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PAR A•LA•PROTE CCIÓN•DE•LOS• DER ECHOS•DE ·LOS•AUTOR ES• SOBR E•SUS•OBR AS•LIT ER A R I A S•Y•ARTÍSTICAS

Æ2


Portada inspirada en obra de Mauricio Amster, para: VALVERDE, José Ma. Sermón de la Montaña, Santiago: Editorial Universitaria, 1966.

Para la protección de los derechos de los autores sobre sus obras literarias y artísticas por Felipe Alberto Cortez Orellana, es publicada bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial 2.0 Chile. Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/ licenses/by-nc/2.0/cl/ o envía una carta a Creative Commons, 171 Second Street, Suite 300, San Francisco, California, 94105, USA. Por lo que indica esta licencia, eres libre de copiar, distribuir, comunicar y ejecutar públicamente la obra, y hacer obras derivadas. Bajo la condición de reconocer y citar la obra de la forma especificada por el autor, y no utilizarla para fines comerciales. Para permisos que vayan más allá de lo indicado en la licencia, consulta en http://www.tremendaeditorial.cl.


En 1886, en la redacción de los artículos del Convenio de Berna, los franceses proponían la denominación «propiedad literaria y artística», mientras que los alemanes proponían «derecho de autor». Para llegar a un acuerdo, resolvieron usar la expresión con la que se titula lo que ahora lees; resolver expresiones, denominaciones y aplicaciones es trabajo legislativo y judicial, y no resulta fácil seguirlo. Lo que continúa, intenta ser una introducción a la historia, expresiones, denominaciones y aplicaciones de derechos de autor y propiedad intelectual, una introducción general, que se permite imprecisiones, en tanto no se dirige a especialistas, sino a diseñadores y otros creativos por encargo.

i.

Anaximandro dice que «el hombre piensa porque tiene manos», porque las manos son fuente de conocimiento, y por las propias manos y el propio conocimiento, es que todos podemos hacer (obras) y tener (propiedad) en configuraciones siempre originales. Pero qué sucede cuando se pasan (intactas) por propias las obras de manos y conocimientos ajenos. La respuesta, en una palabra, es plagio, cuyo significado va desde el delito contra la libertad de las personas hasta la infracción de los derechos de autor. Acción reprobada y castigada desde la antigüedad. Como el caso de Públio Virgilio Marón, quien, según dice Antonio Agúndez Fernández: «había escrito, anónimamente, un dístico laudatorio del emperador Augusto, y se lo atribuyó por sí y para sí el poeta Batilo; pero enterado de la fechoría el gran Virgilio empuñó un cálamo y trazó inmortal la sentencia, siempre recordada: Hos ego versículus feci, tulit alter honores, sic vo non vobis»1. Encima de dísticos laudatorios, manuscritos, talleres de impresión tipográfica, negocios editoriales, revolución industrial y revolución digital, está nuestro contexto laboral, muchas veces apurado por los plazos, ignorante de la protección y límites del derecho de autor. Arriesgándose, una y otra vez, al «sic vos no vobis», a lo tuyo, pero no de tí.


ii.

Con la invención de la imprenta de tipos móviles, surge la necesidad de proteger las obras. Ya no es sólo asunto de que otro se atribuya para sí y por sí obra ajena, es asunto de copia masiva y distribución de cada obra.

En un principio hubo privilegios Reales y Pontificios concedidos a los autores para que imprimiesen libros con “manos y conocimientos controlados”, siendo el privilegio una licencia de impresión exclusiva de un libro determinado y por cierto número de años. De la impresión se encargaban las imprentas (por redundante que suene), y el enriquecimiento por el monopolio del libro se quedaba en ellas, sin traspasarse a los autores. Y no fue sino hasta el s. XVIII que, según Antonio Agúndez Fernández: «se indicó que sólo podía imprimir libro el mismo autor que lo haya compuesto, derecho privilegiado que se transmitía, muerto él, a sus herederos porque después de haber ilustrado a su Patria no dejan más patrimonio a sus familiares que el honrado caudal de sus propias obras, y el estímulo de imitar su buen ejemplo. Lo preescribieron dos órdenes de Carlos III, años 1763 y 1764»2 . Antes de esa fecha, el parlamento inglés había resuelto el Estatuto de la Reina Ana (1710), la primera norma sobre Copyright de la historia, donde se indicaban plazos acotados de reserva de edición y prohibitivo de copias, a favor del autor. Pero no fue hasta la ley de Blackstone del año 1767 que se estableció el Copyright a perpetuidad. Pronto el Copyright, pasó a ser muy útil para la industrialización y la acumulación de capital, imprimiéndose la © a todo producto del Imperio Británico, y adaptándose en la Europa de la industrialización tardía: Italia, Imperio Astrohúngaro, España o Rusia.

iii.

La esencia del Copyright es la originalidad de lo hecho, y originalidad es la manera propia, de propias manos y propio pensamiento. Así yo puedo


tener derechos sobre un boceto en una servilleta, o bien tener derechos sobre una versión propia del Quijote de la Mancha, si y sólo si es derivada de la obra de Cervantes ya en dominio público. El dominio público, en términos prácticos, es todo lo que (ya) no tiene Copyright. En extenso, se entiende como la situación en que quedan las obras literarias, artísticas o científicas al expirar el plazo del Copyright, y que implica que pueden ser explotadas por cualquiera. Según el Convenio de Berna, las obras protegidas por Copyright pasan al dominio público 50 años después de la muerte de su autor. Y el mismo Convenio permite a las legislaciones de los distintos países ampliar el plazo de la protección. En Chile, las obras pasan a dominio público 70 años después de la muerte de su autor. Y también son de dominio público las obras populares de autor desconocido, las obras cuyos titulares renunciaron a la protección de sus derechos, las obras de extranjeros no protegidas y las obras que fueren expropiadas por el Estado, salvo que la ley especifique un beneficiario. En el mundo, y por mucho tiempo, fue sencillo hacer la diferencia entre las obras protegidas por Copyright y las de dominio público, porque las primeras se marcaban. Pero la © dejó de imprimirse entre finales de la década de 1980 y principios de la 1990. Porque en la mayor parte del mundo las obras ya adquirían el Copyright al momento de ser hechas, automáticamente, sin necesitarse consulta, solicitud, tramitación, peritaje, informe, concesión ni publicación, como si ocurre con las patentes y marcas.

iv.

Es necesario aclarar que la protección del Copyright tradicional se limitaba estrictamente a la obra, como mercadería vendible y comprable. Pero en la ley chilena, basada en los lazos entre autor y su obra, el «derecho de autor comprende los derechos patrimonial y moral, que protegen el aprovechamiento, la paternidad y la integridad de la obra»3 .


Y es fundamental conocer esta diferencia en nuestro contexto laboral, en donde los contratos, por lo general, traspasan la titularidad del derecho patrimonial al empleador (ej. cliente), mientras que el derecho moral queda con el empleado (ej. diseñador), porque la paternidad y el respeto a la integridad de la obra son inalienables y es nulo cualquier pacto en contrario. Así, por ejemplo, un cliente podría aprovechar la imagen de marca ya pagada a un diseñador, sin hacerlo partícipe de ningún porcentaje en ganancias. Pero un cliente no podría alterar la integridad de la imagen de marca sin atender el derecho moral del diseñador durante el plazo de derecho de autor.

v.

En la actualidad, digitalizándose las obras, surgen una serie de inconvenientes. Richard Stallman escribe que «el sistema de Copyright se desarrolló con la imprenta y funcionaba bien con esta tecnología porque sólo restringía a los productores masivos de copias. No coartaba la libertad de los lectores de libros. Un lector corriente, que no poseyese una imprenta, sólo podía copiar libros a mano, con pluma y tinta y pocos lectores fueron demandados por ello»4 . Pero en formato digital, en un sentido operativo, cada uso es una copia y, de hecho, en la medida que se perfecciona el uso en tecnología digital se perfecciona la copia, lo que facilita el trabajo de “justos” y, a la vez, facilita el abuso de quienes “pecan” de conscientes o de ignorantes. El trabajo digital de “justos” ha de basarse en material de propia autoría, en material de dominio público, en material de autoría ajena con autorización concedida o en material de autoría ajena según Fair Use (uso justo). El Fair Use es un término de legislación norteamericana, similar a la excepción (única) que en legislación chilena hace «lícito, sin remunerar u obtener autorización del autor, reproducir en obras de carácter cultural, científico o didáctico, fragmentos de obras ajenas protegidas, siempre que se mencionen su fuente, título y autor»5 , mientras «no atenten contra la


explotación normal de la obra, ni causen un perjuicio injustificado a los intereses legítimos del titular de los derechos»6 . Al otro lado, el abuso digital de los “pecadores”, causa perjuicio a los intereses legítimos de autores o titulares de los derechos de autor, es por esto que algunos apoyan el endurecimiento de la ley, con la posibilidad cierta de hacer pagar a los “justos”, mientras los que “pecan” de conscientes seguirán inventando formas de copiar y plagiar, y lucrar con eso. Quizá sea hora de probar nuevos complementos para el contexto digitalizado de creación actual, que involucren compromiso mutuo y colectivo de los “justos”, y la instrucción de los que “pecan” por ignorancia, para aumentar la vigilancia consensual del derecho de autor. Quizá complementos como Copyleft o Creative Commons.

1.- p. 3; AGÚNDEZ FERNÁNDEZ, Antonio. Estudio jurídico del plagio literario. Granada: Editorial Comares, 2005. 2.- p. 11; Op. Cit. 3.- Art. 1; LEY N° 17.336 CHILE. Sobre propiedad intelectual. DERECHO DE AUTOR Y DERECHOS CONEXOS AL DERECHO DE AUTOR. Chile, Santiago, 2 de octubre de 1970. 4.- p.s. n.; STALLMAN, Richard. Por qué el Software no debería tener propietarios. Traducido por Pedro de las Heras Quirós. Publicado en Español en la revista Novática Número de 2001. 5.- Art. 38; LEY N° 17.336 CHILE. Sobre propiedad intelectual. DERECHO DE AUTOR Y DERECHOS CONEXOS AL DERECHO DE AUTOR. Chile, Santiago, 2 de octubre de 1970. 6.- Art. 45 bis.; Op. Cit.


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