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“No puede abrigarse la más remota duda de que Quiroga era un hombre de convicciones asentadas en la noción de los derechos del hombre a realizar su experiencia vital sin cepo ni mordazas”. E.M.E.

“Aunque mucho menos de lo que el lector supone, cuenta el escritor su propia vida en la obra de sus protagonistas”.

“Quiroga entraba y salía, de la vida a la literatura, de la literatura a la vida, empujado por un demonio que lo obligaba a amar y destruir lo amado”. E.A.I.

citas

pensamientos

“Aporte a la lucha mi propia carne... a fin de devolver al arte lo que es del arte, y el resto a la vanidad”.

La I letrada domingo, 17 de marzo de 2013

Por la selva

Suplemento del diario

Imagen HORACIO QUIROGA

El origen de una pasión El encuentro con Misiones

Cuentos de la Selva” es tal vez el libro escrito por el autor que más difusión ha tenido entre los jóvenes. En él presenta historias que sin alejarse de las tradicionales fábulas con moraleja, mantiene el encanto por la naturaleza, que era el principal objetivo de Quiroga por su composición. Pero la instancia que le obligo a crear estos cuentos fue el ánimo de enseñar a sus propios hijos el amor que el ya sentía por lo que entraña selva El punto de vista que asume el narrador es el de unos animales, recurso que le permitirá más tarde crear sus célebres cuentos. Para él todos los seres vivos son iguales, por eso (como dirá asimismo en “Juan Darien”) “ante 1a suprema ley del Universo, una vida equivale a otra vida”.

L

a profunda impresión que le causó la jungla misionera marcaría su vida para siempre: Quiroga invirtió el último dinero que le quedaba de su herencia (siete mil pesos) en comprar unos campos algodoneros en el Chaco, ubicados a siete kilómetros de Resistencia, a orillas del Río Saladito. El proyecto fracasó en el aspecto económico, principalmente por problemas de Quiro-

ga con sus peones aborígenes, pero la vida de Horacio se enriqueció al convertirse, por primera vez, en un hombre de campo. Su narrativa, en consecuencia, se benefició con el profundo conocimiento de la cultura rural y de sus hombres, en un cambio estilístico que el escritor mantendría ya para siempre. Misiones, fue para Quiroga la oportunidad de partir de cero, de crear un mundo completo y ordenado a su medida, un mundo para fiscalizar hasta

en los menores detalles (rancho semáforo, palmar paisajista, carro que no rueda), un mundo hecho por su mano, un mundo cuyo único e indisputado creador sea él y en que las demás creaturas (indios, aguarás, amigos? lo reflejen como un espejo. Es la ambición robinsoniana que él mismo definió (hacia 1928) como “la aptitud de desenvolverse, con muy pocos pesos -y cuanto menos, mayor la competencia, desde luego- en un ambiente hostil”.

Casa en Misiones de Horacio Quiroga


02 La I letrada

domingo, 17 de marzo de 2013

Cuando el amor, la locura y la muerte hablan por sí

E

n Cuentos de amor de locura y de muerte, encontramos al autor solitario que ha conocido personalmente estas mismas realidades. Se trata de una serie de cuentos escritos en plena selva, en la zona fronteriza de misiones, y distanciado igualmente de lo que aprendió leyendo a Mauupassant o a Chejov. Algunos cuentos reunidos en el volumen de 1917 quizás nos parezcan

desquiciados y morbosos, empero, no dejan de ser un tributo a la maestría de un género que es casi un patrimonio literario de América Latina. A pesar del horripilante episodio que encierra la Gallina degollada, por ejemplo, puede notarse la abrumadora frialdad de la narración, una lógica imperturbable y aniquiladora: los cuatro niños idiotas han aprendido en el corral cómo degollar a su propia hermana, la única normal de la casa. En El solitario un hombre obsesionado con su trabajo de orfebre asesina a su esposa clavándole un alfiler en el corazón…

Decálogo del perfecto cuentista I. Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III. Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV. Ten fe ciega, no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas, tienen casi la importancia de las tres últimas.

Una herencia siniestra El uruguayo Horacio Quiroga bebió inicialmente en las fuentes de los simbolistas franceses y a través de ellos, en particular de Charles Baudelaire, de Edgar Allan Poe, con quien compartió el gusto por el terror y la sangre. Cuentos como La gallina degollada o El almohadón de plumas son claramente deudores del maestro de Boston. Pero más allá de estas inclinaciones hacia la violencia y lo oculto, Horacio Quiroga evoluciona progresivamente de su adhesión modernista hacia un tipo de realismo en el que se centra en los mecanismos de los sentimientos y la conducta humana y los factores azarosos que intervienen en ella. En La muerte de Isolda, no obstante su fuerte componente romántico, el protagonista no puede evitar que el azar lo enfrente a un antiguo y despreciado amor y descubra el alcance de su error. En la Insolación o A la deriva, cuento este último cuyo drama resuelve mejor en El hombre muerto, que no figura en este volumen, es la naturaleza -que se manifiesta a través

del sol y de una serpiente respectivamente- los protagonistas se enfrentan a la muerte con tiempo suficiente como para que puedan reconocerla y aceptarla y aceptarse como partes del ciclo de la vida. La maestría de Quiroga, en estos y muchos de sus cuentos, es situar al lector en la misma posición del protagonista y no ver ni sentir otra cosa que lo él ve o siente. En esa particular situación, el lector puede experimentar las vivencias del individuo en condiciones extremas y la dura lucha entre la voluntad y la razón, y entre el azar y la naturaleza. Cuentos de amor de locura y de muerte, título al que se ha respetado el deseo del autor de no colocar la coma, constituye un extraordinario punto de partida para comprender el mapa creativo de América Latina y la densidad de las pasiones en íntima vinculación con las manifestaciones de la naturaleza, así como con lo mágico y lo extraño.

VI. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba un viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII. No abjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII. Toma a tus personajes de la mano y llévalos hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX. No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X. No pienses en tus amigos a escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los cuales pudiste haber sido uno.


domingo, 17 de marzo de 2013

La I letrada 03

Una trágica experiencia que plasmó en letras

D

N

acido el 31 de diciembre de 1878, Quiroga era hijo del vicecónsul argentino en Salto y de la oriental Pastora Forteza. Por parte de su padre descendía del caudillo riojano Facundo Quiroga. Desde el comienzo de su vida, Quiroga vivió sumergido en acontecimientos muy trágicos: con apenas tres meses de edad, presenció desde los brazos de su madre cómo moría su padre de un disparo accidental de su propia escopeta, al intentar descender de una embarcación con el arma en una posición incorrecta. El estampido del arma y el horroroso espectáculo provocaron que Pastora dejara caer al niño, que se golpeó contra las tablas del muelle y casi se cae en las turbulentas aguas. Habían comprado una chacra en San Antonio Chico, donde abundaba la caza. La costumbre de viajar armado fue la causa de la trágica muerte del padre de Quiroga.

LA GALLINA DEGOLLADA

El tema obligado

La madre, ahora viuda, se trasladó a Córdoba con los niños para tratar la enfermedad pulmonar de una de las hermanas de Quiroga. Luego de cuatro años en las sierras, regresaron a Salto. El futuro escritor estudiará allí en un colegio sostenido económicamente por la masonería. En 1891 su madre se volvió a casar —esta vez con Ascencio Barcos—, y el pequeño Quiroga aceptó su decisión y llegó a querer profundamente a su padrastro. Tras cinco años de matrimonio, Barcos, que había sufrido un derrame cerebral que lo paralizaba y le impedía el habla, se suicida disparándose en la frente con una pistola.

iversa y dispersa la vida se resiste a ser uniformada por la muerte y en ello radica la singularidad del tratamiento que hace Quiroga del tema, cuando precisamente la alucinación padecida por sus personajes no es otra cosa que la afirmación de la individualidad frente a la muerte que nos iguala con su rasero. Rompe así el autor uruguayo la dicotomía entre la vida y la muerte y de esa manera sobrepasa el tratamiento tradicional del tema; filón literario al que será fiel a lo largo de su obra.

Traducción del cuento de Quiroga y de otros relatos en inglés.

E

ste cuento que por su difusión ha contribuido a configurar la imagen de un Quiroga sádico del sufrimiento, presenta (como es bien sabido) la historia de una niña asesinada por sus cuatro hermanos idiotas. Del examen atento, surge, sin embargo, el recato estilístico en el manejo del horror, un auténtico pudor expresivo. Las notas de mayor efecto están dadas antes de culminar la tragedia familiar: en el fatal nacimiento sucesivo de los idiotas, en su naturaleza cotidiana de bestias; en el lento degüello de la gallina que ejecuta la sirvienta ante los ojos asombrados y gozosos de los muchachos. Al culminar la narración, cuando los idiotas se apoderan de la niña, bastan algunas alusiones laterales, una imagen, para trasmitir todo el horror: “Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran pluma...”.

Una herramienta más que le ayudó a domar la selva inexpugnable

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u vieja máquina de escribir Remington fue la compañera adecuada cuando decidía poner de lado las herramientas de taller que, cansadas de tanto trajinar, pedían un alto a las rotundas faenas del día, de convertir la materia prima en arte, en muebles, en armas, en utensilios, en adaptar la selva a su vida. Era el turno de su otra pasión, la de convertir la palabra en arte, en mobiliario literario, en el armamento para luchar contra el misterio y la muerte. Cuántas veces ha de haber sentido el crujir de sus huesos quebrados en la faena al teclear su vieja Remington, para extraer la sangre de sus personajes y emprender la otra faena, la de recrear un mundo agreste como el de los “animales” en esta otra selva.


04 La I letrada

domingo, 17 de marzo de 2013

El hombre muerto El primer cuento mágico-realista El hecho de que Horacio Quiroga no haya escrito otros cuentos mágico - realistas no desmiente en absoluto la identificación de “El hombre muerto” con esta tendencia universal.

A

unque Horacio Quiroga se conoce como criollista por antonomasia, también merece el honor de haber escrito tal vez el primer cuento mágicorrealista, no sólo de la América Latina sino del mundo entero. Publicado por primera vez el 27 de junio de 1920 en el diario porteño La Nación, “El hombre muerto” comparte varios rasgos con la pintura mágico - realista europea y norteamericana que irrumpe hacia 1918 como reacción contra el expresionismo. Por ejemplo, veamos el cuadro pintado en 1928 por el alemán Franz Radziwill, Accidente fatal de Karl Buchstätter. Aunque se trata de la muerte de un famoso piloto alemán, cuyo avión ya empezó a caer, el cuadro no tiene nada de dramatismo. El avión más bien parece suspendido en el centro del cielo en la parte superior del lienzo sin llamas ni humo. No se turba en absoluto la tranquilidad del paisaje rural pintado con una gran precisión en la parte inferior. Los paralelismos entre la pintura y la literatura respecto a este tema se refuerzan en el poema “Paisaje con la caída de Ícaro” (1954) del autor norteamericano William Carlos Williams, que describe sin emoción el cuadro pintado en 1555 por Breughel. Sin embargo, se puede demostrar el realismo mágico de “El hombre muerto” aun más fácilmente contrastándolo con “A la deriva” (1912), cuento típica-

mente criollista del mismo Quiroga2. Mientras el protagonista de “A la deriva” es un peón mestizo nombrado Paulino que muere como consecuencia de haber sido mordido por una víbora, el protagonista anónimo de “El hombre muerto” es un colono, probablemente extranjero, dueño de su propia tierra, que muere como consecuencia de un accidente sumamente inesperado. Después de luchar y triunfar durante unos diez años contra las fuerzas de la naturaleza, el hombre, al cruzar una cerca de alambre de púa de su propio bananal, se resbala y se le clava en el vientre su propio machete. Lo que crea, más que nada, el ambiente mágicorrealista es la falta de emoción, la falta de dramatismo con que se narra el accidente. El hombre herido no siente ningún dolor, no grita y no aparece ni una gota de sangre. En cambio, en “A la deriva”, Paulino observa con desesperación creciente cómo va aumentando el dolor a medida que el veneno va invadiendo toda la pierna y luego todo el cuerpo. En busca de ayuda, se dirige a su rancho y luego se mete en su canoa con la esperanza de llegar a Tacurú-Pacú. El río Paraná pregona su muerte próxima con su imagen de ataúd: “una inmensa hoya, cuyas paredes altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. . . muralla lúgubre... un silencio de muerte” (Quiroga, “A la deriva” 15). En “El hombre muerto”, una vez herido, el protagonista no se mueve para nada. Se asombra ante la indiferencia de la naturaleza: el sol sigue brillando, “yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago” (Quiroga, “El hombre muerto” 82) y no se registra ningún cambio en el paisaje. Su situación resulta aún más trágica y asombrosa teniendo en cuenta la proximidad del muchacho que pasa rumbo al puerto nuevo, del caballo que espera el momento de pasar por el alambrado y de su mujer con sus dos hijos que vienen a buscarlo para almorzar en el

momento de su muerte. “El hombre muerto” luce una gran concentración cronológica: son los últimos diecisiete minutos (11:43-12:00) en la vida del protagonista. El tiempo avanza con una lentitud increíble marcada por la precisión de la hora: el triple uso de “acababa de” en la primera página; “no han pasado dos segundos”; “las sombras no han avanzado un milímetro” (Quiroga, “El hombre muerto” 81); el muchacho que pasa todas las mañanas “a las once y media”; el accidente ocurrió “hace dos minutos”; “a las doce menos cuarto” (Quiroga, “El hombre muerto” 82) salen del chalet su mujer y sus dos hijos; y “a mediodía” (Quiroga, “El hombre muerto” 83) muere. El asombro del protagonista ante el accidente inverosímil y ante su muerte próxima se anuncia en la primera oración del cuento cuya personificación del machete deja asombrado al lector: “El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal” (Quiroga, “El hombre muerto” 81). El anonimato del protagonista refleja el aspecto arquetípico, junguiano del realismo mágico reforzado por su posición algo fetal después del accidente: “Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho” (Quiroga, “El hombre muerto” 81). A pesar de que “El hombre muerto” está ubicado en Misiones cerca del río Paraná, a diferencia de “A la deriva”, de otros cuentos criollistas suyos y de toda Hispanoamérica, no hay ningún giro regional. En efecto, fuera de los pensamientos del hombre que agoniza, no hay nada de diálogo. Tampoco aparecen detalles geográficos como en “A la deriva”. Otro contraste entre “El hombre muerto” y “A la deriva”, y la narrativa criollista en general, es la falta de protesta social en el primero. Aunque la muerte en los dos cuentos se debe al azar, en “A la deriva”, la muerte del peón podría atribuirse a la falta de

médicos y de sueros antitóxicos en esa zona. Además, se subraya la protesta por la analogía, algo gratuita, con la crucifixión de Jesús: Paulino en su último momento de vida recuerda haber conocido al recibidor de maderas de míster Dougald “en Puerto Esperanza un Viernes Santo”.

“El hombre y su machete acaban de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en estas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echo, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados, y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Más al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapa de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumanente lejana de no ver el machete de plan en el suelo”.


Suplemento La I letrada