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Publicación: El desarrollo de estrategias de trabajo con hombres que usan violencia contra las mujeres en sus relaciones íntimas. El caso de los países de Europa del Sur: ¿Por qué y cómo?

Editado por: ITD (http://www.e-itd.com) Bajo el apoyo de: Programa Daphne II - Comisión Europea en el marco del proyecto “Developping strategies with men using violence in intimate relationships” Líder de proyecto: Ayuntamiento de Bolonia Partners internacionales: CasaDona (Bolonia) ATV (Oslo) DIMITRA y AEDA (Atenas) ITD (Barcelona) Diseño y maquetación: Tarantela

Imagen de portada basada en: ‘Grandparents again.’ Autor: Rocket Ship. Creative Commons Attribution 2.5 License www.flickr.com/photos/77343377@N00/472036430

Impresión: Comgrafic, Barcelona. (http://www.comgrafic.com)

Links: Información en vídeo http://www.youtube.com/watch?v=n8ZhNmvD4BE&feature=channel_page Web institucional http://www.muviproject.eu/


ÍNDICE PARTE 1 CENTROS Y PROGRAMAS PARA HOMBRES QUE USAN VIOLENCIA EN LAS RELACIONES ÍNTIMAS. 01. Desarrollar estrategias de intervención para hombres que utilizan violencia contra las mujeres en las relaciones íntimas. G. Creazzo 02. La violencia esa responsabilidad del hombre. El tratamiento de los hombres que usan violencia contra sus parejas como medida contra la violencia hacia la pareja íntima. ATV PARTE 2 ACCIÓN DE INVESTIGACIÓN EN TRES ÁREAS URBANAS. 03. Introducción. G. Creazzo 04. El caso italiano: Bolonia. G. Creazzo 05. El caso español: Barcelona. Ricardo Rodríguez Luna 06. El caso griego: Atenas. Maria Zissaki, Eftathia Chatzi y Kostantina Tsamourtzi


07. La invisibilidad de los hombres que usan violencia contra las mujeres en las relaciones íntimas. Conclusiones. G. Creazzo 08. La violencia masculina contra las (ex) parejas. Las evaluaciones y los desarrollos futuros. Letizia Bianchi PARTE 3 LA VIOLENCIA EN LAS RELACIONES ÍNTIMAS: LA RESPONSABILIDAD MASCULINA. 09. Nuevas estrategias y viejos obstáculos en la lucha contra la violencia machista. Rubén Sánchez 10. Algunas reflexiones sobre los programas de intervención con hombres que utilizan la violencia contra sus parejas. Beatriu Masià. Grup Tamaia dones contra la violència 11. La responsabilidad masculina por la violencia contra la (ex) pareja. Ricardo Rodríguez Luna 12. “Masculinidades” despsicologizadas: posiciones y prácticas discursivas. Teresa Cabruja Ubach .


PARTE 1. CENTROS Y PROGRAMAS PARA HOMBRES QUE USAN VIOLENCIA EN LAS RELACIONES ÍNTIMAS.


001. Desarrollar estrategias de intervenci贸n para hombres que utilizan violencia contra las mujeres en las relaciones 铆ntimas. Giuditta Creazzo


001. DESARROLAR ESTRATEGIAS DE INTERVENCIÓN PARA HOMBRES QUE UTILIZAN VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES EN LAS RELACIONES ÍNTIMAS. Giuditta Creazzo 1.1 VIOLENCIAS EN LAS RELACIONES ÍNTIMAS. Las violencias masculinas atormentan a millones de mujeres de todas las edades a nivel global: niñas, adolescentes, muchachas, mujeres adultas y ancianas, y fetos femeninos en los vientres de las madres. Las modalidades y los comportamientos que integran el fenómeno son muy diferentes y varían -en parte- de acuerdo con los países: desde las mutaciones genitales a los abortos selectivos; desde los homicidios por causa de honor al uso del ácido contra quien rechaza un cortejo o un matrimonio o está imposibilitado de pagar una dote; desde el tráfico y prostitución forzada de mujeres y niñas/os a los estupros y a las violaciones físicas, económicas, y psicológicas por parte de familiares y/o por parte de parejas o ex parejas; a las molestias y a los chantajes sexuales en el lugar de trabajo (Danna, 2007; Watts y Zimmermam, 2002).

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Son violencias definidas por la ONU, la OMS y por otros organismos internacionales como violencias basadas en el género (gender-basedviolence), es decir violencias a las mujeres como mujeres (madres, esposas, compañeras, hermanas, hijas) que encuentran sus raíces en sistemas sociales y culturales fuertemente marcados por representaciones y percepciones de lo femenino como subalterno y/o antagonista y de las ventajas (o legitimidad social) para los hombres del uso de la violencia como fuente para afrontar conflictos o inconvenientes (UN, 1992; 1993).1 1 Ver WHO http://www.who.int/gender/violence/en/


A nivel global, el problema de la violencia masculina más común para las mujeres es el que se verifica en las relaciones íntimas (UN, 2006: 37). Con “violencia masculina contra las mujeres en las relaciones íntimas” se entiende la violencia que es ejercida por parte de parejas o ex parejas; o sea, dentro de una relación amorosa/sexual, cualquiera que sea el nivel de intensidad y haciendo a un lado la convivencia. Al respecto de otras definiciones, como por ejemplo aquella de violencia doméstica, ésta tiene la ventaja de indicar de manera directa el contexto de la violencia, connotado más que por el lugar físico, por la especificación de las relaciones entre autor y víctima. En la literatura científica internacional, el ejercicio del poder y de control se considera con frecuencia como un elemento constitutivo de las violencias que suceden en las relaciones íntimas (ver WHO, 2005; UN, 2006). Así, por ejemplo, en un trabajo reciente sobre las intervenciones realizadas a los hombres, Feder y otros definen la violencia en las relaciones íntimas como “el ejercicio de poder sobre la pareja o ex pareja dirigido a hacerles daño, o el ejercicio de control que producirá un daño inmediato o que se puede repetir en el tiempo” (2008). En la misma dirección, Dobash y otros definen la violencia doméstica como “el ejercicio sistemático de violencia dirigido a herir, intimidar, aterrorizar y tratar brutalmente”. De acuerdo con estos autores, la cachetada o los golpes que las parejas se dan a veces recíprocamente dentro de una pareja, si bien son desagradables, no constituyen un “problema social”, porque no están acompañadas por miedo, intimidación, control, intensificación de violencia y altos niveles de lesividad (Dobash, Dobash, Lewis, Cavanagh 2000: 4; 2005). Un académico estadounidense, Michael Johnson, distingue las violencias que suceden en una relación íntima en terrorismo íntimo (intimate terrorism), antes “terrorismo patriarcal” (patriarchal terrorism); y en “violencia situacional en la pareja” (situational couple violence). La primera se caracteriza por el ejercicio de poder y de control de una pareja

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(generalmente hombre) sobre el otro (generalmente mujer) – o por aquellas violencias psicológicas y económicas miradas a disminuir, degradar, aislar, chantajear y someter a la pareja, con acciones tales como insultos, celos, control estricto de los gastos y de los movimientos cotidianos, amenazas de violencia, etc. –todo esto acompañado por violencia física y sexual, como puñetazos, patadas, cachetadas, empujones, obligación a una relación sexual, a actos sexuales humillantes, etc.. La segunda de estas violencias se distingue por la presencia de comportamientos violentos, con frecuencia recíprocos y también repetidos en el tiempo, que se presentan como modalidad de resolución de situaciones contingentes de conflicto o de una particular tensión en la pareja (Johnson, 2006; 1995). Existe concordancia entre los autores citados y en buena parte de la literatura científica internacional en asignar la máxima gravedad y relevancia al fenómeno de la violencia que se verifica en un contexto de ejercicio de poder y de control, y en sostener que se trata de violencia basada en el género, o para precisar violaciones ejercidas por una gran mayoría por hombres contra sus parejas o ex-parejas.2 La invitación de Johnson a

operadores y operadoras que trabajan en la asistencia (servicios sociales o sanitarios, Fuerza policial, Asistencia Pública, centros antiviolencia) es de partir siempre del supuesto que cualquier violencia que se verifica en una pareja es un caso de terrorismo íntimo (intimate terrorism), de modo de evitar el riesgo de subvaluar o minimizar las situaciones de violencia con las cuales se da y por lo tanto poner en más grave peligro a quien es víctima. Las violencias por las cuales las mujeres solicitan ayuda a agencias

2 Sobre este punto no todos concuerdan. Existe un amargo debate de interés sobretodo para la producción científica (pero no solo científica) norteamericana, que ve contrapuestos los/las académicos/as que hacen referencia a la escuela de la family violence studiosi/ (Strauss, Gelles fueron pioneros) y otros (ej. Dutton, Archer) a los académcios y a las académicas feministas o pro feministas mencionadas. Para un amálisis crítico de las posiciones de aquellos que critican el enfoque de la “gendered violence” ver Romito Patrizia, Un silencio ensordecedor. La violencia occulta sobre mujeres y menoresi. Franco Angeli, Milán 2006.

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externas son, en gran mayoría, violencias que entran en la definición de violencia doméstica o terrorismo íntimo, en tanto que las violencias que son reveladas por las investigaciones epidemiológicas comprenden a ambas (Johnson, 2007). Las violencias que se verifican en una relación íntima pueden, por lo tanto, manifestarse con diferentes modalidades: violencias físicas (cachetadas, puñetazos, puntapiés, agresiones con un arma y homicidios); violencias sexuales (relaciones sexuales no queridas, actos sexuales humillantes); violencias psicológicas y económicas (insultos, control, chantajes, amenazas, humillaciones, control del salario, de las adquisiciones, etc.); modalidades que con frecuencia coexisten y tienden a repetirse en el tiempo, pero que a veces se pueden presentar aisladamente (la literatura es vasta; ver Dobash, 1992; ISTAT 2007; Walby y Allen, 2004; Creazzo, 2003, 2008). Dobash y Dobash remarcan que para comprender una situación de violencia es necesario conocer el contexto y las intenciones de quien la lleva a cabo, así como las consecuencias y el significado que el ejercicio de la violencia tiene para los agresores y las víctimas. Finalmente, es necesario situar el ejercicio interpersonal de la violencia en las relaciones íntimas al interior de un contexto más amplio, que considere la diferente posición de hombres y mujeres a nivel histórico, social y cultural, y el sistema de privilegios del cual, hasta la fecha, los hombres gozan al interior de la familia (Dobash, 2004; Hanmer 2000; ver Capítulo 2). Existen numerosas encuestas y reseñas de estudios que comprueban la difusión y la gravedad de las violencias masculinas contra las mujeres en las relaciones íntimas, a nivel global. La complejidad del fenómeno y la variedad de métodos y definiciones de violencia utilizados en las encuestas a nivel europeo e internacional no permiten comparaciones fáciles. Del análisis de los resultados de las investigaciones realizadas en muestras representativas de población femenina en Gran Bretaña, Finlandia, Alemania, Suiza, los Países Bajos, el CAHRV3 (un grupo 3 Co-ordination Action on Human Rights Violations (CAHRV) financiado por la Comisión

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de expertos/as constituidos a nivel europeo, que ha llevado a cabo un trabajo de meta-análisis de las encuestas conducidas en Europa sobre las violencias interpersonales y en particular sobre las violencias contra las mujeres) señala que del 20% al 30% de las mujeres han sufrido al menos un acto de violencia física y/o sexual en el transcurso de su vida, a mano de una pareja o ex-pareja. Considerando encuestas realizadas también en otros países (13 en total)4, el porcentaje de violencias físicas y o sexuales sufridas varía del 4% al 30%; mientras que la violencia psicológica sufrida por parejas o ex-parejas en el curso de la vida varía del 19% al 42% (CAHRV, 2006: 10-11). De un estudio transversal del 2005 de la Organización Mundial de la Salud, realizado a una muestra representativa de 24 000 mujeres, en 10 países (ciudades y zonas rurales)5, resulta que entre el 69% (Perú, zona rural) y el 15% (Japón, ciudad) de las mujeres han sufrido al menos una violencia física o sexual por parte de una pareja o ex-pareja, en el transcurso de la vida. Las violencias físicas graves (golpeada a puñetazos, puntapiés, arrastrada, amenazada con un arma o golpeada con un arma) fueron sufridas por un mínimo del 4% de las mujeres en Japón, hasta un máximo del 49% en Perú; en la mayor parte de los países, los porcentajes varían del 13% al 26%. Las violencias psicológicas (aislamiento, celos, querer saber siempre dónde se encuentra, insultos y humillaciones, amenazas e intimidaciones, etc.) son sufridas por un mínimo del 21% (Japón) hasta un máximo del 90% (República de Tanzania) de las mujeres (OMS –Organización Mundial de la Salud-, 2005: 4, 9). En Estados Unidos, el porcentaje de mujeres que sufre violencia física o sexual es igual al 24,8% (Tjaden y Thoen, 2000). La Organización Mundial de la Salud considera a las violaciones masculinas en las relaciones íntimas como una causa importante de

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Europea (European Commission), 6th Framework Programme, Project No. 506348. 4 Los países involucrados fueron: Inglaterra y Gales, Alemania, Holanda, Islandia, Lituania, Portugal, Rusia, España, Suecia y Suiza (ver CAHRV 2006: 10). 5 Los países son: Bngladesh, Brasil, Etiopía, Japón, Perú, Namibia,Samoa (Oceanía), Serbia y Montenegro, Tailandia, y la República Unidad de Tanzania..


muerte y de discapacidad para las mujeres y, por lo tanto, como una prioridad de salud pública. Las consecuencias físicas más difundidas comprenden problemas ginecológicos (enfermedades de trasmisión sexual, infecciones vaginales, irritaciones genitales, dolores pélvicos de carácter crónico, e infecciones urinarias) que resultan ser tres veces más frecuentes entre aquellas mujeres que sufren violencia (Campbel, 2002); problemas gastrointestinales; dolores crónicos (dolor de cabeza, dolor de espalda, etc.); y problemas cardiovasculares. Las consecuencias psicológicas comprenden depresión, ideas de suicidio, baja autoestima, consecuencias post-traumáticas del estrés. En los países industrializados, las mujeres que sufren violencia por parte de sus parejas o ex-parejas tienen 15 veces más probabilidad que las demás de abusar de sustancias alcohólicas y 9 veces más de abusar de drogas (Golding, 2002). Alrededor del 50% de aquellas que sufren violencias físicas graves tiene necesidad de tratamientos médicos para lesiones tales como huesos rotos y fracturas (Richardson J, Coid J, Petruckevitch A, Chung WS, Moorey S, Feder G., 2002). Finalmente, el Consejo de Europa ha estimado que el 70% de los homicidios femeninos suceden por obra de parejas o ex-parejas (Merzagora Betsos, 2008:20-21)

1.2 PROGRAMAS DE INTERVENCIÓN PARA HOMBRES QUE USAN VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES EN LAS RELACIONES ÍNTIMAS. Las estrategias y las políticas de intervención más difundidas a nivel internacional se han dirigido sobre todo a las mujeres y a los niños/as que son víctimas de violencia, y han surgido históricamente de la dedicación y de la fuerza creativa del movimiento político de las mujeres. Las Casasrefugio y los centros antiviolencia gestados por grupos de mujeres son, de hecho a la fecha, la respuesta específica más importante al problema, que requiere políticas públicas de intervenciones apropiadas y respuestas integradas por parte de todas las agencias presentes en un territorio dado.

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Diversos son los estados que han organizado planes de acción a nivel nacional (entre otros, Noruega, España, Inglaterra, Francia, Irlanda, y Alemania).6 El tema de qué hacer con los hombres que utilizan la violencia contra las mujeres en las relaciones íntimas se ha difundido en tiempos relativamente recientes. Sin embargo, el primer centro dirigido a los hombres se origina en Estados Unidos al final de los años de 1970 (ver Capítulo 2). La acción fue emprendida en 1977 por parte un grupo de hombres, sensibilizados con el problema del maltrato doméstico y a partir de los contactos con algunas mujeres de Boston, activas en el servicio de apoyo y de ayuda a las mujeres maltratadas. EMERGE es las primera organización en el mundo que se ocupa de manera exclusiva de hombres que usan violencia, ofreciendo un programa de intervención para hombres abusadores, con el fin de detener el uso de la violencia (Adams, 1988; Edleson y Tolman, 1992: 53-54). EMERGE nace como colectivo de hombres, con el objetivo de dar apoyo a los grupos feministas. El colectivo participa en las iniciativas públicas promovidas por las mujeres, no compite con sus proyectos para la adquisición de fondos y actúa para mejorar la respuesta de muchas instituciones al problema del maltrato doméstico (Mullender, 1996; Hague y Malos 1993; Dobash y Dobash 1992). En un periodo de pocos años, nacen centenares de iniciativas similares en toda Norte América. La difusión de la experiencia diversifica los enfoques y las modalidades de intervención adoptadas. Cerca ya de la mitad de los años de la década de 1980, en Estados Unidos ya no sólo grupos de hombres se ocupan del tema, sino también profesionales como psicólogos clínicos, asistentes sociales y otros operadores sociales. Se instituyen grupos de tratamiento para hombres violentos contra sus propias parejas al interior de Centros de Salud Mental o de Servicios para las familias, otros nacen por iniciativas de las Casas-refugio para mujeres maltratadas. El primer programa ligado directamente con la intervención de la justicia penal se desarrolla en el Estado de Nueva York al inicio de los años 80, y se difunde rápidamente también en otras áreas, gracias a la implementación de políticas criminales

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6 http://www.antiviolenzadonna.it/index.php?page=menu_servizio/documenti/normativa


a favor del arresto en caso de violencia doméstica (Edleson y Tolman, 1992). Actualmente, estos programas de intervención, concebidos como intervenciones de comunidad; es decir, fuera de la institución carcelaria o de otra institución total, representan estrategias dirigidas a hombres que utilizan la violencia contra las mujeres en las relaciones íntimas mayoritariamente difundidas en los países del área occidental. Aquello que se deba entender como “programa”, es decir, cualesquiera sean los elementos mínimos, necesarios y suficientes, de manera que se pueda hablar con fundamentos de “programa de intervención” dirigidos a hombres que usan la violencia, es una cuestión abierta y debatida (Gondolf, 2004); también porque a partir de esta definición depende la posibilidad de acceso a las fuentes de financiamiento. En los países en donde estas iniciativas han hallado mayor difusión, como en Gran Bretaña, se han elaborado los “estándares” que definen los requisitos necesarios para poder obtener una acreditación, que sea también reconocida a nivel institucional (RESPECT, 2008).7 Como se lee en el sitio Web de “Trabajando con Perpetradores de Violencia Doméstica” (Working With Perpetrators of domestic violence) (DWPP 2006-2008), los estándares son necesarios para asegurar la calidad del trabajo con los hombres y, especialmente, para que la seguridad de las victimas sea la prioridad de los proyectos, de manera que el trabajo con los hombres violentos no ponga en peligro a las parejas y a los hijos/as involucrados. El proyecto Daphne europeo ha producido las Pautas dirigidas a quien gestiona o desea abrir un programa dirigido a los hombres (DVPP, 2008).8 7 En los Estados Unidos y en Canadá los standards de intervención o las pautas fueron elaboradas a partir de la mitad de los años ’80 (Rothman y al., 2003: 4). 8 Los standards establecidos por RESPECT, que tiene sede en Londres, son consultables en el sitio http://www.respect.uk.net/data/files/old_site/Standard%20030608A4%20 FINAL%20WITH%20GUIDANCE.pdf Cfr. El documento Guidelines to develop standards for programmes working with male perpetrators of domestic violence, consultable en el sitio de WWP, http://www.work-with-perpetrators.eu/en/guidelines. El proyecto ha realizado además una encuesta en 28 países europeos con el fin de verificar la difusión de los programas y sus características. Fueron individuados en su totalidad 693 programas. En seis estados faltan completamente: Italia, República Checa, Grecia, Hungría, Letonia, Eslo-

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1.3 LAS CARACTERÍSTICAS PRINCIPALES. Pero, ¿qué es un programa para hombres que usan violencia en las relaciones íntimas? (ver Merzagora, 2009). No obstante que también existen programas que se dirigen a la pareja violenta con la intención de preservar la pareja (Rothman et al,. 2003), la línea distintiva de un programa es el hecho de operar con el fin de hacer que cese el comportamiento masculino violento. Las características principales se desarrollan en torno a las siguientes áreas temáticas: los mecanismos de participación; los criterios de aceptación/rechazo; las modalidades de entrada; las modalidades de trabajo, y el contenido concreto de las sesiones; las orientaciones teóricas; la definición de violencia utilizada; la duración; la asunción del problema de la seguridad de las parejas mujeres, y la presencia o no de un programa paralelo dirigido a ellas; la cuestión étnica y de la clase social; el nivel de coordinación con las intervenciones de otras agencias; y la evaluación. La participación. Existe una diferencia de fondo en las modalidades de acceso a los programas, relativa a la presencia o no de un cierto nivel de coacción ligado con la intervención del Sistema Penal. La participación puede ser de hecho voluntaria, y por ello depender exclusivamente de la espontánea decisión de contactar un centro (que gestione un programa) y luego de formar parte; u obligatoria, es decir, depender de una elección condicionada del hombre que ha usado violencia (en alternativa a la detención) ya

reconocido culpable de una acción delictiva y, por lo tanto, de frente a lo impuesto por un juez de optar por la alternativa entre la detención o una sanción prevista por el Código Penal y la adhesión a tal programa reeducativo o de tratamiento. En líneas generales, la participación voluntaria asume garantizar, por lo tanto, una mayor autenticidad de motivación y una amplia presencia de sujetos pertenecientes a diferentes clases sociales, no siendo condicionada a la acción selectiva del sistema

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vaquia. En Inglaterra y Gales se censaron 450.


penal. No obstante, según algunos, esto puede suponer un porcentaje más alto de abandono del programa mismo “in itinere” (drop out). La participación obligatoria, dependiendo de la orden de un juez, garantiza una mayor continuidad de participación. Aparte de recoger sólo al grupo de personas a tratarse seleccionadas por el Sistema Penal, ésta se apoya en el supuesto que sea previsto, o por lo menos desde el punto de vista jurídico, la participación en tales programas como medida alternativa a la pena o como condición para su suspensión. Los criterios de aceptación. Los criterios de selección de la concurrencia pueden ser diversos. Generalmente se considera como una condición mínima de participación el hecho de que un sujeto reconozca haber cometido violencia contra la propia pareja y que demuestre un cierto grado de motivación al cambio. En algunos casos, se requiere también la abstención del uso de drogas o de alcohol y/o de suspender la convivencia durante el transcurso del programa. La existencia o no de estas condiciones se evalúa durante el curso de una entrevista, generalmente individual, que toma lugar antes del inicio de un programa. Las modalidades de trabajo. El trabajo en equipo es indicado por muchos autores como un instrumento de cambio clave para los hombres que usan violencia en las relaciones íntimas, preferible a aquel de base individual. No obstante, algunos centros (ver Capítulo 2) prefieren usar ambas modalidades, a modo de garantizar flexibilidad en las intervenciones. Los grupos pueden ser cerrados o abiertos, dependiendo de si es posible o no agregar nuevas personas durante el desarrollo del programa. En el primer caso, alcanzado un cierto número de participantes, el programa se inicia y nadie puede ya entrar; en el segundo, dado un mínimo y un máximo de participantes, en cualquier momento pueden ser introducidas nuevas personas. Las desventajas de la primera opción se han identificado en el hecho que ésta puede suponer largos periodos de espera, en caso que el número de operadores sea limitado.

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Las definiciones de violencia utilizadas. Las definiciones de violencia doméstica utilizadas en los programas son muy importantes, ya que de esto depende su radio de acción. Cuanto más amplia sea la definición, y comprenda, junto con la violencia física, violencias psicológicas, sexuales y económicas, tanto más los/las operadores/ as tenderán a hacer trabajar a sus pacientes en un amplio espectro de comportamientos. Un ejemplo de definición amplia de violencia doméstica es representado por la Rueda del poder y del control elaborada por el Proyecto de Intervención sobre la Violencia Doméstica (Domestic Violence Intervention Project) de Duluth (y utilizada en muchos otros países), que comprende, además de las violencias físicas y sexuales, formas de amenaza, de chantaje, de limitaciones de la libertad de movimiento, la utilización de hijos/as para controlar a la pareja, el control del salario o de otros medios de sustento económico, etc. (ver Shepard y Pence, 1999: 275). Los enfoques teóricos. Los enfoques teóricos más difundidos han sido individualizados en los enfoques psico-dinámico; cognitivo comportamental, interaccionista sistémico y pro-feminista (Mullender, 1996; Hague y Malos, 1993; Dobash y Dobash 1992; Adams, 1988). El enfoque pro-feminista o socio-político se basa en la necesidad de considerar la violencia en las relaciones íntimas como un fenómeno social que tiene sus raíces en las disparidades de

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poder existentes entre hombres y mujeres en nuestras sociedades, y que considera los comportamientos violentos individuales como acciones que los hombres intencional y funcionalmente usan para estabilizar y mantener una posición de control al interior de la relación. El enfoque psico-dinámico o intra-psíquico sostiene la necesidad de trabajar sobre el pasado para modificar el presente representado por el comportamiento violento, que se asume como síntoma de un malestar subjetivo. El enfoque cognitivo comportamental (o behoviourista) focaliza la atención en la necesidad de modificar aquellas conductas que son definidas como “distorsiones cognitivas” (por ejemplo, el hecho de que un hombre sostenga que es legítimo golpear a la esposa porque la comida no estaba lista a la hora


establecida, o porque gastó más de cuanto debía para administrar la familia), con el fin de modificar las emociones y, por ende, los comportamientos. El enfoque interactivo o sistémico, que deriva de la escuela sistémica y de la terapia familiar, tiende a considerar a la pareja como una unidad inseparable y a la violencia como un problema interpersonal respecto al cual incluso la responsabilidad del evento violento es común. Los enfoques utilizados concretamente en los programas individuales resultan a menudo mixtos, es decir, una combinación de aquellos indicados. Aquel pro-feminista, no obstante, más que un modelo separado, se considera mejor como constituyente de un conjunto de principios y de referencias sobre los cuales se pueden inspirar métodos de intervención diferentes entre sí (Mullender, 1996). Sin embargo, quien con más frecuencia a éste hace referencia, utiliza metodologías de intervención de carácter cognitivo comportamental. Las críticas contra el enfoque psico-dinámico, entendido en sentido tradicional, evidencian que éste tiende a restar relevancia a la violencia, considerándola como un síntoma de malestares en las experiencias infantiles, y a no dar importancia al género y, por ende, a una lectura socio-política del fenómeno. El riesgo más relevante de este enfoque es representado por el hecho de no requerir a los hombres asumir responsabilidad respecto a la violencia ejercida y de no preocuparse del hecho de que, durante la terapia, la violencia pueda continuar, en nombre del principio de la alianza terapéutica (Mullender, 1996; Hague y Malos 1993). Del enfoque cognitivo comportamental se ha criticado el hecho de que éste puede resolverse en un aprendizaje superficial de técnicas y, por ello, no producir un cambio real. Los programas de manejo de la ira (anger management); por ejemplo, de control de la agresividad, tienden a tratar de la misma manera a la violencia que se verifica en un bar a aquella que sucede dentro la casa, y reducen el problema a una cuestión de control de los impulsos, sin considerar que la violencia doméstica representa un fenómeno específico y connotado, un ejercicio intencional de poder y de control, ligado con razones no solamente individuales,

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sino también histórico-sociales (Mullender 1996; Westmarland y Hester 2007). El enfoque interaccionista o sistémico ha sido criticado porque no considera seriamente el hecho de que la violencia física y sexual, sobre todo la violencia física grave, sea ejercida casi siempre por hombres hacia las mujeres, y disminuye la necesidad de pedir cuentas a los hombres de la violencia que llevan a cabo. Además, minimiza el hecho de que a menudo un delito se ha cometido y considera a la víctima tan responsable como al agresor. Finalmente, es posible que en el curso de la terapia de pareja, el método coherente con este enfoque, la mujer corra riesgos de sufrir ulteriores violencias, siendo invitada a expresar libremente sus sentimientos y sus insatisfacciones relacionales frente al hombre (Edleson y Tolma 1992; Hague y Malos 1993; Barnish 2004, citado en Federe y otros, 2009; Romito 2006 ). El enfoque pro-feminista, como se ha indicado, se expresa en una lectura de género de la violencia, y los programas que en éste se inspiran tienden a privilegiar el trabajo de grupo y un enfoque de carácter cognitivo comportamental o behaviourista y consideran necesario, sobre todo, poner en discusión los comportamientos violentos masculinos y los estereotipos relativos a los roles de género. Una de las críticas contra este enfoque consiste en sostener que la utilización de técnicas de “poner en discusión” aleje a los hombres de los programas y, por ende, sea una de las causas más importantes del alto porcentaje del abandono del tratamiento (drop out) que lo caracterizan (ver Capítulo 2).

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En los países anglo-estadounidenses y a nivel internacional, la mayoría de los programas tiene como referencia el feminismo (Rothman et al., 2003) y en particular el modelo desarrollado por Duluth (Minnesota), que hace uso de técnicas cognitivo-comportamentales (psico-educativas). Se trata de un modelo definido por algunos como de “proyecto de intervención comunitaria” (community intervention project), bajo la necesidad de considerar a la violencia doméstica como un crimen respecto al cual se adoptan sanciones alternativas; de integrar las respuestas que diferentes


sujetos dan y/o son llamados a dar al problema; y finalmente de dar un seguimiento a la actividad de las agencias institucionales competentes, primeras entre todas aquellas del sistema de Justicia penal (Shepard y Pence, 1999; para un reseña de los programas más interesantes a nivel internacional, ver Merzagora, 2008). Los contenidos de los programas. Los contenidos concretos de los programas, es decir, los temas desarrollados en las sesiones individuales, varían dependiendo del enfoque adoptado. Los programas más difundidos con un enfoque psicoeducativo generalmente afrontan el problema del uso de la violencia; los ejercicios de poder y de control por parte del hombre al interior de la pareja; la cuestión del género y, por ello, los comportamientos y las actitudes sexistas; las estrategias de minimización, de negación o de la proyección de la culpa en la pareja; la violencia sexual o psicológica; y el contexto social de la violencia masculina. Las fases de desarrollo de un programa pueden comprender: la adquisición de una mayor conciencia de sí; la puesta en discusión de actitudes, comportamientos y valores; el aprendizaje de nuevas modalidades de comportamientos no violentos; el monitoreo o seguimiento de los resultados (CHANGE, Escocia). Una de las diferencias más significativas entre los programas, considera la previsión o no de una fase en la cual se afrontan los lazos entre la historia personal del sujeto y el ejercicio actual de la violencia (ver Capítulo 2). Generalmente, los programas con un enfoque psico-educativo no la prevén. La duración y la frecuencia. La duración de un programa puede ser establecida en modo fijo o flexible En este último caso, ésta depende de los progresos realizados en el curso del tratamiento. Los programas que se desarrollan a través del trabajo de grupo con un enfoque psico-educativo suponen, normalmente, una o dos reuniones a la semana y pueden tener una duración variable de 6 a 52 semanas. Con base en los resultados de algunas investigaciones estadounidenses, los programas más largos de intervención no resultan más eficaces que aquellos a breve término (Edleson y Tolman, 1992;

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Gondolf 2004). Para una crítica de modalidades estandarizadas de intervención, ver Capítulo 2. El problema de la seguridad de las mujeres y de los niños/as. Un aspecto importante de los programas está representado por la asunción o no del objetivo de la seguridad de la pareja mujer. Se trata de un punto crucial, que se considera como tal generalmente cuando el enfoque adoptado es pro- feminista. La consideración del problema de la seguridad puede conducir a elecciones diversas, que pueden comprender el contacto inmediato con la mujer (pareja), de carácter informativo o de precaución (dirigido a hacerles conocer los contenidos del programa, a discutir sus expectativas a favor de la participación de la pareja en el programa mismo, o las posibles manipulaciones de los mensajes por parte del paciente); el seguimiento o monitoreo de los comportamientos masculinos, a través de encuentros sucesivos con la pareja; la predisposición de un proyecto específico, paralelo o coordinado de intervención dirigido a dar ayuda y apoyo a las mujeres, o la gestión del problema en contacto con un Centro Antiviolencia o una Casa-refugio ya activa en el territorio. En algunos casos, el tema de la seguridad se afronta directamente en un contacto que el paciente subscribe, y en el cual se compromete a no usar violencia durante la participación en el programa y acepta el hecho de que sus narraciones no permanecerán reservadas. En Gran Bretaña, la gran mayoría de los programas asume el objetivo de la seguridad de la pareja como prioritario y dispone servicios de ayuda y de apoyo para las mujeres (RESPECT, 2008).

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La pertenencia étnica y la clase social. Varios autores han observado que pertenecer a grupos étnicos o raciales y/o clases sociales diferentes, comprende un modo diferente de percibir, interpretar y justificar el uso de la violencia y las diferencias sustanciales en la manera de experimentar el contacto con la Justicia Penal y con los servicios sociales (Edleson y Tolman 1992; Gondolf 1997). Ellos sugieren, por lo tanto, que los programas de intervención que no tienen en cuenta estas variables no están en condiciones de poner en discusión y de tratar


adecuadamente a sujetos que pertenecen a minorías raciales, culturales, o simplemente a diferentes clases sociales. El trabajo en red. Un programa para hombres que usan violencia doméstica, puede ser gestado por diferentes agencias: asociaciones independientes, servicios sociales, Centros para las familias, Probation, etc. A veces, la gestión es compartida por un conjunto de diferentes agencias. La experiencia de las Casas de las mujeres y de los Centros Antiviolencia ha demostrado que la importancia de trabajar en contacto con otras agencias presentes en el territorio no sólo concierne al buen funcionamiento del Centro mismo, que debe ser conocido, sino sobre todo al hecho de que el problema de la violencia doméstica es complejo y requiere la intervención de más sujetos y agencias. Sujetos clave del trabajo en red son: las Casas Refugio y los Centros Antiviolencia, la Fuerza Policial, los jueces y los abogados, los Servicios sociales y sanitarios, los Centros Médicos, y las escuelas. El tipo de colaboración a establecerse con estos sujetos puede variar entre recibir y hacer envíos; dar y recibir sugerencias, información y apoyo, hasta consultorías para casos individuales; desde el desarrollo de verdaderos programas de formación dirigidos al personal de los sujetos indicados, hasta la organización de iniciativas públicas de debate y discusión. En líneas generales, cuanto más la prospectiva de un proyecto se

aproxima a una perspectiva de cambio social en términos generales, tanto más se diversifican las actividades del proyecto mismo, cubriendo otras áreas además de aquella de la intervención. La evaluación. La eficacia de los programas representa una de las cuestiones mayormente discutidas en la bibliografía y su evaluación es una cuestión muy compleja y controvertida, así como lo son sus resultados (ver Capítulo 2). Un aspecto importante de la eficacia concierne al porcentaje de abandono de los programas (drops out), es decir, el número de aquellos que no llegan al final. Esto representa la primera verificación de la posibilidad

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que un proyecto sea eficaz. Los porcentajes de abandono evidenciados en Estados Unidos son altos y varían del 40% al 60%, en los primeros 3 meses del programa (Gondolf 1997a; Dobash y otros. 2000). El abandono pude depender de la falta de motivación para continuar, del hecho de haber usado violencia, pero también de problemas contingentes, como la falta de pago de una cuota. Frecuentemente, los hombres toman parte en un programa por motivos “externos”, tales como la amenaza de abandono o de denuncia por parte de la pareja y, cuando el objetivo contingente se ha alcanzado o se ha perdido irremediablemente, ellos tienden a abandonar el programa (Dobash y otros., 2000; Gondolf 2004). En los años de la década de 1990, los porcentajes de “éxito” de los programas dirigidos a los hombres que usan violencia doméstica evidenciados en Norte América varían del 53% al 85% (Edleson y Tolman, 1992: 86; Gondolf 1997(a): 86). Se tenían aun resultados menos alentadores respecto a los comportamientos de violencia psicológica, como denigraciones y diferentes formas de control (Gondolf, ídem).

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En el mismo periodo, dos importantes evaluaciones fueron realizadas por Dobash y otros en Escocia sobre el programa CHANGE y sobre el Lothian Domestic Violence Intervention Project, de Edimburgo, y por Burton y otros sobre el Proyecto de intervención sobre la violencia doméstica (Domestic Violence Intervention Project), Hammersmith, Londres. Ambos han utilizado como indicadores ya sea las narraciones de los hombres que participaron en el programa, que aquellas de las parejas. La primera evaluación consiste en un estudio longitudinal y comparado, en donde la eficacia de los programas de intervención citados se confronta con aquella de las sanciones penales tradicionales. Los resultados demuestran que un año después de completar la sanción o el programa, el 75% de aquellos que han tenido una sanción penal tradicional contra el 33% de aquellos que han participado en el programa había cometido un acto de violencia.


Las diferencias son estadísticamente significativas (Dobash y otros 2000). La valuación realizada por Burton y otros, reconoce el alto porcentaje de abandono del programa londinense (superior al 60%), pero evidencia también su sustancial eficacia para aquellos que lo han completado. Más de la mitad de ellos, de hecho, no reporta actos de violencia hasta un año después de completar el programa (Burton y otros 1998). Los resultados, como ya se indico, son controversiales. De acuerdo con lo que se distingue de un meta análisis de 22 estudios de evaluación de programas que utilizan un enfoque cognitivo comportamental (Duluth y otros), los autores concluyen que las intervenciones tuvieron resultados mínimos, más allá de los efectos del arresto (Babckok et al, 2004, citado en Feder, 2008). Gondolf, en una reseña reciente de 40 estudios de evaluación de programas publicados en diversas revistas científicas evidencia porcentajes de éxito que varían del 50% al 80%. Aun mucho depende, precisa el autor, de los sistemas y de los métodos de valuación utilizados, la invitación es por lo tanto a gran prudencia (Gondolf, 2004: 613). Gondolf es también el autor de una de las evaluaciones más completas hasta ahora realizadas, un estudio longitudinal con duración de cuatro años, realizado sobre cuatro proyectos bien desarrollados, que siguen el modelo Duluth (alternativas a la cárcel, gender based cognitivo comportamental) presentes en cuatro ciudades americanas distintas. En base a los resultados del estudio, Gondolf concluye que: - la gran mayoría de los hombres (80%) cesó de usar violencia física y también otras formas de violencia psicológica, a distancia de 30 meses de la conclusión del proyecto, un resultado atribuible al menos en parte a la eficacia del programa; - la mayoría de los hombres no presentan disturbios de personalidad u otros problemas significativos de carácter psicológico; por ende no fueron verificados elementos para sostener la existencia de una “personalidad violenta”.

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El factor predictivo más significativo de verificarse nuevas violencias es la percepción de las parejas mujer víctimas de violencia, cuya percepción resultó ser más precisa que la de instrumentos evaluación de los riesgos (risk assessment) como SARA y K-SID; la duración de los programas no es importante a los fines de su eficacia, más bien su intensidad; en particular largas esperas entre el arresto y la orden judicial del juez de participación a la medida generan menos participación y más abandonos; la eficacia de un de un programa depende en modo decisivo del sistema global de intervención en el cual está inserido y por ende de las relaciones y de las respuestas de cada sujeto que compone la red: sistema penal, servicios sociales y sanitarios y agencias de apoyo a las víctimas.

Finalmente, Marianne Hester en un estudio reciente de los programas ingleses dirigidos a los hombres que usan violencia en las relaciones íntimas (Hester 2007), concluye enfatizando que: - la seguridad de las mujeres y de los niños/as es central en cualquier programa dirigido a los hombres y que se ofrezca paralelamente soporte a las mujeres; - los programas por sí solos pueden ser ineficaces a la finalidad de obtener un cambio de los comportamientos violentos masculinos, por ende debe existir la posibilidad de aplicar sanciones legales eficaces; estos deben además ser acompañados de un eficaz trabajo en red; - los enfoques de tipo cognitivo comportamental informados a un enfoque de género tienen más posibilidad de ser eficaces; - cualquiera que sea el enfoque o la metodología de intervención, trabajar con los hombres que usan violencia requiere una formación específica; - el mensaje central del trabajo con los hombres debe ser que la violencia no es aceptable y el objetivo de este trabajo pone fin al uso de la violencia;


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médicos de base, asistentes sociales y quien opera en los servicios socio sanitarios deben aprender a realizar preguntas a los hombres que usan violencia sobre sus comportamientos violentos y a intervenir de modo apropiado, porque éstos pueden figurar entre su clientela.

1.4 LOS ANTECEDENTES. En Italia no existen programas de intervención dirigidos a hombres que usan violencia en las relaciones íntimas, con excepción a algunas de algunas iniciativas en vía de experimentación en Milán (Merzagora, 2008), en Florencia y en Turín (v. Cap.4). El tema mismo de las violaciones masculinas contra las mujeres por obra de una pareja o ex-pareja, hasta pocos años atrás era una prerrogativa, casi exclusiva de los Centros antiviolencia. Fue de hecho por iniciativa de un Centro antiviolencia, la Casa contra la violencia de Módena, que al final de los años 90 elaboró un proyecto con título “Hombres violentos: ¿Qué hacer?”. El proyecto, financiado por la Comisión Europea, a través del programa Daphne 1998-1999, representó una ocasión importante para verificar la amplitud de las experiencias presentes en algunos países europeos, al respecto de los comportamientos violentos masculinos contra las mujeres y para conocer los términos de un debate científico y político todavía actual, sobre algunos puntos cruciales de asociación que le conciernen. A partir de aquel proyecto – realizado en asociación con España, Grecia, Noruega y Gran Bretaña – nació la temática de la comparación / intercambio entre países del Norte y Sur de Europa, en relación al desarrollo de este tipo de iniciativas. En Grecia también, no existía a la fecha así como tampoco existe hoy (excepto intervenciones de mediación que han proseguido a la aprobación de una nueva ley sobre la violencia doméstica, v. Capítulo 6), alguna iniciativa específicamente dirigida a los hombres

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autores de violencia en las relaciones íntimas. En España ya a finales de los años 90 existían en cambio, programas dirigidos a los hombres, algunos de los cuales promovidos directamente por los Institutos de la mujer, a nivel local. Se trataba de iniciativas todavía poco difusas y vistas críticamente por el feminismo español (al menos por parte de él), que veía en ellas un enfoque al problema centrado sobre intervenciones de carácter individual, que se prestan a lecturas de carácter biológico o patológico; o modalidades para evitar una justa criminalización (ver Asociación Grupo contra la Violencia a las Mujeres, 2000). En aquella ocasión fue posible conocer el enfoque y la metodología de intervención del Centro de Alternativa a la Violencia (ATV), de Oslo, afirmado en los últimos años como una experiencia de referencia a nivel europeo e internacional, así como algunas de las experiencias inglesas y escocesas más significativas, como el programa escocés Change y Lyothard. También el proyecto MUVI, coordinado y promovido por el Ayuntamiento de Bolonia y realizado en colaboración con Grecia, España y Noruega, nace de una idea madurada en el seno de un Centro antiviolencia, la Casa de las mujeres para no sufrir violencia de Bolonia,9 asumida y valorizada por el ente local. La necesidad de abrir un horizonte de intervención en alusión de los hombres que usan violencia contra la pareja o ex-pareja, parece siempre más evidente, de hecho, para quien trabaja con las mujeres que son víctima10. Más allá de las recomendaciones presentes en los documentos internacionales de las Naciones Unidas o del Consejo de Europa, lo piden a las operadoras de recepción las mujeres que sufren violencia, lo exige la necesidad de intervenir tempestivamente para evitar que las situaciones de maltrato se transformen en homicidios.

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9 El grupo de trabajo de la Casa de las mujeres que ha elaborado y seguido el proyecto está constituido además de quien subscribe este artículo, por Elsa Antonioni, Caterina Righi y Annamaria Celli que todas recuerdanc con gran estima y afecto. 10 De quí también la iniciatica de Artemisia (centro antiviolencia de Florencia) qe promovió a nivel nacional la campaña del Fiocco bianco y que es el sujeto que coordina un proyecto de intervención experimental dirigido a los hombres, en Florencia.


1.5. ¿POR QUÉ DESARROLLAR ESTRATEGIAS DE INTERVENCIÓN PARA HOMBRES QUE USAN VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES EN LAS RELACIONES ÍNTIMAS? Las violencias masculinas en las relaciones íntimas son expresión de un conflicto objeto de un rechazo histórico y actual: el conflicto entre hombres y mujeres (Galli, 1987). Afrontar este problema significa por lo tanto abarcar el ámbito de la política de los sexos, de las relaciones entre mujeres y hombres a nivel global-local, es decir en el aquí (en todas partes) y ahora de nuestro día a día. Esto, en mi opinión, es el horizonte en el seno del cual tiene que ser pensada cualquier intervención directa a las mujeres que sufren violencia y a los hombres que la usan contra ellas. Las violencias masculinas contra las mujeres son conductas profundamente lesivas de la integridad psicofísica de quien las sufre, caracterizadas en la fecha en muchas sociedades por una gran invisibilidad social o por emergencias episódicas – como también demuestran los datos de esta investigación – que los reportan a menudo en líneas de perversión (v. capítulo 4, La validez jurídica de la violación). Son conductas que permanecen con frecuencia impunes. La impunidad produce un profundo sentido de impotencia en las mujeres y de omnipotencia en los agresores11 y supone un problema de justicia y de protección hacia las víctimas. Ésta emerge de los datos de las Estadísticas judiciales, y de los resultados de algunas encuestas. De acuerdo con los datos de la encuesta ISTAT del 2007, sobre las violencias contra las mujeres dentro y fuera de la familia (ISTAT, 2007)12 el 6,4% de las mujeres denuncia la pareja o la ex-pareja violenta y el 4,2% obtiene un verbal firmado, o una denuncia formalizada (Ministerio del Interior, 2008:151). Solamente en el 27,9% de los casos, todavía, la denuncia es seguida por la imputación de los 11 Vivencias con frecuencia reportadas por las operadoras de los Centros Antiviolencia y que emergen también de las entrevistas realizadas a mujeres que sufren violencia (Creazzo, 2003, 2009, en preparación). 12 Encuesta telefónica conducida sobre una muestra representativa de 25000 mujeres a nivel nacional, entre los 16 y los 70 años.

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autores, el 68,6% de las mujeres de hecho declara que no ha habido imputaciones y el 3,5% no conoce el resultado de la denuncia (Ministerio del Interior, 2008). Las imputaciones fueron transformadas en una condena en el 45,3% de los casos, porcentaje que aumenta al 54,1% considerando aquellas a cargo de los novios. En Inglaterra, según los resultados de una encuesta conducida por Marianne Hester, de 869 casos de violencia doméstica registrados por la policía, el 27% es resultado de una imputación (prosecution) y el 3% en una condena (conviction) de los agresores (Hester, 2006). En Alemania un estudio conducido en dos Ministerios Públicos, evidenció que en el 81% y en el 95% de los casos, a la denuncia no ha seguido ninguna imputación (CAHRV, 2006b). No obstante, la cárcel –resultado final de los procesos de criminalización– no reeduca ni cambia para mejor a las personas, y la literatura existente sobre la pena prevista de la libertad ha evidenciado hace tiempo los costos sociales e individuales de la criminalización (Re, 2006; Antígona 2007; ver Capítulo 9). El problema es complejo. Como remarcan Dobash y Dobash si el uso de la violencia es erróneo y es castigado en otros contextos, no hacerlo en relación a la violencia en las relaciones íntimas puede significar solamente para las víctimas, para los agresores, así como para la colectividad –como ha sucedido históricamente– un comportamiento tolerable, menos errado (2000: 46).

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El número extremadamente elevado de mujeres que no toma acción legal contra el marido, el compañero o el novio aun frente a violencias graves fuerza todavía a un poco más de imaginación social. Aun considerando la posibilidad que una adecuada formación de quien opera en el seno del sistema penal (ministros públicos, jueces y Fuerzas del Orden) y reformas capaces de imprimir una aceleración diferente a los procesos puedan


producir un cambio también en el comportamiento de las mujeres que sufren violencia, es difícil pensar que este dato pueda cambiar en modo radical o de cualquier manera en tiempos relativamente breves. La cuestión se debe profundizar. Aun así existe un límite a la posibilidad para la ley penal de “normar” un conflicto marcado profundamente por la diferencia sexual, sin que se produzcan nuevas contradicciones y resultados contraproducentes para las mujeres (Pitch, 1989; Pitch 1998; Smart C. 1995; Virgilio, 1996, Creazzo, 2008; Larrauri E., 2008; Bodelón 2008). Al final de los años 80 un criminólogo noruego escribía que las mujeres víctimas de violación o de maltratos a mano de una pareja, no pueden aspirar, de manera estable y continua, al título de víctimas perfectas, lo único en grado de garantizar la viabilidad de los procesos de criminalización. El ejemplo de víctima ideal es de hecho aquel de una señora anciana de regreso a casa en pleno día, después de haber asistido a una persona enferma, que es golpeada en la cabeza por un hombre robusto que le arranca la bolsa y gasta todo el dinero en alcohol y droga (Christie, 1987). La víctima ideal supone una persona incapaz de defenderse y de hacerse reconocer, un no-sujeto al cual no se le reconoce el poder de auto defenderse (Ruggero, 1996: 17). Christie concluía diciendo que quizás el verdadero problema no es aquel de obtener el reconocimiento del estatuto de víctima y de criminal, más bien aquel de producir culpa y reprobabilidad a nivel social. No se trata de renunciar a la intervención del sistema penal, mas bien de promover y experimentar recorridos y procesos sociales de responsabilidad diferentes, con el fin de subvertir las reglas del juego. Una subversión que puede ocurrir sólo a partir de la asunción colectiva de la centralidad del conflicto sexual – entre hombres y mujeres – y del rechazo de la violencia masculina como fuente utilizable para su solución. Desde este punto de vista, los programas dirigidos a hombres que usan violencia en las relaciones íntimas, pueden ( mucho depende de cómo

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sean puestos en marcha) ser instrumentos útiles al fin de hacer visibles las violencias masculinas contra las mujeres y crear recorridos y prácticas de responsabilización social que transmitan un mensaje claro de condena de violencia y mientras tanto se hagan cargo relacional y profesionalmente de hombres hacia otros hombres (sobre todo), que reconocen que usar violencia contra las mujeres es un problema y que quien lo hace tiene necesidad de ayuda. Una respuesta inédita de responsabilización que actúa a nivel individual/social/político/cultural y que puede llegar a ser el lugar material y simbólico de un nuevo pacto entre hombres y mujeres contra la violencia masculina.

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Estos no deben competir, en el plano de las fuentes, con los lugares y las políticas de sostén a quien es víctima de violencia. Su introducción en países como Italia y Grecia donde todavía no existen puede ser útil por diversas razones: 1.) Los programas y las iniciativas de intervención dirigidas a los hombres autores de violencia transmiten un giro de prospectiva cultural y política: a menudo el problema de la violencia contra las mujeres ha sido implícita o explícitamente definido como un “problema femenino”, respecto al cual le respecta a la mujer activarse para evitar la violencia o para no incurrir en consecuencias más graves. Mientras, ellas dicen que el problema es masculino. 2.) Solicitando una activación directa por parte de los agresores, para que pongan fin a las violencias, estos aclaran cuál es el sujeto a quien compite la responsabilidad de los comportamientos violentos y su cambio. 3.) Ellos se sitúan en una óptica de prevención y por ello de reducción progresiva del fenómeno, hasta su eliminación. Esto es válido ya sea con respecto a la prevención de la primera verificación de un comportamiento violento, sea respecto a la prevención de su reiteración. 4.) Muchas mujeres que sufren violencia por parte de la pareja no


quieren poner fin a la relaci贸n, quieren que ellos cesen de usar violencia. Es un dato que emerge de la experiencia de las Casas y de los Centros Antiviolencia en Italia y en el extranjero. Desde este punto de vista, la presencia de intervenciones dirigidas a los hombres puede representar un mensaje significativo que legitimizan las peticiones/expectativas de cambio de las mujeres hacia sus parejas, invistiendose al mismo tiempo de la responsabilidad de tal cambio a los autores de las violencias, invitados a percibirse a s铆 mismos como personas que necesitan ayuda y que tienen el derecho/deber de hacer algo.

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Lesive lesivas- capace di provocare un danno calificabile legalmente Enticizzazione validita giuridica di un ente


002. La violencia es responsabilidad del hombre. El tratamiento de los hombres que usan la violencia contra sus compaĂąeras como medida contra la violencia hacia la pareja Ă­ntima.

Marius RĂĽkil, Per Isdal e Ingunn Rangul Askeland Alternativa contra la Violencia Alternative to Violence (ATV), Oslo, Noruega


002. La violencia es responsabilidad del hombre. El tratamiento de los hombres que usan la violencia contra sus compañeras como medida contra la violencia hacia la pareja íntima. Marius Råkil, Per Isdal e Ingunn Rangul Askeland

Alternativa contra la Violencia Alternative to Violence (ATV), Oslo, Noruega

2.1 LOS ORÍGENES DE LA SITUACIÓN ACTUAL. Hacia finales de la década de 1960, había comenzado la época de la emancipación de las mujeres en nuestros tiempos. La batalla se libró ante todo como una protesta política contra la opresión femenina, dentro de la cual la violencia se vislumbró solo como un ejemplo. En la fase temprana de este proceso político, uno de los temas principales consistió en probar la existencia del problema; demostrar que la violencia era realmente parte de la vida de muchas mujeres. Parte de los esfuerzos por perfilar esta difícil situación de las mujeres golpeadas se dio a través de la reunión de un “tribunal” en la reunión efectuada en Bruselas, Bélgica, en 1976 (el Tribunal para Delitos contra las Mujeres). Mujeres de todo el mundo se reunieron allí para contra sus historias personales sobre la violencia a que habían estado expuestas (Russel y Van de Ven, 1976).

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El movimiento feminista resaltó el modo en que las causas de la violencia, que también por supuesto afectaban a los niños, resultaban ser en principio comunitarias y sociales, y no individuales y psicológicas (Dobash y Dobash, 1979; Yllö, 1993). Este reclamo estaba basado en el análisis sobre la forma en que la violencia de los hombres contra las mujeres se escondía y normalizaba dentro de una sociedad patriarcal. Se


veía como norma y, por lo tanto, no se identificaba como un problema. En esta actitud se encontraba la idea de que los hombres que abusan de las mujeres no son enfermos o delincuentes, sino hombres comunes que, a través de la socialización masculina (o machista) del género, han aprendido a abusar de las mujeres. El trabajo para cambiar estos conceptos, por lo tanto, se ha concentrado en cambiar la actitud de la sociedad, que acepta que esta violencia pueda ocurrir; además de insistir sobre los problemas de los hombres en particular bajo la forma de resocialización como una alternativa de comportamiento no violento y respeto por las mujeres. Los modelos de comprensión más tradicionales. Históricamente, los terapeutas fracasaron en “problematizar” el comportamiento violento de parte de los hombres. La consecuencia de ello fue que las reacciones de las mujeres se vieron como anormales, y como expresión de defectos de su personalidad y síntomas de enfermedad mental. Esto está representado por las tradiciones psicoanalíticas y médico-psiquiátricas, en las cuales las reacciones de las mujeres se han individualizado y perfilado principalmente a través de un enfoque carente de contexto, en lugar de verlas en relación con la violencia a la que han estado expuestas. Los modelos más recientes de tratamiento, orientados específicamente en modelos de comunicación y sistémicos, tales como la terapia familiar, han recibido muchas críticas por no mostrar una relación de la violencia con la familia. ¿Pueden existir allí otras razones del por qué los servicios tradicionales de ayuda y salud sólo dedican un mínimo grado al objetivo de comprender la naturaleza y las consecuencias de la violencia familiar? ¿Cómo puede ser que hayamos fracasado en proporcionar la ayuda que han estado necesitando las mujeres y los niños golpeados ─y también los hombres violentos? Se ha escrito una buena cantidad de artículos que se encuentran en la bibliografía acerca de la seriedad de la violencia de los hombres hacia las mujeres como un problema de salud. Sin embargo, se ha escrito muy poco sobre la molestia que afecta a todos los que están involucrados en

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este problema; sin importar que fueran terapeutas, trabajadores sociales, jueces, oficiales de la policía, o políticos. La molestia está relacionada con el carácter repulsivo y terrible de la violencia, y ¿podría ser que su misma molestia fuese una de las causas de la ausencia de conocimiento bajo la forma de resistencia contra dicho saber? Las tradiciones y la investigación feministas. A través de la problematización generada por el movimiento feminista sobre la actitud de la sociedad hacia la violencia contra las mujeres, una comprensión y una determinación basada en lo femenino se desarrolló para destacar al maltrato (en forma de golpes) como alternativa a los modelos de comprensión más tradicionales. La tradición feminista, al igual que sus investigadores, han argumentado que necesitamos establecer claramente responsabilidades sobre el perpetrador de la violencia, y analizar poder y género para ser capaces de identificar las características centrales de la violencia en contra de las mujeres (Adams, 1988a; Kaufman, 1993, 2001; Ganley, 1989; Yllö, 1993). Tal análisis muestra que el abuso del esposo es un problema masculino específico del género, en el cual la función de la violencia consiste en mantener una posición de poder sobre las mujeres, basada en la legitimación y aceptación de parte de la sociedad de tal uso de la violencia. Para ser capaces de ver la relación entre la violencia masculina y su poder ─y las estrategias de control, y la posible falta de igualdad como base vital que hace que sea posible esta mencionada violencia, necesitamos también adoptar una perspectiva de sociedad. Esto definirá la relación entre el empleo de la violencia por parte de los hombres y la idolatría de la violencia por parte de la sociedad, en la cual se cultiva la relación entre brutalidad y masculinidad. El control, la fuerza y la agresión son componentes centrales en la construcción de la identidad masculina (Bjerrum Nielsen y Rudberg, 1997; Kaufman 1993, 2001; Larsen, 1990; Yllö, 1993).

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El trabajo de los pro-feministas y de los investigadores de esta condición ha definido, de muchas formas, el marco socio-cultural del uso de la


violencia por parte de los hombres bajo el modo de una socialización de género sobre muchachas y muchachos de una manera no equilibrada, en la cual la posición masculina como sexo socialmente construido, se caracteriza por el control y la dominación, en tanto que la posición femenina se caracteriza por la sumisión y el servilismo hacia la posición dominante del hombre. La organización de la sociedad con una distribución desigual y sistemática del poder entre hombres y mujeres se ve reflejada, a nivel individual, en la forma de la violencia contra las mujeres. Las normas que se encuentran profundamente arraigadas en la historia y la cultura contribuyen a legitimar el abuso contra mujeres y niños (Weinehall, 2001). En la actualidad, existe un grado relativamente alto de acuerdo sobre la idea de que la búsqueda de un panorama completo de qué causa y mantiene la violencia en las relaciones íntimas se debe concentrar en la escisión entre los factores sociales y los individuales. La protesta política del movimiento feminista también piensa en qué se debería hacer para mejorar las vidas de las mujeres golpeadas. Aún cuando se ha identificado la fuente del problema como parte del hombre y la violencia que éste genera, el movimiento feminista trabajó para conseguir que la sociedad le proporcione a las mujeres golpeadas la protección que éstas necesitaban, estableciendo que esto debía situarse por delante de los recursos que se podrían otorgar al tratamiento de la violencia bajo la forma de golpes. La psiquiatra y feminista estadounidense Judith Herman muestra, en su histórico análisis, cómo la normalización ─y los procesos de ocultamiento─ por parte de la sociedad patriarcal han influido en el desarrollo de la conciencia de la violencia contra las mujeres dentro de las ciencias médicas y psicológicas. “Freud creó el psicoanálisis. La teoría psicológica del siglo siguiente se fundó en la negación de la realidad de las mujeres” (Herman, 1992, p. 14). Como consecuencia de esta crítica sobre el fracaso de la psicología en definir las consecuencias de la violencia para las víctimas, Lenore Walker escribió, primero, La mujer golpeada (The Battered Woman), en 1979, y luego El síndrome de la mujer golpeada (The Battered Woman Syndrome), in 1984. Estos libros tuvieron la característica

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de establecer una nueva idea sobre el significado de lo que nosotros comprendimos subsiguientemente como las reacciones femeninas al ser expuestas a la violencia por parte de sus compañeros. La protesta del movimiento feminista también subrayó que si los terapeutas en verdad reconocieran la problematización de la violencia, estaría en aislamiento, en sus oficinas, sin producir una iniciativa más coherente de su parte, de la policía, de los trabajadores sociales y del sistema judicial (Ganley, 1989). Por favor, revisar esto, no me suena. ¿Falta una negación? Los hombres violentos: ¿se deberían tratar? A través del creciente enfoque sobre el área de la violencia sobre las mujeres, ha crecido el reconocimiento de que no es suficiente proporcionar seguridad y protección para las víctimas. Para poner fin a la violencia contra las mujeres y los niños, el ejecutor masculino tiene que hacer algo con respecto a su problema. ¿Pero qué podemos hacer nosotros para conseguir que los hombres dejen de utilizar la violencia? Las tradiciones feministas querían remarcar que la sociedad tenía el deber de criminalizar la violencia masculina contra las mujeres, dado que la violencia es un acto delictivo a la par de cualquier otro. La violencia también es directamente dañina para la víctima y representa una brecha en sus derechos personales sobre la libertad y la autonomía. Esto implica la comprensión de que lo que los hombres necesitan no es un tratamiento en el sentido estricto, sino ayuda para crear conciencia sobre la violencia como expresión de su visión sobre las mujeres, y la relación entre la violencia que ellos ejercen y su comprensión patriarcal de la masculinidad.

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Los hombres pro-feministas y el tratamiento del ejecutor. Entre los feministas de la década de los años de 1970, existían hombres pro-feministas que asumieron que la causa de la injusticia con la que las mujeres tenían que vivir era el resultado del abuso de poder. La consecuencia natural de que ellos comenzaran a ver a la violencia masculina y su responsabilidad por ella, fue que el tratamiento se ideó


para los hombres, y se enfocó, problematizó y combatió sobre su violencia. El primer curso relativo a tal tratamiento se dictó en una unidad llamada Emerge, en Boston, Massachusetts, Estados Unidos. Éste comenzó en 1977. Alternativa contra la Violencia en Oslo, comenzó en noviembre de 1987, como el principal proveedor de tratamiento en Noruega y en Europa. El fundador de Emerge, David Adams, apoya un modelo de tratamiento basado en el pro-feminismo, que se sitúe en el contexto de un análisis de hasta qué grado de los métodos de tratamientos psicológicos conocidos se puede definir y problematizar la violencia en contra de las mujeres. Él también hace una distinción entre los métodos que se basan en el pro-feminismo y la terapia cognitiva del comportamiento (conductista o behaviourista). Ambos utilizan el tratamiento grupal con un fuerte énfasis en la estructura como forma. Cuando se usa la terapia del comportamiento cognitiva como método, se lo hace sobre la base de que el problema del ejecutor es la forma en que éste maneja su ira o su enojo. Sobre esta base, el tratamiento apunta a ayudar al hombre a manejar su ira de modos no violentos (programas de manejo de la ira). Adams cree que el modelo pro-feminista es el más útil, dado que éste se enfoca claramente en los aspectos de poder y control de la violencia masculina sobre las mujeres, la responsabilidad de el hombre sobre su propia violencia y las actitudes que le ha impuesto la sociedad, las cuales son las razones para su percepción de estar habilitado para ejercer la violencia (Adams, 1988a; Gondolf y Russell, 1986). El elemento fuerte de esta estructura y sus temas se basaron inicialmente en la importancia de contrarrestar la percepción de que la violencia estaba causada por una enfermedad mental, una infancia difícil, etc. Esto, a su vez, se basaba en la importancia de enfatizar la responsabilidad del ejecutor o perpetrador de la violencia, y que las explicaciones que subrayaban un pasado problemático (por ejemplo, una infancia traumática), contribuirían a la negación de dicha responsabilidad. Los primeros programas de tratamiento fueron voluntarios, mientras que en la actualidad, en Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido, están

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basados en gran medida en un tratamiento obligatorio, en la medida de que todos o la mayoría de los participantes han sido sentenciados por un juez. En Emerge, aproximadamente el 75% de los clientes de las terapias grupales han recibido sentencia con la obligación de esta participación. Esto es resultado de que los países anglosajones hayan progresado más en la criminalización legal de los abusos de los esposos. Muchos más hombres estadounidenses que noruegos que abusan de sus parejas son sentenciados actualmente. Algunos otros países han introducido legislaciones contra el abuso por parte de los esposos, incluyendo a Suecia, Nueva Zelanda y Sudáfrica.

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El método de tratamiento basado en el pro-feminismo, que recalca que la responsabilidad y la violencia se encuentran relacionadas con estrategias masculinas de poder y control, pertenece a la tradición de los tratamientos psico-educativos anglosajones, que representa la principal tendencia histórica en el desarrollo de tratamientos para hombres que ejercen violencia dentro de sus relaciones íntimas. El término “psico-educativo” se refiera a la combinación del trabajo sobre aspectos psicológicos del uso de la violencia por parte de los hombres, y al “desprender” la violencia como alternativa de conducta basada en la idea de que ésta se adquiere social y culturalmente, y que por lo tanto se puede “desaprender”. Los programas de tratamientos psico-educativos se estructuran con gran firmeza y contienen cierta cantidad de educación. El tratamiento tiene un término fijo y sigue un manual; es decir, los contenidos de cada reunión están en gran medida planificados con antelación bajo la forma de lecciones sobre un tema dado. En Emerge de Boston, se opera con grupos de iniciados durante 8 semanas, y luego con avanzados por 32 semanas más. Los ejemplos de los temas que se incluyen en los grupos de iniciados se refieren a las formas de violencia (incluyendo la psíquica, la sexualizada, y el abuso económico), el efecto de la violencia sobre las mujeres y los niños, y la responsabilidad y el control (Emerge: “Manual del Programa – Grupos de Primera Etapa”). El tratamiento tiene lugar en grupos, y los participantes también tienen una “tarea” además del trabajo grupal. El enfoque principal


del tratamiento psico-educativo grupal es desafiar la negación que el hombre efectúa sobre su responsabilidad y la legitimación de la violencia como un conjunto de pensamiento y actitud. El modelo Duluth es el más difundido dentro de los programas psicoeducativos estadounidenses (Pence y Paymar, 1993); también se ejerce en otros lugares fuera de Estados Unidos, como por ejemplo, en Canadá, Reino Unido, Alemania, Holanda y Sudáfrica. El modelo Duluth surge a partir de los trabajadores del centro de crisis Duluth, quienes destacaron la carencia de reacción por parte de la sociedad ante la seria situación de las mujeres golpeadas. Estas personas se concentraron en establecer medidas para enmarcar al hombre como el propietario del problema de la violencia, y que estas medidas debieran ser parte de la reacción coordinada de la comunidad (“respuesta comunitaria coordinada”) (Pence, 1989). El contexto nórdico. El desarrollo del trabajo del tratamiento con hombres que utilizan violencia en sus relaciones de pareja íntimas en los países nórdicos ha sido posible gracias a dos principales factores que confluyen: el trabajo del movimiento de las mujeres y la voluntad política a nivel nacional. El movimiento de las mujeres que comenzó en la década de los años de 1960, se abocó a politizar la cuestión del uso de la violencia contra las mujeres como un problema de la sociedad. Ellas fueron capaces de insertar el problema de la violencia dentro de las relaciones íntimas dentro de la agenda pública política, forzando gradualmente a tomar en cuenta este aspecto con seriedad. Se ha ido desarrollado un sistema de albergues para mujeres. En la actualidad, existen 52 albergues en Noruega, financiados por el Gobierno (en un 80%) y las autoridades locales (en el 20% restante). En el albergue de Oslo, para 2007, un total de 494 mujeres y niños había permanecido en ese albergue de mujeres. Además, 790 mujeres estuvieron en contacto con ese albergue de mujeres con motivo de consultas, información y asesoramiento (Informe anual 2007 del albergue de mujeres de Oslo) En Alternativa contra la Violencia

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(ATV, por sus siglas en inglés), aproximadamente 500 hombres solicitaron ayuda para su comportamiento violento (el mismo año). ATV consiste de una oficina principal en Oslo, además de 7 oficinas subsidiarias a través de todas las regiones del sur de Noruega. Desde los inicios de ATV en 1987, 4,800 hombres han sido contactados para hacerse usuarios de los programas de tratamiento de ATV. En comparación, el número de mujeres que solicitó ayuda cada año a ATV debido a su comportamiento violento fue de aproximadamente 20 de ellas. Desde finales de la década de 1990, han surgido planes de acción nacionales y locales para combatir la violencia contra mujeres y niños. Para 2009, el Gobierno actual de Noruega ha lanzado el tercer Plan de Acción Nacional, que contiene medidas para ofrecer una mejor ayuda tanto para las víctimas como para los agresores, mejores procedimientos en los sistemas legal y de educación, además de volcar recursos sobre los programas de investigación. Los primeros programas de investigación de tamaño considerable fueron financiados por el Consejo Nacional de Investigación (National Research Board) a mediados de la década de 1980. Hoy en día, todos los partidos políticos se refieren a la violencia y a la igualdad de género en sus programas o plataformas políticas.

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Se ha realizado sólo un estudio sobre la prevalencia de mujeres abusadas por sus parejas en la sociedad noruega. En 2005, Haaland, Clausen y Schei efectuaron una encuesta con un cuestionario abocándose a las Estadísticas Noruegas. De los 7,600 cuestionarios distribuidos, 4,618 fueron respondidos, 2,211 fueron contestados por hombres, y 2,407 por mujeres. “Más del 25 por ciento de los hombres y más del 20 por ciento de las mujeres han experimentado el empleo de violencia física por parte de sus parejas desde que tenían 15 años de edad. Cerca del 5% de todas las personas que respondieron reportaron una experiencia similar durante los últimos 12 meses. Algunos de los incidentes y actos violentos del cuestionario tienen alto riesgo para causar daño físico sobre las víctimas. Esto se aplica a circunstancias como “mi pareja intentó estrangularme”,


“mi pareja usó un cuchillo u otro tipo de arma en mi contra”, y “mi pareja me sacudió contra la pared o me punzó con algo que pudo herirme”. Casi el 10% de la mujeres, y escasamente el 2% de los hombres, han sufrido al menos un acto violento como éstos desde que tenían 15 años de edad” (página 18). Se han realizado encuestas similares en Finlandia (Heiskanen y Piispa, 1998) y en Suecia (Lundgren, Heimer, Westerstrand y Kalliokoski, 2001). La tradición del tratamiento nórdico en el campo de la violencia ejercida por los hombres contra las mujeres y los niños rompe hasta cierto punto con las tradiciones psico-educativas estadounidenses, pues aquí el enfoque representa un desarrollo adicional a la alternativa de la tradición psico-educativa (Råkil, 2002b); ya que da más espacio para las diferencias individuales en relación con quiénes son los hombres y la naturaleza de sus problemas de violencia. Los métodos nórdicos de tratamiento están más orientados sobre los procesos, permiten más amplitud con respecto a las causas y dimensiones emocionales, y al significado de la experiencia familiar de violencia durante la infancia. La mayor parte de los programas nórdicos de tratamiento no tienen un plazo fijo de finalización y no siguen estrictamente un manual. ¿Castigo o tratamiento? Otro problema debatido es si lo hombres que ejercen violencia necesitan castigo o tratamiento. El argumento a favor del castigo es polifacético. A nivel de la sociedad, la percepción colectiva es que los hombres adultos que ejercen violencia tienen que asumir las consecuencias de sus acciones bajo la forma del castigo, dado que ésta es la reacción de sanción o castigo de parte de la sociedad. El ejecutor de la violencia tiene que pagar para volver a conseguir su libertad personal y su aceptación como ciudadano por parte de la sociedad. El movimiento feminista ha argumentado que el castigo es importante a nivel individual, como una señal significativa para dar a las mujeres la sensación de que han sido tomadas en serio, y para contribuir a su seguridad. En Noruega, en 2002 se aceptó una ley sobre

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las órdenes de restricción sobre el ejecutor, basada en el razonamiento de que no deberían ser las mujeres y los niños quienes tuvieran que abandonar el hogar al ser golpeados por un hombre. Es el hombre el que ha cometido un delito y, por lo tanto, es moralmente correcto que el se vaya del hogar o se mantenga alejado de allí. Un aspecto muy actual del problema del castigo es el proyecto piloto del Gobierno noruego acerca de verificar un marcaje electrónico de los hombres sentenciados por haberse conducido en forma violenta contra sus parejas. El principal argumento político es que es el ofensor el que debería portar el equipo de seguridad ordenado por las autoridades, y no las mujeres. Hay probablemente muchísimos argumentos del por qué el tratamiento es importante con respecto a esto. A nivel individual, sabemos que el castigo no constituye tratamiento, pues ha demostrado tener un escaso efecto curativo. Debe existir un proceso personal para obligar al que perpetra la violencia a cambiar para evitar la reincidencia de su acto violento. El debate sobre la necesidad del tratamiento ha sido introducido más rápido, en relación con la violencia que los hombres cometen en los hogares, que otros tipos de acciones delictivas. La razón es que lo que se halla implicado es la violencia en las relaciones íntimas y personales, en las cuales ésta ocurre en el ámbito del amor (o el afecto) y, por ende, puede ser más fácil ver que eso no constituye una acción aislada, sino que está relacionada con el ejecutor como persona, sus emociones y su percepción sobre sí mismo y los demás.

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La eficacia de los programas de intervención para los hombres: la condición de las artes. En 1977, Emerge, en Massachusetts, constituyó el primer programa en Estados Unidos para desarrollar un programa de intervención para hombres golpeadores. No existe un solo patrón por el cual se conduzcan grupos de apoyo para hombres violentos. La mayoría de los programas recomendados para estos hombres usan cierta combinación de enfoques con el objeto de ayudar a los hombres a que incorporen nuevas conductas.


La mayor parte de la investigación en este campo pertenece a la tradición psico-educativa estadounidense, que ya se ha descrito. Estos programas de tratamiento están principalmente enfocados en el seguimiento de un manual, durante periodos fijos y con un contenido temático predeterminado, sobre el cual se pretende que todos los participantes comiencen y terminen al mismo tiempo. El enfoque y los objetivos principales de tales programas son “insistir en la prevención”, lo que esencialmente significa que el hombre se deba reportar nuevamente. El principal cuerpo de referencia es la Justicia, lo que implica que la mayoría de los hombres están sentenciados a participar en estos programas (Scott y Wolfe, 2000). A continuación se expresan algunas de las conclusiones que se pueden derivar de la investigación ligada con los programas de tratamiento para hombres que golpean. El tipo de programa más común está basado y estructurado en el aspecto grupal, enfocado principalmente en la capacitación en los aspectos cognitivos, lo que típicamente consiste en una capacitación sobre el manejo de la ira, el estrés, la comunicación y la capacidad para resolver conflictos de un modo no violento. La comparación entre los diferentes tipos de programas de tratamiento no muestra diferencias significativas en relación con sus efectos preventivos (Davis y Taylor 1999, Gondolf 2002). Parecería existir una tendencia que indica que los programas de mayor duración, por ejemplo, un mínimo de seis meses, tienen mejor efecto que los programas más cortos (Gondolf 2002, Taylor et al., 2001). Sin embargo, conllevan por cierto un mayor riesgo de abandono. Algunos programas se han enfocado en la terapia conjunta y en las intervenciones grupales de varias parejas, lo que implica grupos de tratamiento de, por ejemplo, tres parejas. Los estudios individuales encuentran resultados positivos a partir de este tipo de (Lindquist et al., 1983; Taylor, 1984; Neidig et al., 1985; Deschner y McNeil, 1986). Sin

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embargo, estos estudios no se basan en ninguna definición clara y, por lo tanto, el modo en que se deberían interpretar tales programas es incierto. Tampoco en muchos programas se recomienda la terapia conjunta, debido al creciente riesgo para la víctima, y el peligro de exponer la responsabilidad de la violencia sobre la víctima (Dobash 2000a, Gondolf 2002). Los resultados con respecto a los efectos de los programas son variados. Algunos estudios pueden demostrar un efecto significativo, aunque escaso; en tanto que otros no pueden demostrar ninguna diferencia estadística con respecto a la reversión del riesgo. Gondolf (2002) y su equipo de trabajo diseñaron un estudio naturalista y comparativo (n = 840) en el cual analizaron cuatro tipos distintos de programas en Estados Unidos (Pittsburgh, Houston, Dallas y Denver), usando la reversión como su única medida de cambio. Estos autores reportaron que la mayoría de los hombres de su muestra se habían “liberado de la violencia” en el último año, y la mayor parte de las mujeres (las víctimas) informaron que se “sentían muy seguras”. Gondolf comentó que su estudio no estaba diseñado para poder atribuir específicamente los cambios a la participación en el programa de tratamiento. Babcock, Green y Robie (2004) llevaron a cabo un meta-análisis de los resultados de 22 estudios de evaluación, todos los cuales consistían en el modelo Duluth, de tratamiento de conducta cognitiva (TCC) y “otros”. La reversión o regresión también fue el criterio tomado en este estudio para evaluar cambio/mejora. El principal hallazgo es que no se encontraron diferencias en la magnitud del efecto entre los programas que utilizan el modelo Duluth o el tratamiento TCC. “Los efectos generales producidos por el tratamiento se dieron en un rango pequeño, lo que significa que las intervenciones actuales presentan un escaso impacto sobre la reducción de la reincidencia, más allá de ser arrestados” (p.1023).

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Otro meta-análisis muestra que la evaluaciones basadas en la evidencia experimental cubiertas por el análisis incluyen una reducción estadísticamente significativa del 26% en el riesgo de reversión (Feder y


Wilson 2005). Sin embargo, de incluirse los informes de las víctimas, no se puede demostrar efecto positivo alguno. El tercer meta-análisis, que usó cuatro estudios de programas de conducta cognitiva, muestra una reducción de la reversión o regresión del 14%, aunque esto no fue estadísticamente significativo (Smedslund et al., 2007). Los investigadores concluyeron en su estudio que no hay suficientes estudios aleatorizados controlados como para poder arribar a una conclusión sobre el efecto de la terapia de conducta cognitiva en relación con la ejecución de violencia. En general, la investigación no identifica con firmeza que ciertas formas de programas de tratamiento reduzcan el riesgo de hombres violentos que cometen violencia una y otra vez sobre sus parejas en un alto grado. El hecho de que la investigación no pueda indicar claramente y sin ambigüedades efectivos programas de tratamiento, se puede explicar posiblemente por medio de una significativa cantidad de investigación que adolece de problemas causados por la metodología y la debilidad.

2.2 ALTERNATIVA CONTRA LA VIOLENCIA (ATV) EN NORUEGA: EL CENTRO MÁS ANTIGUO EN EUROPA EN TRATAMIENTOS PARA HOMBRES QUE COMETEN VIOLENCIA CONTRA SUS (EX) PAREJAS. En este momento, quisiéramos enfocarnos en el modelo de tratamiento desarrollado por Alternativa contra la Violencia (ATV).2 Los hombres son los que causan los problemas que infiere la violencia, y los hombres son la causa profunda que produce el problema. Son los hombres quienes tienen que cambiar su conducta para que las víctimas de la violencia puedan vivir y crecer en condiciones seguras. Es esencial que nosotros como sociedad proporcionemos medidas que ofrezcan esa seguridad a las mujeres y a los niños. Sin embargo, la violencia no se eliminará antes de que el ejecutor

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de la misma asuma la responsabilidad y se decida a detenerse. Dos historias de violencia – ejemplos clínicos. Frida (41): “Mi difícil vida con Hans culminó en la violencia que él me demostró el viernes último, cuando tuve que ser ingresada en un hospital –no debido a la mandíbula rota que obtuve, sino porque los médicos sospecharon que tenía una conclusión muy seria. Lo que ocurrió había sucedido muchas veces antes, Yo estaba en casa con nuestros cuatro hijos pequeños. Yo ya no tengo más contacto social con mis amigos; de modo que mi mejor amigo y yo decidimos salir de la ciudad el último viernes del mes. Él lo sabía, pero siempre quería que me quedara en casa. Es vital para mi autoconfianza que yo no abandone esto, pues cuento con muchas otras cosas. Sus medios de ejercer control se han vuelto cada vez peores con el paso de los años. Esta vez, él llego a casa del trabajo, me dijo que no se sentía muy bien y me pidió que me quedara en casa. Intenté decirle muy amablemente que comprendía que debe ser horrible ser reprendido por su jefe en presencia de otras personas, pero le dije que era importante para mí dejar un rato la casa y los niños, pues paso mucho tiempo en casa. Luego de un rato, empezó a gritar y quejarse de que a mí no me interesaba y de que yo era una persona particularmente egoísta. Por suerte, los niños estaban en casa de mi hermana cuando esto sucedió. Ellos estaban presentes muy a menudo cuando él me atacaba. Dado que yo no me rendía, los gritos se convirtieron en abuso verbal y luego en amenazas sobre lo que él haría si yo no me sometía a su voluntad. Finalmente él me golpeó y arrojó al suelo justo al lado de la puerta mientras me ponía mi abrigo para salir”.

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Victor (42): “Las cosas llegaron muy lejos cuando Tone terminó en el hospital el viernes último –No lo puedo negar. Pero nadie habla de lo endemoniadas que pueden ser las mujeres. He intentado decirle, de manera razonable, que no me gusta que ella salga con sus amigas. Ella siempre ha demostrado que no parará de hablar


de cosas que son sólo nuestras. De verdad no se puede confiar en ella, pero ella no lo comprende. Por ejemplo, dice que la he golpeado más veces de lo que es verdad. Y, por supuesto, yo soy la causa de todos los problemas después de que pase algo como esto. Si ustedes la conocieran, sería más fácil comprender qué poco razonable es su versión de lo que ocurrió realmente. Por supuesto, está mal pegarle, eso es obvio. Pero si ella no insistiera en que tiene que salir todas las noches, eso no habría sucedido jamás”. Existen muchos ejemplos de cómo la víctima y el golpeador perciben la violencia de una manera muy diferente (Lundgren 1991, Skjørten 1986a). “Tone” describe lo que le sucedió de una forma que pone el énfasis en el temor y la impotencia, además de clarificar la forma en que la violencia afecta a su matrimonio. Hans echa abajo la descripción de la violencia, y básicamente percibe a “Tone” como la razón para que ocurra dicha violencia. Su descripción típicamente niega su responsabilidad y muestra falta de comprensión del efecto que la violencia tiene sobre “Tone” y sus niños. Esto hace surgir la pregunta de si “Hans” puede llegar a cambiar su conducta dominante y supresora hacia las mujeres. La experiencia de un buen número de países, incluyendo a Noruega, nos muestra que puede ser posible ayudar a que hombres como “Hans” cambien. Alternativa contra la Violencia (ATV): las tendencias históricas y las características de desarrollo. Desde su fundación, en 1987, ATV ha sido un centro de tratamiento para los golpeadores. El trabajo con los hombres constituye el núcleo del tratamiento. Pero como resultado de que el centro ha atravesado por el desarrollo de competencias o aptitudes, se han establecido nuevos proyectos que se enfocan en otros aspectos familiares de la violencia, donde nos hemos encontrado a mujeres violentas ya a sus víctimas –sus parejas-, a jóvenes con problemas de violencia, y a niños que han sido testigos de este fenómeno en el ámbito familiar.

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En 1996, ATV lanzó un nuevo servicio para mujeres con problemas de violencia y agresión. ¿Cómo podemos comprender la violencia que las mujeres demuestran a sus compañeros masculinos? Parecería que esto es un cortafuegos en la percepción de violencia establecida con respecto al abuso de poder de los hombres sobre las mujeres. Las mujeres violentas necesitan y merecen una forma igualitaria de tratamiento a la que está disponible para los hombres. ATV también espera que este proyecto para comprender la violencia femenina hacia los hombres nos ofrezca una mejor captación del hecho de la violencia de los hombres contra las mujeres. En 1999, ATV inauguró un programa para las compañeras de los participantes masculinos de las clínicas. Desde su comienzo en 1987, muchas compañeras nos han contactado con el propósito de solicitar ayuda. El programa de compañeras representó una ruptura con la tradición de ATV en relación con su función de ser un centro de especialización sobre los golpeadores. El efecto y las consecuencia de que las mujeres se encuentren expuestas a la violencia por parte de sus parejas o compañeros se encuentra muy bien documentado (Benum, 1992; DeMaris y Swinford, 1996; Dutton, 1992; Hydén, 1994; Kelly, 1988; Lundgren, 1991; Skjørten, 1986, 1988; Walker, 1979, 1984, 1991). El proyecto juvenil comenzó en 1999, y se puso en contacto con jóvenes violentos, sobre los cuales se comprobó que alrededor del 80% de ellos había experimentado violencia dentro del ámbito familiar durante su etapa de crecimiento. Algunos de ellos habían tenido conductas violentas hacia sus novias(os). Por lo anterior, es razonable pensar que estos jóvenes representan un grupo de alto riesgo en relación con la posibilidad de convertirse en personas violentas en sus relaciones en el futuro. Ayudarlos a cambiar su conducta violenta puede verse, de este modo, como evitar que se conviertan en adultos golpeadores, lo cual a su vez evitaría que sus propios hijos vivieran una infancia violenta.

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El proyecto de ATV’ para los niños comenzó en junio de 2001. La


mayoría de nuestros concurrentes tiene niños, lo cuales se ven afectados por la violencia de uno de sus padres. Estos niños necesitan ayuda para reducir los efectos perniciosos que la violencia representa en su desarrollo. Ser consientes de su situación de ser testigos de la violencia dentro de la familia representa una perspectiva vital para los niños cuando se trabaja con hombres adultos violentos. Uno de los motivos para desplegar todos estos proyectos ha consistido en incrementar la calidad de los tratamientos para ayudar a los hombres, como compañeros de pareja y padres, a abandonar sus hábitos violentos. Nuestra hipótesis se basa en que el conocimiento clínico basado en la experiencia de la realidad violenta que sufren mujeres y niños ayudará a producir el conocimiento que necesita el personal que trabaja en los tratamientos para abatir el problema de la violencia de la mejor manera posible, el cual se basa en las circunstancias de toda la familia. En otras palabras, queremos desarrollar un medio de trabajo con los golpeadores a partir de la perspectiva de las víctimas/mujeres y los niños. Las suposiciones básicas del concepto de la violencia masculina hacia las mujeres. La violencia es un problema de género. Las estadísticas delictivas muestran que alrededor de la mitad de todas los asesinatos de mujeres son cometidos por sus parejas o (ex) parejas. El número de estos crímenes cometidos por mujeres es muy bajo. La mayoría de los hombres son asesinados por otros hombres. Las mujeres tienden a reportar la violencia a la policía, y quienes son arrestados son hombres. Los estudios estadounidenses que se basan en las estadísticas delictivas muestran que entre el 78% y el 99% de los casos de violencia grave contra las mujeres es perpetrado por hombres (Straus, 1999). Los números reflejan claramente el desequilibrio sistemático de fuerza (o poder) entre hombres y mujeres; aspecto que se aplica a la mayoría de las sociedades y a todos los niveles. La violencia llevada a cabo por los hombres debe ser vista en relación con relativa posición superior en la sociedad y en la familia. Los hombres a menudo justifican su violencia

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sobre la base de sus derechos, ya sean explícitos o bien implícitos. A nivel individual, hay en juego calidades patriarcales en la creencia de los hombres de que se les permite ser violentos con las mujeres. Tal creencia apoya la percepción de violencia de los golpeadores como un hecho legítimo y directo u “honesto”. La violencia es un intento por abatir el poder y la impotencia. La violencia es una forma de abuso de poder. Es por eso que es importante utilizar una perspectiva de poder para comprender la naturaleza y la lógica de la violencia (Axelsen, 1990; Bograd, 1984; Yllö, 1993). Una de sus características es que se dirige hacia abajo, a través de la jerarquía de poder hacia aquellos que cuentan con uno menor del que lo esgrime. Isdal (2000) se refiere a esto como el carácter jerárquico del poder. Eva Axelsen explica el poder como “forzar tu voluntad mediante una relación social, física y psicológicamente, incluso cuando otros se puedan resistir (Axelsen, 1990, p. 81). Ella agrega que el poder se puede clasificar en tres categorías: intencionalidad, racionalidad y compulsión. Como tal, el poder es un fenómeno relativo; es decir, no presenta un determinado tamaño, sino que es característico de las relaciones entre los individuos (por ejemplo, hombre y mujer, adulto y niño) o los sistemas (por ejemplo, estados grandes y estados pequeños). Cuando llega al sistema de poder hombre/mujer, el poder físico es a menudo lo que define la relación cuando de violencia se trata. Para los terapeutas que trabajan con los ejecutores de la violencia, este es un factor muy importante. Los hombres que inician la terapia generalmente presentan cierta falta de comprensión sobre su poder. Ellos tienden a sobrestimar su propia dominación y a percibirse, en cambio, como iguales o incluso inferiores que las mujeres a las que han golpeado.

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John Dollard y su equipo de trabajo estaban interesados en la relación entre la agresión y la frustración; en estudiar la agresión como reacción a la frustración (Dollard, Doob, Miller, Mowrer y Sears, 1939). Estos investigadores desarrollaron un hipótesis de frustración-agresión, la


cual está clasificada como una teoría (Bjørkly, 2001). La relación entre frustración y agresión guarda un estrecho paralelismo con la comprensión de la relación entre violencia e impotencia –a pesar de que la premisa de la base teórica sea diferente-; esto implica que la violencia es un intento por manejar una percepción subjetiva de la impotencia (Isdal, 2000; Isdal y Råkil, 2001). Axelsen considera que los problemas psíquicos son un intento por superar un problema de poder/impotencia (Axelsen, 1990). La impotencia se puede caracterizar como una reacción natural a ser expuesto a la manipulación o al abuso de poder. Esto se puede definir como “una condición relacionada con las condiciones objetivas, biológicas, y emocionales caracterizadas por el fracaso en cumplir con una necesidad, un objetivo o una expectativa, al ser impedido de hacer algo que tu deseas, o por medio de la percepción de que tu vida o tu integridad están bajo amenaza o en riesgo de ataque” (Isdal 2000, p. 114). Por ejemplo, la impotencia se puede enlazar con una experiencia emocional específica, pero también, en el caso de muchos hombres, con sus relaciones en cuanto a sus propias emociones. Esto se aplica particularmente a las emociones “impropias de un hombre o ‘amaneradas o femeninas’ ”, tal como sentirse insignificante, avergonzado, ofendido, humillado, etc. La violencia se puede describir como el contrapeso de de la impotencia; hace que el hombre golpeador se vea a sí mismo como poderoso y dominante –volcándose de un sentimiento de impotencia a una percepción de poder y fuerte control. La violencia constituye un intento activo de supremacía. No es una acción casual. Muchas cosas se pueden lograr a través del uso de la violencia: estatus dentro de un grupo de jóvenes, alcanzar y mantener una posición de poder simple y efectivamente, ocultar la debilidad y la vulnerabilidad, etc. En otras palabras, la violencia presenta una función. Lo que muchos hombres que se contactan con ATV tienen en común es que inicialmente describen a la violencia como resultado de su pérdida de control. A través

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del proceso de desafío y exploración de su comprensión y de explicación ligadas a la violencia, se vuelve claro para ellos que tal explicación no tiene un fundamento sólido. Para la mayoría de los hombres, la violencia es una acción controlada que tiene dirección y propósito. Por dirección intentamos decir que la violencia no golpea al azar en ninguna situación circunstancial. Es una acción selectiva en una manera proactiva y dirigida a una cierta persona en una situación dada. El propósito de la violencia, para la mayoría de los hombres, consiste en un control de o sobre las mujeres. Uno de los participantes en nuestros tratamientos dijo que, durante un episodio de violencia, casi había asesinado a su compañera. “Lo único que quería en ese momento era que ella se callara”. El sabía que amenazarla de muerte era un modo relativamente seguro de hacerla parar de hablar de lo que ella quería tratar de hablar, cosa que él encontraba incómoda. Otro hombre, Petter (43), fue miembro de los grupos durante casi dos años. Al resumir su periodo en este grupo, él expresa: “Yo recuerdo que al comienzo yo explicaba mi violencia como pérdida de control; pero después de trabajar con el grupo y discutir por qué yo usaba la violencia, se me hizo claro que la causa real era que tenía el sentimiento de haber perdido el control social y emocionalmente antes golpearla. La violencia se convirtió en un modo de intentar recuperar el control y mi autoestima”.

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La violencia enlazada con el modo en que los hombres se ven a sí mismos. Tanto los hombres como las mujeres están influenciados y controlados por sus ideas acerca del modo en que creen que significa ser hombre o mujer, y cómo se ve la relación entre ellos. Esto se podría describir como sistemas de expectativas orientados sobre el género. Éstos se internalizarán en el individuo a través de los procesos de socialización que atravesamos desde el nacimiento hasta que somos adultos. Nuestros antecedentes culturales e históricos indican que los hombres (y las mujeres) se ven afectados por las expectativas orientadas patriarcalmente, las cuales


fomentan la dominación masculina y la sumisión femenina. Un elemento de estas expectativas también forma la base del Papel masculino, es decir, cómo los hombres creen que deberían comportarse para ser hombres. Tales sistemas de expectativas y el papel masculino forman la base del “proyecto de masculinidad” del individuo –es decir, el modo en que el hombre se percibe a sí mismo en relación con la mujeres y cómo busca confirmar su masculinidad. Si esas expectativas indican que yo como hombre tengo más derecho al poder y la libertad que tú como mujer, y si mi sentimiento de masculinidad depende de que mi compañera cumpla con mis necesidades y deseos, mi proyecto de masculinidad consiste en conservar esa estructura en mi relación con ella. El clásico papel masculino incluye una conducta que puede ayudar a corregir el desequilibrio de poder. Esto incluye la tendencia de los hombres a negar y esconder sus sentimientos y, en cambio, a competir en lugar de cooperar, priorizar el trabajo y el mundo exterior más que su familia, y dejar el aspecto del cuidado de la relación con los niños, el resto de la familia, el hogar y las relaciones sociales a la esposa. El proyecto masculino debe ser encarado en terapia. La violencia es peligrosa y siempre representa un riesgo para la seguridad. Como terapeutas, siempre es esencial ver el peligro de la violencia además de los aspectos sociales y psicológicos del golpeador, la violencia y las situaciones en que esta ocurre. Esto significa que tenemos que trabajar propiamente sobre la violencia, y comprenderla como expresión de los problemas psicológicos subyacentes. Necesitamos hacer un balance entre los valores del tratamiento y las consideraciones de seguridad. ¿Qué es lo que sostiene a la violencia? ¿Cómo ocurre la violencia y qué es lo que la sostiene? Lo único que sabemos con seguridad es que las respuestas son muchas y que están interrelacionadas. Si miramos con detenimiento el modo en que los hombres

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perciben la violencia y explica la que ellos cometen, podemos encontrar varias características (Adams, 1988; Isdal, 1990, 2000; Hearn, 1998b; Isdal y Råkil, 2001; Ptacek, 1988). Lo que es común a todas ellas es que pueden ayudar a reducir la percepción de violencia como un problema, dado que apartan la responsabilidad del hombre. Esto se convierte en un modo de referirse a la violencia que contribuye a su continuidad. Es importante que los terapeutas que trabajan con golpeadores sean conscientes de qué es lo que sostiene a la violencia. A través de la toma de conciencia, el terapeuta puede ayudar a romper los factores que la alimentan y, de este modo, ayudar al golpeador a eliminarla. La perspectiva socio-emocional: el ocultamiento como protección contra la molestia. La tradición feminista ha mostrado como uno de los rasgos de la violencia es su invisibilidad, a través de sus análisis de la violencia como fenómeno y problema social (Dobash y Dobash, 1979; Herman, 1992; Lundgren, 1991; Yllö, 1993). Como sociedad, ayudamos a ocultarla como realidad, fracasando en convertirla en un tema socio-político en un nivel en el cual está en relación con el panorama actual de violencia en nuestra sociedad. Tanto el golpeador y su víctima colaboran activamente para ocultar la violencia en sus redes sociales y para sus amistades. Cuando la violencia no se coloca como tema y se la expresa claramente con palabras, se mantiene fuera de la realidad social. De manera similar, la violencia existe como realidad silenciosa para aquellos que están afectados por –mujeres, niños, y el propio hombre. Para quienes están expuestos a ella, este silencio representa un problema adicional además de los problemas más específicos que presenta la violencia emocional y socialmente.

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Hydén (1994) ha descrito cómo el hecho de “romantizar” la violencia puede ayudar a ocultarla. A través de los procesos cognitivos en los cuales el hombre desvía la atención de la gravedad de la violencia, y en cambio se enfoca en el afecto y la cercanía, la percepción de la realidad puede estar influenciada de un modo tal que la dificultad se puede hacer ver


como pequeña y, por lo tanto, más fácil para convivir con ella. El engaño ayuda a ocultar la violencia en una relación e incrementa la probabilidad de que se vuelva a repetir. El reconocer la violencia y hablar acerca de lo que sucedió es la indicación más clara de que alguien que ha hecho algo incorrecto se sienta responsable. Al hablar de la violencia, ésta se torna más visible. Hacer esto constituye el primer paso hacia el abandono del uso de la violencia. El golpeador a menudo hace que la violencia sea invisible a favor de sus propios fines, por medio de no pensar o hablar sobre ella. Para la mayoría de los hombres, la violencia se encuentra vinculada con los sentimientos de vergüenza y culpa, los cuales se pueden considerar relacionados con la impotencia o falta de poder y, de esta manera, ser un factor de riesgo para una nueva actitud violenta. La vergüenza y la culpa son por naturaleza incómodas y son algo que nosotros, como seres humanos, dejamos de lado. Al no pensar o hablar sobre la violencia, el desagrado o la molestia de haberla cometido se vuelve menor. El silencio que rodea a la violencia no se vislumbra como el resultado de la pérdida de memoria o como negación, tal como la define la teoría psicoanalítica que la conecta con procesos inconscientes. Estamos tratando con una falta de memoria o un olvido (de la violencia), funcionalmente escogido por una persona como medio para superar la molestia (la culpa). Los hombres que cometen violencia la usan como estrategia de superioridad en diferentes grados y de distintas formas. La violencia invoca tanto la vergüenza como el temor de la pérdida del amor. Para retener este amor y conseguir vivir consigo mismo, el hombre trata de redefinir su violencia de modo tal que ésta se vuelva menos problemática de tratar. En esto reside la certidumbre de que la violencia es errónea y perniciosa, aunque él no pueda lidiar con ella emocionalmente. La perspectiva cognitiva: “Yo no tengo ningún problema”. “Thomas” (53) llama a ATV y solicita ayuda después de haber ejercido violencia física contra su esposa. Ella sufrió moretones en su cara y dos costillas rotas como resultado del abuso. Él, vacilantemente, confirma por

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teléfono que ha empleado violencia física y que ésta fue grave. Cuando él acude a su primera entrevista, es invitado a hablar de su incidente en particular. No le resulta para nada fácil. Casi concluye la entrevista y enfatiza que él no tiene ningún problema. Es posible que él confirme que ha ejercido violencia e inclusive percibe que no tiene un problema, a través del uso de estrategias cognitivas, tal como la exteriorización, la negación, la fragmentación y la trivialización. Un rasgo común de estas estrategias es que ellas contribuyen a negar la responsabilidad. La exteriorización. La exteriorización explica tus propias acciones de tal modo que ellas no te pertenecen. Una característica de los hombres que buscan ayuda para controlar su violencia es que ellos exteriorizan hasta cierto grado la causa de su tendencia a la violencia. Un ejemplo típico lo constituye “Ola”, quien explica que el utiliza la violencia contra su compañera porque ella lo provocaba hasta un punto tal en el que él ya no podía controlarse más. Otras variantes pueden ser que ella se encuentre siempre muy distante, o que haga algo totalmente inaceptable. Un tratamiento psicológico común por parte de los hombres que exteriorizan sus explicaciones parece ser que es acerca del comportamiento de las mujeres que ellos encuentran ofensivo. La percepción de sentirse ofendido a menudo ocurre porque existe un sentimiento legítimo que los hace reaccionar ante acciones ofensivas. Tal situación en la percepción de la situación incrementará el riesgo de cometer violencia.

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La inherente negación de la responsabilidad en la exteriorización yace en su razón implícita; esto es decir, la explicación de la violencia como resultado de su conducta provocativa conlleva un mensaje oculto: “Si ella no hubiese sido tan provocativa, yo nunca la hubiera golpeado. Quiero decir, es ella la que tiene el problema (provocación). Si alguien debería cambiar, es ella y no yo”.


La negación y la trivialización. Un modo efectivo para reducir y simplificar la violencia es negarla o trivializarla (Adams, 1988b, Isdal y Råkil, 2001; Ptacek, 1988). La más “primitiva” de estas formas consiste en negarla; es decir, declarar que la violencia no ha tenido lugar: “Sus alegatos de que yo la golpeé son sólo rumores malignos”. La trivialización está redefiniendo a la violencia de tal modo que se convierte en algo menos serio o no tiene efecto (calidad) y es menos extensa (cantidad) de lo que realmente posee. Un ejemplo de trivialización cuantitativa podría consistir en expresar: “Nunca han habido tantos episodios de violencia como los que ella reclama. En realidad, sólo han ocurrido un par de veces; uno el viernes último y el otro hace como unos cuatro años y medio”. Un ejemplo similar consiste en la negación de la gravedad o seriedad de la violencia y sus efectos: “No fue ni de lejos tan grave como ella dice; no le han quedado ningunas marcas del hecho”. Una tercera forma de trivialización es la verbal. Al utilizar palabras que provoquen un enfrentamiento, la violencia se transforma en una acción mutua, y el problema se vuelve menos serio cuando es algo de lo que ambas partes se responsabilizan. Algo común a ambas formas es que la violencia y la responsabilidad del golpeador son apartadas del enfoque. La violencia se puede trivializar a varios niveles. Se pueden escoger tanto el acto real de violencia, la responsabilidad por ella o las consecuencias y efectos de la misma. Esto significa que el golpeador puede reconocer la existencia del acto y considerarlo serio, a la vez que puede trivializar su responsabilidad (“Yo no niego que haya habido violencia ni que esto sea totalmente inaceptable, pero ella tiene que aceptar su parte de la culpa antes de que yo acepte asumir la mía”. Del mismo modo, él puede asumir su responsabilidad e incluso trivializar las consecuencias perniciosas (“Soy muy consciente de que se trata de mí, y de que soy yo quien la golpea, pero sin embargo, ella está exagerando hacia dónde nos condujo el incidente”). Por lo tanto, es importante que el terapeuta se cuestione la

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trivialización en los tres niveles mencionados, a partir del conocimiento de su naturaleza y lógica inherentes. La fragmentación. La fragmentación significa describir a la violencia como fragmento de un todo, extraído del contexto en que ocurrió, sin pasado, presente o futuro. Este término también implica mencionar sólo ciertos elementos del hecho; es decir, hablar exclusivamente de las maneras en que él ejerció la violencia física, o sólo hablar de la violencia física sin mencionar la manera en que él la utiliza. La fragmentación implica el refuerzo de la descripción de la violencia como algo que no tiene ni consecuencias ni efectos. Por ejemplo, el golpeador puede describir la historia de su relación poniendo el énfasis en lo bien que todo había marchado durante largos periodos, y declarando que la violencia sólo había sido un detalle de la relación, incluso entre los periodos entre los hechos de violencia. El contrapeso a la fragmentación del hombre lo constituye la percepción de la mujer de que la violencia no sólo domina los hechos en que ésta es cometida, sino toda la relación y la vida. Un aspecto “inmerso” e intrínseco de las estrategias cognitivas anteriormente descritas es cómo los métodos de explicación contribuyen a la percepción del golpeador de sentirse víctima de las acciones de los demás (de ella). Una víctima se enfoca en el abuso de poder y la agresividad de los otros, y es inocente, sin tener otras alternativas u opciones. El hecho de que el golpeador se sitúe en el papel de víctima conlleva la percepción sobre sí mismo como sujeto pasivo, cuando la violencia se convierte en una reacción ante lo que ella le hizo activamente, provocándolo, ofendiéndolo y rechazándolo. La perspectiva educativo-psicológica: La violencia funciona. “Golpear constituye una conducta adquirida y aprendida. De acuerdo con la teoría del aprendizaje, la conducta se incorpora de dos modos; a través del establecimiento de modelos y mediante el refuerzo positivo” (Adams y Cayouette, 2002).

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El enfoque está generalmente colocado tanto por la sociedad como por el ámbito de las profesiones de apoyo al aspecto dañino y negativo de la violencia. La teoría de Skinner de la reserva funcional u operativa y la teoría de Bandura del aprendizaje social (Skinner, 1953; Bandura, 1973) muestran que si una conducta es seguida por una consecuencia positiva, se incrementa la posibilidad de que el individuo repita tal acción. Aplicado a la violencia de los hombres contra las mujeres, esta perspectiva nos ayuda a ver que la violencia tiene consecuencias positivas e inmediatas para el golpeador (Isdal, 2000). La violencia le puede ofrecer al golpeador un inmediato sentimiento de poder, control, fuerza y liberación. La violencia puede también darle una sensación de refuerzo de su deseo, puede actuar como un elemento que detiene el conflicto y es efectiva en relación con la supresión de emociones difíciles, o para transformar un sentimiento de impotencia en una percepción de control y fuerza. El siguiente ejemplo puede ilustrar cuán fuerte puede serla relación entre la violencia y la percepción del control y la fuerza: “Henrik”, un joven de 16 años, me contó qué importante había sido la violencia para él. Él llegó al tratamiento después de prolongados periodos de violencia; describiendo una infancia desfigurada por impredecibles abusos casi diarios por parte de su padrastro. Lo más importante de su vida para él era poder proteger a su pequeña hermana. ‘Henrik’ relató vívida y honestamente el día en que se detuvo la violencia. Él tenía 14 años y su hermanita llegó llorando a su cuarto y le contó que su padre la había golpeado. ‘Henrik’ era consiente de ser lúcido y relajado. Salió al cobertizo y tomó el Máuser (un poderoso rifle de caza) de su padrastro y entró a la casa, se encaminó a la sala donde reencontraba su padrastro se encontraba leyendo el periódico, se acercó y asomando el cañón del arma sobre el periódico, lo apuntó justo entre ceja y ceja de su padrastro, quedándose parado allí sin decir palabra. Éste se vio ganado por el pánico, comenzó a llorar y mojó sus pantalones. Entonces ‘Henrik’ le dijo que si alguna vez volviera a tocar a su hermana le volaría la cabeza ─y que lo haría cuando menos se

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lo esperara. ‘Henrik’ me dijo: ‘Nunca había experimentado un sentimiento tan intoxicante de tener el control total como el de ese momento. Desde ese día en adelante, nunca más tuvimos problemas en casa” (Råkil, 2002a, p. 11). La psicología educativa también nos muestra cómo la violencia puede ser auto-reforzadora; es decir, de gran ayuda, no sólo porque presenta un efecto positivo sobre el golpeador, sino también porque está también controlada por lo que se conoce como refuerzo negativo. La violencia es auto-reforzadora porque reduce o hace desaparecer la molestia o el desagrado (impotencia) asociado con ella (Bjørkly, 2001; Råkil, 2002b). La perspectiva cultural: las actitudes patriarcales y feministas represivas contra los hombres. La construcción de una sociedad de valores y actitudes patriarcales ayuda a causar y mantener el abuso por parte de los esposos. Las cualidades patriarcales, tal como el derecho de los hombres a practicar sexo dentro del matrimonio, implican que en muchos países los hombres no puedan ser acusados de violar a sus esposas. En otras palabras, es muy importante considerar en qué forma las estructuras sociales patriarcales representan una barrera patriarcal con respecto al combate de la violencia contra las mujeres. El ejemplo de abajo ilustra la forma en que esto se puede se puede expresar a nivel individual a través de cómo el padre transmite los valores patriarcales a sus hijos.

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Después de establecer contacto con ATV, “Håkon” (34) comienza en un grupo con miembros principalmente ya establecidos. Ellos lo reciben muy bien y lo incluyen para mostrarle lo que comprenden acerca de lo difícil de ser nuevo en un grupo –algo que todos ellos ya han experimentado. También saben que se debe desafiar a sí mismo para ser capaz de cambiar la percepción acerca de su problema de violencia. Sus desafíos son a la vez directos y respetuosos, y el grupo trabaja para identificar y revelar la naturaleza de su problema de violencia. “Håkon” comienza a sentirse bajo


presión, existe tal vez demasiada atención centrada en él y en la violencia que ha perpetrado. Después de un rato, el interrumpe a los demás y dice “las mujeres necesitan unos golpes de tanto en tanto. A veces necesitan que se las ponga en su lugar”. Él justifica sus reclamos explicando su creencia de que es el hombre el que debe tomar las decisiones y la mujer quien tiene que obedecer. Esto trae aparejado el hecho de que él realmente creía que “bajo ciertas circunstancias, es deber del hombre poner a la mujer en su lugar”, si ella hizo algo inaceptable o cuando hirió sus sentimientos masculinos deliberadamente. “Håkon” describió una buena relación con su padre, de quien dice que tomó la responsabilidad de criar a sus hijos en línea con los puntos de vista de su padre, tal como deberían hacerlo todos los padres. El grado hasta el cual los hombres que buscan ayuda por su conducta violenta es representativo de sus actitudes patriarcales puede variar mucho. Sin embargo, si echamos un vistazo a la socialización y la interiorización de las actitudes patriarcales y cómo se percibe a las mujeres en forma tal del sentimiento que los hombres dan por sentado de tener el derecho al control a través del ejercicio del poder, esto se aplicará en mayor grado a los hombres violentos como grupo (ref. la perspectiva cognitiva). Tales actitudes no son expresadas en forma directa por la mayor parte de los hombres con los que entramos en contacto –en cambio, ellos se manifiestan sobre la violencia y aquello que la desata. Aquí vemos que las expectativas que tienen los hombres acerca de la conformidad y la sumisión de las mujeres sobre las necesidades, los deseos y las demandas de los primeros por libertad no se cumplen, se crea un sentimiento de impotencia que conduce a la violencia. Por lo anterior, es razonable asumir que los sistemas de expectativas patriarcales son muy significativos para todos los hombres que nosotros conocemos. Los programas de tratamiento en ATV. La organización del tratamiento se basa en la aceptación de que cuando los hombres se encuentran en una crisis percibida de manera subjetiva,

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se encuentran más motivados y, en tal situación, mucho más deseosos de ingresar en el tratamiento. Este es el momento en que la motivación se encuentra en su punto más alto, sin importar si es por razones externas o internas. La crisis a menudo se encuentra estrechamente ligada a haber cometido un acto de violencia contra su pareja. Cuando un hombre contacta con ATV, se le ofrecen tres entrevistas de definición introductorias, las cuales representan la primera investigación acerca de su violencia. De allí además, se le ofrece o bien un tratamiento individual o unirse a un grupo de terapia. Existen muchos criterios que gobiernan qué tipo de tratamiento es el más adecuado, incluyendo razones prácticas y profesionales, al igual que razones de exclusión ─y también de inclusión. Los criterios de inclusión para los tratamientos individuales a menudo actúan como criterio de exclusión para el tratamiento grupal cuando se evalúa de qué forma de tratamiento el hombre podrá obtener mayores beneficios. Esto se puede ilustrar a través de lo que se toma en consideración para los criterios de exclusión para la participación en los grupos: - Los hombres con una intensa crisis probablemente necesitarán más tiempo y más atención de los que puede ofrecer un grupo. - Los hombres psicóticos o al borde de la psicosis no se podrán beneficiar de la terapia de grupo. - Los hombres que son poco adaptados socialmente y que temen reunirse en un grupo, podrán optar por quedar fuera de él. - Los hombres extranjeros con problemas de idioma que sean de tal magnitud que les represente un problema. - Los hombres que tengan problemas especiales que hagan que ellos sean “marginados” en un grupo. - Los hombres con problemas activos de alcoholismo o drogadicción. - Los hombres que no puedan cumplir con los requerimientos de reunirse en un grupo que se encuentra diario a un horario fijo. Las cuatro fases del tratamiento: Desde la sinceridad sobre la violencia al reconocimiento de sus consecuencias. Los hombres que han contactado con ATV para averiguar acerca de las


terapias constituyen un grupo heterogéneo en relación con la motivación y sobre la forma en que perciben sus propios problemas de (Hoaas, 2000; Isdal, 2000). Algunos ejemplos: “Erik”: Yo no puede decir que he sido violento. Es ella la que tiene problemas. Debería haber una ley en contra de tener que soportar ser atacado una y otra vez. Ahora, ella me acusa de ser violento y todos creen que yo estoy loco. Ahora, ella insiste que venga aquí, de modo que vendré. “Tore”: Tengo un gran problema, La persona que amo me ha abandonado porque dice que no se atreve a vivir conmigo. De algún modo, he sido dos personas diferentes -una que actuaba como si tuviera todos los derechos durante todo el tiempo y fuese ella la que estaba fuera de lugar, y otra persona que sabía todo el tiempo lo que estaba mal y que era a mí al que le salían mal las cosas. He intentado detenerme, pero fracasé. Hay algo dentro de mí que no puedo comprender, necesito ayuda y permaneceré aquí todo el tiempo que sea necesario. Dada la conciencia de “Tore” acerca de la violencia como problema, él constituirá un caso más sencillo para que los terapeutas puedan trabajar con él. También tendrá mayores posibilidades de cambiar que “Erik”, quien posiblemente tenga un camino más largo por recorrer. Aun cuando la variación es grande, la tendencia en el grupo es relativamente clara. La mayoría de los hombres desean hasta cierto punto evitar reconocer su uso de la violencia. Ellos negarán la responsabilidad por la violencia. Evitarán referirse a sus propias violencias y sus motivos. Finalmente, apenas aceptarán los efectos de la violencia sobre sus parejas, sus niños y las demás personas. Por lo tanto, el tratamiento contra la violencia debe abarcar estas cuatro áreas.

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El aspecto del cambio no se puede aislar de lo que constituirá una modificación positiva para el hombre. Lo que se debe considerar positivo tiene que ser, por ende, un cambio que ayude a quienes se ven afectados por la violencia. Cuando les preguntamos -por ejemplo, a una compañera o a un niño- qué clase de cambio les gustaría ver, la respuesta generalmente es una de las siguientes: - Que se detenga la violencia física y psicológica. - Que el golpeador reconozca lo que ha hecho. - Que acepte por completo la responsabilidad por sus acciones. - Que acepte y reconozca el efecto que la violencia tiene sobre su familia, y que él soportará esto en su mente en el futuro. El tratamiento para los hombres que cometen violencia contra las mujeres debe combinar la percepción de cómo ellos perciben su propia violencia con las perspectivas de un cambio basado en los que se ven afectados por ella. Esto genera un curso característico de tratamiento que atraviesa por cuatro fases: el enfoque sobre la violencia, la responsabilidad, la relación, y el efecto. La terapia puede seguir este proceso, ya sea en forma individual o bien en grupos.

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El enfoque sobre la violencia. En la primera fase de la terapia, trabajamos muy específicamente en hablar sobre la violencia que el hombre ha cometido. El objetivo consiste en traerla a la luz y contrarrestar la negación y la trivialización. De esta forma, podemos lograr que el hombre se aproxime a su propio uso de la violencia y ayudarlo a referirse a ella, en un mayor grado, como una realidad y un problema. La terapia se encuentra muy cercana a la metodología usada para el manejo de las crisis; se reconstruyen los hechos violentos y se revisan en detalle. A nivel del sentido común, la violencia como problema individual no dista mucho de otros problemas psicológicos. Simplemente ayuda a hablar acerca de ellos, de igual modo que lo hace en los casos de ansiedad, por ejemplo, donde poner las cosas en palabras ayuda a


reducir los problemas. Simplemente enfocarse en la violencia proporciona ayuda a la mayoría de los hombres que se encuentran en tratamiento a experimentar algo que no habían hecho antes –en otras palabras, a hablar de ello. La principal tarea para el terapeuta es hacer preguntas sobre los episodios que han ocurrido, de un modo abierto, directo y de manera detallada. Las preguntas que hacemos son qué sucedió, dónde y cuándo, y cómo sucedió. Nos concentramos en ser específicos y descriptivos. No preguntamos por qué sucedieron las cosas; ya que creemos que preguntar esto no obtendrá respuesta, porque ellos no se conocen, y puede que esta pregunta desate el mecanismo de autodefensa que muchos hombres poseen y que les hace negar su responsabilidad. Para lograr que un hombre se aproxime a su propia violencia, generalmente pasamos por hechos previos en el tiempo presente (¿Cómo la golpeas? ¿Está el derecho de tu parte? ¿Puedes ver su cara?). Generalmente, comenzamos enfocándonos en la violencia física, pues ésta es la más clara y específica. Establecemos una revisión sistemática de un mínimo de tres hechos: el primero, el último, y el peor. También intentamos crear una supervisión lo mejor que sea posible sobre la violencia: cuándo comenzó, cómo se desarrolló, en qué situaciones generalmente surge y de qué modo él percibe su comportamiento violento a lo largo del tiempo. Para muchos hombres que ingresan en el tratamiento, la violencia física es la única que consideran como su problema. Por lo tanto, la tarea del terapeuta consiste en ayudar a los participantes a adoptar una visión más amplia, que incluye la violencia psicológica, la sexual, la material y la latente (Isdal, 2000). Es esencial que el terapeuta se enfoque en estas áreas, y que pregunte aspectos específicos sobre las variadas formas de violencia. Es relativamente común para el terapeuta explicar su definición de la violencia de un modo pedagógico y profesional.

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El proceso en este elemento apunta a crear una mayor apertura sobre las estrategias violentas y represivas del hombre, a darle una impresión más clara de que él presenta un problema con la forma en que se relaciona con su pareja. Aparte del enfoque activo sobre la violencia realizado por el terapeuta, las formas más importantes de penetrar en el participante son escuchar y apoyar a través de una actitud amable y respetuosa. Al dar una retroalimentación activa y positiva a lo que el hombre dice, buscamos construir una mayor apertura y sinceridad. Cuando se trabaja con problemas actuales de violencia, la primera fase estará ligada a evitar nuevos episodios de ese tipo. Esta fase de la terapia enfocada en el cambio se centra generalmente en dos áreas: en primer lugar, en hacerse consciente de sus propias señales acerca de cuándo se está en camino de cometer violencia y cómo leerla. En segundo lugar, en las estrategias de aprendizaje para poder ser capaces de retirarse de situaciones difíciles, o detenerlas. Una de las técnicas que podemos usar en esta fase es la del procedimiento de “tiempo fuera” (“time out”procedure). En muchos contextos terapéuticos, sabemos que necesitamos establecer una buena relación terapéutica con el paciente antes de que podamos iniciar los temas dificultosos. Nuestra experiencia nos dice que hablar de la violencia desde el comienzo es una buena manera de establecer dicha relación, si es que se hace con respeto y empatía. La primera fase de la terapia también representa el comienzo del trabajo de cambiar la motivación externa hacia una más –es decir, justo desde el momento del comienzo del tratamiento y no (por ejemplo) hablar del hecho de que ella lo ha abandonado. De otro modo, aumentamos el riesgo de que él pueda abandonar la terapia si es que ella regresa.

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El enfoque en la responsabilidad. En la siguiente fase de la terapia, el enfoque principal se encuentra en el trabajo con la percepción de la responsabilidad. Esto implica, en


una buena medida, conseguir que los hombres cambien su “enfoque explicativo” desde la pareja hacia ellos mismos. En terapia, esto significa que nosotros hacemos detener a los hombres de hablar de su pareja y sus fallos, para preguntarles sistemáticamente sobre sus propias acciones, pensamientos, sentimientos e intenciones. La responsabilidad tiene que ligarse a la violencia de varias formas: -Como el reconocimiento general de que yo soy responsable por lo que hago, la violencia es mi modo de reaccionar para satisfacer mis necesidades en una situación dada: “Durante mucho tiempo pensé que la golpeaba porque era muy provocativa, pero el problema era, por supuesto, que a mí no me gustaba lo que decía, y la golpeaba para que me tuviera miedo y parara de hacer esas cosas que a mí no me gustaban”. -Como reconocimiento de que mis sentimientos son mi propia responsabilidad “Yo quería que ella no saliera a ver a sus amigas, pues estaba asustado de que pudiera conocer otros hombres. Usaba mi propio temor de no ser lo suficientemente bueno para controlar su vida. Necesito aprender a lidiar con mi inseguridad sin controlar su vida”.

-A través de comunicarle al mundo en general que yo asumo la

responsabilidad por la violencia que he cometido: “Nunca he deseado hablar con ella acerca de la violencia, sólo me enojo y dejo de lado cualquier ocasión en que ella trae el tema a colación. Nunca le he demostrado que puedo asumir la responsabilidad”. -A través de un comportamiento que muestre a los que lo rodean que él cuida a la persona contra la que ha cometido violencia, y lo que ha hecho, y se alienta de allí en más: “Cuando voy a una fiesta, evito beber, porque sé que la preocuparé dado que a menudo me he puesto antes violento en tales situaciones. Comprendo que ella aún esté preocupada por mis

reacciones, y trato lo más posible de mostrarme paciente y tolerante para que ella se vuelva a sentir segura”.

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Trabajamos en el enfoque sobre la responsabilidad analizando posteriormente las situaciones de violencia mediante su separación en sucesivas secuencias, y mostrando que existe un largo periodo en el que el hombre hace una serie de elecciones que producen violencia. Las preguntas que lo ayudarán a ver la intencionalidad de su violencia pueden ser: ¿Qué estabas intentando hacer? ¿Qué querías conseguir? ¿Qué querías? El enfoque repetitivo sobre las elecciones y la intención están ligados con la explicación explícita del terapeuta de que la violencia es responsabilidad del golpeador. Tales intervenciones pretenden ayudar al hombre a pasar de la comprensión de la exteriorización a la de la interiorización de la violencia que ha cometido. Es importante ayudarlo a ver que él tenía la intención cuando cometió violencia a través de su expectativa de hacia qué podía conducir la violencia y de que ésta conduciría a algo. A este nivel, el trabajo enfocado sobre el cambio apunta a generar conciencia de las elecciones hechas en el periodo conducente a la violencia y la subsiguiente capacitación en elegir alternativas no violentas. La idea pasa de soluciones que eviten la violencia al comienzo del aprendizaje para abatir las situaciones emocionalmente difíciles sin tener que recurrir a la violencia o a la dominancia. La capacitación en la comunicación y el manejo respetuoso de las situaciones que él experimenta como conflicto son elementos centrales durante esta fase. El trabajo también puede apuntar a definir planes de responsabilidad para situaciones futuras; por ejemplo, planear y practicar cómo comportarse en tales situaciones en el futuro. También intentamos conseguir que el hombre tome la iniciativa y explícitamente declare que ve que tiene que asumir la responsabilidad por la violencia que ha cometido.

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El enfoque en el significado y las explicaciones psicológicas. Después de las primeras etapas vitales de reconocimiento y asunción de la responsabilidad por la violencia; el siguiente aspecto consiste en crear una comprensión: por qué ocurrió, qué función tenía y qué relaciones existen con su propia vida. Los humanos no pueden vivir


sin buscar significados y cuando hacemos algo que es aparentemente incomprensible o tabú, buscamos crear una explicación, incluyendo la vía de la justificación. La habitual reacción masculina es explicar la violencia como defectos de la mujer –ella es quien tiene algo que funciona mal. El tratamiento apunta a prevenir esta exteriorización y a ayudar a los hombres a mirar introspectivamente. Cuando un hombre ya no puede más explicar la violencia como algo causado por la mujer y su provocación, a menudo queda expuesto a un vacío de significado. Si no es culpa de ella, ¿por qué él usó entonces la violencia? ¿Soy sólo yo quien soy maligno? Sin una explicación lógica y visible, el hombre recaerá fácilmente en las viejas excusas y volverá a culpar a su pareja, y de este modo construirá un nuevo estado de ira que puede conducir a la violencia. O sólo pensará que la explicación es su propio deseo maligno, algo que directamente empeorará su ya pobre autoestima y que puede resultar en depresión o incluso en tendencias suicidas. Trabajar en las relaciones debería idealmente producir un hombre que vea y asuma una plena responsabilidad por su violencia, y que coloque la culpa y la vergüenza en las condiciones que lo han creado. En el tratamiento, no nos hacemos ilusiones con encontrar la explicación completa y perfecta, sino simplemente una explicación que dé significado y ofrezca la posibilidad de trabajar en el problema y generar un cambio. Generalmente, existen cuatro áreas principales para considerar las relaciones: la primera es la formación individual del hombre, que a menudo contiene experiencia de violencia y ofensivas (violencia contra los niños, padres cometiendo violencia contra los niños, padres intimidante o con adicciones –o problemas psíquicos, de alfabetización o de escritura, etc.). Las experiencias traumáticas pueden ser el origen de las reacciones agresivas en los adultos, y necesitan ser tratados. La historia personal de ser víctima es un buen enfoque para poder comprender lo que hace la violencia con sus propias víctimas. La segunda área es la relación cultural que trata con la forma en que nos criamos como hombres y mujeres y cómo las expectativas “patriarcales” de supresión femenina crean tanto

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agresión como fundamentos para la violencia. La tercer área de las relaciones yace en cómo el hombre se ha referido a su propia violencia (supresión, negación de responsabilidad, baja autoestima, etc.) y cómo esto favoreció un pensamiento agresivo y, en la instancia siguiente, nueva violencia. La cuarta relación consiste en la falta de capacidades o desarrollo por parte del hombre. A menudo vemos cómo los hombres se vuelven desesperanzados e impotentes en sus relaciones íntimas; muchos de ellos tienen muy poca capacitación acerca de importantes habilidades sociales y, por ende, presentan problemas para expresar sus sentimientos, mostrando empatía, comunicación, cooperación, cercanía con la tolerancia y sus conflictos, y estableciendo sus límites de la mejor manera posible. En esta fase, el trabajo enfocado en el cambio se enlaza con la tarea de encarar las condiciones de un entorno o antecedentes traumáticos y en colocar la ira y la congoja en el lugar al que pertenecen. Esto también está centrado en el desarrollo y la capacitación de la sensibilidad emocional y la comunicación. El cambio en relación con el papel masculino se enfoca en la construcción de nuevos ideales que puedan generar un hombre bueno. La igualdad, los sentimientos de protección y responsabilidad, la sensibilidad, la sinceridad más el valor, la auto-estima y la fortaleza deberían incluirse en este ideal. En otras palabras, un elemento fundamental de la terapia es ayudar al golpeador a identificar y reconocer el sentimiento de impotencia que subyace detrás de la violencia. El hombre necesita procesar las importantes experiencias de vida relacionadas con la impotencia que ha sufrido; también precisa ayuda para manejar las situaciones para que lo hagan sentir menos impotente, o bien ser capaz de lidiar con la impotencia de un modo no violento y más respetuoso.

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El enfoque en los efectos y las consecuencias de la violencia. La violencia y la agresión en sí mismas, los efectos de la construcción del género que surgen de los derechos patriarcales, el rechazo de la responsabilidad y la culpa y los pensamientos autoprotectores que


prosiguen a la violencia son factores centrales, que bloquean la empatía por las víctimas. Una condición previa para sentir el sufrimiento de los demás es que tú necesitas primero ver y reconocer tu propia violencia, tener la capacidad de aceptar la responsabilidad por ella y haber realizado el esfuerzo de situar a la violencia en perspectiva y en un contexto. Por ende, es natural que el enfoque sobre los efectos y las consecuencias de la violencia surjan en primer lugar en la fase final de la terapia. Tal vez la principal protección contra la violencia consista en ser capaz de sentir el temor y el sufrimiento de las otras personas, lo que hace que el trabajo sobre esta área sea crucial con respecto a la prevención de la violencia futura. También aceptar las consecuencias de la violencia es una de las mayores ayudas que el golpeador puede proporcionar a la víctima. Esto constituye un elemento central en asumir la total y completa responsabilidad por la violencia. El trabajo en esta fase demanda fortaleza de parte de los participantes, y está basado en una relación de seguridad entre los pacientes y el terapeuta. El trabajo orientado hacia el cambio en la cuarta fase está centrado en ejercicios que pretenden hacer ver la violencia desde el lado de la víctima e intentar ponerse en sus zapatos. También implica un trabajo muy activo con los participantes, para que ellos incorporen las vivencias y los sentimientos de quienes han sido víctimas de su violencia. A esto se llega en gran medida y como consecuencia natural a través del proceso que estos hombres han experimentado. Otros individuos necesitan los ejercicios y una terapia centrada y estructurada, la cual trabaja con las dificultades que estos hombres han tenido para comprender lo que la violencia ha ocasionado a sus víctimas. La finalización de la terapia. Al momento de la finalización de la terapia, preguntamos a los hombres cómo percibieron el tratamiento. Muchos de ellos consideran importante que nosotros hayamos atacado su violencia de forma directa, y otros creen que eso fue lo mejor de toda la terapia, y que fue muy bueno poner

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en palabras su violencia. Al final de la terapia, los pacientes pasan por una auto-evaluación junto con sus terapeutas, la cual se centra en echar una mirada retrospectiva a su violencia, una evaluación acerca de dónde ellos están hoy en día y una extensa planificación de cómo desean encarar un futuro sin violencia y qué pueden hacer si se encuentran deslizándose nuevamente hacia los viejos hábitos. Las técnicas de los terapeutas: Un enfoque centrado y proactivo. Los hombres con problemas de violencia hacia las mujeres hacen demandas especiales de la terapia. La mencionada violencia es un problema tabú que implica que los pacientes e ven afligidos por el silencio, la negación, la fragmentación y el rechazo de la responsabilidad. Para comprenderse y presentarse, estos hombres a menudo actuarán como víctimas con sus amigos y familia, y especialmente con sus padres, Esos elementos característicos de cómo ellos los refieren se pueden resumir como pasividad y evasión: Los hombres con frecuencia asumen un punto de vista pasivo con respecto a su problema, a ellos mismos y aquellos que los pueden ayudar. Pueden adoptar un enfoque de evasión activa por medio del control de la conversación y del terapeuta. Esto hace necesario que este último sea proactivo y centrado, haciendo muchas preguntas específicas, y encarando temas concretos, deteniendo al hombre de continuar en su papel de víctima, desviando este aspecto y problematizando activamente el tema de la violencia.

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La tendencia a no cuestionarse la dominación machista también contribuye a la normalización de la estructura de poder que es, por su naturaleza, perniciosa y degradante. Estos aspectos de la violencia y los hombres hacen que sea esencial que el terapeuta esté altamente capacitado y cuente con una buena comprensión sobre la violencia en las parejas y sobre el significado de la cultura de género. Un terapeuta neutro y pasivo, sin la comprensión de lo que significa la violencia, o sin una


perspectiva acerca del poder y el género, será poco efectivo y, en el peor de los casos, inclusive pernicioso. ATV recomienda un estilo de terapeuta que sea activo y enfocado, que desestructure claramente las actitudes hacia la violencia, que sea afectuoso y brinde apoyo, y que finalmente cree relaciones. La forma del tratamiento también debe tener en cuenta que los hombres son pacientes, con sus actitudes de sinceridad, sentimientos y que asisten a una terapia (Brooks 1998, Anstorp 1990). Actitudes claras. La violencia hacia las mujeres está hasta cierto punto ligada con un conjunto de actitudes que en sí mismas forman los ámbitos y los justificativos para la violencia. Como terapeutas, creemos que la terapia debe enfrentar y cambiar tales actitudes. Como centro de terapia, necesitamos, por ende, desarrollar un grupo de éticas y actitudes que pasamos a nuestros pacientes. Éstas incluyen:

- La violencia hacia las mujeres constituye un abuso de poder y esto no es correcto bajo ninguna circunstancia. - La violencia daña y lastima a sus víctimas; especialmente a las mujeres expuestas a ella y a los niños que la atestiguan directa o indirectamente. - La violencia es responsabilidad del golpeador; es él quien debe y puede prevenirla. - La violencia es una acción opcional e intencional, siempre hay alternativas a la violencia. - La igualdad es la única forma saludable de convivencia entre dos personas adultas. - La violencia machista hacia las mujeres no es un hecho natural. - La violencia nunca puede ser una reacción aceptable ante el comportamiento de los demás.

Los terapeutas de ATV dejan esto muy claro a los participantes en sus terapias y lo hacen implícitamente a través de sus actitudes hacia los pacientes y sus historias.

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El respeto, el apoyo y la empatía. La violencia no es solamente un problema de actitud, sino también emocional. El acto de cometer violencia contra las mujeres invoca vergüenza y tabúes y presentará un fuerte efecto para la mayoría de los hombres acerca de su propia percepción. Una pobre imagen de sí mismos puede incrementar el riesgo de más violencia en la siguiente ocasión que ésta suceda. La investigación ha podido probar la relación que existe entre el abuso de las esposas y los síntomas de la depresión (Høglend y Nerdrum, 1996; Hellstrand y Råkil, 1991; Tafjord, 1997). Existen bases para decir que muchos hombres también sufren como resultado de su propia violencia. Todas las formas de tratamiento requieren que el paciente encuentre apoyo, respeto y empatía, que genere cambios y desarrollo. La condena, las formas de moralizar y la ofensa jamás crean un cambio positivo, no son otra cosa más que estrategias de dominancia y no tienen lugar en la sala de terapia. En ATV, nos conectamos con nuestros pacientes de una manera respetuosa y no condenatoria, vemos y reconocemos al hombre que está detrás de la violencia y promovemos un apoyo activo y el fomento de la relación en todos los cambios positivos que ellos intentan desplegar.

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Delineando la violencia como un pecado y al golpeador como un ser humano –diferenciando entre quién es el hombre y el acto de violencia que éste comete. Otro de nuestros supuestos fundamentales es la diferencia entre el hombre como persona y la violencia que comete; es decir, la diferencia entre quién es y lo que hace. Esta diferencia es importante, dado que la posibilidad del cambio está ligada con ella. Si no aplicáramos esta diferencia, el golpeador se convertiría en un mal individual debido a su despliegue de acciones que se pueden percibir como malignas. Lo podemos percibir como un “demonio” porque él “demoniza” cosas tales como exponer a su familia a la violencia. Sin embargo, si establecemos la diferencia entre quién es y lo que hace, esto ayuda a contextualizar su ejecución de la violencia;


es decir, a ver que esta última no ocurre dentro de un vacío psicológico y social. Ella está ligada con el análisis de experiencia previas relacionadas con hechos violentos, y con aspectos sociales tales como la expectativa de ser fuerte y tener el control, la propia percepción y los imperativos culturales. El sentimiento de vergüenza y de duda usualmente estarán presentes detrás de la fachada del silencio, la negación y las acusaciones contra su pareja (Hoaas, 2000). La aplicación activa de esta diferencia no sólo representa el potencial con respecto a ayudar al hombre a dejar atrás a la violencia, sino también a manejar la vergüenza, que es necesaria para crear un cambio permanente en relación con su problema de violencia. La pena o la vergüenza que soportan los hombres representa sólo una expectativa psicológica de desdén si ellos despliegan su comportamiento violento de una manera abierta. Por lo tanto, se hace importante combinar este bosquejo de lo que él ha hecho con respeto y empatía en relación con el sentimiento de vergüenza y auto-desprecio. Al no encontrarse con el desdén que espera, la vergüenza disminuye bastante. La energía de esta vergüenza puede, de este modo, transformarse en una visión y un sentimiento de responsabilidad. Este modo de trabajar ofrece buenas oportunidades de ayudar al hombre a que asuma la responsabilidad por su problema de violencia y, de este modo, reemplace su uso de la misma por otros modos más respetuosos de relacionarse con su pareja y sus hijos. La experiencia con la terapia. Quince años de trabajo en el trato con hombres que cometen violencia contra mujeres nos ha dado una rica experiencia, la cual se puede dividir en dos tipos: en primer lugar, los estudios sobre los efectos que se han llevado a cabo en ATV; y en segundo lugar, las experiencias más o menos sistemáticas que hemos acumulado a partir de las entrevistas con los hombres. Ambos tipos se pueden resumir en el hecho de que los resultados de los tratamientos han sido buenos, pero que también hay salvedades y limitaciones implicadas.

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Las investigaciones sobre los efectos en ATV. El aspecto del efecto de la terapia es crítico. Idealmente, nos hubiera gustado que nuestro trabajo hubiese tenido un seguimiento meticuloso y extenso por parte de la investigación. El efecto debiera medirse a través de entrevistas con los golpeadores y sus víctimas, y con los pacientes o participantes de la terapia a los 3-5 años de finalizada ésta. Tal investigación no sólo debería responder la pregunta de si la terapia ha sido útil, sino también qué tipo de tratamiento ha sido el más efectivo para las diferentes clases de pacientes. Sin embargo, tal investigación no ha sido priorizada por las autoridades que nos financian ni tampoco establecida por los institutos de investigación. Se han desarrollado tres estudios en ATV, los cuales pueden arrojar en forma conjunta cierta luz sobre la calidad y los resultados de la terapia. Luego de tres años de funcionamiento, efectuamos una evaluación interna de los tratamientos. Basándonos en la experiencia de los propios terapeutas a partir de todas las terapias llevadas a cabo (n= 93), concluimos que alrededor del 74% de los participantes interrumpió la violencia física durante el tratamiento (Isdal y Nørbech, 1990). También hallamos que hubo muchas parejas que rompieron después de que el hombre inició el tratamiento, pero que éste generó que la mayoría de esas rupturas se hubieran producido sin violencia. En otras palabras, el estudio demostró resultados sumamente positivos, aunque su principal punto débil es que fue realizado por los propios terapeutas, y por lo tanto pudo haber estado influenciado por una evaluación subjetiva.

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En representación del Concejo de la Ciudad de Oslo y el Ministerio Noruego de Asuntos Sociales, Høglend y Nerdrum (1996) desarrollaron un estudio del efecto del tratamiento sobre la selección de los pacientes del centro. Estos autores estudiaron datos de MMPI3 y SCL-904 tomados al comienzo y a la finalización del tratamiento. Su principal conclusión fue que el efecto de la terapia se correspondía con lo encontrado entre los tipos de terapias más exitosos para otras clases de grupos de pacientes. Estos


investigadores dividieron a los participantes de las terapias de ATV en grupos conformados de acuerdo con el grado de gravedad de la violencia cometida. Sus hallazgos concluyeron que tanto el grupo de violencia “moderada”, como el de violencia “con seria amenaza de la vida” se beneficiaron de los tratamientos individuales. Para aquellos que recibieron terapia de grupo, los dos grupos se dividieron. El grupo más grave se benefició en menor grado que el grupo moderado. Los autores también encontraron que los pacientes mostraron un cambio nítido y positivo con respecto a su nivel de depresión. Este estudio también indicó un resultado muy positivo, pero su mayor debilidad recae en su falla en considerar los cambios en la conducta violenta, debido a que sólo se tuvieron en cuenta aquellos cambios en los síntomas psicológicos. Tampoco se recabaron datos de las parejas de los participantes en las terapias. Tafjord (1997) realizó un estudio sobre entrevistas cualitativas sobre 27 pacientes luego de dos años y medio de haber concluido la terapia. Él encontró que los 7 pacientes ya no ejercían violencia física. En el momento del estudio, el grupo de pacientes, sin embargo, reportó que psicológicamente la vida les estaba resultando más difícil que antes. Como grupo, los pacientes expresaron que luchaban contra la depresión y que encontraban que las relaciones íntimas les imponían una carga emocional. El estudio indicó que el efecto de la terapia actúa a largo plazo, pero presenta los mismos puntos débiles que su antecesor en el sentido de que no se entrevistó a las compañeras de los participantes. Todos los estudios indican que el tratamiento conduce a un cambio positivo, pero que todos tienen en claro su debilidad metodológica. Los resultados posiblemente sean los que más digan acerca del empleo de la violencia física por parte de los participantes. Los cambios en el empleo de este último tipo de violencia son más difíciles de estudiar, no solamente en términos puramente metodológicos. Si los miramos en forma colectiva, creemos que nos ofrecen un buen indicador de la efectividad potencial del tratamiento. Es razonable asumir que los resultados dan lugar para

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el optimismo, dado que el curso del tratamiento que está muy bien preparado, es profesional y se encuentra adaptado a las individualidades. Sin embargo, resulta obvio que en los próximos años se necesita llevar a cabo una investigación más extensa sobre los efectos. La experiencia clínica. Los hombres sacan provecho de la terapia –pero con frecuencia debido a una motivación externa. Los hombres que abusan de las mujeres se han caracterizado tradicionalmente como un grupo poco deseoso de aceptar tratamientos, como inestables y con escasa motivación. Nuestra experiencia contradice esta descripción. Muchos hombres que ejercen violencia contra las mujeres buscan ayuda cuando ésta está disponible; saben que presentan un problema ligado a la violencia y desean cambiar. A pesar de que estos hombres constituyen un grupo heterogéneo, tienen ciertos rasgos en común. Su motivación está generalmente basada externamente y se presentan como un grupo fuertemente motivado si se encuentran relativamente pronto luego de un episodio de violencia, cuando el sentimiento de crisis es aún muy fuerte. La mayoría de ellos dicen tener un problema, aún cuando pueden negar enfáticamente que hayan cometido violencia. La terapia de ATV’ capture a un grupo de hombres que de otro modo sería “invisible”. A través de nuestro tratamiento voluntario, llegamos a hombres (42%, n=1732, años 1988-1995) que nunca habían utilizado forma alguna de servicios de cuidado o atención, y que no habían tenido contacto ni con la policía ni con los sistemas legales. Esto quiere decir que llegamos a un grupo que de otra forma nunca hubiera sido atendido.

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La bibliografía en este campo ha indicado que los hombres que se contactan con un centro de tratamiento voluntario y aquellos que han sido o bien remitidos o sentenciados a tratamiento provienen de entornos completamente diferentes. Nuestra experiencia muestra que los hombres


de ambas categorías pueden por cierto ser tratados en forma conjunta; ambos tienen una fuerte motivación externa para contactarse con ATV y ambos necesitan ayuda para cambiar el modo de exteriorización, de negación, de trivialización y fragmentario en el que manejan su problema de violencia. Una buena cantidad estable del grupo de pacientes completó el curso del tratamiento. El hecho de que la primera fase de tratamiento represente una etapa crítica bajo la forma de alto riesgo de quedar fuera es una realidad ya conocida en la mayoría de las formas de tratamiento. Si los pacientes logran superar la primera fase, se vuelven asiduos concurrentes al tratamiento que ATV ofrece. Los problemas de violencia difieren y los concurrentes necesitan distintos periodos para lograr su cambio (Råkil, 2002b). Esto implica que es preciso desarrollar un periodo de tratamiento que contemple las necesidades individuales. En ATV, esto quiere decir que los pacientes reciben periodos muy distintos de –algunos de sólo unas pocas horas y otros todas las semanas durante muchos años. Las cifras muestran que el tiempo promedio de tratamiento para la terapia individual es de alrededor de ocho meses, en tanto que es de 15 meses en los casos grupales. Existe una considerable cantidad de variación alrededor de estos promedios. De los concurrentes que atraviesan las terapias individuales, sólo 3 de 50 abandonan. Si consideramos el número de hombres en las terapias grupales, la tasa es de 3 sobre 100. Estas cifras son mucho más bajas que las que se reportan en la bibliografía de las investigaciones internacionales. Los problemas no se resuelven incluso cuando se detenga la violencia. En nuestro enfoque y preocupación acerca de las consecuencias perniciosas y destructivas de la violencia, podemos llegar a codearnos tanto con ella que tendemos a pensar que cuando se ha ido, el problema está resuelto. Sin embargo, para las víctimas, los recuerdos y la experiencia de

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la violencia no desaparecen cuando ésta se detiene. Nuestra experiencia nos dice que la violencia, con su naturaleza dramática y dominante, tiende a ocultar problemas maritales que la mayoría de la gente vive. Esto implica que, cuando la violencia disminuye o desaparece, tales problemas vuelven a aflorar junto con los efectos de la violencia sobre todos los miembros de la familia. La mayoría de nuestros pacientes batallan para manejar el efecto que la violencia presenta sobre las relaciones de todos los miembros de la familia y los demás a través del periodo de la terapia. Muchos hombres se las arreglan para hacer algo acerca de su conducta violenta. A menudo vemos que la violencia física se reduce significativamente o incluso desaparece por completo una vez que el hombre ha comenzado su tratamiento. Los hombres tienden a pasar un periodo relativamente largo en la terapia. Parece que esto en principio concierne a tres aspectos: lleva un cierto tiempo cambiar el empleo de la violencia física; es decir, su uso de las estrategias de poder y control. Toma tiempo controlar la vergüenza y la culpa que genera el empleo de esta conducta dañina. Lleva su tiempo controlar las actitudes represivas de lo femenino y las experiencias previas de vida relacionadas con la violencia. El hecho de ser testigos de violencia durante el crecimiento es uno de los ejemplos de tales experiencias traumáticas. La necesidad de enfocarse en la función paterna de los hombres. El desarrollo de la perspectiva del niño hacia las mujeres golpeadas ha conducido a incrementar la atención sobre la función paterna de los hombres (Råkil, 2006). En 2003, ATV comenzó a constituir un grupo específico para hombres que son padres. La intención era desarrollar nuestra comprensión de la perspectiva de los niños en nuestro trabajo con los hombres y su conducta violenta. También quisimos centrarnos más en la paternidad como parte de su problema de violencia.

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Se puede abusar del tratamiento. Existe el riesgo de que se pueda abusar del tratamiento en detrimento de la pareja con la cual se vive. Hemos visto que ciertos hombres utilizan la terapia como medio para mantener a sus mujeres en la relación, y que muchos de ellos esperan benevolencia de parte de sus parejas porque están asistiendo a un tratamiento. Usar la terapia contra ellas de este modo constituye un abuso de poder y es un claro ejemplo de que ellos no han asumido aún la completa responsabilidad de sus problemas. Ésta es una de las razones por las que creemos que ofrecer ayuda a la compañera es una parte necesaria de ofrecer terapia a los hombres que cometen violencia. Los hombres a los que no podemos llegar. La mayoría de los pacientes de ATV son heterosexuales y de un entorno cultural noruego. Esto también indica el tipo de hombres a los cuales tenemos acceso. Los hombres de minorías étnicas representan apenas el 7% del total de nuestros pacientes. Emerge en Boston ha establecido grupos para latinoamericanos para los cuales al menos uno de líderes tiene el mismo origen étnico que los miembros del grupo. Esta experiencia nos indica que necesitamos comprender que no hay nada malo en contar con pacientes de minorías étnicas; sin embargo, la provisión del tratamiento no se presenta de un modo en que su búsqueda sea natural para ellos. Los homosexuales (o las lesbianas) también constituyen un grupo al que no tenemos ningún acceso. Tampoco tenemos contacto con hombres violentos que han encontrado esposas de otras partes del mundo a través de agencias de contactos. Los matrimonios entre hombres noruegos y mujeres extranjeras de países más pobres que Noruega son un tema altamente real en el debate público. Ignoramos la casusa por la cual no nos encontramos con este grupo de hombres.

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Los hombres que regresan. Algunas veces nos contactan hombres mucho tiempo después de haber completado su tratamiento. Algunos de ellos puede que hayan vuelto a cometer violencia, lo que debemos interpretar como que el tratamiento no ha sido lo suficientemente bueno. Por otra parte, es un buen síntoma el que nos hayan vuelto a contactar. También pensamos que algunos hombres nos buscan como medida preventiva. Otro buen signo es cuando los hombres solicitan “entrevistas renovadoras” si piensan que están por regresar a sus antiguas estrategias de dominación que pueden volver a conducir a la violencia. Nosotros consideramos que esas solicitudes de tratamientos adicionales son una expresión de que el hombre ha recorrido un buen tramo del camino hacia la conciencia de asumir la responsabilidad por sus problemas.

2.3 REFLEXIONES FINALES.

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Existen muchos aspectos de la violencia y de los golpeadores de los que no somos conscientes. Nuestra base teórica requiere expandirse en todas las áreas de la investigación que hasta ahora se han encarado. Los métodos de tratamiento que se han desarrollado son aún incompletos de muchos modos. ¿Está lo que ofrecemos suficientemente diferenciado? ¿Nos ingeniamos de buen modo para integrar la perspectiva de las mujeres y los niños en nuestro trabajo con los hombres? El campo del tratamiento necesita continuar plantear tales preguntas críticas y buscar responderlas con la ayuda de la investigación. El uso de la violencia por parte de los hombres contra las mujeres es un problema social elemental y, por lo tanto, también constituye una responsabilidad social. Nosotros creemos que nuestra experiencia ofrece la base para recomendar que nuestro tratamiento de los hombres de acuerdo con el marco aplicado en ATV sea una de las maneras en que la sociedad debiera encaminarse para prevenir la violencia contra mujeres y niños.


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PARTE 2. ACCIÓN DE INVESTIGACIÓN EN TRES ÁREAS URBANAS.


03. Introducci贸n. Giuditta Creazzo


03. INTRODUCCIÓN. Giuditta Creazzo Las actividades de investigación-acción, junto con la formación, han constituido el eje central de MUVI (Men Using Violence). En esta parte del volumen, informaremos de los resultados de estas actividades realizadas según coordinadas comunes, en las ciudades de Bolonia, Atenas y Barcelona. Se trata de una investigación de carácter cualitativo que se ha validado con entrevistas a fondo semi-estructuradas y con grupos de discusión (focus groups). La estructura y las coordenadas generales de estas actividades han sido elaboradas a partir de algunas presuposiciones de fondo. - El centralismo de la “red”, o sea de los sujetos institucionales que constituyen el tejido social y conectivo de un territorio –instituciones y sociedad civil organizada-, en relación con la intervención sobre la violencia masculina contra parejas y ex parejas. En esta definición han sido comprendidos no quienes se ocupan de violencia exclusivamente o principalmente (los servicios y las agencias dedicados), sino también quienes tienen capacidades de carácter general, de modo de afrontar la cuestión de lo subterráneo y, por lo tanto, de las evidencias del problema. -

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La necesidad de considerar no sólo a los sujetos que tienen injerencia directa para intervenir sobre la violencia en las relaciones de intimidad, sino también a quien afronta la cuestión en términos político-culturales, porque la violencia contra las mujeres es un problema que se inscribe en la “normalidad” de las relaciones


entre hombres y mujeres, y tiene que ver con un conflicto sexual y sexuado, que los hombres (más que las mujeres) tienden a resolver con el uso de la violencia. -

La centralización del género o la diferencia sexual como categoría imprescindible de análisis y de intervención sobre el fenómeno. Se trata de una categoría implícita dentro del tratamiento del tema “violencia contra las mujeres”. Con respecto a la actividad de investigación, ésta ha sido entendida como un horizonte construido que hay que explorar y reconstruir.

A partir de estos supuestos, el objetivo general de las actividades de investigación ha sido puntualizar sobre las percepciones y la representación del problema de la violencia masculina contra las mujeres en las relaciones de intimidad; sobre la visibilidad/invisibilidad de los autores de la violencia; sobre las narrativas causales y sobre las hipótesis explicativas más frecuentes utilizadas en los reportes del fenómeno. Se ha dado una atención particular al problema de la responsabilidad de la violencia cuando ésta se verifica en el interior de una pareja, en una relación de intimidad. Para comprender plenamente la importancia y la complejidad de este tema, es oportuno hacer referencia a la teoría (sociológica) de los problemas sociales (Spector y Kitsuse, 1977; Gusfield, 1981, 1989, 1994; Holstein y Miller 1993; y Best, 1995). Según los autores de esta teoría que fueron antes mencionados, la elaboración de hipótesis causales y la atribución de responsabilidades constituyen un nudo central en asumir públicamente un problema. Con base en esto, se construyen o se legitiman expectativas de comportamiento en relación con los sujetos en juego; y además se asignan recursos. También se deciden intervenciones individuales, colectivas y políticas de intervención. Como ha subrayado Joseph Gusfield, la responsabilidad de un problema pone en juego un aspecto cultural, constituido por los reportes

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de causalidad relativos a un determinado fenómeno y, por lo tanto, de las teorías o historias causales que le corresponden, de la serie de eventos ligados entre sí por un nexo de causa y efecto; y un aspecto más estructural, la responsabilidad política, que define a quien corresponde la tarea de hacer algo para remediar la situación que se describe como insostenible, el sujeto público y/o privado a quien corresponde esta responsabilidad y que deberá responder a ello. Según el mismo autor, las dos dimensiones fundamentales de la estructura (mutable) de cualquier problema social, en un momento histórico dado, son la responsabilidad y la propiedad. Con propiedad de un problema nos queremos referir al poder de definir y describir una situación según el propio punto de vista, de haberlo reconocido públicamente y tener capacidad/autoridad sobre el problema, ser reconocidos como “expertos” y, por consiguiente, influenciar el modo en el cual un fenómeno es socialmente definido y afrontado (Gusfield, 1981, p.8 y ss.). Según la definición de Gunsfield, “Describir la estructura de los problemas sociales significa describir el orden en el cual las ideas y las actividades surgen en la arena pública” (Gunsfield; 1981: pp. 8-9). Está claro entonces que los problemas sociales ocultan siempre una importante dimensión política, que tiene que ver con las relaciones y las estructuras de poder existentes a nivel social.

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Regresando en modo más específico a los aspectos metodológicos de la investigación, ya sea a través de la narración directa de experiencias vividas, directa o indirectamente, o bien a través de la solicitud de expresión de los propios puntos de vista, se ha indagado: - qué emerge hoy de los comportamientos violentos masculinos a nivel social, y qué ocurre cuando éstos surgen, en la percepción de quien opera; - qué surge como solicitud masculina de ayuda, y cuáles son las razones (percibidas y/o pensadas) - cuáles son las percepciones, las vivencias y las representaciones


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de los comportamientos violentos masculinos contra las mujeres en las relaciones de intimidad, de los autores y de las víctimas de violencia; y de los contextos y de las causas; cuál es la problemática y las preguntas que se hicieron, concretamente, en relación con qué hacer y cuál es el nivel de capacidad y de conocimiento del fenómeno; qué percepción, representación, vivencia estimula la posibilidad de implementar (o bien la presencia – España ) programas de intervención dirigidos a hombres que usan violencia, de carácter exterior, es decir, que se desarrollan a nivel de comunidad (qué percepción de los que se desarrollan a nivel interior si los hay ); cómo se imagina un lugar para hombres que usan violencia.

Como se ha indicado, los interlocutores privilegiados de la actividad de investigación han sido quienes han tenido la responsabilidad y competencia para intervenir o quienes han podido estar en contacto con situaciones de violencia en las relaciones de intimidad, a causa de su profesión o actividad social, y aquellos que se ocupan a nivel político-cultural de la identidad de género. En particular: 1. Los operadores de los Centros antiviolencia. 2. Los asistentes sociales u otras estructuras: Servicios de Emergencia, etc. 3. Los maestros. 4. Las fuerzas del orden. 5. Los magistrados. 6. Los psicólogos del servicio público, privado-social o privado. 7. Abogados y abogadas 8. Los grupos de hombres organizados, que están activos sobre el tema de la identidad de género. 9. Los grupos de mujeres/hombres y las asociaciones.

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Ellos constituyen “la red” de un territorio, destinada a sostener a las mujeres en sus recorridos de salida de la violencia y a detener/controlar a los agresores. Ellos han sido escuchados, ya sea por su experiencia directa, o bien en cuanto testimonios privilegiados; esto ocurre en razón del rol o de la posición que revisten en el interior del propio lugar de trabajo o de las asociaciones (Silverman, 2992; Corbetta, 1999). En los términos recíprocos, de la teoría de los problemas sociales, el objetivo perseguido a través de las actividades de investigación previstas en el proyecto, ha sido el de individualizar y describir la estructura del problema de la violencia contra las mujeres en las relaciones de intimidad, presente en algunos ámbitos o arenas públicas identificados como cruciales con respecto a qué hacer con los hombres que usan violencia. El análisis de la estructura de este problema fue realizado indagando las representaciones que de allí emergen con respecto a los sujetos que componen la red, o bien tratando de leer en sus narraciones cuáles son las categorías que operan en relación con el fenómeno estudiado. Lo que presentamos, son los resultados de un estudio dirigido a indagar no la realidad del fenómeno de la violencia masculina, sino más bien la experiencia que tienen con respecto a este fenómeno y los puntos de vista que acompañan tal experiencia, de los sujetos que componen la red o bien de quien puede tener un contacto privilegiado con esto por las razones indicadas.

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La noción de “representación social” es entonces de relevancia central en este trabajo. Sus orígenes se remontan a fines del siglo pasado (Galli, 2006). El primero en introducir la noción de ámbito sociológico fue Durkheim, que por representación social entiende sistemas de categorización culturalmente reconocidos y compartidos, ideas colectivamente estandarizadas que van a constituir el orden social (Durkheim, 1996). Los autores y las autoras que sucesivamente han retomado este concepto son numerosos, entre otros vale la pena recordar la contribución de Mary Douglas que ha evidenciado


la importancia del “pensamiento institucional” en la producción de estas categorías colectivas (Douglas, 19900; De Leonardis, 2000). Pero sobre todo la teoría de las representaciones de Moscovici, que constituye el punto de referencia utilizado en este trabajo (2005). Según Moscovici, las representaciones sociales son las lentes a través de las cuales “vemos” o no vemos lo que está junto a nosotros; a través de las cuales damos significados y valores a las personas, los hechos, las relaciones, y a lo que nos ocurre. Comentando lo citado por un escritor de talento, sobre la propia “invisibilidad” en cuanto hombre de color, Moscovici escribe que la “invisibilidad” no depende de una falta de informaciones provenientes del ojo, sino de una fragmentación preexistente de la realidad, de una clasificación de las personas y de las cosas que hace que alguna sean visibles y otras no (Moscovici, 2005: 8-9; Doise, Clemence, Lorenzi, Cioldi, 1995). En este sentido, la realidad en la cual vivimos es fruto de una construcción social. De las representaciones colectivas, con todo lo que ellas acarrean de “prejuicio”, “convencionalismo”, “lugar común”, escribe Moscovici, de las que no podemos prescindir. Lo que podemos hacer es descubrirlas, manifestarlas y tener conciencia de ello (Moscovici, 2005:14). Sólo así, de hecho, podremos reflexionarlas críticamente, comprender dónde estamos y adónde queremos ir.

LA METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN-ACCIÓN La investigación se ha desarrollado en dos fases sucesivas: una primera fase constituida por entrevistas en profundidad semiestructuradas; y una segunda fase constituida por los grupos de discusión (focus groups). Todo el material grabado ha sido escrito y analizado a nivel local. La primera fase fue realizada a través de 401 entrevistas (30 en Barcelona y 30 en Atenas), en profundidad semi estructuradas (v. Alegato, seguimiento de las entrevistas), con una duración de una a una y media

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horas. Los representantes de los sujetos indicados en el párrafo anterior fueron entrevistados en calidad de testigos privilegiados, esto es, de personas que pueden proporcionar elementos conocibles importantes, que conocen indirectamente a través de su rol, su actividad y los contactos profesionales del problema, pero a partir de su experiencia (ver Silverman, 2002; Corbetta, 1997, 405-432; Magín, 1994). La construcción de la muestra se efectúa no en razón de criterios de representatividad, sino con base en los criterios del muestreo teórico (theoretical sampling) (Silverman, 2002) discutido y compartido, o bien a partir de la relevancia de los sujetos individualizados en relación con la investigación. Los criterios en base a los cuales fueron seleccionadas las personas para entrevistar son entonces los siguientes: a.) Nivel institucional a.1. Pertenecer a un sector de intervención en posición “neurálgica” respecto al problema, que tenga capacidad dirigida a la intervención o para estar en contacto directo con personas que viven las situaciones de violencia indicadas: asistentes sociales del Municipio, de los servicios de médicos/enfermeras del servicio de emergencias, psicólogas, psicólogos de los Consultorios; policías urbanos y policías de la oficina de denuncias; carabineros de las estaciones de provincia, magistrados de las Procuradurías y de los colegios en los Tribunales. a.2. Tener un rol de responsabilidad / formal o informal, respecto al personal (jefe de oficina, responsable, etc.) y/o tener conocimientos específicos / sensibilidad / compromiso en relación al tema.

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b.) Nivel social b.1.a. Pertenecer a organizaciones profesionales u otras instituciones que tienen un rol importante en relación con el problema, y con respecto a la intervención: Centros antiviolencia;


asociaciones profesionales de psicólogos o psicoterapeutas, de médicos de base, abogados; Caritas u otras asociaciones que intervienen en estos problemas. b.1.b. Pertenecer a asociaciones o entes que operan a nivel político-cultural, asumiendo la diferencia sexual como un elemento central: grupos organizados de hombres y de mujeres. b.2 Revestir un rol calificado en relación con el sujeto, en cuanto responsables, presidentes, etc., o bien tener conocimientos específicos/ sensibilidad/interés/compromiso en relación con el tema. La segunda fase fue conducida a través de focus groups, o bien grupos de discusión realizados según indicaciones metodológicas precisas (Krueger, 1998), con el objeto de hacer discutir lo más libremente posible a los sujetos involucrados. Esto fue realizado a continuación de la primera –de allí utilizó y desarrolló las sugerencias y los elementos conocibles surgidos– y se constituyó en 6 focus groups (en total 6 grupos de dos sesiones cada uno) dirigidos a grupos homogéneos de operadores/ operadoras o activistas (6-8 personas) pertenecientes a los siguientes sectores: - Fuerzas del orden - Asistentes sociales - Psicólogos/Psicólogas - Grupos de mujeres - Servicios de emergencia (o bien abogados/abogadas) - Maestros ( o bien abogados / abogadas)

Una categoría de sujetos -la de abogados/abogadas– fue propuesta como opción alternativa, en el caso de que una de las indicadas no resultase apropiada o practicable a nivel local. Los focus fueron conducidos por

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dos personas (conductores/conductoras y observadores/observadoras), grabados, transcritos y analizados. En líneas generales, los objetivos conocibles de los focus groups fueron los mismos de las entrevistas en profundidad. Las áreas exploradas resultaron en parte diferentes y, sobre todo, las preguntas utilizadas se formularon de manera diferente (el método resultó diverso), teniendo en cuenta unos puntos críticos y ciertos aspectos problemáticos surgidos de las entrevistas individuales (Anexo 1). Es oportuno recordar que en el curso de los focus, las personas son estimuladas para discutir a partir de estímulos comunes individuales y propuestos (en nuestro caso, en las preguntas y la descripción de programas de intervención para hombres, presentes en otros países), con el objeto de hacer surgir percepciones, vivencias, representaciones del problema (aspectos del mismo) que se desean investigar. Las actividades de investigación han requerido una atenta preparación, dirigida a garantizar la máxima posibilidad de participación de los sujetos indicados.

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De hecho se han realizado: - contactos informales con personas pertenecientes a las categorías de los sujetos indicados y con referentes político-institucionales, sensibles y atentos al problema, con el fin de individualizar una estrategia eficaz de implicación; - la presentación oficial del proyecto a las y los responsables de sector/ área/servicio y de una definición común de las modalidades de implicación de los sujetos indicados, ya sea en la investigación o bien en las actividades sucesivas de formación previstas por el proyecto; - la presentación del proyecto y la solicitud de participación a nivel individual a las personas a comprometer, individualizadas a partir de una lista elaborada a partir de criterios comunes.


Estas coordinadas metodológicas generales se siguieron en las diversas áreas urbanas implicadas; tal como surge de los capítulos sucesivos, que rinden cuentas de los resultados en cada área, los territorios y los contextos locales/nacionales en los cuales se ha efectuado la investigación, y están caracterizadas por diferencias significativas, ya sea de carácter general, o bien en relación con el problema objeto de la investigación. Los contextos individuales han sido descritos por los autores/autoras en los respectivos capítulos, aquí quisiera solo subrayar las características acarreadas por los ajustes a la metodología de indagación, específicamente en el Anexo de referencia (v. Anexo 1) En lo que respecta a España, la fuerte presencia de servicios dedicados (que se ocupan exclusiva o principalmente del problema de la violencia en las mujeres en las relaciones de intimidad) ha determinado una presencia mayor en la muestra de entrevistados/entrevistadas que operan en esta área, y en particular de operadores de servicios dirigidos a hombres que usan violencia, lo que están ausentes, ya sea en Italia como en Grecia. En la elección de los sujetos para conformar los grupos de discusión (focus groups) en España, han sido preferidos los/las abogadas, que han sustituido a los maestros. En el caso de Italia, se decidió incluir al personal del Servicio de Emergencias, más que a los médicos de base, ya sea en relación con la importancia de este lugar para quien sufre violencia en las relaciones de intimidad (las mujeres frecuentemente se dirigen allí para pedir ayuda), o bien en relación con la mayor disponibilidad y sensibilidad de quienes operan en este sector, más que en el de la medicina de base. En varios puntos del proyecto, se ha subrayado la naturaleza de la investigación -acción de la indagación. Es convicción del que escribe que la actividad de investigación produzca siempre efectos sobre los/ las interlocutores/interlocutoras, sujeto/objeto de la investigación. Hacer investigación significa operar una interacción. En relación con las

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actividades de investigación efectuadas, vale la pena revelar, en este sentido, la eficacia del focus group conducido en dos sesiones. Todos los participantes han mostrado el efecto-estímulo de producción de atención y reflexiones sobre las cuestiones tratadas en la discusión, efectuada entre la primera y la segunda sesión, reportando en la segunda reflexiones y profundizaciones de los temas surgidos en la primera. En el caso del MUVI, la estructura del proyecto ha sido pensada para capitalizar el efecto “acción” de la investigación, a través de la planificación de momentos públicos (seminarios y congresos) de restitución de los resultados y a través del compromiso de los sujetos “investigados” en las actividades de formación. De hecho, la investigación ha funcionado como estímulo e implicación respecto a la actividad de formación. Este mismo volumen ha sido previsto para dar la máxima visibilidad y relevancia a lo experimentado y sucedido en el curso de la investigación y de las otras actividades del proyecto.

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04. El caso de Bolonia

Giuditta Creazzo


04. El caso de Bolonia Giuditta Creazzo

4.1 LA CONTRUCCIÓN SOCIAL DEL PROBLEMA. Un dato que caracteriza la construcción social del problema de la violencia contra las mujeres hoy en Italia es una mayor conciencia pública acerca de la violencia que ocurre en las relaciones de intimidad. Esto ha sucedido después de una sucesión de eventos y estrategias políticas, entre las cuales se pueden mencionar a la acción de los Centros antiviolencia y la realización de la primera investigación epidemiológica nacional conducida por el ISTAT en el 2006 (Creazzo 2008). En los párrafos que siguen, daré cuenta en modo sintético de las coordinadas más significativas con respecto al estado actual de la asunción pública de este problema. A lo largo de nuestro país, los únicos datos obtenidos sobre la violencia contra las mujeres han sido recogidos a partir de las Casas y de los Centros antiviolencia13. Hoy en día, existen también los resultados de una investigación nacional conducida por el ISTAT en el 2006, sobre una muestra representativa de 25 mil mujeres: “La violencia y los maltratos contra las mujeres dentro y fuera de la familia”142. Los resultados han confirmado lo que los Centros antiviolencia sostenían desde los inicios de los años 90: la violencia contra las mujeres sucede en su gran mayoría a partir de hombres con los cuales las mujeres tienen una relación de

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13 En Emilia Romaña, gracias a la colaboración entre la Coordinación de las Casas y de los Centros antiviolencia y la Región, la recolección de datos ha sido estandarizada y se ha transformado en una actividad de investigación que se ha repetido tres veces en un periodo de aproximadamente 10 años, de 1996 a 2005. Cfr.G.Creazzo.2003; 2008). 14 Investigación telefónica realizada con el método CATI, sobre una muestra representativa nacional de 25 mil mujeres entre los 16 y 70 años, entrevistadas en 2006, en todo el territorio nacional.


intimidad (maridos, compañeros, novios), de conocidos o de amistad: los extraños son una minoría en las autorías. La violencia sucede contra mujeres de diversa extracción social, y no puede ser relegada, por lo tanto, a un problema de marginalidad social o de patologías individuales, la violencia cometida por parejas o ex parejas en la gran mayoría de los casos es una violencia que se repite y que puede ser ejercida durante años, con graves consecuencias para la salud psicofísica de las mujeres que son víctimas de ella, hasta poner en riesgo la vida misma (Cfr.G.Creazzo, 2003; 2008). El 31.9% de la mujeres entrevistadas ha sufrido por lo menos un acto de violencia física o sexual153 en el transcurso de su vida. Las (ex) parejas son los autores más frecuentes de todas las formas de violencia física relevante y son responsables por la mayoría de las violaciones y de las relaciones sexuales no deseadas, aunque sufridas por miedo de las consecuencias: el 69.7% de las violaciones es obra de la pareja, el 17.4% de un conocido; y el 6.2% ha sido obra de extraños. El 14.3% de las mujeres con una relación de pareja actual o anterior ha sufrido por lo menos una violencia física o sexual de la pareja o ex pareja (aquí las abusos físicos sexuales no son relevantes). El 43.2 % de las mujeres ha sufrido violencia psicológica por parte de la pareja actual (las violencias psicológicas relevantes comprenden: aislamiento, control, violencia económica, degradaciones e intimidaciones, y han sido relevantes exclusivamente cuando el autor es una pareja). En la mayoría de los casos, se trata de violencias repetidas. Esto ocurre más frecuentemente cuando el autor es una pareja (en el 67.1% de los casos, contra el 52.9 %). Sabemos además que se trata de tipologías diversas de violencia (psicológicas, físicas, sexuales, y económicas) que pueden verificarse contextualmente: cuando el autor es una pareja, el 90.5% de las víctimas 15 La definición de violencia sexual es amplia y comprende: el ser obligada a hacer o a sufrir actos sexuales de diversos tipos: violación, intento de violación, abuso físico sexual, relaciones sexuales con terceros, relaciones sexuales no deseadas sufridas por miedo a las consecuencias, actividad sexual degradante y humillante.

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de violencia física o sexual ha sufrido también violencia psicológica (Cfr. ISTAT, 2007). En Emilia Romaña, según una investigación desarrollada en 1997, y repetida en 2000 y en 2005, los Centros antiviolencia presentes sobre el territorio (en los años han sido entre los 10 y los 15) han acogido y/o hospedado respectivamente: 1271 mujeres que han sufrido violencia, en 2005; 1119, en 2000; 1344, en 1997164. Uno de los resultados de la investigación es que demuestra que más de un Centro antiviolencia estaá radicado y afianzado en un territorio, y cuanto más se habla de la violencia de un modo apropiado, tanto más aumenta la solicitud de ayuda de las mujeres que la sufren (Cfr. G. Creazzo, 2008, 36-42). En referencia al contexto boloñés, la Casa de las mujeres ha acogido 6300 mujeres desde 1990. En 2006, las mujeres nuevas acogidas (que se han presentado por primera vez) han sido 360; 551, en 2007; y 490, en 2008175. Ya sea en Italia como en el extranjero, el movimiento político de las mujeres ha desempeñado un papel determinante en relación con la construcción social del problema de la violencia contra las mujeres (Pitch, 1985, 1989; Dobash y Dobash, 1992). Esto ha sucedido en particular –pero no sólo- con la constitución de los Centros antiviolencia, que han dado vida a una respuesta específica a las mujeres que sufren violencia, cosa que antes era inexistente. Estos centros surgen en Italia a finales de la década de 1980 -en Milán, Bolonia, Roma y Florencia – y están difundidos predominantemente en las regiones del centro-norte del país (excepción hecha en parte por Sicilia). Hoy existen aproximadamente un centenar de Centros antiviolencia y/o lugares públicos o privados que acuden en ayuda de mujeres que han sufrido violencia. En enero de 2006, las asociaciones, las cooperativas, y los grupos de trabajo que manejan la mayoría de estos lugares y que

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16 La variación esta ligada con el número de Centros presentes sobre el territorio y con las dificultades concernientes a su sobrevivencia. 17 Cfr. http://www.casadonne.it


constituyen la “Red de los Centros Antiviolencia y de la Casa de las Mujeres” (DiRe) han redactado un documentos que expresa los objetivos comunes de la Red18. Es importante subrayar el trabajo de formación y de sensibilización del territorio realizado por estos sujetos, que han asumido la centralidad del género y/o de la diferencia sexual, ya sea en la lectura del fenómeno que a nivel de intervención, hoy es clave para la interpretación privilegiada del fenómeno a nivel internacional19. No existen hasta le fecha en Italia programas dirigidos a hombres que ejercen violencia contra las mujeres, salvo algunas experiencias muy recientes surgidas en Florencia (por iniciativa del Centro antiviolencia Artemisia, coordinado por Alexandra Pauncz); en Turín ( por iniciativa del grupo “El círculo de los hombres”, cuyo responsable es Roberto Poggi); y en Milán (dentro de un servicio para la mediación social y penal del CIPM )20. En los últimos años han estado presentes y han tomado posición públicamente sobre las cuestiones de la violencia masculina contra las mujeres ciertos grupos de hombres que en el curso de 2007 se han organizado en una asociación nacional –Masculino Plural–, que ha intervenido asumiendo el ejercicio de la violencia como un problema que concierne a todo el género masculino. Una asociación que a través de la adhesión a la campaña del Lazo Blanco, lanzada también en nuestro país el año pasado21. ha tomado parte activa en intervenciones educativas en las escuelas, centradas sobre la prevención de la violencia masculina y sobre la diferencia sexual, y en numerosos eventos públicos, ya sea a nivel local como a nivel nacional22. Con el diseño de ley n.2169/2007 presentado por Barbara Pollastrini,

18 Cfr. El sitio http://www.women.it/centriantiviolenza/carta centriantivioenza. hhtm. 19 Me refiero a los numerosos documentos de la ONU y del Consejo de Europa, que reconocen la violencia contra las mujeres, y por lo tanto la violencia de genero, un problema público, del cual cada Estado debe hacerse cargo. 20 Cfr MUVI –Congreso final en http://www.muviproject.eu. 21 Cfr. http://www.fioccobianco.it 22El sitio de Masculino Plural, http://www.maschileplurale.it/cms/index.php

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de Medidas de sensibilización y de prevención así como represión de los delitos contra la persona en el ámbito de la familia, para la orientación sexual, la identidad de género y toda causa de discriminación, por primera vez en Italia la violencia contra las mujeres entra a formar parte de un texto legislativo nacional, dirigido a la construcción de un Plan de Acción contra la violencia de género (Piano d’Azione contro la Violenza di Genere). Éste es examinado por la Comisión de Justicia de la Cámara junto con otras 18 propuestas legislativas, formuladas entre 2006 y 2007, pero el Gobierno decae antes de su aprobación. Existen, sin embargo, singulares leyes que han introducido en nuestro ordenamiento medidas específicas, en relación con la violencia contra mujeres menores. Una de estas se refiere a la violencia de las relaciones de intimidad: el orden de protección, previsto por la ley, n.54/2001 (cfr. Carri et al 2008). Es importante mencionar las investigaciones y las intervenciones realizadas en el interior del programa Urban (Basaglia et al., 2006) y el “Proyecto Arianna”, activo desde 2006, ambos del Departamento de la Paridad de Oportunidades nacional y antecedentes importantes del diseño de ley n.2169 de 2007 mencionado. El proyecto Arianna ha previsto acciones de compromiso de un cierto numero de “territorios piloto”, con el fin de promover estrategias de intervención apropiadas en los casos de violencia contra las mujeres y ha predispuesto la activación del 1522, un numero telefónico nacional a disposición las 24 horas del día para quien sufra violencia.

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A nivel legislativo (penal), la violencia en las relaciones de intimidad tiende a fragmentarse en múltiples delitos castigables en querella de parte, siendo los principales: el delito de lesión personal (582 c.p.), delito de injuria (art 594 c.p.) y de amenaza (art.612 c.p.) ; el delito de violencia privada (art. 610 c.p.). No existe, de hecho, en el Código Penal italiano ninguna situación típica definida por la ley a la cual se puedan reconducir los comportamientos violentos cometidos por (ex) parejas que sean penalmente relevantes. Existe, sin embargo, el delito de maltratos en


familia y contra los menores (art. 572 c.p.), que castiga la violencia, ya sea física o bien psicológica cometidas en perjuicio del componente de una familia. Se trata de un delito de cierta gravedad, por el cual está previsto de hecho el procedimiento de oficio y la aplicación de medidas cautelares. Esto, sin embargo, resulta rara vez aplicado. En fin, la violencia sexual recae bajo el art. 609 bis, Violencia Sexual, que comprende todas las formas de violencia cometidas por cualquier persona que se manifiesten en actos sexuales. Las investigaciones conducidas en Italia sobre el Attraction rate son raras. De un trabajo conducido en la segunda mitad en los años 80, en la Procuraduría y el Tribunal de Milán, resulta que el 32,1 % (45) de las parejas denunciadas ex art 572 c.p. ha sido condenado; de estos, 2 han sido condenados a 10 meses de cárcel; 34 han obtenido una suspensión de la condena y 9 han sido condenados a una multa (Terragni, 1993). En el curso de este año 2009, ha sido aprobado “un paquete de seguridad” que prevé el delito de “comportamientos de persecución”, el stalking, además de aumentos de pena para las violencias sexuales; cadena perpetua, en caso de homicidio en ocasión de violencia sexual; y la asistencia legal y gastos del Estado en los casos de violencia sexual. Se trata de medidas que han encontrado aceptación tanto por parte de la derecha como de la izquierda, y despiertan gran preocupación porque están comprendidas en el interior de un paquete de seguridad de emergencia, que prevé medidas liberales y autoritarias de esterilización así como de militarización del territorio ( ha sido prevista la constitución de “rondas ciudadanas”) así como la criminalización tout court de la población (parte de esta) emigrada, como políticas de intervención contra “la violencia hacia las mujeres”. Un atentado a la libertad de todas y de todos (cfr. Pitch, 2008; Creazzo 2008; Virgilio, 2009).

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4.2 LOS RESULTADOS DE LA INVESTIGACIÓN. La actividad de investigación de la acción, realizada en la ciudad de Bolonia, ha suscitado mucho interés y ha sido acogida con notable disponibilidad y participación. El tema tratado toca de hecho el punto hasta hoy desconocido para todos nosotros – en nuestro país y a nivel local- de la cuestión de la violencia en las relaciones íntimas: el problema de los comportamientos violentos masculinos y de qué hacer frente a los hombres que usan violencia contra las parejas y ex parejas23. La disponibilidad encontrada y las respuestas obtenidas, confirman que se trata de un territorio sensible y sensibilizado al problema. En el transcurso de los grupos de enfoque (focus), más de una mujer ha hablado de experiencias personales de victimización o de experiencias de victimización sufridas por otras personas a ellas cercanas, tales como amigas o hermanas. Este nivel de profundidad y de exposición testifica el grado de comodidad alcanzado en la discusión, indicando al mismo tiempo la delicadeza. Esto indica también la difusión del fenómeno en el caso de los enfoques; sin embargo, se ha favorecido un mecanismo de autoselección, respecto al cual la experiencia de victimización puede haber sido un componente significativo. En líneas generales, los grupos de los participantes en los enfoques han sido homogéneos en relación con la edad y con los lugares de origen,con la única excepción del enfoque al cual han sido invitadas mujeres de los grupos de las mujeres ciudadanas. De hecho, aquí se ha verificado un descarte generacional que ha coincidido, en diversas ocasiones, con una contraposición en la discusión. En los otros casos, las líneas de demarcación se pusieron a la cabeza en relación con el género de los participantes (Anexo 1).

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23 Es importante aquí recordar el trabajo realizado en un proyecto anterior Dafne (“Hombres violentos: ¿Qué hacer?”) V. Creazzo G. ( al cuidado de) (2000) y la actividad de investigación conducida por Carmine Ventimiglia en la ciudad de Módena, que ha planteado como tema los comportamientos violentos masculinos (2003).


Los resultados de la investigación serán presentados en seguida, con referencia a las siguientes áreas temáticas: percepción de la difusión y gravedad del fenómeno; las representaciones de los autores/víctimas y las narraciones causales; la intervención y las necesidades formativas; qué hacer con los hombres que usan violencia en las relaciones de intimidad y el imaginario sobre un Centro para hombres que usan violencia. El análisis ha sido conducido contemporáneamente sobre los resultados de los enfoques (focus) y los de las entrevistas, la investigación de temas y líneas comunes, así como de diferencias. En lo posible, se ha tratado de dar cuenta de esta diversidad reportando o refiriendo la dinámica de discurso y de relación. La violencia en las relaciones de intimidad. Solamente un entrevistado ha declarado que el problema de la violencia en las relaciones íntimas está poco difundido y es escasamente relevante. Se trata de un médico de base que ha declarado haber encontrado en su experiencia profesional poquísimos casos de violencia de (ex) pareja, y que cree que las violencias entre personas adultas son menos importantes que otros problemas, tales como los abusos sexuales hacia los menores o el alcoholismo (ME-1-3, p.6). La percepción prevalente entre los/las entrevistados(as) de las agencias institucionales es que el problema se ha difundido más de cuanto comúnmente se pueda imaginar y que es transversal con respecto a la escolaridad y a las clases sociales de pertenencia; además de que sea todavía un problema muy oculto. En el curso del grupo de enfoque (focus group) realizado con las Fuerzas del Orden, muchos agentes lo han definido como un serio problema de política criminal, los responsables del Pronto Socorro entrevistados han hablado de él como de un problema de salud pública. Sin embargo, también ha sido expresada la percepción (sobre todo en el caso de las Fuerzas del Orden) que estas violencias se verifican con más frecuencia entre personas de baja extracción social o en núcleos multiproblemáticos (alcoholismo, drogadicción, etc.) y predominantemente

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entre parejas extracomunitarias y/o mixtas. Las operadoras y activistas de los lugares destinados a acoger en forma exclusiva o preferente a mujeres que han sufrido violencia, o que pertenecen a los grupos feministas ciudadanos, creen que el problema es muy serio y está muy difundido. Es a partir de esta percepción, de hecho, que han sido fundados lugares como la Casa de las mujeres para no sufrir violencia, 1990) o SOS Mujer (1989), y que se hayan promovido iniciativas de sensibilización dirigidas tanto a la ciudadanía como a quienes operan en las instituciones públicas. También los exponentes (activistas) del grupo Masculino Plural entrevistado han asignado gran relevancia a la cuestión de la violencia masculina contra las mujeres. El grupo boloñés ha elegido no comprometerse públicamente sobre esto, pero el tema surge frecuentemente en el curso de los encuentros. También quienes trabajan en las asociaciones laicas y católicas que se ocupan de la marginalidad y del alcoholismo reconocen la gravedad y la difusión del problema, frecuentemente encontrado en la experiencia personal del voluntariado o de la intervención. El problema es encontrado más frecuentemente por quienes trabajan sobre el terreno en contacto directo con personas y situaciones problemáticas, y por lo tanto son: asistentes sociales del servicio de adultos y menores, que operan sobre el terreno; por agentes de policía de las delegaciones y del servicio de emergencias, 112-113; enfermeros y enfermeras del socorro general; magistrados en las fiscalías; y psicólogos del servicio público. No se conoce la repercusión “objetiva” del problema en el interior del propio lugar de trabajo, porque hasta la fecha ninguno de los servicios/agencias mencionados recaba datos en relación con el fenómeno. Quienes trabajan sobre el terreno tienden a verlo como un problema más difundido con respecto a quien desempeña papeles de responsabilidad o de dirección.

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Salvo algunas excepciones, la conciencia de los operadores/operadoras acerca de la difusión y la gravedad del problema parece prescindir, por lo menos en parte, de la experiencia directa que han tenido a nivel profesional; ellos creen, de hecho, que a lo sumo se trata de un problema serio y difundido. La violencia contra las mujeres. Más complejo y problemático es el cuadro surgido en relación con qué se entiende por “violencia contra las mujeres”; o sea, cuáles son los comportamientos y los fenómenos que se cree puedan entrar en esta categoría. Por una parte, el término “violencia” es usado de hecho en una amplia acepción, rica en distinciones y matices; por otra parte, la legitimidad del género, como paradigma interpretativo del fenómeno, ha sido puesta en discusión en múltiples ocasiones, en particular por los hombres de diversas agencias (sobre todo los más jóvenes y con menor experiencia profesional) en el curso del focus (grupos de enfoque) y por algunos responsables del servicio social, en el curso de las entrevistas. En relación con los comportamientos individuales, ha surgido la necesidad de distinguir contextos, intencionalidades y motivaciones que indican gravedades diversas de un mismo comportamiento. El cachete instintivo dado por una participante al amigo, que se permite “por amistad” un azote, no se percibe como violencia, sino como una reacción legítima, aunque sí “un poco exagerada”, diversa del cachete dado por el marido a la esposa que lo reprendía porque estaba molestando a otra mujer, en un autobús público. La violencia es entonces definida como “la acción que expresa el total no reconocimiento del otro” (ASSOC_fg_2s,PP.9-10) En el grupo de enfoque (focus) de las mujeres de las asociaciones ciudadanas se ha denominado como “violencia contra las mujeres” ante todo la “devaluación cotidiana”, el “estado de subordinación” en la sociedad y en las relaciones privadas, las discriminaciones, el “no hables porque eres mujer”, o sea, la violencia del lenguaje. El problema de la

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violencia ha sido relacionado, en particular por las jóvenes, a aquel de la seguridad urbana, entendida como libertad de recorrer el espacio público con libertad y comodidad, durante el día o la noche24. “Cuando caminamos por la calle a las tres de la madrugada, con la cabeza baja y las llaves en el bolsillo, y una expresión mal encarada, que es un gesto, ¿no? Que es una especie de burka, ¿no? Al final es ponernos una máscara. [….] Siento mi cuerpo amenazado. Pero es exacto, esta violencia, cuando la focalizo, no veo a una mujer con moretones, la focalizo dentro de la cabeza de los machos y en lo que la cultura les enseña, y que está entonces esparcido en las calles, en las casas, en mi casa, en tu casa, y bajo la casa”. (DON_FG_1S,4) También en los grupos de enfoque (focus) mixtos del sector institucional se ha hablado mucho de violencia psicológica, además de violencias físicas y sexuales, y de “violencia cultural”, entendiendo por esta expresión a la “violencia del contexto”. La violencia del contexto es la que deriva del hecho de estar condicionados por modelos (deber ser) opresivos y/o de comportamientos de otros que tienden a establecer qué cosa está bien o es considerada justa por el otro y prescindir de lo que el otro piensa o cree bueno o justo para sí mismo. Por ejemplo, el juicio negativo del contexto familiar al verificarse una separación o un divorcio: “no has sido capaz de conservarlo, no vales nada” o la necesidad de “poner siempre en su lugar” a los compañeros de trabajo que “faltan al respeto” con palabras irónicas o poca consideración (ASSO_FG_1S, 5 y 7). Las participantes mujeres que cuentan estos episodios expresan un fuerte sentimiento de rabia y de intolerancia, porque se trata precisamente de la agobiante, y cotidiana “normalidad”. En el mismo grupo, en relación con la violencia de parejas y ex parejas, el único participante masculino propuso una definición de “machismo” como sistema de poder que prescinde del género, o bien que

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24 Esto ha ocurrido también en el grupo de enfoque (focus group) de las maestras, un grupo constituido solamente por mujeres.


puede ser asumido -sin distinción- tanto por los hombres como por las mujeres. “Es decir, el discurso de la violencia familiar es siempre muy complejo, la violencia física o psicológica. El problema según yo, no es tanto aquel del sexo débil, en cuanto el pensamiento fuerte, dominante, que condiciona todo y permite, por lo tanto, también conceder ciertas cosas a las mujeres, etc.… El pensamiento fuerte no es masculino por fuerza, yo he conocido santísimas mujeres que son profundamente machistas”. (ASSO_FG_1S,8) La afirmación está “corroborada” por el único episodio encontrado en diversos años de trabajo y reportado como una “anécdota” de la que resultan comportamientos violentos femeninos; el hecho de que el marido fuese violento se vuelve un inciso de poca monta. “Según yo, hay una cosa que está bastante alejada en las definiciones que damos. Por ejemplo, hablar de sexo débil a mí me ha hecho siempre reír un poco, en el sentido… Cuento esta anécdota justo para… Una vez fui llamado a casa, estaba en vacaciones de la oficina; había unos policías que me buscaban. Los policías me llevaron a casa de una familia que yo atendía, en la cual había habido un episodio de gran violencia. Llegué allá y dije… esto es en resumen, estaba este marido que sabía violento etc… he llegado a casa y los policías me han dicho: mire, lo hemos tenido que salvar. He dicho, está bien, ahora me encargo yo, etc.… y me he encontrado frente a la víctima, ¡que era el marido! La esposa le estaba pegando fuertemente, ¡lo tuvieron que separar de ella!”. ( ASSO_FG_1S,8) La afirmación de que las mujeres son tan violentas como los hombres es entonces discutida por las participantes y, aunque no se rechaza en sus líneas generales, algunas participantes sostienen que la violencia

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femenina tiende a seguir situaciones de prevaricación y violencia repetidas insostenibles; mientras se dice, la violencia masculina es considerada por el hombre como una reacción descontada ( legitimada socialmente ) y siempre justificable. Análogamente, en el grupo mixto del Pronto Socorro hubo referencias directas a la violencia contra las mujeres, como violencia de género, encuentran una oposición fundada sobre la paridad. Una participante declara: “Según yo, cuando se habla de violencia contra las mujeres, yo veo la punta de un iceberg, cuya punta es la violencia, psicológica, física, sexual… una cosa evidente, pero cuya base está en el interior de nuestra sociedad, pero no sólo en la nuestra y de nuestra cultura. En ese sentido, yo no veo ningún tipo de educación sexual dirigida a los niños, a los muchachos […]. Pero yo la vivo de esta manera, la veo de esta manera, la violencia contra las mujeres: la violencia de un género contra el otro por una cuestión de predominancia cultural”. (PS_FG_1S,4) Mientras uno de los participantes sostiene: “Por esto cuando yo oigo hablar de violencia contra las mujeres obviamente (..) comprendo que hayan otras formas de violencia, pero la primera cosa en la cual pienso es la violencia sexual, porque respecto al hombre por lo menos (..) esta forma de violencia se da en raros casos. No es posible hacerlo. Mientras que todos los otros tipos de violencia también sobre el hombre son aplicables. Habiendo la paridad de los derechos, aun cuando si después de hecho quizás no es así, el hombre es igual a la mujer etc.., si nosotros nos basamos en estas formas de violencia hacia las mujeres, del mismo modo tendremos que hacerlo hacia los hombres”. (PS_FG_1S,5)

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La violencia física, psicológica y económica se menciona sobre todo como violencias que ocurren en el contexto doméstico, por una pareja o ex pareja. En relación con este contexto, aquel de las relaciones de intimidad en muchos lugares, se ha reconocido la presencia de un patrón de repetición y de duración en el tiempo. Solamente la violencia sexual es reconocida por nosotros como una violencia “marcada” por el género, los participantes hombres ponen en discusión la posibilidad misma de que esta ocurra en una relación de intimidad. Para las participantes mujeres, la distinción entre violencia sexual y contratación sexual (esto es, relación sexual aceptada por razones diversas, ya sea por violencia/amenaza, o bien sea del deseo) es muy clara y evidente dentro de un consenso “libremente dado”: M: ¡Sí, pero el instante anterior es el deber de reconocerlo! ¿Es violencia una relación no consumada en el interior de un matrimonio? F1: Seguramente, ¡sí! F2: ¡Claro! M: El límite es muy sutil. F4 (¿?): Esto es, ¿qué cosa entiendes por no consumado? Tengamos relaciones sexuales. Yo te respondo que no. ¿Tú que haces? ¿Te detienes o continúas? (ASSO_FG_1S,21-23)25. En las entrevistas realizadas con quien trabaja en el servicio social (en su gran mayoría mujeres) la descripción de la violencia tiende a ser hecha con un lenguaje neutro: se habla entonces de “conflicto familiar” o “conyugal”, de “convivencia conflictual”, de “violencia en la familia”, de “estilos de vida, maltratos, humillaciones recíprocos”, de igual manera entre las fuerzas del orden, no obstante la percepción de los agentes de que el fenómeno es muy serio, la llamada del 112-113 es registrada 25 mujer.

En la cita reportada por el grupo, M está designada para un hombre y F para una

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oficialmente como “litigio en familia”, definición que cancela la diferencia entre agresores y víctimas, así como la relevancia del género y también la naturaleza de agresión violenta del fenómeno. “La imagen prevalente del problema es entonces que se trate de una dinámica relacional, de un juego de las partes en las cuales los papeles se intercambian. Pero a mí me cuesta mucho ser muy estricta en el definir quién es la víctima y quién el victimario. En el sentido que a veces he visto víctimas asumir conscientemente –no sólo a un psicólogo o a un psiquiatra, no está en mí decir- también comportamientos declaradamente provocativos”. (ASSO_1_17) También se dice que los hombres sufren- o podrían sufrir- violencia. Sin embargo, tienen dificultad para pedir ayuda y los servicios en general han sido pensados solamente para las mujeres. “…hay que decir algo, cultural y socialmente la mujer es más capaz de exteriorizar cuando tiene un problema, a diferencia de un hombre. Por otra parte, pienso que es un aspecto cultural relacionado con el papel del género, pero que tiene también un aspecto social, en el sentido que nosotros hemos creado servicios principalmente para las mujeres”. (ASSO_1-19)

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Parece evidente aquí, y también está expresada explícitamente, la necesidad de mantener una posición de equidistancia y el temor de actuar en disparidad, que puedan ser tachados de prejuicio o facciosidad. Estos son aspectos típicos de culturas institucionales históricamente marcadas por el valor de la neutralidad y de la imparcialidad, y al mismo tiempo por una relación sistemática (en el sentido más o menos estricto), que aparece muy difundido entre los que trabajan con las/los menores y con las familias. Estas afirmaciones son una contradicción de las narraciones de las experiencias concretas reportadas, que ven casi siempre a los


hombres como autores y a las mujeres como víctimas; y en contradicción con el reconocimiento de normas sociales y culturales “violentas” con respecto a las mujeres. No faltan voces desaprobadoras, ya sea al interior de los grupos o en el transcurso de las entrevistas; el reconocimiento de la difusión y de la gravedad del fenómeno tiende a referirse a la “violencia en la familia” o “intra-familiar” o a la “violencia de la pareja”, más que a la violencia contra las mujeres en las relaciones de intimidad. La cuestión surge con fuerza frente al aspecto de la responsabilidad de las violencias. Cuando ocurre violencia en una pareja, ¿de quién es la responsabilidad? La problemática del género como llave de lectura del problema de la violencia en las relaciones de intimidad, aparece con evidencia aún mayor en relación con el tema de la responsabilidad. “Cuando ocurre una violencia en una pareja, ¿de quién es la responsabilidad?”. Ante esta pregunta explícitamente dirigida a los/las participantes de todos los grupos, muy frecuentemente se ha inmediatamente respondido: de ambos. Es una respuesta que pone agresor y víctima sobre el mismo plano, como ambos igualmente responsables de la violencia. En el curso de los grupos mixtos, de las agencias institucionales, sobre este punto no tienden a expresarse los estereotipos más misóginos y retrógrados: el marido que regresa a la casa y golpea a la esposa puede haberse encontrado frente a una traición extraconyugal; o bien una mujer que no hace nada en todo el día y que después de su larga jornada de trabajo lo moleste pidiéndole cuentas de cosas carentes de importancia: M4: Yo pienso que de lo anterior el discurso es más complicado; según mi parecer, generalizar y decir: el hombre llega a las manos……Esto es normal, que quizá es más difícil que una mujer llegue a las manos con un hombre justamente por un discurso del físico. Éste es un primer punto. Pero quizá en la pareja hay

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soluciones que toma la mujer que puedan hacer daño al hombre, como las manos. Quizá puede ser una traición extraconyugal; pero quizá en ciertas familias – se dice también esto - hay unos hombres que verdaderamente se van por la mañana y regresan por la noche, y hay mujeres acostumbradas a estar en casa, no digo que a hacer la limpieza y a llevar de paseo al perro y basta, pero casi, y quizá un hombre llega de trabajar de la mañana a la noche, cansado, con unos problemas más reales, más tangibles (FO_FG_1S, 8 ). La acción violenta (masculina), en cuanto sea condenada, se trata, de hecho, de una justificación en el comportamiento antecedente (femenino) de la pareja que puede no haber sido a su vez provocador, y entonces elude la responsabilidad masculina por la acción violenta sucesiva. También en los grupos exclusivos de mujeres, la asignación de responsabilidad por las acciones violentas ejercidas en una pareja tiende a encabezar a ambos. Aquí, sin embargo el mecanismo es diverso. Aquello que es considerado como responsabilidad del comportamiento violento masculino –al menos inicialmente– es el hecho de que la mujer no se salve inmediatamente de las violencias de la pareja. La asignación de responsabilidad a las víctimas responde no tanto a una visión en la cual se anticipará su participación directa en una dinámica de violencia recíproca, sino más bien al hecho que éstas no se protegieron y no se pusieron a salvo. Aquí la responsabilidad per se se conflagra en la responsabilidad por el comportamiento violento del agresor y parece expresar la dificultad de las participantes de “estar junto” a la violencia; o sea, la dificultad de las mujeres que frecuentemente provienen de recorridos o experiencias del feminismo, de aceptar, en la otra, el cuadro de una violencia que no se puede objetivamente detener: si esto puede suceder es porque ella lo permite.

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“Y… si tú actúas con violencia es porque yo te concedo el ser violento, es porque yo no tengo suficiente sentido de mi valor. Es ésta según yo, la cosa grave. Una mujer que tiene sentido de su propio valor, hace las maletas del otro y se las deja frente a la puerta. Una mujer que tiene un escaso sentido de su valor sufre por mucho tiempo, a veces por toda la vida… Algunas mujeres entran en esta espiral y otras ni por equivocación”. (INS_FG_2S, 8) De frente a mujeres conocidas y también muy amigas, que sufren violencia, los sentimientos declarados son de hecho de profunda rabia y de gran impotencia. “…existe la figura femenina que sufre lesiones y ella trata de dar una justificación, y yo me he dicho siempre: la responsabilidad es muchísima por parte de la mujer, porque allí esta el papel materno que se compromete totalmente”. (INS_FG_2S,11) En algunos grupos, se produce en el transcurso de la discusión un cambio que aclara la diferencia entre la responsabilidad por el ejercicio de violencia y la responsabilidad de ponerse a salvo; en otros, el pasaje sucede parcialmente frente a la intervención directa de la conductora. “F1: [Mi responsabilidad es bien distinta] de la suya, ¡Es de quien la sufre! ¿Una poco inteligente? ¿Quieres poner poco inteligente? ¡Pongamos como inteligente! ¿Quieres poner ingenua, quieres poner….? Que no… soy tan pobre de… tan pobre de conciencia…. Pero son dos responsabilidades diversas, comenzando con aquel amigo mío. Sí. ¡Con él …! Tú golpeas. ¡Aquel otro las toma, pero tú golpeas!”. (ASSO_FG_1S,16) Los agresores, las víctimas y las narrativas causales. El genero ─entendido como sistema sexo/género, como eje central de atribución de papeles y de poderes, capaz de producir posicionamientos

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diversos por parte de hombres y mujeres a nivel cultural, social y económico, relevantes en señalar la dirección y los efectos del uso de la violencia─ surge a pleno título como llave de lectura de la violencia que ocurre en una relación de intimidad, mientras los protagonistas sean hombres o mujeres extranjeros, o bien provenientes del entorno italiano. En relación con estas culturas o subculturas “diferentes”, todos reconocen la violencia como un ejercicio masculino de poder y como producto de normas sociales y culturales que relegan a las mujeres en una condición de inferioridad o de sentirse subalternas o relegadas. - ¿Piensas que vean la violencia como algo normal? Algo normal; sí:...piensan… “Mi padre lo hacía con mi madre…” Es verdad que muchos extranjeros lo hacen, pero también en nuestra realidad italiana, en el Sur… - También en el Norte, y también en las clases altas… Se hacía, actualmente no sé si se haga todavía, por lo menos era parte de la cultura de un tiempo, la esposa era casi una propiedad privada [….]. - Yo pienso que en el pasado [la violencia sobre la mujer] estaba también en nuestra cultura, seguramente lo está en las personas que vienen aquí desde otros países, de Marruecos, de Rumania. Muchas extranjeras que se dirigen a nosotros porque sufren violencia son rumanas y marroquíes… (ME_PS_I_I, 6).

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Cuando están involucradas personas italianas, la tendencia prevalente es considerar los comportamientos violentos como resultado de psicopatologías o de enfermedad, como problema de alcoholismo o de toxicodependencia. Algunas entrevistadas o participantes en los grupos de discusión proponen el ejercicio de la violencia como fruto de un ejercicio de poder y de control y, por lo tanto, de un acto elegido y consciente. Otros/otras como un problema de falta de control de los impulsos agresivos, que puede derivar también de la presencia de modelos paternos inadecuados:


“El problema es cómo controlar los impulsos, la rabia; sólo que algunos lo hacen, otros no. También están allí quienes han tenido situaciones familiares en las cuales no ha habido un padre que les haya de algún modo enseñado a controlar los impulsos, porque en cada relación de pareja hay muchos conflictos”. (PSI_ AUSL_I_7,5). En el transcurso de las discusiones de los grupos, estas posiciones tienden a veces a enfrentarse y, otras veces, a coexistir. - ¿Qué función tiene la violencia? ¿Qué la origina, qué cosa se obtiene con ella? […] - Yo te someto…, yo controlo tus movimientos, tu vida, controlo tu economía, controlo todo lo que eres. Tú eres sólo cuanto yo te concedo ser. - En cambio, yo pienso de manera diferente, yo veo un pequeño hombre, este pequeño hombre débil, frágil, que en el momento que se desahoga tiene por 30 segundos el pensamiento vano de ser más [...] porque, según yo, alguien que hace una cosa así está enfermo, no tiene una gran percepción de sí mismo; por lo tanto, debe dar un sentido a su fobia, a su psicosis. Entonces, a mí me parece que en aquel momento, por 5 minutos, él tiene el control, pero después está todo como antes (PS_FG_2S, 8 ) [...] - Satisfacción para sí mismo, según yo. Puedo pensar… No lo sé, porque ni siquiera yo puedo pensar qué cosa puede obtener golpeando también a la persona que ama, qué cosa puede obtener. El hecho de aquello que decía él, que dice amar, el hecho que yo vaya a casa nerviosa, a veces yo voy a casa nerviosa, pero no me pongo a golpear a mi marido. No lo sé, para mí son de todas maneras personas enfermas, tienen problemas justo a nivel de la cabeza, porque no justifico este tipo de actitudes (PS_FG_”S, 9).

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Una clave de lectura muy difundida y que abarca todos los sectores, sobre todo en relación con la población italiana respecto al rol del victimismo, o sea de las violencias sufridas en la minoría de edad. Desde este punto de vista, el hombre (italiano) que usa violencia es visto como una persona sufrida e inadaptada, y que hace uso de la violencia como expresión de un fracaso comunicativo o como repetición de modelos de comportamiento aprendidos en el contexto familiar. “Yo pienso que una persona violenta, justamente porque la violencia hace su historia, ha sufrido violencia, ha removido…; hay todo un tema sobre la violencia, lo que viene removido… creo que son justamente como unos esqueletos en un armario, que no se pueden enfrentar”. (ASSO_I_1,13). 6F: No, decía que probablemente son personas que tienen problemas, o que ellos mismos han sufrido traumas o que vienen de realidades diferentes a nivel cultural; en resumen, según yo. (FFO_FG_1S,p.9). Argumentaciones análogas son utilizadas para explicar los comportamientos femeninos de “aceptación” de la violencia y hasta de elección de una pareja violenta. Si yo he crecido en una familia, y he visto que mi madre era golpeada por mi padre, ¿entonces en qué ambiente crezco? Yo crezco en un ambiente en donde no solamente aprendo a adaptarme a la violencia porque es mi realidad de vida, sino que también me identifico con uno o con el otro ambiente, o con ambos, por lo tanto, puedo tener una parte… puedo estructurar una personalidad que convive con la posición de víctima y con la del victimario.

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Puedo simplemente abrazar la posición, cómo decir, de la víctima y entonces ponerme, exponerme en una condición de victimización. O


bien puedo tomar la violencia como una condición de vida normal. (PSI_ AUSL_I_5,5-6). Según algunas responsables del servicio psicológico entrevistadas, las claves de lectura del trasfondo psicopatológico del problema de la violencia en la relaciones de intimidad constituyen un escamoteo para alejar la violencia de lo vivido personalmente y hacerla más aceptable sobre el plano emotivo: el uso de la violencia se inscribe en la normalidad de las relaciones entre los sexos, aunque este hecho nos resulte inaceptable. Es que la idea de que la violencia sea una enfermedad o que sea una patología es una cosa que logra, según mi parecer, tolerar más la violencia de cuanto se pueda pensar a nivel emotivo, cuando piensas que es una persona enferma. Cuando tienes la idea dentro de ti de que es una enfermedad, se vuelve más cercano, más tolerable, se logra trabajar más. En cambio si tú comienzas a pensar que la violencia está en la cotidianeidad y que te resulta cercana… es otro modo de alejar la violencia de ti misma. - Desde tu punto de vista, ¿cuál es la más correcta? - Pensar que puede existir en las relaciones normales de la vida cotidiana (PSI_AUSL_I_6,15). La idea de la “normalidad” del uso masculino de la violencia es afirmada con fuerza tanto por las operadoras y activistas de la casa de las mujeres, de los Centros antiviolencia y de las asociaciones femeninas ciudadanas, así como por parte de los participantes de “Masculino Plural” entrevistados. Aquí, la violencia es definida principalmente como el producto de un entrecruzamiento de factores; entre éstos, aquellos de carácter social y cultural ─conectados con los roles de género─ junto con la victimización infantil, presentan el peso mas importante. La cultura dominante es la que permite/induce a los hombres a ser

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violentos; la que les permite expresar a nivel emotivo sólo un sentimiento de rabia; que produce una incapacidad de interiorizarse, de guardarse para sí; por lo tanto, ellos creen que la “otra” es siempre responsable de su comportamiento; (KCA_I_2,5). Las mujeres, en este contexto, se sienten “el eslabón débil” ─también físicamente─ de la cadena, sobre la cual los hombres pueden descargar su frustración. En las entrevistas a exponentes del grupo masculino ciudadano, el uso de la violencia es percibido como una posibilidad cultural y socialmente presente para todos. Su uso directo es resultado de una encrucijada de factores que aparece por completo causal. “…situaciones de rabia, manifestación de agresividad, estas cosas pienso que forman parte de la vida de casi todos, en forma más acentuada o no; entonces, por lo menos en este caso, de todos los hombres, por lo tanto es obvio que en un cierto momento salga, y no hay una diferencia tan grande entre el permanecer un paso antes de la violencia y dar este paso, desde el punto de vista de las dinámicas de aquél”. (AM_I_2,4) “…por una cultura común de la violencia, en la cual estamos educados desde pequeños, según yo, la distancia entre una persona que actúa con violencia, un hombre que actúa con violencia, y un hombre que no la presenta, es mínima, estamos muy cercano”. (AM_I_1,2)

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Las mujeres son golpeadas porque están construidas socialmente como sujetos deshumanizados, inferiores y por tanto “violables”, atravesables por el género masculino, como sujetos/objetos a conquistar y, por lo tanto, como enemigos. Golpear una mujer, se dice, es menos grave que golpear a un hombre; se trata al máximo de acciones excesivas, pero nunca verdaderamente equivocadas, que ocurren bajo la ley del silencio general (AM_I_2,4,11-12). En fin, usar violencia con las mujeres es más


fácil, porque no existe casi nunca el riesgo de una reacción ofensiva y, casi siempre, prevalece la impunidad. El segundo paso reconocido que es común a muchos hombres es la presencia de una molestia masculina frente a algunos modelos (del hombre) dominantes a nivel social. Esto puede traer tanto la investigación de alternativas, cuanto de expresiones agresivas de sexismo y de machismo; llevando entonces a una exasperación del modelo tradicional. Hay hombres que han buscado el grupo masculino “en un intento fundamentalmente anti-femenino”, porque viven la relación con la mujer como una lucha: “o venzo yo, o vences tu, o muero yo, o mueres tú”. “Ciertos hombres se sienten aplastados por las mujeres y tienen necesidad de buscar en otros hombres la fuerza para hacerles frente”. (AM_I_2,4,6) Los hombres que usan la violencia contra su (ex) pareja. Los hombres que usan violencia contra sus parejas/ex parejas raramente se hacen visibles para los sujetos de la red entrevistados o los participantes de los grupos de discusión; rara vez se encuentran. De éstos se habla mucho menos que de las víctimas de su violencia. En el servicio social psicológico para menores, éstos emergen como padres cuando, como resultas de la intervención del tribunal de menores, es necesario verificar su capacidad paterna. Aquí, el comportamiento violento “sólo” hacia la madre se pone en evidencia por los daños que puede causar a los hijos/ as, y la pareja puede ser obligada, si desea mantener una relación con los hijos/as, a interrumpir la violencia y/o asistir a los servicios. Los efectos negativos de la violencia asistida son, de hecho, apenas reconocidos. No obstante esto, eso ocurre justamente en relación con un padre violento hacia la madre y los hijos, lo que se encuentra descrito en forma conflictiva por los servicios en tales situaciones, por lo tanto, como un momento de crisis: un sujeto institucional sostiene a la madre y al hijo y la necesidad de impedir la continuación de las relaciones con el padre que ha usado violencia; el otro sostiene la imposibilidad de separar al padre, que se

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presenta como un señor muy distinguido, del hijo, en nombre del valor de la relación padre-hijo. (PSI_AUSL_I_6,12). En el servicio de urgencias, los hombres que usan violencia se adivinan como acompañantes de mujeres que por enésima vez llegan al hospital con la muñeca y la nariz rota. Muchos hombres tienden a oponerse cuando se enfrentan a la solicitud de parte de los médicos y enfermeras de hablar a solas con la mujer, o bien, simplemente callarla. En las situaciones más dramáticas, la mujer es internada con un pretexto, al objeto de darle la posibilidad de aclarar la situación o de decidir qué hacer. En el caso de mujeres extranjeras, el alejamiento de la pareja puede volverse problemático por la dificultad de tener que contar siempre con un intérprete a su disposición. “… porque yo les pedía datos y los controlaba y veía a estas mujeres que por 15 veces entran con la nariz rota, la muñeca rota. Y decía “Pero muchachas cómo es que hacen estas cosas, ¿no comprenden que las fracturas son indicios de violencia? Y ella [la colega], justamente me decía: “Pero si no lo declaran, para mí es solo una muñeca rota; no obstante, yo me acerco a la señora y le aconsejo ir a la Casa de las Mujeres”.(ME_PS_I_2 p. 3). Ellos (el personal del servicio de urgencias) lamentan, en particular con las extranjeras en las horas nocturnas, que aun cuando deseen alejarse del marido, hay ciertas culturas que no lo permiten; por lo tanto el marido es omnipresente. Con las italianas, en cambio, dice esta doctora que está muy presente y cree mucho en esta cosa: “A veces yo pruebo alejar al marido, a veces funciona, a veces lo logro diciendo: ‘Tengo que hablar a solas con la señora’, aun cuando en el servicio de emergencia no es el mejor momento para tener privacidad, está hecho como un cajón, etc. Pero con una italiana, un minuto, un contacto aunque breve, se logra tener. Con una extranjera se vuelve difícil…. (ME_PS_I-2. 3).

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“ Después de ni siquiera 6 o 7 horas, la mañana siguiente la he vuelto a ver enfrente del servicio de emergencias y la cosa me pareció sospechosa [...] el marido llegó todo tranquilo, quería estar presente porque decía que la esposa no hablaba italiano… […] fue entonces internada, por fortuna, en ese punto, ahí pude comprender un poco la situación, resultó que había existido un pleito entre los dos y él la había golpeado”. (ME_PS_I_I,4) Las situaciones de mayor visibilidad de los hombres que usan violencia contra sus (ex) parejas, se verifican cuando hay llamadas de emergencia al 112-113 (Fuerzas del Orden). Aquí, ellos aparecen como protagonistas de pleitos en familia. De esta manera, las hoy llamadas situaciones de violencia interpersonal son las que más frecuentemente, al menos en Italia del Centro-Norte, llevan al homicidio. Esta es una definición que aparece en sintonía con la actitud de fondo actualmente prevalente entre los/las agentes que intervienen, frecuentemente ante la llamada de los vecinos, en las situaciones de violencia en familia, “para calmar los ánimos”. Casi nunca, por lo tanto, los hombres que usan violencia contra sus parejas son llamados por la red institucional o asociativa a dar cuenta de su comportamiento violento en cuanto compañeros, maridos, novios, con excepción del servicio social, cuando están involucrados los hijos/hijas; y salvo que sean protagonistas de violencia que se verifica en presencia del operador u operadora o contra ellos/ellas mismos. Según la percepción de los/las operadores/operadoras entrevistados/entrevistadas, rara vez los hombres encontrados admiten el ejercicio de la violencia y mucho menos reconocen que esto sea un problema. La posibilidad de trabajar continuamente sobre el comportamiento violento se presenta como una eventualidad rara y poco frecuente, según el lugar. “Pero, entonces son rarísimos los casos de los padres que admiten haber usado la violencia, porque está sancionada, quiero decir penalmente; por lo tanto, en general estos padres vienen porque

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están obligados. Muchas veces no terminamos ni el recorrido de evaluación porque renuncian. En general, no están dadas las condiciones para un trabajo de recuperación, porque uno parte de la premisa del reconocimiento”. (PSI_AUSL_I_5,3-4) Según las descripciones de los entrevistados o los participantes en los grupos, quien usa violencia tiende a negar la que comete, y en el caso de que esto no sea posible, la minimiza o busca justificaciones en el comportamiento femenino. Expresa entonces estar consciente de estar haciendo algo mal. Pero hay también hombres que reconocen haber ejercido violencia, considerándolo “normal”, como una cosa de poca importancia, y que manifiestan incomodidad y hasta estupor ante la intervención de agencias externas. Según algunos, esta segunda hipótesis se verifica de manera predominante con hombres provenientes de la zona Meridional de Italia o entre los extracomunitarios. Según otros, se trata de actitudes difundidas en igual medida entre los italianos que entre los extranjeros. Esto ocurre en contextos institucionales en los cuales la admisión de la violencia comportaría consecuencias importantes, ya sea sobre el plano civil como en el penal. La negativa reiterada puede ocurrir también por esto. El no asumir la responsabilidad es un dato reportado por las mujeres acogidas/hospedadas en los Centros antiviolencia, de las cuales hablan las operadoras:

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“...porque una constante —un denominador común a la diversidad de las historias, que conciernen a aquello que hacen los hombres— es la total ausencia de responsabilidad sobre la gravedad de lo que sucede, y sobre la propia responsabilidad, que es un hecho que les concierne; por lo tanto, las mujeres siempre dicen: “Él me ha pedido perdón, pero también me ha dicho que si no me hubiese comportado así, no lo habría hecho”. O bien: “ Mira a qué cosas me obligas”. Hay siempre una forma de atribuir la responsabilidad


al otro, cosa que, en cambio, las mujeres asumen mucho. A veces, algunas dicen: “Las he probado todas… pero nunca van bien las cosa; al final, quizá si estuviese siempre callada, entonces las cosas irían bien, pero no es posible”. (_C;A_I_2,3 ) En fin, los hombres que usan violencia contra sus (ex) parejas son aquellos que tienden a presentarse bien: “Muy frecuentemente, los hombres parecen unos angelitos. Cuando vas a… no sé, no sé si les ha sucedido también a ustedes… Voltean las cosas mucho… estos hombres son…. caen de las nubes. Entonces efectivamente tienden también a desacreditar… O sea, yo (….) me pongo tal vez como mujer, en la piel de una mujer que podría sufrir una violencia psicológica de este tipo, y de la otra parte está el hombre que en un momento es un ángel y después de un minuto se vuelve una fiera, y entonces”. (FO_FG_1S,6 ) La mayoría de las veces no tienen antecedentes penales y resultan “insospechables”. Muy frecuentemente son personas “normales”: “…por normalidad, se entiende que tienen una vida social, se mantienen solos trabajando, quizá son profecionales, entonces en las relaciones fuera de la intimidad pueden tener unos comportamientos valuados como normales. Pero en las relaciones de intimidad, a mí me parece que algunas veces se acercan a la patología…. cuando hay una inseguridad muy excesiva de parte del hombre, por lo cual debe tener siempre a la mujer allí. Son hombres dependientes”. (CA_I_2,6-7). Las mujeres que sufren violencia por parte de sus (ex) parejas. Las descripciones concretas de las mujeres que han recurrido a los servicios o a otras agencias de la red para pedir ayuda, por lo tanto efectivamente encontradas por los o las operadoras entrevistadas o entrevistados o los participantes de los grupos de discusión, se presentan

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siempre con ciertas características en común: son mujeres que tienen miedo, que piden protección y que raramente denuncian. Pero las personas, por aquello que hemos podido notar, tienen miedo. Miedo de las repercusiones sobre sus hijos, [….] tienen miedo a denunciar, tienen miedo porque los tiempos de la justicia son sumamente largos. Y muchas veces hablan y no se procede, no las vuelves a ver porque tienen miedo [….] a lo que puedan enfrentar y de quedarse solas en esta situación. […] También porque dicen: “Sí, muy bien, llego, hago la denuncia, voy a casa y esta persona está allí”. (FO_FG_1S, 3 ). El punto es que muchas mujeres están asustadas…. se activan probablemente unos mecanismos tales por los que ellas están obligadas a regresar a aquella situación, a aquella casa, y se ven obligadas a sufrir violencia nuevamente … (PS_FG_1S,4). Frecuentemente se movilizan muchísimo para continuar manteniéndose a si mismas y a sus hijos, y a veces también a los que las maltratan. Y también para contener la violencia. No obstante esto, estas mujeres son frecuentemente detectadas como mujeres dependientes, pasivas y deprimidas por quienes operan en el sector institucional. Aunque exista una cierta conciencia de que el hecho de sufrir violencia produce efectos devastadores, sus reacciones tienden a ser interpretadas como rasgos psicológicos de personalidad reconstruidos en torno a la tipología de la mujer frágil y perdedora, emotivamente y psicológicamente dependiente. De este modo, se explica tanto la elección de la pareja violenta, como el hecho de que ellas permanezcan, a veces por años, bajo una situación de violencia. “Es increíble el modo en el cual las mujeres que provienen de estas experiencias ‘olfatean’ a la propia pareja, y eligen un violento” (PSI_AUSL_I_5, 6), afirma una responsable del servicio psicológico.

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Estas posiciones no se acompañan necesariamente de una ceguera frente a los obstáculos objetivos que las mujeres encuentran, y algunas


entrevistadas reconocen la importancia del contexto y la responsabilidad de un sistema cultural que opina que el final de un matrimonio es un fracaso personal: “No has sido capaz de conservarlo”, entonces “no vales nada” (PSI_CO_I_I, 5,6). Sin embargo, el mensaje que prevalece es que si una mujer permanece en una situación de violencia por años, es porque se trata de una mujer incompleta sobre el plano del desarrollo afectivo y/o psicológico, o bien de una mujer que ha sufrido o asistido a hechos de violencia cuando era una menor. En la experiencia que tengo yo en las familias italianas lo veo muy frecuentemente, cuando se habla de violencia… las mujeres que sufren violencia son mujeres que no están en condiciones de protegerse, de ser autónomas y de protegerse [….] es también justamente la capacidad de ser personas autónomas desde el punto de vista psicológico. Lo emotivo es la posición más fuerte sobre la cual construir las relaciones de pareja (AS.SOC_I_I, 6-7). “...por experiencia, me parece haber visto que también donde el contexto social esté, es un soporte de parte de los servicios sociales, que frente a una violencia evidente empujaría a una separación… y habría todas las posibilidades de hacerlo, yo creo, en cambio, más que cultural, en muchos casos se vuelve una cosa más intima, más… más ligada con este discurso que hacían … que han hecho antes sobre la dependencia”. (ASSO_FG_IS; 6 ) Entre los hombres jóvenes participantes en los grupos de discusión, no han faltado las lecturas de los comportamientos y de las relaciones femeninas en clave encubiertamente o fuertemente misógina. Así la joven que sufre un estupro por parte de un joven conocido desde hace poco tiempo en la discoteca, es o una “estúpida” o “una que se lo ha buscado” o una que quizá antes “había estado” en eso. - Hay más facilidad de que estas personas sufran ciertos tipos

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de violencias. Es esto lo que quiero decir. O sea, aquella que es violentada porque está borracha a la salida de un local… - Un poco se lo ha buscado… - No digo que se lo ha buscado, pero muy frecuentemente son mujeres; es decir, que se encuentran en situaciones que son más débiles, ingenuas, o sea, no lo sé, quiero decir… Cómo se te ocurre emborracharte y confiarte (…) de un marroquí que has conocido 5 minutos antes. - Eres estúpida. FO_FG_IS,11) Mientras se cree que cometan violencia psicológica las mujeres en fase de separación, que denuncian al ex marido por abusos sexuales hacia los hijos/hijas, dado el caso de que los hechos no puedan ser comprobados en la sede procesal. La violencia es siempre inaceptable se repite en el curso de los focus, sin embargo muy fácilmente se busca la razón de su ejercicio en el comportamiento de las víctimas. La intervención y las necesidades de formación. El maltrato y la violencia en familia dan miedo, producen un descarte, “no se ven”, o bien, se alejan. La siguiente es una afirmación que hace una responsable del servicio psicológico: “…respecto a una mujer objeto de violencia, tú en el fondo estás expuesta, no puedes tolerar que también puedas estar expuesta, es decir, que nuestras partes frágiles estén así al cuidado de otros […] O sea, yo noto mucho esta falta de preparación, de sensibilidad… y de defensa, por lo cual, los operadores se defienden en aquella posición que hace el todo más tolerable, más tolerable emotivamente”. (PSI_AUSL_I_6).

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El miedo surge como dificultad al hacer preguntas a las mujeres cuando se dirigen al Servicio de Emergencia con marcas inequívocas de las


violencias sufridas pero no declaradas: Llegan muy tarde en la noche, con un ojo magullado porque se golpearon contra la puerta, que es muy poco creíble. Efectivamente, no nos detenemos nunca a rascar las superficies. Nos atenemos a lo que es el trauma, a describir cuáles son las partes interesadas y después si la señora tiene intención de hacer… debe “arreglárselas” para resolver toda la parte más importante, en suma… El punto es que después, muchas mujeres están “espantadas” (PS_FG_IS). Muchos colegas creen que es un hecho intra-familiar sobre el cual nosotros nada podemos hacer… pero es necesario que el médico y la enfermera muevan el problema, del problema personal al problema de conciencia cívica, como se denuncia una gastroenteritis derivada de alimentos descompuestos…. Es necesario pensar que denunciar o señalar debe volverse precisamente un deber nuestro (ME_PS_I_2). Como incapacidad de “ver” y asumir los efectos de las violencias y del maltrato sobre las madres “no protectoras”: “Es decir, ¡qué es agotador estar cercano a la violencia…! Cuando ella [conductora] ha dicho que [la mujer] tenía miedo de ser amenazada, quiero decir… Es como si, sin darme cuenta, yo me hubiese movido mientras estaba discutiendo, cuando me acerco a aquella cosa, es justamente que te impacta dentro, que te da miedo a tu vez, en resumen… Por esto, se tiende a estar un poco distantes” (ASSO_FG_2S). La desaparición de la violencia desde la lectura de lo que sucede produce monstruos a nivel de intervención. En un ejemplo reportado como “El caso que quedó impreso” resulta desde este punto de vista emblemático. Una mujer (extranjera) encuentra en el parque donde pasea con su hija al ex marido, con el cual tiene en curso un litigio en el tribunal de menores, porque él pretende volver a ver a la niña. El hombre la había maltratado

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durante años, la había golpeado estando embarazada y sucesivamente la había repudiado y abandonado. Ella había encontrado el modo de salir de eso y de rehacer su vida. Él imprevistamente vuelve a aparecer, pretende volver a ver a la niña y se dirige al tribunal de menores. El educador al cual viene confiado “el caso” ve casualmente a la mujer que encuentra al ex marido en los jardines públicos y piensa haber sido engañado. Escribe al juez una relación negativa, en la cual dice que esta mamá está impidiendo el acceso a la figura humana paterna y que es “inadecuada”. Esta mujer narra llorando en la entrevista: “Me sucedió frente a los jardines públicos, porque me seguía y entonces yo, ¿que cosa tenía que hacer? También mi niña estaba allí, yo trataba de estar tranquila porque tenía miedo, porque sabía que de otra manera me habría golpeado de nuevo”. Según la responsable entrevistada no se trata de una excepción. “¿Alguno le ha preguntado a esta mujer cómo es que se vio con el marido en los jardines? O si quizá apareció allí de improviso, o bien si simplemente pensó “no expongamos a la niña a …”. Sobre el tema de la violencia estamos solamente al inicio, hoy se habla mucho, se habla, se puede hablar, yo veo que en Internet se encuentra muchísimo….Pero es como si fuese un descarte, en el sentido de que queda todo sobre el plano intelectual. En cambio el problema se puede resolver si se ha efectuado el pasaje del plano del pensamiento al de las emociones que se pueden reconocer en el otro (PSI_AUSL_I_5, 10-11). Cuando se ven involucrados niños y la responsabilidad de quien comete violencia y de quien la sufre tienden a ser colocadas sobre el mismo plano. No obstante que se reconoce que las partes no son iguales, se habla de hecho de “sistema no protector”, y se sostiene que los dos comportamientos son violentos.

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“ No, no son considerados iguales, pero puede ser una fase en la cual ninguno de los dos está en grado de activar mecanismos,


dinámicas de protección hacia el hijo; de hecho, a los hijos les queda en la cabeza una gran rabia, no sólo hacia quien comete violencia, sino también hacia quien no ha logrado protegerlos. Y entonces, una vez que se logra romper este mecanismo y de algún modo queda en evidencia el problema, es necesario trabajar sobre los dos comportamientos, porque uno no es menos violento que el otro”. ( PSI_CO_1-2,11). La tendencia a poner sobre el mismo plano a autores y víctimas y a leer las situaciones en términos de paridad y de equidistancia, produce unos efectos importantes en relación con las intervenciones de las fuerzas del orden. Varios agentes han sostenido que en relación con el servicio de emergencia por “pleitos en familia” es necesario ser imparciales. También cuando haya signos inequívocos de que solamente uno de los dos ha sufrido violencia, como heridas o moretones, la intervención consiste en llevar a la señora al servicio de emergencias. Una magistrada entrevistada recuerda un único caso de arresto, luego de maltratos en familia, en numerosos casos de su carrera: Debo decir que también el viejo paternalismo del policía es en extremo adecuado. Yo he visto a un buen policía arrestar “in fraganti” a un abusador y llevarlo en 28 horas frente al juez. No he hecho nunca en mi vida un proceso de este género: arresto por parte de un policía de montaña de un marido in fraganti que maltrataba a su esposa porque le parecía del todo inapropiado en el interior de la familia. Tampoco el buen padre anciano no tolera que estas cosas sucedan. No está dicho tampoco que fuese una mala actitud mental tradicional (MA_I_3,10). Esta actitud de “no intervenir” es explicada por los agentes como una exigencia dictada por la necesidad de protección a las víctimas ─la referencia en las descripciones es siempre a las mujeres─ que podrían estar expuestas sucesivamente a represalias por parte de las parejas, pero también en relación con la imposibilidad de comprender “de quien es la

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responsabilidad”. ¿De quién es el problema de maltrato en los servicios?, se pregunta una responsable del servicio psicológico. Puede suceder que por la denuncia hecha por maltratos, en relación con un padre, no se sepa nada más y que se pase de esta “nada” a una intervención “talibán” (PSI_AUSLI_7,13; PSI_AUSL_I_5,5). Varias partes afirman que: - Faltan procedimientos en cada servicio. - Faltan protocolos de intervención. - Las situaciones de violencia aparecen y desaparecen de los ojos y de los escritorios de quienes trabajan sin que nada se sepa del procedimiento. - Falta una formación adecuada, sistemática y continua que proporcione instrumentos para detectar el problema y para poderlo afrontar de manera adecuada. Quien trabaja en el servicio de emergencia lamenta la ausencia del trabajador social ─sobre todo en los términos de la falta de una intervención en condiciones de emergencia─ y lo contradictorio de la intervención de las fuerzas del orden es que, en provincia, todavía tienden a desaconsejar a las mujeres de presentar una denuncia. Quien trabaja en el servicio social lamenta las visitas repetidas de las mujeres al servicio de emergencia, donde nadie hace preguntas. Todos se quejan, los primeros entrevistados, los magistrados, se quejan de una justicia lejana que no da respuestas.

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En las instituciones, el discurso principal, aunque no el único, tiende a presentar crisis y criticismo del servicio como efecto de comportamientos “inapropiados” de las mujeres, más que como carencias del propio servicio. Así, los responsables del servicio a menores subrayan que las mujeres maltratadas no son protectoras de los hijos/as. Los /las agentes de las fuerzas del orden lamentan el ir y venir de las mujeres, su frustración, y su sentido de impotencia frente a quien llama al servicio de emergencia y después no quiere hacer la denuncia contra la pareja; de quien regresa


varias veces a la estación de policía sin hacer nunca la denuncia; y de quien hace la denuncia para después retirarla. Nosotros somos los primeros en frustrarnos, por lo menos como yo lo percibo en el trabajo, en no poder ayudar a las personas. Antes de que la mujer se desilusione, me desilusiono yo de mi trabajo, y que no logro hacer lo que… que no logro llevar el beneficio esperado a quien me llama, porque ve en nosotros la última posibilidad, entonces si tampoco nosotros logramos hacer nada… y luego está la otra casuística más antipática, es la de la mujer que dice “sí, ¡vengan, procedo absolutamente!”, y luego en cambio, la denuncia se instrumenta sólo para hacer rabiar al hombre, para dañarlo de algún modo… (FO_FG_2S). En el Servicio de emergencia hospitalario el problema principal son las mujeres que no denuncian, y por lo tanto la imposibilidad de hacer algo. En líneas generales, la denuncia tiende de hecho a verse por quienes operan en los Servicios e Instituciones como “la solución”, en particular de dos problemas: El problema de protección a la mujer, y el problema de una acción institucional que sin la activación de la parte dañada no encuentra posibilidad de explicación. ¿Qué sucede cuando efectivamente las mujeres denuncian? surge de las entrevistas a los magistrados que trabajan en la Procuraduría y el Tribunal de Bolonia, de algunos agentes y de las responsables de la Casa de las mujeres entrevistadas. En los casos de maltrato en familia, rara vez las fuerzas del orden intervienen usando la facultad de arresto y muy rara vez son aplicadas medidas cautelares. Los procesos intervienen después de años y frecuentemente después de que las situaciones de relación han cambiado radicalmente de un modo o de otro. - De hecho, cuando la mujer viene a la oficina de la policía, tendría, quisiera, no tanto formalizar la denuncia, sino tener tranquilidad. Demasiadas veces las hemos escuchado decir “A mí no me interesa

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la denuncia, yo no le quiero hacer daño, Yo sólo quiero que me deje en paz”. Pero no obtienen respuesta de parte nuestra. No tienen absolutamente respuestas. - Porque si no formalizas… - Pero aun si formalizas. Les debes explicar de cualquier modo que el caso va adelante en el tiempo. No puedes ni siquiera decirles: “Sí formalizas, después tranquila que éste desde mañana te va a dejar en paz”, porque no es así (FO_FG_2S,25). La situación que ahora describimos es una situación –yo no sé cómo hacen las mujeres para soportarla– pero es una situación carente de sentido. Ellas ya reconstruyeron su vida cuando llegan al proceso (...) quizá es por esto que la rabia ya les pasó (…). Cuando llegan frente a mí al debate, sólo quieren que esta historia termine y seguir adelante con su vida, si es que lograron rehacerla; si no lo lograron, están desesperadas (…) Pero, tendenciosamente, lo lograron. Por consiguiente, el proceso es un apéndice que no tiene nada que ver con ellas en aquel punto del proceso, en el debate (MA_I_3,9). Observaciones análogas surgen de varias entrevistas, en relación con todas las fases del procedimiento. Aun considerando no sólo legítima, sino también necesaria la acción represiva, la intervención penal es percibida como una “devastación”. Desde este punto de vista, se subraya la importancia de informar a las mujeres, en la forma más cuidadosa, acerca de lo que van a enfrentar.

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“...si puedo evitar un proceso a personas de la misma familia, lo hago… el trabajo a veces es mayor, porque quieres evitar también esta posibilidad, si no das la cabeza de la imputación vas a juicio. Pero es siempre devastador, una devastación, y después el proceso no es que se pueda... en resumen, es necesario intentar evitarlo, e ir a juicio cuando se está convencido”. (MA_I_2).


La carencia o la falta de conocimientos específicos sobre el problema y la importancia de una formación constante y sistemática es reconocida por todos/as los/las entrevistadas. De los resultados de las investigaciones y de la asunción del problema de la violencia contra las mujeres a nivel de organismos internacionales, se sabe poco o nada. En el caso de las fuerzas del orden, la última capacitación hecha data de 1998, mientras ésta resulta estar casi ausente para los jueces y magistrados. Más reconfortante es el panorama del Servicio Social y Psicológico; sin embargo, está claro que se trata de intervenciones formativas que han tocado sólo a una parte del personal. Mientras que para el Servicio de Emergencia, el tema de la violencia en las relaciones de intimidad todavía debería ser afrontado. Qué hacer con los hombres que usan violencia contra sus parejas y/o ex parejas. El tema de qué hacer con los hombres que usan violencia contra las mujeres en las relaciones de intimidad, ha sido afrontado en el curso de los grupos de discusión (focus groups) con una pregunta explicita “¿Se debe pedir cuenta de una acción violenta?, y de ser así, ¿en qué modo”. Ya sea en el transcurso de los grupos o durante las entrevistas, se ha preguntado además qué se piensa de los programas de intervención dirigidos a hombres que usan violencia, difundidos en muchos países y, en particular, de su posible introducción y de la apertura de un Centro para hombres que usan la violencia en Bolonia. Quienes trabajan en el servicio social han subrayado la importancia de reconocer y mantener visibles la violencia que se comete en las relaciones de intimidad, ya sea a través de la acción de denuncia, o bien a través de la expresión de censura social. Se dice que es la visibilidad la que permite reconocer este problema como un problema social, de ver las raíces culturales y, al mismo tiempo, de no dejar solas a las víctimas y a los agresores, porque también se dice que la violencia expresa una solicitud de ayuda (ASSO-FG-IS, 19-20).

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Entonces nos encontramos con el reconocimiento, la visibilidad, la comprensión y la censura social como coordinadas generales de cualquier intervención. En el grupo de las mujeres (de las asociaciones) se ha marcado el acento sobre la necesidad de crear una opinión pública sensible, que reaccione sancionando el uso de la violencia contra las mujeres más que justificándolo a través del uso de tópicos como “el homicidio pasional” (DON_FG_IS,17.). Desde varios puntos, se ha subrayado la importancia de operar a nivel educativo y cultural, para cambiar los modelos de género dominantes desde la más tierna edad, desde la infancia y la juventud. Actuar a través de estrategias de prevención, que alguien ha nominado como educación en la tolerancia: - En cambio, yo creo que la prevención es un verdadero nudo de la cuestión. La educación en particular, la educación a las nuevas generaciones, en las escuelas, empezar inmediatamente. Educar en la tolerancia, educar en las relaciones, educar en la sexualidad. Y no hablo de normalidad, que es un término según creo “gastado”, no existe una normalidad. Existen personas consentidoras y personas que, en cambio, son abusadas contra su voluntad. Y creo que la prevención en este caso debe ser justamente la educación. La educación es fundamental para cambiar nuestras sociedades (PS_FG_2S, 13-14). Más frecuente todavía resulta el imaginario surgido sobre qué hacer, sobre la reacción social frente a quien ejerce violencia, que ha aparecido marcada por el símbolo de la Justicia Penal. Frente a un comportamiento violento, la primera reacción invocada ha sido la de una sanción penal cierta y adecuada. Algunos médicos y enfermeros sostienen que frente a la violencia sexual esta es la única reacción admisible.

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“Si pienso en el estupro, no lo sé, lo veo como una cosa tan fuerte, que pensar en una simple reeducación me parece demasiado poco. Si pienso en el estupro, soy sincera, estoy siempre de


parte de las mujeres. En cambio, sobre el hecho de la violencia doméstica, probablemente vista como una enfermedad, como algo que puede ser tratado, sobre aquello que valdría la pena una reeducación, en el sentido que esto podría cambiar las cosas, mientras seguramente la cárcel no […] Sobre una cosa que no se puede corregir, un castigo es necesario, una justicia se necesita, también para la mujer, sobre todo para la mujer”. (ME_PS_I_I,6 ). Rara vez se ha hecho referencia espontáneamente a la importancia de las reacciones de sanciones o censura social de amigos, familiares, parientes, vecinos de casa o colegas o jefes del trabajo, o inclusive de los mismos servicios sociales. La reacción por excelencia, frente al comportamiento violento, se ha construido de hecho principalmente alrededor de los polos “pena vs terapia” con relatos reiterados de toxicodependientes. En diversas partes, ha sido expresado el conocimiento de que la cárcel, aun cuando resulte necesaria para los “malísimos”, no reeduca y no produce cambios a nivel individual; es más, vuelve “peores” a las personas “peores”. Ésta puede ser necesaria para evitar que se verifiquen nuevas violencias, pero no puede ser considerada como una “solución”; de aquí la necesidad de intervenciones terapéuticas. Los programas y los centros para hombres que usan violencia. La posibilidad de introducir, en la ciudad de Bolonia, programas dirigidos a hombres que usan violencia, sobre el modelo de los experimentos en otros países, ha suscitado reacciones positivas y a veces notables entusiasmos. Solamente en un caso se ha expresado la duda de que “los tiempos no estén maduros”, con referencia a la complejidad de la cuestión y a los informes recogidos de puntos de vista polarizados, en relación con qué hacer (PS_CO-I_3,9). En otro caso, se ha afirmado que las prioridades son otras (médicos de base); pero, en líneas generales, también los más escépticos sobre su eficacia han sostenido que el intento vale la pena.

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La posibilidad de abrir un centro para hombres que usan violencia ha sido valorada desde diferentes puntos de vista que hacen notar el cruzamiento de muchos planos de análisis y de intervención. Las trabajadoras de los centros antiviolencia y los activistas de las asociaciones ciudadanas –masculinos y femeninos─ comprometidos con el tema de la violencia masculina han auspiciado la presencia de un Centro dirigido a los hombres, sobre todo como una oportunidad para introducir un cambio necesario con respecto a la perspectiva del problema: “El problema son los hombres, y debemos focalizarnos sobre los hombres, en términos de prevención, por ejemplo, y de crítica de ciertos modelos masculinos; o sea, tomar la cuestión, digamos, antes de que se vuelva violencia, y después de que ésta se haya manifestado, y entonces tratar de detener, por decir, la reiteración de la violencia”. (AM_I_2, 12). “También porque es excesiva la responsabilidad que se da a las mujeres sobre la elección; esto es, se nos pregunta siempre: ¿Por qué usted se queda? Si usted se queda quiere decir que le gusta. Esto es todo lo que se dice. Y en cambio, se nos pregunta muy poco: ¿Por qué él se comporta de este modo?” .(CA_I_2,8). La importancia de un lugar masculino con estas características ha sido declinada ya sea en relación con la intervención individual, ya sea con impacto político cultural y simbólico, por un reconocimiento continuo de la violencia como problema social. Sobre la misma línea, los responsables del Servicio de Emergencia han subrayado la potencialidad de los programas/lugares dirigidos a los hombres como oportunidad de prevención, en cuanto a iniciativas que indican el ejercicio de la violencia como un problema masculino, respecto al cual se puede hacer algo y en sí como forma de control social:

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“...pienso que es un control social del hombre (violento), y saber [el hecho que él sepa] que entra en una red de control que puede


aplacar su… agresividad, que es la cosa que a mí me urge. Porque si ellos se someten, es una elección, se ellos asesinan a otro quiere decir que no quieren morir, o abusan de alguien, la considero una responsabilidad social… esto me hace ver bien estos programas”. (ME_PS_I_2, 7-8). Comenzar a plantear un efecto educativo, entre comillas, es una buena cosa. Saber que puede existir, y que se diferencian las situaciones, que no son tratadas todas del mismo modo; por lo tanto, ciertos individuos tienen necesidad de tratamientos particulares. Serviría implementarlo, quizá, para comenzar a dar una calificación, de algún modo, a este fenómeno. Porque si se prevé una especie de rehabilitación, ya se reconoce el hecho que es una incomodidad, que es un problema ( MA_I2.15). Los responsables del servicio psicológico han sostenido que la presencia de programas y lugares dirigidos a los hombres conferiría un equilibrio a las intervenciones; que hoy, de hecho, están dirigidos exclusivamente para las mujeres que son víctimas de violencia. Éstos expresan la necesidad de que los hombres se hagan cargo de la agresividad/violencia que el género masculino tiende a utilizar, así como las mujeres se han hecho cargo de la represión y de la dependencia femenina (PSI_AUSI_I_7,15). La existencia de un lugar así, con personas competentes para trabajar con hombres que usan violencia, ha sido reconocida como una referencia y un recurso importante para quienes trabajan al interior de los servicios sociales, y no saben qué hacer ni qué proponer a un hombre dispuesto a asumir la responsabilidad de su comportamiento violento; así como no se sabe qué hacer, cuando se encuentra un caso en el que se debe prescindir de la demanda. Finalmente, las trabajadoras de la Casa de las mujeres entrevistadas han subrayado que tal vez esta posibilidad encuentre una respuesta para las mujeres acogidas y/o hospedadas que han sufrido violencia por parte de sus parejas. Frecuentemente, estas mujeres piden que alguien “lo ayude a él a cambiar”. En fin, se dice que no hay otro

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modo de afrontar el problema del ejercicio de la violencia: si queremos que disminuya el número de mujeres asesinadas, es necesario intervenir para detener a los hombres. La cárcel, que para algunas mujeres es importante y/o necesaria, no es suficiente. El problema de la falta actual de una solicitud espontánea de ayuda de parte de quien usa violencia ha sido considerado por varias partes como un obstáculo superable. Quien trabaja desde hace tiempo con las mujeres sobre el problema de la violencia masculina subraya la importancia de acompañar los programas de intervención para quienes han cometido violencia, con campañas informativas dirigidas tanto a los hombres como a las mujeres (CA_I_4, 8); y además con la fuerza de las presiones que pueden ser ejercitadas por las mujeres hacia las parejas para que éstas hagan algo. Un “Centro” para los hombres que usan la violencia. La exploración del imaginario en el Centro ha llevado a individualizar rasgos que se quisiera estuvieran presentes en una experiencia. En algunas entrevistas y en el transcurso de algunos grupos de discusión, se ha subrayado la importancia de considerar el Centro para hombres que usan violencia como un lugar abierto a la posibilidad del cambio, al cual se debe ir “sin preconceptos y sin indulgencias”, pero en el cual “todos los seres humanos están acreditados, con tal de que no se pase al camino de hecho”; un lugar donde “no se es juzgado ni tampoco victimado” (ASS_FEN_I_2, 10-11). Se ha dicho que el marco debería presentar una fuerte deslegitimación social de la violencia, pero es necesario actuar bajo una óptica de cambio y de ayuda, más que de estigmatización, lo que desvaloriza la eficacia de la intervención (AS.SOC_I_I , 14).

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En el imaginario de una mediadora cultural entrevistada, el Centro es un lugar en el cual se puede “hablar con los hombres” para que puedan abrirse, confrontarse y comprender que “las mujeres no están en contra de ellos”. Si comprenden esto, que no “estamos en guerra”, quizás lograrían


no pasar a las vías de hecho y a no destruir ni física ni psicológicamente a sus esposas o compañeras. “…que ellos comprendan que estas mujeres no están en su contra, porque de nuestra parte, en nuestra cultura hay esta actitud, y hay esta…, esta idea de que hay una guerra… Sí, una cosa quizá nacida con el ser humano que queda para siempre pero es necesario superarla, hasta cierto punto sí esta bien, es aceptada , pero cuando pasa al momento de la violencia, de guerra real, es necesario encontrar el modo de superar ese momento.” (MED_I_1, 9). En otras entrevistas y grupos de discusión, la reflexión se ha focalizado sobre modalidades que garantizan una “dejadez” de intervención, en respuesta al temor de que los programas para hombres asuman la calidad de escapatorias fáciles y se transformen, de hecho, en la minimización de comportamientos violentos sancionables penalmente. En este sentido, algunas mujeres han subrayado la necesidad de que haya recorridos que se desarrollen autónomamente desde la condena penal, como intervenciones para hombres que reconozcan tener un problema y quieran ser ayudados (DON_FG_1S). O bien, en el caso en que haya una condena, se prefiere imaginarlos como intervenciones de recuperación o rehabilitación que preceden sucesivamente a la ejecución de la pena (CA_I1). Depende de quién trabaja en el interior del sistema de la justicia penal, éstas intervenciones son vistas y sugeridas sobre todo como medidas alternativas a la detención (o ligadas con la suspensión de la pena), a partir del conocimiento de que la cárcel no reeduca a nadie. Se cree que la evaluación de las posibilidades reales de rehabilitación del condenado debe ser encomendada a los expertos (psicólogos y psiquiatras). También se tiende a imaginar el Centro como un lugar residencial en el cual se pueda garantizar la intensidad del tratamiento y, por lo tanto,

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la interiorización de mensajes nuevos, diversos, y capaces de producir cambios. No obstante la sugerencia de que el Centro debe dirigirse tanto a hombres como a mujeres (que usan violencia), prevalece la idea de que éste deba ser un lugar en el cual deben trabajar sobre todo psicoterapeutas hombres (entonces, para hombres) y en el cual el trabajo de grupo debería ser una modalidad preferible. Desde el punto de vista del profesionalismo y de las capacidades a poner en juego, algunas entrevistadas (servicio psicológico) señalan la importancia de que se trate de un lugar donde se manejen disciplinas diversas. Quién trabaje allí, se dice, debe tener una motivación fuerte, un interés específico, elementos que algunas participantes creen más importante que una formación específica (PSI_AUSI_I7). En diversas asociaciones, se evidencia la importancia que sea un trabajo que ponga en discusión los roles de género y, en algunos casos, se dice con firmeza que los profesionales carentes de formación específica respecto al sexismo y a la importancia del género en relación con la violencia no podrían trabajar allí. La red de los servicios ha sido considerada esencial por la doble función que puede desarrollar: de monitoreo y de convocatoria para los hombres (ASSO_FG_2S,21) y se ha subrayado la importancia que los/las operadores(as) de los servicios estén involucrados y preparados. Según algunos, el trabajo en equipo es necesario para afrontar la problemática que se encuentra en esta experiencia; porque frecuentemente la violencia es acompañada de alcoholismo y de otras formas de dependencia (ASSOFG-1S.26). En otras palabras, en el transcurso de los grupos de discusión se subraya la importancia de que haya una fuerte inversión institucional que garantice la calidad y la continuidad de la intervención.

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4.3 REFLEXIONES FINALES. Con excepción de una investigación cuantitativa realizada en 1998 por Lucía Gonzo, que ha indagado las percepciones y las representaciones del problema de la violencia contra las mujeres entre los médicos de base y el personal sanitario, éste es el primer trabajo de investigación boloñés que ofrece elementos cognoscitivos para analizar la estructura del problema de la violencia masculina contra las mujeres en las relaciones de intimidad, entendido como problema social, en la espera pública, (parte de ella) en esta ciudad. Una investigación análoga ha sido conducida en Módena (Ventimiglia, 2003); otras, en parte semejantes, en Trieste (Romito, 1996) y en la ciudades del programa Urban (Basaglia 2006). El cuadro detallado de las percepciones y de las representaciones de los sujetos entrevistados y/o participantes de los grupos de discusión en la ciudad de Boloña muestra un cuadro dinámico, caracterizado por constelaciones de ideas, puntos de vista y modalidades de intervención sobre el problema de la violencia masculina en las relaciones de intimidad, entre ellos, diversos; algunas veces, en abierta confrontación, tanto en la actividad profesional como en el curso de las discusiones ocurridas en esta investigación, y a veces “pacíficamente” coexistentes. Un elemento nuevo nos muestra esto, en relación con los panoramas italiano y boloñés de principios de los años de la década de 1990, surgido de la investigación y el reconocimiento -si bien no carente de excepcionesde la violencia en las relaciones de intimidad cometida por la pareja o la ex pareja, como un problema serio y difundido a ser afrontado con capacidades específicas e instrumentación adecuada, para sostener la visibilidad social y por lo tanto la naturaleza de “problema público” -no privado- que necesita la intervención de políticas sociales, sanitarias y de criminales (delictivas).

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Los y las entrevistadas y entrevistados y los participantes en los grupos de discusión, saben la ocurrencia de violencia en las relaciones de intimidad, conocen, en líneas generales, su repetición y su duración en el tiempo; su difusión independientemente de las pertenencias de clase, el estatus social, los niveles de escolaridad, y las pertenencias culturales; y los efectos negativos en relación con los hijos/hijas que frecuentemente allí acuden. Igualmente generalizada está la condena en la vía del inicio, de cualquier forma de violencia y el reconocimiento de un panorama articulado y heterogéneo de modalidades de comportamiento violento que van desde la violencia física hasta la psicológica; de la violencia sexual a aquella económica o a la cultural y de contexto. Aunado a los sujetos institucionales que han participado en la investigación, la relevancia del género en relación con el fenómeno de la violencia en las relaciones de intimidad, es “registrada” como dato de experiencia, y al mismo tiempo desconocida a nivel discursivo. Tanto como en la realidad cotidiana se encuentran siempre hombres que maltratan a la pareja y a veces también directamente a los hijos/hijas, también se pone en discusión la existencia de diferencias entre hombres y mujeres en el ejercicio de la violencia, y se tiende a hablar de violencias recíprocas, y de estilos de relación de maltrato. Sobre este punto, se produce una diferenciación entre los participantes hombres y mujeres (estas últimas reconocen la relevancia) y en relación con los lugares institucionales de pertenencia. Con respecto a estos últimos, la diferenciación parece depender sobre todo de la presencia o al menos de una formación ad hoc de recorridos individuales específicos.

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La no consideración de la relevancia de género va a la par con el desconocimiento de la violencia como ejercicio de poder y de control, y con la cancelación del contexto social y cultural del análisis de lo que sucede. El género es, de hecho, considerado por todos como relevante sólo en relación con otras culturas, mientras en lo que respecta a nuestro país, se tiende a imputar el ejercicio de la violencia a la enfermedad,


la psicopatología, a traumas infantiles, y a las toxicodependencias y el alcoholismo. En los acercamientos al problema, en relación con las narraciones causales y a las claves interpretativas del fenómeno, tienden entonces a coexistir, y a veces a enfrentarse, dos visiones muy diferentes. Por una parte, una lectura de la violencia en las relaciones de intimidad como un ejercicio de poder y de control, cometido en su gran mayoría por hombres contra sus (ex) parejas, lo que produce graves consecuencias para la salud física y psicológica de las mujeres y los menores involucrados; un uso masculino de la violencia que encuentra raíces y legitimación social en una cultura hasta hoy dominante que tiende a declinar a las mujeres como sujetos “violables”. Por otra parte, por una lectura difundida a nivel institucional, caracterizada por: - Un acercamiento sistémico –que aparece frecuentemente en términos genéricos como necesidad de referirse a la dinámica de relación, al sistema familiar, según el entorno cultural o científico-profesional- ante cualquier problema que se manifieste en el interior de la familia, lo que tiende a poner en primer plano la “dinámica relacional”, en detrimento de la violencia. - La presencia de una idea de igualdad entre hombres y mujeres, que tiende a llevar al desconocimiento y a la minimización de la presencia de diferencias en el ejercicio de la violencia contra la pareja. - La persistencia de lugares comunes, en relación con ambos y la violencia de la pareja (la esposa sin obligaciones y poco inteligente; la joven imprudente y un poco estúpida; la (ex) esposa hostil ) que justifican en los hechos el uso masculino de la violencia. A nivel de discurso y de prácticas de intervención, este último conjunto de elementos tiende a “no ver” las violencias (físicas o sexuales) que suceden

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en el contexto de un ejercicio de poder y de control, y a reducir el fenómeno de la violencia en las relaciones de intimidad a situaciones de conflicto de pareja, en el cual ambos pueden asumir tonos y comportamientos agresivos y hasta violentos (según qué cosa se entienda por “violencia”). Al profundizar, se ha evidenciado también la presencia, entre trabajadores y trabajadoras de varios sectores institucionales, de miedos, dificultades y resistencias al afrontar las situaciones concretas de violencia con las que se tiene contacto. Las modalidades de intervención tienden a ser escasamente eficaces sobre la cuestión central de la responsabilidad/ reclamo a causa de los autores de violencia, ya sea con la finalidad de control, o de ayuda, y tomando a cargo el cambio y producir una gran responsabilidad de las víctimas, actualmente son los sujetos a quienes más frecuentemente se piden cuentas, tanto del control de las violencias, cuanto de la puesta en protección de sí mismas y de los hijos/hijas, cuando los hay.

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En la literatura científica internacional el primer fenómeno de violencia ha sido estudiado y definido por algunos investigadores e investigadoras como “patriarcal terrorism” (terrorismo patriarcal) o “intimate terrorism” (terrorismo íntimo) (Johnson y State, 2007; Johnson, 2006) y otros como “domestic violence” (violencia doméstica) (Dobash y Dobash, 2004). Se trata de violencias frecuentes que tienden a aumentar de gravedad, y son cometidas en su gran mayoría por hombres contra sus parejas o ex parejas, y que producen en las víctimas miedo, tensión y una serie de consecuencias psico-físicas, que van desde la presencia de lesiones hasta daños permanentes; desde disturbios del sueño y de la alimentación hasta depresiones e intentos de suicidio; desde el aislamiento social hasta la pérdida de trabajo (Johnson y Leone, 2005). Son éstos los fenómenos de violencia en las relaciones de intimidad que más frecuentemente llegan a los Centros antiviolencia, a las fuerzas de policía, al Servicio de Emergencias. En segundo lugar, los fenómenos de violencia que ocurren en las relaciones de intimidad han sido definidos por Johnson como “situational partner violence” (violencia situacional contra la pareja) y lo


que la caracteriza es la ausencia de un ejercicio de poder o de control de parte de una pareja sobre la otra, la presencia de violencias menos graves y menos frecuentes, la ausencia de miedo, y la tendenciosa armonía a nivel de comportamientos. La dificultad de distinguir inmediatamente una situación o la otra es la gravedad de las consecuencia que pueden derivar en términos de seguridad y de integridad para las víctimas, en el caso en el cual una situación de “terrorismo íntimo” sea confundida con una Violencia situacional contra la pareja”, lleva a Johnson a sostener que el acercamiento más seguro en la intervención es partir siempre del presupuesto de que cada caso de ejercicio de violencia en una pareja sea un caso de “terrorismo íntimo” (Johnson 2007). Las diferencias encontradas no inciden en la presencia de un interés fuerte y generalizado para la introducción de programas y lugares de intervención (el Centro) enfocados para hombres que usan violencia. Estos son “imaginados”, no obstante, con características diferentes según la clave de lectura del problema. Muchas son las indicaciones que emergen de esta investigación, ante todo, la necesidad de difundir los resultados de investigaciones nacionales e internacionales de modo que el fenómeno de la violencia en las relaciones de intimidad sea conocido en su naturaleza, dinámica y consecuencias. Se podrán así afrontar, sobre la base de fundados elementos de conocimiento, los contrastantes y las contradictorias visiones que de esto han surgido de los resultados de la investigación. En segundo lugar, la necesidad de recabar datos y de hacer investigación a nivel local, a fin de determinar la incidencia del maltrato por parte de cada uno de los sectores involucrados, de efectuar un seguimiento de las intervenciones y de afrontar empíricamente –con datos en la mano– las percepciones y representaciones de los sujetos involucrados (por ejemplo, las falsas denuncias de abuso presentadas por las madres contra los (ex) maridos). En resumen, la necesidad de formar en modo sistemático y continuo y de enfrentar totalmente el problema de los protocolos de intervención de todos los sectores.

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Desde el punto de vista de qué hacer con los hombres que usan violencia en las relaciones de intimidad, y en particular de la posibilidad de introducir también en nuestro país programas y/o Centros dirigidos a ellos, los resultados obtenidos sugieren un vuelco de perspectiva. La presencia de un reconocimiento masculino del uso de la violencia, así como la consiguiente solicitud de ayuda, aparecen hoy más que como condiciones para la apertura de un Centro para hombres que usan violencia, además de que resultan posibles, dada la presencia continua de iniciativas de esta naturaleza sobre el territorio. De forma no muy disímil con lo que ocurrió en el frente femenino, se encuentra la presencia y la posibilidad del recurso que, muy probablemente, puede hacer surgir el problema y la consiguiente solicitud de ayuda, no lo contrario. Las reacciones positivas registradas de parte de los sujetos de la red territorial, frente a la posibilidad de su introducción en Bolonia y la presencia de una sensibilidad generalizada sobre el problema de las violencias en las relaciones de intimidad, aparecen como condiciones de fondo, sin duda favorables a una experimentación. Solamente intervenciones sumamente centradas sobre la necesidad de que sea asumida la responsabilidad masculina por las violencias ejercidas, y sobre la relevancia del género como categoría central de análisis y de intervención, pueden, sin embargo, transformarse en un recurso capaz de producir cambios sociales; de favorecer procesos de “censura social” del ejercicio masculino de violencia, aliviando a las mujeres del peso (social) a ponerle remedio a esto.

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Más que de programas para hombres que usan violencia, internados en lugares institucionales, todavía fuertemente anclados en las categorías de la neutralidad y la equidistancia, en relación con cuanto ocurre en el interior de la familia, lo que parece necesario promover hoy, en realidades urbanas como las de Bolonia, son lugares autónomos e independientes de fuerte connotación masculina, que sepan producir y promover la sensibilización a nivel político-cultural sobre el problema de la violencia


contra las mujeres, así como intervenciones altamente cualificadas sobre el plano de la oferta del servicio. Lugares en los cuales la violencia sea afrontada como ejercicio de poder y de control, de los cuales es necesario ver la rendición de cuentas y los aspectos de privilegio para quien la ejercita, más allá de cualquier incomodidad, victimada o inadaptada; de que cada uno sea conducido a asumir su responsabilidad; y en donde el ejercicio masculino de la violencia contra las mujeres sea asumido como un resultado modificable de un contexto inseparable de componentes sociales y culturales, así como de biografías o entornos individuales.

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05. El caso de Barcelona. Representaciones del hombre que ha utilizado la violencia en sus relaciones Ă­ntimas Ricardo RodrĂ­guez Luna


05. El caso de Barcelona. Representaciones del hombre que ha utilizado la violencia en sus relaciones íntimas. Ricardo Rodríguez Luna 5.1 INTRODUCCIÓN. La violencia hacía las mujeres es un fenómeno que se ha visibilizado cada vez más en las últimas décadas. La denuncia social y legal por parte de las mujeres que han padecido alguna forma de violencia, las reivindicaciones feministas, los cambios sociales y las reformas jurídicas son sólo algunos de los elementos que han contribuido a dicha visibilización. Las acciones y medidas ante este problema han sido diversas e indudablemente han arrogado algunos resultados positivos y alentadores. Sin embargo, a su vez, han visibilizado aspectos que hasta hace poco tiempo no formaban parte del debate público. Un ejemplo claro de ello, lo constituye la violencia hacia la mujer ejercida por su propia (ex)pareja sentimental. La violencia en la pareja se caracteriza, al igual que otras formas de violencia, porque en la gran mayoría de los casos la ejerce el hombre contra la mujer. Este hecho es constatable en todos aquellos países que cuentan con algún tipo de datos sobre el tema. Esto no significa que no pueda darse la situación inversa. Sin embargo, dado un conjunto de situaciones de diversa índole, existen escasos punto de comparación entre la violencia que puede ejercer un hombre y aquella que podría ejercer una mujer en una relación de pareja.

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Esta forma específica de violencia ha propiciado, entre otras cuestiones,


una creciente preocupación por la creación de servicios de apoyo no sólo para las mujeres y menores víctimas de esta forma de violencia, sino también, para los hombres que la han ejercido. Qué medidas tomar, más allá de la clásica respuesta penal, es una de las cuestiones que más se discute actualmente. En este trabajo se analiza cómo es concebido el hombre que ha ejercido violencia contra su (ex)pareja, en el contexto en una (ex)relación sentimental heterosexual; así como aquellas medidas que son consideradas como más adecuadas para prevenir dicha forma de violencia. En este artículo se tiene la intención de analizar y reflejar aquellos discursos que pueden resultar significativos para la problemática estudiada, así como interpretarlos y vincularlos con el contexto social catalán. De esta forma, se pretende aportar elementos a la discusión sobre el tema de la violencia que ejercen los hombres hacía las mujeres en sus relaciones de (ex)pareja. Este trabajo se encuentra dividido en tres apartados, en el primero, se plantea algunas consideraciones socio-jurídicas en torno a la violencia en la pareja en el contexto catalán. En segundo lugar se realiza una descripción de la información recogida en la fase de trabajo de campo. En último término, a manera de reflexión final, se discuten aspectos en torno a la responsabilidad de la violencia en la pareja.

5.2 CONSIDERACIONES EN TORNO A LA VIOLENCIA EN LA PAREJA EN LA CIUDAD DE BARCELONA. La violencia ejercida por el hombre contra la mujer en una relación de (ex)pareja ha cobrado importancia y visibilidad en el debate público internacional de los últimos años. En diversos países se han realizado importantes transformaciones políticas, jurídicas y sociales en torno a esta

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problemática. Este es el caso, por ejemplo, de la Comunidad Autónoma de Cataluña y en general en el Estado español. Esta situación, entre otras cosas, ha propiciado la creación e incremento de servicios de apoyo a mujeres que han padecido violencia. En este contexto, también son destacables las acciones colectivas y movilizaciones en contra de la violencia de género que han realizado los movimientos de mujeres. Sin embargo, especialistas de diversos países han llamado la atención sobre la necesidad de generar un mayor número de servicios, pero no sólo para las mujeres (y sus hijos/as) que han padecido violencia, sino también para los hombres que en las relaciones de (ex)pareja han ejercido dicha violencia. Así, han surgido medidas, aunque principalmente jurídicas, dirigidas específicamente a los hombres. En España, por ejemplo, el actual código penal26 contiene diversos artículos que regulan

la violencia contra la mujer en la pareja27: violencia habitual28, lesiones29, amenazas y coacciones30, faltas31 (injuria leve y vejación injusta), delito contra los derechos y deberes familiares32 (impago de pensiones) y el quebrantamiento de la medida cautelar33. Además de los tipos penales, como medida cautelar y de protección para la mujer, existe la conocida como orden de protección. A través de ésta, se pueden adoptar: medidas penales, medidas civiles; y, medidas de asistencia y protección social34.

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26 Código Penal. Ley Orgánica 10/1997, de 23 de Noviembre; 13ª edición, ed., Tecnos, Madrid, 2007. 27 En primer lugar, establece que el hombre puede tener diversas formas de relación con la mujer sobre la que ejerce la violencia: cónyuge, ex-cónyuge o persona que esté o haya estado ligado por similar relación afectiva, aún sin convivencia. 28 Ver artículo173.2 del Código Penal. 29 Ver artículo 148.4 y 153. 1. del Código Penal. 30 Se castiga con penas de prisión de seis meses a un año o de trabajos en beneficio de la comunidad de treinta y uno a ochenta días. Artículo 171.4 (amenazas) y artículo 172.2 (coacciones) del Código Penal. 31 Artículo 620.2 del Código Penal. 32 Se castiga con pena de prisión de tres meses a un año o una multa de seis a veinticuatro meses. Artículo 227.1 del Código Penal. 33 Artículo 468.1 y 468.2 del Código Penal. 34Artículo 48 del Código Penal.


La legislación establece la posibilidad de sustituir o suspender la pena, para aquellos hombres sentenciados por un delito de violencia en la pareja con una pena inferior a dos años de prisión. Esta posibilidad se encuentra condicionada, entre otras cosas, a que el hombre participe en “programa formativos, laborales, culturales, de educación vial, sexual y otros similares”. El incumplimiento de esta condición propicia la revocación de la suspensión de la pena. Además, la ley prevé la puesta en marcha, dentro de los centros penitenciarios, de programas específicos para internos condenados por violencia hacia la mujer en el ámbito de sus relaciones sentimentales. No obstante las medidas jurídicas que se han puesta en marcha, no ha disminuido la violencia de los hombres contra las mujeres en las relaciones de (ex)pareja, ni los delitos de violencia de género. Así lo muestran, por ejemplo, para el período 2002-2007, los datos que reporta el Ministerio de Igualdad español y/o los cuerpos de seguridad catalanes: Año

Mujeres víctimas de violencia ejercida por su (ex) pareja (ámbito español).

Violencia de género en Cataluña: registros de los cuerpos de seguridad.

2002

43.313

7.453

2003

50.090

9.808

2004

57.529

13.242

2005

59.758

15.018

2006

62.170

17.763

2007

63.347

17.623

Por este motivo, o al menos en parte, en los últimos años ha cobrado importancia la discusión sobre qué hacer y cómo prevenir, más allá de la clásica pena privativa de libertad, la violencia que ejercen los hombres contra sus (ex)parejas.

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En Cataluña, en el ámbito institucional, las actuaciones ante el incremento de las denuncias (como puede verse en el cuadro anterior) por violencia de género han consistido, entre otras, en la puesta en marcha del Programa de Violencia Doméstica (VIDO)35. Además, el Departamento de Justicia de la Generalitat de Cataluña inició el año 2005 un programa de medidas penales alternativas36. Además, el Ayuntamiento de Barcelona ha impulsado la puesta en marcha el “Servicio de atención a hombres que maltratan” (SAHM)37, en este caso, se trata de un servicio para hombres que no se encuentra vinculado al sistema de justicia penal. Desde el año 1999 y hasta el 2007, este servicio reporta haber atendido un total de 475 hombres38.

A nivel de la sociedad civil, las organizaciones de mujeres, además de las diversas acciones colectivas y actividades que suelen llevar a cabo en la ciudad de Barcelona, han llamado la atención sobre la necesidad de tomar

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35 Este programa se define por el Departamento de Justicia de la Generalitat de Cataluña, como el programa de tratamiento diseñado para ìdelitos de violencia de género o violencia doméstica que se va iniciar el año 2000 por el aumento de la población reclusa con esta tipología delictiva y la necesidad de intervención específica. En Cataluña, el programa VIDO constituye la medida prevista en la Ley orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección integral contra la violencia de género. Generalitat de Catalunya., Memòria del Departament de Justícia, 2004, ed. Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2005. 36 Este programa se desarrolla conjuntamente con la Fundació d’ assistència i gestió integral (AGI) constituida el año 1994 y tiene como uno de sus principales programas, el conocido como ARHOM: Asistencia y rehabilitación para hombres. Este está subvencionado por el Departamento de Justicia y surgió a raíz de diversas reformas penales relativas a la sustitución de penas. Este programa se ha establecido para aquellos hombres sentenciados por un delito de violencia de contra su (ex)pareja, pero cuya condena ha sido una pena de prisión menor a 2 años. Ver el Programa ARHOM. Medidas Penales Alternativas. www. fundacioagi.com/index/php 37 En la ciudad de Barcelona, las actividades del SAHM comenzaron el año 2000 y se encuentra dirigido a hombres ìcausantes de episodios de violencia familiar que deseen superar esta situaciónî. Este servicio se inscribe dentro de las medidas de apoyo a la atención de la violencia de género que lleva a cabo el Ayuntamiento de Barcelona. Además, las actividades del SAHM, también forman parte del Plan contra la Violencia hacia las Mujeres del mismo Ayuntamiento. IRES. Memoria de la institución 2005, ed, ENOR, Barcelona, 2006. pp. 23 38 Es importante tener en cuenta que en esta cifra no se incluye el número de hombres atendidos durante el año 2006, ya que éste fue reportado conjuntamente con el número de personas atendidas por el ìservicio de apoyo en violencia contra las mujeresî. Instituto de Reinserción Social IRES-, Memoria de actividad 2004-2007, ed. Instituto de reinserción social; www.iresweb.org (ver memorias y actividades)


mayores medidas dirigidas a los hombres que ejercen violencia hacia las mujeres. De igual forma, en los últimos años han comenzado a emerger grupos de hombres no sólo se preocupados por esta problemática, sino también por cuestionar un modelo de “masculinidad hegemónico”. Puede decirse que las principales medidas ante la violencia contra la (ex)pareja han sido de tipo jurídico, a través de la tipificación de diversas conductas y/o de la promulgación de leyes específicas que, a su vez, han implicado el diseño de un circuito de apoyo social. Este conjunto de medidas, dado que las mujeres son quienes padecen principalmente la violencia, se encuentran dirigidas a ellas. No obstante, también existen medidas dirigidas a los hombres, pero éstas, además de los tipos penales, se reducen en la realización de un programa específicamente diseñado para estos casos y que suele llevarse a cabo dentro de la prisión. Cabe señalar que fuera del ámbito penal destaca la existencia del Servicio de Atención a Hombres que han Maltratado (SAHM) y de algunas iniciativas surgidas desde la sociedad civil. Sin embargo, las medidas dirigidas a atender y prevenir esta forma de violencia, son más que escasas. Dada la escasa prioridad que se ha dado, al menos hasta hace poco tiempo, al análisis de cómo influye el hecho de ser hombre en la violencia ejercida contra la (ex)pareja, este trabajo aborda dicha perspectiva, así como los imaginarios sociales sobre el hombre que ha ejercido dicha violencia, así como las medidas que se consideren adecuadas para prevenirla.

5.3 ANÁLISIS DE LOS RESULTADOS. Es importante recordar que este estudio tiene una orientación cualitativa (ver Anexos para los detalles metodológicos), por tanto, se ha intentado captar los discursos más significativos que fueron mantenidos por los/as entrevistados/as39. De esta forma, la información recogida ha sido analizada ������������������������������������������������������������������������������������������ Como se ha señalado, el conjunto de entrevistas realizadas en la fase de trabajo de cam-

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conforme a los centros de interés que a continuación se comentarán. Representaciones de la violencia del hombre contra la mujer que es o ha sido su pareja. Esta forma de violencia fue considerada como un problema social de primer orden que se caracteriza por diversos aspectos que serán abordados a lo largo de este apartado. En términos generales, puede decirse que este fenómeno fue representado como una situación que se encuentra arraigada profundamente en nuestras sociedades, ya que es algo “cultural”. El discurso predominante consideró que no existe una causa que la origine, sino que son múltiples factores los que lo propician. De igual forma, se señaló que cuando la violencia acontece en una pareja, esta situación no es algo puntual sino que es un proceso que se extiende a lo largo del tiempo. El castigo penal ―la prisión― como respuesta ante esta problemática fue considera como poco adecuada. Cabe hacer diversos señalamientos en torno a los diversos aspectos que se consideró caracterizan la violencia del hombre contra la mujer que es o ha sido su pareja. La violencia es algo cultural. Una categórica afirmación realizada por los/as entrevistados/as fue que la violencia es algo cultural. Sin embargo, esta noción adquirió tres sentidos diferentes. El discurso predominante identificó cultura con socialización, es decir, en este primer sentido, se entendió que en el transcurso del proceso natural de crecimiento, las personas aprenderemos pautas de comportamiento que serán determinantes en la forma de relacionarnos con los demás. Como fuentes principales de tal aprendizaje fueron mencionadas la

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po ascendió a una treintena, además de la realización de doce sesiones con seis grupos de discusión. Tanto las entrevistas como los grupos de discusión se realizaron con personas que trabajan y/o desarrollan actividades en torno a la violencia de género, especialmente, violencia en la pareja.


familia y la escuela, por lo tanto, las personas aprenderemos de nuestros padres, abuelos, en la escuela, etc., conductas que después reproduciremos y que se verán como “normales”. Sin embargo, las conductas serán diferentes según el sexo de la persona, así, los varones seremos mucho más violentos que las mujeres. Es importante subrayar que las personas entrevistadas consideraron el género como un factor determinante para el mayor o menor ejercicio de conductas violentas. Así, en general, los/ as profesionales estuvieron de acuerdo en que será más común y más probable que los hombres ejerzan violencia contra su (ex)pareja. Un segundo discurso en torno aquello que constituye la cultura, aunque no fue predominante sí resulta significativo, ya que enfatizó los aspectos de género de la socialización e hizo referencia a una cultura “patriarcal”. En este sentido, la noción de cultura se empleo para hacer referencia a una condición general e histórica, ya que se sostuvo que la violencia ejercida por los hombres es algo sustentado en un sistema de creencias y valores patriarcales: “vivimos en sociedades patriarcales en donde el hombre es el fuerte de la familia, yo tengo que defender a mi mujer, mis hijos, mi no sé que. Aunque pensemos que estamos en el siglo XXI, esto esta muy instalado en las mentalidades de todo el mundo, de cualquier sociedad”. 40 Desde este punto de vista, las relaciones entre hombres y mujeres se caracterizan por el “poder” y el “dominio” de ellos sobre ellas. Además, la cultura patriarcal se caracteriza porque ha negado a los hombres, o escasamente ha fomentado en ellos, el aprendizaje y/o el autoconocimiento de sus propias emociones y sentimientos. De esta forma, los varones han asumido la violencia como una forma 40 Intervención realizada por psicólogo del Servicio de Atención a Hombres que han Maltratado (SAHM).Grupo de discusión (P02).

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“normal” de resolver muchos de sus problemas o diferencias cotidianas. Esto significa que aquellas pautas sociales de comportamiento constituyen un marco de referencia que, en buena medida, determina nuestras relaciones íntimas. En este sentido, por ejemplo, se señaló que para el hombre es muy difícil reconocer la violencia: “Ni tan siquiera son capaces de pensar, primero, que son violentos y, en segundo lugar, reconocer que esto está mal. Hay algunos que lo han aprendido de sus padres, de sus abuelos, etc., y actúan exactamente igual. Está dentro de la normalidad, para ellos es la normalidad. Que la madre y las hijas, que la esposa y las hijas tengan que obedecer y tengan que hacer aquello que el padre dice, pues es lo normal. Eso lo que han visto y, en fin, es lo que ha vivido en su familia. Por lo tanto, hay una incapacidad para reconocer que eso es una relación violenta, la que impone, que está mal. Porque esos valores no los tienen, no los tienen. El poder valorar que en una relación deben de haber, no sé, relaciones de igualdad entre ambos, que ambos se deben ayudar, que ambos deben cooperar, que ambos… en fin, eso no está en el calendario ni en el panorama de esta gente”.41 Un tercer punto de vista sobre el significado de “cultura”, aunque constituyó un discurso minoritario, es significativo y conviene tenerlo en cuenta. En este sentido, se utilizó como un elemento que permite distinguir nacionalidades o determinadas regiones que en principio podrían ser más o menos violentas. Es decir, se entendió que un varón, por ejemplo, de México o de Marruecos, es susceptible de ser más violento que uno de Cataluña, ya que hay “culturas” en las que los hombres son más violentos que en otras, o bien, son más “machistas” que otras. Este discurso aportó una visión que terminó por asignar la característica de “más violentos” a algunos hombres por el hecho de pertenecer a una región o “cultura”

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������������������������������������������������������������������������������������������ Entrevista (023) de profesional de un centro ìantiviolenciaî realizada el mes de noviembre de 2007.


determinada. Los discursos que plantearon la “cultura” en el sentido de socialización y patriarcal se solapan en diversos supuestos. Sin embargo, la retórica que más predominó lo empleó como proceso de socialización. Por su parte el discurso esencialista, aunque minoritario, es significativo y es importante tenerlo en cuenta. Suele ir acompañada de otras problemáticas. La violencia en el contexto de una (ex)relación íntima heterosexual, de acuerdo a un discurso predominante entre los/as participantes, no puede ser explicada por una sola causa, sino que tiene su origen en múltiples factores. A lo largo del trabajo de campo estuvieron presentes diversos discursos que sostienen que la violencia en la pareja se acompaña de otras problemáticas. Sin embargo, no se plantearon como la(s) causa(s) de la violencia, sino más bien, como elementos que en un momento determinado pueden potenciar o precipitar eventos de violencia en una pareja. De esta forma, pudieron detectarse diversos discursos, cada uno de ellos tendió a considerar que la violencia en la pareja puede ir acompañada de alguna de las siguientes problemáticas: a). El consumo de drogas y/o alcohol; b). Experiencias anteriores de maltrato y con patologías o “enfermedades mentales”; c). La carencia de “habilidades sociales” para la “resolución de conflictos”; o bien, problemas para “gestionar la frustración, la ira, la agresividad”; ataques de ira, problemas de control y de gestión de sentimientos; El discurso de los/as entrevistados/as, en relación con el tema de las drogas, “enfermedades mentales” y las experiencias anteriores de maltrato, se orientó de forma sobresaliente a sostener que estas problemáticas no son las causas de la violencia. Sin embargo, se consideraron como elementos que deben atenderse y tenerse en cuenta, ya que pueden potenciar los eventos de violencia. A su vez, este discurso, apareció complementado con una consideración que resultó predominante: la violencia en la pareja

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se relaciona de forma importante con cierta incapacidad de expresión de sentimientos y emociones, así como con la carencia de “habilidades sociales”. Además, fueron mencionadas algunas situaciones que dificultan la atención a los hombres que han ejercido violencia. En este sentido, por ejemplo, se hizo referencia a “las costumbres y las creencias culturales”; en el caso de inmigrantes, se sostuvo, la situación se complica aún más si no hay papeles y/o si no hablan bien el idioma. En el mismo sentido, se considero que influye la edad de la persona, si la relación es más larga o más corta. La atención a hombres que han ejercido violencia puede tornarse aún más delicada, si se ven involucrados varios miembros de la familia; o bien, cuando hay violencia, pero continúa la convivencia entre el hombre, la mujer y los hijos. Esta idea puede resumirse de la siguiente forma: Es poco frecuente que exista un problema únicamente de maltrato, sino que hay bastantes casos multi-problemáticos. Los más difíciles de trabajar, es donde existen carencias sociales importantes, donde se convive con el marido y los niños. Las problemáticas de maltrato suelen estar relacionadas con otro tipo de problemas, que se dan a la vez, o bien, que se han dado antes. Casos en donde sólo exista el maltrato y la única cosa el maltrato son poquitos42. Es un proceso, no es algo puntual. Hubo un discurso significativo que consideró esta forma de violencia no como un acto, sino como un proceso. Es decir, no es que un día, de forma repentina y puntal acontezca una conducta agresiva, sino que la violencia contra la (ex)pareja fue representada como un proceso de abuso y de ejercicio de poder continuado que suele ser practicado por el hombre contra la mujer. Hubo también, un consenso general en torno a

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������������������������������������������������������������������������������������������ Entrevista (023) de profesional de un centro ìantiviolenciaî realizada el mes de noviembre de 2007.


una cuestión ampliamente difundida: es el hombre, en la inmensa mayoría de los casos, quien ejerce la violencia contra la (ex)pareja. Que el hombre sea el principal responsable por esta forma de violencia, desde el punto de vista de los y las participantes, ha propiciado que las políticas públicas, las reformas jurídicas y los análisis de los especialistas hayan centrado su atención en la mujer. De igual forma, se consideró que se han abordado relativamente poco las consecuencias de esta forma de violencia en los y las menores o en la familia. Además, que se ha prestado escasa atención a qué hacer o qué medidas tomar ante el hombre que ejerce esta forma de violencia, menos aún, se ha planteado de forma clara cómo fomentar la responsabilización del hombre por la violencia ejercida. No es tan sólo un problema jurídico-penal. Fue significativa la presencia de un discurso predominante que se caracterizó porque las palabras e ideas utilizadas por los/as entrevistados/ as quedaron lejos de términos como mayor punibilidad, mayores penas de prisión o reforma jurídica. Expresiones que no resulta extraño escuchar en el discurso de algunos medios de comunicación y/o en dirigentes políticos. Esto no significa, por su puesto, que se haya relativizado la gravedad de este problema o que se crea que no debe ser castigado con la pena de prisión, muy por el contrario, fue considerado como una problemática de la mayor relevancia. De igual forma, cuando surgió el tema de la pena de prisión, ésta no fue considerada como la respuesta más adecuada para el problema de la violencia contra la mujer. De hecho, la prisión fue considerada algo así como un “remedio que sale más caro que la enfermedad”.

Entre los/as participantes hubo un consenso general que se orientó en señalar la impunidad como una caracteriza de la justicia en torno a este

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problema. Se dijo que las medidas jurídicas son demasiado lentas y que eso se refleja en su ineficiencia. Igualmente se sostuvo que el problema de la violencia se plantea como si todo se redujera a una cuestión jurídica y se hizo especial referencia a la etapa inicial del proceso penal, es decir, la denuncia de los hechos de violencia: Los mensajes se plantean como si todo el problema de la violencia es jurídico. Entonces, mujer denuncia, mujer denuncia. Esta no es la solución, ni es la respuesta. Qué pasa, muchas veces ellas denuncian ante los Mossos, dicen lo que les esta pasando, el episodio en su momento. Han de denunciar con todas las consecuencias que a veces representa esa denuncia. Ella se tiran atrás, ellas en ningún momento han planteado que él vaya a la cárcel. Estas situaciones es un hecho que esta provocando un malestar, es patético. Entonces, si hay una detección de violencia, vayamos a trabajarla, no sólo es cuestión de denunciar. Pienso que es importante que vayamos a trabajar hasta el territorio43. Representaciones del hombre que ha ejercido violencia. En el desarrollo del trabajo empírico fue significativa la presencia de un discurso que representa la violencia como parte de aquello que constituye “ser hombre”. Puede decirse que en el imaginario de los/as entrevistados/ as, el hombre, especialmente el que ha ejercido violencia, fue representado como una persona que no pide ayuda (o escasamente lo hace), ya que no reconoce o justifica el uso de la violencia; además, tiene una escasa capacidad para gestionar sus emociones; y, por último, se le vio como alguien que también es doblemente víctima, de la “socialización” y de su propia conducta. Cabe hacer diversos señalamientos de estas formas de representar al hombre. No pide ayuda. Un discurso predominante sostuvo que los hombres no reconocen que ����������������������������������������������������������������������������������������� Intervención realizada por una trabajadora social que desempeña sus actividades en una

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casa de acogida de mujeres. Grupos de discusión (TS01) el día 16 de junio del 2008.


necesitan ayuda, o bien, escasamente lo hacen y por lo tanto, apenas la solicitan o lo hacen con poca frecuencia. Este hecho, de acuerdo con los/as entrevistados/as, se traduce en situaciones de importancia social, como por ejemplo, que sean más mujeres que hombres quienes asisten a los servicios sociales, de salud o a terapia. Esto indica una de las formas en que el hombre es visto, una imagen que de él se tiene, es decir, este imaginario social, de alguna forma, ha captado el mensaje de que no pedir ayuda es ser hombre, o bien, a mayor capacidad de aguante mayor “hombría”. Si se piensa en casos en donde hay violencia en la pareja, cobran especial relevancia el hecho de pedir o no ayuda por parte de un hombre, ya que si lo hace implica el reconocimiento de un problema. Sin embargo, este discurso partió de la premisa siguiente: son muy pocos hombres interesados en tratar de aceptar y/o comprender el por qué de su propia violencia. Esto significa que son las mujeres, de forma casi exclusiva, quienes solicitan ayuda y/o plantean el problema de violencia en la pareja en los servicios sociales, así como en los servicios específicos de atención a esta problemática. Esto significa, de acuerdo con los/as entrevistados/as, que los hombres han interiorizado de forma importante diversas formas de violencia, entre otras, aquellas que se dirigen a la mujer. En este sentido, sostuvieron que hay dos formas en que se manifiesta esta violencia interiorizada: por un lado, porque los hombres, en general, “no ven” o “no son concientes” de la violencia que pueden estar ejercido o han ejercido contra su (ex)pareja. De alguna forma, han “normalizado” dicha violencia y no supone para ellos “ningún problema” su utilización. Por lo tanto, si un varón cree que la violencia hacia la mujer es algo normal, al menos en parte, ha asumido que ser hombre significa: ... que tengo que tener esta actitud (de violencia)”. Es decir, hay hombres que “por creencias machistas piensan que están en lo

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correcto. Los hombres no tienen ningún problema. El problema es que su mujer no hace caso, o no está a la hora. Ellos no hacen nada que no sea normal. 44 Por otro lado, los hombres, en aquellos casos en que se dan cuenta que están ejerciendo violencia, se niegan a aceptarla, la justifican o responsabilizan a la mujer de la conducta: Ellos están ejerciendo la violencia pero la justifican … muchos dicen: es que me controlas”. Hay hombres que “pueden llegar a decir, ayer me pasé, me pasé, pero es que tú me has provocado”; o simplemente, “se dan cuenta de la violencia que ejercen, pero por miedo a que van a pensar no la aceptan. 45 De igual forma, se sostuvo que los hombres, al no ser consientes de su violencia, tampoco se dan cuenta de las consecuencias que ésta tiene para ellos mismos: Ellos también reciben un mal, de esto no se habla y la gente no lo escucha. Poder empezar a relacionar enfermedades con masculinidad, estrés, todas estas cosas que están ahí. Enseñarles la relación que hay. Yo les enseñaría en lo que están ellos perjudicados. 46 De acuerdo con un discurso predominante, los hombres no piden ayuda en los casos de violencia en la pareja, ya que ello implicaría reconocer o aceptar que se ha maltratado, situación harto complicada. Pero sobre todo, porque supondría la pérdida de dominio y poder en las relaciones. Por ello, dicho reconocimiento se planteó como una cuestión que implica la perdida de privilegios en la pareja, en la familia, en el trabajo, en la sociedad.

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44 Entrevista (024) realizada a profesional de un centro ìantiviolenciaî, el mes de octubre de 2007. 45 Entrevista (025) realizada el mes de octubre de 2007 a profesional de un centro ìantiviolenciaî. ������������������������������������������������������������������������������������� Grupo de discusión (AM04) con participantes de diferentes asociaciones mujeres, la sesión tuvo lugar el día 4 de julio del 2008.


De esta forma, los y las participantes concluían con una interrogante “¿A quién le interesa perder privilegios?”. Escasa capacidad para gestionar emociones. Una segunda visión concibió al hombre que ha ejercido violencia contra su (ex)pareja, como una persona con una escasa “capacidad para gestionar sus emociones”, ya que no se le ha enseñado a contactar con sus sentimientos. A nivel afectivo, según sostuvo este discurso, los hombres tienen carencias importantes y dificultades para expresar sus emociones o el significado de ellas, o bien, para hablar de su intimidad. De esta forma, los/las entrevistados/as consideraron de la mayor importancia, el hecho de que los hombres trabajen cuestiones como la propia masculinidad, la confianza, la historia personal, el reconocimiento de emociones, aquellas situaciones que les perturban o generan confusiones, el cambio personal, etc. Él como alguien muy vulnerable y doblemente víctima. A lo largo del trabajo de campo hubo un discurso predominante que sostuvo que la violencia no era una salida fácil ni un orgullo para el hombre que la ha ejercido. Sin embargo, se argumentó que el hombre “no ha sabido gestionarlo de otra manera, no sabe hacerlo de otra manera”. Por lo tanto, este punto de vista coloca al varón en un papel de víctima de la socialización que recibe por el hecho de ser hombre, ya que no se le ha enseñado a contactar con sus sentimientos. El varón fue concebido como una persona muy vulnerable que es doblemente víctima: de la socialización patriarcal y de su propia conducta. Del patriarcado porque en determinadas circunstancias se le recrimina su agresividad, el ejercicio de fuerza y dominio. Pero a la vez, en muchas otras circunstancias esas mismas conductas se les premian. De esta forma, existen espacios en donde los hombres encuentran legitimadas posiciones de fuerza y poder.

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A su vez, al hombre se le vio como víctima de su propia conducta, ya que si bien ha recibido una determinada socialización, tampoco ha mostrado mucho interés por cuestionarla, modificarla o analizar en qué le perjudican o benefician los modelos de masculinidad imperantes en nuestra sociedad. En este sentido, el hombre fue visto como víctima de su propia conducta, ya que se consideró que sólo él es responsable de cómo utiliza los recursos que tiene, tales como la fuerza, la agresividad o la violencia; o bien, como expresa o muestra sus afectos. En este último sentido, por ejemplo, se señalaba sobre cierta forma de comportamiento de los hombres en las relaciones: ... el hombre al principio, cuando empieza a conocer a la chica, a lo mejor es el más cariñoso, el más atento y cuando el vínculo esta hecho desaparece. Ahora ya la tengo, ahora me voy a jugar al fútbol, al principio no se muestra chungo, tiene que ser atractivo… Otro tema es el tema de la pasión porque muchas dinámicas violentas se leen como pasionales. En principio es como, si tú eres celoso es que tú me quieres… tenemos que reaprender otras cosas, otras formas de relación. En una relación violenta, la forma para saber si a la persona que a ti te gusta le gustas, la forma es darle celos 47 Representaciones de la mujer que ha padecido violencia. Tres fueron los discursos predominantes en torno a la mujer que ha padecido violencia por parte de su (ex)pareja: culpable, víctima y sobreviviente. En el primer punto de vista, la socialización fue considerada como una de las causas de la violencia. No obstante, se señaló que son las mujeres, las encargadas de transmitir dicho conjunto de hábitos, códigos, creencias y valores que se adquieren a lo largo de la vida del individuo. Se generó un consenso que argumentó que las mujeres son las encargadas ������������������������������������������������������������������������������������������ Grupo de discusión (TS01), sesión realizada el día 9 de junio del 2008. Intervención de

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trabajadora social.


de dar “la educación” porque los hombres no participan en labores de cuidado y atención de los y las menores. Este discurso es significativo dado que, por un lado, deposita en las mujeres la responsabilidad de la socialización y, por tanto, de aquello que fue considero como una causa importante de la violencia de los hombres contra su (ex)pareja. Por otro lado, el argumento puede adquirir una función: justificar ciertos patrones, hábitos o la violencia del hombre contra la pareja. Una segunda visión, que en parte se desprende de la anterior, observó a la mujer como una persona que es víctima no sólo del hombre que ha ejercido violencia contra ella, sino también, víctima de la sociedad, que dadas las diferencias de género, la ha socializado bajo ideas y creencias sobre cómo y qué debe hacer una “buena” mujer. En este sentido, se destacó que la mujer vuelca una gran parte de su energía personal en los demás: el esposo, los/as hijos/as, la familia, etc. Es decir, se adopta la “función” de cuidadora (asignado tradicionalmente a la mujer), con el consecuente costo de desatención o “sacrificio” de la propia mujer. En tercer lugar, la mujer fue vista como una superviviente. En este sentido, se destacó la necesidad de dejar de hablar de ella en términos de estereotipos masoquistas, por ejemplo. En su lugar, se subrayó la importancia de destacar su coraje, su valentía o su fuerza para realizar un trabajo personal de introspección y cuestionar determinados valores o creencias que le fueron inculcados. De igual forma, se señaló la importancia de tener en cuenta la individualidad de cada mujer para enfrentar con todas sus implicaciones, por ejemplo, el hecho de denunciar ante la policía, dar continuidad a un juicio, para declarar o si decide continuar con la misma u otra relación sentimental. Es decir, se enfatizó el respeto a los procesos y ritmos personales de cada una de las mujeres que han padecido violencia, sea que hayan o no hecho trabajo terapéutico. Los programas dirigidos a hombres y aspectos necesarios para la creación de un centro para hombres que han ejercido violencia.

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Diversos países han desarrollado centros y/o programas específicos dirigidos a hombres sentenciados por delitos de violencia contra su (ex) pareja, aún cuando se han desarrollado básicamente como una estrategia de prevención (terciaria), en diversos países, como es el caso español, dichos programas se ofrecen como una alternativa a la pena de prisión. El conocimiento de tales programas, también constituyó un centro de interés a lo largo de la investigación. En general, los programas se consideraron necesarios y positivos, pero en la medida que se constituya como una estrategia específicamente dirigida a abordar el ejercicio de la violencia contra la (ex)pareja. Sin embargo, dicha valoración de los/as entrevistados, debe ubicarse dentro de un discurso que muestra diversos cuestionamientos sobre los programas: deben estar bien fundamentados; el contexto en el que se dan no es el más adecuado; están poco desarrollados; no tienen mucho éxito; qué beneficios reales comportan estos programas; deben contribuir a garantizar la seguridad de la víctima; deben tener unos criterios mínimos de inclusión/exclusión, para diferenciar que personas están dispuesta a afrontar un proceso de cambio personal; y, deben trabajar las motivaciones intrínsecas para contribuir a la responsabilización de la violencia. Imaginario sobre un centro para hombres que han ejercido violencia. La hipotética creación de un centro para hombres que han ejercido violencia fue de las cuestiones que se planteó a lo largo del trabajo de campo. En este sentido, de acuerdo con los discursos de los y las participantes, la creación de este centro en Cataluña requiere de diversas condiciones generales y de otras específicas. A). Condiciones generales del Centro. Como condiciones generales del centro se señalaron diversas cuestiones que pueden agruparse bajo tres aspectos principales:

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a). La perspectiva. Se consideró que los recursos deberían ser públicos, es decir, debería estar subvencionado públicamente. Esta característica, a su vez, se sostuvo, que fomentaría la coordinación con el resto de entidades públicas y privadas. Es decir, el centro, con la finalidad de realizar una adecuada derivación de las personas, debería trabajar coordinadamente con las diferentes entidades de España que presenten servicios de atención a las mujeres víctimas de la violencia, así como a sus hijos/as, con los servicios sociales y los servicios médicos de atención primaria y con los servicios de atención a hombres. El centro para hombres también se caracterizaría por la multidisciplinariedad de los profesionales que en él trabajen. Es decir, podrían trabajar en él, personas del ámbito de la psicología, el trabajo social, la educación social, del derecho, de la sociología, psicoterapeutas, etc. Estas condiciones serían importantes para el desarrollo de dos aspectos que también caracterizaría al centro, por un lado, el centro debería ofrecer programas y campañas permanentes de prevención de la violencia del hombre contra su (ex)pareja. Estas deberán estar dirigidas a diferentes tipos de públicos, hombres y mujeres jóvenes, adultos, con o sin hijos, divorciados, etc. Por otro lado, el mismo centro ofrecerá algún servicio para los y las menores que han sido testigos de violencia en la pareja. Por último, cabe decir, en relación a la naturaleza del centro, que se consideró necesario que éste y sus programas tendrían que adoptar una perspectiva de género b). Los profesionales. Los diferentes profesionales que trabajen en el centro serán indistintamente hombres y/o mujeres. Pero, además de la multi-disciplinariedad de los/as profesionales que trabajen en el centro, estos/as deberán tener formación académica y experiencia profesional en temas de violencia de género, además de que recibirán una formación continua en estos mismos temas. La supervisión periódica del personal que trabajaría en el centro se propuso como necesaria, ya que el trabajo en un centro de esta naturaleza fue considerado como espacialmente desgastante para los y las profesionales que lo ejercen. Dicha supervisión,

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debería ser realizada por profesionales externos al centro. c). A quién se dirigen las actividades. El centro debe orientarse a los hombres en general, es decir, debe dirigirse a hombres que hayan recibido una condena judicial por el delito de violencia contra la (ex)pareja, pero también, a aquellos hombres que han ejercido violencia y que están dispuestos a reconocerla, así como a quienes consideren que la violencia es un problema en sus relaciones y que por ello necesitan ayuda. Por lo tanto, otra característica importante será el ofrecimiento de diferentes tipos de programas: para hombres sentenciados, para hombres que crean que necesiten ayuda y quienes estén interesados en la problemática de la violencia contra la mujer. Pero la asistencia voluntaria a todos ellos y a las actividades del centro deberá ser estrictamente voluntaria. B). Condiciones específicas del servicio. Una vez que un hombre hubiera asistido al centro se destacaron diversas condiciones específicas del servicio, éstas pueden ser agrupadas en los siguientes rubros: a). El caso concreto y su individualización. Se destacó la importancia de realizar una buena evaluación de los casos, para ello se creyó necesaria la realización de entrevistas individuales a los hombres que irían al centro. Además, se subrayó la importancia que tendría en este primer momento, la coordinación del centro con otros servicios que desarrollan actividades en torno a la violencia de género.

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Una buena evaluación de los casos, a su vez, permitiría realizar una adecuada individualización de las actividades que desarrollaría el hombre en el centro y el tipo de ayuda que requeriría. Es decir, se determinaría si para un hombre es mejor realizar terapia individual o grupal, de cuánto tiempo, bajo que características, etc., o bien, si necesita otro tipo de apoyo. En relación a las sesiones, individuales o grupales, se destacó la importancia de no limitarlas en el tiempo, sino más bien, tener en cuenta


las necesidades y los tiempos de los procesos de auto-reflexión de cada individuo. En lo que respecta a las sesiones de grupo, éstas se propusieron como “abiertas”, es decir, el número de los integrantes del grupo no estaría determinado, sino que existirá la posibilidad de que las personas entren y salgan de los grupos, según las necesidades individuales y grupales. Una vez que se considere acabado un programa sería necesaria la existencia de un período de seguimiento. Sin embargo, se determinó durante cuánto tiempo sería este período, ni cómo o bajo qué parámetros realizarlo. b). Acciones complementarias a desarrollar por los profesionales. Se consideró que la experiencia del centro, conjuntamente con la información de experiencias de otros países, permitiría el establecimiento de ciertos estándares de calidad que deberían guiar las actividades profesionales del centro. Destacó la importancia de establecer parámetros de detección del “riesgo” de que una mujer pueda padecer violencia, o bien, que un hombre la ejerza. Sin embargo, fue difícil establecer cómo y bajo que parámetros determinar dicho “riesgo”. No obstante, dentro de este aspecto se mencionó la adecuada determinación del tipo de apoyo que necesita el hombre, la coordinación con los otros servicios, la posibilidad de tener contacto con la víctima para tener otra fuente de información sobre los eventos de violencia.

5.4 REFLEXIONES FINALES.

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A manera de reflexiones finales interesa destacar algunos aspectos que considero deben ser tenidos en cuenta para fomentar la responsabilización del hombre por la violencia contra su (ex)pareja. En primer lugar, es importante señalar la necesidad de desarrollar medidas específicamente orientadas a los varones que han utilizado dicha forma de violencia. Sin embargo, éstas deben dirigirse a los varones, pero no sólo en su calidad de “sujetos activos” de un delito, sino también como “hombres”. Es decir, es necesario insistir en el género como una importante variable en esta forma de violencia, así como de estrategias, programas o medidas orientadas a evitar o prevenir dicha problemática. La “amenaza” que supone la ley penal, tal como ha sostenido buena parte del discurso criminológico, difícilmente resultará preventiva, mucho menos aún, dotará de una sensibilización de género. En este sentido, el trabajo de campo realizado, también permite observar la predominancia de un discurso convencido de que la ley penal poco hará ante la violencia en la pareja. En segundo lugar, cabe preguntarse por los contenidos y por la forma en que hasta hoy se ha pretendiendo sensibilizar y/o “enseñar” género a los hombres. En términos generales, la socialización contribuye, entre muchas otras cosas, a que hombre y mujeres puedan percibir o no, la dimensión de las diferencias de género en la vida cotidiana, profesional, familiar, de pareja, social, etc. Además, debe tenerse en cuenta el impacto que tiene sobre los individuos, la historia de las violencias que como colectivo han padecido hombres y mujeres. Concienciar en torno a estas situaciones ha sido una labor asumida por las mujeres, quienes han encontrado mayor disposición para ello entre el colectivo femenino. Emplear las mismas estrategias pedagógicas para los hombres, dada las diferencias de género, quizás puedan resultar poco efectivas.

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Los estudios en torno a las masculinidades se han mostrado como un camino para el desarrollo de una específica visión en torno a los hombres. Este tipo de estudios, aún cuando se encuentran en una fase de incipiente


desarrollo, especialmente en algunas regiones, han arrogado algunos resultados alentadores. No obstante, el camino de la responsabilización del hombre por su propia violencia está aún lejos de alcanzarse. En tercer lugar, es importante señalar que la responsabilización por la violencia tiene al menos, una doble dimensión. Por otro lado, una esfera individual-emocional, en este sentido, por ejemplo, a lo largo del trabajo de campo se hizo referencia a nociones como vinculación afectiva mal gestionada; baja autoestima; dificultad de la gestión de emociones, intimidad, etc. Por otro lado, una dimensión social, que en el caso del trabajo empírico desarrollado, se relacionó con ideas como socialización, discriminación, abuso del poder, asimetría en las relaciones, opresión, control, dominio, etc. Los programas para hombres y las estrategias para prevenir la violencia en la pareja, cuando menos, deben desarrollar acciones tanto en el plano individual como en el social. Además, es importante que se vinculen ambas dimensiones, especialmente, si se tiene en cuenta que la violencia de género y la violencia del hombre contra la mujer que es o ha sido su pareja, no es tan sólo un problema individual sino también social. Es importante por tanto, la articulación entre dimensión individual y social. Cabe cuestionar cómo las actuales medidas desarrolladas para prevenir y fomentar la responsabilización del hombre por su propia violencia tienen en cuenta la dimensión social y sus vínculos con la esfera individual de los hombres. Esta cuestión no es un asunto menor, si se tiene en cuenta que en numerosos países, las principales estrategias ante esta problemática son de carácter jurídico-penal y/o consisten básicamente en la realización de un programa que, en principio, enfatiza la dimensión afectivo-emocional del individuo. Algunos programas específicos para hombres contienen conceptos en torno a la teoría de género y, en este sentido, intentan concienciar en

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torno a la histórica situación de discriminación social que han padecido las mujeres. Sin embargo, en este aspecto, aún queda mucho por hacer en torno a la formación de muchos profesionales que elaboran e imparten dichas programas. Además, de ninguna forma se cuestiona la forma en que abordan cuestiones género, es decir, se asume como adecuado para los hombres la forma en que tradicionalmente se ha “enseñado” el género y/o se ha pretendido sensibilizar en torno a éste. En este sentido, tal como se ha señalado, es importante buscar formas de enseñar género “en masculino”, es decir, una forma específicamente pensada para los hombres. La responsabilización por la violencia constituye uno de los elementos clave en los programas, cursos o talleres impartidos para hombres que han ejercido violencia contra su (ex)pareja. Sin embargo, en términos generales, todo parece indicar que dicha responsabilización está lejos de llegar llevarse a cabo por parte de los hombres. En este sentido, por ejemplo, puede decirse que hemos llegado a saber que algunos hombres han ejercido violencia porque fueron captados por el sistema de justicia penal, no tanto porque haya existido un reconocimiento y/o demanda de ayuda por su comportamiento.

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De acuerdo con la información que han proporcionado los/as entrevistados/as, por ejemplo, los policías, no parece tan extraño encontrar a hombres que reconozcan que ejercieron violencia. Sin embargo, esto no significa que se consideren responsables por tal hecho, o al menos, no en el sentido de aceptar que hicieron algo que “está mal”. Muy por el contrario, consideran que la responsable fue la mujer, sea porque ella propició la agresión o porque “se lo merecía”. Es decir, el hecho de reconocer que la violencia tuvo lugar es una cosa, aceptar que se participó en tal suceso es otra y admitir que se es responsable es otra. En este sentido, por ejemplo, no es extraño encontrar casos en los que, aún cuando haya sentencia judicial, el hombre está lejos de responsabilizarse por la violencia, si a caso, reconocerá que ésta existió.


Los hombres, desafortunadamente, sólo comenzamos a dar tibios indicios del reconocimiento y la responsabilización por nuestras violencias. Es delicado y frágil que la responsabilización de la propia violencia no provenga del individuo mismo, sino que los motivos para responsabilizarse provengan de su entorno más próximo, normalmente de la esposa, de la familia o de las amistades. Indudablemente es de vital importancia la responsabilización, independientemente de que las motivaciones para ello sean internas o externas. Sin embargo, dado que la violencia contra la (ex)pareja es también problema social, cabe preguntarse la forma en qué los programas para hombres, las medidas y las estrategias públicas vinculan el reconocimiento individual de la violencia, no sólo con una dimensión social sino también política. Los varones, como colectivo, somos actores principales del ejercicio de diversas formas de violencia y recién comenzamos a responder jurídicamente por ello. Sin embargo, pareciera que para los varones esta situación no se vincula con lo socio-político. La histórica posición que hemos ocupado, como colectivo, en los ámbitos público y privado, nos ha impedido darnos cuenta de las violencias que ejercemos y de sus efectos. Además, carecemos de algo equiparable a una genealogía feminista, en todo caso, nuestra genealogía ha enaltecido el poder y el dominio, así como valores y formas de ser hombre que es necesario cuestionar. En buena parte, este es un deber colectivo socio-político de los hombres. Definitivamente, es un cometido complicado y a largo plazo, por ello, quizás más que nunca debemos de mirar y aprovechar la historia social de movimientos, como el feminismo, que tanta luz ha arrogado sobre el camino de la igualdad, pero también sobre las diferencias. A lo largo del trabajo de campo señalo la importancia de fomentar, entre otras cuestiones, los aspectos emocionales de nuestras personalidades,

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así como la responsabilidad por nuestras violencias. Sin embargo, considero que tiene la misma importancia, vincular estos aspectos al plano social, para no fomentar sólo la responsabilidad individual (en sí misma importante), sino también para fomentar una ciertos deberes colectivos de los hombres delante de la sociedad.

Bibliografía

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Ayuntamiento de Barcelona, Plan Municipal contra la violencia hacia las mujeres


2007-2009. Barcelona, 2007. Ajuntament de Barcelona. Pla Operatiu contra la violencia vers les dones 2001-2004. Programa municipal per a les dones 2001-2004. Barcelona, 2001. Código Penal. Ley Orgánica 10/1997, de 23 de Noviembre; 13ª edición, ed., Tecnos, Madrid, 2007. Generalitat de Catalunya., Memòria del Departament de Justícia, 2004, ed. Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2005. IRES. Memoria de la institución 2005, ed, ENOR, Barcelona, 2006. Ver también: www. iresweb.org (ver memorias y actividades). Ministerio de Igualdad, “Las mujeres en cifras 1983-2008”, ed. Instituto de la Mujer, Madrid, 2008 www.fundacioagi.com/index/php. Ver el Programa ARHOM. Medidas Penales Alternativas


06. El caso de Atenas.

Maria Zissaki, Eftathia Chatzi y Kostantina Tsamourtzi


06. El caso de Atenas.

Maria Zissaki, Eftathia Chatzi y Kostantina Tsamourtzi

6.1 INTRODUCCIÓN: DESCRIPCIÓN SOCIO-CULTURAL DEL ÁREA URBANA DE ATENAS EN EL CONTEXTO NACIONAL. La violencia contra las mujeres ejercida por sus parejas o ex parejas es un fenómeno global con dimensiones sociales cruciales. No se limita a un sistema económico o político específico sino que se puede encontrar en todas las sociedades, clases y culturas. A nivel europeo, este tipo de violencia está relacionado con la desigualdad de géneros. La violencia contra las mujeres ejercida por sus parejas o ex parejas no es un problema sólo de las mujeres sino que es un fenómeno que se extiende en diferentes niveles sociales y personales. El tema de la violencia doméstica fue tratado en Grecia luego del cambio político en el que se formaron grupos de mujeres independientes con demandas feministas,48 pero incluso ahora

en la actualidad es difícil hablar de algunas políticas específicas, ya que todavía faltan muchas de las medidas importantes (como por ejemplo, el establecimiento tardío de la primer ley griega sobre la violencia doméstica – en el verano de 2006 – muchas organizaciones se mantienen escépticas respecto a dicha ley). Además, a nivel nacional, los programas de formación profesional para aquellos que están en contacto con hombres que utilizan la violencia o mujeres que sufren esta violencia, ya sea por cuestiones profesionales,

48 Los Grupos Femeninos comienzan sus acciones después de 1975. Luchan contra la opresión masculina y la igualdad de géneros. En 1983 representantes del Gobierno le solicitaron a un grupo de científicas que estudiaran formas para enfocar el problema desde una perspectiva femenina y sugerir las vías que la intervención estatal debía tomar. Desde de los años de la década de 1990, el tema de la violencia contra las mujeres es de 208 principios alta prioridad.


políticas o culturales parecen no ser eficientes. Más específicamente, durante el año 1992 sólo 10 abogadas concurrieron a un seminario de 10 horas de duración; en 1998, 10 jueces y 10 magistrados fueron entrenados en el programa EU DAPHNE. Durante el año 2002, el Centro de Investigaciones para la Igualdad de Géneros, a cargo del Ministerio del Interior (KETHI) organizó seminarios para abogados, mientras que un año después, en el contexto del Marco de Soporte Comunitario III se fundó un programa de tres años para profesionales involucrados en temas de violencia (fuerzas policiales, abogados, trabajadores sociales, enfermeros, etc.), que se canceló un año después. Además, la Academia Griega de Policía ha integrado a su currícula módulos relacionados con la violencia ejercida en contra de las mujeres, pero no existe una política de formación específica.49 Aparte de esto, hay muy pocos seminarios y conferencias

que hayan sido o sean fundados con recursos nacionales.50

Los servicios dedicados. A pesar de lo detallado con anterioridad, existen varios servicios, organizaciones y albergues dedicados a asistir a las mujeres que sufren la violencia de sus parejas o ex parejas. La Secretaría General para la Igualdad de Géneros51 es una agencia gubernamental manejada por el Ministerio del Interior, con el propósito de planificar, implementar y monitorear (dar seguimiento) las políticas de igualdad entre los hombres y las mujeres en todos los sectores; y es la primera agencia que ha establecido centros de consulta para aquellas mujeres víctimas de violencia. El centro de consultas de Atenas se estableció en 1998 mientras que el centro de consultas de Pireo se estableció un año más tarde. Ambos proveen asistencia psico-social y asesoramiento legal sin cargo. Además, durante el periodo comprendido entre 2004-2008, la GsfGE, en asociación con partidos políticos y organizaciones de mujeres, preparó programas de acción política en referencia a la igualdad de géneros, que han sido 49 Ver Observación Nacional Griega para combatir la Violencia contra Mujeres – 1er Reporte Nacional Griego – noviembre 2004, páginas 12-13. 50 Ver Observación Nacional Griega para combatir la Violencia contra Mujeres – 1er Reporte Nacional Griego – noviembre 2004, páginas 22-23. 51 Ver: www.isotita.gr

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adoptados por el Gobierno griego. De acuerdo con estos programas, se considera a la violencia doméstica un tema de alta prioridad, lo cual está en absoluta correlación con los logros de cohesión social en la sociedad griega. Teniendo en cuenta el 2do Eje de Acción de las Políticas Nacionales de Prioridad de la Igualdad de Géneros 2004-2008 “Prevención y lucha contra la violencia que involucra víctimas femeninas», la Secretaría General de Igualdad de Géneros toma acción de la siguiente forma: - Conducción de una investigación para combatir de mejor forma el -

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fenómeno de la violencia doméstica. Recopilación sistemática de datos e incidentes de mujeres violentadas de los dos centros de consulta (Atenas y Pireo) para poder estudiar el fenómeno y llegar a conclusiones cuantitativas y cualitativas. Publicación anual de los datos mencionados en el punto anterior. Organización de programas de entrenamiento y concienciación para profesionales que tratan con la violencia (servicios sociales y nacionales). Fomentar una legislación nueva para prevenir y combatir la violencia en las relaciones íntimas. Fomentar el establecimiento de más albergues para mujeres que son víctimas de violencia.

La Secretaría General de Igualdad de Géneros creó, dentro de su campo de acción, un Destacamento Especial para poder llevar a cabo una investigación dedicada al tema de la violencia doméstica. En el reporte del Destacamento Especial hay sugerencias concretas acerca de cómo afrontar el tema de la violencia doméstica que fueron incorporadas en la reciente ley sobre violencia doméstica, que fue adoptada en el verano de 2006 (Ley 232 24-10-2006). En 1993, la Secretaría General de Igualdad de Géneros, en colaboración con la Municipalidad de Atenas, estableció un albergue para mujeres


golpeadas y sus hijos, en el cual los profesionales especializados se concentran en devolverle a la mujer el poder y trabajan para aumentar la autoestima de la mujer golpeada. También existe el Centro de Investigaciones para la Igualdad de Géneros (KETHI) que fue fundado en 1994 y opera en Atenas, con sucursales en Salónica, Patras, Volos y Heraclion, bajo la supervisión y el financiamiento de la Secretaría General de Igualdad de Géneros y el Ministerio del Interior, Administración Pública y Descentralización. Una de sus actividades principales es brindar apoyo a aquellas mujeres que sean víctimas de abuso, marginalidad y exclusión social. En el año 2000 durante el marco de la campaña europea en contra de la violencia contra las mujeres, KETHI organizó una campaña para sensibilizar a la opinión pública y a las agencias oficiales en cuanto a la violencia doméstica, con el financiamiento de la Comisión Europea y la Secretaría General de Igualdad52. Además, está El Centro Nacional para la Solidaridad Social (Ε.Κ.Κ.Α),53 que ofrece asistencia a los grupos excluidos socialmente, como por ejemplo, las mujeres y los niños abusados, las víctimas del tráfico, etc. La red de EKKA incluye dos albergues (Atenas y Salónica) para mujeres e hijos que hayan sido víctimas de violencia (alojamiento por un tiempo limitado), 10 centros de asistencia social (8 en Atenas y 2 en Salónica), una línea de ayuda para asistencia social inmediata (línea de ayuda 197), el servicio de intervención social inmediata y el servicio de manejo de crisis. Además, EKKA acepta a hombres violentos mediante el proceso de mediación penal en el contexto de la nueva ley de violencia doméstica. 52 Actividades principales de la campaña: Carteles monumentales en 150 lugares; mensajes televisivos y por radio; Producción de información acerca de la violencia doméstica; en Julio de 2000, en una gran campaña para informar a la gente acerca de la violencia doméstica “ROMPE EL SILENCIO”, se distribuyó un panfleto informativo junto con las facturas de electricidad. Aparte de proveer los números de las líneas telefónicas SOS y los Centros para Mujeres Golpeadas, también se suministraba el número de KETHI en cada área. 53 Fuente: www.ekka.org.gr

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La Red Griega de Mujeres Europeas54 es una organización de mujeres de carácter voluntario. Esta red intenta introducir acciones para temas que conciernen a las mujeres en la Unión Europea. Los miembros de la red son mujeres y organizaciones que se interesan por los derechos humanos y la igualdad de oportunidades. La Red Griega se mueve en tres dimensiones. Primero, promueve la prevención a través de la educación (seminarios, eventos, conferencias) de temas como la igualdad de derechos y la igualdad de géneros (orientados a los siguientes grupos: profesores, alumnos, voluntarios). En segundo lugar, orientación, asistencia, asesoramiento legal, asistencia económica, e incluso encontrar trabajo para aquellas mujeres que hayan sido víctimas de violencia o del tráfico de personas, a través de la línea de ayuda; existen dos líneas telefónicas: “SOS está a tu lado” para mujeres (pero también para hombres y niños) que hayan sufrido de violencia en su entorno íntimo, y “SOS en contra del tráfico” para mujeres víctimas de esta situación. En tercer lugar, el albergue: dedicado a aquellas mujeres víctimas de violencia. Los niños también pueden quedarse con las madres. Por supuesto que el rol del Observatorio Nacional de Violencia contra las Mujeres es de suma importancia (compuesto por la Red de Lucha contra la Violencia Masculina sobre las Mujeres, La Secretaría General de Igualdad de Géneros y KETHI). Su misión principal es analizar las políticas gubernamentales y subrayar sus errores, aclarar los puntos más importantes y por último preparar el reporte nacional de violencia contra las mujeres. Otra es la Organización para los Derechos de la Mujer (ONG), que opera un centro de asistencia voluntario para temas como la violencia. En el periodo entre 2004 y 2006, 43 mujeres víctimas de cualquier tipo de violencia (no sólo violencia ejercida por sus parejas) solicitaron ayuda. Otra ONG cuyo objetivo es enseñarles a las mujeres que son víctimas de violencia a evitarla y confrontarla es el Grupo de Auto Defensa.

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54 Fuente: www.enow.gr


Además, existe el Centro de Asistencia a la Familia (KESO), que se estableció bajo la supervisión de la Iglesia de Atenas y opera varios servicios como: Centros de Información, Servicios Sociales, Asistencia Psicológica y departamentos Legales y Médicos para mujeres víctimas de violencia.55 Aún más, se fundó bajo la supervisión de la Iglesia de Grecia la ONG “SOLIDARIDAD”,56 que dirige un albergue para mujeres golpeadas y sus hijos. El albergue se inauguró en 2006 y ofrece asistencia psicológica, legal y asesoramiento médico para las víctimas de la violencia doméstica y el tráfico de personas.

También es de importancia el Hospital Psiquiátrico de Atenas,57 que además de brindar ayuda médica a aquellas personas con desordenes psicológicos, opera albergues y alojamiento para aquellas personas excluidas socialmente. A nivel de la prefectura, en el año 1998 operaba en la ciudad de Ioannina una Red de Ayuda para mujeres y sus hijos víctimas de la violencia. Esta red ofrecía asistencia psicológica y al mismo tiempo alojaba a las mujeres que necesitaban ayuda. El mismo año, en la ciudad de Salónica, comenzó sus funciones el Centro de Re-Establecimiento de las Víctimas de Torturas y otras Formas de Maltrato, mientras que el Instituto del Trabajador de Macedonia operaba una línea telefónica SOS para mujeres abusadas. Además, en 1999 la Asociación de Abogados de Salónica ofreció asistencia legal a las mujeres víctimas de violencia, y el mismo año la “Casa de la Mujer» comenzó a operar en la ciudad de Serres. Un año más tarde, se abrió un centro en la Isla de Creta bajo la supervisión de Miembros de la Asociación para Mujeres. 55 Fuente: www.archdiocese.gr/keso 56 Fuente: www.solidarity.gr 57 Fuente: www.psyhat.gr

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A lo largo de los años, se establecieron en varias áreas centros de asistencia para las mujeres y sus familias como ser el Centro de Asistencia para Mujeres en la Municipalidad de Karditsa, El Centro de Asistencia para la Familia y el Niño en la Municipalidad de Naupaktos, La Agencia de Problemáticas de la Mujer en la Municipalidad de la Isla de Chios, al mismo tiempo que se establecían líneas telefónicas SOS en la Municipalidad de Komotini. A pesar de la existencia de los centros y servicios mencionados con anterioridad, aún hacen falta servicios que puedan brindar el “paquete entero de asistencia”; es decir, alojamiento, asistencia legal y médica, y ayuda psicológica y social para las mujeres víctimas de violencia. Además, faltan centros dirigidos a los hombres que usan la violencia contra sus parejas, aparte de que hay muy pocas instituciones y organizaciones que reciban tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo, las mujeres víctimas de violencia pueden acercarse a los Hospitales Nacionales, Centros de Salud y Centros de Asistencia Psicológica. Además de los anteriores, las Asociaciones de Mujeres y otras organizaciones tratan de ofrecer servicios gratuitos a las mujeres víctimas de violencia; asesoramiento y asistencia legal, asistencia psicosocial, ayuda financiera, etcétera.58 Se han llevado a cabo varios estudios en países europeos en relación con la violencia contra las mujeres en su círculo íntimo, ya que muchas asociaciones sociales y partidos políticos reconocieron la necesidad de combatir el fenómeno en cuanto a lo que se refiere a las políticas de prevención e intervención, pero también diseñando programas eficientes dirigidos a aquellos que utilizan la violencia y a los que la sufren.

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Los datos disponibles sobre el fenómeno. Los datos epidemiológicos 58 Ref. Apéndice Ι - Fuentes: www.sapphogr.net, www.isotita.gr


En el caso de Grecia, la violencia en las relaciones íntimas no ha sido investigada de forma sistemática; sólo se ha llevado a cabo una investigación epidemiológica de la violencia doméstica (KETHI 2003).59 La muestra consistía en 1200 mujeres entre 18 y 60 años. De acuerdo con la investigación, el 56% de las encuestadas experimentaron violencia verbal o psicológica, un 3.6% sufrieron abuso físico, mientras que un 3.5% de las mujeres fueron forzadas a tener contacto sexual. Además, el 23.6% de las encuestadas declararon conocer una mujer en su entorno que ha sufrido violencia doméstica, pero sólo el 8.8% caracterizó a su pareja como una persona violenta. No hay informes anuales que traten este fenómeno; esto se debe a que no hay denuncias frecuentes de incidentes en las autoridades públicas (muy pocas denuncias debido a la estructura de la sociedad griega), y no hay datos suficientes de las instituciones y estructuras similares. Esto no describe al fenómeno en su totalidad (Chatzifotiou, 2001).60 Aún más, las mismas conclusiones pueden encontrarse en el 1er reporte del Observatorio Griego Nacional para la Violencia contra las Mujeres (2004), el cual llama la atención a la falta de datos por género y la falta de denuncias sistemáticas de los incidentes.61 Los datos de sujetos institucionales o no institucionales que tienen poder para intervenir. Sin embargo, son importantes las estadísticas que han sido publicadas por dos organizaciones en relación con el perfil de la gente que contacta las líneas de SOS o que fueron remitidos a albergues (Secretaría General de Igualdad de Géneros).62 Específicamente, análisis cuantitativos de los 59 Violencia Doméstica. 1ra investigación epidemiológica para Grecia, ΚΕTHI, 2003 www.kethi.gr/greek/meletes/2003/Domestic/content.htm 60 Chatzifotiou y Dobash , Buscando asistencia informal: Violencia Marital contra las mujeres en Grecia, 7, 9, 2001, páginas 1024-1051 61. Observación Nacional Griega para combatir la violencia contra la mujer – 1er Reporte Nacional Griego (noviembre 2004), página 17. 62. Ad. Redes Griegas de Mujeres Europeas, estadísticas 2006 www.enow.gr Secretaría General de Igualdad de Géneros, estadísticas, www.isotita.gr

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datos (mujeres abusadas que se presentan en los albergues, durante 01/01/2002 - 31/10/2006 - 1870 incidentes de abuso) muestran que: - 16% de las mujeres eran extranjeras. - 67% de las mujeres estaban casadas y 21% divorciadas cuando se presentaron en los albergues. - 7 de cada 10 mujeres tenían un cierto grado de educación (estudios secundarios terminados, graduados politécnicos o universitarios), mientras que 3 de cada 10 mujeres abusadas son graduadas universitarias. - 35% de las mujeres se habían casado a pesar de notar signos de comportamientos violentos antes de casarse. - El abusador tiende a ser el marido ( 82%), mientras que en el 12 % de los casos es la pareja - 2 de cada 3 mujeres víctimas de violencia doméstica se han quedado en la relación abusiva por más de 10 años. - 3 de cada 5 mujeres abusadas reportan que han sufrido abuso psicológico o físico. - 3 de cada 4 mujeres víctimas de violencia doméstica solicitaron ayuda antes de llegar al centro de asistencia (Policía, Cortes, Hospitales, etc.). - 3 de cada 10 abusadores tienen estudios técnicos o graduados universitarios. Una fuente interesante es el boletín de estadísticas de la Red Griega de Mujeres Europeas, en el cual se reporta que durante el año 2006 el número de llamadas por nuevos incidentes fue de más de 100, mientras que las llamadas recurrentes eran la mitad del número de las nuevas llamadas.

*Llamadas a la Línea SOS 2006 – Mensual.

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En el mismo boletín se declara que las formas más importantes de violencia son la psicológica, la física y la verbal. *Formas de violencia Porcentaje en 100 casos de abuso Verbal 31,19 Económica 10,39 Psicológica 26,80 Física 29,52 Sexual 2,10 Un elemento importante es que en 2006 sólo 50 hombres llamaron a las líneas SOS solicitando ayuda en lo referente a su familia, mientras que sólo 3 hombres abusivos llamaron solicitando ayuda. A pesar de lo detallado arriba, los datos estadísticos sólo pueden mostrar una parte de la historia, ya que este tema es considerado tabú y muchos casos de violencia permanecen dentro de la familia. Las medidas civiles y criminales ofrecidas. El marco legal más reciente es la ley nacional de violencia doméstica que fue adoptada durante el verano de 2006 (Ley 232 24/10/2006). La nueva ley establece la definición de violencia doméstica y la reconoce como un crimen particular y establece algunas sanciones. Es más, la ley apoya la remoción de la mujer violentada de la casa matrimonial, así como también, provee el apoyo psicológico necesario y toda la ayuda que las víctimas necesiten a través de instituciones que han sido establecidas

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para este propósito. Por último, pero no menos importante, la violación marital es reconocida como un delito penal punible contra la persona y la libertad personal. Se han adoptado reformas legales a nivel nacional también. Más específicamente, de acuerdo al Nuevo Código para las Municipalidades y Comunidades; ya que las municipalidades y comunidades en Grecia tienen la autoridad para brindar apoyo y asesoramiento a las víctimas de violencia doméstica. Se incluirán provisiones similares en el Nuevo Código del Gobierno Prefectural. La nueva ley presenta por primera vez en la sociedad griega el estado de mediación penal para afrontar la problemática de la violencia doméstica. Debe destacarse que, antes de que se adoptara la ley previamente mencionada, el sistema legal griego, en cuanto a lo que concernía a la problemática de la violencia, se refería generalmente a crímenes contra la libertad personal, el honor y la personalidad de los individuos, así como también los crímenes contra la libertad sexual. En el marco de estas “reglas” generales, había algunas especificaciones que combatían la problemática de la violencia contra las mujeres.63 El nuevo marco legal apunta a proteger los derechos fundamentales de las mujeres y los niños. Los logros reformativos de la ley son los siguientes: • penas más estrictas impuestas por cometer ciertos actos culpables dentro del ámbito familiar (sobre todo, lesiones corporales y violencia o amenaza de violencia) • establecimiento de procedimientos legales de intervención legal para delitos menores de violencia doméstica

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63 Hasta el año 2006, estaban en vigencia las siguientes: Legislativamente las formas de violencia pronosticadas eran aquellas reguladas principalmente por las provisiones generales del Código Urbano y Penal, pero también por otras leyes especiales (Derechos del Trabajador, etc.). Las provisiones para la violación finalmente habían sido reformadas con la ley L.1419/1984, en la cual se establece el procesamiento de los crímenes de violación mientras que la violación marital o violencia psicológica no constituyen una ofensa en particular, pero cada forma relativa de violencia fue pensada como una ofensa en contra del individuo y, por ende, era también regulada por las provisiones generales del Código Urbano y Penal.


• el acto sexual forzado sin el consentimiento de ambos cónyuges es considerado un crimen penal • prohibición explícita de la violencia corporal contra menores de edad como método correctivo • extensión del campo de aplicación de la ley a la cohabitación permanente de parejas no casadas • asegurar la protección de las victimas facilitándoles el acceso a los procedimientos jurídicos y/o por otro lado, garantizar su seguridad dentro y fuera del ámbito familiar. En particular, la inmediata expulsión del perpetrador fuera de la residencia y la prohibición de que tenga acceso a los lugares en que la víctima pueda encontrarse, como su ámbito de trabajo, la residencia de sus familiares cercanos, los albergues y la escuela de los niños, para poder asegurar una protección más efectiva para las víctimas y sus hijos. Aún más, los actos de violencia doméstica ejercidos contra una mujer embarazada son severamente castigados, mientras que el ejercicio de la violencia doméstica constituye una presunción refutable de una crisis matrimonial, como los casos de adulterio, bigamia, y atentado contra la vida de la víctima . . Además, el nuevo Código de las Municipalidades y Comunidades, también en vigencia desde el verano de 2006 (ley 3463/2006) brinda, como parte de una nueva competencia de las Organizaciones Gubernamentales Locales de primer grado, asesoría a las víctimas de violencia doméstica y violencia entre personas que conviven. Este marco legal ha entrado en vigencia recientemente; los primeros casos de mediación legal han comenzado a finales del año 2007 y están todavía en proceso, por ende no hay datos disponibles en esta primera etapa. 6.2 EL ANÁLISIS DE LOS RESULTADOS DE LA INVESTIGACIÓN. La metodología utilizada para la investigación ya ha sido presentada en un capítulo anterior (Capítulo 3). Sin embargo, es importante

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resaltar algunas especificaciones que surgen de nuestro campo de trabajo. Uno de los problemas que surgieron durante la etapa de recolección de datos fue la negativa por parte de la MUNICIPALIDAD DE ATENAS (Departamento de Servicios Sociales) de dejarnos grabar las entrevistas. Esta objeción está basada en el hecho de que las grabaciones son consideradas por el Gobierno griego como datos personales muy sensibles, principalmente por la Autoridad Helénica de Protección de datos. Esto retrasó la investigación considerablemente, ya que las reacciones iniciales del grupo de profesionales del magistrado se hallaban en la misma línea; sin embargo, a través de contactos personales y muchas explicaciones sobre la utilización de los datos, la negativa pudo doblegarse. Otro problema que surgió fue que la investigación griega era un poco diferente en lo que respecta a la toma de muestras. Más específicamente, la categoría de doctores de familia, que inicialmente se había elegido como una categoría para la fase de grupos de enfoque fue eliminada más tarde, ya que no hay doctores de familia en Grecia. Se debe resaltar que durante la segunda fase (grupos de enfoque - focus group), la primera sesión se condujo con la participación de 6 a 8 personas para cada categoría, pero la segunda sesión fue llevada a cabo con menos gente por razones personales o problemas relacionados con la carga horaria laboral. Aunque no hubo dificultad para reunir el número de personas necesarias para la primera sesión, fue más difícil reunir el número de gente necesaria para el grupo de enfoque en la segunda sesión. Esto no influyó en los resultados de la investigación y tampoco en el análisis de los datos, ya que discutimos el tema con profundidad durante la primera sesión.

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Las representaciones de la violencia contra las mujeres entrevistadas. Los tipos de violencia. Aunque de acuerdo con las estadísticas (Red griega de Mujeres


Europeas, ver páginas anteriores), el tipo de violencia más común es la verbal, los profesionales reconocen la violencia física junto con la verbal como los tipos más comunes y extendidos de violencia en las relaciones íntimas. La violencia se presenta a través de la necesidad de controlar a la otra persona. Por supuesto que todos los tipos de violencia son importantes y ambas personas involucradas en el acto de violencia deberían recibir ayuda. Sin embargo, la percepción de violencia de los entrevistados pocas veces incluía la violencia sexual. Esto se debe quizás a que la narración de los incidentes que involucran violencia sexual ha sido evitada, o se han discutidos en menor cantidad que los incidentes de violencia física, en las discusiones entre las víctimas y los profesionales, y entre éstos y el entrevistador. Los incidentes de violencia sexual fueron una parte primordial de las narraciones de psicólogos que trabajan en unidades/ albergues/guarderías/servicios de asesoría, centros dirigidos por el sector público o por ONG que aceptan mujeres que tuvieron problemas con drogas o han sido víctimas del tráfico de personas. En general todas las personas entrevistadas reconocieron que la violencia no está limitada por factores socio-económicos. Se puede encontrar en cualquier lugar en el cual haya seres humanos. Sin embargo, se enfocan en algunas características de la persona violenta y de la persona que recibe la violencia. Por ejemplo, abuso de alcohol, uso de drogas y problemas con el juego son algunos factores que, de acuerdo con los entrevistados, están conectados a la violencia. “…su marido quizás la maltrataba porque estaba borracho, o por ser adicto a las drogas…” SWp3 “…de lo que he visto a través de todos estos años, la mayoría de los casos son a causa del alcohol, por la bebida, déjame decirlo de esta forma…vuelven a la casa y les pegan, sin ninguna razón en particular…sin excusa. Él regresa a las 2, 3 de la mañana y sólo porque necesita tener relaciones sexuales, porque está borracho,

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ellos les pegan…”PFp3 “…a veces las mujeres vienen solas, a veces con sus hijos… el problema fue porque---ella fue abusada porque su marido estaba borracho, o porque tuvo un mal día apostando y perdió”. Lawp3 “…la razón principal para el abuso contra mujeres es el alcoholismo… mientras que sus argumentos son que empezó por su ausencia… porque se le dificulta mantener a los niños”. PFf1 En esos casos la mujer es vista como “víctima” de las circunstancias: Ellas no pueden romper el círculo de violencia a causa de las circunstancias (financieras, apoyo de la familia, los niños, el abuso de drogas y alcohol), mientras que los hombres que actúan de forma violenta lo hacen porque no conocen otra forma de reaccionar, o responder a esas circunstancias. El mecanismo es automático, porque ellos han aprendido a manejarse y lidiar con las circunstancias de maneras específicas. A esta altura, cabe destacar que la mayoría de los incidentes de abuso sexual son vistos por los terapeutas como resultado del alcoholismo, o mayoritariamente del abuso de drogas por parte del hombre. Las mujeres no pueden escapar. “…el hombre prostituía a su pareja con sus amigos y con quien le vendía heroína para poder comprar la droga”.SWp5 “...él estaba bajo la influencia de la droga… luego de 2 o 3 años de relación, él la forzó a una violación grupal… invitó a sus amigos y ellos la violaron con el consentimiento de él, en su presencia”. SWp4

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La invisibilidad social de los hombres que usan la violencia en contra de las mujeres en las relaciones íntimas. Un elemento interesante es que la mayoría de las narraciones (hombres que usan la violencia en sus relaciones íntimas) presentan a los hombres


como el personaje principal de la historia. Esto puede llevar a la conclusión de que la violencia en las relaciones íntimas comienza a ser visible para todos los profesionales, pero debemos tener precaución con esto, ya que puede significar que este tipo de violencia es ejercida principalmente por los hombres contra las mujeres, el cual es un hecho ampliamente reconocido. Aún más, durante el curso del análisis, se hace evidente que la sociedad griega no está lista todavía para desimbuirse del modelo de “hombre tradicional». En un marco general, se hizo evidente durante la investigación que la violencia contra las mujeres ejercida por sus parejas no se ha hecho absolutamente visible en la sociedad griega, puesto que las mujeres tienen miedo de hablar ya desde el comienzo del comportamiento violento, y al mismo tiempo los hombres que actúan violentamente no están listos para pedir ayuda. También es preocupante que muchos de los entrevistados le adjudican la causa de la violencia a la pareja en sí y no a la persona que actúa de forma violenta. Además, muchos de los profesionales que están relacionados con incidentes de violencia, directa o indirectamente, no han recibido el entrenamiento o la educación apropiados. No es accidental que la nueva ley de violencia doméstica votada en el verano de 2006 no esté todavía clara para muchos, y otros tantos ni siquiera sepan de su existencia64. ¿Con qué frecuencia aparece la violencia en las experiencias laborales de los entrevistados? La mayoría de los entrevistados tienden a hablar de la violencia enfocando el tema desde la óptica de su rol profesional. De hecho, hay casos en los que se enfocan más en la violencia contra los niños a causa de su trasfondo profesional. Más específicamente, el mayor porcentaje de entrevistados primero se refirió a la violencia contra las mujeres ejercida por sus parejas 64 Nos referimos principalmente a los docentes o al personal médico, ya que éstos no han oído hablar de la nueva ley, por la naturaleza de su trabajo (por lo menos los entrevistados en esta investigación), y es preocupante que muchos individuos de otras profesiones apenas “hayan escuchado acerca de la ley”.

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en la mayoría de los reportes sobre violencia en las relaciones íntimas. Hubo sólo un caso en el cual hubo una respuesta violenta espontánea de una mujer contra su marido. Hubo dos descripciones de situaciones en las cuales la violencia fue ejercida simultáneamente del hombre a la mujer y de la mujer al hombre. Pero incluso en estas situaciones, las acciones del hombre son las que fueron descritas primero (debido a su rol institucional, los entrevistados tenían contacto indirecto con la violencia). El mayor porcentaje de los entrevistados cree que la violencia del sujeto masculino hacia las mujeres tiene consecuencias más severas que el comportamiento violento de las mujeres, cuando éste sucede. Sin embargo, se destaca el potencial o efectivo comportamiento agresivo de las mujeres. “…lo primero que se me viene a la cabeza es el desinterés y falta de sensibilidad que tienen los hombres con respecto a su familia… su ausencia... el miedo con el que viven las mujeres... los niños todos amontonados…el abuso”.SWp2 “La violencia es un comportamiento intolerable…pero deberíamos de examinar los dos sexos que están involucrados en el acto de violencia….no podemos vivir guiados por estereotipos… Me parece que en la actualidad es más interesante investigar la violencia que algunas mujeres ejercen sobre sus maridos o parejas”.Psyp2 “…en tantos años de experiencia he visto tantas personas abusadas… déjame que diga esto sin anestesia, los hombres contra las mujeres… pero también las mujeres contra ellos, eso es también una posibilidad”.Lawf1 “También he visto casos en los que se puede encontrar lo opuesto. La mujer tuvo una aventura… ella le pegaba y él se quedó fuera de la casa toda la noche….luego vino a buscar ayuda a nuestro departamento”. PFf1

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Hay un gran número de entrevistados que se refieren a la violencia doméstica de los padres contra los niños, en la mayoría de los casos como testigos de esta violencia y, en menos casos, como víctimas de violencia directa contra ellos. Todos los entrevistados conocían un hecho de violencia que podían reportar, discutir, y no hubo nadie que reportara que hubiera casos en sus departamentos/instituciones/servicios que ellos no pudieran controlar, en el sentido de no poder trabajar con dicho caso. Las ONG y los terapeutas reportan que la cantidad de hechos violentos y reacciones histéricas de las víctimas pueden causar estrés extremo y provocar que la terapia se suspenda por un tiempo. Los tipos de experiencias. Definitivamente, la forma en que los entrevistados narran un incidente o la forma en la que lo manejan está definida por el marco de su institución/ servicio/departamento especifica. Los terapeutas profesionales que debido a su rol institucional trabajan sólo con las víctimas, y no con la persona abusiva, aseguran que lo más importante es apoyar a las mujeres, darles seguridad en sí mismas y permitirles que se vuelvan concientes del problema, así podrán decidir qué es lo que quieren hacer en caso de que todavía se encuentren dentro de la relación, o buscar la forma para que dejen de sentirse responsables. Por ende es raro que tengan contacto con gente abusadora, y esto sucede sólo si la mujer así lo desea, ya que su política se basa en devolverle el poder a la mujer. “...estamos tratando de devolverle el poder a la mujer… tratamos de que la mujer deje de sentirse culpable…”.WOf1 (Activistas de un servicio dedicado) “…necesitamos hacerle entender, y que se den cuenta de que

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ellas no deben sentirse culpables, que la violencia es una enfermedad...”.Psyf2 La violencia no puede ser justificada bajo ninguna forma, y esto es algo en lo que todos los terapeutas están de acuerdo, pero se enfocan más en la forma de devolverle el poder a la mujer y lograr que se sientan menos culpables. Debemos resaltar en este punto, que quizás éste sea el único grupo que suele utilizar los términos “víctima” y “perpetrador” (o ejecutor) más que cualquier otro grupo. En nuestra opinión, esto es porque no tiene contacto con la persona abusiva, debido a su rol institucional; por ende, desde el lugar que ocupan, las mujeres son las personas que cuentan con su apoyo, por lo menos al principio de la terapia. Los terapeutas que debido a su rol institucional tienen contacto con ambos, con la gente que recibe la violencia, pero también con aquellos que la ejercen, tienen una comprensión distinta de la violencia, y tratan de crear condiciones apropiadas para poder “activar” a ambos, víctima y ejecutor. Los terapeutas creen que tanto la víctima como el ejecutor necesitan ayuda psicológica al mismo nivel, así podrán entender y darse cuenta de la situación en la que viven, y entender las consecuencias de su actitud de violencia. “…cuando hablamos de responsabilidad del ejecutor también hablamos de la responsabilidad de ella… es decir, la responsabilidad que tiene de protegerse a sí misma”. Psyf2 “tratamos de activar a la gente… que él deje de pegarle… y ella que deje de permitir que le peguen… lo más que sea posible”. Psyf2 “tratamos de crear conciencia, compasión… tratar de que una parte entienda a la otra”. Psyf2

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“y la gente que ha sido abusadora debe recibir terapia… quizás aún más que las mujeres que han sido abusadas”. Psyf1 En el caso de las fuerzas policiales, principalmente responden cuando reciben una llamada y actúan de acuerdo con lo que la persona que llamó les haya pedido. Sin embargo, su objetivo principal es hacer que las dos partes lleguen a un arreglo. Casi la misma táctica es utilizada por los abogados (la concesión como una solución). “…si se lo permitimos, él la puede llegar a estrangular… pero uno siempre trata de llegar a un acuerdo de las partes…tranquilizarlos”. PFp1 “…arrastrarlos a ambos como familia a la cárcel o a un fiscal no es lo mejor que se puede hacer”. PFp1 “…aunque interpongan una demanda penal, ya que el incidente sucede luego de que ellos mismos llaman, tratamos de llegar a un posible acuerdo, por razones altruistas, para evitar arrastrar a la familia a un tribunal, tener que pagarle dinero a los abogados, y todo el lío que viene después de eso”. PFf1 En cuanto a los maestros, ellos no tienen ningún tipo de autoridad para actuar, aun cuando tengan pruebas de la violencia doméstica contra los niños, sus alumnos. Sólo el rector de la escuela/jardín tiene la autoridad para reportar un incidente a los servicios sociales, y ellos tienen que responder. ¿Quiénes son las personas que llaman la atención de los entrevistados? En este estudio, se hizo evidente que la mayoría de la gente que solicita ayuda son mujeres. Parece que le es difícil a los hombres solicitar ayuda profesional cuando son violentos. En un marco general, la falta de difusión y educación son las razones principales por las cuales los hombres

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no solicitan ayuda profesional. De acuerdo con los entrevistados, las campañas de difusión son esenciales, mientras que la educación debería enfocarse también en la prevención, para que los individuos tengan la capacidad de no ser violentos ni convertirse en víctimas de la violencia. Todos nuestros sujetos aseguran que hay sólo un pequeño porcentaje de hombres que solicitan ayuda profesional y todos declaran no haber escuchado ni conocido un hombre violento que solicite ayuda (aparte de los terapeutas que trabajan con hombres violentos). ¿Qué factores influyen en el hecho de que los hombres no soliciten ayuda? Según los entrevistados, los factores que impiden que los hombres soliciten ayuda profesional son circulares y no lineares, como la cultura, la educación, la personalidad y los estereotipos sociales. Todo esto, en menor o mayor grado, impide que los hombres se den cuenta que necesitan ayuda. Todo comienza con la socialización durante la infancia. Los hombres aprenden a expresar su “hombría”, su “masculinidad” de una forma particular, están invadidos por creencias que son el motor de sus decisiones, similar a la forma en que se comportan en sus relaciones. Las reglas culturales y prácticas institucionales suelen aumentar y motivar más esas creencias. La cultura griega refuerza y sostiene esa idea de que los hombres deben ser fuertes, que es exactamente la razón por la cual éstos raras veces solicitan ayuda, ya que hacerlo significaría que su hombría se debilitó.

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“…vivimos en una sociedad, nosotros los que trabajamos en el departamento de servicios damos por sentado que los hombres abusan de las mujeres. Las mujeres abusadas sienten que deben tolerar esto…las mujeres entre mujeres dicen “OK, él es un hombre,


de vez en cuando te va a pegar”. SWf1 “...El comportamiento de los hombres hacia las mujeres es aquel del rey ante sus súbditos. Así que las mujeres tienen que lidiar con este comportamiento. Esto tiene sus raíces en nuestras instituciones y creencias. Los hombres están en un lugar de poder. Es difícil para ellos aceptar y apreciar que las mujeres, sus esposas, pueden tener sus propias opiniones, propuestas, ideas para su futuro y el de los niños. De hecho, ven esto desde otro punto de vista totalmente distinto”. Psyf2 Este modelo, esta norma de hombre tradicional y competitivo ha sido sostenido por años, e impide que el hombre pueda actuar de otra forma; es decir, solicitar ayuda. Los hombres han sido educados para gobernar, mientras que se espera que las mujeres se mantengan al margen de esta práctica, y la mayoría del tiempo lo hacen. El modelo tradicional es el del hombre que es alentado a actuar de esta forma, cuando esta creencia está aceptada socialmente, y aun cuando los hombres se dan cuenta del problema, su masculinidad nunca les permitirá solicitar ayuda. Esto significaría que su perfil fue vencido. “ellos creen que lastimar a su mujer los hace machos”. SWp1 “incluso para mí, que he visto todos esos incidente, toda esa gente, sería una vergüenza ir a pedir ayuda porque lastimo a mi mujer”. PFp3 “..los amigos y familiares se burlaran de él”. SWp2 “…no creen que los terapeutas puedan ayudarlos a cambiar… son ambivalentes, pero por otro lado también tratan de justificarse. Después de todo, es parte de ellos mismos… los estereotipos

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los llevan a eso… y ¿quién es capaz de ayudarlos? Sin relación alguna con el trasfondo económico o la arrogancia de los hombres ricos…estadísticamente los hombres vienen aquí buscando apoyo financiero… no porque necesiten ayuda…”. Psyf1 “...Creo que el hecho de que los hombres no pidan ayuda tiene que ver con nuestra cultura. En los países escandinavos, los centros de asistencia social operan de forma diferente, dudo que la gente de aquí vaya a confiar en los centros de asistencia social. También tenemos la idea del hombre “macho”, hombres brutales, un hombre que golpearía a su mujer si esto le ayudara a ella a entender … estas percepciones pueden estar un poco pasadas de moda, pero nos falta un largo camino por recorrer para poder eliminarlas… yo diría que está inscrito en nuestras creencias culturales“.Psyf1 “…Los hombres ven el abuso como un problema del que las mujeres tienen que encargarse. Como un problema que tiene origen en la actitud de su mujer. Ésa es la escala de valores en nuestra sociedad”.WOf1 “…el hombre no considera que esto sea problema de él, asigna responsabilidades”. WOf1

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Un terapeuta enfoca esto de una forma interesante, separando la culpa de la vergüenza. De acuerdo con él, si un hombre se siente culpable, entonces acercarse a él será más fácil, ya que ya se ha dado cuenta que su comportamiento no fue el apropiado. Por otro lado, los hombres que sienten vergüenza personifican el comportamiento en ellos mismos, y no en el hecho en sí. En este caso, la persona está en un estado de negación que se extiende a su relación, y no está enfocado en su comportamiento. Esos dos niveles – la culpa “Estoy haciendo algo que está mal”, y la vergüenza, rara vez se dan por separado. Esta separación es pensada como el umbral a la terapia en los programas terapéuticos dedicados a


ayudar al hombre. La falta de estructuras y de servicios es otro de los factores importantes a los que los entrevistados se refieren. La mayoría de los servicios están creados para las mujeres, esto es algo que excluye la posibilidad de que los hombres vayan a presentarse allí. La explicación de la violencia y las representaciones de los sujetos involucrados. En nuestro análisis reconocemos varios asuntos en lo que refiere a la violencia y el ambiente en el que se desarrolla. Abogados, Poder Judicial, enfermeras y personal médico, trabajadores sociales, psicólogos, policías, maestros, prácticamente todos, reconocen la efusividad de la violencia en las relaciones personales y su complejidad. Hay muchos factores que están conectados con la explicación de la violencia. Al tratar de comprender el tipo de explicaciones que los entrevistados dan en sus narraciones cuando se les pregunta por la violencia, es evidente que la dominación y el control son resultados inevitables, o quizás la razón de esta conducta. La explicación del motivo para el acto de violencia difiere de acuerdo con el tipo y la naturaleza del incidente violento y el rol y el trasfondo profesional del entrevistado. Quizás debería destacarse que aun cuando la violencia sea explicada con base en la estructura y el poder de uno de los sexos por sobre el otro, ésta no puede comprenderse sin la interacción que se da entre las personas en una relación íntima y sus condiciones socioeconómicas. Analizando los resultados de forma más profunda y bajo la percepción que tienen los entrevistados, uno podría establecer que la causa del comportamiento violento que los hombres muestran contra sus parejas está enmarcada bajo un gran número de puntos de vista interesantes que se unifican en muchos aspectos. Está claro que la mayoría de ellos intenta explicar la violencia doméstica desde el punto de vista de la mujer o desde la perspectiva del hombre (por qué el hombre es abusivo, pero también

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por qué la mujer sigue tolerando una relación abusiva). Las explicaciones no están siempre carentes de ambigüedad, y a veces hasta se superponen. Es alentador que la mayoría de los entrevistados considere que los hombres abusivos deben hacerse responsables de su comportamiento violento. Y aun cuando el acto de violencia es un comportamiento impropio, consideran que hay muchas y variadas condiciones que pueden explicar el rapto o acceso violento. Los factores externos (condiciones financieras, comportamiento de la pareja, abuso de drogas o alcohol, otras condiciones momentáneas), pero también la personalidad de la persona abusiva, determinan la apariencia y el tipo de violencia. ¿Cómo se describen los hombres y las mujeres involucrados en situaciones de violencia? La mayoría de las historias describen situaciones en las que los hombres fueron violentos por la necesidad de reforzar su dominio y control sobre sus mujeres. Generalmente, como fue reportado por los entrevistados, los perpetradores pueden pasar de la violencia verbal a la física muy fácilmente. Los hombres abusivos consideran que la violencia puede explicarse, justificarse, o que es una reacción entendible de la cual su pareja es responsable. No aceptan que ellos son responsables de la misma, por lo menos al principio, y dicen que es o bien culpa de su pareja o de las circunstancias que lo llevaron a violentarse. “…nos dijo que ella lo puso nervioso, que lo hizo enojar… le contestó mal… fue irónica… y él se sacó de sus casillas... perdió el control…” PFp3

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“Me dijo que descubrió que ella lo estaba engañando… él gritó... ella le dijo que no le brindaba toda la atención que ella necesitaba durante ese último tiempo... la golpeó hasta dejarla toda marcada”. Psyf1


“Muchos de los entrevistados resaltan también su opinión personal diciendo que las mujeres son tratadas de forma violenta a causa de su “mal comportamiento”.65 “…por supuesto que los hombres son violentos, se comportan de esta forma porque son provocados por cosas que sus parejas dicen”. PFp3 “…las mujeres también tienen culpa de esto… los provocan… y esto es algo muy intenso”. PFp1 “…las mujeres son las que inician todo en algunos casos… lo podemos ver en las salas de los tribunales”. PFp3 En los ejemplos presentados, los entrevistados estaban presentes en una sala de la Corte o destacamento de policía cuando las mujeres iniciaron el conflicto. En estos incidentes, debemos notar que las mujeres ya habían sido víctimas del comportamiento violento de sus parejas. Los entrevistados declaran que en algunas situaciones los hombres que son violentos pueden practicar esta violencia y exceder sus límites primordialmente para mostrar su superioridad, su dominio sobre su mujer/ pareja. Lo que se evidencia en muchas de las entrevistas es que los hombres violentos tienden a buscar excusas para su comportamiento violento cuando son confrontados por un profesional. También suelen minimizar sus acciones en el marco de la total ignorancia del impacto y las consecuencias que dicho comportamiento tiene para sus vidas, pero también para la de sus familias, parejas e hijos. En muchos casos, nuevamente de acuerdo con los entrevistados, los hombres que practican la violencia ni siquiera hacen un esfuerzo por justificar su comportamiento, sino que le adjudican la culpa a sus parejas/esposas. Esta posición, 65 Principalmente aquellos entrevistados que por su rol institucional tienen contacto directo con incidentes violentos.

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de acuerdo con la opinión de los entrevistados, se extiende a algunos hombres abusivos, pero no a la mayoría de los hombres. “…sólo cuando la golpeo, ella puede entenderme.” PFp1 “...cuando alguien no puede entender palabras, entenderá mediante golpes”.PFp1 Aun cuando el perpetrador admite haber sido violento (durante una sesión de terapia, asesoramiento, diálogo con un policía o abogados), le echa la culpa a su pareja/esposa: “…ella me lo dijo… es culpa de ella…ella me enfureció… así que comenzó a golpearla”. Lawp1 “…me dijo que sabía que ella lo estaba engañando… fue culpa de ella”.PFf En muchos casos, los entrevistados resaltan que las circunstancias en las cuales se suceden estos hechos de violencia son responsables por ella en la relación íntima. Las circunstancias definen el marco del comportamiento violento. Lo que sucede es que el estrés puede aumentar cuando la persona experimenta presiones dentro de su familia. Algunos académicos66

consideran que el bajo estatus socio-económico de una pareja puede hacer que el hombre considere que su hombría no es exitosa o completa. En consecuencia, tiene miedo de perder su valor, su mérito y el respeto de su esposa, así que trata de degradarla, recuperar el control mediante la violencia contra ella. Existe también la posibilidad de encontrar hombres violentos que se presentan a sí mismos como sujetos inocentes. Éste es el típico caso en el que reportan haberla golpeado después de una pelea, o que ella fue la que atacó primero, o que es una histérica, o que cuestionó su fiabilidad, así que él se vio obligado a pegarle. Ser sarcástico, irónico y desacreditar

66 Jewkes, Rachel (2 0 de Abril, 2002). “Violencia en la pareja: causas y prevención”. 234 The Lancet 359: páginas 1423–1429 doi:10.1016/S0140-6736(02)08357-5.


a la otra persona hace que la pareja sienta que sus sentimientos no son apreciados, que se perciba como poco valioso e inseguro. Quizás la forma de recobrar esta fuerza es a través de la violencia (Strauss, 1999).67 Para algunos profesionales,68 estas expresiones de violencia comienzan con un cuadro de mala conducta iracunda. En estos casos los hombres se sienten inseguros; cuando se sienten amenazados, cuando sienten miedo, la ira puede terminar en un incidente violento. De esta forma la violencia se viste de miedo, amenaza e inseguridad. Muchos entrevistados reconocen el comportamiento anterior y admiten que en esencia ambos, mujeres y hombres, son responsables. Algunos de los entrevistados tratan de justificar los actos de violencia perpetuados por los hombres, diciendo que “a cualquiera le puede pasar alguna vez exceder sus límites”.69 Los incidentes violentos están justificados ya que la sociedad impulsa a los hombres a serlo y a las mujeres a que tengan una actitud patética respecto a los hombres y la vida. Pero aun así consideran que el acto de violencia no debería existir.

Algunos profesionales resaltan que también la falta de equilibrio en la pareja, cuando hay problemas en la relación, son los determinantes del comienzo y el estallido de la violencia. En estos casos, los entrevistados ven a ambos, la persona que actúa con violencia y aquella que recibe la violencia, como personas que se comportan de forma inadaptada dentro de la interacción de la pareja. La violencia parece comunicar y corroborar las dinámicas particulares de la familia, que existían antes de estos incidentes, y se evitaron las referencias al poder y la diversidad de ambos 67 Strauss, M.A (1999) ‘La controversia sobre la violencia doméstica’ 68 Esto fue reportado principalmente por terapeutas. 69 Reportes de gente que no tiene un entrenamiento especial en cuanto a violencia, por ejemplo abogados. Principalmente reportes de gente que no ha recibido entrenamiento en violencia doméstica y debido a su rol institucional tienen contacto directo con incidentes violentos. Cuando se refieren a esos factores, es porque las personas abusivas mencionaron estas excusas para justificarse. A veces, personas abusadas mencionaron estos factores para justificar a sus parejas o relaciones. Muchas veces, aquellos que reciben violencia justifican a su pareja por sentirse culpables, o por miedo, como lo muestra la investigación.

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sexos en la sociedad. Si vemos las causas de la violencia a través de este prisma, se puede acentuar la teoría de que las mujeres son responsables de los sentimientos y las reacciones de sus parejas. “…se estaba poniendo histérica… ella lo degradaba…él no pudo entender que ella lo necesitaba...”Psyp3 “…esa gente ha dejado de verse y escucharse mutuamente”. Psyf2 “…hay casos en que la víctima también usa control sobre el hombre… hay una forma de lograr que ella sea capaz de sobrevivir”. WOf2 “…para una relación siempre se necesitan dos”. Psyp2 Una explicación interesante dada por una terapeuta (y compartida por los autores) sobre las causas de la violencia se focaliza en una teoría multifactorial que considera estos hechos a un nivel personal, de la interacción e influencia familiar y, por último, las condiciones socioeconómicas. ¿Pero qué se esconde detrás de una persona violenta? De acuerdo con la percepción de los entrevistados que se desarrolla a través de la investigación, se puede dar una explicación a través de las siguientes dos dimensiones: violencia por necesidad de controlar al otro (la cual es la más común) y a través de impulsos violentos. La mayoría de las veces estas dimensiones se superponen. En los casos en que la violencia se expande de forma impulsiva, el mecanismo funciona automáticamente, y el control es muy difícil de obtener, tal como declaran los entrevistados:

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¿A quién se le adjudica la responsabilidad por la violencia ejercida? Podemos suponer, basándonos en la opinión de algunos entrevistados, que las mujeres son en gran parte responsables cuando son abusadas, ya


que casi nunca piden ayuda, o cuando lo hacen no se dan cuenta de las dimensiones de la situación en la que viven, o las soluciones alternativas que pueden ayudarlas a rescatarse a sí mismas y a sus hijos.

“…ambos son responsables”. SWp3 “...ambos pueden ser violentos…ella era sarcástica y él respondía con violencia…Yo no estoy a favor de la violencia bajo ningún concepto...pero escuché la historia de la independencia una y otra vez… ya me cansé”. Psyf1 “...ella se sentía dejada de lado, no se daba cuenta de lo importante que era para él, no podía entender el impacto que tenía en él… y esto fue lo que abrió sus ojos” Psyf1 “…las emociones pueden transferirse de la persona que es violenta a la persona que recibe esta conducta… cuando examinamos las opciones de ella… discutimos pero se niega a aceptarlas o concretarlas… esto es algo que siempre me frustra... es un equilibrio extraño”. Psyf1 A pesar de todo esto, los entrevistados están de acuerdo en que las mujeres no pueden abandonar con facilidad la relación al principio del arrebato de violencia, a causa de que se culpan a ellas mismas, por la negación, por la fe que las mujeres tienen en el matrimonio y el sentimiento de que ella debería quedarse para ayudar a su marido. El hecho de que no haya una salida de ese círculo de violencia es una experiencia comúnmente compartida. Según los terapeutas, el síndrome de la violencia se desarrolla a través del tiempo. A medida que la violencia continúa, las mujeres van perdiendo esperanzas y comienzan a sentirse imposibilitadas para manejar la situación de forma efectiva. Las mujeres que han sido abusadas por largos

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periodos, en incidentes crónicos, se culpan principalmente a sí mismas por el comportamiento de su pareja, sintiéndose culpables por causar dicho comportamiento y al mismo tiempo por no tratar de escapar de él. Además, a causa de características psicológicas o naturales o los comportamientos violentos, las mujeres sienten que no tienen otra alternativa, y permanecen en una relación violenta. A pesar de lo detallado aquí arriba, todos los terapeutas consideran que la violencia, que es un hecho inaceptable, es una cuestión de opciones para la persona que la ejerce. El acto de violencia, por el hecho de que la pareja fue violento contra él/ella, por haberla abofeteado, por haberle pegado, por el hecho de que trató de matarla, este es un hecho imposible de olvidar, por el cual aquel que lo realiza es responsable y culpable. “…cuando él levanta la mano, es responsable… eso es todo, simple...no hay discusión ni argumentos contra eso”. Psyf1 ¿Qué tipo de prácticas sociales se sugieren para responsabilizar a los hombres por su violencia? A pesar de que la violencia contra las mujeres es cada vez más reconocida como una preocupación para la salud pública y los derechos humanos, y del obstáculo que presenta para su desarrollo, ya que es una de las manifestaciones más evidentes de desigualdad de los géneros, este tipo de violencia continúa teniendo, de forma injustificable, una prioridad muy baja en la agenda del desarrollo internacional y en las planificaciones, los programas y las financiaciones. Por lo tanto, la falta de medidas anti-violencia legales o de otro tipo, en los distintos países, o el bajo nivel de respuesta de las organizaciones o servicios responsables, es un obstáculo para afrontar la violencia de forma exitosa.70 Tavara Luis (2000), ‘Violencia sexual, las mejores prácticas e investigaciones’, Obstetri238 70 cia Clínica 1-14


Los profesionales que fueron entrevistados en el marco de esta investigación consideran que las prácticas y los artículos internacionales sobre la violencia en las relaciones íntimas serían de gran ayuda para poder descubrir potencialmente aspectos desconocidos de este fenómeno. Al mismo tiempo, una fuente de conocimiento e información multifacética, proveniente de diferentes ambientes socio-económicos, en la cual diferentes políticas y prácticas puedan implementarse, podría ofrecer un análisis más profundo del problema de la violencia. También es probable que esto pueda explicar la naturaleza hasta ahora cambiante de los puntos de vista y las conclusiones que se expresan acerca de la violencia en relaciones íntimas. En consecuencia, es obvio que los indicadores multifuncionales son necesarios para poder entender de manera completa las dimensiones de la violencia. Además, los entrevistados consideran que la violencia es un hecho muy complejo como para poder brindar una visión holística al respecto, ya que el aspecto socio-psicológico fuerza y provoca intercambios, apoyo y dependencia de los programas de capacitación de las organizaciones o las políticas de Gobierno al respeto. Las políticas y prácticas en el entorno internacional pueden, en principio, ser la fuente para evaluar la ocurrencia, forma y seriedad de la violencia, y al mismo tiempo, pueden ser la base sobre la cual los resultados de este comportamiento puedan estudiarse en investigaciones futuras. Al mismo nivel, los estudios y las investigaciones internacionales pueden ayudar a documentar la necesidad de desarrollar ciertos programas o reforzar el conocimiento público de las dimensiones del problema de la violencia. También pueden ayudar a implementar mejores prácticas en cada sector profesional o incluso impulsar investigaciones sobre la efectividad de las medidas que se están tomando para prevenir y “rectificar” los resultados de la violencia en las relaciones íntimas.

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“….las practicas internacionales ayudan mucho….por ejemplo, investigaciones en Estados Unidos muestran que una vez que las estaciones de policía capacitaron a sus oficiales masculinos para lidiar con los perpetradores de forma diferente y decirles que lo que estaban haciendo era incorrecto, un crimen, quebrantar la ley, etc., el comportamiento (de los ejecutores) cambió…escuchaban esto por primera vez y aun más, viniendo de otro hombre…imagine si la policía griega pusiera esto en práctica... seguramente tendríamos resultados mucho más positivos”. PFp3 “Sé que hay estudios… sé que existen… a mí me parece que este tema es algo que se está discutiendo e investigando ahora… y para mi es muy importante…puede ayudar incluso para el establecimiento de residencias”. SWp4 Los tipos de intervención Un hecho importante que surgió es que los programas de entrenamiento sobre violencia no son muy comunes en la mayoría de las organizaciones en lo que respecta a la frecuencia y el enfoque sobre la violencia.71 La

mayoría de los entrevistados consideran que la información es uno de los elementos más importantes, mientras que la prevención es un factor elemental para lidiar con la violencia, una prevención que debería comenzar en la escuela, comunicando con énfasis que ambos sexos tienen los mismos derechos. La realidad, por supuesto, cambia basada en el rol de cada entrevistado y las diferentes necesidades expresadas. Los entrevistados que han tenido muy poca o ninguna capacitación sobre violencia en las relaciones íntimas72 consideran que en su profesión no se le da la importancia que debería a los programas de capacitación. Claramente, la metodología que sigue, por ejemplo, el oficial de policía cuando se encuentra con algún

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71 Referencias especiales en ONG específicas que trabajan en el marco de la Secretaría General de Igualdad de Géneros y trabajan tanto con las personas que aceptan la violencia como con las que utilizan la violencia. ������������������������������������������������������������������������� Referente a los maestros, personal de enfermería, oficiales de policía.


caso de violencia, debe ser acorde con las especificaciones impuestas por la Fuerza; sin embargo debería de haber una especie de “guía” para lidiar con el “aspecto psicológico del perpetrador y la víctima”. Según el grupo específico de entrevistados, los seminarios de capacitación pueden ser de vital importancia cuando hay un interés real por cualquier tipo de información relacionada con el tema de la violencia en las relaciones íntimas. A pesar de lo descrito con anterioridad, la Federación Policial está tratando de informar mejor a sus oficiales mediante los sindicatos y equiparlos para poder lidiar de una forma mejor con la violencia. Los jueces y abogados que fueron entrevistados consideran que debería haber mejor información para el público en general acerca de la nueva ley de violencia interfamiliar, sin mencionar la falta de lineamientos aun cuando se trata de su propio sector profesional. Por supuesto que como ya hemos mencionado, existen organizaciones que han sido preparadas correctamente en el tema de la violencia en las relaciones íntimas. En el caso de estas organizaciones la práctica más común es satisfacer la necesidad de capacitarse de su personal a través del apoyo interno y la colaboración entre los miembros del personal. Consideraciones acerca de los programas para hombres. Se hace evidente mediante esta investigación que la solución al problema de la violencia no es simple. Todos los entrevistados, independientemente de su profesión, están de acuerdo con que debería de haber cambios en la sociedad, en las políticas, en la cultura en general, en cuanto a violencia se refiere, pero esto debe comenzar por la educación. En primer lugar, los entrevistados coinciden en que la violencia contra las mujeres en las relaciones íntimas debe convertirse en un fenómeno

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visible si queremos cambiar esta realidad. La creación de políticas de prevención está considerada como algo imperativo para que las creencias que apoyan la violencia cambien. La relación patriarcal de poder y control que conserva comportamientos de violencia debe disiparse. Debemos buscar otra alternativa a la noción de masculinidad – virilidad, igualdad de los sexos, pero también para la individualidad e independencia, se deben enriquecer estos conceptos en el sistema educativo, para que se asimilen y acepten los comportamientos no violentos. Todos los entrevistados consideran que la prevención de la violencia en las relaciones íntimas debe incluir una amplia gama de políticas de múltiples niveles, apuntando a la coherencia social. Las políticas más efectivas que se sugieren se extienden en tres niveles. El primer nivel se refiere a la “visibilidad” de la violencia en la cultura griega; la violencia debe volverse algo visible a través de campañas y difusión mediática, para que la gente se sensibilice y sea influenciada por ellas. En segundo nivel se ve como necesario lo siguiente: campañas contra la violencia orientadas al hombre que la utiliza, exposición mediática; educación con el objetivo de inculcar la igualdad de los sexos en las escuelas y la prevención de comportamientos violentos, principalmente en los varones. Estas estrategias son vistas como “prevención primaria” para minimizar la violencia y detenerla en su etapa inicial. Los programas educacionales orientados a los hombres que estén en riesgo de actuar de forma violenta son vistos como una prevención secundaria por los entrevistados. El tercer nivel de prevención que los entrevistados detallan es la necesidad de programas terapéuticos para hombres que han sido violentos en el pasado como medio para prevenir la repetición de este comportamiento. Esta etapa es vista como una “estrategia de intervención genuina” contra la violencia, pero es realmente dudoso que vaya a ser exitosa sin la existencia de prevenciones paralelas (como las anteriores a ésta).

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Aquellos que estén familiarizados con el nuevo marco legal que concierne a la violencia doméstica, mencionan que los programas terapéuticos para hombres que utilizan la violencia están previstos en él. Aunque es una acción positiva para la sociedad griega, aquellos que conocen del tema están esperando el desarrollo del marco legal, aunque admiten que todavía no ha sido publicado lo suficiente. Existe una gran preocupación con respecto a la reacción que la persona que utiliza la violencia puede tener a la mediación impuesta como una formulación de cargos por parte del fiscal, ya que la persona puede considerar al terapeuta como una extensión de la fiscalía en vez de un profesional asignado para ofrecerle ayuda. El hecho de que algunas de las personas que utilizan la violencia pueden ingresar en el programa de mediación como una alternativa a la prisión, no es considerado particularmente como algo negativo por los entrevistados; como cualquier tipo de terapia, puede ser provechosa, ya que a su debido tiempo cada persona encuentra sus razones para participar y al final todos salen ganando.

6.3 REFLEXIONES FINALES. Como ha sido tan evidentemente descrito en esta investigación, la violencia ejercida por los hombres contra sus parejas es un fenómeno que existe y no dejará de existir si no se hace visible en la sociedad griega. La

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asistencia social, junto con el desarrollo de estructuras para los hombres y mujeres, son elementos muy importantes para la eliminación de la violencia en las relaciones íntimas. Los centros terapéuticos y los programas orientados a los hombres (en los cuales los hombres aprenderán a asumir la responsabilidad por sus acciones y a cambiar su actitud de control forzado contra su pareja) cuyo objetivo es interrumpir su comportamiento violento, es sólo un aspecto de la intervención social que se necesita para poder detener la violencia. Las estructuras dirigidas a las necesidades de las mujeres golpeadas, los albergues para mujeres, la colaboración inmediata entre abogados/ fiscales, psicólogos/trabajadores sociales, la capacitación de la sociedad en temas de violencia, así como también el personal policial y hospitalario, todos estos elementos deben combinarse como una intervención social completa para poder eliminar la violencia.

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07. La invisibilidad de los hombres que usan violencia en las relaciones de intimidad. Giuditta Creazzo

07. La invisibilidad de los hombres que usan violencia en


las relaciones de intimidad. Giuditta Creazzo

7.1 INTRODUCCIÓN. La importancia de la “red”73 en relación con qué hacer con los hombres que usan violencia contra las mujeres ha sido subrayada por diversos autores que han estudiado la eficacia de los programas de intervención específicamente dirigidos a parejas o ex parejas violentos. Al principio de los años de la década de 1990, Edleson y Tolman, reportando los resultados de las evaluaciones realizadas sobre tales programas, escribían que cuanto más inequívocas son las respuestas que un hombre recibe, tanto más eficaz es el mensaje, y está más en condiciones de producir el cambio deseado a nivel individual. Gondolf, en un estudio más reciente y muy articulado de diversos programas de intervención en 4 ciudades estadounidenses, ya mencionado en el primer capítulo, repite el mismo concepto: algunos programas dirigidos a hombres que usan violencia contra las mujeres pueden reducir la reincidencia, pero esta posibilidad depende del funcionamiento del sistema mas amplio de intervenciones del cual el mismo programa es parte (Gondolf, 2004:607; Westmarland y Hester et al., 2007:4) También en presencia de intervenciones específicamente dirigidas a los hombres, los sujetos que componen la red y las modalidades del trabajo asumidas por ellos en relación con la violencia en las relaciones de intimidad, representan en punto crucial con el fin de controlar, reducir y posiblemente eliminar las conductas masculinas violentas. La puesta en juego y la reconstrucción de sus percepciones y representaciones, realzan ya sea la exploración de las condiciones que

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73 Entendida como sociedad civil organizada e instituciones públicas con capacidad de intervenir sobre el problema, o con posibilidades de contacto con mujeres víctimas de violencia y/o parejas violentas.


hacen posible y/o favorecen la asunción de iniciativas específicas dirigidas a los hombres que cometen violencia, o bien su eficacia futura. Solamente un trabajo de red integrado y coordinado que se desarrolle alrededor de algunas coordinadas de fondo compartidas puede constituir entonces el substrato­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­necesario para la apertura de programas dirigidos a los hombres y para su eficacia futura. En los capítulos anteriores, fueron sintetizados los resultados más significativos que han aflorado de las investigaciones conducidas a nivel local. La peculiaridad de las diversas realidades estudiadas está constituida también de tres diversos estilos de análisis y de comentarios de los datos de investigación que surgieron también de las contribuciones presentes en este volumen. Teniendo en cuenta esto, es oportuno hacer la comparación de los resultados obtenidos, evidenciando elementos de similitud y de diferencia. De la comparación pueden surgir ulteriores elementos reconocibles, importantes para el desarrollo de estrategias de intervención futuras. El contraste ha sido realizado en relación con las principales áreas temáticas surgidas de la investigación y utilizando el “género” como categoría central de análisis. La noción de “género” es compleja y articulada, y de ella somos deudores o deudoras de la producción angloestadounidense, que ha encontrado varias fuentes de inspiración, entre ellas la obra de Simone de Beauvoir, El segundo sexo, de 1949, y en particular la afirmación de la autora “mujer no se nace, se hace” (Haraway, 1991:131; Braidotti et al, 1994:38) “El punto más importante de la realidad característico de las imposiciones sociales del patriarcado, del imperialismo, del racismo, de la historia, del lenguaje” (Haraway, op.cit.:134-4). El uso de la categoría de género en este análisis tiene como objetivo la verificación de la importancia asignada al hecho de ser “hombres” y “mujeres” en relación con el fenómeno objeto de la investigación. El fin

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consiste en verificar si esta importancia es asumida directa o indirectamente entre las personas entrevistadas y/o los participantes de los grupos; y en el caso en el cual sea asumida, con qué atribución de significados se hace. Las áreas sobre las cuales se discutirá son las siguientes: el fenómeno de la violencia en las relaciones de intimidad; las percepciones y las representaciones de los autores de la violencia; la declinación del tema de la responsabilidad de la violencia en las relaciones de intimidad; y las características de “qué hacer” con los hombres que usan violencia.

7.2 EL FENÓMENO DE LA VIOLENCIA EN LAS RELACIONES DE INTIMIDAD. En todos los contextos urbanos en los que se ha desarrollado la investigación, la violencia en las relaciones de intimidad ha sido reconocida como un problema serio y difundido, común a diversos niveles de escolaridad y de clases sociales, y frecuentemente caracterizado por un patrón de repetición y de ejercicio contextual de tipos diversos de violencia –física, psicológica, sexual, y económica-. Diversa ha sido en cambio la importancia asignada al género en las representaciones del fenómeno relevante. Un enfoque que le otorga significación al hecho de ser hombres o mujeres en el problema de la violencia en las relaciones de intimidad está presente como lectura principal entre los operadores y las operadoras entrevistados y/o los participantes en los grupos de discusión de la ciudad de Barcelona. En este contexto ciudadano, de hecho, esto asume relevancia desde diversos puntos de vista: -

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en relación con los roles de agresor/víctima, es reconocido y aceptado que la violencia en las relaciones de intimidad es ejercida en su gran mayoría por hombres contra sus propias parejas;


-

en relación con las narrativas causales, los roles masculino y femenino —transmitidos a través de la socialización— han sido identificados como factores relevantes al determinar el uso de la violencia en edad adulta, junto con las discriminaciones y las desigualdades presentes hasta la fecha entre hombres y mujeres a nivel social.

Esta lectura se ha acompañado frecuentemente por la definición del uso de la violencia como un ejercicio de poder y de control que produce privilegios a los cuales es difícil renunciar. El consumo de alcohol y de droga ha sido interpretado como un factor desencadenante, pero no como una “causa” del uso de la violencia contra la (ex) pareja. A diferencia de lo surgido en Barcelona, en Bolonia la relevancia del género como elemento productor de diferencias significativas desde el punto de vista del ejercicio de la violencia, ha sido reconocida en modo generalizado en el caso de la violencia sexual en las relaciones de intimidad. En este contexto –de las entrevistas y de los grupos de discusión realizados– surgieron dos diversas y contrastantes representaciones del fenómeno: por una parte, ha habido quien ha declarado que los autores de la violencia son en su gran mayoría hombres quienes la cometen con sus parejas; por otra parte, existen quienes han opinado que no hay distinción en relación con el género de quien usa violencia o que tal distinción no puede ser “dada por hecho”: también las mujeres son o pueden ser tan violentas como los hombres. Como ya se ha indicado (Capítulo 3 relativo al caso boloñés), este punto ha sido objeto de discusión y de opiniones encontradas en el interior de los grupos, encontrando al final consensos parciales sobre el hecho de que el ejercicio de la violencia física sea frecuentemente reconocida como preponderantemente masculina. En Bolonia, la importancia del género ha sido generalmente reconocida en las confrontaciones de la población extranjera: en relación con personas que provienen de otros países -así como de la zona meridional

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italiana-, la violencia es reconocida como una prerrogativa masculina interpretada como un signo y un efecto de la posición subordinada de las mujeres. En relación con la población italiana, la condición de equidad ha sido expresada como algo adquirido, entendida como especulación: si él es violento, también ella puede haber sido violenta. En Barcelona, la procedencia de los hombres de países como México o Marruecos ha sido considerada sinónimo del machismo más intenso, y por lo tanto de mayores probabilidades de ejercicio de violencia en la pareja. En Atenas, no se encontraron diferencias en relación con la población general y “otras” minorías étnicas.

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En Bolonia, en las narrativas causales importantes, los factores de carácter socio- cultural tienden a desaparecer en relación con la población italiana, para dejar espacio a categorías de sentido común como la de “enfermedad”, o en términos más técnico-profesionales, de psicopatologías. El consumo de alcohol y drogas está considerado, junto con el maltrato en edad infantil, el factor mayormente responsable del ejercicio de la violencia. En Atenas, el ejercicio de violencia contra la pareja o ex pareja está generalmente reconocido como un comportamiento masculino, fuertemente radicado en la sociedad griega. La violencia en la pareja está considerada frecuentemente como una violencia de los hombres contra las mujeres, que encuentra sus raíces en una cultura patriarcal que tarda en morir, hecha de desigualdad y discriminación. En varias partes, se ha subrayado la difusión, en la sociedad griega, de la idea de que le esté “permitido” a un hombre ser violento contra su propia pareja (ex) y se individualiza en esta legitimación social el sustrato del ejercicio de violencia. La violencia misma en frecuentemente definida como un ejercicio de poder y de control. Sin embargo, también en Atenas, al igual que en Bolonia, el consumo de alcohol y/o drogas es un frecuente indicador de “causas” la violencia; y en algunos sectores institucionales hay entrevistados y/o participantes de los grupos que piensan que los comportamientos provocadores de las mujeres son responsables de la violencia de la (ex) pareja.


En Bolonia, así como en Atenas, frente a la cuestión de la responsabilidad de la violencia, las mujeres víctimas de violencia son frecuentemente consideradas tan responsables como los hombres que las han agredido. En estas dos áreas urbanas, se encuentran entonces acercamientos y explicaciones contradictorias y contrastantes del fenómeno, fáciles de hallar entre personas (entrevistadas o participantes en los grupos) que pertenecen a un mismo sector, a veces entre sectores diversos, y a veces –en el transcurso de los grupos– dentro del discurso de una misma persona.

7.3 LA RESPONSABILIDAD DE LA VIOLENCIA. La asignación de responsabilidad, cuando se verifica un comportamiento violento en el interior de una pareja, representa un pasaje decisivo en la puesta en juego de diversas representaciones del problema. En Barcelona, los y las entrevistadas o participantes de los grupos, sin excepciones, han asignado la responsabilidad de la violencia a quien la ejercita. La única responsabilidad asignada a las mujeres ha sido individualizada como proveniente de las madres, trasmisoras de una cultura masculina, y juzgadas como responsables del hecho de que los hombres (algunos) ejerzan violencia contra las mujeres en las relaciones de intimidad. En Bolonia, la respuesta que prevalece ha colocado sobre ambos, agresor y víctima, la responsabilidad del uso de la violencia, pero a través de lecturas del problema conscientes a acercamientos diversos. Por una parte, la responsabilidad del ejercicio de violencia se ha colocado sobre las espaldas de ambos, a partir de un acercamiento de tipo sistémico (ya sea en sentido estrecho, o bien en sentido amplio), que

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no ve tanto problema en el ejercicio de la violencia, sino en la dinámica de relación, entendida como dinámica informada de reciprocidad, que coloca al agresor y a la víctima en el mismo plano y considera que los roles pueden ser intercambiables. Por otra parte, se ha resaltado una lectura en la cual la responsabilidad de la violencia (reconocida en este caso como predominantemente masculina) y la responsabilidad de ponerse a salvo, tienden a confluir en una “responsabilidad de ambos”, no porque ambos sean considerados violentos, sino porque la víctima no se detiene rápidamente en el ejercicio de la violencia; y éste también es un punto que ha suscitado mucha discusión. No obstante que frecuentemente haya prevalecido la afirmación de que quien usa violencia es siempre responsable, otro tanto ha sido atribuido por la investigación a “razones de responsabilidad” en el desencadenamiento de la violencia, en el comportamiento de quien la sufre. También de los resultados de la investigación conducida en Atenas se destaca que se tiende a considerar la dinámica relacional, lo que sucede en la pareja y hasta el desgaste de la vida de los dos, como factores responsables del ejercicio de violencia; no obstante la afirmación reiterada de que la responsabilidad del acto violento es siempre de quien lo comete. Aquí adquieren importancia como causas de violencia, conceptos como el “desequilibrio relacional”, cuando no las provocaciones femeninas. No obstante esté presente, la diferencia mencionada entre responsabilidad del ejercicio de violencia y responsabilidad de ponerse a salvo, sobre todo entre los sectores más carentes de formación específica sobre el tema –como ha sido indicado por las investigadoras–, se tiende a buscar en el comportamiento femenino las razones de la violencia.

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Ya sea en Bolonia como en Atenas, la intervención de las fuerzas del orden está dirigida a “sedar a las partes”, a aplacar los ánimos. El problema de la seguridad de las víctimas y de la peligrosidad de los agresores no


se encuentra mencionado, mientras que sí encuentra espacio, según lo reportado, la necesidad de hacer una “intervención humanitaria”, de no tomar posición, de evitar consecuencias definitivas, por el bien de las familias, aun cuando el procedimiento de oficio requeriría una intervención que criminalizase. Tanto en Bolonia como en Atenas, las investigadoras concluyen diciendo que la responsabilidad de poner fin a la violencia se coloca directa o indirectamente sobre las mujeres, con la única excepción de quien trabaja en los servicios dedicados.

7.4 LOS AUTORES. Los contactos directos con hombres que usan violencia son raros, sobre todo en Bolonia y Atenas. En Barcelona, al existir programas de intervención específicos, el conocimiento directo está obviamente mas presente. No obstante, un dato comúnmente reportado, en los tres contextos urbanos, es que muy rara vez estos hombres piden ayuda a causa de la violencia que han cometido. También resulta común la afirmación de que una de las causas más importantes de esta falta de pedir ayuda es de la violencia misma, la incapacidad de reconocer, expresar y manejar las propias emociones (miedo, debilidad, fragilidad). Esto implica una carencia debida a la socialización y a una identidad masculina dominante, que permite a los hombres reconocer solamente la rabia y los celos, y que les impone el ser fuertes, controlados, y dominadores. El comportamiento violento masculino tiende a ser visto entonces como una reacción inducida, “no saben de que otro modo responder” (Atenas). En Barcelona, así como en Bolonia, los agresores son vistos a su vez como victimas. Víctimas de experiencias adelantadas de la violencia vivida y de su misma acción violenta (Barcelona). Solamente en Barcelona,

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la pérdida de privilegios es mencionada como causa importante del no reconocimiento de la violencia y, por este motivo de la solicitud de ayuda. En Atenas y en Bolonia, se señala más el hecho de que no existen servicios dirigidos a los hombres, y que éstos están hechos por mujeres y para las mujeres. En Bolonia, surge de manera muy fuerte la necesidad de sancionar penalmente y de un modo adecuado los comportamientos violentos (masculinos); tanto que, en algunas entrevistas, los programas de intervención para hombres, si bien están pensados como algo importante, son sugeridos como medidas “post poenam”. En Barcelona, prevalece un discurso sobre lo limitada de la respuesta jurídica-penal, al mismo tiempo que el problema de la impunidad y, por lo tanto, la importancia de contar no tanto con leyes nuevas, sino con una aplicación precisa de las vigentes. Desde el punto de vista de los comportamientos masculinos evidenciados, en las tres ciudades se señala que los hombres no reconocen la propia violencia; que la reconocen pero creen que es un hecho normal; que la reconocen y admiten que es un problema. En Barcelona, sin embargo, de las entrevistas y los grupos de discusión realizados parece surgir más frecuentemente que los hombres reconocen la violencia cometida como un problema, y esto ocurre también frente a los agentes de la policía. Se trata, por completo, de percepciones parciales y limitadas. De cualquier manera, vale la pena evidenciarlas, por el diverso grado de legitimidad social del uso de la violencia en el contexto de una relación de intimidad que ellas expresan.

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En el reporte español, las patologías o enfermedades mentales, el abuso de ciertas substancias o la falta de habilidades sociales, no se evidencian tanto como causas de la violencia. Aun reconociendo que el uso de la violencia es fruto de una multiplicidad de factores, las reacciones de víctimas y agresores tienden a ser presentadas como consecuencia de


la interiorización de modelos sociales y culturales dominantes, sobre todo familiares. De hecho, se critica el modelo tradicional, jerárquico de familia, así como también la idealización de la familia y de la pareja como lugar de armonía y de compatibilidad (la media naranja). Los términos “enfermedad”, “psicopatología” o “abuso de sustancias” surgen en cambio de las entrevistas y de los grupos italianos, y en parte de los griegos. Estos dan cuenta de un cuadro en cual se presentan relieves de carácter social y cultural. Si bien frecuentemente presentes en relación al fenómeno considerado en su complejo, tienden a ser declinados en modo neutro y/o a desaparecer del todo cuando se pasa a considerar el problema en relación a los solteros y a las solteras que respectivamente, usan y sufren violencia. El cuadro de la página que sigue presenta una síntesis de lo descrito en los párrafos anteriores.

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7.5 QUÉ HACER CON LOS HOMBRES QUE USAN VIOLENCIA EN LAS RELACIONES DE INTIMIDAD.

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El cuadro de las intervenciones deseadas que surge de las entrevistas y/o los grupos de discusión es complejo y articulado, sobre todo en las


realidades ciudadanas de Atenas y Barcelona. En Bolonia, se discute y existe más preocupación acerca de las intervenciones dirigidas expresamente a los hombres que han usado violencia742 y se focaliza la atención sobre el imaginario relativo a un Centro en el cual poder experimentarlo. En Barcelona, se interviene mucho sobre ambos. Aquí, las personas entrevistadas y/o los participantes en los grupos creen que en los últimos años ha habido un notable cambio, y que las intervenciones han mejorado, sobre todo en relación con el apoyo a las mujeres: existe una legislación nacional en la materia y también políticas públicas. Respecto a la cuestión de la visibilidad de la violencia, por ejemplo, solamente las personas entrevistadas y/o participantes de los grupos en Barcelona piensan que hay una suficiente visibilidad de las mujeres víctimas de la violencia, y se sugieren iniciativas para que lo mismo ocurra con los hombres. En Atenas, se subraya mucho la importancia de aumentar los recursos para las mujeres que sufren violencia, en particular el apoyo a las casasrefugio que se concentran casi exclusivamente en algunas ciudades. En Bolonia, se lamenta la falta de competencias específicas y difundidas en intervenciones coordinadas e integradas. Las estrategias de prevención sugeridas se refieren y se desarrollan desde el plano individual hasta aquel socio-cultural. Se pronostican intervenciones tanto a nivel educativo así como a nivel de los medios masivos de difusión; dirigidos tanto a la colectividad en su conjunto cuanto a los autores individuales y víctimas de violencia. Varía sin embargo, en modo significativo, el modo en el cual se declina –en los contenidos– la referencia al género y en parte a la violencia. En Atenas, el señalamiento de la importancia del género y de la gravedad de las violencias que ocurren en las relaciones de intimidad 2

75 Es posible que esto se deba a estilos diversos de conducción de grupos y entrevis-

tas.

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tiende a desaparecer frente a la intervención legislativa y profesional/ especializada, en particular psicoterapéutica. Aquí, de hecho, prevalece una representación del problema que tiende a enfocarse en la “pareja” y en la “familia” –más que en los sujetos individuales sobre/con quienes intervenir. Así por ejemplo, a nivel educativo y en relación con los medios masivos, se pronostican intervenciones directas para sostener la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pero a nivel jurídico y jurisdiccional se pide desde varias partes la introducción de las “Family Courts” (Tribunales de Familia), y por consiguiente, de entidades con capacidad de intervenir también sobre el tema de la violencia en las relaciones de intimidad.

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Quienes trabajan en contacto con las mujeres –en los servicios especializados– piden mayor aplicación de medidas de protección; sin embargo, la ley aprobada en 2006 contempla la posibilidad de intervenciones de mediación en los casos de violencia doméstica. A pesar de que la mediación penal está prevista para los casos menos graves y se puede actuar solamente con el consentimiento de la mujer, la introducción de este instrumento representa un acercamiento al problema que ve en la violencia una cuestión de mala comunicación entre las partes, más que un problema del ejercicio violento y unilateral de poder y de control. Considerando la resistencia de las mujeres a denunciar y la de las agencias del sistema penal a criminalizar a personas no censuradas (el buen padre de familia), existe el riesgo de que las situaciones de violencia sean subestimadas y que se presenten como menos graves de lo que en realidad no son. La discusión reportada en relación con la ley, todavía no registra preocupaciones relativas a la seguridad de las mujeres víctimas de violencia, así como a la posibilidad de sostener una terapia que se presente como obligatoria, ligada a la coerción penal. También en la ciudad de Bolonia, se ha subrayado mucho la importancia de mantener visible el problema y de observarlo en clave preventiva a través de intervenciones en las escuelas y campañas mediáticas dirigidas tanto a los hombres (agresores) como a las mujeres (víctimas). Sin embargo, solamente entre las trabajadoras de los Centros antiviolencia y entre


quienes están comprometidos con los grupos masculinos y femeninos de la ciudad, el acercamiento al problema de género surge de modo fuerte, como necesidad de poner en discusión los modelos de masculinidad y feminidad dominantes y dirigirse en modo específico y diferenciado a hombres y mujeres. Entre quienes operan en lo social y a nivel sanitario, tienden a prevalecer --no siendo las únicas– propuestas “neutras” en las que se habla de educación en la tolerancia o en el respeto recíproco. La masculinidad de hecho, alguien ha sostenido, es hoy por hoy tanto de las mujeres cuanto de los hombres: somos iguales. También en relación con las intervenciones deseadas, el género emerge como un elemento clave de lectura central en modo más claro y conciso entre las personas entrevistadas y/o los participantes e los grupos de la ciudad de Barcelona. Aquí, se tiende a poner en primer plano a los solteros y solteras, más que a la familia o la pareja, y a considerar de fundamental importancia el hecho de dirigirse e implicar directamente a los hombres a través de iniciativas específicas. En las tres ciudades, las personas entrevistadas y/o los participantes en los grupos de discusión, han considerado los programas dirigidos a los hombres que usan violencia y en particular la posibilidad de abrir un Centro, como medidas de intervención positivas y deseadas. En Barcelona, se transparenta una circulación mayor de conocimientos y de formación sobre los programas dirigidos a los hombres, debido a su presencia sobre el territorio, así como por la documentación internacional existente y por las investigaciones sobre la violencia de parte de la pareja o ex pareja. La ley misma ha sido identificada como una fuente de adquisiciones conocibles sobre el tema. En relación con el Centro que “se quisiera”, se asigna un rol importante a la cuestión de la responsabilidad de los autores de la violencia y al problema de la seguridad de las mujeres. Así también, como es expresada desde varias partes, la necesidad de que quien trabaja en estos lugares tenga una formación específica sobre el tema y en particular sobre el sexismo.

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En Bolonia y en Atenas, los conocimientos específicos en relación con el fenómeno de la violencia en las relaciones de intimidad pertenecen solamente a algunos de los entrevistados y participantes en los grupos, los que han tenido la oportunidad de hacer cursos específicos de formación. En Bolonia, la necesidad de que los profesionales comprometidos en un Centro para hombres que usan la violencia tengan una preparación específica, en el campo de la violencia y los estudios de género, o bien sobre el sexismo, surge solamente de las mujeres de los grupos feministas y/o de quienes trabajan en los Centros antiviolencia. En los otros casos, se menciona la ínterdisciplinariedad y la necesidad de capacidades de carácter psicológico/psiquiátrico, pero muy frecuentemente se tiende a delegar el tratamiento a los “expertos” y a considerar la interdisciplinariedad como una necesidad derivada de la multiproblemática de las situaciones en las cuales la violencia se presenta después del consumo de alcohol y droga, más que como una respuesta a la complejidad del fenómeno. Tanto en Barcelona como en Bolonia se manifiesta una actitud de escepticismo en relación con la eficacia de la cárcel, pero se subrayan también los efectos negativos de la sustancial impunidad de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, mucho más en Bolonia que en Barcelona, emerge el temor de que los programas dirigidos a los hombres se resuelvan en una intervención “demasiado ligera” con respecto a la gravedad de las violencias cometidas, tanto que frecuentemente éstos se tornen en medidas residenciales más que como programas de participación semanal, como de hecho ocurre en las experiencias extranjeras. 7.6 EL DINAMISMO Y LA EVOLUCIÓN DE LAS REPRESENTACIONES DE LA VIOLENCIA MASCULINA CONTRA LAS MUJERES EN LAS RELACIONES DE INTIMIDAD.

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Las representaciones sociales son objeto de transformaciones, no


se dan nunca de una vez y para siempre. Comparando los elementos que caracterizan las representaciones en juego sobre el problema de la violencia en las relaciones de intimidad, en los tres diferentes contextos mencionados surgen, a mi modo de ver, diversas “fases de evolución” (Galli, 2007: 93-94) y, por consiguiente, diversas estructuras del problema de la violencia en las relaciones de intimidad, reconocido en todos los contextos como un problema social. En Bolonia y en Atenas, si bien con acentos diferentes, el análisis evidencia la presencia de una fase de transformación caracterizada por la “cohabitación de antiguos consensos y de elementos nuevos, a veces contradictorios” (Galli, 2007: 93-94). El elemento de novedad en ambos contextos está constituido por la presencia de un enfoque de género sobre el problema, que interpreta el uso de la violencia en la pareja como un ejercicio de poder y de control casi exclusivamente masculino, y que considera la estructura social y cultural, en relación con el género, como el factor causal mas importante (aunque no el único) de las situaciones de violencia que son reconocidas como frecuentemente muy peligrosas para las mujeres que son víctimas de ellas. Tales elementos de novedad, presentes a nivel de asociacionismo, pero también entre los que trabajan en los servicios, sobre todo en los servicios institucionales, coexisten con lecturas tradicionales del problema, radicadas tanto en el sentido común, así como en las culturas institucionales, que ponen en el centro a la dinámica de la relación e interpretan la violencia como el resultado del comportamiento, ya sea masculino o femenino, de una deficiencia comunicativa, de una falla “del sistema”; o también simplemente como una reacción razonable frente al comportamiento (de provocación) de las (ex) parejas. La violencia y sus efectos pasan a un segundo lugar: salvo episodios evidentes, tienden a dejarse atrás. Otra lectura presente y fuertemente enraizada en el sentido común considera el ejercicio de la violencia como el resultado de un funcionamiento patológico de los individuos involucrados, ligado a veces al consumo de alcohol y drogas, y a veces a la presencia de una “enfermedad”.

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Es común en todas lecturas mencionadas considerar el uso de la violencia como el resultado de experiencias traumáticas, sufridas en la infancia. En este sentido, también los agresores son considerados como víctimas. En el contexto italiano, surgen, sea directa o indirectamente, resistencias, miedos y dificultades de parte de los trabajadores y trabajadoras que no pertenecen a los servicios dedicados a enfrentar el problema. En Barcelona, los elementos de análisis reportados aparecen más congruentes con una “fase de estabilidad” de la representación del problema de la violencia en las relaciones de intimidad, “caracterizada por la presencia de elementos que está probado que están estrechamente ligados los unos con los otros”. Aquí, de hecho y como resulta evidente, la lectura de género tiende a prevalecer y a ser el eje alrededor del cual se construyen narrativas causales, representaciones de los sujetos en juego y modalidades de intervención. Este es un panorama que muestra una fuerte presencia e influencia institucional de los grupos de las mujeres, en particular de los grupos que se han ocupado del problema de la violencia masculina, acompañados en los últimos años por grupos de hombres que han puesto en discusión los modelos tradicionales de masculinidad y, por lo tanto, también el uso de la violencia.

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La presencia de una ley nacional que propone el problema de las violencias en las relaciones de intimidad como un problema de “violencia de genero” y que instituye los “tribunales de genero” para afrontar el fenómeno sobre el plano de la justicia penal; y la mayor presencia en Barcelona de servicios dedicados; o sea, de servicios dirigidos específicamente a las mujeres víctimas de violencia y a los hombres que usan violencia contra las parejas, evidencian la eficacia de un círculo eficiente entre las acciones provenientes de abajo y las acciones institucionales, y han contribuido a la legitimación social de una lectura de genero de la violencia.


El fenómeno de la violencia en las relaciones de intimidad es un hecho complejo que no puede ser reducido a una única causa, como se ha evidenciado en los diversos lugares donde han sido conducidas las indagaciones, ni tampoco puede ser afrontando mediante una única estrategia de intervención. Como se ha indicado, a los fines de la eficacia de las intervenciones es fundamental que el ejercicio sea “visto” y reconocido en su realidad y en sus consecuencias, y que el mensaje y el enfoque de fondo sean una sola voz. La condena de la violencia y responsabilizar a quien la usa, así como la prioridad de la seguridad y de la protección de quienes son sus víctimas, debe ser unívoca.

7.7 DESARROLLAR ESTRATEGIAS DE INTERVENCIÓN DIRIGIDAS A HOMBRES EN LAS RELACIONES DE INTIMIDAD. El cuadro delineado en las diversas áreas urbanas en relación con los resultados de la investigación, sugiere algunas indicaciones de intervención. 1.) En primer lugar, la oportunidad de difundir, sobre todo en Atenas y en Bolonia, los resultados de investigaciones nacionales e internacionales de manera que el fenómeno de la violencia en las relaciones de intimidad sea conocido en su naturaleza, sus dinámicas y consecuencias, para ofrecer un contexto de las visiones contrastantes y a veces contradictorias que de esto surgen a partir de los resultados de las investigaciones. Ésta es una exigencia manifestada también directamente por parte de las personas entrevistadas. En segundo lugar, la necesidad de recabar datos y de hacer investigación a nivel local, con el fin de determinar la incidencia del maltrato en las actividades de cada sector involucrado, de darles un seguimiento y de enfrentar cuestiones respecto a las cuales hay representaciones

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contrastantes (por ejemplo, sobre las denuncias de las mujeres contra sus (ex) parejas por abusos sexuales). En tercer lugar, la necesidad de proporcionar formación y capacitación de manera sistemática y continua, y de enfrentar en todos los aspectos el problema de los protocolos de intervención para cada sector y a todos los niveles, a fin de iniciar intervenciones integradas. 2.) Desde el punto de vista del qué hacer con los hombres que usan violencia en las relaciones de intimidad, y en particular de las posibilidades de introducir en Bolonia y Atenas programas y/o Centros dirigidos a ellos, los resultados obtenidos sugieren un tropiezo de perspectiva. La presencia de un reconocimiento masculino del uso de la violencia como un problema y la consecuente solicitud de ayuda aparecen hoy más que como condiciones para la apertura de un Centro dirigido a hombres que usan violencia, como resultados posibles de la presencia permanente sobre el territorio de iniciativas de esta naturaleza. Las reacciones positivas registradas de parte de los sujetos de las redes territoriales, tanto en Bolonia como en Atenas, de frente a la posibilidad de su introducción y la presencia de una sensibilidad generalizada sobre el problema de la violencia en las relaciones de intimidad aparecen como condiciones de fondo favorables a una experimentación.

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La presencia de un cuadro caracterizado por claves de lectura diversas del problema, que tienden hoy a colocar la responsabilidad de las violencias sobre las espaldas de las mujeres que son víctimas, sugiere, sin embargo, que solamente intervenciones fuertemente centradas sobre la necesidad de una asunción de responsabilidad masculina por las violencias ejercitadas, y sobre la relevancia del género como categoría central de análisis y de intervención, puedan transformarse en un recurso que esté en condiciones de favorecer procesos de “censura social” del ejercicio masculino de violencia, aliviando a las mujeres de la carga (social) de


poner remedio a esta conducta. Más que programas para hombres que usan violencia, que son internos de las instituciones, todavía fuertemente anclados en las categorías de la neutralidad y de la equidad en relación con cuanto ocurre en el interior de la familia, parece necesario promover lugares autónomos e independientes, de fuerte componente masculino, que sepan producir y promover sensibilización a nivel político-cultural sobre el problema de la violencia contra las mujeres, así como accionar intervenciones altamente calificadas sobre el plano profesional de la oferta del servicio. Desde este punto de vista, la experiencia de Alternativa a la Violencia (ATV), representa un recorrido interesante para todos. Los fundadores del Centro se han puesto a la vista en primera persona a nivel de los medios masivos, como hombres que han declarado la violencia contra las mujeres una responsabilidad masculina, o sea, de los hombres que la ejercitan, ofreciendo al mismo una ayuda a todos aquellos que lo quisiesen y expresando la confianza de un cambio posible. En lugares como Atenas y Grecia, donde no existen grupos de hombres que hayan puesto en discusión los modelos tradicionales de masculinidad y asumido una posición contra la violencia a las mujeres, o como Bolonia y Italia, donde todavía son una experiencia reciente, el riesgo de implementar programas en el interior del circuito institucional, escasamente definidos desde una relación de género, es muy fuerte. Existen, sin embargo, en Italia, experiencias de administraciones públicas locales que, conscientes de la diferencia entre acción institucional y acción asociativa, y de los límites y las potencialidades de ambos, han promovido y favorecido la construcción de Centros antiviolencia dedicados a las mujeres, que funcionan como lugares asociativos externos al ámbito institucional. 3.) Como ha subrayado Ricardo Luna en sus conclusiones, para producir cambios sociales en este ámbito, que hoy significa antes que nada producir

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una solicitud de ayuda ante el reconocimiento de que la violencia es un problema masculino, es importante implicar y dirigirse directamente a los hombres en cuanto tales, sin abandonar por esto la prioridad de ayuda a las víctimas. Es necesario organizar y unir estrechamente el nivel individual, social y político-cultural del análisis, ya sea en las intervenciones individuales dirigidas a la colectividad, así como las campañas de información y de sensibilización o los programas de sensibilización en las escuelas. La educación en la igualdad no puede prescindir de una asunción plena de la diferencia. Desde este punto de vista, la promoción y el compromiso de hombres y de grupos de hombres –donde éstos existanque hayan puesto en discusión los modelos tradicionales de género es de fundamental importancia. Tener capacidad y experiencia en el campo de los estudios sobre la masculinidad no significa necesariamente ser competentes en el campo de la violencia. Desde este punto de vista, la valoración de la experiencia y del saber de quien ha trabajado con mujeres que sufren violencia y con hombres que han pedido ayuda, reconociendo la importancia de un acercamiento de género a la cuestión, es prioritario.

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Gondolf, E. (2004), “Evaluating batterer counselling programs: A difficult task showing some effects and implications�, in: Aggression and Violent Behaviour 9, 605-631 Haraway, D. J. (1991) Manifesto Cyborg. Donne, tecnologie e biopolitiche del corpo. Milano: Feltrinelli. Westmarland, N. and Hester, M. (2007) Time for Change.An Assessment of Services for Domestic Abuse Perpetrators in Bristol, University of Bristol. Bristol.


08. La violencia masculina contra las parejas. Las evaluaciones y los desarrollos futuros Leticia Bianchi

08. La violencia masculina contra las parejas.


Las evaluaciones y los desarrollos futuros Leticia Bianchi

El proyecto de investigación “Desarrollar estrategias para trabajar con hombres que usan violencia en las relaciones de intimidad” (MUVI ─Men Using Violence) tiene como objetivo principal verificar las oportunidades y las condiciones para introducir intervenciones directas sobre hombres que usan, o han usado, violencia contra sus parejas o ex parejas, en tres países de Europa del Sur: Italia, Grecia y España. La relevancia en términos de novedad y de calidad de este proyecto, sus potenciales y sus límites constituyen la materia de este escrito. En la parte final presentaré mis observaciones acerca de los resultados de la investigación, el impacto producido en los tres países arriba mencionados, y asimismo indicaré algunas posibles líneas de desarrollo.

8.1. LA RELEVANCIA DE LA IDEA DE FONDO DEL PROYECTO

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El planteamiento de género del proyecto. Como resulta del mismo título, “Desarrollar estrategias para hombres que usan violencia contra sus parejas o ex parejas”, el proyecto tiene un planteamiento específico de género. El primer punto relevante –de novedad para Grecia, pero no para Italia y España- es justamente el hecho de que en el centro del proyecto están colocados los hombres y la violencia por ellos ejercida, operando así un cambio de mirada desde la mujer víctima al hombre perpetrador. Por cuanto respecta a Italia, el proyecto actual es la continuación de un proyecto posterior Daphne, “Hombres violentos, ¿qué se puede hacer con ellos?” (Creazzo, 2000) y de las indicaciones que de allí se tomaron. España tiene, desde 1997, una ley que regula diversos aspectos de violencia masculina contra la compañera en el seno de la pareja.


A partir de esta ley, se han creado programas de intervención en lo que respecta a los hombres que usan violencia contra las parejas, que en cambio están ausentes en Italia y en Grecia. El proyecto intenta poner como tema el problema de qué se puede hacer por los hombres que usan violencia en Italia y en Grecia; en lo que respecta a España, donde estos programas constituyen una materia sumamente controvertida, el deseo es contribuir a su discusión. Otro punto relevante y de novedad de este proyecto es que no sólo está explícitamente dicho que la violencia sobre la cual se quiere investigar es cometida por hombres contra mujeres, sino que este acercamiento estructura una investigación cuyo objetivo es llegar a la implementación de iniciativas concretas que puedan cambiar este estado de las cosas. La importancia de poner de relieve a los hombres como actores de la violencia contra sus parejas o ex parejas. El desplazamiento del punto de vista es para verificar la visibilidad social del hombre que comete violencia y del fenómeno específico de esta conducta ejercida por ciertos hombres sobre sus propias parejas o ex parejas. Éste es un aspecto de la violencia masculina que se tiende a ocultar o a minimizar, mientras se insiste sobre la violencia efectuada por hombres con los cuales las mujeres no tienen –o no han tenidorelaciones íntimas. Sin embargo, las estudiosas y los estudiosos del tema han probado que, entre todos los problemas sociales, la violencia sobre las compañeras es uno de los fenómenos más difundidos, insinuados y de larga duración, e involucra, directa o indirectamente, a casi toda la población. Su misma tendencia a difundirse y su duración en el tiempo parece volver obvia la presencia y en algún modo tornarla, si no aceptable, cuando menos dada por hecha, si el contexto social, cultural y político no la contrarresta, o no es de algún modo adecuado y eficaz, y no combate actitudes y comportamientos patriarcales sobre la base de las relaciones entre hombres y mujeres. El caso anterior parece ser el de los tres países

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del sur de Europa a los cuales ha sido dirigido el proyecto. El desarrollo de estrategias para trabajar con los hombres que usan violencia representa una actividad de prevención terciaria del delito; es decir, se trata de impedir una ulterior victimización de mujeres y niños y establecer, o estabilizar, un modelo que evite la relación de violencia en el interior de la pareja. ¿Por qué usar la expresión violencia contra la pareja o ex pareja? En el proyecto se indica claramente que la atención se dirige a la violencia de hombres contra sus parejas o ex parejas. La adopción de esta expresión, a la par de aquella análoga de violencia en situaciones de intimidad, más que de violencia en familia, es intencional. Por una parte, hablar de violencia en familia oculta el rol que los hombres tienen al cometer la violencia; y por otra parte, tiene en el interior de los confines de la institución –limitándolos a las relaciones entre marido y mujer- comportamientos que son propios de cada relación de intimidad entre hombre y mujer. La expresión adoptada es producto de estudios e investigaciones (Dobash y Dobash, 1992) que han mostrado cómo en una relación de intimidad entre marido y mujer, entre personas que conviven, el mecanismo de la violencia es igual, y que la interrupción de la relación no es garantía de que la violencia termine; es más, el momento de la ruptura está entre los más críticos y muy frecuentemente propicia respuestas masculinas violentas. Adoptar esta expresión significa entonces dar una más exacta representación y comprensión del fenómeno y definir con más precisión cuáles son las situaciones en las que intervenir es significativo y relevante. Esta nota es particularmente importante para Grecia (aunque no respecta sólo a este país) en el cual una reciente ley ha rubricado como “violencia en familia” a la violencia de los hombres contra las parejas.

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El planteamiento pro-feminista. El cambio de enfoque no debe significar la pérdida de centralidad del punto de vista de las mujeres. Muchos grupos de mujeres, que en el


tiempo se han ocupado de otras mujeres para que no sufran violencia, han madurado la convicción de que “hacer algo por los hombres” pueda resultar ventajoso para las mujeres sometidas directamente a maltratos, ocasionando la interrupción de que el comportamiento violento sea más generalizado para todas las mujeres en términos de cambio cultural (Creazzo, ídem). Algunas estudiosas del fenómeno, expresan significativa perplejidad al respecto (Romito, 2006). El temor de que el cambio de óptica de las necesidades de las mujeres a los problemas de los hombres lleve a distraer la atención, el tiempo y el dinero -que ya hoy son insuficientesen relación con las mismas, y se traduzca por lo tanto en una posterior injusticia social. Cualquier intervención dirigida a los hombres que decida realizar algo en este aspecto, deben tener como prioridades la salud y el bienestar de las mujeres que son objeto de violencia, así como de los eventuales menores implicados. El punto de vista y el saber de las mujeres que han madurado, deben constituir una referencia prioritaria. El planteamiento pro-feminista del proyecto está atestiguada, en primer lugar, por la presencia, como titulares de la formación, por los expertos noruegos de Alternative to Violence ─ATV─ (Raakil y Moolin, 2001), uno de los centros europeos para hombres de mayor y reconocida experiencia y calidad, y por la presencia, en la muestra de la investigación, de mujeres pertenecientes a grupos que han llamado la atención social y política sobre el conflicto existente entre hombres y mujeres. En los países en los cuales existen estos grupos, como España e Italia, están presentes también hombres pertenecientes a grupos que han hecho de la interrogación de la masculinidad uno de sus objetivos.

El planteamiento abierto del proyecto. El proyecto tiene una importancia abierta. Si bien no un punto de novedad, es ciertamente un aspecto de calidad el hecho de que el problema afronte el tema de la intervención con los hombres que usan violencia sin soluciones preconcebidas y que este planteamiento esté fuertemente subrayado. No

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se propone hacer una investigación que conduzca necesariamente a la apertura de un centro o de un servicio para hombres que usan violencia hacia sus parejas o ex parejas. Desarrollar estrategias es un objetivo menos limitante y también menos frustrante que la opción “abrir o no abrir un centro para hombres” y se dice también que la apertura del mismo, si no es parte de estrategias múltiples y diferenciadas, puede resultar reductora y de escasa eficacia. Cualquier otra planificación, por otra parte, contrastaría con el objetivo mismo del proyecto, que busca desarrollar estrategias congruentes con las realidades individuales en las cuales éste se verifique, e intenta vincular sus propias finalidades con los contextos de partida y con los resultados surgidos de la investigación. De hecho, no se cree posible partir desde soluciones preconcebidas

–aun de excelencia­–, y esto es también importante, aunque el proyecto no se comporta como si estuviésemos en grado cero de conocimientos y de práctica en relación con “qué hacer con los hombres” que ejercen violencia en situaciones de intimidad. La elección de insertar en el proyecto, como parte integral de la investigación, cursos de formación inicial, impartidos por expertos del Centro de Oslo “Alternative to Violence” (ATV), testimonia que se desea contar con la experiencia de quienes desde hace tiempo trabajan eficazmente en este ámbito. El centro de Oslo, activo desde 1987, es una realidad a la cual se ve no como un modelo a imitar y exportar a los tres países socios del proyecto, ni tampoco como a un proveedor de un paquete de técnicas experimentadas a imitar, sino como un elemento válido inspirador, un punto de referencia y de comparación.

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El valor de contraste del planteamiento abierto del proyecto. Haber puesto como tema la necesidad de explorar las condiciones en las cuales nos encontramos hoy, en Atenas, Barcelona o Bolonia, como


elemento de base y no prescindible para futuras estrategias de intervención, tiene también un valor de contraste. Esto contrasta con la idea muy difundida –que desafortunadamente encuentra mucho crédito en los medios– de que la respuesta penal es la única o la mejor posible a este grave problema (Buzawa y Buzawa, 1996). Más generalmente contrasta con la idea de que exista una respuesta exclusiva o prominentemente connotada, ya sea penal, psico-patológica o de comportamiento reeducativo. El proyecto precisa también que la presencia de una ley específica y de servicios dedicados, como en el caso en España, no hace menos necesario un profundo trabajo de reconocimiento de contextos y condiciones, como el que está previsto. En lo que respecta a Grecia, donde en 2006, se dictó una ley sobre la “Violencia en familia”, el proyecto tiene el valor de contrarrestar la idea de que se deba intervenir sobre la violencia en situaciones de intimidad limitándose únicamente a la pareja conyugal, y que las intervenciones de mediación familiar, previstas por la misma ley, puedan ser el instrumento más idóneo para resolver los conflictos de género. Las relaciones entre el contexto del punto de partida y las condiciones que permiten la introducción de intervenciones dirigidas a hombres que usan violencia. Ya sea la realidad de Grecia, de España o de Italia, ya sea en tres áreas urbanas de Atenas, Barcelona y Bolonia, las realidades son muy diversas. Uno de los objetivos de esta investigación es el de hacer un mapa, lo más cuidado posible, del contexto de la violencia de los hombres contra sus parejas o ex parejas en las tres realidades, tomando en consideración: leyes, servicios dedicados y generales, y la presencia o falta de grupos de mujeres y hombres activos y consolidados en el territorio. Sabemos que, desde 1997, España posee una ley específica y servicios dedicados, que en Italia no existe una ley ex profeso ni servicios dedicados, mientras, como ya se ha dicho, en Grecia, en 2006 fue promulgada una ley sobre la violencia en familia. Sabemos, además, que en Italia y España, los grupos

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de mujeres son una realidad consolidada y son muy activos en promover la libertad femenina en el campo de la violencia de género, y que en estos mismos países existen, aun cuando en un número menor y con un menor número de años, grupos de hombres que reflexionan sobre los temas de la masculinidad y de la violencia masculina. En esto, la realidad de Grecia difiere, ya sea por un menor arraigo de los grupos de mujeres –en el periodo de mayor expansión del feminismo en Europa, Grecia se encontraba bajo una dictadura–, o bien por la ausencia de grupos de hombres comprometidos en contener la violencia contra las mujeres. La atención al contexto es ciertamente uno de los puntos que califican al proyecto como un elemento imprescindible de tomarse en cuenta si se quiere que cualquier intervención se arraigue y resulte eficaz, pero debe pensarse bajo una acepción amplia e integrada, y no puede ser reducido a uno o más elementos, por más que éstos sean relevantes, tal como lo puede ser una ley hecha expresamente. La ley recientemente promulgada en Grecia es ciertamente algo que debemos tener en cuenta, pues individualiza estrategias integradas de intervención, aunque no está dicho que deba determinar toda la impostación de la intervención; en el caso de España, en donde ya existe una ley con una estructuración específica de género, se podría hasta pensar que ya no sea necesario buscar soluciones. Este proyecto considera necesario tomar en consideración más elementos, comprendiendo aquellos que deberán surgir a partir del trabajo mismo de la investigación.

8.2 LA ESTRUCTURA DE LA INVESTIGACIÓN, LA FORMACIÓN, LA REFLEXIÓN POLÍTICO-CULTURAL, Y LOS EVENTOS PÚBLICOS.

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La investigación como acción. El planteamiento abierto del proyecto y el objetivo de implementar


estrategias de cambio, han llevado a elegir la metodología de investigación propia de una Investigación Acción (RA ─Research Action)75. Todas las investigaciones establecen perspectivas de cambio y de innovación, pero en la RA el cambio es parte integrante y estructura la metodología misma. Cada proyecto de investigación que reclama una investigación-acción se traza tres finalidades concomitantes: La construcción de conocimientos; la función de formación; y la de cambio social. Las personas involucradas no son objeto de investigación, sino sujetos portadores de un conocimiento, el cual es fundamental tomar en cuenta, ya sea por la individualización de la naturaleza de lo que se va a explorar, o bien por una buena planificación del proyecto al momento de su realización. La investigación conducida en ese sentido ofrece la oportunidad de ejercer una reflexión guiada y compartida con temas sumamente relevantes en el tema tratado. Bajo la óptica de la investigación-acción, la modificación en la repetición está antes de toda complicación y de los cambios de las personas protagonistas de la investigación: significa volverlas interesantes y capaces de interrogarse sobre la realidad que están viviendo, y de indagarla; implica volverlas capaces de captar el significado que el problema examinado tiene para ellas y puede tener para otros. La Investigación Acción es una investigación de tipo cualitativo, en la cual el investigador trata de ver el mundo con los ojos del sujeto estudiado; la coparticipación directa y creativa del sujeto estudiado en el proceso de investigación no sólo no se evita, sino que además se investiga. Es un enfoque que requiere una buena dosis de ensimismamiento e involucramiento del que proyecta y conduce la investigación, y es eficaz, sobre todo cuando el radio de acción de la misma se limita a pocas cuestiones ligadas entre sí. Una diferencia importante entre el enfoque cuantitativo y el interpretativo es que el primero se pone como objetivo esencialmente el de explicar un ��������������������������������������������������������������������������������������������� Para una introducción al nacimiento y el uso de la Investigación Acción, ver el trabajo de Palmonari, Augusto; Cavazza, Nicoletta; y Rubini, Monica (2002).

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dato o fenómeno, mientras que el segundo desea sobre todo comprender. La investigación cuantitativa se pregunta sobre el porqué, en la cualitativa sobre cómo un evento o un proceso se ha producido o creado, más que preguntarse solamente por qué se ha verificado o qué cosa lo ha causado. El alcance de los resultados es obviamente de tipo más diverso, en términos de generalización, que el de una investigación cuantitativa, con una muestra lo suficientemente amplia como para representar los varios aspectos de la situación real. Sin embargo, esta muestra da resultados significativos en lo que respecta a las intenciones y los aspectos propios de este tipo de investigación. Para este propósito, es importante invertir mucho en el momento de la construcción, del instrumento de investigación, y prestar mucha atención a la modalidad con la cual se procede al análisis de los datos. El análisis cuantitativo parece ser más simple para este propósito, mientras que no resulta simple tener una idea operativa de aquello que es cualitativo: aquí entra en juego la pericia y la profesionalidad de la investigadora o el investigador. En nuestro caso específico -además de no caer en el error de transformar los resultados obtenidos en forma cuantitativa-, es necesario tener siempre en mente que los hombres que usan violencia no son quienes hablan. Los resultados de la investigación consisten en las opiniones, en las percepciones y en las representaciones del fenómeno de la violencia masculina contra sus parejas o ex parejas por parte de los observadores privilegiados y de los participantes en los grupos de discusión. Es decir, es necesario tener bien diferenciado lo que es opinión y percepción, de aquello que es o no violencia. Esto necesita la competencia de quien hace la investigación para explicitar las propias categorías de lectura de lo real, sin tomarlas como las únicas existentes o posibles, y de encontrar los instrumentos para entrar en contacto con otras categorías de análisis.

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En la construcción de los instrumentos de investigación se contempla


obtener una descripción detallada de las prácticas utilizadas por los diversos sujetos cuando se encuentran en la situación de tener que confrontarse, directa o indirectamente, con la violencia ejercida por un hombre hacia su propia pareja. Las narraciones usadas por ellos en la representación de la violencia por parte de hombres hacia sus parejas o ex parejas son de hecho muy significativas. El sujeto de la narración, las palabras y los adjetivos usados para describir a los protagonistas y a las protagonistas del caso, y las categorías –implícitas o explicitas– de análisis usadas para dar cuenta de los hechos narrados, son todos indicadores muy valiosos para comprender la “visión” que se tiene de esta violencia específica. La narración de episodios de violencia y el lenguaje usado para contarlos son una muestra de las categorías interpretativas de la violencia utilizada por quien narra y de la lectura de las relaciones entre hombres y mujeres. Los sujetos implicados. En algunas investigaciones, las personas entrevistadas son las mismas que son objeto de estudio. En esta investigación, no son los hombres que usan violencia contra las parejas o ex parejas los que se entrevistan, sino son individuos que aun no siendo parte del fenómeno tienen un conocimiento significativo de los hechos, por cuanto están colocados en posición privilegiada para observar la realidad que es sujeto de estudio. Los “observadores privilegiados”76 elegidos son: elementos de las fuerzas policiales, magistrados, abogados, trabajadores y trabajadoras sociales, psicólogas y psicólogos, operadoras de Centros anti-violencia, médicos de base, enfermeros y enfermeras, maestros, representantes de asociaciones profesionales y de grupos y asociaciones de mujeres y hombres. Todos, por su posición profesional y por su elección de asociarse por capacidades disciplinarias o responsabilidades institucionales, cubren posiciones claves para tener el pulso de aquello que está en las realidades individuales, la percepción y la cultura que existe sobre la violencia masculina hacia las mujeres. 77

77 Para una introducción de los métodos cualitativos de investigación y de la entrevista a observadores privilegiados, cfr. Corbetta P:G: (1999)

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La elección de involucrar no sólo a personas que trabajan en los servicios dedicados, sino también a aquellas que lo hacen en servicios de naturaleza general, se debe al hecho de que las mujeres maltratadas acuden a estos lugares en busca de respuestas a sus necesidades o a las de sus hijos. Frecuentemente, sólo hasta después de haber pedido ayuda por cuestiones de orden más general -económicas, de trabajo, de salud, escolares- exteriorizan también los problemas de maltrato. Por otra parte, a los servicios sociales llega solamente una pequeña parte de mujeres y una fracción todavía menor de hombres: Las mujeres que tratan de salir de la situación de violencia y aquellos hombres que han sido denunciados y/o condenados. El número de hombres que pide ayuda para dejar de cometer violencia es verdaderamente exiguo. Un aspecto que caracteriza la muestra es la fuerte presencia de grupos y asociaciones que se ocupan de la violencia de género. Ésta es una elección precisa que se puede valorizar o criticar: desde un punto de vista metodológico da una connotación fuerte a la muestra. Involucrarse con hombres y mujeres que hacen de la diferencia de ser hombres o mujeres su compromiso político, parte de la idea de que su presencia garantiza que el proyecto no pierda su peculiaridad, su trato fundamental: la lectura de la violencia masculina en clave de conflicto de género entre hombres y mujeres. Su presencia, además, da reconocimiento a la centralidad de la acción en favor de la libertad femenina, y a aquella de los grupos de hombres que ponen en discusión una modalidad de lo masculino de la cual parte el dominio y el ejercicio de poder sobre las mujeres y los sujetos más débiles. Su presencia hace ver el carácter político del problema que se va a estudiar y ayuda a darle apertura a nivel social el conflicto de género existente.

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La estructura de la investigación. La estructura de la investigación está articulada. Tiene previstas dos modalidades diversas para evidenciar la realidad: entrevistas semi-


estructuradas y grupos de discusión (focus groups), una actividad de formación, encuentros de grupos de expertos, y conferencias nacionales e internacionales. Las primeras dos fases de la investigación pretenden hacer surgir las actitudes y las percepciones relativas al comportamiento masculino violento, explorar los posibles problemas que han tenido en contactos directos con hombres violentos y evidenciar su conocimiento específico del tema de la violencia en situaciones de intimidad, y sus eventuales problemas formativos. La formación desea proporcionar capacitación e instrumentos específicos útiles para afrontar el problema de cómo acercarse y trabajar con los hombres que cometen violencia hacia sus parejas. El grupo de expertos compuesto por personas con enfoques disciplinarios y experiencias diversas con respecto a la cuestión de la violencia, tiene la tarea de explorar las principales cuestiones de naturaleza cultural, jurídica y política. El uso de instrumentos diferenciados está dictado por la complejidad del problema que se desea enfrentar y por la necesidad de explorarlo y hacerle frente desde varias posiciones. La novedad de este enfoque es que varios momentos de exploración están pensados como estrechamente correlativos entre ellos en una óptica de vasos comunicantes que mira hacia la optimización y maximización de la participación de los sujetos implicados. Las entrevistas a los observadores privilegiados han constituido la fase inicial de la investigación y los datos obtenidos constituyen la base para planificar el momento siguiente de la investigación en los grupos de discusión. La formación está dirigida a sujetos ya implicados en fases precedentes de la investigación.

Las entrevistas semi-estructuradas han permitido a los observadores privilegiados recapacitar críticamente sobre la propia práctica profesional y las actitudes sociales y culturales desde una óptica innovadora: cómo intervenir con el fin de que los hombres que han usado violencia contra las parejas o ex parejas sean socialmente visibles y hechos responsables

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por la violencia que han usado. Estos sujetos fueron entrevistados no sólo en relación con su experiencia personal, o sea en calidad de personas que, por razones profesionales o político-culturales, son responsables de intervenciones en el campo de la violencia hacia las mujeres, sino también en su función de representantes de categorías profesionales, y por tanto responsables de la elección de sus asociados y colegas. Las discusiones en grupo, o focus groups (Merton, Fiske y Kendella, 1956), son una modalidad de investigación cualitativa en la cual un grupo de personas homogéneas entre ellas es interrogado acerca de sus actitudes hacia un determinado objeto o idea. Reunir un número limitado de individuos para discutir en grupo crea una situación de relevancia sumamente eficaz. La conformación del grupo interactivo ayuda, de hecho, a los participantes a interactuar de manera natural, cosa que no sucede durante una entrevista, y según modalidades similares a las que se producen en una interacción espontánea A diferencia de cuanto sucedía en las entrevistas, en los grupos de discusión las personas eran interrogadas sólo a partir de las propias experiencias personales, de sus sentimientos y representaciones. La elección de la modalidad del grupo en dos sesiones, proporciona a los participantes una ocasión posterior para reflexionar, profundizando o modificando lo expresado en el encuentro precedente.

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Una parte de la Investigación Acción prevé encuentros de formación con la participación de un número limitado de personas, incluyendo a aquellas que ya habían participado en los grupos de discusión y/o en la entrevista en profundidad. El limitado grupo de participantes facilita la participación real. Esta formación de carácter cultural y específico, conducida por expertos provenientes de ATV, consta de tres encuentros de dos días cada uno, conducidos por los expertos noruegos del Centro ATV. La formación se articula en una introducción general al trabajo con los hombres que usan violencia hacia sus parejas, en indicaciones sobre cuáles van a ser los aspectos más relevantes a tomarse en cuenta cuando se trabaja con


ellos; es una introducción al modelo de intervención utilizado por ATV y a sus explicaciones. Un último encuentro, de estructura abierta, permite a los participantes hacer preguntas y aclarar cuestiones de lo que se trató precedentemente. El grupo de expertos, compuesto por personas de disciplinas y culturas diversas, controlará todo el desarrollo del proyecto para garantizar el nivel máximo de análisis crítico y de reflexión teórica con relación a las acciones a encarar. Ésta es la primera vez que un grupo de expertos ha afrontado el tema de qué hacer para los hombres que usan violencia, desde una perspectiva interdisciplinaria. La metodología de la investigación. Una investigación sobre este tema no puede más que tener un serio y radical acercamiento de género. El hecho de que el proyecto tenga un acercamiento de género no debe llevar a una planificación de los instrumentos de investigación que dé por descontado que el acercamiento sea compartido con los sujetos implicados en la investigación. Implementar seriamente este acercamiento en la investigación significa hacer surgir la realidad de las cosas y explorar el campo sin pasar por alto nada. En el grupo de investigación, se ha discutido si nombrar inmediatamente a los hombres como perpetradores de la violencia contra las mujeres con las cuales están o han estado en relaciones de intimidad. De algún modo existía cierta confusión entre una implementación radical y explicita de la investigación, que condujera a la violencia bajo una matriz de género, y la construcción del instrumento para la captura sistemática de las informaciones. La formulación de las preguntas debe ser pensada de modo tal de captar la realidad por aquello que es y hacer surgir, en lo posible el pensamiento y la experiencia de los participantes, hasta llegar a una percepción lo más precisa posible de quién está enfrente nuestro, de

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sus pensamientos y de sus percepciones. Al final se optó por una planificación diferenciada de las entrevistas y los grupos de discusión. La formulación de la primera pregunta para las entrevistas explica que no se desea tratar el tema de la violencia masculina contra las mujeres en general, sino la específicamente usada por los hombres contra las mujeres en relaciones de intimidad: ¿“Le ha sucedido alguna vez estar en contacto con situaciones de violencia contra las mujeres cometida por parejas o ex parejas, o de haber oído hablar de esto a sus colegas?”. La formulación de la pregunta a los invitados a la primera sesión de los grupos de discusión es, en cambio, genérica: “¿Qué es según ustedes la violencia contra las mujeres? o también, si digo violencia contra las mujeres, ¿qué les viene a la mente?”. Por cuanto respecta a las entrevistas, se ha partido desde el supuesto de que los sujetos a entrevistar estuviesen al corriente y fueran sensibles a la diferencia que existe entre una formulación genérica y una específica acerca de la violencia. Percatarse si captaban la forma específica de la formulación de la pregunta y de cómo se apoyaban a ella, podía proporcionarnos indicaciones útiles. En la situación del grupo de discusión, era importante dar espacio de intervención a los participantes; a la expresión de sus opiniones y experiencias. Tener abierta la formulación de la pregunta inicial constituía una ayuda en esta dirección.

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Quien construye el instrumento de investigación no da por descontado que la otra o el otro piensen de la misma forma en relación con la violencia masculina. La investigación no puede ser equiparada con un momento de formación que tiene como objetivo dejar pasar informaciones, contenidos y mensajes congruentes con el objetivo del proyecto. El enfoque de género ha sido conjugado con una estrategia compuesta, atenta y calibrada a los varios sujetos y a las diversas fases. Con respecto a esto, es también importante la elección de quién hace la entrevista o conduce el grupo de discusión: No deben ser personas inmediatamente


identificables ideológicamente en una dirección y deben abstenerse de intervenir con comentarios y preguntas que orienten a los interlocutores o que puedan frenar la expresión libre de su pensamiento y de su experiencia. De esa manera se pueden inducir actitudes inspirada en lo “políticamente correcto”, las que no siempre se corresponden con una convicción real u orientan la práctica. Cualquier actitud de este tipo es una jaula que encierra la realidad de las cosas y puede hacer incurrir en el riesgo de razonar a partir de esquemas dados, como si ya se conociese la situación de partida y se asumiese que todos queremos alcanzar los mismos objetivos. La evaluación y los resultados de la metodología utilizada. La investigación-acción se ha revelado como una elección metodológica apropiada y fecunda. Las primeras dos fases en las cuales se ha estructurado la investigación han llevado a un conocimiento más profundo del tema en análisis y han inducido, en los sujetos implicados, un conocimiento más profundo de las implicaciones y de los valores del enfoque de género del proyecto. También la elección de observadores privilegiados como sujetos de la investigación y la presencia de trabajadores, ya sea de servicios dedicados o de servicios generales, se ha confirmado como una herramienta estratégica, que ha permitido tener una visión amplia y cuidada de aquellas que son, en los tres países, las percepciones y las actitudes sobre la violencia masculina contra las mujeres en las relaciones de intimidad, y ha proporcionado indicadores, ya sea sobre las peculiaridades culturales y de contexto, de cada país, ya sea sobre los puntos mayormente controvertidos de cada país y de cuáles tomar en cuenta.

En algunos casos, entrevistando a los observadores privilegiados elegidos en cuanto son representantes, colegas o asociados, o responsables de las líneas guía de intervención de asociaciones de categoría, se ha tenido la precaución de no hacerles preguntas en relación con su rol, limitándose a explorar lo que les correspondía directamente. No se puede dejar

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de subrayar el alcance negativo de esta omisión, dado que uno de los objetivos del proyecto era justamente individualizar y sensibilizar sujetos y posiciones que pudieran garantizar el máximo de contagio y diseminación de informaciones y valores sobre el tema de la violencia en situaciones de intimidad. Particularmente, ha sido feliz la idea de utilizar la metodología de los grupos de discusión en dos sesiones. Este instrumento de investigación da mucho espacio de intervención y de interlocución a las personas involucradas y permite, entre la primera y la segunda sesión, volver a ver y repensar las propias posiciones. Y ha sucedido, justamente, que los participantes han reflexionado sobre sí mismos, se han interrogado sobre sus ideas y sus percepciones del fenómeno de la violencia. Esto ha producido un cambio en el tipo de participación, ha llevado a una mayor disponibilidad para involucrarse: los participantes masculinos y femeninos, en mayor medida de cuanto hubiese ocurrido anteriormente, han comenzado a expresar objeciones y perplejidad, y alguna vez también el propio desacuerdo, se han imbuido del “juego” de la discusión, hubo siempre un gran deseo de participar activamente en el proyecto. El grupo ha permitido explicar posiciones, examinar de modo atento y meticuloso los supuestos de la naturaleza de género de la violencia, de sondear el alcance de la adhesión a afirmaciones como la de que la responsabilidad del acto violento es siempre de quien lo comete. Las ideas y afirmaciones que parecían aceptadas y acogidas, en realidad estaban frecuentemente acompañadas de escepticismo y perplejidad.

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La inserción en el diseño de la investigación, de una formación inicial con el objeto de explicar la planificación de género y de pro-feminismo del proyecto y de indicar las hipótesis de una intervención eficaz dirigida a hombres que han usado violencia, ha sido una indicación importante del hecho que no basta una buena formación profesional para intervenir en este campo, sino que es necesario proveerse de instrumentos idóneos y de capacidades que no se pueden improvisar.


En los tres países donde se ha desarrollado el proyecto, la acogida dada a la formación inicial ha sido particularmente significativa. En España, el éxito de la formación se debe, sin duda, al hecho de que estaba específicamente dirigida a tratar un aspecto relativamente poco afrontado de la violencia: aquella dirigida a parejas o ex parejas. En este país, la formación se ha efectuado al inicio de la investigación, lo que ha permitido a las personas involucradas darse cuenta inmediatamente de la planeación específica del proyecto y del valor de la metodología elaborada por ATV. A juicio de los investigadores, esto ha motivado y facilitado fuertemente la colaboración de las personas en la fase de las entrevistas y durante los grupos de discusión. El trabajo de formación también ha sacado a la luz que, en España, existe una gran necesidad de formación de los que trabajan en servicios dedicados a intervenir con hombres que usan violencia, y no sólo entre los profesionales de los servicios generales, las fuerzas de policía y el personal penitenciario. En Grecia, en donde hace poco se ha aprobado una ley sobre la violencia en situaciones de intimidad, el conocimiento de la relevancia de una formación al respecto ha llevado a varias instituciones gubernamentales y de la sociedad civil a solicitar que fuesen admitidos sus operadores, siendo éstos un número superior al previsto inicialmente. En este país, la necesidad de formación parece haber sido particularmente escuchada: la exigencia de formación específica ya había sido expresada por los observadores privilegiados durante la fase de las entrevista, como así también las solicitudes expresadas en ocasiones anteriores con respecto a la calificación de personal. En la ciudad de Atenas, los contactos que intervinieron entre el grupo de investigación y las instituciones de los sujetos que han participado en la formación, han constituido también una interesante base para reflotar el diálogo público en relación con estos temas (Ver la contribución de María Zissaki en este volumen). En Bolonia, la formación ha hecho proceder a los participantes en el

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trabajo de implicación hacia los objetivos del proyecto, y han surgido así importantes conclusiones personales sobre el tema. Esto ha hecho, además, surgir la relevancia del desafío que constituye el enfoque de género por parte de los formadores, dado por las teorías sobre la violencia de las propias disciplinas de pertenencia y por los procedimientos de intervención en uso en sus organizaciones.

8.3 LOS RESULTADOS OBTENIDOS. La investigación ha producido buenos resultados, ya sea sobre el plano de conocimientos, así como en el del cambio social, y ha proporcionado también indicaciones sobre posibles desarrollos futuros. Una novedad producida por la investigación es el mapa de todos los elementos relevantes por establecer, en un contexto dado, sobre qué se puede contar y qué se debe modificar si se desean desarrollar estrategias de intervención dirigidas a hombres que usan violencia en las relaciones de intimidad. Una importante confirmación es que la insinuación del problema se acompaña con una substancial invisibilidad social del problema, la que opaca la responsabilidad de los hombres que usan violencia contra las parejas o ex parejas. La visibilidad está constituida casi exclusivamente por las mujeres que sufren maltrato, con la consecuencia de que el peso de finalizar con la violencia recae casi exclusivamente sobre sus espaldas. La no visibilidad (o invisibilidad) se asocia con la falta o la insuficiencia y lo inadecuado de las modalidades que afrontan y que contienen el fenómeno.

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Los sujetos involucrados en la investigación creen que en la base de los comportamientos de violencia masculina hay grandes problemas de orden general, como la socialización primaria recibida en la familia y en la escuela.


En España, se cree particularmente importante el hecho de que todavía no existe una educación de los sentimientos que ayude a los hombres a reconocer y a expresar las propias emociones y sentimientos, cosa que les impide pedir ayuda antes de ser sometidos. Por lo que respecta a Grecia, se hace referencia a un tipo de socialización masculina que todavía considera a la violencia del marido hacia su esposa como algo que puede cuadrarse dentro de la normalidad de las relaciones conyugales, o para colmo, como comenta una asistente social: que “….golpear a la esposa es un comportamiento de un verdadero hombre”. También, según la muestra italiana, un cambio de los procesos de socialización primaria es relevante para que se produzca el cambio. Es interesante –y, además, es necesario tener en cuenta– el hecho de que los observadores privilegiados tienden a razonar sobre estos temas refiriéndose a la cultura patriarcal del propio país como una causa del comportamiento disfuncional de los hombres contra las mujeres, como explicación de lo mismo y como “una disculpa” del fenómeno. Podemos decir que no existe a nivel social, en grados mayores o menores según los países, una actitud de censura o de indignación social al respecto. Como afirma uno de los entrevistados boloñeses que forma parte de un grupo de hombres, la violencia contra las mujeres en situaciones de intimidad “no es éticamente relevante”. No existe tampoco un imaginario social sobre cuál puede ser la mejor alternativa para enfrentar a los hombres que usan violencia contra sus propias parejas, aparte de la sanción penal, con teorizaciones que van desde la sanción hasta la de la justicia. Un resultado específico es la relevancia crucial de las percepciones, de las opiniones y de las representaciones del fenómeno de la violencia masculina contra las parejas y ex parejas por parte de los sujetos involucrados en la investigación. Esto hace pensar que en todos los países

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debe darse suma atención a los sujetos que revisten roles y posiciones sociales iguales o semejantes. Sus ideas, los comportamientos que tienen cuando encuentran una mujer que ha sufrido violencia o el perpetrador de la misma, los procedimientos a los cuales se atienen, lo que creen legítimo que pueda hacer un psicólogo, un abogado o un asistente social y los procedimientos que siguen, tienen un valor crucial para que el fenómeno sea afrontado de manera correcta. Además, su forma de operar orienta a otros profesionales y al público con el cual su trabajo los relaciona. Los operadores bien orientados tienen un gran valor estratégico si se quiere llegar a una modificación del actual estado de las cosas. Por lo anterior, es necesario tener en cuenta todo lo que ha surgido a propósito de las indudables dificultades a las cuales sus profesiones los exponen, unas necesidades formativas expresas, la necesidad de sentirse parte de una actitud de compromiso prolongada y de una responsabilidad social que no los haga sentirse solos, sino delegados a ocuparse del fenómeno. En cuanto a los resultados en términos de cambio, ciertamente ha habido una adquisición progresiva de conocimientos sobre el tema y sobre el conocimiento de las implicaciones y el poder del acercamiento de género del proyecto, pero también y contemporáneamente una modificación de la implicación y de la participación de los sujetos involucrados a todos los niveles en la implementación de la investigación: desde el equipo del proyecto a las funcionarias del ayuntamiento que coordinaban el mismo, al grupo de expertos, y a los sujetos implicados, lo que los hace portadores sanos de las ideas de fondo del proyecto. Por lo que respecta a Bolonia, se puede afirmar que esta investigación ha creado algo que antes no existía: momentos de reflexión común. Se ha formado un grupo de hombres y de mujeres de diferentes procedencias y ocupaciones que puede constituir un punto de recíproca referencia en la ciudad y la región.

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Un resultado análogo se registra en España, donde las diversas fases


y actividades que se han desarrollado durante la realización del proyecto, han funcionado como punto de contacto y de relación entre profesionales y asociaciones que están activos en el ámbito de la atención a hombres que han ejercido violencia contra sus parejas. En particular, a partir del proyecto se ha consolidado la relación entre el grupo responsable de la investigación, el grupo Antígona, que opera en el interior de la Universidad Autónoma de Barcelona, y la asociación de mujeres contra la violencia, TAMAIA, que ha llevado a la realización común de talleres de prevención de la violencia entre las parejas jóvenes de diversas barriadas de la periferia de Barcelona. En Grecia, inicialmente existieron dificultades, de parte de la Municipalidad de Atenas y de las asociaciones de magistrados, que por motivos de privacidad no querían conceder que las entrevistas fuesen grabadas, y detuvieron el inicio del proceso de investigación. Las resistencias fueron finalmente superadas y la calidad del proyecto ha sido reconocida. Varias organizaciones, entre ellas el Secretariado General de los Pares del Ministerio del Interior, han hecho solicitudes urgentes para que algunos de sus operadores y operadoras pudiesen participar en la formación. En general, la planificación de género de la investigación no fue rebatida, e igualmente unánime fue el acuerdo en afirmar que la responsabilidad de la violencia es de quien materialmente la ejerce. Los “peros” y las resistencias no faltan, la más difundida afirma que la violencia es ejercida en la pareja no sólo por los hombres sino también por las mujeres, y es suficiente un sólo caso para que la violencia se vuelva un comportamiento también femenino. Parece que el razonamiento anteriormente mencionado sea: “Tenemos iguales derechos, somos iguales, también en lo que respecta a la violencia”. O también: “No son mejores que nosotros, son iguales a nosotros”. Una forma modificada del mismo razonamiento es: “En una pareja siempre son dos”. Ciertamente, también las mujeres son violentas y lo son igualmente en relación con sus compañeros, pero esto basta para negar el valor de género de estos actos y la necesidad consecuente

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de asumir la responsabilidad masculina. El razonamiento especulativo: “El hombre comete violencia, pero también la mujer” parece anular la insinuación de su violencia y eludir la responsabilidad masculina. Objetar que la violencia la ejercitan también las mujeres revela una forma mental aún no construida que ayuda a quien la utiliza a no ir al punto concreto, a la situación real. ¿Qué cosa ayuda a ir al punto concreto, a la situación real? Probablemente, tener una experiencia directa. Entonces, eso pudiera descartar algo que ayuda a no hacer razonamientos ideológicos, sino a entrar en empatía con la persona en dificultad. ¿Podría ser éste el motivo por el cual hay más compasión hacia la mujer maltratada y censura de la violencia masculina en el policía que ha asistido a un episodio de violencia, que cuando los magistrados hablan de manera abstracta, como surge de algunas entrevistas hechas en Boloña? En general, los sujetos involucrados en la investigación han encontrado pocos o ningún hombre violento, por eso también las explicaciones causales que dan acerca del comportamiento masculino violento tienen origen en opiniones y teorías, cuando no en prejuicios. En los grupos de discusión, son los hombres quienes reflexionan acerca de la responsabilidad de masculina en las llamadas por correo de las mujeres. Ellas utilizan mucho el “fair play” (juego limpio), no se oponen nunca directamente a las afirmaciones, aun cuando no las aprueben, pero atraen el discurso sobre el hecho de que hay diferencias entre hombres y mujeres en lo que respecta a la violencia. Desde el punto de vista metodológico, se sugiere la posibilidad de contar con grupos de discusión de mujeres y otros de hombres, además de los grupos de discusión mixtos, y de cuidar atentamente las respuestas dadas de los unos a las otras.

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Las entrevistas y las discusiones de grupo sacan a la luz que estar en proximidad de la violencia de género, inclusive solamente con el pensamiento, produce sufrimiento en los hombres y en las mujeres. El


sufrimiento masculino de estar junto a la violencia cometida por sus propios semejantes difiere del sufrimiento femenino que debe compararse con la violencia sufrida por otras mujeres. Para un hombre, el sufrimiento está en el aceptar que un semejante suyo sea un verdugo. Se busca “consuelo” al investigar las causas que pueden motivar este comportamiento –violencia sufrida en la infancia, alcoholismo, uso de drogas, pertenencia a otra cultura diferente de la occidental– o en dividir la responsabilidad con las mujeres. Para muchas mujeres (como surge a partir de los grupos de discusión que se sostuvieron con las maestras en Boloña), el sufrimiento se genera al tener que relacionarse con mujeres que se encuentran en una situación de debilidad. Es difícil para ellos colocarse en la figura femenina; tienen una sensación de miseria, donde en cambio se está en presencia de una desgracia. Reaccionan culpabilizando a las mujeres porque continúan soportando una situación de maltrato. Hombres y mujeres tienen miedo del contagio, temen que el comportamiento de otros hombres y mujeres se traduzca en desvalorización para ellos. Frecuentemente los hombres parecen más dispuestos a intervenir en favor de las víctimas que a enfrentarse con el sufrimiento que provoca en ellos el comportamiento de otros hombres. En cuando a las mujeres, frecuentemente sienten “fatiga” al estar en presencia del sufrimiento masculino, sin intentar suplirla, tratar de repararla o adoptar una actitud de “incesante reparación materna” (Soldano, 2001). Un punto que la investigación ha sacado a la luz es la oportunidad, si se quiere logra un cambio, de pasar de la investigación de las causas de la violencia masculina a la narración detallada de los episodios violentos y a las “ganancias” que los hombres obtienen de sus acciones, tal como los expertos de ATV no se cansan de repetir (10). 8.4. LAS CONSIDERACIONES FINALES Y LOS DESARROLLOS FUTUROS.

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Antes de cualquier otra consideración, quiero subrayar que es importante no decaer en la actividad de la investigación, que todavía es escasa en los tres contextos nacionales mencionados. Faltan investigaciones longitudinales que permitan verificar los cambios en el tiempo y que estén construidas de tal modo que hagan posible comparar los resultados a nivel nacional y a nivel europeo. Hay necesidad de un relevo constante. No basta, entonces, la aportación de pequeños grupos de personas que estudian el fenómeno localmente o para destinatarios particulares; es necesario un trabajo serio y estructurado, con el fin de coordinar los múltiples datos que frecuentemente existen, pero que no son comparados o no son comparables, dada la gran variedad metodológica que informan estos productos. Es evidente que en cada campo de intervención, la buena y fundada comprensión del fenómeno y de sus efectos sobre la población es un potente instrumento para proceder en la dirección de un cambio.

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En los tres países abarcados, la penetración de la violencia masculina en las situaciones de intimidad, y la invisibilidad social del fenómeno, se acompañan por respuestas de contraste del fenómeno carentes o inadecuadas; hay una excesiva e injustificada lentitud en la intervención. Las primeras casas de mujeres para huir de la violencia de pareja fueron abiertas en los años de la década de 1970; desde entonces, han sido abiertas en muchas naciones europeas, pero todavía no en todas. También en los lugares donde están presentes, están casi siempre financiadas de manera inadecuada (Raakil, 2002). Habría que pensar que existe, en el mejor de los casos, cierta inercia, y en el peor de los casos, una colusión con la violencia masculina en los diversos niveles institucionales y sociales. Lo que es cierto es que comparar la violencia masculina contra las mujeres, o la cometida por un compañero o ex compañero en particular, es un reto para cada sociedad y sus instituciones, por más de un motivo.


A nivel macro, este aspecto se conecta con el campo de la prevención social, y sabemos que el estatuto de la prevención es bajo y que sólo tiende a intervenir cuando el problema se produce y no para impedir que éste ocurra (Naldini, 2006). A nivel de las instituciones, la cultura actualmente más difundida es la que lee la diferencia entre hombres y mujeres en clave de igualdad y la promueve a través de la atribución de iguales derechos y de acciones, así como de las mismas oportunidades. Cuando se deben enfrentar hechos que necesitan una explicación de género y prever la intervención no sobre las mujeres sino sobre los hombres, resulta difícil dar una respuesta, ya sea a nivel individual o institucional. En lo que respecta a los profesionales que ocupan posiciones cruciales en el campo de las intervenciones para contrarrestar el fenómeno de la violencia masculina en las relaciones de intimidad, su realidad va antes de la definición que su disciplina da acerca de la violencia -enfermedad, crimen- y del acercamiento de intervención que de allí se deriva. En Bolonia, ya sea en las discusiones de grupo o bien en las reuniones del grupo de expertos, los psicólogos y psicólogas han objetado frecuentemente que su práctica es terapéutica sobre base voluntaria y que el más consistente y fuerte elemento de éxito terapéutico es la alianza paciente-terapeuta. Esta alianza estaría ausente si el profesional tuviese un juicio a priori negativo de los hombres que debe tratar, si adoptase una lectura de género del fenómeno.

Está también el problema de los protocolos de intervención. Los enfermeros de un Servicio de Urgencias de Bolonia subrayan que los protocolos tienen previsto ocuparse sólo de la salud de la mujer maltratada. Son conscientes de que quienes cometen violencia son los mismos hombres que las acompañan, para controlar que no digan nada que los

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pueda dañar, porque esa información no tiene consecuencias, y porque ocuparse de aquellos que usan violencia no está incluido en sus tareas profesionales. Sólo si la mujer denuncia la violencia sufrida, entonces el profesional interviene. La carga para dar fin a la violencia siempre es cometido de las mujeres que la sufren. La responsabilidad social del fenómeno de la violencia masculina en situaciones de intimidad es el principal objetivo de un programa dirigido a los hombres que usan o han usado violencia contra las parejas o ex parejas. Esto no significa solamente crear las condiciones para que los hombres reconozcan la responsabilidad de la acción violenta cometida; es necesaria la responsabilidad de políticos, funcionarios, profesionales. Blacklock afirma que los profesionales que piensan trabajar con hombres que usan violencia en situaciones de intimidad, deberían preguntarse a sí mismos y a las instituciones de las cuales forman parte, si pueden y quieren asumir la responsabilidad de todo el trabajo colateral que comporta una intervención dirigida a los hombres que usan violencia (Blacklock, 2001). Esta amonestación puede válidamente ser transferida a aquellos países e instituciones que desean desarrollar estrategias de intervención dirigidas a hombres que usan violencia contra sus parejas.

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Es evidente que sin una precisa y explícita voluntad política se podrá hacer muy poco. El “humus” (el campo fértil), que en los años de 1970, primero hizo posible la apertura de las casas-refugio para mujeres y sucesivamente de programas para hombres estaba constituido por la presencia de un contexto social y político que había asumido la importancia de las cuestiones expuestas por el movimiento de las mujeres. Desde entonces, el contexto ha cambiado; pero argumentar, como ha surgido de la investigación, que ahora ya las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres, que existen acciones de iguales oportunidades a su favor, servicios dedicados a ellas y, en algunas naciones, también leyes específicas para combatir la violencia masculina en la pareja, es un modo de normalizar el comportamiento violento. Así como decir que un


planteamiento pro-feminista ya no es justificable hoy. Quien usa estas argumentaciones contribuye a legitimar la violencia masculina. El conflicto entre hombres y mujeres está siempre presente, pero tenemos la necesidad de utilizar medios más sofisticados y profundos para leer y dar respuesta a su versión modificada actual, que es una mezcla de lo viejo y de lo nuevo.Además es necesario ser conscientes de que no son sólo los proyectos de nuestra muestra los que argumentan que la violencia no es un signo sólo masculino, que también las mujeres pueden ser violentas. El conflicto está presente también en la comunidad científica77, donde se encuentra en curso una lucha respecto al fundamento y la eficacia de continuar razonando y operando en clave la violencia de género. La sociedad tiende a normalizar los comportamientos masculinos violentos, y mirar como una herencia del pasado el enfoque de género y la planificación pro- feminista de las intervenciones para resolverlo.

Cualesquiera que sean las intervenciones que se piensan usar para volver visible la responsabilidad masculina en el campo de la violencia contra las parejas o ex parejas, y para implementar programas específicos dirigidos a ellos, toda decisión debería ocurrir de la forma más participativa posible, teniendo en cuenta lo que la investigación ha producido en clave de una recuperación de interés sobre el fenómeno, de la construcción de relaciones entre personas y de intercambios entre instituciones diversas. Lo que es cierto es que es necesario continuar en el trabajo del entramado social y de la investigación de soluciones concretas. El debate se ha retomado y relanzado, se han creado expectativas en muchas personas. Es necesario dar continuidad a todo esto.

77 ���������������������������������������������������������������������������������� Para dos diferentes perspectivas sobre este punto, ver Jalna Hammer (2009); y Babcock J.C., Canady B.E., Graham. K., y Schart (2007).

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PARTE 3. LA VIOLENCIA EN LAS RELACIONES ÍNTIMAS: LA RESPONSABILIDAD MASCULINA.


09. Nuevas estrategias y viejos obstáculos en la lucha contra la violencia machista. Rubén Sánchez Ruiz


09. Nuevas estrategias y viejos obstáculos en la lucha contra la violencia machista. Rubén Sánchez Ruiz1* No podemos negar que desde los años 70 hasta hoy, se ha avanzado en la concienciación de la violencia machista como problema social, a través de su visibilización , creando jurisdicción que va más allá de la vía penal, (Ley 1/2004, Ley27/2003, Llei 5/2008), con campañas de sensibilización, la creación de servicios especializados (Centros de Intervención integral, Juzgados de Violencia contra la Mujer, Observatorio de la Violencia de Genero, Puntos de Información y Atención a Mujeres,…) en gran parte del Estado español, pero aún así resulta interesante analizar que sucede con todas estas nuevas medidas y con el funcionamiento de estas nuevas instituciones, debajo de esta presunta realidad más sensibilizada. L@s profesionales que trabajamos diariamente en primera línea observamos que no se ha avanzado tanto respeto a la credibilidad de las mujeres que son víctimas de violencia machista y acuden a denunciar, y tampoco en la instrucción en este tipo de casos. Nos encontramos cada día que delante de casos evidentes no se dictan medidas de protección, aunque el marco legal permite dictar medidas contundentes (suspensión del régimen de visitas, órdenes de alejamiento, prisión provisional…) se continúan juzgando hechos aislados, restándole importancia, y no procesos de violencia, existe miedo profesional a mostrar el rechazo radical, y eso les lleva a perder objetividad, apoyando sus actuaciones en estereotipos sexistas. Los diferentes prejuicios y estereotipos impiden directamente el avance en la credibilidad de las mujeres víctimas de la violencia machista, éstos

Psicólogo de la Oficina de Atención a la Víctima del Delito de Barcelona, Formador y 306 coordinador sobre Violencia Machista en el Instituto de Seguridad Pública de Catalunya. *


tienen suficiente fuerza para crear una resistencia a considerar la violencia de género como un problema común dentro de las estructuras familiares y de pareja. Se continúa asociando los métodos violentos al “otro”, al extraño, al exogrupo, al “inculto”, nunca en nuestra propia casa, en nuestra familia. La familia continua idealizada como núcleo sagrado y privado, fuente de felicidad y satisfacción de las necesidades básicas. La negación del problema es uno de los mecanismos de adaptación más utilizados tanto en víctimas como agresores. Se necesita mucha valentía y conciencia para reconocer que todas las personas por el simple hecho de pertenecer a un orden patriarcal podemos desarrollar y sufrir conductas violentas, conductas abusivas en las relaciones sociales. La obediencia unidireccional, la teoría del amor romántico, la caridad/ sacrificio/sumisión/compasión cultivadas por el catolicismo y conservadorismo pueden ser terribles armas dónde sustentar la violencia y perpetrarla con total impunidad. Todavía la opinión pública y muchas instituciones no aceptan estos factores como causas reales de la violencia intrafamiliar, así como tampoco la socialización de género diferenciada desde la niñez, que favorece la construcción de unos roles y valores desiguales, asimétricos en niños y niñas. Continúa siendo difícil aceptar y llegar a procesar que la misma persona que te dice que te quiere te está destruyendo día a día. Otro de los factores clave por entender el lento cambio a nivel de creencias sobre la violencia es la ignorancia sobre la importante influencia de la imagen de la mujer en los medios de comunicación como “mujer objeto para el deseo sexual”, que condiciona tanto la autoestima de la misma, como la interacción con los hombres y la interacción entre las propias mujeres. Con esta lucha esclava por la “imagen perfecta” se intenta destruir un sentimiento colectivo ante de la discriminación social de género, no se quiere cambiar el concepto sobre “mujer objeto” porque desestabilizaría el sistema actual de creencias suponiendo una auténtica revolución en todos los niveles (económico, político, moral, social). En este mismo sentido los hombres tienen que manifestar públicamente

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el rechazo al orden machista, está pendiente una reconstrucción de la identidad masculina violenta, que trabaje la responsabilidad y la gestión de las emociones hacia la libertad del amor sin violencia. Continúa existiendo la dicotomía entre violencia legítima e ilegítima, la primera es la ejercida por un nivel social superior de poder hacia el que está en un estamento inferior, de arriba abajo, por un lado continuamos hablando de guerras (violencia política “oficial” ) y por otro de terrorismo (violencia antisistema), se continúa diciendo “crimen pasional por celos del marido” en vez de “feminicidio”, continuamos viendo y promocionando la pornografía actual sexista en vez de considerarla violencia sexual y fábrica de potenciales agresores sexuales. En esta mirada que tenemos sobre la violencia machista es importante no pasar por alto el tratamiento mediático actual de las noticias sobre violencia de género, del mismo modo que con otros temas importantes tienen el único objetivo crear espectáculo, confundir y buscar la morbosidad. No hay debates serios, sólo cuando se acerca el 25 de noviembre, Día internacional contra la Violencia de Género, puedes visionar algún programa de profundidad. Con el bombardeo de noticias mal enfocadas se está creando una alarma social, no una concienciación verdadera y útil, porque se induce miedo, las mujeres que todavía sufren la violencia sienten auténtico terror, la idea que su agresor la mate si se atreve a denunciar o a separarse, y por lo tanto bloquea y paraliza a la mujer que vive la violencia a diario dentro su hogar. También en la opinión pública provoca una anestesia parecida a la actitud pasiva que nos produce que cada día haya atentados en la guerra de Irak, terrorismo de Estado en Palestina, o que mueran miles de personas constantemente por hambre y enfermedades curables en África. También hay que reconocer que habían dos campañas en los mas media muy acertadas, y que realmente han mostrado las creencias sobre el mundo de la pareja y el abuso psicológico más sutil: La de “talla amb els malrotllos” y también la campaña “la ley actúa”, “Cuando golpeas a una 308 mujer dejas de ser hombre”, las cuales responsabilizan a la mujer, a la


familia, al hombre agresor y al sistema judicial, de romper con la situación violenta, dando una visión más global del problema, y en positivo, mostrando que hay salida posible, que hay alternativas al infierno del hogar violento. Que una mujer puede denunciar y le pueden dar protección ( a nivel civil, social, o penal). Lo que me parece totalmente incoherente y perjudicial es que la misma cadena Telecinco, que hacía esta última campaña de la ley “actúa” acostumbra a transmitir valores machistas y sexistas en muchas de sus series, y escenas de violencia extrema en muchos de sus programas y noticiarios. También es verdad que se ha mejorado mucho la atención policial, la recogida de información de la denuncia, ahora quedan reflejados los sentimientos de la mujer, el miedo, el pánico, las secuelas y consecuencias de sufrir esta violencia, son atestados mucho más completos, con información de la historia del maltrato y no únicamente la última agresión o hecho más reciente, que potencia la visión de la violencia machista como proceso. También se intenta tener más seguimiento de aquellos casos que tienen medida judicial (Orden de protección) y de aquellos donde el riesgo es especialmente elevado se puede gestionar una protección policial de 24h (Aunque existen hoy en día mujeres víctimas que viven en la clandestinidad por miedo). Pero todavía muchos profesionales guiados por estereotipos juzgan determinadas reacciones como incoherentes, por ejemplo retirar la denuncia , sentir pena por el agresor, quererle ayudar, cuidarle, mostrar ambigüedad y/o inseguridad en la declaración como una falta de veracidad de los hechos, como veremos más adelante es importante que los profesionales y la sociedad en general sean conscientes de que estas reacciones son propias de las secuelas del sufrimiento de la violencia (síndrome de la mujer maltratada) y malos tratos sufridos, son un buen indicador que evidencia que la mujer todavía está en la espiral y ciclo de la violencia. Algunos de los estereotipos más arcaicos se están eliminando, (“la violencia doméstica corresponde a familias de clase baja y con poco nivel económico/cultural”), otros por desgracia continúan vigentes o evolucionan

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camuflados con un nuevo lenguaje (“síndrome de alienación parental”, “48% de denuncias son falsas”, “los maltratadores son psicópatas”, “las mujeres denuncian para obtener beneficios en la separación”, ) estos estereotipos lamentablemente tienen mucha fuerza y continúan presentes en la mentalidad de muchos/se profesionales (psicólog@s, médic@s forenses, policías, fiscales, abogad@s, jueces/as, oficiales, trabajadores/ as sociales, etc) que trabajan diariamente con este problema social. Todos estos profesionales tienen la obligación moral y responsabilidad de trabajar e intervenir para construir una red social, coordinarse e interactuar conjuntamente y en colaboración con otros recursos públicos y privados, aunque en sus funciones o en sus respectivos programas de las instituciones dónde trabajan no quede explicitado como objetivo propio. El trabajo en red, horizontal no solo se construye desde arriba, desde los altos mandos o cargos políticos, no son suficientes las declaraciones políticas o los protocolos de buenas “intenciones”, hace falta que cada cual de nosotr@s, partiendo de una responsabilidad profesional individual nos impliquemos día a día en esta meta. La duplicación de funciones y de intervenciones entre servicios que intervienen contra la violencia machista, es otra de las dificultades en este campo y fuente de burn-out, la inexistencia de recursos específicos en muchas zonas geográficas , la saturación de los ya existentes, ahora también hay que coordinarlos, gestionar límites y sumar esfuerzos para la recuperación integral de las víctimas directas e indirectas ( hij@s) y para la reeducación desde una perspectiva de género de los agresores machistas. Esto supone hablar de procesos de trabajo largos en el tiempo, personalizados, y no actuaciones puntuales fruto de ansiedades alarmantes, significa trabajar en la calidad de la intervención y no sólo datos estadísticos para conseguir votos, y como se puede deducir prioritarias grandes inversiones económicas.

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Es imprescindible desarrollar , a través de documentos y de formación especializada crear una actitud valiente en l@s diferentes profesionales , y transmitir que por el hecho de trabajar diariamente contra la violencia nos


convertimos en agentes de concienciación social, y por lo tanto tenemos la obligación moral de romper las barreras burocráticas, la competitividad institucional, la jerarquía en las comunicaciones intra e interinstitucional, tenemos la responsabilidad de buscar y crear nuevas formas y métodos de trabajo, fuera del orden machista que todavía hoy legitima y promueve la misma violencia de género. Para trabajar de forma digna con perspectiva de género la concienciación social, hace falta previamente una formación especializada, en este sentido es bien cierto que han aumentado los cursos, las jornadas, los postgrados e incluido asignaturas especializadas optativas en diferentes estudios universitarios del área social y de la salud ( personalmente creo que debería ser troncal tanto en los estudios de primaria, secundaria, formación profesional y superiores), pero paralelamente cada persona debe realizar un ejercicio personal de reflexión, no es suficiente la buena voluntad, es necesario y yo me atrevería a decir que imprescindible un sincero examen de conciencia, de revisión de creencias, sentimientos y conductas para adoptar un punto de vista crítico y sincero sobre la realidad que nos rodea, es decir sobre la discriminación actual que sufre la mujer en todos los ámbitos de nuestra sociedad, como la identidad de género se construye a través de la educación, poner de manifiesto qué patrones, valores y roles facilitan la discriminación a través de la diferencia, y por lo tanto considerar actualmente a la mujer como colectivo en situación de exclusión social, cualquier agresión que sufre una mujer individualmente es una agresión al género mujer, está perjudicando potencialmente a todas las mujeres y así también a todos los derechos de las personas y al bienestar de la sociedad en su conjunto. La perspectiva de género comporta una filosofía antiautoritaria , crítica, que permita trabajar en un mismo plano dónde no hay niveles de poder, donde la comunicación sea fluida, transparente y cómo podéis ver no todo el mundo está dispuesto a renunciar de sus privilegios y estatus. La sensibilidad en l@s profesionales va despertando lentamente respecto las condiciones en que se encuentra una mujer cuando sale de la situación violenta, esta nueva visión ha de llegar a todas las instituciones y también al mundo laboral, a las empresas, y sobre todo a los servicios de salud

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pública y privada, puesto que las mujeres se encuentran en un nuevo juicio y nueva persecución, el concepto de baja laboral se está desprestigiando, cuando en estos casos todavía es más importante la baja laboral como derecho por la vulnerabilidad y situación estresante extrema vivida, trasmitir que hace falta tiempo para estabilizarse y poder rendir al máximo nuevamente, es necesario respetar el proceso de salida y la construcción que hace la mujer de su nuevo proyecto vital en libertad fuera del dominio machista intrafamiliar. Por desgracia la psicología no está siendo un revulsivo para el mundo judicial , su incorporación progresiva se convierte en un instrumento más de victimización, cuando la víctima de violencia entra dentro del circuito penal y civil, el sistema judicial aparece como único descubridor de la verdad absoluta, frustrando sus expectativas, porque la continúa culpabilizando a la mujer como víctima de su situación, y/o se va al otro extremo, a victimizarla de tal forma que llega a anular su capacidad de decisión, y no la considera como agente activo y protagonista de su vida. Así como la perspectiva feminista es imprescindible para entender la violencia machista en el campo social y judicial, la perspectiva de la resiliencia y el buen trato (J.*Barudy, B.*Cyrulnik 79 ) en el campo de la psicología y la salud son los que ayudan a adelantar hacia un nuevo paradigma de intervención y seguir luchando contra este problema universal. Cualquier otro punto de vista teórico “neutral” u “objetivo” fomenta unos códigos y valores contaminados por un orden social machista y violento, por lo tanto basado en normativas absurdas, luchas de poder y resolución de los conflictos por la vía violenta, por la fuerza o por la imposición.

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Por el contrario la discusión, el diálogo y el peso de las emociones, como la empatía, la comunicación asertiva y la negociación todavía no tienen la fuerza suficiente. El pensamiento único arrastra, empuja hacia la estadística, hacia dar más valor a los datos y las gráficas que a las personas. En cambio la calidad y la creatividad en la intervención es una herramienta que rompe con las cadenas rutinizadas, rompe con las defensas y resistencias del modelo pasado. La revisión metodológica debe


ser fluida, flexible a los nuevos cambios legales, para que sea pragmática al máximo y esté enfocada a la intervención coordinada con el único objetivo de acompañar y fortalecer a la mujer que se encuentra en procesos de violencia y respetar su decisión. Una de estas resistencias del pasado es la conservación de programas y servicios, que se disputan la propiedad de las víctimas de la violencia de género, las necesitan como datos para justificar la existencia como recurso, y esto vuelve a colocar a mujer en un papel secundario, pasivo, manipulable, el mismo del cual ella quiere salir, el que imponía el maltratador con su violencia desde el principio de la relación de pareja. Por lo tanto se evidencia la necesidad de formar también a los mandos superiores, coordinadore/as y responsables de las diferentes instituciones que son l@s que muchas veces dan el visto bueno a la creación de programas y servicios especializados. Está muy bien que a nivel político se hagan declaraciones de buenas intenciones, discursos, esto significa que el problema existe, ahora ha llegado el momento de pasar a la acción. Considero que una de las causas que provoca resistencia en la modificación de estereotipos y mitos es el burnout de l@s profesionales, que no están suficientemente formad@s, que tienen serias dificultades para canalizar el desgaste psicofísico que produce trabajar contra la violencia , cargando muchas veces esta frustración contra misma persona en situación de vulnerabilidad, la misma mujer víctima, produciendo segundas y terceras victimizaciones. Por lo tanto en todos los servicios especializados en violencia de género y violencia en general ya deben tener un conjunto de medidas de autocura para l@s profesionales que forman el equipo, con supervisión de los casos más complejos, con formación continuada y especializada, con horarios flexibles que respeten el descanso , con buenas condiciones laborales y económicas que garanticen estabilidad, constancia y motivación necesaria para trabajar de forma continuada y comprometida. El trabajo dentro de una misma red horizontal de intervención, donde

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se conozcan y se consensúen los diferentes referentes de todas las áreas en relación con la violencia, no sólo de l@s representantes institucionales , sino también de l@s trabajadores/as de base, que pueden apoyarse mutuamente en función del área donde tengan que intervenir, compartir materiales, conocimientos y metodologías creativas, que tengan claros los límites, las funciones y los circuitos establecidos, es la única vía posible para avanzar de forma diferente, imaginativa, profesional, y constructiva contra la violencia machista.

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10. Algunas reflexiones sobre los programas de intervención con hombres que utilizan la violencia contra sus parejas

Beatriu Masià. Grup Tamaia dones contra la violència


10. Algunas reflexiones sobre los programas de intervención con hombres que utilizan la violencia contra sus parejas Beatriu Masià. Grup Tamaia dones contra la violència Presentación. Tamaia. Mujeres contra la violencia, a través del Programa de atención individual y grupal a mujeres maltratadas, da soporte continuado al proceso de recuperación de las mujeres que han padecido diferentes formas de abuso en las relaciones de pareja.Las aportaciones y reflexiones que se reflejan en este artículo en relación al trabajo con los hombres que utilizan la violencia estarán condicionadas por las informaciones que las mujeres nos transmiten sobre el proceso de abuso que viven. Hemos de remarcar que las mujeres que acuden a los espacios de atención de la entidad, y con nosotras, no pueden obtener ningún beneficio, entendido éste como mejoras en el ámbito civil o penal, por el hecho de venir. Es decir, el hecho que una mujer que ha pasado por una situación de abuso continuado, invierta años y tiempo de su vida en recuperarse, no se considera una prueba, por ejemplo, de que haya vivido esta violencia. Los únicos beneficios que las mujeres obtienen de la atención que reciben tiene que ver con la elaboración personal y su proceso de recuperación de la violencia vivida. 10.1 INTRODUCCIÓN.

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Hay un discurso bastante compartido, al menos en nuestro país, que considera a los grupos de mujeres que trabajan con las mujeres que han vivido o viven violencia machista como contrarios a cualquier tipo de intervención con los hombres que han ejercido esta violencia. Esta consideración se percibe por parte de muchos agentes sociales y jurídicos. Se argumenta que estos grupos de mujeres no están de acuerdo en que se


haga este trabajo porque eso puede, o podría, restar recursos económicos al trabajo con las mujeres. Es importante hacer constar que los grupos y las organizaciones feministas han sido insistentes en demandar que se articularan medidas alternativas a la estricta penalización. Ciertamente éste es un tema controvertido: ¿cuál debería de ser la prioridad a la hora de destinar los recursos económicos, en la recuperación y reparación de las mujeres que padecen la violencia o en la rehabilitación de los hombres que la utilizan? Entendemos que la solución no pasa por excluir a unos o a otros, sino por dotar de recursos suficientes los dos ámbitos de intervención. Pero, actualmente los recursos económicos y psicosociales que se dedican a la problemática no son los suficientes para garantizar las intervenciones que actúan en este doble sentido. Por tanto, el debate sobre esta cuestión es un debate estéril en el sentido que sitúa como excluyente una parte o la otra, nos desvía de la posibilidad de tener una mirada más ecosistémica sobre el problema y nos impide avanzar en la búsqueda de soluciones efectivas a largo termino. Consideramos que en todo caso, el planteamiento debería de ir en la dirección de preguntarnos sobre las mejoras estrategias en los dos aspectos, para avanzar en la erradicación de la violencia machista en las relaciones de pareja. En este sentido entendemos que los programas dirigidos a los hombres que utilizan la violencia no se han quedar en la intervención con los hombres que ya están en procedimientos penales, sino que han de ser más amplios y han de considerar la prevención, ya que como sabemos el recurso a la utilización de la violencia por parte de muchos hombres forma parte de la normalidad y la cotidianeidad de nuestra cultura.

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10.2 VALORACIÓN DE LOS PROGRAMAS DIRIGIDOS A HOMBRES. Desde nuestra entidad creemos que a la hora de valorar los programas dirigidos a hombres que han maltratado, física o psicológicamente a sus parejas, se deberían de distinguir entre los programas que se proponen a los hombres en el ámbito penal y como medida alternativa o paliativa de la condena, y los programas que, no sólo no entran en el ámbito de lo penal, sino que la realización de los cuales no comporta ninguna otra compensación que la propia decisión y la voluntad de reconocerse como un agresor y poder hacer un trabajo personal en este sentido. Esta distinción creemos que es importante, ya que desde una perspectiva clínica sabemos la importancia que tiene la decisión y la voluntad de iniciar un proceso terapéutico y el compromiso personal que comporta, en el sentido que el objetivo no es tener unos beneficios inmediatos sino entrar en un proceso de cambio y transformación individual y social. En cambio cuando el proceso terapéutico está vinculado directamente a determinados beneficios penitenciarios o legales que pueden comportar el proceso de implicación es diferente. No queremos decir con esto que estos programas no tengan ningún efecto sobre el hombres que participan, sino que, nuestra duda está en la efectividad de los mismos para promover cambios suficientes como para dejar de lado la utilización del abuso en las relaciones de pareja. En general sabemos que el nivel de responsabilización que asumen estos hombres sobre la utilización de la violencia es bajo y muchas veces el hecho de participar en algún programa o curso puede utilizarse en beneficio propio, en nuevas situaciones abusivas. Nos preguntamos también sobre la efectividad de proyectos que tienen un tiempo definido, entre seis meses y un año, y en los que difícilmente tienen una continuidad. Cuando un hombre ha estado utilizando la violencia contra su pareja durante 10, 15, 5 años difícilmente modificará su 320 conducta con un proceso terapéutico de corto plazo, situación que es difícil


de saber si tenemos en cuenta que se hacen seguimientos a largo plazo de hombres que participan en estos programas. Otro aspecto importante a considerar, es el efecto que tiene en las mujeres y las expectativas que puede despertar, la participación de sus parejas o exparejas en estos programas, especialmente cuando todavía están en convivencia. Sin haber hecho ningún estudio riguroso sobre este hecho, pero sí desde la experiencia de 16 años de trabajo con mujeres maltratadas por sus parejas, hemos podido comprobar que a muchas mujeres les genera una expectativa que pocas veces se cumple: el retorno a una convivencia sin abuso. Eso es especialmente significativo cuando estos programas se realizan en el ámbito penal, ya que las posibilidades de cambio del hombre se pueden asociar al hecho de que hay un “poder” que les obliga a un proceso que ellos nunca han querido hacer voluntariamente, pese a que sus parejas les han pedido y dado muchas oportunidades. Las expectativas de las mujeres, algunas veces pueden devenir en riesgos ya que, una vez más, él obtiene elementos para jugar a su favor y especialmente en el entorno social más próximo, puede significar poner en duda lo que la mujer relata. El argumento “he estado en un grupo” puede ser recurrente en aquellos casos en que el maltrato continua pero de forma más sutil. También vemos que cuando un hombre entra en alguno de estos programas y todavía está en convivencia se genera una situación que puede alargar el ciclo de la violencia, en la medida que muchas mujeres se pueden sentir requeridas de más paciencia delante de un posible cambio, de él. Para las mujeres podría parecer que las promesas de cambio, tantas veces dichas, se pueden finalmente cumplir, evidentemente es necesario especificar que estamos hablando de relaciones de pareja en que el abuso tiene una larga trayectoria. Sabemos que, cuando los hombres entran en alguno de los programas de tratamiento, los abusos no se detienen inmediatamente, especialmente los psicológicos, económicos, sociales que pueden continuar. Eso puede ser muy confuso para la mujer, si no tiene ningún tipo de apoyo para ella, situación que hace que el proceso se pueda alargar y que tenga efectos

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más perversos para ella. Por ejemplo que el entorno social más cercano no entienda la actitud de distanciamiento de ella y su decisión de continuar adelante con los procesos legales cuando él hace pública su participación en un programa, o cuando en la relación interpersonal él la confunde manteniendo un nivel de sutil de abuso y a la vez le recuerda que ya esta haciendo muchos esfuerzos, acusándolo de que nunca tiene suficiente. Otro elemento de reflexión sería ver los efectos que tiene, sobre los operadores jurídicos en las resoluciones civiles, la participación de los hombres en estos programas. Queremos decir que puede haber una valoración sesgada una vez más, por el género en el sentido que los hombres que entran en programas son frecuentemente bien considerados y valorados por los operadores jurídicos y sociales, y en cambio las mujeres que recurren a programas de ayuda y recuperación son vistas como necesitadas y con una cierta duda sobre la veracidad de lo que dicen. Evidentemente se obvia que las necesidades de las mujeres maltratadas está en estrecha relación con el abuso padecido. Otros elementos importantes a considerar en relación a los programas para hombres han de situarse en los esfuerzos, los objetivos, la duración y la especialización de los y las profesionales y la permanecía de los equipos. Todos estos elementos que definen la calidad y la efectividad en última instancia de los programas dirigidos a hombres. Un hombre que ha estado ejerciendo violencia contra su pareja durante un largo período, años, difícilmente hará un cambio profundo en un programa de 12 meses por ejemplo. Especialmente si participa en este programa desde la perspectiva de obtener beneficios en la condena.

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No hemos de olvidar que uno de los elementos más relacionados con la percepción de la legitimidad para la utilización de la violencia es el poder. Por tanto podemos entender que los hombres que participan en los programas dentro del ámbito penal, en el cual están envueltos de iguales con los que en todo caso el poder se demuestra de otras formas, ya que los códigos de comportamiento son otros.


Consideramos que no se puede minimizar el arraigo de las creencias individuales que cada uno de estos hombres tiene sobre las prácticas de la masculinidad hegemónica, incluida la utilización de la violencia, en las relaciones afectivas e interpersonales, muchas de las cuales son toleradas socialmente. Todas estas observaciones, no son para invalidar el trabajo con los hombres, sino para cuestionar algunas prácticas que se pueden situar como a meritorias sin tener información exhaustiva del posterior comportamiento en relación al uso de la violencia por parte de los hombres que se han beneficiado, prácticas que a menudo no tiene en cuenta si se realiza un seguimiento por ejemplo, a la salida de la prisión o a más largo termino, o si reinciden, etc. Aún así pensamos que sería interesante entrar en una reflexión sobre la conveniencia o no de los beneficios penales de estos hombres por el hecho de participar en algunos de estos programas. No tanto por la creencia de que el ámbito penal pueda resolver esta problemática sino por la percepción de la gravedad de sus actos. Han muerto demasiadas mujeres por este motivo y sabemos por las mujeres que las penalizaciones blandas son utilizadas como amenaza por los hombres y tiene un fuerte impacto en las mujeres que pueden estar en proceso de separación. Además, como terapeutas, se nos crea la duda sobre si los beneficios penales pueden desvirtuar los beneficios terapéuticos, en el sentido que situábamos al principio. También, como colectivo que realiza un trabajo psicosocial y que entiende la necesidad de la prevención, queremos reflexionar sobre una excesiva focalización en los hombres que están identificados como ejecutores de violencia contra las mujeres, ya que si bien es necesario, no es suficiente. Queremos decir que el discurso ha de ir más allá, en el sentido de que hemos de descodificar toda justificación a la utilización de la violencia contra las mujeres y los/as menores, y eso quiere decir acabar con el amparo y la cobertura legal, social y mediática que se hace del tema.

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En la realización de los talleres de prevención dirigidos a adolescentes y jóvenes, algunos y algunas expresan con claridad, saben qué es un abuso y no están dispuestos ni dispuestas a tolerarlo. Otros expresan confusión, el abuso está tan presente en su cotidianeidad que no pueden diferenciar aquello que es abuso de lo que no lo es y se minimizan con facilidad algunos abusos. Unos y otros viven rodeados de una sociedad muy tolerante con el abuso dentro y fuera de la familia. Frecuentemente, ejemplos de abusos sutiles son identificados como conductas normales. Creemos que este es un nivel básico en la descodificación de la violencia; que los jóvenes, pero también los adultos, podemos entablar un diálogo respecto a la tolerancia social al abuso en sus diferentes manifestaciones, y especialmente en el que se ejerce contra las mujeres. Nos reafirmamos así en la propuesta de la necesidad de recursos suficientes para promover la reflexión en torno a la violencia y especialmente de la relación entre masculinidad hegemónica y utilización del abuso contra quien se percibe diferente.

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Bibliografia Echeburúa, Enrique. “Personalidades violentas” Ed. Pirámide, Madrid 1996. Miedzian, Myriam. “Chicos son, hombres serán”.Cuadernos Inacabados, Ed. Horas y horas. Madrid 1995.


11. La responsabilidad masculina por la violencia contra la (ex)pareja. Ricardo RodrĂ­guez Luna


11. La responsabilidad masculina por la violencia contra la (ex)pareja Ricardo Rodríguez Luna1* 11.1 INTRODUCCIÓN. La violencia ejercida por el hombre contra la mujer que es o ha sido su pareja sentimental, entre otras cuestiones, ha propiciado el desarrollo de medidas específicamente orientadas a los varones que han utilizado esta forma de violencia. Sin embargo, dichas medidas han consistido básicamente en medidas jurídico-penales y/o vinculadas al sistema de justicia penal. El claro ejemplo, además de la legislación penal en la materia, consiste en la creación de programas específicos para hombres sentenciados por dicho delito, y que son realizados comúnmente dentro de prisión y/o como una medida penal alternativa. También existen centros que ofrecen programas sin estar vinculados al sistema de justicia penal, no obstante, están lejos de tener una presencia importante en la vida de los varones, hayan o no ejercido violencia. Las estrategias dirigidas a los varones, aún cuando muestran una cierta variedad en cuanto a su diseño, duración, modalidades, perspectivas, etc., de alguna forma, pretenden que el hombre tome conciencia de sus comportamientos violentos. Esta concienciación y/o responsabilización es por mucho, uno de los aspectos más importantes que persiguen las estrategias en torno a la violencia de género. No obstante, es frecuente que se obvie en qué consiste dicha responsabilización, o bien, se sugiere que ésta reside esencialmente en el cese de las agresiones y/o aceptar que se

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* Grup de recerca Antígona. Drets i societat en perspectiva de gènere (www.centreantigona. org). Universitat Autònoma de Barcelona. Departament de Ciència Política i Dret Públic.


ejerció violencia. Sin duda, tal reconocimiento es un paso necesario en la responsabilización por la propia violencia. Sin embargo, cabe cuestionar en qué consiste ésta, investigar con qué elementos de la vida cotidiana se vincula, así como relacionar estos elementos con las desigualdades entre hombres y mujeres, y a su vez, indagar cómo estas asimetrías influyen en el ejercicio de la violencia. El objetivo de este artículo es indagar sobre la responsabilidad masculina por la propia violencia contra la (ex)pareja. La perspectiva desde la cual se aborda esta temática plantea cómo la definen, asumen y/o transmiten, los/ as profesionales que trabajan y/o desempeñan actividades en servicios de atención a hombres que han ejercido esta violencia y/o mujeres que la han padecido. Este punto de vista se desarrollará a partir de las entrevistas y grupos de discusión llevados a cabo a lo largo del proyecto MUVI; además, se tiene en cuenta el punto de vista de quienes participaron en las jornadas y reunión del grupo de expertos/as que se realizaron en torno a este proyecto. En primer lugar, en este artículo, se hará referencia a la forma en que se está fomentando la responsabilidad de los hombres delante de la violencia de género, en el contexto de la Unión Europea, España y Cataluña. En segundo lugar, se explicará cómo fue comprendida tal responsabilidad por los/as profesionales entrevistados a lo largo del trabajo empírico. Finalmente, se plantea una reflexión final en torno a la responsabilidad masculina por su propia violencia.

11.2 EL FOMENTO A LA RESPONSABILIDAD DE LA VIOLENCIA MASCULINA EN EL MARCO DE LA UNIÓN EUROPEA. La violencia de género es un problema social que en las últimas décadas ha propiciado la declaración de recomendaciones internacionales, la promulgación de leyes nacionales, planes estratégicos, programas, etc. El

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objetivo principal de estas medidas ha sido el desarrollo de los derechos de las mujeres, así como de los/as menores. Sin embargo, en los últimos años ha cobrado importancia el debate sobre cómo fomentar la responsabilidad de los hombres delante de la violencia de género y específicamente, por aquella que ejerce el hombre contra su propia (ex)pareja. Al respecto se han pronunciado algunos organismos internacionales, como es el caso de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o el Consejo Europeo (CE). De igual forma, se han desarrollado algunas estrategias –aunque principalmente jurídicas- en diversas naciones, tal es el caso, por ejemplo, de España y Cataluña. Una revisión general de estas estrategias permite identificar aspectos sobre los que se pretende incidir, con el objetivo de fomentar la concienciación y/o sensibilización del hombre delante de la violencia de género: a). El compromiso proactivo de los hombres en el ámbito públicosocial. En este sentido, se ha recomendado involucrar a los hombres (y niños) en estrategias preventivas de la violencia contra la pareja280;

aumentar la concienciación masculina en torno a cuestiones de género381; así como fomentar masculinidades desvinculadas de la violencia y ligadas a concepciones de respeto a los derechos de las personas82. Las recomendaciones que apuntan en este sentido, podría decirse, tienen el objetivo de generar una masa crítica masculina que ejerza y/o impulse un cambio de los hombres contra la violencia de género. En diferentes naciones europeas, estas recomendaciones se han plasmado 80

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La ONU, por ejemplo, ha planteado la necesidad de “comprometer proactivamente a los hombres y a los niños en la elaboración y la aplicación de estrategias para la prevención de la violencia masculina contra la mujer”. Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas. “Estudio a fondo sobre todas las formas y manifestaciones de violencia contra la mujer”; doc. No. A/61/122Add.1, pp.114 81 La comisión encargada del seguimiento a la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer ha destacado “la necesidad de mejorar la concienciación para equipar a los hombres con aptitudes y conocimientos concretos sobre las cuestiones de género y movilizar una masa crítica de hombres que ejerzan como agentes para un cambio positivo”. Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer. 48º período de sesiones. Mesa redonda sobre el papel de hombres y niños en el ogro de la igualdad entre los géneros; doc E/CN.6/2004/ CRP.10., pp 2.


en un conjunto de variadas acciones, planes, legislaciones, etc. En el caso español, por ejemplo, destacan los planes de sensibilización83 que pretenden introducir en el escenario social “una escala de valores” basada en la igualdad entre hombres y mujeres. Por su parte, en Cataluña, la Ley del derecho de las mujeres a erradicar la violencia machista84 plantea como objetivo “la erradicación de la violencia machista y la remoción de las estructuras sociales y estereotipos culturales que la perpetúan”. b). El compromiso proactivo de los hombres en el ámbito de la vida cotidiana. La UE, así como en España y Cataluña, ha señalado aspectos vinculados a la vida cotidiana de los individuos, en donde considera necesaria la implicación masculina para combatir las diferencias y estereotipo de género. En este sentido, se han señalado las necesidades de una mayor participación de los hombres en las actividades “domésticas y familiares”; la compatibilidad de la vida laboral y familiar; el cuidado de los demás (especialmente de los/as menores) y de sí mismos; también se ha señalado cómo algunos estilos de vida tradicionalmente masculinos comportan “disparidades en los riesgos sanitarios”. Quizás uno de los aspectos de mayor importancia es que los hombres se den cuenta de los beneficios que tiene para ellos mismos y la sociedad en su conjunto, el fomento a la igualdad de género, así como la implicación masculina en su consecución y la responsabilización del hombre por la violencia ejercida contra su propia (ex)pareja485. c). La intervención penal. La UE ha recomendado a los Estados miembros la combinación de medidas “sancionadoras” y preventivas, así como prestar especial atención a éstas últimas, sobretodo cuando se dirijan a jóvenes y niños. No obstante, se ha destacado la necesidad de la realización de “programas de intervención para autores de actos violentos” , cuyo objetivo es promover que los autores de estos actos violentos adopten “un patrón de conducta sin violencia, ayudándoles a tomar conciencia de 85

Consejo de la Unión Europea. Sesión no. 2767 del Consejo. “Empleo, Política Social, Sanidad y Consumidores”, Doc C706/330, Bruselas, 2006., pp. 32-35

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sus actos y reconocer su responsabilidad”586. En España, el actual Código Penal, a través de diversos tipos penales687, regula la violencia contra la mujer en la pareja. Es importante decir que la ley prevé la puesta en marcha, dentro de los centros penitenciarios, de programas específicos para internos condenados por violencia hacia la mujer en el ámbito de sus relaciones sentimentales. En Cataluña. Tal como se ha señalado en el apartado relativo al informe del caso español, el desarrollo de estos programas se ha dado a través de la puesta en marcha del Programa de Violencia Doméstica (VIDO)788. No obstante el conjunto de resoluciones, recomendaciones, planes, etc., se ha señalado respecto de las medidas penales, que aún cuando se han adoptado estrategias positivas en relación con la violencia de género, es “absolutamente necesario y urgente establecer un marco legislativo europeo en esta materia”889. En el ámbito de los programas para hombres también se ha señalado, la necesidad de crear y evaluar este tipo de programas, así como medidas preventivas y el establecimiento de “indicadores sobre la violencia doméstica”. 86

Comité de Ministros del Consejo de Europa, recomendación Rec (2002)5 “Protección de las mujeres contra la violencia”, adoptado por el Consejo el 30 de abril de 2002; pp 12. 87 Ver los siguientes artículos: violencia habitual (Artículo173.2), el delito de lesiones (Art. 148.4), delito de amenazas y coacciones (Artículo 171.4 y 172.2), faltas (injuria leve y vejación injusta; artículo 620.2), delito contra los derechos y deberes familiares (impago de pensiones; artículo 227.1) y el quebrantamiento de la medida cautelar (artículo 468.1 y 468.2). Además, como medida cautelar y de protección para la mujer, existe la conocida como orden de protección. A través de ésta, se pueden adoptar: medidas penales, medidas civiles, y medidas de asistencia y protección social. Código Penal. Ley Orgánica 10/1997 de

23 de Noviembre; 13ª edición, ed., Tecnos, Madrid, 2007.

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En Cataluña, este programa ha adquirido el nombre de violencia doméstica (VIDO) y constituye la adaptación a lo previsto en La Ley orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección integral contra la violencia de género. En ésta, se establece en su artículo 42.1 que “la administración penitenciaria realizará programas específicos para internos condenados por delitos relacionados con la violencia de género”. Además, en el apartado 2 del mismo artículo, se establece que las Juntas de Tratamiento valorarán, en las progresiones de grado, concesiones de permisos y concesiones de libertad condicional, el seguimiento y aprovechamiento de dichos programas específicos por parte de los internos a que se refiere el apartado anterior. Generalitat de Catalunya., Memòria del Departament de Justícia, 2004, ed. Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2005. 89 Idem, p.10.


Más allá de estos señalamientos, la violencia contra las mujeres continúa visibilizándose, por ejemplo, se afirma que en la Unión Europea, “1 de cada 5 mujeres sufre violencia de su pareja masculina. El 95% de todos los actos de violencia contra las mujeres se produce en el hogar”990. En España y Cataluña, la situación no es muy diferente, así lo muestran, por ejemplo, para el período 2002-2007, los datos que reporta el Ministerio de Igualdad español1091, quien reporta un constante aumento de mujeres víctimas de violencia ejercida por su (ex)pareja, ya que de 43.313 víctimas el año 2002, se pasó a 63.347 en el 2007. Una tendencia similar reportan los cuerpos de seguridad catalanes1192: para el año 2002, 7.453 víctimas y 17.623 para el 2007. Por otra parte, todo parece indicar que aún se está lejos de alcanzarse el compromiso proactivo de los hombres delante de la violencia de género, sea en el ámbito “público-social” o vinculado con la vida cotidiana. Por ejemplo, en año 2006, una comparación para 15 países de Europa mostraba como las mujeres invierten mucho más tiempo en las tareas domésticas que los hombres. En algunos casos, como en España, las mujeres invertían hasta más del triple de tiempo que los hombres1293.

11.3 LA VIOLENCIA DEL HOMBRE CONTRA SU (EX)PAREJA: LA INCAPACIDAD MASCULINA PARA EXPRESAR EMOCIONES. Los motivos que tienen los hombres para ejercer violencia contra su propia (ex)pareja, de acuerdo con los/as participantes que fueron 90

Idem, p.13. Fuente: Ministerio de Igualdad, “Las mujeres en cifras 1983-2008”, ed. Instituto de la Mujer, Madrid, 2008 pp. 163 92 El dato que se reporta corresponde a la suma de los datos reportados, tanto por el Ministerio del Interior, como por la policía local catalana (Mossos d’Esquadra). Fuente: Instituto Catalán de las Mujeres, “Violència masclista a Catalunya”, estadísticas, ed. Generalitat de Catalunya: www.20gencat.cat/docs/icddones/Documents%20web%20antiga/Arxiu/estadistica_violencia2.pdf. 93 Aliaga, Christel., How is the time of women and men distributed in Europe? Ed., EUROESTAT. European Communities, 2006, p.1. 91

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entrevistados/as, no puede decirse que tenga su origen en una causa, sino que responde a múltiples factores. En este sentido, se sostuvo que la violencia en la pareja se acompaña de muchas otras problemáticas, que fueron plantearon no como la(s) causa(s) de la violencia, sino más bien, como elementos que en un momento determinado pueden potenciar o precipitar eventos de violencia en una pareja. Es el caso, por ejemplo del consumo de drogas, experiencias anteriores de maltrato, la presencia de patologías o “enfermedades mentales”; la carencia de “habilidades sociales” para la “resolución de conflictos” o “gestionar la agresividad”; así como la escasa capacidad de gestión de sentimientos. Es destacable que los/as profesionales hayan hecho hincapié en la escasa capacidad de gestión de emociones, como uno de los aspectos principales a tener en cuenta en los casos de violencia en la pareja. Por tal motivo, es el tema que aquí analiza, también porque se vincula de forma importante con la responsabilización por la propia violencia. En lo que respecta al consumo de drogas, las “enfermedades mentales” y las experiencias anteriores de maltrato, no fueron mencionadas como causas de la violencia, sino como elementos a tenerse en cuenta, dada su capacidad potenciadora de eventos violentos.

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La socialización de los hombres: la negación de sentimientos y emociones. La socialización de hombres y mujeres, de acuerdo con los/las profesionales entrevistados/as, constituye uno de los principales elementos a tener en cuenta en el fenómeno de la violencia contra la (ex)pareja. Es importante señalar, dado que el interés de este artículo centra su atención en los discursos en torno al sujeto masculino, que uno de los aspectos más importantes en que se concreta dicha socialización en los hombres es en su escasa capacidad para gestionar y expresar sus emociones. Por lo tanto, cabe señalar, en primer término, el sentido que se dio a la noción de socialización y, en segundo lugar, cómo se traduce ello en la incapacidad de los hombres para identificar y expresar sus emociones.


La idea de socialización se empleó para hacer referencia a los mecanismos que permiten la transmisión y aprendizaje de hábitos, actitudes y valores. Una parte importante de estos mecanismos la constituye la formación que se da en los colegios, aquella educación que se proporciona en los hogares, así como a través de los medios de comunicación. El grado de interiorización de los hábitos, los códigos y las creencias es tal, que es muy difícil desaprenderlos, además, se constituyen en una variable importante en los casos de violencia en la pareja, ya que tanto al hombre como a la mujer se les transmiten unos determinados valores que se encuentran cimentados en las diferencias de género. La importancia que se otorgó a la llamada socialización fue mayúscula, sin embrago, en el discurso de los/as profesionales hubo escasas referencias al papel del individuo en la sociedad y su capacidad como agente transformador de su entorno. En este sentido, la forma en que se planteó la idea de socialización tiene una consecuencia de doble importancia. Por un lado, se depositó en la mujer, buena parte de la responsabilidad de la transmisión de valores, hábitos, etc., que comporta la socialización de hombres y mujeres. Por otro lado, se resta buena parte de la responsabilización a los hombres por la propia violencia ejercida, ya que se sostuvo que ellos, en el proceso de socialización, no se les enseñó y/o se les negó el contacto, reconocimiento, expresión, etc., de sus emociones. Esta situación, de acuerdo con los/as entrevistados/as, es un factor muy importante en los casos de violencia en la pareja. La culpabilización social de la mujer. A la mujer que ha padecido violencia por parte de su (ex)pareja se le concibió, básicamente dos sentidos, como víctima y como sobreviviente. En primer lugar, se sostuvo que la mujer no sólo es víctima del hombre que ejerció violencia contra ella, sino también de la sociedad, que dadas las diferencias de género, la ha socializado bajo ideas y creencias sobre cómo y qué debe hacer una “buena” mujer. Es importante señalar que estos discursos, no destacaron la importancia de las transformaciones

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sociales que históricamente han propiciado los grupos de mujeres. Se sostuvo más bien, que las mujeres de forma “inconsciente” contribuyen a la transmisión de determinados comportamientos sexistas. Es decir, emergió un discurso que argumentó que las mujeres son las encargadas, al menos en buena medida, de transmitir el conjunto de hábitos, códigos, creencias y valores que implica el proceso de socialización. Este discurso sostuvo que las mujeres “transmiten valores sin darse cuenta”. Este punto de vista es significativo, ya que deposita en las mujeres la responsabilidad de la socialización y, por tanto, de aquello que fue considerado como una causa importante de la violencia de los hombres contra su (ex)pareja. Por otro lado, el argumento adquiere la función de justificar ciertos patrones, hábitos o la violencia del hombre contra la pareja. Otro punto de vista también concibió a la mujer que ha padecido violencia como una superviviente. En este sentido, se destacó la necesidad de dejar de hablar de las mujeres víctimas de violencia en términos de estereotipos masoquistas, por ejemplo. Además, se subrayó la importancia de destacar su coraje, su valentía o su fuerza para realizar un trabajo personal de introspección y cuestionar determinados valores o creencias que le fueron inculcados.

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Una justificación social para el hombre. De acuerdo con las narraciones de los/as entrevistados/as, los motivos que tiene un hombre para reconocer que ha maltratado y/o pedir ayuda por ello son diversos: las consecuencias legales de sus actos; para no ser rechazados por las personas más próximas de su entorno, como la familia, los/as amigos/as o por la gente del vecindario; para no ser estigmatizados; o bien, porque la mujer (la pareja) le pone un ultimátum: o pide ayuda o se acaba la relación. En este sentido, es importante señalar, de acuerdo con los servicios de atención a hombres en Barcelona, que uno de los motivos más recurrentes para que el hombre pida ayuda es porque quiere mantener una relación con su pareja. Es decir, por el ultimátum que le ha


dado su pareja. Esto significa que las motivaciones para el cambio, por parte de hombres que hayan ejercido violencia, no se deben a una concienciación o convicción personal que desacredite la violencia como mecanismo para resolver determinadas situaciones. Son más bien, motivaciones externas. En este sentido, los/as entrevistados/as, comentaron que el escaso reconocimiento por la violencia se debe, en buena medida, a la “normalización” de la violencia en la pareja dada la socialización sexista. Esta violencia está “normalizada”, se minimiza y esto propicia que los hombres no pidan ayuda, ya que no son concientes de que tienen un problema. Por tanto, puede decirse que este discurso contribuye a la legitimación social de la no responsabilización por la violencia masculina en la pareja, ya que el varón es representado como alguien que es “víctima de la socialización patriarcal”.

11.4 EL HOMBRE Y LA RESPONSABILIDAD POR LA VIOLENCIA EJERCIDA. Hubo un discurso que creo un importante consenso: el proceso de socialización masculina no enseña a los hombres a reconocer y gestionar sus emociones. La escasa capacidad para reconocer, expresar y gestionar sentimientos y emociones se representó como una situación de importancia en los casos de violencia, ya que se caracteriza porque se ha negado el disfrute de la parte emocional a los hombres. Es decir, dada la socialización, a los varones se les transmite cómo debe ser un hombre y éste, en principio, tiene una escasa capacidad de reconocer sus sentimientos, expresar sus miedos, debilidad o su tristeza. Esta situación es importante en términos de violencia en las relaciones, ya que los hombres habrán interiorizado la violencia como una forma “normal” de resolver los conflictos. Por tanto, es de suma importancia

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la gestión de, por ejemplo, los enfados, los celos y cómo se transmiten tales sensaciones. Puede decirse, que fue significativa la presencia de un discurso que representa la violencia como parte de aquello que constituye “ser hombre”. En el imaginario de los/as entrevistados/as, el hombre, especialmente el que ha ejercido violencia, fue concebido como una persona que tiene una escasa capacidad para gestionar sus emociones y no reconoce o justifica el uso de la violencia. Esto significa que el hombre que ejerce violencia fue visto como alguien que es doblemente víctima, de la socialización patriarcal y de su propia conducta. De la socialización porque la violencia “no ha sabido gestionarla de otra manera, no sabe hacerlo de otra manera”. Además, en determinadas circunstancias se le recrimina su agresividad, el ejercicio de fuerza y dominio. Pero a la vez, en muchas otras circunstancias esas mismas conductas se les premian. De esta forma, existen espacios en donde los hombres encuentran legitimadas posiciones de fuerza y poder. El hombre, como víctima de su propia conducta, fue visto como el único responsable de cómo utiliza los recursos que tiene, tales como la fuerza o la agresividad; o bien, como expresa o muestra sus afectos.

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La negación del aspecto emocional a los hombres tendría consecuencias importantes, por ejemplo, en la escasa participación masculina en el cuidado de hijos/as, de otros/as miembros de la familia o en las tareas domésticas, así como una carencia importante de espacios de intimidad. De esta forma, quizás el aspecto más importante y delicado es que los motivos para pedir ayuda sean externos al hombre, ya que es sumamente frágil el vínculo entre el reconocimiento de la violencia y el hecho de pedir ayuda. En este sentido son muy ilustrativos las aportaciones de un oficial de policía, a quien a lo largo de la entrevista, se le preguntó si en su experiencia profesional se había encontrado con hombres que reconocieran que habían ejercido violencia hacía su (ex)pareja. Su respuesta fue: ― “muchos”. ¿Muchos? Insistió el entrevistador. El oficial contestó:


“Sí. Te lo justifican”. Se volvió a insistir: ― “¿Se ha encontrado con hombres que reconozcan haber pegado a la mujer? ― “Muchos ― ¿Pero reconocen que eso es un problema? ― Alguno hay, alguno que reconoce que no tenía que haber llegado a esa situación, pero que se le había pasado la mano … ― ¿Y sabe si algunos de estos ha acudido a pedir ayuda a algún sitio? ― Sí, que yo sepa, en una ocasión”1394. Evidentemente, el policía no tenía porque saber qué pasaba con cada uno de los hombres que fueron denunciados y con los que él había tenido contacto. Sin embargo, resulta ilustrativo su comentario, ya que tener motivos externos para pedir ayuda, en un momento dado, puede propinar precisamente la situación comentada. Es decir, de “muchos” hombres que reconocen haber ejercido violencia, se pasa a algunos que reconocen esto como un problema, para finalmente, llegar a unos pocos casos en que se pida ayuda por tal situación. De igual forma, se sostuvo que en muchas ocasiones, el hombre intenta justificar de diferentes formas sus comportamientos violentos. Sin embargo, en este sentido, se enfatizó que aún cuando las circunstancias pudieran llegar a influir en un evento de violencia contra la (ex)pareja, el individuo es quien en última instancia decide o no ejercer dicha violencia y, por tanto, es plenamente responsable por ello. Es importante decir que no obstante los diferentes discursos en torno al hombre y sus motivaciones para aceptar que usa o ha usado la violencia, hubo un consenso general sobre el tema de la responsabilidad: la persona que ejerce la violencia es responsable por ello. Como suele ser el varón quien ejerce violencia 94

Entrevista realizada el mes de Diciembre de 2007, a un oficial de policía de los Mossos d’Esquadra

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contra su (ex)pareja, por tanto, el hombre es el principal responsable de la conducta violenta en las relaciones de (ex)pareja.

11.5 PRÁCTICAS SOCIALES PARA PREVENIR LA VIOLENCIA DEL HOMBRE CONTRA SU (EX)PAREJA

Cómo fomentar la responsabilización del hombre que ha ejercido violencia quizás fue uno de los temas que causó más interés entre los/as entrevistados/as, pero también fue uno de los aspectos más difíciles de responder. El discurso en torno a la prevención de la violencia en la pareja fue ubicado en un marco general de necesidad de “cambios estructurales a nivel macro y micro”. Es importante señalar la predominancia de un discurso que sostuvo que es sumamente difícil motivar al hombre para que éste se responsabilice por su propia violencia. Se consideró que esta situación comporta, entre otras cuestiones, la revisión y autoanálisis de diversos aspectos de la propia identidad, como los afectos, las emociones, los deseos, cuestionarse que significa ser hombre, cómo se ha ejercido la paternidad, etc. Este tipo de auto-reflexión, en sí mismo complicado, fue considerado como especialmente difícil para el varón. No obstante, en este sentido apuntaron algunas de las propuestas orientadas a fomentar la responsabilización del hombre. Al plantear cuestiones concretas, los/as entrevistados/as hicieron referencia sobre todo a cuatro ámbitos, que no son independientes el uno del otro sino que se relacionan entre sí: la educación (formal y no formal); el cuestionamiento de diversos modelos sociales; los medios de comunicación; y en el ámbito legislativo.

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La educación. a). La educación formal. Con este término se hizo referencia a la educación


que reciben los/las menores y jóvenes en los colegios. En este sentido, los/ las diferentes profesionales coincidieron en la urgencia de intervenir en los niveles básicos de educación. Sin embargo, sostuvieron que si se quiere prevenir la violencia en las relaciones de pareja, no basta con instruir a los menores en temas relacionados, por ejemplo, con las matemáticas, la literatura, la física o la química. Sino que además, es necesario educarlos/ as en aspectos vinculados a sus emociones y a su sensibilidad personal. En el mismo sentido, se planteó la necesidad de espacios para hombres jóvenes, en donde puedan hablar de sus emociones, o bien, de cuestiones concretas como la violencia en las parejas. b). La educación no formal. Se refiere a la educación no impartida en los colegios, sino aquellas que de desarrollan socialmente. En este sentido se propuso la realización de charlas en asociaciones de vecinos/ as, de personas mayores; difusión de las actividades que realizan los servicios sociales y/o la policía en relación a la violencia en la pareja; fomentar las relaciones de igualdad; y, facilitar espacios sociales para hombres interesados en los aspectos emocionales de su personalidad. Además, también se considero importante que el profesorado (así como los profesionistas de diferentes ámbitos como la medicina, el derecho, el trabajo social, etc.) tenga una información y/o formación mínima sobre el tema de la violencia en las relaciones. Dentro de este mismo aspecto se consideraron las campañas de sensibilización orientadas a sensibilizar a la población sobre la violencia contra la mujer. En este aspecto se desatacó la importancia de la implicación de personajes públicos, como artistas, deportistas profesionales, políticos, etc. Los medios de comunicación. En este sentido, se destacó la influencia que actualmente tiene los medios de comunicación, especialmente la TV, la radio e Internet. Por ello, se consideró necesaria la implicación de estos medios, no sólo para

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difundir campañas, sino para responsabilizarse por el papel en que colocan al hombre y a la mujer en las informaciones y en la publicidad que emiten diariamente. Es decir, se señaló no sólo la importancia de ofrecer “información responsable”, sino la trascendencia que tienen los contenidos y las imágenes de hombres, de mujeres y que sobre la violencia se difunden a través de los medios de comunicación. Este aspecto, se consideraron relevantes las posibilidades que tiene los medios para “trabajar los imaginarios”, dada la amplia difusión y alcance de la televisión, la radio o el cine. El nivel legislativo. En este ámbito, las personas entrevistadas hicieron referencia a la importancia que tiene el “efectivo” cumplimiento de la ley. Es decir, se considero que más tener una amplia legislación (en sí misma importante) o muy “progresista”, lo verdaderamente importante es que éstas se materialicen, que la eficacia del sistema legislativo aumente y disminuya la impunidad de la violencia contra las mujeres. Cuestionamiento de modelos sociales. El cuestionamiento de los cánones y de los prejuicios sobre los hombres, las mujeres y el problema de la violencia en la pareja fueron propuestos como medidas para fomentar la responsabilidad por la violencia masculina. En este sentido, por ejemplo, se destacó la importancia de no realizar generalizaciones sobre los hombres y no etiquetar a todos como “maltratadores”, ya que de acuerdo con los y las participantes, esta situación puede constituir un elemento de estigmatización que desmotive a algunos hombres a pedir ayuda por sus conductas violentas.

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Además, se señaló la importancia de cuestionar el modelo de estructura familiar tradicional, rígida, vertical, jerárquica y con diferencias de poder y estatus dentro de ésta”. En este sentido, se destacó la importancia de


desmitificar a la familia como un núcleo armónico, como una unidad de satisfacción de las necesidades y los deseos de sus miembros. De igual forma, los/as entrevistados/as mencionaron una medida dirigida a los hombres: replantearse qué es ser hombre, qué es ser masculino. Medidas a nivel individual. Estas medidas se ubicaron en un marco general que destacó la necesidad de incentivar a los hombres para que se interesen por cuestionar su propia masculinidad y su propia violencia. Así como la continuidad de trabajo y de desarrollo de políticas públicas y recursos sociales para hombres. Algunas de las principales medidas que se señalaron fueron: a). La visibilización del hombre que ha ejercido violencia. En los últimos años, a la mujer que ha sido víctima de violencia por parte de su propia (ex)pareja se la ha visibilizado a través de diferentes maneras. Se propuso que de la misma forma, se debe hacer visible al “maltratador”, es decir, destacando que es una situación que tiene solución. b). Masculinidad. La creación y fomento de grupos en donde se cuestione las diferentes formas de masculinidad, así como las asociaciones proigualdad. En este aspecto se volvió a desatacar la escasa motivación del varón por este tipo de actividad, por ello, se propuso que un camino para llegar al hombre es ir a buscarlo a los “espacios masculinos”: su trabajo, el bar, el taller, la gasolineras, la obra, el futbol; o a través de sus iconos, como jugadores de fútbol, héroes, etc. De igual forma, se destacó la importancia de una mayor intervención del padre en las actividades de los hijos/as en el colegio, en el polideportivo, en su salud, en sus hábitos alimenticios, etc. c). Servicio telefónico. La existencia de un recurso telefónico en donde el hombre pudiera llamar y ser orientado sobre el tema de la violencia en la pareja, sobre los recursos existentes, asociaciones, etc.

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11.6 REFLEXIONES FINALES. La información reportada permite algunos planteamientos en torno a diferentes cuestiones que han sido elaboradas en los discurso de los/as profesionales. Puede destacarse, a manera de reflexión final, algunos aspectos que considero deben ser tenidos en cuenta para fomentar la responsabilidad del hombre por la violencia contra su (ex)pareja. Antes que nada, es necesario insistir en el género como una importante variable en esta forma de violencia, así como de estrategias, programas o medidas orientadas a evitar o prevenir dicha problemática. Por tanto, es importante señalar la necesidad de desarrollar medidas específicamente orientadas a los varones que han utilizado esta forma de violencia. Sin embargo, éstas deben dirigirse a los varones, no sólo en su calidad de “sujetos activos” de un delito sino en tanto sujetos masculinos. Los temas sobre los que cabe hacer algunas observaciones son los siguientes: a). La persona y el medio social. A hombres y mujeres se les otorgó, dentro de los procesos de transmisión y aprendizaje que constituye la socialización, un papel de sujetos receptores del conjunto de valores, hábitos, etc. No predominó ningún discurso que destacara su influencia en el medio social, su capacidad transformadora o reivindicativa. Esta forma de concebir al sujeto tiene una consecuencia de doble importancia, ya que propicia imágenes que culpabilizan a la mujer y, que a su vez, victimizan al varón.

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Así, se dan argumentos que contribuyen a la justificación del uso de la violencia y, a su vez, a la legitimación social de la no responsabilización masculina por la violencia contra la pareja, ya que el varón es representado como alguien que es “víctima de la socialización patriarcal”. Además, la negación del aspecto emocional a los hombres tendría consecuencias importantes, por ejemplo, en la escasa participación masculina en el cuidado de hijos/as, de otros/as miembros de la familia o en las tareas


domésticas, así como una carencia importante de espacios de intimidad. La noción de socialización aportada por los/as profesionales implica una concepción que tendió a considerar al sujeto femenino como receptor y transmisor de relevante importancia en los procesos de socialización. No obstante, no se planteó la capacidad de influencia en el cambio social que han tenido las mujeres. Por su parte, a los hombres, en lo que respecta su vida emocional, también se les asignó un rol bastante bien definido y caracterizado por las dificultades en la “gestión de emociones”. De esta forma, prácticamente no se planteó la posibilidad –masculinade vinculares de forma diversa con su vida emocional. Esta noción de la persona posee elementos, aún cuando no se corresponde del todo, de la perspectiva estructuralista de la acción y con los planteamientos del “rol sexual” desarrollados en los estudios de masculinidad en lo años setenta. En este segundo sentido puede verse Connell (2003). Considero, tal como han señalado los/as profesionales entrevistados/ as, que tanto mujeres como hombres contribuimos a la reproducción de hábitos, costumbres, etc. En esta sentido, participamos de la socialización, por ejemplo, de conductas sexistas. Sin embargo, también creo que es importante visibilizar la forma en que hombres y mujeres, como colectivos de sujetos masculinos y/o femeninos, hemos contribuido a la visibilización de la desigualdad, la exclusión, a la reivindicación de derechos para las personas, etc. En este sentido sería muy ilustrativo, por ejemplo, la revisión de la historia social de los colectivos de mujeres y las aportaciones que han realizado al debate de la igualdad (en este sentido, para el caso español, ver Bodelón, 2008) y del reconocimiento de la alteridad. b). Las emociones y los hombres. Hubo un discurso que predominó al plantear un vínculo entre la “carencia” de una vida emocional y socialización masculina. Si bien, todo parece indicar que estos aspectos se vinculan de forma importante (Seidler, 2006), tal como se comentó, el punto de vista de los/as profesionales otorgó a los hombres un papel relativamente bien

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definido en lo que respecta a los aspectos emocionales. Esto implicó la imposibilidad de una problematización en torno a qué significa para los hombres la vida emocional, las diversas formas de vincularse a éstas, si fomentan o no dichos aspectos en sus relaciones, si les interesa el desarrollo de su vida emocional (y en su caso) en que sentido. En lo que respecta a las “emociones”, éstas fueron sobreentendidas y planteadas como “algo” que aleja de la racionalidad de las personas. Dado el proceso de socialización de los hombres, que en principio se caracterizaría por la negación y/o el control de los aspectos emocionales, las emociones fueron vistas como una especie de “amenaza” histórica a la identidad masculina. Considero importante, alejar la concepción de las emociones de lo “irracional”, que escapa al control de las personas. En este sentido, por ejemplo, se ha señalado la necesidad de dejar de entender las emociones como “fuerza ciegas” (Nussbaum, 2006) y tener en cuenta que “comportan juicios relativos a cosas importantes, evaluaciones en las que, atribuyendo a un objeto externo relevancia para nuestro bienestar, reconocemos nuestra naturaleza necesitada e incompleta frente a porciones del mundo que no controlamos plenamente” (Nussbaum, 2008: 41). Por otra parte, Seidler ha destacado el aspecto del poder y ha planteado que las emociones pueden entenderse como “procesos insertos en las relaciones estructurales de poder” (Seidler, 2006: 115). Creo que vincular las emociones con el juicio de las personas, el poder y a la política, sería un elemento que contribuiría al discurso de la responsabilidad de los hombres por sus emociones y también por su propia violencia.

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c). El hombre y su responsabilización. Cómo fomentar la responsabilidad del hombre por la violencia ejercida fue uno de los aspectos que más interés despertó entre los/as entrevistados/as, así como también, fue uno de los temas más difíciles de abordar. No obstante, aún cuando no se llegó a definir y/o a especificar en qué consistía dicha responsabilización,


se mencionaron diversas formas de fomentarla: a). a través de campañas de sensibilización dirigidas a las persona en general; b). a través del cuestionamiento de los prejuicios sociales y de la “familia tradicional”. Sobre ésta, se enfatizó la necesidad de desmitificarla como un núcleo armónico y como una fuente de satisfacción de necesidades y deseos; y, c). a través de que el hombre trabaje su paternidad, en la forma en que interviene en las labores de casa y con grupos de masculinidad. Cabe subrayar que la intervención penal, aún cuando se considero necesaria, no fue vista como una medida que fomente la responsabilidad del hombre por su violencia. Las medidas propuestas en el trabajo de campo y que he distinguido como dirigidas a un ámbito público y a otro individual, en líneas generales se corresponden con las distinciones elaboradas sobre las recomendaciones que ha hecho la ONU y la UE y que fueron descritas en el apartado 1 de este trabajo. En ambos casos, se hace patente que el problema de la violencia contra la pareja se encuentra estrechamente vinculado con forma en que se concibe y cómo se valora aquello que constituye lo masculino y lo femenino. Esto ha implicado grandes diferencias –sociales- entre hombres y mujeres, entre otras, que sean principalmente los hombres quienes ejercen violencia contra su (ex)pareja. Intentar sensibilizar a los hombres de tales diferencias de género es una cosa, que se comprometan activamente –en el ámbito público y/o doméstico- ante ello es otra, así como también lo es, que se responsabilicen por la violencia que ellos mismos ejercen en sus relaciones de pareja. Dichas situaciones no se encuentran desvinculadas y los tres aspectos forman parte una forma de hacerse responsable. Conseguirla es una labor a largo plazo que requiere algo más que estrategias puntuales, además de medidas dirigidas específicamente a los hombres. Las campañas de sensibilización indudablemente contribuyen a la concienciación y/o sensibilización de los hombres, pero todo parece indicar que son insuficientes ante situaciones sociales históricas y arraigadas en nuestras

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sociedades. Las intervenciones en el ámbito educativo, de igual forma, tienen una gran importancia, sin embargo, se han de ir rastreando los efectos de estas medidas y quizás esperar alguna(s) generación(es) para evaluar los resultados de esta forma de intervención. Ni las recomendaciones de la UE ni los discursos en las entrevistas precisan en qué consiste, qué es o cómo se puede entender la responsabilidad, menos aún, se plantean si las mujeres y hombres la entendemos de forma diferente. No obstante, dadas las recomendaciones realizadas, tanto a nivel de organismos internacionales como de profesionales, puede decirse que la responsabilidad por la propia violencia no se agota, al contrario, va mucho más allá del hecho que individuos concretos dejen de ejercer violencia contra sus parejas. Indudablemente es un factor primordial y necesario, pero no el único, ya que esta forma de violencia se encuentra estrechamente relacionada con las diferencias de género, de las que los hombres normalmente nos beneficiamos cotidianamente y en diversos ámbitos. De esta forma, se han indagar diversas esferas de la responsabilidad masculina más allá de la jurídica (imputabilidad), ya que también cabe hablar de responsabilidad social, colectiva y/o política. Esto significa que el varón debe responsabilizarse por si mismo, en tanto hombre, de su propia masculinidad. Entre otras cosas, el hombre debe hacerse cargo de aceptar los motivos sexistas, machistas de la violencia ejercida contra su (ex)pareja. Asimismo, debe comprender cómo la violencia que ejerció se vincula con las diferencias que existen en las relaciones de pareja –heterosexual-, así como las consecuencias que tienen estas diferencias de género en la vida cotidiana de hombres y de mujeres.

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12. “Masculinidades” despsicologizadas: posiciones y prácticas discursivas. Teresa Cabruja Ubach.


12. “Masculinidades” despsicologizadas: posiciones y prácticas discursivas. Teresa Cabruja Ubach1*.

Posibilidades de una aproximación feminista postestructuralista a las masculinidades. Para poder analizar y reflexionar sobre las masculinidades en relación a la violencia en la pareja tal y como se propone en esta mesa294, partiré de entenderlas, aunque con dudas y revisiones, desde una aproximación feminista postestructuralista o postmoderna395 a las subjetividades. Sin embargo, es necesario radicalizar el concepto de construcción social, de tal forma que su vertiente antiesencializadora incorpore las propias “relaciones de fuerza” que se dan en la interacción496, al mismo tiempo que las relaciones de dominación y poder patriarcal, producidas en las instituciones y prácticas sociales y que generan opresión y desigualdades no sólo a nivel institucional y social sino, especialmente en la forma en que se fraguan las subjetividades y las relaciones de género. Así, se pueden entender los efectos de dominación, más allá o no sólo ubicándolos en el ámbito de la intencionalidad y la personalidad individual. Aunque en intervenciones terapéuticas con hombres que han ejercido violencia, el Teresa Cabruja. Professora Titular de Psicologia Social a la Universitat de Girona. Teresa. cabruja@udg.edu 94 Este texto procede de la intervención oral realizada en la mesa “Violència en la parella i masculinitat” en la jornada “Prevenció de la violencia de gènere. Programes i mesures dirigides a homes que han exercit violencia contra la seva (ex) parella.”,organizada por el grupo Antígona. 95 No voy a entrar en las diferencias de conceptos aunque las hay. Sobre ellas y su relación con la psicología puede constultarse Cabruja Ubach, T. (1991; 1996; 1998) por ejemplo. 96 Pues permite incluir las relaciones de dominación y poder heteropatriarcales y androcéntricas en la comprensión del dualismo feminidad/masculinidad como construcción social, en relación, dinámico y cambiante. Es decir, desde un enfoque comprometido con un análisis de las relaciones de género para la transformación y el cambio social. *

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espacio de actuación sea más individual, también por parte de terapeutas que trabajan desde una terapia discursiva se expresan los numerosos dilemas con los que se enfrentan en el momento de trabajar con alguien que ha reproducido violencia y abusos y como cambiar las prácticas del privilegio masculino, en uno de los espacios de producción/mantenimiento como puede ser las relaciones de pareja y las familias o los límites entre el empoderamiento y la despolitización colectiva cuando las acciones son con mujeres. Creo que es necesario moverse entre un análisis de las relaciones de dominación más macro-sociales: desigualdades económicas, sociales, culturales, coloniales y de clase, estructuradas por el sistema sexo-género y la matriz heterosexual junto con un análisis de cómo operan sus manifestaciones en las dinámicas de interacción donde las relaciones de poder son de orden más micro-social. En la interacción cotidiana se producen distintos tipos de encuentros, modalidades y “luchas” subjetivas e intersubjetivas, donde las posiciones se resignifican. Me parece indispensable combinar un análisis del contexto para poder señalar prácticas que reproducen efectos de dominación y abusos de poder y, a su vez, pasar a entender los “relatos”, las “comunicaciones” y los “intercambios” junto con sus afectos y emociones con un significado en términos de moralidad. Cuando me refiero a moralidad o ética, pienso en los significados políticos de cualquier tipo de expresión/comunicación identitaria en todas nuestras interacciones. Es decir, como políticas de cuerpos/ subjetividades que, al expresarse en sus distintas manifestaciones, en realidad, expresan también, de algún modo, qué permiten o qué no, o lo que se valora, o lo que se apoya o rechaza, y que, en realidad tiene que ver con microcombinaciones y microexpresiones de relaciones de poder y libertad, para un@ mism@ y para l@s otr@s en relación. En este sentido, la intersubjetividad procede de las prácticas discursivas disponibles en una sociedad, un tiempo, unas culturas, unos grupos, unas instituciones y unos dispositivos de representación situados. Y, por lo tanto, las posiciones de identificación, desidentificación, distancia, interpretación, negociación,

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subversión o transformación de ellas se “negocian” en la vida cotidiana. En las “acciones conjuntas” donde toman sus significados, son puestas en acción y poseen efectos bien concretos (Cabruja, Iñiguez y Vázquez, 2000)597. Además, en concreto, considero que el concepto de “posición”698 ofrece posibilidades muy útiles para la intervención. Desarrollado o aplicado por psicólogas socioconstruccionistas como, por ejemplo, Bronwyn Davis799 (1989) para mostrar cómo las prácticas discursivas8100 disponibles socialmente (lengua, lenguaje corporal, no verbal, etc.) puede ser adoptado, socavado, apropiado o exorcizado activamente en la socialización en el dualismo de género por parte de niños y niñas de preescolar, o cómo Valerie Walkerdine (1981)9101, analizando cómo, en una interacción con niñ@s de preescolar, las posiciones de género pueden cambiar el poder otorgado a la maestra, en cuanto figura de autoridad, en el momento en que los niños aluden al discurso de la sexualidad, así como sus trabajos más recientes o cómo Wendy Hollway(1984)10102 desenlaza los discursos presentes en las prácticas heterosexuales íntimas respecto a las sexualidades de

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97 Cabruja, T.; Iñíguez, T. i Vázquez, F., (2000). ¿Cómo construimos el mundo? Relativismo, espacios de relación y narratividad. Anàlisi. Quaderns de comunicació i cultura., vol. 25, Barcelona, p.61-94. 98 De forma que incluye no sólo el contenido del lenguaje, sino las estructuras sociales y narrativas que van constituyendo actuaciones, interpretaciones y posiciones en los intercambios cotidianos. Prácticas discursivas como maneras de hablar, pensar, sentir y actuar que construyen objetos o temas, reforzando o negando, permitiendo o prohibiendo determinados aspectos de las maneras de experienciar y relacionarse. 99 Bronwyn Davis (1989) Frogs and Snails ans Feminist Tales.quien explica que “Al transmitir el lenguaje en los niños, no sólo se transmite una herramienta de poder para comunicar y pensar sino que transmitimos al mismo tiempo un orden social, una organización social” 100 El concepto de prácticas discursivas es utilizado para enfatizar la producción y reproducción pero también el cambio de las relaciones de género desde distintas instituciones y producciones sociales. Pero a su vez, quiero desmarcarme de una concepción del discurso puramente textual y lingüística, y que no incluye radicalmente los efectos en términos de poder y dominación, pues, especialmente, para la psicología y su producción de conocimiento sobre las “identidades” y las “personalidades”, los conceptos de Michel Foucault de biopoder, biopolíticas y de tecnología social, son indispensables para entender la “normalización”/normativización social y su rol en la regulación social de las subjetividades. 101 Walkerdine, V. (1981) “Sex, power and pedagogy”, Screen education 38 , pp 14-23. 102 Hollway, W. (1984) Gender difference and the production of subjectivity, en Henriques, J. y ot. (1984) Changing the subject: Psychology, Social Regulation and Subjectivity, Methuen, Londres.


género y sus significaciones múltiples así como sus implicaciones en la agencia de las personas (que no en las elecciones) y los lugares a la vez de cambio y reproducción no previstos (que posteriormente, Teresa de Lauretis, reanaliza con su propuesta del dentro/fuera del género para las tecnologías de reproducción). Por supuesto, es un reto intentar deconstruir identidades esencialistas que, desde mi punto de vista, inmovilizan y, a la vez, no reproducir imágenes de las personalidades y las identidades como patrones, roles, esquemas cognitivos o fuerzas de dinámicas inconscientes. A su vez, ante la “mala prensa”11103 de las aportaciones postmodernas y discursivas, necesito

aclarar que las relaciones de desigualdad y opresión están consideradas e incluidas a partir de los análisis feministas12104. Considero que, desde finales de los ochenta, principios de los noventa, cuando se produce un momento especialmente activo en el interior de los feminismos sobre el tema del sujeto, los esencialismos, la critica cultural y las aportaciones Me refiero a “mala prensa” dentro del feminismo, pues, a menudo, se lo deslegitima como una forma de postfeminismo que imagina que ya estamos en la igualdad y que desestima un análisis en términos de desigualdad, o que focaliza en las sexualidades de tal forma, que desatiende otros aspectos. Y “mala prensa” o “ausencia de prensa” en gran parte de los estudios de masculinidades pues, aunque se puedan reconocer sus aportaciones, parece que, explícita (no se referencian sus aportaciones o se generalizan bajo un epígrafe; se considera que implica desigualdad para los hombres) o implícitamente (parece que no se ocupe de las masculinidades, más comodidad si es un hombre quien habla de masculinidades), tema que ha sido muy debatido en algunos estudios. Por ejemplo en el libro editado por Carabí, A.y Armengol, J. M.(ed) (2008), “La masculinidad a debate” , Barcelona: Icaria, se traducen numerosos artículos “clásicos” sobre el estudio de las masculinidades, así como, el propio artículo de Lynn Segal sobre “Los hombres tras el feminismo: ¿Qué queda por decir?” y un interesante epílogo de diálogo con el grupo de investigación donde se reflejan estas posiciones. 104 Para el análisis de las relaciones de desigualdad, dominación y poder desde el sistema sexo-género, aunque, por supuesto, hay una gran lista de literatura sobre las relaciones del pensamiento de Michel Foucault con la epistemología feminista, considero que sus aportaciones son de enorme utilidad y, coincido, en este sentido, con muchas feministas postestructuralistas (como Weedon, C. (1987) Feminist practice and Postestructuralist Theory. Cambridge: Blackwell. O Ramazanoglu, C. (1993) Up Against Foucault. Explorations of some tensions between Foucault and Feminism. Londres: Routledge), en que los proyectos postmodernos/deconstruccionistas a pesar de su propia misoginia, racismo y androcentrismo, coinciden en focalizar sobre los binarismos del pensamiento y la ciencia occidental. De hecho, la misma capacidad señalada por Monique Wittig sobre el poder de los discursos para “ejercer violencia” física y material sobre las personas, o la “violencia de la representación” a la cual alude Gayatry Spivak, irían en este sentido. 103

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postcoloniales, el feminismo de la tercera ola, y todo el debate entre modernidad y postmodernidad o postestructuralismo, se desarrollan la critica queer y los estudios de las masculinidades. Sin embargo, considero que en gran parte del debate feminista se estaba hablando y apelando a las masculinidades, por supuesto ya con anterioridad, pero es que en estos momentos, este debate incorpora de forma muy explícita en sus diversos campos, temas como la participación de los hombres en los movimientos feministas, debates sobre qué es investigar o leer como feminista13105,

sobre la construcción social de las identidades y de un sujeto universal, un modelo heteronormativo, unas relaciones patriarcales, occidentalizado y colonialista. Si que, de alguna forma, desde los noventa, podemos entender que se vuelven visibles los hombres como grupo de género, por parte de algunos enfoques, mientras otros desplazan a las sexualidades y la desesencialización identitaria y otros focalizan en una comprensión de cómo la socialización de niños y niñas, “produce” “sujetos masculinos” o el dualismo de género. Referirse a “masculinidad hegemónica”, introduce de forma más clara la posibilidad de masculinidades distintas14106, a la vez, que cuestiona la que ha sido construida en oposición a la feminidad, a la homosexualidad y su clasismo y colonialismo.

En todo caso, en mi trabajo feminista aludo explícitamente o implícitamente a masculinidades, ya cuando trabajé con la experiencia de hombres hace 20 años en diálogos de grupos mixtos acerca de las “identidades de género” y su deconstrucción en las prácticas cotidianas y en las relaciones, que utilizaré más adelante, comparativamente con estudios actuales, para problematizar tanto la idea de las “nuevas” masculinidades como la de la “responsabilidad”, en sus diferentes acepciones, así como para deshacer, por una parte, el “continuum” de violencia maschista, a la vez que enfatizar el problema del ejercicio masivo de micromachismos. A lo que me refiero, es a que hablando de feminismo hablo de masculinidades y feminidades, 105

Me refiero a los trabajos de Diane Fuss o de Alice Jardine, por ejemplo. Pero, además, lo más interesante, es lo que Michael Kimmel y Robert Connell, proponen respecto a ciertos grados de beneficio, aunque puedan ser distintas y relativas para los hombres, o que pueden ser opresivas si se apartan de la normatividad o amenazantes para el propio modelo. 106

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no sólo de mujeres, aunque me refiera a menudo a las mujeres y me preocupe, en concreto, de las posibilidades de cambio de sus condiciones de vida en términos de discriminaciones y desigualdades en los distintos ámbitos. Pero, a su vez, es relacional respecto a la transformación social. Y , cuando en una investigación reciente en psicología15107, me encuentro que se construye el género como si se permitiera hablar de hombres y el feminismo, no, me parece producto de un neoliberalismo en la concepción del género y las identidades, así como del rechazo general al feminismo por su capacidad de retar las actuales organizaciones patriarcales y androcéntricas, que requerirían de un nivel de autorefexion y autocrítica a nivel de la propia práctica así como de la propia ciencia psicológica. Propongo, por una parte, “politizar” las “masculinidades” y sacarlas de una construcción social que las banalice, en el sentido de que no se construyen autónomamente, sino relacionalmente, no son inamovibles ni “privadas” y que se performaticen, lo cual no supone que se elija qué se hace o no, en una línea neoliberal, o de mercado y consumo y de libre elección identitaria, sino que lo que significa es que no existe un original que podamos hallar de forma esencial en ninguna persona y, a la vez, sin excluir la agencia. Por otra parte, no tengo más remedio que, ni que sea momentáneamente, referirme a las “masculinidades”. Dicho esto, está claro que las masculinidades y su aprendizaje se fragua en los social , a partir de los miles de mensajes y miles de modelos que en la comunicación y el encuentro cotidiano se van hallando. Sin embargo, apelar, tanto en las masculinidades como en las feminidades a su desarrollo en la socialización, no implica de ninguna manera, imaginar, que incorporamos como autómatas, como máquinas de reproducción y Cabruja, T. (2008).¿Quién teme a la psicología feminista? Reflexiones sobre las construcciones discursivas de profesores, estudiantes y profesionales de psicología para que cuando el género entre en el aula, el feminismo no salga por la ventana. Pro-posiçoes, v. 9, n. 2 (56), p. 25-46. Cabruja, T. (2008). Prejudicis i valors en la formació i la pràctica professional de la psicologia: Entre el “currículum ocult” i les interaccions personals. Dins d’E. Villar (ed.), Practicum de Psicologia. Fonaments, reflexions i propostes (p. 287-303). Girona: Documenta Universitaria (UdG Publicacions). 107

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fotocopia todo lo que observamos y que, por eso, sólo somos un producto de una socialización. En resumen, algunos de estos aspectos son los que voy a comentar brevemente, centrándome sobretodo en el eje que se articula alrededor de las ideas de la masculinidad y la violencia: ¿Hay una correlación entre micromachismos y otras formas de violencia? ¿Cómo entender el ejercicio del poder desde una comprensión de las relaciones de género inscritas en unas relaciones patriarcales y androcéntricas? ¿Cuáles son las construcciones identitarias que sirven perversamente para “desresponsabilizar”? ¿qué efectos tiene privatizar y psicologizar las identidades para deslegitimar la transformación de las relaciones de género? ¿Cómo se sostienen los michomachismos y cual es la producción de la masculinidad hegemónica? ¿Nuevas masculinidades?: El problema de fijarse en los roles y no en los intercambios. La intención es sólo plantear aspectos de análisis que creo que pueden ser más interesantes para comprender las dinámicas relacionales que se inscriben en imaginarios y prácticas hegemónicas. Por supuesto, también, que no pienso que sólo cambiando palabras, se cambien acciones, pero sí que considero que renombrar, resignificar y actuar de formas alternativas puede facilitar imaginar e instalar otras posibilidades de experiencia y relación. Puede colaborar en resistir efectos constreñidores de las subjetividades. Asimismo, como la disciplina desde la cual trabajo, aunque con toda la interdisciplinariedad que puedo, es la de la psicología, pues, claro, el lugar que tiene nombrar las personalidades y sus trastornos, en términos de regulación social de cuerpos/subjetividades constituye un dispositivo muy poderoso. Quizás en este sentido, también es una razón por la cual deconstruir los valores y criterios que organizan sus contenidos de estudio en términos de clase, colonialismo, machismo, heterosexualidad me parece un ejercicio indispensable pues se trata de un discurso muy legitimado socialmente, que participa en distintos ordenes sociales y con efectos institucionales muy concretos.

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Además, de forma parecida al trato dado a las “personalidades”, las “identidades” y sus “trastornos” desde la psicología, algo parecido sucede con


la concepción, también, demasiado individualizada y descontextualizada, de la comprensión de la agresión y la violencia, por parte de la psicología. En ambos casos, una comprensión de las relaciones de dominación por sexo y género brillan, desgraciadamente, por su ausencia en la mayoría de estudios y propuestas de intervención social y psicológica. Y, ambas, localizan las reacciones, impulsos, pulsiones y aprendizajes en la persona individual, además de aislar la comprensión de los actos, a algún tipo de determinismo, ya sea social, impulsivo, biológico, innato o cognitivo. Lo que me llevó a hablar, justamente, del “mal trato” dado a la comprensión de la violencia de género machista por parte de las teorías psicológicas y psicosociales dominantes (Cabruja, 2004)16108, que sugieren o bien

inevitabilidad o bien cierta naturalización y una total descontextualización en términos de raza, etnia, clase y sexualidades (Hooks, 2004)17109 . O bien una supuesta igualdad en una negociación ideal donde las relaciones analizadas se presentan totalmente abstraídas de otras situaciones de desigualdad de poder. Por supuesto, no sugiero que puedan ser útiles ofreciendo recursos o que no se realicen desde un compromiso con operar cambios. Sin embargo, a mi modo de ver, se necesita una comprensión que no parta de la ficticia separación social-personal/individual, que incorporen las relaciones de poder y dominación y las construcciones normativizadas para las identidades hegemónicas y sus posibilidades. Es decir, reconocer las estructuras y dinámicas simbólicas, económicas, sociales e institucionales que hacen posible la violencia contra las mujeres y que, de alguna forma, son “normalizadas”, “naturalizadas” y sostenidas explícita o implícitamente.

108 Cabruja, T. (2004). Violencia doméstica:sexo y género en las teorías psicosociales sobre la violencia. Hacia otras propuestas de comprensión e intervención. Intervención psicosocia: revista sobre igualdad y calidad de vida, vol. 13, núm. 2., p. 141-153. 109 Hooks, b. y ot. (2004) Otras inapropiables. Feminismos desde las fronteras. Madrid: Traficantes de sueños.

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Sobre la privatización y psicologización de las identidades y la producción activa de la masculinidad hegemónica: posibilidades y dificultades para el cambio. Creo que aludir a la socialización se presenta con dos sentidos. Uno de ellos, por supuesto, se refiere a la posibilidad de cambio, cambiando modelos y prácticas. Pero a su vez, otro, permite construir una especie de desresponsabilización, de ahorrar agencia individual al “ejercicio” de las posiciones masculinas de devenir hombre y esto no es así, pues, podríamos preguntarnos, al revés: ¿Por qué no agreden y ejercen violencia todos los hombres a sus compañeras18110 cuando, efectivamente, todos

están socializados en una sociedad de relaciones patriarcales19111? Sería interesante conocer por qué no se dan agresiones a las compañeras o ex compañeras y puede resolverse de otra forma también por una gran parte de la población. Por otra parte, imaginar que “tanto puede agredir una mujer a un hombre que un hombre a una mujer”, me parece un argumento impresentable en la situación actual. Por supuesto, que no me refiero a que no exista la posibilidad que una mujer agreda. La cuestión es, qué es más probable y en qué condiciones materiales y concretas se produce. Me parece que, desafortunadamente, los datos son tan espectaculares respecto a las violencias a las mujeres que, aunque pueda darse al revés, aunque también exista en parejas homosexuales y lésbicas, admitir todas estas otras violencias no desplaza de lo que constituye el problema masivo de la violencia contra las mujeres20112. Por otra parte, la correlacion entre micromachismos y expresiones extremas de la violencia y persecuciones, no permite entender porque las mujeres en una situación donde no hay extorsion pueden decidir cambiar de opinión, por ejemplo, que no creo que se deba a la dependencia de las mujeres, ni a que sus decisiones sean

110 Haré referencia especialmente a relaciones heterosexuales pero, lógicamente, se pueden dar en otra u en otro tipo de relaciones afectivas más allá de las de pareja. 111 Bueno, no todos, pues la antropología nos propone magníficos ejemplos de sociedades que antigua o actualmente, presentan otro tipos de posiciones para la masculinidad en las cuales la agresión y la violencia son atributos extremadamente negativos. 112 No es necesario en este encuentro aclarar que para eradicar la violencia se necesitan muchas medidas, pues continúan sin denunciarse 3/4 partes de los maltratos. Continuan muriendo asesinadas por sus compañeros muchísimas mujeres en todos los países. Encima, estas son contabilizadas solo a veces, pues según ciertas leyes si mueren x días después, ya

362 no son consideradas victimas de violencia masclista.


flojas y lábiles, sino que tiene que ver con expresiones e interpretaciones más complejas de los vínculos y los intercambios, y los cálculos y confianza respecto al posible cambio de su pareja. A veces, consecuencia de una relación extremadamente abusiva, otras, consecuencia de las dilemáticas combinaciones de las circunstancias en que se produce. Me parece que el proceso de socialización es dinámico y que tod@s niñ@s y no sólo adut@s son activos en este proceso. De hecho, es bastante difícil saber qué se aprende, qué se reproduce, que se desaprende. Por supuesto estamos totalmente de acuerdo en la necesidad de generar modelos y posibilidades no machistas y más igualitarias ; claramente se trata del trabajo a realizar. Pero, en cambio, no podemos imaginar a las personas con identidades psicologizadas y como actores/ rices de rol y, por eso, la teoría de la socialización en los roles sexuales, me parece débil respecto a transformar contundentemente relaciones desiguales. También, por supuesto, algo se cambia, por el simple hecho, efectivamente, de observar y de que se extiendan las posibilidades de ejecución de rol. Sin embargo, insisto, a mi modo de ver, podrían producirse y, de hecho, en parte es así, sin tocar realmente, lo que está en juego respecto a las relaciones de poder. Por eso mismo, propongo, desplazar el interés que focaliza en las identidades y los roles, de concepciones muy individualizadas del concepto de persona a otras comprensiones de las subjetividades y sus posibilidades en cada relación, en un análisis de relaciones de poder, donde el activismo y la sumisión se mezclan de forma más compleja, de igual manera que el rechazo, la identificación o la subversión y resignificación de cualquier práctica, de forma más precaria, transitando en distintos espacios y más contradictoria. En este sentido tal y como manifesté en distintos trabajos sobre la deconstrucción de las identidades (Cabruja, 1998 y 2002 )21113, considero

Cabruja, T. (1998). Psicología social crítica y posmodernidad: implicaciones para las identidades construidas desde la racionalidad moderna Anthropos, “Psicología social. Una visión crítica e histórica”, núm. 177, marzo-abril, Barcelona, p. 49-59; Cabruja,T. (2002). Discursos sobre la diferencia: subjetividades supuestas, subjetividades impuestas y subjetividades soñadas. En d’O. Furtado i F. Gónzalez, Por uma epistemologia da subjetividade: um debate entre a teoría socio histórica e a teroría das representaçaoes sociais (p. 77-89). 113

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que las concepciones individualizadas que imaginan un núcleo propio recuperable anterior a la socialización aunque haya sido utilizado con propósitos liberadores, finalmente, es el mismo tipo de construcción que se argumenta en la fijeza y dificultad para el cambio, tal y como expondré más adelante, pues muchas argumentaciones sobre las personalidades y las “maneras de ser” constituyen poderosos argumentos de efectos autoritarios. Por una parte, descontextualizan y despolitizan los significados negociados de las acciones y emociones y, por otra, se construyen como intocables respecto a una legitimidad de esencia, con efectos racistas y machistas. Pues ningún comportamiento, imaginación o acción se deduce automáticamente de ser ni hombre, ni mujer, ni trans, ni para las sexualidades ni para las identidades. Aunque, a su vez, estructuras, prácticas e imaginarios existentes contribuyen a la constricción de las posibilidades. Que el género no constituya propiedades de los seres humanos, no implica que podamos reconocerlo en las organizaciones sociales, así como la diferencia sexual. En este sentido es muy útil cómo plantea Judith Butler, a partir de la desnaturalización del sexo realizada por Foucualt proponer algo parecido para el género y cómo la performatividad permite entender que se reconozca a la vez que sea inhallable. Por otra parte, sus expresiones ofrecen privilegios o desigualdades, aunque a su vez, puedan ser apropiados o desafiados. Pero hay una transmisión activa de las relaciones patriarcales y de sus subjetividades polarizadas. En relación a una aculturación en la competitividad y ciertos grados de violencia son apoyados para los niños y penalizados para las niñas y, al revés, continua siendo difícil para niños que no participan en los espacios de encuentro de competición. En este sentido, una de las observaciones más importantes en las etnografías escolares o en los proyectos de trabajo en talleres, es que la escuela es, Sao Paulo: Casa do Psicologo. Cabruja, T. (2003). Astucias de la razón y psicología crítica: condiciones de erotismo-seducción, prácticas de tokenismo y resistencias ético-políticas. Política y Sociedad, A partir del socioconstruccionismo, vol.40, núm.1, Madrid, p. 155160.

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justamente, un espacio muy masculinizado, pues la mayoría de trabajo se ha hecho a nivel curricular , de contenidos, o a nivel cognitivo o, incluso, a nivel de dinámica de enseñanza y pedagogía en el mejor de los casos, sin embargo, no se ha realizado en el trabajo, vamos a llamarlo sobre los “afectos”, las “relaciones” ni en el espacio lúdico. Siendo el mejor ejemplo, la distribución en los patios, a menudo citado en los estudios, pero que no sólo tienen que ver con la desigualdad y reproducción de la diferencia sexo-género, sino que además conlleva un desarrollo de la masculindad hegemónica o comportamiento masculinos normativos que penaliza a los niños que no siguen el modelo normativo y no se interesan por jugar al fútbol, pelearse o demás y prefieren charlar en los extremos con las niñas. Aunque pueda haber disminución de prejuicios, igualmente, son excluidos indirectamente de los círculos afectivos masculinos u objeto de preocupación respecto a su nivel de integración en el grupo, de la misma manera que puede pasar con una niña que se aparte del espacio femenino. La expresión de emociones no es solo de rabia, puede ser por supuesto de alegría, de euforia, incluso, pero están desplazadas a las bromas entre niños, a ganar los partidos, o a conseguir logros dentro de la normatividad grupal de género. La cuestión es que si las emociones son performances de afectos unidos a comportamientos, desarrollados socialmente, éstas se producen, también, en la diferencia sexual y de género. Con escisiones importantes para uno y otro y con los efectos que conocemos respecto a constituir como principal la ganancia o el éxito en lo privado. Las microrelaciones de exclusión/inserción o aceptación grupal configuran tanto las subjetividades como las mismas posiciones respecto a los modelos. Aunque no estoy muy de acuerdo en las clasificaciones que se están realizando de las masculinidades por parte de algunos autores, coincido totalmente, en cambio, en que, de hecho, la violencia patriarcal y la masculinidad hegemónica ejercen violencia hacia las mujeres principalmente, pero también hacia los otros hombres. Es la otra cara del patriarcado en diversos sentidos. Considero que el trabajo con

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los procesos de adscripción genérica, para señalar qué hacen posible y qué no y con qué consecuencias es una tarea que debe combinarse con una comprensión de la diversidad de inscripciones, sus efectos intersubjetivos y materiales, que conllevan siempre afectos y emociones. De esta forma se puede combinar una deconstrucción con la apertura de resignificaciones y con la muestra de los efectos en términos de poder que implican, analizando el contexto de interaccion y las dinamicas de reproducción y camio. La producción activa de la masculinidad hegemónica: regulación y cambio.

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Por otra parte, la violencia contra las mujeres, a su vez, constituye, la parte más terrible de una violencia mucho más extendida que es la de los micromachismos en la vida cotidiana. Por supuesto, esto tampoco quiere decir que deba confundirse una con otra pero no soy nada partidaria de establecer un “continuum” entre los micromachismos de la vida cotidiana y el ejercicio de la violencia y la persecución o un maltrato continuo a las mujeres. Si no soy partidaria, es porque considero indispensable, por supuesto, prevenir la violencia machista expresada en los micromachismos que son una coerción de la libertad y un abuso y opresión, así como actuar a un nivel más estructural y público en términos de desigualdades sociales, pero en cambio, no creo que se pueda deducir que quien ejerza micromachismos sea un perseguidor y ejerza la versión más extrema de violencia. Aunque ambas manifestaciones tienen que ver con que sean posibles en una sociedad estructurada en tantos niveles de desigualdad respecto a la diferencia sexual, una y otra no son correlativas. Aunque es un tema muy delicado, creo que ante los interrogantes y retos que plantea una intervención, no directamente sobre hombres que han realizado violencia a sus parejas, sino una intervención mas amplia para evitar y erradicar la violencia machista, creo que es muy conveniente mostrar, por una parte el “continuum” para no aislar y descontextualizar el por qué se producen actos de violencia tan extremas y tan duras, pero, a su vez, separar, pues lo que posibilita cotidianamente las practicas de


microviolencia machista, en las relaciones y, muy especialmente, en las afectivas y de parejas, y reproduce la dominación masculina sin provocar el rechazo que en la mayoría de hombres provoca los extermos de violencia, es justamente, las invisibilizadas y legitimadas por el habito, el contexto inmediato y las experiencias que se han fraguado y reproducido alrededor de expresiones más encubiertas de abuso y violencia patriarcal. Además, creo que la preocupación e interés por el cambio, no conecta por esta razón con aspectos de la prevención, necesaria por otra parte, orientada a las mujeres, para reaccionar a cualquier manifestación de poder machista. De hecho, creo que este es el problema. El paso entre expresiones micromachistas como el primer acto que desemboca en el acoso y la violencia física y extrema, no se reconoce, no permite una identificación por parte de los hombres y, por lo tanto, incide relativamente poco en la población. De alguna manera, a pesar de lo acaparadoras que puedan ser las cifras, la mayoría de hombres rechaza estas expresiones. Sin embargo, la gran mayoría (ni de mujeres) pueden reconocer con facilidad las otras expresiones de abusos sistemáticos de poder llevadas a cabo continuamente cada día, en el trabajo, en casa, en el espacio publico, por supuesto, pero muy especialmente en las relaciones de pareja íntimas y heterosexuales. Me parece que lo más interesante del desarrollo realizado por Bonino22114

consiste ` en relacionar, siguiendo a Foucault, las grandes estrategias de poder en su instalación y ejercicio cotidiano naturalizado y, al mismo, tiempo, tomar en consideración las aportaciones feministas respecto al efecto en términos de libertad, autonomía y malestares psicológicos en las mujeres (depresión, baja autoestima, agotamientos emocionales y energéticos, sensación inseguridad, etc.) de un tipo de opresión que se ejerce de forma muy sutil, pues, de forma más legitimada y a la vez mucho menos visible. Los micromachismos constituyen, siguiendo a este autor, una multitud de mecanismos de control que se desprenden de prácticas de orden muy diverso: los coercitivos por intimidación, abuso del tiempo propio y el espacio físico para el varón, los “cortocircuitos” 114

Bonino, L. Micromachismos: la violencia invisible en la pareja.

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(tomas de decisiones sin implicar a la mujer); los encubiertos (silencios para no reconocer según qué, o para mantener su posición o no decir lo que piensa; aislamientos y puesta de límites ( imposiciones de distancias físicas cuando las mujeres piden respuestas o intimidad; enojos y frases de ira explosiva para bloquear el diálogo; acusaciones que se siente invadido: “no me presiones”, “déjame en paz”; “nunca estas conforme”, “estoy todo el día trabajando y quiero paz”; secuencia ira-aislamiento; engaños y mentiras: incumplimientos de compromisos; darse tiempo y “dar lástima”, busca de aliados y aliadas que demuestren lo “bueno” que es él y lo “mala” que es su compañera, o lo infeliz que le hace, etc.). Interesante, además, porque muestra como sin ser intencionales, son igualmente, enormemente interesados en términos de abusos de poder y de manipulación y de falta de trato igualitario en lo personal o de mantenimiento de privilegios en la autonomía. Así como afirmación de la identidad masculina sustentada en las creencias de superioridad sobre la mujer con negación de la vincularidad afectiva y del intercambio que ella supone. Y cuando ella desea un cambio hacia la igualdad, o manifiesta su descontento o sus necesidades, él la hace sentirse culpable-.

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Pues me parece que colaboran, en la línea de lo que he comentado antes, en presentar la complejidad de lo que se realiza para el bienestar personal a partir de abusos y coacciones, entre hábitos, implícitos y atribuciones naturalizadas. Y la dificultad de reconocerlas como tal, porque se han desplazado del orden publico y relacional de la igualdad al orden privado de la legitimidad de las “maneras de ser”: más sutil, más perverso, más complejo. Creo que el argumento de la legitimidad de “soy como soy” que aparece como “intocable” constituye un punto fuerte de deconstrucción para mostrar sus efectos autoritarios. Además, se socializa en esta diferencia a hombres y mujeres. Requiere de un desengranaje más sofisticado. Pero quiero insistir en el rol que ocupa la concepción occidental de la identidad , su privatización y despolitización y el peso de la “manera de ser” como guión a partir del cual se neutraliza cualquier demanda de cambio y se culpabiliza a la mujer en las relaciones neterosexuales. Muy relacionado


también con los estudios sobre la “monstruosidad femenina” (desde la mujer bruja, a la mujer premenstrual o menopáusica, o a la que responde con rabia forman parte de un imaginario que se proyecta en el androcentrismo de la ciencia y en los micromachismos cotidianos) y la psicopatologización de la ruptura de norma por parte de las mujeres y la historia de la “loca” en nuestra cultura23115, pues la reacción en el ámbito privado a los mandatos

de género se traslada al ámbito publico institucional de penalización. Larga historia de participación de la psiquiatría y la psicología (Cabruja, 2005 y 2007) legitimando este reajuste de control de sexualidades, actividades, etc. que son moralizadas y penalizadas por antinormativas, trasladándose al ámbito del diagnóstico de la personalidad como psicopatológica. Como de despolitizar cualquier respuesta ante las situaciones de abuso y control de sus vidas. Los mecanismo sutiles pueden ser muy perversos con el fin de desactivar cualquier queja, etc., pues por supuesto, un cierto bienestar conseguido a partir de este ejercicio de desactivación y no atención a lo propuesto y su significación en psicopatología ha llenado las páginas dedicadas a las histéricas. Las explicaciones que no toman en cuenta como la violencia que se da en las relaciones esta inscrita en las relaciones patriarcales de género, desresponsabilizan respecto a la situación de poder y al efecto de las acciones, de cómo silencian a las mujeres, como las aíslan o como se interpretan sus resistencias. Y, legitimando, consecuentemente, las actuaciones institucionales, legales y sociales que se derivan de este etiquetaje, sin una comprensión en términos de reacciones de diversa índole a las distintas formas de sujeción, dominación y control patriarcal.

Además, no creo que hayan sido ni útiles ni adecuados los modelos identitarios reclamados por mujeres o por hombres sobre lo que “es” ser Cabruja, T. (2007). LO“K”AS LO”K”URAS O”K”UPADAS. Violencias de la psicología a las mujeres: psicologización, psicopatologización y silenciamiento. Dins de B. Biblia y C. San Martín (Coords.), Estado de wonderbra. Entretejiendo narraciones feministas sobre las violencias de género (p. 155-170). Barcelona: Virus Editorial. Cabruja , T. (2005). Psicología, racionalidad moderna y prácticas de producción de la diferencia normal-patológico. Dins de T. Cabruja (ed.), Psicología: perspectivas deconstruccionistas: Subjetividad, psicopatología y ciberpsicología (p. 115-166). Barcelona: EDIUOC.

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mujer o “ser” hombre. Cualquier privatización y esencialización de las identidades me parece extremadamente conservadora pues, de alguna manera, lo que produce es la idea de que se “es” como se “es”, que se puede identificar. Se da un lugar muy importante a una interioridad que necesita ser protegida, salvada o recuperada, y ante esto lo que se dificulta, es la posibilidad de moverse en un terreno por supuesto, mucho más complejo, en el que, de alguna manera, a veces se reproducen posiciones de dominación, aprendidas, otras veces no, otras son involuntarias, otras no, en otras se desarrollan cambios en función del contexto, la relación y otros procesos. Desde mi punto de vista, una aproximación postestructuralista permite, justamente, politizar del todo cualquier aspecto que tiene que ver con la subjetividad, cuando decimos quienes somos, cuando contamos recuerdos , cuando reaccionamos emocionalmente, (y soy consciente que no debería separar estos aspectos) lo que hacemos es transmitir, comunicar qué nos gusta y qué no, que aceptamos y que no, derechos y obligaciones. Todo ello es del orden ético y del orden político, porque está en juego con la alteridad y en el encuentro se produce el intercambio que posibilita más o menos libertad, que coarta o no, a la vez, que cuando pensamos como somos, de alguna manera, reproducimos parcialmente, aspectos que se hallan en el imaginario social y que, por lo tanto, responden a regulaciones y autoregulaciones sociales. Ni las identidades ni los guiones de los encuentros sociales, los que sean, laborales, personales están totalmente escritos, son modificables, negociables. En definitiva se pueden cambiar.

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Tanto desde las acciones legales como las terapeuticas o de las experiencias biográficas recogidas una de los componentes más “sólidos” y “constantes” en la visibilización de la violencia que ejercen los hombres es que puedan dejar de construirla como una “consecuencia” de algún comentario o acción de las mujeres. Actuar sobre las justificaciones que los hombres hacen de sus actos responsabilizando a las mujeres como que les provocan con lo que dicen o lo que hacen, con violencia material golpeando el volante del coche, la mesa, etc. y en sus justificaciones


se pone de manifiesto en cada uno de los encuentros actuales para debatir cómo intervenir en la violencia machista y patriarcal. El tema de la responsabilización en las situaciones de prácticas de violencia y de micromachismos, de hecho, es de orden bastante distinto al tema de la “responsabilización” respecto a un reparto de tareas domésticas, por ejemplo. Por supuesto, está relacionada con todo el sistema sexogénero pero alude a mecanismos subjetivos más profundos, donde los no aprendizajes realizados no son solo de ejecución y reproducción de una herencia en el habla de atribuir su “continencia” emocional y su “bienestar” o “bondad” a las acciones de la otra persona, sino que se insiere en un entramado complejo. En la investigación empírica que presenté sobre como se construía la masculinidad y la feminidad en grupos mixtos de estudiantes universitarios (Cabruja, 1991 y 1996)24116, al tratar sobre el

machismo, la “culpabilidad” era el constructo explicativo utilizado para referirse ya sea a la participación de la mujeres en la transmision del machismo, ya sea en las relaciones heterosexuales intimas, y, a su vez, se “desresponsabiliza” a los hombres y la masculinidad con argumentos que podían ser de causalidad social (la historia ha sido esta y por eso se reproduce y no son responsables) o de atribución externa, o sea que no son responsables por la acción de sus compañeras o madres. Muy unida a una construcción identitaria dilemática, por una parte muy cerrada y autónoma y por otra, aparentemente, muy dependiente de no desbordarse por la acción de la mujer, en donde la relacionalidad de una construcción de control/dependencia patriarcal se manifiesta. Este mismo argumento el de la (no)responsabilización de los hombres y cómo es construida constituye uno de los retos actuales incluso en los discursos jurídicos y de los profesionales (Luna, 2009)25117. Considero que topamos con lo más complicado de cómo se ha inserido la subjetivación de género, en términos

Cabruja, T. (1991). Versions de la postmodernitat i propostes sobre l’individu. Edició microfitxes. Universitat Autònoma de Barcelona, 1993. Cabruja, T. (1996). Posmodernismo y subjetividad: construcciones discursivas y relaciones de poder. Dins de L. A. Gordo i J. Linaza (dir.), Psicología, discurso y poder: metodologías cualitativas, perspectivas

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críticas (p.373-389). Madrid: Visor. Luna, R. (2009) La responsabilidad masculina por la violencia contra la (ex) pareja: fundamentos para una definición. Proyecto Final de Máster. Texto Mecanografiado. 117

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de un imaginario socio-sexuado de relaciones patriarcales de dominación. De un trabajo de autonomía y racionalización para la masculinidad, resulta que como consecuencia del mismo imaginario se genera una dependencia, donde la identidad masculina, parece contenida por lo que suscita en ella la significación que rompe lo previsto, a nivel normativo, individual y social, de la mujer y de la feminidad. Por eso es tan necesario dirigir la intervención a la producción activa de micromachismos, no sólo en la intervención terapéutica con hombres que han maltratado o ejercido violencia contra sus parejas, sino, en el ámbito de la educación. Pues en ella se sostiene la masculinidad hegemónica a pesar de sus subversiones y de ellos se producen las micropolíticas de control identitario en términos de género de dominación y poder patriarcal, con sus posiciones y efectos bien concretos en tanto que abusos y ejercicios de poder. ¿“Nuevas” masculinidades? y otras microsubversiones . Ya en las entrevistas que realicé durante la tesis doctoral se construían de forma muy complicada aspectos y posiciones masculinas y femeninas, que podía ser sostenidas cada una de ellas, lógicamente, por hombres o por mujeres y que muchas de estas posiciones podían reflejar sexismo mientras otras podían subvertir muchos significados heredados, pero no sólo eran dilématicas entre personas, sino, por supuesto, por parte de la misma persona. Claro, en 1989 aún no se hablada de performatividad, pero ya se hablada de posiciones y deconstrucción. En este sentido, tengo

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serias dudas sobre todo lo que aparece como nuevas masculinidades. Por distintats razones. Una de ellas, es que creo que, de igual manera que sucede con las “memorias”, ya sean recuerdos personales o recuerdos sociohistóricos, a pesar de sus diferencias, pues, por ejemplo, la construcción del pasado, además de constituir una versión determinada, con sus ideologías sirve para decir alguna cosa del presente. Creo que se han constituido demasiado monolíticamente las masculinidades, obviando miles de aspectos en la historia que han procurado posiciones distintas y resignificaciones de ellas. En este sentido, puedo pensar desde hombres que aculturalizaron a sus hijas, compañeros que participaron o aceptaron o lucharon por reconocimientos de las mujeres, hombres con sexualidades


no heteronormativas, etc. Por supuesto, que no lo digo idealizando para nada los aspectos diferenciales en la realización y desarrollo de unas posibilidades distintas, como a veces, se hace. Lo digo para enfatizar el aspecto dilemático de la masculinidad. Y, también, para problematizar un poco, lo que aparece como gran cambio en las nuevas paternidades y las nuevas masculinidades. Desde mi punto de vista, el cambio de roles o la realización de tareas de la diferencia de roles, no es más que esto. Su significado más general no puede deducirse sin entrar a contemplar otros aspectos. Ni quien lava ni quien no lava adquiere un significado único. Me parece que no necesariamente porque los hombres se impliquen más en el cuidado de los hijos implica algo más que implicarse mas en el cuidado de los hijos26118. En entrevistas que he realizado recientemente,

las mujeres reconocen este aspecto pero cuando se debe cuidar gente mayor, o realizar otras tareas, el tal cambio, cambia, justamente. Pero a la vez, me parece muy interesante, el conocer las explicaciones que se dan y las practicas que sustentan, a veces, que según que no varié. Pues pasan, también, por otra significación, tal y como Margareth Wetherell puso de manifiesto, en las operaciones de poder e ideología en el dia a dia con la identidad, respecto las ideas de justicia distributiva. Por ejemplo Constance Gager (1998) explora las explicaciones de los hombres respecto a cual es su colaboración en las tareas domésticas, en las cuales, el referente de comparación no es un hermano, cuñado o amigo, sino un “do-nothing dad” (masculinidad tradicional): categoría indeterminada, en una especie de modelo de padre anterior que no hacía nada, en comparación al cual, ellos “sí hacen” pero a la vez , no acaban de compartir con sus esposas o compañeras. Pero, es que además, la construcción del hombre y de la masculinidad sin emociones, es demasiado simple. A su vez, no pienso que en situaciones más clásicas de hombre ganador de pan - mujer ama de casa, no puedan darse posiciones de masculinidad y feminidad que no tienen por qué

118 Cabruja, T. (1999) Estudio sobre La situación de la mujer en la ciudad de Girona: Opiniones de las mujeres sobre la vida en la ciudad y sobre las percepciones de (des) igualdad. En, Casas, F. ; Cabruja, T.; Muñoz, D. Y Saurina, C. (1999) SubInforme.

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coincidir con hombre que no se ocupa de hij@s, pues depende, o mujer en casa, sumisa y pasiva. Que el modelo sea absolutamente relevante de un estructura patriarcal y penible por lo que supone en términos de trabajo no reconocido, de representaciones de escisión publico- privado, de discriminación laboral, de reificación de los estereotipos de genero, de privación de posibilidades para las mujeres, de enormes desigualdades sociales, sin embargo, no dice tanto como imaginamos sobre la forma concreta en que se desarrolla. En este sentido, encuentro, aunque también ha sido muy criticado, muy interesante el planteamiento de Bell Hooks, sobre qué sucede con las masculinidades heridas, o los de sobre los dobles mensajes maternos, o las autobiografías de feministas de sufragistas o relatos en la Edad Media y la Época clásica, quienes en realidad han sido educadas o empoderadas por acciones de sus padres, por ejemplo. De hecho, Erika Burman (1994)27119, por ejemplo ya se refería

a la “pobreza de los estudios de psicología de la atención y cura paternales” refiriéndose a la poca producción de estudios psicológicos sobre el ejercicio de la parternidad. Es decir, que existe una gran diversidad de relaciones y afectos en las prácticas de maternidad y paternidad que hacen a l@s hij@s diferentes. Creo que la idea de una masculinidad tradicional que no participa en nada, no me parece que ayude, en ningún sentido, a lo que sucede con la combinación de los roles y su ejercicio y cuando se combina con una paternidad actual construida como muy participativa28120 por parte de los hombres porque van a buscar a l@s niñ@s en el colegio, por ejemplo, o los sacan a pasear o cambian pañales, creo que se ha desestimado tanto una comprensión más compleja, donde por ejemplo, el tema de clase trabajadora puede haber impedido efectivamente que los padres recogieran los niñ@s o clase trabajadora donde como la mujer también trabajaba fuera del hogar, había ciertos tipos de repartición aunque no fuera admitida en público (hay estudios en este sentido) o donde debería incluirse el análisis de la relación con los abuelos por ejemplo. No me refiero tanto a una interpretación de “nuevas colonizaciones” del espacio privado, pues creo Burman, E. (1994) La Deconstrucción de la Psicología Evolutiva. Madrid: Visor, 1998. O donde cómo decían las mujeres que participaron en unos grupos de discusión sobre igualdad y desigualdad, los hijos si, pero las persons mayores o la propia compañera, no. 119

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que es más dilemático, sino como que, en realidad, coloca un maquillaje respecto a cómo se negocian realmente los intercambios afectivos y concretos en términos de necesidades y variabilidades diversas y cuales son los espacios en que primero se accede, por que y con que significación. Además, también, me parece que aspectos como la compenetración o los niveles de intercambio comunicativo más respetuosos o igualitarios deberían tomarse en consideración, pues quizás dan más cuenta de grados de la igualdad en la relación que la pura observación del desarrollo de tareas concretas. Por supuesto que tampoco coincido con culpabilizar a las mujeres en su participación en la transmisión del patriarcado. Mi comentario no va en este sentido, sino en el de rescatar que empodera, que hace posible según que y que no, para tener más recursos para actuar y crear nuevas posibilidades. Por otra parte, pienso que la gran dificultad se halla en el encuentro y negociación, efectivamente, de lo afectivo, en el ámbito de una relación intima heterosexual y esto es algo que por ejemplo, muchas autoras feministas o escritoras29121 pusieron de manifiesto en la creación de utopías y distopias imaginadas al respecto de qué mundo posible habría para la igualdad. Lo que amenaza la masculinidad respecto al ejercicio de violencia tiene que ver con la amenaza que supone una relación libre e igualitaria con su mujer. Pues la dicotomía publico-privado se ha transformado en otro tipo de categorización que reproduce sus mecanismos.

En este sentido, cobra especial importancia la regulación social de la masculinidad por los mismos hombres y por las posiciones masculinas sostenidas desde la matriz heterosexual y las relaciones patriarcales. En este aspecto coincido plenamente con Lynn Segal y con tantos otros estudios que señalan la importancia de que quien regula los hombres son también los hombres. A mi modo de ver, y tanto en la experiencia de investigación como de docencia, no se da un tema de prejuicios especialmente machistas, sin embargo, no es sólo que haya mecanismos 121 Pienso en la novela de Ursula K Le Guin Los desposeídos, por ejemplo, o en las de Joan Russ o, de otra forma, en las de Doris Lessing y Margareth Atwood, así como Hélène Cixous y otras escritoras contemporáneas postfeministasa en la línea de subv ersion y reapropiación.

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de más sutileza de discriminación, sino que el gran temor está en lo que se muestra y visibiliza entre otros hombres, de la misma manera que una gran parte de la discriminación a las mujeres pasa por la dificultad en incorporarlas en los círculos de compañerismo y amiguismo masculinos. El grupo de hombres como tal o la dinámica que se da, suele ir en la dirección patriarcal, de tal forma que funciona como regulador de posiciones de hombres o de posiciones masculinas que podrían ser mas progresistas o igualitarias con sus compañeras. También los hombres tienen miedo de los otros hombres. Y el trabajo en la socialización creo que debe tomar en serio este aspecto. Tal y como Law (1999)30122pone de manifiesto, la

prácticas de vergüenza y humillación se emplean habitualmente tanto en la regulación de los hombres por los propios hombres como en la autorregulación, para preservar la posición estratégica del hombre en el grupo dominante de hombres. Sin embargo, a mi me parece la otra vertiente de lo mismo. Creo que la camadería masculina, pues, constituye un espacio aceptado de expresión afectiva con sus propias normas y, a la vez, funciona como dinámica grupal de género, es decir, de transmisión efectiva y poderosa de la masculinidad hegemónica de forma no explícita, más sutil, pues de hecho, a menudo, los comentarios con efectos represores y reguladores respecto al mandato de género son formulados desde la complicidad, la broma o la preocupación “amistosa” por el bienestar del otro. De esta forma, los resquicios o los pequeños indicios de subversión o autoreflexión alrededor del ejercicio de la masculinidad son reprimidos, ya que resultan, de una forma u otra, amenazantes para el estatus y poder colectivo. Además pienso que no necesariamente tienen que tomar la forma de la violencia o la humillación, justamente, sino que pasan por el acompañamiento y la empatía y, por lo tanto, son mucho más difíciles de señalar. Operan regulando y autoregulando, haciendo “parecer” que son tomas de decisiones “individuales” y “personales” lo que en realidad resulta de obediencias y acomodaciones parciales a la normatividad de género. Y, de hecho, estaba pensando, que, aunque el principal actor es el grupo masculino, en realidad son prácticas de sostenimiento de la actual situación

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Law, I. (1999) A discursive approach to therapy with men. En parker, I (1999) Deconstructing psychotherapy. Londres: Sage. 122


que pueden ser sostenidas tanto por hombres como con mujeres, y en este sentido enlazaría, también, con una de las manifestaciones señaladas por Bonino de los micromachismos encubiertos, el de victimización y con el núcleo intocable identitario, descontextualizado de lo que implica en términos de abuso y efectos autoritarios. Su visibilización constituye un potencial de cambio autoreflexivo, aunque su principal escollo se halle en la regulación social de la masculinidad. Creo que, respecto a las intervenciones sociales, legales, educativas, terapéuticas y en toda su expresión en cualquier cotidianidad, es indispensable incluir un enfoque que tome en consideración estos aspectos dilemáticos tanto para erradicar su producción como para hacer posibles otras creatividades y posibilidades identitarias y relacionales menos autoritarias, que no puedan desatender lo que unas relaciones de dominación y desigualdad patriarcal, cultural, social y racial junto con las construcciones identitarias adecuadas a un sistema social concreto, favorecen en términos de poder.

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Este material fue desarrollado en el marco del proyecto “Developping strategies with men using violence in intimate relationships”. Bajo el apoyo de: Programa Daphne II - Comisión Europea. Editado por: ITD (http://www.e-itd.com) Tipografías: Helvetica / Georgia. El tiraje fue de 1000 ejemplares. Impresión: Comgrafic. Barcelona 2009.


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