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La poesía es la única compañera acostúmbrate a sus cuchillos que es la única

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Si mis amigos no son una legión de

ángeles clandestinos Qué será de mí


Agradecemos a Rubén Mendoza las fotografías relativas a las regiones, ciudades y sitios donde habitó el poeta, tomadas específicamente para este níumero de Uni.

DIRECTORIO Dr. José Alfonso Esparza Ortiz Rector CONSEJO EDITORIAL Rafael Argullol, Juan José Díaz Infante, Luis García Montero, Fritz Glockner, Michel Maffesoli, John Mraz, José Mejía Lira, Francisco Martín Moreno, Edgar Morin, Ignacio Padilla, Alejandro Palma Castro, Eduardo Antonio Parra, Herón Pérez Martínez, Francisco Ramírez Santacruz, Miguel Ángel Rodríguez, Vicenzo Susca, Jorge Valdés DíazVélez, René Valdiviezo Sandoval, Javier Vargas de Luna y David Villanueva.

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UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP, año 6, No. 25, octubrediciembre 2016, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 Sur 104 Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, y distribuida a través de la Dirección de Comunicación Institucional, con domicilio en Edificio La Palma, 4 Sur No. 303, Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, tel. (01222) 229 55 00 ext. 5270, unirevista@ gmail.com. Editor responsable: Dr. Pedro Ángel Palou García, pedropalou@me.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 04-2013-013011430200-102. ISNN: 2007-2813, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Número de Certificado de Licitud de Título y Contenido: 15204, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Permiso SEPOMEX No. Impresos im21-006. Impresa en Editorial Lapislázuli S.A. de C.V., Calzada de Tlalpan 572, Desp. C-302, Col. Moderna, Del. Benito Juárez, C.P. 72160 Tel. (222) 248 94 93. Distribuido por Comercializadora GBN S.A. de C.V., Calzada de Tlalpan 572, Desp. C-302, Col. Moderna, Del. Benito Juárez, C.P. 03510, México D.F. Tel/fax: 01 55 56 18 85 51. Este número se terminó de imprimir en octubre de 2016 con un tiraje de 2000 ejemplares. Costo del ejemplar $40.00 en México. Administración, comercialización y suscripciones: Francisco Javier Velasco Oliveros, Tel. (222) 5058400, javiervelasco68@hotmail.com. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura de los editores de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Unidiversidad Revista de Pensamiento y Cultura de la BUAP está registrada en el sistema de información de la Universidad Nacional Autónoma de México sobre revistas de investigación científica, técnicoprofesionales y de divulgación científica y cultural que se editan en América Latina, el Caribe, España y Portugal (http://www.latindex.unam.mx).

Dr. René Valdiviezo Sandoval Secretario general

Mtro. José Carlos Bernal Suárez Director de comunicación institucional

Pedro Ángel Palou Miguel Maldonado Directores

Diana Isabel Jaramillo Jefa de redacción

Rubén Mendoza Coordinador del dossier

Miguel Andrade Edición y diseño de 49 cuchillos

Rodrigo Pimentel Corrección

Lorena Juárez Liceaga Diseño gráfico

Javier Velasco Distribución y comercialización


ÍNDICE 25. 26. 27. 28. 29. 30. 31. 32. 33. 34. 35. 36. 37. 38. 39. 40. 41. 42. 43. 44. 45. 46. 47. 48. 49. 6

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El que supo medir sus propias distancias El agresor oculto Qué trabajos tan hermosos tiene la vida Pequeña elegía Me defiendo Cambio de identidad El viajero del río Apacibles La hamaca nuestra Acción de gracias Ombligo de luna Casi obsceno La soledad de Gómez Jattin De lo que soy Equilibrio Lola Jattin Franz Kafka El Cacique Zenú El rey moro Li Po Casandra El infierno son los otros Bibiana Soy un aerolito La locura espanta el tedio

58 61 63 67 69 71 72 73 76 79 81 82 85 87 88 90 92 93 96 97 99 101 103 105 106

Los animales de la luz

* Retrato 1. Ruego a una deidad 2. Conjuro 3. Isabel 4. Y van 5. Piel 6. Si las nubes 7. El Dios que adora 8. Memoria 9. Consolación 10. A una vecina de buena familia 11. Un asesino 12. El que no entendió nunca 13. Tania Mendoza Robledo 14. A una amiga de infancia 15. El leopardo 16. Abuela oriental 17. Sara Ortega de Petro 18. La amiga traída por la música 19. Tres en una 20. Pueblerinos 21. Quizá el último vuelo 22. El suicida 23. Ante un espejo oscuro 24. Veneno de serpiente cascabel

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6 Presentación / R.M. 10 De lo que es, en parte, Raúl / Rubén Mendoza 20 Tres artistas, tres historias, tres visiones, tres tiempos / Carlos Arturo Gómez Galeano 34 El Oso / Martin Vásquez Ramírez 42 El Raúl de mis recuerdos / Dora Berdugo 52 El viaje de Raúl / Nando Rodríguez 60 Raúl Gómez Jattin / Harold Alvarado Tenorio


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70 No hagas hoy lo que puedas hacer mañana / Bibiana Vélez Covo 78 Raúl Gómez Jattin: un potro desbocado en las praderas del cielo / Milcíades Arévalo

MISCELÁNEA 100 Bibliotecas Ajenas / Cartagena y un café en Costaguana / Javier Vargas de Luna 116 Rojo: "43" / Carmen Rioja 118 POETA.net: Rose is a rose is a rose is a rose / Karen Villeda


Este número de la revista, UNI25, desembarca en México a un poeta de nuestra lengua, desconocido en estas latitudes. A veces la misma lengua es desconocida, y separan los matices, el léxico, la jerga, el uso de palabras. Las expresiones, los piropos. Es el contexto, el nivel de detalle, el carácter de la magia lo que hace a la poesía. Entre más se conozca un lugar, una persona, una manera de hablar, una lengua, más aguda puede ser la naturaleza poética. Lo que se dice en una casa ya no se entiende por completo en la otra. La universalidad es un fantasma. Lo que se dice en este barrio se entiende en el otro, pero ya con algunas dificultades: ni qué hablar de estados, de países, de lenguas. Pero algo nos une las venas cuando se comparte un idioma. Quienes escriben en este número sobre el poeta Raúl Gómez Jattin, no son necesariamente raulólogos. Es gente a

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Retrato

Si quieres saber del Raúl que habita estas prisiones lee estos versos duros nacidos de la desolación Poemas amargos Poemas simples y soñados crecidos como crece la hierba entre el pavimento de las calles

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la que su poesía o su presencia cambió, detonó, marcó su vida. Gente a la que le alteró hasta su manera de hablar, los puso a pensar en verso, en versos crípticos. Cada quién contará su versión de Raúl, que son tantas como poemas, como versos, como palabras, como letras tiene. Raúl es un poeta oriundo de la costa norte colombiana. Caribe. Lejos de la capital, Bogotá, donde todo se mendiga y el arte, muchas veces, solo es otro brazo del monstruo burocrático. Una estirpe. Raúl es una verdad y un mito maravilloso de la poesía colombiana y de la calle. Un hombre con muchas casas y con ninguna, con toda la lucidez y padeciendo la locura, de psiquiátrico en psiquiátrico, de pastilla en pastilla, de la calle, del bazuco (pasta base) a la ternura maternal. La vida atropellada que llevó le dio finalmente un golpe mortal con un vehículo en 1997. R.M.

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Ruego a una deidad

Sorprendí a la desgracia robándose mis palomas y la espanté a latigazos Volvió sus dientes temblorosa de rabia y de una bofetada me robó la pasión Perdóname señora oscura y venerable mi atrevimiento de hijo bastardo que no puede más con su vacío corazón.

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De lo que es, en parte, Raúl Rubén Mendoza

Cualquier hombre o asunto empieza a volverse público por el poder de sus actos, de su obra y

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del rumor. El teléfono roto de la tradición oral, del chisme, que todo lo perfuma y lo empuerca, va volviendo la curiosidad una empresa, una disciplina a medida que se profundiza. A medida

que se aprende una materia se va volviendo un idioma. Y mientras más se use, más se domina. Aquí se apunta sobre cómo circulaba el mito de Raúl en el aire colombiano, y sobre cómo fue llegando a los oídos inmensos y sordos de la sociedad.


Conjuro

Los habitantes de mi aldea dicen que soy un hombre despreciable y peligroso Y no andan muy equivocados Despreciable y Peligroso Eso ha hecho de mí la poesía y el amor Señores habitantes Tranquilos que sólo a mí suelo hacer daño

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Si mi primo, que era un titán, tenía dificultades para alzarlo; no imagino el tamaño de Raúl Gómez Jattin. Porque a mi primo Rodrigo, unos diez o doce años mayor que yo, yo lo veía inmenso. Con un humor prodigioso bajaba cosas de donde

y me la regaló la misma persona que tiempo atrás me había obsequiado El esplendor de la mariposa, que no recuerdo que me haya dejado impactado, herido, siendo un adolescente. Así empezó a crecer la semilla de Raúl en mí. Hasta hacerse árbol,

yo no alcanzaba, para compartirlas conmigo. Me contó que Raúl se aparecía como un gigante en

ceiba descomunal. En la casa de mi familia su voz fue muy

la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, desnudo, alterado y perdido. Loco. Rodrigo, mi primo,

importante. Como la de muchos otros literatos rebeldes, inclasificables. Cuando una enferme-

era profesor de fotografía allá. Y llegara hacia su sector o a otro, lo hacían venir porque en sus bra-

dad física hacía bordear la locura por dolor a mi papá, la voz grabada de Raúl era una de las po-

zos cabía Raúl. Con dificultad, pero cabía. Y él lo levantaba, seguramente de manera noble, y lo iba llevando afuera. Raúl iba en brazos, desnudo, pataleando como un bebé enorme, y diciendo la infantil pero afilada frase: “Cachaca hijueputa… suéltame, chachaca hijueputa”. Cachaca se le dice a los del interior, a los de Bogotá, a los rolos (aunque “rolos”, “cachacos” o “paisas” –del eje cafetero, una patria por acento– también se le dice a cualquier “blanco” que no tenga el hablado del lugar en donde se encuentre). Todas estas pa-

cas músicas que lo adormecía. Que le daba paz. Mi muy adorado viejo, preparándose conmigo y con otros para la muerte, masticaba cada verso, allá junto a las montañas de Villa de Leyva y de Iguaque, en el frío interior, lejos de los paraísos tibios e hirvientes de Raúl, las sabanas del río Sinú, Cereté, Córdoba. En Colombia no hay estaciones, hay altura, hay pisos térmicos. Las estaciones son horizontales, se vive en frío invierno o ardiente verano. Cereté o Villa de Leyva son nombres que fuera de Colombia se des-

labras se pueden decir como un cariño, son una especie de gentilicio popular. Pero todos también

conocen, así como el mamey, o el mamoncillo, frutas deliciosas de la costa. O como el juego

pueden hacerse sonar muy ofensivos. Como pasa en cualquier lengua. Es una forma más de decir

“De La Habana viene un barco cargado de…”, que le termina de dar sentido al poema “Isa-

“foráneo”. Fue la primera historia que oí de Raúl,

bel”. Solo acá se juega así. En otras partes se

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le conoce como “Simón dicezzz”. Un niño dice “De La Habana viene un barco cargado de… frutas”, o animales, o carros, o pájaros. Y los otros deben empezar una lista que avanza en círculo hasta que los niños agoten las palabras, hasta que alguno se quede mudo. Ese disco que teníamos en casa con su voz nos fascinaba. Nos maltrataba y acariciaba, y hacía cosquillas. Hacía sentir, mucho antes de saber que Raúl llamaba a su manera poética el sentidismo. Hacía sudar de amor y de deseo antes de saber de oídas que “Raúl es pansexual”, y que invitaba a tener sexo hasta con una mata de plátano, y que escribía sobre el mito del sexo con las burras. Con sus poemas iban llegando esas voces y, a veces, con las voces, las bocas. Primero en libros, en testimonios (algunos después arrepentidos); y después las bocas con los cuerpos. Amistades que sin saber nos había dejado Raúl, para reconstruirlo. Amigos, cada un verso enorme de un poema enorme: Raúl. Recordando a Gil de Biedma… para qué hacer poesía si se puede ser poesía. Si se puede ser poema, ése era Raúl.

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Cuando todas estas voces que lo amaron y lo aborrecieron empezaron a juntarse en mi cabeza, y en las de los amigos y cercanos que

queríamos a Raúl, crecía la semilla y el tallo del mito. En libros como Ángeles clandestinos se recuperó un catálogo de voces cercanas al poeta y hablaron de su visión del mismo. Con amor y compasión la mayoría, y muchos aprovechando que el poeta ya no habitaba esta tierra y no podía defenderse con nuevas palabras. Quedaban como escudo las que había dejado, las inmortales. Entonces, los episodios que eran chisme, al pasar al papel se hacen bibliografía. Y del papel escalan, ya en otra escala, por los ojos, a la cabeza. Ya es conocimiento, ya es academia, objetos de estudio; no se hacía menos seductora su figura y su locura, aunque algunos abusos sobre su leyenda eran evidentes. Ardían de rabia algunos amigos y familiares al encontrarse textos donde se notaba demasiado la facilidad que otorgaba un caso maldito de poeta para llenar los bolsillos de otro, de un biógrafo. Pero en las voces propias era distinto. Que un día llegó a casa de su amiga, una de las que le daban asilo y forcejeó con la empleada del servicio para entrar, con ese vicio de ser un patán voluntarioso cuando se enajenaba. Allá la botó adentro al sacudir la puerta y hasta le “hizo sangre”. Y luego la casa entera tiró por la ventana, como cuando uno se quita la ropa y la


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vecinos; con su materia. Y un poco como a Miguel Hernández que recibió el “visto bueno” de Neruda, uno de los más grandes poetas de nuestra lengua, un viejo maravilloso y críptico salvó la vida literaria de Raúl con una carta: Jaime Jaramillo

porque fuera parte de esa máquina) le escribió a Raúl que era lo único vivo de la poesía colombiana, lo único que latía y ladraba, muchos tuvieron que dejar de apuntar sus plumas afiladas hacia Raúl y enterrárselas en cuello propio. La carta es

Escobar (X-504), ídolo literario de Raúl para más señas. Escribió una carta-poema bellísima que a

tan palpitante y maravillosa, tan demoledora con la poesía y el arte que se relacionan lamiendo las

su vez respondió Raúl con una carta-poema atronador. Cuando Jaime Jaramillo (que era de casta

manos al poder, con el arte que tiene que hacerse mendigo en la capital, que no vale la pena citarla.

y no de la casta, por derecho poético además, no

Hay que leerla entera.

Querido Raúl: He recomendado mucho tu poesía: a todo aquel que está enfermo le receto dos poe-

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mas tuyos y al que se acusa de algún pecado le mando a leer tres veces el poema de la burrita. A los viajeros les recomiendo llevar tus poemas en el bolsillo y a los que llegan les presento tus poemas como la única cosa vital, grande, oxigenada, robusta, libre, natural y bella que tenemos aquí: lo único con fuerza joven, originalidad, audacia, libertad y novedad que se encuentra hoy en el bazar de la poesía colombiana; lo único que se desborda, que brama, que tiene impulso y pasión, el único vendaval que nos refresca, primitivo, animal y selvático como un desodorante de TV, lo único apasionado y amoroso, ¡¡¡lo único!!! Lo demás está reglamentado por la Academia, pero tu eres territorio libre del poema. Todos los demás estamos maniatados por la crítica,los reglamentos del verso, los corsés de la gramática, las normas de la sociedad, los preceptos religiosos, las jaulas políticas, los considerandos utilitaristas, las


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Volviendo al muro de la capital en el barrio La Candelaria, el paso de Raúl por el eje central de la vida cultural colombiana, Bogotá, se daba en las calles, no en cocteles ni embajadas, no en tertulias. No frecuentaba círculos intelectuales. Pasaba y padecía las calles, las casas de amigos, los muros. Y ahí estaba, esa noche, tambaleando y meando. Juan Manuel Roca, correcto poeta, le dijo al reconocerlo: “Me han dicho que eres un excelente poeta, pero que como persona dejas mucho que desear”. Raúl le respondió: “Me han dicho de ti exactamente lo mismo, pero al contrario”. Golpe donde más duele a un poeta, en la poesía.

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tros y de grados centígrados de Bogotá y la universidad y el grupo de teatro de la Universidad Externado de Colombia fue con sus obras a la natal Cereté del poeta y se instaló en la casa materna donde la niña Lola, Lola Jattin, la actriz del grupo caminaba por los corredores de la casa y fue a buscar algo al cuarto de la señora, justamente, donde dormía esos días de gira y de visita, y abrió con sigilo la puerta sin imaginar jamás que iba a encontrar lo que describió: a Raúl, su actor y compañero de grupo, con algo así como 25 años, siendo amamantado por su

¿Por qué se le juzgaría a Raúl como per-

madre. Por la niña Lola. Una especie de extraña Piedad. Así me lo imagino. O será por Lola justa-

sona? ¿Será porque caminaba desnudo en Cereté y se bañaba en los tanques de agua limpia

mente. Porque la amó sin límites, sin los límites que dan al odio siquiera. La amó locamente, li-

en donde hacían acopio las casas? ¿O porque la puerta abierta que encontrara de cualquier casa la tomaba como una invitación directamente a la nevera, la cual desocupaba en su boca de oso como quien cogiera simplemente una lata de cerveza y la escurriera?, ¿O porque le gustaban los hombres, y las mujeres, y las gallinas, y las cabras y las burras, mejor los burros, las matas de plátano, los amores imposibles? O porque se encontró una compañera actriz del grupo de teatro, cuando, a cientos de cientos de kilóme-

teralmente de manera loca, especialmente después de la muerte de Joaquín Pablo, su papá. La amó hasta que tenían que escondérsela. La amó porque a ella, coja, y a otra anciana las puso a correr en una casa, descalzas, en un corredor que él mismo saturó con jabón en el piso. Si se caían las golpearía. O porque pidió una bandeja donde poner su cabeza, la de Lola, cuando se la cortara después de teñirle él mismo el pelo. O porque en la casa donde descubrió que la escondía la familia, en la ciudad de Montería,


Piel

No se deje engañar por su apariencia fresca y sobre todo por su olorcillo a tocador decente Detrás un poco detrás están las marcas Mire bien su color espolvoreado de óxido su temblor híbrido de animal y centella sus vellos enroscados atrapando la luz sus suaves hendiduras llenas de sudor agrio y un poco más profundo se puede adivinar un asco al dulzor de las caricias implorando Es carne de hospital y de presidio Lo que esa putica camufla en su esplendor

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decidió instalarse. Afuera. Sitiándola en algunas ocasiones por más de una semana. Volteando las canecas de la basura pública por las ventanas abiertas. Lanzando piedras, rompiendo vidrios, incendiando las cortinas.

que perseguía habitantes de calle. Y esa madrugada, saliendo del calabozo/hotel, un bus, con o sin intención, o un carro, o un camión, mató a Raúl, o él se suicidó contra éste. Todo es ambiguo. Nada se sabe y todo se parece.

Y así. Diez mil versiones que de chismes pasan a verdades, o que eran verdades que se

Siempre la materia de la leyenda y del mito quedaban arrinconadas con los poemas. Era lo que amábamos y lo que nos hacía vibrar. Yo estaba agradecido con que lograba hacer mirar a mi papá a otro sitio distinto de su en-

volvieron chismes. Y con algunas de esas verdades dolorosas, y con el golpe de la muerte de su mamá para acabar de desajustar su rengueante corazón, su rengueante cuerpo material, su rengueante mente, y con su enjaulado espíritu, empieza su deambular por manicomios e instituciones siquiátricas de muchos lugares. Alguna vez, cuando su hermano Rubén lo llevaba a un manicomio en Medellín, Raúl logró convencer al médico de que él no estaba loco sino que el loco era su hermano, y parte de su locura llevarlo al manicomio, con tanta habilidad y carisma que le creyeron. Que se libró. Todo eso se sabía. También que había muerto deambulando por Cartagena, ya en la indigencia. Cartagena que también le había regalado por años varias guaridas de amigos, hasta que se veían en peligro, o se sentían amenazados. Había muerto después de una noche en que la policía lo dejó dormir en la cárcel para que no lo despedazara un grupo

fermedad. Agradecido del sentidismo, de que me hiciera sentir apuñalado por los cuchillos de su poesía a los que finalmente ni él mismo se acostumbró. Yo quería hacerlo cine, volverlo película, sin saber que él ya era una película, un libro, una pintura, sin tener que serlo. Pero emprendimos junto a un hermano la escritura de un proyecto: Los poemas de la fiebre. Un proyecto de película. Ganamos una beca de escritura que nos robó un productor inescrupuloso, pero de la que alcanzamos a disfrutar unos mil dólares (menos del cinco por ciento del total), con el que emprendimos un viaje maravilloso y austero por Montería, Cereté, Bogotá, Medellín y Cartagena. Los sitios de deambular, de vivir y de psiquiátricos principales de la vida de Raúl, en esquinas distantísimas una de

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la otra, donde la existencia de Raúl hubiera permanecido un tiempo. Nos fuimos con la cabeza llena de chismes y verdades, con los poemas en disco y en la memoria y bajo el brazo, repitiéndolos hasta el cansancio. Buscando a Raúl, imitando su voz inimitable, su tono. Haciendo esa especie de amistad unilateral que tiene uno con

una carcajada. Empezamos a armar ese Raúl de las decenas de raúles que se nos presentaron con cada encuentro. Empezamos a ver y a comprobar que a todas esas miradas les había alterado el brillo, como alteró la nuestra, nuestra alma, sin haberlo conocido. Pero todos estos seres eran pozos de donde

los artistas que admira y ama, con los muertos. Empezamos con muchos de sus ángeles clan-

había bebido Raúl. Y el río Raúl había alimentado a todos esos pozos. Junto a ellos se resistí.

destinos, de sus vecinos, de sus protectores, de sus detractores, de sus músicos. Fuimos al ce-

Iba apareciendo ante nosotros en más de cincuenta encuentros programados. Se iba revelando. Todos hablaban con amor, entrañablemente, y recordaban con dulzura el temor que alguna vez sintieron frente al tamaño de Raúl, mezclado con el tamaño de su locura. Su corazón de toro, de tractor, de tanque los había dejado palpitan-

menterio de Cereté a comprobar que la única tumba que tiene un árbol, que además nació sin ser sembrado por humanos, es la de él. Un arbolote señor del cementerio que sale del centro de Raúl. No hay otra tumba con árbol. Parecía un chiste de la naturaleza. Una burla a “Pequeña elegía”: ya para qué seguir siendo árbol. Y entonces todos los chismes se volvieron mierda. Dejaron de importar. Empezaron a aparecer los chismosos, hermosos, las bocas, los cuerpos que transportaban esas historias de la carne en que la vivieron, a ese presente, quince años después de la muerte de Raúl. Todos tenían aún la herida abierta. La herida abierta de Raúl.

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Una herida tan bella y tan abierta como para confundirla con una boca, con una sonrisa, con

do desde entonces. Raúl no había echado raíces cuando ya esparcía semillas; también las de su locura que echaron a crecer en cerebros ajenos de amigos adorados. Algunas de esas voces quedaron atrapadas en la locura, sí, pero sobre todo en la poesía. Encontramos amigos en todas las ramas del árbol. En todos los niveles sociales. Desde la indigencia hasta la más fina alcurnia. A todos los atravesó. A algunos los dejó sin aliento, herencia de su asma. Pero a todos los tocó. A algunos los hirió, los atravesó con una flecha.


Si las nubes

Si no anticipan en sus formas la historia de los hombres Si los colores del río no figuran los designios del dios de las aguas Si no remiendas con tus manos de astromelias las comisuras de mi alma Si mis amigos no son una legión de ángeles clandestinos Qué será de mí

A todos los dejó sin protección porque

que los árboles eran tan evolucionados que ni

en el fondo protegerlo era protegerse. El día en

siquiera necesitaban moverse. Pensaba en Raúl

que lo mataron o se suicidó o murió, dejó a todos perdidos de hijo perdido. Por más que le

como un árbol. En que no se resignaba a echar raíces. A estarse quieto. Se resistía. Por eso ha-

temieran, lo adoraban. Además de ser un dios

cerlo árbol, así el creyera que ya no valía la pena

que adora es uno adorado: extraordinario y ordinario. Todos lo recuerdan con sonrisas nostál-

serlo, su única labriega pudo ser la muerte. Y se quedó quieto en el asfalto, quieto como un

gicas, aceptando la herencia de la poesía y de

árbol. O como un árbol creciendo disimulada-

la locura. Algunos viviéndola, recibiéndola sin preguntarse. Todos huérfanos y deshijados: sin niño especial a quien cuidar, sin alcahueta que

mente, por años, por siglos, dentro de otros, en otros suelos, en otras lenguas, en corazones que corearon sus poemas como canciones, en el eco

celebrara la locura. Un día, mi hermano me dijo

de una tarde de hongos mágicos.

De izquierda a derecha: Martín Vázquez, Jaime Jaramillo Escobar X-506 y Rubén Mendoza.

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El Dios que adora

Soy un dios en mi pueblo y mi valle No porque me adoren Sino porque yo lo hago Porque me inclino ante quien me regala unas granadillas o una sonrisa de su heredad O porque voy donde sus habitantes recios a mendigar una moneda o una camisa y me la dan Porque vigilo el cielo con ojos de gavilán y lo nombro en mis versos Porque soy solo Porque dormí siete meses en una mecedora y cinco en las aceras de una ciudad Porque a la riqueza miro de perfil mas no con odio Porque amo a quien ama Porque sé cultivar naranjos y vegetales aún en la canícula Porque tengo un compadre a quien le bauticé todos los hijos y el matrimonio Porque no soy bueno de una manera conocida Porque no defendí al capital siendo abogado Porque amo los pájaros y la lluvia y su intemperie que me lava el alma Porque nací en mayo Porque sé dar una trompada al amigo ladrón Porque mi madre me abandonó cuando precisamente más la necesitaba Porque cuando estoy enfermo voy al hospital de caridad Porque sobre todo respeto sólo al que lo hace conmigo Al que trabaja cada día un pan amargo y solitario y disputado como estos versos míos que le robo a la muerte

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Tres artistas, tres historias, tres visiones, tres tiempos Carlos Arturo Gómez Galeano

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Desde el cuarto de mis padres se podía observar a través de la puerta casi la totalidad de la casa. Recuerdo que eran aproximadamente las ocho de la noche, escucho que mi abuela, Lola Jattin, se dirige desde la sala hacia la cocina para preparar una sopa que me permitiera recuperarme, pero ella iba acompañada de un hombre que estaba impregnado de una energía particularmente empática. Pregunté: “¿Quién es él?” Mi madre me contesta: “Es el hermano de tu papá y acaba de venir de Bogotá. Es tu tío Raúl”. Como pariente próximo, escribir sobre Raúl Gómez Jattin es muy complejo. Hago parte de una familia que, sin quererlo, está asociada a la vida y obra de él. En la microsociedad familiar, la convivencia cotidiana regula y transforma los La primera vez que recuerdo haber visto a mi tío Raúl, yo tenía más o menos cinco años. Fue en una noche que me encontraba enfermo, tenía   fiebre muy alta; yo estaba acostado en la cama con mis padres, Rubén Gómez Jattin y Modesta  Galeano Hernández. En ese momento me atendía el médico de la familia: el doctor Milanés. La casa estaba llena de personas que no conocía y la fiebre no me permitía tener curiosidad por conocerlos.

sentimientos de todos sus miembros. Hacer un análisis de la vida y obra de mi tío paterno impone recordar momentos vividos y la subjetividad imbrica los significados de todos los momentos. Por eso puede parecer ante los otros que no es muy claro lo que yo afirmo como verdad. Se ha escrito tanto de la vida y obra poética del tío, y como familiares hemos sido llamados a participar en la construcción mítica de esa historia de vida. Siempre digo lo que viví con él, no sólo lo bueno, sino lo malo. Es decir,

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con él compartimos momentos muy   felices, pero también muchos desafortunados y dolorosos. Los últimos  en  razón de su enfermedad; el sufría de trastorno bipolar. Hay momentos que, en vista de tanto enredo que han creado en torno a su vida y enfermedad, quisiera hacer un texto para aclarar las imprecisiones sobre su enfermedad y vida, y las injusticias cometidas contra los familiares y amigos. Pero pienso que esta labor resultaría   extensa e infructuosa. La verdad es que ese río de letras, sólo son miradas que desde distintos campos acceden a él. Queriéndolo o no,

de la República. Raúl, en varias ocasiones, me comentaba que su padre lo descubrió bajo la cama leyendo Las mil y una noches. Esperaba ser reprimido,

porque nos pone en la tarea de pensar en ese sujeto que sobresalía por encima del hombre común. Desde temprana edad deslumbró a todos en la familia de los abuelos por su inteligencia y fuerza descomunal. Para algunos de sus contemporáneos no habría casi nada en él que no fuese desbordado, incluidos sus silencios. Si algo caracterizaba al tío era su son-

quizá por el contenido erótico de la lectura, pero sucedió lo contrario, fue felicitado. Su inicial amor por la literatura trajo sus frutos. Joaquín Pablo, su viejo, según su poema, lo orientó en las lecturas de los clásicos de la literatura universal y en la de los autores locales, le mostró a Luis Carlos López (por quien profesó admiración toda su vida). Raúl también admiraba profundamente al poeta nicaragüense Rubén Darío, del cual sabía de memoria muchos poemas que recitaba a su padre en las noches antes de dormir. Sus contemporáneos en Cereté comentan que, en su juventud, era el joven más ele-

risa amplia. Reía a carcajadas, podía escuchársele a muchos metros a la redonda. Su figura

gante y el mejor vestido de su generación. En las relaciones sociales se destacaba por ser una

esas percepciones, equívocas o veraces, ayudan a consolidar el mito del poeta. Describir a Raúl Gómez Jattin es un verdadero acontecimiento para quienes lo conocimos,

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era llamativa, muy corpulento; con un metro ochenta y cinco era difícil ignorarlo. Su fisonomía se acercaba más a la del hombre promedio del Medio Oriente, esto se debía a la ascendencia sirio-libanesa de su madre. Sus maneras y sus ademanes eran comedidos debido a la educación rigurosa que le había inculcado su padre, Joaquín Pablo Gómez Reynero, abogado y juez


Memoria

Más allá de la muerte y sus desolaciones que perviven intactas como la misma vida hay un sol habitado de palomas y árboles que guarda tu futuro en mitad de mi infancia Joaquín Pablo mi viejo viejo niño y amable la edad nos confundió y nos separó dolidos en mañanas de mayo esperando la lluvia y en las horas del brillo y las escaramuzas de los gallos de riña entre los matorrales Hay un silencio grave parecido al olvido que me nubla mis ojos y quiebra mi garganta en tus voces que guardo como una tibia sábana para el frío de los años y la soledad cansada Eras el último hombre honrado que sobrevivía alegre Eras aquel sentido sembrador de amorosas pasiones En mitad de la vida se me escapó tu cuerpo Como un frutal cargado soleado y cuidadoso que me heredó sus mangos en lo más débil del alma

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persona amigable; siempre estaba rodeado de amigos, era un líder innato, casi siempre era el centro de la reunión. Poseía una energía que parecía inagotable; le gustaba el cine, la buena comida criolla, fumaba cigarrillos a la usanza de la época, tomaba aguardiente y vino, pero nunca se le vio ebrio. La biblioteca de la casa se transformó en su laboratorio. Se convirtió en un lector voraz y desde muy joven tuvo una gran cultura general. Para estudiar su profesión fue influenciado por mi abuelo Joaquín Pablo, quien lo perfilaba como un abogado prestigioso o como magistrado de la Corte Suprema de Justicia de Colombia, por eso lo mandó a estudiar abogacía en la Universidad Externado de Colombia en Bogotá. Terminó materias, pero nunca se gradúo. En la universidad descubrió el teatro y a Carlos José Reyes, y esto le abrió las puertas a un universo creativo nunca antes pensado por él. Con el grupo de teatro de la Universidad Externado incursioná como actor y director.   Como actor resulta una revelación. Como director se aleja del teatro político de izquierda, de moda en los años setenta, y se orienta en contravía hacia el teatro clásico. Basado en la tragedia griega realiza montajes donde fusiona

lo clásico con el arte popular contemporáneo, pues incluye arreglos musicales de bandas y porros del  bajo Sinú. Periódicamente regresaba de vacaciones. Llegaba a la casa paterna, en Cereté, acompañado de muchos amigos, compañeros de universidad, y del grupo de teatro. Fue en una de esas ocasiones que conocí a Tania Mendoza Robledo, con quien se presume tuvo una relación sentimental. La imagen de Tania   me era familiar, la conocía a través de unas  fotos en blanco y negro donde aparecía en una obra de teatro en la que actuaba como enfermera, y Raúl hacía de paciente que desconfiaba de las intenciones de aquella mujer paramédico. Esa imagen de personaje con gesto de sospecha de Raúl me influyó para el catálogo de una exposición de pintura que realicé en el Museo de la Tertulia en Santiago de Cali, en el año 1993. Hago un montaje basado en las historias de la mafia en Norteamérica, en tiempos de Al Capone. Mi escena se localiza en una barbería tradicional del centro de Cartagena de Indias, aquí hago una versión de la imagen que el tío proyecta en la obra de teatro. Interpreté al cliente embadurnando de crema de afeitar, imito la mirada de sospecha de Raúl ante la

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actividad del barbero que debe usar su navaja para rasurarme. Este catálogo es un homenaje a él, encarnado en mi personaje de cliente en la barbería y a Tania en el personaje del barbero. Mi encuentro con el arte de la pintura

Mi abuelo Joaco adquirió cerca de la casa un terreno de ocho hectáreas que convirtió en una hortaliza; en el centro construyó un rancho con una habitación que le cedió a Raúl para que pudiese tener la independencia y soledad

y el dibujo se debe a que una tía abuela llamada Helena Jattin, que periódicamente viajaba de

necesaria para escribir. Allí el tío se vuelve un ermitaño, pero curiosamente recibe mis visitas

Cartagena a Cereté para visitar a su hermana, mi abuela Lola, me trajo una vez de regalo unos

sin tener que anunciarme. Mi abuelo lo visitaba en las tardes; tenía largas tertulias con Raúl,

cuadernillos para colorear. Este presente produjo en mí un encantamiento por el color y por el

éste le ponía al tanto de sus gustos literarios: le hablaba de Borges y de Constantino Cavafis,

dibujo que aún no han cesado. Raúl comprendió mi pasión por las artes visuales y decidió surtirme de catálogos y libros de historia del arte traídos de Bogotá. En el año de 1974, a final de año, Raúl decidió regresar a Cereté. Ese diciembre le dijo a su padre que dejaba la carrera de abogacía. Pese a que era un reconocido actor y director de teatro, ya no se sentía a gusto en esa ciudad. Había pasado ya ocho años en Bogotá y lo agotó el lugar. La decisión estaba tomada y no dio mar-

entre otros. Joaco lo escuchaba con curiosidad intelectual, pero estos poetas no pertenecían a sus paradigmas literarios. A pesar de la diferencia generacional compartíamos el gusto por la pintura. Le encantaba el pintor de origen griego Giorgi o de Chirico, tal vez porque a través de sus lecturas siempre se sintió griego. De este pintor comentaba que en él las imágenes adquirían un significado lirico, mister ioso y poético. Según él: “Los trenes que aparecían en el horizonte en

cha atrás. Había descubierto que su verdadera vocación estaba ligada al descubrimiento de su

la obra de Giorgio de Chirico eran un homenaje a su padre muerto que trabajaba en el ferroca-

amor por la lectura que aplaudió mi abuelo en años anteriores. Él deseaba ser escritor, su amor

rril”. Admiraba en el pintor griego la escenografía arquitectónica de las plazas desoladas, con

por las letras lo había vinculado a la poesía.

sombras largas que atravesaban el espacio de


Consolación

Cuánta congoja agazapada llevas Eusebio El paisaje moral de tus contemporáneos te afectó como una lepra blanca Eres demasiado sensible muchacho Recógete en los libros en tu alquimia en el calor de tu madre El resto no vale la pena Eusebio Son fantasmas Muchedumbres de fantasmas ebrios

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manera dramática, la yuxtaposición de objetos sin aparente relación que evocan la vigilia, los sueños y el mundo de las pesadillas. En su poema “En las lágrimas tuyas están todo

el terror”, hace un homenaje al pintor en la primera estrofa; y en la segunda, a su poeta admirado, Jorge Luis Borges:

En las lágrimas tuyas están todo el terror Como en un cuadro de De Chirico El Tiempo se queda detenido entre los objetos y los hombres sueñan la eternidad Las chimeneas son falos humeantes que penetran el cielo de Lo Absoluto Como en un color de Borges El Tiempo se queda entre las palabras del Ciego Los hombres han conocido a través de lo insólito la eternidad El sexo de Borges es infinito y estoico En su estadía en Cartagena, cuando estudiaba de niño en el colegio La esperanza, conoció y entablo amistad con un hermano mayor llamado Gabriel Chadid Jattin quien, a lo largo de su vida, reforzó su vocación por la escritura. El tío Gabriel era hijo del primer matrimonio de mi abuela Lola. Él fue su mentor en Cartagena. Raúl vivía con su abuela materna, Catalina Safar; con ella tuvo muchas confrontaciones por

incompatibilidad de caracteres. Gabriel es quien lo libera de las disputas constantes con su abuela; por eso se convirtióe en su hermano querido y su entrañable cómplice. Gabriel regresó a la vida de Raúl cuando este cumplió treinta años. Para ese tiempo Raúl ya vivía en Mozambique y éste lo visitaba en la finca. Comentaba Gabriel: “Esta época representa para ti, Raúl, la imagen de un árbol de

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mediana edad que se le ha caído todo su frondoso follaje tras la llegada del verano. Pero no tardarán en caer las primeras lluvias de mayo,

tu mes favorito, para que. desde tus ramas secas, retoñen tus primeros versos (Gabriel)”. De estas palabras surgió el poema:

Pequeña elegía Ya para qué seguir siendo árbol si el verano de los años me arrancó las hojas y las flores Ya para qué seguir siendo árbol si el viento no canta en mi follaje si mis pájaros migraron a otros lugares Ya para qué seguir siendo árbol sin habitantes a no ser esos ahorcados que penden de mis ramas como frutas podridas en otoño

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Gabriel era bromista, cuentero y comerciante; le propuso toda clase de negocios

fuera su socio en la creación de una fábrica de dulces llamados buche pavo o puya del diablo

a Raúl. Él tenía una visión más práctica que Raúl, quien era impráctico y soñador, para

y montar un consultorio parapsicológico que incluía lectura de la baraja española y el tarot

conseguir los recursos económicos que le permitían vivir. Entre los negocios que le propuso

egipcio, los cuales ambos sabían leer.

Gabriel a Raúl, fue realizar una película pornográfica de bajo costo, con actores naturales, preferiblemente campesinos, para que su negocio fuera lucrativo. También le propuso que

En la finca Mozambique, Gabriel descubrió un dibujo mío en grafito sobre papel. La imagen era la de un anciano con báculo. Impresionado por mi habilidad a tan temprana edad, indagó si había realizado un curso de dibujo.


a vecina de buena familia

Lo más probable es que seas como los otros ignorante y mentirosa No aquella que pobló mi infancia No aquella de luciérnagas en los ojos Querida Cómo estás de cambiada Lo más natural es que seas como ellos indolente y malvada Lo más natural No el endeble pájaro de verano No las margaritas del jardín

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Ante la negativa, me preguntó: ¿Conoces la pintura al óleo? Respondo que no. Me dice: Te voy a enseñar la técnica. Viajó a Sincelejo, la capital del departamento de Sucre y regresó a los tres días con los materiales de pintura. Desde esa

veinte años después, para informarle que me había convertido en estudiante de artes; lo visité en la casa que él denominaba Las mil y una piedras, la cual quedaba en la Piche. Pasaron trece años para vernos nuevamente; me visitó

edad siempre me hice esta pregunta: ¿Qué pudo mover a una persona adulta a viajar tantos ki-

en Cartagena porque quería que su último libro llevara en la portada un cuadro mío, curiosa-

lómetros, sólo para complacer a un niño con un curso de pintura al óleo? Para mí sigue siendo

mente escogió una obra similar a la que había pintado él para enseñar a su joven alumno la

un acontecimiento insólito. Recibí el adiestramiento de Gabriel

técnica del óleo. Gabriel muere al mes de habernos visto por última vez, dejándome un en-

por cuatro días. Se marchó y nos volvimos ver,

cargo muy doloroso:

“No intentes hacer justicia con lo de Raúl. Ese pobre hombre no lo vio. Raúl, desde mçuy niño, no le gustaba la vida. No tenía el valor de suicidarse. Fue a que yo lo matara, como me negué, se enfureció conmigo. Ese hombre lo liberó; sin saberlo le hizo un favor. Para Raúl, en ese punto, ya estuvo buena la vida.” Cuando comencé a pintar, gracias al apoyo de mis tíos paternos, me encontré con el hecho de que, ante mi padre y mi abuelo Joaquín, yo transgredía las reglas de la escala y la proporción. Raúl defendía mis osadías pictóricas, ellos ignoraban que esas imágenes recortadas, ensambladas y deformadas eran herederas del cómic, del arte moderno y del cine. Yo iba a Mozambique y allá pintaba con impaciencia juvenil, por

eso la pintura caía al piso en gotas espesas, el color estaba mezclado torpemente entre ocres verde y rojo carmín; su aspecto era desagradable y sanguinolento. Cuando Raúl se percató de esa desagradable mancha voluminosa dispersada por el rincón donde trabajaba, me preguntó: ¿Quién ha ensuciado el piso de basura? Y contesté que eran manchas de óleo, ante mi sorpresa me respondió: ¡Aaahhh, si es pintura, no es suciedad! Su

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a vecina de buena familia

Lo más probable es que seas como los otros ignorante y mentirosa No aquella que pobló mi infancia No aquella de luciérnagas en los ojos Querida Cómo estás de cambiada Lo más natural es que seas como ellos indolente y malvada Lo más natural No el endeble pájaro de verano No las margaritas del jardín

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27 pasión por la pintura y su admiración por estos artistas hizo que incluyera a un gran pintor en

su libro Los hijos del tiempo, el cual sentía que sería el libro de su posteridad.

Andrea Mantegna Los pinceles y los óleos encuentra desordenados y tirados sobre el viejo piso de madera Ve el lienzo que trabaja desde hace varios días manchado de aceite de cocina y mugre Sabe quién ha cometido el infame atropello y maldice a la esposa que le deparó la vida Allá estará entre ollas y calderos en la cocina con su genio alevoso y grosero esperando Si mis amigos no son una legión de que llegue la tarde para abusar bruscamente de eso que él respeta tanto que es su cuerpo No tardará en venir hasta elQué estudio será de mí donde él ahora limpia el cuadro averiado a gritarle que se apure y lo termine pronto

ángeles clandestinos

que no hay una moneda para la comida ¿Qué puede hacer Andrea sino terminar el cuadro y llevarlo al ventero de la esquina cercana a cambiarlo por frutas panes y jamones? Mi abuelo enfermó de cáncer y una mañana, en su lecho de enfermo, le dijo a mi papá, Rubén Gómez Jattin: “Sé que no voy a sobrevivir a mi enfermedad, lo más difícil es que te voy a

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dejar una cruz muy pesada, Raúl no es una persona normal a pesar de tener una mente brillante, quedará tarde o temprano en la indigencia y tirado en los andenes de la calle”.


Un asesino Para Alfonso Cabrales Marrugo Camina como arrastrando su sombra No mira a nadie ni nadie lo mira Hay un vacío a su alrededor como una hacha levantada Salió hace unas semanas de la cárcel Lo declararon inocente unos jueces venales Fue a visitar a los viejos amigos y éstos le cerraron las puertas en la cara Y así todo el mundo Hay un cerco de púas en torno de Carlos el parricida

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Raúl fue quien nos preparó ante el inminente  final de mi abuelo Joaquín, la noche antes de su fallecimiento. Esa visión naturalizada de la muerte me ayudó a procesar la ausencia de mis seres queridos en los años venideros. Joaquín, tras una penosa enfermedad, muere en la casa familiar acompañado de sus seres queridos. Raúl se convierte en eje y guía ante esta adversidad familiar. Aunque no lo demuestra, queda devastado. De la bella huerta que fue Mozambique en las épocas de su padre no quedó nada. Los niños y ladrones saquero los frutos. Todo sucedió frente a un hombre solitario que es-

cribía desnudo en una hamaca. En esa época sus más delicados gestos parecían asombrosos; cuando escribía en su habitación podía observar que se mecía en su hamaca suavemente, inclinaba su cabeza, asomaba su lengua por un costado, mordisqueándola suavemente entre sus labios; garabateaba sin prisa, la letra redondeada y alineada sobre un block de papel sin rayas. Tan elemental momento constituía la expresión extraordinaria de la creación. Tiempo revelador del poeta que abrazaba la vida, y acto instaurador de su nuevo mundo; condición que expresa en su poema “De lo que soy”.

De lo que soy En este cuerpo en el cual la vida ya anochece vivo yo Vientre blando y cabeza calva Pocos dientes Y yo adentro como un condenado Estoy adentro y estoy enamorado y estoy viejo Descifro mi dolor con la poesía y el resultado es especialmente doloroso voces que anuncian: ahí vienen tus angustias

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Voces quebradas: ya pasaron tus días La poesía es la única compañera acostúmbrate a sus cuchillos que es la única Un año después del fallecimiento de su padre, Raúl sufrió una crisis psicótica que,

y con mi madre nos mudamos a Montería, la capital del departamento de Córdoba. En Cere-

inicialmente, se creía fue producida por el consumo de alucinógenos. Fue internado en el hos-

té quedaron viviendo juntos Lola, Rubén y Raúl. Para agravar su dolor, en una de sus crisis, mi

pital de Cereté y desintoxicado. En Bogotá, años antes, había pasado por una experiencia similar,

papá y abuela se separaron de él y Lola, su madre, murió en Montería, alejada de él, y se le dio

lo supimos con posterioridad. Era la segunda crisis que había tenido. Sin quererlo, a partir de aquí, comenzó a ser veterano de dos guerras, la de la lucidez y la de la locura. Las crisis aumentaron en periodicidad, y las relaciones entre Raúl y mi padre Rubén se hicieron más tensas. Raúl reclamaba de su madre mayor atención. Mis padres se separan

sepultura sin que lo supiera. Esto lo enloqueció aún más de tristeza. Nunca imaginamos que esa situación se extendería por más de 20 años. En algunos casos no sabíamos de él en meses, hasta que en un periódico de circulación nacional, anunciaba un recital de poesía suyo en una ciudad lejana. En su poema “El Dios que adora”, el tío Raúl expuso su autobiografía:

El Dios que adora Soy un Dios en mi pueblo y mi valle no porque me adoren sino porque yo lo hago porque me inclino ante quien me regala unas granadillas o una sonrisa de su heredad. O porque voy donde sus habitantes recios

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a mendigar una moneda o una camisa y me la dan


El que no entendió nunca

Fuiste un testigo indolente Ni comprendiste Ni ayudaste a la víctima Fuiste un cómplice de la perfidia y la ignorancia Tácitamente aceptaste que aquel hombre no valía la pena Cuando lo llevaban al matadero estabas cerca de él y sólo miradas de rencor le prodigaste Cuando te preguntaron si aquel amigo que aparecía en sus poemas eras tú lo negaste airado ¿Hoy que vives entre cosas cotidianas te olvidas de aquella época ilustre cuando a tus pies tuviste la poesía?

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Porque vigilo el cielo con ojos de gavilán y lo nombro en mis versos. Porque soy solo. Porque dormí siete meses en una mecedora y cinco en las aceras de una ciudad. Porque a la riqueza miro de perfil mas no con odio. Porque tengo un compadre a quien le bauticé todos los hijos y el matrimonio. Porque nací en mayo. Porque mi madre me abandonó cuando precisamente más la necesitaba. Porque cuando estoy enfermo voy al hospital de caridad Nos volvimos a encontrar en Cartagena. Yo estudiaba artes plásticas en la Escuela de Bellas Artes, hablábamos de pintura, de los grandes artistas, de la pintura surrealista y fantasmal de Leonora Carrington, de las obras de Paolo Uccello que parecían detenidas en el tiempo. Sentía gran predilección por el cristo crucificado de Matthias Grünewal que está casi putrefacto, con heridas purulentas. Raúl siempre apoyó mi trabajo pictórico. Mi educación en arte ya iba más allá de los paradigmas que inicialmente compartíamos, ahora mi interés esta-

ba con las tendencias contemporáneas. Ese era el momento de mi crecimiento como artista, y el tiempo mismo comenzaba a separarnos. La última vez que lo vi vivo fue en Bogotá; regresaba de su recuperación en Cuba. Vino temeroso de volver a las calles y no quería caer en esos estados que le resultaban insoportables, me decía que la locura era algo terrible, que hubiese querido tener una vida más normal, incluso ser querido como el poeta colombiano   Gustavo Cobo Borda. Estaba en una situación muy difícil, le hubiese gustado quedarse de

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Muros de la ciudad de Cartagena.

manera permanente en la clínica de reposo de Cuba. Allí comprendí que, a pesar de su gran tamaño y aparente fuerza física, estaba frágil como un niño. Raúl regresó a Cartagena de Indias, lo acompañé al aeropuerto El Dorado de Bogotá. En mi interior tuve la certeza de que esa despedida era la última; sabía que no nos íbamos a volver a ver. Lo vi marcharse; se volteó y, entre triste y nervioso, me dio el último saludo. Derramé unas lágrimas que rápidamente sequé mientras me llenaba de fortaleza al recordar   aquellas frases que él mismo me había dicho, a los diez años, sobre cómo debemos aceptar la partida de los seres queridos, porque eso también hace parte de la esencia de la vida.

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Tania Mendoza Robledo

Mujer de una belleza de otra parte tuviste que cruzar el océano para encontrar el amor Te nos fuiste Petulia casi para siempre y casi ninguno de nosotros se dio cuenta de lo ensimismados que estábamos con nuestras anémicas vidas para entender tu aventura de amor Mujer con una carne oscura y silenciosa Compañera Ninguno de nosotros supo retenerte Siempre estabas demasiado ausente Desde entonces te nos estabas yendo

que la ve y no se sacia de ver tanta hermosura ardiendo sobre unas miserables tablas de roble apolillado Tania Mendoza Robledo Precoz trágica de los escenarios colombianos Bruja Moría en cada noche como la flor de la coraguala y perfumaba de tristezas a todo el que tuviera la dicha terrible de contemplarla Donde esté la imagino animando algo casi modesto en apariencia algo que casi no le importe a nadie

En el lugar del escenario una trágica creciente como una luna como una droga amorosa para el ojo

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Patio de la casa donde vivió Raúl Gómez Jattin en Cereté.

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El Oso Martin Vásquez Ramírez Cuando Belkis llegue a Jerusalén y Salomón la reciba sabrá ella lo que es un rey que se disputan todas las noches seiscientas concubinas Lo que es un amante fuerte y lujurioso que la acuesta en el lecho de plumas de pájaros y la posee una y otra vez con deseo incontenible Sabrá lo que es un hebreo sano, inteligente y bueno de esos que la biblia elogia antes que aparezca el mito de Jesucristo sin cultura sin falo y sin ninguna bondad memorable conocida. (Belkis)

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Muestra más bien con disimulo el vellón de tu ombligo y entrega esas miradas borrachas y suspiros de ahogado que te matan cuando te masturbas bajo la lluvia en el patio de tu casa. (Última visita a Charleville)


A una amiga de infancia

Vienes en el viento Rosa alba de mi niñez Desde muy lejos de la Liguria a Cereté Confundida con la rosa de los vientos Ayer no más soñaba contigo y hoy te apareces tan real como las mariposas en el patio Rosalba tan presente que dan miedo su blancura la fortaleza de su risa la nostalgia de su acento su lucidez Dan miedo y dan placer Anoche cuando soñaba contigo pensaba que tienes un gran poder sobre mí El que se tiene sobre aquellas personas a quienes se ama Tú me quisiste cuando niño y eso quiere decir para siempre

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Como yerba fui y no me fumaron Hay quienes buscan pronunciarse, llegar a conclusiones, desenmascarar la vida sexual del poeta Raúl Gómez Jattin. Propongo acá que carece de valor hacerlo, siento que no es de mi incumbencia y cada vez menos de mi interés. Aun así,

en el marco de la investigación para escribir Los poemas de la fiebre, una película sobre él que se encuentra en proceso de maduración en manos de mi hermano Rubén Mendoza, la sexualidad de su persona ha sido un tema recurrente sobre el cual, por ende, hemos tenido cierta ilustración.

Besaría esa boca lentamente hasta volverla roja Y en tu sexo el milagro de una mano que baja en el momento más inesperado y como por azar lo toca con ese fervor que inspira lo sagrado No soy malvado trato de enamorarte intento ser sincero con lo enfermo que estoy y entrar en el maleficio de tu cuerpo como un río que teme al mar, pero siempre muere en él. (Casi Obsceno)

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La verdad es que no hay mucho que hurgar más que rumores y unos cuantos episodios fuertes. Nada que no sea un lugar común dentro de los paisajes sexuales de nuestra época: Raúl creció en una cultura en la que el sexo es culpa, y sufrió

Cuentan también que tuvo una relación erótica y amorosa de mediana duración, más allá de la intermitencia de sus estados de ánimo, con

Una historia de maltrato de una so-

un muchacho Mirko, en sus últimos años de deambular por Cartagena. Se sospecha de algún desengaño amoroso homosexual de cierta importancia en su juventud. Se suponen fantasías

ciedad pueblerina sumada a un desequilibrio o hipersensibilidad psíquica lo llevaron, por me-

del erotismo ambiguo de sus grandes amores femeninos: Tania Mendoza en la época del tea-

dio de lo que muchos consideran bipolaridad, a una materialización angustiosa de su vida sexual. Una historia que explota en mil historias que son rumores, en algunos casos respaldados por evidencias. Se cuenta que, en las que parecieron ser sus fases de cordura en los últimos años, era moralista y sentenciaba duramente la homosexualidad y el libertinaje. Poco tiempo después, en sus escalofriantes fases de locura, se travestía, se disfrazaba de la niña Lola, su madre, y hasta se rumora que intentó abusar

tro y Bibiana Vélez cuando comenzaba a entrar en el crepúsculo de su vida. Se morbosea con lascivia sobre sus posibles encuentros con animales. Etcétera. Lo demás fue platónico, como la veneración que, según circula en los relatos cereteanos, tuvo por un joven de ascendencia árabe y de familia adinerada: el Pocho Saker, o en Bogotá por otro llamado Iván: el diván d’Iván. “Uno de esos dientes partidos”, introdujo suspirando Alonso Mercado en una noche llena de misterio en que le preguntamos por el sexo del

de un niño. Dicen que tenía el pene pequeñito.

Oso, su hermano de viaje.

esa condena como la sufrimos todos.

El que se ha comido un burro joven sabe que per angostam viam hay más contacto y placer de entrar con ternura por donde la naturaleza aparentemente no lo espera  Pero que recibe

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En un júbilo que no le conozco a la hembra Todo ese sexo limpio y puro como el amor entre el mundo y sí mismo  Ese culear con todo lo hermosamente penetrable   Ese metérselo hasta a una mata de plátano   Lo hace a uno Gran cuelador del universo todo culeado Recordando a Walt Whitman ("Donde duerme el doble sexo”) Maritza   Que nombre tan horrible   Como su cara   Pero tenía un culo que sacaba la cara por ella Y unas tetas como papayas blanditas que no había necesidad de tocar (“Venía del mercado excitada y dispuesta”) Me restregaba el trasero en las rodillas y me dejaba que le tocara esa verguita que tienen las muchachas en la chucha   Pero no me lo daba (“Pero no me lo daba”) Cuando me sacaba hasta la última gota de semen   Pellizcaba mi cara con malicia y me decía “Vaya donde su abuela a que le limpie el culo que se cagó de la arrechera” (“Polvos cartageneros”)

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No hay más que fronteras difusas en-

mación definitiva y contundente que redondea el

tre amañes y desencuentros: un poco de todo.

caso y armoniza los ímpetus; me la reveló Carlos

Todo y Nada y, a mis ojos, prácticamente ninguna conclusión que convenga resaltar o desarrollar

Gómez, su sobrino, hijo de Rubén Gómez, hermano del poeta: Raúl era una persona mucho más

en este escrito. La única conclusión es una afir-

cariñosa, mucho más amorosa que sexual.

¿Quién fuera su propia mano para tocar la luna de nácar de su frente?  ¿Y delinear el perfecto arco de su nariz tierno como un espanto de amor?   ¿Para acariciar como él lo hace el hierbal de su pecho? ¿Para rasurarlo después de esos días de parranda? (“Después de esos días de parranda”) Arquetipo amoroso firme en la turbia edad esa manera tuya de calmarme las lágrimas De desbocar tu cuerpo contra el mío   Enloquecido como un potro en una llanura incendiada (“Ombligo de luna”) Soy de la mujer y del hombre   Me doblega una tierna virilidad   Subyuga mi corazón una feminidad fortalecida en el arte Aunque siempre he amado más al amigo (“Que ellas perdonen a Rafael Salcedo”)

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El leopardo A Martha Cabrales García Como fuerza de monte en un rincón oscuro la infancia nos acecha Así el leopardo —Martha Cristina Isabel— El leopardo que se asoma por tus ojos ha saltado derrumbando años y sobre mi niñez —de bruces— me ha derribado Sueños de un día trepando los peldaños de la eternidad: Tú venías por el sol y yo era de barro triste Tú tenías noticias del universo y yo era ignaro Los años —Martha— con su carga de piedras afiladas nos han separado Hoy te digo que creo en el pasado como punto de llegada

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La vida sexual de Raúl, la que me in-

durmiendo por las calles, pero él no lo habitaba,

cumbe, el delirio sexual al que me siento invi-

sólo lo visitaba de vez en cuando. Raúl se dejó

tado es el que sucede en su poesía. El Oso dejó de ser el humano para ser el poeta y por lo

llevar por la poesía y trasladó allí su vida. Por lo tanto la búsqueda de detalles sobre su vida

tanto la vida de su cuerpo humano se desaten-

sexual se me antoja como un esfuerzo tenden-

dió hasta que el funcionamiento de su materia fue interrumpido definitivamente por el impac-

cioso de escudriñar la coherencia, intención y definición en una oquedad. Sostengo, pues, que

to de un bus, en el año 1997. Entregar la vida

si hay alguna biografía sexual válida e impor-

para no obstruir la poesía. Me gusta pensar que Raúl había muerto ya, mucho antes de esa fecha. Su cuerpo seguía por inercia caminando y

tante sobre Raúl es el maravilloso y descarado sexo que atraviesa su poesía: todo un despertar de sentidos y de placeres.

De repente una casi invisible neblina desciende y posa su penumbra en la fronda acariciando el nudo de nuestros cuerpos con la misma dulzura lentísima con que yo mitad fuerza mitad miedo beso tu cuello y tu barba de negro cristal Está el jardín oloroso a sudor masculino a salvia de besos profundos que anhelan desatar el torrente del deseo en su cima y que fluyan las savias y descansen los cuerpos (“Erótico imaginario”)

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Con todo, cuando pienso en la persona Raúl y su diálogo con el abismo del sexo, sus intentos de transitar ese camino poseído por la manigua, surge también en mi espíritu una sensación de vértigo. Presiento las fuerzas

manipulando lo que no es ni se ve ni se intuye, restringiendo el espacio de lo concebible, disminuyendo y dibujando nuestro espectro como un vaquero arreando el ganado. Siento al Oso emborrachado por estas fuerzas y a la

mayores, fuerzas de la naturaleza, aromas de vetas del mar que existen y que entran, suti-

vez desconfiado, agradecido por sus dones de locura y poesía: cárceles que me liberan. Siento

les y contundentes, en nuestro entendimiento. Ocupan y moldean las probabilidades del ser,

al Oso Raúl resuelto en picardía frente a los misterios de lo vivo.

La cocinera hace todo  Se levanta la falda y lo trepa a uno a su pubis   Te pone las manos en las nalgas y te culea en esa ciénaga insondable de su torpe lujuria de ancha boca (“…Donde duerme el doble sexo”) Raúl: sólo desde esta distancia, en un plano fuera de la materia, se nos concedió ser amantes. En el cielo profundo de mis masturbaciones, en este

escenario de tu poesía, donde vives eternamente, para amarnos y disfrutarnos y fecundarnos y reproducirnos. Oso meloso. Corazón de mango del Sinú.

Cuando llegas a mi cielo estoy desnudo y te gustan las columnas de mis piernas para reposar en ellas  Y te asombra mi centro y su ímpetu y su flor erecta y mi caverna de Platón carnal y gnóstica por donde te escapas hacia la otra vida

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Y en ese cielo te entregas a ser lo que verdaderamente


Abuela oriental

A esa abuela ensoñada venida de Constantinopla A esa mujer malvada que me esquilmaba el pan A ese monstruo mitológico con un vientre crecido como una calabaza gigante Yo la odié en mi niñez Y sin embargo vuelve en esta noche aciaga con algo de hermosura Por algo se dice que con el tiempo uno perdona casi todo Vuelve con sus cicatrices en el alma de fugada de un harem con sus “mierda” en árabe y español Con su soledad en esos dos idiomas Y ese vago destello en su espalda de alta espiga de Siria

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eres  Agresión de besos   Colisión de espadas Jadeo que se estrella como un mar contra mi pecho Locura de tus ojos orientales alumbrando la aurora del orgasmo mientras tus manos se aferran a mi cuerpo    Y me dices lo que yo quiero y respiras tan hondo como si estuvieras naciendo o muriendo Mientras nuestros ríos de semen crecen y nuestra carne tiembla y engatilla su placer hacia el disparo final en la Vía Láctea (“El disparo final en la Vía Láctea”)

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Sara Ortega de Petro sostiene un retrato de su juventud, en su casa de Cereté.

El Raúl de mis recuerdos Dora Berdugo

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Raúl Gómez Jattin, con todo el conjunto de contradicción que rodea su vida, se ha convertido en un nombre obligado dentro de la literatura colombiana. Muchos se reconocen sus amigos o parientes después de muerto, pero tal vez por esa apariencia feroz que tuvo cuando lo visitaba la locura, prefirieron estar lejos de él, ya que no a pocos agredió de distinta forma. Raúl era un hombre realmente grande, medía como 1.83 metros, tenía una cabeza enorme, su mirada era profunda con un dejo de tristeza y nostalgia, su barba le ayudaba a ocultar el

deterioro de sus dientes. Tenía brazos gruesos y fuertes, manos grandes pero delicadas. Pies grandes y llenos de callos por las largas caminatas descalzo cuando estaba enfermo; por ellos sufría mucho, al punto que un día, por el dolor de pies, llegó tarde a un recital que tenía en la biblioteca Bartolomé Calvo del Banco de la República. Tras esperarlo largas horas, apareció majestuoso y sonriente con los pies descalzos y elegantemente vestido, diciendo: “disculpen mi tardanza, no crean que vine con los pies descalzos para imitar a Gonzalo Arango, lo hice porque el dolor de


Sara Ortega de Petro

Tallada en una carne alada oscura y firme llegó mi hermana Sara desde lejos del mundo a mis años de asma y juegos de escondidas a encenderme con su atávica África iluminándole la piel y alborotando recia la mansedumbre del patio solariego Llegó con unos inmensos zapatos de charol fucsia y un traje de colores deslumbrantes que acentuaban su delgadez de cobre Esa mujer con la hermosura de una reina de Dahomey y la delicadeza que perfiló mi madre con dulzura Esa Sara Ortega de Petro la que hoy es mi comadre tres veces la que cuando muero de soledad o de locura acude a verme con un tazón de sopa y todo su cariño Aún hoy tengo tanto de ella en mí como de las mariposas La lluvia y los primerizos mameyes del invierno

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mis callos no me deja usar calzado, pero una vez que comience la lectura este tema quedará olvidado”. Los asistentes nos quedamos contentos,

había valido la pena esperarlo. Hubo aplausos, se le pidió uno y otro poema y, como de costumbre, actuó como ese dios que se adora:

Soy un dios en mi pueblo y mi valle no porque me adoren sino porque yo lo hago, porque me inclino ante quien me regala unas granadillas o una sonrisa de su heredad Conocí a Raúl Gómez Jattin en 1989, un mediodía en una cafetería que se encuentra en esquina con la calle de la Universidad de Cartagena y la calle del Sargento Mayor, llamada “Las Malvinas”, mientras esperaba para hablar de literatura a dos amigos que teníamos en común: Franklin Arroyo y Jaime Díaz Quintero. Raúl se apareció con su voz de ultratumba, sacó una silla de enfrente de la mesa donde estaba yo sentada, y me preguntó si podía acompañarme. En ese instante pensé: ¿Para qué pide permiso si ya está ahí? Me invitó una gaseosa y no la acepté. Me soltó su risa infernal en la cara y me dijo: “En todo caso el despreciado no soy yo, sino la gaseosa”. Fue un momento de tensión. Con mis gestos y respuestas monosilábicas pensé que le quedaría claro que no quería su compañía y que tendría que marcharse cuando llegaran mis amigos. Me contó que

era escritor, tenía cinco libros, y que precisamente estaba por encontrarse con un amigo para ultimar el lanzamiento de su quinto libro titulado Los hijos del tiempo. Pensé: “quién sabe qué tipo de tonterías escribirá este dichoso ‘poeta’”. Tal parece que Raúl desfrutó incomodarme. Me preguntó qué hacía allí: lo mismo que usted, espero a unos amigos, para conversar, contesté. En ese instante aparecieron mis amigos y, ¡oh sorpresa!, Raúl esperaba también a Franklin. Relajada, ellos me comentaron quién era Raúl, vi que el libro estaba prologado por Rómulo Bustos, que la portada era de Bibiana Vélez, y comencé a pensar que debía leerlo. Me invitó a la presentación y le prometí asistir. Me dijo: “Tú vas a ser mi amiga aunque no lo quieras”, frase que lejos de gustarme o sorprenderme me causó el más profundo fastidio: ¿Y este

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La amiga traída por la música

¿Por qué andará Beatriz siempre detrás de su guitarra? Ella escudada yo alelado escuchándola como el pájaro libre oye el reclamo del cantor ¿Por qué andará Beatriz cantando mis poemas? y yo queriéndola como se quiere de entrevero como se quiere uno cuando alguien ama algo de uno ¿Por qué Beatriz y su voz y sus canciones no cabrán íntegras dentro de mí para salvarlas aún de su propio peligro de ser ellas mismas?

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tipo qué se cree? Me quiere imponer su amistad a la brava, no está ni tibio. De allí en adelante a Raúl lo vi en todas partes y sentí curiosidad por su obra. En la biblioteca Bartolomé Calvo encontré sus libros:

ellos. Por eso el hijo del peor de los criminales tiene el derecho de llorar a su padre si este fue cariñoso con él. Soy consciente de que Raúl, como dice su poema, “No era bueno de una manera conocida”. Pero independientemente de la

El libro de poemas y el Tríptico cereteano. Los leí y quedé impactada: me gustó el sentido trágico,

imagen social que proyectara el Loco, él no llegó a la poesía por estar enfermo ni fue un privile-

su narración y la descripción de los contextos. La relación poema-poeta. Encontré que esos versos

gio para él quedar en la calle; a él le tocó y la vivió, simplemente. Este Raúl que yo recuerdo

estaban escritos para ser representados. Raúl era exitoso en sus recitales, conmovía a su público:

no es el mismo del que especulan los que sólo conocieron su poesía, o de aquellos que lo tra-

entraba en su escenario como el actor que era e interpretaba el papel del poeta estrella. Después del lanzamiento de Los hijos del tiempo, Raúl cumplió su promesa de ser mi amigo. Se paraba frente a la entrada de la Universidad de Cartagena, me saludaba con cariño, me regalaba cuanto texto publicaban sobre él. Cuando iba a verme con mis amigos, me agarraba de la mano y me pedía que lo acompañara a tomar un café y así, poco a poco, se metió en mis afectos, al punto de que hoy, diecinueve

taron en sólo un tramo de su vida, sino el del hombre cariñoso que me jugó una broma el día que lo vi por primera vez, y después no hizo sino brindarme su mejor lado. Con él no tengo quejas ni resentimientos, aunque reconozco que era violento cuando estaba enfermo; conmigo no lo fue. Aun en el período más largo que estuvo sin tratamiento médico y en la calle; me reconocía: “Estoy así de flaco gracias a una estricta dieta de chitos con Kola Román”. Raúl, en el taller de literatura que con

años después de su muerte, lo recuerdo y es inevitable que por mis ojos rueden lágrimas.

él hice durante varios años, me mostró otra cara de la poesía de Luis Carlos López; a quien ad-

Siempre he creído que hasta el sicario merece su duelo, y que todos los humanos re-

miraba profundamente, lo veía como un poeta mayor y no como el común de la gente que cree

presentan al otro tal como fue su relación con

que el Tuerto solo escribía cosas chistosas sobre


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personajes de Cartagena. A través de su padre Joaquín Pablo Gómez Reinero conoció el valor de este escritor que fue amigo de su tío, el caricaturista Raúl Gómez Reinero, de quien acotaba: no era tuerto sino bizco.

cía: “Los poetas nos vengamos con los poemas, pero no siempre lo hacemos contra una persona en especial, sino contra toda la sociedad”. Raúl se decía defensor de la clase media porque ésta representaba el equilibrio, ya que al

Por otra parte, Raúl fue un anticomunista, influenciado por la sociedad griega clásica.

tener resuelto lo básico, para no desear y tener que vivir en función de la supervivencia, y no te-

Se veía a sí mismo como un aristócrata que se ocupaba de cosas excelsas ligadas a la estética,

ner de sobra, para dedicar su vida a tener que seguir almacenando y cuidando lo conseguido para

por lo cual su visión del teatro no buscaba representar la igualdad social, despreciar las riquezas

no perderlo, se podía ocupar de pensar, crear y hacer aportes en todas las áreas del conocimien-

y a los ricos, como era común en el gremio. De-

to. En sus conversaciones me decía:

Los pobres son demasiado necesitados para dedicarse a lo creativo, en ellos la creación debe ir ligada a conseguir el día a día; y los ricos tienen tanto apego a su dinero que, si la poesía no es una inversión, tarde o temprano la abandonarán. Sólo la clase media bien orientada es suficientemente creativa y tiene todo para seguir allí. Sobre el siguiente poema: El que no entendió nunca Fuiste un testigo indolente Ni comprendiste Ni ayudaste a la víctima. Fuiste un cómplice de la perfidia y la ignorancia Tácitamente aceptaste Que aquel hombre no valía la pena

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Cuando lo llevaban al matadero Estabas cerca de él Y sólo miradas de rencor le prodigaste. Cuando te preguntaron Si aquel amigo que aparecía en sus poemas eras tú Lo negaste airado. Hoy que vives entre cosas cotidianas, ¿Te olvidas de aquella época ilustre Cuando a tus pies tuviste la poesía? Nunca le creí que fuera escrito sin tener en cuenta a un ser en particular. Creo que se trata de una amistad rota, y no una crítica frontal contra una clase de seres humanos que, por apego al dinero, olvidan a los amigos cuando caen en desgracia. En Cartagena, Raúl tenía amigos adinerados que siempre le socorrieron, como el escritor Ricardo Vélez Pareja. En alguna ocasión yo fui con Ricardo para pedirle ayuda para su medicación, porque él sabía que, de no tomarla, le sobrevendría la locura, y Ricardo, sin ningún miramiento, se despojó de toda ocupación y salió

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Raúl siempre me procuró. Nunca me admitió un no por respuesta, así que si decidía que debía cuidar de mí lo hacía por encima de mi voluntad. Me acompañaba a tomar el bus cuando yo quería quedarme a tomar cerveza en el parque de San Diego con mis amigos.

a conseguirla. Pero ya era demasiado tarde, Raúl había suspendido hacía tiempo sus medicinas, la

Él dormía temprano, las 10 era su hora límite; si me veía, me agarraba del brazo y me decía: “Dora, a esta hora una niña decente no está en la calle y menos tomando trago”, y yo sin oponerme, me iba resignada a dormir, ante la risa de mis amigos que intentaban esconderme; pero él tenía ojos de gavilán y me veía de lejos.

locura le llegó ante nuestros ojos. Lo único que se pudo hacer fue internarlo en el psiquiátrico.

Raúl se ocupaba de que yo merendara en la universidad, porque a su juicio era dema-


Tres en una Para Catalina Chadid Va Catalina Viene Catalina Llegó Catalina Junto a mi pecho como un gorrión Como una hermana una abuela o una amiga Su melena calienta mi corazón No quiero que se vaya Si es tan tierna Si parece que tuviera en vez de huesos plumas En vez de voz puro aliento En vez de amistad un pleno amor Catalina vale un millón de besos en poemas Catalina es un corazón de viento y el viento quisiera serlo yo

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siado delgada. Me invitaba a comer diariamente cuando estaba sano, dos quibbes con dos avenas. A eso de las 8:45 de la mañana llegaba a la puerta de mi salón de clase, y yo tenía que salir porque no se quitaba de allí. Los profeso-

se preocupe, después se pone al día”. Me regalaba flores, dulces, dibujos y

porque vive, como él, la marginalidad; robar, decía, es más digno que pedir, y quien se dedica a este oficio es un trabajador porque se busca la vida. Por ser maestro de Historia en el Colegio Marceliano Polo de Cereté, lugar donde vivió gran parte de su vida, tenía mucha información en su cabeza; amaba la mitología, era un contador de historias que le salían en

libros. Cantaba algunas veces mientras conversábamos. Tenía un gusto especial por la can-

versos, por ello, un día después de mucho reflexionar, escribió su libro Los hijos del tiem-

ción “Mediterráneo”, de Serrat; me comentaba que eran amigos, y que lo admiraba mucho. Yo pensaba que era una ocurrencia, pero tuve la certeza del aprecio que este artista sentía por él cuando leí en el libro de José de Ory, que Joan Manuel Serrat no sólo lo reconocía sino que también lo consideraba su amigo.

po con el cual pretendió demostrar que era un hombre de una cultura universal, que conocía

res, como temían que se pusiera agresivo, me decían: “Váyase que ya la vinieron a buscar, no

Raúl tenía un especial aprecio por el trabajo, aunque este no fuera muy santo. Cuando fue habitante de la calle, no mendigaba, sino que exigía prácticamente que le dieran dinero a manera de chantaje o un atraco disimulado. Debido a su apariencia agresiva, y por temor a su reacción, la gente le daba dinero. Él considera al ladrón un “hermano”

la historia y el mito, pero que también le parecían dignas de trascender las vidas de los amerindios como Moctezuma, el Cacique Zenú, y la de él con sus padres. En su poema, “Lola Jattin”, recrea ese ciclo de los personajes, míticos e históricos, con él mismo como el último de los hijos del tiempo. Porque Raúl sabía que por su obra sería parte de la historia de la literatura colombiana, pero por la forma como llevó su vida sería un mito y, como decía Efraim Medina Reyes, “Nosotros sus amigos, los que hemos vivido con él este tiempo, somos los encargados de crear y fortalecer ese mito”.

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Lola Jattin Más allá de la noche que titila en la infancia. Más allá incluso de mi primer recuerdo está Lola -mi madre- frente a un escaparate empolvándose el rostro y arreglándose el pelo Tiene ya treinta años de ser hermosa y fuerte y está enamorada de Joaquín Pablo -mi viejo-. No sabe que en su vientre me oculto para cuando necesite su fuerte vida la fuerza de la mía Más allá de estas lágrimas que corren en mi cara de su dolor inmenso como una puñalada está Lola –la muerta– aún vibrante y viva sentada en un balcón mirando los luceros cuando la brisa de la ciénaga le desarregla el pelo y ella se lo vuelve a peinar con algo de pereza y placer concertados Más allá de este instante que pasó y que no vuelve estoy oculto yo en el fluir de un tiempo que me lleva muy lejos y que ahora presiento Más allá de este verso que me mata en secreto está la vejez –la muerte– el tiempo inacabable cuando los dos recuerdos: el de mi madre y el mío

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sean sólo un recuerdo solo: este verso


Pueblerinos Es Raúl Gómez Jattin todos sus amigos y es Raúl Gómez ninguno cuando pasa cuando pasa todos son todos nadie soy yo, nadie soy yo por qué querrá esa gente mi persona si Raúl no es nadie, pienso yo Si es mi vida una reunión de ellos que pasan por su centro y se llevan mi dolor será porque los amo porque está repartido en ellos mi corazón así vive en ellos Raúl Gómez llorando, riendo y en veces sonriendo siendo ellos y siendo a veces también yo

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De sus libros tuvo afecto por El esplendor de la mariposa, lo consideraba el más sintético y un paso a lo espiritual. Le dolió mucho que la crítica dijera que era un texto de decadencia. El libro de Poemas, por ser el primero, lo veía como

En suma, el Raúl de mis recuerdos es ese amigo que me acompañó a estudiar, quién me brindó su afecto y cuidados en medio de la locura, quien me brindó lo mejor de sí, en vida. El mismo que siguió presente

un ejercicio introductorio al libro que le consagró: El tríptico cereteano. Le quedó un libro completo

en mi vida, aún después de su muerte; con quien he seguido conversando desde la me-

sin publicar llamado Los pájaros del verano (aún inédito). Este libro también tiene poemas breves,

moria y los sueños, tal como lo podía hacer el cacique Zenú con don Tomás de la Cruz

muy cercanos a la síntesis que estaba buscando, y también un poema extenso, pero incompleto, que

Gómez, en su poema “El cacique Zenú”. Como aquél, también deseo que Raúl pueda olvidar

explica su relación con la locura y los sanatorios.

lo que sufrió:

El cacique Zenú Llegaron los Gómez Fernández Morales y Torralbo con ese Cristo muerto y amenazante e incomprensible a cambiarnos la vida las costumbres y la muerte ¿Les iría tan mal en la tierra española que cruzaron el mar en sus canoas de vela a venirse a vivir para siempre con nosotros? A mi parecer son agradables y buenos pero su Semana Santa es nuestra época florida y si quieren rezar que lo hagan pero que no quieran impedirnos que vayamos hasta la ciénaga a buscar la icotea la babilla y el pájaro chavarrí Me gustan sobre todo los Gómez y los Torralbo y entre ellos don Tomás de la Cruz Gómez

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que aunque era canónigo sabía hablar y reír Sabía de todo y mucho y no se metía en mis creencias Desde que lo mataron por revolucionario –el ejército español– y colocaron su cabeza en una jaula de hierro a la orilla del río no he hablado con nadie tan íntimamente como con él Ojalá que su dios se haya acordado de su alma Por mi parte yo he rogado a los míos para que cuiden a don Tomás y lo hagan olvidar lo que sufrió Raúl: el poeta histórico y el hombre mito que quería ser recordado sólo por su poesía y por su capacidad de amar su arte, por su teoría estética, llamada por él Sentidismo, y no por la forma en que llevó su exis-

tencia al no poder encajar en un mundo que le impidió amar su propia vida; tal como lo expresó en sus poemas “Me defiendo” y “Conjuro” que transcribo a continuación, a manera de conclusión.

Me defiendo Antes de devorarle su entraña pensativa Antes de ofenderlo de gesto y palabra Antes de derribarlo Valorad al loco Su indiscutible propensión a la poesía Su árbol que le crece por la boca con raíces enredadas en el cielo. Él nos representa ante el mundo con su sensibilidad dolorosa como un parto

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Quizá el último vuelo

Semeja un pedazo de cielo desgajado atravesando el cielo impulsado por la honda del dios de los pájaros Pájaro borracho de nísperos y de sol Pájaro fugitivo de los venenos industriales No cantas pero vuelas más que el viento Azulejo Pájaro azul y gris violeta escondido en la afinidad del color del infinito Y su nostalgia

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Conjuro Los habitantes de mi aldea dicen que soy un hombre despreciable y peligroso Y no andan muy equivocados Despreciable y Peligroso Eso ha hecho de mí la poesía y el amor Señores habitantes Tranquilos que sólo a mí suelo hacer daño

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El viaje de Raúl Nanado Rodríguez

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En junio de 1975, dos meses después de cumplir veintidós años, y los seis últimos laborando juicioso en ascenso como técnico operario de la

necer esclavo en un trabajo por un tiempo indefinido hasta morir esperanzado en una pensión. En cambio, perseguí el relanti de vidas futuras

electrificadora regional, tomé la repentina decisión de renunciar a mi primer trabajo estable.

que idealizaba en mi mente. Fue en el mes de noviembre, cuando

Mis parientes me criticaron de inconsecuente y flojo por romper el seguro paradigma de perma-

yo no encontraba otro trabajo bien remunerado que conocí a me econtré, tras dos años de no


El suicida

Airoso en su galope levantó la mano armada hasta su sien y disparó: suave derrumbe del caballo al suelo Doblado sobre un muslo cayó y sin un solo gemido se fue a galopar a las praderas del cielo

verlo, a Raúl acompañado deToño. En un respiro de la lucha contra el viento y mi hambre los vi y ellos me vieron. Se burlaron de mi pelea elemental. Luego, en la comilona de arroz con lisa que me invitaron, me confesaron que en realidad venían por mí para que me vinculara a un proyecto teatral en Cereté. Ellos permanecieron en Barranquilla tres días sin apartarse de mi lado, compartiendo detalles del proyecto. Yo no los conocía mucho, pero me caían bien. Dos años antes había conociado a Toño, hijo del gerente de la sucursal eléctrica donde yo trabajaba, un día en que él buscaba un electricista para la obra teatral de un amigo, Raúl. Para Las muñecas de Juana no tienen ojos, requerían de una bateria de reflectores. Raúl había sido contratado por el Club de las Damas Grises de la Cruz Roja en Montería, para que con ellas montara la obra. Las bellas damas grises estuvieron soberbias actuando por primera vez en la vida. La sociedad pudiente se entretuvo. Raúl recibió un buen billete por su trabajo, y de igual manera compensó el mío. Aunque Toño y Raúl me trataron muy bien desde que nos conocimos, mi condición de pobre obrero marginado me prejuiciaba de que era utilizado por estos niños “bien” con ínfulas de

Robin Hood. Pero bien pronto comprendí que no tenían esa pose falsa y politiquera. Tras ese proyecto, seguimos trabajando en Cereté montar la obra El cruce sobre el Niágara, ahora sin Toño y el Coca Ramos que me ayudasen a subir en los hombros de Raúl, quien insistía en practicar transitando una invisible cuerda templada sobre la peligrosa catarata, llevándome a horcajadas. Mi sobrepeso le doblegaba la masa muscular fofa, sin tonificación de ejercicio, provocando que más de una vez casi me partiera el cuello al tratar de salvar la caída. En el descanso del mediodía, junto con el almuerzo que traía la muchacha ayudante de doña Lola Jattin, vino el doctor Joaquín Gómez Reynero trayendo golosinas que le gustaban mucho, y así él se mantenía chupando confite. La anécdota que quiero contar comenzó un día que sin ningún preámbulo, Raúl me obsequió un libro de su biblioteca con las aventuras de Tom Sawyer y Huck Finn, cuya lectura posterior aclararía alguna de mis preguntas sobre la homogeneidad de la especie. Me alegró mucho conocer que Tom y Huck, en la orilla del Misisipi, jugaban a las mismas vainas que yo en el Sinú cuando niño. Tras el delicioso almuerzo preparado con ingredientes nativos y la sazón

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siria de Lola Jattin, padre e hijo Gómez hablaron de vender parte de Mozambique para financiar la empresa artística de Raúl. Sin ponerse de acuerdo, el doctor Reynero proponía abrir una nueva calle partiendo en dos la casa finca, pasando por

me percaté de su satisfacción al preferir, a su retorno a Colombia, visitar primero a Raúl en Cereté, antes de subir a su residencia en Bogotá. Además, Miguel le ofreció a Raúl sus ahorros obtenidos del trabajo en Estados Unidos.

encima del rancho donde se discutía el asunto, y ofrecer en venta varios lotes. En cambio, Raúl

Esa tarde buscamos en las casas ricas de Cereté una donde cambiar uno de los travel

sostenía que no era necesario vender toda el área, con vender un solo lote sobre la vieja calle

checking donados por Miguel. La inocente transacción económica tomó apariencia de escánda-

era suficiente dinero para el proyecto. Guardaron silencio mientras chupábamos confite; jus-

lo, pues se especulaba que estábamos metidos en tráfico internacional. Raúl, en cambio, chis-

to en ese instante vi que entró un desconocido a Mozambique. ¡Hey, Raúl, viene alguien! Raúl miró y de inmediato se levantó con toda la carga de cariño, y abrazó al recién llegado quien fue presentado con aparatosa pompa: “Les presento a mi querido amigo, Miguel Durán Guzmán”. El doctor Reynero se marchó disculpándose por no participar de la parranda que enseguida armamos. Raúl y Miguel no se veían desde los años universitarios. Entre vino y marihuana, escuché sus anécdotas de correrías teatrales, haciendo

porroteaba disfrutando el equívoco mal fundado. Pasada la medianoche, la parranda se redujo a los tres, el resto se habían marchado jinchos de alcohol y marihuana. De improviso, Raúl se irguió de la hamaca y expresó que ya sabía el rumbo a seguir; entonces, con el bareto en una mano y en la otra una botella de vino, brindó por el éxito de su idea que consistía en aplazar por unos días el proyecto teatral mientras organizábamos una fiesta de bienvenida a Miguel. Discutimos el sitio de la fiesta, proponiendo Toño a

de paso un análisis profundo del arte que yo apenas empezaba a conocer. Miguel contó su

Mozambique, pero Raúl escogió la casa finca del Coca Ramos en la vereda “El Totumo”, de difícil

experiencia de cuatro años en Washington donde trabajó de agregado cultural en la embajada

acceso por un camino terronoso en verano, pero con unos grandes árboles decenarios sin par.

colombiana, y sin que él sacara pecho por ello

Miguel sonrió feliz siguiendo la corriente.


Ante un espejo oscuro

Como una corriente quieta manchada de petróleo que iridisa y apaga una imagen que no reconozco Ante un espejo oscuro aun soy un hombre joven Esos no son mis ojos Son demasiado bellos para ser los míos No tengo esos fulgores ni esas pestañas iluminadas de adolescencia No aparece mi prematura calva Ni el abotagamiento inicial de mis duros cuarenta años vividos entre la soledad y la locura Mi boca destruida en su tierna intimidad no acusa el daño La nariz y la barbilla muestran un equilibrio que nunca han mantenido Con cierta sombra apolínea Ese espejo tiene algo de alcahuete de la vida De generoso prostituto que me regala una maldad

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Con esta sinergia cuajamos la idea y el día tal, a las cuatro de la tarde, cada quien mostró los resultados de su responsabilidad con la fiesta “Homenaje al árbol”, como decía la tarjeta de invitación. La casa finca del Coca Ramos bri-

el festejo alarmaron a los moralistas que no fueron invitados, se decía que varias chicas lindas de Montería y Cereté bailaron en bola mientras Raúl leía poemas de Cavafis. Que sólo se veían parejas culiando abrazadas a los árboles. Un

llaba con sencillez de concurso, el piso de tierra barrido a conciencia, sin dejar una sola hormi-

poco huyendo del barullo que le producía risa, pero quizás pensando en padre y madre, Raúl

guita, fue ocupado por una docena de taburetes prestados de los vecinos. Sentí el gran cariño

nos propuso que realizáramos un viaje remontando el río Sinú en canoa.

con el que nos recibieron los generosos propietarios, escudados, defendidos y alimentados por

Aceptamos con gusto, alejándonos del escándalo. Con apenas lo puesto, los cuatro pa-

inmensos árboles frutales de mango, mamey, caimito, guama, zapote, níspero, árbol del pan y otros tantos gigantes vivos. En un rincón del patio, el Coca dirigió la fritanga de un puerco cortado en pedacitos. Raúl, Toño y Miguel recibieron a los invitados. Yo atendía el bar y, según lo convenido, entregué lo que pidieran a quien mostrase la tarjeta de invitación. En la práctica, vi que no era imprescindible y cuando se inició el recital abandoné el puesto, vinculándome a la parranda. Ahí quedaron al alcance de todos

recíamos estar bien así, ligeros de equipaje. En Montería abordamos un bus que subió ochenta kilómetros por una carretera desconchada, paralela al río hasta Tierralta, el último pueblo subiendo el Sinú. Allí compramos víveres y menaje suficiente para sobrevivir diez personas, dos meses, en la selva. Ocho horas de navegación, arriba de Tierralta y a media del cañón de Urra, nos detuvo un retén militar; enterados de nuestro propósito, nos advirtieron que más arriba sucedían combates entre el ejército y la guerri-

la libra de marihuana, las doscientas cuarenta botellas de cerveza, los cincuenta paquetes de

lla, que mejor acampáramos por ahí cerquita. El motorista de la canoa nos condujo a la parcela

Lucky cinco letras, la salsa del picó, los cincuenta litros de vino, las treinta garrafas de aguar-

de Manuel, donde nos recibieron siete niños, cinco perros y dos adultos amables, sonrientes

diente y el choncho frito. Los comentarios sobre

y agradecidos de atender a otro ser humano.

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Sin cerrar los ojos me encomendé a quien yo sé,

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de selva, guiados por nuestro amable anfitrión

y pasamos atentos la peligrosa piedra, ayudado

quien llevaba diez años civilizando la jungla que se resistía al machete. En el desayuno del sexto

por Toño empujando con la palanca. El encharcamiento de Tierralta nos

día, Raúl le pidió a Manuel que nos ayudara a

obligó a usar impulso de remo y palanca, esta

cortar unos troncos de balsa para fabricar una embarcación; también nos ayudaron sus hijos y

lentitud caló mal en el ánimo del combo y, al mediodía que atracamos para almorzar, acordamos

el burro de la familia, cortando y acarreando los

descansar el resto del día y mejor navegar de

troncos de balsa, los cuales dejamos al sol varios días. Diez días después aún tenían peso de savia, pero se dejaron labrar facilitando la manufactura

noche aprovechando el ciclo de luna creciente. Toño y Miguel se entusiasmaron viéndome feliz, saltando de rama a rama, y decidieron subir el

de una soberbia balsa. La partida, una madrugada con poco ruido, fue sentida por Otilia, quien dejó escapar una lágrima, quizás conmovida de

magnífico frutal. Tal como ocurre lo inesperado, de repente se partió la rama de Miguel quien cayó de espalda con alarmante estrépito sobre

agradecimiento por la munificencia de Miguel y Raúl quienes le regalaron dinero y el resto de los víveres; ella nos compensó guisando dos gallinas

la tierra dura. Raúl brincó a socorrerlo, pero Miguel hizo un ademán con la mano que pedía esperar a que se le pasara el dolor. Al cabo de un

que nos sirvieron de almuerzo y cena, envueltas en zarape de bijao. Manuel no dejó de advertirme que estuviera pendiente de la piedra El Toro, una peligrosa piedra de granito vivo como

largo rato de suspiros y ayes, levantó el tronco y pudimos ver la espalda lacerada de moretones. Raúl insistió en emprender viaje de inmediato y buscar un médico; Toño sugirió buscar una

colmillo filoso que sobresale unos cinco metros del río. Yo iba advertido, como timonel, de que

casa vecina: “Quizás encontremos alcohol o alguna crema refrescante”, concluyó, con la apro-

debía orillar a la margen derecha, poco profunda y fácil de surcar. Cuando vi la piedra de frente

bación de Miguel quien se levantó rengueando, y nos dirigimos hacia un rancho visible a más de

sentí temor de responder por la vida de cuatro personas en mi debut como timonel de balsa.

medio kilómetro. Los habitantes; nos recibieron amables y sonrientes revisaron de pies a cabeza


Veneno de serpiente cascabel

Es imposible evitar que te manden otra vez a la guerra Porque si mañana te espanto padre de todas maneras hará prenderte por José Manuel el indio Así que prepárate a jugarle sucio a tu contendor Pues le robé al indio un veneno de serpiente cascabel para untarlo en las espuelas de carey

Gallo de ónix y oros y marfiles rutilantes quédate en tu ramaje con tus putas mujeres Hazte el perdido El robado Hazte el loco Anoche le oí a mi padre llegó tu hora Mañana afílame la tijera para motilar al talisayo Me ofrecieron una pelea para él en Valledupar Levántate temprano y atrápalo a la hora del alimento Dijo mi padre Talisayo campeón en tres encuentros difíciles He rogado y llorado que te dejen para siempre como padre gallo Pero a mi viejo ya le dieron el dinero y me compró un juego de dominó para engañarme

En medio del tumulto y la música de acordeones me haré el pendejo ante los jueces que siempre me han creído un niño inocente y te untaré el maranguango letal Es infalible como el mismo diablo Voy a apostar toda mi alcancía a nuestra victoria Con lo ganado construiré un disfraz de carnaval y lo adornaré con tus mejores plumas

Pero ya estás cantándole a la oscuridad para que se vaya Te contestaron tus vecinos Y mi padre está sonando sus chancletas en el baño

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nuestra indumentaria, sin poder descifrar si se

Jartos y saludables, con nuevo brío,

admiraban o se burlaban. Tan pronto Toño les

reiniciamos el descenso. Según calculó Tina,

informó del percance de Miguel, a los gritos llamaron a la vieja Tina quien revolvía una olla en

parecía medianoche cuando pasamos frente al malecón del mercado público en Montería. La

la cocina. Esta venerable señora, sin edad defini-

noche de plenilunio trajo un especial aire en-

da, en verdad parecía una bruja con su cara de piel enjuta cubierta por una finísima malla

volvente que respiraba junto al humo de marihuana y, poco a poco, me arrastró a un estado

de mil arrugas, sus ojillos inquietos metidos en

de ensoñación, sin tiempo ni orillas, hasta que

el fondo de las cuencas, y esa habilidad arcaica de fumar una calilla con la lumbre dentro de la boca desdentada. Sin dejar de fumar, pasando

encallamos en Isla Blanca. La luna llena parecío estampillada, con su borde en el fondo liso y oscuro del firmamen-

con la lengua el tabaco prendido de comisura a comisura, la vieja Tina, muy seria, examinó la espalda de Miguel, luego escupió severo saliva-

to; sin otra estrella, sin otra luz a la vista iluminando la escena. En la superficie de la corriente del río con visajes de plata, replicaba su imagen

zo gris al piso diciendo ya vengo. Al cabo de un rato reapareció trayendo en sus manos un cuenco de totumo lleno de estiércol fresco, le ordenó

ondulante acompañando a la balsa. Raúl, exultante, iba sentado en la proa recitando versos. Cuando terminó, Miguel propuso un sketch de

a Miguel que doblara el tronco sobre una mesa y embadurnó la espalda con una gruesa capa de mierda fresca de vaca. Luego la curandera le advirtió al paciente que permaneciera mínimo una

Shakespeare que actuó con Raúl. Entre nuestros aplausos se tiraron muertos de risa sobre la balsa. Sentado en la popa seguía con el timón de la balsa y me pareció ver que se aproximaba una

hora en esa posición que bien soportó Miguel entre bromas y cigarrillos. Transcurrido el tiem-

curva, puse un ojo allá y otro acá festejando con mis amigos, pero justo en la cerrada curva no

po previsto, la espalda de Miguel lucía sana por arte de magia. Tina no quiso recibir un peso

pude gobernar el timón y la fuerza líquida botó la embarcación hacia una punta de playa donde

por la cura y, como Raúl le propuso, nos vendió una pava gorda que ella misma guisó.

encallamos. Me bajé con el agua a los tobillos, creyendo empujarla de nuevo al canal cuando

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El que supo medir sus propias distancias

Parece una estatua de arena en pleno pleamar y no se derrumba Será porque es de llanto leve y emociones de certeza O porque desde niño oyó cantar a la sirena Parece un delicado pez de iris y de escamas tendido en la ribera y no se ahoga Será porque supo que el amor es el peor enemigo del amor O porque escribió en largas noches palabra tras palabra Y luego no les concedió demasiada importancia

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vi que Raúl desapareció. A poco volvió parado en el barranco, sugiriendo descansar hasta el amanecer. Nos acostamos bocarriba en la playa inhalando la luz de la luna. Raúl miraba el norte; Miguel, a mi izquierda, miraba el este, y Toño miraba el oeste, diseñando con nuestros cuerpos la rosa de los vientos. En esa posición esotérica predicamos una oración que, según me explicó Raúl, era un conjuro de sanidad espiritual. Subí al barranco buscando a Toño y Raúl quienes retornaban con sendas ollas en las manos, les ayude a traer las viandas calientes repletas de yuca, bollo dulce, ñame, plátano maduro, queso, suero, ajonjolí salado y café con leche. Luego de reposar la comilona y fumar el primer bareto del día, alzamos los víveres de la balsa y los llevamos a la casa campesina donde Raúl había negociado con Ana Rosa, la matrona, la comida de los tres días que pensábamos pasar en Isla Blanca. El día señalado para seguir nuestro viaje, Ana Rosa nos trajo el desayuno; luego fumamos

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esperando a Toño, reclinados bajo la sombra del barranco. La suave brisa movía una que otra hojita. Poco a poco calentó el sol delineando la sombra del barranco en la playa, pero por encima de dicha sombra fija se movieron otras sombras con voces groseras gritando “¡Quietos hijueputas!, ¡no se muevan!”. Todos nos quedamos quietos. Cómo me iba mover, aterrado viendo a los policías bajar a la playa, armados, apuntándonos con fusiles de guerra. Ninguno de los tres puso resistencia; sin embargo, a punta de empellones los policías, sordos a las protestas, nos obligaron a caminar hasta los vehículos estacionados dos puertas de golpe antes de la casa de Ana Rosa. Eran dos camperos japoneses ocupados por los doce policías sentados, y nosotros esposados y tirados en el piso. Con cipote, aparato propio de película mala, nos condujeron a la estación central de policía en Montería donde nos encerraron en una oficina sin muebles ni ventanas, con una puerta que


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sólo abría desde el pasillo; dando oportunidad

gestión de un abogado, excondiscípulo y amigo

esa mañana de ser objeto de curiosidad para

de Raúl en la universidad. Cuando le pregunta-

todos los oficinistas del edificio policial, quienes abrían la puerta, miraban, y luego se iban.

mos a nuestro libertador sobre los cargos que le tocó litigar en nuestra defensa, este buen hom-

Pasado mediodía entró un policía con voz de

bre se cagó de la risa diciendo que todo el opera-

mando, seguido de una patota, ordenando que saliéramos. Como yo no entendí su hipocresía

tivo, mal fundado por la policía, estuvo plagado de errores desde el instante que atendieron el

y me levanté del piso diciendo ingenuo “¡Sí, li-

anónimo que nos acusó de guerrilleros.

bres!”, el policía me zampó una patada que no pude esquivar; en silencio me sobé mientras Miguel, blanco de ira, le protestó al atarbán

Como siempre lo hacía, Raúl evitó cualquier preocupación del asunto ya resuelto por el abogado. Sin embargo soltó su carcaja-

porque me dijo “negro hijueputa”. Enseguida nos trasladaron a la cárcel nacional Las Mercedes, en donde la sociedad guarda a los peligro-

da estrepitosa, preguntándose sin respuesta: ¿Quién carajo pudo ser el sapo? Miguel sonrió, pensando que no conocía a ningún sospechoso.

sos, y nos abandonaron en un patio de tránsito que viene a ser el limbo carcelario, donde unos esperan la condena o la absolución.

A mí tampoco me interesó saber quién fue el sapo, reconociendo que esos dos últimos meses nuestra actividad contracultural en Cereté,

Antes de oscurecer, Raúl logró sobornar a un guardia quien le permitió hacer una llamada telefónica que dio resultado. El día siguiente, a primera hora, nos dejaron libres gracias a la

un pueblo de costumbres alteradas por nosotros, pudo incomodar a quien o a quienes denunciaron la desfasada calumnia.

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Raúl Gómez Jattin Harold Alvarado Tenorio Cuando Augusto Comte habló de Generaciones sugirió treinta años para cada lapso, tal como Pedro Henríquez Ureña diseñó las Corrientes literarias en la América Hispánica (1941) a partir de sus lecturas de Ortega y Gasset, para quien la vida se divide en cinco edades de 15 años cada una, en las cuales, dependiendo del momento y

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lugar, un individuo compartiría con otros herencia cultural, fecha de nacimiento, ciertos factores educativos, una comunidad de intereses y lazos personales, experiencias, la presencia de un líder y un lenguaje común mientras experimenta el anquilosamiento de la generación anterior. Pero lo cierto es que por ser una clasificación ajena a los individuos que pretende ordenar, para ser remotamente ciertas, respecto de las ideologías


El agresor oculto

Me envenenó la vida Me sustrajo de mi movimiento natural y me entregó a las sombras de los amores no correspondidos Me trastocó los sueños metiéndose como un conspirador entre sus grietas Desempolvó recuerdos que hablaban de partidas y de adioses Mientras tanto mi alma acostumbrada a la desgracia lo veía hacer como un condenado que presencia el levantamiento del patíbulo

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y las artes, debe contar con la conciencia –individual o colectiva— de que esas mismas cosas estaban sucediendo a sus integrantes. Lo que nos lleva a Guillermo de Torre cuando sostiene que una generación es un conglomerado de espíritus que en un momento dado se expresan de manera unánime respecto de ciertos asuntos, ya para afirmarlos, ya para negarlos, así no hayan nacido en los mismos años, pero sí aparecido en los mismos momentos, sea con libros, revistas, manifiestos, proclamas, etc., lo que han llamado Zeitgeist, el espíritu, el aire del tiempo, la atmósfera de una época, de los que nadie se libra y todos recuerdan. Y en nuestro caso, no hubo otro, para más o para menos, que Mayo de 1968, año y mes del inicio del siglo xxi. En Colombia el Siglo xx habría terminado con la creación del Frente Nacional, el invento político de Alberto Lleras Camargo para continuar ejerciendo un poder, en nombre de la democracia, que había venido profesando desde el primer

gobierno de Alfonso López Pumarejo, cuando solapadamente abortó todas las posibilidades de avance y cambio en un país que seguía viviendo, al final de la I Guerra Mundial, en la Edad Media. “Tíbet de Suramérica” se le llamaría más tarde. Terminada la Guerra de los Mil Días el país vivió, hasta la caída del partido liberal, durante el segundo gobierno de López Pumarejo, de la mano de Alberto Lleras Camargo, una relativa y extensa prosperidad que vino a resquebrajarse bajo los gobiernos de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez y Gustavo Rojas Pinilla. Y aun cuando los gobiernos militares, los caudillos y el populismo no hayan prosperado aquí como en otras naciones del continente y el analfabetismo haya decrecido del 58 a comienzos del siglo pasado a un 7% de hoy, cuando la página mejor leída del principal diario nacional es la de ortografía, nadie influyó más con su ideología y poder que ese aparente demócrata, que hizo de Colombia una nación corrupta y criminal.

“En ambos gobiernos –escribió con implacable clarividencia Gabriel García Márquez siete años después de su muerte- cumplió Alberto Lleras su destino ineludible de componedor de entuertos, y en ambos [a Mariano Ospina Pérez y a Guillermo León Valencia] con el desenlace incómodo de entregar el poder al partido contrario. En ambos fue lúcido, sobrio y distante, y conciliador de buenos

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Calle de Cartagena, Colombia, donde falleció Raúl Gómez Jattin, la madrugada del 22 de mayo de 1997. La fotogafía fue tomada a la misma hora en que Raúl supuestamente fue arrollado por una furgoneta.

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modos, pero de mano dura cuando le pareció eficaz. Lo que no se le pudo pasar siquiera por la mente es que la perversión de su fórmula maestra del Frente Nacional sería el origen de la despolitización del país, la dispersión de los partidos, la disolución moral, la corrupción estatal, en medio de la rebatiña de un botón compartido por una clase política desaforada. Es decir: el cataclismo ético que en este año de espantos de 1997 está desbaratando a la nación.” Fue, en la apariencia, un humilde periodista que llegó por azares del destino a

donó Santa Fe en las manos de Francisco de Paula Santander, el digno paradigma de Lleras

controlar la historia de su país por más de medio siglo, pero en lo más hondo de su verdad

Camargo. Porque como a Plutarco Elías Calle y Lázaro Cárdenas, importaba más la gloria que

histórica, el ideólogo y ejecutor de la peor catástrofe vivida por nación suramericana alguna desde el aciago día que Simón Bolívar aban-

el futuro de sus repúblicas. Y para ello era necesario dar vida eterna a los partidos que les habían llevado al poder.

“Caí en cuenta, escribió Lucas Caballero Calderón, que la mayor preocupación de ALLC fue que no se cayera el Partido Liberal y en la defensa obstinada de esa tesis oportunista e inmoral está la clave de todos sus claroscuros y claudicaciones. Lo que importa no es que la sal se corrompa sino que el rebaño se acostumbre a ella. Por eso calló en la segunda administración de López Pumarejo, por eso fue alcahueta de los negocios familiares del segundo, cuando la indignación nacional amenazaba dar en tierra con el Mandato Claro de López Michelsen. Pero hubo una excepción. En 1946, cuando para evitar que un liberal de su generación llegara al poder antes que él, privó su vanidad y se olvidó del partido.”

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Fue entonces, cuando poniendo en práctica algunas de sus creencias contra la li-

teratura y en especial contra la poesía, cuando los ministerios de educación abolieron la lírica


Qué trabajos tan hermosos tiene la vida

Acecha a la maldita de tu abuela Me aconsejo Soporta el sol y si es preciso acalámbrate esperando a que la carcamala duerma mientras oye novelones de radio y discute con el malo Desátale el fajón de su camisola y amárrala al mecedor para que ojalá no se suelte nunca Es tu día Jódete Quémate las pestañas en la luz de los recuerdos Apresúrate a comprar el último libro de ese viejo poeta que te obsesiona Y ven rápido a tu escondrijo a empeñar el bolígrafo y el cigarrillo Coloca la jarra de limonada en la mesa Correveidile a la tristeza de antier cuál era el color exacto del día que murió tu padre Emborráchate de nostalgia Empieza un verso Apúrate pendejo que por ahí entre tus glándulas transita la vejez inerme

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y la historia patria de sus exigencias curriculares. Durante el primer gobierno del Frente Nacional comenzaron a desaparecer los textos de enseñanza de la literatura y la lengua donde la médula era el texto mismo. Como Rafael Uribe

Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Cabrera Infante, Onetti, Ferreira Gullar y Octavio Paz certificaban que por vez primera los latinoamericanos éramos contemporáneos de todos los hombres, demostrando que, como nunca antes,

Uribe [véase Liberalismo y poesía, en Zona, Bogotá, abril 9, 1986], Lleras Camargo y su ministro

pero desde Rubén Darío, teníamos una identidad continental que se expresaba en la poesía.

creían que la poesía era una de las causales de la violencia y la ausencia de progreso.

Los más bellos libros de entonces no fueron otra cosa ni tuvieron otro tono.

La década que se inició con los estudiantes de París pidiendo lo imposible fue tam-

En Colombia ya había sucedido una rebelión juvenil, pero no de la mano de las nue-

bién la era de los disturbios y el radicalismo juvenil en toda América, una crítica sin cuartel contra todo tipo de dominación, practicada con alegría y cólera. El crecimiento del alistamiento universitario convirtió a los estudiantes en una influencia incontenible cargada de un cosmopolitismo nunca antes visto. Es entonces cuando todo el mundo cae en cuenta que las sociedades latinoamericanas se habían urbanizado y que cientos de miles de campesinos emprendían cada día el abando-no de sus par-

vas fuerzas sociales, los partidos proscritos o los campesinos desplazados y sus cientos de miles de muertos. El establecimiento, para Mayo de 1968, hacía ya una década promovía, mientras bombardeaba los campos, incrementaba la burocracia, aceitaba la corrupción de jueces y gobernantes, ignoraba la tortura y el asesinato de los activistas del guerrerismo castrista y maoísta, una secta llamada El Nadaísmo, que no sólo había suplantado el protagonismo de los radicales del MRL y Mito, sino que era la más viva

celas para engrosar los cinturones de miseria de las capitales y centros de poder. Rulfo, Borges,

expresión y anuncio de lo que estaba naciendo: el basilisco del narcotráfico.

“Solidarios con Fidel Castro en el caso Padilla –ha escrito JG Cobo Borda- los nadaístas vieron cómo su propósito de oxigenar el ámbito cultural contrastaba con

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el papel ciertamente anacrónico que el poeta continuaba desempeñando en medio de un país que se expandía en forma desordenada, y crecía desquiciando de paso todas sus estructuras a una velocidad mucho mayor que aquella con la cual el ingenio del grupo, en tantos casos convertido en simple bufonería, intentaba encarnarla. Camilo Torres moría en la guerrilla, que actualizaba sus métodos de lucha secuestrando el cuerpo diplomático o bombardeando el palacio presidencial. Ningún nadaísta, bajo los efectos de las drogas que convirtieron en parte de su arsenal subversivo, pudo haber previsto semejante delirio. La moral se relajó, liberalizándose; cuatro o cinco grandes compañías financieras concentraron el capital disponible y la marihuana dejó de ser un fruto prohibido para convertirse en la mayor fuente de divisas. Después de su caída la cocaína continúa manteniendo una economía subterránea paralela a la oficial y en muchos casos más rica. Todo lo anterior lo escribo pensando que los nadaístas prestaron una atención casi exclusiva a la actualidad más inmediata, lo cual contribuyó a rebajar su afán creativo. Prefirieron la atracción de la noticia a la ascesis distanciada que implica la poesía.”

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Es en medio de todo este batiburrillo cuando surgen los escritores que aquí consideramos miembros de una Generación Desencantada, poetas, narradores, ensayistas y dramaturgos cuyo signo fue la desconfianza respecto de tantas voces y aplausos, y la búsqueda, afanosa, de unas tradiciones donde asistirse, luego de la iconoclasia y borrón y cuenta nueva que habían prohijado de la mano de los Nadaístas los Frentenacionalistas. En 1968, cuando todo cambiaba en el mundo y en Colombia el gobierno de Car-

los Lleras Restrepo consumaba la destrucción de la vieja universidad liberal y la educación laica, como dos astros solitarios en el firmamento de la lengua aparecieron Cien años de soledad y Los poemas de la ofensa, la más bella demostración de que ninguno de los enemigos del hombre, en estas tierras, había podido vencer el arte de la literatura y su máxima expresión: La poesía. Un regreso por las tradiciones de la lengua, tratando de salvar del naufragio el arte viejo de escribir bien, son sin duda las obras que


publicarían a partir de entonces, con tonos que parecieran borrar el cinismo y las ironías de la banda nadaísta, nostálgicos y desencantados, Antonio Caballero, [Sin remedio, 1984], Elkin Restrepo, [La sombra de otros lugares, 1973], Fernando Vallejo, [Los días azules, 1985], Giovanni Quessep, [Duración y leyenda, 1972], Gustavo Álvarez Gardeazábal, [Cóndores no entierran todos los días, 1971], JG Cobo Borda, [Consejos para sobrevivir, 1974], José Manuel Arango, [Este lugar de la noche, 1973], Luis Fayad, [Los parientes de

permanente destrucción, los ruidos incansables del diario martilleo de las nuevas edificaciones, los buses municipales atosigados de voces y canciones altisonantes, los robos, los atracos, las violaciones, la ruina de un mundo que se derrumba cada noche y se levanta muerto de miedo, otra vez, cada día. Un mundo, el de los años del Frente Nacional, sin remedio. Un mundo que retrató con su deslum-

Libros entramados con unos lenguajes nada enfáticos, surgidos de las lecturas de los maestros de la propia lengua, o de las aficiones a tonos y voces de otros ámbitos lingüísticos frecuentados ya sin las rémoras de la traducción literal, buscando siempre lo que ocultan las evidencias del sentido, rompiendo así con los faci-

brante inteligencia Jorge Gaitán Durán en La revolución invisible de 1959: Raúl Gómez Jattin (1945-1997) nació y murió en Cartagena de Indias, víctima del odio colectivo contra los desadaptados y excluidos. Pasó su niñez en el barrio Venus de Cereté atacado por el asma, que no le abandonaría nunca. Hizo su bachillerato junto al periodista Juan Gossaín en el Colegio León XIII de Cartagena, donde descubrió el celuloide, pero pasó buena parte de su vida deambulando por los pueblos del bajo

lismos de las ideologías y consignas de la moda, sin dejar de documentar un mundo cuyo mayor

Sinú, mientras sufría severos trastornos de personalidad que le llevaron a incendiar cuartos

testimonio es la biografía de poeta Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard, escrita por el periodista Antonio Caballero con una mirada agobiada por las luces de neón, el polvo de una ciudad en

de hotel, desnudarse en sitios públicos, golpear amigos, etc., luego de estudiar derecho en Bogotá y dirigido más de media docena de obras de teatro y actuado en otras tantas. Su primer libro

Ester, 1978], María Mercedes Carranza, [Vainas y otros poemas, 1970] y Marvel Moreno, [Algo tan feo en la vida de una señora bien, 1980].

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fue Poemas (1980), publicado cuando tenía ya treinta y cinco años. Hijo de una pareja de viudos, Pablo Gómez Rainero, abogado, profesor de sociología de la Universidad de Cartagena y Magistrado del

J.G. Cobo Borda-, que recubre hombres y animales, mujeres y paisajes con una sinceridad brutal y conmovedora”. Los amores imposibles, contrariados, con sus encuentros y desencuentros sirven a Gómez Jattin para ofrecer una lectura

Tribunal Contencioso de Córdoba y Lola María Jattin Safar, RGJ consideraba la poesía «un arte

donde lo sagrado y las trasgresiones cohabitan, dando cuerpo a un erotismo ingenuo y si duda

del pensamiento que incluye la filosofía; es el arte supremo del pensamiento, es pensamiento

inédito en la poesía colombiana, trascendiendo, con la poesía misma los actos reales, haciendo

vívido, trascendente e inconsciente». La novedad que trajo su lirismo fue el desparpajo con que re-

de ellos un hondo deshojamiento del ser. Nacido en una región que es al tiempo castidad y de-

trata las relaciones sexuales entre hombres y con animales, pero también cierta capacidad para dar al lenguaje momentos y significados que denoten los matices de los sentimientos íntimos. “Un amor desmesurado y promiscuo –ha escribo

pravación, ha logrado, en algunos de ellos, decir cuánto placer y dolor depara la satisfacción del placer por los vericuetos de la homoeroticidad, y hablar, también, de las cicatrices que dejan las separaciones y amores no consumados:

En las sábanas de nuestro cielo hay nubes perfumadas de axilas y delicados residuos de amor En la almohada el hueco que tu cabeza ha dejado oloroso a jazmines Y en mi alma y mi cuerpo el inmenso dolor de saber que desprecias mi amor, ¡Oh tú!, por quien mi vida renació dentro la lumbre de la muerte

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Pequeña elegía

Ya para qué seguir siendo árbol si el verano de dos años me arrancó las hojas y las flores Ya para qué seguir siendo árbol si el viento no canta en mi follaje si mis pájaros migraron a otros lugares Ya para qué seguir siendo árbol sin habitantes a no ser esos ahorcados que penden de mis ramas como frutas podridas en otoño

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Poesía de la experiencia que privilegia

coloquiales y obscenas del habla popular de la

las pasiones, los afectos y los acontecimientos

Costa Atlántica, que aun pueden recordar quie-

más que sus posibles interpretaciones desde las ideas. Gómez Jattin no reconstruye solo las vio-

nes tuvieron la fortuna de oírle en las plazas y auditorios donde era llevado como un pobre

lencias tersas de las fornicaciones y sus disparos

diablo que hablaba como los dioses. Cuando ya

finales, sino que en otros poemas ofrece arquetipos de una, digamos, dialéctica de las satisfac-

nadie recuerde su voz, y tengamos que recurrir al fonógrafo otra vez, podemos empezar a

ciones amorosas con la carne prohibida. Kavafis

juzgar sus textos. Nadie como él representó la

se convierte, entonces, en una arqueología de quien confiesa su pasión a sí mismo, a su extraordinario semejante, a su Narciso de erecto

rebeldía y las batallas de los excluidos, los homosexuales, los drogadictos, de los hijueputas, en una sociedad perversa, corrupta y criminal

falo y fuerza de macho. Gómez Jattin gozó de un enorme prestigio gracias al uso teatral de una prosodia que

donde hasta el poema se ha convertido en moneda de cambio y poder, de “esos que viven otra historia, la quimera de la felicidad” como

siendo caribe, era la voz misma del poeta. Más que los asuntos lo que atraía al auditorio era el esplendor de su tono, las inflexiones raizales,

dijo a Henry Stein. Otro poeta víctima de la sociedad del espectáculo.

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Me defiendo

Antes de devorarle su entraña pensativa Antes de ofenderlo de gesto y de palabra Antes de derribarlo Valorad al loco Su indiscutible propensión a la poesía Su árbol que le crece por la boca con raíces enredadas en el cielo Él nos representa ante el mundo con su sensibilidad dolorosa como un parto

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No hagas hoy lo que puedas hacer mañana Bibiana Vélez Covo

Recuerdo a Raúl diciendo: –No hagas hoy lo que puedas hacer mañana. ¡Y lo cumplíamos!

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Nosotros, fervientes devotos de concederle a cada día su afán, vivíamos el hoy inconfundible. Sin ninguna prisa, sobre todo. Ese déjame estar que dicen nos afecta a los costeños –como les dicen el resto de los colombianos a los del Caribe colombiano– nos envolvía junto con toda la inmediatez que se vive en esta tierra: Cartagena de Indias a orillas del Caribe.


Cambio de identidad

Dama del alba Con tu niñez de golondrina haciendo el verano inauguraste en mí el sendero del corazón Espeso amor Como la embriaguez del Stropharia Reminiscente Moral Con ventana al futuro Como la lenta tarde de sequía que es para mí la tarde de la vida Como el río de barro de mi valle que en invierno arrastraba animales muertos Como la dicha pérfida de mi abuela que se regocijaba en ser un monstruo Furor de los años en tropel Pasos de la muerte Ella camina indemne Solitaria en mi camino Carne que te reemplazas

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¡Eterno presente de instantes que nos podían llevar al paraíso día a día! No había otro tiempo para nosotros, sino el aquí y el ahora, ¡en la mecedora! Por lo menos, cuando estábamos juntos en el ritual de la visita. Raúl y su intensa presencia eran ¡cautivantes! El profesor, como lo llamaban mis vecinos después de verlo en un recital por la tv, era un visitante asiduo a mi casa, en el barrio de Crespo, junto al mar. En el salón estaba entronizada la hamaca en el centro, cruzando el espacio en diagonal. Ese mueble, ¡el mejor del mundo!, era su

deliciosos jugos de guayaba o de corozo y agua de coco o agua de panela con limón –nunca alcohol– amenizaban una conversación ágil, ligera, con el peso y la contundencia de lo momentáneo y un humor sabroso con muchas risas. Las fuertes carcajadas de Raúl merecen mención: eran un espectáculo al que asistíamos como a una función teatral, pues los otros no reíamos con esa intensidad; lo acompañábamos observándolo con una sonrisa o alguna risa. Se oían en toda la casa. Escuchábamos porros. A Pedro Laza y

Raúl colgaba la lona, bajita, a ras del suelo, para posar la taza de café, el cenicero y, con la mano, mecerse.

sus pelayeros, ¡El barraquete!, Lucho Bermúdez y su Carmen de Bolívar. El porro es un género de “música de viento”, nacida en la tierra originaria de Raúl que viene de las gaitas precolombinas, la percusión africana y los instrumentos de viento europeos: trombón, clarinete, trompeta y otros; el gran jazz autóctono del Valle del Sinú; prolífico en talentos jóvenes e innovadores. Música que enfebrece la parranda y que está viva como pocas. Nos deleitábamos con el piano magis-

Ese vaivén que tanto bien hacía a su poesía y tanto le gustaba.

tral y frenético de Richie Ray y la voz melódica de Bobby Cruz: “Jala Jala y Boogaloo”, ¡qué

Las visitas de Raúl transcurrían entre libaciones varias: buenos cafés, Almendra Tropical,

trompetas! O Celina y Reutilio: “La hamaca colgá”, música santera cubana.

podio, su cuna, su nave, su regazo materno: “Instrumento musical de una sola cuerda, colgado en el vacío”, decía de la hamaca al oír su maullido oxidado al vaivén de sus impulsos. Se sentía tan acunado y protegido en ella que llegaba a llamarme a la puerta un día sí, y otro ¡también!

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Apacibles

Allá en el horizonte Por la región de Martínez aparecerán las garzas A las cinco en punto Préndete el tabaco y cántate una canción mientras llegan Deben ser nietas de unas que amé cuando era solo y quieto Mira Puede ser cuento mío pero son bellas Casi como las palomas Te voy a regalar un par de palomas guarumeras Son moradas Como el caimito Cántate la canción que Alfredo les hizo Podía decirte que es un principio de verano Que estaba por allá sembrando una margarita y que vine a acompañarte la tarde Vendrían las garzas y quizá lloraría O podría ser que fueras un día de verdad Y en el alar de mi casa la luna mía sería nuestra A lo lejos o en el reflejo del arroyo

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De pájaro del alba? Quizá yo Que te pienso Apaciguada En el paraíso Con tu Dios Que es tu Amor -Quizá el mismo DiosEn esta mañana Hay un nuevo sol En el alma De Bibiana La tempestuosa encantada Del color A Raúl le atraía la pintura y sucedió que pensaba en clave de color. Me insistía en la importancia que ha tenido la pintura y la imagen en general, en la forma cómo se ha visto el género humano a sí mismo, en cómo vemos al mundo. Qué forma le damos a nuestros sueños, y es un espejo que nos muestra cómo vernos.

para el título de una serie: “Turquesa Líquida” del año 2012 (expuesto en el Centro Cultural Gabriel García Márquez, en Bogotá): ”Hay música en su viento y no muy lejos está el mar turquesa líquida y amorosa.” Cuando Raúl entró en mi vida, al inicio del año 1989, venía de una experiencia jubilosa

Uno de esos poemas coloridos, pintados, es el poema a su amigo el poeta Fernando

al ser ovacionado por un público multitudinario que aplaudía de pie en completa sintonía y em-

Linero, “La parranda verraca es la del sol con la vida” (Amanecer en el valle del Sinú), del que

patía total con este poeta que despertaba pasión, en “La poesía tiene la palabra”, evento que tuvo

mucho después utilicé prestada su metáfora

lugar en Medellín ese año, se reafirmó Raúl como

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un poeta vivo con un público masivo, lector consumado y conocedor de su poesía, incluso de memoria, como se puso de manifiesto en recitales cuando los presentes lo acompañaban al unísono mientras Raúl declamaba sus poemas de culto.

A Raúl le gustaba mucho ver en mi pintura una espacialidad psicodélica: ese horizonte curvo como si estuvieras high mirando el planeta desde arriba. En esa época ya estaba en ciernes el

Por otro lado, mi pintura Dificultad inicial (1989) había obtenido primer premio en el

libro Hijos del tiempo. Poco tiempo después, en julio del 89, se imprimió El Catalejo, Cartagena.

xxxii Salón Nacional de Artistas que ese año se celebró en Cartagena de Indias, donde tuve el

Se incluyó un dibujo que le hice un día de esos, en la silla mecedora.

primer cpntacto con Raúl. ¡Estábamos muy contentos con nuestra obra y con la vida! De la mecedora al caballete, con el mismo espíritu observador y despierto mi pintura surgía de manera orgánica, necesaria, inevitable y espontánea. La obra de arte impregnada de esa forma cool o fresca de ver la vida y con ese optimismo de juventud que nos daba alas. Mi trabajo visual, fue influenciado por esa forma de conciencia expandida que Raúl proclamaba, vivía, proponía.

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Podríamos hablar en mi obra de un lirismo caribeño relacionado incluso con los boleros. Obra producto de interacciones entre la pintura llamada popular y algunas anotaciones culteranas.

En ese libro, Raúl se entronca con la Historia (con mayúscula) al incluir el poema a su madre, Lola Jattin, en el conjunto de poemas a personas relevantes en la Historia que conocemos como universal. Este poema Raúl lo declamaba con especial emoción, así que era uno de los favoritos del público en los recitales que hacía en aquella época en los recintos culturales de la ciudad, donde nos reuníamos los que queríamos oír a Raúl. Con un sentido oriental del equilibrio, diría yo, taoísta, en la efervescencia y clímax de su éxito, le presta oído al declinar y a la finitud. La muerte, como me decía, es el tema que recorre este libro Hijos del Tiempo. En uno de estos poemas, “Scherezada”, planteó directamente el tema del que hacer artístico:


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“El artista tiene siempre un mortal enemigo que lo extenúa en su trabajo interminable Y que cada noche lo perdona y lo ama: él mismo” Y nosotros éramos artistas perdonados cada noche para recomenzar al otro día. El ejemplar que me dedicó Raúl de este libro vivió veinte años de vicisitudes junto con el poeta Jota Arturo Sánchez, quien lo tomó du-

Siguieron otras versiones de “La poesía tiene la palabra” donde Raúl fue invitado especial. En Cartagena de Indias (1992) compartió podio con el poeta nadaísta Jaime Jaramillo Escobar, quien se entrevistó per-

rante el iv Festival Internacional de Poesía, organizado por la revista Prometeo en Medellín,

sonalmente con Raúl en su habitación de La Media Luna.

1993, me lo entregó en 2013 cuando nos reencontramos en el centro tumultuoso de esa ciu-

Su leyenda de poeta como voz de su tiempo se cimentó. Sin embargo, el poeta, como Schereza-

dad. Se alcanza a ver en la ilustración la patina del tiempo y la intemperie. Me parece muy a tono para un libro de Raúl Gómez Jattin.

da, se exigió el resultado que lo mantendrá vivo. Y aunque me decía:

“Si un artista ha producido una obra maestra, ¡ya es bastante!” Él, sabiendo que ya había en su canto maestría, no descansó tranquilo mientras vivió, pues su mortal enemigo no lo abandonó. Viajamos juntos a Medellín al iv Festival Internacional de Poesía (1993). Raúl, invitado entre una veintena de poetas de otros tantos países, se sintió recibido por la ciudad tomada por la poesía en los parques, teatros, bibliote-

cas, espacios públicos en general. Se acude en multitud a los recitales, como a conciertos de Héctor Lavoe. Mientras compartió la vida con los poetas de la revista Prometeo, en el centro de la ciudad del Valle de Aburrá, en Cartagena, con el juicio de Pedro Granados, poeta peruano que se quedó un tiempo en Colombia después del

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La hamaca nuestra

Ven hasta la hamaca donde escribí el libro dedicado a tu sagrada presencia Ella me recuerda toda esa soledad que dormí en ella Todos esos gestos de mi alma persiguiéndole el vuelo a las palabras que grabaran en un tiempo menos frágil la lluvia de tus lágrimas El reposo soñado en tu pecho La mañana eternamente memorable de nuestras manos enlazadas en medio del tumulto En el vientre de esa hamaca recosté mi cansancio de la vida Acuñé dolores Me defendí de la canícula Y soñé: Tú venías en medio de la noche a consolarme y eso dije Escribía un poema que preservara tu memoria y eso hice Desatar mis alas tristes y lloré Tiéndete que yo te meceré para refrescarte si te es posible duerme Que yo velaré

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El esplendor

ojos me miran desde trazos que pretendían otra cosa.

Alrededor del año 1995, disfrutamos mucho con el tema audiovisual y, mientras Ro-

Me encantó saber que existía una palabra, pareidolia, para designar eso que sucede

berto Triana dirigía un documental para la tv

a menudo al mirar la obra. Es la capacidad del

oficial, yo lo fui registrando en mi camarita, y aun se conservan buenas tomas de un Raúl

cerebro de encontrar formas reconocibles en las nubes, por ejemplo, encontrar el rostro, su figu-

muy cercano.

ra, en manchas azarosas de mi pintura.

Raúl estaba pletórico con la aparición de su Antología en la editorial Norma, Bogotá. El libro fue muy bien acogido. Salvo críticas de

Se me aparece cabalgando las olas espumosas de movimiento continuo entre la vida y la muerte. Y: “Como en el mar las olas, vamos su-

rigor que no pueden faltar y que no sabemos cómo resuenan en ese otro del poeta: “Que lo extenúa en su trabajo interminable, él mismo”,

biendo y bajando”, dice el Joe Arroyo. Estas “olas” que he pintado con trazos surgidos del vaivén de la respiración y el ritmo del corazón.

que no lo perdona. La ola sube y baja, se levanta y cae, se eleva y se desploma, se encumbra y desaparece

Nota:

en espuma. En los últimos años del poeta nos encontrámos para caminar por encima de la muralla al atardecer. Hoy, Día de Todos los Ángeles, yo, como una de los “Ángeles clandestinos” amigos de Raúl, lo siento en este momento como un arcángel acompañante.

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Lo veo en el trenzado de mis pinturas. Sus

de la mariposa, cuyo machote ya tenía Raúl.

Raúl me mostró que mi nombre tiene seguidas dos “i”, dos “a”, dos “e” y dos “o”, lo que me fascinó, pues yo en toda mi vida no lo había visto.


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Raúl Gómez Jattin: un potro desbocado en las praderas del cielo Milcíades Arévalo

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Acción de gracias

Como un dios sabio que sabe perdonar a su poeta me has defendido hasta del propio olvido en que pude para mi mal dejarte Apaciguando males que el oficio presagia Otorgando caricias que jamás he soñado ¡Oh dios! Te entreví en la jornada ingrávida de confiarle al papel la vida y sus engaños Tú has mirado en mi alma y sus duros trabajos un regalo a lo eterno que hay en ti A lo indecible de tu manso poder que hace que tu belleza sea como frescura en la dura prueba del poema inacabado

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Alguien hermano de tu muerte te arrebata, te apresa, te desquicia y tú, indefenso, estas cartas le escribes.

de Machado: palabra en el tiempo y antes que Eurípides, mi gran maestro dramático.” Cuando Raúl desapareció de los escenarios del teatro colombiano, presumí que había

Conocí a Raúl Gómez Jattin un domingo de abril de 1968, en el Teatro Colón, representando “Cuentos sobre Macondo”, una obra basada en Los funerales de la Mamá Grande de Gabriel García Márquez. Estaban “en pleno furor la bareta, los hongos, el pensamiento de izquierda, el

terminado de estudiar abogacía y se había ido para Cereté a ejercer la profesión. Sin embargo no fue así. Estaba en una clínica de reposo en Medellín donde un psiquiatra descubrió que no era un loquito común y silvestre sino “un poeta con una sensibilidad aterradora”. Tal vez porque yo venía publicando una revista de literatura donde daba a conocer a muchos escritores y poetas desconocidos, tanto de la ciudad como de la provincia, Raúl me envió

teatro político y experimental, las rumbas en La Candelaria, muchas lecturas y de alguna mane-

varios ejemplares de su primer libro (Poemas, 1980), irisado de imágenes transparentes, con

ra el desubique existencial”. Ese domingo yo no lo vi como poeta

un toque de identidad propio, sin ninguna trasgresión, salvo el zoofílico y casi tierno “Te quiero

sino como actor, porque eso era, un gran actor y un gran visionario del teatro colombiano que en ese momento estaba en pleno furor con figuras tan importantes como Carlos José Reyes, Enrique Buenaventura, Santiago García y actrices talentosas como Tania Mendoza Robledo. “Ese encuentro con la gente de teatro –dirá años más tarde en una entrevista– coincidió con mi afecto por la poesía. Soy un poeta dramático a manera

burrita”. A partir de entonces comencé a tener una especie de correspondencia con él. Cartas, libros y resmas de papel iban y cartas y poemas venían. Raúl podía ser un excelente poeta, con una sensibilidad aterradora y toda la cosa, pero ningún poeta de Bogotá le prestó atención, tal vez porque era montaraz, altivo, visceral, descarnado y realista. El único que se atrevió a decir algo premonitorio fue otro hombre de teatro,

Intentas sonreír. Raúl Gómez Jattin

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el dramaturgo Juan Carlos Moyano, quien dijo: “En un futuro, críticos, poetas, estudiosos y lectores se detendrán en su nombre.” Como a mí siempre me han gustado los poetas que se parecen a sus poemas y que escriban con la sabiduría del que es poeta por vocación y no por equivocación, le publiqué dos poemas en la revista Puesto de Combate donde lo presenté como “un poeta con cualidades propias, capaz de trascender como oficiante de la palabra”, y le envié una carta contándole las desgracias de lo que era ser poeta en un país de poetas. Inmediatamente me respondió: “Leer tu carta me proporcionó un placer inesperado: la emoción que mis pobres poemas causaron en una alma sensible como la tuya, expuesta a los vendavales de la existencia, porosa como para permitir que mis vientos la penetraran, impresionable como para sentir los golpes de mis piedras sobre tu casco. Somos felices cuando nos leen, ¿verdad, Milcíades? Nacimos para ser leídos, esa manera de tratar íntimamente con uno sin desgastarlo. Y me siento contento con que me haya leído alguien como tú, águila solar. El poeta sabe tratarse con sus semejantes, y con una de mis alas te digo:

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gracias por reconocer que mi vuelo es gracioso,

que mis plumas son fuertes y brillantes, que mi pico infunde temor”. En un viaje que hice por el Valle del Sinú buscando poetas para publicar, entré a Cereté. Cereté, aún lo recuerdo, era un abrazo del infierno, una brasa. El sol se derramaba sobre sus calles polvorientas con ardiente vehemencia, pero aún así era “un pueblo lindo con una cabellera de nubes blancas”, delicioso, mágico y sorprendente. Yo había leído tanto sus poemas que cuando por fin encontré su casa de palma amarga en la única Calle Cartagenita que hay en el mundo, golpeé en la ventana, exactamente como decía en uno de sus versos: “Golpea en la ventana de la izquierda / que te estaré esperando”. Cuando le di mi nombre, la voz de un gigante me estremeció las fibras y estuve a punto de abandonarlo todo y salir corriendo, pero la puerta de su casa se abrió como una caja de sorpresas. Al verlo, tuve la impresión de que no era Raúl sino un fantasma que se había quedado cuidando una casa vacía. Me levantó del suelo con una trompada de ternura y me hizo entrar. No había ni un asiento, ni una flor, ni una jarra de agua, nada que me indicara que allí vivía una persona. Lo único que había eran cientos de poemas y cartas tiradas en el piso, un butaco


Ombligo de luna

Dibujo tu perfil del faro a las murallas Luz de alucinación son tus ojos de hierro El mar salta en las piedras y mi alma se equivoca El sol se hunde en el agua y el agua es puro fuego Eres casi de sueño Eres casi de piedra en el vaivén del tiempo Arquetipo amoroso firme en la turbia edad esa manera tuya de calmarme las lágrimas De desbocar tu cuerpo contra el mío Enloquecido como un potro en una llanura incendiada De verter tus palabras en mi entendimiento cual veneno que cura la ausencia De recordar cosas usadas y olvidadas con un vuelo que ilumina y asombra Es tarde amor El mar trae tormenta Hay una luna pálida que recuerda tu ombligo Y unas nubes livianas y pesadas como tus manos beben sedientas Así cuando yo sobre tu boca muero

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a ras del suelo en el que me senté a escucharlo y una hamaca. Al piso le habían arrancado las tablas y en todas las paredes estaba escrito el nombre de Lola Jattin. Por el enrejado de la ventana se asomaban los gajos de unas matas de la vecindad

Tengo un desajuste con el afecto de la gente, un problema muy grande de soledad. Quiero rehacer mi vida, irme a España, hacerme ver de un siquiatra europeo, me confesó con amargura. Se recostó en la hamaca y se puso a escribir unas cancio-

y la luz del día impregnaba de verde la habitación donde estábamos los dos. Un silencio de muerte,

nes procaces alusivas a sus amigos y a un tal Pocho Saker, que a veces era Raúl y otras veces su hermano

un silencio como no se ve en las tierras del trópico se extendía por todos los rincones de la casa

Rubén. Antes de llegar a Cereté me habían dicho que “tuviera cuidado porque me podía matar”, que era

empolvándolo todo con una costra de ausencia. ¿Dónde estaban doña Lola, sus hermanos, don

“homosexual y loco”, pero para mí, un ateo de siete suelas, eso no podía ser cierto. ¿Cómo iba a ser cierto

Joaquín Gómez Reynero? ¿Dónde estaban todos los suyos, sus amigos; por qué lo habían dejado tan solo en una casa tan grande y tan sola? ¿Dónde estaba la legión de ángeles clandestinos?

si se “pasaba los días comiendo mango y tirándole piedrecitas al río...”? Su lucidez rayaba con la locura, pero no estaba loco, los locos eran los demás. Cuando dejó de escribir me preguntó si quería oírlo cantar.

Al poco rato pasaron por la calle unos muchachos vendiendo bollos de maíz y nos pusimos a hablar, qué sé yo, de las embestidas del calor, de mis viajes por el trópico, del cielo celeste y sereno del Sinú hambriento, pero sobre todo de poesía, de cantidad de autores: Borges, Machado, Álvaro Mutis, Orietta Lozano, Jaime Jaramillo Escobar, de los poetas andaluces y árabes y hasta de Joan Manuel Serrat por el que sentía una admiración muy grande. Yo no era más que un ser salvaje que por primera vez estaba conociendo a un poeta de verdad, a un poeta auténtico en su estado natural.

—Yo quisiera ser tan popular como Celia Cruz— me dijo. Cierto o no, a Celia Cruz la aclamaban como la mejor guarachera del mundo, pero un poeta era otra cosa. Los verdaderos poetas ni siquiera se atrevían a decir que lo eran. Como tenía una voz estupenda le pedí que cantara. Madre dulce mi tela tejer no puedo. Afrodita suave me vence y de mi amada siento el deseo

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Casi obsceno

Si quisieras oír lo que me digo en la almohada el rubor de tu rostro sería la recompensa Son palabras tan íntimas como mi propia carne que padece el dolor de tu implacable recuerdo Te cuento ¿sí? ¿No te vengarás un día? Me digo: Besaría esa boca lentamente hasta volverla roja Y en tu sexo el milagro de una mano que baja en el momento más inesperado y como por azar lo toca con ese fervor que inspira lo sagrado No soy malvado Trato de enamorarte Intento ser sincero con lo enfermo que estoy y entrar en el maleficio de tu cuerpo como un río que teme al mal pero siempre muere en él

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Encendí un cigarrillo y fumé mirando alrededor de la habitación vacía, embelesado en el fragor de la tarde que se negaba a morir. Un gato se asomó por la ventana con una mariposa amarilla y por un momento tuve la sensación de estar en medio de la selva, dispuesto a enfrentar a la muerte con mi cuchillo asesino. —¿Qué hace ese gato en la ventana? –le pregunté. —Eso no es un gato, es el tigre de Bor-

ges. Ahora sí me doy cuenta de que la poesía pasa por tu lado sin hacerte daño. Tigre o gato, ¿qué importaba? Yo lo único que quería era hacerle una entrevista y salir a la calle a tomar aire, a beberme una botella de ron, a desear a las muchachas de Cereté y largarme por donde había venido y todo eso, pero Raúl continuó vaiviniéndose en su hamaca y cantando los poemas que había escrito y me tuve que quedar oyéndolo como si yo fuera su alumno más aventajado:

Milcíades, mil noches, mil amaneceres, no sé que indiferencia me alejó del mar El miedo, Milcíades, el miedo, el dolor del cielo Gracias por tu canto estremecido de lunas, por tu tierna sonrisa de mujer, temblona y avisada Te lo dice Raúl, el hijo de Lola Jattin y de Joaquín Pablo Gómez Reynero, futuro presidente de la ausencia y de la muerte

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Tratando de alardear de sabio frente a la poesía le dije que él iba a ser inmortal sin mover un dedo, pero que ese poema era muy malo. Pateó como una cabra, se rió de buena gana, pero Raúl no era así. Tenía la fuerza de un rinoceronte

y sin embargo lloraba y reía en la soledad de su vida. Sabiendo que Raúl vivía en una casa sola, en medio de la soledad más espantosa, perdido como un niño en un bosque de girasoles y tormentas, puse a rodar la grabadora y le dije:


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—¡Ajá! Ahora sí, hablemos de poesía. —La poesía es eso que nos asombra y nos nombra, que nos taladra las sienes como un balazo –dijo. Esperé que continuara hablando, pero el hombre no habló. Sin saber qué hacer, se me ocurrió decirle que echáramos para adelante la publicación de sus poemas. Le brillaron los ojos como cuando uno ve a Dios por primera vez y le escribió una nota a sus amigos Santiago Mutis y Roberto Burgos Cantor, en la que les pedía colaboración para mis asuntos por haber sido el primero en ponerle “bolas al Pocho Saker y Raúl Gómez”. De pronto comenzó a oírse tremendo estruendo en la calle. Eran los gaiteros de San Jacinto que iban para un cumbión. Cuando la bullaranga se hizo más insoportable, salimos a la calle; Raúl, descalzo, tomando vino a pico de botella, y yo prometiéndole que lo iba a hacer tan famoso como Celia Cruz, así la brújula de la errancia le equivocara el rumbo. Al llegar a Bogotá empaqué sus poemas y se los envié a Jaime Jaramillo Escobar, quien de inmediato le mandó una hermosa carta (fechada en Santiago de Cali, Septiembre 17 de 1983) que se hizo famosa después porque se publicó en el Tríptico cereteano y en la que,

entre otras cosas, dice: “eres el viento, eres un potrillo, eres el río que arrasa, no limitas con nada, no tienes cuñados en el cielo, no tienes participación en la bolsa de valores, eres un bruto, eres Atila, eres el mismísimo Adán, Dios en persona completamente loco deshojando los bosques y tirando las hojas al aire, eres el ciclón, la barriga pelada, el escándalo furioso, todo lo que yo no soy ni hay aquí poeta que lo sea, eres el fauno, el unicornio, el centauro, el volcán, eres el putas! Santiago Mutis lo incluyó en el Panorama inédito de la nueva poesía colombiana, 1970-1986, y yo hice un artículo que apareció en el No. 144 del Magazín Dominical de El Espectador, dirigido por Guillermo González Uribe. No pude hacer más para darlo a conocer porque me aburrí de lagartear en los periódicos donde casi siempre echan al cesto de la basura las mejores colaboraciones. Mucho más luego le escribí augurándole éxitos futuros y animándolo para que me siguiera enviando poemas, a no quedarse en silencio, “porque tú eres un poeta genial y corajudo, mucho mejor que esos poetas que a diario me encuentro por la 7ª”. Al poco tiempo me respondió de manera trágica y solemne:

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Milcíades: Qué poca mi carta. Hasta engreída me parece esa abominable serena e indiferente carta. Pero es que en esos días atravesaba por un descreimiento total de los poemas y tus entusiasmadas palabras me calmaron tanto que me volví inexpresivo. Perdona buen Milcíades a este pobre poeta montaraz y mal educado que no sabe mirar con detenimiento el gesto generoso del amigo. Aunque me parece casi la mitad de los poemas han perdido validez. Se salvan los que me indicaste y cuatro más. Pero tengo otro libro —un libro que da miedo—. De verdad. Da miedo. He sido malvado, profundamente malvado. Mis pobres compañeros de vida, los que me dieron la vida incluso, aparecen de gesto entero. Ay de ellos. Ay de sus intimidades más sagradas. Ay, pero un ay poderoso. Porque cuando canto pujo, y cuando pujo lloro. Lloro y canto, pésele a quien le pesare; yo canto y hiero. Comenzando por el indefenso Raúl. Mi navaja de asesino –de hachís-chino- corta filosa la carne ajena. Treintaidós poemas de sangre vertida. No te los pierdas. Concursa en Cúcuta el próximo mes. Lujuria, indiferencia, ambición, dinero torpe, amor, muerte, falsos poetas, traiciones, fracasos. Todo eso está en Retratos, del nunca bien nombrado R.G.J. Me van a odiar, amigo mío que tienes la dicha de conocerme, me van a odiar con razones. Qué bien me siento. Sé de antemano que es una obra muy importante para veinte personas. Suficientes motivos para publicarla. Me divertí escribiéndola. Con cada uno de los personajes jugué a las escondidas y a cada uno sorprendí en uno, dos, tres gestos significativos. No te mando el libro porque no tengo plata para fotocopiarlo. Si no pasa nada en Cúcuta, ya veré la forma de enviarlo.

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Te quiere Raúl del Cristo


La soledad de Gómez Jattin No sé donde arderás ahora corazón mío Necesito entregarte siempre como esclavo Pobre de ti Es urgente que enfermes otra vez y otra vez Qué voy a hacer contigo ahí desocupado como estúpida biología Vamos deshazte de tu pesadumbre y emprende el vuelo ¿Qué te sugiere el momento? ¿Te gusta esa mirada envejecida pero atenta de tu buena sobrina? Ve y háblale de cuando lloró sin motivo O cuando de la risa se orinó en los calzones O mejor recorre el campo y siembra un árbol suntuario O llévate cordel y una navaja y construye un barrilete y eleva con él tu soledad hasta las nubes No No queremos los dos amigo mío hacer nada de eso Queremos acostarnos otra vez sobre su vientre Pero esos tiempos han pasado Su cuerpo y su deseo deambulan entre cines y bares de la urbe enfebrecidos detrás de otros cuerpos y otros deseos Y eso está bien Es su vida sin nosotros Tiene derecho también a un placer libre Allí está sola la luna y no se muere Solo está el viento Tú me tienes a mí Y a nuestra Señora La Soledad de Gómez Jattin

Antes de que dieran el fallo del Concurso de Poesía Eduardo Cote Lamus, yo sabía que Raúl no había ganado y que además se habían perdido los originales de Retratos. “Ser anónimo es tan perverso como no serlo –le escribí–. A

jaros, el paisaje, el río Sinú, Cereté, el teatro, lo erótico en todas sus formas. Como por esa época yo usaba corbata como cualquier representante de la Sociedad de la Imaginación, lo rescaté del olvido en que había caído y decidí

los poetas los vienen matando desde hace muchos años y por eso les inventan concursos don-

publicarlo por mi cuenta. La expectativa por la aparición del libro

de siempre ganan los que nunca pierden, pero cada uno tiene méritos suficientes para vivir en

comenzó a difundirse. Roberto Burgos Cantor escribió para El Mundo de Medellín que Retra-

el cielo o en el infierno. Sin darme cuenta toda mi vida he caminado sobre las brasas del infier-

tos iba a ser publicado por Ediciones Sociedad de la Imaginación, “recopilados y comentados

no, pero aún así tengo esperanzas de conquistar el cielo. Voy a buscar tus poemas y editarte el libro para que cuando la carcamala asome por tu casa no te encuentre inédito”. En Retratos estaban gran parte de sus amigos de infancia, sus enemigos, sus fantasmas, sus obsesiones, todo lo que amó: los pá-

por el cuentista Milcíades Arévalo, quien ha tenido la generosidad de hacerlos publicar para el bien de la poesía del país”. Heriberto Fiorillo en el Suplemento del Caribe publicó ocho páginas con los poemas y fotografías que yo le había tomado en mi viaje a Cereté. A finales del 85 volvió a escribirme:

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Estoy expectante por la aparición de Retratos, el cual te pido encarecidamente se llame así, simplemente: Retratos; sin ninguna dedicatoria pues cualquier mención a alguna persona podría traerme hasta complicaciones graves como ver amenazada mi vida. Así, que por favor, para mi bien, asegúrate de que el título diga así. Para mi mayor tranquilidad, escríbeme pronto diciéndome si eso está asegurado de que será publicado así. Por favor, evítame cualquier problema. Soad me informó que el libro aparecerá a finales de enero, ¿es cierto? De ser así, constituiría una gran felicidad para mí, pues de los ejemplares que me mandes podría

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derivar algún dinero para malcomer y comprar la droga siquiátrica que me hace tanta falta. Viejo Milcíades, estoy en la absoluta indigencia, así que procura mandarme el mayor número de ejemplares que puedas. No sé si te enteraste de los comentarios que hizo Alfonso López Michelsen por la televisión y por la prensa en los que aseguraba que este humilde servidor no sólo era el mejor poeta de Colombia sino uno de los más importantes de la lengua castellana. Esa magnánima actitud de López me ha permitido sobrevivir en Cereté donde los potentados se sienten humillados por mi presencia de poeta y por mi vida excéntrica que no les rinde los homenajes que en su ignorancia y vanidad se creen merecedores. Por favor, escríbeme asegurándome lo del título, pues tengo mucho miedo, y contándome cuándo aparecerá el libro y de cuántos ejemplares consta la publicación, y cuándo me piensas enviar los ejemplares que tengas a bien; ojalá antes de que los envíes a las librerías para poder venderlos con mayor seguridad. Salúdame a Juan Carlos Moyano y especialmente a Juan Manuel Roca, quien tuvo la delicadeza de ir a visitarme al hotel en Bogotá y escuchar mi largo poema “Rimbaud en Cereté” que escribí en la clínica en el papel que tú generosamente me obsequiaste. En espera de tu carta tranquilizadora, se despide quien te debe tanto como tú no te imaginas y quien guarda de ti bellos recuerdos de artista grande y amigo sincero.

Ciao, querido. Tuyo, Raúl Gómez Jattin.

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Cuando Retratoss estaba a punto de salir (en papel

papel cebolla, pasta dura y lomo en letras de oro

edad media y en la portada un fauno comiendo mango a la orilla del río Sinú), comenzó a po-

y no un simple libro como el que yo le ofrecía. También porque había poemas a los que les fal-

nerme objeciones. No se lo publiqué, entre otras razones, porque Raúl quería un libro de lujo, en

taba la gracia necesaria. Ante tantas exigencias de su parte le respondí:


De lo que soy

En este cuerpo en el cual la vida ya anochece vivo yo Vientre blando y cabeza calva Pocos dientes Y yo adentro como un condenado Estoy adentro y estoy enamorado y estoy viejo Descifro mi dolor con la poesía y el resultado es especialmente doloroso Voces que anuncian: ahí vienen tus angustias Voces quebradas: pasaron ya tus días La poesía es la única compañera acostúmbrate a sus cuchillos que es la única

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“Lástima que te hayas vuelto fanfarrón, maquiavélico y vanidoso, sobre todo con tus amigos, los que ahora te cantan. Los últimos poemas que me enviaste no me convencen tanto que digamos. Tal vez sea culpa de tu vanidad o que yo espero demasiado de ti. Soy honesto. Se yerra mucho al hablar, mucho más cuando se escribe. Qué problema. Desgraciadamente, como tú dices, soy demasiado pobre para publicar tu obra. Ese es mi problema más grave: ser pobre. Decide pronto lo que debo hacer, y por favor no te mates”. Al año siguiente volvimos a encontrar-

bro de poemas de Fernando Linero por una

nos en Bogotá, y de qué modo y en qué lugar. Internado en la Concepción, una clínica psiquiátrica que quedaba yendo para

antología de Hafiz. Él siempre era así, fresco, despreocupado, no le ponía valor a las cosas porque las cosas estaban ahí para el disfrute,

Suba, en la calle 100. No era una cárcel, pero se le parecía; no era un hospital, pero se le parecía también. A Raúl le gustaba que lo vi-

para el goce. Raúl había aprendido a inventar su libertad a partir de su invisible celda de todos los días, a sostener sus ilusiones en la

sitara y le llevara hojas de papel, golosinas, libros, ni siquiera para su uso personal sino para cambalacharlos. A mí me cambió un li-

desesperanza, y en la sospecha de los espectros del tiempo, que eran la única esperanza que consolaba su atónita existencia.

—Milcíades, cada vez que vienes a visitarme parece que me dieras alas y yo fuera un ser libre. Yo, que no soy libre, siento una envidia profunda de tu libertad. Tienes la suavidad del amigo que siempre piensa en uno, que sueña lo mejor para uno, ¿por qué Milcíades el bueno parece una estatua de arena en pleno pleamar y no se derrumba? ¿Será porque es de llanto leve o porque es de palabras de certeza, o porque desde niño oyó cantar a las sirenas? –dijo una tarde al verme llegar a la clínica. —¡Qué cosas dices, Raúl! Fuera de estas murallas, están los locos, los asesinos, los hambrientos, el dolor, la soledad y la muerte. No deberías envidiar mi libertad sino mi destreza para lidiar con la vida en la manigua del mundo.

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Equilibrio

A vuestras espaldas Vino fuerte Amores desdichados de mi vida Los más Me construí poderoso y soñador y ustedes se quedaron con las hilachas inasibles de mi poesía Seres queridos De cuerpos intocados De pieles adoradas Seres que me preservaron del destierro de la carne al ejercitar en mí la sexualidad enamorada Seres inhospitalarios Así me gustaban Ellos me enseñaron que cuando se aman así se pierde y que cuanto se pierde en el amar se gana en alma

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—Como hombre que ha enloquecido varias veces, es decir, que se me ha corrido la realidad poética hacia la realidad cotidiana, el yo y el mismo ser se han fundido en un solo ser, individual: el otro, la vanguardia, el mismo, el clásico. Borges me ha enseñado que un poeta tiene que ser claro para sus contemporáneos. También me ha enseñado que cada obra tiene su propia estética. El Tríptico es en el fondo una novela escrita en poesía. El primer protagonista soy yo y lo que he visto en mis contemporáneos. Cuando dieron las cinco de la tarde, Raúl me abrazó como si no nos fuéramos a ver nunca

liz. Cuando la voz de Raúl se dejó oír por todos los rincones de la clínica, todos, el celador, los médi-

más y se puso a cantar un salmo de despedida, un canto de libertad, sin dolor, un paso a otra vida fe-

cos, los internos, las monjas, dejaron de hacer sus deberes y se quedaron como estatuas de sal:

Quién sabe si el alma tendrá un entresuelo para las cavernas de Raúl, el loco del cielo Con Julio la muerte, con Lola la coja, la muerte me llama a su lecho Amigos serenos, vengan a verme, aquí a la Martina de mi desconcierto

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Después de un largo reposo en la clínica, vino a vivir cerca de mi casa y tuve la

Armando Carrillo, Nirko, Catalina, Juan Monsalve, en fin. Raúl estuvo feliz, corrió mucho vino

oportunidad de acompañarlo al primer recital que hizo en el apartamento de una amiga suya.

y cigarrillos de variada especie. Beatriz Castaño cantó varias veces y muchos de los asistentes

Sentó a la belleza en sus rodillas, pero no la encontró amarga ni la injurió; más bien se la gozó,

se hicieron de un autógrafo, una foto o algún poema de los que repartía a manos llenas.

porque esa noche, a pesar de las incomodidades del lugar asistió mucha gente: Antonio Caro,

Al poco tiempo cambió de residencia y se fue a vivir a un hotel cerca del parque Santander,


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en la 16 con 5ª, frente al Museo del Oro. Vivía en una habitación incómoda y maloliente. A menudo yo iba a visitarlo, a invitarlo a comer o sencillamente a hablar de Lorca y de Cavafis, del teatro contemporáneo y del circo de Oklahoma. Nuestras conversaciones podían durar una eternidadx el tiempo no contaba. En sus momentos de lucidez se desdoblaba y era feliz, pero con drogas era otra cosa. Se volvía caótico, complicado, presumido y pendenciero. Incluso llegaba a odiar a los que lo querían de verdad, gente bella y cercana a sus afectos. Conmigo nunca se portó así, tal vez porque los contrastes entre los dos eran muy marcados. En nada nos parecíamos: yo, imperceptible, nada gracioso, casi invisible, inéditox Raúl, un gigante, alto como de dos metros, odioso y tierno a la vez, con voz de trueno, carcajada estridente y poses teatrales.

publicó en 1988 Tríptico cereteano, que contiene Retratos, Amanecer en el valle del Sinú y Del amor. Me imagino que cuando Raúl vio publicado su libro en rústica, parecido al que yo le había prometido publicar, no debió sentirse muy contento. El libro quedó bien editado, creó expectativas y en poco tiempo se agotó la edición. Siempre me había dicho que su libro era único, pero para mi gusto era una mezcla del Tuerto López –a quien leyó desde su infancia–, Porfirio Barba Jacob, Jaime Jaramillo Escobar, Borges, Rimbaud, los poetas andaluces y los clásicos.

Una vez nos cogió un aguacero tan espantoso que nos tocó arrimarnos a un alero. Estábamos ahí, hablando de la cantidad de libros que se publicaban en Medellín, contrario a lo que ocurría en Bogotá y en otras regiones del país,

La publicación de su libro le permitió, entre otras cosas, reafirmarse como poeta, participar en festivales y encuentros de poesía, viajar a diferentes ciudades a dar recitales, publicar en la prensa, codearse con López Michelsen y Álvaro Mutis y aparecer en la televisión. No había ciudad o pueblo (bueno, no tantos) donde no lo invitaran. Críticos, editores, poetas y ensayistas que antes no daban un centavo por él, queriendo resarcirse de tantas ingratitudes, de tanta mezquindad, entre buenos y malos elogios, en-

cuando vi venir a Juan Luís Mejía, el asesor de una colección literaria muy bonita llamada Si-

tre buenas y malas dedicatorias, audiciones y visiones, hicieron de él un mito. “Yo me propu-

món y Lola Guberek. Le presenté a Raúl, y fue gracias a él y a Darío Jaramillo Agudelo que se

se con mi poesía hacerme querer. Ando como un muchacho por la vida, buscando amigos con

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Lola Jattin Para Alejandro Obregón

Más allá de la noche que titila en la infancia Más allá incluso de mi primer recuerdo Está Lola —mi madre— frente a un escaparate empolvándose el rostro y arreglándose el pelo Tiene ya treinta años de ser hermosa y fuerte y está enamorada de Joaquín Pablo —mi viejo— No sabe que en su vientre me oculto para cuando necesite su fuerte vida la fuerza de la mía Más allá de estas lágrimas que corren en mi cara de su dolor inmenso como una puñalada está Lola —la muerta— aún vibrante viva sentada en un balcón mirando los luceros cuando la brisa de la ciénaga le desarregla el pelo y ella se lo vuelve a peinar con algo de pereza y placer concertados Más allá de este instante que pasó y que no vuelve estoy oculto yo en el fluir de un tiempo que me lleva muy lejos y que ahora presiento Más allá de este verso que me mata en secreto está la vejez —la muerte— el tiempo inacabable cuando los dos recuerdos: el de mi madre y el mío sean sólo un recuerdo solo: este verso

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quien ponerme de acuerdo para hacerle una maldad a la maldad”, diría después en una entrevista. A mediados de 1989 y financiado por Editora Bolívar y la pintora Bibiana Vélez, publicó Hijos

he inventado una escuela poética que se llama sentidismo, cuya cláusula más importante es el sentido, lo que se quiere decir. El que quiera ser poeta tiene que estar dispuesto a sacrificar su

del tiempo. Como era la “estrella” del momento, asumía su papel con vanidad y orgullo: se ganó una beca del ministerio y cantidad de enemigos; comenzó a dictar talleres de poesía en la Casa Silva y vino a vivir en el Hotel Dorantes, en la calle 13 con 5ª. Como hacía tiempo que no nos veíamos, una mañana me llamó para regalarme el libro que le habían publicado en Cartagena. Lo leí emocionado, de un jalón, y sentí mucha ale-

vida. La poesía le exigirá todo a cambio de un grano de placer. Hijos del tiempo es un libro dedicado a la muerte”. Durante varios días lo busqué para decirle lo mucho que me había gustado su libro. Una tarde a la salida de la Casa Silva me lo encontré frente a frente. Si yo hubiera sabido que en ese momento estaba alterado, no me le acerco. De un golpe me levantó del suelo y ¡tras!, contra el andén. “Tú, Raúl, ¿cómo pudiste

gría. Era otra tonalidad, otro estilo en su poesía, mucho más elaborada, había más fascinación

hacerme esto?”, le pregunté. Raúl se quedó lelo, ido, como tratando de buscarme en lo profundo

por el hecho poético. Su interés se había volcado en la mitología, sobre todo en la griega. Ya no eran las cosas triviales y prosaicas que sucedían en su pueblo o entre su gente, sino que se sumergía en la tragedia y buceaba hondo, él mismo lo dijo en una entrevista posterior: “A los seis años mi padre me dijo: tú vas a ser escritor, pero solo pasados los 35, cuando escribí mis primeros poemas, me di cuenta que era escritor. Mi poesía corresponde en líneas generales, a una poesía clásica. Personalmente, creo que

de su memoria y se fue dejándome a solas con mi dolor y tres costillas rotas. “Es que los poetas somos muy malas personas. Yo sé muy bien que no soy un caballero como Borges”, dijo después en una entrevista. Por esos días Raúl padecía una de sus peores crisis emocionales y yo no lo sabía. Había empezado a deteriorarse física y psicológicamente debido al uso indiscriminado de drogas y estupefacientes. A cada paso desvirtuaba que estuviera loco: “Soy un hombre tan lúcido que hasta


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Franz Kafka

Lo amarga hasta las más íntimas fibras el padre Lo destrozan los oscuros tiempos que le tocó vivir Escribe por amor a una vida que se le escapa entre la oficina de abogado y la indiferencia y maldad de esos contemporáneos que detesta Terminar El Castillo fue una verdadera proeza Contar las vicisitudes de K lo emocionaba —es cierto— pero no es menos verdad que fue terrible Si pudiera volvería a escribir El Proceso Si pudiera completaría El Gran Teatro Integral de Oklahoma O si no los quemaría todos absolutamente A sus hermanos de sangre los están esperando Dachau Auschwitz Tremblinka Buchenwald con los hornos con las hambres festejadas por los verdugos nazis Serán jabón o nada o esqueletos apenas cubiertos por una piel terrible y deshumanizada Serán la muerte desolada de tantos incontables Serán la víctima inerme que Franz —el tierno Franz— fue en su vida y en sus narraciones geniales

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loco soy. Ser loco es vivir en un deslizamiento de la realidad que habito en mis poemas”, pero ya nadie le creía ni tampoco yo le creía a nadie. Cuando me contaron lo del incendio en el Hotel Dorantes, tampoco les creí. Seguramente Raúl

plemente un estoico. Me limito a decirle a otros de mi dolor de estar vivo y del placer de estarlo, mirando el río Sinú, el mar y las murallas de Cartagena, o el rostro de alguien que, de alguna manera trascendente y oculta, me dice que el

estaba quemando algunos poemas sin importancia o fumando marihuana y el humo que salía de

mundo está vivo”. Por fortuna, los poetas y los amigos

su habitación fue suficiente para que llamaran a los bomberos a apagar un incendio fenome-

que lo querían más que yo lo mandaron para Cartagena, la ciudad que tanto amaba. Raúl

nal que no había. En todo caso fue un escándalo tenaz, y Raúl, héroe derrotado por un ejército

sabe que no hay otra vuelta de tuerca y acepta encantado. Allá se va a vivir un tiempo, luego

de fantasmas, se fue a vivir por los lados de la Universidad Javeriana. Todas las mañanas bajaba a deambular por la 7ª, descalzo, sangrando, hambriento. Yo nunca pensé ver así a Raúl, al ser grande que vivió y padeció la poesía en toda su extensión, pero esa era la triste realidad en el país de los poetas, una realidad que daba lástima, la de un ser destrozado y vuelto añicos, sin dientes, casi calvo. Estaba pagando el costo de su vocación. Ya lo había dicho: “Desde muy niño, mi vida se la aposté al arte, específicamente a

va a La Habana donde le han prometido curarlo y regresa de nuevo a Cartagena, como el mejor hijo del tiempo, alucinado por la belleza del mar y la poesía. En 1995 aparece El Esplendor de la Mariposa (Cooperativa Editorial Magisterio) y una selección de sus poemas escritos entre 1980 y 1989 en Norma. Como se nota, abundaban los editores, los reseñadores y críticos elogiando a Raúl, pero otra era la realidad de su vida, pues ni siquiera tenía vida ni dónde vivirla en este mundo, modelado para la vanidad y el éxito.

la literatura. La poesía me ha deparado (no precisamente costado) locura, pobreza y soledad.

Mayo, con todo su esplendor, no deja de ser un mes trágico para la poesía y los cre-

Y trabajo, muchísimo trabajo. Pero también me ha traído a mi vida ocio, gran alegría y amistad.

yentes del verbo. El día que salió en la prensa la noticia de que Raúl Gómez se había suicidado,

No soy, pues, un hombre amargado, sino sim-

me negué a creer que fuera cierto que se hubie-


El cacique Zenú

Llegaron los Gómez Fernández Morales y Torralbo con ese Cristo muerto y amenazante e incomprensible a cambiarnos la vida con costumbres y la muerte ¿Les iría tan mal en la tierra española que cruzaron el mar en sus canoas de vela a venirse a vivir para siempre con nosotros? A mi parecer son agradables y buenos pero su Semana Santa es nuestra época florida y si quieren rezar que lo hagan pero que no quieran impedirnos que vayamos hasta la ciénaga a buscar la icotea la babilla y el pájaro chavarrí Me gustan sobre todo los Gómez y los Torralbo y entre ellos don Tomás de la Cruz Gómez que aunque era canónigo sabía hablar y reír Sabía de todo y mucho y no se metía en mis creencias Desde que lo mataron por revolucionario —el ejército español— y colocaron su cabeza en una jaula de hierro a la orilla del río no he hablado con nadie tan íntimamente como con él Ojalá que su dios se haya acordado de su alma Por mi parte yo he rogado a los míos para que cuiden a don Tomás y lo hagan olvidar lo que sufrió

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ra arrojado a un bus la mañana del jueves 22 de mayo. Para mí tengo que Raúl estaba buscando un lugar donde posar sin mucha fatiga el pie y el chofer no lo vio. Después de todo, sus enemigos no eran una legión de ángeles clandestinos.

acción que hubiese intentado en serio, fuera de aquellos impulsos truncos y tragicómicos de hartarse con bazuco o de ahogarse en el mar. Nunca asumió su muerte como un acto de responsabilidad personal, como sí asumió, por ejemplo,

“Quizá su miedo a la muerte era tan fuerte como su deseo de morir. Quitarse la vida no era una

la poesía”. En uno de sus primeros poemas ya había previsto su desenlace fatal y de qué modo:

El suicida Airoso en su galope levantó la mano armada hasta su sien y disparó: suave derrumbe del caballo al suelo Doblado sobre un muslo cayó y sin un solo gemido se fue a galopar a las praderas del cielo Jotamario Arbeláez escribió en su columna de El Tiempo que yo había descubierto a Raúl como poeta. El descubridor fue Juan Manuel Ponce, yo sólo fui el que creyó en sus versos como en tantos otros poetas que prefiero callar. En todo caso, cuando Raúl muere se agotan sus libros, aparece

en varias antologías, se reproducen sus poemas, se le hacen homenajes. En Cereté, después de no sé cuántos años, llueve y la casa de la cultura hoy en día lleva su nombre, pero nadie sabe esencialmente quién fue Raúl Gómez Jattin. ¡Oh, la poesía, tan bella como un monstruo! Para mí

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que tuve la dicha de conocerlo y de divulgarlo cuando era silvestre, digo que tan sólo fue un hombre visceral, vital y auténtico como ninguno. Ahora me lo imagino en las praderas del cielo en compañía de los poetas muertos y de “ese blanco dios de alas doradas que le dio toda la soledad de este mundo, pero que no le dará jamás el olvido”.

la deploración de lo perdido. Su destino es heroico, aunque otros poetas quieran verlo como un simple error, como un extraviado. Porque

Después de esta corta semblanza sobre Raúl Gómez Jattin, valdría la pena pre-

él no está visitando los extremos, sondeando las aguas oscuras, sino trayendo de ellas, para

guntarnos hasta qué punto su poesía fue un reflejo de su vida. En ninguna parte de su obra

compartirla con nosotros, su música.

se siente más la plenitud del vivir como en aquellos poemas que describen su tierra como paisaje de fondo, sus llanuras, los frutos, los animales, el calor. “Soy un dios en mi pueblo y mi valle”, dice con modestia en uno de sus poemas. Era un panteísta exuberante, vital y dionisiaco, que cantó y bailó en las riberas del río Sinú transformando a todos los seres, desde la gallina al hombre, en dioses. Ese color de mango maduro que recorre estos versos alivia

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la persistente tendencia a la tristeza y a la desolación de un hombre que vacila sin cesar entre un futuro en el que no acaba de creer y un pasado que lo invita siempre a la nostalgia y a

Uno de los mayores logros de la poesía contemporánea ha sido el de renunciar a la rigidez de un excesivo formalismo, el de conquistar naturalidad y capacidad expresiva sin perder elocuencia y belleza. En esa conquista se inscribe Raúl, cuya muerte vino a clausurar una existencia apasionada y tormentosa. Su lenguaje, las palabras, no importa de dónde procedan, son explícitas hasta un punto que, para hallar comparaciones, es necesario trasladarse a otras lenguas, a ciertos poemas de Allen Ginsberg, Walt Whitman o Jean Genet.

Nada oculta quien carece de pudor, concepto inexistente en el estado de inocencia primigenia, transgresora, que cada poeta refleja en sus versos. En la poesía de Raúl Gómez Jattin se trata de una presencia per se, la inocencia misma manifestándose sin mediaciones: un hombre, dotado fundamentalmente del sentido del ritmo del monólogo teatral, que ha atravesado subterráneos de la mente y de la vida que ni


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siquiera podemos imaginar. Este hombre, como una fuerza de la naturaleza, deja salir un borbotón de palabras sobre asuntos prohibidos, una explosión de palabras tan exactas, que poseen la potencia espiritual de la más honda poesía… ¿Casi obsceno? Nadie más inocente, más transparente, menos poseído por la malicia que este poeta, el más explícito, el más desparpajado de la poesía colombiana. La sexualidad de Gómez Jattin y la

Raúl también se caracterizó por ser un

mención del sexo en sus poemas, para algunos

actor, y él mismo en la vida cotidiana podía seme-

fue de gran trascendencia y un obstáculo, pero quienes lo conocimos sabemos que no tenía ningún tabú. No sería muy claro saberlo todo

jarse a cualquiera de los personajes de la tragedia griega. Era tal su conocimiento, que muchos de sus poemas son como libreto teatral, una reso-

por medio de sus palabras; es necesario también conocer su historia, su rebelión contra la sociedad, la oscuridad y el desamor lo llevaron a

nancia del espíritu trágico de los autores que le fascinaron y con los que podía discernir el mundo, su vasto universo humano y su tragedia.

entregarse a las drogas y a la poesía. Raúl realiza una navegación por el mar de sus más vigorosos recuerdos, que van desde

Sin embargo, este ser irreducible no se pliega a las convenciones y está dispuesto a hacer también el retrato de los otros. Esa per-

la infancia hasta los más recientes y en donde va a estar siempre la madre, la suya en particular. Este trauma psicológico pudo ocasionarle esos estados de angustia, dolor, tristeza y soledad que

sonalidad indomable hizo que se entregara a un destino absolutamente individual, sin preguntarle a nadie cómo había que vivir, qué era lo aceptado, e hizo que se sintiera capaz de impo-

se pueden encontrar reflejados en su poesía. Su llanto era un dolor que le nacía desde el fondo,

ner condiciones a los otros. Su destino es heroico, aunque los demás poetas quieran verlo como

desde los entresijos de su alma, una queja dolorosa. Así pasaba sus momentos de soledad en los

un simple error, como un extraviado, “como un nómada sin lugar en el mundo, como ese eterno

sanatorios. Sólo en la soledad de su vida podía ser excepcional, fantástico, poderoso y único.

personaje de Kafka que anhela en vano ocupar un lugar en alguna parte”.

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El rey moro

No volverá a ver la Alhambra en su esplendor de jardines y palacios donde canta el agua Los años de mirar la luna del poniente oyendo a los poetas leer sus versos y escuchando el laúd huyeron de su vida como asustados pájaros Nadie —lo sabe íntimamente— lo devolverá al califato de Córdoba su ciudad amada Nadie —y llora— mirando la costa lejana que se desdibuja en el horizonte —Nadie regresará los amigos que murieron Ahora al desierto áspero de Túnez o Marruecos o a las montañas del Líbano o de Siria Tantos siglos construyendo pueblos y ciudades irrigando llanuras cultivando frutales enseñando la Alquimia y el Álgebra la Poética la Astronomía y la Música Y todo se ha perdido en unos cuantos años En unas pocas batallas todo se esfumó como un espejismo en medio del Sahara

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Li-Po

Las flores del duraznero han caído a la grama Tienen algo de caracola o de piel sonrosada El viejo poeta chino se levantó muy temprano y triste ha sorprendido el desastre del viento Anoche se embriagó con unos nuevos amigos que anduvieron muchos días para conocerlo Todavía conserva en el bolsillo el poema escrito con afecto por uno de ellos en la mano una copa de vino y bebe emocionado mientras mira las flores Ha escrito tantos versos como ha podido y siente a la muerte vigilándole los pasos Beberá todo el día y al anochecer la luna lo llamará en silencio a mirarla borracho a perseguir su brillo entre las hojas húmedas en el reflejo sobre los montes lejanos y en el agua del río Amarillo la mirará más hermosa que en lo alto del cielo y borracho creerá realizado el milagro de tocarla y mirarla de cerca y besarla Y Li-Po va en busca de la luna en el agua del río Amarillo De donde nunca jamás Li-Po volverá

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Casandra

La muchacha troyana grita voces del alarma Agamenón —dice ella— serás muerto al atardecer Veo un Pozo de sangre en tu pecho abierto Los buitres descienden a devorar tu cuerpo Huye y llévame lejos de este lugar de crimen Pero el atrida —como antes los troyanos— no cree las predicciones de la infanta su cautiva y cuando Clitemnestra le tiende su mano se deja conducir al baño donde será matado mientras Casandra llora la muerte de los dos En el lejano confín de los mares quedó Troya vuelta cementerio y ceniza y silencio y nada Quedó la familia real muerta o esclava Casandra la princesa es esclava en Esparta Casandra la adivina se asoma a la entrada del baño y en un vértigo de miedo divisa en el aire la red que cae sobre Agamenón y aprisiona su cuerpo desnudo en el agua y ve el hacha que Egisto con furia descarga una y otra vez y ve el agua manchada de sangre y el olor de la sangre le enturbia el sentido y cae desmayada al piso de dura piedra de donde nunca más se levantará pues los asesinos la han visto y con el hacha sangrienta la matan

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Mis primeras caminatas por Cartagena me han dirigido al azar de la Calle 25 hasta desembocar en la Plaza de los Mártires. Al parecer, el lugar ha cambiado de nombre varias ocasio-

quilla. Charlamos un poco más con carcajadas de amistad añeja mientras poco a poco la plaza se llena de mesas con sombreros “vueltiaos”, dulcería típica, collares, tejidos, aretes, llaveros,

nes: ¿Camellón de los Mártires?, ¿después Plaza del Centenario?, ¿alguna vez Plaza de la Independencia?... No estoy seguro de nada, resulta imposible sujetar el detalle de las cosas, a causa del bochorno que todo lo invade o por culpa del policía que me invita un cafecito —un “tintico”— al observar lo impropio de cubrir el consumo con un billete así de gordo frente al vendedor ambulante, habrase visto semejante despropósito de mi parte… Hermanados en el sofocón de

pulseras de carey, tarjetas telefónicas, audífonos, imanes, planos de la ciudad vieja y playeras de la selección de fútbol, muchas, de todas las tallas, amarillas, rojas, azules, casi siempre con el nombre de James Rodríguez en los dorsales porque esta noche hay partido y nada como esperar el triunfo enfundados en la certeza del uniforme nacional. Al paso de los días, en mi andar mal disimulado de transeúnte al borde de la deshidratación o del desmayo, los chamari-

la hora, sentados sobre una banca de sombras insuficientes, el oficial aprovecha para explicar-

leros de por aquí me ofrecerán cosas que no se nombran y productos con olor a pecado.

me los horarios del peligro y las geografías de la precaución fuera del casco viejo de la ciudad. También, y siempre a contracorriente del calor, me informa de un cabo, colega suyo, amigo entrañable, famoso por su amor a la lectura y recién emigrado a la ciudad de Bogotá, lo cual me impedirá conocerlo porque yo no he venido a Cartagena para terminar en la capital de un país tan variopinto, ciudad de ciudades y casa de muchos acentos, porque Medellín es otra cosa, y lo mismo Cali, Neiva, Pereira o Barran-

A solas, aún en esta plaza histórica, analizo la estampa de una mujer en los diez mil pesos del papel moneda. Se trata de Policarpa Salavarrieta, “la Pola”, heroína de otro siglo, como nuestra corregidora, doña Josefa Ortiz, allá en México, y al intercalar las gestas emancipadoras de la Nueva Granada entre las épocas más gloriosas de la Nueva España, entiendo el absurdo de haber querido pagar así, con este billete tan desmesurado, el vasito aquel de tinto amargo y un cigarro, por favor. Sea como sea, ya son varias

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las cosas que pican mi curiosidad en esta ciudad: primero, la juventud tan “bacana” —así se dice por aquí— de los gendarmes colombianos, su ingenuidad de muchachos sin sombra de arrogan-

nicas en ejemplares impregnados de muchísima humedad: La vorágine de José Eustasio Rivera, María de Jorge Isaacs, alguna novela de Álvaro Mutis y varias antologías de Rafael Pombo. Aquí

cia que inspira una confianza inmediata, siempre vestidos de verde olivo y enfundados en vistosos chalecos fluorescentes, a pie o en motocicletas de colores repetidos; después, y acaso debido a mis atavismos de coleccionista de puerto, me intriga conocer la historia de los próceres locales en las monedas locales y me parece tan mágico —y tan aberrante por razones difíciles de explicar— escuchar que Gabo tendrá curso legal en el nuevo billete de cincuenta mil pesos colombianos.

y allá se apilan títulos con Pablo Escobar en la portada, retazos de enciclopedias nacionales y tomos sueltos de la Biblioteca Ayacucho que reconozco de inmediato, y, aunque aún es muy temprano en el desfase generacional, nombres como el de Ospina, Restrepo, Vallejo, Vásquez o Abad Faciolince cuentan ya con una presencia inesperada bajo los atestados cobertizos de la plaza. Domina la fuerza de lo propio, títulos y autores y antologías y ediciones que si acaso le

Al final, y como bien puede suponerse, me interesan las dinámicas de la lectura en un

otorgan un breve paréntesis a Cervantes, Víctor Hugo, Borges o Murakami, regresan apresura-

mundo hecho de resolanas insoportables, cuando descubro los puestos de libros viejos en la Plaza de los Mártires. Al paso de mis andanzas, cada una de mis ojeadas por estos kioscos confirmará el culto a García Márquez en ediciones para todos los gustos, de todos los años y de todos los sabores, y en más de una ocasión he de toparme con sus traducciones al inglés o al alemán así como con la Crónica de una muerte anunciada en lengua francesa. Abundan, además, cosas menos caudalosas aunque igual de canó-

dos al refugio de la casa más propia. Y si bien es cierto que así sucede siempre con los libreros de viejo en casi todas las ciudades del mundo, por estos rumbos la intensidad de lo doméstico confunde un poco mi reflexión sobre las ciudades costeñas, mundos por definición abiertos al cosmopolitismo de las esperanzas —lo cual quizás sea una forma poco afortunada de decir que los puertos son universos urbanos que nacionalizan pronto los imaginarios que los visitan, vengan de donde vengan—. De repente, al arrastrar mis


El infierno son los otros

Cuando saben que viviste entre ellos a pesar de que no tenías su entraña y tu tiempo era trascendente y bello se preguntan qué llevabas en tu pecho tan callado tan serio tan verdadero Cuando parecías no existir para la vida Esos libros los perturban los asedian ¿Por qué los nombras tan oscuros? ¿Por qué no figuran como héroes? Cuando saben que viviste entre ellos tal vez se preguntan: ¿por qué no lo matamos cuando aún no era conocido? ¿por qué?

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dudas entre los libros usados, me atrevo a enfrentar la idea de trópico a la de nación, porque esta ciudad siempre ha sido mar irrepetible antes que paradigma de lo colombiano, y otra vez

truir las actitudes del lector local en el oficio de las piedras preciosas. Uno o dos días después he de me acercarme a Eloy, guía de turistas, hombre atormentado, divorcio reciente y fanático de

ya no estoy seguro de nada, ¡y qué calor hace! A la distancia diviso el casco de la ciudad vieja, los arcos, la muralla, la Torre del Reloj, tantas cosas. Al acercarme un poco más, me asalta un infinito de tiendas cerradas; las calles están casi desiertas y el espectáculo resulta extraño frente a estas calzadas del siglo XVI, sin comerciantes y sin turistas. Sí, hoy es un lunes feriado en Cartagena de Indias, fecha de asueto de la que nadie me dice nada sustancial, sólo

títulos cósmicos —así lo dice él—. Hablamos de los rosacruces, un poco de la Fama fraternitatis, algún comentario de poca importancia sobre

que hoy no se trabaja, señor, y qué más da, y a quién le importa, se trata de un día festivo y lo demás es lo de menos, señor. Un poco más tarde, cuando decida abandonar la soledad de los adoquines, calmaré los fastidios de la jornada con cerveza “Águila” en el Café Habana donde los ritmos de Ibrahim Ferrer anuncian la llegada de la brisa nocturna. Al día siguiente descubro un taller de joyería donde me hablan de una talladora de esmeraldas, se llamaba Martha, y no, no quiso abrirme las puertas de sus libreros, no sé por qué, y hubiera sido genial, claro que sí, recons-

Isaac Asimov y es imposible recoger algo valioso porque en su voz casi todo es desánimo que anuncia libros inaccesibles. Eso sí, me ha enviado a la Calle de la Iglesia, unas cuadras más allá, esquina con la Calle de la Mantilla, donde cada miércoles se reúne un club de lectores, gente amable que devora novelas, que mira películas, que habla de tantas cosas, aunque Eloy no está para nada de eso, ya no, y tomo nota: Café Ábaco, en la vieja Cartagena, miércoles después de las cinco y media de la tarde. Asimismo, recuerdo haber corrido el riesgo de transitar por una arepa de queso con mantequilla, en la Plaza Bolívar, frente al Edificio de la Inquisición, junto al portal de los escribanos, a tiro de piedra de la “ventana de la denuncia”, allí donde tienen su terminal los carruajes a caballo y cerca del sitio donde se realizan danzas de la negritud, al pie de una fuente mayor, dentro del llamado “corralito”. Un

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poco más allá podían observarse los muros altos y enjalbegados de la catedral histórica, cerrada por restauración. También por entonces fue que descubrí el aire acondicionado de la Biblioteca

Madrid, hay una cantina ideológica que ha hecho de la revolución un sistema de atractivos; el sitio se llama “Bar KGB”, cómo olvidarlo, y en su interior los meseros reciben al cliente con boinas del

Bartolomé Calvo, junto al Museo del Oro, donde las mesas de trabajo invitan al descanso y los vigilantes impiden la siesta cuando la frescura del lugar hace despuntar alguna cabezada. Aquel día lo decidí: siempre que la canícula se anuncie con signos de intransigencia, emprenderé mil viajes hacia estas mesas para describir la forma en que la reverberación aletarga mis búsquedas de un lector nativo de todo esto, oriundo de las calinas y conciudadano de los sudores.

Che Guevara y quepis del Ejército Rojo, aunque las bebidas, eso sí, cuestan un ojo de la cara. Bajo el sempiterno bochorno de la costa, uno termina por recortar las horas de cualquier recorrido. Sin embargo, hay tardes así, en las cuales resulta posible aprehender el rostro de las avenidas, echarle un vistazo de merodeo tranquilo a la figura de piedra negra y sombras largas que recién descubro en una glorieta, en la frontera imaginaria que divide la antigua Car-

No porque se trate de un lugar común se debe dejar de insistir que las altas tempera-

tagena del resto de la ciudad. Se trata de un monumento sobre pedestal de cantera dedica-

turas del Caribe decoloran el rostro de todas las cosas. Las garitas frente al mar se distinguen de otra manera, también los siglos del amurallado —qué intenso es todo esto—, los balcones de estilo castellano, los mercados al aire libre, las cocinas económicas para el burócrata municipal, los comercios de ultramarinos, los claustros coloniales, las tiendas exclusivas con guayaberas de dar envidia y los escaparates de ponchos inolvidables. Por cierto, sobre la Carrera 7, frente a la iglesia de Santo Toribio, en la Plaza Fernández

do a la india Catalina, mujer que vive de pie, esbelta y casi desnuda, entre las líneas rectas de una escalinata de seis o siete peldaños. Al paso de los días, estoy seguro, alguien podrá informarme de la historia de una niña raptada, hija de la nación Calamarí, amante obligada de Pedro de Heredia, el fundador de la ciudad. De inmediato reincido en los paralelos con otras mujeres de la Conquista —la vida de la india Catalina se parece tanto a la Malinche de Hernán Cortés, ¿no es cierto?—, y, sin verlo venir,


Soy un aerolito

Soy un aerolito, soy pesado y ágil Soy un aerolito, rasgo el firmamento y busco un lugar en él donde organizar una vida de planeta con su azul y su verde soy gris claro con sus flores y fauna ojalá me encuentre a dios para hacerle esa proposición

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me disgrego de nueva cuenta en un viaje a los paralelismos históricos porque los estudios de nuestro pasado, cuando se les somete al filtro de un latinoamericanismo a rajatabla, están do-

lo peruano en lo centroamericano, lo andino en lo

la vez, aunque nada como regresar a las refrigeradas mesas de la Bartolomé Calvo para darle un poco de ligereza a la reflexión. Con la buena memoria de Marc Bloch en el caletre —ver su Apología para la historia y el oficio del historiador—, y con algo de frescura en el cuerpo, parece menos atrevido expresar que las casualidades históricas son herramientas vá-

caribeño o lo peninsular en lo trasatlántico, con un largo etcétera de posibilidades entrecruzadas.

lidas a la hora de discernir las globalidades hispánicas. Al final, mejor será no distraerse más

Solo en una ciudad como Cartagena de Indias dicha postura puede argumentarse así, como el anhelo de parecernos para triunfar sobre la soledad. Sí, quizás lo nuestro sea una silenciosa necesidad de sincronías, la proyección de las

con la india Catalina, contornar la ciudad vieja, otra vez atravesar la Torre del Reloj del otro lado

minados por un anhelo de coincidencias, afán de resonancias que sepan acercarse a lo colombiano desde lo mexicano, reflejos que infieran

particularidades nacionales entre las abigarradas geografías de nuestra lengua, esas que nos imitan sin conocernos, y esas que, por si fuera poco, nos heredan una forma inusitada de explicarnos. Deambular por nuestro universo cultural representa la tentación permanente a generalizarnos, y si acaso la seriedad intelectual exige señalar los riesgos de dicha visión totalizante, ello no impide conjeturar que la lengua castellana sabe insertar los presentes perfectos del verbo “reconocer” en todos los tiempos de sus posibles conjugaciones. Simple y complicado a

de todas las olas para charlar con dos vendedores que me informan de doña Bernardina, fallecida el año pasado a los cien años de edad, o casi, experta en libros usados e institución de la lectura local durante casi ocho décadas de títulos y de autores vendidos al mejor postor. Después doblaré a la izquierda por la Calle de la Media Luna, pasaré frente a los afiches del Café Habana, la Plaza de la Trinidad, el Callejón Ancho, el Callejón Estrecho —otra vez jugadores de “Parqués”—, la Plazoleta del Pozo y la escultura de un borracho de aluminio que cede a la necesidad de sus aguas menores en una esquina, frente a la mirada absorta de un perro, también ya muy oxidado, en la Calle de la Chancleta.

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La locura espanta el tedio

La locura espanta el tedio como el viento espanta nubes Ven oh sagrada locura y llévame al reino de tu fantasía

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La gente es tan amable en Cartagena de Indias y a cualquier hora te promete un viaje a los domicilios donde acontecieron algunas de las escandalosas conquistas del doctor Juventi-

grupo, la novela Nostromo, de Joseph Conrad, y a su alrededor las mesas están ocupadas por una lingüista en retiro —mujer amable de cabellos limpios y cigarrillos feroces—, un abogado,

no Ariza, habitante de El amor en los tiempos del cólera. En esta ciudad ya son perennes los apellidos de García Márquez, es el orgullo en cualquier explicación, la buena fortuna de un prodigio familiar que se sabe universal. De hecho, Gabo tenía una casa por aquí, muy a su gusto y protegida de indiscreciones con unas bardas enormes, en el sector más bello del casco antiguo. Por cierto, la Calle de la Iglesia queda un poco más allá de dicha residencia, y al en-

dos contadoras, un publicista pensionado, algún docente de finanzas, un médico de sangre pesada que no deja de hablar de Lacan y alguien más cuya profesión no me quedará muy clara al tomar nota de todo esto en el oasis de la Bartolomé Calvo. Al integrarme al grupo, alguien me acercará algún texto de Gómez Jattin, me contarán su historia de poeta maldito, enfant terrible de imágenes audaces en una ciudad que, según me dicen, nunca quiso serle fiel a su forma de

trar al Café Ábaco descubro los estantes de su librería, los recorro y los analizo antes de ocupar

doler y menos aún a su muerte increíble. La hojeo y la reviso y me traspaso, una antología poé-

una mesa junto a la ventana, frente al paso de los autos y de los transeúntes. Poco a poco los lectores de cada miércoles llegan, se abrazan, se saludan, se sientan, piden algo al mesero, botellas de vino fresco, se limpian el sudor del rostro, beben limonadas muertas de frío en vasos de cristal que recuerdan los mercados populares, y al final todos se repiten en un buen café, lo cual en Cartagena será siempre una redundancia. Alejo es el que lleva la voz hacia la lectura que ha ocupado las últimas semanas en el

tica editada por el Fondo de Cultura Económica. Me ha dado gusto descubrir a Carlos Monsiváis en la selección de unos textos que dejan exhausto a cualquiera, porque en los versos de Gómez Jattin se despliega una capacidad para amar entre líneas y también para desamar a las claras; diríase que sus imágenes aprisionan la soledad y la liberan de insignificancias porque su poesía es luz cotidiana capaz de alumbrar los desgarros del amor cuando este se diluye. De improviso, algo se espera de mí como respuesta, y le suplico


al mesero nos traiga lo que pueda encontrar de Jaime Sabines, si es tan amable: “Muero de ti, amor, de amor de ti, de urgencia mía de mi piel de ti, de mi alma de ti y de mi boca y del inso-

un taxi, doce mil pesos, no más, y lo negociaré varias veces antes de declararme vencido en la tarifa a causa de mi acento extranjero. En estas, las primeras horas de la mañana, el conductor

portable que yo soy sin ti…”, y ya, ya estamos parejos, o casi, y en el terreno neutral de César Vallejo, “me moriré en París con aguacero, en un día del cual ya tengo el recuerdo”, se nos antojará terminar la velada en un restaurante de los llamados “fusión”: comida peruana con sazón oriental o platos de otro mundo a la usanza criolla mientras pasado mañana iré a la casa de Alejo, administrador de empresas, relacionista público, buena persona… Con una gorra depor-

rodea ya el barrio de la Manga, recorre un brazo de agua que parece un lago, lanchas con mil años de mar en sus cuerpos de madera, también chinchorros, cigüeñas, garzas y gallinazos. Sobre la diagonal de una avenida, sin mucho tráfico porque avanzamos en sentido contrario al centro de la ciudad, reconozco los derruidos flancos del Mercado de Bazurto donde ayer he venido a comer con los amigos del Ábaco: arroz de cangrejo o arroz de frijolito, plátano en tentación, cerveza

tiva que no se quita casi nunca y que cambiará según el color de sus camisas, preparado para

helada y al parecer toda la negramenta del Caribe se da cita por estos distritos a la hora del

solucionar el sol canicular con unas gafas redondas y gigantes, parece tan amable este guía de leedores y de leyentes, cicerone de títulos que buscan quitar el sueño en las tertulias literarias de cada miércoles, en el centro de una ciudad como Cartagena de Indias, en un café-librería de buena memoria. Su casa queda por allá, en el sector de El Campestre, 4ta. Etapa, Manzana 39, Lote 14, cerca de una pista de patinaje. Me ha dicho que no es sencillo llegar al sitio, que conviene tomar

almuerzo, entre chambetas, vallenatos, salsas, reguetón y música popular salpicada de “diomedazos” —canciones de Diomedes Díaz—. Ahora que lo recuerdo, a mi lado había una niña de padre sonriente, me adivinaban el acento, ella se llamaba Sari-Paola, o algo así, y eran impresionantes los costillares del pescado que consumían sobre las mesas compartidas del lugar. Con la conciencia otra vez en el camino, más adelante hubo que pagar el peaje en el puesto de cobro antes de entrar en un sector de clase media don-

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de los colores comienzan a repetirse en las fachadas. Hay muchas antenas de televisión sobre las azoteas y los edificios achaparrados copian sus arquitecturas entre calles de numeración in-

cia de lo local en los cuentos de Oscar Collazos, Adiós Europa, adiós, y La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo. Casi toda la obra de Marguerite Yourcenar está presente, organizada, traslú-

descifrable. Fue tan difícil llegar al domicilio de Alejo cuyo perro se me viene encima, ahora mismo, y me limpio la herida, y lavo la rodilla ensangrentada, no, no pasa nada cuando distraigo la mirada en las repisas de una residencia sencilla, limpia, abanicos de cielo, mobiliario familiar, ventanales orientados hacia la frescura y una cocina de olores a café, porque en esta ciudad siempre hay un tinto que te espera todo el día. Entonces fueron los títulos venidos de

cida, poderosa desde el primero hasta el último título, Opus nigrum, volumen que hace frontera con Así fue Auschwitz, de Primo Levi. De Oriente también hay muchísimo, y entonces repito la broma de mi enciclopédica ignorancia, porque no conocía a Natsume Soseki mientras Alejo me recomienda Soy un gato, de verdad, una obra maestra; después mencionará algo más bien de moda, el Tokyo blues o el 1Q84, del escritor de culto Haruki Murakami, así como la correspon-

cualquier lengua y novelas que me reconciliaron con el deber ser de los lectores de puerto, co-

dencia entre Yukio Mishima y Yasunari Kawabata. Me tallo los ojos con La nave de los locos,

razones siempre ávidos de recibir un mundo de historias para revivir en las historias de todo el mundo —perdón por el retruécano—. Qué duda cabe, sólo alguien como Alejo podía estar en el centro de un círculo de lectores porque en sus entrepaños se hace infinita la realidad de la imaginación. Aquí está Turquía en Orhan Pamuk y El museo de la inocencia; la escritora americana Carson McCullers, con La balada del café triste; también, El viaje a Roma, una de las últimas novelas de Alberto Moravia. Asisto a la contunden-

de Katherine Anne Porter —nada que ver con la Peri Rossi, se me advierte—, y recobro el aliento de mis ironías en Aldous Huxley, Un mundo feliz, antes de hojear una Divina comedia ilustrada por Doré. De lo más reciente, es de rescatar la biografía novelada de Limonov, de Emanuel Carrère, Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, y Voces de Chernobil, de la premiadísima Svetlana Alexievich, y sí, las primeras consecuencias del Nobel son la efervescencia de traducciones que sufren sus ganadores así como


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el posterior encarecimiento de sus libros. Claro que deberían proscribir cosas como el Nobel, o siquiera entregarlo en silencio para que nadie se acercara a un libro con los manipulados prejui-

una ficción que, como la de Conrad, armonice la profusa incompatibilidad de sus tópicos. Dicho de otro modo, sus narraciones son admirables por la destreza con que se acercan a la transpa-

cios de la mercadotecnia editorial. Al final, Alejo me lanzará a un ciclo de autores tumultuosos, andanzas y relatos provenientes del sur de los Estados Unidos: Faulkner, Capote, ¿por qué no Harper Lee?, y, sobre todo, John Kennedy Tole, con el inolvidable Ignatius Reilly, personajeepítome de todas las sinrazones necesarias para ponerse a salvo de las rigideces de la realidad. Y es entonces que menciono a Jospeh Conrad, tan hijo de Nueva Orleans como de Car-

rencia desde la incomprensión, por su habilidad para viajar de la ceguera social a la nitidez del egoísmo, o, si se prefiere, por la maestría con que las fatalidades humanas son exhibidas mediante un juego complicadísimo de inmaculados espejos. Laberínticas y ubérrimas, en sus novelas no hay orden posible para el destino humano —para ninguno de los destinos que caben en cada uno de nosotros al descubrirnos idénticos, o casi, a muchos de sus personajes.

tagena, tórrido y caudaloso, capaz incluso de recrear puertos como Sulaco y repúblicas como

Quizás en su narrativa la gran culpable sea siempre la realidad histórica, ese cúmulo

Costaguana, mundos paralelos a cualquiera de nuestras tiranías políticas. Hijo de nobles polacos y nacido en 1857 en Berdichev —ciudad ucraniana del antiguo Imperio Ruso—, su propia biografía es ya un batiburrillo transnacional. Tanto es así, que su afición por el mar y su existencia políglota lo convierten en un escritor de turbulencias donde recobra el aliento la concepción “caribeña” de la literatura. Tal y como dijera Carpentier en sus Tientos y diferencias, la exuberancia de elementos participa de la condición “barroca” en

de legados que, si acaso alguna vez funcionaron como discursos liberadores, se revelan anacrónicos, absurdos, dolorosos en un presente que demanda la renovación de lo sueños y el cambio de guardia de las clarividencias. En términos generales, las páginas de Joseph Conrad no escatiman nada en el despliegue de sus recursos narrativos; diríase que en el arte de contar historias, nuestro autor ha descubierto que solo una página bien escrita puede posibilitar la salvación —o el escarmiento— de sus

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11 No sabemos a ciencia cierta cómo viajan los besos pero hay un pájaro rojizo que vuela siniestro y despliega sin verbos tus alas en mi contra. este silencio que escuchó crecer la marea estas manos amantes de tus manos tienden hoy su boca hacia tu voz y por un azar que intento oscurecer alcanzan tus labios más allá de tu cuerpo.

Estos ojos que vieron llorar la nieve

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mundos novelescos. Para probarlo, no solo se puede apuntar hacia la escritura de Nostromo (1904); allí están, también, Lord Jim, el angustioso relato de “Tifón” o el conocido título de En

un final pletórico de ironías. Por lo demás, y aunque el comentario pasaría hoy como anecdótico, Joseph Conrad también se inscribe en la concepción tradicional de América en tanto que

el corazón de la noche, entre varios títulos más que podrían mencionarse para el efecto. Al elegir la lengua inglesa para someter sus obsesiones al dominio de la palabra escrita, Nostromo nos proyecta una lúcida imbricación de raíces, desde la evolución de lo occidental en América hasta la recurrente negación de los valores nativos en las axiologías europeas. Destaca, sobremanera, el que sea un autor extranjero quien sugiera, siempre en los ámbitos

geografía del exiliado, territorio donde las militancias políticas del siglo xix buscaron refugio tras los fracasos libertarios en Europa. En este mismo sentido, el autor tampoco ha olvidado inscribir en sus páginas el argumento de mayor peso histórico en la explicación de lo hemisférico: América siempre ha sido un laboratorio para las utopías sociales, desde la llegada de Colón hasta la culminación del siglo de Simón Bolívar —y aún después, aunque conviene constreñirse

de la imaginación, el estudio y la procuración de una modernidad coherente con nuestros perfiles

al contexto histórico del relato, esto es, el periodo posterior a las independencias.

históricos, marcados cada uno de ellos por una gran variedad de epicentros culturales. Conciliarlos, conjugarlos, darles reciprocidad y capacidad para reflejarse, nutrir el discurso de sus aportaciones en tanto que elementos relevantes para la felicidad social, tal es la ignorada deuda que mantiene nuestro universo cultural con su propia historia, y, sin contradicciones de por medio, son dichos olvidos los que sirven de fuerza motriz al relato y los que hacen avanzar la intriga mientras nos preparan para

Nostromo nos propone, sobre todo, la saga de un personaje en construcción, de un corazón que bascula desde la visión pequeñoburguesa del mundo hacia un momento de iluminación, alguien que va del egocentrismo a la rabia social y de los valores establecidos a los valores necesarios. Tan abrupto —o tan caribeño— será este desplazamiento en su comprensión de la vida en la República de Costaguana, que nuestro personaje tardará casi doscientas páginas antes de levantar la voz en el libro. Y


10 mutila tu aliento de dormidos que tus pasos suenen cada noche como un murmullo de escaleras entrégate a la voz de tus enfermos limpia tu cuerpo de mancilla y crece en inmaculada destrucción. virgen de la sombra dale tu olor a mañana vístelo de incendio y sangre deja en el cielo tu rastro de disparos no dejes para el día tus mejores homicidios píntalos de asombro quítales el asco de las multitudes llágame con tu oro decorado dame tu penumbra recortada tu color de reflejo

Vuelve de ti

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solo entonces, al descubrirse capaz de su propio lenguaje, dejará de ser un puro rumor entre los otros y abandonará su condición de discurso indirecto para honrar la etimología de su nombre:

dichas insinuaciones librescas —intertextualidades, para utilizar palabras más académicas—, conviene adelantar vísperas y señalar que Nostromo está ocurriendo tanto en nuestras coor-

“Nostromo”, nuestro hombre irremplazable, el necesario Capataz de Cargadores, Gian’Battista el pertinente, el incorruptible, el indispensable, el oportuno Capitán Fidanza… “Nostromo”, nuestro único héroe posible en todos los nombres y en todos los epítetos y en todas las lenguas y en todas las circunstancias, ser cuya sola mención parece promover la renuncia de las vanidades heredadas, dentro y fuera del texto, sí, dentro y fuera de Cartagena en Costaguana.

denadas geográficas como en las filosóficas, a pesar de la lengua inglesa de sus páginas. Vayamos, ahora sí, a desensamblar este que podría ser definido como “libro de libros”. En primer lugar, la narración acude a los clásicos grecolatinos en las menciones explícitas de algún título, como la Farsalia, de Lucano (siglo I d.C.); asimismo, el relato es una caja de resonancias homéricas donde se inscriben nuevas Ilíadas, abruptas Odiseas, islas desiertas,

Extranjero en el idioma de sus libros, diríase que Joseph Conrad se lanza con natu-

épicas regionales y regresos inesperados al hogar. En este horizonte de perspectivas, también

ralidad a construir un relato cuya riqueza de sonoridades no sólo recupera algunos de los momentos más significativos de la literatura universal, sino que los discute y los reinventa para darles una vigencia inusitada en el mundo novelesco. El camino que sigue queda más que claro, pues va de los tópicos más abarcadores del pensamiento euro-cristiano a la imaginación española, y, desde allí, a los hitos literarios de las nacientes literaturas latinoamericanas. Aunque enseguida se desbrozan los detalles de

se vislumbra el rostro de las Argonaúticas, de Apolonio de Rodas (ca. 214 a.C.), aunque Conrad ha sabido ocultar muy bien el vellocino de oro en la trastienda de un botín hecho de barras de plata. Podría decirse, además, que los aromas del tema medieval del viaje hacia lo desconocido —casi fantástico— se inscriben con cierta claridad en Nostromo. Y lo mismo sucede con las visiones utópicas que le fueron propias al Renacimiento, pues, aunque hay mucha ironía en el tratamiento, aquí pueden desempolvarse

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vuelven los tiempos a nombrar su inicio sin mácula vienen los cerros a estrellarse en su quietud las estrellas regresan a hacer nido allí donde ha emigrado la locura qué memoriosa antología nos coloca en el paso de los muertos cómo llegar al suspenso de la agonía cómo obtenemos pasaje hacia la inmensidad son altura de fiebre y oscuridad los filamentos de la caída polos encontrados a lo lejos un ritmo de ramas que se nutren de consuelo caminos abandonados al pie de extraños que pisan sin parar huellas intactas no para festejar la claridad ni para decidir sobre bifurcaciones nos contagiaremos con sangre secuestrada en intermitencias de humo iremos hacia ese bailar de sueño y discordia que es ruta infinita en la ceguera regresaremos para aspirar el aire de cautelosa altura que traen las aguas no como situación sentimental ni como punto de quiebre para la cadera entraremos como espadas lanzadas al suicidio como dedos en amenaza

Quisimos recobrar el azar

nieve mira mis manos aullantes de tu canto huele mis besos olvida tu patria de fuga y tráenos tu misterio nie ve · ·

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que no se duerman las serpientes a tu paso que los pájaros bajen la cabeza mesuradamente para no despedazar tu intimidad no lloverá nunca en tu caída el agua no impedirá tu sueño en el mío ven a comer los copos de mis lágrimas ven encuentra tus secretos en la curva de mi sangre levanta mi vista como un lamento y deja allí tu mano invicta nieve esfera perturbada de blancura nube inmensa y licenciosa contigo vuelan mariposas como murciélagos sin velo en tu nombre se ocultan los hambrientos tras la muerte nieve contigo en ti hacia tu viento sideral se debaten los incendios hacia tu vértice de siete puntas se dirigen los dormidos qué nos concierne de este efecto a qué tragedia debemos la hondura de nuestro espanto

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los libros de Moro, Campanella o Francis Bacon. De hecho, todos y cada uno de los textos que en otro siglo idealizaron la noción del progreso y de la fraternidad universal, emergen en Conrad

y otras poco menos que flagrantes, hacia nuestras literaturas en el siglo xix: aquí late Amalia, de José Mármol, Facundo, de Sarmiento, y aun la poesía de José María Heredia. Y aunque

como irreverentes espejismos con el objeto de (des)construir los tópicos de una edad dorada que, aunque nunca terminó de llegar en el continente americano, justificó siempre su ocupación y su conquista. Conviene añadir que dicha parusía tampoco cobrará forma en Costaguana, pues una y otra vez el anhelo de orden y de civilización es explicado mediante una concepción viciada de Hispanoamérica, geografía humana cuya naturaleza se exhibe proclive a la violencia

hay otros libros que podrían mencionarse para el efecto, como los ecos de Tabaré, de Zorrilla de San Martín, o El matadero, de Esteban Echeverría, todos estos títulos bastan para certificar que tras las guerras de Independencia emergió una narrativa cuya fuerza estética supo alcanzar a Joseph Conrad, marino incansable y lector imperecedero en todas las lenguas imaginables —en otras palabras, lector típico de puerto…—. En suma, Costaguana no solo es una república

y a la ingobernabilidad. Joseph Conrad ha decidido, asimismo,

imaginaria en Suramérica, sino un “país de todos los países” que respira en el interior de un

garantizarle un espacio de acción a las letras hispánicas. Su texto abreva en Don Quijote para promover esa forma española de conjeturar la esperanza en un mundo desbordado de revoluciones, de codicias y de pesimismos. Además, en tanto que relato de una sociedad que exige sus propias señas de identidad y sus propias coordenadas poéticas, el libro completa su jornada literaria con las primeras producciones de la ciudad letrada en América Latina. Solo así pueden interpretarse las alusiones, a veces veladas

“libro hecho de libros”. Ahora bien, para sostener este andamiaje de realidades históricas y de referencias literarias, la novela sucede en español desde el inglés, realiza repetidas escalas en el italiano, reproduce formas y diálogos en francés e incluso informa de momentos hablados en alemán. Esta peculiar máscara de traducciones acude a juegos tipográficos para insertar la cicatriz idiomática del castellano en la redacción inglesa. Por si fuera poco, dicho uso de la composición en itálicas,


8 no sería mi boca sino trama de humo retrato de cuchillos lumbre de aladas olas fuente de vino que liba a tu llegada. si más allá la mirada en su andar engendrara ultrajes secretos en escalas combinaciones homicidas esta minuta tendría piel de peces en asfalto si la lluvia con sus cuchillos de noviembre permaneciera entre nosotros como dos relámpagos si la luna y su esqueleto de plata si metales no tiñeran tus manos con su ráfaga si sonrientes y celosos abriéramos cajas como nubes y arrancáramos hojas como testamentos en deuda como filos de otra muerte para consuelo de nuestras caricias si enrarecido el aire en su defecto bajara en lenta llama y anidara en nuestra boca su más alto corpúsculo si una avaricia menos inmensa hiciera flotar tu corazón

Si entregado hubiéramos una noche en comillas o mayúsculas —textos en ALTAS, al decir de los antiguos linotipistas—, nos prepara para constatar la mayoría de edad del español en el interior mismo del relato. En efecto, al

mundo vehicula trasciende apenas en calidad de abstracción. Peor aún, ella sufrirá también el descrédito de un idealismo que se juzga por la espalda de sus verdaderas posibilidades. Bajo

desnudarse de tales antifaces textuales, nuestra lengua comienza a ser escrita y significada en su calidad de voz autónoma, trascendental y necesaria para la cabal recepción de la novela. Casi en cada página hay, por lo tanto, un instante hispánico que se ha hecho connatural en este singular palimpsesto, lo cual, una vez más, hace legítimo acudir a la idea de los fondos múltiples para explicar esta “lengua de lenguas” como el idioma oficial de la República de Costaguana.

la premisa de una sensibilidad exagerada, Mrs. Gould y Antonia Avellanos —entre varias más—, son dos espíritus libres que sirven de contrapunto y de claroscuro a una realidad que no está preparada para recibirlas. Y, como todas las demás figuras de Joseph Conrad, también serán portadoras de instantes sombríos, pues, lo sabemos muy bien, en las humanidades de Nostromo nada es evidencia de lo concreto sino institución de lo posible.

Otro de los elementos más significativos del relato, aunque a menudo poco evidente,

Por último, en los capítulos del libro en cuestión se hacen presentes otro tipo de aven-

tiene que ver con las figuras femeninas. Ellas son el vértice ignorado, la llamada que no se atiende o la conciencia histórica sin consecuencias. Su inteligencia revisa las posiciones ideológicas del libro al construirle puertas de salida a las fatalidades de lo narrado, alternativas distintas a las tipificadas en los quehaceres políticos del lucro y en las ciencias administrativas del abuso y de la rentabilidad. La mujer es la única sinceridad posible en las transacciones con el tiempo, y, sin embargo, la esperanza que su visión del

turas marítimas, muy al estilo de La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, o de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Es necesario abrir bien los ojos para distinguir la relación que los personajes sostienen con la imagen de la “isla”, pues su presencia constituye el único instante posible para escapar de los determinismos históricos en el relato. En otro lugar ya he comentado la tendencia de la ficción universal para construir símbolos y metáforas que buscan ponerse a salvo de una realidad histórica que se desborda de

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7 anda trémula y luciente hacia el verbo que llegaste no dejes nada en su intemperie y líbranos de toda sal.

levántate y anda luz vuelve de tu región de incendios y trae a nuestra mano un gota de nada deposita en los ojos que quemaste la furia blanca de tu ausencia marca con tus fauces esta piel acostumbrada a morder tu piel estas uñas de paredes inocuas estos dientes de furor vacíos

guárdate así recogida en tu silencio asilada en los destellos esparcida en las cenizas oculta entre las hojas dormida en láminas de oro

Que las sombras alcen su vuelo oscurecido y vayan allá donde no hay espinas ni filos en desconfianza que lo intacto y su perfume sin color abra en el aire los cubos de lo probable que se quiebren los rincones y salten tragaluces en astillas

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incomprensiones. En este sentido, son muchos los títulos “insulares” que podrían ilustrar lo anterior, antes y después de la publicación de Nostromo, dentro y fuera de la lengua española:

del contacto humano, bajo un faro, al abrigo de todo tipo de norma, principio o conducta convencionales. Nostromo solo podía concluir allí, sí, para ofrecernos el ejemplo de una muerte vi-

El señor de las moscas de William Golding, La invención de Morell de Bioy Casares, La isla del doctor Moreau de H.G. Wells o Los muros de agua de José Revueltas; todos y cada uno de ellos se exhiben como metáforas eficaces de un encierro que promueve la búsqueda de una nueva forma de lucidez. Dicho de otra manera, la alegoría busca obliterar las inercias discursivas que manipulan el presente, edificarle paréntesis a los torbellinos ideológicos de cualquier actualidad

vida de otra manera. Abundantes y copiosas en muchos sentidos, las páginas del relato apuntan hacia esa especie de novela total que tanto buscaron los escritores del siglo XX en América Latina, sin ignorar en ningún momento su gran contribución a nuestras novelas de dictadores. Por todo ello, Joseph Conrad también fue “caribeño”, por la forma y por el contenido de una relato que todo lo alcanza, que todo lo toca y que todo lo (pre)

e interrumpir las arrolladoras verdades que rigen nuestro estar en el mundo. Por ello, no es

siente. Pero ya es mediodía y hace el calor y se impone el regreso al centro, ahora en un autobús

coincidencia que su capítulo central esté consagrado por completo a hablar de ello, y que la intriga mayor se resuelva en ese sitio alejado

de músicas a todo volumen. Otra vez, bajarme en la glorieta de la india Catalina, avanzar un poco por el bulevar, atravesar la Plaza de los Mártires


6 Que las sombras alcen

La luz es el primer animal visible de lo invisible. José Lezama Lima

Miguel Ángel Andrade

Los animales de la luz 115

y refugiarme bajo los ventiladores de mi hostal en Getsemaní. Por la tarde me acercaré al Claus-

Al amanecer abordaré el aire acondicionado de un taxi y ya salgo de Getsemaní y

tro de la Merced donde dos árboles de maripo-

frente al Teatro Colón se pasa revista al cuerpo

sas amarillas custodian las cenizas y el busto de Gabo, sobre una base de mármol y arriate cruciforme con escalinata de cristal. No sé qué sentir, quizás este lamento sea una impostura, aunque

de policía —verde olvido con chalecos fluorescentes—. Trasciendo una marina de gran lujo, doblamos a la derecha, ahora es el mar, pescadores tempraneros, la muralla, mi primera vez

Gabo haya sido esto, justo esto: un escritor que

por el lado externo de Cartagena y el Caribe

nos enseñó a sentir y a sentirnos, a reconocernos

que también se despierta frente a una avenida

entre voces y palabras que gracias a él asumieron el valor de nuestras esencias en una lengua que siempre ha sido capaz de tantas, tantísimas

de poco tráfico. Allá se distingue la Iglesia de San Pedro Klover y el mar, otra vez. Más lanchas de gente que trabaja con redes, escucho

cosas —incluso de ser hablada en el inglés de Jo-

sus motores lejanos y del otro lado a veces se

seph Conrad—. Pasan las horas y yo sigo en esta banca de madera, en el patio del claustro, en la Universidad de Cartagena, frente al Caribe. A

atraviesan los monumentos, esas extrañas canchas de futbol con el azul marino de fondo y varias efigies de personajes que no conozco.

menudo aparecen turistas, sus fotos, las poses, los obturadores numéricos, las risas extranjeras, y ya se van, por fin, y otra vez el silencio.

Hay brisa marina y los bocinazos del bulevar costero entran a saco en el minuto preciso en que decido cerrar este cuadernillo.

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5 No nací entre tus piernas, deseo morir en ellas. la materia de los sueños. jamones de la tarde, en los sólidos del aire, en ¿Y si tus piernas lo estuvieran en todo? En los tu vertical el cerrojo y la llave mi lengua? talones? ¿Y si fuesen remos para navegar piernas arriba? ¿Y si tus piernas son la puerta, ¿Y si tus piernas son para cogerte por los

Rojo 43 Carmen Rioja

El color de mi descontento Desde hace meses Sólo existo en las estanterías De los almacenes corporativos Me dicen: Inserte aquí [|||] su código de barras Respondo: Escanée aquí el color que viaja por mis arterias Avance: Aplique aquí su espectrometría

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Ingredientes: Rojo 43 Usted tiene un síndrome de disautonomía Su prescripción: Beba Prozac y chupe dos horas diarias de redes sociales 5 mililitros de amarillo No. 5 y 20 de azul plomo Desde entonces mi sangre es un activo Por cada cucharada Rindo 5 latas de Orange Crush


4 hueso del cavernario? ¿Y si traes una sandía por cada muslo? ¿Y un mamey por pantorrilla? ¿Y si tu fémur es el flor del pavimento? son tus piernas? ¿Y si tus pantorrillas han sido fruto del piso? ¿Y si tus muslos son la ¿Y si las únicas ramas que ha dado el suelo

**** Ella es un pétalo de mi alma Nadie entendía por qué el Z40 había dejado una caja llena de libros rojos de contabilidad con solo nombres de mujer: Ashley, Deyanira, Jazmín, Paola, Deborah, Jenny, etc. ¿Para qué? Y cómo harían ahora para saber los nombres verdaderos de Ashley, Deyanira. Jazmín, Paola, Deborah, Jenny, etc. y distinguir entre sus cuerpos entrelazados y mezclados como muñecas de brazos y piernas rotas adentro de bolsas de plástico. Y reconocer a Etc. Los restos fueron incinerados. Hay entre las hojas de los libros Nombres Que son pétalos Ellas Ascienden en plumas de ceniza Ella Nació de mi sangre Es un pétalo de mi alma Fue raptada Tan bella Helena De un Oxxo cualquiera La levantaron en plena tarde Como levantar la falda de la niña A Mónica temprano en la mañana A Deyanira saliendo de la casa A Jazmín la endulzaron con palabras Y a Etc.

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3 tus labios, ejercicios de calentamiento tus labios, ahora y en la hora de los orales amén. tus labios pulpo y pulpa tus labios, muestra de lo que abajo espera Tus labios de pulpo, y su ventosa tus labios de pulpa, de sandía Me inicio en el mal hábito de desprenderme de tus labios de esa succión que me ha hecho sentir que me voy dentro de un solo trago

*** POETA.net Rose is a rose is a rose is a rose Karen Villeda

mas de modernidad que la misma modernidad jamás había soñado”. Internet se perfila como un poetïs vivendi para algunos de nosotros. En 1943 Piet Mondrian finalizó una de sus más grandes obras: “Broadway Boogie Woogie”, que inspiró a los concretistas brasileros. Mondrian logró en su penúltima pintura una “destrucción de apariencia natural, y la construcción a través de la oposición continua de medios puros: el ritmo dinámico”. Con el paso del tiempo, la obra se hace un meme: el tablero del popular juego de mesa Monopoly tiene influencia de “Broadway Boogie Woogie”. Para mediados de los cincuentas del siglo pasado, mientras José Emilio Pacheco escri-

La primera entrada del blog del poeta Kenneth Goldsmith en The New Yorker nos echa en cara lo que ya todos sabemos o, al menos, sospechamos: “La poesía como la conocemos (sonetos o verso libre impresos en una página) se siente parecida a hacer cerámica o tejer colchas, actividades que persisten a pesar de su marginalidad cultural. Pero la Internet, con su rápida proliferación de memes, está produciendo las formas más extre-

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bía los versos que ejemplificaban a la prehistoria cultural (“En las paredes de esta cueva / pinto el venado / para adueñarme de su carne, / para ser él, / para que su fuerza y su ligereza sean mías / y me vuelva el primero / entre los cazadores de la tribu”); Joseph Kosuth se obstinaba en hacer instalaciones llenas de giros lingüísticos como “One and Three Chairs” o “W.T.F. #1”. Memes de enciclopedia temática o de árboles genealógicos.


2 será privar mi alma de sus oxígenos. Abstenerse de tus vapores que necesita respirarte el dorso para ganarse a pulmón la dicha para no asfixiarse con el aire puro Todavía me creo un hombrecillo que camina hacia tus partes donde nacen tus esencias tu nuca manantial la aromática de ingles No inicio el desapego de tu olor sigo creyendo que habito los pliegues

** En estos tiempos, el arte ya no nos humaniza: nos maquiniza. Obras como las de poeta digital austra-

correo electrónico es un caligrama imperfecto, pero caligrama al fin y al cabo (una melena de la

liano Jason Nelson reformulan el trabajo poético con

abuela o los tentáculos de un pulpo):

las palabras: “Wide and Wildly Branded” (http:// www.secrettechnology.com/ausco/compass3.html) es una paleta generadora de poéticas y subpoéticas, un meme del círculo cromático. La aplicación Adobe Kuler es suma-

“I think she > looks like you, except for > all her dark hair. Jessie agreed with me that she > resembles you. Sean’s

mente poética a comparación de páginas web

> mother thinks she looks like Sean.

como aipoem.com, un claro ejemplo del dadaísmo reformulado en tiempos del liberalismo tecnocrático. En esta página web, se puede

Have a happy celebration on the 7th. Love, >Grandma” Durante algún tiempo, confieso que ju-

escribir un poema “sencillo” en treinta segun-

gué con el lenguaje HTML para elaborar unos

dos y, si uno se registra (pagando una cuota), se puede escribir un poema “profesional”. Me parece que Adobe Kuler no solamente es para

versos que ahora me parecen confusos pero ad hoc a mi condición de virtualidad. Hoy releo mi poema y sé que mi pre-

apasionados de la cromática y las combinaciones, es un elaborado poema visual que se actualiza continuamente. El entorno hipermediático también

historia se vio superada por poemas como “Dodging 1985” de Philip Nikolayev. Un poema mío siempre puede ser el meme del poema de otro. Puede ser un mero

aparece en poemarios de página y tinta como No oscuro todavía (2005) del poeta y traductor

proceso informativo o puede ser también una máquina exterminadora de palabras pensando

mexicano Hugo García Manríquez, quien insiste en el poema como un proceso y, entonces, un

en lo que dijo William Carlos Williams: “el poema es una máquina hecha con palabras”.

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Tres cartas de desapego y un deseo

* Todavía no empiezo a remover, de mi sopa diaria, de mis jabones íntimos, tus cabellos. Tú que trenzaste mis días a tu nuca, tendrás que recogerte el pelo y llevártelo. Tu pelo que yo veía llamear en el horizonte de las calles, tu pelo medusante que convertía mis medios en piedra, tu pelo de tormenta que pronosticaba inundaciones en las cejas. Me espera la calvicie de ti que tendrán los asientos, las sábanas, mi lengua calva. A mí que sólo buscaba a lo lejos el atisbo de tu pelo para celebrar las espirales, para mostrar al mundo que lo doblado engancha, me espera la casa depilada, el mundo a lo pelón; sí, descabellado. Ya no tendré tus pelos por la mano, cuando tus mechones eran las mechas en el cuarto que yo sujetaba por detrás como a una antorcha para alumbrarme en el galope. Ya no habrá aquelarre, aquél arre, ¡arre!


Unidiversidad 25  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP

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