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Dr. Luis Bustamante Belaunde

nal que no escuchamos, no nos interesa y cerramos ojos, oídos y boca. Tenemos resistencia a entender a los demandantes naturales del imperio profesional. ¿Qué pasa en este contraste de universidades con empresas? Tenemos mucho que observar de ambas y aprender. Por lo tanto, hay una necesidad de aproximarnos y entenderlo. Si la universidad no se preocupa del factor más importante en la creación de la riqueza, entonces pierde su punto. Si la empresa prescinde de la universidad, va por mal camino y lleva a la universidad a un mal camino. Desde la empresa se ve a la universidad como una organización rígida y poco flexible. A veces tienen razón, pues hacen pensar que estamos regidos por reglas anacrónicas que no funcionan. En la empresa serían imposibles algunas de las reglas que existen en las universidades. Incluso juzgan que son —las universidades— focos de ineficiencia. Nos juzgan autistas y les parece que no nos importan las reglas y principios económicos; que tenemos una escasa vocación de cambio y ajuste y, además, dicen ellos, que nuestros tiempos son especiales. Dicen: «Nosotros tomamos nuestras decisiones en cuestión de horas o minutos, las universidades las toman en tiempos geológicos». ¿Cómo vemos nosotros desde las universidades a las empresas? Las vemos como organizaciones que exclusivamente para acumular riqueza. Nos parece que sus reglas son difíciles de entender y no están hechas para nuestro idioma de comunicación. Algunas de sus velocidades nos parecen insólitas y vertiginosas. Creemos que las empresas están regidas por criterios hegemónicamente rentistas. Solamente interesa la generación de riqueza propia. Esa es una caricatura lamentablemente muy extendida, y tenemos una ambigüedad de trato porque, si bien respetamos a las universidades en la boca, en el corazón 88

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