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Año 5 N°14 / Diciembre 2018


2 El Triángulo de la Merluza es un fanzine literario ligado a la cultura rock. Nació a comienzos del 2014 bajo el ala de La Parla de Raviolo, una banda musical argentina, con la idea de promover diversas expresiones del arte escrito y visual que están en constante surgimiento. El arte colectivo de la revista gira en torno a ideas rectoras, que dan pie al nombre de cada edición. Es a través de estas temáticas que El triángulo compila, recrea y difunde el universo de lenguajes recibidos.

ÍNDICE Idea Original: Anahí, Andrés, Federico, Marco y Ornella Dirección: Anahí N. Herrera Cano Ornella M. Catanese Diseño gráfico: Florencia Di Primo Edición y fotografía: Ornella Catanese Edición y correción: Anahí Herrera Cano

Community Manager: Daniela Seleme

Impreso en: Servicios Gráficos Nicolás Repetto 1339, CABA Domicilio legal: Dr. Luís Beláustegui 3510 Ciudad Autónoma de Buenos Aires El Triángulo de la Merluza es una propiedad de Anahí N. Herrera Cano y Ornella M. Catanese. Esta revista puede ser reproducida total o parcialmente citando la fuente.

REGISTRO DE LA PROPIEDAD N° 5346915

TAPA Y CONTRATAPA: El Triángulo de la Merluza EDITORIAL: Al límite - Anahí y Ornella ...........................................................................................................................................Pág. 03 PERSONALIDAD DEL DÍA:. Tina Turner ................................................................................................................................................................................Pág. 03 POESÍAS Y POEMAS: Siendo - Martín Pfaffen ..............................................................................................................................................Pág. 04 Al límite - Aura Banks ....................................................................................................................................................Pág. 06 Qué - Federico Coguzza .............................................................................................................................................Pág. 08 Siempre fuiste mi amor (G.I.T) - Alexander Bustos Castillo ....................................................Pág. 09 Escalera filosa - María Florencia Piacquadio ...........................................................................................Pág. 10 ESCRITOS: Skotos - Nicolás Lasaigües ........................................................................................................................................Pág. 11 La exigencia - Ivan Kohan ..........................................................................................................................................Pág. 14 HUMOR: La sección de Dani - Daniela Seleme ................................................................................................................Pág. 19 ILUSTRACIONES Y FOTOS: Belén Poviña ............................................................................................................................................................................Pág. 05 Gonzalo Marron .................................................................................................................................................Págs. 06 y 07 Karolina Kurstak .................................................................................................................................................................Pág. 08 Matías Sorhondo ..............................................................................................................................................................Pág. 10 Nacho Gump ............................................................................................................................................................................Pág. 12 Facundo Poviña ....................................................................................................................................................................Pág. 15 Harol Mackleyn ....................................................................................................................................................................Pág. 17 Analía Quinteiro ....................................................................................................................................................................Pág. 18


EDITORIAL

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“Nunca sabrás qué es suficiente sin saber qué es más que suficiente” W. Blake

Mamá está en la cocina llorando. Papá nos pegó con el cinturón. Lali salió otra vez a la ruta. Es de noche. Hace frío. Escuchamos a la abuela murmurar ¿hasta cuándo? Nos acercamos y decimos ¿Hasta dónde, abuela, hasta dónde? Hacemos nuestros ejercicios de inmovilidad, de resistencia al dolor, al hambre, al calor, a la locura, a la soledad. Cuando terminamos preguntamos ¿Hasta dónde? ¿Hasta dónde? Vemos en el cielo bandadas de pájaros que surcan la altura, siguen las huellas que deja Orión en el camino. Nos cuestionamos si es que en realidad existen los límites y las fronteras. ¿Hasta dónde llegan, en verdad, los muros? ¿Hasta dónde? Recordamos el cuento del abuelo y la abuela se tapa las orejas. No quiero recordar, niños, varas, balas y derechos. Estruendos y demoliciones. Abrazos, lágrimas y miedo. Pero, ¿Hasta dónde podes olvidar? ¿Hasta dónde? Salimos a la calle. Los engranajes sudan y los motores se retuercen. Notamos que la gente no nos mira. Le frenamos el paso e inquirimos ¿Hasta dónde pueden ignorar? ¿Hasta dónde? Pasan por la tele noticias del ahora. Que hubo una matanza, que la guerra se está haciendo, que el mar está contaminado, que las abejas van muriendo, que la salud es un milagro, que la educación es un privilegio, que las semillas se compran, que el amor no es para todos, que a la mujer la siguen sometiendo. Nos transpiran las manos. ¿Hasta dónde podemos aguantar? ¿Hasta dónde?

Anahí , Daniela y Ornella PERSONALIDAD DEL DÍA

Tina Turner Se empoderó

“Podés llevarte todo lo que he logrado en estos 16 años. Yo me llevo la libertad”


POESĂ?AS Y POEMAS

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Siendo somos el mundo intentando fundirse con el espacio somos cuerpos anhelando nombrarse con el amor


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Al Límite ClicK La ruleta rusa Sigue detonando El eje del gatillo quimioreceptor En mi cuerpo Hasta que el último ClicK Expulsa el veneno Ácido y amargo De mis entrañas Sin poder entrar al túnel La luz se apaga Abro los ojos Las miradas me abrazan Una voz a lo lejos Me dice: Eres dueña y señora De la vida Solo tú decides Vivir o morir Al límite de una frontera

Sin excusas Ellos son los responsables La humanidad carente de bondad La cuenta regresiva Comienza De nuevo lo intento El agua del Mediterráneo Me expulsa Como bala de 38mm No me pudo retener No quiere retenerme Fría y azul Vida me devuelves Entonces comprendí No soy yo Son ellos Los que deben dejar de existir Al Límite De mi presencia Útil, bondadosa, afable.


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Qué Al borde al filo en la frontera en la delgada línea ahí donde nadie sabe bien qué hacer


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Siempre fuiste mi amor (G.I.T.) Un amigo de infancia volvió a casa Para compartir sus días en Etiopía:

“Trece casas a la izquierda de la mía Un equilibrista jubilado dirige un circo trashumante Y en sus ratos de holganza matiza la tarde Con locas piruetas aguardando el adiós del sol” Lo interrumpo Sugiriendo asociar su experiencia con El Equilibrista de Bayard Street

Del vate peruano Eduardo Chirinos I---------.............................................................................................................................................---------I

Me increpa con autoridad: ¡no, este es otro equilibrista! Me explica que la poesía son dos equilibristas Esos dos equilibristas son la creatividad y la locura Que tantean sus pasos en esa cuerda llamada vida


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Escalera filosa Al límite de la esperanza tanta gente se abalanza. Como aquellos mendigos que ya están re podridos. Subiendo y bajando así son los días tan cotidianos. Las calles se convierten en escaleras y las piernas parecen pesar. Subiendo y bajando, al límite. En el filo. En las calles, en el subterráneo y en el tren la mitad del auricular se queda sin sonido, y el oído sin sentido. Es noviembre y queda uno más por latir. Es mi sentir, es tu sentir.


ESCRITOS

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Skotos El teléfono sonó varias veces antes de que Amanda lo atienda. —¿Hola? —Buenos días ¿Señora Amanda Kurgan? —La misma. —Un segundo que la comunico. Una canción horrible comenzó a sonar por el auricular. Un par de segundos después la melodía fue interrumpida por un chasquido metálico. —Voy a ir directo al grano —dijo la voz sin ninguna introducción— ¿Tiene terminado el reporte sobre el caso Walsh? —Dándole los últimos retoques. Hoy envío el mail con la nota, sea la hora que sea. —Perfecto. No falle. El hombre cortó la comunicación. Amanda no estaba ni cerca de terminar el bendito reporte. Miró la mesa de trabajo: Papeles con anotaciones, gráficos y testimonios por todos lados, tres computadoras abiertas con material en diferentes estados de terminación y una copa de vino a medio llenar. Iba a ser otra noche larga. Muy larga. Abrió un cajón medio escondido que había debajo de la mesa y sacó una pequeña botella blanca con un dosificador. Se puso una gota en cada ojo y esperó que la droga haga efecto. Se trataba de una reciente solución de skotos, un médicamente creado para tratar casos extremos de narcolepsia, pero Amanda lo usaba para mantenerse despierta por más tiempo. Había escuchado casos de personas que habían pasado tres semanas sin dormir gracias a las gotas, pero sus cerebros no lo pudieron aguantar y se volvieron locas. Ella nunca lo usó para estar despierta más de una semana. —Esa noche es la última dosis, prometido —juró frente al reflejo de su rostro en la pantalla de la computadora. Tres noches después, Amanda seguía trabajando de corrido. Abrió el cajón de la mesa y sacó el dosificador. Dos gotas en cada ojo y esperó. En ese momento escuchó un golpe seco, proveniente del pasillo, que la asustó. Cautelosa, se asomó y vio como la puerta del baño se abría unos pocos centímetros para luego cerrarse de un golpe. Intentó relajarse mientras se acercaba para trabar la movediza puerta. Cuando estaba muy cerca, pisó algo extraño. Miró al suelo y descubrió una pequeña llave. Se agachó para tomarla y en ese momento notó que, por el hueco de la cerradura, había un ojo del otro lado observándola. Amanda gritó con todas sus fuerzas mientras perdía el equilibrio y caía hacia atrás. La puerta del


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13 baño se abrió rápidamente y un hombre muy alto comenzó a seguirla. En su rostro tenía, formando una especie de W, cinco ojos que la miraban. Ella se levantó como pudo y corrió hasta la cocina, tomó el cuchillo más grande que encontró y se quedó esperando a aquella criatura. Pero pasaron los segundos y nada pasó. Muy prudentemente, se asomó al pasillo: Estaba vacío. Aliviada, dio un gran respiro. —Creo que es hora de parar con las gotas. Esto se me está yendo de las manos. No terminó de decir las palabras que unos largos dedos la rodearon y, tomándola de las muñecas, le clavaron en el pecho el cuchillo que tenía en su propia mano. Intentó gritar, pero no pudo. Finalmente perdió el equilibrio y cayó al piso. Aquel extraño ser se paró sobre ella y la observó con sus cinco ojos. En ese momento la criatura sonrió por primera vez. Pasó una semana hasta que alguien llamó a la policía alertado por el mal olor proveniente del departamento. Cuando los uniformados ingresaron, se encontraron con el cuerpo sin vida de Amanda tirado en la sala principal. Sobre la mesa un montón de papeles con garabatos escritos, tres computadoras sin funcionar (una de ellas sin pantalla directamente) y una copa rota. En un costado, un teléfono sin conexión oficiaba de pisapapeles. Todo el departamento daba la apariencia de haber sido abandonado meses atrás. No tardaron en encontrar tres baldes plásticos repletos de pequeñas botellas blancas. Una breve investigación arrojó que no tenía trabajo hacía un semestre, cuando la habían desvinculado por su creciente adicción. Por otro lado, la autopsia concluyó que las heridas fueron auto-infligidas. Probablemente debido a la inmensa cantidad de droga en su sistema. Se cree que estuvo alucinando por semanas hasta que cometió suicidio.


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La exigencia Abraham tenía dos problemas que le afectaban a su creación artística. Su primer inconveniente era que no podía escribir el cuento perfecto, y como segunda dificultad, que nunca podría ser leído de la forma ideal. Era un dilema complejo, incluso traumático. A veces solo eran sesiones enteras de terapia hablando con palabras sobre las palabras. La mayoría de las sesiones comenzaban con el desarrollo del primer problema: —¡Debe ser perfecta la línea de base! —mientras saca de su portafolio un nivel y se lo muestra al terapeuta— la burbuja me debe confirmar que tenga 180° la línea visual sobre la cual descansa cada letra. Ni 181° ni 179°, es decir, ya bastante molesto con que no sea un numero redondo como 200, si, ya lo hablamos, no puedo controlar todos los números. Entonces, que sean 180°. No puedo confiar en el Word, ni siquiera en los programas de diseño, no sé si los programadores prestaron atención a la hora de darle código a las reglas, capaz estaban en etapas inestables de sus vidas y no chequearon correctamente. No puedo permitir que mis letras se resbalen y se abran la cabeza derramando tinta por toda la hoja, menos cuando no tienen una obra social. —El tema de la luz es muy importante. Cuando escribo en un papel debe haber una luz natural que me ayude a poder escribir, que coopere. Pero si me coloco en una posición incorrecta, genero una pared gigante de sombra y tapo las letras, que no pueden tomar sol y adquirir la vitamina D. Y si no se fortalecen, no puedo exponerlas a este mundo. Últimamente los días grises atentan contra mi escritura. No, no puedo escribir con lámparas artificiales. Puedo aceptar la forma del sol, no la puedo cambiar —luego de las primeras sesiones acepte esa situación—, pero no soporto las formas de los focos. Sin una forma ideal no puedo generar contenido. —Cuando uso la computadora, debe ser cristalina la pantalla —tal como el agua en las playas de Grecia—, donde uno puede ver la flora y fauna por debajo. Así debe ser mi pantalla, debo poder ver todas mis letras en su vasta diversidad nadando entre ideas y por eso no puede haber ni una partícula de polvo. ¿No vio esos monitores donde nunca limpian la pantalla? No podría pensar eso. Mis letras vagando por un desierto con una tormenta de polvo. ¡Morirían! A veces no puedo dormir pensando en eso. ¿Mi monitor estará lo suficientemente limpio para que puedan ser vistas y rescatadas? —Estuve analizando que puedo contratar a un equipo de ingenieros para resolver todas estas cuestiones. Pero, ¿cómo podría asegurarme que son excelentes profesionales? Luego pensé que podía relajarme y tomarlo con más calma si contrato a un segundo equipo para que controle al primero. Igual ya se lo que piensa, ¿por qué no un equipo más para controlar al segundo y así sucesivamente? Estoy trabajando en un proyecto hace más de diez años, un concurso mundial de ingenieros, para ver quiénes son los tres mejores grupos, y dependiendo en que puesto salga cada uno, se irán supervisando. Al mismo tiempo trabajo en otro proyecto paralelo de un concurso sobre jueces de concursos para conseguir los mejores tres que supervisen el primer proyecto.


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—Supongamos que pude encontrar a mi equipo ideal y me ayudan a poder sentarme a escribir el cuento y publicarlo, por ejemplo, en internet. Cada uno lo va a leer según el dispositivo que tenga, y nadie me va a asegurar que la lectura sea la correcta. Están los que leen desde la pantalla quebrada de su celular, las letras se terminan dividiendo entre continentes —solo faltaría un dado y podrían jugar a conquistar una parte del celular a la vez—. Otros tienen en su notebook una línea milimétrica verde, que comienza a aparecer en el medio de la pantalla, tampoco lo podrían leer, no quiero un apartheid tipográfico. Una A y una M quedan de un lado mientras la O y la R lloran desconsoladamente el desencuentro desde el otro sector. Unos píxeles que controlan la frontera les gritan: —¡No den un espacio más o las suprimimos!, —mientras les apuntan con una Ak-47.


16 —Tampoco puedo permitir que lo impriman. A veces las máquinas offset no están bien calibradas o supervisadas y saldrían letras fantasmales con un 20% de visibilidad. Caminarían eternamente en este plano, moviendo vasos en las casas tratando de comunicarse con nosotros. ¿Y que si mi equipo de ingenieros podría solucionar el factor de la impresión? Siempre está el factor humano. No deberían leerlo mientras comen algo, porque las mordidas de su boca generan desplazamientos de músculos a través de toda la cara produciendo que sus globos oculares se corran milimétricamente hacia un costado y no perciban el texto con la seriedad que se merece. ¿Es que no pueden dejar de comer o tomar mientras leen un texto? ¿Acaso estas letras ordenadas para su comodidad no merecen el respeto necesario? Mis letras tienen un alto rendimiento y la suficiente exigencia para superar en sincronización a una escuadrilla militar norcoreana. La sesión continuaba con uno tras otro dilema que se enredaban y generaban nuevos dilemas más complejos. Era como un ouroboros pero donde participaban todos los animales del arca de Noe. Aun así, había una parte que era la que más disfrutaba el terapeuta, los conflictos sobre los viajes en el tiempo. —Tampoco nadie se lo debería llevar al pasado —comenta Abraham mientras se agarra fuertemente la cabeza—. ¿Quién sabe si en el viaje algún antepasado mío podría leerlo y alterar mi organismo haciendo que yo sea menos exigente?. Seguro nacería con esa enfermedad de escribir en un papel, mientras la taza de café deja una mancha en la hoja que se expande como una bomba atómica asesinando miles de letras, o sentado en la computadora mientras las colillas del cigarrillo se tiran en paracaídas y aterrizan entre las trincheras alfabéticas. Ya faltando 5 minutos para terminar la sesión, un leve golpe en la puerta del consultorio interrumpe la sesión. El terapeuta sobresaltado, ya que no había nadie más en su casa, pregunta: —¿Quién es? —con voz confundida. Al abrir las puertas, entro muy cansado y agotado: —No puedo más con este cuento ni con su personaje principal —lo escribo y luego lo digo con un dolor de cabeza en donde mis ojos estallan como la última estrella de un planeta lejano— no puedo más. Ya no disfruto escribirte, no luego de la exigencia que se requiere para desarrollar un final que sea acorde a tu personalidad. ¡Estoy agotado, cada día pienso diferentes finales y ninguno es lo suficientemente bueno! —Ambos se quedan mirándome, esperando que les escriba diálogos para poder responderme, pero solo me miran—. —Esto ya no es más un cuento, es una condena eterna. Un castigo autoimpuesto de sadomasoquismo literario. Es un estanque rodeado de letras de las cuales me estoy ahogando y diferentes signos de puntuación entran por mi garganta impidiéndome respirar, vomito algunas tildes, pero sigo tragando signos de interrogación que me nublan la vista hasta morir. Estoy agonizando día a día tras no encontrar un final y solo lo continuo porque soy un adicto que niega su problema. Ejecuto cada hora contra un paredón a un grupo de ideas. Envió otras a torturar esperando que me revelen algo que me sea útil y ninguna confesión me conforma mientras les arranco las hipótesis una a una. Escucho una sirena. Yo mismo me envió a que me capturen, a que me encierren. No me resisto y me entrego. Soy llevado a juicio y me condenan a cadena perpetua, pero con una sola condición, que escriba cada día el mismo cuento con diferentes finales. Me dan una silla, una mesa y me siento a escribir La Exigencia otra vez.


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HUMOR

Sexo, drogas, rock and roll y nunca más “Lamentamos comunicarles que nuestro fin está llegando. Desde la DINASA nos informan que nos quedan 24 hs de vida. Nuestra extinción es inminente y sólo podemos recomendar que disfruten lo más que puedan de este último tiempo, rodeados de sus familias y amigos en paz y armonía. Fue un placer ser su rey”. Así terminaba de dar la horrorosa noticia T. Rex a todos los ciudadanos dinosaurios; no había salida, el final se acercaba. Lejos de ser un último día familiar y armonioso como el rey había recomendado, la situación fue un desmadre total: de alguna manera toda la población organizó una fiesta y en ella no faltaron los escenarios para diversos dinosaurios que se presentaban a tocar sus canciones. La fiesta era un éxito, no faltaba nadie. Los triceratops ofrecían a mansalva una extraña planta que causaba alucinaciones (por fin los dinosaurios carnívoros entendieron por qué algunas especies no se dedicaban a cazar y comer carne y en cambio se quedaban largas horas masticando hierbas). Los pterodáctilos volaban alto y tiraban espuma y brillantina. Había un grupo de diplodocus con el cuello vencido a causa de la tremenda borrachera pero seguían en pie, bailando a la par de todos y haciéndole cocochito a los más petisos. Pequeños grupos de velociraptors se acercaban sigilosos con el fin de ofrecer unos extraños huevos minúsculos de colores llamativos. Un grupo de amigas estegosaurio tomó dos de esos huevos cada una y a la hora ya estaban en estado de euforia total, bailando de una manera muy novedosa. Habían pasado ya 23 horas, quedaba una hora de vida para todos y el descontrol continuaba: la música al palo, dinosaurios borrachos y drogados, carnívoros y herbívoros teniendo sexo interespecífico a la vista de todos sin tapujos ni tabúes. Nadie molestaba a nadie, todos en su mambo, algunos con charlas filosóficas y otros simplemente viviendo el momento. Faltaban 5 minutos para que termine la cuenta regresiva, nadie se había percatado de ello hasta que de repente un extraño esbelto y alto dinosaurio de una especie jamás vista subió al escenario y pidió la atención de todos. Tenía la mitad del hocico blanco y la otra mitad negra, usaba unos anteojos oscuros y mientras el público lo miraba atento empezó a entonar la última canción de la era: “los amigos del barrio pueden desaparecer, los cantores de radio pueden desaparecer…”

¡Gracias a todos por hacer posible este FANZINE!


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Año 5 - Número 14 / Diciembre 2018  

Año 5 - Número 14 / Diciembre 2018  

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