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El mapa no es el mundo Iván Albalate Gauchía

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El mapa no es el mundo

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Viaja solo y lejos

Artista Iván Albalate Gauchía Comisario José Vicente Martín Martínez

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Textos José Vicente Martín Martínez José Luis Maravall Llagaria Asistencia técnica José Antonio Hinojos Morales Reinaldo Thielemann Jornet Mario Romero Fernández Deif Vila Moscardó José Luis Maravall Llagaria Organiza: Vicerrectorado de Cultura y Extensión Universitaria Universidad Miguel Hernández de Elche

© Diseño y Maquetación: Marco Francés Grau (Unidad de Diseño del Vicerrectorado de Cultura y Extensión Universitaria) © Editor: ISBN: Depósito legal:

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I George Bailey, el protagonista de ¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life, Frank Capra, 1946) tiene un sueño: dejar su pueblo, Bedford Falls, para conocer mundo y emprender una carrera. Sin embargo, cada vez que lo intenta distintos acontecimientos le obligan a permanecer en Bedford Falls y participar en la construcción de su comunidad y de su propia familia. Cuando circunstancias adversas le llevan a considerar quitarse la vida, un simpático ángel, Clarence, le mostrara qué hubiera sido de aquellos con los que se encontró durante su existencia si él no hubiera estado allí. George Bailey, que pensaba que su vida había sido triste y mediocre, comprueba que la gran aventura estuvo allí, delante de sus ojos, cada día. Deslumbrado por la intuición de maravillas remotas fuera de los muros de Bedford Falls, su paisaje doméstico había pasado desapercibido para él. Sin embargo, la propia vida había sido su viaje, su mundo inexplorado, su aventura.

Las grandes empresas de exploración que han marcado la Modernidad han contribuido a la construcción del mito del explorador, intrépido aventurero que introduce nuevos conocimientos dentro de los límites de occidente al tiempo que incorpora para el racionalismo y el progreso zonas del planeta que permanecían refractarias a él, iluminándolas con su mirada, ampliando no ya metafóricamente las fronteras del mundo, sino literalmente el propio mundo, nuestro mundo. Recuerdo los rostros de estos exploradores legendarios en mi álbum de cromos escolar: Marco Polo, Magallanes, Henry Morton Standley con su salacot… También recuerdo las ilustraciones de los paisajes que exploraron, unas páginas más allá, pero más que el objeto de su búsqueda, quedó en mí la impronta de su determinación. El relato de su peripecia, y por extensión la literatura de aventuras, pertenecen al reino de la infancia y la primera juventud, quizás porque ésta es territorio para la fabulación sobre el mundo más allá del hogar, un mundo ignoto que se ofrece a la par atractivo e inquietante, un mundo por descubrir.

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Dice el infante, “¿cuándo me dejarás ir sólo a la panadería?”. Y tras la pregunta se halla su ansia de universo.

III

Escribe Baudelaire en su poema El viaje: Para el niño, enamorado de mapas y estampas, El universo es igual a su vasto apetito. ¡Ah! ¡Cuan grande es el mundo a la claridad de las lámparas! No es sólo el mundo, sino la propia vida, el continente por explorar para el joven deslumbrado por hazañas de míticos exploradores. La épica del viaje y del descubrimiento es un aprendizaje para afrontar los miedos y peligros de la vida, mostrar la recompensa que supone vencerlos y forjar así el carácter.

La paradoja fundamental de los viajes en el tiempo, tal como son recogidos en la literatura de anticipación, consiste en la posibilidad de que el viajero se encuentre a sí mismo en el pasado o el futuro. Pero una situación semejante más que dinamitar la naturaleza propia del tiempo tal como lo entendemos, cuestionaría de un modo más radical la esencia de la identidad, construcción ya de por sí frágil. El encuentro con nuestros yoes mostraría lo fragmentario de nuestro ser, el hecho de que la identidad no se da como una totalidad acabada, sino como una temporalidad, un proceso. Miguel Espinosa lo expresa en Asclepios: El último griego del siguiente modo: Aunque nos pensamos idénticos, somos distintos en cada tiempo; la conciencia de identidad es resultado de la memoria, que nos ofrece nuestra historia como una totalidad queda. Así, al investigar la propia interioridad, por mediación del recuerdo, imaginamos que nos investigamos a nosotros mismos, cuando, en realidad, estamos indagando otro ser, muchos seres, a veces. El yo que fuimos hace años probablemente fue muy diferente

al yo que somos hoy. Sus creencias, gustos, aficiones, quizás incluso su carácter y disposición para la vida probablemente sean distintas. A veces, si no siempre, hemos sido seres tan diferentes a lo largo de nuestra vida que sólo la imposibilidad de encontrarnos frente a ellos, impuesta por la linealidad temporal, evita ponerlo en toda su evidencia. Sólo la imaginación, ya que aún no la ciencia, nos puede enfrentar a esa situación. Borges, en El otro, imagina un encuentro con el yo que fue hace años a orillas del río Charles, en Cambridge, Boston. Uno se cree en Ginebra, otro piensa encontrarse en Cambridge, uno se siente joven, otro se sabe viejo. Concluye Borges: El hombre de ayer no es el hombre de hoy, sentenció algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba. Quizás el anhelo de viajar en el tiempo no está sino alimentado por la posibilidad de encontrarnos con nuestros yoes, poder conversar con ellos, advertirles o aconsejarles si viajamos al pasado, saber lo que será de nosotros si les buscamos en el futuro, entender quienes somos.

IV Nos sentimos deslumbrados por el viaje como promesa de aventura, como ruptura con el ritmo cotidiano del hogar. Nos cautiva

la posibilidad de conocer un mundo otro que permanecerá oculto para nosotros mientras no partamos a su búsqueda. Pero lo que encierra ese mundo, la maravilla a la que nos expone quizás no tenga que ver con las ansias de conocer otra realidad. El continente nuevo, la jungla inhóspita o el templo del dios pagano se presentan indescifrables ante los ojos del explorador y sólo pueden ser entendidos en la medida en que son vistos a través de su modo de entender lo real, de su ideología. El mundo desconocido realmente no existe, no tiene entidad real hasta que es hecho visible a los ojos del explorador, iluminado por su mirada. Y esa otredad revela no ya un mundo extraño, sino su ser reflejado. El explorador busca un espejo donde su universo pueda reflejarse y cobrar sentido. De este modo, el viaje a tierras desconocidas puede entenderse como una oportunidad de apartarnos del hogar, enajenarnos de nuestra vida cotidiana, incluso de nuestro ser y, rodeados de otredad, encontrarnos con nosotros mismos. Lo extraño, lo inabarcable nos aísla, nos desnuda, nos enfrenta a lo que, en medio del camino, sin asideros ni techumbre, sólo somos. Viaja, conócete a ti mismo, podríamos afirmar. Viaja solo y lejos alguna vez, añadiría. Quizás, el explorador, como el hipotético viajero en el tiempo, emprende su viaje con la íntima esperanza de encontrar un yo perdido en algún paraje. Quizás detrás del anhelo de George Bailey de abandonar Bedford Falls, sólo se encontraba su necesidad de encontrarse a sí mismo, de hallar sentido a su vida. El sentido que el ángel Clarence le mostró y por lo que, parece ser, ganó sus alas. José Vicente Martín Martínez

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Las dimensiones del paisaje

Se sabe que el que vuelve no se fue y así la vida anduve y desanduve mudándome de traje y de planeta Pablo Neruda (Memorial de Isla Negra, 1964)

No estoy seguro de si éste es uno de esos recuerdos inventados con los que a uno le gusta ordenar su propia historia, o si realmente ocurrió de esta manera. El caso es que quiero recordar que el día que Inocencio Galindo llevó a sus alumnos de primero de aquel año -entre los que nos encontrábamos Iván Albalate y yo- a pintar paisaje del natural por primera vez, fue el mismo día que nos comentó algo que a pesar de su apariencia de Perogrullo no me he quitado de la cabeza desde entonces. Es la idea de que un bodegón es un referente abarcable materialmente por el pintor, es decir, que se puede abrazar físicamente, modificarse, incluso destruirse, mientras que el paisaje es un género que envuelve al autor y en el que él es el abarcado. No es ni de lejos lo más interesante que nos enseñó Inocencio aquel año ni en los que vendrían después, pero es una prueba de que hasta su reflexión más sencilla podía aturdir a los menos perspicaces. Esta imprecisa amenaza nos ha acompañado a Iván y a mí en las horas que hemos compartido pintando paisaje del natural. La amenaza de verse superado por la complejidad que se revela al analizar el paisaje con las herramientas del pintor. Sin embargo he sido testigo en muchas ocasiones de cómo ha conseguido poner orden en el aparente caos de la naturaleza,

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hasta hacerlo comprensible para el resto de nosotros. Durante años ha sabido dejarse abrazar por el entorno y devolver con gratitud, en forma de telas pintadas, el préstamo que supone siempre la pintura de paisaje. No puedo concretar el momento en el que decidió devolverle la jugada al mundo, intentando rodearlo desde fuera. Abandonar sus convencionales tres o cuatro dimensiones para sumergirse en otras más difíciles de definir y de cuantificar. Podría decirse que en lugar de retratar el camino que ha encontrado frente a él ha intentado conocer el origen común de todos los caminos. Pero se sabe que el que vuelve no se fue, y así Iván está de vuelta en el mundo y en su paisaje. Nos presenta algunos de los lugares por los que ha transitado en sus expediciones, los itinerarios que ha seguido, sus avistamientos singulares. Con la serenidad de encontrarse en terreno ahora conocido se nos muestra en horizontes que una vez más lo envuelven, pero esta vez de manera completamente manifiesta. Esto nos permite comprobar que, en su voluntad de conocimiento, ha sustituido sus herramientas de pintor por las del viajero: el astrolabio, el mapa y las estrellas. José Luis Maravall Llagaria

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El mapa no es el mundo

Ă“leo sobre lienzo. 200 x 80 cm.

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La medida de la realidad

Ă“leo sobre lienzo. 200 x 80 cm.

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En el territorio

Ă“leo sobre lienzo. 240 x 80 cm.

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Revelación

Óleo sobre lienzo. 240 x 80 cm.

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Indicios

Ă“leo sobre lienzo. 200 x 80 cm.

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La espera

Ă“leo sobre lienzo. 200 x 80 cm.

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Astrolabio

Bronce. Fundici贸n a la cera perdida y fotograbado

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24 viajes

Acr铆lico sobre papel y lienzo. 320 x 190 cm.

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Bodegón I

Óleo sobre tabla. 33 x 22 cm.

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Bodegón II

Óleo sobre tabla. 33 x 22 cm.

Bodegón III

Óleo sobre tabla. 33 x 22 cm.

Bodegón IV

Óleo sobre tabla. 35 x 24 cm.

Bodegón V

Óleo sobre tabla. 35 x 24 cm.

Bodegón VI

Óleo sobre tabla. 35 x 24 cm.

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Bodegón VII

Óleo sobre tabla. 35 x 24 cm.

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Bodegón VIII

Óleo sobre tabla. 35 x 24 cm.

Bodegón IX

Óleo sobre tabla. 40 x 23 cm.

Bodegón X

Óleo sobre tabla. 40 x 23 cm.

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Bodegón XI

Óleo sobre tabla. 40 x 23 cm.

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Bodegón XII

Óleo sobre tabla. 55 x 33 cm.

Paisaje I

Óleo sobre tabla. 33 x 22 cm.

Paisaje II

Óleo sobre tabla. 33 x 22 cm.

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Paisaje III

Óleo sobre tabla. 40 x 23 cm.

Paisaje IV

Óleo sobre tabla. 35 x 24 cm.

Paisaje V

Óleo sobre tabla. 24 x 35 cm.

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Paisaje VI

Óleo sobre tabla. 24 x 35 cm.

Paisaje VII

Óleo sobre tabla. 24 x 35 cm.

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Paisaje X

Óleo sobre tabla. 40 x 23 cm.

Paisaje VIII

Óleo sobre tabla. 33 x 22 cm.

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Paisaje XI

Óleo sobre tabla. 40 x 23 cm.

Paisaje XII

Óleo sobre tabla. 55 x 33 cm.

Paisaje IX

Óleo sobre tabla. 35 x 24 cm.

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El mapa no es el mundo  

Iván Albalate Gauchía