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El ímpetu nostálgico tiene un sesgo irónico capaz de hacer que el “Águila de Zeus” muestre sus gracias cuando dice: “La del vuelo de ballet, la cirujana asesina, la solemne suspensa antes del crimen, desgarradoramente llora: no hay roedores [a] cien kilómetros a la redonda”. De tal forma va Miguel Maldonado, divertido de un texto al otro, nombrando con una exuberancia metafórica que, si no concilia diferencias, sí enfatiza las semejanzas; o se burla, con elegancia, exagerando las características distintivas de los seres que pueblan este Bestiario: Alambre que ha soñado ser dueña de unos ojos, de meñiques y de muelas, cualquier raquítico sentido que la entere de las cosas de afuera. Ignora los placeres del sentir y las conspiraciones de las aves. Su mecanismo de defensa es involuntario: lástima. Sólo le causa orgullo su geometría serpentiforme, la pariente pobre de las culebras.

Nos dice en “De la lombriz”, donde también echará mano de recursos narrativos para acercarse a la fábula y ridiculizar comportamientos humanos. Más adelante son otros los animales los que se humanizan para evidenciar el dedo índice que en esta escritura va entrando en las yagas sociales que, aunque no falta el humor, van punzando con agudeza, lo que convierte a este trabajo en un libro de crítica sutil. Un ejemplo exacto es el que nos dice al referirse al perro: “Lo atemorizan de seguir los malos pasos del gato. Estas bellas almas le exigen una lealtad mayor a la de cualquier persona

—hay ensayos en que muestran que por nada morderá la mano que le da de comer—. Llevan por nombre el de un ser querido y los más optimistas piensan que ha reencarnado en él algún miembro de la familia”. Entre convergencias y divergencias de lo humano con lo animal se va delineando el sentido de la búsqueda de esa ánima que se quedó en las cuevas con el hombre del cromañón. Trazos que se orientan hacia la profundidad y saben reconocer elementos del arte, que se incorporan, naturalmente, a las secuencias léxicas de estos textos. Hacia el final del libro, en un giro particular, traslada el discurso a cuestiones cotidianas en las que el hombre se ha ido apropiando de las bestias, de modo que el círculo de la nostalgia se queda en un “bestiario doméstico”, “el zoológico de la familia” que en esa domesticación hace del venado de la cobija el gozne que abre la posibilidad del reencuentro con el origen, cuando aún no se habían fijado los límites. La imagen nos recuerda a los híbridos de Lascaux: “durante siete horas por la noche, una parte de su figura cubre mi cuerpo”. Miguel Maldonado es ya una figura de las letras de su estado natal, Puebla. Un híbrido entre poeta y promotor cultural y, de manera más grotesca, siempre con la acepción de gruta, uno de los más puntuales delineadores de animales y poemas en los cuadernos de infancia que he podido leer en los últimos años. Que su impronta permanezca firme, como en Lascaux, dependerá de otros libros que él escriba, y otros ojos que lo miren y también se reconozcan.

Unidiversidad 22  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP.

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