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Junio y Julio de 2012 路 ISSN 0719-2258

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$500


Los pelos de hoy

editorial

La sugestión de un pelo perdido en un peina revolución nueva La Batalla contra la Delincuencia Casus belli Cuidado, mi teniente Chica alternativa Renacer Cantabit, vacuus coram, latrone viator Al fin te libraste de la enfermedad más exten VHB Oda a las Ferias Libres de Talcahuano Los tipos son muy malos para el golf El desaliento Cárcamo Se sabía en todo el pueblo que aquella noche Nos queda la esperanza San Pedro de la Paz Mamacita El deseo es un acto sobrehumano Café en casa Recuerdo Libre Braille El último de los príncipes azules La renuncia como práctica de la libertad La tarde del 21 Discurso de inauguración de la farándula lite

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Diseño de portada: Pawel Kuczynski Diseño del logo: Camila Albarrán

UN PELO PERDIDO

Revista literaria de Concepción, Chile. Estrenada en junio de 2012. Fundada para quebrar a la élite intelectual y convertirse en la feria del trueque oficial de todos quienes quieran dar o recibir literatura. unpeloperdido@gmail.com · facebook.com/unpeloperdido Creada por Cristóbal Araneda Acuña 2 | UN PELO PERDIDO

Camilo Torres Rojas

Es tiempo de vencer al amor, acabar con él, destrozarlo hasta más no poder, y ser capaz, sin embargo, de amar. Es tiempo de acabar con el tiempo, matar cada reloj de la casa, apagar cada alarma, quemar cada agenda y recordatorio, y ser capaz, a pesar de todo. Es tiempo de rozar lo temible, desentrañar el misterio, correr a su casa y gritar como loco. Es tiempo de acabar con las cadenas desenmarañarlas brutalmente, morder la llave hasta hacerla irreconocible. Es tiempo de volverme miserable en lo que escribo, de despegar desde los matorrales de la colina, azotar el compromiso, pisotearlo. Es tiempo de ser polen, andar de planta en planta, sin apropiarse de ninguna raíz en lo posible. Es momento de convertirme en árbol, de ser sabia, digo, saliva, hacerle un K.O. a la nube, darle un puñetazo al poste cada noche. Es tiempo, oh Júpiter, de sentarse como uno quiera, de relajarse en el estrado, de fugarse de la libertad e ir a la cárcel que esconde, silenciosamente, en sus subterráneos y recónditos pasillos, la más lustrosa, anhelada, y concupiscente. comité editorial Miguel Piñera · Roberto G. Bolaño(s) · Alfredo Lamadrid · Stephen Hawking · Nelson Acosta difusión Camila Albarrán · David Chandía · Victoria Medina · Felipe Méndez · Yessenia Lin · y todos quienes difundieron nuestro proyecto por blogs, voz, facebook, twitter, señales de humo, clave morse y tantos otros medios. Información sobre licencias en la página 27. Primer número parcialmente apoyado con fondos de la Dirección de Extensión de la Universidad de Concepción.


La sugestión de un pelo perdido en un peinado que de otra forma hubiese sido perfecto Él tiene una bomba en su auto. Lo enciende – el auto explota. Sale del auto. Abre el capó y hace una inspección superficial. Cierra el capó y vuelve al auto. Lo enciende. El auto explota. Sale del auto y cierra la puerta de golpe, enfadado. Patea el neumático. Se saca la chaqueta y se mete bajo el chasis. Se asoma. Se desliza afuera y se limpia la grasa de su polera. Se pone la chaqueta. Entra en el auto. Lo enciende. El auto explota, proyectando chatarra por los aires y destrozando todas las ventanas en varias manzanas a la redonda. Sale del auto y maldice. Llama a un servicio de remolque. Les da su número de miembro de la AAA. Remolcan el auto a una estación Exxon. El mecánico entra y lo enciende. El auto explota, demoliendo las fuentes de gas; el logo rojo y azul de Exxon que preside la estación queda como un globo colgado de un alambre. El mecánico sale. “Usted tiene una bomba en su auto”, dice. El hombre pone los ojos en blanco. “Eso ya lo sé”, responde.

Por Mark Leyner. Título original: “The Suggestiveness Of One Stray Hair In An Otherwise Perfect Coiffure”.

Traducción libre de Cristóbal Araneda. Publicado en la colección de microcuentos «My Cousin, My Gastroenterologist» (Harmony; 1990) y reproducido aquí descaradamente sin permiso del autor, al que nos fue imposible contactar. Parece que es uno de esos yankies ermitaños paranoicos que no gustan dejar rastros en el internet. Pero aquí está nuestro homenaje, Mark. A ver si alguna editorial chilena se anima a publicarte.

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revolución nueva La Sebastián Gayoso H.

Los ojos se abren con gran ruido. Se alza la pantalla de un portátil, una cámara revisa las pilas de su reportero gráfico en la calle cada vez se ve menos el viento ya no hay ráfagas que disipen el gas ni esquinas con espacio para más uniformados. Y antes que el primer rugir de un arma se haga sentir una mano ágil lanza un twitteo feroz. Los encapuchados reciben los mandatos de arriba listos para la orden y patria y los carabineros enlistan sus ondas y pancartas exigiendo igualdad y una termoeléctricas sin ciudades o el amor sin fines de lucro y al servicio del pueblo. Ya no hay más tiempo y todos juntos salen al paso y se encuentran y siguen su camino y aquí no ha pasado nada más que una marcha, sin heridos, sólo piedras sólo posteos bandoleros y destrozos en la red social y un señor con corbata jugando a ser revolucionario y guerrilleros con pecas usando mal un lema en el borde de una triste y gastada moneda de cien pesos. Y ya es tarde y tengo frío y nada de plata para volver, sólo una piedra que no usé y un lema tatuado en el alma ¡Ave Cesar, morituri te salutant!

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La carrera iniciada cuadras antes Rodrigo Castillo J. frente a la galería Giacaman Batalla contra la terminó abruptamente cuando el Delincuencia Estado de Chile, representado en la gallarda figura de un carabinero raso, se lanzó directamente a las piernas de la Delincuencia, un lanza raquítico y moreno, mandándolo directamente al suelo. En una fracción de segundo, pasó la manga verde por su frente para secar las gotas que coronaban su frente de forma gloriosa, y dio vuelta al malhechor para ver su rostro. Su actitud triunfal y su autoridad se esfumaron cuando al reconocer la cara de su vecino, exclamó: ¿Alexis? ¿Qué hueá hermano?

Ricardo Farrugia La diplomacia se había extraviado Casus Belli en alguno de los tantos papeles

grises que comprometían a las naciones; y de facto la guerra estaba en el umbral de las fronteras con su acecho de muerte, se acuartelaban soldados, carros de guerra, aeronaves y artilleros, todo listo para la persecución de la vida y sus colores. Se acondicionaron los fusiles con pólvoras, gritos de niños y desgarros del alma, aún en el silencio el metal vibraba como anunciándose, los fusiles con sus ojos grises no desfijaron su puntería solo se oyó el ¡BAM! Y sopló el acero con la resonancia de mil disparos, tú no pensaste, jamás lo hiciste, ni siquiera dudaste en disparar, tu voz cayó como los abismos caen en los precipicios y estalló la guerra: ¡Quiero el divorcio! UN PELO PERDIDO | 5


Cuidado, mi teniente Gonzalo Vilo

El camión del ejército se detuvo justo al pie de una pequeña loma, cerca de una extraña roca, donde había algunos huesos de animales alrededor. De inmediato, desde la parte de atrás, saltaron tres soldados, todos ellos muy jóvenes, y luego, desde adelante, abrió la puerta un cuarto, aunque éste era más maduro que los anteriores. No se veía a nadie por ninguna parte y el silencio sólo era interrumpido de vez en cuando por el grito de alguna ave a la distancia. El que no era tan joven encendió un cigarrillo, y dejó que los soldados sacaran todas las herramientas y la madera del camión. Se quedó observándolos por algunos minutos (sus rostros adormilados le enojaban muchísimo) y luego, una vez que los soldados bajaron la carga, observó como el camión se ponía en marcha y se alejaba de ellos y del lugar. Con tranquilidad miró hacia su derecha. Todo estaba rodeado por grandes lomas que convertían aquel terreno en una base inexpugnable. Eligió una, las más limpia, y ahí se quedó, con la vista clavada en ella. De pronto, sacó una libreta pequeña y anotó algunas palabras, y entonces se volvió a mirar a sus soldados. Con la mano que aun sostenía el lápiz, les indicó el lugar que había escogido. –Tomen las palas que están en el bolso grande – ordenó de inmediato. –Síganme, vamos a cavar de una vez ese cagadero de mierda. Los tres soldados se miraron y levantaron las cejas. Gotitas de sudor aparecieron por sus cuellos y frentes. –Rápido, rápido, rápido –apuró. –¿Qué están esperando? Esa hueá no se va a hacer sola. Subieron al trote. Apenas llegaron a la loma, los muchachos comenzaron a cavar con gran empeño. El hombre de vez en cuando los molestaba para que se apresuraran, aunque casi todo el tiempo se mantuvo en silencio, sumido en sus importantes cavilaciones. Cuando al fin la excavación alcanzó la profundidad que él deseaba, los rostros sucios y sudorosos de los tres jóvenes se dirigieron a él –Moreno, Martínez, Salas, salgan de allí –les gritó. –Ahora hay que armar el famoso cagadero, vamos, rápido. Moreno, Martínez y Salas salieron de la excavación y bajaron hacia donde habían dejado la madera y las herramientas. Fueron en silencio y con el ceño fruncido. Entre ellos se escuchaba uno que otro resoplido. Salas incluso miró al cielo y negó con la cabeza. 6 | UN PELO PERDIDO

–Es para hoy eso sí –protestó enérgico el hombre. –Apúrense, trío de hueones. Durante tres largas horas no se oyó en aquella loma más que el sonido de los serruchos y los martillazos. Fue un trabajo arduo, pero una vez que colocaron el armatoste encima de la excavación, el rostro de los tres muchachos cambió, notándose al fin algo de alivio y alegría en ellos. –Cuando bajemos –les propuso el oficial– quiero que vayan a buscar leña, vamos a tener rancho antes de irnos a dormir. –Sí mi teniente –respondieron los tres al unísono. El fuego lo hicieron rápido, y alrededor de aquella llamarada los cuatro se pusieron a comer. Cada uno tenía sobre sus tachos de metal algo de carne, y la devoraron con gran apetito mientras miraban arder la fogata. El hombre, quien ya había terminado con sus cálculos y preparativos, observaba con atención los rostros de aquellos jóvenes. –Oye rucio –se dirigió a Moreno. –¿Habiai tirado tanta pala antes? El muchacho bajo la vista y miró sus manos ahora callosas. Luego volvió a dirigir la vista hacia el oficial –No mi teniente, primera vez. El hombre entonces sonrió y siguió comiendo. De pronto, Martínez pidió permiso para levantarse. Con mucho cuidado se abrió paso entre las piernas de los otros soldados, cuidándose de no pisar la fogata, y se metió dentro de la tienda de campaña. Estuvo algunos segundos allí, hasta que finalmente volvió con un tacho lleno hasta el borde, y del cual bebió con clara avidez. El rucio lo miró, y Martínez le guiñó un ojo. –¿Cuánto tiempo vamos a estar en campaña mi teniente? –preguntó Salas. –¿Dos semanas o más? –Lo más probable es que no sean más de dos semanas chico –respondió el hombre, echándose un pedazo de carne a la boca. –Deberíamos estar más tiempo, pero… –Oiga mi teniente –interrumpió de pronto Martínez. –Pero… ¿alguna vez ha ocurrido aquí algún…. accidente? Moreno y Salas lo miraron enseguida. Luego observaron al teniente. Moreno tosió y dejó su plato a un lado para meterse en la tienda de campaña. –¿Cómo… un accidente? –preguntó el oficial extrañado. –No te entiendo. –Algún accidente con armas –aclaró Martínez. –O algo parecido. –Ehhhh –trató de recordar el hombre. –Cuando estuve en Calama, a un pelao como ustedes le explotó una granada en la mano y… El teniente, sin embargo, se distrajo al ver que


Moreno regresaba a la fogata con otro tacho de agua en su mano. –Mhhhh... oye rucio, trajiste agua –exclamó. –Que bueno, tengo una sed terrible. Con un movimiento ágil, el hombre se levantó y dio unos pasos en dirección a la tienda de campaña. Al verlo, los tres muchachos comenzaron a hacerse gestos y a moverse con inquietud. Salas incluso le dio un golpe con su puño al brazo de Martínez –Mi teniente –reaccionó este último. –No se levante, yo se la traigo. –Muy bien –agradeció el otro. –Muy bien, gracias, soldado. Martínez se demoró un poco, pero luego llego con un tacho lleno de agua y se lo dio al teniente. Este, después de beber dos largos sorbos, miró a los tres jóvenes y sonrió, como si se hubiera acordado de un chiste. –Espero que ustedes y el resto de la sección –advirtió– aprendan algo en estas semanas de instrucción, porque hasta el momento no han hecho más que dejarme mal con mi capitán Flores. Salas y Martínez se miraron y subieron las cejas. Moreno se quedó con la vista fija en una cicatriz reciente que tenía en su brazo izquierdo y no levantó la cabeza. –Jajajaja –rió de pronto Martínez. –Me acuerdo de la primera semana en el regimiento, muy bonita. –Sí – apoyó Salas. –Imposible olvidarla.

El hombre se sonrió.

–Eran muy re hueones –agregó. –Ni siquiera sabían formarse. –Sí, jajajaja…me acuerdo de eso –reconoció Salas, que miraba a Martínez. –Éramos muy pájaros. –Pájaros, jajaj, sí –le contestó éste, guiñándole un ojo. –Pero al menos ahora ya nos estamos avivando, ¿o no, cabros? El teniente iba a sonreír también, pero algo en ese instante pareció inquietarlo. Un dolor repentino, extraño, sacudió su pecho y luego su estómago, un pinchazo agudo. Su rostro cambio de inmediato, y se quedó con la vista fija en el tacho con agua. –Esa semana le tomamos el gusto a la tierra –prosiguió Martínez, sin preocuparse ya de su oficial. –Parecíamos gusanos, culebras arrastrándose por el desierto. –Jajajaa –rió Salas. –Culebras, sí…. nos arrastrábamos muy bien, jajajaj…. sí, la raja.

entonces se dirigió a Moreno, quien hacia rodar una piedrecita entre sus dedos. –Rucio –le dijo pasándole su tacho–, anda a traerte más…. “agüita”, jajaja. Moreno, sin embargo, se quedó inmóvil y apretó su tacho con todas sus fuerzas. Al final Martínez tuvo que levantarse y volver con su tacho y una botella de pisco. El hombre, entretanto, sentía los ojos cada vez más pesados y el cuerpo lánguido. Tenía ganas de decir algo, de gritar, pero su lengua estaba adormecida y paralizada. –¿Cómo estaba la agüita mi teniente? –le preguntó Martínez mientras se servía un poco de pisco. –¿Taba rica? Salas y él rieron. –Rucio –exclamó de pronto Salas. –Despierta y anda a traerte el bolso de las herramientas. –Si poh –apoyó Martínez. –Este hueón ya se está quedando dormido. Moreno fue a paso lento. Al volver, Salas y Martínez lo estaban esperando de pie y frotándose las manos. El muchacho entonces abrió el bolso y lo primero que sacaron sus compañeros fue un serrucho y un martillo. Los dos se quedaron allí, riéndose como niños. Moreno los observó, pero no quiso sacar nada. Había lágrimas en sus ojos, las que se secó con el puño de la camisa. –Oye hueón –lo llamó Martínez. –Saca algo. –No… no sé –respondió Moreno. –No quiero… –No seai ahueonao –lo increpó Salas. –Voh soi el que más derecho tení de los tres, dale hueón. –No, mejor no. –Ahh, ándate a la chucha –le gritó finalmente Salas. –Hace lo que querai, me da lo mismo. Salas entonces tomó las dos manos del teniente y miró a Martínez. –Ya hueón –le dijo. –Voh lo agarrai de las patas y lo subimos, no creo que este tan pesao el culiao. –Dale –le respondió el otro tomando uno de los pies del teniente. –Demás que lo subimos allá arriba. Sin mucha dificultad, cargaron ambos el cuerpo del teniente y se echaron sobre sus espaldas un saco con las herramientas. Salas comenzó a cantar el himno de la infantería y Martínez lo siguió con entusiasmo.

Los dos ya se lo sabían de memoria.

El hombre comenzó a observarlos con detención. Sus ojos ahora se veían medio desorbitados y ni un solo músculo de su rostro se movía. Apenas respiraba. Martínez UN PELO PERDIDO | 7


Renacer Chica alternativa

Javier Díaz S.

Francisco Valenzuela S.

Siempre pensé que la vida era como el viaje en la jaula

Silba en sus pensamientos con ojos sellados retumbantes consciente de que todo ajeno la mira y la posee en la distancia. Luces RAVE adoran su estampa a puros flashes de pasarela rayos incandescentes que cortan su cuerpo y detienen por instantes al tiempo Dos Conver’s grisáceas gastadas difuminadas en el verde se develan a piso las insignes zapatillas de la juventud se doblan y desdoblan sobre su base

ver nuevamente la luz. Pero sin darte cuenta cómo,

Pantis negras ajustadas sostienen su éxtasis bajo un tronco de finas aristas contorneantes

editorial. Por eso quise volver a la garganta del mundo, aquí

revestidas

y tarjadas

al fondo de la mina. Añoraba -en la boca carboníferainfinitamente volvías una y otra vez al feliz tormento, en un interminable subir y bajar a las entrañas de la tierra. Aunque tuve la oportunidad de alejarme para siempre de esta tortura imperecedera, preferí volver a enterrarme en Lota, como mis hermanos, mi padre, el suyo y los que vinieron antes de ellos. Doce meses en Santiago bastaron para mí. ¡Tanta gente que pasaba bajo un cielo gris con las caras insomnes sin saber dónde iban! Allá los libros fueron mi viaje a otros mundos, la escritura mi válvula de escape y las tabernas mi único sosiego. La cama del conventillo estudiantil nunca me devolvió las fuerzas necesarias para calmar el hambre y mis sueños de poeta murieron en vitrinas donde los libros no eran más que un negocio donde el sol no es más que una ilusión momentánea, pero al menos existe. Porque aquí dentro todo parece vigilia. El sueño que solía confundirse entre los antiguos compañeros

por franjas horizontales de rojo y blanco alternado Hebras y esmaltes destellan (con teñido sintético) el mismo escarlata que quema sus labios misma explosión que consume ritmos vibraciones, danzas de su perímetro

de las camas calientes, también era el que acompañaba

Espejismo hipérbole reboso inconsciencia cómo no transgredirte, cómo no agitar tus vacíos, tus insidias, tus llamados, tus giros, tus modernismos, tus bailes, tu Pop comercial.

robustos frente a los filones. El Sindicato Nº 6 todavía se

mi trayecto desde Lota Alto a los pabellones. En largas caminatas por Playa Blanca observando a la distancia las luces de Coronel, iba imaginando historias, recitando versos del poeta de Lebu, recordando los cuentos de Baldomero. Porque en esos tiempos Lota estaba viva, la mina estaba viva respirando con su boca abierta al Océano. Los mineros, tiznados de carbón y esperanza, aún agitaban sus brazos mostraba imponente y sus voces retumbaban enormes en todo Chile. Pero mientras eso ocurría, el país se retorcía amodorrado en intereses extranjeros y el carbón no era parte de la alquimia dólar. Fueron quedando las ropas de los obreros colgadas como trozos de carne seca y los cascos se opacaban cuál calaveras anónimas. La democracia de consensos veló la utopía de los lotinos mientras las flores del Parque Isidora Goyenechea se mostraban menos luminosas

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«Para levantar un peso tan abrumador, Sísifo, sería menester tu coraje» -- Charles Baudelaire porque muy abajo la mina comenzaba a secarse, a dormirse. En las quebradas, las casuchas aparecían descalzas y frías de insomnio con pequeños que veían convertirse el pan en piedras de lucha; donde niños y abuelos, hombres y mujeres se vestían de protesta en las calles de la ciudad para señalar que no estaban muertos. Nubes de espanto y promesas de hambre silenciaban los murmullos místicos en el interior de la Iglesia de San Matías Apóstol mientras los prostíbulos buscaban el desierto y el cobre para iluminar las sonrisas explotadas del dinero mineral. El bar ‘La Periquita’ -tan oscuro y lóbrego como los pasillos del Chiflón- se convirtió en mi confesionario, lleno de amigables sombras parroquianas que se retorcían felices de recuerdos mineros. Y así nos fuimos quedando solos, enterrados más que nunca como cuervos negros en busca de nuestros propios cadáveres. Sin embargo, a pesar de todo, seguíamos bajando una y otra vez al margen de la ley, en el abismo de la vida. Entre estertores de cordura seguimos trabajando para acortar el camino al cementerio. ¿Qué era nuestra vida sino un constante subir y bajar del cielo al infierno? Cuando cerraron definitivamente los pulmones de Lota, la tierra - aquí dentro - dejó de respirar. Y yo me quedé aquí abajo escribiendo el final de mi propio cuento. Por ello no me importó el oír como gritaban desde afuera implorando a que saliera que estaba loco que iba a morir yo preferí purificarme aquí mientras se desmoronaba mi tumba poco a poco acá abajo oculto entre las sombras cantando junto a mis camaradas muertos como mis hermanos mi padre el suyo y los antecesores a él… ¡Los mineros queremos honrar!... (comienzan a caer las carnes negras)… ¡al que sigue la dura labor! … (ya se desploma esa viga)…¡de extraer desde el fondo del mar! …(ya comienza a entrar el agua)… ¡el carbón, el carbón, el carbón! El Sol, Quilpué, 2012.

Cantabit, vacuus coram, latrone viator* Por Eliecer Cabrera.

Dios ha muerto. ¿Quién podría remplazarlo? El poeta, es un pequeño DIOS. Dios ha muerto. ¿Quién podría remplazarlo? El poeta, es un humano -con un ligero problema - EXISTENCIAL. Dios ha muerto. ¿Quien podría remplazarlo? El poeta, es Un becerro buscando: Retour à la Croix-. Dios ha muerto. ¿Quien podría remplazarlo? El poeta, resulto no-ser. Más que, un mamífero feo, hediondo y chico. El poeta hoy, se pregunta: To be, or not to be? Si lo es, entonces, ya lo fue. Si no lo es, Dios ha muerto. ¿Y ahora? ¿Quién podría remplazarlo? «¡ANIMALES DE LA GRANJA! Si logramos elevar al poeta hasta la divinidad, más fácil será cecinarlo. » --George Orwell. * «El viajero que no lleva nada cantará en la cara del ladrón.» -- Décimo Junio Juvenal (60-128)

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Al fin te libraste de la enfermedad más extendida del siglo XXI Anónimx

Terminas la conversación con una sonrisa y una palmadita en la espalda, sales de la facultad con la mochila al hombro, siempre la mochila, notas el calor en tu rostro, te sientas en el pasto, te sacas la mochila, la abres, buscas en su interior, pero hay tantos papeles, tantos boletines, panfletos, fanzines, son tantos, los leíste todos y ya ni te acuerdas de lo que dicen, pero si te acuerdas de Valeria, de sus labios, de esa noche sobre la mesa, gástame los labios, te dijo una vez, y tu quedaste tonto, con las medias pepas, de una sola pieza, entonces te duele recordar tanto y piensas que el problema fue que no fueron solo los labios, sino que la gastaste entera. Sigues buscando entre los papeles, panfletos, boletines, ¿dónde dejaste ese cigarro? Arrugadísimo, el último de todos, en el fondo, busca bien. Recuerdas a tu madre, las cosas se buscan con los ojos y con las manos, dijo una vez con un cuchillo en la mano derecha y una cuchara en la izquierda. Buscas con los ojos, buscas con las manos, sientes con la yema de tus dedos el cilindro arrugado en el fondo de tu mochila vieja, azul y sucia, ¿cuando fue la última vez que la lavaste? Te lo fumas, te lo aspiras, te lo metes muy dentro de la boca, lo agarras con los dientes, con tus ansias, con tus labios, estas esperando las doce, el pasto esta húmedo, tienes el culo mojado, te pones la mochila, te paras, te sientas en una banca, el cigarro se acabó, con un par de suspiros cruzas tus piernas y miras a la gente mientras esperas las campanas, algo te molesta, siempre la mochila, te la sacas, la pones entre tus piernas, entonces el campanil, entonces las campanadas grabadas, entonces mueves la cabeza con la melodía, la silbas, pero te das cuenta que está tan trilladísima esa melodía y te ríes por la forma circular y achatada que a veces adquiere la rutina. Te paras, pero sientes que algo te falta, la mochila, siempre la mochila, te la pones, caminas hacia el foro y ahí esta la gente apelotonándose, buscando la sombra, el sol chamuscando tus pestañas, encuentras una sombra, encuentras al Juanjo con su cámara al hombro, con sus ojos atentos, sus ojos de voyerista -protesta, con su clicks y sus maneras fotográficas destilando de los párpados. Conversas un rato con el Juanjo y te das cuenta de lo bonito que esta el día y él te muestra unas fotos. Te gusta esa, aunque esa otra tiene mejores colores, rojos, amarillos y verdes en las esquinas de la pantalla, ¿y ésta?, la miras y te gusta mucho esa. 10 | UN PELO PERDIDO

Das un vistazo al foro, hay una mujer con una bandera negra, negrísima, no sabes si es linda por la bandera o por su rostro que se confunde con el viento, con el sol que te calienta las pupilas, tan negra la bandera, esta en la punta del foro, tan negro su cabello, arriba, con su bandera flameando. Mira que linda la fotografía Juanjo, que bella esa mujer, la de la bandera, ahí, arriba, en la esquina, ¿la viste?, ¿no?, a ver, pásame la cámara. ¡Click! Mírala, esa es. Ah, te dice el Juanjo, que linda la chiquilla. Llegan los de historia, cantando: Ooo... tenemos aguante, somo’ historia, ¡puros piantes! Llegan los de educación: Lucha, conciencia y organización, ¡Facultad de Educación! Llegan más gritos, más pancartas arrugadas, más lienzos, más mujeres, más tambores, más sonidos que se confunden y se funden, sonidos que hacen una sola melodía gastada y alargada, entonces escuchas que alguien comenta que hoy va quedar la cagada en la U y sonríes por la forma ovalada que a veces toma el rumbo de las protestas. Esperas hasta que parte la marcha y te acoplas tan naturalmente, eres un líquido escurriendo por esa aceitosa fila de personas que sudan, que transpiran bajo el sol, te acoplas a esa mancha larga de colores que avanza por el pavimento y te das cuenta de que hay tantos perros marchando, ladrándole a los autos, a los pacos, a los que caminan en dirección contraria y te preguntas si el quiltro chileno tendrá una dimensión subversiva por naturaleza, si sus ladridos querrán decir algo, si el vaivén de sus colas transmite algún mensaje que guarda el secreto de la desobediencia mamífera y entonces te ríes por la increíble sugestión que produce la densidad calurosa de las masas apelotonadas. Miras a tu alrededor, algunas caras conocidas, esa niña estaba ebria el otro día detrás de la Pinacoteca, te acuerdas tan bien de su boquita roja por el vino, de su lengua buscando la ultima gota de la caja, te acuerdas tan bien de la etílica consecuencia de un viernes por la noche. Ese otro lo conociste en los pastos, te fumaste un cuete con él y recuerdas que se reía tan rápido que te mareaba, porque los pitos a ti te desaceleran las maneras, te ponen lenta la mandíbula, te difuminan las formas apresuradas que guardas en la cabeza. Y por tu cabeza de nuevo Valeria y sus labios pronunciando cualquier cosa, gástame los labios, entonces te asustas de que los recuerdos se te gasten, que tu


memoria expire de tanto recordarla, de tanto repetirla en las esquinas de tu vida y prefieres pensar en otra cosa, y en lo único que piensas es en: El increíble retumbar de las multitudes La multitud retumbando increíblemente El retumbar increíble y multitudinario La vibración de los gritos se deposita en tus orejas, son bombas en tus oídos. Diez mil voces cantando al unísono, te imaginas el número, 10 veces mil, pero no eres bueno con los números y desistes para escuchar ese vibrato enorme de palabras acumuladas en esas diez 1000 gargantas que avanzan por la costra de pavimento, por ese Concepciónconcreto, ese Concepción-cemento, ese Concepciónprotesta, de los adictos a la sopaipilla y el aguarrás. Entonces te miras las manos y sonríes al ver tu puño alzado y sentir la forma elíptica que adquieren los momentos abrigados por el increíble retumbar de las multitudes o la multitud retumbando increiblemen... Y la marcha llega hasta la Universidad nuevamente, a estas alturas tu eres la marcha o viceversa, da lo mismo, algo te molesta, en la espalda, la mochila que está pesada, llena de papeles, boletines, panfletos, de cuadernos en blanco, de cosas que no te sirven en este momento, ahora te sirve tu rabia, tus ganas de encapucharte, pero aún no. Ahora miras como se encapuchan los cabros y cabras del liceo, ahí mismo, a vista y paciencia de todos, de las cámaras, de los pacos que miran a lo lejos con sus escudos, uniformes y tanques verdes. Y unos wachiturros bailan en la calle, encapuchados, esperando alguna explosión para acoplarse. Y alguien gritó ¡paco culiao y la conchetumare!, pero tú en realidad escuchaste a una mujer que justo detrás tuyo decía “me gustan las canciones lentas”, aunque en ese momento tú no querías canciones lentas, querías un punk en tu cabeza, dar vueltas alrededor de la barricada, abrazarte a ese calor, coger una piedra y guardártela en el bolsillo. Y entonces te ríes del peso abrumador que adquieren tus sentimientos cuando los desparramas por las inevitables extensiones de la calle. Y frente al fuego recuerdas: Los diarios, los discursos en la TV, los ministros, los burócratas, las mentiras, las cadenas, los noticiarios, los instrumentos, las cifras, las farsas, los márgenes, las encuestas, el rostro rígido, las mentiras, las manos de un trabajador cansado, los dolores representativos, la democracia, tantos automóviles, las elecciones, lo confuso de la patria, los símbolos, falsos, los descuentos, las vitrinas, los anuncios comerciales, falsos, los hipócritas, las corbatas, las carpetas, las ganancias, las facturas, falsas, las mentiras, tantos hipócritas en el salón, los cascos de los pacos, los moldes, los modelos, las modelos,

las estructuras, los golpes a un travesti, los sistemas, las mentiras, los ejecutivos, las cárceles, el lamento de un mapuche allanado, el dolor, mujeres con hambre, las mentiras, lo prefabricado, tantos celulares, los falsos, la pobreza sexual, el cabro chico aspirando neoprén, los incendios mentales, la dureza del modelo, los maletines negros, los ojos rojos de las madres, los dolores, las mentiras y entonces no sonríes, aprietas los dientes, comprendes la inevitable confabulación del desacato y las formas ondulantes que a veces adquiere la desobediencia, entonces piensas en: Tu rabia desperdigada en los territorios Los territorios de tu rabia desperdigada Tu desperdigada rabia del territorio Y llegan los pacos, sus tanques, sus motos y tienes una piedra en tu mano, todos tienen piedras en las manos. Te cubres el rostro, que no te vean, te tramas entre el anonimato de las multitudes. La lacrimógena, los ojos rojos de las liceanas, que no te vean, la mochila ¡siempre la mochila!, la das vuelta para hacerte mas indescifrable, te encapuchas, entero, se te ven los puros ojos y las manos en las piedras. Los disparos de la lacrimógena, una mórbida cortina de gas, los pacos como fantasmas que atraviesan el humo. Y piedras, una lluvia de piedras, mas duras que Dios, ¿de dónde salen tantas piedras? Vuelan las piedras sobre los cascos. Ondas, gritos, máscaras de gas. Y buscas más piedras, incógnito, legendario, anónimo entre los anónimos. Ahí. ¡Una piedra! Grande, tan dura, y los pacos se ven tan insignificantes, ¡tan blandos! Y lo importante es lanzar la piedra, aunque no tengas mucha fuerza en tus brazos, aunque la tosca no alcance a golpear a un paco, aunque lo tuyo sea la poesía, aunque los ciudadanos griten neuróticos en contra de los disturbios, aunque los besos de Valeria te quiten el sueño, aunque te llamen vándalo 100000 veces, aunque una molotov pase tan cerca de tu rostro y se te quemen las pestañas, aunque sabes que las piedras no derribarán ningún castillo. Lo importante es lanzar la piedra, aunque no le llegue a ningún paco, lo importante es que por un segundo te libraste de la enfermedad más extendida del siglo XXI: La obediencia.

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C

en todo lo alto, la luz, suave, acariciadora, le llegaba en la cara, en el cuello. Los del turno entrante, ocuparon algunos minutos en intentar ver que pasaba, luego rápidos sacaron las credenciales, marcaron y con paso ágil se ubicaron en sus puestos de trabajo, aire profesional, dominados el número de minutos por atención de cliente, no más de lo establecido, sin alterar el tono de la voz, sin inflexiones con calma, con calma, ya sabes, escuchan los supervisores, un respiro, una inhalación interpretada como disgusto y estás perdido, no discutas, se te suman minutos, te descuentan, baja la evaluación, a la primera te pagan sólo el sueldo mínimo a la segunda te echan, los nuevos se notan, el miedo, la señora está hablando y hablando y no hay forma de pararla, si sigue me paso de los minutos promedio y pierdo el bono, Dios mío, que no estén oyendo, voy a cortar, lo haré… Siente como alguien tira de su cuello el cordón que sujeta la tarjeta, Cárcamo… repiten en voz alta, es Cárcamo, no siente voces conocidas, sus compañeros están dentro, conectados a gentes que reclaman, preguntan o buscan alguien con quien hablar, no saben que ahí afuera está Cárcamo, tendido, extrañamente sonriente, definitivamente ha superado los minutos permitidos de ausencia de su puesto de trabajo para ir al baño, pero nadie puede parar para preguntar, sus propios minutos están corriendo. La idea había surgido en segundos, si estuviera enfermo, con licencia, no podrían evaluar y entonces, por unos días se iría la angustia, por unos días dormiría, dormir, tanto medicamento y no lograba dormir.

El tipo de la mutual se va, no hay caso, está claro que ha tenido

La escalera, el borde, la luz, una caída suave, quizás fracturarse un pie, algo, algo que no pudieran cuestionar, algo evidente, entonces el cuerpo se elevó sin prisa, como con gusto, sin cálculo, para lanzarse al vacío por la caja de la escalera, grande, moderna, amplia. Demasiada honestidad, no podía como otros conseguir una licencia, mas aún no tenía para la consulta, demasiada honestidad, cuando el paramédico le pregunto si había tomado algo detalló los Ravotril uno a uno, todos ellos sin receta, obtenidos de una tía querendona.

Resurgiendo. Camuflados permanecen los condimentos de lo deshumano, aquellos que revelan inestables las otroras referenciales. El desaliento parte ahí, en la relatividad misma de lo moral, en el desenfreno de la estética y en la métrica de la indiferencia, en una sociedad que ha encontrado a la ignorancia como puerto y ha revuelto y no vuelto inteligible todos los puntos de partida.

Marcha la apatía, la desconfianza, los rumores, la desidia. Las mimadas inconsecuencias, la mojigatería acomodada, y tanta, pero tanta hipocresía... torpes y voluptuosos sedimentos de prejuicios.

Ahí voy… entonces nuevamente siento. Los ismos, acechando, flanqueando al amor, pretendiéndose únicos, enacidos inquebrantables, no hacen más que desgarralo, dividirlo en mil concepciones que no suman en su conjunto un solo corazón. También alimentan el desaliento, lo tributan desde las ideas, desde la episteme, desde la ontología.

Pero el que más pesa, sin duda, es el desaliento cotidiano. La cama, la sonrisa y el pantalón. Los simulacros. Las motivaciones, los proyectos y el progreso. El espectáculo. Éste, va hilvanando una realidad que no es otra ni tampoco es ésta. Ni esa. Pero es toda a la vez, y flagela el espíritu, lo martiriza hasta el punto de no retorno.

Llevo a cuestas en la garganta un nudo gordiano y va a estallar antes de que terminen estos versos, reafirmando con ello la miseria humana, crispando todo aliento emancipador, quemando toda esperanza, dejando un aliento desolador.

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VHB

Muro_Arte “usted ha de sentirse muy mal” –me dijo– mirándome sobre el marco de sus lentes sólo atiné a balbucear un ….“sí” “esto requiere absoluto reposo, de 30 a 60 días” –prosiguió “tanto….” –le dije con mi voz cansada, mientras seguía mirándome sobre el marco de sus lentes, me dijo “mire, se hará estos exámenes y lo veo en 20 días más” “pero… ¿sólo eso?...” –le dije “¿no me va a dar ningún medicamento o algo así?” se sacó los lentes inclinándose lentamente hacia adelante y me dijo “para esto no hay remedio sólo la prevención, pero usted ya no la tuvo” “y… ¿no existe una vacuna?” –insistí se puso de pie y dijo “usted ya está vacunado y de la peor manera… váyase a descansar ahhh y nada de alcohol, frituras ni paracetamol” volvió a sentarse y se reclinó sobre el sillón diciéndome “esto es más común de lo que usted cree se estima que hay 500 millones de personas infectadas en el mundo de las cuales el 95% evoluciona favorablemente el 2% evoluciona hacia una fibrosis, otro 2% a una necrosis, también conocida como cirrosis y sólo el 1% a un carcinoma” “carcinoma, ¿qué es eso?” le pregunté “cáncer” -me dijo- al son que abría sus ojos y deletreaba lentamente c á n c e r “pero… ¿y de qué se trata todo esto?” le consulté “lo qu e uste d t iene es V HB v ir us hep át ico t ip o b” me paré lentamente y abandoné al consulta y en mi mente solo se repetía una y otra vez VIRUS V I R U S VIRUS V I R U S VIRUS V I R U S VIRUS V I R U S VIRUS V I R U S VIRUS VIRUS V I R U S VIRUS VIRUS V I R U S VIRUS UN PELO PERDIDO | 13


B

Oda a las Ferias Libres de Talcahuano seguridad, el hall lleno de gente que no debía estar ahí, las cámaras grabando ese estado de caos, seguramente el jefe viendo todo desde la sala central, en directo, cada cara y expresión de pena, de horror o de perplejidad.

El celular yacía próximo al cuerpo, daba unos saltos milagrosos demostrando que estaba vivo, que la caída no había arruinado su tecnología de punta, el destello insistente mostraba un aviso de mensaje, pero nadie le prestó atención.

La discusión entre el prevencionista de riesgos y el tipo de la ambulancia iba subiendo de tono, que no, que no se lo llevaban, que la mutual no cubría este caso, que la verdad llamaran a la Posta, que el tipo se había tomado tantos Ravotril como para matar un elefante, que la caída no era un accidente y el protocolo era clarísimo.

El piso se sentía rico, heladito, como unas vacaciones sin angustia, como una ducha sin apuro, los colores desde ahí se apreciaban mejor, nunca se había fijado lo linda de la escalera, menos el detalle de la claraboya

A gamba y a cien, a luca o a quina lo puede tener. Por kilo, por pila o por unidad, fresquito cacera, acérquese, venga a probar el exquisito elixir, la mezcla del cielo, la tierra y el mar. Oh, juguera notable, he flotado por todas tus calles en las cuales consigues exprimir con delicioso detalle la más grande expresión y el más bello de los frutos salvajes: la humanidad, en una sola y preciosa aleación de manjares, de olores, colores, sabores, sudores, texturas y sonoras frescuras. Humanidad sedienta del jugo abundante que brota de las manos entrelazadas del trabajo y la tierra. Allí en las ferias, allí en las arenas saladas se derraman con una consciente necesidad material una masa, inconsciente de su necesidad espiritual por el contacto. Es ahí donde tierra, mar, nucas y gritos, y manos se entrelazan, más que por trozos de papel o cobre, sino que bajo el juramento de un viento eterno y omnipresente. Ah, y senderos siempre cercanos, siempre esperando, siempre expresando, siempre mirando el paso de la maquinaria férrea que atraviesa, sin prisa, el puerto que, oh serpiente de colores, te da la vida.

Los tipos son muy malos para el golf María Martínez L.

El desaliento

David Rivera

Llevo a cuestas en la garganta un nudo gordiano desilusionado del sinsentido, de la postmodernidad, del cinismo y de tantas otras cosas que incrustan desgano. Como hombre sufro pero como humano muero, quizá nunca nazca que es peor aún, pero me sacrificaría mil veces en vano si de amor se tratase.

Ensimismándome.

Hay una acumulación histórica de las frustraciones, un desaliento arquetípico que proviene de las profundidades más inconscientes del yo. Son hematomas permanentes en el impulso hipnagógico que traza pesadumbre a la trayectoria de la vida toda.

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Ricardo Maldonado

De lunes a viernes, al dar las seis de la tarde, recojo mis cosas del escritorio y emprendemos rumbo un grupo de alrededor de 40 tipos. Bajamos por la Alameda, tomamos Miraflores y luego Sto. Domingo, vamos zigzagueando por las callejuelas de este Santiasco, en la ruta se nos unen otros tantos pericos. Con el cielo violáceo llegamos a las afueras de la ciudad, rodeados de pastizales e industrias, tomamos distancia, cavamos un agujero y ahí recostamos los huesos. Nos tapamos enteros con tierra, menos la cara, y dejamos la boca bien abierta. A las doce empieza el Grand Championship de golf; el que reciba pelota en boca se puede tomar los quince días de vacaciones.


A

B

Cárcamo Paulina Correa

El mármol del hall corporativo era blanco, algo perlado, con una luminosidad especial, quizás queriendo escenificar la entrada al paraíso, Amable, una división de empresas incorporadas, rezaba el slogan institucional en letras metálicas en el muro también blanco radiante.

La conmoción se había vuelto incontrolable para los guardias de

Un hilillo rojo a gran velocidad avanzaba entre las junturas de las baldosas, su loca carrera lo conducía a la vía pública, claramente quería salir del edificio corporativo y alcanzar la ansiada libertad, todo cuando fue atrapado por un nervioso movimiento de trapero que lo dejo convertido en una nube rosa, sin embargo la brizna roja y caliente insistió sin que pudiera de nuevo pararlo ningún servicio de aseo.

un buen entrenamiento nadie lo va a conmover, no se lleva a nadie que no tenga cobertura.

En el rincón, con el colon irritable volcánico, el prevencionista habla por celular con el gerente de recursos humanos, que el desgraciado nos costará plata, que subirá los índices de accidentabilidad, que no puede ponerle malla a la caja de escala, que no, que el tipo estaba dopado, que no es su culpa, que no puede impedir que pasen estas cosas, que llamaron a la Posta, que ya lo sacarán del hall. Cárcamo tiene un poco de sueño, siente unas tremendas ganas de dormir, de darse vuelta y salir de la luz que comienza a molestarle, pero no puede.

Se siente la ambulancia, la sirena, el intento por avanzar entre el taco de la tarde, en el hall sólo el guardia y el prevencionista esperan de pie frente a la puerta, en el piso Cárcamo ya se fue con licencia, ya no viene, ya no cuenta minutos, ya no vuelve…

doble la página de abajo por la mitad, de manera que queden a su vista partes A, B y C cubra este espacio con la parte B disfrute su texto

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Se sabía en todo el pueblo que aquella noche llegaría un navío. Se arrimaría a las

rocas de la playa y dejaría salir de él una carga misteriosa que habría de reposar en alguna casa por un breve tiempo. Todos aceptaron esta verdad, aun cuando era sólo una persona la que había presenciado, setenta años atrás, la misma acción, quién además afirmaba y con férrea certeza que lo mismo habría sucedido una y otra vez cada la misma cantidad de tiempo en el poblado, causando la misma fiebre entre la gente. Cuando tenía seis años, Indesilda Clavillos se acercó junto a sus padres y vio arribar una pequeña barcaza que a poco se perdió entre la neblina, cayendo río abajo con las velas en alto. No ha dado más detalles, ni ha sucumbido ante la obstinación de sus coterráneos que ofreciéndole toda clase de presentes no han logrado sacarle mayor información sobre lo que especulaban sucedería nuevamente en pocas horas. Tanta fue la insistencia de los pobladores que una tarde antes de la fecha esperada hicieron desfilar a lo largo de una cuadra -desde el cuartel de la guardia comunal hasta la puerta misma de la señorafilas de animales que incluían cerdos y cabras, vaquillas y terneros, y toda clase de mercancías. En menos de una hora, al no encontrar respuesta, y en vista de que sus intentos por agradar interesadamente a quien creyeron convencerían comprando el secreto del cada vez más cercano suceso, los ansiosos habitantes entraron pronto en un cólera generalizado y terminaron agarrando a piedrazos la casa de quien hacía un rato adulaban. Indesilda Clavillos, prácticamente sitiada en su propio hogar, trató de buscar refugio en una bodega que se levantaba a unos diez metros colina arriba y tras la puerta entreabierta presenció cómo las toscas acompañadas de insultos y frases cargadas de violencia hacían sacudir las débiles paredes de su casa, botando vidrios y asustando a las gallinas de su corral. Antes de que el alboroto pasase a mayores, la guardia comunal, decidió, luego de pedirle autorización al alcalde, sofocar a la masa enardecida, y a los pocos minutos Los Junquillos volvió a la normalidad, y los agitadores regresaron uno a uno a sus casas con sus animales y presentes. Tres de ellos quedaron presos en el calabozo de la guardia, con cargos por violencia en la vía pública y agresión contra una persona más longeva que el promedio, ambos delitos muy graves para el reglamento comunal de Los Junquillos. Por lo menos estarían un par de días tras las rejas antes de que algún juez proveniente de un pueblo mayor dictase una sentencia. Cuando ya se acercaba la medianoche, el alcalde, envestido con el poder de única autoridad del pueblo, decidió declarar toque de queda; dio a entender que al no saber a ciencia cierta cuál sería la reacción de la gente ante una situación que escapaba de lo predecible, -en caso de ser 16 | UN PELO PERDIDO

cierto lo del navío-, prefería prevenir antes que lamentar, tomando en cuenta por lo demás la violencia con que solía reaccionar gran parte del pueblo ante lo que les causase tal nivel de euforia. Así que preparó a diez miembros de la guardia comunal y tras dictarles breves instrucciones se retiró a su casa. La tropa se dividió en cinco parejas, de las cuales cuatro patrullarían el pueblo, mientras que la restante vigilaría el muelle. Esta última sería la encargada de dar aviso a las demás unidades de la guardia en caso de representar el navío un peligro para la comunidad. Llegó de pronto y sin mayor aspaviento una pequeña barcaza, los centinelas, los diez, se reunieron en el muelle y esperaron a que bajaran la carga, tal como decía la profecía. Entre la bruma y los notros que adornaban la orilla del río, aparecieron poco claras tres siluetas humanas que se movían entre el navío y la rivera, intentando cargar unos bultos redondos. Los guardias dispararon sin acertar un tiro a causa de la distancia y la neblina cada vez más espesa. Pronto se esfumó el barco, río abajo, con las velas en alto. No se frustraron, no era la primera vez que los guardias daban muestra de su ineficiencia, además, después de todo, al parecer no había ocurrido nada grave ni se habían visto afectados los intereses de Los Junquillos. Partió la guardia al cuartel, y al llegar, quedaba poco para que termine el toque de queda, ya no valía la pena seguir vigilando, había que avisar al alcalde en un rato más que lo del barco se había cumplido, aunque este y todo el pueblo ya lo sabían, todos habían escuchado los disparos, pero se debía oficializar el aviso, ojalá con lujo de detalle, y que quede registrado en el Acta de Los Junquillos. Agotados los guardias, cuando faltaba muy poco para el alba, decidieron descansar en los sillones del salón del cuartel, uno encendió un cigarro de tabaco negro; otro prefirió un pito, conocía bien a los cultivadores de la Gigantosa; otro, con mayor conciencia social, sacó una botella de ron añejado que un animado le había vendido hacía un mes, considerando que sería buen momento para estrenarla, viéndose a él y los demás en un aire tan grato de distención A un cuarto se le ocurrió ir a revisar a los presos; los demás, comentaban sus impresiones acerca del suceso recién ocurrido. Entrando al calabozo, se percató de lo terrible, los tres presos no estaban, al parecer, aprovechando la historia se transformaron en esas tres sombras que cargaban bultos redondos entre la barcaza y la costa, y partieron río abajo. Según se comentaba semanas después: no tenían mucho que ofrecer a la Limpia y Reluciente Comunidad de Los Junquillos, la Gigantosa ofrece miles de nuevos parajes, y


los delitos por los que estaban presos, significarían mínimo veinte años tras las rejas. El alcalde, enfurecido luego de enterado de todo, increpó a gritos al comisario de la guardia preguntándole acerca de cómo había dejado el cuartel sin vigilancia, obteniendo por respuesta que efectivamente colocó a un muchacho al cuidado de los presos, el que se embriagó con una botella de aguardiente, consumido por el miedo a lo inexplicable y el frío de la noche. Acerca de cómo consiguieron el barco, robado, amparados por el toque de queda y la ineptitud de los vigilantes de la comunidad; los bultos eran a su vez, sacos de trigo, querían en algo compensar el daño a Indelisda Clavillos, y los dejaron cerca de su puerta, con una nota dirigida a ella, disculpándose y esperando remediar en algo lo de los piedrazos, acotando eso sí, que no eran los únicos responsables. Entendido el Edil, decidió dar de baja también al muchacho ebrio que encontraron boca abajo entre unas matas de murtilla cerca del río, vomitado hasta las rodillas y delirante. Luego de tomar estas medidas se marchó al edificio del municipio, alumbrado por los primeros rayos de sol que caían sobre el pueblo. A su vez, un navío se acercaba lento entre la corriente del río, haciéndose brillar con el alba y haciendo creer nuevamente al pueblo. La profecía, después de todo, se estaba cumpliendo.

Por Richard Olivera.

Nos queda la esperanza Alan González D. La Fontana di Trevi amaneció quizá más triste. Quizá más solitaria. Los médicos se rindieron y salieron a los pasillos para ahogarse ineludiblemente en la duda eterna del fracaso. Una madre lloró a su pequeño que pronto partirá a las estaciones que están más allá de la terminal. El portero se perdió entre los números de las habitaciones y deslizó el manojo por los dedos como el orador desliza con sus ojos la esperanza de encontrarnos. Quedaron ciegos los mentores. La luz abrió pasillos por entre los agujeros del tejado, allá donde los gatos de los cantantes huyeron de la eterna nostalgia del pasado. Las abejas rechazaron el néctar diario, que sólido y consagrado se mantuvo en el dintel hasta el regreso de los viajeros. O quizás hasta tu regreso. Lo cierto, al final del camino, es que nos sorprendió la campanada de las doce a medio levantar, y que la vida se rindió ante la eterna trampa del desconsuelo. El miedo ganó. Al final, en las grandes catedrales y las ardientes capillas los santos ocultaron el rostro tras los deseos rotos. Las promesas se olvidaron. Al final del viaje no nos queda más que los recuerdos. Las palomas mensajeras que vuelven una y otra vez a restregarnos en el rostro húmedo retazos de lo vivido. Nos queda la esperanza. Lo que queda es lo que guardamos. Todo lo que nunca logramos y que por años apretamos con fuerza sobre los bolsillos. La furia y violencia del desamor propio que nos castigó cada día, porque no lo lográbamos. No lográbamos partir a la mitad las almas que cargábamos siempre con nosotros. No logramos ofrecer a la luz todo aquello que sabíamos guardado. La recompensa, frágil y huidiza, de que vendría un día soleado a ponerse por encima de los que no se despertaron. La certeza débil y cansada de que mañana lo haríamos mejor. De que el Amor propio no se hundiría como el de Kafka. La utopía cercana de que todo con nosotros andaría bien, y que acallaríamos por fin los miedos y las torpezas. Todo eso vino. La silueta azul de la enfermera que anunciaba una nueva esperanza encendió como un farero el rostro de las muchachas. El tren abrió nuevos caminos y nadie reparó en las fronteras que traspasaba. Las rodillas del hombre quieto encallaron al término del rezo. Los libros se abrieron como quien abre los sentidos al silencio. El tejado se pobló de canarios. Los cantantes atraparon canciones de relevo y los gatos volvieron a su lado. Las abejas regalaban miel y propoleo para ganarse el pan diario. El motivo. La sustancia. Todo aquello volvió a nosotros. Volvió a nosotros la esperanza.

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San Pedro de la Paz Miguel Parada Desde el puente, se observan las arenas sobre las calmas aguas del generoso río. A la derecha, tras los cerros de Hualpén, las eternas aguas seguirán su curso para desembocar en el Pacífico. Dejamos atrás el cerro Chepe. Desde el abandonado mirador en su cima, a través de los pinos y cipreses traídos por los europeos, se observa la ribera del cauce rodeada de árboles propios: lengas, litres, raulís, arrayanes y algún canelo sagrado. Las palmas chilenas adornan el valle de la Mocha que también dejamos atrás, para cruzar el amplio río hacia las tierras de La Araucana. Rodeados por otros autos, desde el mirador somos casi imperceptibles en nuestro avanzar insolente. Cruzamos raudos la línea entre ambos estados, tal como lo hicieran los invasores hace quinientos años. Así como los árboles y flores de ambas culturas se mezclan, el cielo parece, también, recordarnos persistentemente nuestra situación. Las nubes de algodón salpicado en negro, se desgarran a lo largo por potentes rayos. La primavera, con sus lluvias intermitentes y llenas de sol, es la memoria viva de la tierra fronteriza en conflicto centenario. Sobre el puente Llacolén, avanzamos decididos hacia el sur. Las lágrimas de la princesa caen a ratos sobre el parabrisas. No quiere que olvidemos su sacrificio, su traición y su libertad. En nuestro avanzar, enfrentamos una muralla verde. Los cerros frente a nosotros se llenan hoy de pinos y álamos. Imagino que antes, cuando Llacolén desafiaba a su raza y a su soberbio padre, las araucarias destacaban por sobre el follaje. Longevas como el sabio Colo-Colo, rectas como el espíritu de Caupolicán, afiladas como las lanzas de Lautaro, pero, sobre todo, gallardas y aguerridas como Galvarino, señor de las tierras en la ribera sur del Biobío. Viendo el toqui Galvarino que su hija Llacolén estaba en edad de ser desposada, pronto la comprometió en matrimonio a Millantú. Éste, hijo del cacique Lonco, que mandaba sobre las tierras un poco más al este, en la ribera norte del río, era un mozo fornido y de fina estirpe, como todos los hijos del Estado en tiempos de guerra. El salvaje invasor español azotaba Arauco para satisfacer su codicia. Ni el oro fundido derramado en la garganta de Valdivia aplacó la sed de los cristianos. Por el contrario, los precipitó hacia la barbarie y la brutalidad. Cuando peleaba bajo las órdenes del joven Lautaro, en Lagunillas, algunos kilómetros al sur de sus dominios, donde hoy algunos juegan golf sin inmutarse por el pasado, Galvarino fue preso de los españoles bajo el mando del nuevo gobernador, García Hurtado de Mendoza. Llacolén, como las demás mujeres mapuches, lloró de ira ante el suplicio de su padre. Como escarmiento por su insolencia, y como una advertencia para todo el pueblo mapuche, se condenó a Galvarino a que se le amputaran ambas manos. El bravo toqui, sin un gesto en su rostro, calmadamente, pone la siniestra sobre

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el madero y observa, sin mover un solo músculo, cómo un indio traidor que oficia de verdugo, le corta la mano implacablemente. El mismo Galvarino, sereno e imponente, entrega su mano derecha sobre el madero ensangrentado. Y, nuevamente, sin el más leve gesto de dolor en su rostro, ve correr la sangre y la diestra desprenderse de su cuerpo. Luego, desafiante e insolente, Galvarino estiró su cabeza para que también la cortaran, diciendo así: «Segad esa garganta siempre sedienta de la sangre vuestra, que no temo la muerte ni me espanta vuestra amenaza y rigurosa muestra, y la importancia y pérdida no es tanta que haga falta mi cortada diestra pues quedan otras muchas esforzadas, que saben gobernar bien sus espadas.» --Alonso de Ercilla y Zúñiga, La Araucana, canto XXII Los cobardes verdugos no son capaces de satisfacer los deseos del valeroso toqui. Éste, blandiendo improperios a sus captores, maldiciendo sus nombres y su raza, les infiere el mayor de los insultos al delatar su cobardía y la hidalguía del pueblo mapuche que, a pecho desnudo, resiste altivo al invasor. Sin embargo, la bella hija del cacique, amén el suplicio de su padre, tiene el corazón dividido. Por las tardes, la hermosa joven de ojos negros, paseaba por el borde de la laguna donde conoció al joven y apuesto capitán español de quién se enamoró. Se encontraban en secreto cuando el sol se perdía en el mar, permitiendo que su amor creciera a pesar de la cruenta guerra que los separaba. El deseo libertario propio de su pueblo, propició en Llacolén la pasión por el invasor y el desprecio por su prometido. La traición de Llacolén a su pueblo y su tradición, seguía la línea de la tragedia. Galvarino volvió caminando donde los suyos. Mutilado, ensangrentado, pero con el pecho erguido y jurando venganza, jamás imaginó que su fiereza y sed de libertad sólo podía ser contrastadas por el amor de su hija hacia el capitán español. Cuando Galvarino partió nuevamente a la guerra, Llacolén volvió a reunirse con su amante. La joven se debatía entre su amor de mujer y el amor a su raza, mientras el capitán español sólo tenía palabras de consuelo para su enamorada. Desesperado, en la madrugada del 30 de noviembre de 1557, Millantú encuentra a la pareja a la orilla de la laguna que hoy lleva el nombre de la princesa. El ejército de Lautaro, con Galvarino como el más fiero guerrero bajo su mando, se deja caer sobre los hombres de Hurtado de Mendoza. Mapuches y españoles se baten en sendos combates. Preso de los celos, Millantú lucha por el amor de Llacolén mientras Galvarino lucha por la libertad de la joven y todo su pueblo. Las espadas se cruzan con las macanas. Luego de largas horas de combate, ambos mozos caen heridos mortalmente. Ruedan por la hierba al mismo tiempo


que el ejército mapuche sucumbe ante las armas españolas. Ya viene la tarde, cuando Llacolén, horrorizada y sin más motivo para vivir, se adentra en las aguas de la laguna para nunca más salir. Su padre, con cuchillos atados en sus muñones, es incapaz de impedir su destino y es preso de los salvajes. Esta vez sí, Galvarino es condenado a muerte. «Sús, pues, ya ¿qué queréis o qué os detiene de no me dar mi premio y justo pago? La muerte y no la vida me conviene, pues con ella a mi deuda satisfago; pero si algún disgusto y pena tiene este importante y deseado trago, es no veros primero hecho pedazos con estos dientes y troncados brazos» --Alonso de Ercilla y Zúñiga, La Araucana, canto XXVI

en este valle de lágrimas. Y hete ahí que tu destartalado taxi todavía da batalla pero sigue estacionado en esta esquina. Dentro de él, tú sigues instalado en el asiento del piloto. Y sigues humedeciendo el gañote con cerveza. Y sigues contemplando por el hueco de la ventanilla a la mamacita. Y la mamacita sigue de pie frente a ti, apenas a unos dos metros de distancia. Ella desperdicia su belleza, pues a estas horas no hay ni un alma y los aparadores de los comercios, sucios y oscuros todavía, no son capaces de reflejarla: es toda para ti: qué ojos, qué labios, cuántas curvas, mitad visibles y mitad insinuadas bajo el ajustado y corto vestido, y qué bien balanceadas prominencias sobre esos tacones de aguja. Mientras tanto, el cielo se ve completamente azul por la cercanía del amanecer. Si no tuvieras noción de la hora, la noche aparentaría insinuarse. Mmm, sí, la mamacita es más preciosa que una mina de oro. Para ser más claros, hay que decir más bien que la

Ya casi saliendo del puente, las últimas luces de la tarde nos guían hacia 450 años en el pasado. El cielo se tiñe con la sangre de los mapuches que murieron en esta frontera, mientras Llacolén sigue derramando sus lágrimas ansiosas de libertad. La leyenda de la princesa se entrelaza con la historia de Arauco indómito, como los copihues, que nacieron producto del amor y la guerra, se entrelazan en los árboles. Nosotros, nacidos en la misma cuna que las flores de la Araucanía, no queremos, sin embargo, oponernos al invasor que viene del norte y honrar nuestros antepasados.

mamacita está, en el mal sentido de la palabra, buena. Pero tú

¿Dónde quedó el alma de Galvarino? El alma de este guerrero que, instantes antes de ser ajusticiado, fustigaba a algunos cobardes araucanos que preferían vivir como esclavos a morir como hombres libres. En la radio, la voz desgarrada de la chillaneja doliente me responde: “se la llevó el viento sur”.

Por eso, para darte tiempo, para que veas la mercancía a tus

sabes que las mujeres, al igual que las naciones, se mueven por intereses. El interés de la mamacita consiste en saber qué esperas. ¿Qué esperas, eh? ¿Por qué no le preguntas que cuánto...? Comprendo, comprendo, tú estás cachondo pero también indeciso. Cachondo porque tu presente ha sido exactamente como debe ser el pasado de un perdedor: sin pareja y con apetitos acuciosos y perentorios. Indeciso porque piensas en los riesgos, en una situación bien perra, en una navaja, en un arma de fuego... anchas, sin prisa, con calma, con ojo crítico, con indecencia, la mamacita coloca sus manos sobre sus muslos y empieza a hacerlas subir, despacio, tirando del vestido hacia arriba. Y por fin salen a la luz unos encantos hasta este instante tapados. Ahí abajo no

Mamacita Francisco Enríquez M.*

tiene nada, ni una marca, ni una mancha, ni una estría, ni una llanta, ni una cicatriz, ni un vello, ni un sostén, ni un calzón, nada. Se quita el vestido por la cabeza y lo deja caer al suelo. Como salida de las páginas centrales de la revista Playboy, maquillada y

Escucha con atención lo que quiero decirte. Eres neurótico, hosco,

barnizada por el cono de luz que baja del poste, y sin apartar ni un

tosco, feo, chaparro, peludo, panzón, inculto, siempre desabrido o

momento los ojos de tus ojos, dibuja un beso con los labios y se

descortés o gris o tímido, según lo torpe de la metáfora, a veces

contonea como una serpiente al ritmo del blues que surge del

consumidor de cantidades interminables de cerveza y, por si fuera

radio de tu taxi. ¡Qué manera de prometerte el paraíso y

poco, pobre. En suma, amigo mío, has llegado a los cincuenta

convencerte de su existencia, ateo! Y yo comienzo a

años en la jodidez total, cuando durante toda la adolescencia

envalentonarme, a reconocerme, a dignificarme, a llenarme de

habías crecido con la idea de que al llegar a esta edad tendrías el

venas a punto de reventar, a crecer, igual que una flamita

futuro resuelto y esas mamadas que dicen uno debe tener

engrandecida con el soplo del aire, a transfigurarme en objeto

realizadas, como escribir un libro, plantar un árbol y criar un hijo.

deseado y no satisfecho, en soldado de desfile, firme, enhiesto,

No has hecho ni una cosa ni otra. Puedes llamarte Miguel,

hasta mi conversión total e irrevocable en hierro y verdugo, hasta

Alberto, Hugo, Juan, Enrique, Carlos o Francisco, es lo mismo. Lo

que el bulto no se puede ocultar... Y la mamacita se acerca cual si

que sí no te cuadraría nunca es uno de esos rimbombantes

caminara sobre el filo que divide el mar y el cielo, un modo entre

Brandon o de los anacrónicos Jacintos. En conclusión, o para

felino y fantasma de desplazarse. Dejando tras de sí el guantazo de

concretar, eres sólo un taxista más entre tantos de los que andan

(continúa en la página 22) UN PELO PERDIDO | 19


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El deseo es un acto sobrehumano Mauro Gatica S.*

él la lanza de espaldas sobre la cama ella sonríe/ella dibuja una risa en su boca entonces él le escupe los ojos a ella él no deja de mirarla mientras se desliza la saliva en cámara lenta desde su boca hasta el ojo primero escupe el izquierdo luego escupe el derecho él no deja de mirarla mientras se desliza la saliva suavemente por las mejillas hasta su boca y la mujer ya no tiene más remedio que beberla ella traga el veneno/él la besa en la boca ahora ella se abre de piernas le mea la cara en estos instantes él goza de esa lluvia caliente que le llena la boca entonces el tiempo no se hace esperar él mancha con heces la cama y con ello la espalda desnuda de esa mujer más plena que la muerte él mancha con heces la cama y con ello las manos que se entrelazan fuertemente en el acto él mancha con mierda la boca que es una y sella todo con un beso (*) Arica, 1974. Licenciado en Lenguaje y Comunicación, director de La Liga de la Justicia Ediciones. El 2010 publica “shhh” (Ed. Cinosargo), libro de poesía concreta. Actualmente prepara la edición de su segundo poemario “La pequeña casa en la pradera”, y su primera novela, “Perro muerto”.

Página anterior: “Mind Print”, por Edwin Rodríguez UN PELO PERDIDO | 21


una tufarada de gardenia, se agacha para presentarte el lunarcito

Fernando Pessoa que atesoras en la guantera ni tu poco o mucho

del cachete izquierdo por el hueco de la ventanilla. Sus tetas son

prestigio de hombre tierno, pues en cuanto le diriges la palabra te

formidables. Excesivas. Esféricas. Tan blandas y a la vez tan

traiciona tu nacionalismo exacerbado y no puedes reprimir un

firmes. Tan terriblemente cercanas y a la vez tan terriblemente

«súbete, mamacita» que viene desde el fondo de tus raíces de

inalcanzables. Los pezones, agresivos, te encañonan. Parpadeas lo

clase. La mamacita chasca la lengua como si protestara, como si

menos una treintena de veces, no vaya a ser que te hayas dormido.

tuviera derecho a protestar. Se recoge el pelo colocándolo detrás

Es sorprendente que de vez en cuando haya una puta esquinera

de las orejas y acerca la boca a tu oído: «Te advierto que soy muy,

así, cuando todas las demás, la mayoría, son horribles. Para perder

muy peligrosa», indica con una voz tan suave que parece como si

la cabeza. ¡Ah, pero qué burradas piensas…! Tú no has nacido

temiera hacerte daño, una voz que es cántico, abanico de plumas,

para volar tan alto, una hembra así no se casaría contigo; en ti,

fuente cristalina, nido de ángeles. Tú: «Eso me gusta». La

entiéndelo, no hay nada que amar. Con brillo triunfal en las

mamacita: «Bueno». Tú: «¿Ahí?». Y señalas con la barbilla el

pupilas, la mamacita le echa un vistazo a la tienda de campaña

asiento trasero del taxi. La mamacita ladea la cabeza como los

que se yergue en tu bragueta. Te domina. Sonríe, salpicando

perros ante lo insólito. «Bueno». Cada vez que dice «bueno» te

estrógenos hacia los cuatro puntos cardinales y mostrándote una

echa una miradita irónica, pero lo fantástico es que cada vez que

doble formación de dientes parejos y rectangulares. Incluso

dice «bueno» sólo dice «bueno», y eso es lo único que para ti

consigues verle un poco la lengua rosada y desprovista de la

cuenta. Ella eleva la vista al cielo, a ese punto donde moran

pátina blancuzca que permite reconocer a los fumadores y a los

perdones ángeles y querubines quizás en busca de la misericordia

enfermos hepáticos. Acariciándose el pubis como sin querer, alza

del misericordioso, para descubrir que ya hay trazos grises entre

esos ojos de princesa disneyana y los vuelve a clavar en los tuyos.

ese azul tan puro. No hay orden alguno en la naturaleza sino caos,

Te coquetea con todo, empezando por la mirada de «viólame o te

caos absoluto. Nunca nada se distribuye bien, con inteligencia, sin

voy a violar» y la sonrisa de «oye, me acabo de acordar de un

locura, ni las nubes ni las vaginas. La mamacita abre la portezuela

chiste buenísimo». Tú te quedas pasmado, sin respiración, atónito,

trasera y sube al taxi, que huele a flatulencia y a humedad. Ni

examinándola ocularmente con cara de lechón degollado. Debes

tardo ni perezoso, tú te le acercas, apenas a la distancia para que

contenerte para no saltarle encima. Algún día estarás liberado de

tu aliento de retrete de cantina no le pellizque la nariz, y sus

las ataduras carnales, pero por el momento yo no sólo estoy

gordos labios pintados de color sidra, descaradamente sensuales,

palpitando, hinchado de sangre, sino rígido como barra de acero,

te fomentan la necesidad de desabrocharte el cinturón y bajarte el

hasta el punto de que mi dureza se vuelve dolorosa. Para disimular

cierre, el pantalón, la trusa y me desenfundas igual que si fuese un

(ya no basta con arreglar la bragueta de modo que la hinchazón

Colt 45 antes del duelo. «Chúpamelo», ordenas y al punto,

sea menos visible y pueda confundirse con un pliegue de la tela),

lentamente, con la sutileza el hacer deshaciendo de un artista, la

cierras las piernas. Sólo que ahora yo, un pájaro calenturiento,

mamacita se hinca en el suelo del taxi para obedecer. Al principio

oprimido entre los muslos, creo hallarme en un acogedor nido y

tú estás muy quieto, pero luego, presa de un frenesí superior a tu

lato con entusiasmo. Sudas, la camisa se te moja en la zona de las

razón y a tu voluntad, te mueves como conejo, aprisa,

axilas y de la espalda. «¿Vas niño?», te pregunta la mamacita

contorsionándote, jalándola de los cabellos, simulando las riendas

meneando la cabeza de modo que su cabellera emprenda un

de un corcel, observándola allá abajo. Quieres ver, estar ahí y a la

vuelo. Te ha llamado NIÑO; te sientes pequeño, imberbe, idiota

vez a su lado, ser como eres y gozar su trabajo y ser otro y mirarlo.

total, alguien necesitado de todo. Estás a punto de molestarte,

Ya hace calor aunque es otoño y la diafanidad de la mañana ha

pero enseguida comprendes que aquello sólo fue una palabra

sido rápidamente desplazada por nubarrones turbulentos; ya hace

tierna de una muchacha dispuesta a vender un importante pedazo

calor y a la mamacita el sudor le lubrifica la piel y le hace las tetas

de existencia. Quisieras decirle: Señorita, su preciosa desnudez

resbaladizas, pegajosas, muy asquerosas y muy atractivas a la vez

está conmocionando a mi corazón, ¿qué se propone?, ¿cómo se

cuando tú empiezas a amasárselas primero con delicadeza,

llama?, ¿qué va a hacer usted por la tarde, mañana, la próxima

después con esa furia que enciende exclamaciones a las que tú

semana, toda la vida? La invito a comer, a cenar, a desayunar; le

también respondes con otras exclamaciones encendidas.

ofrezco un café, un cigarro, una cerveza, mi mano, mi pie, mis

Sinceramente, ¿ahora no te gustaría tener tres manos o cuatro o

horas favoritas. Quisieras abrirle el alma con docenas de

ser como un dios o como un monstruo mitológico con mil

preguntas, todas por supuesto de corte poético y dictadas por tu

tentáculos? Si pudieras… Pero, volviendo a nuestro cuento, con

más estricto sentido del buen gusto; pero, cuando por fin te

tus diez dedos lo haces muy bien. Respiras jadeando, envuelto en

decides a hablarle, de nada sirven los inspiradísimos versos de

una marejada celestial de sensaciones que te asfixian, como

22 | UN PELO PERDIDO


cuando meses atrás, en una lluviosa noche de viernes, tras abordar

mandíbulas, se le enrojecía el cuello, gemía sin poder evitarlo; de

a tu taxi en el aeropuerto y decir la dirección de un lujoso hotel,

pronto sintió que tú arremetías con más fuerza, que la sujetabas

una argentina se desvistió en el asiento trasero con tanta premura

por los hombros y que explotabas dentro de ella; sintió que yo me

como si quisiera batir un récord; tú manejabas con un ojo puesto

le reblandecía en las entrañas, que yo me encogía al mismo tiempo

en el parabrisas y con el otro puesto en el espejo retrovisor; no lo

que afloraba en tu rostro una expresión fanfarrona de orgullo

podías creer, ella ya se encontraba en pelotas y no tenía ni un solo

satisfecho; pero la argentina continuó el vaivén, obligándome a

rastro de celulitis, ni carne de más ni de menos, ni una sola

mí no sólo a mantenerme entrando y saliendo del cartilaginoso

mancha, lunar o peca y, además, era joven, muy joven, y guapa,

origen del mundo, sino a tener una segunda erección que sólo

muy guapa, sin más vellos que los de la delgada línea negra que

concluyó al obtener una pequeña muerte simultánea; ambos se

apenas le velaba el pubis; al punto, se dedicó a luchar ferozmente

quedaron enchufados, descansando en la misma postura hasta

contra la ropa de su novio, un musculoso gringo negro; el espejo

que la lluvia cesó por completo; entonces la argentina regresó al

retrovisor te reveló que el hercúleo hombre odiaba lo que ella le

asiento trasero y se vistió con exagerada calma; sin pronunciar

hacía, sí, le repugnaban sus ansias, su apresuramiento, el repentino

palabra, te entregó un par de arrugados billetes verdes y salió del

asalto sin preámbulos, su dedicación a hacer de él una cosa, un

taxi; tú encendiste el coche, te despediste de ella agitando la mano

obediente consolador; pasaron veintitrés semáforos y el pobre

y te fuiste. Ahora, tus pelos pubianos parecen los bigotes de la

negrito seguía ahí, tieso (tieso en todas partes, menos en la parte),

mamacita. Aunque captan los pasos de alguien, los dos siguen en

quieto, en el papel de violado que no puede oponerse a la agresión

lo suyo (parece que ella lo está disfrutando de veras y descubrirlo

y tampoco siente gusto por ser desnudado, besado, manoseado,

te hace a ti sentir hombre en el sentido más animal del término) y

chupado, montado, tal vez amado, hasta que por fin exclamó

el CHUP CHUP crece y crece, haciéndose más audible que un

¡AQUÍ MISMO BAJARME! y te tocó el hombro para que

ataque de tos en medio de un concierto de piano, y se mueve el

detuvieras el taxi; patrón, le dijiste, nomás faltan seis cuadras para

taxi, y se mueven las tetas grandiosas de la mamacita como dos

que lleguemos al hotel, aguántese tantito, ¿no?; ¡AQUÍ MISMO

flanes, y los pasos se metamorfosean en una monja, una viejita

BAJARME!, repitió él; la argentina gruñó y chilló, pataleó y se

que se dirige a la panadería de la esquina y se detiene para ver el

retorció; sin embargo, orillaste al taxi; sólo llevando puestos los

sicalíptico espectáculo, un performance que oscila clónicamente

calzones, el gringo se bajó, azotó la portezuela y se echó a correr

entre la belleza esplendorosa y el pecado en su estado de pureza

hacia el hotel bajo el aguacero; la argentina, aún bajo los efectos

total, para escuchar tu trabajosa respiración, tus gemidos

de la lujuria, se abalanzó sobre ti; desabotonó tu camisa; metió la

ahogados, tus obscenidades entrecortadas, y la mamacita, viendo

lengua entre tus dientes; se dejó amasar todo lo amasable; forcejeó

fijamente tus ojos quietos detenidos en los suyos, viéndote con

rabiosamente con tu cinturón; consiguió bajarte los pantalones y

honesta inocencia (ya lo enseñaron los clásicos: la inocencia es el

los calzones más allá de las rodillas; era muy ruidosa con la boca

mejor condimento de la lujuria), se limita a sonreír con la boca

y muchos vehículos y muchas personas transitaban por la calle,

llena, un hilo de baba le cuelga del labio inferior a punto de caerle

pero la noche y la intensa lluvia camuflaban el placer que se te

entre las tetas, y en los ojos de la monja brilla una chispa ajena a

incrustaba en el cerebro, que se apoderaba de tu razón y de tu

la ortodoxia religiosa cuando da media vuelta y se pierde en la

voluntad como la más traidora de las drogas e impedía que te

esquina, y tú adviertes aterrorizado que los dientes de la mamacita

concentraras en nada más; hasta que otro taxi se estacionó detrás

se alargan hasta convertirse en colmillos letales que sobresalen de

y, de repente, se vieron bañados en la luz de sus faros y la argentina

la boca tensando los labios hacia fuera hasta transformarlos en

se separó de golpe, un poco cohibida; ella escaneó a su alrededor

una especie de hocico. La idea de que estás borracho y descubrir

y te ordenó que condujeras, que dieras vuelta en “u” y que te

que todo es un delirio de la cerveza jamás pasa por tu mente.

estacionaras detrás de una iglesia colonial, bajo un frondosa

Aquellos dientes de lobo o de vampiro me muerden la cabeza con

jacaranda, en un solitario callejón; ahí, te hizo rugir cuando frotó

excesiva determinación y el trozo que arrancan es una realidad.

su húmedo sexo contra mi hinchada cabeza, hasta que por fin me

Mal hubieras hecho en concebir una idea que no sirve para nada.

engulló por completo, subiendo y bajando una y otra vez con todo el peso de su cuerpo; los violentos movimientos de tu pelvis demostraban que también tú tomabas en la acción una parte activa; la argentina te besaba en la boca y te miraba a los ojos buscándote el alma; tus ojos se entrecerraban, resoplabas por las aletas de la nariz; a ella se le apretaban involuntariamente las

(*) México D.F., 1975. Director de la editorial Tacos de la Esquina. Columnista. Fotógrafo. Autor de las novelas “Los héroes ya no tienen lugar” (Ed. Arcángel; 2000) y “¡Clang!” (Ed. Ananké; 2001) y de los poemarios “Todas las putas que he conocido” (Clarimonda Drunk Ed.; 2011) y “Los fucking days” (Ed. Presente; 2011). Ganador de varios concursos, sus textos son parte de numerosas antologías.

UN PELO PERDIDO | 23


Crónicas de café en grano #1, por Sergio Bueno*

secciones upp // crónicas

Café en casa

En la estación Baquedano, del Metro de Santiago, a las 15 horas, se escucha el trepidar de los trenes, el rápido caminar de los pasajeros y la estridencia de un parlante que no calla. Confundido en esta vertiginosa marea humana, diviso al poeta Pablo Guíñez con un grueso envoltorio de libros, bajo un jockey sin cubrir su melena gris. Mira de un lado para otro, extraviado, confundido. Me acerco. Lo saludo fraternalmente. A los pocos minutos, vamos caminando –él, con dificultad– quejándose a cada paso en su lento desplazamiento hacia la Casa del Escritor. Confesándome su desesperado momento: se ha caído en la calle, dos veces, hace pocas horas y sus ojos, por momentos, están envueltos en la penumbra.

de euforia, de alegría como, asimismo el recuerdo de este profesor normalista. Quizás, ahora, herido de tantos sinsabores, de olvido y de incomprensión. El café que nos sirve Fernando deja en el pasado mis pesadumbres y reconforta el corazón de este poeta que revive cuando otras voces amigas lo animan. Alguien habla de un encuentro de escritores, de un futuro viaje, y Pablo dice: - Yo también voy…

Va saliendo del largo túnel… *Escritor y profesor. Actualmente es uno de los directores de la SECH (Sociedad de Escritores de Chile)

Trajinar pausado, dolorido. Apaga sus quejidos en un rechinar de dientes. Yo cargo con lo libros, mientras el peso de su cuerpo herido cae en mi brazo que lo sostiene. Balbucea algunas palabras que lo alivian.

D A

F

24 | UN PELO PERDIDO

B

Me invade la congoja por la fragilidad de nuestro cuerpo ante la dureza de la vida y las limitaciones que nos impone la edad. Sobre todo, evoco otros momentos

A

Después de atravesar varias calles, hemos llegado a Almirante Simpson Nº 7. Fernando Pastén, mayordomo, nos saluda e igualmente le tiende la mano y lo socorre en su dolencia. En el interior de la Sala Premios Nacionales, Pablo descansa de la larga y penosa jornada. Sonríe, porque ha llegado a su propia casa…

E

B

Cuando llueve la noche parece un largo túnel Alumbrado por relámpagos a pedazos El rayo va a la tierra a través de los árboles. Raja los viejos robles. Se quiebran como vidrios, Como lomos o patas de animal desriscado. Como lazos se cortan los caminos y puentes. Nadan en la corriente como hojas las basas. Vuelan despedazadas en la noche las sombras. Por el viento las ramas vuelas despedazadas.

Cómo es el caracol (p. 25)

C

upp

D

Yo también busco de entre sus poemas los versos que nos acompañan por este avanzar de la existencia, cada vez más difícil cuando tiene el lastre de los años. Son, precisamente, los versos, nuestro apoyo si sentimos el dolor del alma:

cada letra es un texto. misma letra, mismo texto.


*Parte de El vértigo de la espera. Envviado bajo el seudónimo de ‘Jaime N.’

Vivía él sin apuros en un mundo completamente normal Con preocupaciones normales Pero, como era de esperarse Su princesa sólo existía en un mundo imaginario.

Ráfagas de viento surcaban la tarde del 21 las últimas hojas invernales caían lentamente ondeando en las suaves brisas. El frio jadeaba desesperado en mis labios Al fin de cuentas: Somos un triste y fantasmal mientras mis manos se aferraban entre ellas, mis pies descansaban tímidos en la arena, recuerdo que pensamos mis ojos se reflejaban en unas gotas rojizas. sin intención de concederle vida; Por olvidarme del paso ligero del tiempo cayó la noche en mi cuerpo frente al mar.

Libre Federico Nacif

Quiero ser libre Quiero pertenecer a ti quiero militar en tu revolución hormonal quiero protestar ...tu aliento en altoparlante y disfrutar un toque de queda en tu cama

ese que observas cuando maquillas en el espejo con carmín la sombra de mi boca -que aún vive de la tuya.

Ese que pateo bajo las aceras dirección al debacle; el que agoniza, que no muere, y en nuestras horas nos sorprende sin saludos, ni caricias; viene; simplemente llega;

crepita en nuestros inviernos, y nos convierte en el último y aborrecible -pero a la vez querido-

recuerdo de un recuerdo de otro recuerdo que intentamos dar olvido bajo el manto del día a día.

*Pedro Guerrero A. Antofagasta, 1988. Estudiante de Licenciatura en Literatura. Ha publicado los poemarios “Evocación Geográfica” (Ed. G; 2008) y “Sesión Maldita” (Pentagrama Ed.; 2010).

secciones upp // el caracol

quiero imprimir panfletos de ti quiero guerrillear solo contigo quiero aliarme con tu cuerpo y tus lunares

Peter Villalobos V.

quiero escribir tu nombre en la calle quiero exiliar canciones de mi quiero idear que conmigo te escondes quiero caminarte por alamedas y sendas quiero mover masas... tan solo dentro tuyo.

La tarde del 21

Braille

Me imaginas en sus dedos, por la comisura del nuevo calor; en el beso con que lo provocas, o de espaldas cuando el gozo va a concluir.

Hoy me quito el agua divina Que me baño sin consulta Del pecado original. Hoy regurgito el vino De tu sangre y el pan de Tu cuerpo inexistente. Hoy lanzo al Collén La sortija áurea que mi Deseo esclaviza. Hoy en la tarde renuncio a dios Y mañana en la mañana Renuncio a vos.

Ashle Ozuljevic

Juan Becar F.

En noches ausentes por la nada del piso rentado; o en el que juro será el último, te pienso.

Te evoco en la silla desocupada de un café argentino; en las charlas sobre el progreso del país, en lecturas de Girondo, o en la mano que me sostiene para no huir de la cama, que me exige pronunciar un te amo, la misma que esconde mi saco para no perderme lejos de sus sábanas.

La renuncia como práctica de la libertad

Me tocas los labios como leyéndolos -digo- como si de un ciego te tratases, Y leyeras los mensajes en braille escritos en la delgada piel que sella mi boca

Te pienso entre mis cátedras, por la tos de mi alma, en la fiebre de mis mañanas, o en el silencio de mi historia.

El último de los príncipes azules*

Me recuerdas por las arrugas de tu voz, por las arterias de tu pasado; en la cocina al recalentar la cena; y en el transporte cuando vas de prisa a la oficina.

Christian Troncoso C.

Basta que alguien te piense para ser un recuerdo. -- Oliverio Girondo

Moreno

Bunker*

Latino Nariz perfilada y amable sonrisa Dueño de un torso labrado por la actividad física constante Tierno Sensible Pero fundamentalmente un intelectual No obstante de eso Heterosexual y monógamo

Recuerdo

UN PELO PERDIDO | 25


secciones upp // columnas

La columna de Franz Rasca #1

Discurso de inauguración de la farándula literaria En nuestra inmensa admiración por los grandes maestros de la literatura –conducta justificada que no pretendo discutir– nuestra ingente intelectualización como país nos ha hecho olvidar cierto sabor infame que disfrutábamos con desenfado a comienzos del siglo anterior. Un Huidobro escandaloso, apasionado, que huye del país con una niña de equipaje; un Neruda que descalifica a todo aquel que pueda amenazar su creciente fama de superstar; un De Rokha que dispara a mansalva en los diarios contra quienes lo marginan, alimentando el fuego de la guerrilla literaria… y el país de testigo, disfrutando del festín de diatribas inteligentes. Si bien no eran Chesterton contra Shaw, había cierto nivel de elegancia que indudablemente se ha perdido. Ahora, como usted comprenderá, no podemos pretender en la actualidad tal nivel de distinción, en un escenario nacional donde quienes escriben son mayoritariamente escritores de segunda clase que se preocupan más de la envidia (¿qué se pueden envidiar? –digo yo) que de la calidad de sus obras; sujetos que ocupan la mitad del día en destriparse en los foros literarios y sobre los cuales no vale la pena hablar. Mientras tanto el resto, que son los pocos buenos escritores que hay, trata de pasar inadvertido, situación que ha significado la derrota definitiva de la camorra intelectual que hoy añoro. Pues bien, con el advenimiento de la crítica televisiva basura he encontrado las bases para construir mi más anhelado y rotundo proyecto: la Estética Faránduloliteraria, o Farándula Literaria a secas. Tal como su variante televisiva, ocupa los medios más deleznables para revelar ciertos aspectos que satisfacen el morbo o la curiosidad del desocupado (¡y ahora sí que desocupado!) lector, especialmente respecto a detalles íntimos de los autores, no de las obras (porque si usted quiere saber algo de una obra, vaya y léala). Los escritores abordados por la columna Faránduloliteraria son todos admirados profundamente por mí, por lo tanto, puede entenderse como una especie de homenaje –o, en términos académicos, es mi “diálogo [pretencioso] con los grandes creadores”; sin embargo, no se crea que tal homenaje será una vulgar alabanza a los escritores: a este teórico –o sea, yo- no le interesa para nada que los creadores sean buenas personas. Como bien explicaba el finado Bolaño, ningún escritor merece la unanimidad servil, ejercicio de funcionarios y mediocres. Finalmente, dejo establecidas algunas conside26 | UN PELO PERDIDO

raciones a mi recién parido hijo, las cuales pueden comprenderse como decálogo -¿o, en este caso, heptálago?de su existencia. Queda abierto el espacio a críticas, aunque estas bien podrían originar el surgimiento de la metafarándula-literaria, engendro reflexivo que no me atrevo a describir ni elucubrar todavía. Me deseo buena suerte. 1. Como todo género de farándula, su especie literaria es totalmente prescindible, no representa ninguna utilidad y tiene toda razón de ser execrada por la sociedad y el lector decente, moral y de buenas costumbres. 2. La farándula literaria descree de los ídolos, sólo respeta la obra de los buenos escritores, más no sus vidas ni su memoria –las cuales pretende [secreta e infatigablemente] ilustrar. 3. La farándula literaria se aprovecha fría y descaradamente del problema de los géneros; ella es un estilo en sí misma, es malintencionada y post-post-postmoderna. 4. Esta columna no espera perpetuarse en el tiempo ni sentar escuela en la crítica literaria nacional. Se conforma con ser publicada hasta que los editores se den cuenta de que es una insignificancia y manden a su autor al carajo. 5. Si gusta de las flores, loas y alabanzas, mejor lea esquelas fúnebres. 6. Si cree que los artículos de farándula literaria le servirán de apoyo para trabajos o tesis, olvídelo, su profesor lo creerá desquiciado; o peor aún, lo creerá un Opinólogo Literario, animal de una fauna que aún está por inventarse y que –tal vez, si me da la gana- describiré más adelante. 7. Si cree que empiezo hoy con el primer artículo de farándula literaria, está muy equivocado. Los sujetos de esta revista son tacaños con el espacio, así que compre el próximo número.

Esta primera columna fue publicada por Franz Rasca en la revista Carnestolendas, la que sólo sacó un número. (Q.E.P.D.) En busca de reivindicación y venganza, Franz ha decidido volver a intentarlo con nosotros.


Si te gustó este primer número y te gustaría colaborar con el proyecto: Difúndenos. Envíanos un correo a

unpeloperdido@gmail.com con el asunto ‘Afiche’ y te enviaremos de regreso un afiche que puedes imprimir y poner en donde estudias, trabajas o te pones de guata al sol. Además, si conoces los artes del engrudo, te invitamos a ser parte del Pelo. Envíanos un correo indicándonos dónde podrías pegar y la manera de ubicarte, para entregarte copias de nuestros afiches grandes. Necesitamos cubrir, prioritariamente pero no únicamente, el centro de Concepción, Talcahuano, Chillán, Los Ángeles, sus comunas aledañas, el campus de la UdeC, paraderos, parques, y los alrededores de universidades.

Apóyanos.

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Impreso en Impresos Bicentenario

F: 41-2432980, impresosbicentenario@gmail.com UN PELO PERDIDO | 27


abre su convocatoria para el

segundo número

En unpeloperdido@gmail.com y como archivo adjunto, recibimos relatos y microcuentos, todo tipo de poesía, breves novelas que puedan ser entregadas en partes, ensayos, en fin, creaciones textuales. Al enviarnos tu correo, no estarás cediendo ningún derecho sobre tu creación, ni ganaremos dinero con ella. No te cobraremos. Puede colaborar cualquier persona, de cualquier parte del mundo. Cierre de recepción propuesto para participar en el 2do número: 15 de julio de 2012.


Un Pelo Perdido - Número 1