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Reconocí mi pecado y no te oculté mi culpa; me dije: "Confesaré a Yahvé mis rebeldías". Y tú absolviste mi culpa, Sal 32,5 perdonaste mi pecado. XI DOMINGO ORDINARIO / CICLO C / 16 DE JUNIO DE 2013

-"Tú eres ese hombre": Cuando el rey David se quedó con la mujer de Urías y consiguió que éste muriera según lo previsto luchando contra los amonitas, se presentó el profeta Natán, dispuesto a denunciar el crimen que había cometido. Entonces Natán le propuso una parábola, un caso que David debía juzgar para caer en la cuenta del propio pecado. Y el rey juzgó correctamente, y se encendió su cólera contra el hombre rico que, para dar de comer a un huésped, se atrevió a robar a un pobre la única oveja que tenía. A lo cual contestó el profeta: "Tú eres ese hombre". De modo semejante Jesús denuncia la conducta del fariseo Simón, que, teniéndose por justo, condena a una prostituta. El pecado es una realidad oscura. Con frecuencia el pecador -y todos somos pecadores- se disculpa torpemente echando la culpa a los demás para castigarla en cabeza ajena. Pero la palabra de Dios descubre nuestro pecado y nos concede así la primera gracia: el reconocimiento de la propia culpa. Sólo así, reconociendo que somos culpables, nos alejamos de verdad de la mayor miseria que es no conocer la propia miseria. -Todos somos culpables: David era culpable, Simón era culpable, la prostituta también... y nosotros. Pues todos somos culpables. Nadie puede presentarse delante de Dios para decirle: "Soy un hombre justo". Y no hay hombre que pueda estar en regla en todo, que pueda justificarse a sí mismo y cumplir la ley sin la gracia de Dios. Por lo tanto, no podemos acudir al templo para orar como aquel otro fariseo, para convertir nuestra alabanza a Dios en presunción y nuestra acción de gracias en


autosuficiencia. Más bien debemos acudir allí como el publicano, si es que queremos alcanzar la gracia y el perdón de Dios. Porque todos necesitamos de su indulto, pero sólo aquellos que son conscientes de esa necesidad pueden recibirlo.

-Seamos tolerantes: No podemos ir por el mundo con la ley en la mano, ni siquiera con la ley de Dios. No podemos pasearnos con autosuficiencia de leguleyos sabiendo en cualquier caso cuáles son nuestros derechos y los deberes de los demás, exigiendo, condenando a los otros, repartiendo premios y castigos. Porque la ley se vuelve entonces contra nosotros y no podemos quejarnos si nos miden tal y como nosotros medimos. Porque la ley no puede salvarnos y el legalismo, lejos de fomentar la convivencia, la entorpece. Porque el mismo Dios ha querido ser para los hombres antes gracia que justicia y nos ha perdonado a todos en Jesucristo. La tolerancia es una virtud cristiana. Jesús fue tolerante con los pecadores públicos, los acogió, los comprendió, los perdonó y se sentó a comer y beber con ellos en una misma mesa provocando la crítica de los santones de Israel. Jesús fue incluso tolerante para los que no lo eran con los demás, para los fariseos, también con ellos se sentó a comer en una misma mesa. En fin, Jesús fue tolerante con todos hasta el punto de cargar sobre sus hombros el pecado del mundo y morir perdonando a sus enemigos.

-Pero no indiferentes: El evangelio de Jesús es la buena noticia de que Dios perdona a los pecadores. Por eso son precisamente éstos quienes le escuchan y no los que ya se tienen por justos y condenan a los demás. Estos no pueden escuchar ninguna buena noticia; no la necesitan. Pero este evangelio del perdón no deja a los pecadores en su pecado. De ser así, ya no sería perdón, sino condena, y lo que hemos llamado tolerancia se convertiría en indiferencia. No, el perdón de Dios es redentor. Porque es una prueba de amor, porque es gracia que nos gana el corazón y nos anima para emprender una nueva vida. El que ha sido perdonado mucho, ama mucho. El que cree y recibe el perdón de Dios, la gracia de Dios, vive entonces la ley no como imposición, sino como expresión de su nueva vida. De manera que la ley sigue al evangelio y éste se muestra como una gran fuerza de liberación.

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Meditando la Palabra 1. «He pecado contra el Señor» El pecado de David, es grande: abrasado por la concupiscencia, para conseguir a una mujer, se ha convertido en un asesino. Su pecado es más grave porque David ha sido agraciado por Dios con esplendidez. Ha sido ungido como rey de Israel, su enemigo ha sido sometido y las mujeres de éste han caído en sus brazos. Pero éstas no le bastaban, quería acostarse con otra, con la mujer de Urías el hitita. Se le impone un castigo: la espada no se apartará de su casa, y también el hijo de Betsabé morirá. Sólo entonces se llena de compunción y confiesa su pecado; y tras esta confesión, se le perdona su culpa.

2. Muy distinto es el perdón del que se habla en el evangelio. A la pecadora que importuna en el convite del fariseo, se le perdonan sus muchos pecados porque tiene mucho amor. ¡Qué declaración más misteriosa! Ciertamente con el «mucho amor» no se está pensando en sus pecados eróticos. Y sin embargo, aunque la prostituta era una amante extraviada y pecaminosa, era y es una mujer de alguna manera amable y amada, no instalada en su propia justicia, y en su amor aún impuro encontrará la gracia divina del perdón un punto de contacto para impulsarla a este maravilloso testimonio de arrepentimiento. «Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios» (Mt 21,31). No es que el amor de la prostituta haya movido a la misericordia de Dios a perdonarla, para que ella pueda después demostrar al Señor un amor grande y puro. Pero el concurso de la gracia siempre proveniente y del principio de un amor auténtico en la mujer constituye un todo que no debemos intentar disociar. En el escaso amor del que se cree justo, el amor divino que perdona sólo puede arraigar difícil e insuficientemente. La parábola que Jesús cuenta a su anfitrión fariseo (la del prestamista que tenía dos deudores: uno que le debía quinientos y otro cincuenta denarios), es y seguirá siendo paradójica: pues en realidad el fariseo debe mucho más a Dios que la pecadora. La parábola se pronuncia desde el horizonte espiritual del fariseo. Pero quizá se pueda establecer un nexo con la historia de David, pues el gravísimo pecado de éste tampoco procede en último término de un corazón malvado y obstinado, sino de un amor extraviado por el pecado. Por eso se hunde enseguida cuando se le acusa, se arrepiente y confiesa su culpa.

3. «El hombre no se justifica por cumplir la ley». La enseñanza de Pablo en la segunda lectura puede entenderse como una explicación del evangelio. Pablo es un fariseo y un pecador que ha sido per-

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donado. Pero Jesús le ha convencido de su pecado («¿por qué me persigues?»), y su falso celo ha sido transformado por la gracia en un celo autentico. Por eso está «muerto para la ley, porque la ley me ha dado muerte»; con su perseverancia en el camino de la ley (que produce el pecado: Rm 7) ha llegado a su fin; no por sus propias luces sino por la gracia del que se le ha revelado como el Crucificado -por la ley, pero Crucificado por mí- y lo ha crucificado con él. Crucificado en el amor a Cristo, un amor que -Pablo lo sabe bien- es la única causa de mi conversión a la pura entrega. Ahora ya no están frente a frente mi yo y la ley que yo debo guardar, sino el Cristo que me ama y mi fe en él, o mejor: esta relación ha quedado superada porque el Señor, que me ha tomado consigo, a mí y a mi pecado, me posee en sí, de manera que ya no vivo en mí mismo, sino en él; o mejor aún: «Es Cristo quien vive en mí». HANS VON BALTHASAR

Las prostitutas os precederán Allá te llegaste, mujer, con tu frasco de perfume, a la sala del festín, en casa de aquel rico fariseo. Allá te entraste, mujer de la «soledad» y de «las compañías,» «oscuro objeto del deseo», aventurera del placer epidérmico y triste, trabajadora del oficio más antiguo del mundo, según dicen. Pero no te entraste como otras veces: a exponer tu mercancía y dejar que «los otros» te eligieran para usarte. Para usarte y luego dejarte. Para dejarte y luego comentar: «Es una mujer de la vida, es una pecadora». No. Esta vez no fue como otras veces. Esta vez, en cierto modo, elegiste tú. (Y digo «en cierto modo» porque ya sabes que este tipo de elección siempre viene de Él.) Y hacia Él te fuiste con soltura y decisión. Y no pediste dinero a nadie. Al contrario: el despilfarro corrió de tu cuenta, porque «te colocaste detrás, junto a sus pies, los regaste con tus lágrimas, los enjugaste con tus cabellos, se los

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cubriste de besos y se los ungiste con tu perfume».

Todos hicieron «sus juicios» naturalmente. El anfitrión pensó que Jesús «no era un profeta, porque si lo hubiera sido, sabría quién era aquella mujer». Judas pensó en lo bien que habría venido el dinero de aquel perfume para «su bolsa». Los demás probablemente te vieron como una intrusa que les ibas a «aguar la fiesta» y ¡quién sabe si podías dejar al «descubierto» sus «cubiertas aventuras»! Pero el «juicio» que nos interesa


fue el que hizo Jesús, naturalmente. Y fue éste: «Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor. Pero al que poco se le perdona, poco ama». Y esta frase bifocal, mujer del llanto y del perfume, ha quedado ahí como fuente inagotable de reflexión sobre el amor y el arrepentimiento. ¿Es una frase disyuntiva o es un binomio ambivalente? ¿Se te perdonaron los pecados porque amaste mucho a Jesús? ¿O amaste mucho a Jesús porque se te perdonó todo? Que discutan los teólogos y los exegetas. A ti te queda el consuelo de que a ti, por ti y a propósito de ti, la dijo Jesús por todo lo que Él es. A nosotros, los demás pecadores, nos resulta válida por cualquier lado que la miremos. -«Se me perdonará mucho -todo- si amo mucho». Si amo de verdad: de pensamiento, palabra y obra. Afectiva y efectivamente. Al Dios que hay en Jesús y al Jesús que hay en nuestros her-

manos. Si les amo en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, todos los días de la vida. Se me perdonará mucho -todo-, si yo, a mi vez, perdono todo. Y a todos. -Y la segunda frase también ha de convertirse en realidad: «Como se me perdona mucho, tengo que amar mucho». Es decir, el amor con que nos ha amado Dios, nos compromete. Nobleza obliga. Amor con amor se paga. «¿Qué devolveré al Señor por todo lo que Él me ha dado?» A nada que haya en nosotros un mínimo de lógica y un mínimo de vergüenza, tendremos que estremecernos y repetir con San Pablo: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí». Y anonadarnos de asombro ante la pasividad de los hombres que no rompen sus «vasos de perfume» ante el Señor, exclamando con el «poverello» de Asís: «El Amor no es amado, el Amor no es amado»... ELVIRA

Comentarios Generales II SA MUEL 12, 7-10. 13 Esta narración ha dejado en la Historia Salvífica y en la Teología profunda huella por las interesantes enseñanzas que contiene:

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l pecado de David narrado con toda su objetividad y crudeza. Ni se calla ninguna de las circunstancias agravantes. El Rey ha sido elegido por Dios; y colmado de honores, victorias y predilecciones como ningún otro personaje de la Historia de Israel. A estas predilecciones divinas va ahora a responder David con pecados gravísimos que ofenden a Dios, manchan la Alianza y escandalizan a todo el pueblo: Adulterio del Rey con agravio despiadado de uno de sus más fieles soldados: mientras este leal soldado—Urías— está en campaña, David comete adulterio con Betsabé, esposa de Urías. Al adulterio sigue el asesinato. Un

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asesinato tramado villanamente, cínicamente. El mismo Urías lleva en sus manos, en pergamino sellado que ha de entregar a Joab, la sentencia que David ha fulminado contra el fiel servidor. A sangre fría la ejecuta Joab; y al recibir David la noticia de: «Misión cumplida», celebra la boda con Betsabé, sin que asome el mínimo remordimiento a su conciencia. Es uno de esos asesinos a los que la conciencia no les advierte que sus manos chorrean sangre, porque la astucia al servicio de las pasiones conduce al cinismo y a la insensibilidad moral.

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an grave ataque a la Ley de la Alianza no puede dejar mudos a los Profetas, guardianes de su pureza y fidelidad. El Profeta Natán se enfrenta con el poderoso y atolondrado Rey; y en nombre de Dios le conmina con los castigos divinos. Su apólogo o parábola, ordenada a despertar la conciencia y el arrepentimiento del Rey David, hizo impacto inmediato; y lo sigue haciendo a través de los siglos en miles de conciencias.

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avid será ejemplar de pecador penitente. Su humildad, su dolor, sus lágrimas de contrición sincera parecen palpitar en el Salmo (51) «Miserere», que será por siempre más la oración del corazón contrito y humillado. Nos sería muy provechoso recitarlo siempre que nos acercamos al Sacramento de la Penitencia. GÁLATAS 2, 16. 19-21: Ante la asamblea de Antioquía y ante una falta de tacto de Pedro (no error doctrinal), Pablo defiende el camino a seguir. El Evangelio ni es ni debe parecer una secta Mosaica:

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a Ley no puede dar otra santidad que la ritual o cultual; mera sombra y prenuncio de la que lo es de verdad: la gracia. Pedro defendió esta verdad en Hechos 11, 1-18. Si en Antioquía se atiene a la Ley Mosaica es en consideración de los judíos allí residentes; para evitar su escándalo. Pero con ello hace daño a los muchos cristianos de la gentilidad que hay en la Comunidad de Antioquía. La gran autoridad de Pedro podría convertir en un deber lo que él hace sólo para no exacerbar a los «judaizantes». Pablo ve el peligro de que éstos hagan de la conducta de Pedro una tesis y una bandera; e impongan la Ley Mosaica a todos los convertidos de la gentilidad. Esto era cerrar la puerta al Evangelio entre los gentiles. Y contenía el peligro de un gravísimo error dogmático: que la «Salvación» pendiera de la Ley y no de Cristo. Si nos salva Moisés, ¿a qué ha venido Cristo? Pablo, que fue celoso fariseo, conoce esto existencialmente y con claridad meridiana desde que en Damasco se pasó de los brazos yertos de la Ley a los brazos salvadores de Cristo crucificado y resucitado.

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sta su hermosa experiencia vivencial nos queda cincelada en aquella su frase inmortal, de la que teólogos y místicos extraerán sus luces y sus ardores:

«Vivo, mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí» (20). Mi «yo», mi persona, si sólo cuenta con el propio caudal o si sólo recibe ayuda de otro débil y limitado como yo, ni que sea Moisés, no tiene más destino que el fracaso y la muerte. Pero Cristo, Hijo de Dios, se me entra en lo más íntimo de mi ser y sin destruir mi personalidad física e individual me llena de su Espíritu; ya vivo de Él; ya vive Él en mí; ya soy hijo de Dios; ya soy inmortal. La fe y adhesión vital a Cristo, por tanto, no me empobrece. Me dignifica. Me plenifica. LUCAS 7, 36-8, 3: Este Evangelio nos recuerda cómo encontrarse con Jesús es encontrarse con la Salvación, por grandes que sean nuestros pecados. El los perdona todos porque los expía todos. Él los perdona todos porque es la Misericordia de Dios, el rostro visible de la Bondad de Dios. sta «pecadora» no es la Magdalena (8, 2), ni María de Betania (Jn 11, 1). Es innominada.

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a Ley es sólo para llegar a Cristo. Sólo Cristo nos da la Salvación. Retornar a la Ley y exigirla como condición salvífica sería anular a Cristo. Es evidente.

a clave para interpretar la parábola de Jesús nos la da el v 47: La pecadora responde con señales de inmensa gratitud y amor porque sabe que se le perdona mucho. El fariseo es incapaz de todo esto, porque es incapaz de entender y reconocer que necesita el perdón.

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s muy exacta la definición que los fariseos han dado de Jesús, bien que la dan maliciosamente. Sí, JESUS ES AMIGO DE PECADORES. Esta es nuestra suerte. Su misericordia no tiene medida. Sólo se pierde el que por orgullo o contumacia rechaza el perdón del Salvador, que todos necesitamos. (José Ma. Solé Roma O.M.F., "Ministros de la Palabra", ciclo "C", Herder, Barcelona, 1979, p. 167-170)

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Predicador del Papa: «La conversión es el camino a la felicidad y a una vida plena» Comentario del padre Raniero Cantalamessa. ROMA, viernes 15 junio 2007.

Fue una mujer con un frasco de perfume

Hay páginas del Evangelio en las que la enseñanza está tan unida al desenvolvimiento de la acción que no se percibe plenamente la primera si se la separa de la segunda. El episodio de la pecadora en casa de Simón – que se lee en el Evangelio del XI domingo del Tiempo Ordinario- constituye una de éstas. Se abre con una escena callada; no hay palabras, sino sólo gestos silenciosos: entra una mujer con un frasco de aceite perfumado; se acurruca a los pies de Jesús, los empapa en lágrimas, los seca con sus cabellos y, besándolos, los unge con perfume. Se trata casi con certeza de una prostituta, porque esto significaba entonces el término «pecadora» referido a una mujer. En ese momento, el objetivo se desplaza al fariseo que había invitado a Jesús a comer. La escena es aún callada, pero sólo en apariencia. El fariseo «habla para sí», pero habla: «Al verlo, el fariseo que le había invitado, se decía para sí: "Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora"». En ese punto del Evangelio toma la palabra Jesús para dar su juicio sobre la acción de la mujer y sobre los pensamientos del fariseo, y lo hace con una parábola: «"Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?". Respondió Simón: "Supongo que aquél a quien perdonó más". Le dijo Jesús: "Has juzgado bien"». Jesús, sobre todo, da a Simón la posibilidad de convencerse de que Él es, de hecho, un pro-

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feta, visto que ha leído los pensamientos de su corazón; al mismo tiempo, con la parábola, prepara a todos para comprender lo que está a punto de decir en defensa de la mujer: «"Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. En cambio, a quien poco se le perdona, poco amor muestra". Y le dijo a ella: "Tus pecados quedan perdonados"». Este año se celebra el octavo centenario de la conversión de Francisco de Asís. ¿Qué tienen en común la conversión de la pecadora del Evangelio y la de Francisco? No el punto de partida, sino el punto de llegada, que es lo más importante en toda conversión. Lamentablemente, cuando se habla de conversión, el pensamiento se dirige instintivamente a lo que uno deja: el pecado, una vida desordenada, el ateísmo... Pero esto es el efecto, no la causa de la conversión. Cómo sucede una conversión es perfectamente descrito por Jesús en la parábola del tesoro escondido: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo esconde de nuevo; después va, lleno de alegría, vende todo lo que tiene y compra ese campo». No se dice: «Un hombre vendió cuanto tenía y se puso a buscar un tesoro escondido». Sabemos cómo acaban las historias que empiezan así. Uno pierde lo que tenía y no encuentra ningún tesoro. Historias de ilusos, de visionarios. No: un hombre encontró un tesoro y por ello vendió todo lo que tenía para adquirirlo. En otras palabras: es necesario haber encontrado el


tesoro para tener la fuerza y la alegría de vender todo. Fuera metáforas: primero hay que haber encontrado a Dios; después se tendrá la fuerza de vender todo. Y esto se hará «llenos de gozo», como el descubridor del que habla el Evangelio. Así aconteció en el caso de la pecadora del Evangelio, en el caso de Francisco de Asís. Ambos han encontrado a Jesús y es esto lo que les ha dado la fuerza de cambiar. He dicho que el punto de partida de la pecadora del Evangelio y de Francisco era distinto, pero tal vez no es del todo exacto. Era diferente en apariencia, en el exterior, pero en profundidad era el mismo. La mujer y Francisco, como todos nosotros, estaban en busca de la felicidad y se percataban de que la vida que llevaban no les hacía felices, dejaba una insatisfacción y un vacío profundo en sus corazones.

pa. Una especie de joven Francisco en versión moderna. Después de su conversión, escribía a un amigo: «He buscado la felicidad por todas partes: en la elegante vida de los salones, en el ensordecedor jaleo de bailes y fiestas, en la acumulación de dinero, en la excitación de los juegos de azar, en la gloria artística, en la amistad de personajes famosos, en el placer de los sentidos. Ahora he encontrado la felicidad, de ella tengo el corazón rebosante y querría compartirla contigo... Tu dices: "Pero yo no creo en Jesucristo". Te respondo: "Tampoco yo creía y es por eso que era infeliz"». La conversión es el camino a la felicidad y a una vida plena. No es algo penoso, sino sumamente gozoso. Es el descubrimiento del

Leía estos días la historia de un famoso converso del siglo XIX, Hermann Cohen, un músico brillante idolatrado como niño prodigio de su tiempo en los salones de media Euro-

San Agustín comenta el Evangelio Lc 7,36-8,3: También deseaba curarle a él, para no comer gratis su pan Con la certeza de que Dios quiere que hablemos del tema de la lectura divina que hemos escuchado hoy, con su ayuda, ofreceré a vuestra caridad un sermón sobre la remisión de los pecados. Oísteis con suma atención el evangelio leído y todo lo narrado en él apareció ante los ojos de vuestro corazón. Y habéis visto no con los ojos de la carne, sino con la mente, a Jesucristo el Señor recostado a la mesa en casa del fariseo. Invitado por él no rehusó la invitación. Visteis también que una mujer, muy conocida en la ciudad, con mala fama ciertamente, pecadora, sin estar invitada, se introdujo en el banquete al que asistía su médico, buscando la curación con piadosa desvergüenza. Se introdujo intempestivamente en él, aunque muy oportunamente para su provecho, pues conocía la gravedad de su enfermedad y que se acercaba a quien la podía curar. Se acercó a los pies del Señor, no a la cabeza, y la que durante mucho tiempo había andado extraviada, buscaba las huellas auténticas. Primero derramó lágrimas, sangre de su corazón, y lavó los pies del Señor en señal de arrepentimiento. Los secó con sus cabellos, los besó y los ungió. Hablaba en silencio. No pronunciaba palabra alguna, pero mostraba gran veneración. Dado que tocó al Señor regando, besando, secando y ungiendo sus pies, el fariseo que

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había invitado a nuestro Señor Jesucristo y que pertenecía a aquella clase de hombres soberbios de quienes había dicho Isaías: Que afirman: «huye lejos de mí; no me toques, pues estoy limpio» (Is 65,5), pensó que el Señor ni había conocido a la mujer; pensaba y decía en su interior: Si éste fuera profeta, sabría qué mujer se le ha acercado a los pies (Lc 7, 39). Creyó que no la conocía porque no la rechazó, ni le prohibió acercarse, antes bien permitió ser tocado por una pecadora. ¿De qué deducía que Jesús no la había conocido? ¿Qué dirás? ¿Qué iba a pasar en caso de saberlo, oh fariseo!, que invitaste al Señor y ahora te burlas de él? Alimentas al Señor y no sabes por quien has de ser alimentado tú. ¿De qué deduces que él no sabía quién era aquella mujer, sino de que toleró que le besara los pies, se los secara y ungiera? Si tal mujer se hubiera acercado a los pies del fariseo, hubiera dicho las palabras que Isaías pone en boca de esa gente: Apártate, no me toques, que estoy limpio. No obstante, la impura se acercó al Señor para

regresar limpia; se acercó enferma, para volver sana; arrepentida, para convertirse en seguidora de Cristo. El Señor oyó el pensamiento del fariseo. De este hecho pudo comprender ya el fariseo si no podía ver que era pecadora, él que podía oír su pensamiento. Le propuso la parábola de dos personas deudoras de un mismo acreedor. También deseaba curarle a él para no comer gratis su pan. Tenía él mismo hambre de aquel que le alimentaba. Deseaba corregirlo, matarlo, comerlo; quería ingerirlo en su cuerpo. Es lo mismo que dijo a la samaritana: Tengo sed (Jn 4,7). ¿Qué quiere decir tengo sed? Anhelo tu fe. Las palabras del Señor en esta parábola van dirigidas a obtener dos efectos: que sane el anfitrión con sus comensales, que aunque lo veían, ignoraban al Señor Jesucristo, y a que aquella mujer tuviese confianza en su confesión y en adelante no le atormentasen los remordimientos de conciencia. Sermón 99,1-3 (Sigue).

Ceremonia de la Luz y Vestidura Blanca

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EL MINISTERIO DEL AMOR JUVENIL INVITA A TODOS NUESTROS HERMANOS DE LA COMUNIDAD JUAN PABLO II A SU CAMPAÑA: RECOLECION UTILES ESCOLARES 2013

“TUS DONACIONES SON ÚTILES PARA TUS HERMANOS” “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en Cristo Jesús.” Efesios 1,3. Bendecimos y alabamos a Dios por toda su generosidad con la que nos ha cubierto, y que por medio nuestro hace llegar a los necesitados el conocimiento de Cristo. Por eso el ministerio del amor de la Comunidad Juan Pablo II te invita a participar en este verano en nuestra campaña, donado:     

Cuadernos Hojas sacapuntas Libros Plumas, colores y lápices

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Mochilas Juegos de geometría Tijeras, engrapadoras Y todos los útiles que has dejado en buen estado, en este ciclo escolar

Para así apoyar a nuestros hermanos en sus estudios el próximo ciclo escolar. La manera de hacerlo es trayéndolos a tu crecimiento o asamblea dominical, ahí el ministerio del amor se encargará de recogerlos.

“El amor es paciente, es servicial; el amor no es tiene envidia, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” 1ª Cor. 13, 4-7

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MINISTERIO DE INTERCESION

Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna». «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla». Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí». La mujer respondió: «No tengo marido». Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad». La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar». Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad». La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo». Jn. 4, 18-26


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