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UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP, año 5, No. 23,abril-junio 2016, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 Sur 104 Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, y distribuida a través de la Dirección de Comunicación Institucional, con domicilio en Edificio La Palma, 4 Sur No. 303, Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, tel. (01222) 229 55 00 ext. 5270, unirevista@gmail.com. Editor responsable: Dr. Pedro Ángel Palou García, pedropalou@me.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 042013-013011430200-102. ISSN: 2007-2813, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Número de Certificado de Licitud de Título y Contenido: 15204, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Permiso SEPOMEX No. Impresos im21-006. Impresa en Editorial Lapislázuli S.A. de C.V. Tecamachalco No.43, Interior A, Col. La Paz, Puebla, Pue. C.P. 72160 Tel. (222) 2 48 94 93. Distribuido por Comercializadora GBN S.A de C.V., Calzada de Tlalpan 572, Desp. C-302, Col. Moderna, Del. Benito Juárez. C.P. 03510, México D.F. Tels/fax: 01 55 56 18 8551. Este número se terminó de imprimir en enero de 2016 con un tiraje de 3000 ejemplares. Costo del ejemplar $40.00 en México. Administración, comercialización y suscripciones: Francisco Javier Velasco Oliveros, Tel. (222) 5058400, javiervelasco68@hotmail. com. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura de los editores de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Unidiversidad Revista de Pensamiento y Cultura de la BUAP está registrada en el sistema de información de la Universidad Nacional Autónoma de México sobre revistas de investigación científica, técnico-profesionales y de divulgación científica y cultural que se editan en América Latina, el Caribe, España y Portugal (http://www.latindex.unam.mx).

Valdés Díaz-Vélez, René Valdiviezo Sandoval, Javier Vargas de Luna y David Villanueva. lla, Alejandro Palma Castro, Eduardo Antonio Parra, Herón Pérez Martínez, Francisco Ramírez Santacruz, Miguel Ángel Rodríguez, Vincenzo Susca, Jorge Rafael Argullol, Luis García Montero, Fritz Glockner Corte, Michel Maffesoli, John Mraz, José Mejía Lira, Francisco Martín Moreno, Edgar Morin, Ignacio Padi-

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Directorio


Poetas de los noventa (1989—1999)


4 28

Andrea Alzati

27

MUESTRA DE POESÍA, Generación 1989—1999

30

Jesús Alberto Carmona—Robles

32

Carlos del Castillo

34

Rodrigo Círigo

36

Valeria Guzmán

38

Xel—Ha López Méndez

40

Clyo Mendoza

42

David Meza

44

Andrés Paniagua

46

Martín Rangel

48

Pablo Robles Gastélum

50

Nicté Toxqui

POETAS DE LOS 90

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El pueblo que no aparece nunca Pablo Piceno

8

Ensayo de un ensayo Tedi López Mills

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Insistencias de continuidad. Apuntes dispersos sobre poesía joven Roberto Cruz Arzabal

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Un asunto de poetas Naima Lajan

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89—99 Juan Carlos Franco

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Índice


5 MISCELÁNEA

53

Orfandad, de Federico Reyes Heroles, y de México Miguel Maldonado

55

Puedes llamarme Moby Dick Entrevista con Luis Armenta Malpica Alan Saint Martin

58

No, Amor Diana Jaramillo

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Canción de cuna Princesa Hernández

66


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POETAS DE LOS 90

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El pueblo que no aparece nunca Pablo Piceno

Trato de jalar el cursor para abajo, que aparezcan los demás poemas que la memoria dice que están o deberían estar. Es la tercera vez que me pasa. Cuando empecé a elaborar la antología, hace más de quince meses, me leí cerca de doscientos poetas pertenecientes a una generación que es la mía, pero es poco más lo que podría predicar —mejor ser antologador, que hablen los críticos—. Creo que en aquel entonces tenía un grado de lucidez mayor, que la generación me ilusionaba más de lo que ahora me ilusiona. Incluso (y es por ello que accedí a hacer la antología) creía vagamente en tal concepto de generación. Hoy por hoy, si no bastara con lo que la muestra per se delata (que la ansiada generación 89-99 solo llega en el registro al año 94, como si esos cinco años finales se pudieran obviar), los ensayos de Cruz Arzabal, Naima Lajan, Juan Franco y Tedi López Mills dejan en evidencia el excesivo agotamiento del concepto de generación, salvando el último reducto del divertimento, del dilettante cuya única carta credencial (con el perdón del Dr. Calderón) es la afición por la poesía, a la que, eso sí, le ofrendo fidelidad desde mis primeros años y es raro el día en que el poema no ocupe mi centro de atención, impidiéndome dormir o salvándome del impedimento. No leí poesía joven —es más, no leía poetas vivos— porque juzgaba tal ejercicio una franca pérdida de tiempo, hasta que un día el buen Óscar David López me dijo que escribía como un anciano —y tenía razón, y la sigue teniendo, a mucha honra— precisamente por no leer poetas jóvenes (no dijo literalmente eso, o igual sí, pero gesticuló con animadversión hacia sus propias palabras como suele o solía hacer). Tuve la suerte de hacer amigos poetas de mi edad hace ya casi tres años y no pude más que dejarme deslumbrar por su desbordante manejo del ritmo, del lenguaje, de las metáforas, del how-tobe-a-serious-poet-without-being-one. Luego inicié, junto a una serie de amigos, el proyecto de una revista cuyos fundadores hoy dirigen dos de las revistas de poesía joven más interesantes: Enter Magazine y La Rabia del

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9 Axolotl. Leíamos de todo, dictaminábamos, banqueábamos. Perdíamos de vista quién escribía qué. Saltaban, lo más, versos; los poemas, muchas veces, eran esos huesos secos a los que Ezequiel profetizó. No le profetizábamos a nadie; hubo quien lo intentó. Sin éxito. Dejé la revista; ahora abandono las lecturas, en las que estamos siempre los mismos y donde mis poemas de largo aliento no encuentran asilo y mis poemas palenqueros me hartaron de plano de más. La culpa es mía. Me contradigo: de los doce poetas que están, armaría mi propio equipo tifoso y no sabría a quién donar en sacrificio para devolver el balón cuando se va, pero sí la poesía. Yo busqué uno por uno y no me imaginaría la muestra si uno de ellos faltara. Cúlpeseme cuanto se quiera, pero tampoco estoy para justificar lo que, según leí en aquellos años en que me hablaban los muertos, Bergson dijo: que la teoría literaria no pudo ni podrá hacer porque se escapa a ella ese élan vital, ese momento intuitivo en que se busca destruir el híbrido, darle sustancia y sucede exactamente lo contrario, o lo que es peor: se descubre mágicamente el signo resistente a su significado, contrapuesto, y, vueltos contra él, mosquitero en mano, ahí está el signo quieto, diciendo sí, diciendo no hay generación o hay generación o lo que usted guste y mande, no digo yo que no. Entiéndase, entonces, así. Esta muestra es un divertimento de quien no sabe por dónde van los tiros pero sí por donde no. Corrijo: esta muestra es un divertimento de quien no sabe, así, a secas. Presentes, los poetas que dicen lo que no quieren decir, los que no dicen lo que quieren y los que no saben lo que quieren decir. Se tome lo que se prefiera. Yo, que, al contrario del poeta, No vendí todas mis alcachofas —porque no las tengo, y, si las tuviera, no las vendería— / por un boleto al lugar en el que viven —México, que es todo menos que un país, porque en un país es todo menos—. El tren, como dije, salió años más tarde / sol y vacas gordas todo el camino. / Pero su pueblo, el de la poesía, el terreno circunscripto y la tediosa localidad, ése no apareció nunca. Y no nos ilusionemos: tampoco aparecerá.


Ensayo de un ensayo* Tedi López Mills

Son doce poetas; no un grupo, sino una casualidad. Los leo en el orden alfabético de la lista, lo cual ya provoca una impresión: a cada poema lo espera la consecuencia del siguiente, como si fuera un efecto necesario. Sé que no es así, pero las listas suelen imponer su propia autoridad, incluso en la zona literal del alfabeto. Es lo primero que intento quitarme de encima para meterme en un lugar más incómodo donde, al descolocar los lugares comunes de lo poético y lo anti—poético, se provoque una armonía tensa, por un lado, y un caos manipulable, por el otro: el poema adrede y el poema involuntario o, mejor, desobediente. En ninguno de los dos casos son fáciles las estrategias. El poema adrede revela su propósito de entrada: parte de una estética, de una tradición, de una ortodoxia y les da la vuelta o las hace girar al revés; el otro, el desobediente, va creando una estela de ironía conforme avanza, una petición de dolor y, asimismo, de suspicacia que se arriesga hacia la última palabra y hacia la última vez. Lo segundo que intento desechar es el lastre de: he aquí una generación; la idea de que estos poetas escriben como lo hacen porque nacieron entre 1989-1999 y, por lo tanto, debe haber semejanzas que los engloben, paralelismos, reflejos, vínculos; las trampas, pues, de una antología y del lector o del crítico que aplica uno de los procedimientos más simples: convertir en código esencial el contexto obvio de contigüidad que provoca la propia antología. Sería entristecedor que el desenlace de estos poemas fuera un argumento generacional y que de ahí se dedujera el misterio, la llave de entrada. Hay puertas, huecos, ventanas, subterfugios por donde uno puede introducirse; los poemas mismos los instalan, explícita o implícitamente, y no considero que ese modo, ese estilo, deban interpretarse como resultado exclusivo de la contemporaneidad, el ruido ambiente, los usos y costumbres. Sin duda existe el arquetipo de un poema mexicano “actual”; flota en el aire y choca con el aire y se entromete como un ritmo obsesivo en la cabeza o como una imagen seductora al final del camino. Uno puede desviarse siempre, escribir además en contra o a favor de cierto canon. Cada poeta escoge el suyo y se pelea con el ajeno, inventa una nueva historia de la poesía y proclama que la de “hoy” ya no sirve. El nudo de la poesía persiste con sus hilos sueltos, para que uno los jale como mejor convenga. Y no se deshace el nudo; se ató desde un principio: metáfora, analogía, lo que sea, mientras continúen sonando donde se oyen los poemas, adentro o afuera, según la convicción, la defensa del mero libro y la lectura a solas, o la consigna, el foro, la interpelación pública. La épica sucede de todas maneras; estos doce poetas lo demuestran: aquí la horma de la poesía se vuelve a quebrar, se estrella contra una piedra más filosa; como si hubiera un estado de excepción y uno se asomara para descubrir al menos los atisbos del contenido: ¿están o se esfumaron?

*Le agradezco al poeta Pablo Piceno, compilador de esta breve antología, la invitación a participar.

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otra aunque tenga la cara de la bondad.

en la azotea de la casa: “No buscabas las cosas en el cie-

compasión, empatía, salen sobrando. Una cosa es la

Cirigo que se tararea pero no se comprende; las colchas

besucona que traga mosquitos y no piensa.” Cualquier

por inercia, “Gardenia y nardo”. O la canción de Rodrigo

una multiplicación milagrosa, como panes / como la

del Castillo, el ardid de un fenómeno que se sustituye

otro —olvidemos la sangre fría y heredada— / es más

dice”. O el balance entre “No estar como estar” de Carlos

té Toxqui: “Un cerco con púas. Son sanguijuelas / del

con los hijos que él tendrá: “Uno de ellos será muy blanco

una mancha pasajera en la pared. O la familia de Nic-

alarga hasta revocarlo, un agujero donde su madre sueña

lee pensando que espía; una pintura no es algo, sino

Jesús Carmona Robles en un agujero que lo deforma y lo

la mano / tú tampoco me quisiste dar la mano”. Uno

de ese perro que se estira en la escritura. O el soneto de

lum “Las metáforas y la pintura no se llevan bien de

hay truco, sino una vía de redención en la posibilidad

van a caer. O el beso y el perdón de Pablo Robles Gasté-

cola / …y que se queda quieto en el sol como perro”. No

pediría no estar entre los picos de esas letras que se

Andrea Alzati, “La posibilidad de un perro que mueve la

no son mil sauces / que el dolor pudre y derrumba”. Uno

táneos y adversos: las orejas del perro que no conoce

propia carne: / bienvenidos sean todos… / un genocidio

quizá no tanto cuando se plantean como actos simul-

O el zorro moribundo de Martín Rangel que “Devora su

son palabras manidas en el mundo de la poesía, pero

una apariencia? Al final no importa salvo si se declara.

Las dos cosas al mismo tiempo. Presencia y ausencia

blanco-negro se ve de veras más lúcida que nunca.

simo”. O la cama, las pantuflas, el miedo nocturno de

la memoria, la calca de una calca. Y la célebre página en

sabe, pero “rompe la biblia del cristal con su pico finí-

mente. Sin teorías y definiciones; borrando una vez más

cara que no se mira? O el pájaro de David Meza que no

Así los leo: a la luz de nada, como si ocurrieran repentina-

señora, pero eso es un espejo…” ¿Adónde nos lleva la

procrear el peligro de una estructura fija y una sombra.

de cerdo de allí. / Y contestó el carnicero: / –Perdone,

artefactos con versos y rimas antes de sedimentarse y

que entró en una carnicería y dijo: “–Quiero la cabeza

únicamente el hoyo negro donde tienden a situarse estos

que esconde otra trama. O la señora de Clyo Mendoza

ciones, una poética prescrita y colmada de surcos. Está

Aunque yo lo haga por llevarle la contra a esta historia

atañe a que no se divisa todavía un manual de instruc-

“Muerde con rabia / ’es una perra’ / … nadie lo duda”.

ladera que no desemboca en una superficie. Mi asombro

ma que “Es una perra de celo infinito” de Xel—Ha López:

se desbordan o de las palabras que se resbalan por una

dices tú / de todo esto”. ¿Y qué digo si no digo? O la pri-

y a veces turbiamente el sobresalto de las estrofas que

/ alguna se escribe y se pisa / …Qué dices de esto / qué

sumen de mi lectura de estos poemas. He sentido clara

Guzmán: “Qué dices de esto / no toda poesía se revisa

No podría y, sobre todo, no me gustaría hacer un re-

lo”. O las increpaciones aturdidoras, incisivas, de Valeria

Andrés Paniagua, el pasillo, la habitación “Qué horror el salvaje gusto del pino fresco.” ¿Es una experiencia,

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Insistencias de continuidad. Apuntes dispersos sobre poesía joven Roberto Cruz Arzabal

Como crítico formado en los estudios literarios universitarios, he escuchado en no pocas ocasiones la suposición de que el presente no es todavía legible críticamente sin prescindir de los juicios de valor. Para ello, suponemos, haría falta historizar las prácticas y los textos a fin de ponerlos en una perspectiva que nos permita distinguir entre procesos. Pero, qué pasa cuando al situar en la historia los elementos a analizar y mis propias prácticas, éstas se empalman de tal modo que parecen ser muy semejantes, si no es que las mismas. Creo que la crítica no debe ser un ejercicio que suponga necesariamente la evaluación absoluta de los objetos estéticos, la crítica que me interesa leer y practicar es aquella que intenta situar históricamente tanto lo que lee como a sí misma; según esta deontología, la crítica debe preocuparse más por ofrecer herramientas de lectura que lecturas definitivas (si eso fuera posible) o juicios de valor Una posible solución sería la de usar criterios en apariencia objetivos para distribuir de modo manejable los autores que estudiemos; en el caso de este ensayo, podría remitirme a los criterios que los propios editores fijaron cuando me lo solicitaron: poetas jóvenes de la generación de los noventa. No haré una lectura (otra) de la noción de generación y su forma en los últimos años, ni pensaré la “generación de los noventa” a la luz de la tradición literaria y su valor como horizonte productivo (no citaré a T. S. Eliot). En cambio, prefiero recordar un texto de Ignacio Sánchez Prado (“La generación como ideología cultural”) en el que claramente señalaba que en México durante los últimos veinte o treinta años, las generaciones literarias ya no servían como modelo para entender la sociabilidad literaria sino como etiqueta para disputar espacios de prestigio dentro del campo literario. Si bien esto no es nuevo (la autodefinición de modelos generacionales es una forma usual de la disputa del campo durante el siglo xx), lo es la relación con las esferas institucionales. Desde hace unos veinte años, las generaciones se han convertido en un reflejo de los límites burocráticos más que de procesos artísticos, el criterio de servicio militar de agrupar a los escritores por décadas es arbitrario, ideológico y banal. Sin embargo, esto no resulta en una inoperancia absoluta. En algunos casos servirá como petición de principio a fin de establecer criterios más sensatos para la formación de un continente común. Con esta base, me gustaría señalar ciertas consistencias de la escritura poética de los jóvenes a quienes he leído y cuyos procesos estéticos he podido atisbar. El relevo entre generaciones (entendido esto en un sentido laxo como prácticas artísticas y de sociabilidad comunes) si ha sucedido, lleva más que una década y varios procesos en su haber, por ello, no quiero destacar en este ensayo ninguna singularidad específica con respecto a los escritores de mayor edad, sino apuntar algunos elementos artísticos que me parecen notables, pero no novedosos ni especialmente radicales. Algo me detiene, entonces, si no son novedosos, si no rompen con lo establecido (como reza mercadológicamente el cintillo de una antología que compiló a algunos de ellos), si no hay un gran movimiento, ¿dónde reside el valor de esas consistencias? Lo primero, me digo, es que ese valor no necesariamente debe estar en la novedad (no al menos en el modo en que la entendemos en nuestra modernidad hija de las vanguardias), sino quizá en otro tipo de gesto. Quizá la herramienta crítica que podemos ofrecer a los lectores no sea la ubicación de un gesto irresoluble sino la insistencia de los modos conocidos. Allí está, acaso, el valor que alcanzo a dilucidar entre los poemas primeros de estos jóvenes; el valor de la crítica entonces será cartografiar las insistencias. La primera de ellas tiene que ver con los elementos sociales que permiten definir la escritura joven: los espacios de intercambio se han diversificado tanto física como virtualmente, cada vez más las lecturas de poesía se hacen lejos del mantel verde y las

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13 casas de cultura tradicionales, en espacios alternativos y autogestionados; este crecimiento, paradójicamente, no ha significado un detrimento de los espacios administrados por el Estado en sus muchas formas (secretarías, universidades, etc.), más bien, si algo define la escritura literaria de los últimos treinta años es el diálogo constante (no libre de contradicciones y traslapes) con el Estado como el último mediador inteligible de la sociabilidad mediante ediciones, premios, becas, talleres, espacios. El ejemplo más claro de esto es la adopción de fórmulas burocráticas para la autodefinición de las poéticas, incluso aquellas que se quieren marginales, tales como la solidificación de categorías como “joven poeta”, “encuentro de poesía” o, claro, “generación”. Desde mediados de la primera década de los dosmil, los blogs (y otras plataformas) han servido como vehículo de reconocimiento y difusión entre escritores, tales como Heriberto Yépez o Rafa Saavedra que hicieron de los blogs un espacio de contradicción frente a la cultura hegemónica. Inti García Santamaría colecciona poemas que datan la educación artística de sus contemporáneos desde el 2004. Uno de los colectivos relevantes que surgió en una plataforma virtual fueron los poetas agrupados bajo el (cursi y feo) nombre de “Devrayativa” (luego convertidos en Red de los poetas salvajes), si bien ellos podrían estar entre los mayores de quienes se agrupan ahora en los “noventa”, lo cierto es que debido a su precocidad literaria es más fácil reconocerlos como puente entre edades. Actualmente, los poetas más jóvenes se publican en revistas como Enter Magazine, El Humo, Gus Ultramar, Mexico City Lit, etc., estos blogs no pretenden ser espacios de disidencia o especificidad estética sino que operan bajo una lógica inclusiva de tendencias artísticas, edades y geografías. Quizá, apurando un poco una definición, podríamos pensar la poesía contemporánea (no sólo la muy joven) dentro de un marco de eclecticismo que la aleja de disputas (o que las agota rápidamente) y que mantiene las tensiones y pugnas del campo literario en su interior. Las siguientes insistencias se ubican en los planos formales, es allí en donde los meandros de la escritura poética pueden observarse con mayor detenimiento. Pienso sobre todo en el estilo de los poemas contemporáneos, es decir, en la conjunción inseparable entre lo sensible y lo imaginario. Éste, sin que lleve ese nombre necesariamente, es un punto relevante en la evaluación de las poéticas contemporáneas pues su diversificación obliga a considerar no tanto las “carreras poéticas” como los poemas. Ante eso, propongo un ejercicio de lectura: para poder establecer lecturas entre textos, y no genealogías entre poetas, prescindiré de la autoría puntual en los ejemplos citados. Con frecuencia se ha dicho que la poesía latinoamericana de los años 80 y 90 tendía hacía la disolución del yo en el corpus textual; eso, que era uno de los núcleos estéticos del neobarroco, se vio prontamente contrastado con poemas en los que el yo lírico emergía de nuevo como una forma significante, en sus ejemplos más chatos lo hacía mediante la llamada poesía de la experiencia, en los más logrados mediante el efecto de realidad que generaba la presencia de un yo situado históricamente. Así, las variaciones en torno del yo son un posible modelo de lectura de la poesía joven. En los siguientes versos, podemos leer cómo la egomanía se concentra mediante una hipérbole aparente que en realidad desnuda el pequeño mundo en el que yo se agota como enunciador y enunciado: “No es la tierra lo que grita / soy yo / y al sueño / no lo deforman sino / mis dedos / como si se tratara / de una barra de plastilina”; en estos otros, en cambio, el yo se encarna en un cuerpo que no es sino una ampliación metonímica de la dolencia como recurso textual: “No quiero estar loca porque las puertas son duras y mis pies sangran y no hay redención / No quiero estar loca porque mis pies sangran”. De ambos ejemplos resulta notable la ausencia de un cuerpo como entidad significante, es decir, como la carne que habita el mundo sin observarlo desde la racionalidad; a diferencia de ellos, estos versos “Ardo / bajando en


una pelvis que no conozco / ardo / con los círculos con tus gestos tus palabras / ardo / y también arde / tu cuello”; o este otro ejemplo en el que la aparente imposibilidad de reconocimiento del cuerpo se convierte en un balbuceo del lenguaje, de un impedimento al otro: “De mi mesa / podría decir yo / pero es ella: siempre / la tercera persona / detrás  de no sé qué / este laberinto sobre servilletas / una #mujer sin identificar”. Algo que no se observa en los ejemplos es el yo como una experiencia vital concreta, sin mediación del imaginario poético como límite de la representación. En esto pienso en los tiernos y violentos poemas narrativos de Mariano Blatt o en la concreción estupefacta de Inti García Santamaría, que aunque no son una posibilidad única del yo en la poesía actual, sí son dos de sus momentos más atendibles. En un país sumergido en la violencia desde hace casi diez años, podría pensarse que su crónica llegaría de la mano de las intermitencias del yo. Pocas veces ha sucedido de esa manera, el yo parece disociado de un mundo que lo arroja a la intemperie. La narración indirecta de las cosas parece ser un subterfugio mediante el cual el desierto de lo real se abre paso, aunque no entra de lleno. No pienso aquí en la poesía panfletaria o conmemorativa de la indignación sino en la construcción de imaginarios poéticos paralelos al aburrido mundo interno. En estos versos, por ejemplo: “Porque todo es mensaje, me detengo a escuchar el himno de los aparatos. Hay algo de derviche giratorio en el licuar de la licuadora y algo de dios del viento en el secar de la secadora”, la dignidad de las cosas se presenta en la forma de un panteísmo menor. La experiencia interna existe, claro, pero en la dicción poética da paso a la mirada de las cosas como un acontecimiento por sí mismas y no como una imagen lírica. En coincidencia o no con el uso del yo, la ironía es un filtro entre ciertos poemas. Por momentos, parecería incluso que es el único filtro posible entre la realidad que desborda la experiencia personal, ya sea en las formas superficiales de la llamada alt lit, o como modelador del poema como comentario metapoético. Un ejemplo de esto último, “¿De cuál centro somos periferia? a ver / ponle en google de cuál centro somos periferia a ver si hallamos un anzuelo una carnada / entre tanta pinche troca y aventuras vaqueras con la kebuena a todo lo que pinches da”. En este poema, el desparpajo de los versos encuentra prontamente un acomodo en el comentario a la sociabilidad y las instituciones culturales, como si el horizonte de la poesía joven fuera el campo literario como única posibilidad de marco significante. Casos semejantes y poco alejados de las poéticas anteriores son la gran cantidad de poemas que requieren de un conocimiento literario avezado (o al menos de cierta sofisticación metaliteraria) para su interpretación. Esta última insistencia es, me parece, la gran característica de la poesía que producen actualmente los jóvenes escritores, con una factura que va de la acumulación de imágenes a la construcción de intrincados símbolos al interior del poema; un ejemplo, que insiste también en el ritmo como disposición de las imágenes: “Todo a mi alrededor baila dentro de su inmovilidad. / Hay grietas anidando mi horizonte verbalizado; / techos que resguardan los secretos invertebrados del amanecer”.

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Antes que buscar una ruptura que los separe de tajo de los poetas anteriores, antes que un búsqueda que obligue a preguntar por el estado del presente, los poetas jóvenes se decantan por poemas que se mueven entre dos formas en apariencia opuestas pero en realidad complementarias: poemas para ser leídos en encuentros y poemas para integrar libros para concurso o que habrán de autopublicarse a destajo en versiones digitalizadas. No se trata, por supuesto, de exigir que los escritores se desmarquen de sus antecesores en un gesto vanguardista que de tan repetido resulte vacuo; sin embargo, ante estas características que he dado en llamar insistencias, es claro que no estamos de ningún modo ante el surgimiento de una poesía nueva, pero tampoco necesariamente ante la sofisticación de los modelos previos. El cambio generacional no ha sucedido y no tiene por qué suceder cada diez años, la diversidad de poéticas actual se mueve y se confirma en encuentros de poesía, lecturas, publicaciones y redes sociales en las que en apariencia se amplía el círculo de poetas, pero en realidad se concentra la producción y recepción dentro de un único campo reconocible. Los cambios provocados por la irrupción de modelos tecnológicos distintos para la producción y distribución de textos o el reacomodo del Estado y la comunidad bajo los paradigmas del neoliberalismo se iniciaron hace poco menos de quince años y obtuvieron credencial de paso en los poemas y movimientos que poblaron la primera década del siglo, los poemas más recientes se mantienen en esa estela, quizá tratando de trazar caminos personales, pero difícilmente como un movimiento general. La única reunión de poetas que intentó modificar la cartografía de poéticas, la llamada alt lit, pronto se mostró como una acumulación de gestos y manierismos de los afectos neoliberales. Mientras tanto, la escritura poética habrá de transitar entre la insistencia y la pregunta, habrá de explorar otros modos para las formas conocidas, otras repeticiones para las dicciones ya escuchadas. No será una fractura, quizá será un agotamiento.

* Los ejemplos citados pertenecen a poemas de Martín Rangel, Xel—Ha López, Andrea Alzati, Andrea Muriel, Valeria Mata, Yolanda Segura, Méraly Reyes, Román Villalobos. Queda en el lector, si lo desea y le significa, averiguar la autoría específica de cada uno. Advertencia: la selección podría extenderse a otros escritores y poemas, las citas son auxiliares de los argumentos, no un censo.

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Un asunto de poetas Naima Lajan Salvo en situaciones revolucionarias, es decepcionante cuando la literatura encarna los mismos sueños de la sociedad Damián Tabarovsky I Está frente a su computadora. Enmarcando lo que pareciera un rostro de consternación se alcanza a ver una sonrisa apenas perceptible. Teclea algo. La sonrisa se vuelve más clara. Es evidente que disfruta lo que hace. Se inclina hacia atrás en la silla y se estira con soltura. No podemos ver con nitidez qué hay en la pantalla. Po-

ten en un asunto de poetas.

dría ser alguna entrada de su blog o, tal vez, un comen-

las formas en las que el lenguaje y sus usos se convier-

tario atinadísimo, perspicaz o retador que publicó en al-

observar. Es necesario fijar la atención en los lugares y

guna conversación. Quizás sólo veía el número de vistas

ciben a sí mismos y a su práctica lo que vale la pena

de algo que escribió. Es probable que haya respondido

es precisamente la manera en la que los poetas se con-

a una invitación a participar en una revista emergente

sorprende. A estas alturas, sin embargo, resulta miope:

o en alguna lectura. Extrae unas hojas arrugadas de su

do alegato contra los poetas, la dureza de la frase no

mochila y las revisa. Hace un par de anotaciones y las

mismos y de su Poesía?”.  En el medio de su encarniza-

vuelve a guardar. Tiene un aire de satisfacción. Vuelve a

dículo— que la manera en que los Poetas hablan de sí

ver la computadora. Teclea una vez más. Sonríe. Lo que

nada peor en cuanto a estilo se refiere —nada más ri-

hace en la pantalla, esta vez, parece causarle una ligera

En 1947, Gombrowicz escribió: ¿Por qué no conozco

exasperación. Cierra su laptop y la guarda. Se pone de

proximidad, a esta generación de poetas jóvenes?  

pie. Camina sin prisa. Es difícil calcular su edad. Podría

entonces, además de haber nacido con algunos años de

ser adolescente, pero hay algo que delata más años. Es

tituir cánones opuestos o divergentes. ¿Qué constituye

joven, eso sí. Se encuentra con más personas. Cuando

existen, por otro lado, disputas entre grupos para cons-

habla parece explicar algo. Se despide y continúa cami-

ración de las de hace veinte, cuarenta, setenta años. No

nando. Preguntando quién era esta persona, qué hace y

tentos de ruptura que son, en buena medida, una reite-

qué piensa, nos encontramos con diversos rumores. Hay

Hay una multitud de temas, formas, tratamientos e in-

quien dice que es una farsa, otros que es lo más auténtico de su generación, la mayoría sólo responde: es poeta.

manera”, dicen los subjetivistas.

Se pierde de vista. Así es la poesía joven.

vida y a expresar lo que no puedo nombrar de otra la escritura es terapéutica, me ayuda a entender mi poesía que resista”, dicen los subversivos. “Para mí, tadas. Poesía para imaginar otros mundos posibles, para recuperar las palabras que nos han sido arrebacadentistas. “Yo escribo para subvertir el lenguaje, los chavos puedan relacionarse”, dicen los neo—deMi poesía habla de cosas, y de maneras, a las que fiesta, el Internet, las drogas, la soledad, el sexo. para hablar de lo que los jóvenes vivimos ahora: la

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17 III “Nuestros primeros versos existieron en un procesador de textos antes que en una hoja de papel, nos conectábamos a Internet con la línea telefónica, usábamos Windows 98”. Los poetas de hoy se encuentran en perfecta sintonía con su tiempo. La soledad de la que se hablaba en otra época; esa donde los poemas, en su forma-libro, silenciosa, eran la comunicación entre dos soledades, hace mucho que ha terminado. Las singularidades se comunican y escriben, ahora, en el medio de los dispositivos de regulación de la cibernética y el mercado. Hoy el escenario de personificación del poeta excede

leyeron Hölderin —¿o a Paz?—. “Yo escribo poemas

las lecturas y las revistas: las redes sociales son el es-

es quien se comunica con lo divino”, dicen los que

pacio privilegiado para la construcción del poeta. Cada

“La poesía cuida lo sagrado de la palabra, el poeta

comentario atinado, cada artículo o foto compartida construyen su imagen, su nombre. El Internet es un encuentro de soledades que no imaginan comunidad; de soledades que (se) vigilan, (se) comentan, (se) regulan, (se) venden. Es allí donde la escritura se convierte en un asunto de singularidades que se transforman en firma, producto, marca registrada. En poetas jóvenes. La generación anterior a la nuestra, por otro lado, se preocupaba por cómo no permitir que el mercado alcanzara a la poesía. La contraofensiva neoliberal se entendía como tal: era necesario encontrar maneras para que la escritura huyera del mercado. Hoy, la situación se ha invertido: los poetas lo persiguen, actúan como él. ¿Qué joven poeta no ve constantemente su número de likes, sus vistas en los blogs de poesía? ¿Qué joven poeta no se pregunta por qué cierto poema o comentario no tuvo la recepción esperada? El mercado ya no es una amenaza para la escritura, es un mecanismo a emular. El campo literario se ha fugado, pues, del régimen de las revistas y la academia para abrirse, solamente, al libre mercado; las instituciones desaparecen para ceder su lugar a la empresa: a la firma, el nombre propio, las regalías, la marca-autor individual. El debilitamiento de los cánones no ha implicado, hasta ahora, la desaparición de la subjetividad autoral, la comunización de los lenguajes, o la construcción de escrituras colectivas. El autor vuelve como pequeño emprendedor: sigue importando el lugar desde el que habla, y todos los poetas quieren estar ahí.

nacidos en la década de los noventa: voces’ que puebla el panorama de los poetas mexicanos encontrar unidades generacionales entre la ‘polifonía de temporáneos son, por tanto, ciertas: resulta imposible Las cautelosas advertencias de los antologadores conel poder cristaliza en los cuerpos. a la genealogía de los estilos de vida, las maneras en que Su historia no es la de la literatura; pertenece, más bien, frentamiento con complejos procesos de subjetivación. asunto de poetas, y los poetas son el resultado del enmundo que con los usos del lenguaje. La poesía es un más estrecha con Haussmann y la metropolización del del poeta-flaneur, por ejemplo, mantiene una relación evaluación crítica del simbolismo francés. El paradigma rastrear el surgimiento del ‘poeta maldito’ sin hacer una dor sin emitir ningún juicio sobre la poesía romántica, o Por esto, es posible delinear la figura del genio creaen el ordenamiento de los dispositivos culturales. mano pequeño, el poeta— ha ocupado un lugar central del capitalismo occidental, la figura de autor —y su herampliamente cómo, corriendo lado a lado de la historia genealogía de la firma y la genialidad. Se ha discutido sus encuentros y de sus quiebres no es la misma que la bargo, no coinciden. La genealogía de los lenguajes, de La poesía es un asunto de poetas. Sus historias, sin emII


IV Pound dijo hace un siglo que los verdaderos poetas son antenas de su tiempo, médiums que interpretan un momento histórico, receptores que nombran una época e inventan su tradición. Ése es, quizá, el problema central de los poetas de este tiempo: son sus receptores más precisos, sus emuladores más eficaces. Hoy, los poetas son antenas satelitales que reciben información para calcular el tweet adecuado, el poema que tendrá más vistas. Pero —¿hace falta recordarlo?— este tiempo no es solamente el de la captura del instante, el del espectáculo-noticia y las separaciones en lo virtual, el de las redes, las materialidades digitales, las revistas en línea. Es también el de los cuerpos y su ausencia, el del despojo y la desterritorialización constante, el de la guerra abierta pero disimulada. Es un tiempo cuyo mayor peligro es no detener su marcha; ser reproducido, cada vez, en cada dispositivo, en cada subjetividad. La divergencia entre los usos del lenguaje y las subjetividades que lo cercan —entre poesía y poetas— muestra, en este tiempo, su carácter más macabro. La relación entre el lenguaje y la barbarie, el dolor, parece haberse trastocado radicalmente. Cuando el lenguaje se convierte en un asunto de poetas, la cuestión se desplaza: ya no se pregunta si es posible escribir poesía después de diez años de muerte y despojo, sino ¿cómo hacerse poeta en medio de la tragedia? Quizá lo único que reste frente a este tiempo sea aprender a estar contra él. Saber reconocer sus señales para capturarlas y bloquearlas, redirigirlas. Estudiar las gramáticas de la muerte y el despojo para poder minarlas. Aprender el lenguaje de la cibernética para poder desviar sus flujos, hacerlo hablar de otra manera. Renunciar a las marcas personales para construir lenguajes colectivos. Crear disonancias; espacios donde los cuerpos, las palabras y los nombres se organicen para escapar de los dispositivos que intentan gobernarlos. Tal vez habría que desplazar de nuevo, sutilmente, la pregunta: ¿cómo construir nuevos lenguajes, para dejar de ser poetas?  

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[Un apartado sobre la crítica:

20 tual (en muchos sentidos) e inexperta como la nuestra, resulta ocioso. La unificación de los códigos, las formas o

se: será colorida, llamará la atención, pero siempre podrá

tica no parezca trivial, accesoria y, ante todo, pasajera.

a hacer una línea del tiempo para exponer frente a la cla-

gencia de agrupar, de categorizar de manera que la crí-

cualquiera los puede acomodar según otro parámetro) o

necesaria, sino esencial. Lo esencial, quizás, sea la ur-

(en cualquier momento se desacomodarán, o más aún,

estética especialmente cercana a la literatura y no sólo

oficio más cercano a acomodar los libros en un estante

Parece sobrevivir el paso del tiempo como una categoría

las temáticas propias de un conjunto de creadores es un

[a.] La idea de generación no es un concepto crítico.

[b.] «Esta noción ha resultado particularmente seductora para hablar de las literaturas jóvenes, puesto que

llegar alguien a anotar un nombre faltante, un estilo opacado, un libro omitido.

Deniz?

Ignacio Sánchez Prado.

Martínez Ocaranza, Luis Vicente Aguinaga o Gerardo

nomía con el reconocimiento de la historicidad», escribe

teratura Mexicana del xx, Manuel Ponce Zavala, Ramón

un grupo literario en un sistema que combina la taxo-

[d.] ¿Dónde están, en la línea del tiempo titulada Li-

permite la explicación de los momentos formativos de

lo natural, del mundo.

especial en México, sigue teniendo como principio esa

devino, está deviniendo en la pornografía de lo real, de

un gesto obsesivo—compulsivo. Mucha de la crítica, y en

incluido el del orden. La teología del método devendrá,

dáctica, una forma de catalogar, un trozo de ideología,

[e.] El tiempo se ha encargado de matar a los dioses,

[c.] El concepto “generación” es una herramienta di-

urgencia de ordenación según parámetros tan decimonónicos como arbitrarios. Definir una época de producción

[f.] La crítica a menudo dice más de sí misma que de lo que comenta.]

literaria, especialmente cuando ésta es tan reciente, vir-

los críticos mexicanos, esos hombres como islas, claramente no lo son). complejas, suelen dejarse a Los Estudiosos (y con esto estoy diciendo, por si no quedara claro, que en muchos casos una categoría más allá de las características formales o temáticas, que vendrían tiempo después y que, en tanto más un conjunto de escritores que, por el hecho de producir en la misma época, son, o pretenden ser, encasillados en la más fácil de identificar en la dispersión actual de las formas, los temas y en general las poéticas, es la del tiempo: res de cada grupo o corriente. La primera forma que tiene de aglomerar la crítica y más adelante la historia literaria, Hay una necesidad alrededor —siempre alrededor— de la creación poética de identificar patrones y señas particulade gente que se juntan para leer o son invitados en un acto que parecería fundacional si viviéramos en otra época. a nuestro alrededor y vemos amigos, conocidos, gente que leemos y que sabemos que nos lee. A menudo, grupos nal. Estamos solos. Somos uno en medio de decenas con los mismos intereses, con las mismas referencias. Miramos No hay íncipit. Todo origen es una licencia poética. Hoy más que nunca, no hay tema fundamental ni acto fundacioA

89—99 Juan Carlos Franco


21 89—99 es una arbitrariedad. Y esta arbitrariedad está inscrita en la discusión sobre lo generacional. ¿Es fructífera la discusión sobre lo generacional en la literatura cuando se está inserto en el devenir mismo de la creación? En otras palabras, ¿es relevante hablar de generación literaria sin el beneficio de la perspectiva histórico-crítica? La dispersión de los temas, las formas y los referentes es tal en la poesía mexicana actual que sería quimérico, al menos hoy día, trazar una genealogía o una línea clara sobre el devenir de la poesía más joven en nuestro país. Hablar de generación es hoy una imposibilidad. Las antologías que permiten generar una idea de lo proponen escritores de la misma generación son tan disímiles que abren caminos ante los cuales es imposible pensar en un solo eje en común; hacerlo sería (es decir, es) una reducción total. Así, revisar varias de las panorámicas de la poesía actual, sea en forma de antologías o de esfuerzos editoriales particulares, nos permite analizar el fenómeno de la dispersión, de la variedad o de la falta de referentes comunes en los últimos esfuerzos poéticos. Podríamos hablar, con Sánchez Prado, de libros sintomáticos. Sin embargo, nuestra generación aún no está cristalizada en propuestas editoriales —y acaso nunca lo esté. Ya con Astronave, Panorama de poesía mexicana 1985-1993 (UNAM/UANL/Punto de Partida, 2013), compilada por Gerardo Grande y Manuel de J. Jiménez, se perfilaba una cartografía irregular de la poesía mexicana de una generación incierta, que se expande de Karen Villeda (1985) a Irma Torregrosa (1993); ambas poetas son claro ejemplo de la dificultad de unificar en una generación o corriente a las expresiones poéticas: la experimentación de Villeda es significativamente más robusta que la de Torregrosa, interesada en la exploración lírica. Acaso la antología más variopinta de las últimas publicadas abarcando la poesía más reciente sea Poetas parricidas, Generación de entresiglos (Cuadrivio, 2014), quizás por el hecho de que la selección se llevó a cabo a partir de una convocatoria abierta. Algo parecido ocurre con otro esfuerzo de paisajismo generacional: el blog Enter Magazine, que reúne cerca de 200 poetas menores de 28. La variedad —y por consiguiente, la irregularidad— de la antología es a la vez su virtud y su vicio, esa apertura única con respecto a las demás antologías de creación joven. Entre las indagaciones estilísticas más relevantes caben las de David Meza y Andrea Alzati frente a las exploraciones temáticas de Paulina del Collado, Pablo Piceno y Martha Rodríguez Mega, todas tan variadas entre sí y enfrentadas a un número de textos (aún) poco notables. Los reyes subterráneos, Veinte poetas jóvenes de México (La Bella Varsovia, 2015) presenta una visión similar a la de Astronave: poetas tan disímiles con Yaxkin Melchy, Xe-Ha López y Clyo Mendoza comparten una antología que más bien propone dar una visión general y nunca unificar. De tener que escoger un síntoma de la generación, sería el de la expansión geográfica: los poetas que “cruzan el charco”. Mientras que en generaciones anteriores —digamos, mejor, en años anteriores— el síntoma había sido la publicación de libros, la cantidad (y calidad) de las becas obtenidas, la visibilidad en festivales, lecturas, presentaciones, revistas y antologías nacionales, etc. Hoy, en una era marcada por la facilidad para publicar, pareciera que el síntoma de lo generacional,


surgiendo del liderazgo ecuménico, es el de la visibilidad internacional. Los reyes subterráneos fue publicado en España, antologado por Luna Miguel y Elena Medel. Lo sintomático, en todo caso, es la ausencia de propuestas individuales sólidas, en sentido editorial. Puedo pensar en una cantidad generosa de poemas indispensables de nuestra generación, pero me cuesta pensar en un solo libro. El sueño de Visnu de David Meza, Cartas de amor para mi amigo cerdo de Xe-Ha López o Poemas para ahuyentar a Satán de Jesús Carmona-Robles se acercarían: coincidencia o no, los tres han sido publicados por casas editoriales españolas. De manera tácita, acaso un poco cínica, podemos declarar que tenemos generación porque tenemos gurús porque los validan otros gurús. Pero todas éstas son sólo suposiciones, comentarios cínicos, incluso. La imposibilidad (o la irrelevancia) de definir una generación se cierne cada vez más sobre nosotros. En muchos autores ni siquiera podemos identificar, dentro de su propia obra, temas recurrentes, una tónica general. A mí no me interesa, en lo absoluto, hacerme una idea de la generación en que escribo, en que habito. Tampoco me interesa pensar si Hernán Bravo Varela pertenece al mismo grupo (i.e., montón, banda, equipo, congregación, hermandad) que Mijaíl Lamas o María Rivera puede ser colocada en la misma generación que Luis Felipe Fabre. ¿Son Antonio Deltoro, José Luis Rivas, Eduardo Langagne, Efraín Bartolomé y Elsa Cross, nacidos alrededor de los mismos años, de la misma generación? Los leo y no puedo encontrar una sola razón, incluso con la perspectiva histórica, por la que eso sería relevante. Cabe la pregunta: ¿esta dispersión, esta dificultad, incluso la ausencia de unidad alguna, es una característica de nuestra edad o de nuestra época? ¿Es nuestra juventud, la de los nacidos entre el 89 y el 99, la misma que la de los nacidos ya no cincuenta años antes, sino veinte?

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Ω [1.] Y sin embargo, al principio de todo estuvo el dolor. Junto a la palabra, justo después de la luz, estuvo el dolor. Y éste nos acompaña hasta hoy, cuando nos sentamos frente a nuestras pantallas —nunca más la hoja en blanco, sino Microsoft Word: nunca más la luz amarillenta de la vela o la bombilla incandescente, sino la luz fría de la pantalla y la lámpara ahorradora—. Escribimos desde el dolor. Dicen algunos que escribimos desde el cuerpo, desde el sexo, desde la memoria, desde lo que sabemos. Pero qué sabemos sino la herida. [2.] De entre el (casi) infinito número de aproximaciones posibles, de interpretaciones y de análisis que se le pueden hacer a nuestra poesía, está la que argumenta desde y para el dolor: la herida existencial, el hombre arrojado al mundo, pero también la sangre que corre por las calles del lugar donde vivimos. [3.] En este lapso arbitrario, donde los escritores tienen entre 26 y 16 años, hay poetas que leen la tradición, poetas que adaptan a los griegos, poetas románticos, poetas en diálogo con los romanos o los surrealistas: poetas que leen todo sin excepción: poetas que no leen sino literatura: poetas que sólo leen poesía: poetas que no leen sino un camino trazado por ellos mismos en donde la poesía nace con Bukowski y termina en la hoja en blanco: buenos y malos poetas, claro: poetas anglófonos, francófonos, nacionalistas y malinchistas: poetas traductores, poetas compositores, poetas cineastas, poetas cronistas, poetas directores de escena, poetas que bailan mientras leen, poetas que gritan para leer, poetas a quienes el poema les exige lanzar salsa de tomate por los aires o quemar un pedazo de papel que contiene sus palabras, poetas tímidos, poetas publirrelacionistas, poetas de whatsapp, poetas de tintero y de almohada: poetas comprometidos con algo, con todo, con una pequeña fracción, con lo que vale la pena, con lo imposible, con nada, con ellos, con nosotros, con la literatura, con las literaturas, con algunas palabras, con la deforestación de los bosques por la necesidad de tener papel más papel, con la posibilidad de que no haya poesía, con la necesidad de que haya más poesía, con un momento, con la memoria: poetas todos cuya única certeza es la incertidumbre, poetas que se sienten libres. [4.] El espíritu de nuestra generación (literaria), me escribieron hace poco en un chat de Facebook, no está en los temas sino en las formas. Puede ser cierto. Para eso necesitaría ser un Estudioso. [4b.] Veo en las formas, antiguas y novedosas, una necesidad. No la veo, la intuyo. [4c.] Podemos defender formas, temas, estilos, la preeminencia de la metáfora o la ausencia de ella, el lugar de la oralidad, el lenguaje “literario”, el pastiche, la virtualidad, el humor y el activismo. Podemos defender la sensación, la sensualidad, la razón o el caos. Podemos armar, en un vuelco al siglo pasado, nuevos manifiestos y saber qué es lo que queremos hacer, aunque no sepamos lo que queremos decir. [4d.] Podemos, incluso, no defender nada (como a menudo pasa): sólo sentarnos a escribir y ver qué pasa. Los resultados a menudo son intercambiables, con algunas excepciones. [5.] ¿Quiénes somos para defender algo hoy?

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24 poema sobre la situación de México es la remezcla de Uribe de la Antígona, escrita originalmente para la escena y que, aunque reconocida en el mundo literario, no ha alcanzado el público que se merece. El poema de Piceno es similar en muchos sentidos: una apropiación de mitos (bíblicos, nacionales, la figura de Zurita) en un poema de alcances inadvertidos, una verdadera poética de los desaparecidos. En ambos, sin duda, el dolor. [8n.] Poemas paisaje: “(poema de aire)” de David Meza, directamente heredero de Yaxkin Melchy, “Ramo de anhedonias” de Clyo Mendoza Herrera, “Hay alguien en el espejo que parece río” de Pablo Robles Gastélum, los últimos poemas de Jesús Carmona-Robles. El poema de Meza y el de Clyo son paisajes en sentidos opuestos: el primero es una explosión (acaso una implosión) de imágenes que fisionan, que producen sentido y más imágenes al chocar entre ellas, sin necesariamente llegar a ningún lado; el segundo es, en cambio, la ordenación precisa, contemplativa, de momentos en una narración panorámica de alcances metafísicos. El poema de Robles Gastélum es una reflexión (en ese sentido filosófico) sobre el deseo y el lenguaje, retratados en un momento. La obra de Carmona es, también, un intento constante de atrapar momentos, una tentativa incesante de explicar la fugacidad de las cosas y de las personas, combinando narración, metáforas precisas y un sentido total del asombro. En todos, de muy distintas maneras, el dolor. [9.] Ésta no es una lista: no busca categorizar ni jerarquizar. Busca, más bien, mostrar esos textos que, pienso, apuntan a poéticas personales, a búsquedas formales y temáticas, a claridades futuras. No podría defender una crítica. No podría defender mi visión frente a las otras. Justo por eso escribo después de leer a mi generación. [x.] ¿Quiénes somos para defender algo hoy? [10.] La poesía empieza con la herida y termina con la herida, pero ahora abierta, expuesta ante un mundo de morbo, de violencia y esperanza, cerrándose, suplantándose con otra más intensa. La conciencia de la muerte. La abolición de la libertad. La cercanía del sinsentido. [11.] La poesía contra todo y contra nada. [12.] Qué sabemos sino la herida.


[6.] En los poetas de 89—99 no hay una idea de poesía, mucho menos de mundo. Sobra decirlo. De eso trata la poesía. [6b.] «La poesía no es el terreno de ninguna tranquilidad. Es el terreno de una especie de insubordinación permanente. Si tú ves lo que ocurre, sobre todo en la poesía moderna, quiero decir a partir de Rimbaud en el siglo XIX, te das cuenta que no es el terreno de ningún consenso, sino de una agitación permanente», le dijo Eduardo Milán a Antonio Calera-Grobet. [7.] Últimamente parece que hay más poetas que poemas. [8.] Algunos poemas han resultado destacados para mí: poemas que al leerlos he identificado como momentos cumbre, a veces inalcanzables, de la labor poética. Intentar clasificarlos será caer, en parte, en la trampa de la crítica, en la teología del método. [8n.] Poemas retrato, poemas espíritu: “Caballos comiendo caballos” de Jehú Coronado (nacido en 87), “La sagrada familia”, Paulina del Collado, “Dinosaurios!” de Gerardo Grande. Nuestra generación es compleja, pero ha habido poemas (diría poetas, pero aún no es el caso) que han podido captar eso que ahora nos da vergüenza llamar el espíritu del tiempo. La poesía de Jehú es la poesía de un observador distante, sumamente inteligente, ligeramente deprimido. Paulina habla de los íconos en una narrativa propia tanto del pop como del psicoanálisis, pero siempre en el contexto de la insatisfacción. Grande escribe, en una especie de discurso high on drugs, del conformismo y de lo que está más allá. En todos, el dolor. [8n.] Poemas manifiesto: “Ojalá el gobierno me diera una beca” de Gerardo Arana (nadico en 87), “Mujeres que escriben” de Xel-Ha López. Las proclamas de derechos, libertades y alcances de la poesía, después del exceso de los últimos años —de los dadaístas al Dogma 95—, hoy mueren antes de ver la luz. Estos dos poemas son, como mucho de la obra de sus autores, poemas llenos de humor y que resuenan en otros lados. El poema de Arana es quizás su mejor, lleno de una melancolía y una acidez únicas, con las que nos gustaría recordarlo. El poema de Xel-Ha es, en cambio, un retrato: una crítica sin ánimo de politizarse, un estado de cosas, un chiste llevado demasiado lejos. En ambos, el dolor. [8n.] Poemas del duelo: Antígona González de Sara Uribe (como antecedente cercano en entraña pero lejos del 89-99), la Parusía de los muertos de Pablo Piceno. El gran

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MUESTRA DE POESÍA

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Guanajuato, 1989

Andrea Alzati El verano

las horas eran tan largas como las sombras de los eucaliptos y el único reloj que las marcaba era mi bicicleta morada dando vueltas en la glorieta una y otra y otra vez el calor en la nuca y el sudor en el borde de la frente las manos percudidas y una como ansiedad como inquietud como ganas constantes de ir a hacer pipí y de encontrar en la casa una esquina fría donde sentarme sola y en silencio no recuerdo cómo era mi cuerpo, pero recuerdo bien cómo acercaba las cosas a mi cuerpo mi cuerpo a las cosas recuerdo cómo acercaba mis manos largas y delgadas a las hojas secas largas delgadas de los eucaliptos recuerdo la tierra que se metía debajo de mis uñas y recuerdo cómo acercaba un vaso con agua a mi boca

recuerdo unos pantalones de mezclilla anchos

y cómo acercaba

y el calor en la nuca y las horas largas

mis rodillas

como la calle larga donde vivía

mis huesos

como las sombras largas de los eucaliptos

recuerdo cómo se acercaban al suelo mis rodillas

como los largos postes

recuerdo mis rodillas quizás

de luz

porque no han cambiado

eléctrica.

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** hoy pensé en escribir sobre las orejas de un perro que no conozco sólo conozco el nombre del perro podría escribir su nombre deletrearlo hacia adelante o hacia atrás del perro sólo conozco su nombre sus orejas y el resto de su cuerpo de perro todo lo que lo hace un perro más allá de su nombre me es desconocido nada puede impedirme que escriba acerca de este perro como una posibilidad de un perro con nombre, de un perro con orejas, con patas, con nariz, con cola, con lengua, con ojos escribo acerca de la posibilidad de un perro que mueve la cola, de un perro en silencio, de un perro quieto, de un perro que es más nombre que perro que es más perro que perro que es más idea de perro                   imagen de perro                   sonido de perro       recuerdo de perro posiblemente escribo acerca de la posibilidad de escribir sobre un perro que busca la luz del sol y que se echa en el sol con sus ojos de perro y que se queda quieto en el sol como perro y que es el cuerpo de este perro y que se nombra con el nombre de este perro porque dentro de las posibilidades que escribo  lo único imposible es que este perro sea otro perro.

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Chihuahua, 1992

Jesús Carmona-Robles Iván

Iván, anoche tenía ganas de escribirte un poema pero hoy no, desperté llorando, entonces te olvidé así como tú nos olvidaste, no te reprocho, sólo me llegaste a decir: léete a Kenneth Rexroth y a Derek Walcott, yo asentía, pensaba en tu pasado y en las cosas que debiste vivir para convertirte en lo que eres. De hecho, Iván, comencé a escribir pensando en ese sueño y saliste tú como una hermosa tortuga entre la arena de mi pecho muriendo y entre la muerte me recordaste que soñé con Frida volando sobre una cancha de basquetbol llena de sangre y oro. Frida volaba pero estaba muerta mientras volaba, entonces le grité queriendo revivirla. Cuando ella abrió los ojos yo también los abrí, pude ver que hacía un gesto con sus manos. Iván, tú no conociste a Frida y apenas me conociste a mí. Frida huyó, así como tú huiste de las cosas estúpidas del mundo. Iván, voy a soñar que vuelas muerto sobre una cancha de basquetbol y lloraré porque sé que eso significará que algo horrible y peligroso ocurre en mi cerebro.

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Soneto a tres tiempos sentado en el piso tengo un vaso con leche muy fría en la mano frente a mí el televisor una explosión en Kiev y un hombre mira su torso lleno de agujeros le grita algo a su hijo que lo llora y cae la nieve y la nieve de Kiev es blanca como los ojos de esa mujer que ya no mira busco en el agujero que se forma entre mis piernas cruzadas al control remoto encuentro mi teléfono y escucho la voz de mi madre un par de rojos tacones chillan frente al temblante pulso del camarógrafo mi madre soñó con los hijos que algún día tendré uno de ellos será muy blanco dice perdí la caja donde estaban tus dientes de leche dice y un par de rojos tacones encostrados de tierra me hacen volver a Kiev y mi vaso con leche fría está lleno otra vez la vida es bastante sencilla si así quieres verla dice mi madre antes del te amo adiós en Kiev un encapuchado apura un plato de borsch vaho blanco sale de su nariz ella traía un vestido negro e iba en la preparatoria en su cabeza está el nuevo ojo de la muerte la vida es un sueño muy borracho en la playa pienso y vacío el resto de la leche en mis pies.

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Tampico, 1989

Carlos del Castillo Paisaje No.4

no estar deberĂ­a leerse como un apenas y estar. agujero negro y pared blanca. soterrar, arder, urdir. platillo y triĂĄngulo. no estar como nuevo Retroceder en el Estudio de la ubicuidad general. no estar como estar. ardid siquiera. gardenia y nardo. no estar en el [espacio] formulario Ăşltimo. cristal, madera, acero. no estar para quedar estando. para quedar siendo. no estar como juego de sofismos palabra hacia la cosa apariciĂłn del subterfugio, una treta la tara de algo alejado, nihiforme. pasado y zapping. no estar como otra forma de decir YO.

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** Una escultura de Nick van Woert Mi abuela se abre sobre alguna esfera del trasmundo. Que uno puede decirse que soñó, que escuchó, que escribió. Escribir, sería bellísimo, la muerte de una abuela en función a su plusvalía. Con la cadencia del tecleo, que constante en automático, pero nunca. La abuela, el niño sabe, ya no está ahí. Lo que respira dificultosamente, lo que respira apenas, es otra cosa. It is a sister and sister and a flower and a flower and a dog and a colored sky a sky colored grey and nearly that nearly that let. Go, go, go, said the bird: human kind / Cannot bear very much reality. Hay abuelas que, bajo sus senos, guardan un sol, un chile y un limón, envuelto estraza. Escrito en caligráfica: 3. “Dar amor a mi familia”. La abuela desvaneció sobre su rostro el políptico de los asombros, sobre el color céreo y escamas, sobre su Phlebas íntimo, San José de todos. Primero decían que un huevo y no. Nunca. No un huevo un florero. No. Las abuelas tras la oreja un aceite, una unción de mandarina. Desprendida, hinchada, flemática. La abuela, aquel remedo, revoloteó vaporosa, desapareciendo, entre la intersección cartesiana que proveen eternidad y finitud.

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Ciudad de MĂŠxico, 1992

Rodrigo CĂ­rigo Vimos a las langostas

vimos a las langostas deshilacharse hundirse bajo las bĂłvedas de su reducido imperio y en sus tenazas estaba escrito Hay una puerta sin sosiego impotentes numerosas intentaban adivinar su rostro devorar el destierro anticipado las vimos en la arena costras raĂ­das por el aire la quemadura que antecede al mar y lo resguarda.

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Papalotes ardiendo en la oscuridad dividida (Para Alonso) tendidos sobre colchas en la azotea de tu casa me repetías pasajes de El pequeño astrónomo (cygnus hydra corona australis) como quien tararea una canción que no comprende no buscabas las cosas en el cielo recorrías los surcos de mis hombros y no te conformabas (perseus sextans draco) tus manos la primera huella que se imprimió en el nuevo mundo la amplitud de la desmemoria papalotes ardiendo en la oscuridad dividida hasta que abríamos los ojos y bajábamos las escaleras en silencio.

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36 entristece a los metales

cuando veo nublada la ventana

derrite a los humanos

cada cliché me atormenta

Qué dices de esto

Qué dices de esto

pervierte yacimientos minerales Qué dices de esto

la industria de la transformación

mientras pienso en morirme

una sola flor

en nuestra estufa y en nuestra cama

Qué dices de esto

en nuestra propia cortina

con el impulso

los fantasmas nos atraviesan

desaparece la virtud

Qué dices de esto

Qué dices de esto

me desmaquillo con navajas de algodón

adorna toda la botella Qué dices de esto

Qué dices tú

me tragué las mentiras de mi nana

Qué dices de esto

Qué dices de esto

es volverse al estado original

de quedarse resignada

mancharse las manos de arcilla

en la cóclea la decisión

Qué dices de esto

al caracol le retumba

en una cuchara de plata de todo esto.

como el de los boleadores que cargan una caja para lustrar la piel de los que pisan. es el de los poetas biografistas un trabajo de oficio que apunta cada detalle intrascendente y narrarlo de nuevo quitarle el polvo del aburrido relator, secretario McGregor, hasta encontrar ese remoto relato que tenga el corazón esmeralda Habrá que buscar entonces en los archivos municipales y si las cuenta le salen mal, como a Colón o a Exquemelín o hace piruetas o las relata y cuando uno vive no le da tiempo: para escribir sus hazañas porque los muertos no tienen voz  casi insinúa que debe hablar de los muertos Dice mi amigo Eliot que el poema no debe hablar de nosotros

Valeria Guzmán Tradición Puebla, 1990


Qué

Qué dices de esto están en la página anversa

Qué dices de esto

las realidades pasadas

la escritura es política y la política es propaganda

Qué dices de esto después del divorcio me dijo

Qué dices de esto

“yo nunca quise a tu papá”

no toda poesía se revisa alguna se escribe y se pisa

Qué dices de esto mi abuelo abandonó a todos

Qué dices de esto

pero, sobre todos, a mi mamá

me monté a mi amiga para ver el cuarto por sus alas

Qué dices de esto me como las monedas

Qué dices de esto

del Fondo Monetario Internacional

escribo porque hay crisis las mantarrayas vuelan

me trine en la espalda

Qué dices de esto

no porque un ave

grises hacia el cielo Qué dices de esto

y blancas hacia el mar

soñamos con vivir en países donde no nos mira la gente blanca

Qué dices de esto reprobé Poesía tantas veces

Qué dices de esto

que la maestra me tuvo piedad

lo que me viene a la cabeza me sale por la manos

Qué dices de esto me deprimo los fines de semana

Qué dices de esto

aunque me cambie de ciudad

el cantante estaba sordo y no escuchaba su suerte afinada

Qué dices de esto la vida no te espera

Qué dices de esto

ni te arrastra ni te lleva

compenso la belleza perdida con melancolía de ciega niña

Qué dices de esto mi amiga me enseñó a hacer acordeones

y yo sigo en la República Mexicana

de extraterrestres esclavos

luego triunfó en el extranjero

leeremos retrasadas las respuestas

para copiar en los exámenes de secundaria

Qué dices de esto

pidiendo ayuda de años luz

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Guadalajara, 1991

Xel-Ha López Esta es la verdad

mi prima es una perra de celo infinito Qué culpa tiene el wafle dicen apiladas como columnas romanas las vecinas las sillas de plástico afuera de la casa no ven caer todo con la tarde ven al contrario una hora para que los perros ladren y hagan el amor como perros y se caguen donde quieran como todos los perros: un poema a los perros sobre el retrato familiar se orina mi prima sobre una prueba que más bien demuestra qué es la vida + / no todo lo positivo es positivo todos son unos perros. Mi prima la perra nos mira con su cara de perra nadie se atreve a patear a la perra muerde con rabia “es una perra” dicen las viejas gordas acariciando al wafle nadie lo duda.

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Acariciando a charly miau después del trabajo Mi gato y yo odiamos la riqueza escribimos una nota para que se mueran los ricos para que se les reviente la mano bajo la máquina textil de unos chinos bajo la máquina infernal de una marca bonita odiamos a los ricos porque viven en los bosques como los lobos como las princesas y se comen los frutos buenos y el aire bueno no queremos defender a nadie nosotros también odiamos a los pobres que se comen la sombra del fruto malo y el aire malo y siempre enseñan una mano sucia y nadie los entiende mi gato y yo velamos por nuestro tazón lleno he dicho lleno para que quede claro ni desbordado ni vacío he dicho velamos porque los pobres se roban la tranquilidad del gato y los ricos nos roban por las noches algo más que el sueño odiamos la miseria pedimos que a los ricos se los coman los gusanos desde las tripas vivas pedimos a los ricos que se acerquen y que les duela algo que jamás se les quite pedimos que a los ricos les duela algo alguna cosa distinta en el cuerpo alguna vez.

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Oaxaca, 1993

Clyo Mendoza Nombres de sombra [Fragmentos, II y XIV] * Habíamos caminado otra vez nuestra montaña blanca. Hincó el dedo en la cal y entró como una espina. El aleteo de los tordos elevó un polvo que parecía leche. Me agaché a ver cómo salía agua del hoyo que estaba abriendo usando su dedo como una broca. Bebimos y volvimos a caminar. Otro sueño se empalmó a ese sueño: un hombre pintado todo de negro (olía a petróleo) estaba sentado en una esquina contando chistes. Entró una señora en la carnicería y dijo: — Quiero la cabeza de cerdo de allí. Y contestó el carnicero: — Perdone, señora, pero eso es un espejo. Un hombre acercó un cerillo al payaso negro y éste se prendió en menos de un minuto hasta quedar hecho un muñón oscuro que apenas y se alcanzaba a ver en la noche. Se escucharon sapos o risas. Alguien señaló una estrella remotísima. Miré. Al volver la vista él me ofrecía agua con el cuenco de su mano. Debemos encontrar agua, amor, o arderemos por el sol del desierto, dijo.

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* El vértigo de ir y venir del sueño comenzó a darme náuseas. Hubiera dejado que No me alimentara desde su boca de cóndor toda la vida porque tenía la firme idea de que él me quitaría las heridas de la zozobra. Creía, y con esa idea se habían diluido poco a poco los recuerdos de mis sueños, que la realidad era todo lo que me quedaba. —No confíes en los hombres que dicen amar demasiado. Me decía No mientras triangulaba todo con la medida de mi pubis.

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Ciudad de México, 1990

David Meza Reescritura de Los pájaros y el agua (gracias, Rocha):

Un pájaro

está brotando de la roca No sabe su nombre No sabe Ni quiere llegar a saberlo

Está brotando Abre sus alas Deja un camino de alpiste sobre el cielo En el pecho lleva un jardín de rocas De rocas

y Abre sus alas Y la superficie del mundo se vuelve de arena

El pájaro no sabe el color de sus ojos El pájaro no sabe que lleva cuatro estrellas Alineadas en el pecho No sabe Ni quiere llegar a saberlo —Hay un charco de oro —Hay un molino de violetas desbaratándose en el viento —Hay un río con millones de átomos de agua empapando el césped Llega el pájaro Rompe la biblia de cristal con su pico finísimo Rasga los velos de la luna Canta

canta

canta

sobre una cascada de alfileres

Y se enamora del corazón turquesa de los niños El pájaro no sabe No sueña No vuela sobre su capa de hojas No sabe Ni quiere llegar a saberlo El pájaro tiene líneas

en el pico

—Es un astro olvidado bajo el lago —Es un mago con bosques en el pecho —Es un vagabundo sentado entre los príncipes del alba y del silicio

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Reescritura de Oración del camino (gracias, Vallejo) [Perú] Cuando muera quiero que me digan: Ese hombre murió siendo un planeta. Un planeta bellísimo girando sobre un desierto de banderas rotas. Quiero que me lo digan los ángeles de los que tanto hablo. Las hienas mordiendo mis huesos y las rosas por la noche. También la luna que se ha enamorado de mi frente. Quiero escuchar a mis hermanas, barro de mi barro ensangrentado. Ese hombre, tirado por caballos griegos por las plazas. El mar, el mar entero, tierno y moribundo. Que lo diga, que no se muerda sus dientes de agua. También las nubes, también los montes. Y que se eche en llamas el desierto. Y que las banderas al romperse me digan un poema. Que las adivinas lean el destino de los niños con mis huesos. Un planeta, no una estrella titilante. Titubeante ante los despilfarros del destino. Triunfante corona del cielo con órbita y amaneceres propios. Quiero que la tierra fresca sea mi más linda guirnalda. Ahí, ahí, entre las tumbas, todo yo condecorado por su llanto. Mi busto en piedra serían los cráneos de los buitres. Oh daga de carne que es mi mano. Oh cerrojo de plata en mi frente de niño. Los grillos serán mi ópera selecta. Árboles crecerán muy cerca, como dedos que yo saco de la muerte. Toda mi vida, toda mi ternura, toda mi entera sonrisa como herencia. Un poema, o dos, como cartas, o dados tirados por los dioses. Lamentos propios de un cuerpo celeste. Mi arrastre de planeta viejo, mi rotación de nubes como dardos. Oh carroza de carne, fue mi cuerpo. Mis pestañas, pequeña noche, serán mi tumba. Mi canto de niño, ante los astros, mi epitafio.

No canta. No sueña No vuela El pájaro no sabe El pájaro no sabe el color de sus ojos Calcula el perfume de la luz dispersa sobre el agua Esculpe sobre el mármol

una iglesia en miniatura

Traza un diagrama de nubes Crea un cosmos de crayolas Abre sus alas

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44 ** Esto es un poema. Tendría que serlo. Un poema cabal

uno

definitorio como lo es decir: (Del it. poēma, y este del gr. ποíημα) o por el contrario uno sublime

uno del que no reste

hacer observaciones salvo las necesarias por ejemplo: 1. f. La que se produce de modo cabal y conforme a los principios estéticos, por imitación de la naturaleza o por intuición del espíritu. si no al menos uno incendiario avant la lettre uno acusado de no—poema no creativo con el que Avelina Lésper estaría muy molesta.

Qué horror el salvaje gusto del pino fresco. creciendo en la porcelana inflorescencia de gotas una habitación un pasillo echar a andar en pantuflas al miedo nocturno deslizarse de la cama Es una operación simple

Andrés Paniagua Orinales Ciudad de México, 1991


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46 dos : desesperación si no eres capaz de golpearme no me amas / si no puedes hacerme el amor bajo un sauce / mientras cientos de manos asoman entre las raíces / como intentando sobre nuestra piel / su tacto / entonces no me amas si no eres capaz / de azotar mis testículos / hasta hacer que eyacule sangre / si no puedes atravesar mis huesos / con un trozo helado de metal si no tienes las agallas de matarme / de perseguirme mientras intento destrozar con mis manos / a una familia entera de cuervos mientras / intento ahogar su canto oscuro de radar para que no me encuentres / entonces es claro que tú lo siento a mí no me amas perdóname pero aún no puedo matarte / esperaremos la llegada de los tres mendigos mientras / mi corazón se arranca el clítoris / con unas tijeras de jardín.

un genocidio no son mil sauces / que el dolor pudre y derrumba / si nadie hay para que escuche / su caída. un zorro moribundo devora / su propia carne: / bienvenidos sean todos / al reino del caos mi llanto es el llanto / de las cosas cuando mueren uno : dolor

Martín Rangel Tríptico del Anticristo Pachuca, 1994


47 tres: los tres mendigos ‘dolor desesperación y luto’ / no existe tal constelación morirás entonces / y nadie más que una cría de venado / velará tu cadáver desnudo todo arderá como al principio / y por un camino bordeado de almas y / plantas venenosas yo también habré de marcharme.


Culiacán, 1992

Pablo Robles Gastélum 22 x 24

te pedí perdón mientras veíamos juntos una pintura colgada en tu cuarto creo que era tu favorita pero cada pincelada que descubrías parecía alterar tu pulso y yo era un pollock con cara de imbécil los dos en tu cama acostados en una semi-posición fetal separados uno del otro por alrededor de 20 centímetros cerraste los ojos llorosos y me dijiste que te sentías como en una historia de raymond carver ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? pensé ¿cuál? te pregunté e inmediatamente supe que las preguntas nunca llevan a ningún lado te dije que me gustaba la pintura que colgaba en tu cuarto la catalogué como post impresionismo abstracto te di otro beso y pedí perdón de nuevo empecé a actuar como un personaje de raymond carver a pesar de no saber cómo exactamente debía actuar un personaje de raymond carver mi beso tuvo un efecto menor al que se necesita para realmente decir perdón entonces me di cuenta que la simbología es un imán gigante y es mejor no entrar al campo magnético si uno es un clip de metal las metáforas y la pintura no se llevan bien de la mano tú tampoco me quisiste dar la mano.

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splenda es casi azúcar y tú eres casi perfecta te dejé de ver por mucho tiempo y ya tenías fleco te veías muy bien pero creo que no veías tan bien por poco te tropiezas con tu propio zapato lucías torpemente atractiva yo quería hacerte el amor pero tú contestabas mensajes en tu celular después me diste un beso te dije que te había extrañado y que sabías a chile habanero también hay un asterisco en mi forma de quererte te sentaste en frente y pusiste tus piernas encima de mí te acaricié mientras me contabas que en parís hacía frío ya estábamos en la cama dijiste que ahí conmigo hacía menos frío que en parís entonces metí mi mano por debajo de tu blusa y acaricié tu pecho haciendo la forma de un ocho o un infinito es la misma cosa o por lo menos lo creía hasta que hicimos el amor ocho veces tal vez no fueron ocho pero sí infinitas bajé de la cama y me sentí en movimiento como el marinero que siente la marea aun pisando tierra dije necesito ir al baño volteé la cabeza y recordé que tengo una pésima vista a pesar de no tener fleco de lejos eras desnuda un van gogh color piel latina dijiste que me querías y que tenías sueño te dije que parecías azúcar y que yo no iba a poder dormir pronto.

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Orizaba, 1994

Nicté Toxqui Imaginario

La casa sufrió el apocalipsis por abril y mayo cuando los calores fuereños invadieron el hall y deshidrataron la fuente de la casa y se deshidrató mi cuerpo, y sólo esperábamos la huída: un miércoles:

Nos vamos

dijo mi madre / así fue: a ciegas

todos homicidas. uno a uno y uno.

primero el bebé, luego el abuelo, nuestros bolsillos todos se fueron matando del susto, de no verse reflejados en las pupilas del portarretratos familiar: la familia es un cerco con púas. son sanguijuelas del otro

–olvidemos la sangre fría y heredada–

es más una multiplicación milagrosa, como panes, como la besucona que traga mosquitos y no piensa que los mosquitos también tienen una familia. así se murieron, uno al otro. se mataron. no sé. no estoy segura. pero se olvidaron que tenían una convaleciente en cama. me ignoraron a la hora de morirse. me quedé con la muerte

observando el comedor vacío

esperando / consolándome con valium y cefotoxima.

pasó cuando era abril y mayo

y pensamos que vendrían

tiempos mejores.

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51 El noticiero hace pensar que la poesía sirve de nada. Es un derrame. No hay cura. Solo espera.

Aunque casi siempre no es conjuntivitis,

conjuntivitis.

Observar la miseria de forma continua da

Mi penitencia por no haber comulgado con el fin) desenchufar la televisión antes de morirse. Quizá una condena. (yo no sé. pero la familia tuvo que haber cambiado de canal,

Aquí los disturbios de los siguientes calendarios.

buenos días y noches y desvelos

Noticiero, que a su vez duerme y come con Joaquín y Lolita

como y duermo con un desconocido que tiene por nombre

El noticiero puede acariciarse como gato caprichoso * * todavía quedan algunas luces / semejan flores de cempoaxóchitl

la ciudad se convirtió en acantilado

—no puedo moverme sin miedo

sin calcular los puntos débiles de la casa

—el horror de un panteón constante

pavimentando nuestras huellas

paralizamos nuestro cuerpo a propósito

—como si el país no lo hubiera hecho desde antes el día de la hecatombe actuamos un simulacro inverosímil nos quedamos pensando en los tiempos mejores: Esperando.

dicen que esa lumbre de flores puede sobrevivir

largo rato encendida

Pero yo digo que los poemas

también pueden incendiarse

—no podríamos contener sus fumarolas

es por eso tan peligroso salir

y querer reposar en la caldera

de trenes que andan sin rumbo fijo.


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MISCELÁNEA

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55 Orfandad, de Federico Reyes Heroles, y de México Miguel Maldonado

Rara avis, este libro de Reyes Heroles podría ser un diario, un libro de notas: notas al padre, una biografía, un libro de relatos, un álbum de familia, un anecdotario y, ya por exagerar, sólo faltaría alguna receta culinaria para ser también un libro de cocina, porque sabemos que don Jesús cocinaba los fines de semana allá, en Cuernavaca. Faltaría un complot, uno más, para alcanzar el rango de novela negra. De todo lo que podría ser este texto, para mí es, sobre todo, una novela; claro, una novela singular, ¿qué buena novela no es singular? En un lugar de la obra, de cuya página no quiero acordarme, Reyes Heroles cuenta que se encontró con Julio Cortázar tres veces. En uno de esos encuentros le hizo una pregunta fundamental para un escritor en ciernes durante la época de las ideologías: ¿Escritura comprometida o el arte por el arte, señor Cortázar? Obviamente, Julio Cortázar respondió a favor de una literatura libre: “Entre el sí y el no, cuántos quizás”, diría el jugador de marel. Por cierto, Octavio Paz afirmaba que Cortázar había llegado demasiado tarde a la política. ¿Será que hay una hora precisa de llegar a las vivencias que nos atañen? Federico Reyes Heroles llegó a contarnos sobre su padre a la misma edad en que éste murió, ni tarde ni temprano. Esta anécdota sobre el encuentro con Cortázar, y la misma naturaleza híbrida de la novela Orfandad, me recordó a Rayuela. El libro de Federico es una rayuela, es decir, una obra hecha de fragmentos más o menos autónomos; sin embargo hay algo que escamotea a la obra fragmentaria, no es del todo una rayuela, algunos fragmentos pisan la raya y perdemos este juego de los saltos. En la rayuela, si se pierde, uno regresa al infierno; en la novela, la historia pierde su espíritu fragmentario para llevarnos por la vida terrenal del padre. Tres historias corren a lo largo de la novela, y ya con esto el pie se sale del cuadro, estamos fuera de Rayuela. Hay al menos tres hilos conductores que tejen distintas tramas y que nos mantienen en vilo hasta el final donde se desenmadeja toda una vida. Está la trama íntima, sobre la enfermedad del padre. La trama política, sobre la reforma de Estado. Y quizás la más importante y prácticamente desconocida, la trama social: esto es, la participación de Jesús Reyes Heroles en las negociaciones del movimiento del 68, una negociación en paralelo donde Reyes Heroles representó al gobierno mexicano con la misión de dar una solución pacífica al conflicto estudiantil mediante el diálogo y la negociación; sabemos que, desafortunadamente, otros actores políticos optaron por la vía violenta de, hay que decirlo, el asesinato y la tortura.


La narración sobre la vida del padre, abordada desde diversas facetas, hace pensar en una búsqueda de la totalidad, tanto en la forma como en el fondo. Me explico: la propensión al uso de diversos recursos literarios nos remite a la novela total, y la descripción en el fondo de los diversos mundos de la vida de don Jesús nos refiere a la intención de abarcar la vida en su totalidad. Por ello esta novela es una compleja apuesta literaria y literal. Por un lado la ficción y por el otro la vida. Estas tres historias son interrumpidas, siempre para bien, por las anécdotas íntimas de la relación de Federico con su señor padre, como aquella en que cuenta que juntos iban a una tienda donde los hijos ayudaban a cargar las bolsas. ¿La tienda se llamaba Un Rayito de Sol, o así reza un bolero? Cualquiera que sea el nombre correcto, había algo de Sol en él y esto despierta las evocaciones poéticas del autor, y su padre nos aparece como una figura solar, redonda: un padre, un político, un escritor y, por si faltase algo más, un regular jugador de dominó. También aquélla cuando lo convenció de usar zapatos más cómodos: Clark. O las constantes interrupciones de jiribilla política: los buscapiés que le lanzaba Díaz Ordaz a Reyes Heroles sobre si se animaría a ser candidato presidencial pese a ser hijo de padre extranjero, puesto que ya había ejemplos de presidentes mexicanos que habían violado tal restricción. Otras interrupciones son verdaderamente infernos interruptus por la severidad del ambiente político; Reyes Heroles trataba con personajes que, a veces, sólo deseaban el encierro, el destierro o el entierro para sus enemigos. En el primer tercio de la novela el autor remata algunos episodios con la frase, entre nostálgica y lapidaria: “Era otro México”. Es cierto, algo se ha perdido, para bien y para mal. José Emilio Pacheco decía, cuando hacía su recuento sobre lo perdido, que le pesaba sobre todo que se hayan perdido ciertas alusiones. Monsiváis continuó esta idea hasta el punto de escribir un libro sobre poesía titulado las Alusiones perdidas, y lamentaba que pocos –o nadie– entendieran ya nada de nada; se preguntaba si algún joven sabía a qué alude la espada de Damocles, a qué alude la piedra de Sísifo. En este caso, yo me pregunto si los jóvenes de hoy saben a qué alude la expresión La forma es fondo, acuñada por don Jesús, quien, además de hacer adobes, analizó con gran agudeza la realidad mexicana.

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En poesía, como en política, la forma también es fondo; por ello, las alusiones perdidas muestran que se ha extraviado una manera de concebir el mundo, el modo en que nos relacionamos con él. La gran alusión política perdida, para mí, es la del proyecto nacional. Otra alusión que se ha perdido, y que Federico Reyes Heroles recobra, es la del discípulo—maestro; en el ámbito político a este último se le llama mentor. Si la forma es fondo, al perderse la práctica de cultivar las figuras tutelares, si a pocos importa acercarse al maestro, pues sí, en efecto, el título de la novela es propio de nuestra época que ha perdido la vocación tutelar. Estamos, como nación, en estado de Orfandad.

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Puedes llamarme Moby Dick. Entrevista con Luis Armenta Malpica

Alan Saint Martin

¿Qué es la intertextualidad? Podemos hacer el ejercicio de poner el término en cualquier buscador y leer un sinfín de páginas, donde las primeras tendrán una definición algo escueta “La relación que tiene un texto con otro (ya sea oral o escrito)”, y en las segundas se encontrará asociado a nombres como el de Mijail Bajtin, Julia Kristeva, Roland Barthes, entre otros. La primera vez que escuché el término “intertextualidad” fue en mi tercer semestre de la licenciatura. Fue de los primeros conceptos recurrentes y necesarios para los análisis posteriores. En un principio costó tanto trabajo como la dicción que involucra su mezcla con el vocablo literatura: “literaturidad” o “literatulidad” -mismo término pero diferentes fonemas, uno vibrante alveolar sonoro, la “r”, y uno líquido, la “l”. Y lo traigo a colación porque en el poemario Llámenme Ismael, Premio Sor Juana Inés de la Cruz de Literatura 2013, Luis Armenta Malpica (Gobierno del Estado de México: 2014) edifica los versos sobre los cimientos de otros textos, entre hilvanados con temas de locura, duelo, autoconocimiento y creación literaria. ASM. Existen distintas voces en tu poemario: Ismael, Moby Dick, un yo poético y podría decirse que la presencia de un hospital. ¿Cómo decides qué voz utilizar hasta tal punto que se vea una hibridación de los cuatro "personajes"? LAM. Son más personajes (o voces) de los que yo mismo pretendí en un inicio: el sobrino genérico y el sobrino que estudia para forense, el enfermero, el enfermo (paciente), el marinero, entre otros, se llaman Ismael. La ballena es el cachalote y el ser humano, el pabellón del hospital y Dios, entre muchas ambigüedades que me sirven para hablar de todo en todos. Qué voz habla, no sé. El poema se me dio de forma rápida (lo mismo que un libro anterior, Ebriedad de Dios), y son elementos que casi no controlo de manera externa: responden, podría decir, a pulsos emocionales. ASM. Comulgas con Herman Melville y Héctor Viel Temperley, aunque también están presentes otros más como Baudelaire, Rimbaud, Lizalde, Barrie, hasta Coleridge y el albatros. ¿Qué te permite apropiarte del Pabellón Rosetto, metamorfosearlo en la ballena blanca y viceversa? LAM. Mis lecturas por placer o por trabajo influyen siempre en la escritura personal y es algo que no evito. Moby Dick es una novela que he leído, completa, más de veinte veces y me sigue pareciendo prodigiosa. Luego de una visita a un hospital psiquiátrico se me vino a la cabeza la idea de que no era tanto la película Atrapado sin salida de Forman (que cito en el libro) sino el interior de una ballena (Jonás) que nos había devorado a quienes estuvimos allí unas horas. Fue muy obvio que entrara Hospital británico de Viel Temperley por asociación, ya que es un libro que me fascina y retrata la visión poética de un enfermo. Con el tiempo, otra novela (Lo que no se dice, de Piedad Bonnett) me hizo entender mejor el proceso de que una enfermedad pueda ser confundida fácilmente por los médicos y sea tan difícil de diagnosticar si es la depresión, la manipulación, la bipolaridad, la esquizofrenia, la paranoia o el comportamiento rebelde lo que hace que una persona sea varias (y pienso en personalidad dividida, sin que llegue-

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59 mos a los casos extremos de la personalidad múltiple). La conexión del pabellón estaba lograda, y la piedra Rosetta, el apoyo para la traducción de los jeroglíficos egipcios también fue un enlace directo al tratar de descifrar un comportamiento, otro lenguaje, un decir diferente del cotidiano, del considerado normal. Por esto el personaje a veces es femenino y en otras es masculino: nuevamente la ambigüedad que tanto persigo se justificaba en plenitud. El resto de las inclusiones son homenajes (a Guillermo Fernández y sus traducciones, a Antonio Cisneros, etc.). ASM. Para alguna culturas, como los inuit de América del Norte, la ballena simboliza la navegación, la comunicación, el viaje a lo más profundo de nuestro ser, entre otros y creo que en Llámenme Ismael está presente el último. ¿Podríamos decir que es un viaje interno y externo de autoconocimiento donde se necesitan a otros seres para complementarse? Porque pareciera que esta hibridación que arriba mencioné es el fin del "personaje principal". LAM. Minerva Margarita Villarreal y José Javier Villarreal coinciden en que este libro parece cerrar el círculo abierto con Voluntad de la luz, mi primer poemario. De broma les dije que creció tanto ese salmón que se convirtió en cachalote. Sin embargo, con seriedad veo los motivos que me han obsesionado: el viaje del hombre por sí mismo, de sí y hacia sí, siempre a través del mar (que en otros libros es un Mundo Nuevo, mar siguiente o El cielo más líquido) en busca de algo que no le pertenece, que no está entre sus facultades humanas. Primero, de la evolución y permanencia a la trascendencia. Ahora, más desconsolado, en viaje inverso: ya no se busca ascender sino que el personaje cae. Y aquí aparece el motivo físico de Llámenme Ismael: la caída del hijo en el libro de Piedad Bonnett que no es otra que la caída eterna de la carga de Sísifo o el descenso del ángel, en fin. ASM. Existen varios poemas con fonemas líquidos y con aliteraciones, sobre todo aquellos que directamente tratan el tema del mar, así como la repetición de versos en otros poemas ¿Te detienes y piensas "quiero que el poema tiene la estructura de un oleaje, con una extensión determinada y un ritmo específico" como el poema 60? LAM. El ritmo me resulta natural y es una pulsación que tampoco controlo: es más, necesito romperla (como a veces hago en este libro) para conseguir el efecto de ruptura, de golpe, de desafinación. La repetición de motivos, por el contrario, es un efecto que le aprendí a Richard Wagner, un autor que me acompaña también en los libros y cuya forma de homenaje más explícita se encuentra en Götterdämmerung, otro de mis poemarios recientes. Encontrar que Viel Temperley repite los versos como mantras apoyó mi versión de que son los asideros (de la zozobra) que uno busca durante una caída. Si este libro se mezcla con el asesinato de Guillermo Fernández es porque hay muchas otras muertes que se cruzan, como el oleaje que mencionas, entre las que las hay por causas naturales, por iniciativa propia, ficticias e incluso algunas anunciadas (por enfermedad terminal o determinación propia).


ASM. Si habláramos de dificultad poética, tú, como poeta, ¿cómo te enfrentas al poema corto y al poema largo, nuevamente poniendo como ejemplo el 60 frente al 17 o 29? LAM. La extensión de un poema no la domino. Es una mortificación que alguna revista o antología me solicite material e indefectiblemente deba mantenerme al margen de muchas invitaciones porque mis poemas rebasan la extensión común. Si hago libros extensos (muchos son un solo poema) es que no domino, para nada, la extensión del trabajo. Es más, puedo decirte que los poemarios se encadenan uno tras otro (con sus excepciones) en una saga narrativa (en verso) que pienso que he terminado y de pronto me descubre otros caminos o me hacen corregir lo que pensaba. ASM. Llámenme Ismael empieza con "Embestida" y culmina con "Coletazo", los únicos dos poemas con nombre, además de ser nombres de ataque o golpe. ¿Hay una lectura en especial, nuevamente como ola, preparando un terreno con los 60 poemas para una vida o interpretación posterior del lector de "esto pasó aquí, ahora es tu turno"? LAM. El trabajo lo inicié como un poema largo y total. En una de las revisiones estructurales me percaté de que podría ser confuso pasar de una voz a otra, de un espacio a otro, entre citas biográficas, literarias, musicales, cinematográficas y demás. Entonces fraccioné el poema y lo más sencillo era numerar esas partes. Lo intenté con las vértebras cervicales pero los mamíferos tenemos siete. Aunque es cuestión de discusión, los cetáceos tienen atlas y axis fusionadas lo cual dejaría seis vértebras. Seis fragmentos eran muy pocos y lo que hice fue potenciarlo: 60 fragmentos y listo. Al tratarse de un poema que me golpeó por la inmediatez personal (los personajes reales tienen, todos, que ver con mi vida) parecía fácil tomar la perspectiva del barco que es embestido (inicio) y la fuga hacia el fondo del mar (el coletazo). Esta parte final tiene, al menos en la intención, el efecto visual de representar el cuerpo de la ballena. Con respecto a lo que señalas del turno del lector, siempre he creído en su complicidad. Un narrador amigo, Mario Heredia, me dijo que al terminar de leer el libro, de corrido, regresó a las primeras páginas para ver si no se habían borrado. Es uno de los comentarios más hermosos que recibe un escritor, aunque nunca se sabe qué reacción provoca un libro y poquísimas veces hay una respuesta así de conmovedora.

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61 ASM. Por último, en el desdoblamiento del yo poético en "No les diré mi nombre, pero llámenme Ismael", ¿está presente cierto nivel de locura? LAM. Patricia Medina, mi formadora como escritor, nos dijo a Mauricio Montiel y a mí que el siguiente paso de la escritura era la locura, y que por tal razón no dejáramos de escribir. Me considero un ser común y creo que dejo los desplazamientos de personalidad para los ejercicios literarios. Uno es y no es quien aparece en un poema. Insisto en que mi obra es muy biográfica, pero también que escribo para recordar mi vida porque tengo pésima memoria. La escritura, como acto, me deja un espacio amplio y hondo (como el mar) para la recreación de la vida. Y al haber recreación faltan certezas o se recupera una parte y se completa con ficciones (no mentiras). De allí que persiga la corrección de algunos episodios con nuevos libros. O que procure aliviarme de distintas ausencias dejando muy presente a ciertos personajes a los que amo. No diría que yo soy Ismael, pero puedes llamarme Moby Dick.

Luis Armenta Malpica, Llámenme Ismael, México: Gobierno del Estado de México, 2014.


No, Amor Diana Jaramillo

—Entonces, ¿te veré el lunes, vestida de domingo? ¿Sí te escaparás conmigo? —Es una promesa que ahora sí cumpliré. Tomé su rostro dulce entre mis manos y le absorbí el labio superior, sólo el superior. Luego besé sus párpados y me separé. Me miró hasta que doblé la esquina, aceleré el paso y llegué al departamento donde me esperaba mi marido viendo la televisión. De hecho, no me esperaba. —¿Ya llegaste? ¿Qué horas son? —dijo sin mirarme, a modo de saludo. —Las ocho, supongo. ¿Los niños duermen o siguen despiertos? ¿Dónde está Clara? —pregunté rogando que la respuesta fuera sí. Me sentía agotada. —Dormidos. Mañana me espera el Secretario de Gobernación. Pasará el chofer a las seis treinta. Por favor, me levantas a las cinco treinta. —Todo me lo dijo sin reparar en mí. —Claro —respondí muy quedo. —Las cosas van muy bien en el trabajo. Quizás mi jefe sea el próximo presidente, y éste, tu marido, un secretario de Hacienda, por lo menos —sentenció con un tono de tonto orgullo esperando que yo le pusiera un punto final jocoso a su comentario. Mi marido planeaba su futuro de tecnócrata y yo mi partida. Tenía días imaginando cómo dejarlo: a él, a la casa, a mis hijos. Había revisado los horarios del metro. Mi maleta estaba guardada desde hacía unos días en el cuarto de lavado, en el sótano del edificio. Tenía la cuerda para amarrar a Pedrito a la silla de bebé, para la hora del desayuno. El tiempo estaba calculado: entre mi partida y la llegada de Clara, sólo pasarían quince minutos. Alejandro, mi hijo mayor, se quedaría tranquilo desayunando su cereal frente al televisor. No tendría por qué suceder nada en el corto tiempo transcurrido entre mi escapada y la llegada de mi sirvienta, Clara. A Andrés lo reencontré en un café, hacía seis meses. Leía una revista de arte contemporáneo o alguna cosa así. Yo había seguido su carrera profesional, de lejos. Sabía que daba conferencias aquí o allá o escribía en revistas de crítica política. Pero durante diez años no nos habíamos hablado, escrito o visto. En cuanto entré al café, él me miró y sonrió al tiempo que me atajaba la silla para que me sentara a su lado. —Había olvidado que eras todo un caballero —dije sonrojada. No me había arreglado, llevaba el cabello en una coleta mal hecha, jeans. Si hubiera sabido que esa tarde lo vería tras una década, por lo menos me hubiera peinado. De haberlo hecho, el impacto del paso del tiempo habría sido menor, pensé. —Yo podría reconocer tu perfume dentro de un mercado —sorbió al café y me miró con picardía—. Durante diez años, tu aroma ha regresado de vez en vez. Cuando alguien entra a un banco, por ejemplo, y trae tu perfume, me desconcierta, te busco. Rápido identifico qué mujer lo usa, y nunca eres tú —sostuvo mi mirada. —No recordaba, también, que eres el rey de las palabras, un poeta —le dije aún más encendida, bajando mis ojos. Andrés y yo nos habíamos separado al terminar la universidad. Más bien, yo lo había dejado a un paso del altar, segura de que lo mejor era irme a estudiar sola el posgrado

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63 a Suiza. Durante cuatro años yo había trabajado en un despacho de arquitectura y cada centavo lo había ahorrado para ese viaje. Me había vuelto indispensable para mi jefe, así que además me iba recomendada para practicar en el taller de un amigo suyo, en Ginebra. Romper la relación de tres años con Andrés no me creó conflictos. Él era el que estaba enamorado, yo lo quería con la misma intensidad que a todos y cada uno de mis amigos, con la diferencia que con él tenía buen sexo, relajado, sin grandes aspavientos, con un orgasmo por tirada. Cuando le dije que me iba, le rompí el corazón y partió a Guatemala. Le faltaba poco para graduarse de Antropología, pero no lo hizo. Tres meses antes de que yo partiera a mi maestría devaluaron el peso. La economía se vino abajo. Mi beca del Consejo de Ciencia se pospuso; el director, que apenas había tomado el cargo, nos dijo a los cientos de becarios que su presupuesto se había esfumado, mi sueño también. El dinero que había ahorrado lo usé para salvar la casa de mi padre. Regresé, o más bien nunca partí, al despacho donde conocí, un año después, a Óscar, amigo de los amigos de mi jefe. Un prominente economista que acababa de ingresar al gobierno federal como secretario de otro brillante economista mucho más joven que él. —Todos en el gabinete de gobierno tienen menos de 29 años —me contó Óscar en nuestra primera cita—. Aspiramos a relevar al grupo de poder actual —y me regaló rosas rojas. Nos casamos antes de cumplir el año de novios. Yo no tenía otro camino más seguro que el matrimonio, y con un político con posgrado en Estados Unidos, mi futuro económico parecía brillar. Nunca sentí nada por él. A menudo regresaba Andrés a mi cabeza. Pensaba en lo mucho que nos divertíamos construyendo utopías. Llegué a la conclusión de que lo había amado más de lo que yo había querido creer. En mi matrimonio sobró de todo, nunca amor. En la gran y suntuosa boda en Acapulco, que duró tres días con más de 300 invitados, todos desconocidos pero necesarios para el futuro político de mi flamante esposo, descubrí que viviría en la inopia. Qué lejos estábamos de ser almas gemelas. Dos hijos y sexo cada que llegaba temprano, que era como una vez al mes. En los ocho años de matrimonio, era la mujer más insatisfecha, anorgásmica y frustrada que existía en el mundo. Cuestión que sublimaba con compras en Estados Unidos cada que se me pegaba la gana. Estaba segura, además, que Óscar tenía no una, sino varias amantes. Sabía que había “una” en especial, “una” que anunciaba a todos ser de la nueva generación de mujeres libres, con las piernas permanentemente abiertas. “Una pequeñaja”, le decía yo a mis amigas, cuando me burlaba de mi situación. Y si no eran ciertos sus deslices, entonces compadecía a mi marido por la pobre vida sexual que llevaba a mi lado. Nuestros hijos, de siete y un año, ocupaban mi tiempo. Así corría la vida, hasta que en ese 1985, él reapareció: mi Andrés. A partir del café en el que nos reencontramos, nos seguimos frecuentando. Íbamos al cine, después al motel. Íbamos al café, después a otro motel. Caminábamos por el parque, me hablaba de sus proyectos en la sierra, de su trabajo con los jesuitas, de sus estudios en Bélgica. Yo había abandonado mi carrera de arquitecta y me había dedicado al hogar. Nos reía-


mos de nuestro mal tino para predecir el futuro. Nos seguimos viendo, y era como si nunca hubiera pasado el tiempo, encapsulado en el beso que nos volvimos a dar. Tres citas después de aquél fortuito café, nos volvimos a enamorar. Con el pasar de los días, fui evaluando mi fútil vida al lado de Óscar, pero el día que le dije que quería el divorcio, reclamó que yo quería acabar con su carrera política. Tras mucho insistir, me dijo que sólo muerta saldría de su vida. Sus hijos jamás de los nunca cruzarían esa puerta. Fue entonces que comencé a organizar mi huida. Andrés tenía miedo, pero terminó aceptando mi plan. No podía vacilar por segunda vez en mi vida. Nos veríamos el día 19 de septiembre a las 7:30 en la terminal del aeropuerto. Tomaríamos el avión a Zacatecas. Allí nos quedaríamos un tiempo. Había decidido abandonar a mis hijos. Estaba segura que estarían bien, después de todo, nunca les faltaría nada al lado de su padre. Alguna de sus amantes podría ocupar mi lugar. Estaba todo listo, en orden. Mi abrigo en el perchero de la entrada. El boleto de avión en mi maleta, la cual me esperaba en el sótano del edificio. Esa noche no dormí. Debajo de mi camisón traía un pantalón y una blusa. —Buenas noches, amor —musitó mi marido sin mirarme. Me dio un beso en la mejilla. Fue raro, hacía mucho que no me daba un beso siquiera en la frente—. Mañana me despiertas, ¿sí? —y se volteó para roncar de inmediato. —No, amor —respondí, él ya dormía profundamente. Estuve en vigilia hasta que dieron las seis de la mañana. Me levanté de la cama, me lavé los dientes y traté de hacer el menor ruido posible. Pedrito se levantó y lloró, quería leche. —Óscar, levántate, es hora —le dije dulcemente. A regañadientes se metió a bañar. Cuando salió de la regadera, el desayuno estaba listo. Todo me parecía una película que pasaba muy lenta y casi muda. A Pedrito lo puse en la sillita de bebé, a Alejandro lo senté frente a la tele, con unas caricaturas. Mis dos hijos se quedarían en paz hasta que llegara Clara, mi sirvienta, y los procurara. Para entonces yo ya estaría en el taxi rumbo al aeropuerto, para empezar una nueva vida: enamorada. —Apúrate, Óscar, van a pasar y no has terminado —insistí con la voz entrecortada. Me empezaba a poner nerviosa. Óscar no tenía prisa, ya eran las siete y no veía que hiciera las cosas, que se arreglara para salir, para irse, para que yo lo dejara. —Ah, llegó un mensaje al móvil. Que se retrasó la junta, amor —habló como siempre, con los ojos puestos en algo más. —¡Cómo! —grité y derramé el café. —Tranquila. Se demoró el presidente y no nos verá hasta medio día. ¿Qué te pasa?, estás muy alterada —ahora sí me miró—. ¿Tenías planes? ¿Te ayudo en algo? ¿Hoy llevo a Alejandrito a la estancia para que descanses, amor? En ese momento sentí que mis ojos se anegaban y corrí al baño. Me encerré y abrí el grifo para que nadie oyera mis sollozos. Parecía que otra vez los planes de mi vida se iban a frustrar. Escuché que Clara entró a la casa. Pensé que quizás todavía tenía

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65 tiempo, si ella había llegado antes, ya no tendría que dejar a los niños a su suerte, amarrados, esperando que llegara a salvarlos. Es más, quizás ya no importaba siquiera que se fuera a trabajar. Inventaría un imprevisto y saldría ahora mismo de la casa. Todavía tenía tiempo de tomar el avión a las 9:00 de la mañana. —Buenos días, señor. Hola mis niños —saludó entusiasta Clara, la sirvienta, y se fue directo a la cocina. Pensé en qué hacer ahora: saldría, azotaría la puerta y bajaría corriendo hasta la puerta del edificio. Tuve miedo, Óscar me iba a detener, no dejaría que yo me fuera a encontrar con Andrés. El amor de mi vida ya estaría en la estación del aeropuerto, con mi café y mi dona, esperando. Mi marido, que no se iba de la casa como yo lo había planeado, se iba a dar cuenta que lo iba a abandonar. —¡Buenos días, señora, voy a apagar la cafetera que ya no tiene café! —avisó Clara con una voz muy alegre. Puse mi cara bajo el chorro de agua y cerré los ojos. En ese momento se escuchó un estruendo, el piso tembló como si algo hubiera explotado. Es el gas, supuse yo. Pero al ver que las paredes se agrietaban, que todo crujía bajo mis pies, vi la verdad: era un terremoto. Durante largos minutos el piso de cerámica se movió como si fuera una casa de naipes. Escuché que Óscar le gritaba a Clara. —¡Clara, tome a Pedrito! ¡Alejandrito, ven, vamos a la puerta! —exclamó Óscar desesperado. Con su grito y el estruendo del edificio, me paralicé. Pedrito lloraba histérico; de Alejandro, sólo silencio, la televisión pareció callar. Un polvo blanquecino cayó sobre mi cabeza. El baño se quebró, no pude abrir la puerta, se había atorado. Se resquebrajó el techo y las paredes se agrietaron. Afuera se escuchaba como si un monstruo se aproximara, todo daba vueltas, me sentía mareada. Luego, un silencio sordo y sirenas de ambulancias, alarmas de autos, de casas, el piso pareció caer pero el baño no se había partido, sólo agrietado. Habían sido sólo minutos, pero parecieron horas, días, noches. Cuando ya no se movía nada, abrí la puerta que cayó contra un montón de escombro y cascajo. Afuera del baño ya no existía mi casa, se veía la calle, se vislumbraban ruinas y polvo blanco, puro polvo blanco. La mitad de mi departamento del octavo piso se había desplomado unos tres pisos. Yo continuaba en el octavo nivel. Todo estaba nublado. Grité el nombre de Óscar, de mis hijos, de Clara. Nadie me respondió. Me senté en la taza del baño: lo único que seguía intacto. Recogí las piernas entre los brazos y esperé a despertar. —Quiero dormir —me decía a mi misma para escuchar aunque fuera mi voz—. Cuando despierte, haré el desayuno antes de que Óscar se levante, creo que hoy no iré a mis aerobics. Necesito cerrar los ojos. Si Óscar me pregunta si algo me pasa, le diré: No, amor.


Canción de cuna Princesa Hernández

El hondureño El hondureño se fue. Se llevó los días de marea alta que dejó en mi alcoba, sus labios secos y el tiempo que me mecí en su cuerpo. Se fue y ahora que no está siento alivio por no ver más su rostro; los pómulos de moribundo que escondían su más íntima mirada, esa, la que decía a gritos que no me amaba, que en esta casa encontraba su no ser, su no mirar, su no estar, su inmutable convicción a morir tibio; me dejó ahogada y con un anillo empotrado a mi anular que acabé por aventar al mar. Mi cuerpo amorenado y perezoso se acurruca en la hamaca y el ventilador hace flotar un aire ligero y fresco que recorre mi desnudez, es de noche y el rumor del grupo cubano que toca en el bar cercano a mi casa hace tamborilear mis dedos debajo del ombligo. Sonrío. Una gigante cucaracha alada se posa cerca del ventilador: no puedo disimular mi miedo. Los insectos voladores de aquí son peores que los rastreros de mi ciudad, Playa del Carmen también es famosa porque hasta una cucaracha tiene alas para volar. Si el hondureño estuviera la habría matado, pero su ausencia vuela ya más lejos que el insecto que se empeña en golpear el vidrio de la ventana.

gota filosa y redonda, herida. cerante de la vejiga que expulsa una gota, sólo una escuchar. Concentrar mi existencia en la punzada lami frente toca mis rodillas. No pensar, no sentir, no ardor me tumba. Febril y con el espanto en el rostro, mi cintura y no puedo erguirme. Doy tres pasos, el Estoy enferma. Camino con los brazos consolando evito mirar jalando inmediatamente la palanca. retrete, una pincelada roja que se diluye en el agua y enfermo en mi sexo, orina turbia, colores al fondo del nan mi pelvis, provocan tensión en las piernas, un olor caverna hay cuchillos envenenados que atizan y presiosación de vejiga hinchada. Arden mis labios, dentro de la Una gota, sólo una gota filosa y redonda para esta senCis—ti—tis

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67 El baile azul El insoportable calor penetra mis poros, mi piel luce pesada, a los treinta los rasgos cambian, abandonan para siempre el semblante jovial de los veinte con el aliento todavía nítido de la infancia; el instante apremia y yo estoy sola, inmóvil, sudorosa y bella. Desde la ventana del consultorio veo la playa, el mar me impide pensar en límites, en dimensiones, me prohíbe pensar en mí como una triste y pequeña criatura temerosa del tiempo. Aun en este mar con sus incesantes caprichos que me llevan a un no tiempo, a un no espacio, aun con esta lluvia que me muestra mi levedad, siento nostalgia —aquella que uno siente por lo que no ha pasado— de no poder pronunciar “espero a mi esposo” cuando me siento en un bar de la playa y la mesa está vacía. El doctor es joven, me indica que me recueste y abra las piernas para auscultarme. Cierro los ojos, pienso en la arena blanca y tibia, me veo bailando en la ribera del mar, brinco entre la espuma y desaparezco, río y me hundo. Escucho el canto del oleaje, el sol besa mis hombros y la ola me tumba, me pienso en mar abierto, profundo, obscuro, frío. Nado hacia la nada y ya soy una sirena en el extravío del mar. Un tubo me penetra, arden mis adentros, crispo el puño, el doctor me dice que pondrá un líquido y si pinta azul indica el inicio de mi desgracia. Azul, azul como el mar en que bailaba; mi matriz alberga miomas, grandes, feroces, encarnados, rojos y pesados miomas. Es silencioso el deterioro, dice el doctor con un aire de seguridad y misericordia, vino a tiempo, continúa, porque de no extirparlos es muy probable que derive en cáncer. Palabras, caricias que lastiman, un efímero y turbio amor entre el doctor y la paciente, luego el veredicto, el aire marino que engaña y deja la falsa sensación de que todo está bien. El chirrido de lagartijas blancas y transparentes que se esconden tras el aire acondicionado son la música que acompaña mi gesto de asco por saber que en un podrido cuartucho de hospital popular se pronuncien a una misma hora las palabras cáncer, honorarios, consulta, extirpar, miomas, azul, sangre, hielo y matriz sin ningún duelo, lleno de rutina y oficio. El espanto me parte el rostro, los miomas son grandes, es tarde para un tratamiento, el joven doctor indica que la única solución es quitarme la matriz. Lloro, pago y camino perdida en una ciudad de extraños y bienaventurados forasteros que me gritan ¡morena!, ¡morena!, cuando lo único que llevo dentro del cuerpo es una matriz enferma, olorosa y seca.


Comienza el blues Son las cinco de la mañana, me pongo el uniforme del hotel y marcho al trabajo. El Palladium es un lugar imponente, soy mayordoma y me encargo de que los clientes tengan una buena estancia. Tengo que sonreír, ser amable y complaciente, aunque ahora la única imagen que permanece en mi mente es la enfermedad y el miedo. La vida es ser como el Negro José, con el color de la noche sobre su piel, me dice el botones del hotel tarareande las olas que todo estará bien. mi lengua con su lenta saliva y adivino en el serpenteo arrastro por la arena, el nocturno mar amargo humedece y compartirse. Corro a la playa, la luna me mira y me guien me salve la vida, mi vida que lucha por duplicarse con un escote pasado de moda y desesperada porque allargo, nadie me mira y me sorprendo, a mitad de la calle, de moda me asquea. Los hombres extranjeros pasan de la 5a avenida de Playa del Carmen llena de luces y bares y corren el rímel, veo mil mujeres más jóvenes que yo, para salir en búsqueda de mi hijo. Las lágrimas resbalan nuevamente el vestido corto, los tacones y el pintalabios trato de convencerme de que es lo correcto, de ponerme brevivencia me regresa a los orígenes de la humanidad y tar a un hombre, convertirlo en un instrumento de socorta mi rostro complican los días de fertilidad, necesipero que nazca en mí. El dolor, el miedo, el espanto que da enferma, un hijo es la consigna, un hijo de quien sea Me miro en el espejo, deseo ver más allá que mi miravenenosa soledad que asusta cuando la ves tan cierta. “nunca”, a la despedida irremediable de ser madre, a la existía siquiera como posibilidad hasta enfrentarme a un que no pensaba, que no quería, que no nombraba y no un hombre, embarazarme y dejar todo para tener un hijo En cuatro días tendría que definir mi vida, encontrar a vez cumplidos catorce días de mi última menstruación. mes. Comienza la loca carrera, cuatro días fértiles una La caverna gobierna, expulsa la sangre enferma de cada En busca del esperma perdido

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do una melodía dulzona, nunca lo había visto a pesar de llevar cuatro años trabajando en el mismo lugar. No me gusta la rumba y no conozco al tal José, respondo, absorta en la vida de mi matriz. Pensar en ello me atormentó más, me había convertido en la mujer—reloj, mi pulso era una pena de muerte y aún así, mi orgullo me dictaba no hablarle al hondureño para que me “ayudara” en este proceso. Volví a mirar al botones, sus ojos eran claros, su piel almendrada, sus dedos puntiagudos y la barbilla como la punta de un zapato viejo, sin embargo, era un hombre joven y sano con millones de espermas rumberos que esperaban por mí. Mientras lo miraba en el espejo del elevador decidí que sí recordaba al diablo pero amigo Negro José, y que en efecto, la vida era una acompasada y alegre canción con maracas, cencerro y trompetas. Él me miró las piernas y vi un dulce y sensual brillo en sus ojos achinados, me fascinó la idea de que alguien nuevamente me viera así y la noche explotó en bragas con encajes, rondas de vodka y engaños de que tenía un parche anticonceptivo, por lo que él podía explotar en mí, conmigo, bajo el calor insoportable de la playa y el placer. Tu aliento a alcohol me embriagó de amor, recuerdo que me susurró después de una noche alterada y con esperanza de vida, nunca fue más dulce el sexo que aquella madrugada despierta en la que Dios atisbó por la cerradura de mi alcoba.


69 Morirás lejos Alejarme de lo que soy, de lo que contengo, de mis humores y sabores. Los huesos humeantes se desprenden de mi epidermis y mis dientes se aflojan en el silabeo continuo de tu nombre. No, ya no te nombro, es esta consonancia de lo que me llama hacia ti, esa palabra angosta y dilatada a través de mí. Ya no soy yo. Despierto y el tiempo sigue con los colores del sueño, mi cama se tambalea con el peso insoportable de mi cuerpo, los pensamientos mordisquen mi cráneo y no paran. Respirar, saborear la nicotina impregnada en mi lengua, la acritud palatal y el encierro de mi boca, somnolencia, palabras que circundan, olores, pasos en falso, pasos en el asfalto, el día comienza y yo otra vez en mí, frente a mí, deshabitada y sola. Resuena la caverna, escucho el eco del río de sangre que corre a través de mi vientre, el cauce es la tierra, mis pies fríos calando el azulejo, el río que no se detiene. La sangre lagrimea por mi entrepierna, roza las verrugas, recae en las rodillas y busca la tierra, la tierra que se esconde bajo el azulejo. Siento cómo las entrañas engullen lo que queda de mí. Sigo el protocolo: hospital, quemaduras gélidas en mis genitales, miomas extirpados.

de la madre que nunca imaginé ser. rían pequeñas verrugas en mis genitales, signos cruentos el hijo no vendría y que en su lugar mis dedos acariciahistorias de desamor ni familias rotas. Pronto supe que

su triste canción cosidas en mi vientre.

amargas para mí, sólo quería un hijo y nada más, sin

mar golpeado, de terribles estrellas marinas que cantan

amaba. Matrimonio, mudanza y amor eran palabras

puros, la sangre resuena en la caverna llena de nada, de

me dijo que su matrimonio había fracasado y que me

so, perverso en su silencio. No volveré a besar con labios

también; sin previo anuncio él llegó con sus maletas y

esta vez en mí quedó un rumor subterráneo y contagio-

El sexo sin tregua me persigue y la esposa del botones

Las tormentas en el mar son presagio de calma, pero

Operación papiloma

Canción nocturna


Bibliotecas Ajenas Montevideo y el artesano del puente

Javier Vargas de Luna

Sobre todo, hay una paz muy rara en esta ciudad y en este momento, una paz que recuerda la parsimonia de los mundos esenciales cuyas rutinas no se han extraviado —todavía— entre las prosperidades de artificio. Si acaso pudieran llegar a ser descritos, diríase que los ritmos de Montevideo se han inspirado en sus bajamares, porque aquí todo está por llegar mientras nada se aleja para siempre. Sí, mis andanzas comienzan a sintetizar la memoria de los momentos más representativos de la ciudad: las lloviznas de puerto, el buque—bus que une Montevideo con Buenos Aires, el mercado de turistas en la Ciudad Vieja, los acentos de una capital dispuesta a no parecerse a nadie más allá de sus ecos, las horas brumosas del amanecer, las inefables fronteras del Río de la Plata, el cauteloso caminar de marinos enamorados a toda prisa, los bares irlandeses donde hay una mesera que hoy no te cobra las cervezas, la lengua portuguesa que recuerda la vecindad con el Brasil, una esquina en la calle Yaguarón cuyos edificios apelan a Gaudí, y luego el Teatro Solís, impresionante, y ese Artigas monumental en la Plaza Independencia, y la sobriedad de los colores en todos los autobuses —“prohibido fumar, salivar, hablar al conductor y tomar mate”—, y la Columna de la Paz, y las librerías cercanas a la Universidad de la República abiertas a toda hora… Por la noche, en la Plaza del Entrevero, he visto gente bailando tango a pesar de un viento frío, muy frío, y allá enfrente se anuncia un festival de jazz, “Los guitarreros”, en el Teatro Zitarrosa. Sin duda, en la casa multiforme de la lengua castellana, Uruguay imprime sus propios matices al destino hispánico. Más tarde ya es un poco más tarde, quizás las cuatro, no importa, casi las cinco sobre una avenida que impone un vistazo hacia abajo, allá donde el Palacio Legislativo vertebra esta parte de la capital. Por Canelones hasta Ciudadela descubrí un partido de futbol frente a los navíos. Destacaba la seriedad de los uniformes y la dureza de una cancha de tierra amarillenta, y son implacables en el contacto, siempre fueron así, los jugadores uruguayos, y algo de todo esto me ha inspirado una visita al Estadio Centenario, allá por la Avenida Italia, quizás mañana, mientras vuelvo a mirar el galpón que sirve de fondo al partido, cerca de las ramblas: la construcción expone sin pudor los olvidos de sus cúpulas industriales, los muros de ladrillo y esa hilera de ventanas clausuradas con una puerta que sirve de eje central a la fachada. En el vano de cada ventana hay una tabla con una letra distinta que le da forma al nombre del equipo, escrito todo en mayúsculas, sin puntuación ni espacios: “E S O E S L O D (aquí está la puerta) E M E N O S F C”. De dar risa o de dar gusto, como se prefiera, porque así son los uruguayos, serios y ligeros en lo inmediato, solemnes y transparentes en lo cotidiano, y este nuevo inventario de actitudes será cotejado en una ‘chivitería’ local, más tarde, aquí donde los mozos respetan la extrañeza de mis acentos mientras describen las ceremonias del bocadillo nacional, hecho de todo y de nada, ‘el chivito’, de carne, jamón, queso, huevo cocido, pimiento rojo, tantas cosas al mismo tiempo, mayonesa, papas fritas y una buena cerveza para integrarme sin timideces a los rituales de la cena de domingo en la ciudad.

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71 Al día siguiente he entrado a la Seccional de Policía No. 8, sobre la calle Paysandú, donde un comisario me recibe en uniforme y charla conmigo, tres cuartos de hora, muy respetuoso, dos metros de estatura, está tan ocupado el día de hoy, y al final no ha querido saber nada de miradas extrañas sobre los libros que guarda en casa porque mi solicitud algo tiene de locura y otro poco de excentricidad. Lo mismo ha sucedido en una parroquia local, con un sacerdote palotino, en la Ciudad Vieja; me decía que no, el presbítero, una y otra vez, ellos no leen, ¿sabe usted?, si acaso encontraría yo libros de historia de la congregación, algunos misales, coros, salmos, salterios, breviarios, horas santas, guías de oración, sobre todo textos sobre la espiritualidad de su fundador, ¿sabe usted?, un cura romano, Vicente Pallotti, todo un santo que allá por el siglo xix fundó la orden y la llamada Acción Católica que de inmediato me trae a la memoria la infancia de mis hermanas. Me ha mirado con cara de inquietud en este lunes de otoño austral, porque, palabras más palabras menos, tampoco al padre Diego he sabido explicarle que ando de aquí para allá construyendo una cartografía de lectores en el mundo hispano, y que los márgenes de cualquier sociedad son mi acicate más lúcido: si alguien en el interior de su congregación se ha entregado a la lectura de un libro de ficción, padre, en el mundo exterior hay una inercia editorial que lo habrá colocado en los entrepaños uruguayos de una casa conventual. Así de simple y así de árido, padre… Ahora lo entiendo: abrir el paso de tus libreros a un extraño predice y calla mucho de lo que somos, y todo en un solo golpe de ojos. De alguna manera, exhibir los títulos que habitan nuestras repisas es desnudarse en el recorrido de las portadas, confesar lo que nos desvela y aun lo que nunca dejaremos de ser, tal vez anunciar manías, quizás proclamarse de vacíos, sin duda corromper intimidades. Sobre todo, es reconocerse irremediables —o solo canónicos— entre volúmenes conservados al alcance de la mano en las geografías más domésticas de nuestro paso por el mundo. Mostrarse, revelarse, descobijarse así es publicar el balance de lo que nos hace frívolos lo mismo que insondables, cotidianos tanto como irrevocables. Y Montevideo lo presiente mejor que nadie, ¡claro que sí!, y por ello echa una doble llave a los anhelos escondidos en sus anaqueles. Nada peor para un uruguayo, supongo, que renegar de Benedetti en un librero sin su nombre, y nada más relevante, vuelvo a sospechar, que asistir al sacramento de la confirmación identitaria mediante la exaltación de la Ibarborou —“no quiero que el agua nos vea cuando me acaricies”…—. Y de repente todo es marcha atrás, desentiendo lo entendido cuando vuelvo a comprobar la firmeza con que se me cierran los entrepaños locales, ¿por qué son tan inaccesibles las bibliotecas de esta ciudad? Mejor caminar por esta avenida interminable que cambia mil veces de nombre al paso de sus playas, Rambla Gandhi, Rambla del Barrio Sur, Rambla Gran Bretaña, Rambla Armenia, Rambla de Punta Gorda en el otro extremo del malecón que, según me dicen, bien vale una visita. Después, la Escollera Sarandí, la Ciudad Vieja, y mírese por donde se mire en el Montevideo de mis jornadas todo es destierro de océanos, retiro de Atlánticos y abundante soledad de mareas. Arracimados, de pie sobre unos peñascos, hay unos pescadores de ocasión que, cubiertos con ropa deportiva, realizan malabares con sus anzuelos, los


mates, esos gorros y un cigarrillo tras otro. Impresiona

identidad negro—uruguaya. Se trata de una música pro-

tanto el azul—azul—azul de las horas del mar que los

fana que, desnuda ya de santerías y de supersticiones,

envuelve, y entonces es menester detenerse, otra vez,

busca preservar una herencia y hacer que África siga

mirar un sol cuyo crepúsculo recuerda los calendarios

pasando en Uruguay. Su madre era taquígrafa, su padre

cambiados del cono sur porque en la República Oriental

mecánico —parecía nostálgico, pero siempre amable, len-

del Uruguay todo es invierno en el verano, o porque nada

to, cascado—, y de ellos heredó su amor por los desfiles,

de esto se parece a los meses de mis palabras natales. Es

las fiestas, los ritmos y los colores asociados al tambor.

en serio, aquí mayo ya es un otoño antitético y las pare-

He regresado al hostal con hambre, mucha hambre, y

jas sentadas en el antepecho del malecón miran siempre

apenas he tenido un poco de ánimo para comprar algo

hacia el otro lado de las cosas; son caras tranquilas, ros-

de queso y fruta y un poco de pan y esta cerveza que

tros que observan el mundo que llega con los barcos, y

ahora bebo en las mesas compartidas del lugar. A mi

todos beben mate, a media calle, a media playa, a media

lado, tres huéspedes serbios discuten en la voz alta de

vida, en la fila del cine o del concierto, entre el conduc-

su lengua equivocada. Son muy jóvenes y fuman muchí-

tor y la estación de servicio, siempre el mate, inesperado

simo, menos de treinta años, sin duda, y al paso de los

y previsible bajo el brazo de cualquier hora.

días nos hemos ido acompañando en la última presencia

Un poco antes, aunque de otro modo, la propia calle

de cada jornada. Uno de ellos, Vitomir, hoy ha roto la

Paysandú me condujo a la primera negativa del día en

concentración de sus haykús, escritos siempre en inglés;

la sede de la Asociación de Boxeadores del Uruguay. Fa-

no lo hace nada mal, me los muestra, tienen fuerza sus

chada descompuesta y muros descascarados aunque el

sílabas finales, y después me ha suplicado que por favor

lema, a todas luces, es casi un reclamo de vigencia ex-

los acompañe a la Dirección Nacional de Migración el

presado en clave de desafío: “Aquí están los que saben”.

día de mañana. Necesitaban un traductor para iniciar

En la salita de espera, sencilla y umbrosa, hay retratos

sus trámites de residencia y aquello fue un viacrucis de

sobre las cenefas, afiches antiguos, caras y nombres que

papeleos elevados al cubo, algo así como la burocracia

no conozco y que me hicieron sentir el entusiasmo de

triplicada de un fastidio. Al salir de todo aquello, siem-

lo extraordinario: descubrir las lecturas de un pugilista

pre en el centro de la ciudad, hablamos de su Sarajevo

rioplatense, indagar en los márgenes de su destino los

natal, y, ¿por qué en inglés?, porque es mejor así, más

golpes de la imaginación local, sopesar en un peleador

práctico, dice Vitomir, más certero cuando se trata del

nativo los universos que el alma de Montevideo ha consa-

haykú porque el serbocroata es tan rico para tantas co-

grado como lecturas indispensables, eso, eso podría ser

sas —“so rich for so many things”—, aunque inútil ante la

lo que busco. Me recibió un hombre ya mayor, de raza

brevedad métrica de un verso parecido. Llegaron hace

negra, con una alegría cansada, tristeza de buenos mo-

quince días a Montevideo después de haber trabajado

dales, como si sólo le quedaran en el cuerpo los resabios

en Armenia durante un par de años, sin papeles, lo de

de mil noches de fiesta o como si su voz ya no tuviera

siempre, historias de supervivencia, y eligieron Uruguay

tiempo para nuevas amistades. Sí, claro, acá la gente un

atraídos por las noticias de alguien como Pepe Mujica,

libro sí que ha leído —así lo dijo, cascado, lento, ama-

el triunfo ideológico del hombre común, la sabiduría y la

ble—, aunque lo suyo eran los cuadriláteros y los tambo-

bondad transformadas en política nacional.

res, y de lo demás entendía poco, poco de poco, señor.

Sobre la Paraguay, he descubierto el mercado de los

También me habló del Barrio Sur, tengo que visitarlo, no

artesanos, casi esquina con la calle Colonia, en el camino

me puedo ir sin conocer esa parte de la urbe, sobre todo

de regreso desde las oficinas de Migración. Llaman mi

al final de las tardes, cuando emergen los ritmos del can-

atención sus puertas vidrieras y el estilo del frontispicio,

dombe, ejercicios musicales que nutren y defienden la

limpio, decimonónico, agradable, con mercancías que

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73 respetan mucho al turista. En los artículos que repaso

mucha verdura ante la cercanía de una playa y la proxi-

con la mirada nadie busca agradar al extranjero sino ha-

midad de dos arroyos, el Pando y el Tropa Vieja.

blar en uruguayo lo más universal que tiene esta parte

Remanso de Neptunia tiene casas bajas, bien airea-

del mundo. Todo es tan simple y tan complejo entre los

das, es un sector pintado de blanco o de colores muy

artesanos de Montevideo, talabarteros, ceramistas, alfa-

claros. Vida campestre, sin vecinos al alcance de la mi-

reros, tejedores, vidrieros, orfebres, acuarelistas, jugue-

rada, y sus tres perros nos reciben curiosos, diríase que

teros, taraceadores, y es entonces que descubro la mi-

casi felices. Pisos de cemento, taller en la parte poste-

nuciosa belleza de los trabajos de Ricardo. Mientras me

rior, mesas de trabajo, aserrín, olor limpio de maderas

habla de las maderas que utiliza y de la prestancia del

nuevas, herramientas en un desorden premeditado, un

cedro en las piezas lúdico—decorativas sobre sus mesas,

recibidor sencillo, sillones verde claro, y sus repisas,

admiro estos rompecabezas tridimensionales, formados

allí están, ¡por fin!, los libros del artesano, bohemio,

por muchos fragmentos, cada uno irrepetible, diminuto,

ameno, muy velloso, casi lanudo, barbón, así es él, de

cúbico y provocador, y ay de ti donde una de las partes

estatura regular y siempre fraterno en esta charla inter-

no sepa respetar la secuencia del machihembrado, pues

minable envuelta en el ambiente de los muros de estu-

ello quiere decir que has forzado el destino de la obra.

co, la maleza allá afuera, el sol de la dos de la tarde y

También exhibe un ajedrez cuyos escaques, claroscuros

unos árboles remolones del otro lado de los ventanales.

y circulares, forman un valle, una hondonada donde los

También me cuenta un poco de sus dos hijos, Mateo y

peones bajan, los caballos y los alfiles descienden y se

Tadeo, y sale un arroz blanco en cantidades industria-

enfrentan en busca del rey enemigo que sigue la batalla

les, salsa de cebolla, carne y tomate. Sí, Ricardo es un

desde las alturas del tablero. Casi no hay visitantes a esta

hombre de manos a la obra que me explica con detalle

hora del mediodía y esa forma suya, tan uruguaya, de

la elaboración de sus productos, las ideas y sus inspira-

correr a toda prisa por las frases antes de detenerse de un

ciones, y todo estuvo delicioso, gracias, y con un buen

solo golpe en la última palabra, se conjuga con la canción

café me revela los costos, en tiempo y en material, de

de Serrat que domina en los altavoces del mercado. La

cada pieza: todo depende del tamaño, de la exploración

conversación ha derivado muy pronto hacia lo mucho que

y del ánimo. Los gajes del oficio concluyen siempre, eso

ignoro del cine uruguayo, claro, a mí también me hizo

sí, con la paciencia de las lijas y las lacas de las que

fruncir el ceño aquella cinta de Whisky y hace poco vi

surgen figuras desafiantes, objetos que a veces son una

Reus, y tras recordar el blanco y negro de La vida útil he-

tarde de ocio y otras un adorno exquisito, para él tanto

mos arribado a la adaptación cinematográfica de Onetti,

como para el posible comprador. Ése es, quizás, el éxito

Mal día para pescar, aunque a Ricardo parece que no le

de sus piezas, pues la esencia de su trabajo sobrevive a

entusiasma mucho el autor de Jacob y el otro.

pesar de la compraventa —aunque lo mejor es no filo-

Al día siguiente, las indicaciones han sido claras. Ten-

sofar donde no hace falta…

go que tomar un autobús sobre la Paysandú, indicarle al

Lo primero que recupero de los estantes son los once

conductor que me baje en ‘el avión’, por favor, y el tra-

Quijotes de Ricardo y el dolor, su gran congoja, que pa-

yecto dura más de una hora porque Ricardo vive en los

dece al encontrarlos entre los tiraderos de libros; los

suburbios de Montevideo. Se trata de la carcasa de un

compra casi por vocación y les devuelve una vida más

DC—10, idéntico al que cayó en los Andes con aquellos

que ornamental en su domicilio de Remanso de Nep-

sobrevivientes que regresaron del canibalismo para con-

tunia, porque no están aquí para decorar sino para re-

vertirse en mala película mexicana —yo no tuve la culpa,

cordarme tantas cosas en el camino a los cánones de

le digo, y reímos juntos…—. Ha venido a esperarme, a

lectura en nuestra lengua. Tiene uno ilustrado por Doré

las doce en punto, y caminamos ahora por un paisaje de

y el más antiguo de todos es una traducción francesa de


1902 donde ahora recorro el capítulo de la edad dorada, ése de los cabreros, cuando la borrachera del ilustre caballero le dio aires democráticos a su cena junto a Sancho…, y, lo sabíamos, siempre lo supimos: Cervantes no sabe igual en otra lengua, es como besar con una boca prestada, ¿no es cierto? Después, Oriana Fallaci y Un hombre, casi todo Benedetti, al parecer nada de Onetti, mucho de García Márquez y también Aquellos tiempos con Gabo, de Plinio Apuleyo Mendoza. Los tipos duros no bailan y La canción del verdugo de Norman Mailer; Ernesto Sábato y La resistencia —un libro maravilloso, memorias que resucitan la pasión por el ensayo: nada como ‘desescolarizar’ la inteligencia desde la lucidez emocional—. Desde mi curiosidad por Antonio Gala llego a Ojos azules y a La canción de Salomón de Toni Morrison, y a los Cantos de Maldoror, de Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont. Después, al hojear La furia del monte Ararat de Yashar Kemal, Ricardo me anuncia Un puente sobre el Drina de Ivo Andrič, libro que revive mis burocracias migratorias del día de ayer, junto a Vitomir. Desvío la mirada hacia títulos más locales, quiero darme prisa, no distraerme con Andrič, todavía no, y los volúmenes de la parte superior ofrecen a Eduardo Galeano —tenías que ser tú—: Días y noches de amor y de guerra, El libro de los abrazos y Amares mientras recuerdo que aún le debo una visita al café ‘El Brasileiro’. Leo y escribo, toco y miro y hojeo y por ningún lado está el Tabaré de Zorrilla de San Martín. Después, la Breve historia de la dictadura (Uruguay) de Gerardo Caetano y José Rilla; La revolución imposible y Estado de guerra de Alfonso Lessay que incluye, este último, una entrevista con el mismísimo Bordaberry. Y hablamos de política, ahora mismo, y me invita a la Marcha del silencio, iremos juntos, claro que sí, mañana por la noche, acompañados de su hermana Andrea, porque Montevideo celebra veinte años consecutivos de dicha manifestación, porque los desaparecidos aún duelen tanto y tanto y tantísimo…, y para que los milicos sepan que el olvido nunca más será una opción en el destino uruguayo. Y si acaso Ricardo no dice nada de esto con estas palabras —ya no lo recuerdo bien—, sé que así es como hubiera querido explicarme el sentido del asunto. A mi regreso a la calle Paysandú he vuelto a charlar con Vitomir, y en menos de veinticuatros horas ya hay un orden de casualidades estimulado por el nombre de Ivo Andrič. Al enterarme de las circunstancias de la escritura y del año de publicación de Un puente sobre el Drina (1945), y mientras escucho hablar de otras obras que completan su exilio interior durante los años de la Segunda Guerra Mundial, La crónica de Travnik y La joven dama, sospecho también que su literatura influyó muchísimo en la cristalización de la idea de ‘Yugoslavia’. La verdad es que Ivo Andrič es mucho más de lo que Vitomir me dice con su explicación intimista sobre el dolor por la pérdida de la unidad yugoslava; por lo demás, visto desde el otro lado del espejo, dicho sentimiento me certifica la fragmentación geopolítica, hoy ya sin vuelta de hoja, en aquella geografía. Y mientras la conversación continúa emanando un profundo aire ‘yugo-nostálgico’, pienso en los versos de Xhevdet Bajraj, poeta kosovar cuya poesía personalizó la violenta extinción de una patria mayor —para el caso, ver El tamaño del dolor (Era, 1998)—. No, Yugoslavia ya no es Kosovo y nunca más será Bosnia-Herzegovina, cuna de Ivo Andrič,

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75 porque Belgrado tampoco es el país donde murió, sino, tan sólo, la ciudad serbia en la que decidió pasar los últimos años de su vida hasta 1975. Tal pareciera que allí, a la mitad de las actuales divisiones de aquel mundo, Un puente sobre el Drina adquiere hoy matices y colores más trascendentales en la ‘con-fusión’ histórica de lo islámico-oriental y de lo cristiano-occidental. De hecho, cada una de su medio millar de páginas está impregnada de la certeza de que se puede ser oriental sin explicarse dentro de las retóricas orientalistas, o vivir en Occidente sin occidentalismos, o, mejor aún, ser la franqueza de un puente, la unión reparadora de un antiguo equilibrio donde, sin ideales de falso cuño ni utopías de artificio, la ciudad humana re-materializa el retorno a ese territorio único y total en el cual los ríos eran desconocidos y toda distancia era viable. Por ello, su libro es una brillante y tierna exposición de las genéticas del vínculo que dominan en la condición humana y que, más allá de los exabruptos del tiempo, van dejando sus cicatrices de piedra en cualquier geografía. Dicho de otro modo, en este texto adquirimos una nueva lucidez sobre los urbanismos de nuestras biologías heredadas, ésos mismos que, palabras más palabras menos, hacen del ladrillo y de la argamasa un atavismo, un instinto y una recurrencia. En sentido estricto, un río, cada río, todos los ríos del destino humano suscitan la nostalgia del ‘pontífice’, etimología imaginaria —y tal vez imprescindible— para nombrar nuestra naturaleza en tanto que constructores de puentes. Ahora bien, al inaugurar la lectura de Un puente sobre el Drina pronto nos enteramos de que su primer capítulo ha sido consagrado a resumir una cronología de doble filo pues en su interior la memoria es histórica a la vez que emocional, es visión panorámica del pasado lo mismo que presencia individual en el recuerdo. Sin mayores preámbulos, Ivo Andrič entra en materia y nos recibe con la contundencia de frases que describen un puente hecho de palabras y de tiempo: si más de trescientos años se hacen palpables en el día a día de cada uno de sus arcos y de sus parapetos, ¿por qué negar la posibilidad de resumir todos esos siglos en un solo inciso, en una sola voz, en un solo parpadeo textual? Esta especie de introito es, por ello, un acto preparatorio que propone una nueva convención de lectura en la cual los capítulos por venir tendrán que ser aprehendidos pisando sus sombras metafísicas, y viceversa. Por consiguiente, en Ivo Andrič lo concreto sólo podrá descifrarse en los ámbitos de lo anecdótico y lo histórico trascenderá en los dominios de lo literario, y otra vez viceversa. Sin ironías ni arideces de por medio, en este íncipit —perdón por el cultismo…: entiéndase la parte inicial de un relato— el libro exhala el apresurado aroma de las escrituras totales mientras sugiere una reflexión sobre los aspectos urbanos que nutren y predisponen las conductas humanas. Incluso las voces del diccionario son poseedoras de un reflejo material que, al pronunciarse, pierde y gana la solidez de una arquitectura específica. Por ello, hablar de un puente es, gracias a Ivo Andrič, señalar soledades y proponer anexiones, edificar presencias, derrumbar desamparos, diseñar correspondencias, contradecir todas las lejanías y erigir nuevas concomitancias. De alguna manera, construirlo es, ante todo, deletrearlo, y obstruirlo —como tantas veces


sucederá entre las guerras de su libro— implica callar la actualidad de sus gramáticas. Leer así, con un ojo puesto en lo simbólico y el otro en lo tangible, con una mano apoyada en el presente y la otra hecha de infinitos, es necesario para entender la suma de épocas de un texto cuya escritura quiso servir de escapatoria de una guerra, la última, la más terrible, ésa que hizo de Un puente sobre el Drina el prefacio de una Europa devastada. Respecto a los ritmos narrativos, es vigoroso el desplegado de recursos del autor balcánico. Mientras el puente no sea concluido, las páginas avanzarán al compás de una humanidad que aún no convoca ideas de apremio ni espíritus de perentoriedad en sus rutinas. Sin embargo, una vez abierta su vereda de piedra, la narración se hará más abundante y elíptica: entra y sale de la vida y de la memoria de sus ciudadanos, corre y juega con una agilidad ejercitada en el dominio de la orografía lo mismo que de la ortografía. Como prueba de lo anterior, la llegada del tren a la vida del libro, instalada en el crepúsculo del siglo xix, apresura el rostro filosófico del libro. Para decirlo en palabras de S. Zweig —ver El mundo de ayer—, el tren desborda las parsimonias del destino y convierte a los habitantes del relato en extranjeros del presente al indigestarlos de noticias, de caminos, de velocidades y de guerras. Sí, el puente precipita la ‘historia entre historias’ del universo balcánico, sosiega lo turco—otomano y acelera lo austrohúngaro, porque, como bien sospecha D. Berlinsky en The King of Infinite Space, nuestra vivencia del tiempo se trastoca cuando muda de piel nuestra relación con lo espacial. En este sentido, Gastón Bachelard y La poética del espacio vienen al caletre para determinar que, en efecto, la voz de un anhelo social adquiere mayor resonancia entre las imágenes urbanas de sus hechos literarios. Este tipo de reflexiones, mejor conocidas como ‘geo-crítica’ de la literatura, estudia los escenarios de un relato para decodificar en su interior los ejes sociales de nuestra intimidad. Sea cual sea la imagen urbana que asuman las atmósferas de un texto, sobre ella se construirá siempre una comunidad de aspiraciones entre el autor y su mundo social. Dicho de otro modo, en el camino a reconocer los códigos postales de un relato, la ficción abrevará siempre en las regiones de lo concreto para ilustrar las coordenadas de los sueños colectivos. Y sirva, pues, este ligero exabrupto teórico para reafirmar la magnitud de Ivo Andrič, un escritor que le restituye a la palabra su capacidad simbólica, que revisa las metáforas sobre el origen del mundo y que explora la posibilidad de nuevas cosmogonías a lo largo y a lo ancho de las entretenidas páginas de su puente. Así como Poe descendía a los sótanos de su mundo para discutir las fobias y las angustias más soterradas de la sociedad americana, con esa misma fuerza Ivo Andrič nos presenta su puente como una ‘región-epicentro’ donde se concitan todas las (in)felicidades del mundo narrado. Al hacerlo, los libros de historia le resultan insuficientes para describir la vida de Vichegrado, esa región de Bosnia-Herzegovina dominada por un espíritu de frontera debido a los ríos que la dividen. En consecuencia, en la tarea de subrayar la evolución de los significados que adquiere este puente al paso de las generaciones, Ivo Andrič es asistido por el mito, la leyenda, el cuento, la crónica, la canción popular, la tradición oral, las cartas, la poesía, la fábula, el relato, la superstición, el rumor… Y aunque pudiera hablarse muchísimo de la forma en que los libros de historia parecen claudicar —casi siempre en silencio— ante los alcances de lo literario, valga decir aquí que en las instancias de lo imaginario descansa el sentido de ‘parteaguas’ que adquiere el puente al marcar las líneas entre lo individual y lo trascendental en el destino de sus habitantes. Terminado en el siglo xvi por orden del visir turco Mohamed-Pachá Sokolovič, este puen-

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77 te exhibe también un muy singular juego de simetrías ascendentes. Al ensamblar las dos ribas de Vichegrado, en sus páginas no sólo se triunfa sobre la topografía de un río; por añadidura, se empuja Bosnia-Herzegovina hacia Serbia, se vincula la Hégira con la era cristiana, se acerca Oriente a Occidente y se conjuga la disolución del Imperio Otomano con la emergencia de Austria-Hungría. Por si fuera poco, en los caminos y en las épocas que atraviesan el texto de Andrič se hace dialogar lo anacrónico con lo previsible, lo medieval trasciende en la mirada renacentista y se contrapone la añoranza de lo antiguo con los fervores de lo moderno. Si acaso fuese posible recorrer la vereda inversa de tan interminable muestrario de geometrías socio-culturales, desde lo más lejano hasta lo más intrínseco, llegaríamos siempre a “la kapia”, ese sofá de piedra construido a la mitad del puente y que sirve de entraña a todo lo leído, a las crónicas del libro imaginado tanto como a las enciclopedias del pasado balcánico. Sí, la integridad de la narración fluye y confluye en este punto del espacio-tiempo, medular y neurálgico, presentado sin exotismos ni grandilocuencias porque la voz narradora, expresada desde la eternidad de un ‘nosotros’, no se presenta mayestática sino asociativa, lo cual equivale a decir que no nos impone nada sino que nos lleva de la mano a recorrer las edades de su puente. En suma, aquí cada palabra es hija de “la kapia”, ella es su barrio natal y su existencialismo más autóctono, su cosmovisión y su moral, y por ello la extravagancia en las descripciones es algo impensable. Al hablarse de lo balcánico hacia adentro, al buscar las imágenes de lo propio entre la íntima universalidad de un río específico, “la kapia” exhibe la posibilidad de ser y de estar entre nosotros: si alguna vez fuésemos hijos de Vichegrado, Andrič nos ha entregado ya el salvoconducto para sentarnos en este vórtice arquitectónico y ser uno más —y nunca otro más— de los destinos que miran pasar las aguas del Drina. Sin florituras lingüísticas ni excentricidades narrativas, o mediante la íntima sobriedad de lo cotidiano, este centro del universo se convierte en la semilla de una saga que muda los rostros del tiempo. En la aparente desconexión de historias, “la kapia” es, sin embargo, el desenlace que permanece y el colofón más previsible de cada capítulo, pues a ella remite toda la vida del libro: es el sitio de los mitos y del amor iniciático, el ámbito donde se dictan las proclamas, los edictos, las condenas y las sentencias; es un lugar pío y sacramental en el que se concretan bodas, bautizos, funerales, crucifixiones y canonizaciones. En suma, es el emplazamiento de los extravíos, las apuestas, los cuentos, las locuras, las venganzas, las despedidas, las juergas, las burlas y las solidaridades y los suplicios y las compasiones y aun los suicidios... “La kapia” es la fibra más íntima de un texto que lo mismo se ofrece a la lectura en su calidad de odisea que como evangelio, es Torre de Babel y utopía social, templo y vertedero, espasmo constructor y fatalidad cíclica, tratado científico y cuento infantil, arenga nacionalista y guerra fratricida. En el sentido más estricto de la expresión, lo que sucede en sus peldaños poseerá siempre un germen de universalidad que tarde o temprano ha de alcanzar las fronteras más alejadas del mundo narrado. Sólo entonces, al entender la capacidad universal de “la kapia”, haremos nuestra una de las mayores magias del libro: para que la realidad suceda entre nosotros, es necesaria la ilusión del presente. Por ello, nos dice de tantas maneras el autor, construyamos cosas que nos hagan imaginar la esencia de las cosas, puentes cuya construcción inspire libros en construcción y relatos cuya escritura evoque lecturas conscientes de una nueva forma de escritura. Sin duda, hay muchas maneras de hablar de lo leído, pero solo una para señalar lo que Ivo Andrič quiso llegar a escribir: un texto superior a la idea de género, un libro por fin liberado de armaduras y encasillamientos, páginas vencedoras de índices y


de catálogos. Gracias a esta lucidez con que se mira al espejo para corregirse y cuestionarse, para subsanar y también para increparse ante su ocasional incapacidad de expresión, así es como puede explicarse la gran conciencia que tiene Un puente sobe el Drina de sus propios procesos de redacción. Vale la pena insistir: para que la realidad suceda entre nosotros, es necesaria la ilusión del presente en libros de fondos múltiples, narraciones donde el lector será también el corrector —¡y sobre todo el co-poeta!— de cada página... Mi jornada final en esta ciudad transcurrirá pasado mañana en la biblioteca de la Facultad de Humanidades, en la Universidad de la República, donde escribiré todo esto, conmocionado por la ‘Marcha del silencio’, la noche de ayer, al lado de Ricardo y de su hermana Andrea. Desde la calle Fernández Crespo caminamos por toda la 18 de Julio hasta la Plaza Cagancha, miles, decenas de miles, no sé, muchísima gente, carretadas de mundo, una eternidad de pasos construidos con calma y sigilo. El silencio anunciaba dignidad, y yo no sé cómo escribirlo sin que suene a cliché o a tópico de lo banal. Desde adelante nos llegaban olas de aplausos, ¡ni una sola voz!, solo aplausos que iban y venían, atravesaban nuestros murmullos y seguían de largo, hacia muy atrás, mientras retomábamos el ritmo del silencio. Muchos llevaban su mate bajo el brazo —son ‘termodinámicos’, bromeó Ricardo en voz baja— y nos detuvimos frente a la Intendencia de Montevideo justo cuando en las bocinas eran leídos los nombres de todos y cada uno de los desaparecidos. Jóvenes, apenas veinte, veinticinco años, estudiantes casi todos, muchísimas mujeres, y en un momento sentí que este día histórico me había escogido para estar aquí, a las ocho y dieciocho de la noche, debajo de la pantalla gigante donde también se repasaron

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79 los rostros, los dolores de todos ellos, de todos los muertos, de todos los asesinados, de todos los sacrificados en nombre de la paz social, desde los años setenta y hasta bien entrados los ochenta. Recordé la ‘Operación Cóndor’ y a Carlos Monsiváis, porque, es verdad, la única contundencia posible contra la impunidad es el perseverante ejercicio de la memoria. Enseguida, nuevas olas de aplausos con espuma de silencios, sólo aplausos, ni un solo grito, ni una sola bandera política, sólo vaivenes de aplausos. Silencio, una pausa, y seguimos adelante. Muchos llevaban esas camisetas, blancas y negras, con leyendas multiplicadas: “familiares somos todos”, “justicia y verdad”, “basta ya de impunidad”. También había vecinos en las ventanas, caras serias de manos que descendían hasta nosotros desde los pisos de allá arriba, balcones repletos de aplausos marchando durante veinte años, aquí mismo, junto a nosotros, sobre la 18 de Julio, exigiendo ese juicio contra los militares que haga cicatrizar las llagas de la historia política del Uruguay. Y, de repente, un himno nacional que me esforcé por recibir con oído crítico, casi cerebral, porque yo nunca quise llegar a esto, a la intensidad de una emoción provocada por este canto: “sabremos cumplir, sabremos cumplir”... Después presentí más nuevos, o menos manchados de cansancio, los minutos en un bar donde un par de cervezas supieron reposarme de los viajes redondos a la memoria desde la esperanza. Y al dejar Montevideo leeré en los periódicos de la estación ‘Tres Cruces’ que le han entregado a Ida Vitale el Premio Renia Sofía de Poesía, y evocaré la Reducción del infinito, aquel libro suyo que desde Montevideo podría servir de explicación final a todas “las kapias” que nos habitan y desde las cuales se hace posible comprender lo universal entre lo mínimo.


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Unidiversidad 23  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP

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