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30 años para soñar... Rafael Asencio González, “Chencho” Tuna de Medicina de Córdoba

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asados los rigores del verano se cumplirá el treinta aniversario de la Tuna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Córdoba, circunstancia que, no se crean, no deja de tener su mérito y hasta sorprende que, habida cuenta como nos manejamos hoy en día, perviva una sociedad que une a sus miembros con el único cerrojo de la amistad y la palabra dada, antaño vigoroso y ahora subproducto de cacharrería. Treinta años que, como por ensalmo, han forjado entre sus miembros un particular modo de entender la vida, de apreciarla sin límite y de querer vivirla y usarla en las antípodas de quienes practican una existencia gris y anodina… mediocre… anémica; substancia ésta que pervive con independencia de la edad o condición de sus miembros, e incluso de la permanencia activa en sus huestes, ad aeternum por la sola voluntad, ad libitum. Treinta años enamorados de nuestra ciudad… treinta años que son tantas lunas corriendo la tuna a su despertar que bastan, y aun sobran para que, quienes vestimos la ropilla estudiantina proclamemos convencidos no haber gloria ni fortuna en esta chica bola que es el mundo comparable a ese mágico instante de verla abriendo los ojos, con la cara sin lavar, amaneciendo hermosa y resplande-

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Al caer la negra noche Cada quien en su lugar, Córdoba parece sola Pero callada no está, Sigue la Tuna Galena Cantándole a su ciudad A sus calles perfumadas Con aroma de azahar…


ciente… Treinta años que son una suma de momentos en los que nuestras manos templaron, con mayor o menor pericia, genio y alma de este pueblo antiguo mientras las voces conjuraban versos consagrados a ensalzarla al despuntar las primeras luces de la alborada… poca cosa… ya ven. Treinta años locos por la música: lenguaje universal y castigo de gruñones de cuento sajón de navidad… toda la música: de la culta a la popular pasando por la moderna, la de aquí y la de allí… único medio permitido para zaherir al compañero con ingenio y gracia en un “Cancionero Maldito” que lleva por expresivo subtítulo “Coplas, letrillas y otras hijoputeces”, y que lejos de provocar duelos a primera sangre los dio muy buenos a primera, segunda o tercera risa… y, también, la música que de un tiempo a esta parte se afanan en componer algunos de los nuestros para que quede… si es que algo queda pasados otros treinta años o hay quien para contarlos. Treinta años en los que, con esos ingredientes, se ha cocinado un currículo artístico espectacular e impropio de una “tunita de provincias” que la encumbra a un puesto entre las mejores del panorama actual… unos 80 premios, éxitos en los dos certámenes internacionales de más renombre en Portugal y Holanda, cinco triunfos en el Nacional de Medicina, tres discos, programas de televisión en Alemania, Japón, Gran Bretaña y México, además de en España… y mucho, mucho más… que han sido recibidos, en la mayor parte de las ocasiones, con indiferencia por una Universidad más preocupada por acreditar su calidad que en verdaderamente aprehenderla, y que de suyo nos ha tenido por una institución para-académica, cuando siempre han sido los cursantes la sangre renovada de la cual se nutre y sus avatares y costumbres conforman por tanto, en buena medida, la esencia más fresca de la misma. Con todo nunca hemos necesitado que la Universidad nos confiera carta de naturaleza, pues siendo la tuna la tradición escolar más antigua en nuestro suelo, tiene esa dignidad que cualquier persona alejada de modas pasajeras puede fácilmente colegir y sobrepasa a la competencia de los puntuales equipos de gobierno quienes, si bien no nos han apoyado o lo han hecho con cicatería, sí han estado prestos en publicar las noticias de nuestros laureles… más le valiera

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en todo caso coadyuvar a la conservación y puesta en valor un patrimonio cultural que no es sino parte de su legítima histórica… aunque eso es pedir mucho ¡Tiene tantas derrotas nuestra Universidad! Pero no es tiempo de hablar de “colas” y sí de “Vítores”… Va para treinta años que un grupito de alumnos llamaron a la puerta del Decano de la Facultad para solicitar su ayuda en el parto de lo que para ellos era por entonces un medio de diversión y hoy entienden casi como una familia, la Tuna de Medicina de Córdoba… y treinta hace que cabalmente la obtuvieron de don Rafael Martínez Sierra probablemente porque él ya conocía esa verdad absoluta: fueron muchos los años en los que don Rafael dirigió los designios de la famosa Tuna Universitaria de Granada y llenó las estanterías de su cuarto de estudiante de premios obtenidos por ésta, años en los que su capa escolar barrió el polvo de los caminos portugueses, franceses, alemanes, etc… si bien y a su decir, <<¡cómo los polvos de Faro ninguno!>>... imágenes que reproducen el optimismo y colorido intenso de los cuadros que ahora pinta, por más que se retrataran en blanco y negro. Y es que, además de un excelente profesional, docente, escritor, conversador y artista a tener en cuenta, parafraseando a Miguel Márquez, coetáneo suyo en la estudiantina y hoy Presidente de la Antigua Tuna del Distrito Universitario de la ciudad de la Alhambra, don Rafael era el arquetipo ideal de estudiante de la tuna y por ende espejo en el que todos se miraban, siempre interesado en la historia de esta hermosa tradición escolar y en su supervivencia a través de los siglos, así como en la conservación de este precioso legado universitario para el disfrute de las futuras generaciones que han de poblar las aulas. En estos treinta años siempre lo consideramos tuno fundador de la de Galenos Cordobeses, maestro dentro y fuera de las aulas (¿Quién se salta su artículo en COMCORDOBA? ¿Quién no se lo reserva para saborearlo en soledad? ¿Quién no se sorprende al comprobar su estilo de certero lanzador de cuchillos, de patólogo que disecciona los cadáveres de nuestra sociedad?), artista… hombre del Renacimiento… ejemplo fetén.

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Resta en nuestro “Debe” tardar treinta años en organizarle un homenaje más que merecido a su persona… y en nuestro “Haber” llevar cumplido el deseo que nos indicara mediante carta al tiempo de abandonar el decanato:

30 de enero 1.987 Sr. D. José Serrano Jefe de la Tuna de la Facultad de Medicina CÓRDOBA Queridos amigos: Al presentar mi dimisión como Decano de esta Facultad al Excmo. y Magfco. Sr. Rector, no puedo por menos que acordarme de esa Tuna, a la cual ayudé en todo lo que pude desde mi cargo para su consolidación y desarrollo. Pensad que es la única institución universitaria estudiantil que perdura desde el siglo XIII. Sois responsables de que esta tradición no desaparezca. Un afectuoso saludo Rafael Martínez Sierra.

Sin duda ser tuno imprime carácter, así pasen treinta o cincuenta años… Años que son para soñar.

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Rafael Martínez Sierra

a r r e i S z e n í t r a M l e a f RNa

Miguel Márquez Villegas, “Mique” Presidente de la Antigua Tuna del Distrito Universitario de Granada

o voy a hablar del Rafael que conocéis la mayoría de los aquí presentes: el científico, el artista, o el humanista porque ya hay quien lo ha hecho antes que yo y mejor que yo. Voy a contaros algo de cómo es el Rafael que yo conocí y que sigue siendo mi amigo a pesar de la distancia en el tiempo y en el espacio. Fue en Octubre de 1957, cuando me presenté al examen de ingreso en la Tuna. Allí todos le llamaban “Chiquito” (Nunca averigüé por qué. Lo que sí sé es que no “sonaba” a diminutivo. Es curioso. Debe ser el único diminutivo que engrandece). Me impresionó su personalidad, su carisma y el respeto que infundía, sobre todo a los novatos que tratábamos de formar parte de aquella única Tuna del Distrito Universitario de Granada, y digo única no en sentido peyorativo sino porque no había más Tuna que ésa (luego surgieron las de los Colegios Mayores y las de las distintas Facultades). Aquel “Chiquito” fue elegido Jefe de la Tuna a las pocas semanas de mi ingreso, y empezó a destacar como líder, y no ha dejado de serlo desde que lo conozco. Esos años cincuenta eran difíciles para todo, pero él soslayaba las dificultades de manera que parecían fáciles. Si él se empeñaba en algo, lo conseguía. Se empeñó en llevar la Tuna a París, y lo consiguió a pesar de las trabas que existían por parte del Gobierno de entonces (creo que nosotros fuimos de los primeros tunos en salir al extranjero). Como casi todos éramos menores de edad teníamos que presentar a la autoridad el permiso paterno (la mayoría de edad era a los 23 años), además del “certificado de penales”, partida de nacimiento, informe de ser “adicto al Movimiento”, y otros documentos. Al final te daban un pasaporte que te autorizaba a viajar “por todos los 7


países del mundo, excepto Rusia y satélites”. Pues a pesar de los inconvenientes varios, nuestro Jefe nos llevó a París. Eso sí: sin un duro en las arcas de la Tuna. No se me olvidará la imagen desde el autobús alquilado, vislumbrándose a lo lejos la silueta de la Torre Eiffel. Fue emocionante. Alguien exclamó: ¡Viva el “Chiquito”! ... y todos comenzamos a aplaudir. Esto, corregido y aumentado, se fue repitiendo en años sucesivos. Seguíamos saliendo al extranjero ampliando las rutas con horizontes más lejanos. Recorrimos, siempre bajo su dirección, la Europa “no satélite” de Rusia, viviendo anécdotas divertidas unas veces y otras, menos. Era de lo más exigente y severo a la hora de presentarnos en público vistiendo el traje de tuno, ya fuera en escenarios o en pasacalles. Nos inculcó que ese traje no era un disfraz y había que llevarlo con dignidad pues representábamos a la Universidad (esta enseñanza ha perdurado en todos nosotros hasta hoy mismo). Era casi como estar en la mili. De verdad. Hasta pasaba revista antes de salir a cualquier acto en que participara la Tuna, y al que no lucía decentemente lo mandaba a su casa. Recuerdo una noche, en Burgos, después de echar unas serenatas, con cinco grados bajo cero en el exterior, y cuarenta grados de Larios y Bacardí en el interior, cuando volvimos a la pensión y entramos en nuestra habitación (dormíamos tres o cuatro en cada cuarto) alguien sacó de debajo de una cama ¡una gallina! (no os engaño). Como podéis imaginar, el nivel etílico de los cuerpos estaba muy por encima de lo que pudiéramos llamar NORMAL. Ese “alguien”, en un alarde de arrojo y valentía, propuso llevarle la gallina al “Chiquito”. Se produjo un silencio tenso:

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– ¿Cómo vamos a entrar en el cuarto del “Chiquito”, y despertarlo, ¡con las golas del traje sucias!? No quiero que penséis que era un ogro. Nos trataba de la manera más adecuada a nuestro carácter, pues nos conocía a la perfección: Sabía de qué pie cojeaba cada uno (me consta que esa virtud la sigue teniendo). Era campechano y alegre como el que más; amigo de todos, dominaba las situaciones difíciles (que las había) con una soltura magistral. Recuerdo una noche, en París, que nos detuvo la Policía porque no sabía quiénes éramos. Era la época de la independencia de Argelia y de los “pieds-noirs”, y los ánimos estaban tensos. El comisario nos estuvo interrogando toda la noche hasta que averiguó que no éramos terroristas, sino “musiciens”. Nos sentimos bastante molestos con el trato recibido. Rafael, el que más. Entonces el comisario nos pidió que cantáramos, y el “Chiquito” le dijo: – “¿Cuánto nos va a pagar?, porque nosotros sólo cantamos para nuestras amistades o por dinero”. Al comisario se le mudó la cara, hizo un gesto despectivo con la mano y nos indicó que podíamos irnos, pero Rafael le dijo que “lo mismo que nos habían llevado desde el quinto pino a la comisaría en el furgón celular, que nos volvieran a llevar en coche al sitio donde nos detuvieron”. Le faltó sacar la pistola. Hicimos muchos kilómetros juntos, viviendo momentos irrepetibles. Ahora tenía pensado referir la anécdota de Faro (Portugal), pero ya está contada, muy bien por cierto. Él es persona de gustos exquisitos del que se pueden aprender muchas enseñanzas en todos los campos. Recuerdo que fue en Bruselas, cuando entrábamos a algún restaurante a solicitar del responsable que nos dejara cantar unas canciones, si veía que los camareros servían bien y que la comida tenía buen aspecto me decía: “A este restaurante hay que venir cuando seamos gente importante”. Yo lo he puesto en práctica, y sé que él, también. Y he sentido una sensación agradable y a la vez extraña al volver a esos sitios de nuestra juventud aun sin creerme “gente importante”. Durante los años que coincidimos juntos en la Tuna nos veíamos casi a diario, tanto en los ensayos o en las actuaciones y en los viajes, como en los guateques que organizaban las jóvenes de entonces. Muchas veces tenías que declinar la invitación a alguno de esos guateques porque la chica que

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te gustaba podía coincidir con otra que también era de tu agrado y que le habías prometido amor eterno a las dos. O a las tres. Aquí descuella la inventiva de Rafael (voy a seguir llamándole “Chiquito”, con vuestro permiso, porque sé que a él le gusta que lo llame así): se le ocurrió solicitar un local que había en las dependencias del S.E.U. donde ensayábamos, y que estaba vacío, para crear un club estudiantil privado. Que estaba vacío es un decir: Estaba lleno de cachivaches, sacos de cascajo, cajas de botellas (vacías), muebles rotos... era un almacén de basura. Pues bien, el Jefe del S.E.U. autorizó la ocupación del “local”, siempre que no le costara un duro la puesta en marcha del proyecto. Nos pusimos manos a la obra, después de que nos convenciera de lo bien que lo íbamos a pasar en “nuestro” club, y en unas pocas semanas, trabajando todos los tunos cada uno según sus posibilidades y conocimientos, convertimos aquel antro en una magnífica discoteca (quiero significar que, efectivamente, fue una discoteca. Puede que la primera de España, pues en Febrero de 1960 no existía ni la palabra discoteca. Y fue así porque la música era de disco: compramos con el dinero de la Tuna un amplificador de sonido, los correspondientes altavoces y unos discos que los ponía un novato. Esto creó conflictos entre los tunos porque el que pinchaba los discos se quedaba sin bailar. Por eso contratamos a un jubilado que se encargó del asunto). Naturalmente el local se llamó “Club Tuna”, y siguió funcionando incluso después de que Rafael se fuera a Madrid.

Allí ensayábamos. Allí bailábamos los fines de semana y le cobrábamos la entrada a quien no era tuno (diez pesetas por persona). Las bebidas las servía el concesionario del bar del S.E.U. que hacía su agosto. Allí celebrábamos concursos de disfraces (todavía no estaba permitido el carnaval). Allí nos hicimos novios de quienes fueron más tarde las madres de nuestros hijos... Por aquel entonces ya estaba Rafael pensando en “aparcar” los estudios de Medicina para hacer Dirección de Cine. En el verano de 1960, cuando fuimos a Düsseldorf (Alemania) con un mes de contrato en “Valentino” de la Berliner Allee, lo primero que hizo fue comprarse una cámara de 8 mm. y empezar a filmar todo lo que se le ponía delante, algunas veces más de lo conveniente. 10


También se compró una guitarra eléctrica. Eso fue distinto. No os podéis hacer una idea de lo que tuvimos que aguantar hasta que empezaron a salir sonidos inteligibles de aquel cacharro (hay que significar que el instrumento “mater” del “Chiquito” era la bandurria y, después, la pandereta. Bueno, pues él tocaba la guitarra eléctrica como si fuera la pandereta. Y sonaba más o menos lo mismo). Tardó poco en irse a Madrid y allí le perdí la pista, aunque para nuestra amistad nos daba igual porque cuando nos reencontrábamos era como si nos hubiéramos visto el día anterior. No teníamos necesidad de reconstruir ni de recuperar nada porque todo seguía en el mismo sitio que lo dejamos. ¡Qué bonito es esto, ¿no?! No me sorprendí cuando me enteré que después de terminar Medicina se había ido a Las Palmas de Gran Canaria a poner en marcha la Facultad de Medicina de la neonata Universidad canaria, pues él era el más apropiado ya que tenía la capacidad, la fortaleza y la disciplina de un corredor de fondo, como dice su amigo Pedro Sánchez García. Aprovechando un viaje por motivos de trabajo, nos presentamos en su casa mi mujer y yo, donde pasamos una tarde muy agradable con él y su esposa, recordando casos y cosas, contándole a los niños las serenatas que les echábamos a Karminka y a Angelita (mi mujer). Últimamente nos hemos visto poco, salvo en las dos ocasiones que expuso sus cuadros en Granada. Pero sabemos el uno del otro porque nos llamamos por teléfono y nos carteamos con frecuencia, intercambiando trabajillos, en mi caso, y obras literarias y trabajos serios, en el suyo. Seguimos en la brecha, dentro de un orden. Y como creo conocer el sentir de los que estamos aquí, por eso, en nombre de todos y en el mío propio te digo: “Chiquito”: Nos sentimos honrados con tu amistad y te damos las gracias por ser nuestro amigo.

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Maestro Rafael Miguel Ángel Ortiz Arjona, “Bocanegra” Tuna de Medicina de Córdoba

l e a f a R o r t s P e a M

ocas cosas hay más difíciles que poner negro sobre blanco los recuerdos, especialmente cuando estos vienen acompañados de agradables sentimientos. Se te agolpan queriendo salir todos a la vez y cuando por fin has conseguido poner un filtro e irlos cribando te encuentras con que la plasmación de la imagen que has conseguido en el papel no se parece en nada a la que había en tu cabeza. ¡¡Maldita incapacidad!! No es tan fácil como parecía en un principio. ¿Y yo he defendido el humanismo en la medicina desde hace 30 años? Pues sí que me estoy luciendo. Aunque claro, la orientación musical que tomé hace muchos años tiene parte de la culpa. Si se tratara de interpretar, sería más fácil. En parte la culpa es de compañeros como D. Rafael. La verdad es que una de las primeras impresiones positivas que me produjo fue ese aspecto humanista que transparentaba en sus actos y palabras. Rodeado de profesores que se empeñaban en la importancia de acumular conocimientos, de convertirnos en biblio-

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tecas ambulantes, aquellos otros que buscaban enseñarnos a utilizar de forma correcta esos conocimientos destacaban con prontitud. Y es que ese cúmulo de conocimiento al final lo encuentra uno en los libros… y hoy día ni eso, está a un golpe de click. Pero la capacidad de integración, contemplar al paciente como algo más que un listado o unos resultados analíticos no se encuentra en los libros. Hay que aprenderlo al lado de un maestro. Porque esa es otra diferencia de D. Rafael: olvidando muchos compañeros que no se las habían visto en otra más gorda que en tener que darnos clase a un grupo de más de 500 alumnos, y a esos otros que quizás fueran magníficos clínicos, pero totalmente incapaces de transmitir sus conocimientos de una manera mínimamente eficaz, el grupo de profesores de verdad queda muy reducido en mi memoria. Pero aún más reducido es el de los maestros. El de esos profesores que no sólo eran capaces de enseñarte, sino que despertaban en cada alumno el deseo de emularles como personas y como profesionales. Me sobran dedos de una mano para contarlos. A esos maestros les tengo que agradecer que sembraran en nosotros la semilla del sentido común, de la duda constante, de la relatividad de los conocimientos, y el valor del esfuerzo continuo siempre alrededor de un personaje anónimo: el paciente. Y también que nos enseñaran la importancia del trabajo diario, callado y oscuro. Siempre serán necesarios los grandes referentes en un hospital o en una Facultad, pero nunca hay que olvidar que se apoyan en el trabajo de otros muchos de nombre desconocido. Y se puede y se debe sentir uno orgulloso de pertenecer a esa mayoría desconocida. Por eso, por ser maestro, humanista, cercano, accesible, humilde y un ejemplo a seguir… gracias D. Rafael.

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Panegírico a don Rafael Martínez Sierra

n o d a a r r o e c i i r í S g z e e n n a í t r P a M M l e a f Ra Joaquín Ramírez Pérez, “Conde de Fuchinga Alta” Tuna de Medicina de Córdoba

i primer contacto con la farmacopea tuvo lugar a muy temprana edad. Según dicen los críticos, en los albores de mi existencia tuve una gran relación con el Pelargón. A partir de entonces todo transcurrió con normalidad y, aunque canijo, fui creciendo sano y fuerte hasta convertirme en un joven inocente y osado. Quizás por eso me matriculé en Medicina. Fue en La Facultad donde tuve conocimiento de una ciencia llamada Farmacología que, al parecer, daba un tal Martínez Sierra. Pero eso sería en tercero y yo entonces sólo me ocupaba de aprobar las asignaturas de mi curso y perseguir cualquier cosa que llevase faldas. Joven e inocente como era me vi inmerso en la organización del Paso del Ecuador, que es una cosa que se hace sin necesidad de aproximarse siquiera al Ecuador. Fue entonces cuando tuve la genial idea de organizar una cena con espectáculo para recaudar fondos. Entre los diversos entretenimientos ideados para cumplimentar a los paganos se había pensado en rodar un cortometraje que escenificara un examen oral. Para ello había que solicitar el permiso del Decano que, como todos ustedes muy bien ignoran, es una persona con diez átomos de carbono saturados. Me tocó a mí el mochuelo de ir a enfrentarme al Ilustrísimo. Mis compañeros me convencieron con los levísimos argumentos de que yo era el Presidente de la Comisión Organizadora, que la idea de la peli era mía y que yo iba a ser el director de la misma. Así fue como, aprovechándose de mi inocencia, aquellos malvados me dejaron solo. Y allí estaba yo, haciendo antesala con Magdalena y esperando a que el Decano, a la sazón el Martínez Sierra, me enviara a tomar por donde amarga el pepino, o sea, por la retambufa, el antifonario o nalgatorio; por donde decía el maestro Cela que aspiraba tres litros de agua de una palangana. El caso y cuestión es que el Martínez Sierra se mostró encantado de que hubiera gente con verdadero afán universitario y que no se ciñese solamente a los aspectos académicos. Incluso me dijo que él había estudiado en la Escuela de Cinematografía, siendo condiscípulo de Carlos Pumares o Carlos Saura a quien Dios confunda. Gracias a su ayuda se rodó el filme, se estrenó en aquella cena y el Paso del Ecuador salió divinamente. Empecé a mirar de otra manera al Martínez Sierra.

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Un poco más tarde, el mismo grupo de alumnos decidimos fundar La Tuna de La Facultad. Llevábamos algún tiempo ensayando y dando serenatas y creíamos llegado el momento. Yo, en mi inocencia, me dejé arrastrar por ellos; si bien sólo eran compañeros, amigos, idealistas y atrevidos. Cosas de la juventud. Y otra vez me veo impelido a pedir la aquiescencia del Decano porque al parecer yo era el Jefe y, por tanto, era mi obligación. Siempre pensé que me engañaban. Y otra vez haciendo antesala con Magdalena, la secretaria del Decano, esperando ser despachado con cajas destempladas. Y otra vez es al contrario. Otra vez el Martínez Sierra mostrándose encantado, apoyando e informando que él también fue tuno. O sea, que lo es. Éste ha hecho de todo, pensé. Menos mal que no me he metido a torero, porque seguro que el Martínez Sierra ya habría debutado en la Ventas, y con picadores. Aquél profesor, a la sazón Decano, conocía bien su asignatura, sabía explicarla y se preocupaba por sus alumnos. Pero además y sobre todo, era un hombre renacentista, un tipo peculiar que dominaba varias facetas y tenía amor por la formación humanista. Se convirtió en don Rafael. Porque el don es el tratamiento de respeto que doy a mis maestros. Él lo es. Y ya que estamos de Tuna, también en esto es mi maestro. Él me enseñó muchas de las cosas del mester sobre las que luego he podido ir construyendo. Su antigüedad, su vinculación secular a la Universidad, sobre el comportamiento del tuno, de la organización de una Tuna, lo de no rechazar una copa pero no emborracharse jamás y así seguido hasta agotar el abecedario del buen tunar. De la categoría a la anécdota, de lo grande a lo menudo. Siempre he tenido claro que la Universidad debe formar personas y no sólo en el ámbito meramente académico, también el humanista es importante. Aquél grupo de amigos y compañeros organizamos un viaje de Paso del Ecuador que consistió en estar una semana en Roma, en el Hotel Ritz y con audiencia privada con Su Santidad Juan Pablo II, fundamos el Aula de Cultura de La Facultad, el periódico Marcapasos, en cuyas editoriales le di algún disgusto a don Rafael, y también fundamos La Tuna. De todo aquello sólo queda La Tuna. La Tuna de Medicina que lleva treinta años, día más, día menos, sin dejar de requebrar mujeres bonitas, asaltar barras fortificadas, aligerar bolsos en convites y representar a La Facultad con tanta dignidad que, hoy en día, estamos considerados como una de las mejores tunas del mundo y la única que tiene el título, otorgado en un Certamen, de “Tuna más elegante y correcta”. Todo esto hubiera sido imposible, o al menos muy difícil, sin su ayuda. Sin la ayuda del Decano, don Rafael Martínez Sierra. Hoy, varias décadas después, La Tuna de Medicina está aquí para rendirle homenaje a uno de los suyos. Don Rafael: que Dios lo bendiga. ¡Aúpa Tuna! ¡Aúpa Medicina!

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Edición: Alfonso Lozano Ruiz (marzo de 2011)

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16

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41

B.1

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Rafael Asencio González Arreglos: Ignacio Lozano Ruiz

Estrofa 1 Treinta años son tantas lunas Corriendo la tuna A tu despertar, Que no hay gloria ni fortuna Que ese momento pudieran comprar, Verte abriendo los ojitos, Con la cara sin lavar, Córdoba amanece hermosa, En lecho de rosas Con este cantar: Estribillo Sal prontito de las sábanas, No te hagas de rogar, Besa mi frente, dame tu calor, Vela mi sueño, calma esta pasión, Pues viendo caer tu lágrima Me tengo que levantar A sanar las emociones Que el día, creciendo, pone en tu mirar pesar, A alegrar los corazones Que juntos latiendo la vida te dan Estrofa 2 Treinta años son el legado Que une pasado Y presente vital. Mis voces han conjurado Versos consagrados a hacerte un altar, Y mis manos han templado Genio y alma popular, Para cantarte entregada En la encrucijada De la “madrugá”: Estribillo Final Treinta años para soñar 22


24


30 años de guardia