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POESÍA CUBANA


ÍNDICE Nota preliminar|

Muestra de poesía cubana|

“CHAPEAR BAJITO” Luis Aguilar

8

PRIMERA PARTE (1900-1949)

12

SEGUNDA PARTE (1950…)

26

MISCELÁNEA Cuento |

EX ATENEA Diana Jaramillo

68

Reseña|

EL TEJIDO DE LAS BESTIAS Gustavo Íñiguez

71

Reseña|

SIMIC EN SU LABERINTO Francisco Magaña

75

ENTRE LA HABANA Y MATANZAS, HRABAL Javier Vargas de Luna

78

Bibliotecas ajenas |

NOTICIAS DE CUBA Entrevista a Reina María Rodríguez |

Reverso del mapa |

LAS CUATRO PUNTAS DEL PAÑUELO Odette Alonso

90

ALFILERES PARA JUNTAR UNA POÉTICA Martha M. Montejo Pizarro

93

LENGUAJE DE MUDOS: LA POESÍA COMO NEGACIÓN Yoandy Cabrera

10


DIRECTORIO Mtro. José Alfonso Esparza Ortiz Rector Dr. René Valdiviezo Sandoval Secretario General Mtro. José Carlos Bernal Suárez Director de Comunicación Institucional

Pedro Ángel Palou Miguel Maldonado Directores Diana Jaramillo Jefa de redacción Luis Aguilar Coordinador del dossier Benjamín Hernández Rojas Cinthya Olguín Díaz Consejo editorial Rafael Argullol, Luis García Montero, Fritz Glockner Corte, Michel Maffesoli, John Mraz, José Mejía Lira, Francisco Martín Moreno, Edgar Morin, Ignacio

Editores José Luis Ruíz Pérez Diseño gráfico

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Javier Velasco Distribución y comercialización

de Luna y David Villanueva.

UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP, año 5, No. 22, enero-marzo 2016, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 sur 104 Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, y distribuida a través de la Dirección de Comunicación Institucional, con domicilio en Edificio La Palma, 4 sur No. 303, Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, tel. (01222) 229 55 00 ext. 5270, unirevista@gmail.com. Editor responsable: Dr. Pedro Ángel Palou García, pedropalou@me.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 04-2013-013011430200-102. ISSN: 2007-2813, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Número de Certificado de Licitud de Título y Contenido: 15204, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Permiso SEPOMEX No. Impresos im21-006. Impresa en Editorial Lapislázuli S.A. de C.V. Tecamachalco No.43, Interior A, Col. La Paz, Puebla, Pue. C.P. 72160 Tel. (222) 2 48 94 93. Distribuido por Comercializadora GBN S.A de C.V., Calzada de Tlalpan 572, Desp. C-302, Col. Moderna, Del. Benito Juárez. C.P. 03510, México D.F. Tels/fax: 01 55 56 18 8551. Este número se terminó de imprimir en enero de 2016 con un tiraje de 3000 ejemplares. Costo del ejemplar $40.00 en México. Administración, comercialización y suscripciones: Francisco Javier Velasco Oliveros, Tel. (222) 5058400, javiervelasco68@hotmail. com. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura de los editores de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Unidiversidad Revista de Pensamiento y Cultura de la BUAP está registrada en el sistema de información de la Universidad Nacional Autónoma de México sobre revistas de investigación científica, técnico-profesionales y de divulgación científica y cultural que se editan en América Latina, el Caribe, España y Portugal (http://www.latindex.unam.mx).


“Chapear bajito”

C

uba es un virus. Una vez que se mete en la sangre —si no naciste con ella dentro— es imposible de contrarrestar. La poesía, su poesía, no es un fenómenos menor. La poesía cubana es un maremoto imparable de poetas y poemas. Su universo es, quizá, uno de los más vastos de la literatura mundial. Navegar en ella sólo puede ser naufragio. Aún así, he intentado la presente muestra de poesía en dos vertientes: fácil la una; garantía de extravío, la otra. La parte fácil, desde luego, radica en el canon. Las cartas de los poetas que florecieron entre 1900 y 1949 están echadas; no es complicado definir quiénes son las voces poéticas que marcaron esas primeras cinco décadas del siglo pasado, aunque debo advertir que entro a esa época con un bisturí despiadado en aras de rescatar la mejor poesía y dejar al margen aquella que ha florecido en la simpatía fácil del poder o desde el poder, en general; o desde la burocracia cultural, en particular, puesto que en términos generales no ofrece deslumbramientos, sino imitaciones de una tradición ya para entonces muy revisitada. La segunda parte es donde asumo el riesgo de apostar por voces divergentes, disímiles; consagradas unas, pujantes las otras; pero en ellas busco también el verso exacto, el contenido y el continente de poéticas que destazan sus propias voces en la búsqueda de la belleza a través de la imagen o la idea; en el mejor de los casos, desde luego, de ambas cosas. Confrontado al universo de la poesía cubana decidí, como dicen los cubanos, “chapear bajito”; en el español de México, dejar el pasto muy corto; colocar la ‘vara alta’ porque, de lo contrario, el resultado no habría servido —por muy democrático que pareciera— para tener una idea clara del nivel de la poesía y la diversidad de voces que se alzan y se forjan en esa extraordinaria Isla y ubicar, con precisión, a los poetas que hoy por hoy dan voz en el mundo a la reconocida tradición poética de este país caribeño. Debo dejar asentado, además, que me decanté por poetas y/o temáticas específicos en la elección de los ensayos que acompañan este dossiere, a partir de tres ideas que persisten en la isla y fuera de ella, y que pueden orientar al lector sobre esencialísimas cuestiones del devenir poético en la isla: los cambios generacionales; la ruptura elevada a poesía en momentos históricos y la persistencia de la cubanía ad limítrofe. En ese contexto, opté por una entrevista inédita con Reina María Rodríguez, quizá una de las voces más reconocidas y no menos potente de quienes siguen su lucha con


Muestra de poesĂ­a cubana


Primera parte 1900-1949


NICOLÁS GUILLÉN (1902-1989)

DULCE MARÍA LOYNAZ (1902-1977)

Caña

La nieve

El negro junto al cañaveral.

La nieve es el agua cansada de correr… La nieve es el agua detenida un instante —agua en un punto—. El agua ya sin tiempo y sin distancia.

El yanqui sobre el cañaveral. La tierra bajo el cañaveral. ¡Sangre que se nos va!

Camagüey

La Habana

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EMILIO BALLAGAS (1908-1954)

JOSÉ LEZAMA LIMA (1910-1976)

Víspera

El esperado Ya muestra en esperanza

Para José Rey

el fruto cierto. Fray Luis

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Estarme aquí quieto, germen de la canción venidera —íntegro, virgen, futuro.

Al fin llegó el esperado, se abrieron las puertas de la casa y de nuevo se encendieron las luces.

Estarme dormido —íntimo— en tierno latir ausente de honda presencia secreta.

Una sombra ligera había repasado las paredes, que brillaban como ojos metálicos.

Y éxtasis —alimento— de ignorante —ausente, puro— nonato de claridades con la palabra inicial y el dulce mañana intacto.

El esperado comprobó cada uno de los secretos que guardaba la casa mágica llena de los amigos que fueron llegando con gorgueras nadantes, en campanillas de congelados sonidos como albatros. Hay un rincón que se abre como un libro de cetrería y se cierra como un antifonario en la medianoche temblequeante. Sus páginas son la escarcha que penetra en un paquete sellado. Sus silenciosos tumultos son llamas en el agua, que ven de cerca, día por día, el reloj coralino que ensaliva la eternidad.

Camagüey

La Habana


VIRGILIO PIÑERA (1912-1979)

Testamento Como he sido iconoclasta me niego a que me hagan estatua: si en la vida he sido carne, en la muerte no quiero ser mármol. Una eternidad sucia, confundida, que da tropezones en la ley matinal y se reconoce y se come a sus hijos, como el caballo de la noche que relincha sin tregua. Es una bobalicona batalla en donde todos nos quedamos dormidos. Y nos van diciendo quiénes son los vencidos y los que siembran maíz, polvos de arroz, confundidos con la grasa de la mula en la coronación. La talanquera mugiendo con las vacas. Los flautines bucoliastas, dije de ostras lagañudas, inician el asedio.

Como yo soy de un lugar de demonios y de ángeles, en ángel y demonio muerto seguiré por esas calles... En tal eternidad veré nuevos demonios y ángeles, con ellos conversaré en un lenguaje cifrado. Y todos entenderán el yo no lloro, mi hermano... Así fui, así viví, así soñé. Pasé el trance.

El incendio tamboril desordena el asalto. En el bostezo, nubes y números de nubes, de confín en confín.

Cárdenas

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GASTÓN BAQUERO (1916-1997)

ELISEO DIEGO (1920-1994)

Jamás, con ese final

Culpa

Si tomas entre los dedos la palabra amor, y la contemplas de derecho a revés, y de arriba abajo, verás que está hecha de algodón, de niebla, y de dulzura.

No tengo yo la culpa de mí mismo y aunque la cargue toda ya no es mía de modo que no sé cuando me juzgo si responderme deba o me resigne a ser mi luz o mi tiniebla diarias.

Si después aprisionas la palabra música, sentirás entre tus dedos el crujir de una frágil lámina de arena. Si cae entre tus manos la palabra jamás, la terrible palabra que pone punto final a la pasión y al destino, sentirás que está llena de infinito, y que la serpiente inmóvil de la S es un eslabón entre el fuego y la nieve, entre el infierno y el cielo, entre el amor y la música.

Alguien nos llama y vas y le respondo ni sé yo desde quién ni cómo y cuándo tan rápida es en mí la muchedumbre que allá en el corazón va sucediéndonos y cuál es cuál quién sabe y poco importa. No tengo yo la culpa de ser éste que apenas dicho cede el puesto al otro ya desapareciendo en el que arriba y así entre todos vamos arrumbándole la culpa al último —al que no se queja.

La palabra jamás con ese al final no termina nunca; rodea la tierra y salta luego, perdiéndose en el océano de las estrellas.

Banes

La Habana


CINTIO VITIER (1921-2009)

FINA GARCÍA MARRUZ (1923)

Eco

Visitaciones 1

Me estoy yendo a los borrados vidrios que la luz paseaba por la sombra del absorto mundo. La presión nocturna de las cosas hace que mire sin llorar un pisoteado fleco, una sortija bajo la lluvia. Me estoy volviendo la gastada bocacalle de lejana ventolera y nubarrón para el mendigo vagaroso. ¡Él es la forma discernible de mi alma! Ya oscuros carnavales sonando en el giro de la medialuna que se excluye me decoran. Sólo buscaba un libro y se me dio la vida; el adiós al entreabrirse tiernamente como una iglesia de pensados violoncelos. Y la voz maravillosa que me arrastra, y los pasos de la infinita adolescencia inútil.

Cuando el tiempo ya es ido, uno retorna como a la casa de la infancia, a algunos días, rostros, sucesos que supieron recorrer el camino de nuestro corazón. Vuelven de nuevo los cansados pasos cada vez más sencillos y más lentos, al mismo día, al mismo amigo, al mismo viejo sol. Y queremos contar la maravilla ciega para los otros, a nuestros ojos clara, en donde la memoria ha detenido como un pintor, un gesto de la mano, una sonrisa, un modo breve de saludar. Pues poco a poco el mundo se vuelve impenetrable, los ojos no comprenden, la mano ya no toca el alimento innombrable, lo real.

Florida, EU

La Habana

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CARILDA OLIVER LABRA (1924)

ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR (1930)

Hombres que me servisteis de verano

Que

Ése que no dejó de ser mi amante y al que le debo siempre sepultura, uno a quien nunca quise lo bastante; aquél, obra de sueño, conjetura...

Que mientras quede un hombre muerto, nadie se quede vivo. Pongámonos todos a morir, aunque sea despacito, hasta que se repare esa injusticia.

Alguien que me jugó a nada y tuvo suerte, otro que no ha venido de la guerra, éste donde converso con mi muerte porque me lo disputa hasta la tierra. ¡Salid de la memoria evocadora con vuestro amor, pues tengo frío ahora! Sabed todos que os llevo de la mano. Vuestras sombras estallan como un mito de vez en cuando aquí. Sois lo bendito, hombres que me servisteis de verano.

Matanzas

La Habana


HEBERTO PADILLA (1932-2000)

Técnicas del acoso Pueden fotografiarlas junto a un rosal en un jardín etrusco frente a la columnata del Partenón con sombreros enormes entre cactus en México llevando los colores de moda el pelo corto o largo y boinas de través como conspiradores: no cambiarán no dejarán de ser las mismas la barbilla en acecho el rostro de óvalo y los ojos cargados de un persistente desamparo ¿pero qué pensamientos se agitan debajo de las melenas crespas o lacias de estas muchachas que ilustran las revistas de moda? Casi todas son pálidas y están como cansadas las líneas de sus manos son estrictas y melancólicas mudan cada seis meses de vestidos zapatos peinados y sombreros y yo siempre descubro un rizo fantasmal bajo la onda bermeja.

Pinar del Río

No importa que se cubran con pieles de visón o lleven botas de vinil faldas de cuero o usen nuevas pelucas: siempre las reconozco bajo cualquier disfraz lo mismo que a un espía. Además me persiguen en trenes o en aviones sobre todo de noche se benefician de la oscuridad andan de tres en tres a mi espalda a mi lado frente a mí Dos trepan a los árboles con la cámara en la mano otra resbala debajo de un avión con el ojo torcido de las agonizantes y observan y miden mis reacciones para indagar si tiemblo o lloro ante la muerte. Que sufra tenga hambre o las desee no les importa. Su tarea no es hacer el amor sino ilustrarlo.

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CÉSAR LÓPEZ (1933)

Marco para un retrato en la familia (fragmento II)

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No hubo tiempo para que demasiadas libras deformaran su cuerpo. La enfermedad mordió, desbarató con lentitud precisa su organismo. Era hasta entonces el páncreas una inocua referencia de las anatomías y el azúcar se fabricaba sólo en los centrales. Por los años, tras sus sonrisas y sus ojos verdes, su pelo claro que a veces oscurecía de forma misteriosa y otras necesitó algún tinte para disimular la precocidad de las canas, se la vio caminar sola con Ella, sin miedo a su guadaña, siempre dejaba un ámbito de perfume cuidadosamente escogido, tras su paso. Un cartucho de almendras confitadas, un gesto leve, el comentario de alguna buena película americana, dos hijos rubios, vivarachos y hermosos, y alguna que otra vez una canción de moda o un himno religioso. Algunas cosas más eran también su rastro.

Santiago de Cuba


JOSÉ KOZER (1940)

LUIS ROGELIO NOGUERAS (1944-1985)

Epitafio

Arte poética

(imitación latina) (adaptación cubana) Desde que Kozer ha muerto el cuartico está igualito. El mármol es piedra pómez y la polilla sigue su curso. Cuba da vueltas alrededor de sí misma y en un bosque de la China una china se perdió, Kozer, en el enredijo de tu literatura.

Ahora sé que el poema, antes de ser las líneas trazadas con prisa, es la conversación en el café, la sonrisa azul de Blanca Luz, la muerte de este hombre, el apretón de manos o la vida entre dos. Ahora sé que trazar estas líneas no es sino la forma última de hacer la poesía, el último acto del poema, la función de trasplantar la vida a la hoja. La poesía empieza en todas partes y termina siempre en los papeles.

La Habana

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LINA DE FERIA (1945)

DELFÍN PRATS (1945)

Instalación

Saldo

el lirio no posee un color ambiguo y en su premura de agua hay una sed que se sacia. déjalo enmudecer la noche entera que aún en la mañana como los niños inquietos del traspatio tendrá la erección de un rostro límpido frente al aire estival de la muerte. el lirio vive por sobre todo otro desastre.

Santiago de Cuba

Si quieres inclínate a los muertos, pero no envenenes a los vivos con tu sueño. Serguey Esenin Entren amigos tomen asiento entre mis pertenencias las que no me pertenecen más que a ustedes sus melenas copiosas no tengo nada que brindarles como en un tiempo leche pan viejo o alguna que otra tibia palabra que roer como ven las cosas han cambiado mucho ustedes están muertos hace unos cuantos calendarios yo tuve un poco más digamos de destreza con las enfermedades de los primeros años pero créanme no es ninguna ventaja estar aún del lado de los vivos gozando de sus escasos privilegios (estar de nuevo con ustedes en el portal imaginario de la casa donde convivíamos donde aún aguardamos el café de cada tarde no sin cierta amargura reciente y viva como un muerto) viejos amigos cómo lamento esta falta de todo que ofrecerles mi ignorancia y un poco de impotencia por las cosas que ocurren por ahí (se ha hablado mucho de la guerra del genocidio y de cierta probabilidad de exterminio parcial o total de la especie humana) pero hablen cómo les va sin nadie cómo les va en la nada sin tener que pulirla para ligar un hueso cuando ya no hace falta romper la noche con un tremendo aullido

Holguín


MAGALI ALABAU (1945)

Once horas, un dólar por hora, día y noche. Hay que limpiar, fregar, preparar el desayuno, el almuerzo, la comida, llevarlos al médico. La niña se esconde debajo de la cama, el varón se pasa el día llorando. ¿Quién me trajo a la cueva de este ciego? Yo que necesitaba curarme las heridas porque los viajes son como las guerras, uno llega al otro lado con roturas y remiendos, tengo que ser testigo y limpiar hemorragias ajenas. Ver de lejos, ver de cerca. El ciego huele todo. La mano delicada busca apoyo. Nula su mirada, escucha. Voz lastimera que ha perdido el poder de las palabras. Jugamos en la arena a construir pirámides. El niño rubio y flaco, tan endeble, con pantalones cortos, su padre ya le grita, compórtate como un hombre.

Cienfuegos

Un día en la playa con nuestros desajustes, aleteamos el mar lastimando las olas. ¿Quién los llevará mañana hacia la densidad del bosque? ¿Cuál era el nombre de la niña? ¿En qué esquina el niño pálido y rubio, está llorando? Era fácil servir el desayuno, tan difícil oír los monólogos agrios. Siempre hay alguien que se va y nunca vuelve. El miedo a que nos perdamos en el mar o en la lluvia, en el rencor o el camino. ¿Quién dictamina cuándo uno respira? ¿Cuántas camisas de fuerza se necesitan para explicar lo que es beneficioso, lo mejor para todos? Otra vez ordeno la maleta. No quiero ver el ómnibus que ha de trasladarlos. No quiero presenciar las filas donde unos van a la derecha y otros, sin remedio, hacia la izquierda. Ojos de zozobra, encharcados fragmentos de una risa nerviosa que se desintegra. ¿Qué pasos siguen los perdidos? ¿El de ese animal que separan de la madre, que lo funden en un experimento, que resguardan en la esquina de un laboratorio, en una jaula, para obtener esa sabiduría de papel y olvido? Serios escrudiñan

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el sabor de la pena. Me voy. Mi role ha terminado. Una interpretación más en la nave teatral de solitarios remos. Rompecabezas y calcomanía. Es cierto que también terminaré en una casa de alguna ciudad extraña donde me pondrán pañales y me darán compotas y se reirán porque pareceré un niño con la cara estrujada. Claro que vendré a visitarlos. Claro que los invitaré a mi casa y que patinaremos en el hielo. Nos escribiremos. Pero no es así. No guardaré postales ni cartas ni direcciones ni teléfonos. Los romperé en el aeropuerto. Es demasiado peso para mi maleta. Usaré las frases convenidas. Parientes míos no eran, él era un majadero. Llega el día. Trunca garganta. Confundo la emoción con distraimiento. Tartamudeo, trago en seco. Me voy al Norte. La nieve y el frío algún día nos volverán extraños.

RAÚL RIVERO (1945)

Polvo de estrella Julia Roberts se equivoca conmigo resisto su mirada hora tras hora y otras veces la pongo de castigo: contra el piso su cara seductora. Si va a decirme algo, no hago caso si me guiña los ojos o algo de eso la oculto con un gesto de mi brazo y le dejo en la boca congelado un beso. Julia mira las paredes a porfía sofoca con silencio su reproche y yo, con mi desdén, la mortifico. Le ignoro normalmente por el día aunque a decir verdad todas las noches la uso con pasión como abanico.

Ciego de Ávila


RAÚL HERNÁNDEZ NOVÁS (1948-1993)

Da capo (fragmento VI)

El que ibas a ser está esperándote. ¿Qué le dirás, ahora que has crecido? ¿Qué dirás cuando mida tu estatura? Ibas a ser astrónomo, guardián de las nubes y sus blancos castillos. El que ibas a ser está esperándote. Alta la mano admonitoria, seca la mirada de juez que nada ignora. Ahora mismo tienes que acudir a la cita. Sin duda no has crecido. Eres aquel que iba a ser marinero, héroe, payaso, domador de fieras, mago con una rosa, equilibrista. Todo, menos la estatura del árbol que hacia el río se inclina para dejar un fruto. El que ibas a ser está esperándote. Habrás de caminar para encontrarlo. Sea leve tu tránsito, sea leve.

La Habana

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Segunda parte 1950...


SOLEIDA RÍOS (1950)

Maleva y los niños en el paraíso Los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos. J. L. Borges En el jardín y más al fondo, en los ojos de Maleva los niños se tiran de los árboles.   Aquellos niños puros que ya fuimos cubiertos por pañales blanquecinos se tiran de los árboles. Pero se tiran a morir a que nos olvidemos. Y se tiran riendo porque disfrutan de antemano la pena que vendrá la desesperación en que más tarde  o más temprano sucumbiremos todos. La muerte de los niños no está escrita. Ellos la prefiguran en la rareza de sus juegos. Ayer, si no es que hace un instante o hace doscientos siglos los niños figuraban ciertos juegos como en una nostalgia de niños anteriores.  (Los primeros, los últimos que vuelven a comenzar las filas ya no figuran nada, gritan carne de momia carne de momia queremos la cabeza del escudo.) Quiénes simulan ser los últimos. Quiénes son los primeros.   Los niños hace un instante o hace doscientos siglos entraron al jardín con papeles marcados. Se tiran de los árboles. Se tiran.

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Santiago de Cuba


Que el frío no venga a entorpecer

Un poco de orden en la casa

Yo no conozco su signo del zodiaco su día feliz, su mes. No sé si es agua sola o tierra lo que beso furiosamente ahora.

Esto está oscuro y tiembla. Mi padre, el padre del que todo lo puede ¿me ha mentido?

Pero este hombre me obliga a recordar que el tiempo pasa que yo tengo la piel tan vulnerable. Y echa conmigo apuradita hierba y tierna para que el fuego, esta pequeña hoguera cumpla su elíptica y suba y se desgrane.

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Baste para este instante el piso tibio bajo los vuelos del vestido baste la espuela nueva este brevísimo bolsillo mi zapato de recorrerte a tientas. Deja que caiga nuestro ruido sobre las baldosas y decida su curso libremente pero que el frío no venga a entorpecer.

Para mi hermana Olivia

Yo decía si viro, si retrocedo muero. Vi a la gente gritar, vi a la gente muriéndose, con pan sin nada que ponerle pero gritando vivas verdaderos en sus casas de tablas remendadas caídas ya de frío y de esos vivas. Vi a la gente, esa gente era yo mi madre mi padre loco en un cuarto enloquecido el padre de Renté que no aparece en mapamundis ni en diccionarios ni en los coloquios internacionales. Ese que digo no está vivo ni muerto. Yo lo boté en el secadero. Las monedas mensuales tiradas por esta mano mía que no es mía ni es la mano de nadie a la furia del viento y al camino de El Triunfo. Me mandaron, ve y tíralas. Boté lo que era mío.  Más bien boté lo que nunca fue mío. Ahora se dice abajo, en ese tiempo no en ese tiempo éramos bellos nos llamábamos bellos, gente con suerte seres mágicos que cambiaron el rumbo porque decían amar al pobre no es más que amar [a Cristo. Cristo está en los maderos clavado en una cruz (hizo muchos milagros) clavado en una cruz entre ladrones. Mi padre, el padre del que todo lo puede ¿me ha mentido? Sus hijos, los apóstoles, lo van a divulgar.


REINA MARÍA RODRÍGUEZ (1952)

Lengua de vaca

Como un extraño pájaro que viene del sur A Pavese

Yo digo lumbre, tú candela, otro fuego. Hemos visto la llama desde alturas diferentes. Palabras que me indican (y me inclinan) hacia algo que fluye. Algo elocuente y fingidor. Yo digo espanto, tú dolor, aquel tormento. Alguien canta ilusión por desesperación. No hemos visto lo mismo. ¿O hemos visto lo mismo para nombrarlo diferente?

La Habana

has errado toda la noche olfateando los árboles buscando alguien que te acaricie con tu traje de lobo para engañar a los hombres. Tu angustia me hiela los pies pero en el alero hay un abismo para nosotros. Tú y yo desnudos en medio del verano junto a los troncos amarillos en una playa del sur tan solitarios como el resplandor de las películas silentes donde todo está por transcurrir en el espacio vacío de los pies y la boca sin gritar diciendo cosas que nadie tal vez escuchó que nadie jamás escuchará en el abismo silente.

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El último sello

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Jugábamos a las películas. Era de madrugada. Oía risas y recordaba otras películas. El hombro al que me recosté en el cine de barrio. La copia como siempre era mala y los de arriba chiflaban ante la imprecisión de otra imagen cortada sobre un cuerpo amputado por el proyeccionista. Él jugaba su partida de ajedrez… con la última pieza escondida entre la muerte y tú. La muerte era entonces esa vida miserable que afuera te esperaba (y regañándola) te escondías para ser proyectada desde “la luz más crepuscular que existe” —decías. Pensando que nadie estaba viendo del otro lado del set un cuerpo roto en miles de partículas por el aire. Tu sumisión o el vejado perfil.

ÁNGEL ESCOBAR (1957-1997)

Poblador Yo vine al mundo de visita para crear dificultades. Puede que sea un ángel o un camello. Tomo una piedra y sé cuál es, entre todos, mi resguardo. Amo aún el cuchillo con el que maté a un hombre —lo herí; pero en mi intención ya lo había matado— después dos de sus primos, o amigos, o compadres me mataron a mí; quizá sólo fueron simples desconocidos, o no; todos los hombres tienen un parentesco, y todos se conocen; y ni uno solo es simple. Tuve una hija a la que tal vez le di el nombre. En los cines, creí ser mexicano, japonés o italiano. En la calle fui El Chino. En la infancia, si es que algo puede llamarse de ese modo, perdí todos los enlaces posibles con lo real —fui un huérfano. Me golpearon todo el cuerpo; pero yo tenía una candela viva. Dormí en los parques y en el rencor de mis tutores. Tengo una foto entre uvas caletas donde parece que soy una persona. No cumplí veinte años. Amé a más de cien mujeres. Robé en los barrios altos. Tuve hermanos que padecían su soledad como si fuera de otros —ahora uno de ellos me recuerda, con su melancolía desastrosa; mas yo me aparto de él: puede que haya ido a la Universidad; pero eso no lo mejora, y como cree que sigue siendo un hombre y que está vivo, es un canalla, ruin como tú y como todos.

Guantánamo


Dibujo II

El eco

Quemada sea la hierba. En torno a la autopista han quemado la hierba. También —contra tus ojos— algunos pinos muestran sus ramas chamuscadas. Todo esto. Hace dos horas. Y era, y era una pequeña elevación. Flagrante. Ahí besé tus manos. Y ahora, y ahora se han quemado los besos. En torno a la autopista han quemado los besos. Pero —contra tus ojos— más allá del hollín, más allá hollín que tan igual a qué vuelve el asfalto, algunos niños mueven sus papalotes blancos. Allí besé tu dardo cuerpo absorto. Luego —contra tus ojos— sigue el mar, la estampida mugrienta. La mar. La mar. La misma de antes.

Me ha cortado la voz un vidrio de agua. Me hizo el indagador de plenitudes. Y aunque a veces se me tuerce la llave, y el hombre no le alcanza a tanta puerta, quiero el ascua que enciende estos graneros. Nací en ese pasillo de la dicha, pero respeto al que baila en la otra casa. Consumo este zodiaco sin fondo, sucumbo ante tu juicio, y añoro el que seré cuando te vea.

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RAMÓN FERNÁNDEZ LARREA (1958)

Somos unos padres magníficos El niño está inventando pájaros sin cabeza De un manotazo espanto sus telarañas de colores pues qué es un pájaro sin el rubí del ojo el niño llora hundido entre las lianas sólo quise enseñarle la verdad de las cosas es mediodía y ahora va con su espada a colgar garfios su castillo se eleva tras las paredes carcomidas quítale rápido las cuerdas invisibles

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podrá caer un sueño no se puede escalar escucha cómo canta desaforadamente no puede hacer siquiera dos libras de silencio? en la tarde navega en el pasillo ha puesto peces que relumbran la mesa de la lámpara vuelve a ser su canoa pon orden antes que invente cataratas va a destrozarse contra las piedras de la orilla que se comporte como un muchachito decente que no se escape en el caballo blanco ya nos salva la noche está vencido en su pequeña jaula podré leer ahora respiraremos satisfechos tú coses en silencio con merecida paz y el humo de mi pipa llena tus ojos de venados.

Bayamo

Generación nosotros los sobrevivientes a nadie debemos la sobrevida todo rencor estuvo en su lugar estar en cuba a las dos de la tarde es un acto de fe no conocía mi rostro el frank con su pistol yo tampoco he soñado la cara de quien va alegremente a joder en mi cama en mi plato sin la alegría que merece o que merecería si soy puro viejo tony guiteras el curita los tantos que atravesaron una vez la luz no pensaron que yo sería ramón sudaron porque sí porque la patria gritaba porque todas las cosas estaban puestas al descuido este es mi tiempo de alambre y beirut de esa bomba calando era verdad lo que juanito dijo la felicidad es una pistola caliente un esplendor impensado una rosa todos tenemos alguna estrella en la puerta


Juanita Petitón no camina debo de estar en realidad enfermo jamás he amado a greta garbo enceguecido por la fiebre tampoco soñé con un rolls royce las leyes de los hombres me dan vértigo y cuando los campesinos vietnamitas festejan que les otorgaron la tierra bostezo de aburrimiento he de tener glándulas muy podridas nunca entendí a brigitte bardot la miro y en ocasiones mis papilas encuentran algún sabor en sus ojos a esa hora sale una foca detrás de su pelo perros lanudos me interrumpen las victorias que proclaman los pueblos me hacen soñar con islas en el profundo sur sospecho que mi salud no es buena el cerebro me juega malas pasadas los ancianos aplauden y nunca sé qué hacer si alegrarme por sus próximas muertes o pedirles con amabilidad que me mientan los dictadores y los futbolistas no despiertan en mí ninguna pasión lo peor de todo es mi odio por los hospitales ese olor a sábanas de angustia

por mí se hubieran ahorrado muchas cosas el asalto al palacio de invierno los venenos sutiles de jósef stalin la construcción de tiananmen la alegría selvática de la sierra maestra el embalsamamiento de evita y vladimir abandonar a laika en el cielo es posible que esté en fase terminal los castillos medievales y las fuentes me provocan un ligero hastío no entiendo el júbilo del hombre con sus victorias y enterramientos pero lo que son tus ojos y el mar me hacen ascender por las frondas de todos modos estoy grave jamás me gustó greta garbo.

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RODOLFO HÄSLER (1958)

Página cinco: viernes. Rua Aurora Para Alfredo Fressia

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Cruzando la rua Aurora miro hacia atrás. Cómo menciona rua Aurora, cómo se atreve si nada le pertenece. Es el inicio de una transformación, el rufián es codiciado por un puñado de paseantes, es un incendio, un fuego que se acerca, un pálpito, una diadema. Ordena su melena frente al cristal, al borde del abismo, no sabes si el reflejo es real o una puerta imaginada. No sabes si volver, si lo deseas, no en vano fuiste alguien, abrazado, lamiendo las manos, atravesando la calle. Eres la decadencia, la buscas, adoras lo que un hada te cuenta, las cuerdas de un arpa que festeja el delirio. Dejas la rua Aurora y piensas en el poeta, su obra encerrada en el agua, encantado en un verso, mientras huyes, te vas, con su consentido.

Gacela cuarta Qué inoportuno puedo llegar a ser contigo, qué poca consideración a tu pudor cuando te saco de la cama, yo vestido de gala, convertido en jeque para variar tu tiempo. Confirma tu opinión que mi vida es ocio, seda blanca que, como siempre, acaba entre tus manos.

Santiago de Cuba


Tetuán Dan ganas de llorar mientras la luz, tan limpia, se demora en caer sobre los cubos azules de la medina, la luz es leche en el instante mortecino del crepúsculo en su insistencia por una huida lenta. Dejo de caminar mientras la actividad remite y los faroles de las esquinas dan irrealidad a la fruta, plátano o kiwi en un vaso, si dios quiere agua de azahar. No hay límite entre las tinieblas y el ardor del día, las especias de los puestos callejeros confunden los montones que acaban en la cocina del restaurante de Abdulaziz donde adoban el pescado para freír, los calamares a la romana como aros amarillos en la lenta cocción de la tarde. La gente aparece por todos los rincones, algunos van del brazo, tuercen por callejones laterales, suben escalones, se pierden a medida que el blanco se desvanece, el azulete, el ocre, el manganeso más crudo; habitáculos donde la vida, desde un instante suspendido, levanta su guadaña sobre el olor espumoso de la menta.

ROLANDO SÁNCHEZ MEJÍAS (1959)

Arqueología Encontraron, al fondo de los túneles, ratas de metro y ½ de largo. Las alumbraron con linternas (los rusos dijeron epa, epa) y las ratas huyeron, bamboleantes y caóticas, sus ojitos rojos heridos por la luz. Uno de los rusos pidió vodka y otro tomó y le dio vodka y entonces dijeron algo acerca de la realidad.

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Holguín


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Antropológica

Pabellones VI

la carne de cerdo te hizo daño y anulo el compromiso no sé si sabías que los tsembaga de Nueva Guinea en sus gestas matan cerdos y más cerdos unas 15000 libras que luego distribuyen ese día los tsembaga y los enemigos de los tsembaga gimen bailan jadean es decir ciclos de paz y de guerra sobre montañas de cerdos te contaba eso para que supieras cuánta economía subyace en el amor.

K. murió de tuberculosis. Su laringe quedó ocluida y no podia hablar ni comer. Ni, por supuesto, cantar. Tomarse a pecho la cuestión del canto —como le pasó a Josefina— es contar con una laringe que funciona en cualquier circunstancia. Así de simple. En algún momento K. hizo un gesto para que le habilitasen la mano de escribir. Y ahí fue donde se formó el show (display or exhibit) en el sanatorio. Ver a K. tratando de escribir al mismo nivel de la laringe defectuosa, verlo raspar y raspar, como un pelele, la página en blanco.


ISMAEL GONZÁLEZ CASTAÑER (1961)

Vaho que sentí yo el sábado Todo me da una industria mala, delicada siempre; pésimo campo. No sé algo; por las fotos conozco cómo jugué con frascos en una caja frente al espejo. Salen las personas, los adolescentes; es cuando más salen / se visten: —Hay un vaho tremendo en la curva —dicen, y profundo es el miedo que saliera de ti. —Suban, vamos / Arriba, suban: que para eso he abierto esta puerta / la he forzado.

Las mujeres que te aman Las mujeres que te llegan por la nieve oscura, que, además, se mantiene compacta y lenta / nunca temen a la viscosidad. Ellas le dijeron a mi padre algo para que no vaya yo a perderlas porque somos unos lindos de la noche. Ranas / Bichos / Bichos indistintos / Cualesquieran. —Lindo: sólo he venido para amarte —me explicaron sonrientes, quemadas: porque la nieve oscura y ciertamente lenta. ¿Qué harías tú ante alguna que viniere sola y sin gorat? Hablé con muchas y dijeron, simplemente “Quiero al lindo” / Hablé con todas.

La Habana

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Si ella es así en las mañanas, por la tarde es un ángel y a la noche uno azul Hay unos ojos sí propios en la mañana y a la tarde y a la noche también en la ruta de regreso hacia la casa. Son unos cuerpos con clímax, con clímax. Pueden ir hasta el mercado verdadero, me parece. Todas las mañanas que yo pueda tomaré esa ruta para verla y no olvidarla. No la molestaré, no seré capcioso; pero a la hora sucesiva de las albas que yo pueda subiré y en esa dirección algo muy férreo de mí tendrá un sentido Águila / Banco / Mundo: todo tendrá un sentido Dicha y árbol / Cena y niño.

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EMILIO GARCÍA MONTIEL (1962)

Los golpes Hace ya mucho tiempo —ahora es muy difícil precisarlo— yo descubría el mundo bajo el mismo cristal usado y transparente con que se ve a la gloria. Nada pretendía y nada sucedió que no estuviera definido entre el bien o el mal. Yo imitaba a los héroes con la vieja confianza que da la mansedumbre, con su oscura prudencia. No conocía aún la insensatez de las muchachas: Si alguna noche imaginé o entendí algo, fue apenas un rubor. Yo tenía un pupitre, una voz agradable, una ciudad dispuesta. Los maestros tocaban mis espaldas y decían: muy bien. Todo era hermoso: desde el primer ministro hasta la muerte de mi padre. Y perfecto, como debían ser los hombres y la Patria. Pero eso fue hace tiempo —hace ya mucho tiempo— y ahora me es difícil precisarlo.

Duda Yo pudiera caer en las plazas enormes, tumultuosas tropezar con mis piernas entre la humareda de los kioskos o la boca asombrada de los niños. Alguien se apartaría pisaría mi rostro por descuido, por justo desprecio y tiraría de mí porque alguna vez me amó verdaderamente y yo, como una huella más sobre los adoquines no intentaría nada. En verdad, sólo sería el miedo de estar muerto creer que todo va bien y ¡chas! vaho en esa misma boca de los niños o quién sabe si en la mismísima boca de los ángeles y entonces mi terror no me dejaría mover. Si fuera una mañana de domingo la gente reiría con toda su salud y si ocurriera en tiempos importantes habría un castigo sumarísimo sin otra explicación. Pero como nadie juzga a nadie por sus mismas palabras yo dudo y puede que hasta sea un hombre bueno.

La Habana

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SIGFREDO ARIEL (1962)

Jealousy Pensar que de aquel joven amante extranjero que tuviste un año o dos y que sonríe en la foto con sus dientes perfectos apenas queda este pulóver gris bastante usado que a la hora de dormir me pongo a veces.

Dominio Público Príncipe era yo y era mi amigo de los veinte años. Nos tuvimos debajo de la lluvia de aerolitos que sucede una vez en cada eternidad. No lo supimos nunca era una noche simple. Sal y agua. Hubo personas que recibieron un disparo en la cabeza nosotros no. Nos convertimos a varias religiones con el tiempo. Salíamos con muchachas cada cual por su lado y nos emborrachábamos. Perdimos y recuperamos amigos y breves propiedades con el tiempo.

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Sal y agua. No sé cómo pudo suceder aún no comprendo / mas si un pagano viejo y anticuado llamado Aristóteles puede ayudarme a hacerlo se lo agradeceré con toda humildad.

Villa Clara


En Apanás (Hospital de guerra en Nicaragua, 1988) Pasas como un rubio saludando como Clavin Coolidge / todos son más jóvenes que tú algunos duermen encogidos acabados de salir de la hora del parto o esquivando todavía las ráfagas que debiste enfrentar al menos una vez y algunos te echan los brazos al cuello se incorporan con trabajo de las camas como pueden por ti / un niño no sonríe por qué va a sonreír le hablas de otro mundo como un americano, profetizas cosas del otro mundo / por qué te va a escuchar. Luego un beso en la mejilla y después arroparlo mecánicamente bajo una frazada en medio de un verano selvático y el tejado de zinc como si no pudieras hacer algo major / pero qué.

CARLOS AUGUSTO ALFONSO (1963)

Hombre muerto caminando En la Ciudad de Denver, Colorado, antes de la ejecución, a la salida del reo, durante el trayecto por los doce pasillos que lo separan de la cámara acústica que lo destruirá con oratorios, éste va precedido de un alguacil cultor, hombre de unos quince centímetros, que grita en gigaherzios un pregón rutilante. Hombre muerto caminando, hombre muerto caminando. En Ciudad de La Habana, en Santo Suárez, la tarde que me echaste, en el tramo de Santa Emilia hasta mi casa, voy precedido de Valiente, hombre jurisconsulto, muy entendido en tangos que por ahora estira bastidores. Él calla su pregón y yo lo siento.

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Períodos E cuando siento a mi padre haciendo sus [mejunjes de agua y azúcar me niego a dar crédito al oído pospongo mi confianza en el porvenir presente en la neoplasia desperdigada doy rasgos de equilibrio cuanto más antes de recurrir al antes —y aun después— vuelve la cucharilla a acertar el vaso

La Habana


Siempre estoy aunque me quiebre el pescuezo cuando pase el impala voy a seguir siendo su enemigo aunque grite en inglés mamy rocanroll voy a seguir siendo su enemigo aunque espere el descongelamiento de disney y la levis strauss sea mi guananí en La Vigía voy a seguir siendo su enemigo aunque mire por el hueco de la penhouse o mueva alguna vez la antena hacia el trece voy a seguir siendo su enemigo el de la aereotransportada con malacrianzas en la boca si el complejo militar industrial me obsequia un presente (y espero que nadie me lo arrebate) voy a seguir siendo su enemigo si especulan con el trigo o intervienen en china (no interesa) si descabezan una empresa mixta y absorben la fábrica de mi ojo de repuesto voy a seguir siendo su enemigo voy a seguir siendo su enemigo aunque me enternezca la calcomanía y me quiebre el pescuezo cuando vea el último impala.

ODETTE ALONSO (1964)

Tercer piso Lloro porque no encuentro la puerta de mi casa Alrededor hay una fiesta, hombres encapuchados mujeres harapientas música enrarecida. Soy un niño llorando en la escalera una pareja ríe y yo digo señor tengo hambre ¿y mi mamá? En algún sitio mi madre está llorando tengo un extraño miedo de que nada me salve ni siquiera mi madre que ahora veo más lejos todavía llorando (quizás ella tampoco encuentra lo que busca). Hay un gato que corre tras mi zapato verde buscamos puerta a puerta y en cada una un niño tiene mi misma cara sentados al umbral de casas que no existen que nunca fueron de ellos casas prestadas donde los desalojan para hacer esta fiesta de falsos disfrazados y trajes polvorientos. Otros serán los dueños y qué haremos tan solos donde nadie vendrá a tomarnos de la mano y a decir hijo mío la sopa está servida

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Santiago de Cuba


Bailarina Una mujer espera en el andén y asomada al huevo breve de su impronta la sorprende un quejido de escorpiones que quiebra desde el sol su cápsula rojiza. Quizás entonces no pensara en la estampida y fuera un simple juego comenzar pero hoy el sol es una moraleja una nostalgia oculta entre los hombros. Con su abolida oscuridad de cobres escucha pasos ascendiendo la escalera o algún ruido inusual inesperado. Una mujer de lejos le convence desdice sus arranques y sus dudas con tal de que alguien quiera responderle de que alguien quiera amar de que alguien pueda. Otra mujer recoge caracoles insuficientes como cuello de botella y cuelga en su cadena una angustia amarilla. Disfraza cuanto puede su estirpe de ermitaño pidiendo a gritos una desbandada y el corazón se vuelve un rótulo impreciso que dice ya no puedo.

Intactos Al final del viaje estamos tú y yo intactos. Silvio Rodríguez Alguien canta a mi lado esa tonada cáustica cava la melodía un laberinto de humo. Lo que un día cuidamos ya no existe otro color tiene la tarde en la ventana otro aire de tibieza parecida. Hay cuatro piedras debajo de la lengua la palabra se agota no dice lo que dice. Al final de este viaje las tablas no se salvan del naufragio ni estamos tú y yo intactos.

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OMAR PÉREZ (1964)

Sangre de alumnos Todos necesitamos de un padre, aunque sea uno macilento; en el momento en que la fusilería pasa a ser la estrella de una función interminable, el joven pide a su creador una palabra que lo ayude a no traspasar cegado por el humo el acre que lo separa del carnicero. Al niño después de mostrarle el uso de las manos se le enseña que nada puede serle más dañino que la cercanía de un maestro preciosista; somos alumnos que no podemos diferenciar un latido del otro, sólo conocemos el peso de la distancia pura que se afianza entre cada una de las pulsaciones. El progenitor es simplemente una bendición soplada hasta el seguro del arma, nada como eso puede conservarnos el escaso centímetro cuadrado de piel de arcángel en el torso, todos necesitamos de un padre aunque su brazo se agote en el cabo de un hacha.

Es tan difícil anochecer

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En un asta cargada de alambre o de laureles, en un asta que se inclina sólo en la vejez; en un barril de peces vivos, pero muy lejos de las rocas, son rocas que estallaron en la infancia de todo. En el asta y en las rocas del alma de una loba que ya odia la nieve porque tupe las huellas del regreso es difícil anochecer para uno que conozca el lugar de sus heridas tanto como el carpintero acierta al sitio de las herramientas.

La Habana


Este ciudadano no inventó la demagogia Olvidado por todos menos por su gorra este negro va a ejercer presión sobre los arcángeles; él restriega su bigote de tomar contra el viento no tan lejos del piso manchado de cerveza. Esto es la felicidad esto no es la felicidad él no va a discutir nada con nosotros los sobrevoladores de cualquier sutileza sólo nos entrega algo, cuidado, es una papa muy caliente.


NELSON SIMÓN (1965)

Peceras de cristal Al alcance de mi mano, como una alucinación o las imágenes de un sueño que, tentador, invade mi [realidad, están esos muchachos: gladiadores curtidos por el sol bochornoso de la isla. Sus cuerpos son diamantes sobre el parque. Llevan gastadas camisetas y mínimos pantalones que dejan entrever el mármol sudoroso de los muslos, el empuje del sexo, las jugosas tetillas: encendidos hibiscos que se abren a mi lujuria. Como si en ellos apagase las miserias de la vieja ciudad, el verano parece alimentarles. Yo los espío. Mi ventana me une y separa de su mundo. Es la barricada donde, con el líquido asombro de un pez, contemplo cada uno de sus gestos; provocadores como gallos de lidia se saludan: el cuello que se hincha... el bronce enfebrecido de los brazos... las navajas del pelo afilándose en el aire... Les empuja lo oscuro, su apetito de carne, el gusto por sí mismos, el perro que, en su interior, intentan ahogar y que ciego se arrastra hacia la luz mortal de lo perfecto, hacia ocultos espejos donde sus dedos tiemblan, bordean los abismos, huyen de la ternura, aprenden a desearse.

Pinar del Río

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Al alcance de mi mano están esos muchachos. Sus nombres ruedan por mi boca, son dulces villancicos de una secreta Navidad. Duermo a orillas de sus sombras como un nazi. Mis manos se aferran a una invisible alambrada, y sueño apretar sus cráneos —tiernas frutillas entre mis dedos—. Soy el amigo perfecto y el perfecto enemigo. ¡Con qué solapado placer rodaría sobre ellos, sería la luna que aparta los oscuros espinos del sendero y los interna, cada vez más, en las prohibidas nocturnidades, en el gozo sin fin de una vida! Al alcance de mi mano están esos muchachos. Una comprada caricia, el roce de sus pechos lustrados por el sudor bastaría para calmar la ansiedad que me produce la belleza. Pero ellos apenas se dan cuenta de que existo. Son dueños de la insolencia y crueldad que hace hermosos a los ángeles. Poseen la perfección y el brillo que yo, como la piedra luminosa que el tiempo pule y gasta, ya estoy perdiendo.

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Yo vi surgiendo el circo de la nada (fragmentos)

Las ciudades se hundían en las turbias aguas del circo. En el rock que nos daban para olvidar y en los retratos que apenas convencían. El circo era pequeño como cualquier fantasma, pero se fue extendiendo día a día, llenando los espacios más tibios con su cuerpo viscoso. Era un circo que apenas se alumbraba con luz propia, casi al alcance de la mano, casi inevitable, casi tambaleándose como si fuera a caerse muerto. (…) Lo entregábamos todo, hasta el nombre o el sexo, hasta la libertad y el rostro del amigo. Todo por un boleto para ver la función y aplaudir por dos horas nuestra muerte, el cuerpo que nervioso cantaba como la peor cantante de ópera. De mano en mano pasaban las preguntas mientras de mano en mano volaban las pelotas de los malabaristas y se iba la vida con la lengua cortada para siempre. Preguntas sin respuestas, acostumbradas a pasear sobre la cuerda floja, ante los ojos incrédulos de todos los que habíamos asistido al terrible espectáculo. Yo vi surgiendo al circo de la nada, y vi llegar las lentas caravanas de colores bien fuertes y brillantes anunciando una nueva función, un tiempo de carpas y candilejas que nada iluminaban, y corrí como todos detrás de las carretas, y reí como todos, y aplaudí y soñé y morí mi mitad como todos, y todo quedó escrito tras los inocentes ojos de mi poco de muerte.


El peso de la isla Y ahora que soporto el peso de la isla, que cargo con mi país como quien carga una pesada cruz o el más necesario de los equipajes, no sé hacia dónde voy, no sé lo que me aguarda si logro amanecer y tocar otro día, otro peligro de humo en la garganta haciéndome toser para intentar ser puro en la espesura de un café demasiado mezclado que puede no esperarme, en un amor de bestia que se escapa al verse acorralada, de animal manchado que inevitablemente se remonta hacia su propia trampa. La vida no es un sueño. Es más la pesadilla de ir haciendo los días poco a poco, de irlos amontonando, lanzándolos como inútiles piedras hacia el fondo abismal de un viejo pozo al que tenemos miedo de mirar, miedo de ir a asomarnos y no encontrar lo que esperamos, lo que quisimos ser y no pudimos porque la vida no es un sueño, es más la pesadilla que nos van regalando, es una casa mínima, impersonal, una casa sin flores, ni árboles frondosos que protejan, un número en el lugar del rostro para ocultar la huella de los pájaros, la sombra que sus patas dejaron

marcadas en mis ojos dulces y venenosos como almendras. Mis ojos de muchacha que intenta pestañear y ser la eternidad, verse entre blancos vuelos [de domingo caminando por una ciudad de casas nobles, de aceras desprovistas de ese aire de muerte que anda por mis aceras. A nadie, más que a nosotros mismos, debemos estos gestos tan débiles, la gracia de la voz y el abanico, el toque de la luna sobre el pubis, estos cuellos de cisnes tan frágiles y hermosos. A nadie debemos el terror de esa vida sobre una cuerda floja, ni el traspié, ni la familia dispersa que solo fue feliz en un retrato, ni las cabezas rodando ensangrentadas como rueda la res en la innombrable claridad de los mataderos. A nadie más que a nosotros mismos, esta nerviosa risa de bufones, esta inmensa ceguera, este hueco del pan encima de las mesas, esta necesidad de ser como no somos. Y ahora que llevo mi país como quien lleva una corona de espinas hiriéndome la frente, es mi país el sitio más querido, también el más odiado, es el ruedo de muerte, es la desesperanza, otro golpe de mar, su inminente presencia

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en el dolido pecho de aquellos que como pájaros tropicales se alejan de sus costas en busca de otras costas más íntimas, en busca de otra luz más verdadera que esta pesada luz que ahora tiene mi isla. ¿Acaso es mi país un puñado de tierra desolada, una tristeza de ojos pequeñitos, silenciosa como la de los rinocerontes que nos miran desde su lástima de húmedo animal, desde su libertad de bestia de feria acorralada? Y ahora que guardo mi país, sus dudas, sus mentiras tremendas, sus cielos desplomados, el ácido y podrido olor de ese misterio que brota de sus casas; mis amigos perdidos, convertidos en sombras lejos ya de la complicidad de mis hogueras, ¿quién recoge mis pasos, la vida que he perdido, la vida que quemé con la inseguridad y la nostalgia de quien quema las secas hojas de un herbario?

DAMARIS CALDERÓN (1967)

El muerto ilustre Por el barranco en el que me precipité, nadie contempla mi belleza: las deformaciones craneanas que me hicieron mis padres desde la cuna (con amor). Almohadillas y tablillas en el hueso frontal y occipital me distinguieron de mi tribu. El amarillo y el rojo simbolizaban mi nobleza (y no alcancé a cruzar la Cordillera). Cráneo que burló a Lombroso siglos después, regresaré por mi carjac y por mi flecha, regresaré a venerar al Sol desde las altas cumbres, y al cóndor, de pigmentos rojos. Astuto, me las arreglaré para terminar lo inacabado. (Las deformaciones craneanas no disminuyen la inteligencia del difunto).

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La Habana


La dignidad de los oficios (fragmento final) Envenenarse con los mares del Sur. Y ser un extranjero que no busca otra cosa sino un lugar donde poner los pies. Pero cuando se ponen los pies desaparecen los caminos. El tiempo escribe en ti sus pequeños apuntes. Cuando la explanada se cierra vacía sin excremento de caballo sin yerba para enmudecer ni relincho humano nadie podrá indicarte el camino de regreso a casa. —¿Decías? Yo me saqué a mi país de una costilla y desde entonces ando con las manos vacías.

Esta será la única mentira en la que siempre creeremos a fuerza de admitirla tantas veces. Hoy alguien intentará leer el ojo de un vecino con el fin de saber si la tristeza (esa muchacha indócil que va escupiendo amor) es una amiga sádica de siempre o un pez muerto nadando en la garganta. Sería difícil disfrazar la felicidad (a ella siempre le quedaría corrido el maquillaje). Pero de todos modos tendrás que perdonarme que no te ladre amor junto al oído. Podrían despertarse muchos muertos que están bajo nosotros. Es una historia triste jugar a ser perfectos.

Con la próxima helada. Cuando los pájaros emigren. Tal vez el año próximo.            Una ventana.             Recostar la cabeza en ella como si ese verdor fuera posible.

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MANUEL SOSA (1967)

La absolución Han de tener razón para vedarme el paso cuando ante el vestíbulo me descubro y el fósforo restalla deslumbrante. Mi fisonomía desmiente lo que anunciaban las cartas de relación, las tablillas limpias de hiedra. No es éste el sitio, y se apresuran a desplazarme hacia la verja con una expresión de asco. No es ésta la compuerta destinada a mi conversión, por ser ya tarde y no haberlo previsto. Han de saber que una silueta no suplanta al cuerpo y que todo resplandor nace de una llama tan pobre. Y pudiera ser lo más justo. El humo sube incesante. Unos dados prefiguraron este mutismo que es percibir el gozo, sin poder paladearle jamás. En el fondo no esperaba otra sentencia: los dados rodaron por el mármol y vi a cada augur mesarse los cabellos al reconocer la costra que me retendría. Han de estar en lo cierto, pues se aferran al picaporte y trazan su línea con firmeza. Yo debí faltar a un juramento. Yo tuve que defraudar a alguien cuya altivez es inconmensurable. Tiene que ser el reflejo de una justicia que no conozco para que así me aparten y borren mi nombre sin darme una razón, sin regalarme un manto para el camino.

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Sancti Spiritus


Suspensión de la incredulidad, sin el poema Falta el milagro de reconocer las pocas ofrendas que dispersaron ante los altares vacíos, y animarlas en otra ofrenda posterior, sin palabras, más allá del asedio: la sumisión innata de quien versificaba, apartado   y tejiendo su propia fábula, buscando similitudes entre abismos y enigmas, hombres guiados por mano insegura que podía borrarles o tejerles el mismo tapiz; el ingenio de quien seguía limando la fuerza del tribuno sin corregir la agudeza de sus dardos; la delicadeza del enunciador, sus devociones repartidas como lenguas sedientas; la exactitud   del dibujante que ansiaba retratar el basilisco, sin salir del sueño ni apartarse de su radio insólito; la exasperación del invitado tratando de zafarse del último estertor, una historia de barcos y círculos que se repetían en cada horizonte, y la música vibrando en las ventanas impacientes; la embriaguez del padre poseído, clamando por su hija muerta que ya no le dejaba retocar el retrato, su sombra latiendo a la luz de la lámpara, el país a oscuras; el desaliento del celador que adivinara el camino donde nadie habría de renacer: la torre nocturna, asustándole y robando sentido al oficio más despreciable, el suyo; la perplejidad del artífice, mudándose a un estado más tentador, donde sus provocaciones agitasen el agua sucia (la escritura, la liturgia) y le diesen razón de acumular obras y rédito; la vanidad del guía, que ausculta con su vara la miseria de servirse de los caminos y buscar amparo en las ciudades, confirmando así su naturaleza solícita, sirviendo al viajero que es lector y mendigo a la vez; el azoro de los copistas, que no se resisten al martirio de su propia especie y fatigan los manuales herméticos; las obsesiones del ciego; el apetito del enfermo; la altivez de quienes cierran los portones y condenan las ventanas; la ingenuidad de admitir que se fabula para armar alianzas… Nunca el freno, nunca el coraje de detener el reloj con un gesto inesperado; nunca la renuncia ante los altares y la quema de los bocetos para defraudar a Dios; nunca el impulso contrario ni la vejación de la realidad simulando un estado de estupor, fingiendo degustar el treno, socavando su armazón antes de que nazca e invada las galerías impacientes; nunca la verdadera cesación del fluir y la conjuración del milagro que pudiera ser el poema,   sin rebajarse a escribirlo.

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Arte obediente Enumerando derrotas: así también confirmamos que alguna espontaneidad sobrevive fuera de las murallas, donde todo es rastro de tiza y de sangre, y alaridos. Un evasor más, como nosotros, entra y sale abrazando pliegos olorosos, su tinta tan fresca que mancha la piel; pasa sin reconocernos y se pierde en la planicie, sin mirar atrás. Ha dejado esa fragancia, señal de que sabe desmarcarse y aquietarse a la vez. Un evasor más, a quien dejan regresar porque sabe guardar silencio y recoger la ceniza. Leemos sus derrotas en un registro que permanece intacto, el novicio que sigue escribiendo como novicio, el tiempo detenido en el mismo libro que insiste en ofrecer. Yo intuyo otra derrota más, dejada afuera por desconocimiento: haber callado obstinadamente para no contaminar su arte hecho de palabras ambiguas, y no saber qué hacer con tanta mudez y tanto ingenio cifrados por la obediencia.

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NORGE ESPINOSA (1971)

Vestido de novia

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman, contra el niño que escribe nombre de niña en su almohada, ni contra el muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero. Federico García Lorca Con qué espejos con qué ojos va a mirarse este muchacho de manos azules. Con qué sombrilla va a atreverse a cruzar el aguacero y la senda del barco hacia la luna. Cómo va a poder Cómo va a poder así vestido de novia si vacío de senos está su corazón si no tiene las uñas pintadas si tiene sólo un abanico de libélulas. Cómo va a poder abrir la puerta sin afectación para saludar a la amiga que le esperó bajo el almendro sin saber que el almendro raptó a su amiga le dejó solo. Ay adónde va a ir así este muchacho que se sienta a llorar entre las niñas que se confunde adónde podrá ir así tan rubio y azul tan pálido a contar los pájaros a pedir citas en teléfonos descompuestos si tiene sólo una mitad de sí la otra mitad pertenece a la madre. De quién a quién habrá robado ese gesto esa veleidad esos párpados amarillos esa voz que alguna vez fue de las sirenas. Quién le va a apagar la luz bajo la cama y le pintará los senos con que sueña quién le pintará las alas a este mal ángel hecho para las burlas si a sus alas las condenó el viento y gimen quién le va a desvestir sobre qué hierba o pañuelo para abofetearle el vientre para escupirle las piernas a este muchacho de cabello crecido así vestido de novia. Con qué espejos con qué ojos va a retocarse las pupilas este muchacho que alguna vez quiso llamarse Alicia que se justifica y echa la culpa a las estrellas. Con qué estrellas con qué astros podrá mañana adornarse los muslos

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Villa Clara


con qué alfileres se los va a sostener con qué pluma va a escribir su confesión ay este muchacho vestido de novia en la oscuridad es amargo y no quiere salir no se atreve no sabe a cuál de sus musgos escapó la confianza no sabe quién le acariciará desde algún otro parque quién le va a dar un nombre con el que pueda venir y acallar a las palomas matarlas así que paguen sus insultos. Con qué espejos con qué ojos va a poder asustarse de sí mismo este muchacho que no ha querido aprender ni un sólo silbido para las estudiantes las estudiantes que ríen él no puede matarlas así vestido de novia amordazado por los grillos siempre del otro lado del puente siempre del otro lado del aguacero siempre en un teléfono equivocado no sabe el número tampoco él lo sabe. Está perdido en un encaje y no tiene tijeras así vestido de novia como en un pacto hacia el amanecer. Con qué espejos con qué ojos.

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Poema de situación Yo no necesito la muerte de los mártires. No necesito de sus rostros en la ira de la muchedumbre, no preciso sus voces que golpean en la pancarta, en los muros, en las redes, en las piezas de domingo. No me hacen falta sus nombres, la sangre en que crecieron. Sus ojos, sus gritos, no son angustias para mí, no son las furias que hierven en las manos de los otros. Me vale más saber que ellos rieron como yo, que de mi edad sufrieron como yo ahora sufro: Desnudo, Gris, Bebido e Insolente. me vale más saber que somos gemelos de un tiempo donde quizás sus mujeres lleguen a ser las mías y podamos confundirnos en lo febril de las puertas. Me vale más tenerlos como aporte de mis días, como el almuerzo elemental gracias al que vivo, y no en lo solemne, no en lo ya perdido, donde ahora se pasean en un círculo de sombras apuntalando con sus muertes la historia de un país. Yo no necesito la gloria de estos mártires. Poesía ¿Quién ha encerrado en tan breve modo los oros del mundo? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo?

JOSÉ RAMÓN SÁNCHEZ (1972)

Un Caballo de Troya en el Caribe Lucha tu guerra tú mismo:                   el aliado de ahora                    se volverá enseguida                    tu peor enemigo. (Dice Stephen Crane                    que los mambises estaban                    agradecidos de los gringos:                    gente que monta buenos caballos                    y sabe despreciar a los negros.) Los ingenuos mambises no pudieron controlar                    la ayuda que recibían,                    y los ayudantes se volvieron                    más protagonistas que ellos mismos. Guantánamo era especial por sus condiciones,                    pero si no era Guantánamo                    se iban a coger cualquier cosa. Guantánamo es la prenda de nuestro compromiso,                    el precio por mantener a los españoles                    alejados para siempre. Fin del turismo azucarero en el Caribe. Vayan a buscar mulatas en Marruecos. Dense una vuelta después, cuando tengan                    el látigo largo del euro                    que nos hace felices. Sorprendido una vez, sorprendido dos veces. Los heroicos mambises solo podían luchar                    contra un enemigo evidente:                    después de todo no es fácil resistirse a un caballo tan bonito.

Guantánamo

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A veces por la noche recibíamos noticias de La Base: un chorro de luz blanca entre las copas de los flamboyanes un pequeño espectáculo en la fila del comedor una distracción en medio de la desgracia. Tal vez la luz era nuestra pero al infeliz le divierte el peligro de las luces ajenas. Las propias y las ajenas se confundían y todas nos escrutaban sin compasión. Entre chorro y chorro de luz blanca sobrevivimos como una distracción.

¿Qué celebran, su pobreza o su idiotez? Los vecinos han vuelto a expresar su alegría con música que le parte los oídos a cualquiera. (Menos a ellos que tienen los oídos de corcho.) Una música tan alta, que a cien metros del foco que la emite no puede conversarse y estremece la atmósfera con latidos que parecen bombazos de Al Qaeda. Bombazos de música imposible que el enfermo, el anciano y el niño tienen que tragarse como se traga el condenado a muerte las descargas [eléctricas. Un amasijo ramplón de idioteces que confunde el reguetón con la salsa y la salsa con la canción de amor de los latinos. Y al que protesta o llama a la policía (que suele no hacer nada) lo tratan de chivato y lo amenazan. Tampoco les importa lo que dijo el Presidente: “No vamos a permitir música alta ni [otras indisciplinas”. Pero eso es imposible: el cubano es alegre y su alegría es el escándalo. No por gusto la primera preocupación de los misioneros es comprarse un DVD y un equipo de torturas musicales.

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El ruido del infierno es el ruido que recorre el país todas las jornadas.


LUIS YUSSEFF (1975)

Cuando dijo que no le dolía yo supe que estaba agotándose en su propio dolor que en algo asemejaba a la rosa aquella (reiterada por mí) advertida por mi amigo

Balada del pájaro que llora (Segundo fragmento) En estos cubículos de espera, el tiempo no vuelve, no se divide. Me descubro sobre la pista de ida / de vuelta, pensando en el tiempo que no se divide, que no vuelve, y los días que hasta entonces permanecían estáticos, comienzan a transcurrir como los hombres que se mueven en los puertos durante el desembarco.

como la rosa pero un poco más grave sin la excusa quizás de la poesía la rosa seca en el vaso de aguas verdes a los pies de la Virgen muda.

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Holguín


Las noches blancas Todos somos culpables de todo. F. Dostoievsky Hay poetas que duermen mal. Son los llamados poetas insomnes. En el mejor momento cuando logran conciliar con dificultad el sueño algo les habla al oído. Algo que no tiene rostro. Una boca que exhala nubes de éter. Una voz que elogia sus más hermosos versos. Y que —pasado un minuto del cumplido— se les encara. Y dicta sentencia.

OSCAR CRUZ (1979)

La derrota “Uno no se mata por el amor de una mujer”: escribió Césare Pavese en su diario, a manera de adiós, después de llamar a varias putas. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, te revela tu desnudez, tu miseria y tu nada. Horas después se suicidó, en la misma habitación donde lloraba. es esto lo que importa tal vez:                                             ni el mundo,                                              ni las putas,                                              lo recuerdan.

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Santiago de Cuba


Carpintería en blanco

Zoo intensivo

fijé el taladro al corazón de la madera y comencé a horadar. olores de noche, de tierra seca llegaban hasta mí. la paz siniestra del mundo se adentraba en el lugar como una marea que empezaba a ser su procedencia, y mi envoltura. ella se inclinó para mirarme. miraba y yo la miraba. se acercó y le dije: me gustaría chupar esas tetas. se fue. no había funcionado. qué cosa más terrible: pensé. parece que en el fondo, era buena.

la cría de patos en mi país no está prohibida. cifras oficiales anuncian la crecida de esta especie a más de un millón. los patos son animales domésticos, alegres y leales. se sientan en el césped junto a ti picoteando la hierba. a mi abuelo no le agradan. dice que sólo saben torcer el cuello y soltar horribles cuacuás. después de comer, dejan una línea de mierda en el jardín. ciertamente dan mucho trabajo, pero también resultan animados. nunca compartí la angustia de mi abuelo con los patos. lo que pasa con ellos es que nunca perduran, es decir, no importa la crianza. ellos vuelven a su estado y dejan a la gente que los crió, es una verdad que empaña la experiencia que uno ha tenido con ellos. pero como he dicho son alegres y leales, sólo que llega el momento en que vuelven a su estado, se suben al soporte más alto del jardín y sin mirar la cara de mi abuelo, comienzan tranquilos a cagarse.

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JAMILA MEDINA (1981)

Disidencia Si pudiéramos tener otra muerte desmarcarnos escoger otro modo de llegar ya nos han dicho que cada cual es el resultado pero haber podido tener otros padres otra tierra en circunstancia otra podrida mueca al levantarnos ya escuchamos lo que cada cual es pero al menos querríamos maldecir a los que fueron a los que remojaron cada hostia que se llevó a la boca nuestra abuela cuando rompa la luz no vayas a perder esa única [puerta de voltear tu blasfemia hacia la llaga injuriar tus raíces los marbetes en la piel la sangre de los muertos que te tocara en suerte.

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Holguín

Cuentas de la mañana Como esas frágiles muñecas italianas que se desangran al cortarles la cabeza. R. M. R. Las cabezas flotan en el agua podrida dan vueltas con las pestañas tiesas como lanzas con el iris redondo y la boca entorchada si hay algo odiado desde nunca es la palabra vampiresa muñecas de burdel sí fueron Pavese las contaba cada día como a un arria de tercos como a un collar de perlas. Esta mañana ha sido otro el tenedor de libros las muchachas cruzaban la última línea del frente con la misma velocidad del amor en los cuartuchos: ¡Deprisa, aprisa, prisa...! y caían las cabezas sin haberles dado tiempo a los asombros... por eso casi todas sonreían cuando llegaron al agua una [tenía hasta los ojos cerrados con laxitud de dicha con dulzura de diosa Las bocas se han fruncido al tocarles la sangre las comisuras al besar su propia muerte un mohín de angustia de disgusto de no querer degustar el agua en podredumbre les retuerce el carmín y los dientes rechinan para impedir el paso de las aguas de la nata en que giran movidas por la tabla de la no-salvación: cuchara de madera que avizora la densidad del caldo en que son acecinadas. Los ojos de la santa se han abierto entre el rímel y el insomnio las pestañas parecen baterías de lanceros mudas manzanas pupilas en invierno.


Pavese se desnuda mirando hacia la bañera entra en el agua hiende las manos hasta las muñecas un polvillo de óxido pudiera ser el signo que no sabrá [leer cerca de las palmas le verdea el suicidio pide ponche una copera negra que parece haber estado desde el tiempo del mundo aguardando su orden trae la fuente y la copa bañera humeante mujer sepia inclinada la sangre humosa impide ver los dientes de la [doméstica ya más siempre serviles ya más nunca una cuenta de coral rojo lo sorprende desde el fondo del cristal de cuarzo nadie lo alerta no le dejan tiempo para reconocer la lanzadera que le abrasa el cuello que teje una lazada de hierro putrefacto agujerea la carne cesárea como un collar de espinas... Por eso se lo encuentran tendido en la bañera como un bendito como un salmo: la cabeza elegante por encima de la nata la boca sonriendo furiosamente dulce la muerte de su muerte no besada.

Los Inv/fiernos posibles En un hibernadero duermen las posibles ventanas y balcones miran a un claustro verde dentro de un edificio también verde donde perdí una cinta hace 25 años. Salomé me han llamado, y Salma me han llamado, y Najla, Nadia me han llamado, me han llamado Roxana Wanda Zoe, Magidée Raymond Rimbo Sylvia Djuna Naghá, María Luisa Alejandra Teresa Willms del Montt, Julia o Julián, Rosalia (una rusalka balanceándose en columpios de lianas, peligrosa en las aguas, de las semanas de Pentecostés). Frondosos, sonrosados, nombres turgentes como espigas, con la pereza del cerezo, la explosión resinosa del azar. Ofelia, Rubén, Hamlet; Maryla, Marina y Anaïs: nombres esmaltados en las embocaduras, tocados con engastes de azurita y cinabrio, me llamé. Casi nunca desposada, tal vez, menos veces hombre que mujer, en los yermos del Valle de los Artesanos, cerca del Valle de las Reinas, y los Reyes: una delineante del Señor del Lugar de la Verdad, despierta entre edificios blanquecinos. En Medina del Campo y en Campo de Montiel, en Medina de Pomar, Medina-Sidonia, Medina de la flor del azahar. Por alambiques-páramos, fue traído el aceite del orujo de Al Mansur a la almazara, limando en seco, desollando los encajes. No era aromático. Pero llegan a saber bastante bien, antes de mezclarse con el aceite virgen, los despojos de aceitunas malolientes, hábilmente triturados los residuos / de sus huesos y su piel. Soy esta puerta. Septiembre por la tarde, hora de uvas y de olivos.

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YUNIER H. PALAO (1981) Agotado del recuerdo y de mirar pongo la vista en el césped verde donde unos gorriones comen migajas de pan que unos niños les echan. Un perro vela a los pájaros —también desde el césped—. El perro salta y captura a una de las aves. Vuelvo a ver sangre. De la boca del perro salen plumas que flotan muy levemente, cayendo al césped verde y alegre.

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Holguín

Galerías Regreso solo y con frío a mi cuarto, al hueco. Las profundidades sirven para disimular. Desde hace algunos años han comenzado a socavar los pisos de las casas, el pavimento de las calles, el corazón de las ciudades. Desde mi cuerpo, desde el hueco, describo el pánico colectivo.


Visita Ayer me vino a visitar un muchacho casi loco, de rostro bello, pero casi loco. Lo vi aparecer en el umbral de la puerta, me impresionó, nunca pensé que de hablar unas palabras, las de siempre, vendría. Me sentí contento de que alguien por fin me encontrara, alguien de ropas raídas, mirada turbia y andar sin orden. Por lo general nunca soy demasiado exigente, con que posean un poco de bondad en la sonrisa y una nariz o manos grandes, ya. Pero ese muchacho que estuvo frente a mí lo único que tenía era la bondad. Pensé desordenadamente. Pasar una noche con él o pedirle disculpas, estuve casi una hora en esa indecisión. Pensé en el bien que podría hacerme. Supe entonces que acepto variaciones, cambios en mi forma de pensar y hasta de entender mi existencia. Yo hubiera querido fundirme en un cauce vertical, como cuando las parejas se abrazan en el mar y de lejos parecen postes, mástiles enterrados en la costa. Yo hubiera querido viajar el país junto a él, esperar a que la luna nos alumbrara y nos diera ese tono dorado en el rostro —penumbra, miedo—. Pero aquella tarde tenía algo de inquietud, algo corruptivo avanzaba. Frente a mí, ese joven de piel trigueña a fuerza de tanto sol. Frente a mí, ese inocente, distraído muchacho, mirando con una bondad casi semejante a la de los perros. Me conmoví, me sentí afligido al verlo, y pensé en lo mucho que había deseado que alguien conversara conmigo. Le eché el brazo por encima de los hombros, caminé el pueblecito, inmerso en el hecho de vivir, esos instantes construidos como piezas prefabricadas. Y es que siempre nos inventamos, siempre estamos casi al escombro, al desuso. Ahora duerme en una frazada tirada en el piso. Yo cruzo las piernas y miro cómo un montón de hormigas arrastra a una mariposa muerta.

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LEGNA RODRÍGUEZ (1984)

Los caminos

Tregua fecunda

Morí de muerte y nací de vida y respiré los algodoncillos más invisibles del aire tanto que padecí trastornos respiratorios pero lo que más me costó trabajo fue caminar por ti querida cuerda que estabas floja.

Sobre el ataúd de mi grandfather hay flores nacionales ese hombre luchó en una guerra hace más de sesenta años una guerra por la libertad liberarse de lo que lo ata es la lucha común. Sabía leer y escribir con cierta facilidad pero no mejor que yo fue una lástima que quien practica la autopsia le dejara el marcapasos en el fondo de su pecho ahora bajo las flores hay un marcapasos vigilándome ¿Qué esperaba mi grandfather de mí? ¿Que sembrara una flor nacional en el fondo de mi corazón mangrino? Que en paz descanses, grandfather ya escribí cosas, grandfather y esa es la mejor revolución que haré.

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Camagüey


55 era berano quiero decir berano con b de burra beoda buena y bonita pero el berano pasó dándole paso al otoño y el otoño fue exquisito y el invierno fue exquisito y los fósforos se fueron volando en un aerostático por seguir las instrucciones al pie del número en vez de la letra yo coloqué mis fósforos en un lugar fresco y seco yo los manipulé con manos frescas y secas yo fui encendiendo los fósforos en un sentido contrario y mi cuerpo fue exquisito utilizar la ironía para construir poemas es más humano que los poemas era berano quiero decir berano con b de bádminton por más duro que sacudí al proyectil llamado volante o pluma el volante no llegó a la red no llegó al sector oponente amor de berano fósforo volante o pluma un deber social para el bien de todos amor de berano fósforo volante o pluma un deber social para mí

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MISCELÁNEA


Ex Atenea Diana Jaramillo

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H

ubo una vez en que yo tenía un solo miedo: que la muerte me arrebatara a Fidias. Para que ella no se lo llevara tenía la casa llena de distractores: helechos, rosas de castilla, pájaros enjaulados, perros falderos. Cualquier ser vivo que pudiera morir en lugar de nosotros dos, que pudiera distraer a la muerte, la única capaz de interrumpir nuestro amor. Desde mi punto de vista: la relación era indestructible. Imposible imaginar una separación por otra causa que no fuera por muerte natural. Nos habíamos casado hacía tanto tiempo. Él me había cincelado parte por parte: abdomen, pechos, cabello largo. Me había convencido de estudiar Filosofía, lo que él creyó sería benéfico para nuestra relación: sólo así tendríamos tardes de té dialogando sobre el devenir humano. Con tan sólo diecisiete años, nos habíamos jurado amor eterno. Él llevaba la parte cantante, yo no tenía voluntad más que de parecerme a su mujer ideal. Corregía mis sueños, mis ideas, mis proyectos. Le daba realce a mi belleza. A él le debía todo, yo era su obra: su Atenea. Pero un día llegó el momento en que creí que no sucedería: el inesperado, sorpresivo final. Enfurecí ante al cambio de planes. El coraje acumulado por siglos de infidelidad masculina, históricamente justificada, se amontonó en mi pensamiento. Creía vivir una película: todas estas escenas ya las había escuchado tantas veces de mis amigas. Una y otra vez se repetían: el susodicho las había engañado con otra-otras. En esas charlas de café frío, yo me jactaba de tener un hombre diferente, que nunca me abandonaría. Pero cayó en el cliché. Él, un escultor de carrera reconocida, mi Fidias, se había ido con dos muy largas piernas de pelo oxigenado. Dos mil quinientos años de ciencia occidental para lograr el perfeccionamiento quirúrgico del cuerpo, ¡qué prodigio! Mi marido,

Fidias, el brillante escultor gestor cultural, humanista digno hijo de la escuela rogeriana. Su lema: “La exaltación del alma y la capacidad intelectual sensible por encima de las apariencias”, me había estado engañado con una Barbie. Esa tarde, Fidias, el amable hombre portavoz de la verdad y la fe en esta raza de Homo sapiens, crítico feroz del nihilismo y todos sus adeptos, se sinceró conmigo. Con esa mirada de cervatillo y su característica caballerosidad, me dijo que mis carnes estaban a punto de caducar, que mis arrugas ocultaban mi iris y que mi pelo era imposible de penetrar con sus dedos por miedo a perderlos en una espesura de púas. Por esa y varias razones de no mayor peso, se había enamorado de una hermosa Afrodita. Todo un cliché: una mujer de medidas perfectas y poca edad y poco que decir, hecha de bótox y silicona. Se habían conocido en un congreso de humanismo ególatra. Los habían presentado, bla, bla, bla. Mientras lo escuchaba me vinieron ganas de vomitar. Mi futuro, prácticamente, ahora era nulo. La muerte no me había arrebatado a Fidias, había sido otra mujer: una mortal. Mi pueril respuesta fue arrojarle las macetas que encontré, apretar contra su cara el canario, dar patadas a los perros. De nada había servido haber estado alerta a su respiración por las noches, de nada mi preocupación cada mañana en que él salía hacia su taller, para nada había valido mi absoluta devoción hacia sus pláticas sobre el inconsciente y el control de las necesidades humanas. De nada servía que él supiera que yo había sido hecha a imagen y semejanza de sus necesidades. Mi más grande error fue la inversión en un futuro común. Tras el abandono, me abandoné yo también. Dormí durante veinte días, veinte noches. No comí más que mi bilis revuelta con lágrimas. Desperté al día veintiuno aborreciendo al amor. Tomé un baño, me esmeré

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más que nunca en mi arreglo. Si al mundo únicamente le importaba la apariencia, si solamente las mujeres hermosas tenían derechos sobre la felicidad, trataría de competir medianamente con una apariencia agradable. Sabía que un nuevo mundo anodino y putrefacto esperaría por mí en el trajín de la ciudad. Salí a la calle donde el asfalto se levantaba cual negro fantasma rumbo al cielo, evaporándose al ritmo de una mezcla de canciones dulzonas más pegajosas que el vestido blanco que traía. Ese día, al igual que la veintena de días anteriores, todo me daba asco. Al dar presurosa la vuelta en la esquina, me encontré con un bar. Ante el sinsentido de mis pensamientos, decidí darles cauce con alcohol. Así, muy derechita, me introduje en el barcillo. —Dos licores de pasa, por favor —pedí con voz aniñada al tendero que me sirvió la bebida con una mirada de indiferencia. Me las tomé a la salud de mi nuevo y aceptado destino, y entonces noté que el bar estaba lleno de mujeres voluptuosas, exuberantes, todas, extremadamente perfectas, de narices puntiagudas y pechos igual en punta, de cabellos sedosos y largos envolviendo sus cinturas tan breves como mis manos. Quizás había desembarcado un camión de mises universo. Al lado de cada una había un Fidias estupefacto que no articulaba una sílaba completa sin tartamudear o sonrojarse. Todos con la bragueta a punto de descoserse por el pene que insistía en mostrarse en toda su erectitud. —¿Por qué diablos debemos ser seres humanos de razón? ¿A qué mentalidad fanática y aciaga se le puede ocurrir que el pensamiento sea más loable que el silicón? ¿En qué mente cabe siquiera la comparación de unos abundantes senos áureos con la razón y sus monstruos? —susurré con la copa al frente. Sólo el mesero me sonrió, seguramente porque me vio entrada en despecho y alcohol. Me senté en un banco libre de la esquina del bar en compañía de otros tres tragos que pasaron cual agua por mi garganta sin tocar el esófago. Comencé al fin a celebrar el encumbramiento del cuerpo. El cuerpo cósmico, sin atributos, sin órganos, el cuerpo exterior, el cuerpo plástico de carne, el cuerpo perfecto, el sueño

sincero y real de los hombres, de Fidias, el cuerpo que de haber sido factible hace dos mil años hubiera hecho innecesario el desarrollo del arte y de la filosofía. Como toda una post-humanista congruente debía reunirme ante el fuego de la ruina humana y celebrar de forma orgiástica y onánica el nacimiento de las súper modelos, de las mises universo, de las actrices culebronas, y de todos esos seres hipertélicos en que la feminidad era una pura energía, un puro devenir intenso. Bajo el clamor de la muerte y de la interpretación metafísica del ser humano, repetí las palabras del éxtasis tomista: “Ve y canta lengua las glorias del cuerpo misterioso”. Pensé que no debía culpar a las súper modelos de decir estupideces, su función era otra, eran, con toda seriedad: una nueva especie. No ya humanos, sino cuerpos, no vida, sino sexualidad, no interioridad (un mito que me costó caro) sino la más pura y afluente, generosa y extática exterioridad. El silicón es el triunfo, superación del mito de la subjetividad. —¡Quiero ser puro cuerpo! —grité. Seguí hablando conmigo misma: esta nueva raza tan adorada, surgida de las cenizas del holocausto metafísico, es encarnación de la proporción y la armonía, la suspensión palpable de la muerte. Después de esas horas de brindis y de infatuación, de esos cantos a los misterios del cuerpo y de esos himnos a la carne turgente, perdí la noción de lugar y tiempo. Fui encontrada en la esquina de mi casa, inconsciente y con sangre en las manos. Luego de indagar, la policía determinó que esa sangre era canina. Mi todavía esposo Fidias firmó una responsiva sobre mí, para evitar cualquier altercado de mi parte en contra de alguien más; también se hizo cargo de revivir al rosal de castilla. A los helechos que quedaron maltrechos en el departamento, envenenados con aguasal, los preparé para infusión. La muerte a mi flamante exmarido nunca lo tocó, junto a su antinatural novia —que nunca envejecería—, vivió feliz por siempre.


El tejido de las bestias Gustavo Ă?Ăąiguez

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¿

Son los bestiarios una escritura nostálgica? Efectivamente, son recuentos nostálgicos si seguimos un planteamiento “grotesco”, palabra que proviene de “gruta”. Los principales motivos en las pinturas rupestres son animales que no se reducen a simples registros de la fauna o a escenas de cacería como indican las exégesis más superficiales. Hay teorías que apuntan al génesis de la conciencia de lo humano. En el momento en que el hombre se yergue, apoyándose en las paredes de las grutas, empieza la ruptura con lo animal: lo que vemos son representaciones de esa separación. Clayton Eshelman, en el prólogo de Mecha de Enebros (Aldvs y Conaculta, México, 2013), apunta sus reflexiones en torno al origen de las imágenes en las cuevas. Tales reflexiones, dice, arrancaron como una intuición de que: “habían sido resultado de una crisis durante la cual la gente del Paleolítico superior comenzó a extraer lo animal afuera de sus cabezas-a-punto-de-ser-humanas, para después proyectarlo sobre los muros de las cuevas”. Más adelante añade: “en otras palabras, la liberación de lo que podría llamarse la imaginación autónoma vino desde el interior como una respuesta proyectiva de parte de aquellos que luchaban por diferenciarse de (aunque íntimamente unidos) lo animal”. Y podría ser el duelo, por este arrojo del ánima en las grutas, lo que impulsa la creación de ejercicios literarios fantásticos como el envés de la proyección en las cuevas: la recuperación de la animalidad extraviada. Hay mucho de máscara en la escritura en esta vertiente, y este enmascaramiento evidencia la nostalgia, como lo señala con mucho acierto Zbigniew Herbert en un ensayo sobre Lascaux: “El hombre destruyó el orden de la naturaleza a través del pensamiento y el trabajo. Intentó crear un nuevo orden, y con tal fin se impuso una serie de prohibiciones. Sentía vergüenza de su cara, símbolo evidente de la diferencia. Prefería

ponerse máscaras, sobre todo de animales, como si quisiera obtener el perdón por su traición. Cuando quería parecer bello y potente, se disfrazaba, se transformaba en animal. Volvía al origen, se adentraba con deleite en el cálido seno de la naturaleza” (Un bárbaro en el jardín, Acantilado, España, 2010). La literatura es basta en libros de esta índole; en la tradición latinoamericana los ejemplos son notables: trabajos como los de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Juan José Arreola, por mencionar algunos de los ejemplos más representativos, dan muestra de la excelencia alcanzada en el género. A este corpus se suma el Bestiario (Aldvs, México, 2015) de Miguel Maldonado que, desde la cuarta de forros, advierte al lector que seguirá la tradición al tiempo que la traicionará. Y la traición ocurrirá con el desenfado que caracteriza su trabajo, para dejar en el lector la impresión de haber asistido a un espectáculo que parodia, en su selección, al del relato bíblico del Arca de Noé. Aunque aquí los animales no son convocados en parejas sino por semejanza. El primero sugiere al segundo y esto se logra por la pericia del autor que hace de un rasgo el anuncio del siguiente en aparecer en la escena de esta arca lúdica. El tejido no sólo ocurre en el recurso con que se atan los poemas sino en las excelentes ilustraciones textiles de Fernanda Sordo y María José Sordo que acompañan esta escritura. Cada animal encuentra su imagen en un cuidadoso trabajo donde hilos y estambres muestran que el juego de la literatura se puede plasmar para que la contundencia estética se potencie; así, el primero en aparecer, digno recuerdo de Cortázar, es el Ajolote que lleva en la mano (la mano ilustrada) el hilo conductor que irá perfilando a las otras bestias: “el ajolote gemelo: el infante terrible, causante de nuestra hiena”. Esta burlesca figura es la que viene después a emparentarse con el tigre, y de esta manera se dan los nudos del continuo entretejer a las bestias.

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El ímpetu nostálgico tiene un sesgo irónico capaz de hacer que el “Águila de Zeus” muestre sus gracias cuando dice: “La del vuelo de ballet, la cirujana asesina, la solemne suspensa antes del crimen, desgarradoramente llora: no hay roedores [a] cien kilómetros a la redonda”. De tal forma va Miguel Maldonado, divertido de un texto al otro, nombrando con una exuberancia metafórica que, si no concilia diferencias, sí enfatiza las semejanzas; o se burla, con elegancia, exagerando las características distintivas de los seres que pueblan este Bestiario: Alambre que ha soñado ser dueña de unos ojos, de meñiques y de muelas, cualquier raquítico sentido que la entere de las cosas de afuera. Ignora los placeres del sentir y las conspiraciones de las aves. Su mecanismo de defensa es involuntario: lástima. Sólo le causa orgullo su geometría serpentiforme, la pariente pobre de las culebras.

Nos dice en “De la lombriz”, donde también echará mano de recursos narrativos para acercarse a la fábula y ridiculizar comportamientos humanos. Más adelante son otros los animales los que se humanizan para evidenciar el dedo índice que en esta escritura va entrando en las yagas sociales que, aunque no falta el humor, van punzando con agudeza, lo que convierte a este trabajo en un libro de crítica sutil. Un ejemplo exacto es el que nos dice al referirse al perro: “Lo atemorizan de seguir los malos pasos del gato. Estas bellas almas le exigen una lealtad mayor a la de cualquier persona

—hay ensayos en que muestran que por nada morderá la mano que le da de comer—. Llevan por nombre el de un ser querido y los más optimistas piensan que ha reencarnado en él algún miembro de la familia”. Entre convergencias y divergencias de lo humano con lo animal se va delineando el sentido de la búsqueda de esa ánima que se quedó en las cuevas con el hombre del cromañón. Trazos que se orientan hacia la profundidad y saben reconocer elementos del arte, que se incorporan, naturalmente, a las secuencias léxicas de estos textos. Hacia el final del libro, en un giro particular, traslada el discurso a cuestiones cotidianas en las que el hombre se ha ido apropiando de las bestias, de modo que el círculo de la nostalgia se queda en un “bestiario doméstico”, “el zoológico de la familia” que en esa domesticación hace del venado de la cobija el gozne que abre la posibilidad del reencuentro con el origen, cuando aún no se habían fijado los límites. La imagen nos recuerda a los híbridos de Lascaux: “durante siete horas por la noche, una parte de su figura cubre mi cuerpo”. Miguel Maldonado es ya una figura de las letras de su estado natal, Puebla. Un híbrido entre poeta y promotor cultural y, de manera más grotesca, siempre con la acepción de gruta, uno de los más puntuales delineadores de animales y poemas en los cuadernos de infancia que he podido leer en los últimos años. Que su impronta permanezca firme, como en Lascaux, dependerá de otros libros que él escriba, y otros ojos que lo miren y también se reconozcan.


Simic en su laberinto Francisco Maga単a

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Y en múltiple casa y ciegos techos encerrarle. Ovidio

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los libros de Charles Simic (Belgrado, 1938) que circulan en nuestro idioma, entre los más recientes El flautista en el pozo (Cal y arena, 2011) y Una mosca en la sopa (Vaso roto, 2010), se suma ahora otro título en este mismo sello: El monstruo ama su laberinto. Cuadernos. Vaso roto también dio a conocer, en poesía, El mundo no se acaba (2013; 2014) y Mi séquito silencioso (2014). Desconozco si han sido traducidos al español sus ensayos sobre literatura y cine, pero sin duda serán un complemento relevante para una mayor comprensión de sus perspectivas. El monstruo ama su laberinto. Cuadernos. eleva a la categoría de novedad textos que habían sido publicados en diversos medios. La forja de este libro es un acierto de edición: a las cuatro secciones propias, se les agregó una serie con tres poemas (que se citan en el volumen) y un epílogo de Seamus Heaney de larga data: se publicó primero en las revistas Agni (otoño de 1996) y Harvard (otoño de 1997), y en 2013 en la revista El cuaderno, de Gijón. De larga data, sí, pero de sostenida vigencia. Que sean cuadernos proporciona una idea un tanto más presta a la improvisación, al bosquejo, que a la obra definitiva. Pero si algo no sobra aquí es el rigor, que no tiene por qué estar reñido con la espontaneidad, con el dardo certero en el blanco de la anti-solemnidad. Simic ha expresado con claridad, en numerosas ocasiones, que la escritura de poemas es un acto que acude a dos instancias para lograr su objetivo: el sentir y la razón. De la conjugación lúdica de estos elementos

deviene una poesía que no concede al yo lírico sus recursos melosos, sino que es sometido al filtro desconcertante de lo surreal, hasta donde el razonamiento lo permita, a veces ignorándolo para salir airoso. El monstruo ama su laberinto… adquiere su valía en la diversidad y acerca al lector a territorios poco frecuentados: cuaderno de notas, reflexiones, ars poetica, divagaciones que no llevan a ninguna parte (cuya importancia está en el viaje), estampas nítidas, juguetonas, y solidarias hasta el consejo que se agradece: “he aquí la primera regla del insomnio: no hables con los héroes y los villanos de la pantalla”. En el primer apartado una figura señera que viene de las memorias es el padre: personaje singular, caballero con un apego a la vida y a sus placeres que nunca pospuso para el día siguiente lo que podía vivir sin remordimiento. Es memorable cuando recuerda las deudas espectaculares de su progenitor así como la frescura y el temple con que resolvía las dudas del hijo: “nunca seremos tan jóvenes como lo somos esta noche —decía— Si somos listos, mañana encontraremos la manera de pagar el alquiler”. La figura del abuelo, en situación límite, sobrepone su pesar para encontrarle el rostro cómico a la vida. Amputado de una pierna por la diabetes, y a punto de sufrir lo mismo con la otra, cuando un día su esposa salió de casa, como pudo, el abuelo trajo velas de la cocina, puso una en el cabezal y otra a sus pies, las encendió, se tapó el rostro con una sábana y esperó. Quien llegó fue un amigo que ante la imagen se soltó a llorar mientras buscaba una silla donde sentarse. “Cállate, Savo, ¿es que no ves que


estoy practicando?” En estas anécdotas hay algo más que un par de sucedidos: la importancia que adquiere la conciencia del hoy, como instante supremo, y la aparición del humor en el momento menos esperado. ¿Esa conciencia como instante supremo no es lo que busca el poeta, ese instante que deslumbra, que emociona, que no deja indiferente? Y el humor haciéndose patente en el momento menos esperado, ¿no es acaso lo que un poeta como Simic toma como carta de presentación? Los aforismos, las notas al vuelo, prevalecen en el segundo de los cuatro apartados: fulgurantes, simples por su tajo y como detonante para la creación de atmósferas: “Soy miembro de esa minoría que se niega a ser parte de ninguna minoría declarada oficialmente”; “En las cartas, Irene, veo un traje de novia para ti, una caja de zapatos llena de dinero y algunos manejos sospechosos con un hombre patizambo en una cabaña de pescadores en un lago helado”; “Cuatro poetas leyendo. Mi dolor es más grande que el tuyo, y así a voces toda la noche”. Sin duda, el apartado III puede condensarse aquí: “el azar como una herramienta con la que romper nuestras asociaciones cotidianas. Una vez rotas, emplear uno cualquiera de los fragmentos para saltar a lo desconocido”. Esta afirmación trae consigo lo que permea en todo el libro: la libre asociación de ideas que llevan a la consecución del poema. El apartado IV vuelve a extenderse en los terrenos de la creación poética, con la misma carga incisiva y filosa de su visión. Afirmaciones como la siguiente: “los escritores norteamericanos han tenido la suerte

de que a los ricos y poderosos no les ha interesado tomarlos como concubinas. Nuestros así llamados intelectuales no han sido tan afortunados”, conviven de manera natural con imágenes que lo dejan a solas con su experiencia: “de noche tengo con frecuencia el mismo sueño: un policía aduanero pisa con su bota mi pasaporte”. Del apartado V me cuesta ofrecer sólo esto: “la abuela vistiendo a una niñita de blanco en una ciudad que va a ser bombardeada”; “la habitación secreta estaba llena de juguetes de niños muertos”, y “allí donde el ideal es el conformismo, la poesía no es bienvenida”, que son más que borradores: imágenes perturbadoras, deslumbrantes, que recorren todo el libro. “El señor Simic es un maestro de la ironía, algo que se echa de ver particularmente en su tratamiento de las tragedias familiares”. ¡Todo menos eso! Mejor será seguir su ejemplo y hacer lo que el poeta ha hecho siempre: exagerar, “Imitar reunir responder” (Gertrude Stein, citada por Charles Simic). Radiografía de sus obsesiones, acercamiento a su concepción de la poesía, vistazo a su cocina donde se aprecian los elementos previos a la cocción, el laberinto de Simic incita a permanecer en él. En el nuevo palacio de Cnosos, sito en Nueva York, habita un minotauro compartiendo sus visiones. Pueblo Nuevo de San Isidro Labrador Año de Dios

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Entre La Habana y Matanzas, Hrabal Javier Vargas de Luna

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l camino de regreso duró poco más de una hora, en posición casi fetal, agazapado sobre un asiento en la parte trasera de aquel coche que me ganaba en edad por más de una década. Acá los llaman “almendrones”, yo había pasado todo el día en Matanzas. Fue una jornada intensa mientras reparaba en la dureza de sus metales, diseños circulares en los guardabarros, esas capas de pintura tantas veces envejecidas y otras tantas renovadas y el olor a vestidura de piel en unos respaldos que por incómodos ya son otra cosa, no sé qué pero algo distinto a la vestidura de piel de un auto con tantos años de carretera. Sin más molestia que la dificultad para estirarme, podía sentir la música a medio volumen, sin estridencias de taxi colombiano, porque aquí la gente, hasta eso, es muy respetuosa: merengues con ritmo y luego una banda evocadora de Glenn Miller, coros y trompetas a lo Ray Conniff seguido de algún reguetón que tal vez era tropi-jazz o salsa-rock, porque es verdad, si hay un lugar en el mundo donde las cosas tienden a la “con-fusión”, o donde la vida transcurre en un estado latente de hibridez —Carpentier lo dice mucho mejor en sus Tientos y diferencias—, ese sitio se llama Cuba y es esta autoantiguoide fábrica americana que pasa por aquel día de marzo en el último sol de la tarde de un mar color azul turquesa. Sin darme cuenta, poco a poco he ido abriendo el oído a las conversaciones de los demás pasajeros, los acentos, los dejes, la falta de algunos plurales en la pronunciación de lo cotidiano y la forma en que a menudo se licúan las erres de cualquier palabra en todas estas voces, nueve en total, unas más al alcance que otras en las tres hileras de asientos y yo hasta atrás, aún agazapado en un espacio mínimo que alguna vez fue cajuela y que hoy es la causa de mis piernas entumidas. También hacía mucho calor al salir de Matanzas y entonces distraje la incomodidad con el repaso de las referencias espaciales, predije sitios, sospeché letreros,

recordé las señales sobre el asfalto y las construcciones de un camino que había descubierto esta mañana al realizar el trayecto inverso, cuando vine desde La Habana en sentido contrario a las playas repetidas que ahora recorro por el lado equivocado de las ventanillas. Había salido de casa más que muy temprano, cerca de las seis de la mañana, en el barrio de El Vedado, en la capital. Todas mis jornadas habaneras serán así —pensaba durante la ducha—, días que han de despuntar en otro tiempo porque desde mi llegada he insistido en descubrir, en el silencio de todos mis madrugones, una ciudad que tantas veces he transitado de otro modo. Sí, a menudo he creído reconocer los barrios figurantes de las cintas de Gutiérrez Alea y, asimismo, con singular curiosidad he asentido ante el desamor y la política de las canciones de Pablo Milanés y aun las de Ibrahim Ferrer en las calles de La Habana Vieja. Al concluir mi viaje, cuando llegue la hora de hablar de mi estancia en Cuba, no sé si podré explicar a las claras que el buen cine y la música memorable son los espacios más ágiles para globalizar las coordenadas de lo doméstico. Tampoco será fácil, al final de todos estos amaneceres apresurados, hacer comprender alguna vez que lo literario representa un nivel superior de transiciones hacia lo universal. Simple y complejo de explicar, sencillo y arduo de comprender. Y yo, mientras tanto, sigo en busca de los hábitos de lectura de este mundo, indago, pregunto, a veces me he inscrito en las bancas de la Plaza de Armas —la de las palomas— y en sus bares y cafés aledaños. Ya he recorrido las librerías de la calle del Obispo y la primera verdad de mis días cubanos es que aquí la gente sí que lee, y mucho. Alguna vez escuché que el país con el mayor número de escritores per cápita era Islandia, donde se dice que la mitad de sus habitantes escribe para la otra mitad de la población, y todo ello tiene mucho sentido, claro que sí, porque las islas siempre triunfan sobre sus muros de

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agua —pensaría José Revueltas— en los fértiles campos de la imaginación, al sembrar la semilla de lo conjetural en una página o al cosecharla en el ejercicio de la lectura. En este mismo orden de reflexiones, un buen amigo de por aquí me ha dicho que La Habana llegó a ser la tercera ciudad con el mayor número de cines en el mundo, después de París y New York, lo cual de alguna manera me vuelve a llevar a Islandia desde Cuba, y está muy bien que así sea. Decía, pues, que esta mañana pude presentir los callejones sin salida en la ciudad verbal de Lezama Lima o los barrios de Cecilia Valdés en La Habana de Cirilo Villaverde. Era la hora de los primeros autos sobre la calle 23, camino a la estación de autobuses, donde debía buscar un taxi colectivo hacia Matanzas. He tenido que rodear las bardas del viejo cementerio municipal y, aunque de reojo, pude observar la organización de sus muertos; los panteones hispánicos se parecen tanto, sobre todo los del Golfo de México, pienso, recuerdo, la memoria de mi puerto natal me habla con voces similares de todos estos crucifijos de piedra húmeda, lápidas de cemento, tumbas familiares que imitan mausoleos de lo diminuto, algunas de una sobriedad muy suya, solemnidad sin religiones, y todo ello viviendo en el orden vegetal de los pasillos, un poco de maleza aquí o allá y siempre ese color a cal enlamada, a pintura ennegrecida por las lluvias torrenciales del Caribe. Después continué sobre una avenida, larga, ancha, de nuevo el vacío del tráfico en horas tan inconvenientes, y entonces descubrí la Plaza de la Revolución, reluciente en su diseño de piedra, alto, altísimo, como un faro que quiere alcanzar el cielo de cualquier mañana. Y frente a todo esto, en una explanada donde cruzaban autobuses cargados de gente rumbo al trabajo, los complejos habitacionales que todo lo vigilan, uno con el rostro gigante del Che Guevara, “Hasta la victoria siempre”, y el otro desde la cara también enorme de Camilo Cienfuegos, “Vas bien Fidel”. Y fue allí, en los estacionamientos de la terminal de autobuses de La Habana, donde conocí a Maikel y Orestes, personajes de la televisión cubana con quienes he compartido el taxi hasta Matanzas y, más tarde, el día entero en dicha ciudad de la que ahora regreso. Al

llegar a nuestro destino los acompañé a una emisora, TV Yumuri —¿o Yumurí?, ya no me acuerdo—, donde el segundo de ellos ofreció una entrevista que vi de pie en una vieja pantalla instalada en el vestíbulo de la difusora: es increíble la nitidez del blanco y negro en la imagen mientras Orestes habla de un espectáculo de humor que se ofrecerá por la noche en los escenarios del Teatro Velasco. Poco después del mediodía encontramos un pequeño restaurante de nombre ingenioso, “Paladar al segundo”, arroz moro, lomo ahumado, ensalada mixta, vianda hervida, algo de pan y plátano frito. Varios comensales los reconocieron, era gente del ambiente, Orestes y Maikel, artistas de la televisión, a veces se acercaban, fotos en teléfonos celulares, estrellas de la comedia, muchas sonrisas, y yo, sin saber nada de nada, me refugiaba un poco entre las cervezas “Mayabe” que siguieron llegando desde la cocina, congeladas, y los cigarrillos sin filtro que no dejaron de ofrecerme para que fumara cosas de hombres —así me decían, lo juro—. Hablamos largo de política, de nacionalismos provechosos y de patriotismos de utilería, de orgullos históricos y también de los fuegos de artificio que puede provocar el desenfreno en el ejercicio de las identidades. Como pude, me hice entender en el argumento de que los sueños sociales exigen mucha educación en el alma y un gran sentido del “otro” porque lo peor que nos puede ocurrir son los espíritus moldeados en la reflexión acrítica, personas incapaces de ensayar la realidad desde los zapatos ajenos. Creo haber dicho algo así como que la literatura ayuda mucho a ejercitarse en este tipo de enajenación positiva, pues al entretener nos altera, nos transforma en dobleces de lo leído, y sin querer llegamos a aquel símbolo de todas las apatías, ese personaje de Flaubert que nadie recuerda, ¿cómo se llamaba?, el de La educación sentimental. Por supuesto que mi comida en Matanzas tuvo viajes a otros libros, sobre todo de Historia, y durante la sobremesa, con un café de mucho sabor, fuimos a la última presencia de España en la Cuba de principios del siglo pasado, la forma en que el Caribe devino la entrada y la salida de lo colonial, el inicio y el final de un mundo que sigue pasando en nuestra lengua. Luego llegamos a los tíos y los abuelos durante la “Limpia de


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Escambray”, aquella lucha contra bandidos que yo ignoraba cuando Fidel organizó sus milicias, al inicio de los sesenta, para acabar de una buena vez con los movimientos contrarrevolucionarios mientras más gente se acercaba a nuestra mesa, diálogos mínimos de fraternidad tranquila y alguien deslizó algún comentario sobre mi español venido de otros andurriales. Eran ya las tres de la tarde cuando Maikel citó algo del Sóngoro cosongo de Nicolás Guillén —“que viva la negra menta, los negritos del batey”—, y con voz de gran equilibrio se puso a hablarme de su padre, don Ángel, gran lector de tantas cosas, que vivía en Centro Habana, sobre una calle paralela a Neptuno, cerca de la Iglesia del Carmen, no muy lejos del Multicine Infanta. Me llamó la atención la posibilidad de conocer a un marinero, aquí mismo, su historia náutica y los muchos siglos de olas que podrían alojarse en sus aficiones literarias, porque parece que don Ángel trabajó como ingeniero mecánico naval durante cuarenta años exactos. Maikel me juró y me perjuró que sí, que su padre tenía muchos libros en casa, y en la última cerveza de la tarde hablamos sobre títulos posibles en los hábitos de lectura de un hombre que yo no conocía y al que poco a poco supe acercarme con la curiosidad del explorador, ésa que al encontrar algo valioso sabe que tiene el tiempo medido y que debe reaccionar en el terreno corto. Mencioné cosas que me parecieron… no sé… canónicas en la vida de un tripulante, y él me decía que sí, que de seguro su padre los conocía, ¿quién no conoce a Hemingway por aquí, El viejo y el mar, o quién que haya nacido en una costa ignora la primera línea del Moby Dick de Melville? Comenté un poco del Tifón de Conrad, aunque casi todo lo demás se quedó en el silencio de mis intuiciones, en este mismo sigilo con que más tarde seguí repasando títulos hechos de agua durante mi atribulado regreso a La Habana. Al faro de Virginia Woolf, Océano mar de Baricco, Una partida de ajedrez de Stephan Zweig, y cómo olvidar el nombre de Julio Verne y luego los clásicos, era obligado, las Argonáuticas de Apolonio de Rodas —aquella historia de Jasón y Medea, y también de Palinuro— y también Homero con su Odisea. Una vez obtenidos el teléfono y la dirección exacta de don Ángel, en la calle San Rafael, allá en La Habana,

me despedí de todos para recorrer Matanzas, agotarla con un paseo durante las pocas horas que me quedaban antes de volver. Entonces caminé la media tarde de una ciudad de puertas abiertas, calurosa, la llamaban la ciudad de los puentes, gente tranquila en la Calle 83 hasta desembocar en la Plaza de la Libertad, mirar el Museo Farmacéutico —cerrado por inventario—, sandwichera “La bien pagá” y enseguida el monumento a Martí. Tal vez esa iglesia era la catedral, sí, debía ser, mientras pensaba en novelas un poco más nuestras, Los viejos marineros de Jorge Amado, El astillero de Onetti, La balsa de piedra de Saramago, también es cierto que mucho de García Márquez está hecho de mareas mientras desechaba, por insuficientes, los barcos de Blasco Ibáñez y los ríos de Ramón J. Sender. Del otro lado de los portales conocí el Teatro Velasco en el que Orestes actuaría esta noche, aquí en Matanzas, y el mar más allá, del otro lado del viaducto, siempre más allá de la organización de una carretera que, a pesar del calor, te hace celebrar la belleza lenta de una caída de sol. Una hora y pico después, casi al entrar a La Habana, adolorido, los músculos a punto del desgarro, la policía nos detuvo y nadie se quejó por el disgusto de los diez minutos que el oficial demoró en verificar permisos y papeles; era lo que era, dos policías camineros en el orden de su trabajo y afuera el eterno Caribe de un azul distinto, un añil emparentado más con el ocaso que con la viveza que tienen los colores cubanos el resto del día. Cuando recorrimos un trozo del malecón y del Morro, ya casi para caer la noche, y pasamos frente al Museo de la Revolución, supe que había ido a Matanzas para descubrir en La Habana el espíritu de un lector hecho de mar, y me bajé en el Parque Central, cerca del Floridita, a tiro de piedra de los trabajos de remozamiento del Capitolio, casi frente al Gran Teatro de La Habana. Al día siguiente concerté la cita, en el corazón de Centro Habana, a primera hora de la tarde, aunque la costumbre me hizo salir temprano de El Vedado. Caminé tranquilo por la 23 para instalarme sobre la 12 en un restaurante que también es bar y museo del beisbol, pan con jamonada, aquí el café no es muy bueno aunque me agradó el sitio a pesar de que quisieron

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cobrarme en pesos convertibles por culpa de este aire de gringo trasnochado que debo arrastrar entre mis sandalias. Después, la Avenida de los Presidentes, alguna embajada, casas color pastel, tráfico de almendrones, dispensarios médicos, y más tarde gasté un buen rato charlando en el cuartel de bomberos mientras guardaba en la memoria una frase de Fidel que ha sido escrita en la fachada, entre puntos suspensivos: “…hay que ver el trabajo de los que luchan contra el incendio, los riesgos que ello implica…”. Pasé por una escultura hecha de hierro forjado, Don Quijote a caballo en una hostería de buena memoria, comprobé que el Coppelia siguiera en su sitio, lleno de clientes a toda hora y de nueva cuenta pensé en aquella cinta, Fresa y chocolate. Comí un perro caliente en la plaza mientras leía otra frase, ahora de Martí, en un letrero enorme, “Estos son tiempos de sueños y hay que fundirse en ellos”, o algo parecido —la memoria ya no me da para tanto—. En el Cine Yara echan todavía una película que vi hace un par de días, no me gustó, mejor guardarse el nombre de la cinta, y sin prisas doblé por la Calle L para cambiar dinero en el Habana Libre donde he decidido beber mi primera cerveza del día. Afuera, en este sector tan turístico, hay gente que te pregunta la hora para reconocer tu acento y venderte algo, lo que sea, casi siempre habanos o alguna botella de ron, y el sol ya picaba en los ojos cuando subí por la escalinata de la Universidad de la Habana, es cierto, son ochenta y ocho peldaños, otra vez muros y frontispicios que acumulan la humedad negroamarillenta de los chubascos y a pesar de todo el campus me pareció bello, entretenido, tiene mucha vida mientras presenciaba los espectáculos de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Media hora antes de mi cita con don Ángel descendí por Neptuno donde hay un comedero de nombre pegajoso, “Coma y calle”, y al caminar por Infanta dudé un poco cuando descubrí un comercio especializado en la compraventa de objetos anteriores al histórico año de 1959, pulseras, medallas, diarios, revistas, fotos, libros, monedas, vajillas, lámparas y la curiosidad no es mala consejera porque cuántas cosas pasaron por mi cabeza en ese quincallero, mira que dividir los objetos en un antes y un después, y sobre la calle San Rafael tomé el

rumbo indicado para asistir por accidente a una ceremonia de la negritud en una casa de puertas abiertas: bailaban el santo y me dejaron entrar sin problemas, un cuarto de hora, no más que eso, de verdad, no pude quedarme más tiempo porque andaba de prisa durante los tambores, las danzas, veladoras en el suelo, vestimentas blanquísimas y algunos extranjeros asimilados en el ritual. Advenedizo de tantas cosas en este mundo interminable, pensé que La Habana te hace llegar tarde al presente de los compromisos en el descubrimiento de sus herencias más puntuales. Don Ángel es una persona de unos setenta años de edad, piel oscura, mirada amable, voz de ternura y pasos de mar tranquilo, pausados, armoniosos. Comenzó su vida de embarcado allá por 1971, y lo recuerda muy bien, el día, el mes, el año, aunque primero tuvo que hacer estudios en la antigua Academia Naval del Mariel. Aún añora ese tiempo de paisajes, estudiando sobre una colina, cuando las clases transcurrían con la mirada fija en la bahía y era lo cotidiano sentir el océano desde allá arriba, en un palacio de otro siglo que luego mudó de propósito y la escuela fue desalojada, aunque la gente de su generación aún sabe recordarla como Dios manda. Su primer destino fue Puerto Cabello, Venezuela, y por uno de esos raros azares del navegante, Puerto Cabello, estado de Carabobo, fue también su último itinerario de mar, cuarenta años después, en el 2011, a bordo de una nave de regular calado en la que se retiró como jefe de máquinas. Lo conoció todo, o casi: muchas veces España, Cádiz y Barcelona, también Francia y los puertos escandinavos, el México de aquí cerca, por el lado del golfo, Coatzacoalcos y Tampico, y el México del lado contrario, Salina Cruz y Guaymas, el canal de Panamá, los puertos de América del Sur, Viña del Mar y Montevideo y Guayaquil a cada rato, poco trabajo en Oriente, algo del Magreb y vuelta a casa, siempre vuelta a casa mientras al paso de las anécdotas brota la curiosidad por sus amigos, esos que él menciona como de pasada, los que de la noche a la mañana decidían desertar en algún puerto, nadie lo hubiera sospechado, lo dejaban todo, barco, país y familia al mismo tiempo. No fueron muchos, hasta eso, aunque los suficientes como para recordar esa mirada postrera, los silencios de la última


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conversación, gente de la que nunca volvió a saber a nada. También me ha dicho que a él no, por supuesto que nunca se le hubiera ocurrido porque su vida está aquí, siempre ha estado aquí, para mal y para mejor, su vida está donde su mujer, quien ha venido a la sala para ofrecerme un poco de fruta, algo de papaya y este vaso de agua fresca. El techo es de poca altura, hay humedad en el ambiente, la nuera baja de la segunda planta, esperan el primer nieto, se ven tranquilos y la televisión en la sala ofrece un programa mexicano que no reconozco. También me dijo que nació en Sancti Spíritus, hijo de padres campesinos, qué tiempos los de la caña de azúcar, no era fácil la vida entre la zafra y el trapiche aunque a él nunca le faltó un plato de algo sobre la mesa. Luego me da los detalles de su llegada a La Habana, la adolescencia que coincidió con la Revolución, los primeros estudios en el mundo de aquel mundo, otra Cuba y la misma, otro tiempo y siempre el mismo, aunque a mí lo que me interesa es conocer los hábitos de lectura de un marinero a la mitad de cualquier océano, sus tareas, las singladuras, los horarios, las tormentas, los miedos, las soledades que quizás se zanjaban con un buen libro, tal vez hojas hechas de distancia, a lo mejor relatos que se significaron como el único derrotero posible entre las olas. En su habitación están las repisas, y poco a poco entiendo que un marinero no lee casi nunca cosas de viajes sino libros del retorno —que no es lo mismo pero es igual, diría Silvio Rodríguez—. Cómo no lo había sospechado antes, en el mar se imagina mejor la tierra firme porque no hay sitio más eficaz para reinventar los regresos que la realidad de las ausencias. Por eso no me sorprendió Mark Twain, El príncipe y el mendigo, aunque aún me tallo los ojos con el Chesterton que me puso en las manos, El hombre que fue jueves, porque las lecturas cubanas se salen de la curva, exceden lo esperado en un jefe de máquinas que también poseía las entregas mensuales de la revista Sputnik en la que pude hojear algunos índices, Diciembre de 1984: “El hombre que sabe leer el sol”, Mayo de 1979: “900 días de bloqueo”, mientras pensaba en los paralelos con el Selecciones del Reader’s Digest, idénticos en formato y sobre todo en retórica. Luego vino

La edad de oro, de José Martí, y también un solo volumen de sus Obras Completas, el número siete, dedicado por completo a cuestiones mexicanas. Enseguida, las muchas páginas de las Cien horas con Fidel de Ignacio Ramonet, El diario del Che en Bolivia, algún estudio de los muchos que Eusebio Leal le ha dedicado a la ciudad de La Habana, y más novelas del regreso, Julio Cortázar y El libro de Manuel, Ciro Alegría y El mundo es ancho y ajeno, Concierto barroco de Alejo Carpentier. Después de Angola, memorias de un internacionalista cubano de Gonzalo del Valle Céspedes, La vida secreta de Meyer Lansky en la esplendorosa Habana de Enrique Cirules y El diálogo de las civilizaciones de Fidel Castro, don Ángel me habló un poco del Reportaje al pie de la horca, de un autor checo, Julius Fucik, libro que me ofrece como regalo cuando me descubre lleno de curiosidad, hojeándolo, preguntando por su contenido, confesando que no, nunca lo había oído nombrar. Instalados de nueva cuenta en la pequeña sala de su casa, la televisión a un lado, desde los sillones donde su mujer vive en la mecedora de las cinco de la tarde, me dice que nadie como ellos —se refiere a los checos— para distraer la distancia y el miedo, en especial ese Hrabal que le ayudó a pasar el mal rato en una noche de olas altísimas, inmensas, montañas de agua, cuando creyó que ya no regresaba a casa, eran como abismos líquidos en el Mar del Norte. Cualquiera que haya sido el título de aquel libro, debe de haberlo comprado en España porque Bohumil Hrabal no fue un autor muy querido por el régimen de Praga; de hecho, fue uno más de los escritores, checos y extranjeros, cuya obra primero pasó por el “samizdat”, ese sistema clandestino de (auto)ediciones casi domésticas en la Europa del Este, antes de alcanzar la industria editorial. Pero nada de ello importa porque en don Ángel la lectura es lo que nunca debió dejar de ser, solaz y esparcimiento, si acaso el nombre de algún autor pero siempre un espacio para completar el destino, el paréntesis que nos entretiene con las vidas ajenas que poco a poco se hacen nuestras cuando la nave ascendía en la tormenta y bajaba treinta metros en un solo golpe de agua y el checo que él leía y releía para creer que lo peor había pasado, más allá del Finisterre francés, porque aquel

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barco de su pasado ya no estaba para tales esfuerzos y el título que no le venía a la memoria porque no, ya no lo tenía en los estantes, de seguro también lo había obsequiado… Es un hombre generoso, don Ángel, sabio por donde se le mire, un hijo pródigo del mar, capaz de salvarse de tanto mundo y luego regalar los libros que le ayudaron a volver a casa. No, no creo que se tratara de Yo serví al rey de Inglaterra. De hecho, no puede ser, aunque en la vida de Bohumil Hrabal ése es el único instante editorial que entronca a la perfección con aquellos cuarenta años de navegación. Escrito en 1971, el año de su jornada iniciática hacia Puerto Cabello, dicho título fue traído a la lengua española en el 2011, justo cuando don Ángel desembarcaba por última vez de la misma ruta por las Antillas. Tal pareciera que la travesía de su vida, en tanto que lector transoceánico, se resume en dicho libro, y, por si fuera poco, el círculo de coincidencias que me ha traído a las playas de Hrabal se remacha en La Habana al descubrir el nombre de aquel barco a punto de zozobrar en el Mar del Norte de su memoria más extraordinaria: Motonave “Matanzas”. Yo serví al rey de Inglaterra es, antes que nada, un fluir verbal donde se aprecia el mismo envión narrativo que define a casi toda la literatura de Bohumil Hrabal (1914-1997). Él es así, un escritor de aluviones que nos hereda páginas sin respiro, historias que parecen empujarse a ellas mismas hacia la inmediatez de la frase adyacente y hacia la víspera del capítulo venidero. Considerado por muchos como el mejor escritor checo del siglo pasado, bien podría decirse que todo en él es inercia e inminencia. Su libro, redactado en una forma, digamos, caudalosa, fue el producto más natural de tres semanas de creación delirante, cuando se retiró a su casa de campo, cerca de Praga, con el afán de evitar toda posibilidad de interferencias. Lo escribió con el sol en la frente, sin parar y sin aliento, buscando que la luminosa y premeditaba molestia en el rostro le hiciera vivir una hemorragia de párrafos que, desde el encandilamiento, pugnaba por llegar cuanto antes al final de las palabras. Vaya tipo original era este Hrabal, consustanciarse con enfados de artificio para que su teclado se impregnara de un espíritu de final de

juego, de ese apresurado aroma escritural que emanan todas sus obras. Ahora bien, una vez cotejado ese modo tan vertiginoso de repensar el destino en los dominios de la ficción, junto a la velocidad que exhalan sus páginas debe destacarse también su inclinación hacia lo caricaturesco. Exagerar los rasgos del mundo para que la vida no se parezca a la realidad mientras la confirma, ampliar las voces de lo conocido para que lo verídico no desdiga nunca las herencias del pasado mientras lo reinventa, delinear lo cotidiano con trazos de lo satírico para que nuestra identificación con lo leído sea un instante reflexivo, ésa es una de las mayores propuestas estéticas del libro. Y aunque se haya dicho tantas veces, nunca estará de más señalar que, tal y como lo vemos en esta novela, la verdadera caricaturización es aquella que da lucidez a los objetos, la que deforma mientras aclara, la que los reintegra a sus esencias en la ridiculización de una silueta, de una línea, de un rasgo o de un reborde. Así, por medio de una hipérbole de imágenes a menudo hilarantes —un poco a lo Günter Grass en Años de perro o en El tambor de hojalata—, la estrategia seguida por Bohumil Hrabal busca informar y entretener, divertir y advertir, hacer que lo paradójico se nutra de lo verosímil mientras el destino de los personajes desemboca en alguna de las muchas fracturas históricas vividas en la antigua Checoslovaquia: su artificial nacimiento como estado dual, su invasión por parte de los nazis, su inclusión en tanto que área pro-soviética y, muy en especial, la cicatriz de sueños frustrados que se produjo en varias generaciones de escritores tras la Primavera de Praga —además de Hrabal, recordemos aquí a Václav Havel, a Milán Kundera y al más joven de todos, Patrick Ourednik—. Esa dicha propensión hacia las ironías históricas y esa vocación por lo grotesco hacen memorables otros títulos suyos como Trenes rigurosamente vigilados y, sobre todo, Una soledad demasiado ruidosa, obra donde las ocasionales distorsiones de carnaval se transforman en una forma inesperada de lucidez gracias a que las carcajadas de lo sarcástico en Hrabal promueven siempre una postura crítica frente a la realidad. Difícil no traer a colación, aquí, a gente como Pirandello,


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Bergson, Baudelaire o Alfonso Reyes con aquello de que el verdadero humor está en la inteligencia de la sonrisa y nunca en el vacío semántico de los alborozos. Por lo demás, tal vez sea cierto lo que algún historiador señala a propósito de la carnavalización en el arte —ver Historia del diablo de Robert Muchembled, y, para que la crítica erudita no nos destroce (demasiado), también Bajtín y sus estudios sobre Rabelais—: la conciencia humana no ha encontrado nunca mejores caminos para señalar los cambios de piel de una época que practicar una subversión de significados en la actualidad de sus creaciones. Dicho en otras palabras, cuando lo carnavalesco emerge como exploración en los dominios del arte, en el interior de la realidad estética que lo vehicula se prefigura una mutación de carácter histórico. Vista de esta manera, la carnavalización es síntoma de una perturbación sociohistórica antes que un mecanismo contestatario, y a través de ella la literatura le da maleabilidad a los calendarios, diríase que los prepara para recibir en su interior los valores aún desconocidos del día por venir. Así, al trastocar los contenidos sensibles de lo cotidiano en el mundo novelesco, la literatura de Bohumil Hrabal busca ofrecer flexibilidad a los ciclos históricos para que ellos terminen de pasar de una buena vez o para que comiencen a suceder de otro modo entre nosotros, también de una buena vez. Ello le viene bien como explicación a Yo serví al rey de Inglaterra, en especial cuando descubrimos que en su interior se construye la biografía imaginaria de un camarero a través de cinco capítulos que, al abrir y cerrar siempre de la misma manera, hacen más nítida la división cronológica de todo, de las distintas etapas de su vida tanto como de los grandes momentos de ruptura histórica de la sociedad checa. Si se prefiere seguir el camino inverso en lo anterior, el acceso a los momentos en que la realidad social de aquel país cambió sus presupuestos de orden histórico representa también una puerta de entrada hacia el sufrimiento y la perplejidad de cada una de las edades psico-biológicas que atraviesa la figura central del relato. Al “con-fundir” la vida del mozo con la gran historia de Bohemia, Hrabal despliega en su relato esos disfraces de lo increíble y esas ironías de lo impensable ya comentadas y que,

entre otras cosas, también cargan de amenidad lo leído —y aquí don Ángel servirá siempre como el mejor testigo de cargo—; metidos a comentar la agradabilidad sensible de sus textos, y dicho sea como de paso, no está de más recordar lo que desde Erasmo sabemos muy bien, que lo doloroso se transforma en palabra de lo aceptable cuando se expresa entre los desvíos más lúcidos de la broma o de la locura. Y entre tantas ideas que la lectura va generando, por qué no sospechar, además, que la novela ironiza para no embarcarse en una narración lamentable, para liberarse de los pesimismos heredados por una guerra cuyos discursos triunfales fueron proclamados desde una nueva era de sujeción ideológica. Página tras página el autor no busca ofrecer respuestas a nada sino aclarar la perenne conmoción que vive su personaje, habitante de una realidad en la cual es muy difícil, por no decir imposible, insertarse en tanto que sujeto trans-histórico. Sí, a este camarero, habitante de todas y cada una de sus edades más íntimas, le es casi imposible explicarse en el tiempo checo, y sufre por ello. En este marco de reflexiones, e inspirados en la cosmovisión del propio personaje, preguntémonos lo siguiente: ¿qué significa ser nativo de una realidad que ha variado tanto en lapsos tan efímeros?, ¿qué implica ser adolescente en una sociedad que muy pronto refutará las voces de nuestra juventud, o ser adulto en unas calles que olvidarán los signos de nuestra pubertad?, ¿cómo entender el sentimiento amoroso en una época en que la idea misma del matrimonio se ha transformado en un acto ideológico al servicio de un prurito racial? Hasta la llegada del punto final, los cuestionamientos lo permearán todo, su acceso a la paternidad, su fallida madurez emocional, su vida de hombre mayor que se dirige hacia ese último capítulo en el que la única opción válida es la reclusión voluntaria, la segregación anhelada o el aislamiento argumentado en la necesidad de redención. Es allí donde cobra mayores contenidos esa expresión del narrador que, no sin cierta carga moral, permanecerá en nuestro espíritu como una invitación para escapar del frenesí con que han estado cambiando los signos históricos en el relato: “el hombre válido y auténtico es tan sólo aquel que sabe retirarse

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y vivir el anonimato, que sabe desnudarse de la falsa identidad”. Sí, el anonimato explicado desde la escisión en tanto que seres sociales contiene el anhelo del personaje de detener la historia para que sus vorágines cronológicas lo dejen en paz —a él tanto como a nuestra lectura en esta otra ribera del libro—. Dicho con otras palabras, se opta por el cautiverio con el objeto de que las revoluciones de lo social tengan tiempo de convertirse en historia. Sin duda, los relatos de reclusión, abundantes en el siglo XX universal, son un exabrupto de la imaginación para detener el paso del tiempo, una especie de respiro metafórico que la realidad convierte en ficción para sugerir la necesidad de dejar que los periodos se sedimenten y, entonces sí, estar en condiciones de replantear nuestro estar en el mundo. Por todo ello, el gran tema del libro está disuelto en la continua exposición de una de nuestras necesidades más íntimas: la de conquistar una noción clara del tiempo, contundente, indubitable, por fin una idea vigorosa de la historia que nos herede un proyecto asequible de destino emparentado con un sentido eficaz de comunidad. Asegurarle al personaje, espejo y trasunto de nuestra mirada, la capacidad para razonar sus legados y transformarlos en hecho cotidiano, por allí se hace posible sospechar con más integridad la semilla sembrada por Bohumil Hrabal en esta novela. Con no poco desconsuelo sus doscientas cincuenta páginas nos permiten comprobar que la vida exige la seguridad de nuestros pasados, y que sin tal asidero en la memoria pronto nos convertiríamos en seres improcedentes, en aberraciones del presente y aun en extranjeros del porvenir. Y, aunque en forma tangencial, es en dicho aspecto donde debe buscarse también la explicación del título, Yo serví al rey de Inglaterra, pues en el gremio de los meseros, como en cualquier otra agrupación humana, se ejercita la filosofía del minuto de gloria, de ese instante mayor que, en su calidad de triunfo profesional, define lo precedente y también lo sucesivo. En efecto, servir a un rey o atender en la mesa del emperador de Etiopía, como lo hace nuestro personaje, no sólo simboliza la realización más anhelada del oficio sino que además organiza el devenir de todos los tiempos, del personal tanto como del social. En la

continua mención del episodio, “yo serví al emperador de Etiopía”, Hrabal le da un epicentro reconocible a su biografía imaginaria, le ofrece vértices para que nadie ponga en tela de juicio —¡nunca más!— el camino que condujo al camarero hasta ese instante magnificador y, asimismo, para que nadie vuelva a cuestionar su capacidad de trascendencia. Dicho de otra manera, el episodio concilia lo anecdótico con los supra-histórico, lo incidental con lo trascendental. Por último, conviene rescatar el leitmotiv que rige esa búsqueda de un tiempo total en el libro: “fue así como lo increíble se hizo realidad…”. Una y otra vez la frase tachona los capítulos, los hilvana y les da un sentido de pertenencia compartida. El contenido de la expresión apela a reflexionar un poco sobre la filosofía de la imaginación, pues dichas palabras apuntan hacia la conciencia literaria que al final ha adquirido el personaje. Exiliado de motu proprio en esa casa rural del último capítulo, allí conocerá a un profesor de literatura que ha de iniciarlo en la belleza oculta de las cosas. Junto a él se informará de la posibilidad —y aun de la necesidad— de darle papel y tinta a su vida así como del riesgo que implica metaforizar el destino de un camarero en la palabra escrita. Lo poético se revela, entonces, como un arma de doble filo, algo que mata y hace vivir, un acto que le da sentido a las derrotas y que aun es capaz de encumbrar las mediocridades porque, lo sabemos, en la buena literatura no hay ni habrá nunca perdedores. Y porque el papel todo lo aguanta, el último tramo de esa gran llamarada carnavalesca titulada Yo serví al rey de Inglaterra nos revela las verdaderas resonancias de su grito de batalla: el personaje escribe sin apego a las reglas del juego literario, conjuga su impericia verbal con los absurdos del tiempo y, sin saberlo, ilumina la oscuridad de su mundo al revelar sus secretos narrativos. La estrategia nos ofrece una libertad casi absoluta para juzgar hasta dónde la gran historia checa —tanto como la mexicana, la canadiense, la cubana o la de cualquier otro mundo— manipula la intimidad de sus individuos o hasta dónde los deja existir a su manera dentro del mayor síntoma social que a todos nos habita, es decir, el lenguaje.


Gracias a Bohumil Hrabal hoy confirmamos que la identidad de un periodo también debe buscarse en los sinsabores de lo cotidiano. Son los eventos del día a día los que, convertidos en ficción, triunfarán siempre sobre los discursos generalizadores que buscan dominar la conciencia de una época. Y si acaso fuera ésta la única lucidez obtenida de aquel viaje a Cuba —la posibilidad de revelarnos históricos en las minucias de alguna de nuestras costumbres—, ya sería demasiado como justificación de mis largas conversaciones con don Ángel en la calle San Rafael, casi esquina con Infanta, lugar al que hoy he decidido regresar para despedirme porque mañana a las cuatro de la madrugada tomaré un taxi al aeropuerto. Veinticinco pesos convertibles, Chevrolet 1955, cuatro puertas, impecable, como nuevo, es increíble, y el silencio de las casas sobre las calladas avenidas de la hora, las calles también muy limpias, últimas palabras de un acento que desde el volante algo tiene de andaluz y otro poco de humedad. Y al final este esfuerzo que ahora hago para no convencerme tan rápido de que los amaneceres más trascendentales de cualquier día se negocian mejor con el histórico café de por aquí.

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Noticias de Cuba


Las cuatro puntas del pa単uelo Odette Alonso

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E

n la isla de Cuba, las dicotomías exilio/poesía, destierro/patria, lejanía/nostalgia no son una novedad, sino un maridaje que asentó su huella en la literatura nacional desde su texto iniciático: el poema épico “Espejo de paciencia”, escrito en 1608 por el canario Silvestre de Balboa, hombre llegado de otras tierras que describe los hechos y el paisaje con ojos de extranjero. Con esos mismos ojos los cubanos emigrados han mirado, durante los siglos posteriores, las tierras que los acogieron en una sucesión de exilios sin fin. Porque Cuba ha sido siempre un país de desterrados. Nuestra poética del exilio se sustenta sobre el triángulo fundacional constituido por José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda y José Martí. Nada más y nada menos. Desde ese primer gran ciclo migratorio1 ya era apreciable su característica diaspórica. Junto a poetas cimeros como Heredia y la Avellaneda, Zenea y Martí, el exilio acogió en distintas épocas y condiciones al presbítero Félix Varela y a su discípulo José Antonio Saco; al promotor literario Domingo del Monte y al narrador Cirilo Villaverde; al crítico Enrique Piñeyro y a los poetas Juana Borrero, Miguel Teurbe Tolón y Pedro Santacilia, entre otros. Y aquel exilio decimonónico, como el actual, estuvo disperso en varios puntos de la geografía europea y americana aunque no fuera hasta los años sesenta del siglo pasado cuando Calvert Casey, también emigrado, acuñara definitivamente el término nuestra diáspora (Cabrera Infante 375).

Iván de la Nuez ha dicho: “Escribo diáspora y me veo obligado a admitir, asimismo, que abordo una tragedia. La cultura cubana ha conocido el estallido de una bomba de tiempo. Se ha astillado en múltiples fragmentos, impensadas aristas, que nos colocan en esa multiplicidad precaria pero fértil que Antonio Vera León ha identificado como una Cuba cubista” (125). Esta dispersión, que Lourdes Gil considera como “una nueva multidimensionalidad de la cultura cubana” (209) es una de las constantes más notables de la actual poética nacional. Nuestra diáspora tiene la característica, hasta ahora inusitada, de estar dividida en, cuando menos, dos grandes grupos: el exilio tradicional o histórico, integrado por quienes salieron de la isla por razones eminentemente políticas desde los primeros años de la Revolución así como por los que se incorporaron a él durante el éxodo de El Mariel en 1980; y el denominado exilio de baja intensidad o de terciopelo,2 también llamado tercera opción. Pero, además, hay un nutrido grupo de emigrados, después del Mariel y hasta nuestros días, que no sólo ha establecido residencia en Estados Unidos, sino que se desborda por toda la geografía planetaria. Los principales núcleos poéticos de esta compleja diáspora se concentran en Estados Unidos (especialmente en

Rafael Rojas señala dos grandes ciclos de éxodo intelectual

no estrictamente políticas, al menos en apariencia, y al que

en la cultura cubana: el primero durante el siglo xix y el

por haberse asentado generalmente en países “neutrales” o

segundo después de 1959, este último con tres grandes

“terceros países” (entendidos como “primero” y “segundo” a

oleadas perfectamente identificables: durante la década de los

Cuba y Estados Unidos) le es permitido, con mayor facilidad,

sesenta, en 1980 por el puerto de El Mariel y a finales de esa

mantener vínculos directos y sistemáticos con la isla e,

década y principio de los años noventa (1998: 167-187).

incluso, hacer viajes a ella.

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Términos acuñados por el artista plástico Arturo Cuenca y

el poeta Osvaldo Sánchez, respectivamente, para describir esa modalidad del exilio cubano surgido a finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo xx, por razones

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la Florida, Nueva York y sus alrededores, y California), España y México, pero tiene representantes en los más aislados puntos de la geografía mundial, desde Austria hasta Sudáfrica; desde Canadá hasta Chile y Argentina. Varios investigadores han estudiado por décadas, con detenimiento y rigor, esta poética de la emigración cubana. Jesús Barquet, por ejemplo, señaló los temas más relevantes de esta poesía: “Se vuelve de la memoria como una forma de restauración y resistencia de la identidad en crisis [...], el ser fragmentado, la ausencia y el vacío, el desamparo e intemperie existencial, la dispersión familiar, la desconfianza hacia la Historia, el paraíso (o infierno) perdido, la espera y el regreso míticos [...], el lenguaje y la poesía como patria y salvación individual” (170). Lourdes Gil, por su parte, ha apuntado que, a pesar de que “la escritura de la diáspora cubana es la signografía de la desposesión y de la pérdida”, hay en ella “una cubanidad asimilada y una coherencia con la proyección escritural de la nación” (63-64). A partir de los 90, nuevas generaciones de artistas emigrados aportan su particular visión al cuerpo conceptual de la poesía del exilio. Se trata de un grupo integrado, en gran parte, por lo más destacado de la poesía hecha en la isla después de 1980, un conjunto de voces posnacionales y transterritoriales que reinventan la cultura cubana fuera de su geografía original, “enfrentados a la devaluación más contundente de las ideas históricas de Patria y Exilio” (De la Nuez 144). Madeline Cámara la ha catalogado como una “poética nómada” que no ata “su sentido de nacionalidad a los límites geográfico-políticos de un territorio o un Estado, sino que lo asocian a un discurso sobre la identidad que se nutre de valores culturales vivos, hijos de la circunstancia más que de la tradición”. Agrega que esta corriente se caracteriza por un “nuevo modo de decir la lejanía, poética emancipadora del sexo y del verbo, ríspida y lírica, cotidiana y trascendente, donde la memoria afectiva registra lo histórico y lo transforma, violentando las fronteras entre lo íntimo y lo doméstico” (128). La poesía cubana del exilio trata con recurrencia la nostalgia por Cuba, esa nostalgia desde la lejanía que Cintio Vitier catalogara como una de las marcas esenciales de nuestra poesía. La nostalgia, la desposesión, el desarraigo, la búsqueda de una identidad, la imposibilidad del regreso o el desconcierto del reencuentro, pero también el humor, la ironía, las referencias clásicas y modernas, los temas, personajes y situaciones

universales, la búsqueda de la belleza, la trascendencia del arte, la confluencia de los géneros literarios, la incorporación a/de otras tierras y otras culturas. Estos poetas suelen mirar hacia la isla, hacia el pasado, pero también en otras direcciones y conforman, así, un concierto polifónico multitemático: Cuba no es el único ni el exclusivo elemento unificador de estas voces. Muchos piensan que la proliferación de antologías de poetas cubanos parece últimamente una obsesión. Tal vez es que andamos queriendo encontrarnos al menos en las páginas de un libro: un pañuelo extendido en cuyas cuatro puntas haya un cubano poetizando la isla multiplicada y sus postrimerías. Y que estirando las manos desde cada una de esas puntas, podamos tocar las manos de los otros, reconocernos en ellas, reencontrarnos.

Obra citada Barquet, Jesús. “Confluencias dentro de la poesía cubana posterior a 1959”. En Lo que no se ha dicho. Nueva York: Ollantay Press, 1994. 155-172. Cabrera Infante, Guillermo. “El nacimiento de una noción”. En Mea Cuba. México: Vuelta, 1993. 373389. Cámara, Madeline. “Tríptico de la lejanía o tres poemarios de la diáspora”. En La letra rebelde. Estudios de escritoras cubanas. Miami: Universal, 2002. 125-138. De la Nuez, Iván. “Registros de un cuerpo en la intemperie”. Encuentro de la Cultura Cubana 12/13 (1999): 123-135. ______________. “El destierro de Calibán. Diáspora de la cultura cubana de los 90 en Europa”. Encuentro de la Cultura Cubana 4-5 (1997): 137-144. Gil, Lourdes. “La apropiación de la lejanía”. Encuentro de la Cultura Cubana 15 (2000): 61-69. __________. “Los signos del leopardo o la seducción de la palabra”. En Lo que no se ha dicho. Nueva York: Ollantay Press, 1994. 208-216. Rojas, Rafael. “Insilio y exilio”. En Isla sin fin. Contribución a la crítica del nacionalismo cubano. Miami: Universal, 1998: 167-187. Vitier, Cintio. Lo cubano en la poesía. La Habana: Instituto del Libro, 1970.


Alfileres para juntar una poética Entrevista a Reina María Rodríguez*

Martha M. Montejo Pizarro

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me gusta estar sola aquí en esta torre, apartada de los otros, esperando y sin esperar… me hubiera gustado ser la muchacha de anoche, pero hoy ya soy otra. estoy de este lado que no tiene forma… y siento nostalgia de esa gente normal, de toda esa gente normal, que puede edificar lo inmediato. …te daré de comer como a los pájaros… Reina María Rodríguez

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C

on nostalgia por la gente normal, Reina María Rodríguez (La Habana, 1952) ha edificado a lo largo de sus libros una existencia paralela, una mirada doble de fácil confusión con la original. Ella, quien como todos ha podido ser tantas, ha optado por la fidelidad hasta la gota de sangre y dolor. Desde su primer poemario, La gente de mi barrio, su imagen insegura a veces, sus molestias endometriales, su cuerpo entre luces acuosas como rastro en cada página, casi se dejan tocar y guardar en la memoria con forma de entidad. El arte de la costura ha trazado su poética. Inspirada en las labores de su madre —quien vivió siempre de coser, empatar tejidos y prender patrones de cuerpos imaginarios—, la escritora no cesa en el uso constante de alfileres. Su poética transmite la extraña impresión de despojos unidos temporalmente bajo la fragilidad de la juntura por medio de minúsculos prendedores, los que en su caso no son otros que los días, uno tras otro. En los últimos años ha merecido el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2014 y el Nacional

* La entrevista se realizó en Miami, el 14 de mayo de 2014, durante una visita de Reina María Rodríguez a los Estados Unidos.

de Literatura 2013 en Cuba, además de otros importantes reconocimientos en su país, como el Casa de las Américas, el Julián del Casal así como varias ediciones del Premio de la Crítica. Estos galardones hablan de una obra total que puede leerse como un acto de sinceridad y coherencia. En cada momento ha escrito —o vivido— el libro pertinente a sus circunstancias. Al mismo tiempo, ha confirmado que su poética se basa en la fuga constante hacia otras formas siempre desiguales, distantes de la entrega anterior, hasta llegar a lo que ella misma define como “libros variopintos”. Por esa razón, seguirle el rastro, ubicarla en tendencias o ismos, se torna difícil tanto para lectores como para críticos. Su sujeto poético muta con facilidad de un libro a otro, sólo mantiene la sinceridad y la búsqueda constante de una fe, un centro, un equilibrio como hilo conductor, columna vertebral a lo largo de los años. Quizá éste sea el único elemento aglutinador, lo que nos permite decir: “Estamos ahora y aquí ante un texto de Reina María”. Aunque su obsesión por escapar con tal de encontrar algo o alguien para sostenerse se ha convertido en arquetipo de su poética, no fue sino hasta la década del 90 cuando se volvió un hábito de vida y de escritura. Los años crueles del llamado período especial cubano

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dotaron de provisionalidad y discursos versátiles las entregas de Reina María. Para confirmarlo, es suficiente notar la disparidad de discursos poéticos entre En la arena de Padua, Páramos, Travelling, La foto del invernadero y …te daré de comer como a los pájaros... Sobre estas sinuosidades, estos viajes en zigzag de un libro a otro, trata la siguiente entrevista que persigue encontrar las razones —si es posible un término tan solemne— de tantos movimientos y escapes a la hora de conformar una posible ruta que dibuje esa rara y feliz condición de lo inasible en la poesía de Reina María en la última década del siglo XX cubano.

*** MMP. Aunque comenzó a publicar a finales de los 70 (La gente de mi barrio, 1976) y principios de los 80 (Cuando una mujer no duerme, 1982; Para un cordero blanco, 1984), y pese a las extrañas divisiones generacionales que la ubicaron en la poesía de esos años, en la década del 90 ocurrió una transición en su obra a partir de En la arena de Padua (1992). Algunos ensayistas han encontrado señales de un desplazamiento del sujeto lírico Reina María hacia otras dimensiones de la escritura. ¿Estuvo marcada esa metamorfosis poética por condiciones sociales y el contexto en que se inscribió? ¿Qué sucedió entre esos tres primeros libros antes mencionados y En la arena de Padua? Si tuviera que justificar esta supuesta transición poética ¿qué elementos argumentaría? RMR. Hubo un momento en el que me detuve, no quería ser más la queja ni la mujer que grita y creo que En la arena de Padua ese fue el cambio de mi poética. Quería pensar —sé que eso es muy ingenuo—, no quería escribir más textos como “Deudas” o “Ya no”, aunque

sabía que iba a perder cierto público, pero necesitaba también escribir horizontal —nunca uso el término prosa poética, que no me gusta, me parece como esa frase de mi madre: “Ni chicha ni limoná”—. Quería extenderme y subir y bajar a la vez por esas graderías del lenguaje. Escribí al mismo tiempo En la arena… y Travelling, en este último casi todo es ya horizontal, pero salió mucho después porque estuvo más de siete años en la editorial Letras Cubanas por falta de papel y por eso los libros se separaron. Hubiera querido que salieran juntos y se complementaran. Pero no pudo ser así. Y el relato novelado fue la forma que hallaron en la editorial para que saliera por fin, aunque encasillado en esa denominación. No sé todavía qué cosa es un relato novelado. MMP. Páramos incluye uno de los poemas que para algunos críticos —Antonio José Ponte y Duanel Díaz— revela texturas, registros y dualidades que armonizan con el resto del libro, pero al mismo tiempo entran en diálogo íntimo con la tradición literaria cubana desde perspectivas femeninas, citadinas, históricas y sociales. En uno de sus fragmentos dice: “Por la ventana del barco, luego de atravesar la tela, envejecida y floreada, de una pequeña cortina blanca, entraba una luz acuosa que me hacía mirar —aun sin querer— las rajaduras del edificio, el peso de los tanques de agua destapados, las vigas de hierro que han perdido su revestimiento y crujen al pasar las bandadas de palomas”. ¿En qué circunstancias nace “Luz acuosa”? ¿Podemos hablar de este texto como obra central que articula el resto del libro, como referente de una experiencia más dolorosa, de mayor pureza y transparencia a pesar de la bruma que ronda Páramos? RMR. Uno está en la tradición literaria que lo envuelve hasta por desconocimiento y la tradición literaria

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cubana es muy francesa. Ahí también me envuelvo en esa manta, pero por aquella época leí a Virginia Woolf, que es la gran poeta. Para responder el final de tu pregunta, “Luz acuosa” siguió el camino de los textos horizontales de En la arena… pero nació después de un viaje a Los Andes donde me sentí muy frágil y conmovida a la vez por las montañas —mi vida siempre transcurrió en el llano, no más allá en la altura de unas escaleras hasta la azotea—, y aquellas cumbres también me llevaron hacia Antonin Artaud, a su viaje a los Tarahumaras, buscando un lugar y una fe, pero resbalando por ellas con unos (intrascendentes) tenis rojos chinos. “Luz acuosa”, el texto que escribí en un cartón, es exactamente lo que vino cuando al regresar de los páramos se fue un amigo para siempre del país: es un texto de impotencia ante la pérdida. Un viento levantaba las tejas, la niña tenía fiebre y la ciudad (como un útero) se desangraba igual que yo. Cogía los rellenos de alguna muñeca de mi hija Elis para aguantar la sangre y escribía el texto con la sobreabundancia de esas marejadas y esas fugas que provocaban en mí las pérdidas a través de los años. Nunca hubo un “aerostato desviado por el viento” ni un mercenario en el cielo, sólo un mal viento que se llevó a los amigos y a la confianza. MMP. En 1993 ganó el Premio Julián del Casal con Páramos, publicado en 1995. A los giros ya evidentes de En la arena de Padua, en tanto simbología y una sensibilidad hasta ese momento sin escriturar en la literatura de la época, se suma la escritura horizontal. El poema en prosa, que ya había tenido sus avances en cinco textos de En la arena…, llega esta vez como única posibilidad para el desdoblamiento, excepto en el texto inaugural “Violet Island”. En Páramos aparece una experiencia espiritual que no se vislumbraba en los textos de la década del 80. De aquella poesía conversacional caemos elípticamente en otra dimensión del poema. Jorge Luis Arcos asegura que en este libro: “El discurso se concentra en la imposibilidad de la comunicación de la experiencia trascendente, de la vivencia interior. Se tiene la convicción de que existe un más, un exceso inabarcable”. Resulta curioso, pero los años en que escribió Páramos fueron de una miseria lindante

con el delirio en la isla. ¿Podemos pensar que este libro propone una pérdida de límites entre la realidad exterior e interior, como una forma de subsistencia, de alimento cuasi material en los primeros años crueles de la década del 90? RMR. Páramos fue la contrapartida a la escasez en que vivíamos. Tiene el lujo de las hormonas —que son como las preposiciones—, los enlaces supremos entre lo que sentimos y lo que nos da la realidad. Nunca me sentí más abundante, porque si no hubiéramos tenido lenguajes ya no tendríamos nada, absolutamente nada. ¿Qué hubiéramos podido hacer? Los lenguajes y la arbitrariedad con que los usábamos en aquel páramo nos salvaron al menos simbólicamente, y por eso sobrevivimos. De ahí el erotismo de Páramos, otra forma para que el cuerpo resistiera su falta de alimentos de todo orden. MMP. El texto que abre Páramos, “Violet Island” (contenido en la antología El jardín de los símbolos, de Ricardo Alberto Pérez), se inserta en una categoría de excepción junto a otros poemas únicos de la literatura cubana contemporánea, como es el caso de “Castigo”, del libro Abuso de confianza de Ángel Escobar. ¿Incluiría a “Violet Island” como otro de los textos que imponen dicotomía, quiebre entre un antes y después en su escritura? ¿Cuáles otros estarían en esa posible lista y por qué? RMR. “Violet Island” es sólo el fragmento de un libro que no he publicado (porque me parecía demasiado ‘lírico’ y porque quería lograr una intertextualidad con películas, como hice entre “Violet Island” y Las señoritas de Wilko, de Andrzej Wajda) y de donde tomé a Fela, el personaje en el que me convertí. La parte final de ese fragmento, cuando se habla del puerto donde ya no ha entrado ni se ha ido nadie más, es la que prefiero por su sencillez, por el ritmo que coge y por mostrar esa relación con el guardafaros de Aspinwall que sale de un cuento de Somerset Maugham, donde el guardafaros es culpable del choque de los barcos por no cuidar la intensidad de su luz. Hay una metafísica


ligera en mi texto, fueron años de leer mucho a George Gurdjieff. Años después escribí “María Mariosh”, aún inédito, que es el nombre de un barco que vi fondeado en la bahía de La Habana y que empata con la obsesión que tengo por el mar como ontología, por los veleros, por las marinas, y con la búsqueda de una profundidad que esbozara hasta dónde podría llegar a ser “yo”. La comparación con Ángel Escobar de tu pregunta me cuesta mucho porque lo considero el poeta más lúcido y mayor de nuestra generación y del resto. MMP. A pesar de ser años de crisis económica en el país, en la primera mitad de la década del 90 usted mostró una gran fecundidad en su obra. En 1995 apareció Travelling, con el subtítulo de “Relato novelado”. Un libro mestizo en materia de géneros y con una propuesta visual: contiene siete fotografías —en las que usted es personaje o autora— y cinco ilustraciones de la pintora cubana Zaida del Río. Llegado a un punto de complicidad en la lectura de este libro, resulta difícil discernir dónde comienza la fotografía como momento sacado del tiempo y duplicado en la imagen, y dónde el texto también como representación de un instante. ¿Texto e imagen funcionan de la misma manera a la hora de hacer valer las palabras de Barthes cuando dice en La cámara lúcida: “Una foto no puede ser transformada (dicha) filosóficamente, está enteramente lastrada por la contingencia de la que es envoltura transparente y ligera”? ¿Cómo conjuga ambas categorías, la estática de la fotografía y el movimiento perene del viaje en esta obra? RMR. Cuando escribí Travelling a finales de los ochenta —aunque se publicó en 1995—, todavía no había leído a Roland Barthes con la significación que tuvo para mí cuando traje sus libros de Mérida, en fotocopias que aún conservo. Barthes me abrió rutas insospechadas y ahora mismo, al decidir qué libro traer a este viaje — estamos en el 2014—, traje las entrevistas publicadas en El grano de la voz. No conozco nada de técnicas fotográficas, pero siempre me importó la fotografía aun con la pena de su desconocimiento técnico. Siempre quise transgredir lo que la palabra jamás podría: mantener

un presente imposible. Vi la foto de un pintor en una exposición y eso fue el detonante del libro Travelling. Quería llegar hasta la casita que aparece en la foto y meterme dentro del cuadro, llegar montada en una bicicleta y entrar por los verdes, por el caminito y hacer un guión entre ella (yo), la artista, él (el filósofo); por eso muchas partes del libro transcurren en off. Quería moverme sin moverme. No viajar más que hasta el arte, hacia un lugar que es un proceso para llegar a la voz, ese lugar que no tiene lugar y es mental, como si mientras tanto, por el camino, pudiera hacer la antropología del recorrido. Muchos años después de Travelling, Roland Barthes cambió mi vida en todo. Sin Bayona, sin estilográfica, sin semiótica, desde una azotea de Ánimas pude ver lo fijo y lo efímero. MMP. En 1998 obtuvo el segundo Premio Casa de las Américas con La foto del invernadero. Una vez más regresó a la poesía que Ponte en cierta ocasión llamó “vertical”, al verso sobre verso, pero sin olvidar aquella continuidad tan bien lograda en el poema horizontal; para prueba algunos textos de la segunda mitad del libro. Podemos pensar en La foto del invernadero como una obra en plena madurez femenina, humana, cercana a sus 50, donde ya no importan las mayúsculas porque la vida es ahora un fluir más reposado, una estructura sin fronteras donde todo puede ser parte del mismo material humano o inhumano. En el poema “los días” dice: “los días afuera, con esa luz que / baja hasta perder su definición / y no saber si la luz sale de mí (adentro) / me bebe hacia sus claros horizontes, o está pintada / al borde del muro para continuar el enceguecimiento de su propia claridad.” ¿La foto del invernadero apunta hacia la extraña contemplación que aún desde la serenidad sostiene una búsqueda de fe, de un eje sobre el cual girar? ¿De alguna manera estos textos siguen siendo una continuidad de fotos narradas, contadas en el preciso instante en que fueron tomadas, extraídas de la realidad circundante? RMR. Cuando escribí La foto del invernadero, que se publicó en 1998, no quería ir más a ningún lugar y sólo viajé a través de la revista Correo de la Unesco, la cual

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ya no se publica desde 2011. Me sentaba frente al mar, en Galiano, a ver los templos, las estatuas y lugares que probablemente nunca conocería. Este libro es más frío, más calculado, más racional tal vez, con ese texto de la imagen del Che visto a través de un hijo ilegítimo y la degradación de su imagen a través de un recorrido por las calles habaneras también degradadas. En La foto del invernadero busco esa foto que nunca aparecerá, que no veremos —como la foto de la madre de Barthes en La cámara lúcida—, y es que cada uno tiene esa fotografía siempre: la mía, con un niño algo menor que yo, cogidos de la mano frente a una casita que imaginé era un invernadero, pero que no lo era. No sé quién era el niño de la foto, sólo sé que siempre he necesitado su compañía. La búsqueda eterna del otro.

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MMP. …te daré de comer como a los pájaros…, publicado en el año 2000, aparece como un ejercicio impresionante en las letras cubanas de esos años. Un libro a dos columnas, como dos esqueletos distintos de un mismo cuerpo-vida, el suyo, que según sus propias palabras en la contracubierta es “la estructuración de una estructura”. De manera paralela, página por página, corren dos formas de diarios, dos vidas al unísono. ¿Podemos leerlo como un libro doble: dos poéticas, dos momentos, dos tipografías a pesar de estar en la misma página? ¿Son estas dualidades formas de coexistencia de más de un sujeto poético, un mundo escriturado en su obra? RMR. …te daré de comer como a los pájaros… fue un intento por dejar constancia de una época. El recurso de esas tres partes, porque además de las dos columnas con diferente tipografía están las cartas de amor que reciclé de alguien a quien quise mucho y no me quiso, intentaban crear un centro entre lo que estaba pasando (las goteras, los amigos que llegaban y se iban, las lecturas que casi son bombillos, etc.) y la historia de Katherine Mansfield en el priorato con Gurdjieff (ella pensando en si tener alma o no), cuando éste la coloca entre las vacas para despersonalizarla. Así también yo, sujetándome para sobrevivir entre las vacas, partida en dos columnas, bicéfala, entre un mundo de la mente

más sutil, lleno de imágenes y hasta kitsch, y otro de afuera, de lo real o supuestamente más real que estaba viviendo con su crueldad. Este libro se me perdió durante un viaje y gracias a una copia que tenía una amiga lo recuperé. Muchos años después, cuando lo pude componer en la computadora de un amigo —yo no tenía, lo hice en una máquina portátil con cintas teñidas y vueltas a teñir, una columna primero y luego la otra—, se publicó en el año 2000 porque son muy difíciles de publicar esos libros con columnas y diferentes tipografías en la isla. No pensé sobrevivirlo. MMP. La situación especial vivida en Cuba en la primera mitad de la década del 90 dejó huellas no sólo en la economía del país: la cultura y en especial la literatura guardan obras y temáticas que emergieron a la par de los llamados años duros del periodo especial. ¿Cómo valora la incidencia de esta etapa de penurias materiales y espirituales en la isla sobre la literatura de esos años? RMR. Sé que la miseria trae barbarie, así que no puedo decir que aquellos años que fueron una experiencia horrible dejaran de serlo, fueron horribles; pero a la vez, marcaron un sentido del tiempo que no teníamos, una guerra sin guerra donde libramos una batalla que nos mutiló. La azotea era un barco en medio de la tempestad y nos agarramos como pudimos mediante lenguajes —sogas o nudos— a ella para sobrevivir. Fue nuestra utopía, aunque la literatura, digo siempre, la cultura, no nos redime de la no-vida. Estábamos obsesionados con el conocimiento, con los libros que no teníamos, con los cuerpos que no tuvimos, apegados a autores que nos daban sombra como si fuera ésta la única forma de salir de aquella situación de penurias y dolor. Esto no es un juicio que nos califique, pero sí una característica de cómo los huérfanos —del poema de Ángel Escobar “El tablón del ahogado”— se agarraron con todo lo que tenían a la nave.


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Unidiversidad 22  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP.

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