachacai”, después de un elegante baile598. Si acaso éste era el reflejo caricaturizado sobre la visión que las clases pudientes de la época tenían sobre el mercado, entonces no cabe duda que el General Baquedano fue un tanto trasgresor, desde el momento en que prefirió la compañía de las gentes de la plebe antes que evitar los cuchicheos de una alta sociedad puritana. Arabena completa el cuadro folclórico en que se desenvolvía diariamente el General Baquedano, visitando los mercados mapochinos y chimberos acompañado de su asistente y compañero de armas en los días de guerra, el Sargento Ortega del Cazadores a Caballo, e insertándose sin complicaciones en el ambiente de la vida en las riberas, sin perjuicio a su solemnidad e investidura: “Hay todavía "veguinos" y vendedores de nuestro Mercado que recuerdan sus frecuentes andanzas en torno de las menestras, las guindas y las "buenasmozas"... Vestía la infalible levita abotonada, sobre cuyas presillas de General en Jefe brillaban las tres estrellas refulgentes de la victoria. Su fiel escudero, también uniformado, lo seguía solícito entre los mesones y las alegres pirámides de frutas, que semiocultaban, cual improvisadas cortinas, los sabrosos apartados en que hervían los jarros con chichas o con "canela" o el confortable caldo de cabeza. Amo y asistente eran la obligada decoración de aquellos pasillos, afiebrados de actividad, sacudidos de ofertas y regateos, repletos de damas y chicos, que saludaban a los visitantes, llenos de afectuosa admiración, contemplando, con cierta malicia no exenta de acucioso interés, el bien provisto canastón de verdura y de carne conducido por el 598 “Boletín de la Academia Chilena de la Historia”, año LXXIII, Nº 116, julio-diciembre de 2007, Santiago. “Baile de fantasía ofrecido por Víctor Echaurren Valero”, de Solène Bergot. Por nuestro lado, advertimos que el huachacai o guachacay era una bebida similar al aguardiente pero de baja calidad, que se bebía en lo más bajo de la sociedad chilena de los años de la Colonia y buena parte de la República. Esto está confirmado en el diccionario de “Chilenismos. Apuntes lexicográficos” de José Toribio Medina (Soc. Imp. y Lit. Universo, Santiago, Chile – 1928, pág. 173). El término parece provenir del quichua. En Chile, también se llamaba huachaca a los ebrios que quedaban tirados en la calle o que caían en la vagancia consumidos por el vicio. Quizás tenga alguna relación con huacho (usado peyorativamente para huérfano o bastardo). Pero con el tiempo, el término se ha convertido en el concepto actual que se tiene sobre guachaca: el relativo a una parte de la cultura popular chilena que se declara heredera de la tradición del roto y del huaso, con gusto por la comida típica, los tragos folclóricos y las cuecas bravas, entre otros iconos. Curiosamente, el epicentro de los guachacas actuales sigue siendo el Barrio Mapocho, con sus reuniones “cumbres” anuales en el Centro Cultural de la estación y sus fiestas en cantinas históricas como “La Piojera”.

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asistente, en el que picaban la curiosidad de algunos los ajíes y las criadillas, que medio asomaban entre los rollizos tomates. ¿Quién no sabía, por poco avisado que fuese, que el General acostumbraba festejarse de cuando en cuando, ya donde "misiá Meche" o en casa de alguna chiquilla de mazurca y mistela?”599. Puede que el héroe de guerra, así, haya creído que llegaba al fin de su epopeya personal allá, acompañado de su antiguo y leal Ordenanza, compartiendo sus últimos años con amigos trabajadores del mercado donde pedía cada mañana un trozo de carne con huevos revueltos y otros platos populares. Pero la verdad resultó ser que, para Baquedano, la vida aún le deparaba enormes pruebas de compromiso con la historia. La infeliz Guerra Civil de 1891 le obligó a salir del retiro, mientras ve a su propia y querida patria destrozándose desde adentro; la pesadilla para un hombre de armas de su generación. Recibe el mando supremo del Presidente Balmaceda, en un Santiago oscuro, en brasas, convertido en territorio ajeno y hostil. Generosamente, por el fin de la demencia fratricida, lo cede a Montt y a la Escuadra, evitando más derramamiento de sangre. Baquedano se retira otra vez, tras esta amargura. Muere al mediodía del 30 de noviembre de 1897. Como tantos otros héroes y personajes de nuestra historia, pasará una última vez por el Barrio Mapocho en la cabeza de su propio cortejo, rumbo al Cementerio General, donde lo despidió una multitud de personas. Se ha elogiado muchas veces el recuerdo de Baquedano, con bellas palabras de historiadores rozando la poesía, pero nos parece que Encima es quien lo hace en mejores y más breves términos: “Pocos símbolos han sido más felices. Baquedano encarnó admirablemente el contenido del pueblo chileno: su hombría serena, reacia a las fanfarronadas, su franqueza, su rectitud, su sensatez y hasta sus limitaciones”600. Su hermosa estatua ecuestre, obra de Virginio Arias, fue inaugurada el 18 de septiembre de 1928 en el Gobierno de Ibáñez del Campo, en la hasta entonces llamada Plaza Italia, donde comenzaba la Alameda de las Delicias. Lo muestra en su caballo Diamante, mismo que le acompañó por las aventuras de la guerra.

599 “Memorial del Ejército de Chile” (Órgano Oficial del Estado Mayor General del Ejército) Nº 333, septiembre de 1966, Santiago, Chile, artículo “Baquedano, exponente de la raza”, Hermelo Arabena Williams (pág. 57). 600 “Historia de Chile” libro 33, Francisco A. Encina. Ed. Ercilla, Santiago, Chile – 1984 (pág. 73).

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Desde entonces, se denomina a este punto de la ciudad como la Plaza Baquedano, y contaba una leyenda urbana que habría sido emplazada allí porque era el mismo sitio por donde pasaba cada mañana el héroe chileno, de camino a sus desayunos entre mariscos encebollados y caldillos picantes, en el Mercado Central del entonces incipiente Barrio Mapocho.

Vista del Puente de Cal y Canto desde la vega Norte del río, hacia sus últimos años. Las bases que se observan al final de la fotografía son las que se redescubrieron en 1986.

Trabajos de canalización hacia 1888. Sólo la construcción del Cal y Canto un siglo antes, y la Costanera Norte un siglo después, han llegado a ver tantos esfuerzos humanos y equipos desplegados en el lecho del río.

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El Cal y Canto, recién destruido. Imagen ha sido tomada desde el lado de La Chimba, en una postal de época. Permaneció así algún tiempo más hasta que los equipos de trabajadores lograron remover todo lo que quedaba de la estructura y completar la canalización del río.

¿Error ¿Error o sabotaje en la destrucción del Cal y Canto? Desgraciadamente, no todos los nombres de personajes que han quedado inscritos en los mármoles de la memoria del Barrio Mapocho, podrían contar con el cariño popular y la admiración que se profesa sobre figuras ilustres que se vincularon al vecindario, a sus puentes o sus mercados. Muy por el contrario, hay un nombre en particular que estampó con tinta poco feliz su rúbrica sobre la más terrible pérdida patrimonial que debiese enfrentar la República en el siglo XIX y quizás en toda su historia, y que aún podemos leer en los obeliscos de la ribera ya canalizada. “Menos creemos que sea un monumento de suficiente gloria para un funcionario público el haber hecho amontonar ladrillo sobre ladrillo, piedra sobre piedra, un edificio que mañana ha de hundirse bajo su propio peso”601. 601 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago de Chile desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869. (pág. 177).

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Así dijo Vicuña Mackenna del puente, veinte calendarios antes de su destrucción, con algo de profeta, sin duda, pero también con algo de cinismo, porque sería él, precisamente, quien repitió la experiencia de echar a trabajar prisioneros en su magnánima obra del Cerro Santa Lucía, a partir de 1872, esperando sea eterna tal como lo había hecho antes Zañartu, aunque sin el rigor de hierro del Corregidor. Todavía le quedaba alguna sorpresa al puente en aquel siglo. El 5 de junio de 1827, vino a tener lugar una nueva crecida del Mapocho que golpeó de manera impresionante los tajamares y la estructura del Cal y Canto, resistiendo estoicamente la agresión que llegó a desbordar por ambos lados, pues parecía otra vez que el río buscaba recuperar su antiguo cauce hasta las viejas márgenes ya arrebatadas por el crecimiento de la ciudad602. El 2 de abril de 1851, un fuerte temblor que sacudió Santiago matando a tres personas, también derribó parte de uno de los arcos del puente603. Y todavía debió enfrentar otra avenida más, en julio de 1877, antes de la que sellaría su suerte en 1888. En todos estos años, el Cal y Canto siguió siendo mejorado y reforzado, casi hasta el final de sus días. Al rebaje de su plataforma se suma el que, hacia 1883, volviera a reducirse su cima al ser adoquinada y sus rampas empedradas. En esta ocasión, sus murallas-balcones y sus casuchas fueron estucadas por primera y última vez, luciendo todo el conjunto bello y elegante como nunca antes lo había estado, gracias también a las mejoras que introdujo don Rodolfo Plaza al incorporarle arbolitos al paseo y asfalto a sus dos veredas604. Nadie sabía, por supuesto, que en ese momento le quedaban menos de cinco años de vida al maravilloso gigante. La mayoría de los autores habla de la destrucción del Cal y Canto de manera general, como consecuencia de la fatal combinación entre los trabajos de canalización del río y la embestida de la naturaleza con una nueva y feroz crecida del caudal del Mapocho. Incluso, la placa conmemorativa instalada junto a los restos de una de sus bases, en la estación del Metro, adjudica las razones sólo a errores humanos mezclados con la ira del río. Sin embargo, para un grupo de cronistas como Justo Abel Rosales y Sady Zañartu, la responsabilidad por el triste final del orgullo de toda una ciudad, siempre tuvo nombre y apellido. La historia parece mucho más sombría y nuestra tendencia 602 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 37). 603 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 149150). 604 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 33).

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nacional a evitar la exposición a la vergüenza y al pudor ha ido acostumbrándonos a esas referencias abstractas y poco sinceras con respecto a lo que realmente ocurrió allí, comprometiendo incluso a las más altas autoridades políticas del país. Esta infausta historia digna de una novela de intrigas, comienza el 13 de enero de 1888, cuando el Presidente de la República don José Manuel Balmaceda recibe por ley la autorización del Congreso Nacional para invertir hasta medio millón de pesos, por los siguientes tres años, para los planes del gobierno de canalizar el río Mapocho605 y que, como hemos visto, se remontaban al proyecto originalmente concebido por el Intendente Vicuña Mackenna. De los terrenos que surgieran en este proceso, se deducirían los gastos de la construcción de plazas, calles, pavimentación, edificios públicos necesarios, y el resto sería subastado606. A los pocos días, los trabajos comenzaron en el río, encargados al ingeniero Valentín Martínez, a la sazón jefe de la Sección de Puentes, Caminos y Obras Hidráulicas del Ministerio de Obras Públicas, además de ser residente de la cercana calle Dávila. Para la obra se usarían piedras canteadas desde el Cerro San Cristóbal elegidas por una comisión integrada por don Ignacio Domeyko, el escultor Nicanor Plaza y los constructores Alejandro Thompson y Andrés Staimbuck607. El equipo comenzó a trabajar en la canalización de oriente a poniente, llegado a la proximidad del Puente de Cal y Canto hacia mediados de año. Fue una gran empresa que ocupó a mucho personal, incluyendo trabajadores del barrio y otros regresados desde las faenas de construcción del Canal de Panamá608. En las labores de albañilería participó más de un centenar de obreros españoles que, además, 605 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 65). 606 Como se reduciría el ancho del río y se redefiniría una caja que permitiera apoderarse de muchos nuevos terrenos que irían apareciendo en sus orillas, la ley decía también que estos sitios que fueran surgiendo debían ser destinados al reembolso para el Estado y que todo el sobrante de la venta de tales terrenos fuera entregado a la Municipalidad de Santiago. Como podrá adivinarse, entonces, esta modificación alteró profundamente el aspecto de los barrios ribereños y particularmente del Barrio Mapocho, donde la huella del río llegaba al borde de la actual calle General Mackenna, por el Sur. Y, por el otro lado, se extendía hasta la calle de los Artesanos. Se declararon de utilidad pública todos estos terrenos necesarios para la canalización del Mapocho “y cien metros a uno y otro lado del canal en toda su extensión”. 607 “Memorial del viejo Santiago”, Alfonso Calderón. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1984 (pág. 19). Las otras posibilidades que se barajaron fueron las canteras de El Salto, Conchalí, Renca, Quilicura y especialmente la piedra rosada de Pelequén. Sin embargo, el ya mencionado historiador y cantero Rolando Abarca, ha rescatado también en sus estudios la participación de los antiguos canteros (que fundaron un pueblo propio en Chicureo) en estas importantes obras de canalización del río. 608 “¿Qué hacer con los pobres”, Luis Alberto Romero. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, Argentina 1997 (pág. 119).

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habrían tenido una fuerte influencia sobre la instalación del ideario anarquista en Chile609. Se suponía que el trabajo iba a canalizar y reforzar los muros del trazado para el río pero, bajo cuerdas según veremos, este proyecto pudo estar considerando desde el inicio la destrucción del Cal y Canto por parte de los ingenieros, contratistas y (¡oh, tristeza que da admitirlo!) del propio gobierno. Aunque varios ingenieros actualmente prefieren creer que el puente cayó por problemas estructurales sumados a la crecida que sentenció su muerte610, hay claros testimonios y denuncias de la época que no coinciden con estos juicios. Fue entonces cuando tuvo lugar el infame suceso que puede explicarlo todo: el ingeniero Martínez, entre junio y julio, ordenó socavar con cargas de dinamita el emplantillado de sólidas piedras del puente, dejando sin defensa los machones que sostenían los arcos de la estructura por el lado que conectaba con la ribera de La Chimba, hacia La Cañadilla611. Esta artera acción no habría sido más que una demolición disimulada por parte del ingeniero, ante la inminente oposición popular contra la sola idea de alguna destrucción en el puente que ya estaba decidida entre las sombras612. Quién sabe si hasta se hizo a la espera de que fuera la propia naturaleza la que completara el trabajo sucio, con la pérdida del más magnífico puente que haya tenido el río. Así, el golpe de muerte quedaba encargado a alguna próxima crecida de invierno, a la que se le endosarían también todas las culpas. Aunque Rosales prefiere conceder el beneficio de la duda sobre las intenciones de los ingenieros y las autoridades, probablemente los encargados de la canalización

609 “La Arquitectura Moderna en Chile: El cambio de la arquitectura en la primera mitad del siglo XX. El rol de la organización gremial de los arquitectos (1907-1942) y el papel de las revistas de arquitectura (1913-1941)”, Max. E. Aguirre González – Miguel Ángel Baldellou Santolaria. Universidad Politécnica de Madrid, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Madrid, España -2004 (pág. 247). 610 Revista “BIT” N° 54 de mayo de 2007, Santiago, Chile, reportaje “Hito del Siglo XVIII: Puente Cal y Canto” de Daniela Maldonado. Dicen allí el entonces ingeniero patrimonial del Ministerio de Obras Públicas, don Ernesto Otaegui, que la destrucción del puente se debió exclusivamente a un hecho natural mezclado con un error de diseño, pues “Los arcos construidos eran muchos de poca luz o ancho convirtiéndose en una verdadera barrera para las crecidas del río, que con su fuerza se sintió atrapada y empezó a buscar por dónde escurrir”. Sin embargo, esta versión no encaja con la de investigadores como Susana Simonetti y Ángel Cabezas, quienes adhieren a la idea de la intervención humana, más coincidente con la secuencia cronológica de hechos. 611 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 66). 612 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 102).

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no encontraron mejor forma de ajustar el puente a la nueva garganta del Mapocho que no fuera echándolo abajo. Así de simple. Estando el Cal y Canto en esta vulnerable situación, los aguaceros que ya entonces afectaban a la capital aumentaron a principios de agosto, convirtiéndose en tormenta para el día 5 y en diluvio para el día 10, afectando duramente a toda la ciudad. Como era esperable, el caudal del río creció a niveles aterradores. Era costumbre de los santiaguinos correr a mirar los desastres provocados por los turbiones y por el río durante estas jornadas, así que el Puente de Cal y Canto se llenó de curiosos que presenciaban desde arriba la furiosa corriente de las aguas. Sin embargo, alguien advirtió que la resistencia de la estructura estaba seriamente comprometida tras el dinamitazo y se dio la orden de retirar al público e impedir el tránsito de cualquier clase de vehículo, a partir de la mañana del día 8 de agosto, pues una de las columnas se observaba sin la base del machón entre el segundo y tercer arco, pareciendo flotar sostenida única y precariamente de la albañilería que formaba una unidad con el segundo arco613. Era, precisamente, el área que había sido intervenida por los recientes e imprudentes trabajos de Martínez y su cuadrilla de trabajadores. Increíblemente, sin embargo, el ingeniero se hizo presente en el lugar al descender un poco las precipitaciones y, tras observar el estado del puente, determinó que no estaba en peligro, reanudándose el tráfico de personas y carros a las pocas horas614. Incluso pasó por él un último cortejo mortuorio que cruzó el río por el Cal y Canto antes de su desplome, correspondiente al funeral del violinista italiano Carlos J. Francalucci, que había fallecido a los 70 años615. Pero al día siguiente, la crecida comenzó a inundar frente al sector del actual Parque Forestal y las cercanías de lado Norte de Barrio Mapocho, anegando especialmente a las viviendas. Volvió a aumentar con violencia el viernes 10, cuando muchos creían que el temporal por fin amainaba, amenazando esta vez a todos los puentes. En definitiva, el Mapocho había comenzado a exigir de regreso su dominio secular sobre el valle, invadido e interrumpido por edificios, puentes y hombres que ahora intentaban dejarlo cautivo un el canal de piedras canteadas. Luego de comenzar a hundir con su caudal al Puente de Palo y cortar el antiguo Puente de los Carros, el Mapocho se ensañó contra el gigante de pies heridos, 613 Diario “El Ferrocarril” del jueves 9 de agosto de 1888, Santiago, Chile, citado por J. A. Rosales. 614 Diario “El Ferrocarril” del jueves 9 de agosto de 1888, Santiago, Chile citado por J. A. Rosales. 615 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 46).

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atacándolo por su talón de Aquiles hacia las 14:30 horas. Fue así como derribó el mismo machón situado del lado Norte del puente, desmoronándose con gran estrépito y condenando el destino de la edificación quizás más extraordinaria que haya tenido Chile proveniente de la Colonia. Al poco rato, cayó la segunda columna dejando las varias toneladas de la pasada del puente suspendidas en la angustia y el asombro irresoluto de quienes veían el impactante espectáculo. Milagrosamente, sin embargo, esta vez Martínez tuvo el acierto de ordenar la evacuación del puente y sus garitas, sólo unos minutos antes de la que iba a ser la hora del derrumbe616. Una leyenda dice que el Presidente Balmaceda alcanzó a pasar en su coche y con toda su familia sólo un instante antes del desastre final617. La terrible noticia en desarrollo corrió con la velocidad del rayo, provocando la desazón casi generalizada del pueblo y también la explosión de curiosidad. El propio Presidente de la República llegó hasta allá a observar lo sucedido, acompañado de los ministros de Obras Públicas y de Interior, además de un edecán. Su intención era la de inspeccionar personalmente los destrozos provocados por el caudal del Mapocho618. La rápida circulación de estas malas nuevas que atrajo a las cientos de personas, hizo que se agolparan a ambos lados del río, pues era justo la hora en que muchos salían de sus lugares de trabajo en oficinas o en el comercio. Continuaron mirando con estupor cómo seguían precipitándose a la corriente las partes más sueltas que quedaban: faros, casetas, trozos de muros o piedras. Al caer una de las casuchas o garitas que estaban destinadas al comercio de hortalizas, el río quedó cubierto de miles de cebollas que estaban allí almacenadas, perdiéndose en ese misterioso camino fluvial hacia el océano619. Las garitas más frágiles del lado oriente del puente ya habían caído, hacia las 17:00 horas. Cuando muchos pensaban que lo peor ya había sucedido y que quedaba alguna esperanza para el Cal y Canto, a las 17:15 horas cayó la tercera de las columnas de los arcos, llevándose la pasarela de la superficie del puente y sus respectivas garitas sólidas, produciendo una sonajera escalofriante y un estallido de espuma en el quejido final de su muerte, mientras el río continuó golpeado las ruinas en un 616 Diario “El Ferrocarril” del sábado 11 de agosto de 1888, Santiago, Chile, citado por J. A. Rosales. 617 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 356 de junio de 1963, Santiago, Chile, artículo “La barriada del puente”. 618 Diario “El Ferrocarril” del sábado 11 de agosto de 1888, Santiago, Chile, citado por J. A. Rosales. 619 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 70).

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desatado frenesí destructivo620. El Cal y Canto, ante el horror de todos los habitantes del valle mapochino, había sido cortado y vencido por la eficacia cruel de esta doble conspiración del progreso y de la naturaleza, aquel día de San Lorenzo de 1888. Bajó la temprana oscuridad del invierno. La consternación de la sociedad santiaguina por haber perdido su hermoso puente, pasaba ahora a las sensaciones amargas y oscuras de una tragedia. Y desde allí hasta la furia contra los responsables pidiendo sus cabezas, se deslizaron los corazones con gran velocidad. “Tal fue el asombro y el pesar general que esto causó –escribe Rosales recodando lo que vio como testigo-, que muchas personas, especialmente mujeres, no pudieron contener las lágrimas, al mismo tiempo que lanzaban contra el ingeniero Martínez las más terribles acusaciones que se hayan oído jamás al aire libre en nuestra mansa ciudad”621. Aunque nadie murió víctima directa del derrumbe del Puente de Cal y Canto, hubo al menos un par de consecuencias trágicas conocidas en medio del luto por el puente. Probablemente, el caso más dramático corresponde al de un residente de la Calle de Zañartu (hoy Aillavilú), en el Nº 4 y acaso vecino a la casa-altillo del Corregidor Zañartu, el ex constructor del puente. Esta persona habría perecido infartada a causa del dolor y la congoja al escuchar el desastre y enterarse de la destrucción final de puente. Se llamaba Manuel Miranda, comerciante del Mercado Central, casado con doña Filomena Rivera. Se recostó en su cama profundamente afectado con la visión del primer derrumbe, pereciendo en su habitación y con su corazón fulminado al oír el último y definitivo desmoronamiento del puente. -

¡Qué gran desgracia para la ciudad! –alcanzó a decir antes de caer muerto- ¡Chile, con toda su riqueza de hoy, no podrá hacer un puente como el de Cal y Canto!”.

Nadie, salvo alguien enfrentado al umbral de la muerte, podría haberlo dicho mejor y tan sabiamente. Rosales comenta también el caso de un rico propietario de La Chimba llamado Luis Echeverría y Cotapos, residente y dueño del terreno en la calle que después llevará su apellido por La Cañadilla, y que al conocer la destrucción del puente que tanto quería y admiraba, cayó en una gran depresión que empeoró su estado de 620 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 70). 621 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 70).

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salud, aquejado por una larga enfermedad, falleciendo durante la semana siguiente622. El naciente Barrio Mapocho y, por extensión, toda la ciudad de Santiago, misma que podría haber lucido ante la posteridad una maravilla digna de la elegante Praga o del romántico París, quedó reducida así a esta urbe triste y sosa que es hoy día, condenada a buscar el encanto del turista en los edificios grises y tiznados, pero perdonados por los terremotos e ignorados por el aún más dañino afán destructivo de nuestras propias autoridades y su devoción por la picota del progreso, la picota de Damocles, pendiendo amenazante encima de cada rincón patrimonial de la ciudad. La época del Puente de Cal y Canto dominando la vida en las riberas, había llegado a su irreversible remate y finiquito.

Ilustración del reportero francés Melton Prior para “The Illustrated London News” de octubre de 1889, con la vista que tenía la ciudad desde la proximidad a la Estación Central de Tranvías, ubicada en el sector del actual mercado de La Vega Chica. Se observa el antiguo Puente de los Carros, el Mercado Central y parte del Puente de Palo. La actividad en el lecho del río corresponde a los trabajos de canalización que hicieron desaparecer estos antiguos puentes.

622 Caso mencionado en “Santiago, calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 102), y en “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 71).

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Último fragmento de un murallón que quedaba del Cal y Canto, en fotografía de principios de siglo XX reproducida por la colección Quimantú “Nosotros los Chilenos”, en 1972.

Después del desastre… El río huérfano No bien se enfriaron las lágrimas lloradas por el Puente de Cal y Canto, los medios de prensa chilenos se arrojaron con todo contra el ingeniero Valentín Martínez, quien era, indiscutiblemente, el principal responsable visible del desastre que acababa de ocurrir en el Mapocho. El actuar del ingeniero fue denunciado por el diputado Manuel G. Balbontín, en sesión especial de la Cámara del día 11 de agosto siguiente. Aunque esta interpelación fue respondida por el Ministro de Obras Públicas, don Vicente Dávila Larraín, el parlamentario volvió a pedir la palabra para insistir en términos sumamente duros contra lo que consideraba el resultado de una irresponsabilidad directa del ingeniero jefe de las obras del río623. Al día siguiente, domingo 12, el Sol se abrió espacio por fin entre las nubes, tiñendo de dorado los restos derrumbados de la catástrofe. Miles de personas habían concurrido nuevamente, esta vez para observar la magnitud del suceso, todas ellas incrédulas, acongojadas o solamente mudas. Incluso llegaron 623 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 72).

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extranjeros hasta las orillas del Mapocho, atraídos por la magnitud de la triste noticia. La escena parecía la de un crimen: el Cal y Canto lucía como el lugar de un asesinato de proporciones gigantescas, con sus restos tendidos sobre el río cual titán apuñalado por la espalda que fuera arrojado a sus aguas, mientras los trabajos de canalizado permanecían detenidos poco más allá, vacíos, como si los responsables de tamaño delito hubiesen escapado despavoridos antes de llegar los dedos acusadores. Y de la rabia, se pasó ahora a la incertidumbre y el caos, pues la desconexión en que quedó el barrio de La Chimba le mantuvo convertido en tierra incivil y salvaje por varios días, al no ser posible el abastecimiento de gas para la iluminación, ni la provisión de agua o el propio el imperio de la ley y la fuerza pública624. Sólo durante la semana siguiente comenzó a restablecerse el orden. Sin poder evadir por más días la ira popular, el ingeniero Martínez recuperó el habla el día lunes 13 de agosto, en carta suya dirigida a la Dirección General de Obras Públicas y en la que trató de explicar -dentro de sus posibilidades- lo sucedido con el Puente de Cal y Canto. En ella hace sus descargos intentando zafarse de la polémica en torno a su actuación, pero sólo acaba reafirmando más aún su responsabilidad sobre lo sucedido, al verse forzado a admitir el grave detalle de que el puente iba a ser demolido de todos modos (los destacados son nuestros): “La crece del día 10 ha ocasionado un gran perjuicio por la caída de tres arcos del puente de Cal y Canto, QUE SE TRATABA DE CONSERVAR HASTA LA TERMINACIÓN DEL PUENTE CARRETERO, frente a la calle San Antonio, que debe reemplazarlo. NO HABÍA, PUES, EL PROPÓSITO DE DEMOLER ESOS ARCOS HASTA FINES DEL PRESENTE. La crece comenzó ese trabajo en hora intempestiva, cuando el puente provisorio no estaba terminado”625. A pesar de todo, los trabajos no fueron detenidos: Martínez pudo retomarlos y así continuar tranquilamente la canalización y la construcción del llamado Puente de San Antonio, inaugurándolo frente a la calle del mismo nombre justo un mes 624 Diario “La Tribuna”, sábado 11 de agosto de 1888, Santiago, Chile, citado por J. A. Rosales. 625 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 73). Además de evidenciar una intención hasta ese momento no enteramente confesada de los ingenieros y las autoridades, de demoler el Puente de Cal y Canto, la carta de Martínez expone un aspecto del ingeniero que no sabemos si ha surgido de su candidez ignorante de las fuerzas de la naturaleza o bien de una abyecta desfachatez para excluirse de las responsabilidades. Rosales ironiza sobre el contenido de esta carta anotando: “¡Qué Mapocho tan pícaro! ¿Cómo se le fue a ocurrir crecer tanto, siendo invierno, echar abajo el puente de Cal y Canto en hora intempestiva, sin aguardar a que el ingeniero terminara su nuevo puente?”.

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después del desastre, el 10 de septiembre626. Irónicamente, esta apertura se hizo con un acto que incluyó un tiro de dinamita desde las ruinas del Cal y Canto. Para peor sarcasmo de la historia, el nuevo puente de Martínez ni siquiera alcanzó a resistir una segunda crecida del río, producida cuando acababa de pasar el período de las Fiestas Patrias, dejando momentáneamente imposibilitado el tránsito entre ambas riberas, otra vez. Volvió a cortarse varias veces más antes de terminado el año, y también debió prohibirse el tránsito de carretas por el mismo, al verse rápidamente superado por el paso de personas, caballos y carros627. Esto motivó, en gran medida, la rauda decisión del gobierno de colocar los puentes metálicos. La demolición y el retiro de los restos del Cal y Canto se cobraron algunos meses más de labores, realizados por un equipo de trabajadores dirigidos por la Compañía Murphy. Empezaron por la parte Norte, terminándose los trabajos de lado Sur al año siguiente. Como se recordará, además, al concluirse las obras de canalización, un murallón bajo y de albañilería sería instalado después bordeando como pretil el flamante cajón del nuevo Mapocho, y duró por largo tiempo, hasta cuando lo que quedaba de él y de sus reemplazos terminaron siendo sacados con una remodelación realizada recién hacia 1980, sustituyéndoselo con la reja que permite la vista más despejada al cauce del río628 y que sería mucho más apropiada a él cuando se concrete el proyecto de hacerlo navegable (si es que alguna vez esto llegara a consumarse, por supuesto). Cabe añadir que la arrogancia temeraria de Martínez siguió manifestándose en el período posterior a la destrucción del Cal y Canto: aunque no tenía autorización para apropiarse o entregar nada de lo que quedaba del puente, el ingeniero se permitió ordenar el retiro de la histórica piedra con la inscripción que había hecho poner el propio Corregidor Zañartu entre el segundo y tercer arco del Sur, en la pared oriente, y de la que ya hemos hablado algo. Arrogándose facultades impropias, Martínez se la regaló a un particular (un supuesto “pariente” del 626 Diario “El Ferrocarril” del 11 de septiembre de 1888, Santiago, Chile, citado por J. A. Rosales. 627 “El Barrio Mapocho y el Parque Forestal: espacio público y representaciones de ciudad en Santiago de Chile (1885-1900)” - Tesis Presentada para optar al Grado de Magister en Historia, Simón Castillo Fernández (Profesora guía: Alejandra Araya Espinoza). Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 2008 (pág. 86). 628 Diario “El Mercurio” del sábado 2 de febrero de 2002, Santiago, Chile, especial de “Vivienda y Decoración”, artículo “Plazuela Mekis”. En aquella ocasión, a este muro bajo se le sustituyó por las actuales rejas con vista al río, por sugerencia del arquitecto Hernán Manríquez. Agregamos que los primeros pretiles de albañilería colocados después de la canalización, fueron solicitados hacia 1893 al Ministerio de Obras Públicas por la cantidad de accidentes sucedidos con caídas de personas al cajón del Mapocho, varios con resultado de muerte.

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Corregidor, según se rumoreó en aquellos días) provocando otra vez la ira de la prensa629. No obstante, esta pieza fue recuperada para la propiedad pública en años posteriores, hallándosela actualmente y en muy mal estado de conservación en una de las entradas del Cerro Santa Lucía630. La transformación forzada del barrio con la pérdida del puente fue tan feroz y radical como lo había sido con su inauguración. Un paso más, sin embargo, hacia la faz de identidad que hoy reconocemos como Barrio Mapocho y que lo hace tal. “El barrio del puente de Cal y Canto –escribe Sady Zañartu con el mismo punto de vista por nosotros compartido- quedó sin nombre por la calle adyacente que le diera origen a su existencia por casi un siglo. Cayó el puente y en sus alrededores se formó otro barrio, demasiado nuevo cuando lo que allí existía era demasiado viejo, hecho de recortes de adobones, de ladrillos y palizadas y hasta de casonas soterradas que fueron prisiones militares”631. El juicio vergonzoso pero reflexivo de esta historia ante estos hechos, ya fue divulgado por autores como José Miguel Blanco, en un texto que publicara en el “El Taller Ilustrado”: “Lo que no hicieron los bárbaros, lo hizo el ingeniero Martínez. Balmaceda condenó desde un principio el proyecto de demolición del puente: en tal caso, nada más fácil para el Presidente de la República que ordenar su inmediata reconstrucción. Nunca es tarde para reparar el mal (…) y el Presidente de la República don José Manuel Balmaceda, en 1888, cediendo a la majadería de los que no respetan los monumentos históricos, que son ornato y enseñanza en todo país civilizado, autorizó al ingeniero Martínez para que lo destruyera a fuerza de dinamita”632. Sucia historia fue ésta, entonces… Sucia, como una gárgara con las aguas del propio río. 629 Diario “El Ferrocarril”, lunes 4 de octubre de 1888, Santiago, Chile, también citado por J. A. Rosales. Esta misma nota periodística menciona al Cerro Santa Lucía como un lugar apropiado para haberla puesto. Precisamente allí se encuentra hoy. 630 Está junto a las rocas de la entrada poniente del Cerro Santa Lucía, aunque el tiempo (y parece que algo más) ha deteriorado y descascarado la mayor parte del mismo, siendo hoy casi imposible entender, sin una guía previa, qué es lo que dice. 631 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 356 de junio de 1963, Santiago, Chile, artículo “La barriada del puente”. 632 “Escultura Pública. Del monumento conmemorativo a la escultura urbana. Santiago 1792-2004”, Liisa Flora Voionmaa Tanner. Origo Ediciones, Santiago, Chile – 2005 (pág. 140-141)

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Algunas huellas de la presencia subjetiva del Puente de Cal y Canto en el actual barrio.

La ausente presencia del Cal y Canto El Puente de Cal y Canto ha sido, para nuestro juicio, la presencia más importante y determinante del Barrio Mapocho, pese a pertenecer a una época anterior al surgimiento de la identificación que actualmente le reconocemos al vecindario, y que se disputa entre los referentes de la estación y los mercados. En efecto, nada hecho por el hombre ha superado la energía de esta presencia allí: ni el Mercado Central, ni la canalización del río, ni los puentes posteriores… Ni

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siquiera la majestuosidad rosada de la Estación Mapocho. Y es que parte de la identidad originaria del barrio se perdió con la destrucción del Puente de Cal y Canto, dejando un paradigma de alusión permanente en él por todos los ámbitos culturales, históricos, comerciales, toponímicos, etimológicos, etc. Esta presencia-ausencia se manifiesta en la gran cantidad de evocaciones que sigue recibiendo el puente desaparecido, como si su ilustre impronta en la ciudad fuera un quebranto que la memoria popular y arquetípica se resiste tercamente en asumir y aceptar con resignación. Todo señala tal negativa a abandonar su recuerdo, insistiéndose en aludirlo como si aún siguiera presente allí en el barrio, a pesar de que la mayoría de los residentes y visitantes difícilmente sabrán cuál era la posición exacta donde se encontró alguna vez el viejo puente. Además, como suele suceder con todas la pérdidas dolorosas, la agonía se extendió cruelmente por varios años más, no sólo por el sentimiento capaz de generar el hecho de que el deceso del puente haya sido casi por muerte súbita, pues sucedió que algunos de los vestigios del Cal y Canto quedaban todavía en pie a principios del siglo XX, y un último fragmento del tramo de murallón lateral del mismo siguió siendo ocupado como panel para avisaje publicitario, hasta ser demolido en 1920633. Lautaro García hace una interesante descripción de cómo lucían estos restos a principios del siglo por calle Puente con Zañartu (Aillavilú): “Pasada la calle de San Pablo, frente al Mercado Central, se alzaba solitario, con aspecto de ruina romana, un alto y grueso muro de cal y ladrillo, de unos cincuenta metros de largo. Nacía bajo, casi a ras de suelo, junto a una calleja oblicua, e iba a rematar su reciedumbre de unos diez metros de altura muy cerca de las márgenes del Mapocho. La calleja se llamaba Zañartu…”634. Por consiguiente, nadie olvidó al Puente de Cal y Canto, y su nombre sigue y seguirá siendo despertado e invocado con una serie de presencias que, a lo largo de distintas épocas posteriores, intentan hacer menos triste su ausencia material pero reforzando la sensación de que, de alguna manera, sigue allí presente como el alma errante de un difunto. En verbi gratia: • El nombre de la calle y paseo Puente que, como hemos visto con anterioridad, debe su título a la antigua denominación de la Calle del Puente, alusivo al 633 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 356 de junio de 1963, Santiago, Chile, artículo “La barriada del puente”. 634 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 22).

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Puente de Cal y Canto, precisamente. Mientras siga conservando este nombre, los mapas y planos de Santiago de Chile continuarán recapitulando eternamente la presencia de la magnífica estructura colonial perdida, que se situaba justo al final de dicha calle. • Otra de las presencias más importantes está aludida en la Estación Metro Puente Cal y Canto, con sus varios accesos por el sector. Debe este nombre al hallazgo de restos del puente durante las excavaciones para el tren subterráneo en 1986, pues antes se había discutido bautizar a este lugar como Estación Metro Mapocho o Estación Mercado Central. • La arquitectura interior de la misma estación, apelando a la que tenía el puente, acompañada también de vitrinas informativas, dioramas y fotografías que consagran el recuerdo del mismo. • La parada del conjunto de casetas de locomoción colectiva incorporadas por el Transantiago en el sector de Estación Mapocho y Mercado Central, se llama también “Cal y Canto”, por su relación con la estación del Metro. • La señalada placa de la callejuela Gabriel de Avilés con Aillavilú, recordando el lugar donde el Corregidor Zañartu tuvo su casa con altillo desde la cual vigiló la construcción del Puente de Cal y Canto, algo que hemos tenido oportunidad de ver con más detalles anteriormente. • Otra pieza de roca esculpida se encuentra colocada en la Posada del Corregidor de calle Esmeralda, con el blasón familiar de Zañartu. Hemos visto que este sitio no tuvo relación real con el Corregidor, pero ha colaborado en afianzar la leyenda de la presencia del constructor del puente allí en el barrio. • Placas como la colocada en el edificio de la Policía de Investigaciones frente a la ex Cárcel Pública, recuerdan el antiguo nombre de General Mackenna: Calle del Ojo Seco, que, como vimos, alude al ojo del puente donde no pasaba agua. • Los obeliscos que conmemoraban en el Puente de La Paz la antigua ubicación del Cal y Canto y que, si bien ahora han sido montados en una posición distinta, regresaron al barrio, según tendremos tiempo de ver con más detalle en el siguiente capítulo. • En General Mackenna, existe el conocido restaurante popular “Calicanto”, situado en los bajos del edificio Cruz Montt - Dávila de 1928. Su espacio parece ser el mismo usado hasta los ochentas por la botillería “El Corregidor”. • Por el lado de Aillavilú en la cara opuesta del mismo edificio, se encuentra desde hace poco una atrayente tienda de libros, revistas, discos de vinilo,

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chaquetas de cuero, antigüedades y toda clase de artículos interesantes para coleccionistas, llamada sugerentemente “Centro Cultural Cal y Canto”. • En el número 1138 de avenida General Mackenna ex Ojo Seco, casi en la esquina con Bandera, se encuentra un moderno edificio residencial llamado Torre Cal y Canto, también con arquitectura de detalles enladrillados alusivos al puente, levantado sobre los terrenos que antes eran ocupados por antiguos hoteles y residencias del barrio, cerca del “Bristol Hotel”. • Incluso por el barrio que hemos llamado Mapocho Abajo hay también otros referentes alusivos al nombre del puente, como una escuela básica “Cal y Canto” en calle Mapocho, por Quinta Normal. Pero todos estos homenajes al perdido puente, no se deben sólo a acontecimientos simbólicos o nominales del siglo en el que éste se volviera un recuerdo doloroso de la ciudad y arraigado únicamente en la nostalgia de la historia más romántica de Santiago. Todo cambió con una sorpresa surgida en los trabajos de prolongación de la Línea 2 del Metro, a mitad de los ochentas, cuando se redescubrieron las bases del puente colonial que habían permanecido sepultadas por casi toda una centuria. Situada por el corazón del Barrio Mapocho, esta estación fue bautizada Puente Cal y Canto (ya estaba decidido que iba a ser llamada Estación Metro Mapocho) y se la ha diseñado interiormente casi como un museo dedicado al antiguo puente. En uno de sus pasillos de acceso se conserva aún el sillar de una base, de enormes proporciones, integrado a la arquitectura de la estación. Las vitrinas de información y los artísticos dioramas del maestro Rodolfo Gutiérrez, alias Zerreitug635, completan la exposición sobre el pasado histórico de este lugar. Por Decreto Supremo Nº 137 del 9 de abril de 1986, estos restos del Cal y Canto fueron declarados Monumento Histórico Nacional, con lo que intentamos cubrir de reconocimiento, quizás, lo que a esas alturas no era más que una vergüenza eterna, mácula para toda la ciudad. En 1988, a cien años de su destrucción, el Instituto de Conmemoración Histórica puso un mármol junto a esta pieza, donde se lee: “Puente de Cal y Canto: Estas reliquias de sillares del puente colonial, evocan al diseñador, Alarife José A. Birt y el espíritu público y tenacidad para su construcción, del Corregidor Luis Manuel de Zañartu. Auxiliado por aborígenes, esclavos, negros, mulatos, mestizos y presos, se habilitó 635 Hacemos notar que es una curiosidad digna de estudio el que, en plena época de la ilustración 3D y de la animación digital, nada ha podido superar el poder didáctico y la capacidad de reconstrucción histórica de los dioramas de Zerreitug, especialmente para casos de recreación de escenas urbanas como la que retrata en su magnífico trabajo sobre el Puente de Cal y Canto, ubicado en la estación homónima, sin duda uno de sus mejores trabajos. También es intrigante la fría gratitud que el medio cultural y educacional ha tenido para el artista, pese al gran aporte que hace su obra a la sociedad chilena.

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la obra en 1779. Errores humanos y furias del Mapocho, la destruyeron en 1888”. Arquitectos, historiadores y estudiosos en general, coinciden a coro en la opinión lapidaria de que Santiago de Chile no ha vuelto ni volverá a tener una edificación tan majestuosa y magnífica como fue el Cal y Canto. Y es que “nunca lograremos repetir otro puente parecido a aquél que dio señorío al escuálido Mapocho”, según sentenció con su pluma mordaz don Joaquín Edwards Bello636. Y si acaso parecieran pocos estos ejemplos para demostrar que la nostalgia y el vacío que dejó la destrucción del Cal y Canto en el barrio mapochino, cabe recordar el toque casi dramático de incapacidad de resignarse y vivir en paz con el pasado, que tuvo lugar hacia el año 1982. Sucedió entonces, faltando aún para el redescubrimiento de las bases que ahora se ven en la estación del tren subterráneo, que se propuso directamente un plan de reconstrucción del majestuoso puente en el mismo lugar donde había estado antaño, como un preparativo a los festejos del Descubrimiento de América que iban a celebrarse diez años después y que acentuaban los rasgos de hispanidad sobre ex colonias como la nuestra. El encargado de tal propuesta fue el arquitecto y destacado profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile, don Fernando Riquelme, con apoyo del ex director de la Academia Diplomática, don Mario Barros Van Buren. La idea reclutó tanto entusiasmo que se la propuso formalmente a la comisión del Ministerio de Relaciones Exteriores que se había constituido para la preparación de los homenajes del quinto centenario, la que aprobó el proyecto pues consideraba que la reconstrucción del puente sería un gran símbolo de unidad entre dos pueblos como el chileno y el español. Sin embargo, posteriores informes del Ministerio del Trabajo demostraron que la reconstrucción de una estructura de tales características sobre el Mapocho no podía ser rentable y sólo significaría gastos innecesarios de recursos637. Eran los años de la gran recesión, además; y poco tiempo después aparecieron las bases del antiguo puente para compensar en alguna fracción su irreparable ausencia. La fantasía de ver otra vez al Cal y Canto sólo fue, así, un hermoso, efímero e irrealizable capricho; una quimera más para el largo anecdotario de Barrio Mapocho. En algo consuela pensar que, al menos, el puente sigue viviendo –y no disimuladamente- en alguna íntima parte de la identidad del propio barrio y sus muchas insinuaciones y menciones nominales. 636 “Mitópolis”, Joaquín Edwards Bello. Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1973 (pág. 50). 637 Revista “BIT” N° 54 de mayo de 2007, Santiago, Chile, reportaje “Hito del Siglo XVIII: Puente Cal y Canto” de Daniela Maldonado.

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Redescubrimiento de los restos del Puente de Cal y Canto durante la construcción de la Estación Metro, hacia 1985-1986. Estaban a unos 5 metros de profundidad. Imagen expuesta en las vitrinas informativas de la misma estación. Atrás se observan de izquierda a derecha, el edificio Cruz Montt-Dávila, el del “Hotel Central”, el espacio de calle General Mackenna, el desaparecido edificio “El Buque” y el que ocupaba el “Hotel Bristol”.

Restos de una base original de los machones del Puente de Cal y Canto, en la Estación del Metro del mismo nombre (acceso Norte). Nótense las proporciones de la pieza en comparación con quienes transitan por el pasillo. Tras ser redescubiertos, fueron desmotados y guardados en dependencias municipales. Éste fue rearmado en el ingreso.

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Origen, ida y vuelta de los obeliscos Ni la caída del Cal y Canto, ni la Guerra Civil detuvieron las obras de canalización, inexactamente llamadas por algunos como “tajamares” de Valentín Martínez, incluso por un cartel informativo dispuesto por la propia Municipalidad en los jardines de calle Santa María cerca del Puente Los Carros. La verdad es que estas obras correspondían en rigor a murallones de encajonamiento y canalizado, mientras que los tajamares siempre fueron entendidos como muros de contención a modo de malecones bordeando el río, como hemos visto ya. Un tiempo después de haber sido terminados los trabajos del río en manos del Ingeniero José Luis Coo, sucesor de Martínez, y abiertas las bocas de las calles en las nuevas cuadras, donde antes había ocupado recta el Puente de Cal y Canto se instaló, a cada lado del río Mapocho, un gran obelisco de roca canteada conmemorando la obra de canalización y recordando el lugar donde había estado el antiguo paso, antes de ser instalado el Puente de La Paz o De los Obeliscos, como fue llamado precisamente por la presencia de estas estructuras en sus extremos junto a cada acceso. Estas dos piezas fueron concebidas al estilo de los antiguos hitos del mismo tipo que señalaban la realización de los tajamares y otras obras coloniales, como hemos visto en anteriores páginas de este trabajo. Fueron el caso de las “pirámides” que se instalaron en Providencia, cerca del puente Loreto y en San Pablo por la ex Cañada de García Cáceres. Ambos monolitos miden 14 metros de altura y están montados como piezas armadas alrededor de un eje o poste central. Además de su función registrando el inmenso trabajo de canalización del río y del objetivo de recordar allí la pasada presencia del Puente de Cal y Canto, otros agregan también que homenajeaba la memoria de los antiguos tajamares del Mapocho. De forma casi natural surgió, entonces, la leyenda urbana de que habrían pertenecido a la primera estructura que tuvo este puente al momento de ser inaugurado por el Corregidor Zañartu, cuando en realidad son muy posteriores. La cara frontal de una de estas piezas dice a la posteridad junto a la ribera Norte del Mapocho, allí frente a la antigua Plaza de los Artesanos: ENERO DE 1888 – SEPTIEMBRE DE 1891 CONSTRUIDO BAJO LA DIRECCION DEL INGENIERO DON JOSE LUIS COO SEGUN EL PROYECTO

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DEL INGENIERO DON VALENTIN MARTINEZ638 La otra, ubicada por en la ribera Sur casi frente a calle Puente, se concentró en el elogio a los nombres de los ingenieros e inspectores que posibilitaron la obra de canalización, también partiendo con adular en grandes letras la vanidad de Coo: INGENIERO DIRECTOR DON JOSE LUIS COO INGENIEROS AYUDANTES DON VICTOR SANTELICES S. DON JUAN MEYJES DON FEDERICO VON COLLAS INSPECTORES DON FAUSTINO LAGOS DON ELISEO BENAVIDES DON LAUREANO NAVARRETE DON HERIBERTO VENEGAS Hemos escuchado a algunos residentes y comerciantes del Barrio Mapocho actual, varias historias dudosas sobre estos obeliscos. Locatarios antiguos del sector chimbero, por ejemplo, nos aseguran mirando convencidos al cielo que los dos fueron hechos con miles y miles de cáscaras de huevos prensadas, leyenda quizás desprendida a la deriva desde la famosa historia de los huevos que también se habrían usado para el mucho más antiguo Cal y Canto, tema ya abordado. Como también comentáramos con anterioridad, estos obeliscos se encontraban originalmente en los puntos que señalarían los accesos del puente a la avenida La Paz, razón por la que se le conocía como el Puente del Obelisco o De los Obeliscos, paso obligado de los cortejos hacia los principales recintos de sepultura de la ciudad y más tarde escoltados por las famosas pergoleras del barrio. Su presencia ayudaba a solemnizar el símbolo de este paso hacia el descanso final. Se recordará que la avenida La Paz había sido abierta hacia 1907, como parte de un importante plan vial pendiente desde el siglo anterior y que, entre otras cosas, conectó esta calle directamente hasta la avenida del Panteón del Cementerio General, cayendo sobre su Plaza de la Columnatas o de La Paz y sus puertas. Algo hemos visto al respecto, hacia el inicio de este trabajo. Fue por ello que el Puente de la Paz, o mejor dicho De los Obeliscos, se convirtió en el paso necesario de tales caravanas de adiós para los difuntos, dándole a la ruta de estas torres ese

638 José Luis Coo se destaca con caracteres más grandes, incluso por sobre los de Martínez.

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inesperado carácter funerario muy parecido al que encarnó también el Puente de Cal y Canto en sus años de principal paso hacia la necrópolis. En tiempos posteriores, se completó la instalación general del sistema de todos los puentes del nuevo Mapocho, contando los que ya estaban instalados y los que siguieron adicionándose con la misma línea estética y también de materiales: “No fue sino hasta la década de 1930 –dice Cecilia Muñoz- que los puentes del Mapocho comenzaron a tener sus emplazamientos definitivos; de poniente a oriente, los puentes de calle Bulnes, Manuel Rodríguez, de Bandera, el Los Obeliscos, el de San Antonio, el Puente de los Carros, el Puente “Silencioso y Tranquilo” (nota: junto al Palacio de Bellas Artes), Purísima, Pío IX y del Arzobispo. Todos pueden ser considerados como soportes culturales, ya que albergaron numerosas actividades sociales y económicas relacionadas con el río Mapocho, y también comienzan a ser utilizados en su “cara interna”, como refugio para los prófugos de la mano social disciplinadora”639. El antiguo puente premiado con la posición entre estos obeliscos e integrado a este conjunto, sin embargo, no era de gran atractivo ni solemnidad: parecía más bien un monumento al acero, accidentalmente decorado con estas grandes puntas intentando tocar el cielo de los fallecidos. Sin embargo, la presencia de estos altos monolitos permitía impregnarle, de alguna manera, del señorío que tuvo allí el Cal y Canto cuyo recuerdo, como hemos visto, jamás pudo ni podrá quedar extinto como lo fuera su solidez del mundo físico. En los años de la presidencia de Eduardo Frei Montalva, y siendo Alcalde de Santiago don Manuel Fernández, se decidió retirar el antiguo Puente de La Paz o de los Obeliscos, con el proyecto de construir uno nuevo. Sin embargo, tuvo que llegar el año de 1974 para que se presentara un proyecto de puente entre los dos obeliscos, mismo que los vecinos, pergoleros y comerciantes veguinos reclamaban hacía tiempo sin gran respuesta de parte de las autoridades. Ya en nuestra época, durante la construcción de la Autopista Costanera Norte (probablemente la tercera gran empresa de trabajos en la historia del río Mapocho, después de la construcción del Cal y Canto y de la canalización), la firma encargada desmontó estos altos obeliscos en un trabajo mancomunado con la Municipalidad de Santiago, y los guardó desarmados en bloques en unas bodegas especiales, aproximadamente desde el año 2001. 639 Revista electrónica “Diseño Urbano y Paisaje”, volumen II, N°6 de 2005, Centro de Estudios Arquitectónicos, Urbanísticos y del Paisaje - Universidad Central, Santiago, Chile, artículo “Memoria y fronteras urbanas: El caso del río Mapocho” de Cecilia Muñoz Zúñiga.

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Poco o nada se supo de ellos durante nueve años. Cuando muchos santiaguinos los creían desaparecidos y hasta destruidos, en 2010 y hallándonos en la proximidad de los festejos del Bicentenario de la Independencia de la República, se reinstalaron en las riberas del Mapocho, pero esta vez un poco más al oriente del nuevo Puente La Paz, a medio camino entre éste y el Puente Los Carros. Cerca de 20 millones de pesos costó el trabajo de reponer las grandes torres de piedra640. Aunque el nuevo puente hacia La Paz puede ser moderno, parece igual de tosco y excesivamente funcional que los antiguos en el mismo sitio y posteriores al Cal y Canto. No obstante, es un episodio feliz el regreso de estos dos obeliscos tras casi una década ausentes, escribiendo una historia de recuperación de una especie que se creía extinta en el barrio. Allí se lucen ahora, altivos, aunque ciertamente son pocos los habitantes de Santiago que, al verlos, sepan y comprendan que se trata de la marca final de uno de los mayores esfuerzos desplegados en favor de la ciudad. Más lástima da, entonces, que haya en esa minoría quienes tengan buenas razones para asociarlos a la indignante destrucción del Puente de Cal y Canto más que a su legítima conmemoración de las majestuosas obras de canalización de Mapocho.

Donde estaba el Cal y Canto, se instaló después de la canalización el Puente de los Obeliscos. Esta fotografía corresponde a una crecida del río del 22 de junio de 1914 y fue publicada por Jorge Walton en el “Álbum de Santiago y vistas de Chile”, al año siguiente. 640 Diario “La Tercera” del jueves 2 de septiembre de 2010, Santiago, Chile, artículo “Reinstalan antiguos monolitos de los tajamares del Mapocho”.

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Trabajos de reinstalación de los centenarios obeliscos o “pirámides” de piedra originales de la canalización del río, a ambos lados del Mapocho y cerca del Puente La Paz, en agosto de 2010. En 1963, se había instalado en el obelisco del Sur una placa recordando el paso victorioso del Ejército Libertador desde Chacabuco, la que ahora está en una pared exterior de la Iglesia Carmelita del Santo Niño de Praga, en avenida Independencia.

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Detalle del “Plano de situación y proyecto de canalización del río Mapocho”, del ingeniero Valentín Martínez, en 1888. Publicado por Simón Castillo en “El Mapocho urbano del s. XIX”. Se observan las diferencias del trazado aquí mostrado con el que actualmente tiene el sector, como en el lado de la Cárcel Pública y en la calle Mapocho (donde se abrió después avenida Balmaceda), además del terreno de la Estación Mapocho que llegaba hasta calle Puente según el plan original. También se observan las posiciones que tenían el Puente de Ovalle, el Puente de Cal y Canto, el Puente de los Carros y el Puente de Palo.

Y el otro puente que también se fue La destrucción del Puente Cal y Canto no fue la única pérdida que hizo llorar al río en esos años en que se realizara la canalización. A la sazón, el ya revisado Puente de Palo también tenía contados sus días a consecuencia de la gran arremetida humana en el Mapocho que significaron los trabajos ingenieriles y que dejaron en condición de inútiles a los antiguos y largos pasos que lo atravesaban, incluyendo el Ovalle y el De Los Carros. La necesidad de sustituirlos por estructuras más modernas y menos prolongadas, corrió para todos ellos. Algunas décadas antes de su muerte, el pintoresco Puente de Palo había transitado ya por un período de decadencia, hacia principios del siglo XIX, pero al ser reedificado en 1829, se le dio un nuevo interés para los paseantes del sector que lo hicieron su favorito641. Y aunque vino después la mencionada techumbre y su caseta de vigilancia, la mayor parte del tiempo fue un puente estrecho y peligroso. Claudio Gay asegura que varias personas que transitaban por él y que cayeron accidentalmente obligadas “a pasar el río a vado”, pagaron con ello su irresponsabilidad pues “fueron víctimas de su imprudencia”, y quizás fue este problema propio del puente otra fracción de lo que había motivado a las 641 “Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia”, René León Echaíz. Santiago, Chile – 1975 (pág. 94).

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autoridades coloniales a construir, por fin, el majestuoso y sólido Cal y Canto que tampoco sobrevivió a la canalización642. El Puente de Palo era mantenido, en principio, por los vecinos del barrio chimbero, no obstante que era de gran utilidad para todos los santiaguinos y, en sus primeros años, el único paso sólido entre ambas riberas. Hemos visto también que, como paseo diurno y nocturno, compitió con el Cal y Canto por cerca de 40 años y después era habitual ver transitar por él a don Diego Portales y su hermano Miguel, de camino hacia La Cañadilla643. No habría sido sino hasta producida otra nueva avenida del río, en 1827, que se decidió reconstruirlo de manera más estable y regular que hasta entonces, aun siendo siempre “de palo”. Durante estos trabajos, encargados al famoso vecino chimbero don Miguel Dávila644 y concluidos al año siguiente, se redescubrieron los estribos del antiguo puente colonial de ladrillo y que habían servido de bases para el que lo reemplazó, observándose que todavía conservaban el arranque de los arcos originales y así se reforzaría sobre ellos la nueva estructura de madera645. Ya relativamente cerca del final de sus días, concurría a través de este puente el público de la quinta-restaurante ubicada en su entrada y de la que ya hemos dicho algo, pues representó un importante centro de recreación para la aristocracia646,

642 “Historia física y política de Chile. Agricultura”, Tomo II, Claudio Gay. Museo de Historia Natural. Santiago, Chile – 1865 (pág. 260-161). 643 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 31-32). “Los chimberos – dice Lavín en este libro- estaban habituados a ver pasar en su birlocho acompañado del hermano precitado y su sempiterno amigo Manuel Cavada. La excursión dominguera la comenzaba –cuando no estaba dirigida al fundo el Rayado- en el Puente de Palo, entrando por el Camino del Salto (Av. Recoleta) para descansar en la casa de su hermana y seguir en seguida por esa vía hasta un callejón transversal (calle Olivos) y pasar a la Cañadilla, deteniéndose más largamente en la finca de los Fúcar, hermoso vergel del cual persisten plantaciones en la Avenida de la Independencia frente a la Avenida del Panteón”. 644 En el Tomo II de su “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago de Chile desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868” (Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869), en la página 321, Vicuña Mackenna escribe algo sobre “el digno caballero don Miguel Dávila, que por sus años, sus servicios y su filantropía, ha llegado a ser el moderno Rodrigo de Quiroga de la Chimba”. 645 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago de Chile desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868”, Tomo II, Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869. (pág. 115). 646 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 66). / “Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago”, Benjamín Vicuña Mackenna. Ed. Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1901 (pág. 22).

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especialmente entre los años 1840 y 1850647. De ahí que, requiriendo algo de mínima elegancia, haya sido amononado con un kiosco o casucha de seguridad para el policía custodio, y su techo entoldado a casi todo el largo del puente. Según Tornero, la casucha policial del puente quedaba exactamente al medio del mismo648. Ése era, entonces, el aspecto y el momento existencial del Puente de Palo, aquel funesto año que nos arrebató al Cal y Canto. Y sucede así que, siendo seguro que el puente no llegó a conocer el final de la canalización (en su lugar se instaló el efímero puente San Antonio), las versiones sobre la fecha exacta y las razones de su destrucción sin más reconstrucciones posteriores, no coinciden en todas las fuentes disponibles. Según Gonzalo Piwonka, por ejemplo, el Puente de Palo encontró su último capítulo en otra violenta crecida del río en 1877649, que lo destruyó y lo arrastró con sus aguas poniéndole fin a una historia de más de un siglo entre ambas riberas. Pero Justo Abel Rosales, presente en los hechos que hemos comentado cerca de este punto, había aclarado ya que su final fue en la crecida de 1888650, tragado por las mismas aguas furiosas que ejecutaron al Cal y Canto, y retirándose así desde el Barrio Mapocho para quedar sólo en la nostalgia de un puñado de antiguas fotografías. Como testigo y contemporáneo, entonces, nos fiamos con gran certidumbre en su relato. Además, es un hecho que el puente alcanza a aparecer en los dibujos del reportero gráfico Melton Prior retratando la actividad de canalización del río, de modo que no habría razón alguna para dudar que fuera entonces cuando desapareció, en este período de trabajos y de riadas, y no antes. Como la canalización dejó al Mapocho mucho más estrecho de lo que originalmente era, en los tiempos coloniales la ribera Sur debió llegar casi hasta la proximidad de la actual calle Ismael Valdés Vergara, por el costado donde está ahora el Parque Forestal, por lo que el Puente de Palo tocaba cerca de la plazuela de la Posada del Corregidor como hemos tenido ocasión de ver, sobre una tal Calle 647 “Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago”, Benjamín Vicuña Mackenna. Ed. Guillermo E. Miranda, Santiago, Chile – 1901 (pág. 22). 648 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 14). 649 “Las Aguas de Santiago de Chile. 1541-1999”, Tomo I, Gonzalo Piwonka Figueroa. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1999 (pág. 263). 650 “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, J. Abel Rosales. Imprenta Estrella de Chile, Santiago, Chile – 1888 (pág. 68). Nos inclinamos a creer, por ende, que el Puente de Palo fue restaurado tras la destrucción de 1877, pero volvió a perecer y esta vez en forma definitiva en 1888.

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de Chorrillos que aparece anotada así en el plano de Martínez, junto a plazoleta, pero que ya no existe. Con la construcción del cajón del río, entonces, la orilla quedó a considerable cantidad de metros más al Norte, por lo que cuesta un poco imaginar cómo era la elegante presencia del puente en aquellos años.

Ofertas de hortalizas en el flamante mercado de La Vega (“Patio de los Zapallos”) hacia el cambio de siglo, en antigua fotografía publicada por la revista “En Viaje” en 1959.

Carretón de bueyes con sandías o zapallos por Plaza Venezuela hacia el río frente al Mercado Central, en postal turística hacia la época del Centenario. Se observan atrás el edificio hotelero de calle Sama (General Mackenna). Sobre el lomo del buey derecho, el área donde estaba la Casa de Zañartu y, atrás el solar del actual bar “La Piojera”. A la derecha, se ve el edificio El Buque. Al parecer, aún no eran construidos los edificios del “Hotel Excélsior” ni el Cruz Montt – Dávila de 1928.

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Clientes tomando desayuno en uno de los puestos-cocinerías del mercado de La Vega, en imagen publicada por la revista “En Viaje” de 1959.

Las Vegas, pero en Mapocho La desaparición del Puente del Cal y Canto y del Puente de Palo coinciden con una nueva y más profunda etapa de transformaciones, representada por la revisada obra de canalización y la urbanización planificada de sus márgenes, labor que se extenderá en otros trabajos derivados hasta pasados los festejos del primer siglo de vida independiente nacional, e incluso más allá. En esta nueva transición, el énfasis comercial de Mapocho se vio favorecido y reforzado por el surgimiento de un flamante centro mercantil situado a sólo unos pasos de la ex Plaza de Abasto y su gran edificio de ferretería. Ha sido tal la importancia de dicho mercado, La Vega Central, que nuestra cultura ya tiene asociado el nombre de vega a toda gran feria popular caracterizada por la oferta barata de hortalizas, frutas y esas cocinerías sin tiempo bajo altos galpones. Sucedió que, en 1895, el adinerado productor agrícola y vecino al barrio mapochino don Agustín Gómez García, decidió fundar un nuevo mercado que volviera al carácter antiguo y feriano que había tenido la Plaza de Abasto antes de su modernización. Fue de esta iniciativa que nació el mercado llamado La Vega651, cruzando el río y frente al Puente de los Carros ya en su versión metálica, del que volveremos a hablar pronto. Se trataba inicialmente de un intrincado grupo de callejones formados por los propios puestos y galpones, no muy distintos de cómo 651 “La Vega”, Diego Matte – Felipe Coddou. Matte Ed., Santiago, Chile – 2008 (pág. 5 y 11).

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se observa aún hoy, pero en aquel entonces tendían a hallarse divididos en secciones o patios más pequeños de productos marinos, agrícolas, artesanales, etc. El nombre original de esta gran concentración comercial era Gran Mercado de Abastos de la Ciudad de Santiago, pero semejante extensión no fue respetada y la gente prefería llamarlo Mercado de Abasto a secas (recordando el antiguo que tenía este mismo nombre) o bien Plaza de la Vega, suponemos con buenas razones que apuntando -aunque sea en parte- a la vega del Mapocho, denominación que habría recibido desde antaño esta parte del borde Norte del río652 y por la que se extendía antes una especie de ciénaga que había desaparecido con la urbanización del suelo y la canalización. El puente de Recoleta conserva el nombre de El Abasto porque está a la altura del antiguo paso utilizado para ir a abastecerse de este comercio veguino. Y el lugar que ocupa este puente, además, antes formaba un único paseo que existió hasta inicios del siglo XX, conectando la Plaza de la Recoleta (pasando por la actual Plaza Tirso de Molina) con la plaza de la ribera Sur ubicada frente a la avenida San Antonio. La gente llamaba entonces a este paseo como el Parque Recoleta653, hasta que desapareció bajo nuevas pistas en las calles y los trazados del Parque Forestal que allí encuentra su punto de inicio hacia el oriente. A pesar de las semejanzas que perduran, el primer mercado veguino no era tan grande como el que existe ahora, sino más bien una plaza primitiva de carretas y locales con el típico aspecto de tiendas, toldos o ramadas. Se ubicó ya entonces por la cuadra de las calles Salas y Andrés Bello (hoy llamada Antonia López de Bello, madre del ilustre intelectual), sobre un terreno que había sido adquirido a don Nicanor Marambio y que quedó en manos de la Sociedad Frigorífica de la Vega654. Los asociados habían comprado, además, terrenos del antiguo convento de la Recoleta Franciscana, donde estaban los huertos y jardines que fueron famosos en La Chimba por sus frutas y flores. Habían sido vendidos por los religiosos a la 652 Discrepamos un poco, por lo tanto, de la explicación que ofrecen otros autores sobre el surgimiento del nombre del mercado, como la propuesta por Juan A. Hasler en “Por el mundo misterioso del indio” (Universidad del Valle, Cali, Colombia – 2007), respecto de que el nombre de La Vega provendría solamente del hecho que “muchas chimbas, con el tiempo tomaron el nombre de Vegas”, y que eso habría dado el origen a la denominación de nuestro mercado chimbero “que, como barrio de indios que era, sirvió de plaza de venta de verduras” (pág. 153). Parecería que el nombre de Vega era adoptado en América por ciertos mercados aludiendo a una denominación aprendida en las ferias de Salamanca, en la región española que llevaba tal nombre y bajo la protección de la famosa Virgen de la Vega; sin embargo, nos cuesta renunciar a la idea de que haya existido, en el caso chileno, al menos un vínculo toponímico con este sector del río que también era llamado desde antaño como la vega del Mapocho. 653 “Anuario Prado Martínez. Única guía general de Chile. 1904-1905”, Alberto Prado Martínez. Centro Editorial de Alberto Prado Martínez, Santiago, Chile – 1905 (pág. 250). 654 “Estatutos de la Sociedad Anónima Vega Central”. Imprenta Universitaria, Santiago, Chile – 1911 (pág. 4).

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Sociedad Mercado de la Vega, liderada por el propio Gómez García, ese mismo año de 1895 en que sentó su ambicioso proyecto655. La presencia de dos mercados tan grandes pero a tan poca distancia entre sí, no tardó a convertir al barrio en un atascamiento de gente, animales, carretas, carretones y canastos, dificultando el tránsito, causando aglomeraciones epopéyicas y haciendo imposible la labor policial por la extensión de la zona comprometida. En este escenario, en 1897 se emitió una orden municipal para que las carretas con sandías y melones, que aparentemente eran las que más dificultades provocaban al tránsito, se estacionaran en un sector chimbero hacia el poniente de La Vega, aledaño a la vieja Población Ovalle y frente a la calle Escanilla, terreno conocido como la Plaza de los Moteros656 por el comercio de mote y motemei que allí tenía lugar y que fue muy característico de Mapocho. Hacia 1900 y hasta los años que siguieron al Centenario Nacional, La Vega era abastecida desde el Norte y desde el Sur con productos frescos que traían los escasos trenes llegados a Santiago y las carretas de bueyes que entraban a la ciudad en interminables caravanas, por los difíciles caminos de acceso a la ciudad657. En 1902, durante el mes de mayo, se dispuso el traslado de los baratillos de calzado que existían en la Plaza del Mercado Central en el lado de San Pablo, hasta las inmediaciones de La Vega Central, del otro lado del río658. Como veremos después, existió una particular presencia de artesanos en esta ribera, que quedó inseparablemente vinculada a la historia de una calle del mercado chimbero. Ya encima del Centenario Nacional, surgió la primera de varias tentativas por trasladar este complejo comercial hasta otro sitio, la que fue bloqueada por los propios locatarios de La Vega y los vecinos del barrio mapochino, que se organizaron para formar una nueva agrupación cooperativa que marca el inicio del Mercado de La Vega tal cual lo reconocemos hoy. “Esta Sociedad –decía su estatuto-, que la constituye el Mercado de la Vega, único sitio adonde llegan las carretas proveedoras de verduras, legumbres y frutas, ha nacido del anhelo que los comerciantes de la Vega 655 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 49). 656 “Escritores chilenos de origen árabe: ensayo y antología ”, Matías Rafide. Instituto Chileno-Árabe de Cultura, Santiago, Chile – 1989 (pág. 90) / “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 182). 657 “Niños de Chile”, Cecilia Urrutia. Ed. Quimantú, Santiago, Chile – 1972 (pág. 12). 658 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 183184).

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y propietarios de los alrededores de este Mercado tenían de que no se alejara de un local tan central y de tanto comercio un establecimiento como la Vega Central, que había dado vida y movimiento a este barrio, creando intereses trascendentales en su torno”659. La agrupación estaba integrada por “comerciantes de la Vega Central, los vecinos de ella y los propietarios de las comunas Independencia y Recoleta” agrupados en torno a la misma porque “consideraban amenazados en sus intereses con la traslación de este establecimiento”660. Por fin, el 11 de diciembre de 1910 lograron reinaugurar el complejo con el sólido nombre de Gran Mercado de la Vega661, y al año siguiente esta sociedad compró las instalaciones a la Sociedad Frigorífica con la venia y el apoyo de don Agustín Gómez, que aportó una gran cantidad de dinero a la adquisición y también entró al directorio de la agrupación662. Para entonces, sus terrenos se contabilizaban en 2.000 metros cuadrados663. Sólo en esos momentos, los comerciantes pudieron soltar el aire y gritar a los cuatro vientos sus ardientes “vivas” para La Vega, que había estado tan cerca de desaparecer, como tantos otros símbolos del barrio. Nos adelantamos más de medio siglo, entonces, al Rey Elvis popularizando en plural con su famoso homenaje a la ciudad del juego en Nevada, la consagrada a los casinos y hoteles de luces centellantes en lugar de zapallos, zanahorias y apios como la nuestra. Y no exageramos con la comparación: La Vega era una especie de ciudad aparte, una fortaleza o ciudadela comercial con sus propios habitantes, boliches interiores, bares, restaurantes, calles y hasta pensiones y residenciales. Para qué hablar de prostitutas y apostadores. Era común ver a los trabajadores jugando rayuela, cacho o naipes, bajo pobres letreros de luces vagas, a veces en torno a fogatas encendidas en las calles tal como sigue sucediendo ahora. Casi una versión pobre y paupérrima de la ciudad de Las Vegas, acaso, pero encantadora y pintorescamente nuestra. Si La Vega Central concentraba principalmente a los mayoristas, nació en contraparte La Vega Chica para los minoristas: esa suerte de anexo del mercado en 659 “Estatutos de la Sociedad Anónima Vega Central”. Imprenta Universitaria, Santiago, Chile – 1911 (pág. 3). 660 “Estatutos de la Sociedad Anónima Vega Central”. Imprenta Universitaria, Santiago, Chile – 1911 (pág. 3-4). 661 “El estallido de las formas: Chile en los albores de la ‘cultura de masas’”, Carlos Ossandón, Eduardo Santa Cruz. Lom Ed. / ARCIS, Santiago, Chile – 2005 (pág. 138, nota al pie de página). 662 “Estatutos de la Sociedad Anónima Vega Central”. Imprenta Universitaria, Santiago, Chile – 1911 (pág. 4). 663 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 184).

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el ex barrio de La Chimba, que absorbe los terrenos y el edificio de galpones donde la Compañía del Ferrocarril Urbano tuvo su central para los tranvías, más otras cuadras surgidas de la canalización y que ahora son ocupadas por las ferias de Tirso de Molina y la Plaza de los Artesanos, en los perímetros vecinos. Hay tempranos antecedentes de este interés de los comerciantes chimberos por establecerse en ese sector ampliando así la planta del barrio comercial: al año siguiente de la fundación del mercado, de hecho, según lo que se observa en archivos de 1896 del “Boletín de Actas y Documentos de la Ilustre Municipalidad de Santiago”, citados en una investigación de Simón Castillo. Corresponden a “una solicitud de algunos comerciantes al por menor de la Plaza de la Vega, por la que piden se les permita colocar sus ventas en la ribera norte del Mapocho, entre los puentes San Antonio y de los Carros”664. Todo este amplio sector de mercados chimberos será conocido como la Feria Municipal de Santiago cuando pasó a administración de la Municipalidad, y oficialmente estaba comprendido entre las calles Dávila Baeza, Recoleta, La Paz y la orilla Norte del río Mapocho665. Y más adelante, veremos cómo la primera mitad del siglo XX modificó otra vez, profundamente, el destino del popular mercado.

El bullente quehacer en el mercado de La Vega Central, retratado en fotografía de la revista “En Viaje” de marzo de 1959. 664 “El Barrio Mapocho y el Parque Forestal: espacio público y representaciones de ciudad en Santiago de Chile (1885-1900)” - Tesis Presentada para optar al Grado de Magister en Historia, Simón Castillo Fernández (Profesora guía: Alejandra Araya Espinoza). Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 2008 (pág. 115). 665 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 1 de octubre de 1948. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile.

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Aspecto actual del sector donde se encuentran algunos de los galpones antiguos del mercado de La Vega Central, “Las Vegas” del Mapocho, por el lado de calle Salas.

Vista actual de la antigua entrada de La Vega Central, también por el lado de la calle Salas, con sus características dos columnas o pilares junto a cada acceso.

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Vista de la entrada de la Cañadilla hacia 1860, en imagen del Museo Histórico Nacional.

Renacer del puente: puente: su vida entre dos mercados Pese a toda la ola de cambios y reestructuraciones que vivió el barrio, directa o indirectamente asociada a la canalización del río, hubo un significativo hecho que involucró el virtual “renacer” del Puente Los Carros, esta vez en una versión resistente e invulnerable a las crecidas, a la que ni el peor de los ataques que tratase de propinarle el Mapocho podría hacerlo naufragar en sus aguas. La misma violencia que mató al Cal y Canto y que se llevó al más ligero Puente de Palo, facilitó el trabajo a los ingenieros que, de todos modos, iban a retirarlos para disponer de estructuras supuestamente más firmes, aunque hemos visto que el instalado en San Antonio no resistió la siguientes crecidas y tuvo la vida más efímera de algún puente en este río. Así, cuando las labores de canalizado que habían sido pasadas al ingeniero José Luis Coo concluyeron en septiembre de 1891, lo hicieron junto con la construcción de nuevos puentes metálicos que se

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instalaron en este tramo del Mapocho, incluyendo al entonces flamante Puente Los Carros en versión metálica. Su carácter funcional y poco artístico causó algún grado de controversia en aquel entonces, pero la verdad es que respondía a una necesidad concreta y a algún grado de improvisación del momento, además. La construcción de estos primeros puentes de tipo mecano, realizada a partir de 1889, fue encargada a la firma de origen inglesa Lever, Murphy & Cia, de Caleta Abarca, Valparaíso666, quedando registrado su sello de fabricación en los accesos del Puente Los Carros, en cuatro placas con forma de blasón dispuestas en pares a cada lado de las entradas. La sociedad estaba constituida más o menos desde 1883, y había sido la misma encargada de otros trabajos similares de fabricación de puentes como los del Maule, Laja y Biobío667. Al nuevo Puente Los Carros se lo ubicó en el mismo lugar donde estaba el anterior, allí frente a los dos grandes mercados, como si intentara convertirlos en uno. Y en la práctica, es precisamente eso lo que ocurre hasta ahora con su presencia allí, como nexo entre el Mercado Central y el Mercado Tirso de Molina de La Vega. La consecuencia de ello es que el mismo carácter de feria popular ha tomado posesión de su pasarela, pese a todos los esfuerzos por erradicar tales presencias. Más que un puente entre dos orillas, entonces, desde el inicio lo ha sido entre dos núcleos de comercio popular: una arteria de flujo humano, aunque en su origen siguiera asociado al servicio de tranvías, pues se tiraron sobre su recta las líneas que conectaban la Garita del Mapocho y el Mercado Central con la avenida Santa María, por lo que el puente quedó incorporado también a los recorridos más allá de los carros que sólo fueran o vinieran desde los talleres del otro lado del río. El mencionado paso del sistema de “carros de sangre” al de tranvías eléctricos sucedido a principios del siglo siguiente, no cambió la importancia de este paso para los carros sobre el Mapocho. Dos de las líneas de tranvías que pasaban por el Puente Los Carros ya en su versión metálica, por ejemplo, fueron la Nº 7 RecoletaCementerios y la Nº 8 Cementerio General. De este modo, la conexión de toda la ciudad con estos centros mercantiles unidos por el puente, era total. Veremos, después, cómo crecieron aún más los recorridos en aquellos años. 666 “Chile, 100 años de industria, 1883-1983”, Sergio Ceppi, Enrique Sanhueza, Lucy Ercilla, Manuel Barrera, Claudio Vila (autores) - Gonzalo Vial, Domingo Arteaga, Pedro Lizana y Gonzalo Bustos (comité editorial). Sociedad de Fomento Fabril, Santiago, Chile - 1983 (pág. 275). Otros puentes del Mapocho fueron construidos por la firma francesa Schneider & Co. Creusot que, según veremos en otra parte de este libro, también es responsable de las estructuras metálicas de las dos principales estaciones de ferrocarriles en Santiago. 667 “Memorial del viejo Santiago”, Alfonso Calderón. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1984 (pág. 35).

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Por este vínculo estrecho con el servicio del ferrocarril urbano, el diseño del puente correspondió a un modelo claramente concebido para vía férrea y de evidente influencia europea del siglo XIX, con estilo de arquitectura en hierro a lo Pritchard o Eiffel, que también se repite en la estructura del Mercado Central y después en la ferretería interior de la Estación Mapocho, por lo que se tratará de una característica en el estilismo presente en el barrio. Su mayor distintivo quizás sean esos 13 arcos altos, que recorren toda su longitud. Los accesos, originalmente, estaban entre los mencionados pretiles de concreto del borde canalizado del Mapocho, años después cambiados por rejas, aunque todavía se conservan un par de metros de este murallón a cada lado de las entradas y un antiguo kiosco en la boca Sur, hoy usado por un conocido puesto de mote con huesillos (“La Rosita”). Por cierto, el puente y su intensidad son parte de un fenómeno integral y mayor en Mapocho. A sus lados siguió floreciendo y evolucionando el comercio, pues el sector entre dos mercados se ha convertido en una definitiva concentración de desarrollo para la surtida oferta-demanda, por ambas riberas. Un barrio de comercio popular e histórico, diríamos, conformado por dos polos unificados precisamente a través del Puente Los Carros. Ofertas ambulantes, pregones modernos y puestos establecidos congregaban esta actividad. Vendedoras de camisas se sentaban en sus accesos con canastas llenas de prendas, mientras que otras freían pescado o “pequenes” junto a la salida chimbera del puente. Por el entorno, cunden las talabarterías, sastrerías y las casas de sombreros, algunas famosas en la historia del barrio, como “Donde Golpea el Monito” y después la desaparecida “Olguín Dinamarca”. Sólo en calle Puente nos encontraremos, hacia 1905, con al menos cinco importantes y distinguidas sombrererías668. Una descripción de cómo lucía el dominio comercial más plebeyo de este punto específico del barrio en las orillas, hacia el 1900, la proporciona Lautaro García: “Bordeamos la dilatada y ancha margen del río que se extendía hasta el puente de San Antonio llena de ramadas y negocios al aire libre: cocinerías parapetadas tras cuatro planchas de zinc, ventas de sandías y melones, puestos de traficantes de aves, de vendedores de hierbas medicinales, de “faltes” que exponían sus baratijas en canastos, por entre los cuales hervía el bajo pueblo. El olor de las fritangas se mezclaba con los frutales aromas de los productos de la tierra. El martillo de un herrero dominaba con su argentino son el moscardoneo de la multitud. Rachas de viento levantaban, de vez en cuando, densas polvaredas e inflaban la carpa del “Circo Ecuestre Bravo” que limitaba por el lado 668 “Anuario Prado Martínez. Única guía general de Chile. 1904-1905”, Alberto Prado Martínez. Centro Editorial de Alberto Prado Martínez, Santiago, Chile – 1905 (pág. 514).

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norte a esta abigarrada feria. Un caserío de cantinas, burdeles y “cuartos redondos”, servía de fondo al vasto y descolorido cuadro de costumbres”669. Otro testigo de aquellos años, recordaba lo primitivo que aún resultaban esos mercados del barrio unidos por el paso metálico, en un librillo de la colección “Nosotros los chilenos” de editorial Quimantú, a principios de los setentas: “En el Mapocho, frente al Mercado, no había pavimento; en el verano se ubicaban ahí las carretas de los vendedores de sandía por pedazos, “monos”, les decían, costaba 10 centavos el “mono”; los trabajadores de esos lados se los peleaban para refrescarse”670. Más cerca de nuestra época y pasada ya la del tranvía, el Puente Los Carros quedó al servicio del tránsito vehicular en una vía, además del peatonal, a pesar de ser un poco estrecho. Sin embargo, dada la proximidad de otros puentes habilitados al tránsito, se tomó la decisión de declararlo exclusivamente peatonal, estatus que conserva hasta ahora. Su edad de rieles había caído ya al ocaso y, gracias a ello, el mismo comercio popular del barrio terminó de apropiarse también de su pasarela, conviviendo con el uso masivo que le dan hasta ahora los transeúntes a pie. Creemos que esta priorización del puente como exclusivo servicio peatonal, se debe especialmente a su descrita función como enlace entre los dos mercados. Una tarde de compras de baratillos y vituallas podía hacerse perfectamente ya entonces, en el mismo barrio, sin necesidad de una gran caminata y con esos dos polos de oferta casi mirándose de frente, ya no separados por el río, sino unidos por los pocos pasos del puente peatonal. Por Decreto Nº 824 del 12 de agosto de 1997 del Ministerio de Educación, se dio la categoría de Monumento Histórico Nacional a los puentes metálicos del Mapocho, además de confirmar que se encontraban en estado bastante bueno de conservación, para la dicha del patrimonio de Santiago. Y el Puente Los Carros sigue generando noticias históricas sobre las especies extintas asociadas al pasado del Mapocho, además: durante los trabajos de construcción de la Costanera Norte, el año 2002, se encontró una estructura transversal de piedra situada justo debajo el mismo, y que correspondía a un antiguo muro de refuerzo inferior, del anterior puente del mismo nombre671. 669 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 22-23). 670 “Niños de Chile”, Cecilia Urrutia. Ed. Quimantú, Santiago, Chile – 1972 (pág. 15). 671 Acta del Consejo de Monumentos Nacionales correspondiente a la sesión del miércoles 6 de marzo de 2002. Publicada en formato digital en el sitio web de la institución.

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De esta manera, el puente continuará destinado a ser ese paso importante y vital del río, simbólica y materialmente, pues ni el Puente Padre Hurtado ni el Puente La Paz, al poniente, ni el doble puente por la avenida Recoleta al oriente, tienen tanta proximidad con los dos mercados o, más importante aún, con el corazón espiritual del barrio comercial y popular de Mapocho, como seguiremos confirmándolo al volver a hablar de él necesariamente a lo largo de lo que queda todavía de este libro, por su importancia y trascendencia en el barrio de marras. Veremos oportunamente, además, que no obstante la característica pintoresca de haber sido el puente entre los dos mercados (condición que innegablemente le dio al Puente Los Carros el ambiente más próximo que podríamos encontrar en el barrio con semejanza al que existió alguna vez sobre el Puente de Cal y Canto), la saturación de su pasada con comerciantes ilegales ha sido, por largo tiempo, un problema prácticamente sin solución y que se ha cobrado también alguna cuota de comodidades para el público.

Salida del Puente de los Carros en fotografía del Archivo de Chilectra tomada desde avenida Santa María, en agosto de 1927. Se observan las líneas del tranvía y, al fondo, el Puente del Obelisco con sus características estructuras; y más atrás, la silueta colosal de la Estación Mapocho.

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Vendedoras de camisas en la salida Sur del Puente de los Carros hacia 1920. Se observa parte de la Estación Mapocho al fondo. Atrás de las vendedoras, el antiguo murallón bajo de albañilería que existió en los bordes del río. Dado que hemos visto esta misma postal con el sello de dos casas fotográficas distintas, desconocemos a cuál de ellas pertenecía originalmente.

Vista actual del Puente Los Carros y sus arcos metálicos. Los tranvías pasaban por el centro y los peatones tenían disponible pasos laterales actualmente cerrados y en desuso.

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Plaza e Iglesia de la Recoleta Franciscana hacia 1905, en fotografía publicada por Juan Ramón Rovegno. Se observa la antigua glorieta, los carriles del tranvía y algunas de las estatuas que adornaban la plaza. La iglesia estaba dispuesta interrumpiendo la continuidad de la avenida del mismo modo que lo hace el templo del Carmen de San Rafael al otro lado de La Chimba, en la Cañadilla de la Independencia.

Aspecto, Aspecto, vida y personajes de Recoleta en 1900 La influencia de los cada vez más enérgicos mercados sobre los vecindarios chimberos a orillas del río, comenzó a hacerse palmaria en los años que hemos revisado, aproximándose la llegada del siglo XX. Lavín da una descripción breve pero reveladora respecto de cómo había lucido el barrio recoletano hasta muy poco antes de la transformación urbanística a la que nos hemos ido refiriendo, a diferencia del sector de Independencia, que no había variado tanto aún salvo por los cambios en los grandes caseríos populares de su entrada: “Atravesando desde la ciudad el río Mapocho existían apenas estas vías capitales para atravesar los plantíos, huertas y granjas de toda esta zona. Un reducido caserío de dos calles se apretujaba en la ribera Norte del río, entre la Plazuela de la Recoleta y la calle Pio IX, dominado por la

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tortuosa calle de la Chimba (Dardignac). Existía un camino (calle Purísima) que iba a empalmar en el Cerro San Cristóbal con otro transversal (calle Domínica) y la calle de Loreto era un callejón, rodeado de tapias que no sobrepasaba la actual calle Santa Filomena”672. Pero algunas variaciones del viejo paisaje ya son obvias al comenzar este período: la estética, el estilo del barrio y su carácter general son de clara influencia obrera, fusionada con la arquitectura modesta que había heredado del siglo anterior, cuando comenzaron a desaparecer los fundos y a brotar los caseríos, todo mezclado con el aire conservador recoletano. Hasta la basura que diariamente se retira del barrio ya era distinta a los desperdicios domésticos del resto de la ciudad: aquí abundan los residuos de productos agrícolas, secuela de la intensidad del comercio en sus calles. Sus colores también son característicos; sus horarios de vida y hasta los olores del ambiente. García escribió algo también sobre esos años apacibles de Recoleta, recordándonos sin quererlo los nefastos “San Lunes”: “El barrio ultra mapochino despertaba tarde esa mañana a principios de otoño. Era día Lunes. En la puerta de la “Agencia La Recoleta”, ubicada en la esquina saliente de Dardignac, apretujábase un grupo de mujeres, muchachas y chiquillos, esperando con sus paquetes bajo el brazo, el turno para “empeñar”. Los hombres con el cuerpo “malo” se habían quedado seguramente en cama”673. Entonces, no podríamos ser categóricos en declarar que fueron los mercados y el comercio popular los que configuraron la mayor parte del aspecto y la estética del barrio de la Recoleta ribereña que sobrevive hasta hoy, o bien si fue éste el que empapó de carácter e identidad local al mercado. De la descripción que hace Juan Luis Espejo sobre estos mismos escenarios, hacia 1905, nos parece que la influencia ha de haber fluido más bien en forma recíproca, entre el vecindario y el comercio simultáneamente: “Entre el mosquerío de la Vega Central y del Matadero, en el barrio Recoleta, a la vera de los muros de los Conventos o de los enquistados en pleno centro, junto a rascacielos o edificios públicos, todos ellos tenían un inconfundible aire de familia: los techos de rejas apuntalados, sumidos hasta la frente hosca y dolorida de las paredes; las puertas, vagas e imprecisas como rasgos de croquis; y el gran portón central, siempre 672 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 32). 673 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 23).

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abierto, por el cual se veían la laguna verde del patio los brazos de las lavanderas sobre las artesas espumantes y la ropa blanca tendida, secándose al sol en los cordajes, como velas de navíos en puerto”674. Volviendo al relato de García, éste describe que ya por entonces, la entrada de Recoleta pasando el Mapocho se veía un poco desatendida, desteñida, especialmente la plaza frente al templo y de la que antes hacía ostentación el barrio con un paseo o parque propio: “Blancas estatuas en clásicas actitudes aparecían entre el verdor polvoriento de los jardines. Estos se veían descuidados, con los setos sin recortar y las veredas cubiertas de hierbajos; pero este mismo abandono le daba cierto carácter pintoresco al conjunto. Junto al kiosco para las retretas militares, que surgía frente a Bellavista, un policía de dormán azul oscuro, kepí con funda blanca y “catana” al flanco, señal de que estaban de servicio, tenía arrinconada a una confundida maritornes”675. Esta plaza, como se recordará, antes tenía una glorieta con cenador central; y por el conjunto pasó también la famosa fuente colonial de Henríquez, que ahora se encuentra en el Palacio de la Moneda. Tanto ella como las cuadras alrededor eran más verdes que ahora, y una posible pista sobre la procedencia de los árboles del barrio chimbero y de los que quizás queden por allí algunos todavía, nos la proporciona Lavín: “En 1890, don Ismael Pedregal, esposo de doña Mercedes Reyes, distinguido ingeniero agrónomo, aportó al país algunos ejemplares de árboles exóticos que constituyen actualmente la decoración vegetal incomparable del parque de esta propiedad, sita en calle Loreto número 269. Son de esa época los añosos ramajes del dátil, de la araucaria excelsa, del jacarandá y especialmente el hermoso ejemplar, con tronco bifurcado, del caucho tropical que aún en nuestro clima vierte el lechoso líquido”676. Pero incluso en el descuido que se le pudiese denunciar en aquellos años, la Plaza de la Recoleta y sus áreas verdes próximas eran mucho más atractivas que ahora, cuando han sido reducidas para despejar la avenida Recoleta y con la mayoría de

674 “Relatos del Santiago de entonces”, Juan Luis Espejo. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1981 (pág. 215-216). 675 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 23). 676 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 32-33).

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sus características vegetales perdidas en estériles y áridas plazas duras, donde sobreviven algunas palmeras tiznadas con el hollín sofocante de toda la ciudad. “A lo largo de su avenida –continúa García- se alineaban caserones de puertas anchas que dejaban ver a través de las cancelas de hierro sus patios empedrados con pequeñas fuentes en medio, rodeadas de maceteros floridos, palmas enanas y bambúes. Alguno modernizado con recargadas ornamentaciones de yeso sobresalía como pariente rico, en medio de la pueblerina apariencia de la mayoría de ellos. Frente a la calle Lillo, quebrando la monotonía de líneas de las casonas, se alzaba un edificio de dos pisos de pura arquitectura colonial. Su fachada solariega, pintada de un amarillo de rastrojos, no tenía ventanas en la parte baja y en la alta mostraba tres balcones volados bajo el amplio alero saliente. Su enorme portón con clavos de cobre, medio entreabierto en la hora matinal, dejaba ver un rectángulo del zaguán con la nota verde de un naranjo al fondo. El sol encendía los tonos puros de las murallas y de los árboles que marginaban la acera derecha de la avenida, en una vibrante impresión de color. Esto explica que en aquellos años, la Recoleta fuera barrio preferido de pintores como Alfredo Lobos, Pablo Burchard, Luis Johnson, Carlos Isamit, Pedro Luna y otros atraídos por el encanto colonial que subsistía en sus caserones”677. Así pues, de la amalgama entre el carácter comercial-popular y del remanente decimonónico, surge esta fisonomía tan característica barrio recoletano adjunto a la ribera del Mapocho, con el aspecto que aún logra conservar visible, pues su talante parece haber quedado definido de forma trascendente en este período del cambio de centuria, hasta nuestros días y a pesar de todo. También había sucedido en Recoleta un fenómeno no pocas veces visto en la ciudad, cuando las clases populares conquistan barrios que antes habían estado reservados a familias más acomodadas o de abolengos. Para el 1900, entonces, el vecindario contaba todavía con algunos descendientes de los antiguos hacendados y estancieros que había desde tiempos de la colonia, conservando sus casonas que antes formaban parte de amplias quintas ahora reducidas y rodeadas de pobladores que habían ido acumulándose y haciéndose propietarios. Eran abundantes sus negocios y boliches de aire familiar y pueblerino, además, dentro de los cuales se consolidaban espacios de tertulia y convivencia como los que veremos existirían también en la ribera Sur, pero sin el bullicio ni el carácter festivalero que tendrían esos establecimientos de calles como Bandera o San Pablo. Recoleta era, así, una

677 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 24).

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vecindad más conservadora, alejada de los teatros y las jaranas de trasnoche678, al menos en aquellos años. Así, como en los días de separatismo chimbero, los vecinos de calle Recoleta mantenían una identidad y percepción propia que les hacía sentirse distintos de los demás santiaguinos, representada en sus concurridos templos de las recoletas franciscana y dominicana, en héroes de guerras, en sacerdotes milagrosos y hasta en un equipo de fútbol propio, aunque se llamara “Santiago Foot-ball Club”679. En Recoleta 476 frente a calle Buenos Aires, estaba el Regimiento Buin que, si bien se encontrara fuera del área urbana que nos interesaría considerar como parte de Mapocho, fue importante cuartel militar para todo el barrio y al que nos parece habría ingresado por algún tiempo el trágico poeta Carlos Pezoa Véliz, tras abandonar las humanidades, cuando este edificio pertenecía todavía al Tercero de Línea680. El Buin era otro orgullo para todos los chimberos, por cierto, pues junto a sus melodías de la banda de guerra alegrando las calles del sector, el cuartel sirvió por largo tiempo como sede del club de Inválidos y Veteranos de la Guerra del ’79, muchos de los cuales vivían por el propio vecindario. Más tarde, el Buin se mudó a su actual ubicación, más al interior del barrio. El tiempo transcurría lento en este lado del río, pues demoró más que en el resto de la ciudad el arribo de las comodidades como la electricidad y la pavimentación. Salvo por casos como el cuartel, las edificaciones rara vez sobrepasaban el segundo piso de altura y siguieron fundamentadas en el arte del adobe y la teja por largo tiempo más, en el lapso inicial del siglo XX. García sigue dando sendos informes al respecto, y de cómo los habitantes de sus calles, por ejemplo, descubrían la llegada de la primavera gracias a la aparición de las golondrinas o el florecimiento de los árboles frutales, a la vieja usanza pueblerina y campestre que todavía perdura en las ciertas provincias chilenas. Este sentido contemplativo y custodio de la vida tradicional también tenía ciertos ribetes pintorescos expresados en la fe, como señala Lavín al comentar la virtual competencia que se producía en un sector recoletano que denomina “el distrito de los nacimientos”, y en donde los vecinos intentaban presentar el mejor de los pesebres reconstruyendo el Nacimiento de Cristo para deleite de los observadores de las primeras Navidades del pasado siglo. En calle El Manzano casi llegando a Eusebio Lillo, las hermanas Azola presentaban el más hermoso y completo de 678 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 30). 679 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 25). 680 “Ayer y hoy: Antología de escritos”, Daniel de la Vega. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1997 (pág. 193).

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todos, en su enorme propiedad y acompañadas de fiestas en las que recibían asistencia para consumar la escena de Belén. Competían “con María Muñoz en Andrés Bello y con las Jofré en la calle de los Hermanos (Santa Filomena), las Marques, la señora Bulgada y la señora Cerón, en la calle de Lillo y otras instalaciones de carácter exclusivamente familiar”681. Aunque el barrio de Recoleta era, en aquellos años, un territorio democrático donde posteriormente llegaron a convivir desde fascistas a comunistas en el mismo terreno (incluso saltando sobre sus diferencias políticas a la hora de tener que defenderse durante escaramuzas callejeras en otros lados de la ciudad), sus calles y plazas varias veces fueron territorio de expresión poco amistosa para las diferencias, ya a principios del siglo, aunque vinculados más bien a las cuestiones religiosas mezcladas con el partidismo, de preferencia en plenas elecciones. “Junto a la Recoleta Franciscana –sigue recordando García- existía un centro de la juventud católica y algunas cuadras más abajo, al llegar a la calle Juárez, otro de la juventud radical. Una mañana aparecía el primero sin la plancha de bronce que alzaba su nombre junto a la puerta; pocos días después, el segundo amanecía sin ningún vidrio en sus ventanas. En los días, mejor dicho en las noches de efervescencia política, de ambos locales salían alborotadoras falanges de mozos a adiestrarse en el apaleo y la pedrea. Después de probar sus fuerzas en estas escaramuzas de barrio, los bandos marchaban enardecidos, dando vivas a sus candidatos y mueras a los contrarios, en dirección al centro donde se realizaban las grandes concentraciones”682. No siempre fueron tan anecdóticas estas rivalidades esenciales, sin embargo. En años posteriores, especialmente a causa de la influencia de conflictos internacionales y sus odios desatados, se volvieron progresivamente más violentas y cobraron la sangre y la vida de más de alguna persona en el sector, como veremos en el momento correspondiente. En este ambiente cerrado e íntimo, el “pueblo” de Recoleta también tenía sus propios personajes del loco y el tonto locales, igual que cualquier poblado, como sigue anotando García. El primero de ellos, llamado Mac Kay, era apodado “El Loco de las Galletas” quizás asociándolo a la marca de esos bocadillos con aquél nombre. Era “un señor de rostro enjuto, pequeños ojos negros, que siempre caminaba de prisa”, usando un bastón y llevando un gran paquete de cuadernos atados y sostenidos con una asadera de cáñamo. “Las domésticas escapaban a su 681 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 62-63). 682 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 30-31).

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paso, como huyen las gallinas de los caminos cuando divisan un automóvil”, comenta, pues le tenían susto a este sujeto que siempre estaba desvariando con haber inventado artefactos increíbles, según él, como una bicicleta con alas con la cual pretendía lanzarse en vuelo desde la cumbre del Cerro Blanco. El tonto, en cambio, era apodado Chayomoco y poseía un rostro inexpresivo que le hacía parecer ternero, pues “tenía la nariz chata y los ojos muy separados”. Vestido siempre con ropas que se daban de baja en el Regimiento Buin, hablaba “lloriqueado, como si una permanente congoja lo atormentara”, aunque una vez decidió dejar de inspirar lástima apareciéndose por la puerta de un liceo con un enrome revólver con el que amenazaba a los escolares y transeúntes, hasta que llegaron los policías y les mostró riendo que su arma no tenía nuez. Y parece que no era tan idiota después de todo, porque en otra ocasión, aburrido de sus ropas de segunda, engañó a García y a sus amigos avisándoles de la existencia de un plácido y cómodo lugar para bañarse en el Canal San Cristóbal, al que fueron todos a capear el calor. Cuando salieron del agua, sin embargo, Chayomoco había desaparecido con todas las prendas de los muchachos683. Otros personajes del 1900 recoletano y que fueron recordados por el autor, son el insigne sacerdote Ruperto Marchant Pereira, considerado casi un santo en su época, “con las humildes luces de la capilla de Santa Filomena”; o el doctor Carlos Fernández Peña, “paladín de la lucha contra el alcoholismo”; el héroe y veterano de la Guerra del ’79, General José Ignacio López; y Rubén Guevara, “también del viejo tercio de 1879, cuya figura prócer, de barba florida, llenaba los patios del liceo que dirigía con autoridad patriarcal”684. La revolución final del Barrio Mapocho y de su identidad presentada ante el nuevo siglo, sin embargo, vino a tener lugar en los años del Centenario de la República, como tendremos oportunidad de ver ya, afectando para bien o para mal a Recoleta y al modus vivendi que había sido tan característico de sus barriadas, hasta aquel entonces.

683 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 25-26). 684 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 25). Se refiere con este último comentario al Liceo Valentín Letelier.

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PARTE VI:

HUELLAS EVOLUTIVAS DESDE EL PRIMER CENTENARIO

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Centros de salud e higiene en una realidad inmunda Como hemos visto, del lado chimbero también sucedían cosas interesantes en aquellos días de proximidad del Centenario de la República. Un grupo de ellas estuvo relacionada con innovaciones sobre la misma salubridad que tantas veces y en tantos períodos había faltado prácticamente del todo por esos lares. Con la construcción del esplendoroso edificio del entonces llamado Instituto de Higiene, se constituyó otro de los principales referentes arquitectónicos del barrio, además de marcar un punto revolucionario del concepto científico aplicado de la salud chilena. Su hermosa edificación de tres pisos se encuentra junto a la entrada de Independencia, en el número 56 y cerca de los ex terrenos de la Población Ovalle. Data de principios de siglo y fue levantada por una gestión del Gobierno de Germán Riesco, sobre las cuadras ganadas con la canalización. Hasta entonces, el tema de la salud poblacional estaba dominado por lo que hoy reconoceríamos como una sorprendente barbarie e ignorancia, donde las mínimas prácticas de higiene doméstico muchas veces eran desconocidas. Aunque viajeros como Cleveland, Jenkins o Haigh describieron un Santiago que les pareció incluso más limpio y pulcro que Lima o Buenos Aires, la prostitución santiaguina, por ejemplo, estaba atestada de enfermedades infecciosas que la vida promiscua y fuera de precauciones llevaba frecuentemente hasta el seno del hogar, expandiéndola por las familias como plaga de ira divina. El hedor de la suciedad y el alcohol seguían conservando su imperio en sectores del bajo pueblo, como en los peores años de miseria y descuido. La cirrosis era una de las enfermedades más comunes entre los adultos de entonces, y en la jerga se le llamó más tarde y casi amistosamente como “rosa de fuego”, por la letra de una cueca tocada, entre otros, por el músico veguino Cabro Catalán de quien hablaremos también. Otros padecimientos tenían denominaciones no menos extravagantes, especialmente los de transmisión sexual y naturaleza venérea, siendo motejados “la carioca”, “la vaca lechera”, “la cabeza de ducha” y más rarezas de bastante mal gusto. Un antecedente de la preocupación por la salud en el barrio lo representa el célebre médico chileno Dr. Augusto Orrego Luco, hermano del escritor y político radical Luis Orrego, el autor de “Casa Grande”. Don Augusto paseaba por las noches en el sector de La Chimba ofreciendo sus servicios sin cobrarle a los pacientes pobres, ganándose el apodo de El Brujo de la Cañadilla por sus talentos, a diferencia del otro brujo que, un siglo antes, obtuvo el mismo apodo por sus fechorías y fugas, como vimos. Siendo aún un estudiante, con 24 años hacia 1873, Orrego

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deambulaba por estos barrios y dormía en improvisadas clínicas-campamentos que se levantaron por el brote de viruela que agredió a la sociedad chilena. El Intendente Vicuña Mackenna le concedió la Medalla de Oro en reconocimiento a su labor. Fue tal su vocación que, siendo ya médico de la Casa de Orates, continuó atendiendo gratis en su consulta de la Escuela de Medicina, llegando a ser nombrado con el título de “médico de la ciudad”685. Como consecuencia de esa misma época, en 1892 se crea el Consejo Superior de Higiene Pública por ley del 15 de septiembre686; y luego, el mencionado Instituto de Higiene, que tendría sede precisamente en la encrucijada de los barrios Mapocho y La Chimba, como hemos dicho. Su primera casa, sin embargo, había estado en la Quinta Normal, pero después emigró a un edificio arrendado de calle Rosas, en la cuadra ubicada entre Bandera y Puente, de modo que la institución ya había estado presente en el Barrio Mapocho antes de trasladarse a Independencia, donde tenía reservado un terreno desde el inicio de los trabajos de canalización, iniciándose la construcción de su edificio hacia 1902 y, tras un breve receso el año siguiente, retomada en 1904687. Estaba por ser inaugurado cuando el terremoto de 1906 obligó a reparar algunas partes de su flamante estructura neoclásica. Tras estas correcciones, fue entregado en su totalidad al servicio institucional. El magnífico edificio palaciego fue creado en el tablero del arquitecto Emilio Jecquier, el mismo de la Estación Mapocho. Por ello, su influencia también ha sido determinante en la arquitectura de ambos lados del río, si bien esta construcción y la Estación Mapocho se imponen con estilos e identidades muy distintas entre sí, por mucho que ostenten sus planos la misma firma de autor. Las cinco secciones originales del Instituto de Higiene eran: Higiene-Estadísticas, Química-Toxicología, Microscopía-Bacteriología, Seroterapia-Vacuna Animal y el Desinfectorio Público688. Este último fue, quizás, el sector de mayor impacto en la sociedad y especialmente en el barrio, según veremos. Eran responsabilidades del Instituto el análisis gratuito de aguas y la identificación de productos adulterados o falsificados que pudieran representar peligro para los 685 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 4-5). 686 “Álbum gráfico del Instituto de Higiene de Santiago”, Dr. Pedro Lautaro Ferrer R. Santiago, 1910 – (pág. 5). 687 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 140). 688 “Álbum gráfico del Instituto de Higiene de Santiago”, Dr. Pedro Lautaro Ferrer R. Santiago, 1910 – (pág. 8).

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consumidores. También hacía diagnósticos bacteriológicos, sero-diagnósticos de la fiebre tifoidea, vacunaciones antirrábicas, producción de sueros antidiftéricos, tuberculina, desinfección de casas y habitaciones y visitas de inspección sanitaria, entre otras tareas. Hacia esos primeros años sólo se cobraba por los servicios de análisis químicos, análisis industriales, desinfecciones por formalina o producción de suero especial de Trunecek689. Con la presencia de estas instalaciones, el vecindario comenzó a adquirir evidentes rasgos y connotaciones de barrio sanitario, al menos por el lado chimbero. Hubo destacados profesionales de la salud que tuvieron su lugar de trabajo en estos complejos, de hecho, como el médico cirujano Hugo Vaccaro Cosovic, destacado bacteriólogo del Laboratorio Chile y profesor de la Universidad de Chile, cuya consulta estaba registrada en General Borgoño 1470690. Como hemos dicho, el más importante de estos servicios allí establecidos quizás fue el Desinfectorio Público, que había sido inaugurado en la ciudad el 8 de diciembre de 1896, iniciando sus actividades con una estufa y un pulverizador, ambos de fabricación Geneste-Hercher691. Según la información de la que disponemos, funcionaba desde cerca de las 8 de la mañana hasta las 11 de la noche muy cerca del edificio principal del Instituto de Higiene, en General Borgoño frente a la cuadra ubicada entre Maruri e Independencia692. La construcción, inicialmente de frontis más bien pequeño y de la que se conservan imágenes que datan de 1910693, era de dos pisos, con patios de adoquines. Daba cobertura sanitaria al pueblo chileno, principalmente a cités, conventillos y todos esos herederos de las penas y dolores de los antiguos ranchos que indignaban la escrupulosa paciencia de Vicuña Mackenna y que todavía abundaban en el barrio

689 “Álbum gráfico del Instituto de Higiene de Santiago”, Dr. Pedro Lautaro Ferrer R. Santiago, 1910 – (pág. 9-10). 690 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1402). 691 “Álbum gráfico del Instituto de Higiene de Santiago”, Dr. Pedro Lautaro Ferrer R. Santiago, 1910 – (pág. 18). 692 “Guía general de Santiago de Chile “, Sociedad Anónima Guía de Santiago, Santiago, Chile – 1918 (pág. 52) / “El Amigo del Viajero en Chile. Novísima guía de forasteros y turistas, indispensable para todo viajero...”. Imprenta Universo, Santiago, Chile – 1924 (pág. 225). Cabe indicar que la numeración de calle Borgoño ha sufrido cambios desde entonces, por lo que no coincide con la actual, cuyo número correspondiente nos parece sería el 1154. 693 “Álbum gráfico del Instituto de Higiene de Santiago”, Dr. Pedro Lautaro Ferrer R. Santiago, 1910 – (pág. 77) / “Higiene y asistencia pública en Chile”, Pedro Lautaro Ferrer R. Santiago, Chile. Impr., lit. y enc. Barcelona, Santiago, Chile – 1911 (pág. 72).

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ribereño de entonces y sus alrededores694. Pocos años antes, don Nicolás Palacios había hecho la siguiente y terrible observación sobre el estado de los campamentos obreros de Santiago y el problema social subyacente: “Es común oír a los santiaguinos que por algún acaso visitan los barrios de obreros y artesanos de la capital, exclamar indignados: ¡mire Ud. cómo viven esos rotos miserables! ¡Cómo no han de morir como moscas habitando chozas inmundas, conventillos pestilentes, verdaderas pocilgas! ¡El roto no tiene hábito el que menor de higiene! ¡En un solo cuarto una familia entera! Chozas inmundas y conventillos pestilentes es lo único que allí encuentran para arrendar el jornalero de Santiago y el de los campos que llega a la capital en busca de trabajo. Ricos, gobernantes, son generalmente los que han hecho construir esas chozas y esos conventillos. ¿Podrán alguna vez cambiar en habitaciones humanas esas pocilgas? Creo que no. El peón ni el operario a jornal de los talleres ganan lo suficiente para pagar un arriendo que equivalga al corriente del capital que sería necesario invertir en viviendas propias de hombres civilizados”695. No parece casual la elección del lugar donde se estableció el Instituto y el Desinfectorio, entonces. De hecho, el aspecto decadente y paupérrimo del barrio que fuera sede de la lucha por la salud y el higiene, nos lo describe en 1939 nada menos que el futuro Presidente de la República y por entonces Ministro de Salud, el Dr. Salvador Allende, en base a un censo de conventillos realizado por el Departamento de Estadística de la Municipalidad de Santiago con la cooperación de la Escuela de Servicio Social y comentado por Enrique Gebhardt: “Sobre un total de 4.000 conventillos calculados por la Dirección de Sanidad, sólo pudieron ser estudiados 1.317 por falta de suficiente personal para la investigación, y en las mismas condiciones quedó el distrito Nº 47, considerado como uno de los más insalubres en la Comuna de Santiago. Este distrito se halla situado entre las calles Mapocho, Rivera y Avenida Independencia y comprende 388 manzanas con 11.929 habitantes, lo que da una densidad de 255 habitantes por hectárea, siendo la densidad media de Santiago de 127. De las 38 manzanas hay 22 donde 694 Sólo quedan en Mapocho algunos pocos casos de antiguos cités y conventillos viejos. Para hacerse una idea muy general y aproximada de sus características arquitectónicas, se puede echar un vistazo al ubicado en San Pablo 1427 casi llegando a Teatinos, de los últimos de su tipo en el barrio. 695 “Raza chilena” tomo II, Nicolás Palacios. Ed. Chilena, Santiago, Chile – 1918, segunda ed. (pág. 48).

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existen conventillos, alcanzando estos a 194 con 1.299 piezas insalubres donde alojan 2.611 personas”696. El personal que atendía en el Desinfectorio de La Chimba para cubrir estas grandes necesidades sanitarias, usaba curiosos uniformes abotonados y de sombrero con una sugerencia más bien militar, mientras que, al emplear la tenida de trabajo de desinfección propiamente dicha, vestían de impecable blanco de cabeza a pies, con una gorrita parecida a la legionaria, con que se cubrían los cabellos. Con el tiempo, el Desinfectorio comenzó a ampliar sus recursos adquiriendo nuevas maquinarias y equipos. La ley de declaración obligatoria de enfermedades contagiosas del 7 de febrero de 1899, se emitió el mismo año en que la Municipalidad de Santiago lograba que la Asamblea de Electores aprobara una ordenanza de desinfección de toda la ciudad697. Para la década del veinte, la dirección del Desinfectorio en calle Borgoño aparecía incluso en guías turísticas de Santiago, aunque diríamos que la casa comenzó a jubilar del rubro sanitario cuando el principal servicio de este tipo estaba ya en el Hospital Barros Luco en el Llano Subercaseaux, según creemos. El complejo del ex Instituto de Higiene pasó, en épocas posteriores, a manos de la Policía de Investigaciones de Chile, hallándose a disposición de la Dirección General de dicha institución desde 1988 y siendo restaurado durante el año siguiente698. Antes, la fachada del instituto había tenido bajo su cornisa del segundo piso la siguiente leyenda en la ortografía antigua: “CONSEJO SUPERIOR DE HIJIENE” Obviamente, esta inscripción ya ha sido removida, pero el edificio de todos modos conserva de aquellos primeros tiempos suyos, frente a su jardín con palma chilena y fontana hacia calle Independencia, los artísticos caduceos o esculapios de bastón y serpientes enroscadas en las forjas de sus puertas de ingreso, recordando el pasado del recinto ligado a uno de los principales capítulos en la historia de la medicina nacional… Son sus propios restos “fósiles”; evidencias de su importante pasado allí, en la vida en las riberas. 696 “La realidad médico-social chilena”, Dr. Salvador Allende Gossens. Ministerio de Salubridad, Previsión y Asistencia Social, Santiago, Chile – 1939 (pág. 58). 697 “Álbum gráfico del Instituto de Higiene de Santiago”, Dr. Pedro Lautaro Ferrer R. Santiago, 1910 – (pág. 18-19). Efectivamente, en esta época alrededor del 1900, se inicia el plan de desinfección por formalina a través de aparatos Aesculap-Shering, que era el único servicio no gratuito del Desinfectorio, además de implementarse un sistema de transporte de enfermos contagiosos en ambulancias tiradas a caballos que los llevaban desde sus casas a los hospitales o bien desde una casa a otra. Se integraron al equipo tres estufas fijas Geneste-Herscher, una estufa locomóvil y cinco pulverizadores. 698 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 141).

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Esta elegante construcción mapochina se conserva en categoría de Monumento Histórico Nacional por Decreto Supremo Nº 646 del 26 de octubre de 1984, y no cabe duda que corresponde a uno de los edificios antiguos más característicos del Barrio Mapocho, evidentemente que después de las mucho mayores presencias de la Estación Mapocho y del Mercado Central. No fueron éstas las únicas noticias de la salud pública en el barrio, pues la actividad no se restringió sólo al sector de Borgoño: además del servicio de atención y acogida de la casona Montt de calle Artesanos, de la que hablaremos seguidamente a este capítulo, se creó después otro centro importantísimo en la dirección de Maruri 272: el Policlínico de la Caja del Seguro Obrero. Su sede es un interesante edificio de estilo Art Decó, cuyo diseño se atribuye al arquitecto Aquiles Zentilli699. Este hospital destaca especialmente por su empinada torre central de varios pisos y balcones de vértigo en sus partes más altas. Aún está consagrado a la misma actividad médica pública para la que fue creado, pero ahora en calidad de sede del Servicio de Salud Metropolitano Norte. Por su historia también han pasado prestigiosos nombres de la medicina nacional, como el epidemiólogo de origen húngaro Luis Roos Rosman700 y el médico cirujano iquiqueño Nicolás Taborga Mandiola701. Así entonces, si bien hay evidentes señales de un interés por convertir el Barrio Mapocho en un cuadrante de fuerte acervo policial (cuarteles, tribunales, cárceles, etc.), también hay claros indicadores de que se tuvo la intención de darle un cariz similar o anexo al barrio sanitario de La Chimba y vinculado a la salud pública a través de la presencia de estos importantes organismos y recintos, que dejaron sus huellas en el lugar y las presencias del Instituto de Higiene, la ex casona Montt para atención de enfermedades contagiosas, el Desinfectorio Público de Borgoño y las instalaciones del Policlínico de la Caja del Seguro Obrero. Parecen responder al interés de reunir recintos de orientación sanitaria, como sucede más al interior del

699 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 30). Nos corresponde señalar que por la entrada de calle Lastra 1250, hoy inhabilitada, se pueden ver sobre las puertas las letras “CSO”, correspondientes a Caja del Seguro Obrero, a la que pertenecía este edificio originalmente. Es, junto con la Piscina Escolar de la Universidad de Chile, uno de los referentes más importantes de Art Decó en lado chimbero el barrio y alrededor. El más interesante sigue siendo el edificio de la piscina, sin embargo, del gran arquitecto nacional Luciano Kulczewski, levantado en 1929 durante el gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo, pero actualmente en no muy buen estado de conservación. 700 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1193). 701 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1345).

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territorio chimbero702. Si este propósito existió, entonces pudo acabarse al ser priorizado “naturalmente” el carácter comercial y mercantil del barrio.

Proyecto del edificio del Instituto de Higiene, en imagen publicada del “Álbum gráfico del Instituto de Higiene de Santiago” por el Dr. Pedro Lautaro Ferrer R. en 1910.

Edificio principal y complejo posterior del Instituto de Higiene, visto desde Independencia hacia Borgoño, en el citado trabajo del Dr. Pedro Lautaro Ferrer R. en 1910. 702 Existe también el antecedente de un pequeño cementerio para víctimas de la epidemia de cólera de 1886, redescubierto en la orilla del Mapocho por Renca en los trabajos de 2003 para la construcción de la Costanera Norte. La orilla nortina del río puede haber sido considerada desde temprano, entonces, para servir a efectos de la salud pública, perdurando esta intención en la parte inicial del siglo XX. Empero, no es un dato menor la existencia de instalaciones de cremación de basura en la orilla Sur. Una de ellas, para desperdicios electrónicos, existió en donde se instaló después la Perrera Municipal de Santiago, allí cerca del puente Bulnes. Quizás fue alguna conciencia sobre la necesidad de apartar la contaminación de las aguas del río, lo que alejó estos recintos y servicios de los barrios riberanos.

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Arriba, fachada del antiguo edificio del Desinfectorio Público hacia 1910; abajo, sus patios interiores. Se observa el pasillo adoquinado, el personal del servicio, equipos de desinfección y las ambulancias tiradas a caballos. Ambas son, también, imágenes publicadas por Pedro Lautaro Ferrer.

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Vista de la gran torre central del actual Servicio de Salud Norte, ex PoliclĂ­nico de la Caja del Seguro Obrero, en calle Maruri, divisable desde varios lados del barrio.

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Casona o mansión Montt de calle Artesanos, vista desde el jardín y el sendero de ingreso. Salta a la vista el mal estado de conservación en que se encontraba en ese momento.

Los tristes secretos de la casona Montt También se dispuso para el uso del recién revisado Instituto de Higiene, una cercana edificación construida para ser residencia del futuro Presidente Pedro Montt Montt (1906-1910) en Artesanos llegando a Independencia, detrás de la actual Piscina Escolar y vecina al terreno que la Compañía del Ferrocarril Urbano utilizaba como polígono para sus corrales y galpones703. Corresponde a una mansión de fines del siglo XIX con fachada simétrica, dos pisos y ventanas de arcos, de arquitectura muy europea que otrora lucía tan aristocrática como quería ser, a pesar del vecindario donde se halla. No hay claridad sobre quién 703 “La ex–residencia del Presidente Pedro Montt Montt en la comuna de Independencia: condición patrimonial, estado actual y argumentos para su conservación”, Patricio Duarte Gutiérrez – Antonio Sahady Villanueva. Publicado como artículo digital por la “Revista de Urbanismo” del N°15, Santiago, Chile, noviembre 2006.

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fue el arquitecto, sin embargo. Su entrada de alero y columnas laterales era precedida por un refinado jardín y un sendero adoquinado en forma de letra C cuyas puntas serán las dos entradas de la casona, como si se tratara de una especie de desvío o “bypass” de la propia calle Artesanos hacia el interior de la residencia, aunque cerrados con enormes y pesadas puertas de rejas. Es curioso que, de ser la propiedad particular de Montt, pasara después a manos del Estado a través del Instituto y más tarde del Ministerio de Salud704. Posteriormente, volvió a manos privadas, y es por eso que la incluiremos en esta investigación, porque la espléndida construcción se halla bajo riesgo de demolición para abrirle paso a posibles proyectos comerciales, según nos han informado precisamente cuando terminábamos este libro. No debe ser confundida con la Casona o Palacio Montt de la calle Merced llegando a Mac Iver, de don Manuel Montt y donde nació don Pedro Montt, pero que a diferencia de ésta, fue declarada Monumento Histórico Nacional y protegida. Al respecto, cabe indicar que existió cuanto menos un esfuerzo concreto de parte de un grupo de investigación, para motivar la declaratoria de Monumento Nacional sobre la residencia chimbera, correspondiente al trabajo titulado “La ex–residencia del Presidente Pedro Montt Montt en la comuna de Independencia: condición patrimonial, estado actual y argumentos para su conservación”, de Patricio Duarte Gutiérrez y Antonio Sahady Villanueva, publicada el año 2006. Quizás, demasiado tarde para la casona. Aunque su presencia es poderosa en el barrio, la verdad es que nunca fue muy valorada; ni siquiera bien advertida, salvo por los trabajadores y vecinos permanentes del vecindario, pues no se observa demasiado de ella desde afuera, dada la existencia de una edificación menor ubicada justo hacia el lado de la calle entre sus dos accesos y dentro del mismo terreno, que nos parece correspondía a los antiguos laboratorios y algunas habitaciones del servicio sanitario que acogió. La parte de la historia de la casona como recinto para la prestación de salud es bastante dolorosa, pues fue lugar de triste regazo y ayuda para pacientes en tiempos de precariedades y con la medicina en pleno desarrollo. Gran paradoja es que tan elegante construcción, entonces, haya servido como lugar de atención para muchas mujeres marginadas y prostitutas, durante un período en que se la usó como casa

704 “La ex–residencia del Presidente Pedro Montt Montt en la comuna de Independencia: condición patrimonial, estado actual y argumentos para su conservación”, Patricio Duarte Gutiérrez – Antonio Sahady Villanueva. Publicado como artículo digital por la “Revista de Urbanismo” del N°15, Santiago, Chile, noviembre 2006. Los autores señalan las razones por las que pudo pasar este edificio desde las manos de don Pedro Montt a las funciones de salud pública: “El hecho de no dejar descendencia y el que en 1887 hubiese formado parte del Comité de Sanidad —lo que demuestra su interés y conocimiento por la salud pública para el progreso social— puede que haya determinado que el edificio se transfiriera luego de su fallecimiento al Instituto de Higiene”.

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para pacientes de enfermedades de transmisión sexual, contando con el mencionado laboratorio para los tratamientos. Y cerca ya de jubilar sus servicios, también era un internado para acoger niños y jóvenes contagiados con VIH, cumpliendo con el más dramático de los favores sociales que se recuerden de ella, especialmente por los vecinos y comerciantes del barrio. De alguna manera, entonces, la casona fue un lugar de dolores y penas durante todo el tiempo en que sirviera a la causa de la salud: un lugar con sus propios dramas y tragedias, donde se dio cobijo al sufrimiento y a las esperanzas; a las condenas a muerte de personas inocentes, de mujeres, niños y jóvenes con sus vidas torcidas por males crueles. Su desaparición será, acaso, la desgracia final. El dolor de su historial se reflejaba en el aspecto de la residencia, ya en manos particulares y con su destino decidido: abandono, destrucción parcial de sus edificios derivados, vidrios rotos y paredes al borde de la ruina. Sólo las palomas viven en sus tejados y bravos perros en sus escalas de acceso, mientras la señora encargada del cuidado del fantasmal recinto cuenta casi en reversa los días que le quedarán resguardando este lugar obligado a morir en breve tiempo más. Por el abandono indiferente o sólo por el inevitable envejecimiento de la casona, entonces, fue que se cerró su destino y hace fila ya hacia su extinción.

Vista del interior del primer piso de la casona. Se ha anunciado extraoficialmente su demolición, para una venta de terreno o proyecto comercial, así que pronto pasaría a la nómina de especies extintas del Barrio Mapocho, que aquí hemos ido tratando.

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Los tres principales arquitectos que configuraron el aspecto del actual Barrio Mapocho, en un tramo histórico de unos 60 años: Fermín Vivaceta (1827-1890), Emilio Jecquier (18661949) y Alberto Cruz Montt (1879-1955).

Estación Mapocho: mucho más que trenes Hemos dicho que la planta de espacios como los del Instituto de Higiene, la feria Tirso de Molina o la Plaza de los Artesanos surge de la canalización del Mapocho y del estrechamiento del cajón del río, lo mismo que la instalación de los puentes mecanos. Por la orilla Sur, este trabajo también facilitó al barrio los terrenos que necesitaba para completar su crecimiento como vecindario con el aspecto que hoy le reconocemos. De este modo y con un amplio territorio robado al río, fue que el período del Primer Centenario de la Independencia Nacional le entregó a Barrio Mapocho su característica definitiva de identidad en la imagen, estilo, toponimia y comprensión popular… Además del más importante de sus edificios. Diríamos, de hecho, que Barrio Mapocho aparecerá como tal en este tramo de tiempo, unificando todas las líneas de patrimonio, historia, presencias y ausencias que hemos ido viendo hasta este punto, pero ahora un peldaño más arriba en la evolución del vecindario. Tuvo que llegar el siglo XX para que la desgracia de haber perdido el Puente de Cal y Canto fuera medianamente consolada con el levantamiento de una nueva y espectacular construcción, que devolvió al cofre vacío del barrio un tesoro para albergar: la Estación Mapocho, complejo ferroviario que volvió a atraer nuevos y positivos cambios para el lugar, modificando todo el comercio, las edificaciones vecinas y el comportamiento mismo de los residentes o visitantes. La historia de la estación comienza con algunos antecedentes tempranos de mejoramiento del sistema ferroviario local y de la pequeña parada ferroviaria frente al Mercado Central. En agosto de 1862, por ejemplo, se promulgó una ley que reguló el servicio de trenes, itinerarios, horarios, recorridos, reclamos de los pasajeros y todo el sistema, tan eficientemente que permaneció en vigencia hasta

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1925. También se reguló el transporte de animales en el ferrocarril, que hasta entonces se realizaba con las arterías más extrañas por parte de los pasajeros, según apunta Alfonso Calderón, como llevar gallinas atadas en lotes, cual si fueran troncos ante la impresión de los demás usuarios. En una célebre anécdota rescatada desde la tradición por el autor, dos tipos subieron en el ramal a Renaico con un cerdo a rastras, disfrazado de persona con un chaleco y lo sentaron entre los dos aprovechando la oscuridad nocturna para engañar a los cobradores, pues un boleto por carga de animales era más caro que el de un pasajero de tercera clase705. Este pintoresco episodio dio origen a la figura del legendario “chancho con chaleco”, cuyo nombre ostentará un tradicional restaurante del sector Pajaritos. Dado el crecimiento y desarrollo del servicio ferroviario, la idea de construir una amplia estación en la ribera existía ya en el momento en que sus terrenos eran ganados al río Mapocho. En su “Plano de Situación y Proyecto de Canalización del Río Mapocho”, por ejemplo, el ingeniero Valentín Martínez registra en 1888 la idea de un recinto para la Estación Central del Ferrocarril del Estado, precisamente donde se encuentra la Estación Mapocho, aunque extendida mucho más al oriente, casi encima del Mercado Central706, pues pretendía asimilarse en ella la punta de rieles de la antigua Estación Mercado. La idea inicial de las autoridades era implementar y ampliar esta minúscula terminal que, con un ramal desde la Estación Yungay, abastecía al Mercado Central, y es por eso que el plan original suponía la nueva estación casi al frente de este recinto707. El mencionado plano de Martínez también muestra la posición de la Cárcel Pública que por algún tiempo permaneció establecida casi hasta el borde del río, antes de consumada la ganancia de terrenos donde está ahora el Parque de los Reyes y la avenida Balmaceda. De este recinto penitenciario haremos caudal, después. El interés definitivo por construir la buena estación de ferrocarriles que hasta entonces sólo existía en los planos surge, así, de acuerdo al plan urbanístico amplio puesto en marcha al aproximarse el Primer Centenario. Con esta idea fue concebido también el Parque Forestal708, que naciera como un inmenso jardín con 705 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 17). 706 Revista “Arquine” Nº 70 de septiembre 2008, Ciudad de México, México, artículo “El Mapocho urbano del s. XIX” de Simón Castillo (Publicado en versión digital por SciELO Chile). 707 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 21). En los planos de los ingenieros se observa que el recinto de la Estación Mapocho comenzaba no en el borde de calle Bandera, como finalmente quedó, sino más allá de calle Puente, precisamente a un lado del Mercado Central. 708 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 2021).

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laguna propia frente al Palacio de Bellas Artes, otro sitio inaugurado en este contexto aprovechando los terrenos nuevos conseguidos por la ribera Sur. Como es sabido, el parque se concibió como una evocación a la antigua alameda de los tajamares de la que ya hemos hablado, según lo propuso el jurisconsulto Paulino Alfonso hacia 1892, gran gestor del paseo. La parte más al poniente de estos nuevos terrenos en pleno Barrio Mapocho, fue la escogida para la implementación de las vías férreas y de una terminal que llevarían hasta allí su propio servicio de ferrocarriles, del mismo modo que la Estación Central lo hacía hacia al otro lado de la ciudad, por la Alameda de las Delicias. El 18 de mayo de 1903, el Ministro de Obras Públicas del Gobierno de Riesco, don Francisco Rivas Vicuña, solicitó realizar el trazado de esta nueva Estación del Mercado pero considerando la opinión del vecindario sobre cuál debía ser su ubicación. Se aceptó así, el mismo gran terreno que hasta entonces había servido como paradero de carretas709, pero que figuraba desde la canalización como reservado para la gran central ferroviaria. El 2 de diciembre del año siguiente, se proponía que el edificio de 5.400 metros cuadrados se ubicara más exactamente entre Bandera y Morandé, ya no frente al mercado, con una plaza de estacionamientos de 2.000 metros para los carruajes de los usuarios. Tendría, además, una sala frontal de 60 metros cuadrados, una nave interior de 40 por 70 metros con cuatro andenes longitudinales y tres dobles vías. Todo por un presupuesto de 392.514 pesos y 38 centavos, con obras calculadas en dos años710. Los trabajos comenzaron en 1905, en la ubicación de Bandera 1050 llegando al río Mapocho. Partió con la excavación e instalación de los cimientos de piedra y cal. El arquitecto encargado de la obra era el mencionado maestro Emilio Jequier, que había llegado desde Francia tras estudiar en L'Ecole des Beaux Arts y quien trazó los planos ayudado de su colega Maurice Aubert711. Como hemos dicho, Jequier ya había participado aportando otra importante obra en Mapocho: el edificio del Instituto de Higiene, exactamente en la ribera opuesta a la estación. La albañilería de la estación se realizó con ladrillo fiscal y las vigas y losas del segundo nivel se hicieron con hormigón armado. Se trajeron desde Francia las ventanas vitrales y las puertas del acceso fabricados por la casa parisina Daydé et Pillé, además de los arcos, las estructuras de las seis cúpulas interiores y las marquesinas712, mientras 709 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 168). 710 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 27). 711 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 38). 712 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 38).

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que la firma Schneider & Co. Creusot se encargó de la enorme estructura metálica interior a prueba de terremotos, como ya ha quedado demostrado en varias ocasiones de la historia telúrica nacional. Esta misma compañía había fabricado algunos de los puentes del Mapocho y la estructura superior de la Estación Central en 1897. La cubierta de acero, en cambio, quedó en manos de la Compañía Central de Construcciones de Haine Saint Pierre de Bélgica. La casa Mayer Giraudo aportó los vidrios armados y la Dell’Orto & Adolfo Sachlak hizo lo propio con los vidrios dobles y catedrales. Los faroles de la plazoleta exterior fueron obra de la firma Nicoreanu & Harnecker, en tanto que la casa The South American Asphalt Co. se encargó de los asfaltados. Labores de ferretería quedaron confiadas a la G.M. & A Petitjean713. Y en la repartición de estas subcontrataciones, la construcción de los servicios higiénicos de la estación se dejó a Jorge Dubois, siendo entregados en 1911714. El resultado fue una estación de estilo barroco y neoclásico francés muy moderna, con hall de entrada, boleterías, cafetería, baños elegantes, buenos lugares de descanso y tiendas propias al interior, todo con un enorme refinamiento y decoración casi rococó desde el frontispicio hacia adentro, pretensiosamente europeísta. Su fachada estaba adornada por dos grandes estatuas clásicas adosadas a las columnatas con forma de obeliscos a los lados de los accesos: una femenina que creemos de Ceres (izquierda), diosa de la agricultura, y la masculina de Mercurio (derecha), dios del comercio. Como podrá deducirse, ambas representaban las actividades que dan vida al barrio, al mercado y a la misma estación, pero lamentablemente ya no existen, pues parece que eran de algún material de escasa resistencia, igual que las desaparecidas almenas con ángeles y blasones justo sobre estas figuras. El hall es de 128 por 40 metros y su altura hasta la quilla es de 26 metros. El peso total de las estructuras fue calculado en 847 toneladas. Como en el plan original, se construyó una plaza de estacionamientos propios. “Al entrar a la estación –escribe Calderón- uno podía observar un hall central de doble altura cerrado por arcos que terminan en un inmenso cielo conformado por seis cúpulas. La fachada es una gran bóveda metálica cerrada por una vidriera construida de arcos que se proyectan

713 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 28). 714 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 38).

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hacia el techo. Está ornamentada por elementos clásicos y el friso posee motivos heráldicos, vegetales, guirnaldas y filigranas”715. La expectación había ido creciendo conforme avanzaba la construcción del edificio. En octubre de 1908, por ejemplo, es fotografiado visitando el lugar de las obras el Presidente Pedro Montt y su Ministro de Obras Públicas Eduardo Délano, donde se reunieron con los ingenieros para acordar nuevas posibles expropiaciones de terrenos en favor del recinto716. La inauguración de las obras de la armaduría metálica de la nueva estación fue realizada con fiesta y todo el 3 de julio de 1909, y unos días más tarde la prensa documentaba este evento agregando que “será la estación de más importancia, por estar situada en el centro mismo de la ciudad”717. Aunque, objetivamente, a la obra aún le faltaba mucho para estar terminada, con esta etapa había comenzado la gran epopeya de la Estación Mapocho y del propio barrio homónimo, en la historia de la ciudad de Santiago.

Entre la estación y el postpost-Centenario En tanto, el propio Barrio Mapocho también fue escenario de algunos de los grandes festejos del Primer Centenario, justo mientras se levantaba a un lado la imponente estación. El día 16 de septiembre de 1910, por ejemplo, en horas nocturnas y mientras tenía lugar un engalanado banquete de recepción en el Palacio de la Moneda, la colonia alemana realizó una especie de procesión de antorchas para la juventud que partía en el Liceo de Aplicación, avanzaba por Cumming, seguía por calle Moneda, Estado, Merced y culminaba a orillas del Mapocho718. Debió haber sido una imagen sobrecogedora la de los integrantes del desfile, cargando flamas reflejadas sobre las aguas turbias de ese río que, por entonces, también se pretendía hacer navegable en otro de los tantos proyectos centenarios que quedaron pendientes y que sólo un siglo después pudo ser retomado, como sabemos. 715 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 28). 716 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 41). 717 Revista “Zig-Zag" del 14 de julio de 1909, citada por Alfonso Calderón. 718 “Los festejos del Centenario de la Independencia. Chile en 1910 (Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia)”, Luis Patricio Muñoz Hernández. Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Historia, Geografía y Ciencia Política; Instituto de Historia, Santiago, Chile – 1999 (pág. 69).

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Pero sucedió que el plazo de entrega de los trabajos se cumplió en esos mismos días y la Estación Mapocho no pudo ser dispuesta al servicio del público en el contexto del mismo Centenario Nacional. Calderón señala que retrasos en la puesta en marcha de los demás ferrocarriles obligó a tener que esperar dos años más, antes de poder iniciar parcialmente actividades de la estación el 10 de mayo de 1912, cuando se concluyó su construcción y recibió los primeros trenes provenientes de Valparaíso719. Comenzó así, un servicio organizado entre esta terminal y las del puerto, además de permitir la salida desde Mapocho a usuarios con pasajes hacia Iquique, pues podía tomarse en Valparaíso otro tren con rumbo al Norte. También se podía hacer conexión con el Ferrocarril Longitudinal Norte a través de La Calera, Llay-Llay, Los Andes y desde allí tomar el Ferrocarril Trasandino a Mendoza y Buenos Aires. Estación Mapocho se convirtió, de este modo, en una base o un verdadero puerto desde el cual zarpar hacia los puntos más distantes de la comunicación terrestre, por las líneas férreas que eran, a la sazón, el equivalente a nuestras mejores carreteras actuales. He ahí la explicación al uso masivo del que fuera objeto aun antes de estar totalmente terminado el diseño del servicio. Se repetía, así, el eco de importancia histórica del barrio, desde los tiempos en que fuera punto de llegada y partida para el Camino de Chile vía Cañadilla y luego del Camino de San Pablo. Cabe indicar que, por esta época, en 1912, se habría de instalar hacia la Plaza del Mercado frente a la Estación Mapocho, uno de los varios monumentos conmemorativos de la Independencia y que había recibido la República de manos de otros países o sus colonias residentes. El que había sido colocado acá correspondía al de la colonia otomana y era una efigie de Manuel Rodríguez creada por la casa italiana de Roberto Negri. Lamentablemente, fue muy criticada entonces como de baja calidad artística y desproporcionada, por lo que las autoridades decidieron retirarla al poco tiempo y fue trasladada después a Llay Llay720. Algo parecido ocurrió con un monumento de la alegoría de la libertad en el Santa Lucía, también acusado de problemas estéticos a pesar ser obra del artista Carlos Canut de Bon, y que había sido regalado por la colonia sirio-otomana. 719 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 49). 720 “Los festejos del Centenario de la Independencia. Chile en 1910 (Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia)”, Luis Patricio Muñoz Hernández. Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Historia, Geografía y Ciencia Política; Instituto de Historia, Santiago, Chile – 1999 (pág. 62-63). El autor cita las palabras del escritor Benedicto Chuaqui en sus “Memorias de un inmigrante”, sobre lo justificado que estuvo el criterio para retirar estos monumentos: “…lástima grande fue el hecho que mis compatriotas fueron víctimas de su experiencia para apreciar estas obras, y de la falta de seriedad de los escultores, pues esos monumentos resultaron unos verdaderos mamarrachos que la autoridad edilicia hizo retirar después, con justa razón, de esos destacados sitios de la ciudad”.

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Oficialmente, las obras generales de la Estación Mapocho fueron entregadas en su conjunto el 7 de abril de 1914721, ya en medio de la depresión económica y la falta de abastecimiento de mercaderías europeas que había provocado la incipiente Gran Guerra que -en aquellos años- nadie sospechaba era sólo la primera, por lo que algunos detalles de la construcción se prolongaron todavía por otro tiempo más. The South American Asphalt Co., por ejemplo, entregó recién en 1916 la pavimentación completa frente al edificio, cuando éste ya estaba en operaciones722. Acabada de ser puesta en servicio, la estación ofrecía sus cuatro andenes interiores distribuidos entre dos plataformas laterales y una central o isla. En todo el sector que hoy tiene aspecto de patio entre el edificio y el borde del río, la franja de terreno era ocupada por las vías de carga y la avenida Costanera. Estas líneas se prolongaban hacia el poniente hasta calle Manuel Rodríguez, donde había una cabina de movilización. Tenía entonces cuatro vías, que se convertían en dos corriendo desde el extremo del Parque Centenario (hoy De los Reyes) hasta el triángulo de la estación Yungay, frente al barrio del mismo nombre723.

Ferrocarriles y galpón de la Estación Mapocho, durante la partida de los trenes del sistema eléctrico a Valparaíso implementado en 1924. Aunque eran menos pintorescos que las locomotoras a vapor, tenían la virtud de ser menos contaminantes y más eficientes. Imagen del Libro de los Expositores en Sevilla, del año 1929. 721 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 38). 722 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 38). 723 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 8687). Aún es posible encontrar restos de esa estación, de cabinas y de señales de luces en la retirada vía.

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Estación Mapocho en octubre de 1960, en fotografía publicitaria de la revista “En Viaje”. Por su posición y ángulo, la imagen podría haber sido tomada desde la azotea del desaparecido edificio “El Buque”, que se encontraba haciendo esquina con Bandera entre las calles Balmaceda y General Mackenna.

Placas con las inscripciones en las columnas metálicas al interior de la Estación Mapocho, revelando su procedencia desde la sociedad anónima belga Haine Saint Pierre.

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Bosquejos en base a una fotografía de época, con las figuras artísticas que existían en la estación y que creemos de las deidades Ceres (o Deméter) y Mercurio (o Hermes).

Frontis y aleros de la Estación Mapocho con sus estacionamientos delanteros copados de pasajeros, en fotografía de la revista “En Viaje” de mayo de 1960. Pueden observarse los muchos vehículos particulares y taxis que constantemente iban a tomar o a dejar pasajeros.

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Aspecto interior de la Estación Mapocho, en imagen de 1962 de la revista “En Viaje”.

La vida en el ecosistema ferroviario Así sucedió que, desde entrada en uso la estación ferroviaria, la vida de Mapocho volvió a transformarse (o evolucionar, diríamos) en aspectos que han tenido ciertos rasgos definitivos para el barrio, o que incluso han trascendido al tiempo y al cierre de operaciones que afectó al hermoso edificio, pues sentaron líneas de identidad que no han podido cambiar para la vida en las riberas que ahora crecía alrededor del ferrocarril y del comercio abundante del mercado, los dos poderosos ejes de poder de la geopolítica de este lugar de la ciudad. Como hemos sugerido insistentemente, entonces, Mapocho se vuelve lo que es hoy con la habilitación de la estación de ferrocarriles. Hasta entonces, no constituía más que el vecindario del río, de los basurales, del Cal y Canto ausente y de los grandes mercados. De no haber llegado la mejora de la vía férrea con gran terminal propia, seguramente la iconografía se habría quedado en la imagen del corral de los carros del Ferrocarril Urbano y sus puentes mecano. Pero Estación Mapocho fue la nueva matriz cultural, convirtiéndolo en su barrio, por derecho propio, desde allí en adelante. El edificio original de la estación tenía ciertas diferencias con relación al aspecto que ofrece actualmente. Además de las evidentes modificaciones en las techumbres y cúpulas, hemos comentado que había a cada lado del conjunto de tres accesos en arco, pilastras con estatuas de proporción heroica y de evidente inspiración greco-

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románica, además de estructuras decorativas barrocas y filigranas en sus altas cornisas que tampoco existen ya. Por consiguiente, su presencia como pieza arquitectónica también fue determinante de la identidad del barrio pero sufriendo cambios sincrónicos con el mismo, como parte central del todo. El río se convirtió, con su presencia, en lugar de salida hacia la costa chilena (de zarpe, según nos parece) y en una ruta de vida fluyente entre el Barrio Mapocho y el resto del país. El Mapocho es, desde ese momento, equivalente a una vía fluvial que no se pierde misteriosamente hacia el poniente, sino una compañía en el camino del viajero que va o viene desde los puertos. Fue por eso que la estatua de Prat, en el faro de los Héroes de Iquique inaugurado tiempo después, apunta su mano en dirección al Oeste, desde allí casi al frente al Mercado Central, como buscando con su dedo el Sol de cada atardecer sobre la distante costa del Pacífico, el mismo mar de su epopeya724. A la sazón, por cierto, existía en la ciudad un interés aparentemente promovido por el alcalde Ismael Valdés Vergara, para crear grandes avenidas diagonales que cruzaran la ciudad facilitando las necesidades del transporte urbano. Muchos proyectos de este tipo se planificaron en la historia de Santiago pero, en el de este caso, una de estas diagonales partía desde la Alameda de las Delicias a la altura de la Iglesia del Carmen Alto y desembocaba en la desaparecida estación de Ñuñoa, coincidente en su inicio más o menos con la actual línea de Diagonal Paraguay, mientras que la otra estaba proyectada desde la Estación Mapocho hasta la Plaza Brasil, cruzando así el casco antiguo de la ciudad de Santiago725. Veremos pronto que la comunicación entre estos puntos y muchos otros estaba confiada a la red de los tranvías, que harían del Barrio Mapocho un sitio central de ida, vuelta o paso. 724 Este monumento creado por Carocca Laflor en base al diseño del arquitecto García Postigo, fue inaugurado en la antigua Plaza Venezuela en 1962, durante la alcaldía del ex Director de la Escuela Militar Coronel ® Ramón Álvarez Goldsack, y es el primero erigido en Santiago en homenaje a los héroes del 21 de mayo de 1879. Así, la plaza fue rebautizada Capitán Prat, allí entre Cardenal Caro y Valdés Vergara esquina 21 de Mayo, precisamente donde desemboca esta última calle hacia el Norte. A sus pies se realizan actos oficiales de conmemoración de la gesta de Iquique en la capital. El año 2003, se recuperó una vieja tradición: que el edil y el comandante del grupo pasaran a tomarse una chicha en cacho en “La Piojera” después de los actos. El faro o torre de roca verde tiene sus luces interiores encendidas durante la noche. El perímetro del monumento ha sido enrejado para mantener lejos a las vejigas imprudentes que lo apestaron con orines. En esta protección, los héroes de la “Esmeralda” han encontrado compañía en los varios gatitos callejeros que ahora viven y toman Sol cómodamente sobre sus bronces, colgando desde las formas del conjunto escultórico. 725 “La Arquitectura Moderna en Chile: El cambio de la arquitectura en la primera mitad del siglo XX. El rol de la organización gremial de los arquitectos (1907-1942) y el papel de las revistas de arquitectura (1913-1941)”, Max. E. Aguirre González – Miguel Ángel Baldellou Santolaria. Universidad Politécnica de Madrid, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Madrid, España -2004 (pág. 97).

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No todos quedaron conformes con el edificio de la estación en los años que siguieron, sin embargo. A decir verdad, muchos lo despreciaron, viéndolo como un símbolo consumado de manía europeísta nacional y de la falta de identidad propia en la arquitectura chilena, más aún cuando se le agregaron las instalaciones que dan a calle Balmaceda, destinadas a cuestiones administrativas. “Aquel armatoste de hierro retorcido semejaba un monstruo recostado sobre el gentío, sobre los viejos carros, sobre las máquinas eléctricas”, dijo de ella, por ejemplo, Armando Méndez Carrasco726. Y otro de los detractores más feroces, Joaquín Edwards Bello, no vaciló en declarar con inusitada soberbia en 1952: “La actual Estación Mapocho es un adefesio. En vez de demolerla, como pedí desde este Cuarto Poder, le han agregado otro edificio, condenado a morir como todo el conjunto, cuando aparezca un Haussmann chileno”727. Afortunadamente para la vida cultural del barrio, el ilustre cronista se equivocó quizás tanto en sus juicios como ciertamente en sus pronósticos, no obstante que la profecía de la destrucción de Estación Mapocho estuvo al borde, a un pelo de cumplirse, como veremos después. Y para mayor disgusto del fantasma de Edwards Bello en pena por el barrio, hasta le pusieron su nombre a una de las salas de exposiciones del actual centro cultural que ocupa el edificio, allí cerca de donde estaba la antigua gran boletería, en otra gran ironía del destino. En lo funcional, también apareció una notoria cantidad de industrias nuevas alrededor del barrio, evidentemente influidas tanto por los servicios de transportes como por el flujo del comercio, y que veremos en un capítulo especial pues aportaron mucho al aspecto moderno del sector Mapocho, acercándolo más al panorama que se observa en él hasta nuestros días. Benjamín Subercaseaux nos describe, sin embargo, cómo la Estación Mapocho era sólo una parte del influjo que irradiaba sobre la identidad del barrio, determinado también -o más bien, según él- por otros muchos elementos de menor elegancia pero mayor relevancia: “Mapocho es también un barrio ferroviario, por su estación. No obstante, este carácter no prima aquí como en la Estación Central o Alameda, que es La Estación por excelencia: bares casi metidos en la vía férrea y 726 “Chicago chico”, Armando Méndez Carrasco. Beuvedráis Editores, Santiago, Chile - 2007 (pág. 73). 727 “Nuevas Crónicas”, Joaquín Edwards Bello. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 2ª Edición, 1974 (pág. 131). La referencia al Barón Haussmann se debe al radical plan de renovación urbanística que implementó en París y que se convirtió en referente de imitación en varios otros países.

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palanqueros de gorras sebosas, ocultando a medias la cara maquillada por el carbón. Mapocho está más influenciado por su Mercado, la Vega, y esa primera cuadra de la calle Bandera atestada de gente en parranda que se pasea entre cabarets, bares y hoteles ambiguos”728. Tenga o no razón Subercaseaux en sus apreciaciones sobre el predominio del mercado y el comercio por sobre la terminal, es indudable que una interesante vitalidad gravitó alrededor de la estación-puerto junto al río, con sus propios personajes, conjeturas y motivaciones, además de una sintonía mutua de influencia entre los trenes y la cotidianeidad que determinaba esta punta de rieles. Desde nuestro punto de vista, los trenes afianzaron la característica del Mercado Central y La Vega como puntos de convergencia comercial en la ciudad de Santiago, especialmente en la mercadería procedente del puerto o por el camino que antes suplía la tortuosa carretera colonial de San Pablo. Sin embargo, el progreso también alentó ajustes urbanísticos que estaban pendientes. Así por ejemplo, en 1927 y para cumplir con la Ley de Canalización del Río Mapocho, se demolió parte de la estructura Norte del edificio del Mercado Central, hacia la zona donde ahora se encuentra la plaza. Al año siguiente, se abrió formalmente la gran avenida Presidente Balmaceda por el costado de la estación y absorbiendo el inicio de la calle Mapocho, quedando ambas vías separadas. Luego, por 1930, se realizó otra intervención frente al mercado, para ensanchar avenida General Mackenna y facilitar su conexión con Ismael Valdés Vergara729. Desde entonces, hubo acontecimientos alegres y célebres en la estación, en calidad de escenario privilegiado para las noticias de la ciudad, como el regreso de la tenista Anita Lizana el 11 de abril de 1937, con la medalla del top one tras participar en el campeonato de los Estados Unidos730. Como se trataba de una de las primeras campeonas chilenas y también una de las pioneras femeninas del deporte, fue recibida por multitudes de admiradores y fanáticos que la ovacionaron. Tanta o más alegría popular causó el arribo del cantante Jorge Negrete en Santiago en julio de 1946, cuando tres mil personas esperaban la llegada del astro mexicano 728 “Chile o una loca geografía”, Benjamín Subercaseaux. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1973, 15ª edición de la obra (pág. 104-105). En nuestro desmenuzado de Mapocho ofrecido al principio de este trabajo, los sectores señalados por Subercaseaux como los de mayor determinación en el mismo corresponderían a una parte de la ribera chimbera (La Vega Central), al vecindario del Mercado y al ex Barrio Chino, relegando a un lugar secundario el vecindario donde está la estación, curiosamente. 729 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 145). 730 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 6263).

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a las 15:00 horas, escoltándolo desde allí hasta el Hotel Carrera, donde otras tres mil almas más aguardaban para verlo731. Nueve años antes, había sucedido algo parecido con su compatriota el actor y también cantante José Mojica732, cuya primera pisada en la capital de Chile fue, precisamente, en el andén de la Estación Mapocho, como tantas otras visitas memorables. Pero parece ser que nada superó la expectación apoteósica generada por Negrete. Era tanta la importancia de los ferrocarriles en esos años sobre la vida y el curso de la propia historia nacional, que el gremio de los funcionarios llegó a tener gran injerencia en las cuestiones políticas, pues el sindicalismo y los peligros de las huelgas de los trenes podían ser decisivos para la armonía social chilena. Varios funcionarios de la Empresa de Ferrocarriles del Estado figuraban en movimientos y partidos políticos de la época, por lo mismo. En esa esplendorosa época de los ferrocarriles chilenos, además, se publicó una revista especialmente dirigida a los usuarios del servicio de trenes: “En Viaje”, nacida en 1933 y cuya sede editorial estaba también en la Estación Mapocho, en el primer piso de su edificio. Uno de sus directores más importantes fue Washington Espejo, a inicios de la década siguiente, y don Exequiel Fernández fue su Jefe de Imprenta. Luego destacó don Manuel Jofré Nachmann, quien asumió la dirección en 1953, tras un tiempo trabajando en ella como redactor733. La magnífica revista, que ha sido una fuente inagotable de información para nuestro trabajo, si bien tendía a reflejar la característica política de los gobiernos de cada época, tenía una orientación cultural y patrimonial notable, siendo redescubierta sólo en años más recientes, convertida ya casi en objeto de culto y de revisión. Otras destacadas figuras que trabajaron en el equipo editorial de esta revista fueron Oreste Plath, Antonio Acevedo Hernández, Oscar Vila Labra, Enrique Lihn, Sady Zañartu, Jorge Teillier, Juan Donoso, Poli Délano y Miguel Arteche. La última edición de tan extraordinaria obra, tal vez de las mejores que ha tenido Chile en su género, fue en julio de 1973 con el tiraje Nº 470, en los finales y más complicados meses del Gobierno de la Unidad Popular. Desgraciadamente, pereció de súbito, sofocada por las cuestiones políticas, la crisis económica y tras haber bajado notoriamente su calidad de impresión en los últimos ejemplares que se le vieron. En 1962, tendrá lugar en Chile el LXII Campeonato Mundial de Fútbol, evento que es recibido con una gran fiesta popular que incluyó magnas transformaciones para 731 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 71). 732 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 117). 733 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 696).

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la ciudad de Santiago en medio de la alegría y la expectación, como las ampliaciones del Estadio Nacional de Ñuñoa. En este ambiente y siendo el lugar que hemos descrito como de importante recepción para viajeros, la Estación Mapocho no pudo abstraerse de los preparativos y fue objeto de significativas renovaciones. Así celebraba “En Viaje” estos arreglos: “La estación Mapocho, como una niña pasada en años cualquiera, con esto del Campeonato Mundial de Fútbol, se puso una completa mano de pintura, que incluyó algunas de sus oficinas, el hall y boleterías, acicaló el pavimento y el enlosado del andén Nº 1, reacondicionó sus boleterías e iluminó a mercurio sus andenes, dejando el hall con una suave fluorescencia en acrílico. Acaba de cumplir 50 años y deleita desde ahora los oídos de los viajeros con instalación de parlantes de música en alta fidelidad, todo lo cual ha sido de visible agrado del público”734. Calderón recuerda también la presencia de comerciantes “charlatanes” que habían surgido en las puertas de la Estación Mapocho, “que ofrecían máquinas que pelarían papas en un santiamén, aceites y cremas que borrarían las manchas de la ropa, ralladores que vencerían la dureza de las zanahorias”. Había hierbateros y adivinos “mentalistas”, a veces acompañados de alguna serpiente “que dormía en una de esas maletas grandes que eran la bodega y, tal vez, el alojamiento de la pareja”. En los años setentas, la oferta de estos “charlatanes” era tecnológica, con productos “que llevó el hombre en su caminata a la luna”735, aunque nos parece que tal reputación no sería gran mérito a estas alturas, considerando que la NASA ha reconocido que sus astronautas han metido hasta licor en misiones espaciales. Finalmente, fue por este valor patrimonial de la Estación Mapocho (por sí misma y en el contexto del barrio como su símbolo) que sería declarada Monumento Histórico Nacional, por Decreto N° 1.290 del 30 diciembre de 1976. Empero, veremos que esto no la salvó de su clausura como terminal, misma que casi la empujaría al destino de convertirse en una pila de escombros arrojados a las aguas del río para complacer esta clase de apetitos inmobiliarios e ingenieriles que han amenazado varias veces por estas mismas cuadras, como ocurrió también al mercado de La Vega, al popular boliche de “La Piojera” y a otros sitios del mismo barrio o bien cercanos, como la centenaria cancha de tenis del International Sporting Club en Bellavista con Loreto y hasta la Población Manuel Montt de Independencia, que fuera amenazada por el proyecto original de la Costanera Norte que pretendía pasar su trazado por este histórico sitio en Vivaceta. 734 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 345, julio de 1962, Santiago, Chile, sección “Calidoscopio”. 735 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 81).

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Vista al Norponiente del Barrio Mapocho, hacia 1920. Se observa la estación, la Plaza Venezuela con muchos más árboles que hoy, la garita, el puente y, al extremo derecho, el del Instituto de Higiene y la neogótica Parroquia Carmelita del Santo Niño de Praga.

Un territorio de tranvías La acentuada presencia de un enérgico sistema de tranvías en Barrio Mapocho, formando parte de la vida en el entorno del ambiente ferroviario que hemos descrito, fue consecuencia y testimonio del progreso tecnológico y del desarrollo de Santiago en los mismos días por los que paseamos hasta este punto. Por la relevancia del Mercado Central y la Estación Mapocho, además de las conexiones con la avenida Independencia, el barrio ribereño constituyó un pivote de importancia vital en el circuito del transporte capitalino; un eslabón de la ciudad desde la introducción de los mencionados “carros de sangre” fabricados en los Estados Unidos, hacia mediados del siglo XIX aproximadamente. Se nos hace necesario retroceder un poco también aquí: debe recordarse que la primera línea de tranvías de Santiago se habilitó en 1858 entre la Estación Central y la Universidad de Chile, funcionando desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche y con salidas cada 15 minutos. Amplió después su recorrido por Ahumada, Estado y la Plaza de la Independencia (hoy de Armas), cerca de una década más tarde736. Y un virtual monopolio del transporte de estos tranvías 736 “Reseña de la colonización en Chile”, René A. Peri Fagerstrom. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1989 (pág. 83).

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primitivos en la capital quedó en manos de la Compañía del Ferrocarril Urbano que, como hemos visto, tendría sus talleres y corrales en la ribera Norte del río. Vicuña Mackenna dejó testimonio de cómo esta compañía había recibido concesiones de terrenos como trueque, con la condición “de llenar un foso considerable a la espalda del Mercado Central” que había allí donde la empresa depositaría por entonces sus carros. El trabajo le habría costado más de mil pesos por no tener escombros para completar el relleno, pero durante su intendencia se ofreció hacerlo por la mitad valiéndose de los restos del antiguo claustro de los jesuitas que sería demolido y cuyas ruinas sólo dificultaban la construcción del Congreso de Santiago y afeaban ese lado de la ciudad en calles Bandera y Catedral. Este dinero obtenido con los trabajos, Vicuña Mackenna lo aprovechó para inyectar más recursos a los costosos trabajos de creación de su anhelado paseo en el Cerro Santa Lucía737. La extensión de la red tranviaria se inició justo en esa época, por ahí entre 1867 y 1872, con dos estaciones terminales en Estación Central y otra por el Matadero. Sin embargo, Barrio Mapocho quedó estacado ya entonces como punto destinado a ser primario en su calidad de lugar de enlace, a pesar de que faltaban todavía 40 años para la construcción de su estación y cuando esta red no incluía aún las posteriores líneas del lado de La Chimba. La inauguración de las prolongaciones a inicios de 1873, fue celebrada así por el periódico porteño “The Valparaíso and the West Coast Mail”, según recopila Luis Ortega Martínez: “La unión de los dos tranvías tuvo lugar el día 1 de este mes, y desde ahora los pasajeros son transportados desde el Mercado Central hasta la estación del ferrocarril por cinco centavos”738. Y si alguien supone que el problema de la congestión, los riesgos y el hacinamiento casi estilo lata de sardinas que se vive hoy en los transportes públicos es una calamidad de factura reciente, póngase atención a estas otras líneas que son transcritas por el mismo periódico, el 1º de febrero siguiente: “(Conducen) cocheros que habitualmente son muy descuidados y que a menudo arriesgan la integridad física y la vida de los pasajeros con su inconsciencia. Otra queja es la cantidad excesiva de pasajeros que 737 “El paseo de Santa Lucía, lo que es i lo que deberá ser. Segunda memoria de los trabajos ejecutados desde el 10 de septiembre de 1872 al 15 de marzo del presente año”, presentada a la Comisión Directiva del Paseo por el Intendente de Santiago (Benjamín Vicuña Mackenna). Imprenta de la Librería del Mercurio de Tornero y Garfias, Santiago, Chile – 1873 (pág. 53-54). 738 “Chile en ruta al capitalismo: Cambio, euforia y depresión. 1850-1880”, Luis Ortega Martínez. Lom Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 157).

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admiten los conductores, quienes parecen creer que nunca pueden subir suficientes pasajeros a los carros”739. Nadie estaba libre de estos peligros del nuevo transporte, calamidad que duró por varios años más y que la comunidad mapochina tuvo ocasión de experimentar de cerca en más de una ocasión, perdiendo a algunos de sus mejores y más queridos integrantes bajo las ruedas de los ruidosos carros del transporte. La noche del 8 de diciembre de 1926, por ejemplo, murió atropellado por un tranvía de Providencia don Agustín Gómez García quien, como vimos, fue fundador del mercado de La Vega Central740. Otro personaje local fallecido de la misma forma fue Jorge Abril, uno de los grandes cantantes bohemios chilenos y activo artista del cabaret “Zeppelin”, arrollado en la cuadra del 700 de calle Bandera bajo un acoplado que unía Independencia con Barrio Matadero741. En fin: mucha gente murió de esa trágica manera o quedó gravemente herida y mutilada por este tipo de accidentes. Para 1890, existían 14 recorridos de estos carros, con cerca de 200 vehículos en total742 y en aumento. Con todos sus defectos y problemas (y probablemente sin superarlos jamás), el sistema fue cambiando y renovado con el advenimiento de nuevas tecnologías, especialmente después de la llegada de los tranvías eléctricos. “El 14 de marzo de 1900 –escribe Edwards Bello- fue visto el primer tranvía eléctrico; tenía ocho metros de largo, cabida para treinta y seis personas; pintado de azul oscuro con ribetes dorados, en diez resortes; bajo el manubrio se leían las instrucciones: Adelante, Atrás, Parar. Una palanca y campana de bronce; en los costados se leía la marca de la ciudad: Mapocho”743. 739 “Chile en ruta al capitalismo: Cambio, euforia y depresión. 1850-1880”, Luis Ortega Martínez. Lom Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 157). Aparentemente, entonces, el primer Transantiago de nuestra historia fue la introducción misma del sistema am