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15 Josep M. Gurt i Esparraguera (Universitat de Barcelona) Isabel Sánchez Ramos (Universitat de Barcelona)

ESPACIOS URBANOS EN EL OCCIDENTE MEDITERRÁNEO (S. VI - VIII) / 15 - 28

ESPACIOS FUNERARIOS Y ESPACIOS SACROS EN LA CIUDAD TARDOANTIGUA. LA SITUACIÓN EN HISPANIA

Palabras clave: Topografía, cristianización, Hispania, mundo urbano, necrópolis, conjuntos eclesiásticos, grupo episcopal. Resumen: Se estudian los espacios urbanos destinados a necrópolis así como otros espacios esenciales en la ciudad hispana tardoantigua, como son los nuevos conjuntos eclesiásticos. Se propone una reinterpretación espacial de estos contextos para contribuir al conocimiento de los que fueron los nuevos lugares simbólicos y de referencia de las comunidades urbanas de la época.

Key words: Topography, Christianization, Hispania, urban spaces, burials, sacred architecture, bishops group. Abstract: The urban spaces destined for necropolis are studied and also other essential spaces in the Late Antiquity city, like are the new ecclesiastic complexes. One proposes a spatial reinterpretation of these contexts in other to contributed to the knowledge of those who were the new symbolic places and of reference to urban communities of these period.

Nuestro propósito en estas páginas es analizar conjuntamente, y siempre a partir de la evidencia material, los espacios que en la ciudad hispana tardoantigua se destinan a necrópolis y también aquéllos relacionados íntimamente con estos últimos, que desempeñan otras funciones de carácter litúrgico y martirial. Desde el estricto punto de vista de la topografía urbana, trataremos de comprender la interconexión indisociable y consecuente que parece existir entre espacios funerarios y espacios sacros, así como el diálogo constante que éstos mismos mantienen con la evolución y estructuración de la propia ciudad. Una ciudad en la que como es conocido se produce una profunda transformación social que terminará por subvertir el concepto de la urbe clásica precedente. De ella destacaríamos como aspecto más relevante el proceso de cristianización de las comunidades locales y la aparición de unas nuevas élites dirigentes, porque ambos factores tuvieron su reflejo topográfico equivalente, aunque no inmediato, en la imagen urbana de la ciudad del momento1. Una reconsideración del estado de conocimiento que actualmente se tiene de la topografía funeraria, es la razón que nos motiva a plantear, o a evocar, también para el caso hispano, una serie de realidades de mayor alcance que son, por un lado, consubstánciales a la estructuración de la ciudad tardoantigua, y por otro, también son resultado en la mayoría de los casos de un largo proceso de transformación de la ciudad romana. El estudio de los espacios de necrópolis, y de sus antecedentes catastrales, nos servirá para obtener una interpretación espacial con la que pretendemos avanzar en la comprensión del significado de los contextos urbanos, es-

pecialmente de los que se constituyen como los nuevos lugares simbólicos y de referencia para la población que los habita. Se trata, por tanto, de analizar en profundidad las necrópolis y los conjuntos eclesiásticos, sobre todo los episcopales, para descodificar la semántica urbana de la que son producto. Partiendo siempre de los trabajos que distintos equipos de investigación vienen realizando en numerosas ciudades hispanas sobre el período histórico que nos ocupa, se detecta que los núcleos urbanos en curso de estudio reflejan una realidad urbana a veces tan diferente entre sí, que resulta arriesgado establecer un modelo concreto de transformación y de estructuración de la topografía fácilmente extrapolable2. Uno de los problemas que condiciona la investigación actual es conseguir delimitar espacialmente con la suficiente precisión el solar o la superficie de la ciudad en su fase tardoantigua. Por ejemplo, existen ciertas dudas sobre la configuración de la ciudad de Emporiae durante el intervalo que quizá pudo haber, aunque desconocemos cuánto se prolongaría en el tiempo, entre el abandono de la ciudad romana y la constitución del nuevo núcleo urbano en Sant Martí3. Mismas incertidumbres afectan a Clunia donde habrá que preguntarse cuál es el espacio concreto codificado como

1. WICKHAM, 2009, 857.

2. Se mantiene que la evolución de las ciudades estuvo sujeta a unas determinadas circunstancias históricas –económicas, políticas, sociales, etc.-. Es razonable imaginar que estas condiciones, al mismo tiempo, acentuaron considerablemente no sólo las diferencias administrativas o de status entre las distintas ciudades, sino también las urbanísticas. Véase, WICKHAM, 2009, 846-983. 3. AQUILUÉ et alii, 2003, 15.


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urbano durante la Antigüedad tardía4, o lo mismo se podría argumentar para otras ciudades como Segobriga5. Esta situación, no debe hacernos olvidar que existen unos fenómenos de transformación comunes que afectan al resto de ciudades del Mediterráneo occidental6. Y, no obstante, más allá de situaciones urbanas específicas que puedan caracterizar de manera particular la topografía de según qué ciudad, es ya indiscutible señalar que en la estructuración de todas ellas existe un componente clave, invariable y constate. Y ese es el conjunto episcopal, en el caso de las sedes episcopales, y no sabemos muy bien a ciencia cierta si en ciudades sin este rango sería la existencia de una iglesia o de un conjunto eclesiástico el que cumpliría un papel equivalente. Es por eso que sean las ciudades episcopales donde con mayor certitud podamos considerar que es el lugar que ocupan estos espacios o referentes sacros y la arquitectura que los monumentalizan, la esencia misma de la ciudad tardoantigua, y que son éstos mismos los que terminarán por borrar los símbolos de la urbe altoimperial. Muy probablemente los conjuntos episcopales no fueron los únicos referentes urbanos, sino que es posible que tengamos que considerar también la existencia de otras construcciones destacables de tipo civil (como el pretorio o palacio), aunque por lo que se refiere a Hispania en estos momentos no se conocen suficientes edificios de este tipo como para plantear hipótesis sólidamente fundamentadas en este sentido. Como excepciones señalaremos una construcción en Barcino interpretada como el palacio de las élites civiles, que desde el siglo VI se emplaza en el mismo espacio episcopal7. Otro complejo más quizá en Recopolis junto a la gran iglesia que ocupa una evidente posición central8. Y en Toledo habría que remitir a las distintas construcciones que se están documentando en el antiguo suburbio, donde se podrían localizar algunos de los edificios áulicos de la capital del nuevo reino Visigodo9. En este caso no debemos olvidar la valoración que se ha hecho en repetidas ocasiones de los restos de una construcción monumental hallada junto a la iglesia del Cristo de la Vega que, a pesar de no haber sido fechada por la arqueología, posiblemente puede atribuirse a época visigoda; lo que ha llevado a ponerla en relación con la iglesia de Santa Leocadia que citan las fuentes. Este hecho refuerza toda interpretación que pueda hacerse de los nuevos restos monumentales recientemente detectados en el mismo suburbio10. 4. RIPOLL, 1989, 389-418. 5. ABASCAL, ALMAGRO y CEBRIÁN, 2008, 221 y 222. 6. CANTINO WATAGHIN, 1995a, 235-261; Ead., 1995b, 201-239; CANTINO WATAGHIN, GURT y GUYON, 1996, 17-41; BROGIOLO, GAUTHIER y CHRISTIE, 2000, entre otros. 7. BONNET y BELTRÁN DE HEREDIA, 2005, 170. 8. OLMO, 2008, 44; RIPOLL y VELÁZQUEZ, 2008, 215. 9. ROJAS y GÓMEZ, 2009, 68.

Fig. 1. Espacio episcopal de Valentia junto al antiguo foro. A) Localización de la primera necrópolis circ. segunda mitad del siglo V (Ribera, 2005, 215, fig. 8); B) Conjunto monumental y necrópolis episcopal circ. finales del siglo VI-inicios del siglo VII (Ribera, 2005, 232, fig. 28).

Pero en este trabajo que presentamos vamos a centrarnos en dos de los aspectos que fueron quizá los que tuvieron un mayor grado de impacto en la transformación global del paisaje urbano, además de que consideramos que pueden ser dos de los mejores exponentes disponibles para valorar la dinámica urbana de la ciudad tardoantigua. El más significativo, aunque lo abordaremos en último lugar, es la presencia de contextos funerarios intramuros ya sea del recinto de época clásica, ya sea del nuevo solar de la ciudad tardoantigua cuando eventualmente se ha detectado que hubo un desplazamiento del hábitat urbano; y el segundo, concierne a la fuerza que ejercieron las necrópolis emplazadas en el antiguo suburbio romano para el establecimiento de los nuevos conjuntos monumentales: funerarios, martiriales o eclesiásticos como podrían ser los episcopales. Serán varias las ocasiones en las que destacaremos un estudio de reciente publicación que permite hablar del grupo episcopal de Egara, constatado desde la segunda mitad del siglo V, como paradigma en Hispania de la correspondencia entre espacios funerarios y espacios sacros11. En otras ciudades veremos que no 10. PALOL, 1991, 787-832; VELÁZQUEZ y RIPOLL, 2000, 554-558; BARROSO y MORÍN DE PABLOS, 2007, 113-116.


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Fig. 2. Corduba en la Antigüedad tardía. A) Planta de la ciudad. B) Propuesta de restitución de la teórica iglesia episcopal tardoantigua en el marco de la mezquita posterior (Sánchez, 2009, 142, fig. 9).

resulta tan fácil intuir esa misma relación; sin embargo, Egara, plantea otro tipo de problemáticas, pues desconocemos la correspondencia espacial exacta que mantuvo el grupo episcopal con respecto al municipio egarense, ya que no se sabe si éste se encontraría bien en una zona urbana de la ciudad romana bien en una zona perteneciente al suburbio. LA CIUDAD TARDOANTIGUA Y EL GRUPO EPISCOPAL Respecto a la ubicación espacial del episcopio es necesario aclarar que el grupo episcopal no es solamente uno de los principales referentes topográficos en la ciudad tardoantigua, sino que en algunos casos podremos observar que los conjuntos episcopales son en sí mismos la propia ciudad, y que también existe al margen de ésta. Para valorar el proceso de transformación urbana durante la Antigüedad tardía se ha demostrado como fundamental conocer dónde se encuentran ubicados estos conjuntos, su localización, y la detección por ejemplo de traslados, pues hay casos en los que su desplazamiento comporta excepcionalmente una probable movilidad espacial de la ciudad. Aunque en general, el tema de los traslados, en los que intervendrían situaciones y factores muy locales, lo debemos considerar una discusión menor en las ciudades del Occidente romano12. La situación más frecuente en Hispania

11. GARCIA, MORO y TUSET, 2009. 12. Podríamos citar entre otros los casos de Aix-en-Provence (GUYON, 2005, 21) y Módena (CANTINO WATAGHIN y GUYON, 2007, 293). En Módena, además, no sólo se produce un traslado del grupo episcopal cuando la ciudad romana se abandona por problemas hidrogeológicos, al parecer en el siglo IV, sino que la ecclesia busca y se instala extramuros en un contexto funerario y martirial vinculado con San Giminiano.

también es la inmovilidad y permanencia espacial de las construcciones pertenecientes al grupo episcopal. Tan sólo Tarraco podría representar en estos momentos una de las excepciones más elocuentes por las particularidades de su topografía, como trataremos más adelante, aunque en realidad las propuestas interpretativas que giran acerca del conjunto fundacional son aún hipótesis abiertas13. Quizás más importante que la localización sea conocer los precedentes catastrales al establecimiento del conjunto religioso. De los avances que la investigación ha realizado en este sentido, se desprende que existe una casuística muy diversa que, probablemente, tiene muy poco que ver con el concepto de un urbanismo clásico y una mayor relación con una dinámica urbana nueva desarrollada durante este periodo que, hoy por hoy, nos es muy difícil de modelizar. Es más que probable que los factores locales sean los que ubiquen espacialmente el episcopio. Así, por estadística y por cronología, la sociedad civil juega un papel determinante para conseguir un emplazamiento donde poder construir el grupo episcopal, siendo los espacios de habitación los que figuran como los más utilizados. Mientras que la ocupación del espacio público parece algo posterior con excepciones14. La situación del episcopio intramuros en Hispania se conoce por ejemplo en Barcino desde inicios del siglo V, que nace a partir de una gran domus con un complejo industrial asociado en el ángulo nordeste junto a la muralla15. En Valentia, el grupo episcopal ocupará, que sepamos desde el siglo VI, un solar habilitado en la zona suroriental del foro romano; pero según parece su ubicación estuvo condicionada por motivos distintos relacionados con un espacio martirial, que ha sido detectado por la presencia temprana de una zona de necrópolis en el lugar16 (fig. 1). En Tarraco, también se encuentra en el lugar que ocupaba el templo del foro provincial, al menos desde el siglo VI17. Mientras que en Corduba, unas estructuras que podrían pertenecer probablemente a la iglesia episcopal se sitúan junto al Kardo Maximus y próximas al lienzo Sur de la muralla18 (fig. 2). Otro conjunto de localización intramuros es la iglesia episcopal de Egitania19, y la de Ilici si se confirmara la transformación de la iglesia conocida en el ángulo suroeste intramuros en la sede del obispado del siglo VI20.

13. MACIAS, 2000, 264. 14. GUYON, 2005, 18. 15. BONNET y BELTRÁN DE HEREDIA, 2005, 155-180. 16. RIBERA, 2005, 212. 17. MENCHON, MACIAS y MUÑOZ, 1994, 229. 18. SÁNCHEZ, 2009, 127. 19. ALMEIDA, 1977, 13; UTRERO, 2006, 602. 20. POVEDA, 2000, 573; Id., 2005, 328.


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Se comienza, además, a tener referencias más precisas para conocer la estructuración diocesana del territorio, puesto que la investigación más reciente está corroborando la existencia de un buen número de nuevas sedes episcopales, la mayoría del siglo VII, que se crearán en asentamientos menores. Algunos de ellos son por ejemplo Dumio (a. 558) y Begastri (a. 610). Dumio es quizás el caso más claro en Hispania de la existencia de un grupo episcopal sin ciudad, si tenemos en cuenta que la nueva sede episcopal se establece en un monasterio del siglo VI, que se había fundado previamente en una villa localizada en el territorio inmediato a Bracara Augusta21. Y en la ciudad-frontera de Begastri22 se documenta por la epigrafía una iglesia consagrada por el obispo Vitalis23, sin que haya sido identificada entre las estructuras recuperadas hasta el momento24. Pero existen otros casos en los que aún no se sabe sobre seguro cuáles de los conjuntos eclesiásticos documentados en enclaves como son Algezares25, El Monastil26 y El Tolmo de Minateda, le correspondió una nueva sede episcopal. A todas luces, este último, es decir, la antigua ciudad augustea de Ilunum parece ser el ejemplo más significativo del cual destacaríamos la creación de un nuevo lienzo y la construcción de un complejo eclesiástico monumental en el siglo VII de porte episcopal27 (fig. 3). No podemos pasar por alto aquellos grupos episcopales que, sin estar establecidos en un espacio suburbial ni claramente rural, fundiario, presentan una relación muy especial con una estructura urbana. Ya habíamos adelantado que el grupo episcopal de Egara es el resultado de un proyecto compacto, asentado sobre un espacio ocupado previamente en distintas fases (una de las últimas y previa a las primeras estructuras de culto es de tipo funerario28), pero que no muestra relación alguna con su entorno directo, el que representaba el municipio de Egara que no ha podido ser concretado desde el punto de vista topográfico29, ni en época clásica ni durante el período tardío30. Por el contrario, sí es posible relacionarlo con Barcino y su episcopado (fig. 4). No en vano constituye una creación del mismo, y por tanto, una escisión territorial a partir de mediados del siglo V. Por lo cual, la implantación del grupo episcopal podría definirse como un episcopio que controla un territorio sin un núcleo habitado; o lo que es 21. DÍAZ, 2000, 414-419. 22. VALLALTA y OCHOTORENA, 1984, 32. 23. ICERV 318. GARCÍA y LLINARES, 1984, 39; ESPULGA, MAYER y MIRÓ, 1984, 66-71. 24. GONZÁLEZ, MOLINA y FERNÁNDEZ, 1998-1999, 148-156; GONZÁLEZ, FERNÁNDEZ y PEÑALVER, 2003, 327. 25. RAMALLO y RUIZ, 2000, 307. 26. POVEDA, 2003, 113-126. 27. GUTIÉRREZ y CÁNOVAS, 2009, 92. 28. GARCIA, MORO y TUSET, 2009, 45-53. 29. GARCIA, MORO y TUSET, 2009, 62. 30. GURT, 2003, 140.

Fig. 3. La necrópolis ad sanctos del conjunto monumental del siglo VII de El Tolmo de Minateda (Gutiérrez y Cánovas, 2009, 104, fig. 6).

lo mismo, Egara parece también manifestar con fidelidad la idea de cómo el grupo episcopal durante la Antigüedad tardía puede llegar a definir por sí mismo la ciudad. Sin embargo, en el contexto del Occidente romano puede que Terrasa no represente un caso tan excepcional. Otras ciudades no hispanas como son Grado31, Sabiona32 y Digne33 presentan unas características parecidas a las descritas para Egara, porque en la actualidad es difícil conocer el soporte urbano que teóricamente acogería al episcopio, y porque en todas ellas consta la existencia previa de un espacio funerario. De todo lo dicho, quizás la principal novedad referente a la ubicación del grupo episcopal y a los precedentes catastrales del espacio urbano ocu31. CANTINO WATAGHIN, 1989, 46. 32. CANTINO WATAGHIN y LAMBERT, 1989, 201. 33. CANTINO WATAGHIN y GUYON, 2007, 294.


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Fig. 4. Egara. A) Ubicación de los primeros enterramientos justo detrás del ábside de la iglesia posterior (Garcia, Moro y Tuset, 2009, 48, fig. 70). B) Iglesia y espacio funerario anteriores a la fase episcopal (Garcia, Moro y Tuset, 2009, 52, fig. 81). C) Iglesias y nuevos sectores de necrópolis del conjunto episcopal en su fase de la segunda mitad del siglo VI (Garcia, Moro y Tuset, 2009, 107, fig. 203).

pado por el mismo, y aunque lo hayamos dicho sin destacarlo, reside en el hecho de confirmar que grupos episcopales considerados urbanos, utilizando una nomenclatura clásica, buscan y se establecen sobre espacios de necrópolis. Se trata de una situación que, además de los ejemplos citados anteriormente, ya se había demostrado en otros lugares como Concordia34 y en otras ciudades del Mediterráneo occidental, como reflejan desde momentos iniciales varias de las sedes sardas35. Pero a pesar de ello, bien es cierto que esta particular ubicación espacial del conjunto episcopal no es la más común, y a la que habrá que dar su razón correspondiente por varios motivos. Uno, por la propia existencia de necrópolis en espacios urbanos desde un momento temprano; y dos, porque estas necrópolis continuarán

34. CANTINO WATAGHIN y GUYON 2007, 292. 35. MOTTA, 2006, 334 ss. El rasgo común en todas ellas es, por un lado, la implantación monumental de la iglesia episcopal en una zona funeraria extramuros originada en época bajoimperial, que en determinados casos pudo estar ligada a un culto martirial local (Porto Torres o Sulci); y por otro, el traslado del núcleo habitado con la consecuente constitución de un nuevo espacio urbano en torno a los nuevos conjuntos religiosos (Corfinio).

activas junto al grupo episcopal creándose un constante dialogo entre ambas estructuras, lo que nos indica que la primera de las razones no es gratuita sino que tiene su sentido. CONJUNTOS MONUMENTALES EXTRAMUROS Por lo que concierne a los cambios que afectan al suburbio, cabría reiterar el protagonismo y la capacidad de atracción que tuvieron los espacios destinados a necrópolis para el establecimiento de los nuevos conjuntos monumentales. Ciñéndonos a las informaciones disponibles, la transformación de la topografía extramuros, aunque no se produce por igual en todas las ciudades hispanas ni en tiempo ni de igual forma, parece que se inicia justo desde el momento en que sectores situados fuera de las murallas, fundamentalmente los espacios de habitación, se abandonan, expolian, amortizan y en muchos casos se reocupan por necrópolis. Por un lado, tanto la desaparición, como sobre todo el cambio de función de los espacios y la utilización de una nueva arquitectura, son los aspectos que con mayor determinación van a ir generando una topografía dinámica, cambiante y finalmente distinta. En numerosas ocasiones no se puede demostrar que el cristianismo sea el germen o el primer y único factor responsable de la transformación del suburbio, si bien es cierto, que el nacimiento de no pocas áreas funerarias cristianas estuvo marcado y condicionado por un contexto martirial o por la presencia de reliquias. Algunas de las necrópolis hispanas ofrecen indicios


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suficientes para plantear que, por lo menos, parte de los nuevos espacios funerarios se forman con probabilidad en torno a una estructura primitiva que canaliza la veneración de unos restos. La sacralidad del lugar donde surgen estas estructuras, que actúan como memoria de aquello que se venera, permanece a través de construcciones sucesivas que no pierden nunca su vinculación con los referentes de origen. Entre los ejemplos en los que se emplea una arquitectura para monumentalizar un espacio conectado con un culto martirial, se podría citar la estructura conservada en Emerita, de planta rectangular rematada en ábside que contiene varios enterramientos que se propone identificadar con el martyrium, tumulus o memoria de Eulalia al que aluden autores como Prudencio y Gregorio de Tours. El pequeño edificio excavado de teórico origen martirial forma parte de una necrópolis ad sanctos más extensa creada desde la segunda mitad del siglo IV36. Con el tiempo, en la segunda mitad del siglo V, se construye directamente sobre la necrópolis una iglesia que engloba en el ábside el monumento retenido como el origen de toda la zona funeraria, e interpretado como tumulus de la mártir. Tarraco y Valentia son otras ciudades donde la sacralización de unos determinados lugares, y la aparición de necrópolis que se les asocian, ilustran perfectamente el cambio en la funcionalidad de edificios y de los espacios más emblemáticos del urbanismo altoimperial (como son el anfiteatro y los edificios civiles próximos al foro, respectivamente), ahora transformados en los nuevos referentes litúrgicos de la topografía tardoantigua. En Tarraco, la reexcavación de la iglesia del anfiteatro y el posterior estudio de C. Godoy permiten por una parte, justificar la exacta ubicación topográfica de un escenario martirial, así como definir con precisión la función de la estructura documentada. Y por otra, también Godoy identificó este edificio con la ecclesia Sancti Fructuosi que cita el Oracional de Verona en relación a la litúrgia estacional de la ciudad37. El espacio destinado al culto martirial se hace coincidir aquí con el lugar donde exactamente condenaron al obispo Fructuoso y a sus diáconos Augurio y Eulogio († 259). Es en la parte de la arena, justo donde transcurre el foso transversal del anfiteatro, en la que se ubicarán los cimientos de la parte occidental de la iglesia. La sacralización de este espacio generó con una cronología avanzada de siglo VI una nueva necrópolis ad sanctos alrededor38. En Valentia, la peculiaridad mayor es que se trata de un contexto martirial intramuros. Desde la segunda mitad del siglo V surge una necrópolis junto a un edificio administrativo de la fase bajoimperial situado tras el ángulo sudeste del foro, que es entendido como sacro al considerarse tam36. MATEOS, 2005, 55. 37. GODOY y GROS, 1994, 248. 38. TED’A, 1990, 234; MACIAS, 1999, 227-230.

bién como uno de los escenarios clave en la passio del mártir San Vicente39. Ya en el siglo VII este lugar quedará incorporado al grupo episcopal, justamente edificado en el lugar, y se señaliza convenientemente con la incorporación de una estructura, de la cual, se conoce un pequeño ábside de herradura muy similar al de la basílica del anfiteatro de Tarraco. En torno a este ábside se forma genera una nueva necrópolis que se caracteriza por el uso de grandes cistas de losas y la práctica habitual de la inhumación múltiple. En este mismo sentido, tendríamos que detenernos en el mausoleo recuperado en Barcino en una antigua villa suburbana en el que apareció una lauda sepulcral de mosaico posiblemente del siglo V (fig. 5). Mausoleo que, quizás, deberíamos incluirlo dentro de la categoría de ábsides como es el ya citado en Valentia y otro más documentado en Baetulo40. Las posibles diferencias con respecto a éstos es que la estructura de Barcino no es sólo un ábside, sino que es el conjunto de ábside y espacio rectangular donde se concentran varios enterramientos. Este edificio no se encontraba aislado, sino integrado en un área funeraria más amplia próxima a la muralla de Barcino donde constan enterramientos desde finales del siglo III o inicios del siglo IV. Un aspecto interesante en la transformación de la villa altoimperial es la naturaleza de la reocupación funeraria en sí, es decir, la connotación de este espacio funerario en cuanto a la posición privilegiada de los individuos allí enterrados. Que tal vez son ad sanctos si aceptáramos, por un lado, identificar la construcción analizada con una cella memoria; y por otro, que la sepultura que está cubierta por el mosaico perteneció a un personaje destacado de la comunidad local, y que es ésta la que atrae a todas las demás. La existencia misma de la lauda, su iconografía como es el crismón central enmarcado por una corona símbolo que se asimila al triunfo tras el martirio, y la ausencia de epitafio o referencia explícita al personaje inhumado, son algunos de los argumentos que apoyarían esta interpretación como ya lo indicara en su momento G. Ripoll41. Los otros enterramientos no destacan precisamente por su tipología, pues algunos utilizan cubiertas de tegulae, sino que como hemos comentado sobresalen por su posición o ubicación espacial. Dado que el edificio y la lauda se han fechado hacia el siglo V, este conjunto debería contextualizarse en el marco urbano de su época y, por tanto, se podría relacionar con los nuevos espacios sacros de la ciudad tardía como es el grupo episcopal que se encuentra

39. ALAPONT y RIBERA, 2006, 168; RIBERA, 2007, 383. 40. PADRÓS, 1999, 89-90. La recuperación de varias tumbas en un lugar cercano al antiguo foro y, sobre todo, el emplazamiento de una estructura absidada que contiene dos enterramientos en formae -la cual pudo constituir un espacio de culto martirial-, determinaría siglos después el sitio preciso donde construir la primera iglesia medieval. 41. RIPOLL, 2001, 235.


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B

A

C

Fig. 5. Barcino. A) Topografía de la ciudad tardía (Beltrán de Heredia, 2008b, 286, fig. 8). B) Monumento funerario que reocupa parte de una villa altoimperial (Ripoll, 2001, 43, fig. 18). C) Lauda sepulcral de mosaico que cubre a unos de los enterramientos hallados en la citada construcción (Ripoll, 2001, 43, fig. 19).

muy cerca de este lugar, aunque está intramuros, y también tiene su precedente espacial en una domus. En estas fechas no se tiene noticia de la existencia de una necrópolis episcopal ni de ningún tipo de sepultura en el espacio hasta ahora conocido el propio complejo cristiano; razón por la cual cabría plantearse la posibilidad de si esta construcción pudo ser planificada y utilizada por las élites laicas, o más bien por un sector social ligado al entorno episcopal y perteneciente a la jerarquía eclesiástica. A la construcción de Barcino, hay que sumar otra más documentada hace pocos años en una necrópolis tardoantigua localizada al Norte de Hispalis, que cuenta con una fase de ocupación funeraria altoimperial. Hablamos de un monumento que presenta un ábside de planta poligonal orientado al Oeste y con cripta, pero donde no se han encontrado enterramientos. Sí aparecen inhumaciones, por el contrario, en otras construcciones de la misma necrópolis que adoptan también la forma de estructura semicircular42.

Del mismo modo, en las zonas extramuros se construyen nuevos edificios e iglesias funerarias capaces de albergar un gran número de enterramientos bajo su pavimento, como sucede en la iglesia de ábsides contrapuestos de Myrtilis43 y en la iglesia septentrional del suburbio suroccidental de Tarraco44, entre otras. En ciertas ocasiones estos lugares beneficiarán, a su vez, la construcción de auténticos complejos asistenciales y de gestión en su entorno, recordemos el caso de Emerita, sin descartar la posibilidad de que el propio núcleo rector de la ciudad cristiana, el grupo episcopal, se instalara próximo a estos nuevos espacios generadores de fe. Todo ello contribuirá a dar una dimensión nueva al suburbium, aunque en no pocas ocasiones el panorama hasta ahora delineado se nos muestra mucho más complejo. Contamos con algunos ejemplos que, aun sirviéndose también de una arquitectura monumental, se podría discutir si el compo-

42. CARRASCO et alii, 2004, 125-148; BARRAGÁN, 2006, 124.

43. LOPES y MACIAS, 2005, 451. 44. LÓPEZ, 2006, 250.


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nente martirial es siempre el origen más probable atribuible a la aparición, primero del cementerio cristiano, y luego de un posterior conjunto eclesiástico. Nos referimos a espacios funerarios bastantes conocidos. En Tarraco no se conoce hasta el momento la tumba o la teórica estructura martirial a partir de la cual se ha explicado la formación del conjunto cristiano del Francolí45 (fig. 6). Es la mayor de las necrópolis cristianas entre las conocidas en Hispania. Está delimitada y cerrada por una vía romana, la misma que pasa delante de la iglesia funeraria septentrional antes mencionada, y presenta una estructura más o menos homogénea, sin que espacialmente se aprecie un núcleo generador. Es la única necrópolis de Tarraco donde las superposiciones funerarias son una constante, y en la que sus sepulturas presentan una mayor suntuosidad y riqueza. Indicador claro del sentido de comunidad y prestigio de la necrópolis. Las ánforas señalan el siglo IV y la primera mitad del V como el período funerario más intenso, mientras que su uso parece detenerse en el siglo V46. Los escasos datos epigráficos oscilan, no obstante, entre los años 393 y 503. A partir del siglo V se construye un complejo organizado a partir de una iglesia de gran tamaño (38.6 m x 19 m) que se proyecta y actúa como nuevo recinto cementerial, pero que se encuentra descentrado respecto a la necrópolis que ya existía. Las sepulturas, muchas de ellas sarcófagos y algunas señaladas con una lauda hecha de mosaico, a partir de este momento quedarán reducidas a la propia basílica y a varios mausoleos que se le adosan, o que están directamente conectados con ella como la cripta de Los Arcos. Al Sur, se localizan múltiples dependencias anejas entre las que destacar un baptisterio que, al parecer, quedará anulado a lo largo del siglo VI. Estaríamos, por tanto, ante un amplio conjunto arquitectónico, bien articulado, que pudo tener un acceso monumental a través del pórtico tetrástilo documentado47. La interpretación del conjunto como basílica martirial ha estado en cierta manera sujeta a la recuperación de un epígrafe muy fragmentario donde se citan los nombres de los tres mártires de Tarraco [...Fru]ctuosi Au[gurii et Eulogii]48. Según Y. Duval no se puede considerar el epitafio de los mártires sobre sus tumbas49. Sí, probablemente, como perteneciente a una memoria en la que podrían hallarse algunas de sus reliquias50. La epi-

45. SERRÁ VILARÓ, 1930; Id., 1935; Id., 1936; VIVES, 1941, 47-60; PALOL, 1953; AMO, 1979, 243. 46. KEAY, 1984; REMOLÀ, 2000. 47. LÓPEZ, 2006, 250. 48. Restitución en SERRA VILARÓ 1936, 61; VIVES 1941; Id., 1969, nº 321. 49. DUVAL, 1993, 175, fecha el epígrafe en el siglo V, por lo que no se puede relacionar con la primitiva necrópolis cristiana. 50. GODOY, 1995, 194.

Fig. 6. El suburbio suroccidental de Tarraco. Localización de los conjuntos monumentales y de la necrópolis cristiana del área del Francolí (a partir de López, 2006, 276, fig. 314).

grafía funeraria recuperada contiene, por otra parte, expresiones como in sede sanctorum, que debe aludir a la presencia y conmemoración martirial, e in sancta Christi sedes, que según Godoy estaría haciendo referencia a un edificio de culto eucarístico51. Muy brevemene, creemos que de todo ello se puede deducir que necrópolis e iglesia son dos realidades diferentes. Por un lado, existe una necrópolis cristiana donde no está tan claro que una sepultura martirial sea el núcleo primigenio más probable. Y por otro, existe un complejo eclesiástico que, a su vez, genera una nueva necrópolis de uso mucho más restrictivo y de carácter privilegiado, que no parece depender de unos enterramientos generadores de un culto específico. Este conjunto monumental es un nuevo punto de referencia de la litúrgia estacional de la ciudad, aunque sorprendentemente advierte una precoz decadencia hacia mediados o finales del siglo VI. Quedará aún por explicar el porqué de su declive, dado que su aparente desarticulación no parece que pueda relacionarse, en tiempos más o menos iguales, con la construcción de la iglesia en el anfiteatro, pues ambos complejos fueron concebidos con características muy distintas. Quizás la explicación más probable sea pensar en un traslado. En tal caso, y

51. GODOY, 1995, 190.


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Fig. 7. Emporiae. A) Enterramientos junto a la piscina bautismal ubicada en el antiguo suburbio de la ciudad romana (Foto: Archivo Museu d’Arqueologia CatalunyaEmpúries). B) Lauda sepulcral de mosaico perteneciente a una de las tumbas (Foto: J. Curto). C) Topografía de Ampurias (Nolla y Sagreda, 1999, 98).

de aceptar que las construcciones detectadas en el Francolí no pertenecieron únicamente a un complejo religioso, funerario ni martirial, deberíamos considerar si tal vez estamos ante un espacio episcopal52. Emporiae ofrece un panorama tan rico en información como la misma Tarraco porque son varias las iglesias construidas en ambientes funerarios. Pero quisiéramos destacar aquí el único baptisterio conocido en Emporiae hallado bajo la iglesia de Santa Margarita y construido también, a su vez, sobre una zona funeraria tardía. Éste tendría sin duda una gran iglesia asociada (fig. 7). Recalcaremos como significativo la presencia de una lauda sepulcral con inscripción que se leería entrando desde el Norte al mismo espacio bautismal. El personaje al que corresponde la lauda –tal vez un posible obispo- está enterrado en un gran sarcófago monolítico. A su alrededor se entierran posteriormente otros individuos. La relación de la inscripción

con el baptisterio, y todo ello superpuesto a una antigua necrópolis, nos hace pensar en un paralelismo manifiesto con el caso de Tarraco que, como aquél, contribuye a reforzar la hipótesis de la existencia de complejos eclesiásticos de porte monumental, levantados sobre espacios de necrópolis. Asimismo nos obliga a replantear, o cuando menos a matizar, algunos de los estereotipos –de motivación y topográficos- manejados hasta el presente en relación al discurso cristiano utilizado en los ámbitos urbanos. Por último, en Segobriga, que será sede episcopal desde el último tercio del siglo VI, conocemos otra iglesia extramuros de grandes dimensiones (48 m x 26 m) que se encuentra rodeada de una extensa necrópolis de época visigoda53. El supuesto carácter martirial, o su concepción como memoria, se le atribuyó entre otros motivos por la constatación de varios enterramientos ad sanctos situados próximos al sanctuarium y que corresponden a miem-

52. MACIAS, 2000, 264.

53. ABASCAL, ALMAGRO y CEBRIÁN, 2008, 224.


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bros de la jerarquía eclesiástica54, a obispos. También su construcción sobre una zona de necrópolis altoimperial ha servido para vincular el edificio con un antiguo martyrium del que, sin embargo, se desconoce cualquier tipo de testimonio55. Una vez más, seguimos sin conocer con exactitud cual sería el origen más probable de la construcción de la gran iglesia en un contexto funerario que, además, como hemos hablado para otros casos, la necrópolis continuará en el siglo VII en los alrededores del edificio56. SEPULTURAS URBANAS Una numerosa y reciente bibliografía da testimonio en muchas ciudades de la existencia de sepulturas en el interior de los antiguos recintos urbanos, sin poder precisar con exactitud en la mayoría de los casos conocidos la cronología y qué relación guardarían con su entorno más inmediato. Este último aspecto es de difícil solución por la falta de información arqueológica en multitud de ocasiones, que permita situar en el tiempo todas y cada una de las tumbas, así como el propio alcance de tales acciones57. El problema resulta menor cuando reducimos el ámbito de dicho fenómeno a aquellas necrópolis que tienen un contexto de carácter cultual claro, y que está definido normalmente por el propio grupo episcopal con el cual se vinculan, aunque no necesariamente58. La aparición de enterramientos intramuros es, sin embargo, un fenómeno más amplio y de justificación diversa de la relacionada con la ciudad episcopal. En este sentido, esta situación nos obliga, una vez más, a cuestionarnos qué es la ciudad de la Antigüedad tardía como estructura física y como espacio de relación. Habrá que plantearse, por un lado, el vínculo que la población mantiene con sus difuntos y la forma que los contemporáneos perciben y viven el espacio urbano59; y por otro lado, deberíamos reflexionar sobre la nueva dinámica de la ciudad que ahora se organiza en función de distintos enclaves sacros y distantes que se encuentran tanto dentro como fuera de las murallas60, y que están conectados entre sí a través de una liturgia estacional61.

54. GODOY, 1995, 246. 55. ALMAGRO y ABASCAL, 1999, 155. 56. Si la gran basílica de Segobriga fuese la catedral, el gran cementerio que la rodea podría ser otra necrópolis episcopal del siglo VII que, a diferencia de las conocidas en Barcino y en El Tolmo de Minateda, se asemejaría más a la de Valentia por el empleo preferente de las losas y cistas en las sepulturas; aunque en ellas predomina un uso de carácter individual bien lejos de las tumbas colectivas valencianas (RIBERA, 2008, 316). 57. CANTINO WATAGHIN, 1999, 147-180. 58. GODOY, 2005, 66. 59. GALINIÉ, 1996, 18. 60. FASOLA y FIOCCHI NICOLAI, 1989, 1195. 61. SAXER, 1989, 917-1021.

En cuanto a las sepulturas ad sanctos, en primer lugar, comentábamos la relación existente entre necrópolis y grupo episcopal, y los casos que pueden ilustrar y testimoniar este fenómeno se encuentran repartidos por toda la geografía del Imperio62. Sin embargo, se aprecia que este vínculo no es siempre el mismo, pues en algunas ocasiones parece evidente la atracción que ejerce el propio grupo episcopal para el establecimiento de una necrópolis en su espacio de influencia, como sucede en Barcino63, Ilunum64, Tarraco65 e ¿Ilici66?; mientras que en otros, ya hemos visto que la relación es más sorprendente, dado que es el grupo episcopal el que busca la presencia de una necrópolis anterior para asentarse. Cuando esta última situación se confirma, observamos que las necrópolis de origen adoptan ubicaciones espaciales muy distintas. En Valentia, se elige un lugar adyacente al foro donde existe un componente martirial67; y en Egara, sin embargo, la necrópolis conocida es difícilmente atribuible a un entono urbano, pero se le asociará un edificio de culto que es el mismo que posteriormente se transformará en la iglesia episcopal a mediados del siglo V68. También en Lucus Augusti69 y en Iria Flavia70 se conoce la presencia de necrópolis intramuros. Si en ellos se admite o se confirma que las necrópolis correspondientes están, o son, el origen de supuestos edificios de culto que podrían ser anteriores al episcopio, tendríamos dos casos que manifiestan una evolución muy similar a la que conocemos en Egara. ¿Pasaría lo mismo en Tarraco, Emporiae y en Segobriga donde conocemos importantes conjuntos eclesiásticos asentados en las necrópolis extramuros? En segundo lugar, hay otras situaciones en las que cabría imaginar la presencia de inhumaciones ad sanctos, aunque no siempre se documente una arquitectura sacra que las aglutine. Este podría ser el caso de los enterramientos aparecidos en las inmediaciones de la antigua plaza del foro provincial en Tarraco, uno de los verdaderos núcleos de habitación de la 62. REYNAUD y JANNET-VALLAT, 1986, 98; CANTINO WATAGHIN y LAMBERT, 1998, 95 y 103; LEONE, 2003, 446. 63. BELTRÁN DE HEREDIA, 2008a, 235. 64. ABAD et alii, 2008, 330. Muy probablemente sede episcopal. 65. HAUSCHILD, 1992, 107-135; Id., 1994, 153; Id., 1996, 157-163. 66. POVEDA, 2005, 327. 67. RIBERA, 2007, 383. 68. GARCIA, MORO y TUSET, 2009, 106. La reutilización de iglesias preexistentes es habitual también en las ciudades orientales. Por ejemplo cuando Gortyna (Mitropolis) se convierte en sede episcopal en 528, la nueva iglesia episcopal ocupa el lugar donde ya existía una iglesia del siglo V (FARIOLI CAMPANATI, 2009, 23). 69. FERNÁNDEZ, MORILLO y LÓPEZ, 2005, 99. Sólo conocemos las estructuras eclesiales de época medieval. La aparición de una piscina o balneum junto a la misma se interpretó como una posible instalación litúrgica de época tardoantigua. 70. LÓPEZ y LOVELLE, 1998, 1395-1409. Como en el caso anterior, únicamente conocemos las estructuras eclesiales de época medieval.


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ciudad tardoantigua. No debemos descartar la posible relación de algunas de estas tumbas, además de con el conjunto episcopal del siglo VI, con otros edificios de culto presentes en esta parte de la ciudad que por el momento no han sido identificados con claridad, pero se sabe de su existencia por el Liber Orationum71. Un planteamiento similar se puede argumentar, por ejemplo, en la antigua isla de San Martí, en Emporiae, donde la aparición de algunas tumbas en la zona amurallada podría ayudar a localizar un complejo cristiano en este sector tal como sería de esperar72. En Valentia se conoce una segunda necrópolis próxima al episcopio que pudo estar relacionado con otra teórica iglesia todavía sin documentar73. Y en Conimbriga, sobre los niveles de destrucción del foro, que se fechan a partir de la segunda mitad del siglo V, surgen dos nuevos sectores funerarios delante del templo del foro y en las termas74. En tercer lugar, los avances logrados en el conocimiento de otras ciudades hispanas permiten intuir y plantear, en cuanto a sus contextos funerarios, que son muy pocas las diferencias con respecto a las necrópolis analizadas que se asocian a los conjuntos episcopales. En este sentido, muchas ciudades que son municipia en época altoimperial, que no alcanzan el rango episcopal, presentan como elemento común la aparición de enterramientos que pueden fecharse hacia el siglo VI, sino antes, en los espacios centrales de carácter público donde algunos siglos después se establecerá la parroquia medieval. Son muy ilustrativos, por ejemplo, los casos de Iluro75, Iesso76 y Baetulo77 porque las necrópolis constatadas podrían estar señalando edificios de culto desconocidos hasta el presente que en época altomedieval son sustituidos por estructuras de mayor entidad. En Carteia78, Clunia79 y Pollentia80, también aparecen necrópolis con este mismo perfil, aunque en estas ciudades (tampoco sedes episcopales) la realidad arqueológica es menos evidente aún si tenemos en cuenta que, por un lado, prácticamente no se conoce nada de su estructura urbana en este período; y por otro, que las necrópolis tardías no tuvieron una continuidad, ni parece, o al menos no tenemos evidencias, que en su contexto se construyeran iglesias en época medieval. O si existieron fueron de en-

tidad menor como podría ser el caso de Clunia. En Clunia, precisamente, justo al Norte de la necrópolis tardoantigua a caballo entre la denominada “casa 3” y el posible antiguo macellum del foro, se construirá una pequeña ermita medieval. Más allá de las valoraciones realizadas sobre el fenómeno de las inhumaciones ad sanctos no podemos olvidar que la aparición de necrópolis intramuros también se debe al abandono de un sector de la ciudad romana y la consecuente reducción del perímetro de la ciudad tardoantigua en relación a la anterior. Con lo cual, las nuevas necrópolis siguen estando fuera de la nueva ciudad. Esto es lo que sucede en Carthago Nova donde se configura una extensa necrópolis extramuros que amortiza múltiples estructuras (domus y calzadas) correspondientes al trazado urbano de época clásica. Astigi es otra ciudad donde se ha documentado a partir del siglo V una amplia necrópolis en el antiguo centro monumental, en el cual ya se había establecido una zona de habitación anterior81. Por último, es necesario considerar la documentación de tumbas aisladas o casuales que mantienen unos rasgos en común. Se trata de enterramientos normalmente de cronología avanzada, y coincidentes con el momento de plena consolidación de la ciudad tardoantigua82. En el estado actual de conocimiento, lo verdaderamente interesante es destacar que las nuevas relaciones espaciales derivan en cierta manera del cambio en el concepto de ciudad en la que conviven, y alternan sin solución de continuidad espacios ocupados, ya sean de carácter productivo, habitacional, vertederos, tumbas, las construcciones sacras, y espacios desérticos. Llegados a este punto, sería necesario aclarar que no en todas las ciudades hispanas que durante la Antigüedad tardía reducen la superficie habitada, y que cuentan igualmente con amplios espacios vacíos remanentes intramuros, existe por norma una ocupación funeraria de las áreas desurbanizadas83. Es llamativo que en casos como el de Tarraco que se contrae de manera significativa, siendo tan sólo habitada en la parte alta intramuros donde sí se contabilizan varios enterramientos asociados a supuestas iglesias84, no exista ningún indicio de presencia funeraria en una extensa área

71. GODOY y GROS, 1994, 252. 72. AQUILUÉ y BURÉS, 1999, 396-398. 73. RIBERA, 2008, 317. 74. ALARCÃO y ETIENNE, 1977, 169, láms. LVIII y XCVI. 75. REVILLA y CELA, 2006, 102. 76. PERA y USCATESCU, 2007, 204. 77. PADRÓS, 1999, 89-90. 78. BERNAL, 2006, 454 ss. 79. RIPOLL, 1989, 397; PALOL, 1994, 22. 80. ARRIBAS y TARRADELL, 1987, 135. En este caso sigue sin existir una evidencia arqueológica clara que permita situar esta necrópolis al final del periodo de la Tardoantigüedad.

81. SÁEZ, ORDÓÑEZ y GARCÍA-DILS, 2005, 104. 82. RIBERA y ROSSELLÓ, 2000, 163-164. 83. Es difícil saber si hubo una razón concreta por la cual esos espacios no se destinaron nunca a necrópolis: bien porque no se pudiera legalmente, bien porque no hubiera necesidad o interés..., son sólo algunas de las situaciones hipotéticas que podríamos imaginar. La investigación no ha podido alcanzar una explicación concluyente al respecto, pero es que tal vez no haya que encontrar una respuesta precisa a esta aparente ausencia de enterramientos y tengamos que plantearnos, por el contrario, que el hecho de que aparezcan tumbas con posterioridad a una reducción del perímetro de la ciudad es un proceso que no habría necesariamente que generalizar. 84. BOSCH et alii, 2005, 170.


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en la parte baja de la ciudad que, aparentemente, permaneció sin ningún tipo de ocupación. Sin embargo, se trata del sector donde se encontraba el foro colonial en el que no se podría descartar novedades en cuanto a la documentación de alguna actividad durante la fase tardoantigua, a pesar del intenso proceso de excavación desarrollado85. También en Emporiae, donde la realidad urbana es más radical dado que todos los testimonios disponibles apuntan a que a finales del siglo III la ciudad romana se abandona por completo, sorprende que ésta, más allá del estado de degrado o ruina de sus edificios, no se utilizara nunca como espacio funerario cuando por esas mismas fechas se están formando nuevas necrópolis en el suburbio86. La excepción, claro está, es una importante necrópolis urbana establecida sobre parte de unas termas y de la stoa en la Neápolis, un sector ubicado junto al puerto que desde inicios del siglo II ya presentaba signos de abandono87. La discusión pertinente no reside únicamente en cuestionar el hecho de que no haya indicios de enterramientos en la ciudad romana, si a la población no le interesó o no tuvo necesidad real de destinar el solar ocupado en época altoimperial a necrópolis. También tendríamos que discutir si entre su desaparición y la reaparición de un nuevo núcleo urbano –ya desplazado– en Sant Martí, cuya muralla tardía se propone fechar a finales del siglo IV o principios del V, hubo un intervalo –que desconocemos– durante el cual pudo haber una descolocación del hábitat urbano88. Entre los ejemplos aquí analizados, Ampurias constituye uno de los más interesantes puesto que por el momento no somos capaces de comprender por completo esa transformación tan drástica de la ciudad, de auténtica ruptura espacial entre dos momentos históricos que se suceden. En todo este complejo proceso es probable que todo esté relacionado: aparición de nuevas necrópolis, de nuevos conjuntos religiosos e incluso la creación de un núcleo urbano desplazado del anterior. Es por esto que las necrópolis tardías documentadas en el antiguo suburbio romano de Ampurias puedan llegar a ser muy importantes para la investigación actual, en el sentido de que no habría que excluir en ellas la existencia de un referente clave y monumental, para la organización de la ciudad.

85. MACIAS, 2000, 259-271; MACIAS y REMOLÀ, 2005, 178. 86. NOLLA y AQUILUÉ, 1999, 98. 87. NOLLA y SAGREDA, 1995. 88. AQUILUÉ y BURÉS, 1999, 389. CASTANYER, 2007, 14 ss. Esta situación podría plantearse con una argumentación más precisa si llegara a confirmarse la datación en el siglo V del tramo de muralla de opus quadratum conocido. La cronología que se le asigna se basa fundamentalmente en la técnica constructiva y en su comparación con otras murallas tardías próximas a la ciudad romana de Ampurias como es la muralla de Gerunda.

REFLEXIÓN ¿Hasta qué punto los espacios funerarios y espacios sacros de la ciudad tardoantigua cristiana hispana desarrollan un lenguaje común, lenguaje que en gran medida debería definir a la ciudad tardoantigua, a su paisaje, un paisaje común? ¿Existe realmente este lenguaje común? Muy probablemente debamos concluir que, si bien hubo una unidad de comportamiento, ésta inicialmente no desembocó en un lenguaje urbano único, sino en diversos lenguajes urbanos, distintos o parcialmente diferentes y difíciles de explicar a causa de las limitaciones –en cuanto a potencialidades- que presenta el propio método de estudio. En general, se observa una topografía dinámica que, basada en una unidad de comportamiento, se encamina hacia la búsqueda de un lenguaje común que tan sólo se conseguirá –creemos- a finales del período en cuestión. Pero son más las dudas que las certezas. Cabría reflexionar sobre la verdadera relación de las necrópolis con las estructuras religiosas, y cuestionar si cuando dicha relación existe, es siempre la misma, es decir, si se produce o responde a causas similares. Recalcaremos aquí fundamentalmente que la realidad arqueológica muestra en algunos casos que incluso el grupo episcopal busca, y se establece, sobre un espacio funerario previo. ¿Cuál es el significado de esta acción, y más cuando aparentemente la necrópolis o los enterramientos previos no tienen una atribución clara? El valor de esta relación debe de ser necesariamente muy elevado, cuando la topografía funeraria parece primar por encima del “valor urbano” en el momento de ubicar las estructuras que determinan el centro del poder eclesial, cuando no político, de la ciudad. ¿Y qué decir cuando el espacio funerario deja de ser un espacio periférico para pasar a ser un espacio central? ¿Demuestra esta situación que la relación espacio funerario-espacio sacro crea una relación circular de retroalimentación? En cualquiera de los casos expuestos, estas tumbas revelan que se ha superado la estricta separación de época clásica entre los espacios de necrópolis restringidos al suburbio y los espacios circunscritos por la muralla. Un cambio en la mentalidad social que conduce a una unidad de comportamiento que desemboca, ahora quizás sí, en un lenguaje topográfico común.


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