TORMENTA EN EL MANASLU de Reinhold Messner

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H I M A L AYA

Reinhold Messner Tormenta en el Manaslu Traducción del alemán de Aida Aragón Altarriba y Angélica Maria Ripa

PEDIC X E A L O DE I R A S R ANIVE 0 5 • 22 1972-20

IÓN


Tormenta en el Manaslu Reinhold Messner

Título original: Sturm am Manaslu. © 2008 Piper Verlag GmbH, Munchen/Berlin Primera edición: Julio de 2022

© del texto, croquis y fotografías: Reinhold Messner (excepto las indicadas). © de la traducción: Aida Aragón Altarriba y Angélica Maria Ripa © de la revisión técnica: Enric Soler. © de la primera edición en castellano: Tushita edicions, julio de 2021.

www.tushitaedicions.com Diseño de la colección y de las cubiertas: Marc Ancochea. Maquetación: Sir Gawain & Co. Impreso en: Romanyà Valls. ISBN-13: 978-84-125129-5-3 Depósito legal: B 12014-2022 Thema: SZG, DNBS1, 1FKN, 1FZTH Ibic: WSZG, BGSA, 1FKN No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su uso informático ni su transmisión a través de cualquier medio ya sea electrónico, mecánico, fotocopias, registro u otros métodos sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Los editores deseamos agradecer públicamente el material fotográfico que, para poder ilustrar este libro, nos han cedido desinteresadamente los alpinistas: Horst Fankhauser, Viktor Grošelj y Günther Härter. Fotografía de la portada: Imponente, el Manaslu, apareciendo por entre las nubes. (Fotografia de Isoft-¡Stock Photo) Fotografía de la contraportada: Reinhold Messner frente a la tienda del Campamento iv, después de la noche de la catástrofe. (Fotografía de Horst Fankhauser «Archivo Messner»).


ÍNDICE

1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. 11. 12. 13. 14. 15. 16. 17.

Diez aludes por hora 7 La expedición exploratoria 17 Partidas de cartas en el Campamento base 23 Las oraciones de los sherpas 34 Aludes en el valle de las Mariposas 43 La curiosa desaparición del Sr. Karki 51 Todos a sus puestos 57 Cambio en el grupo de cumbre 62 Ascenso a la zona de la muerte 66 El plan de ataque 71 Un largo recorrido hasta la cumbre 77 Tormenta 83 Informe de cumbre 89 Solo sobrevivió uno 94 ¡Manasuli, Manasuli! 97 Descenso al Campamento base 101 El camino de vuelta 104

Manaslu, 1972: cuando el compañerismo acabó en tragedia. Epílogo de Wolfgang Nairz 107 Anexos : 109 Diario de la expedición 110 Manaslu: la montaña de los japoneses 117 Crónica de la evolución del Manaslu 122 Expediciones estatales en la cumbre del Manaslu 117 El Manaslu en 2021-2022 117 Bibliografía 122

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Diez aludes por hora

—E

quipo de exploración uno, aquí equipo de exploración uno, ¿me recibe, Campamento base —dije al tiempo que soltaba el botón y escuchaba con atención. Nadie contestó. —Deben de haberse olvidado de la conexión —supuso Horst. —Aquí equipo de exploración uno, equipo de exploración uno, llamando a Campamento base, ¿me recibe? —repetí acercándome el aparato al oído, pero de nuevo no hubo respuesta. —Esperemos cinco minutos —propuso Horst, y siguió inspeccionando la pared de hielo con los prismáticos. —Yo me quedo a la espera. Con cuidado, coloqué la radio encima de mi mochila, que estaba sobre un bloque de roca plano del tamaño de una mesa. La nieve se colaba entre las rocas, en cada hondonada, y el hielo fósil que teníamos debajo crujía de vez en cuando. Nos sentamos en el extremo izquierdo de la morrena periférica del glaciar Tulagi, directamente debajo de la imponente pared sur del Manaslu. —¡Mira, un alud! —gritó súbitamente Horst, señalando un punto del glaciar desde donde se precipitaba el hielo. Una nube de nieve en polvo inmensa cubría el pie del muro y caían enormes bloques de hielo, que se desprendían con un ruido atronador. —¡Mierda! —pensé. —¡Es increíble! —exclamó Horst. —Tenemos que apuntar cuántos bloques caen y, sobre todo, de qué punto se desprenden. Si no encontramos una vía de ascenso segura para atravesar esta zona de aludes, ¡yo no subo! —¡Ni yo! Así pues, seguimos estudiando la pared. La radio emitió unos cuantos pitidos y al momento oímos una voz. Horst apretó el botón: —Equipo de exploración uno —dijo—, ¿me recibes? —¿Quién eres? —preguntó alguien desde el Campamento base. —Soy Horst. —¿Cómo estáis? —preguntó la voz. —Bastante bien, podemos ver toda la pared, pero ahora mismo ha habido un alud. ¡Ha sido brutal! Ahora te paso a Reinhold, cambio. 7


—Hola, Andi, creo que existe una vía. Queremos estudiar bien la pared y contar los aludes, aunque hay un pilar de roca en el flanco derecho que, bajo mi punto de vista, parece relativamente seguro, e incluso totalmente seguro. Por allí se puede pasar. ¿Qué te parece? ¡Cambio! —¿Te refieres al pilar de roca vertical que está a la derecha de la cascada de hielo? —Sí, a ese. —Allí la roca parece frágil y extraplomada y ese pilar mide más de 500 metros, a esa altitud es casi imposible, cambio. —Si queda a salvo de aludes, podemos dar un rodeo desde arriba —afirmé. A continuación, añadí—: Lo más impresionante del caso es que solo existe esta ruta, ¡todas las demás vías de acceso son demasiado peligrosas! —¿Crees de verdad que podemos pasar por allí? —Sin duda. El único problema es que haya tantos aludes. Es lo que me preocupa ahora mismo. Por cierto, ¿Wolfi ha dicho algo ya? —¡No! —Pues esperamos aquí. Mientras tanto, seguiremos estudiando el muro. Os avisaremos dentro de una hora. ¡Hasta luego, cambio y corto! —¡Cambio y corto! La noticia de que podía existir una ruta relativamente segura por la pared sur del Manaslu se extendió por las ondas de radio del glaciar Tulagi, llegó hasta el Campamento base provisional y provocó inquietud entre los que consideraban que la cara sur de este «monte sagrado» era el símbolo de la inescrutabilidad. ¡Y era una inquietud justificada! El día anterior ni siquiera sabía cómo era la estructura de la pared sur. Solo sabía que al este se encontraba el Peak 29, a su derecha el Himalchuli, y que una larga corriente de glaciar conducía hasta la pared sur del Manaslu. Diez años atrás, una expedición japonesa se atrevió a cruzar el glaciar en busca de una ruta de ascenso hasta el Peak 29, pero finalmente desistieron y abandonaron la región sin tan siquiera elaborar un mapa mínimamente detallado. Aparentemente, el valle cerrado era demasiado abrupto para practicar la ascensión y no se interesaron más por él. Las paredes les parecieron demasiado escarpadas: era excesivamente peligroso.

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I

nmensas cascadas de hielo y seracs recorren la pared sur del Manaslu. Según los informes de nuestros cuatro compañeros, a mí también me pareció totalmente imposible. En la primera exploración que hicimos, hace dos días, se levantó niebla. Hansjörg y Franz solo pudieron ver la vertiente nevada que iba desde el glaciar hasta el pie de la pared. Al principio eran optimistas, pero se les pasó en cuanto estuvieron con Andi y Hans junto a ella. Esa mañana se convencieron de que la pared que tenían enfrente era infranqueable. ¡Contaron diez aludes de hielo en solo una hora! Yo me había ido a Europa con la otra parte del equipo dos semanas después del primer contacto y llegué al Campamento base justo en el momento en el que regresaban del valle sur, moralmente abatidos. —Desde esta parte no se puede ascender al Manaslu, es imposible —afirmó Hans. —Siendo objetivos, sería demasiado peligroso —confirmó Hansjörg. Andi también albergaba serias dudas en cuanto al ascenso por la cara sur. Aun así, a él lo que le preocupaba no era la cascada de hielo. A causa de la niebla, muchas veces solo había podido percibir el contorno del paisaje. Sus preocupaciones nacían de algo que ni él mismo lograba identificar; sin embargo, lo que sí podía intuir era un peligro demasiado grande. Nuestro sirdar Urkien, que había dirigido el segundo reconocimiento, no hacía más que repetir una y otra vez: «¡imposible, imposible!». —Las formaciones de hielo a izquierda y derecha son trampas mortales —decían los cuatro del Campamento base—. Hacen peligrar toda la pared. Nos invadió la sensación de que la cara sur del Manaslu se nos escapaba de entre las manos y barajamos la posibilidad de trasladar el Campamento base hacia el lado oeste de la montaña. Valoramos también movernos a la cara norte, donde se había instalado una expedición de Corea del Sur. Pero antes, Horst y yo decidimos estudiar el muro de forma más exhaustiva. Los demás estuvieron de acuerdo, aunque ya no veían ninguna posibilidad.

V einticuatro horas más tarde logré convencerlos por radio de que habíamos dado con una posibilidad. Horst y yo todavía nos

encontrábamos en la morrena izquierda. Bajo nuestros pies, el glaciar Thulagi dibujaba un gran arco hasta el pie de la pared sur del Manaslu, cubierto de nieve fresca. Solo quedaban unas pocas 9


rocas secas, por lo que parecía que la corriente llevara un ritmo más lento. Un segundo equipo exploratorio había salido tras nosotros del Campamento base y se adentraba en el valle por la otra orilla del glaciar fósil. Con los prismáticos se distinguían tres pequeños puntos que caminaban, hondonada arriba y hondonada abajo, sobre la nieve y el hielo. Durante la siguiente hora nos pusimos en contacto por radio con ellos y con el resto del equipo, que se había quedado en el Campamento base provisional. La primera vez que los llamamos, los miembros del otro equipo todavía no veían la pared y seguramente por eso no se unieron a la conversación Ante nosotros se abría un mundo salvaje y totalmente desconocido. Nos invadían todo tipo de sensaciones. El fondo del valle por el que habíamos ascendido está ocupado por el glaciar Thulagi. Con una anchura uniforme de un kilómetro y medio aproximadamente, avanza y se eleva ligeramente trazando un semicírculo hasta llegar al valle cerrado. El tramo se recorría en unas tres horas y nos proporcionaba grandes quebraderos de cabeza. A su derecha se erige la trapezoidal cara oeste del Peak 29, que es el doble de alta que la cara norte del Eiger y tiene una docena de balcones de hielo que penden como guillotinas. A la izquierda se eleva una afilada torre de roca y, detrás de ella, un siete mil con las rocas cimeras cubiertas de neviza estriada como tubos de organo, similar a la que solo había visto en los Andes. Al final del valle, bastante alejado y, por lo tanto, algo distorsionado, emerge el Manaslu. La pared sur del Manaslu es un precipicio de 4.000 metros de caída compuesto de roca y hielo. Entre enormes pilares de roca cuelgan cascadas de hielo, blancas y agrietadas como el mortero de una pared podrida. Con los prismáticos, el pilar del pie de la pared parecía accesible, aunque también prometía notables dificultades. Aun así, estábamos dispuestos a asumir retos mayores si nos servía para asegurarnos una ruta objetivamente segura. Horst estaba de acuerdo conmigo en el planteamiento: acceder por un pilar de roca, superar una pared de hielo y luego un laberinto de hielo que conduce al pie de la pared de la cumbre, de dos mil metros de altura. Lógicamente, en el Campamento base pensaron que nos habíamos puesto de acuerdo, y por eso Wolfi aprobó nuestro plan cuando hablamos por radio con él. En cambio, Horst tenía la sensación de que no habíamos tenido suficiente tiempo como para exponer la lógica de nuestra ruta. Por lo tanto, continuamos el ascenso por el glaciar. Pasamos largas horas al pie de la pared añadiendo 10


observaciones a nuestra ruta de ascenso, hasta que vimos lo que la intuición hasta entonces solo nos había mostrado vagamente: ¡solo había un camino seguro a la cumbre! En la siguiente comunicación por radio conseguimos describir de forma clara y convincente la seguridad de la ruta y su lógica. Pero al final de la conversación ocurrió algo que no solo nos causó horror, sino también una especie de aturdimiento. —¡Un alud! —gritó Horst—, ¡a la izquierda, por encima de la caída de seracs! —¡Se dirige justo hacia el cruce por dónde habíamos planeado el ascenso! —oímos que decía una voz en la radio. Y después ya no oímos nada más; el ruido era ensordecedor. El material se había desprendido de la caída de seracs vertical con un rugido atronador y descendía de resalte en resalte. Ambos presenciamos aterrorizados cómo el alud barría de un plumazo los enormes bloques de hielo, la nieve, las piedras y las colosales torres de seracs; todo desaparecía con un enorme estruendo bajo una nube de polvo de nieve y reaparecía al final de la cola del alud, justo donde menos nos lo esperábamos. El alud se abalanzaba sobre nosotros con una fuerza descomunal. Horst miraba la pared a través de los prismáticos y movía la cabeza de un lado a otro. Identificaba los peligros con una especie de curiosidad sin asombro. —El cruce no peligra tanto —aseguró por radio con un tono casi alegre —¡todo depende de que logremos encontrar la ruta correcta! La dilatada experiencia de Horst en caídas de seracs alimentaba su esperanza de encontrar una salida, así que vio viable dar un rodeo por la derecha para evitar la cascada de hielo y las zonas ahora amenazadas por el alud. Así era como esperaba alcanzar la pared de la cumbre sin peligro. Yo estaba de acuerdo. Con un ojo siempre puesto en la caída de seracs y el otro en las colas del alud, exploramos la pared hasta el más mínimo detalle, incluyendo la zona de la cumbre. Ningún punto de nuestro plan de ruta podía verse afectado por los aludes. Era seguro.

E

l 22 de marzo, el día amaneció nublado, frío y húmedo, pero en nuestro Campamento base reinaba el optimismo. Con todos nosotros convencidos de que la opción del flanco sur del Manaslu era la mejor, Urkien tenía que bajar al valle para reclutar porteadores. Teníamos que trasladar el Campamento base más cerca de la montaña. 11


Durante la noche había nevado, por lo que Urkien dudaba de que la partida fuera adecuada. A la hora del desayuno, volvió a surgir la discusión sobre la ruta: —Si hay nieve fresca, retroceder desde el centro de la pared es prácticamente imposible. —¿Y quién nos asegura que el pilar pueda desviar desprendimientos de hielo? —De momento, solo queremos intentarlo, nada más —aclaró Wolfi para contrarrestar las objeciones—. Si la ruta resulta ser demasiado peligrosa, seremos los primeros en dejarlo. Yo asentí. —Vale, entonces contad con nosotros —respondió Andi, en nombre de todos. Nunca hubiera pensado que la decisión de la avanzadilla pudiera revocarse tan fácilmente.

A la mañana siguiente, Andi Schlick y yo subimos hasta el pie de la pared. Los sherpas nos trajeron una tienda de campaña y co-

mida. La idea era quedarse unos días allí arriba. Andi se había ido del Campamento base provisional de buen humor; silbaba en voz baja y construía hitos con piedras aquí y allá. Llevaba un equipo de escalada liviano y botas igualmente ligeras. Se hubiera animado a subir hasta a la cima así. Todavía estábamos en los primeros meses del año. Las laderas tan solo empezaban a librarse de la nieve. Ya se veían algunas manchas marrones, pero aún predominaba el blanco sucio de la nieve. Y si se encontraba algo de hierba seca debajo de una piedra, la tierra junto a ella estaba seca y marrón. Por la mañana, cuando se despertó, Andi acusaba el cansancio de dar vueltas y vueltas sobre la dura esterilla, aunque luego estaba de muy buen humor. Tenía ganas de explorar, escalar, descubrir, incluso de correr. De repente, quería empezar la ascensión sin perder ni un minuto más. Se alegraba por cada paso que daba en la superficie pedregosa hacia el Manaslu. Pasamos junto a mesas glaciares y saltamos sobre los cursos de agua que se habían formado en el hielo. Aunque tenía sed, Andi no se agachó para beber. Estaba obsesionado por ascender, por subir al Manaslu... Tres días antes había acudida a la zona para explorar, pero entonces se había mostrado triste y deprimido. En cambio, ese día se iba a construir el primer campamento y él estaba feliz, porque uno de sus sueños estaba a punto de hacerse realidad: el ascenso 12


a una montaña de ocho mil metros (su mayor y más secreto deseo desde hacía muchos años). —Es viable —dijo—. ¡Es viable! Para poder enfrentarse a un ocho mil tan alegremente, tenías que estar muy seguro de ti mismo. Y ahí estábamos, al pie de la pared, y ni siquiera nos habíamos dado cuenta de lo rápido que habíamos llegado. Subimos un nevero cubierto por varios bloques de hielo, caminamos a lo largo de una pared rocosa, cruzamos una pequeña terraza... y, de repente, nos detuvimos. —Andi, este sitio es ideal para montar el campamento. —Pues aquí nos quedamos —respondió él. Montamos una tienda de campaña para dos personas bajo un resalte helado extraplomado y clavamos varios pitones en la pared, donde colgamos nuestro equipo. De repente, algunos trozos de hielo golpearon el circo glaciar que teníamos delante; los puntos de impacto estaban cerca y nos asustamos. Nos agachamos, instintivamente, y nos acercamos a la pared todo lo que pudimos. Por suerte, habíamos construido un muro frente al toldo de la tienda con unos cuantos bloques de piedra. Y entonces pensamos que en nuestra casita se estaba bastante bien. La entrada daba a la pared. Dentro ya estaba anocheciendo. El sol había desaparecido detrás de una cresta nevada. Andi se sentó cerca del fuego y empezó a trastear con las ollas y las latas. Parecía que siempre hubiera vivido allí, lo cual parecía perfectamente factible. Solo tenías que ir a buscar agua y añadir combustible de vez en cuando, y tal vez tender al sol las esterillas y los sacos de dormir cuando fuera posible. Volví con un bidón de agua y me encontré a Andi sentado en una piedra más baja que un taburete. Se había puesto el plumón y, desde lejos, parecía que lo hubieran hinchado. Tenía los brazos apoyados sobre las rodillas. Cuando me vio, se rio. Independientemente de la imagen que quisiera dar —valiente, perseverante, fuerte, cuidadoso—, para nosotros siempre fue una persona alegre, un hombre que te hacía sentir feliz. Todo el mundo le había aconsejado que no participara en la expedición. Durante meses, antes de marcharnos, había hablado mucho sobre el tema y con mucha gente distinta. No ignoraba los argumentos de los que le advertían que no lo hiciera, e incluso se daba cuenta de que en parte tenían razón. Pero no podía olvidar tan fácilmente su plan; no podía abandonarlo sin más. No podía renunciar por simples razones de precaución. Tal vez se arrepintiera más tarde. Y, lo que es peor: tal vez se habría odiado a sí mismo por ello... 13


Pero ese día nos sentamos en nuestras piedras hasta que oscureció, sin pasar nada de frío. La pared de roca liberaba el calor almacenado durante el día. No encendimos ni una sola lámpara. La luz del hornillo era suficiente. Creamos un ambiente agradable para charlar. Bebimos té caliente y Ovomaltine. —Es como vivaquear en una de las paredes de los Dolomitas —comentó Andi. —¿Has hecho muchos vivaques? —le pregunté. —Unos cuantos. Al cabo de un rato añadió: —Una vez, en la pared norte de la Cima Grande, bajo la chimenea de salida. Por la noche, la temperatura descendió bruscamente hasta treinta grados bajo cero. Estábamos calados, y por la mañana amanecíamos tiesos, casi congelados. Entonces Franz tomó el mando; las chimeneas parecían recubiertas de cristal y los pitones estaban bajo el hielo. Oímos que otras cordadas pedían ayuda y las iban a buscar. Conseguimos salir, pero todavía no sé cómo lo hicimos. —Ah, sí, lo leí en el periódico. —¿Y qué ponía? —Que rescataron a unos cuantos alpinistas. —De la montaña, a los periódicos solo les interesan los muertos o los rescates, no escriben sobre nada más. A lo sumo, sobre peleas en las expediciones. —Lo demás no vende —comenté yo. —¡Con vuestra expedición al Nanga Parbat se quedaron a gusto!1 —Me da igual —contesté—. ¿Qué sabrán ellos sobre un ocho mil? Andi tenía dudas sobre su futuro. Quizás porque se acercaba a los treinta años, una edad en la que uno necesita cierta seguridad y estabilidad económica. No sabía si alquilar un refugio o seguir siendo guía de montaña. Como guía era popular y hábil: había conseguido más de una vez varias de las ascensiones de roca más difíciles de los Alpes, además de guiar a infinidad de grupos y había tenido éxito en algunas primeras ascensiones, como la cara noreste del Piz Bianco. Asimismo, sus rutas de invierno eran muy conocidas. Era tenaz y racional, cualidades que a menudo son necesarias para los grandes proyectos.

1. En 1970, durante su primera ascensión a un ochomil, el Nanga Parbat, Reinhold Messner perdió a su hermano Gunther y además, posteriormente, tuvo que soportar un alud de críticas que le acusaban de haberlo abandonado. Messner se justificó en su libro La montaña desnuda. [N. del Ed.]

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Durante la ardua partida había asumido la dirección de la avanzadilla. Los de la retaguardia quedamos admirados de que consiguiera llegar al glaciar con más de noventa porteadores sin ningún problema destacable. Sin embargo, a pesar de que era un líder nato y de que ansiaba la cumbre, cuando hacía falta no dudaba en ponerse a las órdenes de otro. Después de charlar un buen rato, nos retiramos a la tienda. Me costó un poco dormir por las gotas que caían sobre el borde de nuestro techado procedente de las rocas que colgaban por encima de nuestras cabezas.

E l 25 de abril amaneció una mañana muy clara. Andi me siguió a grandes zancadas ascendiendo a lo largo de la pared. Nos detu-

vimos bajo una rampa poco pronunciada: ¡más rocas verticales! Dudamos unos segundos, pero decidimos seguir, porque todas las demás opciones de acceso eran todavía más difíciles. Y empezamos la ascensión. Las condiciones eran malas: había nieve y hielo en las placas y en cada fisura. Sin embargo, el pilar parecía accesible porque cien metros más arriba había un cable. Ascendía lentamente, clavando un pitón de vez en cuando. Andi subía detrás y fijaba la cuerda a los clavos con cordinos o mosquetones. Ese día solo conseguimos ascender doscientos metros. Llegamos a un sistema de cables y todavía nos esforzamos por alcanzar la parte inferior del pilar extraplomado. Por la tarde volvimos a la tienda. El estruendo de los aludes llenaba el valle cerrado al pie del Manaslu. Caían a cualquier hora del día. Se desprendían con un ruido seco al pie de la pared desde las cornisas de la pared oeste del Peak 29. Nos interrumpían mientras comentábamos hasta las tantas de la noche la gran dificultad que suponía la parte central del pilar. —Esta pared es una locura, pero es lo que la hace todavía más interesante —dije, antes de dormirnos. Al día siguiente, cuando Andi y yo ya nos encontrábamos a trescientos metros del punto de ataque, aparecieron tres siluetas debajo de nosotros. Eran Horst, Frank y Hansjörg, y venían desde el Campamento base para traernos cuerdas, escaleras y pitones. Escalaron por las cuerdas fijas hasta alcanzar la parte inferior del saliente. Al llegar, se sorprendieron bastante de ver hasta dónde habíamos llegado. Las cuerdas colgaban libremente. De vez en cuando caía una piedra, pasaba silbando junto a ellos y golpeaba los cables situados cien metros más abajo. ¡Solo habían visto rocas tan escarpadas como esas en los Dolomitas! 15


Mientras Andi aseguraba una chimenea, subí una escalera de cuerda de 30 metros de largo y la colgué en los cuatro pitones que había logrado clavar en la parte superior. Horst quiso subir de inmediato para ayudarme, pero la escalera se tensó, se balanceó y él estuvo a punto de perder el equilibrio. No había alcanzado siquiera la mitad de la longitud cuando la escalera, repentinamente, empezó a girar y Horst quedó colgando al vacío, con el cuerpo en posición horizontal y la respiración acelerada. Yo me temí lo peor. —¡Agárrate fuerte! —grité. Debajo teníamos una pared vertical de trescientos metros. Horst se incorporó con los brazos, giró la escalera y tomó aire. Cuando estuvo junto a mí vi que le temblaban las manos; había hecho un esfuerzo titánico. De ese incidente aprendimos la lección y, a partir de entonces, fijamos la escalera a la pared en toda su longitud. A la mañana siguiente, mientras Andi y Franz seguían asegurando el pilar, Horst y yo nos pusimos el objetivo de superar el pilar en una avanzadilla relámpago. Teníamos que averiguar si la caída de seracs del medio de la pared era transitable.

Campo base en el glaciar de hielo muerto, al pie del Manaslu.

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