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M谩rgen de error Luciano M贸naco


L

a lluvia paró un día jueves, pero todavía sin salir el sol, la vegetación alrededor estaba en-

cendida con el aguacero, el suelo estaba cubierto por una capa gruesa de barro. La crecida había

empezado hace unos diez días, había arruinado los muebles, la heladera, la casa de madera hecha un

molusco gigante y gelatinoso en la parte baja del terreno. Para los medios que lo orquestaron con

música a tono en el noticiero de la tarde, había sido una tragedia, para Enzo también, una desgracia vi-

vida de cerca, aunque ella considerara necesario quedarse en lo de sus padres. Él decidió salir al día

siguiente que dejó de llover, con las cosas que se

habían podido rescatar en el colectivo de las seis y

media hacia la ciudad. Ella había notado que él no miraba hacia el cielo, aunque el sol que había ilu-

minaba desde el horizonte, como si el daño material

hubiera traspasado a lo inmaterial, y ciertamente lo era, porque tampoco a ella la miraba, ni a nadie en .2


particular detenía su mirada, tal vez menos de un minuto se posó en la niña irritada por la madruga-

da húmeda y el barro, el resto del tiempo era un

mosqueo errabundo por el resto del espacio en que

no había nadie. La decisión de cambiar de casa se la había dicho apenas tres días después de que se inundara la casa, ella no dijo que estaba bien, aunque sí que debían esperar un tiempo más.

Llegaron a la ciudad y Enzo se puso en contacto

con un compañero de la escuela, se encontraron después de las tres, cuando el otro se desocupó, en un bar al frente a la terminal de ómnibus. - Necito un favor.

- Qué cosa. Respondió Aguilar masticando.

- Un lugar, por unos días, ya no me puedo que-

dar en lo de ella, se inundó todo.

Aguilar, después de terminar de masticar el san-

guche hizo un trago mediano al vaso, se limpió la boca con una servilleta de papel, encendió un ciga.3


rro y esparció el humo en el espacio que separaba a los dos enfrentados en la mesa del bar y dijo:

-En algo te puedo ayudar, sabé, yo estoy en una

pensión ahora, y no entra un escarbadiente, pero por ahí cerca a unas cuadras fiché una casa habi-

table, si ti animá, se entra como en cualquier casa,

puedo llamalo a un eletricista amigo y te hace el cablerío pa´ la lu. Tené igual que jugá callao, perfil bajo, no hagá escándalo.

- Yo no hago escándalo.

Entraron al día siguiente, Aguilar quedó en en-

contrarse con ellos en una plaza que estaba por la

avenida Alem, donde se quedaron durante la noche. A media mañana, después de haber roto el canda-

do, Aguilar les acercó dos colchones que consiguió,

más tarde apareció con un candado para la puerta. Habían tenido tiempo para limpiar y sacar las cosas

que otras personas habían dejado de sus visitas a la casa, ropa andrajosa más que nada, botellas y .4


desperdicios. Con un fuego calentaron agua para el mate, Aguilar engrosaba el acullico en el cachete

mientras le comentaba que sabía de una changa de cadete, Enzo dijo que sí, pero no tengo bicicleta. - Yo le presto no se preocupe.

En el patio de la casa, arriba de la mediane-

ra una antena estaba en la punta del techo a dos

aguas de la casa de al lado, el resto de la pared mostraba los ladrillos en un corte horizontal, había

otra división que cortaba al medio verticalmente el triángulo que tenía como vértice la antena, el cielo

se había nublado, y la pared que tenía revoque se fundía con el color opaco, neutro, de más arriba. “Le agradezco la ayuda Aguilar, no sé qué…” “ No

tiene nada que agradecé”, respondió Aguilar. Enzo

continuó mirando la enredadera que cubría la pared, estaba crecida y espesa, unos grillos hacían crujir

las patas con lo que interfería la conversación de los dos en el patio al lado de la mesita improvisada .5


con el mate, la pava sobre las brasas en el centro

y ella un poco más distante, tratando de hacer que masticara algo Estelita; Enzo se empapó todavía

más los oídos con el sonido arenoso que venía de

la enredadera que había traspasado la pared y se enroscaba en el tronco de un árbol flaco. Es de noche cuando pregunta a ella “No tené hambre”. Y

como responde que sí sale entonces a caminar por las cuadras buscando algo y encuentra un minisú-

per sobre una avenida, vuelve a la casa con queso y salame y comen en la única pieza que usan, iluminada con el sol de noche que también les consi-

guió Aguilar. “Había movimiento en la calle”, dice,

la palabra calle le sale apresurada porque detrás

de ella viene desde el estómago un eructo que le hace soplar en un temblor los labios expeliendo la digestión, “mucho movimiento, tabas con hambre Estelita ¿eh?”. Se quedó mirando a él, asiente con la cabeza y sosteniendo los ojos en las cejas pelu.6


das y las recortadas orejas por el halo de luz que

a su alrededor le dan el soldenoche que está justo detrás, luego se lleva el vaso a la boca y lo inclina para tomar. “¿Había gente por la calle?” pregunta

ella, “siempre hay gente por la calle”, “alguna que

te interesa comentar, porque aquí no pasa ni una mosca que pueda ver”, “mucha gente, pero nadie

me vio ni entra ni salí”, luego toma un trago del vaso, hace bajar el líquido hasta la mitad, gira sobre sí mismo y sostiene el vaso sobre el centro que irra-

dia el soldenoche, a través del centro de irradiación

blanco incandescente se colorea de morado en los bordes y que proyecta sobre él un plano tembloroso de morado. Ella se queda enfrente suyo, hace tam-

bién un trago y se concentra en las cejas de él que se juntan cuando entrecierra los ojos para reducir

el centro de irradiación blancomorado que traslucen

en una forma circular cada vez más chica hasta ser

una pelusa y después nada, en el óvalo la cara con .7


ojos cerrados el morado pasa a una capa de luz blanca cuando el vaso baja hacia la boca.

Al otro día, con la bicicleta prestada recorre

hasta la mensajería a anotarse, se anota y espera

un rato hasta que se le consigue algún pedido, en eso se conoce con los que esperan pedidos en los dos bancos que están en las paredes del espa-

cio angosto de la habitación, mirando entre la calle

recortada por el umbral y la tele que transmite el programa de noticias de la mañana, al fondo la te-

lefonista anota los pedidos y transmite la dirección

adonde sale alguno de los que están enfrentados en los bancos largos y que mira sin poder distinguir

uno de otro por la cara oscura que hace la contraluz desde afuera hacia el interior, por eso es que alar-

ga la mano hacia alguien a quien pasa a definirse recién cuando se acerca hacia la mesa donde está sentada mirando y anotando direcciones, mirotean-

do la tele con el programa que invitó a un famoso .8


de otro programa para entrevistarlo sobre su vida, y más abajo el rectángulo vertical con el paso abi-

garrado de la gente que cruza y más atrás en la calle los autos pasando de izquierda a derecha por la San Martin y luego de la cinta de asfalto la vere-

da opuesta. Hace dos pedidos durante la mañana, entre medio se toma un mate cocido, hace luego

otro viaje más largo en el que se pierde tratando

de encontrar la calle, vuelve después de las dos a

casa y almuerzan en el patio, se echa una siesta en el colchón y a las cuatro vuelve a la mensajería,

hace otros pedidos en calles a las que llega con las indicaciones de los otros cadetes. Hacia el final

de la tarde cerca de las ocho lleva un paquete que lleva desde una zapatería hasta una casa en una calle detrás del cementerio del oeste, una casa en

la que una mujer gritaba desde la ventana tratando

de correr de la vereda a un perro que le decoraba con mierda cerca del basurero, se movía con difi.9


cultad y pesada cuando caminaba, hasta que llegó

hasta la puerta el perro pudo darle tranquilamente su forma cilíndrica al sorete, Enzo recibió al abrir

la puerta el aliento que venía desde adentro de la casa el olor y la imagen de un féretro abierto con la

vieja en camisón. Dobló por la esquina pasando por la puerta del cementerio, los vendedores de flores

recogían sus cosas para irse y en la otra cuadra

empezaba la arboleda del parque y gente corriendo

alrededor, avanzó hasta la esquina hasta llegar a la avenida Mate de Luna y se paró frente al semáfo-

ro, un caño de escape resonó repiqueteando cerca suyo y algo después llamando, giró la cabeza y vio

un tipo sentado en un ciclomotor flaco sonriendo

grueso con pelo canoso como una aceituna en un escarbadiente.”Pensé que era mi sobrino” dijo sol-

tando una risita tratando de estirarla. Enzo se dio

vuelta y cambió al verde en un rato más y pedaleó alejándose.

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A la noche, cuando los dos están en el patio,

después de masticar la comida y mandar la niña a dormir, dentro de la órbita de luz que hace el sol-

denoche, con la mirada en las aristas negras que hacen las sombras de los yuyos crecidos le cuenta “Aguilar entonce respondió que le parecía un des-

propósito y que no iba a acetar, bueno el otro le

dice que iba a llama a la policía y fin del asunto,

que estaba bien relacionado y que conoce al juez tal de la fiscalía quinta, y bueno y ahí le dice que si había una forma de arreglar esto sin recurrir a la

violencia y bueno él dice que con cien por semana ha de está bien, y Aguilar le respondió que cincuen-

ta y bueno han quedao en ochenta, y le dijo que también necitaba un cable para usalo aquí hasta

que haga la reconeción, y entonce le vuelto a subí a cien porque decía que iba a pagá la lu con esa par-

te que le iba a aumentá la boleta con lo que usemo nosotros”. Las aristas del dibujo sombreado se ba.11


lancean con el habla de cada cuerpo, “bueno mejor si no se meten los jueces, o que nos diga que nos vayamo, el muy mierda ese”, y ella gira la cabeza

hacia la pared que separa del vecino, “bueno si al meno ahora tenemo eletricidá te va aburrí meno”, toma un trago del vaso, ella ve más allá sobre la

otra pared, las aristas dibujadas con sombra de los

yuyos altos hasta la rodilla, traga un poco del vaso

y con el vino haciendo un vidrio cuando quedaba en los labios dice “viste algo interesante en la ca-

lle”, él derrama en la boca vidrio violeta y haciendo

un trago “vi uno de eso viejo sucio que se andan tocando la salchicha en el parque, y despué unos travesaño ahí con la guata como piñata, eran do y el ma gordo se parecía al tío Juancho.”

**

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P

or el cielo se arrastran lentamente unas nu-

bes ante la vista de ellos, a él le recordaban

a unos pochoclos, pero al otro nada más que una nube. “¿Nada más que una nube?”. “Sí”. “¿Y no te

gusta pensar en algo más que en esa formación gaseosa cuando la ves?”. “Si llego a ver algo ma

en eso es que veo la lluvia, y la lluvia ha inundao todo lo que tenía, ¿entendé?”. “Pero no e para se

tan estremista, un pochoclo o es piso de aceso al cielo…”, “nada deso”. “Mirá que si te va al estremo

te podé chiflá, yo ya lo hi pasao”. “Con la lluvia no no”. “No, con la falopa”, dice, con el orgullo exal-

tado del que ha sobrevivido a algo peor aún. “Pero eso e distinto”. “Pero también e parecio quenó? Si e una tormenta también pero del lado de adentro”.

Forli se lleva la caja de vino a la boca y toma

un trago, una de las nubes se quedó detrás de la copa del siempreverde, la otra se mantiene arriba

del grupo que juega a la pelota un poco más lejos .13


hacia el este del banco donde están sentados, mira

como se pasan la pelota entre unos y luego hace un

arco en el aire pasando la media cancha y uno la detiene en el aire con el pecho, el lugar desde donde se proyectó quedó ocupado por una nube de tierra levantada por la patada del que ahora se man-

tiene borroso mientras se sostiene la nube, como

haciendo una contracara de la aglomeración blanca que se mantiene arriba, entonces estira el brazo y

le pasa la caja a Enzo que se mantiene concentrado

en la pantalla del teléfono y en los botones que va apretando; Forli sigue con el brazo estirado en la

espera de que el otro reciba y acerca un poco más el vino a su cara cuando le toca con el borde el

pómulo redondeado y al lado va diciendo “lo tiene muy ocupado la patrona parece”, retornando desde

la pantalla, con los ojos interesados en otra cosa, Enzo sonríe y recibe la caja con vino.

Como un pez sonámbulo se desplazaba la nube .14


en el fondo del cielo, con branquias gaseosas en-

traba en la copa del lapacho tapándose con flores lilas y ramaje el cuerpo. “Es una que no es la patro-

na”. “Ajá, mire de lo que me vengo a enterar”. “Es

que andaba angustiado sabe, un día que andaba haciendo los viajes y me mandan para la calle Jujuy, en medio del centro, y se larga la lluvia cuan-

do estaba llegando a tres cuadras, subo al quinto piso a dejar el pedido y me recibe una doña, me

hace esperar un rato hasta que trae la plata y se da cuenta que estoy empapao, me dice que pase que ya me trae una toalla y yo sí bueno y después me dice si quiero un té y ya entra con cómo me

llamaba y si era de aquí, yo pensando que le iba

a ir a la cana con mis dato pero enseguida dice te

ayudo con eso y me friega el bulto con la toalla, la miro entonce y le digo que estoy casao que tengo

familia, y me dice no si nadie está preguntando eso, entonce me hago el sonso y me voy”. .15


“Y no ha pasao nada”

“Un día así que vuelvo a la casa, a lo do día,

estabamo cenando ahí con la Delia y me dice que de la otra cuadra lan invitao a la misa que hace el padre Rogelio y que había esa tarde, y que le pe-

dían colaboración para ellos y me pide veinte y yo le digo que para comprar para comé o para vestise

sí pero para eso no, y que se pone a gritá que está

todo lo día encerrada que la chiquita le gusta ir y

que cantan cancione, entonce me voy yo porque ya no la aguantaba, me voy ahí con la bici a da vuelta

esperando que la otra se duerma y que se le pase y en eso me encuentro en la esquina de la Jujuy, estaba ahí pero como a quince cuadras de la vieja

y me la acuerdo ahí en el momento y me le acerco, le vua tocá el timbre a ve si me abre las pierna”. “¿Y se ha dado?”

“Y le toco el timbre, veo que estaba como medio

dormida, le pregunto si se acordaba y dice que no, .16


y bueno le converso un poco del otro día con el pa-

quete y el chaparrón y me hace entra y convida un vaso de vino y empieza a habla de su vida y de los chacra y la sicología, y yo decía sí mire usté, y que no me digás usté decime Gloria…y yo le pregun-

to qué eran los chacra, y me dice que eran cosas

energéticas que estaban en el cuerpo y después se

va para el baño y cuando sale estaba con una bata que apenas le tapaba el culo así y ya mi ha entrá o a endurecé el pito, y le pregunto que a dónde es que estaban los chacra y me agarra la mano y me

la lleva a la cabeza y uno ahí, después en el cuello otro aquí dice, después en el pecho otro aquí, en la

panza y en la última me hace un apretón en el bulto y por aquí el último…”

Como mojarrita yendo hacia el anzuelo, una fina

y estirada nube se dirigía hacia la copa de nervaduras maderosas del lapacho que además desem-

peñaba en ese momento (como la mayoría de los .17


fines de semana) la función de palo en el arco de uno de los equipos que jugaban en la improvisada cancha. El viento iba aflojando y soltando las mo-

radas flores al vacio y terminaban algunas en el

banco en el que también ha presenciado una suerte de selección variada de parejas en la curva de ce-

mento en que estaban sentados Enzo y Forli, que dejaron su turno a las cuatro de la tarde en la men-

sajería y se fueron a almorzar como para relajarse y

estirar las piernas al parque y llevando cada uno un sánguche de milanesa y una caja de vino rosado, donde emitió su discurso sobre las consecuencias con las que uno se puede encontrar en una socie-

dad como ésta. En efecto, decía Forli, la situación

indica que el bolsillo está al alcance de la mano, lo que presupone la consiguiente inspección de la ca-

vidad con el objetivo de conocer lo que hay, si digo

conocer es porque anteriormente se ignoraba, y es

que esa mano ha revelado su extrañeza respecto al .18


cuerpo en el cual está el bolsillo, pero ese cuerpo

ha permitido la proximidad de ese otro que viene a enajenar el contenido.

Continuó luego un rato hablando sobre la ex-

propiación mientras miraba el partido que empe-

zaba a agitarse, dos horas más tarde estaban en el tercer vino y Forli tenía el brillo vidriado en los

ojos, y es que había recordado un objeto material

que había dejado un agujero en su nahual, como a él le gustaba decir, en la luz acuática de la tarde

que empezaba a atenuarse, tocaba y apretaba su barba como si pulsara la cuerda de un instrumento,

y es que el alcohol involuntariamente (además del

hablar perifrásico e incoherente) lo hacía mirar cara

a cara al vacío de su existencia, aunque era una contemplación engañosa y turbia; entonces sacudía

como despabilando la cabeza y tomaba un trago y miraba un poco más lejos, donde había una ar-

boleda como una nube de clorofila que también se .19


iba oscureciendo, “esta luz de la tarde e como que

hace má lento el tiempo no te parece, o como que movimiento y sonido están desfasados o no sé capá que me pegó el vino, yo te digo che, que aprove-

ché la situación con la doña, vo hacé buena letra

capaz que te tira unos pesos… quién sabe hasta

podé ascendé en la escala social”. Enzo no estaba pensando en eso, no pensaba en nada en realidad, un hilo de baba colgaba de su boca y estaba tal vez en una de las fronteras entre conciencia e in-

conciencia, sin prestar mucha atención después de transcurridos los primeros diez minutos que empezó

Forli con su respuesta al planteamiento de Enzo y

su drama de conciencia sobre la demanda sexual de la que era objeto y por la que le ofrecía una suma de dinero por sus honorarios, y es que años

en la facultad y en un partido de izquierda maoísta habían apuntalado el discurso de Forli hasta hacer-

la cada palabra como espora que se autoreproduce .20


y hace un movimiento cambiante y sin fin, y por

otro lado, años de alcohol y drogas habían hecho estallar la autoconciencia y causaba esa fragmenta-

ción y ese movimiento que perdía el hilo. “Me hace acordar este ocaso como algo debajo del agua… ¿escuchaste lo arabesques de Debussy?, algo así,

son dos movimientos nada má pero siento como si

la etuviera escuchando desde atrás para adelante, tiene como esa melodía difusa y movediza que re-

comienza, no sé pero es como que la recuerdo al revés, hace un rato me sonó esa primera parte que

en realidad es el segundo movimiento, el allegretto,

y ahora el andante con moto, debe ser que me subí a la moto hace rato y recién ahora me estabilizo y

por eso el ritmo pausado”; Forli sentía ahora que

estaba andando en la moto con la suavidad con que la que vuela una golondrina después de una peri-

pecia repleta de altibajos, tal vez, sugestionado por

estar mirando el final del día y como a cualquiera .21


le gusta suponer que desde una posición última en una sucesión de causas y efectos se puede tener

una visión global del entramado de fenómenos que tuvieron lugar en un determinado tiempo y espacio, pero aún así también limitado por los intereses y parcialidades del presente.

Al frente de ellos, el partido que se está jugan-

do toca un punto álgido cuando después de una barrida el jugador al que en ese momento tenía la

pelota pasó de largo unos metros y con la caída y la jugada “hacia la pelota” del atacante, una nube de tierra se levantó y se expandió, y luego el caí-

do se levantó agitado y violento por el ataque y se va entonces a empujarlo, a insultarlo y que rápido

el otro le retorna el gesto con un gancho ladeado en la quijada y los arrastres varios que se mue-

ven entre ellos la tierra sigue engrosando su nube

, se dirige entonces con el viento hacia el lapacho que hace de arco y al banco donde ahora Forli ha .22


quedado distraído con la pelea que ha comenzado entre el petiso y el grandote que esa nube de tierra luego se le acerca y en el interior suyo las som-

bras de la noche que ya empezaba habían crecido y un ruido viene entonces, una hamaca silbando,

una puerta con la bisagra chirriando estridente, algo que a Forli lo sobresalta y un escalofrío pasa por la espalda hacia la nuca. Es un algo, un continuo,

se dice, y en las modulaciones de la espesa nube y el coyuyo insistiendo con la bisagra se aparece

borroso alguien que modula despacio hacia él con un eco Forliiiiii… responde él con una agitación y se endereza desde el banco, “¡¿comandante Che

Guevara?!”… “pelotudo soy tu tío”… Forli entonces se para y mira fijo…” disculpe tío, sabe necito an-

teojo”… “no me queda tiempo, la guitarra imbécil”… se esfuma en el entorno con la crecida de oscuri-

dad. Forli entonces siente la mordida con la que

finaliza el escalofrío se expande en su cabeza y .23


tensiona los gruesos hombros y de un golpe el resto

de su inflado cuerpo, como un sapo que recibió una patada y luego se recompone. El reciente partido y ahora riña de jugadores cuyas historias previas

puedan dar las causas y efectos sobre porqué el enteco, recio petiso ha decidido agredirlo violentan-

do las reglas del juego y el receptor de la primera piña, Lagarto Sena, alto como un poste, fue quien

estuvo en el Azul el viernes tocándole las tetas a la novia de Marito, ahí en frente suyo, y en un quie-

bre Marito, así de petiso y flojo elige corresponder

con sus valores de dignidad, honor, y los gritos de

alrededor avivando o preguntando y le devuelven la piña, y otra en la panza y otra en el ojo y rueda por

el suelo y Lagarto aplica la cereza del postre unas patadas en las tripas y la cara y una escupida; la gente se dispersa hasta que se puede levantar Ma-

rito, preguntándose si eso fue la defensa de honor y dignidad en el mandato social y escupiendo un .24


pedazo de diente y en la cancha a oscuras retoma el camino a casa como el resto de los que jugaban, va hacia el banco donde están esos dos.

De cuando el pasto se acabó el caballo se masti-

có el pelo. Como la náusea recorrió esa frase por la cabeza junto con la imagen de un patio a donde la parra daba un espacio de sombra y la luz filtrándo-

se haciendo el suelo una piel de jaguar en negativo. Como la náusea estaba subiéndole el vómito por

el estómago y engrosaba el péndulo de baba que colgaba de los labios y reanimaba su movimiento

con cada sacudida de hipo que hacia la cabeza de Enzo, encorvado sobre sí mismo en el banco, y el

cauce entonces creció y salpicó sus zapatos con el violáceo, viscoso y vidrioso chorro que lanzaba, y también devolvió parte de su almuerzo masticado

que no había llegado a digerir en la forma de una pasta grumosa y partículas blancas. En el banco del

parque y no de ese patio de Burruyacú a pleno sol, .25


se vomitaba los pies y encontraba a su alrededor la oscuridad cargada interrumpida por los parpa-

deos del poste de luz que insistía en encenderse y desengañar a Enzo de su abandono, y mostrar

con su rayo la pantorrilla y el pie- el resto entintado

de sombra- de Forli conversando con otro bajo el lapacho.

Uno rato antes de ese vómito que creció desde

dentro de Enzo, el estupor en el que estaba me-

tido Forli desde otro rato antes, tuvo también una

crecida cuando al coyuyo que rechinaba estridente se sumaron un coro espontáneo en los alrededores aumentando el sonido en el tono único ininterrumpi-

do que le agitaba los nervios y presionaban el ceño cuando la sombra que se acercaba, y en un balbu-

ceo friolento soltaba “El tiempo es un niño jugando a los dados…no lo digo yo, sino que lo que quiere decí e lo imprevisto, por favó tío Roque no se apa-

rezca la guitarra la hi empeñao por una bolsa de .26


merca cuando estaba ido hace unos die año! Ya me

rescaté y mi tata me ha echao de la casa así que ya hi pagao por eso únicamente escabio y los fines

de semana…”,”no tiene un poco de agua” preguntó Marito que todavía tenía la sangre en la boca y un poco de pasto y pelo de caballo y mientras reconsi-

deraba haber ido a pedir algo al grandote ese que ahora recién notaba su estado etílico, y Forli salía a su vez de ese mareo de pavor al recibir la pauta

de realidad cuando Enzo engrosaba el péndulo de baba desparramando y salpicando.

Un estornudo se desanudaba estorbado por res-

tos de mucosa ácida en la boca de Enzo, luego se

enderezaba y miraba hacia los dos parados en la

penumbra y en ellos se dibujaban de un momento

a otro los dibujos pálidos del ramaje filtrando la luz del foco.

-Vino nada más don. Y Forli extiende su brazo

y arrima su vaso a Marito convidándole y se man.27


tiene esperando porque el otro considera para que al menos me enjuague la boca.

Enzo se limpia un brazo salpicado de vómito y

se lamenta murmurando de sus canillas ensopadas en jugo gástrico y se da la vuelta dándole la es-

palda a los dos y busca su bicicleta apoyada en la moto detrás del banco de cemento.

- La conciencia de clase se adquiere como con-

dición de una prática precedente de un antagonis-

mo de condicione posicione y la lucha y el fracaso construyen esa conciencia de situación de opresión como usté sabrá- Se animaba con una sonrisa For-

li al conseguir nuevo acompañante de parranda, y desplegaba su continuo discursivo, nutrido fermentado en años de asambleas y reuniones de comi-

té- la alienación es la no conciencia de clase en extremo, la desmovilización, por lo que…

Marito escuchaba perplejo aún por el par de

piñas y el puntapié en las tripas que permanecían .28


en la piel hinchada de sus cachetes y torso y en los colores que vendrían a oscurecerlos, le dan de in-

mediato la conciencia de su fracaso y equivocación de presumir la ayuda de alguno, y la humillación anterior a las piñas en el boliche y empieza a ca-

minar en dirección contraria de Enzo. Forli decide sumarse al de Enzo con el tono áspero soltaba:

-Si algún pago no me gusta, me voy… dejá de

tambaleá machao hacete un trago para que se te pase el hipo ura, ti has chuñao entero mirá.

Enzo continua hipando con su garganta amplía

resonando en la boca, sacudiéndose a cada espasmo, los pasos avanzando lento y la mirada al-

canzando un poco más adelante en el suelo donde pisaba, en línea recta hasta llegar los dos a la calle y subirse cada uno a su vehículo y recorrer por entre

medio de los árboles que vieron a lo lejos mientras tomaban durante la tarde y el partido estaba aún en juego, cuando Enzo mantuvo la vista en las nubes .29


opacas y azules sobre el cielo verde del ocaso y

a esa nube arriba de los árboles y casi unida con los cerros de más al fondo le encontró la forma de

cabeza de de caballo, hasta que el pequeño hueco que hacía de ojo se ensanchó hasta deformar la

frente y desvaneció la figura, y con ella él también, y se acurrucó para ver la proyección del patio en la

casa allá al norte con los rayos de sol atravesando la parra haciendo lunares sobre la sombra en la

tarde en que estaba con su madre, ella tenía el pelo

mojado y sorbía el mate cuando adelante llamaban para decir que su esposo se había electrocutado. -Si unos ojos no me miran

me voy

a qué golpear en tapera

es mal gaucho quien suspira de esos no soy

- Cada carancho a su rancho. Enzo dice después

de levantar la pierna y pasar por debajo la bicicleta .30


y dejarla mantener el cuadro cerca de su ingle .

- Un escabio más no le parece, para pasar el

calor. Asi cantaba mi tío con la guitarra, se sabía

un montón todo lo día tocaba después de volver del trabajo, los domingo tocaba pa la familia, moderado y tranquilo no como yo que soy un mal recuperao

del vicio sin límite y todavía estoy vivo de vicio y no si ya era un abuso me hice más todavía cuando me

ha dao la negativa la Yuli despué de cinco año de relación, ¿entendé?…

No entendía nada Enzo porque ya había empe-

zado a pedalear y se había alejado una cuadra ha-

cia el sur. Forli se queda parado esperando, estaba flotando en el continuo etílico cada vez más bajo,

considerando lo que seguía: Seguro que anda lo ratis por acá esperando jodeme con lo papele de la moto si no me jor encaro para la otra salida del par-

que que está meno circulada y los trava que andan

mostrando la carne ah y me armo el acullico al auto .31


ese rojo le interesa la mercancía del lago la fantasía

de la arboleda la maquillada lo mas posible aunque se le ve la sombra de la barba no constituye en sí

mismo una oferta laboral bastante fuerte como para empeza a incursiona pero el si no fuera por el mar-

co religioso ideológico que contituye el cristianismo

y excluye la promiscuida como fenómeno social en

base a una débil estruturación moral biológico que se asienta en la reproducción y porque ya lo grie-

go le daban a la matraca y luego salían a destripá persa y decile maricamascachoto en la cara a uno como Aquile si te saca la tripa asi con la punta de la

lanza y te ata al carro ahí con el sulky por el parque ramiando se nota que le interesa el producto porque

Rita se dio una vueltita y dice algo al alcahuete y se acercan y le hacen un tirito porque se viene mano-

seando el naso después de palmearle la espalda y abre la puerta del auto sale de adentro chu ra ba-

rabara chu ra te confesé que quiero meterte en mi .32


cama viéndote sonreír de placer...

Arranca el auto y sigue derecho por la calle

entre los árboles, Forli sigue a pie llevando la moto hasta llegar a la avenida. Sigo por la Soldatti hasta

el Bajo y me siento en algún bar a tomar una fresca y miro el partido que haya si total ya está clarito que se termina noches antes que mi he amanecío pero ya se gastao el motor de la capocha… Se calza el

casco y levanta la pierna para pasarla al otro lado de la moto y con la ingle asentada patea hacia aba-

jo y sale un ruido de chancho del motor, patea de nuevo más fuerte, de nuevo otra vez y se reacomo-

da, se asienta mejor con el culo y vuelve a patear y esa vez el motor se pone en marcha, sube las

piernas hasta dejarlas en las manijas acomoda un

poco mas adelante el cuerpo y la panza curveando en la pendiente de la camisa bajando hasta entrar en el pantalón, en el casco negro las luces de la

calle se reflejan y pasan rápido de un lado al otro .33


de la superficie mientras acelera en la avenida por la mano que va hacia el sur.

***

.34


M

astica uno detrás de otro los triángulos de masa con queso chorreando que forman el

círculo y que le traen el recuerdo de los ciclos que

mueren y nacen a lo largo del tiempo, como quien lee o escucha la palabra ahora y toma concien-

cia del curso en el cual está fundida con múltiples causas y efectos en relación con interesesdeseos-

rechazos que se confunden con la pluralidad de personas, que a su vez se confunden en el chorro saliendo del caño y se dirije a la cloaca, metafóri-

camente piensa Forli, mientras se desprende y saca

el pantalón con un movimiento de chacarera pero

con los brazos hacia abajo empujando los tubos

de tela que se van arrugando y quedan en el piso hecho un bulto, y con unos pasos más desemboca

en la cama como pájaro hondeado y queda dándole su costado al ventilador de techo y unas vueltas de paleta más tarde se desprende del cuerpo fofo un

ronquido pedregoso cuando entra aire y se desinfla .35


con un silbido apagado. Hacia la dirección contraria

pedaleó Enzo, tambaleando por la avenida dobló después de unas quince cuadras y siguió por La-

madrid unas cuarenta cuadras para después entrar en un pasaje angosto con naranjos en las dos ve-

redas, Enzo venía flotando en el automatismo que

proveía desde alguna zona de su cerebro el instinto de supervivencia, requiriendo sólo de un poco más de atención cuando en la Alem el movimiento de gente que iba a los boliches de por ahí y que ve-

nían desde diversos lugares de la ciudad y ahora

concentrados en esta zona el movimiento de autos se hacía denso, aquí es donde con relativa claridad recuerda Enzo que tuvo que pararse a esperar que un semáforo se pusiera en verde, parado en sus

dos piernas en la calle con el cuadro de la bicicleta

en el medio miró pasar el caudal de autos y motos

y grupos de personas caminando, diciéndose entre ellos cosas al pasar que podían ver de los otros en .36


base que en ese momento vestía de la mejor forma

posible, lo que Enzo escuchaba de las palabras era

más parecido al agua entre las piedras y de los motores a su alrededor como el ruido lejano que arrastra el río con la corriente y le trajo la imagen del río desbordándose y llevando con él palos, tron-

cos, animales y la casa que estaba en la parte baja del terreno. Por lo menos este río si se desborda no

hace el daño que el otro de agua que anega y hace mierda en un ratito el trabajo de años de que iba … en esto circulaba su conciencia cuando en frente suyo una moto que insistió en pasar a pesar del rojo y con la fila de autos perpendicular avanzada bas-

tante y que no llega a esquivar a tiempo y lo recibe el paragolpe de costado y el que iba con el conduc-

tor atrás vuela y se arrastra unos cinco metros y el conductor no porque lo retuvo de volar el paragolpe que le masticó la pierna, entonces el conductor del

auto empieza a gritar y después se baja y mira la .37


sangre en la carrocería y la abolladuras y se queda en silencio y después sigue gritando. Del resto de

las cuadras que le quedaron por pedalear las hizo con sensación apagada y resistente como una costra de que nada es como se piensa, aunque ya ca-

beceando el sueño y balanceándose cuando dio los primeros pasos en la vereda y buscaba las llaves en

el bolsillo cuando la puerta se abrió con Delia en el umbral oscuro, daba la impresión de haber estado

pegada al otro lado de la puerta desde hacía horas, desde que había terminado de limpiar y lavar ropa en el patio, y escuchar la pelea que comenzaba en

la casa de al lado y que luego taparon los golpes con la radio alta. Delia estuvo en la pieza con la radio encendida, mientras hacía cenar a Estelita y

luego mientras la hacía dormir miraba de a ratos la

puerta, y luego cuando no quedaba nada para hacer se sentó en frente del umbral, lo más cerca posible como para que percibiese todo lo que ocurría invi.38


sible en el otro lado, y paseaba la mirada alrededor del marco, la llave de luz con su tapa rectangular y blanca, las tres llaves sostenidas de un clavo y

algo que colgaba cuatro cosas pendientes de cuatro hilos que había traído Enzo la semana anterior y sin

decir nada lo colgó en ese punto arriba de la llave

de luz. No entendía el porqué de ese adorno y por eso la mirada recaía en él, en las cosas pendientes

cada una de su hilo: una rodaja de naranja seca,

una pelota anaranjada, una arandela y una pluma que tenía como que ataban el otro extremo de sus piolines a un cilindro achatado de lata. Delia enton-

ces pensó en la pluma que estaba arriba porque era la más liviana de las cosas, y esa arandela podría

ser la órbita que no tenía un alcance definido y la pelota anaranjada le traía imagen del sol y luego

esa rodaja de naranja el fruto que hace crecer en la tierra, explicándose así mientras esperaba a Enzo

y luego encendía la radio despacio para enterarse .39


de la hora, así cada unos quince minutos, y volvía a sentarse en frente del umbral, iba por su séptima

consulta de la radio esperando la octava, cuando escuchó afuera los pasos y se apresuró a abrir y darse con él y la bicicleta al lado:

-¿No ha visto la hora que e? qué mierda has

andao haciendo hasta las doce decime ah, ¿y qué

e ese olor que tení? Vergüenza tendría que darte llegar en esa condicione con tu familia.

Enzo no recuerda eso ni que respondió después

de avanzar en el tambaleo sumergido con la bicicle-

ta hacia adentro y atropellar la silla situada justo en frente del umbral y con el ruido que hacia al caer y

el tropezando tirando la bicicleta a un costado ladró: - ¡El día que estire la pata me va dejá de jodé!.

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margen de error  

Cuento de luciano monaco

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