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San Manuel Bueno, mártir Contexto histórico y cultural Miguel de Unamuno fue testigo de importantes convulsiones político-sociales: vivió durante el sistema político de la Restauración, se enfrentó a la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), colaboró con la Segunda República (1931-1936) y asistió al inicio de la Guerra Civil española (1936-1939). La pérdida en el 98 de las últimas colonias (Cuba, Puerto Rico y Filipinas) desencadenó una oleada de protestas y provocó una aguda crisis política y cultural. Unamuno tomó conciencia de la difícil situación de España y censuró, con sus artículos y escritos, los errores cometidos, proponiendo soluciones para el futuro. Otros jóvenes escritores —Pío Baroja, Azorín, Ramiro de Maeztu— integrantes de la denominada «Generación del 98», mantuvieron parecida actitud. Relacionados con ellos, pero preocupados por una estética de la belleza (sin olvidarse de su condición humana), se encuentran los escritores «modernistas»: Rubén Darío, Villaespesa, Manuel Machado, y, en su primera época, Antonio Machado y Valle-Inclán. Con el paso de los años surgieron «los novecentistas»: Ortega, Pérez de Ayala, Miró, Fernández Flórez, D’Ors. Los «vanguardismos» estaban naciendo en Europa. En España, inicia este nuevo movimiento literario Ramón Gómez de la Serna, al que siguen algunos de los jóvenes poetas del «27», que participaron, en sus primeros años, en los diversos movimientos de vanguardia del momento: ultraísmo, creacionismo y surrealismo, principalmente. Fueron años (1898-1936) de explosión literaria. De ahí que se denomine a esta etapa «Edad de Plata» de la literatura española.

El pensamiento de Unamuno Un hombre contradictorio Fue Miguel de Unamuno —y tal vez sigue siéndolo— un escritor que suscitó posturas encontradas hacia su persona: desde la admiración y el afecto más entrañable hasta la más acerba crítica y la más contundente de las descalificaciones. Pero lo cierto es que intentó ser fiel a sí mismo y comprometerse con su patria. La búsqueda de la verdad, la lucha por creer en la salvación eterna, y el ansia por hacer de España una nación justa y libre le llevaron a enfrentarse con energía a las autoridades y a otros escritores de su época por medio de sus obras literarias, de las múltiples conferencias que dictó y de su continua presencia en la prensa. Se le acusó de ser paradójico y contradictorio, de no sostener un sistema filosófico claro y de no mantener una ideología constante. Pero fue, en todo caso, un hombre de principios, un polemista que se esforzaba por defender lo que consideraba justo, lo que para él era la verdad, y no una ideología concreta. De 1864 (Bilbao) a 1936 (Salamanca) Miguel de Unamuno nació en Bilbao el año 1864 y murió en Salamanca el 31 de diciembre de 1936. Entre estas dos fechas, su vida estuvo llena de avatares: hizo oposiciones, obtuvo una cátedra en Salamanca, fue tres veces rector de

la Universidad y otras tantas destituido, sufrió destierro en Fuerteventura y vivió el exilio en Francia. Diputado en las Cortes Constituyentes de la Segunda República, fue partidario de Franco y su adversario en un lapso de tiempo no superior a tres meses y desarrolló una extensa actividad literaria: ensayos, artículos, cuentos, novelas, poesía, teatro… En 1880 se traslada a Madrid para estudiar Filosofía y Letras, se licencia en 1883 y el año siguiente se doctora con una tesis sobre el origen de la lengua vascuence. Parece ser que en Madrid sufre su primera crisis religiosa: educado en un colegio de jesuitas en Bilbao, su madre le había impartido una intensa preparación religiosa (era huérfano de padre desde la infancia). En Madrid deja de ir a misa y mantiene cierto alejamiento de la religión. De vuelta en Bilbao donde permanece hasta 1891, insiste en buscar el camino de la fe. Son años de inquietud religiosa y política. El joven Miguel comienza a interesarse por los problemas sociales de su tiempo y se aproxima al partido socialista, colaborando en un semanario del PSOE, La lucha de clases. Durante estos años vive de los artículos de prensa, y de las clases que imparte. Mientras tanto, lee y estudia todo lo que puede y prepara oposiciones. Tras diversos intentos, obtiene en 1891 la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca. Se casa con Concha Lizárraga, su novia de siempre, y se traslada a Salamanca, ciudad que le cautivará siempre. La crisis de 1897 En 1897, cuando la pérdida de su fe prácticamente se había consumado, uno de sus hijos muere de un ataque de meningitis. Unamuno se sume en una profunda crisis espiritual: una noche, ve en sueños cómo su yo íntimo desaparece con la muerte. El terror a la nada, a la destrucción tras la muerte, remueve su ansia de creer y lucha desesperadamente por recobrar la fe. Lee todo tipo de libros religiosos, fundamentalmente protestantes, e incluso vuelve a algunas prácticas religiosas que tenía olvidadas, como el rezo del rosario. Escribe las primeras anotaciones de su Diario íntimo. Desde entonces Unamuno mantiene viva su inquietud por el problema de la inmortalidad del alma. Se esfuerza por creer. Aunque la razón le niega la fe, la voluntad y el sentimiento le impulsan a creer. Vivirá en una lucha perpetua, instalado en una duda agónica: junto a momentos de fe ardiente, tendrá momentos de enorme escepticismo. Vida pública En 1901 es nombrado por primera vez rector de la Universidad de Salamanca. Durante la Primera Guerra Mundial se declara partidario de los aliados. Tras diversos avatares y a causa de sus críticas en la prensa al rey Alfonso XIII, Primo de Rivera le destierra en marzo de 1924 a la isla de Fuerteventura. En julio de 1925 consigue huir a Francia, donde permanecerá hasta la caída de la Dictadura. En 1930 regresa triunfalmente a España. Participa en el advenimiento de la República y es elegido diputado a Cortes por la Conjunción Republicana (durante algunos años de la década de 1890 había estado afiliado el PSOE, partido que abandonó al adoptar la postura liberal-progresista).


En 1934 muere su compañera de siempre, Concha Lizárraga, que tanto le había ayudado en sus crisis espirituales. Aunque ese mismo año ha de jubilarse, se le nombra rector vitalicio. Continúan los homenajes y en 1935 es nombrado Ciudadano de Honor de la República. Sin embargo, con el advenimiento del Frente Popular (1936), Unamuno va distanciándose de la República. A los pocos días del estallido de la guerra, se declara partidario de Franco. Pero en octubre de 1936, irritado por el grito de «¡Viva la muerte!» que pronunció Millán Astray, censura la barbarie de la guerra y se enfrenta al gobierno de la zona nacional. Aunque algunos exaltados piden su fusilamiento, Unamuno es recluido en su domicilio. En la tarde del 31 de diciembre de 1936 muere don Miguel de Unamuno, «un agónico español», en palabras de María Dolores Pérez Lucas.

La obra literaria de Unamuno Escritor prolífico, Unamuno cultivó todos los géneros literarios: poesía, cuentos, novela, teatro y ensayo. Obtuvo sus mayores éxitos en el campo de la novela y el ensayo. Su poesía resultaba lenta, falta de ritmo, escasamente musical. Y su teatro fue un teatro denso, filosófico, carente de acción, que llevaba a la escena ideas ajenas al ritmo propio del texto dramático. En general, todos sus escritos giran en torno a las que eran sus preocupaciones íntimas y reflejan la angustia de su espíritu. Dos grandes problemas centran su producción literaria: los enigmas del hombre en relación a la existencia, a la personalidad y a la inmortalidad, y los problemas de España. La poesía La poesía es, para Unamuno, el medio de expresión lírica de su mundo interior: la duda religiosa, la preocupación filosófica, Castilla, el amor. No obstante, hasta 1907, cuando contaba ya con cuarenta y tres años, no publica sus primeros poemas. Su concepción poética se refleja en un poema titulado Credo poético, del que entresacamos unos versos: […] algo que no es música es la poesía, la pesada sólo queda. […] No te cuides en exceso del ropaje, de escultor y no de sastre es tu tarea, no te olvides de que nunca más hermosa que desnuda está la idea. No el que un alma encarna en carne, ten presente, no el que forma da a la idea es el poeta, sino que es el que alma encuentra tras la carne, tras la forma encuentra idea […]. Publicó Poesías (1907), Rosario de sonetos líricos (1911), El Cristo de Velázquez (1920), Teresa (1923), De Fuerteventura a París (1925), Romancero del desierto (1928), y, con carácter póstumo, Cancionero (1953). El teatro Su teatro apenas gozó del interés del público de su época por la trascendencia religiosa de sus temas, su falta de acción y la eliminación de la intriga. Sus obras más cono-

cidas son Fedra (1921), El otro (1932) y El hermano Juan (1934). El ensayo A través del ensayo abordó diversos temas que le inquietaban: - Los problemas filosófico-religiosos en Mi religión y otros ensayos breves (1907), Del sentimiento trágico de la vida (1913), y La agonía del cristianismo (1931). - Los problemas de España en La vida de don Quijote y Sancho (1905). - El paisaje en Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1922). Publicó otros ensayos y múltiples artículos en revistas y periódicos de la época. La novela La novela de Unamuno se caracteriza por presentar un conflicto humano (el ansia de inmortalidad, la envidia, el matrimonio, etc.), centrado casi siempre en un protagonista individual que lucha contra sus propias limitaciones. En cuanto a la técnica narrativa, predomina el diálogo y escasean las descripciones. No deja Unamuno de emplear las modernas técnicas narrativas que a principios del siglo XX empiezan a utilizarse en Europa, y en ocasiones nos sorprende, mezclando personajes de ficción con personas reales. Sus novelas Paz en la guerra (1897), Amor y pedagogía (1902), Una historia de amor (1914), Abel Sánchez (1917), La tía Tula (1921), Cómo se hace una novela (1927), San Manuel Bueno, mártir (1931), etc., gozaron de éxito entre los lectores. Tal vez, lo más significativo de su obra novelística sea su propuesta de crear una novela distinta, a la que dará el nombre de nivola. Este término aparece ya en Amor y pedagogía, pero será en Niebla donde uno de sus personajes, Víctor Goti, explique el concepto, cuando le explica a su amigo Augusto cómo es la novela que está escribiendo. Reproducimos, por su interés, el fragmento: —Un día me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá […] Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá formando poco a poco. Y a veces su carácter será el de no tenerlo. […] Lo que hay es diálogo; sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada […]. —[…] Pues acabará no siendo novela. —No, será…, será… nivola. —Y, ¿qué es eso, qué es nivola? —Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez le llevó a don Eduardo Benot, para leérselo, un soneto, que estaba en alejandrinos o en no sé qué otra forma heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es soneto!»… «No, señor —le contestó Machado—, no es soneto, es sonite». Pues así es como mi novela no va a ser novela, sino… ¿cómo dije?, navilo…. nebulo, no, no, nivola, eso, ¡nivola! Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las leyes de su género… Invento el género e inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place. ¡Y mucho diálogo! Guía de lectura - 2


San Manuel Bueno, mártir Valverde de Lucerna, un escenario simbólico Unamuno visitó el lago de Sanabria en 1930. Desde su vuelta triunfal del destierro en Francia, llevaba unos meses experimentando una fuerte contradicción entre su vida pública —mítines, homenajes, actividades políticas— y su mundo interior: «Volví para reanudar aquí, en el seno de la patria, mis campañas civiles o, si se quiere, políticas. Y mientras me he zahondado en ellas he sentido que me subían mis antiguas, o mejor dicho, mis eternas congojas religiosas, y en el ardor de mis pregones políticos me susurraba la voz aquella que dice: «Y después de esto, ¿para qué todo? ¿para qué?» y para aquietar esa voz o a quien me la da, seguía perorando a los creyentes en el progreso y en la civilidad y en la justicia, y para convencerme a mí mismo de sus excelencias.» (Prólogo de 1930 a la edición española de La agonía del cristianismo.) Estimulado por el impresionante paisaje del lago, necesitado, como vemos, de silencio, aislamiento y paz, se debió de sentir Unamuno plenamente identificado con la naturaleza quieta de esta retirada comarca zamorana. Pocos meses después de esta visita, en el otoño del mismo año, redactó la novela de un sacerdote que predica lo que no cree y quisiera creer. Se publicó esta novela corta en 1931 en la revista La novela de hoy. Dos años después salió al público en forma de libro, editada por Espasa-Calpe en un volumen que contenía, además, otros tres relatos: La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, Un pobre hombre rico y Una historia de amor. Ésta de 1933 fue la redacción definitiva de la novela, con algunos pequeños cambios respecto a la de 1931, Y para su edición escribió el autor un importante prólogo, que tendremos en cuenta en este comentario. En él recuerda la visita a Sanabria: «Escenario hay en San Manuel Bueno, mártir, sugerido por el maravilloso y sugestivo lago de San Martín de Castañeda, en Sanabria, al pie de las ruinas de un con­ vento de Bernardos y donde vive la leyenda de una ciudad, Valverde de Lucerna, que yace en el fondo de las aguas del lago.» A partir de este escenario real creó Unamuno otro escenario, el de su novela: un pueblo notablemente más grande, de unos mil habitantes, una montaña individualizada, la Peña del Buitre, y un lago sin nombre propio (es siempre el lago, nuestro lago). Completando esta creación literaria, el pueblo de la novela queda enmarcado en una imaginaria diócesis con sede en la ciudad de Renada. La identidad entre el nombre del pueblo novelesco y el de la ciudad sumergida en el lago —Valverde de Lucerna— nos orienta, ya desde el principio, en la búsqueda de un sentido simbólico para el escenario: el nombre del pueblo implica una intención de indeterminación, de atemporalidad y de misterio, pues la Valverde de Lucerna, donde se desarrolla la ficción, está extraída del fondo del lago, donde está su origen. Así se explica la constante referencia al lago —referencia que es como un estribillo en

la novela—. La Valverde de fuera tiene vida gracias a la Valverde sumergida, y en ella tendrá su destino. La villa, sumergida en el fondo del lago, es el alma dormida de la aldea de arriba. No se mira en un modelo histórico ni está orientada al progreso, sólo se mira en el lago. Por tanto, Valverde de Lucerna no está en un contexto realista, sino simbólico: es una aldea monasterio, perdida en la quietud del lago, separada de la agitación cultural, política y social de la historia de España, en vísperas de la República de 1931. Sus habitantes se mueven en un escenario caracterizado por el lago, símbolo de su inmovilidad, de su sueño y de su fe. Un proceso de beatificación y un manuscrito A pesar de este carácter de pueblo fantasmal y retirado, Valverde de Lucerna alcanza, según la novela, cierto protagonismo exterior, debido a la repercusión pública del que ha sido su párroco. Su fama de santo se ha extendido más allá del lago y la montaña, y ha llegado a la ciudad, donde la autoridad eclesiástica, el obispo, está promoviendo la proclamación oficial y universal de sus virtudes, el proceso de beatificación. Para este propósito debe recoger todos los datos posibles referentes al sacerdote. Con ellos, además, piensa redactar una guía o manual del perfecto párroco que sirva de modelo para el clero de la diócesis. La testigo más autorizada de la vida ejemplar del sacerdote es una mujer de edad ya avanzada, Ángela Carballino, su hija espiritual predilecta. Ángela ha guardado celosamente, ocultándolo a la autoridad eclesiástica, su conocimiento «maternal» del santo. Pues en realidad esta mujer no sólo ha sido hija espiritual, sino también madre y confesora de don Manuel, y conoce su personalidad interna, su cara oculta. Los datos escamoteados al obispo parecen pesar en la conciencia de esta mujer. Antes de morir, se siente empujada a escribir todo lo que realmente sabe y, sin pensar en un destinatario concreto, descarga su secreto, (el de don Manuel), en unas memorias que son una confesión. Memorias que, naturalmente, caen en poder de Unamuno obedeciendo al tópico narrativo del «manuscrito encontrado», pretexto literario para que vengan a conocimiento del lector con un tono de objetividad. Tres personajes para un santo «Personajes, lo que se dice personajes de carne y hueso, ninguno. Almas, cuatro: un cura, una muchacha, un hombre y un idiota», escribía Gregorio Marañón, comentando en 1931 la novela de Unamuno. Quería destacar el ensayista la ausencia de descripción física de los personajes unamunianos. Efectivamente, sólo aparece un breve apunte descriptivo acerca de don Manuel, tal como lo veía Ángela siendo niña: unos treinta y siete años, «alto, erguido, delgado, llevaba la cabeza como nuestra Peña del Buitre lleva su cresta, y había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago». Descripción, como se ve, muy orientada hacia una presentación simbólica del protagonista. Y de los demás personajes, ni siquiera esto. A Unamuno no le interesaba el revestimiento carnal de sus criaturas de ficción, menester que juzgaba fácil y superficial, puramente de adorno. Y sin embargo, los personajes de esta novela se presentan incluidos en un escenario novelesco creado para ellos, por muy simbólico que sea. Y sobre ellos pasa el tiempo, Guía de lectura - 3


por muy a saltos que transcurra. Al lector, en realidad, no le resulta difícil representarse en su imaginación un cuerpo para cada una de esas almas «descarnadas», gracias a la viva representación de ellas que nos ofrece el autor y, también, por la sensación de verismo que Ángela da a su narración. Ángela Carballino no es un puro esquema como personaje y, desde luego, no causa la impresión de estar descarnada. Cuando, ya cincuentona, —pues no es sólo «una muchacha»—, alude a sus canas, nos percatamos de que la hemos venido acompañando con naturalidad a través de su vida. Ciertamente ha estado subordinada al protagonista, pero ha conocido una evolución notable desde que perdió a su padre, el forastero, hasta que queda como única mensajera de don Manuel. Permanece de ella una imagen viva, de auténtico personaje, de una mujer que pasa de la fascinación infantil a la vigilancia amorosa y al desconcierto y la tristeza finales («Y yo no sé lo que es verdad y lo que es mentira»). Lázaro es seguramente un personaje mucho menos consistente como tal, más marioneta en manos del autor, menos respetado por su creador. Se le presenta con una serie de tópicos que le sitúan como un posible personaje ideal para poder ser el antagonista del cura: anticlerical, progresista, partidario de la razón, amante de la cultura urbana, preocupado por los problemas sociales… Pero estas notas, en lugar de servir para una confrontación interesante con el cura, se desvanecen como humo, sin auténtica resistencia. La rapidez de su conversión, de enemigo en discípulo amado, da toda la impresión de obedecer a necesidades de programación, a un esquema previo. Blasillo, el bobo, actúa exclusivamente dirigido por el autor para subrayar ciertos momentos fuertemente connotativos y simbólicos, fundamentalmente para repetir el grito de angustia de Cristo y del párroco («¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?») y para «repetir», también, su muerte con la suya. Se presenta, por eso, como la reducción del protagonista a pura teatralidad. Posiblemente representa también la suprema inconsciencia, la caricatura del infantilismo de la fe y la última consecuencia de la fe repetitiva del carbonero, de la delegación en otro del propio pensamiento y de la propia personalidad. Como si fuera la representación viva de una frase de su tocayo Blas Pascal (citada y traducida por Unamuno para defender la religiosidad rutinaria): «Eso os hará creer y os entontecerá.» La santidad de don Manuel La primera parte de las memorias de Ángela presenta preferentemente los hechos y dichos de don Manuel en público. En este primer bloque de recuerdos la narradora asume el papel de cronista, pero con una fuerte carga de admiración. Parece representar a la comunidad entera de Valverde de Lucerna, como portavoz de ella. Se explica así el uso frecuente del posesivo para referirse al párroco, al lago y al pueblo (nuestro don Manuel, nuestro lago). Por tanto la primera parte de la novela trata de la cara externa del protagonista: sus palabras y actos referentes a la actividad pastoral y humana, a la influencia benéfica que ejerce en la comunidad y en la actitud de seguimiento pleno y amoroso de su pueblo, fascinado por su figura. La santidad del párroco no se ajusta del todo a los modelos comunes de las vidas de santos. Don Manuel se se-

para de ellos y aparece como un santo un tanto original y moderno: no está preocupado por el pecado, no amenaza ni condena a nadie, su objetivo principal parece ser que el pueblo viva alegre, y se muestra poco partidario de la contemplación. Es una santidad más evangélica que «eclesiástica». Para presentarla, la narradora se esfuerza constantemente en establecer paralelismos claros entre el sacerdote y Jesucristo; no sólo entre sus palabras (que en muchas ocasiones son citas del Evangelio) y entre sus actitudes (que también son adaptaciones modernas de Jesucristo), sino incluso en el estilo, que parece sacado de los evangelios, como el uso de «En verdad te digo» al anunciar al payaso su entrada en el cielo. Desde este punto de vista podemos considerar este anecdotario del párroco como otro evangelio, como el anuncio hecho por Ángela (cuyo nombre significa «mensajera») de un Cristo moderno, fundador de «la santa iglesia de Valverde de Lucerna». Apoya esta interpretación, además, el nombre del cura, que significa «Dios con nosotros». Pero si el Cristo bíblico podía lamentarse de la acogida negativa de los suyos, no sucede así en el Cristo de Valverde: este pueblo no conoce la discrepancia con el cura que ha salido de ellos. La respuesta ante su imperio espiritual nunca es reticente; la admiración es unánime; todos le siguen como hipnotizados por «el milagro de su voz», una voz que también se confunde con la de Jesús. Y si Valverde de Lucerna ve en el párroco a su don Manuel, éste parece vivir completamente dedicado a los suyos y fundido estrechamente con ellos: realiza humildes oficios, soluciona pequeños problemas domésticos y humanos, une a los desavenidos, los consuela… Pero la tarea más importante es ayudarlos a bien morir, es decir, liberarlos de la angustia del momento con la promesa de la vida eterna. Aunque esta primera parte no penetra en el secreto del sacerdote, sí aparecen sabiamente dosificados en la narración algunos nubarrones que, de alguna manera, preparan el desvelamiento prometido de una personalidad oculta: - el silencio del sacerdote cuando los fieles recitan a coro el artículo del credo referente a la vida eterna; - la conmoción del pueblo cuando el cura exclama en la iglesia «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» - el temor del santo a la soledad, de la que parece huir con su constante actividad. La revelación del secreto En la segunda parte, la más larga y densa de la novela, las memorias de Ángela se dirigen decididamente a un progresivo desvelamiento de la cara oculta de don Manuel. Se da un claro paso hacia la confesión del secreto ocultado caritativamente al pueblo: la falta de fe en la vida eterna que padece el cura santo, y la consiguiente tragedia o martirio que tal desconsuelo causa. De esta manera se justifica el título de la novela, donde al término de «santo» sigue el de «mártir». Para posibilitar el cambio de orientación del relato —este paso de la crónica a la confesión—, Unamuno modifica la perspectiva desde la que se aborda al protagonista, y para conseguirlo introduce dos cambios importantes, subordinados a la necesidad de profundización: Guía de lectura - 4


Por una parte, Ángela se convierte en madre espiritual del sacerdote. A la anterior actitud de admiración sucede un sentimiento de vigilancia y de preocupación. Por otra parte, se introduce en la narración un nuevo personaje, Lázaro, que, tras una breve actitud de desconfianza y objetividad, será el receptor de la confesión explícita del cura. Gracias a estos cambios, don Manuel aparece menos volcado hacia el pueblo sencillo y cuenta con unos interlocutores privilegiados que permiten la efusión de su intimidad. Se forma así un estrecho círculo con un nivel de sensibilidad, de espiritualidad, de cultura y de razonamiento muy por encima del pueblo anónimo, sumido en el sueño y en la inconsciencia. El primer elemento nuevo es que Ángela se convierte en mujer. Y como para Unamuno ser mujer equivale a ser madre, queda fuera de la trama novelesca cualquier complicación sexual o intelectual y se sublima cualquier otro instinto en el de la maternidad. El único objeto de su instinto de mujer-madre es don Manuel. Este nuevo papel de madre que adquiere Ángela es muy importante en la técnica novelística, porque el acceso de la narradora al secreto de don Manuel se realizará por la vía afectiva, intuitiva, y no por la vía racional. Irá frecuentemente acompañada por efusiones de lágrimas, adquiriendo así la novela un fuerte componente sentimental. Sin embargo, la penetración de Lázaro en el secreto del santo se consigue predominantemente por la vía racional. Se convence de la razón de don Manuel después de largas conversaciones y discusiones, una vez que ha cedido sin resistencia al «santo chantaje» de practicar la religión para consolar a su madre. Lázaro, con la capacidad generalizadora masculina que le concede el autor, es el adecuado depositario de toda la carga ideológica que lleva consigo el secreto descubierto, y que constituye el testamento «social» de don Manuel: la utilización de la crítica marxista de la religión para probar su utilidad social y psicológica; la justificación de la alienación del pueblo como única forma de paz, la aceptación de la mentira vital utilizada por el líder para el bien del pueblo. Por tanto, el acceso al mundo interior del protagonista es doble: afectivo y racional. Y la novela transmite su mensaje ideológico envuelto en un tono melodramático y cordial. Un testamento Don Manuel transmite a Lázaro, antes de morir, un testamento abrumadoramente triste. El mensaje fundamental es que el pueblo sólo necesita religión y que su líder debe ser un santo que les prometa paraísos inexistentes para que esa mentira les sirva para vivir en paz, dormidos, delegando en un «varón matriarcal» su capacidad de protagonismo histórico. Cervantes hacía decir a Don Quijote, derrotado y en trance de muerte: «Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui Don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.» Esta última novela de Unamuno también es una rectificación. Unamuno el Bueno ha dejado su yo quijotesco de

gran agitador de España, quizá inquieto ante el protagonismo de la colectividad, en vísperas de la República. El luchador constante en batallas públicas no cree en tales batallas. y en confesión literaria proclama la derrota de cualquier ilusión de progreso social. El problema de la personalidad en la novela Unamuno declara en 1932, en el prólogo citado, que el núcleo temático de esta novela es el problema de la personalidad, que concreta en estos términos: «Si uno es lo que es y seguirá siendo lo que es.» Este es el problema de don Manuel, y también el del novelista tal como lo explica, también en 1932, al estrenarse su drama El otro. «El otro me ha brotado de la obsesión, mejor que preocupación, por el misterio —no problema— de la personalidad; del sentimiento congojoso de nuestra identidad y continuidad individual y personal.» El sentimiento congojoso de la identidad supone una lucha entre el yo íntimo y el yo teatral, el que se ofrece a los demás. Don Manuel se debate entre ellos, como otros personajes unamunianos, como el mismo Unamuno. En 1913, por ejemplo, se publica un relato breve, Una visita al viejo poeta. El protagonista, que se ha retirado de la vida pública por temor a perder su identidad, dice al visitante: «¿Ha pensado usted alguna vez, joven, en la tremenda batalla entre nuestro íntimo ser, el que de las profundas entrañas nos arranca, el que nos entona el canto de pureza de la niñez lejana, y ese otro ser advenedizo y sobrepuesto que no es más que la idea que de nosotros los demás se forman, idea que se nos impone y al fin nos ahoga?» Este yo sobrepuesto lo puede crear el mismo individuo en «representación» ante los demás, haciéndose su leyenda. Así lo expresa Unamuno en Cómo se hace una novela hablando de sí mismo: «¿No estaré acaso a punto de sacrificar mi yo íntimo… al otro, al yo histórico?» «… Es que si no me hago mi leyenda me muero del todo. Y si me la hago, también.» También don Manuel se debate entre su yo histórico, el que de él construyen los demás, el que él se hace ante los demás, y su yo auténtico. Su martirio consistirá en prescindir de su íntimo ser, en «dejarse arrebatar su yo íntimo» sacrificándolo al yo histórico, lo que equivale a un suicidio cotidiano. Y su santidad consiste en que este sacrificio lo lleva a cabo por caridad, por el bien del pueblo. Lo heroico de esta santidad estriba en que carece del consuelo de la eternidad. El cura consigue el consuelo de los otros sin tener consuelo, con la lucidez de saber que, aunque haga su leyenda para no morir del todo, sí se va a morir del todo. Guía de lectura - 5


El otro aspecto del problema o misterio es el de la continuidad: morir o no morir del todo. El yo de don Manuel continúa viviendo después de su muerte: - En el pueblo: «… y ahora creen en san Manuel Bueno, mártir que, sin esperar inmortalidad, los mantuvo en la esperanza de ella.» - En Lázaro y en Ángela: «… conmigo se muere otro pedazo del alma de don Manuel. Pero lo demás de él vivirá contigo. Hasta que un día hasta los muertos nos moriremos del todo». - En los lectores. Porque las memorias de Ángela son un acto de amor: Ángela escribe para que, cuando ella muera, don Manuel no muera del todo, para que viva como personaje literario, como Don Quijote, más real que Cervantes, sobreviviente de su autor. ¿Y cuál es el yo que sobrevive? ¿El yo de don Manuel transmitido por Ángela a los lectores es el auténtico? Es decir, don Manuel se ha hecho su leyenda como párroco. Pero también se la ha podido hacer ante Ángela y Lázaro. Porque lo único importante es vivir, seguir viviendo como sea: ahí estriba el misterio de la personalidad. El lector se queda sin saber la verdad. Ángela nos ha revelado el secreto de don Manuel, pero sin garantizarnos que sea una auténtica verdad: «Y yo no sé lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que vi y lo que sólo soñé… ¿Es que sé algo? ¿Es que creo algo?…» Lo que queda es el lago. El lago tiene una leyenda: dicen que Valverde de Lucerna está sumergida en él, y quizá en el lago esté el auténtico yo de don Manuel. Índice de secuencias de la novela 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25

Palabras iniciales de cada secuencia «Ahora que el obispo de la diócesis de Renada…» «En el colegio conocí a niñas de la ciudad…» «Pasé en el colegio unos cinco años…» «En la noche de San Juan…» «En el pueblo todas acudían a misa…»* «Solía acompañar al médico en su visita…» «Lo primero –decía– es que el pueblo esté contento...» «Con aquella su constante actividad…» «He querido con estos recuerdos…» «Aquellos años pasaron como un sueño…» «Así fui llegando a mis veinticuatro años…» «Por entonces enfermó de muerte…» «Quedamos mi hermano y yo solos en la casa…» «Acabó mi hermano por ir a misa siempre…» «Después de aquel día, temblaba yo…» «Mi hermano, puesto ya del todo al servicio…» «Don Manuel tenía que contener a mi hermano...» «E iba corriendo el tiempo…» «El pueblo todo observó que a Don Manuel…» «Y la hora de su muerte llegó por fin…» «Nadie en el pueblo quiso creer en la muerte…» «El pobre cura que llegó a sustituir…» «Quedé más que desolada, pero en mi pueblo…» «y al escribir todo esto ahora…» ¿Cómo vino a parar a mis manos este documento...?»

EL autor y EL narrador Conceptos de autor y narrador Autor y narrador son dos entidades literarias distintas. Pueden coincidir o no. Llamamos autor al creador de la obra literaria, a la persona física que imagina, planea y desarrolla el mensaje literario. Narrador, por el contrario, es el medio emisor del que se sirve el autor para transmitir su mensaje literario. El de narrador es, pues, un concepto literario interno al texto, mientras que el autor tiene entidad autónoma y es externo al texto. El autor y su obra literaria El artífice creador de una obra literaria —es decir, el autor— puede adoptar diversas actitudes ante la paternidad de su obra: 1. Puede ocultarse y darla a conocer sin manifestar su identidad (por temor a las autoridades políticas, religiosas o por cualquier otra causa personal). Así, por ejemplo, el autor del Lazarillo. En tal caso hablamos de obra de autor desconocido o anónima. 2. Puede ocultar su identidad bajo un nombre supuesto. Hablaremos entonces de seudónimo. En muchas ocasiones, el público acaba conociendo la identidad del autor que se oculta tras el seudónimo («Azorín», «Clarín», «Fernán Caballero»…). 3. Y, finalmente, puede dar a conocer su obra con su propio nombre y apellidos. El autor y la ficción del narrador El autor de la obra literaria puede coincidir o no con la figura del narrador. Veamos las diferentes posibilidades: 1. El autor coincide con el narrador: a) El narrador relata en 1ª persona y se presenta como protagonista de los hechos narrados. Nos encontramos ante una autobiografía. Por ejemplo, El libro de la vida, de Santa Teresa. b) El narrador relata en 3ª persona y se introduce ocasionalmente en el relato como personaje secundario. Es el caso de Niebla, de Unamuno. c) El narrador relata en 3ª persona y no interviene como personaje. Es el caso de Cien años de soledad, de García Márquez y de la mayoría de las novelas. 2. El autor y el narrador no coinciden: a) El narrador relata en 1ª persona y es el protagonista de los hechos narrados. Sucede así en El Lazarillo, en La familia de Pascual Duarte, de Cela, en El relato de un náufrago, de García Márquez, etc. b) El narrador es a su vez un personaje secundario. Es el caso que venimos estudiando en San Manuel Bueno, mártir. c) El narrador no interviene como personaje en el texto. Es el caso de las Cartas marruecas de Cadalso. La actitud y el punto de vista del narrador Según la actitud que adopte el narrador ante la materia narrada, podemos distinguir entre: 1. Narrador omnisciente, que domina el hilo del relato, que sabe todo lo que sucede, que conoce todo lo que los personajes sienten, ven y dicen, y, además, juzga y comenta lo narrado. Guía de lectura - 6


2. Narrador testigo, que está incluido en la narración pero en este caso no es parte de ella, sólo cuenta lo que observa, sin participar directamente en los acontecimientos. Narra en primera persona y en tercera las acciones de otros personajes, además siempre se incluye dentro de la narración, pero sólo como un observador. Este personaje solo narra lo que presencia y observa. 3. Narrador protagonista, que cuenta su historia con sus palabras centrándose siempre en él. Narra en primera persona; es el poseedor de la situación. Organiza hechos y expresa criterios como a él le conviene. Es siempre alguien que se expresa desde sus sentimientos. 4. Narrador equisciente, que conoce lo mismo que el protagonista acerca de la historia. El argumento se centra en un protagonista y cubre únicamente aquello en lo que el personaje está involucrado. Pero el protagonista no es el narrador; este último no tiene forma física dentro ni fuera de la historia. Es conocedor de los pensamientos, sentimientos y recuerdos del protagonista, pero no de los otros personajes. Este tipo de narrador es similar al narrador en primera persona, pero presenta algunas informaciones de maneras que resultarían imposibles en una narración en primera persona: este narrador puede, por ejemplo, presentar detalles conocidos, pero no reconocidos, por el protagonista (que le hayan pasado desapercibidos, por ejemplo). Puede hacer observaciones que el protagonista nunca haría acerca de sí mismo, como el color de sus ojos o sus defectos personales. Estas ob-

servaciones hechas en primera persona (acerca de uno mismo) serían altamente dudosas, pero al venir dadas en tercera persona ganan en credibilidad. 5. Narrador oculto o deficiente, que finge no saber lo que sucede, o conoce sólo parte de los hechos, sin que en ningún caso juzgue o comente lo narrado. Según la postura que adopte, el narrador oculto puede ser objetivo o subjetivo. Y según la actitud narrativa que adopte en la transmisión del relato, podemos hablar de narrador realista o de narrador idealista. El problema del autor y del narrador en San Manuel Unamuno es la persona física que, a través de un acto de creación, compone y escribe su obra literaria: San Manuel Bueno, mártir. Esta idea pertenece al plano de la realidad: Unamuno = autor de la obra. Sin embargo, finge que el texto del relato no es obra suya: se trataría de unas memorias de una tal Ángela Carballino. Unamuno encuentra el manuscrito de estas memorias y se limita a publicarlas. Esto pertenece ya al plano de la ficción: Ángela = narradora de las memorias y Unamuno = editor. Por tanto, autor y narradora son realidades distintas, no coincidentes. Y autor y editor son también dos conceptos distintos: el autor pertenece al plano de la realidad y el editor y la narradora al plano de la ficción. Las únicas «voces» que oye el lector en San Manuel son las de la narradora (a través de la cual se transcribe la de don Manuel, Lázaro…) y la del editor (Unamuno como autor no interviene en ningún momento).

Guía de lectura - 7


Glosario A boca de jarro: (expr.) Tratándose de la comunicación, bruscamente y sin preparación. A lo hecho, pecho: (expr.) Expresión que muestra o recomienda decisión para, una vez que se ha hecho algo desacertado, afrontar las consecuencias y sacar el mejor partido posible. Abadía: (sus. f.) Iglesia o monasterio regido por un abad o abadesa. Acuitarse: (v. arcaísmo) Apenarse, preocuparse. Aleccionar: (v.) Enseñar. Anacoreta: (sus. m.) Religioso que vive en lugar apartado, entregado a la oración y la penitencia. Ángelus: Toque de campanas que llama los fieles al Ángelus, oración que empieza con las palabras «Ángelus Dómini», que se rezaba tres veces al día. Al Ángelus se le llama también “la hora del Ave María”. Anudar: (v.) Unir. Apenas si: Apenas. Arrimar(se): (v.) Acercar(se). Arrogarse: (v.) Adjudicarse, atribuirse la cosa de que se trata sin más razón que la propia voluntad. Atragantar: (v.) Obstruir un objeto la garganta. Aventar: (v.) Echar al viento algo, en este caso, el grano, para que el viento arrastre más lejos la paja. Balbucear: (v.) Hablar con dificultad, suprimiendo o cambiando letras, como los niños cuando todavía lo hacen imperfectamente. Bertoldo: Poema cómico popular del siglo XVIII, no tenido como muy importante hoy en día desde un punto de vista literario. Borbotar: (v.) Hervir o salir el agua formando borbotones y haciendo ruido; usado aquí figurativamente. Breviario: (sus. m.) Libro de rezos. Cabrillas: (sus. f. pl.) Pequeñas olas espumosas que se forman cuando el mar empieza a agitarse. Calzonazos: (sus. m.) Hombre que se deja dominar, particularmente por su mujer. Carballino: Es importante notar que carballo, o carbayo, en el noroeste de la península (Galicia, Asturias) significa ’roble’. Catecismo: (sus. m.) Compendio o resumen de la doctrina cristiana que se estudia antes de la primera comunión. Catedralicio: (adj.) Relativo o perteneciente a una catedral. Catequizar: (v.) Enseñar a alguien el catecismo, adoctrinarlo. Celo: (sus. m.) Cuidado, diligencia e interés con que alguien hace las cosas que tiene a su cargo. Cisterciense: (sus. m.) Monjes de la orden del Císter, austera y contemplativa, fundada en 1098, en Francia. Clavellina: (sus. f.) Planta de claveles de flores sencillas. Comadrerías: (sus. f.) El cotilleo de las viejas. Curato: (sus. m.) Cargo de cura párroco. De nación: De herencia, como rasgo de la estirpe o de la familia. Demonio de la guarda: En lugar de «ángel de la guarda» (juego de palabras). Desahuciar: (v.) Declarar a un enfermo como incurable y sin esperanzas de sobrevivir. Desavenido: (part. pas.) Describe una situación que carece de avenencia, de acuerdo, de armonía. Desgarrar: (v.) Romper con violencia, lacerar, destrozar, causar mucha pena.

Designio: (sus. m.) Fin, intención, propósito. Desmedido: (adj.) Excesivo, exagerado. Diaconisa: (sus. f.) Mujer dedicada al servicio de la iglesia. Diócesis: (sus. f.) Territorio que constituye la jurisdicción de un obispo o arzobispo. Doctor: Título que da la Iglesia a algunos santos notables por su sabiduría, como Santa Teresa, llamada «la Doctora de Ávila». El delito mayor del hombre es haber nacido: Cita de La vida es sueño, obra maestra del teatro clásico español, de Pedro Calderón de la Barca (siglo XVII). El mocerío y la chiquillería: Los jóvenes (conjunto de mozos) y niños (chiquillos) El opio del pueblo: Lo que adormece la rebeldía del pueblo. Alusión a Karl Marx, Introducción a la filosofía del derecho de Hegel (1884), obra bien conocida en esta época en España y muy leída por Unamuno. Embriagar: (v.) Emborrachar; (fig.) enajenar, embelesar. Empeñarse: (v.) Proponerse con obstinación, insistir. Encañada: (sus. f.) Cañada, pequeño valle o paso entre dos alturas de poca importancia. Enhiesto: (adj.) Erguido, erecto. Episcopal: (adj.) Relativo o perteneciente a un obispo. Época de trilla: Época de trillar la mies (cereal), haciendo que el grano se suelte de las espigas, con el trillo o con una máquina trilladora. Escudriñero: (adj.) El que escudriña. Derivado del verbo ’escudriñar’: tratar de ver o averiguar los detalles menos manifiestos o las interioridades de una cosa, o la intimidad de alguien; mirar intensamente en un sitio en busca de algo. Espetar: (v.) Decir a uno bruscamente algo que le sorprende o molesta. Feligrés: (adj. y sus. m.) Persona que pertenece a una parroquia. Hacer alarde de: (expr.) Ostentar, mostrar algo que se posee de forma que se haga visible a los demás, por orgullo o vanidad. Hágase tu voluntad [...] amén: Fragmento del Padrenuestro. Hipo: (sus. m.) Anhelo, deseo intenso de algo. Hoz: (sus. f.) Desfiladero, garganta, paso estrecho entre dos montañas. Huidero: (adj.) Huidizo (del verbo ’huir’), fugaz. Imperio: (sus. m.) Influencia fuerte. Imperturbable: (adj.) Inalterable. Insondable: (adj.) Tan profundo que no hay manera de medir su profundidad. Ir al claustro: Hacerse monje. La fiesta de San Juan: El 24 de junio, se asocia con el solsticio de verano, que cae el 21 de junio, que es efectivamente el día más largo (y la noche más breve) del año. La sagrada forma: La hostia, hoja redonda y delgada de pan ácimo que se da a los fieles en la comunión. Laña: (sus. f.) Grapa, pequeña pieza de alambre fino con que se sujetan los trozos de un cacharro de barro o porcelana roto. Letanía: (sus. f.) Rezo que consiste en una serie de invocaciones o alabanzas a la Virgen, que se dice después del Rosario. Marisabidilla: (sus. f.) Mujer de poca cultura, pedante o redicha, que habla con presunción. Guía de lectura - 8


Medrar: (v.) Crecer, prosperar. Menesteres: (sus. m.) Obligaciones, quehaceres, tareas. Minar: (v.) Colocar minas subterráneas; (fig.) debilitar progresivamente el estado de ánimo de alguien. Morriña: (sus. f.) Melancolía o añoranza. Mozo: (sus. m. y adj.) Se aplica a los hombres y mujeres jóvenes, especialmente en los pueblos. Nogal: (sus. m.) Árbol cuyos frutos son las nueces. Ocioso: (adj.) Inactivo. Párroco: (sus. m.) Sacerdote encargado de una parroquia. Patán: (sus. m.) Hombre rústico, ignorante, zafio y grosero. Pavoroso: (adj.) Que provoca pavor, terror, miedo fuerte. Percatarse: (de algo) (v.) Darse cuenta (de algo), percibir, captar. Perlesía: (sus. f.) Parálisis, debilidad de los músculos debida a la mucha edad o a otra causa, acompañada de temblor. Picacho: (sus. m.) Cima muy aguda de una montaña. Piscina probática: (referencia bíblica) Estanque que había delante del templo de Salomón en Jerusalén para lavar y purificar las reses destinadas a los sacrificios. Posada: (sus. f.) Mesón, hospedería, casa en los pueblos, y también en las ciudades, para gente que va de los pueblos, donde se hospedan viajeros o forasteros. Prodigar: (v.) Dar algo en abundancia. En este texto, utilizar con excesiva frecuencia. Raza: (sus. f.) Rayo de luz. Recatar: (v.) Encubrir, ocultar. Redactar: (v.) Dar forma por escrito a la expresión de una cosa. Reliquia: (sus. f.) Resto de algo que ha desaparecido, particularmente, de algún santo o de cosas que han estado en contacto con él. Remansarse: (v.) Formar un remanso, lugar de una corriente, por ejemplo de la de un río, donde se hace más lenta o donde el agua queda quieta o casi quieta. Remendar: (v.) Arreglar o reparar un objeto roto. Reo: (sus. m.) Persona acusada de un delito, que está siendo juzgada por un juez o tribunal de justicia.

Res: (sus. f.) Animal de cualquiera de las especies domésticas de ganado lanar, cabrío o vacuno. Resabio: (sus. m.) Mala costumbre,vicio que se ha adquirido. Rescoldo: (sus. m.) Fuego de brasa que se conserva bajo la ceniza. Retazo: (sus. m.) Retal, trozo de tela pequeño. Revoltijo: (sus. m.) Conjunto de muchas cosas revueltas. Risotada: (sus. f.) Carcajada, golpe de risa ruidosa. Rizar: (v.) Formar ondas en el agua el viento o la caída de algo. Rocío: (sus. m.) Gotitas de agua condensada que se encuentran en las plantas a primera hora de la mañana. Rondar: (v.) Dar vueltas alrededor de algo. Sacerdocio: (sus. m.) Oficio o vocación de sacerdote (cura). Semana de Pasión: La Semana de Pasión suele entenderse como la Semana Santa, la semana en que Jesucristo fue juzgado, condenado y crucificado. Sima: (sus. f.) Cavidad o grieta muy profunda en la tierra. Sobrehaz: (sus. f.) La cubierta o superficie de algo. ¡Teta y gloria!: (expr.) Hace referencia a morir apenas recién nacido. Titiritero: (sus. m.) Payaso. Persona que realiza espectáculos de títeres o marionetas (muñecos usado para representar pequeñas obras de teatro). Persona que realiza ejercicios de equilibrio y agilidad, piruetas y acrobacias. Toca: (sus. f.) Prenda usada por las mujeres para cubrirse la cabeza. Torrentera: (sus. f.) Corriente impetuosa de agua que se forma accidentalmente a consecuencia de lluvias o deshielos en un terreno montañoso. Transfigurar(se): (v.) Transformar(se) completamente. Vahído: (sus. m.) Pérdida momentánea del conocimiento y del equilibrio, desvanecimiento. Villaverde de Lucerna: Unamuno evoca así Villaverde de Lucerna, legendaria aldea sumergida en el lago de San Martín de Castañeda, en la provincia de Zamora. Zafio: (adj.) Grosero o tosco en sus modales, o falto de tacto en su comportamiento. Zagala: (sus. f.) Pastora joven.

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Cuestionario  ¿Por qué Ángela relata sus recuerdos a modo de confesión? ❦  ¿Es Ángela la «voz del pueblo» de Valverde de Lucerna? ❦  ¿Cree en Dios don Manuel? ¿Y en la eternidad? Razona tu respuesta. ❦  ¿Cuál es el secreto de don Manuel? ❦  ¿Cuál puede ser la época en que se desarrolla el relato? ¿Por qué el autor no la establece con claridad? ❦  ¿Por qué Lázaro cambia de actitud hacia don Manuel? ❦  ¿El comportamiento de don Manuel, ¿es correcto o equivocado? ❦  ¿Cuenta Ángela fielmente lo que sucedió? ❦  ¿Se sirve Ángela sólo de su memoria o cuenta con alguna ayuda? ¿De qué tipo? ❦  ¿Qué significa el pueblo para don Manuel? ¿Y para Ángela? ❦  ¿Por qué rechaza Ángela la idea del matrimonio? ❦  ¿Cuál es la evolución de los sentimientos de Ángela hacia el párroco? ❦  ¿Qué recursos emplea Unamuno para hacer verosímil su obra? ❦  ¿Cuántos años tiene Ángela cuando escribe estos recuerdos? ¿Qué importancia tiene esta precisión? ❦  Localiza los pasajes de la obra en los que se refleje el presente de la narradora. ❦  ¿Cuáles son las actitudes de don Manuel, Lázaro y Ángela ante la fe? ❦  ¿En qué momentos se detiene la narración para dejar paso a la reflexión? ❦  ¿Qué alusiones bíblicas encuentras en el texto? ❦  ¿Qué sentido tiene la historia intercalada del payaso? ❦  ¿Con qué actitudes, hechos o dichos nos presenta Ángela a don Manuel como una persona excelente? ❦  ¿En qué momento le revela Lázaro a su hermana el secreto de don Manuel? ¿Por qué lo hace? ❦  ¿Por qué utiliza Ángela tantas veces los posesivos de 1ª persona de singular y del plural? ❦  ¿Cuál son los valores simbólicos del lago, la montaña y la nieve? ❦

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Guía de lectura San Manuel Bueno Mártir  

Realizada por Pilar Hernández para 2º de bachillerato.

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