Tribuna Popular Nº 2.964

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Lucha antiimperialista | ESPECIAL

14 de JULIO al 3 de AGOSTO de 2016

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La fase superior y última del capitalismo (y II) Fernando Arribas García. Especial para TP Miembro del Comité Central del PCV

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l revisar los datos estadísticos recientes, como lo hemos venido haciendo en estas mismas páginas desde 2011 (ver TP Nº 177-193 y 2.948-2.949), no queda duda de que ese conjunto de fenómenos económicos globales que Lenin y sus contemporáneos identificaron hace ahora un siglo y al que denominaron como «imperialismo», continúa en pleno desarrollo, y de que, por lo tanto, siguen teniendo vigencia en lo fundamental las principales conclusiones a que llegaron esos autores y las tareas revolucionarias que se desprenden de sus conclusiones. Hoy, con mayor claridad que entonces, es posible observar el predominio del capital financiero, potenciado ahora por las múltiples maquinaciones especulativas a que ha dado lugar el desarrollo de los mercados de «papeles» financieros secundarios y derivados, especialmente a partir de la década de 1980. Ya no se trata sólo de que capitales esencialmente improductivos, como los bancarios y los bursátiles, controlen a los capitales vinculados a las actividades productivas, como los invertidos en industrias manufactureras o en servicios básicos; ahora se trata además de que los capitalistas financieros se involucran en mecanismos cada vez más complejos y perversos de especulación que les ofrecen rendimientos muy superiores a los que obtendrían por medio del financiamiento directo de la producción. Continúa también el proceso de exportación de capitales desde los países en que el capi-

talismo es más maduro y la explotación menos rendidora, a otros con niveles de desarrollo comparativamente más bajos en los que se requieren menores inversiones en capital constante y hay mayor abundancia de fuerza de trabajo disponible a precios menores. Esta migración transnacional es facilitada precisamente por el desarrollo cada vez mayor de los aparatos financieros, que ofrecen al capital una movilidad y flexibilidad antes desconocidas, pues, a diferencia del capital tradicional, el capital financiero es «portátil»: no está amarrado físicamente a un lugar determinado ni restringido en sus movimientos, y puede trasladarse de país a país con la facilidad de una simple operación bancaria, que además puede ahora hacerse a la velocidad de la luz por vías telemáticas. Y, como resultado de todo ello, se ha acentuado asimismo el auge del modelo de empresa de propiedad anónima y difusa, responsabilidad limitada, alcance global, amplio espectro de intereses y carácter monopolista, a que se ha dado en llamar corporación o «conglomerado» transnacional. Dichas corporaciones ya no sólo apuntan al dominio de una cierta rama o sector de la economía en uno o unos pocos países, sino que, precisamente debido al carácter del capital financiero y a la creciente movilidad de sus inversiones, tienden a diversificar y extender sus intereses sobre varias actividades económicas distintas en numerosos merca-

dos nacionales, y a elevar por esta vía el nivel global de concentración del capital. Las nuevas formas de dominación Esta nueva fase del capitalismo, iniciada en la década de 1870, tiene muy poco en común con sus antecedentes pre-capitalistas, y hasta con las fases tempranas del propio capitalismo. Comparte con estos, desde luego, el elemento central sobre el que se asienta, que no es otro que la apropiación por una minoría explotadora de la riqueza producida por el trabajo de la mayoría explotada. Pero más allá de ese hecho fundamental, sus formas y mecanismos específicos son radicalmente nuevos y distintos. El imperialismo hace énfasis principalmente en el control económico, y generalmente no

procura el dominio político-militar formal de países y territorios. En esto es claramente diferente de y hasta opuesto a todos sus antecesores, incluso al sistema imperial del capitalismo temprano: desde los imperios de la antigüedad remota hasta los regímenes coloniales británico o francés que todavía seguían vigentes en las primeras décadas del siglo XX, todo proyecto de dominación internacional había procurado siempre la ocupación militar efectiva y la anexión política formal de sus posesiones. Pero en la fase imperialista, por primera vez en la historia, los sujetos principales del acto de dominación ya no son los Estados nacionales, sino las corporaciones transnacionales y sus agentes globales y locales. Ahora la dominación se ejerce principalmente a través del control directo de las corporaciones sobre la economía del planeta y por medio de instrumentos económicos supra-estatales (como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio o el Banco Mundial) que representan y promueven los intereses de esas mismas corporaciones, y sólo de manera accesoria a través de los aparatos político-militares de los Estados. Estados e imperialismo Todo ello es consistente con los rasgos económicos esenciales del imperialismo, pues, como ya queda dicho, el atributo más resaltante de las modernas corporaciones es precisamente el carácter internacional, anónimo y difuso de su propiedad, lo que diluye su conexión con un país o un capitalista específico, y les da una dimensión genuinamente supra-nacional.

Por lo tanto, su tendencia consustancial es hacia el uso cada vez menos frecuente e intensivo de los mecanismos tradicionales de control «duro» a través de los aparatos político-militares de algún Estado o grupo de Estados en particular, y a su sustitución progresiva por nuevas formas y mecanismos de dominación mediante el control de los mercados y los circuitos financieros internacionales a manos de las propias corporaciones en ejercicio de su hegemonía económica global. Además de ser mucho más efectiva para el logro de sus objetivos y mucho más acorde con su naturaleza, esa creciente desconexión entre la dominación corporativa y los Estados nacionales trae aparejada la ventaja colateral de que los poderes globales pueden de esta manera mantener una fachada de respeto a las soberanías nacionales de los países y hasta de preocupación por la paz y los derechos humanos de los pueblos. La dominación del moderno imperialismo tiende así, en general, a tener un carácter menos evidente y más sutil que la de los sistemas imperiales. Pero no se pierda de vista que esta es sólo una tendencia general de largo plazo; en la realidad concreta de nuestros días, los aparatos estatales continúan existiendo, siguen teniendo fuerza y peso importantes, y todavía mantienen su capacidad para entrar en acción con todo su poderío político e incluso militar, si un acto de rebelión de los pueblos dominados llega a amenazar seriamente los intereses de las corporaciones a las que, en última instancia, sirven.