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Editorial

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omo todo fanzine que se respete, el nuestro es una publicación con periodicidad impredecible y con déficit económico seguro. El término fanzine refiere a una época legendaria en que el ocio no remunerado se convertía en creación: revistas hechas por diletantes para gente de pasión fanática (ver su historia completa en www.wikipedia.com) La pobreza previene contra el diletantismo, y a eso se debe que ningún fanzine haya perdurado en nuestra era mediática. Si no te pagan, nadie tiene derecho a reclamar, y si amenazas con irte, vete, nadie lamentará tu ausencia. Son las reglas y las aceptamos. FANZINE nace como órgano de penetración de www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com El primer número está dedicado a hacer un perfil de Blaise Cendrars, autor de ascendencia suiza, pero nacionalizado en Francia a comienzos del siglo XX. Trae de todo: recetas de cocina, chismes de cafetería, reseñas que parecen ensayos, poemas cortados arbitrariamente, citas falsas y errores ortotipográficos puestos a propósito como señuelos para cazar ignorantes. El propósito no es otro que el de reivindicar la raíz morfológica de la palabra fanzine (para los que no buscaron en Wikipedia: del inglés, de la fusionar Magazine con fan´s, que daría un adefesio parecido a “revista para fanáticos”). Para nuestros ilustres fanáticos FANZINE será colgado sobre la plataforma -issuu.com- dicho editor permite una navegación dinámica por todos los rincones del documento, aproximaciones en detalle a las partes pudendas de las modelos y una maravilla extra: puede ser descargado en formato PDF. En la misma plataforma se pueden suscribir y/o dejar comentarios a favor o en contra y/o crear su propia revista y montar competencia. Si les gusta FANZINE, difundan profusamente. Si no les gusta, que les den por donde os apetezca. Stanislaus Bhor Director, editor, redactor, diseñador, secretaria y publicista


Todo lo que se sobre Blaise Cendrars

¿Blaise Cendrars, o Fréderic Sauser?

Cendrars & Compañía

La poesía y el mar

Trotamundear

Clase de cirugía por correspondencia

El oro y la guerra

Pastel y lechón a la Blaise El poema más triste del mundo

El arte de vagabundear

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Todo lo que sé sobre Blaise Cendrars

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endrars era un recamador en el sentido literal de esta hermosa palabra desusada: un zurcidor, un escritor exagerado que desfiguraba los hechos inventando circunstancias y deteniéndose sobre ellas, capa sobre capa, hasta convertir tela burda en fino encaje. Es mi escritor favorito. No el tutelar, porque me es imposible desacralizar a Camus y a Thomas Bernhard. Los tres son escritores disímiles, para tiempos homogenizadores: uno empeñado en exprimir la vida, otro interesado en describir las fibras del pensamiento, y el tercero encarnecido en impugnar la naturaleza humana. El más esquivo que siento a la hora de hacer su perfil es Blaise Cendrars. Nadie vivió como Cendrars. Era su última reencarnación. Vivió para olfatearlo todo, probarlo todo, experimentarlo todo. Fue soldado y contrabandista. Fue poeta y andariego. Fue agricultor y director de cine. Fue funámbulo de un circo en Londres, cantor de Music Hall. Marinero en el mediterráneo y el báltico, en rutas que atravesaban el atlántico en quince días de le Havre a New York. Recolector de aceitunas en

Medio-Oriente. Mercader de perlas en Teherán. Cafetero en Brasil. Segador de trigo en Canadá. Documentalista de elefantes en Kenia. Escritor consagrado Aix-en-provence, además de la treintena de oficios nobles e innobles (peón, pugilista, mesero, marinero, soldado, matón) en los lugares más peligrosos del mundo: el frente oriental de la primera guerra mundial, la China del opio, la selva brasilera, la selva del Congo, Guatemala en guerra civil, Francia ocupada por los nazis. Vivió para sentir. Si ser sensible es dejar que el mundo te influya, Cendrars era el hombre verdaderamente sensible: “Es posible que la poesía pura sea dejarse impregnar y descifrar en sí mismo la firma de las cosas”. Decía también que vino al mundo para aprovechar hasta la última gota de libertad. Es explicable. Cada día era su último día: había sobrevivido a la Gran Guerra (la del 14: Francia-Alemania-Rusia-Italia). Un obús alemán le cortó el brazo derecho. Sin brazo escribió veinte libros. Sin brazo estuvo en Bolivia, trabajando en las minas de Estaño. Sin brazo estuvo en Brasil filmando boas y fundando la industria de combustibles vegetales. En Paraguay sembrando café. Un loco peligroso. Un lobo de mar. Un veterano de dos guerras. En la guerra Nazi, sin


brazo, fue espía de Francia. Sin brazo se refugió después de los cincuenta años para escribirlo todo en una veintena de libros Aix-en-provence, al sur de Francia: en la vieja ruta de los goliardos, los mejores poetas del mundo. Cendrars escribía a máquina, a todo vapor, con los cinco dedos de su mano izquierda. Escribía una pregunta: “¿Qué papel desempeña la imaginación en la definición de un perfume?” Y luego decía que La paz, Bolivia, olía a ozono. Que Rio de Janeiro olía nido de boa. Que Rotterdam olía a hierro fundido. Dedicaré este mes de sol a todo lo que sé sobre Blaise Cendrars. Si estuviera vivo, si fuéramos amigos, no me lo perdonaría: ¡qué forma de perder el tiempo, gilipollas! (como dice su traductor) !que te den por el culo, chaval!₲ -----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------fundar la publicidad en Neón. La madre de Cendrars nunca empacaba maletas. Acostumbrada a los arranques de su marido, dejaba todo, los amoblados, los libros, los tiestos de cocina y marchaba como un batallón de infantería detrás de su marido. Cendrars recrimina en Bourlinger (traducida por Alianza como Trotamundear) y L´Homme foudroyé (traducido por Argos como El hombre fulminado) una y otra vez esta actitud de su padre y la sumisión de su madre. Sin embargo, Cendrars heredó el proceder de ambos. La vocación de viajes y el interés por los negocios absurdos es algo que calcó de su padre, y su derroche y desprendimiento de todas las cosas materiales lo calcó de su madre. Cendrars fue multimillonario tres veces, y tres veces derrochó su fortuna, regalándola a los amigos en desgracia, invirtiéndolas en la naciente industria del cine, inventándose negocios en Estados Unidos y Brasil. Tal vez la historia que mejor ilustra el Edipo de Cendrars, el reproche a su padre, sus ambigüedades, los contrastes y la debilidad por el viaje y el desprendimiento sea La espina de Ispahán. Está en Trotamundear. Cendrars llega a Nápoles en la barca de un griego. Viene de Teherán, donde estuvo de ayudante de contrabandista. Al ver su fina garra para los negocios el contrabandista pone a Cendrars a regatear artesanías y joyas. Un día llega a sus manos una espina de Ispahán. Uno de esos bastones salidos de las mil y una noches (donde también hay una ciudad llamada Ispahán). El bastón es al mismo tiempo un estuche de perlas. Cendrars decide comprar la espina. El contrabandista dice que no vale nada. Es un ignorante que nunca leyó las mil y una noches. No sabe que

TROTAMUNDEAR

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l padre de Cendrars era un viajero incansable y un mercader innato “que montaba los más absurdos negocios para abandonarlos en plena prosperidad”. Recorrió Europa fundando negocios para abandonarlos cuando ya estaban a punto de arrojar utilidades. El padre de Cendrars, entre otras cosas, es el culpable de la urbanización acelerada de Nápoles, Italia, y del barrio que se construyó sobre la tumba de Virgilio, en la cual jugaba Cendrars de niño, y donde según su propia confesión literaria mató al primer hombre de su vida: un leproso. Al negocio de obras civiles siguió la primera empresa que le introdujo gas en la cerveza. Siguiendo la ley del siembra ceiba y cría gusanos, abandonó la pasteurización de la cerveza a punto de ser transnacional en Alemania y Rusia, y partió a Londres a [5]


adentro guarda el tesoro. Le descuenta la espina del sueldo. Cendrars se larga, quedándose con la espina. Atraviesa los desiertos de las mil y una noches usándola de bastón. Pasa Iraq y llega al mar rojo. Su único equipaje es la espina. Nadie quiere embarcarlo sin plata. La buena estrella de Cendrars lo conduce a un buque que lo abandona en el mediterráneo, frente a Nápoles, la ciudad donde su padre jugó a ser ingeniero, la ciudad de su infancia, la ciudad donde fue niño, la ciudad donde tenía por patio trasero la tumba de Virgilio. Allí se va a seguir el consejo de Kipling en Kim: lo mejor para aliviar las mataduras de un viaje desafortunado es dormir bajo tierra. Sube la cuesta y busca la cartuja abandonada de San Marino, en cuyo jardín yace la tumba de Virgilio. Con la espina abre un hueco y se tiende. Entonces empieza a rememorar su infancia, los juegos, las primeras aflicciones del corazón con una niña de moñitos trenzados con la que tenían de patio de recreo la tumba del poeta. El relato salta en múltiples direcciones. Seguirá metido en la tumba por ocho días hasta comprender que Kipling mintió. Está exhausto. Desnutrido. Tiene un tesoro, pero se muere de hambre. Tiene una espina de Ispahán con tres perlas dentro que valen una fortuna, pero no tiene ni vino ni un trozo de pan. Se va al puerto a probar su suerte. La buena estrella lo salvará otra vez. Un barquero que lleva vino de Samos pasa e increpa a Cendrars. Necesita un ayudante. Cendrars, ropa de harapos, rostro curtido, monta a la barca como marinero. Durante el viaje pasan mil cosas. Recuerdos y digresiones que dilatan la historia. La prosa de Cendrars es Staccato: un fluir de la consciencia. Interrumpe la acción y salta de país, de época, de la completa felicidad a la competa inopia. No conozco ninguna prosa capaz de oscilar a la vez del mundo vulgar a la erudición más refinada. Plástico cuando describe una ciudad. Sicólogo, cuando perfila un mundo interior. Poeta cuando precisa un olor. Estilista genial cuando ensambla dos historias paralelas. Puede usar la retórica marinera para narrar con minucia la vida en un barco, y al mismo tiempo puede dibujar

las tensiones vividas entre curtidos lobos de mar. Cuando llegan a Rotterdam, Cendrars decide revolucionar a la tripulación y abandonar al griego mezquino. Reparten el vino a un buque que pasa cerca y se van a la capitanía del puerto a celebrar una fiesta monumental. La paga Cendrars, que invita a todo el mundo con una de las tres perlas de Ispahán. El dinero alcanza incluso para contratar la banda musical más singular de todas: los músicos son las putas. Cendrars siente compasión de una. Le recuerda a su prima de Londres: lánguida, pálida, enfermiza. Debe tener tuberculosis y morirá pronto, así que decide obsequiarle otra perla de su espina, que la sacará de pobre. Pagará un tiquete de tercera clase en un tren y se irá con la perla restante y la espina de Ispahán hueca a París, a lamerse las heridas. Otro negocio fallido, pero un viaje más en la alforja. En un bar se encuentra al bibliotecario Rémy de Gourmont. Acaban de echarlo de su puesto en la biblioteca Nacional de Francia por el acto antipatriota de decir que Francia era una invención literaria, que Francia no existía. Cendrars admira a Rémy (al punto de que un día le pondrá Rémy a su primogénito, que heredará la beligerancia de Cendrars, será capturado por los nazis, escapará del campo de concentración y volverá a bombardearlos hasta que su avión estalle en pedazos en la segunda guerra mundial). Cendrars sólo era tímido ante lo que admiraba. Como había visto lo peor de los seres humanos, admiraba muy pocas cosas en los hombres: la valentía, la sabiduría, la sencillez y la santidad. Gourmont era un santo ante sus ojos. Lo oye hablar de la historia de los leprosos, y decide contarle cómo mató al primer hombre de su vida. Gourmont lo invita a casa. La casa de Gourmont era una biblioteca de clásicos olvidados. Ahora tendrá que venderlos para comer. Cendrars decide regalarle la última perla y la espina de Ispahán. Ahora no tiene nada. Otra vez. Nada. Pero al día siguiente Alemania le declarará la guerra a Francia, Cendrars se casará con la mujer que ama, y se alistará de paso en la legión extranjera.₲


â–˛Cendrars por Modigliani

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¿Blaise Cendrars, o Fréderic Sauser?

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laise Cendrars era el seudónimo. La explicación que daba para no usar su nombre era sencilla: decía que le encantaba el misterio; que uno de los mayores atractivos de pertenecer a la Legión extranjera en una guerra francesa era la de poder alistarse bajo nombre falso, y mantener en secreto el verdadero. El nombre incógnito de Cendrars era Fréderic Sauser-Hall. De nacionalidad suiza. Todo empezó en vísperas de la primera guerra mundial: “El 29 de julio de 1914, dos días antes de la declaración de guerra, firmé con Riccioto Canudo, el entusiasta y romántico discípulo de D´Annunzio, un Appel que apareció en

todos los periódicos de París y tuvo una gran resonancia.” Era el documento de alistamiento en un cuerpo de voluntarios que habría de hacer leyenda: La Legión Extranjera. Lo fundaban, no porque Cendrars y Canudo odiaran Alemania, sino porque amaban demasiado a Francia. Si usted pasa un día por la biblioteca de parís (la de verdad o la virtual), el folleto se puede consultar bajo el rótulo: Les engages coluntaires éstrangers dans l´Armée francaise. “Allí aparece el nombre Blaise Gendras, con la errata de la G en lugar de C. Había firmado el manifiesto con mi nombre de poeta”. En realidad, los primeros libros firmados por ese poeta desconocido

convertido en soldado voluntario fueron: “Séquences, París, 1912, Editions des Hommes Nouveaux, Les paques á New York, 1912. Le transiberian (un volumen en colores 10X36X2 metros, edición única, llamada “primer libro simultáneo” cuya tirada alcanzaba la altura de la Torre Eiffel 300 mts-, Editions des Hommes Noveaux, París, 1913”. Todos de poesía. Los autores de heterónimos son los más tristes de todos: se desdibujan para crear una ficción de su propia imagen, y al final la creación sabe más que la vida; al final, el inventado es más real que el otro, y ya no hay vuelta atrás. Blaise Cendrars no será más Fréderic Sauser-Hall.₲


El poema más triste del mundo

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l poema más triste del mundo no es de Cendrars; lo recogió en La mano cortada, pero pertenecía al cancionero de soldados de 1848. Se coreaba en el frente holandés durante la primera guerra mundial. Una noche en la granja de Navarín (, en Holanda, donde perdería el brazo) un grupo de soldados de la legión extranjera empezó a corear el poema. Cendrars que estaba atento como siempre pero borracho como de costumbre, levantó la cabeza de la barra, en el bar de una taberna donde todos tomaban hasta caer al suelo, y al vuelo capturó una sola estrofa, la única que nos ha quedado. Todos la conocían como la Canción del pobre hombre, y aunque era mucho más larga, Cendrars nunca encontró un soldado que pudiera cantarla completa. No importa. Incluyó lo que se alojó en su memoria y la insertó en ese libro tenebroso que es La mano cortada. Tal vez Cendrars, maestro de la digresión, sabía mejor que nadie que lo inacabado es la expresión máxima. Cito:

Érase un pobre hombre En su pobre casa Follando con su pobre mujer De una pobre manera Sobre una pobre cama Con su pobre herramienta Le hizo un pobre hijo Que vivió pobremente Si este poema no contiene toda la mezquindad del capitalismo salvaje, no existe la poesía.₲

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lase de cirugía por correspondencia

legó a decir que único oficio para el que no tenía estómago era el de ser obrero de fábrica. La metáfora no es un exabrupto. Está en pluma de un hombre del que se diría que tuvo “estómago” para actividades vomitivas de todo tipo. La escena más escalofriante que le he hallado (y las escalofriantes son su especialidad), es la cirugía de seno que le hizo a su mujer. Estamos en Frize. Un punto fronterizo entre Holanda y Alemania. La guerra (primera mundial, de trincheras) lleva un año. En la Legión Extrajera hay un soldado con tal poder de liderazgo que es ascendido a cabo. Pero el cabo Blaise Cendrars no acepta tal jerarquía, si para obtenerla debe abandonar el frente para irse a un curso de oficial en retaguardia. En realidad, lo quieren sacar porque un capitán le tiene la mala, lo acusa de contrabando y desobediencia. En una acción, Cendrars lo amenazó con darle un tiro y hacerlo pasar por dado de baja en combate. Un día en que el capitán pasará a dar informe en retaguardia, Cendrars hace que sus hombres abran fuego contra el capitán, pero que no lleguen a darle. Durante un mes encarcelarán a Cendrars en una casa al borde de un camino, a espera de un consejo de guerra. A tan extraña cárcel la llamará “la casa del erudito”. Estaba tapiada de libros. Raros, antiguos. En uno de sus estantes, encontrará un libro raro entre raros: las

Ouvres de anatomía del médico Ambrose Paré, cirujano de Catalina de Médici. Una vieja fascinación por la medicina estuvo a punto de convertirlo en estudiante antes de la guerra. El soldado rebelde, se entusiasma con los grabados de Ambrose Paré que ilustran sus libros. En el tomo II, con grabados anatómicos y capítulos sobre cirugía de los senos, incisiones y ablaciones, encuentra una lámina que estudia milimétricamente y grabará en su memoria prodigiosa. Veinte años después, finalizada la segunda guerra, el veterano Cendrars llevará a su amante, una actriz, a la Costa Azul, para buscarle un personaje secundario en el plató de una película. No da el nombre de la amante, pero da las coordenadas: actuó en Las mil y una noches, de Louis Nalpas, rodada en Estudios La Valentina, y filmada en Niza, a finales de 1945. Durante el rodaje la actriz se dará un golpe en el pecho. Con tan mala suerte que empezó a crecerle un tumor. La actriz teme ir al médico, porque una mano torpe puede estropearle el seno y dañar para siempre su figura en el cine. El tumor sigue creciendo. Todos los días se revisa ante el espejo y llora y lamenta su desgracia. Un día Cendras no soportará más la escena del espejo y le dice: «Escucha, vida mía, voy a hacerte mucho,


»

mucho daño, pero ten confianza en mí. Te operaré. Y seguidamente, sin darle tiempo a que protestara, desinfecté mi navaja de afeitar con la llama de varias cerillas y allí mismo, en nuestra habitación del hotel, le abría el pecho frente a la ventana abierta de par en par sobre el mar azul, las palmeras, las mimosas, con una navaja de afeitar “Guillette”, y por vez primera en la vida yo manejaba una navaja con la mano izquierda. Han pasado treinta años y en ese pecho, ese pecho adorado, aunque se mire con lupa, no se ve la menor cicatriz, el menor nódulo, y la punta y el pezón y la curva del seno son perfectos. Es cierto que el amor hace milagros, pero practiqué la operación “flor de lis lanceolada” que Ambroise Paré recomienda de preferencia a “la crucial de Lorena” y describe detenidamente en la obra que yo leí en mi escondrijo de Frise y cuya incisión con el bisturí y audaz recorrido aparece un seno ilustrado, en la lámina XVII, titulada: “de la incisión real. »

NOTA He buscado esa lámina en la sección virtual de la Biblioteca Nacional de Francia. No la encontré. Pero espero que la foto que acompaña el post sea lo suficientemente ilustrativa. ¿Qué estómago tenía este hombre, por dios? ₲

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Pastel y lechón a la Cendrars

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la hora de odiar un plato, Cendrars lo denigraba como pocos. Pero al mismo tiempo tenía la extraña virtud de mejorarlo. Cuando en Hamburgo, a comienzo de la segunda guerra, se disponía a esperar la liberación de su hijo Remy, capturado por los nazis, el chef se esmeraba por modificar todos los días el mismo plato de una horrenda e interminable comida de guerra llamada filetes mechados. Así se expresó de ese plato: “!Puf!, no me gustan. Si al menos me los hicieran a la griega, nadando en aceite de oliva y con el relleno salpimentado, con granos de pimienta alternando con uvas pasas de Corinto y alcaparras… Además, no aguanto la grasa. En

Grecia envuelven los filetes en hojas de vid y añaden laurel y vino moscatel…” A veces, en los pasajes que parecen más intranscendentes de Blaise Cendrars, emerge, misteriosa, suculenta, una receta de cocina. Ávido comensal, sibarita excelso, conocedor de toda la gastronomía del mundo (la china, la africana, la brasilera, la cajún, la francesa, la italiana, la provenzal), sólo hasta cuando leemos un párrafo donde establece un símil entre un aguacero con un tiesto desbordado es que resulta claro cómo opera la gastronomía en la poesía y cómo los poetas pueden aprender tanto al interior de una cocina que en una sala de biblioteca: “Un trueno retumbó. Las esclusas del cielo se abrieron y todo se ensombreció un poco más. Se puso a


llover un agua tibia, extraña, amarillenta y salobre, que arrastraba partículas de escamas de arenques, como si se hubiera derramado un tonel de salmuera.” En los autores franceses, la cocina ocupa un lugar fundamental. Lo mismo pasa en el cine. Los libros de Cendrars clasifican como pura literatura francesa, literatura de aromas, de sabores, de colores, de texturas. La receta más infame que tengo en un recetario de escritores que he ido configurando con recetas sacadas todas de novelas, no son las tortugas en su caparazón que se preparan al comienzo de Guerra y Paz para el conde más rico de Rusia, ni el antílope puñaleado con mantequilla y relleno de cerdo que prepara Hrabal para el rey de Etiopía en Yo que he servido al rey de Inglaterra, sino el “manjar del Lúculo” que invita a comer Gustav Le

Pastel y lechón a la Blaise Cendrars “Yo también tengo dos platos que llevan mi nombre en Sao Paulo y que me dedicó Ernestina, la cocinera de una amiga, una matrona que me apreciaba porque yo hacía honor a su cocina e iba cada vez a darle las gracias delante de sus hornos, lo cual la llenaba de orgullo: el primero es un pastel de chocolate, de cinco dedos de espesor, con rebanadas de piña y mangos aplastados; el segundo, un lechón estofado, servido en una hoja de banano sobre un lecho de cañas de azúcar y bastoncillos de canela, con un bejuco de vainilla y una brizna de manzanillo relleno”.

Rouge a Cendrars en un chiringuito en SaintOuen (París). “Ese famoso plato, que tenía a Le Rouge por promotor y cocinero, consistía en nada menos que una ensaladera llena de lenguas de mirlo a la crema, perfumadas con rosas y violetas, que se comían con costrones de pan untados con jugo de apio y rociados con abundantes tragos de vino de Alicante, mientras el patrón de la chigana, un gitano español, calzado con alpargatas, daba vueltas alrededor del plato disculpándose en tono quejumbroso “solamente son lenguas de mirlo, no es la temporada de ruiseñores”. Había más de dos mil lenguas y debió de costarle una fortuna al bueno de Le Rouge, que distaba mucho de nadar en oro.” Por lo demás, las que siguen son las menos infames, pero eso sí, las más suculentas:

Calamaio provenzal “Era una buena tasca. Olía a ropa blanca, limpia y a alioli. Y de pronto me entró un hambre canina. Me puse a dar vueltas alrededor de la Tite, a alzar las tapaderas de cazuelas y ollas. -Qué se cuece aquí dentro, Tite? Huele estupendamente. Caray, se diría… ¡Pero si es calamaio! (en Napolitano, el pulpo, o, mejor dicho, la jibia que se pesca en el golfo y que se come, en Nápoles, frita o con salsa de pimientos y cebolla, tal como explico, en fondas al aire libre donde la sirven dentro de un pan partido por la mitad, como en un bol. Eso costaba 10 céntimos en 1895, cuando yo estaba de interno en la Scuola Internazionale del doctor Plüss. En Marsella [13]

llaman callamare a ese cefalópodo, como en italiano en las posadas de categoría, pero el vulgo los llama sipia. N.A) !Calamaio! Ah, eso me encanta. Hace 25 años que no lo pruebo. Déme ahora mismo una porción, Tite… Cogí un cucharón y, hurgando el fondo de una olla en ebullición, saqué una espesa salsa parda muy perfumada por los pequeños pedazos de una especie de caucho arrugadísimo en los cuales se dibujaban pequeñas ventosas azuladas, pedazos que eran tentáculos de pulpo trinchados. La Tite me tendió un plato. Lo llené hasta los bordes, hundiendo el cucharón hasta el fondo de la olla para sacar los mejores pedazos de pulpo, y las grandes cebollas medio derretidas, y los pimientos,


y una hoja de laurel, y granos negros de pimienta que flotaban en la espesa salsa hirviente. Y, armado de un pedazo de pan, me senté a la primera mesa que encontré y empecé a comer a dos carrillos como un pobre muerto de hambre”.

Modesto menú en Chez Felix, tasca de marsella: “Veamos, ¿qué tiene? ¿Se podría conseguir una pularda con crema de champiñones? ¿Sí? ¡Estupendo!, porque, ¿sabe usted?, en África Jicky y yo y nuestra linda princesa estábamos hasta la coronilla de barbacoa de camello, carne de mono y conservas japonesas. Bueno, ¿y pescado? ¿Tiene lubinas? Háganos tres hermosas lubinas a la plancha. En el momento de servirlas, que les pongan hinojo en las agallas, las rocíen con chartreuse y las inflamen. De entremeses, mucha variedad de mariscos, pero ostras no, ni mejillones. A mí que me pongan una docena de violets (variedad de mariscos, típicamente marsellesa N.T.) y una docena de erizos de mar. Jamón de Parma, cabeza de jabalí y, si las hay, salchichas pequeñas de Córcega, esas salchichas rojas que son tan picantes. Para beber, vinillo de la casa, del que Víctor me habló, y que según parece no

está mal del todo, ¿verdad? Dice que es sensacional y que se bebe como agua, el muy traidor. Y abundante champagne brut. Los vinos de marca que a usted le parezca; yo no bebo nunca. Veamos, ¿dónde estábamos del menú? ¿Sopa? No, sopa no. ¡Pero mantequilla…! No olvide ponernos un buen pan de mantequilla, porque llevamos seis meses sin probar más que karaté, un aceite de palmeras con que las negras se embadurnan también el pelo; ¡no puede imaginar cómo apesta; qué cosa más rancia! Pero podría servirnos una buena tortilla bien untosa, sin rellenos, sin manteca, sin nada de nada, pero acompañada de lechuga, una hermosa lechuga bien blanca y repollada, y al mismo tiempo nos servirá un buen pedazo de gruyere, aparte, en un plato. Creo que eso es todo. Pero la tortilla ha sido una gran idea. Haga una tortilla de doce huevos, con una miaja de cebolla. No, cebolla no, huevo, nada más que huevos. Me olvidaba de los postres. ¿Qué pueden hacernos como repostería dulce? Una crema de chocolate, natillas, flan o una tarta de ciruelas… ¡para nosotros es un sueño!” Y para nosotros también.₲


Cendrars & compañía

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acer un inventario de amigos de un hombre que hizo amistades en medio mundo, entre los cuales se encuentran algunos de los más famosos pintores, actores y escritores, es tan complicado como inútil, si no fuera porque a través de esos nombres puede rastrearse afinidades y simpatías y comprenderse un sentido profundo que subyace en la obra de Cendrars: que era el mejor amigo de sus amigos. Los libros que escribió son en el fondo homenajes a los amigos que tuvo, amigos anónimos, sacrificados en las dos guerras, y amigos eruditos y artistas. Sus libros están llenos de semblanzas, anécdotas y recuerdos de esos amigos. La mano cortada es un libro compuesto de biografías de soldados: los compañeros de Cendrars en la legión extranjera, durante la primera guerra. En ese mismo libro puede encontrarse la siguiente lista de amigos famosos y discretos, y el lugar donde se hallaban al estallar la primera guerra mundial: Aisha, Renée, Gaby, la gorda Fernande, Jeanne-la-folle, Tatiana La tortillera (en un puteadero). André Billy, Robert Delaunay, Artur Cravan (poeta, pintor y sobrino de Wilde, los tres en España). Picasso (en la frontera España-Francia). Juan Gris (en el frente). Braque (soldado, cubista, en el frente). Derain (artista, en el frente). Picabia (en América). Marcel Duchamp (en Nueva York). Gleize (¿?). La Fauconnier (en Holanda). Modigliani (pintor, en Momparnnasse). Jaztrebzoff, Serge Ferrat, Roch Grey (baronesa, en París). Apollinaire (poeta, en el frente).

Cendrars iconografía en la web

Es en El hombre fulminado donde hace un inventario pormenorizado de amigos escritores, y pintores, y en Trotamundear donde habla de los amigos de Brasil, España y América. A la cabeza de todos, está Remy de Gourmont. No fue su mejor amigo. Sólo lo frecuentó brevemente antes de la primera guerra, pero lo proclamó su maestro: “nunca fui amigo íntimo de Remy de Gourmont. Y, sin embargo, desde hace cuarenta años no creo haber publicado un libro o un escrito sin que su nombre figure en él o sin citarlo de un modo u otro”. Gourmont fue un bibliotecario que diseñó un sistema infalible para leer todos los libros. Al menos, todos los indispensables para abarcar el saber humano. Gourmont descubrió que los libros eran infinitos, pero no sus temas. Entonces decidió abarcar todos los temas persiguiendo sólo los autores más eruditos en cada área del saber. A su servicio, puso a la biblioteca nacional de Francia, de la que fue director, antes de que lo echaran de allí por apátrida. La semblanza de Gourmont se puede leer en Trotamundear (Bourlinguer).

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Luego viene Gustav Le Rouge y Kozakov. “Entre dos amigos que se acusaban recíprocamente, el uno de haber leído demasiados libros y el otro de haber leído todavía más pero de olvidarlos con demasiada facilidad” se sitúan los dos. Gustav Le Rouge fue un escritor de novelas policiacas, esotéricas y terroríficas cuyo número de títulos según Cendrars era descomunal: 312. A este polígrafo, 25 años mayor que Cendrars, lo conoció por ser colega de su abuelo cirquero. Un día presenció un número en que el abuelo azotaba a Le Rouge con un látigo. Cendrars pensó que era una acto bestial de su abuelo, pero poco después se dio cuenta que era ficción. A Le Rouge le gustaba inspirar miedo y misterio en torno suyo. Era masoquista, sibarita, bebedor de absenta y tenía la piel glauca, amarilla, enfermiza. Era extremadamente tímido y se dejaba robar de los editores, vendiendo sus libros por precios ridículos. En el Hombre fulminado hace Cendrars el perfil sicológico de Le Rouge, discípulo de Verlaine, y un rescate pos mortem de su obra olvidada. Incluso cuenta una anécdota formidable en la que lo invita a beber con la plata que le pagaron por un libro de poemas que publicó Cendrars extrayendo pasajes de los libros de Le Rouge. “Yo cometí la crueldad de llevarle un tomo de poesías y hacerle ver con sus propios ojos, dándoselos a leer, unos veinte poemas originales que compuse a base de recortes de una de sus obras en prosa, y que publiqué como míos. Se necesitaba cara dura. Pero tuve que recurrir a este subterfugio, casi falto de delicadeza –y a riesgo de perder su amistad- , para que acabara admitiendo, pese a cuanto pudiese pretextar para defenderse, que también él era poeta; de otro modo ese testarudo no se habría convencido jamás”. Kozakov, por otro lado, era un marinero que había estado en la sublevación del acorazado Potemkim. Cendrars lo conoció a bordo de un barco y se hizo amigo incondicional de este marinero con cara de criminal, hasta el día en que van juntos a comer a uno de los restaurantes más costosos de París, sin plata en el bolsillo, y ordenan un banquete de reyes. Cendrars, que tenía la sangre fría para esperar a última hora una salvación de los astros, envió a Kozakov con un ejemplar antiguo de un poeta francés a ofertarlo en casa de un judío diamantista y así poder pagar la cuenta. Kozakov nunca volverá. Le robará todos los libros. Esa noche, mientras lo espera, la buena estrella de Cendrars volverá a surtir beneficios. Pero antes de aceptar la traición, describirá su fijación por esa mezcla explosiva de asesino culto: “lo que admiraba de él era su maravilloso desprecio de las contingencias, su ausencia absoluta de sentido de la propiedad, su despreocupación, su apetito, su embriaguez (era capaz de beber tanto como yo), su cinismo trascendental, que no era resultado de una filosofías, sino de un chorro espermático de su espíritu, su modo de ser, su modo de enrolarse con las mujeres y de sacarles todo lo que quería, su buen humor, su buena salud, y calidad de raza: el arte de vagabundear, al que soy sensible y es un arte sagrado de los

Cendrars iconografía en la Web (ffffound.com)


rusos, de encender un fuego, de arreglárselas en la naturaleza, el sentimiento de la naturaleza, una fe ingenua en la comunión con la tierra y el amor por la vida, cualquiera que sea…” De todas las amistades, sin embargo, es Henry Miller quien menos figura en las obras de Cendrars. Cendrars, en cambio es quien más figura en la obra provecta de Miller. La explicación tal vez se da por el influjo que obró la figura de Cendrars y sus libros sobre la obra y el carácter de Henry Miller. Leyendo a Cendrars se comprende de dónde viene Miller, de dónde salen esas parrafadas en Stacatto que parecen brotar de un escritor en trance. Miller admite la influencia, la dimensiona, la agradece, la asume, y en uno de sus libros menos sexuales y más bellos (Los libros en mi vida) dedica un capítulo entero a analizar los aspectos más significativos de la obra de Cendrars. Transcribo el primer párrafo: “Cendrars fue el primer escritor que se dignó a mirarme durante mi estada en París (marzo 1930-junio 1939) y el último hombre que vi al abandonar esa ciudad. Me quedaban contados minutos para alcanzar el tren para Rocamadour y bebía una última copa en la terraza de mi hotel, cerca de la puerta

d´Orleans, cuando apareció Cendrars. Nada habría podido alegrarme más que este inesperado encuentro en el último momento. En pocas palabras le referí mi intensión de visitar Grecia. Después volví a tomar asiento y bebí, escuchando la música de su voz sonora, que para mí siempre pareció provenir de un órgano oculto en el mar. En esos últimos minutos Cendrars consiguió transmitirme un mundo de información con la misma calidez y ternura que resuman sus libros. Como la tierra misma bajo nuestros pies, sus pensamientos llegaban acribillados por toda suerte de pasajes subterráneos. Lo dejé sentado allí en mangas de camisa, sin soñar jamás que transcurrirían años hasta volver a tener noticias suyas, sin soñar jamás que quizá sería la última vez que vería París”.

Cendrars habría de tener tantos amigos, que el único mecanismo hallado para no discriminarlos ni jerarquizarlos en sus afectos fue dedicándoles fragmentos de su obra. En la obra de Cendrars no hay anécdotas sobre Henry Miller. No hay borracheras. No hay reseñas de los libros de su colega, pero el único pasaje que he encontrado donde lo alude, es una de las dedicatorias verdaderamente singulares y bellas que se hayan [17]


escrito jamás para un amigo. Está al comienzo del número IX, llamado Rotterdam, la Gran Pelea, en Trotamundear. Es una parrafada genial donde mezcla frases coordinadas con subordinadas y que para mí resulta prácticamente una muestra de la alta poesía de Blaise Cendrars:

«

A Henry Miller, en recuerdo de la miseria que lo agobiaba en París cuando lo conocí, a principios del segundo tercio del siglo XX, y para recordarle el infierno que agita una capital y sus bajos fondos, en el desierto de Big Sur, California (Estados Unidos), donde está confinado desde su regreso de Grecia en 1940, desierto tan horrible y mineralizado como el de Nitria, en Egipto, donde los padres inauguraron la vida de anacoreta en el siglo IV, para intentar la “escalada hasta Dios”, conducidos por San Antonio, en el año 340 en Pispir, quien, solitario, exclama en su oración: “oh, sol, ¿por qué me molestas?” Con mi mano amiga Blaise Cendrars»


La poesía y el mar

E

l tema principal de su poesía es el viaje y el mar. Nada nuevo en un hombre que se enamoró del mar a los trece, al embarcarse en un buque que hacía la ruta Le Havre-New York en quince días. Luego, en el mismo barco, se largará a China, y allí pasará un año de vagabundo en las calles de Shangai, muriéndose de hambre. Viajaba como leía: en desorden. Porque el encanto de viajar no estaba en desplazarse por el espacio, sino en el tiempo y en el hecho de atravesar una selva africana y hallarse con los caníbales, o un desierto asiático y toparse de repente con una aldea que vivía en la física Edad Media. “Creo que lo mismo ocurre con la lectura. Excepto que está a disposición de todos, sin peligros físicos inmediatos, al alcance de un valetudinario, y que a su trayectoria, todavía más extendida en el pasado y en el futuro que en cualquier viaje, se le añade el don increíble de hacerle a uno penetrar sin gran esfuerzo la piel de un personaje”. Su poeta más amado desde los primeros trasiegos será Francois Villon, estudiante, poeta y ladrón. La obra completa de Villon es el libro que cargó siempre Cendrars en el bolsillo como quien carga la biblia o un talismán contra la

mala suerte. La edición era del siglo XVIII, y la perdería esa noche maligna en que envió a su amigo Kosakov a vender el libro para pagar la cuenta en el restaurante y el compañero de todos viajes jamás volvió. La esposa del judío diamantista, coleccionista de libros que se quedó con el ejemplar, fue la encargada esa noche de buscar a Cendrars y de pagar la cuenta del restaurante (porque al ver el libro más preciado por su amigo sospechó que algo andaba mal, que debía estar en las últimas para atreverse a tal despropósito: vender su libro más preciado). Al verlo allí, bebiendo a sorbos una botella de vino fino ante una mesa vacía, esperando que los meseros comprendan que está ilíquido y llamen a la policía, le pregunta si en realidad envió a Kozakov con el ejemplar. Cendrars dice que sí. Ella murmura: lo sabía. Y le da la noticia de que su marido pagó una fortuna por el libro de Villon. El poema más extenso de Cendrars se llama Prosa del Transiberiano y la pequeña Juana de Francia. Es un extenso poema narrativo que cuenta la partida de un tren que sale de Moscú con destino Siberia. Adentro va Cendrars, con una prostituta que rehabilitó y convenció de irse con él en busca de un futuro mejor. Es un poema plástico, que habla de la miseria del [19]

invierno y la miseria del poeta y la lucha por la vida de todas las parias del mundo:

E

n aquel tiempo yo era un adolescente Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi infancia Estaba a 16.000 leguas del lugar de mi nacimiento Me hallaba en Moscú, en la ciudad de los mil tres campanarios y las siete estaciones Y no me bastaban las siete estaciones y las mil tres torres Porque mi adolescencia era tan ardiente y loca Que mi corazón, alternativamente, ardía como el templo [de Efeso o como la Plaza Roja de Moscú Cuando se pone el sol. Y mis ojos iluminaban antiguos senderos. Y yo era tan mal poeta Que no sabía llegar hasta el fondo de las cosas. La influencia de Villon es evidente para quien haya leído sus poemas y baladas. Villon encriptó una suerte de diario de andanzas y amigos y fechorías en esos poemas, de modo que los


aspectos más sobresalientes de la vida de Villon pueden leerse en ellos. Así mismo, la vida de Cendrars está resumida en sus poemas. La definición más exacta que dio de su poesía impresionista es que la poesía pura consistía en dejarse impregnar y descifrar en sí mismo la firma de las cosas. Poesía de contacto, poesía inmersión, como Virgilio. Detestaba a los poetas de salón, a la poesía de movimiento, de grupo, de gueto. Nunca transigió con las vanguardias. Se declaró enemigo del Surrealismo, del Dadaísmo, de Rilke, de Sartre, del Existencialismo al que pulverizada narrando la historia de un prostituta asqueada de vivir y al final comentaba “esto no es existencialismo, no es el ignorante que se niega a instruirse, a pesar de Heidegger, a pesar de Husserl… pero ya Schopenhauer, el último filósofo clásico, lo decía: ´desconfiad de los profesores de filosofía. No tienen originalidad, carecen de talento y su escuela es una escuela de tópicos´”. Creo que Cendrars andaba tan de prisa que no tuvo tiempo de comprender ni el surrealismo, si el dadaísmo, ni el existencialismo. No los despreció por ignorancia, sino porque sólo supo de ellos de paso entre viaje y viaje. Pero su obra resulta tan revolucionaria como el surrealismo, tan demencial como el dadaísmo y (pese

al mal entendido concepto pesimista y anti vitalista con que se generalizó en las academias), existencialista. Tenía hambre Y a todos los días y a todas las mujeres en los cafés y a todas las copas Habría querido beberlas y romperlas Y a todas las vitrinas y a todas las calles Y a todas las casas y a todas las vidas Y a todas las ruedas de los coches que giraban como [torbellinos sobre los malos empedrados Habría querido hundirlas en un gran horno de espadas y habría querido moler todos los huesos Y arrancar todas las lenguas y licuar todos esos grandes cuerpos extraños y desnudos [ bajo la ropa que me vuelve loco. En junio de 1916, en la rue de Savoire, donde vivía el poeta y atravesaba una temporada de hambre, llegó un sobre con un cheque del Banco de crédito francés. El cheque venía desde Nueva Zelanda y aunque era una cifra de varios ceros con que la situación de penuria menguaba, el director se negó a decirle quién era el titular. Hasta 1926 Cendras se enteró de quién era la autora del milagro: una profesora de literatura en un instituto de muchachas de Bouril, N /7, que había leído un poema

suyo, uno sólo, y al enterarse de que el autor pasaba por dificultades decidió hacer la donación para que siguiera escribiendo. “No sé cuál poema y ni siquiera pude agradecérselo a esta alma gemela, porque la vieja francesa exilada había muerto”. Mi pobre vida Esta manta Deshilachada sobre cofres llenos de oro Con los que viajo Sueño Fumo y la única llama del universo Es un pobre pensamiento... Desde el fondo de mi corazón me brotan lágrimas Si pienso, Amor, pienso en mi querida; Ella no es más que una niña, a quien encontré así Pálida, inmaculada, en el fondo de un burdel. No es más que una niña, rubia, risueña y triste, No sonríe y nunca llora; Pero en el fondo de sus ojos, cuando te deja beber en ellos, Tiembla un dulce lis de plata, la flor del poeta. Es dulce y muda, sin ningún reproche, Con un largo estremecimiento cuando tú te aproximas; Pero cuando yo voy hacia ella, por aquí, por allá, festivo, Ella da un paso, luego cierra los ojos, y da un paso.


Porque es mi amor, y las otras mujeres Sólo tienen vestidos de oro sobre grandes cuerpos llameantes, Mi pobre amiga está tan desamparada, Está toda desnuda, no tiene cuerpo, es demasiado pobre. No es más que una flor cándida, endeble, La flor del poeta, un pobre lis de plata, Muy frío, muy solo, y ya tan mustio Que me brotan las lágrimas si pienso en su corazón. Y esta noche es similar a otras cien mil cuando un tren rasga la noche -Caen los cometas-Y el hombre y la mujer, aún jóvenes, se divierten haciendo el amor. El cielo es como la carpa desgarrada de un circo pobre en un pueblito de pescadores En Flandes El sol es un quinqué humoso Y en lo más alto de un trapecio una mujer representa la luna.

El clarinete la corneta una agria flauta y un mal tambor Y aquí está mi cuna Mi cuna Siempre estaba cerca del piano cuando mi madre como [Madame Bovary tocaba las sonatas de Beethoven Yo pasé mi infancia en los jardines suspendidos de Babilonia y la rabona, en las estaciones frente a los trenes a punto de salir Ahora hago correr todos los trenes detrás de mí Bale-Tombuctú También jugué a las carreras en Auteuil y Longchamp París-Nueva York Ahora hago correr todos los trenes a todo lo largo de mi vida MadridEstocolmo Y perdí todas mis apuestas Sólo queda la Patagonia, la Patagonia, que convenga a mi inmensa tristeza, la Patagonia, y un viaje por los mares del Sur Estoy en camino

Siempre estuve en camino Estoy en el camino con la pequeña Juana de Francia El tren pega un peligroso salto y vuelve a caer sobre todas sus ruedas El tren vuelve a caer sobre sus ruedas El tren siempre vuelve a caer sobre todas sus ruedas «Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?» Estamos lejos, Juana, viajas desde hace siete días Estás lejos de Montmartre, de la Butte que te alimentó del [Sagrado Corazón contra el cual te acurrucaste París desapareció y su enorme fogata No quedan más que las cenizas constantes La lluvia que cae La turba que se hincha La Siberia que gira Los pesados manteles de nieve que ascienden Y el cascabel de la locura que tintinea como un último deseo en el aire azulado.₲

La pequeña Juana de Francia que vi en una cinta de Fellini

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E

l oro y la guerra

El tema principal de sus libros es la guerra. El de sus novelas, la aventura. La aventura bien puede encarnarse en buscadores de oro, en contrabandistas de ron, o la industria del Cine. En Ron, cuenta la historia de Jean Galmont, contrabandista Francés que hizo de Guyana su fortín, al punto casi de provocar el brote de secesión que independizó la Guyana. El nacimiento, la prosperidad y caída de ese personaje está escrita con el vértigo de aquel que quiso escribir todo lo que sabía sobre su personaje, porque todo lo consultó, todo lo averiguó, todo lo leyó (hasta carta astral mandó hacer a su amigo Moricand), pero al momento de sentarse a escribir, ante la monumentalidad del material, cayó aplastado. El resultado es una novela esquemática, que se derrumba por la dimensión del tema y la desmesurada ambición del personaje. No era la primera vez que le pasaba. Ya había vivido algo parecido con el protagonista de Oro: un buscador de oro en California del que averiguó todo y sucumbió luego ante el peso informe del material. Sin embargo, ahí quedaron esas novelas, hechas con la agilidad y estrechez de un reportaje. Supongo que se le dificultaba establecer una frontera entre los géneros. En Hollywood, la meca del cine, dice algo al respecto: “un reportero no es un simple cazador de imágenes. Debe saber captar el punto de vista espiritual. Aunque su ojo deba ser tan rápido como el objetivo del fotógrafo, su papel no debe limitarse a registrar pasivamente las cosas. El talento del autor debe reaccionar ágilmente, al igual que su temperamento de escritor y su corazón de hombre”. La exacta aplicación de esa premisa fue lo que hizo de ese reportaje, y de Los suburburbios de París, los monumentos periodísticos que son: agudeza, restrospectiva y conocimiento de la debilidad humana ante la opulencia, y el impacto espiritual y moral ante la miseria. La realidad nunca ha sido buena novelista. Para hacer ficción con personajes reales, Cendrars entraba en cortocircuito. Los dominios exclusivos de la ficción le pesan al hombre de acción. La guerra fue el campo donde mejor se situó, tanto para desentrañar el corazón humano, como para escribir sus libros. Conocía la guerra. Los hombres de guerra. Las leyes de guerra (que se reducen a dos: obedece o muere, y arréglatelas como puedas). Cendras pertenece a esa simbiosis extraña y fascinante que se da entre el poeta y el asesino. Vivió las dos guerras mundiales y profetizó la tercera (que algún día estallará). En la primera fue combatiente y perdió el brazo derecho, y en la segunda fue espía y perdió a su hijo Remy. Con todo lo que recibió de ambas, con los amigos que vio morir, con los hombres que él mismo mató, logró escribir una saga fascinante de esa auto-biografía novelada que se propuso redactar con una sola mano en su casa de aix-en-Provence. Según dijo, la profesión guerrera era algo abominable y erizado de cicatrices “como la poesía”. En El brazo cortado y El hombre fulminado se dedica a desmontar todos los mitos de dicha


profesión. El primero de todos, aquel que pretende equipara a la guerra con un arte: “para quien entra en el baile, ya no se trata de un problema de arte, de ciencia, de preparación, fuerza o genio, no es más que una cuestión de hora. La hora del destino. Y cuando suena la hora, todo se derrumba. –--de todos los campos de batalla a los que he asistido no queda más que una imagen de confusión y desorden. Cuando alguien dice que ha visitado horas históricas o sublimes me pregunto de qué libro lo ha sacado. Los que están al pie del cañón y bajo el fuego de las balas no se dan cuenta. Falta perspectiva para juzgar, tiempo para formarse una opinión. El tiempo apremia. No hay segundo qué perder. Campánatela como puedas. ¿Qué gran arte militar encierra esta frase? Puede que una jerarquía superior, en la jerarquía suprema, donde todo se resume en gráficos y cifras, directivas generales, dirección de órdenes minuciosamente ambiguas en su precisión que permiten todas las interpretaciones por delirantes que sean, puede que entonces se tenga la sensación de dedicarse a un arte--- Devastación y ruinas. Es todo cuanto queda de las civilizaciones. La ira de Dios no perdona ninguna, ninguna deja de sucumbir a la guerra, cuestión del genio humano. Perversidad. Fenómeno innato en la naturaleza humana. El hombre persigue su propia destrucción. Es automático. Con estacas, piedras, hondas, lanzallamas o robots eléctricos, última encarnación del último de los conquistadores. Después de esto, ya no quedarán quizá ni siquiera onagros en las estepas del asia central ni emús de los desiertos de Brasil (escrito antes de la bomba atómica, invento de última hora, sentencia de muerte de la humanidad, bomba que yo predije y describí en las pg. 161 y 162 de Moravagine, 1926”.) El otro mito que desmonta es aquel que supone a la guerra como un sacrificio moral, como una creencia ideológica, patriótica, y no una adicción humana. Así como Borges sin ser guerrero comprendió que la guerra es una afición tan antigua como el fracaso y supuso correctamente que con mero pacifismo no basta, que el único modo de neutralizar una pasión es sobreponerle otra pasión, Cendrars lo descubre en el campo de batalla y lo plasma en ideas cuarenta años después cuando habla del estado de excitación en que viven los soldados de cualquier guerra: “ cuando uno vuelve de misiones semejantes aunque no hayan dado resultado, los vigías y centinelas le miran a uno como si fuese un aparecido. No sienten envidia. Contemplan. A pesar de sus gestos amigables para infundir ánimos en caso de fracaso o de admiración por el éxito, lo que sienten es el secreto horror, incluso asco, y mucho, muchísimo estupor. El que regresa se siente proscrito, repelido, intocable, en todo caso uno queda hecho polvo. Es la reacción nerviosa, la postración, y por eso comparo esas expediciones, sea cual sea su utilidad militar, a drogas actuando sobre la consciencia. Las exploraciones son dosis masivas que embrutecen y crean hábito. Se va y se vuelve, y el que vuelve no es el mismo que se fue. Es un hombre acabado. Pero reincide siempre. Bravata y cinismo. El “desesperado” (en español) es un hombre estragado por las sensaciones fuertes, y cada vez necesita reincidir con más frecuencia. Un adicto. ¡Qué porquería de oficio el nuestro! Tenía ganas de llorar. ¿Pero por qué hacías todo eso, Blaise, por desafío? ¡Bah! Porque descubría todo aquello por vez primera y hay que ir hasta el final para saber de todo lo que son capaces los hombres, el bien y el mal, en inteligencia, en majadería; y que de cualquier modo lo que nos espera es la muerte, tanto si se gana como si se pierde. Es absurdo: es triste. Pero es así. No hay vuelta de hoja.” Cendrars eligió la guerra para liberarse de todo, para conquistar su libertad. Lo hizo a los 19 años, en una guerra infame que desperdició a una generación entera de muchachos que pudieron ser poetas, pintores, escritores, pero que no resultaron más que abono para fertilizar los campos. El que quiera conocer un testimonio de primera mano, ácido, sórdido, humano, debe acercarse a estos libros biográficos, que incorporan a la vez las tragedias inéditas, las biografías y semblanzas de los muertos de todas las guerras que la historia convirtió en cifras.₲

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El Arte de VagabundeaR

A

unque las enciclopedias intenten resumir la vida de Cendrars en cinco reglones, sólo una frase de él mismo puede reducirlo todo a la más justa proporción: “Viví demasiado.” Resumir la vida de Cendrars en diez reglones es un despropósito. Me declaro incapaz de hacer con su obra una simple reseña. Comparto con Cendrars el “sadismo” de agotar a un autor y leer no sólo todo lo que pudo escribir, sino también todo lo que se escribió sobre él. A pesar de ello, su obra me sigue pareciendo un enigma. No tanto por su volumen (siempre hay algo que no está traducido o es inconseguible) sino porque en las cajas de seguridad de un banco boliviano, paraguayo o brasilero están escondidas las novelas que escribió en su etapa “suramericana” y que él mismo guardó cuando era millonario para luego lanzar la llave por la borda del barco que lo llevaba a Europa. La seducción esencial para mí se esconde en la forma con que está hecha su prosa: el encabalgamiento de esas frases coordinadas con subordinadas y complementos dilatados que esconden tantos niveles de profundidad, anacolutos, digresiones, circunloquios, merodeos para encadenar juntas varias ideas opuestas y simultáneas. Sin embargo, es su actitud ante la vida lo que se me ha convertido en un patrón de conducta. El lema usado para su propia vida lo he incorporado a la mía, como una máxima personal: “llevar mis actos hasta sus últimas consecuencias”. Siempre que estoy ante una encrucijada, o en la ventana, con la mirada fija a los tejados, resolviendo un problema, suelo

preguntarme cómo actuaría Cendrars ante una situación parecida. Pienso en él para saber cómo pienso yo. Un día, a diez páginas de terminar un libro suyo, salí a dar un paseo (sólo por dilatar más el efecto y la tensión y la tristeza de acabarlo), con tan mala suerte que perdí las llaves por el camino. Quedé fuera de casa con la perrera municipal protestando por mi descuido. Di varias vueltas al mismo pueblo, hice las llamadas de rigor en estos casos, fui a la única sala de internet donde me dejaron entrar con los perros, y durante varias horas les enseñé a navegar por la web mientras murmuraba en mis adentros los adjetivos que le aplico a ellos: “zoquete, morrongo, tarugo, vaca muerta, pendejo, idiota, guevón, cabrón, falópodo” y todo el sartal de autorecriminaciones que surgen cuando la propia idiotez es la única culpable de las aflicciones que nos aquejan. Luego se acabó el capital y volví a deambular las calles, acompañado por seis perros tristes que me miraban sin comprender. El cielo se nubló y empezó a caer una lluvia densa y cargada de partículas como si se hubiera volcado una marmita de salmuera. Me escondí debajo de un alero para mojarme mejor. Los


perros ni siquiera buscaron refugio. Estaban indignados por obligarlos a mojarse en contra de su voluntad. Se quedaron fuera del alero, sólo para recriminarme la negligencia. Entonces recordé a Cendrars, y me pregunté qué haría él en un caso así. La solución me la dio un perro blanco, gosquimano, parecido a la perra que lo acompaña en muchas de sus fotografías: “Lo que prueba que la vida no es lo que se dice o se pretende hacer creer es que uno tiene derecho a no desesperar jamás en ninguna circunstancia en que la mala suerte parece querer encerrarlo. Siempre hay una salida, una última posibilidad, una huida posible: irse de parranda con los canes”. Y eso fue lo que hice. ₲

Tumba de Blaise Cendrars Aix- en-Provence

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F

ANZINE a domicilio Imprímalo usted mismo: Para imprimir FANZINE en PDF, lo que debe hacer es ir a >Archivo>Imprimir y donde dice "intervalo de impresión" marcar la opción "páginas" y escribir en el recuadro: 28,1,26,3,24,5,22,7,20,9,20,11,18,13 Donde dice "escalado de página" señalar la opción "varias páginas por hojas" y "aceptar". Cuando estén impresas estas páginas el siguiente paso es imprimir en el revés que falta para que quede en formato de revista; para lo cual habrá que poner las páginas que salieron de la impresora de forma correcta: voltear por el lado blanco de derecha a izquierda (ya que si se hace de arriba a abajo sale al revés) y colocar en la impresora. El siguiente paso es repetir lo que hicimos en la primera impresión: Archivo>Imprimir y donde dice "intervalo de impresión" marcar la opción "páginas" y escribir: 2,27,4,25,6,23,8,21,10,19,12,17,14,15 Donde dice "escalado de página" señalar la opción "varias páginas por hojas" y "aceptar". Si lo hicieron bien FANZINE debe estar impreso en todas sus páginas. Fotocopien, grapen, y ahí lo tienen a domicilio.₲


FANZINE #1 Agosto de 2010

Portada Queen Queen Jazz Desing: Cream Concep: Queen Electra Eternainment Group Fotografías internas Tomadas de google image usando por entrada Blaise Cendrars y el ffffound.com

Contenidos Todos los artículos y reseñas fueron escritos por Stanislaus Bhor para el blog www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com Citas y Fuentes Blaise Cendrars, El hombre fulminado, Editorial Argos- Vergara, Barcelona, 1980; Cendrars, Ron, la aventura de Jean Galmot, Editorial Fontana, Barcelona, 1974; Cendrars, Hollywood la meca del cine, Parsifal Ediciones, Barcelona 1989; Cendrars, Trotamundear, Alianza Editorial, 2004; Blaise Cendrars, Tres Obras (L´or, L´Homme foudroyé, La main cupée) Editorial Vergara, Barcelona, 1963; Miller Henry, Los libros en mi vida, Ed. Siglo Veinte, Buenos Aires, 1973; Prosa del transiberiano y la pequeña Juana de Francia, revista Arquitrave.com, sin año. Diseño de Fanzine Stanislaus Bhor

Licencia FANZINE cuenta con la licencia creativa commons para www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com usted puede reproducirlo citando la fuente o pedir autorización directamente a escriturita@yahoo.com A uno le pueden robar todo menos el estilo

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