Page 1


UNIDIVERSIDAD

11 mayo-julio 2013

Presentación 5 DI R ECTOR I O

CONS E JO EDITOR I A L

Mtro. J. Alfonso Esparza Ortiz

Rafael Argullol Jorge David Cortés Moreno Luis García Montero Fritz Glockner Corte Michel Maffesoli John Mraz José Mejía Lira Francisco Martín Moreno Edgar Morin Ignacio Padilla Alejandro Palma Castro Eduardo Antonio Parra Herón Pérez Martínez Francisco Ramírez Santacruz Miguel Ángel Rodríguez Vincenzo Susca Jorge Valdés Díaz-Vélez René Valdiviezo Sandoval Javier Vargas de Luna David Villanueva

Rector

Dr. José Ignacio Morales Hernández Secretario General

Dr. Jorge David Cortés Moreno Dir. de Comunicación Institucional

Pedro Ángel Palou Director

Miguel Maldonado Subdirector

Miguel Ángel Andrade Jefe de redacción

César Susano Diseño e interiores

7

Con Vargas Llosa, 12 en su andamiaje liberal PEDRO ÁNGEL PALOU

20

Mario Vargas Llosa: 30 literatura y libertad ENRIQUE KRAUZE

33

Los

Benjamín Hernández Rojas Princesa Hernández M. Diana Isabel Jaramillo

paraísos perdidos 39 MAURICIO BONET

44

Mesa de redacción

Un animal de escritura. Barcelona, 1970 JUAN JOSÉ ARMAS MARCELO

Carta de batalla por

Mario Vargas Llosa FERNANDO IWASAKI

Las

palabras como actos

ALONSO CUETO

Vargas Llosa y

Javier Velasco

la condición humana

Distribución y comercialización

CARLOS GRANÉS

Una Este número fue realizado en colaboración con la Cátedra Mario Vargas Llosa de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

genealogía liberal 50 RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ

58

Lecciones de un escritor a un antropólogo JUAN M. OSSIO A.

UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP, Año 3, No. 11, mayo-julio 2013, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 sur 104, Col. Centro, C.P. 72000, Puebla Pue., y distribuida a través del Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico, con domicilio en 4 sur 104, Tercer patio del Edificio Carolino, Col. Centro, C.P. 72000, Puebla Pue., Tel. (52) (222) 2295500 ext. 5559, unirevista@gmail.com. Editor responsable: Dr. Pedro Ángel Palou García, pedropalou@me.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 04-2013-013011430200-102. ISSN: 2007-2813, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Número de Certificado de Licitud de Título y Contenido: 15204, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Permiso SEPOMEX No. Impresos IM21-006. Impresa en PROMOPAL PUBLICIDAD GRÁFICA S.A. DE C.V., Tecamachalco No. 43, Col. La Paz, Puebla, Pue. C.P. 72160, Tel. (222) 1411330, DISTRIBUCIÓN CITEM, S.A. DE C.V., Av. Del Cristo 101, Col. Xocoyahualco, C.P. 54080, Tlalnepantla, Edo. de México, Tel. 52 38 02 00, este número se terminó de imprimir en abril de 2013 con un tiraje de 3000 ejemplares. Costo del ejemplar $40.00 en México. Administración, comercialización y suscripciones: Francisco Javier Velasco Oliveros, Tel. (222) 5058400, javiervelasco68@hotmail.com, Dinorah Polin, Tel. 01 (222) 4447545, dinorah2606@hotmail.com. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Unidiversidad está indexada en la base de datos de la Universidad Nacional Autónoma de México: http://www.latindex.unam.mx/buscador/ficRev.html?opcion=1&folio=21621

La literatura es aire: 66 a propósito de La civilización del espectáculo 74 ANA GALLEGO CUIÑAS

Historia

de una lectura RAFAEL GUMUCIO


U

nidiversidad se ha planteado, desde sus inicios, ser una revista de rebelión y revuelta, de revisión y propuesta. Hemos querido, guiados por ese mismo espíritu, dedicar este número por entero a Mario Vargas Llosa. Nos parece, de su generación, no sólo quien permanece en activo como escritor (acaba de aparecer El Sueño del celta y ya nos anuncia su próxima novela), como intelectual comprometido con su idea de la libertad, no exento de polémica pero siempre pensando en el presente. Su último ensayo discute con cierta ferocidad el avasallamiento del mercado y el espectáculo en los territorios de la cultura. Algo que ya había diagnosticado Alessandro Barico: no consumimos sentidos, sino secuencias de sentido que producen movimiento. Los nuevos bárbaros que Vargas Llosa también detecta son nómadas y han tocado todas las ciudadelas de la cultura. ¿No es un contrasentido que el principal promotor del liberalismo se encarnice contra sus consecuencias en el mundo de la cultura? No lo creemos. Como demuestran los ensayos dedicados a la vida, el recuerdo y la obra de Vargas Llosa en este número, el escritor peruano ha sido siempre coherente y consecuente con sus ideas, corriendo todos los riesgos. Su causa, finalmente, puede ser más la de la razón (la razón en libertad, claro está) que la del liberalismo. No se nos olvide, además, como ha demostrado Roberto Schwartz, que las categorías conceptuales pueden estar desplazadas, mal colocadas en nuestro subcontinente. Si para un norteamericano liberal puede, casi, significar socialista, para un latinoamericano actual puede dar a entender de derechas. Por otra parte, agradecemos la colaboración de la Cátedra Vargas Llosa para la realización de este número, especialmente a Juan José Armas Marcelo, Carlos Granés y Marta Mengual. Las ideas de Vargas Llosa no son ni lo uno ni lo otro, rechazan todo compartimento estanco. De hecho, estamos convencidos, su propia obra añade un elemento a la razón sin la cual no tendría sentido, la imaginación. Mario Vargas Llosa, el gran deicida, siempre ha creído que la literatura puede cambiar el mundo. Porque queremos tanto a Mario, aquí van las siguientes páginas. PAP

Fotografía de David Ruiz

5


Un animal de

escritura. Barcelona, 1970 J U A N

J O S É

A RM A S

M A RCEL O


8

En el prólogo a la primera edición de Los cachorros, que se publicó en la editorial Lumen dentro de una colección de formato especial (con fotografías de Miserachs), Carlos Barral define a Vargas Llosa como “un animal de escritura”. Lo escribe, claro, en francés, pero la traducción al español es incluso más firme y contundente. Ese “animal de escritura ha publicado ya, en los años 70, un libro de cuentos, tres novelas, entre ellas la más espectacular y literaria y esa nouvelle que clama al asombro en un novelista que todavía es muy joven: Mario Vargas Llosa”. ¿Cuál era su secreto? La aplicación constante a la literatura, vivir en, con y para la escritura literaria, doblegando todo lo demás y sometiéndolo todo a una disciplina marcial, insalvable, cotidiana, que alimentaba lo que el propio Vargas Llosa denominaba ya “la solitaria”, esa pasión y vicio de la escritura literaria que condena al escritor de verdad a estar todo el día pendiente de ella. Gracias a esa conjunción de elementos, Vargas Llosa era ya homenajeado, desde la publicación en 1963, ahora hace cincuenta años, de La ciudad y los perros. El ambiente en Barcelona, donde se había trasladado a vivir en estos años aconsejado por Carmen Balcells, su agente literaria, es para el escritor peruano muy estimulante y en el futuro hablará de aquella Barcelona de los 70 con una nostalgia literaria y vital que llama la atención. Vargas Llosa ya era, pues, admirado y aplaudido por una sociedad, la catalana urbana de Barcelona y sus lectores miles,

que lo convirtió en uno de los suyos durante el tiempo en que vivió en la ciudad. Era homenajeado, querido y buscado por todos, a pesar de que ya había demostrado su voluntad de hierro: no dejarse doblegar por nada ni por nadie en su vicio de escribir literatura. En cuanto a esa dedicación marcial a la escritura literaria, puedo contar de primera mano la anécdota que viví en su propia casa, en el barrio de Sarriá, en la calle Osio. Llegué a esa casa sobre la una del mediodía, invitado a almorzar por Patricia y Mario Vargas Llosa. Un seco de cordero. Para cocinarlo, había traído desde mi tierra, Las Palmas de Gran Canaria, una hierba que entonces no se conocía en la Península, el culantro o cilantro. El seco estuvo fastuoso y durante la comida no hablamos más que de literatura. Corría el año 1972 y Vargas Llosa estaba enfrascado en la escritura de Pantaleón y las visitadoras. Mientras duró el almuerzo, yo tomé varios vasos de vino de Rioja, excelente, y me mostré encantado de estar en casa de los Vargas Llosa, pero Mario no probó ni siquiera una gota de aquellos caldos tan ricos, porque si tomaba, me dijo, “no podría escribir por la tarde. Almuerzo poco, me da sueño y no puedo trabajar”. Me explicó que, por la tarde, escribía de cuatro a ocho de la tarde. Y, en efecto, a las cuatro de la tarde, se excusó y me dejó hablando con Patricia durante cuatro horas. Se fue a la azotea de la casa, donde había habilitado un cuartito para su vicio de escribir, para alimentar “la solitaria”, y sólo bajó a las ocho en punto de la tarde. Recuerdo que me

Me explicó que, por la tarde, escribía de cuatro a ocho de la tarde. Y, en efecto, a las cuatro de la tarde, se excusó y me dejó hablando con Patricia durante cuatro horas. Se fue a la azotea de la casa, donde había habilitado un cuartito para su vicio de escribir, para alimentar “la solitaria”, y sólo bajó a las ocho en punto de la tarde. Páginas 6-7: Barcelona, Francesc Català-Roca.


10

pasé toda la tarde tomando café de Colombia, exquisito y excelente, y que no puede dormir en toda la noche, lo que aproveché para releer, en la habitación de mi hotel, lo recuerdo muy bien, unas páginas de la novela que había traído conmigo a Barcelona, Conversación en La Catedral, que es, y lo digo de paso, mi preferida en la novelística de Vargas Llosa. Aquel viaje resultó para mí inolvidable, sobre todo porque reforzamos una amistad que había nacido cuando nos conocimos personalmente en un barco, el “Verdi”, que había atracado en el puerto de Santa Cruz de Tenerife de camino a El Callao, Lima. Ahí iban los Vargas Llosa y ahí los conocí por primera vez, aunque Mario retrotrae el principio de nuestra amistad al año 1970, cuando fundé la editorial Inventarios Provisionales junto a Eugenio Padorno y le escribí a Mario con motivo de la publicación de El avaro, de su amigo Luis Loayza, gran lector y escritor. En los 70 Barcelona se sentía, para quienes veníamos de fuera de la ciudad, como un territorio libre. Como si el franquismo no existiera. Vivíamos dentro del franquismo, los últimos años de una larga dictadura, pero en Barcelona la vida parecía más libre, como si ya estuviéramos en Europa y gozáramos del tiempo futuro de la libertad. Así lo veía yo, cada vez que iba a Barcelona, y así lo veían Vargas Llosa y García Márquez, que vivían allí su particular amistad. Allí, en la casa de los Vargas Llosa en la calle Osio, conocí yo a García Márquez. Allí, en aquella

Barcelona de los 70, Vargas Llosa era un ídolo de las clases y castas intelectuales, considerado ya un escritor de élite y un escritor catalán, aunque fuera peruano y ni siquiera tuviera todavía la nacionalidad española. Carlos Barral, entonces el editor de moda de la literatura española y extranjera en Barcelona, le dedicada una admiración pública y no perdía ocasión de reunirse con quien, nadie se lo negaba, era su gran descubrimiento de los 60-70. Mientras tanto, Vargas Llosa salía a cenar con Patricia y algunos amigos todas las noches. A cenar y al cine. No a dejarse ver en los círculos intelectuales, sino al cine y a cenar. Siempre con amigos. A veces, en algunas de esas cenas, se acercaban lectores que lo admiraban a pedirle autógrafos o a que firmara algunas de sus novelas que traían consigo. Recuerdo con especial deleite para mi memoria dos cenas en aquellos años. Una en El Tramonti, donde se reunían todos los años los miembros del jurado del Premio Biblioteca Breve, después de votar el galardón. Y otra en el Portofino, también italiano, y también en la Diagonal, como El Tramonti. Tengo memoria de que en el Portofino estaban también los Barral y los Marsé. En esa cena Vargas Llosa, sin apenas darse cuenta, demostró ser ya un gran profesor de literatura y dio una lección de lo que en ese momento estaba escribiendo: García Márquez. Historia de un deicidio, uno de los ejercicios intelectuales más generosos que he conocido en toda mi vida. La admiración de Vargas Llosa por García Márquez era entonces personal, amistosa, y sobre

Mario Vargas Llosa

todo literaria. Queda hoy, después de los años, la admiración de Mario a la literatura de Gabriel, aunque las amistades se rompieran definitivamente a lo que parece desde hace casi cuarenta años. ¿Y las mujeres? Actrices, editoras, escritoras, secretarias... Todas perseguían a aquel escritor, Vargas Llosa, que Carlos Barral había dicho que tenía pinta de tanguista argentino, con gomina y bigote. Ahora en la Barcelona de los 70, era una figura pública de primera relevancia, sólo con treinta y seis años de edad, una figura intelectual buscada y deseada por aquella burguesía catalana que se sentía identificada con él. Pero el tiempo corre, nos ponemos viejos y todo va cambiando con rapidez. Esta Barcelona de ahora paradójicamente no se percibe como aquella. Para muchos, y también para Vargas Llosa, Barcelona se ha vuelto provinciana, chiquitita, y aunque sigue

Fotografía de Ricard Terre.

siendo una gran ciudad ya, para los que venimos de fuera no tiene aquel calor de libertad con que nos encendíamos la vida y nos congratulábamos durante nuestra estancia en la capital catalana. Quedan los recuerdos y la impronta de Vargas Llosa en aquellos tiempos barceloneses. Ya casi todos son recuerdos. Casi todos los de entonces, han fallecido. Quedamos en pie unos pocos, que no somos ni los más fuertes ni los mejores, si exceptuamos a Vargas Llosa y García Márquez, sino los que hemos tenido más suerte para la vida. El resto es reposo y recuerdo. Y nostalgia de aquel tiempo pasado que, extrañamente, fue mejor para todos en la Barcelona de los años 70.

11


Con Vargas Llosa, en su andamiaje

liberal PEDR O

Ă NG E L

P A LOU


14

Durante varios años permanecí siendo socialista, incluso después de mi rechazo del marxismo; y si pudiera haber una cosa tal como el socialismo combinado con la libertad individual, seguiría aún siendo socialista. Porque no puede haber nada mejor que vivir una vida libre, modesta y simple en una sociedad igualitaria. Me costó cierto tiempo reconocer que esto no es más que un bello sueño; que la libertad es más importante que la igualdad; que el intento de realizar la igualdad pone en peligro la libertad, y que, si se pierde la libertad, ni siquiera habrá igualdad entre los no libres. Mario Vargas Llosa

Mi generación leyó con fervor la obra arquitectónica de Mario Vargas Llosa. Lejos del impacto inicial que sus primeros lectores —los de los años sesenta— sintieron con La ciudad y los perros o La casa verde, e incluso aunque no tan ajenos al discurso político e identitario de Conversación en La Catedral, caímos presos de las obras que iba produciendo —a partir de los ochenta, cuando habíamos leído lo anterior y lo que escribía entonces tenía el aire de franca novedad, de cachetada contra el realismo de sus epígonos latinoamericanos. Recuerdo minuciosamente el día en que fui a comprar, recién aparecida, monumental, con su portada roja que rompía con el monótono blanco de Seix Barral, La guerra del fin del mundo. El universo

entero se detuvo —tenía que ser así— para poder sumergirme en las páginas del levantamiento de Canudos y en la historia de Antonio Conseheiro. Ese día supe, sin duda alguna, que estaba leyendo a un clásico vivo, un caso extraño, si se quiere, de estar frente a algo que es intemporal pese a estarse produciendo en ese instante. Mario Vargas Llosa es el joven del Boom, el que llega arrasando, desde que La ciudad y los perros (y el Premio Biblioteca Breve en 1962) lo consagran para siempre. Se trata de la versión latinoamericana de la novela de iniciación, de nuestro muy particular joven Törless (como en la novela de Musil), pero ya anuncia uno de los temas constantes de la obra del peruano: la pérdida de la inocencia. Se llamaba originalmente La morada del héroe y tenía mil doscientas páginas. José María Valverde, el célebre traductor de Joyce y miembro del jurado dijo sin empacho que se

Página 12-13: Mario Vargas Llosa, Patricia, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Emir Rodríguez Monegal y Pablo Neruda.

15

Con su familia en la campaña presidencial de 1990.

Mario Vargas Llosa

trataba de “la mejor novela en español desde Don Segundo Sombra”. La comparación con Güiraldes no es pequeña, y en los pasillos del colegio Leoncio Prado todos supimos ver las taras de nuestra sociedad. En la historia de El Esclavo, El Jaguar y el Poeta y la filosa crítica al mundo militar se cifraba parte de la posterior mirada liberal de Vargas Llosa. Con La casa verde (1966) recibiría el Premio Rómulo Gallegos y mostraría el uso magistral de los recursos de la novela moderna pero sobre todo su obsesión con la arquitectura novelística. Si la primera novela y muchas otras serían novelas de la ciudad, Vargas Llosa pronto se revelaría como un gran narrador de la selva y del interior (como refrendará con Pantaleón y las visitadoras o con Lituma en los Andes o con ese ejercicio del contrapunto que es El Hablador), no hay territorio que se le esconda. Entre Piura y Santa María de Nieva ocurre esta novela que no sólo ocurre sino

que se escucha, como un torrente verbal y un potente entramado de historias. Fue sin embargo Conversación en La Catedral (1969), tres años después, la que mostraría a un escritor aparentemente grafómano, que era capaz de producir cientos o miles de páginas y que ahora construía una novela política y un gran fresco sobre la represión y la dictadura (aunque el tema del dictador en sí mismo no será abordado por Vargas Llosa, como sí hicieron sus amigos, hasta La fiesta del Chivo, una de sus mejores). Conversación es reconocida por su autor como su mejor libro, declarando incluso que sería lo único que salvaría del fuego, en el hipotético caso. El personaje Zavalita es uno de sus más recordados y la pregunta inicial del libro, ¿en qué momento se jodió el Perú?, ha sido citada y utilizada en todo América Latina casi como un estribillo. Pero no es una pregunta retórica. La novela entera está allí para intentar responder esa acuciosa


16

17

en este caso los yaguznos de Canudos contra el ejército. Es la pérdida absoluta de la inocencia, también, y se trata de la novela latinoamericana con mayor énfasis en su estructura pero que, sin embargo, logra que no se note el andamiaje preciso y obsesivo. Vargas Llosa logra ser el gran deicida (el suplantador de Dios) que él vio en Joanot Martorell, el creador de Tirant Lo Blanc, y en García Márquez, a quien le dedicó un libro con ese título en particular: Historia de un deicidio. La novela —según su autor— fue primero un guión encargado por la Paramount Pictures, que nunca se filmó. Tres años no fue a Brasil, mientras devoraba todo lo que podía sobre el ejército de elegidos de la nueva Jerusalem Celeste de Antonio Conseheiro y su batalla apocalíptica que ya Euclides da Cunha había contado antes. Es una novela moral, si se quiere, en la cual las fronteras entre lo bueno y lo malo (y los buenos y malos) desaparecen, es una reflexión hondísima sobre la responsabilidad individual y la responsabilidad colectiva, es lo más cerca que hemos estado de escribir una tragedia en nuestras tierras. Los críticos han estudiado ese uso de la ambigüedad

Con Julia Urquidi.

interrogante. Zavalita, como el Perú, también se jodió. Contestar a eso, desde lo personal, quizá permita vislumbrar la respuesta colectiva. La conversación, el largo diálogo del libro —duraría cuatro horas en la cantina—, mezcla otra vez historias como La casa verde, pero las reflexiones sobre la dictadura de Manuel Odría (1948-56) son el telón de fondo en que las historias del propio Zavalita, de su padre, Fermín (Bola de Oro), de Ambrosio, el zambo chofer de Cayo Bermúdez (Cayo Mierda) y su amante Hortensia (La musa), se imbricarán portentosamente. Se trata también, aunque veladamente, de otra novela de iniciación de pérdida de la inocencia, a partir del conocimiento por parte de Zavalita de la homosexualidad de su padre (quien es amante de Ambrosio). Para llegar a esa conclusión los lectores tienen que acompañar la peripecia del personaje por más de quinientas páginas. En 1981, como dije —y después de haber devorado Pantaleón y las visitadoras y ese juego de espejos que es

La tía Julia y el escribidor—, tuve en mis manos la primera edición de La guerra del fin del mundo. Ya he dicho que el momento fue para mí muy especial. Mario Vargas Llosa, como yo mismo, nació un 28 de marzo. Ese elemento biográfico era un guiño de algo que según yo nos hermanaba secretamente. Mis primeros cuentos no eran rulfianos o garciamarquianos, como los de mis amigos, sino vargasllosianos, si se quiere. Textos largos, de veinte o treinta páginas en donde cada largo párrafo contaba un fragmento de una historia que era cortado por otro fragmento de otra historia paralela que al final se juntaba por arte de magia o por obra de la estructura. No guardo ninguno de ellos. Adentrarme en la historia de Canudos durante un largo fin de semana (de viernes a lunes) en el que no hice nada que no fuese leer (quizá bajé a prepararme algún sándwich, pero ni siquiera lo tengo en la memoria), porque había logrado, según mi lectura, ese sueño de todos los escritores de su generación, la novela total, la fantasía de que puede existir un universo autónomo, completo en sí mismo que incluso construye su propia teoría de la novela dentro. Otra vez el tema es el individuo frente al poder,

Mario Vargas Llosa

moral de la novela, en lo que llaman la relatividad de las perspectivas. Moreira César, el Periodista miope, el Barón de Cañabrava, Antonio Conselheiro, todas son historias de locos que el novelista no da por hechas y que explora con la ficción hasta desmontar sus ideologías y representar fragmentariamente el orden entero de la historia social. Muy pronto, en 1984, Patricia Montenegro supo verlo al analizar el personaje más interesante, el Periodista miope: En el miope se encabalgan tres perspectivas de una realidad según las circunstancias del espacio y tiempo en que se mueve. Primero vio el mundo con los ojos de los autonomistas, después, con los de los republicanos y al final, con los del amor de la mujer (Jurema) descalza que tira de él sin decir una palabra, orientándolo. Entre el miope y el lector hay un cierto paralelismo. Así como él ha adquirido varias perspectivas y encuentra orientación entre el amor de la última, que además se le ofrece sin decir una palabra, al lector se le propone la misma respuesta. El mensaje no es discursivo, sino mudo, sucede en el mundo utópico de los yagunzos dentro

Derek Walcott, Mario Vargas Llosa y Octavio Paz, Washington, 1987.

19


18

de los confines de Canudos. Esta es la solución para un universo donde cada quien tiene razones para ejercer su poder con posibilidades de aniquilar al otro justificándose en su propia perspectiva.

La autora, sin embargo, cree que una perspectiva sobresale frente a las otras —todas niveladas—, lo que le da una lectura parcial a la obra, la del Barón de Cañabrava. Creo que esta lectura no es errónea sino que nos pone en sintonía con lo que hemos dicho aquí, Mario Vargas Llosa fue siempre un liberal, en el sentido de Isaiah Berlin o de Karl Popper, dos de sus dioses penates, por cierto. Se trata de un asunto de moral pública, cuyas preocupaciones siempre han sido las mismas, la injusticia, el dolor, la libertad individual. La guerra no es una declaración contra la utopía (como quizá pueda decirse de la Historia de Mayta), sino una vivisección en las razones del héroe, ese tema central que estaba presente para Mario desde su primer libro, de allí el título provisional que José Miguel Oviedo le ayudó a mejorar como La ciudad y los perros. ¿Será que la verdadera pérdida de la inocencia entraña comprender que en realidad tal sueño —el de la libertad individual— es la verdadera utopía? Con Julio Cortázar y Aurora Bernardez en Atenas.


Carta de batalla por

Mario Vargas Llosa FERN A NDO

I WA S A K I


22

23

Mario Vargas Llosa

Es posible que no tuviera más de quince años cuando el profesor Juan Ochoa nos mandó leer Los cachorros a todos los alumnos de cuarto de secundaria del Champagnat de Miraflores. ¿Por qué me tomo la molestia de nombrar a mi viejo colegio? Porque aquella novela transcurría precisamente en Miraflores, porque “Pichula” Cuéllar era alumno del Champagnat y porque “Judas” —el perro que le quitó y le puso el apodo al pobre personaje de Vargas Llosa— estaba disecado en el museo del colegio. Los curas lo negaban con terquedad y nos amenazaban con horrendas represalias como siguiéramos difamando el buen nombre del Beato Marcelino Champagnat, pero todo fue inútil porque nosotros vivíamos persuadidos de la existencia de “Pichula” y del perro que lo capó de un mordisco. Por eso para mi clase de cuarto “A” Vargas Llosa no era sólo un escritor, sino seguramente un ex-alumno y más bien un aliado en nuestra lucha contra los curas. Han transcurrido muchos años desde aquella primera incursión escolar por la obra de Mario Vargas Llosa, y ahora que me propongo hacer inventario de mis deudas y simpatías no he podido evitar evocarla con risueña melancolía, pues treinta años más tarde Vargas Llosa sigue siendo algo más que un escritor para mí: es un modelo intelectual y sobre todo un paradigma personal. En las líneas siguientes trataré de exponer cuánto le debo a su obra, su magisterio y su ejemplo.

también puede convertirse en un horrendo descenso a los infiernos, como en Historia de Mayta (1984) o El sueño del celta (2010). De ahí que las ficciones de Vargas Llosa siempre propongan una mirada distinta y una nueva reflexión acerca de la responsabilidad de elegir y de asumir las consecuencias de esas elecciones. Por otro lado, la técnica narrativa de Vargas Llosa es tan prodigiosa que casi nunca se le ha concedido la importancia debida a su escritura. ¿Es que acaso tiene un estilo personal como Borges o Cabrera Infante? De ninguna manera. En realidad, la escritura de Vargas Llosa no es poética, no es barroca y no es rica en alardes retóricos, sino más bien sobria, precisa y austera. Pero sobre todo es una prosa inteligente, con todo lo que ello conlleva en materia de dominio, maestría y conocimiento. Nadie escribe con más sencillez y claridad que Vargas Llosa sobre los asuntos más complejos y enrevesados, y por eso —leyéndole— he aprendido a corregir, escoger y argumentar mejor a la hora de escribir. Como se puede apreciar, no hablo de estilo sino de pensar escribiendo. Finalmente, aunque en Historia secreta de una novela (1971) Vargas Llosa reconstruyó punto por punto el proceso de escritura de La casa verde (1966), la verdad es que cada una de sus ficciones consentiría un libro semejante porque muy pocos escritores se preparan de manera tan minuciosa y concienzuda antes de comenzar la redacción de una nueva novela. Puedo dar fe de las pesquisas, lecturas y viajes que

La obra literaria Como mi cometido no es opinar ni como crítico ni como filólogo, puedo dejar claro desde el comienzo que me interesan todos los libros de Mario Vargas Llosa, sin distinción de géneros, épocas y cosmovisiones políticas. Es decir, que tan esencial se me antoja el “sartrecillo valiente” como el escritor popperiano; tan imprescindible La guerra del fin del mundo (1981) como Lituma en los Andes (1993), y tan necesarias sus obras teatrales como sus colaboraciones en prensa. ¿Por qué me atrevo a hacer una declaración tan rotunda? Porque encuentro que su obra es sólida, unitaria y coherente, por no hablar de la inteligencia de su escritura y del riguroso proceso gnoseológico que sustenta cada una de sus novelas, ensayos y artículos. El gran tema de la literatura de Vargas Llosa es la justicia y las tramas se articulan en torno a las tribulaciones y circunstancias que atraviesan sus criaturas cuando se ven conminadas a elegir entre opciones incongruentes e incompatibles entre sí. A veces —como en Conversación en La Catedral (1969) o en La fiesta del Chivo (2000)— la trascendencia ética de esas decisiones abre en canal a una sociedad enferma y hurga en los tumores malignos de la condición humana. En otras ocasiones —como en Los cuadernos de don Rigoberto (1997) o en Travesuras de la niña mala (2006)— la indagación por la verdad y la asunción de sus consecuencias supone una épica de la intimidad. Sin embargo, esa épica de la intimidad

El gran tema de la literatura de Vargas Llosa es la justicia y las tramas se articulan en torno a las tribulaciones y circunstancias que atraviesan sus criaturas cuando se ven conminadas a elegir entre opciones incongruentes e incompatibles entre sí.

Con su familia en Bolivia. Con su madre Dora Llosa Ureta.


24

25

alumbraron títulos como La guerra del fin del mundo (1981) o El paraíso en la otra esquina (2003), felizmente escritas a pesar de la vorágine de homenajes, compromisos e invitaciones que jalonan desde hace décadas la enloquecida agenda del novelista peruano. Por lo tanto, a la coherencia, el talento, la inteligencia y el rigor habría que añadir la disciplina, virtud que engrandece todavía más la figura literaria de Vargas Llosa, porque con ella arropa y protege la ilusión de seguir escribiendo. El magisterio intelectual A diferencia de muchos escritores europeos y norteamericanos, la ficción nunca ha sido un quehacer suficiente para Mario Vargas Llosa y por eso su obra también es rica en ensayo, crítica y análisis de diversa índole. Su valor como creador está fuera de discusión, pero su dimensión intelectual acaso es todavía mayor. Así, quiero comenzar reconociendo que siempre he releído fascinado los dos primeros volúmenes de Contra viento y marea (1986), donde los comentarios a las obras de Faulkner, Flaubert, Malraux y Bataille conviven con las devociones por Sartre y Camus, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. Y el caso es que yo nunca he advertido ninguna “traición” o “conversión” ideológica en Vargas Llosa, pues leyendo sus ensayos uno comprende que su evolución intelectual es el resultado de un imperativo moral, el mismo que lo conmina a dilucidar y exponer el pensamiento de Karl Popper en el tercer tomo de Contra viento y marea (1990) y los principales valores de la doctrina liberal en Desafíos a la libertad (1994). Y conste que no son libros políticos, sino libros donde sus reflexiones e inquietudes políticas alternan con las literarias, sociológicas y culturales. En realidad, Vargas Llosa siempre ha sido fiel al compromiso sartreano del intelectual y así ha cumplido de manera irreprochable —según se terciara— con los papeles de francotirador, aguafiestas y agitador

La dimensión intelectual del autor de La ciudad y los perros crece en progresión geométrica cuando escribe sobre otros escritores y cuando analiza los libros que lo han hecho feliz.

Josep Maria Castellet, Vargas Llosa y Gabriel Ferrater durante la cena del Premio Biblioteca Breve. Con el fotógrafo Mario Szinetar.

Mario Vargas Llosa

de las conciencias. De ahí que no haya habido libro, discusión o corriente contemporánea de pensamiento que no haya merecido un comentario inteligente y penetrante de Mario Vargas Llosa, tanto en sus artículos del diario El País de Madrid como en los de la revista Letras Libres de México. Sin embargo, la dimensión intelectual del autor de La ciudad y los perros (1963) crece en progresión geométrica cuando escribe sobre otros escritores y cuando analiza los libros que lo han hecho feliz. Lector y admirador del norteamericano Edmund Wilson, Vargas Llosa es a su vez un fino y lúcido crítico literario, como lo demuestran sus libros García Márquez: Historia de un deicidio (1971), La orgía perpetua: Flaubert y “Madame Bovary” (1975), Carta de batalla por Tirant lo Blanc (1991), La utopía arcaica: José María Arguedas y las ficciones del indigenismo (1996), La verdad de las mentiras (2002), La tentación de lo imposible: Victor Hugo y “Los miserables” (2004) y La civilización del espectáculo (2012). ¿Debería hacer hincapié en que Vargas Llosa jamás habría escrito sobre un autor o un libro que no lo hubiera hechizado? De hecho, los prólogos reunidos en la edición definitiva de La verdad de las mentiras son un compendio de sabiduría, entusiasmo y admiración. ¿Qué necesidad hay de escribir sobre libros y autores que a uno le han disgustado? Ninguna, y por eso las críticas literarias de Vargas Llosa tienen el mejor efecto secundario posible: provocan la lectura inmediata. Pienso que no hay en el mundo de habla hispana otro intelectual con mayor prestigio e influencia internacional que Mario Vargas Llosa, y aquel estatuto no proviene solamente de sus ficciones, sino sobre todo de su faceta como crítico, de sus ensayos, de sus análisis de la realidad mundial, de su labor divulgadora del pensamiento contemporáneo, de su autoridad moral para denunciar la intolerancia en cualquiera de sus formas y de su vieja concepción sartreana del intelectual comprometido con su tiempo.


27

Amsterdam, 1978.

El ejemplo personal No siempre los grandes artistas y creadores resultan ser personas ejemplares y admirables, aunque en el caso de Mario Vargas Llosa sí lo es para mí, pues no conozco a nadie más decente y honesto, ni tampoco a nadie capaz de estimular en los demás la curiosidad intelectual, el trabajo generoso y la superación permanente. En primer lugar, por ser decente y honesto Vargas Llosa arrostró a comienzos de los 70 el oprobio que suponía denunciar las atrocidades de la Revolución Cubana. Por ser decente y honesto Vargas Llosa se ha enfrentado a todos los dictadores latinoamericanos por igual, desde Videla y Pinochet hasta Castro y Hugo Chávez (pasando por el pri), convocando así las iras de todos los

tiranos y de sus respectivas cortes de milagros. Por ser decente y honesto Vargas Llosa prefirió perder unas elecciones generales, antes que mentir y congraciarse de manera demagógica con unos votantes seducidos por el populismo. Por ser decente y honesto —en suma— Vargas Llosa no ha dejado nunca de decir lo que piensa, incluso a sabiendas de que la verdad puede acarrearle enemistades, malentendidos y resentimientos enconados. En segundo lugar, no puedo negar que me conmueve el entusiasmo con que Vargas Llosa emprendió los estudios de lengua alemana a mediados de la década de los noventa o la energía con la que se ha entregado a su flamante vocación teatral, recién cumplidos los setenta años de edad. ¿No es admirable esa vitalidad intelectual con la que sigue asumiendo nuevos retos y desafíos? Tengo que admitir que se me antoja ejemplar su sorprendente capacidad para mantener la ilusión de explorar, aprender y experimentar.

28

Mario Vargas Llosa

Toda una lección para quienes somos —supuestamente— más jóvenes. En tercer lugar, no creo descubrir ninguna intimidad si revelo que durante los últimos años la vertiginosa vida de Vargas Llosa ha transcurrido más bien en hoteles, aeropuertos y ciudades donde no reside. ¿Cómo ha conseguido mantener la concentración que supone la redacción de novelas complejas como La fiesta del Chivo y El sueño del celta? ¿Qué ha hecho para escribir artículos tan rigurosos y bien documentados, lejos de sus archivos y bibliotecas personales? No hay más secreto que el trabajo, porque Vargas Llosa es un galeote de la literatura, un creador disciplinado y un escritor que cumple a rajatabla con unos horarios estrictos que le garantizan el tiempo preciso para la creación literaria, la lectura, la familia, el ocio ilustrado y hasta la columna vertebral, porque las hernias lumbares no han sido indulgentes con él. Y sin embargo tiene tiempo para todo, sin dejar de ser quien es y de escribir obras maestras a la altura de su prestigio. Después de una enumeración como la anterior, ¿cómo no reconocer en Vargas Llosa un ejemplo constante y permanente para cualquiera? Vargas Llosa y mi “elemento añadido” Creo haber levantado un prolijo inventario de las principales razones que podrían hacer de Mario

Vargas Llosa una figura admirada y reconocida, incluso por quienes no valoren sus obras y no compartan sus ideas. Después de todo, el talento, la inteligencia, el trabajo y la voluntad son virtudes deseables que enriquecerían a cualquiera. No obstante, en mi caso particular resulta que sí valoro los libros de Vargas Llosa, que también comparto su visión del mundo y que además le aprecio y le admiro de manera incondicional. No ignoro que Vargas Llosa cuenta con miles de admiradores por todo el planeta, pero una cosa es la admiración y otra muy diferente la confianza, el cariño y la amistad. Yo me siento un privilegiado por disfrutar de esas tres cosas que considero un tesoro. Tal sería el “elemento añadido” de mi relación personal con Mario Vargas Llosa. Como ya dije, cuando leí Los cachorros tenía quince años y sucumbí a las mentiras verdaderas de aquella novela. Ahora que mis hijas ya tienen edad de leer los libros de Vargas Llosa, tampoco quiero que vean a Mario —a quien conocen y quieren— tan sólo como un escritor, sino que reconozcan en él un modelo literario, intelectual y personal. Que les conste que es el hombre a quien su propio padre admira más que a nadie. Por supuesto, ellas también están persuadidas de que el perro “Judas” continúa disecado en el museo de mi colegio.

Por ser decente y honesto Vargas Llosa se ha enfrentado a todos los dictadores latinoamericanos por igual, desde Videla y Pinochet hasta Castro y Hugo Chávez (pasando por el pri)


Mario Vargas Llosa en el lado derecho, sentado y con traje claro, en el Colegio La Salle, Cochabamba, 1949.


31

Mario Vargas Llosa

La obra de

Mario Vargas Llosa:

Literatura y libertad ENR I QUE

K R A UZ E

Mario Vargas Llosa, en su vertiente principal, se finca en una indignación primigenia contra las muchas caras de la opresión y el fanatismo: la opresión de los jefes y militares en sus primeras novelas, la injusticia social y la corrupción política en Conversación en La Catedral, los fanatismos religiosos en La guerra del fin del mundo, los fanatismos de la identidad racial en su extraordinario y poco leído libro de ensayos La utopía arcaica, el desdichado utopismo guerrillero en Historia de Mayta y, por supuesto, el caudillismo autoritario de Trujillo, ese paradigma del dictador latinoamericano, en La fiesta del Chivo. Pero no se trata —nunca se trata— de una literatura de tesis. Se trata de la altísima recreación artística de esos extremos de la maldad y la miseria humana, escritos para revelarlos, para combatirlos, para exorcizarlos. La vertiente lúdica, erótica de su literatura, que ha hecho reír, gozar y sonrojar a mujeres y hombres en todos los idiomas, parecería ser como un remanso de libertad y juego que Vargas Llosa necesita para reponer el alma luego del esfuerzo de aquellas tremendas novelas libertarias. En estas novelas escapan sus otros demonios, sus sueños y ensueños amorosos. Vargas Llosa es todo lo contrario a un escritor “conservador”. Es un intelectual liberal, y ya es hora de que, frente a las poderosas corrientes de intolerancia que perduran en Latinoamérica, reivindiquemos definitivamente la legitimidad histórica del liberalismo democrático. Ese proyecto liberal, proyecto civilizador por excelencia, es el que fundó a nuestras naciones y es el mismo que Vargas Llosa encarna en su vida y obra. Frente al poder autoritario, el alma liberal no hace distingos. Vargas Llosa, es verdad, creyó en la Revolución Cubana y la acompañó al menos por una década porque creyó en su destino liberador, pero tuvo el valor de apartarse de ella cuando advirtió su irreversible camino totalitario. Y con la misma enjundia y convicción ha criticado a los

dictadores militares o los gobiernos corruptos. ¿Hay que recordar que fue él quien bautizó al pri como “la dictadura perfecta”? Y ninguna novela de dictadores supera, en su combinación de excelencia literaria y radical crítica moral, a su retrato del régimen de Trujillo. Vargas Llosa no sólo ha defendido la libertad en sus novelas. También en su columna quincenal en El País y Reforma, y en sus ensayos en las revistas Vuelta y Letras Libres. Como ensayista y reportero semeja un joven soldado de la libertad. Se mete a menudo en la boca del lobo (Bagdad, Gaza, Congo, Haití, Darfur) y nunca ha temido ser impopular. La voz que cuenta para él es la voz interior, el imperativo de la verdad. Su triunfo es también el de la literatura peruana. El trágico, profundo y variopinto país del Inca Garcilaso, de Poma de Ayala, de Mariátegui y Vallejo tiene por fin el Nobel que se merece. Y el idioma español también gana. Después de Cela y Octavio Paz, pasaron veinte años. El Nobel (como casi todo el mundo sabe) le fue negado a Borges, y parecía vedado a Vargas Llosa. Al premiarlo, la Academia lo honra y se honra, recobrando el nivel de sus mejores galardonados. El premio llega en el mejor momento para América Latina. El caudillismo, el militarismo, el redentorismo ideológico, el populismo, los nacionalismos obtusos, los fanatismos de la raza o la religión siguen presentes en nuestros países pero desde hace veinte años el avance de la democracia ha sido permanente. Vargas Llosa ha sido, después de Octavio Paz, su más firme defensor. El Premio Nobel a Mario Vargas Llosa es un acto de justicia con la literatura y la libertad. Dos palabras inseparables. Publicado en Letras Libres, octubre 2010.


p

Las

alabras como actos AL O N S O

C U E TO


34

35

Mario Vargas Llosa

Si Vargas Llosa no hubiera madurado como escritor en los años sesenta, si en esa década no hubiera escrito y publicado La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, es probable que no hubiera sido el escritor que es. En una década marcada por la fe en la literatura como una forma de la subversión, por la figura del escritor como un intelectual que influye en su sociedad, Vargas Llosa siempre creyó que sus novelas eran actos que podían afectar, modificar, transformar el mundo. Uno de sus novelistas modélicos de esta época fue Malraux, cuya novela La condición humana leyó de corrido, como lo cuenta en un artículo publicado en Letras Libres (abril, 1999). Sartre, otro de sus héroes de entonces, fue quien llevó a su forma más perfecta la idea de que la novela es en sí misma una forma de la subversión, puesto que cada palabra es un acto irremediable, el rastro del paso del escritor por el mundo. Sartre creía que la narrativa era la herramienta más adecuada para el compromiso de un artista pues, a diferencia de la poesía, la pintura y la música, resultaba el mejor vehículo para dotar de sentido a la realidad y realzar sus injusticias. Este aspecto es inseparable de su relación con la tradición francesa del escritor. El valor del lenguaje como arma de combate es una característica esencial de la concepción del “intelectual”, una palabra que nace con la defensa de Émile Zola del coronel Dreyfus, a fines del siglo xix. Desde entonces, la tradición francesa, a la que Vargas Llosa se adhirió en las figuras primero de Sartre y luego de Malraux y de Camus, consagró un modelo de escritor, no sólo como un testigo sino como un actor de su tiempo. Una cita de Sartre puede ejemplificar la noción de la narrativa que dominaba el pensamiento de muchos escritores de los años sesenta: Así, el prosista es un hombre que ha elegido cierto modo de acción secundaria que podría ser llamada acción por

cambio quieres producir en el mundo con esa revelación? El escritor “comprometido” sabe que la palabra es acción; sabe que revelar es cambiar, y que no es posible revelar sin proponerse el cambio.1

El concepto clave de esta cita es el de la “revelación”. El escritor debe ser alguien que revela el mundo tal como es, en otras palabras un ser que descubre la verdad. Esta característica es inseparable del hecho de escribir novelas. El hecho mismo de hacerlo es una actividad subversiva y revolucionaria, es decir, de una naturaleza moral. Sartre llega a afirmar que duda que ninguna novela de valor artístico puede ser hecha contra los valores humanos, tal como él los consideraba. El hecho de que no se haya escrito una novela que defendiera las dictaduras o los opresores o la inmoralidad en alguna de sus formas le parecía a Sartre en ¿Qué es la literatura? una prueba suficiente de su valor moral. Aún cuando los novelistas puedan ser de una ideología fascista, sus novelas no lo son. La palabra “revelación” que está en el centro de la función del escritor para Sartre es precisamente la que define a Vargas Llosa y a sus héroes. Alberto es un revelador, lo mismo que Zavalita, en las novelas publicadas en los años sesenta. La revelación (y la develación) es un acto moral. El motor que impulsa a Alberto en La ciudad y los perros es el instinto moral, marcado por su rebeldía romántica. La verdad (el autor de la muerte del Esclavo y las actividades del Círculo) debe ser revelada, aunque el sistema, bajo la forma de los oficiales, quiera ocultarla. El héroe es quien escarba bajo las trampas y mentiras del sistema; es como el escritor, que dice la verdad. La dimensión moral de la narrativa aparece en el centro de toda esta visión del escritor y de la novela. Si el escritor es quien revela la verdad escondida por las mentiras y trampas del sistema, si las palabras del individuo son una respuesta a las palabras del sistema, entonces gracias a la novela podemos conocer (nos es “revelada”) la verdad.

revelación. Es, pues, perfectamente legítimo, formularle esta segunda pregunta: ¿Qué aspecto del mundo quieres revelar, qué

1

Jean Paul Sartre, Qué es la literatura, Editorial Losada, Buenos Aires, 1969, p. 53, traducción de Aurora Bernardez.

Páginas 32-37: Fotografías de la serie “El señor de los milagros”, Lima, 2009-2010, Omar Lucas. www.omarlucas. photoshelter.com

El valor moral del escritor se convierte en un valor sagrado para la tribu y el valor de conocimiento para la comunidad. Esa consigna cumple con el ideal del escritor como la conciencia moral de una sociedad, es decir, el personaje encargado de decir la verdad, sin compromisos ni partidarios ni ideológicos, como lo hubiera querido Camus, quien es una de las figuras de los años sesenta que ha permanecido como modelo para Vargas Llosa. Alberto y Santiago Zavala realizan en sus novelas lo que Vargas Llosa ha hecho en su papel como escritor en la sociedad. Alberto devela la verdad escondida bajo el sistema militar y educativo. Zavalita devela la verdad oculta por el sistema familiar y social. Alberto delata al Círculo que asesinó a su amigo, el Esclavo, pero su intención va más allá. No sólo quiere hacer un acto de justicia. Quiere revelar un universo escondido. Su único instrumento son las palabras. Alberto está abrumado por la sensación de culpa pues siente que traicionó a su amigo al querer salir con Tere. Quiere purgar su pena pues ha idealizado al Esclavo. En un mundo marcado por la violencia y

la injusticia, cree que el Esclavo era el único ser puro. Al igual que el Hoederer de Las manos sucias de Sartre, su moral no está con los principios sino con las personas de carne y hueso. Las reglas morales son inseparables de los impulsos emotivos. El encuentro de Alberto con el sargento Gamboa es la unión de dos seres singulares y excepcionales. Tanto él como el sargento parecen las excepciones en el sistema al que representan. El sargento acoge su denuncia pero tanto él como Alberto van a ser destruidos por el sistema. Sin embargo, no es un libro maniqueo. La moral no es una ruta definida en el universo de Vargas Llosa. Es una exploración. Y en el camino, en ese complejo itinerario moral que Vargas Llosa construye, Alberto descubre que el Jaguar no es el villano sino también una víctima. En la famosa escena del diálogo entre ellos, en el capítulo seis de la segunda parte, cuando Alberto le dice que


36

va a ir a la cárcel por sus delitos, el Jaguar le responde con una frase desconcertante: “Mi madre también me decía eso.” Este va a ser el inicio de la admiración de Alberto por el Jaguar que nunca lo delata al resto de los cadetes. A partir de entones, la novela replantea su mapa moral y adquiere una enorme complejidad. El Esclavo no era la víctima y el Jaguar el victimario. Ambos son víctimas del sistema. Si el Esclavo, Alberto y el Jaguar terminan destruidos de distinto modo al final del libro, es porque su destino era el mismo. El sistema los ha ignorado. A pesar de sus rivalidades, Alberto descubre que el sistema es el culpable, no los individuos que parecen sus representantes pero son sus víctimas. Ningún protagonista en La ciudad y los perros parece culpable. El sistema, representado por el coronel, director del colegio, y vagamente por el capitán Garrido y el capellán, es maligno, no los individuos. El curso de la historia no está definido por los individuos sino por el sistema que se ha

construido en torno a ellos. Los individuos son sus víctimas. Esta visión moral del mundo, típica de los años sesenta que se caracterizaron por su denuncia de los sistemas opresivos, está en la raíz de la mirada de Santiago Zavala. Al inicio de Conversación en La Catedral (1969), Zavalita se asoma a la ventana de La Cronica y mira la Avenida Tacna sin amor: “edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris.” De inmediato, como impulsada por la constatación del medio ambiente, surge la pregunta que también es una afirmación: “¿En qué momento se había jodido el Perú?” Al igual que Alberto, Zavalita es un hurgador en los poderes de la verdad. La novela se inicia cuando se encuentra con Ambrosio. La conversación de tres horas que tiene con el chofer de su padre, termina en una pregunta: “¿El te mandó? Ya no importa, quiero saber.” La pregunta sobre el

37

Mario Vargas Llosa

asesinato de Queta es el primer intento de Zavalita por cumplir con la consigna de la literatura como revelación. En el capítulo uno de la tercera parte, Zavalita se entera de la vida secreta de su padre (“Bola de oro”), en las oficinas de La Crónica cuando llega la noticia de la muerte de Queta. Allí se entera también de la relación sexual entre su padre

y Ambrosio. Al hacerse cargo de esa verdad (“todo Lima sabía que era marica menos yo”), le recuerda la pregunta de cuándo se jodió: “No en el momento que lo supiste, Zavalita, sino ahí.” Al reconocer a su padre como un hombre débil, como ocurre con el Jaguar y Alberto, en cierto sentido Zavalita se reconcilia con él. Esta reconciliación ocurre en su encuentro en el Club Regatas y es uno de los episodios memorables del libro. Alberto es un redactor de cartas y Zavalita es un periodista. Ambos son escritores. Una vez más, el acceso a una verdad oculta es una fuente de regeneración moral y de encuentro entre los personajes. Si la forma más alta de la subversión es la búsqueda y revelación de la verdad, entonces no hay mejor vía para su logro que las palabras. El poeta Alberto y el periodista Zavalita son figuras paralelas, escritores. En las décadas que siguieron a la de los años sesenta, las culturas latinoamericana y occidental no volvieron a ver el mundo desde una óptica moral. Fue, sin duda, la última época en la que la idea de una lucha contra el sistema adquirió un

sentido. Fue un tiempo de utopías, sacrificios, militancias, transgresiones y rebeliones, que dieron una dirección a muchas vidas. El valor moral de las acciones no volvió a aparecer como una consigna importante en la cultura a partir de los años setenta, quizá porque el mundo entró en un proceso de pragmatismo y utilitarismo que consagró el presente como un instante privilegiado y lo efímero como un hábito. Las décadas siguientes reemplazaron, de acuerdo con la frase de Oscar Wilde, los valores con los precios. Con los años, Vargas Llosa se fue apartando de Sartre y abrazó la moral más auténtica y libre de Camus. Pero la percepción moral del mundo siguió rigiendo sus obras y guiando a sus personajes. Está en las motivaciones que tiene el protagonista de La tía Julia y el escribidor y de Pantaleón y las visitadoras, aunque en estas novelas hay un ingrediente de humor que no aparecía en las novelas anteriores. En La guerra del fin del mundo la subversión del Conseilhero y sus seguidores tiene un sentido moral, lo mismo que en La fiesta del Chivo. En Travesuras de la niña mala, el humor vuelve a aparecer con fuerza, aunque la moral privada de la protagonista también es un factor esencial. En la por ahora última novela de Vargas Llosa, El sueño del celta, la moral es, una vez más, un hecho fundamental que impulsa sus acciones. Esa dirección y militancia morales son parte de su obra pero también de su vida. Vargas Llosa ha denunciado innumerables veces injusticias, abusos y dictaduras. Es hoy el único escritor en el mundo cuya opinión moral sobre los hechos ejerce una fuerza efectiva en la marcha política de su país. Gracias a sus cartas y declaraciones, en el Perú ministros y autoridades han sido reemplazadas y desviaciones éticas han sido corregidas en las marchas de los gobiernos. Ha logrado con ello convertirse en una conciencia moral de enorme poder. Una prueba final de que algunas palabras, como las suyas, son actos y de que, de acuerdo a su discurso al recibir el premio Rómulo Gallegos, la literatura es fuego.


p

Los

araĂ­sos perdidos M AU RI C I O

B O N E T


40

41

Mario Vargas Llosa

El 10 de julio del 2002 terminé, de forma abrupta, la gestación paralela que permea la obra de Vargas Llosa y que de mi novela Paraíso en la otra esquina. La había él, a su vez, había heredado de Faulkner. ¿Qué empezado unos pocos meses atrás mientras mejor excusa que el documental para aprender acompañaba a Mario Vargas Llosa en sus viajes de un curtido maestro de la forma? de investigación para su novela del mismo nomDurante los largos meses de filmación y edibre. Las novelas compartían no solo el título sino ción de la biografía me vi forzado a dejar de lado la misma temática: la exploración del espíritu mi novela, por supuesto, pero me encontré de utópico a través de las historias del pintor Paul modo casi accidental involucrado en la creación Gauguin y su abuela, la prode otra: Paraíso en la otra tofeminista Flora Tristán. El esquina. hecho de que mi novela fueEn las montañas de ra puramente conjetural y Ayacucho, durante un descanso en el rodaje de la especulativa a pesar de biografía, Vargas Llosa y su tratar de plagiar de forma esposa, Patricia, nos cometiculosa —y sin éxito alguno— el estilo de Vargas mentaron que pensaban Llosa, no es del todo conviajar a Tahití y a las Islas tradictorio, como trataré de Marquesas para visitar los explicar en las siguientes lugares en los que había páginas. vivido Gauguin y —como si A mediados del 2001 el fuera lo más natural del productor brasileño Roberto mundo— nos instigaron a Viana nos contactó a mi esque los siguiéramos. posa, Marcela Cúneo, y a Era evidente que no mí, para que rodáramos un Pechos con flores rojas, 1899. podíamos ir hasta las Marquedocumental sobre Vargas sas, el punto más aislado del Océano Pacífico, por sólo cinco minutos de Llosa. Desde el momento en que recibimos la documental. Sin embargo, pensando que no tepropuesta y mientras Marcela coordinaba con Viana y con la productora peruana Olga Arana la níamos nada que perder, les dijimos que la única manera en que podríamos seguirlos sería si rodácompleja estrategia de filmación, yo me sumergí en la lectura y/o relectura de las bamos otro documental, esta vez sobre la invesnovelas de Vargas Llosa. Mi idea no era tigación para la novela; y no sólo en Tahití y en únicamente encontrar los paralelismos las Marquesas, sino también en Francia, Inglaterra entre la vida y la obra que nos servirían a y Perú. la hora de construir el documental, Días después, estábamos volando juntos a sino tratar de desentrañar las claves Papeete. Yo iba cargado con un fardo de libros y la evolución de su estilo, particusobre Gauguin, y fue mientras los leía en la atlarmente de su virtuoso manejo de la mósfera enrarecida del avión que empecé a fraestructura narrativa. Esta disección, guar mi quimérica novela: la novela que, según aparte de serme útil para el documenmis cálculos, debería surgir de la confluencia tal, también tenía una segunda entre las vidas de Gauguin y Flora, y las técnicas intención que nada tenía que ver narrativas de Vargas Llosa. con la película: por aquel entonces Durante los meses siguientes soñé las innuyo había empezado la composición merables combinaciones de ese texto conjetural, de mi novela La mujer en el umbral ya fuera mientras contemplábamos la magnífica (esta sí real, tangible y sin ánimos de Bahía de los Traidores desde el cerro en el que se plagio), que compartía la estructura halla la tumba de Gauguin, o mientras buscábamos

Página 38-39: La ola, Paul Gaugin, 1888.

Tahitianos, boceto.

en el dédalo de París la esquina donde Flora Tristán había sido apuñalada por su marido, o mientras tomábamos una botella de vino en el café de Arles donde Gauguin y Van Gogh habían jugado billar idiotizados por el ajenjo, o mientras descendíamos a los sótanos de un pub londinense que en los tiempos de Flora habían sido las mazmorras de la vieja prisión de Newgate. Fue también durante esos viajes que conocí de veras a los Vargas Llosa. Y es que no había alternativa, porque vivimos casi en contubernio durante meses. Las jornadas de trabajo ofrecían toda suerte de descubrimientos, pero lo verdaderamente fascinante eran las veladas, sobre todo en Hiva´Oa. Al atardecer nos reuníamos en la terraza del hotel, que era apenas una colección de seis u ocho cabañas suspendidas sobre el océano y, en un estado de gracia inducido por un whisky de malta que tasábamos como si fuera el elixir de la eterna juventud, escuchábamos a Vargas Llosa relatar la marea inagotable de anécdotas de una vida bien vivida. Por aquel entonces, Vargas Llosa ya había compuesto un primer manuscrito de la novela

basado en sus lecturas sobre la dos utopías que perseguían sus héroes; en el caso de Gauguin una utopía artística que lo llevó a abandonar su mullida vida de banquero en busca de un edén que nunca encontró porque ya había sido envilecido por la civilización colonialista de la que él venía. En el caso de Flora, una utopía política que imaginaba un paraíso obrero en la que las mujeres tuvieran los mismos derechos de los hombres. Lo que Vargas Llosa estaba haciendo ahora era cotejar lo imaginado en ese primer manuscrito con los vestigios del entorno en el que habían vivido sus protagonistas. Esa suerte de arqueología literaria le servía, según me aseguró, para darle un anclaje real a los vuelos de su imaginación. Cada vez que Vargas Llosa, con su entusiasmo de adolescente, me hacía reparar en un detalle —los árboles de tamarindo a la entrada de la iglesia de Atuona, el latido del reloj de péndulo en el Club de Caballeros al que Flora había entrado disfrazada de


42

43

Paul Gaugin y Flora Tristán.

hombre—, me imaginaba su ubicación en el gran esquema de la novela, la pincelada que le daría brillo incluso a una escena puramente anecdótica o circunstancial. Sobra decir que cuando el 10 de julio del 2002 por fin me llegó el manuscrito terminado, no tenía nada que ver con el que yo había soñado. La utópica tarea de imaginar la novela que Vargas Llosa estaba escribiendo había fracasado, como todas las utopías. Sin evidencia alguna, me había hecho a la idea de que Paraíso en la otra esquina iba a ser la culminación de las novelas polifónicas de Vargas Llosa; un texto al estilo de Conversación en La Catedral, donde múltiples voces y perspectivas se entreveran como en una fuga musical, creando un textura densa y repleta de ecos. Para mi sorpresa, me encontré con una estructura mucho más simple, una fuga a due soggeti, en la que un narrador omnisciente alterna la tercera y la segunda persona con la fluidez del mercurio, mientras recuenta las historias de los dos protagonistas. Por alguna milagrosa alquimia las fronteras entre las personas narrativas se disuelven

y, por ende, la materia dramática se hace infinitamente maleable. Sin embargo, tengo que admitir que a veces extrañé la multiplicidad de voces, no sólo porque siempre me ha gustado cómo Vargas Llosa disecciona una misma situación desde múltiples perspectivas para revelar la relatividad de una supuesta “verdad objetiva”, sino porque esa técnica también ofrece las posibilidad de ver a los personajes de manera más crítica, contraponiendo lecturas antagónicas de sus personalidades y comportamientos. Me hubiera gustado, por ejemplo, “escuchar” a Judith, la hija adolescente de los vecinos de Gauguin en el estudio de la Rue Vercingetorix, enamorada perdidamente del pintor; o a André Chazal, el monstruoso marido de Flora; o a Van Gogh, enloquecido de odio y amor; y sobre todo a Tioka, el hombre que acompañó a Gauguin durante su agonía. Y creo que Vargas Llosa a veces también extrañaba su estilo polifónico; tal vez por eso hacia el final los diálogos se hacen más frecuentes, como si las voces de los personajes secundarios quisieran por fin entrar y dar su opinión sobre lo que estamos presenciando. Es cierto que a través de los años Vargas Llosa ha simplificado su estilo. El uso del lenguaje,

Mario Vargas Llosa

como buen alumno de Flaubert, ha sido casi siempre escueto, diseñado para no distraer al lector; pero los grandes andamiajes de novelas como La casa verde, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo han dado paso paulatinamente a estructuras bipartitas como lo La fiesta del Chivo o El sueño del celta, sin perder por eso densidad temática. Es también el caso de Paraíso en la otra esquina, donde además la forma se adecua a la temática de manera aun más estricta que de costumbre, quizás a veces para detrimento de la pobre Flora. Vargas Llosa se detiene mucho más en Gauguin: a veces el narrador sale de su trance verbal, establece coordenadas espaciales y temporales exactas, y nos describe una escena detallada, íntima, inmediata. Un ejemplo clarísimo de esto es el episodio con Jotefa, el muchacho que seduce a Gauguin en la cascada. Esto rara vez pasa con Flora. Sus escenas son por lo general más generalizadas. Me hubiera gustado por ejemplo que Vargas Llosa se hubiera detenido más en el encuentro con el “otro” Chabrié, en Bethlehem, o en las ambiguas escenas de amor entre Flora y Olympia y, sobre todo, en el finish londinense: quedé añorando conocer la topografía del lugar, los participantes en las escenas de abyección, la vestimenta de las putas, el sitio desde el que Flora los espiaba... En los capítulos destinados a Gauguin, particularmente en el Pacífico, el espíritu obsesivo y alucinado del pintor encuentra su equivalencia en una vorágine verbal que se asemeja a veces a la de un monólogo interior. Por el contrario, en el caso de los capítulos asignados a Flora, la obsesión se manifiesta a través de la repetición. Flora vocea un mismo discurso a obreros idénticos en ciudades vagamente cambiantes con la insistencia mecánica de un émbolo en una de esas máquinas deshumanizadoras de la Revolución Industrial que tanto la enardecían. Incluso a la hora de “matar” a los dos personajes Vargas Llosa opta por demorarse más en Gauguin. Mientras el pintor muere en una explosión de pirotecnia literaria que conjuga con maestría lo real con lo alucinatorio, Flora muere, si mal no recuerdo, en

tercera persona, a una distancia prudencial de nuestras emociones. En Paraíso en la otra esquina, así como en El sueño del celta, Vargas Llosa no teme invadir el terreno del biógrafo y del historiador, usando datos puntuales y fechas exactas, conjugando lo novelístico con lo ensayístico, la especulación literaria con la información enciclopédica. Hay quienes creen que en estas obras el investigador menoscaba y subvierte al novelista, y tal vez hasta cierto punto esa afirmación sea cierta. Sin embargo, creo que este tipo de novela es una alternativa tan arriesgada como válida: una muestra más de que los grandes escritores pueden ser fieles a sus obsesiones sin repetirse. En agosto del 2002, todavía en medio de la filmación de los dos documentales, asistimos con los Vargas Llosa una de las primeras funciones de La costa de la utopía, esa obra maestra en que Tom Stoppard hace su propia exploración del canto de sirena de la Utopía. Nueve horas de asombro nos tomó ese tránsito por los esplendores y las catástrofes de la Rusia del siglo xix. Al terminar, ya sentados en el restaurante del National Theatre, advertí en el rostro de Vargas Llosa una curiosa sombra de melancolía. Poco a poco la conversación derivó al pasado, a sus años de juventud en Barcelona cuando el futuro estaba todavía por delante. Y entonces recordé que Vargas Llosa también había tenido su batalla con la Utopía; que de la misma manera que Flora y Gauguin, que Herzen y Belinsky, que Bakunin y Turgeniev, él, junto al grupo que ahora conocemos como la generación del Boom, había puesto su fe en una utopía: la de la Revolución Cubana —“una revolución humanizada”— según creyó, para después ver despedazadas sus esperanzas y, de paso, arruinadas sus amistades. Fue en ese instante cuando comprendí que para Vargas Llosa la Utopía no es sólo un mero espejismo intelectual, sino una ilusión traicionada: Vargas Llosa sabe que el canto de la sirena cesa cuando le cortan la garganta.


V

argas Llosa y la condición humana

CAR LOS

G R A NÉ S


46

47

Mario Vargas Llosa

He leído vorazmente todo cuanto ha escrito Mario Vargas Llosa. Agoté sus artículos de prensa, sus ensayos y novelas. Leí los estudios más y menos importantes que se han escrito sobre su obra. Entrevistas, diálogos, declaraciones y hasta discursos políticos: todo ha pasado por mis manos, miles de páginas de, sobre o relacionadas con Vargas Llosa, cuyo interés rápidamente desbordó los requisitos académicos,

ocurrió con Vargas Llosa. Sus obsesiones privadas me ayudaron a entender mis propias inquietudes, especialmente una, que me parece entronca con un elemento esencial de la condición humana. Aparece a lo largo de toda la obra vargasllosiana, desde La ciudad y los perros al El sueño del celta. Está ahí cuando el Jaguar se aferra a una simple e inquebrantable máxima que vertebra su

por qué vale la pena vivir la vida. Vargas Llosa ha analizado todas las variaciones posibles de este drama existencial: la falta de creencia y el exceso de creencia, la imposibilidad de creer en nada y el fanatismo que se incuba cuando sólo se cree en una cosa, el desecamiento espiritual producido por el autoritarismo y el juego imaginativo que sólo es posible en libertad. Ese es uno de los

Los humanos dependemos de las creencias, las convicciones, los principios y la imaginación para actuar. Sin estos elementos —y esta es la lección vargasllosiana por excelencia— caemos en la apatía y la resignación, golpeados por una realidad de la que nunca podremos evadirnos o que siempre se antepondrá a nuestros deseos, aspiraciones y mejores intuiciones morales.

Fotogramas de la película Pantaleón y las visitadoras de Francisco Lombardi, Perú, 2000.

las inquietudes intelectuales o las simples ganas de aprender a escribir con el tino de un escritor versado y original. Cuando un autor se convierte en una obsesión —lo descubrí mientras leía y leía— es porque sus libros tocan alguna fibra sensible, machacan una tecla con timbre familiar o abordan preguntas que ya antes habían dado quebraderos de cabeza. El filósofo Richard Rorty decía que el éxito de una obra dependía de la azarosa coincidencia entre las obsesiones privadas de un artista y las necesidades públicas de una sociedad. Sospecho que tenía razón. De lo que no tengo duda es que eso fue lo que me

identidad: no traicionar; está ahí cuando el irlandés Roger Casement descubre el principio que orientará sus actos y luchas futuras: lo que es malo para el Congo no puede ser bueno para Irlanda. Está en todas sus novelas y en todos sus personajes por una simple razón: nosotros, los humanos de carne y hueso, también dependemos de las creencias, las convicciones, los principios y la imaginación para actuar. Sin estos elementos —y esta es la lección vargasllosiana por excelencia— caemos en la apatía y la resignación, golpeados por una realidad de la que nunca podremos evadirnos o que siempre se antepondrá a nuestros deseos, aspiraciones y mejores intuiciones morales. Sin creencias o principios para la acción perdemos el rumbo. Nos resulta difícil —en ocasiones imposible— saber qué nos gusta, qué nos importa,

falla porque no tiene ninguna vocación o principio al cual asirse. Confundido en medio de la vorágine social, sin más opciones, se resigna a seguir el modelo conocido por mucho que le disguste. Algo similar le ocurre al desmoralizado Zavalita de Conversación en La Catedral. El gran drama existencial de este personaje es no creer en nada. A lo largo de la novela oímos su

temas que emerge aquí y allá, en esta y en aquella novela, con distintos rostros, encarnado en distintos personajes e historias, pero siempre revelando que el carburante humano es ese, la posibilidad que tenemos de creer, de desear, de imaginar, de dar sentido al caos mediante las opciones morales. Sin estos elementos nos convertimos en caricaturas lánguidas; gracias a ellos inventamos, creamos, progresamos. Las primeras novelas de Vargas Llosa estuvieron plagadas de personajes desorientados, incapaces de forjar un sistema de creencias coherente y sólido con el cual evitar ser arrollados por la sociedad. Alberto Fernández lucha contra las fuerzas invisibles que intentan convertirlo en un reflejo de su padre y de todo lo que corrompe la sociedad limeña; trata de oponerse a ellas, pero

monólogo interior: ¿Creer en Dios?, imposible; ¿creer en el comunismo?, menos; ¿creer en el APRA?, tampoco. Zavalita ni siquiera logra creer en la literatura, aunque le interesa y la contempla como un oficio digno en medio de una sociedad atroz. Su escepticismo lo inhabilita para cualquier actividad que implique una apuesta hacia delante, asumir riesgos o enfrentarse a lo que le disgusta. Su única opción vital es la apatía: en una sociedad en la que triunfar implica asimilar los vicios y reglas de juego infectas y nocivas, la manera de mantener la pureza moral es optando por el fracaso y la frustración.


48

Mario Vargas Llosa

49

¿Y qué decir de Pantaleón Pantoja, el puntual cumplidor del deber que monta un servicio de prostitutas para la cabal satisfacción instintiva del ejército peruano en Pantaleón y las visitadoras? El capitán Pantoja es la imagen viva del ser vacío, sin ideas ni creencias, que necesita de los otros para saber qué hacer y qué querer. Si los personajes que Vargas Llosa había creado hasta entonces eran escépticos, cínicos o impostores, Pantaleón aporta un rasgo nuevo: la heterenomía total. Los otros personajes de sus novelas padecían las arbitrariedades de las instituciones. Pantaleón las necesita; necesita que el ejército le llene la cabeza y el espíritu de

órdenes, lemas y funciones, bien sea en los comedores, los talleres de uniformes o los burdeles, cualquier destinación le da igual. Lo fundamental es tener alguien por encima de él que le diga qué hacer. Sólo así Pantaleón le encuentra sentido a la vida. Eso explica su dependencia umbilical con el ejército. Sin agentes externos que tutelen su existencia, Pantaleón no sabría vivir. Hasta ahí llega esa estirpe de personajes que pecan por falta de creencia. A partir de 1977, con la publicación de La tía Julia y el escribidor, Vargas Llosa empieza a explorar otras posibilidades existenciales. Varguitas, por ejemplo, es el primero de sus personajes que rompe con ese estigma de derrota y frustración producido por el autoritarismo y la corrupción social. Al igual que Alberto Fernández o Zavalita, Varguitas debe enfrentarse a un padre

autoritario. También es joven y se ve indefenso ante una sociedad que amenaza con aguar sus ambiciones y anhelos. Pero su vocación literaria es lo suficientemente sólida como para animarlo a vivir según sus deseos y delirios. Varguitas no sólo se convierte en escritor, sino que se casa con su tía, una mujer divorciada doce años mayor que él. Su fe inquebrantable en la literatura le impone un orden a su vida. Le permite establecer jerarquías y tomar decisiones que lo proyectan hacia el futuro. Armado con un proyecto vital, Varguitas logra evadir las presiones del entorno y convertirse en lo que él –no su padre ni su entorno— quiere ser. Lo mismo les ocurrirá, aunque con resultados muy distintos, a los personajes que Vargas Llosa fantasea a partir de la década de los ochenta. La fauna humana que aparece en La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, La fiesta del Chivo o El paraíso en la otra esquina, muestra la otra cara de este drama existencial: todos los personajes que aparecen en estas novelas han erradicado la duda de sus vidas, todos ellos creen fielmente en una causa, todos ellos se repliegan a tal punto sobre sus propias convicciones que acaban convertidos en fanáticos. Ni el Consejero ni Mayta ni Trujillo ni Flora Tristán albergan la más mínima duda sobre las creencias que orientan sus actos. No vacilan, no se cuestionan. Sus creencias y principios se han petrificado hasta convertirse en verdades irrefutables. El resultado son personalidades diamantinas, volcanes en perpetua erupción que van causando terremotos allí por donde pasan. Si en sus primeras novelas Vargas Llosa analizaba los efectos nocivos que tenía la sociedad sobre el individuo, ahora desvelará el caso contrario: el efecto cataclísmico que puede tener un individuo cuando decide vivir según sus creencias e ideales y arrastra consigo a los demás. Un caso fascinante entre estos fanáticos y cruzados es Roger Casement. A la luz de sus peripecias en El sueño del celta, observamos muy bien cómo las creencias y principios ayudan a un individuo a emprender grandes acciones en favor de la humanidad, y cómo, cuando estos mismos principios se vuelven máximas absolutas, refractarias al diálogo con la realidad, metamorfosean a esa misma persona en un fanático.

Casement viaja al Congo Belga a denunciar de forma implacable el colonialismo y a develar la podredumbre oculta tras la fachada humanitaria que legitimaba la presencia de los europeos en África. Antes de viajar al Congo, Casement creía en las bondades del colonialismo. Pero después de ver con sus propios ojos la explotación barbárica de los blancos sobre los negros, cambia por completo de parecer. Lo extraordinario de este personaje es que sufre una segunda transformación, esta vez en la Amazonía. Allá, mientras denunciaba los abusos cometidos por la Casa Arana en la explotación del caucho, cae en cuenta de que el pueblo irlandés, al igual que los indígenas de la selva, había sido oprimido y desnaturalizado. Los ingleses habían hecho con sus compatriotas lo mismo que los blancos con los congoleños y los nativos de la Amazonía, y aquello, así hubiera ocurrido siglos atrás, debía ser enmendado. Esa segunda transformación ciega a Casement. Lo que es malo en un lugar y en un momento es malo siempre, y no hay matices que valgan. Guiado por esta máxima incontrastable, Casement se negará a ver las diferencias entre la Amazonía, el Congo y la Irlanda del siglo xix, y acabará lanzándose a la reconquista de una identidad irlandesa desdibujada por el tiempo y a una lucha contra los ingleses que hubiera supuesto el sacrificio de una generación entera. El honroso defensor de los derechos humanos, acaba convertido en un nacionalista feroz. Los casos de Casement y de los otros personajes de Vargas Llosa muestran ese dilema humano: la ausencia de creencias nos deja indefensos ante el entorno y el exceso nos convierte en una amenaza potencial para los otros. Sin creencias que inviten a la acción y que impongan prioridades la vida es plana y la frustración acecha, pero con exceso de creencia nos cegamos a la realidad y perdemos los matices. Los principios morales son necesarios para enfrentarse a las lacras sociales, pero petrificados convierten al idealista en un fanático. Son los dramas de nuestra condición, que Vargas Llosa ha explorado mejor que nadie.


g

Una

enealo gía liberal

RA MÓN

G ONZ Á LE Z

F É R R I Z

Discurso triunfal de Fidel Castro, Santa Clara, Cuba, 1959. Fotografía de Burt Glinn.


53

Mario Vargas Llosa

En marzo de 2005, Mario Vargas Llosa recibió el premio Irving Kristol, concedido por el American Enterprise Institute (aei) for Public Policy Research, un think tank estadounidense de carácter mayoritariamente conservador (Kristol, que fue fellow de la institución y da nombre al galardón, es considerado el “padre del neoconservadurismo”). Vargas Llosa no era una elección complaciente por parte del AEI —el autor nunca ha sido un conservador en términos morales ni tampoco, estrictamente, en cuestiones políticas— y tampoco lo fue su discurso de aceptación. El discurso contenía una pequeña provocación en su título, “Confesiones de un liberal”.1 Como señalaba Vargas Llosa en sus primeros párrafos, “liberal” es un término de múltiples significados, pero para su audiencia estadounidense tenía sin duda “resonancias de izquierda” y podía ser sinónimo de “socialista y radical”. Desde los años setenta, y muy particularmente desde la presidencia de Ronald Reagan, la derecha estadounidense ha venido utilizando el término “liberal” para denostar a la izquierda, y sobre todo a los izquierdistas tolerantes en cuestiones sexuales, elitistas en sus gustos culturales y herederos en mayor o menor medida de los movimientos progresistas surgidos en los años sesenta. Aunque solo fuera en estos últimos aspectos, Vargas Llosa encajaba perfectamente con los adversarios políticos del American Enterprise Institute.

1

El discurso fue publicado en la revista

Letras Libres, México DF y Madrid, mayo de 2005. Posteriormente, fue recogido en el volumen Sables y utopías. Visiones de América Latina, edición de Carlos Granés, Madrid, Aguilar, 2009.

Sin embargo, seguía el premiado, en Europa y en Latinoamérica, la palabra “liberal” significa otras cosas. Para parte de la izquierda, casi la contraria: “conservador y reaccionario [...] cómplice de toda la explotación y las injusticias de que son víctimas los pobres del mundo”. Pero por supuesto, en estos países “liberal” tiene otros significados más nobles, aunque quizá minoritarios; singularmente, decía Vargas Llosa, los que se le atribuían a la palabra cuando ésta fue puesta en circulación en España a principios del siglo xix: “amante de la libertad, persona que se alza contra la opresión”. Obviamente, era en este último sentido en el que Vargas Llosa se reconocía como liberal. Como participante “no [de] una ideología; es decir, una religión laica y dogmática, sino [de] una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella”. Se declaraba agnóstico, partidario “de separar a la Iglesia del Estado” y defensor “de la descriminalización del aborto y el matrimonio homosexual”, pero aceptaba que había liberales que, en esos aspectos concretos, tenían ideas diametralmente opuestas. “El liberal que yo trato de ser cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el estado de Derecho, sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esta concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables”. Esta definición del liberalismo es directamente heredera de una gran tradición

52

que arrancó en Gran Bretaña en la primera mitad del siglo xvii, que sigue hasta hoy con todas las lógicas transformaciones y, como hemos visto, equívocos. Y es en buena medida la genealogía del pensamiento liberal de Mario Vargas Llosa. Trataré de resumirla. El iniciador moderno de esta tradición fue John Locke, según el cual el hombre tiene el derecho natural a la vida, la libertad y la propiedad, ámbitos que los gobiernos no pueden violar como tradicionalmente lo habían hecho, en mayor o menor grado, las distintas formas de monarquía de todas las naciones occidentales. Posteriormente, Adam Smith o David Ricardo darían forma a la expresión económica del liberalismo —con ideas como el libre mercado y la competición— y John Stuart Mill pondría énfasis en las cuestiones éticas y la limitación del poder estatal. Pero también en Francia —país de cuya cultura es un gran deudor Vargas Llosa— existiría una veta liberal marcada por las singularidades de la Revolución de 1789 —cuyo lema fue “libertad, igualdad y fraternidad”, frente al lockiano de “vida, libertad y propiedad”—. Benjamin Constant, por ejemplo, estableció que las libertades de los modernos debían apoyarse en las libertades civiles, además de las políticas y el imperio de la ley, y criticó los excesos de los revolucionarios y la ambición militar napoleónica. También en 1789 entró en vigor la Constitución de Estados Unidos, la primera de las constituciones liberales, que, frente a los tradicionales privilegios europeos y la existencia de religiones de Estado, afirmó que “todos los hombres son creados iguales por su creador, con ciertos derechos inalienables, entre ellos los de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, en lo que parece un evidente eco de las ideas de John Locke. En 1812, las Cortes de Cádiz promulgarían también una Constitución liberal, en la que se afirmaba que “la soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a esta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”. La Constitución de Cádiz tuvo corta vida como tal, pero ya había establecido que “la nación española […] no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”, lo cual era un avance mayúsculo en la tradición monárquica del país.


54

El siglo xix fue un ir y venir entre el liberalismo y sus múltiples enemigos. En Estados Unidos y Gran Bretaña se fue asentando y conformando lo que algo más tarde serían las democracias tal como las conocemos hoy, aunque fuera con un gran número de terribles injusticias en el proceso, como la esclavitud de los negros en el primer caso y el maltrato a las clase obrera en el segundo. Pero en buena parte de Latinoamérica, en Francia y en España, el siglo xix fue una convulsión constante, una competición en ocasiones sangrienta entre quienes querían recuperar un viejo orden que estaba condenado a muerte y quienes querían alumbrar uno nuevo que no siempre era pacífico. Esta época fue, al menos en Europa y América del Norte, la era de la gran novela, un género liberal por excelencia. Como explicaba Ian McEwan —y es probable que Vargas Llosa suscribiera sus palabras—, la novela, que tiene sus orígenes en la tradición laica europea, “es una forma plural, clemente, profundamente curiosa por las mentes de los demás, por lo que significa ser otra persona. En sus personajes centrales, altos o bajos, ricos o desdichados, logra […] transmitir un respeto por el individuo”.2 La gran novela del xix, de Victor Hugo o Charles Dickens —hombres que hoy consideraríamos progresistas de diferente clase— hasta Balzac o Flaubert —dos tipos distintos de conservador— fue en buena medida el intento de comprender las motivaciones de los individuos en un mundo políticamente convulso, de desentrañar las interacciones entre personas con intereses y visiones del mundo distintas que actuaban en un escenario marcado por el dinero, el comercio, la disputa religiosa y el conflicto entre aspirantes al poder. Y en ese sentido, eran, además de monumentales obras de arte, profundas reflexiones sobre la vida en común y la coexistencia de ideologías distintas, dos 2

55

Mario Vargas Llosa

asuntos de gran importancia en nociones liberales como la tolerancia o lo que Isaiah Berlin llamó la “libertad negativa”; es decir, la capacidad de desarrollar la propia libertad sin obstáculos o impedimentos establecidos por el poder político. El siglo xx fue, en muchos casos, una continuación de las contiendas entre liberales y no liberales que habían marcado el xix . En Latinoamérica y en Europa, los gobiernos democráticos fueron una y otra vez derrotados por autoritarismos de derecha o de izquierda que recelaban de las ideas de pluralismo y convivencia planteadas por la tradición liberal. Sobre todo entre intelectuales de izquierda, como lo sería Vargas Llosa, la idea era tentadora: ¿por qué no tratar de crear un sistema político que anulara la mezquindad y la avaricia de esos pequeños burgueses que poblaban las novelas del xix? ¿Por qué no acabar de una vez por todas con la plutocracia de grandes empresarios que utilizaban su poder comercial y su influencia política para explotar a los más idenfensos? ¿Y qué decir de esos militares o políticos comprados por el dinero de las clases altas? Como tantos otros, Vargas Llosa prestó atención a esa llamada y durante una década apoyó la promesa utópica que era la revolución cubana, hasta que en 1971, junto a un grupo de intelectuales, le envió a Castro una carta en la que le comunicaba su “vergüenza” y su “cólera” por el llamado Caso Padilla. La carta era un punto final al Vargas Llosa “compañero de viaje” del comunismo, pero también era sin duda un incipiente reconocimiento a la reciente tradición liberal que, desde la izquierda o la derecha, se había enfrentado a toda clase de autoritarismos en las décadas anteriores. En esos años o poco más tarde, Vargas Llosa se puso del lado de Camus —que estaba en contra de todos los totalitarismos— en sus querellas con Sartre —que apoyaba algunos de ellos—,3 recogió el legado de Raymond Aron y su El opio de los intelectuales, en el que denunciaba la fascinación de los intelectuales occidentales por el comunismo, reconoció la tarea

Ian McEwan, “Novela y libertad”, Letras 3

Libres, México y España, abril de 2011.

Campesino simpatizante de Fidel Castro, La Habana, Cuba, 1959. Fotografía de Bob Henriques.

Ver Contra viento y marea, Barcelona, Seix Barral, 1983.

en pos de la tolerancia de Isaiah Berlin4 y años más tarde elogiaría largamente a autores como Jean-François Revel y su denuncia del antiamericanismo europeo,5 Karl Popper y su idea de las sociedades abiertas6 o Mises. A este último se refirió en el discurso citado al principio de estas páginas, en un pasaje que en cierto modo resume también la visión liberal de Vargas Llosa: Un gran pensador, Ludwig von Mises, fue siempre opuesto a la existencia de partidos liberales, porque, a su juicio, estas formaciones políticas, al pretender monopolizar el liberalismo, lo desnaturalizaban, encasillándolo en los moldes estrechos de las luchas partidarias por llegar al poder. Según él, la filosofía liberal debe ser, más bien, una cultura compartida por todas las corrientes y movimientos políticos que coexisten en una sociedad abierta y sostienen la democracia, un pensamiento que irrigue por igual a socialcristianos, radicales, socialdemócratas, conservadores y socialistas democráticos.

Ésta es, después de casi cuatro siglos de tradición y malentendidos, una buena definición de lo que podría ser el liberalismo hoy en día. Vargas Llosa es una de sus mejores encarnaciones. Está al lado de la izquierda en muchas cuestiones —desde el matrimonio homosexual a la despenalización del aborto o la laicidad del Estado—, lo está de la derecha en muchas otras —de la apertura económica a la disminución del poder Estatal o el rigor fiscal—. Un liberal puede estar, pues, en varios sitios del mapa político. Pero en el moral —como en el estético— siempre debe estar, como es el caso, del lado de la libertad.

4

Ibid. “Las batallas de Jean-François Revel”, Letras Libres, México y España, octubre de 2007. 6 “El joven Popper”, El País, Madrid, 9 de septiembre de 2012. 5


Lecciones de un

escritor a un antrop贸logo JU AN

M.

OS S I O

A .


60

61

Mario Vargas Llosa

Desde niño me gustaron mucho los viajes, sobre todo a lugares habitados por culturas que Occidente ha llamado exóticas. Quizás esta afición debió influir en mi decisión de estudiar antropología y bajo su sombra interesarme en los pueblos más alejados a mi propia formación cultural que convivían en nuestro territorio peruano. Movido por estos intereses fueron andinos y amazónicos los que más me atrajeron, orientando mi quehacer profesional principalmente a las comunidades donde transcurre su existencia. Gracias a esta trayectoria he vivido experiencias inolvidables que me han transportado ha distintos momentos de nuestro historia, particularmente de la prehispánica, y a variedad de paisajes que, según dicen los expertos en el Perú, reproducen cerca de un ochenta por ciento de los sistemas ecológicos a escala mundial. Desde muy joven me familiaricé con la variedad, fuese esta cultural o geográfica, y aprendí a valorarla. Muy pronto descubrí que en el plano cultural su principal sustento era la libertad y su mayor amenaza la homogenización particularmente aquella amparada en dogmas ideológicos. Es –creo– este descubrimiento, la valoración de la constancia y la búsqueda de la consistencia en nuestro quehacer intelectual y, en general, en el actuar cotidiano, lo que más me ha identificado con Mario Vargas Llosa. La gravitación de Mario en mi vida data de cuando cursaba mi primer año de antropología en la Universidad de San Marcos. Como lo he señalado en otra oportunidad, fue gracias a un viaje que hizo con mi profesor José Matos Mar a la región del Alto Marañón para alimentar su novela La casa verde con realidades vividas que tuve mi primera experiencia de trabajo de campo entre los Aguarunas. Este viaje le permitió sugerirle a mi maestro que enviase estudiantes a las comunidades de esta zona por la riqueza de temas que planteaban. Un año después Hernán Valdizán y yo fuimos seleccionados para acometer esta empresa. Pocos años después, luego de asistir a una conferencia que dio en la

Páginas 58-59: En la Campaña presidencial, 1990.

Fotografías de Martín Chambi (1871-1973).

Universidad de Oxford, cuando estudiaba mi post grado en antropología, tendría lugar el encuentro que daría inicio a una amistad que me ha brindado grandes satisfacciones y fructíferas enseñanzas. Después de este encuentro, Londres fue el escenario de varios más hasta volver al Perú a fines de 1970. Ya en Lima y a lo largo de la década iniciada en aquel año nuestros contactos fueron ocasionales. Algunas veces era una exposición de objetos de arte la que nos congregaba; otras, una película en una sala de cine o algún evento social donde coincidíamos. Difícilmente pudiese haber sido de otra manera, pues durante este periodo pasé mucho tiempo haciendo un trabajo de campo en la comunidad ayacuchana de Andamarca y luego una larga estadía en Oxford para volcar los datos que había recogido en una tesis que me permitiría acceder al doctorado. Fue en la década de los años 80 cuando nuestro acercamiento se intensificó. La subversión de Sendero Luminoso o PCP, aunada a la muerte de ocho periodistas en la comunidad de Uchuraccay en enero de 1983, preparó el terreno. Habiendo aceptado con el entonces decano del Colegio de Periodistas Mario Castro Arenas y el célebre penalista y jurista Abraham Figueroa integrar una comisión de alto nivel nombrada por el presidente, arquitecto Fernando Belaúnde Terry, Mario Vargas Llosa me pidió que formase parte del grupo de asesores que los acompañaría a la ciudad de Ayacucho para cumplir la mayor parte del cometido. Aunque Mario es muy cuidadoso de su tiempo, reservándolo escrupulosamente para su labor literaria e intelectual, tratándose de servir al país, sobre todo en circunstancias álgidas, su generosidad no tiene límites. Y éste fue uno de aquellos momentos, pues la estabilidad democrática del país estaba en juego y lo peor es que pocos tenían una idea clara de la violencia que venía engendrándose y de los responsables que la habían iniciado. Para la prensa nacional e internacional lo que sucedía en el Perú era una


62

incógnita. Por un lado, el grupo levantado en armas, que por ser comunista debería defender a los campesinos, terminaba matándolos y, por otro, a diferencia de los clásicos insurgentes latinoamericanos, prefería no reivindicar sus acciones. A este nebuloso panorama se sumaba la falta de preparación de las fuerzas armadas para librar una guerra donde el enemigo se mimetizaba con la población civil. Lo concreto es que muertos aparecían por doquier sin que se pudiese determinar quiénes eran los responsables. Éste era el escenario que nos esperaba en Ayacucho, agriado aún más por la muerte de ocho periodistas vinculados a diferentes medios de comunicación, algunos de los cuales, movidos por intereses políticos, esperaban un resultado adverso para el gobierno para declararlo responsable de lo ocurrido. Desde un primer momento tomamos conciencia del panorama que nos esperaba y para sortearlo nuestro norte tendría que ser la verdad y la exhaustividad en el acopio de las informaciones, actuando con la mayor honestidad posible. Poco más de un mes permanecimos en la heredera de la vieja Huamanga y en sus alrededores entrevistando a un sinnúmero de personas que de una manera u otra podían aportarnos datos que nos ayudaran a cumplir nuestro encargo. Como antropólogo mi participación más activa fue en relación a la entrevista que les hicimos a los miembros de la comunidad Uchuraccay. De todas las que hicimos ésta fue la que estuvo rodeada de más tensiones y suspenso, pues aparte de haber sido su territorio el escenario de la muerte de los periodistas, era la ocasión para poner a prueba nuestra capacidad de entablar un diálogo intercultural. Quiero volver a subrayar la gran confianza en Fernando Fuenzalida y mi persona ante la estrategia que le presentamos para forjar aquel diálogo que se convertiría en el meollo de lo que deseábamos averiguar. Él fue uno de los pocos del conjunto de comisionados que comprendió que para entablar un diálogo intercultural

teníamos que ponernos en la perspectiva de los actores sociales empezando por respetar sus creencias religiosas y códigos de etiqueta. Aunque a muchos les pareciera risible se tenía que brindar con los cerros tutelares, homenajearlos con palabras respetuosas y cumplir con las reglas de reciprocidad de todo huésped compartiendo hojas de coca y licor de caña con toda la concurrencia. Todo ello fue cumplido por Mario a la perfección y como resultado los campesinos nos dispensaron más de tres horas de franca conversación, no exenta de alguna tensión cuando se les interrogaba sobre temas que no eran de su agrado, que fueron decisivos para nuestras conclusiones.

63

Mario Vargas Llosa

Como novelista Mario es un maestro del manejo de la ficción. Pero como investigador es el más tenaz y acucioso perseguidor de la veracidad de los datos. No por casualidad en su juventud fue un aprovechado discípulo y asistente del célebre historiador Raúl Porras Barrenechea, cuya influencia casi lo lleva a transitar por los caminos de su maestro. A lo largo de la gestación de nuestro informe pude constatar que efectivamente estaba ante un eximio investigador que desmenuzaba al detalle las evidencias que recogíamos luego de búsquedas inquisitoriales hábilmente pensadas y diseñadas y que armado de mucha cautela las organizaba en una escala de mayor a menor certidumbre

como se puede apreciar en las conclusiones del informe que preparamos. Uchuraccay nos introdujo a una de las páginas más dramáticas del Perú del siglo xx, pues por un lado nos mostró las grandes desventajas que acarrea el aislamiento de muchos pueblos herederos de culturas prehispánicas cuyo contacto con la sociedad inicial es incipiente, por otro, nos hizo tomar conciencia de la extrema incomunicación y etnocentrismo que reina entre los distintos grupos culturales que conviven en nuestro país y, adicionalmente, la insania violentista a la cual se puede llegar cuando los dos extremos previos han llegado a la cúspide de su exacerbación.

La aventura en que nos embarcamos nos mostró el estallido de factores estructurales que desbocaría hasta las puertas del siglo xxi y que amenazaban una vez más con debilitar el sistema democrático que con tanto esfuerzo se había reconquistado en 1980. Nunca se lo he escuchado pero creo que más allá del intento estatizador de la banca del gobierno de Alan García, el verdadero estímulo de Mario para postular a la presidencia del Perú fue la experiencia en Ayacucho. Al menos para mí, esta circunstancia y


Mario Vargas Llosa

la incapacidad de nuestros líderes para hacer frente a lo que veía como una crisis estructural es lo que me llevó a integrarme al Movimiento Libertad para que Mario Vargas Llosa accediese a la instancia política adecuada a fin de enderezar lo que parecía ya estaba tocando fondo. Ya sabemos cuál fue el desenlace. Mario volvió a la literatura, pero su paso por la política tuvo el enorme mérito de promover un discurso político de corte liberal que a más de uno en el Perú y Latinoamérica les abrió los ojos frente a los peligros de los populismos de corte colectivista, los estados patrimonialistas y frente a la satanización de la actividad empresarial y la propiedad privada enarbolada con creciente agresividad desde fines de los años 60. A pesar de la difusión que alcanzaron las alternativas que planteó y del éxito de algunos países que las interiorizaron, no pudo doblegar el atavismo de las fuerzas que combatió. En el Perú se hicieron patentes en una de las dictaduras más corruptas de su historia republicana y en otros países, con Venezuela a la cabeza, en el resurgimiento de populismos anacrónicos que aprendieron a doblegar sus sistemas democráticos esquilmando

los fondos públicos para beneficios políticos personales. Pero Mario no bajó la guardia. Su indeclinable defensa de la libertad esta vez la ejerció no desde la búsqueda de cargos públicos sino valiéndose de las mejores armas que pudo encontrar. Estas fueron su pluma, su verbo altisonante y su acceso a la condición de ciudadano del mundo. El precio que ha pagado el Perú por apartarse de sus ideales ha sido alto pero felizmente desde el gobierno del presidente Alejandro Toledo, a principios del siglo xxi, hasta el presente ha comenzado a recuperar lo que Proust llamó el “tiempo perdido”. Mantener esta continuidad no ha sido fácil y son muchos los factores que la hacen posible. Uno de ellos, hay que reconocer, es el rol vigilante de Mario que aun a riesgo de apartarse de corrientes que han llegado a engañar a los que en un momento fueron sus simpatizantes tiene el valor de mantener con firmeza sus acendrados valores en pro de la conquista de la libertad y los derechos humanos.

65


La literatura

: es aire a propósito de La civilización del espectáculo AN A

G A LLE G O

C UI ÑA S


68

69

El papel desaparece, pero las ganas de escribir van a aumentar, es decir, va haber una eclosión de grafómanos, probablemente.

“Puede decirse sin temor que la edición mundial ha cambiado más en el curso de los últimos diez años que durante todo el siglo xix” (Schiffrif 2011: 117). Como en el cuento de Cortázar y conforme al vaticinio de Herralde, cada vez se escribe —y publica— más. Pero lo preocupante no es esto —en el mejor de los casos las bibliotecas acabarían siendo ciudades, como consignó Leibniz— sino que se lea menos. O mejor dicho: peor. Y desde ahí hay que pensar el valor —variable, dinámico, mutable, contingente— de la literatura que previamente está asociado a los modos de lectura y recepción. Ya nos lo advirtió Borges: “Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída.” Entonces, la pregunta es clara: ¿cómo se lee hoy en la civilización del espectáculo? Mario Vargas Llosa en su ensayo homónimo publicado en 2012 se suma a la visión apocalíptica que atenaza la pervivencia y el futuro de la literatura desde hace unos cuantos lustros.1 El culto a la banalidad y la frivolidad que predica nuestra civilización, la novedad, la rapidez, la exaltación narcisista (y voyeurista) y la reconfiguración de la subjetividad contemporánea son una realidad, al margen de juicios de valor, que incide directamente en nuestra concepción de lo literario. Por este motivo, el Premio Nobel pone el énfasis en la grafomanía y en la profusión de una “literatura light,

Jorge Herralde

El creador de Anagrama augura un desmedido afán de escritura que habría de ir in crescendo en el futuro. Pero Herralde habla de grafomanía y no de literatura, una sutileza que no es baladí si tenemos en cuenta que también alude a la ficción de Cortázar “Fin del mundo del fin” en la que los lectores desaparecen paulatinamente del planeta amén de una plaga de “escribas”, grafómanos, compulsivos. Recordemos el relato: el argentino imagina un mundo en que las bibliotecas se desbordan porque “Los escribas trabajan sin tregua”: “la humanidad respeta las vocaciones, y los impresores llegan ya a orillas del mar”. Así los libros sobrantes se precipitan al agua y los impresos se van amontonando en el fondo hasta formar una “pasta aglutinante” que cambiaría la distribución de continentes y océanos. La imagen es extraordinaria y espeluznante a la vez: la escritura transforma la geografía física de un planeta de grafómanos incontrolados dominados por una pulsión —desprovista ya de sentido, esto es, de literatura—, que consigue quebrar la industria del papel —sin lectores no hay consumidores— por una superproducción

desaforada: “Cada vez más los países serán de escribas y de fábricas de papel y tinta, los escribas de día y las máquinas de noche para imprimir el trabajo de los escribas.” Y cuando ya no haya papel, ni tinta, ni espacio, los escribas, condenados a la extinción, ensayarán la posibilidad de “intercalar un texto en otro para aprovechar las entrelíneas”, que devendría en un palimpsesto infinito (metáfora conjetural de la literatura intertextual, valga la redundancia) en el que al final no cabrían —literalmente— los vacíos y silencios que se avienen a los lectores activos, porque la escritura lo llenaría “todo” de información. Esta narración de Cortázar además de ofrecernos una magnífica alegoría de la producción textual —y de su radical historicidad— invita a una reflexión sobre el valor de lo literario en oposición a la práctica de una grafomanía seca —sin sentido— que desde hace unos años desgraciadamente crece y se prodiga por el mundo sin control. Porque ciertamente en el siglo XXI las publicaciones se han multiplicado en papel y en la red, y han aumentado copiosamente escritores y editoriales hasta el punto que:

Mario Vargas Llosa

1

Imágenes de la serie “El trazo eléctrico” de Santos Cuatecontzi.

Me interesan ante todo las reflexiones que hace Vargas

Llosa sobre la literatura en esta obra. El resto de temas que aborda —y que atañen a la cultura— no serán objeto de este ensayo por razones de espacio.


70

71

Mario Vargas Llosa

leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir” (2012: 36). Una literatura que se asemeja más al elemento del aire que al del fuego con el que antaño la comparó al recibir el Premio Rómulo Gallegos en 1967: “la literatura es fuego […] significa inconformismo y rebelión […] la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica”. Y esa postura es la que mantiene Vargas Llosa en estos textos, efecto de su descontento e insatisfacción con la situación cultural de nuestros días.2 Aunque hay una diferencia sustancial entre ambas, del mismo modo que la ha habido en el orbe moral de su ficción con el paso del tiempo: si antes su tono era optimista, aguerrido e inconformista, ahora es pesimista, melancólico y resignado. Y es que si en los sesenta el escritor habría de arrojar “el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos” a los lectores, en el siglo xxi es el escritor Vargas Llosa quien nos arroja a la verdad tormentosa de una literatura del espectáculo que produce miseria en el lector. En rigor, asistimos a una sobreabundancia de páginas literarias (electrónicas o de papel)3 cuya levedad favorece que el aire se las pueda llevar con facilidad, “porque la cultura en la que vivimos inmersos no propicia, más bien desalienta, esos esfuerzos denodados que culminan en obras que exigen del lector una concentración intelectual casi tan intensa como la que las hizo posibles”

(Vargas Llosa 2012: 36). En mi opinión esta es una de las ideas más enjundiosas del libro, que habría merecido un mayor desarrollo por parte del peruano y que nos interpela y convoca a todos los amantes y estudiosos de la literatura. Porque la verdadera problemática de la literatura actual es la lectura light (no sólo la escritura light), la falta de lectores que sean capaces de articular una correlación de sentidos, esto es: pensar, situar un texto en una tradición, crear genealogías. La literatura —alta, mayúscula o como se la quiera llamar— genera cultura, es parte de una biblioteca, “La biblioteca de babel”. En cambio la literatura light —o el best seller— compone sólo obras aisladas que el lector consume como un producto acabado donde el autor queda en un segundo plano. Los lectores así no crecen, sino que (se) agotan. A la sazón, “Los lectores de hoy quieren libros fáciles, que los entretengan, y esa demanda ejerce una presión que se vuelve poderoso incentivo para los creadores” (Vargas Llosa 2012: 36). Pero si nuestra cultura, aprovechando las leyes del mercado que la rigen, fuese capaz de formar a buenos lectores, la demanda cambiaría y la oferta sería otra: una literatura ígnea. Esta tarea habría de corresponder al intelectual, al profesor, al crítico que detecta el valor literario en la obra de un autor. Pero desde luego la función de la literatura no debe circunscribirse sólo al dominio académico que, como sugiere Vargas

2

la radiografía cultural que nos presenta. Por esta

Una postura similar aparecía ya en su recopilación de

artículos Desafíos a la libertad.

razón ante todo constituye un revulsivo para el

3

necesario debate de la literatura en la actualidad,

La crítica ha vertido ríos de tinta al hilo de las aseveraciones

catastrofistas de Vargas Llosa acerca de las nuevas tecnolo-

asunto de más envergadura que el valor del

gías y del libro electrónico. Por un lado, algunos se han ad-

soporte tecnológico (que se ha reducido a sus

herido al Premio Nobel demonizándolas o lamentando su

ventajas o desventajas) o la superviviencia del

supremacía (García de la Concha, César Antonio Molina,

papel. Hay que aprovechar el diálogo que

Vicente Molina Foix y Jordi Llovet, entre otros); por otro

establece este ensayo con obras fundamentales

tenemos a los defensores del nuevo paradigma literario —

que han articulado un análisis del mismo tema

positivo o no necesariamente negativo— que impone lo tec-

para retomarlo y ampliarlo, y no sólo con-

nológico (Jordi Gracia o Jorge Volpi). Me llama poderosamente

denarlo: T.S. Eliot, Steiner, Guy Dubord,

la atención que sólo sea este asunto el que haya acaparado

Baudrillard, Lipovetsky; citados por el

(en su mayoría) las discusiones sobre La civilización del es-

propio Vargas Llosa; o Bourdieu, J. J. Goux,

pectáculo, ya que tan sólo es una de las aristas que compone

Casanova, Arfuch, Rama, Link, Cárcamo-

una reflexión vasta, compleja y controvertida. La publicación

Huechante, Germán Gullón, y otros tantos

no levanta ampollas únicamente por esta cuestión sino por

pensadores no interpelados.

71


72

Llosa, sufre en la actualidad una crisis epistemológica y está atrapado en la “burbuja” de producción crítica que ha impuesto el sistema universitario en los últimos años. De ahí la congelación, la superficialidad, las modas teóricas y el saber abstracto de muchos artículos y ensayos dedicados a la literatura. La problemática no estriba en la defensa o condena de una lectura de la obra literaria autónoma —separada— de lo real4 (como indica Vargas Llosa, 2012: 91-93), sino en que tanto la realidad —y la literatura comprometida que habría de representarla según el peruano— como la ficción son impensables al margen del mercado. Incluso la teoría que suplanta la obra de arte rinde pleitesía a dicho mercado, en este caso, al universitario que impulsó la academia norteamericana y que se ha expandido globalmente por facultades y grupos de investigación de todo el mundo en perjuicio de los lectores —los alumnos— que orillan la experiencia del hecho estético en favor del corsé interpretativo. Y algo parecido sucede con la crítica de los medios de información, que como bien apunta el autor de Conversación en La Catedral, prácticamente se ha extinguido. Pero esto es así no sólo por los Departamentos de Filología (Vargas Llosa 2012: 3637), sino porque los suplementos culturales se avienen a los intereses de los grandes conglomer(c) ados editoriales y suelen practicar el arte de la reseña como medio de promoción —espectáculo mediático— y no como ejercicio de crítica real. La labor del periodista cultural, y la del académico, debe incitar a la lectura, relacionar textos, ordenar libros, independientemente del medio en que publique. El papel central que estos han perdido en el espacio literario no sólo responde a la lógica de la civilización del espectáculo en que se enmarca, sino a las exigencias del mercado editorial, por el que Vargas 4

La forma como una virtud en sí misma, como defendió Borges en su crítica y en su ficción. Y esta concepción, vanguardista,

Llosa pasa de puntillas.5 Esta cuestión es la que más he echado en falta en este libro. Los dispositivos de consagración, el auge y la fluidez en que circulan los textos literarios han reestructurado el campo: y no sólo la escritura sino la lectura de nuestro tiempo. El importante papel que juega el mercado en la apreciación y difusión de lo “literario” —en nuestra manera de leer— es incontestable. Es el editor el que lee y establece en primera instancia el valor de un texto como capital simbólico. Lo convierte en un objeto material, el libro, que inmediatamente pasa a ser un producto histórico cuya circulación y consumo responden a los consabidos efectos de la economía liberal y la globalización: “La edición de un libro ya es una actividad valorativa y selectiva en sí, y el mercado interviene activamente en la percepción que tenemos de un objeto estético; el objeto estético posee una dependencia constitutiva con la evaluación” (Cárcamo-Huechante 2007: 30). Y esto es fundamental porque los circuitos editoriales son los que hacen posible que los textos lleguen a manos de los lectores, por eso cada vez se hace más indispensable dedicar un espacio de reflexión —desde cualquier ámbito, pero aún más desde el académico— al complicado binomio “literatura y mercado editorial”, que ya fue transitado en relación al “boom” latinoamericano (Rama 1984), pero que hoy cobra una fuerza y una dimensión distintas. ¿Por qué? En primer lugar porque en el “boom” coincidieron valor económico (un mismo mercado lingüístico y una zona de

de la literatura que pone en crisis la representación de lo real es anterior al “delirio de ciertas teorías posmodernas” (Vargas Llosa 2012: 88) y de lo que estas han hecho con ella.

5

Vargas Llosa se preocupa por la desaparición de esta in-

dustria pero no por la función coagular que ésta desempeña en el campo literario.

73

Mario Vargas Llosa

distribución continental y transatlántica) y valor estético. Algo que no sucede en el siglo xxi, donde la relación de la literatura en español con el mercado se percibe desde la negatividad y la circulación de libros se reduce en buena parte a guetos nacionales (o en todo caso tienen que pasar por la publicación en España para ser distribuidos por el continente latinoamericano) y está dominada por los grandes conglomerados que anteponen el consumo inmediato, reducen las tiradas, copan los medios de comunicación, persiguen la rentabilidad máxima, acaban con los catálogos de editor, saturan la oferta, etcétera. (véase De Diego 2006). Más aún: apenas apuestan por autores desconocidos e incluso con los conocidos proceden por acumulación, por lo que acaban interviniendo en los mecanismos de consagración y en los modos de lectura, toda vez que con sus prácticas nos llevan a discutir la validez de lo literario (Padilla 2012). Ahora que el grupo editorial Bertelsmann controla la mayor parte del mercado del libro en español, ¿cómo puede el lector respetar y entender el valor de la literatura actual en un marco que es a todas luces oligopólico? ¿La alternativa son las pequeñas editoriales independientes? ¿Cómo se posicionan los escritores con respecto a la articulación de los diferentes aparatos editoriales: grandes (de qué manera afectan los anticipos y los contratos que obligan a publicar cierto número de obras), medianos y pequeños? ¿Cómo lo hace el propio Vargas Llosa? Sea como sea, La civilización del espectáculo es un texto necesario para cuestionar el valor de la literatura en nuestros días, porque principalmente lo que desencadena en el lector es una miríada de preguntas. Y ese es el lugar de la

literatura que engendra buenos lectores, aquellos que se plantean interrogantes, los que no buscan sólo respuestas. Podemos estar de acuerdo o no con algunos de los planteamientos —no exentos de controversia— del libro, pero lo importante es que un intelectual del tamaño de Vargas Llosa analice el estado de salud de la cultura y que lo haga de una forma tan valiente. De eso no me cabe la menor duda. Bibliografía Borges, Jorge Luis (2004). “Nota sobre (hacia) Bernard Shaw”. Obras completas II. Barcelona: Emecé Editores. Cárcamo-Huechante, Luis E., Fernández Bravo, Álvaro y Laera, Alejandra (comps.) (2007): El valor de la cultural: arte, literatura y mercado en América Latina. Rosario: Beatriz Viterbo. Cortázar, Julio (2000). Historia de cronopios y de famas. Buenos Aires: Alfaguara. Diego, José Luis de (dir.) (2006): Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Herrnstein Smith, Barbara (1991). Contingencies of Value. Alternative Perspectives for Critical Theory. Harvard: Harvard University Press. Padilla, José Ignacio (2012): “Independientes. Editoriales, experiencia y capitalismo.” En Ana Gallego Cuiñas. Entre la Argentina y España. El espacio transatlántico de la narrativa actual. Madrid: Iberoamericana-Vervuert. Rama, Ángel (1984). Más allá del boom: literatura y mercado. Buenos Aires: Folios Ediciones. Schiffrin, André (2011): El dinero y las palabras. La edición sin editores. Barcelona: Ediciones Península. Vargas Llosa, Mario (2012). La civilización del espectáculo. Madrid: Alfaguara. VV.AA. (2006). Conversaciones con editores. En primera persona. Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez.


H

istoria

de una lectura

RAF A E L

G UMUC I O


76

77

Mario Vargas Llosa

Conversación en La Catedral fue la última de las grandes novelas del Boom que leí. De alguna forma siento que este azar no era del todo azaroso. La edición de Seix Barral, con los dos vasos de cerveza en la portada, estuvo siempre en mi casa. Su grosor y el hecho de que mis padres declararan abiertamente que ésta era una novela política, me evitó leerla. No sé qué imaginaba yo entonces que era una novela política. Leía entonces justamente contra la política que era el eje central de las conversaciones en mi casa. Me refugiaba en un mundo de otra siglas, la de la poesía más surrealista posible. Quizás temía encontrar en la novela justamente siglas y muerte de obispos ametrallados por guerrilleros o militares, cualquier cosa documental donde había que tomar posiciones por el bien o el mal. Me parecía raro que Vargas Llosa –quien había pasado a ser (para mi familia, fiel al izquierdismo que los había exiliado) casi una mala palabra– hubiese escrito la gran novela política de su generación. No había en ninguna declaración del autor ni una señal de arrepentimiento o complicación ante esa novela política escrita cuando era un sartreano revolucionario. ¿Podía, milagrosamente, esta novela política ser aprobada tanto por el Vargas Llosa de izquierda y el liberal? ¿Cómo lograba esa novela (que la hacía suponer por la “Catedral” del título, confesional) cubrir en el arco de su trama todas las convicciones de un autor que no tuvo miedo de cambiar delante de todos? ¿Qué profunda, qué inesperada coherencia unía los dos Vargas Llosa, el joven marxista, el maduro admirador de Margaret Thatcher? ¿Podía la ficción reconciliar, explicar, unir lo que la realidad, la del voluntarismo izquierdista de mi infancia y la del voluntarismo neoliberal de mi adolescencia, parecían dividir para siempre? El primer párrafo sólo podía aumentar mi desconcierto. La novela empezaba con una de las preguntas más famosas de la literatura en español: “¿Cuándo se jodió el Perú?” La novela respondía y no respondía esa

pregunta que flota sobre todo: personajes, paisajes, ideas, intuiciones. Más que responder cuándo se jodió el Perú –un Perú que bien podía ser el Chile al que volví el año 1984 instalado en una dictadura que parecía sempiterna– la novela mostraba con lujos de detalles el cómo se iba a jodiendo el Perú delante de nuestros ojos. Era en sentido estricto una novela histórica, pero dejaba en claro que seguía perpetrándose en una cadena infinita de traiciones y silencio que se remontaban a la colonia y seguía y sigue hasta hoy. ¿Cuándo se jodió el Perú? Ahora, y antes y siempre. Constatación terrible pero no fatal porque la novela mostraba la miseria y la obsecuencia como un proceso y no como un destino, como una maquinaria y no como una identidad. La novela no estaba, como esperaba, llenas de siglas ni sucedía en ninguna iglesia pero era política en el más amplio y al mismo tiempo preciso de los sentidos. El protagonista de la novela era la Polis, la ciudad, el país. No era, como esperaba, una novela religiosa pero sí era una novela ante todo moral. En ese sentido “La Catedral” del título que es también el bar de mala muerte donde se reúnen Zavala y el zambo Ambrosio es aún el lugar sagrado donde tiene lugar el sacramento de la confesión. Es quizás lo que a mis padres, católicos de izquierda, les fascinó primero de la novela. Es lo que me fascinó también a mí: esta novela sin dioses era ante todo también un auto sacramental. Su tema era también ese, la confesión como una forma de contagio del pecado que se expía y al mismo tiempo el intento, inconscientemente católico, de confesar todo un país. Eso era lo que tenía en común el Vargas Llosa revolucionario y el Vargas Llosa liberal, el intento de confesar los pecados de un país. En eso Vargas Llosa no cambió ni puede cambiar. Esta novela, claramente guiada por una visión marxista del mundo, usa el marxismo como un bisturí, no como la receta con que mejorar de una enfermedad que la novela hace visible en todas sus dimensiones, sobre todo las más íntimas. Es ahí que se juega la partida esencial, adivina la novela, en los pasillos de las casas, en las cantinas y redacciones de mala muerte en que Zavala, el

Páginas 74-75: Cusco, fotografía de Martín Chambi.

protagonista, aprende a ser adulto. Adulto en un mundo en que la madurez, el libre asumir de quién eres, el gesto sartreano y liberal de crear y de creer en tu propia moral, es imposible. Conversación en La Catedral fue la última gran novela del boom que leí, fue la que de alguna forma la negaba o invertía los lugares comunes que suelen asociarse con este tipo de novelas. La dictadura de Manuel Odría no es en la novela ni demencial ni bella ni mística ni mítica. Su atractivo no está en la escenificación mágica del poder como suponen García Márquez en El otoño del patriarca o Roa Bastos en Yo el supremo, sino en el permiso para vivir mediocremente, sin aspiraciones ni ilusiones mayores. Su crueldad no es en ninguna forma sagrada, su misión no es redentora, sus resultados no son ni apocalípticos ni mágicos, sino grises, mediocres, frustrantes. Era esa frustración, era ese absurdo, lo que la novela denunciaba como el motor mismo de la dictadura en Latinoamérica, el centro de su horror pero también la razón de su perpetuación a través del tiempo y la geografía. Otras novelas denunciaron con tanta o más virulencia los calabozos, las cárceles, la burocracia de la tiranía, ninguna de las

otras supo ver en él un sistema cómodo, tibio y amorfo que resulta hasta para sus víctimas lógico. La Catedral donde Zavalita bebe con el zambo Ambrosio, es un lugar de encuentro entre clases sociales que no tendría cómo cruzarse sin la dictadura que debajo de lo que Donoso llama “el tupido velo”, permite una libertad indescifrable desde fuera. En su grisalla y su corrupción la dictadura de Odría resulta para Ambrosio una salida, como resulta para Zavalita y su padre también un escondite en el cual vivir sus pasiones. La clave del poder de las dictaduras latinoamericana está ahí, me recordaba la novela, en la libertad que imponen las tiranías para vivir hasta el fondo nuestras miserias. La mayor parte de las grandes novelas del boom son la historia de una fatalidad: los indios, los esclavos, los conquistadores muertos vuelven a nosotros mientras intentamos ser modernos y racionales. La razón se quiebra o no basta, los dioses quiebran los muros, los tigres rugen en las pensiones, los muertos no


78

mueren del todo, la naturaleza, los sueños se rebelan de su sujeción imponiendo su ley al fondo de las mascaradas con que celebramos la del código penal. El tiempo del reloj choca con otro tiempo que no lo necesita y desprecia. Cien años de soledad escenifica de modo evidente e innegable ese choque de tiempos que Cortázar convierte en un sofisticado juego que el lector tiene que armar y desarmar. Las novelas de Carlos Fuentes son todas una exploración de ese palimpsesto donde lo borrado aún queda escrito, donde lo que ya no es y lo que no será nunca se mezcla con los hechos de la historia que se convierte en la más conjetural de las ficciones. La imagen de laberinto, usada y abusada, implica en todas ellas la idea de un minotauro: El dictador visto a la vez como un dios y un niño, el avatar inevitable de esa fatalidad histórica, donde el ayer puede ser mañana. El dictador en las novelas de boom es la escenificación misma de ese intento latinoamericano, el de vivir fuera del tiempo. Sus gobiernos sin plazos se transforman en parte de su misma piel, su intento de ser eternos los convierte en víctimas preferentes de gallinazos y espectros. Las novelas del boom les dan a los tiranos que las protagonizan un derecho inesperado a expresar todos sus temores, todos sus horrores. Los convierte en héroes y villanos de esa fatalidad que encarnan. Caricaturizan, se burlan del tirano pero lo convierten también un objeto artístico, lo visten de una cierta aura mística que ningún tirano que se respete deja de desear para sí. En Conversación en La Catedral, el dictador no habla ni tiene psicología ni ambigüedad ni grandeza ni miseria tampoco. Reclama el novelista una especie de libertad inesperada, la de poder hablar de una dictadura sin tener que pasar por el dictador, el de elegir concentrarse en justamente eso que las dictaduras suspenden, el derecho a elegir de los individuos, sus gestos y sus gestas olvidadas, olvidables. Ese es el monstruo, es el

dios que la novela convoca sin ninguna nostalgia, caricatura o metáfora. Vargas Llosa rompe conscientemente o no con el mito sin enfrentarse con él, usando sólo la precisión de su prosa, la mecánica perfectamente aceitada de su narración para seguir personajes que nunca son más o menos que ellos mismos, funcionarios, periodistas, soldados, jóvenes moviéndose por un espacio, la ciudad de Lima que se nos aparece de pronto cerrada como una trampa mortal de la que nadie puede ni –en el fondo– quiere salir. El minotauro de ese laberinto es el propio laberinto. Son las decisiones personales, su propio agacharse ante el peso de las costumbres y necesidades lo que los hunde y al mismo tiempo lo que les permite flotar. Todo eso era algo que aprendí de entrada cuando me tocó a los catorce años desembarcar en el Santiago de Pinochet. Es algo que mis padres, la generación que leyó el libro cuando se publicó en 1969, parecía incapaz de comprender. Guiado por una moral parroquial, convencido de que el bien siempre triunfó, convencido de que el bien está de su lado, nunca entendieron que la monstruosidad de Pinochet residía en que era un hombre y como tal sabía aterrar a sus enemigos, complacer a sus amigos y adormecer a los que no eran ninguna de las dos cosas. Comprender esa zona neutral, esa indiferencia era justamente lo que la izquierda de mis padres demoraron en comprender. Cuando lo hicieron, cuando le entregaron a esos neutrales una alternativa, la dictadura cayó. Las novelas, por más políticas que sean, no deben leerse nunca como profecías. Es difícil que no contengan algo de eso. Todo tarotista sabe que el futuro y el pasado que lee es en el fondo siempre el presente. Saber quién es el que está en frente garantiza cierto éxito a la hora de saber quién será y quién fue. Conversación en La Catedral, al negarse a mirar sin pestañear, sin decorar, sin edulcorar su sociedad, miraba también la mía, el Chile de mi adolescencia, la dictadura en que me hice hombre, la generación que me hizo el que soy. Ese libro que miré en la biblioteca de mis padres como un extraño amenazante e inaccesible, es hoy también mi vida.

78


Unidiversidad 11  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP

Advertisement
Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you