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Capítulo 13 La prosperidad «Me merezco lo mejor y lo acepto, ahora mismo.» Si desea que la afirmación que antecede sea válida para usted, no querrá dar crédito a ninguno de los siguientes enunciados: El dinero no crece en los árboles. El dinero es sucio. El dinero es malo. Soy pobre pero honrado. Los ricos son unos ladrones. No quiero enriquecerme y engreírme. Jamás conseguiré un buen trabajo. Nunca llegaré a hacer dinero. El dinero se va con más rapidez de lo que llega. Siempre tengo deudas. Los pobres nunca pueden levantar cabeza. Mis padres eran pobres y yo también lo soy. Los artistas vivimos luchando. Sólo los estafadores tienen dinero. Todos están antes que yo. Oh, yo no podría cobrar tanto. No me lo merezco. Yo no sirvo para hacer dinero. Nunca le digo a nadie lo que tengo en el banco. No hay que prestar dinero. Peseta ahorrada, peseta ganada. Hay que ahorrar para los días malos. En cualquier momento puede sobrevenir una crisis. Me enferma la gente que tiene dinero. Para ganar dinero hay que trabajar mucho. ¿Cuántas de esas creencias suscribe usted? ¿Piensa realmente que compartir alguna de ellas le traerá prosperidad? Esa es una manera de pensar antigua y limitada. Quizá fuera lo que creía su familia respecto del dinero, porque las creencias familiares se nos quedan pegadas, a menos que nos liberemos conscientemente de ellas. Pero no importa de dónde venga: debe desaparecer de su conciencia si quiere prosperar. Para mí, la verdadera prosperidad comienza cuando uno se siente bien consigo mismo. Es también la libertad de hacer lo que uno quiere, y cuando quiere. No es nunca una suma de dinero: es un estado de ánimo. La prosperidad (o su ausencia) es una expresión externa de las ideas que hay en su mente. El merecimiento Si no aceptamos la idea de que «merecemos» prosperar, entonces, aun cuando los dones nos lluevan, encontraremos la manera de rechazarlos. Por ejemplo: Un alumno mío estaba trabajando para aumentar su prosperidad, y una noche llegó a clase emocionadísimo porque acababa de ganar quinientos dólares. -¡No me lo puedo creer! —repetía—. ¡Si yo jamás gano nada!

Usted puede Sanar Su Vida  
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