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LA CANTANTE CALVA De Eugène Ionesco Adaptación de Felipe Castro Todos al Teatro. 2013

SEÑOR TAGLE SEÑORA TAGLE SEÑOR CORREA SEÑORA CORREA ANITA BOMBERO

Patricio Contreras Gabriela Arroyo Franco Toledo Jacinta Langlois Javiera Zeme Ricardo Zavala

Diseño de escenario Diseño de vestuario Diseño de iluminación Producción musical Asistente de dirección

Fiebre Germán Droghetti Fiebre Ricardo Zavala Antonio Chuaqui

Dirección

Felipe Castro


2 ESCENA I Interior ABC1 chileno, con sillones capitoné franceses. Velada chilena. El señor Tagle, chileno, en su sillón y con sus mocasines ingleses sin calcetines, lee El Mercurio, junto a una lámpara de lágrimas inglesa. Tiene anteojos de lectura. A su lado, en otro sillón capitoné francés, la señora Tagle, chilena, borda. Un largo momento de silencio. El reloj de cajón inglés hace oír diecisiete campanadas. SRA. TAGLE: – ¡Pucha son las nueve! Hemos tomado sopa, hemos comido pescado, papas con mantequilla y ensalada de rúculas con endivias. Los niños tomaron jugo y punto, nada más. Hemos comido bien esta noche. Eso es porque vivimos bien y tenemos apellidos buenos y compuestos. SR. TAGLE: (continuando su lectura, chasquea la lengua). SRA. TAGLE: – Las papas siempre quedan bien con un poco de mantequilla, y el aceite de la ensalada era de oliva. El aceite del supermercado Los Tártaros es mucho mejor que el del supermercado Los Almendros y es de mucho mejor calidad que si lo compras en cualquier parte. A ver, no estoy diciendo que el aceite que se compra en cualquier parte sea malo. No. No estoy diciendo eso. SR. TAGLE: (continuando su lectura, chasquea la lengua). SRA. TAGLE: – Sin embargo, el aceite del Jumbo sigue siendo el mejor. SR. TAGLE: (continuando su lectura, chasquea la lengua). SRA. TAGLE: – Esta vez Anita coció bien las papas. La vez anterior no las había cocido bien. A mí no me gustan sino cuando están bien cocidas; blanditas. SR. TAGLE: (continuando su lectura, chasquea la lengua). SRA. TAGLE: – El pescado era fresco. No era pescado congelado. Me repetí el plato. Me lo repetí dos veces. No, tres veces. Tuve que ir al baño. Tú también te comiste tres platos. Sin embargo, la tercera vez comiste menos que las dos primeras veces, en tanto que yo comí mucho más. Esta noche he comido mejor que tú. Quiero decir más que tú. ¿Cómo puede ser eso? Casi siempre eres tú el que come más. No es el apetito lo que te falta. (la señora Tagle ríe) SR. TAGLE: (continuando su lectura, chasquea la lengua). SRA. TAGLE: – Sin embargo, la sopa estaba quizás… no se.. tal vez.. un poco demasiado aliñada... quedó picante. Quedó más picante que tú. (la señora Tagle ríe) Tenía también demasiados champiñones y le faltaban cebollas. Lamento tanto no haberle dicho a Anita que le echara un poquitito menos de pimienta molida. La próxima vez la hago yo. SR. TAGLE: (continuando su lectura, chasquea la lengua).


3 SRA. TAGLE: – Pedro Andrés, el mocoso nuestro quería tomar cerveza. A él le encantaría tomársela de la botella. En eso se parece a ti. (la señora Tagle ríe) ¿Has visto cómo en la mesa tenía la vista fija en la botella? Pero yo le eché en su vaso jugo de sobre y punto. Tenía sed y se lo tomó. María Jesús se parece a mí: una chiquilla de su casa, amorosa, y le encanta bordar. No se le pasaría por la cabeza pedir cerveza. Es como nuestra hija chica que solo toma leche y come colados. Tiene dos años y se llama María Francisca. La torta tres leches estaba magnífica. Tal vez un buen vino blanco para el postre hubiese estado estupendo, pero no llevamos vino a la mesa para no dar a los niños un mal ejemplo. Hay que comer sano. SR. TAGLE: (continuando su lectura, chasquea la lengua). SRA. TAGLE: – El yogurt es excelente para el estómago, los riñones, el apéndice y las glándulas salivales. Eso es lo que me dijo el doctor Errázuriz, que atiende a los niños de nuestros vecinos, que también tienen apellidos buenos y compuestos. Es un súper buen doctor. Se puede confiar en él. Nunca recomienda más remedios que los que se ha tomado él mismo. Antes de operar a la Teruca del apéndice se hizo operar el mismo y sin tener apendicitis. SR. TAGLE: – Explícame entonces, ¿cómo es posible que el doctor saliera bien de la operación y la Teruca se muriera ahí mismo en el quirófano? SRA. TAGLE: – Porque la operación dio buen resultado en el caso del doctor y con la Teruca no. SR. TAGLE: – Entonces Errázuriz es un pésimo doctor. O les va bien a los dos o se mueren los dos. SRA. TAGLE: – ¿Por qué? SR. TAGLE: – Un médico que se la juega debe morir con el enfermo si no pueden curarse juntos. El capitán de un barco se hunde con el barco, en el agua. No le sobrevive. SRA. TAGLE: – No se puede comparar a un enfermo con un barco. SR. TAGLE: – ¿Por qué no? un barco también tiene sus problemas; y si tu doctor es tan sano como un barco, también por eso tiene que morir al mismo tiempo que el enfermo; como el doctor y con su barco. SRA. TAGLE: – ¡Ah! ¡No había pensado en eso!... Tal vez sea justo... Entonces, ¿cuál es tu conclusión? SR. TAGLE: – Que todos los doctores no son más que unos bocones. Y también todos los enfermos son unos bocones. Sólo la Escuela Naval es honrada en este país.


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SRA. TAGLE: – Pero no los marinos. SR. TAGLE: – Naturalmente. Pausa. SR. TAGLE (sigue leyendo el diario): – Hay algo que no comprendo. ¿Por qué en el obituario del diario dan siempre la edad de las personas muertas y nunca la de los recién nacidos? Es absurdo. SRA. TAGLE: – ¡Nunca me lo había preguntado! Otro momento de silencio. El reloj suena siete veces. Silencio. El reloj suena tres veces. Silencio. El reloj no suena ninguna vez. SR. TAGLE (siempre absorto en su diario): – Mira, aquí dice que Aníbal Aninat ha muerto. SRA. TAGLE: – ¡Ay Dios mío! ¡Pobre! ¿Cuándo murió? SR. TAGLE: – ¿Pero que es lo que te sorprende tanto? Tú lo sabías. Murió hace dos años. Recuerda que el año pasado fuimos a su funeral. SRA. TAGLE: – Claro que me acuerdo. Me acordé inmediatamente, lo que no entiendo es por qué te sorprende tanto leer eso en El Mercurio. SR. TAGLE: – Eso no salía en el Mercurio. Hace tres años que hablaron de su muerte. ¡Me acordé por asociación de ideas! SRA. TAGLE: – ¡Pucha que pena! Se conservaba tan bien. SR. TAGLE: – Era el cadáver más lindo de Chile. No representaba la edad que tenía. Pobre Aníbal, llevaba cuatro años muerto y estaba todavía rosadito. Era un verdadero muerto viviente. ¡Y qué alegre que era! SRA. TAGLE: – La pobre Aníbal. SR. TAGLE: – Querrás decir "el" pobre Aníbal. SRA. TAGLE: – No, me refiero a su mujer. Se llama Aníbal como él, Aníbal Troncoso. Como tenían el mismo nombre no se les podía distinguir cuando los veías juntos. Sólo después que él se murió se pudo saber con seguridad quién era el uno y quién era la otra. Sin embargo, hasta el día de hoy hay personas que la confunden a ella con el muerto. ¿tú la conoces? SR. TAGLE: – Sólo la he visto una vez, por casualidad, en el funeral de Aníbal.


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SRA. TAGLE: – Yo no la he visto nunca. ¿Es bonita? SR. TAGLE: – Tiene una linda cara, pero no se puede decir que sea bonita. Es demasiado grande y demasiado alta. Su cara no es linda, pero podemos decir que es bonita. Es un poco demasiado chica, demasiado baja y profesora de canto. El reloj suena cinco veces. Pausa larga. SRA. TAGLE: – ¿Y cuándo van a casarse los dos? SR. TAGLE: – En la primavera próxima a más tardar. SRA. TAGLE: – Sin duda habrá que ir a su casamiento. SR. TAGLE: – Habrá que hacerles un regalo de matrimonio. Me pregunto qué. SRA. TAGLE: – ¿Por qué no les regalamos una de las siete bandejas de plata que nos regalaron cuando nos casamos y nunca nos han servido para nada?... Es triste para ella haberse quedado viuda tan joven. SR. TAGLE: – Por suerte no han tenido hijos. SRA. TAGLE: – ¡Pero como se te ocurre! ¡Hijos! ¡Pobre mujer, qué habría hecho con ellos! SR. TAGLE: – Es todavía joven. Se puede volver a casar. El luto le sienta bien. SRA. TAGLE: – ¿Pero quién cuidará de sus hijos? Tienen un niño y una niña. ¿Cómo se llaman? SR. TAGLE: – Aníbal y Aníbal, como sus padres. El tío de Aníbal Aninat, el viejo Aníbal Aninat, tiene plata y quiere mucho al chiquillo. Demás que se hace cargo de los estudios de Aníbal. SRA. TAGLE: – Es obvio. Y la tía de Aníbal Aninat, la vieja Aníbal Aninat, podría muy bien, a su vez, encargarse de la educación de Aníbal Aninat, la hija de Aníbal Aninat. Así la mamá de Aníbal Aninat, Aníbal, podría volver a casarse. ¿Tiene a alguien con quien casarse? SR. TAGLE: – Sí, a un primo de Aníbal Aninat. SRA. TAGLE: – ¿Quién? ¿Aníbal Aninat? SR. TAGLE: – ¿De qué Aníbal Aninat estás hablando por favor? SRA. TAGLE: – De Aníbal Aninat, el hijo del viejo Aníbal Aninat, el otro tío de


6 Aníbal Aninat, el muerto. SR. TAGLE: – No, no es ése, es otro. Es Aníbal Aninat, el hijo de la vieja Aníbal Aninat, la tía de Aníbal Aninat, el muerto. SRA. TAGLE: – ¿Te refieres a Aníbal Aninat el hombre de negocios? SR. TAGLE: – Todos los Aníbal Aninat son hombres de negocios. SRA. TAGLE: – ¡Qué oficio más duro! Y sin embargo, se hacen buenos negocios. SR. TAGLE: – Sí, cuando no hay competencia. SRA. TAGLE: – ¿Y cuándo no hay competencia? SR. TAGLE: – Los martes, jueves y martes. SRA. TAGLE: – ¿Tres días por semana? ¿Y qué hace Aníbal Aninat durante ese tiempo? SR. TAGLE: – Descansa, duerme. SRA. TAGLE: – ¿Pero por qué no trabaja durante esos tres días si no hay competencia? SR. TAGLE: – Es que no puedo saberlo todo. ¡No puedo responder a todas tus absurdas y estúpidas preguntas! SRA. TAGLE (ofendida): – ¿Dices eso para humillarme? SR. TAGLE (sonriente): – Sabes muy bien que no. SRA. TAGLE: – ¡Todos los hombres son iguales! Se pueden pasar el día leyendo el diario, hablan de futbol con un nivel de histeria insoportable, son capaces de escribir una novela completa por una insignificante pichanga y cuando no, se dedican a tomar el día entero. Sin interrupción. SR. TAGLE: – ¿Pero qué dirías si ves a los hombres hacer como las mujeres ah?, fumar el día entero, operarse de todo lo que les falta y de todo lo que les sobra, maquillarse como puertas, y tomar champaña como si fuera pisco? SRA. TAGLE: – Me río, me río de todas esas estupideces. Pero si lo dices para molestarme, pucha.. ¡sabes perfectamente que me cargan ese tipo de bromas! Arroja muy lejos su bordado y se enoja. Mucho. Se levanta. SR. TAGLE (se levanta también y se acerca su esposa, tiernamente):– ¡Ya mi gorda… mi pichiruchi ya pues! Se me puso arisca ¿Por qué dice tanta tontera?


7 Usted sabe que esto lo hago para reírnos nada más. (La toma por la cintura y la abraza.) ¡Qué ridícula pareja de viejos enamorados que somos no! Ven, vamos a calmarnos un poquito y a la camita... ESCENA II ANITA (entrando): – Yo soy Anita, la nana. He tenido una tarde muy agradable. Fui al cine con un hombre y vimos una película con mujeres. A la salida del cine fuimos a tomar pisco y yogurt. Luego leímos el diario. SRA. TAGLE: – Espero que haya tenido una tarde muy agradable, que haya ido al cine con un hombre y que haya tomado pisco y yogurt. SR. TAGLE: – ¡Y leído el diario! ANITA: – La señora y el señor Correa, sus invitados, están en la puerta. No querían entrar. No se atrevían a entrar solos. Ellos tenían que comer con ustedes esta noche. SRA. TAGLE: – ¡Ah, sí! Los estábamos esperando, teníamos hambre y como no llegaban nunca, comimos sin ellos. No habíamos comido nada durante todo el día. ¡Usted no tendría que haber salido pues! ANITA: – Pero si fue usted quien me dio permiso. SR. TAGLE: – ¡Pero no era su intención darle permiso! ANITA (se echa a reír. Luego llora. Sonríe): – Me compré un guatero. SRA. TAGLE: – Anita, ¿sería usted tan amable de abrir esa puerta y hacer que entren el señor y la señora Correa? Nosotros nos cambiaremos de ropa lo más rápido posible. ESCENA III ANITA: – ¿Por qué ustedes han llegado tan tarde? Hay que ser bien maleducados. Hay que llegar a la hora. ¿lo entienden? De todas maneras ya están acá ya, así es que siéntense ahí y esperen. ESCENA IV La señora y el señor CORREA se sientan el uno frente al otro, sin hablarse. Se sonríen con timidez. SR. CORREA (el diálogo que sigue debe ser dicho con una voz lánguida, monótona, un poco cantante, nada matizada): – Perdón, señora, pero me parece, si no me equivoco, que yo la he visto en alguna parte.


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SRA. CORREA: – A mí también me parece, señor, que yo lo he visto en alguna parte. SR. CORREA: – ¿Señora… no la habré visto, en Chillán, por casualidad? SRA. CORREA: – Es muy posible. Yo soy de Chillán. Pero no recuerdo muy bien, señor, no podría estar segura si fue ahí donde lo vi. SR. CORREA: – ¡Dios mío, qué curioso! ¡Yo también soy de Chillán. Nacido y criado en Chillán! SRA. CORREA: – ¡Qué curioso! SR. CORREA: – ¡Súper curioso!... Igual yo me vine a Santiago hace como cinco semanas, más o menos. SRA. CORREA: – ¡Qué curioso! ¡Qué extraña coincidencia! Yo también me vine a Santiago hace como cinco semanas. SR. CORREA: – Me vine en el bus de las ocho y media de la mañana ese que llega a Santiago tipo dos, dos y media de la tarde. SRA. CORREA: – ¡Qué curioso! ¡Qué extraño! ¡Y qué coincidencia! ¡Yo tomé el mismo bus! SR. CORREA: ¡Dios mío, qué curioso! ¿Entonces, tal vez, la vi en el bus? SRA. CORREA: – Es muy posible, no sería raro, es posible y, después de todo, ¿por qué no?... Pero yo no me acuerdo de usted…sabe? SR. CORREA: – Yo viajaba en el sector fumadores. No hay sector fumadores en Chile, pero a pesar de eso yo viajo en el sector fumadores. SRA. CORREA: – ¡Qué extraño, qué curioso, qué coincidencia! ¡Yo también, venía en el sector fumadores! SR. CORREA: – ¡Qué curioso! Quizás nos hayamos encontrado en el sector fumadores.. SRA. CORREA: – Es muy posible y no sería raro y la verdad ahora que lo veo creo que me acuerdo de usted. SR. CORREA: – Fila 7 lado izquierdo asiento 23. SRA. CORREA: – Fila 7 lado izquierdo asiento 24.


9 SR. CORREA: – ¡Qué curioso y qué extraña coincidencia! Quizá nos hayamos encontrado en la fila 7 señora. SRA. CORREA: – No sería raro. Pero ha decir la verdad, yo creía que me acordaba de usted… pero la verdad es que yo a usted no lo recuerdo señor. SR. CORREA: – Bueno, la verdad es que si vamos a decir la verdad… yo a usted tampoco la recuerdo, pero no sería nada de raro que nos hayamos visto ahí y si pensamos un poco, es bastante posible que nos hayamos visto ahí. SRA. CORREA: – ¡Absolutamente, absolutamente posible, señor! SR. CORREA: – ¡Qué curioso! Yo ocupaba el asiento número 23, junto a la ventana, estimada señora. SRA. CORREA: – ¡ Dios mío, qué cosa más rara, que curioso, que extraño! Yo tenía el asiento número 24, que daba al pasillo justa a su lado. SR. CORREA: – ¡ Dios mío, qué curioso y qué coincidencia! ¡Estábamos, al lado, estimada señora! ¡Es allí donde nos vimos! SRA. CORREA: – ¡Qué raro! Es posible, pero yo no me acuerdo de usted, señor. SR. CORREA: – Para decir la verdad, estimada señora, tampoco yo la recuerdo. Sin embargo, es muy posible que nos hayamos visto en esa ocasión. SRA. CORREA: – Puede ser, pero no estoy segura señor. SR. CORREA: – ¿Dígame por favor, no era la usted la señora que me pidió que le pusiera su pequeña maleta en la bandeja de arriba, luego me dio las gracias y finalmente me dijo que no había problema en que yo trabajara en mi computador?. SRA. CORREA: – ¡Sí, pero por supuesto que era. No hay duda, era yo! ¡Qué curioso, qué curioso, y qué coincidencia! SR. CORREA: – ¡Qué curioso, qué extraño, y qué coincidencia! Por lo tanto, ¿tal vez nos hayamos conocido justo en ese momento? SRA. CORREA: – ¡Que cosa más increíble! O sea es completamente posible. Sin embargo, me puedo acordar de usted. No puedo no más. SR. CORREA: – Yo tampoco, señora. Un momento de silencio. El reloj toca 2–1. SR. CORREA: – Desde que llegué a Santiago vivo en la calle Pedro de Valdivia.


10 SRA. CORREA: – ¡Que cosa más extraña! Yo también, desde que llegué a Santiago vivo en la calle Pedro de Valdivia SR. CORREA: – Suena raro, pero lo más probable es que nos hayamos encontrado en la calle Pedro de Valdivia. SRA. CORREA: – Es rarísimo pero no me pudo acordar de usted. SR. CORREA: – Avenida Pedro de Valdivia 4546. SRA. CORREA: – ¡Qué curioso! Yo también vivo en Pedro de Valdivia 4546. SR. CORREA: – Pero entonces, entonces, entonces, entonces quizá nos hayamos visto en ese lugar. SRA. CORREA: – Es muy posible, pero yo no lo recuerdo señor. SR. CORREA: Mi departamento está en el cuarto piso, departamento 407 señora. SRA. CORREA: – ¡Qué curioso, Dios mío, y qué extraño! ¡Y qué coincidencia! ¡Yo también vivo en el cuarto piso, en el departamento 407, señor! SR. CORREA (pensativo): – ¡Qué curioso, qué curioso, qué curioso y qué coincidencia! Para que usted sepa en mi pieza tengo una cama y tiene una cubrecama azul. La pieza está al fondo del pasillo, al lado del baño y de la pieza de los niños. SRA. CORREA: – ¡Qué coincidencia, Dios mío, qué coincidencia! Mi dormitorio tiene también una cama con una cubrecama azul, está al fondo del pasillo, al lado del baño y de la pieza de los niños. SR. CORREA: – ¡Es extraño, curioso, extraño! Entonces, señora, vivimos en la misma pieza y dormimos en la misma cama, estimada señora. ¡Podría apostar que fue ahí donde nos vimos! SRA. CORREA: – ¡No puede ser… no puede ser! Que extraño Dios mío… que coincidencia. Es muy posible que nos hayamos visto ahí. ¡Pero yo no lo recuerdo a usted, estimado señor! SR. CORREA: – Tengo una hija, vive conmigo, tiene dos años, es rubia con un ojo blanco y el otro rojo, es muy linda y se llama Alicia, mi estimada señora. SRA. CORREA: – ¡Qué rarísima coincidencia! Yo también tengo una hija, vive conmigo, tiene dos años, es rubia con un ojo blanco y el otro rojo, es muy linda y se llama Alicia estimado señor. SR. CORREA: – ¡Qué curioso y qué coincidencia! ¡Y qué extraño! ¡Quizás


11 tengamos la misma hija estimada señora! SRA. CORREA: – ¡Qué curioso! Es realmente muy posible, estimado señor. Un momento de silencio bastante largo. . . El reloj suena veintinueve veces. SR. CORREA (después de haber reflexionado largamente, se levanta con lentitud y, sin apresurarse, se dirige hacia la señora Correa, quien, sorprendida por el aire solemne del señor Correa, se levanta también, muy suavemente; el señor Correa habla con la misma voz rara, monótona, vagamente cantante): – Entonces, estimada señora, creo que ya no cabe duda, nos hemos visto y usted es mi esposa. . . ¡Isabel, te he vuelto a encontrar! SRA. CORREA (se acerca al señor Correa sin apresurarse. Se abrazan sin expresión. El reloj suena una vez, muy fuertemente. El sonido del reloj debe ser tan fuerte que sobresalte a los espectadores. Los esposos Correa no lo oyen). SRA. CORREA: – ¡Jorge, eres tú cariño! Se sientan en el mismo sillón, se mantienen abrazados y se duermen. El reloj sigue sonando muchas veces. Anita, de puntillas y con un dedo en los labios, entra lentamente en escena, y se dirige al público. ESCENA V ANITA:– Isabel y Jorge son ahora demasiado felices para que puedan oírme. Por lo tanto, puedo revelarles a ustedes un secreto. Isabel no es Isabel y Jorge no es Jorge. He aquí la prueba: la niña chica de que habla Jorge no es la hija de Isabel, no se trata de la misma persona. La hija chica de Jorge tiene un ojo blanco y el otro rojo, exactamente como la hija chica de Isabel. Pero resulta que la hija chica de Jorge tiene el ojo blanco a la derecha y el ojo rojo a la izquierda, la hija de Isabel tiene el ojo rojo a la derecha y el blanco a la izquierda. Por lo tanto, todos los argumentos de Jorge se derrumba al tropezar con ese último obstáculo que tira por el suelo toda su teoría. A pesar de las coincidencias extraordinarias que parecen ser pruebas definitivas, Jorge e Isabel, al no ser padres de la misma cabra chica, no son Jorge e Isabel. Es inútil que él crea que ella es Isabel, es inútil que ella crea que él es Jorge: se equivocan amargamente. Pero ¿quién es el verdadero Jorge? ¿Quién es la verdadera Isabel? ¿Quién tiene interés en que esta confusión se mantenga etermamente? No lo sé. No tratemos de saberlo. Dejemos las cosas como están. (Da algunos pasos hacia la puerta y luego vuelve y se dirige al público.) Mi verdadero nombre es Sherlock Holmes. Sale. ESCENA VI El reloj suena todo lo que quiere. Muchos instantes después la señora y el señor Correa se separan y vuelven a ocupar los asientos del comienzo.


12 SR. CORREA:– Olvidemos, cariño, olvidemos todo lo que no ha ocurrido entre nosotros, y ahora que nos hemos vuelto a encontrar tratemos de no perdernos más y vivamos como antes. SRA. CORREA: – Ok cariño. ESCENA VII La señora y el señor Tagle entran por la derecha, sin cambio alguno en sus vestidos. SRA. TAGLE: – ¡Buenas noches, queridos amigos! Mil perdones por haberlos hecho esperar tanto rato. Pero teniendo claro quienes son ustedes y en cuanto supimos que tendrían la enorme desubicación de venir a vernos sin avisar partimos corriendo a ponernos nuestros trajes de gala. SR. TAGLE (furioso): – No hemos comido nada durante todo el día. Hace cuatro horas que los estamos esperando ¿Podemos saber qué es lo que los ha retrasado tanto? La señora y el señor Tagle se sientan frente a los visitantes. El reloj subraya las réplicas, con más o menos fuerza, según el caso. Los Correa, sobre todo ella, parecen turbados y tímidos. Es porque la conversación se entabla difícilmente y a las palabras les cuesta salir al principio. Un largo silencio incómodo al comienzo y luego otros silencios y vacilaciones. SR. TAGLE: – ¡Y! Silencio. SRA. TAGLE: – ¡y…. ya! Silencio. SRA. CORREA: – ¡ya está pues! Silencio. SR. CORREA: – ¡ya. Y?... que más! Silencio. SRA. CORREA: – Decididamente. Silencio. SR. CORREA: – Todos estamos resfriados.


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Silencio. SR. TAGLE: – Sin embargo, no hace frío. Silencio. SRA. TAGLE: – Aquí no hay corrientes de aire. Silencio. SR. CORREA: – ¡Menos mal! Silencio. SR. TAGLE: – ¡Ah no, que gracioso! Silencio. SR. CORREA: – ¿Está usted enojado? Silencio. SRA. TAGLE: – No. Se le envenena la sangre. Silencio. SRA. CORREA: – Señor, a su edad no debiera. Silencio. SR. TAGLE: – El corazón no tiene edad. Silencio. SR. CORREA: – Es cierto. Silencio. SRA. TAGLE: – Así dicen. Silencio. SRA. CORREA: – Dicen también todo lo contrario. Silencio.


14 SR. TAGLE: – La verdad se encuentra al medio. Silencio. SR. CORREA: – Es justo. Justo al medio. Silencio. SR. TAGLE (a los esposos Correa) : – Ustedes que viajan tanto deberían tener, cosas interesantes que contarnos. SR. CORREA (a su esposa): – Diles, querida, lo que has visto hoy. SRA. CORREA: – No vale la pena, no me van a creer. SR. TAGLE: – ¡Como se le ocurre que vamos a dudar de usted! SRA. TAGLE: – Nos ofenderían si pensaran algo así. SR. CORREA (a su esposa): – Los ofenderías si lo pensaras… lo entiendes no? SRA. CORREA (graciosa): – Ok, hoy he visto algo extraordinario, algo increíble. SR. CORREA: – Cuéntalo rápido, querida. SR. TAGLE: – Al fin nos vamos a divertir. SRA. TAGLE: – Al fin. SRA. CORREA: –Ok, hoy, cuando iba al Lieder a comprar verduras, que a todo esto están cada día más caras… SRA. TAGLE: – ¡Es que adonde va a ir a parar todo eso Dios mío! SR. TAGLE: – No seas mala mujer, no tienes que interrumpir. SRA. CORREA: – Vi en la calle, al lado de un poste, a un señor súper bien vestido, de unos cincuenta años de edad, o ni siquiera eso, en realidad. . . SR. TAGLE: – ¿Quién? ¿Cuál? SRA. TAGLE: – ¿Quién? ¿Cuál? SR. TAGLE (a su esposa): – No hay que interrumpir, querida; no seas pesada. SRA, TAGLE: – Querido, fuiste tú el que interrumpió primero, y fuiste bien grosero.


15 SR. CORREA: – ¡Se callan! (A su esposa.) ¿Qué hacía ese señor? SRA. CORREA: – Ok, ustedes van a decir que estoy inventando, pero había puesto una rodilla en tierra y estaba inclinado. SR. CORREA. SR. TAGLE, SRA. TAGLE: – ¡Nooooo! SRA. CORREA: – Sí, inclinado. SR. TAGLE: – No es posible. SRA. CORREA: – Sí, inclinado. Me acerqué a él para ver lo que hacía.. . SR. TAGLE: – ¿Y? SRA. CORREA– Se amarraba los cordones de los zapatos que se le habían soltado. Los otros tres: – ¡Fantástico! SR. TAGLE: – Si no lo contara usted, yo no lo creería. SR. CORREA: – ¿Por qué no? Se ven cosas todavía más extraordinarias cuando se circula por ahí. Por ejemplo, hoy he visto yo mismo en el subterráneo, sentado en una banca, a un señor que leía tranquilamente el diario. SRA. TAGLE: – ¡Qué cosa más rara! SR. TAGLE: – ¡A lo mejor era el mismo! Llaman en la puerta de entrada. SR. TAGLE: – Alguien toca la puerta. SRA. TAGLE: – Debe de ser alguien. Voy a ver. (Va a ver. Abre y vuelve.) No era nadie. Se sienta otra vez. SR. CORREA: – Voy a darles otro ejemplo. . . Suena la puerta. SR. TAGLE: – Están tocando otra vez. SRA. TAGLE: – Debe de ser alguien. Voy a ver. (Va a ver. Abre y vuelve.) No era nadie. Vuelve a su asiento. SR. CORREA (que ha olvidado dónde está) – ¡Y!


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SRA. CORREA: – Dijiste que nos darías otro ejemplo. SR. CORREA: – Ah, sí... Suena la puerta. SR. TAGLE: – Tocan. SRA. TAGLE: – Yo no voy a abrir más. SR. TAGLE: – Pero es que debe de ser alguien. SRA. TAGLE: – La primera vez no había nadie. La segunda vez, tampoco. ¿Por qué crees que habrá alguien ahora? SR. CORREA: – ¡Porque golpearon la puerta! SRA. CORREA: – Ésa no es una razón. SR. CORREA: – ¿Cómo? Cuando se oye sonar la puerta es porque hay alguien en la puerta que toca para que le abran la puerta. SRA. CORREA: – No siempre. ¡Lo acaban de ver! SR. CORREA: – La mayoría de las veces, sí. SR. TAGLE: – Cuando yo voy a casa de alguien toco la puerta para entrar. Creo que todo el mundo hace lo mismo y cada vez que tocan es porque hay alguien en la puerta. SRA. TAGLE: – Eso es cierto en la teoría, pero en la realidad las cosas suceden de otro modo. Lo viste recién. SRA. CORREA: – Su esposa tiene razón. SR. TAGLE: – ¡Listo, las mujeres, siempre defendiéndose entre ellas! SRA. TAGLE: – Bueno, voy a ver. Vas a decir que soy porfiada, pero se que no hay nadie. (Va a ver. Abre la puerta y la cierra de nuevo.) Ya ves. No hay nadie. Vuelve a su sitio. SRA. TAGLE: – ¡Ah, los hombres quieren tener siempre razón y siempre se equivocan! Se oye llamar otra vez.


17 SR. TAGLE: – Pero que majadería. Tiene que ser alguien. SRA. TAGLE (con un ataque de ira): – No me mandes a abrir la puerta. Ya viste que era inútil. La experiencia nos enseña que cuando se oye tocar a la puerta es que nunca está nadie en ella. SRA. CORREA: – Nunca. SR. CORREA: – Eso no es seguro. SR. TAGLE: – Incluso es falso. La mayoría de las veces, cuando se oye que tocan a la puerta es que hay alguien en ella. SRA. TAGLE: – No se quiere rendir. SRA. CORREA: – Mi marido es igual de porfiado. SR. TAGLE: – Hay alguien. SR. CORREA: – No es imposible. SRA. TAGLE (a su marido): – No. SR. TAGLE: – Sí. SRA. TAGLE:– Te digo que no. Y este asunto lo dejamos hasta aquí. ¡Si quieres ver quién es, anda tú mismo! SR. TAGLE:– Voy. La señora Tagle se encoge de hombros. La señora Correa menea la cabeza. SR. TAGLE (va a abrir): – ¡Ah! ¿Qué tal, quiubo, como le va? (Lanza una mirada a la señora Tagle y a los esposos Correa, quienes manifiestan su sorpresa. ¡Es el capitán de los bomberos! ESCENA VIII EL BOMBERO (lleva, por supuesto, un enorme casco brillante y uniforme de bombero): – Buenos días, señoras y señores. (Los otros siguen un poco sorprendidos. La señora Tagle, molesta, vuelve la cabeza y no responde a su saludo.) Buenos días, señora Tagle. Parece usted enojada. SRA. TAGLE: – ¡No! SR. TAGLE: – Es que, a ver como le explico... mi esposa se siente un poco humillada por no haber tenido razón.


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SR. CORREA: –Estimado señor capitán de Bomberos, hemos tenido una controversia entre la señora y el señor Tagle. SRA. TAGLE (al señor Correa) : – ¡Eso no es asunto suyo! (Al señor Tagle) Te ruego que no mezcles a gente extraña en nuestros problemas familiares. SR. TAGLE: – Cariño, la cosa no es tan grave. El capitán es un viejo amigo de esta casa. Su madre coqueteaba conmigo y además conocí a su padre. El me pidió que cuando tuviera una hija se la entregara para casarla con su hijo. En el intertanto se murió. SR. CORREA: – Nadie tiene la culpa. EL BOMBERO: – Bien pues, ¿de qué se trata la controversia? SRA. TAGLE: – Mi marido pretendía. . . SR. TAGLE: – No, eras tú la que pretendías. SR. CORREA: – Sí, ella pretendía. SRA. CORREA: – No, él pretendía. EL BOMBERO: – Bueno pero no se enojen. Dígame qué ha sucedido, señora Tagle. SRA. TAGLE: – A mi me molesta mucho hablarle a usted con franqueza, pero un bombero es también un confesor. EL BOMBERO: – ¿Y? SRA. TAGLE: – Se discutía porque mi marido decía que cuando se oye tocar a la puerta es porque siempre hay alguien en ella. SR. CORREA: – Es bastante obvio. SRA. TAGLE: – Y yo decía que cada vez que tocan es porque no hay nadie. SRA. CORREA: – Eso puede parecer extraño. SRA. TAGLE: – Pero está demostrado. No con teorías, sino por hechos. Es un asunto empírico. SR. TAGLE: – Es un error, porque el bombero está aquí. Tocó la puerta, yo abrí y él entró.


19 SRA. CORREA: – ¿Cuándo? SR. CORREA: – Apenas le abrí. SRA. TAGLE: – Sí, pero sólo después de haber tocado cuatro veces la puerta. Y la cuarta vez no cuenta. La cuarta no es la vencida. SRA. CORREA: – Sólo cuentan las tres primeras. SR. TAGLE: – Señor capitán, permítame hacerle un par de preguntas. EL BOMBERO: – Hágalas. SR. TAGLE: – Cuando abrí la puerta y lo vi, ¿era usted quien había tocado? EL BOMBERO: – Sí, era yo. SR. CORREA: – ¿Estaba usted en la puerta? ¿Tocó para entrar? EL BOMBERO: – No puedo negarlo. SR. TAGLE (a su esposa, victoriosamente.) – ¿Lo ves? Yo tenía razón. Cuando tocan a la puerta es porque hay alguien. No puedes decir que el capitán no es alguien. SRA. CORREA: – Cuando tocaron la primera vez, ¿era usted? EL BOMBERO: – No, no era yo. SRA. CORREA: – ¿Ven? Llamaron y no había nadie. SR. CORREA: – Quizás era otro. SR. TAGLE: – ¿Hace cuanto rato estaba usted en la puerta? EL BOMBERO: – Tres cuartos de hora. SR. TAGLE: – ¿Y no vio a nadie? EL BOMBERO: – A nadie. SRA. CORREA: – ¿Oyó usted cuando tocaron por segunda vez? EL BOMBERO: – Sí, pero tampoco era yo. Y seguía no habiendo nadie. SRA. TAGLE: – ¡Bingo! Yo tenía razón.


20 SR. TAGLE (a su esposa): – No tan rápido. (Al BOMBERO.) ¿Qué hacía usted en la puerta? EL BOMBERO: – Nada. Estaba allí. Pensaba. SR. CORREA (al Bombero): – Pero la tercera vez, ¿no fue usted quien tocó? EL BOMBERO: – Sí, fui yo. SR. TAGLE: – Pero al abrir la puerta no lo vieron. EL BOMBERO: – Es que me escondí. . . ring ring raja. Es una broma. SRA. TAGLE: – No se ría, señor capitán. El asunto es triste. SR. CORREA: – En resumen, todavía no sabemos si cuanto tocan a la puerta hay alguien en la puerta o no. SRA. TAGLE: – Nunca hay nadie SR. TAGLE: – Siempre hay alguien. EL BOMBERO: – Voy resolver esta controversia. Los dos tienen razón. Cuando tocan a la puerta, a veces hay alguien y a veces no hay nadie. SR. CORREA: – Me parece lógico. SRA. CORREA: – A mi también. EL BOMBERO: – En realidad, las cosas son muy sencillas. (A los esposo Tagle.) Abrácense. SRA. TAGLE: – Ya nos abrazamos hace un rato. SR. CORREA: – Se abrazarán mañana. El tiempo les sobra. SRA. TAGLE: – Señor capitán, ya que nos ha ayudado a resolver esta controversia y poner todo en claro, póngase cómodo, quítese el casco y siéntese un rato con nosotros. EL BOMBERO: – Discúlpeme, pero no puedo quedarme aquí mucho tiempo. Me puedo quitar el casco, pero no tengo tiempo para sentarme. (Se sienta sin quitarse el casco.) Les confieso que he venido a su casa para un asunto muy distinto. Cumplo una misión de servicio. SRA. TAGLE: – ¿Y en qué consiste su misión, señor capitán?


21 EL BOMBERO: – Les ruego que tengan la bondad de disculpar mi indiscreción. (Muy perplejo.) ¡Oh Dios! (Señala con el dedo a los esposos Correa.) ¿Puedo. . . delante de ellos. . .? SRA. CORREA: – No se preocupe. SR. CORREA: Somos viejos amigos. Aquí nos contamos todo. SR. TAGLE: – Hable. EL BOMBERO: – Está bien. Hablaré. ¿Hay fuego en su casa? SRA. TAGLE: – ¿Por qué nos pregunta eso? EL BOMBERO: – Porque. . . perdónenme, pero tengo orden de extinguir todos los incendios en la ciudad. SRA. CORREA: – ¿Todos? EL BOMBERO: – Sí, todos. SRA. TAGLE (confusa): – No sé... no lo creo . . ¿Quiere que vaya a ver? SR. TAGLE (husmeando): – No puede haber fuego. No hay olor a quemado. EL BOMBERO (desolado): – ¿No tendrán un estufa prendida por ahí? ¿Algún amago de incendio, por lo menos? SRA. TAGLE: – Pucha que pena, pero creo que no hay fuego alguno en nuestra casa. Le prometo que le avisaremos en cuanto haya algo. EL BOMBERO: – No dejen de hacerlo. SRA. TAGLE: – Prometido. EL BOMBERO (a los esposos Correa): – Y en la casa de ustedes, ¿tampoco se quema nada? SRA. CORREA: – Desgraciadamente no. SR. CORREA (al Bombero) : – Estamos mal. EL BOMBERO: – Muy mal. Casi no pasa nada, puras tonteras chicas, una estufa prendida, un quemador de la cocina. Nada serio. Eso no sirve. Y como no hay fuego que apagar, el sueldo baja… me entiende?. SR. TAGLE: – Nada anda muy bien. Con todo pasa lo mismo. El comercio y la


22 agricultura están este año están como lo incendios… no prenden. SR. CORREA: – Si no hay trigo, no hay fuego. EL BOMBERO: – Tampoco inundaciones. SRA. TAGLE: – Pero hay Arroz. SR. TAGLE: – Eso es porque lo traen de China. SRA. CORREA: – Traer incendios es más difícil. ¡Sale carísimo! EL BOMBERO: – Sin embargo hay. Pocos pero hay. Y aunque son también bastante raras, hay también una o dos asfixias por medio del gas. Una joven se asfixió la semana pasada por haber dejado abierta la llave del gas. SRA. CORREA: – ¿Se le olvidó? EL BOMBERO: – No, pero creyó que era su peineta. SR. TAGLE: – Esas confusiones son siempre peligrosas. SRA. TAGLE: – ¿Averiguó algo en la tienda donde venden fósforos ahí puede haber algo? EL BOMBERO: – Fue inútil. La tienda estaba asegurada contra incendios. SR. CORREA: – ¿Y en las iglesias? Ahí hay velas prendidas. EL BOMBERO: – Con la Iglesia ni a misa. SR. TAGLE: – En la televisión, ahí están siempre en llamas. EL BOMBERO: – A la farándula le gusta quemarse y no dejan que los apaguen. SRA. TAGLE: – Como al parecer nadie se está quemando. Por qué no se queda un ratito más. Nos encantaría. EL BOMBERO: – ¿Quieren que les cuente anécdotas? SRA. TAGLE: – ¡Que bien, que buena idea, anécdotas! Le abraza. SR. TAGLE, SRA. CORREA, SR. CORREA: – ¡Sí, sí, anécdotas, chistes, historias! ¡Bravo! Aplauden. SR. TAGLE: – Y lo más interesante es que las anécdotas de los bomberos son las mejores… siempre tan salvajes.


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EL BOMBERO: – Les contaré solo cosas mías… personales. Nada de historias escritas en los libros de anécdotas de los bomberos. SR. CORREA: – Exacto: la verdad no se encuentra en los libros, sino en la vida. SRA. TAGLE: – ¡Adelante! SR. CORREA: – ¡Vamos! SRA. CORREA: – Silencio, comienza la función. EL BOMBERO (tosiquea muchas veces): – Discúlpenme, pero por favor no me miren así. Me siento mal. Incómodo. Ya saben que soy tímido. SRA. TAGLE: – ¡Usted es encantador! Le abraza. EL BOMBERO: – Intentaré hacerlo… a pesar de todo. Pero prométanme que no me escucharán. SRA. CORREA: – Pero si no lo escuchamos no lo oiremos. EL BOMBERO: – ¡No había pensado en eso! SRA. TAGLE: – Les dije: es un niño. SR. CORREA, SR. TAGLE: – ¡Oh, el niño chiquitito. Que amoroso! Le abrazan. SRA. CORREA: – ¡Coraje amigo! EL BOMBERO: – Pues bien, comienzo. (Vuelve a tosiquear y luego comienza con una voz a la que hace temblar la emoción.) "El perro y el buey", fábula experimental: una vez otro buey le preguntó a otro perro: ¿por qué no te has tragado la trompa? Perdón, contestó el perro, es porque creía que era elefante. SRA. CORREA: – ¿Cuál es la moraleja? EL BOMBERO: – Son ustedes quienes tienen que encontrarla. SR. TAGLE: – Tiene razón. SRA. TAGLE (furiosa): – Otra. EL BOMBERO: – Aquí va otra. "El gallo". Una vez un gallo quiso pasar por perro, pero no pudo, pues lo reconocieron a penas lo vieron. SRA. TAGLE: – En cambio, al perro que quiso pasar por gallo no lo reconocieron.


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SR. TAGLE: – Yo, yo yo yo… aquí va una: "La serpiente y la zorra". Una vez una serpiente se acercó a una zorra y le dijo: "Me parece que te conozco". La zorra le contestó: "Yo también". "Entonces —dijo la serpiente— dame dinero." "Una zorra no da dinero", respondió el astuto animal que, para escaparse, saltó a un hoyo gigante. La serpiente fue más rápida y ya estaba allí y reía con una risa mefistofélica. La zorra sacó su cuchillo y le gritó: "¡Voy a enseñarte a vivir!". Y salió corriendo. Pero le fue mal. La serpiente fue más rápida, le pegó a la zorra un puñetazo en todo el hocico, mientras le gritaba: "¡No! ¡No! ¡No! ¡Yo no soy tu hija!". SRA. CORREA: – Es interesante. SRA. TAGLE: – No está mal. SR. CORREA (estrecha la mano al señor Tagle.): – Lo felicito. EL BOMBERO (celoso): – Ni tanto tampoco. Además, yo conocía ese cuento. SR. TAGLE: – Es terrible. SRA. TAGLE: – Pero nunca pasó en la realidad. SR. CORREA (a la señora Tagle): – Le toca, señora. SRA. TAGLE: – Sólo conozco una. Se titula: "El ramillete". SR. TAGLE: – Mi esposa ha sido siempre tan romántica. SR. CORREA: – Es que ella es de Calama. SRA. TAGLE: Aquí les va: Una vez un novio llevó un ramillete de flores a su novia, ella le dijo gracias; pero antes que ella le dijera gracias, él, sin decir una palabra, le quitó las flores, le dijo hasta la vista baby, agarró sus flores y se fue. SR. CORREA: – ¡Ah no pero que ternura! Abraza o no abraza a la señora Tagle. SRA. CORREA: – Tiene usted una esposa, señor Tagle, que la verdad sea dicha, la quieren todos. SR. TAGLE: – Es verdad. Mi mujer es súper inteligente. Incluso, a veces, es más inteligente que yo. En todo caso es mucho más femenina. SRA. TAGLE (al Bombero): – Otra más, capitán. EL BOMBERO: – ¡No, no, no, es muy tarde ya!. SR. CORREA: – Cuéntela igual.


25 EL BOMBERO: – Es que estoy demasiado cansado. SR. TAGLE: – Le ruego que nos haga este favor. SR. CORREA: – Se lo rogamos. EL BOMBERO: – No. SRA. CORREA: – Es bien pesado usted ah?. Que no ve que estamos ansiosos. SRA. TAGLE (se arrodilla, sollozando, o no lo hace): – Se lo suplico. EL BOMBERO: – Lo haré. SR. TAGLE (al oído de la señora Correa): – ¡Aceptó! A no, que lata más grande. SRA. CORREA: – ¡Que te importa pobre cabro! SRA. TAGLE: – Parece que la embarré. Lo de ponerse de rodillas fue mucho no?. EL BOMBERO: – "El resfriado": Mi cuñado tenía, por el lado paterno, un primo del cual uno de sus tíos maternos tenía un suegro suyo abuelo paterno que se había casado en segundas nupcias con una joven mapuche cuyo hermano había conocido, en uno de sus viajes, a una muchacha de la que se enamoró y con la cual tuvo un hijo que se casó con una farmacéutica súper arriba de la pelota que no era otra que la sobrina de un capitán de fragata desconocido de la armada y cuyo padre adoptivo tenía una tía que hablaba inglés de corrido y que era, quizás, una de las nietas de un ingeniero civil, muerto joven, nieto a su vez de un propietario de unas viñas de los que obtenía un vino harto malo, pero que tenía un sobrino, cuyo hijo se había casado con una joven muy linda, divorciada, cuyo primer marido era hijo de un chileno buena onda que había sabido educar con la cabeza puesta en ganar plata a una de sus hijas, que le había regalado a un primo suyo, cuñado de un peruano, lo pueden creer, hijo natural de un campesino, no demasiado pobre, cuyo hermano de sangre tomó por esposa a la hija de un ex médico rural, hermano de sangre del hijo de un agricultor, hijo natural de otro médico rural casado tres veces seguidas, cuya tercera mujer. . . SR. CORREA: – Stop! Conocí a esa tercera mujer. Comía pollo todo el rato. EL BOMBERO: – Nada que ver, no era la misma tercera mujer. SRA. TAGLE: – ¡Cállate por favor! EL BOMBERO: – Continúo: cuya tercera mujer era hija de la mejor matrona de la V región y que, habiendo enviudado temprano. .. SR. TAGLE: – Como mi esposa.


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EL BOMBERO: – ... se volvió a casar con un abogado, simpático y cariñoso, que había hecho, a la hija de su jefe, un hijo que supo abrirse camino en la vida. . . SRA. TAGLE: – Un camino de hierro. . . SR. CORREA: – un camino como el de los mapas. EL BOMBERO: – Luego se casó con una vendedora de flores frescas cuyo padre tenía un hermano que se había casado con una enfermera rubia cuyo primo, pescador artesanal. . . SR. CORREA: – Un pescador artesanal. EL BOMBERO: – ... se había casado con otra enfermera rubia que también se llamaba María, cuyo padre estaba casado con otra María, que también era enfermera rubia. . . SR. TAGLE: – Si es rubia, no puede ser sino María. EL BOMBERO: – ... y cuyo padre fue criado en Brasil por una vieja que era sobrina de un cura cuya abuela agarraba a veces, en invierno, como todo el mundo, un resfriado. SR. TAGLE: – La anécdota es curiosa, es casi increíble. SR. CORREA: – Cuando la gente se resfría tiene que ponerse frazadas. SR. TAGLE:– Es una precaución inútil, pero absolutamente necesaria. SRA. CORREA:– Discúlpeme, señor capitán, pero hay una parte que no entiendo. Al final, cuando se llega a la abuela del sacerdote, uno como que se enreda. SR. TAGLE: – Todo se enreda tratándose de sacerdotes. SRA. TAGLE: – ¡Estimado capitán de los bomberos… cuéntela denuevo!. EL BOMBERO: – Pero si yo estoy trabajando, no creo que tenga tiempo. SRA. TAGLE: – En nuestra casa no tenemos hora. EL BOMBERO: – ¿Y el reloj? SR. TAGLE:– Está malo. Es un reloj contradictorio. Siempre marca la hora contraria a la que es. ESCENA IX


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ANITA: –Señora... señor... SRA. TAGLE: – ¿Qué quiere? SR. TAGLE: – ¿Qué viene a hacer aquí? ANITA: – Que la señora y el señor me perdonen... bueno también estas señoras y señores... Yo quisiera... yo quisiera... yo quiero contar una anécdota también. SRA. CORREA: – ¿Qué dice esta mujer? SR. CORREA: – Creo que la empleada de nuestros amigos se ha vuelto loca. Quiere contar una anécdota también. EL BOMBERO: – ¿Pero de que te las dai? (La mira.) ¡Oh Dios! SRA. TAGLE: – ¿Por qué se mete en lo que no le importa? SR. TAGLE: – Anita. Este no es su lugar. EL BOMBERO: – ¡Es ella! No es posible. SR. TAGLE: – ¿Y usted? ANITA: – ¡No es posible! ¿Tú aquí? SR. TAGLE: – ¿Ustedes se conocen? EL BOMBERO: – ¡¿Que si nos conocemos?! Anita se arroja al cuello del Bombero ANITA: – ¡Me alegro de volverlo a ver. . . por fin! SR. y SRA. TAGLE: – ¡Oh Dios! SR. TAGLE: – Esto es demasiado fuerte aquí, en nuestra casa, en el mejor barrio de Santiago. SRA. TAGLE: – ¡Es impresentable! EL BOMBERO: – Es ella quien extinguió mis primeros fuegos. ANITA: – Yo soy su chorrito de agua. SR. CORREA: – Si es así... queridos amigos. . . son sentimientos humanos


28 respetables SRA. CORREA: – Y todo lo humano es respetable. SRA. TAGLE: – Muy respetables pero no aquí, no en este lugar. SR. TAGLE: – No tiene la educación necesaria. EL BOMBERO: – Son bien prejuiciosos ustedes ah?. SRA. CORREA: – Yo creo que una empleada, en resumidas cuentas, y aunque, la verdad me da lo mismo, va a ser siempre una empleada. SR. CORREA: – Aunque a veces se las de de detective. EL BOMBERO: – Suéltame. ANITA: – No te preocupes. No son tan malos como parecen. SR. TAGLE: – A ver . . . A ver . . Son conmovedores ustedes dos, pero también un poco. . . un poco. . . SR. CORREA: – Sí, ésa es la palabra. SR. TAGLE: – . . .un poco excesivamente llamativos. SR. CORREA: – Hay una cuestión súper chilena, que nunca van a entender los extranjeros, y gracias al cual... en fin, no lo digo por ustedes ANITA: – Me gustaría decir. . . SR. TAGLE: – No diga nada mejor. . . ANITA: – ¡Pero es que quiero decir! SRA. TAGLE: – Anita, vaya tranquilamente a la cocina a leer sus poemas frente al espejo. . . SR. CORREA: – ¡Toma! Sin ser empleada, yo también leo poemas frente el espejo. SRA. CORREA: – Si pero esta mañana, cuando te miraste en el espejo, no te viste. SR. CORREA: – Es porque todavía no estaba allí. ANITA: –Un poemita, es solo un poemita.


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SRA. TAGLE: – Anita, es usted absolutamente obstinada. ANITA: – ¿Estamos de acuerdo entonces en que les voy a leer un poema? Es un poema que se titula "El fuego", en honor al capitán de los bomberos. EL FUEGO Las estrellas brillaban en el bosque Una piedra se incendió El castillo se incendió El bosque se incendió Los pájaros se incendiaron Las mujeres se incendiaron Los pájaros se incendiaron Los peces se incendiaron El agua se incendió El cielo se incendió La ceniza se incendió El humo se incendió El fuego se incendió Todo se incendió Se incendió, se incendió. Recita el poema mientras los TAGLE la empujan fuera de la habitación. ESCENA X SRA. CORREA: – Me dio un frío en la espalda. SR. CORREA: – Sin embargo, hay cierto calor en esos versos. EL BOMBERO: – A mí me ha parecido maravilloso. SRA. TAGLE: – Sin embargo. . . SR. TAGLE: – Usted exagera. . . EL BOMBERO: – Es cierto. . . todo eso es muy subjetivo. . . pero así es como concibo el mundo. Mi sueño, mi ideal. . . Además, esto me recuerda que debo irme. Ya que ustedes no tienen hora, yo, dentro de tres cuartos de hora y dieciséis minutos exactamente tengo un incendio en el otro extremo de la ciudad. Tengo que apurarme, aunque no importe nada. SRA. TAGLE: – ¿De qué se trata? ¿De una estufa prendida? EL BOMBERO: – Ni siquiera eso. El piloto de un calefón y un pequeño ardor de estomago.


30 SR. TAGLE: – Entonces, lamentamos que se vaya. SRA. TAGLE: – Ha estado usted muy divertido. SRA. CORREA: – Gracias a usted hemos pasado un verdadero cuarto de hora cartesiano. EL BOMBERO (se dirige hacia la salida y luego se detiene): – A propósito, ¿y la cantante calva? Silencio general, incomodidad. SRA. TAGLE: – Sigue peinándose de la misma manera. EL BOMBERO: – ¡Ah bueno, no hay problema entonces! Adiós, señores y adiós señoras. SR. CORREA: – ¡Buena suerte y buenos incendios! EL BOMBERO: – Eso espero. Buenos calores para todos. ESCENA XI SRA. CORREA: – Puedo comprar un cuchillo de bolsillo para mi hermano, pero ustedes no pueden comprar el norte para sus abuelos. SR. TAGLE: – Se camina con los pies, pero se calienta por electricidad o parafina. SR. CORREA: – El que compra hoy un cabrito tendrá mañana un cachorrito. SRA. TAGLE: – En la vida hay que mirar por la ventana. SRA. CORREA: – Se puede sentar en la silla, mientras que la silla no se puede sentar. SR. TAGLE: – Siempre hay que pensar en todo. SR. CORREA: – El techo está arriba y el piso está abajo. . . SRA. TAGLE: – Cuando digo que sí es una manera de decir. SRA. CORREA: – A cada uno su destino. SR. TAGLE: – Tomen un círculo, háganle cariño, y se volverá un círculo vicioso. SRA. TAGLE: – El maestro de escuela enseña a leer a los niños, pero la gata amamanta a sus crías cuando son pequeñas.


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SRA. CORREA: – En tanto que la vaca regala sus ubres. SR. TAGLE: – Cuando estoy en el campo me encanta la soledad y la calma. SR. CORREA: – Todavía no es usted bastante viejo para eso. SRA. CORREA: – ¿Cuáles son los siete días de la semana? SR. TAGLE: – Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. SR. CORREA: – Eduardo es empleado de oficina, su hermana Francisca, secretaria, y su hermano Pedro, el junior. SRA. TAGLE: – ¡Qué familia mas graciosa! SRA. CORREA: – Más vale pájaro en mano que cien volando. SR. TAGLE: – Mejor solo que mal acompañado. SR. CORREA: – En casa de herrero cuchillo de palo. SRA. TAGLE: – No sé hablar en castellano lo bastante bien para hacerme entender. SRA. CORREA: – Te regalo las zapatillas de mi suegra si me das el ataúd de tu marido. SR. CORREA: – El papel es para escribir, el gato para las ratas, y el queso para un excelente vino tinto. SRA. TAGLE: – El que vive apurado, muere apurado SR. TAGLE: – No seas ingenuo y vota por la mayoría. SRA. TAGLE: – Agua pasada no mueve molinos. SR. CORREA: – Se puede demostrar que el progreso social queda mucho mejor con azúcar flor. SR. TAGLE: – ¡Abajo la pasta de zapatos negra! Después de la última réplica del señor Tagle los otros callan durante un instante, estupefactos. Se advierte que hay cierta nerviosidad. Los sones del reloj son más nerviosos también. Las réplicas que siguen deben ser dichas al principio en un tono glacial, hostil. La hostilidad y la nerviosidad irán aumentando. Al final de esta escena los cuatro personajes deberán hallarse en pie, muy cerca los unos de los


32 otros, gritando sus réplicas, levantando los puños, dispuestos a lanzarse los unos contra los otros. SR. CORREA: – Los anteojos no brillan con pasta de zapatos negra. SRA. TAGLE: – Con dinero se puede comprar todo lo que se quiere. SR. CORREA: – Prefiero matar un conejo y quedarme con su pata de conejo. SR. TAGLE: – Cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas, cacatúas. SRA. TAGLE: – ¡Qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada, qué cagada! SR. CORREA: – ¡Qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas, qué cascada de cagadas! SR. TAGLE: – Los perros tienen pulgas, los perros tienen pulgas. SRA. CORREA: – ¡Cactus, coxis! ¡Coco! ¡Cochino! SRA. TAGLE: – Esmerilador, esmerílamelo. SR. CORREA: – Prefiero tener un cachorrito que robar un cabrito. SRA. CORREA (abriendo la boca de par en par): – ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Dejen que rechinen los dientes! SR. TAGLE: – ¡Cocodrilos! SR. CORREA: – Vamos a cachetear a Ulises. SR. TAGLE: – Yo voy a vivir en mi casa entre mis cocodrilos. SRA. CORREA: – Los esmeriladores de los cocodrilos no se los esmerilan no los esmerilan sino que los cocodrilan. Los esmeriladores de los cocodrilos no se los esmerilan no los esmerilan sino que los cocodrilan. Los esmeriladores de los cocodrilos no se los esmerilan no los esmerilan sino que los cocodrilan. SRA. TAGLE: – Los ratones tienen cejas, las cejas no tienen ratones. SRA. CORREA: – ¡Toca que toca! SR. CORREA: – ¡Tu toca de loca! SR. TAGLE: – La toca en la boca, la boca en la toca.


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SRA. CORREA: – Disloca la boca. SRA. TAGLE: – Emboca la toca. SR. CORREA: – Emboca la toca y disloca la boca. SR. TAGLE: – Si se la toca se la disloca. SRA. CORREA: – ¡Usted está loca! SRA. TAGLE: – ¡Y usted me provoca! SR. CORREA: – ¡Torrontikov! SR. TAGLE: – ¡chutalcatelactor! SRA. CORREA, SR. TAGLE: – ¡chutalcatelactriz! SRA. TAGLE, SR. CORREA: – ¡Torronticov Lavia! SRA. CORREA, SR. TAGLE: – ¡chutalcatecolandia! SRA. TAGLE, SR. CORREA: – ¡chutalcateguailandia! SRA. CORREA: – ¡Pedazos de pollos, pedazos de pollo! SRA. TAGLE: – ¡Khrisnamurti, Khrisnamurti, Khrisnamurti! SR. TAGLE: – ¡El Papa se empapa! El Papa no come papa. La papa del Papa. SRA. CORREA: – ¡Bazar, Balzac, Bazaine! SR. CORREA: – ¡Paso, peso, piso! SR. TAGLE: – A, e, i, o, u, a, e, i, o; u; a; e; i; o; u; i. SRA. CORREA: – B, c, d, f, g, 1, m, n, p; r; s; t; v; w; x; z. SR. CORREA: – ¡Del ojo al ajo, del ajo al hijo! SRA. TAGLE (imitando al tren): – ¡Chucuchucuchucuchucuchucuchucu!. SR. TAGLE: – ¡No! SRA. CORREA: – ¡Es!


34 SR. CORREA: – ¡Por! SRA. TAGLE: – ¡Allá! SR. TAGLE: – ¡Es! SRA. CORREA: – ¡Por! SR. CORREA: – ¡A! SRA. TAGLE: – ¡quí! Todos juntos, en el colmo del furor, se gritan los unos a los oídos de los otros. La luz se ha apagado. En la oscuridad se oye, con un ritmo cada vez más rápido: TODOS JUNTOS: – ¡Por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí, por allá, por aquí!. Las palabras dejan de oírse bruscamente. Se encienden las luces. El señor y la señora Correa están sentados como los Tagle al comienzo de la obra. Ésta vuelve a empezar esta vez con los Correa, que dicen exactamente lo mismo que los Tagle en la primera escena, mientras se apaga lentamente la luz. FIN DE LA CANTANTE CALVA


La cantante calva adaptación