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Año 1. Febrero 2014. Número 1.

TRANVÍA R E V I S T A

L I T E R A R I A

LI TER ATU RA

ABBY GARCÍA ALBERTO CHIMAL ALISMA DE LEÓN DAMIÁN GONZÁLEZ GRACIELA RAMOS JAIME FERNÁNDEZ RAQUEL CASTRO VELIA BANDA

DE

IMAGINACIÓN

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NOTA EDITORIAL

En los últimos años, el norte de México ha recibido golpes que superan con creces todo cuanto hubiéramos podido imaginar. El presente dista, hoy más que nunca, de nuestro pasado. En Tranvía creemos que ante esto hay dos caminos: Difuminarnos o ser voz. Optamos por lo segundo. Y qué mejor forma de hacerlo que con la creación de un espacio para la literatura, para las historias. Para el primer número, adoptar la literatura de la imaginación como eje central se nos presentaba como lo más lógico. Alberto Chimal, autoridad en la materia, nos dice que la literatura de imaginación “logra precisar y discutir lo que entendemos por realidad al ir más allá de sus límites”. Toma nuestras fallas y debilidades y las coloca en mundos inusuales. Así, pues, la literatura de imaginación nos expone. Tranvía no pretende maravillar, pero sí desea encontrar nuevas vías. En Tranvía tenemos un profundo deseo de entender este presente, a veces tan doloroso, y transformarlo en cuento, poesía o ensayo. Esperamos disfruten de cada una de las letras que conforman “Tranvía”.

ADL


Índice Cuento

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R-15 Raquel Castro

LA CASA DE LAS AVES Velia Banda

UNA CASA GRANDE Alisma De León

PTERODÁCTILO Abby García

LOS CONEJOS NO HABLAN Jaime Fernández

EN SEPTIEMBRE Graciela Ramos

Microcuento

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CUENTOS AGÓNICOS Damián González

Ensayo

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SOBRE LA LITERATURA DE LA IMAGINACIÓN Alberto Chimal

Acerca de los autores


CUENTO

Raquel Castro

Entonces... ¿está decidido? No me va a salir con que siempre no, ¿verdad? Porque desde que metieron el reglamento ese de que se puede detener el trámite en cuanto se le ocurra al usuario... ¡No sabe qué de cancelaciones de último momento! No se vale, se pierde muchísimo tiempo. Y nos hacen trabajar el doble. Porque no se crea que es cosa nomás de decir “pues fíjese que siempre no”. Es un papeleo de nunca acabar, en serio. ¿Y usted cree que nos pagan las horas extra? Bueno... no nos quedamos horas extra, ni de locas, pero de todos modos es más chamba, que no nos pagan. Y seguro que si nos quedáramos más tiempo, los jefes ni nos agradecerían. Pero eso sí: bien que se quejan de que el trabajo se atrasa, y no ven que en parte es por lo que le digo, porque a cada rato nos cancelan los trámites al cinco para la hora... Ellos, los jefes, nomás quieren todo de volada y no se dan cuenta de que cada caprichito de ésos nos obliga a cancelar oficios, girar faxes, todo eso. Si no es tan fácil. Pero es todavía peor con los que cambian de opinión de último último momento: ya que están en la sala, justo cuando Naty, la compañera que se encarga de eso, sacó todo lo que usa, salen con su “Oiga, señorita...”. Dice la Naty que ella ya hasta se la sabe, desde que le dicen “Oiga, señorita”; y a veces desde antes, desde que abren la boca para jalar aire y luego lo sueltan en una especie como de ronquera, así como si tuvieran tos y se estuvieran como aclarando la garganta... y pues a ella le da muchísimo coraje, porque aunque no haya usado el equipo, de todos modos tiene que volver a limpiarlo todo, y guardarlo, y hacer un oficio de esos que no son de nomás cambiar la fecha y el nombre y la CURP, que son los normales, sino de los otros, en los que hay que explicar motivos y todo eso. Y luego, ¡otro oficio! Uno que diga bien clarito lo de

los recursos materiales que no se usaron, para el inventario, ¿no? Ese sí es más fácil, pero igual es trabajo extra. Antes, el reglamento no decía nada de echarse para atrás, así que nosotras decidíamos según el caso, ya sabe: la carga de trabajo, la hora, hasta la forma de pedirlo. Porque como dicen, en el pedir está el dar, y luego hay cada gente... De ésos que la miran a una como de lado, por encima del hombro, y varias veces nos pasó que llegaban sin cita, o tarde, o con una actitud así como de prepotencia y en plan de “a ver cómo le hacen pero me cancelan el servicio”. Y a ésos sí, de plano, les decíamos que el sistema no permite cambios. Casi todos se iban, muy enojados, casi corriendo, y luego ya no regresaban; pero después tenían que hacer todo el trámite de darse de alta otra vez, que es bien largo, y que tiene que hacerse allá arriba, en el piso 17, y con unas viejas que son... digo, son compañeras y todo, pero se cargan un genio bien feo. Pero pues esa gente sangrona se lo merece, ¿no cree? Total, que una vez vino un muchachito de esos bien. ¿Sí sabe de cuáles? Su papá era senador, o diputado o una cosa así. Y que se arrepiente el muchacho, pero hasta el último último momento. Y que se pone en plan de “ustedes no saben en lo que se meten, se las van a ver con mi papá” y, al final ya nomás lloraba como niño chiquito. Que en paz descanse, pobre. Y pues no faltó quien fuera con el chisme de que el chavito se había echado para atrás y que acá en el Departamento no le quitaron la jeringa. Seguro fue alguna de intendencia, porque esas son bien liosas, tendría usted que ver. Hasta lo que no comen les hace daño y todo el tiempo están con que si es pecado lo que hacemos y que si nos vamos a ir al infierno y no sé qué tanto. Como si ellas no trabajaran para el mismo ministerio, ¿no? Si es lo que dicen, entonces también los cheques de ellas estarían

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CUENTO

Raquel Castro

–¿cómo dicen?– “tintos en sangre”, hágame nomás el favor. Viejas ridículas. Pero bueno, alguien fue con el chisme y al ratito nos cayó una investigación. Para qué le cuento. Irma, la que entonces trabajaba con Naty, hasta salió en los periódicos. Uno decía “Hiena burócrata” y tenía su foto. A todos nos dio coraje, luego risa, y al final hasta lo ampliamos como póster y se lo pusimos en su cubículo. Pero Irma no aguantó porque sus vecinos la miraban feo y pidió su cambio, o se jubiló, ya ni me acuerdo. El chiste es que se fue a vivir a provincia. Y la chinga fue para las que nos quedamos: al final nos encajaron el reglamento ése que le digo. ¿Sabe qué es lo peor? Ya ni podemos preguntarle a la gente: en cuanto empiezan a llenar la hoja R-15, esa hojita gris que le di hace ratito, ya no podemos ni meternos a ver por qué solicitan el trámite. Y cuando se arrepienten, tampoco podemos preguntarles nada. Quesque es presión y si nos acusan, nos puede poner el jefe un acta administrativa. Y si se enteran en una auditoría, ¡para qué le cuento! Así que mejor no nos metemos en broncas y dejamos todo así, en “estricto plan profesional”, como dice el manual del ISO que nos obligan a aprendernos de memoria... Yo soy buena escuchando, ¿sabe? Por eso platico con los usuarios antes de que empiecen a llenar la R-15, así como con usted. Si me quieren contar, los oigo; y si me preguntan, pues les opino. Casi siempre les digo que el trámite es rápido, que hasta donde sé, ni se siente; y que si yo tuviera una enfermedad de esas muy caras, o de plano muy feas, sí aprovecharía, al fin que el trámite es gratis, ¿no? Pero así nomás por aburrición o por una cosa de amor... con todo respeto, no vale la pena. Porque lo aburrido luego se quita y la gente que de veras sufre de amores, o va y se tira al metro o busca otro clavo, como se dice. Pero no va a una oficina de gobierno a

llenar una R-15 y a esperar 20 días hábiles a que le den una respuesta y lo manden a cita con Naty… Usted es de ésos, ¿verdad? De esos que vienen con mal de amor, ¿no? No le dé pena, a cualquiera le pasa, no tiene que ver con la edad. Yo tiene dos años que me divorcié, así como me ve, y al principio, cuando el perro desgraciado de mi exmarido se fue, sí pensé un momento en venir como usuaria, pero luego pensé que qué pena con mis compañeras, luego unas son bien metiches y nomás hablan porque tienen boca. Así que mejor me metí a clases de danza folclórica y me puse a arreglar todo lo que había dejado a un lado por atender al zoquete ese, y mire que de veras ya estoy mejor, ya hasta quiero buscarme un galán, alguien así, sensible, que sepa lo que es perder a alguien, ¿sí me entiende? Alguien así como usted, con todo respeto… Y es que de veras, qué lástima usted, tan guapo así con sus sienes plateadas como de novela de la Corín Tellado, era para que estuviera con alguien que lo quiera y lo entienda y no para estarle llorando a una que seguro ni lo merecía… ¿a poco no es el caso? Le digo, yo nomás con verlos sé por dónde va la cosa cuando llegan a pedir la inyección. Perdón, es la costumbre: se supone que ya no podemos decirle “inyección letal”, ni siquiera “la inyección” a secas: tenemos que decir “procedimiento de cese de individuo”. Qué mamada, con perdón. ¿Ya vio? Tan bien que se ve cuando sonríe, como orita. Oiga, ¿por qué no me espera 10 minutos a que salga y nos vamos a tomar un cafecito? Así sirve que me cuenta bien todo, así “extraoficialmente”, como dicen en la tele. Capaz que platicármelo le ayuda, o le puedo dar algún tip para brincarse el papeleo si es que no cambia de opinión. Ándele, mire: de todas formas, su oficio ya no lo entrego hoy: los del despacho de arriba dejan de atender a la una y media.

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CUENTO

Velia Banda

LA CASA DE

LAS AVES

—Cuando pases por esa calle nunca voltees a buscar las aves— alcancé a oír que comentaban unas señoras que caminaba frente a mí. Por más que apresuré el paso no logré escuchar el porqué de aquella particular instrucción. Era uno de esos días ventosos, la tierra me obligó a cerrar los ojos y perdí de vista a las mujeres. Al fin llegué a la tienda, compré las cocas y me fui a casa de María. Tenía años de no visitarla y muchas cosas de qué hablar, pero no podía quitarme de la cabeza a las aves. Mientras comíamos, le pregunté si por casualidad sabría a qué se refería aquella mujer. Ella, después de recordarme que nunca se me quitará lo curiosa, me aseguró que no tenía idea, que la gente de ese barrio era muy rara y que ella mejor no cruzaba palabra con nadie. Al llegar la noche, salí a caminar. La luna de octubre se ocultaba traviesa entre las nubes, las lámparas olvidadas apenas y prendían de manera intermitente. Un trinar de aves llegó de una de las calles. Caminé guiada por aquel sonido. A cada paso sentía su canto más cercano y embriagante. Por fin lo encontré. En la terraza, una de las casas tenía jaulas con las aves más hermosas que jamás hubiera visto. Sus plumajes de colores brillantes y su canto me envolvían, la puerta estaba entre abierta y me invitaba a pasar. Sin pensar en nada entré. Al fondo había una jaula vacía. Ya dentro de la casa todo cambió. Me adentré un poco más y encontré aves negras. El canto se convirtió en chillidos abrumadores, insoportables. Quise volver, me obligué a dar la vuelta, a buscar la salida. La puerta ya estaba cerrada. Recordé la conversación de las mujeres: “Cuando pases por esa calle nunca voltees a buscar las aves”. Demasiado tarde. María aún me busca desesperada. Por más que canto no alcanza a escucharme.

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CUENTO

Alisma De León

Siempre quise vivir solo en una casa grande y no lo he logrado. Vivo solo, sí, pero acompañado de ella que, anatómicamente, es mía. Acostumbro compararla con la costilla de Adán, esa que es parte de él pero al mismo tiempo goza de independencia. Ella, la que a mí me tocó, roba en mi nombre y ayuda, o eso cree, al desvalido. Son tantos los problemas que acarrea que, para reducirlos, preferí renunciar a mi sueño y vivir en un departamento, o mejor dicho, en una cueva sin más adorno que un diminuto tapete verde que me heredó mi madre. El espacio es tan ridículo que espero se dé cuenta que los dos juntos no cabemos. Además, resulta desesperante que después de tantos años de convivencia no obedezca mis órdenes y haga lo que le viene en gana. Pienso que aunque no tenga reparo en su actuar, al menos debería tener la consideración de preguntarme antes de hacerlo. Nuestro primer “incidente””, por decirle de alguna forma, sucedió hace aproximadamente un año. Mi jefe y su esposa me habían invitado a cenar a su departamento y cuando íbamos de vuelta a casa, en el asiento del copiloto, descubrí el diario íntimo de la mujer de mi jefe. No es que su curiosidad por la vida de la señora resultara injustificada. Es tan exuberante, tan escotada. Y casada con mi jefe, con un hombre de inteligencia promedio, barbón y encorvado. Un Cuasimodo en traje sastre. Admito que, aún un poco molesto por su hurto, hojeé el diario lo suficiente como para descubrir que la señora tenía un vasto conocimiento acerca de liposucciones, rinoplastias, botox, implantes de busto y que casi todo se lo había realizado en los tres años que llevaban de casados. Pero no, aún no lo había engañado. Consideré que la razón para no haberlo hecho había sido la falta de tiempo entre cirugías. Calculé que lo engañaría en un par de años y que mi jefe nunca se daría color. Me equi-

UNA CASA

GRANDE

voqué solo en parte. A los ocho meses, mi jefe, tan pasivo como era, enfrentó cargos por asesinato triple. Triple, porque hubo de acallar a la vecina que, según dijeron en el periódico, llegó histérica al escuchar los gritos en el departamento. Y cómo olvidar aquella otra ocasión en que sacó los condones de la bolsa de la secretaria de la oficina después de que la escucháramos decir que llegaría virgen al matrimonio y que saldría esa noche con su novio; o la vez en que sustrajo la botella de vino con la que mi padre, ahora viudo, pensaba emborracharse hasta terminar tirado en la esquina de la casa maldiciendo a quien le pasara por enfrente, la misma botella que acabó en una esquina de mi departamento, hecha añicos, y dejando una mancha roja sobre el tapete verde de mi madre; o cuando ese poquito veneno para cucarachas que descansaba bajo el fregadero, terminó esparcido en la sopa que, después de prodigarme su consabido discurso sobre mis modales, estilo de vida y pocos logros, se cenó mi vecino. Algunas veces creo que la solución a todo lo que nos pasa estaría en silenciarla. En amputarla. Seguro dirá en su defensa que todo lo hizo por mí, incluso aquello que evidentemente realizó para saciar su propia curiosidad. Pienso que ha llegado el momento de hacer algo para impedir que vuelva a tomar la iniciativa de nuestra vida. Lo he pensado mucho y lo único que necesito es hacerme de unas tijeras quirúrgicas, algunas gasas y un poco de isodine. Después, cuando todo esté hecho, sólo tendré que aprender a ejecutar todas mis actividades con la mano izquierda. Quedaría manco, sí, pero podría vivir, por fin, solo y en paz, bajo el cobijo de una casa grande.

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CUENTO

Abby García

Como todos los domingos, acompañé a mi abuela a misa. Había tenido un sábado de fiesta y el aroma dulzón de veladoras e incienso me provocó náuseas apenas entrar a la iglesia. En el suelo resaltaban los diseños de pequeñas florecitas que adornaban los mosaicos; flores plásticas más grandes, en jarrones de latón, salpicaban de color el altar. Mi abuela se sentó entre sus amigas ancianitas. Todas, vestidas más elegantes de lo que ameritaba la misa, me sonrieron hipócritas y me barrieron con la mirada: desde los mechones azules de mi cabello hasta mis inseparables converse sucios; para ellas, yo iba como limosnera de crucero o lista para limpiar los parabrisas de los coches. Me senté junto a Agatha, como saludo pellizcó mis mejillas y me dio un beso que dejó una marca en mi frente. Las campanadas llamaron a comenzar la misa. Sacudí la cabeza para recuperarme del mareo y la resaca. Agatha amplió sus labios rojo manzana para sonreírme y sacudió su cabecita platinada en reprobación a mi gesto. El sermón y toda la misa me pasaron sin hacer eco. Me entretuve contando florecitas en el piso. De pronto todos se pusieron de pie para recibir la bendición del padre, la misa había terminado. El sacerdote sacó de sus atavíos una botellita de agua bendita. Comenzó a salpicarnos. Agatha tembló y golpeó mi hombro con su espasmo. Nadie lo notó. Estrepitosa, se dejó caer en la banca, temblando más y más; su cabeza se infló hasta convertirse en una piraña enorme, con escamas plateadas y un hocico tan rojo que parecía cubierto de sangre. Me mostró unos afilados dientecillos y el resto de su cuerpo explotó en pirañas diminutas que cayeron a mis pies. Retrocedí aguantando las arcadas para no vomitar. A mi alrededor, la gente se difuminaba, se evaporaba y en su lugar aparecían otras criaturas. Busqué con la mirada a mi abuela pero sólo encontré un conejito blanco de ojos miel, una cobra le encajó sus colmillos varias veces. Aparté la vista cuando el conejo cerró los ojos. Apenas parpadeé y un dragón de Komodo pasó frente a mí masticando al conejo y a la cobra. Vi un mono araña con tutú balancearse en uno de los candelabros del techo y un cuervo de plumas azuladas volaba en círculos sobre mí. Quise alejarme y se me revolvió otra vez la panza al sentir las pirañas reventarse bajo mis pies. El sacerdote, aún en el altar, con voz avícola gritaba convertido en un loro parlanchín; voló hacia la salida, donde escurría a goterones de chocolate la puerta y caía sobre los que intentaban salir, y una lengua gigante lo atrapó. Era una flor salida de los mosaicos hecha un titán monstruoso. Ni siquiera me atreví a intentar huir con aquellos gendarmes carnívoros cuidando la salida. Las flores del altar se mecían en sus jarrones y entonaban cánticos gregorianos con voces guturales.

PTERODÁCTILO

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CUENTO

Abby García

En cualquier momento me llegará la metamorfosis, pensé, y la palabra metamorfosis me hizo cosquillas. Mis manos comenzaron a arder, las puntas de mis dedos estallaron en filosas garritas, mi cuerpo se llenó de bello azul y del beso manchado en mi frente brotó un fleco rojo que casi me cubrió los ojos. El panorama, entre nubes transparentes, aumentó de tamaño. Me di cuenta que era yo quien encogía; estaba en cuatro patas, me lamía y ronroneaba. ¿Un gato? Me habría gustado ser un pterodáctilo con alas tornasoladas, pensé. Y al primer maullido de queja ¡zaz! Crecí. Me brotaron las alas, se alargó mi mandíbula. Del mechón rojo en mi frente nació un penacho que se extendió transversal por mi cráneo y dorso. Quise volar. Aleteé hasta que con un salto, una corriente de aire y mucha suerte logré planear por el interior de la iglesia. Le grazné a las flores-monstruo que lanzaron mordidas al aire para atraparme. El estallido de un cristal me sorprendió. Creí haber chocado con algún vitral pero no. Fue mi abuela: tropezó con la manguera de mi shisha y ésta se estrelló en el suelo. —Ay, ‘mijita, ya quebré tu lamparita —la oí decir entre pink floyd y el despertador—. ¿Cómo? ¿Todavía no estás lista? Ya se nos hizo tarde para misa de siete. Salió del cuarto y volvió con una escoba. Mientras ella limpiaba yo cerré los ojos. Luego extendí mis alas para pasear por la ciudad.

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CUENTO

Jaime Fernández

LOS CONEJOS NO HABLAN Hubo un tiempo en el que los conejos podían hablar como los humanos. Todo empezó cuando el señor conejo, que iba por el bosque tratando de encontrar mejores tierras donde hacer su madriguera, se topó con una vieja cabaña. Con sigilo, caminó hacia atrás para rodear la choza pero un agradable aroma le hizo detener la retirada. Se dejó guiar por su olfato hasta donde se desprendía ese olor y encontró, colocado en el balcón, un delicioso pastel de manzana. Pensó que sería un buen regalo para la señora conejo que estaba triste porque sólo pudo dar a luz a dos conejos en su primera camada. Regresó contento a su guarida, pero su esposa, que ya lo esperaba impaciente, le llamó la atención por haber tomado algo que no era suyo. —Es lo que hacemos, tomar lo que está en el bosque —se justificó de inmediato.

—Se toma lo que está en la tierra, no en las ventanas de los humanos, ¡debes pensar en las consecuencias! —explicó ella. —Pues para mí sigue siendo manzana —refunfuñó él con torpeza, mientras se rascaba la cabeza con sus patas. Muy enfrascados estaban en sus diretes, que no se percataron cuando sus críos empezaron a caminar hacia el pay y, en menos de lo que canta un gallo, los dos gazapos terminaron con el objeto de la discordia. Ambos padres se quedaron viendo uno al otro, ella con mirada acusadora y él sólo enseñaba los dientes y agachaba las orejas en señal de disculpa. A la mañana siguiente, muy temprano, empezaron a escucharse ruidos desconocidos que salían del nido del señor conejo. Poco a poco las otras criaturas se acercaron a la entrada atraídas por los sonidos. Estaban a punto de tocar la puerta cuando, sin aviso, saltaron de ahí los conejitos corriendo y hablando en un lenguaje inusual. —¡Están hablando humano! —dijo alguien, y todos murmuraron sorprendidos. —¿Cómo es posible? —agregó otro, y más murmullos. Los papás no alcanzaban a entender cómo había sucedido eso. No es que no les importara, pero sentían tanto orgullo por ser padres primerizos, que disfrutaron al atraer toda la atención. Pasaron los meses y el rumor de los conejos parlanchines se extendió a lo largo y ancho de las otras tierras. Sucedió entonces que los que ahí vivían empezaron a hartarse de ellos, pues hablaban y hablaban hasta el anochecer; y no sólo hablaban como humanos, sino que también reían como humanos; y les gustaba reír a costa de los demás: planeaban bromas para todo el que encontraran en su camino. Lo vigilaban muy de cerca, escondidos en los arbustos y cuando éste se hallaba distraído, salían gritando para que creyeran que eran humanos y el animalito huyera despavorido. Así hicieron con todos, hasta que los mapaches y demás roedores se fueron a vivir a los ríos; las aves dejaron sus árboles y volaron a las montañas; las arañas y serpientes no volvieron a salir de las piedras y así, poco a poco, el bosque empezó a

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CUENTO

Jaime Fernández

quedar vacío. Al ver lo que estaba ocurriendo, el papá conejo comprendió que había cometido un error y regresó a buscar ayuda en aquella cabaña. Luego de correr un rato, se detuvo a tomar aire. En eso estaba cuando de pronto escuchó una voz. —Conejo blanco, ¿qué es lo que buscas? —¿Quién eres? —preguntó asustado. —No temas, sólo dime qué es lo que buscas y te ayudaré. —Busco… debo encontrar a un humano, alguien que hizo… alguien a quien robé algo y ahora eso nos ha traído problemas —confesó. —Yo puedo ayudarte —dijo la voz después de una larga pausa. —¿De verdad? Pero, ¿por qué harías tal cosa? —volvió a cuestionar. —Soy la que hizo ese pastel, del que no supe nada hasta hace unos días al escuchar los rumores de tus hijos —dijo, serena, saliendo de donde se encontraba. —Ailév, la bruja de los bosques de Dulcan —murmuró sorprendido el conejo. Avergonzado explicó a la maga lo ocurrido y ella, en un gesto de total misericordia, perdonó su acción pero le hizo ver que aún debía solucionar lo que había empezado. —Tendrás que tomar una decisión —advirtió la bruja—, el conjuro que realice romperá el hechizo pero sólo salvará a uno de tus hijos, debes decidir a cuál. —Ss…sí, puedo hacerlo —enfatizó aquél— pero ¿qué pasará con el otro? —preguntó temeroso. —Si él está lejos de mí, se convertirá en humano; así que debo llevármelo. El conejo recordó las palabras de su esposa: ahora enfrentaba la verdadera consecuencia de sus actos, sin embargo tenía que resolver ya. Justo estaba por decir el nombre de uno de ellos cuando se oyeron ruidos entre los matorrales; eran los críos que habían escuchado todo y al verse descubiertos salieron corriendo. Ya no hubo tiempo de hablar. La bruja y el señor conejo salieron tras ellos. Se acercaban a los límites del bosque. Aliév sabía que era su última oportunidad sabía que su magia no tendría efecto si lograban salir de allí. Alcanzó a

ver un pequeño claro y disparó. En el último instante ambos hermanos saltaron evitando el rayo que pegó directo en el suelo e hizo un profundo agujero. Se miraron con picardía y corrieron hacia él pero, antes de que ambos desaparecieran, papá conejo llegó de un brinco y pescó con su boca a uno de ellos. Finalmente, el hoyo se cerró. Cabizbajo y con su hijo aún en su boca, el señor conejo llegó hasta donde estaba la bruja para preguntarle “y ¿ahora qué?” Ella le respondió que aún tenía que llevarse a su hijo pero que él podría visitarlos de vez en cuando. Reveló que a ella su hijo, al hablar humano, le sería de mucha utilidad, pero eso sí, aseguró que levantaría otro hechizo para que ya nunca, ni por error, ninguna criatura del bosque pudiera volver a hablar esa lengua. Después el conejo le preguntó por su otro hijo y la bruja se limitó a responder que cuando un encanto abre un hueco en la tierra, éste puede llegar a lugares insospechados y, ¿quién sabe?, tal vez en el futuro, alguien comentaría haber visto a conejo blanco que hablaba como humano. Es por eso que, desde entonces, los conejos siempre tienen esa expresión tan seria, como si quisieran contarnos algo.

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CUENTO

Graciela Ramos Domínguez

EN SEPTIEMBRE

Después de comer, Cayetano Treviño, prestamista, subió a la terraza techada del segundo piso de su casa, única del rumbo hecha de ladrillos. El aire bochornoso de la intermitente lluvia de ese mediodía, hacía que todo pareciera transcurrir a paso lento. Desde lo alto, vio con fastidio las viviendas del asentamiento irregular donde hacía años había decidido construir y habitar solo; eran chozas y tejabanes rodeados de charcos y lodo. El extremoso clima de la región les había dado varios años de sequía y ahora la copiosa lluvia no había parado en dos meses seguidos. Esa mañana de septiembre el sol había salido pero ya para mediodía volvían la nublazón y la llovizna. Había sido abundante la comida y Cayetano se movía con lentitud. Irritado, decidió tomar una siesta. Además de la pesada digestión, le agobiaba recordar el sueño recurrente donde, la noche anterior, la Parca le volviera a avisar: Cuando veas pasar un fuego veloz y escuches el bramido de la bestia, vendré por ti. Absurdo sueño; y ni modo de realizarse por ahora, con todo este agual, se dijo con sarcasmo y se recostó. Se fue quedando dormido en un sillón bajo el techo protector de su terraza, al arrullo murmurante de la creciente lluvia, ahora arropada por nubes cada vez más negras. En las noticias de un radio lejano alguien hablaba de presas, ríos y canales, que venían altos por las lluvias incesantes. Al mismo tiempo, por los caminos y brechas abiertas entre mezquites y huizachales ya circulaban de prisa las grandes lluvias. Pronto las aguas memoriosas inundaron las áreas bajas buscando llegar al lecho del río. En segundos, el lodo avanzó en avalancha con velocidad rabiosa y al instante el bravísimo torrente ya arrasaba con cercas, láminas, paredes, y las chozas y los árboles eran arrancados de raíz. Cuando la gente abandonó en tropel sus pobres viviendas inundadas e intentó trepar sobre los techos, ya todo era inútil. Buscando salvarse, algunos desesperados vecinos irrumpieron en la casa de dos pisos. Ya se escuchaba el sonido del oleaje que pronto se convirtió en rugido y estruendo. Con el estrépito abajo, arriba, en la terraza, el dueño de la casa despertó de su pesado sueño. No comprendía nada. Por un lado los vecinos estaban junto a él, demudados sus rostros. Por el otro, viendo hacia la calle, pasaban frente a él, flotando como barcas danzantes, árboles, animales y cuerpos humanos. Pero mi casa es sólida, pensó con furtivo alivio. Todos los ojos estaban clavados en la encrespada avenida de aguas encontradas: las de la lluvia y las del desbordado río. De pronto miraron pasar flotando una choza y vieron por la pequeña ventana su interior: Adentro había una mesa con una lámpara de petróleo encendida, allí aun ardía el fuego, y este fuego corría, navegaba por el río que bramaba como animal herido, como bestia enfurecida, ciega y obcecada. Segundos antes de la confusión de tinieblas que lo envolvería, Cayetano alcanzó a escuchar el estruendo de las voraces aguas arrancando los cimientos de su casa.

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MICROCUENTO Damián González

CUENTOS AGÓNICOS I II III

Nunca supe que vivía en la ciudad de los cuentos hasta que vi cómo doblaron las páginas y salté del libro.

Sabía que no tenía tiempo que perder, sin narrador la historia se esfumaría. Los recuerdos volverían a la pluma que los escribió, el autor regresaría a su infancia y nunca escribiría sobre nosotros.

Recibí un fuerte golpe al caer. Mi vista era borrosa. Las voces seguían ahí. Mis manos, aún encadenadas, me arrastraban. Sentí escurrir mi espesa sangre entre los dedos. Mis párpados se cerraron y volví al mundo.

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Sobre la literatura de imaginación

por Alberto Chimal

Está empezando a propagarse en México, entre cierto grupo de autores y lec-tores interesados, el término literatura de imaginación. Se le utiliza para hablar, sobre todo, de obras narrativas: algunas de la tradición ya conocida de la literatura mexicana y muchas producidas en la actualidad por escritores vivos, entre los cuales hay muchos jóvenes. Y las preguntas habituales de muchas personas que lo oyen mencionar son dos: o bien “¿No se supone que toda literatura re-quiere de imaginación?”, o bien “¿La literatura de imaginación es un género como la fantasía o la ciencia ficción?”. Hay que dejar claro que lo que llamamos literatura de imaginación –yo mismo soy de quienes utilizan el término– no es un “género”, es decir, no es un tipo homogéneo de historias que nos interese promover: no es un conjunto identificable por sus personajes, sus argumentos y sus escenarios, como las narraciones de fantasía épica a la manera de J. R. R. Tolkien o, para el caso, las novelas sobre narcotraficantes. Ni siquiera es algo que se escriba o se pueda escribir únicamente en castellano o en México. Es, en cambio, lo que en otro tiempo se llamaba, sin dificultades ni confusiones, literatura fantástica. Podríamos ser todavía más precisos y hablar de narrativa que utiliza la imaginación fantástica: de las historias que emplean la imaginación, como casi todas, pero con el objetivo preciso de contar historias sobre sucesos que sabemos imposibles: la que logra el efecto de precisar y discutir lo que entendemos por realidad al ir más allá de sus límites. Este uso particular de la imaginación proviene de una corriente literaria que desde su comienzo admitió muchos tipos de obras diferentes: el Romanticismo de los siglos XVIII y XIX. Rehechuras de cuentos tradicionales, especulaciones sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología, visiones de horror afincadas en la vida cotidiana y mucho más –incluyendo propuestas sin sucesores ni precursores evidentes, absolutamente inclasificables– ha sido el campo de lo fantástico durante siglos, y el interés por dividir ese terreno en “géneros” como horror sobrenatural, ciencia ficción y otros muchos no reduce la enormidad de las posibilidades narrativas de la imaginación fantástica como recurso: como estímulo creativo.

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(Sólo en Hispanoamérica, la literatura fantástica –entendida como lo propongo en esta nota, llamada así explícitamente en muchas ocasiones– ha tenido una larga tradición y muchas figuras importantes, desde Gustavo Adolfo Bécquer hasta Jorge Luis Borges, Felisberto Hernández, Julio Cortázar o, en México, autores como Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Elena Garro o Francisco Tario. ¿Cuánto tienen en común las obras de estos autores que emplean la imaginación fantástica? En realidad, muy poco.) ¿Para qué intentar lo que en el fondo no es sino un cambio de nombre? ¿Por qué podría interesarnos el insistir en que nuestras obras no sean llamadas de fantasía? Porque el término, desgraciadamente, se ha desgastado con el tiempo: la mayor parte de las personas, debido a la influencia de los medios masivos, escucharán hablar de lo fantástico y pensarán en los libros de Harry Potter, en películas como El hobbit o series de televisión como Game of Thrones. Peor aún, este desgaste facilita que se propague el prejuicio de que un escrito etiquetado como fantástico es invariablemente similar a alguno de esos pocos ejemplos muy difundidos…, y este prejuicio, por lo menos en México, viene unido a otro, según el cual toda obra de imaginación es intrínsecamente inferior, indigna de alguna manera. Las prácticas autoritarias que han imperado en largos periodos de la historia nacional, y el interés de muchos poderes fácticos en imponer una visión única de la realidad como una forma de control, pueden tener la culpa de esto; en cualquier caso la imaginación fantástica se encuentra en muchas ocasiones no sólo en la posición de ser subversiva, sino simplemente incomprendida. Hay que asomarse a las obras de grandes autores nacionales como las que he mencionado; hay que asomarse a la obra de autores más jóvenes, o incluso emergentes, desde Verónica Murguía hasta Pablo Soler Frost, desde Mario González Suárez hasta José Luis Zárate, desde Daniela Tarazona hasta Rafael Villegas. Aun si no prospera la nueva denominación, tal vez nos podría servir para llamar la atención a una serie de formas y posibilidades de escritura muy diversa, muy viva, y que incluso a pesar de las dificultades no deja de ganarse lectores.

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L I T E R ATU R A

D E

IMAGINACIÓN ABBY GARCÍA ALBERTO CHIMAL ALISMA DE LEÓN DAMIÁN GONZÁLEZ GRACIELA RAMOS JAIME FERNÁNDEZ RAQUEL CASTRO VELIA BANDA


TRANVÍA R E V I S T A

L I T E R A R I A

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Acerca de los autores Graciela Ramos Domínguez (Reynosa, 1946). Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.

Damián González (Reynosa, 1984). Narrador. Coordina Salas de Lectura dentro del Programa Nacional Salas de Lectura con "SORDOS Leyendo". Miembro y promotor cultural comunitario en el Colectivo SEHRES. Participa en lecturas públicas con el grupo Literario Lomas de San Antonio. Obtuvo Premio Honorífico en el Certamen de Cuento Universitario 2004. Fue incluido en las Antologías Voces Literarias de la Frontera (2011), Palabra de Poeta Antología de poesía sobre poesía (ALJA, 2012), Brevedad urbana Antología de microrrelato en la ciudad (ALJA, 2012) y Confusión de cuerpos Antología de poesía erótica (ALJA, 2013).

Jaime Fernández (Xalapa, 1974). Narrador. Con su llegada crece y muere la posibilidad de otro hijo ilustre, mala influencia para muchos, pensador anónimo, juez y parte de su propia historia. Vaya, un “Artcidente” de la vida, adoptado por Reynosa, Tamaulipas.

Alisma De León (Reynosa, 1974). Narradora y promotora cultural. Sus cuentos han sido publicados en la revista Posdata y en el suplemento Guardagujas de la Jornada de Aguascalientes, así como en medios electrónicos (Letralia y 15Diario). Primer lugar en la tercera categoría del concurso convocado por el IPN-Campus Reynosa, en 2011, con el cuento “Contrastes”. Participó en el libro “Rigo es amor, una rocola a dieciséis voces” (Tusquets, 2013) bajo la coordinación de Cristina Rivera Garza.

Velia Banda (Reynosa, 1984). Narradora. Participó en el evento “Cuentos de Media Noche y Canciones de Madrugada” en la Casa de la Cultura de Reynosa en Febrero de 2012 y participó en Lectura de Atril “Desde mi visión” Casa de la Cultura de Reynosa en Abril de 2013.

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Abby García (Nuevo Laredo, 1987). Narradora. Ha participado en diversas lecturas colectivas bajo la organización de Fomento Cultural Reynosa y la Casa de la Cultura de Reynosa. Colaboró para la revista Letras Raras en su edición del mes de Octubre del 2013.

Raquel Castro (ciudad de México, 1976) Es escritora, guionista, profesora y promotora cultural. En 2012 obtuvo el Premio de Literatura Juvenil Gran Angular y, dentro del equipo del programa Diálogos en confianza de OnceTV, ganó en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo.Es autora de las novelas Ojos llenos de sombra (SM/CONACULTA, 2012) y Lejos de casa (El Arca Editorial, 2013. Tiene una columna semanal sobre literatura infantil y juvenil en La Jornada Aguascalientes y su propia bitácora en www.raxxie.com.

Alberto Chimal (Toluca, 1970). Es considerado uno “de los narradores más polifacéticos e imprevisibles de la literatura hispanoamericana actual”, según la revista española Quimera. Además de narrador y ensayista, es tallerista literario y una autoridad en el campo de la escritura en medio digitales. Sus libros más importantes: Gente de mundo, Éstos son los días (Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, 2002), Grey, Los esclavos, El Viajero del Tiempo, La generación Z, La torre y el jardín (finalista en la XVIII edición del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”), Su sitio: www.lashistorias.com.mx.

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TRANVÍA R E V I S T A

L I T E R A R I A

Tranvia no1 febrero  

Año 1. Febrero 2014. Número 1: "Literatura de Imaginación"

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