Issuu on Google+

Marcos 8, 34-36 Jesús, llamando a la multitud junto con sus discípulos les dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?”

Llegamos al momento mas difícil de nuestra estación de penitencia. El instante, donde las fuerzas comienzan a flaquear, donde no encontramos más solos. Pero es también el momento y el lugar donde nuestras peticiones y oraciones son más escuchadas. Ofrecemos este primer momento de silencio, esfuerzo y oración, por todos nuestros hermanos enfermos, por aquellos que se sienten más solos y abandonados. Pidamos por esa persona cercana que por su enfermedad lo está pasando mal, por sus familiares, para que encuentre en el Stmo. Cristo y Ntra. Sra. refugio y consuelo, y en nuestra compañía cercana, la solidaridad y ayuda que necesitan. Padrenuestro


(Lucas 23,26)

Cuando llevaban a Jesús camino al Calvario, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús”

Señor, aquel Cireneo fue capaz de salir de sí mismo para ir a tu encuentro y ayudarte. Enséñame a descubrir que yo también puedo ser Cireneo en mi vida ayudando en la medida de mis posibilidades a aquellos que me necesitan. Ofrezcamos este segundo momento de oración y silencio por el compañero que tenemos a nuestro lado, por el que comparte nuestro esfuerzo, por el que nos da aliento para continuar, por el que familiarmente lo esta pasando mal, por el que ha tenido la muerte de algún ser querido. Por esos costaleros y hermanos cofrades que fueron compañeros y ahora gozan del Stmo. Cristo de las Tres Caidas y Ntra. Señora. de la Misericordia. Padrenuestro…


Juan 25-27 Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su Madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Allí está María, la madre afligida al ver cómo se apaga lentamente la vida a su hijo único. Su dolor es como una espada que le traspasa el alma, como ya lo había anunciado el anciano Simeón. Pero ella no se deja doblegar por el dolor: está de pie, erguida con toda la entereza que le da su generosa sumisión a la voluntad del Padre celestial. Dediquemos este tercer momento por nuestras familias. Por todos ellos va este momento de esfuerzo silencio y oración Ave María.


Lecturas Regreso Puente Romano 2013