Page 62

Visita Ayer me vino a visitar un muchacho casi loco, de rostro bello, pero casi loco. Lo vi aparecer en el umbral de la puerta, me impresionó, nunca pensé que de hablar unas palabras, las de siempre, vendría. Me sentí contento de que alguien por fin me encontrara, alguien de ropas raídas, mirada turbia y andar sin orden. Por lo general nunca soy demasiado exigente, con que posean un poco de bondad en la sonrisa y una nariz o manos grandes, ya. Pero ese muchacho que estuvo frente a mí lo único que tenía era la bondad. Pensé desordenadamente. Pasar una noche con él o pedirle disculpas, estuve casi una hora en esa indecisión. Pensé en el bien que podría hacerme. Supe entonces que acepto variaciones, cambios en mi forma de pensar y hasta de entender mi existencia. Yo hubiera querido fundirme en un cauce vertical, como cuando las parejas se abrazan en el mar y de lejos parecen postes, mástiles enterrados en la costa. Yo hubiera querido viajar el país junto a él, esperar a que la luna nos alumbrara y nos diera ese tono dorado en el rostro —penumbra, miedo—. Pero aquella tarde tenía algo de inquietud, algo corruptivo avanzaba. Frente a mí, ese joven de piel trigueña a fuerza de tanto sol. Frente a mí, ese inocente, distraído muchacho, mirando con una bondad casi semejante a la de los perros. Me conmoví, me sentí afligido al verlo, y pensé en lo mucho que había deseado que alguien conversara conmigo. Le eché el brazo por encima de los hombros, caminé el pueblecito, inmerso en el hecho de vivir, esos instantes construidos como piezas prefabricadas. Y es que siempre nos inventamos, siempre estamos casi al escombro, al desuso. Ahora duerme en una frazada tirada en el piso. Yo cruzo las piernas y miro cómo un montón de hormigas arrastra a una mariposa muerta.

63

Unidiversidad 22  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP.

Unidiversidad 22  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP.

Advertisement