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Tonino Bello: profeta de la paz

JUNIO - JULIO 2015 Redacción: Román Arana Iñíguez 5361 12300 Montevideo, Uruguay. Tel./fax: 2227 53 80 umbrales@chasque.net www.umbrales.edu.uy

Textos de: Tonino Bello Traducción: Equipo Umbrales Imprenta Rojo - Salari 3460 A, Montevideo. Tel.: 2215 1812 Edición amparada en el Dec. 218/996. Comisión del Papel. D.L. nº 299574 M.E.C.: Registrada, T. VII, Folio 184

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Ya desde varios meses, la sección bíblica de Umbrales está enriquecida por páginas poéticas y magistrales de un obispo italiano, fallecido, cuando tenía 58 años, en 1993: don Tonino Bello. Como párroco de una pequeña aldea, aprende a entrar en los problemas cotidianos de la gente humilde que él servía. Llega luego a ser conocido por muchos cuando es consagrado obispo de Molfetta y, sucesivamente, presidente de Pax Christi, un movimiento ecuménico por la paz. Es en este tiempo que se define en él la idea de “Iglesia del delantal” que sabe dejar los “signos del poder” y asume el “el poder de los signos”, optando por el servicio humilde, sobre todo de los últimos, los débiles, los lejanos. Una idea que se hace práctica en su vida. Es así que en el día a día se pone al lado de los obreros que luchan para no perder el trabajo, con los jóvenes pacifistas en marcha contra la instalación de misiles nucleares, con los desalojados que encontrarán lugar en su casa, el obispado de Molfetta. También promueve una comunidad para drogadictos y un centro para recibir a los extranjeros que buscaban suerte en Italia: en el mismo centro quiso una pequeña mesquita para los musulmanes. Éstas y otras iniciativas de compromiso social (objeción de conciencia al servicio militar y a los gastos de la defensa, oposición a la primera guerra del Golfo) lo llevarán a enfrentarse con políticos y con parte de la misma Iglesia. Mientras ya es tratado con quimioterapia contra el cáncer que lo llevará a la muerte, inspira y participa en la marcha de los 500 hacia Sarajevo, en diciembre de 1992: una marcha noviolenta que desde Ancona (de donde salió san Francisco de Asís para encontrarse con el Sultán) llevará a 500 personas, creyentes y no creyentes de distinatas nacionalidades, en el medio de la guerra, con una propuesta de paz, que los acuerdos de Dayton asumirán. En su discurso en la sala de cine de la ciudad, afirma la resistencia activa, la defensa popular no-violenta; y habla de una ONU al revés, la de los pueblos: dice que todo esto ya es una semilla que un día florecerá. “También sin nosotros”, termina con humildad… Su inspiración es profundamente evangélica: junto con la atención amorosa para los pobres y los últimos, se interesa profundamente de cada concreta y distinta experiencia humana. Todo esto se encuentra en las páginas que Umbrales quiso traducir al español, parafraseando sobre todo lo que tiene que ver con la actualización. Su palabra fuerte e inspiradora es fruto de una vida cristiana intensamente amada y de su amor al Dios de Jesús y a todos sus hijos. Umbrales piensa hacer una entrega útil a sus lectores, uniendo en el presente único número especial un estimulante testimonio para vivir el Evangelio en el día de hoy.

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1. Abraham La figura de Abraham, padre de la fe para judíos, cristianos y musulmanes, se señala por su fuerza poderosa en unir las varias confesiones monoteistas; fuerza tan necesaria en tiempos de violencia y guerra que lamentablemente siguen también hoy y a menudo con motivaciones religiosas. Su ejemplo de intercesión subraya su deseo de unir en el mismo destino a todos los habitantes de la casa común.

Sodoma y Gomorra Estas ciudades tenían olor a azufre, así como hoy en tierra de guerra. Dice la Biblia que cuando se daba un conflicto armado en un país, éste quedaba aplastado peor que al día de hoy: sin piedad para nadie, prevalecía la barbarie, con saqueos excitantes solo para los ladrones; con un ciclón de violencia que sin misericordia no ahorraba ni mujeres ni niños. En cierta medida los excesos eran comprensibles: la guerra era una empresa pública, que rendía sobretodo a nivel económico y los soldados no tenían otro sueldo que el botín. Hoy los soldados tienen sueldo y la barbarie parece más civil. La crueldad es menos salvaje y la violencia está justificada hasta con las leyes. También sobre la guerra el mundo ha progresado. No hay más hombres feroces sedientos de los bienes ajenos; más bien señores de traje que firman tratados o declaraciones de guerra; no hay más predadores que asaltan una caravana en el desierto, más bien gente respetable que dan vuelta en los laberintos internacionales. Queda la sed de botín. Pero más allá de esto todo cambió. La gente en realidad se mata lo mismo: pero de una forma más elegante. Los derechos de los pueblos también se desprecian: pero con un ritual de negociaciones diplomáticas. Mujeres y niños son siempre los primeros en caer: pero mueren de hambre, no por los crueles golpes de la espada. El embargo, por ejemplo, no existía en los tiempos de Abrám. El sitio bloqueaba el camino de los alimentos hacia la ciudad enemiga. Era parte de la lógica de guerra. Hoy en cambio se usa el embargo que impide el tránsito de lo que es de primera necesidad, y entre ello los remedios. Lo perverso es que parece hipócritamente un método alternativo a la guerra, cuando en realidad es guerra verdadera. Una guerra horrible porque sus víctimas privilegiadas son los indefensos, los débiles y los pobres. Los inocentes: que mueren por el hambre o por las enfermedades. No importa si la muerte es menos cruel. Como está pasando hoy en Siria, no muy lejos de donde vivió Abrám.

Catequesis bíblicas...

Los inocentes Entre todos los personajes bíblicos, Abraham parece el único que propuso claramente el problema de si es justa la represalia contra un pueblo, cuando quienes pagan la cuenta, junto a los malvados, son los inocentes. Es lo que se narra en Gén 18, poco antes que las ciudades de Sodoma y Gomorra fueran destruidas con fuego y azufre (las armas químicas no son un invento tan reciente). Abraham tuvo el valor y el atrevimiento de avisar al Padre Eterno que tal vez estaba por entrar en una gran injusticia: la eventualidad de que los justos fueran anonadados con los pecadores. “¡No es posible que hagas eso de matar al inocente junto con el culpable….! Tú, que eres el Juez supremo de todo el mundo, ¿no harás justicia?” Abraham inicia con su altísimo interlocutor una espectacular negociación, donde no se sabe si admirarse más por la inteligencia estratégica del beduino o por la confiada perseverancia del intercesor o por la habilidad de cambiar los elementos del problema: en vez de involucrar los inocentes en la suerte de los malvados ¿por qué no salvar a los

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“Por favor, mi Señor, no te enojes conmigo, pero voy a hablar tan sólo esta vez y no volveré a molestarte: ¿qué harás, en caso de encontrar únicamente diez? Y el Señor le dijo: Hasta por esos diez, no destruiré la ciudad. Cuando el Señor terminó de hablar con Abraham, se fue de allí; y Abraham regresó a su tienda de campaña”. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Gén 18,22-33 que te invitamos a leer. malvados también por los pocos inocentes que había? “Tal vez haya cincuenta personas inocentes en la ciudad. A pesar de eso, ¿destruirás la ciudad y no la perdonarás por esos cincuenta?” Con sorprendente audacia Abraham se pone a jugar a la rebaja con Dios: “pero tal vez falten cinco inocentes para completar los cincuenta. ¿Sólo por faltar esos cinco vas a destruir toda la ciudad?” De 50, a 45, a 40, a 30, a 20, a 10… Un cara dura. Pero Dios se dejaba seducir por su confianza, casi gozando de perder su partido con Abraham. Abraham se paró a los 10. Lástima que no tuvo el valor de seguir, llegando a uno, uno solo. Abraham no sabía que en realidad la lógica divina caminaba en línea con la paradoja propuesta por él mismo: llegó luego el día cuando por un solo justo, el servidor inocente, se salvaría de la perdición todo el género humano. Sodoma y Gomorra serán destruidas, pero Abraham tuvo el mérito de proponer por primera vez y en todas sus dramáticas consecuencias el problema crucial que está en cada guerra: o sea, si es admisible moralmente que los inocentes deban morir involucrados en la iniquidad de los demás. Desde entonces el problema no ha cambiado. También porque nadie quiso asumir como paradigma el actuar de Dios: “por ellos perdonaré a todos los que viven allí”.

violada. ¡Éste es el punto! Si la guerra en sí misma es odiosa por la violencia que genera, el hecho que cada guerra, tirando al montón, mate sin discriminación a los justos ¿no la hace inicua para siempre, también cuando pretende reestablecer la justicia? La inteligencia humana podría llegar a comprender esto. Pero si apostar a ella parece hoy imposible, queda para los cristianos la alternativa de ponerse con fuerza como Abraham frente a Dios, para suplicar que el olor a azufre no se levante más.

En la historia de hoy Siria, Palestina, Corea… La destrucción de Sodoma se acerca en el silencio sobre todas las oportunidades que cada día violan el derecho internacional. Se dice que a veces la guerra es necesaria para reestablecer la justicia

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2. Sara Sara es recordada en la tradición judío-cristiana por ser esposa de Abraham y por ser estéril: dos motivos en conflícto entre ellos. Para darle un hijo a Abraham ella pedirá ayuda, según la tradición del tiempo, a su esclava; pero una vez que nazca el hijo de la promesa de Dios, su actitud hacia la esclava y su hijo llegará a chocar contra sus mejores virtudes, sin dejar espacio a la conciliación y a los recursos que la pudieran favorecer.

La esposa de Abraham Sara, la esposa de Abraham, fue una mujer muy importante: y una mujer de clase. Era tan hermosa que, cuando con su marido dejó la tierra de Canaan por la carestía llegando a Egipto, el Farón perdió la cabeza por ella. Y Abraham, para no perder la suya en una condena a muerte, por miedo de ser eliminado como rival en el amor, pensó bien en presentarla no como su esposa, sino como hermana. Aquella vez la historia terminó sin problemas y quien salvó el honor de Sara fue directamente el Padre Eterno. Él mismo la había colmado no solo de fascinación sino también de una capacidad de ser elegante que se manifestaba a veces en la alegría de la sonrisa, otras veces con la velocidad de responder con argucia a través de la cual sabía entretener a su esposo y sus huéspedes. Una verdadera princesa, como lo significa su mismo nombre. Lástima que Sara era estéril: llegó al umbral de la vejez sin la alegría de un hijo. Un día, para asegurar la descendencia a su esposo, decidió hacerse sustituir por la esclava Agar, que le dio a Abraham el hijo Ismael. Para la cultura cristiana de hoy, la sustitución que Sara permitió es vista francamente como un adulterio. Pero en esos tiempos se trataba de un sistema previsto por ley, más que honesto, así que en esa oportunidad también Sara se demostró una mujer de gran clase. Ya que las leyes cambian con el paso de los siglos, pero el celo femenino queda siempre el mismo: ayer, hoy y mañana. Y Sara no se mostró celosa de su esposo, dando prueba de saber mirar más a él y a su descendencia que a sí misma.

Catequesis bíblicas...

Su caída Pero al igual que todos los humanos, Sara también tuvo sus caídas, como su esposo Abraham. Llama la atención el comportamiento y la actitud de Sara en el momento que podía llegar a ser la mujer más feliz de la tierra. Lo cuenta el capítulo 21 del libro del Génesis. Después del nacimiento de Ismael, Dios le concedió a Sara también el don de ser madre, cuando ya nadie se lo esperaba, y ella le dio a Abraham un hijo. Tal vez como signo de su sincera alegría o en contraposición a las muchas lágrimas de la espera, lo llamó Isaac, que significa: sonrisa. Luego llegó el día del hecho… Sara se dio cuenta que Ismael, hijo de la esclava, jugaba, bromeaba con su hijo Isaac. Y todo el celo que por mucho tiempo había disfrazado como esposa, no supo ahora dominarlo como madre. Entonces pretendió que echaran, de inmediato, a Agar y a su hijo; y Abraham, aunque con una tristeza mortal en el corazón, la complació en vista de la armonía familiar. “Sara vio que el hijo de Agar, la egipcia, jugaba con su hijo Isaac”. Un esclavo que jugaba con su hijo, una familiaridad que no le gustó: la falta de la justa distancia entre clases sociales diversas puede generar confusión. Y entonces hay que intervenir y separar a los dos, porque si los dos comenzaban a llevarse bien en el juego, tal vez iban a entenderse en otras cosas, como el reparto de la herencia y de los privilegios. La igualdad en el juego podía pronosticar una igualdad en los derechos. Parece cierto que los motivos que pusieron celosa a Sara fueron exactamente estos, de orden muy bajo, casi banalmente

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“Sara vio que el hijo de Agar, la egipcia, jugaba con su hijo Isaac. Entonces dijo a Abraham: ‘Echa a esa esclava y a su hijo, porque el hijo de esa esclava no va a compartir la herencia con mi hijo Isaac’. Esto afligió profundamente a Abraham, ya que el otro también era hijo suyo”. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Gén 21,9-11, que te invitamos a leer. de mercado. Si Ismael seguía sonriendo con “Sonrisa” llegaba a ser otro Isaac, a la par en todo y para todo con él: también para el tema del dinero. De ahí la orden categórica a Abraham: “¡Que se vayan esa esclava y su hijo! Mi hijo Isaac no tiene por qué compartir su herencia con el hijo de esa esclava”. Prevaleció la razón de Estado, la sonrisa se apagó, y el juguete se rompió. Una lástima también por Sara, porque podía quedar en la memoria bíblica de otra manera, ya que fue una mujer espléndida y, por su gracia de mujer, permitió a su esposo caminar siempre a la presencia del Señor. Al fin y al cabo, si Abraham es considerado el padre de los creyentes, un poco se debe también a Sara. Ese golpe de celo, en cambio, arruina su dulce imagen: sí, porque todo el hecho asume un sabor de sacrilegio. Porque cambiando en llanto no solo la ternura de Ismael sino también la sonrisa de Isaac, Sara rompió el ícono del “homo ludens” (el hombre que juega). Un golpe gravísimo al concepto primordial de la fiesta, en los arquetipos de la alegría infantil. Transformó en trauma lo que por su naturaleza pertenece a las acciones santas de comunión. Un terrible golpe al momento más radical de la fantasía y de la libertad. Trasladó, en una imagen, la alegría desbordante de los niños desde los pastos hermosos del recreo hacia el desierto de la mortificación y del llanto.

puntajes por sed de mayores ganancias, la violencia en los estadios por el delirio de la hegemonía. Tal vez este sea un juicio muy duro con Sara, que deja la boca amarga. Para dejarla más dulce se puede resaltar la gran intuición que se oculta atrás de ese horrible gesto de celo. Sara entendió muy bien que las personas, jugando entre ellas, llegan a ser hermanos. Porque en el juego no puede haber privilegios y las reglas son iguales para todos. Los que quieren jugar deben aceptar una igualdad inicial, sin pretender ventajas, y deben ponerse como todos los demás en la misma línea de partida. Y además si el juego termina con la ventaja de alguien, el resultado de hoy puede siempre cambiar mañana, y entra también la lógica del empate, de vuelta de la igualdad. Todo esto estaba bien claro para Sara que no quería que el hijo de la esclava llegase a ser hermano del hijo de la mujer libre, y no encontró otro remedio más rápido que romper con la violencia la felicidad de los niños que se divertían. Queda el hecho que con ese gesto, a pesar de todo, Sara acreditó la peligrosa fuerza de paz que está adentro, un poco escondida, en el juego. Y eso es valioso.

En la historia de hoy Tal vez en la Biblia habrá otros ejemplos: pero nadie como Sara es la imagen pervertida de quien introduce el cálculo en el juego, el interés financiero en la diversión, el negocio en las canchitas de fútbol, la estafa en los

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3. Esaú En la historia de la humanidad siempre se dieron conflictos culturales. En las páginas bíblicas del libro del Génesis encontramos los primeros de estos conflictos: con demasiada sencillez, a veces, hacemos decir a la página sagrada que el conflicto es inevitable, previsto y aceptado por Dios. Jesús nos ha enseñado a dudar cuando se le atribuye a Dios la aprobación de algún hecho negativo, tal cual es el conflicto entre las culturas diversas. En este campo de culturas en conflicto se eleva una figura que luego en la historia quedará como secundaria: Esaú. Él supo perdonar, reestableciendo la paz: ¿a quién le tocará hoy el perdón?

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Esaú y su hermano No siempre es fácil opinar sobre las historias bíblicas, sobre todo cuando se habla de personajes muy famosos… El libro del Génesis describe con abundancia de detalles las difíciles relaciones fraternas de Esaú y su hermano gemelo Jacob: los estudiosos logran interpretar cada palabra bíblica viendo en ella alusiones importantes, y en cada frase descubren la trampa de cosas sobreentendidas… Y al final entre comparación crítica del texto y análisis estructural del lenguaje, uno no sabe más si estuvo bien Esaú o el ladrón de su hermano. Un verdadero tramposo… un profesional de la estafa. Jacob tenía el engaño no solo en la sangre, sino más bien inscrito en su nombre. El nombre de Jacob, en realidad, tiene una curiosa explicación etimológica. Como sustantivo significa “calcáneo”: tal vez por que cuando nació, pocos segundos después de Esaú, le tenía con la mano el talón, adelantando futuros robos que le habría hecho. Como raíz de verbo, en cambio, significa tender trampas, robar el lugar, poner el palo entre las ruedas. Y en la vida se portó así, como su nombre dejaba entender: como un arrebatador sin escrúpulos. Le arrebató a Esaú los derechos de primogénito, aprovechándose del hambre proverbial de Esaú. Arrebató a su viejo padre Isaac la bendición patriarcal que le correspondía a Esaú, aprovechando de que su padre era ciego y disfrazándose para que el padre lo creyera Esaú. Según los expertos de la Biblia, esta historia que hay que aceptar así como está, es la demostración, que se reitera muchas veces, de que las decisiones del Todopoderoso son inescrutables, a pesar de la paradoja que representan, sin seguir las lógicas humanas. En Dios no hay cosas automáticas desde el punto de vista legal, ni primogenituras de derecho, ni privilegios que uno tenga por nacimiento o linaje. Sus opciones son libres hasta con respecto al prestigio moral y sus condicionamientos, tanto que entre sus amigos figuran, en la Biblia, personajes no recomendables. Y así Jacob, hambriento de poder, pudo robarle al hermano la bendición y su nombre se repite en todas las promesas bíblicas, y sobre el Mesías se dice que reinará para siempre sobre la casa de Jacob. La casa de Jacob, no la de Esaú, que ha salido muy pronto de la escena bíblica.

El perdón fraterno Pero en el capítulo 25 del Génesis hay un detalle muy curioso, cuando da el anuncio del embarazo de Rebeca, la madre de Esaú. Ella que por muchos años resultó estéril, de pronto queda encinta de dos mellizos. Y el texto bíblico dice que “los mellizos se peleaban dentro de su vientre”. No es un detalle secundario: es en cambio un símbolo que anuncia. El Génesis sigue diciendo que Rebeca “fue a consultar el caso con el Señor, y él le contestó: ‘En tu vientre hay dos naciones, dos pueblos que están en lucha desde antes de nacer. Uno será más fuerte que el otro, y el mayor estará sujeto al menor’ ”. Es muy complicado y misterioso este dicho del Señor… ¿casi una resignada conciencia de la inclinación humana al conflicto, hasta la sangre, tan primordial que parece que no hay nada que hacer para repararla? ¿Que la vida es un juego a la masacre desde el seno materno? ¿Y que pelearse es una fatalidad inevitable, que marca a los seres

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“En tu seno hay dos naciones, dos pueblos se separan desde tus entrañas: uno será mas fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor”. Cuando llegó el momento del parto, resultó que había mellizos en su seno. El que salió primero era rubio, y estaba todo cubierto de vello, como si tuviera un manto de piel. A este lo llamaron Esaú. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Gén 25,21-26, que te invitamos a leer. humanos desde su concepción? ¿Y que la competencia para llegar primero es un ejercicio prenatal, que compromete a superar al otro sin miedo a lastimarlo? O, en cambio, este versículo bíblico ¿es un llamado de atención que nos recuerda el único vientre desde el cual venimos? ¿Es un llamado desde el corazón que se expresa con símbolos ancestrales, a que hay un orígen común, un espacio que es una única patria sin tensiones, desde el cual procedemos? ¿Si el útero es uno, no será única también la humanidad? Bajo estos renglones ¿podemos leer la rendición frente a las divisiones y los conflictos? o más bien ¿la profecía de encuentros ecuménicos, donde hay lugar abundante para el compartir y donde los hermanos no se pelean por una sopa aprovechando del hambre o del cansancio del otro, sino más bien comparten el plato de sopa o la sabrosa lenteja? Esaú respondió a estas preguntas con los hechos. Porque cuando, después de muchos años, Jacob lleno de miedo por las reacciones de Esaú, volvió a la patria común de Canaan que él controlaba, Esaú no se vengó con los intereses: en cambio le dejó el lugar en el vientre materno de la tierra. El versículo que narra este hecho es un monumento levantado en honor de Esaú, que vale cuanto los elogios que la Biblia reserva a Esaú: “Esaú corrió a su encuentro y, echándole los brazos al cuello, lo abrazó y lo besó. Los dos lloraron” (Gén 33,4).

Hoy la humanidad está viviendo los dolores de Rebeca. En Europa, en el Oriente Medio, en el lejano Oriente… se ven situaciones donde el vientre de la misma tierra debe aguantar choques de civilizaciones no homogéneas. Norte y Sur, Este y Oeste, blancos y negros, protestantes y católicos, cristianos y musulmanes… Son hoy nuevos mellizos que pelean, a veces con violencia, de una forma no humana. Y mientras estamos esperando que se realicen las buenas profecías de una civilización multiétnica, sigue la agonía del único vientre desde donde hemos sido engendrados. La más triste es lo que sigue en la tierra que fue de Esaú. Israelíes y palestinos, musulmanes y cristianos se pelean en el vientre de la madre: muros, bombas, ocupaciones, piedras, víctimas degolladas; orgullo sionista y falta de reconocimiento de la identidad israelí, violencia del ISIS e incapacidad de escucha impiden el encuentro entre Esaú y Jacob. Rebeca sigue lamentando que los dos embriones se están peleando. A veces aparecen cosas nuevas, señales de paz, deseos de reconciliación… normalmente por parte de quien ha sido tratado más injustamente. El cambio de rumbo en la rivalidad de Esaú y Jacob fue sobre todo mérito de Esaú (defraudado con arte diplomático por el hermano Jacob): esto da fuerza a la esperanza. Parece una parábola cultural cargada de esperanza y rica de promesas de paz.

En la historia de hoy Con esta sorpresa final, Esaú se transforma en el ícono luminoso de cómo, sobre el mismo terreno, después de peleas anteriores, puedan pacíficamente convivir culturas diversas.

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4. Jacob La palabra transición se ha usado en muchas épocas; tal vez el tiempo actual merece esta definición más que otros: en el breve período que nos separa del segundo milenio, muchos cambios se han dado a todo nivel. El peligro de mirar atrás con nostalgia y quedarse sin interpretar el tiempo presente está siempre vigente. En la historia de los Patriarcas encontramos a Jacob, el que dará el nombre a Israel. En un texto estimulante, si comprendido en su contexto, encontramos el drama de cada transición, en una noche de lucha de Jacob que representa el momento crucial y lleno de riesgos de la entrada, o vuelta, en la Tierra Prometida.

El Vado del río Jaboc Ya se escribió mucho sobre la misteriosa lucha que Jacob tuvo con Dios cruzando el vado del río Jaboc, cuando quedó cojeando. En esa noche no hubo testigos, la gente de Jacob ya estaba del otro lado del río, hasta la luz era muy poca: era de noche, sin que nadie pudiera sostener o alentar a uno de los dos luchadores. Tal vez sea este el motivo por el cual las pocas palabras del Génesis que relatan este famoso encuentro son ambiguas a tal punto que no se entiende bien si el rival de Jacob era un ángel o un hombre o Dios en persona. Lo que queda claro es que fue una lucha libre, agotadora, sin reglas que evitaran golpes prohibidos; hasta que, por un golpe incorrecto del adversario, Jacob quedó perjudicado para siempre en su cadera. Sí, fue un golpe incorrecto, que merecía una tarjeta roja, dirían los hinchas en un estadio. Tal vez Jacob lo merecía… Unos años antes, el mismo Jacob había engañado incorrectamente a su hermano Esaú quitándole el derecho del primer hijo. Y en aquella noche Jacob recibió la recompensa de aquella estafa. Más allá de todos los cálculos y las interpretaciones humanas, aquella noche Jacob vivió una profunda experiencia religiosa. Jacob se presenta como el símbolo de la persona humana que lucha con Dios para que Él no se le vaya, no se le escape, iniciando una relación dialéctica con Dios para descubrir su íntima identidad; el primero de los que no se conforman con detener al Creador, sino que buscan su alma secreta, dejando que el Creador sienta la traspiración de la fatiga con la cual se desarrolla esta búsqueda insatisfecha. Esta es, con toda probabilidad, la mejor explicación de aquella lucha, un ícono de la agonía mística del ser humano en su deseo primordial de ver a Dios sin morir. Al fin y al cabo, toda búsqueda de Dios es una agonía sin muerte.

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El nombre Pero en aquel acontecimiento nocturno se entrevé no solo el ansia religiosa de las personas de todo tiempo: sino también el tormento particular del hombre contemporáneo que quiere a la fuerza dar un nombre a las realidades que se le escapan de las manos. La época actual es un momento importante, en este sentido, tal como importante fue aquella noche para Jacob. Él dejaba para siempre la antigua tierra y entraba con riesgo en el territorio controlado por su hermano-enemigo. El paso más dramático de su vida: entrar en un continente desconocido. Y ahí, en la frontera marcada por el río, se concreta toda su incertidumbre, simbolizada por la lucha con Dios; que en realidad fue una lucha por el nombre. Nombre que Jacob le pedía a su misterioso rival cada vez que lograba bajarlo al suelo: “¿Cómo te llamas?”. Y él desvinculándose de las manos de Jacob y volviendo a luchar le repetía: “¿Para qué me preguntas mi nombre?” La historia de hoy es muy parecida a la de Jacob, experimentando la oscuridad de un paso importante. Llegando a una frontera clave de la historia, ha iniciado el tercer milenio, pasando el río que lo separaba del segundo y como Jacob la época actual siente el drama del nombre.

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“En adelante no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”. Jacob le rogó: “Por favor, dime tu nombre”. Pero él respondió: “¿Cómo te atreves a preguntar mi nombre?”. Y allí mismo lo bendijo. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Gén 32,23-32, que te invitamos a leer. Los paradigmas anteriores se mezclan con los actuales; los antiguos conceptos no sirven para indicar los nuevos panoramas que se abrieron con el tiempo actual. El problema mayor es dar el nombre a realidades que no se conocen. Los esquemas que hasta hace poco habían permitido comprender el universo se derrumban, bajo la amenaza de una realidad inédita. Emociones nuevas salen a flote desde todas partes, y las palabras de antes no las contienen más. Y ni al más honesto de los contemporáneos cuando encuentra una realidad que no puede dominar, no le queda sino preguntar, luchando: “¿Cúal es tu nombre?”. Y es así: la época de hoy vive una agonía de nombres. Una crisis de vocabulario. Las palabras no corresponden ya a las cosas que indican.

En la historia de hoy ¿Qué significa hoy tercer o cuarto mundo, ya que el primero y el segundo se identificaron? ¿Cómo llamar por nombre hoy las tensiones conflictuales del mundo, ya que no valen más las categorías de derecha e izquierda? ¿Y no es también desubicado seguir hablando de Norte y Sur para discriminar riqueza y pobreza? ¿Cuál es el verdadero nombre, sin caer en ambigüedades, del ansia de cielos nuevos y tierra nueva, escondida en el alma de cada persona, ya que la palabra “progreso” se gastó para indicar miles de realidades, en general de mala calidad, que progreso no son? De veras es una fortuna para los creyentes poder agarrarse a la palabra “Shalom”. De otra manera la misma palabra paz no alcanzaría para sostener el peso de la necesidad de felicidad sepultada en el corazón del mundo, ya que ahora la palabra paz no tiene mucho vigor,

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cuando se usa no para indicar una condición general de bendición sino el cumplimiento de intereses de parte. ¿Cuál es tu nombre? Tal vez es el interrogante más dramático de nuestro tiempo. Como Jacob, la época actual sostiene una lucha por el nombre. Se necesitan nombres vírgenes. Que no sean corrompidos por el abuso. Nombres nuevos, recién pronunciados. Que puedan despertar emociones e indicar promesas. Que indiquen nuevas fronteras y den nuevo vigor a la lucha. En la historia de Jacob de ayer se leen los paradigmas de las esperanzas de hoy. Dios no le reveló su nombre, pero lo bendijo: por haber luchado. Y Jacob se encaminó, aunque cojeando, hacia la tierra prometida donde no se encontró con un enemigo, como era esperable, sino con un hermano que le fue al encuentro con toda su gente, que lo abrazó y lo besó. Es esta la esperanza que suscita la historia de Jacob. La lucha por el nombre que también nuestro tiempo vive, tiene seguramente la bendición de Dios. Y a pesar de cojear, tal vez en esta lucha se deslumbra el camino de la paz, cuando se reconoce a cada persona como a un hermano. Lo importante no es cambiar de nombre a las cosas, sino cambiar el nombre a nosotros mismos. De hecho, en aquella noche el viejo tramposo cambió de nombre y no se llamó más Jacob, sino Israel. En la historia de Israel se sienten olores de tierra prometida, como que la noche está a su final y no falta mucho para la llegada de la aurora.

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5. José El sueño tiene un valor importante en la Biblia: el sueño de Jacob, con la escalera que une la tierra al cielo; el de José de Nazareth, que salva a María; el de Pablo, que lo hace pasar a Europa... Tal vez el personaje que más está vinculado al sueño es José, hijo de Jacob. José aparece en la Biblia como un “soñador”. ¿Es útil esta categoría de personas a la humanidad o hay que combatirle? Porque el que sueña es uno que huye la realidad.

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El soñador En realidad “hay muchos que se definen prácticos y comen el pan humedecido por el sudor de los que tienen sueños”. Es una frase de Kahil Gibran, un poeta de Líbano, cerca de la tierra de José. La frase poética es tan adecuada a la historia de José que podría ser el título de los cápitulos del Génesis que hablan de él y de sus sueños. De los doce, era el predilecto de Jacob, porque nacido en su vejez. Entre muchas atenciones, cuando todavía era muy joven, el padre quiso prepararle una túnica de mangas largas: fue la envidia de los hermanos. La gota que desbordó el vaso fueron unos sueños que José contó a sus hermanos: once estrellas que junto con el sol y la luna se arrodillaban delante de él. Los hermanos no pudieron más: podía ser que el viejo padre tuviera su preferencia, pero no podían conformarse con el hecho que aprovechando de esto, el mismo José previera un futuro hegemónico sobre sus hermanos. Y esperaron el día de la venganza. Estos hermanos muy prácticos, luego de planear el asesinato de José, decidieron venderlo a unos mercantes que lo llevaron a Egipto, donde José encontró fortuna. Hasta que a Egipto llegaron también los hermanos, buscando trigo, dada la carestía que bajó a la Tierra prometida. Y sin saberlo, terminaron por comer el pan que justo José, con la posición que se ganó gracias a su sabiduría en interpretar los sueños, había conseguido almacenar en este país extranjero. Y entonces hay que cuidarse en condenar a la gente que sueña. Porque a pesar del realismo científico que quiere quedarse sí o sí con los pies en la tierra, los que hoy sueñan serán los únicos que mañana llevarán la razón. José en Egipto, además de soñar, comenzó también a interpretar los sueños de los demás. Al comienzo todo le iba bastante bien, ya que terminó siendo el mayordomo y persona de confianza de un grande de Egipto. La señora de este grande se enamoró de él y no sabía resistir a la belleza de José. José rechazó sus propuestas, hasta que un día, dando vuelta al asunto fue ella que acusó a José de haber intentado violarla. El marido lo hizo encarcelar. Entre otros, en la cárcel estaban también dos importantes dignitarios del faraón. Una noche los dos tuvieron un sueño tan raro que de mañana revelaron a José la inquietud que tenían, ya que nadie los ayudaba a interpretar el sueño que tuvieron: “Por la mañana, cuando José vino a verlos, los encontró muy preocupados; así que les preguntó: ¿Por qué tienen hoy tan mala cara? -Tuvimos un sueño y no hay quien nos explique lo que quiere decir-contestaron ellos”. Esas palabras: Tuvimos un sueño y no hay quien nos explique lo que quiere decir; son la síntesis del grito de todos los oprimidos, de los que son violados por el sistema de poder, de las víctimas del poder, de los que viven en el subsuelo de la historia, que la violencia sufrida no les impide soñar, y que encuentran igual en el camino a gente que les ayuda a entender sus sueños. Son palabras incómodas, porque ponen en discusión la sonrisa que a veces acompaña la narración de los sueños de los pobres, en cuyo corazón florecen esperanzas, así como el I have the dream de Martin Luther King. “Tengo el sueño que un día arriba de las rojas colinas de Georgia los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los que los explotaron podrán sentarse juntos en la mesa de la fraternidad. Tengo el sueño que también Missisipi, un estado que te ahoga con la opresión, será transformado en un oasis de paz y justicia. Tengo el sueño que mis cuatro hijos un día vivirán en una nación donde no se les juzgará por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter. Tengo el sueño...”. Cuando

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“El Faraón mandó llamar a José, que sin pérdida de tiempo fue sacado de la prisión. Este se afeitó, se cambió de ropa y compareció ante el Faraón. El Faraón dijo a José: “He tenido un sueño que nadie puede interpretar. Pero me han informado que te basta oír un sueño para interpretarlo”. José respondió al Faraón: “No soy yo, sino Dios, el que dará al Faraón la respuesta conveniente”. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Gén 37,3...20; 40,5-8; 41,1...30 que te invitamos a leer. se van los profetas que sueñan, los pobres quedan un poco más solos. José hace pensar en una Iglesia más audaz, que baja a las cárceles de la humanidad, que organiza la esperanza de los últimos, que no se queda en definir lo que es imposible, sino que genera el Ministerio de los sueños de los pobres.

Tengo el sueño

En la historia de hoy Los faraones de hoy no parecen escuchar a los profetas del subsuelo. Se ríen y no les interesan estos pronósticos que hablan de agujero en el ozono, efecto invernadero, deforestación, crisis del agua, desechos radioactivos, desertificación... Quien hoy todavía interpreta los sueños a lo sumo representa el papel del grillo parlante de Pinocho. Lo que tiene valor es la economía más que la persona, el mercado más que la naturaleza, las finanzas más que el futuro de los hijos y nietos.

Luego José llegó a interpretar no solo sus sueños y los de los últimos, sino también los signos divinos enviados a los poderosos de la tierra: es la historia bien conocida de las vacas gordas y de las flacas que soñó el faraón en la misma noche que también soñó las espigas llenas y las vacías. Frente a la inquietud que esas visiones generaban en el rey y su corte, se acordaron de José, en la cárcel. Llegado frente al faraón, José lo explicó todo, sin rodeos. Le dijo al faraón que las vacas gordas y las espigas llenas representaban la abundancia de los bienes y el derroche de los recursos del medio ambiente, por el cual los egipcios, si no reparaban con tiempo, iban a pagar el precio con años de carestía, cuyo símbolo eran las vacas flacas y las espigas vacías. Luego José agregó que se necesitaba una intervención decidida: reducir el consumo, cambiar la política del uso de la energía, frenar la carrera del derroche, cambiar el sistema del uso de los recursos no renovables que agotaba la tierra; en fin,solo una inteligente estrategia de recuperación de los recursos y un fuerte programa de sanación de las heridas ambientales podían salvar el futuro de la tragedia del hambre. Esta fue la visón de José desde el subsuelo de la historia. El faraón escuchó la voz de los pobres y fue la salvación para todos.

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6. Moisés Todo el mundo, en algunas oportunidades, se ha quedado fantaseando sobre su propia muerte: la de Moisés fue muy particular. Con un final sorpresivo, se ha despedido desde la escena histórica que él había llenado con su gran personalidad; el final de su vida es un himno a la esperanza en lo que se ve con los ojos de la fe, sin poder tocarlo con la experiencia. Y sobre todo, su vida fue marcada por el saber confiar en Dios y así creer contra toda esperanza.

Una muerte símbolo de una vida Moisés tenía 120 años cuando murió: una medida humana, si es comparada con los personajes bíblicos del Génesis que llegaban a tener 800 o 900 años; y si uno no llegaba a esa edad parecía que no gozaba de la benevolencia divina. Su desaparición fue la antítesis del héroe, en perfecta soledad arriba al monte Nebo, en un clima que hace pensar en el otoño, cuando se van las hojas. Moisés deja la escena donde él había tenido un rol protagónico, pero mucho antes de la conclusión de la historia que desde la esclavitud de Egipto llevaba el pueblo de Israel a la Tierra prometida. Lo esperable era la entrada triunfal de Moisés en la tierra de Canaan, hacia la cual había guiado al pueblo de Dios: hubiese sido una conclusión digna de un poema épico. Y en cambio, el caudillo no saborea la gloria y su emoción. Deja a otros recibir los aplausos, quedándose cuando ya se veía la meta, ansiada por 40 años. Como un ciclista que siempre a la cabeza de la carrera, se queda pocos metros antes de ganar. Los últimos capítulos del Deuteronomio marcan los momentos de la muerte de Moisés con la ternura de una elegía, aunque dominada por la voluntad divina: “Ve a las montañas de Abarim y sube al monte Nebo, que está en territorio moabita, frente a Jericó, y mira desde allí la tierra de Canaán… vas a contemplar desde lejos la tierra que voy a dar a los israelitas, pero no entrarás en ella” (Deut 32, 49-52). Un ocaso fascinante, lejos de las luces de la gloria; con el corazón todavía lleno de pasión por la vida; con los ojos en los cuales resplandecen los ideales de su vida; y el dedo que apunta a la tierra soñada.

Catequesis bíblicas...

El pecado de Moisés No se sabe cual fue la reacción de Moisés frente al decreto divino que de repente lo alcanzó, decreto que le quitó la alegría de coronar una misión por la cual había consagrado toda su vida. Seguramente Moisés no se rebeló. En cambio, humildemente Moisés reconoció su pecado de falta de fe en Meribá, en el desierto, cuando el pueblo, harto por la sed, se rebeló contra Dios y él, de alguna manera, se puso del lado del pueblo. Para ser objetivos, los textos sagrados no especifican la naturaleza de esta culpa misteriosa. Tal vez la mano de Moisés tembló, golpeando dos veces, y no una sola, la roca desde la cual el Señor había dicho que saliera el agua. Tal vez esa culpa fue mayor. De todas maneras, parece haber sido la única culpa grave y las consecuencias debían ser importantes: un jefe de pueblo como Moisés no puede flaquear en la esperanza. De todas formas, Moisés retomó su misión luego de esa caída, y la terminó espléndidamente: llamó a todo el pueblo para el último discurso lleno de pasión, entonó un cántico agradecido a Dios, dio la bendición a todas las tribus de Israel y luego, sostenido por el bastón encorvado por el peso de una vida repleta de misterio, subió desde el desierto de Moab hasta la cumbre de la montaña. Y allí, arriba de la roca granítica, se levantó con toda su autoridad de hombre de esperanza. Recordó el fuego de la zarza. Y en sus llamas vio de vuelta su vida: el llamado de Dios, la misión de libertador del pueblo,

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“Esta es la tierra que prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, cuando les dije: “Yo se la daré a tus descendientes”. Te he dejado verla con tus propios ojos, pero tú no entrarás en ella”. Allí murió Moisés, el servidor del Señor, en territorio de Moab, como el Señor lo había dispuesto. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Deut 34,1-12, que te invitamos a leer. la resistencia pasiva contra al faraón, el paso del Mar Rojo, la altura del Sinaí, los días de la Alianza, la dureza del desierto. Recordó sus discursos y actos que, por cuarenta años, alimentaron en el pueblo la esperanza de la Tierra Prometida… Ahora, sin embargo, todo esto se acababa. Llegó para Moisés el momento para otro éxodo. Ninguna desilusión o depresión o crisis en Moisés. Ningún miedo, ya que otros iban a cumplir su obra. A él le alcanzó rozar con su mirada la llanura de Zabulón y Neftalí. Ningún miedo: otros iban a gustar leche y miel que bajaban de los montes de Judá o desde las tierras de Efraim y Manasés. A él le alcanzó ver a su pueblo pregustando esa dulzura. Así se cumplió arriba del Nebo su éxtasis de tierra. Así como arriba del Sinaí se cumplió su éxtasis de Dios. Y su cuerpo se acostó, saciado de contemplación, antes de cruzar la frontera. En estos comportamientos y actitudes de Moisés encontramos el estilo de la esperanza cristiana.

En la historia de hoy

para los que se comprometen por la paz, allí donde es difícil entender que llevar adelante ciertos ideales significa también aceptar quedarse mucho antes de las metas previstas. Muchos que gastaron la vida para luchar contra la guerra, que lo dieron todo por la justicia, que tenían los ojos en inminentes mundos nuevos… de repente perdieron el entusiasmo, dejándolo todo cuando estaban por llegar. ¿Por qué? Tal vez vieron que se evitó una guerra, pero apareció otra; se logró detener unos armamentos, pero otros más peligrosos se impusieron… y ellos se retiraron llenos de desilusión, porque “no queda nada que hacer”. Otros que promovieron la no-violencia se vieron ridiculizados por académicos o teólogos o maestros del momento… y se agacharon derrotados. Ellos no supieron superar el punto de inflexión, de quiebre (como lo hizo Moisés), del cual brota la esperanza o se multiplica la desesperación. Y han entrado en la crisis de quien no tuvo resultados visibles, éxito. Es decir que vieron alejarse las fronteras de sus cálidas utopías, y tampoco tuvieron el valor de enseñárselas a los compañeros de camino. El ejemplo de Moisés es muy importante. Sus ojos no se cansaron de mirar lejos y su brazo, simbólicamente tendido sigue mostrando los objetivos buenos de la Tierra Prometida. Si es fundamental lo que enseñó desde el Sinaí, la clase que dio desde el monte Nebo es mucho más importante: desde la cátedra del Sinaí Moisés bajó después de cuarenta días, en la cátedra del Nebo se quedó para siempre. Como una imagen de mármol, erigida en honor de la esperanza.

Moisés es de hecho el ícono de todos los que nunca entrarán en las tierras prometidas que señalaron a los demás como rápidamente alcanzables. Símbolo de los profetas cuya carrera queda truncada. Hoy en día hay muchos profetas semejantes a Moisés, pero corren el riesgo de ver esta carrera truncada como una derrota. No faltan los que traen buenas noticias. Pero a menudo, diferentes de Moisés en esto, cuando se dan cuenta que no tocarán con sus manos lo que indicaron como inminente, ven este atraso como una derrota, pasan de la danza al lamento, de la fiesta al luto. Es un peligro para muchos, pero sobre todo

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7. Aarón Aarón fue llamado por Dios a ocupar el cargo de sumo sacerdote en favor del pueblo hebreo peregrinante en el desierto; habría varios aspectos interesantes en esta figura hierática; por ejemplo, una frase en el capítulo 18 del Libro de la Sabiduría impresiona por su incomparable belleza: hablando de su ropa, se dice: “En tu vestidura que llegaba hasta los pies, estaba todo el mundo”. Sería bueno hilvanar sobre aquella vestidura una reflexión acerca del ministerio de salvación, y como hoy el sacerdote lo debe expresar. Sin embargo hay otra razón para hablar de Aarón. Él ha ofrecido, como ningún otro en la historia, el ejemplo de lo que significa ser un teniente de un famoso personaje.

A la sombra de su hermano Moisés Hoy estamos infestados con una especie peligrosa de parásitos: los lacayos. Se trata de una categoría rampante de individuos, que crecen a la sombra de los grandes protagonistas, y que no se preocupan más que de su carrera. Carrera. Una palabra que en la antigüedad indicaba el rápido ritmo del caballo, pero que hoy indica la actitud arrastrada de la babosa. La carrera. Ésta despreocupada profesión del arrivismo, en la que cada soldado francés, como a Napoleón le gustaba decir, lleva en su mochila el bastón del mariscal de Francia. La carrera. Esta idolatría viscosa de los trepadores sociales, ante cuyo altar, muchos ofrecen sus holocaustos, peor que lo que hacía el pueblo judío delante del becerro de oro que Aarón mandó fundir. Pero no se aprovechó para hacerse una posición. Ha estado a su lado durante todo el éxodo. Pero no manipuló las cartas para obtener beneficios personales. En definitiva, ha hecho camino. Largo camino. Durante cuarenta años. En el desierto. Pero no hizo carrera. Por lo tanto, inspira confianza. Entonces, no fue un lacayo, sino un portavoz. Y hay una gran diferencia. La cosa fue así. Cuando el Señor encargó a su hermano acudir al faraón para que liberase a los hebreos, Moisés, tartamudeando, presentó sus reservas acerca de su capacidad dialéctica: “Mi Señor, no soy un buen conversador... soy torpe de boca y del habla”. Dios entonces le respondió: “yo sé que tu hermano Aarón sabe hablar bien... él hablará al pueblo por ti... él será como tu boca”. Fue así promovido, en el campo, al papel de secretario de las comunicaciones sociales. Se convirtió en el fiel megáfono del jefe. La promulgación de su pensamiento auténtico. Sus declaraciones pasaban necesariamente por su oficina. Sin censura. Los boletines oficiales fueron escritos por Aarón. Y todos los comunicados de prensa, sin manipulación, llevaban su firma. Pero, así como el portavoz, fue también porta bastones.

Catequesis bíblicas...

Porta bastones Hoy, con un dejo de desprecio, podríamos llamar porta bastones a los subalternos arrogantes que abusando de su poder hacen valer la autoridad del patrón sobre sus empleados. Esos segundones ácidos, en suma, que sacan ventaja de la confianza del jefe, para encarnizarse con la pobre gente. En cuanto a Aarón, por supuesto, la palabra debe ser entendida de una manera completamente diferente. Dios, en el acto de despedir a Moisés, después de haberlo elegido como líder de su pueblo, le dio un bastón, diciendo: “Tú guardarás en tu mano este bastón, con el que has de hacer prodigios”. Era el signo del poder. Moisés unió a su hermano a la tarea de utilizar aquella herramienta milagrosa. Y Aarón lo adoptó con gran éxito. La Biblia nos lo recuerda varias veces. Aarón agitó su bastón delante del faraón y de sus siervos, y se convirtió en una serpiente. Y de nuevo: Aarón levantó el bastón y golpeó las aguas del Nilo... y se convirtieron en sangre. Usó, por lo tanto, el poder del jefe. Pero de acuerdo con él. Como prótesis de su brazo. Como intérprete de sus deseos. Sin abusar del cargo. Y sin la deshonestidad sutil de los cortesanos o los pequeños burgueses cuando entran en el lugar del poder. Y, por último, además de intérprete del pensamiento de Moisés y ejecutor de su poder, fue también el sostén de su súplica. El episodio es hermosísimo, y vale la pena evocarlo por su plasticidad de conjunto de mármol esculpido sobre la montaña. Un día, los judíos lucharon en batalla con los Amalecitas. Moisés corrió a la montaña, con Aarón y con Cur, para implorar al Señor. Cuando alzaba Moisés su mano, Israel era más fuerte, pero cuando la bajaba, eran más fuertes los enemigos.

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“Moisés, Aarón y Jur habían subido a la cima del monte. Y mientras Moisés tenía los brazos levantados, vencía Israel; pero cuando los dejaba caer, prevalecía Amalec. ... Moisés se sentó sobre la piedra, mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sus brazos se mantuvieron firmes hasta la puesta del sol”. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Éx 4, 10...30; 7,8-10; 17,8-12 que te invitamos a leer. Cuando Moisés sentía abatirse por el agotamiento, Aarón desde un lado y Cur desde el otro lado sostuvieron sus manos. Permanecieron firmes, hasta que, al atardecer, los israelitas dominaron definitivamente a los oponentes. Aquí, entonces, una vez más, al servicio del jefe. Ayudante, no el primer actor. El brazo derecho, no el protagonista. Discreto: incluso en los momentos de encuentro con Dios. Aún siendo el sumo sacerdote, Aarón ha rechazado la tentación de pensar que tenía con el Padre eterno una familiaridad mayor que la de su hermano. Y no lo ha reemplazado. No es que en el desierto no haya tenido sus culpas: se hizo cómplice, durante la ausencia de Moisés que estaba en el Monte Sinaí, de una incalificable prostitución general frente al becerro de oro. Pero en aquella connivencia debe ser vista sólo una crisis de debilidad frente a las murmuraciones del pueblo. No el intento de ponerse en los zapatos del principal y quedarse así con la silla del Comandante Supremo. En efecto, quién sabe si con aquel “fracaso” Aarón no ha querido hacer más hincapié en cuán indispensable era la presencia de Moisés para la salvación de Israel. Tuvo sus culpas. Murmuró también contra Moisés mientras Miriam, su hermana, lo alentaba. Pero en suma, no tuvo jamás aquel “rapto” de celos, o aquella corrosión de la imagen del jefe, a la que se apegan los cortesanos más cercanos a la persona del príncipe: tan viles en la adulación, como en el cambio de camisa. Tuvo sus culpas. Pero no tuvo un descaro autoritario. Y siempre se mantuvo lejos del disfrute del poder paralelo.

ces. Hay una inflación galopante. La multitud de seguidores se reparten las tierras del patrón. El poder se desmorona en manos de servidores y secuaces de turno. La bisagra de los prosélitos se convierte en paso obligado para aquellos que deseen acceso, no digo a la zona de privilegios, sino incluso a la de los derechos más sagrados. Financiamiento, licitaciones, contrataciones, los planos urbanísticos, los sobornos, son filtrados desde el despacho del subjefe. Los acólitos, entonces se juntan y se separan sin escrúpulos según los cálculos de la alquimia política, todos encaminados a aprovechar el momento oportuno de instalarse bajo su guía. De ahí, el alma de clientelismo que llevamos dentro de nosotros. De ahí, las múltiples sujeciones que, a través de la larga cadena de vasallos y alcahuetes conducen a la genuflexión obscena. De ahí el cinismo con el que se aguarda el momento adecuado para expulsar al que comanda y tomar su lugar. De ahí la arrogancia con la que el jefe está siendo chantajeado por los escaladores que frecuentan su secretaría. De ahí, el descaro con el cual el jerarca supremo es a menudo tomado como rehén por sus corruptos cómplices. Pensar en Aarón hace soñar con tiempos mejores, que sin duda vendrán. Y hace florecer en el alma la esperanza en un mundo más limpio y más justo. Así cómo, un día, floreció el bastón de Aarón. En el desierto. Delante de la tienda de Dios.

En la historia de hoy Hoy en día, en muchas sociedades latinoamericanas, estamos sitiados por los secua-

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8. Miriam El nombre “Miriam” conserva toda la originaria melodía del idioma hebreo: un nombre muy hermoso. La armonía de las sílabas del nombre Miriam es seductora, como una límpida noche de luna llena; como una roca que el mar golpea con sus olas y, en el mismo tiempo, como el perfume de la floresta cuando inicia el otoño. Un nombre digno de la altura de la personalidad femenina de la hermana de Moisés.

Miriam tenía una personalidad muy firme y fuerte que supo imponerse entre los dos gigantes que eran sus hermanos Moisés y Aarón. Ella los siguió por cuarenta años, como sombra refrigerante entre las dunas del desierto. Los videos del Éxodo desbordan de imágenes de Moisés. El audio está monopolizado por Aarón, portavoz del gran caudillo. Miriam se queda con tres breves secuencias. Suficientes para descubrir en su figura de mujer el símbolo moderno de la audacia, de la ternura y de los reclamos del mundo femenino.

Catequesis bíblicas...

Primer tiempo El faraón, para exterminar a los hebreos residentes en Egipto, dispuso una violenta planificación de los nacimientos. Convocó las parteras de Salud pública y les ordenó de dejar morir a todos los varones que nacían de mujeres hebreas. Pero ellas, desobedeciendo, organizaron la más valiente de las objeciones de conciencia que la historia recuerde. “Las parteras temieron a Dios: no hicieron como lo había ordenado el rey de Egipto y dejaron con vida a los niños… Dios bendijo a las parteras”. El faraón tuvo que cambiar de método. Se dirigió directamente al pueblo: “Cada hijo varón que nazca a los Hebreos, lo echarán al Nilo”. Y es en este momento que, entre los tupidos juncos del río, apareció la dulcísima Miriam. Sus padres, luego del nacimiento de un lindo varoncito, tuvieron el valor, sin matarlo, de ponerlo en un canasto en el río: Miriam, corriendo el riesgo de morir ahogada de la misma manera, sintió el deber de no abandonar al hermanito. Así que, cuando la hija del faraón llegó al río para refrescarse, vio al niño y tuvo compasión, Miriam salió de los juncos y le hizo una propuesta que es una obra maestra de inteligencia: “¿Quiere que vaya y llame a una nodriza de las hebreas para que críe al niño?” Así Moisés se salvó, gracias a su valor, gracias a su acecho vigilante y compasivo; y por su conciencia del valor sagrado de la vida que impregnaba su alma hasta resistir frente a las inicuas órdenes del tirano. Miriam permanece todavía como provocación para todos los que luchan para salvar la vida de los niños, expuesta hoy, con una ferocidad todavía mayor que la de ayer, a la violencia estructural de una época deshumana en varios aspectos. Menores humillados, explotados, vendidos, golpeados, violados, matados. Bebés rechazados en un contenedor de basura, sin siquiera aquel residuo de piedad de los que los dejaban, un tiempo, a la puerta de los conventos. Veinte millones de niños llevados cada año por el río de la muerte, matados por el hambre: en medio de la indiferencia de nuestra faraónica civilización, que se exalta contemplando la grandeza de sus pirámides, pero que ya no siente por su sordera el llanto de los inocentes. Niños de la calle, expuestos a los escuadrones de la muerte, culpables de molestar el panorama de los turistas y la tranquilidad nuestra. Cuánto tiene para enseñar hoy una niña como Miriam, para que muchos se trasformen en atalayas que defienden la vida, saliendo de los juncos de la prudencia y del miedo de meterse, reencontrando la inteligencia de quien sabe indicar donde encontrar la leche para los niños que se mueren de hambre.

Segundo tiempo Los hebreos, una vez pasado el mar Rojo, cuyas olas sumergieron al ejército del faraón, tocaron por fin las orillas de la libertad. Mientras todos se quedaban todavía incrédulos por lo que había pasado, mirando las armas enemigas impulsadas por las olas a la deriva, Miriam, con una iniciativa toda femenina, agarrando un tímpano con las manos, se puso a guiar un cortejo de mujeres. Las cuales, agitando tambores y panderetas, dibujaban en la arena un torbellino de danzas

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Porque los caballos de Faraón con sus carros y sus jinetes entraron en el mar, y el Señor hizo volver sobre ellos las aguas del mar ... Miriam la profetisa, hermana de Aarón, tomó en su mano el pandero, y todas las mujeres salieron tras ella con panderos y danzas. Y Miriam les respondía: “Canten al Señor porque ha triunfado gloriosamente; al caballo y su jinete ha arrojado al mar.” Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Éx 2,1-8; 15,19-21; Núm 12,1-2 que te invitamos a leer. al ritmo del canto que Miriam dirigía: “Canten al Señor porque ha triunfado gloriosamente; al caballo y su jinete ha arrojado al mar.” En esta extemporánea iniciativa, casi un “raptus” de alegría, transluce mucho más que el simple agradecimiento a Dios que liberó a su pueblo. Se entiende, en el ritmo de la danza que ella ha inventado, no solo la necesidad de levantar al cielo los brazos, inmóviles por demasiado tiempo en la vergüenza y las cadenas, sino también la gana de mostrar al mundo manos no contaminadas por la suciedad de la ferocidad. Se condensa, en las vueltas de esos cuerpos de mujeres, que huelen a sudor y perfume al mismo tiempo, no solo el espasmo de la belleza que nada compartió con la brutalidad, sino también el estupor de un pueblo que, para escaparse del enemigo, ni desenvainó la espada, ni usó una flecha, ni una lanza ni una honda. Vibra, en el estribillo entonado por la voz profética de Miriam, no solo la alegría de quien llegó al rescate luego de larga opresión, sin mancharse de sangre, sino también el aura de castidad, de quien fue guardado del frenesí de la violencia. Y los pies desnudos de las bailarinas imprimen, en la arena del desierto, el informe de la primera asombrosa victoria felizmente alcanzada sin estructuras de guerra y sin armas: “Canten al Señor porque ha triunfado gloriosamente; al caballo y su jinete ha arrojado al mar.” El genio de la defensa popular y no violenta ha encontrado en Miriam el relámpago de la fiesta, la emoción de la poesía, la ternura de las lágrimas de la felicidad.

Tercer tiempo Es un momento oscuro de la vida de Miriam, severamente censurado por el Señor. Todo inició con una discusión familiar. Moisés es-

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taba concentrando mucho poder en sus manos, sin dejar lugar a los demás; y sin tener en cuenta los carismas de los hermanos, cuya misión se achicaba cada día más. De ahí el descontento que Miriam y Aarón se comunicaron secretamente: “¿Es cierto que el Señor ha hablado solo mediante Moisés? ¿No ha hablado también mediante nosotros?” Dios se airó por esa murmuración, y si Aarón solo recibió un rezongo, Miriam fue castigada con la lepra, quedando afuera del campamento hebreo. Luego, después de siete días, por intercesión de Moisés, fue sanada. A pesar de eso Miriam queda engrandecida con estos hechos, señales de extraordinaria feminidad y de carácter fuerte. Custodio de la vida, como corresponde a una mujer; sensible a la fascinación de la no violencia, como, gracias a Dios, les pasa a muchas hijas de Eva, que así van formando una nueva cultura. Pero también orgullosa de su dignidad de mujer, lista para reclamar sus derechos e igualdad social, que no se somete a las prevaricaciones de Adán: esto fue mérito de aquella cuota más de valor que, si conocida, haría de Miriam un referente de los reclamos del mundo femenino, todavía subalterno en la Iglesia y en la cultura machista. Con ese acto rebelde mostró que la verdadera pascua de liberación no se iniciaría si al rescate de los Hebreos de la esclavitud de cocinar ladrillos para las ciudades de los opresores no correspondía la liberación de las mujeres de la condena de cocinar perennemente las cebollas en las ollas de Egipto. Moisés lo entendió y usó todo su prestigio para la reducción de la pena. Tal vez entendió que al fin y al cabo Miriam tenía razón: en la base de su protesta estaba el mismo sentimiento que un día, todavía niña la empujó a salir de los juncos; y otro día, a la orilla del Mar Rojo, la hizo entonar cantos de liberación. En todas sus opciones se respiraba el mismo perfume: perfume de mujer con audacia y ternura, con fuertes dosis de protesta frente a la injusticia.

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9. Josué Josué, sucesor de Moisés, fue sobre todo un conquistador: conquistó, por orden de Dios, la tierra de Canaan, la tierra prometida. Con eso los pueblos que la habitaban tuvieron que irse o dejar sus costumbres y religión para asumir los de los Hebreos. Hoy en día no sería pensable ver este acontecimiento como parte del proyecto de Dios. Sin embargo las conquistas bíblicas pueden volverse preciosas a la hora de evaluar las de la época moderna y las de la actual, que no se hacen con las mismas armas.

Josué, el conquistador Josué, hijo de Nun, tuvo en suerte ser desde su juventud el número dos de Moisés en la gran epopeya del Éxodo. Con Moisés salió hasta el Sinaí para recibir las tablas de la Ley: siempre se quedó cerca de la carpa que era el sagrario de los hebreos en el desierto. Siempre fiel a Dios, sin tambalear. Y cuando Moisés llegó a ver de cerca la muerte, entre todos los jefes del pueblo fue enseguida elegido por Dios para guiar al pueblo hasta la tierra prometida. En realidad entre aquella generación fue el único, junto con Kaleb, en entrar en la tierra prometida. El viaje de exploración que Josué guió en la tierra prometida puede compararse con la expedición de Cristóbal Colón a América: es importante que la historia de la conquista americana, historia de sangre, asuma los rasgos de la historia de Josué para llegar a ser historia de salvación, aún con atraso, recuperando las dimensiones de la conversión y de la solidaridad. A pesar que también la historia de Josué fue marcada por la sangre y no se puede por cierto ponerlo entre los no violentos. Rapiñas y represalias, masacres y amenazas, asaltos y estrategias militares no fueron menos despiadados de los que hicieron los conquistadores, así como los relató Bartolomé de las Casas en su narración sobre la destrucción de las Indias. Y también, si quien precedía el ejército de Josué era el Arca de la Alianza, cargada del maná y perfumada de inciensos, la conquista de la tierra prometida no fue menos cruel que la que realizaron los españoles desde las carabelas, cargadas de armas y con olor a polvorín.

Catequesis bíblicas...

Diferencia entre las empresas La de Josué iniciaba con la liberación de la esclavitud, la otra nacía con la imposición de la servidumbre. La de Josué se representa con las cadenas que se rompen en los pies de los esclavos, la otra se resume con las cadenas que hacen ruidos en los pulsos de los vencidos. La de Josué partió del exilio para volver a las tierras de los padres, la otra salió desde las orillas de la propia patria para llegar a las de los extranjeros. La de Josué transformó en pueblo un grupo de desesperados, la otra redujo a la desesperación un conjunto de pueblos libres. La de Josué marcó el comienzo de una historia colectiva, la otra el comienzo de los negocios de pocos aventureros. En la historia de Josué el nombre de Dios se usaba para la liberación, en la otra para matar. La de Josué más que conquista fue un descubrimiento, la otra ocultó, por cinco siglos, atrás del descubrimiento la más cruel de las conquistas. Sí, la de Josué fue un descubrimiento más que una conquista. En el libro de los Números se habla de una exploración en la tierra de Canaan que Moisés ordenó antes de iniciar la invasión. Se eligieron doce hombres, uno por cada tribu, encargados de penetrar clandestinamente en los territorios enemigos para traer la descripción con riqueza de detalles de esa tierra. Al frente del grupo estaba Josué con un claro objetivo: “Vayan por el Négueb y suban a la región montañosa. Fíjense en cómo es el país, y en si la gente que vive en él es fuerte o débil, y en si son pocos o muchos. Vean si sus ciudades están hechas de tiendas de campaña o si son fortificadas, y si la tierra en que viven es buena o mala, fértil o estéril, y si tiene árboles o no. No tengan miedo; traigan algunos frutos de la región”.

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Entonces fueron a ver a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad de los israelitas en Cades, en el desierto de Parán, y les presentaron su informe... “Fuimos al país donde ustedes nos enviaron; es realmente un país que mana leche y miel, y estos son sus frutos. Pero, ¡qué poderosa es la gente que ocupa el país! Sus ciudades están fortificadas y son muy grandes. Además, vimos allí a los anaquitas. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Núm 13,1...28 que te invitamos a leer. El grupo se movió y al cabo de cuarenta días volvió relatando lo visto: la geografía de la región y sus habitantes, la economía de su gente y sus costumbres. Esta exploración, aún con fines de conquista, manifiesta un cierto respeto para el pueblo enemigo. Desde el descubrimiento a la conquista.

En la historia de hoy

rable al gusto de la comunión y del diálogo con la naturaleza. Respetar la identidad de los grupos humanos, tan ricos en recursos espirituales, comprometiéndose a conservar sus diferencias. Reconocer el patrimonio de dignidad, de sabiduría y de historia que se encuentra en aquel que se llamó el “buen salvaje”. Levantar la voz en favor de los empobrecidos y protestar contra todos los imperialismos que todavía hoy imponen en tierra americana intolerables sistemas de dominio y explotación. Llamar a juicio a quien hace pagar al “Nuevo Mundo” el precio de sus estructuras de pecado. ¡Qué camino de conversión!

Así no fue en América. Tal vez siguiendo la guía de Josué se podría recuperar, luego del delirio de la conquista, el verdadero descubrimiento. Se podría rescatar la savia vital de las culturas amerindias, abiertas en forma admi-

El pueblo de Josué lo hizo antes de la conquista: se puede proponer hacerlo después. Las conversión de los conquistadores y la pasión de los vencidos podrían juntos fundar una nueva esperanza: la esperanza en un mundo más sobrio y honesto, más justo y capaz de vivir en paz.

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10. Sin nombre Hay un personaje femenino en la Biblia que no tiene nombre. Su historia, sin embargo, moviliza: la relata el libro de los Jueces. Pasó a la historia como la "hija de Jefté". Esta narración bíblica es una invitación a reflexionar sobre el precio de la guerra, que va más allá de las pérdidas de personas humanas. La guerra mina hasta las relaciones más sagradas como las familiares.

El padre de la protagonista Era un bastardo, de Galaad. Aunque fuerte y valiente, por causa de esa marca de origen no controlada, se había visto obligado a huir del hogar y a vivir bandideando. Habiéndose convertido en jefe de una banda de delincuentes, cometía rapiñas, asaltaba caravanas de mercaderes en el desierto, y a los que lo contrataban para cometer algún delito, ofrecía sus servicios, según las reglas de la delincuencia organizada. Un día, los ancianos de Israel, arrepentidos por haberlo marginado de Galaad, lo llamaron de vuelta a casa y le propusieron ponerse al mando de su ejército: con un líder temerario como él, pensaban derrotar a los Amonitas, sus eternos rivales. Jefté aceptó, y se convirtió en líder del pueblo hebreo. A decir verdad, además de valiente en la batalla, se mostró también astuto en términos diplomáticos: envió, de hecho, una delegación al campamento de los enemigos, con la esperanza de eliminar pacíficamente las causas de los antiguos conflictos. Pero, a pesar de las repetidas tentativas, las negociaciones no tuvieron éxito, y tuvo que recurrir a la solución militar. Es en este punto que aparece el melancólico acontecimiento de la dulcísima niña sin nombre. Antes de presentar batalla contra los amonitas, su padre, pensando obtener el favor de Dios, hizo un voto solemne: ofreció en holocausto al Señor a la primera persona que, después de la eventual victoria, se encontrara saliendo de la puerta de su casa. Un voto absurdo, salvaje, de inaudita barbarie. Un voto que Dios mismo no habría nunca podido aceptar. Huelga decir que la batalla terminó con la resonante victoria de Jefté. Del mismo modo que no es necesario decir que, de vuelta a casa, la primera criatura que corrió a su encuentro fue su hija. ¡Y era su única hija!

Catequesis bíblicas...

El sacrificio que no se necesitaba En la historia bíblica hay un inciso muy especial que acentúa el tono del padecimiento narrativo y redobla la conmoción de quien lee esta historia infeliz. Cuando la joven oyó que su padre volvía a casa cubierto de sangre y cargado de gloria, ignorando su destino, fue a su encuentro con panderos y danzas. Tanto había sufrido su ausencia, sola, sin un hermano o hermana, y tal vez incluso sin una madre, que le parecía mentira poder abrazar a su padre, un veterano de la guerra. Le preparó un número fuera de programa, con el medio más agradable de su gracia de adolescente enamorada de la vida: la música. Una sorpresa que estaba segura, lo habría hecho enloquecer de alegría. Después de tanto choque de espadas, con los buitres todavía revoloteando, su padre debe haber visto ante sí volando una gaviota, ágil en la cadencia del ritmo y absorta en la embriaguez del vuelo. Espléndida como un tallo de primavera, se acercó a él con paso de baile. Pero se quedó congelada por el grito de dolor: “¡Ay, hija mía! Me has abatido y estás entre los que me afligen. Porque he dado mi palabra al Señor, y no me puedo retractar.” Ella comprendió inmediatamente la tragedia que le tocaba. Así como comprendió el conflicto interno de su padre, desgarrado dramáticamente entre la obediencia a Dios y el amor por ella. No pidió la gracia; después de haberlo alentado a mantener la palabra dada al Señor, le pidió solo una pequeña prórroga: dos meses de plazo para deambular por las montañas, llorando, con sus compañeras, una virginidad que nunca habría llegado ni a la alegría de esposa, ni a la ternura de madre. Entonces, el trágico epílogo. Al final de los dos meses, volvió a su padre, y él hizo lo que había prometido. No le levantaron ningún monumento, excepto el de la pira funeraria. Pero en su memoria, se ha introducido una costumbre

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Cuando Jefté regresó a su casa, en Mispá, le salió al encuentro su hija, bailando al son de panderetas. Era su única hija; fuera de ella, Jefté no tenía hijos ni hijas. Al verla, rasgó sus vestiduras y exclamó: “¡Hija mía, me has destrozado! ¿Tenías que ser tú la causa de mi desgracia? Yo hice una promesa al Señor, y ahora no puedo retractarme”. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto Jue 11,30-40 que te invitamos a leer. que la Escritura hace parecer como un epitafio sobre su tumba: cada año las hijas de Israel van a llorar a la hija de Jefté el Galaadita, durante cuatro días. He aquí el misterio de su nombre. ¿Por qué esta muchacha, que con el perfil de una historia humana tan clara, ha conmovido a teólogos, poetas y músicos desde Abelardo, pasando por Byron hasta Haendel... ha pasado por la historia con la niebla del anonimato? ¿Por qué de sus registros vitales faltó solo el nombre, el único elemento de identificación que todo ser humano, vista la persistencia con la cual lo esculpe sobre piedra, se preservaría de la intemperie de los siglos? ¿Por qué la Biblia ha querido privilegiar amargamente a Jefté, que siempre será recordado con vergüenza, y no ha privilegiado a la hija, dulcemente con una fecha en el calendario de las mujeres hebreas? Una explicación habrá. La Biblia no le dio un nombre, por cuanto ¡ella se llama “multitud”!

En la historia de hoy Esta muchacha es el símbolo de todas las jóvenes vidas que son sacrificadas por razones de Estado. Ella resume, en el emblema cruento de su tragedia, el holocausto de millones de niños que siendo la válvula más débil de los sistemas violentos de la historia, caen fulminados por la primacía de la lógica de las armas. Representa el peaje alucinante al demonio de la guerra, que quiere ser cobrado solo en dinero de castidad. Con ella, belleza de flor, hacen un sol radiante todas las flores, cortadas de su tallo y aun no florecidas, con el que la humanidad adorna los

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altares del dios de la guerra. Los estudiosos se empeñan en dar a este desconcertante episodio de su vida una interpretación que no comprometa la santidad de Dios haciéndolo aparecer como consintiendo las atrocidades de los hombres. Y han presentado esta página como una reliquia arcaica de prejuicios religiosos, pertenecientes a tiempos ya superados y jamás compartidos por el Señor. Una interpretación impecable. Pero que resulta incompleta, si no hace comprender que esta historia quiere indicar al menos tres cosas. En primer lugar, que la guerra siempre es una abominación, ya que se cobra un precio tan absurdo del cual, como de un juramento solemne, no se puede retroceder. Luego, que involucrar a Dios en nuestros actos de violencia, casi para revalidarlos, siempre ha sido un escuálido intento humano. Y, por último, presentar la guerra como más santa que la vida misma pertenece a la ideología más sacrílega. Quién concede las victorias a cambio de vidas inocentes no es el Señor de la paz y de la salvación, sino el dios de la guerra y la muerte. La hija fue sacrificada por Jefté, no como una ofrenda a Dios, sino como un homenaje pagado al ídolo. Por lo tanto, la herida de la espada paterna sobre su joven pecho, más que una herida, es una hendidura desde donde se pueden ver los ejércitos de niños indefensos sacrificados a este dios cruel hasta el extremo: los niños sirios o iraníes, palestinos o brasileños, filipinos o salvadoreños, de Bangladesh o de Libia, de siglos pasados o de estos días, asesinados por las armas o por el hambre que es causada por la lógica de las armas. En la tumba de la hija de Jefté convergen, como en un santuario de dolor, las víctimas de todas las masacres de los inocentes. Por eso se quedó sin un nombre, la hija inocente de Jefté. Porque su historia no ha terminado. Es la parábola de una tragedia que demora en terminar. Su baile de niña aún contrasta con la sombría fiereza del guerrero. La cortina aún no ha caído sobre su epílogo de sangre. Su espectro perturba todavía nuestros sueños. Su llanto no se ha serenado. Y sus compañeras siguen errando por las montañas. Con lágrimas en los ojos y cabellos al viento.

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11. Samuel Pocos conocen al profeta Samuel; pocos son conscientes de que jugó un rol de primer plano en un momento decisivo de Israel, que se recuerda como la mayor reforma institucional de su historia: la transición de la primitiva estructura de Tribus Confederadas a una organización monárquica. A veces se hace coincidir religión e inmovilismo, cristianismo y tradición... La Biblia nos muestra algo por lo menos más matizado.

La vocación de Samuel Cuando se trata de Samuel, es un pensamiento espontáneo imaginarlo siendo un muchacho. Tal vez la culpa es un poco de los predicadores, que, al tratar el tema de la vocación hacen recordar aquel célebre episodio nocturno de su infancia, en cual -en el imaginario de la gente- se quedó atascado para siempre en la edad romántica de los sueños. Tres veces la voz misteriosa de Dios lo despertó por sobresalto mientras dormía en el templo de Silo. Al final, a sugerencia del viejo Eli, a cuya puerta fue a llamar con ansiedad, pronunció esa frase que se ha mantenido como el modelo de disponibilidad humana en cada llamada de los cielos: Habla, Señor, que tu siervo te escucha. El episodio es hermoso, sin duda. Tiene todos los elementos escénicos como para permanecer en el imaginario popular. Solo que tiene el error de haber cristalizado su figura en una actitud de perpetua ternura infantil. La mayoría de las personas, de hecho, se quedó con este mensaje, y no se molestó en ir más allá de su ejemplar condescendencia para con la voz de Dios, y no sabe nada acerca de su atribulada vida de adulto. Pocas personas saben de su empeño de profeta intransigente, destinado a luchar contra la idolatría; de su acción de juez siempre tendiendo hacia la renovación moral del pueblo; de los dolores de cabeza que en su vejez le dieron sus hijos libertinos. Muy pocos son conscientes de que jugó un rol de primer plano en aquel momento decisivo de Israel, que se recuerda como la mayor reforma institucional de su historia: la transición de la primitiva estructura de Tribus Confederadas a una organización monárquica.

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Hombre de transición Es interesante ver cómo afrontó este evento; para entender si de aquella experiencia fundamental de su vida salió amargado o satisfecho; y para preguntarse con qué lógica sapiencial es leída una necesidad análoga de cambio institucional que muchos viven en la Iglesia y afuera. La amargura de aquellos días fue grande, aumentada sobre todo, por la manera brutal en la que los ancianos de Israel vinieron a decirle sin mucha ceremonia: Ahora tú eres viejo, y tus hijos no siguen tus pasos. Ahora establece para nosotros un rey que nos gobierne, como tiene todo pueblo. Pero, ¿qué le pasó a ese pueblo, organizado por siglos en la federación tribal, que siempre había mirado a la experiencia de la monarquía con extrema suspicacia como si se tratara de un ataque a la soberanía única de Yavé? ¿Qué estaban buscando esos beduinos toscos al calor de la modernidad, que, para sentirse fuertes en su conciencia unitaria, no les alcanzaba ni el simbolismo del Arca, o la renovación anual de la Alianza, ni el pacto federativo celebrado entre ellos, o la conmemoración ritual de las intervenciones salvíficas de Dios? Establece para nosotros un rey que nos gobierne, como tiene todo pueblo. ¿Por qué potencia militar se han dejado sugestionar los israelitas, visto que no estaban satisfechos con ninguna de las victorias obtenidas sobre los filisteos más fuertes que ellos? ¿De qué complejo de inferioridad intentaban liberarse, si miraban con tanta envidia la experiencia de otras naciones, casi avergonzándose de tener que confiar la custodia de su solidaridad al vínculo aleatorio de lo sagrado?

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“Tú ya eres viejo, le dijeron, y tus hijos no siguen tus pasos. Ahora danos un rey para que nos gobierne, como lo tienen todas las naciones”... El Señor dijo a Samuel: “Escucha al pueblo en todo lo que ellos digan, porque no es a ti a quien rechazan: me rechazan a mí, para que no reine más sobre ellos... Pero les harás una solemne advertencia y les explicarás cuál es el derecho del rey que reinará sobre ellos”. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto 1Sam 8,1-10 que te invitamos a leer. A decir verdad, una marcada tendencia filomonárquica serpenteaba ya desde algún tiempo en el interior de algunos círculos innovadores. Pero eso no quita el dolor de deber abrir oficialmente la crisis institucional y obligando a Samuel a una rápida consulta con el Padre eterno. El cual, habiendo tomado nota del proceso involutivo en curso, desde su sabiduría tolerante, no mostró casi ningún remordimiento, y se limitó a darle algunas pautas procesales sobre la elección del candidato. Sabemos, entonces, cómo fueron las cosas. La Biblia emite un juicio negativo sobre esa experiencia monárquica y nos hace saber que, salvo rarísimas excepciones, el rey decepciona por completo las expectativas de incluso sus partidarios más fanáticos.

En la historia de hoy La historia de Samuel se repite en nuestros días con una sorprendente analogía. Parecen idénticas incluso las dos razones de fondo que reclaman, en varios lugares, ruidosamente el traspaso institucional. Ahora tú eres viejo, y tus hijos no siguen tus pasos. La clase política está envejecida. Y no sólo en la cédula de identidad. Los problemas aparentemente insolubles requieren un análisis sin piedad de una democracia bloqueada, incapaz de cumplir con los retos del futuro. Tampoco hoy en día, los hijos no siguen los pasos paternos. Se han apagado los ideales. Se van descargando las baterías de las grandes utopías. La corruptela en el manejo del poder tomó viento a favor. Está rampante el clientelismo. Arrecia la criminalidad. Y languidece el alma ética de las estructuras democráticas nacidas en los últimos dos siglos. Al igual que en tiempos de Samuel, cuando sus hijos se desviaban detrás del lucro, aceptaban regalos y

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subvertían el juicio. Es contra este desalentador escenario de baja presión moral que van tomando fuerza las ideas de "Reforma". Es triste decirlo: pero muchas personas invocan desesperadamente a un rey que gobierne. Quieren delegarle las últimas monedas remanentes de un poder valioso que se dejaron confiscar. Sacude la nostalgia por un líder que sea fuerte. Que muestre los músculos. Que tome decisiones por todos. En fin, que tenga puño de hierro. Deja sin palabras el hecho de pensar que se quiere reparar nuestro malestar fortaleciendo a un jefe y no, en cambio, ayudando al crecimiento de la conciencia democrática. Para detener los procesos degenerativos que están ocurriendo se necesitan, sí, reformas concretas, pero sin que se sequen los poderes de la base, ni se concentren en el vértice de los delirios de poder. Es en las nervaduras periféricas dónde hay que invertir los fondos de nuestra necesidad de cambiar. Es en los vasos capilares extremos del cuerpo social dónde es necesario asegurar una abundante irrigación vascular, para que los tejidos se prevengan de la gangrena y para evitar el envío de coágulos de sangre mortales a la circulación. Hay que apostar por el hombre de la calle, promoviendo un referendum masivo para revocar su vieja manera de pensar. Cualquier otro expediente institucional que privilegie sofisticadas terapias de choque sobre la cabeza y no atienda las células marginales del organismo popular, está condenado al fracaso. Eso nos lo enseñó la experiencia de Samuel. Que, sin el fervor de un más amplio respiro ético, moriría de asfixia cualquier democracia.

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12. Saul El poder desgasta a los que no lo tienen. Lo ha dicho un político, y hay que creerle, vista la inoxidable resistencia con la que ha aguantado a la intemperie del palacio. Más que a él, sin embargo, se debe creer a Saúl, símbolo muy humano de todos aquellos que sucumben, agotados por una tarea que los sobrepasa. Por esto mismo puede caer simpático. Saul no fue derrotado por un ejército más fuerte que el suyo, ni por movimientos incorrectos de su palacio: cayó por no saber compartir su poder y no saber leer los signos que Dios le daba.

Un personaje real

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Por su honestidad, poco orgánica a la lógica codiciosa del poder. Por el desgaste psicológico, al que no ha sabido resistir. Por su ineptitud estructural para caminar los laberintos de la política, en cuyos enredos se ha perdido. Por la ingenuidad con la que se ilusionó, en que la carrera hacia la corte habría tenido menos tribulaciones que los caminos rurales en los que conducía los burros de su padre. Por su antigua alma de labrador desconfiado que ha seguido llevando dentro, a pesar del armiño real que llevaba encima. Por los ataques de depresión que le hacían ver rivales por todas partes, incluso a David, quien comenzaba a apartarlo del corazón del pueblo: este fue el motivo que lo llevó al agotamiento nervioso. Dado que, tras la muerte del gigante filisteo, las mujeres fueron al encuentro del ejército cantando: Saúl ha matado a sus miles, ¡David a sus diez miles! el gusano de la envidia entró en los huesos de Saúl. Ese canto lo hirió. No cerró ya los ojos y fue el final. A diferencia de los otros, Saúl parece tan real en las garras de esos trastornos maníacos que no quiso enmascarar. No ha hecho parodia. Y ha sido víctima del demonio más inquieto que puede sacudir a un hombre de poder: el demonio de los celos. Saúl se ha convertido, en definitiva, en parábola trágica de cómo el Poder desgasta a quienes lo tienen. Por todo eso merece misericordia. Quién sabe cuántas veces, en los sofás perfumados del palacio, en las tardes sin dormir del verano, añoró los días de juventud, cuando, con olor a retama y caballeriza, corría libre como un potro por las llanuras de Efraín, y las muchachas andaban atrás de él porque era alto y bello: no había nadie más bello entre los israelitas. Sin embargo, ahora las chicas andaban detrás del otro. También Dios le había quitado sus favores. La embriaguez de los éxitos y el éxtasis de las victorias militares eran solo recuerdos lejanos. Se sentía un trapo. Para exorcizar la inminencia del ocaso, buscó consuelo incluso en la magia, evocando el fantasma de Samuel que lo había consagrado el primer rey de Israel. Pero su destino estaba sellado. Saúl, parecerá extraño, causa simpatía debido a este destino sombrío que no merecía. He aquí los símbolos claros del contraste que siempre ha opuesto el que tiene el poder establecido frente a los profetas del cambio:

La lanza y la cítara Hay un verso muy expresivo que aparece varias veces en el libro de Samuel, que hace visible plásticamente esta contraposición: un mal espíritu sobrehumano se apoderó de Saúl, quien comenzó a delirar en la casa. David tocaba la cítara... y Saúl estaba sosteniendo la lanza. Eso de permanecer en la casa con su lanza en la mano habla del clima de sospecha que se había creado en la corte. No es de extrañar que Saúl blandiera la lanza en el campo de batalla. Fue creado rey para dirigir al pueblo de Israel ¡en las guerras contra los filisteos! Pero que se llevara la lanza a casa, incluso a la mesa y a la cama, es uno de esos detalles que da la medida del síndrome de la clara locura a la que lo había llevado la desconfianza. Tenía que cuidarse de todos. El enemigo más feroz ya no estaba en campos de batalla, se escondía en los laberintos de la corte. Tuvo que aplicar la sagacidad de líder no tanto en descubrir la polvareda levantada por sandalias de guerra, sino en presentir las tramas

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A su regreso, después que David derrotó al filisteo, las mujeres de todas las ciudades de Israel salían a recibir al rey Saúl, cantando y bailando, al son jubiloso de tamboriles y triángulos. Y mientras danzaban, las mujeres cantaban a coro: “Saúl ha matado a miles y David a decenas de miles”. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto 1Sam 18,5-16 que te invitamos a leer. secretas que se urdían dentro del palacio. Y así, de sospecha en sospecha, llegó a los altos niveles de decadencia política que alcanza el poder cuando, en lugar de defender al pueblo, se defiende a sí mismo. Por otra parte, para avivar la oscura sospecha, David siempre andaba caminando por los pasillos ¡con la cítara en mano! Si hubiera tenido una lanza también él, se lo podía combatir en igualdad de condiciones, seguro de ganar el duelo. Pero ¿qué se podría hacer frente a alguien armado con una cítara? ¿Partírsela en la cabeza? ¡Maldición! Ese joven era su perdición ¡porque no utilizaba las herramientas de trabajo de Saúl! Contra Goliath se había rehusado a vestir su armadura y empuñar su espada: no obstante, con una simple honda había tirado al suelo al gigante. Ahora lo estaba tirando al suelo también a Saúl con otro tipo de armadura ligera: la cítara. Con aquel símbolo de la no violencia activa. Cuatro notas, un par de acordes, un arpegio, y, después de una distensión inicial que aplacaba a Saúl por algún tiempo, la entrada súbita en la paranoia. SaúI, a pesar de todo, con su autenticidad de campesino, no era malo: solo era ingenuo. El poder lo había desgastado, y no tenía nada más que decir: en el largo plazo no se puede hacer política sin ingenio. Pero por lo menos tuvo la honestidad de no ocultarse detrás de la seguridad aparente. Mostró inmediatamente la hilacha. En el fondo, no era David quien le daba miedo. Era su cítara: símbolo de la novedad, del cambio, de la fantasía. Arrojó la lanza varias veces contra su joven rival, pero no era a él a quien quería matar, era su cítara lo que quería destruir. Ese maldito instrumento, más que los ejércitos filisteos, lo enloquecía: y era imposible de romper con los emblemas militares de

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la violencia. Por lo tanto, el poder desgasta a los que lo tienen. Desgasta, porque no está hecho para desafiar al tiempo. De hecho, el arte desafía al tiempo: la poesía, la música, la cítara. En cambio el poder -regímenes, gobiernos, la lanza en definitiva- es efímero. Se vencen pronto. Nacen con la hipoteca incorporada del final. Cubren sólo un segmento de tiempo: lo suficiente para prestar un servicio. Pero terminada la ofrenda, se extinguen y extinguen también a los titulares que insisten en mantenerlos vivos. Un poder, en definitiva, que pretende sueños de eternidad, fluye inexorablemente hacia la locura. Al final, el error de Saúl no fue haber ejercido un poder, sino el de no haber aceptado su carácter provisional. Con la irrupción sobre el firmamento político de una nueva estrella que lo superaba en genio y frescura, debía haber abandonado la corte de inmediato e irse al patio de su casa. A las primeras notas de la cítara, interpretando los signos de los tiempos, tenía que haber comprendido la antífona de su último salmo de gloria, y aprovechar en silencio la paz de su campaña. El trabajo no le faltaba, y no habría muerto de hambre. Sin embargo, ¡no! Estaba convencido de que después de él no podía venir otra cosa que el diluvio. Así, con la lanza en la mano perpetuamente, estaba dispuesto a proteger a los fantasmas de su antiguo prestigio. Y fue causa de su infeliz final. Saúl se convirtió en advertencia y emblema para los que olvidan en la historia que solo Dios tiene un poder que nunca llega a su ocaso.

En la historia de hoy Surge la perversidad no cuando hay lucha para conseguir el poder, sino cuando uno está luchando desesperadamente para preservarlo. Entonces comienza a actuar el demonio. Llega el genio del mal que introduce en el hombre de poder la lógica de la lanza, que es la lógica de la guerra. Porque, aquel que gana una guerra cree que es la última, la definitiva, la absoluta. Entonces, quien conquista el poder se arroga reclamaciones de estabilidad imperecedera. Qué comedia la de los poderosos de hoy: con su lanza en mano y con los nervios aparentemente aplacados, exhiben certezas arrogantes, disfrazan su delirio y fingen no escuchar a los que ya hace tiempo han cantado los salterios de novedad.

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13. David El pasado de David no fue muy limpio. Es y permanece un hombre de Dios, pero el recuerdo de las malas acciones siempre es fastidioso; aun cuando han sido lavadas por un sincero llanto de arrepentimiento como él tuvo.Ese pasado arruina un poco la aureola de santo con la cual, aunque a través de la ventana del arrepentimiento, ha entrado en el imaginario de la gente. Es como si un cortocircuito fulminara la mitad de las lamparitas de la corona de luz que brilla sobre su cabeza.

Un episodio poco conocido

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Tal vez este hecho es menos tenebroso que el crimen pasional que lo llevó a liberarse de Uría y a traerse a casa a su espléndida señora, pero sin duda el más preocupante, al menos en sus proporciones. Se trata de una historia sombría de extorsión, frente a la cual las de los usurpadores de hoy, que piden sobornos e imponen comisiones clandestinas, parecen juegos de niños. Menos mal que no terminó en un baño de sangre, así como en un primer momento todo presagiaba. De lo contrario David iba a pasar a la historia como el más injusto delincuente de todos los tiempos. En este recuerdo no hay intención de profanación. ¡Nadie quiere desacreditar ante la opinión pública el arquetipo del Señor Jesús! El padre de Salomón será siempre “el santo profeta David,” y siempre se le deberá por lo que sus salmos han dado a la oración, enriqueciéndola de poesía y esperanza. Si es oportuno entrar en este asunto –haciendo público un dossier poco conocido de su camino en la delincuencia– es solo para decir que todas las lágrimas que han cavado el rostro de David se derramaron para pagar incluso aquel crimen. Si su pecado fue grande, todavía más grande fue su dolor. Por lo tanto, si bien es cierto que invocamos a San Pedro para preservarnos de la traición o a Santo Tomás Apóstol para que nos salve y libre de la incredulidad, ¿por qué no deberíamos implorar a David para no entrar, activa o pasivamente, en aquel “delito de extorsión” que lo tuvo como un perverso protagonista? Pasando a los hechos, los mismos son resumidos en el capítulo veinticinco del primer libro de Samuel. Un rico granjero llamado Nabal, quien tenía cuatro mil cabezas de ganado incluyendo ovejas y cabras, fue a esquilarlas a Carmel. Eran negocios de oro, por supuesto, con toda esa pura lana virgen en juego. Una facturación que hoy en día sería la envidia de exitosos industriales. Fue aquí que la avidez sedujo al querido profeta. Mandó unos de sus muchachos a Nabal y le pidió un “porcentaje”, por decirlo con las pobres palabras del vocabulario del bajo mundo. En realidad, en su petición fue aparentemente cortés. David se cuidó para que la operación fuera formalmente correcta. Le mandó decir textualmente: me enteré que están esquilando tus ovejas. Bueno, cuando tus pastores han estado con nosotros no los hemos molestado y nada de lo tuyo ha sufrido daño... Por favor, da lo que puedas dar...

Una verdadera extorsión Cuando Nabal se negó a pagar el soborno, David pasó a la vía de los hechos sin siquiera recurrir a los procedimientos intermedios que se utilizan en nuestros días. Hoy en día, cuando uno se niega a pagar el soborno se le hace estallar una bomba de advertencia en la casa, o se le agujerean las gomas del auto. David no, ni siquiera esta delicadeza quiso tener. Ni siquiera le desenganchó la rueda de un carro con fines intimidatorios. No entró en razones, de hecho. Pasando por arriba las normas de conducta de los mismos criminales, David llamó a cuatrocientos de sus trabajadores armados y ordenó la represalia: ¡todos cíñanse la espada... no voy a dejar vivo ni a uno de sus hombres! El asunto habría salido mal si no hubiera intervenido Abigail, la esposa del rico agricultor, la cual –ya sea por miedo o por quién sabe qué otro sentimiento– capituló frente a esta prepotencia de corte mafiosa. Y, dado que para evitar ceder al chantaje no estaba en ese momento el poder judicial que pudiera ordenar la incautación de los bienes, esta dama, a quien

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Dales, te lo ruego, lo que tengas a mano, para tus servidores y para tu hijo David”... Pero Nabal respondió a los servidores de David: ¿Quién es David y quién es el hijo de Jesé? Hoy en día hay muchos esclavos que se evaden de su dueño... Entonces David dijo a sus hombres: “Que cada uno se ciña su espada”... Esta parábola de Tonino se inspira en el texto 1Sam 25,4...27 que te invitamos a leer. la Biblia califica como bella y de buen proceder, vació media finca, cargó los burros con lo mejor que tenía y fue al encuentro de David para ponerse bajo su protección. Así que, satisfecho por el peaje o fascinado por la hermosura de la mujer, David calmó su ira de feroz extorsionador y dejó el asunto sin hacer nada. O mejor dicho, David algo hizo: dado que Nabal fue alcanzado por un repentino ataque cardíaco, el santo profeta se casó con Abigail y así ganó -de una- toda la herencia. Y tomándole el pelo a la justicia. No es por escandalizar a la fuerza con la vida de David, o por revolver memorias de archivo olvidadas para siempre que contaminamos cínicamente la transparencia con la cual vive la imagen de David entre sus descendientes de fe. Si se ha vuelto a dar publicidad a su gesto criminal, no es para despertar dudas sobre los méritos que ubican a David entre los mayores santos del Antiguo Testamento. Más bien porque nadie mejor que él sacó provecho de sus propios errores y se enmendó a tal punto de volverse un maestro de conversión para todos. Él mismo afirmó en el Salmo 50: “Les enseñaré a los equivocados tus caminos y los pecadores volverán a Ti”. En fin, la vida de David y sus errores nos sirven para aprender mejor.

No hay industrial que no sea obligado a reducir sus entradas para pagar “impuestos” agachando la cabeza a oscuras organizaciones que lo amenazan. No hay comerciante sobre el cual no pese un sobreprecio en favor de misteriosos protectores que preservan la empresa del quiebre. No hay profesional serio que no viva bajo la amenaza del chantaje, o que no deba prever una cuota de su patrimonio a pérdida, si quiere trabajar tranquilo. Los seguros no cubren más. Hay que contratar pólizas costosísimas a las emergentes compañías del crimen. Se puede evadir al fisco pero no a los criminales. Se puede huir del brazo de la justicia pero no se escapa del tentáculo del pulpo mafioso. Se puede renunciar hasta a la protección de los santos patronos del cielo pero no se puede renunciar a la protección de los “padrinos” de la tierra. Se toca el fondo de las barbaries y no se sabe cómo liberarse. Se intentan varias vías: la movilización de las conciencias para que se rebelen a la ley del silencio, se realizan denuncias telefónicas anónimas, se fortalecen las fuerzas del orden para desestimular las acciones ilícitas... Pero parece que no hay remedio. Todas armaduras pesadas como las de Saúl, que no permiten tumbar a Goliat. Para ganar esta batalla de civilización se necesita algo más: el rechazo de toda lógica de violencia, la desmitificación de la riqueza, el desenmascaramiento de los ídolos del dinero, el repudio a la ganancia fácil, el respeto de la persona humana, el redescubrimiento de la fuerza liberadora del trabajo, el horror por cualquier forma de connivencia con la injusticia. Lo que se precisa es el cambio interior. Luego de la inequidad que cometió –sobre la cual David fue maestro inigualable– este cambio se llama solo: conversión del corazón. Tal vez en la honda, para tumbar al gigante, no nos queda más que esta última piedra.

En la historia de hoy Hoy en día no es broma el tema de la extorsión. Si los diarios pudiesen llegar también al paraíso, no se le escaparía a David que las hazañas del crimen organizado ocupan la mayor parte de las portadas. Y es difícil no encontrar alguna noticia de corte mafioso, de ajuste de cuentas o de allanamientos de la policía. Parece que la industria de la extorsión, también a nivel internacional, es la que mejor gana.

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14. Rispá Seguramente pocos, incluso entre aquellos que sostienen la Biblia a diario en sus manos, conocen la historia de Rispá, un personaje muy secundario de la Sagrada Escritura. Tanto es así que los diccionarios, que se prodigan en noticias sobre Sara y Raquel, Esther y Judith, Débora y Rut, y muchas otras figuras femeninas del Antiguo Testamento, ni siquiera la mencionan, como si ella fuera una aparición momentánea en la escena del teatro popular. Una lástima. Hubiera merecido un destino muy diferente.

No hay otra manera de protestar La escena que la tiene como protagonista en el capítulo veintiuno del segundo libro de Samuel, es de una belleza trágica que, de hecho, desborda de significado con símbolos de gran actualidad, y que difícilmente se puede olvidar. Una canción de Sting parece haber sido inspirada en Rispá. Se titula “They Dance Alone”, es decir: ellas bailan solas. Es como si algunos de sus versos en español hablaran de ella. Uno dice: “bailan con los muertos”. Es la evocación dolorosa de las madres chilenas que bailaban en silencio con las sombras de sus hijos desaparecidos. Danzaban con amores invisibles. En soledad. Bajo la fría mirada de los soldados de Pinochet. En una macabra liturgia de melancolía. Entre paisajes alucinantes, todavía más surrealistas por el chirriar de notas que suenan como golpes de lágrimas cayendo en copas de cobre. Otro: “No hay otra manera de protestar”... Sí, para esas madres desconsoladas, símbolo de todas las madres del mundo heridas en los afectos más sagrados, no había otra forma de protestar que la danza nocturna. Calma como un lamento pero fiera como el huracán. Tenue como una elegía pero subversiva como una rebelión. Dulce como un acorde de arpa eólica vibrada por el viento, pero provocativa como un remordimiento perpetuo clavado en la conciencia de los opresores. Bordado en la tela de la nostalgia, pero llena de anhelos de justicia y salpicada de incontenible esperanza para el futuro. Otro: Un día danzaremos sobre sus tumbas, libres ... ¡finalmente libres! De esas madres enlutadas Rispá es la progenitora y de aquella danza de dolor ella es la inventora.

Catequesis bíblicas...

¿Quién era Rispá? Hay que decir algo acerca de ella, para devolverle los derechos de honor que hasta ahora le han sido negados. Era una concubina de SaúI. No había nada malo con eso, para aquellos tiempos. Al rey guerrero le dio dos hijos. Mientras él vivía, no hubo problemas. Pero cuando murió, cada uno que pretendía sucederle la quería para sí. Hasta que llegó David, quien sobrepasó a todos y se instaló en el trono de Israel. Un día sucedió algo irreparable. Los gabaonitas todavía sentían rencor contra Saúl, ya que varias veces él había intentado exterminarlos. Así que una vez que llegó el momento apropiado para invocar la reparación de daños y perjuicios, en lugar de pedir a David una contrapartida en dinero o en especies, pidieron un precio de sangre: Que nos entreguen a siete de sus descendientes y nosotros los colgaremos delante del Señor... Una terrible venganza. David se rindió a la razón de Estado. Él tomó a los dos hijos de Rispá, junto con otros cinco nietos de Saúl, y los dio a los gabaonitas para que fueran ahorcados en la montaña. Era un triste día de mayo. Es en este punto que la Biblia, casi de pasada, reserva un par de líneas a Rispá. Solo un versículo -la cita está en el recuadro- pero que vale un monumento imperecedero erigido a la memoria de cada “madre coraje”. Parece un acta de muerte, sin embargo, se trata de un certificado de gloria. Acampó así, de mayo a octubre, bajo la horca de los siete desafortunados, unidos por una piedad materna única. Como una señal de protesta contra la opresión de los inocentes. Como señal de desafío contra la crueldad de los gabaonitas. Como señal de denuncia contra la violencia del régimen. Durante el día, la gente pasaba cerca de Rispá sin darse cuenta

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...Los colgaron en la montaña, delante del Señor, y sucumbieron los siete al mismo tiempo. Fueron ejecutados en los primeros días de la cosecha, al comienzo de la recolección de la cebada. Rispá, hija de Aiá, tomó una lona y la tendió para poder recostarse sobre la roca. Así estuvo desde el comienzo de la cosecha hasta que las lluvias cayeron del cielo sobre los cadáveres... Esta parábola de Tonino se inspira en el texto 2Sam 21,5-10 que te invitamos a leer. de su locura y sacudiendo la cabeza con motivo de su delirio. Pero en una noche de luna llena, tal vez alguien la vio danzar con los muertos ... allí alrededor de esos siete esqueletos. Siete, como las cañas de un vibráfono que tiemblan con el viento en el otoño. Y quien la vio fue a contarle al rey lo que estaba pasando. Y él, probablemente con miedo a que su terquedad inflexible se convirtiera en la provocación del pueblo, pensó que era mejor archivar todo el hecho organizando solemnes funerales de Estado y enterrando a los muertos. Luego, después del homenaje que la hipocresía pública dio a su dolor, la Biblia no hace ninguna otra mención de esta gran mujer. Con ese gesto valioso Rispá inventó el estilo más revolucionario de denuncia no violenta que la historia puede registrar. Muchos creen que las primeras en practicarlo hayan sido las “Madres de Plaza de Mayo”, que, cada jueves, requiriendo en vano una justicia que se retrasa en llegar, desfilan desde hace años en silencio, bajo la mirada de la policía, elevando las fotografías de sus hijos desaparecidos. Muchos creen que fueron los exterminios en masa de la última guerra mundial, o las masacres de los inocentes los que propusieron un nuevo y sensible género literario, como los poemas de Quasimodo: al lamento de cordero de los niños, al gritar negro de la madre que iba al encuentro de su hijo crucificado sobre un poste de telégrafo ...

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En cambio, hay que reconocer a Rispá el triste derecho de autor de todas aquellas elegías desoladas que, aunque leves como aleteo y conmovedoras como voces de flauta invisible, sacuden nuestra conciencia con la fuerza de una tormenta eléctrica. Rispá es el arquetipo de las madres de todos los tiempos, quienes, frente a la ideología de la guerra, y al no tener otra manera de protestar, se plantan con valentía bajo el patíbulo de sus hijos como supremo llamado a las razones del corazón. Así también, otra madre se plantó bajo el patíbulo del hijo, otra mujer en la montaña del Gólgota en una víspera de Nisán, casi como solidarizándose con todos los crucificados de la historia, los eliminados por la perversa lógica de poder.

En la historia de hoy Rispá es el icono de esas mujeres que, debido a su ternura instintiva, constituyen la profecía más irreductible en contra del absurdo de la violencia, y por las cuales nuestra contradictoria cultura contemporánea, al tiempo que permite que generen vida los úteros de mujeres mayores, pudre los jóvenes frutos de ellas, exponiéndolos a la lógica de la ganancia, a la tragedia de la droga, a las trampas de la delincuencia, a la muerte por inanición. Rispá es, sobre todo, el símbolo de todas las criaturas pobres e indefensas de la tierra, que mientras escudriñan con confianza la llegada potente de un nuevo mundo en el cual el lobo y el cordero pastarán juntos, disciernen los signos premonitorios de estos tiempos nuevos y aceleran su llegada con un altísimo grado de esperanza. Y si todavía siguen danzando con los muertos, es solo para matar el tiempo de la espera. Casi un ensayo general de una interminable fiesta de libertad.

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15. Salomón El rey Salomón, hijo de David, pasó a la historia por su sabiduría, que llamó la atención también de las cortes lejanas, cuyos reyes llegaron desde lejos para escucharlo. En su tiempo el Reino de Israel y Judá vivieron su máximo esplendor. Pero fue considerado justo y sabio también porque un día administró justicia a una prostituta con aquella célebre sentencia que ha pasado a la historia como “el juicio de Salomón”.

El episodio Salomón conoció a muchas mujeres, si era cierto que, entre esposas y concubinas que había en la corte a su disposición, sumaban alrededor de un millar. Dos mujeres tienen que ver con el hecho al cual nos referimos. Mujeres llegaban incluso de remotísimas regiones. Una vez, atraída por su fama, llegó a exponer sus intrincados problemas de conciencia incluso la reina de Saba, quien, frente a las respuestas del sabio Salomón, quedó literalmente sin palabras y para compensarlo lo cubrió de oro y piedras preciosas. Todas estas, sin embargo, eran mujeres de gran clase las cuales, desmintiendo un poco la sabiduría proverbial del rey, le habían embrujado el corazón. De todos modos, al caso en cuestión se lo menciona en el Primer Libro de los Reyes. Allí se recuerda a dos prostitutas, una de las cuales fue humanamente más sobresaliente que todas las demás sanguijuelas que rodeaban a Salomón. Resumiendo el episodio en pocas palabras: dos mujeres de mala vida que vivían en la misma choza coincidieron en dar a luz casi al mismo tiempo, con tres días de diferencia una de la otra. Una noche, una de las dos aplastó inadvertidamente durante el sueño a su bebé, quien murió asfixiado. Y después, por la decepción, no supo hacer otra cosa que agarrar al bebé de la otra y acostárselo al lado, luego de haber colocado su bebé muerto al lado de la mujer inocente que dormía profundamente. Estamos frente a un verdadero delito, que al día de hoy, en jurisprudencia se denomina sustitución de bebé, y que está estrictamente castigado con prisión en varios Estados. Claro que, a la mañana siguiente, se vino el mundo abajo. Porque cuando la madre del hijo vivo se levantó para amamantar al niño, se dio cuenta del engaño. Después de haber peleado con furia en privado y sin éxito alguno, se decidió a ir en una audiencia pública frente a Salomón, junto con la otra mujer, para pedir justicia.

Catequesis bíblicas...

El juicio de Salomón No fue tan simple. Visto que la lucha continuó incluso en presencia del rey y que las dos casi llegaron a las manos para resolver el conflicto, Salomón recurrió a aquel expediente que se volvió famoso en el imaginario popular. Se hizo traer una espada y ordenó sin dudarlo: “corten en dos al niño vivo, y que se entregue una mitad a una, y la otra mitad a la otra”. Fue entonces cuando la madre del niño vivo se dirigió a Salomón, porque sus entrañas se conmovieron, y le rogó diciendo: “¡Señor, dale el niño vivo; no lo mates!” Aquella prostituta parece más llena de dulzura que todas las damas de compañía que llenaban de obsequios el palacio, incluyendo la reina de Saba. Sus entrañas se conmovieron. Salomón demostró una gran genialidad que le ha permitido resolver en el acto una situación que se había convertido realmente crítica. Sin embargo, en toda esta historia, el corazón humanísimo de esa madre es más impactante que la refinada mente de Salomón. Porque él, con esa salida sorpresiva, ha ofrecido un ensayo más de su indiscutible sagacidad intelectual. Y no mucho más. Mientras ella, la desvergonzada, acostumbrada solo a la prestación mercenaria de los sentimientos, con aquel movimiento instintivo de ternura, da a todos una lección extraordinaria de civilización. Se le había usurpado un derecho sagrado. Tenía todos los motivos para solicitar la intervención de las autoridades

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‘Partan en dos al niño vivo, y entreguen una mitad a una y otra mitad a la otra’. Entonces la mujer cuyo hijo vivía se dirigió al rey, porque se le conmovieron las entrañas por su hijo, y exclamó: ‘¡Por favor, señor mío! ¡Denle a ella el niño vivo, no lo maten!’. La otra, en cambio, decía: ‘¡No será ni para mí ni para ti! ¡Que lo dividan!’. Pero el rey tomó la palabra y dijo: “Entréguenle el niño vivo a la primera mujer, no lo maten: ¡ella es su madre!”. Esta parábola de Tonino se inspira en el texto 1Re 3,16-28 que te invitamos a leer. superiores para que le fueran reconocidas oficialmente sus legítimas razones. De hecho, tenía el deber de oponerse por todos los medios al abuso por el que se sentía violentada en lo más profundo de su fibra materna. Si no hubiera reaccionado, habría fallado en su responsabilidad, y con su comportamiento renunciante habría avalado la prepotencia ajena. Sin embargo, ante la espada, se detiene. El brillo de la hoja homicida le bloquea todo frenesí de compensación. Cae de repente la dureza inflexible de sus reivindicaciones. Frente al misterio supremo de la vida puesta en peligro por la violencia que presume hacer justicia, renuncia a la espera de tiempos mejores. Y las entrañas de misericordia prevalecen, por último, frente a las razones del derecho violado: “Señor, dale el niño vivo. ¡No lo maten!”

En la historia de hoy Hoy desearíamos conocer a esta mujer de los suburbios de Jerusalén, durante los terribles días en los que las autoridades internacionales deciden utilizar la espada para no abandonar la gente de Siria e Irak a ISIS, ¡la madre

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ilegítima ¡que los ha tomado con la fuerza! Ella, la prostituta, apestando a miseria y burdeles, sabría mejor que nadie echar en cara a los impacientes defensores del derecho a toda costa, perfumados de códigos y diplomacia, que cortar con la espada nunca puede ser un procedimiento que restaura la justicia manoseada. Sería un delito por otro delito. La comunidad internacional, la que se expresa en la vía pública más que en los laberintos de la cancillería, quiere que el hijo sea liberado. Pero en lugar de eso, será asesinado, como ya hemos visto en Libia. ¿Se devolverán los hijos a la madre legítima? Tal vez. ¡Pero cuánta sangre sobre los vestidos largos de los jeques! Esa sangre llama inexorablemente a más sangre. Inocentes aplastados por una espiral de violencia sin precedentes. Pueblos a la deriva (alcanza con mirar los muertos en el Mediterráneo). Hormigueros de pobres en fuga. Tierra distorsionada. Mares comprometidos. Vórtices de fuego. Delirio colectivo. Tragedias que ocurren en escenas alucinantes de destrucción, para las que resulta difícil predecir cuándo va a caer el telón del último acto. ¡Si estuviera presente aquella prostituta! Ella reclamaría con lenguaje áspero y apasionado de mujer de la calle, que si bien las razones de Estado son importantes, aún más importantes son las razones de la vida. Y en nuestro mundo árido, seducido por el mito de los “pies en la tierra”, por el cinismo y por todos los demás accidentes de la “realpolitik”, haría entender con sus entrañas de conmoción, algo muy humano. Que ante el misterio de la vida y la muerte, una fuente de saber como la de Salomón vale mucho menos que una gota de piedad como la de ella.

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Índice

1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. 11. 12. 13. 14. 15.

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Abraham Sara Esaú Jacob José Moisés Aarón Miriam Josué Sin nombre Samuel Saul David Rispá Salomón

4 6 8 10 12 14 16 18 20 22 24 26 28 30 32

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Umbrales 259  

Revista de actualidad religiosa latinoamericana