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165 Mª del Camino Fuertes Santos (Red de Espacios Culturales de Andalucía Córdoba. Consejería de Cultura. Junta de Andalucía. Grupo Investigación HUM048, U.C.O.) Rafael Hidalgo Prieto (Universidad Pablo de Olavide, Sevilla)

ESPACIOS URBANOS EN EL OCCIDENTE MEDITERRÁNEO (S. VI - VIII) / 165 - 172

LA TRANSFORMACIÓN DEL PAISAJE DEL ÁREA NOROCCIDENTAL CORDOBESA Y DEL PALACIO IMPERIAL DE MAXIMIANO TRAS LA CAÍDA DE LA TETRARQUÍA

RESUMEN Aportamos en este trabajo los datos con que contamos, a día de hoy, sobre la ocupación medieval más antigua de Cercadilla: la tardoantiguedad y el emirato, períodos hasta el momento escasamente documentados en Córdoba en general y en Cercadilla en particular, debido a la superposición estratigráfica posterior.

Figura 1

INTRODUCCIÓN La transformación del palacio imperial de Maximiano en un centro de culto cristiano, no debió suceder mucho más tarde de su construcción. Con la progresiva implantación de los nuevos planteamientos geopolíticos constantinianos y, junto a ello, con la rápida expansión del cristianismo, se inicia la transformación y, en algunas ocasiones también, la “cristianiza-


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ción” de los palacios tetrárquicos. En el caso de los cambios acaecidos en el palacio de Córdoba se debe tener muy en cuenta a la figura del obispo cordobés Osio, consejero de Constantino quien, muy probablemente, pudo influir ante la figura del emperador para hacer posible la cesión del palacio para su conversión en edificio cristiano. La ocupación cristiana del palacio imperial no se llevó a cabo sobre todos los edificios que conformaban el complejo palatino, sino sobre algunos de ellos: el aula de cabecera triconque norte (fig. 1, fig. 2.9), el aula basilical menor norte (fig. 1. fig. 2.7) y el ninfeo dispuesto entre ambos (fig. 1, fig. 2.1). Alrededor de todos ellos y en su interior se dispuso, a partir del siglo VI, una importante necrópolis cristiana que seguirá funcionando durante el tiempo de la dominación islámica de la ciudad, al menos hasta el siglo XI, fecha en la que, tras la Fitna, se produce el desmembramiento del califato omeya (fig. 1). EL CENTRO DE CULTO CRISTIANO Como ya se ha dicho, para el nuevo uso cristiano era impensable el mantenimiento de un edificio de las dimensiones y diseño del palacio imperial, que en ambos aspectos se aleja de manera evidente de las características propias de un edificio cristiano de un momento temprano de la Antigüedad Tardía. Como se deduce de la tumulatio ad sanctos, el edificio más importante de todo el complejo, sobre el que sin duda recae el mayor peso cultual, es la antigua sala de cabecera triconque que se dispone en el extremo norte del pórtico en sigma del palacio (fig.1, fig. 2.9). Gracias a su orientación y a que su diseño es muy similar al de las basílicas paleocristianas, su planta se reaprovecha y adapta, transformando su compartimentación interna, originalmente organizada en tres naves transversales, mediante una nueva división en tres naves longitudinales. La recuperación en el edificio o en su entorno inmediato de los testimonios que hacen referencia a dos obispos cordobeses antes no conocidos, Lampadio y Sansón, enterrados en Cercadilla, se debe entender como consecuencia de la importancia cultual y sin duda también martirial, del centro de culto aquí instalado, y, con ello, del deseo de los obispos de enterrarse en el más importante espacio martirial de la ciudad. Cualquier propuesta que pretenda situar en Cercadilla la sede episcopal cordobesa, denota, sin más, el desconocimiento completo de las formas arquitectónicas de la Antigüedad Tardía y de los procesos sociales e históricos vinculados a la implantación y desarrollo de las sedes episcopales en esos mismos momentos. Las características y peculiaridades de este conjunto, en las que aquí no cabe entrar por las lógicas limitaciones de espacio, permiten plantear que muy probablemente se pueda identificar con el centro de culto cristiano dedicado al mártir cordobés Acisclo (HIDALGO, 2002). Uno de los centros cristianos más importantes de la ciudad, desde un momento muy temprano

tras las persecuciones tetrárquicas, hasta que tras la caída del califato, la culminación del proceso de aculturación y la intransigencia religiosa, pondrán fin a los centros de culto mozárabes, hasta tal punto que tras la conquista cristiana no quedará memoria histórica de su ubicación originaria. LA NECRÓPOLIS CRISTIANA La primera evidencia documentada del uso del área de Cercadilla como necrópolis cristiana, la encontramos en un fragmento de sarcófago de mármol paleocristiano, fechado entre los años 340-350 (SOTOMAYOR, 2000, 293-294) (fig. 2.4). Este área cementerial siguió funcionando como tal, al menos hasta principios del siglo XI, como así nos lo demuestra una lápida, reutilizada de un anterior enterramiento, en la que se hacía alusión a Cristófora, “sierva de Dios”, enterrada en el año 983 (fig. 2.12). Los enterramientos, por tanto, se efectuaron durante un arco temporal muy amplio, que abarcó unos setecientos años. Las sepulturas más antiguas detectadas son una inhumación, fechada en el siglo VI, con cubierta de tégulas y, al menos, otras tres con individuos enterrados con jarritos en la cabecera. La evolución del rito no sufrirá cambios a largo de su historia y, a excepción de algunos enterramientos con características propias, el común de los individuos fue enterrado según una tradición que experimentó pocas transformaciones. Adscritos cronológicamente al amplio periodo de la Tardoantigüedad, se han documentado individuos enterrados con un tipo de ritual característico. Y es que algunos de los enterramientos recuperados en la necrópolis de Cercadilla, aparecen acompañados por uno o más cráneos de otros inhumados con anterioridad. Un reciente descubrimiento nos ha permitido adscribir a una fase cultural concreta este tipo de rito funerario, practicado, eso sí, en escasas ocasiones Se trata de un enterramiento efectuado en cista de sillares en donde el individuo principal, además de haber sido enterrado junto a tres cráneos más dispuestos alrededor de su cabeza, se acompañó de un jarrito cuya tipología se adscribe a momentos pre-islámicos de origen visigodo1 (FUERTES et alii, 2007) (fig. 2.5). 1. Recientemente, en la conocida como la necrópolis del Ochavillo (Hornachuelos, Córdoba), se han exhumado numerosas tumbas en las que se repetía este mismo ritual, acompañándose los individuos de jarritos junto a su cabeza y de armamento característico de este momento (ASENSI y RODERO, 2008; MURILLO, 1995). También en Valencia, en la Almoina, se han localizado enterramientos visigodos en los que cabezas desarticuladas se han colocado junto a los cráneos de los últimos enterramientos, en muchos casos acompañados del clásico jarrito/a ritual. Los individuos se inhumaron en tumbas que sirvieron como lugar de enterramiento de grupos familiares de la nobleza visigoda. El deseo de situar los cráneos de los muertos con anterioridad con la de los últimos fallecidos es debido, según su investigador, a un reconocimiento del cráneo como elemento unificador en donde se localizan las características físicas de cada conjunto familiar (CALVO, 2000).


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Figura 2

Los individuos fueron inhumados, orientados de oeste a este y depositados decúbito supino, con los brazos dispuestos, por regla general, sobre el abdomen, tórax o pelvis. Las piernas estaban extendidas o cruzadas a la altura de los tobillos. Se dispusieron en cistas o directamente en la tierra, aunque, a veces, las fosas se tallaron en las cimentaciones del palacio romano. La cubierta de las tumbas constaba de varias losas de distintos materiales -calcarenita, esquisto, pizarra, mármol, tejas, o, incluso, grandes contenedores cerámicos-. También se han localizado varias lápidas epigráficas que permiten identificar a las personas allí enterradas, como la anteriormente mencionada Cristófora. De esta manera conocemos la existencia

de Acantia, muerta en 596; de Calamarius, del año 605 o 608; de Iquiecipo, enterrado en el año 877. Sabemos igualmente que aquí fueron enterrados el obispo Lampadio, muerto en 549 (CIL II2/7, 643), (fig. 2.3), y el obispo Samsón, al que conocemos gracias a su anillo-sello, fechado en un momento impreciso de la Tardoantigüedad (CIL II2/7, 643a)2 (fig. 2.2). Muchos de los individuos aquí enterrados lo fueron en sepulcros colectivos. Son habituales los enterramientos en donde el último sujeto se 2. Sobre estos documentos epigráficos véase HIDALGO 2002. Estudios específicos sobre la necrópolis en ORTIZ, 2002; 2003a; 2003b.


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Figura 3

acompaña de otros que o están situados a sus pies, amontonados en osarios, o están debajo de ellos, ocupando toda la tumba (fig. 2.10). Se han documentado, también, edificios y/o estructuras arquitectónicas de gran entidad, –pertenecientes en todos los casos al palacio romano- que sirvieron como mausoleos y que acogieron a un grupo más o menos numeroso de tumbas (fig. 2.8, 2.10, 2.11). Mención especial merece, a tenor de las alteraciones postdeposicionales que sufrió, un enterramiento mozárabe situado en el interior de uno de los edificios reutilizados en el nuevo centro de culto cristiano. En ese caso, en un momento indeterminado del uso de la necrópolis, se retiró cuidadamente la cabecera de la tumba, se extrajo el cráneo y posteriormente se volvió a cerrar la tumba (fig. 2.6). Es muy tentadora la posibilidad de

adscribir esta circunstancia al proceso de extracción de reliquias, que debió alcanzar un importante desarrollo en Córdoba a tenor de la expectación que el fenómeno martirial de los mozárabes cordobeses suscitó prácticamente sobre toda la cristiandad. Muy probablemente este proceso de extracción de reliquias afectaría a muchos enterramientos singulares, dispuestos en zonas importantes de los más destacados centros de culto de la ciudad. LA OCUPACIÓN DOMÉSTICA PRE-ISLÁMICA. SIGLO VII-PRINCIPIOS DEL SIGLO VIII Hasta el momento sólo hemos detectado presencia ocupacional vinculada a este período y asociada al uso de espacios como vivienda o refugio, en


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Figura 4

el interior del criptopórtico, en concreto en la zona donde este conserva la bóveda casi intacta (fig. 3.1). En un anterior trabajo específico sobre el criptopórtico (HIDALGO et alii, 1996) estudiamos lo que hasta ese momento se conocía sobre este período tan difícil de precisar. Se trataba de una serie de suelos, que indicaban un uso, en precario, del interior de la galería romana. No obstante, una campaña de excavación más reciente nos ha permitido definir algo mejor este momento. Aun cuando las conclusiones a las que hemos llegado no son diferentes de las que en su día expusimos, sí hemos podido, a partir del estudio minucioso de la cerámica asociada a esos suelos, precisar la cronología de todos ellos3.

Pues bien, hacia el siglo VII, se construye un muro de mampuesto irregular, que atravesaba de lado a lado la galería del critopórtico y que la dividía en dos zonas completamente distintas (fig. 3.3, 3.4). Este muro se sitúa en el centro del criptopórtico, en una zona donde se había producido el derrumbe y posterior reparación de la bóveda El nuevo paramento se construyó con mampuesto irregular, de mediano tamaño, de diferente composición (calcarenitas, cuarcitas, mármol y ladrillos reaprovechados de la obra romana), trabado con barro. Este muro, sin vanos, atravesaba la galería, de lado a 3. El estudio de la cerámica en FUERTES e HIDALGO, 2003b y FUERTES, 2010.


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lado y se alzaba hasta casi tocar la clave de la bóveda, sin que podamos determinar si, en un primer momento, llegó a conectar con ella. Hacia el sur de este paramento se comprobó la existencia de hasta seis suelos, con sus respectivas preparaciones, asociados a estructuras muy precarias que evidencian distintas ocupaciones del interior del criptopórtico de carácter esporádico, desde el siglo VII hasta el siglo VIII (HIDALGO et alii, 1996, 51-53). La última fase está relacionada con un suelo empedrado de poca consistencia y mal construido, que sirvió durante un corto período de tiempo. Su uso se debe asociar a una ocupación eventual ya que la altura a la que se encontraba, muy cerca de la clave, dificultaría el trasiego de personas sobre el mismo. Su abandono viene a coincidir con la renuncia al uso del espacio abovedado como zona de habitación, como lo demuestran los rellenos, con materiales residuales, acumulados sobre el maltrecho pavimento. El lado norte de la estructura también fue ocupado con intensidad. Sobre el primer suelo que se construyó asociado a este muro, de arcillas muy arenosas de color anaranjado, se encendieron varias hogueras, una de ellas sobre un ladrillo romano que sirvió como base de la misma y otras dos situadas, cada una de ellas, delante de dos de las ventanas del criptopórtico que fueron reaprovechadas como chimeneas (fig. 3.2). Este primer suelo se arregló continuamente, como lo demuestran los distintos “parches” que se le superponen. Asimismo, en la zona de contacto del suelo con el muro se dispuso un nivel de margas de considerable espesor con el fin de impermeabilizarla y evitar, en la medida de lo posible, el ascenso de la humedad. Siempre dentro de este marco temporal, anterior a la llegada de las tropas islámicas, se detecta un nuevo abandono de la zona. El antiguo suelo se fue cubriendo paulatinamente de basura y los rellenos de tierra siguieron colmatando la galería. Sobre estos rellenos, se advierten dos nuevas ocupaciones, una de ellas muy puntual, sólo evidenciada por la presencia de una hoguera sobre un ladrillo romano reutilizado. La siguiente ocupación fue más duradera y afectó al muro, ya que su cara norte fue reutilizada para la construcción de un pequeño horno de planta semicircular (fig. 3.3). Para su ejecución se desmontó un pequeño tramo de aquel, añadiéndole algunos adobes que le confirieron esa nueva forma. Es, de todo punto, un horno doméstico asociado a un suelo arcilloso en el que se vertieron abundantes cenizas. Tras el derrumbe del horno se fueron acumulando distintas tierras con abundante material residual hasta que, en un momento muy concreto y como hecho completamente aislado, se procedió, ya durante el segundo tercio del siglo VIII, a efectuar un enterramiento (vid. infra). En el resto del yacimiento las evidencias edilicias asociadas a construcciones domésticas durante esta fase son muy escasas, en gran parte al-

teradas, sobre todo, por las edificaciones califales, siendo los testimonios indirectos -como, por ejemplo, la cerámica localizada en los vertederos-, los que demuestran la ocupación del área en esta etapa. EL BARRIO EMIRAL Emiral antiguo. 2º tercio siglo VIII- 3er. tercio siglo VIII No tenemos más constancia de ocupación relacionada con este momento concreto, que un enterramiento y un muladar, ambos documentados en el interior del criptopórtico. Si bien hemos tratado someramente la necrópolis más arriba, no podemos dejar de valorar y analizar en este apartado y con especial detalle, la presencia de esta inhumación en el interior de la galería. Son varias las razones que nos obligan a hacerlo. Por un lado porque, hasta la fecha, constituye el único enterramiento efectuado en el interior de este espacio del antiguo palacio, y, por otro lado, porque es, a día de hoy, el único individuo enterrado con ajuar monetal de todos los documentados en Cercadilla (fig. 3.4, 3.5, 3.6). Junto al hombro derecho del cadáver se depositó un saquito de lino y algodón que contenía un total de 32 feluses de cobre4, de los que en sólo uno de ellos se ha podido identificar la fecha, 110 de la Hégira / 728 d. C, mientras que en otros seis se ha conseguido leer la ceca, al-Andalus, en la orla5. No cabe duda de que nos encontramos ante uno de los primeros mozárabes cordobeses conocidos y su presencia ha sido fundamental para poder aislar el período pre-andalusí del medieval islámico. El lugar en el que se ubica el enterramiento, casi en el eje central del criptopórtico y, sobre todo, la presencia de las treinta y dos monedas, testifican que el individuo aquí enterrado ocupó dentro de su grupo social una situación relevante6. Sin embargo, resulta del todo incomprensible su carácter aislado, alejado tanto del resto de los individuos pertenecientes a su comunidad, como del espacio de culto propiamente dicho. Por otra parte y, a pesar de que el difunto posiblemente contase con una situación económica acomodada, su tumba no solo carecía de cubierta –circunstancia frecuente en Cercadilla- sino que, sobre aquella, sin ningún tipo de estruc4. Las monedas aparecieron unidas en una única masa informe compactada por depósitos calcáreos. Su separación y restauración, así como el análisis de las capas de corrosión y el de las fibras textiles han sido llevados a cabo por el equipo de restauradores del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. 5. Agradecemos a A. Canto la información que aquí se ofrece sobre estas monedas. 6. En Jaén en la necrópolis Nº 5, de rito visigodo-cristiano, con individuos depositados decúbito supino, con las manos cruzadas sobre el pecho, se localizó, en las manos de uno de los individuos, un felús de época de la conquista, a modo de ajuar o amuleto. Su presencia se valora como un objeto de tipo simbólico, ya que este tipo de moneda no era de fácil acceso y estaría reservada a los nuevos dominadores, por lo que su posesión, en manos de un indígena, sería indicativo de un determinado “estatus” (SALVATIERRA et alii 2001).


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tura que lo pudiera aislar más que la simple tierra vertida para su cubrición, se formó, muy poco tiempo después de su deposición, uno de los basureros más voluminosos de los localizados en Cercadilla. La formación de este muladar sobre el enterramiento tiene una cronología post quem circa 730, que se puede precisar aún más, tanto por el estudio cerámico como por el análisis del material numismático recuperado en el sedimento: cuatro feluses de cobre. De las cuatro monedas recuperadas una es ilegible y otra de ellas presenta grafía árabe por los dos lados y se encuadra dentro del grupo XA de Froschoso (2001, 29). Las otras dos monedas poseen características muy similares: en el anverso una estrella (de seis y ocho puntas en cada uno de los casos), rodeada por una orla con una leyenda religiosa, y en el reverso la ceca: al-Andalus. Estas monedas se incluyen dentro del grupo XVII de Froschoso (2001, 41-43). Todas ellas se fechan durante el período de conquista, nunca más allá del primer tercio del siglo VIII, lo que nos proporciona un terminus post-quem para su formación de la 2ª mitad del siglo VIII, concretamente entre el segundo y el tercer tercio de esta centuria7. La entidad de este vertedero es suficientemente importante como para suponer una ocupación prolongada de la zona durante esta etapa. Emiral, siglos VIII – IX Las viviendas y los edificios emirales, con toda probabilidad asociados a los grupos de mozárabes aglutinados en torno al centro de culto cristiano aquí instalado, han llegado hasta nosotros muy alterados, debido a que la mayor parte de ellos fueron arrasados o reutilizados para llevar a cabo la construcción de las posteriores viviendas califales, a excepción de unos baños de los que hablaremos más adelante. Sin embargo, no cabe duda de que la ocupación de este área, a lo largo de todo el emirato, fue muy intensa como nos lo demuestra, de nuevo, la abundante presencia de basureros y de pozos ciegos colmatados con el detritus generado por sus habitantes. Como ya hemos comentado, los restos arquitectónicos emirales con que contamos hasta el momento son escasos y se reducen, casi con exclusividad, al gran centro de culto cristiano vinculado probablemente a S. Acisclo, a un hamman y a algunos restos constructivos tales como suelos, canalizaciones (fig. 4.1), cimentaciones, hogueras, etc.… Todo ello no nos permite trazar una imagen certera del urbanismo de este período, aunque nos indica y ratifica la existencia de una ocupación continuada durante el mismo. Durante esta etapa se ha comprobado, igualmente, la existencia en esta zona de instalaciones industriales. Las de mayor relevancia se asentaron 7. Todas estas monedas, tanto las pertenecientes al enterramiento, como las localizadas en el muladar que lo amortiza, están siendo objeto de un estudio detallado por parte de A. Canto. Para la cerámica recuperada en el muladar, véase FUERTES, 2010.

en el interior del aula de cabecera triconque sur del palacio romano, en donde se construyó un pequeño horno (fig. 4.4). De planta circular de 1 m. de diámetro y 1,5 m. de altura conservada, esta estructura se excavó en los terrenos arcillosos precedentes. En su interior se construyó un único arco con ladrillos de módulo romano, robados al edificio palatino, trabados con barro, del que se conservaba solamente el arranque y que separaba la cámara de combustión de la de cocción. El pasillo que daba acceso al interior de la cámara de fuego (no excavado), conservaba una altura de 80 cm. No tenemos claro el uso para el que se concibió tal estructura aunque, en su interior, se recuperaron algunos restos de escoria de vidrio. Del mismo momento que el horno y muy cercano a él, son varias fosas en las que se vertió gran cantidad de escoria de metal (fig. 4.3) (HIDALGO et alii, 1999). Indicios de ocupación habitacional del período emiral también se han documentado en el interior del criptopórtico. Se han constatado, en el espacio excavado hasta la actualidad, cuatro etapas de uso determinadas por la actividad allí documentada y relacionadas, por un lado, con dos saqueos puntuales del revestimiento de opus vittatum mixtum de la bóveda, separados por una ocupación temporal del espacio cuya huella ha quedado plasmada en varias hogueras y algo de basura acumulada. El último momento de uso de este tramo del criptopórtico ha quedado representado por el vertido de residuos de carácter industrial –con restos de cal, cenizas y escoria de hierro-, en el que se recuperaron cuatro feluses de cobre de los que sólo uno conservaba la leyenda, con una cronología que se extendía entre los siglos VIII y IX (HIDALGO et alii, 1996, 53-57). Existen, además, muestras de actividad industrial en otras zonas del yacimiento asociadas a este período. De hecho, bajo el suelo de una de las habitaciones de una de las viviendas del arrabal califal8, en el interior de un pequeño recinto cuadrangular, se localizó un crisol embutido en el suelo con restos de cenizas y escoria en su interior, asociado a una pileta y a un hogar fabricado en adobe con forma de embudo. Son estructuras que pudieron estar relacionadas con la fundición de metal (fig. 4.2). Por otro lado, no podemos olvidar lo que constituye hasta el momento uno de los conjuntos arquitectónicos más importantes de este momento. Junto a la puerta de entrada al palacio romano (HIDALGO, 2007) se procede, en un momento indeterminado del emirato, a la reordenación urbanística de esta zona, que vendrá de la mano de la construcción de un camino -cuya creación quizás se pueda situar en los últimos momentos de la etapa tardoantigua- y de la parcelación privada y/o pública a ambos lados de la nueva vía. El nuevo camino discurría paralelo al cierre del palacio, en este 8. Concretamente bajo lo que fue durante el califato el Espacio 62 de la Casa 10 (FUERTES, 2005).


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momento completamente desaparecido, y posiblemente enlazaba con el camino romano y tardoantiguo que transcurría más hacia el Norte, junto al acueducto romano, (fig.1, fig. 3.7) (HIDALGO y FUERTES, 2001; FUERTES e HIDALGO, 2002). Por otro lado se procederá a la construcción, entre otras edificaciones de menor envergadura, de un gran complejo identificado como unos baños públicos, cuya planta arquitectónica –en la que se introduce el ábside para el coronamiento de una de las salas- y la técnica edilicia empleada en algunos de sus paramentos -opus vitattum de mediocre factura- bien pudieran haberse inspirado en el palacio romano (fig. 4.5, 4.6) (FUERTES et alii, 2007). Junto a lo antedicho, la existencia en este área urbana de un poblamiento continuado desde la Tardoantigüedad y durante el emirato, viene a ser confirmada y ratificada por la presencia de varios caminos antiguos –romanos y tardoantiguos-, de los que hemos localizado al menos tres (fig. 1). Uno de ellos, el localizado en la zona oriental, es el que discurría junto al acueducto y al que nos hemos referido más arriba. Mejor documentado arqueológicamente es otro camino, también de trazado norte-sur, localiza-

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do al oeste del yacimiento (fig.1). Esta vía, que al menos estuvo en uso desde época tardoantigua, quedó formalizada en época califal como una gran calle de casi ocho metros de anchura, pavimentada con un suelo de grava muy compactado. Uno de sus laterales era recorrido por una canalización de agua limpia, de más de un metro de anchura y medio metro de altura, que actuaba como un auténtico acueducto, hasta que en un momento indeterminado, en pleno período califal, se abandonó y se convirtió en una cloaca que se colmó con residuos. En una zona más centrada del yacimiento identificamos un gran espacio público que no es otra cosa más que una plaza, formalizada y en uso durante la etapa califal9, generada a partir del cruce de dos calzadas, una de ellas norte-sur y otra este-oeste –localizada también en otros dos puntos concretos del yacimiento-, que estuvieron en uso, al menos, desde momentos emirales (fig. 1). Ambas fueron pavimentadas con tierra apisonada, en algunos de sus tramos con gravas, y conformaron, en época califal, parte del entramado de las calles que organizaron el urbanismo del arrabal.

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