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ParĂĄbolas de hoy para encontrar la Buena Noticia de JesĂşs en la vida de hoy


El p. Rodolfo Bonci es sacerdote del Sagrado Corazón de Jesús (dehoniano) desde 1956. Nacido en Italia, recién ordenado presbítero, en 1966 llegó a América Latina. Con el entusiasmo que lo caracteriza, cumplió la tarea evangelizadora en la Iglesia argentina (Córdoba y Chaco) hasta 1989. Luego se estableció en nuestro país, siendo encargado de la comunidad de Nuestra Señora de Guadalupe, párroco en La Gruta de Lourdes y actualmente, en la parroquia de El Pinar, Canelones. Su presencia en el Santuario de La Gruta es muy apreciada por el contacto vivo que mantiene con cada persona que se le acerca. Desde el comienzo de la etapa evangelizadora que lleva el lema “Redescubrir el Evangelio”, se encargó de ofrecer a los peregrinos, a través del Boletín, una manera para encontrarse con la Buena Noticia de Jesús en la vida de cada día: y esto gracias a su infinito tesoro de experiencias acompañadas por la reflexión de fe.

Santuario Nacional de La Gruta de Lourdes, Montevideo, Uruguay. Setiembre 2011 Textos: p. Rodolfo Bonci. Diagramación: Equipo de Umbrales. Página web: www.umbrales.edu.uy Impresión: Imprenta Rojo. Dep. Legal:


El Primer Anuncio del

Evangelio

Introducción Cuando iniciaron las celebraciones del Año Jubilar de Lourdes, en 2008, a los 150 años de las apariciones de la Virgen a Santa Bernardita, decidimos, como Santuario de la Gruta en Montevideo, poner como lema del año: “Redescubrir el Evangelio” que significa Buena Noticia. Sí, nos pareció que la verdadera alegría (jubilum en latín) es la Buena Noticia de Jesús. En ese año, propusimos en el Boletín de la Gruta dos Parábolas de Jesús (en los años que siguieron: el Evangelio de la Encarnación -2009- de la Pasión y Muerte -2010- y de la Resurección -2011). También se reflexionó mucho sobre cómo redescubrir el Evangelio. El p. Rodolfo insistía que no existe solo el Evangelio según san Marcos, Lucas, Mateo y Juan: existen muchas otras buenas noticias del Padre, del Hijo Jesús y del Espíritu Santo, que obran de día y de noche, ya sea que durmamos o que estemos despiertos. La vida de cada uno está llena de huellas, mensajes y dones de Dios. Son como parábolas actualizadas que nos muestran la presencia del Reino de Dios, hoy. Muchas veces no nos damos cuenta, no lo percibimos, lo vivimos sin saber. El mundo está lleno de santos, de maravillas que no siempre encuentran espejos que les permitan verse y apreciarse. Personas que envían perfume de Dios sin darse cuenta, como las flores. Así fue que el p. Rodolfo comenzó a enriquecer nuestro Boletín de lindas parábolas de hoy, que él supo almacenar gracias a su reflexión evangélica y a su experiencia. Mes a mes, fueron las páginas más leídas del Boletín. En este cuaderno quisimos coleccionarlas, juntos a un texto evangélico que ayude a la reflexión y a unas preguntas que permitan descubrir la misma Buena Noticia en tu vida. Aún acompañadas por muchas sombras, estas páginas pueden ser vistas como el producto de una ilusión, porque en el mundo hay mucho mal. Lo sabemos, pero Jesús vino para anunciar el Evangelio que ya está entre nosotros; Él piensa que necesitamos redescubrir lo bueno que está en medio del mundo: esto nos cambiará. Este cuaderno entra como segundo volumen de la serie “Primer anuncio”. Puede ser útil para una charla de Bautismo, para regalarlo a quien se está interrogando sobre la fe, o a quien no conoce a Jesús, pero comparte sus ideales cada día, aunque no sabe que Él lo está acompañando.


La parábola de la madre de la bicicleta Eran las siete de la mañana de un día de invierno. Yo estaba transitando por un camino descampado, envuelto por oscuras sombras de altos pinos en la zona de El Pinar, entre Colinas de Solymar y la Avenida Giannattasio. La oscuridad y una abundante llovizna me obligaban a mantener encendidas las luces y el limpiaparabrisas. De pronto vi la sombra de un chiquilín saltando los tantos pozos llenos de agua que cubren nuestras calles de la Ciudad de la Costa. A su lado, una figura de mujer llevando de la mano una bicicleta. Esta escena se repitió una y otra vez durante toda la semana. Distraído, los dejaba pasar como si nada. Una mañana, que me quedaban dos minutos de margen, para el comienzo de la misa, sentí como un impulso de parar para preguntarles “¿Qué sería tan importante como para enfrentar los fríos, las lluvias y el camino tan feo en esas madrugadas invernales?”. La respuesta de la mujer fue cortita como el apuro de la hora y el margen de tiempo que quedaba para la entrada al liceo. “¡Este es mi hijo y tiene que ir al liceo de Médanos de Solymar. El camino es oscuro y feo y, con lo que está pasando, no lo dejo solo... yo lo acompaño!”. Sentí tanto amor, tanto coraje, tanta entrega en esa expresión de madre, que me quedé sin respuesta. Apenas unos segundos de tiempo para registrar y reaccionar, y lo único que me salió fue: “¡Los felicito y los admiro! ¡Sean fuertes!” Y volví a mi camino. Ese chiquilín debe frecuentar el liceo. La fuerza de un ideal es grande. La maternidad no se agota en el dar a luz un ser biológicamente completo. Ella sabe que tiene que dar a luz mucho más: una personalidad para la vida, para el mundo, para un futuro exigente, de riesgos y dificultades. ¡Un hijo hay que equiparlo y armarlo adecuadamente! La carita tierna del chiquilín me hizo caminar rápidamente hacia el futuro y allí me acordé de tantas expre4


siones que se oyen entre nuestros adolescentes. Algunas nobles, justas y agradecidas: “¿Me recibí gracias a mi madre! ¡Si no hubiera sido por mi madre!, ¡Mi madre fue una sargentona, pero gracias a eso soy lo que soy!, ¡Nunca terminaré de agradecer a mi madre por lo que me exigió estudiar! De otra manera... ¿quién sabe lo que hubiera sido?”. Pero... También me acordé de otras expresiones tantas veces oídas por ahí: “¡Yo no te pedí traerme al mundo!, ¡Yo no te debo nada! ¡Con mi vida hago lo que a mi se me antoje! ¡Yo soy libre y soy dueño de mi vida!”. Volví a esa figura de mujer: bicicleta en mano, recorriendo su camino para hacer “por segunda vez” su liceo. Primero cuando era adolescente, ahora rehaciendo el mismo camino para que su hijo, haciéndose hombre, crezca derecho, persona educada capaz de hacer buen uso de su libertad. Descubrí tanto del evangelio de Jesús en esa mañana de invierno. Volví a oír eso de “¡No hay mayor amor que dar la vida!”, “El pan que yo les doy es mi carne para que tengan vida...”. Cuando paso por ese camino es como si viera a alguien escribiendo una página del evangelio, una buena noticia de Jesús. Sin saber, pero con tinta de sangre y sudor, como la del Nazareno, muchos escriben el “evangelio de Jesús”, esta vez, “según Cecilia, Jorge, Lucía, Esteban, etc.”. El que sabe leer, que lo publique para gloria de Dios. El Espíritu de Cristo trabaja de día y de noche y es importante ayudar a nuestros hermanos a reconocerlo en el camino, como Pablo, y al partir el pan, como los dos de Emaús.

“Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”. “¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo...” Lucas 24,13-19

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¿Conociste madres con la bicicleta? Quizás tus padres la tienen y no te diste cuenta.

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Ver, oír y sintonizar con el corazón No es difícil asociar la exuberancia de la primavera con la juventud, con su vitalidad, creatividad y energía. Todas riquezas que tenemos que aprovechar. El tiempo, el clima, las circunstancias son dones, oportunidades y sugerencias. Sin embargo dejamos a muchos en el camino... Y ¡Ojo! A veces lo que dejamos por el camino son personas y, tal vez, grupos, generaciones, y... Seguimos de largo, como aquel sacerdote o aquel levita de la parábola del Buen Samaritano. Me acuerdo esa mañana de primavera tibia y luminosa que invitaba a salir, cuando, termo en mano, me encaminé hacia el parque de la Gruta de Lourdes, hacia el Miguelete y vuelta. El paseo de casi todas las mañanas... (de Jerusalén a Jericó...). Muchos me paraban para pedirme que bendijera una estampita, una medallita, una vela o un rosario. Yo me detenía un instante, y como de costumbre introducía una fórmula de bendición. “¡Bendice, Señor este rosario y concédeles a los que lo cuidan y lo rezan con devoción, conocerte y amarte siempre más y, al mismo tiempo, dales lo que te piden y que te pidan lo que es bueno, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!”. Y...(seguía de largo...). Cada uno por su camino, a sus tareas, sin vernos, sin conmovernos, como andando en caminos paralelos... Esto una y otra vez. Pero una mañana, un señor, que caminaba despacio por el parque, me paró y me pidió que le bendijera una medallita. Su paso lento, sintonizó con mi falta de apuro. Lo miré a los ojos y vi algo diferente: ¿Timidez?, ¿Miedo?, ¿Dolor?, ¿Angustia? No sé qué... Lo confieso: estuve a punto de seguir de largo como tantas veces... Algo, mejor dicho, Al6


guien me dijo: “Pasó un sacerdote, lo vio y siguió de largo...” Me detuve y le pregunté: “¿Tenés un tiempito?” “¡Si, padre!”. Me pareció que era lo que ese señor esperaba. Un tiempito, una invitación, una venda, un poco de aceite y un poco de vino, un descanso en “el albergue”. Me bajé de mi montura, pasamos al despacho parroquial y, siempre con su medallita en mano, como si ella lo hubiera traído a ese encuentro, me habló de un hijo enfermo, de una familia herida, de una carga y un cansancio inmenso. Hubo un nudo en la garganta y, finalmente un llanto suelto, sin freno. Pasaron unos minutos y una hermosa confesión trajo la calma y la dura y fuerte resignación. La bendición de esa medallita fue lo último de ese encuentro. La apretó fuerte, fuerte en sus manos y salió con la promesa de llevarla al hijo enfermo en el hospital. No pude evitar volver a pensar en ese hermoso capítulo 10 del evangelio de Lucas, con su parábola del “Buen Samaritano” y mis frecuentes y frustrantes apuros. A cuántos malheridos dejé por el camino, sólo Dios sabe. Y me acordé del hermoso canto: “¡Viva la gente!” y “¡Las cosas son importantes pero la gente lo es más!”, sin embargo, sigo de largo, apurado, y cantando “¡Viva la gente!”, pero siempre preocupado por las cosas.

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: “Ve, y procede tú de la misma manera”. Lucas 10,29-37

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¿Recuerdas un encuentro parecido a este? ¿Por qué a veces la indiferencia es una opción? 7


Las guiñadas de Dios Un día estando en La Gruta una señora se me acercó y me pidió que le bendijera cuatro estampitas. Yo le pregunté para quiénes eran y me contestó que se las dejaba a sus 4 hijos pequeños que iba a dejar a los abuelos, mientras ella iba a viajar a una gran ciudad italiana para ver si podía levantarle a los hijos una casita. “No quiero que les pase lo mismo que a mi” decía. Yo me crié en un Barrio pobre y en un rancho pasando frío. Tengo que aprovechar ahora que soy joven. Cuando le pregunté si tenía trabajo, me dijo llorando: “la calle, padre”. Me acordé de un libro entero de moral. Sin embargo le dije que la calle era dura y cruel y que las enfermedades y la muerte recorrían las mismas calles. “¡Ojo que es preferible un ranchito con la madre, que un chalet sin ella”. Una casa sin madre es fría y oscura. Me tragué todo el libro de moral y me acordé de todas las fiestas del Padre: a la vuelta del hijo pródigo, al reencuentro con la ovejita perdida, frente a la adúltera en el templo, y frente a la Magdalena en la cena, o después del almuerzo frente a Zaqueo... Jesús hablaba con tanta alegría frente al retorno del pecador que me parecía verlo mirar al cielo y recibir la correspondiente guiñadita del Padre. “Se hace más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no precisan...” Una madre va y arriesga su vida por los hijos... y me acordé: la caridad cubre una muchedumbre de pecados... Nadie ama más que aquel que da su vida... y preferí tragarme el texto de moral y acompañarla en la entrega. Me salieron unas lágrimas de emoción y le hice una guiñadita asegurándole que la acompañaría con la oración. Las fiestas de Navidad, de fin de año, el comienzo de un nuevo año, y la vida, me ayudaron a descubrir, aunque no del todo, qué tendremos nosotros para que Dios nos ame tanto? O tal vez: “¿Cómo será Dios para que nos ame tanto?...” Y vuelvo al Génesis (2,7) donde dice que Dios nos hizo de barro y que sopló en nuestras narices “aliento y vida, y existió el hombre”. Con razón Jesús dice: “cuando recen digan Padre Nuestro...” A veces se me ocurría pensar si Dios no tendría vergüenza en presentarse como Padre nuestro ya que nosotros cuando un hijo nos sale bien sacamos pecho y lo anunciamos, mientras cuando nos sale mal, lo escondemos. ¿Cómo Dios grita al mundo que somos sus hijos, sabiendo que inventamos el odio, la violencia, las guerras, las discriminaciones, las violaciones, que abusamos de los propios hijos, y que matamos a los propios bebés?... 8


¿Tanto nos ama? ¿Por qué? Y vuelve a mi mente ese soplo que sale de las entrañas de Dios para entrar en las nuestras. Ese soplo que embarramos, que pisoteamos con nuestro orgullo y nuestro egoísmo. Y es allí cuando pienso lo mismo que el padre Adán, que somos desnudos, y que nos escondemos por vergüenza en el monte, para que ni Dios se entere de nuestra conducta. El barro no le gana al Soplo de Dios. Ese Soplo es engendrado por Dios, porque Dios es Amor y “se dona”. Y La Palabra de Dios, La Imagen perfecta del Padre, El Hijo Único del Padre, Engendrado, no creado, contemplándonos, heridos por el pecado y envueltos en la vergüenza, se compadeció de nosotros. Ese soplo del Padre lo “sedujo” y su misericordia pudo más que nuestra miseria. El Hijo único que está en el Padre, por amor al Padre y por amor a nosotros poseedores de su Soplo, se entregó para redimirnos, para santificarnos por el Espíritu Santo que nos conduce en la docilidad de nuestra vida. De aquí que ya no nos sorprende la palabra del Hijo a veces hasta escandalosa: “la fiesta por el hijo pródigo que vuelve, la fiesta por la ovejita perdida... el perdón para el publicano del último banco del templo,... esa expresión tan desorientadora: ...“los publicanos y las prostitutas les pasarán adelante en el reino de los cielos...” Qué atrevido el Hijo de Dios hecho carne. Y yo lo imagino después de decir esto mirar al cielo y ver el Rostro del Padre... que le hace unas guiñaditas de aprobación... Claro había deseo de conversión y cambio y no excusas.

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Lucas 15,1-7

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¿Quiénes son los buenos? ¿Quiénes son los malos?

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Ser libres como Jesús el pobre, rico en libertad En una ciudad no lejos de aquí, los jóvenes, siempre atentos a lo que puede ser nuevo y generoso, se reunían con bastante facilidad entorno a lo que la Iglesia pudiera ofrecer de noble y grande. La mirada, atenta a los pobres, les permitía encontrar siempre lindos y fuertes desafíos para enfrentar. Entre los más activos había dos jóvenes siempre dispuestos. Tenían trabajo fijo en la ciudad y el tiempo libre era para reunirse y comentar lo del país, de la ciudad y del barrio. La sensibilidad hacia los problemas sociales y la justicia, era una de las características de estos muchachos. La condición de trabajadores les daba una buena dosis de seriedad y responsabilidad y, el ser estudiantes, les proporcionaba una especie de derecho a soñar. La fe en Jesús les garantizaba que la lucha por la justicia no quedaría sin recompensa y les aseguraba la tranquilidad de conciencia y la más pura felicidad. Un día pregunté a uno de ellos sobre su familia. Vivía con una señora que lo había adoptado sin saber nada sobre sus padres. Después el papá adoptivo, luego de dejarle un hermanito, con la señora con la que lo había adoptado, había fallecido. Quedó él con un hermanito a quien quería mucho y a quien defendía en todas las reuniones... Cuando pedí al otro compañero que me describiera su situación, me contó que vivía con su madre porque el padre se “había borrado” hacía muchos años. El no recordaba nada. Su propósito era estudiar y finalmente encontrar a su padre para quien tenía preparado un filoso sermón, suficientemente fuerte para herirlo hasta el alma. No podía yo entender si ese rencor fuera bronca contra el padre o defensa y exaltación del sacrificio solitario de su madre. Pasaron unos meses. La búsqueda de su padre, fue intensa. Un domingo, de tarde, lo veo con paso acele10


rado, como quien tiene algo grande para contar... fue abriendo los brazos tan ancho que parecía querer abrazar a un pueblo. “¡Rodolfo!” gritó, y apretándome fuerte, con las lagrimas en los ojos, siguió: “encontré a mi padre!”. “¿Y? -le pregunté- ¿cómo te fue?” “¡Bárbaro, che! ...me contó toda su historia... ¡Lo que es “no saber...”! Hay cosas que no se pueden entender... cómo todo empezó. La vida es un misterio, hasta que no se llega a la raíz... ¿Vos sabés que nos entendimos? Me invitó a su casa, me mostró su alegría al saber que mi madre y yo no nos rendimos... La vida fue difícil para todos, pero Dios no abandona a nadie. Me dijo que me va a dar una mano en mis estudios y me pareció que se sintió orgulloso de mí y apenado por las peripecias de mi madre. Ahora nuestra pobreza es menos pesada. Nos liberamos del rencor. Tú sabes cuánto pesa...”. El resentimiento achica, acobarda y gasta las pocas energías en insultos y amenazas. Cristo, pudiendo ser rico, quiso ser pobre para enseñarnos que el mal más grave no es ser pobre, sino resentido y rencoroso con la pobreza y los que la provocaron. Asumirla activamente es redimirla y disiparla sin violencias.

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Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, será condenado por el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, será condenado por el tribunal. Y todo aquel que lo insulta, será castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, será condenado a la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo. Mateo 5,21-26

¿Te pasó de disfrutar la compañía de una persona que antes te resultaba antipática? 11


Rosa: la “niña-mamá” “-¡Mamá llega más tarde!” les decía, ¡Pasen y acomódense!. Con una mirada y sin gritar se comunicó con José y Damián que enseguida fueron con su hermanita a juntar unos tronquitos de asiento de debajo de una sombra y los arrimaron al altarcito de la Virgen. “-Mamá dijo que rezáramos sin esperar porque hoy no la iban a dejar salir antes”. Dijo Rosa. Y comenzamos a rezar el Rosario. Como siempre al final de la oración, comentábamos con los vecinos algunas cosas del barrio, y de la necesidad de tratar los problemas juntos... Yo no podía sacar mi mirada de esa chiquilina que llevaba en sus brazos a dos hermanitos: uno de 2 años y otro de meses. Se movía con sencillez, los reacomodaba con un pequeño salto y, toda encorvada, al mayor lo sentaba con arte a caballo sobre su anca del lado derecho. Ese gesto se repitió varias veces. Seis hermanos no son poca cosa para una familia, ni para una madre y 5 hermanos, tampoco, para una hermana. Ese rosario me hizo pensar mucho. Fui, vine y me fui de nuevo muchas veces del tema. Me acordé haber escuchado cómo el uso de la mochila puede afectar la columna vertebral de los niños... Dos hermanitos son más que una mochila escolar... Me acordé de lo superficiales que somos cuando salimos con esas “nada salomónicas” expresiones: “si no pueden, porque traen al mundo tantos hijos...” Y pensando en mi país despoblado, no comprendo lo cortos que somos al no buscar otras soluciones mejores... Pensé que un sueldo por familia debería alcanzar a mantener a los hijos, ya que desde que existen no son sólo hijos de doña María sino de mi Patria. Pensé que Rosita, ya “mamita precoz” de cinco hermanos, antes que insultos y críticas aceptaría mejor una ayuda. Dentro de treinta años tendrá problemas de columna que tendrá que asumir como una ofrenda sa- Dionisio Díaz, de Treinta y Tres, dió la vida por su hermanita. grada al Buen Dios que seguro la pondrá en la 12


lista de los mártires. Pensé que en esa familia humilde la educación estaba presente y que la convivencia entre hermanos es posible aún en los barrios más humildes y en las familias más numerosas. Pensé que traer el pan a la mesa dejando a los hijos pequeños en manos de los hermanos mayores, también hace al trabajo más pesado y a los sueldos siempre insuficientes. No pude escapar a un acercamiento entre las Beatas mártires uruguayas Consuelo y Dolores, que en poco tiempo regalaron la vida como testimonio de amor a Cristo y Rosa, esta hermana mayor que regaló todo: infancia, adolescencia, juventud (hasta la vejez, si llega), con dolores de hueso, de columna y de renuncias para el bien de sus (perdón) nuestros hermanos. “Un vaso de agua fresca dado en mi amor no quedará sin recompensa” dijo Jesús. El día de las Beatas Dolores y Consuelo me acordaré siempre de las Rosas que llenan nuestro jardín escondido, nuestra Patria oculta, nuestra Iglesia misterio. Creo siempre más en nuestro Pueblo santo, que no siempre coincide con el Pueblo que está en nuestros templos. Tendríamos más esperanza si pudiéramos, tanto presbíteros como parlamentarios, recorrer los senderos de nuestras periferias, ver lo que se vive, escuchar sus “¡Upa!” y darles una mano en la infancia para evitarles tantos dolores en la vejez. Yo por mi parte, no quisiera escuchar nunca más esa expresión: “¡Bajar la edad de la imputabilidad!”. Preferiría escuchar el “¡Upa!” de los pequeños y darles una mano a las madres, no para que no tengan hijos, sino para que puedan... Será que algún día los grandes de la sociedad y de la Iglesia escucharemos el “¡Upa!” de nuestros pequeños. Ese rosario me ayudó a descubrir cuánto de evangelio se vive en los ranchitos y cómo el Espíritu de Jesús evangeliza desde los patios abiertos, en escuelas de tronquitos, con docentes menores de edad.

Le trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo: “Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos”. Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí. Mateo 19, 13-15

¿Conociste a personas que viven o entregan su vida de manera heroica, sin darte cuenta? ¿Personas que siguen diciendo “sí” a la vida, sin condiciones?

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En el “entrevero” vemos la mano de Dios Estaba yo mirando esa maravillosa obra de arte que es el “Entrevero”. ¿Quién no admiraría esa compleja fantasía de soldados, caballos y armas, entreverados con arte, movimientos y esfuerzos atrevidos, en batalla? Podríamos imaginar así el corazón de un adolescente. Sueños, proyectos, sentimientos, contradicciones, logros, sufrimientos y fracasos... Cuando me pidieron hablar de un compañero, hoy misionero en Filipinas, el p. Delio Ruiz, de su adolescencia y de su vida, pensé que me pedirían escribir un libro. “¡No, una paginita!”. Qué atrevimiento, pensé. Allí es como se me presentó la obra del “Entrevero”. Hay tanto de ideales, de sentimientos, de logros y de sufrimientos, que sólo un milagro lo puede lograr; entonces no me queda otra que pedírselo a Jesús por intercesión de “san Delio Ruiz”. Empezaré por hablar del Delio más chiquito. Hace años yo solía, en las vacaciones y en los fines de semana largos, trasladarme con varios chiquilines a poblaciones y aldeas lejanas para compartir la fe, y algo de la vida con los hermanos. Los chicos venían con gusto. La novedad, las aventuras y un poco de apostolado nos ayudaba mucho. Ellos, acercaban a la gente, achicaban las distancias y rompían el hielo en los encuentros. En proximidad de las fiestas de La Asunción de la Virgen María y de San Roque, fuimos a Pampa Almirón, Chaco. En una de esas vigilias que realizábamos con los jóvenes de la aldea, saqué un album de fotos de Pierre Babín. “¡Miren, les dije, y elijan la foto en la que se vean reflejados y que les ayude a expresar algo de lo que piensen”. Delio, todavía adolescente, eligió una foto en la que aparecía un grupo de pobres necesitados de atención. “Yo elegí esta foto porque mi deseo es buscar, atender y enseñar a los pobres lo que enseñó Jesús. Ellos no lo saben, por eso están muchas veces tristes. Yo veo que cuando en la placita se reúnen y les cuento las parábolas de Jesús, se ponen contentos”. Le pregunté quién le había encargado enseñar catequesis, siendo que era todavía un niño. Me contestó que los niños le pedían y él contaba las parábolas del evangelio. Poco tiempo después, mientras preparaba a un grupi14


to de adolescentes, un poco más grandes que él para llevarlos al seminario, me pidió que lo llevara a él también. Me resistí, pero no hubo más remedio. Delio, de familia muy pobre, perdió a su madre muy temprano. El padre estaba criando tres jóvencitos trabajando de peluquero. Delio demostró fuerte voluntad, superó el “mal de Chagas”, se recibió en la facultad de Teología de Devoto, Buenos Aires, estudió y se especializó en Roma, viajó por todo el mundo y ahora se encuentra en Filipinas, al servicio del Reino y de la formación de otros Dehonianos. Existen momentos decisivos. Son los momentos de las llamadas “opciones fundamentales”. Momentos de los cuales depende la vida. Allí nace esta vocación, con ese carisma y para esa misión. Todos, en la vida, tenemos esa propuesta de la que depende una larga historia, una fuerte lucha en un entrevero de gente y relaciones que revelan el proyecto y la hermosa obra de arte que sale de la gracia de Dios y del esfuerzo del hombre. Hay que aclarar que el “entrevero” no es confusión y que cada cual tiene más de uno. Lo que hizo Dios con los profetas, Jesús con los pescadores, y con Pablo, se sigue repitiendo con Delio, y cada uno de nosotros. Es cuestión de creer en el artista y dejarlo trabajar aún cuando pega fuerte con el martillo y el formón, o cuando nos quema y funde en formas nada fáciles, en entreveros de proyectos, caminos, intentos, logros y fracasos. Delio es justamente uno de éstos que el Señor quiere allí listo y disponible para los pobres que lo precisen. Su preparación arrancó de un gran amor a Jesús, conocido desde pequeño en el hogar, anunciado en las placitas del barrio, profundizado en la vida religiosa, en la teología. Un Cristo con rostro divino y humano, mar adentro, mundo adentro, historia adentro, entreverado con nosotros, sedientos de la esperanza que nace de su cora-

zón y de su Buena Noticia. Así como en la obra del Entrevero, si no te mueves se te escapa la otra visión, así en la vida del sacerdote, si no se tiene fe, no se lo puede entender. Como un arquitecto ateo no puede construir una buena catedral, así un ateo no puede entender al sacerdote y menos al misionero. Hay entreveros que desafían a la fantasía y a la imaginación. La otra parte está del otro lado y se desarrolla en la intimidad, por eso Jesús a veces llamaba los discípulos aparte... Y la obra lleva también los rasgos, la líneas y las acentuaciones que el pueblo, dentro del que te mueves, va grabando. Delio, un poco paraguayo, por sus padres, un poco argentino, chaqueño, cordobés, porteño, italiano, filipino e indiano, repartiendo y cosechando cultura y fe. Habrá que hacer, con Delio, lo que se hace cuando celebramos algún aniversario importante en el que descubrimos alguna imagen o recordatorio: cortar alguna cinta, quitar algún velo e imaginar... sin pretender descubrirlo todo. Hay cosas que el propio Delio no va a ver, ni puede contar. En el “entrevero” hay que admitir la mano de Dios que no dejará de ser, en parte, misterio.

En algún momento, ¿apreciaste el orden de Dios en el aparente desorden humano?

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No hay mayor amor que dar la vida Eran las 9,30 de la noche. Hora de las tareas domésticas, hora en la que (como decían en mi casa) “se tiran los remos en barca”. De pronto suena el teléfono. - ¿Hola? -¿Padre, me dieron este teléfono. Tenemos a una enferma grave. -¿Dónde se encuentra? -¡Atrás del Aeropuerto! Está en coma. Yo me puse más nervioso. Al sacerdote hay que llamarlo con tiempo. El Sacramento de la Unción de los enfermos, en lo posible, hay que administrarlo cuando alguien padece una enfermedad, física o espiritual, de cierta importancia y cuando esté consciente. Pero... No es momento para muchas reflexiones y (dada la hora, solicito que me vengan a buscar). Busco al Santísimo para la comunión, los óleos para la unción y espero. Pasaron 20 minutos, el tiempo necesario, y un modesto coche está frente a mi puerta. Caras serias. Saludo con delicadeza y comienzo a preguntar: -Cuéntenme algo de la enferma... -Padre... se trata de mi hermana mayor. Tiene cincuenta y tantos años... nosotros somos 7 hermanos. Ella prácticamente ha sido la madre de todos. Somos gente humilde. Ella nos arreglaba para llevarnos a la escuela. Nos iba a buscar. Nos ayudaba en todo porque en las familias pobres y numerosas los padres, solos, no dan. Nosotros nos criamos con ella. Cuando uno se golpeaba lo primero que hacía era buscarla a ella. Fíjese, padre, que por cuidarnos a todos y ayudar a la madre ni se casó. Y mire que es una mujer capaz y podría haber tenido un buen pasar... pero no. ¡Primero estábamos nosotros! Llegamos a la casa donde estaba la enferma. Un puñado de gente amiga estaba en la puerta. Saludé rápidamente y entré. Comencé la oración del ritual. Cada tanto interrumpía con algunas referencias al momento: “No hay mayor amor que dar la vida”... Muchas maneras de dar la vida... Las infinitas maneras de vivir la meternidad... Los muchos huérfanos de amor... la necesidad de vivir las adopciones espirituales... de los tantos que, aún viviendo juntos, están solos... Las renuncias que tienen la dimensión del martirio... y sin la palma o el reconocimiento... Iba a seguir, cuando una vecina me interrumpió diciendo: “aquí no hay vecino que no haya recibido alguna atención de ella. Cuando había algún enfermo era la primera que lo visitaba. Juntaba a los chiquilines y les daba catecismo”. Vi algunos hombres entre los 40 y los 50 años, con los ojos húmedos y fuertemente emocionados. Imaginé algún hermano entre ellos... e imaginé muchas 16


deudas atrasadas con la hermana enferma. ¡Cuántas veces nos acordamos tarde de todo lo que exigimos a los demás y de lo poco que agradecemos. Sentí que tanto la presencia, como la oración y las lágrimas eran una gran inmensa reconciliación. La Absolución, como la Unción de la enferma maduraron en el encuentro con Él, el Señor, y una Señora me ayudó a darle la Eucaristía. Me acordé entonces de la Promesa de Jesús: “Yo soy el Pan de Vida... él que me come tiene Vida y Yo lo resucitaré. Aquella enferma quiso todavía una vez darnos lo que tenía: una gran fe y un amor sin medida a Jesús y al prójimo. “¡Nadie ama más que aquel que da su vida!”. Todavía tengo presente ese rostro dolorido y sereno y me quedé con deuda hacia ella: no pude oírla. A los familiares quisiera volverlos a ver en otro momento, quizás en una celebración o en alguna mateada recordando ese evangelio que el Espíritu Santo escribe en el corazón y en la vida de cada uno y de todos.

Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. ... “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este panvivirá eternamente”. Juan 6,48-ss

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¿Recuerdas personas que, sin mucho ruido ni publicidad, se entregaron para los demás? 17


¡Solo Dios sabe! El papá tenía una enfermedad terminal. La madre con 4 hijos vivía muy preocupada porque la situación económica era realmente insostenible. Un día, un tío, que no tenía problemas económicos ni de salud, pidió a la hija más grande (6 años) y se la llevó a su casa por unos días. La Providencia, que todo lo sabe y lo prové, hizo que la niña se encontrara bien y volviera a solicitar pasar un fin de semana y otro, a la casa de los tios. Una tarde, después de pensarlo mucho le dijo a la señora: “¡Vieja! Quiero decirte algo, referente a la nena” Como en plena sintonía se miraron con calma, se tomaron de la mano y unos lagrimones grandes salieron del corazón y pasando por los ojos y sus mejillas, bajaron hasta la almohada. Qué pasó por sus cabezas, uno, apenas lo imagina. ¿Qué dirá la niña? ¿Pensará que no la quisimos? ¿Quedará resentida? ¿Nos reprochará toda la vida? Pero venían respuestas concretas: ¡Va a tener un techo seguro! ¡No le va a faltar un plato de comida! ¡Va a tener una buena educación! … ¡Le preguntamos! Un sábado, de tardecita, llamaron a la hija y le comentaron el plan: “Hija, los tíos, como tu sabes, no tienen hijos y nos pidieron si tu estás de acuerdo en ir a vivir con ellos. ¿Qué pensás?” Sin mucho pensar, la niña miró entorno y dijo bastante segura: “¡Bueno!” La mamá intuyó que la sorpresa le había producido como una especie de anestesia. Los golpes duelen más tarde. Imaginó a la hija adolescente, jóven y hasta de casada... Pasó el tiempo. Murió el padre. Pasaron los años... Un día una pareja me pide prepararlos para el casamiento. Las charlas, el sacramento, la belleza de la familia y las responsabilidades son temas fuertes y entusiasmantes. Los novios me dicen que no pensaban que las charlas fueran tan interesantes. A lo último: la fiesta. Invitados, tantos... Pregunto yo: “¿Estarán todos los familiares?” Un movimiento de la cabeza me dice que hay un problema. “¿No? ¿Pasa algo?” El novio me indica con el movimiento de la cabeza a la novia. La miro con una mirada de interrogación. “Padre -me dice él- ella no quiere invitar a la madre porque dice que cuando 18


era pequeña la dió”. Entonces le pregunté que me contara su visión de la historia. La corta edad de aquella separación de los padres, el tiempo pasado, la distancia de los acontecimientos, impidieron ver a la realidad, meterse en el lugar de los otros... Solo pude decirle con mucha pena algo que el Padre de todos, que todo lo sabe, me sugirió: “Y pensar que tus padres sufrieron más que vos, pensaron solo en tu felicidad, y se desprendieron de lo más sagrado que tenían: una hija... y a lo mejor, cobran hoy una nueva amargura, que se suma a todas las demás... Dijiste: ‘me dieron’, yo agregaría: me dieron a luz, una vez más”. No se lo que pasó en la mente y en el corazón de aquella novia. Pero el día del casamiento, mientras yo esperaba, en la puerta del templo a la pareja, me acordé de las tantas cosas que pasan y que sólo Dios sabe. Pero cuando llegó la novia, lo primero que me dijo fué: “¡Aquella señora, es mi madre”. Le dí un apretón de mano fuerte, fuerte, y un abrazo con el que yo quería borrar tantas injustas penas... Ese casamiento lo celebré con una alegría muy especial alabando a Dios que hace tantas maravillas sin tantos bombos.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él. Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Jesús les respondió: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”. Ellos no entendieron lo que les decía. Lucas 2, 41-50

¿Tienes alguna experiencia de reconciliación o reencuentro, después de mucho tiempo? ¿Tienes experiencias de perdón?

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¡No puedo! Hace días que no me puedo desprender de lo que me pasó. “Padre, yo me drogo”. -¿Y... tenés ganas de salir? “¡Más o menos!”. - ¿Por qué más o menos?” “¡Porque no puedo!”. - ¿Sabés por qué no podés? ¡Porque no querés! Mientras hablábamos, un niñito de 3 años me tocó las manos. Le pregunté cómo se llamaba, cuántos años tenía y donde estaba mamá. No puedo olvidar esa tristeza profunda, esa palidez, esa mirada semiperdida. Miré a la madre, (20 y pico de años) le pregunté si era su hijo. Me contestó que sí. No pude frenar mi ímpetu: “¡Mujer, tu tienes en una mano a tu hijo y en la otra a la maldita pasta base! ¿Será posible que no puedas elegir? ¡Mira a tu hijo, mira esta maravilla, mira esta joyita toda en tus manos y tu elijes veneno para ti y para este tesoro... ¡Un hijo precioso!... Contame: ¿Tu marido? ¿El papá de esta joya?”. “¡Me dijo que cuando deje la droga volverá conmigo!”. -Tu ¿Con quién estás viviendo? “Con mi madre... ella también me dijo que no me aguanta más, que no me quiere, que me vaya...” Sentí una inmensa pena, unas ganas de agarrarla de los brazos y pegarle una sacudida que le moviera el piso y más, si fuera posible. Miré al pequeño y le dije: - ¡Andá y tocale las manos a la Virgencita que está allí! El pequeño fué hacia el cuadro de la Virgen y se puso a tocarle las manos con mucha delicadeza, un rato largo. Parecía no quererse desprender. A un cierto punto su mirada fue hacia una estatuita que representaba a San José con el niño Jesús en brazo. El niño le tocaba la cara y la barba a San José. El pequeño estuvo mirando durante mucho tiempo esa imagen y como despertándose de quizás que ilusión, se vino corriendo hacia mi. Le ofrecí mis brazos y el se trepó con fuerza, lo alcé, y se le vino la babita como si hubiera estado mirando unos sabrosos dulces de chocolate. Le pregunté a la madre cuánto tiempo sería que no vería al padre... “¡Hace rato!” me contestó. Todavía me parece ver al niñito contemplar a San José con el Niño Jesús. Inmóvil, conteniendo la respiración, procurando crearse para sí algo parecido nunca experimentado. Me acordé de tantos proyectos de seudofamilias... de la inmensa soledad de tantos pequeños, de abuelos resentidos por su vejez, escondidos en un rincón de sus casas o de sus jardines buscando tranquilidad, lejos de nietos vivaces y cosechando soledad... del plan ceibal que hay que humanizar, bautizar, vivifi20


car, y de la pandemia de la droga a la que tímidamente enfrentamos en la espera de detener quién sabe qué pescado gordo... mientras nos comen a tantos pequeños y grandes... Me acordé también de algunos medios de comunicación que estimulan el uso y abuso de cualquier cosa o sexo con tal de lograr el único dios: placer. Y a la hija de 15 o al hijo de 12 se le dice “¡Lleva el preservativo, cuidate como puedas, con tal de que no me traigas problemas!”. ¿Los mandamientos hay que vivirlos solamente para poder comulgar? ¿Dios vale solamente hasta la primera comunión, después de la cual “vale todo?”. La familia ¿No tiene normas, leyes, requisitos aparte de los que uno se quiera dar? Me acordé entonces también del Maestro Jesús. La educación para vivir la ley fundamental escrita en la naturaleza humana, los mandamientos de Dios, las exigencias básicas irrenunciables, la necesidad de una educación para el camino angosto, la superación de las idolatrías del tener, del placer, y del poder. Aprender a amar hasta dar la vida, hasta amar al enemigo. ¿Sabrá dar cariño de padre, ese pequeño mañana, cuando tenga un hijo? Me acordé del Padre Dios que viste a los lirios del campo y alimenta a los pájaros del cielo, y que no deja que se pierda ningún cabello de nuestra cabeza... La falta de experiencias sanas y de buenos modelos nos deja vulnerable y expuestos. ¿Cuál educación? ¡Uno es el camino: salvar a la familia! Cuando hablamos de familia hablamos de un papá y una mamá ya que ésta es la familia normal. En mayo celebramos el día de la Madre: devolvamos la madre a su familia y viceversa, y dediquemos más y mejor presencia a los hijos en sus primeros años.

Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! Mateo 6,25-30

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En la tuya o en otra, ¿tienes lindos recuerdos de familia? (educación, cariño, ejemplos de vida...) 21


La Verdad los hará libres Más años pasan, más me doy cuenta de que, más allá de la Iglesia visible, “sacramento” de Cristo, hay una iglesia invisible, “misterio”, mucho más amplia, rica, vital y dinámica. Sacramento y misterio, es Una, como el alma y el cuerpo. El año 1992, se habló mucho de los 500 años de la evangelización en América. Juan Pablo II, impulsó la gran celebración con una preparación de una novena de años. Ese año conmemorando los 500 años de la evangelización del continente, la Imagen de la Santísima Virgen de los Treinta y Tres orientales viajó por todo el País. En Montevideo se fijó la visita sólo en la Catedral, el Cordón, el Cerrito de la Victoria, la Gruta de Lourdes, La Aguada, La Ayuda... Yo atendía entonces la Capilla del Borro que, en un primer momento tenía que dedicarse a Santa Bernardita, como el colegio adyacente, si no hubiera ocurrido algo muy peculiar. P. José Caccín, y otros curas de la Gruta de Lourdes, en una visita a mons. Parteli, vieron una hermosa imagen de la Virgen de Guadalupe, que Juan Pablo II había donado al entonces Obispo de Montevideo. P. José y sus colegas pidieron dicha imagen a Parteli que más rápidamente les dijo: “¡Si le construyen un templo, es suya!”. P. José estaba embarcado en la edificación de un templo para el Barrio Borro. En ese mismo momento nació un pacto. Y, en pocos meses, estaba el Templo dedicado a la Virgen de Guadalupe. Cuando la Imagen de la Virgen de los Treinta y tres llegó a La Gruta, me sentí desplazado porque no figuraba la Capilla del Borro en la lista de los templos marianos que la Patrona del Uruguay visitaría en su recorrido. Me acordé que “no siempre lo más prolijo es lo más importante ni lo mejor”. La Guadalupana fue la primera y la abanderada de la evangelización. Ella había elegido al indio Juan Diego, pobre y humilde. Teníamos un templo dedicado a ella, entre barrios muy humildes. Cuando la auténtica Imagen de la Virgen de los Treinta y Tres llegó a La Gruta, decidimos, con la Comunidad del Barrio Borro, Bonomi, Misiones y Casavalle, realizar un “rapto”. A las 22 hs. salimos a “robarla y a pasearla” por las calles oscuras de nuestros Barrios. Le hablamos con el corazón como a “la Madre”. La sentimos tan presente como nunca. Nos parecía vivir un momento trascendente: en plena noche, en la clandestinidad. “La nueva Evangelización” seguía su curso, sigue su curso. Una hora más tarde, después de cruzar por las sendas y los pasajes, entramos en la iglesia de la Virgen de Guadalupe. En profunda contemplación nos esperaba la comunidad parroquial. Vivimos un momento intenso, compartimos una hermosa visita nocturna. Ausentes no sólo las autoridades sino también todos los periodistas. Una 22


cosa es la que se ve y otra la que se da. ¿Recuerdan el Nacimiento de Jesús? Los pobres no suelen ser noticia. No figuran. La farándula está en el palacio de Herodes... Ni se entera. Y ¿Cómo no recordar a muchos de los periodistas que, llegando al santuario de la Gruta de Lourdes describían las grandes celebraciones de los días Once y lo único que veían era el pedacito del “iceberg” que sale en la foto: “la piedra, las velas y el agua...” ¡Cuan diferente es la experiencia de quien pasa horas confesando... como buceando y contemplando el inmenso “iceberg” sumergido. ¿Cómo puede escribir la historia de los 500 años de evangelización Latinoamericana, un periodista? No puede describir a un “iceberg” sin bucear en profundidad. El que no ve en la distancia es “miope”. Hay que aprender a ver la vida, a la persona, a la historia de otro modo. La balanza, el metro, el kilo, los números, las estadísticas, las fotos, no lo dicen todo. Debajo del agua, en lo más profundo, como arriba de los techos y en lo más alto, tanto en las noches oscuras, como en la intimidad de las familias, se mueve mucha vida, muchas corrientes saludables. Allí está Dios fermentando tiempos nuevos, cielos nuevos y tierras nuevas. No faltarán las persecuciones ni las intrigas de los imperios, o de minúsculos “lobby” que presionan, hasta amenazar con destruir a la familia y a la Iglesia, subrayando sólo los escándalos. ¿No saben que nos ayudan a ser humildes, y así nos ayudan a flotar y salir mejor? El orgullo y la soberbia del Titanic no nos sirven. El “¡No prevalecerán!” no se apoya en nuestras buenas artes, organizaciones, tecnologías o diplomacias, sino en Cristo que dijo: Permanezcan en mi y darán mucho fruto, mientras que sin mi no pueden nada. Y esa visita nocturna de María fue como pre-

parar un nuevo amanecer y vivimos tiempos de gracia inolvidables en esos barrios: nació una Capilla dedicada al Sagrado Corazón; llegaron las hermanas de Madre Teresa de Calcuta; un merendero para niños, un comedor para ancianos; y después de la llegada de la hermana Eva, la obra de los focolares de “Nueva Vida”, el crecimiento de Los Tacurúes y... mucho más: las misiones de verano; los campamentos de verano con un éxito inesperado; el grupo juvenil que junto a los adultos, movían a la parroquia; un floreciente grupo de Alcohólicos Anónimos que animó y recuperó a tantos, marcando el paso entre comunidades vecinas. Capté, además, que los chicos de esas comunidades, todavía sumergidas, tienen una inteligencia brillante. Entonces volví a entender que debajo de la superficie del agua del río, si bien hay algo de escombros y pantanos, existe tanta riqueza, tanta vida y tantas gracias que no valoramos, no utilizamos y no ponemos en común. Cuántas veces pensé: “Si tuviera la posibilidad de crear una fábrica, tomaría todos esos chicos de esos barrios, los mismos que hacen de saltimbanqui en los semáforos, los que llamamos traviesos, porque siempre nos sorprenden con algo nuevo. Jesús decía que el Reino de los cielos se parece a un hombre que al encontrar un tesoro en un campo vendió todo lo que tenía y compró el campo... Los jóvenes son nuestro tesoro.

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¿Qué “tesoro clandestino” encontraste en tu vida? 23


AMAR en serio Pensé mucho en la pequeña y grave diferencia entre el egoísmo y el amor. Tan diferentes y tan parecidos. Hay amores que son sutilmente falsos como el cóctel y el veneno: ¡Matan! Como el del pastorcito, que viendo a una víbora dura de frío la levantó y, compadecido, se la puso en el bolsillo. A las dos horas sintió con alegría que se movía. Cuando la quiso sacar de su bolsillo, recuperada y viva, ella lo mordió. “Padre, no tengo más nada en mi casa. Mi hijo me vendió todo para comprarse droga. Ahora parece que está vendiendo droga para bancarse el vicio. No sé qué hacer. Visto que nosotros no podemos con él, mi marido me dijo que lo denunciemos... Hay centros de recuperación...” El amor verdadero lo aprendemos en la lectura calma y pausada de la Biblia. Ese libro tan sabio, y tan exigente que nos regaló nuestro Padre lleno de amor verdadero. Hemos querido ablandar, suavizar, subestimar los límites, la prudencia y nos volvimos cómplices de una debilidad globalizada. La salvación, la felicidad cuestan. Jesús nos habla de camino angosto. Me surgieron algunas preguntas. ¿Seremos tan inocentes frente a este flagelo?, ¿Habremos puesto en el alma de nuestros hijos todos los ingredientes para que conocieran en qué consiste la felicidad? ¿Los hemos preparado para el duro combate educándolos y capacitándolos en el espíritu de sacrificio? “¿Vos te animarías a dar tu corazón a tu hijo para que funcione?“ La respuesta fue inmediata: “¡Sí!“ Y: “¿Vos estarías dispuesta a dar el corazón de tu hijo a un extraño para que funcione?“; me miró arrugando la frente como si la pregunta hubiera contenido alguna ofensa y contestó grave: “¡No!“ Y soñé... Desde siempre me había gustado crear. Mi taller era un mundo de pequeños inventos. Además siempre agregaba a mis pequeñas criaturas algo nuevo y toda novedad sugería más y más aplicaciones y desarrollos. Pero un día se me ocurrió hacer algo semejante a mi. Puse todo mi empeño. Estaba casi a punto. Faltaba un soplo, el soplo. Respiré hondo, soplé sobre él y el invento, mi criatura, echó a andar. Pero, apenas lo puse en el jardín no faltó un enemigo quien se le cruzó y, seduciéndolo, lo llevó al barranco. Perdió el control y se quebró el núcleo, el corazón. No lo podía creer. Lo rescaté y lo volví a mi taller. Una gran amargura me envolvió. Me tomó la fiebre y en un delirio de sueños e imaginaciones, Alguien me dijo: “¡Papá, visto que tanto te duele y a mí me preocupa, yo te doy una mano. Te doy mi corazón, y lo arreglamos!”; “¡Hijo! Hay que ver el costo. A este invento lo hice andar con mi soplo. 24


Esta ruptura se realizó en el corazón, en el centro. No se arregla así nomás!”. “¡Padre! Yo sé donde te duele. Yo sé donde está la ruptura. Se quebró el corazón. Bueno, Padre, yo te amo y amo a tu Obra. ¡Aquí estoy! ¡Cuenta conmigo! Yo sé que si pongo mi Corazón, va a funcionar“... “¿Voy a entregar a mi Hijo?” Un silencio de siglos trajo primero una suave briza, después un viento huracanado y finalmente fuego. Entre las llamas una voz decía: “¡Al tercer día lo resucitaré!”. Y volvieron a reconstruir a esa criatura, tan pequeña y tan querida. ¿Quién podría dar el corazón de un hijo para que una simple criatura volviera a vivir, a ser. Sólo Dios, en su amor, único, e imprevisible, como un enamorado adolescente que pierde la cabeza, un artista soñador, un apasionado sin control, un loco... Se hizo hombre, se jugó por el hombre. Entregó su vida y, como si fuera poco, se hizo comida, pan, fuerza del hombre, criatura suya. Comprendí que no hay ejemplo en la tierra. No hay padre ni madre, ni hijo, que puedan mostrar tanto amor. Entendí por qué al Hijo, Jesús, lo llamamos también, Sagrado Corazón. Comprendí el amor de María, que por ser su madre aprendió y enseñó que el amor es “darse“, darlo todo, dar el corazón y que educar no es simplemente mantener al hijo sino capacitarlo para la lucha, el sacrificio y la entrega. ¡Qué error, dejar prematuramente en guarderías o dejar al hijo con alguna experta, o empleada para poder trabajar y comprarle todo lo que precise, cuando descuidamos el corazón.

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan 1,1-14

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¿Por qué Jesus se llama también Sagrado Corazón de Jesús? 25


El amor todo lo puede (1Cor 13) Era una de esas noches en que uno busca la estufa o la cama. Yo estaba caminando en el Templo con las luces semi apagadas. Caminaba rápidamente de un lado al otro, procurando calentar el cuerpo. Afuera, una lluvia constante daba la sensación de alerta meteorológica. “Tiempo feo” le decimos por aquí. Mientras desgranaba el rosario, a la misma velocidad del paso, como sintonizando, veo dos sombras venir directamente hacia la puerta del Templo. Empujan, abren y entran. Sin abrigo adecuado, con unos buzos de primavera, la cara morada y fregándose las manos -no se si para espantar el frío o para tomar coraje- preguntan: - ¿Usted es el padre? - ¡Si! - ¿No tiene algo que nos dé? Me pareció que con “algo” no arreglaría nada, entonces me atreví: - ¡Siéntense! ¿De donde vienen? - ¡De una casa abandonada! - Bueno pero no nacieron en esa casa... ¿Son hermanos? - ¡No! Somos amigos. Me atreví: - amigos en la mala, porque peor que así... ¿En qué andan? Y allí empezó la historia... - Mi padre se fue para Brasil, yo vivía con mi madre, pero como empecé con la droga... vio, con la pasta base, mi madre se cansó, no aguantó más y me echó. Pero, padre, ya hace 4 días, hace 4 días que no me drogo, pregúntele a él, y dirigiéndose hacia el amigo, le dijo: - ¡Contále! ¿Verdad? ¡Decíle vos! Hace 4 días que no me drogo y todas las noche me pongo a llorar, porque mi madre me echó de casa. Yo me drogaba todos los días, yo no aguantaba ni un día sin droga... Pero usted ¿Sabe lo que es? Me echó de casa y me dijo: “¡O dejás esa porquería o te vas! ¿Me entendés? Si no dejás la droga, ¡Olvidate de que tenés madre!” Para que una madre le diga esto a uno, ya es lo último. Bueno, padre ya hace 4 días que estoy limpio. ¡Pregúntele a él! Y miraba al compañero. Todas las noches lloro, porque me acuerdo de lo que me dijo. Yo la cansé. - ¿Cuantos años tenés? - ¡Dieciocho! - ¿Que andan precisando? - De todo... algo para comer, alguna frazada, si tiene alguna campera, algún 26


buzo... lo que sea. Estamos muertos de frío. - ¡Bueno, es la hora de la Misa, los invito a quedarse y después vamos a ver qué hacemos... Terminada la Misa me pidieron algo caliente porque en la casa abandonada no tenían ni para calentar una taza de leche. Les dí lo que pude y nos despedimos... Pocos días después el muchacho me trajo 150 pesos para que se los guardara, una semana después me trajo otros 450 pesos para que se los cuidara y hace poquito me enteré de que volvió a su casa con su madre que tanto extrañaba. Tan grande puede ser una madre que levanta a un hijo aún desde el pantano más feo. Acaso ¿No recuerdan al hijo pródigo?; “en la casa de mi padre...” La bondad de la familia es la fuerza y el recurso mayor del que disponemos para seguir la lucha diaria y el camino de recuperación. Una fuerte y sabrosa experiencia de íntimas y cálidas relaciones en familia, mantiene viva la esperanza de recuperarse y recuperar a los familiares y a la sociedad. La falta de familia o una triste experiencia de ella, quitan el empuje del caído y la añoranza o la seducción de lo perdido. ¡Cuánto gastamos en todo el mundo de la droga, accidentes, jóvenes perdidos, etc.? Se precisa mayor inversión en la preparación, acompañamiento y recuperación de las familias. ¿Con qué facilidad accedemos a la separación o divorcios, acomodando a los hijos “de alguna manera”? ¿No habrá que educar a los medios de comunicación antes que tomar represalias contra nuestros hijos? Nuestro Padre Dios que nos hizo, Jesús que se entregó por nosotros y el Espíritu Santo que vive en cada uno, nos aman. Es sólo cuestión de que nos dejemos salvar. Ahora, las familias que se olvidaron de Dios, saben que “nadie da lo que no tiene”.

Llegaron entonces unas personas transportando a un paralítico sobre una camilla y buscaban el modo de entrar, para llevarlo ante Jesús. Como no sabían por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron a la terraza y, separando las tejas, lo bajaron con su camilla en medio de la concurrencia y lo pusieron delante de Jesús. Al ver la fe de ellos, Jesús le dijo: “Hombre, tus pecados te son perdonados”. Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: “¿Quién es este que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: “¿Qué es lo que están pensando? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados están perdonados”, o “Levántate y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralíticoyo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vuelve a tu casa”. Inmediatamente se levantó a la vista de todos, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios. Lucas 5,18-25

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¿Qué fortalezas recibiste de tu familia?

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Aprender de los niños Casi corriendo se metieron en la iglesia. Detrás de ellos (un niño de tres años y una nena de dos), venía una madre, joven, y una chiquilina de doce años. Entretenido por la vivacidad de los dos más pequeños, yo los seguía con la mirada pensando en quién sabe qué lío me harían entre los candeleros y las flores. Imaginé el motivo de esa visita, pero no acerté. ¿Un asiento, un desahogo, un oído? “¡Siéntense!” les dije. La niña de doce años miraba para todos lados, inspeccionando el templo con cara sorprendida. La mamá de los pequeños, empezó como sacándose una pesada carga, imposible de contener. “¡Padre! Pedimos al panadero un pedazo de pan. El hombre le dio un pedacito de pan a cada uno de los niños, gritando: ¡Para Uds. hay! Para la madre ¡No!, Ella es joven y puede ir a ganárselo!”. Yo la miré con ganas de saber hasta qué punto sería cierto. Pero de pronto llegó corriendo el hijito, me tomó de la manga gritando: “¡Vení... vení. Sacále!”. No pude resistir a la vehemencia y movido por la curiosidad, miré a la madre y lo seguí. Me llevó delante de una cruz y me mostró el grueso clavo que tenía sujetados los pies de Jesús, diciendo fuerte y apurado: “¡Sacále, sacále!” e indicaba el clavo. Como queriendo distraerlo de esa fuerte impresión, lo tomé y lo alcé hacia el rostro de Cristo, pidiéndole que le besara. No hubo caso. No podía sacar su mirada de los pies de Jesús repitiendo más nervioso: “¡Sacále, sacále!”. Derrotado, lo llevé en mis brazos hacia su madre que había quedado sentada en el banco. El niño volvió corriendo hacia la Capilla donde había visto a Cristo en cruz. Pasaron unos minutos y nuevamente volvió pero esta vez con otra observación: “La imagen del Sagrado Corazón de Jesús tenía unas monedas, mientras que la de la Virgen no tenía ninguna...”. Le parecía injusto. Me sentí embretado por estas dudas del pequeño: las fuertes heridas, los clavos, que todavía hacen sangrar a Jesús en nuestros hermanos; las injusticias que administramos cada día con los bienes, los prejuicios, las ofensas y las discriminaciones. Pensé en mi madre, viuda, con tres hijitos: una hermanita de 6 años, yo de 4 y mi hermana menor de 2, en plena Guerra Mundial. Cuántas mujeres están obligadas, a veces forzadas y a veces condenadas a enfrentar la lucha de criar, educar, y formar ciudadanos sensibles, nobles, justos, como todos queremos y reciben antes que alientos, “indirectas, insultos”. 28


Verdaderos sagrarios de la vida, mujeres, madres de mis hermanos, de mi país, miembros de mi cuerpo, del cuerpo de Cristo, forjadoras del presente y del futuro, no reciben, no sólo las monedas necesarias para vivir, sino tampoco el aliento y el aprecio que les quite los dolorosos clavos que sangran, duelen y condicionan. Los mejores maestros que tenemos son todavía los niños inocentes. No quieren clavos para nadie, quieren justicia e igualdad y nos reclaman que hagamos algo. No toleran la indiferencia. La tolerancia frecuentemente es complicidad. La misericordia exige acción reparadora. En el encuentro de María con su prima Isabel, los niños se comunicaron y comunicaron a las madres actitudes profundas y proféticas. Tanto Isabel como María se dejaron enseñar y salieron a anunciar al Santo Todopoderoso que hará justicia exaltando a los humildes y derribando a los poderosos. Me acordé que San José murió demasiado pronto, y que María, la madre y el Chiquilín se tuvieron que rebuscar y que las pruebas a pesar de todo pueden volverse provechosas, lecciones, crecimiento, madurez y solidaridad.

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?”. Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante”. Juan 8,1-11

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Todos los días encontramos a Cristo con clavos y pesadas cruces... ¿Lo reconocemos?

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“Exilios” y “Egiptos” en tu propia tierra... Alguna vez pensé que ciertas páginas del evangelio no nos decían mucho; una de esas páginas era por ejemplo, “la fuga de la Sagrada Familia a Egipto”. Pero un día, el maravilloso “Tramposo”, me llevó y me trajo a mi tierra, la de todos los días, la del Barrio... allí me hizo descubrir cuántos Herodes con sus soldados amenazan la vida, la paz, el desarrollo sereno, el trabajo, la estadía de muchos, obligados a emigrar para sobrevivir: porque la “crisis” económica, porque el trabajo escasea, porque la edad avanzada, el muchacho debe seguir los estudios, porque las lenguas de algún vecino... ¡Si! Aquí. A este Egipto me refiero. ¡Cuántos casos de familias que tuvieron que emigrar por culpa de las lenguas. Raro este Herodes, pero sutil, poderoso y con un alcance inimaginable. Puede alcanzar al inocente, a su familia en distancia. - ¡Padre! ¿mi hija puede venir a la catequesis en esta capilla? Ella no quiere más ir al grupo del barrio. -¿A qué se debe este cambio? - ¡Padre, nosotros somos nuevos en el barrio. Yo puse una pequeña escuelita de música y danza folklórica, e invité a una vecina a que me ayudara. Pero al terminar el año, esta persona puso su pequeña academia y lanzó tremendas calumnias sobre mi. Que yo maltrataba a los niños, que los basureaba, que los amenazaba... ¡Me dejó tan mal en el barrio!... Tanto veneno desparramó, que un día la maestra de mi hija me preguntó qué había ocurrido que la niña había cambiado tanto, que a veces se la veía llorando en el patio... Y si era verdad que yo había golpeado algunos de los niños. Padre, le juro, por mi hija, que nada de todo eso ocurrió nunca. Nosotros hemos invertido todos nuetros ahorros en la compra de una casa en el barrio... Queríamos hacer un juicio, pero después pensamos que se levantaría un gran revuelo, que igual nos dejaría incómodos en el barrio... Mi marido es abogado, pero yo pienso que nuestros hijos pueden sufrir algunas consecuencias desagradables. Yo le digo que más vale nos mudemos... Egipto, y de la bendita fuga... Claro está. Las cosas no son tan iguales. A veces hay que tener la fortaleza y emprender toda esa escuela “no-formal”, de educar a la comunidad a la convivencia, a la comprensión, a la tolerancia, y a vivir “La Caridad en la Verdad”, como sugiere la última encíclica de Benedicto XVI. Lindo trabajo “vivir la Caridad en la Verdad”, sobre todo ahora que los medios de comunicación nos inundan con cataratas de calum30


nias, maledicencias, chismes aún entres los ilustres ciudadanos. Nosotros sabemos que los “Herodes” no dejarán de existir. Sabemos que de los chismes o de las calumnias no nos vamos a salvar. Pero... ¿No tendríamos que insistir un poco más sobre los mandamientos de Dios, la honestidad, la verdad en las relaciones familiares, nacionales e internacionales? Una computadora para cada niño, pero ¿Qué circula en las venas de esa computadora? ¿Cuál es la escala de valores que inyectamos en los jóvenes sedientos de verdad y que cubrimos y apabullamos con promesas, los usamos un poco y después los largamos sin educar la capacidad de discernir y usar su libertad? La verdad es que flechamos sus mentes, los precisamos como “clientes” de nuestros “seudo-derechos” y los proclamamos “constructores” de una sociedad materialista, consumista, competitiva a veces sin escrúpulos con tal de “trepar”... El peor enemigo de la verdad es justamente el “parecido”. El peor enemigo de la “libertad” es justamente el “libertinaje”. El peor enemigo del “derecho” es el “placer”. Si esto me trae provecho o amenaza mi privilegio es mi amigo o enemigo. A este hay que perseguirlo hasta “Egipto”. Y desencadenamos una sarta de calumnias que matan o exilian. Las lenguas especialmente de tantos adultos, siguen siendo los medios de tortura, desconcierto y confusión de tanta gente que terminará en algún exilio no deseado. Gracias a Dios el Espíritu Santo supera nuestras fronteras, nuestra censura y sabe sacar de esos “exilios”, de esos “Egiptos”, crecimientos personales y comunitarios que trasciendan escuelas, prensas y parlamentos.

Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo. Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías: En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen. Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto, 20 y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño”. Mateo 2,13-19

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¿Encontraste personas que silenciosamente pagaron por los chismes y las calumnias de los demás? 31


¡Lo quiero, pero aún no se lo dije! Había llovido mucho en la mañana. Yo, como todos los días once de cada mes, iba a la Gruta de Lourdes, en Montevideo. Una necesidad de ver y vivir un momento con “La Madre”. El barro me exigía mirar donde ponía mis pasos pero en un instante pude ver la carita de un niño que desde el último banco de la Gruta miraba hacia el Cristo. Al llegarle cerca se me ocurrió decirle: “¡Decile a la Virgen que la querés mucho y ella te ayudará siempre!”. Y, sin detenerme, seguí mi marcha hacia la Gruta para hablar con Ella. Pasaron unos diez minutos y me estaba volviendo. Una persona me detuvo y mientras hablaba con ella, veo el chiquilín acercarse corriendo. Lo miro y me dice: “Le dije a la Virgen que la quiero mucho, pero Ella... ya sabe todo”. Fue como un relámpago acordarme de algo ya vivido y, mirándolo a los ojos le conté: “¿Ves ese pino grande? Una tarde yo estaba saliendo de la Gruta y, debajo de ese pino, se me acercó una señorita de unos veinte años y me preguntó si yo disponía de unos minutos. ¡Claro! le dije. ¡Todo el tiempo que necesites!”. El niño me miraba con unos ojos grandes como queriendo adivinar. Y seguí: “Esa señorita se detuvo, como sacando fuerzas, y mirándome, me dijo: ¡Padre, mi hermano se fue para Estados Unidos para trabajar. Tuvo un accidente y se murió! Tenía apenas 24 años. Y siguió entre lágrimas, con una tristeza infinita: padre, yo nunca le dije: ¡Te quiero! Nunca, padre, nunca se lo dije. Yo lo quería mucho, mucho, pero nunca se lo dije. No sé por qué no se lo dije. En ese momento yo también me acordé de algo parecido... de ciertas deudas que todo nosotros tenemos. Deudas sin pagar o que hemos pagado a medias y quedaron sin cerrar. ¡Cuántas! Y esa señorita ya estaba tapando su rostro en lágrimas con un delicado pañuelo. El llanto siguió un rato largo hasta que se calmó”. Fue entonces que el niño, que me miraba escuchando atentamente, me dijo: “¡Padre, me voy porque me hace llorar!”. Entonces le dije mientras se alejaba: “¡No te olvides de decirle a la Virgen que la quieres. Ella ya lo sabe, pero le gusta escucharlo”. No se si la vergüenza, el apuro, las distracciones, o el darlo por descontado, impiden que paguemos nuestras cuentas. Yo también hubiera querido tener un día más para contarle tantas cosas a mi hermana que falleció. Cosas que quedaron en el tintero porque ese día faltó, y no tuve el tiempo, habiendo tenido años para hacerlo. No dejes para mañana lo que es importante hacer 32


hoy, porque el mañana no sé si llegará. Todas las veces que me llaman a un velorio, casi siempre, me sale sugerirles a los presentes esta idea: “Imaginemos que Dios, Padre Bueno le regale al difunto, un minuto de tiempo. ¿Qué nos diría y qué le diríamos? Seguro que no nos hablaría ni de negocios ni de quinielas: Nos diría que el Rostro de Dios llena toda nuestra existencia y que lo busquemos con pasión... Y nosotros ¿Qué le diríamos a mamá, a papá, o a un hijo o abuelo? ¡Perdóname! ¡Gracias! ¡Te quiero de corazón! Bueno, aún se lo podemos decir. No lo demos por descontado”. ¡Que bueno es rezar por nuestros difuntos! Es como otro encuentro en la Casa del Padre. Un breve encuentro, un llamado telefónico, un decirle: “No me olvidé, nunca me olvidaré. Perdóname los malos ratos. Te agradezco el cariño que me diste. Decile a Dios que nos vuelva a reunir para vivir lo que no supimos, no pudimos, no alcanzamos...” Esto, sin embargo, no se improvisa. La familia también se construye con los familiares que nos precedieron. Podemos encontrarlos en la casa del Padre. Ese lugar está. Cristo lo describió: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, voy a prepararles un lugar para que estén junto conmigo”. Empecemos con la oración: momento de privilegio, íntimo y comunitario, profundo y compartido.

Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”. Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”. Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”. Juan 11,38-44

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¿Te sentiste mejor frente a un gesto de amor, aparentemente innecesario?

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La libertad... y los vidrios Estaba yo en el templo parroquial de El Pinar, dedicado a S. Rosa de Lima: el frente del templo, al sur, totalmente de vidrios transparentes; al norte, una pared semicurva revestida de lajas barnizadas, sobre las que surgen unos vidrios pintados, en signo de cruz y otros transparentes. Tenía la puerta del Templo abierta. Estaba leyendo cuando vi una paloma entrar en el templo picoteando unos granos de arroz, ya que se había celebrado un casamiento el día anterior. Entró decididamente y avanzó bastante. Un pequeño ruido la asustó. Levantó el vuelo y fue a golpearse contra un vidrio. Se detuvo un segundo y levantó nuevamente el vuelo. Fue nuevamente contra otro vidrio. Logró pararse en una de las varillas divisorias. Me levanté y fui a abrir las 4 puertas del frente esperando que bajara y, sintiendo el aire fresco de la puerta, se orientara a la salida. Retomé la lectura y la pobre paloma quedó moviéndose entre los mismos dos vidrios. Me daba mucha pena y me preguntaba ¿Por qué no se aleja? ¿Por qué no cambia de lugar? Y me acordé de las infinitas empecinadas... Cuando era niño frente a un juguete... Adolescente con el tema de la bicicleta... Después con el profesor de matemática, con el docente de filosofía, en los amores deportivos, y en las opciones de la política... Mientras tanto la paloma estaba allí dándose contra los vidrios. Se venía la noche y sin beber ni comer. ¿Por qué el instinto de sobrevivencia, la razón, los ideales no ayudarían a ensanchar el espacio de exploración? Busqué una tacuara larga, la aproximé a la paloma que voló hacia el lado norte del templo. También allí los vidrios dejaban ver a los pinos dibujados en un cielo azul. La paloma se golpeó fuerte. Volvió sobre su camino y fue a darse de nuevo contra los mismos dos vidrios. Quedaban muchos espacios, muchos vidrios sin tantear. Yo le seguía el vuelo y con la tacuara en mano tomé la decisión: “para salvarle la vida, no tendré más remedio que asustarla, cansarla, dejarla que corra, que se golpee hasta a la rendición. Una vez agotada, tomarla en las manos y soltarla en el patio abierto”. Pero en ese mismo momento recapacité y me di cuenta que eso era lo que tantas veces le había recriminado a Dios. Lo obligamos a intervenir de la misma manera. Nos deja libres para que aprendamos, de los golpes, los límites y los riesgos de nuestra libertad pero no quiere nuestra muerte. El sufrimiento es un buen docente, pero no basta. Sólo 34


Dios salva y hace que el dolor nos prepare. Y pensamos: Pero Dios ¿Se ensañó contra mi? ¿Por qué nos persigue tanto? ¿Será Dios masoquista? En esos pensamientos la paloma cayó extenuada. Me pude acercar. La agarré, asustada y golpeada. “¡Se acabó! -pensó- ¡Adiós libertad! ¡Mis alas en manos ajenas! ¿En qué manos me encuentro? ¿Dónde está el Dios Bueno que me dio las alas? ¿Para qué las trampas de los vidrios? ¿Será la libertad un verso, una ilusión y todo vuelo orientado hacia la esclavitud?” Le acaricié su dolorida cabecita y la lancé hacia el cielo de esa tarde tan roja y prometedora de un nuevo día. Atardeceres y amaneceres tan parecidos y tan diferentes y al mismo tiempo tan fuertemente relacionados. Respiré hondo y entendí cómo los golpes maduran y con frecuencia obligamos a Dios a una dolorosa y amorosa persecución. Aterricé, y descubrí que esas manos no me quitaban la libertad sino me la iban a regalar. ¡Cuántas veces le pedimos a Dios que quitara el vidrio... Que lo rompiera... Que... ¿Por qué lo colocó allí?... ¿Qué sentido tendrían las ventanas? ¡Qué tramposo e innecesario invento lo de los vidrios... Y..¡Sacámelo, Dios, si eres un buen Padre como dicen! y nosotros, en vez de bajar despacito al suelo y buscar la puerta, despotricamos contra los vidrios, la naturaleza y el creador.

Jesús hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: “Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio”. Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá. Entonces los judíos le preguntaron: “¿Qué signo nos das para obrar así?”. Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. Los judíos le dijeron: “Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Pero él se refería al templo de su cuerpo. Juan 2,15-21

¿Encontraste la solución de tu problema en la “última opción” que te quedaba, y no querías? ¿en la obediencia a la vida, a Dios?

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Los del bajo... y los de arriba “Ya le perdoné. Antes deseaba que se murieran todos, ahora no. ¡Cuántas veces pensaba dentro de mi: ¿Por que no se morirán, esos infelices? Y parecen tener suerte, porque los meten presos y al poco tiempo salen...”! Mi hijo tenía 25 años. Fue al almacén y le tiraron 4 balazos. Tenía un corazón maravilloso. “Los pobres del bajo” lo querían de una manera increíble. Me decían: “El Lucio tiene un corazón grande, Señora. El Lucio era de los nuestros. El venía con nosotros, tomaba mate con nosotros, fumaba un cigarrillo con nosotros. Él no hacía diferencia.” Un día agarró la caja de ropa que tenía y me dijo: “Mamá, con el frío que hace voy al bajo y le llevo esto...”. Mire padre, tenía un corazón tan grande que no se pegaba a nada. Bastaba que le pidieran cualquier cosa para que se la diera. Y le pegaron 4 balazos... Un día me dijo: “Mamá, ¿Sabés una cosa? ¡Estoy en la droga!” Yo lo miré fijo y él me contestó: “¡No te preocupés, la tengo dominada!”. Vio, padre, su hermano, una luz, trabaja muy bien, pero... Lucio era de los pobres. Trabajador como él solo, pero se le dio por el maldito porro, y... esa otra porquería. Un día me llamaron, después vino la policía y me llevaron. Estaba ahí. Yo me crié con las hermanas. Hice todo con ellas: primera comunión y todo. Después, el trabajo, los hijos, y entre una cosa y otra, uno se deja estar. Ahora estoy de vuelta, solo que no rezo más con los libros, ahora rezo con mi cabeza, hablo con Dios y esto me ayuda mucho a perdonar. Le juro padre, que yo decía: “¿Por qué no se morirán todos esos delincuentes? Van a la cárcel y tenemos que mantenerlos. Pero ahora les perdoné. Mi marido, el otro día, me hizo llorar. Me dijo: “Ya hace un año que pasó. Ahora ya no lo espero más. Ya sé que se fue con Dios porque quería tanto a los pobres. Ya está bien. “Los del bajo” se acordarán siempre de él. Dicen que la caridad empieza por casa. Para el Lucio la caridad empezaba con los de afuera, con “los del bajo”. Después de unos minutos, mientras nuestra fantasía recorría “el bajo”, le dije: “Señora, a veces pienso en aquellos que quisiéramos que se murieran para poder vivir tranquilos, y se me pasan por la mente una seguidilla de rostros vistos en muchos barrios de Montevideo. Rostros y vidas de niños, de adolescentes y de jóvenes que pude escuchar. Algunos me recordaban escenas muy dolorosas. Violencia doméstica, violaciones en la infancia... Tener que pelear con el padre para que no molestara a la madre... ser maltratados en todo momento, nunca una palabra que 36


no fuera un insulto o una agresión... pesadillas de noche, esperando al padre que podría venir con un trago de más. Hasta el saludo en algunos lugares sería una provocación... parte del micro mundo, del microclima y de la mentalidad barrial... ¿Cómo no ser violento cuando no se vio, ni respiró otra cosa en el entorno... entonces... ¿Victimarios o víctimas? frecuentemente ambas cosas. Pero esto ocurre tanto entre “los del bajo” como entre “los de arriba”. Se sabe que todo organismo que se respete, tiene que crear sus anticuerpos. La familia sólida y acompañada con planes y profesionales, la educación profunda e integral, sostenida con todos los medios. Un buen sentido común será la mejor inversión para el Bien Común, porque lo necesitan tanto “los del bajo” como “los de arriba”.

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto, expiró. Lucas 23,35-46

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El “buen ladrón” ¿sólo se encuentra en el texto evangélico? 37


Los mártires desconocidos Hacía varios años que se repetía la situación. Llegaba el verano y la nuera le traía a la casa el hijito menor: Agustín. Era una ardilla. Uno de esos niños que algunos sicólogos definen como “hiperactivos”, inquietos, curiosos, con ganas de explorarlo todo. Imposible dejarlo solo un rato. Para él no había ni tele, ni dibujitos animados, ni computadora o ese juego que le llaman “play station”. Hacía años que a la abuela la habían operado de un pecho. “Cáncer de mama”, le dijeron, y a “¡No dejar el tratamiento! ¡Llegamos tarde!” ¡Cómo no dejar el tratamiento! Ó el tratamiento ó el nieto. Y ese nieto era tan especial. Lo habían estado esperando tanto tiempo... Además un abuelo nunca le dice que no a un nieto. Uno tiene en la conciencia tantas cosas... Al nieto le voy a dar lo que no pude darle a mi hijo... y entre alegrías, culpas y auto castigo, lo recibía con el corazón y los brazos abiertos. Ya lo estaba esperando para otro verano. El año pasado el médico le había reprochado por haber dejado el tratamiento. Pero cómo puede uno seguir el tratamiento si los remedios le bajaban la presión, la dejaban medio dopada y no podría cumplir con el seguimiento del nieto. Había que ver el trote al que Agustín la sometía. Esa cabecita siempre en acción y en movimiento jugando y toqueteándolo todo: la cocina, los enchufes, las tijeras, la caja de herramienta del padre y cuántas cosas más. Y al terminar las clases, la abuela ya guardaba sus remedios arriba del ropero y ¡Que nadie se entere! Nadie se entere. ¡Sí! La enfermedad avanzaba, el médico no se explicaba, el abuelo se preguntaba y se decía: “¡El verano la trata mal! ¡No aguanta el calor!...” Pero ella sí sabía que los remedios, arriba del ropero, no le podían aliviar nada, y que no había alternativa. ¿Cómo podría decirle que ¡No! Al nieto? Miraba al cuadro de la Sagrada Familia y se decía: “¡Ellos saben todo! ¡Jesús sabe!” La nuera necesita trabajar. Ellos son jóvenes, tienen que terminar la casa y el verano es cuando uno puede aprovechar para hacer unos pesitos ... y con una cara extasiada imaginaba esos ojos vivaces e inquietos de un nieto tan precioso e inteligente. ¡Cuántas veces hablando con algunas amigas les contaba las hazañas de ese Agustín, “orgullo de la abuela”. Todos la festejaban y, más que nadie la nuera, feliz de ese hijito que sería, un mañana, el orgullo de toda una familia. Pero, de pronto, el abuelo me llamó y me dijo que fuera a visitar a la “abuela de 38


Agustín”. Fui y me enteré que arriba del ropero estaban los remedios, y que la abuela tenía poco tiempo más para disfrutar de las maravillas del nieto... ¡Así son los santos! ¡Así son los mártires desconocidos! Ellos no figuran en el santoral del Vaticano. Ellos están en el corazón de Dios y de la Virgen. Algunos creen que hay una sola Madre Teresa. ¡Si supieran! Ellos viven lo del Maestro Jesús: “¡Amar es dar la vida!”. Entendí por qué el cielo es más grande que la tierra. Son desconocidos porque esconden los remedios arriba del ropero y van al cielo sin ruido, dejando en la tierra huellas y perfumes misteriosos para los nietos y demás vecinos. ¡Es verdad! “¡No hay mayor amor que dar la vida!”. ...Y la casita se hizo... los nietos crecieron... se hicieron hombres... y algunos se dieron cuenta de que la mezcla para los ladrillos de la casa estaba hecha con amor y remedios... Pero Dios, que sabe todo, algún día nos contará la historia de tantos abuelos, padres o hijos maravillosos que aprendieron y agradecieron amando como Jesús, El Maestro nos enseñó: dando la vida...

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Juan 12,20-26

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¿Conoces a personas que renunciaron a días, meses o años en favor de los demás? 39


Nuestros santos. Mientras vivimos, tenemos para dar Tenía aproximadamente unos cincuenta años. Caminaba encorvada, con la cabeza agachada, una mirada cansada y un poco triste. Su ropa delataba una sencillez extraordinaria, casi descuidada. Ningún signo de rebusque. Fue a la piedra de la Virgen, piedra traída desde Lourdes, Francia, que los fieles de nuestro Uruguay suelen tocar buscando alguna gracia, agradeciendo algún favor o simplemente comulgando con un gesto tan conocido y cariñoso hacia la Madre: tocarla... Era un día entre semana. No era un 11 de mes, de manera que había calma. Yo estaba leyendo el evangelio del día. “Y Jesús les dijo: Esa mujer dio más que todos, porqué dio todo lo que tenía...” La imagen de la mujer del evangelio y la de la mujer de La Gruta se me encimaron de tal manera que se me hizo una sola. La seguí como preparando la homilía del domingo, y, sin dejar la tarea que me había propuesto, la miraba como viendo a las dos en una. Se me acercaron, mejor dicho, se me acercó y me dijo: - “¡Padre! ¿Ud. Es padre verdad?” - “¡Sí!” - “¡Hace mucho que no hablo con un sacerdote!... ¿Puedo?” - “¡Sentate!” - “¡Padre, hace un mes murió mi madre! Yo ya no sé qué hacer con mi vida!” - “¿Estás casada?” Me miró con una mirada perdida. Esperé que me contestara... pareció dudar o buscar palabras para expresarse. Entonces cambié la pregunta: - “¡Tenés marido..., hijos? - “¡No padre! Mi madre se enfermó cuando yo tenía 22 años. Yo tenía un novio y nos queríamos mucho. Ya habíamos hablado de casamiento, pero mi padre me dijo: ‘¡Bueno, mi hija. Ahora te toca a ti con todo y con todos. Mis dos hermanos eran más chicos. Había que acompañarlos a la escuela y seguirlos en sus deberes. Mi padre trabajaba todo el día en la construcción. Un día se cayó de un andamio. Vivió pocos días pero antes de morir me dijo: ¡Hija! A tus hermanitos hacelos estudiar! No quiero que sean como yo. Sin estudio van a tener que treparse por los andamios por un pedazo de pan...’ Yo estoy contenta porque le cumplí. Uno se recibió de ingeniero y mi hermana es abogada. Pasaron muchos años. Ellos se casaron y yo me hice cargo de mi madre. Ella me necesitaba. A veces tenía que levantarla y hacerle todo. Ella me miraba y siempre me decía: ‘¡No me dejes sola y fijate en tus hermanos porque para terminar mal, basta poco’. Padre, ellos se recibieron y ahora están bien. Se casaron y tienen su trabajo y su casa. Ya tienen dos hijos cada uno. Yo me quedé con mi madre. Pobre. La cuidé mejor que pude. Hace un mes me enojé con Dios porque se la llevó. Ahora entiendo. Sin embargo 40


como yo vivía para ella me parece que ya no tengo ganas de vivir”. - “¿Algún día tus hermanos se hicieron cargo de ella o no?” - “Padre,cuando uno tiene hijos ya no es libre. Más todavía, con la juventud de hoy, sabe como es...” - “¿Cuánto hace que no los ves?” - “¡Desde el entierro, hace un mes! Le decía que cuando hay hijos de por medio no se puede!” - “¡Y así tu, ni te casaste ni tenés hijos y no sabes qué hacer con tu vida!” - “... porque ella me necesitaba...! Yo, padre, no me arrepiento, pero ya no tengo ganas de vivir... ¿Para qué quiero vivir?” Me puse a pensar y le dije con fuerza: - “¿Sabes tu cuántos chiquilines están sin padre y sin madre? ¡Bueno! ¿Por qué no te dedicas a ser madre, abuela, o amiga de los que no tienen madre, abuela o amigas? Mañana te vas a la parroquia y le decís al cura: ‘¡Padre, yo tengo un poco de tiempo todavía y quiero tener... “¡Una familia!” A través del servicio voluntario tendrás hijos, nietos y amigos a quienes regalar todo lo que la vida te enseñó. Están los hijos de la panza y los hijos del corazón. Mirás a San José. Las canastas de Inda son importantes, pero el cariño es más importante. Regálalo y lo cosecharás. Verás que lindo”. Si supieran los jubilados todo lo que tienen todavía para vivir y para dar... Pero muchos lo malgastan en los bares o en los vicios, en nada. Cuantas personas no saben qué hacer... y habiendo tanto por hacer, terminan en el ocio o a lo sumo entreteniéndose con alguna mascota. “Hay mas felicidad en el dar que en recibir”, dice Jesús.

Después, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir”. Lucas 21,1-4

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Jesús dice que la vida de esa mujer tuvo mucho sentido. ¿Conoces a mujeres como ella? ¿las aprecias? 41


“¡Como ovejas sin pastor!...” Tenía una reunión en una comunidad local. Fuimos dos adultos. Entonces, como siempre en ocasiones parecidas decidimos rezar un rosario. Naturalmente durante el rosario fueron más las distracciones que las elevaciones. Entre las distracciones, ésta: “¡Mamita! (decía yo por la Virgen) ¿Será posible que tu no puedas mover a la gente? ¿Por qué tanto fervor en buscar escándalos en la Iglesia... Tanta creatividad en hurgar para encontrar motivos para acallar a la jerarquía... ¿No podrás tu, Virgencita, pedir a tu Hijo, al Espíritu Santo que soplen, muevan y nos ayuden a encontrar caminos para nuestros chiquilines, para nuestro pueblo?... Era una nochecita oscura y fría. Mientras me acercaba al coche para irme, una voz juvenil: “!Padre Rodolfo!” “¡Bueno!” contesté y vi, al otro lado del patio de la Capilla, una barra de una docena de adolescentes. Con alegre sorpresa, sin perder la oportunidad fui hacia ellos. Crucé el alambrado y ya estaba entre ellos. En seguida me acribillaron a preguntas: “¿Existe el infierno? ¿Existe la reencarnación? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Por qué el mal?” Y seguían... casi con ganas de que no me fuera... ¿Buscan respuestas? Pensé, ¿Quieren que me quede? ¿Necesitan atención? Muchas preguntas juntas, no eran sólo para respuestas... Necesitan respuestas de alguien que no sea una computadora. Respuestas calientes, humanas, nacidas de alguien vivo, adulto, con experiencia... respuestas que permitan dudas, objeciones, discusiones... En un instante me acordé del pedido de unos minutos antes: “la distracción” del rosario. ¡Señor, envíanos un irresistible soplo de tu Espíritu!... “Chiquilines... ¿Por qué no nos reunimos aunque sea una vez por semana a conversar de todo lo que les preocupa o les interesa?” El ¡Sí! Fué inmediato y contundente. “¡Bueno Padre, Ud. Nos dice cuando y allí estamos!” Fijamos el día, la hora y el lugar. La despedida fué de “viejos amigos”. La simple conversación había achicado la distancia. Volviendo para mi casa me dí cuenta que iba muy despacio, rezando y recordando aquello del Maestro: “¡...Como ovejas sin pastor...!”. Era mi caso. ¡Cuántas veces seguí de largo sin oír llamados, cruzar alambrados o sin atender preguntas... y cuantas veces juzgué a la juventud sin atenderla. Una de las chiquilinas de ese grupo había estado en un colegio de Hermanitas por años pero el vacío estaba allí... otros habían tomado la primera comunión 42


pero ni se acordaban de la Biblia... otros ni se habían enterado de la hora de la Misa. Unos días antes, tres estudiantes de sexto de liceo sostenían que el hombre es apenas un animal, más sofisticado, sin espíritu. La muerte acaba con todo. No hay trascendencia. Les preguntaba entonces “cómo encarar su futura carrera “ciencias de la comunicación” sin valores trascendentes y si todo sería tan pasajero. “¡La muerte anula todo!”. Nos llenamos la boca hablando que la educación debe presentar “valores”. “Educar en valores”, pero... ¿Qué valores sostenemos si a la propia vida le quitamos su valor trascendente? Si Dios queda excluido por no medirlo con la balanza y no verlo en el microscopio...? Los adultos no podemos esconder la responsabilidad de una educación superficial. Nuestros chiquilines necesitan descubrir el sentido de la vida, necesitan modelos que convenzan, necesitan ideales y metas que los proyecten más allá de una “carrera”, de un “sueldo”, y de una “Comodidad”. Necesitan descubrir el valor de la vida, y capacitarse para enfrentar sus desafíos con ganas y preparación. La vida es una hermosa aventura pero hay que enfrentarla sabiendo lo que vale y lo que vale la pena en serio vivir, ganar y ofrecer. Sin Dios nuestros jóvenes están solos. Sin Dios nuestros jóvenes mutilan su horizonte, les falta oxigeno y vuelo, quedan sin futuro, les falta trascendencia. “¡Un cóndor en una jaula!” Y la jaula, ¿no la construimos nosotros mismos?

“Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas. Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre-y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla”. Juan 10,11-17

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¿Pudiste en algún momento apreciar lo bueno de tantos jóvenes que a menudo miramos con suspicacia? 43


¿Quién no los conocía? Eran del barrio, conocidos por todos,... “famosos”. Cuando faltaba algo, (championes, camperas...) todos se acordaban de ellos, casi eran más famosos que las “marcas” clásicas del medio. Entonces se preguntaban: “¿Viste al Maxi y al Ricky?”. Eran señal de alerta y los nombraban con una cierta rabia. Ellos se habían dado cuenta de que en la mirada y en la expresión de la gente había una especie de tristeza y de dolor, pero eran conscientes de que con frecuencia eran injustas. A la injusticia también se habían resignado, no solo eso, ésta los había unido más todavía. Cuando se encontraban con niños o adolescentes, parecían respirar. Recuerdo haberlos visto: parecían gozar de una total libertad. Eran inteligentes y lúcidos, amables y serviciales. El poder opresivo de los prejuicios... el peso de los antecedentes... y hasta la mirada de tantos vecinos, los contagiaba de eso...: la “rabia” contagiosa como la de los perros enfermos. En cambio entre los compañeros respiraban unas bocanadas de oxígeno puro, libre de “prejuicios” y brotaban gestos, actitudes, gauchadas de una generosidad y espontaneidad extraordinarias. Eran auténticamente buenos y delicados. ¡Qué valores! Eran adolescentes, sí. Sin embargo habían entendido, experimentado lo que Einstein había dicho: “Es más facil transformar un átomo que cambiar un prejuicio!”. Mucha gente hay entre nosotros, aún entre los tantos “devotos” de la Virgen o de Jesús Misericordioso, que no hubieran dejado a Jesús resucitar a Lázaro de la muerte. No hubieran movido la Piedra. “Está muerto! Hace 4 días que está sepultado. Ya huele mal!”. “¡No hay Cristo que los rescate. Es inútil. No cambian más!”. “¿El Maxi y el Ricky?... ¡Ya sabés!” “¿Los viste al Ricky y al Maxi ? No... ¿Te faltó algo? ¡No encuentro el vaquero! Pero al otro día aparecía el vaquero en el montón de ropa lavada. Estaba limpio pero los dos amigos seguían cada vez más “sucios”. Sucios y sin ganas de limpiarse. Ese prejuicio... La calle es una madre cruel. No alimenta ni abriga. Sin embargo para Jesús no hay espacio vacío. En la calle encontró al ciego, a los leprosos, a la Samaritana, a Zaqueo, Mateo... y ninguno quedó atrapado por su problema o por su pasado. Él sigue siendo el mismo. El Salvador, el Liberador; pasa haciendo el Bien, aunque nosotros no lo entendamos. A veces endereza el árbol caído, a veces lo cosecha para trasplantarlo en su jardín... a veces les da poder para frutos y otras para flores y perfume. Libera, y solo quien es libre, libera... Y esa tarde de verano el calor era insoportable. Y los dos amigos, “el Maxi y el Ricky” se acordaron del Miguelete. Un chapuzón nos refresca y nos ayuda, 44


nos quita el calor, el polvo y nos regala otro día. Nadamos un poco y a seguir. El Maxi se tiró de una y... no salía... El Ricky titubeó un poco, pero no había tiempo para perder... no salía el amigo... entonces se acomodó la bermuda, lo llamó por su nombre: “¡Maxi!” dijo, y sin más se lanzó al agua. Pasaron los minutos y nada. “Nada” decimos nosotros. Estoy seguro que el amor es más fuerte que la muerte... Jesús dijo que no hay mayor amor que dar la vida. San Pedro dice que la caridad cubre una muchedumbre de pecados. Estoy seguro que los dos amigos, el Maxi y el Ricky, están juntos en la casa de Dios Padre. Se que están mejor que en aquel campamento de Verano en el que lucieron una bondad deliciosa, una solidaridad a toda prueba y compartieron un semillero de cualidades. Claro está: se encontraron con Aquel que es “el Camino, la Verdad, y La Vida”. A La Samaritana la encontró en el brocal del pozo, a Zaqueo, arriba de un árbol y al Maxi, junto al Ricky, en el Miguelete, como la Virgen a Bernardita, junto al río Gave en Lourdes. Orgullosos de nuestros Santos, diferentes pero no raros, los recordamos con cariño, junto a los tantos mártires de la droga. Conozco la lucha de tantos de estos mártires. Su lucha tal vez es más valiosa, dura y larga que la lucha de tantos mártires de los leones romanos. El recuerdo de todos estos hermanos me consuela. Dios tiene su manera de poblar su casa, su jardín, de realizar su cosecha. Su tiempo no es el nuestro, su gracia es infinita. Entiendo que la eternidad no será aburrida porque conocer las maravillas de tantos hermanos nos llevará tiempo, mucho tiempo, la eternidad.

“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy”. Tomás le dijo: “Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?”. Jesús le respondió: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. Juan 14,1-7

¿Puedo ser esclavo de mi pasado? ¿Puedo ser esclavo de lo que digan o piensen los demás? ¿De lo que pienso yo? ¿Por qué no miramos a lo bueno que está en cada persona?

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La Educación comienza antes de la concepción ¿Más tarde? ¡Es tarde! ¿No sabían?... ¿Y Ud. se lo cree? Ya los romanos, que no tenían computadora ni celular, ni plan Ceibal, lo decían: “¡El ocio es el padre de todos los vicios!”. Los romanos viajaban a caballo, nosotros en avión, pero el ocio arruina a cualquiera y en cualquier época y civilización... Es difícil que me quiten el sueño, pero esa tarde quedé noqueado. ¿Decepción, impotencia, enojo? me quedé tan molesto que llegué a mi casa sin saber cómo ni por dónde... Esa tarde había ido a visitar a una familia. Estaba hablando con una pareja cuando la madre me dice: “-¿Lo ve padre? ese es Jorge. Se le puso en la cabeza que no quiere estudiar y no hay caso. La maestra dice que es inteligente pero, no quiere. -Bueno, pero me imagino que ustedes lo mandarán igual. -¡No! No hay caso. Se le ha metido en la cabeza de no ir y no va. -Disculpen pero ¿cuántos años tiene ese chiquilín? -Once. -Entonces depende de ustedes. -El padre le dijo que si no iba a la escuela le iba a dar una paliza. ¿Sabe con qué le salió? Como toreándolo, le contestó: ¡Pegáme! Y cruzando el patio, le gritó: ¡Te denuncio! Como ve, no quiere!”. En unos segundos me trasladé a unos 50 años atrás, cuando nosotros, niños y adolescentes, estábamos comprometidos en algún trabajo. Estar “sin hacer nada” era considerado un delito tan grave como tirar una miga de pan. Se decía: “comer el pan a traición”. De tanto hablar... nos pasamos para el otro lado. ¿Bondad?...¿Permisividad?... ¿Libertad?... ¿Diálogo?... ¿Misericordia? O ¿simple complicidad? Tal vez tendríamos que pensar o implementar mejor ciertas leyes. Defender a la niñez sin menoscabar la patria potestad o confiar más en los padres; tal vez pagar mejor al trabajador para que uno de los dos padres quede más tiempo con los hijos, o facilitar el empleo de las madres aún en edad más avanzada... “Es inteligente el Jorge...” Tanto hasta embaucar a los padres, al maestro y al Estado para conseguir lo que quiere. ¿No estaremos enfermos de egoísmo buscando el beneplácito, la simpatía, el besito o (quizás) los votos? ¿No convendría dar más autoridad a los padres para poderles exigir lo que les corresponde? Y, al querer formar una 46


familia, acompañarlos con alguna preparación. Hay padres “feroces” que arruinan a los hijos, y hay padres “flojos” con el mismo resultado. Pasó un tiempo largo... Volví a la misma casa y pregunté: “-¿Y Jorge? -¿Jorge? me dijo la madre, Jorge... y agregó una mueca de pena, usted sabe que se metió con “una junta” que un poco a la vez lo llevó por mal camino. Dicen que estuvo implicado en una rapiña... Parece que se está poniendo más rebelde... Yo no sé, padre... nosotros nunca nos dimos cuenta. Parece que hay algo de esa porquería que le dicen “pasta base”... la junta, el Barrio, no sé donde vamos a parar. -¡Tan inteligente!, dije yo. -¡Lo que son las juntas!, dijo la madre, ¡Pueden más que uno!” .Y me miraba con una cara triste y buscando comprensión... De pronto vi otros niños en el patio. “-¿Son suyos?, pregunté. -¡Sí! Padre. -No les quiten los ojos de encima. Pueden quejarse, pero si no los vigilan creen que no los quieren, no les interesan. No hay que atender todas las quejas. Los adolescentes son muy contradictorios. Desde antes de que nazcan hay que presentarles derechos y deberes. Deben asumir que la vida es exigente y que exigirles es amarlos. Para vivirla hay que prepararse y capacitarse. Desde su nacimiento saben que no pueden hacer lo que quieren sino lo que deben...” Demasiada permisividad de parte de los padres, demasiada idolatría de parte de los legisladores y la sociedad, y que habría que tirarles las orejas a los padres por no intervenir temprano, a su debido tiempo. Habría que controlar a la Televisión y a la prensa para que respeten ese proyecto de persona y de País que la Constitución nos proponen. “¡Nada de censura!” se dice. Pero esto ¿significa trabajar sin proyecto, ni de persona ni de sociedad? ¿y al final? Caemos en la peor de las censuras: “La represión”.

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero... Después de un largo tiempo... El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco...“Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Llegó luego el que había recibido un solo talento “...tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso... tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene...” Mt 25,14-30

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¿Hay personas que aprovechan sus dones? ¿Quién los ayudó? 47


“¡Hormiguitas!” Siempre los veía unidos. Ella “chiquita” y flaquita y él “grandote” y fortachón. Muy diferentes pero muy integrados. La complementariedad, cuando se logra, robustece la unidad. Ella acelerando el paso para seguirlo y él regulando el suyo para ir juntos. Lo de “juntos” parecía cosa seria. Siempre se dice: que los acelerados y los jóvenes aprendan a esperar a los ancianos y que estos mantengan su elasticidad para no cortarse y mantenerse unidos... Bueno, hacía años que los veía unidos, de aquí para allá... últimamente, tan despacio que... la enfermedad hacía prever que algún día esa unidad sufriría algún desgarro, para unirlos de otra manera... Ella, “Chiquita”, nacida en Florida el 7 de mayo de 1927, habia hecho sus estudios allí, con las “Hermanas del Huerto”. Se recibió como maestra en Montevideo e ingresó en el equipo de canto lírico del SODRE. El Matrimonio la obligó a reducir sus actividades y a dedicarse a tiempo pleno a su casa y a su trabajo en el BPS. La atención a los jubilados y pensionados le dio la posibilidad de vivir su trabajo como vocación de servicio: “Hormiguita” al fín. Muchos recuerdan la delicadeza, la suavidad y la solicitud con que llevaba adelante los expedientes. Cuando los clientes volvían con algún regalo, para agradecerle, no les aceptaba nada. Recuerdan que en el fondo del mueble de sus expedientes, estaba la Imagen del Sagrado Corazón. Su alegría más grande era comunicarles que el trámite se había concluido rápidamente y con éxito. Después de jubilada, viviendo en El Pinar, seguía visitando a su dulce Virgencita de Florida. Era una pasión desde su infancia. Vaya a saber lo que había pasado entre esas dos muchachas uruguayas: La Virgen María y Chiquita. Una íntima unión y una nostalgia invencible. De Florida volvía cargada de rosarios, de estampitas de “La Madre”, la Virgen de Los Treinta y Tres, e imágenes de Jesús Misericordioso. La distribución era gratuita. En 2005 tuvo un primer síntoma de conmoción cerebral. No había nada que le gustara más que recibir la Eucaristía. La esperaba. No pensaba que su enfermedad sería grave. Más de una vez yo me preguntaba de dónde sacaría tanta fe, tanto cariño para su Jesús. Hay personas que hacen mucho camino en la vida espiritual y que tienen una experiencia muy profunda de un Jesús como el del “Cantar de los Cantares”. Me decía una señora de la Comunidad parroquial: “¡Qué delicadeza, qué dulzura cuando repartía sus estampitas de Jesús y de la Virgen”. Todos los viernes, aún después de su tercer ataque, llegaba al templo de Santa Rosa para recibir la Eucaristía. En su mano, una pequeña estatuilla de la Virgen la acompañaba: “¡Es la Madrecita!” decía. Cuando el clima o la salud se complicaban, entonces Él, con mucho respeto y devoción le llevaba la Comunión. Al encontrarnos, preguntaba: “¿Y sus chiqui48


lines, cómo andan?”. En invierno venían el grandote y la chiquita, con el baúl del coche lleno de frazadas. En primavera, venían con hortensias, ramillete de novias, plantas de paraíso o rosales. Sabían que el Templo y su entorno hablan. Tienen que decir que hay una comunidad que cree en Aquel que todo lo llena. Entendí que los dos vivían una sola espiritualidad. El quererse los hizo no solo unidos, sino uno. Un solo corazón, una sola alma, una sola velocidad, una sola preocupación: “Que todos conociéramos y amáramos a la Madre y al Jesús de sus corazones”. Parecían haber entendido que La Virgen y Jesús son dos contemporáneos, dos vecinos del Barrio, de nuestro tiempo. Él me decía; “Yo la seguía porque entendí que ella tenía una sabiduría verdadera, de aquellas que no pasan. Era una “hormiguita” muy laboriosa y muy sabia”. Los dos acompañaban a las Hnas. Benedictinas y a las Clarisas, como a las hnas. de La Florida. Para nosotros también fueron las “hormiguitas” que nos traían las hostias para la Celebración de la Eucaristía, y ese buen ejemplo y esa fidelidad poco comunes, aún en las adversidades. El 14 de Noviembre el Señor se llevó a “Chiquita”, pero yo le dije al que se quedó con nosotros, “no voy a pedir al Señor que descanse en paz, sino que siga trabajando como “las hormigas”, silenciosamente, suavemente, pero sin parar, ya que queda mucho todavía por hacer”.

Él respondió: “¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Le replicaron: “Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?”. Él les dijo: “Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así. Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio”. Mateo 19,4-9

La familia estable es la ayuda adecuada para el desarrollo de las personas y de la sociedad. Tal vez hay muchas alrededor nuestro...

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¿Cómo no ver a Dios, cuándo está ahí...en ti? “El que ve al Hijo y cree en él tiene Vida eterna” (Jn 6,40). ¿Será que todos estamos llamados a ver al Hijo de Dios y a creer? ¿Podremos ver al Hijo de Dios tal cuál como lo vieron Pedro o Pablo? ¿Se trata de revelaciones especiales, como visiones o simplemente de experiencias de la presencia de Dios?... Éstas y otras preguntas salieron a borbotones cuando nos pusimos a leer y a reflexionar sobre la vocación de San José (Mt 1,20-21). Por supuesto que si José estaba pensando no estaba durmiendo, y ese pensamiento era de los que más bien quitan el sueño... Entonces los presentes empezaron a contar: “Me acuerdo cuando mi padre se enfermó... todos me decían que había que prepararse porque el Señor se lo iba a llevar... yo lo veía y le decía a Dios que me lo dejara. Yo sentía que Dios me escuchaba. Tenía una paz profunda y le decía a mis familiares que no se iba a ir. “¡Mi papá no se va a morir!” decía yo. Los médicos me miraban con una cara de desconfianza, como diciéndome ¡Ingenua! ¡Abre tus ojos!” Yo sentía que Dios me lo dejaría... Con mi madre experimenté lo contrario: “¡Dios se la llevaría, y nadie me creía...”. Otros recordaron que en momentos cuando parecía que la desocupación los llevaría a la situación de calle y hambre, sintieron que Dios no los abandonaría. Era como si se asociara el miedo a la bancarrota, con las gauchadas vividas anteriormente. Eran como unas guiñaditas de Dios...”. Otro recordó que tenía una especie de encuentros frecuentes con Jesús y que tenían algo como lo que nosotros le llamamos luces. Uno se mete en temas a veces muy complicados y es como si Dios te mandara alguna señal... como si “se te prendiera una lamparita”, algo así. Ponele que, por ejemplo, a San José se le prendió la lamparita y le creyó a la Virgen, por lo buena que era, y le regalara a Dios y a ella su servicio, su paternidad. Yo les dije que durante muchos años y en muchas oportunidades, cuando salía para visitar a las comunidades para la Misa o para la catequesis, le decía a Jesús que se sentara a mi lado y mientras yo manejaba el coche me dijera “qué quería decirle a la gente”. Para mi se trataba de una presencia verdadera, normal y corriente. Subía al coche y golpeando el asiento del acompañante le decía a Jesús: “¡Sentáte! ¿Qué le voy a decir a la comunidad de La Loma... de Santos lugares o de Tres lagunas?” Y mirando un poco hacia arriba, en el cielo, lo veía o lo 50


imaginaba un poco como en la Ascensión. Otra contó que cuando levanta a sus hijos (3 y 5 años) para hablarles, le parece que está tocando a Dios. ...No sé si somos nosotros que estamos tocando a Dios o si es Dios que nos está tocando a nosotros... pero hace mucho que estoy convencido que todos vemos a Dios y que para no verlo hay que hacer un esfuerzo grande, comprar vendas especiales y pagar a otros para que nos venden. Yo puedo creer en la existencia del “superficial”, del “indiferente”, del “ignorante”, del que “no tiene tiempo”, en fin, del que no quiere plantearse en serio el tema. De lo que estoy seguro es que Dios a nadie deja sin la propuesta, y sin su presencia. Dios nos ama de tal manera que no va a renunciar a nosotros. Al final acudirá al recurso inevitable: el dolor. La prueba o la tribulación terminarán siendo un curso acelerado para nuestro rescate. El dolor y el llanto purifican la vista y sensibilizan el alma. Aparecerá finalmente Él como autor de la propuesta y contenido de la misma. Él, que se ofrece a sí mismo para la felicidad nuestra. Se oye siempre: “¡Abre tu Biblia!”, y me gustaría que pudiéramos oír como eco: “¡Abre tu vida!”. Allí junto a ti, dentro de ti está Dios, yendo y viniendo con soplos, palabras y gestos de amor, dejándose ver, como en la Biblia, de mil maneras. En la creación, en la historia, en el hombre, en el pueblo, en Cristo, en la iglesia , en los sacramentos... etc. En la fiesta, en el dolor, en el triunfo y en la derrota... ¿Cómo no ver a Dios, cuándo está ahí...en ti?

Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: '¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?'. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Mateo 6,25-32

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¿Haz visto las luces de Dios que seguramente están en tu vida? 51


Aquel Ibisco Los religiosos, como misioneros, cambiamos muchas veces de lugar. No es cosa fácil. Hay que ubicarse, conocer el ambiente, adecuarse al medio, a la gente, al clima a la cultura, a las costumbres, etc.. Ya hace ocho años que estoy en esta comunidad, al comienzo solicité una serie de plantas para el frente del templo. Entre las tantas que me regalaron había un ibisco. Lo planté con cariño y lo cuidé con paciencia, pero... ¿flores? ¡Nada! Pasaron unos años, y ¡nada! Empecé a dudar si no se tratara de una planta especial. Una de esas plantas que solo dan hojas verdes. Me dejaba decepcionado porque nunca dió ni una flor, ni una semilla, ni siquiera amagó a ofrecer algo distinto fuera de esas hojas verdes y, para colmo, pocas... Pensé cortarla y reemplazarla. Ya casi siete años sin una flor. El otro día, pensando en la Biblia, tomé un bastón, me acerqué al ibisco, lo miré y le dije: “hace casi siete años que estás ocupando este lugar. No te faltó sol, aire, agua, ni carpida... ¿Y?” Le pegué una paliza de aquellas... “Ale”, un amigo, me miró con sorpresa: “¿Qué hacés?” Así fué. A la semana me llamó Ale: “¡Padre, su planta, ese ibisco, está dando flores!”. “¡No!” contesté; y me dirigí hacia esa planta que tanto me había decepcionado. Una flor entre rosada y amarilla estaba casi abriéndose. Sorprendido, miré la corteza donde le había pegado. No sabía si pedirle perdón o si alegrarme por la flor. Era una súplica: “¡déjame vivir! ¡No me mates!” o tal vez un “¡gracias! Me ayudaste a descubrir que todavía puedo”. Busqué el escardillo y comencé una carpida “a fondo”. Una gramilla fuerte como alambre lo estaba aprisionando. Entonces le metí la mano así sentiría mejor qué había en aquella raiz. Sentí algo duro, rústico como un alambre herrumbrado. Lo moví un poco y... se trataba de un verdadero pedazo de alambre. Intenté tirarlo con la mano. No podía. Tomé el escardillo, enrosqué la punta del alambre y comencé a tirar. El alambre herrumbrado salió de alrededor de esa raiz. Me quedé mirándolo. Me acordé de los tantos juicios, de los infinitos prejuicios, de las tantas y superficiales carpidas y finalmente de aquella paliza. ¡Qué facil es juzgar, prejuzgar, condenar, sin estudiar, sin saber la verdadera causa, la raiz del problema. Me dió pena y me acordé de los tantos niños, adolescentes y jóvenes entorno a los cuales todos opinamos y poco hacemos. “¡Hay que bajarle la caña! Hay que bajar la edad de la imputabilidad! ¡Mano dura! ¡Hay que meterlos presos! ¡Hay que aumentar los castigos! ¡Hay que 52


mirar los antecedentes!”... Yo nunca vi un ibisco engendrar alambre, ni herrumbre, ni gramilla... Alguien puso ese alambre, tal vez lo sujetó a un tutor, algún descuidado lo tiró de casualidad, algún vecino. Algún programa de tele o algún dato de internet o algún celular..., o tal vez... los propios padres. Entonces hay que bajarle la caña a los padres y a los tutores, aumentar la imputabilidad de los mayores, de los que armamos los programas de educación o de los medios de comunicación social, etc.. Los chiquilines son lo que nosotros, los grandes, queremos o fomentamos. ¿Quién le enroscó ese alambre? ¿Quién lo escandalizó? Jesús decía que sería mejor atarle una piedra de molino al cuello antes que escanddalizar a un pequeño. Los adultos nos “auto-absolvemos” y a los pequeños: condena anticipada. Está prohibido hablar de Jesús y de los santos pero presentamos nuestros heroes, los que con una trompada matan, con un cuchillo deguellan y con un rifle ganan una guerra. A Domingo Savio y Teresita no los conocemos pero si al “Pelado”, al Chino”, al “Oreja”... Nuestros chiquilines están “como ovejas sin pastor”, decía Jesús. Nosotros los grandes los dejamos sin familia, sin ideales, sin metas, sin modelos válidos o con apenas algunos deseos de ganar unos buenos sueldos o de tener todos los placeres que queramos. Si ésta es la vida, para qué luchar tanto. Desde chicos fueron enredados porque la familia no aguantó, porque los grandes reclamaron el derecho al tanteo, al probar, y al fin... bueno nos resignamos a producir hojas, nomás... y lo peor es que dejamos a los hijos enredados y con traumas difíciles de resolver.

En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?”. Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo. Pero si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar. Mateo 18,1-6

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¿Alguien te dió la otra oportunidad que nadie te quería dar? 53


“Mabel de La Gruta” Hace muchos años una mujer sencilla y trabajadora entraba en nuestra familia de La Gruta de Lourdes. Por supuesto que entrar en La Gruta significa entrar en un torbellino de cosas que a veces complican la vida. Venía con una joyita linda y delicadita: Verónica, la hija. En la hija ponía su vocación de madre. En la mesa ponía su arte de cocinera, y en el lavadero su gusto por la limpieza y su arte de costurera. Mabel trascendía su servicio. Integraba el voluntariado de la Gruta de Lourdes que abarcaba desde el servicio de la mesa de los sacerdotes y obispos (huéspedes para la atención de las Misas, las confesiones, la predicación y el acompañamiento de los peregrinos) hasta la atención de los pobres, la venta económica, el servicio y la docencia en La Tarde de la Gruta. De sus atenciones disfrutamos todos los vecinos y los dehonianos de la Gruta de Lourdes. Aprovechando la pasada y algún encuentro personal le decíamos: “¡Mabel, no fumes!”. La libertad y la dependencia, para nosotros, los mortales, son don y desafío: relaciónalas. ¡...Era más fuerte que ella!... Su respuesta era una sonrisa. “Lo se... les agradezco el consejo pero no se lo puedo garantizar”. La rapidez en organizar y responder a las necesidades era proverbial. Mabel nunca tenía un “¡Pero!”. Todo era “¡Ya!”. El cigarrillo también aplicó su método. “¡Ya!”. Y casi no nos dimos cuenta. En pocas semanas esa vida se fué, el 12 de enero de 2011, luego de su último día 11. El no querer y el no creer nos dejaron pagando. Nos quedaron muchas gracias para dar. Sacerdotes, pobres y vecinos quedamos con deudas. La hijita, sorprendida y arrollada por los eventos también quedó allí, necesitando tiempo y calma para retomar lo vivido y procesarlo. Se necesita una vida. Algo así vamos a vivir dentro de poco en Semana Santa con un Tal Jesús de Nazareth. Los siglos no alcanzan para entender lo que se vivió en esa primera semana santa, allá en Judea hace casi dos mil años... Semana Santa en la que se sintetiza una vida y nada menos que la vida de Dios. Todos tenemos esa “semana santa”. Hay momentos de alegría y de gloria... yo recuerdo a esa niña... Mabel la vestía y la adornaba de maravillas y de gloria. Recuerdo su primera comunión, su presencia en esas misas y en los momentos de fiesta: “un poema”. La semana va pasando, los días y los años se suman y aparecen las necesarias diferencias. Necesarias hasta que el tiempo nos ayudará a ver lo mucho que había en común en esas diferencias... A todos los que tenemos un dedo de frente nos pasa descubrir después, frecuente54


mente tarde, lo mucho de bueno que había en aquello que hemos rechazado, a veces hasta con actitudes definitivas... La vida me enseñó a rescatar también a los finados. ¡Cuántas frases de mi madre, de mi padre y de mis abuelos o de tantos adultos aprobé recién después de tanto tiempo, después que murieron! Finalmente entendí un poco más de esa expresión de Jesús frente a la tumba de Lázaro: “¡Quitenle la piedra!... ¡Quítenle las vendas!...” El tiempo nos ayudará a entender cuánto de santidad y de evangelio vivió Mabel. Agradezco a Dios haberla conocido, haber compartido tanto tiempo, tanto trabajo, y en particular sus delicadezas para con P. Luciano Micheli en su enfermedad. Mabel, gracias por la interminable disponibilidad en los múltiples trabajos y traslados. Mabel, ahora que estás en tu definitiva casa, la del Padre Dios, cuida de tu hijita, y de nuestros chiquilines. Hay mucho por hacer todavía. A Jesús le pedimos que en la hora de la tardecita, tomando algún matecito allí arriba, te muestre cuánto le agradecía cada uno de los inumerables sacrificios hechos sin aparente recompensa en la tierra. Ningún suspiro, ningún esfuerzo cayó en el vacío. Todos y todo brotará y florecerá, gracias a la encarnación y a la semana santa de Jesús. Tu semana santa terminó, la nuestra continua y sabemos que gracias a la comunión de los santos, desde allí, nos acompañarás. Te recomendamos sobretodo a los más necesitados. Nosotros estamos en la fila...

Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!“. Pero algunos decían: “Este, que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?”. Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”. Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”. Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”. Juan 11,36-44

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Si lo piensas ¿cuántas personas como Mabel te mostraron el amor de Dios? 55


“Oportunidades y Bendiciones” Estaba yo en la Gruta de Lourdes de Montevideo. Un amigo de la Virgen, apenas me vio me dijo: -¿Ve padre esa señora que está sentada debajo de esos eucaliptos? ¡Dicen que no tiene fe! ¿Cómo se hace para hablarle? -¡Querido Amigo, la fe es un don. ¡Hay que pedirlo! ¡Claro! ¿Cómo pedirlo si nadie se lo presentó? Pero no te aflijas. Nosotros fallamos Dios, no. ¿Ves? ¿Por qué crees que ella vino aquí? A mi me parece que ya están dialogando. Dios tiene su manera de meternos en “el rodeo...” ¡Déjalos en su idilio o en su pulseada! El amor de Dios no tiene muros ni fronteras. Su idioma es tan personalizado y la prueba la tienes en su Hijo: si habrá pagado para hablar nuestro lenguaje... y para enseñarnos el suyo. Así empecé a caminar por el siempre más grande y hermoso parque de La Gruta. El otoño despoja, pinta y abriga a la naturaleza a su manera. Nos dice que todo pasa, pero que es por algo. Hay que endurecer los palos, hacerlos fuertes para la primavera. Nosotros también precisamos algún otoño, o algún invierno para disfrutar la primavera y el verano, no sea que el crecimiento necesario se transforme en resquebrajamientos de ramas sobrecargadas... Cuando estaba cerca de las fuentes de agua de la Gruta, oí una voz: -¡Señor! ¿Usted es el padre? -¡Sí! Uno de los padres. -¿Puedo hablar con Ud.? -¡Cómo no! ¡Diga! -Padre, ¡quiero que bendiga a mi hijo! Era la misma señora que estaba, poco antes, sentada debajo de los eucaliptos. Miré el rostro de su hijito y lo vi tan lindo, que me conmovió. Se lo presenté a la Virgen y le dije que ya que ella era madre, presentara a Jesús ese niño para que Él lo tocara. Después la invité a que me contara... Me dijo que el médico le había dicho que su hijo estaba gravemente enfermo, que podría vivir un año, o poco más, pero que no tendría cura. Estaba sola porque el padre del niño, cuando supo de la enfermedad... ¡Se borró! Le dije entonces muy pocas cosas... Que en la Teletón se fijara en las tantas familias con algún hijo con discapacidades... se trataba de familias sobresalientes, con una especial compensación, con mayor espiritualidad, una delicadeza muy superior a lo común, y una capacidad de comunicación con un lenguaje tan simple y al mismo tiempo tan eficaz, que conmovían. Le dije que todos en la tierra venimos para cumplir una misión: conocer y amar a Dios y al prójimo. Cumplida nuestra misión, Dios nos recogería a todos en su casa. Finalmente, que los más pequeños y enfermos eran los preferidos por Dios y que seguramente los pondría en las manos y en los brazos de gente con capacidades excelentes. Discapacitados, pero especialistas para hacernos santos, desafiando en nosotros un crecimiento y una grande56


za a toda prueba para responderles. Como también para prepararlos para la casa del Señor. No se si puedo explicarte (no convencerte) que si miramos como genio a uno que hace un trasplante, ¿por qué no mirar de la misma manera a una madre que trasplanta una vida y la cuida como en permanente terapia intensiva -a menudo sin tecnología ni medios- aparte de su amor, su intuición y su fidelidad? “Hija, le dije, Dios te ha hecho capaz de hacer santo a tu hijo y a él le ha dado la super-capacidad de hacerte santa a vos. Si para la sociedad hay discapacidad, para Dios ustedes son súper capacitados, súper dotados. Lo más importante es capacitarlos para la vida eterna. El resto pasa. Por supuesto que alabo a los que luchan para tender a la “equidad” (y falta mucho) pero repruebo a los que facilitan la muerte, el aborto, la eutanasia, o facilitan los divorcios frente a cualquier dificultad....”. Se dió una pausa larga. Tomé al niño en mis brazos y dije: “¡Señor, tu sabes todo, y tu sólo tienes palabras de vida eterna. Haz que aprendamos a disfrutar la vida y la sonrisa de un niño, más que todo; amar más que comprar; dar, más que recibir. Líbranos de una sociedad que facilitándonos todo, nos vuelve inútiles; danos la capacidad de disfrutar, superarnos y crecer en el servicio”. La mamá me tendió las manos. Le devolví el hijo y me agradeció emocionada. “¡Toma a tu hijo! Dios te lo ha dado porque sabe que tu puedes hacer maravillas. No te olvides, los domingos, llenarte de Él, de Jesús”.

Sean dóciles los unos a los otros por consideración a Cristo: las mujeres a su marido, como si fuera el Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer, como Cristo es la Cabeza y el Salvador de la Iglesia, que es su Cuerpo. Así como la Iglesia es dócil a Cristo, así también las mujeres deben ser dóciles en todo a su marido. Maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. Él la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada. Del mismo modo, los maridos deben amar a su mujer como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo. Nadie menosprecia a su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida. Así hace Cristo por la Iglesia, por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia. En cuanto a ustedes, cada uno debe amar a su mujer como a sí mismo, y la esposa debe respetar a su marido. Efesios 5,21-33

Piensa en las maravillas que hizo Dios a través de la discapacidad, de la enfermedad, de la pobreza... ¿recuerdas algunos ejemplos en tu vida?

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Salvar la familia Una improvisa y grave enfermedad golpeó a una niña de dos años y medio. Inmediatamente acudieron al hospital de niños. El abuelo, fuertemente sacudido, la visita y contemplando su delicada situación, cuenta que elevó una intensa y profunda oración al Señor Jesús y a la Virgen María. Hay abuelos que tienen el privilegio de sentir y vivir una íntima y fuerte comunión con sus nietos. Estamos en uno de esos casos. Desde varios años, gracias a la catequesis estoy observando este fenómeno. Posiblemente el demasiado trabajo de los padres, los obliga a confiar a sus hijos a los generosos abuelos. Mucho tiempo y, a menudo, la poca pensión, junto a la abundante experiencia, van invertidos en los nietos. Pronto se forma una reciproca entrega a tal punto que el problema de los pequeños se vuelve problema de los ancianos y viceversa, como el crecimiento o el éxito de unos beneficia a los otros. Recuerdo que en una celebración, durante un retiro, sobre siete oraciones de los fieles, cinco fueron dedicadas a los abuelos, como también recuerdo que en una clase de catequesis de niños en preparación a la comunión, sin previo aviso llegué interrumpiendo la clase y la catequista me dice: “Padre, traje una palangana de agua, les pedí a los niños que fabricaran una barquita cada uno y que la colocaran en la palangana, después le dije que imaginaran una de las tantas tormentas de la vida y que en poco tiempo tendrían que colocar una sola cosa en la barquita. Tendrían que escribir la tal cosa en un papelito y colocarla”. Pasaron unos minutos y listo... Al final del cuento sabrán qué salvaron los niños... Volviendo al abuelo de la nietita del hospital, recuerdo que me marcó su oración: “Le pedí a Dios que la curara. Le pedí con mucha fuerza, padre, por eso estoy aquí y quiero que me prepare para tomar la Comunión. La nietita está divina y yo quiero tomar la Comunión”. La salud de la nieta convirtió al abuelo y la intensa oración del abuelo salvó a la nieta. Los dos cables encendieron una preciosa luz: la vida y la fe. El abuelo viene con frecuencia. Leemos juntos el evangelio y descubrimos que hay una solidaridad que va mucho más allá que el bolsillo, la moneda, o el gesto de compartir cosas... podemos compartir vida y hacer magníficos trasplantes, no sólo de órganos... Leyendo la biblia descubrimos que esa comunión se da también con Cristo. Comulgamos su palabra, su verdad hasta comulgar su vida, su cuerpo y su 58


sangre. Descubrimos que el evangelio, con tanta savia, nos devuelve las ganas de vivir. La Comunión con el prójimo, sobre todo con el más próximo, es también una tarea, una necesidad para comulgar con Cristo. Entendí por qué los niños de la catequesis coincidieron en las cosas que salvarían en cualquier tormenta de la vida: la familia. La familia como la manda Dios, de un hombre y de una mujer abiertos a la procreación. Intenté nuevamente preguntar a otros niños si tuvieran que salvar una sóla cosa, ¿Cuál sería? Y volvieron a subrayar “a la Familia”. En un liceo pregunté cuál era el sentimiento más fuerte y presente en su vida en el momento actual. Me contestaron: “¡El miedo!”. Con sorpresa volví a preguntarles: ¿Miedo a qué? y nuevamente con sorpresa escuché: “¡A que los padres se separen!”. Me pregunto: si ellos sienten con tanta fuerza la necesidad de una verdadera y estable familia, ¿por qué los mayores manoseamos, olvidamos, destruimos, emparchamos y deformamos aquella realidad tan necesaria para ser y vivir? El otro día me trajeron un texto utilizado para la formación de chiquilines de primaria. Vi con sorpresa el tratamiento del tema de la formación sexual, prescindiendo de una necesaria referencia a la familia. Estamos a menudo a contramano con las exigencias de la naturaleza, con los hijos, con los niños, con el sentido común... Cazando poder, olvidamos la verdad, y buscando adeptos renunciamos a realidades importantes, y para complacer nos hacemos cómplices de un futuro en peligro. Hay que salir a salvar a la familia antes de que se hunda, y hay que recuperar a los abuelos, antes de que se nos pierdan y a los niños aún antes de que nazcan. El mar está movido y nosotros medio dormidos. Algunos, no siempre los mejores, atentos sólo al provecho personal.

No se inquieten entonces, diciendo: '¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?'. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. Mateo 6, 31-34

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¿Conoces a buenas personas que más que padres tuvieron abuelos? ¿o hermanos? 59


“De tal palo, tal astilla” Era el viernes santo. El cielo estaba nublado y pesado. La terminal de ómnibus, repleta. Yo tenía que viajar. Escuchaba con frecuencia: “alerta metereorológica, alerta naranja”. La gente conversaba animadamente. De pronto el tema se deslizó hacia otra realidad. No se si por culpa de la Televisión que transmitía el noticiero, o si alguien, sin querer, levantó la voz y provocó el contagio. La frase clave fué: “Zona roja”. ¡Cuántas veces la escuchamos o la leimos en nuestros periódicos! ¿Realidad o afán de vender? Caí en la trampa; presté el oído y...: “¡Que los jóvenes de hoy! ¡Que los adolescentes! ¡Que estos chiquilines! ¡Que así no se puede más! ¡Qué hay que acabar con ésto de una vez! ¡Mano dura! ¡Meterlos presos a todos!...” Me acordé lo de Jesús: “¡El que no tiene pecados que tire la primera piedra!”. Una breve pausa me trasladó a otros “versículos” comunes en estos tiempos: “¡Que somos un país de viejos! ¡Que ya no hay juventud! ¡Que en los primeros años de primaria hay pocos alumnos! ¡Que hay que enseñarles a los pobres a no tener hijos!” Y que: “¿Para qué tienen hijos si no los pueden mantener?”. Uno, un poco más joven dijo: “¡Total, dentro de unos años, para poblar al Uruguay van a venir los coreanos!; ¡los chinos!”, dijo otro. Pensé: “si los jóvenes van presos, los adultos no tienen hijos y alguno se rebusca en algún país extranjero, terminamos siendo realmente una república “oriental”, pero del oriente asiático. Con una diferencia: más que pertenecer al viejo continente, seremos los viejos del continente”. Pero ¿qué tiene que ver aquí lo de “¿De tal palo, tal astilla?”. Los tigres generan tigres. Los monos, monos. El conejo, conejo. El zorro, zorro. ¿De dónde salieron estos: “chorros”, violentos, cobardes? ¿“de la sociedad”? Lo escuché muchas veces, pero en el bosque del anonimato se siguen escondiendo los verdaderos culpables: “de tal palo, tal astilla”. ¿Alguien acusaría al tigre por nacer tigre? ¿Al mono, por nacer tal? “¡De tal palo tal astilla!”. Antes que nada apuntaría el teleobjetivo a la familia. Después al nido y finalmente a pichón, a su alma. Cuando esto se repite y se generaliza entonces apuntaría la cámara hacia el Parlamento. ¿Qué tal nuestras leyes? ¿qué tal nuestro concepto de libertad?, ¿qué tal nuestra ley de Educación? ¿qué tal nuestra legislación sobre la familia? “¡De tal palo tal astilla!” Bueno, miremos el “palo”. Los padres, víctimas, se volvieron victimarios. Víctimas ¿de quién?, ¿de la escasa educación escolar? ¿Quién hizo la ley de educación? ¿Quién la lleva adelante? ¿Víctimas de la maleducada TV? ¿Quién la dirige y la proyecta? ¿Tiene algún proyecto de persona, de familia y de comunidad éticamente válida? “¡De tal palo tal astilla!”. ¿Quién controla la salud del 60


Palo? Estoy seguro que nadie desconoce el refrán: “¡Dime con quién andas y te diré quién eres!”. Estos chiquilines vienen de nosotros, viven con nosotros, y se parecen a nosotros. Son un producto de nuestras familias y estas de nuestra comunidad y a esta se alimenta de nuestra cultura, nuestra legislación, nuestras instituciones y medios de comunicación. “¡De tal palo tal astilla!”. Nuestros muchachos tienen nuestro ADN. Su condena es nuestra condena. “¡Alerta roja!”, no “zona roja”, y a ponernos todos en estado de revisión de vida “comenzando por los más ancianos”, dice el evangelio, desautorizándonos a tirar piedras sobres piedras a los chiquilines, y solicitándonos a educarlos con un testimonio más civilizado de parte de los más adultos. Me subí al ómnibus, me acomodé y miré al cielo, que, entre rayos y truenos me recordó la prometida “alerta naranja”. También me acordé que en la Biblia, en los últimos siglos del antiguo testamento, escaseando los profetas y los líderes, el Señor acompañó y animó a su pueblo con una efusión de proverbios y dichos cargados de sabiduría: los libros sapienciales. Dios nunca dejará sin luz, sin agua, o sin pan a los que los busquen con un corazón sincero. La zona roja no es una zona geográfica sino cultural o moral y es hereditaria. “De tal palo tal astilla“.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: "Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. Mateo 5,1-12

¿Por qué tanta fobia a estas astillas si son de nuestros palos? La conversión del mundo comienza por la conversión de mi corazón.

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¡Caer para arriba! Era diciembre. El peso del año se sentía con un cansancio mezclado al sabor festivo de la Navidad que se acercaba junto al montón de compromisos que suelen traer estas fiestas: invitaciones, despedidas, conclusión de clases y proyectos de vacaciones... “dulces y salados...” Estaba cansado. Sonó el teléfono y una hermana me pidió si podía preparar los niños para la primera comunión. Por lo menos estos últimos días. Ya tenía varios grupos y, uno más, me parecía demasiado. ¿Cómo decirle que no? Me detuve un instante y por una de esas cosas, se me ocurrió pedirle algo imposible para que renunciaran a insistir. Le dije entonces: “¡Dígale a los chicos: Si me dicen tres maneras de caer para arriba, los acompaño!” Esperaba ya liberarme de ese compromiso. ¡Pero, no! La hermana, con mucha inocencia, volvió al ataque solicitando una pista. Entonces les díje: La primera, la va a encontrar en la multiplicación de los panes (en los canastos). La segunda en la parábola de los talentos (en la aerostática). La tercera en el evangelio, en su totalidad ( y en un taller de electrónica). A la semana me invitaron a celebrar una Misa. Pensé: “esta es una trampa”. Fuí. “Padre, me dijo la hermana, mire que esto salió de los chiquilines”. “¿Esto qué?” dije yo, pensando en alguna travesura, a tolerar o disculpar... “¡No! Lo que los chicos prepararon para la Misa”. Quedé sin saber, esperando algo común, lo de siempre: la oración de los fieles, la ofrenda y algún nuevo canto-sorpresa. Cantaron lindo. Siempre que cantan, ellos me tocan el alma. Al ofertorio un grupito de chiquilines, desde el fondo de la capilla, trajo un lienzo con muchas manos pintadas. Una palabra grande arriba: solidaridad. Alguien explicó cómo las manos representaban la solidaridad del chiquilín que en el evangelio ofreció los cinco panes y los dos peces y todo “cayó” para arriba porque pasaron de la necesidad (el hambre) a la abundancia (sobraron doce canastos). Enseguida apareció otro grupo de chiquilines que trajo pintado un globo aerostático con un canasto para viajeros y una fuerte llama pintada en la apertura del globo para llenarlo de aire caliente. Así lo explicaron: La llama es como “un ideal” que a uno lo entusiasma, lo anima y lo calienta y ese calor del ideal lo lleva hacia arriba. Otro grupito trajo en sus manos un imán, unas latas y unos clavos con algunas arandelas. Uno de ellos explicó que el Imán representa “un líder”, en nuestro caso, Jesús, que apareció y nos sedujo con su persona, con su enseñanza contagiándonos con su propuesta de un mundo mejor (el proyecto del 62


Reino), así como el imán contagiaba a las latitas que, a su vez, quedaban imantadas atrayendo (a los clavos, arandelas, etc.) hacia arriba. Cinco panes puestos generosamente en las manos de Jesús alcanzan un superávit maravilloso. En el mundo, con la solidaridad, derrotaríamos el hambre. La tierra produce alimentos para 36 mil millones de personas y somos apenas 7 mil millones y no alcanzan. Claro. ¿Quien diría que en el mundo una tercera parte de los alimentos son desechados, desperdiciados? Un ideal es indispensable, necesario para cualquier carrera, emprendimiento o viaje. Un ideal permite discernir y elegir, y llena la vida de energía, de combustible, de gracia; da sentido a la vida. Un líder, convoca, compromete, une entorno al ideal, como lo hacen Cristo, los santos, los mártires. “La sangre de los mártires es semilla de cristianos” decía Tertuliano. Madre Teresa, Juan Pablo II, y tantos líderes lograron levantar naciones... Yo también me sentí caer para arriba, y asumí el compromiso de acompañar a esos chiquilines en su caminata hacia Cristo, don del Padre compartido solidariamente con el mundo, ideal y meta de todo corazón humano, y fuerza contagiosa de elevación.

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Mateo 25,31-40

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¿Cuántos testimonios solidarios puedes recordar? ¿Cuántas presencias de Jesús en tu vida?

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Índice - Introducción................................................................................ 3 La parábola de la madre de la bicicleta ............................. 4 Ver, oír y sintonizar con el corazón ................................... 6 Las guiñadas de Dios ....................................................... 8 Ser libres como Jesús el pobre, rico en libertad ............. 10 Rosa: la “niña-mamá” ..................................................... 12 En el “entrevero” vemos la mano de Dios ....................... 14 No hay mayor amor que dar la vida ................................ 16 ¡Solo Dios sabe! ............................................................. 18 ¡No puedo! ...................................................................... 20 La Verdad los hará libres ................................................. 22 AMAR en serio ................................................................ 24 El amor todo lo puede ..................................................... 26 Aprender de los niños ..................................................... 28 “Exilios” y “Egiptos” en tu propia tierra... ......................... 30 ¡Lo quiero, pero aún no se lo dije! ................................... 32 La libertad... y los vidrios ................................................. 34 Los del bajo... y los de arriba........................................... 36 Los mártires desconocidos ............................................ 38 Nuestros santos. Mientras vivimos, tenemos para dar ... 40 “¡Como ovejas sin pastor!...”........................................... 42 ¿Quién no los conocía? .................................................. 44 La Educación comienza antes de la concepción............ 46 “¡Hormiguitas!” ................................................................ 48 ¿Cómo no ver a Dios, cuándo está ahí...en ti? ............... 50 Aquel Ibisco ..................................................................... 52 “Mabel de La Gruta” ......................................................... 54 “Oportunidades y Bendiciones” ....................................... 56 Salvar la familia ............................................................... 58 “De tal palo, tal astilla” ..................................................... 60 ¡Caer para arriba! ........................................................... 62

Santuario Nacional de La Gruta de Lourdes, Montevideo, Uruguay.

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Parábolas de hoy