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EDITORIAL

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n estos tiempos de lucha, cuando los estudiantes tenemos la tarea de construir y transformar la educación superior, se hace evidente la necesidad de retroceder en nuestros pasos y analizar acerca de diversas situaciones pasadas; primeramente recordemos que durante el reciente periodo de movilización se hicieron gran cantidad de murales llenos de inconformidad y razón, pero luego al volver de un corto receso nos encontramos con la no muy grata sorpresa de tener las paredes vacías, queriendo eliminar cualquier vestigio de lo pasado, tratando de inhabilitar la memoria colectiva. Por otro lado, debemos preguntarnos qué tan incluyente es la universidad con los diversos sectores que también hacen parte de la comunidad estudiantil –indígenas, campesinos, etc– y encontraremos que entre los mismos estudiantes hemos reproducido esas prácticas de exclusión histórica, hecho que se hace evidente en los distintos espacios de discusión y en la realidad de una universidad que no genera una estrecha relación con las comunidades, entonces preguntamos ¿de que nación estamos hablando cuando nombramos a la universidad nacional?. Por último, preocupa observar como los profesores luchan entre ellos por un cargo administrativo, menospreciando su principal labor, la de enseñar y compartir conocimiento, esto ha tenido como consecuencia la tendencia a la baja de la calidad académica de los pregrados, y se hace una gran mayoría han dejado a un 2

lado la preocupación por el futuro de la educación en el país como si eso no los incumbiera. Estos elementos tal vez no sean los únicos aspectos que se deban tener en cuenta para analizar; pero quizás si sirva de abrebocas para conocer un poco del funcionamiento de nuestra universidad, y exista una remota posibilidad de (re)activar ese papel investigativo y crítico del estudiante. Por lo tanto es necesario conocer la universidad que tenemos, para poder saber cual es la universidad que queremos.

De Burocracias Reinantes y ¿Academias en extinsión?

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oy, cuando la educación es tema fundamental en la agenda política y de movilización social, resulta bastante triste escuchar tan pocas voces de docentes en el debate sobre el futuro de la misma. Lo anterior no busca desconocer a quienes asumen con ética y compromiso la labor docente, pero por ello no podemos dejar de ejercer la crítica sobre la generalidad del profesorado, indiferencia que también se expresa en parte de los estudiantes colombianos. Resulta peor aún, saber que quienes hablan (y son escuchados), quienes generan “opinión pública”, no son más que la figuración inerte de la tan peleada autonomía universitaria, y “expresión” del gobierno universitario, categoría totalmente ajena (hoy día) a la construcción de un escenario participativo y democrático.


Son los docentes quienes ocupan los principales cargos administrativos y directivos, acompañados también de personas externas a la universidad que son designadas o “propuestas” para ocupar dichos puestos. Ambos son la “cara visible” de la universidad, tanto docentes como tecnócratas, quienes actúan como agentes de una estructura burocrática, como parte de la Empresa que es hoy la Universidad .

Realmente son una clara representación de la Autocracia Universitaria, de lo silenciada que está la universidad, si es en términos de la voz “institucional”. Y como estructura burocrática, solo se escuchen las voces de rectores o vicerrectores (con posiciones bastante blandas); mientras que las palabras de decanos o jefes de departamento son casi inexistentes en lo que refiere a la reforma a la educación superior, es decir, pareciera que este no es un tema para abordar en carreras o facultades, o no es necesario que desde allí se debata y se proponga, o la indiferencia campea tan ampliamente que a nadie le interesa, o más de uno se encuentra silenciado, producto de la participación en la torta, o dicho más “científicamente”, en la Burocracia.

Porque no podemos dejar de decirlo, en muchas universidades colombianas (sin caer en generalidades absolutas) los cargos administrativos son objeto de disputa por cientos de burócratas y clientelistas, que se han ido forjando en medio de grupos y élites “académicas”, y que claro está no se definen por el mérito ni por la producción intelectual. En universidades como la nuestra esto es evidente, así pocos sean capaces de abrir la boca contra quienes ejercen el dominio entre el 0.0 y el 5.0., o en casos peores en la aprobación o rechazo de proyectos de investigación o extensión. Y no solo aquí, en otras universidades del país se puede encontrar desde corrupción y clientelismo por parte de los “representantes legales” hasta nexos con el paramilitarismo. Y esta burocracia no es gratuita, para nada que lo es, por el contrario esta le cuesta a la universidad: primero porque se ha abandonado el ideal de un espacio de construcción de conocimiento guiado bajo los parámetros de la academia, mientras nos impusieron la tecnocracia como gobierno universitario; y segundo, resulta que hay un gran número de personas (“docentes”) que se jactan de producir, producir y producir, cientos de artículos, libros y demás, pero lo que no siempre se observa es el conocimiento, ni mucho menos la pertinencia del mismo con respecto a una realidad tan compleja y difícil como es la de nuestro país. 3


Es triste decirlo, y ojala no sea peligroso, pero parte de la crisis que hoy vive la universidad radica en la inexistencia de una buena docencia, del desarrollo de una investigación pertinente (socialmente) y de una efectiva extensión (entendida como dialogo de saberes). Y la cuestión es que bajo el modelo actual, los profesores son el eje de estas tres dimensiones de la actividad académica, a la vez que se presenta una subordinación de los estudiantes en el proceso educativo y en el mismo gobierno universitario. Hoy abundan los profesores que enseñan a repetir, a los que les resulta indiferente el futuro del país, los que no disfrutan enseñar, los que se niegan a aprender, primordialmente estos, los que aman el aprendizaje, han desaparecido de los campus. Hoy, el pensamiento crítico llega a ser señalado por docentes mediocres, mientras se fomenta aquella educación bancaria de la que nos habló el pedagogo Paulo Freire. Puede ser fuerte escucharlo, pero la academia de hoy es decadente. Y se acompaña de una pirámide de poder burocrática.

Camilo Torres (sociólogo fundador de la Facultad de Sociología de la UNBogotá), a partir de una lectura crítica y estructural de nuestra sociedad, 4

planteó que los estudiantes eramos (somos) un grupo privilegiado porque accedemos a la educación superior, mientras que la gran mayoría de la población apenas y termina la educación primaria y/o secundaria. Este planteamiento reitera la existencia de una profunda desigualdad social, que se fundamenta en lo que algunos llamarán lucha de clases, y que como planteamiento teórico continua igual de vigente que el pensamiento del que fue un consecuente revolucionario colombiano. Sin embargo, habría que agregar algo más: son “privilegiados” quienes habitan la universidad, pero allí mismo también hay mayores privilegios, élites de poder, burocracias, así de vigente es la lucha de clases, como la lucha en y desde la clases. Tanto educadores como educandos somos parte fundamental del proceso educativo, y es por ello que es esencial retomar el diálogo como método de trabajo en las clases, la democracia como expresión de autonomía y la construcción de conocimiento como diálogo de saberes, con el pueblo y las comunidades, y no en el ensimismamiento al que casi siempre ha conducido el método cientifista. Paralelo a esto hay una élite burocrática que en casos obtiene un salario hasta mayor. Hay buen número de docentes que se están ganando grandes dineros, en ocasiones a punta del trabajo de estudiantes, y no bastando con esto, hasta existe aquella extraña especie de docentes que son conocidos como vacas sagradas, ¿en qué consistirá lo sagrado?


Es decadente ver reinar la burocracia en nuestros campus, pero este mismo escenario evidencia la necesidad de transformar la universidad existente, y avanzar en la construcción colectiva de un proyecto educativo popular, la organización y acción de los profesores, estudiantes y trabajadores universitarios es una labor ineludible y urgente, como agentes “autónomos e idóneos”, como comunidad universitaria viva.

Universidad Nacional: ¿La Universidad de qué nación?

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uando pensamos en la Universidad Nacional, inmediatamente pensamos en que esta es la universidad de la nación, y que es en ella donde deben formarse y defenderse los valores y culturas de todos los pueblos que componen el país. Dentro de la misión y la visión de la Universidad, se encuentran "contribuir a la elaboración y resignificación del proyecto de nación, estudiar y enriquecer el patrimonio cultural, natural y ambiental del país" y " ser una academia que participe activa y críticamente sobre el desarrollo y la identidad nacional".

Sin embargo, por mucho que digan las letras, la realidad es otra. Dentro de la Universidad, se hace evidente como la "inserción" de otras comunidades se limita a unos cuantos programas entre los que podemos obser var el PAES (programa de admisión especial), el cual contempla una normativa especial para el ingreso a la universidad a personas de las comunidades negras, afro y palenques, siendo una iniciativa pertinente, pero que no resuelve los problemas a largo plazo que tienen estas personas para mantenerse dentro de la U, constituyéndose en gran parte de la población universitaria que semestre a semestre incrementa los índices de deserción. Además de esto, en cuanto a la inclusión de las diferentes culturas del país a la universidad, esta se reduce a la realización de ferias y fiestas que se supone nos muestran la diversidad cultural de Colombia, pero que más parecen un circo que poco o nada contribuye al aprecio y la apropiación de esas culturas por parte de la comunidad universitaria.

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Por último, si hablamos de inserción cultural y educativa, es de suponerse que las diferentes expresiones culturales del país van a verse incluidas dentro de lo académico, en los p ro g ra m a s c u r r i c u l a re s , e n l a enseñanza de lenguas nativas, etc. Pero incluso a este respecto, la Universidad Nacional, quien por su esencia debería ser pionera en este tipo de prácticas se queda corta; los procesos educativos que aquí se desarrollan nos muestran una única forma de funcionar, de comportarnos, de enseñar y de aprender; reducen la vida y los conocimientos a las formas occidentales que para nada recogen los saberes ancestrales, y que por el contrario, pretenden homogeneizarlos bajo los rótulos de "cientificidad" y "objetividad" que tanto se enaltecen desde todos los rincones de la institucionalidad. Estas banderas de las que tanto se enorgullece la Universidad, más parecen defender la formación de sujetos acríticos, y la "producción" de saberes para la reproducción de la sociedad actual (con todo y sus contradicciones). Se reduce el saber científico a la repetición (porque ni siquiera es análisis) de teorías que la mayoría de veces no corresponden a nuestra realidad, y que muy pocas veces son confrontadas con ella y puestas a dialogar con los otros conocimientos, reduciendo entonces el conocimiento a lo racional y funcional. Este tipo de actos dejan varias preguntas en el aire ¿que tan incluyente 6

es la Universidad? ¿Las culturas nativas solo nos aportan bailes y artesanías? Para nadie es un secreto que en la sociedad en general, los conocimientos de indígenas, campesinos, y en general de todas las identidades que pretenden ser negadas, se ven como algo inferior, como algo que va en contra del proyecto modernizador al que debemos dirigirnos. Con esto, se da cuenta de que la Universidad actúa introyectando los principios sociales con los que convivimos; sin embargo, esto no es excusa para reproducir estas prácticas. Desde la Universidad como productor de conocimiento, se debería empezar a desarrollar un proceso de descolonización, un proyecto que reivindique los saberes de los pueblos, que los reconozca como válidos, y sobre todo, que los integre a un nuevo proyecto de Universidad, uno que realmente responda a la historia y al contexto actual del país, a su idiosincrasia y a sus quereres. Son varias las acciones concretas con las que pueden darse los primeros pasos en este sentido: la enseñanza de lenguas nativas, el acompañamiento para la creación de universidades de pueblos indígenas y afros y la implementación de cátedras en donde los temas centrales sean dictados por las personas que hasta ahora se han quedado por fuera del ambiente universitario, son entre muchas otras, iniciativas que propiciarían en gran medida, empezar a (re)generar los lazos con los llamados “otros”, y desarrollar el diálogo de saberes.


Esta reflexión pretende dejar en el aire las críticas respecto al papel que está cumpliendo la Universidad en el proceso de construcción de nación, de multiculturalidad y de identidad. Pero más que esto, con esto se busca problematizar acerca de que proyecto de país estamos pensando desde el ámbito académico, ¿estamos produciendo conocimientos que lo único que van a hacer es perpetuar el (des)orden en el que hemos vivido desde hace siglos? El llamado es entonces a superemos esta lógica en la que hasta ahora hemos estado inmersos y enfoquemos nuestro quehacer académico e investigativo a plantear soluciones y proyectos políticos y de sociedad realmente i n c l u ye nte s q u e co nt r i b u ya n a l a construcción de un país, verdaderamente plural, verdaderamente libre, verdaderamente nuestro.

Estamos gris ¿y qué?

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a iluminación de aquellos muros del campus universitario, acompañados del sabor de una alegría incansable, del olor a esperanza y transformación social, sobre todo del tacto de la lucha y movilización estudiantil durante el año anterior, pueden considerarse dentro de la memoria histórica de los procesos estudiantiles. Estas danzas, coplas, poemas, imágenes, creaciones artísticas, en si, todo aquello diferente a lo

cotidiano fue acallado con el devastador gris. Gris de represión, gris de irrespeto, gris de silencio, es decir un único gris. La Universidad Nacional de hoy, sin ser totalmente distinta, sí es diferente. La perdida de las obras artísticas realizadas por aquellas personas que hemos habitado o que sentimos el campus de manera singular; además de las diversas medidas que van en contravía del respeto y reconocimiento como parte integral h a c i a l a p o b l a c i ó n u n i ve rs i ta r i a argumentando una supuesta generación de espacios de “sana convivencia”, impulsan una sensación de desasosiego frente al devenir participativo estudiantil, bien sea desde el aprendizaje autónomo y multidisciplinar -no solo la academia especifica- o de la apropiación del espacio de uso público como medio de identificación. De ahí que, el pretender aprobar programas que al fin de cuentas genera un coartamiento de la libre expresión de los estudiantes, argumentando estar “facultados” en base a la concesión que otorga el estado a ciertos “responsables” del orden dentro de la universidad, y que estos mediante actos administrativos generan una perdida en la aceptación multicultural expuesta en los principios misionales y en la carta política colombiana como norma de normas.

Restauración Mural Conmemorativo Unal- Med. Bloque 46

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Para nuestra suerte, la diversidad que concurrimos en los pasillos, en los salones y en general en el campus universitario, construimos nuestra propia territorialidad; elaboramos, tomamos y retroalimentamos nuestras propias representatividades, establecemos nuestros sueños y hacemos uso de la imaginación con desbordante entusiasmo. Somos como el ave fénix que renace de sus cenizas y frente a la represión e ironía institucional, la distorsionamos con la fuerza y la lucha estudiantil. Por esto, solo queda por decir: “Contra la represión pintaremos hasta el cielo”

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Boletin UPR No.5  

En esta edición se encontrará algunos articulos de lo que es la universidad hoy. Desde la crítica a la burocracia universitaria, pasando por...