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Edición 2 / Enero - Febrero de 2013 / Publicación gratuita

Epifanía repentina Pág. 3

¿Miedo?, ¡no me salga con eso!

Crónica de un corto trayecto

Pág. 6

Pág. 7


2 editorial

una ciudad contada

Periodismo

para vivir y contar El periodismo es una práctica y un concepto que sobre el papel y a través de la historia ha sido un juego de victorias, derrotas y contradicciones. Actualmente ha perdido un terreno preciado, aunque los escenarios históricos son distintos y los tiempos mucho más, así como lo hacen diversas áreas, el periodismo debe adaptarse a su tiempo y trabajar con las ventajas y limitaciones que ofrece el medio. Las aulas se han convertido en rincones seguros que ofrecen tranquilidad a quienes las habitan y se alimentan de lo que allí se les brindará durante la carrera académica. El contacto con la gente, con sus vivencias, sus quehaceres y problemáticas, hace del periodista un olfateador nato de las historias para contar. El periodista debe ser testigo directo y observador participante del entorno, ya lo decía alguna vez el fallecido narrador cubano Alejo Carpentier: “El periodismo es una maravillosa escuela de la vida“. Una escuela que no admite aulas eternas, admite calle, admite caminar, admite un contacto cercano y personal sin olvidar que

somos relatores y denunciantes. Nuestra Medellín es un aula gigante en la cual el aprendizaje es constante y las historias abundantes. Cada transeúnte, vendedor, ama de casa, empresario, habitante de calle o simplemente habitante, tiene tras de sí un montón de vivencias que en la pluma de un periodista, en la cámara del reportero o en la voz del narrador puede convertir la simpleza en arte. La invitación formal a nuestros colegas en formación es a dejar el pupitre por un momento y a tomar la pluma, el papel, la cámara o el micrófono, sensibilizar sus sentidos y caminar, observar, sentir, respirar y mirar con profundidad una ciudad que tiene tanto por enseñarnos e infinidad de historias por contar. Mientras tanto, Una Ciudad Contada estará presente para narrar en forma de letras, las voces de una ciudad que grita sin ser escuchada. Periódico Una ciudad Contada. fotografía: Edward Alejandro Acevedo, Estudiante de Comunicación Social Universidad Cooperativa de Colombia.

Periódico Una Ciudad Contada Medio de prácticas de estudiantes de Comunicación Social Universidad Cooperativa de Colombia. Comité coordinador y editorial: Andrés Felipe Pérez, Elizabeth Lara Arias, Astrid Paredes, Daniel Martínez Jaramillo, Wilder Jaramillo Gallego Fotografía de portada: Harold Smith, estudiante de Comunicación Social Universidad Cooperativa de Colombia Colaboración especial: Carolina Medina, Comunicadora Audiovisual Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid Y Juan Andrés Álvarez, docente Universidad Cooperativa de Colombia. Periódico Una Ciudad Contada unaciudadcontada@gmail.com


una columna compartida 3

una ciudad contada

Epifanía

repentina Por: Karen Londoño. Estudiante de comunicación social, Universidad Cooperativa de Colombia.

Pasé un par de días pensando en temas para escribir un artículo que pudiera ser publicado en la edición de un periódico hecho por estudiantes. Di muchas vueltas, pensé en hacer un perfil del gran detector de artistas plásticos Alberto Sierra. Pensé en hacer una crítica del último libro que leí –aunque no recuerdo cuál es–; y hasta pensé en escribir mi opinión sobre los eternos trancones que vivo día a día en la ciudad. Pero ninguno de esos temas me convencía, y aún sin tiempo para pensar en otra cosa diferente decidí asistir a un evento al que, por mi amor a la literatura, no pude resistir: el conversatorio entre Mario Mendoza y Carlos Framb, que se dio en un frío auditorio en la Universidad Eafit, y que trataba la vida y obra del poeta paisa. Empecé a frustrarme porque, mientras ellos hablaban, yo seguía pensando en qué texto entregar al día siguiente; hasta que, cuando ellos trataban de las epifanías de los poetas y escritores, una frase dicha por Mendoza hizo eco en mi mente y revivió mi más grande frustración: “En esta sociedad suprimimos el Eros y multiplicamos el Thanatos”. La ecuación matemática me llevó a mis años de infancia en los que, con mucha ilusión, quise practicar pintura, canto, guitarra, danzas típicas, tango y hasta batería. Hoy debo confesar que no domino ninguna de esas artes, tal vez por descuido, tal vez por falta de talento, pero lo que sí es cierto es que mi familia nunca consideró el arte como una opción de vida; y no los culpo, para la sociedad colombiana, y me atrevería a decir que para el mundo en general, es más importante trabajar en una oficina, producir dinero y hacer parte del status quo, que andar pintando cuadros, componiendo canciones

o dejándose llevar por la abierta gama de ritmos para bailar. Ahora bien, ¿qué tienen que ver Eros y Thanatos en mi frustración artística? Mientras no tuve la posibilidad de aprender arte, mi familia me infundió la educación cristiana, católica, apostólica y romana. En otras palabras, mientras me negaban el placer que –científica e históricamente comprobado–, produce el arte (Eros), me enseñaban a temerle a la muerte, a Dios y a una infinidad de cosas con las que la sociedad moldea a sus miembros (Thanatos). Así que como forma catártica, uso este artículo no para criticar ni para quejarme –como bien podría parecer–, sino para manifestar la necesidad que tiene una sociedad como la colombiana de educar más las pasiones y menos los temores. El novelista que despertó este texto dijo algo que podría ser muy cierto: “Colombia es un país que necesita más artistas y personas apasionadas por algo, porque con personas así mataríamos menos. Acá matamos porque no nos importa nada, si algo nos importara éste sería un país mejor”, y por si fuera poco, agregó un comentario, refiriéndose a los que se dedican –que nos dedicamos– a escribir: “el derecho a la lectura y a la escritura, el lenguaje y la educación del mismo es la clave para construir una verdadera democracia participativa, es el lenguaje como mecanismo de resistencia civil y la imaginación como un medio de resistencia cultural (...) Y es que según las Naciones Unidas, este país tiene un analfabetismo funcional, es decir, el nivel de lectura de los colombianos es de 1,6 libros per cápita al año…”. Por eso debemos incentivar el arte, apoyarlo, crear espacios, pero sobre todo,

Ilustrado por Mr Goo -httpmrgoo.cghub.com

crear conciencia, porque no importa si es gráfico, musical o escrito, el arte puede ser una salida exitosa a grandes problemas sociales, cosa que se ha demostrado en varias comunas marginadas de Medellín: actividades artísticas y culturales sirven para liberar a los adultos del futuro de la alternativa violenta y conflictiva que se vive en el presente.

“Así que como forma catártica, uso este artículo no para criticar ni para quejarme –como bien podría parecer–, sino para manifestar la necesidad que tiene una sociedad como la colombiana de educar más las pasiones y menos los temores”.


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fotografía: Wilder Jaramillo.

Montar en bicicleta

en Medellín, todo un acto de fé Por: Astrid Paredes. Estudiante de comunicación social, Universidad Cooperativa de Colombia.

Hace unos meses un amigo llegó a clase con el casco en la mano y algunas gotas de sudor en la piel. Mi sorpresa fue grande al descubrir que había llegado en bicicleta atravesando la mitad de la ciudad, pues siendo mi vecino sé las lomas a las que se tuvo que enfrentar. A los pocos días me convenció de salir a montar, dejé mi sedentarismo de lado y me arriesgué. Lo que descubrí me cambió la forma de pensar sobre la movilidad en la ciudad. Cuando voy en carro, en bus o en moto, recorro la ciudad rápidamente, llego a mi destino transportándome de un lugar a otro sin ni siquiera saber por dónde pasé. Por el contrario, cuando voy en la bici puedo sentir el ambiente, las calles, los aromas, el clima y la gente. Es más arriesgado ¡claro que es más arriesgado! Aún más cuando en la ciudad falta tanta tolerancia con los ciclistas de parte de los conductores de vehículos automotores. Si eres ciclista y vas por la calle, nunca falta quien te pite porque vas demasiado lento, pero amigo, le recuerdo que voy en mis dos piernas por una pendiente, controlando mi respiración y haciendo el máximo esfuerzo para llegar a la cima, mientras tanto, usted solo debe oprimir el acelerador, contaminar con un poco de dióxido de carbono y seguir engordando sedentariamente, sin el más mínimo esfuerzo. En lo que va corrido del año han muerto 16 ciclistas en las calles de Medellín, un hecho lamentable

ante el cual muchas personas han intentado ofrecer soluciones propias, como sucedió el 22 de septiembre en el marco del día mundial sin carro, en el que cientos de voluntarios de Bicisporlavida pintaron en un espacio propio para las bicicletas en la Avenida Industriales buscando promover que los ciudadanos mismos regalaran líneas de vida para sus ciclistas, la cual lamentablemente fue borrada posteriormente por las autoridades de tránsito sin proponer una solución alterna. Hace poco Medellín quedó entre las 3 ciudades más innovadoras del mundo y es un gran logro, pues se ha venido mejorando en gran cantidad de aspectos, sobre todo el turístico. Pero no entiendo cómo una ciudad con miras al futuro y en la que se supone que la alcaldía busca “Una ciudad para la vida”, solo se tiene presupuestado construir 10 Km de ciclo rutas en cuatro años. Nos encontramos también, paradójicamente, entre las ciudades que más trancones tienen en el mundo. Un habitante de la eterna primavera se desplaza a una velocidad de 22,65 kilómetros por hora, cifra que está por debajo de la velocidad de desplazamiento en grandes metrópolis como Nueva York, donde es de 38 kilómetros por hora, de Tokio, con 26, y de Sao Paulo, con 24, Según el estudio Sistemas de Ciudades, realizado por el DNP y el Banco Mundial. Hoy solo contamos con 24 Km de ciclo rutas en la


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ciudad y necesitamos muchos más. En los últimos 5 años la bicicleta ha perdido el 20% de sus usuarios, mientras que las motos han aumentado el 170% de sus usuarios. Si buscamos sostenibilidad, estas cifras no son muy alentadoras, pero aún estamos a tiempo de participar y cambiar nuestros hábitos, emprender aventuras y conocer de diferentes formas la ciudad montando en bici, eso sí, cumpliendo con las normas debidas como es el uso del casco en el día y cintas reflectivas y luces en la noche. En el espacio que ocupa un carro, caben 14 bicicletas. Son 14 personas que no contaminan, que por el contrario ejercitan los músculos de su cuerpo y fortalecen la voluntad de su mente, además montar en bicicleta aumenta 5 años las esperanzas de vida por ser un acto saludable. Entonces, aunque montar en bicicleta en Medellín sea todo un acto de fe, tenemos que seguir creyendo que individualmente como ciudadanos podemos hacer algo para mejorar nuestra calidad de vida y colectivamente apoyar causas que nos benefician a todos. Hoy solo contamos con 24 Km de ciclo rutas en la ciudad y necesitamos muchos más. En los últimos 5 años la bicicleta ha perdido el 20% de sus usuarios, mientras

que las motos han aumentado el 170% de sus usuarios. Si buscamos sostenibilidad, estas cifras no son muy alentadoras, pero aún estamos a tiempo de participar y cambiar nuestros hábitos, emprender aventuras y conocer de diferentes formas la ciudad montando en bici, eso sí, cumpliendo con las normas debidas como es el uso del casco en el día y cintas reflectivas y luces en la noche. En el espacio que ocupa un carro, caben 14 bicicletas. Son 14 personas que no contaminan, que por el contrario ejercitan los músculos de su cuerpo y fortalecen la voluntad de su mente, además montar en bicicleta aumenta 5 años las esperanzas de vida por ser un acto saludable. Entonces, aunque montar en bicicleta en Medellín sea todo un acto de fe, tenemos que seguir creyendo que individualmente como ciu-

“Hoy solo contamos con 24 Km de ciclo rutas en la ciudad y necesitamos muchos más. En los últimos 5 años la bicicleta ha perdido el 20% de sus usuarios, mientras que las motos han aumentado el 170% de sus usuarios”. dadanos podemos hacer algo para mejorar nuestra calidad de vida y colectivamente apoyar causas que nos benefician a todos.

fotografía: Wilder Jaramillo


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¿Miedo?, ¡no me

salga con eso!

fotografía: Wilder Jaramillo. Por: Tatiana Ricardo. Estudiante de comunicación social Universidad Cooperativa de Colombia.

- Aquí usted consigue todo a precio de huevo, mijo. Venga y mire: La comida, la ropa, los electrodomésticos; todo lo encuentra en este lugar y si no lo hay, pues se lo conseguimos… Yo sé lo que está pensando, que esto por acá da miedo, que es peligroso. - Sí, hombre, esto da miedo, desde muy temprano se empieza a ver la gente pasar por las calles con las carretas llenas de frutas o verduras que traen de la Minorista, donde las consiguen aún más baratas. Gente muy miedosa. - ¿Miedosa?, de no llevar nada a la casa al terminar el día. Gente verraca que esfuerza su garganta para conseguir que los transeúntes conozcan sus productos y sus promociones, que saben de estrategias de mercadeo y ventas sin haber puesto un pie en la universidad. ¿Miedo, qué le da miedo? No pretendo esconder la realidad, es cierto, aquí también hay perversos que ponen la imagen del sector por el suelo y le generan a usted miedo; pero ahora dígame: ¿Dónde no hay peligro y gente torcida? Aquí también hay gente buena, aquí es donde está el motor de la ciudad, donde los obreros se esfuer-

zan por trabajar la materia prima y llevarla a otros sectores ya casi lista para el retoque final, donde el sudor de nuestros hombres y mujeres pueden sostener el desarrollo de la ciudad. ¡No me salga con que miedo! Uno va a comprar una prenda u otro artículo y de repente salen las “niñas”, feas bonitas o normales, con una gran sonrisa contagiosa diciéndote: ¿qué necesita señor, señora? Siga, aquí lo encuentra todo. Adelante. Si entras y no compras nada, algo que sería raro, con la misma amabilidad te dicen: por aquí a la orden, vuelva cuando quiera que estamos para servirle. ¿Esto le da miedo? Es en este lugar tan miedoso para usted donde miles de personas se la rebuscan día a día para llevar algo de comer a sus hijos, dinero para sustentar una familia y suplir todas las necesidades básicas por lo menos. Aquí no hay gente miedosa, no les da miedo trabajar duro para conseguir lo que buscan. No me diga que le da miedo que sus paisanos perseveren. Usted y yo sabemos que el centro de Medellín no está aislado de la ciudad, no es otro mundo; es el CENTRO de nuestra realidad.


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CRÓNICA

de un corto trayecto Por: Andrés Felipe Pérez Jaramillo. Universidad Cooperativa de Colombia.

fotografía: Andrés Pérez

Viernes 18 de septiembre, 9:55 PM Parque Berrío, centro de Medellín. Derecha, izquierda, izquierda, derecha, derecha, izquierda, izquierda… así pierdo la concentración cada vez que los pasos aumentan, sudo a gotas, mi respiración se acelera y casi no la controlo, todo mi cuerpo tiembla sin cesar y mi visión va de arriba hacia abajo sin ningún orden lógico. El transporte está cerca, pero siento que el trayecto es eterno, el bullicio es frecuente y hostigante, los olores no pueden ser descritos con facilidad, son una especie de mezclas que varían según mi concentración, el humo diesel se combina con el olor que destilan las improvisadas parrillas en donde son asadas formas extrañas de algún tipo de carne que desconozco. Así me siento en un recorrido que no dura más 15 minutos desde mi puesto de trabajo hasta el punto de transporte público, luego de pasar el sector de la AV. La Playa y cruzar Junín a eso de las 9: 48 de la noche. Personas durmiendo en las aceras de los negocios, improvisados hoteles callejeros; algunos se refugian en algún posible rincón, ya que por causa de la humedad son pocos los sitios que permanecen secos. Improvisadas cobijas con papel periódico sirven de resguarde, retazos de tela desteñida reseca o manchada forman la indumentaria nocturna del llamado habitante de calle o persona de calle, semántica para nombrar al que está en la calle. A las 9: 50 de la noche el centro de la ciu-

dad se transforma en un mundo extraño y distinto al conocido, aquel que acostumbre transitar con la luz del día se verá habitando una ciudad sin maravillas, ni digital ni la “más educada”, tal vez imparable en descenso, y en ascenso hacia una escena cada vez más lúgubre, digna de ser retratada por Edgar Allan Poe si aún viviese. Los olores, los murales, los colores y hasta los habitantes parecieran seres distintos a los acostumbrados, aquello es una obra abstracta de lo estéticamente inconcebible para nuestros abuelos. El miedo y el temor se apoderan de mis pasos en el instante en el cual un joven de unos 17 años, con gorra roja cubre su mirada amenazante, en su rostro se genera una tenue sombra causada por la visera de la misma, lo acompaña una chompa gris tres tallas más grande que su estatura, su pantalón es desgastado, sucio, ancho, y esconde la intención de sus piernas. Cuando me habla lo hace entrecortado y alargando las palabras como un canto en vocales, me dice: -¿Parce pá dónde va? - Pá el bus – le contesto. - ¿Y usté de dónde viene? -Del trabajo. - Muéstreme el maletín… - Oigan a este man, pá qué – me hago el valiente - Porque yo vigilo esto y usté no es de por aquí… Creo que nunca había corrido tanto como

lo hice esa noche, no tenía un control consciente de mis articulaciones, solo se movían por instinto de supervivencia. Montado en el transporte público se podía sentir como los latidos se iban tornando a la normalidad, el aire volvía lento pero seguro a los pulmones, el sudor persistía, pero la tensión disminuía, ahora se podía sentir una leve sensación de seguridad bajo esa jaula de cuatro ruedas; sin embargo la tranquilidad se volvió pasajera cuando poco a poco en aquella ruta TransMedellín con paradero A.V. de Greiff se llenó de ciudad, del hombre que mide 1.80 m y algo más, Biblia bajo su brazo izquierdo, corbata floja y traje notoriamente desgastado, quizá el trajín del día o el transcurrir de un cuarto de vida con el mismo conjunto. Se ubica cerca a la puerta delantera y yo que me encuentro sentado 4 puestos más atrás, puedo percibir la fragancia que deja el aguardiente cuando se bebe desmesuradamente hasta que la conciencia no es más que una frase sin hechos. ¿Testigo de Cristo o Cristo testigo de la prueba viviente de una mentira escondida con corbata? La señora salió tarde hoy de su trabajo, sus ojos demuestran la impotencia de no controlar su tiempo, no llegará satisfecha al hogar, pues la jornada no la satisfizo; su delantal manchado y arrugado puede ser el símbolo de un día sin recompensa, además su mirada cansada y furiosa repele cualquier posibilidad de contacto visual. La señorita lleva un niño en brazos, llora durante todo el viaje, tal vez de hambre, tal vez de frío, el abrazo de su madre no suple completamente la necesidad de calor y es posible que su cuerpo ya no pueda brindarle el alimento natural. Aquel señor lleva una bolsa negra de indescifrable contenido, en la otra mano un bastón desgastado por el uso y el tiempo, su espalda encorvada lleva el peso de una época inclemente, las arrugas que forman parte de su cuerpo, compañeras y confidentes de una historia sin huellas ni esperanzas y su mirada es la traducción de la incapacidad, la desesperanza y una gratitud perdida hacia una vida sin más que recuerdos. Él está de pie, se sostiene de lo que puede mientras los demás conversan mentalmente sobre quién habrá de ceder

20 minutos de espaldar plástico. El niño le rapea a su dios mientras su compañero recoge el resultado de un acto sin recompensa. El conductor de bus maneja mientras su hijo de unos 2 años juega con los pagos del servicio y se pasea por toda la ventanilla delantera, su novia, esposa o compañera, degusta una enorme hamburguesa con un fuerte olor a cebolla frita. En las afueras se oyen aplausos constantes, pero no por la presentación de un destacado artista, hacen un llamado al hombre cansado de su cotidianidad para que disfrute de shows dispuestos para ellos en sótanos plagados del oficio más antiguo de la historia… En nuestra ciudad, en nuestro país, la costumbre es arrojar datos cuantitativos de la problemática de violencia, seguridad y pobreza. El fondo del problema tiene más fondo de lo evidente; valga la redundancia, es un tema en constante discusión, pero que aún no manifiesta una verdadera y efectiva medida que arranque de raíz lo complejo de la situación. Los números y su interpretación siempre serán complejos para los que reaccionamos a ellos, la realidad en números se traduce en sumas y restas en una sociedad dividida y que olvida fácilmente el igual de la operación. Los datos oficiales sondean reacciones, nos dicen que un 40% bajó, un 30% subió, un 20% de variabilidad, etc. Pero así como un trayecto de 40 minutos puede ser desconsolador, una vida que transcurre en esa realidad puede ser aún más extenuante. Existen dos ciudades, una ciudad de dos caras, la que vemos en el día y aquella que olvidamos en la noche, habitan diferentes tipos de personajes, los que quieren, los que pueden, los que hacen, los que viven, los que mueren cada día, los que miran, aquellos que ignoramos, aquellos que pasan y aquellos que son tantos y a la vez son pocos… pero estamos nosotros, quizá usted y yo, que al girar la llave y sentir el calor del hogar, el olor a comida recién hecha, el saludo fraternal y el ruido del televisor, nos sentimos seguros, tranquilos y seguros de que aquello no fue más que un mal sueño; tranquilo, ya despertamos… pero seguimos dormidos.


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Una hora y veintidós minutos

reciclando Por: Andrés Felipe Pérez Jaramillo, estudiante de comunicación social, Universidad Cooperativa de Colombia.

“Érase una vez, había una vez…y vivieron felices para siempre…” estas son algunas de las frases con las cuales se acostumbran a comenzar y a finalizar los cuentos de hadas, pero en la vida de “Chucho” nada es un cuento de hadas, un día de su vida podría asemejarse a 20 años de la suya apreciado lector o a 20 de los míos por supuesto. “Chucho” porque así le gusta que le llamen, y además otro nombre no recuerda o no quiere recordar, es un habitante de la calle, reciclador “a mucha honra, todos los días”, exclama con orgullo. Y al mirar su rostro observas la ciudad en todo su conjunto, se ven las ansias, se ve el cansancio, la rabia, las calles que el tiempo inclemente deteriora, ves la tranquilidad y como si fuese una paradoja extraña ves igualmente el desasosiego y la esperanza conviviendo en el mismo físico. Su rostro a simple vista adivinaría unos 50 años de pasos andados y algo más, pero no, las arrugas, el polvo, el hollín, el tono oscuro de su piel y las líneas que los años han trazado engañan de entrada al adivino más astuto. “Chucho” tiene 34 años a cuestas, está en “la flor de la vida” como algunos expertos determinan. 34 años de nadar por calles y tugurios, de saber y de negar lo que la vida ofrece, de tratar de encajar donde inclusive lo “normal” no encaja a veces. 1.67 metros, su cabello posee un color diferente a los habitualmente conocidos, el humo diesel y la dureza de la ciudad logran ese efecto. Sus ojos reflejan una

En ese instante entendí aquello que llamamos basura, usted y yo, para “Chucho” y otros tantos, es un tesoro intercambiable, que al cambiarse, se obtiene un tesoro aún más valioso: comida o quizá no, pero no está en mí hacer conjeturas. tranquilidad que llego a odiar por momentos, son los ojos de un cachorro que espera ser alimentado, pero no se impacienta por la demora de su amo. En ocasiones nuestra forma de vivir se torna molesta y la inconformidad domina nuestras decisiones, sin embargo mi estimado lector, no pretendo tomar posiciones por usted, pero lo que nos hace humanos a veces se manifiesta genérico. Cuando “Chucho” se refiere a la basura, la llama “plática”, por lo cual y por respeto, intentemos, usted y yo, llamarle “plática” a la basura. Toda una vida en la calle, reci-

clando los desperdicios que son causa y efecto de una mala educación, sin una familia que le espere ni mucho menos un techo que le atienda, de a pie en pie se anda cada milímetro de nuestra “amada” Medellín, y es esa su forma de sustento diario desde que dice él, dejó de ser el que era para ser el que es hoy, ríe cuando lo menciona, yo trato de descifrarlo aún. Cuando son las 2:40 P.M. del jueves, espero en la acera la llegada de mi invitado, al llegar estrecho su mano, áspera, sucia, huele mal, no es ni negra ni oscura, es… sucia, muy sucia; él estrecha la mía, “toes qué parce, préstame pa un cofi”, dice de entrada. Yo le invito al “cofi” y así comienza mi rato con “Chucho” uno de los tantos recicladores de la ciudad. “Chucho” me trata de una forma cordial y para mi sorpresa, me hace sentir incomodo, no por el hecho de que sus ropas sucias, rotas, desgastadas y antisociales (dirían algunos) lograran ese efecto, no, la verdad, esa incomodidad surge de su manera de atenderme, puesto que mi principal objetivo es observar el transcurso de su cotidianidad y pasar desapercibido, él me considera “su invitado” y río por ello, además sus escasos dientes constantemente sonríen para decirme: “dígame qué necesita cucho, no le dé pena, hágale que a las visitas hay que atenderlas”. Así que como visitante debo comportarme a la altura de mi anfitrión. Su forma de trabajar es maratónica, carga dos costales a cuestas, uno de ellos es una improvisada tela que con un par de nudos atados estratégicamente que transformó en bolsa, allí deposita el cartón, el papel, los desechables y todo aquello que usted y yo, mi seguidor de líneas, arrojamos al pavimento diariamente. A las 3:00 PM ya ha llenado ambas bolsas, haciendo estación en un negocio llamado “Rosty, Rosty”, le regalan un extraño pedazo de lata. Es grande, pesado, posee dos manilares, lo que me hace suponer que fue puerta alguna vez. Pero más allá de su forma, me sorprende su peso, cuando “Chucho” me lo enseñó, no pude sostenerlo más de 2 minutos, él en cambio, lo cargó todo nuestro trayecto sin queja ni comentario alguno, por el contrario, su reacción al recibirlo de parte de “doña Nora”, la administradora de “Rosty, Rosty”, fue la de un niño de 8 años al que acaban de entregarle los $1000 pesos para los dulces. “Chucho” lo observaba, lo

palpaba, y llegué a pensar que lo amó mientras lo sostuvo: “hay doña “Norilla” que mi Dios me la bendiga con pollos bien gordos pa’ ese negocio…” ella sonríe discretamente y yo devuelvo la mirada a un animado “Chucho” que me dice: “huy parce, con esto ya me coroné el día, hasta me sobra pa’invitalo a fresco y cruasán”. En ese instante entendí aquello que llamamos basura, usted y yo, para “Chucho” y otros tantos, es un tesoro intercambiable, que al cambiarse, se obtiene un tesoro aún más valioso: comida o quizá no, pero no está en mí hacer conjeturas. Mi intención era pasar unas cuantas horas con este inédito personaje, pero en vista del “golazo” que significó el pedazo de lata, el día de trabajo ya culminaba. Cuando le acompañé a vender aquella “lata milagrosa”, me sorprendí aún más – vaya día de sorpresas – ¡cuando por semejante vaina tan grande! (y excuse usted mi expresión inadecuada, pero los sentimientos afloran), sólo le dieron $8000 pesos, que para “Chucho” representaban lo que para mí y para el público en general, se traduciría en 15 días de trabajo; pero $8000 pesos es lo que un ser humano “normalito” puede gastar en menos de un día, y $8000 pesos serán los que permitan que “Chucho” descanse por un día. Decido aprovechar el “tiempo libre” de mi anfitrión para sentarme y charlar un poco. Son las 3:45 PM y sentados en una acera aledaña a Bellas Artes, escucho atento las anécdotas de “chucho”, entre tantas, me cuenta que una vez le quitaron un colchoncito y dos cobijas, ¿quiénes? Dice “Chucho”: “Esos… (Me reservo esta palabra) de Espacio Público, que dizque estaba ostruyendo el espacio del peatón, y cuando ellos me lo ostruyen a mí, nadie les dice nada, manada de…” comenta notablemente irritado. Le pregunté cuál fue su momento más duro en la calle, y yo, en medio de mi ignorancia, sospechaba que el frío, el calor, el hambre, la falta de techo o la ignorancia del semejante podrían ser artífices del desconsuelo, pero no; su colchoncito era un tesoro invaluable, lo demás sólo eran circunstancias, momentos, cosas que pasan. De familia no habló, de amigos, me decía que ya de esos no hacían; de su vida y su opinión de ella, decía que es prestada, pero que él nunca cuidó lo que le prestaban. Me interesé por saber cuántos años llevaba vi-


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fotografía: Wilder Jaramillo

viendo en la calle y sobreviviendo del reciclaje, su respuesta: “yo no vivo en la calle, antes vivía en la calle Cuchín, ahora no ve que ando en mi casa...” Siendo las 4:02 minutos de la tarde, me despido de “Chucho” mi anfitrión, pero antes, le regalo un sándwich que nosotros llamamos “cubano”, él lo toma como si se tratase de un gran bufette, “huy pela’o severo banquete”. Me siento bien por un momento corto, porque al pensar en el mañana sé que no habrá otro sándwich para “Chucho”. Le doy las gracias por haberme dedicado dos horas de su tiempo, le deseo suerte, bendiciones, y él, me bendice el triple. Al

darle la espalda mi cabeza es un laberinto inquieto, el collage de pensamientos es indescifrable, no podría faltar la reflexión de esta experiencia, pienso que cada uno de nosotros es infeliz porque así lo quiere, la felicidad se encuentra en los pequeños detalles, cada quien la interpreta a su manera. Las percepciones de belleza dependen de miradas subjetivas. Y “Chucho”, una persona que aparentemente no posee nada, puede inclusive tener más que cualquiera, tiene su vida y la valora, existen excepciones a la regla por supuesto, pero mi anfitrión nunca se quejó, no se excusó ni le atribuyó su situación a un tercero. En cambio

usted y yo, mi estimado lector, reclamamos constantemente al clima, a nuestro trabajo, a nuestros amigos, a nuestra familia, a nuestra cotidianidad, porque sí o porque no; reclamamos más de lo que ya hemos obtenido. Vemos la basura como basura, las personas como personas, más allá sólo se observa, sin embargo en ocasiones es interesante detenerse y mirar por un instante. Quizá cuando arroje ese papel al suelo o piense en botar ese trasto viejo, recuerde como yo, que más que basura, para muchos representa una forma de vivir y subsistir. Tal vez así la perspectiva de lo que es “basura” se modifique un poco.


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El sabor de

San Antonio Por: Carolina Medina Comunicadora Audiovisual, Politécnico Jaime Isaza Cadavid

respete; la Iglesia de San Antonio de Padua en el costado Sur Occidental, las zonas verdes donde descansan los indígenas, esculturas de Botero marcadas por la violencia que alternan el renacer y la esperanza; son el lugar perfecto para encontrar el sabor del Chocó y Urabá, no solo por las bellas texturas de la piel oscura afro descendiente de Colombia, sino por los olores gastronómicos que, allí sin tener mar pero si mucho sabor y necesidad, se puede disfrutar de ricas frituras y frutas servidas por los Afro – Medellinenses. Los pescados, el patacón, la chunchurria y la mazorca, son servidos por grandes chef, que con sazón y tradición trasladan a cualquiera a la costa pacífica.

fotografía: Carolina Medina

Medellín cuidad de flores, campesinos, de traquetos y putas, de pillos, ladrones y camelletes, de ricos olores y mujeres; ella que está en cerrada entre montañas que parecen vomitar a este pueblo de olvidos; ésta que pertenece y no pertenece a don nadie; ciudad de emigrantes que engaña con su lema de empuje.

Brindándole a los transeúntes el sabor del Chocó.

El sabor de san antonio

El pueblo del sagrado corazón de Jesús, creyente y devoto que bautiza lugares como los santos de la iglesia, que reposan y suplican por un día mejor; aquí y allá donde la violencia desplaza el mar, la brisa, el coco y los bellos atardeceres llenos de golondrinas para esta ciudad colonizada por quienes no pertenece. Sin embargo, esta vez la colonización está llena de ritmo, color y sabor, pues el área entre las calles 45 y 46 en Maturín, corresponden a la Plaza de San Antonio de Medellín; y así, como este espacio de ciudad posee las pintorescas y características de un parque que se

La plaza de San Antonio es perfecta para compartir imágenes, música, comida, opiniones, historias tanto de lugares y gente afro descendiente, como de sus experiencias, procesos, trabajos y eventos; creando así un lugar de encuentro e interacción cultural entre el Afro con el más regionalista paisa; donde la participación activa de este parque como el centro de Medellín, da un paso a la interculturalidad y el reconocimiento a la cultura que muchos todavía discriminan. No obstante, este parque está lleno de historias, dolores, recuerdos, de olvidos y de emigrantes, que tuvieron que salir de sus tierras natales por la violencia, obligados a desplazarse a esta ciudad que los recibe con las clemencias del rebusque; rebusque que se ve al rededor cuando se pasa a coger el bus de Itagüí, Envigado o Prado, el secador que prende los carbones para asar las carnes y la publicidad de ricos platos de pescado que invitan a saborear la gastronomía Afro descendiente. El arte de cocinar es parte notable de la identidad de los pueblos y regiones Afro descendientes; como por ejemplo Doña Empera, que trae al parque su tradicional tamal de arroz, pues según ella en su región escasea el maíz; son envueltos con hoja de plátano y amarados con cabuya, les echa un poco de salsa roja y luego son servidos con una gran sonrisa; pues aparte de ganar dinero y poder sobre vivir, ella conservando su tradición,

Como si fuese una paradoja, se habla de escases del maíz como escases de las tierras para las negritudes; los cuales hace más de 10 años se tomaron la plaza de San Antonio arrastrados por la violencia, unos llegaron para hacer mejor vida y otros por el sabor de la rumba. San Antonio es grande y brusco, está rodeado de grandes imperios; la Iglesia, el C.A.I, La Alianza Francesa, los buses de transporte, el ÉXITO, la Alpujarra de Medellín con su filo en la punta, un gran título de un centro comercial llamado HOLLYWOOD, el recuerdo de la violencia con los pájaros del escultor Fernando Botero y los restaurantes de palenqueros reafirman el desplazamiento del colombiano. Como cada sábado cuando se escucha el vallenato, la champeta; se come mazorca y el patacón; el calor y el sabor de la cintura de la morena que vende cucas negras, los dientes blancos del señor que asa chuzos en la esquina, el pescado en la mesa servido por un buen precio y los confites que endulzan este parque de sabor. La sazón de la comida de los Afro se destaca por la fina mezcla de aromas y sabores combinados con la necesidad y la sensibilidad que los trajo a Medellín; el sustento diario, la identidad entre la comunidad, los dueños de los bares que casi todos son Afros y la facilidad de los productos y elaboración de los platos, hace que este parque sea habitado por las negritudes. Sus cocinas se engalanan con toda clase de utensilios, elaborados para no ocupar mucho espacio público como un carrito de supermercado, canecas para guardar calientes los tamales, fotos para mostrar el próximo plato para comer y el carisma para vender. Más que historias tristes por el desplazamiento, el Parque de San Antonio de Medellín está colonizado por los Afro Colombianos, dando ventajas a esta hermosa ciudad, haciendo sentir la plaza una pequeña costa, comer un suculento pescado trucha y poder encontrar recetas de platos que se degustan solo junto al mar, donde cada uno de los ingredientes y sazón del Afro son herencias de la cultura que con su largo caminar ha dejado huellas en cada lugar, convirtiendo el Parque de San Antonio el sabor turístico de Medellín.


UNA CIUDAD CALCADA 11

una ciudad contada

De cazador de historias a

fastidio público Por: Wilder Jaramillo Gallego. Estudiante de Comunicación Social.

El 6 de noviembre salí buscando una noticia relevante en el centro de la ciudad, alguna historia con la que pudiera obtener un 5 o por lo menos que superará un 3.5 para mejor mi nota en Reporterismo Gráfico, una materia que cada vez me encanta y comienzo a tener simpatía por ella. Con mi cámara en mano y una grabadora, como mis principales herramientas, emprendí mi casería por aquella historia que contaría a través de unas líneas y las sustentaría con algunas imágenes. Mi primer y único encuentro fue con Wheisan, creo que así se escribiría su nombre, debido que es una joven de 16 años que hace parte de la comunidad indígena emberá katío del municipio Mutatá, Uraba antioqueño. Wheisan no habla muy fluido el español y es algo tímida; habla con su madre y tejen algunas artesanías en plena avenida La Playa, a la altura de Bellas Artes. Ella me ofrece algunas manillas, aretes y collares que expone sobre una bolsa plástica negra, donde resaltan colores como el amarillo, el azul y el rojo. ¿Cuánto cuestan?, le pregunto para entablar una breve conversación y poder sacar alguna información relevante de su vida. “Estos a 10 mil, los de acá a 6 mil pesos y estos collares a 20 mil pesos”, responde concretamente Wheisan mientras despliega una mirada fría, como de desprecio y desconfianza al ver mi cámara fotográfica. Brevemente me narra que hace cuatro años llegó a Medellín con sus padres, su abuela y cuatro hermanos menores. Todos fueron despojados de sus tierras por un grupo alzado en armas, que irrumpió su resguardo indígena y asesinó a dos jóvenes de su comunidad. Entonces, de repente se encontró viajando hacia una ciudad que no conocía y se terminó alojando en un pequeño cuarto, al parecer, según señala, por Niquitao, sector donde conviven indígenas

que llegan a Medellín desplazados por la violencia. Luego de observar sus ojos negros, le pregunto: ¿me permites tomarte unas fotos? A lo cual ella me responde: “10 mil pesos fotos”. Le ofrezco 5 mil pesos, lo único que me acompaña. “Solo una, que no se vayan a dar cuenta” aclara Wheisan mirando a todos lados, como si estuviera escondiéndose de alguien. Le entrego el dinero, tomo una distancia prudente y capturo la primera imagen. Quería aprovechar el momento para sacar otras fotografías sin que se diera cuenta, cuando de la nada salieron dos hombres, indígenas también, y me dicen que les tengo que dar 10 mil pesos por cada toma, discuto brevemente con ellos, ya que no tenía un solo peso. Uno de los hombres sentencia: “bórrelas entonces, o sino tiene problemas”. Wheisan me mira con algo de miedo, mueve su cabeza a los lados, al parecer trata de decirme que no les cuente que me dejó tomarle la foto o que yo le di solamente 5 mil pesos por una toma, la única que alcancé a lograr antes de que ellos llegaran, pero en realidad no sé cuál de las dos opciones me desea comunicar. Al negarme a borrar la foto, uno de estos pequeños hombrecitos trata de arrebatarme mi Nikon D80, y en medio de un fuerte forcejeo que tuvimos para no dejarme quitar mi objeto más preciado, mi cámara se golpea contra un muro y se daña el sistema de enfoque del lente. A la distancia logro observar dos bachilleres de policía y les grito, cuando los indígenas voltean y miran que ellos se dirigen hacia nosotros, de repente salen corriendo. Con la llegada de los bachilleres, los indígenas que estaban a mi lado desaparecen, incluyendo aquella adolescente que con su madre vendía pacíficamente su mercancía hasta que apareció este cazador de historias, inexperto en su labor, a incomodar su tranquilo día.

Fotografía: Wilder Jaramillo estudiante de comunicación social, Universidad Cooperativa de Colombia.


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Historias

para contar fotografía: Astrid Paredes Por: Astrid Paredes. Estudiante de comunicación social. llegó David (el chico de los dreadlocks), me sa-

“Un bareto en 1500 es caro, mami”, me dijo Bryan mientras sacaba de un bolsillo el libro de “Alivi” - Asociación para la libertad vigilada del menor infractor-.  “Miré el libro que nos dieron allá, eso queda por Prado”, y me lo entregó. Hoy conocí a Bryan y a dos de sus amigos. En menos de una semana supe de un sinnúmero de historias de personas que convergen entre la calle Maracaibo y la carrera Girardot con los mismos puntos en común: el consumo de sustancias y la interacción social.

Lunes

Salí de la universidad como a mediodía y  decidí dar una vuelta  por el centro, compré una cerveza y me dirigí hacia el Parque del periodista, caminé lentamente buscando un sitio para sentarme, finalmente traté de pasar desapercibida y me senté entre las estatuas del monumento en memoria de las víctimas de la violencia. En frente había un tipo moreno con  dreadlocks en la cabeza. Le propuse hacerme uno, entonces sacó una aguja de croché del bolso junto con un cigarro de marihuana, lo encendió y comenzó a tejer en mi pelo mientras el olor se dispersaba mientras yo observaba detalladamente alrededor: Al lado derecho había una silla larga y en la mitad la figura de  un niño de bronce leyendo un libro. La estatua había perdido su función decorativa para convertirse en perchero, alguien le había puesto el casco de una moto en la cabeza y el libro de las manos servía de porta-bolsos. También noté un carrusel de esculturas entre los que la gente se sienta. Arriba las ramas de un gran árbol y al lado izquierdo un reciclador con la carreta llena de cajas, envases de plástico y  latas que comprime, separa y amarra para ir a vender.

Martes

Es la una de la tarde, esta vez llegué y me senté directamente en el círculo de esculturas, al rato

ludó y me presentó un amigo al que yo bauticé como Miller, porque solo hablaba de Henry Miller, describía su escritura como erótica y sumamente apasionante, fumaba,  sus ojos y su mente se iban de la conversación por intervalos y luego de hablarme de cualquier otra cosa volvía a hacer énfasis en Miller. Dos hombres a mi lado tiraban perico, habían sacado el polvo blanco de una pequeña bolsita transparente y con la punta de una llave lo aspiraban. Observé la estatua de don Manuel del Socorro Rodríguez, considerado el padre del periodismo en Colombia: está bastante deteriorada, casi deforme, llena de grafitis y con la A de anarquía pintada en uno de sus lados. Justo al lado mío escuché un quejido de una mujer con ropa sucia y rota. Se retorcía tocándose el estómago. ¿Qué le pasó?, le pregunté. Tengo mucha hambre, no como desde hace dos días, me respondió. Abrí mi bolso y le di un paquete de Doritos, y le dije: Tengo estos pero son picantes. Ella respondió que no le importaba: comida es comida, y abrió el paquete. Masticaba de forma extraña, moviendo la mandíbula de un lado a otro saboreando lentamente y casi sin ganas.

Miércoles

Es un día caluroso, en el Perio se escucha a todo volumen música punk y hard core que sale del pequeño carrito de mercado que Darío convirtió en lo que él llama El chuzo. Con una larga extensión conecta del tomacorriente de una tienda un reproductor de música y se sienta en la mitad del parque a vender, a cantar y a fumar. En el carrito lleva mentas, chicles, caramelos  y dulces de coco, un letrero que dice: Se venden CDs, además tiene cigarrillos desde cien pesos. Una pareja se acerca a mí. El hombre tiene los pantalones remangados, asegurados en la pantorrilla por un gancho, una chaqueta de taches sobre una camisilla blanca, la cabeza rapada y una gran cresta en el medio; de la mano, una joven con el pelo alborotado, camisa morada, medias veladas negras, pantalón corto de jean

y botas de cuero. Se sentaron a mí lado y en medio de la charla, ella se paró y me dijo: “Muchacha, ¿Me va a regalar chorro?” Entonces yo, que me sentía como una invasora, no lo dudé y le pasé “el chorro”. La cerveza fue la excusa perfecta para entablar una conversación, me dijo que se llamaba Leidy y que iba muy seguido al Perio: “Yo parcho acá casi todos los días. Acá está mi gente, además uno puede venir a fumar sin que nadie lo joda a uno”. Me presentó a Estiven su novio y a Jorge uno de los amigos que acababa de llegar. Jorge es profesor e historiador, me contó que antes, en este lugar, se reunían los periodistas e intelectuales de Medellín.

Jueves

Comienzo a notar que aquí todos se conocen, tienen horarios determinados para venir y cuando uno llega saluda a los que están por ahí sentados y que conoce, la  diversidad de personas  es inminente, a ratos llegan indigentes a fumar, otras veces hombres elegantes. Entre más se está hacia el centro, la gente tiene la ropa más sucia. Se nota que hay personas que no se bañan o no lo han hecho en varios días o meses. Una mujer, que vomita en medio de la calle, se voltea diciéndome: “Llevo bebiendo dos días”, me ofrece whisky y al rato llega su amiga Angie con los “pases” que se metieron, según ellas, con el fin de “parar la borrachera”. Angie es artista de la calle, hace billeteras con cajas de licores que vende a 10 mil, sabe hacer correas y manillas con las tapas de las bebidas enlatadas, pero su labor favorita es hacer atrapa-sueños con los cuatro elementos de la naturaleza.

Viernes

Es un día frío. Junto a mí se sentaron dos hombres, al lado del reciclador está el payaso también fumando. Le digo “el payaso” porque tiene la cara pintada de blanco y la nariz roja. Se quita los zapatos, que para nada eran de payaso, mientras reniega: “Hay ropa que le trae mala

energía a uno, estos zapatos eran de alguien muy malo”. Cogió un cartón del piso, lo partió en forma de rectángulo y lo metió en cada uno de  los  zapatos, a modo de plantilla, luego pidió la hora pero nadie le respondió. Después de unos dos minutos un hombre que estaba en frente comenzó a balbucear: “ton das ons y tre tre” (son las once y treinta y tres). El payaso le decía “ sí, eso es una religión”. A lo que el otro hombre repetía: “ton das ons y tre tre”. Y el payaso se acercó para seguirle hablando: mientras uno comentaba un tema el otro le respondía sin entender. Lo cierto es que trataban asuntos completamente diferentes. Acompañada de los dos hombres que permanecían a mi lado veíamos la escena atónitos. Uno de ellos se rió discretamente, a lo que yo le dije: “Ellos piensan que están hablando de lo mismo” y, entonces, me respondió: “Están relocos, mami. Mucho gusto, yo soy Brian”. Le di la mano y seguimos conversando. Me contó que está bajo libertad vigilada, indiscretamente le pregunté la razón y me dijo: “porque uno es malo, con 17 años y ya ha robado, matado, extorsionado; si sigo así voy a terminar en Bellavista.” No puedo negar que me dio un poco de miedo, pero cada vez quería saber más, así que comencé  a detallarlo: tenía un piercing entre ceja y ceja, un topo fucsia en la oreja derecha, una gorra blanca con muñecos de Disney que, al parecer por las puntadas de la aguja, él mismo había pegado, además tenía la misma decoración infantil en el pantalón.  ¿Será que estaban oliendo sacol?, pregunté. Bryan se quedó callado y luego respondió: “No, cuando uno está así, uno sabe lo que está pasando, al principio uno alucina pero luego es normal. Yo meto de todo: pepas, mariguana, éxtasis. Un bareto le vale mil; la cripa, 2 mil; el éxtasis se lo venden por bolsita, cada pepa a 3 mil.” Me miraba fijamente con los ojos rojos mientras decía: “El problema es que si un tombo me coge con lo que sea me devuelven para allá, me encierran y me jodo”. En ese momento llegó uno de sus amigos y cambió de tema: “Parce, qué pereza subir al rancho ahora, por allá todos los días están dando bala, la vuelta está muy caliente”. Me despedí de ellos y me fui para mi casa a escribir lo que había presenciado. Hace dos años, un  grupo de periodistas agremiados en el Club de la prensa, Cipa, Acord y Acopet, al considerar que las  tribus urbanas y los estigmas de este lugar  no eran dignos del gremio, pidieron que la estatua de don Manuel del Socorro Rodríguez  fuera  trasladada del actual Parque del periodista a la Plaza de la libertad que se construyó en el sector de La Alpujarra. Afortunadamente la iniciativa no prosperó y la estatua sigue allí, pues más que el debáte simbólico creo que es en sitios así donde deberían estar los periodistas, buscando historias en la diversidad, en las personas comunes y corrientes que aunque no sean intelectuales, tienen innumerables historias para contar.


una caricia caligrafica 13

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El Club de la lucha de

Chuck Palahniuk

Ilustración de Juan Andrés Álvarez. Por: Juan Andrés Álvarez. Artista y comunicador social periodista.

Breve reseña de otra lectura aplazada Hace unos días pasé el dedo sobre el lomo de los libros ubicados en el estante destinado a las novelas. La idea era leer o releer aquella en la que el dedo se detuviera, al azar. Y el dedo, como una ruleta rusa, se detuvo en otro de esos libros cuya lectura había aplazado durante mucho tiempo por desdén: El club de la pelea de Chuck Palahniuk. Aunque creo que en esta oportunidad quien más desgano me producía era el autor en sí… y siendo mucho más específico, me producían desgano sus lectores… en fin, sin duda es un achaque más. El caso es que despaché el libro muy rápido: se trata de un volumen de algo más de doscientas páginas de narración ágil y salpicada de diálogos que no opone mayor resistencia. Ya hace unas semanas, tal vez preparándome sin saberlo, había leído Error humano (Stranger than fiction), una recopilación de crónicas y perfiles en las que Palahniuk se vale de una escritura

desabrochada y llena de imágenes muy al estilo de Hunter S. Thompson, Tom Wolfe y en general los viejos maestros del Nuevo Periodismo. El libro es una suerte de epítome de ese estilo que el tipo inició mucho antes en El club de la pelea. Me resultó extraño ir descubriendo esas imágenes tan bien conocidas ya por la película: los grupos de apoyo, la casa decrépita usada como fábrica de jabón, los sórdidos sótanos donde tienen lugar las peleas, los aviones, la cocina en la que trabaja Tyler Durden, en fin. Y hay que anotar que la película, en últimas, fue bastante fiel al libro… lo cual a mi juicio constituye un mérito enorme porque siendo así de fiel resulta considerablemente más entretenida… sin decir que el libro no lo sea, obviamente. Algo que me llamaba mucho la atención era saber cómo estaba resuelto en el libro el momento en el que el protagonista, de quien no conocemos el nombre, descubre que él mismo es Tyler Durden. Recuerdo mucho

el desconcierto que me produjo ese momento en la película de David Fincher. Está bien que Fincher nunca muestra a Durden, al protagonista sin nombre interpretado por Edward Norton, y a Marla Singer en el mismo plano, pero Pitt y Norton aparecen juntos, acompañados por otros personajes que los reconocen como personajes distintos en una infinidad de ocasiones lo cual constituye, considero yo, un engaño imperdonable por parte del director, quien sin lugar a dudas hubiera logrado un relato mucho más fino y sorprendente si nos hubiera ido dando más pistas para comprender el trastorno de personalidad del protagonista. Creo que se hubiera producido, como se produce en, digamos, el Sexto sentido, un impacto mayor condimentado por el hecho de que la evidencia del misterio siempre estuvo allí… pero no. La película sencillamente, de un momento a otro nos dice: los  dos personajes son el mismo…Y en el libro ocurre exactamente lo mismo.

Recuerdo a propósito de ello cierto cuento de P.D. James en el que un narrador en primera persona nos cuenta cómo presencia desde lejos un crimen. Nos lo cuenta minuto a minuto. Y solo al final revela que su narración es una mentira, y él es el asesino… Es un cuento decepcionante básicamente porque es como si el autor nos contara de hecho una mentira. Nunca estuvimos ni siquiera teóricamente en iguales condiciones para descubrir al criminal. Y no lo estuvimos porque el narrador en lugar de velar la información la cubrió con datos falsos. Todo lo contrario hicieron siempre los grandes autores de misterio: darnos suficiente información  como para que por nuestra cuenta supiéramos la identidad del asesino o descubriéramos el misterio, no importa cuál fuera… y es allí donde falla El Club de la Pelea, tanto la película  como el libro, lo cual de todos modos no le quita su lugar como uno de los intentos más felices de renovar el ya antiguo cuento de Jekyll y Hide.


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Por: Harold Smith. Estudiante de comunicación social Universidad Cooperativa de Colombia.

Más que artista y que fotógrafo, creo que soy un contador de historias y esas historias son las mías, están en cada foto que tomo, mis personajes son como una parte perdida de mí. Son una extensión de lo que soy y represento en ellas. Plasmo lo real e irreal de esta sociedad, mis gustos, mis amigos, mi familia, mis relaciones, lo justo, lo injusto, lo feo de lo bonito y la belleza de lo feo, el mundo, pero sobre todo, esa extraña forma de sentirnos y vernos como personas.

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