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Suiza en Sonora, Un viaje a la Isla del Tibur贸n y otros relaxos

Juan Enrique Ramos Salas


Suiza en Sonora, Un viaje a la Isla del Tibur贸n y otros relaxos

@ Editorial De Milagros Juan Enrique Ramos Salas jers90@gmail.com Dise帽o y edici贸n: Federico Ortega Enr铆quez y Lenin Guerrero ISBN

Juan Enrique Ramos Salas


A Carmen Carmen, Mi esplĂŠndido origen


A manera de prólogo Consta de cuatro apartados este libro que tienes en tus manos, ex timado lector, ex timada lectora. Cuatro libros en uno, pudiérase pensar, pero no; están ligados en varias formas los componentes. Suiza en Sonora es un conjunto de relatos de viajes a distintas partes de la Sierra Madre Occidental, en su generosa porción sonorense: Yécora, Mesa de Tres Ríos, Pilares, Huachinera, Bavispe. Si bien más de un relaxo sucede en Yécora, esto se explica, primero, por la predilección del autor por este lugar en el Universo; y, segundo, porque las descripciones de las diferentes maneras de ascender hasta este sitio cerca del cielo -en autobús, en carro, de aventón- igual califican como variaciones sobre un mismo tema. Un viaje a la Isla del Tiburón es una narraciónensayo sobre la realización de un sueño anhelado por muchos años, la ilusión de dormir varias noches en la punta más al norte de esa parte del territorio Seri. Pernoctar en la Bahía de Agua Dulce, palpitar en el interior de un refugio, sentir desde ahí la presencia del mar bermejo. Las aves no saben cuando es domingo ni los arroyos esperan a que sea miércoles para salir es el registro de un retiro en la montaña, con la intención de explorar, aunque sea de manera mínima, los senderos del ermitaño y del escritor, contiene reflexiones y expresiones de quien se sumerge en la naturaleza para descubrir si puede y quiere de verdad ser escritor. Y Cuentos para los cuates es un conjunto de estampas sobre animales que habitan arriba de los 1600 metros sobre el nivel del mar, en la zona templada y fría del estado de Sonora. Una especie de bestiario, 7


opinan algunos. Es, más bien, una colección de trazos imaginarios sobre la fauna de nivel elevado en el estado, digna de ser más conocida por los habitantes de las costas y de los valles en el desierto. Sierra y Mar, tan distintos en temperatura, vegetación y altura, son también en Sonora límites de un mismo territorio, paréntesis geográficos y polos emblemáticos entre los que se nutre la autoestima de quienes poblamos los valles y los desiertos de estas tierras. En Sonora, la crónica de viajes la inician los frailes, militares y exploradores italianos y españoles enviados por el rey o el virrey a conocer y dominar estos rumbos en los años inmediatos posteriores a la Conquista. Destacan aquí, por supuesto las Cartas de Relación de Cortés y los informes de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y de Fray Marcos de Niza. En la Colonia, el género lo avasalla el libro Favores Celestiales, del incansable viajero Eusebio Francisco Kino. La publicación de textos sobre trasiegos en la región durante la época de la Independencia y dos o tres décadas después, apenas y registra el recuento de las invasiones piratas de Raousset Boulbon y de Henry Crabb. A fines del siglo XIX y principios del veinte, la producción de periplos en este estado, la recuperan etnólogos como el noruego Carl Lumholtz, con su México desconocido, en el que da cuenta de Pimas y Tarahumaras; un francés cuyo nombre he olvidado, que narra una expedición a caballo por el río de Sonora, desde Ures hasta Arizpe; y el norteamericano William J. McGee con su libro Los Seris. 8000 kilómetros en campaña, del huatabampense Álvaro Obregón, escrito en los años de la revolución mexicana, no puede faltar en este repaso, como tampoco puede quedar fuera Lola Casanova, la maravillosa novela de Francisco Rojas González, el

etnólogo jalisciense que narra las peripecias de algunos traslados por estos lares. En tiempos recientes, el género lo han cultivado Rodolfo Rascón, Juan Ramón Gutiérrez, Francisco Rojo Gastélum y Enrique Yescas, desde el periodismo, la televisión o la promoción del turismo; Leo Sandoval, Manuel Murrieta y Elmer Mendoza, en la literatura; Alberto Búrquez, Diana Luque y Antonio Robles, desde la ciencia; Enrique Salgado, desde el fervor y la admiración por el padre Kino. Con lo anterior no quiero insinuar, por supuesto, que Suiza en Sonora, un viaje a la Isla del Tiburón y otros relaxos alcance el nivel de trascendencia histórica, literaria o científica de las obras referidas, pero sí que toca la puerta y solicita modesto la entrada en este género literario que es la crónica de los tripulantes. Tampoco tendría por qué pretender ser Cortázariano al afirmar que este libro, lectora, lector, lo puedes leer en el orden que más te plazca, sin perder la unidad ni tener desperdicio. Quizás raye un poco en la arrogancia o en el ridículo —por no lograr el nivel que Sonora merece— al afirmar que Suiza en Sonora, un viaje a la Isla del Tiburón y otros relaxos es mi homenaje a esta tierra y su gente, que me recibió en su seno y me ha tratado con cariño desde hace más de 25 años que llegué de Torreón a Hermosillo. Como avecinado, he de decir que Sonora me parece maravillosa y me intriga, inquieta y sorprende que muchos de los aquí nacidos la conocen menos que tantos otros que llegamos de otras partes. Para evadir suspicacias, queden pues estas letras, estos relaxos, como ofrenda y agradecimiento. Y ya que en estas estamos, confirmo que esta obra no hubiese sido posible sin las amistades que menciono en diversas partes del texto. El apoyo de mi

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familia, mi esposa, hijos e hijas, mi padre, madre, hermanas y hermanos fue también indispensable. Mi paisano Franco Becerra y el hermosillense Manuel Carlos Silva leyeron el manuscrito y aportaron comentarios que inspiraron mejoras. Carlos Sánchez, de Ediciones La Cábula, contribuyó de manera significativa, así como lo hizo Federico Ortega con el diseño de la portada y Lenin Guerrero con el de los interiores. A todos ellos mi agradecimiento. Y a ti, lectora, lector, porque sin tu lectura estas letras estarían inertes, sin ánima, por más que haya disfrutado su autor su escritura.

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Y de proemio: El Relaxo Género literario ligero, de nuevo cuño, nada de largo, pariente del relato y del relajo, compuesto de retratos y de retazos, pringado de palabras calificadas como domingueras, pero que no lo son. Si nos fijamos bien son palabras justas, exactas para expresar lo que se requiere y re quiere, para las que siempre es posible intuir, del contexto, su significado. Género dúctil que nace de la incapacidad de escribir novelas y cuentos, porque está re difícil, para este autor, construir personajes, tramas y diálogos. Pero así como el agua no se detiene y encuentra siempre su cauce, así el impulso por escribir emerge, mana en la forma de un hilo que a fuerza de vuelta y vuelta se convierte en un lazo, con la intención de atraer, pero no de ceñir o asfixiar, sino de dejar más bien suelto y así terminar bien re laxo el relaxo. Digamos que se aproxima al recuento el relaxo. Se escribe desde la calma un relaxo, con gusto, con el afán de mostrar y deleitar, sin afectación, conforme aconseja el Manco. Igual no lo logras, sin duda, él es lo máximo, el canon, pero de la imitación nace la semejanza y, entonces, ahí la llevamos. Al escribir, te abstraes de la realidad presente, en el tema te metes y por allí se cuela tu circunstancia, ya luego la pescas, descubres, detallas, entiendes, retratas y, de vez en cuando, hasta te surge un nuevo vocablo, un invento, sin duda válido porque ninguna otra voz o concepto encierra lo que quieres decir, insinuar, provocar, como arribabajo o lamargura o como adobes marronosos u otros que aderezan estos relaxos que espero sean de tu agrado, te dejen algo lectora, lector, una sonrisa, un desenfado, una emoción. 11


Suiza en Sonora


Rumbo a la Sierra Madre

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San Pedro de la Cueva

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Villa Pesqueira

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Moctezuma

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Mesa de Tres Ríos

El Coyote

Sahuaripa Arivechi

Bacanora Tecoripa

San Javier

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Isl Suaqui Grande

San Nicolás

Yécora

En punto de las 7: 57 am de un viernes 3 de mayo, finalmente enciendo el motor de mi troca, que arranca con un fuerte bramido, como si también estuviese esperando presta el momento de la partida. Ya vamos muy contentos los dos en el tráfico del periférico, aprovechando los rojos para escribir. El sol no está muy arriba aún y ya comienza a quemar. Pasaré cuatro noches en la sierra en mi cabaña, suficientes para descansar. Llevo todo lo que me hace falta y lo que es más importante: la emoción. Además, Lucía no descuidó detalle y se aseguró de que no olvidara la botellita del agua, los miralejos, los lentes de sombra ni los de sol. De modo que aquí voy ya en la orilla de la ciudad, completo, a punto de abandonar la jungla de asfalto. Luego de veinticinco minutos de tráfico mañanero, de amagos en esta urbe que parece y a penas despierta, estoy ya listísimo para entrar por enésima vez en el monte. Sin prisas, ni urgencias, ni atavismos —sí Chuy—, a velocidad moderada, relajado, avanzo solo por la carretera, muy pocos autos se ven, un que otro camión desbalagado encuentro. El monte está seco, hace meses que no llueve por estos lares. El pasto de buffel dorado, latente, domina los colores en el paisaje moteado de palos verdes. Mientras me acomodo y me pongo a gusto, recorro sin darme cuenta los primeros cuarenta kilómetros. Estoy ya en La Colorada, rico mineral de oro, rodeado de cerros y montañas con perfiles caprichosos que ya semejan un rostro humano de nariz afilada o uno chato de conejo ramplón, o uno de 15


venada mirando al cielo, como si adornando el misterio de la abundancia áurea de este lugar. Mientras otros recorren el mundo en cincuenta días y otros en un tris llegan hasta Argentina y desde ahí en otro tris se lanzan y aterrizan en Nueva York, yo me basto con Yécora, este lugar para mí mítico y místico, que por lo pronto colma mis aspiraciones, serena mis ánimos, me llena de paz. Por ahora no doy para más. ¿Será tan fregón en verdad este sitio?, ¿qué tendrá de especial? Dejo atrás a La Colorada con rumbo al siguiente pueblo, San José de Pimas, lugar distinguido por sus sabrosos quesos, queso fresco, queso asadero, queso panela, requesón, cuajada y más. Largas son las distancias en línea recta en este tramo de la carretera, antes de empezar a subir las montañas que delimitan la cuenca del río Yaqui. Detengo mis pensamientos en Los Horcones, esta pequeña aldea que paso, formada por Juan Robinson, hermosillense de mi generación, la de los tempranos 50s. Juan formó Los Horcones en los 70s, inspirado en la onda hippie y en las ideas del psicólogo Skinner, quien a su vez fue influido por Henry David Thoreau, mi tocayo. ¿Qué convicciones tan profundas, qué motivos tan fuertes ha de tener y contener una persona, un hombre, una mujer, un ser humano, para impulsar y sostener durante toda su vida un movimiento inicial, original, y no ser nada más uno más del montón, un cómodo habitante de la mediocridad? No lo sé. No me detuve en San José de Pimas porque en Yécora la gente también hace queso y allá veo desde el momento, temprano, en que la leche sale en chisguetes calientes y va a dar a un balde de peltre, impulsada por los puños vigorosos de quienes aprietan en ritmo arpegiado las ubres de las vacas en el corral. Es mucha la fuerza en las manos, la que se requiere para ordeñar.

No cualquiera llena una tina de veinte litros, ni saca de ellos, luego, en la misma mañana, dos o tres kilos de queso de varios tipos y delicioso sabor. En las inmediaciones de Tecoripa crece el tráfico de carros que van rumbo a Hermosillo, ciudad capital, centro geográfico, político y económico de esta entidad. Va de todo: picaps, toneladas, rabones, torton, de redilas, trailers, cargados con ganado, gente, tanques de agua, grafito y sabrá Dios que más. De todo menos de oro. Éste lo sacan en helicóptero, cada semana, de cada mina, paque no vaya a ser. Ya se observan desde aquí las primeras hileras de montañas que para llegar a Yécora hay que subir y cruzar. Pronto comenzarán las curvas, dos tres horas de serpentín. Como a cincuenta kilómetros de Tecoripa está el río Yaqui. Para llegar a él desde este pueblito ganadero haces como cuarenta minutos. Hay que cruzar una sierra alta y una barranca profunda, como doscientas curvas. Esta sierra y la siguiente forman la cuenca del Yaqui. Este río emblemático de Sonora, más acaudalado que Slim, se extiende de norte a sur del estado por más de cuatrocientos kms. Las aguas que se acumulan en esta cuenca son tan copiosas que se embalsan en tres grandes presas: la de La Angostura, en el norte, arribita de Nacozari; la del Novillo, en el centro, hoy fuente de fuerte conflicto fraterno; y la del Oviáchic, en el sur, junto a Cd Obregón. Y junto al valle del Yaqui, al que riega y convierte en granero de México. Avanzando entre los farallones troquelados por dinamita, observo mis manos girar el volante, de un lado a otro, en el sinuoso camino; de reojo y muy de soslayo, casi a hurtadillas, alcanzo a mirar rapidito las cimas de las montañas, juntito a las simas de los barrancos. ¡Cómo me resulta difícil creer que estos

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picos tan altos alguna vez yacieron por siglos en el fondo del mar!, pero aquí mismo encuentras aún los fósiles de conchas marinas y trilobites para atestiguarlo; y los mismos listones horizontales de rocas próximos a las crestas de las montañas, que entonces fueron linderos de isla o de playa. Y está también, no aquí, sino en cualquier biblioteca que se precie de serlo, el libro de Ovidio, Las Metamorfosis, escrito hace unos dos mil años, que da cuenta de cómo todo cambia, nada permanece estático, por mastodonte que sea. ¡Cambia, todo cambia!, canta con esperanza dichosa una canción. Llego al Yaqui y me detengo. Bajo de mi vehículo blanco —caballo motorizado que no se raja— y al tiempo que piso el suelo, siento el murmullo del río, aspiro su aroma y dejo que me acaricie el viento. En el silencio, por más de un instante, honro al proceloso. Y entonces, como si en un dulce susurro, el río, en su corriente de barro sedosa, también me revela que sólo lo que fluye queda. Ya luego con claridad vislumbro cómo es que los humanos podemos fácilmente confundirnos al creer que uno de nosotros puede ser más acaudalado que un río. Aprovecho la pausa para hacer un paréntesis de oración profana que viene muy al caso por las circunstancias que se viven actualmente en Sonora, debido a que para el abasto de agua a la ciudad de Hermosillo, construye el gobierno un acueducto desde la presa el Novillo, obra a la que se opone una buena parte de la población de Cd. Obregón: ¡Oh magnífico!, no dejes que por las ambiciones de unos cuantos que se creen poderosos, se tiña de rojo tu caudal, se conviertan en sangre tus aguas. ¡Oh proceloso!, impide que la discordia penetre entre hermanas y hermanos… 18

En pleno ascenso de la cuesta empinada alcanzo a ver desde las alturas las últimas contorsiones del gran Yaqui, cubierto del verde pálido de las hojas de los álamos que lo flanquean. Voy ya entre otros aires, otras atmósferas más transparentes. Comienzan a aparecer en vuelos inquietos los cuervos y los halcones, las águilas y los caracara cernícalos. En la carretera de Hermosillo a Yécora, casi a la mitad, el río Yaqui es la frontera entre dos zonas perfectamente diferenciadas. La que acabamos de recorrer en nuestra imaginación, de Hermosillo al Yaqui, casi completamente plana, es una tundra o una sabana o una estepa -¡¿qué se yo?, dejemos que los biólogos la nombren como es correcto!-, por acá le dicen simple y llanamente monte. Allí, el aire es seco casi todo el año y a la vegetación la dominan los matorrales chaparros y los árboles bajos como el mezquite, el palo verde y el palo fierro. Hay poco sahuaro y las pitahayas también son escasas. Más allá del Yaqui, del río Yaqui a Yécora, todo es ascenso, el aire es más húmedo y fresco, abundan las cañadas, los riscos y los oyameles. Cuando has subido ya suficiente, desde las alturas puedes ver mucho más lejos y, al final, donde el cielo se junta con el horizonte, hileras de montañas se suceden en pálidos grises, oscuros azules y verdes ocres. Claro que ya para entonces llevas tres horas de camino y pueque alguna cuesta como la de Tepoca te haya robado el aliento o puede que la furia rapaz de unos zopilotes hincando sus picos y garras en la panza hinchada y caliente de una zorra sobre la carretera te hayan aflojado un poco el moco o las emociones. Debes atemperarte, porque ahora sigue lo mejor: nada más libres el retén del Ejército y estarás ya en la cima, en la antesala del cielo, el Campanero, la cañada del Aguajito, los pinos, los táscates, los sabinos o ahuehuetes, cipreses, pirules, sauces y abedules. 19


Bueno, estos últimos quien sabe si haya, pero me suena bien su nombre al incluirlo. Llegué a Yécora a las doce de mediodía en punto. El último tramo de la carretera, cuarenta y cinco kilómetros, lo gocé más que piloto de fórmula uno. Sin arriesgar invadiendo carril ni corriendo más de la cuenta, las curvas tienen tales peraltes que me divierto al volante en el techo del mundo. Además, los paisajes son hermosos, montañas vestidas de pinos, aroma a sabinos entre peñascos, bernales y precipicios. Al llegar al pueblo descanso visitando amistades; charlamos un rato, nos contamos las novedades, recojo en sus casas las cosas que me guardan para no ir y venir tan cargado, compro unas chelas, lleno el tanque de gasolina y el tambo de gas y salgo del pavimento y la carretera para incursionar por fin en el bosque. Paso dos arroyos que en tiempo de aguas adquieren status de ríos y llego a mi cabaña, que descubro con gusto desde unos cinco minutos antes. Me espera una friega de mínimo dos horas barriendo y trapeando, limpiando el baño y la cocina, bajando las cosas del carro y acomodándolas donde corresponde, en los cuartos, la chimenea, instalando la placa solar, las hamacas, etc. Una verdadera soba, la verdad, pero una vez librada, quedas listo para disfrutar de tremenda estancia. En este lugar hay que esperar las tardes y estar bien listos para recibirlas en la intemperie. No importa que tanto afanaste o que tanto sufriste en el día, la tarde siempre llega y te arropa, te invita al reposo, te brinda su manto de rayos oblicuos, tenues y anaranjados, sus vientos de aroma fresco y sus cantos de despedida. Un día más has vivido, un día más que nos concedió la tierra.

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Yécora He venido muchas veces a pasear a la sierra sonorense. Me encanta. Imagino que el gusto se remonta a cuando cruzaba en carro con Papá, Mamá, hermanas y hermanos la sierra de Durango, para ir de Torreón a Mazatlán en semana santa. Al llegar a donde estaban los pinos, Mamá bajaba el vidrio de la ventana y gozaba metiéndose hasta el fondo de sus pulmones el aire fresco de los oyameles. —¡Respiren hondo!— nos decía dichosa, al tiempo que medio sacaba su cabeza del automóvil para atrapar aún más oxígeno. Yo la miraba entonces desde el asiento de atrás, con su sonrisa plácida y su perfil a contraluz retocado por el bosque y las montañas en el paisaje. Pero la dicha no era muy larga pues al rato ya la estábamos jalando, porque el viento era frío y nos ponía el cuero bien chinito. Muchos años después, recién llegado a Hermosillo, con el Flaco y el América vine por primera vez a Yécora, un pueblo sonorense colindante, casi, con Yepáchi, en Chihuahua. El pavimento llegaba entonces hasta Tepoca, a unos doscientos kilómetros de Hermosillo. De allí hasta Yécora, sólo a 50 kilómetros, hicimos como cinco horas. Hubo que subir y bajar dos o tres mesas bien altas. Una en Santa Rosa y otra, la de Enmedio, justo frente a la del Campanero, majestuosas. En un buen tramo, el camino era el río mismo o sus veras. Había que ir despacio, deteniéndonos a cada rato a quitar rocas o a empujar el vocho, pues patinaba en las subidas. En la mesa de Enmedio, como a las cinco de la tarde, después de ocho horas en el viaje, a punto de 21


oscurecer y ya cansados, a más de 2175 metros sobre el nivel del ponto, nos detuvimos en unas casitas, enseguida de un huerto. La gente nos recibió con gusto, nos pasaron a su casa, nos regalaron una java de manzanas, nos dieron café y nos alentaron a seguir luego de emocionarse con nuestra aventura, que ya sólo era cuestión de bajar un poco, una hora o media más de camino, apenas 15 kilómetros, para descender al valle verde y húmedo, allá abajo, donde brillan los techos de dos aguas, acerados, acanalados sobre las paredes del grueso y marronoso adobe. Yécora, nombre dizque indígena y magnético. Esa vez primera acampamos casi una semana en las afueras del poblado, enseguida del arroyo, ahí por donde viven los indios Pima. Era septiembre y todas las tardes llovía. Apenas pasaba el mediodía radiante y el cielo comenzaba a retumbar anunciando aguaceros. Pronto todo quedaba empapado y en la noche batallábamos para encender y mantener el fuego. Recuerdo que el América se reía de nuestra ignorancia y nos decía que los sandinistas eran capaces de prender una fogata hasta en el fondo de una alberca llena. En el día bajábamos al pueblo a comprar leña y alimento y la gente se sorprendía de que hubiésemos hasta allá llegado en un carrillo. Hicimos desde entonces amistad con don Luis, un hombre ya mayor, muy alto y amiguero, con el pelo completamente blanco y sin peinar, y con la cara siempre llena de sonrisas. Vivía frente a la plaza, en una casa amplia, de dos pisos. Zoila se llamaba su esposa. Pronto nos invitaron a tomar café negro, de talega y sin azúcar. Y a comer tortillas de harina con queso fresco. Y frijoles enteros, calientitos. En la sierra, por lo general, acampamos cerca de un arroyo, para poder así lavar los trastes con agua limpia y en flujo. En Yécora hay varios riachuelos 22

rodeados de altos y espigados pinos. Huele riquísimo. Cuando sopla el viento, el aire mece al follaje y juntos hacen un dulce murmullo, especial para dormir una siesta, tirado en el pasto o en una hamaca, colgando entre dos troncos robustos. ¿Y qué hacen, a qué van? nos pregunta la gente en la ciudad, intrigada, al sabernos sin armas, ni alcohol ni motocicletas. No conocen de las delicias que hay en el subir lomas, caminar entre pinos, observar los atardeceres, el cielo nocturno estrellado, la vía láctea; nada saben del revivir con un soplo el fuego en los rescoldos muy tempranito, ni de darte un buen baño, con agua fría y desnudo, en las tinajas de los arroyos; menos de lavar en la corriente tus intersticios y reposar el desayuno en la soleada carpa; poco de escuchar el silencio y los arrullos del arroyo y conversar con los amigos y locales, al tiempo que en la distancia, desde aquí hasta donde la vista alcanza, no es más que sierra verde, pinos, montañas, cielo azul y esponjadas nubes. Es como Suiza en Sonora, nos dicen algunos sonorenses que han estado en los Alpes y que ven las fotografías de estos hermosos lugares de su gran estado natal, que desconocen.

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Mesa de Tres Ríos El segundo viaje que hice a la sierra de Sonora lo hice otra vez con el Flaco, con el Javier mi hermano y con el Juan, que entonces era mi concuño. Fuimos a Mesa de Tres Ríos, por allá por el rumbo de Nácori Chico. Nos fuimos esa vez en dos volchitos, uno rojo y otro blanco, del mismo año. Luego de pasar por Ures, Mazocahui y Moctezuma, tres pueblos antiguos del estado, llegamos al ancho e impetuoso río Bavispe, al pié de una elevada montaña, inmensa mole dominante en la que se estrellan vista y viento. Es la sierra de Maderas, con el pueblo ópata de Huásabas en su falda y cerquitas de otro, Óputo, que ya no se llama así porque hasta a los lugareños les sonaba feo. No había entonces puente para cruzar el bravo afluente del proceloso Yaqui y cuando lo construyeron se lo llevó dos veces la corriente, como si protestando o resistiendo. Todavía se ven re bonitos arriba del pangón los vochos rojo y blanco, en la foto que tomamos al cruzar en Huásabas el caudaloso. El Flaco y yo también aparecemos sobre la plataforma, pegados a los carros, temerosos de que nos lleve el fuerte flujo. Hasta ahí llegaba el pavimento entonces. Y lo que siguió fue subir en zigzag una empinada brecha que te lleva hasta la cima de un doble barranco, bautizado con el nombre paradójico de Cruz del diablo. Se levantan ahí, imponentes, inmensos farallones en los que aún no se han esculpido los rostros de algunos héroes mexicanos, quién sabe si por falta de héroes que den con el tamaño o porque no ha nacido todavía el escultor que se arriesgue a pulir en las alturas tales riscos.

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Si te paras en la Cruz del diablo, te acercas a la orilla de los precipicios y avientas una piedra, pasan seis o siete segundos antes de que la escuches cuando golpea el suelo. En tu cuerpo sientes el jalón profundo de la gravedad y el viento. Desde allí observas en la distancia, metidas en el horizonte, las hileras de dos sierras que cruzaste ya en tu camino, la Conejos y la Cieneguitas. Al fondo, bajo el cielo azul cerúleo y el gris opaco del perfil de la última fila de montañas, la sierra de Comcáac, la de los Seris, reside en el mar bermejo, que desde esa altura crees ver, pero sólo imaginas. Poco más delante está un sitio conocido con el nombre del Coyote. Hay una sola casa, que es un tendajón y que está en la coyuntura de varios caminos. Por un lado coges rumbo a Huachinera y Bavispe, más al norte; por el otro, a Bacadéhuachi y Nácori Chico, rumbo al sureste. En Bacadéhuachi nos tomamos unas fotos con unos Bacadehuachianos que a gusto disfrutaban de la tarde tempranera, sentados en una banca, enseguida de la iglesia. Estuvimos un rato en la plaza poblada de cipreses y pronto nos inquirimos mutuamente. La enorme mole blanca de la iglesia escuchó todo nuestro diálogo. Es la misma que conoció Carl Lumholtz, el etnólogo y fotógrafo europeo, cuando anduvo por estos rumbos hace más de 120 años. Dice que entonces andaban las mujeres desnudas de la mitad parriba. Nosotros ya no vimos ninguna con sus bellezas en el aire expuestas. Tal vez porque por ahí cerca pusieron los curitas luego el Rincón de Guadalupe, lugar donde se escondieron, durante la persecución cristera. Más delante, otra hora y media por un sinuoso camino aún de terracería, llegamos a Nácori Chico, el pueblo sierreño de donde era Aída, una sonorense preciosa, como las tantas que enamoraba el Flaco y que 25


abundan en la sierra. Dicen algunos que son las huellas de franceses que hasta acá pisaron. Tal vez hasta haya sido el Lumholtz ése. La mamá de Aída en su casa nos dio café, frijoles, queso y tortillas, a cambio de los saludos y las nuevas que le llevamos de su hija, residente ahora en la ciudad capital, “de donde ya no quiere regresar, ya casi nunca viene”. Es muy amable la gente en la sierra, les gusta recibir visitas, siempre y cuando en son de paz sea que lleguen. Después de Nácori Chico, antes de la última cuesta abrupta que hay que trepar para llegar a Mesa de Tres Ríos, hay un lugar hermoso que se llama el Riíto. Ahí te bañas bien a gusto, hay varios puntos donde el río hace tinajas y nadas y buceas como pescadito. El aire es puro, no hay ruidos. Sólo se escuchan el silencio y el murmullo de los vientos que acarician a los árboles y al agua que corre cantarina. Por la noche, el crujir de la fogata es nítido. Pero aún hay que subir más para llegar hasta donde están los pinos. A media distancia, ya muy cerca de la Mesa, está el Macho, especie de oasis montañoso. Es como un rancho en cuyo centro hay una pequeña cabaña de madera vieja, abierta para quien quiera ahí tomar cobijo. La encontramos con leña partida, estufa, mesa, sillas, trastes, unas cuantas latas y un letrero que decía escrito en un papel gastado: DEJA TODO COMO LO ENCONTRASTE PARA QUE LOS PRÓXIMOS TAMBIÉN DISFRUTEN. ¡No podíamos creerlo. Estuvimos ahí tres días y tres noches y nadie vino a sacarnos! ¿Quién será el que mantiene esto?, nos preguntamos intrigados, conmovidos, sorprendidos por la forma en que comprende esta gente el sobadísimo concepto de prójimo. Cuando nos fuimos, claro que no sólo 26

respondimos cabalmente al mandato del cartel arrugado, sino que sembramos la ilusión de volver perennemente a este sitio maravilloso que es el Macho, a unos tres kilómetros de la Mesa de Tres Ríos, ya muy cerca de Madera, la legendaria población en el vecino estado chihuahuense. Como diez años después cumplimos. Vivía todavía el Flaco, creo sería la última vez que hasta acá con él llegamos. Nos acompañó en esta ocasión el Julio, quién en ese entonces tenía una hermana maestra viviendo en la Mesa. Solamente ahí le dieron plaza. Y como se había casado hacía poco con uno de este pueblito encaramado, pues aprovechamos para visitarla. Allí casi todos son Fimbres y trabajan de ganaderos o en el aserradero. Al menos eso es lo que dicen, aunque igual te advierten de no transitar de noche pues el tráfago nocturno de cannabis es también copioso. Jugamos basketball en la plaza del pueblo con los chamacos que allí viven. Cuando se nos iba la bola, había que bajar y subir como cuarenta metros, pues la cancha estaba en la mera cima, en la mesa, pues. Imagínate ahí jugando basket, teniendo como techo el cielo y en derredor sólo pinos y más pinos. Los chamacos se habían encantado con el tañido de mi flauta transversa, como la de Hamelin, haz cuenta. La hermana del Julio se despidió llorando, encinta. El Flaco hizo una tinaja enorme muy cerca de la confluencia de los tres ríos y ahí se metía horas a bañarse, enseguida de dónde cruzaban los apaches, más allá de todo, como preparando su partida. Las mil y una noches, recuerdo que leíamos embelesados. Lo único malo de los viajes a la sierra es que como regularmente son en verano o cerca del estío, cuando bajas Hermosillo hierve y el fresco que traes acumulado muy pronto se disipa. ¿Quién nos manda vivir tan cerca del infierno? 27


Por la Barranca del Cobre —Papá, yo quiero ir aquí-, me dijiste una vez señalando una página de la revista México desconocido, que había traído de un viaje a no recuerdo dónde. Era la foto de un hotel incrustado en un farallón de la Barranca del Cobre, en la estación Divisaderos, en la sierra chihuahuense. —¡Vamos! —te contesté enseguida—, nomás lleguen las vacaciones—. Tenías unos diez años entonces. Y nos fuimos en el camión de pasajeros a Los Mochis, donde dormimos en un hotel barato y al día siguiente muy temprano nos fuimos a San Blas, para agarrar el tren rumbo a la sierra, el famoso Ch-P, del que siempre platicaba mi madre. Iba lleno de turistas franceses, alemanes y japoneses, muy pocos mexicanos. Estuvimos tres noches en la Barranca del Cobre. La primera en el hotel donde quisiste, justo en la habitación que salía en la foto, cuyo balcón daba al voladero. Mas luego nos fuimos de ahí porque era muy caro. La segunda noche la pasamos en otro hotel, más barato, que parecía castillo. Recuerdo que los cuartos eran de madera y dormimos en unas literas que casi llegaban al techo. Nos lo recomendó una muchacha que iba y venía de la estación al pueblo cercano donde vivía. La última noche acampamos en un plano a mero arriba de la barranca. Por ahí tenemos unas fotos donde nos acercamos a la orilla, desafiando el vacío. Es imponente la barranca, gigante y vasta. Recuerdo que bajamos un poco por un costado hasta ir a dar a unas cuevas donde viven los Tarahumaras en la 28

sierra. Tenían ahí sus trojes, su leña, sus animales y el agua cristalina que mana entre las piedras. Claro que la vista frente a ellos es majestuosa, con toda la barranca en pleno y el río Urique en su fondo. El último día que acampamos nos agarró una fuerte tormenta. El cielo empezó a tronar y las nubes se movían tumultuosas. —Vámonos, Papá—, me dijiste y yo te contesté que sería apenas un chipi chipi leve. En menos de quince minutos estábamos refugiados debajo del follaje de unos táscates, junto a una pareja de franceses que también se habían descuidado. Como una hora duró el chubasco. Pero ya en la tarde escampó y en la noche disfrutamos de una linda fogata. Al día siguiente decidimos regresar de raite. Estuvimos casi una hora parados fuera del restaurant principal en la estación Divisaderos. El tren pasó poco antes del mediodía y se llevó la oportunidad de irnos por las vías. Yo confiaba en que al vernos con tu edad no tendrían miedo y nos levantarían pronto. Y así fue. Eras como una carnada levantando tu dedo gordo no tan ídem, alzando el brazo enseguida del camino. Unas personas en una picap nos llevaron a Creel, que está como a una hora. Allí lueguito otra familia nos subió en su camioneta y nos dejaron en Tomochi. Íbamos en la cajuela sufriendo porque estaba llena de pañales zurrados y tenía mucha arena que el viento metía en nuestros ojos. Ese fue un tramo largo, pues había que bajar de la sierra hasta la planicie que está cerca de La Junta, un pueblo donde hay un cruce de trenes, y luego de ahí volver a subir a la sierra hasta llegar al pueblo donde Porfirio Díaz mandó matar a todos los hombres. Recuerdo que ahí nos comimos un pollo frito delicioso y luego pescamos otro aventón precioso a Basaseachi. Fue excelente porque nos llevaron en otra camioneta que cargaba en la caja una pila de colchones 29


y ahí nos fuimos acostados viendo los pinos, respirando sus aromas, cante y cante. Dormimos cerca de la cascada en unas cabañas y al día siguiente, muy temprano, un joven nos levantó en su carro y nos trajo hasta Hermosillo, directo, sin escalas, hasta la puerta de nuestra casa. Pasamos por KipHor, Maycoba y Yécora, mas no nos detuvimos ni a comprar cerveza o dulces. Pero lo que más recuerdas es cuando estábamos arriba de la barranca y ante los tronidos estruendosos del cielo que barruntaba lluvia dijiste —Vámonos Papá— y yo no te hice caso.

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El Boris “Inche perro malicioso” murmuraba una y otra vez el Bartolo luego de que vio al Boris y que no podíamos atraparlo. Lo perseguíamos en la estaquitas que nos asignaron para llevar hasta el KipHor los premios del concurso nacional de cuento indígena, que se habían ganado unos niños que viven en los linderos de Sonora y Chihuahua, entre Maycoba y Yepachi. En cuanto estábamos a punto de agarrarlo, corría el Boris otra vez, ágil, con su cuerpo blanco radiante y sus orejas puntiagudas. “Inche perrro malicioso”, volvía a repetir en voz baja, soterrada, el Bartolo, indio mayo grandulón, zayán y misterioso, supervisor escolar en la zona de los Pimas, allá en el KipHor, a donde teníamos que ir a entregar televisores y videocasseteras que pensaron los de la SEP serían atractivos para los niños indígenas, sin saber que allí aún no hay luz eléctrica. Por fin nos dio chanza de atraparlo el Boris juguetón y lo subimos atrás en la estaquitas, enseguida de los premios que venían empacados desde el DF en unas cajas de cartón grandotas. El Boris había crecido ya muchísimo en sus dos años de existencia y era fuerte y poderoso y el olor de hembra en celo le hacía derribar vallas y saltarse todas las trancas. Estropeó toda mi paciencia. Decidí llevarlo a la sierra, pues allá seguro viviría mucho mejor, sin el calor al menos. Era de raza Samoyedo. Así que en cuanto lo atrapamos lo subimos y nos fuimos Sebastián, Bartolo y yo rumbo a Yécora, como a las tres de la tarde. Apenas cruzamos el río Yaqui y un tormentón nos agarró en la carretera. El Boris iba, pobrecito, empapado en un rincón que le 31


quedaba libre entre las cajas. Luego, ya en la montaña, entre curva y curva las cajas se deslizaban de izquierda a derecha y viceversa. El Boris las evitó una y otra vez en silencio y bien mojado. Cuando llegamos a Yécora, al detener el carro, lo primero que hicimos fue darle chanza de bajar al Boris, lo cual hizo jubiloso en un brinco, pero apenas tocó el suelo y un perro enorme, cruza de gran danés y lobo, en el patio del hotel lo atacó con un fiero mordisco al cuello. El pobre Boris no tuvo más que someterse, inmóvil y con la cabeza en el suelo. En cuanto lo soltó la fiera, rápido subió de nuevo a la caja de la estacas. Al rato Bartolo quiso irse hasta Maycoba, no obstante que era ya de noche y seguía lloviendo. Creo, aunque no puedo confirmarlo, que ha de haber tenido alguna novia a la que iba a visitar, porque nada lo persuadió de quedarse. Llevose la estaquitas y con ella al Boris, que no volvió a bajar del vehículo. Horas después, ya entrada la noche, nos despertaron unos fuertes golpes en la puerta del cuarto del hotel donde dormíamos el Sebas y yo plácidamente. Aún llovía a cántaros. Abrí y grande fue mi sorpresa al ver poco más allá del quicio al mismísimo Bartolo todo empapado. —Me fui pal voladero—, espetó de un golpe. —¿Cómo para el voladero?—, le cuestioné medio dormido. —¿Y el Boris?—, agregué enseguida, sin preguntar sobre su salud ni la del carro. —Inche perro malicioso, en lo oscuro ya no supe —me dijo sofocado. —¿Y el carro?. —Allá quedó en el voladero—, contestó sombrío, antes de pasar al cuarto. Ya luego nos contó que sólo se había golpeado un poco y que como pudo subió la cuesta como de 32

treinta metros por donde había caído, según esto porque un camión se le echó encima y al tratar de esquivarlo, con el agua patinó y se fue en vilo. Yo lo imaginé entonces en medio de la lluvia que seguía cayendo a cántaros y en medio de la noche oscura, solo, en la carretera entre montañas. Estuvo por ahí hasta que lo levantó otro trailero porque al anterior le había valido sombrillas. En la mañana, muy temprano, la lluvia había ya parado. El día era precioso, con un cielo azul claro y los adobes marronosos de las casas bien mojados. Luego de desayunar en el hotel, nos fuimos a la presidencia municipal a pedir ayuda. De ahí nos enviaron a la judicial del estado y en una camioneta nuevecita un agente empistolado nos llevó hasta el sitio del percance. El Sebas iba encantado en el frente de la picap, enseguida de la M1 que traía el policía. Allí por los Pilares vimos el carro como a treinta metros abajo de la carretera en el voladero. Por suerte lo detuvo un peñón antes de seguir rodando hasta el fondo del cañón que ahí forma el río. Bajamos la cuesta para recuperar las cajas con los premios, que estaban esparcidos por todo el trayecto. Por ahí encontré mitad de la correa que traía el Boris, pero del “inche perro malicioso” ni sus luces. Ya que subimos de nuevo toda la carga, televisores, videos, grabadoras, seguimos con el judicial hasta KipHor, para entregarlas, pues nos estaban esperando. En el camino, muy atentos íbamos volteando a uno y otro lado para ver si por ahí encontrábamos al Boris, perdido en el monte, o muerto, el perro citadino. De pronto divisamos una mancha blanca que quieta se veía a lo lejos bien clarita, entre todo el verde del paisaje. ¡Era el Boris!, aunque, extraño, de su sitio no se movía ni un centímetro. 33


Segundos antes de llegar a donde estaba el Boris amarrado, enseguida de un café contiguo a la carretera, desde la cabina del picap notamos cómo unas personas salieron caminando sigilosas rapidito y se esfumaron entre el monte, apurados. Cuando entramos al café y preguntamos por el Boris, el encargado exclamó como si aliviándose: —¡Ah es de ustedes este animal!, ¡Anoche me desbarrancó una vaca y no dejaba en paz a las gallinas!, ¡tuve que amarrarlo!—. Ya luego nos dijo que desde que vieron el picap de la policía que venía, temieron todos ser arrestados, pero como no fue así, no nos iba a cobrar los daños, la vaca desbarrancada ni las gallinas mordisquedas, ni el susto que le había causado el Boris una noche antes, cuando de pronto vio que algo muy blanco se movía en las laderas aullando. Si lobos allí no había. Desde hace muchos años a todos los mataron por andarse comiendo el ganado. Al fin tuvo muy buena suerte el Boris Samoyedo, pues se quedó con el policía, quien dijo que tenía una perra de la misma raza. Supongo desde entonces vive en Yécora bien a gusto con perritos y quizá en el invierno hasta jale algún trineo. Sebastián no volvió tan contento que digamos pues tuvimos que regresarnos en camión y no era entonces de primera el servicio. Los niños del KipHor sí quedaron muy felices, esperando el día que hasta allá llegue la luz. Ojalá y para entonces sirvan los televisores. ¿Y el Bartolo? No sé qué habrá sido de él, aunque imagino que por ahí ha de seguir haciendo presagios.

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Pilares Como la segunda o tercera vez que volví a la sierra sonorense, apenas comenzando agosto, iba con el Juan, en un volcho de su mujer, edición especial, nuevecito. No habíamos salido de la gasolinera cuando un tráiler se nos vino encima, su chofer gritándonos y haciendo grandes aspavientos, que nos hiciéramos a un lado, pero el Juan no se quiso mover frente al presunto prepotente que hacia nosotros venía derechito. Como pudo, el trailero a penas nos esquivó y solo una polvera del carro levantada fue el saldo del percance. Ya estacionado, fúrico bajó del tráiler el chofer, reclamando a gritos por qué no nos habíamos quitado, si nos iba haciendo señas muy clarito, según él, de que frenos no traía. Pero, el Juan, en vez de hacerle caso, se puso a patear la polvera averiada, hasta que medio la enderezó para que no fuera raspando la llanta. Apenas llegamos esa vez el Juan y yo a Yécora y fuimos luego a saludar a don Luis y a doña Zoila, que como siempre nos invitaron a pasar y nos dieron de cenar tortilla con frijol, queso, galletas y café negro. Al día siguiente nos fuimos rumbo a Maycoba y Basaseachi, pero no pudimos llegar porque había llovido y el río de por ahí, que creo se llama Maycoba y que está antes del KipHor, había crecido e invadido el pavimento. Del otro lado estaba una larga hilera de automóviles, los primeros tres o cuatro eran un piquete del ejército. Por sobre la corriente a señas saludamos a los soldados y entendimos que mejor sería regresarnos.

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De modo que volvimos por nuestros pasos y decidimos acampar en los Pilares, un lugar no muy lejos de ahí, que nos había gustado. Es una zona hermosa donde el río, el tiempo y el viento se juntaron a pulir los cerros en redondeadas columnas que ocupan una porción notoria en el paisaje. Eran como las tres o cuatro de la tarde, así que dispusimos carpas, juntamos leña, encendimos la fogata, cocinamos y comimos bien a gusto frente al espectáculo. Pero el gusto nos duró bien poco pues al rato el cielo comenzó a tronar y las nubes se vinieron presurosas, como si se les hiciera tarde y pronto se soltaron en tan abundante lluvia, que lo mejor fue subir al carro. No bajamos de ahí hasta el día siguiente, pues duró casi la tarde y la noche enteras. En la mañana, ya con el día bien claro vimos que no podríamos regresar pues otro de los arroyos que habíamos pasado había también crecido sobre el pavimento. Ya que reactivamos la fogata y desayunamos, anduvimos un rato por los Pilares, conociendo. Luego, para desenfadarnos, fuimos a ver qué había pasado con los soldados. Encontramos que era más larga la cola de vehículos, que el río estaba aún más crecido y que si llovía otra vez, lo más probable es que ahí estaríamos unos dos o tres días más, varados. A señas y sobre la corriente volvimos a saludar a los soldados, que ahora vimos un tanto ocupados y distantes de las otras personas que estaban de su lado, así que regresamos por segunda ocasión sobre nuestros pasos. Como si con cita, nada más terminamos de comer y las nubes otra vez se juntaron y dejaron caer otro chapuzón intenso. El Juan, de una vieja mochila sacó un todavía más viejo radio que al parecer por allí tuvo arrumbado años, inservible hasta llegar este justo 36

momento; luego, entretenido y sabihondo, hizo una antena con un cable retorcido, la enredó en la del volcho y se puso a pedir auxilio en onda corta desde su asiento. Al rato, entre todo el ruido blanco y aturdidor de interferencias, pudimos escuchar la voz de algún radio aficionado de Cd. Obregón. Su voz fue como un bálsamo, nos llenamos de júbilo, nos sentimos rescatados. Ya Juan le pidió que por favor le hablara a nuestro mutuo cuñado para que le avisara a sus hermanas, o séase, nuestras respectivas, que estábamos por allá en la sierra atorados, que nos íbamos a tardar un poco en salir, pero que estábamos bien, que no se preocuparan, que habríamos de volver pronto con todo y edición especial del carro. A la mañana siguiente caminamos hasta donde estaban los soldados. Entre la maleza de un lado, poco antes de llegar a donde se encontraban, descubrimos ¡un puente colgante!, por el que con un poco de valor podríamos pasar al otro lado. El río rugía abajo, tremebundo; la cola de los carros se había duplicado. Nadie se atrevía a desafiar al torrente que había invadido en venganza el asfalto. El puente catenario estaba ahí como aguantando el tiempo. Era como de unos treinta metros de largo. Colgado de unos gruesos cables de acero oxidado, todavía tenía suficientes tablas de madera en lo que había sido en otros tiempos piso liso y continuo. Decidimos entrarle ya que vimos que estaba aún bien soldado a cada lado del cañón que formaba el río. Bien agarrados de los cables llegamos a la otra orilla, viendo y oyendo el río bramar entre los huecos y a cada lado del oscilante piso. Al llegar al otro lado saludamos a las personas de los veinte carros que por ahí esperaban. Al recorrer la hilera, conforme nos acercábamos a los soldados, 37


vimos que en sendos lados de los carros había largas matas de marihuana tendidas en el suelo. Parecían alfombras, de lo mullido. En uno de los carros estaban seis personas desojando hierba. Sobre el cofre de los vehículos había también grandes matas de cannabis. En el techo había otras tantas de más de dos metros de largo. Entonces entendimos los gestos en las caras de las gentes de los otros carros que así nos advertían del extraño suceso. Pero era ya demasiado tarde y cuando llegamos a la orilla del río, nada de ello los soldados nos dijeron. Era como si no se viera la hierba o como si fuera batamote o cualquier otro ejemplar de vegetación endémica adyacente. Quizás ayudó que nos hayan visto cruzar el puente oscilante, o que nos bañamos con ellos en el río crecido, o que uno de ellos resultó mi paisano, ¿quién sabe? El caso es que al tercer día ya no llovió y en la cuarta mañana bajó el caudal suficiente para que se aventaran los del ejército con sus vehículos y ya que llegaron a los Pilares, se animaran a jalarnos con una cuerda hasta el mismísimo Yécora. Cuando llegamos a la plaza del pueblo, ocurrió que don Luis y doña Zoila por ahí andaban. Al vernos así sujetos luego creyeron que nos llevaban detenidos, según después nos dijeron riendo. No quisimos quedarnos más ese día pues pensamos que ya nuestras parejas estarían avisadas por el radio aficionado o por nuestro entonces mutuo cuñado y salimos rumbo a Hermosillo después de despedirnos. Pero no habíamos subido siquiera a la mesa de Enmedio cuando la nueva edición de volchito empezó a toser, como si tuviera algo atorado. De modo que regresamos. Recuerdo que corrí dichoso como media hora por la sierra, limpiando los pulmones. Un mecánico 38

revisó el carro y después de dos horas de lavar el tanque de la gasolina y revisar mangueras, sacó una piedrita que se había atorado, como un coágulo mecánico. A las seis de la tarde enfilamos otra vez rumbo a Hermosillo. Viajamos de noche todo el camino entre los montes. Cuando llegamos a la carretera, ahí por donde está el entronque a Sahuaripa y a Cd. Obregón, lo primero que vimos al subir al asfalto fue a un gringo que tenía en sus manos una gruesa serpiente verde amarilla, que nos pareció una enorme boa. Lo vimos en la oscuridad porque otro gringo, con una linterna, iluminaba la escena en la que aparecían claritos en la noche, tratando de meter con un palo a la bestia en una endeble jaula. Eran herpetólogos de la Universidad de Idaho. De pronto nos los encontrábamos en la mitad de nada, en la mitad de la noche. ¿Es que hay algún lugar dónde no anden estos vecinos? Llegamos a Hermosillo cuando el sol apenas subía a nuestras espaldas. Veníamos ya con la panza llena por el desayuno en La Colorada y el corazón bien contento de tanto ambulantaje. Lo único malo fue el golpe en el volcho nuevo.

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Huachinera Rumbo a Mesa de Tres Ríos, en el Coyote, luego de subir y pasar por la Cruz del Diablo, si en vez de agarrar para el sur te enfilas hacia el norte, pronto llegas por muy buena carretera hasta Aribabi, un pueblito alargado y sinuoso, acomodado en la vera de un río rodeado de estepas cargadas de encinos. Poco más delante, como a unos treinta kilómetros al norte, está Huachinera, otro pueblito rural tranquilo, al que hasta hace unos años no convenía llegar entre las dos y las cuatro de la tarde, porque a esas horas todos los habitantes dormían siesta profunda y nadie en su casa o en los comercios te abría. Y digo que hasta hace unos años porque desde entonces no he vuelto y ahora parece que ya le llegó la carretera con su pavimento y todo. Y si continúas con septentrional sentido, como a otros treinta kilómetros encuentras otro poblado curioso, éste de nombre Bavispe, antiguo punto de cruce al noreste, tierra de apaches, fundado antes de los tiempos de Kino, cuando construyó misión y cuartel el capitán Monge. Viven estos tres pueblos en un mismo valle, en las faldas de una sierra que yace y se alarga desde el sur hacia el norte o viceversa. Es una sierra hermosa, alta, llena de pinos. Por ahí estaba un paso antes común hacia el noreste, o el noroeste, que igual venían e iban de uno a otro lado. Por allí vivió Calles, antes de irse a Agua Prieta. Por allí nace el río Yaqui y corre su afluente, el Bavispe, en reversa un rato hacia el norte. ¿Cuál es el nombre de esta sierra a la que aquí me refiero?: Bavispe. Una vez vinimos hasta acá el Sebastián, Andrés, Arturo, Ariel y yo. La pasamos bien a gusto. Arturo es 40

de Aribabi; Ariel, de Agua Prieta, Andrés y yo somos de Torreón y el Sebas de Hermosillo. Andrés es mi sobrino, de la misma edad que mi hijo. Andaba por acá de vacaciones. A Huachinera ahora en carro desde Hermosillo llegas en poco más de cuatro horas por el pavimento. De allí subes a la sierra del mismo nombre por un camino no muy bueno. Es empinado y rocoso, aunque en otra hora más estás ya donde hay pinos. Tiene mucho menos tráfico que rumbo a Yécora. Está más solo. Esa vez acampamos en un lugar elevado, muy cerca del costado de una montaña. Desde allí se puede ver muy lejos el valle y otras montañas. Hay una roca enorme, un peñón, bernal, risco o como se llame, que te invita con su grandeza y lisura a que lo escales, es prácticamente irresistible. Sobre su chata cima puedes ver a trescientos sesenta grados a la redonda, una delicia de veras. Esa vez que fuimos era verano y había llovido bastante. Una mañana el Arturo nos llevó a bañar en un lugar donde se forma una cascada. Ahí nos metimos en el agua helada que caía sobre nuestras testas. Cuando veníamos de regreso, Andrés caminó entre el bosque y se atravesó en el camino de un viborón temible. Nos quedamos helados durante los segundos que la serpiente le sonó el cascabel e irguió su cabeza, a punto de atacarle. Andrés, súbito le echó los pantalones que aún en sus manos traía y pudo suspender el peligro. Luego Arturo y Ariel la mataron a peñascazos. Después de cortarle la cabeza, colgaron lo que quedaba del cuerpo del crótalo en un tendido enseguida del campamento, dizque para hacer con el cuero un cinto. A mí me dio un miedo tremendo y regañé mucho a mi sobrino, pobrecito, aún me da vergüenza el maltrato que le di entonces. Y es que 41


ahora mide poco más de uno noventa, pesa más de cien kilos el angelito y no olvida el incidente de la arrastrada, que yo recuerdo tan bien todavía moviéndose en el tendido. A ese lugar regresamos años después Arturo, Ariel, yo y otros amigos. En esa ocasión ellos salieron primero; yo, solo e iluso, pretendí alcanzarlos el día siguiente. Fue en el 2003, pues recuerdo llevaba picap nueva entonces. Quedamos en que nos veríamos allá arriba, en el campamento, se nos hacía fácil encontrarnos, pues ya traíamos celulares. Cuando eran como las cuatro de la tarde llegué a la sierra de Huachinera y resulta que allá dentro no había señal sino en el lugar desde donde se miraba todo el valle. Pero el Arturo, en el momento que le llamé no estaba en lugar accesible. Ya pronto sería noche. Es la única vez que he dormido solo en el monte. Recuerdo que puse la picap lista para salir en caso de un asalto. Junté leña y luego de cocinar y cenar me puse a tocar la flauta, como en la película de La Misión. Estaba aterrorizado y quería emitir un mensaje amable pues me imaginaba que mil pares de ojos me estaban viendo. Yo no veía nada pero creía en el poder armónico del tañido de la transversa. Así duré un rato que no pudo ser muy extenso porque en ese entonces hacía tiempo que no tocaba dicho instrumento y sin condición muy pronto te quedas sin aire de tanto estar sople y sople. Como sea, me dio sueño y puede ser que a los mil pares de ojales hasta se los contagié pues nada me pasó, ni un ataque. Al día siguiente, apenas y asomose la rosácea aurora —tenía que ponerme muy Homérico, perdón, es un desliz, una inclinación, un cierto anhelo—, levanté mis cosas, las subí al picap y seguí el camino. 42

En menos de quince minutos los encontré. Estaban casi a la vuelta. Pasamos dos gratos días y sus más gratas y estrelladas noches jugando dominó y baraja, platicando y tomando un poco de tequila, escuchando música y explorando terreno con los amigos de Arturo. Uno de ellos ya se fue también, como el inolvidable Flaco. Esta sierra es la más al norte en Sonora que conozco. Por ahí hay mucho tráfico de droga, rumbo a Agua Prieta. Quisiera algún día ir a la de Bavispe, aunque luego me parece más remota esa posibilidad porque cada vez me siento, y estoy, más ruco. Es increíble como menguan las fuerzas, el entusiasmo. Hay que ponerse aguzado. Quizás algún día se presente la oportunidad y sea ésta dorada, digamos que en avioneta o helicóptero, para no batallar tanto, ni en la subida ni en la bajada. Amalayón, dicen por acá, significando que ojalá así sea, pero nadie sabe el origen de tan rementados ambos vocablos. Sé que hoy llega la carretera con pavimento hasta Bavispe y que en Huachinera hay un centro cultural muy elegante. Lo construyó un paisano, pero no he vuelto por dichos lares.

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En torno al eterno retorno

En camión a Yécora

Muchas veces he vuelto a Yécora pues ya tengo allá buenos amigos y el calor en Hermosillo en verano dura meses arriba de cuarenta grados diario. En la sierra en el estío el clima es delicioso, fresco, aunque siempre hay que ir con cuidado. Ahora hay mucho federal, dizque cuidando el tráfico de armas y de droga. A veces se ponen muy pesados, amenazan. También el pueblo ha crecido con cabañas para turistas y algún que otro intelectual que por ahí se ha refugiado enrareciendo el caldo. Hay en la sierra por todos lados lugares memorables, de ensueño, que en muchos modos están en peligro. El Campanero, Mulatos, por ejemplo. Han sido invadidos por el ruido, la devastación. En un caso el turismo, los robos; en el otro, la explotación del oro. Otro desastre es la deforestación, cada vez hay menos pinos. En Yécora y sus alrededores hay siete aserraderos y casi nadie, si no es que nadie, siembra pinos. Si hoy comenzáramos a hacerlo, en treinta años estaría ya de nuevo muy bien tupido. La última vez que fui a Yécora fue hace menos de un mes. Fui con el Paco. Encontramos allá a los dos Luises, hijo y nieto de Don Luis, ambos super amables. La pasamos de lujo, como en costumbre. Ando buscando un lugar que cumpla con cinco requisitos, les digo: que tenga vista, que tenga mucho pino, que esté seguro porque alguien lo cuida, que esté muy cerca de un arroyo y que domine el silencio. Ellos se ríen, pero estoy a punto de hallarlo. Este mes volveré y ya que lo encuentre les diré para invitarles a conocer el cielo…

Muy contento estoy ya sentado en el autobús de Transportes Avilés que en unos instantes más enfilará rumbo a Yécora, Sonora, como lo hace todos los días, desde hace años, con el mismo chofer que maneja ida y vuelta diez horas por jornada. Ya están prendidos los motores y si todo marcha como debiera haremos las cinco horas prometidas. Para el mediodía estaré ya caminando con mis bultos por el poblado, con el horizonte bordado de montañas plenas de pinos y abedules. ¡Ahora sí ya nos vamos! La mañana es limpia, tibia. Llevo cuatro bultos: la bolsa del mandado, mi mochila, un colchoncito que se infla solo y mi chamarrota. Va el autobús a la mitad de su capacidad de pasajeros. Y de esa mitad, la mitad lleva sombrero. Sobre los asientos se divisan sólo las guaripas, como si flotando. —“¡En vez de oro y riquezas yo quiero amanecer con tu camisa puesta!”— dice la canción que sale con enjundia de la radio tempranera esta mañana. Un pestañeo y estamos ya a la salida de Hermosillo. Por el rumbo del parque industrial hace el autobús su última parada en la ciudad para subir a una mujer que porta cinco enormes bultos, bolsas que con paciencia acomoda el ayudante del chofer en los compartimientos en la parte inferior del carro. Desde las ventanas observamos varios los movimientos y las carnes generosas de la doña. El sentimiento de contento es tanto que me hace soportar retrasos como éste que de pronto surge en medio de la nada, con personas que comienzan a pedirnos el boleto. Han de haber sido los Avilés, porque se parecían un poco el par de gorditos, pienso. Quedan atrás ya con sus autos y sus cercos, sus muros,

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sus humos y sus ruidos, las últimas maquilas de la planta Ford. Entramos de lleno en la carretera, cinta negra que se introduce en el monte yermo, que se alarga en amarillo y verde opaco hasta el fondo azul del cielo, recortado por siluetas caprichosas de montañas pardas que limitan el valle de La Colorada. Es el primer pueblo centenario que topas en el camino. Pero antes hay que cruzar las vías del tren que viene de Nogales y puede y vaya hasta el mismísimo centro de nuestra Repúbica. Y antes también hay que pasar por la mole gris y polvorienta de las plantas de cemento cuyo dueño hasta hace poco fue ejemplo de orgullo mexicano y ahora no es más que muestra adicional de la ambición estulta. Allí están los silos elevados y las torres polvorientas de cocción, allí las multitudes que trabajan día con día calentando piedra para cubrir de gris lavado el monte. No es fácil escapar de espejismos. La Colorada La Colorada es un pequeño pueblo sonorense fundado en 1640 sobre un lugar donde descubrieron un gran yacimiento de metal del más precioso. Hoy no tiene más de 500 habitantes, pero ha tenido, por supuesto y por definición, sus épocas doradas. Aún quedan por ahí vestigios. Mas luego el oro baja de valor y el pueblo se convierte en fantasma, aunque, a decir verdad, queda ahí como latente, libre del frenesí y del brillo. La gente vuelve entonces al ganado y a la leña, a los quesos y al piloncillo. Con nueva tecnología, de unos años para acá una compañía canadiense llegó de nuevo a explotar la mina. El pueblo ahora parece todavía más chico, enseguida de las moles altas de los jales lisos que parecen venírsele encima. Dicen ahora que la veta más rica está justamente debajo de donde por siglos ha estado asentado el caserío y puede ser que la pobre Colorada tenga otra vez sus días contados. Será que también los pueblos como las personas mueren. 46

Está La Colorada a 43 kilómetros de Hermosillo y es por ello que algunos audaces aficionados al ciclismo con cierta irregularidad se ponen como objetivo pedalear en sus biciclos de ida y vuelta al cuadricentenario pueblo, y es entonces que en las madrugadas, más que en las tardecitas, de cuando en cuando te encuentras paquetes de ciclistas achinquechados en sus vehículos, con sus uniformes de licra colorida y sus vistosos cascos picudos, dándole duro al pulmón y al cardio, muy pendientes de ir leyendo en la muñeca el pulso. Apenas dejamos atrás este minero pueblo y el chofer como que le mete más al acelerador y el camión se aleja de la civilización y se adentra con brío en el monte agreste. San José de Pimas El siguiente pueblo es San José de Pimas, a otros 40 kms. de recorrido, pasando por Los Horcones, la villa skinneriana, que al estilo de Walden dos quiso vivir por acá desde hace treinta años, Juan Robinson, especie de Thoreau sonorense. Dicen que sigue ahí; la verdad, no me consta, aunque sé que cada verano hacen campamentos con niños y niñas de Hermosillo, a quienes les enseñan manualidades y otras destrezas vaqueras como hacer nudos con la piola, lazar ganado, montar a caballo, etc. Atienden también a personas con discapacidades y no sé si aún venden huevos de granja y algunas otras delicias que llevan del campo a la ciudad. Creo que esto último se vieron forzados a hacer para sobrevivir durante sus peores épocas. Se detiene a desayunar en San José de Pimas el chofer unos minutos, como todos los días. Hacen aquí muy buen queso fresco, asadero, requesón, cocido, cuajada, jamoncillo, tortillas mantecosas de harina y otros manjares como la machaca frita con verdura. Aparte de una placita pública triangular y la arcada de la Escuela Rural Federal Niños Héroes de 47


Chapultepec, nada más distingue a este pueblito, así que bien cargada la tripa, reúne el chofer a los pasajeros y reasume parsimonioso la marcha rumbo al siguiente pueblo: Tecoripa, distante a otros 40 kilómetros. Planicie pura es Sonora en este terreno, tupida de mezquites y otros varejones cuyos nombres desconozco. Una que otra pitahaya y un que otro palo verde colorean el horizonte. El palo verde es un árbol del tamaño del mezquite y del palo fierro, sólo que tiene el tronco y sus ramas completamente verdes y del mismo tono que el verde de sus pequeñas hojas. Dice Chava Inda, mi amigo de Chihuahua, experto en cría de árboles, bonsáis y muchas otras cosas, que el palo verde es así porque es caducifolio y, entonces, hace la fotosíntesis por el tronco, cuando pierde las hojas en el invierno. —“¡Ingratos ojos míos, no me dejan en paz, cada vez que te miro, yo vuelvo a llorar!”—, chilla la canción ahora que avanzamos raudos por la llanura, el camión a medio llenar y los sombreros que se balancean sobre los asientos al ritmo alegre del acordeón y la trompeta, que ahora acompasan el estribillo “la mula bronca que anda en el potrero, se me salió del rancho desde ayer”…—. Tecoripa Que Tecoripa es un centro ganadero lo confirman las grandes letras UNIÓN LOCAL GANADERA pintadas sobre el edificio blanco que domina la plaza de este antiguo poblado, fundado en el siglo XVII y hoy con 523 habitantes. Por aquí se engorda ganado, reses y mujeres hermosas que ganan los correspondientes reinados de belleza en la fiesta máxima de la cultura sonorense, entronizada varias veces ya a nivel gobernador. Tecoripa es también el último poblado antes de la frontera con el río Yaqui, distante a otros 50 48

kilómetros. De allá para acá es el primero que está bajando la sierra, que no es una sino tres o cuatro elevadas las que hay que subir y bajar para llegar hasta Yécora. Bueno, cierto es que antes de llegar al Yaqui, entre Tecoripa y el río, está San Javier, otro poblado vaquero y minero, pero no está sobre la carretera. Este es también un pueblo pintoresco, viejo, en el que hace como unos veinte años Sergio Galindo, filmó la Tuba de Goyo de Trejo, en la que el actor principal fue Jesús Ochoa, el Chovi, hoy estrella de cartelera internacional incluso. En el entronque a San Javier, a la mitad del camino entre Tecoripa y el Yaqui, sobre la carretera, hay un restaurant donde otras veces bien que hemos sido restaurados, con quesadillas en tortilla de harina, frijoles y café de talega negro, oscuro. El puente sobre el río Yaqui Llegar al Río Yaqui desde Hermosillo, en carro y sin prisas, te lleva poco menos de dos horas. Justo el lugar y el momento para hacer una escala, bajar del automóvil, estirar el cuerpo, las piernas y respirar profundo el aire que traen las aguas alborotadas que vienen del norte hacia la presa y el mar, en el sur del estado, en Cd Obregón y el territorio yaqui, como a unos 100 kilómetros en dirección septentrional precisa. El puente Yaqui que cruza al legendario cauce es una construcción alta, firme, que soporta el pavimento ancho con unos pilotes gordos y lisos que cual titanes cargan sin queja alguna sobre su lomo el mundo. Y ahí estás por unos minutos en medio del puente, como si suspendido en el espacio tridimensional, con el río y sus aguas broncas que se extienden de un lado a otro abajo, y la carretera en tu 49


nivel, que se estira también de un lado a otro, pero en dirección perpendicular a las aguas y el aire que corren revoloteando. Y ¿qué decir del cielo azul prístino y sin mácula, impecable, que te rodea y sumerge en la escena toda? Del Yaqui hasta Yécora son nada más 100 kilómetros de distancia, pero tardas dos horas en recorrerlo. Hay que subir y bajar varias sierras. Primero la que forma el mismo río; luego, la de Tepoca; y después la más grande al final, la del Campanero, a más de dos mil metros de altura, llena de pinos y vistas señeras. Ahora sí que en lo etéreo, a la vista de cumbres distantes, enseguidilla, una detrás de otra hasta la de la playa en Bahía Kino, o en el Tiburón mismo. Y si ya inspirado por las alturas le metes un poco a la imaginación, en un día claro tal vez y alcances a ver hasta las que están más allá, allende el mar, en la aún mexicana península. Mientas escribes ocurren cosas, llegan con las palabras los pensamientos, evocas, relacionas e inventas: es el medio propicio para la creación. Vislumbro un estado de salud y libertad muy grato, con pocas necesidades, alimentación frugal, sin excesos, en paz, con calma, meditando, sin prisas, dedicado a producir para el autoconsumo. Un Thomas Merton cualquiera. Después del Yaqui, como a unos diez kilómetros hacia el sur franco está el entronque que lleva a Onavas, un pueblo al que nunca he ido, en la vera del río. Ahora tienen ya camino pavimentado y la gente está requete contenta, el entronque es amplio y vistoso, parece un moderno oasis. Ahí, justamente, comienza otra cuesta escarpada a la que hay que subir de curva en curva. Hay por aquí un lugar, conocido como El palmar, porque en medio de la vegetación nativa hay un montón de palmas espigadas, de troncos esbeltos y altos, pero son casi cientos, esparcidas en una amplia porción de terreno. 50

De pronto, en medio de nada, el autobús se detiene y baja sonriendo uno de los de sombrero, pues por aquí dejó en algún lado su troca. Y, poco más delante, se repite la acción y desciende requete contento otro de los guaripudos, hombres anónimos, felices, dichosos, sin mayores complicaciones, con sus mangas largas, bigote ralo, tez curtida, cinturón de hebilla oval y estuche para la navaja en el costado. Poco antes de llegar al puerto en la cima, se divisa en la distancia la cuenca entera del gran Yaqui y en el fondo ves cómo se va el río serpenteando hacia la presa del Oviáchic, allá cerca de Cd. Obregón, otro de los ombligos de este mundo. Tepoca Ya del otro lado del puerto de altura, exactamente a 200 kilómetros de Hermosillo, hay un hermoso lunar de pinos altos y verdes que están rodeados de vegetación seca. Ahí dormimos una vez que íbamos rumbo a Yécora muy tarde. Huele riquísimo. Ahora hemos pasado el lunar de pinos y recorremos las curvas sinuosas de la sierra de Tepoca. En algunos tramos hay precipicios, no tan altos como los de Durango, pero igual ruedas hasta el fondo profundo si por ellos se va tu vehículo hasta llegar a la clásica casita de techo de lámina en dos aguas en el fondo del desfiladero. Una sierra más al borde de acantilados y precipicios y llegamos a Tepoca, pueblo sin luz, enclavado en el fondo de un enhiesto y majestuoso cañón, lugar propio, dicen, para el cultivo de hierbas que hacen soñar y reír cuando las fumas o comes. Quién sabe si será por eso que el pueblo no tiene luz eléctrica, a pesar de que están por ahí instalados desde hace años los postes y cables del alumbrado. O quién sabe si será porque el pueblo está dividido por un gran arroyo y entonces hay un Tepoca arriba y otro 51


Tepoca abajo, y aunque ambos son muy pequeños, resulta que los habitantes de un lado y los de otro, en ocasiones no se ponen de acuerdo. Y quién sabe si será por eso que hace años no entro a este pueblo, sólo le paso por un lado y le sigo encarrerado con ganas de llegar ya a los pinos. En Tepoca desciende otro más de sombrero y ahora quedamos sólo unos cuantos pasajeros. Al paso que vamos quedaremos menos de una docena. Hace unos años hasta Tepoca llegaba el pavimento. Desde Hermosillo, en carro, se hacen tres horas a buen paso. Y Yécora, de Tepoca queda a 50 kilómetros, que hoy, con la carretera, recorres en otros 60 minutos, si el carro no se te ha descompuesto. Pero antes, cuando no había carretera, desde Tepoca hasta Yécora en carro hacías mínimo otras cinco horas, pues el camino iba en veces por los arroyos y en veces por altas mesas, y había lugares en que teníamos que bajar todos los pasajeros a empujar el vehículo para subir empinadas pendientes o retirar rocas sobre el trayecto. El Campanero Una vez pasada Tepoca, unos cuantos kilómetros más cuesta arriba, llegas al entronque con la carretera que va o viene de Sahuaripa y, poco más adelante, encuentras otro entronque, ahora el de la carretera que va a Cd. Obregón, apenas a 160 kilómetros de distancia. Hay en este entronque desde hace muchísimos años un retén del ejército, con trincheras y torres de vigilancia. Todo mundo es detenido y tiene que bajar de sus vehículos e identificarse y permitir que revisen lo que transportas, a dónde vas, de dónde vienes, a qué te dedicas, hay que contestar a los jóvenes armados que te interrogan, vayas en uno u otro sentido. Ya librado el retén pasas el puente de San Nicolás sobre un lindo arroyo cubierto de álamos, muy cerca del pueblillo del mismo nombre, que no alcanzas 52

ni a ver porque lo cubren los cerros de tierra roja que hay por estos lugares. Y no es que lleve uno culpa, pero siempre te tensa el trato con los soldados, no sabes qué puede pasar. Y más delante, la primer mancha grande de pinos, como si hubieran estado a salvo de la deforestación, anuncia tu llegada al cielo, con su arrullo y su aroma puro, justo antes del cruce a Santa Rosa y Santa Ana, los poblados que se quedaron en el viejo camino. Resta ahora lo más bonito. Hora y media o poco más de una hora de bosque, de paisajes de sueño. Unas cuantas decenas de curvas más y estás ya en las faldas del Campanero, imponente risco de roca lisa, macizo de piedra tallada y vertical, color cobre, coronada de pinos y sabinos que casi alcanzan el cielo, muchas veces entre las nubes. Y va sube que sube entre las montañas sin rajarse el camión con sus pasajeros que ahora se han reunido en los lugares de enfrente, todos los conocidos que van risa y risa, contándose charras y anécdotas, te acuerdas del chino, que bárbaro y la música que sigue con todo, con su chuntata, su acordeón y sus letras tristes de abandonados y adoloridos. Montañas que esconden secretos, fantasías e ilusiones, riscos en formas caprichosas que arañan los cielos, puntas dominadas por las antenas que reclaman y comunican y afean el territorio. Cuando llegue al pueblo de Yécora, al filo del mediodía, habré de cargar mis bultos por sus calles sin pavimento hasta llegar a la casa de Job, la antigua de Luis Guerrero, don Luis, mi viejo y hoy ya fallecido amigo. Le pediré al Job un raite y si no lo encuentro o no puede, caminaré como tres kilómetros hasta mi terreno, espantando a los perros, saludando a los niños, sonriéndole a las personas, saludo de forastero aún, pasaré por donde están los federales, saludaré a Sugei, la hermana de Job, hija de Luis, nieta de Don 53


Luis, cruzaré no sé por dónde el primer arroyo y luego iré por el bosque, entre cabañas y pinos, absorbiendo el máximo de luz y de aire hasta llegar al segundo arroyo, arribita del cual encontraré al Mariano que trabaja y trabaja el día entero, ahorita pegando adobes, al rato tirando el piso, después instalando el techo. “He rondado los linderos del delirio, mas no conozco sus miserias, ni he vagado aun perdido, aunque con frecuencia me extravío…” Ahora sí vamos subiendo, a vuelta y vuelta, ya andamos encima de las crestas, ya hace un poco de frío, ya todo está abajo, sólo el Campanero se mantiene altivo, es precioso, majestuoso, en la distancia se contempla siempre firme. ¿Cómo es que se ha acabado tanto pino? Allá en el fondo del abismo se mira una casita. ¿Quién vivirá ahí? ¿Qué harán durante el día? ¿Y en la noche? ¿Con quién y sobre qué platicarán? ¿Qué comen? ¿Qué ilusionan? Me pregunto siempre que veo tales perlas y me pregunto si algún día tendré por experiencia las respuestas. Y llegados al puerto del Campanero, desde aquí vuelvo a divisar las sierras. Hay una cabaña de madera. Estamos llegando ¿Por qué me gusta tanto Yécora? Hay tanta paz. Se escucha el canto de los pajaritos en prácticamente cualquier hora del día. Sentado sobre un tronco de pino seco, recargado en el muro de adobe, luego de cenar brócoli, espárrago, cebolla y atún con pan, escribo. Sopla un viento fresco, los adobes apilados debajo de un pino agarran el color del sol que va ya de picada. Estoy solo con mi alma, ya puse la carpa y muy pronto estaré ahí dentro acostado, pero primero comeré otra barra de granola. 54

Al Aguajito Hesité por un rato antes de salir rumbo al Aguajito, como que sabía muy bien la friega que me esperaba; así que le estuve dando largas y largas, disfrutando cada uno de los pendientes que salían antes de la partida: que si un té verde para ganar energía, que si una ida al baño, la lavada de dientes, meter en la bolsa cada cosa que había de llevar, los miralejos, las chanclas de hule para chapalear sin miedo en el arroyo, una naranja, una botella de agua, lo que había que dejar en la cabaña a resguardo. El caso es que no pude más hacerle al loco y salí por fin rumbo al Agua Caliente. Y es que en Hermosillo me había preparado a conciencia durante semanas para este momento -por treinta minutos caminé casi todos los días-. Y ahora quiero saber si mis rodillas responderán mejor que la última vez que fui y vine al Agua Caliente, cuando regresé todo adolorido. Sé que mis piernas no son las de antes, ahora llevan más peso y tanto correr y brincar les ha hecho daño. Y sé que es diferente en Hermosillo, aquí tendré que caminar entre piedras sueltas, subiendo y bajando laderas. Pero, bueno, llevo un palo multiusos que es como un bastón, me equilibra y me ayuda: apoyo en otros puntos esos kilitos. Además, está a todo dar el Aguajito, y el recorrido es fregón, de modo que ¡arranco! Apenas y cruzo un claro del monte que está antes de entrar en el bosque y topo ya con el primer obstáculo. Un enorme toro de cuernos muy retorcidos y tanates gigantes, está justo en medio del camino por donde tengo que pasar. El toro gordo y albino me descubre y me mira justo cuando brinco el cerco de púas y caigo dentro de su terreno. Despichado, deslizo 55


mis pasos sin dejarlo de ver un instante y, en otro que me parece de mucho más que siete segundos, le paso por un lado, a no más de cinco metros. El corpulento animal, “la bestia peluda”, sólo gira su cabeza con parsimonia y me sigue atento, mudo y modorro, con su mirada torva. No han pasado siquiera cuatro minutos cuando escucho un fuerte chillido que cruza el aire repetidamente y taladra mis no tan castos oídos. Por un momento no sé si es una víbora u otro animal peligroso, mas ya luego veo que es un halcón gris, enojado, que con sus graznidos garbosos reclama soberanía desde la copa del más alto pino. Si fuera yo Nietzche en los tiempos que escribió su Así hablaba Zaratustra, ya estaría interpretando estos sucesos como señal de que aquí sin fuerzas ni audacia vale más que ni entres, pero luego ya me sereno al percatarme de que ni a las moscas que joden y joden, a pesar de que con el palo me las espanto en cada momento; ni al camaleón cabezón que se atravesó entre mis pasos, tan presuroso que casi lo piso; ni a los misteriosos pájaros de color azul que aparecen y desaparecen pillando estridentes; ni a la puerta del cerco siguiente, que apenas y pude abrir y casi no pude cerrar, les encuentro significado alguno para detenerme. Así que le sigo... ¡Qué cierto es eso de que todos los caminos llevan a Roma! Tan cierto como que unos lo hacen por un recorrido más corto y otros por otro no menos bueno. Lo que quiero decir es que ¡me perdí tres veces!: Primero, escogí un camino que me fue llevando pabajo; luego, regresé y me fui por otro que me llevó pararriba. Después, volví a agarrar el que me llevó parabajo y hasta la tercera ocasión que regresé a donde cada vez me perdía, ya todo sudado, encontré el camino justo, que fue el de en medio, ¡fregado! 56

En las piedras la vereda se borra, es más difícil seguir y, sin aparente aviso, de pronto se hace abrupta y coge visos de desfiladero, serpenteando por las orillas de los precipicios. El esqueleto desarticulado de una res y los troncos secos caídos en la ladera son más que elocuentes, cada paso, cada pisada, debe aquí hacerse con sumo cuidado y si ya andas echando el bofe puede ser fatal cualquier simple tropiezo. Cuando estaba perdido, resignado tenía que aceptar mis errores, sobreponerme a la idea de desandar mis pasos, regresar a subir o a bajar las cuestas y reconocer con renuencia, que me había equivocado. Con todo, de cuando en cuando vale la pena perderse, sobre todo si no te apanicas y te rencuentras pronto. Ahora estoy ya a mero arriba de un peñasco. Abajo veo y escucho al arroyo cargado fluyendo y cantando. Arriba, el viento sopla fresco y me satura de oxígeno puro. Del otro lado del arroyo hay unos farallones contiguos, como de doscientos cincuenta o trescientos metros de alto, son unos rotundos pilares que bien pudieran ser la entrada de un fabuloso castillo. Hora es de seguir pues hay que bajar hasta el fondo de la cañada donde está el Aguajito, por atrás del cerro este en el que me perdí por ventura, que estas ordalías también enseñan a disfrutar lo inesperado, salirte del guión y dejar la senda y la agenda olvidadas por un rato. ¡Ya estoy aquí, he llegado! El lugar es un edén, casi está intacto, muy poco lastimado por la bestialidad nuestra. Sentado sobre una roca que parece sillón, de esos tipo puff, escribo mientras contemplo a mi vista cómo se va metiendo, telescópica, hasta el final de la cañada. Brota el agua pura del venero que ni siquiera 57


hace ruido, es tan modesto. Pero no deja de manar un instante el chorro enhiesto y logra así llenar las oquedades con fondo de laja, convirtiéndolas en excitantes tinajas. Para llegar aquí desde el crestón donde estuvimos hace un rato, hay que bajar los trescientos metros por una delgada vereda, sombreada de inmensos pinos que llenan el costado de la montaña. En el camino hay una puerta que me fascina, entre los troncos esbeltos de dos pinos cuates, separados por una distancia justa de noventa centímetros. Solo una persona a la vez deja pasar, ya que ha soltado el alambre que atranca el cerco. Es como la entrada al Aguajito. Y sin pagar boleto. Capturan mi atención en la bajada un árbol de tronco y hojas color rojo rojo, parece roble y está solo; y un artefacto cilíndrico de fierro, atornillado en la base de un pino; no sé qué hace ahí ni quién ni para qué lo puso, si está abandonado o viene alguien a visitarlo de cuando en cuando, para medir cuánto ha llovido o para contar los intrusos que por aquí han pasado en los últimos dos años; tal vez sea un adminículo secreto de la CIA —ci ai ei—, atenta a cualquier brote que pueda surgir en esta región clave que son las montañas del noroeste mexicano. Llama la atención lo singular, lo escaso, lo extraño, o todo lo que es invisible, pero no está oculto, como el tipo de musgo que afelpa el trono donde estoy sentado; o las distintas variedades de encinos y pinos que forran el arroyo; o los líquenes y los pececillos que abundan en cada alberca; o los pájaros que no paran de cantar. Como no dejo de sentir la inminencia de alguna fiera que en silencio acecha en mi retaguardia, me es claro que la yoga que he hecho no ha sido suficiente para limpiar mi mente de esa pérfida inclinación a cultivar los pesares. 58

Decido mejor ir a bañarme en alguna tina, pero primero vacío mi citadina botella de agua purificada y la lleno de esta otra que mana en el Aguajito. No contiene ni medio litro de esta agua mi botellita, pero tiene una fuerza mayor que la de cualquier elixir. Beberé a sorbos de este tónico fresco y mi chorro será tan potente como el que emerge. Alcanzará para unos seis meses de éxtasis compartidos. ¡Vamos!, ¡al agua pato!, ¡deja ya de soñar con las estrellas! La verdad, la verdad, -ya asincerándonos-, no se cómo siempre la pienso tanto para meterme en el arroyo. Ha de ser algún miedo inconsciente, el agua que siempre esconde algo bajo la verde lama, las espinas dorsales fosforescentes de los pececillos translúcidos o los moscos que parecen volverse locos con el festín de tu cuerpo desnudo, en el agasajo de las pálidas carnes ya fofas. Lo bueno es que siempre vence la certeza de que mi cuerpo y mi ser entero recibirán un masaje térmico y percusivo. Hay enseguida del arroyo, así, arribita, como a unos tres cuatro metros, un claro en el bosque, en cuyo centro está un viejo potrero de forma circular casi perfecta, hecho de puros troncos, en torno a un brillante táscate. Entra el sol franco en este claro del bosque y hacia él subo para secar y terminar de masajear mis partes, ahora con el viento y la luz sobre la piel directos. Luego de tres minutos, quedo cabal y atemperado. Y sin más que mi humilde existencia alzo hacia el cielo los brazos y agradezco por tanto buen trato a Tonatiuh, que está, éste sí , allá arriba y en todo lugar. Regreso al arroyo y mientras cubro con telas mis pies, mis noblezas, mi torso y mis piernas, recupero el triste porte civilizado. ¿Será que como al perro Buck, me hipnotiza el llamado silvestre? 59


Quiero entrar en trance de meditación, pero me esperan otros cuarenta minutos de caminata, esta vez con el sol todavía más arriba. Es hora ya de partir y ya no hesito. Este soy, estos son mis placeres. Sin embargo, inmaduro aún, sólo le pido a la vida que me aparezca un venado, que venga a beber al arroyo. Pero la vida, que es juguetona, a cambio me obsequia mirar la caída rehileteada de una hoja seca, que con sus colores naranjas y sus amarillos llega, toca y en un tenue beso, rompe el cristal del espejo del agua, en movimientos de círculos perfectamente concéntricos y armónicos, que se extienden y esfuman en las orillas de la tinaja. Nada se mueve más que este sinfín del silencio. El agua estaba bien tibia, ni fría ni caliente: a cero grados, sabrosa. Al regreso perdí mi preciado palo bastón, al hacer mala palanca en el cerco difícil. Enseguida habilité otro, pero no logró igualar en lo bueno al anterior y lo extraño. Ya de salida he de haber ido caminando medio lacio y patuleco pues tres zopilotes se me acercaron en pretencioso vuelo. Quizá se confundieron con las plumas de ¨guíjalo¨ que llevaba en la bolsa de la camisa, bien bonitas, de colores café, blanco y negro; mullían en un montón, al lado de la piedra trono, en el arroyo. En el último cerco, que es también el primero, donde de ida encontré al toro blanco, esta vez me topé con tres caballos bayos retozando y bebiendo agua. Tenían las patas encadenadas en pares. Pensé que estarían ahí para despedirme o para insistir en la importancia de conservar sanas las piernas. ¿Quién sabe? Así que ya fui y vine al Agua Caliente. Ahora regreso feliz, mi preparación surtió efectos. Pude ver y oír la armonía de la naturaleza, sentí y olisqué los latidos de lo sublime… 60

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Un viaje a la Isla del Tibur贸n


Punta

Isla Sargento Patos

Desemboque opa C. Tep

Ures

Hermosillo

Bahía de Agua Dulce

Isla Tiburón

Kino Nuevo

Bahía Kino La Colorada

Localizada casi en el centro norte del Mar de Cortés —o Golfo de California—, la Isla del Tiburón abarca una porción amplia de tierra firme en forma de rombo aplastado, de 52 por 26 kilómetros, aproximadamente. En extensión, cierto, es la isla más grande de México, pero en verdad, la Isla del Tiburcio también destaca por la escarpada belleza de sus paisajes. Sus cordilleras flanqueando el mar delimitan una cuenca espléndida para el Canal del Infiernillo, que es el estrecho situado entre la Isla y el continente; un pedazo de océano bravío y calmo por donde cruzan a veces veloces los vientos y las marejadas. Y descuella, claro, la Isla, por la grata y graciosa presencia de sus habitantes sempiternos, los Seris. En la parte norte de la Isla del Tiburcio hay una Bahía de la cual supe por vez primera hace ya más de veinte años. Unos le pusieron el nombre de Agua Dulce; otros, el de Tecomate. Los Seris le dicen Hajháx, pronunciando la voz en dos sílabas, al final con un leve y apagado ronquido Hajháxxx. Quienes me platicaron del Tecomate, cuentan que la Bahía de Agua Dulce es un refugio donde se meten embarcaciones menores para protegerse, cuando soplan, silban y rugen muy fuertes, los sures y los noroestes. Durante veinte años quise ir y estar ahí. La semana pasada se me hizo. 65


Entre la necedad y la perseverancia

¡Al agua!

Intenté varias veces llegar al Tecomate, Sonora, México, antes de por fin lograrlo. En esas interactué y conviví con los habitantes de estos lugares. Hice amistades. Desde Punta Chueca fui solo o con amigos al Dólar, a Punta Sargento, a Cabo Tepopa, tres sitios sagrados en el territorio Comcáac. Crucé un par de veces el Canal y acampé en la Isla, en lugares míticos, plenos de vida y muerte: callos de hacha, mejillón, ostión, rayas, jurel, osamentas de pelícanos, focas, ballenas y delfines. Pero al Tecomate nomás no llegaba. Este año, al juntar los 54 decidí de nuevo intentar la aventura. Y otra vez tuve que volver tres veces a Punta Chueca para vivir el ensueño. Primero fui a hablar con David, mi aún joven amigo Seri, quién me llevó con don Antonio, el presidente del Consejo de Ancianos, para conseguir permiso de ir a la Isla con otras 16 personas. Conseguí, sí, el permiso, pero cuando llegamos las 16 personas, no quisieron llevarnos al Tecomate. Acampamos de nuevo en el estero que está frente a su aldea, en medio del virginal silencio, rodeados de viento suave, olas en perenne murmullo, aves en pesca incesante, elevadas montañas al fondo y enfrente, en el continente, testigos de las leyendas de nuestros amigos, sus cantos, danzas y poses. Pescamos, buceamos, nadamos, remaron, cocinamos, bebimos, gozamos y platicamos, pero al Tecomate nomás no llegamos. Como al mes regresamos a Punta Chueca el Ramsés y yo solos, un par de oriundos de otros lares, que coincidimos en este deseo, esta ilusión de conocer la magia y el embeleso del mar bermejo y sus derredores, en el también auténtico sobaco del mundo que es el Golfo de California…

Para llegar en lancha a Punta Chueca, desde Bahía Kino, Sonora —aún México—, una noche antes hay que reposar y dormir temprano, luego de ocupar todo el día en el avitualle, el abasto de víveres y enseres de pesca, la recolección de bártulos, ropa, carpa, utensilios de cocina, cabos, baterías, aspirinas, repelente y posicionador geográfico. En la mañana del día escogido, con el sol te levantas y ya que recibes el parte del buen tiempo, acercas el bote a la rampa con la ayuda del robusto Roberto, que en su tractor empuja el remolque sobre el que descansa la pangaboa y lo coloca justo en el nivel en que ésta flota sobre el remanso. Subes a bordo al grito alborozado de ¡váamonooos! y ya te colocas en la proa de la embarcación al mando del Ramsés, ahora convertido en capitán y piloto, quien desde la popa conduce el navío, una muy bien lijada y pulida concha de fibra de vidrio, de azul claro pintada, de más bien modesto tamaño —22 pies de eslora—, en forma de cuenco oblongo y tan pesada como una ballena. Lleva la concha oblonga una estructura de fierro pintada de brillante color naranja sobre la que va tensa una lona negra translúcida que brinda una requeteconveniente sombra. En la parte media y a cada lado del esquife, ¡a babor y a estribor!, la barcaza tiene sendas parejas de asientos, debajo de los cuales se resguardan cámaras de videos, trajes de buzo y otros bultos para que en los trayectos no estorben. Los chalecos perdonavidas, enganchados como viajan en cables amarrados a los postes de la estructura naranja, insinúan paredes y, un poco al principio, protegen a los pasajeros de las salpicadas del agua salada y

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surcada por la alegre boa. Y el equipaje queda bajo la cubierta de proa, sobre la que posa, imperturbable, una gran ancla de hierro oxidado. En la popa, frente al motor de 50 caballos fuera de borda, se acomoda sonriente el capitán y piloto, quién empuña el acelerador, inserto al final del timón de tan apreciado vehículo náutico. Al levantar enérgico de la muñeca, el posicionador geográfico, colgado de un hilo amarrado en una de las varillas de la sombra, súbitamente pierde la vertical y gira casi noventa grados en el arranque. El capitán, sonriente, alarga su brazo y con la mano lo detiene en el bamboleo, fija su vista en el horizonte y con su rostro me hace una seña para que mire también yo a delante! Entonces, la orilla comienza a reducir su tamaño, la costa que he visto tantas veces en tierra firme, la observo ahora desde un punto contrario al acostumbrado; nuevos detalles emergen. Completo me siento. Vuelvo mi rostro y cuerpo hacia enfrente y enseguida despego pleno de gozo con la brizna marina. Con buen tiempo, un navío que ni a bergantín llega y un navegante medio calificado, en cuarenta minutos puede y divises en el continente el poblado de Punta Chueca, un conjunto de no más de cien casas dispersas entre los pinabetes, enseguida de una protuberancia arenosa en forma de gancho amarillo amarfilado, cual raíz de colmillo de lobo marino. Entre Bahía Kino y este poblado hay cerca de 28 kilómetros de costa maravillosa, formada en su mayoría por las faldas de los cerros y montañas que limitan la cuenca, desde donde se aprecian imponentes en el silencio, señera la Isla y señero el Canal. Totales. Yacientes. Parejos. Varias veces he recorrido por tierra el camino entre Bahía Kino y Punta Chueca. Ahora es la primera 68

en que lo hago por agua. Desde acá también se divisa la Isla y el continente, pero el Canal del Infiernillo se siente en la entraña, con el azul abisal de sus aguas, el zumbido continuo del motor fuera de borda y el sube y baja de las olas que surca la que ahora es barquichuelo. La costa del macizo continental casi está toda labrada por el viento, en terrazas erosionadas, como a cinco metros sobre la playa. Un par de fraccionamientos de gringos hay ya en lugares donde alguna vez acampamos. La Isla del Tiburón, el Canal del Infiernillo y cerca de cien kilómetros de la costa son parte del territorio Seri, por ley y decretos, pero también porque ellos son quienes han vivido por siglos en esta región árida. Los Seris constituyen mucho más que una nación, una etnia o un pueblo. Tienen su propia lengua y amplio conocimiento para sobrevivir en circunstancias de altas temperaturas y muy escasa disponibilidad de agua dulce. Sin duda alguna poseen, creo, mayor capacidad que cualquiera de nosotros, bípedos de la ciudad medrosos, para continuar como especie ante una crisis ecológica hoy perfectamente plausible. Cuando uno se mete en estos rumbos con la intención de pernoctar en el Tiburcio, mucho conviene hacerlo con la autorización y el conocimiento de los Seris, sus habitantes originales, custodios y verdaderos dueños. En los viajes marinos desde Bahía Kino hasta el Tecomate, es casi obligada la escala en Punta Chueca para saludarlos, revelarles nuestras pretensiones y refrendar amistades.

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Punta Chueca y el Chapo Cuando llegamos a Punta Chueca, unas seis pangas reposaban con parsimonia sobre la orilla, sujetas a la playa por sus colgantes cabos. Parsimonia, por supuesto, no es el nombre de ningún personaje específico que vaya adquirir relevancia en este relaxo, aunque quizás si debiera, como Protocolo, pues en las andanzas siempre te topas con situaciones en las que se involucran tales comportamientos y resulta por demás útil saber conducirse con ellos. Mientras el Ramsés volvía con su amigo el Chapo, respetabilísimo Seri con el que había en el anterior viaje acordado llevarnos al Tecomate, permanecí en custodia del microbuque y su contenido. Pronto se acercó un joven Seri, nos saludamos y le enseñé el mapa que tengo de la Isla con los sitios sagrados marcados por don Antonio y Diana Luque, en su gran libro Naturalezas, saberes y territorios Comcáac (seri). Me dijo que él conocía muchos otros lugares que ahí no venían. Enseguida se acercaron otros Seris, algunos intrigados por nuestra derrota, tan tempranera. Casi todos miembros del Consejo de Venerables. Ya les comenté a dónde íbamos y que veníamos buscando al Chapo, que contábamos ya con el consentimiento de don Antonio, quien junto con el David y el Pancho, el mes pasado nos habían cruzado al Tiburcio, al Ramsés, a mí y a otras catorce personas, a lo que contestaron que ellos podrían pasarnos en sus propios pangones, que ofrecían ya ese servicio y que requeríamos también la autorización de ellos. Les pregunté entonces por don Antonio y me contestaron que estaba ocupado, preparándose para recibir al Sub70

comandante Marcos, al que esperaban de un momento al siguiente. Estaba ya a punto de ir a buscar al David cuando llegó Ramsés con el Chapo, quien venía con su amplia sonrisa, vestido todo de blanco radiante, descalzo y con una cinta roja sujetando sus negros, largos y lacios cabellos característicos. Imaginamos que en su idioma el Chapo les explicó que el Ramsés era navegante experimentado, que él lo conocía de antaño y que ningún daño causaríamos en su territorio, pues al rato nos despedimos de todos cordialmente.

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Los callos Nuestros amigos Seris nos invitaron a que aguardásemos —nomás se desocuparan de sus pendientes irían con nosotros—, pero ya con la autorización no quisimos demorar por más tiempo la llegada al Tecomate anhelado. Así que sin su compañía abordamos de nuevo la que por falta de palo no fue balandra; levé con esfuerzo y raspones la mojada ancla y navegamos prestos en dirección franca poniente. En quince minutos cruzamos el imponente y profundo estrecho, así que pronto estuvimos del lado de la Isla bellísima, magna y serena. A lo lejos divisamos la antigua posta de la Secretaría y luego llegamos a una de las largas franjas arenosas encajadas en la costa, cual garfios amarillos perla anclando la ínsula. Cerca buceaban tres jóvenes Seris. Desde muy temprano sacaban callos de hacha. Por 50 pesos nos dieron suficientes para comer dos personas dos días, cuatro platillos de este marisco que luego devoraríamos chupándonos los dedos, combinados con helada cervezas, limón y salsa poco picante. También nos dieron olanes para carnada, que es como llaman los pescadores al resto de las tripas que tienen los callos dentro de sus brillantes conchas nácar multicolores. Exquisito manjar, dicen. Pero antes costeamos la Isla durante casi dos horas para arribar al Tecomate anhelado. En el trayecto vimos un campamento Seri. Hay que decir aquí que hasta hace unos treinta años los Seris eran aún nómadas y por ello en selectos puntos de su territorio tienen dispuestas estructuras en forma de domos construidos con varas de ocotillo, sobre la cual colocas 72

cobijas, pieles, algas u otras plantas para hacer sombra y protegerte del sol y del viento. Por lo general las hacen junto a un estero o en un sitio abundante en vida marina. Ramsés me dejó conducir un rato mientras las aguas estaban tranquilas. Cual aprendiz de marino empuñé el timón y dirigí con firmeza, enhiesto, aunque no por mucho tiempo pues pronto se me cansó el brazo y ya le dije toma tu góndola, mi querido capitán, que ya de manejar estoy harto. Si no estás hecho para la navegación vale más ir de grumete, aunque sea, pues el piloto se lleva la peor friega. Y, además, como en avión o en tren, el mando reside en el capitán y los demás nos alineamos humildes. Aquí no hay lugar para la democracia. Ser gobernante es algo más que un capricho. Le dimos la vuelta a la gran punta perla y quedó a nuestra derecha, ¡a estribor!, majestuosa, la Bahía de Punta Sargento, tan grande y hermosa que bien puede ser declarado golfo. O golfito. De menos. En el mapa pareciera como si se formó luego de que la Isla desprendiose del continente. Hacia donde mires hay gigantescas sierras, es la boca norte del Infiernillo. Por donde sea hay robustos sahuaros y muy altos órganos, en cuyas puntas anidan águilas que de cuando en cuando descubres en vuelo de pesca hacia el ponto verde azulado. Está coronada esta bahía en un extremo por el cerro de Punta Tepopa, vigoroso monte que se entremete en el mar frente a otra linda y pequeña isla. Por su forma y por su nombre, la de Patos, a un tiro. ¿Y el Sargento? Es un cerrito en forma de cucurucho, al final de una delgadísima franja de arena que sale del continente y se mete tan dentro del mar que se le observa casi desde cualquier rumbo. Es un centinela que se convierte en isla al subir la marea. Como del lado de la Isla del Tiburón, cuando el mar está tranquilo, encuentras partes donde avanzas 73


cual si nadaras en cristalina alberca, ahí puedes ver claro el fondo, a una braza o menos. Navegas entonces a máxima velocidad y quizás atraídos por el bólido, comienzan a brincar alborotados a media distancia, delfines, marsopas y toninas, pequeñas ballenas también graciosas, ágiles y veloces como ellas solas. Pero como por ahí hay mucho banco de arena, tienes que alejarte un tanto de la orilla y navegar por donde comienza el canal en su parte más septentrional, es decir, la de más al norte. Desde ahí vi por primera vez en mi ya no tan corta vida el Tecomate soñado. Ya que nos aproximamos, con la emoción creciente de quién pisará por vez prima un lugar virgen, capturaron nuestra atención: a) Los restos de un muelle. Sólo tres postes enmohecidos quedaban de la pasarela, sobre los que estiraban sus alas unas gaviotas modorras, que no es el nombre de una especie de estos mini albatros, pero que tal vez debiera, pues en el tiempo que allí estuvimos casi no se movieron las soporíferas; b) Un oxidado y grandote letrero de la Secretaría de Gobernación, prohíbe desembarcar ahí sin permiso. Nos provocó la burla con su ridículo; c) Varios grupos de pinabetes como los del rancho de Santa Julia, en Matamoros, Coahuila, que son el nombre común para una especie de pino, conocida como pino salado; d) Varios grupos de eucaliptos que viven distribuidos en diversos manchones sobre la costa; e) Lo que queda de una construcción de techo plateado, hecha tierra adentro, sobre un promontorio, dominando la escena en el mero corazón centro del Tecomate; y, f) Un silencio sepulcral orquestado por la soledad y todos los vientos suaves que ahí convergen. 74

El Tecomate La Bahía de Agua Dulce tiene unos cinco kilómetros de extensión. Reside entre dos puntiagudos montes, colocados en sendos extremos de la bahía. Los fuertes vientos que también soplan y pegan en esta parte de la Isla, igual han erosionado sus costas, esculpiendo otras elevadas y solemnes terrazas, desde donde los atardeceres se adornan con la panorámica de todo el Mar de Cortés en su esquina norte: Tepopa, Isla de Patos, Isla Ángel de la Guarda, costas … y el Pinacate al fondo, difuminado. El Tecomate está sobre la desembocadura de un río u arroyo ancho, al fondo de un valle expandido entre dos montañosas hileras. Ahí, en algún sitio escondido, brota el agua dulce que permite la sobrevivencia de los espigados eucaliptos, los rollizos pinabetes y los tecomates. Y la de los Seris. Y la nuestra. Parece que en el Tecomate hay un cementerio. Por cualquier lado hay esqueletos a la intemperie. Un lobo marino, la cabeza de un delfín aún con su perenne sonrisa, pelícanos y gaviotas en deshidratación. Una enorme ballena de colosales vértebras, con costillas de casi dos metros de largo y mandíbulas de más de cuatro yace esparcida por la rocosa playa. En una hondonada cercana a la entrada del río, hay una gran masa ósea, cual muela humana, pero de dos metros de diámetro y uno de alto. Todavía desconozco qué parte del cetáceo sea. Por lo que dice Herman Melville, el neoyorkino que escribió Moby Dick hace más de cien años, ha de ser el cráneo del animal. Con quebrada y hasta un cachalote. Visto desde el satélite en la computadora, o como quizás lo vio el águila quebrantahuesos, que un 75


día por ahí voló presumiendo la lisa pescada en muy ágil lance, y que luego llevó en sus garras en trayectoria tangente hacia donde observábamos todo, visto en el Google Earth, el Tecomate, Sonora, aún México, aparece con manchones de verde tupido, enseguida del azul turquesa del océano y del gris y el café de la costa y de sus montañas. En medio de la aridez intrigado preguntas ¿qué podrán ser estos verdes? Uno de estos manchones resultó ser un campamento Seri, formado por una cuadrícula de alrededor de 25 añejos pinos salados, que sombrean un área de cerca de 600 metros cuadrados, especie de retícula cubierta de mullida alfombra color oro naranja, formada por las delgadas y tubulares hojas de estos fantásticos árboles. Troncos robustos, leñosos y retorcidos hasta formar a veces columpios con sus ramas que se extienden flexibles y diagonales, que aparte de dar sombra, delimitan espacios como habitaciones, alineadas en pasillos por donde se admira el paisaje, con todo y ras de suelo acolchonado por el follaje. El hecho de que este fantástico sitio sea casi idéntico al de los pinabetes del rancho de Santa Julia, en Matamoros, Coahuila, fue una muy grata sorpresa. Ahí por primera vez fui en una excursión a dormir en el monte. Tenía entonces sólo ocho o diez años y quedé fascinado de por vida. Tanto que cada vez que regreso a mi lugar de origen -punto de partida, meca personal o como quieras llamarle al casuístico punto, región o topo donde vieron tus ojos por vez primera la luz de la luna- y paso cerca de donde están los pinabetes, los veo a lo lejos y no dejo de verlos y conecto recuerdos, aromas, andanzas. Encontrar en el Tecomate ese tesoro fue otro regalo que me brindó la vida, algo así como el refrendo para seguir cogiendo camino. 76

El relato de una aventura debe ser disfrutable. No concibo la escritura como tormento, sino como actividad placentera. Preguntarse por qué y para qué escribe uno algo, no ha de ser motivo de turbación ni ansiedad. Escribo para invitar a la gente a ir y estar en lugares, a entrar en contacto más veces con la naturaleza, a abandonar el sillón, que nos dé el aire y recuperemos las delicias que transcurren en la intemperie, más allá del tiempo, sin paredes que delimiten. Aunque también puede que escriba para llenar huecos. Y si bien en este y muchos casos el viaje puede resultar astroso o desastroso, sin que por ello signifique algo totalmente contrario, las recompensas ahora sí que tan bien valen las penas, las empapadas, las asoleadas, los embates, la sal, el oleaje.

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El lado oculto de la Isla Estuvimos en el Tecomate, en la Bahía de Agua Dulce, en Hajáx, tres días y dos noches. En la primera un coyote nos quiso ganar las tortillas; en la segunda, se llevó la olla del agua para el cafecito. Dejó verse. Una auténtica mezcla de lobo estepario y de zorra coluda. Era chico y sus ojos brillaban en la penumbra como rubíes. Si hubiese sabido que ahí cerca también hay un cementerio, seguro habría sentido un jalón de pies o cabellos. El primer día, luego de volver a tirar el ancla y asegurar la panga, desembarcamos y procedimos a bajar el equipaje. Unos veinte bultos colocamos sobre la arena. Ya que escogimos para acampar el área sombreada y verde de los pinabetes, cargamos hacia allá el bulterío. Coloqué la hamaca, la carpa y un catre en orientación tal que invitaran a estar siempre sentado u acostado en contemplación y asimilación del paisaje. Fui sin duda influido por las gaviotas presentes. Luego juntamos un poco de leña y la dispusimos en posición de fogata. Después, resorteados por ese instinto expansivo que te empuja a recorrer territorio, caminamos hacia la construcción encima del promontorio, que resultó ser una posta abandonada de la Secretaría de Marina, cuadrado encementado desde donde se ve lejos a 360 grados a la redonda. Una terraza sombreada con aleros a medio caer, como listón y arrugada cenefa, ahí encuadra a dos habitaciones de madera, más bien pequeñas. En su interior suele haber leña seca. Sobre sus ventanas puedes recargar tu cuerpo y, como no hay cristales, si con los brazos por los codos doblados sobre los pretiles ligeramente empinado te asomas, emerges protegido 78

por la cenefa. Entonces, en contemplación te varas, inundas, trasladas, hasta el rincón más remoto del golfo, la cresta más alta en la Isla, el bastión más difuso de las distancias. Pero el hambre es canija, así que luego regresamos por el río hacia el campamento y devoramos la mitad de los callos preparados tipo ceviche. Todavía salivo. Deliciosos bivalvos. Al morderlos, hincas los dientes en carne tierna. Callo. Entonces vimos que la marea había bajado como cincuenta metros, dejando a la aspirante de nao luciendo ridícula, inerme sobre un fondo de piedras negras. Regresó el mar como hasta las nueve de la noche, ya cuando Orión se clavaba junto a Venus en el estrellado horizonte y nosotros platicábamos iluminados por las llamaradas. En el segundo día, muy tempranito, apenas salido el sol caminamos por la costa hacia el punto más alejado del continente. A esta hora la marea estaba de nuevo muy baja y se había llevado al mar otros 50 metros más dentro. Kilómetros de rocas pringadas por minúsculos moluscos adherentes, pegajosos, crustáceos chiquiticos y coloridos, de una o dos tenazas, anémonas, erizos y montones de plantas xerófitas en plena fase de secas. Más de una hora nos llevó llegar hasta el extremo desde donde se ve el costado externo de esta gran Isla, la más grande de México. La del Tiburón. El Tiburcio. Un esqueleto completo yacía ahí impávido y pulcro. Su cráneo era de forma claramente canina, pero en sus huesos había sólo un par de extremidades casi idénticas a las de un brazo humano, con todo y mano, carpio, metacarpio, falanges, falanginas, falangetas, cúbito y radio. No podía tratarse de los restos de lebrel alguno ni de su primo coyote, ni de un venado o carnero, tampoco de algún antropoide. Tenía que ser algo marino, ¿pero, qué, con cabeza de perro, dientes macizos y poderosos colmillos? Mi catálogo de bestias 79


fantásticas, que no es muy abultado, se reportó en vacío. Caminé todo lo que pude por este costado externo de la Isla, sintiéndome como si explorara la cara oculta de la luna. Hacia el sur alcancé a pergeñar la isla de San Esteban y la de San Lorenzo. Al poniente, a la del Ángel Custodio. Contrasté estos nombres con el del Tiburcio en la que me hallaba y me pregunté por qué se habrían puesto tan hagiográficos con los apelativos quienes bautizaron a estas grandes moles de tierra de mar rodeadas. Como no encontré más respuesta que la soledad -y más osamentas-, opté por regresar celéreo en mis pasos. Ya que divisé de nuevo al Ramsés, me aventuré a explorar un poco el terreno, subí sobre una terraza y entre torotes, choyas y ocotillos, encontré el mejor punto para una foto. Luego de otra hora y pico de malabárica caminata, al regresar al campamento cociné un opíparo desayuno con la provisión que compramos en el poblado Miguel Alemán, apenas ayer cuando salimos de Hermosillo, rumbo a Bahía Kino. Huevos con jamón, cebolla, papa, chile verde, tomate, pan o tortilla, cocidos sobre un sartén tembeleque. Sabrosos. Reponedores. Con el clásico cafecito en agua hervida sobre los rescoldos, saboreamos la vista y el vuelo del águila quebrantahuesos. Conversamos, opinamos, debatimos, grabamos, nos quejamos, lavamos trastes, levantamos basura y continuamos soñando. Luego que fue suficiente el descanso, impedidos de ir de pesca por la baja marea —la panga seguía luciendo ridícula sobre las piedras moradas al descubierto—, caminamos por la playa, pero en el sentido contrario. En un macizo de tierra, conchas y arena, como de diez metros de altura, lagartijas endémicas construyeron su hábitat, verdaderas zonas residenciales diseñadas en el mejor estilo Tarahumara o Indios Pueblo, según creo. Yo lo filmé pensando que 80

en ese medio, en el recorte que da la cámara, se grabaría una sensación de espaciosas y aerodinámicas habitaciones de paredes talladas con la ayuda del viento. Al estar allí me fui acercando y, magnetizado, comencé a hablar diciendo que los habitantes de estos hogares, seguro estaban más evolucionados que nosotros los célebres humanos, quienes no podíamos, como ellos, caminar en más de un sentido. Y ellos lo hacen giritos sobre la vertical, en horizontal, en perpendicular o en cualquier diagonal de esos tres planos. Y de muchos otros, pues también pueden brincar al vacío y caer en amortiguado y parabólico vuelo o, más bien, catenárico inverso. Lagartijas descendientes de los dinosaurios, isomorfas a reducida escala. Bien puede pensarse que las batitas, como les hizo daño el enorme tamaño, se hicieron chiquitas, cambiaron de talla, encogieron. Y ahora medran soberanas sólo en este brilloso paraje del mundo. Una de las desventajas de un limitado vocabulario es que luego que quieres escribir sobre algo que es de tu agrado, no sales de describirlo como hermoso, bellísimo, precioso, ¡sensacional!, maravilloso o, en el mejor de los casos, mágico. Y nunca como cándido o prístino, por nombrar sólo dos voces hoy en desuso. Por eso conviene leer mucho y tener a la mano un buen diccionario, para encontrar el vocablo preciso e ir enriqueciendo el acervo. O tomar la licencia y usar un que otro término de cuño moderno, como este de batitas, sin caer en marrullerías ni futilezas; en la justa medida, para hacer digerible el escrito, manteniendo la vibra, el ritmo, la atención del dilecto.

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Los aliens Deambulaba absorto por tan asoleados lugares, pasmado por la soledad y la gala de los paisajes, cuando de pronto entrometiose en mi horizonte, la figura de un hombre que venía sentado, raudo, bogando en un artefacto esbelto, reluciente y aerodinámico. Quién desde el otro lado me descubrió embelesado caminando en la playa, a la distancia exacta para detectar la reacción de sorpresa en rostro y cuerpo, gritó desde su aparejo: —¿Ustedes son los de la cerveza helada?—. Como no le entendí, luego que interpretó en la tropósfera mi cara de incógnita, repitió la pregunta, a lo que asentí con la testa mea. En un instante apareció otro kayak; y luego otro; y luego otro más. Cuatro caucásicos desconocidos de pronto se hicieron presentes en la parte norte de la Isla del Tiburón. En el Tecomate. Todos muy sonrientes y sudorosos. Saludaron. Devolví a cada uno sus gestos y caminé presuroso hasta el campamento, dónde estaba Ramsés incorporado. —Ahí vienen—, me dijo con tono de voz sorprendida. -¿Qué hacemos?. —Déjalos que se acerquen, vamos a invitarles una chela, a ver ¿quiénes son?, ¿qué andan haciendo?—, le contesté con más preguntas. Uno era de Nueva York, otro de Sudáfrica, otro más de California y el último de Texas; todos estaban en éxtasis, azorados. La hamaca que colgaba plácida les arrancó una exclamación, aunque creo fue por lo cansado que andaban de venir remando ya dos jornadas, y por el antojo de echarse una cheve fría, así, 82

tirados con esa vista, en vez de ir remando, expuestos al viento y al sol. Fue un choque de paradigmas. Los cuatro vivían en Tucson. Se disponían a darle la vuelta a la Isla en una semana. Nos pareció que el de Nueva York los metió en ese brete y luego que se fueron pensamos que venían tendidos a acampar en el Tecomate. Estaba ocupado y no quisimos darles chanza en las habitaciones, ni que nos mermaran el bastimento. Llegaron en unos botes largos, delgados, curvilíneos, coloridos y silenciosos. Sólo el chapalear de los remos pautados batía. Inmersos en las oquedades elípticas en las que se desplazaban sentados, enhiestos de la mitad para arriba, bogando lucían su torso esbelto. Hice de inmediato un cálculo de todo el esfuerzo hecho para llevarse a sí mismos hasta estos lugares. Y del que aún les faltaba para lograr su osadía. Que pesados, pensé, pero luego también pensé que cuando llegaran sobre delfines, entonces sí me habrían impresionado. No se quedaron mucho. Platicamos un rato sobre el mapa de Diana y de don Antonio, que les sorprendió bastante. Nos preguntaron ¿a qué nos dedicábamos, hasta cuando íbamos a quedarnos? Al explicarles que no iríamos a la chamba el lunes no pudieron entender que habíamos hecho un puente. Cuando se fueron nos terminamos de devorar los callos. Esa tarde del segundo día ya no nos movimos mucho. Consideramos quedarnos un día más de lo planeado, pero decidimos mejor no, no fuera a ser que se descompusiera el tiempo. Sopesamos también regresar por donde se fueron los gringos y rodear al fin toda la Isla, vivir el sueño completo de la navegación marítima por las aguas del Golfo de California, teniendo por un lado los riscos de la gran Isla y por el 83


otro el mar y la delgada península. Pero dejamos igual esta opción para la próxima porque nos pareció que en los bidones grasientos no quedaba ya suficiente gota. Fue entonces que le pregunté a Ramsés cuál sería la mejor derrota para el regreso, a lo que respondió lacónico: —Mañana nomás flote la boa, tendremos todas las cosas listas sobre la playa, las subiremos y arrancaremos hacia allá derechito—, dijo, apuntando rumbo a Punta Sargento. Yo recordé las cartas y aquello de que conviene navegar pegado a la Isla para que te escude el viento. Una de las maravillosas bondades que obtuve de venir y estar en esta región sacra, fue el haberme llevado a Melville. Y ahora que lo pienso, pescando coincidencias, capaz y Juan, el de NewYork, bien puede haber sido un espíritu del mismo Herman, nacido en Manhattos. Recuerdo que le pregunté cada cuándo iba al mar, habiendo crecido en esa otra gran isla. Quienes no acostumbran salir al campo o lo hacen con una ocupación ingente como la de pescar o cazar, no se explican qué es lo que puedes hacer tanto tiempo en un lugar donde no hay televisión, tráfico ni tiendas de departamento. ¿Cómo convencerles de que nada mejor que estar a la sombra de una arboleda, bajo sus copas charlando, echados cual semovientes, mirando a lo lejos el mar etéreo? O caminando, escalando montículos, juntando conchas, recolectando huesos o restos, como la boca de raya que nunca supe que lo era hasta que me lo revelaron los Seris en el regreso. Qué cosa más extraña es la boca de una raya, sobre todo cuando te la encuentras a media playa, desprovista totalmente de su muy sabanoso cuerpo. Ya la coges y ves que es una estructura cónica, como una carpa, con un plano casi circular formado por dos 84

mandíbulas engarzadas en sus respectivos goznes, cartílagos articulados que giran cada uno en torno de sendas bisagras y que extendidos forman una cavidad en la que se deslizan encontradas dos bandas de piel plana, como de víbora, con figuras entramadas en hexágonos y pentágonos, que en el extremo contrario a la boca abierta, al fondo, se juntan para prensar triturando lo que pase por entre las fauces… Así se nos fue la segunda tarde. Por la noche reavivamos la fogata, cenamos pepinos con limón y asamos salchichas de pavo. Apenas se metió Tonatiuh atrás de la Isla del Ángel y el cielo se salpicó por doquier del blanco brillante de las estrellas. Como esa mañana registramos que la marea había regresado hasta las once, nos dormimos más noche, sin el apuro de levantarnos temprano. A la mañana siguiente, luego de beber cafecito y desayunarnos con gusto, recogimos la basura y levantamos el campamento. Va para atrás todo. Se dobla lo desdoblado, se guarda lo retirado, se recoge lo antes lanzado. Mientras esperamos que el mar regresara, bajamos todos los bultos hasta la playa y ya me entretuve encaramado en las ramas de un pino salado, sintiendo en mis plantas desnudas el tronco rugoso. Me deshice de todas mis prendas excepto la trusa y desanduve en el tiempo un tanto, llegué hasta mi infancia en la primer rama escalada y más luego me fui hasta la de la especie misma, en calidad de chango. Por eso no resbalé ni caí, ni tampoco me di un guamazo.

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Sobre las olas Cuatro horas nos tomó regresar del Tecomate a Punta Chueca. Como de ida hicimos sólo la mitad de ese tiempo, imaginarán lo ocurrido. Para empezar, salimos como hasta las once, que fue la hora en que finalmente volvió la marea. Una media hora le llevó al océano subir suficiente agua para que flotara el ahora modorro vehículo. Quedamos entonces en total espera, al devenir de los ciclos vitales de la naturaleza. Para seguir, resulta que el Ramsés, impulsado por quién sabe qué sino, siguió al pié de la letra su derrotero y fue y se metió directito en el vórtice mismo del Canal del Infiernillo, en el centro mero de la bahía de Punta Sargento, donde dos fuertes corrientes marinas se juntan y hacen un oleaje picudo y bravío. En un principio se siente tan padre sobre las olas que hasta el vals de Juventino Rosas entonas. Vas como cuando te mecía en brazos tu madre, con el rostro en una sola sonrisa, expuesto al agua y al viento. Pero, después, ya que entras al canal, si no te quedaste pegado a la Isla y hay viento del sur, el Noto canijo te golpea de frente y comienza el sube y baja tupido. Poco a poco te acercas al punto donde las corrientes se cruzan y el mar se entrecorta y oscila y no deja un momento de estremecerte. Entonces, en tu rostro la sonrisa troca en pregunta y acatas todo empapado en tu azul poncho la orden del Capitán que te dice que vengas a hacer contrapeso en la popa; y acatas también cualquier otra que emita. Ya ahí te sientas a resistir uno y otro y otro cada vez más fuerte embate. Sin abrir boca, cada que te dan chanza las olas, volteas a ver al Capitán de soslayo y en la zozobra continua lo encuentras firme, en el timón 86

empuñado, en atención absoluta a lo suyo. Su traje de buzo en el que hace apenas una hora te parecía jocoso, cobra total sentido batracio, escamado y calientito por dentro, piensas, mientras sientes tú tus mandíbulas tiesas, heladas en tu poncho ensopado. Escurriendo tiritas. El Ramsés contó en ocasiones hasta cuatro segundos antes de que la nave elevada en su proa hacia el cielo, bajaba y tocaba de nuevo el mar encrespado. La que no llegaba a bajel se movía entonces trémula entre laderas líquidas, masas de agua que estallaban en diseminadas espumas. El posicionador geográfico giraba y giraba como aspa de helicóptero. En el clímax de la revuelta un seco ¡crac! de la quilla se escuchó nítido, cándido y prístino, al caer la panga desde la cresta de una elongada ola. Ipso facto ubiqué los ojos del Capitán Mantarraya, inmersos en su rostro impávido, expectante. —Coge el achicador y saca toda el agua que puedas—, ordenó asertivo, señalando un medio galón de plástico que había habitado por ahí en la cala durante todo el periplo, esperando el momento oportuno de cumplir su función salvavidas. Pasaron otros diez segundos que no fueron seguidos del estallido de las cuadernas, ni de la regala o la quilla, ni de la inundación plena. “Hemos de haber golpeado un punto sagrado”, aventuré para mis adentros, que también los hay en el mero estrecho del Infiernillo, uno de esos en donde dicen los Seris que adquieres poderes mágicos. Eso ha de haber sido, porque resistimos, aguantamos, no nos quebramos, dándole duro al achique, sacando la vía de agua que se acumulaba, pero no a borbotones, en el interior de la que entonces ya visos de buque adquiría. Buquesa, si al caso, mejor sería. 87


Pasamos otras dos horas de empujar contra el viento. El nivel de gasolina en el segundo bidón descendía sigilosamente, cual arena de reloj vitroso, pero el peligro mayor había ya cedido. Entonces comprendí que hacia él había estado orientada esta etapa del viaje: el Capitán piloto no hubiese dejado pasar la oportunidad de conquistar en su nave este portento marino. Tenía que ir a meterse al hoyo. Debo decir a estas alturas de este relaxo, que decir Ramsés me sabe así como decir Nabucodonosor, el rey persa. El Ramsés es de piel morena y cabello más bien hirsuto, de modo que la evocación, el aire de lo persa si viene al caso, pero más lo viene lo real del asunto; es decir, a lo de royal me refiero. La navegación marítima es un arte y una ciencia, dice la maravillosa Wiki, la tal Wikipedia, pues para llevar a buen puerto una embarcación, desde el punto de zarpe al de arribo, se requiere pericia para la maniobra y conocimientos diversos. No cualquiera. Hay que saber mecánica, herrería, electricidad, geografía, física, matemáticas, oceanografía, etc. Y hay que ser fuerte para mantenerse y resistir en tu cuerpo al mar que se siente invadido, en desafío. En cuanto a mí, podéis llamarme Jonás, si así lo deseas. No porque trate de implicar que regreso del fondo de una ballena, no. La misma Biblia reconoce que la historia de tan singular profeta —que se lo come y vomita un cachalote—, es sólo una alegoría, una metáfora, que para el caso es lo mismo. Un invento, pues. Un cuento. Nadie puede sobrevivir dentro de una ballena, aclara en su Moby Dick el Melville. Pero Jonás tiene un mensaje y en eso nos parecemos. Cada quién lleva un Jonás dentro y eso que no somos ballenas. Yo, que soy uno de tantos, me deleito con ese sueño.

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Los Seris Llegamos a Punta Chueca como a la tres de la tarde, cansados, mojados, asoleados. Esta vez nos aproximamos por su parte convexa a la punta en forma de anzuelo aperlado. Desde la orilla miraban la escena un par de Seris, uno joven y el otro adolescente. José y Aarón, nos dijeron luego sus nombres. Vieron cómo dos veces repetimos infructuosamente la maniobra del desembarco. —Súbete a la cubierta, coge el ancla y tírala cuando te lo diga— me ordenó el Ramsés, otra vez lacónico. Ya encaramado en la proa, atento a no enredarme en el cabo, dispuse el armatoste forjado. Lo lancé con todas mis fuerzas hacia el lado ordenado y apenas logré distanciarlo un par de metros, mientras que el Capitán piloto giraba presto la pangaboa 180 grados sobre su eje. Ya se disponía a tirar otra piola hacia la playa, pero el ancla no se clavó en el fondo. —¡Ah cómo serás bruto!— me gritó exasperado. —¡Recoge el ancla y enreda la cuerda!—, clamó enseguida junto con una retahíla de injurias. Entonces fue que recordé otra vez a Ismael, sí, el narrador de Melville, quién dice certero que vale más un Capitán vociferante, pero experimentado, que uno simpático e ignorante. Ya con los cabos arriba, giró la chalupa motorizada otros ciento ochenta grados y completó el primer círculo. De frente otra vez al par de Seris testigos, emprendió de nuevo ofuscado el procedimiento. —¡Súbete a la cubierta, coge el ancla y tírala cuando te diga!—,repitió el Capitán piloto la instrucción, pero ahora con más ahínco y contenida impaciencia. 89


Hice de nuevo mi mayor esfuerzo, giró la que tampoco es balandro otro medio círculo, lanzó el Capitán hacia la orilla la piola y… no se ancló de nuevo la lancha en el fondo. Estalló el Ramsés en gritos y ofensas que lograron sacar a los Seris del quicio desde donde nos observaban ya sonrientes y atentos. Por suerte o aprendizaje, la tercera vez sí fue la vencida y entonces los Seris se acercaron bien diligentes, capturaron al vuelo la cuerda con mucha esperanza lanzada y pudimos por fin pisar tierra firme. Luego de saludar de mano y mencionar nuestros nombres, sobre la arena nos derrumbamos. José y Aarón son primos, parientes del Chapo. El primero tiene 20 años y un hijo. El segundo tiene catorce. Ambos, deleitados con nuestras torpezas, aún contenían la risa por cortesía. Ya que recuperamos un poco el aliento, subimos y bajamos de la lancha el huacal con la comida restante, las mochilas con las cámaras y otros aparatos completamente empapados. En el inter llegó Lydia, robusta y alta, morena; una mujer como de cuarenta años, de brillante y frondosa cabellera negra azabache, lacia y larga hasta su cintura. Vestía una falda de pliegues oscuros, que se estiraba hasta los tobillos. Caminaba descalza. En sus manos traía collares de conchas y huesos coloreados, una foquita tallada en piedra y un cesto de fibra de torote tejido a mano. Nos ofreció en silencio sus creaciones, alargando los fuertes brazos. Por 50 pesos me vendió la foca. Al rato llegó su esposo y pronto estuvimos conversando sobre ellos y sobre nosotros, ¿quiénes éramos?, ¿de dónde veníamos?, ¿qué hacíamos, porqué estábamos ahí tan expuestos?, nos interrogábamos desde ambas nociones.

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Aarón dibujó con un dedo sobre la arena las tres vueltas que dimos para el desembarque, mientras le narraba entre carcajadas las peripecias a quienes se acercaron a disfrutar el jolgorio. Recibieron complacidos la comida que no consumimos y luego de que les enseñé los huesos recolectados, los Seris me dijeron su nombre en su idioma. Desfilaron así las conchas y la boca de raya, y cuando les enseñé la cabeza que tenía forma de perro, pero no podía serlo, por los brazos con cúbito y radio, exclamó el Aarón bien seguro, casi gritando, —¡Es un dinosaurio!—, arrancando más carcajadas de sus parientes mayores. —¿Y tú?, ¿qué eres, pues?—, volvió a preguntarme el chavo, aclarando que había creído que era yo gringo, por la cara más pálida, el susto y el sombrero de palma, agujereado y mojado. —Es paleontólogo—, dijo en español muy propio y certero su padre, al mismo tiempo que yo contestaba en tono bien serio que era huesólogo. Por cuatro segundos se hizo el silencio. Lydia, que hasta entonces no había abierto la boca, lo rompió repitiendo lentamente y con tono de duda…Hue-soólogo…todos rompimos en risas y yo me sorprendí con el destello níveo de su dentadura postiza. Los Seris padecen de caries severas por la ausencia de agua dulce y por otras tantas carencias. La mayoría tiene sus dientes casi completamente roídos, de color café amarillento. Como sonríen con harta frecuencia luego notas los huecos en el contraste de sus rosas encías. Estuvimos ahí acostados como dos horas, esperando nos dieran noticias sobre el estado del mar rumbo a Bahía Kino. Luego que nos confirmaron que estaba calmo, decidimos continuar el retorno. Nos despedimos de nuestros amigos y en el andar me encontré con Ernesto, el Seri contacto de los 91


americanos que encontramos en el Tecomate. Me prestó su teléfono y hablé con Lucía para decirle que había pasado ya de regreso el charco, que estaba a salvo, salvo por lo siguiente. Cuando las cámaras se secaron, acomodamos todo de nuevo en su sitio y salimos contentos rumbo al puerto de inicio, para completar un primer gran círculo.

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Anastomosis Anastomosis es una palabra que incluye John Steinbeck en un glosario al final de su libro La bitácora del mar de Cortés. John Steinbeck, otra de las grandes maravillas a donde me llevó escribir este relaxo. Escritor californiano, premio Nobel de literatura en 1962, de los más conocidos y leídos norteamericanos. Anastomosis, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es la unión de unos elementos anatómicos con otros de la misma planta o del mismo animal. Mas su significado puede extenderse, en general, hacia la unión de elementos semejantes, como los cristales de cuarzo o las estalactitas y las estalagmitas, en geología; o las venas o cualesquier otras estructuras tubulares, en medicina y en biología; o al enlace entre individuos o entre sistemas, en la comunicación e informática; o los capítulos o cualesquier partes de un texto, en literatura. John Steinbeck, un hombre de pensamiento holístico, precursor de las teorías del caos y de la complejidad, muy distante de los unidimensionales que proliferan en nuestro tiempo. De modo que al escribir esta parte final del viaje en estos tres días, no pude hacerlo hasta descubrir que en muchos sentidos estaba en curso de no una, sino muchas anastomosis, por decirlo así, propiamente. Resulta que estaba en pleno proceso de anastomosización, digamos que en muchos sentidos anastomosizándome contigo, lectora, lector, conmigo mismo, con el que fui antes del viaje y con el que hemos sido y somos después de lograr un objetivo significativo, un ideal buscado por muchos años; con mi Capitán piloto, que muy pronto dejaría temporalmente de serlo; con todas las partes y 93


palabras de este discurso, que aún flotan cual cabos sueltos y que hay que enlazar en un buen final y en medio, en los inicios de cada tramo, en sus desarrollos y desenlaces, en la evocación y las fuentes. La propia experiencia y Melville y Diana y Steinbeck y Clavijero, el sabio y monje jesuita mexicano del siglo XVII, a donde me llevó Steinbeck y aún no comienzo ni a descubrir siquiera. Al inicio de este periplo me dijo el Ramsés al salir de casa, dale por ahí para ir a comprar unos cabos y de inmediato le hice caso, a pesar de que para nada entendí lo que quería. Ya en la tienda de enseres, supe lo que deseaba al verlo caminar presto hacia unos carretes, montados sobre los ejes de unos estantes, plenos de piolas color amarillo. Luego, al describir nuestro primer arribo al poblado de Punta Chueca, cuando escribo que estaban allí, con parsimonia, unas lanchas amarradas de sus colgantes cabos, la imagen deliberadamente queda igual de difusa, me parece, tanto como si hubiese escrito que las cuerdas, cómplices con la gravedad, dibujaban en el paisaje unas perfectísimas catenarias. Después, al estar hilvanando todo esto, ya en la anastomosis entrado, pensé que sin duda todo mundo entiende la palabra cabos, cuando se usa en alguna expresión como no dejar cabos sueltos o la de al fin y al cabo, de cabo a rabo o atando cabos, o al referirnos a unos soldados al decir que son simples cabos, sin que sepamos, curiosamente, el porqué se usan así en el lenguaje tales muletas o estribillos, ni mucho menos nos demos cuenta lo modernos que estamos siendo, holísticos y complejos, al usar una flamante sinécdoque, llamándolo al todo con el nombre de la suya parte. El cabo que es cuerda entera también es final de la misma. Es un fractal. Una trama, por su parte, es un conjunto de hilos, cabos inicialmente sueltos, que cruzados y enlazados 94

con los de la urdimbre forman una tela, un tejido. Y es también la disposición interna, la contextura o ligazón entre las partes de un asunto u otra cosa, como el enredo en una obra dramática o novelesca. O el del hilo de la caña de pescar, cuando ha salido de curso. En el caso particular del relaxo de un viaje, sin duda que ayudan las etapas del mismo, son éstas el tronco de la narración, fluye el tiempo lineal, aunque puede Jonás recurrir a la digresión como recurso de cuando en cuando, para agarrar aire, complementar, romper el enfado o el hechizo, incluso. Vivimos a la carrera, frecuentemente hipnotizados por la telera, persiguiendo el bistec, no queda tiempo. Hay que cuidar al lector, atraparlo, pero que no se sienta en captura, que se escurra, libere y crezca re laxo. El Jonás que todos llevamos dentro puede también recurrir al flashback, a través, por ejemplo, de la repetición simple de una palabra como catenaria, que evoca o contiene una fuerte carga, como los chalecos perdonavidas, colgados en la estructura de la panga, insinuando sin hablar un astroso naufragio. Y otros recursos, mañas y triquiñuelas. Las fuentes y las muletas adquieren visos de personajes, como lo ha sido Melville, Jonás, Parsimonia, Diana, Protocolo y Tiburcio, aunque sean escasos y tangenciales. ¿Y la Pangaboa?, ¡no se diga, la Reina Elena! Esa nobilísima embarcación que nos llevó y nos trajo a salvo en su seno, por más de 105 kilómetros sobre las aguas del mar bermejo. Al final lucía orgullosa y oronda, elevada sobre el remolque; fresca, lavada; muy bien dispuesta para la próxima. Todas estas ideas están aquí para sustituir la tristeza, por ir encaminados ya hacia el término de este fantástico y real episodio en la vida modesta de unas cuantas personas, en un tiempo aciago y austero.

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Roberto, ¿me copias? Salimos por fin de Punta Chuca rumbo a Bahía Kino, un domingo como a las 5:30 de la tarde. Aarón quería que nos quedáramos a acampar ahí esa noche, pero mejor le tupimos. Será que mengua el entusiasmo después de andar tres días al aire o que habíamos tenido ya suficiente de navegación y de agua, o que uno de los Seris jóvenes empezó a murmurar sobre lo que les habían hecho los blancos a sus antepasados. Platicó que de los últimos dos forasteros que habían dormido en el Tecomate, uno murió a los tres o cuatro días de su regreso. Decidimos venirnos. Apenas rodeamos la punta y el mar no estaba ya encapotado. Recorrimos de retache los cuarenta minutos, las luces sobre las terrazas en las casas nos antojaban la puesta del sol que caía atrás de la Isla. Los esteros y la vista de lo que será la costera, nos preguntaron si ésta será la destrucción de tanta belleza. Durante casi todo el trayecto el Ramsés estuvo por la radio llamando al Roberto, para avisarle que llevara el tractor y acomodara el remolque en la rampa para el desembarco. -Roberto, ¿me copias?-, repitió y repitió la demanda como unas diez veces en todo el viaje y el Roberto nomás no copiole. Poco después aparecieron de nuevo el Cerro Prieto y sus derredores. Cuando llegamos a Kino estaba ya pardeando y desembarcamos temporalmente frente a un par de marinos de la Secretaría, que se despertaron con nuestra repetida maniobra. Localizó el Ramsés al Roberto en un festival de su hija y pronto vino y nos sacó con la panga en un instante. La jalamos en la picap y con cuidado rodamos hasta la casa que tiene el Ramsés en tan bello puerto del 96

hasta hace muy poco llamado con exactitud litoral sonorense. ¿Quién sabe cuánto así dure? Desde hace años los mexicanos se los quitamos a los Seris y desde hace menos se lo estamos vendiendo a los gabachos. Allí dormimos y a la mañana siguiente se nos fueron un par de horas en lavar cada artículo, cada aparato y la barca toda. Desayunamos y nos fuimos al pueblo a buscar al Rascail, un amigo pescador de Ramsés, quien estuvo una vez por cuarenta días en el Tecomate. ¡Cuarenta días! Nosotros apenas tres estuvimos y ya hice todo este barullo. Ahora cuarenta. Tenía que conocerlo. Así que lo rastreamos hasta encontrarlo y lo invitamos a tomar unas cervezas. Ya luego nos llevó a donde están procesando medusas unos pescadores amigos suyos, para venderle a los chinos. Anduvimos por ahí deambulando de un lado a otro en el pueblo. Nos platicó el Rascail que la última vez que estuvo en el Tecomate, cuando pasó allí los cuarenta días, iba con el Mario, un pescador que comenzó a desesperarse en el aislamiento y fue a dar al cementerio, donde encontró en una cruz colgado el esqueleto de un Seri, orientado sobre la terraza hacia la Bahía, como si fuese su centinela. Como a los treinta días comenzó a hablarle al crucificado, luego se le acercó y lo sobaba, hasta que terminó bajándolo, pues le pareció que sufría. Cuando finalmente fueron a recogerlos, ya del difunto no se acordaron y lo dejaron ahí en el suelo, tirado. Muy contentos regresaron sanos y salvos a Bahía Kino, después de una cuaresma de ausencia, pero a los tres días murió Mario, el pescador, sin causa alguna aparente. La escena sin duda se antoja perfecta. Imagínate cómo la vieras en el centro mero del círculo exacto de un catalejo, si vinieras a bordo de una embarcación cualquiera, rumbo al sur del Mar de Cortés, desde su 97


parte norte, por el rumbo de Salsipuedes, hacia la Bahía de Agua Dulce. Imagina además que vas viento en popa demasiado fuerte, que buscas refugio y que sabes que existe en Agua Dulce, en el Tecomate. Sopla el Septentrión que es un contento. Es entonces que despliegas tu visual adminículo, te asomas y perfilas con gusto el litoral que es regazo. Mas, de pronto, sobre la terraza que está enfrente, distingues una figura tan familiar que suele estar cerca, en cada cama, en su cabecera, pero sólo la encuentras en las iglesias católicas en ese tamaño, nunca al descubierto. Ya el viento te puso más cerca y entonces es que ves el macabro esqueleto con los cabellos entreverados en los cruzados postes. ¿Tú, llegarías? Dijo el Rascail que nunca había estado en la sierra y que quería conocer Yécora y la cascada de Basasieachi. Le prometí que algún día allá iríamos, pero eso será cuento de otra historia, porque esta que viene de un viaje a una Isla, va ya encarrerada hacia la narración de otro viaje, otras Islas, las de cada persona.

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Sobre tiburcios y otras aristas Quienes se enteran que a la Isla del Tiburón he ido y que en ella, ellos o ellas, jamás han estado, o sólo desde la playa la han mirado, siempre me preguntan inquietos o inquietas, si ¿qué ondas con los tiburones? Dan por un hecho que la isla se llama así porque allí hay muchos de esos feroces escualos. Infestada de tiburcios picudos. Nunca por esos lugares me he topado con uno, tampoco en el mar he nadado a medio Canal. Sé que en efecto hay muchos y de variados tipos, por lo que he leído. Tiburón ballena, tiburón peregrino, blanco, bonito, mamón, ángel, cornudo, tintorera, azul, gambuso, volador, sardinero y martillo. Son los ricos nombres comunes de casi todas las especies de estos dientones que habitan en este Golfo de la cállida fornax, que por semejantes presencias, por sus marejadas y por sus arenosas y nacaradas puntas, es considerado entre los más peligrosos para navegar en el mundo. Rhinconodon tipus, Catorhinus maximus, Carcharodon carcharia, Isurus oxyrinchus, Mustelus lunalutus, Squatina californica, Heterodontus francisi, Galeocerdo cuvier, Prionace glauca, Charcharinus leucas, Charcharinus lumbatus, Rhizoprionodon longurio y Sphyrna lewini son los correspondientes apodos que el lenguaje científico les da a estas fieras presuntas, según el catálogo Peces del Golfo de California, publicado por Donald Thompson y Nonnie McKibbin, disponible desde hace 25 años en el Centro de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de la Universidad de Sonora. Y la cita se incluye no sólo por el realce que da el latín o el ornato que otorga la letra cursiva, o para 99


llenar más espacio, sino para reforzar las cercanías estrechas que se puede encontrar uno en tierra adentro, en nuestras ciudades, en el tráfago de todos los días, con sujetos y sujetas que nos comportamos muy fieles a lo que los nombres y los apodos de estas bestias indican. ¿A poco no es fácil encontrar entre nuestros conocidos al cornudo, al volador, la tintorera, el martillo, el mamón, no se diga, el Galeocerdo cuvier, el Rhizoprionodon longurius, especialmente entre quienes nos gobiernan? De la evolución somos hijos, no sólo nos parecemos. Somos. Mas no hemos de imponer nuestras razones, hay quienes se aferran a sus creencias y no tiene algún caso pretender convencerles que no estamos lejos del chimpancé, ni de las moscas, mucho menos de los tiburones o los delfines. Según Carl Sagan, el físico astrónomo, el mejor indicador de la inteligencia de una especie o de un individuo es la relación entre los centímetros cúbicos en el volumen de su cerebro y el peso de su cuerpo entero. Acomodados todos los animales en esa métrica, los humanos resultamos primero. Para ser justos, la mujer primero que el hombre y, en tercer lugar, enseguidita pegados, están los delfines. Una noche de las que acampamos en la Isla con David, Pancho y otros Seris, le pedí a don Antonio que me platicara algo sobre los delfines, que me contara que significaban para él estos fantásticos peces gordos y ágiles. don Antonio volteó, me miró directamente a los ojos, quizás sorprendido, tratando de dilucidar si mi interés por estos animales era genuino, si no me lo estaba cotorreando, acaso. Desconozco lo que encontró en mi rostro, porque enseguida dijo: —Ahí en Punta Chueca, tengo un amigo que todavía vive, lo puedes encontrar por las tardes 100

caminando entre el caserío, se llama Ramón Gutiérrez. Él me contó que un día andaba pescando por allá en Punta Tepopa, a un ladito de Punta Sargento y se le vino de repente una marejada tan fuerte que en un rato le hundió el pangón y toda la pesca que había ya juntado. Llovía y el mar estaba muy bravo, el aire brumoso no le dejaba ver y las corrientes marinas lo sarandeaban y no le dejaban salir a la orilla. Luego de nadar por cuatro o cinco horas sin rumbo, agotó todas sus fuerzas. Ya casi resignado a dejarse ir hacia el fondo, vio cómo se acercaba un grupo de grandes peces. Eran como quince y todos con triangular y torsal aleta. Como les vio nadar tan resueltos directamente hacia donde él se encontraba, cerró los ojos y se dispuso a morir bien mordido. Pero pasaron otros cuatro segundos. Al sentir que se movía sin hundirse, sin recibir en su cuerpo incisión o golpe alguno, entre abrió los faroles y vio cómo los peces que hacia él venían, lo habían escoltado. Eran delfines. Acomodados como en los vértices de un doble cubo, lo protegían sin tocarlo y con su nado formaban un oleaje uniforme que desplazaba unos ocho metros cúbicos de agua con él en su centro. Así lo llevaron hasta la orilla, poniéndolo a salvo. —Así custodian los de la marina en sus lanchas a las de los narcotraficantes, pero por arriba del agua, a la vista de todos en el Canal del Infierno—, me dijo el David cuando le platiqué la anécdota de los delfines que me narró don Antonio. Un ejemplo más de isomorfismo, pensé mientras en las sonrisas descubría sus tiernas encías y un que otro diente. Una prueba clara de cómo son nuestros parientes, ambos, los Seris y los delfines. Los Seris sobrevivieron no hace mucho el intento de exterminio. Ahora la carretera costera se cierne como nueva amenaza sobre ellos y sobre su 101


entorno, el Canal, la Isla, su territorio todo. Otra amenaza es el narcotráfico y, quizás, vengan junto con pegado. Es hasta hace apenas como unos diez años que el tráfago de estupefacientes encontró la bondad de las rutas marinas para sus propósitos. Veloces embarcaciones menores salen desde el sur de este continente y transportan en bultos cerrados de plástico toneladas de cocaína y otras sustancias volátiles. De cuando en cuando algo no bien se arregla y los portadores tienen que lanzar su carga fuera de borda. Dicen que en el fondo del mar a veces los delfines con sus estiradas mandíbulas perforan los paquetes y desparraman en las aguas profundas su contenido. Luego beben el caldo pastoso y pegan de brincos hasta que se les funde el cerebro. Los estragos de esta droga son semejantes, o peores, en los humanos. Es demasiado el monto de su valor en dinero. En las ciudades la demanda es alta porque los hombres la paz perdimos. Y la brújula y la compañía. ¿Iremos a recuperar algún día la sensatez y el cariño? Quizás. Ojalá.

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Steinbeck y la submergencia En el transcurso de su creación, se aleja el pintor de su caballete para contemplar a la distancia su obra. Desde allí la observa, se abstrae y en el conjunto encuentra un detalle que falta, un giro que exalta, un elemento que amarra o un color que hace ruido. Vuelve entonces sobre el lienzo y agrega unas chispas de luz que son blanco, una silueta, algún personaje siniestro que complementa la placa. Semejante procedimiento sigue el compositor que fluye en su música y la navega; en determinado momento, en la apreciación completa de su melodía, sin verla un instante, sube una nota, la baja de tono y encuentra un bemol que colorea el sonido o da pie a una fuga por la que mana un nuevo torrente de sostenidos. Ambos artistas, pintor y compositor, cuando así proceden se regodean en el acabado de sus creaciones, las pulen; terminan. No están nada lejos del escultor ni del dramaturgo, mucho menos del chef que en un solo platillo recrea sinfonías, acuarelas, óleos y hasta capillas sixtinas. Tampoco se diferencian del escritor, que para acabar ha de leer una y otra vez lo que lleva ya escrito, para despejar incógnitas y para dejar otras irresolutas. Ya desde 1941 Steinbeck reporta el despojo que en el Golfo de California hicieron los japoneses con el permiso de las autoridades mexicanas. Hoy casi ya no quedan peces ni nada en las aguas inquietas del mar bermejo. Registra también desde entonces el autor de La Perla y de Al este del paraíso, la hipótesis de la submergencia, le llama, que sostiene que bajo la península hay un agujero, un gran túnel que conecta las aguas del golfo con las del Pacífico. Y esto lo 103


sustenta con el hallazgo de que en la colección de invertebrados marinos, levantada durante todo el trayecto de su aventura, al norte de una latitud definida coincidían las especies en ambos lados de la península, mientras que hacia el sur de esa latitud cercana a la de Bahía de Magdalena, las especies eran otras, distintas. —¿Cómo es que llegaron hasta estos septentrionales sitios las miríadas de moluscos, erizos, gusanos, cangrejos, si es tan elevada la cordillera que hace de línea continental en el medio de la península? ¿Recorrerían la costa con la ayuda de las mareas, todo el litoral hacia el sur más austral, le dieron la vuelta a Cabo San Lucas, pasarían por la Paz y Mulegé, hasta arribar al paralelo de inicio?—, se preguntaba Steinbeck. La hipótesis de la submergencia también la sustentan algunas leyendas que todavía circulan de boca en boca, como la de las ballenas que fueron vistas en el Pacífico y luego encontradas, la misma tarde, en la parte norte del mencionado sobaco en este rumbo del mundo. Y si muchos no creen en la existencia de estos túneles en la Baja, que se vayan a Tijuana, diría uno muy agresivo, pero esos túneles tienen otro propósito. Cuando en la mera zozobra, a la vuelta ya del logro anhelado, después del clímax que significó la estancia en el Tecomate añorado, en lo más fuerte del bamboleo marino, un gran consuelo y aliento me dio recrear la historia que me platicó don Antonio, sobre los delfines. En el umbral del delirio, mi mente se embriagó con la idea de que si reventaba la quilla, tal vez una escuela, cardumen, multitud, caterva o muchedumbre de delfines y marsopas nos escoltarían bajo las aguas, luego de sufrir el sofoco y la asfixia en el remolino, hasta llegar a un ancho pasaje, incrustado en sus bordes de preciosas rocas multicolores, por el que 104

íbamos hallando negros zafiros, verdes topacios, amarillo esmeraldas, azules turquesas y amatistas violetas, encendidos rubíes, dorados diamantes y brillantes cristales, en ese túnel aparentemente oculto y misterioso en cuyo final emergíamos hacia un universo más amable y distinto. Ya me sentía jubiloso en el mundo de la creación y del arte cuando encontré entre las imágenes labradas por mis pensamientos a dos naves veloces, repletas de cargamento. No está peladito llegar a Utopía, lamentablemente. No obstante bien vale la pena el intento. En la proyección visualizas, vislumbras, imaginas, percibes, dejas por fin este mundo matraca y comienzas a imaginar lo que tanto deseas, que no haya hambre ni guerras, ni odios ni sufrimientos, tampoco violencia, ni complejos, envidias, robos, corajes. Que sólo haya gozo, sonrisas, disfrute. El paraíso.

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De coritas y helicoidales Y, bueno, ahora sí que para terminar habría que amarrar todos los cabos, como le hacen las Seris cuando tejen sus cestos con fibras de torote viejo. Traman sus canastas las Seris, sus hermosas coritas, en una espiral esférica semejante a la que guía el vuelo del águila quebrantahuesos en pos de su presa; y a la que siguen las arañas cuando urden alegres sus telas; y a la que liban los caracoles al construir sobre si mismos sus móviles casas; o a la de los insectos cuando se acercan a un foco, como cuando fue Jasón atrapado en la playa del Tiburón por el hábitat de las lagartijas; o a la de los brazos de los ciclones que luego hasta estos mares se meten a alborotar los bitaches; o a la de la trayectoria hacia el fondo marino que hubiésemos recorrido en vorágine, de haberse roto la Reina Elena; o como la del sendero al que esta escritura llevó, desde Diana, Minerva, don Antonio, Melville, Steinbeck y Clavijero, a quien por fin encontré a través de Sofía, a la que a su vez hallé, como siempre, en la biblioteca, rodeada de gente y de estantes, en su incansable odisea de promover la lectura, entre libros antiguos de frailes e indígenas, tierras incógnitas y viajes de mil venturas y doscientas mil desventuras; o como en los también brazos de otra espiral, ésta supermega, la Vía Láctea, nuestra pequeña parte del Cosmos; o como en la de la hélice doble, la trama más profunda de la vida, que no es otra cosa que un par de espirales tridimensionales entreveradas, que se crean y recrean infinitamente en líneas girando en torno de un punto, del cual cada vez más se distancian, pero al que siempre en eterno retorno procuran, como las Seris, que tejen sus cestas en espiral enredando las fibras del torote sobre sí mismas, sujetándolas con puntadas verticales para 106

formar el soporte, mientras que piensan en tantas y tantas espirales de las que está hecha su vida. Jamás podré comprender cómo es que estas mujeres construyen tan perfectas sus obras, menos luego de ver las ecuaciones matemáticas que las definen. Lo único que me acerca a este entendimiento es cuando leo que ellas poseen el milenario conocimiento de sus ancestras, mantenido vía oral por generaciones. Con gracia, paciencia y gozo, en armónica combinación de movimientos traslatorios y rotatorios, van ajustando todos los cabos, las fibras, hasta que no queda una suelta. Resulta así una corita hermosa, firme, útil, a la que nada le sobra, impermeable y viva, pues cuando está llena de líquido, se moja y se hincha y no deja que fluya hacia afuera una gota. Además, decorada con formas geométricas y simbólicas, de colores de raíces y flores. La más profunda trama de la vida tiene forma de hélice doble. Lo demostró Watson en el pasado y arbitrario milenio. De filios que vibran están hechas las partículas más elementales de la materia, sostiene ahora la teoría de las cuerdas. La de los cabos, pudiera también llamarse. Todas las cosas están tejidas, hechas de trama. Tramadas. Esta de ahora, a la que tratamos de poner en feliz término, no se deja, resiste, no se resigna; seguir quiere, surcando a sotavento y a barlovento, ¡a babor y a estribor!, arribabajo, de lado, por donde sea, en cada una de las hélices, desde la parte hasta el todo y viceversa, en sinécdoque espiralosa y continua. Es difícil terminar con algo que te da tanta dicha. Te afanas en seguirle sacando. Te preguntas cómo concluir sin hacerlo y como respuesta vuelves a toparte con la espiral, que es abierta, con infinitas posibilidades e insinuaciones. 107


Aunque lo que se relató aquí, esta aventura aparentemente nimia, no tiene el supuesto rigor de la ciencia, ni es un viaje como el de Cook, ni contiene la tragedia de Los Miserables, no deja de ser la propia odisea y por ende vale cual la de Ulises. Claro, Homero es Homero y su tocayo Simpson vaya que tiene lo suyo. El caso es que le encuentras pasión y sentido, ya en la anastomosis total, bien anastomosizadote, te asombras luego de descubrir con Clavijero, Francisco Javier bendito, que el nombre mismísimo de la California, fue puesto en el principio a un solo puerto; pero después se fue haciendo extensivo a la península toda. Es pues la cálida fórnax otra sinécdoque. Una más. Otro ejemplo confirmatorio de la vigencia de los isomorfismos en la naturaleza y del enorme poder creativo que te da la capacidad de saltar de la parte al todo y viceversa, porque fue así como se escribió este relaxo, comenzando por el principio, siguiendo por lo siguiente y volviendo cada vez al texto completo, mirando a distancia —como el pintor, el compositor y el escultor—, para volver al detalle, encontrar rumbo y capar al marasmo. Clavijero me llevó a Sofía y ella de vuelta al sabio monje veracruzano. Clavijero, el gran naturista mexicano, cierto, ensanchó mi óptica. Al viajar hay que atender hasta a las piedras, recomienda; insectos, peces, cuadrúpedos; plantas útiles por su fruto, por su tallo, semillas, raíces, además de las costumbresy creencias de las personas; nada debe escapar al registro de un viajero. Mi visión, en verdad, no llegó a tanto, pero Clavijero ni siquiera estuvo en Baja California, ni en el Mar de Cortés, ni en el Tiburcio ni en Sonora, lo cual es sin duda una gran paradoja. Pero dejamos por lo pronto a esta figura en paz, quizás en la otra historia. 108

Un viaje a la Isla (del Tiburón) ha sido descrito. No es el único, ni el primero ni el último. Con tal fin, a muchas palabras el Jonás recurrió, muchas acciones hizo. Puede también afirmarse que en su escritura, además de la distracción, emoción y estímulos vívidos, cogió boleto para hacer otros muchos viajes, a otras Islas, la de si mismo y la de cada uno de ustedes, con su permiso. ¿Qué es un lugar común? En efecto. Todos llevamos un Jonás dentro y eso que no somos ballenas, ya quedó dicho. El punto es que en un viaje a la Isla, descubrí y saldé un pendiente que tuve, una deuda contraída en la infancia, un anhelo desatendido, una ilusión olvidada; una traición; una ruptura, una pérdida y un desvío que con el devaneo de los años, en el silencio hicieron labor de zapa, callados, latientes; orientaron mis pasos, acumulando energía, conceptos, palabras, lenguajes, hasta emerger incontenibles en este gran mazacote cuya escritura y lectura fue -y es- otro fascinante viaje hacia el fin de un mundo y la apertura de otros tantos. La apuesta por realizar tus sueños es mejor que su olvido, sin duda.

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Las aves no saben cuando es Domingo, ni los arroyos esperan a que sea MiĂŠrcoles para salir


De anticipos e intenciones La comida, nutritiva y suficiente; la ropa, térmica e impermeable; las herramientas y los utensilios, leves y eficaces; el balde, indispensable; las botas herméticas y resistentes, lisas, de las que no sacan ampollas, pues allá en el bosque es un deleite caminar por laderas y arroyos, arribabajo, en cañadas y en colinas, por las mañanas y en los atardeceres, a pleno sol y hasta de noche. Espero estar diez días completos en la sierra sonorense, sólo con mis libros, música, pluma y cuadernos. Música escrita para flauta transversa y música grabada de violines, piano y timbales. Libros de yoga, filosofía, historia y novela. Voy como en retiro. Me preparo con té, miel, granos, fruta, verdura, poca harina, nada de azúcar, ni alcohol ni otros efluvios. Estaré en el ascetismo un rato. Quizás pase días sin hablar y de seguro habrá momentos en que no halle qué hacer, tal vez me aburra y desespere. Aprovecharé entonces para meditar, relajarme o dormir. Quiero pensar, sentir y escribir, hacer ejercicio, caminar y entrar en contacto con natura. Llevaré navaja, jabón y binoculares. Espero estar bien y ¿regresar?: ¿quién sabe?. Falta ya nada más día y medio para partir. Estoy emocionado. Saldré del internet, del automóvil, la ciudad y los espejos donde no encuentro sentidos.

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Del llegar a donde querías: en un cuadro de Rembrandt Llegaste hace como unas cuatro horas y no has parado. Animado por el clima y el paisaje, bajaste las cosas de la picap y las acomodaste en la cabaña, arriba, abajo, instalaste el gas, la placa solar, la batería y la cortina del baño. Pusiste y dispusiste hasta que te dio mucha hambre, cerca de las cinco de la tarde. Herviste entonces en baño maría un par de calabacitas partidas en mitades, les pusiste queso, cebolla, chile verde, tomate y ajo, picados. Luego añadiste una pizca de sal y las acompañaste con medio sandwich de jamón en pan tostado. Con eso te repusiste y esperas no comer más hasta mañana. Vas a hacer yoga, a meditar y bañarte en el arroyo en estos días. Estarás en sana paz. Te internarás en el bosque al amanecer mañana. Esta vez irás con rumbo al oriente. No sabes esa dirección qué te depare, esperas que no la muerte. Por las noches, saldrás a contemplar el cielo, la luna y los planetas. La Vía Láctea se ve clarita, parece una gran mancha de estrellas y de polvo cósmico, es la leche de Venus derramada en el firmamento. En la ciudad ya no se ve, de tantas luces; paradójico se te hace. Nada buscas, nada te hace falta; sólo un poco de jabón para los platos y un tanto de pimienta para el sazón en la cocina. ¡Llovió ya! Y llovió fuerte. Y entró el agua por la terraza a la cocina. La lluvia llenó el tinaco con agua limpiecita, alcanza para que te laves la boca y limpies platos y baños unos días. Suena ahora el arroyo bien contento. Va pleno y no deja de cantar un solo instante, sus aguas brillan cristalinas. Es un arrullo blanco, de 114

esos que limpian inconscientes, no como los que ponen en las oficinas para que te aguantes. Entre que escribes y meditas tratas de enderezar tu columna entera, fijas la visión horizontal y miras hasta el punto más lejano: bosques, montañas, cielo y nubes te envuelven y fascinan. Quisieras ser como un valle fértil y extendido. No huelga decir que a tanta soledad luego te acostumbras, saboreas la libertad y ya en veces te parecen más difíciles las circunstancias. Ya les has dicho a las arañas que por favor te disculpen pues muy pronto tendrás que destruir sus telas, temes que en un descuido, tuyo o de ellas, te ataquen y te piquen. Dispuesto a despedir la tarde, sales a cortar un poco de anís para hacerlo té caliente. Afuera, súbito te ves entre decenas de flores violetas y doradas que no viste cuando llegaste porque sus capullos estaban cerrados, pero ahora el ocaso los abrió en forma de trompetas heliotrópicas, sea para despedir al sol o para darte inolvidable bienvenida. Ahora escribes sentado en la hamaca. Has preparado dos sitios para relajarte. Uno es una tabla lisa en forma de escritorio, empotrada junto a la ventana frente al arroyo. El otro es un catre super cómodo. En ambos sitios colocaste inflables de hule y toallas. Como no esperas a alguien, saboreas tu infusión de té. Has dejado que crezca tu cabello y ya casi no lo peinas. Lo lavas diario, eso sí, no estás tan abandonado. Tampoco te ves en el espejo porque quieres olvidar tu rostro y más te atrae el brillo de las gotas del rocío. Tienes lista ya la cama, envuelta de tul blanco. Anhelas dormir plácido la noche entera, no importa que afuera llueva, truene y relampaguee. En el silencio y en la oscuridad, cada cosa que haces te parece tener un sentido místico, cada paso que das, sientes. Todo 115


está medio borrado. En las ventanas, a contraluz se dibujan los paisajes. Sombras y siluetas aparecen derredor. Cada ventana es como un cuadro que cambia su lienzo según la hora del día, el sitio y la dirección en que lo miras. ¡Fantástico! Veinticuatro ventanas tiene la cabaña. Como te resistes a prender la luz eléctrica, mejor enciendes una vela: estás ya dentro de un cuadro de Rembrandt. Llegaste. Estás donde querías estar, alcanzaste tu objetivo. Lo que muchos dicen que desean tener, tú lo hiciste. Hoy te cobijan el bosque, el arroyo, el cielo y la montaña y todavía no aparece un lobo que te quiera molestar. Ya mañana verás si todo esto te ayuda a escribir. Hoy, en la penumbra de la noche, solo, en el bosque cantas ¨Gracias a la vida, que me ha dado tanto…¨, y me seguirá dáandoo, agregas y prolongas…

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¡Que crezcan los ríos y se mojen los campos, que se colme la tierra! Desperté como a las cuatro en punto. La neblina envolvía todo de blanco. Aunque me dormí desde antes de las nueve, la cama me retuvo en el retozo, estirándome hasta el amanecer. Cuando me levanté me puse a hacer ejercicio, calentamientos, yoga y Tai chi. Luego me bañé con agua helada y salí a ver cómo pintaba el día. Afuera hay flores de todos colores, formas y tamaños. Me gustaría conocer sus nombres. Hay unas pequeñitas, apenas con un tono de verde, en forma de rocío; otras, de pétalos blancos, tienen el centro amarillo intenso como el sol, parecen margaritas. Hay otras rojas rojas y otras azules y moradas, en forma de trombón; creo que así captan el sereno o las abejas, que ya andan afanosas por ahí. Las que más me gustaron son las que ayer te recibieron, unas con formas de corneta o cucurucho, que al ponerse sol se abren y parecen sonreír. Ya manda el sol a la neblina que disipe. Ya se escuchan los mugidos del ganado. Ya pasaron Luis y Josefina con la leche de la ordeña. Ya me trajeron el jabón para los platos y la pimienta para el sazón de la comida. Escribo sobre la mesa de la cocina. Desde aquí veo la gama de verdes con que se han cubierto bosques y praderas. Es el agua bendita que no falta. Estoy lejos de todo y de todos, en la dizque soledad del monte. Y digo dizque porque sobran animales. He barrido arañas, escarabajos, moscas y ratones. Por las noches se escuchan ruidos de perros y coyotes. Un caballo corre brioso en la meseta junto al 117


bosque. Los pájaros abundan y encantan con sus chiflos. Los humanos son los que escasean, pero igual están allí en el pueblo a un tiro de mata o vienen por acá desde muy temprano a trabajar en el campo o en los corrales. Y es que me ha dado por agarrar monte. Cierto que el infierno del verano en Hermosillo es suficiente para huir en pos de tierras más templadas. No sé cómo aguantan quienes pudiendo irse permanecen. He llegado a pensar que hasta sufrir calor les gusta, son calorifílicos. Cierto también que estuve seis semanas en función de abuelo, mañana, tarde y noche. Y cierto que hay en mí proclividad a lo sesgado y que quizás por eso pueda estar cuasi desnudo, recostado en la cama alta que permite ver todo a la redonda, sin ser visto, siquiera, un ápice mi cuerpo. Me olvidaré también aquí del tiempo, desayunaré cuando tenga hambre y energía para cocinar. Acá no tengo la mesa servida, ni prisa, ni obligación alguna. Lo que haga será por gusto, necedad o necesidad. No pude contenerme y con mis manos arranque toda la maleza que invade el borde de la cabaña. La tierra está empapada y salen fácil las raíces, ahora puedo caminar por la banqueta sin mojar mis pies y sin temor a que un gusano, una víbora o un escarabajo me incomoden. Traje para leer: Mi vida entre bosques y lagunas, de Henry David Thoreau; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; El Lazarillo de Tormes, anónimo español; La Ilíada, de Homero; El arte de amar, de Ovidio; y un manualito de yoga para principiantes, de autor desconocido. Dicen Thoreau y Lazarillo que no hay dos personas iguales y que por ello hacen falta todos los 118

escritos, por más individuales o personales que estos sean. La lectura del Lazarillo me destapa, es como un balde de agua que vacías en el inodoro. Su estilo es suelto y desenfadado, juguetón; cotorrea con las palabras y cala el lenguaje. Claro que es mucho más profundo Henry David, mi tocayo, que su servidor. Un gran filósofo, austero y crítico a más no poder. Cuestiona el dedicar la vida a trabajar. Flaubert de plano es de otro planeta, minucioso, un portento, promotor de la vida llena de pasión. Disfruto a los tres, los leo entreverados y dejo a los clásicos para después. Llueve. Otra vez llueve. Hace rato que nada más que ver llover es lo que hay que hacer aquí. ¿Por qué hemos olvidado ver llover? Ya poco en la ciudad nos asombra o detiene. Nada sabe uno además de ver la tele e ir a trabajar. El cielo entero se ha llenado de nubes negras que avanzan tumultuosas. Caen las gotas sobre los techos de lámina y forman chorros que parece nunca pararán. ¡Aguas! ¡Agua a raudales! ¡Que crezcan los ríos y se mojen los campos, que se colme la tierra! ¿Acaso hay algo más bello en el cielo que un arcoiris completo después de una tormenta?, ¿o una puesta del sol y sus rayos de luz que se cuelan oblicuos entre las nubes? No pos no. Por la lluvia no me animé a entrar en el bosque. Hoy que llega la tarde, sobre la terraza que mira al poniente, de su estuche negro saco y armo mi flauta transversa para entonar primero a Beethoven, el Himno a la alegría, luego a Richard Wagner, el Coro de la ópera de los peregrinos de Tanhauser y, por último, Yesterday, de Lennon y Mc Cartney. Esa terna y nada más. 119


He ahí todo un hombre medio educado, amante de la música, la pintura, la literatura y la madre natura. Y medio huevoncito el hombrecín también. Está por ponerse el sol. Llega la hora de lo sagrado, esa en la que te fundes con tu alrededor. Ya eres parte del todo, como los escarabajos y las flores, o como un chicle en el suelo bien pegado. El viento está bien quieto. Ommm. Me gustaría ser una de esas nubes que pasan silenciosas, para flotar y volar, mirar desde lo alto y dar sombra una que otra vez. Comienza a llegar la noche, ya pardean los colores, atacan los mosquitos y se pierden los detalles. Ha pasado ya la hora del momento mágico, sigue la de entrar en la cabaña. Ha sido un día de provecho. Escribí, leí, hice ejercicio y medité. ¡Que venga ya la noche! ¡Negra, bienvenida seas! La luz de una vela enciende todo el espacio que circunda. La vela no sólo ilumina tenues lo objetos sino que también les proyecta su sombra en formas caprichosas. Me encanto en este lugar, me encanta este sitio. Y así, encantado como estoy, de pronto escucho ruidos fuera. Ambas puertas están abiertas. Ya sabrán el susto. De volada me levanto de la hamaca donde escribo y voy y las atranco con su pasador. Ya más aliviado, pienso entonces que alguien llega y me secuestra o asesina, sólo para darles la razón a los de las ciudades que tanto se preocupan y se quejan de la inseguridad de Yécora, siendo que todos los días matan por allá cerca de sus casas a dos que tres, bandidos y no tanto.

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Por los senderos del ermitaño y los del escritor No pudiste levantarte al alba otra vez, pero sí hiciste yoga y te fuiste a platicar con Luis y Josefina, que volvieron a ordeñar. Juntaron a un toro con un par de vaquillas y casi tocaste los belfos de un caballo. Luis te contó de un toro gay que tuvo y te hizo recordar al toro fiel de Hemingway. Es un gran conversador este don Luis, abre los ojos, modula la voz, se asombra y hace visajes. Dice que cuando iba de cacería, él encontraba los venados antes que todos. —Por ahí está uno—, en la oscuridad a los demás en silencio señalaba y todos se asombraban porque nunca erraba. —Primero los huelleaba—, dice emocionado, —en el suelo descubría sus pisadas, luego, en el aire olfateaba el aroma del sudor, la brama, ya después oía los pasos, un crac de leña, un tropiezo y, a lo último, los veía. —Por ahí— certero, entonces comandaba. Regresan ya a Yécora, Luis y Josefina. Van prestos con la leche a hacer sabroso queso fresco en panelas. ¿Y tú? ¡A desayunar! Estás entre avena con pan, mantequilla y plátano o unos huevos con papa, salchicha, ajo y cebolla. Comerás primero esto último y si te queda espacio comerás también avena. Luis te preguntó si vas a ir al pueblo y le dijiste no, ayer te la pasaste a todo dar aquí, no quieres subir al carro. Y, bueno, mientras te lavas los dientes te preguntas ¿cuál será el motivo que te lleve a ver gente, entrar en contacto con humanos? Y entonces es que piensas que ayer te gustó tanto también porque te la llevaste escribiendo y ahora también aquí ya estás, en 121


la hamaca, a gusto. Que ruede el mundo mientras lees intercalados a Thoreau, Flaubert y el Lazarillo. Y entonces es que piensas si tuyos serán los senderos del ermitaño. Para que lo fuesen, la cabaña tendría que ser una ermita y no lo es, aunque siempre te parece un lugar sano, místico, no le hace que se empiece a caer el enjarre y quede el adobe expuesto en manchas que parecen costras, de esas que se te hacían en la piel luego de tremendos raspones. Y más que el refugio en sí donde habita el ermitaño, te parece que son la soledad y el recogimiento en que pasa los días y las noches los que lo hacen, un ser que va perdiendo necesidades, austero, que trocó el barullo de las ciudades por el canto de los pájaros y la chicharras, el contacto con el viento y los arroyos. El asunto es que hay que pensar, sentir, observar y actuar para escribir. Y, por supuesto, darse tiempo para eso. Escribir. Encontrar las condiciones, el clima, el paisaje, el aislamiento, la música, ciertas comodidades. De modo que aquí estás, narrando la inicua experiencia de irte en el mundo a un lugar bello en la sierra de Sonora, rodeado de montañas, surcado de ríos, pleno de animales y flores, sin calor, expuesto a todo tipo de ocurrencias y presto a registrarlas. Tú no sabes de dónde salen las ranas. Cuando menos piensas y ya están allí las batracias. Con el tinaco cerrado, al abrirlo, por dentro de la tapa te encuentras con uno de estos animalejos pegajosos. Al verse descubierto, veloz se sumerge de clavado hasta el fondo. El tanque de agua de lluvia, cristalina, el que limpiaste ayer y del que tomarás agua para lavarte y bañarte. No puedes dejar que se quede ahí la rana, ¡por dios!, así que te encaramas y te empinas en el deposito oblongo, metes todo tu largo brazo y diriges tu mano dentro del agua hasta alcanzarla. En el primer intento 122

se te resbala entre los dedos, pero ya luego la coges fuerte de una pata -no resultó tan ágil la escurridiza, te sorprendes, ni modo que más ágil sea yo, piensas-, así que la retienes, la tiras al aire y ves como gira y da vueltas hasta llegar a tierra. Nada más cae y de dos brincos se refugia en el más próximo charco. ¿Cómo escalaría hasta el techo la esponjosa y tumefacta? ¿Escalaría adherida a los enjarres, subiría por un árbol y luego en vuelo brincaría?, intrigado y ocioso te preguntas. Bajas hasta hoy al arroyo crecido y extrañado te encuentras con el tedio, monstruo de mil cabezas que te asalta y te pregunta ¿qué harás aquí después de una semana? Apenas hoy es miércoles, tu segundo día, ¿aguantarás?, incisivo te cuestiona el pesado. Y tú, en vez de hacerle caso, buscas en la vera leña seca, delgada, excelente para encender en la chimenea una fogata. Te agachas y comienzas a recoger los palos del ancho de un dedo y del largo de un brazo, porque así se prende más fácil. De pronto, justo al lado del último palo recogido, enseguida de tus dedos, ves a una culebra roja que en fuga serpentea hasta el arroyo. No era cascabel ni coralillo, era el tedio desairado y rencoroso, tembloroso sabes tú. Lo que fuera, todavía trémulo agradeces que no te hayan mordido y rápido regresas y colocas, en forma de cono, la leña cortadita en el hogar. Esta tarde cocerás en el fuego una papa y una cebolla envueltas en papel aluminio. La lectura de Thoreau te cansa, es profundo el anglo filósofo. Abisal. Escribe claro, pero a detalle. No se te ocurren a ti tantas ideas. Además es una edición de letra chica y hoja muy amarilla la que tienes, parece de papiro. Por suerte los timbales de Santana te aflojan la mente un tantito, oyes cómo va, el ritmo… De buenas que trajiste música, a veces el silencio aplasta. Y, a veces, la música también asilencia otros sonidos. 123


La vida contemplativa tiene sus asegunes. Renunciar a la acción resulta aburrido. La abulia es el principal enemigo. Luego de admirar la belleza de la creación en encaramadas montañas, ríos sinuosos que parecen arterias, árboles fuertes y frondosos, luego de admirar y regodearte una y otra vez, si no estás entrenado, si no encuentras las claves, muy pronto te apetece el estímulo, una copita, unos besitos, una palmada, un churro, bienvenido sea el placer. Y ¿por qué no?, te preguntas ya goloso. —En la misma pregunta se esconde el demonio— te advierte tu ángel de la guarda, que sale presto del clóset donde lo arrumbaste hace ya ocho quinquenios. Pálido, aún conserva el aliento necesario para cumplir y agrega: —Pues porque ahora transitas los senderos del ermitaño y está en la vivencia asceta lo que anhelas, en los otros rumbos muchos años ya pasaste, sabes por ahí a nada llegas, no te emociones, tranquilízate—. —No pos sí—, concedes, no muy convencido. En esta ruta de austeridad has querido prescindir de muchas cosas a la vez. Una de ellas es la televisión. Te propusiste, y lo lograste, no ver TV durante un mes. Cuando pasó ese lapso decidiste encender el aparato para ver que tanto habías perdido. En el noticiario nacional el conductor con muy clara afectación trataba de convencer a los televidentes de la importancia del traslado de las dizque osamentas de los héroes que nos dieron patria, desde el castillo de Chapultepec hasta Palacio Nacional. En esos mismos días esa misma Patria se desangraba en nuestras manos con las decenas de muertos diarios relacionados con la violencia en el narcotráfico y el presidente, en su puesto, sostenía diálogos públicos con personas escogidas, por él mismo, sobre la mejor estrategia de seguridad. Al final anunció que 124

mantendría el ejército en las calles hasta el final de su mandato. Bueno. Decidiste ver nunca más los noticieros en la tele. Apenas son dos días que no ves tu rostro y ya esperas que la imagen que de él tienes se vaya borrando. Sabes que algún día no muy lejano lo toparás de nuevo. Tal vez en alguna ventana u otro vidrio. Quieres encontrar las marcas de algo distinto, nada de tensión ni de rencor. Que en tus labios habite larmonía, la dicha paz en tu mirada, es lo que deseas. ¡Ahh, qué super bien te caería ahorita una cheve! Acabas de bañarte en el arroyo. Metiste el cuerpo entero unos diez minutos, te masajeó todos los músculos, sentiste el agua un tanto tibia. Luego saliste y te secó el sol cada uno de tus poros, te pusiste chinito con el viento fresco. Estás escribiendo mañana, tarde y noche y sin sacarle al bulto. Te preparaste un pollo precocido, con tomate, cebolla, ajo y chile. Lo comiste con aguacate, tostadas y una pizquita de pimienta. Riquísimo. En la fogata están la cebolla y una papa que al rato cenarás. Ahora escribes recostado en tu cama alta. Corre el viento fresco entre puertas y ventanas y se escucha el arroyo donde hace horas te metiste. Es hora de leer a Bovary, sólo que no lo encuentras porque temes los pesares de la Emma trágica. Llega ya la tarde. Se va el día dos y tampoco entraste en el bosque. En el cielo tupido de nubes negras se prepara gran espectáculo pluvial. Ya alistaste la cama, dispusiste colchas y sleepings para no tener frío. Te gustaría mucho dormir toda la noche. Envidias a quienes duermen ocho o diez horas sin interrupción. Pero, ¿qué estás pensando? No todo en la vida se te va a componer, a estas alturas que vas ya para los fiftinain. 125


Tienes un foco prendido en la recámara. Decenas de palomillas se estrellan en los vidrios pues quieren entrar, encandiladas. Chocan con el cristal y en cada golpe hacen ruido, tum, tum, tum, luego quedan turulatas, estampadas, agitando en agonía sus alas, las pobres palomillas. Son de todos colores y tamaños, aunque abundan las plateadas. Suspendidas en las ventanas parecen abanicos de dama encopetada. Les sale fatal ir en busca de la luz.

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Donde doy cuenta de cómo no fui astrónomo ni físico, ni músico, ni chef ni astronauta y escritor quién sabe. Comencé el día tres de la mejor manera: salí de la cama con el amanecer y me puse a remendar una hamaca rota que colgaba ahí, desahuciada, a pesar de las muchas horas de hueva y de placer con ella incubadas. Se le rompió en una ocasión un hilo y comenzó a hacérsele un hoyo que no se hizo muy grande porque yo la cuidaba, cuando me sentaba en ella estaba pendiente de que mis nalgas no presionaran muy fuerte cerca del agujero. Son fabulosas las macas, pienso que entre sus hilos se esconden recuerdos muy tiernos. Será que luego en la hamaca puedes adoptar posiciones poco comunes, como la fetal, por ejemplo, o arqueado, te estiras bien rico y luego puedes quedar totalmente envuelto, cubierto y sin quedar aislado, pues ves a través del tejido o malla. Son deliciosas, me encantan. El caso es que la última vez que por acá vine, vinieron también unos amigos y tal vez el uso distinto o los diversos calibres de trasero hicieron que el hoyo se hiciera aún más grande. Al final, cuando un par de pequeñas se columpiaron suficiente, la hamaca quedó por en medio bien partida y yo con el corazón roto y contrito; por suerte no quise tirarla a la basura y la dejé colgando en un gancho. Así que esta mañana que por fortuna decidí coserla, corté treinta pedazos de hilo de rafia para amarrar, cada uno de unos doce centímetros, y le fui haciendo nudos a lo largo de la extensa rajada. Ahora parece que tiene una cicatriz en su costura. Quedó perfecta. Creo que así podré ir remendando mi vida. 127


Seguido pienso que mejor sería escribir sobre lo que está fuera en el mundo y no tanto monólogo interno. Narrar sucesos, aunque sean como el amanecer de esta mañana, el cielo azul forrado de nubes aborregadas, pintadas por el sol que despertaba en rosa y amarillo, como un atardecer que madrugó, hermoso, al despuntar el día, sólo que del lado opuesto a la costumbre. Quiero pensar que es otro presagio, que a mi vida le amanece una nueva época, sin vicios ni estropicios. Me siento muy en paz, tranquilo. Ha de ser el baño de agua fría que me di hace rato a medio yoga, o el baño de sol que me estoy ahora dando, o que no he desayunado, o la música de Bach, Rodrigo, Mozart, Schubert, delicias como el Canon, Concierto de Aranjuez y Serenata, interpretadas en piano, flauta y guitarra. Ahora desayunaré papaya y melón. Espero no estén echados a perder. El hielo dura no más de tres días acá y las cosas encerradas luego maduran pronto. Detesto la pudrición, su olor y su textura. He de tener cuidado, no comer más de la cuenta o sólo para que no se pierdan los alimentos. Dos horas tengo para escribir esta mañana antes de que me vaya al pueblo. ¿Qué tanto y sobre qué podré escribir en ciento veinte minutos? No lo sé. Podría imaginar unas respuestas obvias, pero podrían aparecer también sorpresas. Hay por estos lares unos animalitos que ayer anduvieron acercándose a mi cuerpo en vuelos de reconocimiento. Yo les di chance y no me agité ni hice aspavientos, hasta los dejé posarse sobre mi antebrazo un rato, nada más para que no fueran a picarme ¿Qué tan grande podrían haber tenido el aguijón los inocentes? El caso es que esos moscos han cavado unos 128

agujeritos sobre el poste de táscate que sostiene el techo de la cabaña y por ellos entran y salen justos, porque son exactamente igual a su tamaño, hasta parece que se encogen al entrar, como si apretaran las alas a su cuerpo. Tengo la impresión de que algunos a veces así vivimos, en un nicho que nos hemos fabricado o encontrado y que nos da confort, placer y todo lo que necesitamos. La verdad no la sé, pero puede ser que dentro del poste estos moscos ya han cavado toda una serie de galerías y pasadizos por los que se comunican e intercambian víveres, parejas u otras especies, tal como lo hacemos los humanos en los centros comerciales. En un descuido haya ahí dentro una ciudad, un comején o un termitón, es ya mucho el bullicio en derredor del poste. ¿A dónde va dar toda esta agua que ha estado pasando durante días y semanas?, me pregunto medio hipnotizado por el arrullo que corre sin parar. Así habemos miles de millones que hemos pasado sin saber siquiera a dónde vamos. —¡Ohh, que profundo, que abisal, que símil! ¡Cállate huevón y ponte a trabajar!—, ya escucho a mi buen amigo el Kimi hociconear. Bueno, yo ya no fui astrónomo ni físico, ni médico, ni músico, ni chef ni astronauta, ni biólogo ni emprendedor, ni bar tender ni taxista, ni albañil, ni policía, ni investigador submarino, ni árbitro ni políglota, ni juez ni carcelero, ni licenciado ni vende patrias, pero sí he sido profesor y excursionista, editor y futbolista, estadístico y escritor, ecologista y pianista, flautista y vocalista, amigo, padre, esposo, socarrón, borracho y fumador, corredor, barbero, necio, terco, tesonero, ahorrador, tránsfuga, promotor, organizador, consejero, observador electoral, vocal y consonante también, aunque usted no lo quiera creer. 129


Tiene su chiste esto de la escritura, ahí donde la ven, se la lleva uno concentrado, pensando, atento, aunque a veces sean ¡ay! mamadas puras. Estás ahí, absorto, dedicado y circunspecto. Sé que recomienda Cervantes evitar la afectación en la escritura, pero creo que tampoco cae mal hacerlo de vez en cuando, sobre todo si el estilo de uno es la llaneza y la palabra viene al caso, como ahora, que el ambiente es bucólico. En todas esas estaba cuando pasó un amigo que hacía rato no veía. El hombre se detuvo al verme escribiendo tan a gusto en la hamaca, en el balcón colgado. Ya vino y saludó, pasó, bebió agua y platicamos. Es luchador y ha tenido éxito. Joven y entusiasta, es agricultor y va a producir millones de pinos. ¡Qué bueno!, hace muchísima falta, pues es demasiado bosque el que aquí han ya talado. De modo que si se lograran aunque fuesen doscientos mil, sería bruto. —Yo sembré doscientos veinte pinos el año pasado y apenas quedan doce vivos, están chiquitos, miden como unos doce centímetros—, le dije. Luego se fue y se acabaron los ciento veinte minutos. Después de tres días volví al pueblo. Me invitó Luis a comer elotes asados. Fui también con su hermano a tomar una copita de bacanora. Y de ahí a echar gasolina, comprar hielo, una lata de atún y un chocolate. En el camino encontré una oficina forestal y me bajé a preguntar por pino. -¿Vino?-, me contestaron, -no, aquí no vendemos-. Quedaron de darme unos doscientos pinitos cuando lleguen de Cananea. Dicen que van a sembrarlos ya tarde, pues hay que sembrarlos en cuanto empiecen las lluvias. Luis y Josefina dicen que en enero, que aquí todos los árboles, para que prendan, deben sembrarse en enero. Mi amigo el que va a producir dos millones de pinos dice que en octubre. Se me hace que aún nadie sabe qué onda acá con la 130

reforestación de pino, mucho menos de roble o de encino, o de sauce llorón o de sabino, que se dan tan hermosos y nadie les hace el intento. De vuelta del pueblo me pegó la soledad. ¡Ah loba canija bien que sabe cuándo atacar! Que si ¿qué estoy haciendo aquí solo, sufriendo privaciones?, que si ¿qué estarán haciendo allá mis gentes, si no las estaré afectando? Que si mira, aquí vienes a estar solo, muy bonito, pero muy solo, como cholugo amadrigado. ¿Y? Bueno, sé que paso por el momento más difícil. Esta será mi cuarta noche, hoy acabalo el tercer día completo, otros cuatro y será una semana. ¿A qué darle prisa? Avanza la vida a un cuarto de grado por minuto, ése es el ritmo, sintonízate. Ommm…la cabaña está fresca. Saboreo ahora una sopa de lentejas, unas papas fritas y una ensalada con lechuga, tomate, brócoli, apio, aguacate y mayonesa acompañada de tortillas. Luego me pongo a escribir con música de flauta y piano en el fondo y se me quitan las penas, me lleno de tanta paz que casi termino dormido. Llega de nuevo el crepúsculo, vuelven las aves al calor del nido, se oyen gritos de niños queridos que alegran el campo. En una semana habré cumplido mi objetivo. Mañana sembraré unos treinta chabacanos y caminaré un rato por el río para ventilarme. El río parece un espejo, las nubes están más blancas que nunca. La tierra está llena de verdes, es una gran alfombra, no se ve café más que en los gajos que recorta el Escamandro (así le dice Homero a su río favorito). Ahora el sol se va y el brillo del espejo cristalino se pone opaco; tres perros reciben a la noche con ladridos y un ataque aéreo de mosquitos me hace buscar refugio. Hoy tampoco entré al bosque. Estoy 131


ahora en la cabaña, protegido. Escribo medio a oscuras, a la luz de la candela que arde. ¿Qué estará pasando en el mundo mientras yo aquí, solo, observo una parte del paraíso? Quizás Calderón ya arqueó una ceja, tal vez Slim haya hecho otro gran negocio, tres descubrimientos se han realizado, la bolsa de valores cae. ¿Por qué no se me ocurre a mí, chingao, un invento de esos que en un año te hace millonario, algo como el Facebook o el Google, o el clip o el parabrisas, las rueditas en los velices, o cualquier otro adminículo que ya luego que están hechos parecen tan sencillos? Sería bueno que lloviera esta noche y el campo se pusiera todavía más verde, que el cielo se llenara de relámpagos y nos cayera el agua a torrentes. Sería bueno que se lave el mundo de sus penas, que se moje mi alma y se alboroce. Sería bueno.

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Sobre las preguntas importantes Anoche llovió y se llenó de nuevo el tinaco. En la mañana, en vez de hacer yoga hiciste unos leves estiramientos y fuiste a caminar un rato. En la milpa cogiste sigiloso un par de elotes y cuando regresaste te pusiste a limpiar los cajetes de tus doce pinos. Ahí van, pero son tan delicados. Luego te diste un sabroso baño con agua bien helada de anoche. Es tan limpia que no te quita el jabón, está libre de sales. También tendiste ropa, oreaste colchas y sleepings y lavaste excusados. Hasta dónde vas ahora de Thoreau, no ha tratado esta función tan importante el pensador. Y después vino lo que llevas de desayuno. Primero comiste una dulce pera. ¡Ah que delicia de azúcar las canijas! De esas verde pálido amarillas que todavía están duritas. La partiste primero en cuatro rebanadas y luego la comiste. No es igual que si la comes directa a mordidas, pues muy fácil de almíbar te chorreas. Después te recetaste lo que quedaba de la papaya. Cuando madura esta fruta exquisita se le forman unos tumores rojos que pueden extirparse con cuidado y un cuchillo. Aprendes mucho estando solo, no está ya aquí tu mami, ni tu esposa que te atienda o tus hijas. Ahora eres tú y sólo tú quien limpia, cocina y recoge. Algunos pensarían que quieres parecerte a Thoreau, pero no es correcto. Thoreau hizo él mismo su vivienda, su ropa y su pan, recogía sal, trataba de evitar al máximo el comercio. No podrías jamás llegar a ese extremo. Pero te identificas con Thoreau, claro, como gente fuera del patrón, distinto, salidón, sin convenciones. Le vas más a la cigarra que a la hormiga y, en el invierno, si hace mucho frío, simplemente mudarás de ciudad de residencia. De modo que el 133


tremendo brete de ser improductivo, de caer en lo holgazán y talegón bien lo librarás escribiendo y publicando tus libros, olvidando su clasificación. Digo, Nietzche no escribió novelas, ni lo hizo Montaigne, piensas. Nadie te asegura que no habrá en un futuro quien encuentre en tus letras un buen ejemplo de cómo se batalla para llegar a ser, escritor en este caso. Ya ves la hilera en que vendrán tus libros y ves en quienes los lean un arrebato de emoción, sea para aventarlos enrabiados o para esbozar una sonrisa, despertar una ilusión. Corre el cuarto día. Un zopilote vuela en círculos arriba de ti, supones que no ha de saber qué es la imagen que formas recostado en la maca ni que estás ahora ensimismado en profundas y trascendentes reflexiones. Eres de los que piensan que muchos humanos andan siempre en la búsqueda, unos más que otros, cierto. Otros abandonan, también cierto, pero hay siempre bastantes buscadores por ahí, sólo que no lo andan anunciando. No todos tienen el valor de Demóstenes para expresarlo. En ese entendido, lo que quieres decir es que muchas veces hacemos cosas simplemente por repetir algo que fue de nuestro agrado cuando jóvenes o niños. No de otra manera te puedes explicar cómo te pones a labrar la tierra con el azadón justo cuando está el sol a plomo. ¿Por qué tuvo que ser en esta hora, la más caliente, pues? Pues resulta que de joven trabajaste algunos veranos en el campo en EEUU, con el azadón sacándole la hierba a los cultivos. Laborabas de seis de la mañana a cinco de la tarde, con una hora para comer en mediodía. Y así, te gusta subir cerros porque de chico lo hacías con tu familia, te gusta escribir porque en la primaria a una maestra le gustaban tus tareas, pero otros gustos bien mañosos no 134

nos los platicas porque todavía no los aclaras. Aún estás en la búsqueda. ¡Hoy es viernes! Y tú remontado, fuera del bullicio. Ni modo, pura nada para el calorón arrancas. Mejor acá te quedas templado hasta la semana próxima. ¿Y cómo no?, si ahora vas a bañarte otra vez en el arroyo para terminar de sacarte la energía que le metiste al cuerpo, no le hace que luego vengas a prender la fogata con la leña que juntaste hace rato para asar los dos elotes que sigiloso sustrajiste. Después, saciado, escucharás música excelsa mientras meditas otro rato. Si no llueve irás al pueblo de visita. Llueve desde las dos de la tarde. Apenas regresaste del sabroso baño y comenzó a granizar. Se metió bastante agua; sirvió para trapear. Ahora escribes desde la cocina, sentado en un tronco y recargado sobre la mesa, no dejas de maravillarte por este lugar. Cada una de sus ventanas recorta un paisaje singular. En la que ves ahora, al fondo, está el bosque tupido al que no has entrado; a la mitad, hay un palo de un cerco y las ramas de un pino; y en lo más próximo, yace el tronco robusto de un pino trozado pues había el peligro de que le cayese un rayo. No se trata de matar el tiempo sino de vivirlo. Y la forma más excelsa de vivirlo es creando. Así es como más se acerca el humano a lo divino. ¿Y qué es la creación? Lo nuevo, lo que antes no existía, lo que pasa de lo etéreo, a lo real, que incluso puede ser una idea. Y puede uno crear objetos, cosas útiles, sabrosas, o puedes crear arte –crearte-, expresión de sentimientos, a través de música, pintura, danza y literatura u otras vías. Sales un rato porque te estás poniendo triste y, apenas te da el aire, comienzan a circularte las ideas. Sientes a estos árboles enhiestos, firmes, pinos derechitos, tendrán más de treinta años en el mismo 135


sitio, aguantando frío, creando clorofila, fijando bióxido de carbono, embelleciendo el paisaje, unos más grandes que otros, otros la hacen de pararrayos, dan sombra, cantan con el viento. Piensas en ellos y ves más allá y recuerdas la anécdota que oíste en tu temprana juventud; un par de muchachos que se perdieron en el bosque y ahí duraron como dos semanas envueltos en la belleza forestal, pero sin alimentación ni guía, hasta que un buen día aparecieron sanos y salvos y tú te quedaste pensando si hasta la belleza en exceso puede ser mortífera, asfixiante, celadora, ¿puede acaso chuparte tanto que hasta de ella escapar desees? ¿Cuáles son, pues, las preguntas importantes? ¿Quién eres tú? ¿En qué puedes servir? ¿Cómo quieres vivir tu vida? Te preguntas si cada día que pasa sin que veas tu rostro irás borrando tu autoimagen, tu personalidad, hasta entonces quede nada. Te preguntas cuántos días tendrías que pasar en soledad para que suceda eso, porque puedes estar sin verte en el espejo, pero al verte en otras personas como que por su reacción cuando te ven, te ves tú también en ellas. Te preguntas si así se irán disipando también los recuerdos y los lazos que tienes con quien quieres, tú que ya no fuiste ni un Bill Gates, ni un Debussy, ni un Di Maggio o un Pelé, ni cualquier magnate desconocido, ni un Fisher o un Einstein, ni un gran banquero, ni diputado o constructor. Esto es lo que eres, en estas páginas está tu esencia, tu ser, tu estilo. ¿Cuándo habrás de aceptarte?, ¿de gustarte?, ¿de no envidiar a otras personas porque son o tienen más que tú? ¿Cuándo? Se va el cuarto día, llega la quinta noche. Dejarás de contar, perderás casi toda necedad y andarás bichi. 136

Las aves no saben cuando es Domingo ni los arroyos esperan a que sea Miércoles para salir ¿Voy a ponerme a trabajar? ¡No! ¿Voy a ponerme a escribir? ¡Sí! ¿Voy a ponerme a disfrutar? ¡Disfrutar, ven para acá! Si fuera así de fácil, ¿por qué no? Porque está prohibido disfrutar. O porque hay placeres prohibidos, pongámosle, para no ser tan extremistas. Ya sabemos que la definición de Freud de niño es perverso polimorfo. O sea que puro chuqui de chamaco. Y así es, nada más observémosles. Los niños se encantan con el placer. Igual llenan y entonces sin dificultades pasan a otra cosa. Pero ahí estamos los adultos diciéndoles qué sí y qué no. Ponte esto, ponte zapatos, no te chupes el dedo. De suerte que veinticinco años después tenemos un ser acotado, que en veces batalla para disfrutar, no sabe cómo hacerle o lo hace en las maneras que le dicen, pisteando de esta marca, vistiendo de esta otra, hipnotizado por las pantallas, homo videns al fin. ¡Sartori, te adelantaste! Por eso venir acá es volver a lo sencillo. ¿Se te acabó el gas?, ¡Que venga ya la leña! Esta mañana sembré cuarenta chabacanos en el clarito que preparé ayer. Luego vine y desayuné avena con plátano y pan con mantequilla. Después me eché un huevito frito, unos pocos de frijoles y otro panecito. Luego descubrí que sin querer llevo una cuenta inequívoca de los días que he pasado aquí. Resulta que traje una cartera de doce huevos y tiene ya cinco espacios vacíos. Me iré cuando le quede uno. 137


Y esta mañana comencé, también, a leer a Ovidio, su Ars amandi. ¡Qué bárbaro el vate! Un conocimiento cabal de la mitología griega. Aprendí de Parsifae, la madre del Minotauro, que la pone de ejemplo de lo que puede hacer una mujer por satisfacer su calor. Salen ahí Minos, Dédalo, Ícaro y Júpiter, claro, a todo dar. Pero decidí posponer su lectura hasta después de escribir: en el quinto día de nuestro señor, alabados sean Zeus, Yavé, Vishnú, Buda, Alá y todas las deidades que nos dieron patria, Huixilopóchtli, Kukulkán y Tláloc incluidos. No, no es que me haya hecho devoto, siempre he sido creyente, pero politeísta. Mi principal dios es Tonatiuh. ¿Qué epopeya, audacia o zaga mayor puede haber en la vida de un ser humano, que la realización de sus sueños? Y aun así, puede ser que su obra pase tan desapercibida para el mundo como lo es el paso de un cometa para la mayoría de las personas, que nunca miran al cielo, ni de día ni de noche y por tanto se pierden de atardeceres, astros, estrellas verdaderas y refulgentes amaneceres. Ahora que me dedico a escribir, ya me veo terminando mis obras, puliéndolas, acabándolas y llevándolas bajo el brazo y en un chip, en busca de un editor. Y ya vislumbro la posibilidad de que ante el rechazo ¡hay tanto que publicar! termine buscando la autoedición y la auto distribución y que el catálogo completo de mis obras quede en el ostracismo y el olvido, pero nadie me quitará el placer y la satisfacción de haberlos escrito, de haberlos creado, ni la posibilidad de que en un futuro, quizás no tan remoto, alguien más, aparte de mí, los disfrute. Ahora voy a caminar a campo abierto para que se me limpien los alvéolos y las neuronas y pueda seguir saliendo, batiendo, bateando y los demás gerundios… 138

Claro que hay lugares llenos de energía en este mundo. Uno de ellos es donde están los tres cusis, robles frondosos y gigantescos que parecen ser guardianes de estos bosques. Yo pienso que somos Papá, Mamá y yo mismo, en el centro. Y eso me hace sentir bien, fuerte y querido. Luego sopla el viento y quiero volar, hacer grandes proyectos. Se ve el Campanero enterito desde aquí, los tres cusis crecieron frente a él. Y se ve todo el valle de Yécora, también. Y atrás, está el bosque sugerente al que aún no entro. Hay una junta de los cuervos, hoy, en la copa de un cusi. La descubrí cuando andaba caminando en la pradera. Primero vi cómo uno a uno volaron siete cuervos en la tarde, desde el arroyo hasta el bosque. Pasaron por encima de la pradera, venían de diferentes rumbos y todos fueron a dar en el mismo sitio. Yo seguí su vuelo con los binoculares. Luego que me acerqué, vi a los cuervos graznar en alboroto, estaban casi todos en las ramas de un mismo roble. Eran más de veinte. De pronto, varios volaron formando una espiral cilíndrica en torno mío, mientras uno que se quedó en lo más alto, no dejaba de graznar. Estaban en cónclave, creo, algún clan negro, muy oscuro, que incauto interrumpí. Enseguida de los cusis yacen los restos de una cabaña de madera que se desplomó de vieja. Alguien vivió aquí en otro tiempo. Ahora la gente prefiere el cemento, pero los pájaros, las víboras, los venados y los cholugos aún no se han ido. Tampoco los cuervos. Y yo ya llegué y no tengo prisa. No me importa que sea sábado: las aves no saben cuando es domingo ni los arroyos esperan que sea miércoles para salir. En cada respiración que hago aquí siento que crezco y me fortalezco. Hice tres salutaciones al sol que esta tarde está todavía aquí, pleno y radiante; de pronto, sentí mi cuello libre de dolor al fin. 139


Estoy a punto de partir, pero en un último vistazo mi yo árbol me jala y hacia él voy a abrazarlo; siento que me acepto por primera vez cual soy. De nuevo llego, me conformo. Me doy varios abrazos y luego voy y le doy uno a mi Padre, que tiene una hiedra en su tronco robusto; después voy y le doy otro a mi Madre, que desde su base se divide en dos grandes brazos, y hasta tres, para sostener a su múltiple prole. Deseo y anhelo entonces el bien para toda la humanidad. Son las 7:15 de la noche. El espíritu de la pesadez me acecha. No quiero que me gane. Tocaré la flauta para combatirlo. Es que quiero compartir mi dicha y ni uno de los que quiero está conmigo. ¡Qué bueno que existió Beethoven y que nos legó toda su música! Para combatir la loza, nada mejor que entonar el Himno a la alegría. ¡Y qué bueno que aprendí a tocar la flauta transversa! Y que la traje. Supongo que no le hará mal al universo el lance de unas cuantas notas esta noche. Y eso quién sabe, porque recuerdo aún como aullaba mi perro Pointer cuando aprendí a tocarla. ¡Auuuuu! Quizás no soportaban sus oídos, aunque quizás cantaba emocionado. Pero es la mente tan ligera que en la lluvia de las exclamaciones se viene en cascada el ¡qué bueno fuera que formara yo parte de una orquesta! Y ¡ahh, si fuese yo una especie de Ian Anderson y tocase en Jethro Tull! y así hasta volver a la resignación y baste con ¡qué bueno es que estoy aquí, vivo y tocando flauta a cielo abierto, para que me escuchen las estrellas y los grillos! Y la serenata se compuso entonces de A la orilla de un palmar, de Manuel M Ponce, nada más y nada menos; Quiéreme mucho, de Gonzalo Ruiz; Tiempo, de Renato Leduc, que no cualquiera es Renato; Canción mixteca, de José López Alaver; Varita de 140

Nardo, de Joaquín Pardavé, depredador; O sole mío, de Edgard de Capua; Love Story, de M. Molina y Francis Lai, choro setentón; Himno a la alegría, de Ludwig von, ya lo dije; y Mía, de M. Molina y C. Pandida. Toqué hasta que se me acabó el aire y no pude ya soplar. Lo bueno es que para entonces se me serenó el espíritu y la pesadez se disipó pues no me dejé atrapar.

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De dos nuevas formas de arte efímero y otras consideraciones ¡Qué disciplina, qué rigor, un huevo diario! ¡Claro que hay lugares místicos en este mundo! Especiales, llenos de energía. Ahora mismo te trasladas hasta la Bufadora donde la madre tierra late en el mar con cada ola. Y de allí vuelas y llegas en menos que un instante hasta la cima del Wayna Picchu, en Machu Picchu. Muy cerca de las nubes, en una superficie plana, de apenas unos doscientos metros cuadrados, respiras e inspiras el aire de los dioses o, cuando menos de ángeles, o cóndores, ya de perdida. Escribes bajo los efectos de la yoga tempranera. No son aún las seis de la mañana, apenas despiertan los becerros y los pajaritos ya se agitan. ¿Qué es estar espirituado? He ahí una buena pregunta. Es fundirte con la energía del sol, captar que está contento tu corazón, que late en un dos tres pautado, con el Ommm sentir el aire que te besa y responder con una sonrisa. La buena vibra, buscar un baño frío para venir a calentarte con los rayos tibios de Tonatiuh que ya sale y luego cocinar y deglutir un suculento desayuno. Todo eso. ¿Y qué estás pensando? ¿Qué bajará de la montaña otro? Ojalá. Uno más sano, con menos grasa y menos mañas; libre, tolerante y amoroso. ¿Más trabajador? Eso sí que todavía no. Tendrías que estar por acá unos dos años, mínimo. No. Más creativo sí, más dichoso. Todo un escritor. Más certero y asertivo. Encarrilado para seguir con la práctica de la yoga, la meditación, el ejercicio, las caminatas y la nutrición. Sin atavismos ni adicciones a lo que lastima. Sin obsesiones ni excesos. Sólo en la risa. 142

Este libro te sabe a Nietzche. Digo, guardadas muy bien las proporciones. Mucho te gustaría saber más de los mitos griegos. No, más bien, mucho te gustaría tener memoria fotográfica pues los has leído ya bastante, pero no se te pegan, los olvidas. ¿Será que no los asimilas o que poco los comprendes? Por ejemplo, ese de Parsifae, ya lo habías leído, incluso en el mismo Ars Amandi, que se mete en una vaca de madera la mujer y así logra que el toro que vino del mar la copule. Descubres dos nuevas formas de hacer arte. Una: enciende una vela de colores y ponla junto a una ventana abierta. Colócala en el borde de una superficie horizontal, una mesa, por ejemplo, de suerte que la cera derretida resbale sobre un costado. Formas caprichosas serán labradas por Eolo según sople fuerte o tierno en uno u otro sentido. Dos: con los rayos oblicuos de la mañana, o en el atardecer, coloca sobre una superficie lisa objetos arrugados de papel, servilletas u otros cualesquiera arrugables, para que proyecten su sombra. Coloca un papel en el que la sombra quepa y delinea con una pluma su contorno. Ahí estará una impresión que pudo ser efímera. De los tres libros que comenzaste a leer al venir acá, sin duda el de Flaubert fue el que más te gustó. Luego de un comienzo lento y aburrido, la novela se pone amena con los amores prohibidos de Emma, quien al final paga con la muerte sus audacias. Lenguaje florido y preciso, descripción minuciosa, detallada, casi barroca: múltiples personajes, el científico, el sacerdote, el usurero, el galán, el estudiante, el mediocre, los sirvientes, la posadera, la suegra, los pobres; los sucesos, la trama, la vida en los pueblos de Francia en el siglo XIX. Densa hasta el final, sin caer en la reflexión ni en la pontificación. El del Lazarillo está chusco. Hace reír, pero de algún modo 143


cansa. Y Mi vida entre bosques y lagunas es profunda, aunque en veces sosa. Y el Arte de Amar, de Ovidio, es una fuente inagotable de mitos y leyendas, historias y recomendaciones sobre cómo conquistar y conservar el amor de las mujeres, asunto para el que eres torpe. Lecturas para llevar al paso. Batallas para entender ciertos conceptos, no comprendes el significado de la pausa, ni acabas de percibir las bondades de la recarga, el guardar las energías para el tiempo en que realmente hagan falta. Hoy, frente al vacío y la inanición no pudiste contenerte y escarbaste veinte cajetes. Según tú los ibas a hacer despacio para no agitarte y no sudar, pero al rato ya estabas ahí dando palazos, alterando a las abejas, que empezaron a inquietarse. Está tan lleno de flores el campo que andan los bichitos extasiados zumbe y zumbe. Pronto te hicieron ver que los estabas molestando, invadiendo. Y a esos moscos sí hay que tenerles respeto. Lo sabes por experiencia, pues has andado entre enjambres y nunca te ha picado una. En cambio, has visto cómo entre varios, esos bichos dorados saben distinguir quién los molestó y van y lo pican a él solito. Es cierto eso de que a veces da pavor la página en blanco. De suerte que no se sienta uno ni obligado. Está allí la silla, el cuaderno sobre la mesa, la pluma, y pura nada que te sientas. Pero es cuestión de resistir unos cuantos minutos o escribir cualquier cosa. La otra es andar siempre pensando, siempre alerta, atrapar las frases cuando llegan, cogerlas como si de un hilo y de ahí empezar, no soltarlas, traerlas en la cabeza hasta que tengas ya dos o tres oraciones y entonces ya te sientas. Luego, como todo está ligado con todo, una idea lleva a la otra y ahí vas ya hilvanando. También hay que comprender que hay ideas, temas o relatos que terminan en la primera frase. Otros ocupan cuatro 144

o cinco sentencias y otros, en cambio, requieren de cuartillas. Eso has aprendido ahora que te echaste al agua. Le sucede al escritor lo que al ornitólogo, que tienen que estar ahí, en espera, atentos y en silencio, casi inmóviles, pues cuando menos piensan, llega el cardenal o el mirto, esa gran idea que tanto gusta y apasiona y entonces es que en un tris accionan con fruición febril para libar melcocha, almíbar diamantino, néctar de cristal, almizcle. ¡Una semana! ¡Hoy cumples aquí una semana! Pero, ¿qué es una semana? Nada. Una colección arbitraria de jornadas, un invento industrial. Y aunque los nombres de los días vienen de planetas y otros cuerpos celestiales, no corresponde la semana con un tiempo cíclico, cósmico, como el día, el mes, el año. Y entonces ¿qué explica la emoción?, te cuestionas intrigado. Tal vez sea el efecto del número siete. ¿Desde cuándo datará el registro hebdomadario? No lo sabes. Hace ya dos días que no llueve. Hoy bombeaste agua de la pila. La bombita jaló al fregazo, subió un chorro continuo de media pulgada durante los veinte minutos que tardó en llenar el tinaco. Así que hay agua para otros dos días. Te preguntas, en ocasiones muy raras, muy esporádicas, como en una especie de destellos en los que tu rostro y mente se llenan de luz y los ojos se te entornan un poquito, si ¿no estarás al borde del precipicio?, digamos que en el umbral de la locura. Claro que entonces de inmediato recurres a la defensa y para sosegar la angustia te dices según quién, ¿qué define la locura? Y entre la cordura y la locura no hay más que un pequeño paso, incluso más pequeño que el mismo perineo. 145


Pero, bueno, lees a Thoreau y ves que en algunas cosas con él coincides, tu tocayo Henry, cojean de la misma extremidad. Y eso que la norma se ha vuelto todavía más rígida ¿qué haría ahora él si en sus tiempos ya no quería ni el correo como medio de comunicación y viajar a 50 km/hr le parecía demasiado? Estaba tumbadón tu Henry David, pero tenía razón, más irracionales han salido todos los cuerdos que viven según las reglas de esta civilización que va derechito al hoyo. Quieres amanecer bien mañana, para ir caminando hasta el agua caliente. Es como una hora de camino ida y vuelta, por una vereda en el bosque. Ahora sí vas a entrar al bosque, aunque no rumbo al oriente. Hay que subir una pequeña colina. Vas a ir siguiendo al Beto, tiene que ir a pastorear a unas vacas, él en su caballo moro. Es un gran vaquero el Beto, muy amable y amistoso. Hoy arreó junto con el Job a diecinueve vacas. Tardaron diez horas. ¡Diez horas en los caballos! Mañana vendrán temprano a ordeñarlas.

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De manantiales, cholugos, zopilotes y victorias pírricas ¡Por fin llegué al agua caliente! Desde que el Job me platicó hace como un año de este lugar, quise recorrer el camino y estar ahí. Lo intenté dos veces, pero no llegué. En la primera me fui caminado por el río muy temprano. Los primeros rayos iluminan de dorado la vegetación y el agua suena a murmullos. Garzas, cuervos patos y tildíos habitan por ahí. Mas luego ya no pude avanzar porque era tiempo de lluvias y el arroyo sube y se junta a las paredes lisas de un cañón y a no ser que seas grillo, lagartija o tengas alas, es imposible el paso por ahí. La segunda vez volví en tiempo de secas, pude entonces caminar más dentro por la vera del arroyo, pasé grandes rocas, cuevas y pilares. En el camino recogí una hermosa cabeza de venado, blanca, astada, casi perfectamente simétrica. Ya que llevaba una hora caminando, de pronto noté una pequeña cañada de la que salía un arroyo. Era muy estrecha y el ramaje de los árboles a cada lado, arriba se entrelazaba formando una especie de túnel translúcido por el que los rayos del sol entraban cruzados, tejiendo una malla de polvo cósmico en suspenso en la cañada. Enormes rocas redondas yacían cubiertas de musgo verdinegro. El agua era la más limpia y serena que acá he encontrado. Sólo faltó que bajara un par de venados a beber para sentir que estaba ya en el paraíso. En silencio y con cautela avancé maravillado por la luz que me envolvía entre el follaje de los pinos, encinos y sabinos que a cada lado del arrullo crecen y se elevan más de treinta metros. Estuve ahí un rato en pasmo, tomé agua con el cuenco de mis manos, busqué y descansé, pero no encontré el manantial buscado. 147


Así que cuando supe que el Beto pasaría por el agua caliente para ir a pastorear unas vacas en un rancho por el rumbo, enseguida me apunté y por la vereda ya lo fui siguiendo. Caminamos como una media hora hasta llegar a la cañada. No nos fuimos por el río. Subimos y bajamos por los costados de unas lomas, hasta llegar al fabuloso sitio. Ya me señaló el Beto el punto preciso entre las rocas donde brota el manantial y siguió su rumbo sobre el moro ágil y brilloso. Difícilmente solo hubiera podido encontrar el borbotón, no hay una señal ni una flecha que diga de aquí sale agua termal. Siempre me han cautivado esos brotes subterráneos, son como el maná, la tierra que te manda sus caricias, las sales medicinales del subsuelo. En este paraje hermoso, bajo el túnel de follaje, el lecho del arroyo es de piedra lisa, firme y lustrosa, de colores rojos y cafés, como de cobre. Despacio, puedes, sin caer, deslizar en el agua tibia tus pies descalzos. Luego, si quieres, te sumerges en unas tinajas ergonómicas en formas de jacuzzi individual, en las que te bañas bien a gusto, junto a unas cascaditas que seducen con sus rizos blancos y sus cantos de agua dulce. Así que por fin había ya llegado al agua caliente. Ahora tenía que encontrar el camino de regreso. Está fácil —me dijo el Beto—, sólo sigue las huellas del caballo. Y sí, regresé caminando por la ladera hasta que pasé por donde habíamos visto un cholugo muerto, vi su cola larga como la de un chango, pero no pude ver ya más porque se lo estaba desayunando un buitre. El cholugo es una especie de animal frontera, entre oso y chango o ardilla gigantesca. El zopilote es negro, con cabeza roja y pellejos colgantes. Horrible verlo encajar su pico y 148

garras en la carne inerte. Apenas me libré de tan funesta compañía y en unos pasos más llegue a una cima. Ahí escribí: Pírrico. Subo a la punta de un risco en el tope de un pilar o en la cumbre de una montaña y victorioso me siento, conquistador. Estoy cerca de las nubes, palpita en mi cuerpo el corazón agitado y de algún modo me encuentro valeroso; yo, que no estoy hecho para grandes batallas, que no entiendo las claves y desconozco los esfuerzos, rasguño ya el cielo. El río, abajo, ha quedado dominado por un cañón estrecho. Cada quien escoge los cerros que ha de subir o, incluso, si prefiere, prescinde de afanes alpinistas, pero yo, ahora sé cómo ir y regresar al agua caliente. Y solo aquí enfrento mis fantasmas, peleo con mis demonios mil que parecen nunca terminar. No, no necesito un exorcista. Es mi espíritu que está vivo y pugna por salir. Es mi alma chica que todavía anhela ser muy grande, es el cortejo a la ilusión, la fantasía que resiste a la oprobiosa realidad. Siguiendo a Thoreau, leo a Homero, la Ilíada, el Canto primero, la cólera del Pélida y las invocaciones a las musas. No estará mal dedicarle un canto por día, así tal vez mejor se grabe en mí la historia. Tomo un té, como una manzana y leo el Canto segundo, ¡qué bruto! Si se tratara de llegarle apenas a los talones a Homero, como escritor, ya sería mucho. Y es del siglo VI A.C. Claro que tantos otros le han seguido: Virgilio, Horacio, Ovidio, Dante, Bocaccio, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Flaubert, Dumas, Hugo, García Márquez, Saramago. En fin, es fatal compararte con colosos. Hermoso día éste en el que está por llover de nuevo. Truena el cielo que es un contento. Sopla el viento fresco y las nubes esponjadas avanzan sonrientes sobre un fondo azul. No tengo historias de 149


héroes de guerras ni de amores. Simples relatos, ¿a qué más puedo aspirar? ¿Debería, por eso, acaso, renunciar a escribir? Por lo pronto me levanto y me voy a meter a mis cobijas pues viene ya el agua y con furor. Está corriendo ahora un aire fresco y delicioso que me recuerda el calor de Hermosillo y me vuelve a hacer dudar de la cordura. Está lloviendo por todos lados, en todo el valle, una lluvia generosa, sin violencias ni aspavientos. Llueve apaciblemente. Las lluvias son tan escasas y torrenciales en Hermosillo, que la gente ni las disfruta. Ahí andan cerrando ventanas y puertas, colocando botes cuando están en casa y, si en la calle, peor, todo inundado con los carros atorados, varados como ridículos inútiles a media avenida y sin andar. La combinación de música clásica con un bello atardecer, un clima templado y un rato de meditación dan como resultado, sin duda, la paz. Y no precisamente la de los sepulcros, pues algunos, agitados por el ritmo de su vida actual, quizás insensibles a estas delicias, tal vez temerosos de la soledad, muy rápidamente descalifican o consideran tumbadones a quienes sí nos gustan estas mixturas. ¡Ahh cómo me gustaría ser pintor, tener la habilidad de plasmar en un lienzo los colores que se ven en esta tarde desde aquí! Quizás esos rayos que ascienden desde el poniente son el mejor reflejo del anhelo de mi alma que no quiere todavía sucumbir, un alma que desea volar, ascender, superar la gravidez en que ha estado la postrer parte de su vida. Si en un lado el sol tiene el color rojo púrpura de la incandescencia y en otro aún conserva el fulgor del oro, un poco más hacia el sur pinta a las nubes de tonos de blanco y negro y un poco más aún en dirección austral, convierte en rosa todo lo de azul pintado.

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Se despide la tarde mientras aquí suena el Ave María en notas muy dulces de guitarra y flauta transversa que se entreveran para encantar y disponer el ánimo del corazón a la contemplación. ¿Para qué batallar, pues? ¿Para qué tanto afán? ¿Qué obsesión la de triunfar? ¿Qué impulso el de competir? ¿Por qué mejor no convivir, cooperar, cantar, disfrutar, crear, meditar, encender velas en vez de bombillas, caminar en vez de quemar gasolina o electricidad? ¿Tocar música, bailar, amar? Llega la noche, ya casi no hay luz. Mi cama está tendida. Hoy dormiré en la litera, cambio de cuarto y dirección. Quiero amanecer mirando pal sur. Una pequeña vela encendida encima de la chimenea ilumina la cabeza de venado que empotré en la pared. El espíritu del ciervo con sus ojos negros en la penumbra parece advertir: ¡Embiste, ataca, arremete!, mientras me ve en el catre acostado, a punto de dormir. Prefiero la luz de las velas a la de la electricidad. Es más tenue y proyecta las sombras. Su flama pura medio me hipnotiza, aunque luego se extingue. El pabilo se acaba en un instante, la flama lo consume, igual que la vida. Con la luz de una vela, la sombra de un trapo se convierte en una máscara de carnaval y mi mano empuñada al escribir, es como una copa del mundial ¿seremos acaso sólo sombras donde todo se hace a contraluz? Sin saber de dónde ni porqué, súbito recuerdo que hoy vi a los soldados en la calle dirigir en media plaza el tráfico vehicular. El gobierno teme una insurrección en este año de centenario y bicentenario, de pseudo celebración. Es hora de dormir, la vela se ha apagado.

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Sobre amaneceres, hogares y lecturas trascendentes Todo está oscuro. El cielo está oscuro. Los árboles y la tierra están oscuros, no se distingue ningún color, ni tampoco hay profundidad. La imagen parece la de un grabado japonés. Los troncos y las hojas son de un mismo negro intenso. Sólo donde va a salir el sol, la eminencia pinta un ligero azul, pero oscuro también. Mas luego, en silencio, ese azul viscoso va ganándole lugar al negro en el cielo y en la eminencia empieza a blanquear. Ya hay profundidad. Las cosas siguen todas negras, pero ya se ve un enfrente, un en medio y un detrás. Luego el azul oscuro empieza a ponerse pálido, azul claro que comienza a irradiar color en derredor, el pasto se pinta de verde, los troncos de café y en todo hay ciertos tonos de amarillo, como que ya está saliendo dios. Pero, ¡oh, sorpresa!, cuando ya se atreve el sol de lleno a salir, se descuida Febo y le gana la niebla nívea y vaporosa, que invade sigilosa el valle, ya no deja ver las nubes que iban dejando de ser negras, ya no deja ver los árboles que apenas se asomaban, tímidos, entre la oscuridad. Ahora todo es blanco, blanco en derredor. Y tampoco nada se ve. Este lugar realmente te fascina. Subiendo la escalera, antes de entrar a un cuarto está un descanso que es parte de un pasillo que lleva a otro cuarto. Desde aquí ves entonces los dos cuartos y a través de sus ventanas la vista se prolonga por el valle hasta topar con las montañas; ves el piso de abajo, la chimenea, lo que es la sala, pongámosle así, y ves el tope de un ancho poliedro que comienza en el primer piso, pasa por el segundo y llega hasta el techo de dos aguas cubierto de madera. A mero arriba de las 152

paredes también hay ventanas, de modo que la vista tampoco se detiene en otras direcciones. —¡No, hombre, está con madre esta cabaña! ¿Quién la diseñó, a ver?—. Todo quién la ve, le gusta y pregunta que si en cuánto la rentan por semana o por día o por mes. Y luego el arroyo que desde aquí no ves, pero sí escuchas. Por las noches y desde fuera, con sólo velas encendidas dentro, la cabaña parece como si tuviese muchos ojos, tenues, amarillos, cada ventana iluminada flotando en el espacio, pues las paredes por lo oscuro no se ven. El caso es que aquí estás, sentado en abombada silla, con los pies enhuarachados y enfundados en calcetines, tibios, esperando que se enfríe un poco el tesito y agarrando valor para clavarte en Diómedes, porque ¡qué bruto, qué carnicería es la Ilíada! Cuerpos, lanzas, sangre, escudos, espadas, golpes, muertes, todo por una mujer.

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La vía láctea, la reforestación, las despedidas Anoche el cielo estuvo cuajado de estrellas, la Vía Láctea lucía radiante, atravesando todas las constelaciones. Después de muchos años de buscarla y no encontrarla, pude ver por fin a Andrómeda, la galaxia en Pegaso. Vi también al Águila, la Osa Mayor, la Menor, el Cisne, Escorpión y Sagitario, todas bellísimas. El cielo se limpió luego de tres tormentas que cayeron en la tarde, los arroyos crecieron y no dejaron pasar a nadie. En la mañana la humedad se convirtió en neblina y todo el paisaje a medias y se ve, vaporoso y blanco. Corre el día nono. Me queda poca comida, dos elotes, dos cebollas, un par de manzanas, dos zanahorias, dos tomates y cinco huevos, media barra de mantequilla, medio litro de leche, un plátano y un poco de avena. Con eso la voy a hacer, aunque esté un poco hambreado y me sienta débil. Dentro de cuarenta y ocho horas espero ir ya en camino. Probablemente ande por ahí del río Yaqui, en el puente cerca de Tónichi. Curioso que desde dos días antes disponga mi ánimo para partir, pero se han cumplido los propósitos de la estancia cabalmente. Queda aún el pendiente de los pinos. Hoy voy a ir por ellos. Porque ya me voy a ir comienzo a apreciar más cada lugar, cada momento. Ahora, por ejemplo, escribo sentado sobre la hamaca que coloqué entre los pinos. Estoy suspendido casi al ras del pasto, acurrucado entre las flores. Al alcance de mis manos están lindas estrellas de pétalos rojos, coronas doradas 154

de amarillo, cornetas violetas con pistilos rosas y unas de color azul y forma de gorro de holandesa. El arroyo murmulla a unos pasos. Aunque me queda un par de días, puedo decir que pude una vez más. Me voy fortalecido, listo para empezar una nueva vida. No sé cuándo volveré. Espero sea pronto. Sin prisas ni compromisos, que no es manda ni obsesión. Fui al pueblo y no llegaron los arbolitos. Que hasta mañana y, eso, a ver. ¿Quién sabe? Nadie. La deforestación de Yécora está muy bien documentada, y aparte lo confirman quienes tienen muchos años de vivir aquí. El asunto ahora es encontrar las condiciones óptimas de siembra, pues se están sembrando pinos por millones, pero millones son los que no prenden también. La tasa de sobrevivencia es de cinco por cien. De modo que algunos han ganado por la venta de pinos, pero la superficie de reforestación no ha crecido en la región. Y ahora comienzan las despedidas. Me siento al final de un pasillo estrecho que tiene como fleco la cabaña. En eso estoy, pensando cómo son las despedidas, si revives en ellas cada vez a la primera o a la más sentida. Como sea, mientras le digo adiós a de cada uno de los lugares favoritos que tengo aquí, una a una las despedidas más tristes de mi vida comienzan a reaparecer. Cómo se estruja el corazón, la vida sigue sin el otro que se va, te quedas como si en menos, sin sonido ni color, en la oscuro. En el pueblo platiqué muy a gusto con Luis y el Tico, su hijo. Estaban jimando elotes y haciendo la masa para los tamales. Una comida en la que participaron varios miembros de la familia. Luis los jimó, el Tico los hizo masa, Josefina los cocinó y todos los devoramos con adoración. Fue también como otra despedida. No sé cuándo vaya a volver. 155


En Hermosillo estoy menos a gusto, sea porque no he aprendido a estar o porque no distingo que allá es otro qué hacer, o porque acá huyo y nadie me molesta y la naturaleza no deja de ser una madre que te recibe y embelesa, mientras que la ciudad muerde y hostiga, es ruidosa y muy caliente. Poco a poco la tarde vuelve a ser bella en este septiembre que comienza. Sale detrás de una nube el sol y todo vuelve a brillar. A donde quiera que vaya, do quiera que esté, con este sujeto que soy y que fui, he de lidiar, jugar, reír, cantar, llorar, amar, buscar, encontrar y construir. Me anima el encontrar en Thoreau una invitación a la humildad y a la fe en ti mismo, su amor por los niveles superiores, su desprecio a la falsedad; te invita a explorar dentro de ti nuevos mundos y buscar, siempre, nuevas vidas. Conócete a ti mismo, insiste el tocayo en el mandato socrático, de ahí puedes extraer más tesoros que en los viajes. Hoy es mi penúltima noche aquí, mañana mi último día. Espero un día bueno, habrá mucho qué hacer. Tal vez ahora si entre por el oriente al bosque esta vez.

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Sobre lo que pasa cuando te internas en el bosque por rumbo del oriente Penúltimo día y última noche, según planes. No descartas que llueva bastante y te atrapen los arroyos, otro u otros días, o que algo más te pase. Quizás tienes ya ganas de prolongar acá el retiro. En caso extremo, no habría problemas pues te quedan un par de huevos de reserva y una cebolla, poco de leche y tantita avena. Sí, has comido menos. Ayer, por ejemplo, en la tarde abriste la lata de duraznos en almíbar y comiste cuatro mitades carnosas y dulces. Luego, en la noche, cenaste sólo una zanahoria pelada. Tu estómago ha ido reduciendo su tamaño; aunque el vientre abultado sigue ahí, las tripas te gruñen porque encogen. Amaneció todo cubierto de neblina; no te pudiste levantar a caminar, el calorcito de la cama te atrapó. ¡Qué vida!, ¡qué agenda!, ¿Cómo no fuera, ahora, voy a firmar unos contratos o voy a hacer unos análisis, luego venderé miles de pesos de mercancía o produciré ochenta toneladas de un cultivo, voy a preparar la tierra o voy a tres juntas, elaboraré un proyecto visionario o cerraré tratos con gentes de otro continente, prepararé tantas pipetas eh, cómo no lo fuera? Empiezas a limpiar y a recoger y de pronto de nuevo te entra la inquietud, si te vas o no, porque está nublado y quizá mañana no puedas ya cruzar. Tampoco te quieres apurar ni dejar de alcanzar tu récord. Hoy es el último día programado. No te lo quieres perder. —Sólo nos conocemos en situaciones extremas—, concluyes. El sol es poderoso, lo más poderoso que hay en nuestro sistema espacial. Se ha tardado este día en 157


salir, pero ya se abre paso. Ha de ser Faetón, el que conduce el carruaje. En Las Metamorfosis, platica Ovidio cómo un día Febo cedió a los ruegos de su hijo, para que le permitiera ser el cochero y se hizo un desmadre en el mundo con el muchacho al mando de corceles. Bueno, eso fue sólo un breviario cultural; es que te comportas como los heliotropos o las trompetillas. Eso pasa cuando estás diez días acá. Allá en Hermosillo, diez días al sol, ni en octubre. Pero ya sale ahora Tonatiuh y las nubes le abren el paso sin fanfarrias porque no habrá lluvia. Si la hubiera, estarían ya tronando y moviéndose fuerte las nubes de uno a otro lado. Quizás en la tarde. Hasta ganas tienes que se suelte un chubasco y tengas que quedarte, para saber lo que se siente estar atrapado. Será que no sabes lo que dices. Y no llovió. Y ya no hay agua en el tinaco, queda apenas para lavar los trastes y una jalada al excusado. Al rato comenzarás a empacar. Guardarás primero la placa, los cables y la bomba; luego la batería, después las sillas y el catre, la ropa los velices, los cuadros y, al final, los sleepings y los trastes. Poco a poco irás juntando en la puerta bultos, listos para ocupar su lugar en la picap ya de regreso. Limpiarás y juntarás también basura. En la tarde, por última vez en este viaje, te bañarás en el arroyo delicioso y luego comerás elote en gas cocido. En la noche terminarás de despedir a las estrellas y mañana desayunarás huevo con verdura y el último pan. Te quieres ir temprano. Esperas levantarte antes del amanecer. El ritual te llevará a descargar unas cosas en casa de los Guerrero y ya de ahí a Hermosillo. Estarás en Yécora a las siete y saldrás de ahí a las siete y media a más tardar. 158

Pero, todo eso será tal vez mañana porque ahora, en este momento, te das cuenta que algo te falta, algo no has hecho y entonces la inquietud te pica y te levanta de la maca, te sacude la tiricia para no seguir viviendo de adelantos y te saca de la cabaña hasta que por fin descubres que ya vas caminado en dirección oriente rumbo al bosque, llevas para tocar tu flauta transversa, decidido a despertar a unas tres o cuatro musas, que te ayuden a escribir los Cuentos para los cuates y todo lo demás.

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Cuentos para los cuates


El Mundo Hastiado ya de tanto desastre, un día el Mundo se decidió a escribir. Iba a hacer lo que tanto le gustaba, contaría cómo se animó a hacer lo que quería y a no seguir viviendo así nomás, sin chiste ni satisfacción. —¿Pero, cómo le vas a hacer, Mundo?— le preguntó su Padre, no creas que es tan fácil, eso nada más los iniciados o los poetas, o los testarudos, lo pueden hacer. —Pues yo la verdad no la sé— les contestó el Mundo a su Padre y a su Madre, que también transitaba por ahí. —Simplemente voy a comenzar, ya lo demás después vendrá—, concluyó. Así que el Mundo agarró sus chivas y se fue para la sierra, pues en alguna parte había leído que en los bosques habitaban unas ninfas o unas musas, quesque eran como deidades y entre otras cosas inspiraban a la creación. Además, allí no hacía tanto calor. Apenas salió el Mundo de la gran ciudad cuando ya el panorama le pareció de otro color. Grandes montañas, valles, flores, ríos, árboles, conejos, venados y hasta zorrillos aparecieron por doquier. Cuando llegó a la puerta del bosque dio gracias al sol y a los cuatro vientos que lo habían ayudado, acomodó sus chivas, juntó un poco de leña y encendió el fuego en el que hirvió una sopita que le descansó. —Mañana entraré en el bosque— dijo, aunque nadie, aparentemente, le escuchó. —Voy a llevar mi flauta y ahí dentro la tocaré, a ver si alguna ninfa o una musa aparece por ahí—, agregó. “Son seres tan divinos las ninfas que luego salen en pinturas de escenas campestres, con cuerpos voluptuosos de mujer de blanca piel, enseguida de faunos peludos o sátiros que no me caen muy bien”, 163


pensó el Mundo. Pero, ni modo, sabía ya que cuando uno busca lo que quiere, hay riesgos que tomar y con eso se calmó y se durmió. A la mañana siguiente, no había todavía salido el sol y ya el Mundo se encontraba alegre y decidido a entrar en el misterioso bosque por fin. Apenas dio sus primeros pasos y tres grandes pájaros color azul turquesa volaron de un roble a otro avisando con fuertes graznidos que un extraño intruso acaba de llegar. Poco más allá del pórtico pastaban y mugían tres becerritos negros. En un pequeño arroyo tomaban agua cristalina que cantaba al pasar. —Tal vez sea la Ninfa Talía—, el Mundo musitó, mientras se acomodaba sobre un pino cortado, al tiempo que un becerro pinto se le acercaba a satisfacer su curiosidad. Jamás había visto un animal bípedo escribiendo sobre un cuaderno este bovino que ya saluda con otro mugido y muestra su larga y contorneada lengua rosa. Cuando está a un paso, el Mundo ve que el becerro no le tiene miedo. Sus ojos grandes y su mirada son como las de los niños frente al asombro, antes de que entren en el Preescolar. Saca entonces el Mundo la flauta transversa y sopla unas notas que no causan en el becerro ni siquiera un parpadear. Trata luego de improvisar algunos acordes y lo primero que le sale dúctil le sabe a música india, apache, versión Metro Golden Mayer, claro está. Decide entonces entrar más en el bosque y tañer la flauta transversa en lo profundo, a ver si cual Pan despierta a las ninfas o le brinca Atenea de menos por ahí. Lo primero que encuentra en el suelo es un lastre pastoso y oblongo, con cuatro o cinco hongos encapuchados y de color café. —¡El bosque es paradójico!—, observa el Mundo: la buñiga, ¿quién lo fuera a pensar?, el medio propicio para que crezcan los elíxires divinos. 164

Continúa su camino y ve que está ya en los olanes de la falda de un cerro cubierto de pinos y encinos donde abunda la leña y la piedra negra volcánica. Las chicharras a su paso reclaman atención con fuertes chillidos hasta que desisten y se van a chiflar a otro lado. Próximo a encontrar al Silencio, su musa favorita (bueno, quién sabe si Silencio será musa, pero es tanto lo que ha leído el Mundo de los clásicos, —los batos se la llevaban en la fantasía, que si los néctares y los almíbares, las ninfas y los centauros, los faunos y las bacantes—, que todo eso en colación parece ya aquí hacerle efecto, además del oxígeno, claro, que ahora respira y es totalmente puro); próximo a encontrar a Silencio el Mundo, decía, decide sentarse en un mullido lugar, frente a un robusto pino. Desde allí alcanza a ver ya muy lejos los techos piramidales de las casas en el pueblo. Siente entonces que es el momento justo de sacar y tocar de nuevo la flauta transversa. Sólo espera que no lleguen el Minotauro ni ningún otro peludo fauno. En el bosque de pinos y encinos, de robles y abetos, emerge la música de fantasía, es el viento de un soplo humano que hace vibrar al metal pulido y que brota y va y se funde en el etéreo lugar. Es la melodía del segundo movimiento de la sinfonía de Dworak, el Nuevo Mundo, compuesta precisamente para emular a los nativos de América. Miii, Sol Miii, Re Do, Reee, Miiii, Re, Dooo. Y así, abstraído y seducido por las dulces notas, el Mundo piensa entonces si no se le aproximará algo terrible por su espalda, quiere voltear, pero ya en plena posesión de Hamelin desiste, pues confía en el poder de persuasión y encanto del tañido de la transversa, que seguro al derredor también ya cautivó. Extasiado, piensa entonces que quizás ya es tiempo de regresar. Y cuando volteó, las ninfas ya estaban ahí. 165


Las Ninfas Las ninfas, ya lo sabes, son seres sin cuerpo, que existen sólo en la imaginación, pero son tremendamente poderosas, capaces de inspirar a cualquiera y hacerlo que crea o que cree, maravillas y fascinación. Antes las personas creían más en las ninfas y hasta las podían ver o les hacían ofrendas y les pedían ayuda para mejor vivir. Muchas de ellas vivían en el bosque, en cada árbol, en los arroyos y en las cavernas. Pero ninfas también son las larvas de los insectos, esos pedacitos de nada, pequeñísimas y transparentes, que un día se convierten en seres alados y de maravilloso color. Y ninfas también hay en la belleza de cada mujer. No sé si haya ninfas gordas o feas, ni tampoco de qué tipo fue la que se le apareció al Mundo en su melodiosa invocación. Lo que sí sé es que al Mundo en varios suspiros la Ninfa le dijo que escribiera cuentos para niños, pues ellos eran como las larvas y que ahora con ambrosía hemos de alimentar porque las historias leídas a los niños o a las niñas en sus camas en la noche, por una voz cariñosa, haría de ellos hombres y mujeres plenos y dichosos, por su habla y en su corazón. Así que cuéntales Mundo, de los animales de la sierra, del cholugo y la parsimonia, el cardenal y la audacia, la luciérnaga y el amor, las garzas y la conexión sideral, el caballo y la libertad; cuéntales de las vacas y la crueldad, el perro coyote y la nobleza y la adversidad, el gallo y la imaginación, el escarabajo y el ritmo y la felicidad, los patos y la amistad, el tildío y la modesta elegancia, los cibolis y la angustia con esperanza. 166

Cuéntales que en la sierra encuentras de todo eso, para que un día salgan de la ciudad y vean, escuchen, prueben, huelan y tienten lo que la televisión y la costumbre a veces impiden hacer. Pero cuéntalo de manera que interese al que cuenta también. Y entonces, el Mundo, escribió:

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Sami el cardenal

Lucy la luciernaguita

Hay en la sierra alta un pajarito llamado Sami. Es de color rojo su cuerpo y su pico color amarillo; sus ojos son como un antifaz negro y su copete es un triangulito. A Sami le gusta mucho jugar en las ramas de un árbol seco, que está en medio de un valle. En las tardes, ya cuando se va a poner el sol, llega Sami de quién sabe dónde y se posa muy derechito en la punta del palo seco o en alguna otra de sus ramitas. Y desde allí se lanza al espacio. En cuanto brinca, extiende sus firmes alas y se deja llevar por la corriente de aire puro que lo sube hacia el cielo unos diez metros. Ya que está a mero arriba, se deja caer Sami como si dando tumbos, baja raudo y hace encantado giros, piruetas, mortales, hacia atrás y adelante, como el mejor clavadista del mundo. A veces, del susto, se le sale un ligero pillido. Cuando ya va a llegar al nivel de la punta más alta del árbol seco, Sami se orienta y en un vuelo exacto planea hasta posarse de nuevo en su rama favorita, desde donde mira extasiado el horizonte. Su pecho entonces se expande y se contrae, al ritmo de la emoción y luego, del gusto, canta y canta con dulces pitidos sin vacilación. Poco a poco se va calmando Sami hasta quedar quietecito en la punta del árbol seco, donde se distingue un puntito rojo rojo, en medio del bosque verde, el pasto seco amarillo, la montaña parda y el cielo cerúleo. Muchas veces vi así volar al Sami, solo, encantado, hasta esta mañana en que apareció con un compañero… ¿O será compañera? ¿Estaría haciendo Sami todas estas piruetas para no estar solo y atraer compañía?

—¿Por qué en las noches está siempre oscuro, Mamá?—, le preguntó Lucy la luciernaguita a su madre, quién le contestó: —Porque si no hubiera noche no se vería nuestra luz—, le dijo a Lucy, con lo que ésta para nada quedó conforme. —¿Y para qué quieres tú luz, Mamá?— le preguntó de nuevo Lucy a su madre, quién entre asombrada y desesperada de las preguntas que le hacía su nena, le contestó: —Pues para que me vea tu Papi y se anime y me venga a dar un beso, una mordida y un picotón—. —¿Y para qué quieres que te de un beso, una mordida y un picotón, Mamá?—, agregó Lucy la luciernaguita, a lo que su Madre, encendiendo de nuevo su luz, le respondió: — ¡Ahhh, pues para gozar de la vida y ser muy feliz!—… Poco después del anochecer, cuando está ya muy cerca la temporada de lluvias, los bosques de esta parte del mundo —y ojalá que los de todas las partes del mundo—, se llenan de luciérnagas hembras que encienden al vuelo su luz para llamar la atención de sus luciérnagas machos; y entonces parece como si los árboles estuviesen llenos de foquitos y fuera el tiempo de navidad. Y se sabe que la sustancia que encienden es una proteína que se llama Luciferina, pero que no es la novia de Lucifer.

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El cholugo Luis El cholugo Luis subió con parsimonia su cuerpo oblongo, rechoncho, por el tronco firme del encino azul. Husmeó distraído con su puntiaguda nariz en dos o tres ramas del robusto árbol, buscando el ideal sitio para acomodar su completo existir. Al fin pachón, se echó en la confluencia de dos brazos con el tronco robusto y desde ahí, fuera del alcance de cualquiera, se dispuso a divisar el panorama encantador. Empezaba apenas la tarde, había comido ya y traía la panza llena, de modo que somnoliento, optó por dormir. El viento fresco se metía entre el follaje y le arrullaba plácido. A punto de cerrar sus ojos estaba cuando un fuerte rugido, proveniente de la copa del encino, le estremeció. Más presto que de costumbre, volteó asustado y alcanzó a ver a un Lince anaranjado que desde arriba le rugía y le azuzaba con atacar. El cholugo olvidó su parsimonia y en menos de un segundo, por un brinco se encontró de puntitas en el suelo, corriendo con su cola apresurada en pos del resto de su estremecido ser. —Tendré que ser más cuidadoso en mi reposo—, pensó ya que en su madriguera a salvo se sintió. —Yo no sé para qué te andas aventurando, nada ganas con treparte a dormir en tan elevados sitios, reservados para los espíritus ágiles y superiores, como el Lince y el blanco halcón—, recordó que le decía su Papá en largas peroratas. —Pero yo no soy un cholugo común y corriente, solitario y amadrigado—, reconsideró. 170

A él le gustaba conocer el mundo, salir e interactuar y ningún Lince apanterado ni ninguna cascabel se lo iban a impedir. Así que, envalentonado, fue por la vereda a buscar a las abejas, que habían salido de la colmena ya. Al Cholugo Luis las abejas nada le hacían porque, en veces, cuando se iban muy lejos, él se quedaba de centinela del panal. Pronto encontró a una abejita entre las flores rojas y amarillas y ya le platicó lo que le había pasado en el encino azul. —Yo te juntaré a las demás e iremos todas contigo a decirle al Lince ¡que no te ande molestandooooo!—, le gritó la abejita conforme se alejaba para traer a las demás. En menos de un minuto reunió al enjambre decidido y zumbador, todas junto al Cholugo Luis. —¡Vamos con el Lince ya!—, les comandó y por ahí se vieron volando tras su cola que movía alegre el cholugo en zigzag. —¡Ahorita verá ese Lince lo que le va a pasar si me sigue molestando!. Le voy a decir que mejor sea mi amigo que no se porte tan sangrón, ningún daño le hago yo dormido, casi ni ronco, ni me agito, así que en ¿qué le puedo estorbar?—, arengó. Cuando llegaron al encino azul, estaba el Lince, como siempre, muy lince, así que en cuanto vio al Cholugo Luis, con fiereza le rugió: —¿Y ahora a qué vienes cholugo necio? Ya te dije que te fueras, que no te quería aquí. Iba ya a continuar con su bravata cuando tres o cuatro abejitas se le acercaron hasta arriba del árbol y en derredor de él empezaron a zumbar. El Lince, con una de sus manos comenzó a hacer aspavientos, pero luego necesitó dos y estaba ya a punto de perder el equilibrio cuando escuchó que el 171


cholugo le demandó:—¡Promete frente a todo este batallón de abejas que no me volverás a molestar!— —¡Sí, promételo Lince sangrón!—, con un solo zumbido exclamó el batallón. —Lo prometo, lo prometo—, chilló el Lince coyón. Y así pudo el Cholugo Luis desde entonces acostarse rico en el follaje del bosque sin que ningún Lince se atreviese a nadie molestar y las abejas no tuvieron más que distraerse de libar su deliciosa miel.

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El becerrro mamón Ayer nació un becerrito y ahora anda por el campo ya casi corriendo. Tardó el becerrito como unos quince minutos para levantarse en sus cuatro patas flacas, todo temebeleque, pero se sostuvo al fin. Ahora son ya como nueve. Unos de color negro, otros pintos, otro blanco, uno de color café oscuro y otros de café claro, como bayo o alazán. Están ya todos juntos en el corral, berreando porque tienen hambre y no están sus mamás. Pero mañana temprano llegarán, vienen solas cuando escuchan el motor del carro en que Josefina y el Tico les traen comida para que se dejen ordeñar. Cada vaca sabe cuál es su becerro y cada becerro sabe cuál es su mamá. Hay en el corral un árbol grande en donde amarran una punta de una cuerda y con la otra amarran a la vaca que les toca ordeñar. Pero antes dejan libre a su becerro para que éste empiece en la chichi de su madre a mamar y no se mueva tanto la vaca y se deje enlazar. Ya luego le quitan el becerro y Josefina se sienta enseguida de la vaca en un banquito y comienza con sus puños hábiles y fuertes a exprimirle los pezones por los que salen fuertes chisguetes de leche caliente y espumosa con la que hace luego panelas y requesón. Ahí anda ya el becerro pelón, con sus ojos grandotes, parecen canicas de agua, de esas matracas de vidrio cristalino y azul. Pobrecito, no sabe que en unos días más vendrán sus dueños a marcarlo con un fierro caliente, al rojo vivo. Primero lo amarrarán y luego lo tumbarán y en el suelo ya postrado, con los ojos desorbitados y la respiración agitada a más no 174

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poder, tendrá el becerrito que resistir el ardor y respirar el olor quemado de su piel. Aunque muy rápido se recuperan y pronto se olvidan del dolor. Míralo, ahí anda ya corriendo en tropel.

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Tildío arroyero ¡Ah que elegantes son los tildíos! Si hasta parece que van de etiqueta a algún baile de blanco y negro. Lástima que piten tanto y tan feo. —Piiiiií, piiiiií—, son re chillones e inquietos. Ya van de aquí para allá, sus patitas flacas les mueven muy rápido. Pican en un lado, sacan lombrices; pican en otro y engullen insectos, larvas, cibolis, con su largo y puntiagudo pico. Nadie los puede atrapar porque vuelan muy rápido. Ni tampoco los cazan, porque están muy chiquitos, así que se la pasan re bien los tildíos en el arroyo, pite y pite, haciendo relajo, se parecen a los adolescentes cuando andan en grupo.

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De la garza la garzopeta Hay en la sierra un arroyo que como el chorrito de la canción de Gabilondo Soler, se hace grandote y se hace chiquito, pero al revés. En el verano, en tiempo de aguas, cuando llueve casi todos los días y hace calor, de pronto sale el arroyo del oriente alborotado y crece bramando hasta convertirse en caudaloso río. Cogen tanto vuelo las aguas que se quiebran en olas color café. Parece que van apuradas, como si fueran a llegar tarde. Brummmm, brummm, suena el arroyo crecido al fluir. Y así se queda el arrullo, hinchado, durante días y la gente no lo puede cruzar. Cuando alguna, desesperada, se mete en el agua corriente porque tiene en el otro lado algo importante qué hacer, el arroyo bravío se la lleva y sin misericordia la traga y no la vuelve a escupir hasta como tres o cuatro días después. Figura el arroyo entonces como una serpiente gigante que culebrea en zigzag. Hay sitios en los que pega tan fuerte el agua que ha ya escarbado en la tierra unos tajos enormes, como cicatrices color café. En el cauce de ese ágil arroyo, por las mañanas muy temprano vuela sigilosa una garza desde el poniente hacia donde sale el sol. Es un ave de gran tamaño, sobre todo si se le compara con los tildíos, los patos, los cuervos o los chilerillos que madrugan a surcar estas corrientes también. Abre sus alas de pronto la garza y en el silencio es posible escuchar cómo rompe el aire con sus movimientos. Es pesado el animal, grande es su esfuerzo para sostenerse en vilo. En cada batida avanza unos veinte metros. Vuela elegante siempre la 178

garzopeta fachosa, rasga su pico amarillo el horizonte y con sus enormes ojos rastrea el torrente en busca de qué comer y de algún sitio seguro para bajar. Cuando lo encuentra, planea con sus alas extendidas y posa donde más le gustó. El cauce del río, que es una gran tajada en la tierra, bien la protege. Ya luego camina por el arroyo cuando las aguas están más tranquilas y puede durar mucho tiempo parada en un mismo lugar sin mover ni siquiera una pluma. Parece como si estuviese congelada o hipnotizada por el paisaje. Tal vez piensa o medita o entona alguna canción. Es de color gris esta garza gigante que a veces sale del cauce y vuela por todo el valle. De cuando en cuando reposa arriba de un táscate seco, que luce curioso el árbol porque se mira como si terminara arriba en un signo de interrogación. Es la garza gris que ha escogido el mero centro del valle rodeado de bosques y montañas, cruzado de ríos, para preguntarle al mundo porqué. Da la sensación de elegancia la garza porque es muy delgada y su caminar es lento y pausado, como si pidiera permiso para cada paso que da. Y no da un paso en falso, podríamos con certeza afirmar. Un día, en un táscate joven, entre el verde follaje había como un hueco y, en su fondo, una mancha gris. De no ser porque la tal mancha tenía movimiento, cualquiera hubiese pensado que era algún nudo en el tronco, de esas bolas que se les forman a los árboles en las partes del tronco donde salen sus ramas. Pero no. Era una gran garza gris acurrucada arriba del árbol, quizás anidando. Durante días, por las mañanas aparecía en el mismo sitio e igual posición y duraba ahí diario como unas tres horas. De cuando en cuando, como cada quince minutos, se estiraba pasiflorina y aparecía con 179


su pico color amarillo y sus ojos grandes sin parpadear. Otro día resultó que no era una garza gris la que ahí reposaba, sino que eran dos. Eso sólo se pudo saber porque a cierta hora del día, poco antes del atardecer, se les veía volando juntas a contraluz. A veces una seguía a la otra y a veces era al revés, pero siempre recortaban el cielo y lo pintaban de amor. Luego, por meses no se les vio más. No se supo si algún cazador furtivo les disparó o si mejor decidieron migrar. Hubo incluso quien dijo que una noche el arroyo furioso las engulló. El caso es que en otra noche cualquiera de éstas en que por ahí dicen que la luna es más hermosa, una garza blanca, más chica y delgada, gozosa volaba de un lado a otro por el cauce del arroyo sombrío. Iba con su cuerpo en forma quebrada, idéntica a la de la constelación El Cisne, que aparece en el techo del mundo en estos meses también. Nadie sabe si la garza blanca había en veloz vuelo bajado desde allí y viniese con alguna misión cósmica o si desde acá en la tierra había ya en el cosmos ubicado al hermoso Cygnus y en nocturno cortejo trataba de hacerlo bajar. Dicen que las garzas grises son blancas cuando están jóvenes, pero eso no sirve para comprender por qué las ciruelas negras son rojas cuando están verdes y aunque sea eso harina de otro costal, como todo está ligado con todo, quizá algún día esas aves fachosas nos digan porqué le hacen tantas preguntas al mundo y las dejan sin responder.

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El chilletitas Llegó un día a donde estaba el Mariano construyendo la cabaña. Llegó hambreado, sucio y muy mal herido. Traía una cortada muy honda en el cuello, quizás se la hizo de tanto estirar la cuerda con la que lo tenían amarrado; o tal vez le dieron un machetazo, no sé. Estaba lleno de garrapatas y chinches, apenas y caminar podía, pero tenía un aspecto de perro pastor alemán chiquito, colores café y negro, con sus orejas puntiagudas y levantadas. Estaba tan dentro de su libertad amolado el perrito, que bastó que le diera un par de salchichas para que fuera totalmente mío; seguía mis pasos a donde yo iba, no me quitaba ni un instante la vista; a donde fuera, no me quitaba los ojos de encima. Como había llegado solo, mucho rato pensé que le iba a poner Solovino, pero después, como no dejaba de chillar, mejor le puse el Chilletitas. Yo lo quería para mi nieto y para los cuates así que lo llevé a Hermosillo con el veterinario. Hospital de animales, decía un letrero bien grandotote en la entrada. Ahí lo bañaron y lo perfumaron, le limpiaron su herida y le untaron una pomada para la sarna. Hasta cartilla de vacunación con su nombre le hicieron. Al final salió con otra cara y el pelo bien esponjado, el Chilletitas. —Oyes, tío, que raro ladra tu perro—, me dijo la Christy un día, mi linda vecina. —¿Desde dónde lo oyes?, ¿a poco no te deja dormir?-, contesté preocupado. —No, no es eso— y ya con una sonrisa dejó el diálogo en suspenso. —Ah bueno—, exclamé extrañado. 181


Luego regresamos a la sierra y se me perdió el Chilletitas. Ya estaba yo bien triste, después de que lo había curado ya no lo iban a ver mi nieto ni los cuates, pero como a los tres días apareció solo otra vez el Chilletitas. ¡Uy, me dio un gustazo tremendo!. Creo que él también estaba contento, pues movía y movía su colita. Como al mes que le tocaba el refuerzo de la vacuna antirrábica, lo llevé con otro veterinario que ya conocía, estaba en su consultorio platicando con un amigo. Cuando me vio llegar con el Chilletitas en brazos, enseguida me comentó: —¡Qué curioso el animalito!, ¿en dónde lo hallaste, dónde lo conseguiste?— y ya lo agarró en sus brazos y comenzó a acariciarlo. —En la sierra—, le contesté muy orgulloso, contento de ser poseedor de semejante criatura. —Ahhhh— comentó, prolongando la hache muda. -Y, ¿cómo camina?, ¿camina así de puntitas?-, volvió a preguntar al tiempo que daba él mismo unos brinquitos. —¡Sí!—, consentí, ya un tanto intrigado por la certeza del hombre que sabe y no lo presume. —Ahhhh…—, continuó prolongando la hache muda. —¿Y ladra?—, volvió a preguntar, así como si sospechara algo y yo entonces recordé el comentario de la Christy, mi linda vecina. —¡Fíjate que no! —le dije—, nunca lo he oído. Dice mi vecina que nada más aúlla—, añadí. —¡Es una cruza de perro y coyote este ejemplar!—, concluyó el veterinario con asombro y una sonrisa. —Además, no te creas que está tan cachorro, mira el tamaño de sus dientes—, dijo y ya me enseñó una hilera filosa, muy bien formada, en el hocico. 182

—Seguro y no comió mucho de chico, se quedó enano el canijo—, agregó. —¡Un perro coyote!—, llegué yo a casa a presumírselo a mi nieto y a los cuates, a la Christy y a los vecinos. Pero no me duró mucho el gusto, porque el Chilletitas me gruñía por dejarlo encerrado y un día que lo llevé al monte por ahí se metió entre los matorrales y nunca más lo encontré. ¡Auuuuu…! todavía le grito en algunas noches y a veces mis oídos sienten que escuchan de muy lejos, en algún lado, al Chilletitas que contento repite Auuuu…

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Mi gallo tecno y giro Tengo en mi pueblo un gallo que canta que es un contento, cada mañana despierta enviando sus quiquiriquís al viento. Es muy curioso mi gallo giro, de los demás se distingue porque a éste volar le encanta, no es de los gallos flojos que apenas tres metros vuelan. Corre primero mi gallo un tramo y ya que va bien celéreo (no estaría mal si dijéramos que bien celerípedo, pero suena medio cacofónico y puede resultar para algunos o algunas, altisonante o un tanto raro) impulsa sus re nudosas patas hasta con las últimas uñas, luego estira el cuello y el pico y casi al desorbitar sus ojos, separa sus alas del cuerpo y comienza con gracia el aleteo. Y allí va para arriba mi gallo tecno y yo quisiera con él subir, no le hace que las gallinas de pronto, empiecen con el cacaraqueo. -¿A dónde irá otra vez este gallo giro, con sus plumas negras, verdes y rojas?-. ¡Míralo, qué atrevido!, seguro y algún asunto trae entre ojos, o en el pico-, ya se preguntan o comentan las pica pica. Y no. Sólo es que al Giro le encanta volar sobre el pueblo pues tiene vista de rayos X y ve a través de los techos. No. No es metiche mi gallo tecno, pero de todo se entera y en las tardes que canta, las gallinas le entienden, por eso es que algunas mejor por la casa de tal, pasar ya no quieren, no vaya a ser que las hagan caldo de gallina pinta o mole poblano. Y no es mi gallo de los que se fuman tampoco, no vayan a creer eso, por más fantasioso que les parezca mi gallo tecno. Es que a mi gallo giro le injertaron un día un chip fotovoltaico que le nutre y le fortalece, por eso digo que es tecno y giro. Y yo, que 184

tanto lo quiero, mucho lo agarro y lo beso y luego con mis manos rodeo su cuello y él se alborota y comienza a correr bien celerípedo y ya en vuelo me lleva, planea sobre el arroyo, sube hasta las copas más altas en las montañas y desde ahí vemos el valle verde y respiramos aire muy puro.

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Moly ciboli Curioso: hay en la naturaleza esencias muy diferentes, con formas muy semejantes, pensaba el Mundo un día que no estaba tan ocupado. Por ejemplo, algunos hongos y las palapas, tienen forma como de capucha o de gorro frigio; los arroyos y los ríos, vistos desde el cielo, en la tierra se parecen a los alvéolos y conductos pulmonares; y los cibolis, con un cabezón y una cola larga y delgadita, que tan ágiles se mueven en el agua, son como espermatozoides gigantes. ¿A poco no?, argumentaba. A Moly ciboli el Mundo encontró una tarde que salió a limpiar la pila donde guarda el agua para su cabaña. Estaba ya muy sucia, así que decidió vaciarla y le quitó el tapón para el desagüe. Entonces descubrió a diez otros cibolis que de pronto comenzaron a nadar desde el fondo enlamado de la pila hasta la superficie y viceversa, como si hubiesen registrado que el nivel del agua descendía imperceptiblemente. Como a Moly la actividad le gustaba, enseguida se puso en acción. —¡Alerta, alerta!—, parecía decir con el movimiento ondulante de su cola fosforescente. —¡Alerta!—, se acercaba a otro ciboli y con la punta de su cabezota le empujaba. —¡Algo está pasando con el agua en la pila, desciende el nivel, el agua se va, el agua se esfuma!— Y la espina dorsal de su cola se encendía, cambiaba su color de amarillo a rojo intenso. Siguiendo la corriente que llevaba grillos, gusanos y bitachis lacios, pronto descubrió por dónde se salía el agua y luego discurrió que si juntaban ahí la lama y todo el lodo suspendido en el agua, quizás podrían tapar el agujero, pero luego que el Mundo 186

vino y con la escoba barrió el fondo, la corriente tomó más fuerza y ya como sifón succionaba todo lo que estuviese cerca. —¡Hacia la superficie, hacia la superficie!—, señaló entonces Moly ciboli a sus compinches, apuntando con su cola hacia arriba. —¡Salgamos mejor por el chorro!—, apuntaron más cibolis hacia abajo. —¡Noooo!—, respondió Moly moviendo su cabezota enérgica de un lado a otro. —No sabemos si podremos cruzar por el estrecho agujero, el oxígeno se acaba y al ratito a lo mejor estamos igual de lacios que esos bitaches picudos—. —¡Tampoco sabemos si el agua afuera se filtra en la tierra o va dar hasta el arroyo!—, añadió muy convencida. —Así que mejor vayamos hacia la superficie y así tendremos más tiempo para ver qué es lo que hacemos, sugiero yo—, concluyó ya Moly ciboli en un tono más bajito, porque sólo dos le hicieron caso. Así que en silencio y en nado suave y tranquilo llegaron hasta lo más alto de la pila y desde ahí con tristeza vieron como poco a poco los cibolis se asfixiaban en el lodo antes de salir por el estrecho chorro. Moly ciboli y sus compinches no sabían si muy pronto bajaría el nivel, ni si terminarían también en el lodo pegajoso, pero, por lo pronto, con vida seguían, así que nadaban o se quedaban quietos o tal vez se despedían de sus sueños. Moly recordó entonces una vez que su madre le leyó un libro que decía que el universo es un ser vivo y que en él todo está en movimiento, que nada está quieto y que hay organismos que se convierten en su contrario, así como policías que roban, sacerdotes que abusan, maestros que no saben, médicos que 187


enferman, así o algo así y que un día Moly ciboli se convertiría en un ser completamente distinto. De modo que, nadando de muertito, deseó con todas sus ganas llegara el comienzo de su transformación, lista para su metamorfosis de una vez. Por eso, cuando sintió que su piel de cristal se rompía y que de su cola empezaban a salir unas patitas y su cabeza crecía y otras manos brotaban debajo de ella, no se extrañó ni se asustó un tantito; y cuando vio que a sus compinches les pasaba justo lo mismo, supo que pronto serían verdes batracios y que en el aire respirar podrían; y saltar también; y pegarse en superficies; y estaba tan que no cabía de un contento, que parar un rato no podía y por eso con tanto y, y, seguía y seguía. Ya que los excibolis se reconocieron en sus verdes y turgentes cuerpos, decidieron salir del agua y por el piso seco de la pila se fueron sigilosos caminando hasta llegar a un punto desde donde brincaron y salieron hacia el monte ya muy prestos. Ya no sabemos si luego algún cholugo o una víbora los engulló o el mismo Mundo de un palazo los iba a hacer trizas, pero sí sabemos que por lo pronto se salvaron de morir asfixiados en la pila vacía. Seguían ahora sí que vivitos, aunque no coleando, pues las largas colas que de cibolis les movían, al convertirse en ranas se les transformaron en ricas ancas y poderosos brazos para brincar o bucear en donde quisieran.

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El caballo del Job En la llanura que está en la otra banda del arroyo, justo antes de donde comienza el bosque, corre por la noche brioso y brilloso un caballo. —Yiiiiiiii, Yiiiiii…—, se escuchan sus relinchos nítidos, como si llamara a algún jinete o a alguna yegua, pero no, sólo es que avanza cual saeta muy recontento. Retoza animado por el viento fresco y por las estrellas en el cielo. Es el caballo del Job, un caballo bayo, negras su crin, su cola y sus patas. Dice el Job que no tiene nombre su caballo, pero igual lo cuida y monta feliz a cada rato, es muy útil para arrear ganado y, en los tastes, juntos han vencido alazanes, moros, pintos, palominos, pardos, negros, tordos, roanos, albos y cuatralbos, zainos, blancos y tostados. Me fascinan todos los nombres que dan las gentes de la sierra a los distintos tipos de caballos. Mucho me gustaría saber montarlos, pero me dan miedo, son enormes y ya se me hace que me pisan o relinchan y ahí ya voy pabajo. Así que prefiero verlos desde lejos, aunque el otro día el caballo del Job dejó que me le acercara. Extendí mi brazo para que de mi mano pudiera oler un caramelo que traía y paso a paso se acercó el caballo bayo, hasta que pude tocar casi sus belfos. Ensartó casi un ancho orificio de su nariz en el caramelo y ya que no le gustó, sólo me mostró los dientes y bufó como si agradeciendo. Me gusta mucho ver cuando un jinete ensilla su caballo. Hay que tener bastante fuerza y suficiente agilidad para colocar una montura sobre el lomo de un jamelgo. 189


Me da mucha paz, mucha ternura y arrobo ver cómo se deja un animalón de esos tamaños que le apriete su jinete los cintos de vaqueta en el estómago. He visto cómo les gusta que les soben en el cuello o les den palmadas en sus amplios cachetes. Siempre su piel está un poco sudada y caliente. El otro día vimos cómo un palomino se trepaba sobre una yegua. Estaban pastando junto al arroyo, en medio de otros tres o cuatro cuacos y otras tantas mulas, y ellos ahí, deleitándose, como si nada. No hay pudor entre las bestias, ya lo sabemos. Yo sé que hay muchas historias de vaqueros y caballos. Quizás nada más preciado que un corcel o un penco para esas personas. Por eso es que los indios cuando por primera vez vieron montados en caballos a los españoles, pensaron que eran un único ser, una sola existencia. ¡Se la volaron!, en imaginación sobrepasaron a los griegos con sus centauros y su Minotauro. Pero, bueno, el caso es que cuando no estoy en la sierra, cuando ando en la ciudad repleta de cemento y el calor me asfixia un tanto, me alivia recordar al caballo del Job corriendo en la noche en la llanura verde, relinchando y retozando, veloz sobre la pradera.

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Los cuates patos canadienses Poco y Pico son un par de patos canadienses que cada año se vienen a bañar en los arroyos que están cerca de Yécora. Han de llegar bien cansados de volar tantos kilómetros y por tantos días seguidos, pues se quedan por acá semanas. Que yo sepa ninguno de los dos trae permiso de aduana ni pasaporte. Les gusta bañarse y descansar en el arroyo porque siempre encuentran una vuelta o un recoveco donde nadar y comer a gusto, sin que nadie los moleste. Cuando se sienten muy seguros, Poco clava el pico en el agua y luego gira y levanta sus dos patas y queda ahí equilibrado con la cabeza y cuello dentro del arroyo; y sus patas, cola y resto de su cuerpo en el aire, al revés. De inmediato Pico lo imita y nadie sabe si adentro platican o pescan o simplemente compiten a ver quién dura más sin respirar. Poco y Pico son de color gris y café, pero tienen también plumas verdes, plateadas y azules que les adornan bien bonito los bodoques. Aunque siempre se divierten, tienen que andar con cuidado porque la gente les dispara para comer su carne o para ponerlos de adorno, disecados en las paredes. Por eso son muy nerviosos y rápidos, apenas oyen o sienten un movimiento y no se ponen a averiguar quién es el que anda por ahí meneando el agua, salen volando sin detenerse y ni siquiera voltear a ver si olvidaron algo. El otro día estaba el Mundo en el arroyo bañándose acostado, bien rico sumergía todo su cuerpo, excepto la cabeza. De repente, vio como Poco y Pico en vuelo aminorado por sus alas bien abiertas, 191


acuatizaron desde el cielo y se posaron a sólo un par de metros de dónde él estaba. Podía oírles y verles sin molestar pues su cabeza parecía como una piedra más en la corriente. —Cuac, cuac cuac—, oyó decir al Pico. —Cua cuaracacuac—, oyó que el Poco contestó moderado. Y así estuvieron como unos diez minutos cuacuaraqueando. El Mundo quiso pensar que platicaban sobre el viaje que habían hecho, los lugares tan hermosos donde habían estado, los otros animales que en el camino se encontraron, todos en libre tránsito, las Monarca, sin papeles ni pasaportes ni trámites ni permisos, no como los humanos que construyen muros y barreras para no dejarse pasar. Al Mundo se le antojó tener un amigo así para hacer viajes muy largos, subir cerros y bajar cascadas, encender fogatas en las noches, mirar a las estrellas, los planetas y la luna, conocer lindas mujeres y demás. Pero luego cayó en cuenta que tenía ya toda la piel bien chora y como se estaba ya entumiendo, de pronto decidió salir. En cuanto Poco y Pico sintieron que algo se movía, encontraron sus miradas y mutuamente se entendieron y no tuvieron siquiera que decir ni pensar —alitas, ¿para qué es que las queremos?— y se fueron a volar. Entonces, el Mundo se fijó que en el transcurso en que los patos cuates hacia arriba se alejaban, chicas gotas de agua de sus muy tersos plumajes escurrían e iban a perderse en el arroyo, sin dejar endeble huella. Nostálgico, pensó y deseó que si acaso sus cuentos como esas gotas fueran, tal vez por el arroyo a otros cuates se encontrarían y, para ellos, su lectura, con la ayuda de la ninfa adecuada, un buen empujón les darían y de las aguas los sacarían.

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Indice 7

A manera de prólogo

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Y de proemio: El Relaxo

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Suiza en Sonora

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Un viaje a la Isla del Tiburón

Rumbo a la Sierra Madre Yécora Mesa de Tres Ríos Por la Barranca del Cobre El Boris Pilares Huachinera En torno al eterno retorno En camión a Yécora La Colorada San José de Pimas Tecoripa El puente sobre el río Yaqui Tepoca El Campanero Estamos llegando Al Aguajito

Entre la necedad y la perseverancia ¡Al agua! Punta Chueca y el Chapo Los callos El Tecomate El lado oculto de la Isla Los aliens Sobre las olas Los Seris Anastomosis Roberto, ¿me copias? Sobre tiburcios y otros artistas


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Steinbeck y la submergencia De coritas y helicoidales

Las aves no saben cuando es Domingo ni los arroyos esperan a que sea Miércoles para salir De anticipos e intenciones Del llegar a donde querías... ¡Que crezcan los ríos y se mojen los campos! Por los senderos del ermitaño y los del... Donde doy cuenta de cómo no fui físico ni... Sobre las preguntas importantes Las aves no saben cuándo es domingo ni… De dos nuevas formas de arte efímero y... De manantiales, cholugos, zopilotes y... Sobre amaneceres, hogares y lecturas... La vía láctea, la reforestación, las... Sobre lo que pasa cuando te internas en el...

Cuentos para los cuates El Mundo Las Ninfas Sami el cardenal Lucy la luciernaguita El cholugo Luis ¡Carajo don escarabajo! El becerro mamón Tildío arroyero De la garza la garzopeta El chilletitas Mi gallo tecno y giro Moly ciboli El caballo del Job Los patos cuates canadienses

Suiza en Sonora, un viaje a la Isla Tiburón y otros relaxos  

Juan Enrique Ramos Salas presenta... Suiza en Sonora, un viaje a la Isla Tiburón y otros relaxos.

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