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FANZINE #3


Narc -Decó El edificio que NO es de Pablo Escobar

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FANZINE #3. Mayo de 2011. /Es una revista monográfica on line sin fecha regular. /Fotografías tomadas de: Google Images & Archivo del autor. /Portada: retrozone.tumblr.com/ Diseño y contenidos, Stanislaus Bhor. /Crónica publicada por entregas en www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com

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El narc-decó es el eufemismo usado para una modalidad turística muy en auge en Colombia. Consiste en visitar las mansiones y propiedades que pertenecieron al narcotraficante Pablo Escobar. Es hoy el itinerario de extranjeros y nacionales de visita en Medellín. Esta crónica busca otra ruta a partir de los textos periodísticos que han fundado casi un subgénero literario. ¿Qué queda del otro Pablo Escobar, el mito de la riqueza sublimada?


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Así de obstinada es la sombra del capo. A 16 años de su muerte, la figura de Escobar, simplemente, persiste. Su ambición, persiste. Su distorsión del progreso, persiste. Su paranoia, persiste. Su crueldad, persiste. Está en la riqueza que se exhibe oronda por las calles y las pantallas, que no se esconde; en la arquitectura ampulosa de las construcciones, en las ilusiones de los mafiosos emergentes, en el odio de los que fueron víctimas, en los corridos populares,

Antes de viajar a Medellín repasé mis lecturas sobre Pablo Escobar. El único libro que soportó una relectura completa sigue siendo uno muy corto. Adolece del amarillismo que otros le exigen a los títulos de ese subgénero colombiano que lleva su nombre. Este ni tiene final. En realidad no es ni siquiera un libro completo dedicado a Escobar, pero su último capítulo está dedicado al capo. Se llama En secreto. Lo escribió Germán Castro Caicedo, un gran cronista en declive. El último capítulo lleva la siguiente advertencia que arrastra la huella del lo inacabado: El libro que nunca pude escribir. Un gran libro puede escribirse sobre la imposibilidad de escribirlo. Lo inacabado es la expresión máxima. Y ese reportaje inacabado de Castro Caicedo es periodismo clarividente. Además de humanizar la figura del criminal, ofrece una clase de investigación, una interpretación del material, de los

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n los alrededores de la Clínica Medellín, de un edificio desvencijado, cuelga el siguiente letrero: “Este edificio no es de Pablo Escobar”. El dueño, al parecer, molesto por las peregrinaciones que emprendían los turistas de Narc-Decó y por el hecho de ver convertida su ruina en sitio de encuentro para los rumberos (que se daban cita con la frase “nos vemos en el edificio de Pablo Escobar”) decidió cortar por lo sano y fijar el anuncio: ¡ESTE EDIFICIO NO ES DE PABLO ESCOBAR! Un buen intento. Pero sólo consiguió que el punto de encuentro pasara del mote a la ironía. Ahora la gente dice: “Nos vemos en el edificio que NO es de Pablo Escobar”.

en la admiración de sus fanáticos, en la producción constante de culebrones televisivos y de libros basados en su vida, en las flores que llevan los peregrinos al visitar su tumba y en las solicitudes de milagro que muchos le hacen a su alma. De siete personas que pasaban por la cuadra donde lo mataron, sólo una no sabía dónde quedaba el falso monumento. Moreno, acento chocoano, menos de 20 años: ¿Aquí lo mataron, de veras? Yo no soy de aquí, se disculpó. Los demás alzaban la mano y señalaban la casa situada en medio del paisaje cotidiano. No era orgullo, sino familiaridad. Tal vez sólo el taxista que nos vio allí, frente a la casa y oprimió la bocina y gritó ¡Escobar! como el cantante argentino que gritó en un concierto ¡Viva la Cocalombia! tenía una mirada fanática, y me pareció que, al pasar, inclusive, se persignaba.


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Castro Caicedo: “Entonces yo completaba once años persiguiendo algo que sintetizara la historia de la coca en Colombia. Había dejado de leer las arrobas de basura que producen los europeos y norteamericanos sobre el tema y pensaba que si la coca ha sido el fenómeno más importante de fin de siglo en el mundo, el gran reportaje de fin de siglo debía ser ese, pero contado por los colombianos y escrito por nosotros mismos”.

Magnífico programa, pero lo que pretendía Caicedo no era la historia de la coca (ya la narró en parte Andrés López Restrepo) que se remonta a la colonia, pasa por la persecución de la corona y se mezcla con la historia de los contrabandistas caribeños y los alucinantes (opio, heroína) del siglo XIX; sino la historia del gran negocio a escala mundial que habría de quedarse trunca en la etapa más brutal, el llamado narco-terrorismo. Comienza el reportaje con una imagen evocadora del esplendor del capo: la entrada del edificio Mónaco, en El Poblado de Medellín, con Pablo Escobar que cruza la puerta giratoria en primer plano y pasa frente a la escultura de Rodrigo Arenas Betancur erigida a la entrada. La escultura se llamó La familia. Escobar construyó el edificio Mónaco para su mujer, Victoria Henao, para alojar a sus dos hijos, para esconder un museo de reliquias afectivas con obras de arte de precios astronómicos, y para que le sirviera de oficina. El edificio fue volado en 1988 por una bomba que le puso el Cartel de Cali, configurándose así el embrión del grupo enemigo que marcaría su caída y que habría de llamarse tres años después con el acrónimo que resulta de Perseguidos por Pablo Escobar: PEPES.

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protagonistas, una reconstrucción de la época, unas secuencias formidables a base de saltos en el tiempo y una demostración de valentía del periodista sabueso que es capaz de meterse a una cueva de raposos apoyado en la discreción y en oír las cosas más atroces sin perder la compostura. Castro Caicedo sólo presenta las notas de libreta que alcanzó a tomar durante una década de guerra del Cartel de Medellín para lo que sería el gran reportaje sobre Pablo Escobar y la historia del narcotráfico, y eso le basta para hacernos asistir a la época.


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Busco a pie el Mónaco desde la calle 4ª con avenida El Poblado. La opulencia que ostenta aquella zona de Medellín me asalta directamente en el prejuicio: todos los edificios parecen candidatos de haber sido de Escobar, o de sus socios, o haber sido comprados por una riqueza absoluta, ilícita. Sin embargo, las primeras impresiones son las que no cuentan. La riqueza que se exhibe al paseante por aquella avenida surcada de edificios “inteligentes” y zonas verdes no es exclusiva de los mafiosos. En los años ochentas, la plata del tráfico de coca (50.000 millones de dólares al año) se lavó en el sector urbano de Colombia: edificios, casas de conservación, condominios. Los mafiosos se instalaban en sus propiedades y se enorgullecían al mostrarlas. Después del cenit de los grandes capos y de la ley de extinción de dominio para propiedades compradas con plata ilícita; después de desmantelado el cartel y de transferido el monopolio del tráfico a los paramilitares, los nuevos mercaderes de la droga aprendieron la lección y prefirieron invertir en el sector primario, el campo, donde mejor se camuflan los dólares en un país donde tres cuartas partes de su territorio son selva, y una es selva virgen: fincas, haciendas, lotes de engorde. ¿A quién pertenecen los edificios y mansiones de El Poblado en Medellín? Me detengo en una esquina y sumo con el dedo: 7 Multinacionales. 6 Bancos. 10 firmas industriales. 3 agencias de viajes. 2 Clínicas. 1 farmacia, monumental.


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or acortar una larga oreja de la avenida, entramos al Centro Comercial Santafé. Fachada de cantera que aspira a coloso etrusco. Ciento cincuenta metros de frente. Cuatro pisos superiores y cuatro subterráneos. Parqueadero con capacidad para quinientos carros: la expresión máxima del capitalismo desarrollado. Lo que no está en el centro, no existe. No sé qué atrae de estas bodegas estándar tipo

Medellín es un nombre compartido por varias ciudades que conforman una misma. Yo vi al menos cuatro: la comuna de Santo Domingo Savio, donde abunda el ladrillo y el eternit y la paz la imponen los tanques de guerra. La comuna 13, San Javier, con sus

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Mall (sin ventanas, ciegas, como galpones de gallinas para que el consumidor no se distraiga) a la gente que consume en ellas, pero cuando veo una, también tengo debilidad por entrar y verla, sólo para salir con la sangre indignada, atribulado por un sentimiento parecido a la náusea o la inferioridad. Tal vez sea mi manera secreta de constatar que todo empeora, que la desigualdad humana es directamente proporcional a la demografía y la pobreza extrema de un sitio se echa a notar en la abundancia exagerada de otro. Tal vez sea simple rencor, por no poder comprar.


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entro de Medellín. Un día antes. Entramos a tomar café en una lonchería junto el edificio Coltejer. En la pared, un mosaico de miniaturas y símbolos que hacen la decoración del lugar: el sagrado corazón, el escudo de un equipo de fútbol, miniaturas de balcones e iglesias en barro y una foto ampliada del metro con el rótulo: “orgullo paisa”. De todos los símbolos que atosigan la pared, llama la atención un cartelito que pretende perfilar la estampa moral del “paisa” en pocas pinceladas: “¿Quién es un paisa?” Sigue el esbozo: Malicioso y hábil al hablar de negocios, fuerte en la derrota, bravo en la injusticia y noble en la victoria. Le gustan los fríjoles y el chicharrón y es más hincha de El Nacional que un hijueputa. Cambiando “frijoles” y “chicharrón” por “arroz con huevo” y “plátano frito”, y al “Nacional” por “Independiente Medellín”, tal definición es casi la misma que hace un lugarteniente de Pablo Escobar al describirlo en su libro de memorias: un paisa perfecto. Me ahorro la cita.

El cartelito está rodeado por los siguientes íconos: un carriel, un machete, unos dados, un saco de café, dos chistes de corte sexista y un poncho blanco de hilo con rayas al centro. Aun me pregunto si en todo lo que atosiga esa pared no estará escondido el verdadero rasgo distintivo de la idiosincrasia regional: caseríos de arrieros de mulas que un día quedaron cesantes con la apertura de los ferrocarriles, pueblitos paisas, nacidos en las encrucijadas de caminos que subían del último puerto navegable del Magdalena, trepaban la cordillera, bajaban al valle del río Cauca y alcanzaban la fundación de Cali. Pueblos que se configuraron en estaciones de media jornada, y ciudades que nacieron sobre posadas de jornada entera, con lecho, juego de dados, cama y prostíbulo. El más famoso: Pereira.

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laderas erosionadas, donde abunda la tabla y el zinc y los incendios nocturnos de las vaguadas. El centro de la ciudad, con su docena de universidades, sus unidades deportivas, donde abundan los mercaderes y todas las calles huelen a marihuana. Y El Poblado, la ciudad de las inversiones millonarias, donde abunda el mármol y los jardines y las reservas forestales y las cámaras de seguridad. ¿Dónde están las claves para entender una sociedad?


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oravia. Alrededores de la Universidad de Antioquia. En los años ochenta eran dos barrios llamados Fidel Castro y Camilo Torres. Un basurero. Cinco mil personas convivían con la cadaverina y los incendios por gas metano y los

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1Jose Manuel Freidel- Foto. Carlos Mario Lema

enjambres de gallinazos. La disidencia de una guerrilla, Corriente de Renovación Socialista (CRS), un grupo especializado en secuestros y bandidaje, operaba y agitaba el barrio. Treinta mil personas viven hoy sobre el basurero rellenado. Ya no es basurero. Pero cualquiera que visite la estación de Bello y observe los sustratos bajo el asfalto, desde la otra orilla del río Medellín, por la confortable ventanilla del metro, descubrirá a las bolsas de basura en descomposición perene que soportan sobre su omoplato la actual, pujante, ciudad de Medellín. Ya no se llama Fidel ni Camilo porque la CRS se reinsertó en el gobierno de Virgilio Barco y la transición de milicias guerrilleras a paramilitares en dos décadas obligó a mudar el nombre por uno foráneo, remoto, que no evocara nada: Moravia. Pero evoca. ¿La reivindicación de la libertad eslava? Moravia. Como la ciudad donde nació Hrabal. Como el viejo y beligerante país que se repartieron todos los reinos. ¿Qué enigma de arqueólogos, sicólogos, sociólogos, violentólogos se esconde en las historias de los más ancianos de este barrio, bajo el asfalto que habla de un tiempo donde la gente comía de bolsas de basura y cuyos indicios pueden advertirse en una película rara de Colombia “Balada del mar no visto”? ¿Qué se esconde en el mausoleo de la familia de sicarios Muñoz Mosquera, en el cementerio de San Pedro, construido para la aristocracia paisa, enchapado en mármol, con un billete de cien dólares en su interior y un dispositivo descompuesto que alguna vez se usó para encender el equipo de sonido que tocaría a perpetuidad las canciones preferidas de los Mosquera sacrificados en la guerra que se libró a nombre del cartel? A pocos metros está el fundador de la empresa Coltejer, uno de cuyos hijos fue secuestrado alguna vez por alias La Kika (condenado a cuatro cadenas perpetuas en Estados Unidos), y a diez pasos está el mausoleo del fundador del periódico El Espectador, volado a mediados de los ochenta por una bomba de Pablo Escobar.


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¿Barbarie legal, barbarie ilegal?

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venida La Playa, entre carreras 42-43. Bar Catrú. Fiel al precepto del viejo nuevo-periodismo (que hasta el día más estúpido se convierte en célebre bajo la condición de que al día siguiente estemos muertos) vengo a tomar una cerveza en el sitio donde bebió su última cerveza el dramaturgo José Manuel Freidel, antes de que lo matara un desconocido en 1990. El bar está cerrado a las cuatro de la tarde y un indigente duerme junto a la cortina metálica. Es para noctámbulos. Freidel era noctámbulo. Sus obras de teatro las protagonizan noctámbulos, seres de la noche, travestis que huyen de la “limpieza social”. La Medellín del teatro de Freidel se corresponde con aquella que alude los ensayos de María Victoria Uribe: “en 1990 el 17% de los jóvenes que tenían entre 12 y 19 años, es decir, unos 64.000, ni estudiaba, ni trabajaba, ni buscaba empleo. Medellín presentaba el índice de escolaridad más bajo. El nivel de escolaridad era del 100% para el estrato alto-alto, del 88% para el alto-medio, del 53% para el bajo-medio y del 38.3 % para el bajo-bajo. En los exámenes de estado se encontró que Medellín estaba por debajo de la mayoría de las capitales de departamento. La baja escolaridad y el desempleo propiciaron que gran cantidad de jóvenes permanecieran sin oficio y sin estudio, dispuestos a salirle al paso a cualquier oportunidad de ganarse unos pesos. El sector más golpeado por la violencia fueron los jóvenes”. En Informe por la vida (Medellín 1993) leo que cuarenta mil fueron asesinados en diez años. Entre 1990-1991 la guerra se ensañó especialmente contra jóvenes que pertenecían a grupos culturales, teatreros y líderes sociales. Cuerpos civiles de seguridad (el F2, el DAS, la Sijin, la Dijin, el Únase, el Bloque de búsqueda) fueron acusados de dichos crímenes. Algunos altos oficiales, ante micrófonos, como un coronel de apellido Bahamón, declararon: “la retaliación por la muerte de policías fueron las matanzas colectivas”. Otros suboficiales, lejos de micrófonos, justificaron las muertes: “es que a través de los líderes y de los teatreros se adoctrinaba, se organizaba y se coordinaban las oficinas de sicarios y las milicias urbanas”. En diciembre del 1991 tres teatreros fueron asesinados en el barrio El Progreso. Nadie se atribuyó su muerte. El 28 de septiembre de 1990 José Manuel Freidel salió de Catrú, compró cigarrillos en la avenida La Playa, cambió un cheque para el cambio de la taquilla del teatro, subió a un carro con un desconocido y su cadáver fue hallado en la carrera 36 con calle 50, con un tiro de pistola. Nadie se atribuyó el crimen. ¿Qué se esconde en la muerte de Freidel? ¿Delincuencia común, delincuencia de Estado?


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alle Girardot. A dos cuadras del Catrú. Esquina de la antigua Asociación de Maestros de Antioquia. Aquí los paramilitares mataron al doctor Héctor Abad, padre del novelista plañidero del mismo nombre (Abad Faciolince), cuya biografía empecé a leer dos noches antes, comenzando por el penúltimo capítulo después de preguntarle al anfitrión que en cuál era que lo mataban, convencido de que un libro confesional, escrito para sanear el dolor, no podía ser bueno, y no iba a interesarme (porque yo no tuve padre); pero después de leer el penúltimo, quise leer el antepenúltimo, y luego el tras antepenúltimo, y luego lo engullí prácticamente todo, de atrás hacia delante, de uno en uno, en reversa, hasta comprobar la altura humanista del padre y el derecho legítimo del hijo a escribir su testimonio, hasta comprobar que mi desprecio era simple envidia de no haber tenido un padre que me escribiera una carta para exonerarme de ser alguien, hasta ver la prosa lineal en que está escrito, y concluir que era simplemente un buen libro, pero no un gran libro, ni el más grande libro de la década, como lo ensalzaron los suplementos. A cien pasos de donde mataron al padre está la librería del hijo. El retablo no ostenta la acotación de todos los anticuarios “segundazos”, sino un lema que inspira confianza: “Libros leídos”. Se llama Palinuro. El enigma está en el nombre: Palinuro se llamaba el cadáver insepulto que dejaron embotado los que navegaban con Eneas. Para apaciguar el espíritu de Palinuro, Eneas, a la vuelta del infierno, lanzará arena, fundará tumba y llamará al sitio “Palinuro”, para reparar la memoria del cadáver insepulto en los hombres venideros. ¿Qué lleva a un escritor a fundar una librería en el mismo sitio en que mataron a su padre? ¿La soberbia, la melancolía, la culpa, la curación por la memoria, la sepultura sin sosiego?


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claras de odio de clase. Pero es un libro magnífico para comprender el entorno, la gestación y el desarrollo de una mente criminal. No lo acongoja la perspectiva de ser capturado o matado: todo lo que lo exalta es el reconocimiento de Escobar y El Mexicano reducido a un apretón de mano y a la frase: “buen trabajo, Pope”. “Con eso me basta”, afirma, situándose en terrenos de la nostalgia, en la perspectiva del tiempo. Al final del operativo consigue el gesto: Pablo Escobar lo mira a los ojos (nunca miraba) y le dice: “El negro me contó que usted lo ha manejado todo y que lo hizo muy bien, muy bien”. Así comienza a borrarse todo impedimento moral para esa conciencia criminal: con el sistema de premios, como a las fieras de circo. Escobar con su rostro de papada henchida y ojos intensos de aquellos que sólo aman el dinero, sabía enaltecer el espíritu a sus matones, premiar la lealtad: los felicita, como nadie los felicitó en la vida, los remunera, los enaltece, aplaude sus audacias y sus excesos. Pero si dudan, no sirven, y si no sirven, los mata. Popeye, en el relato de infancia, remite a tres recuerdos claves que lo decidieron todo: una maestra que lo reprobaba y le predicó por destino el “camino del mal”. ¿Es imposible prever en los acontecimientos de una infancia aquello que producirá lo bueno o lo

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na noche. En el gabinete de lecturas. El verdadero Pablo, confesiones de “alias Popeye”, miembro del cartel de Medellín. Se puede brillar en el bien, o se puede brillar en el mal. ¿Qué lleva a un joven de clase media a convertirse en sicario? La fama, el reconocimiento, se puede hallar en tu padre, o en el jefe del cartel de Medellín. Popeye busca todo el tiempo un reconocimiento ínfimo de un hombre admirado. En su barrio era el parásito, el “no sirves para nada”, el que abortó dos veces una carrera militar. En cambio, en las filas de Escobar, un lugarteniente con subametralladora y subalternos. Su orgullo máximo consiste en haber escalado al segundo lugar (en peligrosidad) en el cartel de recompensas, cuando el estado llegó a ofrecer hasta cinco mil dólares por su cabeza. Todas los asaltos urbanos organizados por Popeye, según él mismo, fueron “operativos únicos” para la época. El libro que dicta a la periodista se extiende en pormenores cuando aborda acciones militares en que resulta centro de atracción y de tensión: el secuestro de Andrés Pastrana (futuro presidente) da la talla del libro: reiterativo, aburrido, con manifestaciones


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comunicado a través del cual los narcos se atribuyen el ajusticiamiento del procurador: “por traición a la patria” y luego lo pone a oír su propia representación en el radio: Me pone el transistor donde mi voz se escucha fuerte y clara. Al final termino mi intervención diciendo: “y la guerra continúa”. Y Pablo escobar: “Oiga, Popeye, yo no le dije que saliera con eso, está usted muy creativo”. Yo me sonrío, no tanto por el apunte del jefe, como por la consolidación de su admiración y respeto. Definitivamente me convierto en el mejor de sus hombres. Brillar en el mal, una elección. Una forma de ascenso social.

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malo? Popeye descubrió que era bueno para el crimen cuando ve al primer hombre muerto en su vida y logra soportar sin parpadeos, la visión tremenda de la sangre. Según los siquiatras, dice Alonso Salazar en su crónica, aquellos que se curtieron en buscar explicaciones para la conciencia del sicario el único rasgo común a todos es pulso lento y mirada impasible, sin parpadeos. Escobar descubrirá el mismo potencial en la mirada de su lugarteniente. Un día le ordena matar al procurador Carlos M. Hoyos. Popeye lo mata porque en sus manos el jefe ha puesto el “prestigio de los extraditables”. El mismo día aquel asesinato Escobar le ordena llamar a las emisoras nacionales y leer un


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n las calles del centro ha vuelto a ponerse de moda el motilado “cabeza de hacha”: la melena paisa, invento de El Arete, jefe de sicarios del cartel. Consiste en rasparse los lados de la cabeza, arriba plano y atrás desflecado. En las mujeres abundan las falsas rubias y las cirugías “estéticas”. Medellín es la ciudad colombiana donde más cirugías plásticas se realizan en un año. Las mujeres paisas, herederas de una extraña pureza genética que las hace proclives al párkinson (por el cruce endogámico, primos con primos) es un tipo de belleza reconocible a simple vista en todo el país: frentes rectas, masculinas, nariz escalena, protuberante, piel blanca que aspira a ser albina. Las paisas tienen senos tímidos y glúteos carnosos que con los años se inflamarán de grasa. Tarde o temprano terminarán convertidas en esculturas de Fernando Botero. ¿Qué se esconde en la irreverencia de los cabeza de hacha y la inconformidad de las mujeres plásticas?

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De nuevo en El Poblado. Al interior del Mall. Damos vuelta al coloso etrusco buscando una puerta de salida, y de paso notamos que está hecho para perderse, como la casa de Minotauro, para nunca salir, para que te quedes a vivir dentro. Una multitud de vendedores jóvenes de todos los sexos se apresuran a abrir los locales. Los pisos de espejo multiplican nuestras siluetas en todas direcciones. No entramos a ningún local. Me siento vigilado. Hay cámaras y guardias de seguridad por cada diez metros. Los celadores nos miran como gente rara, que solo observa, que nada compra. Alguna vez, atravesando el Centro Andino de Bogotá, caí en una requisa infame donde tuve que desmantelar mis zapatos para poder atravesar la cuadra. Las FARC acaban de volar el Club El Nogal con un carrobomba dos noches antes. Un amigo me acompañó a hacer mi acostumbrada cartografía de la infamia en escenarios de matanza domésticos. Era la primera vez que mi amigo anarquista pisaba el norte de Bogotá, y a todo rato repetía, la sangre indignada, el recelo por el consumo demente “si fuera guerrillero, aquí también les pondría una bomba a estos ricos hijueputas”. El celador debió oír y nos arreó a la policía, por si acaso.

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Las claves para comprender una cultura pueden estar en las regiones más insospechadas: en lo que come la gente, en la ropa que usa, en el santo al que reza, en aquello que tanto la indigna, en la vesania que usa para matarse, en un libro, en un carro, en un político mesiánico, en el surtido apabullante de un centro comercial.


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¿O son las comunas las que opacan la opulencia de El Poblado?

Le pregunto a un vendedor de empanadas si sabe cómo puedo encontrar el edificio Mónaco. Dice que claro, que el de Escobar, y sonríe como si estuviera encantado de

La influencia de Pablo Escobar y su aporte a la literatura colombiana es incalculable. Guardadas proporciones, similar a la de Hitler con la literatura del siglo XX. Desde la crónica firmada por un premio Nobel hasta el subgénero tipo narco (sicaresca) practicado por una decena de autores nacionales de varios calibres (y el adjetivo jamás me pareció más apropiado) que han incursionado en la novela y el relato, pasando por el teatro de José Manuel Freidel, las crónicas y reportajes de buenos y medianos y malos periodistas, entre las que destacan La parábola de Pablo y No nacimos pa semilla, de Alonso Salazar (hoy alcalde de la ciudad) y el propósito unánime pero frustrado de hacer el reportaje definitivo sobre el narcotráfico en la pluma de difunto Kapuscinsky, a razón de cinco por año, desde hace 20, se ha escrito sin parar

todo un anaquel persiguiendo la figura de Pablo Escobar Gaviria, alias El Doctor, El Patrón; capo, bandido y jefe del Cartel de Medellín. Los títulos de estos libros pretenden casi siempre vender con una alusión explícita a la droga: El hombre que hizo llover coca, Los hijos de la nieve, Los jinetes de la cocaína. Otros pretenden vender por la solapa, dibujando un rasgo aun desconocido del capo: El verdadero Pablo (de un lugarteniente), Odiando a Pablo (de una amante), El otro Pablo (de una hermana, recién publicado). Entre las novelas, hay un título bueno, al que le agregaron un libro pésimo: Rosario Tijeras. Una monótona, llamada Delirio. Hay otro título bueno al que añadieron una buena novela, con algunas reservas: La virgen de los sicarios. Los argumentos de la mayoría de estas novelas tienen de fondo la ciudad de Medellín cuando estaba vivo el capo, o rozan de medio lado la vida del capo, o del cartel de Medellín, o su descomposición sangrienta, o están basados ya directamente en la vida de Escobar y de sus lugartenientes y de su ejército privado de sicarios. La vida de Escobar ha dado para inspirar corridos que suenan en las busetas y radios de todo el país, lamentables series de televisión con mucha audiencia, y malas series B de cine gringo. Las películas de Víctor Gaviria tienen como

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El Poblado es un sueño del primer mundo en el tercero. Pero al mismo tiempo son las antípodas de Belencito Corazón, el barrio más pobre que queda justo en el frente. La localización del barrio de inversiones millonarias es un oasis de verdor, un velo tupido de árboles que hacen de cortina a la cordillera pálida y erosionada donde viven (mueren) los pobres. Si en la comuna 13 cuatrocientas personas viven en una hectárea de tierra, en El Poblado, viven 20 en una hectárea. El abismo que separa estas distintas ciudades unidas a la fuerza me recuerda la separación radical de esa ciudad futura con murallas y puntos de chequeo en la novela Angosta de Faciolince. El lujo excesivo de El Poblado contrasta y envilece aun más la inopia de las comunas.

hacer la misma indicación todos los días. Es un gesto espontáneo y tranquilo de guía gratuito, todo lo opuesto al show de reclamaciones que hará en la noche un amigo epidérmico, profesor de universidad, que nos amonestará por lo que a su juicio es “exaltar el mito de Escobar” visitando sus propiedades. Como si Escobar fuera realmente un mito. Como si los escritores se lo hubieran inventado.

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Ariadna me lleva del hilo. Salimos del laberinto y tomamos nuevamente la avenida El Poblado, en busca del Mónaco. El edificio que sí fue de Pablo Escobar.


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telón de fondo el ambiente que campeaba en las comunas de Medellín, que a su vez fueron el caldo de cultivo de los ejércitos del capo, y en youtube se pueden descargar cortes de al menos 12 documentales sobre el mismo tema: la guerra contra la cocaína, Pablo Escobar y el Cartel de Medellín, Pecados de mi padre, y un largo etcétera. Sin embargo, el libro definitivo sobre Pablo Escobar, sigue sin escribirse. Y es que la última página aun sigue sin escribirse. La historia de Pablo Escobar es la historia del Narcotráfico. Y la historia del Narcotráfico sólo podrá verse, redonda, completa, con todas los contrastes, con todos los matices, con todo su absurdidad y estupidez, cuando la potencia puritana del Norte legalice el consumo, se desplomen los precios y la cocaína se desprestigie ante un alucinógeno más adictivo como el meet que produce hoy México y ha llevado a Ciudad Juárez lo que ya vivió Medellín. Entonces todos los muertos que ha puesto Colombia, las bombas, las torturas, la ruina de todas las generaciones que se han despilfarrado, parecerán lo que son: un chiste negro, ácido, en la historia del consumo universal. Hace dos años, cuando Monsiváis estuvo en Colombia, Mario Jursich, de El Malpensante, le preguntó en qué consistía el éxito de las crónicas y telenovelas y películas basadas en el narcotráfico. El cronista, incisivo, transparente, mínimo: “El éxito de la crónica sobre el narcotráfico radica en que los autores están contando la historia del hijo, el padre o el tío, del lector”.


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La casa donde murió sigue siendo la calle 79A 45d-94, a siete cuadras del estadio Atanasio Girardot. La visité, pero casi no pude reconocerla. Hoy luce remodelada. Ya no tiene la verja ni el garaje donde estaba el taxi en que se movilizó el último mes de su vida con un ejército pisándole los talones. Ahora tiene un piso adicional a los dos que tuvo hace 16 años. Un Renault 9, gris, de placa ITN 687 de Itagüí está parqueado al frente. La familia que ocupa la casa quizá se incomode de ver a dos transeúntes frente a su inmueble. No queremos incomodar. Sólo constatar que el talento, necesario para escribir una novela o hacer una escultura gorda como las de Botero, se puede usar para burlar la ley, para enriquecerse con una necesidad creada, para estafar, para infiltrar a un estado, o para evadir los cercos de cien ejércitos. Y es que el talento también se

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No es extraño oír aquel reclamo por exaltar el mito en boca de personas que anhelan una ciudad y un país sin estigma. Pero soslayarlo es ignorar un acumulado de violencia histórica; como si la memoria subterránea se borrara con ignorarla: como si a Escobar se lo hubieran inventado un imaginativo clan de periodistas. Pablo Escobar pertenece a la memoria de quienes sufrieron con su guerra o fueron testigos impotentes (e indiferentes) del aparato criminal que encabezó. Nació en Envigado, se hizo bandido y murió a balazos en un barrio de Medellín. Escobar no es el mito del hampa; fue bandido de carne y hueso, asesino atroz que no le tembló la voz para mandar volar un avión repleto de civiles y una librería llena de niños. Es él, y los hombres que lo rodearon, los que mejor sirven (por cercanía, por vecindad, porque pasó ayer, porque aun sobran los testimonios de viva voz) para comprender los motivos de una generación desperdiciada.


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respaldo de la casa, está el tejado que conoce el mundo entero con el cuerpo del capo despanzurrado, y la ventana por la que intentó escapar descalzo, ahora sellada con ladrillos huecos que dejan filtrar un poco de claridad. Es aquel tejado y no el frente de la casa lo que recuerda la mayoría: Escobar obeso y muerto, vestido con franela azul, barbado, melenudo como cavernícola, bocabajo, sobre el caballete del entejado a dos aguas donde los policías y los agentes de la DEA que posan junto a él como lo que era: un trofeo de caza. Junto a la vivienda hay dos garajes tapiados, con letreros a mano alzada, pero sus mensajes alusivos no se pueden leer porque otros aerosoles los cubrieron. ¿Eran a favor, o eran en contra? Dos muchachos bajan por la calle del caño. Son la quinta y sexta personas a quienes preguntamos, por comprobar, si esa es la casa. Dicen que sí, que esa, sin interés. ¿Ustedes conocían la casa antigua? No lo saben. Qué va, nosotros éramos chinos. Y ustedes, ¿son turistas? Qué va, sólo pasábamos cerca, y quisimos ver. Caminamos en silencio. En un puentecito, sobre la canalización, los esperan dos compañeros más. No se saludan, pero cruzan miradas timoratas y luego se pierden bajo los árboles que bordean el caño. Justo frente a la casa de Escobar, encienden un zepelín de marihuana. Marihuana es la única droga que consumía el exportador de cocaína.

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malgasta (advertencia de Jaime Garzón en su última entrevista). De la vieja casa donde mataron a Escobar sólo quedan los basamentos de la verja que resguardó la entrada. En sus vestigios, cuatro artesas de barro con culebrilla, higuera, croto y cacho de venado que tratan tímidamente de disipar los rastros de la vieja fachada y adornar el frente, pero no lo logran. En el segundo piso, una mata de sábila. Justo en la ventana (donde vio su silueta al teléfono el comando élite que lo mató) hay un balcón y una mata de millonaria. Curioso nombre. Millonaria. Se usa para atraer cierto tipo especial de suerte: la de la plata. Al frente, la calle 79A y el caño canalizado, cubierto de almendros, mangos, platanillo, árboles jóvenes que fue lo último que debió ver (figurado) el día de su muerte, si fue que tuvo tiempo de asomarse a la ventana el día de su muerte. Nadie sabe lo que vio el capo ese día. Nadie sabe si acababa de levantarse (por sus hábitos de noctámbulo, de acostarse siempre al amanecer y levantarse a las doce para empezar el día a medio día). Nadie sabe si desayunó el huevo revuelto con plátano frito que lo hacía tan paisa. Nadie lo sabe, sólo la literatura. El Limón, el sicario que lo acompañó hasta el final, y quien podría dar una idea exacta del último día del capo, murió cinco segundos antes que Escobar, tratando de cubrirlo en la retaguardia, en un intento vano de evadir el cerco, con una ametralladora MP54 a medio disparar y una granada de fragmentación en la mano. Al


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2Feliz año nuevo-Pancarta en Ucrania 2010


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a imagen de Escobar que quedó en los barrios populares no es la misma que posee la clase media, ni mucho menos la que tienen sus víctimas. La clase alta lo desprecia, la clase baja lo aclama y las víctimas lo odian. La memoria es eso: lo que queda cuando las páginas de periódico empiezan a amarillear. En todo caso, la apuesta fue atroz y efímera. Los hombres que le rodearon requieren una reflexión constante y profunda sobre la mendacidad criminal que fue el caldo de cultivo de aquella generación despilfarrada. Su pasado, los testimonios de sus víctimas, y los testimonios de sus cómplices es todo lo que nos queda para comprender. Medellín fue el entorno donde se gestó para suerte o infortunio de la generación presente (y de las que vienen). Escobar, como todos los matones a sueldo, como los jóvenes de clase media alta que se convirtieron en matones por un par de zapatos, un reloj y gafas finas, nacieron en un medio permisivo, en una sociedad desequilibrada por la sublimación de la riqueza, una sociedad que puso al dinero como el rasero de la distinción. El vendedor de empanadas dice que para encontrar el Mónaco debemos seguir por la misma avenida hasta la calle 17 sur. Las diez cuadras siguientes las hacemos a la sombra de los guayacanes y las ceibas y el olor de bosque húmedo. Al pasar una quebrada, la gente ofrenda oraciones a una virgen. Me acerco. Uno de los cartelitos dice: Gracias virgencita por permitirme coronar. Me alejo. Coronar, en parlache paisa: dícese de poner un embarque de droga en el extranjero.

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Una vez en la calle 17ª, veo el enorme edificio blanco que sirve de sede a la dirección de aduanas nacionales (DIAN) y creo que me timaron estos paisas Maliciosos y hábiles al hablar de negocios, fuertes en la derrota, bravos en la injusticia y nobles en la victoria. Yo busco uno de seis pisos, no de treinta. Pregunto las coordenadas a una pareja de ancianos atléticos, y el señor me indica que por el otro anden, que una cuadra antes, detrás de unas edificaciones de apartamentos que no permiten su avistamiento. Seguimos el mapa. Pasamos la calle, bordeamos los apartamentos que impiden la vista y el edifico Mónaco, la guarida del bandido, aparece finalmente.


bombas y las ráfagas y los taladros en las rodillas. Doscientos muertos cada fin de semana. En un viejo periódico encuentro que el encargado de llevar el carro bomba al edificio fue el oficial retirado Germán Espinosa Rubio, alias El indio, quien llegó de Cali a visitar a unos amigos que vivían en El Poblado, de Medellín. Los amigos eran Carlos y Fidel Castaño Gil, alojados en una mansión llamada Montecassino, por la misma avenida. Aunque traté de ubicarla también, la mansión de los famosos paramilitares Castaño Gil, no pude verla. Creo que estuve a punto, pero me disuadió un vagabundo que me abordó en la cuesta y dijo: ¿Qué dirección buscás, cucho? No sé si fue su mirada, o la expresión cucho, pero me disuadió de seguir buscando. Ya la había oído, en dos ocasiones.

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Busco cifras para contrastar la exageración. Encuentro una. Enterrar y Callar, María Victoria Uribe y Teófilo Vásquez. Recogen los tres meses que van de noviembre de 1992 a enero de de 1993: 4.107 muertos. ¿Entonces qué, cucho? ¿Dividimos por mes, por día o por hora?

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Las paredes muestran estrías y muescas y mordeduras del bombazo que destrozó su fachada en enero de 1988. Las ventanas no tienen vidrios y entre las manchas de deterioro y las argamasas roídas del techo alguna vez pulidas de estuco veneciano, se configura la el ambiente: el aire húmedo y descompuesto de las casas sin habitantes. Hay un árbol de aguacate cargado de fruta, y ahí está la piscina familiar de la que un anciano extrae hojas secas con una red de cazar mariposas. Una maya oxidada rodea el edificio. Ya no se ve la escultura de Rodrigo Arenas Betancur que franqueaba la entrada. Sólo dos pisos parecen adecuados para vivir. Pero allí no vive nadie. La bomba que sacudió El Poblado el 13 de enero de 1988 iba dirigida a Escobar y su familia. Se la pusieron al frente del edificio. Era el primer gesto con que empezaba la guerra a muerte entre los carteles de Cali y Medellín por el monopolio del tráfico, al que se sumaron nuevos intereses: el de los paramilitares y el de los políticos corruptos. Una guerra de todos contra todos. Ya no más fiestas con El Gran Combo de Puerto Rico ni con Héctor Lavoe y un harén de putas en topless. Ahora sonarían las

Día anterior. Centro de Medellín. Centro administrativo La alpujarra. Al atravesar la avenida, frente a la gobernación y la alcaldía, por poco nos destroza un ciclista. El vendedor de chicles le arrostró un insulto, y el ciclista paró en seco, lo miró con odio y dijo “abríte, cucho”. “Es lo que dicen antes de matar”, dijo la caleña que nos acompañaba. “Cuando yo llegué a Medellín hace 20 años, todos eran alzados como ese man. No se les podía decir nada, porque sacaban el revólver y te mataban. En todas las esquinas mataban porque me miraste, que porque no me miraste, que porque me caíste mal, que porque me miraste la hembra, que porque te atropellé y no te quitaste”. La caleña redondea con una cifra contundente de funcionaria: cada fin de semana en Medellín había doscientos muertos.


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La segunda vez que oí la palabra fue en la segunda noche, cuando un indigente le pidió monedas al sociólogo anfitrión. El sociólogo, enfático: ¡No! El indigente, alevoso: ¡Cortáte esa chivera! El sociólogo, interesado: ¿Y por qué tengo que cortármela? El indigente, ofensivo: Parecés una loca. El sociólogo, despectivo: Loca, vos. Y mientras nos alejábamos, el indigente reviraba: ¡Todo bien, cucho!, y el sociólogo nos traducía la expresión del argot paisa a la vida práctica. Quería decir lo contrario: “todo mal, cucho”, se iba a tener que cuidar la espalda cuando volviera a cruzar por el parque sin compañía.

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¿Qué dirección buscás, cucho? Me azoré. No dije que buscaba la mansión donde habían entrenado a los sicarios que mataron a los candidatos presidenciales de 1990, Pizarro y Jaramillo, con bosque, club hípico, cancha de fútbol, piscina y avaluada en una chichigua: 30 millones de dólares. Le dije que nada, que sólo miraba, y me alejé. Todo bien, maaniño.

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¿Anécdotas exageradas? En la mañana tomo un periódico doméstico para capturar un poco de ambiente local. Página 7, judiciales: “Se conmemora con una danza un año del asesinato de la bailarina Cristina Restrepo, acuchillada en el parque Astorga. Ahora el parque se llamará La bailarina por decreto del consejo 3Bomba al DAS municipal”. Recuadro superior, derecho: “Muerto encostalado en San Javier”. Recuadro inferior, izquierda: “condenado a 48 años de cárcel el jefe del Combo la 38, Alias Alex, por homicidio agravado en objetivo múltiple”. (Léase masacre) Recuadro inferior, derecha: “Buscan bebé Cristian Tobón de 23 días de nacido, raptado de los brazos a su madre en Prado-Centro.” Páginas internas: “Policía tras vándalos que quemaron las bodegas del contratista en construcción del parque Astorga- se quiere sabotear complejo empresarial, asegura gerente de EPM-- ciento cincuenta millones en pérdidas…” Última página: “Continúa búsqueda de los tripulantes de las 2 avionetas hundidas en el río cauca: quinientos kilos de cocaína rescatados de las aguas”. Ambiente local.


*Stanislaus Bhor. Blogger y cronista independiente. Autor de La balada de los bandoleros baladíes.

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El Mónaco, súbitamente roto, quedó como está hoy: arruinado. La guarida del bandido, desmantelada. Lo que siguió a la bomba del edificio que sí fue de Pablo escobar fue

Nota: En noviembre de 2010 la fiscalía abandonó el edificio. Dicen que tiene fantasmas.

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Fue en esa mansión, Montecassino, donde los hermanos Castaño Gil le dieron a alias El Indio el campero lleno de dinamita para volar el edificio Mónaco. La noche anterior, Escobar había dormido en el pent-house, que habitaba con su mujer, pero salió diez minutos antes del estallido que desintegró a los celadores del edificio y derrumbó la fachada. La esposa y los hijos del capo huyeron ilesos. Lo que encontró la policía al ingresar fue el cascarón de un museo en ruinas: un piso con obras de Obregón y de Grau, un girasol de Van Gogh, una escultura de Rodin y una de Botero de cuatro metros de superficie. Alonso Salazar, en La parábola de Pablo, incluye breve inventario de lo que halló la policía en el parqueadero y en la cocina del edificio: una docena de carros de colección, la limusina Mercedes Benz de seis puertas que le regaló Gonzalo Rodríguez Gacha (fue Carlos Ledher Rivas, y no la regaló, se la vendió); vajillas chinas y esculturas griegas que valían cien veces más que el mismo edificio.

la guerra sucia que redujo el valor de la vida humana a un fajo de dólares y de la que aun el país recibe oleadas: 120 bombas, más de cinco mil padres de, hermanos de, hijos de, nietos de… (todos muertos); un odio flotante que engendró el desprecio por la vida, una generación entera de adolescentes convertidos en asesinos a sueldo. Ninguna placa, ninguna referencia podría expresar con más elocuencia el pasado de este edificio (levantado para ser bastión del hampa, para alojar cajas fuertes repletas de millones de dólares) que aquel, en la reja, que anuncia a su nuevo ocupante: la fiscalía. La derrota, en la guerra contra el narcotráfico, como en la guerra de Troya, como en todas las guerras, deja las pertenencias del vencido a merced del vencedor.

FANZINE 3, El edificio que no es de Pablo Escobar  

Fanzine 3, revista monografica on line del blog una hoguera para que arda Goya. El edificio que no es de Pablo Escobar es una crònica aparec...