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UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP • AÑO 3 • número 9 • noviembre 2012 • enero • 2013 • $ 25

Mis Fuentes

ISSN: 2007-2813

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DI R ECTOR I O

CONS E JO EDITOR I A L

Dr. Enrique Agüera Ibáñez

Rafael Argullol Jorge David Cortés Moreno Luis García Montero Fritz Glockner Corte Michel Maffesoli John Mraz José Mejía Lira Francisco Martín Moreno Edgar Morin Ignacio Padilla Alejandro Palma Castro Eduardo Antonio Parra Herón Pérez Martínez Francisco Ramírez Santacruz Miguel Ángel Rodríguez Vincenzo Susca Jorge Valdés Díaz-Vélez René Valdiviezo Sandoval Javier Vargas de Luna David Villanueva

Rector

Mtro. Alfonso Esparza Ortiz Secretario General

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Pedro Ángel Palou Director

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UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP, Año 3, No. 9, noviembre 2012 a enero 2013, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 sur 104, Col. Centro, C.P. 72000, Puebla Pue., y distribuida a través del Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico, con domicilio en 4 sur 104, Tercer patio del Edificio Carolino, Col. Centro, C.P. 72000, Puebla Pue., Tel. (52) (222) 2295500 ext. 5559, unirevista@gmail.com. Editor responsable: Dr. Pedro Ángel Palou García, pedropalou@me.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 04-2010-110113552200-102. ISSN: 2007-2813, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Número de Certificado de Licitud de Título y Contenido: 15204, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Permiso SEPOMEX No. Impresos IM21-006. Impresa en PROMOPAL PUBLICIDAD GRÁFICA S.A. DE C.V., Tecamachalco No. 43, Col. La Paz, Puebla, Pue. C.P. 72160, Tel. (222) 1411330, DISTRIBUCIÓN CITEM, S.A. DE C.V., Av. Del Cristo 101, Col. Xocoyahualco, C.P. 54080, Tlalnepantla, Edo. de México, Tel. 52 38 02 00, este número se terminó de imprimir en octubre de 2012 con un tiraje de 3000 ejemplares. Costo del ejemplar $25.00 en México. Administración, comercialización y suscripciones: Francisco Javier Velasco Oliveros, Tel. (222) 5058400, javiervelasco68@hotmail.com, Dinorah Polin, Tel. 01 (222) 4447545, dinorah2606@hotmail.com. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.


noviembre 2012-enero 2013

Javier Vargas de Luna Fernando Iwasaki Ignacio Padilla Juan Gabriel Vásquez Pedro Ángel Palou Jorge Volpi David Miklos Miguel Maldonado Rosa Elena Temis Federico Vite

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Mis Fuentes La muerte a diario de Carlos Fuentes Un Chac Mool en Montparnasse Londres, Fuentes Seré recordado como fui Mi Carlos Fuentes Nuestro Virgilio Segunda biopsia Fuentes de juventud Al otro lado A manera de cuento NOCTUA

Eduardo Matos Moctezuma Patricia Quintana Raymundo Sesma

Imagen anterior: París, Francia, septiembre de 1979. Foto: Getty Images México.

48 Festín en el Mictlán

Carlos Ríos Óscar Arias Kok-Chor Tan Juan Carlos Canales

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PLURAL Refugio para un amor. Manuel Puig en México Universidades, antesala del futuro Una defensa para el igualitarismo de la suerte (II) Fragmentos de un diario de lectura

Paola Carola Gómez Lagunes Manuel Guedán Vidal Guillermo Espinosa Estrada Miguel Maldonado Adrián Emmanuel Méndez Gómez

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TALLER Por favor, no me creas La unidad involuntaria El último maestro Una breve versión de imdinb Felicidad de a dólar


Londres, 1994. Foto: Getty Images MĂŠxico.


LA M UERTE A D IA RIO DE CARLOS FUEN T ES Ja vier Va rg a s d e L u n a


Foto: Sophie Bassouls.


Miércoles. Mayo 16, 2012

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Tengo hambre. En mi habitación, los noticieros de la última tarde hablan del nuevo gobierno francés. Sin quererlo vuelvo a recordar los colores de la semana pasada en la Bastilla y la celebración de los socialistas: en el metro, en un francés casi perfecto, Peter y Michael, los americanos, no dejaron de anunciar el júbilo del momento; fue la mejor ironía en la noche de un triunfo histórico, quiero decir, un partido de izquierda festejado por dos profesores gringos entre cuántos extranjeros radicados en la felicidad de Francia. Ahora sólo falta el Zócalo, me digo, me repito, ya nos toca, me insisto, ya es tiempo, por López Obrador como en la Bastilla, y no, no puede ser el PRI, claro que no, otra vez no, porque lo suyo son las llagas conocidas de antemano, las mentiras de un ciego dando palos al pasado, y entonces vuelvo a convencerme, vuelvo a repetirme: en México somos hijos del pensamiento liberal y lo demás es la excepción a las reglas de cualquier esperanza. En fin, y mientras la televisión termina de informar que Sarkozy se nos ha ido a saborear las miserias de su retiro definitivo, la Bruni ya es la peor caricatura de una edad que quiso anestesiarse de cosméticos. Sigo sin resolver las soledades de mayo. Ayer lo supe por la tarde y en seguida París dejó de tener sentido. ¿Hacia dónde debe mirarse cuando acaba de morir Carlos Fuentes? No, París ya no es tan eterna de ahora en adelante. Y no, yo ya no estoy aquí, o tal vez nunca lo estuve mientras caminaba por la calle Suger abrumado

en el recuerdo de sus últimas entrevistas. Certero, aunque ya no tanto, tenía dos manos de anciano y unos labios que a la menor provocación de la idea iban en busca de sus encías, como si ocho décadas de voces le hubiesen enseñado a saborear las palabras antes de pronunciarlas. Lo sentía lúcido de cansancio, con esa brizna de inteligencia postrera en la que aún es posible la voz de una verdad eterna. Recuerdo haberle oído que nuestro paso por el mundo era un constante desnudarse de integridades y de absolutos. Sí, sus lecturas del tiempo eran, sobre todo, un afán de nunca caducarse de curiosidad. Tal vez Carlos Fuentes es el mejor ejemplo de los sonidos de la novedad, esas sorpresas que siempre buscó para nutrir las posibilidades del minuto que viene o para sostener el pasado que sigue pasando en cada uno de nosotros. Mañana, sesión sobre la cultura de los estigmas en la Edad Media organizada por Gabor, el húngaro, mi vecino en la Maison Suger. Cita: 9:30 de la mañana en el sexto piso del Institut d’Études Avancées. Pendientes: buscar un vuelo barato a México para la última semana de junio. Sábado. Mayo 19, 2012 Llovizna, impermeables, entradas y salidas del metro Saint Michel con mala cara. En los pasillos hay un cantor que imita a Brian Adams haciendo el agosto de su vida en cada mediodía. Contradicciones aparte, la eficacia en el parecido funciona gracias a su mucha negrura. Esta es la verdadera mundialización del desconcierto, pienso: cantor negro que

L o s entí a l úc i d o d e c ansancio, con esa brizna de in t el i genc i a p os trera en la que aú n es posible la vo z d e una verd ad eterna. Recuerdo h aberle oído que nues tro p as o p o r el mundo era un constante d es nud ars e d e i nte gridades y de absolutos.

Página 7. Fotografía: Sophie Bassouls.


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9 Fotografía: Carlos Fuentes y amigos, en Retrato de Carlos Fuentes, Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, 1995.

imita voces canadienses en una primavera parisina que voy padeciendo aquí con pasos huastecos —y ni qué decir de su guitarra japonesa o de los turistas multinacionales en el subterráneo de un chubasco. Las imágenes de Verlaine me han perseguido camino al Institut. A pesar de que he estado a punto de no sucumbir a sus versos, al final he preferido no regatearle nada a la muerte de Carlos Fuentes y me repetí hasta la saciedad aquel poema: “Il pleure dans mon cœur/ Comme il pleut sur la ville.” Sí, y aunque el tiempo mexicano, mi tiempo, llora de otra manera por estos andurriales, y aunque nadie se dé cuenta de nada entre mis ojos, y aunque estoy solo aquí para llover en sentido contrario a la distancia, he sufrido el París de Carlos Fuentes con las tristezas más conocidas de Verlaine. He terminado el sábado con la sospecha de que su escritura representa un atosigado mirar de niño. Tal vez esa forma suya de abrir los ojos es la que contiene la llave más elocuente para penetrar el espejo de sus páginas. Respetaba la eternidad de un muchacho que quiere salir de casa por primera vez, saltar las coordenadas de lo establecido otra vez por primera vez, y parpadear y correr y deambular siempre otra vez por primera vez en las minucias de una lucidez nacida al botepronto. ¿Es posible que la mirada infantil potencie los infinitos del destino humano?, pienso, pienso, sigo pensando, y enseguida descubro el parecido entre esas dos palabras, infancia e infinito. Tiene que ser así…, por supuesto, desde luego, claro, y que nadie lo dude

aunque nadie me lo crea: en la cercanía de dichas voces se libera un homenaje circunstancial a la mirada de Carlos Fuentes. En la librería Gilbert he buscado algunas de sus traducciones. Me disgustan tanto estos cuatro pisos llenos de libros, clientes y escaleras para todos los gustos frente al Museo Cluny. Apenas y he encontrado La frontière de verre y el Cristophe et son oef —La frontera de cristal y Cristóbal Nonato—, ambos editados por Gallimard. Eso sí, traducciones de autores españoles hay demasiadas. Una vez superado el extravío frente a los estantes de la Pléiade, he regresado a casa con la tentación de nunca más sufrir el chauvinismo nuestro de cada día, porque París ya debía saber que la lengua española somos algo más que España —y también España—. Vaya uno a saber el estertor que padecerán los traductores locales a la hora de querer poner de moda la muerte de Carlos Fuentes. En fin, la tarde ha valido el disgusto al repasar el francés de sus libros; después, claro, me he aplicado un salto mortal hacia la mexicanidad de lo leído y he descubierto que mi regreso al español disminuye la fuerza de su origen, como si mis consonantes le fueran incompatibles a la esencia de todos sus párrafos. Difícil de explicar, y yo tengo tanto sueño. Domingo. Mayo 20, 2012 A las 10 de la mañana regreso a la misa gregoriana en Notre-Dame, del otro lado de la Maison Suger. Me siento bien y no, creo y no, soy y no la tirantez de mis inconfesiones. Prefiero este mundo con la


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idea de Dios que sin ella, vuelvo a pensar. Saramago me caía bien por las sonrisas de su ateísmo, por esa manera suya para descreer sin culpa, sonriente y cálido: sabio de buen humor en la fe inversa de una eternidad negada. Mejor sería sentirme turista en esta catedral y, ya de paso, en todas las iglesias de mi memoria. Por lo demás, en Notre-Dame he vuelto a encontrar a la señora de mucha edad que se parece tanto a mi tía Nena. Sin faltar a ninguno de mis domingos, ella vigila la corrección de las bancas y de los oyentes. En la moderación de sus tacones y en el saquito de botones dorados hay una limpieza y una intolerancia inquisitoriales. Al paso de las misas he descubierto el placer que le provoca regañar a los sombreros durante la liturgia: que se lo quite, señor, ¿acaso no sabe dónde está? No sonríe nunca, camina con la rigidez de un cuerpo siempre a punto de perder el equilibrio y lleva una cola de caballo muy escolar

que hace juego con la severidad de su falda, planchadísima. Sí, se parece tanto a la tía de mis quince primos y de los ochenta y tres nietos, la del Templo Expiatorio que nunca terminó de construirse allá en León. Sigo sin digerir su muerte. Mi papá hablaba bien de él. Por el contrario, en la escuela secundaria nadie me lo enseñó, tan ocupados como estábamos en devorar a Edgar Allan Poe, “El barril de Amontillado”, “Los asesinatos de la calle Morgue”, sobre todo “El gato negro”. Recuerdo a mi profesora de aquellos años, una española llegada a Tampico así de niña, cuando la Guerra Civil heredó tantas bienvenidas en el Golfo de México. Se llamaba Margarita Fierro de Zorrilla, o algo así, y dicen que alguna vez ceceó aunque ahora ya sólo se le escapaban unos participios fuera de tiempo. Y a pesar de que sabía mantenernos vigentes en la imaginación, nunca lo mencionó, de verdad, la maestra Zorrilla nunca

Cátedra Carlos Fuentes, Xalapa,2011. Foto: Alba Martínez.


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dijo nada de un tal Carlos Fuentes. Supongo que aquel colegio de jesuitas ya había comenzado a deseducarme de lunes a viernes. Sin embargo, en esos días de aquellos años yo nunca tuve ninguna necesidad de hacerle saber a nadie que a papá le gustaba muchísimo la vida de los libros de Carlos Fuentes. Además, estoy seguro, papá quiso llegar a reescribir con mano propia La muerte de Artemio Cruz, reinventarla con palabras paralelas, con voces idénticas y enmascaradas, siquiera con frases que se le parecieran un poco a la maravilla de un destino hecho de tanta historia mexicana. Por lo demás, insisto, yo creo que sin Carlos Fuentes papá nunca hubiera deseado llegar a producir una obra maestra, un libro genial que a su vez insuflara en otros el deseo de la literatura. Y creo, también, que en casa pudimos tener una vida menos atrabancada si no fuera por las frustraciones que Artemio Cruz le prestó a las miradas de mi padre. Me voy. Martes. Mayo 22, 2012 Camino al día de hoy, lo he comprendido: una ciudad se hace nuestra cuando sus pordioseros nos reconocen al pasar. Juro que nunca le he ofrecido una limosna al indigente de SaintGermain y, sin embargo, hoy me ha saludado lleno de frío y con las vedijas tiesas por una primavera disfrazada de otra cosa. Somos de cada ciudad si su pobreza sabe mirarnos a la cara, y saludarnos. Estoy seguro. La rutina me ha dado el tiempo para calcular mis caminatas: cuarenta y ocho minutos dos veces al día en la ida y vuelta al Institut d’Études, más o menos. Después de la Gare d’Austerlitz he pensado en la memoria de mis lecturas. Fue casi al llegar a mis veinte años cuando comencé a descubrir que Carlos Fuentes nos miraba con sílabas hechas de nuestros olores. Entonces sus títulos ya estaban al alcance de la mano, aunque lo mejor era sentirlos inaccesibles. La pregunta no era si compraríamos o no sus libros sino, por el contrario, si tendríamos el valor para habitar una galería de actitudes humanas que, desde la primera vez que lo leí, supe intensa y extensa, desgarradora en los sinsentidos de cualquier destino y brutal al provocar la deriva de nuestras ideas sobre la

felicidad. Sus historias estaban allí, habitando mi primera universidad, ¡¿y quién dijo miedo?! Comencé por sentir celos, muchos, de un general cuyo nombre no recuerdo, aquel tan enamorado de la hija de Ambrose Bierce —¿se llamaba así?—, el Gringo viejo de mi primer libro. Nunca he sentido un desconcierto parecido al transitar por las páginas de una revolución que se ocultaba detrás del amor, mundo donde la causa social podía convertirse también en suicidio premeditado. Además, qué episodios los de un hombre siempre listo para la entrega. En la ley de un universo a punto de extinguirse, aquella mujer lo amó con la sospecha de estar realizando un descenso hacia todas las esencias humanas: se ama o no, y lo demás es extravío, parecía decir. Aquella novela me hizo sentir tan orgulloso de mis diecinueve años, tan altivo, no sé por qué… Tal vez era la genialidad de asistir al fusilamiento de un cadáver, la noche de pasión que no quiere padecer otra forma de combate al día siguiente, la hacienda hecha pedazos por los golpes de un beso que contradice los libros de historia, el periodista vacío de tiempo y de noticias, el pueblo que se reinventaba de palabras para batirse con corrección en un México que nunca terminó de hacerse permanente. Aquel libro hizo que yo mirara su escritura como un espacio de muchas salidas, como el encierro que invita a decidir el futuro de un relato que nunca termina en el punto final. Gringo viejo, esa fue mi primera epopeya a su lado. Después vinieron otras cosas, Aura, Aura, ¡Aura y mi obsesión de cuántos meses! Me impidió tanto pensar en algo más que un buen día me descubrí frenético recorriendo por tercera vez la impaciencia de un texto inesperado: “On Reading and Writing Myself: How I wrote Aura.” Delicioso descubrir las etapas de la exploración, los rumbos inciertos de la palabra explicados por el mismísimo Fuentes en una lengua que no nos pertenece. Fue un poco como atravesar el epistolario de Flaubert, aquel que casi siempre habita en los apéndices de Madame Bovary. Ah, sí, debo decirlo: Madame Buettner, la suiza, se salva…, si al menos no se llamara como mi ex esposa me enamoraba sin dar ni pedir cuartel, como en Gringo viejo. Pero no, ni siquiera es posible amarla con la desmemoria de Aura.

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Miércoles. Mayo 23, 2012 Sesión de Omar, el senegalés… A él le pertenece la primera gran ocurrencia del día —transparente y profunda, espero—: al abordar la figura de Léopold Sedar Senghor habla de la transitoriedad de la historia pues, en efecto, “cada uno tiene su propio Senghor”. Y ahora nos va llevando hacia el 68 en Dakar, a las intersecciones de los olvidos africanos por culpa del México de los juegos olímpicos, dice, o por la primavera de Praga, argumenta, o por el mes de mayo de un París de otro momento. Yo no sabía que Senegal fuese la repetición de todo aquello. Ahora, atención al comentario sobre el Prix de la Paix que se le ofrece a Senghor en el apogeo de su carrera política, en Alemania, y nuevas protestas, y grandes críticas, y ¿quién era este hombre a caballo entre la Europa de su francés y la intimidad del wolof? La sesión concluye con postulados de incendio: el neocolonialismo en el Tercer Mundo representa la pensión alimenticia que se otorga a la esposa divorciada, y yo veo los rostros alrededor de la mesa, sí, todos estamos ya un poco fastidiados. Hoy sólo busco cortarme de mí, atravesarme de mí, dejarme en paz cuando escribo. Sacarme los ojos, atragantarme de sueños, contener la respiración cuando escribo que no sé contener la respiración cuando escribo. Levantarle las mangas del instante, sacudirle los ojales al destiempo,

arrancar el color de la tela de esta página con la fuerza de un verbo que me permita triunfar sobre cualquier desnudez cuando escribo. Mirar hacia la contracara de todos los destinos, sentir que puedo mudar tres historias universales en cada palabra y al final perderme en la conciencia de lo que cada línea no quiso representar. Sí, yo sigo tan cansado de la misma muerte de Carlos Fuentes. Parece que lo entierran en Montparnasse, y tal vez sea el primer mexicano que conozca en un entierro aquí en París. De seguro quiso hacerse acompañar de Cortázar y de Vallejo, pienso. Sin embargo, estas cosas son tan íntimas y tan personales que era casi una necedad buscar algún anuncio del sepelio. Eso sí, en México se publicó hace un par de días la noticia de que alguien había descubierto su nombre en una lápida hecha de mucha paciencia varios años atrás, y desde entonces abro bien los ojos porque, como él mismo decía, París no es tan ilusoria sino sólo un poco fugitiva. Mi hija no ha querido salir a caminar, y yo tampoco. Sólo un café en Saint-André des Arts donde hay un mesero que se afeita con rastrillos de campesino y que defiende a muerte el socialismo que ahora nos gobierna, según dice en voz alta. Sigo esperando un correo de Anna, la italiana. Un correo que sobreviva en mi sonrisa para siempre…; ya llegará, estoy seguro.


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Washington, D.C., 1975. Foto: Marcelo Montecino.


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U N CHAC M OO L E N M ONTPA RN A SSE Fernand o I wa sa ki


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la próxima

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vez que vaya a París y visite como siempre el cementerio de Montparnasse —donde me siento a leer junto a Vallejo, Cortázar, Beckett o Baudelaire—, quizá me encuentre con la tumba de Carlos Fuentes y sentiré entonces un nudo en la garganta, porque Fuentes será el primer escritor cuya simpatía y amistad convocará mi memoria apenas perciba el tacto de una piedra funeraria. Recordaré, por ejemplo, una sobremesa en Santillana del Mar, escuchándole hablar de Julio Cortázar y de los años aurorales del Boom. Volveré a estar en un bar de Rosario, entre gallos y medianoche, participando de una divertida tertulia cervantina. O retrocederé en el tiempo hasta llegar a una tasca, a las afueras de Guadalajara, donde se pasó todo el almuerzo hablando maravillas de los jóvenes narradores mexicanos. Sin embargo, seguro que en el fragor de los recuerdos volveré a la mesa de aquel restaurante sevillano donde Silvia desplegó las fotos de sus hijos mientras Carlos le acariciaba la mano conmovido. Nunca escuché a Carlos Fuentes hablar de sí mismo, sino siempre de otros. De otros escritores a los que admiraba y leía con pasión, de otras personas a quienes amó o en cuyas ideas creía, de antiguos amigos perdidos en alguna de las curvas de la vida y de nuevos amigos recién descubiertos casi al final del camino. La estatura humana de los escritores no necesariamente engrandece sus obras, pero en el caso de Fuentes sí que advierto un enriquecimiento mutuo. De hecho, después de tratarlo en la corta distancia, sus grandes libros me parecen mejores y los que no había leído con la misma atención los hallo ahora nimbados de una luz nueva.

Mi primera lectura de Fuentes fue Cuerpos y ofrendas (1972), cuentos reunidos, donde leí fascinado Aura y “Chac Mool”. Luego vinieron —en este orden— Terra Nostra (1975), La muerte de Artemio Cruz (1962), La nueva novela hispanoamericana (1969), Cervantes o la crítica de la lectura (1976), Casa con dos puertas (1970), Agua quemada (1983), El naranjo (1992) y Geografía de la novela (1993), porque a partir de entonces perdí el orden de las lecturas siguientes y eso en mi caso es una buena señal. Por ejemplo, Jorge Volpi me pidió una colaboración para el número de homenaje que le dedicó la revista Cahiers de l’Herne y escribí un ensayo sobre el libro que acababa de leer: Inquieta compañía (2004). Por lo tanto, entre medias seguramente leí más de siete títulos, entreverando ficciones y ensayos. El vacío que deja Carlos Fuentes es enorme, porque se trataba de un intelectual global en español. Sus opiniones, sus puntos de vista y sus llamadas de atención jamás caían en saco roto y su ausencia nos priva de una referencia importante en estos tiempos de crisis y confusión. Me siento afortunado, sin embargo, de haberlo conocido y haber disfrutado de su generosidad, porque Fuentes siempre fue muy generoso con jóvenes creadores como Jorge Volpi, Cristina Rivera Garza, Alex Branger, Santiago Roncagliolo, Pedro Ángel Palou, Santiago Gamboa, etcétera. La próxima vez que vaya a París y visite como siempre el cementerio de Montparnasse, habrá una tumba nueva donde no podría leer porque lo que me gustaría sería escuchar, oír una vez más la voz de Carlos Fuentes como tantas otras veces y en tantas otras ciudades. Y dejaré a su lado un Chac Mool, para que nunca deje de lloverle y permanezca florecido. Sevilla, verano de 2012

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LO ND RES, FUEN T ES Ig nacio Pa d illa


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En Londres Carlos Fuentes

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se desdibujaba, se desasía del mundo para abastecerse de sí mismo. Era poco menos que imposible convencerlo de que apareciese en público precisamente ahí, en Londres, o para el caso, en cualquier parte del Reino Unido. Mis días debía pasarlos explicando a gestores, académicos, políticos o poetas bisoños que era más sencillo conseguir que el ilustre escritor fuese a Johannesburgo o a París antes que a alguna librería en Picadilly o en Oxford Street. ¡Pero si allí vive!, clamaban todos menos sorprendidos que indignados. Exacto: Fuentes, en Londres, vivía la vida que su ser de persona pública le impedía vivir el resto del año. Ni París ni Madrid ni Buenos Aires ni México parecen haberle dado nunca la paz que para escribir le concedía generosamente la capital británica. Allí, sólo allí, Fuentes podía perderse en la culta y variopinta multitud de esa maqueta del universo que es Londres. Allí, también, pasaba las horas infinitas de su escritura incontenible, o las de su ser caminante incansable y observante. Escribir y mirar Londres desde el relativo anonimato de aquel vértigo cosmopolita eran el regalo que Fuentes se daba a sí mismo y que se daba asimismo con Silvia. No que no añorasen Nueva York o París, pero volvían siempre a su cálido departamento londinense como quien se busca para reabastecerse. El teatro, la ópera, la danza, las nubladas tardes y noches en Covent Garden o en los escenarios del Strand, quizá en las oscuras salas de cine en el Soho, eran las cuevas dentro de las cuevas donde invernaban los Fuentes. Era ahí y a la par de ese mutuo descanso íntimo donde se gestaban las novelas, los ensayos, los elaborados sistemas de ideas que luego, en los meses restantes del año, Carlos Fuentes se encargaría de promover y disparar en la multitud de foros, lenguas y países por los que había decidido transitar en su expansiva evangelización intelectual. Excéntrico era también el hecho de que los Fuentes se instalaran en Londres siempre y solamente durante

Feria Internacional del Libro, Guadalajara, 2006. Foto: Daniel Molina. Página 21: Biblioteca Nacional, Madrid, España. Foto: Getty Images México.

el invierno. No se inclinaban por el breve pero generoso verano inglés: preferían el viento, las neviscas, la brevedad del día y la largura de la noche, las caprichosas precipitaciones pluviales inglesas, acaso porque todo aquello de algún modo los obligaba aún más a no salir, a no estarse a pie quedo sin abandonar el regalo de un letargo que sin embargo era prolijo, copioso, concentrado. Londres era para Carlos Fuentes la casa de la creación, la patria elegida de la privacidad creativa y escriturística. Ni en México pudo nunca sustraerse con tanto acierto y éxito a la voracidad de un mundo que reclamaba, más que sus libros, su presencia superabarcante, su peso escénico, su infatigable y lúcido decir, contar, traducir la realidad con el florete elegantísimo de la palabra y el arte. En Londres recibía, por qué no, a algunos amigos. Aceptaba de buen grado encontrarse con quienes pasaban por ahí, aunque lo hacía a cuentagotas, evitándolo casi. Podían los Fuentes escaparse en relativo secreto a pasear o a cenar con Harold Pinter y Antonia Fraser, o subir un rato a Cambridge invitados por Stephen Boldy o a Oxford por Allan Night. En algún oscuro club de caballeros podía intercambiar unas palabras con Lord Hugh Thomas. Notablemente les gustaba lo inglés por discreto y por privado, porque contrastaba con la bullanguería latinoamericana o con el estruendo español o con el altanero glamour francés. Lo británico, fuera celta o anglosajón u oriental, les acomodaba en su enclaustarse sin enajenarse del todo. Quizá por ese mismo temperamento otros latinoamericanos se habían instalado ahí sin que se supiera que lo habían hecho. En aquella Londres, no muy lejos de la casa de los Fuentes, vivían también Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante, otros gigantes que habían preferido Inglaterra para su madurez literaria con tanta convicción como antaño, en sus mocedades, habrían elegido París o Barcelona. Aquella Londres —aún no acabamos de reconocerlo— fue a su modo un Parnaso latinoamericano


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atemperado con la discreción que ni Francia ni España pudieron nunca ofrecerle a los titanes que en la segunda mitad del pasado siglo, encabezados por Fuentes, proclamaron con sus vidas la condición del escritor profesional. Allá lo vi algunas veces, porque él así decidió que fuera, y cuantas veces quiso él que así fuera. Hoy más que nunca, cuando ya no está y pude verlo en sus foros abigarrados y en sus escenarios inmensos, atesoro haber podido ver, así fuera por instantes, el apacible rostro londinense de Carlos Fuentes, el rostro de quien sólo allá podía distraerse porque había interrumpido por un par de horas su escritura, el rostro del hermético sabio

que al fin podía vulnerarse un poco porque había paseado por una librería en la que no debía firmar ejemplares ni dar autógrafos, el rostro del pensador niño que aún podía extasiarse con un buen estreno de una obra de Pinter actuada por algún actor shakespereano convertido al cine, y que podía disfrutar desde una butaca cualquiera, tomado de la mano de Silvia, un Rigoletto estupendo. O simplemente el rostro de quien en Londres se daba el lujo de abstraerse, de pronto, de interrumpir sus monólogos maravillosos porque una idea le había venido a la cabeza y se le cocían las habas por volver a casa a escribirla como sólo él sabía hacerlo. Santiago de Querétaro, 2012

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S E Rร‰ RECORD AD O COMO F U I Juan Ga br i el V รก sq u e z


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cosas que hizo Carlos

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Fuentes —una de las últimas muestras de curiosidad, entusiasmo y generosidad genuina— fue idear un encuentro de novelistas en Ciudad de México. La invitación —de su parte, pero no en sus palabras, sino en las de los organizadores— me llegó por correo electrónico con mucha anticipación; me apresuré a aceptarla, por supuesto, y dejé de pensar en ella. Una noche, al salir de una conferencia, me dieron la noticia inadmisible de esa muerte que nadie esperaba. No tuve tiempo de sentir tristeza: de inmediato me hundí en varios encargos de varios medios, en análisis adhoc de la obra de Fuentes, en conmemoraciones de su vida que eran sinceras y honestas, sí, pero que acepté sólo por la convicción supersticiosa de que al escribir sobre él evitaría ese silencio, esa soledad en que comenzamos a echar de menos a los desaparecidos. Unos días después, cuando ya el ruido de los obituarios y las declaraciones había quedado atrás, timbraron a mi puerta. Al abrir me encontré con un mensajero; el paquete, con la carta de invitación a la Ciudad de México, la misma que me había llegado por correo electrónico. Pero esta vez la acompañaba una nota manuscrita en que Carlos Fuentes me decía: “Espero que puedas asistir”. Y luego: “Un abrazo”. Y luego su firma. Carlos Fuentes había escrito esas palabras muchos meses atrás, pero yo no pude recibirlas sin sentir la brusca ilusión de que su autor estaba vivo. En ese instante, por primera vez desde la muerte de Fuentes, me golpeó verdaderamente la realidad insolente de su desaparición. Fue un día triste, cargado con una tristeza que hasta entonces yo había logrado evitar o despistar o engañar. A Fuentes lo conocí en Santillana del Mar, durante unas jornadas que se llamaron, con justicia, “Lecciones y maestros”. Silvia Lemus estaba con él, y por ella sentí una admiración inmediata: la que siempre me han provocado quienes hablan abiertamente de los golpes que les ha dado la vida. “Tienes la misma edad que tendría mi hijo”, me dijo Silvia. Absurda, tontamente, sentí que ese comentario casual era una suerte de extraña distinción. Y lo

seguí sintiendo durante una cena en Barcelona o una comida en Bogotá, mientras asistía al descubrimiento de los dos como pareja. A Carlos lo pasé a buscar una vez a su hotel en Bogotá. Al ver que Silvia tardaba en bajar, definió la situación con un juego de palabras intraducible: “¿Sabes cómo la llaman mis amigos gringos? The late Mrs. Fuentes”. Entre ellos había esa complicidad a prueba de balas que sólo muy pocos tienen ocasión de conocer. Estar con ellos era maravilloso, entre otras cosas, por eso. Hace un año, cuando Carlos pasó por Barcelona para presentar La gran novela latinoamericana, Silvia contó una historia durante una comida. Estando en París a comienzos de los setenta —Fuentes era el embajador mexicano por esa época—, Silvia había querido entrevistar para la televisión a Eugène Ionesco. Tras muchos esfuerzos, consiguió que el hombre aceptara; pero su casa estaba en obras, explicó Ionesco, y los dos acabaron conviniendo que tal vez era mejor idea llevar la entrevista a cabo en la residencia de la Embajada. Allí llegó Ionesco, razonablemente puntual; quienes no resultaron tan puntuales, sin embargo, fueron los camarógrafos. Tras quince minutos de retraso, a Silvia le pareció de justicia ofrecerle a su entrevistado algo de beber, y Ionesco aceptó un whisky. Tras media hora, pidió otro. Cuando iba por el tercero, timbró el teléfono de la Embajada. Era la mujer de Ionesco, entre enfadada e inquieta, que quería confirmar dónde andaba su marido, asegurarse de que estuviera bien y hacerle una petición a Silvia: “Sobre todo, madame Fuentes, no le dé whisky, que lo pone muy mal”. Ya era tarde. Bajo la influencia de los tres tragos, Ionesco había comenzado a comportarse de manera, digamos, extraña. “Madame, creo que voy a matar a su marido”, anunciaba. Empezó a buscar a Carlos Fuentes por el salón: debajo de las mesas, tras los sofás, levantando la alfombra. Luego propuso que llamaran a los bomberos. “¿Por qué?”, preguntó Silvia. “Por que siempre he querido llamar a los bomberos”, dijo Ionesco. La tarde terminó con Carlos saliendo de su despacho —enfrentando los impredecibles impulsos homicidas de Ionesco— y ejerciendo sobre él todo su


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talento diplomático, su conversación brillante y su carisma de Clark Gable mientras el efecto del alcohol iba lentamente menguando. La fiera del absurdo acabó apaciguada. La entrevista pudo realizarse. Después de eso —del almuerzo en que se contó esa historia— vi a Fuentes dos veces, y las dos confirmé cuánto lo querían los que lo querían. En Aix-en-Provence lo vi firmando un centenar de libros para sus lectores, y hacerlo, a sus ochenta y tres años, siempre de pie; vi a una actriz francesa con la voz desgarrada por la lectura de Aura; vi a Carlos enumerar el reparto de una película con Jean Marais. Como lo ha dicho todo el mundo, tenía una memoria inverosímil: su dominio sobre lo ya visto o leído era sólo igualado por la curiosidad que le provocaba lo que tenía por ver o leer. Pero lo que yo recuerdo, más que eso, es que aquel portento estaba bañado por saludables dosis de humor y elegante ironía. Lo vi por última vez en Cartagena. La imagen que guardo quedó escrita así en un periódico: Fuentes recorría una piscina de un lado al otro, y en las pausas de su ejercicio se acercaba al borde y recordaba un cuento de John Cheever, recitaba un diálogo de John Huston, preguntaba si había que leer a Ricardo Piglia. Su cuerpo, pero sobre todo su inteligencia, se habían declarado en abierta rebeldía contra el tiempo. La vejez lo obsesionaba: en Aura, una mujer joven y bella es en realidad una anciana bajo un hechizo; en La muerte de Artemio Cruz, un moribundo contempla su propia desintegración en los espejuelos de un bolso de mujer; y en un pasaje de Gringo viejo, el personaje ve las estrellas del cielo mexicano y piensa: “Mis ojos brillan más que cualquier estrella. Nadie me verá decrépito. Siempre seré joven porque hoy me atrevo a volver a ser joven. Siempre seré recordado como fui”.

A Carlos Fuentes lo recordaré como era. Carlos Fuentes, Premio Cervantes en 1988, en su discurso. Foto: Marisa Flórez.

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MI CARLOS F UEN T ES Pedro Á nge l P a l ou


para aprender el

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ritmo y las sutilezas de su adorado Hemingway. William Kent Krueger, el autor de novela policiaca deseaba parecerse también a Papá H. Leyó en algún lado que el autor de El viejo y el mar no usaba calzones. Lo imitó hasta la urticaria y comenzó a escribir al despuntar el alba, la hora que el mítico Ernest usaba también. Mi relación con Carlos Fuentes es similar. De joven leí Los días enmascarados y Cantar de ciegos como quien asiste a una revelación. Una noche, ese mismo fin de semana, la adoración total fue mi lectura de Aura. Encontré Terra Nostra y contra lo que decía Monsiváis, no me indigesté. No lo leía en orden. Devoré La muerte de Artemio Cruz y tipografié, como Thompson, Cumpleaños. Por un tiempo los dos puntos se convirtieron en mi tic. Luego, años después, ya pude decir que iba leyendo lo que aparecía de Fuentes. De Una familia lejana a Los años con Laura Díaz. Pero eso no es todo: me mandé a hacer un escritorio como el que aparecía en una foto suya en Los narradores frente al público. Un escritorio que conocí algún día en su casa de San Jerónimo. Mi admiración entonces era acrítica. Si me hubiesen dicho que Fuentes no usaba calzones también lo hubiese imitado. Un día sonó el teléfono de casa. Mi hijo mayor me trajo el aparato. “Te habla Carlos Fuentes”, dijo. No lo podía creer. “Y James Joyce también”, le contesté. Pero era verdad. Fuentes había leído mi novela sobre un boxeador, Con la muerte en los puños y me hablaba para platicar sobre el habla chilanga de principios del siglo xxi. Me pellizcaba mientras oía del otro lado la voz de Carlos. Necesitaba empaparse del nuevo slang para un discurso en la Academia de la Lengua en Andalucía. Impropio le mandé una caja de artículos, diccionarios, estudios. Volvió al teléfono un mes más tarde. Me dijo que no tenía tiempo para leer la mini-biblioteca que le envié. Luego me pidió que tradujéramos las frases introductorias de su discurso ante los académicos al habla chilanga. Pensé que allí acabaría nuestra relación.

Pero el teléfono seguía sonando cada tanto. Lo acompañé a un homenaje en Brown con nuestro querido Julio Ortega. Y conocí a Silvia, a quien quiero aparte, entrañablemente. Luego a otro en Veracruz y otro muy loco, en Puebla, en pleno Carnaval de Huejotzingo. Él quería ir a Tonantzintla, lo que terminamos haciendo después de haber estado en el palco de honor del Carnaval y haber quedado sordos por la pólvora. No puedo contar cada uno. Pero finalmente a sus ochenta años en el Castillo de Chapultepec volví a verlo en público. Me pidió que me sentara con él, en la mesa de honor (lo que fue un horror para mis hermanos en letras). Fuentes había planeado el acto y mi presencia obedecía a un momento en el que él diría: “He aprendido de los jóvenes escritores y ellos deben aprender de los viejos”, entonces se saldría del atril y me golpearía paternal la espalda. Pero no supe de esto hasta que su gesto se volvió un “zape” memorable que aún provoca risas. Luego me invitó a Aix en Provence, a un festival a su nombre. Y finalmente, tres semanas antes de su muerte otra vez en Brown. Allí hablamos de Katherine Ann Porter, de quien escribo ahora, y de su romance con México y con Luis Napoleón Morones. En medio de esos encuentros vinieron otros libros suyos (en un cuento de Inquieta Compañía aparezco como personaje, un profesor cholulteca que contempla una reencarnación de Dorian Gray). Y lo que fue una llamada se convirtió en una amistad verdadera. Vinieron visitas a su casa, cenas privadas. Largas pláticas sobre Zapata (mi novela lo sorprendió: “¿Qué Zapata? ¿El militar?, ¿El niño?” Me preguntó. “Todo Zapata”, le dije. “No se puede. Yo sólo contaré la muerte en Chinameca”. Le dediqué mi libro y aún hoy me duelo de que el suyo, que sería infinitamente mejor, nunca apareciese). Cómo me lamento de su muerte inesperada, a pesar de su edad. Porque Fuentes parecía intemporal. Tuve la dicha de ser su amigo. Me trató


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como su igual sin serlo. A mí, como a muchos otros escritores de mi generación de América Latina su partida nos deja, de algún modo, huérfanos. Entreveo el secreto de su fuerza telúrica, de esa juventud eterna: su infinita generosidad que brotaba, diáfana, con naturalidad de cada uno de sus gestos. Había encarnado ese sueño de Lezama Lima: levantarse todas las mañanas como un recién nacido, acostarse con la sabia serenidad de quien es ya inmemorial. Algo en el timbre grave de su voz ocultaba al niño travieso, al enfant terrible que un día puso una bomba en la

literatura mexicana: La región más transparente y luego decidió encarnar la novelística de nuestro país completa, Pessoa de nuestra prosa sin heterónimos. Nos enseñó lo que es leer a los jóvenes, interesarse por ellos. Levantarse de la mesa donde firma un ejemplar, saludar de mano al anónimo lector que se le acercaba, preguntarle su nombre como si fuera el primer nombre y ese el primer libro que autografía. Sabía, como pocos, ser amigo. Y su amistad no conocía reserva, Carlos Fuentes ha sido uno de los grandes privilegios de mi vida.

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Puebla, circa 1935. Fototeca Juan Crisóstomo Méndez/ cecap.

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N UESTRO VIRG ILIO Jorge Vo l pi


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Conocí a Carlos Fuentes

*Enseguida hay cambio de Fuentes. N. del interventor.

dos veces y las dos cambió mi vida. La primera en 1984, cuando yo tenía 16 años. En esa época pensaba estudiar filosofía, pero mi compañero Eloy Urroz me dijo que era mejor escribir cuentos y novelas. Para lograrlo, antes debíamos aprender de nuestros “clásicos vivos”. Nos propusimos, así, comenzar con Terra Nostra, una obra colosal, no sólo para unos adolescentes (Carlos Monsiváis, su sarcástico amigo, decía que se necesitaba una beca para lograrlo). La tarea fue titánica, pero cuando salí de ella, al cabo de dos enloquecidas semanas, ya era otro. Fuentes no sólo me enclaustró en un abismo narrativo inimaginable, del que no he conseguido salir del todo, en donde las eras y los lugares más lejanos se entremezclan y fecundan, sino que me contagió, para siempre, con el virus de la novela. Como para tantos miembros de mi generación, fue mi Virgilio. Poco después, Eloy y yo nos internamos en otras de sus grandes ficciones, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y, sobre todo, Aura. Sesenta y dos páginas que alcanzan una condición tan rara como peligrosa cuando se habla de literatura: la perfección. Me gustaría, en un día como éste, ser capaz de agradecérselo, tener la lucidez para revisar su bibliografía o engarzar dos o tres frases afortunadas que me permitan recordarlo más allá del

lugar común. Pero a veces el dolor es más profundo. Por eso salta a mi memoria la segunda vez que conocí a Carlos Fuentes:* en persona, a partir de 1999, en México, en

Londres, en París, en Madrid, con Silvia y en ocasiones también con Natasha, para escucharlo hablar, con esa sensatez y esa severidad que tanto nos harán falta en estos días aciagos, de lo divino y de lo humano. Otra vez fue mi Virgilio. Un crítico tan agudo como feroz, tan profundo como descarnado. Un guía generoso —un faro en lontananza—, más que un modelo. Porque, para entonces, Fuentes no sólo había escrito una summa narrativa inigualable, sino que había creado una tradición literaria por sí mismo: La Edad del Tiempo. Como Faulkner, Onetti o García Márquez, su compañero de batallas, había creado un orbe único, un universo literario feroz y sólo suyo: lo llamó México, como el país al que amó de manera violenta y febril, al que sirvió como acicate y como espejo. Cosmopolita irredento, enemigo de todos los prejuicios, viajero incansable, hizo de México el centro de sus inquietudes políticas, sociales, literarias, abriéndolo al resto del mundo. El azar, o eso que llamamos justicia poética, lo llevó a morir a México: el despiadado territorio que él mismo nos legó.


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[

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La región más transparente XYZ, Ciudad de México, 2000. Foto: Yolanda Andrade.


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S E GUND A BIOPSIA D avid M i kl os


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Uno La noche del día

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en que murió Carlos Fuentes (hoy, ahora, el momento en el que pergeño estas líneas en el cuaderno que he llamado Biopsia) abrí mi ejemplar de El culpable de Georges Bataille, libro que no estaba en la biblioteca de la casa sino olvidado en los estantes casi del todo vacíos del estudio (es raro que mi mujer o yo escribamos allí desde que nació Anna), en la terraza de la casa. Digo, pues, que abrí el libro de Bataille (lo abro ahora también) y me encontré con una fotografía que pensaba perdida, un retrato mío hecho hace 11 años en Venecia, el día de mi regreso a Londres, cuando ya había conocido Trieste y me había poseído la voz con la que he escrito tanto mis cinco libros de narrativa como este recuento biográfico a guisa de obituario (pronto hablaré, sí, de Carlos Fuentes), este ejercicio de auto ficción cuyo derrotero aún desconozco. He aquí dicho retrato: La imagen –yo, barbudo, los brazos cruzados (pluma en la diestra; reloj, que no uso más, en la muñeca izquierda), vestido del color de la ciudad, con una mochila a cuestas y una urna imaginaria sobre mi cabeza– habla por sí misma de una larga soledad, pero aún no hablaré de ella (y es probable que no lo haga, porque de lo que se trata aquí, ya casi, es hablar de Carlos Fuentes). Guiado por un instinto y por la sentencia que le leí a un escritor que alguna vez admiré y luego descubrí chocante, salí a la biblioteca (a la estancia, en realidad: el lugar adonde confluyen las recámaras de los cinco que habitamos esta casa) y me traje conmigo un par de libros de Carlos

Fuentes (ahora sí: Carlos Fuentes) a la recámara y a la cama (allí está mi mujer, a punto de caer dormida): Una familia lejana y Terra Nostra. Comencé a leer el primero y descubrí (¿releí?) las siguientes líneas, reveladoras en su enigma recién realizado: –No, añadió, no caeré en el lugar común; no diré que a los ochenta y tres años estoy de regreso de todo. Sólo dicen eso quienes no han ido a ningún lado.

Carlos Fuentes, hoy lo supimos (ayer, hace algunos meses), murió a los 83 años, el 15 de mayo de 2012, a las 12:15, pasado el mediodía (una muerte diurna, solar, evidente: a todas luces). Es un hecho. Antes de encontrar sus palabras (su designio), sin embargo, subrayé estas otras de Bataille en el libro que me devolvió una visión de mi pasado no tan reciente: “Deseo quitarles los vestidos a las chicas, insaciable de un vacío, más allá de mí mismo, en el que hundirme”. Y como ya dije, todavía

ignoro el derrotero de estas palabras propias. De este recuento. De esta crónica de mí mismo. (Y de Carlos Fuentes.) No digo más. Por ahora. No. Dos Hoy es 28 de septiembre de 2012. Son las 9:37 de la mañana. Sentado en la mesa de la cocina (no es un antecomedor: es, sin más, la mesa de la cocina), abro el cuaderno blanco que bauticé como Biopsia y transcribo las palabras que, sorprendido por la muerte de Carlos Fuentes y por

Carlos Fuentes, hoy lo supimos (ayer, hace algunos meses), murió a los 83 años, el 15 de mayo de 2012, a las 12:15, pasado el mediodía (una muerte diurna, solar, evidente: a todas luces).

Página anterior Biblioteca Palafoxiana, Puebla, 2012. Foto: Alejandro Figueroa Romo.


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el encuentro de mi retrato veneciano-triestino, pergeñé en un manuscrito casi ilegible hace cinco meses y 13 días. No copio el texto tal cual puede leerse (o no leerse: descifrarse) en mi cuaderno: lo que aquí he vertido es una nueva versión (una per-versión) de lo escrito originalmente. Pienso, entonces (y desde hace varias semanas –o meses–, cuando se me invitó a concebir y ejecutar este texto), en lo primero que leí de Carlos Fuentes. Corrección. En lo primero que escuché de Carlos Fuentes. El año era, casi con toda certeza, 1986. Ya había temblado en la ciudad de México y pronto comenzarían las inversiones térmicas que pondrían en jaque a la región más transparente del aire. Yo era un estudiante desbalagado y rebelde, más preocupado por divertirme y crecer que por tomar clases y rendir exámenes. Un maestro, sin embargo, me hizo tomar plena conciencia del aula en la que dictaba su curso. Y comprendí entonces lo que significaba el honorable ciclo del aprendizaje (enseñaraprender-enseñar). Raúl Cervantes, que así se llamaba mi maestro de redacción y literatura, nos pidió silencio y abrió un libro: Cantar de ciegos, sí, de Carlos Fuentes. Les voy a leer un cuento, nos dijo; y eso hizo. El cuento, que se llama “Un alma pura” (el título proviene del epígrafe en francés de Raymond Radiguet, quien después se convertiría en mi escritor más admirado), comienza así: “Juan Luis. Pienso en ti cuando tomo mi lugar en el autobús que me llevará de la estación al aeropuerto. Me adelanté a propósito. No quiero conocer desde antes a las personas que realmente volarán con nosotros.” (El resto del cuento lo leerán ustedes cuando alcancen –o no– el punto final de estas líneas.) [En lo que pienso en cómo proseguir con este recuento (sé bien a dónde quiero llegar, pero no cómo llegar allí) jugaré una partida de ajedrez con algún buen samaritano. Regreso.] [Jugué negras (el azar fue inclemente conmigo) contra un habitante de la India, de rating similar al mío. Su apertura fue pésima. Su medio juego, peor. Acabó por rendirse, señal inequívoca de que yo debía retomar mi biopsia con Carlos Fuentes como eje. Cosa que ahora mismo hago (no sin antes consultar la cartelera del cine, a ver qué estrenaron hoy) y

abandono este largo paréntesis-corchete.] A la fecha y desde entonces, he leído “Un alma pura” más de una docena de veces (una veintena tal vez). Es, de los textos de Carlos Fuentes, mi favorito y el que más ha influido en mi escritura. Un largo viaje en avión. Un largo paseo por la memoria de la narradora-hermana-protagonista. Una metáfora (o imagen) hermosa (y tenebrosa) a la que he recurrido en una y otra ocasión: la nave que vuela a 30 mil pies de altura y cruza el Atlántico a manera de útero fúnebre, para devolver a alguien a su terruño. Me tomo la libertad de auto citarme para verificar lo anterior. Así comienza La piel muerta, mi primera y en apariencia breve novela, aparecida en 2005 y comenzada a escribir allende 1986, cuando Raúl Cervantes abrió Cantar de ciegos de Carlos Fuentes y me leyó (sé que me lo leyó a mí y a nadie más que a mí) “Un alma pura”, hace 26 años: “La urna y su contenido, mi madre, no pesan más que un recién nacido.” Tres Carlos Fuentes fue una omnipresencia en mi casa. Recuerdo a mi madre leyendo (y subrayando) Cristóbal nonato, anonadada. Recuerdo el grueso ejemplar de la primera edición de Terra Nostra, vigilante desde el librero. Y recuerdo, sobre todo, la versión en pasta dura de Cambio de piel, libro que abrí y comencé a leer una y otra vez, tan sólo para permanecer varado, como sus personajes, en Cholula y con el mar como promesa distante. A mi madre, en realidad, le gustaba más Gringo viejo. Y a mí, después de “Un alma pura”, Aura y la perfección de su segunda persona (tú: yo). Alguna vez, en el teatro, mis padres acabaron sentados junto a Carlos Fuentes y José Saramago. Sin dudarlo ni titubear, mi padre se acercó a los escritores y les dijo (valga la redundancia): “Mi hijo es escritor”, para luego sablearles un autógrafo sobre el programa de la obra. Ahora cuelga enmarcado en un muro del estudio de mi padre (¿o en la recámara de mis padres?). Pausa. Hago una llamada telefónica. Digito el número que sé de memoria desde que era niño, el primer número telefónico que me aprendí, aunque ahora lleva un cinco más al frente.

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Contesta mi madre y me pasa los datos que le pido (y me dice que escaneará el documento para mí, que si no hay problema que no lo saque del marco). Carlos Fuentes me escribió: “A David Miklos, [¡]Buena suerte en su carrera!” José Saramago puso (con una errata simpática en mi apellido): “Para David Niklos[.] A trabajar, hombre!” La fecha: 21 de marzo de 1998. La obra: El burgués gentilhombre, de Molière. El orgullo: todo de mis padres, a la fecha.

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Cuatro El año pasado, en Zacatecas, conocí a Georgina García Gutiérrez-Vélez (a ella le dedico estas líneas; a ella y, sí, a mis padres), una de nuestras expertas en Carlos Fuentes y autora de la versión ultra anotada y publicada por Cátedra de La región más transparente. Hablamos del desdén que mostraban las nuevas generaciones de estudiantes de letras hacia Carlos Fuentes, a quien juzgaban por su obra tardía y no por sus narraciones seminales. De regreso en México, fui a verla a su cubículo del Instituto de Investigaciones Filológicas de la unam. Me regaló el libro citado. Y le dije que tenía un proyecto en mente: pedirle a críticos y escritores en ciernes que reseñaran las novelas fundamentales de Carlos Fuentes, desde La región más transparente hasta Cristóbal nonato, y que intentaran leerlas sin el yugo de la figura pública de nuestro escritor, como si los libros no tuvieran más contexto que ser libros. Para tal fin, yo tendría que leer y releer la obra de marras. No tardé mucho tiempo en armar la colección: en las librerías de viejo de Coyoacán es posible hacerse de la obra completa de Carlos Fuentes a buen precio y en ediciones envidiables. Comencé a leer y a subrayar La región más transparente, con el ánimo de ir trazando el prólogo del proyecto (que se llamaría “México en la obra de Carlos Fuentes”, un poco para molestar a los pacianos) y que serviría de invitación a una serie de escritores noveles y estudiantes de letras que comenzaron a desfilar por mi cabeza. En eso estaba cuando murió Carlos Fuentes. Comencé a escribir, entonces, este otro texto, que ahora concluye en un cabo suelto. (La convocatoria, sin embargo, sigue abierta.)

Cerré los ojos y me hundí en mí mismo, afiné en mi propia oscuridad una inteligencia secreta en mi persona, adelgacé todos los hilos de mi sensibilidad para que al menor movimiento del alma los hiciese vibrar, tendí toda mi percepción, toda mi adivinanza, toda la trama del presente como un arco, para disparar al futuro y revelarlo, hiriéndolo. Esta flecha salió disparada y no había un blanco. “Un alma pura”

Copilco el Bajo, Ciudad de México, 28 de septiembre de 2012, 10:44 am.

Entrega Doctorado Honoris causa, Salón Paraninfo, Puebla, 2003. Foto: Miguel Ángel Andrade.


Mis Fuentes

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FU ENTES DE JUVENTUD Migue l M a l d ona d o


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LEÍ AURA


a los 16 años

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—20 años después conocí a Carlos Fuentes—. Como a todos, la historia me había fascinado, y me acompañó durante largo tiempo, también quizá como a muchos. Me aparecía de pronto en el tránsito del colegio a casa o al parque o a la tienda, con todo su halo de fantasía. Esa casa en Donceles ambientaba mis días, que por muy soleados que fueran, un espíritu sombrío los contenía. Sobra agregar, hoy lo entiendo, que la recurrente aparición de Aura repercutía en mi educación sentimental, la literatura de Fuentes me estaba trabajando. Corrieron los años y lo que guardé de la historia, además de la trama, fue el inicio: “Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más.” Lo sorprendente no era citarlo de corrido al menor intento, era que no había nemotecnia de por medio, que nunca me propuse retenerlo. Sí, la siguiente idea se adivina: el comienzo de Aura parecía dirigido a mí, a nadie más. A sol y sombra esas líneas venían a mi encuentro, allí estaban, abriera la puerta o el diario, con la misma ubicuidad que el aviso se presentaba a Felipe Montero: la oferta de los 4000 pesos le aparecía hasta en la sopa. Decía que “la literatura de Fuentes me estaba

trabajando”; en particular esa atmósfera, ese inicio. En qué habrá consistido este trabajo: supongo, ahora que la distancia me permite verlo en perspectiva, que abundó en mi gusto por lo fantástico, enriqueció mi inclinación a considerar que la realidad como el arte siempre deben tener un recoveco impenetrable, acaso perverso, acaso luminoso; sólo así sé, y qué bueno, que el arte proviene de un secreto indescifrable y que debe permanecer oculto a fin de no perder su encanto —“La vaguedad del sentimiento”, decía Espronceda—. Esto en cuanto al arte y la sensibilidad artística. En lo que se refiere a mi manera de pensar, las líneas iniciales de Aura marcaron un nuevo entendimiento. En adelante, comencé a creer en el destino manifiesto como en la libertad individual, en la magia de las coincidencias como en el libre albedrío, en el magnetismo del misterio como en la fuerza de la realidad. En pocas palabras, dos mundos se bifurcaban ante mí, sin oponerse, sin tener que elegir uno u otro. Así, la prosa de los días convivía con la poética del instante. Creía con igual intensidad en el mérito propio como en el golpe de suerte, y desde Aura, lo sigo creyendo. Suelo contar con vehemencia el influjo que tuvieron sobre mí estas dos líneas iniciales,

Foto página 41: Protoplasma Kid/ WikimediaCommons.

Fuerte de Loreto, Puebla, 2012. Foto: Alejandro Figueroa Romo.


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* El texto nos ha rebasado por una nariz. N. del interventor.

esperando, como todos los que expresan sus pasiones en público, encontrar un aliado. No ha ocurrido, hacen una mueca de circunstancia y cambian el tema. Me abstuve de creer que mi caso era extraño cuando leí La historia comienza, de Amos Oz. Ensayo que describe la fuerza de atracción en los comienzos de ciertas obras. Cualquier parte de un texto puede tener líneas importantes, sin embargo, un buen comienzo siempre será más entrañable que un buen final o un buen desarrollo. Para Amos Oz, en la literatura latinoamericana El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez tiene un gran inicio —quizás no conozca el de Aura—. Mi exagerada devoción por el comienzo de Aura no ha disminuido, lo que ha disminuido es sentirme un bicho raro. Amos Oz ayudó a atemperar esta sensación. Carlos Fuentes vino a Puebla a finales de marzo de 2012. Venía a filmar un video sobre la Batalla del 5 de Mayo, me pidieron los organizadores que lo acompañara durante su estancia, no tardé en expresar mi disposición y gusto. Fue así que estuve al lado de Carlos Fuentes durante tres días. Las grabaciones se hicieron en diversos sitios, íbamos y veníamos por la ciudad, siempre deseando que llegaran las horas de comer y cenar para escuchar sus anécdotas, sus pasiones y

repulsiones, todo esto aderezado con su magnífica grandilocuencia y el sincronizado diálogo a dos que entablaba con Silvia Lemus, su esposa. Salíamos noche de un museo en el centro histórico de Puebla, Carlos Fuentes había estado grabando allí por varias horas, no encontramos el vehículo que nos llevaría al hotel y sugerí irnos caminando. La idea no era mala: estábamos a cuatro cuadras del hotel, lo malo era que Carlos Fuentes había estado grabando todo el día —habíamos iniciado a las ocho de la mañana en el Fuerte de Loreto— y quizás se encontraba cansado como para rematar el día con una caminata. Me retracté de la sugerencia aludiendo que acaso estaba fatigado. Reaccionó de inmediato: “el cansancio es un asunto mental, caminemos al hotel, faltaba más”. Caminamos bajo la llovizna por el centro de la ciudad. Me contaba que cuando se filmaba había que estar preparado para todo, en la vida había que estar preparado para todo. Entonces pensé en la trama principal de Aura: la juventud, esa misma que Fuentes manoteaba a la vera de la calle cuatro oriente. Enseguida en las dos líneas iniciales de Aura, esas mismas que mi cabeza repetía aquella y vuelves a ver a Carlos Fuentes, allí frente a tus narices, esas palabras parecen estar dirigidas a ti, a nadie más. Hay que estar preparado para todo.*

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A L OTRO LA D O R osa El e na Temi s

Esta noche 46

estaba viendo una entrevista que Cristina Pacheco hacía a Carlos Fuentes... Nunca llamo a un programa de televisión porque pienso que las líneas estarán ocupadas o que seguro no pasarán mis comentarios al aire, pero después de escuchar lo que el escritor decía acerca del papel de la literatura en la vida de la gente, en su vida, sobre todo lo que la poesía le había dado, levanté la bocina. Una voz al otro lado del auricular contestó diciendo: Once televisión. Emocionada como nunca pedí que le dijeran al autor que era por Aura que yo había estudiado literatura, que esa había sido la primera novela que había usado en la promoción de lectura con

mis estudiantes y que le daba las gracias por haber escrito cosas que me hacían seguir teniendo fe en mi país. El joven me escuchó muy atentamente; luego de eso me dijo que lamentaba decirme que el programa era una transmisión especial y que no podían pasar mi mensaje al aire... creo que iba a decir que lamentaba mi descuido cuando él mencionó que el programa era una repetición debido a la muerte del escritor. Sobra decirles cómo se estrujó mi corazón... Querido Carlos, fue por Aura que estudié literatura y fue esa la primera novela que escogí para hacer promoción de lectura con mis estudiantes. Gracias, finalmente por escribir para seguir creyendo...

Biblioteca Palafoxiana, Puebla, 2012. Foto: Alejandro Figueroa Romo.


Mis Fuentes

Sólo una vez vi a Carlos Fuentes en persona. Recuerdo que fue un encuentro en un aeropuerto y me acerqué para saludarlo. Vestía impecablemente traje oscuro. Fue afable en el saludo, cortés conmigo. Respondió algunas preguntas e incluso me preguntó a qué me dedicaba. Pensé que tras haber escrito Los días enmascarados, Cantar de ciegos, Las buenas conciencias, La muerte de Artemio Cruz y Terra Nostra, entre otros libros esenciales de la literatura mexicana, ese hombre no se veía tranquilo, algo le faltaba. Tomé mi vuelo, regresé a casa y la imagen de ese hombre caminando despacio —acompañado de su esposa, Silvia Lemus— en medio de la gente apresurada me pareció una instantánea fenomenal. Creo que soy lector de Fuentes por momentos; lo revisito en contadas ocasiones. Pero tengo algunos pasajes en mi memoria de su primer libro: Los días enmascarados, documento de 85 páginas, publicado por la editorial Era en 1954, reúne seis cuentos: “Chac Mool”, “En defensa de la Trigolibia”, “Tlactocatzine”, “Del jardín de Flandes”, “La letanía de la orquídea”, “Por boca de los dioses” y “El que inventó la pólvora”. Varios de ellos hablan de una veta que muchos años después retomaría Fuentes: la ficción fantástica, aunque no de la mejor manera, con Vlad, novela en la que un vampiro milenario irrumpirá con negras intenciones la cotidianidad de la Ciudad de México, pero para consumar su arribo requiere de Yves Navarro, un abogado responsable de gestionar, para el excéntrico Conde Vladimir, un palacio cercano a una barranca, pero el asunto esencial de la novela no es el arribo del vampiro, sino la revelación que ofrece el personaje mítico sobre el inconveniente de la vida eterna.

A M ANERA D E C UENT O F ed e ri c o V i te

La ficción fantástica de Fuentes no sólo es abordada en los dos libros mencionados, existe Aura, esa novela breve publicada en 1962, el mismo año en el que La muerte de Artemio Cruz se dio a conocer en México, documento ambientado en un contexto histórico específico: la Revolución Mexicana y el fin de ese movimiento social. Aura, en cambio, es una propuesta particular de una historia amorosa. Fuentes parecía divertirse con este tipo de libros, rendía tributo a sus lecturas de corte fantástico, aunque los libros que más se aplauden de él son los que inciden en el presente y pasado de México, quizá el más grande tópico de este narra47 dor que sobrevivió la muerte de dos de sus hijos. El otro detalle que me intriga es, ¿por qué abandonó el cuento? Tal vez porque ya no le servía para mostrar su lectura del mundo o quizá necesitaba ampliar el rango de sus reflexiones. Pero hubiera sido un gran detalle que ofreciera al final de su vida una muestra de su talento para narrar en corto, aunque es palmario que no tenía por qué demostrar algo, sólo, como lector, me hubiera gustado encontrarme con otro libro igual de bueno que Los días enmascarados. Volviendo a esa postal del único encuentro con Fuentes, sólo imagino a ese hombre en medio de la gente, rodeado por hombres y mujeres que lo vigilan a distancia, como interrogándose tal vez si de verdad era Carlos, el conferencista, el político, el narrador, el políglota. Lo vigilaban con la mirada, tal vez pensando que ese caballero era emblema de la mitología literaria de un país corrupto, permisible y ciertamente difícil de asir.


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* Reproducimos algunas páginas de Festín en el Mictlán gracias a la generosidad del Centro Cultural Estación Indianilla, colección a la que pertenece, como parte de la exposición “Libros de artista”.


Noctua


Noctua


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Noctua


Plural Carlos Ríos Óscar Árias Kok-Chor Tan Juan Carlos Canales

Puebla. Fototeca Juan Crisóstomo Méndez/ cecap.


Plural

REFUGIO PARA UN Manuel Puig en México

Ca rl os R í o s

1 El nombre de Manuel Puig (General Villegas, 1932-Cuernavaca, 1990) se asocia al uso de ciertos procedimientos o materiales que definen una forma de hacer literatura: el grado experimental que le imprimió a sus novelas –secuela formativa en el ámbito cinematográfico durante su juventud, cuando soñaba con ser guionista– y el uso indiscriminado de las formas discursivas reconocidas como géneros “menores”, siempre populares, tales como el intercambio epistolar, el folletín, el radioteatro, la telenovela, las letras de tango o de boleros, entre otros. En la publicación de La traición de Rita Hayworth (1968) encontramos a un autor dispuesto a aventurarse en nuevas experimentaciones, con un creciente reconocimiento internacional y alejado de Argentina por razones políticas y otras fricciones originadas en lo que Puig entendía como una desafectada recepción de su obra por parte de los críticos con mayor alcance y poder de consagración. Lo que hasta mediados de los años ochenta pudo ser motivo de desdén o

indiferencia conforma hoy uno de los universos literarios más originales que dio la literatura en lengua española durante la segunda mitad del siglo xx. Entre los años 1974 y 1978, Puig alternó su residencia entre México y la ciudad de Nueva York. Fue el desenlace de una situación particular: corre el año 1973 y acaba de entregar el guión para la película basada en su novela Boquitas pintadas (1969), su novela The Buenos Aires Affair es prohibida y su familia recibe amenazas telefónicas por parte del grupo parapolicial conocido como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), que lo incorpora a sus listas negras. Casi con lo puesto y con una novela en proceso de escritura, marcha a México, donde protagonizará un exilio inimaginable, pues lo que prometía ser un distanciamiento circunstancial de Argentina se prolongó por siempre. Luego Nueva York, Río de Janeiro y Cuernavaca en 1990, donde murió a causa de un paro cardiaco, tras una intervención quirúrgica de vesícula. En El diálogo interrumpido, minuciosa investigación de Graciela Goldchluk a partir de una serie de

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manuscritos pertenecientes al Archivo Puig – reproducidos en un cd que acompaña el libro–, da cuenta de la influencia decisiva que tuvo en el escritor su estancia en México entre los años 1974 y 1978, correspondientes a sus primeros años de exilio. El estudio geneticista y documental de la obra de Manuel

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de Argentina y su residencia mexicana impactan en su obra de un modo doblemente visible: por un lado, la asimilación contemporánea de la realidad política en sus ficciones, sin caer en posiciones nostálgicas sobre la experiencia del exilio; en segundo lugar, la escritura de un sinnúmero de comedias musicales

Con El beso de la mujer araña, novela con la que Manuel Puig desdeña la alusión metafórica sobre la realidad política porque en sus páginas “no habla de la cárcel sino desde la cárcel”

Puig de este periodo cobra un valor especial porque, además de posibilitar una observación sobre el proceso creativo del autor y sus hábitos de escritura, representan las marcas de exilio en las condiciones de producción y permiten rastrear hechos y relaciones porque el intercambio epistolar de esos años entre Manuel Puig, familiares y amigos prácticamente no se conserva, debido a los recaudos –esconder o bien destruir cartas– que tomaron ante los episodios crecientes de violencia política en Argentina y que convergieron en la terrible dictadura militar de 1976. Los manuscritos, señala Goldchluk, permiten que “las huellas de su circunstancia” se hagan visibles: “anotaciones en papelitos de un bar, papel con membrete de hoteles, polémicas de políticas culturales, guías de exposiciones, no nos dicen qué está pensando Puig, pero indican en qué condiciones lo hizo”. En el recorrido por los manuscritos es posible revelar el modo que tienen los acontecimientos de “presionar” sobre la literatura; “el verbo ‘presionar’ describe bien la relación de aceptación y rechazo, de persistencia de lo anterior y emergencia de lo nuevo que caracteriza las relaciones entre el arte y la historia que le es contemporánea”, escribe Beatriz Sarlo. En el caso de Manuel Puig, y de acuerdo con la hipótesis que Goldchluk maneja en el libro, la salida del autor

y guiones cinematográficos con las que Manuel Puig, además de poner en funcionamiento “un campo de pruebas de nuevas estéticas”, sale a granjearse un público directo que comparta sus gustos por las figuras populares de México y su cancionero. Sin desechar la importancia de sus sucesivas estancias en Nueva York, la experiencia creativa de Manuel Puig en México es fundamental porque allí, precisamente, se consolida un nuevo ciclo novelístico. 2 Entre 1974 y 1978, Manuel Puig escribe dos novelas, El beso de la mujer araña (1976) y Pubis angelical (1979), y en paralelo produce casi una veintena de proyectos más cortos, relacionados con la composición de guiones cinematográficos y musicales, contradiciendo su propio relato de que se había hecho escritor de manera “accidental”, al pasar de escribir para cine a un registro narrativo de voces sueltas, autónomas, enmarcadas en una arquitectura decididamente novelística. En su libro, Goldchluk se da a la tarea de revisar con minucia el “periodo mexicano” en la obra de Manuel Puig, tangible en las dos novelas que condensan de un modo excepcional melodrama, exilio y militancia política. Con El beso de la mujer araña, novela con la que Manuel Puig desdeña la alusión metafórica sobre la realidad política porque en sus páginas “no habla de la cárcel sino desde la


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cárcel”, inicia el sistema de buscar elementos narrativos a través de “informantes”, personas a quienes entrevista o escucha mientras toma notas, en contraste con sus novelas anteriores donde las voces son recuperadas desde la memoria familiar. Así, buscará en su entorno perfiles de militantes políticos y otros personajes de su interés, al tiempo que investiga en libros sobre arte, psicoanálisis, historia y sexualidad, entre otros. En Pubis angelical, novela que termina de escribir en 1978 en una hacienda de Cuernavaca invitado por el productor Barbachano Ponce y que podría considerarse como una compleja continuación del diálogo entre Valentín y Molina de su novela anterior, en este caso ambientada en una clínica de México donde agoniza Ana y recibe la visita del abogado de presos políticos Pozzi. Puig construirá los relatos con los testimonios de César Calcagno y la psicóloga Elena Urrutia, fundadora del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer (piem), del Colegio de México, cuya personalidad sedujo al escritor argentino para transformarla en uno de sus personajes modélicos. Estamos, pues, ante una novela en su totalidad planeada y escrita en el exilio, cuya desobediencia a las modas literarias obstaculizó su recepción, donde Manuel Puig “abre la puerta a nuevas formas de tratar lo real en literatura y, al mismo tiempo, inaugura la narrativa de la resistencia a la dictadura ubicando en el centro mismo de su relato, es decir en el futuro, a una Madre de Plaza de Mayo”. Como bien dice Roxana Páez, el escritor argentino encuentra en las novelas el dispositivo propicio para expandir otros discursos sociales y realizar “un montaje (en términos cinematográficos) de desechos: titulares de diarios, conversaciones telefónicas desgrabadas o tomadas de su versión taquigráfica, reportaje imaginario […], informe de autopsia, extractos de manual de medicina forense y divulgación científica sobre comunicación satelital. Otros los trae la corriente de la misma literatura: biografía […] parodia de la novela objetivista francesa; fluir de la conciencia”. En estas novelas dominadas por el trabajo “con el lenguaje para mostrarlo en sus

diferentes apetitos de comunicación”, en palabras de Héctor Libertella, además de los materiales provenientes del cine y el tratamiento de la actualidad política argentina –aquí la tensión entre darle continuidad a un proyecto creador y testimoniar el horror del país– hay un elemento común, de tipo compositivo, consistente en la economía literaria: acotamiento de tiempo y espacio, también la reducción de personajes. Este acto de ceñir la arquitectura novelística tiene, paradójicamente, su contrapunto en la profusión de guiones y comedias musicales, ejercicios textuales de representación donde Puig, además de abrirse a otra clase de público, ensaya estrategias que posteriormente serán utilizadas en sus novelas o reutiliza elementos “sobrantes” de novelas anteriores. 3 A la par de la escritura de estos dos libros, entre 1974 y 1978 Puig desarrolló diecisiete proyectos “en los que predominan guiones cinematográficos y comedias musicales”, de fuerte impronta mexicana, entre los cuales pueden destacarse Comitán, proyecto inconcluso de comedia musical ambientado en Chiapas; Amor del bueno, un homenaje a José Alfredo Jiménez; El lugar sin límites, guión basado en la novela del escritor chileno José Donoso; Muy señor mío, Guión con boxeador, Recuerdo de Tijuana y Urge marido.

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En 1974, Xavier Labrada y Agustín García Gil son sus pasaportes para descubrir y desarrollar su gusto por el cine mexicano: “empecé por ahí (cine de los años 40), viendo eso, pero ahora me entusiasmé y quiero cubrir todo lo posible. De todos los géneros. He visto muchos Oroles, “Indios”, Brachos, me faltan Gavaldones, Galindos Rodríguez, es de nunca terminar. Muchos Marías (a quien a veces siento autora absoluta de sus películas), Del Ríos, Negretes e Infantes. Y Ninones. Para nombrar algunos. Ya he visto como sesenta películas”, dirá con entusiasmo, entrevistado ese mismo año por Elena Poniatowska, para Novedades. En este punto es interesante ver cómo Manuel Puig introduce en sus obras, además de un sinnúmero de boleros y otras canciones populares –allí las voces de Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y Elvira Ríos, entre otros–, estas figuras prototípicas del cine mexicano; como le explicara a Poniatowska, le interesa la “tendencia imitativa” que la industria cinematográfica nacional hace de los modelos “ajenos, irreales” gestados en el cine europeo y en el estadounidense, dando origen a una “auténtica expresión” basada en la fe en los productos resultantes, personajes que, desde otra óptica y con otros recursos, logran conmover tanto o más que las figuras inspiradoras. Lo sublime, digamos, anidando en el corazón del artificio kitsch.

Como pocos escritores, Manuel Puig pudo escribir su exilio, no de una manera nostálgica y sin recurrir a marcas biográficas directas o registros unidireccionales. El valor de su narrativa, justamente, radica en la apertura y multiplicidad que provoca hacia otros discursos sociales, en contraste con el acto de escribir en tanto “un exilio de la propia lengua” y exhibiendo el rechazo “de la voz de autoridad de la lengua heredada” –tensiones expuestas por Goldchluk– para conformar una literatura donde “no hay ninguna voz autorizada por sobre las demás, ninguna que se imponga y las

organice, y cada una de ellas aparece atravesada y sostenida […] por un discurso de primer grado de la cultura de masas, cuando no es directamente su mímesis o transcripción”, como sostiene Alberto Giordano. En México también forjó su destino literario, tan singular como melodramático, en esos pliegues discursivos donde encontramos la necesidad de una incesante relectura y su grandeza. Referencias Goldchluk, Graciela. El diálogo interrumpido.

Marcas de exilio en los manuscritos mexicanos de Manuel Puig, 1974-1978. Santa Fe: Universidad Nacional del Litoral, 2011. Libertella, Héctor. Las sagradas escrituras. Buenos Aires: Sudamericana, 1993. Páez, Roxana. Manuel Puig. Del pop a la extrañeza. Buenos Aires: Editorial Almagesto, 1995. Prieto, Martín. Breve historia de la literatura argentina. Buenos Aires: Taurus, 2006. Puig, Manuel. El beso de la mujer araña. Buenos Aires: Seix Barral, 1986. Pubis angelical. Buenos Aires: Seix Barral, 2004. Sarlo, Beatriz. “Ficción, antes y después de 1976”. Diario Clarín, 18/03/2006. [Disponible en http://www.clarin.com/suplementos/ cultura/2006 /03/18/u-01159587.htm


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Puebla. Fototeca Juan Cris贸stomo M茅ndez/ cecap.


UNIVERSIDADES: ANTESALA DEL FUTURO

Educación y Cultura en América Latina

Ó sc ar Ar i a s

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Ex p r e sid e n t e d e l a R e p ú b l i c a d e C o s t a R i c a

Dice un conocido refrán que “a como va un presidente, así va su país”. Afortunadamente, he tenido la oportunidad de visitar numerosos países, ciudades y universidades, y formarme la opinión de que “a como van sus universidades, así también va su país”. Éstas son más que centros educativos; sobre todo, son los termómetros de la evolución de una sociedad. En ellas es posible medir qué tan rápido o qué tan lenta se adapta una sociedad a los retos de este mundo globalizado. En ellas es posible medir qué tan profundo es el sentimiento de justicia social de sus habitantes. En ellas es posible medir el respeto a la razón y al civismo, a la democracia y a sus instituciones. Por esa razón, nunca me pierdo la oportunidad de visitar un campus universitario: porque en estos centros siempre hay algo más que aprender. Porque las universidades son la antesala del futuro.

Porque volver a una universidad, en palabras de aquella gran cantante chilena Violeta Parra, es como “volver a los 17”. Por eso es un placer estar hoy en el Colegio de Puebla, una institución que por casi 27 años le ha regalado a México un obsequio maravilloso: jóvenes profesionales y educados. Desafortunadamente, en ese aspecto los latinoamericanos somos muy poco dadivosos. Nuestras universidades continúan siendo insuficientes para llenar los sueños de generaciones enteras de jóvenes latinoamericanos. Nuestra educación, en especial la universitaria, continúa siendo un lujo al que sólo acceden unos pocos, como si la educación hiciera diferencias entre costumbres o clases. Nuestros estudiantes siguen sin sobresalir en evaluaciones internacionales y nuestras universidades se siguen alejando de los primeros Fotografías de la serie “Cotidiano en abstracto”, Perla Ibarra, 2011.


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Si queremos forjar jóvenes capaces de salir al mundo a ser emprendedores, innovadores, empresarios, no podemos ahogar, durante su educación universitaria, los impulsos creativos que demuestran.

lugares en los rankings mundiales. Y lo más triste de todo, es que no siempre fue así. Cuando la Universidad de Harvard abrió sus puertas en Boston en 1636, y la Universidad de Laval fue fundada en Quebec en el año 1663, había ya universidades consolidadas, y casi centenarias, en Santo Domingo, en Lima, en Ciudad de México, en Sucre, en Bogotá, en Quito, en Santiago y en Córdoba. Casi dos siglos después de habernos separado de España o Portugal, sólo existe en la actualidad una universidad latinoamericana entre las mejores 200 del mundo. ¿Qué implicaciones tiene esto? Muchas, y no sólo para el sector educativo. La economía y la convivencia social futura de nuestros pueblos están escritas en las pizarras, las plazas y los frontispicios de nuestras escuelas, colegios y universidades. Llevaba razón el escritor británico, H. G. Wells, cuando dijo, que “la historia es una carrera entre la educación y la catástrofe”. Yo creo que es, también, un pulso que la vida le gana a la muerte. Porque cada estudiante que graduamos, cada joven que sale a trabajar después de haber pasado por las aulas de una universidad, es el testimonio de que el ser humano puede morir individualmente, pero vive colectivamente, y esa vida colectiva es una vida de evolución, de mejora, de progreso, de eterno ascenso en la escalera de la verdad. Creo que nuestras condiciones actuales en materia de educación imponen, al menos, la necesidad de lograr dos grandes transformaciones: la primera, es que la enseñanza tiene que dejar de verse como un proceso en que un profesor vierte conocimientos sobre un alumno, y debe empezar a verse más como un proceso dinámico, en que tanto el profesor como el estudiante aprenden juntos, basados en una relación de confianza. Y la segunda, es que tenemos que ver cómo logramos que la educación siga siendo útil para que nuestros jóvenes puedan interpretar su realidad, en un mundo en que todo se vuelve obsoleto de la noche a la mañana. Frente a la vertiginosa velocidad con que cambian nuestras circunstancias, la única forma de lograr una educación trascendente es enseñar valores y criterios, junto a datos y cifras. Empiezo por la primera transformación,

la del tipo de relación entre el profesor y el alumno. Desde el inicio de nuestra especie, y hasta ahora, el educador sostenía sobre el pupilo el poder derivado de un monopolio de la información, cual dictador de la razón. El viejo druida de una tribu poseía el secreto de sus brebajes; el panadero de una aldea era el único que conocía el arte de hornear una hogaza; el catedrático medieval guardaba, literalmente, la llave para acceder a las bibliotecas, en donde descansaban los misterios de las ciencias. Educarse, al menos en el sentido formal, quería decir ir a un lugar en donde estaba “la gente que sabía”; tener acceso a fuentes de información selectas y a personas específicas. Para comprender lo que quiero decir, tal vez valga la pena que cada uno de ustedes recuerde sus años universitarios, que recuerde aquellas clases magistrales en que el profesor entraba a dictar su cátedra, y uno apuntaba apresurado en un cuaderno que protegía con su vida. Recuerden el temor con que uno se aproximaba al escritorio del profesor y le pedía una explicación adicional, una aclaración o la recomendación de alguna lectura. Recuerden la ansiedad con que uno recorría la biblioteca de la universidad, buscando textos que explicaran la materia vista en clases, o libros que sirvieran para redactar un trabajo. Y recuerden, sobre todo, esa extraña sensación de sujeción, casi inferioridad, que sentíamos frente al educador.Todo eso ha cambiado en menos de cincuenta años. El advenimiento de la globalización, la proliferación de las tecnologías de la comunicación, la invención de Internet y la consecuente democratización del conocimiento, han significado un giro radical en la manera en que entendemos el proceso educativo. Hoy, un padre tiene acceso a la misma cantidad de información que su hijo. Los alumnos pueden comprar por Amazon la biblioteca entera de su profesor. Universidades tan prestigiosas como el Instituto Tecnológico de Massachusetts suben a Youtube sus clases y tutoriales. Ahora el profesor recuerda por Facebook que al día siguiente entrega las notas de los quizes, y los estudiantes le ponen un signo de “like” o un emoticón de tristeza, a cualquier hora del día, los alumnos

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le envían correos, preguntándole dudas sobre la materia del examen. Sentados en la clase, con sus laptops y sus iPads, tienen acceso a más información de la que ninguna biblioteca es capaz de contener, y ciertamente más información de la que guarda en su memoria el profesor. Si el pobre se equivoca en un dato, en un nombre, en una fecha, ahí mismo el estudiante lo corrige gracias a la proverbial ayuda de Google. Las investigaciones ya no sufren por la falta de información, sino por el exceso de datos, a menudo contradictorios, que sobre cualquier tema se encuentra en Internet. Y todo esto sucede en tiempo real, en un ambiente cada vez más horizontal. Sé bien que este escenario resulta algo amenazante para los educadores. Pero también sé que encierra oportunidades infinitas para el proceso educativo. La pregunta no es cómo combatir este estado de cosas, sino cómo aprovecharlo. ¿Cómo conservar la autoridad en medio de esta horizontalidad? “¿Cómo haces para que el profesor siga siendo una figura respetada, a pesar de saber menos que Wikipedia? ¿Cómo hacer para que la universidad siga siendo una influencia decisiva, en la vida de personas abrumadas por un aluvión de otras influencias? La base de este sistema debe ser la confianza”. Es claro que en el sistema educativo hay muchas relaciones significativas: entre la universidad y la comunidad, entre los padres de familia y las autoridades universitarias, entre los administrativos y los educadores, pero sobre todo, entre los estudiantes y los profesores. Esa relación ha sido, y será siempre, la base del proceso educativo. Otras veces he dicho que la confianza es el valor primordial de un mundo globalizado. La razón es muy sencilla: ya que estamos insalvablemente interconectados, en una realidad que ofrece millones de alternativas, las relaciones de confianza nos permiten programar nuestras acciones en un sistema de relativa estabilidad. Es decir, cuando confiamos, experimentamos esa sensación de anclaje, de seguridad, que es necesaria para que un individuo pueda

desarrollar su potencial. Una educación que no genera confianza es una educación inevitablemente superficial y es, por lo mismo, una educación poco trascendente para la vida de nuestros jóvenes. Ahora bien, ¿cómo se genera esa confianza? Hay múltiples respuestas. Cada quien puede argumentar diferentes estrategias que van desde la psicología hasta la economía, desde la sociología hasta las relaciones públicas. En lo personal, creo que el elemento más importante de la confianza es la reciprocidad. Si los colegios y universidades de México, y del resto de América Latina, desean que los estudiantes confíen en su sistema, entonces ese sistema tiene que confiar en los estudiantes, tiene que demostrarles que no hay nada más valioso que su iniciativa, su imaginación


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¿Cómo haces para que el profesor siga siendo una figura respetada, a pesar de saber menos que Wikipedia?

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y su singularidad. Esa confianza en el estudiante se puede demostrar de muchas maneras. Una de ellas es la elaboración del currículum. Yo tuve la oportunidad de estudiar en la Universidad de Costa Rica antes de estudiar mi doctorado en Inglaterra, y una de las diferencias que me resultaron más notorias entre ambos sistemas educativos, es la enorme cantidad de cursos “electivos” que tienen las mejores universidades del mundo. En las universidades latinoamericanas, el currículum tiende a ser monolítico y, muy a menudo, anticuado. Los estudiantes tienen poco margen para escoger sobre qué quieren aprender, y en cambio se ven en la obligación de llevar “bloques” prefijados. Si nuestras universidades aumentaran su oferta electiva, si abrieran cursos o seminarios

en función de lo que los estudiantes solicitan, si le permitieran al alumno un mayor ámbito de discreción en cómo quiere ordenar sus estudios, generarían un mayor interés y tendrían una mayor trascendencia en la vida de nuestros jóvenes. La confianza también se revela en la creatividad que el sistema educativo le permite explorar al estudiante. Si queremos forjar jóvenes capaces de salir al mundo a ser emprendedores, innovadores, empresarios, no podemos ahogar, durante su educación universitaria, los impulsos creativos que demuestran. Debemos confiar en el germen inventivo, debemos confiar en el ingenio humano, debemos liberar la imaginación y ver qué cosas salen de la mente de nuestros jóvenes. Yo les garantizo que los estudiantes aprenden más escribiendo una obra de teatro, dirigiendo una película, realizando debates simulados en clase, participando en ferias interuniversitarias, que recitando a los autores más destacados de determinada materia, tan sólo para olvidarlos cinco minutos después del examen. Si queremos que la educación permanezca en las mentes y en los corazones de nuestros jóvenes, necesitamos generar espacios en donde se puedan expresar y en donde puedan aprender al lado de sus profesores, en una interacción preocupada no porque los estudiantes memoricen, sino porque piensen. La generación de confianza es la base para alcanzar la segunda transformación que les he mencionado: la educación en criterios y en valores. El mundo en el que se desenvuelven nuestros jóvenes, es un mundo en donde el conocimiento se vuelve rápidamente obsoleto o irrelevante.


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Es, además, un mundo en donde hay demasiadas fuentes de información y pocos elementos para discernir entre ellas. Ni siquiera el m.i.t. (Massachusetts Institute of Technology), la Universidad de Yale o la Universidad de Oxford pueden decir que se están adaptando del todo a los cambios repentinos del siglo xxi. La universidad es tan sólo una voz, a veces ni siquiera la voz principal, en la formación intelectual de nuestros estudiantes. Es evidente que los centros de educación superior no pueden competir contra internet, contra las redes sociales, contra la televisión, contra la sociedad en general. Por el contrario, en lugar de competir contra todas esas influencias, deben ayudar a procesarlas. Deben proveer de los criterios y de los valores que les permitan a nuestros alumnos distinguir, en medio de la maraña de información con la que son bombardeados diariamente, las mejores fuerzas para forjar sus personalidades y las mejores vías para perseguir sus sueños. Las universidades deben ayudarles a nuestros jóvenes a desarrollar un pensamiento lógico y un comportamiento ético. Desarrollar la capacidad de pensamiento lógico es fundamental, porque la sociedad de la información no necesariamente es la sociedad de la información veraz. Internet es una invención prodigiosa, pero ha permitido, en algunos casos, que haya personas que realizan afirmaciones sin ningún sustento empírico, sin ninguna evidencia científica. Es una invención en donde es difícil, si no imposible, controlar la difusión de mentiras, de falacias o de verdades a medias. Es, además, una invención en donde cada quien puede encontrar alguna forma de respaldo para sus convicciones, aunque ese respaldo carezca de rigurosidad académica. Si nuestra universidad va a generar un cambio trascendente en la vida de nuestros jóvenes, sería útil que les enseñe a distinguir entre afirmaciones científicamente responsables y afirmaciones aventuradas; entre datos objetivos y opiniones disfrazadas de ciencia. Eso les brindaría una llave vital para deparar la información que reciben por

Las universidades deben ayudar a nuestros jóvenes a desarrollar un pensamiento lógico y un comportamiento ético.

tantas vías ajenas a la universidad. Y en esto es necesario hacer énfasis en la pobre comprensión de lectura de nuestros universitarios. Debido a que su vida transcurre a una gran velocidad, que les impide dedicarle más de 20 minutos a cualquier tarea, nuestros jóvenes han perdido, en buena medida, la capacidad de reflexionar profundamente sobre lo fue ven o leen. Han perdido mucho de la destreza para examinar la información. No lo digo sólo yo, lo dicen pruebas internacionales, como la prueba pisa, que demuestran niveles vergonzosos de comprensión de lectura, aun en sistemas educativos de países avanzados. Al final del camino, no importa si se lee en un iPad, en un kindle o en un libro polvoroso y ajado, la tecnología no puede sustituir la capacidad de razonamiento de los individuos, ni puede proveer agudeza. Si queremos que nuestros jóvenes dejen de ser simples receptores de datos, simples repetidores de los pensamientos de alguien más, es necesario que empecemos por enseñarles a leer, y a leer bien. Estoy convencido de que alguien que es capaz de comprender la profundidad de Fiodor Dostoievski, de James Joyce, de Victor Hugo, de Thomas Mann, de Marcel Proust, es menos propenso a admitir, sin objeciones, información falsa o incompleta. Pero no basta con saber distinguir las trampas del razonamiento. También hay que reconocer las trampas morales, que abundan en una época en donde el relativismo axiológico ha alcanzado su apogeo. Sé bien que los académicos son reticentes a discutir de valores en las aulas, porque ello entraña el riesgo de convertir la educación en adoctrinamiento. Pero también creo que nuestra educación, para ser trascendente, debe proveer de herramientas éticas, y no sólo intelectuales.


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No se trata de decirles a nuestros estudiantes qué está bien y qué está mal. No se trata de decirles cómo se deben comportar. Pero sí se trata de inculcarles la práctica de sopesar sus decisiones con base en un sistema de valores, de enseñarles a programar racionalmente su vida. Nuestros jóvenes están sedientos de un liderazgo que no sea impositivo, que no sea autoritario, sino que sea inspirador, que genere compromiso. Están sedientos de parámetros para ordenar, o intentar ordenar, el galope de emociones que habitualmente los invade. A esto lo he llamado, en otras ocasiones, “una educación que ponga corazón al pensamiento”. Es decir, cómo hacemos para educar a nuestros jóvenes en el arte de la paz, de la tolerancia, del ejercicio responsable de la libertad, de la compasión, del perdón, de la empatía, de todos esos valores que hacen que la vida en sociedad sea posible y sea, además, maravillosa. Hay algunas acciones particulares que pueden ayudar en este propósito, por ejemplo, los intercambios estudiantiles y la enseñanza de otros idiomas. En esto ustedes llevan gran parte del camino recorrido como colegio especializado en estudios de posgrado, donde se facilita la transmisión de información, experiencias y oportunidades de estudio, de lado a lado del planeta. Los expertos concluyen que la educación relevante es, cada vez más, la que le enseña a nuestros jóvenes a pensar más allá de sus circunstancias inmediatas, a entender los problemas de personas que viven en escenarios totalmente ajenos a los suyos, a comprender que hay universos distintos, en donde seres humanos, idénticos en dignidad, luchan y sueñan igual que nosotros. Esa comprensión, que parece elemental, a veces se escapa en una educación universitaria obsesionada con información que está en libros y documentos, pero que se siente desapegada de las penas y alegrías de personas de carne y hueso. Un intercambio estudiantil es una de las mejores formas de combatir esa “impersonalidad”. Cuando nuestros alumnos entran en contacto con otras culturas, con otros sistemas de valores, con otras ideologías, ganan mucho en

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tolerancia. Los brotes de violencia que nos alarman en nuestras escuelas y universidades son producto de la estrechez de miras, de la frustración y de la incapacidad de dialogar. Una educación que expanda las fronteras puede hacer mucho por construir sociedades más pacíficas. Y lo mismo se puede decir del aprendizaje de otros idiomas. Cuando enseñamos inglés o mandarín en nuestras universidades, pensamos que estamos otorgándoles a nuestros estudiantes herramientas útiles para desempeñarse en el mundo laboral. Y eso es cierto. Pero también les estamos otorgando la llave de acceso a mundos nuevos. Con cada idioma, les estamos

entregando un nuevo set de reglas, un nuevo esquema cultural que enriquece su bagaje y los prepara para ser mejores personas. Todas estas cosas constituyen una caja de herramientas para que nuestros jóvenes interpreten su cambiante realidad, para que estén preparados para un mundo que no somos capaces de anticipar ni controlar desde el umbral del presente. En nuestros días, la mejor universidad no es la que prepara a los jóvenes para un oficio, sino para cualquier oficio; no es la que les enseña todo lo que hay que saber sobre un tema, sino la que les enseña cómo se obtiene el conocimiento sobre cualquier tema. Esa sutil diferencia hace que las universidades gradúen personas cuyo impacto en sus comunidades, en su país y en el


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71 mundo entero, sea cada vez más significativo. Siempre he dicho que soy, antes que nada, un educador, no sólo porque llevo conmigo las experiencias aprendidas en muchos años de impartir lecciones universitarias, sino porque siempre he creído que gobernar es educar, y que un político debe ser un maestro, dispuesto a decirle a su pueblo lo que debe saber, y no lo que quiere oír. Estas son algunas ideas sobre cómo pueden sus universidades seguir siendo relevantes en un mundo como el nuestro, y una región como la nuestra. Creo firmemente, que una educación que genere una relación de mayor confianza entre el profesor y el alumno, una educación más creativa, más dinámica; aunada a una educación que fortalezca el pensamiento lógico y la entereza ética de nuestros jóvenes, es vital para mejorar nuestras realidades. Hoy me siento embargado de esperanza porque todos ustedes, que han acudido aquí, creen en el oficio de educar, y porque ustedes garantizan que exista, ahora y siempre, una segunda oportunidad para la humanidad. Como bien nos canta la hermosa letra de esa canción de Violeta Parra que les conté al principio: “Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber, ni el más claro proceder ni el más ancho pensamiento. Todo lo cambia el momento cual mago condescendiente, nos aleja dulcemente de rencores y violencia: solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes.” Puebla, 21 de octubre de 2011


UNA DEFENSA PARA EL IGUALITARISMO DE LA SUERTE K o k - C ho r T an

segunda y última parte

II - En esta segunda entrega, se parte de 74

la crítica del igualitarismo de la suerte como moralmente inverosímil. A su vez, se consideran los tres casos expuestos en defensa de esta acusación. En algún punto, se aprovecha la oportunidad para destacar cómo mi consideración del igualitarismo de la suerte difiere para mejorar algunas consideraciones influyentes como: I. Indiferente ante los graves sufrimientos de los imprudentes. De acuerdo a los críticos, en razón de su principio de suerte/elección, el igualitarismo de la suerte es indiferente al sufrimiento de las personas que deben su grave situación a sus malas elecciones. Para muchos, una persona que se encuentra en una situación de apuro en razón de su propia imprudencia, debe tener derecho a ser rescatada o asistida por la sociedad: no puede perecer en razón de su imprudencia. Como señala Scheffler, “la mayoría de las personas no

insiste, de manera general, en que alguien que toma una mala decisión renuncie a todos sus derechos de asistencia.”1 En contraparte, la consideración del igualitarismo de la suerte evade esta objeción que le atribuye un campo moral operativo más extenso del que requieren los que lo defienden. El igualitarismo de la suerte responde a los fundamentos de la igualdad distributiva. El principio de suerte/elección orienta sobre cómo los recursos y los bienes, por encima de las mínimas necesidades fundamentales de las personas, deben ser asignados para poder diferir de otros principios cuando los casos a manejar caen bajo el dominio de las necesidades básicas. Así, existen razones morales para la asistencia de personas con sufrimiento agudo, pero éstas son distintas a las consideraciones de la justicia distributiva. Los principios de los derechos fundamentales o de la dignidad

1 Scheffler, “Choice, Circumstance, and the Value of Equality”, p. 15; también Anderson, pp. 303-307.

Fotografías de la serie “Cotidiano en abstracto”, Perla Ibarra, 2011.


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2 Por ejemplo, Eric Rakowski, Equal Justice (Nueva York: Oxford, 1991), p. 153.

humana pueden requerir que una persona despojada de sus necesidades básicas sea rescatada o asistida, incluso si la privación se debe a su propia imprudencia. En suma: el principio de suerte/elección, diseñado para el dominio de la justicia distributiva, no contribuye a las consideraciones opuestas a favor del rescate. De este modo, la objeción de que los igualitaristas de la suerte descuidan a los imprudentes que tienen necesidad de ser rescatados es errónea, pues incluye una categoría de casos de necesidades urgentes y básicas. Como es de esperarse, entonces, el principio es fácilmente (aunque de manera errónea) expuesto y da lugar al absurdo. De hecho, es curioso que los igualitaristas democráticos no consideren que un reductio ad absurdum

análogo pudiera volverse en su contra. Los críticos de la igualdad democrática pueden alegar que la igualdad democrática es contradictoria porque no es sensible al sufrimiento severo de los que no son miembros del orden democrático. Por ejemplo, es obligado decir que los extranjeros que son privados de sus necesidades básicas no tienen derecho a asistencia alguna de nuestra parte, ya que no nos encontramos en una relación democrática recíproca con ellos. Para evitar esta penosa implicación, los igualitaristas democráticos también deben presuponer alguna división de los dominios morales y reivindicar el principio de igualdad democrática sólo al interior del dominio de la justicia distributiva. Deben aceptar que aun cuando los compromisos de la igualdad distributiva sean aplicados sólo entre los miembros de un orden democrático, existen obligaciones basadas en otros principios morales como el de satisfacer las necesidades humanitarias de todas las personas. Es cierto que algunos igualitaristas de la suerte dan la impresión de pretender que el principio de suerte/elección tiene una aplicación generalizada, y por consiguiente, suponen que la sociedad no tiene obligación con todas las personas que se encuentran en sufrimiento severo en razón de sus propias malas decisiones.2 Para asegurarlo, esta versión de la “línea dura” del igualitarismo de la suerte (como la denomina Anderson, op. cit., p. 298), reconoce que éste tiene en cuenta la retención de cualquier asistencia a las personas en situaciones graves en razón de sus malas decisiones, y acepta la obligación onerosa de explicar por qué esto no es un absurdo. Es necesario sostener que no es necesario para ningún igualitarista de la suerte asumir esta obligación, nadie debería desearlo así. La esencia de la doctrina igualitaria de la suerte y su peculiaridad en relación con el punto de la igualdad distributiva pueden ser preservadas incluso si se limita al principio de suerte/ elección al dominio de la justicia distributiva (evadiendo de este modo la acusación del absurdo). El igualitarismo de la suerte puede ser constructivamente interpretado por esta manera moralmente modesta, sin perder sus particularidades im-

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portantes en relación con el porqué es relevante la igualdad distributiva. Además, se ocupa del problema de la grave marginación de forma distinta al igualitarismo de la suerte de Dworkin. Éste, respondiendo específicamente al desafío de Scheffler, argumenta que en su teoría igualitaria las personas “privadas de sus necesidades urgentes” en razón de sus propias decisiones, no serán dejadas en el frío, en razón de que “igual preocupación requiere que a todo el mundo le sea otorgado el beneficio de un sistema de seguros hipotético que satisfaga las ‘necesidades urgentes’ [que Scheffler tiene] en mente.”3 Es decir, los individuos racionales y prudentes querrán asegurarse contra la privación de sus necesidades urgentes (incluso como resultado de sus propias malas decisiones), y así una sociedad deberá replicar el reparto distributivo de una sociedad imaginaria en la cual las personas tengan los medios y la opción de obtener tal póliza de seguros. Por consiguiente, para Dworkin una sociedad tiene la responsabilidad colectiva de proveer a las personas de este modo marginadas —oponiéndose a Scheffler—, pues una sociedad regulada por principios igualitarios de la suerte no abandona a su mala suerte a quienes toman malas decisiones. Aunque el argumento de Dworkin es polémico bajo sus propios términos, en razón de la propia interpretación y descripción del mercado hipotético de seguros de Dworkin, lo cierto es que no es posible que las personas tengan efectivamente el beneficio de tal póliza. No obstante, es verosímil, razonable y prudente para las personas desear obtener un seguro de cobertura contra la marginación grave, sin reparar en las elecciones del pasado; es incierto que sea razonable y prudente para cualquier proveedor de seguros ofrecer tal cobertura, para que esta póliza efectivamente garantice las necesidades básicas de las personas sin absolutamente ninguna consideración sobre su conducta personal. Su sistema de seguros, inventado originalmente con el propósito de proteger a las personas en contra de su

3 Dworkin, “Equality, Luck and Hierarchy,” p. 192.


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4 Shlomi Segall defiende al igualitarismo de la suerte contra objeciones de Scheffler: el principio de suerte/ elección como un principio revocable; como un principio que puede ser anulado por otros principios morales, “In Solidarity with the Imprudent,” Social Theory and Practice, XXXIII, 2 (2007): 177-98. En la consideración de Segall no existe la necesidad de limitar el principio de suerte/elección al campo de la justicia distributiva; puede aplicarse incluso de manera generalizada a los casos de necesidades básicas. Sin embargo, este acercamiento rescata al igualitarismo de la suerte debilitando su estado en su totalidad, de manera que es una victoria pírrica. La importancia y la peculiaridad del igualitarismo de la suerte en relación a la igualdad son eliminadas, incluso si en el dominio de la justicia distributiva, el principio de suerte/elección es revocable. Efectivamente uno puede imaginar el principio triunfante siendo aquél de la reciprocidad democrática, en cuyo caso el revocable igualitarismo de la suerte de Segall simplemente se desploma hacia la igualdad democrática. 5 Uno puede objetar que la falla aquí es el fracaso de las instituciones de no rectificar o responder a un desastre natural, más que el hecho de que las instituciones transformen un evento natural en una desventaja. En respuesta, la injusticia en este caso es que las instituciones no responden adecuadamente, y esto es una injusticia social en razón de que los miembros de una sociedad tienen la legítima expectativa de que el Estado responda adecuadamente dentro de lo razonable a tales eventos.

propia mala suerte, no puede ser extendido para proteger a las personas en contra de sus propias perjudiciales malas elecciones y, por lo tanto, no se desvía exitosamente del desafío de Scheffler. La consideración del igualitarismo de la suerte, incluso si no lo abarca de la manera que Dworkin pretende, es inmediatamente, y de manera económica, capaz de desviar la objeción de Scheffler apelando sin polémica a la división de fondo de los dominios morales y limitando el ideal de suerte/elección al dominio de la justicia distributiva.4 II. Debe indemnizar por todas las desgracias naturales. Consideremos, enseguida, la acusación de que el igualitarismo de la suerte se encarga absurdamente del asunto de compensar a los individuos por cualquiera de sus deficiencias naturales. Por ejemplo, Anderson argumenta que los igualitaristas de la suerte tendrían entonces que compensar a la gente fea que considere su mal aspecto como algo angustiante, “tal vez bajo la forma de cirugía plástica subsidiada públicamente” (op. cit., p. 335). Sin embargo, el igualitarismo de la suerte no tiene que estar comprometido a esta clase de absurdos. Primero, como se ha mencionado, porque el igualitarismo de la suerte no es necesariamente una postura asistencialista. Por lo tanto, sólo porque una persona califique pobremente en una escala de bienestar en razón de la (real o percibida) mala suerte de, digamos, haber nacido desagradable, no significa que los igualitaristas de la suerte deban indemnizarlo por su menor bienestar. Un igualitarista de la suerte que es igualitarista sobre los recursos, por ejemplo, no se pasmará por la fealdad de una persona mientras que esa persona no obtenga menos que su justa participación de recursos en relación a su fealdad. De este modo, en el mejor de los casos, la objeción sólo ataca a los igualitaristas de la suerte que son también igualitaristas del bienestar. Como se ha mencionado, el igualitarismo de la suerte no está en el asunto de corrección por cualquier desgracia natural que surja; más bien, puede aceptar el acercamiento institucional a la justicia social. Por

consiguiente, lo que le concierne al igualitarismo de la suerte es cómo las instituciones se ocupan de las cuestiones de la suerte, no de la suerte per se. En este enfoque, no es “el hecho natural de que las personas sean susceptibles a las enfermedades, accidentes y catástrofes naturales” de lo que se ocupa la justicia social, de acuerdo con Arneson (ibid.), sino el hecho de que las instituciones sociales son (con frecuencia) diseñadas de tal manera que las enfermedades, los accidentes o las catástrofes naturales son traducidas en desventajas significativas para las personas. No es, por ejemplo, el hecho de que una ciudad costera haya sido desafortunadamente devastada por un huracán lo que es injusto, lo que es injusto es la carencia de anticipación gubernamental apropiada, la respuesta y la reacción a la situación, lo que es un fracaso institucional.5 El modelo del igualitarismo de la suerte relaciona los hechos naturales con las instituciones al conservar la interesante intuición central, como la de Arneson, de que las desventajas sociales enfrentadas por —digamos— la desafortunada persona discapacitada constituyen una injusticia social reprobable. Efectivamente, encontrar un caso de desventaja procedente de la mala suerte que sea preinstitucional, pero que no sea tan severo como para volcarse en el dominio de las necesidades básicas, y lo suficientemente malo como para conmover intuitivamente a los igualitaristas, puede ser más difícil de lo que parece. Finalmente, la pregunta para los igualitaristas de la suerte que proponen un enfoque transinstitucional (que dice que la mala suerte natural puede ser por sí misma un asunto de justicia) es esta: ¿Cuál es la alternativa? Incluso si la consideración institucional deja a ciertos casos de mala suerte fuera del ámbito de la justicia (en razón de que no existe una causa institucional identificable), parece preferible sobre los enfoques transinstitucionales porque a éste último le será bastante difícil evadir los cuestionamientos del tipo de Anderson de que los igualitaristas de la suerte deben absurdamente indemnizar a las personas por todos sus infortunios

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naturales.6 En otras palabras, la compensación es un asunto institucional, que aunque potencialmente pasa por alto algunos casos de mala suerte, es inmune a la clase de objeciones de Anderson, por un lado, y por el otro, un enfoque transinstitucional pretende abarcar todos los casos (independientemente de la influencia institucional), pero precisamente también en razón de ello, se expone a la clase de objeciones de Anderson. Dado que la objeción de Anderson refutaría fatalmente al igualitarismo de la suerte, el absurdo está en que se trata de dar en el blanco y, en ese sentido, mi enfoque institucional parece preferible en general. III. Irrespetuoso de las víctimas de la mala suerte. Finalmente, considero la preocupación de que el igualitarismo de la suerte es irrespetuoso de las víctimas de la mala suerte. De acuer do a esta inquietud, cuando los igualitaristas de la suerte vienen al auxilio de los desafortunados, la premisa de motivación es que la víctima está viviendo una vida que vale menos la pena (debido a su infortunio). Más que expresar igual respeto por las personas, esto refleja algún tipo de menosprecio, lástima o falta de respeto por los desafortunados.7 A partir de los párrafos precedentes, tenemos lista una respuesta a este cuestionamiento. La objeción supone de manera equívoca que los igualitaristas de la suerte deben forzosamente ser igualitaristas del bienestar, y por lo tanto, tienen que imputar a los desafortunados una vida que se desarrolla tan pobremente (tal vez incluso a pesar de su propia percepción), tanto como para no valer la pena. No obstante, si el igualitarismo de la suerte toma la forma de recurso de la postura igualitaria, entonces no requiere hacer tales juicios sobre la calidad de vida de una persona. Más bien, su preocupación son los derechos legítimos de las personas a los recursos. Concebido como una forma de recurso del igualitarismo, el punto focal del igualitarismo de la suerte es que los derechos legítimos de las personas a los recursos —mientras

que esto sea determinado de manera institucional— no deben ser deformados por la buena o la mala suerte. Este compromiso de asegurar a las personas sus derechos legítimos es una prueba de igualdad de respeto para las personas, más que una muestra de falta de respeto o menosprecio. Más importante aún, la objeción trata al igualitarismo de la suerte como si fuera simplemente una teoría de justicia correctiva, como si se tratara de dar donativos o indemnizaciones a los desafortunados. Por ejemplo, Freeman argumenta que un problema básico del igualitarismo de la suerte es que se trata sólo de un principio de compensación, y por lo tanto es una “concepción trunca” de la justicia distributiva. La justicia distributiva, señala Freeman, tiene por objetivo regular las normas y reglas de fondo de la sociedad que determinan la propiedad y los derechos legítimos; al respecto, el principio de suerte/elección no tiene nada que ver con esto, sino que funciona sólo para la reasignación de los recursos o de los bienes de los afortunados hacia los menos afortunados.8 Si el igualitarismo de la suerte fuera efectivamente sólo un principio de compensación o de indemnización, una manera de reasignación a los desafortunados para ayudarlos a curar su mala suerte, uno podría entender por qué los críticos pensarían que nos arriesgamos a socavar el valor propio y el respeto de los desafortunados destinatarios de la asistencia. Parecería que los asistidos no toman su deber como un asunto de la justicia distributiva, sino que simplemente toman alguna ayuda por compasión, en vista de su desafortunada circunstancia. Sin embargo, en el enfoque institucional el igualitarismo de la suerte se preocupa a propósito por las normas institucionales y las reglas de fondo de la sociedad que establecen quién posee qué. En la lectura institucional, los igualitaristas de la suerte no quieren que los derechos distributivos sean determinados por las instituciones que asignan los recursos a los individuos de acuerdo a los hechos naturales y arbitrarios de las personas. Por ejemplo, las instituciones no deben ser estructuradas de manera tal que las personas nacidas en la riqueza continúen aumentando

6 El igualitarista de la suerte transinstitucional puede decir que la fealdad no tiene que ser una desventaja en absoluto, a diferencia de la miopía, por lo que no necesariamente es un asunto de justicia distributiva. Sin embargo me parece que no podemos comprender correctamente cómo una circunstancia es una ventaja o desventaja social sin hacer referencia a cómo las instituciones manejan estas circunstancias, de la misma manera en que no sabemos lo que valen los talentos naturales de las personas sin referencia a las instituciones económicas existentes que determinan la “rentabilidad económica” de los talentos naturales particulares.

7 Anderson, pp. 302-07; también Jonathan Wolff, “Fairness, Respect and the Egalitarian Ethos,” Philosophy and Public Affairs, XXVII, 2 (1998): 97-122, pp. 109-12. 8 Freeman, “Rawls and Luck Egalitarianism,” p. 135; ver pp. 132-35. Ver también Freeman, Justice and the Social Contract, pp. 305-08.


77 9 Rawls, Justice as Fairness, p. 10; Freeman, “Rawls and Luck Egalitarianism,” p. 131.

sus ventajas sociales, o que las personas nacidas con discapacidad sean socialmente desfavorecidas en razón de determinadas barreras institucionales. Esto es fundamentalmente un asunto distributivo y no precisamente un asunto de indemnización. Es un compromiso encaminado a garantizar lo que Rawls refiere como “justicia de fondo”, lo que es la precisión del “fondo de la estructura social al interior de la cual las actividades de las asociaciones y sus individuos tienen lugar.”9 En estos términos el igualitarismo de la suerte no juzga la vida de una persona desafortunada para ser menos digna, y entonces proceder a indemnizarla por su vida más pobre por lástima y mucho menos por menosprecio. Más bien busca determinar (y proteger) los derechos

legítimos de las personas como un asunto de justicia. El argumento de que el igualitarismo de la suerte sólo ofrece un principio de indemnización, no sólo descuida la posibilidad de que éste adopte una postura institucional. Es estimulado también, de manera fundamental, por la tendencia de tratar al principio de suerte/elección —supuesto como un justificativo o principio fundamental de la igualdad distributiva— como un principio sustantivo de igualdad distributiva. Como se mencionó anteriormente, el igualitarismo de la suerte es una respuesta a la cuestión “¿Por qué es relevante la igualdad distributiva?”. Su principio de suerte/elección pretende


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motivar y fundamentar el compromiso con la igualdad distributiva y no se presenta como una expresión absoluta de lo que un compromiso implica. El ideal de reciprocidad democrática nos dice que las desigualdades en la sociedad deben ser reguladas de manera que sean razonablemente aceptables para los miembros de un orden democrático para el que son relevantes. Como los igualitaristas de la suerte, los igualitaristas democráticos deben derivar su principio distributivo sustantivo desde su ideal de reciprocidad. El principio de la diferencia de Rawls es sólo una derivación propuesta desde el ideal de reciprocidad. Anderson, por otra parte, propone un ideal distributivo sustantivo distinto pidiendo “igualdades a través de una amplia gama de posibilidades” (op. cit., p. 377). Puesto que el principio de la diferencia es un principio sustantivo, y el principio de suerte/elección es un principio fundamental, compararlos entre sí es un error de categoría.10 La correcta comparación sería entre el principio de suerte/elección y el ideal de reciprocidad democrática, y aquí el igualitarismo de la suerte no está más incompleto que la igualdad democrática. Si el igualitarismo de la suerte está incompleto en este recuento, entonces también lo está la igualdad democrática.

III Según la segunda línea de crítica, los igualitaristas de la suerte fracasan en comprender el aspecto social de la igualdad, y por lo tanto, han “perdido el contacto con las razones del por qué nos es relevante la igualdad.”11 Los igualitaristas de la suerte están presuntamente obsesionados con la noción de igualdad como valor moral de las personas, fracasando así para ver que la igualdad tiene que ver crucialmente con la “estructura y el carácter” de las relaciones personales (ibid., p. 33). Aunque la “purificación de la suerte bruta de las relaciones humanas”, argumenta Scheffler, no es el punto estimulante de la igualdad distributiva. El punto de la igualdad es asegurar que las relaciones entre las personas sean del tipo del que deben ser expresadas en una sociedad de iguales. De manera similar, Anderson argumenta que la igualdad democrática es una “teoría relacional de la igualdad: considera a la igualdad como una relación social” (op.cit., p. 313). A diferencia del igualitarismo de la suerte, Anderson señala que la igualdad democrática tiene el objetivo de asegurar que las relaciones entre las personas no sean jerárquicas u opresivas. El igualitarismo de la suerte, en relación a la justicia distributiva, no niega que cuestio-

11 Scheffler, “What Is Egalitarianism?” p. 23. 10 Freeman presenta esta comparación en “Rawls and Luck Egalitarianism,” p. 131.


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12 Scheffler, “What Is Egalitarianism?” p. 28 n26. 13 Scheffler, “Choice, Circumstances, and the Value of Equality,” p. 17.

nes de raza, género y etnicidad puedan suscitar cuestionamientos importantes sobre justicia política, a diferencia del impacto de tales injusticias políticas en la equidad de la distribución económica. Los igualitaristas de la suerte se enfocan en la igualdad distributiva no porque consideren que la “igualdad es intrínsecamente una noción distributiva”, contrariamente a Scheffler,12 o que la igualdad distributiva agota por completo el dominio de la igualdad, y nada más es relevante, sino en razón de que la igualdad social tiene una dimensión distributiva inherente que debe ser abordada. Efectivamente, es a esta dimensión específica de la igualdad a la que el igualitarismo de la suerte está destinado a atender. Como se ha mencionado, el igualitarismo de la suerte es mejor visto como el reclamo sobre los fundamentos de la justicia distributiva, no sobre la totalidad de la justicia (lo que incluye a la justicia política). Los igualitaristas de la suerte, pueden estar de acuerdo con sus críticos, como Scheffler o Anderson, en que “la razón básica [la igualdad] que es relevante para nosotros, lo es porque consideramos que existe algo valioso sobre las relaciones humanas que son, al menos en ciertos aspectos cruciales, no estructurados por diferencias de rango, poder o categoría.”13 Lo que el igualitarismo de la suerte ofrece es una interpretación de aquello en lo que tal relación debería consistir con respecto a la justicia distributiva o económica. Que su principio de suerte/elección está diseñado para manejar principalmente cuestiones de justicia distributiva no significa, sin embargo, que los igualitaristas de la suerte deban tratar a la justicia política como secundaria o insignificante. Que el igualitarismo de la suerte considere valiosa a la igualdad distributiva independientemente de la práctica de una cooperación

social justa, no es por sí mismo una señal en su contra. Así, el punto del debate es: ¿Por qué es relevante la igualdad, y en qué contexto social es relevante? ¿Es relevante sólo entre las personas comprometidas en una cooperación social justa, o es relevante independientemente del hecho de la cooperación social? Por supuesto, no he establecido aquí este asunto; mi objetivo es sólo preservar al igualitarismo de la suerte como un contendiente en este actual e importante debate sobre el valor de la igualdad distributiva. IV La postura igualitaria de la suerte que he esbozado, aunque en algunos aspectos parte de consideraciones existentes bien conocidas, es aun así, de manera significativa, una postura igualitaria de la suerte distinta de la igualdad democrática. Porque aunque se limita al campo de la justicia distributiva, al interior de ese dominio específico toma como fundamento el principio de suerte/elección. En segundo lugar, aunque considera el tema de la justicia distributiva como particular de las instituciones sociales más que de los hechos naturales, es todavía una postura igualitaria de la suerte, ya que sostiene que las instituciones no deberían transformar las contingencias naturales en ventajas o desventajas sociales. En tercer término, presenta distintos fundamentos para la igualdad distributiva desde la igualdad democrática y, por lo tanto, especifica las condiciones bajo las cuales la igualdad distributiva es relevante de manera muy distinta. Para mayor comodidad, denominaré mi consideración como igualitarismo institucional de la suerte.

Traducción: Priscilla Martínez Versión: Diana Jaramillo

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FRAGMENTOS DE UN DIARIO DE LECTURA Juan Carlos Canales Si se cree que la historia es puramente descriptiva y está por completo despersonalizada, seguirá siendo lo que siempre ha sido: una ficción de la teoría abstracta y una reacción violentamente exagerada contra la charlatanería y vanidad de las generaciones anteriores. Isaiah Berlin

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I Esto causará en muchos de ustedes

Texto leído en la presentación del libro Redentores. Ideas y poder en América Latina, de Enrique Krauze, el 15 de junio de 2012, en el CCU de la BUAP.

encono, en algunos más, una ciega adhesión y, en la inmensa minoría —esa inmensa minoría a la que se refería Juan Ramón Jiménez— un ejercicio de lectura crítico y mesurado; ejercicio que no excluye el debate, la polémica, en el sentido que le dieron los griegos al polemos, como el combate que permite que las cosas lleguen a ser, aparezcan o se desoculten, como dice Heidegger. Redentores de Enrique Krauze suscita, pese a las diferencias, la posibilidad de sentarnos a debatir como iguales, con la palabra, sobre un tema que constituye una de las claves más siniestras de nuestra historia y, como tal, en la idea freudiana del unheimilich, lo más próximo a nosotros: la tentación autoritaria, entronizada por la herencia patrimonialista y carismática del ejercicio del poder en nuestro continente y que una y otra vez —el retorno de lo reprimido— vuelve en la figura de un padre sin falla, sin tacha, omnipotente, supuesto sujeto del saber, supuesto garante del retorno a las más variadas formas del paraíso y del goce. No importa el costo que haya que pagar por ellos, incluso si es el de un devoramiento o el de un sacrificio. Pese al proceso de secularización de la sociedad moderna, la política, en la tradición judeo-cristiana, aún está marcada por las huellas de un universo religioso, cuya cifra es la lealtad al patriarca y por las huellas de una infancia nunca consumada completamente. En oposición a esa tradición de raigambre

eminentemente oriental, los griegos, cuyo horizonte de sentido fue el naturalismo y la voluntad de claridad, no sólo pensaron el universo sujeto a un orden superior a los hombres y a los dioses, también comprendieron ese universo como el conjunto de fuerzas plurales, animado por el espíritu agonal. Quizá por ello fueron los primeros en quebrantar esa figura mítica del padre, desde la mitología hasta la invención de la democracia, y a partir de allí, comprendieron el orden específico de la polis, confrontado al orden familiar, y como asunto eminentemente humano, en el que los hombres son iguales y la única relación entre ellos la otorga la palabra, no la guerra. Cierto, la lección democrática de los griegos poco tiene que ver con la de los modernos, a decir de Constant, pero las bases que ellos sentaron son todavía vigentes. No es gratuito que siglos después de los griegos Kant haya entendido la Ilustración como un proceso paralelo de maduración y libertad humanas, que permite la salida de nuestra inmadurez —unmündigkeit— en la que, como niños, los hombres nos arrojamos a los brazos de un padre con poderes sobrenaturales, dueño del pasado y del futuro históricos, negándonos la posibilidad de pensar por nosotros mismos. De suerte, entonces, que la aventura del saber político, desde Grecia hasta nuestros días, tenga mucho que ver con el reconocimiento y la respuesta que demos a esa falla en relación a los otros en el


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espacio público. Retomando un libro de H. Arendt, habría que preguntarnos ¿cuál, o cuáles son las promesas de la política? Una puede ser la de intentar anular por completo esa falla, negándola o pretendiendo sellarla definitivamente; otra, habérselas con ella y, desde el reconocimiento del frágil equilibrio que implica la esfera pública reinventarnos día a día, asumiendo los riesgos que implica la aparición de lo nuevo en el espacio plural de los hombres; subrayo, de los hombres, no del hombre. El perdón y la promesa constituyen dos de los articuladores más importantes de la polis en relación al tiempo; el perdón nos retrotrae a un momento anterior a la ofensa que los hombres se infligen; la promesa —el sacramento del lenguaje, diría Agamben— disminuye la incertidumbre que la aparición de lo nuevo provoca, pero a condición de no arrasar con él. II Sin dejar de reconocer la singularidad de cada momento histórico y su irreductibilidad a las ideas que lo interpretan en un momento posterior, siempre he creído que el pasado cobra sentido desde el punto de capitón del presente. La historia es algo más que un diálogo con los muertos, como creyó Michelet; en último caso, y en ello va mucho de Rulfo, la historia es un diálogo con los fantasmas de los muertos que se entremezclan con los vivos. En el aquí y el ahora pulsa el pasado. Pulsa, aclaro, en doble sentido, como metáfora musical y —vuelvo a Freud— como una fuerza que busca ser representada permanentemente. III Seamos claros: ni las supuestas leyes del desarrollo histórico ni los hechos por sí mismos pueden fundar la objetividad del saber; tanto en las matemáticas, como en la física o en las ciencias sociales, la objetividad depende de la coherencia de un paradigma que hace inteligibles los hechos, a través de un ordenamiento, contrastación y clasificación específicos. El significado de verdad es siempre aproximativo, parcial. Desde

hace mucho ha quedado abjurada de nuestro horizonte de saber la voluntad totalizadora, de clara raigambre hegeliana, y encuentra en Lucacks su más alta expresión ideológica. IV Sobre el autor de Redentores pesan un sinfín de calificativos que, en el mejor de los casos, desdibujan su obra y, en el peor, prohíben su lectura desde algún tribunal inquisitorial. Cierto, los prejuicios, decía H. Arendt, nos ayudan a orientarnos ante la emergencia de lo nuevo, de lo que nace, pero conformarnos con ellos inhibe tanto el reconocimiento de lo novedoso como de su singularidad. Entonces, de esa actitud, les propongo algo mucho más simple y más saludable, pero también más peligroso: leer Redentores. Se preguntarán por qué peligroso: la lectura de cualquier libro es una aventura, en el sentido que dio Simmel a este concepto, como todo aquello que interrumpe nuestros hábitos, tira por la borda nuestros saberes y reblandece nuestras ideas fijas; aventura que, además, implica, de nuestro lado, algo que suele pasar desapercibido: nuestra propia responsabilidad de lectores frente al reclamo que todo libro demanda, y a su vez exige el reconocimiento de su irrepetibilidad, de su aura. V Acostumbrados a interpretar los fenómenos históricos desde grandes categorías metafísicas, como razón, espíritu, progreso, lucha de clases, etcétera, el punto de partida de Enrique Krauze puede resultar sospechoso de falta de rigor científico al centrar su interés en el individuo y sus ideas. Nada de eso. Argumento, brevemente de la mano de ese extraordinario pensador Isaiah Berlin, retomando, en particular, dos de sus artículos más importantes: “Las ideas políticas en el siglo xx” y “La inevitabilidad histórica”, respectivamente. Es imposible subsumir el saber histórico a las condiciones que nos ofrecen las ciencias naturales; no podemos negar, categóricamente, la existencia de leyes históricas inexorables pero, en términos empíricos, tampoco podemos probarlas. Incluso, añado yo, para un saber tan cercano al saber histórico como lo es el


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psicoanálisis, nunca hay una relación mecánica —ni unívoca— entre la causa y el síntoma. El interés que se pone en un elemento particular de todo fenómeno histórico obedece a los desplazamientos propios de una época y al conjunto de saberes que ciñen o limitan el propio saber histórico, tesis que no es equivalente ni a una defensa del relativismo, ni a una reivindicación de la fatalidad posmoderna. Por lo menos para mí es obvio que, ante la crisis de lo que se ha denominado los metarrelatos modernos, el acento histórico vuelva a ponerse en el individuo y sus ideas, sin embargo, en el caso de Redentores, ese individuo está muy lejos de ser visto como una mónada o ipseidad, al margen del conjunto de tensiones que lo envuelven; no creo que Krauze niegue, y mucho menos desconozca, la importancia de las instituciones o de las fuerzas económicas que inciden en cualquier fenómeno histórico. En último caso, a lo que intenta sustraerse Enrique es a cualquier forma de determinismo, sea el de la estructura económica o la del espíritu. VI Algunos temas que supone el libro, y para hacerme cómplice, por otras vías y con otro talante de lo que creo constituye la factura singular del libro: el ensayo, en la mejor tradición que va de Montaigne a Benjamin, de Hume a Rossi, de Ortega a Paz. Y por qué no la de Berlin, figura tutelar del propio Krauze, quien por un camino distinto al de H. Arendt y W. Benjamin puso en el centro de su obra el reconocimiento de la singularidad del acontecimiento histórico y la importancia de la experiencia como patrón de comprensión del mismo. Pero sobre todo, y esto lo quiero subrayar, Berlin introduce lo que a mi parecer debería ser el centro de la discusión histórica, como ya nos lo había sugerido el mundo clásico: el de la responsabilidad moral del individuo y sus acciones. ¿O no es la Historia para Berlin una rama de la filosofía moral? Algo más que me parece permea el libro de Enrique Krauze y no es ajeno a los pensadores mencionados: volver al sentido común como fuente de conocimiento histórico, ¿o es que alguna teoría puede justificar los 20 millones

de muertos durante el stalinismo, o los 7 millones de judíos masacrados por los nazis? VII Quizá, todo el recorrido que hace Enrique Krauze en el libro no sea otra cosa que un pretexto para hablar de sí, de los testamentos en los que se reconoce y de los demonios que intenta exorcizar. A caballo entre la historia, la literatura y la filosofía, Krauze nos muestra apenas los nudos que atan los hilos de la obra de modo que el lector puede deslizarse por Redentores como por una superficie sin obstáculos, pero no exenta de sorpresas, veredas paralelas, puentes y hasta algunas sendas perdidas, claros del bosque y ríos subterráneos. Estoy seguro que los mejores momentos del libro son aquéllos en los que Krauze nos muestra (no nos demuestra) y con la inteligencia de Lytton Strachey se sitúa al hombro de sus personajes, no por encima, ni por abajo de ellos, tampoco dos pasos adelante. Desde la antigüedad, el género biográfico ha sido un género eminentemente moral y, como trabajo biográfico, Redentores está atravesado por el juicio histórico que le permiten los parámetros de las tradiciones liberales, pero con una particularidad: el intento de Krauze por adscribirse tanto a un ejercicio comprensivo de la acción humana (en el sentido weberiano del término), como a lo que el propio Berlin entendió por historia de las ideas: las ideas no son mónadas, no nacen del vacío, están relacionadas con otras ideas, con creencias, formas de vida, perspectivas; las perspectivas o puntos de vista sobre el mundo, Weltanschauungen, fluyen unas a partir de otras, son parte del llamado “clima intelectual” y moldean a la gente y sus actos tanto como los factores materiales y la transformación histórica. Quizá se trate de una asociación peligrosa, pero no excesiva, dada la condición plástica que reclama para sí Redentores: al terminar la primera lectura del libro, el referente al que de inmediato me lanzó fue a Werner Herzog: en casi todos los capítulos, Krauze comparte la misma mezcla de admiración y distancia crítica con la que el cineasta alemán construye prácticamente

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toda su obra, no importa que sea la de ficción o la documental. Si no estuviera tan desprestigiada la palabra, me gustaría decir la misma compasión. Por el contrario, cuando Krauze pareciera que intenta comprobar, cuando pareciera que intenta acomodar las piezas de la investigación para que coincidan con el mapa que ha diseñado de la misma, el libro pierde frescura y, a la postre, suple la discusión política e histórica, e incluso, el juicio y la responsabilidad de un acontecimiento por algo que parece un análisis puramente psicologista. Y que conste, no estoy sugiriendo una oposición a la mirada de Krauze; me estoy refiriendo al modo como esa mirada se sostiene en ciertos momentos de Redentores; uno de ellos, el de García Márquez, el otro y en otro extremo, el de Octavio Paz. No creo que le haga falta al libro —ni a nosotros como lectores— remitirnos a los más oscuros vericuetos edípicos del colombiano para cuestionar su silencio respecto a Cuba ni tampoco hacer de Octavio Paz un visionario para reconocer la grandeza de su obra. En cambio, sus mejores momentos son aquellos en los que Krauze parece someterse a la condición de compañero de viaje de sus personajes, haciéndonos cómplices de ese mismo viaje, como en el caso de los textos sobre Mariátegui, Samuel Ruiz y el Subcomandante Marcos; los mejores momentos del libro son aquellos en los que, como en la referencia de Heidegger al cuadro de Van Gogh, desde un detalle, podemos reconstruir o participar de la vida entera de un hombre. En fin, cuando Krauze deja abiertos espacios para que nosotros podamos transitar libremente por el libro y mantener, imaginariamente, un intercambio de ideas con el autor. VIII Por último: no voy a repetir aquí el debate entre Javier Sicilia y Enrique

Krauze en torno a Redentores, pero me parece importante retomar algunas de sus consideraciones para ahondar en las raíces del propio libro. Tiene razón Krauze al distinguir entre liberalismo político y liberalismo económico; sin embargo, la clara demarcación hecha por él sólo puede funcionar en términos ideales; en la realidad histórica, el liberalismo político y el liberalismo económico no marchan como dos líneas paralelas que jamás llegan a tocarse. Por el contrario, sus imbricaciones son complejas, al grado de confundirse entre ellos y desfigurarse. Hay que reconocerlo, en términos históricos, el liberalismo económico ha terminado por devorar al liberalismo político, lo cual deja ver por un lado el peor rostro del primero y por otro la fragilidad del segundo. Entonces, la pregunta que hay que hacernos es: ¿es inherente al liberalismo político la semilla de su propia destrucción?. Sicilia afirma que sí, concentrándose en señalar las condiciones del mercado capitalista y sus consecuencias para la condición humana. A la tesis de Sicilia sobre la relación entre liberalismo y totalitarismo, yo añadiría que el puente entre uno y otro no es sólo el mercado sino, y fundamentalmente, el de los mecanismos disciplinarios que atraviesan el desarrollo del propio liberalismo en Occidente, desde aquellos dirigidos al individuo —la escuela, la cárcel y el manicomio— hasta la política de poblaciones y la consolidación del biopoder. Una sociedad libre, pensaron los liberales, está amenazada por doquier; paradójicamente, los instrumentos que la aseguran acaban por destruirla: pienso también en la teoría de la historia como confabulación que se desarrolla desde mediados del siglo xviii y alcanza su máxima expresión en Marx, y que de ningún modo es ajena al propio liberalismo; toda la teorización sobre el enemigo externo y el enemigo interno, que a la postre definirá uno de los principios ideológicos más importantes del nazismo, se desarrolla en el ámbito del


Plural

El perdón y la promesa constituyen dos de los articuladores más importantes de la polis en relación al tiempo

pensamiento liberal. No es gratuito que haya sido Bentham uno de los principales animadores del liberalismo, al tiempo que el artífice del panóptico; tampoco podemos pasar por alto, o considerarlo una mera inversión de los términos, el ideal hobbesiano de liberalismo económico y el Leviatán político. Por otra parte, es cierto, la democracia moderna es desde muchos aspectos consecuencia del liberalismo bajo una condición, dice Bobbio, en ese ya clásico del pensamiento político, Liberalismo y democracia: que se tome el término “democracia” en su sentido jurídico-institucional y no en su significado ético, o sea, en un sentido más procesal que sustancial. Es precisamente esa condición que marca el liberalismo a la democracia su mayor amenaza: al vaciarla de contenidos éticos concretos, la democracia se ha convertido en tierra fértil tanto de la degradación de la vida humana, como del crecimiento de las más variadas formas de autoritarismo. Por eso, a diferencia de lo que cree Enrique Krauze y aunque entiendo el contexto en el que se produjo el libro y el destinatario del mismo, a la democracia hay que ceñirla con algunos adjetivos y pugnar por disminuir la fractura entre libertad e igualdad, aunque el intento mismo implique riesgos, tantos como los que implica mantener esa fractura. Al respecto, el propio I. Berlin, en esa extraordinaria entrevista con Ramin Jahanbegloo, afirma: en ocasiones la democracia puede ser opresiva con las minorías y con los individuos. La democracia no necesariamente es pluralista; puede ser monista: la mayoría hace lo que quiere, por cruel, injusto e irracional que sea. En una democracia que admite la oposición uno tiene siempre esperanzas de convertirse en mayoría. Pero puede haber democracias intolerantes. La democracia no es pluralista ipso facto. Tampoco creo que el liberalismo sea garante de la pluralidad, aunque es cierto, puede que sea el sistema de ideas que mejor pueda sostenerla: en la construcción de una determinada

forma de sujeto y ciudadanía, el liberalismo ha avasallado otras formas de subjetividad y de organización social, como ha sido el caso de México a lo largo de los siglos xix y xx, en los que precisamente han sido los proyectos liberales los que han anulado o minado nuestra condición plural. De ahí que creo importante que Krauze especifique, mucho más, lo que algunos de sus personajes entendían por liberalismo, a qué corriente liberal se adscribían, máxime, cuando lo sabemos todos, no hay un liberalismo: hay liberalismos. ¿Quién era, para uno u otro de esos personajes que atraviesan la obra de Krauze, el sujeto político; qué lugar ocupa el problema de la representación y la soberanía, cuáles son los límites del Estado, en relación al mercado o la vida privada? También, creo importante demandar esa especificidad a la que he aludido, en el caso mexicano, entre liberales y conservadores, dada la imposibilidad de sostener una maniquea polaridad entre unos y otros, cuando sabemos que el espectro político fue más complejo y que los puntos de contacto entre los bandos rivales fueron muchos, o bien, las diferencias hacia el interior de un mismo grupo marcaron múltiples desplazamientos. Por supuesto, no pretendo que Redentores cambie su faz por la de un denso y atropellado libro académico; si algo hay que agradecerle a Enrique Krauze es la fluidez de su escritura. IX Por último, podemos acotar nuestra crítica a problemas singulares de Redentores; incluso a la falta de una posición más contundente frente a la realidad histórica del liberalismo y la democracia en América Latina, en general y, particularmente, en México, pero como objeto integral, hay que reconocerlo, Redentores es un libro que fascina por su discreta erudición, por el entramado que consigue y por su extraordinaria capacidad narrativa.

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T alle r El libro uruguayo de los muertos Sue帽o con mujeres que ni fu ni fa Personas Imdinb Por amor al d贸lar


Taller

Por favor, no me creas

Mario Bellatin

El libro uruguayo de los muertos México: Sexto Piso, 2011

¿Qué es lo importante de un libro?, se pregunta el lector; absolutamente nada, terminará respondiéndose muchas veces. No hay nada más que la capacidad de observar el mundo al despegar la mirada de la lectura. Un día comencé a leer El libro uruguayo de los muertos, la última novela de Mario Bellatin; iba sentada en un camión y al bajarme había un gran hueso ensangrentado proveniente de alguna parte de la res. Por un momento reflexioné que eso era lo más importante del libro de Bellatin: mi capacidad de asombro ante la observación de lo que siempre está alrededor de nosotros y no nos damos cuenta de cuánta escritura hay en esos objetos. Qué ingenua, pensé, llevaba sólo veinte páginas y ya estaba planteándome una realidad paralela. Continué leyendo para comprobar que sólo estaba dándole mucha importancia a los eventos que sucedían alrededor de la lectura. Por qué hablar de la lectura cuando lo importante es lo que está escrito, lo que está dentro: la anécdota, las aventuras, etcétera. El libro uruguayo de los muertos es un acto de escritura y un proceso de lectura. La escritura de Bellatin tiene un proceso diferente al de aquellos libros en los que pasan tantas cosas; tengo que aceptar que siempre me ha dejado perpleja haciéndome partícipe de sus diferentes realidades, las que existen en el texto y las que el lector logra armar en ocasiones con dificultad. La novela de Bellatin posee, en parte por la extensión, una fuerza que la distingue entre sus novelas precedentes. La fuerza de El libro uruguayo de los muertos reside en la capacidad de pruebaerror, en el experimento con las realidades y los personajes, en el contrato que firma el lector al entender que en el transcurso de las páginas se está ficcionalizando un mundo que tal vez sea muy parecido al verdadero, y no por ello deja de ser ficción. De una o de otra manera el autor nos pide que desconfiemos de la literatura, que todo lo escrito puede no significar absolutamente nada, o bien, que lo mismo pudo haber sucedido dos veces y en la segunda ocasión ser un evento totalmente diferente.

La literatura a veces le suplica al lector entre líneas: “por favor, no me creas”. Mario Bellatin entrega su proceso de escritura para ser leído y lo ha dividido en fragmentos. Últimamente los textos se deshacen y se convierten en eso: retacería. La literatura mexicana contemporánea comienza a abusar de este fragmentarismo y lo peor es que el lector comienza a acostumbrarse. Sin embargo, El libro uruguayo de los muertos no es una de tantas novelas fragmentarias que se añade a la lista de novelas de la tan aclamada “nueva genera93 ción”. Mario Bellatin no pertenece a tal generación. La diferencia es notoria y el mismo narrador la explica “nos trasladamos dentro de un círculo, en realidades alternas donde todo, un presente, un pasado y un futuro, está conectado de manera tangible” (229). Estamos frente a un texto fragmentario en apariencia, pero el lector tendrá que ser audaz para hilar una historia, o bien, un conjunto de historias de la manera tradicional, identificando lo que va sucediendo en cada fracción de la realidad. Mario Bellatin sabe que ese texto no es nada sin su lector; está dispuesto a que ambos intenten observar el conjunto de realidades presentadas. Sólo hay un momento en el que el lector es abandonado, cuando se dirige a alguien que no conocemos, pero que estamos seguros de que no somos nosotros porque no pertenecemos a esa misma intimidad: “Como sabes, desde hace treinta y dos horas te tengo presente”. (269) Uno de los fragmentos de Bellatin me recordaron a Lo infraordinario de Georges Perec, específicamente el texto titulado Stilllife/Style leaf donde se describe dos veces lo que hay en el mismo escritorio. ¿Será que siempre estamos leyendo el mismo libro? Que nuestras lecturas son el conjunto infinito de las otras que ya leímos. Que nada de lo anterior se interprete en el sentido negativo, sino en el intento de entender que todos nos dirigimos hacia la misma raíz de la literatura: la escritura. Mario Bellatin tal vez habla de todo, porque todo cabe en un universo expansivo: hay seres deformes y fotografías, hay un hombre sin una mano muy parecido al autor y perros, hay una Frida Kahlo, un niño cuya familia se conforma por


toreros enanos, un agrimensor, también un tal Sergio Pitol al que le importan unos muñecos. Sin embargo, en otras ocasiones me parece que el único tema es el acto de la escritura, todo es un pretexto o un recurso. La escritura no implica un estatus sino un oficio, en ocasiones desgarrador, en otras tantas sólo es la creación de un inventor, “una

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En el Curso de lingüística general Ferdinand de Saussure definió el lenguaje como un sistema cerrado de signos; signos que a su vez están conformados por un concepto y una imagen acústica o, dicho de otro modo, un significado y un significante. La unión entre esas dos entidades, afirma, es completamente arbitraria; es decir, no hay ninguna razón que justifique que el conjunto de letras c-a-s-a remita en nuestra cabeza a una construcción de cuatro paredes y un tejado. Sueño con mujeres que ni fu ni fa —una traducción de título capaz de levantar al lector del sillón y ponerlo a aplaudir— es, de algún modo, la traslación de esta idea al campo de la literatura. Aquí nos enfrentamos a Beckett antes de ser Beckett, que no es Beckett en estado embrionario, sino la posibilidad truncada de otro Beckett; uno logorreico, culturalista, efervescente, estilizado; un Beckett a la Joyce. Son famosos los ejemplos de escritores, como Nabokov o Conrad, que escribieron sus obras en un idioma distinto al materno, demostrando un dominio de éste superior al de muchos nativos. Cuando Beckett empezó a escribir en francés no tenía un conocimiento fluido del idioma, de modo que sus intenciones eran muy distintas a las de sus colegas, si no es que hasta diametralmente opuestas. Él mismo lo explicó en alguna ocasión: “Me puse a escribir en francés con el deseo de empobrecerme aún más”. Y sobre sus diferencias con su compatriota, apunta: “Joyce, cuanto más sabía, más podía. Como artista, tiende hacia la omnisciencia y la omnipotencia. Yo trabajo con la impotencia y la ignorancia. No creo que la impotencia se haya explorado en el pasado... Mi pequeña exploración es sobre esa zona que siempre ha sido dejada de lado por los artistas como algo inservible;

suerte de pueblo fantasma, congelado dentro las características particulares de sus propios habitantes. Unos seres desconcertados que no son otros que las palabras” (231). Y aún permanecemos desconcertados viendo el hueso de vaca ensangrentado. Paola Carola Gómez Lagunes

como algo por definición incompatible con el arte”. El hecho de empeñarse en encontrar un hilo de coherencia en la trayectoria de un escritor, o rasgos estéticos que permitan hablar de etapas y evoluciones, parece antes una anticuada necesidad de la crítica que un motivo literario productivo. No obstante, en este caso resulta especialmente sorprendente encontrarnos un avatar del autor de las frases anteriores, no ya campando a sus anchas por la lengua materna, retorciéndola en cada frase, sino en pleno ejercicio de fe en el lenguaje. Eso es quizá lo más llamativo. Sueño con mujeres que ni fu ni fa defiende, a cada frase, que la unión de lenguaje con el mundo es arbitraria o inmotivada, y ante semejante ruptura, no duda de cuál debe ser su elección. Su fe en el lenguaje es la del feligrés fervoroso y para demostrarlo despliega una pirotecnia que se apoya en juegos ortográficos, neologismos, referencias deglutidas y barbarismos, clamando por la musicalidad y la autonomía del lenguaje antes que por el sentido: “Weib —dijo Belacqua— es una de esas palabras gordas, rollizas, pastosas, todo tetas y culos, plop plop plop plop, papandero, poposaderas, una palabra de lo mejorcito que hay” (124). En varios tramos, es más que probable que el lector se quede fuera del carrusel, o que suplique, mareado, que le dejen bajarse; en otros, en cambio, las luces y los ritmos se engarzan y el mundo hologramático de la novela sustituye al propio. También hay zonas más asequibles, como aquellas metaliterarias o autorreflexivas, en las que Beckett ataca determinadas convenciones de la escritura: “Leer a Balzac es como obtener la impresión de un universo cloroformizado. Es dueño y señor de su materia, puede hacer lo que le venga en gana, puede predecir y calcular hasta las más mínimas incidencias, puede escribir el final del libro antes de haber terminado el primer párrafo, porque ha convertido a todos sus personajes

La unidad involuntaria

Samuel Beckett

Sueño con mujeres que ni fu ni fa México: Tusquets, 2011.


Taller

El último maestro

Carlos Fuentes

Personas México: Alfaguara, 2012

en repollos mecánicos” (146). Y frente a ese mundo que considera apolillado, el autor afirma: “La única unidad que tiene esta narración, Dios nos asista, es una unidad involuntaria”. Para terminar de alimentar el morbo, en un epílogo final, los traductores nos recuerdan que Beckett, tras coleccionar varias negativas de editoriales, no quiso que este texto se publicara, de ahí que haya habido que esperar hasta 1992 para que viera la luz (más los veinte años de rigor para que la tuviéramos en español). No obstante, y a pesar de las diferencias con su obra canónica, también

pueden rastrearse aquí líneas de continuidad: el cuestionamiento de la voluntad, la ironía acerca de la legibilidad del significado, el recelo de los símbolos. Pero nada necesita menos esta novela que el afán crítico por reintegrarla en una totalidad, limando incoherencias estéticas con el resto de su producción. Ojito con pasarse con Beckett. Lo poco que deberíamos decir ya lo dice él hacia el inicio de la novela: “Declaramos con firmeza (al menos mientras dure este párrafo)…”.

Carlos Fuentes se fue dejándonos una deuda, sus memorias. En su vastísima obra literaria sólo faltaba eso, el libro autobiográfico que —me gustaría especular— podría haber reivindicado una trayectoria en franca caída libre, aunque fuera únicamente para saciar a los curiosos. Lo imagino, me veo leyéndolo y sólo puedo decepcionarme por lo que no pasó. Tengo que conformarme con un esbozo de autobiografía, esos dos capítulos insuficientes que publicó hace años en Myself With Others –y que, hasta donde tengo entendido, no se han traducido al español–, así como esperar cincuenta años (¡cincuenta años!, tendré ochenta y tres para entonces) hasta que se publique su correspondencia. Ojalá los herederos se impacienten pronto y presionen a los editores para tener el volumen un poco antes. Y es que las lecciones de Fuentes las necesitamos ahora, no en el futuro fantasmal de La silla del águila; la vida de un hombre que — como a él mismo le gustaba hacer notar— nació el año en que Elías Calles fundó el pnr y murió en el fatídico año de su restauración podría explicarnos el por qué de nuestro fracaso, podría ayudar a que no vuelva a suceder. Pero para eso tendremos que esperar a su biógrafo —y será mejor que lo hagamos sentados porque esa es una deuda que tenemos con todo el panteón nacional. La última vez que lo vi en una lectura pública y tuve la oportunidad de preguntar, inquirí sobre sus memorias. Lo hice con timidez —la frase llevaba implícito el signo de la muerte— pero respondió con diplomacia, con una cortesía tan extrema que delataba un distanciamiento radical, su famosa máscara. Me dijo que escribía en ese momento unos retratos, episodios con ciertos personajes importantes en su trayectoria pero, subrayó, “es muy difícil ser justo con los muertos”.

No sé por qué pensé en Octavio Paz, su antiguo mejor amigo, en su doloroso distanciamiento. 95 ¿Es pertinente juzgar a alguien que no tiene posibilidad de réplica? Sin duda alguna, de eso están hechas las mejores autobiografías. Pero fue esa misma diplomacia, esa misma cortesía que tenía para expresarse, lo que le impidió a Fuentes escribir un buen testimonio. Ahora, tras su muerte, Alfaguara publica esos retratos en un libro titulado Personas. Veintitrés semblanzas que van del mundo de las letras al de la política, pasando por el periodismo, en un volumen que deja mucho que desear. Es obvio que se trata de una publicación apresurada: errores de dedo, gazapos de estilo, comillas que quedan abiertas, signos de admiración sin cerrar. Y la cosa no se termina ahí. Es evidente que el libro estaba aún en proceso, me lo imagino como una carpeta con textos de diversa naturaleza que no tuvo ni siquiera una buena lectura editorial. Dos errores resultan particularmente graves: Fuentes se refiere a Paideia, de Werner Jaeger, y a Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, pero parece que deja la transcripción de la cita textual para después. Cuando la publicación se volvió urgente, los editores rellenaron esos espacios con palabras de dichas obras pero tomadas completamente al azar, lo que produce una sensación de desconcierto y después de indignación. Fuentes habrá decaído como novelista en sus últimos años, pero si algo mantuvo toda su vida fue una irrenunciable ética del trabajo. Lo que perpetró Alfaguara es una falta de respeto para el lector, así como un fraude. Otro aspecto reprensible es el poco cuidado en la selección de los textos, no todos tienen el mismo rigor estilístico e intelectual. Es prescindible, particularmente, el panegírico que hace de Jesús de Polanco, su jefe,

Manuel Guedán Vidal


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que parece haber sido confeccionado para algún homenaje o cumpleaños. El ensayo descubre a un Fuentes complaciente y adulador. A pesar de lo anterior, el libro tiene momentos altos, episodios que nos dejan queriendo saber más, mucho más, de lo que ocurriría en esa época de certidumbre ideológica y heroísmo potencial. Insuficiente resulta la recreación del viaje a Praga que realizaron García Márquez, Cortázar y Fuentes desde París en pleno 1968, invitados por Milan Kundera. Tenían como cometido hablar ante un grupo de trotskistas sobre la lucha en latinoamérica pero al final todos se fueron a un concierto de música clásica y embaucaron a Fuentes para que fuera solo a la asamblea. Sus acompañantes consideraban que era el único que no sufría de pánico escénico. Despacha el asunto en un par de párrafos aunque el argumento suena mucho más sabroso que el de La voluntad y la fortuna, por poner un ejemplo. Algo muy similar sucede con su relato de la reunión del Pen Club en Nueva York en 1965: en menos de dos cuartillas le da carpetazo a lo que pudo haber sido una pequeña novela de espionaje. Y es que esas sesiones —pobladas por la polémica, el escándalo y el talento en las discusiones de Mailer, Arthur Miller, Vargas Llosa, Onetti, Sábato, Victoria Ocampo y Pablo Neruda, entre otros—, culminaron con una carta de los escritores cubanos denostando a

Neruda por haber recibido un homenaje imperialista. En latín “persona” es “máscara”. Esta colección de perfiles funciona, de alguna manera, como esbozo de un autorretrato posible y fingido, son los trazos que delinean un rostro ideal. Y no es gratuito que los textos que más sobresalen sean los que dedica a sus maestros y tutores: Luis Buñuel, Alfonso Reyes, Lázaro Cárdenas, María Zambrano, Fernando Benítez, Mario de la Cueva, Ignacio Chávez, Manuel Pedroso. Al recordar sus años de formación, Fuentes termina educándonos, al evocar al maestro él mismo ocupa ese lugar. Pero a diferencia nuestra Fuentes tuvo buenos maestros, y es triste que su magisterio resulte incompleto, descuidado. En un momento lo acepta, y señala que en México “una élite fatigada (soy parte de ella) es incapaz de diseñar del porvenir de una población de gente joven: la mitad de la nación, portadora de ideas, confrontamientos y soluciones que ni siquiera adivinamos”. Y es que la gran lección del maestro Fuentes es que no hay lección. Si entiendo bien, si leo correctamente —nadie me ha enseñado a hacerlo— lo que dicen estos retazos de memorias es que, muerto Fuentes, nosotros no tenemos a nadie quien nos guíe.

IMDINB: Lugar donde se ha descubierto, ¡por fin!, el anhelado hilo negro. Ahora se sabe que no era negro, más bien rojizo, según la prueba de los aminoácidos cromáticos. Los nigromantes del Imdinb explican que la versión errónea del hilo “negro” se debe a que nadie jamás lo había descubierto —es por todos conocida la millonésima frase “No estoy descubriendo el hilo negro”, en efecto, nunca nadie lo descubría—, este desconocimiento ocasionó que se pervirtiera su color original, nadie protestó al respecto: era imposible verificar el verdadero color rojizo del hilo “negro”. Imdinb: aprenda a comer vidrio sin que se queme caminando sobre las brazas. Imdinb: escuela para señoritas, se enseñan buenas maneras y lectura de cartas. Imdinb: se practica la nigromancia a la hora del té,

se visten vírgenes y se ensartan dardos. Imdinb: las ciencias ocultas nunca habían sido tan divertidas, inscríbase ahora. Imdinb cuenta con sala de levitación, salón para multiplicaciones espirituales y amplio jardín de fiestas con Clema, la gran sacerdotisa. Imdinb: ¡adéntrese a un mundo donde lo que no existe se inventa. Incluye lo divino! Una vez dentro no se aceptan devoluciones. Aprenda cómo disminuir el camino tortuoso de sus vidas futuras, a desaparecer las manchas del quehacer sobre la superficie de los arrabanales metafísicos. Consígalo ya, todo, sí, todo en el Imdinb. Allí donde se ha descubierto el hilo negro, donde Clema y la chicas, allí donde un secreto perverso… Allí, todo para el hogar. Un mundo perfecto, si la perfección no existe, la inventamos. Si la palabra no existe, la____________, si la felicidad, si la locura,

Guillermo Espinosa Estrada

Una breve versión de imdinb

Gerardo Deniz

IMDINB México: Taller Ditoria, 2011.


Taller

Felicidad de a dólar

Juan Manuel Servín

Por amor al dólar Oaxaca, México: Almadía, 2012.

si la risa, si la conmoción, si la frase precisa, si el ambiente perfecto no existen, los… _____________ (favor de llenar los espacios). Allí se han descifrado las coordenadas exactas en que el Triángulo de las Bermudas ejerce su magnetismo, que finalmente no es triángulo ni sus límites coinciden con la supuesta región. Los lindes dibujan una figura geométrica cercana al triángulo pero en cuatro lados. Se ha organizado un grupo de estudio que difundirá

los hallazgos ante la academia de geometría y orografía, se propone denominarlo cuatriángulo —todo cuerpo de cuatro lados con ángulos menores a 45 grados—. Aunque existen sus riesgos: confundirá a los navegantes, pudiendo pensar que se trata de un nuevo campo magnético, inhibiría la navegación y causaría pánico colectivo. Miguel Maldonado

Nueva York, centro financiero más importante de Estados Unidos, una de las ciudades con mayor densidad demográfica de migrantes de todo el mundo, es conocida por su diversidad cultural y alta densidad poblacional. Pero, sobre todo, esta ciudad aguarda en sus entrañas historias de hombres y mujeres que en décadas pasadas, se embarcaron en búsqueda de un sueño pero que pronto se enfrentaron al realismo de la nación americana. Desde la consolidación de esta urbe hasta la fecha, muy poco se ha documentado sobre las costumbres de su comunidad nómada, sin embargo Juan Manuel Servín, narrador y periodista mexicano, al encarnar la experiencia como trabajador indocumentado durante un lapso de su vida pudo escribir un libro tratando de percibir el claroscuro de la realidad de estas personas, que buscan mejorar sus condiciones de vida. Por amor al dólar confina al lector en el ambiente neoyorkino del Bronx, condado del estado de Nueva York, donde se revelan los hábitos y costumbres de una comunidad marginada, minoritaria que intenta sobrevivir más que cumplir con el aclamado sueño americano. Ahí se revela la vida del protagonista, un hombre de la capital mexicana cuya debilidad espiritual y asiduo gusto por la lectura determinará su forma de ver el mundo. A través de los ojos de este inmigrante mexicano, el lector descubrirá las ruinosas casas de los melting pot, barrios sobrepoblados de extranjeros indocumentados, entre sus calles infestadas de vándalos, indigentes, iracundos raperos y ensordecedora música electrónica. El protagonista, con su evanescente sentido periodístico, irá mentalizando y narrando sus travesías a través de los distintos ambientes urbanos: los diurnos, en su incasable búsqueda de un empleo con jornadas cortas y generosa paga, y los nocturnos en bares, tugurios y corporaciones del vicio.

No es únicamente periodismo ficción ni narrativa solamente de lo que Servín echa mano para enviar al lector al “otro lado”; sino a partir de las herramientas del periodista; es 97 decir, un estilo similar a la nota informativa crónica, de opinión o reseña; es una narrativa de acción antes que descriptiva, con la que logra ubicar al lector dentro del sórdido paisaje del Bronx, para representar con éxito las actividades del bracero proveniente de todas las naciones del mundo, hendido en las drogas, el sexo y las riñas como entretenimiento. No sólo se aprecia la valoración del protagonista por la heterogénea convivencia de razas (brasileños, puertorriqueños, europeos, estadounidenses) si no su visión por el mexicano apático y dócil, cuya vida está plagada de constante odio y desilusión, donde la miseria sólo es soportable a través de los vicios y una esperanza casi genética, heredada por sus ancestros también inmigrantes. Esta novela está dividida en dos partes. En la primera, “Arde el Bronx”, el personaje se centra en el sórdido ambiente de pobreza y enajenación de los barrios bajos neoyorkinos, en sus hábitos mientras vive en una casa de huéspedes junto a su hermana Norma y unos peculiares inquilinos. También narra su odisea, desde que partió de México hasta el presente, pesquisa interminable donde errante, obtiene diversos empleos contratándose en un restaurante, un campo de golf, una gasolinera e incluso como sirviente de una casa particular. “Gatsby de gasolinera” es la segunda, y trata de los eventos que le acontecieron en el tiempo que laboró como peón en un campo de golf y como despachador de gasolina en la mobil de Bob, en el crudo invierno de Greenwich. J. M. Servín, con una narrativa fluida, un lenguaje rico en mexicanismos e imitando con naturalidad el habla de los latinos y otros


inmigrantes del globo mundial, presenta una novela que se encarga de expresar con delicadeza, la crudeza de vivir en el “otro lado” bajo la constante sospecha de ser deportado, marginado por el hombre blanco, el burgués yanqui que mira sobre su hombro. La visión de Servín sobre el hombre casi animal, del extranjero empobrecido, y del humanamente empobrecido hombre americano, busca hacer conciencia de las costumbres del hombre “mojado” y del contacto que ocurre cuando la “civilización americana” se encuentra con

la “barbarie latina”. En esta novela corta, Servín, con sencillez y un especial toque de humor, es capaz de hablar de la realidad nacional, del pueblo hispanoamericano y su pobreza, del nomadismo crudo, el sueño americano, el realismo del bracero ilegal y, por último, la pérdida de identidad, añoranza de un país al que no se ha de regresar, todo por amor a unos billetes. Adrián Emmanuel Méndez Gómez

98 Fe de erratas El nombre correcto del autor del artículo “El tecnoencantamiento del mundo” (UNIdiversidad 8) es Leandro Rodríguez Medina. Agradecemos la comprensión de nuestro colaborador y le reiteramos una disculpa a él y a nuestros lectores.

Noche líquida. Foto: Ángel Torres, 2010.


Taller

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Unidiversidad 9  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP

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