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La dignidad de los oficios (fragmento final) Envenenarse con los mares del Sur. Y ser un extranjero que no busca otra cosa sino un lugar donde poner los pies. Pero cuando se ponen los pies desaparecen los caminos. El tiempo escribe en ti sus pequeños apuntes. Cuando la explanada se cierra vacía sin excremento de caballo sin yerba para enmudecer ni relincho humano nadie podrá indicarte el camino de regreso a casa. —¿Decías? Yo me saqué a mi país de una costilla y desde entonces ando con las manos vacías.

Esta será la única mentira en la que siempre creeremos a fuerza de admitirla tantas veces. Hoy alguien intentará leer el ojo de un vecino con el fin de saber si la tristeza (esa muchacha indócil que va escupiendo amor) es una amiga sádica de siempre o un pez muerto nadando en la garganta. Sería difícil disfrazar la felicidad (a ella siempre le quedaría corrido el maquillaje). Pero de todos modos tendrás que perdonarme que no te ladre amor junto al oído. Podrían despertarse muchos muertos que están bajo nosotros. Es una historia triste jugar a ser perfectos.

Con la próxima helada. Cuando los pájaros emigren. Tal vez el año próximo.            Una ventana.             Recostar la cabeza en ella como si ese verdor fuera posible.

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Unidiversidad 22  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP.

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