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Vieron y creyeron La alegría y la belleza de ser cristianos

muestra itinerante producida por

a cargo de Andrea Bellandi búsqueda iconográfica Sandro Chierici

proyecto gráfico Andrea Cimatti planificación y coordinación Eugenio Dal Pane

con el patrocinio de

CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

organizado en Perú por

en colaboración

patrocina

Eugéne Burnand, Los discípulos Pedro y Juan corren al sepulcro la mañana de la Resurrección, París, Museo d´Orsay.


SECCIÓN I

EL CONTEXTO «Ustedes son los primeros de los modernos»

Por vez primera después de Jesús, hemos visto ante nuestros ojos el surgimiento de un mundo nuevo: un mundo, una sociedad después de Jesús, sin Jesús. Charles Péguy

¿Un cristianismo en vías de extinción? Hace un siglo, la profecía del poeta francés Péguy podía parecer exagerada. Ahora se ha realizado ante nuestros ojos: «un mundo, una sociedad después de Jesús, sin Jesús». Quizás todavía se usan palabras cristianas, quizás (aunque cada vez más raramente) se invocan valores cristianos, pero la vida real de la mayoría de los hombres se desarrolla, de hecho, prescindiendo de Él. Como repetía desde hace tiempo Benedicto XVI, nos encontramos ante una profunda crisis de fe, dentro y fuera de la Iglesia.

Los hombres raramente aprenden lo que creen ya saber. Barbara Ward Vista del suburbio de Nowa Huta, Cracovia


Parece que ha sucedido algo que no había sucedido jamás. Los hombres han abandonado a DIOS no por otros dioses, dicen, sino por ningún dios; y esto no había ocurrido nunca. Thomas Stearns Eliot

Dios, aunque exista, no importa La existencia de Dios –o de un “Principio Último”, si así queremos llamarlo– aún hoy no se niega directamente. Parecería así que el proyecto ideológicamente ateísta de los dos últimos siglos ha fracasado en su objetivo. En realidad, es una derrota sólo aparente: aunque no esté “muerto” (como diría Nietzsche), Dios permanece confinado arriba en el cielo, considerado una pura hipótesis filosófica o religiosa. Admitiéndola o negándola no cambiaría nada en la vida cotidiana del hombre, que «pretende tener una identidad plena sencillamente en sí mismo» (Benedicto XVI). «Dios, si existe, no importa» (Cornelio Fabro).

La secularización […] invade todos los aspectos de la vida diaria y desarrolla una mentalidad en la que Dios, de hecho, está ausente, total o parcialmente, de la existencia y de la conciencia humana. Benedicto XVI Giovanni Chiaramonte, Via Emilia, Piacenza 1986 © Ultreya


La razón positivista […] se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Benedicto XVI

Una razón "sin ventanas" La exclusión de Dios del horizonte de la vida coincide con la ilusión de que pueda ser la ciencia, guiada por una razón puramente técnica, la que pueda asegurar el pleno bienestar del hombre, al responder a todas sus esperanzas y preguntas. Pero «nosotros sentimos que aunque pudieran responderse todas las preguntas de la ciencia, los problemas de nuestra vida ni tan siquiera habrían aflorado» (Ludwig Wittgenstein). «Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo» (Benedicto XVI).

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo? Lc 9,25

¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Mt 16,26 Fritz Lang, fotogramas de la película Metrópolis


Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Benedicto XVI

La pérdida de lo real El nihilismo, no tanto como visión filosófica sino más bien como mentalidad, es el clima cultural en el cual estamos inmersos. «En la interpretación nihilista la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero. El nihilismo está en el origen de la difundida mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional» (Beato Juan Pablo II, Fides et ratio, 46). Una poesía de Montale documenta las consecuencias que tales interpretaciones tienen en el modo de percibir la realidad. Desligada la relación con el Creador, esta aparece inconsistente y efímera: «Tal vez una mañana caminando bajo un aire de vidrio / árido, al volverme, veré hacerse el milagro: / la nada a mis espaldas, el vacío detrás / de mí, con terror de borracho». Pero si la realidad es nada, vacía, ilusión… ¿cómo es posible tomarse en serio a uno mismo, tomar en serio al otro, a la vida como camino y a la tarea de la existencia?

No existe ningún ideal por el cual podamos sacrificarnos, porque de todos conocemos la mentira, nosotros que no sabemos qué es la verdad. André Malraux Desierto de Lockwood Valley, California


El mayor peligro que puede temer la humanidad es aquella enfermedad espiritual, la más terrible porque es el más directamente humano de los flagelos, que es la pérdida del gusto de vivir. Teilhard de Chardin

La abolición del hombre «El hombre tiene necesidad de Dios, o ¿acaso las cosas van bien sin Él?» (Benedicto XVI) Debemos dejarnos interpelar por la pregunta de Benedicto XVI, tomándola en serio e intentando responderla con lealtad. Él da una respuesta: «Cuando en una primera fase de la ausencia de Dios, su luz sigue mandando sus reflejos y mantiene unido el orden de la existencia humana, se tiene la impresión de que las cosas funcionan bastante bien incluso sin Dios. Pero cuanto más se aleja el mundo de Dios, tanto más resulta claro que el hombre, en el hybris del poder, en el vacío del corazón y en el ansia de satisfacción y de felicidad, “pierde” cada vez más la vida» (Benedicto XVI) Y nosotros, ¿qué juicio hacemos?

Mis manos, ¿qué son mis manos? La distancia inconmensurable que me divide del mundo de los objetos y me separa de ellos para siempre. Jean Paul Sartre Alvar Cawen, Violinista Helsinki, Ateneumin Taidemuseo © DeAgostini Picture Library / Scala, Firenze


¿Es la humanidad la que ha abandonado a la Iglesia o la Iglesia la que ha abandonado a la humanidad? Thomas Stearns Eliot

¿Una fe irrelevante? Ante los desafíos de la modernidad, la tentación –también entre los propios cristianos– es la de reducir el anuncio cristiano al ámbito privado, o a sus meras consecuencias éticas, culturales, sociales, políticas…; o bien, a la simple conservación de formas tradicionales. Separadas de su origen, pierden su comprensión y atractivo: «La religión se ha debilitado no porque haya sido refutada, sino porque se ha convertido en algo irrelevante, monótono, opresivo e insípido» (Abraham Joshua Heschel). El resultado inevitable ya había sido anunciado en el Evangelio: la sal se ha vuelto insípida y «no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente» (Mt 5,13)

El verdadero drama de aquella Iglesia que gusta definirse como moderna es el intento de corregir con reglas el estupor ante el evento de Cristo. Juan Pablo I Vitrina de la sala del tesoro del Museo de la Catedral de Siena © Foto Lensini, Siena – Opera della Metropolitana (aut. n. 663/2012)


SECCIÓN II

EL PUNTO DE PARTIDA: EL CORAZÓN DEL HOMBRE «¡Ah! ¿Cómo colmar el abismo de la vida?»

Toda persona ha sido creada para que pueda entrar en diálogo con Dios, con el Infinito. Benedicto XVI

Creados para el Infinito «La sed de infinito está presente en el hombre de tal manera que no se puede extirpar» (Benedicto XVI): un hombre privado de tal horizonte, tarde o temprano, muere asfixiado. Todo su ser, de hecho, grita a un más allá: «yo estoy lleno de una pregunta a la cual no sé responder» (Pier Paolo Pasolini). La realidad misma remite a un más allá del cual es signo: «Yo no trato de imaginar a un Dios personal; es suficiente pararse asombrado ante la estructura del mundo, mientras este permita a nuestros inadecuados sentidos apreciarlo» (Albert Einstein). En todo, hasta en los abismos del mal o en las tinieblas de la confusión, se manifiesta el «misterio eterno de nuestro ser» (Giacomo Leopardi). «Incluso cuando se rechaza o se niega a Dios, no desaparece la sed de infinito que habita en el hombre. Al contrario, comienza una búsqueda afanosa y estéril de «falsos infinitos» que puedan satisfacer al menos por un momento» (Benedicto XVI)

Toda la ley de la existencia humana consiste en que el hombre puede siempre inclinarse ante lo infinitamente grande. Fëdor Dostoevskij Edward Hopper, Mañana en Cape Cod Washington, DC. Smithsonian American Art Museum © Foto Smithsonian American Art Museum / Art Resource / Scala, Firenze


Tenemos necesidad de Ti […] el hambriento cree buscar su pan y tiene hambre de Ti; el sediento cree beber el agua y tiene sed de Ti. Quien busca la belleza en el mundo, sin darse cuenta, te busca a Ti que eres la belleza entera y perfecta. Giovanni Papini

«Al Dios desconocido» Desde las civilizaciones más antiguas, los hombres han buscado conocer y entrar en contacto con el infinito «buscándolo a tientas» (San Pablo). Hubo un tiempo en el cual “al Dios desconocido” se le dedicaban altares y oraciones. «Pero, como entonces, tras las numerosas imágenes de los dioses estaba escondida y presente la pregunta acerca del Dios desconocido, también hoy la actual ausencia de Dios está tácitamente instada por la pregunta sobre Él. Quaerere Deum –buscar a Dios– y dejarse encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados» (Benedicto XVI)

No habrá fidelidad si no se encuentra en el corazón del hombre una pregunta para la cual sólo Dios es la respuesta. Beato Juan Pablo II Ofrenda en la puerta de los infiernos, fresco Tarquinia, tumba de los Auguri © Foto Scala, Florencia – por concesión del Ministerio para los bienes y las actividades culturales


Entonces llegó, en un momento predeterminado, un momento en el tiempo y del tiempo […] pero el tiempo se hizo mediante ese momento, pues sin el significado no hay tiempo y ese momento del tiempo dio el significado. Thomas Stearns Eliot

¡Él se ha mostrado! Existe un hecho en la historia que lleva en sí una pretensión “única”: que Dios mismo se ha mostrado en un hombre – Jesús de Nazaret– para ayudar a todos (a cada uno y al pueblo) a realizar el propio camino humano. «La novedad del anuncio cristiano es la posibilidad de decir ahora a todos los pueblos: Él se ha mostrado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino hacia Él» (Benedicto XVI). Él personalmente. Desde entonces el hecho de que él exista pide que nos posicionemos. «La forma más baja del escándalo, humanamente hablando, es dejar sin solución todo el problema en torno a Cristo […] Que el cristianismo te haya sido anunciado significa que tú debes tomar una postura ante Cristo. Él, o el hecho de que él exista, o el hecho de que haya existido, es la decisión clave de toda la existencia» (Søren Kierkegaard). ¿Es verdad aquello que ha sucedido? ¿Cómo se ha dado el hecho? ¿Qué razones trae consigo?

El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Concilio Vaticano II Gaudium et spes Georges de la Tour, Adoración de los pastores París, Museo del Louvre © Foto Scala, Florencia


SECCIÓN III

EL HECHO: JESUS DE NAZARET «Maestro, ¿dónde vives?» «Vengan y vean»

Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, realmente creer, en la divinidad del hijo de Dios, Jesucristo? Fëdor Dostoevskij

Un encuentro: Juan y Andrés El Misterio ha elegido entrar en la historia del hombre sin llamar la atención, en un modo similar al de los demás, viviendo durante treinta años la vida cotidiana fuera de la luz de las noticias. Pero un día “se ha manifestado”, y para quien lo ha encontrado ha sido el gran instante por el cual toda su vida ha quedado marcada. Y que ha cambiado el curso de la historia. «Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos, y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscan?». Ellos le contestaron: «Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Vengan y vean». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima». (Jn 1, 35-39)

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Benedicto XVI Pier Paolo Pasolini, fotogramas de la película El Evangelio según San Mateo


El estupor no es algo que los hombres puedan evocar por ellos mismos. Lo que mueve el estupor de los hombres es algo familiar, y sin embargo normalmente invisible, algo que además los hombres son movidos a admirar. Hannah Arendt

Un día con Jesús Los evangelios, que nos transmiten la memoria de quienes que lo han encontrado y se han relacionado con Él, nos cuentan aquellos hechos de los cuales, cotidianamente, sus amigos hacían experiencia, llenos de estupor. Palabras que tocaban el corazón; acciones milagrosas; una mirada llena, a un tiempo, de verdad y de ternura; una bondad extraordinaria unida a una inteligencia capaz de desvelar cualquier hipocresía. La repetición continua de una grandeza. Muchos, después de haber escuchado sus palabras y de haber presenciado sus milagros, regresaban a casa retomando su vida. Sólo algunos, los “doce” que Él mismo había llamado y algún otro, no se conformaban, sino que comenzaron a seguirlo allí donde fuera y a “estar” con él. Por eso los evangelios afirman, día tras día: “Y ellos creyeron en Él”.

Yo creo que no podría seguir viviendo si ya no Le oyera hablar Johann Adam Möhler Cristóforo De Predis, La curación del endemoniado, miniatura Turín, Biblioteca Real,Codigo Varia 124, c. 77v © Archivi Alinari, Florencia


¿Qué más podía hacer por ti que no haya hecho ya? Te ha dado la vista cuando estabas ciego, te ha liberado cuando estabas encarcelado, te ha llevado por el buen camino cuando estabas perdido, te ha perdonado cuando eras culpable. San Bernardo

Un hombre sin comparación Un hombre igual en todo a los demás, pero al mismo tiempo como ningún otro. Sus palabras poseen una autoridad absolutamente única. «En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados». Algunos de los escribas se dijeron: «Éste blasfema». Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados” o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados – entonces dice al paralítico–: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”». Se puso en pie y se fue a su casa. Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad» (Mt 9,2-8).

Por esto la Vida misma se ha manifestado en la carne: para que aquello que sólo el corazón podía ver, también fuese visto con los ojos, y de esta forma se sanase el corazón. San Agustín La curación del paralítico, mosaico Monreale, catedral © Ultreya


«Tú lo sabes bien: no logras hacer algo, estás cansado, no puedes más. Y, de repente, encuentras entre la muchedumbre la mirada de alguien – una mirada humana– y es como si te hubieses acercado a lo divino, a un misterio escondido. E inesperadamente, todo es más sencillo» Andrej Tarkovskij

Una mirada que revela lo humano Es, sobre todo, la mirada de Jesús la que conquista el corazón de quien lo encuentra. La mujer de Samaria («Me ha dicho todo lo que he hecho»), Mateo el publicano, Zaqueo, la Magdalena: nadie los había mirado así jamás, nadie había penetrado en la misteriosa profundidad de sus corazones como aquel hombre. Era como si todo fuese ya conocido, comprendido y abrazado: con piedad, con un amor irreductible. Era una mirada reveladora de lo humano a la cual no se podía huir y que hacía brotar un fuerte deseo de permanecer con El.

Si yo miro el fondo de tus ojos tiernos, se me borra el mundo con todo su infierno. Se me borra el mundo y descubro el cielo, cuando me zambullo en tus ojos tiernos. Víctor Heredia compositor argentino Masaccio, El tributo, detalle Florencia, iglesia de Santa María del Carmine, capilla Brancacci © Foto Scala, Florencia / Fondo Edificios de Culto. Ministerio del Interior


¿Quién eres? […] tú sólo, tú, has suspendido la pasión a mis enojos, la suspensión a mis ojos, la admiración al oído. Con cada vez que te veo nueva admiración me das, y cuando te miro más, aun más mirarte deseo. Pedro Calderón de la Barca

¿Quién es este? De Él conocían su familia, la ciudad de donde venía, con Él compartían los días… sin embargo, llegado un momento, se tuvieron que preguntar: «¿Quién es este?». Era tal la excepcionalidad de aquel hombre que todo intento por comprenderlo resultaba inadecuado. «¿Quién es?» Una pregunta extraña, porque está dirigida a un hombre en todo como ellos, pero una pregunta que surgía inevitablemente –tanto en sus amigos como en sus enemigos– ante la autoridad única de su actuar y de su hablar. El surgimiento de esta pregunta revela la impotencia de no poder responder solos al misterio de su Persona.

«Los hombres se decían asombrados: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar lo obedecen?» Mt 8,27 Cristo aplaca la tempestad, miniatura Escorial, Monasterio, Codex Aureus Escurialensis (facsímil) fol. 70 © Foto Scala, Florencia


Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados». Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?». Lc 7,48-49

Una pretensión cada vez más grande Jesús ha respondido a la gran pregunta «¿Quién eres Tú?», pero no directamente. Si lo hubiera hecho, la respuesta hubiera sido para los hebreos más una locura que una blasfemia: demasiado turbadora para su mentalidad, puesto que para ellos estaba prohibido incluso pronunciar el nombre de Dios. Él, en cambio, siguió una «inteligente pedagogía» en su revelación, hecha a través de indicios. Estos, en modo implícito y concreto, condujeron lentamente a la respuesta plena, que será claramente manifiesta sólo al final. Por eso Él se atribuye gestos y prerrogativas hasta ahora reservados únicamente a Dios.

«Han oído que se dijo… Pero yo les digo» Cfr. Mt 5,21-22 Jesús y la adúltera, fresco Capua, basílica de Sant´Angelo in Formis © Foto Scala, Florencia


Cristo en persona es el momento decisivo de la salvación. No su doctrina ni su ejemplo ni la potencia divina operante a través de Él, sino simplemente su persona. Romano Guardini

En el centro de la libertad La invitación a estar con Él –dirigida a los primeros– se profundiza con el paso del tiempo, revelando una inusual “pretensión”: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5). No se trata simplemente de seguirlo, sino de preferirlo respecto a cualquier otra relación. Es más, lentamente Jesús va situándose como verdadero y específico centro afectivo de la persona, como raíz verdadera de los propios sentimientos naturales; sin Él, perderían consistencia: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». De este modo, se desafía la existencia entera: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». (Mt 10, 37-39)

Este es el horrendo y oculto veneno del error de ustedes: que pretenden hacer consistir la gracia de Cristo en su ejemplo y no en el don de su Persona. San Agustín Maestro Heinrich de Constanza, San Juan reposa en el pecho de Cristo Amberes, Museo Mayer Van Den Berg © Photo Collections Management, Amberes / Bart Huysmans


SECCIÓN IV

EL RECONOCIMIENTO: LA LIBERTAD DEL HOMBRE «Tú eres Cristo, el Hijo del Dios Vivo»

Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» Jn 9,39

La sencillez del corazón Ante Jesús –como delante de cualquier realidad– tarde o temprano emerge la postura profunda del corazón: o se está dispuesto a acoger algo “nuevo”, o predomina lo “ya sabido”. Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. Y este hecho genera paradójicamente reacciones opuestas. En los fariseos una irracionalidad que llega a negar incluso el hecho en sí mismo: «¿Es éste vuestro hijo, de quién dicen ustedes que nació ciego?». En el ciego de nacimiento la sencillez razonable de quien sabe estar ante el hecho: «Sólo sé que yo era ciego y ahora veo […] Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder» (Jn 9, 25. 32-33).

La fe va por sí misma. La fe marcha sola. Para creer no hay sino que dejarse ir, no hay sino que mirar […] La fe es muy natural, muy simple, viene y va por sí misma […] Para no creer, hija mía, habría que taparse los ojos y los oídos. Para no ver, para no creer. Charles Péguy El Greco, El milagro de Cristo que sana al ciego Nueva York, Metrpolitan Museum of Art © Image copyrigth, Museo Metropolitano de Arte / Art Resource / Scala, Firenze


La novedad del anuncio cristiano no consiste en un pensamiento sino en un hecho: Él se ha mostrado. Pero esto no es un hecho ciego […] Verbum caro factum est (Jn 1,14): precisamente así en el hecho ahora está el Logos, el Logos presente en medio de nosotros. El hecho es razonable. Benedicto XVI

Si no te creo a ti, no creo a mis ojos Después del milagro de la multiplicación de los panes, la muchedumbre se exaltó, pensando que habían encontrado a quien, finalmente, iba a resolver todos sus problemas materiales. Pero Jesús cambia su mirada: «Trabajen no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre» (Jn 6, 27) Muchos, entonces, se fueron, excepto Pedro y sus amigos. Por la experiencia vivida hasta ese momento, era razonable creer en Él y permanecer con Él.

Y no se trataba de una adhesión sentimental, no era un fenómeno emocional: era un fenómeno de la razón, exactamente igual que esa manifestación de la razón que te hace apegarte a la persona que tienes delante, en cuanto la juzgas digna de estima; al mirarla, nace en ti una estima maravillosa que te apega a ella. Luigi Giussani John La Farge, Visita de Nicodemo a Cristo Washington, DC. Smithsonian American Art Museum © Foto Smithsonian American Art Museum / Art Resource / Scala, Florencia


Fac me cruce custodiri, morte Christi praemuniri, confoveri gratia. Haz que la Cruz me custodie, que la muerte de Cristo me proteja y que me reconforte la gracia. Stabat Mater attr. Jacopone da Todi

Liberados del yugo del mal «“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también en su caída y no lo abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin. Lleva su amor hasta el final, hasta el extremo: baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio del esclavo; lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa [...]» (Benedicto XVI), liberados del yugo del mal y de la muerte.

El baño que nos purifica es Él mismo, que se entrega totalmente a nosotros, desde lo más profundo de su sufrimiento y de su muerte. Benedicto XVI Tiziano, Jesús y el buen ladrón Bolonia, Pinacoteca Nacional ©Foto Scala, Florencia – por concesión del Ministerio para los bienes y las actividades culturales


Te has inclinado sobre nuestras heridas y nos has curado dándonos una medicina más fuerte que nuestras llagas, una misericordia más grande que nuestras culpas. Así, también el pecado, en virtud de tu invencible amor, ha servido para elevarnos a la vida divina. Prefacio de la Liturgia ambrosiana

«Tú sabes que te amo» Pedro jamás se hubiera esperado esa pregunta. Lo habían vislumbrado al amanecer, junto a la orilla del lago… «¡Es el Señor!» y Pedro se había lanzado rápidamente al agua para alcanzarlo. Y allí, delante del fuego, aún agobiado por el recuerdo de su traición, Pedro no conseguía ni siquiera mirarlo. De repente, aquella pregunta: «Simón, ¿me amas?». ¿Quién se hubiera esperado aquella palabra? «Sí, Señor, yo te quiero» ¿Cómo era capaz de responder así, después de todo lo que había hecho? «¿Simón, me amas?» No inseguro, pero sí temeroso y temblando, responde de nuevo: «Sí, Señor, yo te quiero». Pero cuando Jesús le pregunta por tercera vez, tuvo que buscar la confirmación en el propio Jesús: «Señor, tú conoces todo, Tú sabes que te quiero». Para ti es toda mi preferencia de hombre, toda la preferencia de mi sentir, toda la preferencia de mi corazón.

Él [Jesús] me quiere siempre y me acerca cada vez más a Él. Ha olvidado mis pecados, y se podría decir que se acuerda sólo de su misericordia. San Pio da Pietrelcina Lionello Spada, El regreso del hijo pródigo París, Museo del Louvre © Réunion des Musées Nationaux – Grand Palais (Museo del Louvre) / Gérard Blot


SECCIÓN V

JESÚS, NUESTRO CONTEMPORANEO «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí»

Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe. San Pablo

«No está aquí, ha resucitado» «La fe cristiana se mantiene o cae con la verdad del testimonio de que Cristo ha resucitado de entre los muertos. Si se prescinde de esto, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas interesantes sobre Dios y el hombre, sobre su ser hombre y su deber ser –una especie de concepción religiosa del mundo-, pero la fe cristiana queda muerta… Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre. Entonces Él, Jesús, se convierte en el criterio del que podemos fiarnos. Pues, ahora, Dios se ha manifestado verdaderamente» (Benedicto XVI)

No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula la que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con ustedes! Beato Juan Pablo II Beato Angélico, Las mujeres en el sepulcro Florencia, Museo del Convento de San Marcos © Foto Scala, Florencia – por concesión del Ministerio para los bienes y actividades culturales


La cuestión sobre Dios se despierta en el encuentro con quien tiene el don de la fe, con quien tiene una relación vital con el Señor. A Dios se lo conoce a través de hombres y mujeres que lo conocen: el camino hacia él pasa, de modo concreto, a través de quien ya lo ha encontrado. Benedicto XVI

El acontecimiento permanece «Él está aquí. Él está aquí como el primer día» (Charles Péguy), contemporáneo a nosotros. El acontecimiento de Cristo –resucitado y sentado a la derecha del Padre– permanece presente en la historia a través de la realidad visible querida por Él y edificada continuamente a través del don de su Espíritu, que se llama Iglesia. La Iglesia es Su Cuerpo, de manera que «nuestra historia está en plena continuidad con la de la primera comunidad cristiana, vive de la misma savia vital» (Benedicto XVI). Y de ello se puede hacer experiencia. Lo que los primeros discípulos han visto suceder en la humanidad del Hombre Jesús de Nazaret, nosotros vemos que sucede hoy en Su Rostro, en la humanidad de gente convertida hoy por el encuentro con el acontecimiento de Cristo, reconocido y acogido.

La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano. Concilio Vaticano II Lumen gentium Pórtico de la Gloria Santiago de Compostela, Catedral © Foto Scala, Florencia


El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión. Catecismo de la Iglesia Católica

El sacramento de nuestro nuevo nacimiento Cristo alcanza al hombre y lo llama – identificándolo consigo– a través de un gesto objetivo: el Bautismo. Mediante el Bautismo, la vida de Jesús es introducida en la nuestra, como una semilla puesta en la tierra de nuestra vida. A partir de este signo frágil pero real, se inicia una nueva personalidad. «Yo, pero no más yo: ésta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección en el tiempo. Yo, pero no más yo: si vivimos de este modo transformamos el mundo» (Benedicto XVI).

La gracia crea la fe, no sólo cuando la fe comienza a existir por primera vez en un hombre, sino también en cada momento en el cual la fe permanece. San Tomás de Aquino Escuela Boloñesa, Cristo en el limbo Ferrara, Monasterio de San Antonio in Polesine © Foto Scala, Florencia / Luciano Romero


Cristo es [….] todo en todos, él, que encierra todo en sí con la potencia única, infinita y sapientísima de su bondad, para que las criaturas del Dios único no sean extrañas y enemigas entre sí, sino que tengan un lugar común donde manifestar su amistad y su paz. S. Máximo el Confesor

Un solo cuerpo «La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos. Nos hacemos «un cuerpo», aunados en una única existencia» (Benedicto XVI). «La Iglesia, diseminada por el mundo entero hasta los confines de la tierra, recibió de los Apóstoles y de sus discípulos la fe [...] guarda diligentemente la predicación [...] y la fe recibida, habitando como en una única casa; y su fe es igual en todas partes, como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y transmite, lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca» (San Ireneo).

Cuantos han sido bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Gál 3,27-28 Antonio Gaudí, Sagrada Familia, interior del templo expiatorio Barcelona © Foto Andrea Nonno


Señor Dios, en la sencillez de mi corazón te he dado todo con alegría. Con grandísima alegría he visto a Tu pueblo reconocer la existencia como ofrecimiento a Ti. Señor Dios, custodia esta disposición de su corazón. Liturgia Ambrosiana

La vida como vocación «El hombre es una criatura de Dios». Esta «dependencia originaria y ontológica de Aquel que nos ha querido y nos ha creado. [...] revela de modo luminoso la grandeza y la dignidad suprema del hombre, llamado a la vida para entrar en relación con la Vida misma, con Dios» (Benedicto XVI). Sorprenderse hechos por Otro «que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (San Pablo) es el origen de una mirada tierna y apasionada sobre sí; el fundamento sobre el cual se apoya toda existencia; un «nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre» (Benedicto XVI). Cada creyente puede hacer suyas las palabras de San Pablo: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mi» (Gal 2,20). En la certeza de que todo pertenece a Cristo (circunstancias, relaciones, trabajos, afectos, alegrías, sacrificios…) todo se transforma en ofrenda a Él y en servicio por la edificación de su Reino.

Por tanto, ya coman, ya beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios. 1 Cor 10,31 Jean-Baptiste Siméon Chardin, La oración del Benedicite París, Museo del Louvre © Réunion des Musées Nationaux – Grand Palais (Museo del Louvre) 7 Hervé Lewandowski


Me había persuadido profundamente de que una fe que no pudiera percibirse y encontrarse en la experiencia presente, que no pudiera verse confirmada por ella, que no pudiera ser útil para responder a sus exigencias, no podía ser una fe en condiciones de resistir en un mundo donde todo, todo, decía y dice lo contrario a ella. Luigi Giussani

La verificación de la fe El acontecimiento de reconocer a Cristo (fe) hace vivir la vida cotidiana de un modo diverso y sorprendente. Y esta nueva manera de vivir lo cotidiano se convierte en la verificación de la verdad del encuentro realizado: Cristo exalta la razón, Cristo exalta el afecto, Cristo exalta la libertad: «Él no quita nada, y lo da todo» (Benedicto XVI). Es el cumplimiento de la promesa del “ciento por uno” (Mt 19, 29): una humanidad más bella porque es más verdadera. Es la experiencia que ha hecho exclamar al retórico romano Mario Vittorino, convirtiéndose al cristianismo a la mitad del siglo IV: «Cuando encontré a Cristo me descubrí como hombre» De este modo, la vida cristiana resulta atrayente y convincente, para uno mismo y para todos: «el mundo de hoy necesita personas que anuncien y testimonien que es Cristo quien nos enseña el arte de vivir, el camino de la verdadera felicidad, porque él mismo es el camino de la vida» (Benedicto XVI)

«En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» «El que sigue a Cristo, hombre perfecto, también se hace él mismo más hombre» Concilio Vaticano II Gaudium et spes Marc Chagall, El paseo, 1917-1918, detalle San Petersburgo, Museo Estatal Ruso Photo Russian Museum © Chagall ® by Siae 2012


La contribución de los cristianos sólo es decisiva si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Benedicto XVI

Una fe en acción La fe, si no va seguida de las obras, está, en sí misma, muerta (cfr. Sant. 2, 17). En todas las épocas, desde el principio, los cristianos han imaginado y realizado obras que –a varios niveles y en diferentes contextos– pudieran responder a las necesidades del hombre, según sus exigencias: formas de caridad, de asistencia, de educación, de ayuda al trabajo. Una atención al hombre y a sus concretas condiciones de vida, no en nombre de proyectos sociales o culturales, sino en razón de aquella fe en Cristo –Redentor del hombre– que hace de estos el primer y fundamental camino de la Iglesia: «No se trata del hombre «abstracto» sino real, del hombre «concreto», «histórico». Se trata de «cada» hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de este misterio» (Beato Juan Pablo II). A partir de este impulso se han generado una cultura y una ciudad nuevas, centradas en la persona humana. Por el testimonio de esta fe “actuante” como podrá construirse una nueva civilización de la verdad y del amor.

La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. Benedicto XVI, Porta fidei Morihiro Oki, Una hermana de la Madre Teresa socorre a un hombre © Morihiro Oki


En sus vidas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejado en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún […] Nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. Benedicto XVI

El espectáculo de la santidad El santo no es un “súper hombre”, sino un hombre verdadero, pleno, porque se adhiere a aquel Ideal por el cual ha sido hecho su corazón: Dios. No como resultado de un esfuerzo o capacidad, sino como fruto del amor de Cristo recibido y acogido: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). En la santidad resplandece ya ahora la victoria de la fe sobre el poder del mal y de la muerte: «Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,38-39). Es esta certeza la que permite afrontar la vida sin temor, no «anteponiendo nada al amor de Cristo» (San Benedicto), sino viviendo todo según el deseo de Él: «yo le persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo» (Flp 3,12). Un hombre atraído de esta manera por su Presencia se convierte en el reconstructor indómito de ciudades destruidas. Los santos son los auténticos reformadores de la vida de la Iglesia y de la sociedad: sólo de ellos –y no de las ideologías– viene la verdadera revolución, la transformación decisiva del mundo. Gracias a ellos revive y florece de nuevo lo humano. Y la ciudad.

Busquen cada día el rostro de los santos y hallen consuelo en sus discursos. Didachè Santa Gianna Beretta Molla con Pierluigi e Mariolina in Val Veny © Archivo de la Fundación Santa Gianna Beretta Molla por gentil concesión


Si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh, hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. San Francisco de Asís

Felices, pero siempre en lucha Al cristiano no se le ha ahorrado nada: fatigas, incomprensiones, errores, dolores, la misma muerte. E incluso la dramática posibilidad del pecado, de la traición. Mas todo esto es permitido por Dios con el objeto de hacer madurar la certeza de aquel único fundamento sobre el que la vida puede apoyarse segura y feliz: Su compañía fiel y victoriosa. «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […] Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rm 8, 35-37). Incluso el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre (cfr. Lumen Gentium, 42), afirma una victoria: sobre el poder del mal y de la muerte.

Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo; sí, porque también por ti quiero decir este gracias y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que se nos conceda volver a encontrarnos, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Padre Christian de Chergé Juan Pablo II delante del Muro de los lamentos © Servicio Fotográfico de “L´Osservatore Romano”


Creyó María, y se cumplió en ella lo que creyó. Creamos también nosotros para que pueda sernos también provechoso lo que se cumplió. San Agustín

El “sí” de María Dios se confia a la libertad, al «sí» de una joven mujer de quince o dieciséis años. María no opuso su propio criterio a la iniciativa de Dios. Con docilidad de corazón obedeció a Dios: «Hágase en mí según tu Palabra». Et Verbum caro factum est. Por esta razón, María es el camino para la familiaridad con Cristo: a través de su libertad, Dios ha entrado en el corazón del hombre y de la historia. «Dios no impone la salvación; la propone como iniciativa de amor, a la que es preciso responder con una elección libre […] María no plantea objeciones sobre el futuro de Dios; lo que pide es que le aclare el presente humano en el que está implicada […] María nos enseña el camino hacia una libertad madura» (Beato Juan Pablo II)

Dios espera el «sí» de esa joven para realizar su designio. Respeta su dignidad y su libertad. El «sí» de María implica a la vez la maternidad y la virginidad, y desea que todo en ella sea para gloria de Dios, y que el Hijo que nacerá de ella sea totalmente don de gracia. Benedicto XVI Beato Angélico, La Anunciación Cortona, Museo Diocesano © Foto Lensini, Siena


«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Benedicto XIV, Porta fidei

Lo que más queremos «El emperador se dirigió a los cristianos diciendo: “Extraños hombres… diganme ustedes mismos, ¡oh, cristianos!, abandonados por la mayoría de sus hermanos y jefes: ¿qué es para ustedes lo más querido del cristianismo?”. Entonces se alzó el starets Juan y respondió con dulzura: “¡Gran soberano! Para nosotros, lo más querido del cristianismo es Cristo mismo. Él y todo lo que procede de Él, porque sabemos que en Él habita corporalmente la plenitud de la Divinidad» (Vladimir Solov’ëv) Y tú, ¿qué es lo que más quieres?

El camino del Señor es sencillo, como el de Juan y Andrés, Simón y Felipe, que comenzaron a ir detrás de Cristo por curiosidad y deseo. No hay otro camino, en el fondo, más allá de esta curiosidad deseosa que es suscitada por el presentimiento de lo verdadero. Luigi Giussani Cristo bendiciendo, ícono bizantino Monte Sinaí, Monasterio de Santa Catalina © The Arte Archive / Monastery of Saint Catherine Sinai Egypt / Gianni Dagli Orti


Vieron y creyeron