Revista Cultura Urbana núm. 42-43

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Milpa Alta

Raíces y defensa de la tierra

Milpa Alta • Raíces y defensa de la tierra

CULTURA URBANA

AÑO 10 • NÚM. 42-43

42-43

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO AÑO 10 • NÚM. 42-43

Portada y contraportada: Juan Pablo de la Colina

Vicente Leñero • José Emilio Pacheco • Alice Munro • Juan Gelman ABIGAEL BOHÓRQUEZ • EFRAÍN HUERTA • IVÁN GOMEZCÉSAR • JUANA REYES VERÓNICA BRISEÑO BENÍTEZ • MIGUEL ÁNGEL FARFÁN CAUDILLO JUAN CARLOS LOZA JURADO • JOSÉ CONCEPCIÓN FLORES ARCE (XOCHIME) FIDENCIO VILLANUEVA ROJAS • FRANCISCO CHAVIRA OLIVOS


Números anteriores NÚMERO 17 Moneros, el filo de la ironía

NÚMERO 21 68, memoria viva

Teutli y campanario Colectivo Teuhtli

NÚMERO 18 Vlady en el centro

NÚMERO 19-20 Ciudades utópicas y ciudades en Caos

TEXTOS: Carlos Monsiváis, Bárbara Jacobs, Sergio Raúl Arroyo, Mónica Lavín ILUSTRACIONES: Magú, Helguera, Jis, Trino, Ahumada, Cabeza

TEXTOS: Jorge Hernández Campos, José de la Colina, Eduardo Lizalde, Francisco Hernández, Susan Weissman, Claudio Albertani, Nicolás Mora, Jean-Guy Rens, Fernando Félix, Javier Escalera, Rocío Cerón ILUSTRACIONES: Obra de Vlady

TEXTOS: Richard Rogers, Raúl Renán, Óscar de la Borbolla, Ana García Bergua, David Huerta, Fabrizio Mejía Madrid, Pablo Boullosa, Armando González Torres, Roberto Mesta ILUSTRACIONES: Obra de siete artistas gráficos

NÚMERO 22-23 En el rincón de una cantina

NÚMERO 24-25 Edificios, paisajes emblemáticos

NÚMERO 26-27 Oficio: Periodista

TEXTOS: Carlos Monsiváis, Concepción Ruiz Funes, Luis Villoro, Mathilde Gerard, Elena Poniatowska, Lorenzo Gutiérrez, Medardo Maza, Javier Moro, Juan Santiago Paz, Eve Gil, Leo Mendoza ILUSTRACIONES: Daniel Alva, imágenes de la gráfica del 68, fotografías del Memorial del 68

TEXTOS: José Kozer, Darío Armenta, Jair Cortés, Daniel Fragoso, Ernesto Lumbreras, Leo Mendoza, Gonzalo Lizardo, Alberto Chimal, Salvador Beltrán ILUSTRACIONES: Eko de la Garza y otros artistas

TEXTOS: Guillermo Samperio, Mónica Lavín, Ana García Bergua, Ernesto Lumbreras, Mariano del Cueto, Sergio Raúl Arroyo, Magali Tercero, José Amozurrutia, Gerardo Guízar ILUSTRACIONES: Fotografía de Sharenii Guzmán y otros fotógrafos

TEXTOS: Carlos Monsiváis, José Kozer, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero, Antonio Helguera, Norman Mailer, Yevgueni Yevtushenko, Javier Campos, Luis Humberto Crosthwaite, Ryzard Kapuscinski, Tanius Karam ILUSTRACIONES: Fotografía de siete fotógrafos periodísticos

NÚMERO 28-29 ¡Amárrate las agujetas! La niñez y sus mundos

NÚMERO 30 Agua

NÚMERO 31-32 Sexualidad diversa

NÚMERO 33-34 Laicismo: La fe no mueve montañas

TEXTOS: Jorge López Páez, José de la Colina, Francisco Hinojosa, Guillermo Samperio, Agustín Monsreal, Hugo Gutiérrez Vega, Ricardo Castillo, Blanca Luz Pulido, Magali Tercero ILUSTRACIONES: Jozé Daniel y Armando Haro, entre otros

TEXTOS: Vicente Leñero, Torgny Lindgren, José Hernández Vázquez, Pablo Raphael, Jaime Vilchis, Francisco Magaña, Paola Jauffred Gorostiza ILUSTRACIONES: Armando Haro Márquez y Armando Haro Rodríguez, entre otros

TEXTOS: Luis Zapata, Carlos Monsiváis, David Miklos, Gonzalo Lizardo, Mauricio Molina, Sergio Téllez-Pon, Paola Tinoco, Guty, Adriana González Mateos ILUSTRACIONES: Mónica Ae, Lulú Barrera, Agente Arte Hormiga, Florentino Fuentes

TEXTOS: Miguel Concha Malo, Tedi López Mills, Myriam Moscona, Carla Faesler, Bernardo Fernández BEF, Alberto Chimal, Ana García Bergua Bernardo Esquinca ILUSTRACIONES: Gustavo Abascal, José Manuel Bañuelos Ledesma, Ignacio Vera Ponce

NÚMERO 35-36 Modos de ser chilango

NÚMERO 37-38 Elena Poniatowska: Creación y compromiso

NÚMERO 39 Voces y texturas de la gran ciudad

NÚMERO 40-41 Barrio de La Merced

TEXTOS: Armando González Torres, Fabio Morábito, Magali Tercero, Fabrizio Mejía, Ana García Bergua, Benjamín Muratalla, Julio Patán, Gilma Luque, José Javier Villareal ILUSTRACIONES: Colectivo Arte por la Paz, Diego Cornejo Choperena

TEXTOS: Elena Poniatowska, Nadia Villafuerte, Salvador Castañeda, Adriana González Mateos, Edgar Krauss, Mauricio Bares, Alejandro Magallanes, Fabio Morábito, Jorge Alberto Gudiño Hernández ILUSTRACIONES: Juan Carlos Guarneros, Manuel Delaflor, Juan Pablo De la Colina

TEXTOS: Bárbara Jacobs, Claudio Albertani, Armando González Torres, Ernesto Lumbreras, Paola Jauffred Gorostiza, Rocío Cerón ILUSTRACIONES: Eko de la Garza, Santiago Corral, Andrea Dueñas

TEXTOS: Marcela Dávalos, Ezequiel Martínez Estrada, Adriana González Mateos, David Pastor Vico, Jack Kerouac (Versión de Sergio Raúl Arroyo) Leilanny Navarro Franco, Ainhoa Ruiz Verdugo ILUSTRACIONES: Tanya Huntington, Silvia Carbajal Huerta, Tanya Rojo, Ariel Yaotalalli Morales González


Sin tĂ­tulo Milton MartĂ­nez Meza


UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO Nada humano me es ajeno RECTOR Enrique Dussel Ambrosini

Gabriela Tolentino

COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA Miguel Ángel Godínez Gutiérrez COORDINACIÓN ACADÉMICA María del Rayo Ramírez Fierro

Milton Martínez Meza

JEFE DE PUBLICACIONES Carlos López CULTURA URBANA • REVISTA DE LA UACM

Colectivo Teuhtli

DIRECTOR Juan José Reyes COORDINACIÓN EDITORIAL Óscar González David Huerta

Galdino López Flores

EDITORA Rowena Bali DISEÑO Juan Pablo de la Colina CONSEJO DE REDACCIÓN Ernesto Aréchiga, Sergio Raúl Arroyo, Silvia Bolos, Óscar de la Borboll­a, Ana García Bergua, Iván Gomezcésar, Ana Clavel, Rosa Beltrán, Bárbara Jacobs, José Agustín, Eduardo Langagne, Mónica Lavín, Vicente Leñero, Emiliano Pérez Cruz VENTA: Sanborns, Educal, Librerías La Jornada, FCE y Gandhi Achar CULTURA URBANA invita a los miembros de la comunidad de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y a los lectores en gene­ral a enviar a la redacción colaboraciones y comenta­rios. Asimismo, se reserva el derecho de elegir el material que publicará en sus páginas. Coordinación de Difusión Cultu­ral y Extensión Universitaria: Dr. García Diego, 170, col. Doctores, del. Cuauhtémoc, México, D.F., c.p. 06720 y rowenabalip@gmail.com Reserva del título: 04-2004-100113432600-102 ISSN: 1870-1817

GALERÍA DE AUTOR

Arturo Rivera

El espíritu de la materia cromática de Arturo Rivera Ernesto Lumbreras p. 74


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Fumar o no fumar

MILPA ALTA

Raíces y defensa de la tierra 126

Vicente Leñero 11

Dos poemas

Abigael Bohórquez 21

Palabras por Abigael Bohórquez Efraín Huerta

25

…Y se prendió la mecha… El Nahual

28

Traducción de Inés García 36

Conciencia y orgullo de Milpa Alta Entrevista a Iván Gomezcésar Hernández

42

Poemas

Juan Gelman (1930-2014) 53

Abigael Bohórquez, el de la macha poesía Juana Reyes

58

José Concepción Flores Arce (Xochime) 133

José Emilio Pacheco (1939-2014) La conciencia del tiempo Juan José Reyes

14 1

Visita a la tumba de Efraín Huerta La redacción

143

Alice Munro en sus propias palabras Stefan Asberg

No’ paltata’tli. El padre del nopal Fragmentos

Los felices empeños de Librado Silva Galeana Miguel Ángel Farfán Caudillo

144

Cenicero de hotel

Fausto Alzati Fernández 147

Proscritos Édgar Reza

151

Cantos del fuego

Francisco Benavides Pérez 163

Un episodio de la revolución armada en Milpa Alta Sublevación yaqui, octubre 15 de 1916

(Una estampa) El momento previo al estallido Jezreel Salazar

Francisco Chavira Olivos 65

La lectura como placer

José Emilio Pacheco (1939-2014) 107

Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta Juan Carlos Loza Jurado

117

136

Toquiztli, la siembra

Rowena Bali

158

Fidencio Villanueva 121

Consejos a los estudiantes Ezequiel Martínez Estrada

130

In Memoriam Galdino López Flores (1954-2013)

De vanidades y divinidades Arthur Koestler y los caprichos del azar Tiempos de La Merced La orden de nuestra Señora de La Merced y de la Redención de Cautivos en la Nueva España Mariano del Cueto

164

Librario

Alejandra García

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Libertad Gabriela Tolentino

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Fumar o no fumar

Vicente Leñero

Los escritores han cultivado el vicio de fumar y lo han convertido en un estigma del genio artístico. Antes fumaban muchos sin remordimientos. Bellas mujeres, elegantes caballeros, famosos actores e intelectuales fueron víctimas del tabaco, del placer sensual y de las consecuencias. Muchos de ellos murieron de cáncer, muchos no, todos ellos flotan como humo en estas letras deliciosas

Se lo escuché en persona a Octavio Paz y él mismo lo repitió en una entrevista. Su médico lo había conminado a dejar de fumar, ahora sí. Octavio pensó entonces que sin el cigarro, lamentablemente, no podría seguir escribiendo, pero endureció la voluntad y dejó el vicio. Descubrió poco después, dijo, que su pasión por escribir había sido más intensa que su pasión por fumar. Hubo un tiempo ya lejano en que todos fumábamos: con espontanei­ dad, sin temor alguno, envueltos en sublime delectación. Sentarnos ante la máquina de escribir y encender un cigarrillo era un gesto auto­mático que parecía invocar a la imaginación, facilitar nuestra tarea, acele­rarla. Fumábamos como chacuacos mientras tecleábamos, mien­tras compar­ tíamos la noche con amigos y enemigos en reuniones socia­les bajo techo; o en las cafeterías, o en las antesalas de los mé­di­cos, o en la calle para rumiar nuestras penas o celebrar nuestras ale­grías. Los escritores cultivábamos la costumbre porque éramos precisamente escritores, no

faltaba más. Ése era el adjetivo de nuestro oficio; estigma del presunto genio artístico. Recuerdo a Carlos Fuentes encendiendo un cigarrillo con la colilla del que terminaba de consumir. A Ramón Xirau, a la manera de Sartre, con los dedos pulgar, índice y mayor manchados por la amarilla nicotina. A Jesús Reyes Heroles derramando accidentalmente la ceniza de su Pall Mall sobre la crema de espárragos y cuchareándol­a luego para sorberla como si así disfrutara mejor su sopa. Recuerdo a Rodolfo Usigli con la boquilla de carey ensartada a los labios para a­lejarse de la tosedera o para presumir esa elegante pose como la de María Félix, que coleccionaba tales chunches hasta que prefirió el habano taurino —como Juan Silveti, como Fidel Castro, como Churchill, como Mark Twain— porque la convertía en mujer devoradora del flaco Agustín Lara prendido a su agónico pitillo frente al piano. Recuerdo a Juan Rulfo en El Ágora sacudiendo con la uña del índice la

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Fumar o no fumar

Vicente Leñero

cardeña y masticando el óvalo de su Delicados hasta triturarlo con los dientes. Recuer­do al Gabo García Márquez expeliendo rosquillas de humo todavía vicioso en los años sesenta. Recuerdo al presidente De la Madrid fumando a escondidas, con temblorosa ansiedad, después de las ceremonias públicas inaguantables para un adicto, y a José María Fernández Unsaín acompañando su copita de anís invadida por granos de café con unos Dunhill ingleses dizque inofensivos que le traían de Nueva York, decía, pero que a nadie convidaba. Y ya que se habla del habano taurino de María Félix, habría que recordar al vicioso de Sigmund Freud que según su biógrafo Peter Gay se atrevía a fumar veintidós puros diarios que le provocaron un cáncer brutal: perdió media mandíbula, y aún así continuó fumando. No se puede olvidar a los fumadores de pipa. Desde los imagina­ rios Mamá Cachimba, Popeye, Sherlock Holmes y el inspector Maigret de Simenon, hasta nuestros próximos Joaquín Díez-Canedo, diestro en la hazaña de mantener encendida la cazoleta, o el gordo Ludwik Margules que nunca aprendió a hacerlo bien para desesperación de quienes lo observábamos. Todos fumábamos, pues. En mi familia solamente yo, en la clandestinidad, hasta que mi padre me sorprendió una tarde en el come­ dor familiar con una risita socarrona: ya puedes, no te hagas, a mí no me importa. En mis años ingenieriles empecé con los Casinos para deportistas —así los publicitaban, para deportistas; qué escándalo, clamarían ahora los policías antidoping—, mientras los peones fumaban Faros o Carmencitas; los maestros de obras, Alas, y los ingenieros en jefe, aquellos Pall Mall de Reyes Heroles de cuatro pulgadas, importados. Como becario en Madrid compraba a las viejecitas cigarreras de la calle, pieza por pieza, unos Bisontes que sabían a rata. De regreso a México probé los Belmont, pero Arreola me previno, mentiroso: producen impotencia, cuidado. Y cambié a los Raleigh sin boquilla —así llamábamos al filtro— y después con boquilla y más tarde a los Marlboro rojos o a los Benson & Hedges cuando quería darme el gusto porque empezaba a salir con la novia que sería mi mujer. Desde luego, no me alcanzaba el sueldo para los Benson, de manera que regresé a los Marlboro pero blancos, con filtro, ahora anunciados como lights y gold, para convencer a Estela de que según los médicos éstos resultaban inofensivos. En épocas de gripe me consolaba con los men-

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tolados de cualquier marca aunque siempre me han parecido propios —perdón por el dislate— de féminas o mariquitas. En la cinematografía mundial, desde sus inicios, el cigarrillo ha sido o había sido hasta estos tiempos en que sólo fuman en pantalla los malos de la película un recurso actoral de vital importancia: tanto para testimoniar el realismo del todos fumamos —o fumábamos— como para facilitar a los actores qué hacer con las manos. El mejor ejemplo repetido como tópico facilón es el de Humprey Bogart, inexpresivo de suyo, hierático, torpe, a quien el cigarrillo proporcionó la palanca de Arquímedes para mover el mundo de la expresión. Y qué sería de aquella nueva ola francesa de Godard y Resnais y Truffaut sin sus personajes fumadores y sus enseñanzas eróticas cuan­do nos mostraron en pantalla que nada tan sublime como fumar un Gitanes luego de hacer el amor. Lo sugería Sarita Montiel al terminar los años cincuenta cantando y «Fumando espero al hombre que yo quiero» porque «fumar es un placer, genial, sensual». Cierto, quiéranlo o no, los cigarrillos son sublimes, tal como reza el título del libro de un exvicioso, Richard Klein, en el que se analiza todo lo bueno y malo que es necesario saber sobre la más inocente de las drogas exportadas por nuestro continente americano como regalo al mundo, luego de que Gérard Depardieu disfrazado de Cristóbal Colón —según aquella película, 1492— se enganchó con el tabaco de los guanahaníes aún no contaminado, por supuesto, con los alquitranes y las porquerías añadidas hoy por las empresas tabacaleras para envenenarnos. Debo acotar, entre paréntesis, que el libro de Klein, Los cigarrillos son sublimes, me fue obsequiado por Ignacio Padilla, en quien sus colegas hemos cifrado todas nuestras esperanzas… como fumador puntual, digo, como insólito espécimen de los escritores que hoy siguen fumando. Richard Klein no intenta formular una apología de los cigarrillos a la manera de Cabrera Infante en Puro humo, de Paul Auster en Smoke, o del empecinado Julio Ramón Ribeyro en su cuentario Sólo para fu­ madores, para quien el tabaco fue hasta la muerte su mejor amigo, su pataleta contestataria contra el conformismo. «Mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos», escribió. Y hubiera podido utilizar las palabras del prologuista de Klein, Carlos Boyero, para entonar su letanía pasional: «El cigarrillo me ha sido fiel en la alegría y en la tristeza, en la plenitud y en la soledad, en el relajamiento y en la angustia, en


Fumar o no fumar

la salud y en la enfermedad, en la distracción y en el aburrimiento, en el amor y en el desamor, en la seguridad y en la incertidumbre». Así ora el protagonista antes de que el lector se encuentre con un álbum fotográfico estimulante salpicando las páginas: Mary McCarthy fumando (murió a los 77), James Dean fumando (murió a los 24, pero en un accidente), Leonard Bernstein fumando durante un ensayo con la Filarmónica de Nueva York (murió a los 72), Melina Mercouri fumando (murió a los 64), Audrey Hepburn fumando (murió de cáncer a los 64), Coco Chanel fumando (murió a los 88), Yul Brynner fumando (murió a los 65), Picasso fumando con una larga boquilla de corcho (murió a los 92). No hay foto, pero debería haber, del comunista español Santiago Carrillo que acaba de morir también a los 92, sin dejar de fumar hasta su último suspiro, apestando a los Fortuna. Cierto, pues, lo que cantaba Sarita Montiel, «fumar es un placer sensual», pero cierto también el urgente regaño de Jaime Labastida: «Fumar mata y es horrible, horrible, la muerte del fumador». Por razón de ese miedo a la pena de muerte sin indulto, el común de los consumidores de más de una cajetilla diaria deciden, en algún momento de su vida, divorciarse de los amados pitillos. No es fácil. Abundan los testimonios de tan asaz empeño, frecuente­ mente fallido. El más interesante a mi juicio, por conmovedor, por lite­ rario, es el que emprende Zeno Cosino, protagonista de la novela de Ítalo Svevo (seudónimo de Ettore Schmitz, contemporáneo de Joyce) publicado en 1923: La conciencia de Zeno. Tanto el autor como el personaje del libro viven obsesionados por dos tareas: tocar el violín y dejar de fumar. No consiguen ni lo uno ni lo otro. «Mis días acabaron llenos de cigarrillos y propósitos de no fumar», monologa Zeno, mientras Svevo escribe en su diario: «En este momento acabo de fumar mi último ciga­ rrillo». Y esa misma tarde: «Cinco minutos para las cuatro de la tarde, todavía fumando, todavía y siempre por última vez». Y a los ocho días: «El cigarrillo que estoy fumando es el último cigarrillo». Etcétera, etcétera. Parafraseando a un personaje de Graham Greene, Ignacio Solares escribió un cuento ubicado en un tiempo futuro en el que han desaparecido los fumadores, merced a las prohibiciones y persecuciones radicales de la Organización Mundial de la Salud. Un vejete centroamerican­o, el último fumador, es tomado preso y condenado a morir frente a un pelotón de fusilamiento por su rebeldía humosa. Pide como última gracia terminar de fumar su habano. Después de dos ca-

Vicente Leñero

ladas lo arroja al suelo antes de caer acribillado. Cuando el militar que comanda el pelotón se acerca al viejo para propinarle el tiro de gracia ve en el suelo el resto del puro. Lo levanta con curiosidad, observa la redondez de su forma, el capullo de su ceniza y se lo guarda en el bolsillo… Ha nacido un nuevo fumador. Seguramente ni el vejete centroamericano, ni Svevo, ni Zeno cono­ cieron las modernas estrategias desarrolladas por los expertos y por quienes viven del pingüe negocio de combatir la adicción. Una de ellas es el método matemático, que consiste en ir disminuyendo día a día las piezas consumidas y anotando en una tarjetita la contabilidad conse­guida. Así, quien fume una cajetilla diaria y se prive de un pitillo en cada jornada, a los veinte días habrá dejado el vicio con extrema facilidad, aseguran los terapeutas matemáticos. Otros recomiendan los chicles de nicotina o los parches en la espalda de marcas como Nicotín, dosificados con pizcas de veneno en descendentes gradaciones: Nicotín primera etapa, Nicotín segunda etapa… Funcionan de momento pero el vicioso recae irremediablemente con el tiempo. También existen los llamados cigarrillos de lechuga para hacerse guaje o esos adminículos de plástico que arrojan humo inofensivo —también para hacerse guaje— y que se cargan en la corriente eléctrica como los celulares o con sofisticadas baterías. Métodos más recientes, definitivamente violatorios de la libertad per­ sonal, son el de infundir terror y la severa prohibición gubernamental. Para el primero se obliga a las tabacaleras a invadir las carátulas de sus cajetillas, antes diseñadas con ingenio y hasta con arte —las bellas portadillas de los Dunhill, de los Pall Mall, de los Camel— con terroríficas fotos de un bebé asfixiándose, de un seno de mujer cercenado, de un cuello humano herido por un tumor putrefacto, de un pulmón hecho asco. Y en la contraportadilla: admoniciones científicas: Los tóxicos del humo del tabaco causan irritación en los bronquios y aumentan drásti­ camente el riesgo de ataques de asma. Contiene óxidos de nitrógeno. Gases que provocan inflamación y obstrucción de los bronquios. Atréve­ te a deja de fumar. Etcétera. El método de la actual prohibición dictatorial de los gobiernos impide fumar en el interior de oficinas, restoranes, bares, sucursales bancarias, centros comerciales, automóviles… hasta en la casa de los amigos contagiados por el temor unánime. Todo bajo amenazas, multas y cierre de establecimientos y en un futuro hasta de pena de muerte como le ocurre al personaje de Ignacio Solares. Hay que salir

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Fumar o no fumar

Vicente Leñero

Linternaria (Detalle) Gabriela Tolentino

entonces a fumar a las terrazas, a los jardines o a las banquetas, siempre que éstas no se encuentren en la proximidad de un sana­ torio, advierte la ley. Se fuma, pues, en la clandestinidad del estudio en que escribo estas páginas. A veces en el rincón de una casa ajena donde ya no existen ceniceros y uno tiene que arrojarse la ceniza en la palma de la mano y tragársela luego como si fuera cacahuates. Se fuma, en fin, con un atroz sentimiento de culpa digno de ser ventilado en el diván de un psicoanalista. Hace más de quince años —hablo de mi experiencia personal— visité a un cardiólogo de Médica Sur preocupado por la contaminación de mis pulmones y empeñado por supuesto en salvarme de la adicción. Lo primero: me envió a que me practicaran un electrocardiograma. Por la tarde regresé a su consultorio con mi sobre de resultados. Extrañamente, nadie se encontraba en la antesala, ni la recepcionista. En la puerta malcerrada de su cueva brillaba una raji­ ta de luz. Me atreví y entré despacio, con cautela. El cardiólogo se halla­ba de espaldas. Giró al sentir mi presencia: ¡el desgraciado esta­ ba fumando feliz de la vida! Con una sonrisa, pero sin deshacerse del cigarrillo, espetó lo obvio: —Haga lo que yo le digo, no lo que yo hago. Me dirigí entonces al Instituto Nacional de Enfermedades Respirato­ rias al que antes llamaban simplemente Huipulco, como tronido de muerte. Ahí me encontré con su director, el doctor Rodríguez Filigran­a, de quien pronto me hice amigo porque le gustaba más conversar de

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literatura que de enfermedades. Le mostré las radiografías de mi pulmón manchadísimo, recogidas minutos antes, luego de acusar a una empleada de rayos equis de haber cometido una equivocación: esas placas horribles le pertenecían a una viejecita encarrujada y tosedora que se hallaba delante de mí en la fila. Pero no, eran mías, «y por favor ya no me haga perder el tiempo», me dijo la empleada de rayos equis. Rodríguez Filigrana las examinó a contraluz mientras me pregunta­ ba si yo creía de veras que Enrique Flores Alavés había asesinado a sus abuelos. Yo le pregunté a mi vez por mis pulmones. Entonces llamó a un subalterno y me sometió a pruebas de esfuerzo en una caminadora me­ cánica, a soplarle sin descanso a una pelotita como de pinpón, a inflar globos, a rezar. Me citó para la semana siguiente con la recomenda­ción de que me inscribiera en una terapia grupal del iner con fumadores empedernidos, semejante a las reuniones de alcohólicos anónimos. —¿Entonces no está seguro de que ese muchacho haya asesinado a sus abuelos? —me despidió Rodríguez Filigrana. Preferí regresar a Médica Sur donde acababan de instalar una clínica contra el tabaquismo. Por seis mil pesos de aquéllos y durante seis semanas —una sesión cada martes—, el fumador terminaba redimién­ dose. Ésa era la garantía. Cada cita duraba una hora. En los primeros treinta minutos la directora de la clínica realizaba mediciones —que del oxígeno en la sangre, que de la capacidad pulmonar— y en los otros treinta el paciente conversaba con una joven psicóloga de gesto hórrido. Su terapia se reducía a atemorizar al miserable fumador —exfumador ya, desde la primera sesión— mostrándole noticias médicas alarmantes y espantosas estadísticas sobre los males que cau­sa el taba­co a la humanidad. De cuando en cuando hacía recomen­ daciones apoyándose en una gráfica que ella misma trazaba en el papel como estrategia para vencer la ansiedad producida por la vigilia. Con una pluma bic dibujaba rayitas. Las rayitas verticales, semejantes a los ejercicios de la caligrafía Palmer, aparecían en un principio muy juntas entre sí, oprimidas: ésa es la ansiedad que ruge cuando el organismo reclama un cigarro, decía la terapeuta. Poco a poco, a medida que transcurren los minutos y uno resiste y resiste, las rayitas se van abriendo como un acordeón, gracias al aguante. Poco a poco. Cada vez más abiertas. Cuando las rayitas se con­vierten en una línea horizontal como alambre estirado, la ansiedad ha remiti­do al fin.


Fumar o no fumar

Y si el vicioso lo entiende y ejercita así su voluntad, logrará convencerse de que la ansiedad por falta de tabaco dura sólo un momento. Veinte minutos, quince minutos, diez minutos. Ya. La ansiedad fue vencida. Recordé entonces que tal estrategia era semejante a la que nos recomendaban los hermanos lasallistas del Cristóbal Colón para vence­r nuestras tentaciones sexuales de la adolescencia. Parecerá una frivoli­ dad, pero el método de las rayitas me sirvió más que los parches de Nicotín en la espalda. —Un consejo más —me dijo la terapeuta en la última sesión—. Debe cuidarse mucho, pero mucho, del número siete… Siete días, siete semanas, siete meses, siete años. No sé por qué —confesó— pero en algunos de esos siete, estadísticamente hablando, se puede presentar un rebote peligroso del vicio.

Vicente Leñero

Tenía razón. Me mantuve siete años, siete, siete heroicos años sin fumar… siete años de respirar a todo pulmón, de disfrutar el sabor de los alimentos —cuando la carne sabe a carne y las naranjas a naranjas—, de escribir sin la cajetilla de Marlboro lights junto a la máquina. Pero ocurrió que una noche, en una reunión de amigos cineastas, el más insospechado de los compañeros de oficio se ensañó conmigo sin razón alguna y me puso en ridículo ante todos con una payasada. Tal fue mi irritación, tal mi rabia contenida, que en lugar de responder con una mentada de ma­ dre al importuno agraviante, pedí un cigarrillo a Pedro Armendáriz; le solicité lumbre y volví a fumar. Volví a fumar, quizás, ahora —no lo digo con orgullo— hasta los últimos lustros de mi fumadora vida.

Linternaria Gabriela Tolentino

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Traje regional (1947) Anรณnimo

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Dos poemas Abigael Bohórquez

Negra noche Aguardo a que la noche se tienda sobre este forastero que soy; que el viento exista porfiadamente; que el ruido se desclave de los innumerables remiendos; que la sal vuelva al agua en sudor de los amantes adrede y mi madre se duerma harta de trabajar veinticuatro horas en el corazón de la pobreza; espero a que la noche pague su alto precio de soledad, que la pródiga crianza salga al sueño y los perros estén ahora más acá de sí mismos y no haya a quién volver la mirada; doy tiempo a que no venga nadie y a que nosotros, los perseverantemente sufridos, poetas del mal amor, no nos importe mucho estar cercados, desahuciados, a medio vivir,

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Dos poemas

Abigael Bohórquez

y a que sigamos siendo los pospuestos, los baldados, los quietecitos, los enclenques herederos; a que haya en mi corazón un día largo de [impugnaciones; y a que tenga que reconocer que aquí sí pasa algo que no es la felicidad.

Espío a que no vengas y a que las calles no desembarquen ya sus habituales pertinencias; a que debes estar triste por no encontrar dónde enterrarme; y a que estoy pobre, pobre como los asnos que todos los días a las once de la mañana rebuznan, como nada que pueda alegrarme; y a que este jueves de mil novecientos setenta cumplo los treinta y tres años que no he terminado de nacer; espero a que se parta en dos la medianoche, a que el gorrión suspenda su menudo cadáver, el gallo se alce de hombros, el polvo vuelva al polvo su inefable materia, y a que sea verdad que no tenga cómo disimular tanta desesperanza.

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Dos poemas

Abigael Bohórquez

Aguardo a que la noche se tienda sobre este forastero que soy, para decirte que me acabo, aun cuando sea en vano, y envejezco de no poder hacer más que la vida, amarga a boca llena. Me acabo de existir a mediambre, a mediagua, a mediapenas. Me acabo acorralado, descontentísimo, enojado de mi palabra, de mis ojos daltónicos, de mi fracaso categórico como hombre para sembrar, de que sólo me queda otra lista de cárceles que visitar, de que, escribiéndote, no atino más que el llanto.

Ah, Poesía, si no fuera el racionado de soñar, el varias veces arrendado, el violentado de no saber de cuál lado acostarse para que no amanezca, el despojado de quién irá a cerrar sus ojos a la hora de la hora, el que no tiene puños para obligar al mundo a que lo salve,

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Dos poemas

Abigael Bohórquez

el tonto hasta en la manera de estar de sobra y sin remedio, aquel niño precoz, aquel adolescente escarnecido, aquel joven de la difícil facilidad, aquel mano tendida para ganar ingratitudes, el en algún tiempo tenaz, el perdónalo todo y casi todo, el sirve para todo y para nada, el desencantado de los espejos, el gravemente melancólico, el afanoso dos veces incurable de creer que la ternura servía para algo, el alquilado de su lealtad, el creyente de Judas, el arrebatado hasta de su camisa para el que tiene frío, el ruidoso de silencios, el que solía volverle el niño desde el pecho, el reclavado a los recuerdos, el que gritaba que cambiara el mundo y lo apaleaban, el que, desde la infancia, retenía al dolor como al más fiel inquilino de su casa, el que sobre su vida temblaban las oscuras constancias del amor, el que no sabía cómo alguna vez pudo ocurrirnos la pureza, el de la esperanza que comía panes desesperados,

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Dos poemas

Abigael Bohórquez

el de la inocencia de no haber sido un inocente, el que debió haberse sentado cien veces a la mesa de la última cena, el que mandan estar, permanecer en este orden de esplendorosos y rapaces excrementos, el del rabioso seguir viviendo pese a que ya no hay tiempo, el de la saliva que no se gasta para los amorosos viajeros, el del hombre triste muy cerca de los ojos, el buscador de las abejas para creer en los que venden miel, el de las sandalias fastidiadas de tanto andar harturas de injusticia, el que ahora se acaba también de punta a punta de la tristeza.

Aguardo a que la noche se tienda sobre este forastero que soy y me quedo tranquilo dentro del vaso. Es ahí donde vivo, donde olvido, y no hay en cien leguas a la redonda un poeta, escribiéndole al vino, como yo.

1975

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Dos poemas

Abigael Bohórquez

Aposento V. Efraín Huerta

Ya te inventaste descarnado, ay, de ti, váyaste tú, Efraín, se oculta el jade, se trafica la extinguida especie del quetzal, aunque fuese de oro se exporta, ay, de mí, hasta al crudo aquel le dieron para adentro; este junio dieciocho del ochenta y cuatro cumplirías setenta años de edad, no los cumpliste ya, y a la Ahuiani que se quedó esperándote a esa no se le hará; por eso, a solas, doy salida a mi llanto, hacen estrépito los crótalos de Sonia Amelio, la Gordon anda de reventón; al fin qué resta ya de tanto y tanto coño como tundiste, los glúteos (?) de Rubén, de Walt, de César, de Ricardo, de Pablo, de Ramón, ¿qué les fiziste?

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Dos poemas

Abigael Bohórquez

¿Dónde Píndaro esquina con Mercedes Caraza? Viejas me sobran, hombres no me faltan, dijiste: estoy completo; suerte la tuya, porque ahora por allí anda el Ave escarneSIDA, carísima, el oro lo conserva alegremente el que fue por seis años Quetancácotl, el jade se lo chingó La Pintada con Caca de Sor Juánatl, y las plumas de quetzal en La Casa Del Dador De La Deudatl. ¿Acaso de nuevo volveremos a La Vida? Ay, de mí. Vengo en busca de los huesos preciosos que tú guardas aquí en Juchitepec, donde Mictlantecuhtli te conforta, oh, mi rey, tú ya en la Mafia de Los Dioses, y donde al son de los atabales Acerina y su Panzonera contraataca Durazno El Negro del Antepenúltimo Quintero, Ay, de ti.

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Dos poemas

Abigael Bohórquez

Nadie podrá ocultar tu fama y tu rebane, Señor, aquí sobre la tierra, cúmplase el cocodrilo nalgaísta, caimán del sueño ruiseñor, que permanezca siempre tu pajarito de la muerte sobre las atareadísimas vaginas, por ventura que sea siempre así tu canto cascabel, canto alivianador junto al que nada se echará ya de menos, únicamente a ti, Efraín, chingonería del amor y todos sus contornos púbicos y nalgráficos, como aquellos que alegraron tus ojos aligátores Tecojobichi, Retorno de Trasero y Sancojón en la colonia Chupas. Sí, señor.

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XV años de 1942 (Señorita Gabriela Ortiz) Anónimo

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Milton MartĂ­nez Meza

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Palabras por Abigael Bohórquez Efraín Huerta

En el agrio corazón, en los acres pulmones de la vieja ciudad, tristemente construida sobre los cadáveres de cinco lagos bien muertos, un poeta toma el látigo y fustiga sin decir agua va, sangre viene, cicatrices abiertas, catástrofe infinita; el látigo puede ser una cadena de nardos, una guirnalda de palabrotas, una bella sucesión de ayes, de lástimas, de deslumbrantes adioses, de nuncas, de parasiempres; tal vez sea solamente un verso del poeta: eldeseoeldeseoeldeseoeldeseoeldeseo… y así hasta que la soledad lo abruma y dulcemente mienta madres y azota el traserito de los micos y de los perjuros. Hace polvo una guitarra y sigue su camino, con su oficio de poeta a cuestas, en busca del cementerio donde a todos nos enterrarán el día menos pensado, cuando nos cansemos de gritar, de beber ron, de asesinar zenzontles

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Palabras por Abigael Bohórquez

Efraín Huerta

y de recibir puñetazos y una que otra delicuescente caricia. A Abigael le duele el esqueleto cuando escribe, cuando protesta y el poema echa humo, cuando los versos, los malditos versos inaplazables brotan del asfalto de la vieja ciudad, y el joven iracundo del norte del país busca el desquite y se estrangula a sí mismo —poeta al fin. Salvaje oficio el de poeta, Abigael. Duele la entrepierna como si nos hubieran aporreado hasta dejarnos con la lengua de fuera como perros dolientes ladrándole a la luz del alba. Somos menos que perros: cucarachitas en la pira, cucarachitas adormecidas en la desnudez del mundo. Astillitas del árbol de oro que nos crece, carajitos muertos del hambre tuya y mía, maderitos entumecidos por el frío del amor (porque como amar, amamos hasta la bestialidad —y nadie nos lo agradece porque la gratitud tiene cara de putita adolescente); pero mucho menos que maderitos, carajitos, astillitas y cucarachitas: trocitos de amoroso odio, vibracioncitas húmedas de llanto que nos tragamos… ¡Oh!, poeta de poderosa y macha poesía, Abigael Bohórquez, poeta centelleante, bárbaro poeta del norte y de todas las latitudes,

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Palabras por Abigael Bohórquez

Efraín Huerta

Sin título Milton Martínez Meza

de todas las floridas blasfemias, del harapo y del pan, de la soledad, de la compañía, de Laura, de la sagrada ira, de cierta inmundicia política y de cierta luminosidad, oh poeta, ah poeta, te leo con la fiebre y la brutal borrachera. Te leo y te miro y admiro y como tú también ando en pos del aire de la libertad. ¡Salud, poeta hecho y derecho, poeta a semejanza de la Poesía!

13 de agosto de 1969

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Galdino Lรณpez Flores

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…Y se prendió la mecha…

El Nahual

Inserta indirectamente en la lucha por la tierra, con la amenaza del despojo, Milpa Alta se vio inmersa en un movimiento social que al mismo tiempo era visto con buenos ojos, pero denostado por propios y extraños, De manera discriminatoria los actores involucrados comenzaron a ser llamados peyorativamente comune­ ros. El testimonio aquí vertido muestra la vivencia de quienes participaron de forma directa, lo que al final les ha permitido trabajar en bien de la comunidad, sin esperar nada a cambio*

Las elecciones Aquel era el día de las elecciones para nombrar representantes co­ munales. Era un día decisivo, y lo fue para muchos que ahora andan con el cuello levantado, como héroes de novela policiaca, y también lo fue para otros que le han sacado provecho, a su manera. No recuerdo la fecha exacta, pues por la escuela y el trabajo participaba de manera indirecta; yo cuidaba a Javier, que sí estaba en el movi­miento de tiempo completo. Ese día se notaba la tensión entre los pobladores, los represen­tan­ tes del gobierno a través de la Secretaría de la Reforma Agraria (SRA) habían manejado la situación con engaños y tretas, como la de llegar al antiguo restaurant Texcalpa, donde se celebrarían las elecciones, con gente armada y representantes agrarios falsos que iban a dar legali­

dad a la elección, a puerta cerrada. Días antes habían sacado durante la madrugada a los comuneros que estaban en plantón permanente en la explanada de la delegación. Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando llegó Carlos con otro compa, saltándose la barda de mi casa para esconderse de los agresores, los habían correteado desde la explanada delegacional. Salimos en la camioneta roja para ir en busca de Javier y nos encontramos de frente con los agresores, los defensores de las buenas costumbres llevaban armas largas, iban en un Falcon rojo y estuve a punto de dispararles. No sé qué me contuvo. Los regresamos hacia la calle principal y los cercamos frente a la comandancia, donde el comandante De la Vega tenía a sus policías en formación de instrucción. Les gritamos: «¡Los señores nos amena­zaron con armas!». El coman-

*Los sucesos aquí narrados por un joven estudiante universitario milpaltense, tienen largos antecedentes históricos, es la lucha «[…]por estas tierras que ninguna persona les puede quitar ni perjudicar[…]por ser vuestras[…]», según emanan los principios de los Títulos Primordiales de Milpa Alta desde 1565. Y que llegó a su más alta densidad el 27 de julio de 1980, cuando la defensa por su suelo llevó a los pobladores a recuperar el control sobre sus bosques comunales luego de una cruenta lucha. CULTURA URBANA 25


…Y se prendió la mecha…

El Nahual

dante maniobró para obstaculizar nuestro tránsito y les permitió a los otros seguir su camino. Tratamos de s­eguirlos, pero se nos perdieron de vista, se hicieron ojo de hormiga. Llegamos al Triángulo, la glorieta que está frente al mercado, donde los integrantes del movimiento estuvimos un buen rato para tratar de reorganizarnos. La zozobra había terminado. Al amanecer el comandante intentó acercarse, queriendo dialogar, y que le soltamos un balazo. Ya había clareado, cerca de las escaleras de la explanada dele­ga­ cio­nal estaban apostados unos granaderos. Nos retiramos, por el momento no había nada que hacer. Después Carlos nos dijo que los amigos de Chícharo, el representante comunal, llegaron con mache­tes y antorchas, gritando y quemando los campamentos, correteando a la gen­te — hombres y mujeres corrieron en todas direcciones—; i­ntentaron incendiar también algunos vehículos y les quebra­ron los cristales, en busca de los compas que allí se encontraban para asesinarlos. La jauría de gente honesta estaba suelta, agrediendo a su pueblo, acabando con sus principios morales. Entre los agresores estaban el papá del Cara, el Guama, el Cláfiro, el Manau, los Galindo, entre otros amigos de Chícharo. Ya estábamos hartos, faltaba un poco para reventar y estábamos decididos, hasta Jesús, que es muy tranquilo, comentó: «ya estuvo suave». Ese día dejé mi navaja con la tía Chana y nos fuimos en el Gala­xie a buscar a Javier al pueblo de San Lorenzo Tlacoyucan, que ya estaba blo­queado, pues los comuneros tenían retenido a un representante de SRA. Bajamos nuevamente a Villa Milpa Alta y fuimos al salón de Santa Cruz, donde ya estaban la mayoría de los adeptos al Chícharo: allí se encontrab­a el equipo de futbol de Santa Martha, los brasileños, chupando, y también unas mujeres que trabajaban en la delegación y eran quienes amenizaban las fiestas y les hacían favores a los funcionarios y allegados de la delegación. Tenían pancartas de apoyo a los represen­tantes que serían elegidos. También estaban el Guama, el Pollero, Juan el Negro y muchos huamantleños, Bárbara, Chícharo y su hermano y otros más. De los comuneros recuerdo que estaban Taboada, Pablo Alarcón, el maestro Rojo y nosotros: Roberto, Julio, Humberto, Jesús, Javier y yo. Todo iba bien para los talamontes, hasta que comenzaron a llegar los comuneros y comuneras de Santa Ana Tlacotenco, de Tlacoyucan y de los barrios de la Concepción y San Agustín —que eran los más participativos— al lugar donde se iban a realizar las verdaderas elec­ ciones. Al sentirse rebasado, impotente, el delegado agrario declaró

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inexistente e improcedente la elección ¡y se prendió la mecha!, se hizo una bola de gente y empezaron a volar golpes a diestra y sinie­stra. En la confusión sólo defendíamos a Javier pues curiosamente sólo a él le llovían golpes y patadas. Lo tiraron como cuatro veces y nadie más lo defendía y a nadie más parecían querer golpear. Llegaron los granaderos, me suje­taron de la camisa y me la rompie­ron, dos o tres veces me les escapé, en una de esas me soltaron un garrotazo que pegó en la pilastra de en medio del salón. Otro me lo dieron en la pier­ na, no me dolió, tenía la boca seca, el corazón latía a mil por hora, no sabía a quién pegarle, no sabíamos quién era quien, pero me di cuenta de que al único que golpearon mucho fue a Javier y sólo noso­tros tratamos de defenderlo. Todo era confusión, sorpresa y mar de puños, pies y caras deformadas por la ira, el coraje y el miedo. Recuer­do que Pablo Alarcón llegó y le pegó al Galli­na, lo noqueó y se retiró. Los brasileños desaparecieron. Quién sabe cuánto tiempo transcurrió. Seguía llegando gente, el Ca­ comicho preguntó quiénes eran y quería pegarle al Chícharo, que e­staba defendido por las mujeres de las pancartas. Hubo de todo, hasta policías golpeados, pero después ya no se metieron cuando les dijimos que el pleito no era con ellos. Jesús se estaba dando de golpes con un comunero, hasta que Javier le dijo que era compañero. Julio pateó a un chavo que venía contra mí mientras estaba tratando de defenderme de otros dos; a Roberto lo confundie­ron y le echaron cal en los ojos y unas señoras de Tlacoyucan se lo llevaron luego, luego. Cuando empezaron a desaparecer todos y a calmarse un po­ co, el her­mano del Chícharo y los Nápoles comenzaron a arrojar bote­llas desde la azotea de una casa donde estábamos, la gente, enojada, estuvo a punto de tumbar las paredes. Alguien gritó: «¡Hay que echarle gaso­lina!» y no tardaron mucho en hacerlo. Al Pollero lo sacaron los policías muy golpeado y riéndose cínicamente o por la golpiza. Nosotros estábamos afuera, a la expectativa, por si había fotógra­ fos o gente infiltrada, vimos al Chefe de ojos y oreja. Después el Chí­ cha­ro salió humeando, como rata de su escondite. Los granaderos esta­ban en formación, sin meterse, pero en eso llegó el tío Ladis y nos recomendó que nos fuéramos de ahí. Todos juntos, esperando que en cual­quier rato llegaran las represalias, pasamos la noche, sin novedad. Al otro día nos fuimos a trabajar, con todas las precaucione­s.


…Y se prendió la mecha…

En los periódicos acusaban a un grupo de golpeadores organizados, las versiones iban y venían. Al tercer día, el honorable y buen Chícharo falleció. A partir de ese momento el gobierno comprendió que había que medirle el agua a los camotes y debía ser cauto, para buscar la ma­

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nera de despojar de su tierra a estos aguerridos indios milpanecos. Se realizaron auténticas elecciones para representantes comuna­ les en los pueblos de Milpa Alta, en las que resultaron electos algunos que, tiempo atrás, habían jurado en la quinta Nepanapa defender la tierra aun a costa de sus vidas.

Consejo de Respetables en la toma delegacional (1979) Galdino López Flores

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Alice Munro en sus propias palabras Stefan Asberg Traducción de Inés García

La Academia Sueca se equivoca a veces, acierta en ocasiones y con frecuencia atina. En 2013 hizo un feliz acto de justicia al dar el Premio Nobel a la narradora Alice Munro. Traducida espléndidamente, presentamos la charla que sostuvo la cuentista canadiense con la televisión de su país al conocerse su nobelización. Profunda, sensible, inteligente hasta lo más alto, Munro cuenta cómo llegó a la ficción y cómo vive con ella

Alice Munro: Desde muy pequeña me interesó la lectura. Alguien me leyó un cuento de Hans Christian Andersen, «La sirenita», y, no sé si te acuerdas, es terriblemente triste. La sirenita se enamora de un príncipe con el que no se puede casar por ser una sirena. Es tan triste que no puedo contarte los detalles. Tan pronto como acabó el cuento salí y caminé por las afueras de la casa donde vivíamos, una casa de ladrillo, e inventé un cuento con un final feliz porque creí que era lo justo para la sirenita; aunque también pensé que el cuento iba a ser distinto sólo para mí y para nadie más, pues mi versión no iba a dar la vuelta al mundo. De todas maneras yo sentí que había hecho mi mejor esfuerzo y a partir de entonces la sirenita y el príncipe vivirían felices por siempre. Esa era su recompensa. La sirenita había pasado por cosas terribles para ganarse al príncipe: ¡tuvo que hacerse de un par de piernas con las que cada paso era un dolor insoportable! A esto estaba dispuesta con tal de estar con él. Pensé que se merecía algo más que morir en el agua y no me importó que el resto del mundo no llegara a conocer mi versión; sentí que ya estaba publicada con sólo pensarla. Ahí tienes, esa fue una de mis introducciones a la escritura. Televisión Canadiense: Cuéntenos, ¿cómo aprendió a contar una historia y a escribirla? AM: Invento historias todo el tiempo. De niña hacía un largo trayecto a la escuela en el que solía inventar cuentos. Al ir creciendo las historias eran más acerca de mí misma, como una heroína en esta u otra situación… nunca me importó que el mundo no fuera a conocerlas inmediatamente. Ni siquiera sé si me importaba que otros llegaran a leerlas. Se trataba del cuento en sí, casi siempre era satisfactorio desde mi punto de vista, con una idea general de la valentía de la sirenita, por ejemplo. Mi heroína era lista y estaba siempre dispuesta a hacer del mundo un lugar mejor, entraba en él con todo y poderes mágicos, cosas así.

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Alice Munro en sus propias palabras

Stefan Asberg

TC: ¿Era importante que el cuento se contara desde la perspectiva de una mujer? AM: Nunca pensé en eso como algo importante pero tampoco pensé en mí como algo más que una mujer; ya había muchas buenas historias sobre niñas y mujeres. De niña no tuve nunca un sentimiento de inferioridad por ser mujer. Vivía en una parte de Ontario donde las mujeres eran las que leían y contaban cuentos; los hombres estaban afuera haciendo cosas importantes, no les interesaban los cuentos. Yo me sentía en casa. TC: ¿De qué manera la inspiró esa atmósfera? AM: ¿Sabes?, no creo haber necesitado inspiración alguna [risas]. Para mí las historias eran parte esencial del mundo y yo quería inventar algunas, así que seguí haciéndolo. Era algo muy íntimo, no necesitaba contárselas a nadie; fue hasta mucho después que me di cuenta de que sería interesante dárselas a un público. TC: ¿Qué es lo más importante cuando cuenta un cuento? AM: Obviamente, en aquella época lo importante era el final feliz; no toleraba finales tristes, por lo menos para mis heroínas. Después empecé a leer cosas como Cumbres borrascosas y los finales tristes empezaron a tener cabida, así que cambié completamente de parecer y le aposté a lo trágico, que disfruto. TC: ¿Qué tiene de interesante describir la vida de un pueblo canadiense? AM: [Risas] Tienes que estar ahí. Creo que cualquier vida y sus alrededores pueden ser interesantes; no creo que hubiera sido tan valiente de haber vivido en una ciudad y tener que competir con gente de un nivel cultural más alto (por así decirlo). No tuve que lidiar con eso. No sabía de alguien más que escribiera historias, aunque no se las contara a nadie. Hasta donde sabía, yo era la única persona que podía hacer esto en el mundo. TC: ¿Siempre tuvo esa confianza en su escritura? AM: Durante un buen rato, pero me volví muy insegura cuando conocí a más gente que escribía. Entonces me di cuenta de que este trabajo era más difícil de lo que pensaba, pero nunca me rendí. Escribir era lo mío. TC: ¿Cuando empieza una historia, siempre sabe cómo se va a desarrollar? AM: Sí, pero casi siempre cambia. Empiezo a trabajar con una trama y luego me doy cuenta de que toma un rumbo distinto y las cosas cambian cuando voy escribiendo, pero sí tengo una idea clara; sé de qué se va a tratar. TC: ¿Qué tanto la absorbe una historia cuando empieza a escribirla? AM: Uf, completamente; aunque nunca dejé de hacer la comida. Era un ama de casa, así que aprendí a escribir en mi tiempo libre y no creo haberme rendido nunca. Sí me desanimé varias veces al leer mis cuentos y ver que no eran muy buenos y que era un trabajo mucho más difícil de lo que había imaginado, pero nunca paré. TC: ¿Cuál es la parte más difícil de escribir un cuento?

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Alice Munro en sus propias palabras

Stefan Asberg

AM: Supongo que ese momento en que lo lees y ves qué tan malo es. Ya sabes, la primera parte es emocionante, la segunda, bastante buena, pero de pronto lo lees todo una mañana y piensas esto no tiene sentido; en ese momento empiezas a trabajar duro. Siempre me pareció lo correcto: era mi culpa que no fuera bueno, no culpa del cuento. TC: ¿Y si no está satisfecha, cómo lo arregla? AM: Trabajo duro. Pero lo explicaré mejor. Hay personajes a los que no les has dado la oportunidad de desarrollarse y tienes que pensar en ellos o hacer algo diferente con ellos. De joven, tendía mucho a la prosa muy adornada pero poco a poco aprendí a dejar mucho de eso fuera. Empiezas a pensar en el tema, de qué va el cuento; algo que creíste que sabías desde el principio, y te das cuenta de todo lo que te falta por aprender. TC: ¿Cuántas historias ha desechado? AM: [Risas]. De joven tiraba todas, pero en los últimos años generalmente sé qué hacer con ellas para dejarlas vivir. Aun sí, es probable que me dé cuenta de algún error del que simplemente me tengo que olvidar. TC: ¿Alguna vez se arrepintió de tirar un cuento? AM: No creo. Si lo tiré fue porque, tras una gran agonía, me di cuenta de que no funcionaba desde el principio. Pero como te digo, eso no pasa muy seguido. TC: Crecer. ¿Cómo ha afectado eso su escritura? AM: Bueno, de una manera muy previsible. Empiezas escribiendo sobre princesas jóvenes y hermosas, luego escribes sobre amas de casa e hijos, y después sobre mujeres maduras. Todo sigue su curso naturalmente, cambia. La manera en la que ves las cosas cambia. TC: ¿Cree haber sido una influencia importante para otras escritoras por haber combinado el trabajo en el hogar con la escritura? AM: La verdad es que no lo sé. Espero que sí. De joven recurrí a otras escritoras y eso me motivó mucho, pero si yo he sido importante para otras no lo sé. Creo que ahora son tiempos —no diría más fáciles— pero sí en que se les concede a las mujeres hacer cosas importantes, no sólo quedarse en la casa mientras todo el mundo hace lo suyo. La escritura llega a ser un trabajo serio, una profesión. TC: ¿Qué impacto cree tener en sus lectoras? AM: Quiero que mis cuentos toquen a la gente, no me importa si son mujeres, hombres, niños o niñas. No me interesa que la gente piense que mis cuentos contienen la verdad acerca de la vida, sino que se sientan conmovidos. Sentir que eres una persona distinta cuando acabas una lectura: eso es una recompensa para la escritora. TC: ¿Qué ha significado la expresión: «Quién te crees que eres», para usted? AM: Uy, esa es una expresión clásica. Crecí en el campo, rodeada sobre todo de gente escocesa-irlandesa donde era muy común no esforzarse ni pensar que una podía llegar a hacer más cosas. Era un dicho popular decir «Ah, te crees muy lista» si te atrevías a algo como escribir, pero yo sólo era peculiar.

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Alice Munro en sus propias palabras

Stefan Asberg

TC: ¿Era feminista desde entonces? AM: En ese entonces ni siquiera conocía la palabra, pero por supuesto que era feminista. Crecí en una parte de Canadá donde las mujeres podían dedicarse a la escritura mucho más que los hombres. Los grandes escritores por supuesto eran hombres, pero ellos no escribían cuentos. No era digno de ellos. Y bueno, eso fue cuando yo era joven, ya no es así. TC: ¿Su escritura hubiera sido distinta de haber terminado sus estudios universitarios? AM: ¡Seguramente! Me hubiera vuelto mucho más cuidadosa y temerosa de ser una escritora. Mientras más conocía ese mundo, más me acobardaba. Tal vez hubiera pensado que no lo iba a lograr aunque la verdad es que eso no hubiera durado. Tenía tantas ganas de escribir que hubiera tratado de todas maneras. TC: ¿La escritura es un don que le fue otorgado? AM: No creo que la gente a mi alrededor lo viera de esa manera. Yo nunca lo pensé como un don sino como algo que podía hacer si me esforzaba lo suficiente. Así que si fue una especie de regalo, no fue uno fácil y menos después de «La sirenita». TC: ¿Alguna vez dudó y pensó que no era lo suficientemente buena? AM: ¡Todo el tiempo, todo el tiempo! Tiré más cuentos que los que terminé o publiqué, sobre todo en mis veinte. Así que no, no ha sido nada fácil. TC: ¿Qué significó su madre para usted? AM: Los sentimientos hacia mi madre fueron muy complicados. Ella sufría de Parkinson y necesitaba mucha ayuda. No podía hablar bien y la gente no le entendía. Ella siempre fue una persona muy sociable y quería rodearse de gente, pero esto no era posible debido a sus problemas del habla. A mí me avergonzaba. La amaba pero tal vez en el fondo no quería que me identificaran con ella. No quería ser su vocera. Era muy difícil para mí; me sentía como cualquier adolescente que quiere ser completamente libre. TC: ¿Su madre la inspiró de alguna manera? AM: Supongo que sí pero no de forma muy evidente. Siempre estaba escribiendo cuentos, bueno, no escribiéndolos pero contándolos a todo el mundo. Pero el hecho de que ella los leyera, como mi padre… supongo que mi madre hubiera estado encantada con la idea de que yo quisiera ser una escritora, pero la gente a mi alrededor no lo sabía. Yo no quería que se enteraran, les hubiera parecido ridículo. La mayoría de ellos no leían, se tomaban la vida de una manera mucho más práctica; de alguna forma sentí que tenía que proteger mi forma de ver el mundo. TC: ¿Ha sido difícil escribir desde el punto de vista de una mujer? AM: No, en lo absoluto. Ésa es mi forma de pensar, como mujer, y nunca me molestó. Haber crecido en un ambiente donde las mujeres eran las que leían, las que enseñaban —como mi madre—, fue algo muy especial. El mundo de la lectura y la escritura era mucho más común para las mujeres que para los hombres; ellos eran granjeros o hacían otro tipo de trabajos.

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Alice Munro en sus propias palabras

Stefan Asberg

TC: ¿Usted creció en una familia de clase obrera? AM: Sí. TC: ¿Es ahí donde se desarrollaban sus cuentos? AM: Sí, aunque yo no sabía que vivía en un hogar de clase baja, simplemente escribía lo que conocía. TC: ¿Era estricta en sus horarios para escribir, hacerse cargo de las niñas, cocinar, etcétera? AM: No, escribía cada que podía. Mi primer esposo me apoyaba mucho. Decía que escribir era algo admirable y jamás pensó que una mujer no pudiera hacerlo, como pensaban muchos de los hombres que conocí después. Él siempre me apoyó. TC: En la librería… AM: Fue muy divertido. Nos cambiamos de ciudad decididos a abrir una librería. Todos pensaban que estábamos locos y que nos moriríamos de hambre, pero se equivocaron. Trabajamos muy duro. TC: ¿Qué tan importante era la librería para ustedes cuando empezaron? AM: Vivíamos de eso, era todo lo que teníamos. El primer día ganamos ciento setenta y cinco dólares, que para nosotros era muchísimo. Solía sentarme en el escritorio y encargarme de la librería. La gente se acercaba y platicábamos mucho de libros. Era más un lugar de encuentro para gente que amaba la literatura que un negocio en el que inmediatamente comprabas algo. Cada noche llegaba alguien nuevo y platicábamos. Era muy divertido, yo lo disfrutaba muchísimo. Hasta ese momento, aunque ya escribía, había sido sobre todo un ama de casa; tener la librería fue una oportunidad maravillosa de entrar en ese mundo. No creo que tuviéramos muchas ganancias, tal vez yo entretenía a la gente demasiado en vez de venderles libros, pero fue una época fantástica para mí. Una clienta en la librería: «¡Es maravilloso encontrarla aquí! Sus libros me recuerdan a casa». —Sí, vivo en el sur de Amsterdam. ¡Muchas gracias! ¡Adiós! ¡Imagínate! Me encanta que alguien venga de repente a contarte cómo lo han movido tus libros y no sólo a pedir autógrafos. TC: ¿Le gustaría inspirar a escritoras jóvenes? AM: La verdad es que no me importa si las inspiro o no siempre y cuando disfruten el libro. Prefiero que la gente encuentre placer en la lectura antes que inspiración. Eso es lo que quiero. Quiero que mis libros se disfruten, que se acerquen a la vida de mis lectores, aunque eso no es lo más importante, no quiero decirle a la gente cómo hacer las cosas. Quiero decir, supongo que no soy una per­ sona política. TC: ¿Se considera una persona cultural? AM: Probablemente. No sé bien qué significa eso pero supongo que sí lo soy. TC: Parece tener una visión muy simple de las cosas. AM: [Risas] ¿En serio? TC: Bueno, en algún lado leí que le gusta que las cosas se expliquen fácilmente. AM: Pues sí. Aunque no creo haber simplificado mis ideas, es sólo mi manera de escribir. Creo que naturalmente escribo de manera sencilla. Nunca lo he hecho por facilitarme las cosas.

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Alice Munro en sus propias palabras

Stefan Asberg

TC: ¿Ha pasado por una época en la que no pueda escribir? AM: Sí. Decidí dejar de escribir hace un año, más o menos, pero eso fue una decisión, no era querer escribir y no poder. Quería ser como el resto de la gente. Cuando una escribe, te dedicas a algo que los demás no saben que estás haciendo, no es fácil hablar de eso. Estoy cansada y lo he hecho toda mi vida. Cuando estaba rodeada de escritores más académicos me ponía muy nerviosa porque sabía que no podría escribir así, no tenía ese talento. TC: Supongo que es una manera distinta de contar una historia… AM: Sí, pero nunca trabajé en ello, cómo decirlo, conscientemente. ¡Qué digo! Sí era muy consciente. Escribía como me gustaba sin forzarme a seguir algún tipo de estilo o idea. TC: ¿Alguna vez se imaginó ganar el Premio Nobel? AM: ¡No, no! ¡Soy una mujer! Aunque hay mujeres que lo han ganado, lo sé. Me encanta y estoy muy agradecida, pero nunca lo creí posible; la mayoría de los escritores demeritamos nuestro trabajo sobre todo cuando ya está hecho. No vas por la vida diciéndole a tus amigos que probablemente te den el Premio Nobel. ¡No es común esperar recibirlo! TC: ¿Lee sus libros? AM: ¡No, no! ¡Me da miedo! No. Seguramente me entrarían unas ganas terribles de cambiar un poquito de esto, un poquito de aquello. La verdad es que lo he hecho con algunas copias de la repisa, pero luego me doy cuenta de que no importa si las cambio, allá afuera siguen siendo las mismas. TC: ¿Hay algo que le quiera decir a la gente de Estocolmo? AM: Quisiera decir que estoy muy agradecida por este honor y que nada, nada en el mundo podría hacerme tan feliz como esto. ¡Gracias! Obras de Alice Munro Libros de cuentos: Demasiada felicidad

El progreso del amor

Mi vida querida

La vista de Castle Rock

Escapada

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio

El amor de una mujer generosa

Novela:

Las lunas de Júpiter

Las vidas de las mujeres

Secretos a voces Amistad de juventud

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Paraje La Comalera (1978) Galdino Lรณpez Flores

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Galdino Lรณpez Flores

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Conciencia y orgullo de Milpa Alta Entrevista a Iván Gomezcésar Hernández En unas pocas líneas, el autor —reconocido antropólogo e historiador— traza las líneas generales para situar a Milpa Alta en las coordenadas mesoamericanas y en las de la ciudad de México. En el fondo, se trata de entrever la concepción histórica de pueblos originarios que cumplen su destino con cada paso de su resistencia, de su devenir creador, abierto y libre

Sin título Colectivo Teuhtli

Uno de los canales por los que más ricamente circula la savia de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México es el de la vinculación de múltiples esfuerzos y tareas con comunidades de la ciudad que han sido sostenidamente lesionadas por la ausencia de proyectos políticos que contribuyan a su positiva transformación o, francamente, por el despliegue de proyectos que sólo han obedecido a intereses de los poderosos, al precio que sea. Iván Gomezcésar conoce pormenorizadamente, y desde una amplia perspectiva, aquellas comunidades, sus raíces históricas, sus procesos de vida y cultura, sus modos de resistencia. Es autor, en esta línea, de Para que sepan los que aún no nacen / Construcción de la historia en Milpa Alta…, publicado por esta universidad en coedición con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Acerca de Milpa Alta y sus pueblos originarios Cultura Urbana ha conversado con el antropólogo e historiador. (Juan José Reyes).

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Conciencia y orgullo de Milpa Alta

Entrevista a Iván Gomezcésar Hernández

Iván Gomezcésar: En el inicio del siglo XXI un hecho importante de la ciudad de México es que empieza a reconocer la existencia de un actor social muy peculiar que siempre ha estado presente pero al que hace poco no se le veía, no se le reconocía, no formaba parte del debate: los pueblos originarios. El término pueblo originario es un nombre autoimpuesto, creado por los mismos pueblos. Es una suerte de ejercicio múltiple: es una forma de reconocerse indígenas en el pasado pero no en el presente. Ellos son indígenas en el origen porque provienen de pueblos indígenas pero no se reconocen indios hoy. Esto tiene que ver con la carga ideológica contraria, la leyenda negra de lo indígena. Y resultó una manera de reconocerse, y de diferenciarse a la vez, de los pueblos indígenas que llegan de la ciudad procedentes de otros sitios del país, un fenómeno que ocurre con mucha fuerza hace unos 70 años. Ellos son diferentes; son otra cosa. Son pueblos originarios. Y por otro lado el término les permitió ubicare en el debate político. Estamos hablando ahora de hace unos 30 años, cuando más pueblos se suman a los establecidos en el sur de la capital. Muchos pueblos originarios descienden de pueblos prehispánicos, como Mixquic, por ejemplo, y muchos otros ya estaban ahí y hay referencia de ellos muy clara, documental. Unos más se instalaron con la Colonia. En 300 años hubo reubicaciones, una gran mortandad, en fin, diversos factores; ha habido desdoblamientos de varios tipos. Pero todos, y esto es fundamental, tienen una raíz mesoamericana identificable, se hayan fundado o refundado. Son sobrevivientes de una situación anterior a la llegada de los españoles. Ellos lo saben perfectamente. ¿Qué es lo que pasó? Durante 300 años los pueblos originarios no sólo fueron una sobrevivencia, como dije ahora, sino que fueron una parte central del proceso de la ciudad de México, aportaron la mano de obra, los materiales de construcción y la vida de la ciudad. ¿Por qué? ¿Por qué subsistieron los pueblos originarios? No solamente se agazaparon ante el proceso histórico. No: ellos eran los actores más importantes. Resulta que uno de los factores es la capacidad tecnológica prehispánica para la producción agropecuaria en particular, es decir, las chinampas y las terrazas. La ciudad de México dependía de la producción. Y los españoles no eran capaces de manejar esta tecnología, no tenían idea, no les interesaba. Era algo ajeno a lo que conocían: aquí no podía haber trigo, cierto ganado. Y se llegó a un acuerdo de sentido común: permitieron que los indígenas mantuvieran las chinampas y las terrazas, para abastecerse. Permitieron un grado de autonomía superior a muchos otros lugares. Los pueblos indígenas en Milpa Alta tenían capacidad de acción. Un dato revelador: no hay huella muy clara, intensa, de alzamientos indígenas en 300 años, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en la zona maya. Entonces qué es lo que hay y lo que no hay. Aquellos eran pueblos muy vivos, muy inquietos. No hay aquí desde luego inmovilismo. Lo que hay es negociación. Instituciones. Los pueblos peleaban las cosas por la vía legal. Hay una fehaciente prueba documental de la enorme cantidad de alegatos, peticiones, conflictos, querellas de todo tipo que se dirimen por la vía de la ley. Simultáneamente existen representaciones de los pueblos, desde entonces, que han sido capaces de adecuarse a los cambios políticos de la ciudad, hasta hoy, en que

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tenemos el debate al respecto. En cerca de 50 pueblos de la ciudad la gente elige a sus representantes, no reconocidos por la ley, pero con plena existencia: los enlaces territoriales de los pueblos, contratados por la Delegación. Si no lo hiciera así, habría inconformidades, conflictos. El papel de los pueblos ha ido cambiando, sobre todo a raíz del crecimiento de la ciudad, como en el caso del sistema chinampero, que nunca se destruyó, pero que dejó de tener crecientemente la importancia que tuvo. Esta zona —la Romita— era de chinampas. No fue sino hasta 1980 que fueron destruidas las chinampas en Iztapalapa, para crear la Central de Abastos. Milpa Alta tiene dos peculiaridades. De un lado, es la zona de la ciudad de México donde la predominancia de pueblos originarios es mayor. No hay ninguna otra que tenga esas dimensiones. Tiene una vida originaria muy plena, es una geografía en lo que se conoce como mal país, terrenos delgados (por eso el cultivo del nopal), de escasa profundidad, una zona sin gran interés económico durante mucho tiempo, lejana, con muy poca agua. Milpa Alta vivió una suerte de aislamiento durante muchísimo tiempo. Todavía hacia 1900 varios de los que eran considerados municipios del lugar tenían una población hablante de náhuatl de cerca del 100 por ciento. Ahora ese porcentaje es mucho menor; se estima del 3 por ciento. Esto último tiene que ver con aquella carga ideológica negativa contra lo indígena. Hubo una ofensiva muy marcada contra el náhuatl en todo el D.F., que afectó a Milpa Alta. En 1950 ya era sólo alrededor del 40 y tantos por cierto de hablantes de náhuatl. Pero hay ahora una particularidad: el náhuatl, si bien ya no es una lengua franca, es una lengua que representa prestigio. Y hay una enorme cantidad de escuelas no formales en la zona. En algunos pueblos se canta el himno nacional en náhuatl. Hay mucha poesía, revistas, cantos. Hay una presencia importante del náhuatl, que se usa en la vida cotidiana para muchas cosas. Juan José Reyes: Hace muy poco nos decía el maestro Librado Silva, a Verónica Briseño, a Juanita Reyes y a mí, que él ha conocido gente que nada más habla náhuatl en el campo y que, ya en el ám­ bito urbano, lo oculta. Nos lo decía con dolor… IG: ¿Cómo erradicas la lengua de un lugar? Desde luego que por la escuela, pero también mediante la burla social, el señalamiento, el chiste, como ocurrió en Milpa Alta, donde hay una enorm­e cantidad de chistes en contra de los hablantes de náhuatl. El proceso de burla es anterior al proceso de recuperación de prestigio, que tiene que ver con el reconocimiento de su ser indígena, relacionado con la lucha por la tierra que se da alrededor de los años setenta y ochenta del siglo pasado. Crecientemente ahora el náhuatl es hablado entre los pobladores para que los demás no entiendan, para distinguirse. Este proceso va ganando lugar al otro, al de burla. La otra particularidad de Milpa Alta consiste en el proceso histórico. Yo sostengo que una de las razones de la existencia de estos pueblos originarios es la capacidad intelectual, poco analizada hasta ahora. Ha sido muy investigado, por suerte, cómo ha sido la vida cotidiana en la Colonia; hay obras cumbres, importantes. Uno puede apreciar allí la existencia de dos capas intelectuales: la de los antiguos aristócratas indígenas que se convirtieron en parte del poder dominante, pero tam-

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´Colectivo Teuhtli

bién surge otra capa que responde más a los intereses de las comunidades. Esto se expresa en los d­ocumentos llamados Títulos primordiales, que tienen todos los pueblos de la ciudad. ¿Quién los escribió? Es un conjunto de documentos hechos por estos intelectuales, no los aristócratas, sino una especie de segunda división como intelectuales. Milpa Alta se distingue porque tiene una presen­cia muy importante de ellos. A mí me tocó investigar esto, que se expresa en la reelaboración de su propia historia, o sus varias historias propias, lo que hoy está más vivo que nunca, muy probablemente. Milpa Alta tiene una vigorosa presencia y capacidad de interrelacionarse con la sociedad en su conjunto sin dejar de ser lo que es. Los de Milpa Alta tienen la capacidad de aceptar toda la nueva tecnología con una facilidad absoluta y seguir siendo ellos. No hay contradicción. Pueden usar lo que la tecnología ofrece y seguir siendo, y más todavía ahora, milpaltenses orgullosos de serlo. Así han resistido el asedio y las francas intromisiones de los grupos de poder.

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Hay una conciencia. La construcción de una historia se convierte en una lucha. Se reconocen los milpaltenses como una pequeña patria y cierran filas. Se reconocen en una historia, y así se han logrado mantener. La historia une a los pueblos. JJR: En poquísimas palabras, ¿cómo se manifiesta hoy lo indígena? IG: En la concepción de la muerte, en primer lugar. Su versión filosófica, la concepción de la vida y de la muerte. Está vivo, como hemos visto, el náhuatl, que es una manera de relación social. El uso de los diminutivos, por ejemplo, es indígena. Hay una dulcificación de la palabra, que es también del trato, y que es completamente náhuatl. No se diga la gastronomía. Pensemos en el mole y muy especialmente en el nopal, muy poderoso económicamente en ciertos momentos, que es un producto que ellos mismos controlan. Milpa Alta constituye la presencia indígena más viva de la ciudad de México, y por tanto ocupa un sitio especial en el proceso de revitalización de las conciencias que la ciudad y el país todo viven en las dos últimas décadas.

LA ACERA DE ENFRENTE El señorío de Milpa Alta Ángeles González Gamio Increíblemente, en esta ciudad prodigiosa todavía se habla náhuatl, esa dulce lengua que imperaba en la cuenca de México a la llegada de los españoles. En la capital de la Nueva España y en las villas y pueblos de los alrededores, paulatinamente se fue sustituyendo por la lengua de Castilla. Sin embargo, hubo un sitio que, por su situación geográfica, se mantuvo lo suficientemente aislado para conservar el uso de la lengua materna hasta nuestros días. Estamos hablando de Milpa Alta, ese primoroso rincón rural que, pleno de tradiciones, sobrevive, al sur de la ciudad de México. Antiguo señorío, llamado Malacachtepec Momoxco, fue fundado hacia 1240 por una de las nueve tribus chichimecas que arribaron a la cuenca, provenientes del norte. En el siglo XV, fue vencido y gobernado por el guerrero mexica Hueytlahuilli, quien llevó a cabo numerosas obras públicas: caminos, embarcaderos, centros ceremoniales y un sistema de siembra a base de terrazas, delimitadas por muros de piedra ubicados en los costados de los cerros, de los cuales todavía tenemos evidencia. Asimismo, impulsó el cultivo del maguey, la explotación de la riqueza forestal y el intercambio comercial… De La Jornada

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Asunción de María en Milpa Alta III Colectivo Teuhtli

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Poemas Juan Gelman (1930-2014)

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Poemas

Juan Gelman (1930-2014)

LAMENTO POR EL SAPO DE STANLEY HOOK stanley hook llegó a Melody Spring un jueves de noche con un sapo en la mano «oh sapo» le decía «sapito mío íntimo mortal y moral y coral no preocupado por esta finitud no sacudido por triste condición furiosa» le decía «oh caballito cantor de la humedad oh pedazo esmeralda» le decía stanley hook al sapo que llevaba en la mano y todos comprendieron que él amaba al sapo que llevaba en la mano más allá de accidentes geográficos sociológicos demográficos climáticos más allá de cualquier condición «oye mío» decía «hay muerte y vida día y noche sombra y luz» decía stanley hook «y sin embargo te amo sapo como amaba a las rosas tempranas aquella mujer de Lesbos pero más y tu olor es más bello porque te puedo oler» decía stanley hook y se tocaba la garganta como raspándose el crepúsculo que entraba y avanzaba y le ponía el pecho gris

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Poemas

Juan Gelman (1930-2014)

gris la memoria feo el corazón «oye sapo» decía mostrándole el suelo «los parientes de abajo también están divididos ni siquiera se hablan» decía stanley hook «qué bárbara tristeza» decía ante el asombro popular los brillos del silencio popular que se ponía como el sol esa noche naturalmente stanley hook se murió antes dio terribles puñetazos a las paredes de su cuarto en representación de sí mismo mientras el sapo sólo el sapo todo el sapo seguía con su jueves todo esto es verdad: hay quien vive como si fuera inmortal otros se cuidan como si valieran la pena y el sapo de stanley hook se quedó solo (De Los poemas de Sidney West)

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Poemas

Juan Gelman (1930-2014)

OVIDIO La luz cae sobre la mesa del hombrecito que repasa algunos fuegos y descose las espaldas de la unidad. La luz avisa que se va a ir con una especie de apagación que sobreviene y entra el desierto, la incierta boda del hombre con su furia. Un perro conversa con los astros y la casa se llena de compañías oblicuas y chillonas. El mal está ahí, sentado. El hombrecito moja la pluma en sangres que no existen, enredadas en monstruos mismísimos y países visibles que crujen. Pide bueyes que le arranquen el corazón mientras revuelve los infiernos. (De Tantear la noche)

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Poemas

Juan Gelman (1930-2014)

MUERTES un día vi pasar a la muerte no iba a caballo chillaba como las golondrinas alrededor de santa maría maggiore es triste la muerte así lo digo en serio y por las dudas que alguien no sepa que una muerte así es triste esa muerte chillaba como un condenado no la favorecían el bello estío las fuentes las mujeres que ella dejaba transitar como calor fuego o piedad la muerte esa no valía un centavo en ningún lugar del mundo por empezar no era necesaria no tenía aventuras ni corajes no cantaba no era capaz de hacer cantar no usaba medias azules sus ojos

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Poemas

Juan Gelman (1930-2014)

chillaban como golondrinas cortando la tarde alrededor de santa maría maggiore lo digo yo que la vi daba lástima o pena esa muerte a cocheros caballos suaves en la mitad del día muerte sin gusto sola infeliz muerte vieja sin volar sin hilo en los piecitos chillando en la mitad de la plaza cuando terminó de pasar tuve miedo no quiero ver nunca más a esa muerte de todo corazón no quiero verla nunca más especialmente el día de mi muerte (De Hechos)

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Poemas

Juan Gelman (1930-2014)

EL FRÍO DE LOS POBRES el frío de los pobres que un día triunfarán cruje en el fondo del país torturado callado crepita otoñando padeceres se le caen hojitas olores secos van al suelo se pudren alimentando la furia que vendrá alma mía que así crecés contra las bestias dame valor o fuego pueda pudrirme continuar para que coma la victoria (De Si dulcemente)

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Poemas

Juan Gelman (1930-2014)

CITA II

(santa teresa) ¿cómo es posible que viviendo esta derrota tu amistad me cure el alma? ¿cómo me consolás y amás abriéndome contra la áspera muerte y decís palabras herideras como leche para comer como cordero poderoso de vos? (De Citas)

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Panorámica de San Juan Tepenahuac (Década de los cuarenta) Anónimo CULTURA URBANA

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Galdino Lรณpez Flores

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Abigael Bohórquez, el de la macha poesía Juana Reyes

El más grande poeta que ha dado el norte de México —de acuerdo con la opinión del poeta Efraín Huerta— ejerció su libertad tanto para tratar temas escabrosos como para defender sus preferencias sexua­les. Desde el poema, Abigael Bohórquez levantó la voz por los que no pue­den hacerlo: el obrero, el oficinista, el maestro, las madres, el escritor marginado

Hay que aprovechar una ocasión tan bella para no renunciar a la muerte, es decir, para seguir viviendo. Abigael Bohórquez

Como poeta de su tiempo (1936-1995) se comprometió consigo mis­m­o, con su palabra y con su dignidad literaria para evitar lo que él llamaba una alianza político-poeta tras la cual, en todos los tiempos, han sobrevivi­do innumerables artistas. «Esto —me señaló Bohórquez en una entrevis­ta inédita que me concedió en 1990, antes de partir hacia Sonora, su tierra— es lo que se me hace doblemente peligroso, y más como poeta… por eso lo que más amo es mi palabra, mi poesía, el poder ser como soy: valiente, atrevido, audaz, intrépido, gracias a mi palabra, a mi poesía sin tapujos. Yo sí digo lo que amo». Su rebeldía colocó al escritor en la línea del destierro literario: nula difusión de su obra por parte de quienes detentan el poder y se reservan el derecho a decidir quiénes merecen ocupar un lugar en el firmamento de las letras. «En este país se comenten infinidad de agravios en contra de muchos artistas, quienes por no estar bien con el sistema, son soterrados de una manera muy agresiva. Junto al nombre de Abigael Bohórquez se pueden escribir los de Aurora Reyes, Horacio Espinosa Altamirano, Juan Bautista Villaseca, Enrique González Rojo, Jacobo Cárcamo, todos ellos desconocidos, olvidados por la historia oficial de la literatura en México». (López Moreno: Biblioteca de voces Radio UNAM 1998).

El poeta del norte parece haber tomado de Los Contempo­ ráneos —Enrique González Rojo, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Xavie­r Villa­urrutia, Salvador Novo, entre otros— sus cambios ra­ di­cales en la creación de imágenes y metáforas para aplicarlos a su propia poesía. Bohórquez, como los creadores de quienes abrevó, encontró su propio ritmo poético, teniendo como acompañantes a la soledad, la desolación, el sufrimiento, la percepción de la muerte, el insomnio. «Quizá por ese sentimiento de lo humano que siempre estuvo con él, fue también un poeta de protesta y a la vez un hombre de inmensa ternura que comprendió como nadie el dolor de los humanos» (ibídem). La obra de Bohórquez nos habla de la frustración y la rabia que le causa ver a un mundo que como creador sólo con su litera­ tura podía denunciar. Su primer poema, «Llanto por la muerte de un perro», es un alarido de rebeldía donde compara las actitudes de su perro con las de otros perros que hablan, descuartizan y destazan en las magistraturas, en las fábricas, al obrero, al empleado, al mecanógrafo, a la costurera, hombre, mujer, adolescente o vieja.

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Abigael Bohórquez, el de la macha poesía

Juana Reyes

En su «Manifiesto» poético eleva el lápiz y la hoz para ordenar a los so­nidos de martillos que levanten edificios y revueltas. Mientras que en «Cónclave», su poema anticlerical, desde cualquier perspectiva, se encuentra una agria y sarcástica crítica a los representantes de la Iglesia: «el papa está gravísimo…/ el papa está pudriéndose de PE a Papa…/ las últimas noticias no lo revelan/ pero arzobispos, obispos,/ cardenales, pelean todavía bajo los excrementos/ del SANTO/ SANTO/ SANTO/ por el oro y la silla del Espíritu Santo/ la curul y la gracia del Espíritu Santo…» El sabor del «Menú para el generalísimo» se degusta con crudeza y violencia infligidas a los pueblos de América Latina por sus gobier­ nos. Asistir a la lectura de su «Acta de confirmación» es tomar parte en la dolorida protesta por los miles de estudiantes masacrados en España, en Caracas, en Lima, en Bogotá, en México. En tanto, la ironía de «Patria es decir…» no se detiene ante la inutilidad de las palabras desgastadas de los servidores públicos que se refugian en su mundo de fantasía en este país donde no pasa nada. Se puede ejemplificar la rabia que anidaba en el alma del poeta con el siguiente fragmento de «Día franco»: Pienso en todos los que murieron para pobre la cosa en Tlatelolco, un día Cuauhtémoc fue a llevarle ajolotes a su abuelita qué gran hocico tenéis gustavito qué enormes ojos tenéis, dan las dos de la mañana y serenooooooo. El che se cayó de la cama allí en Sudamérica le dieron de palos hasta que para qué para qué y escribimos a destajo camarada Guevara che, Cristo, Jesús americano y para qué dan las dos dos menos cada quien y un fusil y a no dejar morir al Che…

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Desierto mayor, el poemario escrito exclusivamente para rendir homenaje a su suelo en 1980, contrasta con otras diversas te­máticas abordadas por él. El dominio de la palabra lo muestra el poeta en sus Poemas popolochalcas y Poeníñimos (poesía para niños). Entre las múltiples actividades de Abigael Bohórquez destacan las de poeta, ensayista, dramaturgo, actor, promotor cultural, edi­tor, director editorial, periodista, director de teatro, funcionario de cultura, además de excelente escucha, amigo y consejero. Su biografía, señala el escritor Miguel Manríquez Durán, es accidentada, extensa y apasionante. En ella dejó muy claro que su vida, que vivió con intensidad y trashumancia, con alegría y dolor, con beligerancia y humildad, se corresponde con su obra. Para Bohórquez las palabras poéticas constituyen el único modo de alcanzar lo permanente en este mundo. Por ello se esforzó desde su juventud en busca de lograr la plenitud lírica. En esa lucha, «algunas veces la desazón, la descorazonadura», lo atenaza­ ron, pero él volvía una y otra vez a mecanografiar el papel con su sangre, porque «no pueden los poetas […] hacer literatura de ciencia ficción, cerrar los ojos a la realidad, porque el poeta, el artista verdadero, debe darse a su gran obra, aquella que está hecha con la sangre y los huesos de los hombres […]» Siendo un adolescente, él y su madre, Sofía Bohórquez García, se trasladaron a San Luis Río Colorado, Sonora, donde dio los prime­ros pasos en la composición literaria y concluyó los estudios preparatorios para emplearse como escribiente en una oficina del Registro Civil. Su experiencia en aquel empleo lo condujo a darle vida a su poema «Del oficio de poeta», en el que le canta al «poeta anónimo y escarnecido jornalero […] Jacinto trapajoso que por un pedazo de agrio pan mensual, mantiene a la Poesía dentro del hambre». Su carrera como dramaturgo se inició en la Escuela de Arte Tea­tral del Instituto Nacional de Bellas Artes y en el Instituto Cine­matográfico de la ANDA de la ciudad de México, adonde viajó con el fin de estudiar en su temprana juventud. En 1962 decidió fijar su residencia en la ciudad de México y se empleó como secretario del Departamento de Difusión del Instituto Nacional de Bellas Artes. Tras un sinnúmero de recitales de su poe-


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sía, triunfos en concursos nacionales y estatales, apareció incluido en el libro Las cien peores poesías mexicanas de autores famosos, junto a renombrados poetas contemporáneos. Pero Bohórquez no desestimaba las críticas, antes bien, las encontraba aleccionadoras. Un ejemplo claro es que el escritor Ermilo Abreu Gómez publicó en el periódico El Nacional, en 1963, una desfavorable crítica que el poeta incluyó en su poemario Desierto mayor. Cuando en 1965 fue nombrado jefe del Departamento de Literatu­ ra y Ediciones del Organismo de Promoción Internacional de Cultura (OPIC), dependiente de la Secretaría de Relaciones Exteriores, también tomó la dirección de la sala de arte y de las revistas Parva y Gaceta y casi enseguida formó el Grupo de Poesía Coral y Teatro OPIC. Su trabajo editorial fue arduo en ese entonces, acorde con el de los integrantes de su Coro de Poesía OPIC, quienes como modernos juglares iban ofreciendo audiciones por todos los rumbos de la república mexicana, con obras de renombrados poetas testimoniales latinoamericanos, incluida la bohorquiana. Al desaparecer el OPIC, por el cambio sexenal, fue a radicar junto con su madre al poblado de Milpa Alta, situado al sur del DF. Allí, organizó tres grupos de poesía coral, montó varias de sus obras de teatro y desarrolló una vasta producción literaria. De esta época procede su poemario Memoria en la alta milpa, los poemas «Hermano Pablo» (a Neruda), Federico en persona (a García Lorca), «Maese» (a Salvador Novo), «Claro en la selva» (a sor Juana), «Coyo­te de ayuno» (a Netzahualcóyotl), y fundó la sección cultural del periódico local Surge! en la cual colaboró en cinco números. A principios de los ochenta, por razones de trabajo, fue a radicar a Chalco, estado de México, donde fungió como promotor cultural y maes­ tro de arte dramático y declamación del Centro de Seguridad S­ocial del IMSS. Por ese entonces el anonimato al que había sido condenado comenzaba a diluirse (aunque de manera tenue) y su nombre era incluido en la Antología de la poesía erótica latinoamericana, de Enrique Jarami­llo Levi; aparecía una ficha con sus datos en el tomo dos de la Enciclopedia de México, de Alonso Vidal (Hermosillo 1986); toda su producción rescatable era incluida en el primer tomo de Obras teatra­ les de teatro mexicano del siglo XX (1900-1988) editado por el IMSS; su nombre pasaba a formar parte de la Historia contemporánea de So­ nora (1929-1984), ediciones del gobierno del estado de Sonora y El

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Colegi­o de Sonora (1988), y también del Gran Diccionario enciclopédico del México visual, de Humberto Mussachio (1994). Durante 1990 Bohórquez recibió varios homenajes en diversos luga­res por su actividad como poeta, dramaturgo, promotor cultural y maes­tro. En Milpa Alta, el pueblo le dio un reconocimiento por los veinte años de su poema Memoria en la alta milpa. Ese mismo año Sonora lo redescubrió. Luego de pensarlo varias veces, Bohórquez tomó la decisión de abandonar Chalco y regresar a su tierra para recibir los premios que por derecho le correspondían. Antes de ausentarse (en agosto de 1990) me concedió una entrevista que no pude publicar por razones ajenas a mi voluntad, de la cual incluyo algunos fragmentos en este ensayo. Con el triunfo de su poemario Poesida, en 1990, en el concurso convocado por la Organización Panamericana de la Salud, Difusión Cultural de la UNAM y Conasida, y al no ser cumplidos los compromisos de la convocatoria consistentes en la publicación de la obra y premio en efectivo, el poeta buscó publicarla con sus propios recursos. En Tijuana, bajo el cuidado de los editores Elizabeth Algrávez y Mario Bojórquez, Poesida fue editado de manera póstuma, pues el 27 de noviembre de 1995 Abigael Bohórquez abandonó la casa de su alma y se fue con aquella a quien había hecho su compañera desde pequeño: la Muerte. Poesida refleja su íntimo temor a la muerte, al tiempo que nos pone en contacto con su soledad, es un poemario cuya armonía y musicalidad nos invitan a vivir una aventura a la vez de exorcismo y aceptación del poeta impuro que hablaba a los seres humanos que estaban a su lado; a los hombres y mujeres que andaban por la calle, en el cine, en los mostradores, hablando por teléfono o fornicando. Bohórquez era un poeta comprometido con la herencia de una gran tradición literaria. Cuando en su segundo momento de crea­ción se volvió más revulsivo, más reactivo, más agresivo, no sólo en tér­minos lingüísticos sino de ideología, su literatura adquirió aún más peligrosidad. Junto a esta peligrosidad el uso de formas dialectales, arcaísmos y neologismos donde las transposiciones gramatica­les reflejan a un poeta lingüísticamente receptivo y sensitivo nos apartan de lo cotidia­ no. Esos cambios semánticos y metáforas ver­dadera­mente atrevidas lo convirtieron en el poeta de vanguardia que fue. Reconocimiento que

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le hicieron en su momento Margarita Michelena, Alí Chumacero, Héctor García, la China Mendoza, Carlos Monsiváis, Efraín Bartolomé, Evodio Escalante, Thelma Nava, entre otros. En el prólogo de la antología Heredad Luis Eduar­do Turón asienta: «De las opiniones que han sucedido a los poemas de Abigael Bohór­ quez dos me han interesado: José Arellano, con rudeza, se preguntó si Bohórquez estaba bajo el signo de Apolo y luego hubo de confesar que sí; Juan Bañuelos, sin preguntas, dio en un blanco singular con el asentamiento de tres preferencias significativas de gran intuición, al unir, paradójicamente, a Marco Antonio Montes de Oca, a Bohórquez y a José Emilio Pacheco». Turón, en busca del rastro de las influencias literarias de Bohór­ quez, encontró a Renato Leduc y a Salvador Novo, a Efraín Huerta y a Federico García Lorca, de quienes tomó su humor y su amargura hereje. Descubrió también que el poeta del norte se quedó con la devoción tradicional a los héroes, con Carlos Pellicer, y con el desafío de Porfirio Barba Jacob. Bohórquez describió a la soledad, fue en busca de la Muerte para retarla. Mexicano al fin, ironizó con sarcasmo, con humorismo cargado de desolación: Mi calavera de dientes desiguales, a veces dolorida se dolora, otras se acuerda amor mi calavera, ay, huesote de luz alumbrado desde el doce de marzo del treinta y siete, esta carne machaca que han de comerse los gusanos… La tragedia del poeta fue intuir su muerte temprana e invocarla en gran parte de su obra. Este dolor, lejos de hacer de él un plañidero, le permitió alcanzar la emoción que, convertida en poema, desgarra al lector y lo invita a acompañarlo, a consolarlo —¿o a consolarnos?—:

Éste era yo, perplejo: zurcía, bordaba, jugaba con muñecas, cantaba, amargo, descreído de Dios.

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Las imágenes bellas y emotivas surgen de la armonía y del talento, de la angustia y la tristeza, en la que el poeta desborda su pena como latigazo, su doliente pena de ser cosa humana… cuya plurali­ dad de sentido, a la vez contradictoria, le dolía hasta el sarcasmo. Y a pesar de todo, contra su voluntad vivió alejado de los creadores de su tiempo. No sin amargura, me confesó: «sólo me importa que yo y los poetas de mi generación: Juan Bañuelos, José Emilio Pacheco, Marco Antonio Montes de Oca, Alejandro Aura, Luis Eduardo Turón, no nos hayamos conocido más, entendido más y que hayamos cruzado nuestras vidas sin entendernos casi, por culpa de mi timidez y por culpa de su orgullo, su prepotencia o sus prejuicios sexuales». Cuando Abigael Bohórquez recibió a su amiga la Muerte, tan temida y al mismo tiempo tan anhelada, lo hizo sin temor. Ya antes se había asegurado de que siempre viviría, de que su voz sería escuchada. Bohórquez, quien tenía trato con sus cosas familiares, hizo de las personas, de sus plantas y sus animales, sus motivos de inspiración, de descripción, de amor. No sólo se atrevió a decir lo que amaba, fue, como Salvador Novo, un escritor asociado con la provocación, un homosexual que le concedió «un rostro talentosísimo a su predilección» (Monsiváis) y, como aquel, hizo alarde de una poesía erótica, jocosa y semipornográfica:

Dejadlo al villano pene; yendo y viniendo; una vez entrando y otra vez saliendo por sécula su culorum que pene qué pene!!!

«Es necesario seguir viviendo», me dijo Bohórquez en aquella última entrevista que concedió en el DF tan amado por él, antes de partir hacia Sonora, «no hay más remedio que seguir viviendo». Y allí estaba, sin él percibirlo, un íntimo temeroso llamado a la Muerte. La Muerte con la que vivió y amó y fornicó, y se fue amándola hasta el último momento de su existencia.


Anรณnimo

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Un episodio de la revolución armada en Milpa Alta Sublevación yaqui, octubre 15 de 1916 Francisco Chavira Olivos

En nuestros pueblos nada trascendente sucedía: rondines nocturnos, visitas furtivas de los zapatistas a sus familiares, el latrocinio de las mujeres que acompañan a los federales. En fin, se ignoraban todos los aconteceres que en las cúpulas del poder carrancista se acordaron. Pero inesperadamente sucedió lo que nunca se hubiera imaginado

I En las décadas finales del gobierno de don Porfirio Díaz (1880-1910) los pueblos de Milpa Alta, relativamente cercanos a la ciudad de Méxic­o, permanecen aislados por lo complicado de sus vías de comunicación. Son tres las formas de acceder a la capital, con sus dificultades inhe­ rentes. 1. Usar el camino que llega a la población de Tláhuac y esperar el tren que corre de Amecameca hasta su terminal en la estación de San Lázaro, al oriente de la capital. 2. Tomar el camino a San Juan Ixtayopan y, una vez recorrida la ca­ lle principal, llamada Del Comercio, esperar el abordaje de las trajine­ ras en el embarcadero situado a espaldas del templo de La Soledad y navegar toda la noche por un gran canalón, vestigio del desecado lago de Chalco-Xochimilco, terminando el recorrido en el embarcadero de Roldán, en pleno vientre del mercado de La Merced, pasando por las grietas de Mexicaltzingo y de Jamaica. 3. Usar el camino real prehispánico transitado por pochtecas y tamemes del gran señorío tenochca, que viene de Tlayacapan, estado de Morelos, pasar por Santa Ana Tlacotenco, por Villa Milpa Alta, San Pedro Atocpan y bajar a San Gregorio Atlapulco y, allí, escoger la vía peatonal de Caltongo o esperar la góndola verdulera vía Xochimilco hasta el mercado de Jamaica.

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En tanto, la comunicación entre los pueblos de las tres municipalidades, Oztotepec, Atocpan y Milpa Alta, se hace por caminos diseñados para el tránsito de personas y cuadrúpedos con su respectiva carga; son angostos con pendientes muy pronunciadas, pedregosos y trazados al pie del exuberante bosque, que para la época referida llega a las goteras de los pueblos. En esos años se realiza una confabulación entre autoridades y potentados terratenientes de la región mediante un tramposo convenio llamado pacto-retroventa por el cual los pequeños propietarios y la peonada, por necesidad imperiosa de dinero, enfermedad, duelo o infracción legal se ven obligados a pedir préstamos con réditos altísimos avalándolos con documentos de sus pequeños predios, que finalmente pasan a manos de los prestamistas. Por otro lado, los campesinos, cuya vida es sana y austera y con gran vocación para la satisfacción alimentaria a base de maíz, frijol, chile, haba y calabaza, como sus ancestros, utilizan las terrazas de los cerros, protegiéndolas de la erosión mediante el cultivo de maguey. De esta planta aprovechan todos sus derivados: penca, tronco, quio­tes, púas, ixtle y sobre todo, el manejo de sus mieles en forma de pulque, el vino de la tierra, el que mitiga su sed, complemento de su alimentación y bálsamo de su miseria.


Un episodio de la revolución armada en Milpa Alta

Sublevación yaqui, octubre 15 de 1916

Francisco Chavira Olivos

Sin título Milton Martínez Meza

La actividad forestal en los montes comunales les reditúa algunos dineros para su subsistencia, pero los jóvenes no tienen oportunidad para desplazar a los viejos en su larga longevidad y se ven en la urgente necesidad de emigrar como peonada de las haciendas maiceras circunvecinas: Coapa, Huipulco, La Noria, Los Laureles, Santa Fe Tetelco, Xico y las haciendas cañeras del estado de Morelos. Esta situación se agrava por las concesiones otorgadas por la municipalidad a empresarios del estado de México, que incluso traen consigo a trabajadores expertos para producir escobas y cepillos de raíz de zacate de monte. Tal es el caso del señor de Texcalpa, don José Galván que logra una fortuna capaz de costear el primer molino de caldera en toda la región. El movimiento de gente joven fuera del contexto social de los pueblos de Milpa Alta muestra los contrastes de la miseria entre la peonada y la opulencia de los hacendados,

muy apegados a la cultura afrancesada del periodo gubernamental de Porfi­rio Díaz. Y les impactó al tiempo que les permitió vislumbrar los primeros mensajes de un cambio social pregonado por Francisco I. Madero, y muy afín a su mentalidad, el ideal zapatista que por vecindad les fue muy penetrante. II En los primeros años de 1900 la mayoría de la población era indígena, parlante del idioma náhuatl (96 por ciento) con una pesada carga etno­histórica muy aferrada a la tierra y para conservarla hacía enlaces matrimoniales entre familias del mismo barrio o de pueblos vecinos. El gobierno porfiriano trataba de integrar a los pueblos de Xochimilco y Milpa Alta a un programa de castellanización y le tocó al licenciado Justo Sierra, como director de instrucción pública, instaurar un plan educativo integral que se inició en 1905 en San Mateo Xalpa y la po-

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blación de Milpa Alta. El plan aplicaba, además de las materias básicas de la primaria, opcionalmente el aprendizaje del idioma francés o inglés y talleres de costura, mecanografía, soldadura y carpintería para varones, además de instrucción atlético-militar. El señor Secundino Medina prestó al gobierno un bello edificio recién inaugurado para el funcionamiento de la escuela para mujeres Concepción Arenal y en la parte posterior de la céntrica manzana, otro para varones, la escuela Carlos A. Carrillo. La asistencia de los alumnos era obligatoria, supervisada por los comisarios de barrios, y a los estudian­tes se les vio desfilar en el centenario de la independencia de México, totalmente uniformados por el gobierno. III Los pueblos de Milpa Alta están íntimamente ligados a los de Morelos como hablantes del náhuatl y por el potencial de intercambio comercial que venía de todo el sur del país, lo que obliga al gobierno central a instituir tres días de tianguis en el viejo mercado Miguel Ángel Zimbrón que fue rebasado por la afluencia de mercaderes que invadieron las calles aledañas. Por esta razón fue necesario establecer pensiones y mesones en lugares estratégicos, de entre los cuales son muy renombrados los de La Mora, de doña Sotera Sevilla y don Emilio Padilla, cercanos a las oficinas de impartición de justicia en el paraje céntrico de Tecpampa. La presidencia municipal estaba en Tepeticpac, bello edificio de la época, con patio amplísimo, fuente central surtida por un ducto del manantial Tulmiac y cobertizo para la caballada del 22 regimiento de rurales, guardianes del orden y de la seguridad de los funcionarios municipales. En la agresiva topografía de la región milpaltense se dan los prime­ros movimientos guerrilleros de los simpatizantes de Emiliano Zapata, muy a pesar de la severa vigilancia de las fuerzas rurales acuarteladas en el edificio de Chapultepec (barrio nuevo de La Luz) y en Ahuehueti­tla, en San Pablo Oztotepec. Curiosamente, los primeros dirigentes de estos guerrilleros eran personas de clase media-alta, instruidas, motivadas por el partido antirreeleccionista de Francisco I. Madero y seguidoras convencidas de los ideales de Emiliano Zapata, de tal manera que toda la región fue etiquetada como zona eminentemente zapatista. Los pueblos milpaltenses vivieron con relativa calma por algún tiempo, mientras en la ciudad de México sucedían hechos dramáticos, como los asesinatos de Madero y el licenciado José María Pino Suárez,

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el 22 de febrero de 1913, y la usurpación del poder presidencial por el general Victoriano Huerta, de acérrima inclinación antizapatista, y contemporánea de la intervención de los Estados Unidos de América. Don Venustiano Carranza, ya como presidente de la república, pide al gobierno de EUA su intervención, dado que violaba los derechos de un país libre y soberano. Ante esto Huerta no puede contener el movimiento constitucionalista y por ello renuncia y se exi­lia en el extranjero. De acuerdo con el Plan de Guadalupe, don Venustiano Carranza pretende dar cumplimiento a los puntos acordados, soslayando los pos­ tulados del Plan de Ayala, ideal del zapatismo y motor de su lucha. El Plan de Ayala es ratificado en San Pablo Oztotepec en julio de 1914, creando una gran confrontación entre ambos bandos y recrudeciendo las acciones de las tropas del gobierno en contra de los bastiones zapatistas del Ajusco Chichinautzin, precisamente cuan­do en sus filas había rencillas, entre los mandos y entre la tropa afloraba la desespe­ ranza, al mirar que su lucha y sus sacrificios no fructificaban. Lo que causaba angustia en todos los habitantes era la gran cantidad de muertos, desaparecidos y desplazados, y ya ni las levas cubrían la demanda de combatientes en ambos mandos. Había llegado la hora de echar mano de las reservas indígenas, olvidadas y combatidas hasta el exterminio para apro­piarse de sus tierras. El general Abelardo Rodríguez incorporó batallones completos de indígenas yaquis a las fuerzas del gobierno para desplazarlos rumbo al sur y después de un largo viaje por ferrocarril los vemos combatir muy lejos de su tierra natal. Intrépidos e impávidos hasta la muerte, luchan bajo el mando de Joaquín Amaro, en las goteras de Xochimilco y en las agrestes regiones de Milpa Alta. Tan solo su presencia en estos lugares causa admiración por su sencillez y estoicismo. Los candorosos guerreros son en cierta forma felices en paisajes simila­res a los suyos y alimentos sencillos compartidos en los mercados, e incluso en casas donde conviven con vecinos indígenas, como ellos. En nuestros pueblos nada trascendente sucedía: rondines nocturnos, visitas furtivas de los zapatistas a sus familiares, el latro­ cinio de las mujeres que acompañan a los federales. En fin, se ignoraban todos los aconteceres que en las cúpulas del poder carrancista se acordaron. Una solución definitiva al problema za-


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patista en Milpa Alta donde hasta el más mísero perro simpatizaba con Zapata, e ines­peradamente sucedió lo que nunca se hubiera imaginado. IV La mañana del 15 de octubre de 1916, por todos los accesos a la población de Milpa Alta las fuerzas federales iniciaron una reda­ da general, casa por casa, familia por familia, para concentrarlos en el centro de la población. Las mujeres y los niños fueron confinados en el atrio parroquial de la iglesia de La Asunción de María. Los hombres fueron expuestos en una larga fila que abarcaba toda la explanada del norte del jardín municipal, área dedicada al mercado de animales durante los días de tianguis en tiempos de paz, con el pretexto de una asamblea informativa obligatoria. Estaban allí los jefes de las familias más representativas de la población: artesanos, músicos de abolengo que amenizaban los saraos, muy a la porfiriana, de la gente rica del pueblo; caballerangos, comerciantes y sobre to­do gente trabajadora y pensante.

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Muy cerca de allí los guerreros yaquis disfrutaban del calor suave del sol mañanero bajo un viejo y frondoso árbol de fresno, al oriente del jardín municipal, degustando los alimentos que se expendían en el mercado, mientras todo el centro poblacional hervía de gente inquie­ta. Los últimos hombres capturados eran conducidos con violen­cia inusitada, a culatazo limpio y a filo de bayoneta calada, segui­dos por estridentes gritos de mujeres desgreñadas y sin rebozo, arras­trando uno o dos niños aferrados a sus faldas. La calle que da acceso al jar­dín y a la entrada sur del claustro de la iglesia, hasta el límite conventual de antaño estaba fuertemente resguardada por soldados en posición de tirador. Simultáneamente el grupo yaqui se aglutinó y dialogó con un tono fuera de lo común, motivando que un oficial les llamara la atención, pero salió expulsado violentamente ante el manoteo y las feroces miradas de los indígenas. La versión transmitida por un intérprete sobre este pequeño mo­ tín, fue el temor de la orden siguiente: «Soldados yaquis, por orden del supremo gobierno y como ejercicio de mejora en el manejo de

LA ACERA DE ENFRENTE Delante de Milpa Alta Juan José Reyes Hará mal el viajero que al llegar a Milpa Alta quiera empezar a pensar, a poner en relación, a hacer comparaciones, inclusive a lanzarse a preguntar por los orígenes de esta otra realidad distinta, novísima y que se sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Porque precisamente en eso está el primer descubrimiento: Milpa Alta no comienza cuando es mirado por primera vez por nuestros muy urbanos ojos sino que yace en uno de los márgenes para darle vida a la totalidad, darle ser y sentido. Y cuando despertamos, Milpa Alta seguía ahí, donde ha estado desde el principio de los tiempos, antes, muy antes de que a su suelo llegaran las pisadas graves de los peninsulares, antes de que los políticos la fueran viendo con desconcierto, con duda sostenida, con un titipuchal de preguntas y cero respuestas y antes de que estos políticos comenzaran a aliarse con los otros poderosos, los señores de la industria y el dinero, para tratar de despojar a los pueblos de esa piel que son sus bosques. Milpa Alta ya estaba ahí, mucho antes que nosotros todos desatáramos nuestros asombros ante aquella unidad poliédrica y colorida, húmeda y olorosa a hierba, calma, silenciosa, dulce como el náhuatl que la traza tercamente sin cesar. Del libro Instantes citadinos

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sus armas serán ustedes los encargados de hacer el fusilamiento de estos hombres». Los yaquis se resisten a dar credibilidad a esa absurda orden, ya que esos hombres que se arremolinan y se angustian frente al paredón son muy semejantes a ellos, sencillos, pacifistas y bondadosos padres y esposos, no merecen la muerte. «¡No, no cumpliremos la orden, es un crimen contra nuestros hermanos indios!». Mientras, las mujeres, intuyendo el destino final de sus hombres, se desgarran en llanto y aullidos de impotencia gritando frente a la tropa: —Nen tlacame —hombres basura— ma diablo mitzina —paridos por el diablo— nos engañaron, malditos carranclanes. Minutos después llegó un contingente de soldados federales y dio la orden de reunión de todos los yaquis y de conducirlos bajo estricta vigilancia al claustro de la iglesia de La Asunción. Los rostros risueños, casi infantiles se fueron transformando en gélidos, fieros, in­tercambiando miradas, con los hombros levantados y tomando con mucha fuerza los máuseres de su custodia. Los yaquis pasaron a ser hombres suble­ vados maldiciendo al oficialillo que había traído y llevado las órdenes abyectas. Los planes se cambiaron totalmente, dos oficiales colocaron sendas ametralladoras frente a los hombres pacíficos, que se arremolinaban incrédulos ante tan terrible final. Algunas personas que tenían vínculos con el gobierno, a través de familiares que daban servicio a la nación, por ejemplo maes­tros normalistas y burócratas en activo, guardaban celosamente al­ gún salvoconducto y corrieron desesperados a sus domicilios en busca del papel salvador pero, oh, sorpresa, las casas habían sido saqueadas con avidez inesperada, tal es el caso de don Francisco Olivos Vilchis. El estruendo de las ráfagas de las ametralladoras dejó paralizadas a las mujeres, con las manos crispadas, implorando al cielo que se hiciera un milagro en ese crítico momento. Después de un largo silencio se escuchó uno que otro disparo, probablemente el tiro de gracia a los sobrevivientes o moribundos. Casi todos los masacrados tenían entrada de proyectil en la cabeza, cuello y parte alta del tórax, motivo por el cual la cantidad de sangre alcanzó tal volumen que como un riachuelo corrió por la calle empinada frente al atrio-entrada, con diminutas olas que marcaban el tiempo de su coagulación.

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Frente a la monumental iglesia-convento de La Asunción de María quedaron tendidos los 160 hombres o más, como hilachos desmadejados, en un mar de sangre, ante los asesinos que habían cortado el hilo preciado de sus vidas. Ellas, las madres, las esposas, las hermanas, en fin, las estoicas mujeres de Milpa Alta, tenían la terrible misión de identificar, entre ese montón de cadáveres, a sus deudos y darles cristiana sepultura. Una vez localizados, cubren sus rostros con su rebozo, su babero o su falda y los llevan a cuestas hasta encontrar un pequeño hueco entre los túmulos funerarios del panteón, y con sus manos y azadas cavan sus tumbas y permanecen allí, dobladas, enajenadas ante semejante tragedia. Lejos de ahí, un gran jefe llora bajo un árbol de pirul lo que una orden absurda o equivocada ha causado, ese macabro escenario que constata con sus ojos: él dio la orden y no midió la magnitud del espectáculo. ¿Se tergiversó el sentido de una orden transmitida? Eso queda como leyenda tejida por los sobrevivientes, o como escenario para el grupo carrancista. Los mirones no podían sobreponerse al terrible espectáculo y permanecían inmóviles, atrapados por el horror, hasta que en un moment­o, lejos, casi inaudible ante tanto alarido, y como un canto de esperanza, se escuchó el cuerno zapatista y los gritos de las fuerzas del caudillo del sur en la goteras de la población, logrando que en estampida huye­ ran los asesinos y en honestidad indolente quedaran a la espera las desconcertadas huestes yaquis. Las manos piadosas que lograron enterrar a sus muertos evitaron que los cerdos y perros mutilaran sus cadáveres. El día siguiente, muy temprano, el sol mortecino de octubre fue cubierto de sombras formadas por la gran cantidad de zopilotes que rondaban el área de la matanza. Algunas de las familias huyeron de los pueblos, huérfanas, famélicas, con sus afanes rotos, buscando un rincón seguro en pueblos cercanos a la capital o en la misma ciudad. La mayoría, arrastrando los pies desnudos y ateridos por el frío, llevando en sus espaldas el bulto de lo indispensable o al más pequeño de los hijos, mientras otro racimo de infantes se arrastra pegado a sus faldas. Los hombres que por suerte han escapado de la cruel matanza llegan a la capital y deambulan como fantasmas en busca de su familia, pre-


Un episodio de la revolución armada en Milpa Alta

guntando en su escaso castellano, en los mercados del sur de la ciudad capital. En tanto, las grandes matronas milpaltenses desempeñan los trabajos más miserables, y aún así son vilipendiadas, des­ preciadas y humilladas, por sus defectos en el lenguaje castellano y su aspecto indígena. Crueldad a sus esperanzas de redención, final infeliz de sus sueños… La migración masiva de todos los pueblos de Milpa Alta escogió como zona de asentamiento la parte sur de la capital, todavía tierra de llanos y algunos maiceros, aledaños al mercado de Jamaica, de La Merced, La Alhóndiga (llanos de Cuauhtemotzin), y fundaron una colonia junto con los exiliados del estado de Morelos, conocida como la Paulino Navarro, nombre de un guerrillero zapatista.

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Durante cuatro o cinco años de veto para ser habitados nuestros pueblos, las familias expulsadas realizaron actividades similares a las que hacían en su tierra: vendedores de leña, de limones, expendedores de pan, mozos de abarrotes y servidumbre doméstica. Los hijos de estas familias dieron a la tierra recuperada, por su nivel de preparación intelectual y su visión política, hombres que gobernaron como presidentes municipales durante 10 años, hasta 1932, en que se designó como primer delegado político a don Francisco del Olmo. Hoy se vislumbra un mejor horizonte para los habitantes de la región milpaltense, con la introducción de la luz eléctrica, del agua potable y con la apertura de escuelas de educación primaria y secundaria en Tecómitl, del Colegio de Bachilleres, del Conalep, el Cetys y la Escuela Preparatoria en Santa Ana Tlacotenco.

Sin título Milton Martínez Meza

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Cruda FantasĂ­a Gabriela Tolentino

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La lectura como placer José Emilio Pacheco (1939-2014)

Si el sufrimiento lleva a la violencia que se autorreproduce en una espiral sin fin, esperemos que con la generalización del placer de la lectura, a la cual tanto pueden contribuir los nuevos medios, este mundo atroz también se convierta para todos en un lugar tan habitable y hospitalario como ahora son, para unos cuantos, los libros

I

II

«La literatura», escribió Katherine Anne Porter, «es una de las po­ cas felicidades del mundo». Reivindicaba así el derecho a leer como un espacio de goce que debe de estar al alcance de todo ser humano por voluntad propia, en modo alguno como algo impuesto u obligatorio. Leer con la naturalidad que repitamos y hablemos. Leer como una parte indispensable de la vida, como un medio para vivirla de la mejor manera posible. Apenas cinco años han transcurrido entre el derrumbe del muro de Berlín y las inexpresables tragedias de Bosnia y Ruanda. Ya este breve periodo también puede caber entre un título de Dickens y otro de Balzac: Grandes esperanzas y Las ilusiones perdidas. Por vez primera, desde que se inventó la idea del progreso y la edad de oro se situó ya no en un pasado inmemorable sino en un porvenir al alcance de la razón y al esfuerzo humano, sentimos que nos estamos quedando sin futuro: el mañana, tememos, será necesariamente peor que este presente asediado por nuestras lamentaciones. Abrir el periódico, encender el televisor, escuchar la radio pro­ducen

Un mundo sin lectura es un orbe en el que el otro sólo puede aparecer como enemigo. No sé quién es, qué piensa, cuáles son sus razones. Sobre todo, no tengo palabras para dialogar con él. Por tanto sólo puedo percibirlo como una amenaza. El futuro dejaría de serlo si pudiéramos predecirlo. La historia re­ ciente ha desmentido a todos los profetas, lo mismo a los que au­guraron el apocalipsis que a los que vaticinaron un porvenir de fra­ternidad, li­ bertad y prosperidad para el planeta entero. Aprendamos la lección de la arrogancia vencida y seamos humildes. No puedo hablar de lo que vendrá y lo ignoro, sólo me es posible referirme a este presente que se me escapa y mientras me ocupo de él se vuelve parte del insaciable pasado.

cada día la sensación de que en todas partes se ha roto el pacto so­cial, volvemos al estado de naturaleza, recaemos en la barbarie. Algunos, como Leonardo Sciascia, atribuyen todo esto a la erosión de la palabra escrita.

III Al tratar el tema es imposible rehuir el verse en el papel de alguien que hace un siglo, en noviembre de 1894, se presentara en público a intentar la defensa de la diligencia y el barco de vela frente a sus aniquiladores el ferrocarril y el trasatlántico. Y sin embargo está en la naturaleza del progreso el devorar a sus propios hijos. Hoy nadie que pueda pagarse el avión se sube a un tren, los trasatlánticos fueron

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La lectura como placer

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desplazados por el jet y sólo se emplean para cruceros. De cualquier modo nada se pierde y todo se transforma. Lo que desaparece de la vida cotidiana —tranvías, fuentes de sodas con mostradores de mármol, la mainstreet tradicional, la granja no tecnologizada— reaparece como Disneylandia, como la nostalgia de lo que no vivimos y nunca fue nuestro. La idealización del pasado ocupa el lugar de la memoria. Esperemos que dentro de veinte años no haya un parque temático dedicado a los libros. IV No correspondería a la generosidad de ustedes al venir a es­cu­ charme si no me planteara la siniestra duda: defender hoy el libro y la lectura, ¿no equivale a negar la realidad abrumadora y hacer el elogio de la diligencia y el barco de vela? ¿No significa ponerse con los brazos abiertos en medio de las vías sólo para ser arrasado por la locomotora del progreso? La mínima honradez exige poner las cartas sobre la mesa y pre­ sentar mis credenciales. Soy un producto de la imprenta y un adicto a la letra. No pretendo hablar a nombre de nadie sino de mí mismo. Cuando empecé a escribir me enseñaron que el yo era odioso; lo elegante y lo educado era emplear siempre el nosotros. En el fondo de esta regla de buena conducta literaria estaba la ilusión de que existía una comunidad de personas ilustradas o que esperaban serlo. Compartirían un vocabulario y un código y unas cuantas ideas generales en torno a lo que en este terreno era el bien común. Ahora lo arrogante y muchas veces intolerable es hablar en primera persona del plural. Antes de que termine de decir nosotros me objetarán con qué derecho me concedo la pretensión de opinar a nombre de quienes no son yo. Es decir, el resto de la humanidad, que incluye entre muchos otros millones a los angloamericanos, las mujeres, los jóvenes, las multitudes de todas partes que no han tenido acceso a los libros. V Así pues, no miento cuando digo que deseo para todos los ha­ bitantes de este siglo y el próximo los beneficios y los placeres que yo mismo he obtenido de los libros y la lectura. Tampoco falto a la verdad si

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afirmo que desde la perspectiva más estrecha y egoísta, no me pasaría nada en caso de que a partir de hoy no volviera a publicarse jamás una página impresa. De lo ya acumulado es tan abundante lo que me falta por leer que, aun en el caso más optimista, cuanto me queda de vida no me alcanzará para hacerlo. Como todo escritor, quisiera pensar que mis mejores libros aún están por delante. De todos modos ya he hecho lo que he podido y aun si no hubiera nadie para imprimir mis textos los seguiría escribiendo para mí solo. Siempre he estado de acuerdo con quienes suponen que la actividad literaria lleva su recompensa en su ejercicio. Al decir lo anterior me siento en ilustre compañía. Hace noventa años Henry Adams también pensó que ante el desarrollo tecnológico, tan adelantado a nuestro desenvolvimiento espiritual e intelectual, no que­ daban en el mundo entero más de cien personas capaces de apreciar el arte y el pensamiento, y estos pocos bastaban para constituir un público que justificara sus esfuerzos. Racionalmente sabemos que los temores del año 2000 y el peso del nuevo milenio son convenciones que no comparten otras culturas y otros calendarios como el hebreo, el chino y el musulmán. Sus días y sus años tienen otras fechas más antiguas o más nuevas, pero siempre menos aterradoras. De nuestros sentimientos nada puede apartar los colores del sol poniente. El sistema de sonido anuncia que es hora de irse. Van a cerrar el edificio que fue nuestro. Al salir a la intemperie seremos extranjeros en el mundo nuevo, sobrevivientes de otro siglo al que se culpará de todo. Con el mismo desdén con que nos referíamos a los decimonónicos, la gente nueva que poblará el siglo XXI nos llamará vigesémicos. VI Debo equilibrar el tono sombrío de mis palabras anteriores con otra comprobación. Si cuando empecé a escribir, hace más de treinta y cinco años, hubiera tenido el honor de hablar ante ustedes, mis dudas y temores hubiesen resultado muy semejantes o quizás más pesimistas. Parecía un suicidio embarcarse en una labor condenada a la extinción bajo lo que Walter Benjamin llamó «tempestad del progreso». Para 1970, me decían, ya no habrá libros, los diarios y re­vistas se habrán extinguido, no quedará un solo lector. Un mínimo repaso de lo escrito


La lectura como placer

y publicado en las décadas que nos separan de aquellas profecías muestra cómo se equivocaron quienes auguraban la muerte de la lectura y el fin de la letra impresa. Esta aclaración intenta poner las cosas en perspectiva, en modo alguno negar lo que sucede y apartar la vista de los problemas. Nunca, en ninguna época de la historia, se ha escrito y publicado tanto como ahora. Tampoco nunca hemos sido tantos seres humanos ni se ha abusado a tal extremo de los recursos tan limitados del planeta. Una consecuencia inevitable de la explosión demográfica es la explosión bibliográfica que paradójicamente se diría la mayor amenaza contra el porvenir de la lectura. Sucede algo parecido a lo que ocurre con la televisión: disponer de quinientos canales significa condenarse a no ver realmente ninguno. Entre tantas otras cosas, nuestra era es el tiempo de la desatención.

José Emilio Pacheco (1939-2014)

Pasamos por todo sin detenernos en nada. El exceso de información sustituye al saber y lo deteriora. Me alarma y me duele lo que sucede en Sarajevo. Si me piden que explique por qué ocurre encontraría gra­ves dificultades para explicarlo. No tengo antecedentes, carezco de pers­ pectiva. Soy como los relojes digitales en que sólo aparece el instante como si no fuera parte de un proceso que viene del pasado y avanza hacia el futuro. VII Para la mayor parte de los que estamos aquí los libros son la literatura. Basta visitar la librería de un centro comercial o pasearse por una feria del libro para darnos cuenta de que la narrativa, la poesía, el ensayo y el drama son apenas un sector muy reducido

Colibrí de agua Gabriela Tolentino

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La lectura como placer

José Emilio Pacheco (1939-2014)

del universo bibliográfico, casi una isla en el océano de manuales de autosuperación o de computación, dietas, horóscopos, guías para la sexualidad o para invertir en la bolsa de valores. Sin embargo todos —libros, nolibros o ilegibros— tienen algo en co­mún: están escritos, bien o mal, pero están escritos. Mi hi­ pótesis de trabajo sería que, contra lo que escuchamos a toda hora, el texto en sí mismo no está amenazado. Al contrario, jamás ha tenido la difusión y la omnipresencia de que goza ahora. Esos 500 canales de televisión difunden textos. También los propagan las estaciones de radio y los billones de discos compactos que se están escuchando en este momento. Quizá la historia de la literatura en todas las lenguas contenga menos palabras que las aparecidas sólo el día de hoy en las pantallas de quienes se hallan suscritos a Internet. Nos envuelve la telaraña de los textos que ya han perdido el sustento tradicional del papel. El papel como lo conocemos tiene menos de siglo y medio. Hacia 1860 empezó a elaborarse a partir de la pulpa de madera.

Pese a todos los esfuerzos de reciclaje, estremece pensar en las hectáreas de bosque consumidas por las ediciones dominicales de los periódicos —que son en cerca de un 80 por ciento anuncios— y lo que es más horrible, aterra recordar que nuestras tentativas literarias también han exigido la desaparición de muchos árboles indispensables para nuestra supervivencia como especie. Para mitigar cualquier sentimiento de culpa, recordemos que el papel de imprimir es nada si se compara con las cantidades de celulosa invertidas en servilletas, clínex, rollos higiénicos, envolturas. VIII En el curso de los ochenta, el mundo orgánico se pobló con una nueva flora y fauna inorgánica que hoy es parte de nuestro entorno. Computa­doras, impresoras y fotocopiadoras personales, faxes, módems, antenas parabólicas, videocaseteras y videocámaras, discos compactos, aparatos de sonido, audiolibros, teléfonos celulares. Todo

La polla Gabriela Tolentino

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La lectura como placer

tan nuevo e inesperado como debe haber sido para la generación de Henry Adams el cable submarino, la luz eléctrica, el teléfono, el fonógrafo, el cinematógrafo, el ferrocarril subterráneo o los rayos X. Contra las profecías lanzadas veinte años atrás por Marshall Mc­ Luhan, que después de todo no era un enemigo de los libros sino un profesor de literatura, se creyó que procesadoras e impresoras re­con­ciliaban la galaxia de Gutemberg con los medios electrónicos. Por vez primera en la historia, sin mayor entrenamiento técnico y sin movernos del escritorio, ustedes y yo podemos producir en po­ cas horas un libro, digamos de haikús, desde la redacción hasta la impresión y enviarlo gratuitamente a los cien últimos lectores de los que hablaba Henry Adams. IX Así pues, no hay nada que temer: la literatura y la poesía pueden sobrevivir a despecho de todas las exigencias comerciales, los tabloides televisivos e impresos, las películas sangrientas sobre asesinos en serie. Como en las artes marciales, las artes de la palabra han tomado su fuerza precisamente del impulso enemigo. Para el ámbito de los negocios y la política jamás ha sido tan importante escribir bien. La claridad, la economía y la precisión de un párrafo enviado en un fax pueden y deben equivaler a media hora de conversación telefónica. Si las palabras tienen ahora una difusión nunca soñada y la im­ portancia de saber escribir la reivindican aún y sobre todo las grandes corporaciones que manejan el mundo, ¿de qué nos lamentamos? Al quejarnos, ¿no defendemos un privilegio inalcanzable para la inmensa mayoría que habita este planeta? Después de todo, la poesía, la narrativa y el drama son an­teriores en muchos siglos a la invención de la imprenta. El libro, que durante un breve tiempo fue un vehículo, puede desaparecer y la literatura seguirá prosperando porque es parte de la humanidad y la acompañará hasta el final. X La gente no lee, decimos una y otra vez. No lee pero emplea muchas horas de su vida envuelta en un mar de historias que salen de una máquina electrónica de narrar. Contempla imágenes pero al ha-

José Emilio Pacheco (1939-2014)

cerlo también escucha textos sin los cuales el relato en imágenes se vuelve incomprensible. No un sabio chino de la dinastía Tang sino un publicista neoyorquino de los veinte dijo, para aplicarlo a su oficio: Una imagen vale más que mil palabras. Si alguien lo cree al pie de la letra vamos a rogarle que nos cuente una película vista en un avión sin ponerse los audífonos o hablada en una lengua extranjera y exhibida sin subtítulos. Por supuesto, no tengo nada contra las imágenes: soy un ávido consumidor de ellas. Pero creo que sólo dicen más cuando las mil pa­ labras nos han dado un contexto. Una de las fotografías realmente dramáticas de la revolución mexicana es aquella de la soldadera aso­ mada al estribo de un vagón que mira con ojos desesperados un horizonte para nosotros fuera de cuadro. Si las palabras no nos han proporcionado al menos una vaga idea de lo que fue esa revolución y el papel que las mujeres desempeñaron en ella, si no sabemos lo que significa el término soldadera, la imagen puede resultar tan muda como una página en el alfabeto cirílico o en un ideograma orien­tal para quienes desconocemos el código. La gente, insistimos, se ha olvidado de la poesía; la poesía en que encarna el idioma y lo mantiene en circulación para que no se es­tanque y se pudra. Sin embargo, esa misma gente vive e incluso camin­a escuchando canciones. Sus letras construyen poemas buenos o malos; están escritos en versos rimados o ritmados, los primeros recursos nemotécnicos de cada idioma son sus armas iniciales para volverse memorable. Nunca antes de la electrónica las manifestaciones rítmicas del lenguaje tuvieron una ubicuidad comparable. En este que es el país más desarrollado del mundo o en el mío donde la mayor parte de la población vive bajo el umbral de la miseria, se considera un gran éxito que un libro de sus mayores poetas, los más estudiados, celebrados y difundidos venda más de mil ejemplares. No obstante, una lectura pública de poemas suele congregar a miles de espectadores. Diez mil personas, casi todas jóvenes, asisten a un teatro para escuchar y aplaudir a los poetas y muchas veces pedirles que repitan un número como si fueran cantantes de ópera y de rock. En el vestíbulo, casas editoriales grandes y pequeñas ofrecen en venta los libros y folletos en donde están impresos los mismos poemas que leídos —muchas veces sin arte ni gracia— por sus autores causan tanto entusiasmo. Se creería, en un cálculo muy pesimista, que al

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menos el uno por ciento de los asistentes se llevará a casa un libro. Es decir, al terminar la ceremonia se venderán los consabidos mil ejemplares. No es así: se compran quince o veinte a lo sumo.

que quien ha adquirido desde muy temprano la alegría de leer puede tener la certeza de que nunca será completamente desdichado. No es lo mismo aprender naturalmente nuestra lengua materna que asistir a horas fijas a un laboratorio de lenguas y presentar exámenes.

XI XII Vuelvo a mi principio y al comienzo del siglo. ¿No tendré que aceptar ante ustedes que soy el sobreviviente de un pasado abolido, el ves­tigio de otra época, incapaz de admitir, porque no conviene a sus intereses, que la literatura ha vuelto a sus orígenes orales, a la oralidad en que vivió por muchos más siglos de los que dependió de la imprenta? ¿No sonaré como el barbero de 1910, que ante la aparición de la hoja de afeitar y la rasuradora eléctrica insistía en que nada nunca cumpliría sus funciones con la eficacia de la navaja libre? ¿Como el periodista del otro fin de siglo, habituado a mojar la pluma en el tintero y a ver que sus artículos se compusieran letra por letra, que frente al linotipo capaz de producir palabras en lingotes de plomo creyó muerto el arte tipográfico y al ver la máquina Remington la juzgó una mecanización enemiga del pensamiento claro y la buena prosa? Sin miedo al anacronismo ni a la defensa de las causas perdidas, quiero proponerles no tanto una defensa sino un elogio del libro y la lectura. Si toda la ética se resume en la frase: No hagas a los demás lo que no quieres para ti mismo, a nadie le hace daño mi propuesta: haz cuanto esté a tu alcance para que los demás obtengan el placer que los libros te han dado día tras día durante más de medio siglo. Ezra Pound habló en un poema de lo que sería de Estados Unidos si los clásicos tuvieran más circulación. Pienso por mi parte en lo que México sería si los mexicanos tuvieran en el campo literario el cinco por ciento de la sabiduría técnica y la información histórica que poseen acerca del futbol. Sin duda el desnivel se debe a que el futbol es un espectáculo de masas y un gran negocio y la literatura no, excepto para uno entre cada mil escritores. Ni siquiera vale la pena comparar el dinero invertido en una y otra actividad o los espacios que los periódicos, la radio y la televisión dedican a las artes y a los deportes que han dejado de serlo para transformarse en variantes de la guerra. Aprovechemos otra vez la fuerza del contrario. Pensemos en la estrategia futbolística aplicada a la lectura. Nunca es tarde para empezar, pero todo se facilita si el hábito comienza en los primeros años. Se dice

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Recurro de nuevo al yo antes odioso y ahora indispensable. Leo y escribo porque tuve la fortuna, en un lugar tan dolorosamente injusto como es México, de nacer en una familia que tenía si no grandes recursos, al menos los suficientes para comprar libros. Como es natural, no empecé leyéndolos. Primero desarrollé el gusto innato en todos nosotros por escuchar historias y luego quise imaginármelas a partir de la letra impresa. Por obra de ese azar que hace de cada persona un ser único que no existió antes ni se repetirá, me tocó pertenecer a la última generación de la radio y a la primera de la televisión. La radio de entonces era lo que es hoy el televisor: un manantial de relatos. Ni la oralidad, ni las imágenes me apartaron de la lectura. He visto miles de películas, escuchado discos también por millares. Son incontables los cómics, las revistas y los periódicos que he tenido bajo mis ojos. A pesar de ello, no he pasado un solo día sin un libro en mis manos. XIII No creo, pues, que los medios sean necesariamente enemigos. La televisión ha estimulado a algunos a cometer crímenes y a otros a ir a la biblioteca o a la librería para leer acerca de lo que han visto. Mi buena suerte, la misma que deseo para todos, fue tener abuelos, padres y profesores que nunca me impusieron la lectura como una obligación o una carga sino justamente como un placer. La palabra pla­cer se ha vuelto sospechosa y en este caso tendería a despertar resonancias de consentimiento e indisciplina. Se trató en realidad de todo lo contrario. Desde que a los cinco años aprendí a leer de corrido, me compraban un libro, un solo libro cada semana. No podía obtener otro hasta que no demostraba haberlo leído y entendido. Por fortuna no hubo nada en mí de niño prodigio. El aprendizaje de la lectura fue lento y gradual. Comencé por lo más


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sencillo y tardé mucho en llegar a los libros serios, como si otros no lo fueran también. XIV Quizá la prudente ración del libro por semana contribuyó a que no me canse de admirar la obra maestra de tecnología que es en sí mismo el libro como objeto: una cajita en que se guardan palabras luminosas e inertes. Puedo llevarlo a todas partes, no necesi­ta baterías. Es frágil y resistente. El fuego, el agua y los insectos pueden destruirlo, pero está a prueba de averías y descomposturas modernas. Si en vez de emplear la electricidad, la activo con la imaginación, las hojas que llamé inertes, y en donde líneas negras se acumulan sobre el blanco, se transforman también en escenario de colores, un gran teatro del mundo, una máquina de contar historias, una nave que me permite salir del acuario donde me confinan todas mis limitaciones personales, sociales y temporales; me lleva a todos los sitios y todas las épocas; toca como en un walkman interior la música encerrada; me permite, como en el soneto de Quevedo, entrar en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos. La imagen del acuario no me parece inválida. Nací en una fecha y un lugar determinados. Moriré no sé cuando pero también en un día y en un sitio precisos. No me pertenece lo que hubo antes, ni lo que habrá después, ni lo que sucede en los infinitos ámbitos en que no estoy, no he estad­o, ni estaré nunca. No soy sino un grano de arena infinitesimal dentro de otro grano de arena al que llamamos el planeta Tierra. Sin embargo, gracias a la lectura, el universo entero está potencialmente a mi alcance. Ustedes objetarán con razón que lo mismo sucede si enciendo la pantalla de mi computadora o de mi televisor. En la primera el disco ó­ptico y el hipertexto me conceden la maravilla, hasta hace poco inaccesible, de tener al mismo tiempo a Mozart, la información sobre su vida y su música y las imágenes en color de la Viena del siglo XVIII. A la segunda pantall­a el satélite me lleva desde el escenario de los hechos el genocidio de hoy, el asesinato político o el accidente con cien muertos. Mientras voy de mi casa a mi trabajo puedo escuchar poemas de Borges o de Octavio Paz incomparablemente bien leídos por grandes actrices y actores.

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Todo esto es prodigioso y cuando nos quejamos de los tiempos que nos tocaron, olvidamos injustamente estos beneficios desconocidos y aun impensables para quienes nos antecedieron en la Tierra. Nuestra justificada crítica del progreso tiene un límite muy sencillo: pensar en lo que era nuestro mundo cuando no existía la anestesia. XV Lo que me extraña es que en la era de la privatización hemos expropiado la intimidad. No hay relación tan íntima como la que dos personas, dos desconocidos casi siempre, pueden establecer por medio de la palabra escrita. Sólo así decimos lo que nunca diríamos cara a cara y en voz alta y mucho menos ante cámaras y micrófonos. Esta inconcebible cercanía se pierde en cualquier otro medio que no sea la página. Lo prodigios del cine, la televisión y el video me presentan un espec­táculo. Ocurren por definición fuera de mí. Parte del inconsciente encanto es la impunidad que me garantizan: Esto, supongo, nunca me pasará. Los otros funcionan como pararrayos en que se descar­gan los males de la vida. Por tanto me encuentro a salvo de la tempestad. Si algo me desagrada cambio de canal. Me quedan otros 499 para escoger. En cambio la lectura hace que las cosas sucedan dentro de mí. Por un instante soy el otro. La distancia queda abolida. Puedo entender la experiencia ajena porque momentáneamente la he vuelto propia. Si esto ocurre con la narrativa, el proceso de la lectura poética es más complejo y por tanto exige más atención y concentración. Hago mías las palabras de otra persona, me las digo con esa voz interior que nadie conoce, pues no se parece a la que escuchan mis semejantes, ni a la que recogen las grabaciones. Si no leo me faltan las palabras, mi propia lengua se vuelve un idioma extranjero y hallo enormes dificultades para pensar. Nada sabemos del siglo que ya está aquí. Sólo podemos intuir que, si desa­parecen los libros y la lectura como hasta hoy los conocimos, o si, como podría ser más probable, quedan en manos de una minoría que a partir de ellos ejercerá sin límites su poder, el mundo se volverá un lugar mucho más siniestro de lo que es ahora.

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La única predicción segura es la más obvia: el porvenir no será como lo imaginamos. Ni la violencia ni la devastación de los recursos naturales pueden continuar. Para eliminarlas es indispensable reducir la distancia entre quienes disponemos tanto de libros como de procesadoras e hipertextos y quienes no tienen ni siquiera un mendrugo que llevarse a la boca. Ellos poseen tanto derecho como nosotros a

alimentar sus cuerpos y sus mentes. Si el sufrimiento lleva a la violencia que se autorreproduce en una espiral sin fin, esperemos en este crepúsculo de siglo que con la generalización del placer de la lectura, a la cual tanto pueden contribuir los nuevos medios, este mundo atroz también se convierta para todos en un lugar tan habitable y hospitalario como ahora son, para unos cuantos, los libros. 1994.

LA ACERA DE ENFRENTE De Milpa Alta: aproximación bibliográfica Miguel Ángel Farfán Caudillo Una constante de la expresión escrita propia de los autores milpaltenses citados es que han llegado a des­ tacar como forjadores de cantos, cuicapique, pues en el transcurso de años de labor literaria han creado la nueva palabra, yancuic tlahtolli, y puesto todo su empeño en el uso, enseñanza, promoción y aun defensa de la lengua náhuatl, propósito común que los lleva a convertirse en tlahtolmatinimeh (maestros de la palabra). En su conjunto han contribuido a la creación de textos clásicos de la literatura nahua del siglo XX, y representan uno de los núcleos de la intelectualidad indígena mexicana. Todos ellos «indios vivos», expresión utilizada por Miguel León-Portilla ante la recomendación de Manuel Gamio de fijarse en ellos, dada la necesidad de «que se oiga su voz, participen… y nos enriquezcan» en la pluralidad lingüística, cultural y democrática de México… En la actualidad empiezan a descollar otros milpaltenses que no necesariamente tienen un dominio natural del náhuatl, pero sí ponen en el centro de sus preocupaciones la preservación y promoción de las tradiciones, la lengua, cultura, el territorio o, más específicamente, el asunto de la defensa de la tierra que los ha visto nacer y sentirse orgullosos de su identidad. Entre ellos mencionaremos a Ray­ mundo Flores Melo, Manuel Garcés Jiménez, René Vásquez Reyes, Miguel Agustín Fuentes, Adán Caldiño Paz (cronista de San Salvador Cuauhtenco), Francisco Chavira Olivos, médico y cronista que ha escrito sobre la historia de su pueblo, además de narraciones, poemas (en náhuatl y español) y piezas dramáticas, Juan Crisóstomo Medina Villanueva, narrador oral, entre muchos otros…

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PequeĂąos preludios Gabriela Tolentino

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GALERÍA DE AUTOR

Arturo Rivera

El espíritu de la materia cromática de Arturo Rivera Ernesto Lumbreras

Cuando Antonio Machado habla de la pintura de Velázquez, afirma que la única estética posible para el pintor español sería la estética trascendental kantiana; incluso, el poeta sevillano va más lejos con tan singular aseveración pues agrega unas líneas más al asunto: «Si Kant hubiera sido pintor, habría pintado algo muy semejante a Las Meninas». Lo que podría considerarse una humorada, sin embargo, posee elementos tan sólidos y propositivos para comprender, desde un ángulo poco visitado, las correspondencias entre el filósofo y el pintor; por eso mismo, Machado agrega: «Convengamos en que, efectivamente, nuestro Velázquez, tan poco enamorado de las formas sensibles, a juzgar por su indiferencia ante la belleza de los modelos, apenas si tiene otra estética que la estética trascendental kantiana. Buscadle otra y seguramente no la encontraréis. Su realismo, nada naturalista, quiero decir nada propenso a revolcarse alegremente en el estercolero de lo real, es el de un hombre que se tragó la metafísica y que, con ella en el vientre, nos dice: [...] la pintura es llevar al lienzo esos cuerpos tales como los construye el espíritu con la materia cromática y lumínica en la jaula encantada del espacio y del tiempo. [...] He aquí el secreto de la serena grandeza de Velázquez. Él pinta por todos y para todos; sus cuadros no sólo son pinturas, sino la pintura». Cuando leí esas líneas, las relacioné en más de un sentido con la obra de Arturo Rivera; bajo esa perspectiva machadiana, cómo no ver que sus dibujos, sus grabados y sus pinturas también pertenecen a una estética trascendental. Esas realidades hechizadas que crea, personalmente me atrae llamarlas rituales, aparecen en sus cuadros como escenas que nos colocan en una situación de ineludible mudanza. Su iconografía nos convoca, nos urge, nos impreca a marchar hacia otra parte, incluso, a ser otros. Para un espíritu pleno, la realidad concreta es agobiante, limitada, predecible. Esa otra parte, evidentemente, es un lugar múltiple. En el arte de Arturo Rivera se llama vida interior, orbe del sueño y la pesadilla, realidad de la imaginación, sitio de lo real esencial, ámbito de lo sagrado, insubordinación contra la lógica. Por lo mismo, es claro que su pintura no representa solamente lo que exhibe en la superficie del lienzo; lo que aparece ahí, por decirlo, a primera vista, es el principio de una experiencia mayor. Su intachable artificio técnico que, por momentos, raya en un extremo virtuosismo, no desemboca en el lujo visual o en la literalidad del objeto-modelo. El ejercicio plástico que despliega en cada pieza, busca trascender esa presencia de lo visible, ir más allá de la anécdota materializada en formas y colores. Hay otras realidades detrás del ojo y de los espejos que retienen con perfecto artificio las maravillas y desastres del mundo. A partir de rostros humanos, animales, flora y objetos de esta realidad, Rivera se adentra hacia esos otros territorios ignotos, apenas presentidos por la enfermedad, la locura o la pesadilla.

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​ En el catálogo El rostro de los vivos de su exposición presentada en el 2000 en el Palacio de Bellas Artes, se dan cita, en su plena y avasallante dimensión, los temas fundamentales del artista. Personalmente me atrae la capacidad religadora de Rivera: el reino mineral, el de las plantas y el animal gravitan en los seres humanos como presencias pero también son símbolos. El cordero desollado y descuartizado de La última cena evidentemente es un cordero sobre la cabeza de los apóstoles y de El Mesías; sin embargo, de nueva cuenta vale la pena preguntarse ¿es tan sólo un cordero desollado y descuartizado en tres partes lo que vemos en ese cuadro? Por supuesto, hay algo más. En el discurso analógico de esta obra excepcional, la proyección metafórica nos conduce hacia esa citada otra parte: el cordero trastoca, cuestiona, transfigura su sentido de icono canónico y se resignifica a partir de cada uno de los elementos de la pieza. Los encuentros insólitos, tan gustados por los surrealistas, cuando de verdad son felices, dan lugar a realidades inéditas y de extrema belleza. Pensando esto último, me doy cuenta que el expresionismo de Rivera es en cierta forma una realidad primera, «el principio de lo terrible» diría Rilke, pero que detrás de ese increpante fulgor que nos atrapa poderosamente se hallan otros momentos de igual o mayor interés. Paradójicamente en un pintor figurativo, como lo es a todas luces Arturo Rivera, sus hallazgos más notables residen precisamente en sus ocultamientos. Por ejemplo, repasemos su turbador Ecce Homo (1992-1993) e indaguemos en lo que no está, en lo que no se ve a simple vista, en lo velado, en esa juntura invisible que llama Heidegger a lo que está latente, a lo que se intuye con deseo o miedo. El resultado de ese ejercicio de mirada atenta, morosa y desprejuiciada, al menos para mí, es de una riqueza abismal y al mismo tiempo epifánica. En contemplar lo no visto en un primer momento, tras habituarnos a la atmósfera y a la lógica de la obra, nos permite estar en la tensión del acto creativo, en sus procesos, dudas y replanteamientos, y por supuesto, en su abandono último, tal y como nuestros ojos encuentran un día esa pieza, colgada en un muro o reproducida en un catálogo.

Del libro Coordenadas de una inminente catástrofe. Cinco pintores mexicanos, de reciente publicación con el sello de Filodecaballos

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OBRAS

Atardecer en el D.F.

Arturo Rivera

Autorretrato-homenaje a Julio Ruelas

Autorretrato 2003

La medusa

Espejo El ángel necesario

Herodes y sus verdugos

La cabeza de Juan el Bautista

El sueño del armadillo

El grito I

El rito

Horizonte Ejercicios de la buena muerte

La flor I

Ciego

San Juan en el vientre de Isabel La última cena

Ave

Las palomas de san Juan

El oro del Rhin

El hilo

Horizonte fósil Marte, 11 de septiembre

Homenaje a Balthus

Retrato de Emilia Horizonte animal

Autorretrato

La jineta

El cirujano y el pintor

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De peces y conejos Gabriela Tolentino

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Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

Juan Carlos Loza Jurado

Una descripción, a vuelo de pájaro, donde intentamos acercarnos a esa territorialidad simbólica de los milpaltenses, quienes a través de su sistema y tejido social actual, van fortaleciendo y actualizando lazos de reciprocidad, organización, compartencia, ritualidad, festividad, identificación, defensa y apego al terruño, a los bienes comunes y a la matria

La lengua náhuatl aparece de modo natural en cada rincón del terri­ torio, aunque ya no se hable de manera franca entre las jóvenes gene­ra­ciones. Entre los mayores se practica cada vez menos. Hace ya algunas décadas, junto con su filosofía, es paulatina su agonía, aunque con deste­ll­o­s de luz que siempre alumbran la esperanza. Por ejemplo: nombrar al volcán apagado del Teutzin o Teuhtli como símbolo de inicio y retorno que cierra y abre los límites diversos del territorio actual de Milpa Alta, la antigua Malacachtepec Momoxco, la pasada Milpas Altas de Xochimilco o de la Asunción Milpa Alta. Desde la esquina sureste de la gran capital observa hace siglos el avance de la mancha urbana hacia sus montañas. Es reducto y posibi­lidad de vida, aún, junto con sus vecinos cercanos, Tláhuac y Xochimilco, de formas de vida y organización social, que la mayorí­a de los habitantes de la gran ciudad debieran conocer más, para preservar y res­ petar la cultura de estas comunidades sureñas. Nombrar a: Tecomitl, Tecoxpa, Miacatlan, Tepenahuac, Ohtenco, Tlacotenco, Oztopepec, Atocpan, Xicomulco, Cuauhtenco, Tlacoyucan y Malacateticpac (Villa Milpa Alta) es nombrar siglos de historia y acumulación de saberes que, pese a la historia de agravios y, en el mejor de los casos, indiferencia hacia las necesidades de sus pobla­ciones in-

dígenas y campesinas por parte de gobiernos autoritarios y un estado sin políticas públicas adecuadas a las comunidades, han sobrevivido para adaptarse a los tiempos modernos, que exigen la anulación de lo tradicional y viejo, idea moderna que permea incluso entre algunos nativos con deseos de un progreso y desarro­llo a la usanza industrial. Nada es homogéneo entre los pueblos. Las doce comunidades que actualmente conforman la delegación Milpa Alta, antes que secciones electorales o catastros particulares, son pueblos y barrios tradicionales que poseen de manera social y colec­ti­va, más del 90 por ciento de la titularidad del territorio milpaltense a través de la propiedad comunal y ejidal. La anterior es una particu­la­ridad que, en tiempos de privatizaciones y mercantilismo desenfrenad­o, las comunida­des mantienen como base fundamental de su devenir histórico y cultural. Una posesión heredada, mantenida desde hace siglos, contada en historias legendarias y desentrañada, poco a poco, por estudiosos de las culturas originarias. De origen nahua, con reivindicaciones incluso del antecedente chi­ chimeca y tolteca, los momoxcas, los milpaltenses de ahora como ayer, son celosos guardianes del suelo que pisan, del aire y agua que les regala la madre tierra en sus montes comunales y que tocó por suerte

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Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

Juan Carlos Loza Jurado

resguardar desde hace siglos. Del alimento que se toma de ella. De las enseñanzas de los viejos y sus saberes tradicionales, de la tradición oral y sus narraciones, que una a una resguardan y reconstruyen la memoria colectiva. De practicar el cultivo de la milpa y el modo de vida que significa ésta, no sólo del grano del maíz, el frijol o la calabaza. Del cultivo de la milpa y su recuperación lenta, a contra­pelo del mercado de tierras que impone un sistema que obli­ga, a veces, a des­hacerse lentamente de la parcela porque no es renta­ble en términos económicos capitalistas, pero es más ge­nerosa, saluda­ble, diversa y que aún, como dicen por estas montañas: da para comer. Celosos guardianes de la historia de lucha agraria y la lucha por obtener los servicios que la modernidad en cada tramo de historia les negaba. Orgullosos de la tierra que aún trabajan y en la cual producen alimentos en tiempos de eternas crisis financieras, alimentarias y ambientales. Los habitantes del Momoxco (muchos, orgullosos, reivindican el pasado indígena, otros exaltan el ser originario que en esencia manifiesta un hondo arraigo con la tierra y el modo diferente de construir la territorialidad simbólica) para no desapare­cer, en su necesidad vital de relación con la madre tierra y no sucumbir a la lógica simple y mercantil de la oferta y la demanda, se adaptan a las formas no tradicionales de producción. Y si antes fue la producción pulquera y del maíz, ahora es el cultivo del nopal, de la avena, la papa, la zanahoria y la comercialización del mole y de la barbacoa. Se escabullen en la pluriactividad y diversidad de ocupaciones; la del maestro, del comerciante, del obrero, del migrante, del emplea­do, del estudiante y otras más, para sostener formas tradicionale­s de la economía campesina y conformar una identidad mayor, o mejor dicho, las diversas identidades que es difícil sintetizar de algún modo en el milpaltense contemporáneo, pues éste es en muchos modos campesino, indígena, originario heredero de costumbres y tradiciones prehispánicas reconfiguradas por tres siglos de colonia­lismo español y heredero del neocolonialismo ac­tual, que no ha podido eliminar una raíz profundamente enterrada. La defensa de la naturaleza es tema central para la gente de Milpa Alta. Gracias a la cosmopercepción y construcción del territorio por los milpaltenses, se mantiene hasta la actualidad una de las regiones más diversas, ambiental y culturalmente hablando, para la ciudad y el país. La defensa por conservar las cerca de 28 mil

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hectá­reas se remonta desde la época colonial y las luchas contra el despojo del siglo pasado frente a intereses privados y gubernamentales (L­oreto y Peña Pobre, CFE, DDF, Politécnico), hasta el más r­eciente intento, en nombre del progreso, del proyecto carretero Arco Sur de la trasnacional española Obrascón Huarte Lain (OHL) y el gobier­no fede­ral (SCT) en el año 2011. El monte comunal de Milpa Alta es imprescindible para la vida, pues en estas montañas y zonas agrícolas es posible el amortiguamiento contra la contaminación atmosférica y auditiva, la regulación del clima regional e infiltración del agua de lluvia hacia los mantos freáticos provenientes de este Gran bosque de agua1 que, dicho sea de paso, abastece cerca del 70 por cierto del agua que se consume en la ciudad y es refugio de especies endémicas de flora y fauna, como el zacatochtli y el gorrión serrano. Los humedales de la ciudad tampoco se explicarían sin la existencia de las montañas del sur y los comuneros que las preservan. El aprovechamiento que hace la comunidad de los regalos, dones de la naturaleza, abarca la leña, hongos, plantas medicinales y material para algunas artesanías. Sin dejar de mencionar que también es de ma­nera viva, el lugar para rituales, celebraciones y fiestas religiosas, paso de peregrinaciones antiguas y lugar de convivencia, sin que nadie prohíba o cobre la estancia. Es la compartencia, lo común, entre los pueblos de Milpa Alta. Y si de compartir se trata, nada igual que las fiestas tradicionales en los pueblos de Milpa Alta. Espacios de convivencia, prácticas de religio­sidad singular, donde la comida comunitaria también es el sello identitario de la casa, que complementa este sentido de compartir, de ser próximo y prójimo en los gastos, en la ayuda para sacar una mayordomía o en una faena para limpiar y dar mantenimiento a los caminos que todos usan para llegar a las parcelas. Son formas de convivencia todavía solidarias, donde el trabajo comunitario toma sus formas y reglas internas. Y como formas de resistencia alternativas para la vida, en los últimos años surgen, como puños al aire, posibilidades para seguir reforzando 1 El Gran Bosque de Agua comprende las zonas lacustres de Xochimilco-Tlahuác y diversas sierras, tales como: Sierra de las Cruces, Sierra del Ajusco, Sierra del Chichinautzin, y la Sierra de Zempoala, entre otras. Algunos autores estiman que abarca una superficie de 2,350 Km2 debido a que incluyen toda la Sierra de las Cruces (al norte de la Autopista México-Toluca). En Francisco J. Romero y Diego Reygadas-Prado, (oct.211), El Gran Bosque de agua en México


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la identidad y territorialidad del milpaltense. Apro­vechando la herencia cultural, los de Milpa Alta buscan posibilidades sin poner en riesgo el tesoro que representa la colectividad, las formas comunitarias y el territorio heredado. Así, actualmente las manifestaciones de rescate, preservación y articulación interna siguen teniendo como impronta la de mantenerse como pueblos y comunidades, desde luego, en el contexto mundial del neoliberalismo globalizado. Aprovechando el patrimonio legado aparecen iniciativas donde la lengua náhuatl sigue siendo un referente obligado, un estan­darte de diferenciación con el otro, el de la ciudad, pero para encontrarse. Surgen promotores, maestros que brindan su conocimiento para seguir hablando la antigua lengua mexicana. Además, toman en sus manos la posibilidad y, haciendo un buen intercambio con la moder­nidad y las tecnologías, de a poco escriben sus propios libros, revis­ta­s y generan sus propios audios y videos para que quede testimoni­o de este esfuerzo. También, sobre todo en las últimas dos décadas, ha habido un resur­gimiento paulatino por revalorar lo propio e incluso potenciali­ zarlo como alternativa de vida. Además del monocultivo del nopal, surgen colectivos y grupos de trabajo que proponen proyectos productivos que rescatan del olvido los tradicionales baños en temazcal, la medicina tradicional, el telar de cintura, la revaloración del pulque y del maíz. En un intento de insertarse en un mercado del turismo, también aparecen propuesta­s de turis­mo alternativo, ambiental y c­omu­ nitario que comparten es­tos saberes a cerca del patrimonio cultural materia­l e inmaterial y esperan que se comprenda que estas son las manifestaciones y el tesoro resguardado. Habrá que esperar algunos años más para saber cuáles serán los resultados. Propuestas e iniciativas con gran carga identitaria local, donde la lengua, los saberes y las t­ecnologías, son referencia imprescindible para que Milpa Alta siga siendo ubicado en el mapa local como un lugar de fuertes raíces ancestrales, con visión de futuro. Estas características, apenas aquí esbozadas, son la idea de una comunalidad milpaltense. Elementos básicos, pero centra­les, para acercarse y comprender lo común a todos los mil­paltenses. Territo­rio, trabajo, poder y fiesta comunales, son elementos culturales siempr­e en interacción, en proceso cíclico permanente, que forjan ese algo diferente en la comunidad del Momoxco.

Juan Carlos Loza Jurado

De peces y conejos (Detalle) Gabriela Tolentino

Finalmente, cabe mencionar que estas características y elementos cultu­rales existentes en las comunidades, no están ajenas a los pro­ce­sos de negociación interna, a tensiones e incluso contradicciones. No son comunidades idílicas, son comunidades y pueblos en cons­tan­te reconfiguración, no ajenas a los intereses de grupo o par­ticulare­s. Con problemas internos o generados desde el exterior, pero aún son comunidades hermanas con fuertes territorialidades construidas, y donde las disputas, en algunos casos, han llevado a confrontaciones históricas. Hasta aquí una descripción, a vuelo de pájaro, donde intentamos acercarnos a esa territorialidad simbólica de los milpaltenses, quienes a través de su sistema y tejido social actual van fortaleciendo y actua­ lizando lazos de reciprocidad, organización, compartencia, ritualidad, festividad, identificación, defensa y apego al terruño, a los bienes comunes y a la matria, no sólo por ser el lugar de nacimiento sino el lugar de identificación con la cultura, valores y prácticas compartidas. La territorialidad simbólica puede ser vista y leída a través de los diversos procesos rituales y ceremoniales que alternan la vida coti­diana. Donde se reafirman las relaciones sociales y los valores compar­tidos que hemos descrito, como la comunalidad o lo comunal en la región del Momoxco: territorio, trabajo, poder y fiesta.

CULTURA URBANA 109


Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

Juan Carlos Loza Jurado

Tonacayotl (nuestro sustento) Al espíritu que sustancia juntos la palabra y el silencio.

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Semilla que anidas

De la tierra emanas

con la esperanza

verdes como agujas

de la vida que vendrás

comienzas a zurcir

te anidas en la tierra

los surcos que te abarcan

que tus raíces hundirán

de punta a punta te levantas

de la mano te sueltas

con paciencia esperas toda el agua

con la esperanza

primero espiga

que retornarás

el viento te fecunda,

como canción de amor

luego jilote más tarde elote

empiezas tu melodía

mazorca que me aguardas

hasta alcanzar la mano

manto de hojas que te envuelven

la boca que te probará

santa, los pueblos te idolatran

nada fácil resulta

hierática imperturbable te levantas

parirte de tlalticpac, la tierra

tiempo va, aún nos amamantas

madre amorosa milenaria

mazorca color de la sangre

mujer que de ti se alborota

del color del cielo en julio cargado

siempre te arrulla

como rayo de sol

desde la noche de los siglos

eres variedad en cada grano

hasta la alborada de este día

eres blanco eres amarillo eres precioso eres dorado

110 CULTURA URBANA


Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

Juan Carlos Loza Jurado

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Eres muchos tonos

No eres intento

eres muchos colores

eres sabor arte

eres tesoro eres millones

eres sustento

eres sustento en todos lados

en el pueblo eres tlaxcal,

entrecruzas

también grano rojo molido

tu sombra tu cañuela

con canela y piloncillo

desde tus tobillos

chocolate el otro compañero, eres pinole

el yetl-frijol la enredadera

eres atole eres tamal

tu amante frugal en cada mata

eres fiesta patronal

al ritmo del viento matinal

eres arte nacional

se sostiene baila junto a ti

desde la siembra

es tu pareja

hasta que germinas

la guía te abraza

desde la cosecha

no te deja, ayotl-la calabaza

hasta la cocina

te adorna con su flor en una oreja

desde la tierra del fuego

como guirnalda con sus manos blancas

hasta el cénit

tallos rectos vainas gordas

de toda nuestra originaria

es el haba que te escolta

América herida

eres en la milpa milenaria

eres entretejo de ritual

politonal, multicolorida

ceremonia y realidad

eres solidaria en tu parcela

tostado por el sol y por el fuego

eres fuerza, eres total

CULTURA URBANA 111


Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

Juan Carlos Loza Jurado

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En cada pieza artesanal

Lenguaje rico que te nombra

muñecas de faldas amplias

la tradición, la huella

hasta retratas nuestras niñas

la alegría de la gente que te siembra

ramos de flores multicolores

del sabor del que provienes

nada en ti es banal

chileatole y masa atole

tus hojas, tus cabellos

con vapor y olor inconfundible

vuelves, de otro modo a florecer

te sirven y desprenden de tus alas

siempre con las manos del artista

cual regalo envuelto para dioses

vuelves a renacer

«¿de qué sabor le sirvo?, tengo champurrado

hasta nuestros viejos señores

de pinole o guayaba,

nuevas religiones

tamales de dulce, verdes

de mezcla de ti

de mole y de rajas»

de tu cañuela

siempre tu grano, tu aportación

muchas de nuestras

coperacha para la vida

imágenes sagradas

eres el alimento

de ti el alma llevan

de esta raza que inventó

en la ciudad eres complemento

la madre agua, el padre viento

de la vida rural siempre así

la madre tierra, el señor sol

¿quién? no te prueba

cambia el lenguaje en cada cuna

en la tortilla, en el tamal,

pero siempre eres tú:

los sopes, los tlacoyos, las gorditas y el huarache

Yixmal, ixim, yamoc yaxcol, yuawime, yuuri yaxum, yela, yauwime, eres esquites, eres pozole

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Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

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Yujme, yungh, tlaolli,

En el campo eres delicia

señora mazorca, señor maíz

en la ciudad eres manjar

transmutado en alta cocina

eres suculento

también eres la base

todos te saborean igual y diferente

de los inventos de la ciudad

eres variedad

para todos tienes tu forma

eres parte de todo

eres alimento

somos parte de ti

tu sabor es especial

¡quién puede decir que

sopa, plato fuerte

no llevamos de tu sangre!

botana o entremés

¡que te llevamos en la sangre!

igual en los nachos,

púrpura como semilla

los totopos y flautas de res

que gota a gota

en las palomitas

siembras esta vida

del cine dominical

eres origen del diario

el elote preparado

en todo me germinas

en la ciudad no dejas de estar

eres alimento de lo más difícil

al salir del trabajo y un antojo

eres alimento de lo más sencillo

en los tacos, quesadillas y tortillas

somos de ti, eres el principio

del restorán o la fonda de la esquina

y a pesar de todo

eres también el sustento en la ciudad

creaste nuestra raza

siempre estás, eres invitado infaltable

somos hombres de maíz

Juan Carlos Loza Jurado

somos mujeres de maíz somos pueblos con raíz

CULTURA URBANA 113


Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

Juan Carlos Loza Jurado

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Y has llegado hasta aquí

Eres nuestro complemento

con la cultura, el mito

raíz que nos sostiene

la leyenda y el tiempo que eres

y con la novedad

la ceremonia y el ritual

de esta mañana

para ser el mismo y diferente

que te quieren imponer

el viejo, el antiguo, el moderno

el nuevo valor

el futuro que hoy sembramos

de mercancía simple

ser la verdad de nuestra gente

para ser botín

maíz cultura

ser combustible

maíz raíz

ese no es tu fin

maíz sabor

le dicen bioenergía

maíz arte

te consumen, te manipulan

maíz raza

te violentan, te contaminan

maíz lenguaje

y muchos hermanos

maíz color

muriendo por falta de ti

maíz tierra

¡dónde está la cordura!

maíz niño y niña

adónde nos quieren llevar

maíz sabiduría

el mundo lo ponen de cabeza

maíz tradición

martirilogio para hacerte crecer

maíz sonido

salado, arenoso y cuarteado

maíz hombre

a tus pies

maíz mujer

para hacernos parecer

maíz país

que todo está muy bien

maíz vida

todo es un espejismo

maíz sustento evolución de nuestra gente

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Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

Juan Carlos Loza Jurado

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Que tú no soportarás

La mano del hombre-mujer maíz

te quieren atrapar

que te protegió

tu naturaleza, tu sentido

la mazorca tostada con piloncillo

es ser con el hombre y la mujer

todo lo que alrededor de ti floreces

seguir siendo maíz

quelite, quintonil, verdolagas,

no efímero lujo de mostrador

calabaza, chile, tomate, chícharo y frijol

quieren que seas

así eres compartido y plural

un medio, medio maíz nada más

de ti siempre se reaprende

tú eres vida, no dolor

así en nuestras tierras nos mantienes

tú eres progreso, el otro

aferrados como sentimiento

el de de veras, sin apariencias

tonacayotl,

desde todos los tiempos

nuestro de todas y de todos

junto con la frente perlada

sustento de arriba hasta abajo

de quien te cuidó

de pueblos ancestrales

haces posible

semilla de esta tierra

muchas culturas milenarias

sustento de esta vida

que perviven hasta el hoy

nos has criado y creado

queremos algo sencillo

en la posibilidad del futuro

seguir libando de ti

al que hemos llegado

el jugo en caña

todo es posible

el elote asado con chile y limón

a partir de aquí

preparado en esquites, chileatole y

todo es posible

toda la variedad que te inventa y reinventa

a partir de ti seguir siendo

CULTURA URBANA 115


Desde Malacachtepec Momoxco, la Milpa Alta

Juan Carlos Loza Jurado

13 Hombre maíz mujer maíz eres nuestro eres de todos eres amor de esta tierra en el horizonte en la necedad que nos ancla para tenerte a ti como lo que eres nuestra carne nuestro hueso nuestra piel nuestra púrpura como tus semillas sangre de la vida eres todo nuestro sustento.

Octubre 2011 Segundo Premio del Concurso de Fomento y Conocimiento de la Cultura del Maíz «El Maíz: alimento, arte, cultura y tradición en la ciudad de México» convocado por la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades

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Toquiztli, la siembra Fidencio Villanueva

Confiada a vuestro amparo

Nan mo pal têteon,

echo, oh, dioses, mi semilla;

nic on tema no xinach;

ya la he dejado en el seno de la tierra;

tlalxilampa yo nih cauh;

no en vano esté sembrada.

mácamo nenca toquizyez.

Con abundancia tenga

Má qui piah zenca miac

de la tierra manante el tibio jugo

Yemancâ-tlâlmeyalotl

con que de veras despierte,

ica nele on tlâtlachiaz,

germine y crezca.

ixhuaz uan mo ueyiliz.

Frutos nos dará la planta

I xochícual tech on macaz

que es don divino,

tonacayotl, tech caltiz,

de ella será nuestro albergue,

tech xilanhuiz, ti miquizque,

nos servirá de mortaja,

tech tlizeuiz yeh.

nos regalará frescor. Ixpan Tlaloc touan pohuiz Solidaria de nosotros ante Tláloc,

tech ítlaniz quetzalatl,

pedirá en nuestro favor

uan tônalpan quíyôtlazaz

el agua cristalina,

Nemiliz iyotl.

y nos brindará en el día aire de vida.

Tomado de Aztecacuicame. Cantos aztecas, de Fidencio Villanueva Rojas. México, Secretaría de Desarrollo Social, GDF, 2006. p. 32

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Comuneras de Milpa Alta en la quema de madera (1978) Galdino Lรณpez Flores

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Galdino Lรณpez Flores

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Inbox Gabriela Tolentino

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Consejos a los estudiantes Ezequiel Martínez Estrada

Estudiante es quien, aun no estando entre las aulas porque la pobreza no se lo permite, ha decidido tomar el conocimiento como un bien universal. El buen estudiante no es quien parasita a través de la enseñanza, sino quien procura salir de las tinieblas familiares de la ignorancia

Hijos: Si me dirijo a todos vosotros, sin excluir a ninguno, los estudiantes como gremio o comunidad homogénea, no lo hago ignorand­o que m­uchos, muchísimos de vosotros, no lo sois. Aquí, entiendo por estudiantes no a los que se juzguen tales por estar matriculados en escuela­s, colegios, liceos y facultades, en razón de que estudian determinadas materias en determinadas horas de determinados días, para obtener, tras largos sinsabores, determinados títulos o diplomas. Diría que precisamente esos burócratas y reclutas del aula no son estudiantes sino que parasitan de la enseñanza y de la sociedad. Pues si e­ngañaran solamente a los padres y a los maestros el mal no sería mayormente grave: porque se engañan a sí mismos y a quienes creen y esperan en los buenos y en los malos. Pero no puedo separar en dos clases a los estudiantes y escoger los mejores, como la madre tampoco hace eso con sus hijos, buenos o malos. Los que han sido maleados por trece años de tecné y pragma de la villanía me obligan a emplear un lenguaje excesivamente severo. Oigo a padres y maestros que están alarmados, y también yo estoy

alarmado por lo que leo que hacéis y pretendéis. Me inclino a pensar por momentos que colaboráis con los enemigos encubiertos de la nación, tan abundantes antaño y hogaño. Me dirijo también, como si estuvieran entre vosotros (y no lo es­tán porque son pobres y no pueden asistir a clase), a los que estudian en libros que penosamente adquieren usados en las librerías de lance donde los vendéis, o que los obtienen de bibliotecas o de amigos que se los prestan a plazo perentorio. A los que sin otros auxilios que los de los ángeles procuran surgir de las tinieblas familiares de la ignorancia. Vedlos detrás de vosotros, observando la vida como el que se mira una lastimadura, acopiando errores junto a máximas sublimes y entregando su óbolo de monedas para que vosotros estudiéis. Todo es para ellos motivo de asombro: un gran libro escrito por Dios en caracteres jeroglíficos. Si debo deciros la verdad, preferiría sentarme junto a ellos para enseñarles a leer con cuidado, mucho más que para dialogar con vosotros, de igual a igual, como os place. Los buenos estudiantes son los que leen cuanto

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Consejos a los estudiantes

Ezequiel Martínez Estrada

Luminosa canción Gabriela Tolentino

existe como un texto con ilustraciones admirables; son, asimismo, los que, como Sócrates, nunca pisaron una escuela. Los libros ayudan a saber y juzgar, la vida a comprender y tolerar. Sólo cuando os sintáis cautivos de una divinidad casi infernal, exigente, acuciosa, estaréis en disposición de ascender y de ir lejos. Si no os invade y se­ñorea ese daimón, estáis perdidos, aunque estudiéis. A mi juicio, estudiante es el que sufre o adolece de una especie de mal sagrado o fatalidad infortunada que consiste en no estar satisfe­ cho con las razones que recibe de cualquier fuente de información y explicación, el que en sí mismo encuentra dificultades para inter­pretar y asir los enigmas que lo rodean y que por lo tanto no se satis­face con sofismas y circunloquios. Especie de ser sediento, ese estu­diante, hidrópic­o, insaciable, voraz, omnívoro, canibalesco. El que padece

122 CULTURA URBANA

una pasión en ocasiones furiosa por saber, por comprender, por leer, por mirar, por escuchar, más insaciable y molesto que los niños que p­reguntan siempre. Pasión tan despótica e irreflexiva —estuve por escribir irracional— que priva a la víctima de apetito, de sueño, de solaz. Es peor, si puede serlo, que estar enamo­rado. No se vive sino para ese Dios, para ese afán, llámesele cultura o ideal; para ese afán que se convierte en una necesidad y una costumbre como toda enfermedad verdadera. Quien siente esa desazón que puede acometer de pronto e inesperadamente, por ella abandona padres y hogar. Así, como lo digo, y no juzguéis insensatas mis palabras. C­uando se padece esa enfermedad o fatalidad, llamada hace siglos pasión y muerte, se res­ ponde así a quienes quieren di­suadirnos de seguir ese camino ásper­o y doloroso: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y ex-


Consejos a los estudiantes

tendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «He aquí mi madre y mis hermanos» (Mateo, XII, 48-9). Sin ese fuego sagrado, sin esa p­a­sión, sin esa locura ¿qué se puede aprende­r y saber? A los estudian­tes en ese grado se les ha llamado alumnos, discípulos, catecúmeno­s, acus­ máticos y con cien nombres más, y todos significan lo mismo. Muchos siglos atrás formaban logias, sectas secretas, congregacione­s, y se reu­nían en los templos o en los c­ementerios. Saber era salvarse, en efect­o. Tanto las universida­des de la Edad Media como las actuales los convirtie­ron de discípulos en estudiantes, y a ellos de maestros en profesores. No creáis que habéis ganado nada. En verdad esto ha sido una gran desgra­cia y un gran bien al mismo tiempo. Se demo­cratizó, se gene­ralizó el saber pero se desvirtuó, se convirtió en oficio. Antes era artesanía, mester, maes­tría, devoción. Tenéis que recuperar en lo posible esa jerarquía s­agrada del saber profano. Saber religioso y laico, pues la religión no puede auxiliar a la enseñanza y acaso sí la enseñanza a la fe. Pero todo ello viene por sí mismo como una merced. No toleréis que nadie quiera manejaros el alma, ni que nadie la toque. Una cosa es que recibáis de vuestros padres y maestros un auxilio y otra que aceptéis un cepo. No toleréis ninguna servidumbre, y la de la inteligencia menos que otra cualquiera. Pensad esto: que cuando terminéis el bachillerato o alguna carre­ra lucrativa, entonces estaréis en condiciones de emanciparos de las necesidades superiores del ser. Tenéis que saber que las lecciones más profundas y esclarecedoras se reciben en los umbrales de la muerte, y a veces de quien menos lo sospechamos. Empezáis a estudiar y lo terrible es que no acabaréis nunca. Pues los mensajeros de la sabiduría no solamente suelen ser mudos sino que hasta suelen graznar. Yo quisiera veros tejer como la araña o fabricar un huevo como la perdiz. En todo ello hay sabiduría. Caminad con cuidado; hay oro bajo vuestros pies. No aspiréis a ser profesionales doctorados; ésa es una desdi­ cha inevitable para el estudiante en la sociedad donde vivimos. Aquí, donde el malabarista, y pronto violinista, serán individuos anacrónicos, inmerecedores de ganarse tan absurdamente el pan que comen. No queráis modificar este mundo terrible que marcha hacia una gran aurora; pero pensad que un malabarista ha perdido diez años en hacer bailar un plato en la punta de un bastó­n, y que eso requiere tanta precisión y conocimiento como extraer

Ezequiel Martínez Estrada

una vesícula. Por qué se eligen esas maestrías, o predicar a los hotentotes, para mí es misterio impenetrable. Hay, quiero deciros, sabios que no saben nada, y ésos ayudan a vivir. Sin los payasos el mundo sería aún más triste de lo triste que es, y sin haber ido a los circos, quizá los abogados no tendrían tanta piedad de los huérfanos. Vivid y estudiad con pasión, de lo contrario aprenderéis muy poco, y mal. Cuando obtengáis título o diploma habilitante no seáis profesionales fríos, de conciencia fría, de tácticas frías, de moral fría. La técnica conduce al robot, a la apatía. Hasta los fotógrafos saben que deben rectificar la perfección de sus máquinas, y una pianola es espantosa porque es casi infalible. Después de Maquiavelo fueron los nazis quienes emplearon una conciencia fría para la conquista fría del poder, para la lucha fría por la vida y para la fría inseminación. Con esto os prevengo contra los maestros que embaucan a la juventud con aparatos de precisión que matan el alma enfriándo­ la. El maestro, que lo fue por excelencia, cometió muchos errores y se le ha reprochado que expresaba la sabiduría por parábolas, que es el lenguaje de los poetas y no el de los matemáticos; sin embargo, ¿son menos firmes sus postulados que los de Euclides? Ya que no podéis elegir vuestros profesores, elegid vuestros maestros. Y donde los encontréis no los abandonéis; antes abandonad madre y hermanos. Si el pan y el vino universitario os sacian, por cierto nunca habéis tenido hambre y sed de verdad. Y si el saber ha de serviros para mantener y aumentar el estado social injusto, la opresión del débil y el ignorante por el fuerte y el sabio, el despojo de la viuda y del huérfano, entonces creedme que mejor sería clausurar las escuelas, los colegios y las facultades y vivir como los pueblos ágrafos. Yo no me atrevería a decir tanto, pero lo han dicho Boas, Toynbee y m­uchos otros maestros de alma antigua y mente modern­a. Es preferi­ble no saber nada a saber practicar el mal científicamente. «Consi­derad en efecto —dijo Einstein en una alocución a los estudiantes— si la experiencia de un in­­dio absolutamente salvaje es menos rica y feliz que la del hombre ci­vilizado común. Me es difícil creerlo. Es profundamente significativ­o que los niños de todos los países civilizados gusten de jugar a los in­­dios». Pero no insistiré en este tópico contrario a vuestros intereses. Sólo debo agregar que la inteligencia es, por lo regular, y si no se labra y se la pule, un

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Consejos a los estudiantes

Ezequiel Martínez Estrada

diabólico instrumento de destrucción. Por desgracia el estado (digo el pequeño contribuyente) costea los estudios a millares y millares de vosotros, entre los cuales los merecerá un diez por ciento. Cada uno de vosotros cuesta entre ochocientos mil y un millón de pesos, y muchos, obtenido el salvoconducto profesional, se dedicarán a especular con desdén sobre la sociedad. No todos vosotros, pero sí la mayoría no retribuiréis a la sociedad lo que de ella habréis recibido; hasta es posible que desviados hacia la política lleguéis al gobierno y os apliquéis concienzudamente a esquilmar y embrutecer al pueblo. Para muchos poseer un título es poseer un arma de combat­e, y se ufanan de ostentar fortuna y poder como trofeo de guerra contra el país y sus ciudadanos. No me ocupo de las excepciones sino de la regla general, porque mi experiencia actual es la de que sois peores estudiantes que los que yo conocí y traté hace muchos años. Aquéllos eran fogosos, apasionados por saber, devora­ban libros, me asediaban a preguntas y competían por dar clases mejor que yo. Y eso que yo les enseñaba literatura, una materia que les serviría bien poco como arma de combate. Pero eran soñadores y creían, como yo, en las cosas increíbles. Vosotros os habéis criado y educado en un ambiente enrarecido: habéis escuchado leccio­nes ruines, y si no os limpiáis de todo ese lodo jamás seréis sino habitan­tes de un país de cereales y ganados. No saldrá de vosotros ningún Curie, ningún Edison. Yo no os disuadiré, si lo creéis, de que la riqueza agropecuaria sea mejor que la pobreza de san Francisco o de Bizet. Sólo os digo que a vosotros nada os tengo que reprochar ni aconsejar. Hablamos distinto idioma. El país está enfermo y no es justo que os acuse de estar enfermos de su misma enfermedad, pero estoy e­scandalizado de saber —pues también tengo mis pajaritos— que procuráis estudiar poco, aprobar las materias sin saberlas, que atemorizáis o h­alagáis al profesor induciéndolo a rebajar el nivel de la enseñanza, a que sean indulgentes en demasía, a que os traten de igual a igual, como si tuvieseis derechos y no deberes, o como si fueseis ya hombres y mal educados. En la actualidad nadie, y en ningun­a parte del mundo, tiene derechos sino deberes. Tampoco vosotros tenéis más derechos de los que resultan de vuestros deberes para con la sociedad, los padres, los trabajadores que sostienen las universidades, las ciencias, las letras, las artes y otras instituciones dignas de respeto (porque las hay, respetables, que no merecen respeto).

124 CULTURA URBANA

Os he oído gritar por las calles que queréis la reforma universi­ taria, la representación estudiantil, exámenes cada mes, profesores c­apaces (muchas veces lo son quienes consienten que obtengáis mucho con poco). Está bien. Pero no os he oído que queréis que se os enseñe mejor y más, que el profesor sea un profesor exigente y no un monigote que os teme, que estáis decididos a estudiar bien aunque os enseñen mal y que os importa un bledo de las disposiciones y reglamentos burocráticos (entre ellos los programas, los horarios, los exámenes, etc.). Conozco profesores muy capaces que, transigiendo con vosotros un poco cada día, llegaron a límites bien tristes de indignidad. Los habéis hecho cómplices. Obedecieron al capricho de mozalbetes de vuestra edad y apostura, con dientes de leche o bozo, porque temían perder su pan y vosotros aprovechasteis de esa situación. Hubierais sido vosotros quienes, de ser ellos correctos, los h­abríais dejado en la calle con sus hijos. Esto es indigno e indignante. Un buen alumno lo es aun con un mal programa, un mal profesor, una mala universidad y un mal ministro. En vez de querer reformar personas y cosas, pensad si no es mejor que os reforméis vosotros; en este caso, poco importará que las personas y las cosas se reformen o no. Un alumnado digno, consciente de lo que debe exigir y tolerar, deseoso de servir a sus semejantes, ávido de sobresalir en las ciencias, las artes y las letras, aplicado a enaltecer y prestigiar el nombre de a­rgentinos, decididos a terminar con los traidores a la patria y al honor, arrasará con todos los obstáculos que halle en su camino, y no a gritos sino a sangre y fuego. Pero si hace juego de tahúres, si se beneficia con la ruina del país y con el embrutecimiento de sus ciudadanos, ¿para qué quiere blanquear las aulas? Algunos de vosotros me han preguntado si era yo contrario a la enseñanza obligatoria y gratuita, porque no transijo con lo que cuesta poco. Les respondí: soy contrario a la enseñanza gratuita en las universidades, donde por lo general sólo estudian los hijos de los ricos (yo era pobre y no pude estudiar allí), y que hacen su doctorado a expensas de las sirvientas, de los repartidores de carne, de los vendedores de zapatos, casi todos sin estudios primarios. Creo que el estado (el consumidor o contribuyente) debe sufragar la enseñanza primaria y secundaria, laica y eficiente; creo que deben habilitarse carreras técnicas que capaciten para enseñar y ejercer profesiones liberales. Pero no quiero que el abogado, el ingeniero, el militar de grado, el obispo, se


Consejos a los estudiantes

condecoren con el esfuerzo del pobre y del ignorante. Pues todo eso es muy poco democrático, y yo lo soy de corazón y no de mesa servida. No penséis en fruslerías; pensad en lo esencial. Pensad que sois estudiantes porque debéis estudiar y porque estudiáis a con­ciencia. Desarrollad vuestra inteligencia para que todos vuestros compatriotas nos enorgullezcamos de vosotros y no para que nos avergoncemos. Cuando seáis superiores a los programas, a los métodos y a las disciplinas —y es muy fácil—, cuando exijáis más exigencia y seáis capaces

Ezequiel Martínez Estrada

de señalar al mal profesor sus yerros, al mal decano sus fallas, al mal ministro sus errores, entonces comprenderéis que ser estudiante es un privilegio: el de pertenecer a una de las clases que viven con holgura, y al mismo tiempo comprenderéis vuestra inmensa responsabilidad. Advertiréis con alegría que estudiar no es una obligación sino un amor tan casto y tan exigente, tan imperativo y suave que ni la vida vale lo que él. Entonces yo emplearé con vosotros un tono menos severo aunque me exijáis más rigor.

Sagrada familia Gabriela Tolentino

CULTURA URBANA 125


No’ paltata’tli

El padre del nopal

Fragmentos José Concepción Flores Arce (Xochime)

1. Aquí en nuestra región momoxca el nopal silvestre se da por la pedreguera del Teuhtli y en los cerros donde el clima es caluroso y la lluvia escasa. En primavera cuando empieza a lloviznar las nopaleras comienzan a retoñar, y por todos lados se ven brotar los nopalitos tiernos. 1. Nican tomomoxcatlalpa, teno’palli mochihua tetla ica teuhtitla ihuan nohuian tepetitech in campa tlatotonia ihuan amo huel quiahui. In xopanixtempa i’huachquiahui, no’palcuauhtin hualitzmolini. Ca nepa nican onmohta no’palcocone celizticate.

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No’ paltata’tli / El padre del nopal

José Concepción Flores Arce (Xochime)

2. En la pedreguera se dan diferentes clases de nopal: una con mucha espina; otra, que da una tuna blanca; otra, tuna amarilla; y otras más. También por estos lugares se da una variedad de nopal de frutos agrios. La cual se conoce como xoconochtli o tuna agria. Con esta tuna agria se saboriza el mich­moli pipián con pescado, el tlilemolli, frijoles negros, y otros guisos de gusto delicado. 2. Ica tetla mochihua miec tlamantli no’palli: mochihua no’paltlancalli, no’paliztacnochyo, no’pal­coznochyo ihuan occequi no’palli. Noihqui ca nican mochihua xoconochtli. Ica inin xoconochtli mohuelilia michmolli tlilemolli ihuan occequi tlacualli cenca tei’icolti.

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No’ paltata’tli / El padre del nopal

José Concepción Flores Arce (Xochime)

3. Por ese tiempo, cuando los campesinos iban a trabajar por la pedreguera volvían a sus casas trayendo nopalitos tiernos ensartados en una vara. Con estos nopalitos tiernos se condimentaban al día siguiente unos sabrosos frijoles o un suculento pipián. 3. Ica ipantianon, miltequitque i’cuac oyaya tequitizque tetla ohualmocuepaya inchan quimatlanantihuitze no’palcocone tlacocuauhzotihuitze. Ye ye’huatlin no’palcelic oquihuelicacuaya moztlatica iyemolpa anozo chilatizpa.

4. Por el año de 1930 aún no se comercializaba el nopal. Nadie se dedicaba a cultivarlo. Quien deseaba degustar esta verdura lo buscaba en el campo o en algún solar. 4. Ipan xihuitl 1930, ayamo omonamacaya no’palli. Ayac omotequipachoaya quitocaz. Inaque’huan oquilehuiaya moma’cehuizque inin tlacualli, tetla anozo inxolalpa oconcuia.

128 CULTURA URBANA


No’ paltata’tli / El padre del nopal

José Concepción Flores Arce (Xochime)

5. Cuando nuestros antepasados llegaron a esta tierra, antes llamada Malacachtepec Momoxco —y hoy Milpa Alta— el nopal y el maguey estaban aquí ya presentes. Luego el maguey se empezó a culti­var, se empezó a sembrar en hileras para delimitar las propiedades. Más tarde se empezó a cultivar el pulque… 5. I’cuac toachcauhtzitzihuan oma’xitico nican quiniuhti omochantilico, in campa omotocayotiaya Malacachtepec Momoxco, in axcan motocayotia Milpa Alta, metl ihuan no’palli ye otlachanmahtaya. Metl achto omotoac inin omotehpantoco inic omoxexelo tlalaxcaitl. Achi iman opeohuac tla’cico….

CULTURA URBANA 129


In Memoriam

Galdino López Flores (1954-2013)

Galdino López Flores Anónimo

En 1970 ingresó a la Prepa Popular Tacuba y, más tarde, a la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), en la carrera de Antropología Social. En 1969 fue miembro del Grupo Unificador Estudiantil Milpaltense. A partir de 1975 se integró al movimiento comunal en defensa de los bosques. En 1976 participó en el segundo Congreso Nacional de Pueblos Indígenas en Pátzcuaro, Michoacán, como delegado por Milpa Alta. En 1978 participó en el tercer Congreso del CNPI, cuyas mesas de trabajo se desarrollaron en Oaxtepec y las plenarias en el Auditorio Nacional. En 1979 fue miembro organizador del Encuentro Nacional de Organizaciones Campesinas Independientes en Milpa Alta. Los resolutivos de este encuentro dieron vida a la fundación de la Coordinadora Nacional Plan de Ayala (CNPA). A partir de 1975 Galdino fue simpatizante de la Alianza Marxista Leninis­ta y después de 1976 se integró como militante activo y clandestino; en la organización respondió al pseudónimo de Julio. Desde su integración a la lucha por la defensa de los bosques, Galdino López Flores fue un férreo defensor del territorio milpaltense. Las fotos que hoy publicamos en su memoria fueron tomadas por él, como aficionado a la fotografía.

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Foto centro a la derecha: Galdino López Flores Anónimo


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José Emilio Pacheco (1939-2014) La conciencia del tiempo Juan José Reyes

La obra de José Emilio Pacheco posee variados registros, una calidad admirable, intensidad y mesura, sensibilidad y lucidez, sin falta un firme compromiso con el lector de inventar en comunión, de comprender la vida y el tiempo que trascurre y no vuelve. Es una obra que estará siempre entre nosotros

La primera revista en que publicó textos suyos se llamó Medio Siglo. Con el paso de los años ha llegado a ser una revista histórica, no tanto por sus textos —todos de jóvenes universitarios— sino por la notoriedad de varios de aquellos estudiantes entusiastas: Javier Wimer, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, entre varios otros. De ahí en adelante la presencia de Pacheco no abandonaría el periodismo literario. Poco después comenzó con Carlos Monsiváis la coordinación de una parte de la revista Estaciones que dirigió el doctor y poeta Elías Nandino: «Ramas Nuevas». No tardó en convertirse en uno de los más preciados y talentosos autores jóvenes que desplegaron sus luces con Fernando Benítez en el suplemento «México en la Cultura», del que pasaría más tarde, con todo el equipo, a la revista Siempre! para hacer ahora «La Cultura en México». En 1963 la UNAM puso en circulación, en una edición sobria, Los elementos de la noche, el primer libro de poemas de José Emilio Pacheco. Su parte inicial se titula «Primera condición» y recoge piezas escritas en 1958 y 1959. Está aquí la más plena confirmación de la segura maestría del autor y la disciplinada y poderosa emoción de gran parte de su obra poética. Está de manera definitiva en la historia de la poesía mexicana en el poema «La enredadera»:

Verde o azul, fruto del muro, crece; divide cielo y tierra. Con los años se va haciendo más rígida, más verde, costumbre de la piedra, cuerpo ávido de entrelazadas puntas que se tocan, llevan la misma savia, son una breve planta y también son un bosque; son los años que se anudan y rompen; son los días del color del incendio; son el viento que a través del otoño toca el mundo, las oscuras raíces de la muerte y el linaje de sombra que se alzó en la enredadera.

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José Emilio Pacheco (1939-2014). La conciencia del tiempo

Juan José Reyes

En todo aquel libro primero está presente el elemento central —nocturno y diurno, oscuro y resplandeciente— de la obra entera de José Emilio Pacheco: el tiempo. El inexorable paso del tiempo. La preocupación por los males sociales —del mundo y en especial de Latinoamérica y muy enfáticamente de México— recorre toda las páginas del autor, marcadamente en la prosa. La preocupación está, sobre todo, en el registro del empobrecimiento de la vida, de los modos de vivir, en la injusticia que parecería reinar eternamente. No es casual que Pacheco haya dedicado años al estudio formal e informal de la historia mexicana, y es seguro que en ella vio el curso de un imparable deterioro. En su inteligencia y en sus sentimientos estuvo presente sin falta la idea, hasta ahora no contradicha, del Barón Von Humboldt: «México es el país de la desigualdad». La palabra destrucción aparece con frecuencia en la poesía y en los relatos del autor, lejos de la denuncia estentórea y vana, en el polo opuesto a la literatura fácil que consiste en poner en un escenario a buenos y malos. La destrucción, el inalterable caos, la continua inminencia del abismo recorren la obra pachequiana. De la historia queda a la literatura rescatar lo que auténticamente tiene vida. José Emilio Pacheco cumplió con brillo estas tareas tanto en su poesía como en textos en los que entrevera el ensayo y la crónica —de manera ejemplar, y ejerciendo un magisterio creador que se tornó imprescindible para miles y miles de lectores— y en piezas narrativas. En las breves historias está la historia del mundo, acaso su sentido. En aquel 1963, en la colección Alacena de Ediciones Era, aparece el primer libro de cuentos de Pacheco: El viento distante. A sus 24 años el autor se establece en la primera línea de la poesía —con Los elementos de la noche— y de la narrativa del país. Junto a Monsiváis, con el que coincidió en aquel comienzo, José Emilio abre de veras las letras mexicanas del segundo medio siglo. Su visión de las cosas, de las costumbres, de la cultura diaria de los habitantes del país, es una visión diferente de la que primaba unos años antes, en especial en el campo de la ficción. Sorprendían en la temprana obra de Pacheco una madurez insólita, un completo dominio de su arte y la limpieza, fría y emocionada, de su lenguaje. La poesía y la prosa del autor guardan parecido entre ellas desde entonces: ambas fluyen con seguridad,

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frescura y continuos relampagueos de luces y preguntas. A comienzos de los sesenta, pues, las letras mexicanas contaban ya con una novedad feliz, que seguiría el camino que tan firme y promisoriamente anunciaba. El tiempo. No es posible librarnos de la conciencia del tiempo. Los personajes de las obras de José Emilio Pacheco buscan salvarse sin falta, como todos acaso. Recuerdan, reconstruyen, caen en cuenta de lo que pudo ser, miran cómo se levantaron ilusiones y sin remedio cómo va todo desgastándose hasta quebrarse —algunas veces de golpe, como en las guerras, las batallas, y casi siempre a pausas, día tras día—. Son personajes que viven, como todos nuevamente, mien­ tras tanto. José Emilio Pacheco cumple con toda fortuna su objetivo mayor: captar, registrar y revivir los transcursos de aquellos mientras entre cuyas coordenadas va tejiéndose la vida de hombres, mujeres y niños. Bellos, estremecedores mapas del desamparo se dibujan en las historias de este narrador sabio. Pocos escritores mexicanos se han ocupado de la infancia y de la primera juventud con tanta hondura como José Emilio Pacheco. Desde aquel cuento que pronto alcanzó celebridad, aparecido en El viento distante, titulado «El parque hondo», hasta su libro muy probablemente más conocido y celebrado entre los lectores, Las bata­ llas en el desierto, el autor compartió mundos, los revivió, los trazó con la mayor destreza y admirable hermosura. En «El parque hondo» se cuenta una sencilla historia que es a la vez y sobre todo, una historia terrible. La historia de la zozobra, el desamparo. Los sueños infantiles se confunden con la ambición común a todos; el destino de los animales viene a ser una suerte de contraparte de la condición humana; el juego, todo juego es clausurado por la tenacidad implacable de la naturaleza. Aquellos sentimientos reaparecerían años después en la obra maestra que es El principio del placer, un relato en el que aquel mientras vuelve a ser el tránsito, el rito de iniciación, hacia el quebranto, el fatal hallazgo de la soledad. Las batallas en el desierto es un relato perfecto y conmovedor. Como señalé antes, muy probablemente, es el libro de José Emilio que mayores celebraciones ha suscitado. Es imposible no recibir hondas y largas señales en su lectura, en especial si se ha nacido en la ciudad de México. La historia está situada en el alemanismo, en su primera mitad (es decir, de nuevo hacia el medio siglo). Es fundamental ahora tener


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presente la fecha porque la referencia histórica es clave en el relato y en la vida de sus personajes. Ocurre en esta historia que, además de los sentimientos y los recuerdos, lo que se rompe es la ciudad (y por extensión el país). Gobierna una pandilla encorbatada de ladrones, en nombre del proyecto (uno más) de modernidad (hay uno precedente: el del porfirismo; y habrá otro renovado e igualmente devastador: el del salinismo). En aquel México y su capital prospera una clase media educada sentimentalmente por la radio (la televisión está por aparecer) y afanada en emular a la estadunidense. Pacheco anuncia sabiamente lo que vendrá, recordando posiblemente aquel verso de Rubén Darío, escrito años antes: «¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?». ¿Cómo lo anuncia? De un modo estremecedor: el padre del protagonista se esfuerza en aprender la lengua del país norteño, desplegando una actitud ridícula, sobre todo si se la pone delante de la firmeza supuesta con que llevaría este personaje las riendas de la vida familiar, de acuerdo con todos los valores de un religiosidad pacata, del todo convencional. El punto de quiebre de la historia de Las batallas en el desierto es el enamoramiento del niño protagonista de la mamá de un compañero de la escuela. La mujer, guapa, es la querida de un tipo bien situado en el régimen y goza los lujos del dinero, el descanso, el confort. Es una mujer que ha entendido la vida, y que puede comprender aquel amor precoz. Pacheco presenta este deslumbramiento con destreza,

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de modo que al lector ha de parecerle absolutamente, no sólo que el niño se enamore de la señora, sino que se lo diga. La verdad está en la inocencia, no tras los velos, las trampas, los fraudes que inundan la política y también las relaciones entre las personas. Ante aquella naturalidad brota el escándalo: los padres del niño enamorado —bien ocultos por los velos y las chapuzas de todo tipo— acuden a un doctor en busca de ayuda, con el propósito de que el niño reencuentre la normalidad. Una parte emblemática de la ciudad de México clasemediera resurg­e en la mirada desplegada en Las batallas en el desierto: la colonia Roma, que fuera también emblema porfiriano. De aquella colonia ahora poco queda. Ya hacia el medio siglo pervivían huella­s del originario lustre, pe­ro comenzaba a filtrarse una modernidad chirle, rascuache, tal vez re­­sumible en la instalación sobre la avenida Insurgentes de un gran alma­cén de Sears. Pacheco acierta ejemplarmente en el registro de la sen­sibilidad de la población, marcada aún por el deportivo Vanguardias y de la que no se había ido del todo el catecismo del Padre Ripalda, sin exagerar. Ahora que ha muerto José Emilio Pacheco es seguro que su obra producirá extensas resonancias. Su amor a la lengua, la fluidez y la sobria elegancia de su prosa, de admirable capacidad fabuladora, su amor a la patria íntima y siempre renovada, su poesía exacta, poderosa y de concentrada intensidad quedan para siempre, mientras duremos y después.

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De vanidades y divinidades

Arthur Koestler y los caprichos del azar Rowena Bali Desde principios del siglo XX y más intensamen­ te, a partir de la década de los cincuenta, hasta avanzada la década de los setenta, se da en la historia un auge en el extravagante estudio de la parapsicología. En este terre­no se internó una sorprendente nómina de investiga­dores, pro­fesores, filósofos y científicos entre los cua­ les se cuentan premios Nobel y catedrático­s de las universidades de Cambrid­ge, Manchester, Harvard, Edimburgo, Oxford, Leningrad­o, Duke, Los Ángeles, Nueva York, Dublín, Utrecht, Virgi­ nia, entre otras. Ha­ce tres décadas cada una de estas universi­dades contaba con un labo­ra­torio de parapsicología y algunas de ellas inclus­o (como es el caso de Utrecht o Leningrado) contaban con una cáte­dra en para­psicología. Aunque el asunto parece incómodo y has­ta doloroso para la inteligencia, el tema de la pa­ rapsicología tiene perspectivas inquietantes si uno se apega a la posición que tenía un au­tor judío: Arthur Koestler, en un libro particular titulado The roots of coin­cidence, traducido como Las raíces del azar. En el bachillerato hice una tesina sobre este tema porque me perseguían seres imposibles y mis padres empezaban a alarmarse y a enviarme a aburridas terapias, yo temía que me encerraran en el psiquiátrico. Por tal motivo tenía que echar mano de algún artilugio científico que explicara que mi aparen­ te locura era en realidad una capaci­dad de percepción extrasensorial. Serán refutables los argumentos contra­rios a la parapsicología sólo en el moment­o en que

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los científicos descubran los mecanis­m­o­s para i­nducir en forma regular la te­lepa­tí­a, la telequi­ne­ sis o cualquiera de los fenóme­no­s men­tales que no encajan en la estructur­a rígi­d­a de una cien­­ cia reconoci­da como la psi­co­­logía y que son es­ tudiados por la pa­ra­­psi­co­logía. Si sabemo­s que la va­riació­n en los volúmenes de sustancias psicoactivas pue­den inducir estados en apa­rien­cia paranormales, ¿por qué la ciencia no ha podid­o en­contrar el mecanismo natural para desen­ca­ denar reac­ciones cerebrales similares que nos permi­tan una medición precisa de los mismos? Aque­llos científicos que experimen­taban con las c­artas de Zener tenían que esperar a que ocu­­ rriera un fenómeno más bien caprichos­o del azar para po­der extraer de ahí sus estadísticas, las cua­les eran en un alto porcentaje tristes y desa­ len­­tadoras. ¿Qué son las cartas de Zener? Se trata de un mazo de cinco cartas en las cua­les están impresas figu­ras muy simples —un círcu­ lo, una cruz, una ola, un cuadrado y una estre­ lla—. Con este mazo se hicieron las primeras i­nvestigaciones en el terreno de la parapsico­logía. Se tienen documentadas prácticas con cartas de Zener en la universidad de Leningrado, sobre todo. El procedimiento consiste en hacer una adi­vinación mental de las cartas (más o menos como hacen nuestros magos en forma infalible). Los registros de estos experimentos —cuando fueron más exitosos— fueron de 60 por ciento de acierto y 40 por ciento de falla. El estudio de la ESP (percepción extrasen­ so­rial), basado en las variaciones energéti­cas

del cerebro, que desencadenan fenómeno­s men­­ ta­les atípicos; por ejemplo, la comunica­ción de dis­­tin­tas mentes sin la influencia de m­e­dios físi­ cos, es la clave del interés de un per­sonaje des­ tacad­o: Thomson, el descubridor del electrón. El plano energético era un buen argumento para hacer intelectualmente aceptable que dos mentes lejanas pudieran transmitirse mensajes sin la ayuda de mecanismos o para que una cuchara pudiese ser levantada por medios no físicos. Me pregunto si alguno de nosotros tendrá la desfachatez de llamarl­e a Thomson estúpido. Thomson fue miembr­o de la Sociedad Británica para la Investiga­ción Psíquica, institución que llevó a cabo in­numera­bles experimentos con adivinación de cartas. El mismo Thomson participó y documentó experimentos relacionados con prácticas de adivinación. Los fenómenos de la percepción extrasen­­ so­­­­­­­rial, al no responder a ningún impulso con­ tro­­lado —en la mayor parte de sus casos—, tienen una escasa posibilidad de registro. Las e­stadísticas o­btenidas por las muy diversa­s ins­­­tituciones que han generado estudios de ESP tienden a ser más bien desalentadora­s, puesto que no han lanzado los suficien­tes ele­­mentos para ajustarlas a la norma científi­ ca, sin embargo en la década de los setenta, con la cual se vinculan estrecha­mente los fenómenos psicodélicos, se lle­va­ron a cabo mi­les de experi­mentos con cartas de Ze­ner. Cual­ quier intento por darle una se­cuen­cia­controlada de repetición a estos fenóme­nos ha sido


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inú­til.
 Quizá el sueño de ma­te­ria­liz­a­r esa co­ municación intangible haya redunda­d­o en la creación de las herramientas tecno­lógicas de comunicación. Aunque desde una conservado­ r­a visión de las cosas, las máquinas serán siempre incapaces de supe­rar a la mente que las ha crea­do y que —­como ellas— evolucion­a a paso seguro. Es interesante el caso de Fra­zer, quien pese al intenso y profundo estudio realizado en todos los grupos étnicos imagina­bles en torno a una amplia serie de cosmo­visiones, en las cua­les hay una presencia cons­tante de estas ener­gía­s paranormales y una familia­rización con ellas (la telepatía, la transmisió­n del sueño, la psicomagi­a), siempre se manifestó como un descalificador y nunca vaciló en llamar a los in­dividuos de estas etnias: salvajes, estúpidos, ig­norantes, y toda una serie de imprecaciones tan larga como su propia investigación: «En opinión de gente primitiva, el alma puede ausentarse temporalmente del cuer­po sin por

ello causar la muerte. Es frecuen­te creer que estas ausencias temporales del alma envuelven un riesgo considerable puesto que el alma errabunda está expuesta a diver­sas desventuras, a caer en manos de sus enemigos y a otros peligros. Pero aparte de esto, hay otro aspect­o en este poder de des­un­ir el alma del cuerpo. Si puede asegurarse que el alma quede incólume durante su ausen­cia, no hay razón para que el alma pueda continuar ausente durante tiempo indefinido; de verdad un hombre calculador que sólo tenga en cuenta su seguridad personal, no puede querer que su alma nunca vuelva a su cuerpo. Inhábil para concebir abs­tractamente la vida como una posibilidad per­manen­te de sen­ sa­ción o como un continuo ajuste de coor­di­ naciones internas a las relaciones externas, el salvaje la imagina como una cosa material con­creta y de una magnitud defi­nida, capaz de verse y manejarse, tenerse dentro de una caja o un ja­rrón y expuesta a ser golpeada, rota o

Arthur Koestler y los caprichos del azar

Rowena Balí

hecha pedazos. Concebida así, no es necesa­ rio en a­b­soluto que la vida esté en el hombre; puede ha­llarse ausente de su cuerpo y continua­r aun ani­mándolo en virtud de una especie de simpatía o acción telepática». Frazer establece una abismal distancia en­­ tre la percepción occidental (de la que es par­te), de to­dos los fenómenos que atañen al es­pí­ritu, al alma, a la psique, etc., y la percep­ción de lo que él llama constantemente pueblos salva­jes o pue­blos pri­mitivos de estos mismos fe­nómeno­s. Legi­tima la primera cosmovisión y descalifi­ca invariablemente a la segunda. Desde una perspectiva más bien ambiva­len­­ te Arthur Koestler hace un repaso de los per­ so­na­jes destacados en la academia de mu­chos países que estuvieron cercanos al estu­dio de los fenómenos paranormales. Entre ellos se puede conta­r a Gilbert Murray, quien tu­vie­ra en su tiempo y en su ámbito una presen­cia académica muy destacada; autoridad en el tema helenísti-

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co, fue redactor de la Liga de las Nacio­nes. El mismo Murray redact­ó un infor­me, lleno de sorpresas y datos signifi­cativos, sobre una serie de experimentos de trasferencia de pensamient­o realizado­s en Cambridge en 1924. También compartie­ron estos oficios Char­les Richet, fisiólogo, descubridor de la terapia de Serum y Premio Nobel de medicina en 1913. Henri Bergson, P­remio Nobel de lite­ratura en 1923, Lord Rayleigh, profesor de química experimenta­l, premio No­bel de física en 1904, descubridor del argón y el radón. Lo que busca demostrar Arthur Koest­ ler en su renom­brada lista es que el estudio de los fenóme­nos mentales que sobrepasan a los fenómenos de la psicología o la psiquiatría no ha sido asunto de gente poco respetable, como muchos creen en la actualidad. Los estu­diosos de las ciencias reconocidas han vitupe­rado a brujos y telépata­s, mas es claro que el estudio de la parapsicología no fue siempre un asunto de chiflados ni de tontos. Este libro da una pers­ pectiva del estudio de la para­psicología hasta principios de la década de los 70, que ha servido para documentar desde cuánta­s instituciones se han emitido resultados de experimentos, procedimientos utilizados y herramientas para el estudio de los fenómenos paranormales co­mo la telepatía o la telequinesis. Arthur Koestler se suicidó en 1983 y con él su propia esposa. Para dar un perfil del individuo que fue, hay un ensayo de Vargas Llosa, publicado por Letras Libres, sobre otro de sus libros El cero y el infinito. Y cito un fragmento en que lo describe:
«El Apocalipsis doméstico de Montpelier Square pinta a Arthur Koestler de cuerpo entero: la vorágine que fue su vida y su propensión hacia la disi­dencia. Vivió nuestr­a época con una intensida­d comparable a la de

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Rowena Balí

un André Malraux o un Hemingway, y testimo­ nió y reflexionó sobre las grandes opciones éticas y políticas con la lucidez y el desga­ rramiento de un Orwell o un Camus. Lo que e­scribió tuvo tanta repercusión y motivó tantas controversias como los libros y opiniones de aquellos ilustres intelectuales comprome­tidos, a cuya estirpe pertenecía. Fue menos artista que ellos, pero los superó a todos en conocimientos científicos. Su obra, por eso, ofrece una visión más variada de la realidad contemporánea que la de aquéllos». Vargas Llosa lo nombra «tránsfuga de ideo­ lo­gías y creencias» aunque Koestler se carac­ terizó por una ideología —quizá a su propio e­ sar— eminentemente socialista. Su vida p­­ ilus­tra su propia obra: nunca se afilia a una causa sino para más tarde renunciar a ella: renuncia al sionis­mo, del cual fue un cercano apasionado, r­enuncia al judaísmo y escribe uno de sus libros más controvertidos, La tribu númer­o trece, ensayo en el cual presenta una teoría muy atacada sobre un origen alterno en el pueblo judío europeo, haciéndolo descendiente de los jázaros, y escribe The roots of coincidence, para hacer una defensa —débil y no desprovista de humor— de las cualidades de la parapsicología. Es interesante ver la importancia que tu­ vie­­­­­­­ron los estudios de parapsicología en la Unión So­viéti­ca, y cómo ahí se pretendía darle aplica­ciones militares a la telequinesis y la te­ le­­patía. Las i­deo­lo­gías contrarias, las que se sien­ten comprome­ti­das a prever un orden social alterno, pa­rece­n estar enamoradas de la posibilidad ener­gética de la mente para gene­rar situacione­s paranormales. La ideolo­ gía re­voluciona­ria ha te­nido una tendenci­a a

sepa­rarse de los sistemas de creen­cias tra­ dicionale­s para darle una connotación científica a los hechos de la mente que los creyen­tes calificarían como ilu­minaciones o algo similar. El mismo Koestler era un ideó­logo, perseguía defen­der alguna causa, y si esta causa parecía perdida y contraria al or­den estable­cido, mejor. Declaró Koestler —según el mismo artículo de Vargas Llosa—, «Arrui­né la mayor parte de mis novelas por mi manía de defen­der en ellas una causa; sabía que un artis­ta no debe exhor­tar ni pronun­ciar sermo­nes, y seguía exhortando y pronunciando sermo­nes». La obra de Koest­ ler tuvo una particularida­d interesan­te; un disfraz de narra­tiva que es pasaje auto­bio­gráfico, la narración de asuntos diversos en los que se involucró gracias a este espíritu científico y disidente que lo caracterizó. Su interés por la parapsicología se desprende de su inagota­ ble curiosidad científica y de su tendencia a ir con las causas de la disidencia. I­ntentó Koest­ ler ubicarse en un plano neutral y no se dejó lle­var por la ola de enérgicos d­etractores de la parapsicología, científicos dudosos pero muy sorprendidos, hasta grandes entusiastas que se volvieron fanáticos y terminaron por perder credibilidad ante la marejada de charlatanería que se desató en torno a los temas pseudocientíficos. Y a todo esto, ¿qué es, en resumen, la p­ara­­ ­­­ psi­cología? Se define como una pseudo cien­ci­­a. Se encarga de estudiar aquellos fenóme­no­s de la mente, cuya existencia goza de algún reconocimiento académico (la telequine­sis, la telepatía o la percepción extrasensorial) pero que nunca han contado con los elementos de comproba­­ ción necesarios para consolidarse como hechos cien­tíficos. Ya sea por su falta de continuidad


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o frecuencia, por su carác­ter aleatorio, por su intangibilidad física y en resu­men, por su falta de e­xplicación. Hoy es difícil encontrar una sola página seria al res­pecto en la red. La falta de praxi­s científica, la reticencia de los científicos serios y el retiro de los presupuestos guberna­ mentales a este tipo de estudios, los han bo­rra­­ do de los intereses públicos. Sin embargo, es totalmente proba­ble que por debajo de la esfe­ ra pública podamos encontrar a uno que otro per­turbado por el ansia de poder, que preten­ da dar continuidad al estudio de los fenómeno­s paranormales. El estudio de la parapsico­logía se parece al de la clona­ción en el sentido de

mundo han im­plementa­d­o labo­ratorios y hecho inversiones considera­bles para continua­r en sus estudios. Parecen, por otro lado, poco cla­ ras las intencione­s de ambos estudios y sus aplicaciones utilitarias. Tienen, además, el halo del secretismo. Inclu­so en sus tiempos de ma­ yor auge y sensa­cio­nalismo —que claramente des­cribe Koestler— se publica en las revis­ tas psiquiátrica­s de mayor renombre de su tiempo una esca­s­a información que deja en claro que, aunque muchos experimentos son asombrosos, es imposible declarar a la para­ psicología una ciencia exacta, pues sus formas de medición no coinciden ni podrán coin­cidir

versas instituciones y universidades del mundo, alguien encontrará el hilo negro que la legitime y le otorgue una función práctica. La parapsicología es, aún y aparentemen­t­e, un fracaso. Por eso es que vemos a los p­a­­­ra­ psicólogos convertidos en brujos y charlata­nes y nos hemos olvidado de los grandes cien­tíficos

que ambas prácticas están recubiertas por un halo de falta de seriedad, y sin embargo los go­ biernos e ins­ti­tuciones de distintos lugares del

con la medición científi­ca. Me pregunto si dentro de estos apartados y cada vez más extintos laboratorios de parapsi­cología, dispersos en di-

no día de su vida logró un raro estado de ESP y que documentó sus vagas y más bien patéticas experiencias.

y de los premios Nobel que en algún tiempo participaron en experimentos de telequinesi­s y telepatía. Por eso vemos esa larga hilera de pági­nas web que intentan conven­cer al lector de su verosimilitud para después venderle un volu­men esca­samente acredi­tado, de algún quiromante, al­quimista o mago que en un leja-

LA ACERA DE ENFRENTE Revolución Mexicana Edgar Anaya Las tropas zapatistas avanzaron hacia la ciudad de México en 1914; presionaban a Victoriano Huerta para que dejara el poder usurpad­o a Madero. El ejército de Zapata ocupó Milpa Alta y en San Pablo Oztotepec instaló su cuartel, puesto que la ubicación de este pueblo facilitaba tanto la comunicación con el zapatista estado de Morelos como la vigilancia de las tropas de Venustiano Carranza —apoderadas de la capital—, porque en este punto se puede ver desde las alturas buena parte del sur del valle de México. En este cuartel, Zapata rati­ficó el Plan de Ayala el 19 de julio de 1914. En el escrito de ratificación se señala que se opondrían siempre a «la infame pretensión de reducirlo todo a un cambio en el personal de los gobernantes». Se negaron formalmente a reconocer cualquier autoridad que no estuviese constituida por los dirigentes de los grandes ejércitos populares de la nación. Tal acontecimiento señaló un momento histórico del movimiento agrario en México, que algunos milpaltenses recuerdan con orgullo, y que los visitantes conocen en el museo creado en el cuartel. La construcción, con techos de dos aguas, portales y aljibe, perteneció en el siglo XIX a Brígido Molina, cacique del pueblo. Después de años de abandono, se restauró en 1997 y la comunidad creó el Museo del Cuartel Zapatista, que administra un consejo ciudadan­o. La institución es pequeña, pero exhibe facsímiles del original manuscrito del Plan de Ayala, que consta de 15 artículos, y de su acta de ratificación —tomados del Archivo General de la Nación—; cartas que fueron emitidas desde el cuartel con temas diversos y varias fotos de Zapata, de sus tropas y de la Revolución en general —archivo Casasola—, así como del cuartel zapatista cuando estaba abandonado y de la iglesia. De Zapata y su paso por Milpa Alta, Distrito Federal

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Visita a la tumba de Efraín Huerta La mañana del martes 30 de julio de 2013 un grupo de universitarios visitó la tumba del poeta Efraín Huerta en Milpa Alta, en el cementerio Colinas del Mayorazgo. El lugar está en la porción mexiquense de ese mu­ nici­pio, más allá del territorio del Distrito Federal, y antes de llegar al estado de Morelos. El cementerio se encuen­tra en el kilómetro 36.5 de la carretera Xochimilco-Oaxtepec, en la desviación a Juchitepec. Es un lugar notable: José Emilio Pacheco —el amigo y admirador de Efraín Huerta, muerto en enero de 2014— lo des­cribió como uno de los últimos rincones de transparencia en el valle metafísico. Desde ahí, la vista de los volcanes es diáfana, perfecta: «como en un cuadro del Doctor Atl», dijo uno de los visitantes. Luego la bruma, al paso de las horas matinales, borra la silueta doble de los gigantes nevados. La dirección de la tumba del poeta es, en la nomenclatura de las necrópolis, la siguiente: Colina de las Rosas, fila 22, fosa 2. Los visitantes llegaron a Milpa Alta procedentes de dos universidades públicas mexicanas: la Nacional Autó­ noma de México (UNAM) y la Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Los de la UNAM, de la Facultad de Filo­sofía y Letras, eran Emiliano Delgadillo, César Sandino Alvarado (ambos de la carrera de letras hispánicas) y Octavio de León, de letras inglesas. Los de la UACM, Francisco Trejo, Lázaro Tello Pedró, Beatriz Camacho (los tres de la carrera de creación literaria) y Ernesto Morales, de comunicación y cultura. El octavo visitante era David Huerta, profesor en ambas universidades. Al pie de la tumba, los visitantes leyeron en alta voz poemas del propio Huerta y de otros autores: David Huerta leyó «Nocturno de la noche», poema de José Revueltas, compuesto en 1937, y dedicado a Efraín Huerta; Lázaro Tello Pedró leyó «Absoluto amor», del primer libro de Huerta; Emiliano Delgadillo leyó «La traición ge­ neral», versos de 1937 compuestos al calor de las noticias de la Guerra Civil Española; Francisco Trejo leyó el poema de Abigael Bohórquez titulado «Aposento V. Efraín Huerta»; Beatriz Camacho leyó «Buenos días a Diana Cazadora», de Huerta, poema de Estrella en alto, título de 1956; Octavio de León leyó «El poema de amor», también de Efraín Huerta, del libro Poemas prohibidos y de amor; Ernesto Morales leyó «La rosa primitiva», de la plaquette homónima de 1950; César Sandino Alvarado leyó «Responso por un poeta descuartizado», el homenaje de Efraín Huerta a Rubén Darío, parte de su serie de grandes responsos. Al término de la visita, al mediodía de ese martes, los ocho visitantes fueron a tomar un par de fotografías de la casa del poeta sonorense Abigael Bohórquez, amigo de Efraín Huerta, en Milpa Alta. Comieron en el mercado de esa población y regresaron a la ciudad de México. La redacción

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Gabriela Tolentino

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Los felices empeños de Librado Silva Galeana Miguel Ángel Farfán Caudillo

Librado Silva Galeana ha cumplido con tenacidad y brillo una obra de altísimo valor para la cultura nacional, y especialmente para la preservación y el cultivo de la lengua náhuatl. Recogemos aquí unas líneas, parte del trabajo admirable de Farfán Caudillo, acerca de aquellos empeños

Pasemos a hablar de otra generación más joven, constituida en núcleo promotor de la revitalización del náhuatl y la cultura autóctona, cuyos integrantes son oriundos del pueblo de Santa Ana Tlacotenco. Uno de los primeros en despuntar por su labor es Librado Silva Ga­­­leana (1942), maestro normalista, «escritor capital en lengua náhuatl contemporánea» (como dijo Carlos Montemayor), e integrante del Semina­rio de Cultura Náhuatl —al que asistió por primera vez en 1982, invi­tado por su maestro y amigo solidario Miguel León-Portilla— del Instituto de investigaciones Históricas de la Universidad N­acional Autóno­ma de México. A partir de ese momento vivió un proces­o de des­cubrimien­to y confirmación que lo condujo con mayor í­mpetu a la nece­sidad de reflexionar y tener conciencia sobre la importancia de reva­lo­rar y rescatar la lengua y cultura de su pueblo. Ha publicado estudios sobre su lengua materna y es traductor de fuentes históricas escritas en náhuatl como los Huehuehtlahtolli / Testimonios de la anti­gua palabra, recogidos por Andrés de Olmos en el convento de Santia­go Tlatelolco, libro que contiene los consejos de padres y madres a sus hijos, «avisándoles o amonestándoles que sean buenos», aunque sin limitarse a ello. Sobresaliente es su labor como revisor de «la traducción de los textos en náhuatl hecha

por Fernando Horcasitas» para su Teatro náhuatl, y con ello proporciona una versión apegada «al sentido íntimo de la lengua», para «hacerlos inteligibles», sobre todo algunos fragmentos, circunstancia que lo llevó a adopta­r criterios unificados y a tomar en cuenta como referencias el náhuatl clásico y «el náhuatl de Malacachtepec Momoxco… y de otras r­egiones». Es muy apreciado y solicitado por su desempeño en las artes de la traducción: a los títulos mencionados se suman Flor y canto de los antiguos mexicanos: literatura náhuatl y el Recetario nahua de Milpa Alta, D.F., obra de recopilación, transcripción y traducción paralela. Por otra parte, él mismo emprende la tarea de traducir al español sus creaciones literarias en náhuatl, publicadas en diferentes revistas académicas, y «se ha acercado a la literatura en náhuatl de origen prehispánico… Nezahualcóyotl, Aquiauhtzin, Temilotzin, Cuacuahtzin y otros maestros de la palabra» (señaló Horcasitas)… Como muchos de sus paisanos, ha contribuido a la labor de recopila­ ción, transcripción, análisis y traducción de textos de diverso género, activi­dades a las que se agrega su participación como coautor del Diccio­ nario del náhuatl en el español de México, por Carlos Montemayor… Este texto pertenece al libro: Milpa Alta: aproximación bibliográfica.

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Cenicero de hotel Fausto Alzati Fernández

Un hallazgo en un hotel de paso lleva a nuestro autor a una serie de reflexiones, que van desde la paradoja que representa un cenicero que exhibe una leyenda que prohibe fumar, hasta el fundamento empático que debe impulsar cada ley

Durante temporadas de mi vida los hoteles de paso me han servido de guarida. A estos espacios he confiado mi perra soledad y el desen­freno necesario para continuar comulgando con el mundo. En sus camas he sido reeducado una y otra vez sobre los posibles significados de la palabra humano; bajo el refugio sonoro de Telehit he saboreado la ternura que guarda declamarle injurias a una extraña; en sus techos he contemplado mi pobreza mental; y en sus espejos he visto cuerpos ir y venir, tanto como de pronto me he encontrado con la mirada ajena de un tipo idéntico a mí. Tales sacudidas a las certezas sobre quién soy y qué quiero, con el tiempo derivan en una serenidad más plena. Pero esta serenidad jamás llega antes de encender un cigarrillo. Sí, fumo en estos espacios cerrados, y aunque la Ley Antitabaco del Distrito Federal prohíbe fumar en estos espacios, no puedo ni imaginar que no se fume ahí adentro. ¿Qué se supone debo hacer entonces, conversar? ¿Hacer respiraciones yóguicas acaso? Además, nadie me dijo que no podía fumar. En la recepción se limitaron a preguntarme si quería la promoción de 6 horas (que es una manera discreta de preguntar si sólo vengo a coger). De hecho, me entero de tal prohibición gracias al cenicero que tiene grabado el símbolo interna-

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cional de no-fumar, y debajo se lee: Gracias por no fumar. Es como si sobre el buró hubiese una lata de Coca-Cola abollada y aguje­rada que tuviese grabadas las palabras gracias por no fumar piedra. Es curioso que sea por un cenicero que me entero que no está permitido fumar. En este caso fumar o no-fumar no es un dilema, pero tampoco es precisamente una ironía. Un cenicero que dice gracias por no fumar, no sólo dice fume pero no fume, sino que establece, y recuerda, que hay un código. Dentro como fuera del hotel, el código precede a la ley. Esto es terri­ ble en cierto sentido y muy intuitivo en otro. Es gacho porque resulta permisivo, y reitera una flexibilidad de la ley; pero es intuitivo porque remite al origen de la ley: procurar el bienestar común. Si no se funda en la empatía la ley es prácticamente imposible. Su contraparte es: yo me hago el occiso si tú te haces el occiso, un código necesario para tener leyes de otro modo intolerables por su rigidez. ¿Pero cuál es el límite de estos pactos tácitos? En el caso de los ceniceros no concierne si fumas, lo que concierne es que recuerdes uno de los principios básicos del hotel de paso: la discreción. El hotel de paso es un sitio donde no importa lo que hagas dentro de tu habitación; lo importante es que es tu problema, y sólo tu proble­


Cenicero de hotel

ma, mientras no lo hagas problema de alguien más. El respeto al derecho ajeno es la paz, dicen. Pero, ¿acaso la hipocresía resulta más virtud que vicio? Digo, se puede concebir la hipocresía como muestra de una sensatez re­que­rida para sobrevivir y tolerar las ambigüedades de la vida; incluso puede verse como un modo de asumir cuán efímeras son nuestras opiniones, preservando así el derecho a retractarse. Estos ceniceros —en plural porque la mayoría de los hoteles de paso en el D.F. los tienen— me han llevado a preguntarme si esa tan mexicana doble moral, esa que tanto suele irritarme, no será evidencia de una sabiduría tradicional aún indispensable. ¿Será que al preservar las aparien­cias se guarda más que las apariencias? Puede que guardar las apariencias sea una forma de presentar res­ peto a los ancestros o a la evolución misma, por medio de tradiciones. También puede que sea un modo de lidiar con el caos del mundo, por medio de fórmulas fijas. Digo, ¿para qué hacerle al cuento de no-fuma­r, si todos sabemos que se va a fumar? Estas formalidades, aparen­te­ mente huecas o incongruentes, aluden a la necesidad de un orden político para la s­ociedad humana. Para sobrevivir como especie colabo­ ramos, renunciando a ciertos impulsos para proteger nuestras liber­ tades. En otras palabras, en sociedad disimular es parte fundamental

Fausto Alzati Fernández

(Detalle)Gabriela Tolentino

de subsistir, tanto como es requisito para fumar donde se supone que no se fuma. Para formar sociedades humanas se requiere una autoridad que, en el mejor de los casos, sea responsable ante quienes le otorgan poder (la relación entre un estado y un estado de ley). Esto implica un equilibrio en constante movimiento, donde distintas fuerzas deben competir y cooperar. Para mantener esta constante tensión, tales fuerzas necesitan tener e intercambiar secretos. Pero son secre­ tos a voces; es decir, secretos que en realidad son evidentes, pe­ro cuyas apariencias mantenemos para perpetuar un orden (a menudo patológico). Guardar las apariencias, comoquiera, hace tolerables las contradicciones constitutivas de cualquier nivel de convivencia. Cuánto rollo para hablar de un cenicero; bien pude haber abier­to la

Sagrada familia (Detalle) Gabriela Tolentino

ventana y fumado con la cabeza de fuera. En fin, con esto en mente, contemplo la sapiencia de Robert Downey Jr cuando dice: «Escucha, sonríe, accede, y luego ve y haz lo que te de la gana de todos modos». Por ahora prenderé otro tabaco y tiraré la ceniza justo donde dice gracias por no fumar; además, lo haré jugando a que es una ofrenda pagana a la estabilidad que sólo un simulacro puede propiciar. Aquella estabilidad necesaria para el progreso (el descubrimiento del WiFi, el condón, el MDMA o el Bosón de Higgs). Son mis 6 horas; ya las pagué.

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Un cafĂŠ solo con medias lunas Gabriela Tolentino

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Proscritos Édgar Reza

Fragmentos de sal I y sólo estaba el mar
jadeante
descontento curiosa migración de aves sentí abandono
oh nómada de mí y en plena libertad ahora mi destino tiembla II que viajan que van
que buscan ahora nos hallan nos crean nos dejan III afán de nubes esta luna perseguida por su sombra atardeceres deseo
extinto bordo que ahora marca tu regreso IV el mar nos traga y todo está
y todo va a la ola
y todo son los restos revividos

V fuera de este viento que nos borra
entre la arena el mar combate en cada ola la resaca VI El mar no existe cuando queda en los cuerpos un soplo de horizonte que se busca VII naufragar en desuso
cambiar todo el pasado
profetizar algún encuentro
presentir tu ausencia mi destino
y en el remolino regresar al cauce
imaginar pedazos de inconstantes perspectivas
escuchar ahora este eco moribundo
anunciar la certidumbre de mi esperanza
es como saber que después de mí
algún suspiro sobrevive. VIII el mar lleva a la orilla
como encallado al silencio
ahora la erosión de tu recuerdo

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Proscritos

Édgar Reza

IX el mar dibuja islas
hoy tu lenguaje
es deshabitar recuerdos X naves encalladas lo que encuentra el tiempo ayeres palabras espejismos XI marina
de otro tiempo
otro pasado
para hacer los barcos
para hacer que el suceso dure
entre palabras XII vacilante entre tus formas
tú y yo observadores de mar XIII que solo estar aquí en este mundo que de un instante a otro nada pasa XIV ignoro qué lenguaje
qué grillo
qué noche estando solo por mi vida XV contar después lo que pasó y nunca estuvo XVI y todos los caminos
tuyos míos
y más lejanos
recuerdo
ahora
y cada instante
son anhelo

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XVII puede pasar que en cualquier momento
el tiempo nos aproxime XVIII la ola siempre va no sé adónde
de ignorancia en ignorancia
sé anotar memorias no instantes XIX todo acaba por ser viento
marea a la orilla
sal en la arena oscuridad en mi mente XX por hacer
para hacernos
para sufrirnos
para cansarnos porque somos lo que hicimos cada vez
un momento XXI desde tu vista
entre esta lluvia torrencial
mareas que se repiten
balbuceantes XXII tras el mar el sol por no haber podido amarla XXIII brisa muda entre las sombras o plataleas aturdidos del cálculo XXIV increíble cae entre las olas a momentos la calma o el desuso mañana será sólo un sueño


Proscritos

Édgar Reza

Doce poemas marinos 1 el viento estrellándose
en la ola alborozo
y precipicio
igual inmersos aún al alba
cada paso halla su sitio
su espejismo
en la memoria 2 quietud calma en el vacío de los amantes ilusión soledad de cuerpos rotos su penumbra 3 imagen pura en sueños sobre el agua
el viento
contra la luna
llena 4 arena
entre la espuma
cada palabra
encalla su recuerdo 5 ola tras ola
sin confín
y sin espera
de instante
a instante
el tiempo 6 el tiempo
que no busca
que no tiembla

7 todo es llegar
a la palabra
inútilmente 8 toda verdad
vigilia
toda creación
nostalgia y nada más ningún vocablo inventa la memoria 9 nada que nos petrifique
da sentido
ni futuro
cualquier instante es siempre
todo lo demás no importa 10 sólo el viento nos derrumba
sólo el instante es resaca 11 un momento de la brisa ante el mar
siente este cuerpo moribundo
intentando descubrir lo que alberga 12 casi en soledad
no pesa ya la arena
es de noche

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Radioactivo Gabriela Tolentino

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Cantos del fuego Francisco Benavides Pérez

Así como jamás he violado en público ni en privado, en acciones ni en palabras, en espíritu ni en cuerpo, mi fe dada al ragüida, así como mi corazón no se ha separado nunca del ragüida, protégeme, fuego, testigo del mundo, protégeme. Valmiki, El Ramayana I Rama, nacido del rey Dasarata, has caminado el dharma con la firmeza del árbol.

II Tú, héroe afortunado, el de los largos brazos, verdugo de raksasas, encarnación de lo justo, vienes ante mí precedido por cantos de aves vocingleras, noble hijo de Manú, las aves cantan tus glorias noble hijo de Manú, las aves las cantan.

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Cantos del fuego

Francisco Benavides Pérez

III Alumbro tu rostro incólume, con los ojos llameantes te miro, encarnación de Brahma, y las aves dejan de cantar. Cuando te miro, Rama las aves y el viento callan.

IV Veo todo lo que es visible, el fuego ve con agudeza lo que se oculta en la noche, y al verte a los ojos, ragüida, veo los ojos de un Dios ¡Oh, Rama, al verte a los ojos veo los ojos de un hombre!

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Cantos del fuego

Francisco Benavides Pérez

V Oh, Rama, el del gran arco, el justo y magnánimo, una cierva trazó tu camino y el deseo te hizo seguirlo. Tú, digno esposo de Sita, llevaste tus pasos al bosque tras la cierva de oro y plata. Pero el deseo no alcanza, ¡Oh, Laksmana, si Rama te hubiera escuchado!

VI De la entraña de la tierra nació Sita, viene a posarse entre mis lenguas. De la entraña de la tierra, Sita viene a arrojarse hacia mis llamas. Sita, bella hija de la tierra, tu cuerpo andará sin tacha, tu alma saldrá impoluta. Yo, que todo lo veo, que ardo cuando todo se apaga, te recibo en mi corazón,

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Cantos del fuego

Francisco Benavides PĂŠrez

hija de la tierra, dulce mitilana, y te devuelvo intacta a los fuertes brazos de Rama, que camina el sendero con la firmeza del ĂĄrbol.

VII Sita, hermosa videana, los dioses atestiguan tu pureza, han venido, desde lejos a posarse ante los muros de Lanka.

Kuvera, rey de las riquezas, desde los mares llega Varuna, del inframundo viene Yama; a verte vienen los tres ojos de Shiva desde el cielo te miran, mientras se acerca el rey Dasarata, resplandecen los muros de Lanka a la llegada del bienaventurado Brahma, mis llamas palidecen ante los muros de Lanka.

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Cantos del fuego

Francisco Benavides Pérez

VIII ¡Oh, Rama, destructor de raksasas, tu fuerza no puede ser desmentida, tu voluntad inquebrantable se alza por los cielos. Pero yo, el fuego, veo todo lo que se manifiesta y todo lo que se oculta, al verte a los ojos, encarnación de Brahma, olvido a las aves que cantan tus proezas, pues veo en tus ojos los ojos de un hombre.

IX Sita, fiel y augusta esposa de Rama, lamo tu piel y me sabe a tierra fresca, a la pureza del agua, te entrego en brazos del ragüida, bella, intacta y sin mancha; vuelvan ambos a Ayodya y que Rama guíe a su reino con la firmeza del cedro.

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Cantos del fuego

Francisco Benavides Pérez

X Sea, pues, la dicha contigo, noble encarnación de Brahma. Porque al verte a los ojos, ragüida, veo los ojos de un Dios. ¡Oh, Rama, al verte a los ojos veo los ojos de un hombre!

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Fragata Gabriela Tolentino

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Tiempos de la Merced

La orden de nuestra Señora de La Merced y de la Redención de Cautivos en la Nueva España Mariano del Cueto

Pocos habitantes de la ciudad conocen el claus­­ tro del antiguo convento de La Merced. Nunca ha estado abierto al público. Quizás ahora que termine la restauración y lo conviertan en el mu­ seo de la indumentaria, si los planes siguen por ahí, cosa que no se sabe con certez­a, p­o­dre­­mos disfrutarlo y los habitantes de la capi­tal se sorprenderán de tanta belleza pre­te­rida. Decir que es una joya es poco, único en su or­na­­mentación barroca-mudéjar, nos ha­bla del re­fi­­namiento que al­canzó la arquitectur­a virrei­nal y en particular la de estos monjes dedicados a hacer el bien sin esperar nada a cambio, los mercedarios.

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Extraña historia la de este recinto que que­ dó en pie de milagro, merced al valor temera­ rio de Gerardo Murillo, el celebérrimo díscolo del arte mexicano, que no lo era sólo por su ac­titud ante el acto creativo, o por bañarse con Nahui Ollin en los tinacos del barrio, si no por en­frentarse a madrazos y hasta con armas, con­tra la piqueta que pretendía demo­ler aquell­a maravilla, en la que se había metido a vivir con su célebre amante. El gobierno libe­ral había demolido sin contemplaciones muchos años antes el templo, cuyo artesonado mudéjar asombraba a cuanto fiel posaba su planta

en aquella iglesia donde san Serapio ocupab­a un nicho del retablo del altar mayor, debajo de Pedro Nolasco, aquel catalán al que se le ocu­ rrió fundar una orden mendicante que además de los votos de obediencia, pobreza y castidad, exigía el de estar dispuesto a hacer la merced de canjearse por los cautivos de los sarracenos que fueran a morir, para hacerlo en lugar de ellos, como lo haría Gilda para ser sacri­ficada en lugar del duque de Mantua mientras éste cantaba La donna e mobile. Hacer la merced, esto es, un favor, o simplemente una buena acción, sin esperar nada a cambio. Quizá esto es


Tiempos de la Merced

lo que hizo el Doctor Atl, pues de verdad se jugó la vida sin esperar nada a cambio, salvo que no desapareciera el que tal vez sea el claustro más hermoso del virreinato. Tengamos un recuerdo de gratitud para el pintor del Paricutín. A la Nueva España llegaron los merceda­ rios a fundar conventos hacia 1580, cuando ya la evangelización había sido hecha, y en esta ciudad comenzaron a construir el que llegaría a ser uno de los más bello­s templos. Esa fama tuvo, ya que su arquitecto, Lázaro de Torres, resolvió la cubierta con un artesonado mudé-

La orden de nuestra Señora de La Merced y de la Redención de Cautivos en la Nueva España

jar que al poco tiempo de terminado causaba admiración y asombro, cosa que no bastó para ser conservado, pues en 1861 fue inmisericordemente reducido a escombros, con todo y su artesonado espectacular y sus famosos reta­ blos. Nuevo martirio para san Serapio, esta vez no crucificado en aspas como san Andrés, sino víctima de las llamas. Guillermo Tovar de Teresa nos dice en La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimo­ nio perdido cómo fue saqueada la biblioteca, destruida la iglesia y quemado el archivo. ¿Nos preguntaremos con seriedad alguna vez de

Mariano del Cueto

qué sirvió tanta destrucción? Francisco de la Maza tenía claro que la pérdida era irreparable, y que se habían confundido ideas con piedras. A veces se olvida que el primer fraile que pisó tierra americana fue un merceda­rio, Barto­ lomé de Olmedo, que era el ca­pellán de Cor­tés. La primera misa, cantada en Cozumel, don­de él fundaría la diócesis de Nuestra Señora de los Remedios, estuvo a su cargo, como lo estuvo la primera que escuchó Moc­tezuma, a quien no pudo bautizar, pues, cuand­o ya estaba listo para recibir el sacramento, recibió la pedrada fatal, como Radamés la lápida.

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Tiempos de la Merced

La orden de nuestra Señora de La Merced y de la Redención de Cautivos en la Nueva España

Además del claustro, de aquella maravilla con­ventual hoy sólo nos queda el nombre, asociado al mercado que da vida a la zona, donde todo comercio tiene asiento. Es ba­rrio bravo, del que un signo de identidad es el habla local; recuer­den que solía decirse de los mal-

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hablados que parecían cargadores de La Merced, aquellos pobres herederos del oficio del tameme. La relación con Barcelona es tan estrecha como que Pedro Nolasco era de allí y allí fundó la orden, por eso en el escudo, como

Mariano del Cueto

vemos en el que porta san Serapio en el soberbio Zurbarán (y que es como el que porta Messi en el uniforme), se encuentran las cuatro barras, emblema de Catalu­ña. Por demás está decir que la virgen de La Mercé es patrona de la capital que hoy quiere serlo de un país.


Marte Gabriela Tolentino

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Mujer cubana Gabriela Tolentino

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(Una estampa) El momento previo al estallido Jezreel Salazar

En una calle de La Merced vemos una escena de todos los días, la fotografía de una breve prenda que vende al cuerpo que la porta

En la ciudad la mirada domina las definiciones de la moral y el pecado. Como si los ojos establecieran el peso y el valor de los cuerpos frente a otros cuerpos, vamos creando un catálogo de lo permitido y lo prohibid­o, de los modos de celebrar o censurar en la ciudad del pecado. Marshall Berman hablaba de «la comunidad de ojos» haciendo referencia al espacio público en el cual los habitantes de una urbe se reconocen a partir de las diferencias. Su optimismo no tenía mella. No obstante, ese espacio donde las miradas se encuentran no tiene necesariamente un signo positivo. Es también el espacio de la exclusión y el rechazo. La escena se desarrolla en un rincón de La Merced, el mercado mítico y cíclico: que fue y sigue siendo. Una hilera de mujeres nocturnas (es de día) son las protagonistas. A los costados de un corredor, las putas se acomodan en dos filas. ¿Con qué fin? En principio parecen protegerse, solidarizarse en su condición de mercancía asequible al peor costo. Por ello, nadie se atreve a caminar por aquí sin respeto. Los muchachos que pasan no pueden evitar voltear a ver y detenerse, mientras que un grupo de hombres las mide desde la distancia. Esto es al mismo tiempo un espectáculo y un rito. En el centro se concentra toda la tensión, la atracción viva entre los cuerpos, el reto de pasar al frente y elegir.

Ellas no tienen nada que perder. Quizá por ello provocan un am­ biente inquieto y al mismo tiempo temeroso. Peripatéticas, deambu­lan en un desventurado desfile de modas. Meneando la cintu­ra, ofrecen pocas prendas y deleites instantáneos. La exhibición del cuerpo es el preámbulo al trueque. La carne lucha por imponerse a la tela, y el brasier o la falda, tercas, prefiguran el momento previo al estallido. Aquí se descubre la intimidad como hecho público. El ansia de contemplación es recompensada. El primer hombre se acerca y la murmuración maliciosa no se hace esperar. Pero se queda en eso, en murmuración maliciosa, pues al fin y al cabo el deseo de intimidad derrota a la mojigatería del que sólo se queda mirando. La urbe canjea su faz de mapa geográfico por la condición de set de espectáculos, lugar de escenificaciones colectivas en que los habitantes del caos exorcizan su condición de hijos del desastre. El rito cumple su función: hace evidente el pecado y lo perdona­. Si en otros lugares la lujuria es un escándalo, aquí se muestra como práctica habitual… rutina. La pareja atraviesa orgu­llosa una puerta despintada y sin picaporte. Otros hombres se acercan en busca del equilibrio perfecto entre la talla menor y el precio mínimo.

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Librario

Alejandra García Historia del pensamiento

Historia

Relato fantástico

Julia Tuñón (Compiladora), Voces de las mujeres, Antología del pen­samiento feminista mexicano, 1873-1953. Universidad Autó­ noma de la Ciudad de México. México, 2011 (Cole­cción Pensamiento Crítico)

Paco Ignacio Taibo II. Yaquis. Historia de una guerra popular y un genocidio en México. Ed. Planeta. México, 2013

Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte (Compiladores). Ciudad fantasma II, relato fantástico de la ciudad de México (XIX-XXI) Ed. Almadía. México, 2014

El porfirismo logró enmascarar un genocidio que duró más de cua­ tro décadas; la más larga guerra ocurrida en México y en América Latina fue en el río Yaqui, en Sonora. La lucha por la tie­rra es el único motivo que conduce a los yaquis en esta guerra. En contra de la pérdida de memoria que promueve el genocida, el autor de estas páginas descubre los trazos ocultos del cruento pasaje de la historia en el que una población de treinta mil personas quedó reducida a siete mil.

Este libro es la segunda entrega de la selección que de los innu­ merables cuentos de terror que la urbe ha inspirado, han he­cho puntualmente Bernardo Esquica y Vicente Quirarte. Así, los miedos latentes en la tradición de la ciudad de México toman forma en estos quince relatos que escribieron plumas tan entrañables como las de Amparo Dávila, Manuel Payno, Fran­cisco Tario o Carlos Fuentes.

Historia

Ciencia Ficción

NOVELA

Iván Gomezcésar. Para que sepan los que aún no nacen… Construcción de la historia en Milpa Alta. Universidad Autónoma de la Ciudad de México. México, 2010 (Colección La Ciudad)

Pepe Rojo y Bernardo Fernández, Bef (Compiladores) 25 minu­ tos en el futuro, nueva ciencia ficción norteamericana. Ed. Almadía. México, 2014

Fernanda Melchor. Falsa liebre. Ed. Almadía. México, 2013

La lucha por la tierra en Milpa Alta se llevó a cabo durante largos años de abuso por parte de una empresa papelera. Los bosques milpaltenses se vieron mermados velozmente ante la mirada de sus habitantes, quienes decidieron tomar las armas para defenderlos. Desde el S. XVII Milpa Alta tuvo Títulos Pri­ mordiales, en cuyas páginas las generaciones de pueblos originarios han encontrado lecciones de lucha.

Autores de escasa difusión en México pero de presencia infaltable para aquellos que se apasionan por la ciencia ficción son antologados por dos expertos en la materia; Bef y Pepe Rojo. Así, autores como Ken Liu, Paul Di Filippo, Christopher Rowe o Margaret Atwood nos ofrecen una vista panorámica muy recomendable de lo que ha ocurrido en el género en los últimos treinta años, apartándose de los clichés y los autores de renombre.

Una obra infaltable para la comprensión del fenómeno feminis­ ta en nuestro país. Da cuenta de la primera ola del movimiento de la mujer durante el porfirismo. Mujeres de diferentes condiciones, a lo largo de tortuosas generaciones, han enfrentado la desigualdad y la injusticia de género con valentía. Encontraremos ochenta años de pensamiento feminista vigente en esta antología compilada con dedicación, amor y disciplina.

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La vida de una juventud de clase media que se narra con la crudeza que sólo puede dar un oficio periodístico en los ba­rrios y diferentes ámbitos de un puerto de Veracruz cada vez más salvaje y descarnado. Desde una visión ochentera nos encontramos con los mundos donde se gestaron las consecuencias sociales de nuestro Veracruz actual. Una infancia que no fue atendida por sus padres. Niños del Atari y de la televisión. Una adolescencia dedicada a la bebida y a la droga. Una novela dura narrada con talento.


Nuestros colaboradores

MILPA ALTA

Raíces y defensa de la tierra AÑO 10 • NÚM. 42-43

Vicente Leñero. Novelista, periodista, guionista y dramaturgo. Obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Nacional de Ciencias y Artes de México en Lite­ ratura y Lingüística. Entre su obra destacan las novelas Los albañiles, La polvareda, La voz adolorida y la adaptación teatral de Los Hijos de Sánchez de Óscar Lewis. Abigael Bohórquez. Su vida transcurrió entre Sonora y Milpa Alta. Tuvo amistad con Efraín Huerta. Sus versos, calificados como subversivos, son clave en la poesía contemporánea mexicana. Algunas de sus obras son Poesida, Abigaeles, poeníñimos, Las amarras terrestres y Memorias en la Alta Milpa. Efraín Huerta. Es uno de los poetas mexicanos más importantes del siglo XX. Su libro Los hombres del alba establece una ruptura con las formas poéticas tradicionales. Sus columnas sobre cinematografía, política y literatura aparecieron en los medios más importantes de su tiempo. Escribió, entre muchos otros, los libros Absoluto amor, ¡Mi país, oh, mi país!, Elegía de la policía montada y Estampida de Poemínimos. Alice Munro. Una de las escritoras más destacadas en lengua inglesa en la actualidad. En 2013 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura. Entre sus obras se encuentran Demasiada felicidad, Mi vida querida, Escapada, El amor de una mujer generosa, Las lunas de Júpiter, Secretos a voces. Iván Gomezcésar. Es doctor en antropología y maestro en historia. Es profesor investigador de la UACM. Se ha especializado en el estudio de la ciudad de México. Es autor del libro Para que sepan los que aún no nacen: Construcción de la historia en Milpa Alta. Juan Gelman. Fue un destacadísimo poeta, periodista y militante argentino, entre su cuantiosa obra se encuentran los libros Violín y otras cuestiones, Gotán, Carta a mi madre, Salarios del impío, Incompletamente, El emperrado corazón amora y Hoy. Juana Reyes. Egresada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, pasante de la licenciatura en Creación Literaria en la UACM, imparte esta asignatura a niños-talento, en el DIF Milpa Alta. Fue reportera en el periódico El Nacional, en El Universal Gráfico y en diarios y revistas del estado de Morelos. Su reportaje La tenaz lucha contra la poliomielitis fue publicado en la colección Mirada al mundo. Los reportajes de El Nacional. Francisco Chavira Olivos. Nació en1927 en Milpa Alta. Es continuador de la obra de su profesor, don Fidencio Villanueva, el gran constructor de Milpa Alta en el siglo XX. Ha producido una abundante obra donde narra acontecimientos como la conquista, la Revolución y la construcción del Milpa Alta moderno. José Emilio Pacheco. Es una de las figuras más destacadas del ámbito literario mexicano. Obtuvo todos los premios de mayor importancia en lengua española. Entre su obra poética se encuentran los libros: Los elementos de la noche, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Los trabajos del mar, La arena er­ rante y Como la lluvia, Entre su obra narrativa se encuentran Morirás lejos, El principio del placer y Las batallas en el desierto. Verónica Briseño. Desde 1983 radica en San Bartolomé Xicomulco, en Milpa Alta. Estudió la licenciatura en Historia y Sociedad Contemporánea en la UACM, donde se tituló con la tesis Entre la ley y la costumbre: el subdelegado de Santa Ana Tlacotenco (1977-2011). Juan Carlos Loza Jurado. Activista, documentalista y realizador audiovisual independiente. Ha participado en festivales en Chile, Cuba y México. Ha escrito artículos para el suplemento «La Jornada del Campo» del periódico La Jornada, medios comunitarios y revistas digitales. Fidencio Villanueva Rojas. Nació el 16 de noviembre de 1910 en Teopancaltitla, Milpa Alta. Sus padres, Esteban Villanueva y Tranquilina Rojas, le enseñaron el náhuatl de Milpa Alta. En 1923 ingresó en el Seminario Conciliar de México. Ingresa a la Escuela Nacional de Maestros de donde egresó en 1934. Desem­ peñó una fecunda labor educativa y literaria en su lengua materna. Murió en 2000. Ezequiel Martínez Estrada. Fue uno de los ensayistas y narradores más sobresalientes de la cultura latinoamericana, entre su numerosa obra destacan los libros Radiografía de la pampa, La tos y otros entretenimientos, Muerte y transfiguración de Martín Fierro, Invariantes históricos en el Facundo y ¿Qué es esto? José Concepción Flores Arce (Xochime). Nació en el barrio de La Concepción en Milpa Alta, en 1930 y murió en el 2012. Por décadas se dedicó al rescate y difusión de la lengua náhuatl. Fue docente en el Museo de la Ciudad de México, la Casa Tlaxcala del Distrito Federal, la Casa de Escritores en Lenguas Indígenas y en la expreparatoria número 2 de la UNAM. Juan José Reyes. Es crítico literario. Su libro más reciente es acerca de dos filósofos mexicanos del siglo XX: El péndulo y el pozo. Ha publicado un incontable número de ensayos y textos críticos en los medios más importantes del país. Rowena Bali. Publicó las novelas Amazon Party, El Ejército de Sodoma, El agente morboso y el libro de cuentos La herida en el cielo. Es locutora de radio en la estación Ibero 90.9. Miguel Ángel Farfán Caudillo. Es sociólogo y profesor investigador en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Ha escrito el libro Milpa Alta: aproximación biblio­gráfica. Fausto Alzati Fernández. Autor de los libros de poemas Inmanencia Viral, Poemas Perrones pa’ la raza y del libro de ensayos Buda, drogas y pop. Édgar Reza. Narrador, poeta y ensayista, es autor de las novelas El evangelio del yunque, La edad obscena, Bajando la guardia y Viaje más largo a ninguna parte. Es también autor del libro de poemas Palimpsestos. Francisco Benavides Pérez. Es estudiante de la carrera de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Mariano del Cueto. Pintor, experto en ópera, historiador de la arquitectura y arquitecto. Jezreel Salazar. Es profesor de literatura en la UACM y en la UNAM. Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Alfonso Reyes por su libro La ciudad como texto. La crónica urbana de Carlos Monsiváis y el Premio Nacional de Crónica Urbana Manuel Gutiérrez Nájera por su libro Sentido de fuga. La ciu­ dad, el amor y la escritura. Alejandra García. Estudió comunicaciones. Es reseñista de Cultura Urbana desde su fundación. Ernesto Lumbreras. Es autor del libro de poesía Espuela para demorar el viaje y coautor de Desmentir la noche, entre otros. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes. Artículos y poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones del país. Obtuvo el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry.

CULTURA URBANA 165




Galdino Lรณpez Flores


Números anteriores NÚMERO 17 Moneros, el filo de la ironía

NÚMERO 21 68, memoria viva

Teutli y campanario Colectivo Teuhtli

NÚMERO 18 Vlady en el centro

NÚMERO 19-20 Ciudades utópicas y ciudades en Caos

TEXTOS: Carlos Monsiváis, Bárbara Jacobs, Sergio Raúl Arroyo, Mónica Lavín ILUSTRACIONES: Magú, Helguera, Jis, Trino, Ahumada, Cabeza

TEXTOS: Jorge Hernández Campos, José de la Colina, Eduardo Lizalde, Francisco Hernández, Susan Weissman, Claudio Albertani, Nicolás Mora, Jean-Guy Rens, Fernando Félix, Javier Escalera, Rocío Cerón ILUSTRACIONES: Obra de Vlady

TEXTOS: Richard Rogers, Raúl Renán, Óscar de la Borbolla, Ana García Bergua, David Huerta, Fabrizio Mejía Madrid, Pablo Boullosa, Armando González Torres, Roberto Mesta ILUSTRACIONES: Obra de siete artistas gráficos

NÚMERO 22-23 En el rincón de una cantina

NÚMERO 24-25 Edificios, paisajes emblemáticos

NÚMERO 26-27 Oficio: Periodista

TEXTOS: Carlos Monsiváis, Concepción Ruiz Funes, Luis Villoro, Mathilde Gerard, Elena Poniatowska, Lorenzo Gutiérrez, Medardo Maza, Javier Moro, Juan Santiago Paz, Eve Gil, Leo Mendoza ILUSTRACIONES: Daniel Alva, imágenes de la gráfica del 68, fotografías del Memorial del 68

TEXTOS: José Kozer, Darío Armenta, Jair Cortés, Daniel Fragoso, Ernesto Lumbreras, Leo Mendoza, Gonzalo Lizardo, Alberto Chimal, Salvador Beltrán ILUSTRACIONES: Eko de la Garza y otros artistas

TEXTOS: Guillermo Samperio, Mónica Lavín, Ana García Bergua, Ernesto Lumbreras, Mariano del Cueto, Sergio Raúl Arroyo, Magali Tercero, José Amozurrutia, Gerardo Guízar ILUSTRACIONES: Fotografía de Sharenii Guzmán y otros fotógrafos

TEXTOS: Carlos Monsiváis, José Kozer, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero, Antonio Helguera, Norman Mailer, Yevgueni Yevtushenko, Javier Campos, Luis Humberto Crosthwaite, Ryzard Kapuscinski, Tanius Karam ILUSTRACIONES: Fotografía de siete fotógrafos periodísticos

NÚMERO 28-29 ¡Amárrate las agujetas! La niñez y sus mundos

NÚMERO 30 Agua

NÚMERO 31-32 Sexualidad diversa

NÚMERO 33-34 Laicismo: La fe no mueve montañas

TEXTOS: Jorge López Páez, José de la Colina, Francisco Hinojosa, Guillermo Samperio, Agustín Monsreal, Hugo Gutiérrez Vega, Ricardo Castillo, Blanca Luz Pulido, Magali Tercero ILUSTRACIONES: Jozé Daniel y Armando Haro, entre otros

TEXTOS: Vicente Leñero, Torgny Lindgren, José Hernández Vázquez, Pablo Raphael, Jaime Vilchis, Francisco Magaña, Paola Jauffred Gorostiza ILUSTRACIONES: Armando Haro Márquez y Armando Haro Rodríguez, entre otros

TEXTOS: Luis Zapata, Carlos Monsiváis, David Miklos, Gonzalo Lizardo, Mauricio Molina, Sergio Téllez-Pon, Paola Tinoco, Guty, Adriana González Mateos ILUSTRACIONES: Mónica Ae, Lulú Barrera, Agente Arte Hormiga, Florentino Fuentes

TEXTOS: Miguel Concha Malo, Tedi López Mills, Myriam Moscona, Carla Faesler, Bernardo Fernández BEF, Alberto Chimal, Ana García Bergua Bernardo Esquinca ILUSTRACIONES: Gustavo Abascal, José Manuel Bañuelos Ledesma, Ignacio Vera Ponce

NÚMERO 35-36 Modos de ser chilango

NÚMERO 37-38 Elena Poniatowska: Creación y compromiso

NÚMERO 39 Voces y texturas de la gran ciudad

NÚMERO 40-41 Barrio de La Merced

TEXTOS: Armando González Torres, Fabio Morábito, Magali Tercero, Fabrizio Mejía, Ana García Bergua, Benjamín Muratalla, Julio Patán, Gilma Luque, José Javier Villareal ILUSTRACIONES: Colectivo Arte por la Paz, Diego Cornejo Choperena

TEXTOS: Elena Poniatowska, Nadia Villafuerte, Salvador Castañeda, Adriana González Mateos, Edgar Krauss, Mauricio Bares, Alejandro Magallanes, Fabio Morábito, Jorge Alberto Gudiño Hernández ILUSTRACIONES: Juan Carlos Guarneros, Manuel Delaflor, Juan Pablo De la Colina

TEXTOS: Bárbara Jacobs, Claudio Albertani, Armando González Torres, Ernesto Lumbreras, Paola Jauffred Gorostiza, Rocío Cerón ILUSTRACIONES: Eko de la Garza, Santiago Corral, Andrea Dueñas

TEXTOS: Marcela Dávalos, Ezequiel Martínez Estrada, Adriana González Mateos, David Pastor Vico, Jack Kerouac (Versión de Sergio Raúl Arroyo) Leilanny Navarro Franco, Ainhoa Ruiz Verdugo ILUSTRACIONES: Tanya Huntington, Silvia Carbajal Huerta, Tanya Rojo, Ariel Yaotalalli Morales González


$ 60.00

Milpa Alta

Raíces y defensa de la tierra

Milpa Alta • Raíces y defensa de la tierra

CULTURA URBANA

AÑO 10 • NÚM. 42-43

42-43

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO AÑO 10 • NÚM. 42-43

Portada y contraportada: Juan Pablo de la Colina

Vicente Leñero • José Emilio Pacheco • Alice Munro • Juan Gelman ABIGAEL BOHÓRQUEZ • EFRAÍN HUERTA • IVÁN GOMEZCÉSAR • JUANA REYES VERÓNICA BRISEÑO BENÍTEZ • MIGUEL ÁNGEL FARFÁN CAUDILLO JUAN CARLOS LOZA JURADO • JOSÉ CONCEPCIÓN FLORES ARCE (XOCHIME) FIDENCIO VILLANUEVA ROJAS • FRANCISCO CHAVIRA OLIVOS