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AĂąo 1. Marzo 2014. NĂşmero 2.

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NOTA EDITORIAL Quise o no quise. Pero a veces me quisieron. También a mí me alegraban: la primavera, las manos juntas, lo feliz. Epitafio (fragmento), Juan Gelman

Dicen que nadie siente la saudade como los portugueses; que nadie tiene ese sentimiento más fundido en el cuerpo. Pero esa saudade la siente todo aquel que espera un paseo que no llega; aquel que aguarda al sol, al cielo, un regreso. Es un dolor impreciso pero punzante, permanente, que sólo conoce quien no tiene más opción que esperar. Saudade por quien se ama, por la tierra lejana. Saudade por ese tiempo perdido. Por una paz que se anhela. Caroline Michaëlis de Vasconcelos, en su obra A Saudade Portuguesa, la define como el recuerdo de haber disfrutado en tiempos pasados que no van a volver; la pena de no disfrutar el presente, o de disfrutar solo el recuerdo; y el deseo y la esperanza de, en el futuro, volver al antiguo estado de felicidad. Tranvía recopila una serie de textos que nos hablan con la pena agridulce y, al mismo tiempo, desesperante de la añoranza. Esperamos los disfruten.

ADL


Índice Cuento

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CENICIENTA EN TRES TIEMPOS Catalina Kühne Peimbert

NOS HAN ROBADO Hugo Sánchez García

RAMO DE VIOLETAS Carmen Alanís

EL ERRANTE Asenat Velázquez Jiménez

Poesía

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CAR-TO-GRA-FÍ-A Sara Uribe

REGISTRO #2 Sara Uribe

ORDENANZA Sara Uribe

DOS SONETOS CERCANOS (Variaciones a partir de otro soneto de Quevedo) Manuel Iris

LAS COSAS SIN PALABRAS David N. Campos

Ensayo

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EL DÍA QUE SE ACABÓ EL ALGODÓN Graciela Ramos Domínguez

Acerca de los autores


CUENTO

Catalina Kühne Peimbert

Cenicienta en tres tiempos I.

Empezó a envejecer por las rodillas. Al dolor estaba acostumbrada. Hacía ya varios años que era una cuestión permanente, pero lo que la tenía mal era la disminución en la movilidad, en la respuesta que recibía de su cuerpo cuando el cerebro le ordenaba hacer algo tan simple como subir una escalera. Era como si tratara de comunicarse con un desconocido, en un idioma también desconocido. Como si los cables hubieran sufrido de un corto circuito, de tanto uso, de la pura vejez. Se negaba a admitir lo evidente y a pesar del miedo, que era otra cosa que antes no tenía, de moverse. A pesar del miedo, se tomaba de un barandal y subía cada uno de los escalones que se le presentaran casi sin pausa, sin mucho pensarlo. Aunque por fuera pareciera que se tardaba años, ella lo hacía en un suspiro, sin tomar aire siquiera. Llegaba a la cúspide agotada, sorprendida, convencida de que nunca podría hacerlo de nuevo. Y como todo lo que sube tiene que bajar, la primera hazaña implicaba su contraparte directamente proporcional, pero aún más peligrosa, la caída era más fácil, más natural, casi estaba implícita. Era una de las pocas ocasiones en que si había alguien dispuesto a ayudarla a pasar el trance, aceptaba la ayuda. Lo más dignamente que pudiera y sin hacer mucha alharaca, pero daba las gracias y realmente lo agradecía. Prefería no caminar si no era necesario. Casi no moverse. La vista por lo pronto estaba en un grado aceptable. La pequeña distorsión se corregía con unos lentes bifocales que no la incomodaban en lo más mínimo, podía leer, ver la televisión, bordar. Bordar era lo más le gustaba porque tenía la opción de estar pensando mientras o no. Dejar que su mente vagara sin ton ni son, o relajarse y hacer una tarea mecánica. En todo caso no había otras palabras dentro de su cabeza más que las suyas. La cabeza por cierto, le parecía que aún estaba en estado impecable. Todavía era buena para hacer cuentas. No se le olvidaban las cosas, ni su origen, ni su edad, ni su tristeza. Recordaba perfectamente que estaba sola, que la soledad empezó siendo circunstancial hasta que se convirtió una férrea decisión personal. De tanto dejarlo para después le empezó a gustar a tal grado

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CUENTO

Catalina Kühne Peimbert

que luchó por ella, la defendió por sobre todas otras muchas cosas y ahora no había manera de echarse para atrás. Ni modo. De quien hubiera podido acompañarla no quedaba nadie. A estas alturas no iba a ponerse a buscar amigos. De todas formas ya se iba a morir y eso también lo recordaba. La sensación de alivio que experimentó cuando le dieron la noticia se fue disolviendo con las horas. Mientras ensartaba el hilo en la aguja se dio cuenta del significado de una enfermedad terminal. No habría más oportunidades para nada y claro estaba también la tentación de hacer un recuento de todo lo perdido y de no estar de acuerdo con la vida que le había tocado en suerte. Los arrepentimientos. Lo no bailado que nadie tendría que quitarle. La vista se le nubló, pero se negó a parar la labor hasta que un dolor agudo le traspasó justo donde la uña se unía con el dedo. Se había pinchado. Una gota de sangre manchó la perfecta letra “C” de punto de cruz que estaba entre los aros del bordado. Por un momento sintió que volaba hacia otro lugar, un lugar cualquiera, un lugar desolado y cubierto de ceniza pegajosa. Un lugar desolado cubierto de la ceniza de los muertos. La ceniza era ella misma, ya concluida y esparcida por todos lados. Volvió a su dedo pinchado y le exprimió un poco la sangre, como si pudiera de verdad sacarse el corazón de esa herida y trasladarlo a otro cuerpo. Uno más joven, uno que pudiera volver a empezar. Le pareció que las arrugas desaparecían de sus manos. Tal vez no estaba tan bien de la vista, tampoco de la cabeza.

II.La ciudad amaneció tapizada de un polvo fino

y pegajoso. Los pocos automovilistas que habían decidido aventurarse a la calle tuvieron que estacionarse ante la poca visibilidad. Al intento de usar el limpia parabrisas seguía un sonido chillante, con la consecuente ralladura de vidrio. Camila estaba sentada en la banqueta de la esquina de su casa esperando al camión escolar. Dejó a su mamá y su hermana dormidas como todos los días. Se preparó el desayuno en silencio, un cereal para no dejar. Metió sus cosas en la mochila y caminó dejando sus huellas sobre la alfombra polvosa de esa mañana hasta ocupar su lugar de siempre. No le importó que la falda de cuadros se embadurnara con aquel polvillo omnipresente, ni que las calcetas perdieran la blancura, ni que el camión no apareciera. Era la imagen de un mundo desolado en presencia de su último habitante, que en vez de entrar en pánico, hacía dibujos en el suelo con la rama de un árbol.

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CUENTO

Catalina Kühne Peimbert

Camila escribía letras al azar y después las transformaba en otras. Luego con el pie aplanaba otra capa de esa tierra grisácea en su particular pizarrón y volvía a empezar. Se oyó un ruido a lo lejos, como un trueno. Enseguida una llovizna del mismo polvo empezó a caer del cielo. Otra capa silenciosa de polvo que unificó el tono de todo el paisaje, con todo y su única inquilina. Ahora también ella era gris. Las trenzas, los lentes, los hombros. No pareció molestarle, seguía absorta en su mecánica tarea. Podría haberse quedado ahí para siempre, pero no. La tranquilidad se estrelló al ritmo de los típicos chanclazos de su mamá. —Niña, ¿cuánto tiempo llevas allá afuera? Están diciendo en las noticias que hizo erupción el Popo. No va habrá clases. Tenemos que acuartelarnos en la casa hasta nuevo aviso. Alerta roja, ¡roja! Volteó la cabeza lentamente como si su apatía pudiera conjurar esa terrible noticia, como si las cosas pudieran quedarse así. Deseó que una ola gigante de lava llegara y arrasara con todo, pero no. Tuvo que levantar la vista hacia la cabeza entubada de su mamá que estaba a punto de explotar, como el volcán. De alguna manera el desastre natural era su culpa. Merecía un regaño desde luego. Mientras su mamá seguía pontificando, Camila pensaba en cómo sobreviviría la cuarentena familiar. Empezó por dejarse caer en el sillón para ver qué dirían los noticieros, pero no duró. La ceniza, la vida, la realidad no tenía cabida en ese hogar. Importaba todo lo no importante y al revés. La mandaron directo a volverse a bañar. Otro sinsentido. Tapó las coladeras, manchó las toallas de ceniza y aun así quedó totalmente cubierta del polvo traslúcido. Se quedó desnuda en la regadera ya cerrada. Observando como la luz se reflejaba en su piel. Se gustó tanto. Parecía un hada más poderosa que cursi. Tal vez la erupción era la señal de que por fin tendría súper poderes. Ya sabía que no era cierto, pero según lo poco que oyó al locutor de la tele, tendría que quedarse en su casa por lo menos una semana. ¿Qué más daba fantasear un poco? Otra vez la interrumpieron. Podría jurar que siguiendo el mismo ritmo de los chanclazos, empezaron los golpeteos en la puerta. —Camila, ya salte que me toca bañarme. Todo está asqueroso, apúrate. ¿Qué importaba el tiempo? Un volcán puede esperar cientos de años sin explotar, tal vez no hacerlo nunca, vivir latente, como ella. No había necesidad de apurarse.

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Catalina Kühne Peimbert

Se rehusó a abrir la puerta, empezó a trazar letras en el espejo, vocales y consonantes preciosas, enmarcadas en polvo de hada. Los golpes continuaban cada vez más fuertes, cada vez más seguidos. Camila no abría. Cuando los gritos histéricos de su mamá la cercaron y estaba a punto ceder. La tierra empezó a moverse imperceptiblemente en un principio, después el pequeño vaivén creció, como los golpes en la puerta. Camila se movía sin querer de arriba hacia abajo. Los pies resbalaron en los mosaicos. La cabeza pegó en el fregadero ahogando los gritos. Silencio.

III.

La sensación era de soledad, como siempre. La vida era gris como siempre. Pero ahora la atmósfera le daba la razón. Su marido hizo como si no pasara nada, se bañó mientras ella permanecía sentada en el excusado con una toalla como turbante. La hizo a un lado cuando le estorbó para rasurarse, se vistió con todo y corbata, se untó el pelo de gel, tomó el portafolio y se acercó a darle un beso al aire que la rodeaba, no a ella, nunca a ella. —¿Vas a salir con todo y la erupción? —Claro, tengo que trabajar, tengo que ver que todo esté bien en la oficina, tengo una cita. ¿Tú no? —No, yo no tengo nada. —Que si no vas a ir a trabajar. Se te está haciendo tarde y ni siquiera te has vestido. Ni siquiera, ni quisiera. Se fue como siempre, ni un ademán de diferencia. Ella siguió sentada con su toalla en la cabeza que con el poco aire que entró del mundo exterior se tornasoló cenicienta. Mejor dar el siguiente paso. Nunca le había tocado tan poco tráfico. A pesar de que la ceniza aminoraba un poco la visibilidad y entorpecía la marcha, el camino estaba despejado. Se sorprendió al encontrar a la chica que vendía periódicos en el cruce del semáforo. Llevaba un sombrero de paja tapizado de ceniza y los diarios empaquetados en bolsas de plástico. Camila echó una ojeada, eran de hacía tres días. Sacó un billete grande de la bolsa.

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CUENTO

Catalina Kühne Peimbert

—Dame todos y vete a casa. La chica estuvo tentada, pero se negó. —Si no estoy aquí vendiendo, qué voy a hacer. Camila entendió. —Quédate el billete, me lo vas descontando. —Gracias, amiga. Continuó con las ventanas cerradas, ya sentía como el fino polvo empezaba a transitarle por dentro del cuerpo. Milimétricos cristales que iban rasgando poco a poco el camino de las vías respiratorias, desde la mucosa de la nariz hasta los pulmones. Tosió con acento enfermo, pero nadie pudo oírla. No había mucha diferencia con lo que hubiera sucedido de estar en casa o en el trabajo. Ahí, aunque pudieran oírla, era como si no hiciera el menor ruido. Era el árbol que caía en el bosque, con el bosque lleno de testigos, que eran unos expertos en ignorar las caídas de árboles. Ahora por lo menos tenía oportunidad de escucharse y preocuparse por sí misma. Esa tos no sonaba nada bien, pero era suya y derivaba tan sólo de su decisión. Esa era la idea. Camila escapó de todo, de su trabajo, de su casa, de su esposo, de su madre y hermana, de todas las escaleras del mundo. Cuando se dio cuenta de que la tierra temblaba, el cielo se ponía gris y todo podría cambiar de un momento a otro, incluso terminarse, dejó de darle vueltas. Ya no podía esperar a que las cosas se arreglaran por un milagro. Era más pegajosa la rutina que soportaba a diario que la ceniza pertinaz. El desastre era su milagro, su acto de Dios. Dejó una nota en el refrigerador: “Tengo que ver el volcán de cerca. C.”

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CUENTO

Hugo Sánchez García

Nos han robado Mi madre se pasea de una recamara a otra; revisa gaveta por gaveta y cajón por cajón. Su cuerpo de vieja parece ir detrás de su ímpetu investigador. Reacomoda objetos, limpia repisas, alza las camas, al tiempo que sigue buscando obstinada. Después de un par de horas escucho que interroga, amable, a mi cuñada en la sala. —¿De casualidad no has visto una toalla naranja? Mi cuñada, quien junto con mi hermano y sus hijos pasan unos días en la casa, sonríe y da un “no” por toda respuesta. Entonces reconozco, antes de empezar, lo que ha de convertirse en una revolución verbal y permanente durante días. Sospecha no sólo de mi cuñada sino de mis dos hermanos, se inventa historias sobre los motivos que pudieron haber tenido para llevársela. En mi casa las toallas son de colores indistintos, un par de ellas son guindas en combinación con los detalles de la cerámica. La toalla naranja resaltaba no sólo por su color, sino por su tamaño extra grande como para la playa. Quiero explicarle que no hay manera de que a alguien le interese robar una toalla, que su costo no debe alcanzar los doscientos pesos y que podemos sustituirla por otra. Abandono la idea y entro al baño a darme un regaderazo para salir a cualquier parte. Pienso que no tardará en encontrar la dichosa toalla o en olvidarse por fin de ella. Al terminar de bañarme, encuentro la toalla en el closet del baño, lista para ser usada una y otra vez hasta el final de los tiempos. Pienso en la cara que pondrá al ver el gran descuido de no haber buscado en donde debió desde un principio. Una vez cambiado, salgo con el codiciado objeto entre las manos. Ella sale a mi encuentro en el pasillo y, anticipándose a mi discurso, me grita que esa no es la toalla que busca, que la han cambiado, que aquella era más grande, mucho más suave, tan suave que uno no podía secarse porque las gotas resbalaban en su textura, que el color era más intenso,

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CUENTO

Hugo Sánchez García

y que seguramente esa copia que sostengo entre las manos le pertenece a mi cuñada. Le explico lo que a ella debería resultarle obvio, que las cosas se desgastan por el uso, que las telas se degradan por el constante lavado y que hasta pueden encoger su tamaño. Firme, me arrebata la toalla y la extiende. —¿Qué no ves? —Me dice fuera de sí — ¿Crees que si fuera ésta no iba a reconocerla? Me quedo pensativo, observo su rostro cruzado por pequeñas arrugas alrededor de los ojos, las cejas despobladas, el retoñar de su cabello canoso debajo de un rubio dorado claro de Miss Clairol y pienso que no puedo hacer otra cosa que unirme a su indignada postura: Nos han robado.

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CUENTO

Carmen Alanís

Ramo de violetas te adivinaba en todo, y en todo te buscaba, sin encontrarte nunca Rosalía de Castro La humedad de un sueño la despertó. Soñó que un hombre con un ramo de violetas la abrazaba en el centro de un prado, en el centro del mundo. No había límites ni muros ni horizontes. Sobre el césped, húmedo y brillante, flotaba una capa espesa de libélulas. El hombre metía la mano bajo su falda. De la vagina sacaba espigas de pasto y vainas de frijol. Permaneció inmóvil bajo las sábanas durante unos minutos. Últimamente los sueños la sacudían de pies a cabeza. Por la ventana entraba el viento de marzo y los sonidos débiles de la noche dormida. Se levantó a enjuagarse el rostro. Frente al espejo, descubrió arrugas nuevas que rodeaban sus labios. Dibujó una sonrisa leve pensando en las manos del hombre de las violetas. Un hilo viscoso escurría por su muslo. Sobre la mesa, una pila de libros y un jarrón. Siempre había colores frescos en la casa. Habló con las flores. ¿Qué les parece? ¡Espigas de pasto y una vaina de frijol adentro de mi cuerpo! Los nardos y las rosas descansaban en su misterio. Ahora no contestaron ni con el movimiento de una hoja. Amalia apoyó la cabeza sobre el vidrio de la ventana. Tras el cristal, la luz amarilla de los faroles se mecía entre las copas de los árboles del parque. La ciudad era un monstruo acurrucado en la oscuridad. De pronto, de la quietud y el silencio, nació una certeza: alguien la esperaba en algún sitio. El insomnio caminaba lento. Encendió un cigarro y empezó a leer un libro de poesía. Varias páginas sin sobresaltos hasta que la respiración se detuvo en unas líneas. Leyó en voz alta: "Yo no sé lo que busco eternamente / en la tierra, en el aire y en el cielo; / yo no sé lo que busco; pero es algo / que perdí no sé cuándo y que no encuentro." Un repentino impulso la sacó de la calma. Ardió en el deseo: salir a buscar.

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CUENTO

Carmen Alanís

Una voz la llamaba en la lejanía. Se subió al coche. Condujo por la carretera, un túnel de terciopelo negro. La música de las guitarras hizo el camino más suave. ¿Dónde está el hombre de las violetas? ¿Por qué me está buscando? Por fin, el amanecer abrió las manos. Después de siete horas de viaje, Amalia entró en un pueblo de tierra roja y campos verdes. De golpe, los recuerdos de los lugares más bellos que había visto. Ningún paisaje era tan hermoso como el que tenía alrededor. El sol ascendía. También crecía su ansiedad: aumentaba la sensación de estar muy cerca de lo que buscaba. Caminó sobre la plaza. Un anciano alimentaba a las palomas que se posaban en sus hombros. Entró a desayunar en un restaurante antiguo. En las paredes había fotografías en tonos sepias. El dueño del café le contó la historia del pueblo. En la esquina de una de las fotografías encontró al hombre con un ramo de violetas en las manos. Amalia regresó a casa tres días después. En la cama había crecido el césped.

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CUENTO

Asenat Velázquez Jiménez

El Errante Justo en ese momento, antes de comenzar las noticias de las diez, esa vieja loca me apagó la televisión. Recogió su plato de galletas a medio morder y la taza de chocolate del que sólo había tomado la espuma. Respiré fuerte para que escuchara y entendiera mi enojo, pero ni siquiera volteó a verme. Puse las manos sobre las ruedas de mi silla y empecé a moverme para dar el recorrido e inspeccionar que todo marchara como debía de ser; como cada noche que recorría el pasillo. —Tus hijos siguen dejando sus porquerías por todos lados, qué falta de respeto para este viejo que no puede andar— dije casi a gritos. Abrí la puerta de la recámara de mi hijo. La música en sus oídos me hizo pensar que cualquier palabra que le dijera quedaría en el aire, aún así logré gritarle: Apaga ese ruido que por eso te estás volviendo loco y para locos, ahí está la calle. Cerré la puerta.

una hora, el volumen de la música bajó un poco. Recorrí todo el pasillo hasta llegar al final de él. Una luz muy débil salía por la puerta entreabierta que se encontraba frente a mí, la empujé un poco pero el rechinido de las bisagras hizo voltear a mi mujer. Inmediatamente giré las llantas de mi silla para atrás y alcancé a ver su sonrisa que me decía que sabía que yo estaba ahí. Tomó mi fotografía, la puso a un lado del espejo y encendió una veladora. Entrelazó los dedos bajo la cabeza y, con voz muy baja, dijo: Gracias, Dios mío, por esta segunda semana llena de paz en mi vida. Apagó la lámpara del buró y se recostó en una cama individual con sábanas limpias. La vi sonreír mientras dormía, me acerqué a la ventana para ver a los perros que me ladraban desde la banqueta. Miré el recorrido de la luna para hacer tiempo a que amaneciera y poder oler el café del desayuno como cada mañana.

Me dirigí a la recámara de al lado y abrí lentamente para pasar desapercibido. La cama aún estaba tendida, sobre ella, un pingüino me miró, sin moverse, con sus enormes ojos negros. —¿Dónde está tu hija?— grité —Seguramente anda en las calles como una cualquiera, sabes que no me gusta que ande por donde le da la gana. Nadie respondió, seguramente el ruido de la música hizo que no escucharan. Después de

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POESÍA

Sara Uribe

Car-to-gra-fí-a Recorrer una ciudad para amarla. Tal vez de eso podría tratarse todo. Lo digo porque tu cuerpo es una ciudad. Lo digo porque tu yo no físico es también una ciudad. Lo digo porque los sueños a veces son ciudades y uno sale del sueño como quien sale de una conversación o de un cuerpo y no puede volver a casa porque la casa es entonces el sueño y la ciudad un cuerpo. Lo digo porque a veces tus palabras andenes / plazas / puentes hoteles donde pasamos la noche y despertamos en otras ciudades en otros cuerpos. Lo digo porque somos estos cuerpos que son esos otros que somos. Lo digo porque a veces toda ciudad y todo sueño. Lo digo porque quiero recorrer todos los sitios donde alguna vez alguien cruzó una calle o miró un semáforo y se detuvo un instante. Lo digo porque quiero trazar algunos mapas y decir: en esta esquina, a la derecha y saber que ahí está algo del presente

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POESÍA

Sara Uribe

que construimos. Lo digo porque tengo recuerdos que son sueños y ciudades y fotografías de cosas que nunca ocurrieron pero sí. Como si el futuro fuera una ciudad invisible que invocamos al tocarnos. Lo digo como si el futuro fuera una ciudad que se recorre si proferimos las palabras indicadas. Tal vez de eso podría tratarse todo. Invocar sueños o ciudades para amarlas en futuros invisibles. Para deletrearlas como quien avanza por calles y avenidas. Como quien frente al tráfico hace un alto y decide tomar una ruta alterna. Y la ruta alterna es un siempre recorrer más.

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POESÍA

Sara Uribe

Registro #2 Hablábamos de cosas que caen de cosas que al caer se precipitan hacia el lenguaje. Hablábamos de piedras angulares y otros asuntos de la pertenencia. El verbo edificar. El verbo rebobinar. Hablábamos de los registros simultáneos. De nuestra escritura entre todas las otras escrituras. De entre todos nuestros cuerpos hablábamos del que duerme del lado derecho de la cama. De las constelaciones que tu mano dibujó sobre mi espalda. De asteroides y no besos y del macho cabrío de Goya. Hablábamos, sin duda del polvo y las yeguas que sucumben a los incendios. De habitar tu risa hablábamos como una casa o como una isla. Hablábamos de fundar un reino para producir el presente de este hilo narrativo. Hablábamos en femenino y en masculino. Los cuatro hablábamos sin saber qué decía quién.

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POESÍA

Sara Uribe

Ordenanza Lenguaje es cuerpo [inserte aquí la imagen del envío] [inserte aquí no la imagen, el cuerpo] [inserte no el cuerpo: las palabras que describen la imagen] [inserte las palabras que son también cuerpo] [inserte el cuerpo o la imagen del cuerpo] [inserte lo que el cuerpo le dice a través de la imagen que lo representa] [inserte aquí la representación del cuerpo] [inserte sin palabras y sin lenguaje al cuerpo] [inserte aquí la advocación, la invocación, el exvoto] [inserte aquí no el cuerpo: inserte aquí el cuerpo].

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POESÍA

Manuel Iris

Dos sonetos cercanos (Variaciones a partir de otro soneto de Quevedo)

¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura, huyó lo que era firme y solamente lo fugitivo permanece y dura!

Francisco de Quevedo, A Roma, sepultada en sus ruinas

1.

Del amor

En Ella buscas piel, ¡oh peregrino! y toda piel a su piel misma evade pues ya será, también Ella, saudade que beso a beso te marcó el camino.

Persisten hoy sus ojos como fuentes desembocando en tu memoria viva mientras se extienden al océano, puentes a una verdad que no se va, que esquiva

los fríos silencios de esta mar de antes de ti y de mí, de todos los que vamos dulcificando esa verdad punzante:

saber pretérito lo que aún amamos.

En Ella buscas piel, y entonces sabes que sólo es cierto el cuerpo que soñamos.

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Manuel Iris

POESÍA

2.

De amor y de poesía

En Ella buscas miel, ¡oh peregrino! y miel a su piel viva no equivale pues ya será, también Ella, saudade que verbo a verbo se tornó camino.

Tu canto sabe falso su destino: hacer eterno el fugitivo instante que se tendió su carne, que libaste la diástole y la sístole del vino.

Te duelen hoy sus ojos como fuentes: la eternidad se oculta en esas aguas de naufragado verbo, de torrentes

en los que van quedándose tus barcas. Sabes que nada puede lo que intentes por conservarla en un vocablo y callas.

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POESÍA

David N. Campos

Las cosas sin palabras Ser una palabra, esperar serla como el silencio espera a ser quebrado, roto. Cuándo habré de abrirme. Cuándo. Ola tras ola, la vida viene y se acerca a mí. El polvo flota entre los rayos de la luz lo respiro invisible, hay que respirar polvo para mantenerse en la tierra; seguir siendo pasos entre el detenimiento de las cosas. Voy a dejar mis dedos aquí, intactos, inservibles. A qué tanta premura. A qué la velocidad de las palabras. Dónde habita escondida la tierra que no pisaré. El temblor de la hoja, el murmullo inaudible de la presa antes de ser devorada. El terror habitando en los ojos de quien no sabe qué espera. Esto es solo el suspiro del viento artificial de las cosas, el aire inventado como herramienta y lo respiro inevitable como necesario.

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POESรA

David N. Campos

Pero esta falta de hรกlito no es mรกs que el exceso de las cosas sin palabras, se acercan a ser el alma del corazรณn unรกnime, como esa noche donde escribimos la muerte, el cuento, las ganas de abrazar otras palabras.

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ENSAYO

Graciela Ramos Domínguez

El día que se acabó el algodón En los veranos de mi infancia mis padres solían llevarnos, a mis hermanos y a mí, al mar. Nos vamos al mar, gritábamos los niños, entre algarabía y búsqueda de trajes de baño, al irnos a la Playa Washington o a Puerto Isabel, Texas. El viaje al mar del domingo 28 de julio de 1957 fue — en mi mundo infantil— el día en que se acabó el algodón. Viajábamos ese domingo de Reynosa a Matamoros. El radio hablaba del misterioso asesinato, dos días atrás, del presidente guatemalteco Coronel Castillo Armas y lo alternaba con noticias sobre el sismo de esa madrugada en la Ciudad de México. Dos trágicos hechos que me impresionaron menos que la conversación de mis papás; algunas palabras me eran desconocidas, yo aún no acababa la primaria: hablaron de desastre agrícola, dumping algodonero, plagas y corrupción. Y luego escuché: Se acabó el algodón. Como había pérdidas y deudas sólo quedó vender las tierras. El rancho El Rameño ya no era nuestro. Y ese día quedó grabado en mi mente infantil como tajante certeza del fin de un mundo personal, esencial y hermoso. Mis recuerdos de siempre fueron de algodón, así fue desde que pude razonar. Para Reynosa este cultivo significó un gran auge, una era de bonanza cuya culminación nadie en la región esperaba ni deseaba. Pero llegó. Y cuando se nos fue el algodón, algo de la paz y la armonía del pueblo se fueron con él. El algodón fue para los reynosenses de esa época sinónimo de provincia risueña. Fue cultivo redentor, noble donante de blancos campos mecidos por el aire de la tarde. Su producción proveyó a la región de progreso y movimiento porque, directa o indirectamente, todo mundo tenía que ver con el cultivo. Los propietarios de ranchos algodoneros, sus esposas, hijos e hijas en edad de trabajar en las vacaciones escolares, todos tenían algún desempeño en la labor o en los negocios con las compañías algodoneras o en la reciba o en los camiones de carga. Era tal el auge que trajeron gente de otros lares para trabajar los campos algodoneros, a familias

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ENSAYO

Graciela Ramos Domínguez

completas para la pizca del albo capullo, y aquí era jauja para los negocios. Restaurantes, cafés, oficios, profesionistas, tiendas de curiosidades para el turismo norteamericano, mueblerías, tiendas de ropa, zapaterías, ferreteras, madereras, anunciaban la Gran Venta del Algodón o la Liquidación de la Cosecha, pues con las pizcas había dinero para todos. Por eso llegaban los circos en julio y agosto, y además cada año teníamos las fiestas del verano, alegres bailes y verbenas para elegir a la Reina del Algodón. Desde meses antes los desfiles de carros alegóricos comenzaban, daban el rol por todo el pueblo, con música y algarabía de cláxones y magnavoz para anunciar las fiestas de coronación, y entonces las flamantes camionetas pick up de los agricultores desfilaban con sus pacas de algodón, circulaban despacio y los niños y las niñas teníamos permiso de subirnos en ellas y ser parte de la fiesta popular, cantando, saludando; cohetes lanzados por los que seguían el desfile, anunciando las Fiestas del Algodón y su gran baile amenizado por las orquestas más importantes de México. Las niñas aún con calcetas podíamos asistir y desde nuestra mesa veíamos bailar a las muchachas mayores con sus novios. El símbolo del algodón nos arropaba amorosamente, como pueblo cálido y bueno que éramos. Por esto, al saber que ya no habría más algodón, aquel domingo de verano del 57 yendo al mar, sentí tristeza. Y comencé a sentir nostalgia por la imagen de papá, de sombrero tejano, regresando del rancho en su pick up, trayéndome matitas de algodón con flor. Esto lo tengo muy claro. Curiosamente no tengo recuerdos del mar de aquel día. No pude comprenderlo entonces, pero parte de mi infancia estaba terminando. Era difícil aceptar que ahora el campo blanco bajo el sol del verano, el río Álamo de aguas transparentes y la represa, con su cascada de arcoíris, el arroyo claro con fondo de piedra lisa, lugar de mis juegos infantiles - el querido Rancho El Rameño-, ya no sería más nuestro; era difícil entender que aquel inmenso reflejo de sol blanqueando el horizonte -el maravilloso algodón- se nos había acabado.

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TRANVÍA R E V I S T A

L I T E R A R I A

Tranvía es una revista independiente. Las opiniones expresadas en esta publicación son exclusivas de sus autores. El contenido de esta revista puede distribuirse siempre que se otorgue el crédito a sus autores y a Tranvía.

revistatranvia@yahoo.com.mx @TranviaRL facebook/tranviasite tranviasite.wordpress.com Edición Alisma De León Social Media Abby García


Acerca de los autores Catalina Kühne Peimbert

(Ciudad de México, 1971).

Narradora. Ganadora en la categoría de ensayo en el certamen los “Reconocimientos de Lenguaje Ciudadano” entregados por la Secretaría de la Función Pública y la Red del Lenguaje Claro. A.C.. Primer lugar en el Segundo Concurso de Cuento realizado por el Museo de Arte Popular 2008 con el cuento “El mismo que viste y calza”. Ese mismo cuento fue publicado por Editorial CIDCLI y seleccionado en 2012 para las bibliotecas de aula de la SEP. En 2013 publicó el cuento “Iguanas, ranas” (Editorial CIDCLI) y “Al pie de la letra” (Editorial Colofón), ambos seleccionados por CONACULTA para coedición.

Hugo Servando Sánchez

(Chihuahua, 1978).

Poeta y narrador. Ha publicado el poemario Impureza en la editorial Chihuahua Arde Editoras y textos varios en diversas revistas locales como Solar, Artificios y Frontera de Ciudad Juárez. Ha sido invitado a diversos encuentros literarios, entre ellos al de “Verso Norte” organizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Forma parte del taller literario del poeta y traductor Enrique Servín Herrera y del taller de narrativa del escritor Roberto Ransom.

Carmen Alanís

(Monterrey, 1978).

Narradora. Ha trabajado en el área de libros y lectura en algunas instancias culturales. Promotora de lectura. Tallerista en temas de cultura escrita. Docente en áreas de literatura. Lectora en voz alta. Ha publicado en las revistas MiaUtopía, Variopinto, Snob y Barrio Antiguo.

Asenat Velázquez Jiménez

(Papantla, 1984).

Poeta y narradora. Radica en Reynosa desde hace 19 años. Ha participado en diferentes recintos con lectura de cuento y poesía. Acreedora en conjunto del Programa de Desarrollo Cultural Municipal 2004 – 2005 para la publicación del libro de poesía “Celebres Ocultos” editado en octubre 2005.

Sara Uribe

(Querétaro, Qro., 1978).

Poeta. Desde 1996 radica en Tamaulipas. Licenciada en Filosofía. Premio Regional de Poesía Carmen Alardín 2004, Premio Nacional de Poesía Tijuana 2005 y Premio Nacional de Poesía Clemente López Trujillo 2005. Becaria del FONCA, 2006-2007 y del PECDA, 2010 y 2013. Ha publicado: Lo que no imaginas (CONARTE, 2005); Palabras más palabras menos (IMAC, 2006); Nunca quise detener el tiempo (ITCA, 2008); Goliat (Letras de pasto verde, 2009); Magnitud –en coautoría con Marco Antonio Huerta– (Gusanos de la nada, 2012); Antígona González (Sur+, 2012) y Siam (FETA, 2012). Poemas suyos han aparecido en publicaciones periódicas y antologías de México, Perú, España, Canadá y Estados Unidos.

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Manuel Iris

(México, 1983).

Poeta. Premio Nacional de Poesía "Mérida" (2009). Autor de Cuaderno de los sueños (Tierra Adentro 2009) y coautor, junto con el poeta brasileño Floriano Martins, de Overnight Medley (ARC Edições 2014). Compilador de En la orilla del silencio, ensayos sobre Alí Chumacero (Tierra Adentro, 2012). Ha publicado poesía, ensayo y traducción en revistas como Tierra Adentro (México), Casa de las américas (Cuba), Sibila (España) o Mapocho (Chile). Es licenciado en Literatura latinoamericana por al UADY, con maestría en Literatura hispanoamericana por la Universidad Estatal de Nuevo México (EEUU). Doctor en lenguas romances por la Universidad de Cincinnati (EEUU). e-mail: manueliris65@gmail.com

David N. Campos

(Reynosa, 1980)

Narrador, poeta y editor. Becario del Taller Literario La Cueva con el escritor peruano Ricardo Sumalavia. Es Editor Adjunto desde el 2010 en la revista cultural en línea Sub-Urbano y de SubUrbano Ediciones. En 2013, impartió el Taller de Iniciación a la Literatura Ciudad Bazar para el Instituto Reynosense para la Cultura y las Artes (IRCA). Tiene una columna de poesía llamada Saudade en Sub-Urbano y el blog Una manifestación de personalidades.

Graciela Ramos Domínguez

(Reynosa, 1946).

Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.

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TRANVÍA R E V I S T A

L I T E R A R I A

Tranvía 2 Marzo - Saudade  

Año 1. Marzo 2014. Número 2. "Saudade"

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