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...sabe también que no hay sendas trazadas, que el viaje es una invitación a las inversiones, que otros viajes que lo anteceden son una guía para ser violada, una provocación para espíritus subversivos. Roberto Faggiani Héctor Roque Pitt

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Antología de cuentos finalistas III Edición Premio Eduardo de Narrativa. 2009 Seis relatos de viajes más seis relatos de deportes = Doce cuentos por doce autores Organizado por FIMBA y Umbrales ediciones.


12 x 12 / Patricia Suarez ... [et.al.]. - 1a ed. - Buenos Aires : Umbrales Ediciones, 2009. 78 p. ; 21x15 cm. - (Biblioteca Fimba) ISBN 978-987-24121-4-2 1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Suarez, Patricia CDD A863 Corrección: Marta Soave Umbrales ediciones. Larrea 527 (1030) Ciudad Autónoma de Buenos Aires Argentina umbralesediciones@gmail.com ISBN 978-987-24121-4-2 Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio, ya sea eléctrico, electrónico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin permiso escrito del editor. Libro de edición argentina.


ÍNDICE

En mi vida secreta Patricia Suarez De madrugada Jorge Horacio Nieva Del riel Anahí Flores Vientos Gustavo Eduardo Green Dios ayuda a quien lo necesita Jorge De Stefano Istanbul María José Domínguez García La muerte Néstor Rubén Giménez Arias La jugada maestra Yésica Luciana Albornoz Trinquitella


La verdad de Stefan Juan Enrique Soto Castro El juez de línea bajo el influjo del efecto doppler Alejandro Rostagno Verde profundo Claudia Viviana Parreño La historia del reglamentario Ignacio Raventós Cardús


EN MI VIDA SECRETA 1. Al final del viaje, ella estaba ahí. Se llamaba Pita Paulsen, tenía 32 años y un hijo de dos al que había dejado en su país, al cuidado de sus padres. Ahora estaba en un mall, el Niemann Marcus, delante del maniquí, dudando entre probarse el vestido de Cartier con volados que costaba una fortuna o no: no probárselo. La señora mayor a la que acababa de conocer, la señora Levy, la incitaba a hacerlo. La había llevado a ese mall de grandes marcas, elegante. Ahora ella no sabía qué hacer. ¿Qué pasaría si probaba un talle chico y reventaba un cierre? ¿La señora mayor estaría dispuesta a pagarlo? La señora hizo el gesto de abrir una puerta, con una sonrisa adusta y le preguntó: -¿Querés probártelo? Lo hizo porque ella aulló de placer cuando lo vió. Pero la pregunta, la invitación de la señora no era una oferta a comprárselo. ¿O sí lo era? No estaba dicho con claridad. Pita estaba hipnotizada por el vestido y parecía haber olvidado de pronto las cosas primordiales de su existencia: el bebé, su hijo, en su país, y a sus padres haciéndose cargo de él como podían, para que ella fuera a conocer más íntimamente al norteamericano con quien chateaba desde hacía un año y con quien acababa de comprometerse. Esperaba casarse con Herbie Dexter al cabo de tres meses; hasta habían hablado de cómo querían hacerlo; planearon la boda. Todos esos días que pasó en Napa County hicieron planes sobre lo concerniente a la boda, los invitados, el menú, los centros de mesa. El vendría a instalarse dentro de una semana o dos en Argentina, para conocer al hijo de Pita y para habituarse al país. Después se casarían: algo sencillo, sólo mediante el tribunal civil. En esos días, él tenía mucho trabajo y ella decidió, antes de regresar a Buenos Aires, conocer un poco más de California. Herbie le aconsejó sitios que podía visitar


y lamentó no poder acompañarla. Le quedaban aun muchas cosas por arreglar en la empresa antes de partir. Para comunicarse con él, tenía que acordarse de llevar monedas de un dólar. Los llamados no costaban menos de un dólar en los teléfonos públicos a pesar de que estaban en el mismo estado. A veces, incluso, tragaban impunemente las monedas menores a un dólar. Si uno no tiene las comodidades mínimas, ése es un país muy difícil para estar. Pita perdía las monedas, se le caían, las dispendiaba a los pobres. La segunda noche en Palo Alto, le habló desde el lobby de un hotel, el Cardinal. Hablaron un buen tiempo y el llamado le costó treinta y tres dólares con ochenta centavos. Entonces le dijo que lo amaba, lo amaba de verdad como hacía mucho tiempo que no amaba a nadie, o tal vez como nunca antes había amado; en esto era sincera: no esperaba que él pagara el llamado por cobro revertido. Con el mejor inglés del que era capaz, Pita le dijo: -We’re making love all the time, in my secret life. Esto era un cumplido, por supuesto. Después pagó su llamado con la tarjeta de crédito. Los fondos tocaban cero, pero pudo hacerlo y el resto no le importó. Aunque no se pueda vivir de comer raíces en California. Fue la última vez que habló con Herbie, su prometido. Hacía de esto ya varios días.

2. Fue después que Pita estudió cocina, después que se recibió de chef, cuando se despertó su hambre por los viajes y los


lugares exóticos. Coleccionaba folletos turísticos, aunque no era exactamente una colección lo que tenía, sino una pila de folletos que se le habían juntado al azar: Safari al delta del río Tigre; el mapa de Nápoles que expendía el Assessorato al Turismo y una postal de Colonia de noche, en la que se veían en primer plano dos o tres castillos y un crucero en el río oscuro, espejado, navegando entre las palabras Köln am Rhein. Enseguida aceptó cuando la mandaron al Hotel Internacional de Turismo, el único hotel de nivel de Formosa. Era buena para cocinar, tenía sentido del sabor y un paladar exquisito. Se había graduado con excelentes califaciones de la escuela de artes culinarias. Experimentó con nuevos platos, hechos con materias autóctonas del lugar. Esto atraía al turismo: ―Yacaré al wok‖, ―Surubí a la crema limón‖, guisaba de un modo de su invención las costillas de capibara que se conseguían por ahí, monte adentro. Sin embargo, el gerente del hotel le pidió que en materia de carnes rojas se atuviera a lo tradicional: el novillo, la ternera, el cerdo. El trabajo la tenía satisfecha, pero el sitio la aburría. Lo primero que se le ocurrió para evitar el tedio fue salir de compras, algo propio de la mente femenina. Viajaba a Clorinda o cruzaba a Villa Alberdi, en Paraguay, y se abarratoba de chucherías con las que después no sabía qué hacer ni se atrevía a ponerse: muñecos que cantaban en portugués, lencería sensual, verde o bermellón; sábanas, toallas, que enviaba a su madre a Sarandí, en Buenos Aires. Igual, las ciudades de frontera eran un entretenimiento y una esperanza. Se podía conocer ahí un desconocido, un ser misterioso que le cambiara a una la vida por completo. Un bandolero. Esperar, esperar, ¡qué mala costumbre! Tal vez por eso, al cabo de un tiempo en Formosa y agotadas las expectativas puestas en las ciudades de frontera, se entendió con un ayudante de la cocina y quedó embarazada. El chico era de Tatané, a veinte minutos de Formosa, y había conseguido recibirse de chef en Asunción del Paraguay y odiaba todo lo que tenía que ver con esas regiones, con los mosquitos y el calor. Le gustaba la repostería fina, plagada de crema: tan difícil de sostener un merengue verdadero, la elegancia de un helado con charlotte en semejantes climas.


Aplicaba a cuanto ofrecimiento le hacían en lugares fríos, aun cuando fuera un crucero que surcaba el Polo Norte. Sin mediar palabra entre ambos, a él lo enviaron a Comodoro Rivadavia a trabajar a un hotel para petroleros, la otra punta del mapa. Era un canje: el hotel formoseño mandaba al chico de Tatané y recibía de allí a una señora cocinera, experta en repostería, oriunda de Gaiman, Chubut, y que se había formado como repostera en el convento que una monja hizo popular con sus bollitos. Ella no lo vio más, no le dijo nada, ni le comunicó la noticia. Tuvo el bebé y se volvió a Buenos Aires. De momento se habían acabado los juguetes, los días calurosos, se acabaron las comilonas. Al bebé le puso su propio apellido; los padres de ella la ayudaban a criarlo. No les gustaba nada de cómo había sucedido todo este asunto, pero no encontraban qué hacer para mejorarlo o ponerle coto. Su hija, Pita, no había tenido muchos amores en la vida, básicamente dos: el chico empleado en la cocina del Hotel de Turismo Internacional y el norteamericano con el que iba a casarse. Alguna vez, Pita recordó que cuando tenía quince años le gustaba un jugador de Arsenal, el equipo de Sarandí, su pueblo. Era un cuadro que siempre perdía, excepto cuando jugaba con Lanús. Había algo peor que Arsenal y eso era Lanús. Igual Arsenal no tenía un gran futuro futbolístico, como no lo tenía ella al lado de ese jugador. Un día, ella le dijo al chico que se iría a la capital, a estudiar una carrera. No especificó cuál. Al futbolista se le llenaron los ojos de lágrimas y desde ese entonces, ella evitó mirar a las personas directamente o con fijeza para ahorrarse dolores que creía injustos. Prefería hacerlo de soslayo, por el rabillo o fingiéndose distraída. Si los ojos son las ventanas del alma, ella no iba a dejar que un cualquiera penetrara sus pensamientos.

3.


Fue mientras hablaba con el camarero mexicano del Andalé, que la señora Levy se acercó a ella. Lo hizo con cierta vergüenza. -Me acerco a ti atraída por el acento. ¿Eres argentina? La señora Judit Levy también era argentina; había nacido allá y pero emigró junto a su esposo treinta años atrás, cuando la Dictadura. Primero se establecieron en Toronto, Canadá, un tiempo, luego en Boston y finalmente en California. Aquí ella trabajaba en un Centro de Estudios Judaicos, llevaba adelante la parte administrativa, pero también tomaba cursos sobre la Cábala. Tenía tres hijos, dos en San Francisco y uno que acababa de mudarse a Los Ángeles. Los tres se habían casado con muchachas chinas; explicó: estadísticamente, los jóvenes judíos se casan con muchachas chinas. Uno de ellos le había dado tres nietos, que eran su alegría. Ese fue el hijo que se mudó; ahora los fines de semana de la señora Levy eran muy solitarios. Sus hijos, por supuesto, hablaban en inglés: era el idioma natal de ellos, a pesar de que el mayor nació en Gualeguay, Entre Ríos. También chapurreaban el chino: no tenían otro remedio. El marido de la señora Levy, que no era muy original, huyó con su secretaria un año atrás. Cuando la señora Levy hablaba del esposo se daba golpecitos rítmicos en el esternón. Era una simple aventura y de pronto partió rumbo a lo desconocido. ¡El señor Levy, chillaba ella, que no era capaz de cambiarse los calzones si uno no se lo indicaba! Pero así están las cosas, sentenció, él vive su aventura y ella pasa los atardeceres sola. Hay quien dice que la carne es débil, pero esa debilidad no es tan importante. Lo que en verdad importa es que la carne es una sustancia triste. Pita se abstuvo de opinar; conocía quince formas para guisar un pollo, por ejemplo, y unas tres para asarlo. Con el curry se pueden hacer milagros espolvoreándolo sobre la carne; claro que no se puede aplicar el curry sobre el corazón. La señora Levy le sonrió como si estuviera llorando. El amor no es un sitio seguro donde estar; el amor no es el lugar de la dicha; pero la protección puede serlo. El señor Levy le había dejado


prebendas y una pensión alta, los dos coches, el apartamento de Palo Alto y el de San Mateo. Le legó las acciones de la General Motors. El se quedó sólo con el barco, adonde vivía con la puta ésa. Ojalá, deseaba la señora Levy, uno de estos días se ahogaran ambos; si no puede ser en el agua, que sea con un huesecito de pollo: lo mismo dá. La señora Levy estaba alterada, el pulso agitado. Se levantó de su silla de sopetón. Le preguntó: -Would you like to take a walk? Pita respondió que sí. La señora Levy le preguntó si podía entrar a verla. No era exactamente un probador como el de cualquier tienda, de medio metro cuadrado, sino un vestidor. Lo que vio la señora Levy sin duda no era lo mismo que veía Pita, porque la hizo olvidar el castellano aprendido en la Argentina en su infancia y sólo soltó, golosa, la siguiente frase: -I can´t explain this feeling. La señora Levy se acercó con pasos lentos a Pita, la tomó de los hombros y la hizo darse vuelta para mirarla. Estaban ahí como Cenicienta y el Hada Madrina, pensó Pita, aunque la amargura de Pita era mayor, mucho mayor: ya no era la chica que creía que las cosas podían resolverse con un lindo vestido con el cual conquistar el corazón de un príncipe, de un estúpido. Cuando su bebé nació, tardó varios minutos en respirar. Entonces los médicos creyeron que había muerto. No se atrevían a decírselo a ella, tendida en la camilla y abierta más o menos como una res, pero Pita sabía que algo marchaba mal, que había pasado lo peor de todo, lo más temido estaba estampado en el rostro de ellos, la expresión de sus ojos, que era lo único que podía verse debido al barbijo que usaban. Los médicos hablaban con


voces quedas; esto le indicó a ella que su propia vida había perdido sentido, que era poco más o menos que una cáscara de papa. Cuando saliera de la maternidad, pensó en ese instante, debería suicidarse. Igual que hace un capitán cuando se hunde su barco, un acto de honor. -¿¡Qué pasa!? –les preguntaba. Ellos no decían nada, únicamente una enfermera se acercó y murmuró: -Todo está bien, mami. Quedáte tranquila. En brazos del doctor, ella veía un amasijo de carne de color no muy distinto al rosbif con el que estaba tan acostumbrada a tratar. De pronto, el bebé respiró. Enseguida lo metieron en una incubadora y se lo mostraron a ella, al pasar, como si hubiera sido el hijo de otra, un bebé que se vendía en la galería de un mall , demasiado caro para sus ingresos y ahorros. Pero era su bebé y era como ella: si lo lanzaron a la vida, tenía por fuerza que respirar. Cuando uno lo intentó todo, salga mal o bien, debe preguntarse: ¿quién es el perdedor ahora? -Look at my face, babe. La señora Levy sonreía. Movió su mano ardiente, y la puso sobre un seno de Pita. Un gesto suave, un poco mórbido. Como el que hacen los doctores para detectar nódulos y tumores. La mano de la señora fue cerrándose sobre el pecho para apresar el pezón, el diamante de su propio cuerpo. Lo tomó entre los cinco dedos, con el gesto de echar en un plato una pizca de sal. Parecía empeñarse en desmenuzarlo, con suavidad, habilidad, para aniquilarlo. Una corriente eléctrica descendió por el cuerpo de Pita, desde el pezón hasta el centro de su vientre. Emitió un gemido y vio de soslayo la sonrisa plena de lujuria de la señora Levy, augurando las noches por venir, los goces, los


regalos, bienes materiales. Una vida secreta que pudiera ser revelada. Entonces ocurrió en un instante. Pita Paulsen desgarró el canesú del vestido, más o menos desde el escote hasta el esternón. Un corte seguro, preciso, el de tronchar un pollo; estaba acostumbrada a hacerlo. Cuando una fruta cae, debe caer con todo su peso. Las empleadas oyeron el desgarro de la ropa, y el gritito ahogado de la señora mayor, presa del asombro. Eso fue lo que Pita hizo, en un segundo, y con la mente en blanco. En medio instante, las guerras que habías ganado, se dijo a sí misma, las perdiste, y las que perdiste, las volviste a perder. Después, los de la tienda llamaron al gerente y a los de seguridad. Dudaron al principio entre a quién llamar primero, pero al final se decidieron por llamar a los dos a la vez. Patricia Suarez Tercer premio. Categoría Relatos de Viaje.


DE MADRUGADA La campana de alarma retumbó por el largo dormitorio cortándonos el sueño sin piedad. En el tablero electrónico, se encendió el rectángulo con la leyenda ―Salvamento de Persona‖. Más arriba, el enorme reloj de cuadrante luminoso señalaba las dos y media de la madrugada. Mi ritmo cardíaco se aceleró. Estaba cerca de cumplir un año en el Cuerpo de Bomberos y pensaba que, con el tiempo, llegaría a dominarlo. Los más veteranos me dijeron que ni lo soñara, que no había manera de no alterarse cada vez que la campana sonase mientras uno dormía. Los cinco integrantes de la dotación de salvamento comenzamos a calzarnos las botas; el resto intentó seguir durmiendo. En cuatro zancadas, bajé los gastados escalones de mármol y corrí por la galería hasta el móvil. El vehículo ya estaba en marcha. Descolgué el casco, el equipo protector y trepé a la unidad. Mientras iban llegando los demás, el Jefe de Dotación le preguntó al chofer: —¿Qué tenemos, Pancho? —Choque y vuelco, jefe. Figueroa Alcorta y Austria — respondió. Todos pensamos lo mismo: ―viernes a la noche, picadas y... piña‖. Llegamos en un santiamén; el cuartel quedaba en Laprida y French, a nueve cuadras del lugar. Bajamos por Austria despertando vecinos. Los destellos violáceos en los techos de los patrulleros balizaban el accidente. Uno estaba junto a un cuerpo tirado en medio de la avenida. Cincuenta metros más adelante, contra la vereda de ATC, otro vigilaba la chatarra a que había quedado reducido un auto estrellado contra una columna de iluminación. Bajamos y nos dirigimos al cuerpo. Era una chica, una rubiecita como de veinte años. El Jefe se inclinó sobre ella. Enfocó la linterna en los ojos celestes: las pupilas no se movieron. La definitiva comprobación llegó a través de las yemas de los dedos índice y medio, al palparle la carótida.


—No hay nada que podamos hacer. Tápenla —ordenó. Busqué una de las lonas que llevamos para esos casos y me quedé mirándola, antes de cubrirla, pensando confusamente en el destino, en el cinturón de seguridad y en no sé qué más. —Nene, vamos,; dale, que tenemos trabajo. El vozarrón del veterano sargento me llamó a la realidad. Con el jefe hicieron un reconocimiento sobre los restos: el conductor estaba vivo. De inmediato, dispusieron que bajase una dotación para hacer un barrido del combustible derramado. En el silencio de la noche, nuestras voces y el despliegue del material de salvamento parecían crecer en decibeles. Tal vez por ser novato, me resultaba completamente extraña la escena: un grupo de hombres tratando de salvar la vida de otro, casi sin testigos, en el corazón de Buenos Aires. El lugar era un páramo. Estábamos a mediados de septiembre, pero las noches eran todavía frías. El rocío caía dibujando una suerte de nebulosa en el contraluz de las luminarias. El sargento me llamó de nuevo. —Nene, vení, tu tarea va a ser ésta: entre vos y el Ruso traten de colocarle el protector cervical, antes de que empecemos a cortar la chapa. Después, te quedás a su lado mientras esté consciente. Tratá de mantenerlo tranquilo y distraído. Fuimos. Por el lado del acompañante era imposible entrar. Di la vuelta, me saqué el casco y metí medio cuerpo por la deformada ventanilla. El chico me clavó una mirada suplicante, de ojos enrojecidos, que contrastaba con la palidez de su cara. Liberé el cinturón de seguridad y le coloqué el cuello ortopédico. Parecía querer hablarme. ¿Qué debía, o qué podía, decirle, en semejante situación? Le pregunté su nombre. ―Agua‖, me dijo en un susurro. Le pedí


al Ruso que trajera gasas y el bidón de agua y le humedecí los labios. Se aprestaron los expansores hidráulicos, el cojín neumático y los tubos para corte con soplete. Había que trabajar mucho y bien, para liberarle las piernas, tan comprometidas entre los hierros retorcidos. El muchacho seguía clavándome la mirada. —¿Cómo te llamás? —le pregunté por segunda vez. —Enrique —murmuró. —¿Podés mover las manos? Abrió y cerró los dedos de ambas. —Bien, Quique —lo alenté—, quedate tranquilo, te vamos a sacar —le dije mientras palmeaba una de sus frías manos. —¿Mi novia...? —preguntó con gran esfuerzo, agrandando la expresión como si recién reparase en su ausencia. Elegí mentirle. —La llevaron al Fernández para sacarle unas placas. No te preocupes; va a estar bien. ¿Qué edad tenés? —le pregunté intentando cambiar de tema. Pareció aflojarse. —Veinticuatro —balbuceó. —¡Igual que yo, hermanito! Nací en diciembre, en Parque Chas, y... —seguí hablándole, sin ton ni son, durante un rato, hasta que sus ojos se cerraron y su cabeza cayó de costado, apenas sostenida por el cuello ortopédico. Llegaron los médicos. Mi lugar fue ocupado por uno de ellos, quien le tomó los signos vitales. —Vive —dijo—, pero hay que sacarlo rápido.


Mi jefe, que supervisaba el trabajo, me guiñó un ojo. —Bien hecho, Pablo —me dijo—. Andá a sentarte un rato. El sonido de la campana me sobresaltó. Me senté en la cama como si me hubiese empujado un resorte. Busqué arriba, a la izquierda, la indicación en el tablero luminoso. Sólo vi la oscuridad. Caí en la cuenta de que no estaba de guardia: los números rojos del radio reloj me decían que eran las dos y media de la madrugada y que sonaba el teléfono de mi casa. Salté de la cama y corrí. ―¿Quién será a estas horas?‖, me pregunté, un tanto alarmado. —Hola. —¿Pablo? —Sí, ¿quién es? —Quique, viejo, desde Atenas. Te llamo para avisarte que el sábado corro la final de los dos mil metros. —Pero... ¿cómo la final...? —Sí, ya corrí la serie clasificatoria; salí quinto. —Pero, Quique, si aquí los diarios publicaron algo cuando se fue la delegación y después, ni pío. —Me imagino, viejo. Por eso te llamo: la gran noticia es que Canal 7 va a tomar la señal y televisará en directo las finales donde participe algún argentino. Vas a tener que madrugar, hermano; es a las tres de Buenos Aires. —¡Pero siempre embromándome de madrugada vos! Bueno, hermanito, mucha suerte y a no aflojar. Te mando un abrazo.


Esta vez me despertó la débil alarma del reloj pulsera. No necesité mirarlo para saber que eran las dos y media de la mañana. Me levanté despacio, para no despertar a mi esposa y a los chicos. Sentía una gran ansiedad por ver a mi entrañable amigo cumplir el sueño de su vida. Traté de despabilarme con bastante agua, preparé el mate y me acomodé en mi sillón preferido frente al televisor. Estaban dando un resumen de las pruebas disputadas. No pude prestar atención. Mi pensamiento viajó diez años atrás, a la noche en que nos conocimos, y aquel día, meses después, cuando don Rogelio, el padre de Quique, apareció por el cuartel terminando una difícil búsqueda. Me contó que de lo único que se acordaba su hijo, después del accidente, era de mi cara, y que la responsabilidad por la muerte de su novia lo había deprimido severamente, pero que pudo salir gracias a una oportuna ayuda profesional y espiritual. Me rogó que fuera a verlo. Nos encontramos en el CENARD, donde él ya tenía días y horarios para la rehabilitación. Fue bravo... y emotivo. Toda la dureza que creí tener, después de cuatro años de rescatar gente en las más insólitas situaciones, se fue a pique apenas lo vi. Nunca más lo dejé solo. Cuando no estaba de guardia, lo acompañaba a la pista del CENARD, y nos fuimos haciendo amigos al ritmo de mi trote junto a su rutina. ¡Qué fortaleza de espíritu, y qué determinación la de mi amigo¡ No había inclemencia del tiempo que le hiciera perder una sesión, y encima, se daba el lujo de empujarme, de darme ánimo, cuando me notaba remolón. Acompañándolo, conocí a una encantadora profesora de Educación Física, y a la hora de elegir padrino de bodas, coincidimos: Quique. Menudo problema se planteó para subir la escalinata de la Parroquia San Isidro Labrador. El anuncio de la esperada competencia me sacó de mis cavilaciones. Por la puerta del living, asomó la cara adormilada de mi esposa, que no quería perderse el acontecimiento. Justo cuando se sentó a mi lado, apareció la imagen de Quique en primer plano, y debajo la leyenda: ―En


la línea seis, Enrique Arreche, de Argentina‖. Se nos puso la piel de gallina. Un disparo dio inicio a la carrera y a una creciente emoción, que no se detuvo hasta mucho después del final. Quique tenía un arranque fantástico; así y todo, lo aventajó en la salida un portugués, que se desinfló a los quinientos metros. Hasta los mil seiscientos, se mantuvo en primer lugar, seguido muy de cerca por un español de sangre vasca, como él. En los trescientos metros finales, empezó a venirse la legión africana. Primero lo pasó el hombre de Kenya, y faltando ciento cincuenta metros, un etíope. ―¡En ésta también son imparables!‖, exclamé, a manera de comentario dirigido a mi esposa. Ella casi ni respiraba, esperando el desenlace. Los africanos llegaron a la meta y las cámaras enfocaron la lucha entre Quique y el vasco, que iban en pos del bronce. Los cuerpos brillosos por el sudor, las caras tensas, los ojos desorbitados, los brazos poderosos empujando como pistones de máquinas a vapor, nos hicieron subir las pulsaciones al tope. Cruzaron la línea de llegada juntos, con la mínima diferencia a favor del vasco, suficiente como para subir, ¿subir?, al podio. Extenuados, se dejaron llevar por el envión agarrados de las manos, en mutuo reconocimiento. El otro brazo del vasco mostraba el puño cerrado apuntando al cielo. La cara de Quique también miraba al cielo, mientras besaba un crucifijo. Pensé en cómo una desgracia puede transformarse, con fe, en un punto de partida. Quique no recibió medalla alguna, pero ¿a quién le importaba? La pantalla mostraba la grilla con el resultado, mientras las sillas de ruedas iban perdiendo impulso. Apagué el aparato. Abracé a mi esposa, para celebrar con llanto el triunfo de nuestro amigo. Jorge Horacio Nieva Segundo premio. Categoría Relatos de Deportes


DEL RIEL El calor era tanto que aquella tarde se lo veía humeando en el aire. Tenía las piernas colgando desde la puerta del vagón. La mirada, fija en el campo. Los arbustos pasaban raspándole las plantas de los pies. Se había sacado las zapatillas para sentir el aire y el roce de los arbustos por entre sus dedos. Estaba casi sola, en un tren gastado y contraído como un caparazón. Emma sentía que la espalda se iba mimetizando con él. La extendió, por las dudas. Ya había viajado en trenes coloridos, opacos, repletos, solitarios, pero nunca, hasta ahora, en uno así, sin asientos ni pasajeros oficiales. Se trataba de un tren carguero que, en su imaginación naif, debería de haber ido repleto de materiales diversos. Éste, sin embargo, transportaba gente. Y ella se había anexado momentáneamente a su población ambulante. Un día atrás, había conocido a un grupo de personas que se autodenominaba habitantes del riel —el nombre había dejado de sonarle poético cuando se dio cuenta de que era una verdad literal—. Para esa gente, el mundo estaba organizado en torno a las vías del tren. Subían con o sin sus familias a los vagones de chapa; cuando el tren arrancaba, partía con decenas de personas a upa. No quedaba claro si los maquinistas, a quienes Emma jamás vio, conocían la naturaleza de su carga. Los trenes unían diferentes destinos, generalmente con plantaciones, y allí, sus pasajeros anónimos pasaban temporadas hasta que el trabajo se terminaba y volvían a recluirse en las vías y a buscar otro rumbo. El tren funcionaba como las alas protectoras de una gallina madre. Uno de los habitantes del riel, de quien Emma nunca llegó a saber el nombre, la había adoptado. Ella tendría unos dieciocho años, pero su contextura física confundía dándole la apariencia de no más de quince. Sus ropas denunciaban un mes de viaje, sin mucha renovación ni limpieza, y su aspecto general se podía camuflar con el de quien vive


apenas con una mochila. Por eso, este hombre grueso y despojado, que tal vez no tenía muchos más años que ella, pero cómo saberlo, al verla sentada en el cordón de una vereda, supuso que a esa chica no le vendría mal cambiar de aires. Le habló con entusiasmo del tren que estaba por salir de la estación, de los panes que acababa de conseguir en una confitería, del cuchillo que tenía para defenderla si fuera preciso. A Emma le llamaron la atención sus manos, que eran opacas, resecas, y parecía que podían resquebrajarse mientras sostenían el pan igualmente seco. El hombre, al ver que la chica lo observaba, se entusiasmó. Le ofreció, por si hiciera falta, una clase práctica de cómo conseguir comida gratis en cualquier pueblo del mundo. Ella lo seguía mirando en silencio, y hasta llegó a pensar en hacerse la muda para limitarse a escuchar y facilitar la comunicación. Hay oportunidades en la vida que no se pueden dejar pasar, y Emma intuyó que ésta era una de esas. Durante el año llevaba una vida confortable en la ciudad: dormía entre sábanas limpias, andaba en colectivo, conversaba por teléfono durante horas. Los meses de verano eran para otro tipo de experiencias, como por ejemplo ésta, en que la habían confundido con una chica sin techo. No lo dudó. Estaba de paso y de cualquier forma aquella misma noche planeaba partir. Decidió que ese sería el transporte del día y dejó que el hombre la guiara hasta un galpón cercano. Bajo el techo metálico, varias personas estaban juntando sus pertenencias en valijas viejas, bolsas y cajas; se veía que el galpón les había funcionado como hospedaje. La luz se filtraba por las paredes. Algunos la observaron con una mirada curiosa. Recordó el cuchillo del que el hombre había hablado. ¿Cuántos cuchillos habría en aquellos metros cuadrados, escondidos en bolsillos o, incluso, a la vista? Prefirió no hacer la cuenta ni sacar de la mochila la cámara de fotos u otros objetos personales que delataran su vida urbana y, por primera vez, agradeció estar tan impresentable. Con disimulo, pasó las manos por su cabello con la intención de revolverlo un poco, pero no fue necesario:


los dedos iban quedando trabados entre los nudos ya existentes. Afortunadamente, no se replanteó si su decisión de ir había sido la correcta. Ya estaba allí, rodeada de personas oscurecidas por el sol y la mugre. Unos metros más allá, algunas mujeres cocinaban. Habían hecho fuego y en una cacerola abollada, calentaban agua turbia. Una de ellas, flaquita y temblorosa, sujetaba el casi inexistente mango de la cacerola con un trapo viejo. Era probable que se le resbalara. Emma imaginó la escena siguiente en que la mujer, sin siquiera quejarse, quedaba empapada por el agua casi hirviendo. Mientras tanto, la mujer seguía con el mango firme y fijo a sus manos, y ningún accidente ocurrió. Un alivio. A su lado, en un charco, jugaban unos chicos. Las demás mujeres apenas contemplaban. Parecían un coro mudo. Sentada casi sobre el charco, la más joven de todas notó la presencia de Emma. Hizo una mueca, tal vez una sonrisa, y le señaló una lata dada vuelta que hacía de asiento. Con este gesto, la estaba invitando a acercarse. Emma se sentó. No hablaron de nada. Los chicos jugueteaban semidesnudos, salpicaban agua verdosa a su alrededor, y Emma no paraba de pensar en el estado dudoso de aquella agua. En el aire flotaba olor a podrido. Días atrás, en la ruta, había escuchado por la radio local a un locutor que informaba sobre la expansión del dengue. Sin embargo, se mantuvo voluntariamente lejos del pánico y continuó sentada junto al charco, convenciéndose de que los mosquitos no estarían activos a la hora de la siesta. Al instante pensó en sus padres. ¿Estarían en casa? Recordarlos cuando se encontraba en situaciones de dudosa seguridad se había convertido en una especie de alarma interior. Espantó la imagen de sus rostros sonrientes, tan inoportuna en aquel momento. Volvió al presente embarrado. El hombre de las manos como pan seco se le acercó y le avisó que ya podían subir al tren. Emma se despidió de las mujeres, tan gentiles y tristes, y sonrió a los chicos. No dejó que la pena se le escapara por los ojos.


Llegaron al vagón. —Este es el nuestro —anunció el hombre con cierto orgullo. Y a Emma, el plural le pareció exótico, aunque correcto. Él subió con leña y fósforos; ella, con su mochila y una seguridad que no supo de dónde le venía. Había otras personas en el vagón. Unas cinco, pensó, aunque en la penumbra, las adivinaba, más que otra cosa. Una señora dijo, en castellano abreviado, que aquel rincón ya estaba ocupado pero que no había problema si se apropiaban de alguno de los otros tres que todo vagón rectangular tiene. No lo dijo con esas palabras. La puerta corrediza de metal se mantuvo, por suerte, todo el tiempo abierta. El tren corría y la noche llegaba. Los ojos de Emma se iban adaptando a la oscuridad. El hombre hizo un fuego, alguien tenía agua, una pava vieja y mate. El clima de camaradería casi le gritaba a ella que se uniera. Un hombre de edad, que hasta ahora ella no había notado, conseguía volcar el agua en el mate sin derramar ni una gota a pesar del movimiento del tren. Se notaba que lo habría hecho muchas veces. Su rostro tenía tantas arrugas que era difícil verle los ojos. A su alrededor iban surgiendo siluetas oscuras, como si se desprendieran de su propio cuerpo. Por un momento, Emma pensó que serían los pensamientos del anciano tomando forma. Los pasajeros eran muchos más de los que ella antes había supuesto. Algunas voces femeninas susurraban. Un bebé llorisqueaba. Al fondo, en el rincón, debía de haber un grupo de chicos; desde allí llegaban risas sueltas e infantiles. Una voz más grave tarareaba melodías folclóricas; y otras, masculinas, acaso discutían o sólo se expresaban con fuerza. También se oían los ladridos esporádicos de un perro. O dos. Lo cierto era que alrededor del anciano se desplegaba una comunidad completa. Sus ojos asomaron por debajo de las arrugas: eran negros. Le alcanzó un mate. Emma se paralizó sin saber qué hacer. Se excusó varias veces diciendo que andaba mal de la panza o algo así. Sentía culpa por no compartir la ronda, sabía lo que eso podía


significar, pero el agua dudosa y la yerba evidentemente ya usada eran demasiado. El fuego iluminaba el interior del vagón, provocando sombras gigantes que alcanzaban el techo de chapa. Las sombras bailaban, aunque ellos estaban casi inmóviles. A la hora de acostarse, una chica se le aproximó. Tenía un fuerte olor a iglesia. Traía dos cartones grandotes, le ofreció uno. Emma deseaba tanto sacar la bolsa de dormir de la mochila, inmaculada en comparación, pero no hubiera sido conveniente. Aceptó el cartón y agradeció lo mejor que pudo, con un movimiento de cabeza. El cartón emanaba un moho reseco; la chica extendió el suyo sobre el suelo de metal, bastante cerca de Emma y se tendió encima. Emma eligió un rincón junto a la puerta, para estar a un paso del exterior y del aire. Quería dormir con el mundo a mano. Pero luego pensó en el peligro de rodar dormida y caer del tren en el medio de la noche. A pesar de estas preocupaciones, se durmió al instante y despertó sana y salva al día siguiente sobre el cartón enmohecido, que de día le pareció más desagradable. Se levantó enseguida. Por la puerta, entraba la feliz luz diurna; el aroma del campo se desprendía del suelo e inundaba el vagón. Se sentó, con las piernas colgando por la puerta. Los arbustos pasaban y acariciaban sus pies. O los raspaban. Sus jeans parecían hoy más gastados que otros días. Los demás dormían en sus respectivos rincones. Ni siquiera con la luz del día pudo contar cuántos eran exactamente, de tan entremezclados que estaban. Los cuerpos se pegoteaban a tal punto que podría haberse tratado de un único cuerpo gigante. El aire matinal estaba lleno de vida, y Emma decidió, en una única inspiración, que en la próxima oportunidad descendería del tren y continuaría el viaje usando otros transportes. Quería comer y tenía el capricho de una ducha tibia. Sin embargo, no estaba con tanta prisa. La barriga llorisqueaba de hambre, pero podía aguantarse unas horas más. Entrecerró los ojos. La brisa le cubría el rostro y el cuerpo como un manto alegre. El sol entibiaba, estaba en aquel punto en que no


llega a ser sofocante. El silencio se entremezclaba con los ruidos del tren, construyendo un momento único. Concentró la atención en el sonido envolvente. Su mente se detuvo en ese entretejido, tomando la forma de lo que iba escuchando. Hasta que un sonido de ruedas y viento superó a todos los anteriores. Sus pensamientos se transformaron en ruedas y viento, y giraban como tales formando una especie de vórtice en su mente. Un vórtice donde no había nada más. Ni ruedas, ni viento, ni paisajes matinales. La mente en blanco, dando vueltas en el vacío, como una rueda que cuanto más gira, más velocidad gana. Y allí podría haberse quedado, a gusto y encajada en el sonido, si no fuera porque el hombre de las manos resecas, que había despertado sin que ella lo percibiera, tomó sus hombros y, con el efecto de un balde de agua fría, le gritó: —¡Te has dormido sentada! Ella volvió de inmediato de su abstracción de los sentidos y le agradeció por su preocupación sincera. El vórtice se alejó rápidamente. Ambos se quedaron sentados en la puerta, a pesar de que él opinó que sería más seguro entrar en las profundidades del vagón por si acaso ella volviera a adormecerse. La vigilaba de reojo, temiendo que cayera nuevamente en sueño profundo, y Emma comenzó a sentirse agobiada. En la estación siguiente, que pareció demorar una eternidad en llegar, se escabulló con su mochila y sin despedirse. Estaba segura de que, si le avisaba que se iba, el hombre no lo iba a entender, como tampoco que era posible cerrar los ojos y continuar despierta, incluso más despierta que antes. Siguió su trayecto lejos de los rieles y un poco más peinada. El tren también continuó su camino, recorriendo incesantemente los mismos trechos, cargado de personas que, poco a poco y sin que nadie se diera cuenta, se iban van fundiendo al metal de los vagones gastados.


Anahí Flores Tercera mención. Categoría Relatos de Viaje.


VIENTOS

Doña Milagros, como todos los martes, salió a comprar manzanas a la feria de Tronchado, pequeño pueblo patagónico. Nadie se podía explicar, ni siquiera el doctor Carrizo — eminencia del lugar— qué extraño mecanismo, dentro de su mente extraviada, le hacía cumplir con ese rito todos los días martes. Su única actividad estructurada, la única luz que asomaba entre las sombras del Alzheimer avanzado. Aquella mañana volvía casi arrastrando la bolsa repleta. El viento sur soplaba fuerte. Los pies de la anciana buscaban despegar de la vereda a medida que algunas manzanas escapaban de la bolsa de red. Aquel rastro fue la señal que dejó en el pueblo antes de desaparecer. Arturito Rinque, que en ese momento jugaba a la pelota pared, fue el único que sabía lo que había ocurrido. Pero Arturito calló. Historias mucho más creíbles que la que acababa de presenciar le habían costado meses de penitencia. ……………………………………………………………………………… ……….. En Puentecico, en el norte caribeño, el calor era agobiante; a la sombra de unos árboles, los lugareños escuchaban, por Radio Chévere, las dos noticias que los tenían conmocionados: los fuertes vientos que no dejaban de soplar sobre el pueblo costeño y la extraña aparición de una anciana que no dejaba de caminar alrededor de la plaza principal, llevando a cuestas una bolsa con manzanas.


Los dos temas fueron tratados —de urgencia— en el Concejo Deliberante, no bien lograron reunirse tres de los cuatro integrantes. Luego de largas discusiones y propuestas —rechazadas mutuamente por los dos bloques— (en la confusión, un concejal rechazó airadamente su propia ponencia), decidieron redactar una ordenanza, aprobada por unanimidad, que decretaba en su artículo 1.º: Esperar, con paciencia, a que el viento se calme. Pasando, en lo inmediato, a un cuarto intermedio. Reanudadas las sesiones, los ediles no conseguían llegar a un acuerdo en el caso de la anciana caminadora de plaza, varias mociones se pusieron a consideración: encarcelarla, declararla Huésped de Honor, deportarla o designarla Directora de Parques y Paseos. En medio de airadas discusiones, Marialcyra Llovera, personal de maestranza, veía por la ventana del despacho del Alcalde, cómo se elevaba la figura de la anciana, entre bailarinas hojas de papel de diario, sobre el monumento de Buenaventura Chacao, fundador de Puentecico. ……………………………………………………………………………… ……….. Temporal de viento y nieve se desataba sobre New Empire, situación prevista y absolutamente controlada, advertida hace ya setecientos doce días atrás por el Centro de Informaciones Satelitales y Cósmicas. Acatando las advertencias, nadie transitaba por la ciudad, solamente el personal de seguridad. En esas circunstancias, fue detenida doña Milagros, en la intersección de la avenida George Francis Hamilton III con la calle (cortada) Eleuterio


Benavides, en momentos en que caminaba, con ciclópeo esfuerzo, contra el fuerte viento. El lugar del interrogatorio era frío y despojado, allí se encontraba ella, frágil y delgada, contrastando con tres musculosos vestidos de azul. En la habitación contigua, cada una de las manzanas estaba rodeada por guardapolvos blancos y eran manipuladas por guantes de látex. La primera pregunta la hizo la anciana, dirigiéndose a un oficial de rasgos latinos: Nene, ¿qué hacés acá?, ¿me venís a visitar? —espetó con sonrisa cristalina y con todo el Alzheimer a cuestas. Los flashes la divirtieron, estaba de buen humor y jugaba con el cartelito de número millonario que insistían en colocarle sobre su pecho. Foto de frente y perfil, y una de cuerpo entero con la bolsa sin manzanas. Palabras extrañas, erróneamente interpretadas, la condujeron a la puerta principal, y allí sus pies se despegaron del segundo escalón escarchado. Luther Malcom Simbalist Jr., descendiente de esclavos, fue el primero en verla en libertad; lo que observó después sólo lo confesó frente a los dos años de su Melanie, a nadie más, no quería poner en riesgo su nuevo trabajo y menos aún dar pie a que algún malpensado sospechara que había vuelto a la bebida. ……………………………………………………………………………… ……….. Yorikira Yaramoto, desde el día de su cumpleaños, no se despegaba del potente telescopio. Nada quedaba oculto a su vista. Rigurosamente, todas las noches, registraba en su


cuaderno de bitácora, todo lo que surcaba el espacio: platos voladores, estrellas fugaces, cometas amenazantes… Esa noche, agregó a su lista el siguiente descubrimiento: cuerpo celeste cursando el espacio en forma de ―anciana rumbo al mercado‖. ……………………………………………………………………………… …… Era martes en Tronchado. Un kilo de manzanas por favor —dijo aquella voz quebradiza, tan familiar para don Felipe. El puestero despachó sin preguntar, y lo hizo rápido, para desparramar la buena noticia por toda la feria. No tuvo necesidad de gritarlo, ya el viento se había calmado. Doña Milagros llegó a su casa y se acostó, estaba agotada. Gustavo Eduardo Green Segunda Mención. Categoría Relatos de Viaje.


DIOS AYUDA A QUIEN LO NECESITA Queridos amigos, esta es una carta de agradecimiento a FIMBA, especialmente a su presidente, Rubén Rodríguez Lamas (San Lamas), pues… después de haber tenido la oportunidad de jugar en Helsinki el Campeonato Europeo 2006 reforzando al poderoso seleccionado de España, mi vida dio un cambio total. Fue una experiencia inolvidable haber conocido una cultura tan diferente como la nórdica, otro modo de vida, otra concepción de los valores humanos y su relación con los semejantes, una confraternidad muy distinta a la latina, otra moral… Evidentemente de Finlandia volví cambiado y enriquecido (no en euros), ese viaje fue una bisagra en mi vida.

En este momento, estoy esperando el 130 para ir a mi trabajo, y desde mi nuevo teléfono Palm Entel, les escribo este e-mail. Les aclaro, antes que nada, que mi reciente operación de rodilla no tiene nada que ver con el básquet ni con un accidente automovilístico. La triste realidad es que hasta los 16 años viví en Venecia, pero en un barrio bajo, el agua nos llegaba a las rodillas… Ahora, aprovechando mi convalecencia y mis muletas, estoy cuidando coches en Plaza Francia. Hay mucho turismo y la gente es muy compasiva y piadosa, por consiguiente, recibo buenas propinas. Hace como un mes, Carlos Gardel me dio entradas para el Parque Japonés. El otro día, un rubio gordo al que no le entendí nada y que escupía mucho, me regaló medio sándwich de leberwurst con pepino, riquísimo, y como no tenía pesos, me dio una revista en alemán que tenía unas fotos en colores muy lindas de chicas desnudas. La semana


pasada una señora me regaló unas Havaianas 38 que tenía en el baúl; por ahora, las uso con medias de lana, pero en el verano, me las llevo a Las Toninas. Este negocio, si se sabe explotar, resulta ser muy interesante, ustedes no se imaginan cuánto. Tiene muchas aristas anexas: a los extranjeros les digo que el estacionamiento es pago obligatorio 1 dólar la hora, me hice imprimir unos tickets con el sello de la Municipalidad (Gobierno CABA) que quedaron bárbaros. Además, con una manguera les saco nafta a los coches y luego el bidón se lo vendo a los tacheros; el lunes, una viejita que, pobre, no veía nada, me dio un billete de $ 100, y yo le dije que era de $ 10; a una señora, cuando bajó la sillita del bebé, se le cayó un guante (de ella) de cabritilla, muy lindo, y por supuesto yo no le avisé, es muy abrigadito, total, la otra mano me la meto en el bolsillo. Contraté a tres pibitos bolivianos que les hago lavar los coches desde la 9, pero eso sí, al fin del día les pago la Coca y el pancho. Evidentemente, Dios ayuda a quien tiene ingenio. Me parece que las muletas no se las devuelvo más a mi amigo Pirincho. Hablando de ingenio, mi señora me convenció… de que la deje salir de adentro de la casilla del gas (eso me daba mucha seguridad mientras yo estaba ausente de la casa). Primero, me pidió lavar ropa para afuera, y le compré una tablita muy cómoda, un amor; pero más tarde empezó con que era muy cansador, que le salían sabañones y otras boludeces más. Ustedes bien saben qué insistentes son las mujeres cuando se lo proponen. Bueno, después vino con que quería ser artista y ganarse la vida con la pintura… Y sí, tuve que invertir todo lo que teníamos en un curso de pintura, la inscribí en un curso acelerado de Pintura abstracta (tres clases) en el Instituto Carlos Garaycochea (muy bueno, muy serio). Con la poca plata que nos quedaba, un sábado compramos pinturas y 150 caracoles, que en toda una noche les pintó


―Remember the Argentina‖.

Ansiosa, se fue el domingo y tiró una manta en El puente de la mujer de Puerto Madero para venderlos a los turistas. Y claro, después, de no dormir toda la noche y comerse 2 sándwiches de milanesa con dos tetra (coblán) que se llevó de casa, se hizo una siesta de como 4 horas. Ese fue el desastre total: cuando se despertó, de los caracoles no quedaba uno solo, todos se habían escapado, para mí se fueron al agua, sí, sí..., ya lo sé, ya lo sé que son lentos, pero 4 horas es mucho… Bueno, los dejo, ahí viene el 130, y seguro que voy sentado, obviamente el boleto no lo pago. Pobre Pirincho…, lo cagué, las muletas no se las devuelvo nada. Muy rico todo. Tarzán

Las Olimpíadas me ponen muy triste, me recuerda cuando en las de Ámsterdam, a mi abuela, El Tapón de La Boca, le dio positivo el control antidoping en el desfile inaugural. Jorge De Stefano Primera mención. Categoría Relatos de Deporte.


ISTANBUL Alicia Sotomayor siempre deseó volver... Sus recuerdos de la niñez estaban vinculados a Estambul y a sus gentes. Su padre había tenido un importante cargo en aquella inmensa metrópoli, y ella había crecido en un ambiente multicultural que la animó a estudiar las diferentes culturas del mundo y también a sentir una gran pasión por todas aquellas civilizaciones. Cuando sus progenitores le dijeron que tenían que marcharse de Turquía, Alicia lloró amargamente porque durante diez años aquel país había sido su hogar y allí estaban todos sus amigos; sin embargo, pronto encontró otras amistades y se adaptó a su nueva vida en Madrid. Estudió la carrera de Historia del Arte y, tras licenciarse, empezó a dar clases en la Complutense. Su vida transcurrió monótona hasta aquel día en el que recibió una carta. Alicia no se lo pensó dos veces, hizo las maletas y regresó a Istanbul, la ciudad de sus sueños. Después de tomar una ducha refrescante, bajó hasta el hall del hotel y miró su reloj: aún quedaban cinco horas para la cita convenida, y lo que más le apetecía en aquel momento era recorrer aquellos lugares que tanta añoranza le provocaban, así que le entregó al amable recepcionista la llave de su habitación y éste le volvió a desear una feliz estancia sonriéndole de forma seductora. Desde el mirador de la torre Gálata contempló, extasiada, el Bósforo, el mar de Mármara y el Cuerno de Oro… La última vez que había estado en aquella atalaya la habían acompañado Akin y su abuelo Ashraf, y las risas no habían cesado en ningún momento. El hombre les contó que los genoveses la habían construído allá por el siglo XIV y que ésta había servido para protegerles de los ataques de Bizancio; luego había sido utilizada como prisión, más tarde como observatorio e incluso como torre de vigilancia de incendios. Sus pueriles mentes inventaron decenas de historias durante interminables semanas y Ashraf Ertük disfrutó con sus juegos… Suspiró al recordar su infancia, y


sin apenas darse cuenta, su mente la transportó a aquella maravillosa época… Sólo tenía ocho años cuando su padre, Jacobo Sotomayor, fue nombrado primer secretario de la embajada española en Estambul. La familia completa viajó hasta aquella grandiosa megalópolis enclavada privilegiadamente entre dos continentes: Europa y Asia. Se instalaron en una preciosa vivienda sita en la zona europea y pronto, Marta, su madre, y sus hermanas pequeñas, Cristina y Verónica, se adaptaron, igual que ella, a las costumbres de aquel país. En aquella casa, conoció al que sería su mayor compinche de aventuras y de travesuras: Akin Ertük. Akin tenía su misma edad y era el primogénito del matrimonio Ertük. Leylak era la cocinera, y Adil, el chofer de su progenitor. La pareja turca hablaba correctamente el español, y por eso, el idioma nunca fue un impedimento para comunicarse entre ellos. No obstante, para estar en igualdad de condiciones, Marta insistió en aprender el turco y que sus hijas, de igual forma, recibieran aquellas clases. Un año después, en el hogar de los Sotomayor se expresaban en las dos lenguas. Alicia también enseñaba a su amigo el inglés que aprendía en el colegio Internacional donde cursaba sus estudios, ya que él decía que en su escuela iban demasiado lento… Los dos se divertían tantísimo leyendo los libros de lectura inglesa que después traducían a sus idiomas maternos. Sin embargo, lo que más les gustaba a ambos era ir con Ashraf, el abuelo de Akin, por la ciudad. El hombre les explicaba las leyendas de su pueblo con muchísima paciencia y siempre con una sonrisa en sus labios. —¿Por qué la llamaron Constantinopla? —le preguntó en una ocasión Alicia, mientras degustaban los famosos helados de Maras en una heladería. Ashraf le contestó con voz pausada y afectuosa:


—Porque Estambul fue codiciada durante muchos siglos por grandes estados... Primero fueron los griegos quienes se asentaron en esta tierra y la llamaron Bizancio; luego, persas, espartanos, macedonios y romanos la conquistaron, y fue el emperador de Roma, Constantino, quien la convirtió en la capital de todo el Imperio. Por eso, le pusieron Constantinopla, en su honor. —¿Y cuándo se llamó como hoy la conocemos, abuelo? — inquirió Akin mirándole fijamente con sus almendrados ojos oscuros. —Los otomanos y su sultán, el gran Mehmed II, la denominaron Istanbul allá en el siglo XV, y desde entonces, así es conocida. —¿Por qué los musulmanes odian a los cristianos, Ashraf? —le preguntó de repente Alicia sorprendiéndole. —¿Quién dijo eso, pequeña? —La señora que vive en la casona de ladrillos rojos… —Yo soy musulmán y Akin, tu amigo, también. ¿Crees que nosotros te odiamos? Ella negó con un gesto de su morena cabeza y lo miró fijamente con sus expresivos ojos verdes. El adulto le sonrió con dulzura. —Quien habló de esa forma no es honesta consigo misma ni tampoco respeta a sus semejante. Recuerda esto que te digo y podrás vivir en armonía con todo aquel que piense distinto de ti. —¡Qué tontería pelearse si todos somos iguales! ¿Verdad?


—Sí, hija, todos somos iguales ante el Creador —le respondió alegre; luego les instó a que terminaran de comer sus helados, pues a las cinco en punto abrirían las puertas del museo que esa tarde visitarían. Alicia sonrió. El piar de los pájaros que sobrevolaban el cielo azul la hizo volver al presente. Sin embargo, aquellas frases que Ashraf Ertük le manifestara se grabaron en su memoria para siempre y le servían, en la actualidad, para fomentar la tolerancia y el respeto entre sus alumnos de la facultad. Bajó por el ascensor de la torre y decidió almorzar en una terraza a orillas del Bósforo. Su menú consistió en: lüfer, pescado azul, dolmas, hojas de parras rellenas de arroz, lokum, un dulce típico turco, y bebió sahlep, una bebida hecha con raíz de orquídeas. Más tarde, visitó la Basílica de Santa Sofía, el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul y el Gran Bazar. Al entrar en aquel enorme edificio de laberínticas callejuelas, su mente retrocedió nuevamente al pasado: —El Fatih Mehmet II fue quien lo fundó. Alicia y Akin dejaron escapar silbidos de asombro. Sus ojos se agrandaron al percibir la mezcolanza de colores, olores y sensaciones que pululaban por aquel emblemático inmueble. Los vendedores de alfombras regateaban con los compradores en una de las calles; en otras, los gritos de los curtidores de piel se mezclaban con la de los joyeros llamando a los clientes. Akin fue el primero en hablar: —Mi madre nunca me trajo tan temprano al Gran Bazar, abuelo… —Lo sé, hijo, pero yo quería que Alicia y tú lo vierais en todo su esplendor. A primera hora es cuando se hacen las mejores compras y, además, los comerciantes ofrecen sus principales productos a la clientela. —¡Me encanta, abuelo Ashraf! —exclamó la niña riendo—. ¿También se venden aquí especias?


—No, hija, el Bazar de las Especias se halla en el antiguo barrio de los judíos. Pasado mañana pasearemos por aquella zona y compraremos las que Laylak, mi nuera, necesite para cocinar. —¿Y también veremos a los músicos, abuelo? —le inquirió Akin expectante. —Sí, hijo, escucharemos a los gitanos en la plaza y luego iremos al local de mi amigo Yüksel. Sé que habrá un recital de música clásica con instrumentos representativos del país. Oiremos piezas tocadas con el ud, el saz, el ney, la darbuka, el kanun… —¡Qué bien, abuelo! —gritaron al unísono los dos jovencitos. Ashraf Ertük soltó varias carcajadas. Alicia miró su reloj y suspiró. Había quedado con Akin en una famosa cafetería de la calle Istiklal. Él la estaba esperando y se levantó rápidamente de la mesa que ocupaba con una gran sonrisa en sus labios. Su abrazo pareció durar una eternidad, y cuando ambos se separaron no pudieron más que reír. —Estás guapísima, Ali. La española sonrió al escuchar el diminutivo con el que su amigo la llamaba desde la infancia. —Tú no has cambiado nada, Akin. Sigues siendo el mismo chico encantador y cariñoso que yo conocí… Bueno, te has convertido en un famoso escritor. —Tengo treinta y cinco años, algunas canas y dos hijas… — Sonrió dejando entrever su dentadura de nácar—, y cuando Kayra y Seher me dejan, soy novelista.


—Yo también los cumplí hace poco, pero no tengo hijos. —¿Por qué? Te había imaginado rodeada de niños y formando una gran familia… —No lo sé, Akin. Mi trabajo me llena por completo y no tengo tiempo de pensar en pañales y biberones. Puede que en un futuro me plantee adoptar una criatura o ser madre soltera. Ya veré… Por ahora, me conformo con hacer regalos a mis sobrinos y a consentirlos, por eso soy su tía favorita. Akin rió, y ella le imitó. Después la conversación giró en torno a sus respectivos padres, mientras merendaban té de escaramujo, panecillos con mermelada de rosas y baklavas rellenos de nueces, almendras y cremas. —Come dulce y habla dulce —habló Alicia tras masticar el crujiente bollito. —Mi abuelo era un hombre muy sabio y te quería muchísimo, Ali. —Lo sé, Akin, yo también le quería. Ashraf influyó mucho en mi forma de pensar, y sé que todo lo que he conseguido en esta vida, en parte, se lo debo a él. Te juro que lloré mucho su muerte. El hombre asintió. —Se acordó de ti antes de morir… Akin sacó un pequeño estuche azul de su chaqueta y se lo entregó. Alicia no pudo contener las lágrimas al ver la joya que resguardaba aquella cajita. El ojo del azar, símbolo de Turquía, tenía un gran significado para ella. Sacó el colgante y se lo puso muy emocionada.


—¿Te acuerdas cuando te lo regaló? —Sí, no lo olvidaré jamás. Yo lo vi en el escaparate de una joyería del Gran Bazar, y me lo compró al instante. Luego fuimos a una tetería de Tophane… Mientras él y Yüksel fumaban narguile, nosotros jugábamos a imitarles… —Sí. —Rió el autor del último best seller más vendido en Europa y Estados Unidos—. Mi abuelo y su camarada fumaban tabaco aromático en la pipa de agua, y nosotros soplábamos por la boquilla y hacíamos burbujas. ¡Qué tiempos aquellos! —Fueron fabulosos. —Sí, tienes razón. Lo que no entiendo, Ali, es por qué le devolviste al abuelo el regalo que te hizo —comentó Akin señalándole la plateada presea. —Ashraf y yo hicimos un trato. Él guardaría el ojo del azar hasta que yo regresara de nuevo a Istanbul. La pena es que no lo hice antes… —Suspiró triste. Akin apretó cariñosamente la mano femenina y, a continuación, dijo: —El abuelo sabía que tarde o temprano volverías… Por cierto, ¿en qué hotel estás? —En el Anemon Gálata. —Pues ahora mismo vamos hasta allá y cancelamos el registro de la habitación. —Pero…


—Ali, no voy a permitir que estés en un hotel. Mi esposa Meryem y mis niñas están deseando conocerte. Así que no voy a aceptar un no por respuesta. Ya sabes que soy muy tozudo. —Sí, lo sé —rió Alicia y asintió feliz. Mientras caminaban hacia la plaza Taksim para subir al tranvía, la luna hizo su aparición en el firmamento y en la lejanía se oyó el sonido envolvente y mágico del ney… María José Domínguez García Primera Mención. Categoría Relatos de Viaje.


LA MUERTE Si yo me siento bien, no sé por qué montan este follón. Rosa insistió tanto que, finalmente, consiguió traerme hasta el hospital. Sólo es una tonta molestia muscular sin importancia y nada más. Es cierto que vengo abusando de las grasas, del alcohol y no hago actividad física, pero por un dolorcito en mi brazo izquierdo no hay que armar tanto despliegue. ¡Joder! ¡Otra vez esa puntada! Mejor cierro los ojos, así, quizás, se pase enseguida. Ya está, ya me siento mejor, era como yo pensaba, ahora a abrir los ojos, a relajarme un poco y en unos minutos estaré en casa. Pero ¿qué es este lugar tan oscuro? Yo no estaba aquí ¿y ese cabrón? ¿Quién cuernos es? —Hola Roberto ¿ya estás listo? —¿Listo para qué? ¿Quién eres tú? —Dale, no te hagas el tonto, llegó tu hora ¿acaso no me reconoces? —no recordaba haber visto jamás a alguien tan delgado y pálido. —¡No! ¿Eres el doctor? —¡Qué doctor ni doctor! Soy la Muerte… tu hora ha llegado. Tenía que reaccionar rápidamente, esto de seguro era una pesadilla y ya no me estaba gustando nada, tenía que despertar y volver a la sala de espera. El desconocido, que decía ser la misma Muerte, me tomó del brazo y pude sentir cómo me arrastraba su fría mano. Si no se me ocurría nada, ¡estaba fregado! Sólo atiné a gritar: —¡Para, loco!


—¡Qué para ni para! Esto se acabó, no hay marcha atrás, y apurando que tengo mucho trabajo —estaba fastidioso. De alguna manera tenía que ganar tiempo y zafar, pero no se me ocurría nada. No podía entregarme tan fácilmente a la muerte, así que improvisé: —Mira, no quiero arruinarte el día, pero resulta que yo vi una vez una película de Ingmar Bergman donde la muerte le daba una chance al protagonista para salvar su vida y... —Ya sé, ¡El Séptimo Sello!, y la partida de ajedrez, pero ¡no me jodas con eso! —No es justo, si tú ya lo hiciste una vez, ¿por qué no puedes darme una oportunidad? —Bueno, está bien, pero ajedrez no, ya estoy aburrido porque gano siempre; los tontos como tú que vieron esa película intentan zafar siempre con lo mismo, no saben que por perder en ―El Séptimo Sello‖, me hice de unos buenos dineros. A ver, ¿a qué se te ocurre que podemos jugar? ¿Y ahora? ¿Qué podría proponerle? Debía ser algo donde tuviera alguna chance para ganarle a la parca. Los juegos de baraja de a dos son muy aburridos; una generala, ¡no, jamás! La Muerte seguramente andaba derecha con los huesitos, un 21 al básquet, no, mejor no, hacía como quince años que no agarraba una pelota. ¿Pelota? Eso, ―un cabeza‖, en el barrio no me ganaba nadie. Era un juego que se parecía mucho a un desafío, sólo participaban dos contrincantes, que se enfrentaban a no más de cinco metros de distancia bajo arcos imaginarios entre las paredes de las casas y los árboles de las aceras. Los tantos se anotaban cabeceando, de ahí su nombre, y yo conocía mañas, trucos y picardías que eran de por sí una ventaja. —¿Qué te parece ―un cabeza‖?


—Sí, dale, pero rapidito, ya te dije que ando con mucho trabajo. A cinco goles sin revancha. —Bueno, pero yo elijo dónde y con qué pelota —debía imponer algunas condiciones a mi favor. —Está bien. A ver, ¿dónde quieres perder? —En la cortada formada por las calles Mandisobí y Espika, en la vereda del gallego y, si no es mucho pedirte, jugamos con ―la Pulpo‖ de goma; parar el tiro con el pecho y rematar con el pie sin que toque el piso vale doble y se pierde el turno, y si la pelota rebota en alguno de nosotros, hacemos gambetas ¿estás de acuerdo? —¡Pero sí! Vamos ya mismo. ¡No podrás conmigo! La pelota Pulpo era mi aliada, no podía haber olvidado cómo cabecearla, cómo bajarla con el pecho y cómo dominarla en su imprevisible y alocado rebote. Quién sabe, quizás la muerte rechace algún tiro mío y pueda eludirla. La vereda de la casa del gallego era otra ventaja, la conocía como la palma de mi mano. La parca hizo un chasquido con los dedos, y aparecimos en la vereda del gallego; él era el único vecino que nos permitía jugar a la pelota en las tardes de verano, estábamos en la misma puerta de su casa. Como para relajar el momento, lo miré y le dije: —Dale, flaco, tú eres visitante, te doy a elegir arco. —Bueno, me da lo mismo: elijo éste. La muerte eligió jugar en el arco que formaba la pared de la casa del gallego y el paraíso, ése era el arco en el que ninguno de la barra quería jugar, las baldosas estaban


levantadas por las raíces y la pelota picaba para cualquier lado. Hicimos el consabido pan y queso para ver quién empezaba, y por más que usé la punta del pie, el paso cruzado e hice trampas con el empujoncito para atrás, él me ganó. Comenzaba así el juego crucial. Fui para el otro arco, me esperaba la pared de la casa de Ceferino y un fresno, ¡ese árbol me había dado tantas alegrías! Su tronco era más grueso que el del paraíso, así que tenía el arco algo más chico, no era mucho pero una ventaja tendría. Mientras la Muerte iba para el arco haciendo picar ―la Pulpo‖, vi que en el banco de la plaza se juntaban los muchachos de la barra. Los cordobeses, el Potoso, Ale, el Hugo, los Peta y el Negro, mi entrañable amigo. La hinchada estaba de mi lado; ¡también!, ¿quién querría alentar a la parca? Me acomodé, miré a los costados como midiendo el arco y le dije: —¡Listo, flaco! ¡Tira! ¡Qué mierda! Me la clavó abajo contra el fresno. Uno a cero. Desde la plaza escuchaba a los muchachos alentarme: —¡Dale, cabezón, mátalo! Boté ―la Pulpo‖, miré la base del paraíso, y se la clavé contra la pared. Lo había engañado; si iba a ser así, parecía que venía fácil. Uno a uno. La parca, sin esperar, agarró ―la Pulpo‖ la tiró para arriba y metió un cabezazo flojito, anunciado, muy fácil. Me agaché para asegurarla y la muy caprichosa picó en una de las baldosas, me pegó en la rodilla y di rebote. El flaco se adelantó, yo le salí, amagó y me la tocó suavecita entre las piernas, ¡caño! Éste sabía más de lo que mostraba... dos a uno. Ahora era mi turno. Tiré la pelota para arriba, mientras esperaba que cayera, le pegué un


rápido vistazo a la pared para confundirlo; creí que se comía el amague, porque se movió para el lado del árbol. Con el parietal derecho, la tiré pegadita a la pared pero él, como un gato, pegó un salto adivinando mi intención y atrapó la pelota. No era tan fácil, seguíamos dos a uno. Los muchachos, si bien sufrían junto a mí, me hacían sentir su aliento. —¡No pasa nada, vamos que se puede! Miré a la parca y traté de adivinar cuál sería su próxima jugada, pero el desgraciado no tenía cara de nada, era más que lógico. Como rayo, metió un cabezazo que dio de lleno en el fresno y le cayó en los pies, otro rebote afortunado. Volví a salirle y me repitió el amague, pero esta vez me quedé quietito, le puse el cuerpo firme y así se la pude quitar. Quise hacer una de más pisándosela, pero el maldito pellizcó ―la Pulpo‖, giró y remató con el arco vacío. Tres a uno. La cosa se ponía negra, el color que a mi contrincante más le gustaba. Cómo se me fue a ocurrir hacer un chiche si esa nunca había sido la mía, yo siempre fui de los que le pegan con la punta y al bulto, un ―pica piedras‖ que le dicen. Había perdido una oportunidad de achicar la diferencia. Podía sentir las rayas de ―la Pulpo‖ clavándose en mi frente. Eché una mirada al banco donde estaban los muchachos, sentí que ya no estaban tan contentos ni tan confiados. Sólo el Negro, firme como siempre, seguía alentándome. Escuché que gritaba: —¡Cabezón, acuérdate! ?????????????? ¿De qué mierda me estaba hablando el negro? ¿A quién se le puede ocurrir pensar en mujeres justo ahora? ¡Qué Josefa! Yo me estaba jugando la vida y este estúpido jodiendo. Tiré ―la Pulpo‖ para arriba y metí un cabezazo que, ni bien salió, me di cuenta de que era un tirito de mierda, sin confianza, al medio del arco, así que el flaco la embolsó sin problema. La cosa seguía tres a uno, yo abajo y más abajo que nunca.


El flaco parecía estar pasándola bien, después de todo, él no estaba jugando por nada, al menos nada tan importante como lo que yo tenía en juego. Con total calma pero sin perder tiempo, puso un cabezazo contra la pared que, aunque me tiré, no pude parar. Cuatro a uno, estaba fregado. —¡Cabezón, acuérdate de Josefa! ¡El Negro seguía con lo mismo! Para mí era ahora o nunca, así que tensé el cuello y metí un cabezazo de pique al piso, justo donde estaban levantadas las baldosas. ¡GOL! Cuatro a dos. Los pibes parecieron revivir junto conmigo y comenzaron nuevamente con el aliento. —¡Ahora, vamos ahora! —¡Ya estás listo Roberto! Prepárate, ésta es la última… —¡Dale, flaco! Deja de vacilarme ¡Tira de una vez! La Muerte hizo picar ―la Pulpo‖, miró el fresno y me la jugué, me tiré para ese lado y esta vez pude atajarla, sin lujos pero se la tapé. Los muchachos en la tribuna improvisada del banco se abrazaban y gritaban. —¡Cabezón! ¡Cabezón! ¡Cabezón! El Negro, como poseído, seguía con la misma cantinela: —¡Cabezón, acuérdate de Josefa! Debía jugarme todo en esta. Recordé la tarde que, sin ser tan trascendente, disputé con el Hugo un juego de canicas. Estaba perdiéndolas todas en un ―hoyo y quema‖ y, ante el asombro de todos, me jugué ―la lecherita‖, la que era más codiciada por su extrema blancura. Con ella yo tenía mucha


puntería, parecía estar hecha a la medida, entraba perfecta entre mi índice y mi pulgar. Esa decisión, aunque costosa, me trajo suerte y pude ganar. ¡Coraje! Coraje era lo que necesitaba, así que lancé ―la Pulpo‖ para adelante y metí una palomita que pegó en el paraíso y le fue derecho a las manos. Todas las tardes no son iguales. Seguíamos cuatro a dos. La parca tomó ―la Pulpo‖, la hizo picar en el piso con toda su furia como para terminar con el juego. Le salió un cabezazo con alma y vida, pero en lugar de salirle recto, me vino media bombeada, así que pude pararla con el pecho y antes que cayera le metí un boleo que lo dejé parado. ¡GOL! ¿Qué digo gol? ¡GOLAZO! Éste se lo grité en la cara mientras los muchachos corrieron a buscar la pelota, no sea cosa que la pisara un camión. Estábamos empatados. Cuatro a cuatro. Ya la cosa tenía otro color. Me tocaba a mí, era ahora o nunca, presentía que si me la sacaba, su próximo cabezazo sería el último. —¡Cabezón, acuérdate de Josefa! El Negro ya cansaba con eso. De repente recordé y supe de qué se trataba. El Negro era bicho, ¡qué bárbaro! ¿Cómo podría acordarse de aquello justo ahora? Josefa era la amiga de una novia que yo había tenido a los quince años. Al Negro siempre le había gustado Josefa y ella también sentía algo por él, pero como ambos eran tremendamente tímidos, nunca se animaron a hablarse y menos aún después de aquello. Todavía hoy nos reímos al recordarlo con los muchachos de la plaza. Una tarde, mientras jugábamos al fútbol en esta misma vereda, vimos venir caminando a mi novia con Josefa y esperamos que llegaran hasta nosotros para entablar alguna tonta conversación, tanto como para que el Negro y Josefa se animaran a conocerse. El Negro siempre lo negó, pero esa tarde yo creí ver que él tenía una sutil erección y, para hacerle una joda, apunté a su entrepierna y le pegué con ―la Pulpo‖; justo ahí.


Mi amigo acusó el golpe con un grito algo desmesurado y se agarró la entrepierna. Ante semejante imagen Josefa jamás volvió a mirarlo a la cara. Por fin los pibes trajeron ―la Pulpo‖. La hice picar contra el suelo, lo miré de reojo al Negro y le dije: —¿Josefa, no? —¡Sí, cabezón, por fin! —dijo mientras juntando las manos dando gracias al cielo. Lancé ―la Pulpo‖ una vez más para arriba tratando de medir bien el tiro y le metí un pelotazo a la muerte bien en medio de su entrepierna. La parca cayó de rodillas sobre la vereda y pude ver cómo su rostro, repentinamente, comenzaba a tomar un color azulado mientras hinchaba sus cachetes. Ahí estaba la muerte con sus manos ocupadas y arrodillado en medio de la vereda. ―La Pulpo‖ rechazada por él, vino mansita, la paré y la puse debajo de mi pie derecho. Ahora sí, mi vida tan sólo dependía de mí, por lo que, sin ningún tipo de exquisiteces, no dudé y apunté a media altura. ¡GOL!... y partido liquidado, cinco a cuatro. ¡Increíble, había podido vencer a la Muerte! Los muchachos en la plaza se abrazaban y subidos al banco gritaban con todas sus fuerzas: —¡Cabezón! ¡Cabezón! ¡Cabezón! Como es la tradición del barrio, fui hasta donde estaba la parca. Todavía seguía amasándose la entrepierna y respiraba tomando grandes bocanadas de aire. Le puse una mano en el hombro y le dije: —¡La próxima vez, flaco! ¡La próxima vez! Después de todo, vas a terminar ganando.


Me miró y levantó su dedo pulgar diciéndome: —La próxima no tendrás tanta suerte. ¡Chau, Roberto, seguí disfrutando de tu vida! Crucé la calle y me confundí en un abrazo interminable con todos los muchachos, era una algarabía total, no sólo había salvado mi vida ganado ―el cabeza‖, sino que, además, dejé bien en alto el honor de la barra de la plaza. El mejor abrazo lo reservé para el Negro. Era algo muy especial, nuestra amistad había sido de vital importancia en la gesta que acababa de terminar. Mientras nos apretujamos, sentí que estábamos a punto de lloriquear como tontos cuando él me dijo al oído a modo de confesión: —¿Sabes una cosa, Cabezón?, nunca te lo dije..., pero esa tarde no me acertaste con ―la Pulpo‖. Una luz blanca me cegó de repente, y quedé mirando el techo de la sala; a unos pasos de mí, estaban los médicos hablando con Rosa. Presté atención y pude oír que le decían: —Mire, señora, de ésta zafó, pero que se cuide, no siempre va a tener tanta suerte. Néstor Rubén Giménez Arias Primer Premio. Categoría Relatos de Deportes.


LA JUGADA MAESTRA El tiempo se sostiene sin suceder, como una gota de sudor en la frente del que juega, y desde su perspectiva, esas líneas blancas en el suelo componen un rectángulo perfecto. Basta la sola decisión del hombre de traje negro para que la gota de sudor corra y se derrame, y para que el tiempo que se sostenía en la nada simplemente suceda. Piensa con las manos en la cintura. Mira alrededor y ve a Joaquín casi al centro, junto a un marcador implacable. Lucas está tratando de despegarse a los dos que lo atosigan y solo, casi sin que nadie lo note, ve moverse hacia el área a Manuel, al que sólo le falta la iluminación proveniente del cielo para que la jugada termine en el éxito seguro. Da un paso y da otro, y se parece a un tren, cobra velocidad, se acelera, el éxtasis es insoportable, y lo sentimos todos, pero no así él. Un solo golpe basta para que la redonda se alce en el cielo, mientras gira sobre su eje como una muestra cambiante del negro y el blanco que de color la tiñen. Gira y luego de alzarse comienza el descenso; los demás siguen con los ojos la bola, reaccionan después, van hacia ella. Nadie más que el pibe puede tocarla; la baja de pecho, la acomoda, mira al arco y no titubea. El gol es inapelable, como el abrazo. Del grito de gol surge una voz diferente. Es un llamado, quizás una madre, es un almuerzo. La gente que grita enardecida poco a poco se transforma en barro, los asientos de las tribunas en casas circundantes, la cancha toda en un terreno en una esquina, en donde juegan solos los cuatro, en donde acaba de realizarse una jugada maestra… Yésica Luciana Albornoz Trinquitella Tercer premio. Categoría Relatos de Viaje.


LA VERDAD DE STEPAN Ahora que su presencia es memoria, puedo mirar y ver lo que pasó con la serenidad que da el tiempo reflexivo, aunque haya perdido el sabor dulce del sentimiento de entonces. Recuerdo que, cuando me alejaba de su sonrisa mellada, a pesar de los inciertos pasos que daba Stefan al frente, como si quisiera postergar la despedida, sobre aquel fondo intacto de nieve, y justo antes de que las lágrimas quisieran acudir a mis ojos y a los de Manuel —y no acudieron porque las guardamos con tozudez y orgullo estúpido de hombre ante otros hombres—, creí que el simple hecho de haber conocido a Stefan cambiaría mi vida de un modo tal que ninguna trivialidad humana podría afectarme jamás. Sin embargo, ahora que el poso de verdad de aquel marinero se ha depositado en mis horas tranquilas e intranquilas, dudo que realmente vaya a ser así. Creo que solamente recordaré mis propias palabras describiendo su boca sin dientes, el ardiente sabor de su raquia 1 casera, el caserón del siglo XIV que Stefan custodiaba, con aquellos deslucidos decorados cinematográficos que nadie quiso retirar; o recordaré un país, Bulgaria, que ha compensado su dura historia con el orgullo de los luchadores. Sólo su nombre escrito, Stefan, habrá de perdurar junto a unos sentimientos, repetidos hasta el agotamiento porque quiero grabarlos al rojo en la memoria y en la voluntad, como si tuviese miedo de perder un tesoro recién encontrado que me puede convertir en mejor persona. El hombre, Stefan, se convertirá en una anécdota a pesar de que busque en él —aunque no lo fuese en realidad— la razón de un viaje al que el azar me invitó, sin derecho a renuncia, para ver las manos gastadas y la mirada azul de aquel que ya no espera nada de la vida, salvo días tranquilos 1

Raquia: aguardiente; bebida nacional de Bulgaria.


y un amigo, ocasional o fiel, con el que compartir una botella de raquia. ¿Habrá, pues, un camino antes de Stefan y un camino después de Stefan? No lo sé. La historia de Bulgaria nos la relató un guía cubano, del que no recuerdo el nombre, a Manuel y a mí, en aquel fin de semana entre seminario y seminario que impartíamos sobre ética y derechos humanos. Lo hizo el cubano como si se tratara de un cuento a dos turistas españoles a través de las miradas que cruzábamos en un espejo retrovisor, y que buscaba en nosotros curiosidad o aburrimiento. Lo que él no sabía era el regalo que nos iba a hacer. Es más, creo que ni se enteró de lo que hizo. Gratificó nuestra curiosidad y los honorarios recibidos con una parada en el camino, teóricamente fuera del itinerario previsto. Disimuló pésimamente la improvisación de aquel acto por él calculado. Detuvo el diminuto coche sobre la nieve al borde de la carretera junto al murmullo helado de un riachuelo invisible y frente a un muro de piedras de río. Mientras nos explicaba la ancianidad de la construcción y nos resumía el argumento de una película rodada en ella, sobre venganzas sin pasión y pasiones de amor y muerte, caminábamos sobre mantos blancos. Admiramos el infierno y el cielo dibujados en paredes hacía ochocientos años; pisamos porches que vigilaban los reclamos de una mula encerrada; rodeamos un horno de pan que ya olvidó los olores de la labor recién hecha y que conversaba en confianza recuerdos de harinas amasadas y horneadas con la pala desvencijada que tantas veces había hurgado en sus entrañas. Junto a una ventana desquiciada, un altivo atril sostenía el polvo para que lo leyéramos, y yo lo leí. Anacrónico era el viejo colchón, cobijo de pulgas invernadas, tirado bajo el dintel de una puerta y que algún sentido


habría de tener en su postura natural, aunque su despropósito era el mismo que el del cartón piedra que rellenaba paredes, tejados y voladizos, completando un escenario que debía parecer real, aunque no lo fuera, antes de ser perpetuado en celuloides de engaño. Allí se rodó ―El cuerno de cabra‖, tragedia en blanco y negro en un paisaje sin negro. Ese era el regalo del guía, el orgullo fílmico de Bulgaria, un país herido por varios siglos de dominación implacable por los turcos. Recorridas sus estancias y elucubrados negocios sin duda prósperos para las mismas, pues es paso obligado para los turistas hacia el Monasterio de Rila, el guarda, anfitrión en funciones, nos ofreció la hospitalidad de su humilde morada, adecentada con prisa mientras el guía nos obsequiaba con sus conocimientos sobre el lugar. Se disculpó el guardián del caserón por la ausencia de orden femenino, pero en invierno su mujer no subía hasta allí y dejaba para la primavera el cuidado de gallinas y el mimo de un primoroso jardín, ahora dormido bajo sábanas heladas. En una habitación de poco más de cuatro metros cuadrados, Stefan, el guarda, tenía al alcance de sus ojos y de sus manos todo lo necesario. Las patatas, guardadas bajo una manta para que no se enfriaran demasiado, la cama, o más bien el catre, con todos sus altibajos y el perfil acostumbrado de su propietario, tres sillas de madera de respaldo curvo, una cocina de leña con chimenea sin capucha que ejercía también de estufa y una mesa tan sencilla como la más sencilla de las mesas. En un rincón dormía una repisa, y sobre ella una botella de cristal marrón jugaba a los malabaristas con una vela, toda la luz necesitada en las noches. Sobre un plato que dormitaba sobre la mesa pegada a la pared, entre el catre y la cocina, bajo una ventana asombrada por el espectacular bosque blanco, unos pimientos de un rojo sangriento parecían tomates con la boina calada que charlaban sobre cotilleos de huerto. Y junto al plato, un pequeño transistor


recordaba a Stefan que en el mundo convivían con él otros seres humanos y que, en aquellos momentos, retransmitía la investidura de un nuevo presidente de la nación. La solemnidad del evento radiado se me antojó ilusa. La verdadera solemnidad estaba al otro lado de los cristales de la ventana, en el deslizarse pausado de los copos de nieve, en el respetuoso baile del agua sobre las piedras pulidas, en las caricias de la niebla a la corteza de los árboles, en la tenue luz de un mundo blanco que se refleja a sí mismo en su vida adormecida y de una belleza incomparable. La verdadera solemnidad nos la entregó Stefan, el guarda, con la generosidad sin intenciones perversas de una voz que pronunciaba palabras de las que no importaba su significado porque no necesitaba explicar nada. Stefan poseía poco y nos lo entregó todo, como Odiseo el anfitrión. Sus pimientos, sembrados, alimentados y recogidos con sus manos. Jamás habíamos comido pimientos más sabrosos que aquellos. Su raquía, destilada por él mismo con su sabiduría tradicional, en sus dos variedades, de ciruela y de uva, que nos servía en vasitos de plástico rojo. La verdadera solemnidad estaba en sus gestos, como cuando, después de servirnos su aguardiente de no menos de 50 grados de alcohol, nos pedía permiso para servirse él, o como cuando brindaba por nuestra salud después de cada frase traducida. Su solemnidad era verdadera porque Stefan era verdadero. El anfitrión pobre que se convierte en rico al ser anfitrión. El hombre de sesenta y siete años fuerte como mil hombres la mitad más jóvenes que él. El hombre de la mirada azul, limpia, que jamás hizo daño a nadie porque en aquellos ojos no tenía cabida la maldad.


Marinero de guerra, alimentó con su esfuerzo las máquinas que surcaron los mares hasta hender todas sus olas; marinero en un huerto muy lejos de las gaviotas, que nos sirvió la mitad de su raquía y la otra mitad nos la regaló en botellitas de plástico. Además, nos comimos todos sus pimientos para deleite suyo. A cada sorbo, a cada bocado nos mostraba un poquito más su alma transparente, y a su través, nos veíamos a nosotros mismos, mucho más indignos, mucho más mundanos. Le faltaban todos los dientes superiores menos dos incisivos que ya habían perdido su insolencia; su cuello arrugado era inmenso, pero menos que su cariño a dos extranjeros a los que no conocía y con los que brindó una y otra vez. El guía cubano se cansaba de escucharnos y miraba el reloj fastidiado y ansioso por cumplir el horario previsto y volver a su casa. No entendía la comunión que allí se producía entre hombres que se reconocen como tales y que hacen de ese encuentro un regalo de los dioses. Nosotros habríamos perdonado el resto de la excursión, aunque nos perdiéramos millones de monasterios, con todas sus reliquias y campanarios y celdas y oraciones y pasadizos y velas y tumbas y frontispicios y museos y frescos y joyas y tradiciones y osamentas y libros sagrados y susurros y sacrificios y religiosidades. Habríamos seguido bebiendo raquía con Stefan aunque no habláramos, que no nos hacía falta, empapándonos de él, aprendiendo de él, extrayendo de él toda su verdad, toda la Verdad que, como él mismo nos dijo, nace del pueblo, y al pueblo se le puede engañar pero no por mucho tiempo. Yo, por mi parte, no supe qué hora era ni la hora que había sido antes de Stefan. Tampoco me importó. Finalmente, tanto insistió el guía que Stefan se calzó sus zapatos, que le esperaban al otro lado de la puerta, sobre sus fundas de lana que calentaban los calcetines también de lana y que envolvían sus pies, y nos acompañó hasta la puerta de los


muros. Le di la mano. Después, le abracé. Mi compañero le dio la mano. Después, le abrazó. Pisamos pura nieve recién caída y despidiéndonos, una y otra vez, de Stefan, no nos quedó más remedio que montarnos en el coche. El guía arrancó, y el ser más humano de la Tierra nos dejó su sonrisa y su mano alzada grabada en el cristal trasero de un despreciable cacharro con ruedas que nos sacaba a rastras de allí, aunque nos aferráramos con desesperación a un ―adiós, Stefan‖, que pronunciábamos sin pronunciar mirando por la luneta trasera del coche. Nos miramos Manuel y yo. Sabíamos que ya éramos distintos, que algo había cambiado en nuestro interior, algo indefinible y a la vez grandioso. Él quería llorar. Yo también. Porque éramos más grandes, más verdaderos, más humanos después de que Stefan se regalara a sí mismo y se metiera en nuestros corazones. Nos dolía tanto la partida que nos hundimos en íntimos suspiros. Manuel no sabía expresar lo que sentía. Yo tampoco, pero, según nos alejaba cada curva de aquella humilde habitación, sentí que los árboles me mesaban con ternura los cabellos con sus dedos de espuma y las ramas me abrazaban con sus puños de encaje, y sus troncos vestidos con camisones se inclinaban a mi paso formando un túnel blanco, hermosamente blanco, por el que me deslizaba enmudecido para que nada se perdiera de aquel sentimiento más allá de las montañas y no pudiera esconderse entre la niebla, sino que se quedara allí, entre mis ropas, en mis manos, dentro del coche, entre mi cuerpo y el de Manuel sentado a mi derecha, dentro de mí y alrededor mío, pero no muy lejos, al ladito mismo. El Monasterio de Rila nos recibió mudo, y las explicaciones del guía nos mostraron una obra bella, pero ni la arquitectura que nos describía, ni los nombres cuya historia desmenuzaba surtían efecto en nuestra curiosidad repleta.


Sólo el recuerdo del padre fallecido recientemente de Manuel pudo conmovernos, a él en su dolor; a mí, en el suyo, al recogernos en la intimidad del templo, y pudo hacerlo porque aún no estábamos satisfechos de conmoción. Y es que debió de ser tal el impacto que causó en nosotros aquel marinero de calderas que la vida o el destino o Dios o el azar o lo que quiera que rija los acontecimientos cósmicos nos regaló un trozo más de Stefan. Deshaciendo el camino, nos encontramos de nuevo con él. Nos esperaba sobre la nieve, a no menos de diez grados bajo cero, desde hacía más de una hora, porque el guía había olvidado su teléfono móvil junto al pequeño transistor sobre su mesa. El guía cubano se ofreció para acercarle a casa porque nos quedaba de camino y nosotros tan contentos. Un asiento del coche fue para él, el delantero, y, así, andaba tan pesado el diminuto vehículo, con sus cuatro ocupantes y nuestras dos enormes sonrisas, que la nieve levantaba nuestros pies de los bajos. No hubo modo, ni nosotros quisimos que fuera de otro, de rechazar la invitación de Stefan para que entráramos en su casa, en el cercano pueblo. Liliana se llamaba su mujer y, al igual que hiciera su marido, puso sobre la mesa todo lo que tenía. Un frasco entero de pepinos, que no repetían por muchos que comieras, y todos los crêpes de puerro que había preparado para su esposo, en aquel salón-comedorcocina-dormitorio que era su humilde hogar. La mujer rió con la más sana de sus sonrisas cuando alabábamos la fortuna de su marido al tenerla como esposa, y el hombre siguió pidiéndonos permiso para servirse más raquía en su vaso después de llenar los nuestros. Fuera, ladraba Jessie, un perro canijo, a los extraños desde su caja-caseta junto a la leña escrupulosamente ordenada y al lado de una moto de cincuenta años que esperaba a que


llegara la primavera para que el marinero de la sala de máquinas destrabara la segunda marcha, mientras la noche llegaba perezosamente a una tierra donde no llega a hacerse de noche del todo. Liliana se apuró cuando nos despedimos de ella besos después de pedirle permiso a Stefan, y abrazamos una vez más. El guía nos sacó de allí más premura mientras Manuel y yo gritábamos manos y los ojos uno y mil ―hasta pronto‖.

con dos a él le aún con con las

El pueblo quedó detrás al instante, dormido en la noche clara, y aún más atrás, Rila y su monasterio. El riachuelo siguió jugando con las piedras mientras infinitos copos blancos seguían tejiendo camisones para el bosque. Hablamos poco durante el regreso. Teníamos tanto que decir que no sabíamos hacerlo. Sí, entonces creímos que nuestras vidas cambiarían con aquel encuentro, que ya no seríamos los mismos porque jamás habríamos de olvidar a un hombre que, de tan sencillo, sería inolvidable, inmenso. Quizás sea verdad que soy diferente, no me atrevo a decir que mejor o peor. Han transcurrido muchos años desde entonces y aún le tengo muy presente, aunque sólo sea porque, desde ese día, sueño con alcanzar a tener una mirada tan limpia y verdadera como la suya, con ser tan rico como lo es él y con vivir la vida como la ha vivido este viejo marinero que ahora cuida un huerto que no es suyo como si lo fuera. Sueño con aprender la verdad de Stefan, la verdad de un hombre de verdad. Juan Enrique Soto Castro Segundo premio. Categoría Relatos de Viaje.


EL JUEZ DE LÍNEA BAJO EL INFLUJO DEL EFECTO DOPPLER

—¡Te recontrajuro que no-fue-off-side! Ese Narváez nos mandó al muere, viejo, ¡como siempre! —No, José Luis. Te apuesto el mondongo en lo de la Juana. Bajá un cambio. Es imposible que el flaco vea esa masa de delanteros desesperados que son como la frescura omnipresente que despide el congelador cuando se enchufa, ¿viste cuando la patrona lo enchufa después de haberlo descongelado? Estos monstruos quedan de repente solos, entre el arquero y los defensores rivales. ¡Y para colmo éstos, como si el línea se hubiera trincado a sus hijas en el viaje de egresados, lo someten a una sarta de injurias que mama mía! ¿Qué pretendés?, en tan sólo medio segundo..., sí, sí, ya sé, estás reharto de que te digan lo mismo, que por qué carajos los de la FIFA no gastan un mango en poner dos camaritas de mierda en cada palo y a la lona. Hoy, hasta el pibe más humilde te escracha con esos bichos que vienen en los celulares... ¡la gran siete!, y pensar que por el zapatófono del Agente 86, entregabas el borratintas, el Simulcop y todas las Supertriunfo que les habías afanado a tus compañeros cuando fingías que te dormías en el pupitre al sonar la campana del primer recreo. Y no me podés negar que el línea tiene dos ojos como cualquier cristiano. Ya lo sé, ya lo sé que le pagan para eso, y sí, no te lo voy a negar, a los bañeros de la Bristol también, y cada tanto algún turista que se hace ―El guardián de la Bahía‖ no vuelve a la orilla. Pero yo lo vi el otro día, Josecito. ¿Qué?, ¿no te acordás? El otro día, cuando estábamos apoyados contra el alambrado justo detrás de él y no teníamos la menor idea, ¿viste? Es distinto que verlo por la tele. Porque la tele te atonta, te deja boludo. —¡Qué e-xa-ge-raaaa-dooo! —se mofó José Luis mientras quitaba, del filo de un tramontina, el resto de membrillo.


—¡Sí!, ¡boludo! Te deja bo-lu-do. Si no, mirá que ya pasaron cuatro años desde que me despertaba a las cinco de la matina para ver si las Leonas se aseguraban el bronce. Cuatro años, ¡cua-tro! ¿Y qué pasó me preguntás? Que todavía no logro entender a ese maldito corner corto, ¿entendéeees? Ya están por empezar los nuevos Juegos y yo estoy igual, como si hubiera partido de España. —Es que en el fútbol... —se agrandó rascándose la barriga con el fin de que su argumento, ya falto de palabras, no perdiese su efectividad. —Justamente, querido. Si en el hockey hasta el pasto crece parejo, firme, como si cantaran el himno dedicándoselo al General. En cambio, el pobre línea, en el fútbol, debe estar ahí firme, haya lluvia o granice, con el aliento en la nuca de un coreano con fiebre, bancándose las señas de los delanteros frustrados que, para mitigar su bronca, llevan a cabo el gesto de la apuesta para salir, orgullosos ante sus hijos, en el programa de la noche. Ridiculizándolos, Josefo. ¿Y vos pretendés que cobren bien? —Pero entonces, ¿por qué no meten la tecnología, viejo? Y... ¡chau manchas! Y si no, preguntale a Pedrito cuando estuvo en Perpignan. En el rugby, paran el partido el tiempo que sea necesario para consultarle a un jurado integrado por Dracón, Solón y Boecio, más o menos. Y marchaste. Otra que el buenudo de Lamolina. ¡Mar-chas-te! Y por si no te alcanza, hasta en el tenis metieron eso del ―ojo de halcón‖. Encima, estos yanquis, que de una papa frita te hacen un imperio, ya le pusieron auspiciante. Y cada vez que los tenistas recurren a él, todos los que están en el estadio suspiran como si fuera el final de ―Celeste, siempre Celeste‖. ¡Créeme que es asíiii! Unos genios. Ah, y para qué te voy a contar los del básquet. Los sabemo’ todos. En cada ―a-ri-na‖, como dicen estos muchachos, da la sensación de que en el techo se encuentra apostado un francotirador por cada basquetbolista para que, en caso de que alguno ose, escuchame bien, ose excederse en su comportamiento, dejará de existir inmediatamente, tras ser


desintegrado por un rayo de protones. Aunque se llame Shaquille O’Neal, Jordan o Mutombo. —Y, un poco de razón tenés, ruso. No te lo voy a negar. Sería un necio. Pero yo te voy a decir por qué se insiste tanto con un juez de línea 100% humano. —Sí, ya sé, me vas a venir con esa perorata de que el fútbol mantiene su popularidad y todo eso... —No, no. Nada de eso. Yo sé que el ser humano, en condiciones justas y necesarias, está capacitado no sólo para cobrar un offside, sino para correr hasta la ciudad de Maratón, domesticar el maíz, preparar la bomba nuclear y hasta tener el tino de excusarse explicando que la hicieron para los alemanes y que se la tiraron a los japoneses. —No sé, Armandito. Yo pienso que con tanto Atari, tanto Pacman, nuestra retina se fue ablandando. —¡Ma’ que retina! El ojo es el mismo. Lo que sucede es que andamos distraídos como unos pelotudos, cogoteando desde el auto para verla a Araceli en ropa interior en los carteles de la Panamericana. ¡¿Y vos pretendés que un pobre paterfamilias se dé cuenta de si el naso de Palermo está en posición adelantada?! ¡Dejate de jodeeeerrrr! Ya lo dijo el Telebeam: ―I have a dream‖, y nunca se despertó el pobre. —Es que no tenemos la cultura del Telebeam, Armando — aseguró abriendo las palmas de par en par y enarcando las cejas. —¿Pero vos, acaso, sabés dónde está una puta polonesa cuando el pianista somete el teclado a la automatización de sus dedos? No, seguro que no. Entonces, basta de pedirle a la tecnología que solucione lo que los de tu clase no quieren asumir.


—Pero ¿qué decís? ¿Te volviste loco? —se alteró con la indignación del que inventó el primero de los teléfonos. —Es que la agudeza de los oídos es mera exclusividad de los herbívoros, jota ele —ironizó moviendo la pera de manera involuntaria. —Sí, y yo hago saltos ornamentales... —retrucó asomándose por la ventana. —Mirá, ¿querés saber por qué los líneas son los depositarios de los insultos? —apuró, al tiempo que se desabrochaba su chaleco—. Es simple, por la bendita relatividad. —¿Lo qué? —preguntó con la confusión propia del que no sabe con cuál de todos los botones del control remoto se enciende la TV. —Re-la-ti-vi-dad, Josefo. ¿Escuchaste hablar alguna vez de Albertito? —Sí, claro: del Beto Restrepo. ¡Qué centrojásss! —recordó con nostalgia. —No, no me refería a Restrepo, Jo-se-ci-to —se sentó colocando los antebrazos por encima de sus muslos—. Hablo del que advirtió al mundo que si una piedra es arrojada desde un tren, la piedra, para un espectador que viaja en el vagón, describe una recta. Pero... y aquí lo más importante: para el que está en el campo mirando pasar al tren... —Sí, sí —interrumpió José Luis con movimientos eléctricos tanto de sus manos como de su cabeza. —Acordate de las pibitas de ―Final del juego‖, si no. Bueno, ellas ven la parábola que realiza la piedra.


—De qué final del juego… Yo me voy a la mierda: detesto cuando te ponés místico. —¡Clarísimo! Lo que para los hinchas es una comba o un topsping —pronunció de manera grotesca—, para el pobre árbitro asistente es una recta. —¿Y entonces? —El tiempo, negro, ¡el tiempo! El offside se cobra de manera retrospectiva al igual que un acto posterior invierte a todos los anteriores. Si no, preguntale al pobre Tancredo, o si querés algo más cercano, consultá a los que votaron a Carlitos... —¿Qué? ¿Lo que vos querés decir es que puede haber y no haber posición adelantada al mismo tiempo? —¡Exacto! ¡Capito! —se entusiasmó encabritándose a tal punto de rozar su cuero cabelludo con la araña del techo. —No te pudo creer lo que me decís —balbuceó con la fe propia del que va por primera vez a un astrólogo y le descubre alguna certeza. —Es así, querido. ¿Y sabés qué? Por eso, y tan sólo por eso, el fóbal es pasión de multitudes, mi viejo. Alejandro Rostagno Segunda mención. Categoría Relatos de Deportes.


VERDE PROFUNDO Tres hijos y una mujer tuvieron mis padres, para mi desgracia. Mi hermana casó joven con un comerciante, pero murió de parto entre grandes dolores. El mayor heredó la hacienda y la perdió en el juego, así como su decencia. El siguiente recibió un capital al fallecer mi padre, que invirtió mal, y terminó preso por deudas. Para mí, el menor, en el reparto no quedó nada. Así salgo de este Reino de España, en el año del Señor de 1799 con una mano delante y otra detrás, para hacerme a la mar y llegarme a las colonias; el puerto sólo sé que se llama Nueva Barcelona, en la provincia de Venezuela; por otra parte, lo ignoro todo sobre la geografía y las oportunidades de progresar que presenta la región, aunque peor que en mi tierra no he de estar… Veinte jornadas lleva el Santa Eulalia de mar bueno y a veces planchado. La goleta es pequeña y con poco pasaje. Con la tierra ya cercana, una mañana se avista un barco pirata, a dos millas de distancia. Se nos ha acercado en la noche, quizás sin saber de nuestra presencia, buscando al azar algún mercante para abordarlo. El inglés lanza un cañonazo de advertencia, mas nuestro capitán, confiado en que no se atreverá a atacarnos con la costa a la vista, pone proa a tierra desoyendo el alto. A toda velocidad, no logramos, empero, evitar dos cañonazos, que caen uno rozando la cubierta y destrozando a dos marineros y el otro haciendo un gran boquete al casco. A pesar de nuestras averías, el barco pirata nos sigue sin acercarse a nuestra posición; el porqué lo sabremos después, cuando un choque y un gran crujido nos avisan que hemos tocado un arrecife semioculto en la marea. El impacto comienza a partir el barco por la mitad, mientras el palo mayor se desprende y cae al mar.


Ya el agua entra a raudales por el casco herido de muerte cuando varios nos arrojamos por la borda con lo puesto. Quienes vacilan en cubierta son arrastrados un minuto más tarde al hundirse dejando un torbellino que devora todo como un vórtice hambriento. Gané a nado la costa, junto con dos compañeros. Otros dos que venían perecieron, ya sea por malos nadadores o como alimento de los tiburones. Llego a estas playas desnudo, y sin embargo, nada pierdo porque nada tenía; sólo he de extrañar el relicario con la imagen de mi madre, única herencia que me tocó en suerte, y perdida como todo lo demás. Caí rendido en la arena blanca. No sabíamos dónde estábamos ni a qué distancia de una habitación humana. Recogimos algunas cosas que el mar llevaba como restos del naufragio: tablas, un baúl, pero ningún alimento o arma. Con las tablas, improvisamos un techo apoyado en unas ramas, pues las nubes negras y unos relámpagos lejanos auguraban tormenta, y estábamos cansados y calados hasta el hueso. La lluvia, o mejor dicho, diluvio, comenzó poco después, y si al principio se filtraba por nuestro precario refugio, terminó volteándolo por su mala hechura. Esperamos el fin de la tormenta (que duró hasta el alba) bajo las hojas de una planta tropical. Mis compañeros sostenían que nos hallábamos en una ínsula y no en tierra firme, pero cercana a la ruta de los mercantes españoles, y por lo tanto, nos convenía esperar en la playa a ser rescatados. Mi opinión era la contraria, y por tal causa, discutimos. Nada nos unía ni éramos el uno de los otros; por lo tanto, no me retenía nada de partir, aunque dudé en hacerlo; el temor


al hambre y la sed me impulsaron a alejarme hacia el oeste, sabiendo que hacia ese punto se dirigía el barco antes del fatal percance. Caminé varias jornadas tomando el agua de lluvia usando para tal las hojas en forma de embudo, y en una sola ocasión, hallé un pequeño arroyuelo que fluía a la mar. Comida no encontré ni pude hacerme de ella, carente como estaba de un arma para cazar ni un fuego para asarla. Comí unos frutos parecidos a pequeñas manzanas verdes, que me saciaron pronto, y luego me causaron un fuerte ardor en la boca del estómago y un feroz ataque de náuseas. El quinto día vide unas indias a orillas del mar, mas al querer hablarlas, huyeron asustadas de mi harapiento traje o de mi rostro quemado por el sol y picado por los insectos. Poco después, caí desvanecido; así me encontraron unos bandidos, que seguramente asaltaban a los viajantes o recogían en la orilla restos de los naufragios, pero al ver que no tenía nada que ser robado, ni era persona de riquezas por quien pagaran rescate, se apiadaron de mí y me dieron agua y comida, dejándome para que me salvara o sucumbiera si esa era mi suerte y la voluntad de Dios. Tras dos días de fiebres altísimas, que pasé casi desmayado, amanecí mejor aunque muy débil. Continué la línea de la playa, descansando cada pocos pasos; no me animaba a entrar a la selva por temor a las víboras y al gran tigre de quien, dicen, prefiere la carne de europeo, al que devora mientras aún está vivo. Como sufría alucinaciones y mareos, no noté la cercanía de una aldea miserable hasta que dentro de ella estuve. Me desplomé frente a una casucha, cuyas pobres gentes me levantaron y pusieron en una hamaca, colgada entre dos vigas que sostenían el techo de palma en el que se filtraba el agua y el sol. Esta habitación era la única donde dormían,


cocinaban, comían y reparaban sus redes estos infelices, que luego de darme agua con unas hierbas, continuaron con su vida, ya que otros remedios no tenían ni conocían ni en beneficio de sí mismos. Una semana pasé dominado por las fiebres tercianas, que aún sufro de tanto en tanto. Sin embargo, no era mi destino morir aún, y de a poco, me repuse. De poca ayuda les era a mis bondadosos pero pobrísimos hospedadores, y así entendiéndolo me retiré en cuanto estuve más fuerte y capaz de caminar sin desmayarme. Estaba a dos jornadas de Cumaná, capital de la Nueva Andalucía, me informaron. Llegué en cuatro días y ya sin aliento. Hambriento y cansado, busqué amparo en una capilla, cuyo sacerdote, un vasco jovial y amante de la buena comida, me dio hospedaje y algunas ropas. La provincia estaba sufriendo el azote de la fiebre amarilla, y la mayoría de los europeos habían salido hacia Caracas, quedando en ella mestizos, negros y algunos criollos. El padre me invitó a quedarme algunos días, mientras me componía y decidía qué hacer de mi existencia. Si bien las tierras eran ricas y feraces; el comercio, abundante gracias el contrabando; y la minería, buena y fecunda, todo esto requería un capital y conocimiento de los negocios que yo no tenía. Acaso podría emplearme en una hacienda o bien como criado de algún señor, mas para eso debía esperar el fin de la peste o viajar a otra región. Preferí quedarme, ya que mis fuerzas escasas y mi bolsa inexistente hacían poco recomendable el viaje. Pasaba mis días sentado en el umbroso patio de la vivienda parroquial, reponiendo mi salud y ayudando en algunos menesteres al párroco. Un día, mientras barría la capilla, entró una mulatita a rezarle a una virgen. Verla y enamorarme fue todo uno. Mas


mi timidez y mi falta de costumbre de tratar con el bello sexo me impidieron acercarme, no así seguirla a la salida hasta la casa de sus señores, ausentes de la ciudad como gran parte de la población. Durante varias semanas la espié en secreto; la seguí a la feria, a la playa, al barrio de casuchas ruinosas donde vivían su vieja madre y sus hermanas; la esperaba algunas tardes en la capilla, donde traía flores o prendía velas a algún santurrón. Por fin me decidí a hablarle; tartamudeando le dije de la pasión que me inspiraba. Tras mirarme como a un demente, se echó a reír sin ningún disimulo; tal respuesta me humilló más de lo decible. Desde niño he sufrido un enorme amor propio, o bien un exagerado temor al ridículo. Antes de que la mulata dijera palabra, me di la media vuelta y huí por los fondos del altar. Aún escuchaba las carcajadas en mi cabeza aunque no hubiera sabido si reales eran o producto de mi orgullo herido. Esa tarde, expliqué al padre que me urgía salir de la ciudad, aunque sin aclarar el motivo, que hasta a mí parecía ser de poco valor; no era yo un hidalgo, que tanto importara mi honra y nombre, ni era la risa de la muchacha causa de baldón, mas yo sabía que no podía quedarme y volver a verla, o regresar al lugar donde había sido de tal forma afrentado. El buen cura me habló de un grupo de mercaderes que salían hacia Bogotá en las tierras libres de fiebres, acompañados en previsión de indios y bandoleros de un grupo de soldados. Pero éstos no abundaban por hallarse afuera a causa de la peste, y un blanco que usara un arma podía ir e incluso ganar algún dinero, siempre que no temiera los peligros del camino como jaguares, amazonas, bandidos o indios caníbales. Luego de despedirme de mi benefactor y sin demora de equipajes, que no los había, me llegué donde me habían señalado se hospedaban los


comerciantes y convine acompañarlos por poca paga, siempre que me adelantaran para comprar un arma; no fue esto necesario por darme una un capitán, que fuese de un soldado muerto hacía unos días. Salimos a la mañana, guiados por dos indios chaima que iban casi tan desnudos como habían llegado al mundo, excepto por unos trozos de hojas atadas a la cintura con fibras de palma. A poco de dejar la zona de fiebres malignas y entrar a la selva hostil, nos sumergimos en bandadas de mosquitos, tábanos y jejenes, que a toda hora nos picaban en la piel desnuda o cubierta, introduciéndose bajo las ropas, asolando a perros, caballos e indios, haciendo una tortura de cada hora y un infierno de cada día. Al parar para comer o pernoctar, hacíamos fuego con madera verde, que poco respiro nos daba, ya que el humo era igual de insufrible. Mis ojos estaban casi cegados, y mis manos y cara, hinchadas por las picaduras. El largo viaje da tiempo a los pensamientos; me pregunto si al fin, en Bogotá, encontraré mi destino, así sea la muerte. Hasta ahora, este camino no es más que la continuación de la misma senda que en España me llevó a desatarme de todo. Es eso, este desprendimiento, este no-ser para nadie ni para mí mismo, no tener nada y que nada me posea… siento que en este verde profundo que me rodea, me sumerjo y me pierdo, desaparezco para siempre en la inmensidad floral. Anoche tuve un sueño: unos dientes y unas garras me despedazaban, me sorbían hasta los huesos astillados y blancos; pero no había angustia, sino una aliviada resignación en ese entregarme a lo que está escrito y debe ser. Cuando desperté, faltaban los dos perros, que habían dormido a mi lado, los llamé y por un rato los buscamos, más no volvieron. Pienso que fueron alimento de las fieras, pero por qué no ladraron, no lo sé. ¿Se alejaron de nosotros, atraídos por algún ruido, o el tigre entró hasta donde


dormíamos para arrebatarlos? Quizás mi propio sueño haya sido provocado por el husmear del felino. Dos de los mercaderes están muy enfermos, quizás ya llevaban la fiebre en el cuerpo, y las penurias del viaje la hicieron recrudecer; hemos de detenernos para que repongan fuerzas y al fin se decide que regresen, con una parte de la custodia y un indio. Sólo quedamos ahora un mercader, tres soldados, un indio y yo, con los caballos y tres acémilas cargadas. Pobre protección seremos si los indios nos atacan, aunque quizás nuestras armas los ahuyenten, si la peste o los mosquitos no nos matan antes. Los animales tienen heridas en sus patas y en sus orejas, por las mordidas de vampiros, e incluso anoche atacaron a uno de los soldados, que despertó gritando con la bestia prendida al cuello. Hasta ahora, hemos cruzado varios ríos, algunos simples riachos, otros más crecidos, pero el que ahora se nos presenta, el Apure, que corre hacia el Orinoco, está desbordado y se vierte en las orillas formando un gigantesco pantano en el que los caballos se niegan a entrar. Según el guía indio, no queda otra posibilidad que cruzarlo aquí, ya que al sur se hace más caudaloso y al norte nos desviaría muchas millas de nuestro destino. Tres días tardamos en salir de ese lodazal, y en la corriente principal de río perdimos una mula y un caballo, la primera atrapada por caimanes y el segundo arrastrado por el agua. El mercader que en él iba pudo salir, pero el animal se hundió, y no volvimos a verlo. En la orilla barrosa, hay muchas huellas de jaguares; el nativo olisquea el olor acre en el aire y nos apura a seguir, a no detenernos pese al cansancio, cerca del coto de caza de los tigres que quizá nos miran desde la espesura ahora mismo. Más adelante, en un riacho claro, uno de los soldados entró a refrescarse y fue atacado por pirañas; nada pudimos hacer


una vez que la sangre excitó a los demonios que, en más cantidad, acudieron y dieron fin a su vida en contados minutos. Su mano agitándose por sobre las aguas, como una despedida, fue lo último que alcanzamos a ver de él. Nuestro indio se aleja a menudo a buscar el alimento, regresa con presas que devoramos: monos, algunas aves o un ciervo. Mas ésta mañana no estaba, y con él las dos mulas y dos caballos habían desaparecido. Lo esperamos hasta la tarde, aún seguros de que no volvería; ha visto la oportunidad de huir con las riquezas, exponiéndonos a una muerte segura. El ataque no ha venido desde afuera sino desde la traicionera seguridad con que lo seguíamos. Estamos perdidos. La verde maraña nos asfixia con su cerrazón sin límites; es un lazo ajustándose más y más, un caminar en círculos, la demencia de un ciego que se golpea contra las paredes, buscando una salida que sabe no hallará jamás. Mis compañeros enloquecen, gritan, se echan culpas. Cómo decirles que se resignen, que estamos muertos desde el momento en que nacemos, que todo es una postergación más o menos dilatada de lo ineludible. Me alejo, tengo que alejarme mientras discuten. No miro hacia atrás, como no miré en el naufragio de mi vida. Camino sin rumbo, pero sé bien hacia dónde voy, hacia la fangosa orilla del río donde se apilan los huesos de pecaríes y venados. Mis pies se hunden en el barro viscoso. Anochece, debo concluir este relato. Ya vienen por mí. Claudia Viviana Parreño Primer premio. Categoría Relatos de Viaje.


LA HISTORIA DE REGLAMENTARIO por la letra "i" Unas delicadas manos de niño en un país lejano acabaron de darle la última puntada en su blanca piel de cuero, moteada con rombos negros. Después, por su ombligo le inyectaron aire, se hinchó y creció hasta convertirse en una precioso balón de fútbol reglamentario. Radiante estaba Reglamentario el día de su estreno. Orgulloso de su redonda perfección e ilusionado ante una vida que se le presentaba rodada. De aquí para allá, rodando sobre mullidos céspedes, levantando la admiración de millones de espectadores, siendo el protagonista de las cámaras de televisión. Ahí estaba Reglamentario, el centro de todas las miradas, en el círculo central, cuando de repente sonó un silbato, y acto seguido recibió un zapatazo que lo dejó aturdido. Y luego otro y otro más. Durante hora y media estuvo soportando patadas, cabezazos, pisotones. Y luego, cuando todo se acabó por fin, lo metieron en un saco, todo amoratado, con su blanca piel llena de rasgaduras y señales. Reglamentario no se había imaginado eso. Vaya pandilla de brutos eran esos que le trataban a patadas. En el saco, había otros muchos balones como él, todos igual de amoratados y marcados. Viendo sus desinflados ánimos, entendió lo que le esperaba. Se acabaron las cámaras y las multitudes. A partir de ahora, sería sólo balón para los entrenamientos y su vida sería todavía más dura. En el saco, había un balón diferente. Era como más grandote, con una piel naranja de suave rugosidad y unas líneas negras tatuadas curvándose sobre su superficie. Era un balón de básquet. Pensó que si fuese él, lo tratarían mejor; así que Reglamentario, con el permiso del balón de basquet, a quien también le apetecía un cambio de aires, se metió en su piel.


En los primeros lances del partido, la primera impresión fue buena. En esa cancha, al menos, no lo trataban a patadas. Se lo pasaban de mano en mano, y eso le resultaba más agradable. Lo que le incomodó un poco fue ese constante botarlo contra el suelo que le producía dolor de cabeza. Y también estaba esa inusitada insistencia en hacerlo pasar por el aro. Y lo peor: los costillazos que sufría cuando rebotaba contra el aro metálico y que le hacían ver las estrellas, además de provocar el enojo de la mano falladora que descargaba toda su ira contra él. Así que no pudiendo soportar un segundo partido, y ni mucho menos cinco minutos de tiros libres, Reglamentario decidió convertirse en un balón de balonmano. Se encontró en medio de un partido pasando de mano en mano, a una velocidad de vértigo. Ahora a un lado, ahora al otro. Pásamela, te la paso. Así, en largas y monótonas series, intentando traspasar una muralla de manos que parecían saludarla con los cinco dedos extendidos. Algunos jugadores tenían la manía de cogerlo con sólo una mano, estrujándolo con fuerza, para luego arrojarlo con toda potencia contra un espantapájaros que vigilaba un marco de madera. Con suerte, a veces conseguía pasar a través de sus piernas y acabar estrellándose contra la red. Entonces, tenía unos momentos de tranquilidad que duraban apenas un suspiro. Y vuelta a empezar, pero esta vez en el campo contrario. Se estresó con tanto ir y venir y antes de que la situación se le escapase de las manos, decidió convertirse en una pelota de tenis. Se equivocó Reglamentario pensando que teniendo pelo estaría más protegido de las agresiones. Se equivocó pensando que, siendo muchas como ella las que intervienen en un partido, no le harían caso y la dejarían en paz. Fue la primera en ir parar a las manos del tenista. La primera en ser botada contra esa arena roja que la dejó ciega y la primera en recibir el raquetazo. Y menos mal que fue punto de servicio, porque no estaba segura de soportar un segundo raquetazo.


Salió rebotada de la pista y fue a parar a una mesa de color verde donde se practicaba una modalidad parecida, pero en versión reducida. Reglamentario era ahora una pelota de ping pong. Cataclac, cataclac. Ahora se sentía más liviana y el contacto con la gomosa superficie de la raqueta no era doloroso. El problema era que a medida que cogía velocidad, los impactos eran cada vez más violentos, sobre todo el último que parecía que la quisiesen matar. Aguantó un partido y se marchó con viento fresco. Reglamentario estaba cansado de recibir patadas, golpes y bofetadas. Necesitaba sentirse protegido. Probó entonces en convertirse en un balón de rugby, viendo a esos fornidos muchachos que, de seguro, dejarían la piel por él. Le gustó la forma en cómo lo llevaban debajo del brazo, corriendo como poseídos y apartando a empujones a quienes se acercasen con malas intenciones. Le gustaba también cuando se veía rodeada por una melé de forzudos que se empujaban uno a otros. Pero con lo que no contó fue que, en una de esas, la melé se desmoronó y Reglamentario quedó aprisionado por una mole de piernas y brazos. Tuvo que ser retirado en camilla y llevado de urgencia a un hospital donde le diagnosticaron un severo aplastamiento. Reglamentario pasó una temporada en el hospital, triste, apesadumbrado y lamentándose de su destino: ser apaleado, aplastado, empujado, pisoteado, pataleado y abofeteado. ¡Todo el mundo descargaba sus rabias contra él! Pero tenía que asumirlo. Para eso había sido hecho. Así que Reglamentario decidió aprovechar su estancia en el hospital para recuperar su forma, hacerse un lifting de piel e insuflar moral a su lamentable estado de ánimo. Decidió que ya lo había probado todo y que lo mejor era volver a su primer empleo. Como estaba como nuevo, a Reglamentario no le costó mucho ser elegido para el siguiente partido en el estadio donde fue estrenado. Animado por volver al estrellato y por bien del espectáculo, soportó estoicamente de nuevo las patadas,


cabezazos y pisotones. Incluso fue capaz de perdonar la impresionante bolea con el pie derecho que le propinó un delantero y que le hizo acabar contra la red. Disfrutó, aturdido, de la alegría del gol. Al final del partido, esperando volver al saco, se sorprendió cuando todos los jugadores empezaron a acariciarla, a hacerle dibujos en su piel, a besarla, manosearla, ponérsela debajo de la camiseta para que no pasara frío. Y más se sorprendió cuando en vez de meterla en el saco, la pusieron en una vitrina, compartiendo un iluminado espacio con trofeos de oro, plata y bronce. Reglamentario fue, a partir de entonces, la admiración de todos. Recibía todo tipo de cuidados y atenciones, y nunca más nadie le levantó una mano y ni mucho menos un pie. Reglamentario era el gol 5000 de aquel equipo de futbol, y su vida había cambiado, por fin. La Historia de Reglamentario (Ballons) Ignacio Raventós Cardús Tercera mención. Categoría Relatos de Deportes.



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